En las imágenes, dos escenas del filme.. Abajo, De Niro y Joe Pesci; a la derecha, el actor de Analízame y Pacino.Foto Ap

Promueven en Nueva York The Irishman, su primera película como trío

 

Nueva York. Entran a la sala como tres viejos amigos revitalizados por su mutua compañía.

Martin Scorsese entra primero, luego Al Pacino, después Robert De Niro. Les sigue un pequeño ejército de publicistas y asistentes que se esfuma rápidamente. Durante la conmoción del momento, Scorsese recuerda con entusiasmo A Matter of Life and Death (Escalera al cielo), de Michael Powell y Emeric Pressburger, y le recita diálogos de este clásico a un extasiado Pacino.

Su película de tres horas y media, The Irishman (El irlandés), también lidia majestuosamente con temas de vida y muerte. Al igual que la fantasía de Powell y Pressburger sobre el paso al más allá, el filme reflexiona sobre una vida –la del sicario de la mafia convertido en socio de Jimmy Hoffa, Frank Sheeran (De Niro)–, aunque con menos certeza de que haya un juicio final.

En la solemne épica de Scorsese sobre el crimen organizado, el tiempo es uno de los temas principales. En una conversación llena de reflexiones sobre el pasado y la incertidumbre ante el futuro, el tiempo es algo que está en las mentes del poderoso trío. The Irishman fue realizada por leyendas de Hollywood setentonas completamente conscientes de que ya no tienen una vida por delante.

"Como dicen en la película, va a pasar. Todos somos humanos. Vamos a morir", afirma Scorsese. "La naturaleza contemplativa de esto tiene que ver con la acumulación de detalles. Es bueno para nuestra cultura poder tomarnos el tiempo y vivirlo. Puede gustarte o disgustarte, pero las cosas pasan demasiado rápido ahorita. Vemos el resultado de eso en lo que sucede en nuestro país. Recibimos una cita sin contexto. La gente está demasiado ocupada. Es hora de tomarse un tiempo".

Llevó años reunir a Pacino, De Niro y Scorsese. The Irishman es su primera película como trío, algo que de por sí da al filme una sensación de momento histórico.

Un giro al género del crimen organizado

La película fue impulsada desde un principio por De Niro. El actor se sintió atraído por el libro de Charles Brandt sobre Sheeran, I Heard You Paint Houses, y vio el potencial de dar un giro más meditabundo al género del crimen organizado con el cual él, Scorsese y Joe Pesci (quien interpreta al don de la mafia Russell Bufalino en la película) están tan vinculados. Tomó más de una década hacerlo, y entonces adquirió fuerza gracias a los mejores efectos digitales de rejuvenecimiento, que estiraron las interpretaciones de los actores décadas, y al apoyo financiero de Netflix. La cinta costó 159 millones de dólares.

Pero para ellos, la larga espera valió la pena.

"No pude haber pedido nada más. Punto. Es todo", expresa De Niro.

“Realmente fue un tipo de situación excepcional. Fue chistoso. Marty ahí, Bob. También fue fácil. Es lo que hacemos”, agrega Pacino.

Simetría fonética

Sus nombres juntos tienen gran simetría fonética, pero sería difícil encontrar tres personas más distintas en cuanto a ritmo. La feroz verbosidad de Scorsese no ha amainado con los años; él es el puntillista. Pacino, siempre ansioso por improvisar, es el impresionista. El más taciturno, De Niro, el minimalista.

Scorsese y De Niro, por supuesto, han colaborado a lo largo de los años en nueve largometrajes, pero habían pasado 24 desde su cinta anterior, Casino. Pacino, pese a las probabilidades, nunca había trabajado con Scorsese. Compara la experiencia con caminar la cuerda floja, “sólo que Marty era la red; nada malo iba a pasarme”.

Sí estuvieron cerca de trabajar juntos en el pasado.

"Al, yo siempre quise trabajar contigo. Nos conocimos por medio de Francis Coppola", señala Scorsese. “Para entonces surgieron otros proyectos, no tenía el caché o cierto tipo de historias; tú ya habías cubierto el terreno, como en Caracortada o Atrapado por su pasado.

“La (película) grande que yo quería hacer –habían muchas– era la de Modigliani”, dice Pacino en referencia a una película biográfica sobre el pintor y escultor judío italiano que no llegó a realizarse.

Scorsese admite que ese era un buen guion, pero le recuerda a Pacino que pasó demasiado tiempo en los años 80 luchando para que los estudios lo apoyaran.

"Lo que pasó es que toda la industria cambió", explica Scorsese. “Estrenamos Toro salvaje nueve o 10 días antes de que el mismo estudio, UA, lanzara La puerta del cielo, la cual se vino abajo por una crítica de The New York Times y fue el fin del llamado cine auteur de Estados Unidos”.

Scorsese prosigue recordando lo difícil que fue para él conseguir hacer La última tentación de Cristo. El rodaje se canceló unas semanas antes de comenzar. “Lo tomé como una voz que me gritaba ‘¡Vete de Los Ángeles!’ Así que volví a Nueva York y empecé de nuevo.

"Yo vi esa en el (cine) Ziegfeld. ¡Increíble! Ya no existe más el lugar", afirma Pacino.

Debate sobre la industria actual

The Irishman es la segunda película de Scorsese este año con Netflix y, como el director ha proclamado repetidas veces, el servicio de streaming era el único dispuesto a producirlas. Su consternación con Hollywood, cada vez más dominada por el taquillazo, ha sido un punto focal en el estreno del filme y lo ha llevado a un debate más amplio sobre la industria actual.

Scorsese cree vehementemente que el cine debe hacer más que serenar a los fans. “Todo ha sido complacer al auditorio en lugar de desafiarlo. Retar un poco –quizá más que eso– enriquece al público y a nuestros niños. No hagan el público adolescente o infantil. Está frente a ustedes”, asegura Scorsese mientras Pacino y De Niro asienten con la cabeza.

Netflix proyectará The Irishman en cines por un periodo exclusivo de tres semanas, incluyendo en el Teatro Belasco de Broadway. En México tendrá su estreno en salas el 15 de noviembre. A partir del primero de diciembre podrá verse vía streaming. Se anticipa que sea una de las contrincantes más fuertes esta temporada de premios, y que dé a Netflix otra oportunidad de alzarse con el Óscar a la mejor película.

La cinta es decididamente más sombría y elegíaca que Buenos muchachos y Casino, y emerge de las propias reflexiones de vida del trío. "Puede estar en diálogo con esos filmes", señala Scorsese. “Buenos muchachos está en un nivel y Casino lo lleva a otro. Ese nivel termina, en cierto modo, al final de la segunda. Es el final de esa era y de ese entusiasmo por el mundo”.

Más que esas películas, The Irishman sugiere un mundo lejos de la avaricia, la brutalidad y la corrupción: un mundo perdido para sus personajes, pero no para De Niro, Pacino y Scorsese. Cuando se juntan realmente no hablan mucho de cine. "Hablamos de nuestros hijos", afirma De Niro. "Se trata de vivir, realmente", dice Scorsese.

“‘¿Cómo consigo un doctor en esta ciudad?’”, agrega Al Pacino entre risas.

"Esa es la otra cosa", exclama Scorsese. "Doctores, medicinas. ¡Está eso también! ¡Ay, no!"

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Lunes, 28 Octubre 2019 07:08

Capitalismo atorado

Capitalismo atorado

Se equivoca quien piense que la crisis financiera de 2008 es cosa superada. Las secuelas de ésta siguen presentes y son más patentes.

A pesar de que algunos indicadores económicos de coyuntura se mantengan en rangos favorables, lo que utilizan los políticos en su favor, otros indicadores apuntan hacia menores niveles de actividad productiva, la posibilidad de una recesión y una nueva crisis.

Así se advierte en Estados Unidos y se ha debatido recientemente en la prensa. El estado general de esa economía es bueno: el total del empleo y el producto no se contraen; los precios están estables; no hay excesiva presión sobre el dólar y las tasas de interés. La tasa de crecimiento del producto es de 2 por ciento anual.

Por otro lado, el producto y el empleo en las manufacturas se ha reducido este año y la actividad agrícola se debilita; las tasas de interés de largo plazo tienen menores rendimientos que las de corto, lo que indicaría una posible recesión.

Estos elementos conforman el estado de las expectativas hacia la baja. Se enmarcan en el hecho de que hay un comportamiento cíclico en la actividad económica que, a pesar de las elucubraciones de algunos economistas, no desaparece.

En este entorno se ha introducido en el debate económico en aquel país la noción de que el capitalismo se encuentra en un "estancamiento secular"; los recursos que existen no se destinan a acrecentar la producción y generar más empleo e ingresos.

Se trata, entonces, de una carencia de demanda suficiente y que el ahorro generado se destina preferentemente a la especulación. La situación se expresa en que los grandes ahorradores, es decir, quienes tienen un exceso de recursos, admiten ahora colocar su dinero incluso a una tasa negativa de interés, como pasa en algunos grandes mercados europeos. Esto es, claramente, signo de una fuerte anomalía.

En este ambiente, en el que el horizonte de la inversión y el gasto se acortan, se agranda la presión sobre las políticas monetarias y fiscales y se tensa la cuestión social, se celebró la reunión anual del Fondo Monetario Internacional en Washington.

En medio de muchos tópicos que caracterizan los repetitivos discursos oficiales en el terreno financiero apareció el ex gobernador del Banco de Inglaterra (2003 a 2013) con un mensaje poco convencional.

Dijo Mervyn King que luego de la grave crisis de 2008 no ha habido un cuestionamiento fundamental de las ideas que la acarrearon, y sentenció que "otra crisis económica y financiera sería devastadora para la legitimidad del sistema democrático de mercado". Esto, por cierto, parece estar ya ocurriendo anticipadamente en las calles de Chile.

La puya de King se hincó en el pecho de la ortodoxia que sigue rigiendo el pensamiento económico y las políticas públicas, sobre todo en materia monetaria y fiscal. Apuntó que reafirmándose esa ortodoxia y pretendiendo que las reformas y regulaciones aplicadas después de 2009 han hecho realmente más seguro el sistema bancario global, lo que se hace, en efecto, es caminar como sonámbulos hacia la próxima crisis.

King, quien gestionó la crisis de hace una década desde el Banco de Inglaterra, ha destacado entre los profesionales de los bancos centrales. Publicó en 2013 un libro titulado El fin de la alquimia, que en el nombre lleva ya claramente el mensaje. El dinero se ha ido reforzando en las últimas tres décadas como materia de alquimistas.

Las principales operaciones financieras se siguen realizando con instrumentos denominados derivados, precisamente porque constituyen un complejo entramado de deudas montadas sobre una deuda original, como fue el caso de las hipotecas chatarra, que en gran medida provocaron la crisis. Ese tipo de transacciones "desnudas" son eminentemente especulativas y refuerzan de manera creciente el carácter rentista de buena parte del sistema económico.

Las rentas son ingresos de naturaleza muy distinta de las utilidades generadas por inversiones productivas. Las primeras no generan riqueza para la sociedad y agravan el problema de la desigualdad del ingreso y el acceso a los recursos. Estos factores son el sustrato del estancamiento de carácter secular, según el análisis que valida el propio King.

La postura del ex gobernador destaca de la que proponen, en un reciente libro sobre las lecciones de la crisis, los tres funcionarios que la gestionaron en Estados Unidos. Bernanke, en la Fed; Paulson, en el Tesoro, y Geithner, en el influyente Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Se asumen como bomberos que apagaron un gran incendio financiero.

Entre las metáforas de la alquimia y del infierno hay muchas diferencias. El caso es que se socavó el impulso productivo, se agravó sensiblemente la precariedad social en todas partes y no se hizo sino alejar la crisis en el tiempo.

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La directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, en su primer día en su nuevo puesto en la sede del FMI en Washington. REUTERS / Jonathan Ernst

La economista búlgara, Kristalina Georgieva, explicó que "la precaria perspectiva" será un desafío para los países que ya enfrentan dificultades. Así mismo, advirtió que las perspectivas mundiales serán "a la baja".

 

La nueva directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, advirtió este martes de una desaceleración económica este año "en el 90% de los países del mundo", durante su primer discurso al frente de la organización multilateral.  

"En 2019, esperamos un crecimiento más lento en casi el 90% del mundo. La economía global se encuentra ahora en una desaceleración sincronizada", dijo Georgieva en la sede central del FMI, en Washington. 

La economista búlgara, que sucede en el cargo a Christine Lagarde, que será la presidenta del Banco Central Europeo, explicó que esta desaceleración generalizada "significa que el crecimiento de este año caerá a su ritmo más bajo desde el comienzo de la década". "Los números reflejan una situación compleja", consideró. 

Georgieva hizo esta valoración una semana antes del inicio de la Asamblea Anual conjunta del FMI y el Banco Mundial (BM), en la que ambas instituciones presentarán sus proyecciones económicas y que congregará a los principales ministros de economía y banqueros centrales de todo el mundo. 

En este sentido, avisó que las nuevas perspectivas económicas serán "a la baja" respecto a las últimas presentadas en julio en Chile, en las que el organismo redujo en una décima sus previsiones de crecimiento global para 2019, hasta el 3,2%, y 2020, al 3,5%. 

En su análisis, Georgieva argumentó que la actividad económica "se está ablandando" en economías avanzadas, como EEUU, Japón y, especialmente, la zona euro, mientras que en otos mercados emergentes, como India y Brasil, la desaceleración es "aún más" pronunciada este año. 

Respecto a China, señaló que su crecimiento económico "está bajando gradualmente del rápido ritmo que vio durante muchos años". "La precaria perspectiva -continuó- presenta desafíos para los países que ya enfrentan dificultades, incluyendo algunos de los países del programa del Fondo", como Argentina. 

Sin embargo, celebró que cerca de cuarenta mercados emergentes y economías en desarrollo, incluyendo 19 en África subsahariana, "tendrán tasas de crecimiento del PIB real superiores al 5%". "Representan una parte relativamente de la economía global", justificó.

En su discurso, Georgieva achacó a las disputas comerciales, como la guerra comercial entre Washington y Pekín, parte de la responsabilidad de esta desaceleración económica global, además de las diferentes tensiones geopolíticas y el posible impacto del brexit. "Hemos hablado en el pasado sobre los peligros de las disputas comerciales. Ahora, vemos que en realidad están pasando factura", sentenció.

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Lunes, 07 Octubre 2019 06:50

Una recesión manufacturera global

Una recesión manufacturera global

Comienza octubre y la recesión mundial del sector manufacturero se hace realidad. Los índices PMI de actividad manufacturera de la mayoría de las principales economías están por debajo de 50, el umbral para la expansión o la contracción. Son solo encuestas a directivos empresariales a los que se pregunta sobre producción, ventas, empleo, etc. Pero los PMI han sido indicadores razonablemente precisos de la producción industrial y manufacturera reales, cuyos datos estadísticos suelen llegar algo más tarde.

En septiembre, el PMI manufacturero de la Eurozona cayó a su nivel más bajo desde la crisis de la deuda del euro de 2012, liderado por Alemania pero seguido por los demás. En eso ha quedado el éxito del reinado de Mario Draghi como presidente del BCE.

En Japón, la historia es similar. El “espíritu” de los grandes fabricantes de Japón cayó a su nivel más bajo en más de seis años en el tercer trimestre, según una encuesta clave realizada por el Banco de Japón. Y el PMI manufacturero de Japón ha vuelto al nivel de contracción del sector visto por última vez en la mini recesión de 2016.

Incluso los Estados Unidos ya están en una recesión manufacturera. El PMI manufacturero de Markit está por encima de los 50, pero es un nivel más bajo que en 2016. Y el PMI manufacturero del ISM de EEUU cayó  en septiembre a su nivel más bajo desde la Gran Recesión en 2009.

Y, por supuesto, el sector manufacturero británico pre-Brexit ya se ha “hundido”, para usar la frase del primer ministro Boris Johnson los últimos meses.

Para completar el G7, el PMI de Canadá también está por debajo de 50.

Y no solo se contrae el sector manufacturero del G7. Los siguientes países están registrando contracciones en su actividad manufacturera: Malasia, México, Nueva Zelanda, Polonia, Rusia, Singapur, Sudáfrica, Corea del Sur, Suecia, Suiza, Turquía, Taiwán

Y los siguientes países tienen una caída anual en la producción manufacturera: Australia, Brasil, Canadá, Chile, Francia, Alemania, Grecia, Italia, Japón, Países Bajos, Portugal, Corea del Sur, Turquía, el Reino Unido y también los EEUU.

Y en cuanto a las principales economías de más rápido crecimiento del mundo, China e India, ambas están experimentando sus tasas de crecimiento del PIB real más lentas de más de una década, mientras que sus sectores manufactureros están justo por encima de la línea de flotación.

La crisis en el sector manufacturero es en parte el resultado de la desaceleración general de la inversión en las economías capitalistas y en parte el resultado de la intensificación de la guerra comercial entre las dos economías manufactureras más grandes del mundo: China y los Estados Unidos. La guerra comercial está actuando como un desencadenante de una recesión manufactuera en todo el mundo.El comercio mundial ya se estaba desacelerando antes de que estallara la guerra comercial y ya había provocado victimas a nivel mundial: por ejemplo, Argentina y Turquía.

Ambos han sufrido un colapso catastrófico en la producción, la inversión extranjera y el valor de sus monedas. Turquía está sumida en una profunda recesión general. Argentina se ha visto obligada a incumplir sus enormes pagos de deuda externa. A medida que el país se dirige a las elecciones generales este mes, los tenedores de bonos están tratando desesperadamente de encontrar formas de evitar una 'reducción' sustancial de sus activos.

Pero hasta ahora, la recesión se limita al sector manufacturero. Y la fabricación constituye no más del 10-40% de la mayoría de las economías. El llamado sector de servicios -que incluye servicios minoristas, servicios financieros, servicios comerciales, bienes raíces, turismo, 'industrias creativas', etc.-, continúa manteniendo la cabeza por encima del agua en la mayoría de las economías del G20. No hay una economía del G20 con un PMI de servicios inferior a 50.

Por eso una economía como Grecia, que fue devastada por la recesión mundial y la crisis de la deuda del euro, ahora puede experimentar un modesto crecimiento anual del PIB del 2%. Los servicios de turismo y ocio, un componente clave de la economía griega, continúan expandiéndose. Pero una tasa de crecimiento del 2% no es mucho después de una contracción del 25% durante la crisis. La recuperación griega ha sido débil. Cinco años después del climax de la depresión de 1933, el PIB per cápita de los Estados Unidos había aumentado en un 35 por ciento. Cinco años después del colapso argentino de 1998-2002, el PIB per cápita aumentó en un 45 por ciento. Pero de 2013 a 2018, el PIB per cápita de Grecia aumentó en menos del 6 por ciento. De hecho, Oxford Economics predice que Grecia no recuperará sus niveles de PIB anteriores a la crisis hasta 2033. Si no hay una crisis global mientras tanto. Y si el sector de servicios globales entra en crisis, Grecia volverá a caer en recesión.

La pregunta es si el sector de servicios será arrastrado por las manufacturas a una depresión. Algunos dicen que no, porque la fabricación manufacturera es un sector mucho más pequeño.

Pero ese argumento no reconoce que muchos sectores de servicios dependen de las manufacturas para su propia expansión. El contagio de las crisis manufacturas generalmente ha sido significativo en recesiones anteriores. Si el crecimiento del empleo mundial se debilita o se frena, el poder adquisitivo de los trabajadores disminuirá y el sector servicios comenzará a sufrir también. El empleo depende de la disposición de las empresas capitalistas a invertir y expandirse. Y la inversión y la expansión dependen de la rentabilidad esperada de la inversión. Los capitalistas la calculan a partir de la rentabilidad actual, a menos que se arriesguen.

Por lo tanto, ¿qué está pasando con los beneficios a nivel global? Bueno, los economistas de JP Morgan acaban de publicar un análisis completo de los beneficios globales (desafortunadamente este informe no está disponible al público). Y creen que los beneficios globales en el segundo trimestre de 2019 se han estancado. Cada uno de los 10 sectores que componen el mercado total muestra una fuerte desaceleración en el crecimiento de los beneficios, y la mitad experimentó contracciones directas de los beneficios durante el año pasado (particularmente materias primas y telecomunicaciones). Incluso en aquellos sectores que aún tienen un crecimiento positivo de los beneficios: minorista, IT, finanzas y servicios públicos, el crecimiento de los beneficios está cayendo rápidamente.

JPM ha llegado a la ‘sorprendente' conclusión (que la teoría marxista y la evidencia empírica previa podría haberles facilitado) de que "el descenso en el crecimiento global durante el año pasado ha coincidido con una desaceleración igualmente impresionante de los beneficios empresariales".

El estancamiento de los beneficios empresariales a nivel mundial todavía no es tan malo como en la mini recesión de 2016, o por supuesto en la Gran Recesión o la caída anterior de 2001-2, pero está acercándose. En particular, JPM señala que el crecimiento de los beneficios ha disminuido a cero porque los márgenes de ganancias se están reduciendo; en otras palabras, los costes de la mano de obra (más trabajadores y salarios más altos) no están siendo compensados por un mayor valor, la tasa de plusvalía está disminuyendo. un resultado que JPM cree que "ha precedido históricamente el comienzo de la dinámica de una recesión".

JPM señala la guerra comercial como el desencadenante y señala que el sentimiento empresarial (los PMI) está cayendo en el sector manufacturero debido a la reducción de los beneficios, y no al revés. Pero la guerra comercial "también podría ser un presagio ominoso de ganancias más débiles por venir".

Como predice la teoría marxista, la desaceleración o caída de los beneficios eventualmente significará una disminución de la inversión empresarial, y JP Morgan está de acuerdo. “La caída de los beneficios y el sentimiento empresarial están afectando a las inversiones de capital.El crecimiento global de la inversión de capital se ha desacelerado sustancialmente desde un máximo de seis años en 2017 hasta casi un estancamiento a partir del 2T de 2019.Es probable que también sea un factor que contribuya en elretrocesomás recientedel crecimiento del empleo.El riesgo es que la desaceleración del crecimiento de los salarios laborales pesa negativamente sobre el gasto del consumidor, que luego se refleja en los beneficios y la contratación de las empresas ” . Exactamente.

JPM sigue siendo optimista, en el sentido de que el crecimiento de la productividad cambiará las cosas. Pero eso parece una ilusión si la inversión sigue cayendo.

En el pasado, he resaltado algunos otros indicadores clave (además de los beneficios) que pueden predecir una recesión. El más famoso es la llamada curva de rendimiento invertida en bonos. He explicado cómo funciona en un artículo anterior. Baste decir ahora que cuando la curva de rendimiento de los bonos se invierte (y el rendimiento de los bonos con vencimiento más largo cae por debajo de los rendimientos de los bonos a corto plazo) y se mantiene invertido, se produce una recesión en el plazo de un año. La curva estadounidense se ha mantenido invertida desde mayo.

Otro indicador es el precio de los metales industriales, particularmente el cobre, un metal que se usa en todos los ámbitos de producción. Una caída en su precio indicaría una desaceleración en la inversión y la producción en muchas industrias. En la mini recesión de 2016, el precio del cobre cayó a alrededor de $ 200 / lb. En la Gran Recesión, cayó a $ 150 / lb. Habiendo aumentado a $ 320 / lb a principios de 2018, ahora ha vuelto a caer a $ 250 / lb.

La economía capitalista mundial ha entrado ya en una recesión manufacturera, pero hay indicadores importantes de que el resto de la economía se verá arrastrada pronto.

Por 5/10/2019

Michael Roberts

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession

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Jueves, 26 Septiembre 2019 06:30

¿El PIB o la vida?

¿El PIB o la vida?

Las iniciativas para desplazar del centro del debate económico al medidor fetiche del crecimiento se multiplican

Se buscan alternativas que capten mejor el bienestar de los ciudadanos. Algunos pilares del liberalismo se han sumado al reto

Tres mandatarias en ejercicio -Nicola Sturgeon, ministra principal de Escocia, Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, y Katrin Jakobsdottir, primera ministra de Islandia- empujan para cambiar la mirada económica

Cuando hace unos años alguien comentaba que el objetivo de la economía no debería ser solo hacer crecer el producto interior bruto (PIB), el medidor más extendido de la riqueza de un país, sino ayudar a la gente a vivir mejor y ser más feliz, siempre se arriesgaba a recibir una muy condescendiente y sarcástica respuesta: "¡Claro! Como en Bután, ¿no?".

Bután es un pequeño país junto a la cordillera del Himalaya, limítrofe con China e India, cuyo monarca absolutista decidió en 1972 que todos sus súbditos debían ser felices sí o sí. Incorporó el objetivo de la felicidad del pueblo con el máximo rango en su Constitución y obligó a los sucesivos gobiernos a dar prioridad a la felicidad interior bruta por encima del PIB. El país mantiene todavía rasgos absolutistas -hasta 2008 no eligió en unos comicios al jefe de Gobierno- e invariablemente aparece en la parte más baja de todos los rankings internacionales económicos y sociales, pero cada año exhibe renovados sondeos de opinión que supuestamente muestran que la felicidad del pueblo es total: lo más parecido a la pesadilla del Ministerio de la Felicidad que imaginó el gran escritor británico George Orwell.

Y, sin embargo, en los últimos años cada vez son más las voces que reclaman repensar las políticas económicas para que no se centren solo en los grandes indicadores convencionales del crecimiento -entre los que sobresale el PIB-, sino que se ponga el foco en mejorar la vida de la gente, sin dar por sentado que una cosa lleva necesariamente a la otra. Son los partidarios de la wellbeing economy, que no tiene una traducción fácil al español: en función de donde cada uno ponga el acento podría asimilarse a economía del bienestar, economía de la felicidad o economía del buen vivir. En cualquier caso, con un punto de partida común: el PIB no debería ser la medida de todas las cosas.

Salto cualitativo

La presión para un cambio viene de todos los frentes y en el último año ha dado un salto cualitativo. Los movimientos sociales han creado una alianza internacional potente para empujar en esta dirección, la Wellbeing Economy Alliance (WeAll), con más de 60 organizaciones miembros en todos los continentes, entre ellas la española New Economy & Social Innovation (NESI), pero la ola está llegando también al ámbito gubernamental: varios mandatarios se han propuesto colocar esta nueva mirada "más allá del PIB" en el centro mismo de su actuación y han puesto en pie un grupo intergubernamental para coordinarse, Wellbeing Economy Governments (WeGo), que arrancó en octubre de 2018 y que tuvo su primera sesión de trabajo el pasado mayo en Edimburgo en un edificio con especial simbolismo: el Panumure House, mansión del siglo XV que fue residencia de Adam Smith (1723-1790), uno de los padres de la economía política y autor de La riqueza de las naciones. De eso sigue tratando el entuerto: ¿cómo contabilizar bien la riqueza para que guarde relación con la vida real de la gente?

Las principales promotoras de este grupo intergubernamental, que bien podría verse como embrión de alternativa conceptual al G-7 -las grandes potencias del PIB, aunque falte China-, son mujeres de menos de 50 años: Nicola Sturgeon, ministra principal de Escocia (Reino Unido), que se ha erigido en uno de los principales laboratorios de este enfoque y que en 2018 incorporó la aproximación wellbeing como objetivo transversal del gobierno; Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, que ha convertido los presupuestos de 2019 de su país en los primeros "presupuestos del bienestar" -también como objetivo transversal y con nuevas partidas específicas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos-; y Katrin Jakobsdottir, primera ministra de Islandia forjada en las luchas ecologistas.

Las tres mujeres son de tradición progresista, pero la ola gubernamental que trata de ver la economía con ojos que vayan más allá del crecimiento estricto no es patrimonio de la izquierda: en Reino Unido funciona una comisión parlamentaria específica sobre wellbeing economy, con la participación de los principales partidos, que el pasado mayo emitió un informe por consenso en el que sugiere gastos adicionales inmediatos por más de 7.000 millones de euros para reforzar sobre todo las partidas de salud mental y atención a la infancia y personas mayores. Y el gran motor del debate en la última década ha sido nada menos que la OCDE, la organización internacional de los países desarrollados, con gran influencia en las políticas públicas de sus miembros.

En 2009, la OCDE encargó un importante informe para repensar la economía, Más allá del PIB, a un grupo de economistas de prestigio: los premios Nobel Joseph Stiglitz y Amartya Sen, y Jean-Paul Fitoussi, referencia de la macroeconomía en Francia. La presión por abrir esta nueva línea había partido del entonces presidente francés, el conservador Nicolas Sarkozy, en el contexto de la crisis económica que pareció poner en jaque el sistema capitalista en 2008 con la caída del banco Lehman Brothers, y la OCDE acabó tomando el relevo.

El documento no quedó en un hecho aislado, sino que fue el punto de partida de una frenética actividad de la organización, con estudios periódicos como el How’s life? (¿Cómo es la vida?), la promoción de medidores que complementen el PIB y conferencias internacionales para avanzar con este enfoque. La última se celebró a finales de 2018 en Corea del Sur y puso al día el documento original de Stiglitz, Fitoussi y Sen, todavía con el liderazgo de los dos primeros. En los trabajos científicos se han implicado una quincena de economistas de gran renombre, entre ellos Thomas Pikkety y el malogrado Alan Krueger, asesor económico de Barack Obama, fallecido el pasado marzo.

La presión para ver la economía “más allá del PIB” se ha convertido también en una bandera de la prensa de referencia liberal, como el Financial Times, que, coincidiendo con el informe de la comisión parlamentaria de la wellbeing economy en Reino Unido dedicó incluso un editorial favorable a buscar complementos al PIB para que no sea la única vara de medir la economía (The secret of measuring national wellbeing). Precisamente, ha sido uno de los reporteros de referencia del rotativo, David Pilling, quien ha publicado uno de los libros recientes más implacables con la obsesión por el PIB, editado en España por Taurus con el elocuente título de El delirio del crecimiento.

“Después de escribir durante 20 años para el Financial Times desde los cinco continentes llegué a la conclusión de que la costumbre de ver el mundo a través del prisma del crecimiento económico está distorsionando nuestra percepción de lo que es importante”, escribe Pilling, quien sintetiza con sarcasmo las características del PIB: “Si fuera una persona, sería indiferente, incluso ciega, ante la moralidad. Mide la producción de cualquier clase, sin importar si es buena o mala. Le gusta la contaminación, en especial si es necesario gastar dinero para combatirla. Le gusta el delito porque le encantan las grandes fuerzas policiales y reparar ventanas rotas. Le agrada el huracán Katrina y está bastante de acuerdo con las guerras. Le complace medir la escalada de un conflicto en número de armas, aviones y misiles para, después, contar el esfuerzo que precisará la reconstrucción de ciudades arrasadas a partir de sus ruinas humeantes”.

Como explica Pilling y otros autores -como la economista Mariana Mazzucato en su reciente El valor de las cosas (Taurus, 2019)-, el PIB es solo “una convención” fruto del momento histórico en que nació, bajo el impulso de la Gran Depresión de la década de 1930 y la economía de guerra que desencadenó la Segunda Guerra Mundial. Mazzucato subraya que cuando el PIB se estandarizó lo hizo, además, bajo la influencia de las corrientes ortodoxas, que asocian valor y precio, de forma que se excluyeron todos los aspectos que en una economía no tienen precio -como los cuidados y el trabajo doméstico realizado por familiares- o se asignan fuera de mercado, como los servicios públicos. Ni siquiera el economista que es considerado el padre del PIB, el estadounidense de origen bieloruso Simon Kuznets (1901-1985), quedó satisfecho con el invento: él era partidario de excluir del cómputo las acciones que tuvieran un impacto negativo en la vida de la gente, como las prácticas contaminantes o la industria de guerra. 

Poner esos peros en un contexto absolutamente condicionado por la guerra total debió de parecer hasta de tiquismiquis. El problema es que aquella arquitectura, hija de su época, sigue determinando por completo las economías actuales, más incluso de lo que desearían muchos economistas: el PIB se ha convertido en el sinónimo de la economía misma y hasta en la principal prioridad de todo mandatario aspirante a la reelección. Si el PIB sube, aumentan las expectativas de reelección. Si baja, se hunden. ¡Es la economía, estúpido! fue la síntesis que mejor explicó la derrota de George H. Bush y el triunfo de Bill Clinton en las elecciones de EE UU de 1992, un revés que cogió por sorpresa al presidente tras su victoria militar en Irak. Pero en el imaginario de los candidatos y de sus asesores que aprendieron esa lección quedó como ¡Es el PIB, estúpido!

Y eso que ya en 1968 el entonces candidato presidencial en EE UU Robert Kennedy había afirmado en un célebre discurso que "el PIB lo mide todo excepto lo que merece la pena". La última crisis económica mundial ha vuelto a poner de manifiesto las dificultades del PIB para capturar cómo le va a la gente corriente. Alemania, por ejemplo, ha registrado un crecimiento ininterrumpido del PIB real (ajustado a la inflación) desde 2010, hasta el punto de que los analistas hablan de "década dorada". Sin embargo, el malestar social está tan extendido que una formación extremista y reaccionaria aspira ya a convertirse en la primera fuerza en el este del país. España también crece -y por encima de la media de la UE- desde 2014, pero el descontento social está todavía en cotas muy elevadas. Y lo mismo sucede en la gran mayoría de países occidentales: el PIB proclamó el fin de la crisis, pero muchos ciudadanos aún no lo han notado cuando ya suenan los tambores de una nueva recesión.

Propulsor de populismos

En opinión de la comisión de la OCDE que coordina Stiglitz, el auge de los populismos es una consecuencia clara de la omnipotencia del PIB. Por un lado, la falta de consonancia entre la experiencia propia de la gente y la supuesta recuperación ha acrecentado la desconfianza. Por el otro, la obsesión con el PIB -que en teoría marchaba bien- ha impedido tomar las medidas adecuadas para mejorar la vida de los ciudadanos. Como subrayan los expertos de la OCDE: "Lo que medimos afecta a lo que hacemos. Si medimos la cosa equivocada, haremos cosas equivocadas. Si algo no lo medimos, se ignora como si el problema no existiera".

Por ello, afinar mejor la recopilación estadística es uno de los elementos centrales para construir una economía menos obsesionada con el PIB y ahí se han destinado muchos de los esfuerzos de la OCDE y también de la Unión Europea: de poco sirve en muchas ocasiones la cifra bruta si no se distingue luego por sexos, edad o niveles de ingreso. Por ejemplo, tras la recesión de la década pasada, el PIB estadounidense creció con mucha fuerza de nuevo, pero en los tres primeros años de recuperación el 90% de la mejora fue solo para el 1% más rico. 

En el mismo capítulo de la estadística, los expertos defienden optar por la mediana en lugar de la media para hacerse una fotografía más fidedigna de la evolución económica real de los ciudadanos. La mediana es el punto medio de una serie ordenada de valores; la media es la suma de los valores dividido entre el número de integrantes. Parece un tecnicismo, pero tiene muchas implicaciones: imaginemos a cinco trabajadores que ganan 20.000 euros al año cada uno tomando una caña en un bar, al que de pronto entra Amancio Ortega, máximo accionista de Inditex. Si se calcula la media de ingresos de los clientes del bar en ese momento, todos pasan a ser multimillonarios. La mediana sigue siendo de 20.000 euros.

Ante las evidentes carencias del PIB, han surgido varios indicadores alternativos que aspiran a capturar mejor la realidad económica de los países y de sus ciudadanos, más allá del indicador fetiche del crecimiento. El más consolidado es el Índice del Desarrollo Humano (IDH), promovido desde 1990 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que combina el PIB con la esperanza de vida, la educación y, últimamente, también la desigualdad. Otra alternativa es el Índice del Progreso Real, abanderado sobre todo en sectores ecologistas, que en ocasiones se ha mostrado más eficiente que el PIB: el Estado de Maryland (EE UU) lo registra junto con el PIB y en 2009, ya en plena crisis, el PIB del Estado aún tuvo un crecimiento oficial del 3%, mientras que el índice alternativo marcaba ya un abrupto descenso del 6%.

En 2017, la revista científica Ecological Economicspublicó por vez primera una estimación del crecimiento en España entre 1970 y 2012 utilizando como medidor una variante del Índice de Progreso Real. El trabajo, realizado por investigadores del instituto IMDEA Energía de la Comunidad de Madrid, matiza considerablemente el milagro económico español: en estas cuatro décadas, el crecimiento fue del 146% si se mide en PIB per cápita, pero solo del 39% con el medidor alternativo, una mejora importante pero menos estratosférica.

En la última década se han lanzado otros índices alternativos, con patrocinadores importantes, como el Índice del Crecimiento Inclusivo, apadrinado por el influyente y muy liberal Foro Económico de Davos; y el Índice de la Felicidad, coordinado por el economista de la Universidad de Columbia Jeffrey Sachs. Sin embargo, ninguno se ha consolidado como estándar alternativo para el diseño de políticas públicas, en parte porque responden a enfoques y tradiciones muy distintas entre sí. Economía del bienestar, Economía de la felicidad y Economía del buen vivir parten de la crítica al predominio absoluto del PIB como sinónimo de éxito económico, pero conducen en ocasiones a mundos paralelos. Con la economía del bienestar se sienten cómodos keynesianos y poskeynesianos, como Stiglitz y Piketty, abanderados del Estado del bienestar, aunque incorporando en el análisis las aportaciones del ecologismo -sostenibilidad del planeta, etc.- y el feminismo -visibilizar el área de cuidados y el trabajo doméstico, etc.-, lo que necesariamente exige matices al PIB clásico.

Objetivo: la felicidad

En cambio, con la economía de la felicidad se identifican sobre todo liberales utilitaristas que, como el pensador Jeremy Bentham (1748-1832), creen que una acción es correcta si en general promueve la felicidad. También las de los gobiernos, en línea con la máxima de Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de EEUU: “El único objetivo legítimo del buen gobierno es cuidar de la vida humana y la felicidad”. Uno de los principales referentes de esta escuela es Richard Layard, de la London School of Economics.En sus trabajos -entre los que destaca La felicidad. Lecciones de una nueva ciencia (Taurus, 2005)- se muestra convencido de que la felicidad es perfectamente medible y que tiene mucho que ver con la salud mental y el bienestar emocional en la infancia, muy relacionada con cuestiones como la seguridad laboral de los padres y su relación como pareja.

Finalmente, los abanderados de la economía del buen vivir entroncan sobre todo con las corrientes más anticapitalistas y partidarias incluso del decrecimiento. Un libro reciente, Buen vivir. Utopía para el siglo XXI (Fuhem Ecosocial, 2019), de Patricio Carpio Benalcázar, de la Universidad de Cuenca-Ecuador, es una buena guía de sus fundamentos, basados en cuatro puntos: “el sumak kawsay o filosofía indígena sobre la naturaleza y la comunidad; el desarrollo alternativo, con dimensiones que trascienden la economía; elposdesarrollo, que incluye la dimensión ecológica como determinante, y la crítica al sistema [capitalista].”

Salvo esta última corriente, las demás aproximaciones no desprecian ni el crecimiento ni el PIB, sino que aspiran a matizarlo y complementarlo. Y así no tener que elegir nunca entre la bolsa o la vida.

Por Pere Rusiñol

24/09/2019 - 22:04h

[Este artículo forma parte del dossier Economía para vivir mejor, publicado en el número 72 de la revista Alternativas Económicas.Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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Domingo, 25 Agosto 2019 06:20

Cuestión de precios

El gobierno cubano contrarresta la escasez de alimentos haciendo compras contingentes con recursos de otras partidas presupuestarias / Foto: Afp, Yamil Lage

En las últimas semanas el gobierno cubano emprendió una amplia reforma salarial. La decisión le ha dado un importante rédito político al presidente, aunque se trata de una apuesta riesgosa y abre un espacio de conflicto entre las autoridades y una parte del emergente sector privado.

 

A finales de junio, el presidente Miguel Díaz-Canel anunció un inesperado aumento de salarios para los trabajadores del “sector presupuestado” en Cuba. Un tercio de la población laboral del país (1,5 millones de personas) fue beneficiado por la medida, que elevó el salario medio mensual desde 634 Cup1(poco más de 26 dólares) hasta 1.056 Cup. Para algunas profesiones, el “salto” fue incluso más acentuado: los maestros de primera enseñanza, por ejemplo, vieron duplicarse sus nóminas, en tanto que para muchos titulares de especialidades médicas se triplicaron.

Nadie consiguió anticipar tan importante decisión, que según rumores se acordó en secreto entre Díaz-Canel y el primer secretario del Partido Comunista, Raúl Castro. Su implementación inicial corrió a cargo de un limitado grupo de burócratas de alto nivel, entre los que predominaron figuras vinculadas al mandatario actual.

Dos meses antes del anuncio, había sesionado en La Habana el XXI Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba. El secreto con el que se cocinaba la elevación de pagos colocó a sus dirigentes en una posición equívoca, pues debieron mantenerse defendiendo la que hasta entonces constituía la premisa del discurso oficial sobre el tema: “Sin más productividad, no pueden incrementarse los ingresos de la población”.

“Si se reparte salario sin respaldo productivo, prepárense para la subida de los precios”, había alertado en julio de 2015 el todopoderoso titular de Economía y Planificación y vicepresidente del Consejo de Ministros, Marino Murillo. Durante el tiempo transcurrido no sólo se verificó la caída de ese jerarca (los dominios del antiguo “zar de las reformas” se limitan hoy a la presidencia de una anodina comisión partidista), sino también un cambio en la filosofía de Estado.

A tono con las nuevas circunstancias, el presidente Díaz-Canel ha considerado fundamental poner orden en la política financiera de la isla. El mencionado incremento de jornales y de las pensiones más pequeñas y el traspaso de facultades de la administración gubernamental a las empresas públicas constituyen los primeros pasos de un proceso mucho mayor, señaló en las últimas semanas.

UNA APUESTA ARRIESGADA. 

Entre mediados de julio y comienzos de este mes, los trabajadores de entidades presupuestadas recibieron sus nuevos pagos. En paralelo, el gobierno desplegó una amplia operación logística orientada a surtir las tiendas con productos de primera necesidad, que desde el año anterior venían escaseando.

Cuba inició 2019 en medio de una crisis de desabastecimiento motivada por la falta de liquidez y la persecución del gobierno estadounidense contra sus operaciones comerciales. La situación resultaba tan compleja que en abril, al promulgar la nueva Constitución, Raúl Castro le dedicó buena parte de su intervención ante la Asamblea Nacional del Poder Popular. Sus referencias al Período Especial, la debacle provocada por el derrumbe de la Unión Soviética, motivaron una intensa inquietud (véase “Como un déjà vu”, Brecha, 26-IV-19).

Como para alimentarla, a mediados de julio se sucedieron prolongadas interrupciones del servicio eléctrico. Sólo la capital y los balnearios destinados al turismo internacional escaparon a la oleada de apagones, que según la explicación oficial se debieron a roturas en las plantas generadoras. Otra versión, difundida entre el funcionariado, atribuyó los hechos a la carencia de combustible, consecuencia directa de las presiones de la Casa Blanca sobre navieras de terceros países contratadas para trasladar el crudo desde Venezuela (véase “Tres horas y tres minutos”, Brecha, 19-VII-19).

Las cuentas nacionales arrojan un sombrío balance. El año pasado el Pbi cerró el ejercicio con un magro 1,2 por ciento de crecimiento, que en julio fue revisado para agregarle un entero porcentual; aun así, el indicador se mantiene lejos del 7 por ciento que años atrás se presentaba como imprescindible para generar desarrollo. La Comisión Económica para América Latina ha estimado que Cuba completará el calendario en curso “sin decrecer” (como resaltó, a comienzos de este mes, un titular de Granma, el diario oficial del Partido Comunista), pero sus proyecciones no bastan para sostener el optimismo (la estimación es del 0,5 por ciento).

“El propósito (de Donald Trump y su gabinete) es asfixiarnos económicamente, provocando mayores carencias que irriten y desmovilicen a nuestro pueblo”, resaltó Díaz-Canel al clausurar el período parlamentario de julio. Por esos días el mandatario contrapuso la difícil coyuntura económica a la necesidad de elevar los salarios. A su juicio, la medida se traduciría en mayor eficiencia del aparato estatal. Por lo pronto, el retorno a las aulas de más de 8 mil maestros que habían solicitado la baja a causa de los pobres ingresos del sector indica que no andaba desencaminado.

 

¿POPULISMO O SENTIDO DE LA OPORTUNIDAD? 

Durante su primer año en el cargo, Díaz-Canel cargó con el sambenito de ser considerado sólo una figura de paja tras las que se ocultaban Raúl Castro y el Grupo de Administración Empresarial, el holding de compañías gestionadas por ex oficiales de los ministerios del Interior y las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Bajo ese punto de vista, se especulaba que el nuevo presidente tendría poco margen para desarrollar sus propias estrategias de gobierno.

La decisión de alterar la política salarial fijada en los tiempos de Fidel Castro constituye la primera jugada de peso emprendida bajo su conducción y se pondrá a prueba en los próximos meses. La cuestión es tan “simple” como lograr que no se traduzca en inflación el gigantesco volumen de efectivo que se distribuirá entre la ciudadanía. Datos oficiales han cifrado el costo de los incrementos salariales y de pensiones en alrededor de 7.700 millones de Cup, sólo durante los meses que restan de 2019. Para tener una idea de la magnitud de la erogación, basta apuntar que los ingresos planificados del Estado, en todo el año, rondan los 60 mil millones de Cup.

En su empeño por alterar las variables del juego, La Habana ha conseguido hasta ahora un éxito parcial. Por un lado, la red comercial bajo su control no ha colapsado ante la demanda acrecentada de millones de consumidores, pero, por otro, queda la duda de si las autoridades estarán en condiciones de sostener el ritmo actual de abastecimientos (en su mayoría, a partir de importaciones). Otro aspecto que ha cobrado particular preeminencia es el de las relaciones con los cuentapropistas, quienes en junio sumaron –por primera vez– más de 600 mil personas. Su labor resulta fundamental en servicios como los del transporte y la comercialización de productos alimenticios, pero casi siempre ha estado marcada por una tensa relación con las autoridades.

Anticipando que ahora no sería diferente, desde principios de julio numerosos funcionarios se apresuraron a aclarar que, para ser “exitoso y sostenible”, el aumento salarial debía ir acompañado por “el no incremento de precios”. Así lo señaló la ministra de Finanzas y Precios, Meisi Bolaños, al recordar que “no ha existido un incremento de los costos o impuestos; por tanto, no puede ser la subjetividad del incremento salarial la que lo motive. (…) Se trata, sobre todo, de que no se sigan estableciendo precios abusivos”.

La de “precios abusivos” es una de las expresiones más repetidas por la prensa oficial en las últimas semanas. Para enfrentarlos, se han topeado los importes de numerosos productos y servicios, y se han habilitado líneas telefónicas y direcciones de correo para que la población denuncie a quienes violen lo establecido. A nivel nacional, el proceso es supervisado por un observatorio gestionado por el ministerio de ese ramo.

No es una estrategia nueva. A finales de 2015, a raíz de otra crisis alcista, un diputado demandó en la Asamblea Nacional el fin de la política de “oferta y demanda” que defendían el vicepresidente Murillo y otros dirigentes. Consciente del malestar que generaba la situación, Raúl Castro secundó el reclamo y durante los meses siguientes se ensayó en la isla un primer intento de control centralizado de precios, que terminó con más penas que glorias. Durante los años transcurridos otros “experimentos” (como se les conoce en la jerga burocrática local) pretendieron ordenar la comercialización de materiales de construcción y el transporte de pasajeros, siempre sin éxito.

El de los taxis “almendrones” (los autos particulares estadounidenses de la década del 50) de La Habana se contó entre los fracasos más rotundos, recuerda el periodista José Jasán Nieves, del sitio alternativo El Toque“Fue una iniciativa cuyo resultado debería estar tallado sobre las paredes de los ministerios de Transporte y de Finanzas y Precios: 4.359 vehículos menos sirviendo, oficialmente, a los pasajeros en la capital y los precios aumentados el doble y hasta dos veces y media en las rutas que sobrevivieron”.

Para Díaz-Canel, esa es una referencia preocupante y cercana a la vez (el “experimento”’ fue abandonado recién en abril pasado). Con todo y las buenas intenciones, ni siquiera el respaldo de la población garantiza el éxito de medidas tan radicales. En especial, en un país con sus finanzas en permanente estado de contingencia.

  1.   Peso cubano, principal moneda de cambio en Cuba; 25 Cup equivalen a 1 Cuc (peso cubano convertible).

Por Amaury Valdivia

23 agosto, 2019

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Miércoles, 14 Agosto 2019 05:42

Capitalismo, agricultura y cambio climático

Capitalismo, agricultura y cambio climático

 

 

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) filtró un adelanto de un estudio sobre la relación entre suelos, agricultura y cambio climático. Es un poderoso llamado de atención sobre las fuerzas que amenazan con desfigurar la biósfera y destruir la especie humana. El análisis hace hincapié en el uso de suelo, la producción de alimentos y las emisiones de gases de efecto invernadero.

La advertencia del IPCC señala que la agricultura, la ganadería y la silvicultura generan 23 por ciento del total de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) cada año. Por otra parte, el IPCC recuerda que los suelos del planeta son responsables de absorber alrededor de 30 por ciento del bióxido de carbono emitido cada año por la industria y el sector energético. En la medida en que los suelos se degradan, se reduce su capacidad de absorción del bióxido de carbono (CO2) y su capacidad productiva se ve limitada. Esto aumenta la concentración de GEI en la atmósfera y agrava el cambio climático, lo que genera nuevamente mayor degradación de suelos. El riesgo de desencadenar un ciclo acumulativo vicioso es hoy día muy alto.

El informe del IPCC es importante, pero, como siempre ocurre con estas evaluaciones sobre la destrucción ambiental en el mundo, adolece de una grave omisión: no contiene ninguna referencia sustantiva a las fuerzas económicas que están promoviendo esta degradación ambiental.

El IPCC indica que cerca de 30 por ciento de la producción mundial de alimentos se pierde o desperdicia. La reducción de estos desechos haría una contribución importante para restringir las emisiones de GEI. El IPCC también reconoce que es necesario combatir la desigualdad que impera en los paisajes rurales del mundo para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, los patrones de consumo y el tipo de dieta imperante afectan la cantidad de tierra y agua que se necesitan para la producción de alimentos. El consumo de carne es uno de los factores más negativos en la contribución del sector a las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, por cada kilogramo de proteína animal producida se necesitan 10 mil litros de agua, nueve kilogramoss de granos y el equivalente a 18 kilogramos de capa orgánica de tierra.

Es cierto que la agricultura mundial está hoy profundamente distorsionada y sumergida en un círculo vicioso, en el que la degradación de suelos está asociada a mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Pero no será fácil implementar los cambios que se necesitan para reducir las emisiones de GEI del sector agrícola. Y es que, hoy, la agricultura mundial se comporta tal como el capitalismo siempre quiso que lo hiciera. El desperdicio y la desigualdad son dos signos distintivos de este fenómeno. La desigualdad es resultado de la lucha que el capital siempre ha mantenido por controlar el proceso de producción en el campo, buscando someter al campesinado y la población rural a la relación salarial. El acaparamiento de tierras es una faceta de este proceso. Por su parte, el desperdicio es un subproducto del control de la producción agrícola por el capital. No hay que olvidar que bajo el capitalismo, el objetivo de la producción mercantil agrícola no es generar alimentos para la población, sino producir ganancias para las corporaciones. En la producción capitalista el desperdicio es parte del valor agregado que se vende como mercancía.

Un rasgo esencial del capitalismo es la tendencia a la concentración del poder de mercado en pocas empresas. En la agricultura mundial esta consolidación corporativa se manifiesta no sólo en las grandes plantaciones y fábricas de carne, sino en todos los eslabones de la cadena de valor: comercialización, procesado y empaque, transporte y producción y venta de semillas e insumos agroquímicos (muchos profundamente tóxicos). Los abusos de la concentración de poder van desde la manipulación de precios hasta las violaciones de los derechos humanos de poblaciones campesinas.

El IPCC es incapaz de examinar el verdadero motor de la destrucción ambiental provocada por las grandes plantaciones de aceite de palma en el sudeste asiático, o por la ganadería y la soya transgénica en América Latina. Y es que el IPCC critica esas plantaciones, pero considera que están relacionadas con las necesidades de una población constantemente en aumento. No puede ver que esos proyectos tienen muy poco que ver con las necesidades de la gente y en cambio, sí, mucho con la transformación de la agricultura en una fuente de ganancias. Las emisiones de gases de efecto invernadero en la agricultura están vinculadas con la transformación de la producción de alimentos y del paisaje rural en general en un simple espacio de valorización para el capital.

Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero únicamente es posible frenando los excesos del capitalismo. El mercado no podrá hacerlo. La autoridad pública (el Estado) es la única que puede orientarnos en esa dirección. Pero eso necesita un cambio de paisaje político, que hoy está lejos de presentarse.

Twitter: //twitter.com/@anadaloficial">@anadaloficial

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Martes, 06 Agosto 2019 07:09

No hay manual para los nuevos riesgos

No hay manual para los nuevos riesgos

La razón de ser de los bancos centrales es la estabilidad. Estabilidad del valor de la moneda frente a los bienes (estabilidad de precios), frente a las divisas (estabilidad cambiaria) y frente a los activos financieros (estabilidad financiera). Algunos bancos centrales incorporan en sus estatutos el objetivo del pleno empleo y el crecimiento. A nuestro entender, no se trata de un segundo objetivo, más altruista, sino de uno de los pilares que sostienen su objetivo principal, porque sólo con crecimiento y pleno empleo se logra una estabilidad sustentable.

En los países que democráticamente eligen tendencias políticas diferentes a las que prefieren los intereses hegemónicos, los bancos centrales enfrentan nuevos riesgos que dificultan esta tarea. Vale la pena analizarlos con detenimiento. Destacamos tres nuevas fuentes de grandes riesgos que son despreciados por las regulaciones internacionales bancarias (Basilea II) y las instituciones financieras internacionales: 1. Concentración financiera, 2. Integración financiera internacional y 3. Riesgos geopolíticos.

Concentración financiera internacional

Tres fondos de inversión privados que manejan fondos por más de 13 billones de dólares, son los principales accionistas del 90% de las 500 empresas más grandes de EE. UU. Los activos de los 500 fondos de inversión más grandes del planeta eran equivalentes al PIB global de 2017. Los fondos Blackrock y Vanguard administran activos superiores al PIB de China. Este nivel de concentración del sector financiero global está fuera de toda escala, no tiene parangón en la historia, es un fenómeno nuevo y los bancos centrales tienen que incorporarlo como una de las principales amenazas que enfrentan.

Las regulaciones domésticas solían poner algunos límites a la concentración bancaria, como la ley Glass-Steagall en EE. UU. Esta ley diferenciaba entre bancos de inversión (dedicados a la especulación que captaban depósitos de grandes inversores y los apostaban en los mercados financieros), y la banca comercial (que captaba depósitos de inversores comunes, hacían préstamos al consumo, el comercio y la industria, y estaban sujetos a mayores regulaciones). También prohibía que las dos bancas estuviesen vinculadas para que los riesgos de la banca especulativa no afectasen a los ciudadanos comunes. Hasta que fue derogada en 1999, EE. UU limitaba la concentración bancaria dentro del país, pero no ponía límites a su expansión en el resto del mundo, especialmente en los países permeables a los intereses norteamericanos, como los latinoamericanos, donde la banca estadounidense tiene una alta presencia[1]. Es por esto que el sector financiero pasó a ser el principal lobista en EE. UU., al que aporta directamente unos 500 millones de dólares anuales para hacer prevalecer sus intereses.[2]

La derogación de la ley Glass-Steagall impulsó una mayor concentración en el mercado financiero de EE. UU. que, unida a la concentración global, generó la semilla de la gran crisis financiera de 2007/8. Creó lo que hoy se denomina “banca en las sombras” (Shadowbanking), que son los grandes fondos de inversión que captan depósitos de todo tipo de inversores y eluden las mayores regulaciones a las que está sujeta la banca comercial. La banca en las sombras tiene una ventaja competitiva desleal que favorece su expansión a costa de la banca comercial tradicional. A nivel del globo, no hay regulaciones que limiten las acciones de la banca transnacional y la situación está fuera de control. El FMI (Fondo Monetario Internacional) tiene una relación simbiótica con esta banca transnacional: como su capacidad de préstamo es limitada, recurre y promueve los préstamos de la banca privada, favoreciendo su expansión y concentración; a su vez, la banca se apoya en la capacidad del FMI para poner exigencias a los países receptores, una forma indirecta de asegurar el cobro de los préstamos y su expansión. Este nivel de concentración genera riesgos evidentes. El mercado financiero está desequilibrado a favor de esta banca gigante que empequeñece a los bancos centrales y disminuye sus herramientas de estabilización. Cualquiera de sus decisiones puede implicar movimientos internacionales desestabilizadores.

Integración financiera

La contrapartida de esta concentración es la integración financiera global. El excelente estudio titulado “La red del control corporativo global” de Vital, Glattfelder y Battiston (2011) analizó las estructuras de propiedad de las corporaciones del planeta sobre una base de datos de 13 millones de relaciones de propiedad, es decir, de tenencias accionarias que generan control societario, con las que detectaron 43 mil transnacionales. El estudio concluye que 737 accionistas pueden controlar el 80% de estas corporaciones. Hilando más fino, los autores identificaron unos 140 accionistas que controlan el 40% de las corporaciones transnacionales.

En los años previos a la crisis de 2007/8, era moneda corriente escuchar a los economistas del establishment decir que la mayor integración financiera global era un elemento positivo, porque el riesgo bancario se distribuía entre muchos agentes así que, en caso de quiebra, las pérdidas serían más fáciles de asumir porque se repartían entre muchos. La experiencia de la crisis, sin embargo, nos demostró lo contrario. Cuando los riesgos financieros se distribuyen de esta forma, como lo hicieron los bancos a través del negocio de titulizaciones de activos más la imbricada red de tenencias accionarias compartidas entre entidades, los bancos tienen un incentivo para tomar más riesgos y, más que distribuir el riesgo, desparraman basura. La alta interconectividad propietaria del sector financiero hizo que todo el sector sufriese el contagio y puso en grave riesgo el sistema financiero global.

Riesgos geopolíticos

La errática política exterior de EE. UU. en el plano comercial y financiero es una nueva fuente de inestabilidad global. Tras los atentados del 9/11 de 2001, EE. UU. cambió su política de sanciones. Antes de los atentados, cuando aplicaba sanciones a algún país, su efecto se limitaba a la relación directa que mantenía con el país sancionado, prohibiendo, por ejemplo, las exportaciones o sus préstamos hacia dicho país. Pero, con el declive de la hegemonía productiva de EE. UU., estas sanciones directas fueron perdiendo efectividad.

Sin embargo, tras los atentados a las Torres Gemelas, todo cambió. EE. UU. presionó a la banca privada para que le sirviera de brazo para aplicar sus sanciones, y todos aceptaron para evitar ser acusados de apoyar el terrorismo internacional, el tráfico de drogas o el lavado de activos. Como el 95% de las transferencias transfronterizas se liquida a través del sistema de compensación norteamericano (denominado CHIPS), y el 44% del comercio global se liquida en dólares, EE. UU. se aprovecha de esta hegemonía en el sector financiero para aplicar sanciones indiscriminadamente. Los bancos pasaron a ser responsables de autoreportar las transferencias sospechosas de corresponder a empresas, personas o países afectados por las sanciones, por lo que el Gobierno estadounidense ni siquiera tiene que supervisar directamente las operaciones y recuesta el trabajo y los costos en el sistema bancario.

Los bancos también temen la discrecionalidad que deriva de la ley de 2001 conocida como el Acta Patriota, que le da al secretario del Tesoro de EE. UU. la potestad de prohibir las corresponsalías bancarias en ese país lo que implica, para cualquier banco del planeta, quedarse fuera del negocio por una decisión que no está sujeta a ningún escrutinio público ni en EE. UU. ni de cualquier entidad supranacional. Como casi la totalidad de las transferencias bancarias transfronterizas requieren combinar el uso del sistema de liquidación de operaciones CHIPS -controlado directamente por EE. UU.-, y el sistema de mensajería bancaria SWIFT, cualquier país, persona o entidad afectada por las sanciones queda inmediatamente aislada del mercado financiero y comercial internacional, porque no puede recibir ni préstamos ni realizar ni recibir transferencias internacionales. Existe el consenso de que EE. UU. está usando indiscriminadamente esta herramienta de guerra financiera. Recientemente, el Financial Times afirmó que “es vital para Washington usar las sanciones con prudencia. De lo contrario, en lugar de reforzar su poder, sólo acelerará el declive del sistema político y de comercio liderado por EE. UU.”.

La caja de herramientas de la economía neoclásica no tiene ningún artefacto para enfrentar estos nuevos desafíos porque el realismo geopolítico no entra en sus consideraciones. Sin embargo, no tener en cuenta estos elementos es una imprudencia. No se requiere una teoría conspirativa para llegar al estado actual del sistema, porque la concentración e integración financieras son un resultado inevitable y espontáneo, consecuencia de la desregulación y la apertura financiera promovida por el Fondo. Pero cuando hemos llegado al punto en el cual la lista de personas que detenta semejante control del sistema financiero cabe en la lista de invitados a una boda de clase media y que, por lo tanto, les es fácil reunirse en un club como Bilderberg o Davos[3] para llegar a acuerdos que pueden ser contrarios a los intereses de un Estado, no tener en cuenta los riesgos que esto implica es un caso grave de falta de imaginación o irresponsabilidad. Cualquier administrador eficaz de la banca central tiene que usar una caja de herramientas analíticas diferente a la neoclásica. La teoría de los sistemas complejos es una buena candidata para analizar estos nuevos escenarios. Dice que una forma de evitar estos riesgos es crear cortafuegos similares a los usados para evitar los apagones masivos de los sistemas eléctricos interconectados. En otras palabras, nacionalizar y aislar el sistema financiero lo más posible. Al final, Donald Trump tiene razón, al menos en lo que respecta al sistema financiero, lo mejor es “Latinoamérica First”.

Por Guillermo Oglietti

Celag

 

Notas

[1] file:///D:/Users/OK/Downloads/wp1760.pdf. La posición de América Latina de acuerdo a la presencia de banca extranjera se ubica por detrás de los países europeos exintegrantes de la URSS y de África.

[2] El sector financiero ocupa el primer o el segundo puesto del ranking de gasto de lobby por sector, habitualmente compartiendo el podio con el sector de la salud privada. De todos modos, debido a que el sector financiero es propietario de una gran porción de las corporaciones que también son lobistas, este gasto y posición seguramente están subestimados. http://www.opensecrets.org/

[3] El libro “Relaciones Internacionales” de Marcelo Gullo es una muy buena guía para entender este y otros temas geopolíticos que enfrentan nuestros países.

Guillermo Oglietti es doctor en Economía Aplicada por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), postgraduado del Instituto Torcuato Di Tella de Buenos Aires y licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC, Argentina). Dirigió el Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Territorio, Economía y Sociedad de la Sede.

Fuente original: https://www.celag.org/no-hay-manual-para-los-nuevos-riesgos/

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Cuba impone un plan de control de precios en plena crisis

 

Cuba ha impuesto este martes un plan de control general de precios a todas las empresas estatales y privadas en medio de una crisis económica cada vez más profunda y del aumento de las sanciones de Estados Unidos. Las nuevas medidas prohíben la subida de precios en el comercio minorista y al por mayor, excepto para productos importados y distribuidos por el Estado, donde los márgenes de beneficio ya establecidos no se pueden aumentar.

“En efecto, han suspendido lo que quedaba de libre mercado”, aseguró un economista, que pidió no ser identificado debido a las restricciones para hablar con periodistas extranjeros. Aunque las empresas estatales dominan la economía, las reformas llevadas a cabo en los últimos años han propiciado un crecimiento del sector privado, principalmente, de cooperativas, agricultores, pequeñas empresas y trabajadores independientes como los taxistas.

El Ministerio de Finanzas y Precios cubano enumeró todos los actores del conocido como sector no estatal para decir que “no pueden aumentar precios y tarifas actuales de productos y servicios”. El presidente de la isla, Miguel Díaz-Canel, anunció a principios de mes una batería de medidas de emergencia para combatir el estancamiento de la economía y frenar la caída de ingresos en divisas iniciada en 2015, a medida que la crisis de Venezuela, su aliado más estrecho, empeoraba. La mala dinámica de la economía cubana se ha visto agravada por las sanciones estadounidenses.

Las medidas incluían un aumento de salarios y pensiones para más de dos millones de empleados estatales, lo que elevaba la factura anual a 8.000 millones de pesos cubanos (idéntica cantidad en dólares), casi el 13% del presupuesto de este año. Díaz-Canel afirmó que otras medidas, que están aún por anunciarse, incluyen controles de precios y políticas destinadas a estimular la producción local para cumplir con el aumento de la demanda de consumo sin provocar inflación. Como otros propietarios de pequeñas empresas, Manuel Rodríguez, dueño de una cafetería en La Habana, asegura que no tenía problemas con los controles si el Estado y la economía sumergida lo respetan, cosa que duda.

Andrew Zimbalist, economista especializado en Cuba del Smith College de Estados Unidos, ve este tipo de medidas "aceptables durante períodos cortos de tiempo". Pero si se vuelven permanentes, agrega, "comienzan a crear serias distorsiones en la economía". En opinión de Pavel Vidal, ex economista del Banco Central de Cuba, "cuanto más controlan los precios en los mercados formales, más inflación e inestabilidad habrá en los mercados informales".

Reuters

La Habana 30 JUL 2019 - 15:47 COT

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El FMI recorta drásticamente la previsión de crecimiento para América Latina en 2019

La economía de la región se expandirá un 0,6%, frente al 1,4% proyectado hasta ahora. Brasil, el mayor damnificado por esta revisión

 

 

La dinámica se ha convertido en casi un ritual: la economía latinoamericana empieza el año con previsiones de crecimiento más o menos robustas y, a medida que avanzan los meses, va perdiendo fuelle. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha recortado este martes severamente su pronóstico de crecimiento para América Latina y el Caribe en plena desaceleración global: la región cerrará este año con un avance del 0,6%, muy lejos de lo que cabría esperar para un bloque emergente y de la proyección del propio fondo hace tres meses, cuando auguraba que la expansión rondaría el 1,4%. Una rebaja que el propio Fondo califica de “considerable” y que no ayudará a la consecución de otros objetivos como la reducción de la pobreza o la informalidad, ambos estrechamente dependientes de una evolución positiva de la economía. Para 2020 las noticias son algo mejores, aunque también peores de lo que se esperaba hasta ahora: de cumplirse la proyección, Latinoamérica crecerá un 2,3%, una décima menos de lo pronosticado en abril.

El FMI va más allá de los fríos números y constata con palabras contundentes la rebaja de su proyección para la región, el bloque donde más cae el crecimiento respecto a las proyecciones de primavera. “En América Latina la actividad se ralentizó notablemente al inicio del año en varias economías”, subrayan los técnicos de su institución al tiempo que hablan de cuestiones “idiosicráticas”. El 0,6% es una cifra débil incluso si se compara con los dos ejercicios anteriores, en los que la mayoría de organismos internacionales y casas de análisis coincidían en tildar de decepcionante: 1,2% y 1% en 2017 y 2018, respectivamente. Y se queda muy atrás respecto al resto de bloques en vías de desarrollo, que este año crecerán de media un 4,1% liderados, como viene siendo una constante, por Asia.

El organismo comandado por Christine Lagarde —que dejará Washington por Fráncfort, para ponerse al frente del Banco Central Europeo (BCE), a finales de octubre— se detiene sobre varios países de la región, pero solo hace análisis individuales de las dos mayores economías latinoamericanas: Brasil y México. En el primer caso, la proyección es un jarro de agua fría sobre los hombros de su presidente, Jair Bolsonaro, que se enfrenta con la primera revisión a la baja desde que está en el poder. La corrección no es menor: la economía brasileña, según los técnicos del Fondo, cerrará este año con un magro crecimiento del 0,8%, frente al 2,1% que pronosticaba en abril, la rebaja más severa de todos los países analizados. Solo el año que viene el gigante latinoamericano podrá presumir de una expansión económica por encima 2%: del 2,4%. El documento del FMI contiene extractos que dolerán, y mucho, en Brasilia: el prestamista de última instancia a escala global achaca la rebaja en sus previsiones a un sentimiento económico “considerablemente debilitado” como “reflejo de la incertidumbre persistente sobre la aprobación de la reforma de pensiones y de otros cambios estructurales”

 

Mal dato en México, a la espera del crecimiento hasta junio

Para México -que en poco más de una semana sabrá si entró en recesión en la primera mitad del año, tras cerrar en rojo el periodo entre enero y marzo- el diagnóstico es igualmente negativo, aunque el recorte en el crecimiento para el ejercicio en curso dista mucho del rejonazo brasileño. De acuerdo con las cifras del Fondo, la economía del país norteamericano crecerá este año un exiguo 0,9%, siete décimas menos de lo que la institución auguraba en primavera, y en 2020 lo hará un 1,9%. En ambos casos, la expansión se queda lejos del objetivo fijado por su presidente, Andrés Manuel López Obrador, que ha prometido por activa y por pasiva -tanto en campaña como después de tomar posesión- que la economía crecerá un 4% anual durante su sexenio.

La tercera economía de la región, Argentina -un país rescatado por el propio Fondo Monetario hace justo un año y donde la inflación permanece disparada-, se contrajo en el primer trimestre de 2019, aunque a una tasa menor que la registrada en el mismo periodo del año pasado, lo que lleva al FMI a revisar ligeramente a la baja para el resto del ejercicio aunque sin aportar datos en esta primera lectura. Para 2020, los economistas del Fondo pronostican que la economía argentina “se recuperará” -registrará tasas positivas-, si bien será de forma “modesta”. En Chile, aunque todavía con su economía -acaso la más sólida de América Latina- en tasas positivas, la revisión también es a la baja, en lo que constituye otro escollo para su presidente, Sebastián Piñera, que puso la revitalización económica como eje central de su campaña y que ha visto mermada su popularidad al no poder conseguir este objetivo en los primeros meses de su segundo mandato.

Sin embargo, la peor parte del pastel se la lleva, como siempre, Venezuela, una economía atenazada por un sistema de fijación de precios desnortado -la inflación sigue desbocada, en cifras inimaginables en cualquier otro país del mundo: 10.000.000% interanual- y a la que el propio Fondo Monetario señala siempre como el peor alumno de la clase global: el país sudamericano cerró 2018 con una caída del PIB del 25% y este año su economía sufrirá una dentellada del 35%. “La profunda crisis humanitaria y su implosión económica continúa teniendo un impacto devastador”, cierran los técnicos del FMI sobre un país, el presidido por Nicolás Maduro, que ya forma parte del triste club de los mayores descalabros de la historia económica global.

Por Ignacio Fariza

México 23 JUL 2019 - 13:38 COT

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