Domingo, 08 Abril 2012 07:30

"Seguiré hasta el fin. Mato o caigo"

"Seguiré hasta el fin. Mato o caigo"

Aunque sabía que el muchacho llevaba encima un revólver, y que en el barrio tenía fama de duro, el padre Juan Carlos Velásquez no sintió miedo cuando se bajó del coche al llegar a su casa parroquial y lo vio venir hacia él en medio de la noche.

 
— Qué hay, brother — le dijo el chico.

 
“Pensé que venía a pedirme dinero para drogarse o para alicorarse”, recuerda Velásquez, un cura católico de 38 años con barba y melena negra rizada y brillante que lleva ocho años dedicado a intentar comprender y ayudar a los jóvenes sicarios de los barrios pobres de Medellín.

 
“Cuando se acercó, le dije de una manera muy seca: ‘Hombre, qué necesitás’. En vez de contestarme fuerte, se reblandeció y me dijo que era su cumpleaños, y que nadie lo había felicitado”.

 
El cura pensó que el chico lo quería enredar de alguna manera. “Y yo más duro me puse, porque estos muchachos son muy tramadores. Le dije otra vez: ‘Qué necesitás”.

 
—Padre, necesito un abrazo —le respondió el chico.

 
“Y yo solté el escudo que tenía y lo abracé. Él lloró unas lágrimas, me dio las gracias y se fue”. “Esa noche”, recuerda, “no pude dormir pensando en ello”.


Aquella madrugada de diciembre de 2009, el cura captó algo que no había comprendido en seis años de relación con los jóvenes de los combos —las pandillas que sirven de comandos de barrio para los capos de la ciudad—. “Allí mismo descodifiqué el conflicto”, afirma Velásquez en el comedor de su modesta casa parroquial, en la Comuna 5 de Medellín. “Yo creía que era un problema económico, pero la solución no es solo de dinero. Tiene que ver con la falta de afectos y con distintas formas de rechazo social. Ellos son seres humanos que merecen oportunidades, y las instituciones, llámense Iglesia, Gobierno o escuela, lo único que hacemos es vetarlos. A los chicos los echan de la casa, los echan de los colegios, y entonces su único refugio es la esquina, el combo, que les da un lugar para ser personas... Entre comillas”.

{gallery}fotos medellin{/gallery}

 Una tarde de octubre, en un café de Medellín, un sicario retirado se dispone a contar sus años como asesino a sueldo mientras merienda un pastel de hojaldre y un refresco. Habla en voz baja y de vez en cuando echa una ojeada a su alrededor como si no se sintiera seguro. El joven ha pasado ya de los 20 años de edad, algo que no logran muchos de ellos. Esnifó su primera raya de cocaína a los 10 años. Con 12 cogió por primera vez un arma de fuego. Con 14 ya era miembro de una banda criminal. “Nos juntamos los de mi barrio, los típicos pelaos que en preescolar íbamos cogidos de la mano para la escuela, y montamos un combo de 80 personas”, explica. “Cuando uno cumple una edad y no estudia ni hace nada, las cuchas [las madres] le ven a uno el símbolo del peso en la cara, y le piden que aporte para la casa. Le dicen que es un mantenido, y eso cala. Yo estuve en ese punto: sin trabajo, con la familia presionando, que llegaba a casa y a mí no me ponían ni un plato de arroz, y me miraban mal si abría la nevera. Y aparece un tipo y le pone delante de usted un millón, dos, tres millones de pesos”.


Por lo que cuenta, de los 14 a los 16 años fue un asesino muy solicitado, aunque los detalles que ofrece son inverosímiles. No parece que exagere para presumir, o que esté contando mentiras, sino más bien que su niñez y su primera juventud fueron tan salvajes y lo arrasaron de tal manera que difícilmente puede recordar los datos exactos de aquel caos sin medida. “Cada semana hacía unas ocho vueltas [encargos diversos; no siempre asesinatos], y con eso me ganaba como 10 millones de pesos (4.200 euros). Viajaba en avión, tenía un apartamento, a todas las niñas que quería, mi moto, revólveres, un rifle, la coca… Mire que entre cuatro consumíamos 70 gramos diarios”.

 
— ¿Quiere decir siete gramos?

 
— No señor, 70.

 
— ¿Y cómo no se murieron?

 
— Uno sí murió de sobredosis, otro se quedó ciego, y a otro un día se le cayó algo blanco de la nariz. Pensó que era una roca de coca, pero era el tabique.

 
En España, un gramo de coca cuesta 60 euros en la calle. En las barriadas de Medellín cuesta 2 euros, y, sin embargo, por allí no se ven drogadictos decrépitos como, por ejemplo, los de los poblados del extrarradio de Madrid. El testimonio de este sicario retirado indica que esto no se debe a una mayor contención en el consumo, sino a la mera pobreza. Según explica, los jóvenes de ahora no encuentran de dónde sacar dinero, ya no para drogarse, sino para comer o vestirse. Incluso asesinar por encargo, que antes podía ser bastante lucrativo, se ha convertido en un oficio ruinoso. El antiguo asesino a sueldo, que mantiene contacto diario con ejecutores en activo, pone un par de ejemplos: “El otro día, un pelao me dijo que mató a alguien y le dieron 20.000 pesos [8,4 euros] por esa cabeza, y me consta que otros matan hasta por 5.000 [2,5 euros] y que luego usan la plata para comprarle unas arepas a su mamá”.


En Medellín, la oferta de asesinos excede la demanda de víctimas. Tanto, que los chicos más jóvenes llegan a matar gratis para intentar hacerse un hueco en el saturado mercado del crimen. El padre Velásquez asegura que ahora es tan difícil prosperar como sicario que muchos le juran que lo dejarían si pudiesen encontrar otro modo de sobrevivir. “Hay infinidad de jóvenes que quieren salirse de esto”, comenta. “No hace falta ni siquiera que lo veamos desde el punto de vista humano, sino desde el mero punto de vista comercial: hay una sobrecarga de combos y de sicarios”. En la cafetería, el asesino retirado que viajaba en avión dice lo mismo: “Uno sabe que ahora hay más pelaos que nunca metidos en las vueltas”.

 
En Medellín hay más de 5.000 sicarios distribuidos en unas 300 bandas por toda la ciudad. Y, sin embargo, el número de asesinatos no llega ni a la mitad que a principios de los noventa, en la época del capo Pablo Escobar, cuando había más de 4.000 muertos anuales. En 2011 hubo 1.648, casi 400 menos que en 2010. Aunque el índice de homicidios sigue siendo uno de los más altos de las ciudades grandes de Latinoamérica, la cifra se ha estabilizado en la última década en torno a los 2.000 muertos anuales.


Lo paradójico es que mientras el crimen se reduce, parece que aumenta la disponibilidad de chicos empobrecidos y desocupados dispuestos a asesinar para ganar un poco de dinero. Igual de desconcertante es que en tiempos de menos violencia la relación que tienen ellos con la muerte se deshumanice cada vez más. “Algunos ya matan por deporte”, comenta el exsicario, que siempre que hace una afirmación general, la ilustra luego con un horror particular.
 

“La semana pasada estuve con un chico de 16 años de mi barrio. Estábamos sentados en la calle y él andaba como ansioso. Se movía, se tocaba mucho la pierna”.

 
—¿Qué le pasa a usted? —le dije.
 


— Que tengo ganas de matar —me contestó.

 
“Él mantenía el fierro [pistola] al pulmón, ahí cerquita. Entonces se levantó, se fue, oí pa-pa-pa. Volvió, se sentó y me dijo: ‘Ya me calmé’. Había matado a un pelao que no tenía nada que ver. Al primero que se encontró”.

 
Así es la vida en las comunas. Estos barrios pobres se construyeron sobre las laderas que rodean el centro de Medellín. Cuando se entra en la comuna, la carretera se empina, la calidad de las casas empeora según se sube. En las aceras, los vecinos charlan sentados en las puertas de las casas. Acabamos de traspasar la frontera de un sitio donde no suelen entrar forasteros y donde todo el mundo se conoce. A los lados de las calles principales, el tejido urbano se convierte en un laberinto de callejuelas y casuchas de ladrillo y chapa apretujadas. En ese escenario, dos sicarios hablan de esas extrañas ganas de matar. “Me picaba el dedo”, dice uno de ellos para explicar su pulsión por apretar el gatillo. Es un sicario en activo mayor de lo habitual, cercano a la treintena, y lo acompaña un adolescente callado que a veces sonríe. El chico tiene una actitud extraña, como una mezcla de timidez y suficiencia.

 
Si se les pregunta por la muerte, el menor no dice nada. El mayor se queda con cara de incomprensión, y al final responde: “Pues señor, eso es algo de lo que no se vuelve, y ya”.

 
El padre Velásquez sostiene que los chicos de las comunas entienden la vida en presente simple, sin más futuro que las próximas horas. “Tienen una idea muy simple de la existencia. Experimentan la muerte al día. Viven el hoy. Lo que se gana, se gasta en el día. Es como una expresión popular que hay por acá que dice: ‘Volador hecho [cohete lanzado], volador quemado’; o como el título de una canción de Juanes, La vida es un ratico”.

 
Eso, sin embargo, no significa que vivan a todo trapo, rodeados de las míticas riquezas del narcotráfico, sino que su vida corre rápidamente hacia una muerte inmediata, amarrados a la miseria y sin mejor camino que delinquir. El cura, que conoce sicarios de todas las edades y de todos los puntos de la ciudad, dice que por lo general son personas frustradas, perfectamente conscientes de que han nacido para morir en “la guerra”, como le llaman ellos a lo que las autoridades colombianas y los analistas definen como “el conflicto”.
 

Federico Ríos, el reportero colombiano que hizo las fotografías que ilustran este reportaje, habló durante meses con los chicos de las bandas para entender su mundo y ganarse su confianza. Le parecieron “serios, apagados, como amargados, ensimismados, sin chispa”. Según Ríos, su día a día consiste en hacer lo que les mandan mientras esperan el momento de que les den un balazo. En una de sus charlas con los sicarios, Ríos le preguntó a un pandillero de 16 años qué le gustaría ser en la vida. “Camellador de busero [ayudante de un conductor de autobús]. Ese es el sueño mío”, respondió el sicario.


Pero el chico, por lo que le dijo a Ríos, tiene claro que no llegará a eso, que su futuro es terminar su vida cumpliendo con sus obligaciones: “Hasta el fin”, dice, “hasta que me maten. O mato, o caigo”. Y lo resume con una idea vacía: “Como dice el dicho, el que muere queda así”.
 

Para los jóvenes sicarios de Medellín, matar o morir no tiene ningún significado, es un hecho sin más, algo que se hace o se padece por necesidad, una función técnica y un destino obligado. “Es la pérdida del concepto de lo humano”, reflexiona Carlos Ángel Arboleda, de 61 años, sacerdote y profesor de doctrina social de la Iglesia de la Universidad Pontificia de Medellín. Él recuerda que en los primeros tiempos del narco, en la década de los ochenta, los asesinos a sueldo eran adultos de raíz campesina y con un pensamiento católico tradicional —básico pero sólido— que les hacía sentir de otra forma lo que hacían. “El primer sicario tenía una religiosidad popular muy fuerte”, explica. “Era consciente de que matar era pecado, pero le valía para conseguir dinero para la casa y para sacar a la mamá de la pobreza”.


El padre Velásquez entiende que esa correa de transmisión de valores tradicionales se ha ido cortando por la descomposición de las familias humildes, causada en parte por la rápida incorporación de las mujeres al mercado laboral. Según Diego Herrera, miembro del Instituto Popular de Capacitación, una ONG local, en la ciudad se ha producido desde los años noventa una transformación industrial que ha convertido las fábricas tradicionales, de textiles y de alimentos, en nichos laborales de segunda clase para ciudadanos pobres y sin formación: en un 80% de los casos son mujeres, muchas de ellas madres solteras o adolescentes con hijos recién nacidos.

 
La Personería de Medellín, una oficina pública de defensa de los derechos civiles, alertó en un informe de 2011 de que las mujeres de las barriadas ganan entre uno y cinco euros a la jornada. El paro ronda el 12% en toda la ciudad, pero en algunos barrios pobres llega al 40%, y la mitad de los ciudadanos que aparecen en las estadísticas como trabajadores tiene un contrato informal, sin prestaciones sociales ni derecho a una pensión.
 

Mientras tanto, la economía formal prospera. Medellín es la ciudad colombiana mejor valorada internacionalmente como destino de negocios, según explica Max Yuri Gil, sociólogo de la Universidad de Antioquia, y tiene éxito como lugar de servicios, desde los turísticos hasta otros más singulares, como la cirugía estética. También es la ciudad colombiana en la que mayor cantidad de riqueza se concentra en un menor número de ciudadanos. Según datos de la Personería, en 2009 la ciudad tenía 2.400.000 habitantes, de los que 900.000 eran pobres, y unos 250.000, indigentes.


Un informe de 2011 de la Veeduría de Medellín, una organización civil, preguntaba por la causa de esta desigualdad social, y a continuación invitaba a la lectura de algunas frases de un manual de inversión publicado en 2006 por el propio Ayuntamiento de Medellín: “El salario mínimo en Colombia es uno de los más bajos de los países latinoamericanos (…). Colombia tiene uno de los regímenes laborales más flexibles de América Latina (…). Con una jornada laboral diurna extendida desde las 6 a. m. hasta las 10 p. m., el empleador puede contratar dos turnos sin necesidad de pagar horas extra (…). Modalidad de contratación de aprendices sin vinculación laboral con la empresa: el empleador no tiene obligación de pagar prestaciones sociales (…). Colombia presenta costes de despido sin justa causa considerablemente inferiores a países como México, Argentina, Guatemala y Brasil”.

 
Medellín evoluciona, pero no logra incorporar al desarrollo a la mayoría de sus ciudadanos. “Aquí la economía sube y la gente pasa cada vez más hambre”, dice el padre Velásquez.

 
En ese contexto, las mujeres han dejado de ser amas de casa y educadoras primarias, y sus hijos se han quedado solos, entre un hogar vacío y un ambiente callejero que los atrapa desde la infancia. “Los niños son educados por los combos”, afirma el profesor Arboleda. Es la misma idea que transmite Velásquez, que la función maternal de crianza ha sido suplantada por una socialización criminal. “Para los muchachos, pertenecer al grupo no es un trabajo, es una opción de vida”, dice el cura. “Encuentran el afecto y una identidad. Para ellos, el combo es un lugar en el mundo”.

 
En los años ochenta, durante el reinado de Pablo Escobar, por el contrario, el crimen era para los sicarios un puesto de trabajo, y su lugar en el mundo era la familia, la madre sobre todo. La religión era el esquema simbólico que amueblaba sus cabezas, un conjunto de creencias en el que la vida y la muerte adquirían un sentido trascendente. Entre el apego a la familia y la fe en el más allá, los soldados de la era de Escobar formaban parte de un mundo pobre pero estable, y esperaban de la vida algo más que un tiro en la sien. “Por entonces no tenían conciencia de vida corta”, dice el padre Velásquez. “Apenas empezaba el fenómeno del sicariato. Ellos entraban en eso con la idea de salirse luego con la plata suficiente para hacerse una casa, o comprarse una licencia de taxi, o montar cualquier otro negocio”.

 
Antes de que Medellín, la ciudad más católica de Colombia, se convirtiese en una ciudad latina moderna, los asesinos creían en Dios, y hasta pedían disculpas al cielo por lo que hacían en la tierra. “La confesión se consideraba un paliativo”, dice Velásquez. “El sacramento era una catarsis”.

 
En un municipio de las afueras había un templo que todos los martes se llenaba de gente, la iglesia de Sabaneta, donde se rendía culto a la Virgen María Auxiliadora, La Virgen de los sicarios, como la definió el escritor colombiano Fernando Vallejo en el título de su famosa novela sobre los asesinos de Medellín. Vista ahora, la obra parece un parteaguas de la cultura del sicariato: antes, la Virgen y la mamá, y después, nada.

 
El libro se publicó en 1993, cuando se iniciaba la transformación social y económica de la ciudad, el mismo año en que Escobar, a quien en las comunas aún llaman Don Pablo, murió en un tejado de Medellín tiroteado por la policía. Vallejo, que atendió a este diario por teléfono, recuerda que en aquel tiempo ya estaba “bajando la devoción”. Unos años después, el escritor volvió a pasar por la iglesia de Sabaneta y la encontró en decadencia.

 
Por entonces estaban naciendo los sicarios de hoy día, que por lo general ya no van a misa, ni se confiesan. Según el padre Velásquez, su vacío simbólico y sentimental se ahonda a medida que pasan la adolescencia y se afianzan en las estructuras criminales, que es cuando pierden cualquier resto de emoción infantil por pertenecer al mundo del crimen y asumen que solo les queda morir, que, en realidad, solo se merecen morir. “Uno los invita a ir a la misa y ellos mismos no se creen merecedores de la misericordia de Dios”, cuenta el cura. “Es una cosa triste. Te dicen: ‘Padre, yo ya no tengo salvación, yo estoy muy mal, a mí ya ni siquiera Dios me perdona”.
 

Cuando mueren, las familias de los muchachos de los combos prefieren enterrarlos rápido. Es más económico. Retiran su cadáver cuanto antes de la calle y lo llevan a un crematorio. Evitan así que la policía analice la escena del crimen y que los forenses escruten el cuerpo.

 
Aquel sicario que celebró su cumpleaños en la calle, solo, esperando a medianoche al padre Velásquez para pedirle afecto, tampoco llegó a entrar nunca en su iglesia. Un año más tarde murió tiroteado. El sacerdote recuerda que nadie le hizo un funeral.


Por Pablo de Llano Medellín 8 ABR 2012 - 01:30 CET

FOTOGALERÍA: Medellín, el crimen a fuego lento, Federico Ríos
 

Publicado enColombia
El cantautor argentino Facundo Cabral fue asesinado hoy por un grupo de sicarios en la capital guatemalteca, cuando se dirigía con su representante al aeropuerto internacional La Aurora desde el hotel donde se hospedaba.

El portavoz de la Presidencia guatemalteca, Ronaldo Robles, dijo a Efe que Cabral, de 74 años y quien se encontraba en Guatemala desde hace una semana, murió como consecuencia de múltiples disparos y que los miembros de su seguridad no pudieron repeler el ataque.

“Fue un atentado directo en su contra perpetrado por sicarios que utilizaron fusiles de asalto”, precisó Robles.

El funcionario aseguró que el presidente guatemalteco, Álvaro Colom, “esta consternado por este hecho cobarde”, y aseguró que tres equipos especializados de investigadores han sido asignados para trabajar en el esclarecimiento del asesinato del cantautor y poeta.

En el ataque también fue herido de gravedad el representante del cantante, Henry Fariña, quien se debate entre la vida y la muerte ingresado en un centro asistencial de la capital guatemalteca, destacó Efe.

Medios locales que citan a testigos presenciales del ataque aseguran que los sicarios iban en dos vehículos de modelo reciente, y que los integrantes del equipo de seguridad del cantante se enfrentaron a tiros con estos cuando intentaban detenerlos.

El vehículo en el que viajaba el trovador argentino quedó estacionado en la entrada de una estación de bomberos, a donde el conductor acudió en busca de ayuda.

Facundo Cabral, quien inició su carrera artística a los ocho años, nació en la ciudad de La Plata, en la provincia argentina de Buenos Aíres, el 22 de mayo de 1937.

El autor de la mundialmente famosa canción “No soy de aquí, ni soy de allá”, entre otras decenas de composiciones, en su último y fatal viaje a Guatemala ofreció dos conciertos en los que fue aplaudido por centenares de seguidores, uno en la capital y el último, la noche del viernes, en la ciudad de Quetzaltenango, al oeste del país.
Publicado enInternacional
Las fuerzas de seguridad bolivianas han acabado con la vida de tres extranjeros en un tiroteo en la ciudad de Santa Cruz y han arrestado a otras dos personas. Según el presidente de Bolivia, Evo Morales, eran "mercenarios" que pretendían "asesinar" al mandatario y a otros tres altos cargos de su Gobierno.

El jefe de la Policía, Hugo Escobar, ha precisado que el tiroteo se ha producido en un hotel y ha durado media hora. Escobar ha declarado en un primer momento que los muertos son dos hombres húngaros y otro boliviano, pero las informaciones sobre la nacionalidad de los fallecidos son contradictorias.

El vicepresidente del Gobierno, Álvaro García Linera, ha explicado que según la documentación encontrada en el operativo, que se ha desarrollado esta madrugada, los fallecidos preparaban "un magnicidio". Y ha añadido que su Gobierno tiene datos sobre la presencia de estos terroristas en recientes actos públicos de Morales y sobre el seguimiento que habrían hecho al desplazamiento de caravanas del presidente, el vicepresidente y algunos ministros.

"Ayer di instrucciones al vicepresidente para arrestar a estos mercenarios y esta mañana he sido informado de un tiroteo de media hora en la ciudad de Santa Cruz. Tres extranjeros han muerto y dos han sido arrestados", ha declarado Morales, que se encuentra en Venezuela para participar en la VII Cumbre del ALBA (la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América).

Morales dijo el pasado domingo que tenía sospechas de que existía un plan para atentar contra su vida y que estaba siendo organizado por la oposición con el apoyo de la Embajada de Estados Unidos en La Paz. "Posiblemente tenga los días contados porque se van preparando. Si pasa algo con Evo, con Alvaro [García Linera] u otros ministros será culpa de la derecha fascista que está organizando con el apoyo de la embajada de Estados Unidos, (lo) tenemos registrado", advirtió en una entrevista a los medios locales.

AGENCIAS - Caracas - 16/04/2009
Publicado enInternacional
Wílber Varela, alias Jabón, llegó a convertirse en el jefe del Cartel del Norte del Valle, uno de los grupos mafiosos más poderosos y sanguinarios de la historia del narcotráfico en Colombia. Hace 13 años, cuando era el jefe de las bandas de sicarios de este grupo, el coche en el que viajaba por una desolada carretera fue cerrado por otro automóvil. Varios pistoleros abrieron fuego contra Varela. Sus escoltas reaccionaron y lo llevaron herido a una clínica de Cali. Entre los hombres que el 15 de marzo de 1996 salvaron la vida de Varela estaba Luis Enrique Calle Serna, apodado Comba, que se convirtió en uno de los lugartenientes más cercanos del capo.

Pero la historia del narcotráfico en Colombia ha sido escrita con guerras y traiciones. El beso de Judas se ha repetido una y otra vez. El 29 de enero de 2008, Wílber Varela, por quien el Gobierno de Estados Unidos ofrecía cinco millones de dólares como recompensa, fue encontrado muerto junto con su escolta en una cabaña de Mérida, en Venezuela. Se escondía del asedio de las autoridades desde hacía cuatro años en ese país. El sobrenombre de Jabón se lo había ganado por escurridizo, tanto para las autoridades como para sus enemigos. En la cabaña de Mérida se citó con uno de sus hombres, tenían una reunión. Fuentes de inteligencia de la policía colombiana aseguran que en el lugar estuvieron Luis Enrique Calle Serna y otro hombre conocido con el alias de Móvil. Fueron ellos quienes mataron a su patrón de un disparo en la cabeza.

Y a rey muerto, rey puesto. La muerte de Varela y la detención del otro gran capo, Diego Montoya, alias Don Diego, dejaron el Cartel del Norte del Valle en manos de los hermanos Luis Enrique y Javier Antonio Calle Serna, Los Comba. Estos dos hermanos, que no superan los 40 años, se convirtieron en los nuevos reyes de la droga. Con más de 15 años en el mundo del narcotráfico pasaron de ser sicarios a heredar el trono del último gran cartel colombiano.

"Comba era lo que Varela fue para los primeros jefes del Norte del Valle: el jefe de los sicarios. Después repitió su historia. Era igual de violento que su jefe, además era un sicario muy temerario", dice un oficial de la policía.

Y la temeridad con la que salvó la vida a su patrón cuando atentaron contra él hizo que en el mismo año de 1996 le encargara el asesinato de uno de los trabajadores de Miguel Rodríguez, jefe del Cartel de Cali. Comba lideró en persona el grupo de sicarios que, armados hasta los dientes, entró disparando en un restaurante del norte de Cali en busca del escolta. En el tirotero murieron el cuñado de Miguel Rodríguez y dos escoltas; William, el hijo de Rodríguez, quedó herido.

Ese capítulo forma ya parte de la guerra que llevó a su fin al cartel de los hermanos Rodríguez Orejuela y situó a los jefes del Norte del Valle como los nuevos amos y señores del narcotráfico, que controlaban las rutas para sacar del país un promedio de 500 toneladas de cocaína anuales hacia Estados Unidos y Europa.

Pero el Norte del Valle se fraccionó. Diego Montoya y Varela se disputaron la jefatura del clan. Y la punta del iceberg de esa lucha ocurrió en diciembre de 2002, cuando el narco colombiano Miguel Solano fue asesinado al salir de una discoteca cercana a la ciudad amurallada de Cartagena. Uno de los sicarios que lo mató fue Comba. Y así comenzó una disputa que durante tres años dejó casi 2.000 muertos en Colombia.

A punta de pistola, Luis Enrique, el menor de tres hermanos, se convirtió en el jefe que manejaba las oficinas de cobro (bandas de sicarios). Luego, su poder aumentó hasta dirigir, junto con Javier Antonio, los laboratorios y cultivos de coca en el Pacífico colombiano, una de las zonas más apetecidas por el narcotráfico. Los 1.300 kilómetros del litoral, la mayoría ocupados por un laberinto selvático de ríos y esteros, hacen que la mayor cantidad de droga salga por esa ruta. Investigaciones de la fiscalía de Colombia señalan a Javier Antonio como el propietario de un cargamento de siete toneladas y media de cocaína, incautado en las selvas del Pacífico en 2005. La droga iba a ser trasladada en lanchas tipo Go Fast hacia México. A ese país había viajado en 2004 uno de los hermanos Comba, que estableció contactos con el Cartel del Sinaloa de ese país.

El litoral Pacífico colombiano, formado por los departamentos de Chocó, Valle, Cauca y Nariño, es el emporio del narcotráfico que heredaron Los Comba. Y está defendido por un ejército de 1.200 hombres, liderados por Diego Pérez Henao.

Los Rastrojos, como se les llama, cuidan cultivos y laboratorios en plena selva, e incluso se han unido en Nariño y Cauca a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). En la selva del Pacífico, según el sistema de medición de la ONU, hay 25.960 hectáreas sembradas de coca. Y el poder de este ejército privado lo demuestra el decomiso, el año pasado, de 607 fusiles de fabricación china escondidos en una casa de Cali.

Los Comba, al igual que su antiguo jefe, son escurridizos. Varela, por quien el Gobierno estadounidense ofrecía cinco millones de dólares de recompensa, nunca fue capturado. En la lista de los más buscados aparecían 10 capos; casi todos terminaron extraditados a Estados Unidos.

El pasado marzo, los tres nuevos capos del narcotráfico colombiano entraron en el club de los más buscados. Ofrecen cinco millones de dólares por sus cabezas: Luis Enrique, Daniel El Loco Barrera, Pedro Oliverio Guerrero y Daniel Herrera, alias Don Mario, este último detenido la semana pasada. Ahora, las baterías se enfilan sobre los tres capos que quedan por detener. Las autoridades colombianas saben que llevar a los hermanos Comba tras las rejas es difícil. Las informaciones del espionaje colombiano ubican a Javier Antonio en algún lugar entre la frontera de Ecuador y algunos municipios del Valle del Cauca, mientras que aseguran que su hermano se desplaza entre el Valle y la ciudad de Cúcuta, en la frontera con Venezuela.

Los otros más buscados


- Daniel El Loco Barrera. El propio presidente de la República, Álvaro Uribe, ha ordenado en tono enérgico capturar a Daniel El Loco Barrera, considerado por los diferentes organismos de inteligencia como uno de los capos más poderosos de Colombia.

Barrera comenzó su historia como un raspachín (recolector) de hoja de coca en las selvas del Guaviare. Rápidamente ascendió en la cadena del narcotráfico y se alió con el guerrillero colombiano Tomás Medina Caracas, conocido como el Negro Acacio. En 1990, Barrera fue recluido en la cárcel de San José del Guaviare, pero escapó y fue escondido en el campamento del Negro Acacio en las selvas del Meta. A finales de los noventa era el intermediario de la guerrilla con el narcotráfico en el oriente del país. Manejaba las rutas de transporte de droga por el río Meta. La cercanía de Barrera con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) es tal que un desmovilizado reveló a las autoridades que el narco regaló pistolas de nueve milímetros a cada uno de los integrantes del Frente 43 de esa guerrilla. Pero en el narcotráfico se le reza a Dios y al diablo: también se alió con los traficantes a quienes compraba coca en los Llanos Orientales.

El área de influencia de Barrera va desde Bogotá hasta la frontera con Venezuela. Controla parte de los Santanderes - conjuntamente con Los Comba, con quienes, dicen las autoridades, planeó la muerte de Wílber Varela -, Meta, Casanare, Vichada y Caquetá.

Los servicios de inteligencia creen que Barrera se esconde actualmente en la población de Valencia, Venezuela.

- Pedro Oliverio Guerrero, 'Cuchillo'. El Loco Barrera construyó su imperio apoyado por Cuchillo, quien se convirtió en el brazo armado que protege al capo. Cuchillo era integrante del Bloque del Meta de las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), un grupo cuya desmovilización comenzó en abril de 2006. Entonces, Guerrero creó un ejército de 3.000 hombres que delinquen en Meta, Guaviare y Vichada. El grupo, que se hace llamar Héroes del Vichada, está compuesto por antiguos paramilitares, encargados de cuidar laboratorios y cultivos de coca.


Por, ANA MARÍA SAAVEDRA - Madrid - 24/04/2009

Publicado enColombia