¿Por qué sobrevive la «historia desde abajo»?

La «historia desde abajo», promovida por intelectuales como E.P. Thompson y Christopher Hill, modificó el modo de entender la historia desde una perspectiva de izquierda. La historiografía asumió rigurosidad y compromiso político, a la vez que evidenció que ciertas visiones «desde arriba» omitían a actores populares trascendentales para comprender el pasado y el presente. Los cambios globales en el mundo del trabajo y los desplazamientos ideológicos podrían haber horadado este modo de pensar la historia. Sin embargo, sus actualizaciones han mantenido viva a esta corriente que hace historia «al ras del suelo».

¿Quién extrae el cobre, el zinc, el cobalto, el oro y el carbón?/¿Quién hace crecer los granos de soja y cacao?/¿Quién hace el silicio? ¿Quién cocina la cena?/¿Cuáles son sus relaciones y fuerzas de producción? (Peter Linebaugh, «Tras la estela de Perry Anderson», Rey Desnudo, 2013)

Pronto vamos a desaparecer, severamente juzgados;/pero sobre nuestra propia escoria se levantará/la obra de redención de los de abajo,/a la que consciente o inconscientemente/todos hemos cooperado (Mariano Azuela, Epistolario y archivo, 1991)

Mariano Azuela nació en 1873, en Jalisco, México. Desde muy joven se interesó por las dos actividades que lo acompañarían durante el resto de su vida: la medicina y la literatura. La política lo alcanzó inmediatamente después. La revolución mexicana de 1910 lo envolvió y Azuela comenzó a servir como médico de la tropa de Julián Medina. El retrato más perdurable de su experiencia revolucionaria, Los de abajo (1915), una suerte de etnografía literaria de las huestes revolucionarias, es también la parábola de una desesperanza. En medio de su experiencia, Azuela retrató en su diario de campaña las diferencias internas que afligieron al bando insurgente. Si Los de abajo despertó lecturas contrapuestas y fue entendida, alternativamente, como una mordaz crítica al movimiento revolucionario o como un fresco descarnado de la inequidad social del México de principios del siglo XX, sobre una cuestión no hubo casi excepciones: la representación de «los de abajo» en la novela de Azuela era casi tan rupturista como su contexto de producción. Azuela explicó, tiempo después, las razones que habían motivado su particular retrato: «Formando parte, como médico, de las fuerzas revolucionarias de Julián Medina, compartí con aquellos rancheros de Jalisco y Zacatecas –ojos de niño y corazones abiertos– muchas de sus alegrías, muchos de sus anhelos y muchas de sus amarguras. Ahora han desaparecido casi todos ellos y quiero dedicar estos renglones a esa casta indómita, generosa e incomprendida que, si sabía sonreír para matar, sabía también sonreír para morir».

La novela de Azuela es única. La casta indómita, generosa e incomprendida que evoca, en cambio, bien podría estar integrada por los muertos cuyo recuerdo demandó Walter Benjamin en sus Tesis sobre el concepto de Historia o por los constructores invisibles a los ojos de aquel obrero de los versos de Bertolt Brecht que solo encontraba césares y reyes en su libro de historia. También podría estar conformada por el campesino ludita que rescató E.P. Thompson de la «prepotencia de la posteridad» o por los levellers y los diggers sobre los que escribió Christopher Hill en El mundo trastornado. El ideario popular extremista de la Revolución inglesa del siglo XVII (Siglo Veintiuno, 1998). Ya como enfoque, detrás de las inconformidades de Benjamin o Brecht, ya como tradición teórica, en las plumas de alto vuelo de Thompson y Hill, la mirada desde abajo expresó, desde sus comienzos, una disconformidad con la forma de narrar y de pensar el devenir histórico. Thompson lo planteó contundentemente en su ensayo History from below [Historia desde abajo] (1966) que, según Jim Sharpe, puso la historia desde abajo en la «jerga común de todos los historiadores»: allí criticaba el lugar que la historiografía británica había deparado a la «gente común», solamente «presentada como uno de los problemas que el gobierno ha tenido que manejar». En este punto, el compromiso político de Thompson no distaba mucho de las intenciones que habían animado las intervenciones de Benjamin o Brecht en el período de entreguerras: la disciplina histórica, antes que compendiar la historia de los grandes hombres y sucesos, debía procurar la redención de los oprimidos, de los invisibles, de los muertos.

Ese compromiso político convertido en tradición teórica, al decir de Harvey Kaye, a través de la pluma de los historiadores marxistas británicos incumbía directamente al oficio del historiador, que debía prescindir de la derrota política como premisa explicativa del proceso histórico y abstraerse de los modelos omnicomprensivos que consideraban el devenir histórico, en el caso de la ortodoxia marxista, como un desarrollo ontogenético de modos de producción. En su lugar, la investigación debía ir en busca de la cotidianeidad, los hábitos e imaginarios de la «gente común»: anteponer la explicación histórica a los modelos prescriptivos, saludar sus actos resistentes pero sin silenciar los momentos de conformismo. En resumen, la investigación debía iluminar el rol de «los de abajo» como actores del pasado. Ese conocimiento de «los de abajo», entonces, posibilitaba la transformación de las víctimas vencidas en actores conscientes de la historia. La disciplina histórica transmutaba, así, en productora de teoría social y se convertía en una herramienta política indispensable de la New Left británica, ofreciendo una mirada emancipadora alternativa en tiempos en que la bipolaridad de la Guerra Fría era presentada como única posibilidad explicativa. La prescripción revolucionaria se volvía, en los renglones escritos por los marxistas británicos, investigación empírica, conocimiento situado y explicación histórica.

Estos planteos prefijaron buena parte del sentido de los desarrollos posteriores de la historia social durante las décadas de 1970 y 1980, y despertaron ecos cada vez más críticos en la de 1990, a medida que comenzaban a leerse intensivamente en las universidades argentinas y latinoamericanas. Ahora bien, si los escritos «clásicos» sobre historia desde abajo tenían interlocutores claros –dentro y fuera del marxismo– en el contexto de la Guerra Fría, más trabajoso resulta dilucidar qué herramientas aporta hoy este modo de interpretar, y escribir, la historia.

A principios del siglo XXI, horadada la etapa discursiva de la explicación histórica, hubo un resurgimiento de la historia desde abajo. Si bien la consideración del lenguaje como estructurante de la realidad histórica (y no como mero reflejo exterior a ella) permitió una mayor densidad en el estudio de los proyectos políticos alternativos, tuvo como saldo negativo, según la historiadora italiana Simona Cerutti, «la disolución de ‘lo social’ en sus dimensiones discursivas». La caída del Muro de Berlín no implicó el mutismo de la historiografía ni el fin de las ideologías. La publicación en 2001 de Essex Pauper Letters (1731-1837) del historiador británico Thomas Sokoll habilitó a que Tim Hitchcock saludara, en su reseña sobre la obra, el surgimiento de una «nueva historia desde abajo». Las cartas de los pobres recopiladas por Sokoll demostraron «que los pobres reconocieron y utilizaron un poderoso sentido de agencia en sus tratos con el Estado británico». La voz de los pobres, puesta al servicio de la restitución de la racionalidad de esos mismos pobres, recordaba la empresa de Hill sobre la revuelta dentro de la revolución inglesa o los trabajos sobre la «economía moral de la multitud» de Thompson. La historia debía escribirse «a ras del suelo». Este «resurgimiento», como no podía ser de otro modo, alentó nuevas preguntas sobre la historia desde abajo quizá porque, como dijo Marc Bloch en su relectura del afamado proverbio árabe, «los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres».

En los últimos años, los debates sobre la historia desde abajo se concentran en dos puntos centrales de su desarrollo previo: los actores estudiados y la escala propicia para hacerlo. En cuanto al primer tópico, los análisis se dirigen a problematizar aspectos centrales de este modo de entender la historia. Detrás de la pregunta who is below? [quién está abajo], este (re)enfoque de la historia desde abajo deconstruye la noción de agency, como acción consciente pero también como capacidad de actuar, y complejiza la imagen del todo social, más allá de la dicotomía entre patricios y plebeyos, o entre burguesía y proletariado. Además, otras intervenciones de la última década se preguntan por la posibilidad (y deseabilidad) de transcender la demarcación socioeconómica en favor de incluir a las mujeres en el «abajo» de la sociedad patriarcal. El giro espacial, «que suplantó en algunos casos la lucha de clases por la lucha de los lugares», y el paradigma de la comunicación, que tanto énfasis hizo en circuitos de sociabilidades, conspiran, tal como lo planteó Cerutti, contra el entendimiento de agency como «contrahegemonía consciente». Esto lleva, por ejemplo, a que se desatienda la lucha de clases como motor de la historia y se discuta la misma noción de «cultura popular»: ¿se precisa una derrota previa para la reconstrucción desde abajo? ¿Debe esta cultura, para ser considerada popular, haber sido invisibilizada? ¿Puede la cultura popular despojarse de la lucha de clases en la que los marxistas británicos la habían inscripto? Ciertamente, estas preguntas marchan en sintonía con la advertencia premonitoria que oportunamente había lanzado Tony Judt a fines de la década de 1970, sobre los riesgos de una historia desde abajo despolitizada, que llevara a la fragmentación de la comprensión histórica y transformara una mirada de la acción (acción política de sus escritores y agency de sus objetos de estudio) en una suerte de antropología cultural retrospectiva y nostálgica.

Por otro lado, la renovación historiográfica de la historia desde abajo se da en solidaridad con otra perspectiva más reciente, heredera consciente del mundo globalizado: la de la historia global. Quienes hacen historia global debaten la viabilidad de considerar el surgimiento del capitalismo como un fenómeno meramente nacional. La «historia global desde abajo», entonces, desliza la mirada de la subalternidad hacia otros espacios y enfoques de análisis. Entre estos, quizá el más relevante, por su ambiciosa pretensión explicativa, sea el estudio de los vínculos y las circulaciones atlánticas que tuvieron «los de abajo» entre los siglos XV y XVIII, y que contribuyeron al surgimiento del capitalismo moderno. En 2000, un año antes de la publicación del libro de Sokoll, dos historiadores thompsonianos, Peter Linebaugh y Marcus Rediker, publicaron La hidra de la revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico. Allí decían: «Nuestro libro dirige la mirada desde abajo. Hemos intentado recuperar algo de la historia perdida que habla de una clase multiétnica que fue esencial para el surgimiento del capitalismo y de la economía global moderna». ¿Por qué esa historia, esencial para el surgimiento del capitalismo, había sido invisibilizada? Los historiadores sostenían una doble causalidad: en primer punto, por la represión que habían sufrido los marineros, los esclavos y los campesinos sobre los que trataba el libro. En segundo punto, «por la violencia de la abstracción utilizada a la hora de escribir la historia». Las denuncias historiográficas de Linebaugh y Rediker, deudoras de la crisis de los grandes relatos pero también de las viejas peleas de Thompson con el estructuralismo, eran absolutamente consistentes, por ejemplo, con las que había esgrimido éste en La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963). Se modificaba la perspectiva, que ya no estaba puesta en la génesis del capitalismo inglés como modelo clásico de acumulación originaria, sino en los contactos entre una miríada de desposeídos que colmaron los barcos que, desde el siglo XVI, triangularon entre Europa y América y fueron la tracción a sangre que precisó el naciente capitalismo para su acumulación y despegue. La escala de indagación cambiaba y focalizaba en intercambios y circulaciones. El proceso resultante, por tanto, también se modificaba. La empatía por los vencidos, en cambio, se mantenía intacta.

Si existe un hilo invisible que traza, a modo de «línea torcida», algún tipo de genealogía entre las intervenciones de Azuela, Benjamin, Brecht, Thompson, Hill, Sokoll, Hitchcock, Rediker y Linebaugh, este se encuentra, no en el método ni en el registro, sino en las premisas políticas que animan sus escritos. La mirada desde abajo muestra, como ninguna otra, que la historia académica no puede, ni debe, escribirse desde la neutralidad. Quizás por eso, como enfoque, la historia desde abajo ha logrado sobrevivir al ocaso de su tradición teórica, fuertemente ligada a las disputas político-intelectuales de la Guerra Fría que enmarcaron su surgimiento, y aún es capaz, con una vitalidad que trasciende la melancolía de los anaqueles, de dar cuenta de los proyectos políticos emancipadores que se alzaron en los últimos siglos.

Cuando le preguntaron a Azuela para quién había escrito Los de abajo, el escritor mexicano no dudó: «Salíamos con los jirones del alma que nos dejaron los asesinos. ¿Y cómo habríamos de curar nuestro gran desencanto, ya viejos y mutilados de espíritu? Fuimos muchos millares y para estos millares Los de abajo (…) será obra de verdad, puesto que ésta fue nuestra verdad». Justamente hoy, en un presente en el que es menos imaginativo pensar el fin del mundo que divisar uno sin capitalismo, resulta aún más apropiado sumergirse en la reconstrucción histórica de las luchas de nuestro pasado y arrebatar, desde el suelo, las verdades humanas del fresco catastrófico que paralizó al ángel de la historia.   

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El cinismo de Twitter y Facebook al bloquear las cuentas de Trump 

La elite tecnológica se arroga el debate público

La Unión Europea lleva bastante tiempo elaborando un marco legal para las cuestiones de la libertad digital. El principio es que aquello que es ilegal en el mundo físico también los es en la esfera virtual.

 

Las redes sociales como Twitter y Facebook lanzaron la gran limpieza de muchas de sus cuentas, empezando por la del mismo y actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, más otras 7.000 cuentas suplementarias afiliadas a la galaxia conspiracionista de extrema derecha pro Trump, entre ellas, la del grupo Qanon. Luego de haber abierto las puertas a lo más ruin y bajo de la política, las redes alegan ahora que se trata de impedir un nuevo episodio violento como el de la invasión del Capitolio alentada por Trump, y ello ante la fecha inminente de la investidura de Joe Biden. Según Twitter, existían planes para un nuevo ataque del Capitolio previsto para el próximo 17 de enero. Algunos aprobaron esta medida, otros, en cambio, la consideraron un acto de censura. En Europa, la canciller alemana Angela Merkel calificó de “problemática” esta decisión. En Francia, el ministro de Economía, Bruno Le Maire, puso en tela de juicio el hecho de que la base de la suspensión de las cuentas no sea un marco legal de regulación, sino que “lo impactante es que sea Twitter quien decidió cerrar”. En suma, que sea la elite tecnológica la que haga y deshaga a su antojo y cuando le conviene, fuera de toda referencia a una norma nacional o internacional elaborada por los Estados y sus representantes electos.

La práctica de “Yo el Supremo” por parte de las empresas globales de Estados Unidos ni es nueva ni cambiará con este atentado a la esencia democrática. Jean-Luc Mélenchon, líder de Francia Insumisa (izquierda), recordó que “el comportamiento de Trump no puede servir como pretexto para que los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon) se arroguen el poder de controlar el debate público”. Es exactamente lo que ha ocurrido con el Pinocho-Presidente y Twitter. Por otra parte, Washington aplica desde hace mucho una suerte de extraterritorialidad. La ley estadounidense se utiliza por encima de la nacional, sea cual fuere el país donde se resida. Las condiciones de utilización de Google, Facebook Apple e, incluso, la de las franquicias de las empresas de Estados Unidos, remiten a la ley de la empresa o a la legislación de la sede central. A su vez, la industria digital se benefició, hasta ahora, con la inmunidad jurídica que le ofrecía el artículo 230 del Communications Decency Act. Por más que Trump sea un Pinocho siniestro y, gracias a su ejército digital, haya protagonizado el primer golpe de Estado de la era moderna en una democracia Occidental, hay algo de cínico en estas reacciones. Poco o nada dicen las regulaciones europeas cuando se trata de proteger a los usuarios de internet del espionaje masivo del que son objeto a cada milisegundo de sus vidas. La fortuna de esas empresas proviene, esencialmente, de la conversión de los datos robados en capital. No obstante, el debate tiene cabida, es una necesidad y plantea otros interrogantes: ¿por qué sería “problemático” el cierre de la cuenta de Twitter de un presidente que preparó en tres fases un golpe de Estado (denunciar el fraude antes de la elección, afirmar luego que le robaron la elección y, al final, aceitar una insurrección cívica) y no la de una cuenta islamista, de extrema derecha o de extrema izquierda ?. En Francia, las leyes dieron lugar a que personalidades de la extrema derecha como Hervé Ryssen o Alain Soral vieran sus cuentas de YouTube y Facebook suspendidas.

La Unión Europea defiende su metodología porque lleva bastante tiempo elaborando un marco legal para estas cuestiones de la libertad digital. Existe, de hecho, una legislación europea que está en curso de aprobación. Se trata del DSA, Digital Services Act, impulsada por Thierry Breton, el Comisario Europeo del Mercado Interno. El campo de aplicación del DSA atañe únicamente a los países de la Unión Europea. Por consiguiente, cuando Trump convocó a sus partidarios a invadir el Capitolio lo hizo dirigiéndose a su pueblo y no a Europa. En este caso, el DSA no habría servido para nada. Hubiese sido muy distinto cuando Trump invitó a los franceses a sublevarse contra su presidente. Thierry Breton ha sido el que mejor planteó la encrucijada. En un artículo publicado por el portal Politico, el Comisario europeo escribió que la toma del “Capitolio es el 11 de septiembre de las redes sociales”. Breton agrega la paradoja que late en toda esta situación porque, hasta ahora, las redes sociales miraban hacia otra parte, como si el Brexit, Trump y otras barbaries digitales no las concernieran. A este respeto, Breton anota que, al cerrar la cuenta de Trump: ”las plataformas admiten su responsabilidad. Ya no pueden seguir ocultando su responsabilidad ante la sociedad con el argumento según al cual sólo ofrecen un servicio de hosting”. El Digital Services Act europeo se basa en un principio y una serie de reglas: el principio es que aquello que es ilegal en el mundo físico también lo es en la esfera digital. Las reglas fijadas por los 27 países de la UE consisten en forzar a las plataformas a que apliquen las leyes nacionales, así como también las directivas europeas. Deberán, por consiguiente, retirar los contenidos terroristas, las incitaciones a la violencia y todo contenido ilegal (pedopornografia, armas, etc.).

Entre enero de 2017 y enero de 2021, el mandatario estadounidense se despachó con 23.234 tweets. La plataforma le permitió insultar, agredir, rebajar a sus adversarios, burlarse de otros presidentes, proferir insultos raciales, respaldar a las ultraderechas violentas que lo veneran, anticipar los comunicados oficiales, gobernar por Internet, difundir un montaje en el que Trump golpeaba a un periodista que llevaba una máscara de la cadena CNN y hasta llamar al levantamiento contra Emmanuel Macron. Salvo para los apóstoles digitales, no hacían faltas pruebas para demostrar que la libertad de expresión no la manipulan los “medios del sistema” o los otros sino las plataformas sociales. Allí sale y entra toda la porquería que el mercado admite. Las redes autorizaron a Trump a diseñar un golpe y, como fue muy lejos y corrió sangre en el Capitolio, se convirtieron repentinamente en guardianes de la galaxia. Las sociedades son vergonzosamente vulnerables ante las tentaciones y barbaries de los espacios digitales. Trump no ha sido la excepción presidencial sino la confirmación de las capacidades de ese monstruo con millones de cabezas que se expande sin que, hasta ahora, nadie haya sido capaz de encontrar un antídoto.

Resulta contradictorio, pero, así como nadie se ocupó del derecho a difundir o a evitar la propagación de basura tampoco se le garantizaron los derechos a Trump sobre su cuenta. Ellos son los amos del mundo, sin la más lejana sombra de una supervisión democrática. El botón de la libertad está en las sedes de Google, Facebook, Twitter, Instagram y otros imperios digitales, no en la calle o las Asambleas. El sábado pasado, Twitter suprimió un mensaje del guía supremo de Irán, Ali Khamenei, donde afirmaba que no era prudente tener confianza en las vacunas norteamericanas o británicas contra la covid-19. El disparatado y horroroso episodio de Trump nos demuestra que, ante lo peor, la libertad está en manos privadas. Depende de tres palabras y una sigla, que son las obligaciones a las que los tentáculos digitales someten a los usuarios: CGU,” Condiciones Generales de Utilización”.}

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Opnión

Ahora las plataformas digitales dictan justicia 

Por Osvaldo Nemirovsci

Hoy censuran a un líder violento y antidemocrático lo cual construye cierto aval social y una propensión a simpatizar con la medida. Pero mañana pueden hacerlo con líderes democráticos y pacíficos. La acción a medir es la de censurar.

La libertad de expresión es la posibilidad de decir, escribir, leer y publicar todo lo que quieras. Toda clase de ideas, opiniones y puntos de vista deben ser posibles de expresarse en público. La libertad de expresión es uno de los puntos básicos de los derechos humanos.

Se pueden tener las más calificadas aprensiones sobre Donald Trump. Y muy probablemente las peores consideraciones sobre su gobierno y su personalidad sean correctas. Es más, no estaría mal como enseñanza histórica para el futuro, que le inicien Juicio Político en virtud de la Enmienda 25 de su Constitución Nacional y lo remuevan del cargo. Algunos destacados miembros de la vida política, militar y social de Estados Unidos creen, aunque solo falten 11 días para que deje su cargo, que es muy peligroso que todavía posea el poder sobre el uso del arsenal nuclear estadounidense y que todavía pueda causar mucho daño a las instituciones formales del país.

Allá ellos, los dirigentes de ese país y su forma de resolver los conflictos derivados de la pugna política. En este caso fuertemente encuadrados en actitudes violentas, antidemocráticas, cuasi golpistas y mesiánicas de su propio presidente.

Todo esto lo colocamos en un lugar del análisis, pero en otro observamos con cierto escozor y consideramos también como peligroso que empresas privadas, como las grandes plataformas digitales Twitter y Facebook, se autoadjudiquen calidades judiciales y bloqueen las cuentas de Trump, impidiendo el acceso del presidente a sus redes, y por ende privando a millones de norteamericanos de conocer, mediante esos importantes y masivos instrumentos, lo que piensa su principal referente.

No es cierto, como algunos afirman, que a Trump lo dejaron sin voz. Esto aplica a las redes, pero Trump puede hablar, escribir y grabar audios para miles de periódicos, canales de TV, radios, revistas, blogs e incluso otros formatos audiovisuales (en caso que no lo censuren) como You Tube y Whatsapp. Pero lo cierto es que, en los espacios de distribución de información más importantes del mundo, y donde el mismo Trump construyó su vinculación directa con el electorado de su país, ha sido censurado.

Es lógico preguntarse ante esto si lo que están haciendo Face y Guasap los coloca ante su definitivo rol de medios de comunicación de nuevo tipo y los aleja del pretendido sentido neutro de meros intermediarios de contenidos. Acá, en este caso, parecen opinar sobre lo que postea Trump, es claro que se meten con los contenidos y es visible que eligen censurar. O sea que consideran a una opinión (tal vez crispante, bestial, violenta) pero opinión al fin, como un delito. Pero no son jueces para hacerlo y sientan un  precedente extraordinariamente amenazador  en el campo de las libertades públicas y los derechos humanos.

Si lo que Trump dice es opinión, es inviolable su derecho a expresarlo y si lo que dice es un delito, será la justicia, y no una empresa privada, la que debe decidir. Así de simple.

Se puede argumentar que la censura a Trump en las redes no viola la libertad de expresión sino que castiga el acto de impulsar acciones violentas o el aliento a generar violencia concreta y eso ya no está protegido por el derecho a la libertad de expresión. Agregamos esto como para entender otra mirada sobre el tema.

La Corte Suprema norteamericana hace una sutil pero necesaria distinción en lo que llama “fighting words” (palabras de pelea) y sostiene el criterio que la libertad de expresión puede limitarse ante la incitación al odio y no en la mera manifestación de ideas u opiniones odiosas.

Pero la mayoría de los especialistas acuerda que la libertad de expresión no tiene límites: “Toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión,” dice el artículo 19 de la Declaración universal de Derechos Humanos.

Existe cierta jurisprudencia constituciona en EE.UU., que es tomada por cortes europeas e incluso ha sido fijada por el Tribunal Europeo de DD.HH. que se dio en llamar “el libre mercado de las ideas” siendo este espacio la garantía "imprescindible” para que pueda haber un debate amplio y completo.

En un fallo del Tribunal europeo conocido como Sentencia 235/2007 “Caso Librería Europa” la corte falló que “nuestro ordenamiento constitucional no permite tipificar como delito la mera transmisión de ideas, ni siquiera en los casos en que se trate de ideas execrables por resultar contrarias a la dignidad humana”

Puede haber interpretaciones diversas sobre lo que significa la libertad de expresión, pero nadie pone en duda que es uno de los derechos humanos más preciados. Por eso es preocupante que tamaña dimensión legal sea manejada por empresas privadas ya que eso es riesgoso para los pactos democráticos de las sociedades. Más allá de Trump.

Osvaldo Nemirovsci es Diputado Nacional mc – Rio Negro. Presidente Comisión de Comunicaciones e Informática 2003/2007. Coordinador Gral. del Sistema Argentino de Televisión Digital 2009/2015

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"Soy cubano por los 64 costados, desde mis tatarabuelos al menos, y este es mi país y es mi cultura".

En su nueva novela, el autor de El hombre que amaba a los perros cuenta la historia de un grupo de amigos, llamado el Clan, atravesados por el exilio, el desarraigo y la dispersión. Explora el drama de esos jóvenes que asisten al colapso y desmoronamiento del mundo que conocían y cómo cada uno intentó sobrevivir quedándose o buscando empezar de nuevo en otro lugar. Padura es de los que se quedó. 

 

El hombre que ama a Cuba se define “cubano por los 64 costados”. Leonardo Padura, candidato al Premio Nobel de Literatura en 2020, publicó Como polvo en el viento (Tusquets), una novela en la que cuenta la historia de un grupo de amigos, llamado el Clan, atravesados por el exilio, el desarraigo, la dispersión. La generación de Clara, Bernardo, Elisa, Irving, Darío, Horacio, Fabio y Liuba --que es también la generación de Padura-- vivió el fin de las esperanzas cuando llegó el llamado “Período Especial” en los años noventa. Entonces el país se quedó sin aliados políticos, sin alimentos, sin petróleo. La realidad de la isla entró en “un túnel oscuro cuya salida no se vislumbraba”. El escritor cubano explora el drama de esos jóvenes que asisten al colapso y desmoronamiento del mundo que conocían y cómo cada uno intentó sobrevivir quedándose o buscando empezar de nuevo en otro lugar.

El título de la novela Como polvo en el viento es un guiño a la canción “Dust in the wind”, de Kansas. La historia –que va de los años 90 hasta 2016— sigue de cerca a los personajes en La Habana, Hialeah (Florida, Estados Unidos), Madrid, Buenos Aires, Barcelona y San Juan (Puerto Rico), entre otras ciudades. Dos fantasmas recorren la trama: el fantasma de Elisa, que un día desapareció y el Clan nunca volvió a saber de ella, y el fantasma de Walter, un pintor que murió “reventado contra el pavimento luego de volar desde un piso dieciocho”.

Padura (La Habana, 1955), creador del detective Mario Conde –que apareció por primera vez en Pasado perfecto y ha protagonizado ocho novelas, entre las que se destacan Vientos de cuaresma, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer y La transparencia del tiempo— está viviendo la pandemia de Covid-19 confinado en su casa en Mantilla, la misma casa en la que nació. Como muchos otros escritores y artistas, tuvo que cancelar varias giras, incluida su visita a la Argentina. La virtualidad le ha permitido participar de conferencias y entrevistas. En 2020 recibió la Medalla Carlos Fuentes de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El escritor cubano confiesa en la entrevista con Página/12 que extraña el movimiento, pero el tiempo confinado lo aprovechó para trabajar más. “Para mí el trabajo, mi trabajo, es un júbilo, sobre todo cuando me sale bien, y no tengo obligación onerosa”, dice Padura, el autor de El hombre que amaba a los perros, formidable reconstrucción literaria de las trayectorias vitales de León Trotsky y Ramón Mercader.

--Una pregunta que aparece en la novela tiene que ver con la diáspora cubana: ¿por qué alguien se aleja de su país sin salir de él?, como sucedió con José María Heredia y tantos otros. Escribir “Como polvo en el viento”, hurgar en la ficción (como ya lo habías hecho en “La novela de mi vida”), ¿te permitió encontrar una respuesta a ese dilema de alejarse sin poder salir de Cuba?

--Más que una respuesta a un asunto tan complejo y visceral para los cubanos (y para los ciudadanos de muchas partes del mundo), lo que hice fue encontrar más preguntas, más dudas, más incertidumbres. Las reacciones de los hombres ante los desafíos de la vida social y de las circunstancias políticas son grandes temas de la filosofía, y la literatura, creo, solo puede encontrar y lanzar más preguntas que interrogarán a los lectores y los motivarán. Eso es lo que me propongo: inquietar a los que me leen, obligarlos a pensar. Y ya eso es bastante.

--“Entre viajar y emigrar existe un pozo insondable. Y entre emigrar y adquirir un oneroso permiso de ‘salida definitiva’, con la transmutación de ciudadano en apátrida, un horror parecido al desierto”, se dice en “Como polvo en el viento”. ¿Por qué decidiste no emigrar de Cuba? ¿El temor de ser un “apátrida”, de quedarte sin material para escribir, hizo que eligieras quedarte?

-En una ocasión le preguntaron algo así a nuestra gran poeta Dulce María Loynaz y ella respondió con contundente simpleza: “No me voy porque yo llegué primero”. Yo también. Soy cubano por los 64 costados, desde mis tatarabuelos al menos, y este es mi país y es mi cultura. Y yo necesito esa realidad para escribir. Si no hubiera sido escritor, quizás hubiera emigrado. Pero soy un escritor, un escritor cubano, un escritor cubano que necesita a Cuba para escribir.

--El impacto que genera en el Clan la lectura de “1984”, de George Orwell, a principios de los años 80, ¿le pasó también al joven Padura, entonces periodista de la revista literaria “El Caimán Barbudo”?

--Es absolutamente biográfico y también generacional. Nos pasó a muchos. Ver, aun en una novela, adónde puede llegar la sociedad perfecta, cerrada, uniforme, nos produjo pavor. Y lo peor es que, todavía hoy, me provoca la misma sensación. Cada vez que se proclama la unanimidad y la obediencia, siento el aliento de 1984.

--Uno de los personajes del Clan, Horacio, repite una frase de Fassbinder: “El miedo devora el alma”. Si como dice Irving, otro miembro del Clan, “cada uno arrastra sus miedos, solo que unos cargan más que otros”, ¿qué miedos tenía el joven Padura? ¿Y cómo aparecen esos miedos en la escritura?

--He pasado por muchos miedos… Voy a recordar algunos… En 1983, cuando me sacan de El Caimán Barbudo, la revista donde había comenzado mi vida laboral, tuve miedo de no poder volver a ser persona en Cuba, como le había pasado a muchos intelectuales en los años 1970. En Angola, cuando estuve como periodista, le tuve mucho miedo a la muerte: era la circunstancia más cercana en que había vivido esa posibilidad. Por años he tenido miedo a la marginación social e intelectual. Y ahora le tengo miedo a la vejez, que para un escritor puede ser un estado lamentable.

--En la novela se recuerda la demolición que significó el llamado “Período Especial” en Cuba. Uno de los miembros del Clan, Clara, ganaba tres dólares al mes, cuando en el mercado negro un pollo costaba un dólar o un dólar cincuenta, según el tamaño. Es decir que Clara, como se plantea en la novela, “ganaba dos pollos al mes”. ¿Cuántos pollos al mes puede comprar hoy un cubano con su salario?

--No puedo sacar la cuenta, menos ahora que se han modificado los salarios y los precios. Lo que sí te puedo decir es que, por años, desde esa década de 1990, la mayoría de los cubanos que ganan un salario del Estado (que aun hoy es el mayor empleador del país), no han podido vivir con su salario. Y eso lo ha reconocido el gobierno. Y esa realidad ha obligado a la gente a practicar muchas estrategias de supervivencia. Por ejemplo: vivir de remesas que envían de Estados Unidos sus familiares “apátridas”. Al vivir de los “gusanos”, muchos de los que se quedaron se convirtieron en “garrapatas”.

--Uno de los personajes femeninos que se fue de Cuba tiene una mirada muy negativa: “Cuba es un país maldito y los cubanos somos su peor maldición. Somos gentes que preferimos odiar y envidiar más que crecer con lo que tenemos”, dice. Si esto es una parte constitutiva de la idiosincrasia cubana, ¿de dónde viene esta maldición, este odio?

--Ese personaje, que es muy complejo, tiene sus razones, visibles y ocultas, para tener esa opinión (y como ella miente mucho, pues se puede dudar de lo que dice). En fin, no se trata de un axioma. Es una reacción personal. No obstante, en Cuba y fuera de Cuba los cubanos han practicado demasiado el odio. Desde el odio de clases, al odio del resentimiento, al odio alentado por la envidia o provocado por ella. Y sería bueno poder superar ese odio para tener un país de todos y para todos. En una época pensé que era posible esa superación. Ya no. O porque se ha enquistado ese odio, o porque es una maldición nacional, una especie de castigo divino.

--Aparece en la novela una crítica del Clan hacia la generación de los padres, hacia una parte de esos padres (el padre de Elisa, por ejemplo) que se decían comunistas íntegros, pero que tenían un accionar público y privado cuestionable. ¿Qué consecuencias tiene ese desencanto generacional?

--La primera consecuencia fue de índole ético. Mientras ese tipo de personas tenía un discurso público, su vida privada iba por otro camino, y eso fue bautizado como “doble moral”, cuando en realidad era no tener ninguna. Luego, el desengaño: prometieron muchas cosas que nunca se lograron y, mientras, exigieron obediencia. Muchos de los hijos de esos personajes hoy viven fuera de Cuba. Son parte de la diáspora que hemos vivido.

--Desde la perspectiva que despliega la novela, parecería que el desencanto se “radicaliza” y los hijos del Clan, los hijos de Clara, no dudan en irse de Cuba, mientras la madre es la única que se queda. Excepto porque no es escritora, se podría decir que entre todos los personajes de la novela, Clara es la que más se parece a Leonardo Padura, ¿no?

--Me identifico mucho con Clara, y también con el personaje de Irving, uno de los que se va de Cuba sin irse por completo de Cuba. Pero Clara es la resistencia, la permanencia, dos actitudes que yo he practicado. No solo porque yo haya llegado primero, sino porque tengo ese fuerte sentido de pertenencia. Como Clara, vivo en la casa donde nací, en el barrio en que nací, y he hecho de mi lugar, mi caracol. Desde aquí me asomo y veo el mundo, y de vez en cuando, salgo a recorrerlo, pero con mi casa a cuestas.

--Hay un tema que aparece a través de la historia de uno de los personajes y es la vergüenza por el origen de uno de los miembros del Clan, cuya madre fue violada, nunca supo quién fue su padre y tuvo una infancia marcada por la marginación y la pobreza. Y su bisabuelo fue un negro esclavo. ¿La esclavitud es negada por una parte de la sociedad cubana?

-Ese es un tema muy complejo, diría que medular de la historia cubana: el papel, la existencia del negro en la conformación del cuerpo nacional. Como en cualquier país del occidente, en Cuba ha habido racismo. Por suerte, desde hace décadas no hay discriminación racial y las manifestaciones de racismo son muy combatidas, pero no han desaparecido, por razones históricas, culturales, psicológicas incluso. Pero la integración del negro a la sociedad cubana es hoy mucho más plena que nunca en nuestra historia, por políticas domésticas y por el mismo peso de la evolución social. Y, entre los más jóvenes creo que casi no es un problema. Ojalá sea así.

--Uno de los personajes, hacia el final de la novela, se pregunta si “es posible la reconciliación nacional luego de tanta ofensa cruzada, de tanto odio acumulado y muy bien preservado”. ¿Qué respuesta podría barajar Leonardo Padura hoy?

--Algo te adelanté… Hoy soy muy pesimista al respecto. Los fundamentalismos parecen ser más fuertes que la racionalidad, incluso que el pragmatismo, y hay cabezas que se dedican a alimentarlo. Y hoy mismo está muy bien alimentado.

--Se anunció que Cuba tendrá una sola moneda de curso legal, el peso cubano (CUP), con una tasa de cambio de 24 unidades por dólar, desde el 1° de enero. ¿Qué ventajas traerá esta unificación a la economía cubana?

--La ventaja de que se unifiquen monedas y tipos de cambio, y eso provocará reacciones hacia el muy deformado y poco eficiente sistema económico cubano, es que a la larga puede ser favorable. La medida era muy esperada, era necesaria, pero hacia la vida cotidiana de los ciudadanos va a ser complicado, y no sé si podrá afectar hasta asfixiarlo al pequeño sector privado... Pero apenas se ha iniciado ese tránsito y sería necesario ver su desarrollo para hablar de efectos permanentes.

--¿Cómo creés que serán las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos a partir de la asunción de Joe Biden el próximo 20 de enero?

--No lo sé, la verdad. Solo creo que no podrán ser peores de lo que han sido en estos cuatro años de Trump. Esperemos a ver…

--¿Estás escribiendo una nueva novela de Mario Conde?

--Sí, es una historia con dos líneas más o menos confluyentes. Una en el presente de 2016, con una investigación policial que realiza Conde, y otra alrededor de 1910, centrada en una figura mítica, Alberto Yarini, el más famoso y polémico proxeneta cubano. Es otro intento de reflexión sobre los destinos y desafíos de la cubanía. Siempre escribo sobre mis obsesiones.

Actividad cultural y disidencia

Más de 300 jóvenes protagonizaron una manifestación frente al Ministerio de Cultura en La Habana, el pasado 27 de noviembre, como reacción al desalojo de miembros del Movimiento San Isidro (MSI) que estaba realizando una huelga de hambre en protesta por la detención del rapero Denís Solís. Esa manifestación, en la que se exigía libertad de expresión y creación, contó con el apoyo de figuras como el músico Silvio Rodríguez. El actor Jorge Perugorría y cineastas como Fernando Pérez y Ernesto Daranas expresaron su respaldo a la necesidad de dialogar. El Movimiento San Isidro, que está integrado por artistas, intelectuales y periodistas alternativos, nació en 2018 para cuestionar el decreto 349, que regula la actividad cultural en Cuba. Entre los integrantes está el escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez, el artista Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo, entre otros.

--¿Qué efectos está generando este movimiento en la cultura y la política cubana?

--El Movimiento San Isidro fue una expresión de descontento y disidencia y el grupo que se manifestó el 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura fue una expresión de una necesidad y una inconformidad. Lamentablemente creo que los efectos generados por ambas manifestaciones son los previsibles, los de siempre, al menos hasta ahora. Es como si dialogar fuera ceder y no avanzar. Y lo cierto, creo, es que sin diálogo no hay progreso.

Publicado enCultura
Lunes, 11 Enero 2021 07:02

Trump, ¿perdedor?

Trump, ¿perdedor?

La invasión del Capitolio el pasado 6 de enero ha sido sin duda un nuevo éxito para el ya ex-presidente, y supone la antesala de lo que puede venir bajo un gobierno que nace siendo señalado por un porcentaje alto de la población como un gobierno ilegítimo que pone en peligro la libertad del país y que ha robado la democracia. Ante eso, muchos estarán dispuestos a luchar.

 

Con la resaca del 2020 aun en sus primeros compases quedan muchas cosas por cerrar. Siguiendo el nivel de lo acontecido en el pasado año, el 2021 no podía empezar de otra forma que con una invasión de manifestantes armados al Capitolio en Washington en el momento en el que el vicepresidente de Estados Unidos ratificaría la victoria de Joe Biden en las pasadas elecciones.

Muchas personas se han mostrado sorprendidas de que se haya llegado a esto, otras, por el contrario, señalan que haciendo un seguimiento de los acontecimientos los últimos cuatro años, pero sobre todo de los últimos meses, lo sucedido no debería sorprenderle a nadie. Al final, esta es la consecuencia de la retórica que empezó Trump hace meses cuestionando los resultados de las elecciones antes de que tuvieran lugar y negando su derrota una vez que se terminó el largo conteo de votos pese a todos los rechazos judiciales de sus denuncias y los recuentos de votos de determinados estados.

El 2020 vimos crecer como nunca de forma mediática a los grupos de extrema derecha y supremacistas, milicias armadas muchos de ellos, con el amparo y apoyo explicito del aun presidente. Este crecimiento no era nuevo, se llevaba dando los últimos años de forma paralela al incremento de atentados y ataques supremacistas por todo el país. Hace cuatro años uno de los líderes del KKK felicitaba a Trump su victoria, y desde entonces, se convirtió en referente y refuerzo del supremacismo y la ultraderecha. Ahora podían votar sin problemas a alguien que les representaba, que los escuchó, que les alagó en ocasiones y sobre todo que les defendió y no condenó cuando desde distintas estancias se le reclamaba posicionamientos contundentes contra estos grupos y su violencia. El terrorismo supremacista de ultra derecha es el que más muertes ha dejado en el país desde los atentados del 11 de septiembre.

Y esta sinergia la vimos el jueves una vez más, cuando dos horas antes de lo ocurrido Trump en un discurso pedía a la gente que fueran al Capitolio para impedir la ratificación de la victoria de Biden bajo el mantra repetido hasta la saciedad del robo de las elecciones. De esta forma se alentaba a la acción y cuando esta tuvo lugar la respuesta de Trump no dejaba dudas de su posicionamiento: “Sé de vuestro dolor. Ganamos unas elecciones y nos las han robado” y mientras les invitaba tibiamente a irse a casa, pasando por alto el hecho de que estas personas tuvieran que ser detenidas por entrar de forma violenta y armados al Capitolio, se mostraba parte de ellos utilizando la palabra “somos” —gente de ley y orden— y mostrando su tierno cariño con un: “os queremos”.

Es importante destacar que fue la administración Trump la que decidió que sería la policía civil la que se encargaría de la seguridad durante la jornada pese al anuncio de las manifestaciones en torno al Capitolio, generando imágenes muy dispares a las de la militarización con miles de soldados cuando se organizaron las marchas por parte de Black Lives Matter como han señalado muchas de las activistas de este movimiento que participaron en las protestas. Paréntesis. Cabe destacar que el 18 de septiembre el FBI manifestó que los incidentes en los disturbios del pasado año habían sido causados por supremacistas blancos y que los llamados Antifa no eran un grupo concreto sino una ideología. Pero sigamos, Trump tardó y titubeó en enviar a la Guardia Nacional, tal es así que antes tuvieron que llegar las fuerzas del Estado colindante de Virginia. La CNN señaló que ni siquiera fue Trump sino que tras la espera terminó por ser el vicepresidente Mike Pence el que coordinó con el Pentágono el envío de la Guardia Nacional. Trump no titubó en mandar a las fuerzas nacionales a Portland ni a grupos paramilitares frente a las protestas del Black Lives Matter.

Se plantea que hubo un error a la hora de predecir lo que podía pasar. La CIA se pronunciaba el año pasado asegurando que la mayor amenaza para el país venía de grupos supremacistas de extrema derecha y hacía diez días que muchas organizaciones de supremacistas como los Proud Boys o “Los vigilantes de Wolverine” habían convocado manifestaciones masivas de personas fuertemente armadas para el momento de la votación. Pero de alguna forma no se podía “predecir”, o no se había planteado como posibilidad, que se descontrolara la situación.

Esos “errores” se basan en las lecturas públicas y políticas que se llevan a cabo en función de los actores o colectivos a los que se referencia. De esta forma, las percepciones y las construcciones de los “otros” vienen determinadas nuevamente por su racialidad. En ese momento entran en juego las categorizaciones históricas racistas que definen lo negro como lo violento, lo peligroso y en general al “otro” no blanco como lo amenazante. Ante esa construcción la blanquitud está (irónica pero políticamente) definida por lo opuesto: la seguridad, la bondad, la educación y el buen hacer. Los negros son cuerpos para vigilar mientras que los blancos son cuerpos a proteger. Ello se ha visto durante el año pasado con la desproporción de los dispositivos de seguridad, muchas veces especialmente violentos, contra las manifestaciones del Black Lives Matter frente a las contramanifestaciones llevadas a cabo por grupos de ultraderecha. Aun recordamos las imágenes de milicianos blancos armados en el Capitolio de Michigan el pasado abril sin detenciones.

Pero esta situación también nos ha permitido darnos cuenta de algo. O, mejor dicho, confirmar lo que se viene repitiendo. La diferencia en el uso de la fuerza y la violencia por parte de las fuerzas de seguridad sobre los cuerpos blancos y el resto es uno de los elementos esenciales del racismo, así como la impunidad con la que se lleva a cabo. De esta forma vimos cómo la policía llevó a cabo un proceso de desescalada de la situación que se tornaba violenta frente a personas armadas. Es decir, existen protocolos y están entrenados para este tipo de situaciones. De tal forma que la decisión de buscar desescalar situaciones tensas se da por un lado desde las ordenes de arriba y segundo desde las posturas individuales de los agentes de seguridad cuando estos se encuentran solos o en poco número de efectivos. La policía supo no sobrepasarse pese a la situación. Así, se constata, que estas decisiones, como su capacidad de contención, están marcadas por la racialidad de los cuerpos que tienen en frente.

Llevamos años banalizando a la extrema derecha incluso cuando ya están en el poder en tantos países del mundo. Espera. Matizo. Las personas blancas llevamos años banalizándolo y, sobre todo, no escuchando a los movimientos antirracistas que vienen sintiendo la presión cada vez más fuerte sobre sus cuellos. Por eso no entendimos lo que significaban los 8 minutos de la rodilla en el cuello de George Floyd. Aunque creemos que sí. Por eso, si hubiera sido por el voto blanco en Estados Unidos (tanto de hombres como de mujeres) no estaríamos asistiendo a estas imágenes porque Trump hubiera ganado las elecciones. Trump perdió las elecciones por el voto de las personas no blancas, sobre todo por las personas negras que salieron a votar tras unas campañas como nunca habían existido animando a las poblaciones afroestadounidenses a acurdir  las urnas. Y es precisamente ese mismo voto el que, el mismo día que el supremacismo ocupaba el Capitolio, propiciaba que por primera vez en siglos de democracia estadounidense fuera elegida una persona negra como senador en el estado de Georgia, con un 32% de población negra.

Las personas que han entrado con armas en el Capitolio de los Estados Unidos lo hacen para defender la blanquitud. Y pueden hacerlo como lo han hecho precisamente desde esa blanquitud. No son personas simplemente de extrema derecha, son personas profundamente racistas, y cuyo vinculo ideológico principal se basa en la defensa del supremacismo blanco. Sin tener esto en cuenta, sin pensarlo como un elemento central en los análisis que se hagan, no se estará entendiendo ni la historia de este país ni su construcción sociológica y el contexto actual que vemos.

Por lo tanto, una vez más no podemos desprendernos de la raza (como constructo social) como categoría de análisis. Trump no hubiera ganado sin el voto blanco. O mejor dicho, ganó por él. El dispositivo de seguridad no hubiera sido el mismo de haber sido convocadas las manifestaciones por personas no blancas y la proporcionalidad de la respuesta policial para contener y evitar el asedio. Lo que nos permite afirmar categóricamente que de haber sido personas negras, árabes o inmigrantes racializados nunca hubieran podido entrar en el Capitolio. Y como sugiere el historiador Antumi Toasije, muchos hubieran terminado muertos.

En este caso, y ninguna muerte debe ser celebrada, fueron cinco personas las que murieron. Que se sepa por el momento una de ellas fue a causa de un disparo de un policía, otra tras caer al escalar un muro, dos más de las que se ha dicho por emergencias médicas y la quinta persona fue un policía atacado por asaltantes. De todas las personas que entraron en el Capitolio, estando este luego rodeado de policía, fueron detenidas únicamente 26 pudiendo salir libre y tranquilamente el resto. Otros 26 fueron detenidos en otros puntos de la ciudad por violar el toque de queda que se impuso. La policía confiscó armamento, cocteles molotov y desactivaron dos bombas caseras cerca de las sedes de los comités nacionales de los partidos demócratas y republicanos. En el conjunto de manifestaciones de BLM el año pasado se dieron unas 14 mil detenciones.

Por ir terminando, considero que se debe tener cuidado con las lecturas que buscan situar a Trump como perdedor. Esto ha sido sin duda un nuevo éxito y es la antesala de lo que puede venir bajo un gobierno que nace siendo señalado (falsa pero conscientemente) —como el actual de España— por un porcentaje alto de la población como un gobierno ilegítimo que pone en peligro la libertad del país y que ha robado la democracia. Ante eso, muchos estarán dispuestos a luchar.

No pasemos por alto que, según una encuesta de YouGov, entre los votantes republicanos el 45% han aprobado el asalto al Capitolio; el 30% piensan que las personas que lo llevaron a cabo eran patriotas y un 10% pro-demócratas; y el 85% piensa que Trump debe terminar su mandato y no debe ser destituido mostrando su apoyo al presidente saliente. Y sobre todo, recordar que a Trump le votaron 76 millones de personas que sabían muy bien lo que votaban. Y por supuesto, no olvidemos que, de una forma u otra, Trump ha conseguido que la bandera confederada recorriera los pasillos del Capitolio.

Por Pablo Muñoz Rojo

10 ene 2021 10:35

Foto: Blink O'fanaye

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Lunes, 11 Enero 2021 06:48

Imperativos categóricos burgueses

Imperativos categóricos burgueses

De por qué el habla petulante de los oligarcas y el origen de su violencia léxica

No se requiere un gran esfuerzo para identificar al autoritarismo ideológico burgués. Basta y sobra con exhibirles sus contradicciones y aparecerá, volcánica, una verborrea pagada de sí y exultante en argumentos de baja estofa pero escupidos con gran confianza y seguridad. Todo ello con tonito didáctico y cierta benevolencia dulzona propia de aquellos que se compadecen de los seres inferiores y los conducen con “mano firme”, y generosa, por el sendero de sus “razonamientos” univalentes, frecuentemente improbables y siempre autoritarios. Infernal y nauseabundo producto ideológico burgués que nos acecha a diario. Hay que oír a Claudio X. González y sus secuaces empresarios travestidos como “políticos” (dicen). Es metástasis de la corrupción, el perfil demagógico de empresarios que, “metidos en política”, adoptan vociferaciones mesiánicas. Y las propagan por todos sus “medios”. 

Operan como “predicadores” dispuestos a dar por verdad categórica los eslóganes que memorizan en cualquier almanaque de ferretería. Y a fuerza de repetir, con aires de grandeza, su colección de palabrerío inflamado, llegan a creerse “inteligentes”. Algunos, incluso, secuestran academias y organizaciones donde se hacen acompañar por trotamundos demagogos iguales a ellos. Ostentan títulos académicos y se premian entre sí y con frecuencia. Se creen “autoridades”. 

Uno reconoce esos soberbios cuando los mira manotear, desesperadamente, cualquier sofisma que sirva para no admitir sus equivocaciones. Encaramados en el reino de las verdades auto-conferidas, no conciben un milímetro de autocrítica y menos aún la posibilidad de pensar cómo piensan “los otros”. Dan por válidas sus consignas más escleróticas y tiemblan de terror si hubieren de admitir sus torpezas. Entonces redoblan la “superioridad” de sus “certezas”. Como si no conociesen la duda, decía Borges. Derrochan “imperativos categóricos” confiados en vencer al oponente a fuerza de imponerle necedades histriónicas antes que admitir yerros. No hay peor cosa que un ignorante soberbio decía Lope de Vega. Y razón le asiste. 

También la vida burguesa, cuando se infiltra en la cabeza del proletariado, suele producir engendros ideológicos patéticos. Produce, por ejemplo, víctimas reverenciales cuya libido se explaya repitiendo frases hechas y consignas prefabricadas para anestesiar la realidad propia en contextos y épocas muy diversos. Las víctimas aprenden las reglas del opresor: Todo antes que interrogar sus premisas y sus conclusiones. Todo antes que reconocer las diferencias y las diversidades. Todo para incensar sus preceptos y sus egos infectados de mediocridad leguleya. De eso viven las palestras burguesas y de eso aprenden mucho (a sabiendas o no) sus discípulos. Son ejércitos de la ideología de la clase dominante en acción cotidiana. Metidos aquí y allá, infiltrados en los medios y en los modos. Todos van armados, y armadas, con espadas lenguaraces convencidos de que deben convencernos. Imponernos su autoritarismo de egos histéricos y vendernos su mediocridad maquillada como si fuese un logro civilizatorio. 

Son incapaces de razonar con evidencias (de hecho las excluyen o las tergiversan). Son incapaces (literalmente) de pensar de manera “compleja”, considerando la integración dinámica de cinco o más variables, cada una de ellas portadora de vectores de clase en pugna, de historia, de matices y de identidades no subordinadas a la estrechez de la ideología mercantil, lineal y rígida como los intereses de la acumulación del capital. Sus razonamientos más humanos son refritos del vocabulario filantrópico más banal, difundido en seminarios de auto-ayuda o “coaching” empresarial. Mediocridad sublimada. Piensan que el centro del mundo son ellos. “Entre esos tipos y yo hay algo personal” Serrat dixit.

En algunos “informativos” los “periodistas”, arrodillados ante la burguesía, aprendieron a leer en público “noticias” (manipuladas desde las oficinas -gubernamentales o privadas- de espionaje e inteligencia) pero con tono patronal. Asimilaron como “estilo exitoso” la locución “categórica” y a los gritos, como si eso construyera verosimilitud y confianza en las audiencias, (cada día más hartas de falacias y exageraciones mercantiles). Hablan como “patrones de estancia”, terratenientes o señores feudales; hablan como hablan los gerentes a sus vendedores, como hablan los generales a sus soldados, como se le habla a quienes se piensa ignorantes, infradotados, tontos o simplemente incapaces de producir los “méritos” necesarios para vivir con éxito burgués. Hablan como el jefe le habla a sus asalariados. Hablan con autoridad burguesa. Como habla Trump, ídolo de mercachifles. 

Nos urge una Guerrilla Semiótica de acción directa, por todos los medios, para producir los anticuerpos culturales indispensables que exterminen, en plazos cortos, las influencias tóxicas de los medios y los modos burgueses para manipular consciencias. Al pie de la letra, palabra por palabra. Y además de las «vacunas culturales emancipadoras», necesitamos organizar las ideas y los valores producidos en las luchas por liberarnos de la explotación laboral, la sujeción al Estado que ha servido para reprimirnos, la pandemia de los anti valores que nos acomplejan, que nos excluyen estigmatizan… Guerrilla Semiótica contra las humillaciones burguesas proferidas, por ejemplo, en forma de iglesias, entretenimientos y chistes. Contra la estulticia bajo palabra. No somos lo mismo.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez Director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride Universidad Nacional de Lanús. Miembro de la Red en Defensa de la Humanidad. Miembro de Red Verdad. Miembro de la Internacional Progresista. Miembro de REDS (Red de Estudios para el Desarrollo Social)

Por Fernando Buen Abad Domínguez | 11/01/2021

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Miembros de la Policia Nacional Bolivariana patrullan en un barrio de Caracas, Venezuela.Rodrigo Abd / AP

La letal intervención de las fuerzas de seguridad en un barrio controlado por bandas criminales se produce en medio del escrutinio internacional por las ejecuciones extrajudiciales

 

Al menos 23 personas murieron durante el fin de semana en un enfrentamiento entre la policía y las pandillas criminales en Caracas, la capital de Venezuela, después de que comandos de la Fuerza de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana entraran el viernes al barrio La Vega, en el oeste de la ciudad. La refriega es una más de las protagonizadas por este grupo policial acusado de perpetrar ejecuciones extrajudiciales. La alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU, la expresidenta chilena Michelle Bachelet, reclamó la disolución de esta fuerza en 2019 por las graves violaciones de las que es acusada. Las FAES son un grupo de fuerzas especiales creado en 2016 por Nicolás Maduro.

Con mano dura, han asumido el control del combate a la la delincuencia, pero también operan junto con las fuerzas de choque del chavismo en la represión de manifestaciones y la persecución de opositores.

Los policías desplegados en el barrio de La Vega han matado a miembros de una poderosa banda dedicada a los secuestros que supuestamente intentaba extender su radio de acción a otros barrios de Caracas. En la operación policial también murieron vecinos a causa de las balas perdidas, entre ellos Nelson Villalta, un profesor de música de 50 años, que estaba en la puerta de su casa mientras los delincuentes se estaban enfrentando a los agentes policiales.

Los vídeos de los disparos de armas de distinto calibre han corrido por las redes sociales desde el viernes, cuando el barrio entró en una especie de toque de queda que obligó al cierre de comercios. Los vecinos han vivido horas de miedo y horror por las balaceras. El comandante de las FAES, Miguel Domínguez, dijo en su cuenta de Twitter que el cuerpo policial se encontraba desplegado en la zona “brindando seguridad y protección a la parroquia”. Dominguez están sancionado desde 2019 por Washington.

La violencia en Venezuela —que en los últimos años ha liderado la tasa de homicidios de la región junto con Honduras y El Salvador— ha dejado de estar en manos de los delincuentes. El último informe del Observatorio Venezolano de Violencia reportó en 2020 una tasa de 45,6 muertes violentas por cada 100.000 habitantes, muy por encima de cualquiera de los otros países considerados violentos en América Latina. El año cerró con al menos 11.891 muertos, incluidos 4.231 fallecimientos catalogados por las autoridades como resistencia a la autoridad y que se sospecha que fueron homicidios cometidos por los cuerpos de seguridad del Estado, por un uso excesivo de la fuerza o mediante ejecuciones extrajudiciales. El año pasado los delincuentes perpetraron 4.153 homicidios, otras 3.507 muertes están bajo investigación.

“La letalidad policial se ha extendido por todo el país, parece ser la única política de seguridad que se ha estado implementando. En 12 estados la policía mató más que los delincuentes. Es decir, en la mitad de entidades federales la letalidad policial fue superior a la letalidad delincuencial”, explica el informe divulgado la última semana de diciembre.

Las acusaciones contra las FAES y otros cuerpos policiales han sido documentadas por organizaciones no gubernamentales y sustentan el caso contra Venezuela en la Corte Penal Internacional, que ya ha señalado que se han cometido crímenes de lesa humanidad, al menos desde 2017. La misión de investigación de la ONU también recogió en su informe, presentado el pasado septiembre, ejecuciones extrajudiciales a manos de las fuerzas de seguridad del Estado.

Por Florantonia Singer

Caracas - 10 ene 2021 - 22:32 UTC

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Estados Unidos: ¿esto no es «lo que somos»?

Parte del establishment republicano trata de desmarcarse de Donald Trump; algunos liberales centristas consideran lo ocurrido el 6 de enero como propio de una «república bananera». Hay quienes denuncian un intento de golpe mientras el núcleo duro trumpista sigue con las denuncias de fraude. Nuevas y viejas grietas vuelven a agitar la política estadounidense y ponen en crisis el supuesto excepcionalismo nacional, mientras el nuevo gobierno demócrata se apresta para tomar el timón del Estado.

 

Hay un viejo chiste que pregunta «¿Por qué nunca ha habido un golpe de estado en Washington DC?» y responde: «Porque allí no hay embajada de Estados Unidos». El miércoles pareció que los estadounidenses tendríamos que dejar de repetirlo. En medio de las sesiones del Congreso para certificar los resultados de las elecciones de noviembre, en las que Joe Biden obtuvo una clara victoria sobre Donald Trump, estallaron los disturbios y la violencia. Trump apareció en un mitin diciendo, como lo ha hecho en repetidas ocasiones, que le habían robado mediante el fraude su aplastante victoria, y afirmando que si su vicepresidente Mike Pence «hace lo correcto», entonces «ganamos las elecciones» (El vicepresidente desempeña, en realidad, un papel ceremonial en la certificación del Senado, que recibe los votos de los colegios electorales de los estados, y no tiene poder para alterar los resultados). «No se recuperará nuestro país con debilidad», arengó Trump al público. 

El presidente regresó a la Casa Blanca, pero algunos de quienes asistieron al mitin marcharon luego hacia el edificio del Capitolio. En el interior, varios republicanos habían anunciado planes para oponerse a la certificación de los resultados en los estados clave que definieron la elección por pocos votos. Los congresistas insistían en que simplemente estaban pidiendo que se investigara. Pero, en realidad, no había nada que investigar: los tribunales rechazaron una y otra vez las numerosas demandas elevadas por la campaña de Trump por considerarlas frívolas y carentes de fundamento. 

Desde la elección, Trump ha insistido en que él fue el verdadero ganador (Incluso en 2016, cuando le ganó a Hillary Clinton gracias al sistema de colegio electoral pero habiendo pedido en el voto popular, declaró que eso ocurrió debido a «millones de votos ilegales»). El Partido Republicano no ha dudado en apelar al mito del fraude en los últimos años para promulgar leyes que dificultan la participación electoral. Trump ha atacado incluso a los funcionarios republicanos en el estado de Georgia por haber certificado los resultados que le dieron a Biden una estrecha victoria. Varios de ellos llegaron a sufrir amenazas de muerte y acusaciones de traición. Hace poco se dio a conocer el audio de una llamada en la que Trump le pide al secretario de Estado de Georgia, el republicano Brian Raffensperger, que «encuentre 11.780» votos, la cantidad necesaria para ganar en ese estado sureño. Desde la perspectiva de los seguidores más radicales de Trump, incluso su propio partido los traicionó. Claro, si bien hubo algunos casos aislados de irregularidades electorales (como el hombre que usó la boleta de su madre fallecida para emitir un voto... por Trump), no hay evidencia de fraude sistemático, y afirmar que podría haber existido ha hecho necesario recurrir a teorías conspirativas cada vez más oscuras, que involucran a las máquinas de votación y a la familia de Hugo Chávez. Pero no importa: el senador Josh Hawley, que, según especulan algunos, podría ser el heredero político de Trump, saludó a los manifestantes que estaban frente al Capitolio con un puño en alto, y luego, en el interior, objetó los resultados del colegio electoral. Se esperaba que otros republicanos hicieran lo mismo.

Pero no les fue posible. Poco tiempo después, el edificio del Capitolio era tomado por asalto. Algunos de los asistentes al mitin de Trump se habían trasladado a las escalinatas exteriores del edificio, donde se enfrentaron con las barreras policiales. Hubo algunos enfrentamientos, pero la presencia de uniformados fue mínima en comparación con la que hubo en las protestas de Black Lives Matter el año pasado, y en algunos casos la policía pareció tratar a los manifestantes con mayor deferencia.

Los trumpistas se abrieron paso más allá de las líneas policiales y algunos videos mostraban a la policía simplemente consintiendo el asalto al edificio. En otros, se ve a la policía resistiendo la toma y un un agente fue golpeado hasta la muerte. El Congreso suspendió la sesión. La multitud rompió las ventanas y se abrió paso hacia el interior el edificio. Un hombre se dirigió a la cámara de senadores ya vacía, se paró en el estrado y gritó: «¡Trump ganó las elecciones!». Otros irrumpieron en la oficina de la líder demócrata Nancy Pelosi. Se lanzaron gases lacrimógenos en la rotonda del edificio y el servicio secreto que protegía la Cámara de Representantes mató a tiros a una mujer. Llevó horas despejar el Capitolio. Y finalmente, ya bien entrada la noche, el Congreso reanudó el trabajo y certificó la victoria de Biden.

Difícilmente pueda describirse lo ocurrido con un término que no sea conato de golpe, aunque haya sido un golpe sin posibilidades reales de éxito. Fue un acto, instigado por Trump, que buscó cambiar los resultados del proceso electoral por medio de la violencia y la intimidación. En un momento, los insurrectos corearon repetidamente «colguemos Mike Pence», al considerar que el vicepresidente los había traicionado. Entre quienes tomaron el Capitolio, varios han sido identificados como miembros de las fuerzas armadas, y asimilados a paramilitares que se proponían tomar rehenes.  

Sin embargo, el esfuerzo careció de muchos de los ingredientes que habría necesitado para representar una amenaza real al orden constitucional. A pesar del éxito de Trump al colocar a tres nuevos jueces en la Corte Suprema, el presidente no cuenta con el apoyo del poder judicial para impulsar este tipo de cuña en el sistema. Aunque hay miembros de las fuerzas armadas que están personalmente muy comprometidos con el jefe de Estado y/o con la causa de la supremacía blanca, Trump no mantiene buenas relaciones con la institución y no cuenta con apoyo para un golpe militar. A comienzos de enero, los diez secretarios de defensa vivos, tanto republicanos como demócratas, emitieron un documento en el que advierten que quienes revistan en el ejército prestan juramento a la Constitución y no a un presidente, y están obligados a no socavar los resultados de las elecciones. Hasta donde sabemos, no hubo coordinación entre el motín insurreccional y ninguna institución gubernamental o militar.

Trump tampoco cuenta con el apoyo de los medios para imponer una narrativa hegemónica tras un golpe. Por supuesto, existen canales que le han ayudado a difundir sus mentiras. Fox News ha proporcionado, durante años, una dieta constante de propaganda tóxica diseñada para mantener a su base de adultos mayores blancos temerosos y alineados. Conserva a algunos periodistas por fuera de su línea editorial para cubrirse, y cuando estos, para desagrado de Trump, informaron de manera objetiva sobre los resultados electorales, muchos espectadores se apresuraron a mirar canales que antes eran poco importantes, como Newsmax y One America News Network, que han ayudado a difundir teorías conspirativas relacionadas con las elecciones. También se difunden fakes news a través de programas radiales con participación de oyentes, sitios web, Facebook y otras plataformas de redes sociales. Pero si bien la capacidad de difundir una realidad alternativa hizo posible que sucedieran cosas como los acontecimientos del miércoles 6 de enero, la mayoría de los medios estadounidenses se vio atacada por las mentiras hostiles y constantes de Trump, y tomó una posición crítica hacia su gobierno. Trump carece del apoyo institucional para convertir sus impulsos autoritarios en una dictadura personal. Incluso aquellos que tomaron por asalto el edificio del Capitolio parecían no tener plan para tomar las riendas del poder una vez adentro. 

Sin embargo, esto no significa que esas acciones fueran tan absurdas como a veces parecieron. Por cierto, el hombre sin camisa, con piel de animal y casco con cuernos, no parece ser el autor de un moderno ¿Qué hacer? trumpista (de hecho, cree que «Hollywood está lleno de vampiros interdimensionales») Pero más allá de la posibilidad de violencia, el episodio refleja la degradación profunda del Partido Republicano, para la cual no hay ningún remedio a mano. Muchos republicanos electos se pasaron toda la jornada del 6 de enero tuiteando que «esto no es lo que somos», lo cual refleja una negación deliberada tanto de la historia del país como del estado de su propio partido. Quizás el acto de violencia más conocido jamás cometido en el Capitolio haya sido la golpiza casi mortal recibida por el senador antiesclavista Charles Sumner en 1856, propinada por un colega. Pero, en términos más generales, la expansión de derechos siempre se ha topado con la reafirmación de la dominación y la jerarquía. Tras la Guerra Civil, los ataques a legisladores por parte de los vigilantes supremacistas blancos en el Sur del país quedaron impunes, lo que dio vía libre para la imposición de la supremacía blanca. Aunque algunos ahora han sido arrestados, la impunidad experimentados por miembros de la turba el 6 de enero fue notable, especialmente en contraste con el comportamiento adoptado por muchos cuerpos policiales durante las manifestaciones por la justicia racial durante el verano boreal.

Si los legisladores republicanos buscan separar a los extremistas de aquellos que consideran republicanos responsables con su «esto no es lo que somos», estamos también ante una forma de negación. Denunciar a los demócratas, no importa lo moderados que sean, como socialistas antiestadounidenses ha sido una estrategia de los republicanos por lo menos desde el New Deal. Calificar a los demócratas de corruptos e ilegítimos ha sido una estrategia generalizada por lo menos desde la década de 1990. El partido ha azuzado el prejuicio y la ira populares como una forma de impulsar la participación en las elecciones y continúa haciéndolo. Con la única excepción del senador Mitt Romney, no hubo apoyo republicano para destituir a Trump cuando se inició el proceso de impeachment en 2019, si bien era abundante la evidencia de comportamiento delictivo e inapropiado. 

Los medios conservadores han evolucionado, desde los programas de radio de Rush Limbaugh hasta Fox News y las posiciones conspiranoicas desquiciadas de Glenn Beck, Trump y QAnon. Pero muchas de las narrativas siguen siendo las mismas. Trump no puede distinguir la realidad de la fantasía, y tampoco pueden hacerlo muchos de sus partidarios. Entre quienes irrumpieron en el Capitolio se encontraban miembros de grupos neonazis y negacionistas del Holocausto que han estado presentes en mítines a favor de Trump. Pero muchos agitaban banderas o usaban vestimenta con mensajes de QAnon, una teoría conspirativa que ha florecido en la era Trump. La visión de QAnon consiste esencialmente en que los demócratas prominentes están involucrados en una red satánica de tráfico sexual infantil contra la cual Trump está luchando en secreto. La «Q» anónima deja pistas para las personas en los foros de mensajes de Internet, lo que hace que la interpretación de QAnon como «gotas» o «migas de pan» sea una forma participativa de conspiracionismo, tendiente a ir descubriendo a la elite que domina el Estado profundo. La actividad explotó bajo los confinamientos por el covid-19; los letreros #SaveOurChildren (#SalvemosANuestrosHijos) inspirados en QAnon se pueden ver en todo el país y en las redes sociales. Los académicos que han estudiado el fenómeno lo han comparado con una religión, ya que proporciona una explicación no falsable del mal, y la participación en él como obra de teodicea, una vindicación de la bondad divina.

Trump ha impulsado la teoría y a sus seguidores, lo que halaga su ego ilimitado al colocarlo en el papel de dios. Ahora hay congresistas republicanos electos que creen en QAnon, y ha habido otras incitaciones a la violencia. El 7 de diciembre, el Partido Republicano de Arizona retuiteó a un teórico de la conspiración diciendo «Estoy dispuesto a dar mi vida por esta lucha» y agregó: «Él lo está. ¿Y tú?». Por eso, afirmar que «esto no es lo que somos» es reducir el problema a un puñado de extremistas, cuando la cuestión radica en los mensajes que dan Trump, dirigentes republicanos y medios afines. Y hay hechos de que pasaron bastante desapercibidos: a pesar de que prominentes personajes de la extrema derecha publicaban sus mensajes conspirativos en las redes sociales desde el interior del Capitolio, el miércoles por la noche, la ex candidata a la vicepresidencia Sarah Palin estaba sugiriendo en Fox News que la violencia había sido llevada a cabo por agitadores izquierdistas que intentan hacer quedar mal a los republicanos. 

Otra figura frecuente que ha sido invocada en respuesta a la insurrección del miércoles es la de «república bananera», la mayoría de las veces por liberales de izquierda y republicanos descontentos y horrorizados por Trump. Por un lado, es un impulso comprensible: Trump se comporta más como un caudillo megalómano que como cualquier presidente de los Estados Unidos que se recuerde, incluidos los que promovieron agendas destructivas. Pero esto también parece inapropiado. Describir a Trump como un tipo de líder más adecuado para una «república bananera» implica que hay algo excepcional en las instituciones políticas estadounidenses, lo cual dificulta ver que esta crisis es también producto de esas instituciones tan veneradas. Sería más esclarecedor si quienes hablan de «repúblicas bananeras» reconocieran que tanto Trump como las «repúblicas bananeras» de América Central son productos del poder y el militarismo de Estados Unidos. Eso podría hacerse sin negar la inusual amenaza que Trump ha representado para la forma democrática de gobierno.

Lo que resta es ver si esta es la crisis que terminará con la fiebre que sufre el Partido Republicano desde hace décadas. Altos líderes demócratas impulsan la destitución de Trump mediante un juicio político y, según informes, su propio gabinete discutió declararlo no apto para ejercer sus funciones a la luz de la 25º Enmienda a la Constitución. De manera menos formal, se ha hablado de expulsar a miembros del Congreso. Puede haber otro tipo de precio a pagar. El mismo día del asalto al Capitolio, los dos candidatos demócratas al Senado ganaron las elecciones de segunda vuelta por sendas bancas en representación del estado de Georgia, lo cual dará el control de ambas cámaras del Congreso al Partido Demócrata a partir del 20 de enero. Luego de perder el estado en la contienda presidencial, Trump había descrito el proceso como fraudulento. La abstención de algunos de sus seguidores, por considerar inútil votar, puede haber cambiado el resultado, dando una mínima ventaja a los demócratas. Y si este fenómeno se repite, puede afectar el balance político del país.

Durante años, los republicanos han intentado retener el poder con una minoría de votos apoyándose en las características contramayoritarias del sistema político estadounidense. Si esa estrategia comienza a fallar, probablemente aumente el peligro de que haya violencia y terrorismo. Si no es fascista (aunque muy a menudo lo parece), el núcleo duro del trumpismo es, como mínimo, el de la «democracia del Herrenvolk»: la idea de que solo el grupo étnico mayoritario puede ostentar legítimamente el poder político. Ese punto de vista tiene una larga tradición en Estados Unidos y no se abandonará fácilmente. A pesar de que los republicanos contrarios a Trump hablan de formar un tercer partido, no hay camino hacia la victoria para un candidato conservador a escala nacional que no atraiga los votantes trumpistas. No será fácil que el Partido Republicano cambie de manera tal que pueda mantener su viabilidad política. Como sea que se resuelva la crisis en las próximas dos semanas, ese problema no desaparecerá. Esto es, también, «lo que somos».

Enero 2021

Traducción: Carlos Díaz Rocca. 

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Domingo, 10 Enero 2021 05:57

Trump no tomará cianuro

Trump no tomará cianuro
 

Trump no es Hitler, Estados Unidos no es la Alemania nazi, ningún ejército invasor está en camino a la Casa Blanca. A pesar de todo eso, no es posible evitar una comparación entre Trump en estos últimos días y los últimos días de Hitler. Hitler en su búnker, Trump en la Casa Blanca. Los dos, habiendo perdido el sentido de la realidad, dan órdenes que nadie cumple y, cuando son desobedecidos, declaran traiciones que alcanzan a los más próximos e incondicionales: Himmler, en el caso de Hitler; Mike Pence, en el caso de Trump. Así como Hitler se negó a creer que el Ejército Rojo soviético estaba a diez kilómetros del búnker, Trump se niega a reconocer que perdió las elecciones. Las comparaciones terminan aquí. A diferencia de Hitler, Trump no ve llegado su final político y, mucho menos, se retirará a su habitación para, junto con su esposa, Melania Trump, ingerir cianuro y, conforme el testamento, incinerar sus cuerpos fuera del búnker, es decir, en los jardines de la Casa Blanca. ¿Por qué no lo hace?

Al final de la guerra, Hitler se sintió aislado y profundamente desilusionado con los alemanes por no haber sabido estar a la altura del gran destino que les tenía reservado. Como diría Goebbels, también en el búnker: «El pueblo alemán eligió su destino y ahora sus pequeñas gargantas están siendo cortadas». Por el contrario, Trump tiene una base social de millones de estadounidenses y, entre los más fieles, se encuentran grupos de supremacistas blancos armados y dispuestos a seguir al líder, incluso si la orden es invadir y vandalizar la sede del Congreso. Y, lejos de ser pesimista respecto a ellos, Trump considera a sus seguidores los mejores estadounidenses y grandes patriotas, aquellos que harán America great again. Hitler sabía que había llegado su fin y que su final político también sería su final físico. Lejos de eso, Trump cree que su lucha verdaderamente comienza ahora, porque solo ahora será convincentemente una lucha contra el sistema.

Mientras que muchos millones de estadounidenses quieren pensar que el conflicto ha llegado a su fin, Trump y sus seguidores desean mostrar que ahora comenzará, y continuará hasta que Estados Unidos les sea devuelto. Joe Biden se equivoca cuando, al ver la vandalización del Congreso, afirma que eso no es Estados Unidos. Sí lo es, porque Estados Unidos es un país que no solo nació de un acto violento (la matanza de los indios), sino que fue a través de la violencia que se dio todo su progreso, traducido en victorias de las que el mundo tantas veces se sintió orgulloso, desde la propia unión de Estados «Unidos» (620,000 muertos en la guerra civil), hasta la luminosa conquista de los derechos civiles y políticos por parte de la población negra (numerosos linchamientos, asesinatos de líderes, siendo Martin Luther King. Jr. el más prominente), como sigue siendo el país donde fueron asesinados muchos de los mejores (según ellos) líderes políticos electos, desde Abraham Lincoln hasta John Kennedy. Y esta violencia ha dominado tanto la vida interna como toda su política imperial, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial. Que lo digan los latinoamericanos, Vietnam, los Balcanes, Irak, Libia, los palestinos, etcétera.

Joe Biden también se equivoca cuando dice que la pesadilla ha llegado a su fin y que ahora se reanudará el camino de la normalidad democrática. Por el contrario, Trump tiene razón al pensar que todo está empezando ahora. El problema es que él, contrariamente a lo que piensa, no controla lo que va a empezar y, por este motivo, los próximos años tanto pueden serle favorables, llevándolo de vuelta a la Casa Blanca, como pueden dictar su fin, un triste final. Como sistema político y social, Estados Unidos está en un momento de bifurcación, un momento característico de los sistemas alejados de los puntos de equilibrio, en los que cualquier pequeño cambio puede producir consecuencias desproporcionadas. Resulta, por tanto, aún más difícil de lo habitual predecir lo que sucederá. A continuación, identifico algunos de los factores que pueden causar cambios en una u otra dirección: desigualdad y fragmentación, primacía del derecho y Stacey Abrams.

Desigualdad y fragmentación

Desde la década de 1980, la desigualdad social ha ido en aumento, tanto que Estados Unidos es hoy el país más desigual del mundo. La mitad más pobre de la población tiene actualmente solo el 12% del rendimiento nacional, mientras que el 1% más rico tiene el 20% de ese rendimiento. En los últimos cuarenta años el neoliberalismo ha dictado el empobrecimiento de los trabajadores estadounidenses y destruyó las clases medias. En un país sin servicio público de salud y sin otras políticas sociales dignas de ese nombre, uno de cada cinco niños pasa hambre. En 2017, uno de cada diez jóvenes de entre 18 y 24 años (3.5 millones de personas) había pasado en los últimos doce meses por un período sin un lugar donde vivir (homelessness). Adoctrinados por la ideología del «milagro americano» de las oportunidades y viviendo en un sistema político cerrado que no permite imaginar alternativas al statu quo, la política de resentimiento, que la extrema derecha es experta en explotar, ha hecho que los estadounidenses victimizados por el sistema consideren que el origen de sus males estaba en otros grupos aún más victimizados que ellos: negros, latinos o inmigrantes en general.

Con la desigualdad social, aumentó la discriminación étnico-racial. Los cuerpos racializados son considerados inferiores por naturaleza; si nos hacen daño, no hay que discutir con ellos. Tienes que neutralizarlos, depositándolos en cárceles o matándolos. Estados Unidos tiene la tasa de encarcelamiento más alta del mundo (698 presos por cada 100,000 habitantes). Con menos del 5% de la población mundial, EE. UU. tiene el 25% de la población carcelaria. Los jóvenes negros tienen cinco veces más probabilidades que los jóvenes blancos de ser condenados a prisión. En estas condiciones, ¿es sorprendente que la apelación antisistema sea atractiva? Nótese que hay más de 300 milicias armadas de extrema derecha repartidas por todo el país; un número que ha aumentado desde la elección de Obama. Si no se hace nada en los próximos cuatro años para cambiar esta situación, Trump seguirá alimentando, y con razón, su obsesión por regresar a la Casa Blanca.

Primacía del derecho

Estados Unidos se ha convertido en el campeón mundial de la rule of law y de la law and order. Durante mucho tiempo, en ningún país se conocía el nombre de los jueces de la Corte Suprema, excepto en Estados Unidos. Los tribunales estadounidenses ejercieron la función de garantizar el cumplimiento de la Constitución con una independencia razonable, hasta que ciertos sectores de las clases dominantes entendieron que los tribunales podían ponerse más activamente al servicio de sus intereses. Para ello, decidieron invertir mucho dinero en la formación de magistrados y en la elección o nombramiento de jueces para los tribunales superiores. Esta movilización política de la justicia tuvo una dimensión internacional cuando, especialmente después de la caída del Muro de Berlín, la CIA y el Departamento de Justicia comenzaron a invertir fuertemente en la formación de magistrados y en la modificación del derecho procesal (delación premiada) de los países bajo su influencia. Así surgió el Lawfare, una guerra jurídica, de la que la Operación Lava-Jato en Brasil es un ejemplo paradigmático. Trump cometió varios delitos federales y estatales, incluida la obstrucción de la justicia, el blanqueo de capitales, el financiamiento ilegal de campañas y delitos electorales (el más reciente de los cuales fue un intento de alterar de manera fraudulenta los resultados de las elecciones de Georgia en enero de 2021). ¿Funcionará el sistema penal como solía hacerlo en el pasado? Si es así, Trump será condenado y probablemente irá preso. Si eso ocurre, su fin político estará cerca. De lo contrario, Trump trabajará su base, dentro o fuera del partido republicano, para regresar con fuerza en 2025.

Stacey Abrams

Esta excongresista negra es la gran responsable de la reciente elección de los dos senadores demócratas en el estado de Georgia, una victoria decisiva para dar a los demócratas la mayoría en el Senado y así permitir que Biden no sea objeto de obstrucción política permanente. ¿Cuál es el secreto de esta mujer? En el transcurso de diez años, ha tratado de articular políticamente a todas las minorías pobres de Georgia (negras, latinas y asiáticas); un estado donde el 57.8% de la población es blanca, un estado considerado racista y supremacista, donde tradicionalmente ganan los conservadores. Durante años, Abrams creó organizaciones para promover el registro electoral de las minorías pobres alienadas por el fatalismo de ver ganar siempre a los mismos opresores. Orientó el trabajo de base para fomentar la unidad entre los diferentes grupos sociales empobrecidos, tan a menudo separados por los prejuicios étnico-raciales que alimentan el poder de las clases dominantes.

Después de diez años, y tras una carrera notable que podría haber alcanzado su auge con la nominación como vicepresidenta de Biden (en lo que fue relegada en favor de Kamala Harris, más conservadora y cercana a los intereses de las grandes empresas de información y de comunicación de Silicon Valley), Abrams logra una victoria que puede liquidar la ambición de Trump de regresar al poder. El mismo día en que los vándalos rompían cristales y saqueaban el Capitolio, se festejaba en Georgia esta notable hazaña; una poderosa demostración de que el trabajo político que puede garantizar la supervivencia de las democracias liberales en estos tiempos difíciles no puede limitarse a votar cada cuatro años, y ni siquiera al trabajo en las comisiones parlamentarias por parte de los electos. Exige trabajo de base en lugares inhóspitos y muchas veces peligrosos donde viven las poblaciones empobrecidas, ofendidas y humilladas que, casi siempre con buenas razones, perdieron el interés y la esperanza en la democracia.

La obra de Stacey Abrams, multiplicada por los movimientos Black Lives Matter, Black Voters Matter y tantos otros, muchos de ellos inspirados en Bernie Sanders y «nuestra revolución» animada por él, puede devolver a la democracia estadounidense la dignidad que Trump puso en riesgo. Si es así, la mejor lección que los estadounidenses pueden aprender es que el mito del «excepcionalismo estadounidense» es solo eso, un mito. Estados Unidos es un país tan vulnerable como cualquier otro a las aventuras autoritarias. Su democracia es tan frágil como frágiles son los mecanismos que pueden evitar que los autócratas, los antidemócratas sean elegidos democráticamente. La diferencia entre ellos y los dictadores es que, mientras estos últimos comienzan por destruir la democracia para llegar al poder, los primeros usan la democracia para ser elegidos, pero luego se niegan a gobernar democráticamente y a abandonar democráticamente el poder. Desde la perspectiva de la ciudadanía, la diferencia no es muy grande.

Sábado, 09/01/2021 04:45 PM

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Shoshana Zuboff: "Las grandes tecnológicas de Silicon Valley han dado un golpe de Estado contra la humanidad"

Este año, las grandes empresas tecnológicas se enfrentan a importantes batallas judiciales tanto en Estados Unidos como en Europa. Responderán, entre otras cosas, por la desinformación y por su situación de monopolio. Esta socióloga fue una de las primeras voces que nos advirtió del enorme poder de estas compañías. Y ya es considerada una de las personas más influyentes de este siglo.

 

Silicon Valley ha perpetrado un golpe de Estado contra la humanidad. Así lo cree la socióloga y economista estadounidense Shoshana Zuboff. «Se ha hecho sin que nos percatemos y sin sangre».

Zuboff explica que los usuarios de la tecnología ya no son meros clientes, sino la materia prima de un nuevo sistema industrial; a los que se exprime para extraer sus datos, hacer predicciones sobre su conducta y vender productos a terceros. Este es el hilo conductor que recorre La era del capitalismo de vigilancia (Paidós), considerado ya como uno de los libros más influyentes de este siglo. A Zuboff se la compara con el economista Thomas Piketty, que alertó de que la creciente concentración de la riqueza es inevitable si no se modifica el sistema, pero, a diferencia de Piketty, Zuboff concita el aplauso del Financial Times y The Wall Street Journal.

XLSemanal. Hay una idea muy potente en su libro y es que nuestras vidas digitales no tienen por qué ser como son ahora, que podrían, y deberían, ser de otra manera…

Shoshana Zuboff. No solo me refiero a lo que hacen Google o Facebook, sino a toda una lógica económica que condiciona muchos aspectos de nuestras vidas. El capitalismo de vigilancia demanda nuestra atención continua con técnicas de persuasión y de ingeniería de la conducta que antes habían sido probadas y perfeccionadas por las empresas de juego, porque cualquier casino sabe que no hay nada más rentable que un adicto. Y el capitalismo de vigilancia se agarra al poder de muchas formas. Una de ellas es la retórica. Ha aprendido a confundir a todo el mundo durante veinte años. Cuando te quejas de algo de lo que hacen, ellos te responden que es la consecuencia inevitable de la tecnología digital.

¿Y no lo es?

S.Z. Para nada. Le pondré un ejemplo. Cuando el público descubrió que Google se quedaba con todos esos datos de nuestras búsquedas, Eric Schmidt –el antiguo CEO– reconoció que era verdad que los motores de búsqueda retenían información. ¡Pero eso es retórica! Porque en el fondo está diciendo: «Hey, no soy yo; es la máquina». Y no es verdad. Son ellos los que se quedan con los datos para alimentar a la inteligencia artificial y hacer predicciones.

¿No es un peaje razonable a cambio de un servicio gratuito?

S.Z. Es que estamos hablando de dos cosas totalmente diferentes. Una es la tecnología digital. Y otro es la lógica económica basada en extraer datos en secreto, apropiárselos y venderlos. Esa lógica económica no puede sobrevivir sin lo digital, pero es muy fácil imaginar la tecnología digital sin capitalismo de vigilancia.

Perdone que sea un aguafiestas, pero a estas alturas dudo de que sea fácil…

S.Z. En 2000, un grupo de ingenieros de Georgia Tech diseñó un proyecto que llamaron Aware Home, un precedente de lo que hoy conocemos como ‘hogar inteligente’: con teleasistencia para ancianos, eficiencia energética… Pero los datos circulaban en un bucle cerrado. Los aparatos de la casa le proporcionaban información exclusivamente a los que residían en ella. Porque son datos muy privados. Esa tecnología era respetuosa. Pues bien, pasó el tiempo, y en 2017 dos expertos legales de la Universidad de Londres analizaron algunos altavoces inteligentes, tipo Google Home (o Nest), de los que puedes poner en tu salón. Y calcularon que un consumidor informado debería revisar un mínimo de mil contratos de privacidad, porque ese dispositivo recoge datos de lo que hablan los inquilinos, en qué habitación están, los ruidos… Y se comunica a su vez con otros aparatos inteligentes de la casa. Y envía esos datos a Google. Y Google los vende a terceros. Y estos los revenden…

No hace falta comprarse un altavoz, mucha gente se va a la cama con el móvil. Y es lo primero que consulta cuando se levanta.

S.Z. No queda ahí la cosa. Google dice que no asume ninguna responsabilidad de lo que hagan esos terceros con los datos. Y cada contraparte dice lo mismo. Así que hay cientos de compañías que tienen un dominio completo sobre tus datos. Toman lo que quieren y lo usan como quieren, sin transparencia y sin control. Y esto viene a cuento porque hace 17 años teníamos un futuro prometedor: un hogar inteligente para vivir mejor. Y esa idea ha sido traicionada. Y en nuestro hogar, que debería ser un santuario, no solo entran Google, Apple, Amazon y Facebook, entran cientos de compañías que no conocemos. No puedes cerrar la puerta de tu casa. Y, aunque la cierres, da igual porque ya están dentro. Y esto no debería ser así; se nos ha impuesto de manera unilateral, ilegítima y secreta. Pero no es inevitable.

Muchos niños manejan el móvil mejor que sus padres. ¿De verdad cree que se le puede dar la vuelta a esto?

S.Z. Sí, pero va a llevar algún tiempo… Si hubiéramos estado los últimos veinte años intentándolo y no lo hubiéramos conseguido, sería pesimista, como usted, pero la verdad es que no lo hemos intentado. El capitalismo de vigilancia ha tenido barra libre. La democracia se ha dormido al volante. Tenemos una oportunidad porque ahora conocemos sus peligros. Es hora de remangarse y hacer una labor crucial para nuestro futuro y el de nuestras democracias.

¿Pero estamos por la labor?

S.Z. A principios del siglo XX había niños trabajando en las fábricas. Las grandes compañías tenían todo el poder en Estados Unidos. Ni los trabajadores ni los consumidores podían enfrentarse a ellas. Sus abogados ganaban todos los pleitos. Pero fuimos capaces de utilizar la democracia, la ley y la política para crear nuevos derechos y contener los excesos del capitalismo industrial. Y ¿sabe qué? La segunda mitad del siglo XX fue muy próspera en muchos países. Nada es perfecto, pero ahora tenemos una oportunidad similar. Entramos ahora en una década en la que se va a decidir el futuro del siglo XXI. Y creo que veremos emerger un paradigma nuevo que va a poner freno o, por lo menos, a limitar los aspectos más perniciosos del capitalismo de vigilancia. Y creo que será necesario que algunas de sus actuaciones se ilegalicen porque son conductas criminales.

Ya se está investigando a las grandes tecnológicas. Mark Zuckerberg y Jeff Bezos han tenido que responder ante el Congreso, pero de ahí a considerarlos delincuentes va un trecho.

S.Z. Yo considero a los ejecutivos de Silicon Valley como emperadores. Ejercen un poder que no da cuentas a nadie. No queremos a estos ejecutivos poderosos a los que les importan un bledo nuestras vidas, que son radicalmente indiferentes a los problemas reales de la gente. ¡No los queremos!

¿Cómo convence a la gente de que Google o Facebook son peligrosos, aunque nos hagan la vida más fácil?

S.Z. No creo que tenga que convencer a nadie. Recientemente se ha publicado una gran encuesta en Estados Unidos. Se les preguntó a los norteamericanos si los riesgos de que las compañías recopilen sus datos eran mayores que los beneficios. Y es la primera vez que el 81 por ciento considera que los riesgos exceden a los beneficios. Es un punto de inflexión. Estábamos acostumbrados a preocuparnos por cómo manejan nuestros datos los gobiernos y no tanto las corporaciones, pero ahora las cosas han cambiado.

Pero entre los ganadores de la pandemia están las tecnológicas. Bezos ha duplicado su fortuna desde marzo y es el ser humano más rico de la historia.

S.Z. Las encuestas detectan otra tendencia. El 84 por ciento de los norteamericanos no confían en que las compañías que poseen las redes sociales arreglen los problemas que han creado. Y un estudio global de Pew Research señala que once países consideran que la desinformación es la mayor amenaza contra la democracia. Lo que estamos viendo es una pérdida de fe en estas corporaciones. La gente ahora se moviliza. Ve el riesgo.

¿Qué hay de malo en que Netflix y Amazon conozcan nuestros gustos y nos recomienden libros o series?

S.Z. Los gigantes tecnológicos quieren que creamos que la privacidad es privada. Que nosotros tenemos el control de lo que queremos exponer y lo que no. Yo les doy unos pocos datos a Facebook a cambio de un servicio que es gratis.

Se supone que ese es el trato, ¿no? Las condiciones de servicio que pocos leen y casi todos aceptan para tener correo, mapas, hacer búsquedas, compartir fotos…

S.Z. Pero lo que hemos aprendido es que, cada vez que consentimos darles datos, ellos toman muchos más de los que creemos. Si publicas algo en Facebook, no les importa lo interesante o veraz que pueda ser, pero lo desmenuzan. Examinan si usas signos de admiración para sacar conclusiones sobre tu estado emocional. Porque las emociones son comportamientos fáciles de predecir. Y muy rentables. La inteligencia artificial de Facebook examina billones de esos datos cada día y es capaz de producir seis millones de predicciones por segundo. Y muy pocos de esos billones de datos los damos a sabiendas ni por propia voluntad. Los cogen sin que nos enteremos. Cada vez que utilizamos las redes sociales, alimentamos a un sistema cuyas asimetrías de poder y de conocimiento están minando nuestras democracias y aumentando la desigualdad.

¿A qué se refiere cuando habla de asimetrías?

S.Z. A que hay una gran diferencia entre lo que ellos saben de nosotros y lo que nosotros sabemos de ellos; entre lo que podemos hacer y lo que ellos nos pueden hacer. El conocimiento y el poder son inextricables.

Siempre lo han sido…

S.Z. Pero ahora vemos, por ejemplo, que el sistema de reconocimiento facial de Microsoft, desarrollado con fotos de Facebook, no se utiliza solo con propósitos académicos, como nos habían contado, sino que Microsoft lo vendió a clientes militares, incluido el Ejército chino, que mantiene a los uigures musulmanes sometidos a una vigilancia constante. Nuestras fotos de Facebook están sirviendo para encarcelar a gente inocente en una campaña genocida contra una minoría religiosa. No es algo trivial. Estamos exponiendo no solo a nuestra sociedad, sino a todas las sociedades, a estos sistemas. Y la gente empieza a entenderlo. Es un desafío político y legal. Nos están robando una parte de nuestras vidas sin nuestro permiso. Tenemos que parar esto. Y creo que podemos.

 

Por Carlos Manuel Sánchez / Fotografía: Bernd Von Jutrczenka

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Estados Unidos, la democracia que nunca fue

Vaya por delante la condena. Pero de allí a lanzar loas a la democracia estadunidense es una falta de respeto. Menos aun señalar su ejemplaridad. Azuzados por el presidente Donald Trump, sus seguidores no dudaron en asaltar el Capitolio bajo la consigna de haber sido víctimas de fraude y robo en las elecciones presidenciales. Son muchos quienes le siguen, dentro y fuera de las instituciones. Cien representantes en la Cámara y siete senadores han negado validez al triunfo de Biden. Para ellos, América se encuentra secuestrada por vendepatrias. Por consiguiente, la sociedad estadunidense es víctima de una conspiración de negros, latinos, minorías sexuales, comunistas y socialistas, cuya finalidad es destruir el país.

Las imágenes de ciudadanos trepando paredes, rompiendo ventanas, invadiendo despachos, son un jarro de agua fría para quienes han aupado a Estados Unidos como salvaguarda de la democracia mundial. Analistas políticos, especialistas en relaciones internacionales, corresponsales, hacen piña. Sólo hay un responsable de la violencia: Donald Trump, un desequilibrado que no asume su derrota. Las cadenas de radio y televisión informan en tiempo real y a la par dan a conocer tuits de jefes de Estado y gobierno occidentales mostrando su rechazo a la toma del Capitolio y su reconocimiento a Joe Biden. El momento era relevante, se estaba validando formalmente, en sesión plenaria, la designación de Joe Biden como presidente. Penúltimo acto para el traspaso de poderes en la Casa Blanca el 20 de enero. Pero el ícono del poder legislativo, el Capitolio, era víctima de un ataque, según diría Hillary Clinton, perpetrado por terroristas nacionales. El acto protocolario se veía empañado, suspendiéndose la votación que ratificaba a Joe Biden como presidente. La "invasión" se cobraba la primera víctima, una mujer era abatida mientras trataba de colarse en la sala de sesiones.

Definir el sistema político estadunidense como una democracia, salvo que el concepto quede restringido a la mínima expresión, resulta poco serio. De ser así, son hechos auténticamente democráticos morirse de hambre o no tener cobertura médica. Pero vayamos a deshacer el entuerto. Esos senadores y diputados, reunidos en sesión plenaria, salvo excepciones, son los que, independientemente de su partido, han avalado anexiones territoriales, guerras, invasiones, golpes de Estado, bloqueos a terceros países, consolidado tiranías y financiado gobiernos autocráticos, lo cual contradice su respeto y apego a los valores democráticos. En América Latina, Asia y África hay ejemplos que harían enrojecer a cualquier demócrata. Sin olvidar que Trump no ha sido el primer presidente en mentir. Desde el genocidio de los pueblos originarios, la anexión de los territorios pertenecientes a México, la guerra contra Cuba, Vietnam y más recientemente la guerra contra Irak se fundan en mentiras. ¿Acaso se encontraron las armas de destrucción masiva? Ésa es la historia de Estados Unidos. Howard Zinn, Charles W. Mills, Sheldon Wolin o Noam Chomsky, entre otros, han cuestionado el sistema político que prevalece en Estados Unidos, tras sus actuaciones en Vietnam, Centroamérica, Chile e Irak, además de las leyes emergentes con posterioridad al 11 de septiembre de 2001. Totalitarismo invertido es la definición de Wolin para referirse al orden político en Estados Unidos, nacido de los atentados a las Torres Gemelas.

Presidentes como Kennedy, Nixon, Carter, Ford, Clinton, Reagan o Bush, padre e hijo, con todos los matices, se han saltado preceptos democráticos como la no intervención, el derecho de autodeterminación o el respeto a los derechos humanos. Además, durante sus administraciones, han utilizado mecanismos poco ortodoxos, democráticamente hablando, como avalar la tortura, crear noticias falsas, contratar mercenarios o desvalijar países enteros de sus riquezas. Sin despreciar la persecución a periodistas y aplicar la censura en las informaciones sobre las actividades de espionaje en su propio país o a sus aliados. Julian Assange y Edward Snowden son un ejemplo de lo dicho.

Crímenes y criminales de guerra, cuya impunidad está garantizada al no reconocer el Tribunal Internacional Penal, campan por su territorio, dan conferencias y reciben premios Nobel. Henry Kissinger, sin ir más lejos. Ninguna administración estadunidense está libre de haber patrocinado guerras, vender armas, traficar con estupefacientes, derrocar gobiernos democráticos y torcer el brazo a quienes se enfrentan y rechazan sus políticas unilaterales de corte autoritario. Pero si no es suficiente, debemos recordar que en su política doméstica Trump no ha sido una anomalía, al margen de sus excentricidades. Obtuvo más de setenta millones de votos. Además, las organizaciones supremacistas, neonazis, llevan décadas existiendo. La Asociación Nacional del Rifle y lobby, que van desde las farmacéuticas, compañías de seguros, multinacionales de la alimentación y las empresas tecnológicas de Silicon Valley, cuentan con un apoyo bipartidista. El Ku Klux Klan, el Tea Party, White Power, Skin Heads o Metal Militia no han sido creados por Trump, otra cosa es que los condene. Por otro lado, fue Barack Obama, premio Nobel de la Paz, quien aceleró la construcción del muro fronterizo con México, y según José Manuel Valenzuela Arce en Caminos del éxodo humano, durante su presidencia las deportaciones sumaron "2 millones 800 mil personas". En resumen, definir el sistema político bipartidista que rige Estados Unidos como un orden democrático es un despropósito si se trata de caracterizar el régimen político. Otra cosa es defender el imperialismo estadunidense, sus estructuras de poder y dominación y adjudicarles el papel de guardián de los valores occidentales, dizque democráticos. Pero ya sabemos, democracia y capitalismo son incompatibles.

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