Lunes, 21 Diciembre 2020 05:43

La política como espectáculo

La política como espectáculo

Hasta hace algunos años la apuesta más segura de la televisión por cable para captar mayor auditorio había sido la transmisión de encuentros deportivos: la Serie Mundial de beisbol, el campeonato de futbol americano, el de básquetbol, los Juegos Olímpicos y, desde hace algunos años, el de futbol soccer, por sólo mencionar los deportes más populares en Estados Unidos. Pero algo curioso sucedió en el lustro pasado, los actos políticos, los debates presidenciales y la cobertura de las elecciones incrementaron su audiencia en forma sensible; si bien no al nivel de los deportivos, en ocasiones han recibido igual o mayor atención.

Sin embargo, cabe preguntarse si la espectacularidad creada por los medios en años recientes con el fenómeno Trump trascenderá a su partida de la Casa Blanca. ¿Será posible que la tradicional abulia de los estadunidenses por prestar atención a los asuntos políticos y de gobierno se haya superado, y su interés pudiera llegar al que existe en otros países? O bien, ¿que la dieta diaria de noticias explosivas y los dramas protagonizados por Donald Trump ha llegado a su fin y con ella la pérdida en la atención a los asuntos de la política y de gobierno?

La pregunta no es del todo ociosa, atendiendo a la preocupación expresada por los ejecutivos de las dos cadenas más importantes de noticias por cable de Estados Unidos, CNN y MSNBC, cuyo contenido es eminentemente liberal, debido a que el estilo de Biden es más reposado y conciliador, lo que evitará las sistemáticas diatribas que hicieron de Trump un fenómeno publicitario. Sin el espectáculo diario a cargo del presidente, el auditorio de ambas cadenas pudiera perder el interés en las emisiones noticiosas. Uno de los factores con que ambas cadenas ganaron un amplio auditorio fue dar cuenta de las atrocidades y bravatas de Trump.

¿Qué pasará si los ejecutivos de ambas cadenas, condicionados ante una posible baja en el rating, deciden disminuir la extensión y el número de emisiones de información y opinión política? Dejar que la cadena de noticias Fox, antípoda conservadora de CNN y MSNBC, llene ese espacio vital para la vida de millones de televidentes, rompería el precario equilibrio entre la opinión liberal y la conservadora, en favor de esta última. Sería una vía para erosionar el mensaje de Biden y los demócratas sobre los beneficios para la mayoría de la sociedad de su programa de reformas sociales y económicas.

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¿La gran inventiva china es producto de su sistema político comunista?

Matthew Slaughter (MS, FT, 14/12/20), decano de Tuck School of Business en Dartmouth College, se acongoja de que "el mismo día que un cohete chino recogía rocas lunares, colapsaba un importante radio telescopio de EU".

MS se refería al robot de exploración Chang’e 5 que durante dos días recolectó rocas lunares antes de plantar la bandera china, mientras que colapsaba el radiotelescopio Arecibo de EU, uno de los radares más potentes del planeta, en Puerto Rico.

Dejo de lado la hazaña científica de la "supercomputadora cuántica" que le procura a China la "supremacía cuántica" por encima de Sycamore de Google (https://bit.ly/3aqufft).

Stephen Chen (SC), del portal SCMP, con sede en Hong Kong y propiedad de Alibaba, exulta que la misión Chang’e 5 le “otorga a China un récord sin igual en alunizajes (https://bit.ly/3h5pSrC)”. De tres intentos, China –que prácticamente no ha librado guerras– lleva tres éxitos en sus alunizajes, a diferencia de India, Japón e Israel, quienes, pese a su notable know-how, no han podido concretar su experimento lunar.

SC aduce que el programa espacial de China es una "vindicación de su sistema político (sic), así como una demostración de su progreso tecnológico". Esto es muy debatible, ya que la inconmensurable inventiva china proviene desde el siglo XI, con un sistema político diferente en ese entonces, cuando pudo haber conquistado al mundo y no quiso, teniendo la pólvora y la brújula en sus manos.

Más bien, yo propondría que aquel sistema político –que impulsa su I&D y procura su ambientación tecnológica dentro de su sistema educativo– es lo que en última instancia propulsa a los países a pasos agigantados. ¡Es todo un tema para el debate!

Más allá de los sistemas político y educativo, otra consideración trascendental radica en el gasto militar de las naciones en proporción a su PIB.

De tanto librar guerras en el mundo para controlar hidrocarburos y materias primas de los países valetudinarios, EU ha sido superado por China en las hazañas lunares y en otras más.

Pese a la pandemia global del Covid-19, el mandarín Xi Jinping atribuyó la misión lunar "perfectamente ejecutada" al nuevo (sic) sistema nacional chino, el xinjuguotizhi, que "une al gobierno, los negocios, universidades y los institutos de investigación en una colaboración a gran escala, similar al proyecto Manhattan".

También la hazaña de Silicon Valley, que cautivó al ex presidente galo Mitterrand y al ex mandatario soviético Gorbachov, es su triángulo creativo: donde se conjugan universidades/innovación/megabancos.

No me gustaría caer en la falsa dicotomía ultrarreduccionista de la superioridad del sistema comunista chino, hoy en pleno auge y despliegue, frente al momento de decadencia del capitalismo globalista de EU, cuando su mayor inventor Thomas Edison (nacido en 1847 y muerto en 1921) supo conjugar su genialidad con los negocios en el momento del despegue geopolítico de EU. Los inventores tampoco nacen en el vacío y abrevan de los momentos de auge y decadencia de donde son oriundos.

Por esas paradojas lúgubres del destino, es el Pentágono el que lleva la batuta de la I&D que ha colocado a EU en los tres primeros lugares del ranking tecnológico, pero que ha sido despedazado por la rapacidad depredadora de su plutocracia/tecno-bancocracia globalista.

El avance magnificente de Rusia (la ex URSS), hoy ya no es comunista, sino más bien estatal y de corte hipermilitar.

Alguien podrá alegar, no sin razón, que la Unión Europea gastó muy poco en su actividad bélica, que no aprovechó para competir de lleno, pese a su óptimo sistema educativo, con los tres máximos polos del planeta.

Yo propondría la armonía de cinco factores que colocan a las naciones en la supremacía tecnológica: 1. La eficiencia de su sistema político, 2. Su cohesión interna: cuando las fuerzas centrípetas superan a las centrífugas, 3. Su sistema educativo que en última instancia beneficie la I&D, 4. La defensa militar equilibrada y proporcional y 5. El estímulo y el respeto a la innovación científica. En síntesis: la hazaña tecnológica es multifactorial.

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Domingo, 20 Diciembre 2020 05:46

Trump termina, arranca el trumpismo

Trump termina, arranca el trumpismo

Un arsenal político de 200 millones de dólares y 25 millones de votantes 

 

Donald Trump finalmente perdió las elecciones, pero sigue invulnerable en su discurso de que se las robaron, de que hubo fraude. Esta mentira no es casual ni boba, es un manifiesto a futuro que varias encuestas indican convence a por lo menos un tercio de sus electores, algo así como 25 millones de personas. Trump deja el gobierno como una víctima de poderes ocultos, del "estado profundo", de las elites eternas. Este relato lo deja como un ángel caído que se sacrificó por su pueblo y puede ser más que suficiente para fundar algo inesperado en el paisaje anómico de la política de Estados Unidos, un movimiento con base popular. Trump se acabó y ahora puede arrancar el trumpismo.

Allá al norte y en inglés se puede encontrar casi todo en el menú político. Hay maoístas, hay situacionistas, hay yippies, hay nazis de toda laya y socialistas que sueñan con Suecia o la vieja URSS. También hay partidos con nombres como El Alquiler es Muy Caro o el Partido de las Familias Trabajadoras, con plataformas y militancias muy atinadas y comunitarias. Pero todo esto termina siendo ínfimo frente al eterno bipartidismo de Republicanos y Demócratas, dueños del 99 por ciento de la imaginación política del país.

Estos dos partidotes tienen una raíz moderada, comparten una negativa absoluta a cambiar el sistema y generan liderazgos francamente anodinos. Joe Biden no es ni remotamente tan anodino como Mike Pence, que parece un astronauta que nunca voló al espacio, pero está en esa frecuencia. Kamala Harris mueve el amperímetro por ser mujer y minoría étnica, pero sus ideas políticas la dejarían muy cómoda en el Senado de Raúl Alfonsín. Sólo Bernie Sanders propuso algo nuevo y hasta dijo la palabra maldita, "socialismo", y perdió la interna de su propio partido, que eligió por mucho a Biden.

Los demócratas siguen hablando de Franklin Delano Roosevelt porque fue el último líder carismático que tuvieron. Los republicanos siguen hablando de Ronald Reagan por lo mismo. Pero ni siquiera estos dos, que dejan en la sombra a figuras como Eisenhower, Johnson, Clinton, Nixon, Ford, todos los Bush y hasta a Obama, que tuvo la chance de trascender, se arriman a Trump en el nivel de magia. Trump es amado de un modo irracional y odiado con furia. Trump miente diciendo exactamente lo que sus amantes quieren oir, y no importa que sea mentira. Es porque Trump dice una verdad meridiana, que la mayoría de los norteamericanos no cuentan excepto como mercado consumidor. Sobre esta base le ganó al establishment republicano y ganó en 2016. Su frase de que podía balear a alguien en medio de la calle y no iba a perder ni un voto es exacta. Con esa impunidad desarmó todo lo que pudo del estado y se puso a hacer cosas como un muro con México.

Al día siguiente de las elecciones, Trump empezó a recaudar para pagar abogados. Juntó doscientos millones de dólares en cosa de días pese a que los grandes donantes del partido se hicieron los distraídos. Millones de donantes le mandaron lo que podían y aunque Rudy Giuliani haya cobrado mucho como abogado, esa plata alcanza para una campaña. También se arregló para poner como presidente del Comité Nacional Republicano a Ronna Romney McDaniel, la hija de Mitt Romney, el ultraconservador senador por Utah que perdió la interna con él. Ronna es un cuadro de la derecha más conservadora y está al frente de una institución muy útil a la hora de las primarias, las internas partidarias que determinan quién es candidato.

Y acá viene la herramienta fundacional del trumpismo, la de sacarse del medio a los diputados y senadores nacionales o estaduales, a los gobernadores y concejales, que sean "blandos", que no estén con Trump. Con 25 millones de seguidores hasta en el llano, con doscientos millones para hacer política, con gente que le debe favores en todo el aparato partidario, Trump tiene su propio Tea Party listo para 2022. El Tea Party fue el que inventó esto de correr por derecha a los moderados. Terminó desapareciendo porque le faltó un liderazgo carismático.

Que es exactamente lo que hay ahora.

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Sede de Google en Montain View, California. WIKIMEDIA COMMONS

El complejo industrial militar vuelve a sus raíces mientras la CIA recurre a las grandes tecnológicas para mantener el control y reconstruir la economía de guerra.

 

Las famosas “17 agencias de inteligencia” que componen la comunidad de inteligencia estadounidense compartirán una red de proveedores de servicios de computación en la nube del sector privado que incluye a Microsoft, Google, Oracle, IBM y Amazon Web Services (AWS) como parte de un contrato de 15 años sobre el que se comenta que equivale a decenas de miles de millones de dólares.

AWS tiene actualmente el único contrato para proporcionar servicios de computación en la nube a varias agencias de inteligencia, incluidas el FBI y la NSA. La expiración del contrato se establece en 2023 y esta nueva adjudicación —gestionado por la CIA— debilitará en mayor medida la posición anteriormente privilegiada de Amazon en los concursos con dinero público, que ya había recibido un duro golpe cuando se eligió inesperadamente a Microsoft por encima de la empresa de Bezos para el contrato de los servicios en la nube del Departamento de Defensa para el programa Empresa de Infraestructura Conjunta de Defensa (JEDI, por sus siglas en inglés).

La Agencia Central de Inteligencia aprovechará su acceso a fondos sin supervisión para desembolsar los fondos gubernamentales a discreción de la agencia. Aunque se especula que llegan a las decenas de miles de millones, la CIA no tiene planes de revelar el valor real de los contratos C2E (Empresa de Nube Comercial, por sus siglas en inglés). El programa de contratos fue revelado en febrero por parte de la principal agencia de espionaje de EEUU en un intento de establecer una plataforma de servicios con tecnología en la nube para las agencias de inteligencia del país, separada de JEDI, que sigue enredada en un largo proceso judicial con AWS y su implementación lleva dos años de retraso.

Los cinco gigantes tecnológicos competirán entre sí por las “órdenes de operaciones” que lleguen desde la multitud de agencias de inteligencia de todo el país y abarcarán todas las autorizaciones de seguridad, incluidas las de alto secreto. El contrato demanda la construcción de infraestructura y otros servicios básicos en la nube, así como servicios profesionales y servicios cara al público.

Cuantas más cosas cambian…

Muchos parecen sorprendidos por la naturaleza multicontratista y ad hoc de las adjudicaciones C2E porque “no parece asentarse en un proveedor en la nube concreto”, y aunque esta dinámica se aparta de la tendencia relativamente reciente de las adjudicaciones de un único contrato y monopolios tácitos de los que muchas corporaciones han disfrutado mediante sociedades público-privadas, esta práctica concreta de hacer competir a los contratistas entre sí por los servicios requeridos por el Gobierno no es nueva.

De hecho, prácticas de este tipo son una parte intrínseca del complejo militar industrial y sus orígenes históricos en el momento álgido del Imperio británico. El comienzo de la Revolución Gloriosa de 1688 marcó el inicio de 125 años de guerra constante para la superpotencia global del momento y el lento pero inexorable ascenso de una industria de la guerra compuesta exclusivamente de entidades independientes que fabricarían las armas, rifles y balas que requería su reina sedienta de sangre.

A medida que el imperio crecía, los procesos de producción de armas vivieron un cambio dramático desde formas artesanas a producción fabril plenamente desarrollada; todo estimulado por el mayor ejército y armada del mundo, que estaba saqueando y extrayendo recursos para alimentar la floreciente iniciativa capitalista.

Este período también afinó la relación entre el Estado y los contratistas independientes, con el primero estableciendo leyes que les gobernaran para aprovechar su abrumadora ventaja. También se empleaban otras estrategias tanto para suprimir el precio que la corona pagaba por el material como para asegurarse de que ningún contratista individual tenía una parte demasiado grande en la cadena de suministro.

En su libro Empire of Guns (El imperio de las armas), Priya Satia detalla todo este proceso y destruye el mito de que la Revolución Industrial fue el resultado de una máquina de recoger algodón cuando incluso una mirada somera a la historia muestra que fueron las armas y un Estado envuelto en la guerra perpetua los que pusieron los cimientos de nuestro actual paradigma económico.

Ahora nos situamos en el umbral de la así llamada “Cuarta Revolución Industrial” en un mundo que ha perfeccionado armas de guerra de niveles atómicos. Se están forjando nuevas ‘ciberarmas’ y simplemente es oportuno que la industria bélica, liderada hoy por Estados Unidos, vuelva a sus orígenes para mantener su propio monopolio sobre el sufrimiento humano y la devastación en nombre del beneficio económico.

Retorno a las raíces

La asociación público-privada ha sido otra tendencia importante que también refleja una tendencia omnipresente en la Inglaterra victoriana. Pero, en el mundo de hoy, un sistema legal paralelo ha crecido junto a la industria bélica del Estado y está ahora a disposición de grandes empresas que quieren impugnar cada acuerdo, lo que lleva a retrasos considerables en la ejecución de los contratos.

Casos como la demanda de JEDI afectan a los objetivos de preparación militar del Estado de seguridad nacional si no puede avanzar con una iniciativa concreta debido a pleitos. Otro caso reciente es la interrupción de los esfuerzos de la Agencia de Seguridad e Infraestructura de Ciberseguridad (CISA, por sus siglas en inglés) por centralizar la entrada y salida de datos respecto a las ciberamenazas.

En octubre, la Agencia de Servicios Gubernamental (GSA) concedió un contrato de 13 millones de dólares a una empresa llamada EnDyna para “crear una base de datos centralizada que las agencias puedan utilizar para informar sobre, descubrir y actuar contra la información de ciberamenazas”. Un competidor mucho mayor, HackerOne, presentó una queja que cuestionaba la concesión en base a la imposibilidad de satisfacer los requisitos de elegibilidad y la competencia de la empresa menor para llevar a cabo el trabajo.

Tecnicismos como estos pueden interrumpir durante años un proyecto en los tribunales, así que tiene todo el sentido que la industria bélica dirigida por el Estado retorne a sus raíces y aplique los comprobados principios de divide y vencerás contra la gente que fabrica sus armas, ya sean reales o virtuales. Al escoger a los primeros puestos del escalafón de las grandes tecnológicas y ponerlos en una habitación para que se enfrenten por un contrato gubernamental, la élite de la guerra está reconociendo el creciente poder de estas empresas y está soltando a la CIA para contenerlo y disminuir las amenazas hacia la cadena de suministro de la permanente economía de guerra del siglo XXI.

Por Raul Diego

19 DIC 2020 12:30

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La relevancia de Gandhi en tiempos de crisis globales

Cuando llega el 2 de octubre los líderes políticos, religiosos y de los negocios en India y otros lugares recuerdan al Mahatma Gandhi, cantan sus alabanzas y juran vivir según los ideales que él apoyaba. Un día después, o quizás esa misma noche, se le deja atrás tan rápidamente como fue recordado esa mañana. Peor aún, vuelven a asesinarlo a él y a los ideales de no violencia, autodependencia y bienestar universal por los que vivió y murió. Y sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿en este mes de su 151 aniversario, sigue teniendo relevancia en un mundo cada vez más desgarrado por conflictos y crisis de todo tipo?

De manera interesante, en los últimos años parece haberse reavivado la atención por su vida, ideas y acciones. Varios movimientos locales y globales están aplicando principios como la desobediencia civil y la no violencia, con el reconocimiento explícito e implícito de su inspiración en Gandhi. Otros recuerdan su visión clarividente sobre los impactos ecológicos del ‘desarrollo’ sin restricciones. Pero está también la atención adversa sobre él por algunos de los movimientos antiracistas que recuerdan los puntos de vista racistas que parecía haber apoyado en sus primeros años como activista en Sudáfrica. Y en India se ha convertido en un símbolo cínicamente conveniente de los programas preferidos del gobierno sobre limpieza y, más recientemente, autodependencia; ¡aunque algunas personas animadas implícitamente por el actual régimen hipernacionalista celebran incluso a su asesino Nathuram Godse como un patriota!

Sea lo que sea lo que uno piense sobre la naturaleza en contraste del interés recientemente revivido por su figura, no hay duda de la relevancia de Gandhi en las luchas e iniciativas diarias de gentes de todo el mundo. Directa o indirectamente, sus ideas de swarajsatyagrahasarvodaya y ahimsa están vivas, y se han vuelto aún más importantes en un mundo desgarrado por desigualdades crecientes, devastación ecológica y formas antiguas y nuevas de privación de las necesidades básicas para más de dos miles de millones de personas.

Satyagraha: decirle la verdad al poder

Múltiples crisis globales preexistentes se han exacerbado con la pandemia del covid 19 y todavía más por las respuestas de los estados ante ella. En muchos países, el gobierno la ha utilizado como excusa para incrementar las tendencias autoritarias, entre las que se incluye la vigilancia de los ciudadanos en nombre de la seguridad. Además, se ha utilizado como una oportunidad para la toma de decisiones que van abiertamente contra los trabajadores y contra el medio ambiente, sabiendo que la capacidad de disentir se ha reducido mucho entre poblaciones que se supone no deben aventurarse en las calles. Es aquí donde la idea gandhiana de satyagraha, de decir la verdad al poder de forma no violenta, es tan importante.

De muchas maneras diferentes, Gandhi practicaba satyagraha, resistiéndose al poder colonial o a la marginación de los musulmanes en una sociedad con mayoría hindú. Es también interesante que lo usó como un medio para conseguir una base ética para la transformación. Por ejemplo, cuando desconvocó el movimiento nacional de no cooperación contra el dominio colonial como señal de expiación por un incidente en el que miembros del movimiento quemaron una comisaría y mataron a varios policías. Esto está estrechamente relacionado con su constante insistencia en la ahimsa o no violencia, especialmente relevante tanto en la resistencia a las fuerzas de opresión como a no albergar sentimientos de venganza violenta.

Nelson Mandela estuvo inspirado por este llamamiento a un proceso de ‘verdad y reconciliación’ que permitió una transición pacífica para salir del apartheid en Sudáfrica, en lugar de un periodo de actos de venganza sangrienta contra los colonos blancos (que hubiera sido totalmente comprensible dados los horrores del apartheid). Otro discípulo de este enfoque, Martin Luther King, es uno de los predecesores del actual movimiento antiracista en los EEUU, incluida la última rebelión por George Floyd, que es explícitamente no violenta. (Como comentario al margen es interesante que la conexión más explícita con Gandhi parece ser la demanda entre algunos elementos del movimiento antiracista de derribar sus estatuas para protestar por lo que es visto como una actitud racista por su parte cuando estuvo en Sudáfrica, un punto de vista que ha sido matizado por diversos especialistas en Gandhi, incluso profundizando en el periodismo del movimiento negro de ese periodo).

Entre otros que han recogido el enfoque de satyagraha se incluye Extinction Rebellion, un movimiento global de ruptura no violenta que llama la atención sobre la devastación masiva del planeta y de la vida humana por la crisis climática causada por el sistema político y económico dominante. En India, jóvenes de todo el país convocaron una satyagraha el 25 de agosto para protestar por el intento descarado por parte del gobierno de debilitar la legislación que obliga a una valoración del impacto medioambiental de los proyectos de desarrollo. Muchos movimientos de base de resistencia en India han tenido una inspiración similar. El Movimiento Chipko en el Himalaya, organizado por antiguos gandhianos, intentó salvar los bosques de la tala por parte de la industria en los años 70. Como uno de los movimientos medioambientales y de protección de los medios de bida más icónico del mundo, ha inspirado iniciativas similares para salvar bosques en los EEUU y otros lugares. El Narmada Bachao Andolan contra megapantanos en India central ha sido explicitamente no violento, y ha inspriado a movimientos similares en otras partes del mundo. El movimiento global por la paz, la desnuclearización y el desarmeo tiene un legado similar. Esto incluye la Carta de las Naciones Unidas y el multilateralismo, en el que negociadores indios influenciados directamente por Gandhi tuvieron un papel importante.

Sarvodaya: elevar el bienestar colectivo de todos

Para Gandhi, sin embargo, la satyagraha era solo una caja de herramientas de enfoques para conseguir justicia. Viajando a lo largo y ancho del país, comprendió que los niveles abismales de privación y marginación, nacidos de una historia intensamente colonial y feudal, debían ser abordados. No solo se tenía que decir la verdad al poder, sino también dirigirse hacia una acción fundamentada hacia la sarvodaya, la elevación de todos de una manera justa, o como dijo Gandhi en Young India, no «la fórmula utilitaria del mayor bien para el mayor número (sino) … el mayor bien para todos». Esto se podía conseguir mediante nirman, o reconstrucción. Él mismo, y alguno se sus seguidores o consejeros, como el economista JC Kumarappa, inspiraron varios experimentos en generación de medios de vida locales dignos y autodependencia, siendo el hilado de tejido khadi un símbolo crucial.

En la actualidad, diversas iniciativas para conseguir medios de vida dignos y la autodependencia se han inspirado en enfoques gandhianos de una ‘economía no violenta’. El trabajador gandhiano (y conocida personalidad teatral) Prasanna, inició Charaka, una cooperativa de khadi gestionada por mujeres que ha proporcionado medios de vida dignos a 200 mujeres a la vez que promocionaba el trabajo a mano, la autodependencia, y la producción con sensibilidad medioambiental. Ha aparecido recientemente en las noticias (septiembre-octubre de 2020) al ejercer la satyagraha denunciando el impago de cuotas por parte del gobierno, por lo que tuvieron que cerrar durante un mes. No lo han hecho mediante la típica protesta callejera, sino limpiando públicamente las oficinas de la administración local, distribuyendo ropa a los pobres y otros métodos para ‘cambiar el corazón’ de aquellos en el poder.

Elango R., un sarpanch [jefe de la administración local] dalit cerca de Chennai, combina explícitamente los principios gandhianos y marxistas y el anticastismo del icono dalit Babasaheb Ambedkar (quien encabezó el comité para la redacción de la Consitución de India) en su intento de transformar la aldea de Kuthambakkam, donde vive, para dar más dignidad y seguridad de medios de vida a familias dalit. Él ha abogado por una ‘economía en red’ en la que grupos de unas 20 aldeas puedan ser autosuficientes respecto a sus necesidades básicas. Una idea puesta en marcha de una manera algo diferente por otra trabajadora social de inspiración gandhiana, Ela Bhatt, con su idea de una autodependencia ‘en un radio de 100 millas‘. Todas estas ideas son cada vez más discutidas en una India afectada por el covid, mientras las historias de respuesta comunitaria durante el periodo de confinamiento muestran que donde hay comida y autodependencia de medios de vida, hay la máxima resiliencia.

Por todo el mundo hay ejemplos extraordinarios de alternativas constructivas al actual sistema dominante: agricultura sostenible y holística, soberanía comunitaria sobre agua/energía/alimentación y conservación de la naturaleza, solidaridad y economía del compartir, ocupación obrera de instalaciones productivas, recursos y conocimientos comunes, gobernanza local, salud comunitaria y aprendizaje alternativo, fomento de la paz intercomunitaria, reafirmación de la diversidad cultural, pluralismo sexual y de género, y muchas más (véase por ejemplo Vikalp Sangam para cientos de ejemplos de India; para otros lugares, véase Democracia Ecológica Radical. La mayor parte de ellos no tienen necesariamente una inspiración directa en Gandhi, pero el clima de sus ideas y prácticas es probable que haya influido en muchas de ellas, como por ejemplo en los movimientos campesinos de anna swaraj (soberanía alimentaria).

El principio de sarvodaya, y el concepto relacionado de fideicomiso (trusteeship) que defendía Gandhi, puede llevarnos a un cambio radical de foco sobre lo común en lugar de sobre la propiedad privada. En 2013, el gram sabha (asamblea de aldea) de Mendha-Lekha (distrito de Gadchiroli, Maharashtra), tomó la decisión histórica de convertir toda su tierra agrícola privada en tierras comunes de la aldea. Para darle respaldo legal usaron la prácticamente olvidada Ley Gramdan [literalmente ‘donación de tierra’], que fue inspirada por el discípulo de Gandhi Vinoba Bhave.

Gandhi ha sido criticado (quizá de manera justa) por no ser explícitamente anticapitalista, como por ejemplo con sus súplicas a los empresarios industriales para que adoptasen la idea de fideicomiso. Pero también dijo:

«Todo el mundo debería poder conseguir trabajo suficiente como para permitirle llegar a fin de mes. Y este ideal solo se puede conseguir de manera universal si los medios de producción de las necesidades elementales de la vida permanecen bajo control de las masas. Deberían estar disponibles libremente para todos, como deberían estarlo el aire y el agua de Dios. No deberían convertirse en un vehículo de tráfico para la explotación de otros. Su monopolización por cualquier país, nación o grupo de personas sería injusta.»

Esto indica que estaba claramente en contra de que un puñado de individuos (o incluso el estado) poseyese o controlase los medios de producción, como también contra la concentración de riqueza en las manos de unos pocos. Defendía también un enfoque más oriental para conseguir «un socialismo más verdadero y un comunismo más verdadero que el que el mundo haya soñado hasta ahora». Recientemente se han presentado una serie de propuestas para la distribución radical de la riqueza desde la horriblemente perversa concentración a la que se enfrenta hoy el mundo mediante los impuestos, la abolición de la herencia e incluso de la propiedad privada, y otros medios. Estos se pueden ver como medios para conseguir la sarvodaya.

También en el sector de la salud se ven ecos del foco fuertemente articulado de Gandhi sobre la autocuración, sobre facilitar los poderes naturales del cuerpo, sobre el uso de tratamientos con hierbas, etc. en los numerosísimos centros ayurvédicos y de naturopatía por toda India. El Instituto Nacional de Naturopatía radicado en Pune ha construido su extenso programa y alcance según el enfoque de Gandhi sobre la salud. En tiempos de covid, la necesidad de tener cuerpos sanos para estimular la imunidad usando estos enfoques, para una recuperación más rápida y más plena ha sido ampliamente demostrada. Como también la necesidad de ser autodependiente para las necesidades personales en lugar de la debilitante dependencia de hoy de los ‘profesionales’. Un enfoque defendido con fuerza por el brillante académico Ivan Illich, quien estuvo influenciado por el economista gandhiano JC Kumarappa.

Swaraj: verdadera democracia

Para Gandhi, la máxima expresión de autodependencia era swaraj, traducido de manera bastante inadecuada como autogobierno. Swaraj tiene en realidad un enfoque profundamente democrático y ético que avergüenza a las democracias liberales de hoy, incorporando la libertad y la autonomía pero con responsabilidad hacia la libertad y autonomía de otros, posible únicamente si uno también vive la ética de la autocontención en lugar del loco consumismo promovido por la economía de hoy.

Esta idea de una democracia directa, radical, tiene que ser un eje central de la respuesta a las crisis globales. La mayor parte de los movimientos progresistas políticos y sociales se han orientado a la ‘toma del estado’, a intentar reemplazar los partidos políticos retrógrados por progresistas y hacer que el estado sea responsable. Aunque esto es necesario mientras el estado exista, no supone en lo fundamental un desafío a la naturaleza del estado, o, de hecho, a si es necesario que exista un estado centralizado o no. Ni se ha planteado un desafío adecuado a la centralidad del estado-nación en nuestras vidas, a pesar de los enormes fracasos de esta estructura al abordar tanto problemas internos de su población como asuntos globales (siendo el clima un ejemplo espectacularmente escalofriante). Diversas formas de anarquía, marxistas o gandhianas, han sido básicamente relegadas a los márgenes.

En India, el gobierno solo ha dado algunos pasos titubeantes hacia la democracia directa, y se ha movido muy lejos del ideal de autodependencia para las comunidades (o el país en su conjunto). Las enmiendas constitucionales 73 y 74 prometieron la descentralización del poder de toma de decisiones a aldeas y centros urbanos, pero lo restringieron gravemente al no proporcionar financiación y traspaso de competencias legales. En cualquier caso, su aplicación ha sido, en el mejor de los casos, vacilante. El proceso de Kerala de planificación a nivel de aldea y la iniciativa de comunalización de Nagaland en la que una parte de los fondos del estado (para educación, salud, electricidad, carreteras) van directamente a los consejos de aldea, son ejemplos de estados que se han acercado a las intenciones de la Enmienda 73. Pero incluso ellas han tenido fallos o no es han mantenido el tiempo suficiente.

Para Gandhi swaraj se tiene que construir de abajo arriba, desde la aldea hacia afuera a lo largo del paisaje en lo que él denominaba ‘círculos oceánicos’. Por toda India, diversos individuos que formaron parte del movimiento juvenil del activista gandhiano Jayaprakash Narayan, Chhatra Yuva Sangharsh Vahini, han trabajado con comunidades de aldea para crear autodependencia local en áreas como el agua y la alimentación, y para luchar por la toma de decisiones basada en los gram sabha (asambleas de aldea). En la India central y del este, adivasis y otras comunidades locales han intentado diversos grados de autogobierno. Como declaró hace tres décadas Mendha Lekha (citado más arriba) ‘nosotros elegimos el gobierno en Delhi, pero en nuestra aldea nosotros somos el gobierno’. Unas 90 aldeas en esa misma parte de India han formado una Maha Gramsabha (federación de asambleas de aldea) con una orientación similar.

Paralelos cercanos a estos son las luchas por la autodeterminación de pueblos indígenas y otras comunidades locales en muchas partes del mundo, incluido el derecho a aceptar o rechazar cualquier propuesta externa para un proyecto en sus territorios. Los zapatistas en México y el movimiento kurdo en Asia occidental han conseguido una democracia radical de este tipo a una escala relativamente grande. Muchos otros pueblos en América Latina han proclamado y conseguido el reconocimiento de una plena autodeterminación, y movimientos que reclaman soberanía territorial para las Primeras Naciones en la Isla Tortuga (Canadá / EEUU) y Australia tienen una base similar. Muchas de ellas emanan de cosmologías indígenas que están próximas (aunque la mayoría de manera inconsciente) con los principios gandhianos de swarajsarvodaya y satyagraha… y pueden incluso ir más allá en su inmersión completa en la naturaleza.

Se puede plantear por tanto una extensión de swaraj y sarvodaya para abarcar toda la vida, una ‘eco-swaraj‘ o ‘prakritik (natural) swaraj‘, o una democracia ecológica radical. Una avalancha de resoluciones judiciales y legales y demandas de ciudadanos y comunidades en muchas partes del mundo han proclamado que la naturaleza (o algunos de sus elementos, como ríos y montañas) tienen un derecho intrínseco, similar al de una ‘persona jurídica’. Aunque formuladas a menudo dentro del discurso formal occidental y por tanto con tendencia a tener serias limitaciones, estas pueden estar alineadas con visiones del mundo indígenas que reconocen que todos los aspectos de la naturaleza tienen su propio espíritu, que merece tanto respeto como el de los humanos. Viene a la mente el comentario de Gandhi de que el valor de una civilización se puede medir por cómo trata a los animales.

Estas perspectivas han surgido también desde dentro del ‘vientre de la bestia’, por así decir. Movimientos basados en enfoques ecofeministas, por ejemplo, destacan con fuerza la necesidad de acabar con un dominio milenario de una mitad de la humanidad sobre la otra mitad, sanando simultáneamente la ‘brecha metabólica’ entre los humanos y el resto de la naturaleza. Los retos a patrones insostenibles de producción y consumo, incluida la creciente demanda de decrecimiento radical de las economías llamadas ‘desarrolladas’, tendrían una clara relación con la perspectiva gandhiana de autocontención inherente a swaraj, y su crítica mordaz al industrialismo como explotador tanto de la naturaleza como de los humanos.

Es importante destacar que los movimientos de base de resistencia y las alternativas no están atrapados necesariamente en un campo ideológico u otro. Esto es más la preocupación de académicos y activistas profesionales. Más bien, estos movimientos consciente o inconscientemente toman prestado de diversas figuras inspiradoras de la historia, incluidos aquellos en su propio pasado que lucharon por la justicia. Ni habría que presionarlos para una única ‘alternativa’ homogénea para todo el mundo. Una integración continua de tales legados diversos, y el entretejido de un pluriverso de visiones del mundo y prácticas, es lo que nos guiará para dejar atrás un mundo desgarrado por las crisis.

Por Ashish Kothari | 19/12/2020 

Traductor: Carlos Valmaseda
Fuente: https://wsimag.com/economy-and-politics/63741-gandhis-relevance-in-the-time-of-global-crises

Publicado enInternacional
Manifiesto salvaje: dominación, miedo y desobediencia radical

¿Queda algo de lo salvaje en el siglo XXI? En las selvas y sierras ya casi no hay sitios que sean realmente silvestres ni que estén libres de alguna huella del capitalismo contemporáneo. Las bestias salvajes apenas sobreviven en pocos sitios, y son más conocidas por los documentales televisivos o detrás de las rejas en zoológicos.

El rugido del puma se puede reproducir desde una aplicación en el celular. El indígena ya no debería ser salvaje, y si lo fuera sigue sin ser un elogio para muchos. Lo salvaje está atado al pasado de grabados y fotos en blanco y negro, a una historia que quedó atrás. La ecuación es menos salvajismo y más modernidad, menos selva y más plástico.

¿Qué significa ser salvaje hoy? En el vocabulario actual esa palabra tiene otros usos. Algunos la usan para denunciar como salvajes a los que hacen la guerra o a los mercenarios en las bandas de narcotraficantes. Es lo que detestamos. Pero en sentido contrario, salvaje también puede ser el slogan en la publicidad de un desodorante o un perfume. Es una ancestralidad animal que algunos añoran.

Sea de un modo u otro, salvaje no es una palabra cualquiera. Mucho menos es un término sin historia. Ha marcado el devenir del sur global desde el primer día de la colonización. Se intentó aplacar el temor fundacional imponiendo la civilización sobre lo salvaje, sea sobre otros humanos o sobre la Naturaleza.

Con el paso del tiempo fueron muchos los que festejaron que el sentido de lo salvaje fuera reemplazado por ideas como progreso, desarrollo o modernización. Pero no hay nada que celebrar. Cuando lo salvaje perdió sus entrañas, el envoltorio que subsistió fue más fácil de dominar y controlar. La obediencia se acepta, se la impone, incluso se la desea.

Ante las múltiples crisis que ahora enfrentamos, se vuelve inevitable romper con ese acatamiento que nos deja cada vez más indefensos e inmovilizados. Es tiempo de desobediencias, y para ello, necesitamos volver a ser salvajes.

Reinventando a los salvajes

Antes de entrar al infierno estaba la selva, y ella era salvaje. Un espacio oscuro, áspero y espeso, que despertaba el pavor, según lo dejaba en claro Dante Alighieri en su Divina Comedia (1).

Ese miedo, confesado casi dos siglos antes de la llegada a las Américas, era la carga que portaban los colonizadores. Los primeros europeos que pisaron las playas americanas aplicaron esas ideas convirtiendo a casi todo lo que les rodeaba en salvaje.

No inventaron nada, sino que ejecutaron un malabarismo transatlántico que trasplantó los mitos europeos a las tierras americanas y sus habitantes de las Américas (2). Fueron incapaces de hacerlo de otra manera.

Es que, en la Europa occidental de aquellos tiempos, salvaje era la etiqueta que se aplicaba a los bosques, a las montañas o a cualquier otro sitio remoto, a los animales silvestres, pero también a hombres y mujeres que vivían en esos lugares, los incultos que estaban desnudos o con ropas gastadas, recubiertos de vello desde los pies a la cabeza, incapaces de hablar o que si lo hacían eran muy rudos (3). Un imaginario de espacios sin cultivar, animales sin domesticar, caos y desorden.

Pero lo que no siempre se advierte es que la idea de salvaje es íntimamente dependiente del miedo. Aquel pavor que invocaba Dante se debía a que esos sitios les resultaban peligrosos y los incultos que los habitaban no se diferenciaban de las fieras del bosque. El temor una y otra vez aparece asociado a lo salvaje, aplicado tanto al ambiente como a sus habitantes, indiferenciados unos de otros, y esa fue la sensibilidad que instalaron los colonizadores en nuestro continente.

Los nuevos paisajes que encontraron en las Américas, no sólo les resultaban desconocidos, sino que les atemorizaban. Podían morir al intentar cruzar un río, llegaban a padecer hambre por no saber qué comer, los diezmaban nuevas enfermedades y todo tipo de parásitos, y, además, podían ser atacados. No sólo temían morir, sino que incluso después de muertos podían ser canibalizados.

Al inicio de la colonización, Hernán Cortés ya dejaba en claro en sus cartas al rey, que todo lo que le rodeaba era inmenso y exuberante, una Naturaleza que describe como espantosa, a la que teme porque le resulta hostil e inentendible (4). Lo colonizadores repetidamente están al borde de morir de hambre o sed o de extraviarse en la espesura, retratando sitios con montañas desmesuradas, ciénagas inabarcables, ríos furiosos y lluvias interminables.

Ese temor nunca se apagaría. Siglos después, Thomas Whiffen, en su exploración en la Amazonía, en 1915, admitía que la selva era un “despiadado enemigo”, “innatamente malévolo”, una oscura “barbarie”, porque no hay nada “más cruel en la naturaleza que la vegetación inconquistada de la selva”. Viajar por la Amazonía era el “horror de lo no visto” (5).

No se le ha dado suficiente atención a este temor fundacional que fluía entre los recién llegados. Esa emoción obligaba a dominar cuanto antes a la Naturaleza y sus habitantes. Todo esto alimenta la obsesión europea en dominar a la geografía y a los originarios ya que en primer lugar querían sobrevivir, y una vez que lo conseguían, sólo en ese momento, podrían lanzarse a saciar la ambición de apropiarse del oro, la plata y cualquier otro recurso valioso. La compulsión por la dominación se alimentaba del temor. La codicia los llevaba a adentrarse en esos nuevos territorios, pero de todos modos podría decirse que el colonizador, en el fondo, era un miedoso, lo sabía, y por ello detestaba todavía más a lo salvaje.

Los pueblos originarios, que hoy genéricamente denominamos como indígenas, y que los colonizadores observaban como salvajes e infieles, tenían que ser maniatados y sojuzgados.

El ambiente que les rodeaba, que genéricamente denominaban como selva, desierto o montaña, también tenía que ser dominado. Lo que no estaba nominado era descubierto para ser etiquetado, y la etiqueta de salvaje justificaba la conquista, la explotación y la cristianización. El colonizador no dudaba en usar la violencia para lograrlo. Su violencia es la contracara de su miedo. Cuanto más se les temía, más crueles se volvieron, y la idea de salvaje también se convirtió en una justificación de su deshumanización. Al animalizarlos se sentían liberados de reparos morales en someterlos o incluso matarlos.

Civilizar a los salvajes

El miedo primordial ante la condición salvaje nunca se superó. Se lo enfrentó con una sucesión de ideas, acciones y pretensiones, como las de civilizar, cristianizar, educar, ilustrar, y muchas otras. Todas ellas desembocaron en la dominación y el control; cada una alimentaba la esperanza de servir como antídoto ante el temor permanente.

Se insistió en que la colonización superaría el mundo salvaje: se podía cultivar tanto las tierras como las mentes y corazones de los originarios para liberarlos de su supuesto atraso, y era posible catequizarlos para salvarlos. Pero sabemos que las sierras y las selvas americanas no eran incultas, sino que en ellas se aplicaba otra agricultura, otra ganadería, otros usos de los bosques, otro manejo de las aguas, etc., presentes antes de la llegada de los europeos. En varias regiones ni siquiera existía una Naturaleza intocada, sino que eran paisajes moldeados por sembradíos, pastoreo y manejo de aguas. Del mismo modo, tampoco eran incultos sus habitantes, ya que atesoraban sus propias expresiones artísticas, su política, sus guerras y sus religiones.

Toda esa diversidad en vez de calmar al colonizador reforzaba su temor. El ambiente es sentido como hostil por ser excesivo y exuberante, y por el “extrañamiento que despierta, por desconocimiento, en el hombre europeo que intenta dominarlo”, tal como advierte B. Pastor (6). Percibe todo eso como agresión y convierte al entorno en su principal enemigo. Todo eso los llevo a imponer aún más su religiosidad, su moral y su política. Se requería obediencia, lo que no puede sorprender porque la tradición europea que podría rastrearse hasta los clásicos europeos, la vida en la polis implicaba el acatamiento a sus normas y mandatos. Ese es el tipo de civilidad es necesaria para dejar atrás la condición salvaje, para asegurar el orden en el caos de lo incomprendido, para liberarse del miedo. No están en juego en esto las intenciones sino una dinámica histórica, ya que aún donde existieran los mejores propósitos y la mayor compasión, siempre se caía en imponer obediencia y control. Llegado el caso no dudaban en librar “guerras contra los naturales”, como en su momento lo justificó la corona española, o en castigar violentamente a los desobedientes.

Esa dominación seguía una racionalidad y afectividad que repetidamente se dejó en claro. Era simultáneamente social y ecológica, ya que, así como las fieras «se amansan y se sujetan al imperio del hombre», del mismo modo «el varón impera sobre la mujer, el hombre adulto sobre el niño, el padre sobre sus hijos, es decir, los más poderosos y perfectos sobre lo más débiles e imperfectos», tal como lo dejó muy en claro Juan Ginés de Sepúlveda hacia 1550.

Siguiendo esa postura, los españoles tenían un “perfecto derecho” de “imperar sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo”, porque son tan “inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas…, y estoy por decir que de monos a hombres” (7). Esas ideas resumen, con toda cristalinidad, la dominación sobre la Naturaleza, el patriarcado y el colonialismo que se desplegó en los siglos siguientes.

Como contracara, los pueblos indígenas rápidamente comenzaron a entender, según algunos de los pocos testimonios disponibles, que los españoles estaban únicamente interesados en robar, especialmente alimentos y oro, esclavizar a los varones o violar a mujeres. Los retrataban como ladrones y asesinos, y eso rápidamente llevó al rechazo, el resentimiento y el odio (8).

Es cierto que se intercalaron algunas polémicas que, por ejemplo, presentaban al salvaje como verdaderamente bueno y noble. Montaigne proclamaba que el salvajismo anidaba en Europa, y más tarde, Rousseau afirmaba que no había nada más dulce que el hombre en su estado primitivo (9).

Del otro lado, seguían en sus trincheras los que insistían en pintar al salvajismo como negativo, atrasado o inmaduro. Hegel con toda su petulancia enseñaba desde la cátedra prusiana que los pueblos de las Américas tenían una “débil cultura” que “perecen cuando entran en contacto con los pueblos de cultura superior”, la que, por supuesto, era europea. De todos modos, quedaba en claro su temor a que esos inmaduros, esas culturas infantiles, finalmente podrían vencer la batalla de la historia (10).

No hay que confundirse porque esas oposiciones, los Rousseau contra los Hegel, nunca dejaron de ser enfrentamientos entre los modernos europeos. Cada bando moldeaba a su modo una idea de la condición salvaje para atacar a sus contrincantes, pero sin que participaran esos indios expresándose en sus propias lenguas y modos. No se encontrarán defensas ni reivindicaciones dichas o escritas en náhuatl, aymara o mapudungún. Aquellos eran debates de salón del otro lado del Atlántico que no lograron más que alguna incomodidad en la marcha de la Modernidad, donde cada uno defendía su propia versión del progreso universal (11).

Las etiquetas podían cambiar, haciendo que los salvajes se volvieran naturales, infieles, impuros, indios, y se los catalogaba según su sangre, su casta, raza o religión, siempre bajo modos que legitimaran la dominación colonial (12). Con el paso del tiempo, aquello no era suficiente se agregaron nuevos rótulos como mestizos, cimarrones, marginales, desclasados, informales, locos, y más.

Bajo esos vaivenes la Modernidad se construyó a sí misma como una superación de la condición salvaje. Su propósito era que desaparecieran aquellos naturales o indios y sólo serán aceptados los que se civilizaban o se purificaban. Sin embargo, a pesar de su supuesto triunfo, nunca superó su miedo ante la condición salvaje.

Ese temor disparaba la violencia de los colonizadores y continúo con los criollos. Proyectaban hacia afuera, sobre los indígenas, la violencia que ellos mismos practicaban, siguiendo una clásica observación de Michael Taussig. El recuento de las atrocidades que ocurrieron en tiempos del caucho en la región de Putumayo le sirve a Taussig para mostrar que los colonizadores torturaban, despedazaban y mataban a los indígenas porque eso era lo que hacían entre ellos (13).

Todo eso no se trata de algo del pasado, ya que con tristeza debemos reconocer que se repite en la actualidad. En Colombia, se asesinan líderes locales, casi siempre indígenas, campesinos o afro, para acallar sus voces o controlar sus tierras, lo que es un reflejo del barbarismo de buena parte de la sociedad en ese país. Los sicarios que en la amazonia brasileña son enviados a matar, reflejan el barbarismo de policías, militares, guerrilleros, políticos locales, y muchos sectores e instituciones del país. En Chile, los carabineros arremeten contra los mapuches, llegando a asesinar a un joven por la espalda y lo encubren con fabulaciones y mentiras – el miedo hace que sean asesinos, cobardes y mentirosos (14). Todos estos hechos no son esencialmente diferentes de lo que ocurría en el Putumayo poco más de un siglo atrás.

Obediencia y educación

Cada vez que esa modernización tenía que enfrentar a los seres y mundos salvajes recurría a una idealización de Europa. Cuando eran superados por el miedo buscaban refugio en aquel origen. Algunos tenían momentos de sinceridad que permitían conocer sus pensamientos más íntimos, confesando que era la memoria europea la que les nutría de la energía para enfrentar el temor y seguir ordenando, a su manera, el desorden salvaje de las Américas.

El explorador alemán, Carl Freidrich von Martius en el punto más extremo de su viaje dentro de la Amazonia brasileña, escribía a inicios del siglo XIX:

“Profundamente emocionado por el escalofrío de esta salvaje soledad, me senté para dibujarlo; pero no intentaré describirle al lector los sentimientos que durante este trabajo conmovió mi alma. Este era el punto más occidental al que podría llegar el viaje. Entretanto me oprimían todos los terrores de una soledad desprovista de seres humanos, sentía una nostalgia indescriptible de la compañía de los hombres de la querida Europa civilizada. Pensé cómo toda la cultura y la salvación de la humanidad habían venido desde el Oriente. Dolorosamente comparé aquellos países venturosos con este yermo pavoroso, pero, aun así, me congratulé de estar aquí. Levanté la mirada más al cielo y con coraje orienté el espíritu y el corazón al Oriente amigo” (15).

Es una confesión impactante porque, por un lado, von Martius realmente nunca estaba solo ya que viajaba acompañado por brasileños que le servían de guías, traductores y ayudantes. A pesar de estar rodeado se sentía invadido por la soledad, y lo era por no estar junto a otros europeos, los únicos que eran realmente “humanos”.

Por otro lado, una vez más aparece el miedo ante lo que le rodea, ya que a sus ojos de explorador la Amazonia era un desierto pavoroso, y lo reconocía de un modo que recuerda al Dante antes de encaminarse al Purgatorio.

Su antídoto fue mirar al cielo en la dirección de Europa, confiado en que desde allí llegaría la civilización redentora. El mandato era claro y se repetía en todo el continente: se debía educar a los salvajes, lo que implicaba imponerles otro idioma, cristianizarlos, vestirlos, y comportarse del mismo modo que sus maestros.

En juego está la necesidad de asegurar la obediencia, en aquellos tiempos de los indígenas y campesinos, pero eso mismo luego se continuó años después con obreros, empleados, y con cualquiera que debiera ser miembro de la civilidad. El propósito ya está claro en el significado de la palabra obedecer, que impone cumplir con la voluntad de un superior o un mandante; es ejecutar las órdenes de otros, y se aplicaba tanto a humanos como a animales. Es, como explica un diccionario de 1609, el reconocimiento al mayor y superior, y cumplir con los mandamientos de la fe (16), y como agrega otro diccionario, pero en el siglo XIX, al indicar que es la imposición de docilidad por la cual los “brutos”, uno de los sinónimos de los salvajes, se “sujetan” a la enseñanza o al arte(17).

Todo eso se desplegó no solamente por medios simples y violentos sino también por una construcción de la idea de normalidad que se ajustaba a aquellos modelos eurocéntricos. Se puso en marcha un disciplinamiento que abarcaba el espacio, el cuerpo, el pensar y el sentir de las personas, tal como advierte Michael Foucault (18). La pretendida normalidad no significa uniformidad, pero sí una sobredeterminación de los modos por los cuales se producen los discursos y prácticas que resultan en aceptar esas condicionantes. De ese modo pueden coexistir diversas singularizaciones de las personas o grupos, pero todos deben acatar los límites propios de la modernidad ya que, siguiendo el razonamiento de von Martius, sólo así serían humanos.

Esa tensión fue muy evidente sobre todo para los pueblos indígenas forzándolos a ser cada vez menos salvajes para ser más civilizados. Era la única vía para ser reconocidos como “seres racionales y dignos de disfrutar de la condición humana”, claro que ello es según las escalas occidentales. Quedaban atrapados en una terrible imposición, nos aclara la boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, debiendo “negarse a sí mismos y aprender los modos de ser y de pensar de la minoría dominante” para no ser marginados y excluidos (19).

Esos mecanismos no sólo no han desaparecido en la actualidad, sino que se ampliaron a las instituciones de enseñanza, la intelectualidad académica y los medios de comunicación. En esos y otros ámbitos han jugado roles decisivos en delimitar a lo normal como contracara de una anormalidad que es inaceptable, y en la que justamente residen los salvajes.

En tanto obedecer es cumplir con la voluntad de otro, inmediatamente se establece una jerarquía, donde encaje perfectamente aquellos propósitos de la imposición de los varones sobre mujeres, padres sobre hijos, maestros sobre alumnos, colonizadores sobre colonizados, y de los humanos sobre la Naturaleza.

Orden y progreso

En el siglo XIX los mecanismos de control se reforzaron todavía más bajo el llamado al progreso. Se volvió en el antídoto para superar lo que se describía como sociedades retrasadas, inmaduras, frágiles o salvajes. Así como en México, José María Luis Mora reclamaba pasar del retroceso al progreso, del otro lado del ecuador, en Argentina, Domingo Faustino Sarmiento exigía abandonar una condición que calificaba como bárbara por ser americana y casi indígena, para reemplazarla por europeos para ser civilizados (21).

El salvaje seguía siendo el indígena, pero ahora se sumaba el criollo o cholo, o a las razas, o incluso las clases, ya que todas expresarían un atraso que se quería superar.

Al mismo tiempo, las movilizaciones de cualquier de esos distintos tipos de salvajes, como horda, manada, malón, o multitud, alimentaba todavía más los temores que obligaban a controlarlos. Fue en ese contexto que cristalizó el capitalismo en América Latina.

Pero en esta situación, aquellos que se proclamaban como superiores a los salvajes al mismo tiempo se confesaban incapaces de sacar a sus países del supuesto atraso, y sumisamente admitían que necesitaba de maestros europeos, especialmente franceses e ingleses. El patriciado y la oligarquía latinoamericana que en aquellos años se declaraba superior, a la vez construían su propia subordinación a Europa.

De ese modo, el imaginario del progreso en nuestro continente estuvo anclado en sentir una inferioridad propia. En esas ideas descansan los llamados a una recolonización, como sostenían de distinto modo los argentinos Juan B. Alberdi y Domingo F. Sarmiento. Europa era el modelo a seguir en aquel tiempo, y más tarde sería reemplazado por Estados Unidos.

Esa recolonización también era espacial y ecológica, para ordenar y transformar paisajes que seguían siendo considerados como salvajes. No se abandonó la avaricia por el oro y la plata, solo que se sumaron otros minerales, y enseguida la conquista por la tierra para la explotación agropecuaria. Caña de azúcar, tabaco, cacao, cueros y tasajo, caucho y banano, se sumaron rápidamente. Los sitios que no podían ser manejados, por la incapacidad colonial de entender otras ecologías, eran calificados como desiertos, como ocurrió con la Pampa, el Chaco o la Patagonia, a pesar de estar repletos de vida.

No puede sorprender que, en aquel contexto, en el siglo XIX, el positivismo de A. Comte se difundiera en todo el continente, reclamando progreso, orden y obediencia. Uno de sus mayores éxitos se logró en Brasil tal como se expresa en la bandera diseñada en 1889, bajo el impulso de la autodenominada “Iglesia Positivista” y el apoyo de la Escuela Militar de Rio de Janeiro. “Orden y Progreso” se lee en ella, un mandato que deriva directamente de la sentencia de Comte «El amor por principio, el orden por base, el progreso por fin». Compromisos de ese tipo también fueron abrazados en el largo gobierno de Porfirio Díaz en México o en las presidencias de Rafael Núñez en Colombia (22).

Pero por detrás de esas ideas persistía el temor al salvaje. Por ejemplo, Rafael Uribe Uribe, un político colombiano liberal que en su momento se opuso al conservador Rafael Núñez, advertía en 1929 que casi todo el territorio del país estaba en “poder del salvaje”, por lo que no podían asentarse las familias colombianas o extranjeras sin exponerse a sus ataques. Concluía que si no eran “amansados” no tardaría el día que se deberá “derramar su sangre y la nuestra para contenerlos” (23). De uno y otro modo, todas esas generaciones y en todos los países, se sentían como “europeos exilados” en estas “salvajes pampas”, como decía José Luis de Imaz en la década de 1960 (24).

Bajo esas condiciones, ideas como las del progreso expresaban el avance de una civilidad y una razón que, como advertían ya en el siglo XX, Horkheimer y Adorno, tenían el objetivo de “liberar a los hombres del miedo y construirlos en señores” (25). La invocación del progreso primero, y la del desarrollo más recientemente, se volvieron una huida hacia adelante para dejar atrás el temor y renovar las formas de dominación. Junto a otras concepciones y sensibilidades cristalizaron en la Modernidad. En esos cimientos se encuentran la disociación de la sociedad de la Naturaleza, el antropocentrismo en entender y asignar valores, epistemologías de talantes cartesianos, el convencimiento de la linealidad en una historia que a su vez era la historia occidental, o el eurocentrismo en concebir a la política o la justicia.

Sin embargo, el miedo nunca desapareció porque siempre había un salvaje más a controlar. Desde que se izó la bandera del orden y el progreso a fines del siglo XIX en Rio de Janeiro, a las celebraciones del presidente Jair Bolsonaro, en la Brasilia del siglo XXI, lo que se ha visto es cómo la idea de progreso fue reemplazada por la de desarrollo, travistiendo la ambición filosófica por formulaciones económicas, mientras se endureció más y más el disciplinamiento. Los maestros franceses y alemanes del siglo XIX fueron reemplazados en el siglo siguiente por manuales y consultores enviados desde Washington. La obsesión con el crecimiento económico no se abandonó en todo lo ancho del espectro político, ya que la irrupción de la nueva izquierda, a inicios del siglo XXI, terminó en un progresismo que no ocultaba que José “Pepe” Mujica tomara mate con David Rockefeller o Evo Morales disertara para el periódico empresarial Financial Times. La obsesión con el progreso hacía que se subordinaran al capital.

Aquellos temores fundacionales se continuaron embebidos en los actuales. Los siglos han pasado, “¿cuánto? ¿dos siglos?”, interconectados por una “sensación indestructible de la angustia”, como cuenta Diamela Eltit en su narración de una hija que en un hospital cuida a su madre, la que se transfigura en el país o nación chilena. Una madre-patria que está rota, operada y sangra (26). El miedo al que me refiero es análogo a esa imagen, ya que está siempre allí, desde el inicio de la colonia, muchas veces disimulado, no siempre evidente, pero permanente.

La antropofagia del civilizado

Ante esos avances de la Modernidad no faltaron los que propusieron una antropofagia por la cual los primitivos, sean amerindios como africanos, deglutieran a los modernos. “Sólo la antropofagia nos une” dirá Oswald de Andrade, apelando a la imagen de aquellos salvajes que al ser caníbales aterrorizaban a los primeros colonizadores (27). Pero en ese intento se contrapone al indio como natural, contra humanos que serían civilizados, entremezclando un mundo colonial con una modernización que estima como positiva. Apunta a una síntesis que sería matriarcal pero tecnológica, sin clases, pero enfocada en el progreso, y por ello no logra romper el cerco de la Modernidad (28). El punto de partida de Andrade, en el siglo XVI, donde supuestamente los indios devoran al primer obispo portugués, termina en el siglo XX en un brasileño modernizado que a su manera también es un creyente en el progreso.

Pero de Andrade expresa una intencionalidad que debe ser valorada, ya que el propósito de ser antropófago es un acto contundente de desobediencia ante los mandatos de la Modernidad. Los modernos no pueden ser caníbales porque son civilizados, y si lo hicieran, inmediatamente caerían en el espacio de la anormalidad que debe ser castigada.

Sin embargo, la construcción de la Modernidad discurrió de algún modo en un canibalismo inverso. Es que, aunque desde un comienzo, los europeos y criollos deseaban las riquezas en recursos naturales y territorios de los indígenas, “los indios no desearon jamás el espíritu de los blancos”, y sólo “se sometieron cuando los blancos los obligaron a creer que deseaban el espíritu de los blancos”, tal como sentenciaba tiempo atrás el argentino David Viñas (29).

Los modernos que están en la cúspide del poder, como los políticos, empresarios, e incluso académicos, está tan compenetrados en dominar y controlar que no dudan en travestirse de tanto en tanto como indígenas. No tienen vergüenza en ritualizar la estética de aquellos, sabiendo que gozan de impunidad, y que al hacerlo refuerzan el disciplinamiento sobre otros. Se adornan como si fueran indios, como si eso bastara para entender sus demandas y respetar sus identidades. Pero ni siquiera esas actuaciones, como si se ingirieran partes de distintas culturas, logra solucionar los problemas. Nada de eso resuelve el miedo primigenio de los modernos, ya que cada vez que el temor se presenta será necesaria una a nueva antropofagia.

Una modernidad permanentemente inacabada

Estamos ante una generalizada adhesión a la “santísima trinidad” de la Modernidad, con el Estado como el padre, el mercado como el hijo, y la razón como espíritu santo, según recuerda Eduardo Viveiros de Castro (30). Es un acto de fe para calmar el miedo fundacional. Ha sido tan efectivo que sin dejar de reconocer algunas crisis que ocurren en su seno, prevalece el convencimiento de que todos los problemas se solucionarán siendo más modernos.

Termina aceptándose a la Modernidad como un proyecto inacabado, tal como apuntaba Jürgen Habermas, para que de ese modo muchos se entretengan buscando una nueva versión que resolvería los problemas actuales (31). Esas buenas intenciones se repiten permanentemente en América Latina, muchas veces formuladas como planes multiculturales e incluso interculturales, que apuestan por una nueva Modernidad que respetará y reelaborara los saberes e identidades indígenas, algo así como andinos que repiensan al Platón helénico como cándidamente celebra Fernando Calderón para Bolivia (32).

Ante advertencias de este tipo, hay muchos que reaccionan insistiendo en que se basan en visiones simplistas y monolíticas, casi caricaturescas, de la Modernidad.

La respuesta es que la Modernidad es plural; a su interior es heterogénea, tanto en sus concepciones y sus sensibilidades, como en los modos en que se entremezclan con las historias locales y regionales.

Pero toda esa diversidad mantiene saberes y sensibilidades comunes, compartidas por las grandes corrientes liberales, conservadoras y socialistas, que sirven como cimientos sobre los que descansa esa heterogeneidad.

Se toleran discusiones, disputas que pueden ser muy intensas o incluso revoluciones, pero no se pone en discusión esa esencia en los modos de pensar y sentir. Se puede discutir cómo progresar, pero no se acepta abandonar esa idea; es posible debatir sobre la gestión de la Naturaleza, pero la dualidad que la separa de la sociedad no está en duda.

Somos subdesarrollados porque queremos ser desarrollados a imagen de ellos. Entonces no puede sorprender escuchar a los que sostienen que las críticas deben apuntar al capitalismo y no a la Modernidad, asumiendo que habría una Modernidad no-capitalista que sería beneficiosa y positiva.

Seguir ese camino implica que otra vez se intente transitar de una variedad a otra de la Modernidad, convirtiéndose en una alternativa que refuerza aquellos cimientos porque no puede llegar a cuestionarlos.

Es de ese modo que continuamente son reproducidos disciplinamientos que determinan lo aceptable e inaceptable, lo cuestionable e incuestionales, lo sensible y lo insensible (33).

Esto es muy claro en América Latina porque estamos rodeados de ejemplos de esos vaivenes dentro de la Modernidad. Hemos presenciado frenéticas defensas y ataques entre distintos tipos de desarrollo, pero todos ellos desarrollos al fin, ensimismados en la modernización y el crecimiento. Hemos escuchado proclamaciones partidarias por derecha y por izquierda, viejos conservadores contra socialistas del siglo XXI, y así sucesivamente, aunque todos terminan encerrados en los mismos preceptos de la política moderna.

Se ha subestimado que la Modernidad alimenta su vigor al permitir esa diversidad, y si bien se sacude con episodios de crítica y locura, no todos son tolerables. El disciplinamiento determina qué se puede discutir y qué no, cuáles cambios son imaginables y cuales inconcebibles. No necesariamente prohíbe algunas alternativas, sino que las ha hecho impensables. Esto tampoco resulta de una simple imposición del norte, especialmente europeo, sobre un sur, sino que unos y otros participaron a su modo. La subordinación se forjó, como se indicó arriba, porque muchos aquí en el sur buscaban y deseaban el magisterio que venía desde el norte, y entre todos organizaron este entremado.

Pero ya no hay más tiempo para seguir intentando rescatar a la Modernidad. Se han aplicado todo tipo de reformas, ajustes, modificaciones y hasta revoluciones en su seno, pero ninguna de ellas ha alterado esas esencias. Casi todos siguen convencidos que la Naturaleza está separada de los humanos, que el logos cartesiano brindará soluciones científico-tecnológicas, y que debemos marchar hacia el progreso.

Sin embargo, los impactos sociales y ambientales se siguen acumulando a un ritmo cada vez más veloz, y los intentos de reparación no logran resolverlos.

Quienes se consideran civilizados y observan con desprecio a aquellos que tildan como salvajes, terminan aceptando la desigualdad, la pobreza y la violencia. Repiten los mismos esfuerzos para resolver los problemas sin asumir su repetido fracaso. No es posible seguir con esos intentos, porque se han sumado nuevas crisis, de una gravedad inusitada y en una escala planetaria. Estamos sufriendo una debacle ecológica que pone en riesgo a toda la vida en el planeta, y la Modernidad es incapaz de resolverla precisamente porque es su causa.

La organización, la sensibilidad y el pensar moderno reviste una petulancia total al concebirse como universal y único, sin límites, y por lo tanto sin alternativas más allá de éste. Como sólo se conciben y comprenden disputas a su interior no se sueña con una escapatoria. Los tránsitos entre distintas modernidades alimentan la ilusión de cambios que en realidad son siempre regresos. Y en esos retornos siempre está presente aquel miedo básico.

Tal vez, como hace decir Diamela Eltit a esa hija que es todas las hijas de una madre patria, ya es tarde para curar esa angustia de siglos porque está “en marcha un operativo para decretar la demolición y la expatriación” de todos los cuerpos.

En las minas, donde los “huesos cupríferos serán demolidos en la infernal máquina chancadora”, el “polvo cobre del último estadio de nuestros huesos terminará fertilizando el subsuelo de un remoto cementerio chino” (34).

Esos operativos de demolición de personas, culturas y ecologías resultan de la capacidad de la Modernidad en extender y reforzar continuamente el control y la dominación para asegurar el orden normalizado. Si algunos dudaban de ello, la pandemia de 2020 por el coronavirus lo ha dejado en claro, y, además, el miedo volvió a la superficie. La gente teme por su salud, por su trabajo, sus ingresos económicos, por la suerte de sus familiares y amigos. El enemigo a dominar es un virus incontrolable, indomable y peligroso.

Se redobló el disciplinamiento y la dominación, con toda una proliferación de controles sociales como toques de queda, clausura de barrios o ciudades, cuarentenas vigiladas por policías y militares, o limitar la movilización ciudadana. Esas acciones se sumaron a otras que ya estaban entre nosotros, como las cámaras de vigilancia en las calles, o los algoritmos que hurgan en nuestro uso de internet, espiando los chismes y fotos que compartimos en las redes sociales. La irrupción del Covid19 ha hecho que distintos sectores ciudadanos no sólo acepten esa vigilancia, sino que reclaman reforzarla; quieren ser obedientes para dormir en calma.

Ladridos salvajes en los sótanos

Hemos llegada a la situación donde el propósito de sobrevivir a la Modernidad exige abandonarla. Ante esa misión, tal vez Nietzche tuviese razón al decir que aquellos que desearan volverse sabios, en primer lugar, deberían escuchar a los perros salvajes que ladran en sus sótanos (35).

Desafiaba a entender a un animal y no a otras personas; eran perros, no aquellos domesticados que juegan en el jardín o dentro del hogar, sino los que son tan salvajes que están recluidos en la penumbra del sótano. Allí todavía están los restos de la condición salvaje que la Modernidad debe mantener aprisionada, y que cuando alguno se libera, rápidamente lo persigue y captura, festejan el éxito de volver a recluirlo (36).

Si actualmente se banaliza lo salvaje como un perfume o se lo arrincona en las crónicas rojas de los informativos televisivos, su liberación posiblemente tendrá pocos apoyos. Tampoco será posible mientras siga operando esa obediencia esencial que una y otra vez es alimentada por el miedo.

Pero la escucha de esos ladridos, el empuje de lo que ocultamos en nuestros sótanos, es indispensable para pensar e imaginar alternativas, para sentir de otras maneras, más allá de los límites del orden y el progreso.

Es una desobediencia radical que tiene que remontar barreras muy vigorosas, como la constituida por la mutua vinculación entre miedo y dominación. Si se puede quebrar el temor fundacional se dejará de alimentar la pulsión de dominación.

Indígenas y salvajes

Como la Modernidad es heterogénea, no puede sorprender que albergara múltiples críticos a esa condición, y que algunos de ellos tuvieran la agudeza de llegar hasta sus límites. Los Horkheimer y Adorno en el norte, los Dussel en el sur, juegan papeles clave en deconstruir el mundo moderno alentando a imaginar otros futuros.

Pero sin dejar de reconocer esos aportes, la desobediencia radical es imposible sin los aportes y la participación de ese conjunto que llamamos indígenas. Pero no debería caerse en simplificaciones, ya que el salvaje del siglo XXI no puede ser confundido con un indígena idealizado, resucitado desde el pasado, lo que es obviamente imposible, ni con la intención de crear un nuevo “indio”, lo que es tonto y también irrespetuoso.

Indígena sigue siendo una etiqueta colonial aplicada a una enorme diversidad de pueblos y culturas que quedaban de ese modo homogeneizados. Es una designación que sirvió para la dominación.

Hoy en día, incluso allí donde en la superficie se intentan aplicar respetuosos planes multiculturales, de todos modos, son los modernos quienes deciden cuáles atributos de los mundos indígenas son positivos y merecerían sumarse a la reconstrucción de la Modernidad.

A su vez, casi todos esos pueblos han sido afectados de distintas maneras por la Modernidad, y eso explica que existan múltiples situaciones, desde quienes defienden haber sido civilizados y modernizados, deseosos de participar del crecimiento económico, a los que aún dentro de esa civilidad, se resisten, a veces calladamente, otras veces activamente.

Pero aun reconociendo todas esas condiciones, al interior de esos mundos persisten ideas, actitudes, saberes y afectividades que están en los bordes de la Modernidad, muestran sus límites, e incluso se ubican más allá de ellas. Muchos siguen siendo desobedientes, y es por eso que son salvajes.

Recordemos que lo que era visto por los colonizadores como salvajismo respondía a esa desobediencia. Los jesuitas que en el siglo XVII celebraban el “amansamiento” de muchos guaraníes, a la vez criticaban a los achés o guayaquís como salvajes por vivir en “absoluta libertad”, y por ello les temían al verlos como indolentes e irracionales.

La vieja pregunta de algunos colonizadores sobre si los salvajes tenían alma, para esos jesuitas fue desplazada por la interrogante sobre si podían usar la razón (37). Los salvajes “no adoran nada, al fin de cuentas, porque no obedecen a nadie”, tal como advierte Viveiros de Castro (38). Es precisamente ese tipo de desobediencia radical, que no está atada a las normas y creencias, o por lo menos a aquellas que son propias de la Modernidad, la que necesitamos en la actualidad.

En efecto, sin esos aportes difícilmente se podrán construir alternativas más allá de la Modernidad. Los intentos desde las cosmovisiones occidentales sin duda pueden ser muy importantes, pero no lograrán romper por sí solos los acuerdos sobre la normalidad moderna.

Necesitamos ayuda que provenga y se inspire en esos mundos indígenas, sean de quienes resisten como de quienes recuerdan. A su vez, en las condiciones actuales de los pueblos indígenas, sus alternativas requerirán el aporte de la crítica que hacen los modernos desconformes y desobedientes.

Esa mutua necesidad permite advertir sobre otra simplificación: no es posible que todos nos convirtamos en indígenas, ni tampoco se pueden clonar las identidades, culturas o historias. Pero cualquiera de nosotros puede volverse un salvaje.

Podemos ser salvajes

En efecto, no todos podemos ser indígenas, pero es posible plantarnos como salvajes. Cualquiera puede intentarlo, ya que no depende del color de la piel, el origen del nombre y del apellido, el lugar de nacimiento o la cultura aprendida desde la familia y la escuela. Lo que se requiere es una desobediencia radical a la normalidad de la Modernidad.

Esa desobediencia es radical en el sentido que debe dejar atrás tanto el miedo como la dominación, dos condiciones que están profundamente arraigadas. Es una condición tan antigua que en el origen de la palabra obedecer está la sumisión del esclavo al amo, una obediencia que respondía al miedo que éste le tenía.

Si todos los que adhieren a los magisterios de la “santísima trinidad” moderna, piensan y sienten en “modérnico”, los que se vuelven salvajes comienzan a pensar, sentir y expresarse en otros lenguajes.

Por lo tanto, su radicalidad está en que rompe con las raíces compartidas por la Modernidad. Lo es no solamente en un sentido epistémico, sino incluso ontológico. Esto la hace muy distinta a la desobediencia del delincuente que quebranta una ley, la del objetor de conciencia, e incluso de los que corrientemente se concibe como desobediencia civil.

Lo es porque éstas siguen estando enmarcadas dentro de la Modernidad, mientras que la desobediencia salvaje se siente libre para poner en entredicho todos esos conceptos, tanto en quienes los acatan como en sus infractores. Eso no impide que la desobediencia salvaje pueda servirse, por ejemplo, de la desobediencia civil en algunas circunstancias. Pero no es sólo eso, es mucho más.

La desobediencia radical, pongamos por caso, no acepta las formas modernas de entender y asignar valores, pone en entredicho incluso qué es un valor, y de allí puede repensar las distinciones entre lo correcto e incorrecto, lo justo o lo injusto. No acepta el canon de una historia única, universal, que nos predestina a seguir progresando, y en cambio se admira ante multiplicidad de historias locales y regionales. Es una desobediencia socioambiental porque tampoco cree en la dualidad que separa la Naturaleza de la sociedad.

La condición salvaje no se refiere a personas o actores sociales, no debe pensarse en un rebelde en la ciudad o un indígena en la sierra. Es un modo de pensar y sentir que desafía la normalidad, es una actitud, es una praxis. No es posible ser salvaje en forma aislada, no es una reflexión personal ni una desconexión individual. La desobediencia sólo se puede constituir en colectivos, siempre es una pluralidad. En las movilizaciones o prácticas colectivas es cuando se ejerce estas desobediencias.

Del mismo modo, los salvajes construyen su propia espacialidad, creando espacios desobedientes que no siguen los órdenes de la modernidad, habitados tanto por humanos como por otros existentes. Así como en el pasado los salvajes ocupaban las selvas, los nuevos salvajes deben crear sus nuevas “selvas” contemporáneas.

Nada de esto es sencillo, y aun reconociendo las dificultades, a pesar de todas las trabas y condicionantes, de todos modos, estamos rodeados de intentos salvajes, manifestaciones de desobediencia radical que a su vez generan espacios autónomos ante la dominación. Están, por ejemplo, en una comunidad vecinal en un barrio, en una iniciativa colectiva rural enfocada en la agroecología, en prácticas artísticas de cualquier tipo, en otras religiosidades y, porque no, también en la magia. No solamente son reacciones a escala local, sino que pueden generalizarse, y un ejemplo reciente y contundente ha sido el estallido social que ocurrió en Chile en octubre de 2019.

A lo largo de las siguientes semanas se encadenaron rebeliones y desobediencias, sumando a todo tipo de actores ciudadanos. Así como Albert Camus decía que en la rebelión nace la conciencia, podría sostenerse que en estallidos como el chileno alumbraron el retorno de los salvajes.

Ciertamente no todos los que estaban en las calles eran nuevos salvajes, pero algunos sí, y entre los que no lo eran había varios que comenzaban a dudar del orden y el progreso. La desobediencia a la que aquí se alude no estaba en tirar piedras o en incendiar comercios, sin que se refiere a su sentido más profundo donde todo podía ser discutido, todo podía ocurrir en las calles, y cualquiera podía hacerlo a su modo.

Mucha gente mostraba que había dejado de creer en la normalidad chilena y su éxito económico, tal como se les había machacado por décadas. Se abrieron espacios de reconocimiento y debate sobre la situación de los pueblos indígenas, en un país donde se los había marginado y ocultado desde tiempos coloniales. Había tantos salvajes desobedientes en las calles que desde la derecha política chilena no dejaban de denunciarlos exigiendo repetidamente la imposición de más orden y más castigos. Esa movilización carecía de líderes visibles, y en ello se desvaneció el vínculo entre el mandante y el obediente que es típica en el disciplinamiento moderno. El miedo quedó atrás.

No es posible predecir el devenir futuro del estallido social chileno, y es necesario tener precaución porque en el pasado, otras desobediencias ciudadanas fueron disciplinadas con el paso de los meses, y finalmente engullidas otra vez por la Modernidad. Están allí los casos del “que se vayan todos” en Argentina en 2001, diferentes sublevaciones indígenas y populares, como la “guerra del gas” de 2003 en Bolivia, y antes, por ejemplo, las distintas versiones del “mayo francés” en 1968.

Otros, en cambio, siguen resistiendo, como parece ocurrir con el zapatismo mexicano. Más allá de esto, el caso chileno como aquellos otros, son válidos para dejar en claro que existen esas posibilidades y que ellas ocurren continuamente, y que no son simplemente pequeñas manifestaciones locales, sino que pueden desencadenar cataclismos políticos y sociales.

Esos y otros casos muestran que la desobediencia salvaje puede perforar las imágenes y los significados de la Modernidad. Recordando a Taussig, una vez más, el salvajismo “desafía la unidad del símbolo, la totalización trascendente que ata la imagen a lo que representa», es la “muerte de la significación» (39).

Debe serlo además en ese sentido radical de acabar con la inevitable necesidad que tiene el orden moderno de crear nuevos salvajes para inmediatamente disciplinarlos, legitimando su dominación y control. Es, entonces, un salvajismo que nos puede liberar de las oposiciones entre caos y orden, inculto y culto, incivilizado y civilizado.

Desobedientes para sobrevivir, salvajes para desobedecer

Al iniciarse la segunda década del siglo XXI, enfrentamos múltiples crisis en los más diversos frentes. La búsqueda de alternativas no es un lujo ni una manía de académicos o inconformistas, sino que debería ser la tarea más urgente a enfrentar por nuestras sociedades. Los más severos problemas sociales no se han solucionado, y sobre ellos se agrega una debacle ecológica que pone en riesgo a la vida misma en un futuro inmediato. Todas las soluciones modernas que se han intentado han fracasado, y por esa razón no hay otra opción que buscar cambios más allá de ella.

Esos pasos sólo son posibles si se logra superar el miedo fundacional que alimenta el disciplinamiento. Se ha dicho muchas veces que la condición colonial se caracterizó sobre todo por la dominación, con lo cual no siempre se asume que ésta deriva directamente del temor –son inseparables.

Desde el inicio colonial se ha sucedido el miedo a la selva, a la inmensidad, al desierto y a las montañas. El miedo al indio, al negro, al mestizo, al cholo. El miedo al pirata, al invasor, al extranjero. El miedo al campesino, al pobre y al enfermo. El miedo al guerrillero, al soldado, al policía, al ladrón y al narco. El miedo al patrón, al político o al empresario. El miedo al desempleo, la lluvia, el hambre o la enfermedad. El miedo al día de mañana. El miedo al miedo. Son estos temores y pavores los que alimentan la dominación y el disciplinamiento. Pensar, imaginar y desear otros futuros sólo es posible si los dejan atrás.

Así se vuelve posible desobedecer las reglas y normas que imponen la normalidad y el orden que hacen a la esencia de la Modernidad. Es dejar de asumirlas como mandatos inescapables. Es imaginar que pueden existir otras normas, otros órdenes; es poder tener la oportunidad de escoger.  Esa es la postura que corresponde a lo que inicialmente se denominaba como salvaje. Diciéndolo de otro modo: debemos ser salvajes para poder construir alternativas.

Esta condición salvaje no se refiere a una desobediencia en sus sentidos banales, sino que anida en aquellos sótanos y cimientos. Son actos de ruptura radical con las raíces afectivas y racionales que sostienen en pie a la Modernidad, es recuperar la capacidad para encontrar sus límites, y asumir que pueden ser cruzados. Es recuperar la posibilidad de imaginar y pensar lo inimaginable, lo inconcebible, lo prohibido.

Es desobedecer para no aceptar que la Naturaleza y la sociedad están separadas, para no obsesionarnos con el crecimiento y la posesión. Desobedecer para no estar obligado a ser capitalistas o socialistas. Desobedecer para dejar de desear el espíritu de los “blancos” y respetar a los indígenas. Desobedecer para no repetir una historia que creemos universal. Desobedecer para comenzar a escuchar a la Naturaleza. Desobedecer para acompasarnos a tiempos lentos, pausados, ecológicos. Desobedecer para reconocer que hay valores en otros seres y objetos. Desobedecer para no tener más miedo. Desobedecer para volver a ser salvajes.

 

Por Eduardo Gudynas | 18/12/2020 

Notas

(1) Infierno, Divina Comedia, escrito por Dante Alighieri, posiblemente entre 1304 y 1307.

(2) Esa reformulación de la idea de salvaje la analiza Roger Bartra en El mito del salvaje, Fondo Cultura Económica, México, 2011.

(3) Así se los describe por ejemplo en el Tesoro de la Lengua Castellana, Sebastián Covarrubias Orozco, L. Sánchez impresor, Madrid, 1609.

(4) Cartas de relación de la conquista de Mexico, H. Cortés, Espasa Calpe, México, 1961 (1519-1526).

(5) The North-West Amazons. Notes on some months spent among cannibal tribes, T. Whiffen, Constable, Londres, 1915.

(6) Discurso narrativo de la conquista de América, B. Pastor, Casa de las Américas, La Habana, 1983.

(7) Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios, J. Ginés de Sepúlveda. Fondo Cultura Económica, México, 1996 (1550), págs. 85 y 101.

(8) Véase, por ejemplo, La gestación del odio indígena hacia el conquistador en el siglo XVI, L. Fossa, en El odio y el perdón en el Perú. Siglos XVI al XXI (C. Rosas Lauro, ed). Fondo Editorial Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 2009.

(9) Ensayos, M.E. de Montaigne, edición de M. de Gournay. Acantilado, Barcelona, 2007 (1595).

Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, J.J. Rousseau, Biblioteca Nueva y Siglo XXI, Madrid, 2014 (1755).

(10) Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, G.W.F. Hegel, Altaya, Barcelona, 1994 (1837).

(11) Véase, por ejemplo, Nosotros y los otros, T. Todorov, Siglo XXI, México, 1991.

(12) ¿Qué tal raza?, A. Quijano, Ecuador Debate, Quito, 48: 141-152, 1999. Otros textos en la antología Aníbal Quijano. Cuestiones y horizontes, seleccionada por D. Assis Clímaco, Clacso, Buenos Aires, 2014. Además, La invención del racismo. Nacimiento de la biopolítica en España, 1600-1940, Francisco Vázquez García, Akal, Madrid, 2009.

(13) Chamanismo, colonialismo y el hombre salvaje. Un estudio sobre el terror y la curación, M. Taussig, Editorial Universidad Cauca, Popayán, 2012, pág. 179.

(14) Véase, por ejemplo, A un año de la muerte de Camilo Catrillanca: la cronología del caso a la espera del juicio, El Mercurio, Santiago, 14 noviembre 2019, https://www.emol.com/noticias/Nacional/2019/11/14/967128/Cronologia-Caso…

(15) Viagem pelo Brasil (1817-1820), J.B. von Spix y C.F.P. von Martius, Senado Federal, Brasilia, 2017, Vol III, pág. 344; traducción de EG desde la versión en portugués.

(16) Tesoro de la lengua castellana … op. cit.

(17) Diccionario general etimológico de la lengua española, E. de Echegaray, J.M. Paquineto Editor, Madrid, 1889, tomo 4.

(18) Véase por ejemplo Defender la sociedad, M. Foucault, Fondo Cultura Económica, Buenos Aires, 2000.

(19) Violencias (re)encubiertas en Bolivia, S. Rivera Cusicanqui, La Mirada Salvaje, La Paz, 2010.

(20) Las fotografías están tomadas de: (izquierda) Los escándalos del Putumayo, C. Rey de Castro, Barcelona, 1913, reproducido en La defensa de los caucheros, Monumenta Amazónica, Lima, 2005; (derecha) En el Putumayo y sus afluentes, E. Robuchon, La Industria, Lima, 1907.

(21) Revista política de diversas administraciones que ha tenido la República hasta 1837, J.M.L. Mora, en Pensamiento positivista Latinoamericano, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1980 (1838).

Facundo o civilización y barbarie en las pampas Argentinas, D.F. Sarmiento, Planeta Agostini, Buenos Aires, 2000 (1845).

(22) El impacto de esas ideas en América Latina se revisa en: El positivismo, L. Zea, en Pensamiento positivista Latinoamericano, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1980.

(23) La cita en Indios, negros y otros indeseables, P. Gómez Nadal, AbyaYala, Quito, 2017. Muchos otros ejemplos de la condición del salvaje se encuentran en esta obra.

(24) Nosotros, mañana, J.L. de Imaz, Eudeba, Buenos Aires, 1968.

(25) Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos, M. Horkheimer y T.W. Adorno. Trotta, Madrid, 1998 (1944), p 59.

(26) Impuesto a la carne, D. Eltit, Eterna Cadenacia, Buenos Aires, 2010, p 116.

(27) Manifesto antropófago, Oswaldo de Andrade, Revista de antropofagia, No 1, São Paulo, 1928.

(28) Véase, por ejemplo: A crise da filosofia messiânica, su tesis de 1950, en: Obras completas, Oswald de Andrade, Vol 6, Civilização Brasileira, Rio de Janeiro, 1972.

(29) Indios, ejército y frontera, D. Viñas, Siglo XXI, México, 1982.

(30) En: A revolução faz o bom tempo, E. Viveiros de Castro, video en: Os Mil Nomes de Gaia, 2015,  https://www.youtube.com/watch?v=CjbU1jO6rmE&feature=youtu.be

(31) La modernidad, un proyecto incompleto, J. Habermas, en: La posmodernidad, H. Foster, ed., Kairós, 1988.

(32) América Latina y el Caribe: tiempos de cambio. Nuevas consideraciones sociológicas sobre la democracia y el desarrollo, F. Calderón. FLACSO y Teseo, Buenos Aires, 2012, p 228.

(33) Sólo a modo de ejemplo sobre la condición Moderna puede verse El lado más oscuro del renacimiento, W.D. Mignolo, Editorial Universidad del Cauca, Popayán, 2016, y especialmente el nuevo epílogo.

(34) Impuesto a la carne, op. cit., p. 185.

(35) Así habló Zaratustra, F. Neitzche, Alianza Editorial, Madrid, 1972 (1883-1885).

(36) Esa era una de las preocupaciones de Nietzsche; ver también La genealogía de la moral, Alianza Editorial, Madrid, 1972 (1887).

(37) Ratones y jaguares. Reconstrucción de un genocidio a la manera de los Axe-Guayakí del Paraguay Oriental, B. Melía y C. Münzel, en: “Las culturas condenadas” (A, Roa Bastos, ed.).Siglo XXI, México, 1978.

(38) La inconsistencia del alma salvaje, E. Viveiros de Castro, UNGS, Polvorines, 2018.

(39) Chamanismo, colonialismo …, citado arriba, pág. 271.

Eduardo Gudynas es analista en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES) en Montevideo (Uruguay). Las versiones iniciales de este artículo fueron comentadas por Ros Amils, Carlos Anido, Paula di Bello, Gonzalo Gutiérrez, Pablo Ospina Peralta, Axel Rojas, y Angie Torres, a quienes el autor agradece por su tiempo y aportes.

Publicado originalmente en Palabra Salvaje el 15 de diciembre de 2020.

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La RAE frente al lenguaje inclusivo: cuando la batalla del género se juega en la lengua

La Docta Casa responde a una consulta sobre el uso de "todes" o "chiques" rechazando la utilización de la letra 'e' como supuesta marca de género inclusivo. La decisión abre de nuevo el debate sobre la pertinencia del lenguaje

 

Una reciente respuesta de la RAE vía Twitter ha dado carpetazo (de momento) al debate sobre el lenguaje inclusivo. Una usuaria tuvo a bien preguntar este martes a través del hashtag #dudaRAE si utilizar "chiques o todes a cambio de chicos y todas es un idiotismo". La réplica de la Docta Casa dejaba claro que "el uso de la letra 'e' como supuesta marca de género inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario, pues el masculino gramatical ('chicos') ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de género". 

Dicho lo cual, la RAE despachaba de nuevo el recurrente asunto del lenguaje inclusivo. Lo hacía, además, en casi idénticos términos a los utilizados cuando se le inquirió por la siempre controvertida 'x': "El uso de la 'x' como supuesta marca de gén. inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario e impronunciable; el masculino gramatical ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de gén.: 'Los chicos están felices'".

Así las cosas, la posibilidad de que se abra una brecha en la Academia en favor del lenguaje inclusivo queda blindada por el momento, pese a que el debate no tiene visos de remitir. Algo que, según los expertos, responde −entre otras cuestiones− a un proceso creciente de desestabilización del masculino genérico. Un proceso que, por cierto, no sólo afecta al español, otras lenguas romances están inmersas en debates similares en torno al género.

"Hay discursos cambiantes sobre el rol y la posición de las mujeres en la sociedad, muchas no se sienten interpeladas por este tipo de lenguaje, es una cuestión de representación y de cómo los hablantes moldean la lengua sobre la marcha", explica Maite Puigdevall, investigadora del grupo Lengua, cultura e identidad de la Universitat Oberta de Catalunya. Un proceso de cambio constante que la Academia recoge y estipula conforme al poder y la influencia que ocupa en una determinada comunidad lingüística.

"La academia siempre va por detrás −prosigue Puigdevall− las innovaciones lingüísticas las producen los y las hablantes como sujetos que hacen uso de esa lengua determinada, son las prácticas lo que importan y estas son muy diversas porque los espacios de práctica también lo son, la variedad de registros permiten esa flexibilidad de usos". Una cintura a la hora de dar su bendición a nuevas incursiones de la que, por el momento, carece la Docta Casa.

"Elle", un pronombre en disputa

A finales de octubre, otro dictamen de la RAE suscitó cierto revuelo. Todo a causa de la incorporación del pronombre "elle" en el llamado Observatorio de Palabras. Duró poco en el citado observatorio, apenas un mes. Luego desapareció. 

"Pronombre de uso no generalizado creado para aludir a quienes puedan no sentirse identificados con ninguno los dos géneros tradicionalmente existentes". Así aparecía definida la palabra de marras, pero no cuajó. Un tuit tardío de la RAE explicaba su exclusión: "Debido a la confusión que generaba la presencia de 'elle' en el Observatorio de Palabras, se ha preferido sacar la entrada. Cuando se difunda ampliamente el funcionamiento y cometido de esta sección, se volverá a valorar". Quizá sea eso, quizá sea una cuestión de tiempo.

MADRID

17/12/2020 22:40 ACTUALIZADO: 18/12/2020 10:12

JUAN LOSA

 @jotalosa

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2020: el año más difícil para los movimientos anticapitalistas

Fue un año en el que se acumularon dificultades: desde el crecimiento de la militarización y los diversos controles estatales (materiales y digitales) hasta la imposición de confinamientos que impidieron la movilidad y acentuaron el aislamiento y el individualismo. Un cóctel opresivo y represivo como no se veíamos desde hacía mucho tiempo.

Las limitaciones impuestas a la población en general, y a la movilización en particular, sumadas al abandono de los Estados, llevaron a los movimientos a replegarse, primero, para estar en condiciones de volver a relanzar la protesta y la movilización más adelante.

El momento del repliegue fue importante para salvaguardar la salud colectiva y comunitaria, evitar contagios masivos en los territorios de los pueblos y fortalecer las autoridades propias. Las guardias de autodefensa comunitaria jugaron un papel decisivo, ya sea en áreas rurales como urbanas, destacando entre éstas los controles realizados en ciudades como Cherán y en espacios como la Comunidad Acapatzingo en Iztapalapa, en Ciudad de México.

En vastas regiones rurales el EZLN, el Consejo Regional Indígena del Cauca, los gobiernos autónomos de pueblos amazónicos, comunidades mapuche, palenques y quilombos, además de comunidades campesinas, decidieron impedir o restringir el ingreso de personas que provenían de las ciudades, como forma de regular la pandemia.

Si no lo hubieran hecho así, sobreponiéndose a la violencia estatal y paraestatal, especialmente mortífera en regiones de Chiapas y del Cauca colombiano, hubieran sufrido una severa desestabilización interna. Esa fue la condición para acotar daños y el paso previo a retomar la iniciativa hacia afuera.

Hacia mediados de año, los pueblos comenzaron un nuevo activismo que en varios casos los llevó a romper el cerco militar y mediático..

En el mes de julio la huelga de hambre de veintisiete presos mapuche sacudió a las comunidades del sur de Chile que comenzaron una oleada de movilizaciones en apoyo a los detenidos en las cárceles de Temuco, Lebu y Angol. Los huelguistas demandaban el cumplimiento del Convenio 169 de la OIT que les permite cumplir la condena en sus comunidades, que se revise la prisión preventiva y para denunciar las condiciones inhumanas en las cárceles.

A pesar de las dificultades generadas por la militarización y la pandemia, se registraron manifestaciones y concentraciones en el norte, centro y sur de Chile. Las huelgas de hambre denunciaron, además, la represión que están sufriendo los mapuche en todo el país, como la persecución contra las vendedoras de hortalizas y de cochayuyo, un alga marina altamente nutritiva.

En los primeros días de agosto se produjeron masivos bloqueos de carreteras en Bolivia en al menos 70 puntos, por grupos de campesinos e indígenas contra la postergación de las elecciones pordel gobierno golpista de Jeannine Añez. Los bloqueos fueron levantados cuando el gobierno aceptó celebrar elecciones el 18 de octubre, que ganó ampliamente el MAS con más del 55% de los votos, superando con holgura el cuestionado resultado de un año atrás.

El 30 de setiembre comenzaron manifestaciones en Costa Rica contra un acuerdo con el FMI que implica aumento de impuestos y una mayor austeridad en el gasto público. Ante la oleada de protestas, el 4 de octubre el gobierno anunció la suspensión de la negociación para abrir un ámbito de diálogo y rever la postura.

El 5 de octubre el EZLN emitió el primer comunicado desde que cerró los caracoles por la pandemia, el 16 marzo de 2020. Informan que en ese lapso fallecieron 12 personas por coronavirus y asumieron la responsabilidad, a diferencia de lo que hacen los gobiernos, y que decidieron “enfrentar la amenaza como comunidad, no como un asunto individual”. Apuestan a la movilización global contra el capital e informan que en abril de 2020 comenzarán una primera gira por Europa, que luego extenderán a otros continentes, con una amplia delegación integrada mayoritariamente por mujeres, porque “es tiempo de nuevo para que bailen los corazones, y que no sean ni su música ni sus pasos, los del lamento y la resignación”.

A fines de octubre de 2020 en Colombia se realizó la Minga Indígena, Negra y Campesina, que arrancó en el suroccidente, en el Cauca y continuó en Cali, recorrió varias ciudades y pueblos para llegar ocho días después a Bogotá. En todo su recorrido, la minga (trabajo comunitario o tequio) dialogó con poblaciones que comparten sus mismos dolores, en un país que se desangra por la violencia narco-militar-paramilitar, con cientos de líderes sociales asesinados.

La Minga hacia Bogotá, en la que participaron ocho mil personas fue escoltada por la Guardia Indígena, la Guardia Cimarrona y la Guardia Campesina, con especial protagonismo de las mujeres y los jóvenes. Fue recibida y acompañada por miles de personas que vienen luchando contra la represión de cuerpos militarizados, contra los que se levantaron en las jornadas memorables del 9 al 11 de setiembre, en las que ardieron o fueron vandalizadas decenas de dependencias policiales.

El 18 de octubre, a un año del inicio de la revuelta social de 2019, miles de chilenos volvieron a salir a las calles de Chile en conmemoración de aquella protesta. Ese día hubo 580 detenidos y un fallecido tras la represión de Carabineros.

El 25 de octubre el pueblo chileno desbordó las urnas en el referendo para redactar una nueva Constitución que sustituya a la heredada por la dictadura militar de Pinochet. El 80% de los votantes aprobó el inicio de un proceso constituyente, cuando se esperaba un resultado de un 60% a favor de la iniciativa. La movilización popular por el referendo la continuación de la revuelta iniciada en octubre de 2019 que le cambió la cara al país, deslegitimando la política oficialista neoliberal y represiva.

En Perú se produjo una notable movilización popular a raíz de la destitución ilegítima del presidente Martín Vizcarra, instalando en su lugar un gobierno corrupto considerado golpista por la población, ya que la mayoría absoluta de los parlamentarios tienen acusaciones de corrupción. En una semana de gigantescas manifestaciones, el golpista Manuel Merino debió abandonar la presidencia abriendo una coyuntura inédita en el país.

El 21 de noviembre en Ciudad de Guatemala miles se concentraron para protestar contra el proyecto de ley de presupuesto que había sido aprobado en el Congreso y que reducía los fondos destinados a la educación, el combate a la desnutrición, defensa de derechos humanos y la respuesta a la pandemia. Los manifestantes ingresaron a la sede del legislativo e incendiaron parte de las instalaciones.

Habría mucho más para relatar. Por todo lo anterior, parece evidente que los pueblos en movimiento, los movimientos sociales y anticapitalistas están lejos de haber sido derrotados por la mayor ofensiva lanzada por el sistema en décadas.

14 diciembre 2020 

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Jueves, 17 Diciembre 2020 09:10

Finalmente, fueron por el agua

Finalmente, fueron por el agua

Las reservas acuíferas comenzaron a cotizar en Wall Street

Ya había un índice en la muy seca California, pero ahora hay uno internacional en Nueva York. La posibilidad de que sea una commodity que haya que pagar a nivel país.

 

Estados Unidos siempre tiene a mano un instrumento financiero para aplicarle a los recursos esenciales de los 194 países del planeta. Pasó en 2008 con los mercados a futuros de alimentos en el Chicago Board of Trade. Acaba de llegar ahora el turno del agua, pero el negocio se mudó a Nueva York. Por quién doblan las campanas de Wall Street se hubiera preguntado Hemingway si viviera. Por ese derecho humano que proclamó la ONU en 2010, sería la respuesta. Requerido como pocos especialistas en estos días de zozobra por la cotización de algo tan elemental en la Bolsa neoyorquina, el español Pedro Arrojo Agudo, relator especial de Naciones Unidas para los DD.HH. al agua potable y al saneamiento, es pesimista sobre este juego al que juegan los grandes especuladores. El prestigioso físico dijo que “es una noticia peligrosísima, muy mala”. Tiene sus razones: el fluido podría transformarse en un commodity. Un bien común indispensable pasará a ser una mercancía como el oro o el petroleo. Ya se habla de los “aguatenientes”. Sujetos proactivos que buscarán oportunidades solo con el fin de negociar un bien escaso del que carecen hoy 700 millones de personas en 43 países.

Este recurso amenazado por insuficiente, fue portada de todos los medios internacionales en las últimas dos semanas. Lo hizo posible el índice Nasdaq Veles California Water Index que ya cotiza entre los lobos de Wall Street. Su unidad de medida es el acre-pie, algo así como 1.233 metros cúbicos del líquido elemento. La idea de que el agua pasara a ser un producto bursátil surgió en California, devastada como está por los incendios forestales y la escasez del bien esencial cuyo precio se duplicó en un año.

Según a qué profesionales se consulte y qué intereses defiendan, se abrirá una grieta en tierra seca. Algo así como la falla de San Andrés. En el mundo de las finanzas explican que cotizan los “derechos de uso al agua” y no ésta en sí misma. En ámbitos donde la discusión pasa por saber qué harán dentro de cinco años 1.800 millones de personas que quedarán privadas del recurso, arrecian las críticas al mercado de futuros.

Arrojo Agudo, un académico y defensor del medioambiente de prestigio internacional sostiene: “Igual que ahora miramos un bosque y sabemos que es mucho más que un almacén de madera, la nueva cultura del agua invita a mirar los ríos y a entender que son mucho más que canales de H2O”. El español explica también que “un ecosistema, además de agua que puede usarse para producir, es paisaje, identidad territorial, identidad de los colectivos y comunidades sociales, valores lúdicos y culturales, valores de vida… Y a través de esos ríos se articula vida en el continente y en los mares”. Sus pensamientos pueden leerse aquí y allá, aunque él vive en Zaragoza.

En su última declaración como relator de la ONU señala que “no se puede fijar un valor para el agua como se hace con otras mercancías. El agua le pertenece a todos y todas y es un bien público. Está estrechamente ligada a todas nuestras vidas y muestro sustento y es un componente esencial de la salud pública”. Algo que ha quedado demostrado en muertes evitables por falta de agua. Sucedió en la Argentina con la referente de la organización La Garganta Poderosa en la Villa 31, Ramona Medina. A junio de 2019, había 3.000 millones de Ramonas en el mundo sin instalaciones básicas para el lavado de manos, denunciaba la OMS.

La cotización en el mercado de futuros para el agua remite al antecedente de los alimentos en 2008. Ese año se especuló por 320.000 millones, sin que ese comportamiento del mercado significara mejorar las políticas alimentarias. Solo se infló una burbuja semejante a la que podría adivinarse con el agua, convertida ahora en un commodity. El índice Nasdaq Veles California Water Index en rigor no es nuevo. Comenzó a funcionar en octubre de 2018 pero no había llegado a Wall Street.

Arrojo Agudo recordó las consecuencias de lo que sucedió hace doce años con la comida: “En apenas unos meses la manipulación especulativa de estos mercados provocó, por ejemplo, que el precio del trigo, del que depende la alimentación básica de miles de millones de personas, se multiplicara por cinco. En apenas tres años, el precio medio de la alimentación en el mundo creció un 80% y se estima que unos 250 millones de personas engrosaron las filas del hambre”.

El estado de California no es la única región del mundo con problemas de agua, ni tiene la exclusividad en la concesión de su uso. En Chile y Australia hay antecedentes del otorgamiento de derechos gratuitos y a perpetuidad del recurso hídrico. Por ejemplo, en el valle de Copiapó, en la región de Atacama, se concedieron más derechos de uso del agua que la disponible en la cuenca de sus ríos, señaló Gonzalo Delacámara, un especialista en el tema citado por el diario El País. La constitución pinochetista de 1980 ha mantenido durante 40 años la privatización del agua con rango de ley. Es un caso único en el mundo. Según denunció el obispo Luis Infanti de la región de Aysén, en el sur chileno, el 82% de este recurso escaso es propiedad de dos empresas extranjeras: la estadounidense AES Gener y la italiana Enel.

En 2012 ya denunciaba que “en Chile, uno puede ser dueño de la tierra, pero no del agua que pasa por su tierra. Las leyes vigentes, favorecen la apropiación y comercialización del agua; como resultado de ello algunos se enriquecen, a costa del bien común de todos. Los pobres, con menor poder adquisitivo, no sólo son marginados de la toma de decisiones políticas y sociales, sino también del acceso a los bienes para su vida y sustento”. Wall Street y su decisión de cotizar el agua a futuro es una nueva vuelta de tuerca al problema.

El español Arrojo Agudo denunció publicamente lo que conlleva la mercantilización de este recurso elemental para la vida, casi un contrasentido que deba explicarse en plena segunda ola de la pandemia: “Hoy, en mi calidad de relator especial de la ONU para los derechos humanos al agua y al saneamiento, me veo en la obligación de lanzar un mensaje de alerta a nivel mundial, en la medida en que este hecho supone acelerar y profundizar riesgos inaceptables para estos derechos humanos”. Los fondos especulativos y jugadores globales ya tienen gracias a Wall Street la herramienta financiera indispensable para convertir ese derecho en cartón pintado. Poco les importa lo que puedan opinar funcionarios de Naciones Unidas, ambientalistas, juristas y académicos.

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Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 17 Diciembre 2020 09:04

Unidad y diferencias entre feminismos

Unidad y diferencias entre feminismos

Las tres principales tendencias feministas actuales se constituyen respecto de los tres ejes de la acción feminista de esta cuarta ola: por la igualdad social y relacional, frente a la violencia machista y por la libertad sexual y de género. La pugna interpretativa, argumentativa y representativa de sus élites respectivas expresa una fragmentación organizativa y una debilidad de liderazgo y teórica. Se enfrentan a la tarea democrática de adquirir autoridad y posiciones de prestigio y estatus, con actitudes diferenciadas en esos tres ejes, aunque con ideas básicas comunes que facilitan la expresión masiva de las grandes movilizaciones feministas. Lo analizo desde la sociología crítica.

El problema de fondo que subyace es el descontento popular feminista por la falta de igualdad sustantiva en las relaciones sociales, laborales e institucionales, interpelada, interpretada, representada y orientada desde esa trayectoria igualitaria y transformadora, hoy oscurecida en el ámbito mediático. Las tres sensibilidades, socioliberal, posmoderna y crítica o transformadora, conforman un impacto heterogéneo por abajo, en el conjunto de las bases feministas, entre las que no hay una articulación organizativa estable, ni una referencia cultural unificada ni una cohesión ideológica. En el amplio conglomerado llamado movimiento feminista, predomina el eclecticismo o posiciones mixtas e intermedias respecto de esos diferentes posicionamientos de las élites o personas más activistas.

El activismo discursivo, mediático y en redes sociales, busca la legitimidad en los procesos de formación de liderazgos de las personas y grupos de referencia. Pero, a veces, el exceso de confrontación con estilo descalificador debilita el interés común. Sus efectos son la desactivación de la acción colectiva (e individual) por la igualdad real de la mayoría de las mujeres (y capas subalternas), así como la polarización extrema sobre los otros dos ejes sin avanzar en su transformación preventiva y real: medidas necesarias para acabar con la violencia machista, dando respuesta a la situación de las mujeres víctimas, y favorecer la libertad de opciones sexuales y de género.

Los tres ejes temáticos constituyen la experiencia sustantiva de las actuales movilizaciones feministas ante la persistencia y gravedad de sus desventajas. Es el fundamento que sostiene su carácter transformador y unitario. Pero hay algunas élites, con distintas justificaciones, que priorizan su interés corporativo por ocupar posiciones de privilegio o situar su marco interpretativo particular como el dominante.

Insuficiencias de los feminismos socioliberal y postmoderno

El feminismo elitista, socioliberal y determinista, con su guerra cultural, elige el campo que les parece más fácil y adecuado (prostitución, trans…) para desacreditar a sus oponentes, tachadas incluso de antifeministas. Trata de imponer un marco discursivo y jurídico (punitivista y excluyente) con el que, como objetivo implícito fundamental, aísla y margina también al feminismo transformador, o sea, las demandas de la mayoría feminista de cambio real en esos tres ejes. Por tanto, es un pretexto para defender sus privilegios y desacreditar la alternativa real del movimiento feminista reciente, precisamente por el desborde de los límites transformadores de su estrategia formalista y retórica, su puritanismo y punitivismo y su gestión institucional corporativa.

Aparece con acritud esa pugna por la credibilidad o autoridad del feminismo sin abordar lo sustancial, es decir, apartándose de la dinámica principal del movimiento real y sus amplios apoyos sociales e identificadores y haciéndose eco de las tendencias conservadoras. Es una dinámica destructiva de la capacidad relacional y transformadora progresista del conjunto del feminismo.

De todo ello apenas se habla desde sectores del feminismo postmoderno, en el que me voy a centrar por su mayor complejidad y ambivalencia. Dentro de la diversidad que proclama formalmente no existe el suficiente reconocimiento e inclusión de lo principal de la nueva realidad: la problemática de la mayoría de las mujeres, su situación de discriminación y desventajas y sus demandas y movilizaciones igualitarias y emancipadoras.

En particular, algunas de sus élites infravaloran el gran objetivo de la igualdad relacional y socioeconómica y sus derechos, fundamento básico del feminismo transformador en todas sus olas. Supone abandonar del campo de la ‘distribución’ material o social, y abordar el campo del ‘reconocimiento’ solo desde el ámbito cultural o simbólico para esas élites y no desde la mejora de su estatus relacional y socioeconómico. Así, desconsideran las transformaciones estructurales y sociopolíticas que afiancen la posición social del conjunto de las mujeres y su reconocimiento público y en las relaciones interpersonales. En ese sentido, para ciertas nuevas élites postestructuralistas, su feminismo cultural aunque sea positivo y transgresor en diferentes campos de la normatividad sexual y de género, no es suficientemente radical (no va a todas las raíces) sino que en diferentes ámbitos es superficial y poco transformador.

El feminismo cultural, posmoderno o diverso, ha crecido y se ha polarizado frente al feminismo esencialista, pero difumina al amplio feminismo social, igualitario y crítico, auténticamente plural e inclusivo de lo sustancial de la realidad femenina y las demandas feministas, así como de su subjetividad integradora y complementaria de lo racional y lo emocional.

Para salir del atasco habría que, por un lado, profundizar las críticas a las insuficiencias del feminismo institucional y la impotencia transformadora del feminismo postmoderno-cultural y, por otro lado, reforzar el feminismo crítico e igualitario. Pero eso es lo que se ventila en la pugna por el liderazgo, por su apropiación e instrumentalización de la amplia y sugerente capacidad relacional y movilizadora de la actual ola feminista. La reactivación feminista de estos años es una dinámica alternativa y diferenciada, conectada con lo mejor de las tres olas anteriores, dentro de una orientación unitaria y transformadora progresista global, que esas élites postmodernas y socioliberales no están en condiciones de abordar claramente.

En definitiva, en algunos discursos posestructuralistas, la calificación de feminismo ‘inclusivo’ (de las trans o LGTBI) esconde otra función hegemonista con dos variantes complementarias. Una, absorber y representar esa dinámica transformadora generalizada; otra, excluir o subordinar sus representantes, especialmente, las nuevas élites asociativas emergentes. En ese sentido, convergen con representantes del feminismo socioliberal en infravalorar un feminismo popular transformador.

Un feminismo crítico por la igualdad y la emancipación

Se ha producido el desplazamiento del marco discursivo de las otras dos corrientes para marginar los procesos reales y discursivos del feminismo crítico y transformador sustentando en la mayoría de la amplia identificación feminista. En ese sentido, la corriente posmoderna (o queer) se asimila a lo diferente (diverso, anómalo, raro o retorcido -literalmente-), sin destacar su carácter constructivista radical que reafirma J. Butler y otras, o sea, idealista por su sobrevaloración de la construcción discursiva de la identidad y el sujeto social.

Frente al determinismo (económico, biológico, étnico, institucional de poder…), es mejor un constructivismo ‘moderado’, relacional y sociohistórico, basado en la experiencia prolongada de prácticas, funciones, estatus y subjetividades. Es distinto al constructivismo idealista radical o posestructuralista, que infravalora la existencia de la realidad social o estructural, la llamada (clásica) ‘sustancia’ que niegan bajo la acusación de esencialismo. Según esa posición postmoderna, la realidad está construida por la (convencional) ‘forma’: apariencias, emociones o discursos.

Así, es importante la subjetividad y lo simbólico. No hay que infravalorarlos. Pero, en un efecto pendular frente a los excesos del estructuralismo más mecanicista, esa posición posmoderna desconsidera los fundamentos de la realidad social, de la situación de desigualdad y dominación existentes. Salen perdiendo las capas populares y subalternas, incluidas la mayoría de las mujeres y LGTBI, con una realidad desventajosa, material, cultural y de subordinación.

Pero esa interpretación de la preponderancia de lo diverso sobre lo unitario, a veces, no es sinónimo de pluralismo democrático e integrador, sino de imposición de una cosmovisión, junto con su representación social o política, frente a otra; es decir, puede conllevar hegemonismo prepotente según nos enseña la experiencia histórica y reciente.

Dicho de otra forma. La modernidad ha creado monstruos (capitalismo, imperialismo colonialista… el universalismo totalizador antipluralista y eurocéntrico), aunque también (la ilustración, la razón, la ética y el Estado de derecho) ha permitido o generado procesos liberadores: la democracia, la igualdad, la libertad, el laicismo… el socialismo. Pero la postmodernidad, que hunde sus raíces en el irracionalismo (F. Nietzsche) y el idealismo (Carl Schmitt), ha generado o compartido el fascismo totalitario y el nacionalismo excluyente; el relativismo cultural no es más flexible o pluralista que cierto universalismo moderado, pluralista e integrador, por ejemplo con los valores de los derechos humanos o la ciudadanía social.

Por tanto, es positivo decir que los grupos oprimidos pueden ser la base para conformar un sujeto emancipador, con los correspondientes procesos, experiencias y mediaciones tras una finalidad ‘universalista igualitaria-emancipadora’. En ese sentido, tiene conexión con las minorías marginadas. Pero la palabra diversa (o diferente o queer) no conlleva necesariamente el rechazo de una relación jerarquizada de desigualdad u opresión. No se deduce, por tanto, un ideal emancipatorio-igualitario, sino simplemente una diferenciación individual o colectiva. Puede entroncar con la pulsión identitaria individualista, no necesariamente liberal, de la realización del yo, del ‘reconocimiento’ personal, haciendo abstracción de la ‘distribución’ de las condiciones sociales de desigualdad. Así, es compatible con la emotividad y la autorrealización, más o menos consumista, simbólica y estética, que estimula el neoliberalismo ‘progresista’, con sus sistemas publicitarios diferenciadores o individualizadores.

En consecuencia, hay un desdoblamiento. Por un lado, mucha diversidad e individualización; por otro lado, imposición homogeneizadora del beneficio privado y el poder establecido (capitalismo o desigualdad de clase, étnico-nacional y género), con procesos adaptativos y de subordinación. Son cuestiones que se expresan mal desde posiciones deterministas o esencialistas. Por ejemplo, su crítica a la trampa de la diversidad o a las identidades ‘asesinas’ frente a la realidad o el sujeto supuestamente universal está mal planteada. No obstante, esa posición postmoderna de la diversidad responde a la defensiva y no da armas suficientes para luchar contra las desigualdades reales, particularmente las de clase social, y frente a esa retórica esencialista.

En definitiva, ese feminismo postmoderno, bajo esa aparente transversalidad y ambigüedad sustantiva que relativiza la desigualdad social y de estatus, no integra todo lo diverso ni incluye a todo el mundo. Confunde identidad de género e identidad feminista, al infravalorar los procesos complejos y duraderos de identificación y prácticas relacionales. Relativiza la realidad material y relacional desigual de las propias mujeres, más allá de algunos rasgos culturales y sexuales. No incluye sus experiencias mayoritarias y los sujetos ‘externos’ a su acotada diversidad, solo las admite de forma subordinada bajo la elaboración elitista y controlada de un discurso articulador de las jerarquías y representaciones sociopolíticas. No es una buena referencia analítica ni ideológico-política para un feminismo crítico, transformador, igualitario y emancipador conectado con los amplios procesos identificadores feministas.

Por ANTONIO ANTÓN

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de 'Identidades feministas y teoría crítica'. @antonioantonUAM

17/12/2020

Publicado enSociedad