Jueves, 09 Julio 2020 06:16

El mundo que da miedo

El mundo que da miedo

He vuelto a ver el video donde el tenor polaco Leszek Świdziński canta Nessun Dorma en un patio rodeado de los edificios de un hospital de Varsovia, por cuyas ventanas se asoman médicos, enfermeras, pacientes con mascarillas, mientras los integrantes del coro, vestido de cualquier manera, y como si pasaran por el patio por mera casualidad, van juntando sus voces. Al final, los espectadores enclaustrados aplauden, lanzan vivas al tenor. Son voces remotas, como de otro planeta. El mundo del encierro. Siento que podría contemplar la escena desde una de esas ventanas.

El aria de Puccini, ascendiendo hacia el pozo de luz arriba de los edificios grises, suena más triste que nunca. Nadie duerme. Nadie sabrá mi nombre. Un beso fantasmal del que nadie sabrá nada nunca. Por desgracia hay que morir. Que se vaya la noche. Que se pongan las estrellas. El amanecer será un triunfo. ¿Vendrá el amanecer?

Me han fascinado esos videos para promover el gusto por la ópera, donde los cantantes andan por las plazas, loscafés, los centros comerciales, los mercados, disfrazados de paseantes, de empleados y compradores, y de pronto el tenor o la soprano, rompen a cantar, se les junta el coro, van llegando uno a uno los músicos con sus instrumentos, y la gente se detiene primero extrañada, luego empieza a prestar atención, hasta que se siente en el concierto.

Qué otro escenario más espléndido que el café Iruña de Pamplona para elcoro del brindis de La Traviata. Enel mercado de San Ambrosio, en Florencia, la mezzosoprano disfrazada de expendedora de carne se quita el mandil y empieza a cantar una de las arias de Carmen. Un celista toca en solitario en el Crystal Court, un mall de compras de Minneapolis, la gente pone billetes en el sombrero que tiene a sus pies; van llegando más músicos, más y más, comenzamos a identificar los acordes de la Oda a la alegría, luego la orquesta completa; es la Wayzata Symphony Orchestra y ahora estamos dentro del torbellino ascendente de las voces que reclaman esperanza y contento para la humanidad.

Todos estos conciertos, que han pasado alguna vez por la pantalla de mi teléfono celular, son de hace tiempo, 10 años al menos. Es un pasado demasiado remoto, ahora que el tiempo se ha quebrado en astillas y nos cuesta más recomponer el cuadro del pasado, cómo fue, qué fuimos, y del futuro sólo tenemos una visión borrosa y llena de signos abstractos incomprensibles, como en las pantallas nevadas llenas de ralladuras negras de los viejos televisores cuando se iba la transmisión.

Hasta ayer mismo teníamos una idea más o menos razonable del tiempo transcurrido y por transcurrir. En el fondo de nuestras mentes reposaba esa idea silenciosa de que el progreso es ine-vitable, y sin otra cosa que agregar que no fueran exclamaciones de admiración, veíamos cómo los sistemas y objetos, fruto del afán tecnológico y de la capacidad de invención, se sucedían unos a otros.

Y, sin sorpresa tampoco, íbamos viendo cómo las invenciones, tan desconcertantes al llegar a nosotros como novedades, se volvían obsoletas a una velocidad sorprendente, y, como en ninguna otra etapa de la civilización, teníamos cada uno un cuarto atiborrado de trastos envejecidos prematuramente porque otros, más novedosos aún, venían a reponerlos.

Y el progreso nos concedía seguridades. Viajar más rápido, comunicarnos mejor, resolver todas nuestras necesidades de la vida diaria mediante un pequeño aparato manual. Y la prolongación de la vida, sobre todo. Adivinar por adelantado los pasos de la muerte. Medicamentos inteligentes. Cirugías sobrenaturales. La cota de edad de envejecimiento cada vez más alta. La vejez saludable, sin carencias, empezando por el vigor sexual. Un fetiche benefactor llamado calidad de vida.

Y, de pronto, lo que tenemos es incertidumbre. De la seguridad del progreso que vuela en alas del ángel de la historia, hemos pasado a escuchar el fragor del huracán que arrastra esas alas hacia atrás, para recordar la reflexión de Walter Benjamin frente al cuadro de Klee.

Sabemos, también de pronto, que estamos viviendo el principio de algo todavía desconocido. No sabemos lo que será, pero sí sabemos que no será lo mismo.

Y desesperamos por una vacuna milagrosa. No se sabe cuánto tardará en descubrirse y luego fabricarse. Porque pueden pasar años, y, mientras tanto, la inseguridad continuará, y no se podrá prescindir del distanciamiento como regla de vida. Es otro mundo. El mundo que da miedo.

La gente sale de sus encierros, con la ansiedad de dejar atrás la pesadilla. La vida está afuera, esperando. Pero la mano oscura te detiene. Malas noticias. La contaminación recrudece, la curva no se aplaca, se mueve hacia arriba otra vez, con movimiento de látigo implacable. Los índices crecen de nuevo en Estados Unidos. América Latina es el nuevo centro mundial de la pandemia.

¿Volverá el mundo a ser tan seguro como antes, en el sentido de que no le temíamos al prójimo? Al amigo escritor que tenías tiempo de no ver, junto al que te sientas en la mesa donde van a presentar juntos un libro, a dialogar sobre literatura. La cajera a quien pagas los libros que has comprado. El chofer del taxi que te lleva al recinto de ferias desde el hotel, a mí que me gusta sentarme adelante y entretenerme e instruirme en la conversación con los taxistas, que saben de todo y le mientan la madre al gobierno de turno.

Se acabaron las certezas. Porque llegará un momento en que la pandemia habrá dejado de ser una amenaza constante para la mayoría, que tendrá que regresar de cualquier manera a la vida diaria. Pero habrá quienes deberemos ser más cautos. Los más vulnerables. Los que estamos en la franja de la tercera edad.

O, en todo caso, si queremos sobrevivir, deberemos aceptar las reglas del claustro, como hacían los viejos monjes medievales.

San Isidro de la Cruz Verde, julio 2020

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Se duplicó la ventas de armas en Estados Unidos

Largas colas en armerías de todo el país

Los estadounidenses compraron en marzo pasado 1,9 millones de armas, el doble que el mes anterior y el segundo mayor pico de la historia. Los medios atribuyeron estos números al temor de que se produzcan grandes desórdenes por el brote de coronavirus. A medida que estallaba la pandemia las filas en las armerías del país se duplicaban o incluso triplicaban en estados como Michigan, según reportaron medios estadounidenses. El diario The New York Times comparó la compra de armas con la acumulación de papel higiénico o latas de conservas.

Las cifras son una estimación en base a los controles de antecedentes que el FBI realiza a los compradores. Aunque hay estados y ferias en los que no es necesario ese trámite, por lo que el número puede ser sensiblemente mayor. El pico anterior en la venta de armas ocurrió en 2013, tras la matanza en la escuela primaria Sandy Cook de Conectticut, que dejó 26 muertos. Ese momento coincidió con los esfuerzos del ex presidente Barack Obama por imponer restricciones a la compra de armas. "La gente está nerviosa de que haya un cierto desorden civil que podría surgir si un gran número de personas enferman y un gran número de instituciones dejan de funcionar con normalidad", evaluó el profesor de Derecho de la Universidad Estatal de Georgia, Timothy Lytton, en declaraciones a The New York Times. Agregó que la gente puede tener ansiedad por protegerse si los organismos del Estado comienzan a erosionarse.

En los locales de venta minorista aseguraron que la mayoría de las ventas son a personas que por primera vez tienen un arma. Desde los organismos encargados de controlar el manejo de armas expresaron su preocupación"Si no creías que necesitabas un arma antes de marzo de este año, ciertamente no necesitas salir corriendo y obtener una ahora", manifestó David Chipman, asesor del Giffords Gun Control Group.

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Crónicas del temor, y de la esperanza (1)

Bogotá. Marzo 19, a dos horas de iniciar el simulacro.

Las luces ya no son las mismas, su intensidad ahora es tenue. Parece irreal pero a pesar del calendario asegurarnos que es jueves, día laboral, la intensidad de la ciudad se apaga. Los carros, a pesar de no dejar de rodar, notoriamente son muchos menos, y en los buses parece transportarse un fantasma. Las tiendas y almacenes, unos sí otros no, han cerrado sus cortinas y dejado de atender. En otras, con puertas entreabiertas, la gente hace fila para poder ingresar.

El ambiente de los días previos ya lo anunciaba. No del día anterior, ni del anterior, sino los de una semana atrás, durante los cuales, día tras día las calles se iban vaciando de gente, y la sensación de irrealidad lo iba cubriendo todo. En los medios de comunicación minuto a minuto anuncian el avance sin cesar de lo que habrá de llegar. Tal vez por ello, advertida, la gente se carga de resignación. Los que han dejado de salir, refugiados en sus casas –como a la espera de un bombardeo–, en su respuesta no ocultan el temor a la calle, acción con la creen evadir el blanco ante el invisible enemigo.

También el rostro de la gente ha mutado. De aquellos despejados, cubiertos solamente por las señales de afán y angustia, hemos llegado a las caras que parecen indicar que vivimos en medio de una enfermedad mal oliente, una de la cual nadie quiere respirar lo insano y lo sano. Son rostros sin personalidad, a pesar de sus cuerpos buscar realzar su identidad con tatuajes, ahora esa fortaleza ya no importa, dando paso a la uniformidad de la tela que cubre narices y bocas.

Son caras en las que se refleja la desorientación. No por desconocer a dónde van sino por no saber que llegará, a pesar de lo cual ahora lo más notorio son pasos cortos, lentos, como señalando la imposibilidad de huir.

El ruido de la urbe también ha menguado, como el peso del aire cargado de monóxido de carbono que ahora no está saturado de Acpm sino de temor, de miedo, que es un olor que puede estar cargado de tantos aromas como personas habitan en esta parte del mundo.

Todo es distinto, la niebla no cae sobre la ciudad, pero sí la bruma del no se qué llegará. ¿Tal vez la muerte? Nunca nos dijeron que la parca tomara este cuerpo, siempre nos la dibujaron de formas las más diversas, casi siempre violenta, pero nunca con el no cuerpo que ahora toma.

La noche cae y de las discotecas, tabernas, tiendas y otros negocios de licores o similares no sale la música de siempre. El silencio parece oprimir la conciencia con una barra de temor. Los pocos carros que cruzan pueden ir tan veloces o tan lentos como deseen. Y en los centros culturales la risa cedió el espacio a una mueca de espanto. ¿Qué vendrá?

Es 20 de marzo y en pocas horas toma el mando un simulacro de vida contra la muerte. Eso se supone pues en verdad nadie puede asegurar, ciento por ciento, que la vida se imponga sobre la muerte desocupando espacios y haciendo todo lo contrario que siempre ordenó el capital: trabajar y trabajar, circular y circular, intercambiar, consumir. Ahora, de manera lenta, cada día con mayor lentitud, se impone el no hacer, el no circular, el no extender el brazo para saludar… ¿Será que así es como se apaga un sistema social y económico para alumbrar a otro, aún sin cuerpo definido?

Tal vez, nadie sabe. Lo que muchos sí creen saber es que el sistema que hoy da señales de crisis, ya no podrá continuar siendo el mismo. Aunque todos sabemos, que pese a las señales de su mala salud aún no se ha formado el sepulturero que logre cubrirlo con sus paladas de futuro.

Más allá, en la conciencia de cada cual, sin haber tejido los indispensables lazos de fraternidad, cada uno espera, que una vez pasados estos meses de pesadilla, todo vuelva a la “normalidad” para encender las luces de la ciudad.

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Jueves, 26 Julio 2018 06:48

Neurociencia ficción

Neurociencia ficción

El autor interroga desde la retórica a lo que llama “neurociencia ficción”: un discurso que prolifera como abordaje de la subjetividad, una práctica clínica que articula la psicofarmacología con las terapias cognitivo-conductuales y una cosmovisión que se deriva de esa conjunción. El uso de objetos químicos (fármacos) y objetos léxicos.

¿Reprogramar el cerebro para perder el miedo al dolor, borrar nuestras conductas erróneas y regrabar sobre ellas las correctas?


Quisiera interrogar desde la retórica un discurso que hoy prolifera como abordaje de la subjetividad, práctica clínica que implica la psicofarmacología articulada a las TCC (Terapias Cognitivo Conductuales) y una cosmovisión que se deriva de esa conjunción. Tiene su faz de orden, cosmos, que la ciencia ficción anticipó como totalización del control de las vidas humanas a través del consumo de sustancias, y del consumo en general, incluido el de la palabra. Llamaré a ese discurso Neurociencia Ficción.


En Un mundo feliz (Huxley), a la droga para el control del deseo como objeción a un orden para todos se suma el consumo de un modo de la palabra: “Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos (…) pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada (…) a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y anticientíficos”. Requiere según Huxley una técnica más avanzada de sugestión, con mejores drogas y una eugenesia para producir humanos estandarizados. Total actualidad.


En 1890, a Freud aún le entusiasma la sugestión como panacea: “las «meras» palabras del médico” pueden curar los síntomas. Esas palabras son “ensalmos desvaídos. Pero será preciso emprender un largo rodeo para hacer comprensible el modo en que la ciencia consigue devolver a la palabra una parte de su prístino poder ensalmador”. Luego Freud, conducido por otra ética de los poderes de la palabra, funda el psicoanálisis. Que no es una cosmovisión. Y es un desarrollo sobre la sugestión: implica un funcionamiento inverso de los mismos elementos. El psicoanalista, sometido a la palabra del paciente, sitúa los efectos hipnóticos de la palabra del Otro. En sus síntomas, actos fallidos, sueños, el que se analiza despliega cómo algo habla en él sin que antes pudiera saberlo y lo comanda. El analista opera con la palabra (la interpretación) para que no se consolide ese sitio enaltecido, de líder o hipnotizador, en que es paradójicamente ubicado, haciendo oír los efectos sugestivos de la palabra para ponerlos en cuestión, de modo que su palabra no sea de saber ni de autoridad.


El nombre Neurociencia Ficción alude tanto a su pretendida relación a la ciencia del cerebro como al género literario que engendra: no la ciencia ficción sino una ficción sobre la neurociencia. No acerca de ella sino apoyada en sus términos, su retórica científica.


La Ciencia ocupa hoy un lugar de creencia, estructurante de una cosmovisión, idea de un orden de las cosas que da certidumbres. Los términos de la Ciencia decoran textos que, apoyándose en ellos, se vuelven creíbles para el público, por esa retórica que llevan como marca de origen y les da una pátina de verdad.


La Neurociencia Ficción, además de objetos químicos, fármacos, se sirve de objetos léxicos, palabras que circulan en prospectos, notas, congresos, libros, objetos de un discurso que se sostiene en los aparatos de legitimación tanto como en las exclusiones que lo fundan (Foucault). ¿Es la exclusión del psicoanálisis necesaria para el sostén del discurso de esta Neurociencia?


La proliferación de textos que en los mass media se apuntalan en la Ciencia sostiene ese discurso, cuyos términos médico científicos e informáticos legitiman el discurso de la tecnociencia. Retórica eficaz: sus usuarios no exigen ni practican experimentación científica antes de someterse a una reprogramación cerebral o a un tratamiento psicofarmacológico. Confían en la legitimidad de la técnica que se sostiene en los términos de autoridad que comandan un discurso.


Eduardo Keegan, teórico de las TCC, en Escritos de psicoterapia cognitiva alude al poder persuasivo de lo científico: “El discurso de la Modernidad precluye la apelación a lo sobrenatural; a partir de esto, el adjetivo científico es condición indispensable para que una práctica o una teoría logren credibilidad”. No es lo mismo adjetivo “científico” que fundamento científico. Se alude a la retórica, al valor persuasivo de la palabra.


En las TCC esa retórica es incluida en el tratamiento: el paciente es invitado a corroborar o descartar como hipótesis sus ideas compulsivas, a llevar registros de sus cogniciones, estados de ánimo, mejoras o recaídas, para evaluar empírica y objetivamente el proceso. Mientras el supuesto control del paciente pareciera descartar el factor subjetivo de quien conduce la terapia, los términos científicos pasan desapercibidos en su eficacia sugestiva.


Se dice en los mass media que la felicidad está determinada por la ingesta de azúcares, que las relaciones sexuales por la mañana mejoran la salud, que el vino es bueno para el corazón, y luego que es malo. Alimentos, costumbres, sexo, se convierten en fármacos, remedio y tóxico. Deben ser incorporados en dosis adecuadas. Una nota (Clarín, 2008) titulaba: “Prueban que beber mucha agua no es tan beneficioso. Los 8 vasos diarios que se recomendaban no tienen un serio respaldo científico”. En la nota leemos que tampoco tiene respaldo la probada novedad, cuestionada por un médico local. Pero entretanto se habló de respaldo científico, dosis, investigaciones, universidades… liturgia científica que sostiene la creencia. Tomar agua se transmuta en ingerir “8 vasos diarios”, una dosis, transformándose por la magia del discurso en medicamento, objeto que participa de creencias consagradas.


El lenguaje de la ciencia y la informática convergen en esta nota (La Nación, 2017): “Reprogramar el cerebro de Juan Martín del Potro: la llamativa propuesta de un gurú de la neurociencia”. Técnicas de “visualización”, reaprendizaje del revés, aparatos que emiten sonidos que afianzan como campanilla de Pavlov la reprogramación: conductismo y lenguaje informático que informan la práctica neurocientífica y las TCC. “Suena a ciencia ficción, pero no lo es”, aclara el autor que entrevistó al gurú. A la autoridad del experto en biomecánica, el término “gurú” le agrega el sesgo hinduista de maestro espiritual.


“Resetear” su cerebro es la solución para los problemas del tenista, que “necesita recuperar la fe en su revés a dos manos”, dice el gurú. “Lo que quiero proponerle es simple: una reprogramación neuromotriz que le diga a su cerebro que ya puede volver a pegar su revés”. Aparatos y términos científicos pero en el fondo una cuestión de fe. La “reprogramación neuromotriz” le diría a “su cerebro que ya puede volver a pegar su revés”. Personificación mediante (¡retórica!) es la “reprogramación neuromotriz”, tan encumbrada y digna de fe la que daría una orden a su cerebro. El deportista imagina “los errores para desgrabarlos y ver mentalmente el golpe correcto para regrabarlo”. Términos científicos, informáticos, un organismo máquina, ordenador ordenado. El autor se alarma: “Grabar y desgrabar” es “casi inquietante, porque [el gurú] está hablando del cerebro de una persona.” Pero ¿se trata de un paciente en la reprogramación del golpe del tenista? ¿Se trata de prácticas que buscarían la salud o entraríamos al mero terreno de la programación de mentes?


En la hipnosis aplicada al tratamiento médico (viajamos al Buenos Aires de 1890) la salud está presente, “el noble sentimiento humanitario de hacer bien” incluso, tal como dice un médico argentino en La sugestión en terapéutica (1892), donde a los objetivos agrega “aliviar los sufrimientos del paciente, ya con el objeto de desarrollarle alguna facultad, como sucede con ciertos niños de poca actividad intelectual á quienes se les puede desarrollar la memoria y la aplicación al estudio por las sucesivas sugestiones. De la misma manera puede hacerse con los viciosos é indisciplinados pudiendo corregírseles por la sugestion hipnótica”. La salud no es lo único. Conducta, moral y productividad forman parte del horizonte de la práctica.


Encontramos el fundamento moral en las órdenes sugestivas que el médico da a sus pacientes, donde si se intenta curar el síntoma, su ética podría engendrar lo contrario, instalando un nuevo amo, al que el deseo vía el síntoma intenta resistir. Un ejemplo tomado de esa tesis: 1890: Hospital Sifilicomio: paciente con crisis histéricas, ovarialgias. Dice el médico: “le sugiero no tener durante esta semana ningun acceso.” (…) “el lúnes ocho, tuvo un acceso que le duró cuatro minutos; la consecuencia [causa] de ello, fue el haber recibido una noticia desagradable (habían llevado á la Penitenciaria á una persona muy querida de ella) (…) la desperté y se puso á llorar como una criatura: en seguida la hago dormir, le sugiero que se quede durmiendo durante diez minutos, y despues se despierte contenta y alegre; obedeciendo á esta sugestion. En este mismo dia á las 5 p. m., la hago dormir, le sugiero que no tenga mas ataques. (…) Dia11 (…) Le agrego además que ya estaba completamente sana y que hiciera una vida mas moral, pues la que llevaba no le convenia.” (…) “Despues he sabido que no le han repetido los ataques, y lo mas particular del caso es que salió de la vida en que se hallaba, reduciéndose á pasar una mas pobre, pero mas honesta y honrada”. Obedeciendo a la autoridad médica logra reemplazar unas prácticas a las que por inmorales se les supone poder patógeno, por otras cuyo sustento es la idea de moral del médico, representante del poder científico y social, de la cual se espera la cura: adaptación a las costumbres que el médico representa, fusión con sus creencias.


Nada muy diferente se puede esperar hoy de los reaprendizajes neuro-cognitivo-conductuales. Su retórica alambicada con los términos de la tecnociencia actual puede afianzar el dominio sobre los cuerpos, acorde a las necesidades actuales de esa tecnociencia en su unión con el mercado: optimización del recurso humano.


Respecto de los términos usados en las notas periodísticas (dosis, etc.) que provienen de la medicina destaco también lo que tiene la receta de imperativo: la orden y el orden. La dosis de 8 vasos de agua ordena la ingesta que hidrata, pero también obliga a beber. Los pasos a seguir por el deportista organizan los pasos del “reseteo” y ordenan a regrabar. Implican la obediencia. ¿Maestro, me da la receta? ¿Doctor, me hace la receta, la orden? Las recetas de cocina, como señaló Todorov en Los géneros del discurso, son órdenes. Ponga sal y pimienta, coloque en la olla, cocine a fuego lento, destape, sirva. Hay en los términos tomados de la medicina esos dos poderes: de la Ciencia y del modo imperativo de la receta, dos gotas cada dos horas.


El público ama los tips. ¿Quién no oyó mencionar como ventaja comparativa de una terapia que provea tips, consejos prácticos que pueden aplicarse y evaluarse objetivamente? Los tips en las revistas comparten el modo imperativo: dé a sus hijos ejemplos claros, ofrezca alimentos de diversos colores, no establezca penitencias difíciles de hacer cumplir... Infantilizan al interlocutor, contraparte crédula y obediente de un diálogo de poder.


La incorporación de los poderes simbólicos de un objeto sigue vigente desde el banquete totémico dotando al remedio de un carácter especial, pastillas o líquidos que se transmutan por intercesión del oficiante en otra cosa. Tips, consejos o psicoeducaciones se convierten, sostenidos en la Neurociencia Ficción, en órdenes que por la oreja se incorporan y disponen al cuerpo a una entrega que se espera pacificadora por la promesa de fusión con el Otro social, inmersión que ilusiona con una feliz adaptación. “Inadaptado” es uno de los temidos insultos que sostienen la práctica aggiornada que se propone como propia del sistema. O excluido: lo más abyecto en la retórica de dominio, eso que hay que evitar a cualquier costo, aunque sea el de la salud, si la entendemos como la que proviene del tratamiento del síntoma para dar otro cauce al deseo, porque esa salud puede sacrificarse en el altar de la inclusión en los significantes amos del sistema, los términos que rigen un discurso que dice que, como en The Truman Show, nada hay por fuera de él.

Por Santiago Rebasa, psicoanalista.

La fe evangélica abraza las urnas en América Latina

La doctrina se ha convertido en un actor político determinante en muchos países de la región, imponiendo en la agenda valores ultraconservadores y haciendo retroceder las libertades, escasas en muchos lugares


Dos meses antes de las elecciones más disputadas de la historia de Brasil, en 2014, la entonces presidenta, Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT), una exguerrillera agnóstica declarada, se desplazó hasta São Paulo para asistir a un culto evangélico de casi tres horas. El acto incluyó el discurso de un pastor que rememoró la época en que fumaba “hasta cien piedras de crack por noche” y atribuía el vicio a “un espíritu que domina el sistema nervioso”. Se curó “gracias a la fe”, explicó el pastor ante un auditorio que, además de Rousseff, reunía a la crema del poder brasileño: el entonces vicepresidente y ahora presidente, Michel Temer, ministros, el gobernador y el alcalde de São Paulo —también del izquierdista PT— y los miembros más importantes del Congreso Nacional. Era la inauguración del Templo de Salomón, una megaiglesia de 100.000 metros cuadrados con capacidad para recibir hasta 10.000 fieles construida en el centro de la mayor ciudad del país. El ambicioso proyecto fue planeado por el obispo Edir Macedo, líder de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD), uno de los principales exponentes de la religión evangélica. La inauguración del templo, transformada en una especie de convención suprapartidaria, es el retrato fiel de la importancia política que los evangélicos adquirieron en el país en los últimos años.


Una constante que se ha extendido por toda América Latina, donde la doctrina evangélica se expande a un ritmo vertiginoso. En una región donde hay 425 millones de católicos (el 40% de la población católica mundial), en un contexto en el que la Iglesia católica está dirigida por el primer papa latinoamericano, los evangélicos suman el 20%, cuando hace seis décadas apenas llegaban al 3%, según datos del Pew Research Center.


El ascenso ha propiciado que se hayan convertido en un actor político determinante, a costa de imponer en la agenda valores retrógrados y a riesgo de hacer retroceder libertades que, en la mayoría de los países, apenas asoman la cabeza. Brasil, Colombia y México, las tres grandes potencias que este año celebran elecciones, serán el termómetro para evaluar el poder de esta doctrina más allá de los centros donde se practica. Si en los dos primeros es notable, en México, enclavado entre un país (Estados Unidos) y una región (Centroamérica) donde los evangélicos cuentan cada día con más poder, es un enigma el papel que van a jugar. En los tres casos, los candidatos, sean de izquierda o conservadores, han hecho guiños, cuando no alianzas, para garantizarse su apoyo.


Los grupos evangélicos han sido capaces de abrir de manera intermitente el debate sobre qué es la familia y atacar cualquier atisbo de legalización del aborto o de matrimonios igualitarios. Más allá, estos grupos apelan a la fe para erigirse en activos en la lucha contra la corrupción, la lacra que carcome la región de norte a sur. Con esta premisa estuvo a punto de alzarse con el poder Fabricio Alvarado en Costa Rica hace dos semanas.


El fulgurante ascenso del pastor evangélico en el pequeño país centroamericano evidenció además cómo estos grupos cuentan, a su favor, con un factor del que carecen los partidos tradicionales, especialmente los más conservadores: la cercanía con clases populares, hartas de las élites, y que tradicionalmente se decantaban por formaciones de izquierda.


Torcer una elección


El caso del PT brasileño sobrevuela en México. El favorito en todas las encuestas, el dos veces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, decidió unir su formación, Morena, considerada de izquierda, con un partido ultraconservador, Encuentro Social, que defiende la familia como un pilar. La aparente alianza contra natura soliviantó a buena parte de los potenciales votantes y a las bases de Morena, pero no ha tenido aún consecuencias en los sondeos. El candidato de Morena, López Obrador, es consciente de que puede llegar a necesitar el apoyo de la comunidad evangélica, pese a que esta no es tan numerosa como en Brasil.


El líder de Morena pasó, en medio año, de decir que nunca podría estar acompañado por Encuentro Social a proponer, el día que fue ungido como candidato por los ultraconservadores, una Constitución moral para el país.


El poder de los evangélicos no será determinante en México salvo que la votación sea muy cerrada y contar con su apoyo se vuelva crucial. El caso más reciente es el de Colombia. La noche del 2 de octubre de 2016, los colombianos rechazaron en plebiscito, por una exigua diferencia, el acuerdo de paz negociado con la entonces guerrilla de las FARC. Aquel día, la comunidad evangélica, sobre la que muy poca gente había situado los reflectores, salió a celebrar. Habían conseguido que dos millones de fieles, según cálculos de las principales iglesias de esta confesión, votaran no.


Le recordaron al país que son capaces de hacer frente al 70% de ciudadanos que se confiesan católicos y torcer una elección. Las autoridades estiman que hay seis millones de evangélicos, aunque los pastores suben la apuesta con cálculos de entre 8 y 12 para una población de unos 48 millones de habitantes. Es la confesión que más crece, no solo en número, también en repercusión. Cuentan con un potente altavoz: 145 emisoras y 15.000 centros religiosos, según datos del Consejo Evangélico.
La noche del 27 de mayo, las urnas demostrarán si su poder es determinante también para poner y quitar presidentes. El resultado en la contienda legislativa del pasado marzo demostró que la fuerza que demostraron durante el plebiscito se diluye cuando no hay un único enemigo a batir. El voto evangélico se divide en el mismo número de candidatos de su confesión. A priori, Iván Duque, candidato del Centro Democrático, el partido creado por el expresidente Álvaro Uribe, es quien está más cerca de ganarse el apoyo evangélico, en la medida en que está apoyado por Alejandro Ordóñez, el exprocurador de Colombia que defiende que “la restauración de la patria pasa por la restauración de la familia”. Un único modelo de familia formada por un hombre y una mujer. El candidato Duque, por el momento, no se ha pronunciado sobre este tema en un aparente ejercicio de neutralidad.


Los principales pastores evangélicos de Colombia siempre han manifestado que no invitan a sus fieles a apostar por ningún candidato, sino a votar en conciencia para defender su modelo de familia. Aunque al mismo tiempo mandan un mensaje claro: “Estamos presentes en los sectores políticos, culturales, económicos y sociales del país”.


Por tener posiciones claras y similares a las defendidas por buena parte de los evangélicos, Jair Bolsonaro, el candidato de extrema derecha para las elecciones presidenciales que se celebrarán en Brasil el próximo mes de octubre, se perfila como el que puede tener más oportunidades de atraer su apoyo. Bolsonaro, un militar en la reserva que defiende la tortura y el derecho de portar armas, fue hasta bautizado por un pastor, en 2016, en aguas del río Jordán, en Israel.

 

Por Talita Bedinelli / Ana Marcos / Javier Lafuente
São Paulo / Bogotá / México 13 ABR 2018 - 16:51 C

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