Cómo se ven a sí mismos los multimillonarios

Autobiografía del 1%

 Leer las pésimas memorias de los superricos ofrece una visión esclarecedora de sus delirios

 

La mayoría de los multimillonarios se mantienen alejados de la esfera pública. Es lógico porque, según las encuestas, la cantidad de gente que desconfía de los multimillonarios es muy superior a la que los admira, y una abrumadora mayoría del público quiere que el gobierno confisque una parte de la riqueza de los multimillonarios. Para cualquiera que posea mil millones de dólares es fácil darse a conocer sobradamente, pero es obvio que la riqueza sin fama se prefiere a la fama sin riqueza (o la posibilidad de perder una pequeña parte de la riqueza). 

Algunos multimillonarios, sin embargo, escriben libros. Estos son algunos de los escasos documentos que la clase gobernante ha elaborado para el consumo de las masas. ¿Qué es lo que desean que sepamos? 

Tengo en mi escritorio una pila de ‘libros multimillonarios’, en su mayoría memorias. Cabe destacar: Am I being Too Subtle  [¿Estoy siendo demasiado sutil?] de Sam Zell, Losing My Virginity [Perder la virginidad] de Richard Branson, Compassionate Capitalism [Capitalismo compasivo] de Richard DeVos, Good Profit [Buenos beneficios] de Charles Koch, I Love Capitalism! [¡Amo el capitalismo!] de Ken Langone, What It Takes [Lo que se necesita] de Stephen Schwarzman, Zero to One [Cero a uno] de Peter Thiel, Trailblazer [Pionero] de Marc Benioff, Made in America [Hecho en América] de Sam Walton, The Harder You Work The Luckier You Get [Cuanto más trabajes, más suerte tendrás] de Joe Ricketts, y Bloomberg by Bloomberg [Bloomberg por Bloomberg] de Michael Bloomberg. (Qué título. Bloomberg, cuya compañía es Bloomberg LP, también hizo su fortuna con un dispositivo que inventó llamado “Bloomberg”, por lo que está claro que le gusta decir “Bloomberg”). 

Lo que puede haber advertido en los ‘títulos’ de estos libros es que muchos multimillonarios están un poco a la defensiva. Koch Industries, por ejemplo, ha invertido considerablemente en combustibles fósiles y ha sido multada con miles de millones de dólares por infringir las normativas medioambientales. Charles Koch, sin embargo, quiere que sepamos que saca un “buen beneficio”, con lo que pretende decir que aporta “un valor añadido a los demás” en lugar de simplemente obtener un enriquecimiento propio. Tanto Richard DeVos (Amway) como Marc Benioff (Salesforce) han escrito sendos libros llamados Compassionate Capitalism [Capitalismo compasivo]John Mackey (Whole Foods) lo llamó capitalismo consciente. Lo que están diciendo es: “Soy bueno. No soy lo que crees. Por favor, no me odies”. (La súplica cae en saco roto; para mí, todos estos libros también se podrían titular Exprópiame.)

A algunos, como Ken Langone (Home Depot), les preocupa un poco menos las apariencias. Titular un libro I Love Capitalism! [¡Amo el capitalismo!] es atrevido para un multimillonario, ya que suscita una respuesta obvia: “Sí, claro que sí. Te ha reportado mil millones de dólares. Si fueras el rey, probablemente escribirías un libro llamado ¡Amo la monarquía!, pero no nos diría mucho sobre si la monarquía favorece a alguien más”. 

Langone, por su parte, es sorprendentemente descarado en su defensa de tener mucho más que el resto de nosotros: 

¿Debo seguir los dictados de la Biblia? Seré honesto: no lo voy a revelar todo. ¿Por qué? ¡Porque me encanta esta vida! Me encanta tener casas bonitas y buena gente que me ayude. Me encanta subirme a mi avión en lugar de tener que quitarme los zapatos y hacer cola para coger un vuelo comercial. ¿Quieres acusarme de vivir bien? Me declaro culpable…  No sé si hubiera hecho lo que hice o si hubiera sacrificado el tiempo que he sacrificado si no le hubiera visto algo. Si eso es codicia, que sea lo que Dios quiera... Como he dicho, he sido rico y he sido pobre, y ser rico es mejor. 

Sin embargo, incluso Langone insiste en que lo que hace no es por dinero, y que el dinero es lo último en su lista de prioridades. De hecho, si hay un tema central recurrente en la literatura multimillonaria, es este: la insistencia en que lo que ha hecho rico al multimillonario es ayudar a otras personas en lugar de ayudarse a sí mismo. El multimillonario quiere explicarnos que lo que podría parecer como el acaparamiento constante de riqueza y un desequilibrio feudal de poder es, de hecho, el producto de elecciones morales defendibles y un sistema justo. Como señaló Max Weber: “El afortunado rara vez está satisfecho con el hecho de ser afortunado”, pero quiere saber que “tiene derecho a su buena fortuna” y que es una “fortuna legítima”. De ahí el “cuanto más trabajas, más suerte tienes” de Joe Ricketts (Ameritrade). Es manifiestamente falso, pero a Ricketts le ayuda a evitar sentirse culpable por su suerte y privilegio.  

El cristianismo ha elaborado “teodiceas”: intentos de explicar el “problema del mal”, también conocidos como conciliar la existencia de Dios con el hecho de que el mundo sea claramente injusto, ya que la otra opción más obvia es el ateísmo. Los ricos tienen sus propias teodiceas: intentos de explicar la obvia injusticia de su propia posición y encontrar alguna explicación para que el mundo sea como es, porque la otra opción más obvia es el socialismo. 

Ningún multimillonario, hasta donde he leído, afirma haberse enriquecido injustamente. Todos y cada uno de ellos reconocen el papel de la suerte en el éxito, pero no creen que la partida que ganaron sea esencialmente injusta. Todos quieren contarnos la historia de lo mucho que trabajaron, de lo beneficioso que fue para la gente y de que conseguir mil millones de dólares sencillamente fue un efecto secundario agradable de sus actividades en lugar del objetivo final.

Curiosamente, lo que queda implícito es que la codicia, de hecho, no es buena. Un multimillonario tiene que argumentar que no solo querían dinero (incluso si, como dice Langone, es bueno tener dinero), porque reconocen que el egoísmo puro es reprobable de un modo prácticamente universal. (Incluso El arte de la negociación de Trump comienza con la frase: “No lo hago por dinero”). En estos libros, cada multimillonario se presenta a sí mismo como una persona con principios que se preocupa por el prójimo además de por sí mismo. La escritura rebosa de falsa modestia, ya que los multimillonarios detallan de forma tediosa sus contribuciones filantrópicas para demostrar que a cambio “contribuyen”. Y nos dicen que mientras tener dinero está bien, no es el motivo por el que hacen lo que hacen. Si les tomamos la palabra, esto significa que el argumento habitual de que los impuestos altos reducen los incentivos es falso. Después de todo, todos los ricos dicen que no lo hacen por dinero, por lo que es de suponer que seguirían haciendo exactamente lo mismo si les quitamos la mayor parte de ese dinero.

Otra forma de legitimar su riqueza es justificar, en primer lugar, el sistema mediante el cual la acumulan. Existe una profunda convicción subyacente de que los beneficios financieros deben distribuirse de acuerdo con alguna fórmula racional, que la Mano Invisible de la Justicia de Mercado le da a cada uno lo que le corresponde: 

“La sociedad premia a quien le da lo que esta requiere. Por ese motivo, la cantidad de dinero que ganan las personas ofrece una idea aproximada de cuánto aportaron a la sociedad, NO de cuánto deseaban ganar dinero. Al analizar lo que causó que esas personas ganaran mucho dinero, se verá que, por lo general, esa cantidad es proporcional a la producción de lo que la sociedad requería y en gran medida no guarda relación con su deseo de ganar dinero. Muchas personas han ganado mucho dinero y nunca han hecho de ganar mucho dinero su objetivo principal. Sin embargo, simplemente se dedicaron al trabajo que estaban haciendo, produjeron lo que la sociedad requería y se enriquecieron haciéndolo”. –– Ray Dalio (Bridgewater) 

En una economía verdaderamente libre, para que una empresa sobreviva y prospere a largo plazo, esta debe desarrollar y utilizar sus competencias para aportar un valor real, sostenible y superior a sus clientes, a la sociedad y a sí misma... El papel de la empresa en la sociedad es ayudar a las personas a mejorar sus vidas… Las ganancias son una forma de medir el valor añadido que aporta a la sociedad”. –– Charles Koch 

“Esto es lo que sabemos que es verdad: hacer negocios es bueno porque genera un valor añadido, es ético porque se basa en el intercambio voluntario, es noble porque puede engrandecer nuestra existencia y es heroico porque saca a las personas de la pobreza y crea prosperidad”. –– John Mackey

Este último pasaje podría servir como una especie de “catecismo capitalista”, una declaración de la ideología central que el multimillonario “sabe que es verdad”. Los negocios aportan un valor añadido a la sociedad y, por lo tanto, son buenos. Lo que esto implica es radical: no solo significa que es legítimo ganar tanto dinero como puedas, sino que incluso podría significar que cuanto más dinero ganes, mejor persona eres. Si, como dice Dalio, las fortunas se distribuyen en proporción al grado en que alguien “da a la sociedad lo que esta requiere”, entonces la persona con más dinero ha hecho más para satisfacer a otras personas. El precio es equivalente al valor.    

No obstante, existen incluso otros multimillonarios que cuestionan la teoría de que las personas que más benefician a la sociedad sean las que ganan más dinero. Peter Thiel confesó a los estudiantes de empresariales que los innovadores en realidad no tienden a enriquecerse. Las personas que se enriquecen son monopolistas: aquellos que ven la oportunidad de controlar algo que necesita un elevado número de personas y que pueden eliminar la competencia. De hecho, mientras Langone se presenta a sí mismo como el “cofundador de Home Depot”, lo cual transmite a la gente la sensación de que creó algo real que la beneficia, en otro pasaje del libro revela que una de las formas en que hizo una enorme cantidad de dinero fue simplemente encontrando el modo de hacerse con el control de una patente importante de un componente láser muy utilizado. El hombre que inventó el componente no pudo hacer cumplir los derechos sobre su patente, así que Langone le contrató los servicios de un abogado a cambio de una parte de los beneficios, que resultaron ser sustanciales. El resultado final de esto para la “sociedad” fue que cada vez que alguien compraba un dispositivo que contenía este componente láser era más caro, de modo que Ken Langone podía obtener beneficios indefinidos de un monopolio impuesto por el gobierno por algo que él no había creado. 

Muchos multimillonarios no parecen producir nada en absoluto. Ray Dalio, por ejemplo, dirige un fondo de inversión de alto riesgo, lo que significa que hace apuestas. Richard Branson es conocido por Virgin Mobile y Virgin Atlantic, pero Losing My Virginity [Perder la virginidad] revela lo poco que contribuyó Branson a las operaciones que estaban labrando su fortuna. Por ejemplo, cuando Branson dirigía Virgin Records, el sello constantemente buscaba un artista de éxito. Encontraron una mina de oro en el multiinstrumentista Mike Oldfield, cuyo Tubular Bells fue uno de los álbumes más vendidos de la década de 1970. Branson no escribió ni produjo Tubular Bells. Simplemente era dueño de la compañía que lanzó el álbum.

Ahora el primer impulso sería pensar: “Bueno, pero se trata de una contribución importante. Branson puso en contacto al artista con las personas que lo escuchaban. No significa que el sello discográfico no haga nada. La música en realidad solo es una parte del producto final: un álbum”. Sin embargo, esta teoría se tambalea un poco a medida que atestiguamos lo que realmente estaba haciendo la empresa de Branson. Por ejemplo, a principios de la década de 1990 hubo una guerra de ofertas por Janet Jackson, cuyo siguiente álbum se esperaba que fuera un éxito seguro. Branson quería ganar esa guerra porque creía que tener a Jackson en el sello no solo les haría ganar mucho dinero, sino que también mejoraría la reputación de Virgin como espacio para artistas geniales y modernos.

Branson ganó la guerra, lanzó el álbum de Jackson y fue un gran éxito. Pero hay que tener algo en cuenta: si Richard Branson y Virgin no hubieran existido, nada habría cambiado desde el punto de vista del público. Jackson era tremendamente famosa y alguien iba a sacar su próximo álbum. En realidad Branson no añadió nada. No pasó nada gracias a él, excepto que 1) en los álbumes de Jackson aparecía Virgin en lugar de otro sello; 2) posiblemente la estrategia de marketing hubiera sido diferente con otro sello, pero la opinión general era que dada la popularidad de Jackson, en cualquier caso, cualquier el sello que consiguiera el álbum tendría un éxito en sus manos; y 3) Jackson recibió un poco más de dinero del que tendría si la guerra de ofertas hubiera tenido un participante menos.

Este último factor podría hacer creer que Branson ayudó a Jackson. Pero solo es así si asumimos la legitimidad del sistema capitalista. De hecho, la razón por la que, en primer lugar, Jackson necesitaba acudir al propietario de un sello discográfico multimillonario es que el propietario del sello discográfico multimillonario controla los “medios de producción y distribución”. Tener varios sellos discográficos pujando por su trabajo le permite al trabajador (Jackson) vender su trabajo a un precio más alto, pero la única razón por la que tiene que venderlo es que no tiene la propiedad de los medios de producción y distribución. Imaginemos una situación alternativa en la que se socializaran esos medios; digamos que tenemos estudios de grabación públicos como tenemos bibliotecas públicas y un medio público de distribución (como, por ejemplo, un Spotify propiedad de un artista). Ahí, el artista se beneficiaría mucho más del éxito de un álbum, porque no habría un Branson sacando tajada. 

En el libro no es evidente que a Richard Branson le interese en absoluto la música. De hecho, resulta que conoce a un tipo con gusto musical llamado Simon, que es quien hace los descubrimientos y la contratación. Branson únicamente habla del modo de cosechar el fruto del talento de otras personas: ¿cómo encontrar un artista que le haga ganar mucho dinero al sello? A menudo son artistas de los que el sello tiene casi la certeza de que llegarán a triunfar, pero si la compañía es la primera en firmar un contrato con ellos, obtendrá la parte que de otro modo iría a otra persona. No están aupando a genios no reconocidos que de otra manera nunca tendrían una oportunidad.

Para ver en lo que los “emprendedores” realmente “innovan”, hay que mirar al fundador de Nike, Phil Knight. Nike es, ante todo, una marca: un nombre y un logo de fama mundial. Sin embargo, a la mujer que diseñó el logotipo, la artista gráfica Carolyn Davidson, le pagaron 35 dólares por diseñarlo (posteriormente Knight mintió y dijo que fueron 75 dólares). A Knight ni siquiera le gustó el diseño cuando lo vio. En su autobiografía Nunca te pares afirma que cuando ella le mostró los logotipos que proponía, “el tema parecía ser… ¿relámpagos gordos? ¿Marcas de verificación regordetas? ¿Garabatos con obesidad mórbida? Sus diseños evocaban, de algún modo, movimiento, pero también mareos. Ninguno me decía nada”. Finalmente lo aceptó porque no había otra alternativa. Lo mismo sucedió con el nombre: Knight quería llamar a la empresa “Dimension Six”, pero “Nike” se le apareció a uno de sus empleados en un sueño. Cuando Knight lo escuchó, comentó: “Tendrá que servir… No me apasiona. Quizás me acabe convenciendo”. (Años después, cuando se conoció la infame historia, Knight montó todo un espectáculo para darle a Davidson algunas acciones de Nike).

Podríamos decir, por supuesto, que la marca Nike no es la clave de Nike, que los zapatos también importan. Sin embargo, Knight no se inventó un nuevo tipo de zapato. En realidad, simplemente se dio cuenta de que los zapatos japoneses eran de gran calidad y se podían conseguir a bajo precio. Al ser el primero en importar esos zapatos extranjeros de calidad superior, pudo sacarles enormes montones de dinero a los estadounidenses por los productos fabricados por los japoneses. Fue como si fuera el primer estadounidense que fuera a México, ‘descubriera’ el taco y se diera cuenta de que podía hacer una fortuna porque los mexicanos aún no habían intentado vender tacos a los estadounidenses.

Ser el ‘primero’ constituye una parte importante del modo en que los multimillonarios de éxito hacen su fortuna. Mark Zuckerberg no creó la “mejor” red social. La creó exactamente en el momento en que era posible hacer una cosa así pero no se había llevado a cabo. Cuando se es el primero, es posible crecer lo suficiente en un espacio en que los “efectos de red” mantienen a otros participantes fuera del mercado. Ahora es casi imposible lanzar un competidor de Facebook o Twitter porque fueron los primeros en enganchar a todo el mundo. PayPal no era el sistema de pago más brillante que se pueda imaginar. Pero apareció justo cuando la gente necesitaba un sistema de pagos en línea. Sam Zell habla en sus memorias sobre la importancia de la “ventaja de ser el primero en mover ficha”. Cuando la Ley de Telecomunicaciones de 1996 eliminó las restricciones sobre la cantidad de emisoras de radio que una persona podía poseer, Zell comenzó a comprar emisoras de radio en dificultades por todo el país a precio de ganga. Finalmente reunió una red gigante de emisoras que vendió a Clear Channel por 4.400 millones de dólares. Zell no indica que hiciera algo para mejorar las emisoras de radio, ni siquiera que le interesara la radio de alguna manera. Únicamente sabía que las emisoras de radio podrían venderse por un precio más alto que el que tenían. En otras palabras, puede que no cambie absolutamente nada en una empresa o industria, pero alguien como Zell puede llegar y ganar una cantidad ingente dinero con ello. 

El caso de las emisoras ​​de radio es un ejemplo de cómo intentar controlar al máximo posible algo escaso. Hay un número limitado de emisoras de radio con licencia, por lo que Zell trató de comprar lo que sabía que otras personas pronto necesitarían y por lo que tendrían que pagarle. No hubo innovación alguna. Solo la búsqueda del poder. Zero to One [Cero a uno] de Thiel ofrece abiertamente una guía directa para el capitalista inteligente: obtener el monopolio de algo en lugar de inventar algo sumamente útil desde el punto de vista social que se pueda copiar con facilidad. Zell está de acuerdo y ha dicho que “lo mejor que se puede tener en el mundo es un monopolio, y si no puedes tener un monopolio, una oligarquía”.

Zell recuerda otro ejemplo de una época en la que acaparó un mercado e hizo una fortuna. Descubrió que una empresa pequeña y con problemas llamada American Hawaii Cruises tenía el monopolio de los viajes en crucero a Hawai porque la ley estadounidense prohibía que los barcos fabricados en el extranjero realizaran viajes dentro de Estados Unidos. (Recuerde, la retórica del “libre comercio” es una farsa, Estados Unidos es un país profundamente proteccionista). Al comprar la empresa, Zell pudo asegurarse de que él era el que se beneficiaba, en lugar de otra persona, pero no porque fuera muy bueno dirigiendo la empresa. Se llama a sí mismo el “presidente de todo y el director ejecutivo de nada”, y dice que no “se involucra en el día a día”. Su trabajo es simplemente averiguar qué comprar y luego hacer que otra persona lo ejecute. (Esto hace que resulte gracioso que también haya dicho que “el 1 % trabaja más” que el resto y “debería ser emulado”). 

Zell tristemente compró Los Angeles Times y exigió que el trabajo de los periodistas generara más ingresos. “Vete a la mierda”, le dijo a un fotógrafo del Orlando Sentinel que se enfrentó a él en público por opinar que los reporteros debían concentrarse más en obtener ganancias que en informar sobre las noticias. ¿El mayor enfoque de Zell en los beneficios terminó generando más ingresos? No, un año después, Los Angeles Times se sumió en la bancarrota, en uno de los casos más conocidos de un ricachón que compra un periódico venerable y lo destruye.

La quiebra de un periódico popular difícilmente “satisface una necesidad social”. Algunas actividades económicas no se llevan a cabo más que para “buscar rentabilidad”: tan solo son un modo de intentar conseguir dinero sin aumentar la producción o el valor de nada. Por ejemplo, si se coloca una cerca a lo largo de un río y se cobra a la gente la entrada para nadar en el río, no se contribuye con nada a nadie. Lo único que se ha hecho es sacar rédito de personas que anteriormente podían utilizar el río de forma gratuita. Una persona rica no es necesariamente rica por haber generado algo valioso. Simplemente, como sugirió Marx, podrían haber encontrado un modo de sacar rédito del trabajo de otros. Como en el caso de Zell, incluso podrían disminuir el valor total del trabajo en sí. Cuando analizamos lo que realmente hacen estos hombres, su función social empieza a parecer mucho más cuestionable. 

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También podemos hacernos una idea de cómo funciona el ‘privilegio’ al observar la forma en que estos hombres dieron sus primeros pasos. La mayoría de ellos tuvieron una infancia feliz, o al menos no experimentaron traumas o tragedias devastadoras. También tenían apoyo familiar. Cuando el joven Richard Branson quiso comprar una casa solariega en el campo para montar un estudio de grabación, sus padres le dieron 2.500 libras esterlinas y su tía Joyce 7.500 libras esterlinas, el equivalente a alrededor de 180.000 dólares de hoy, con los que pudo poner en marcha Virgin Records. En 1945, el suegro de Sam Walton le prestó 20.000 dólares para comprar una tienda. Eso equivale a casi 300.000 dólares en dinero de hoy. Walton dirigió la tienda con éxito, compró otra tienda y poco a poco creó la cadena que se convertiría en Walmart. Sus hijos son ahora algunas de las personas más ricas del mundo. Walton, por supuesto, llama a la suya una “historia sobre el espíritu empresarial, el riesgo y el trabajo duro”, el sueño americano cumplido. Pero, ¿qué probabilidad había de que en Arkansas, en la década de 1940, una persona negra hubiera conseguido un enorme préstamo de un suegro rico y vendiera productos a una clientela blanca? Walton ganó una partida amañada. Walmart no podría haber sido fundado por gente negra independientemente de cuánto trabajaran, y como la ventaja de ser “el primero en mover ficha” es tan importante, la primera cadena de supermercados siempre iba a estar dirigida por una persona blanca. Este es un ejemplo muy claro de cómo la brecha de riqueza racial se transmite entre generaciones. Puesto que ninguna familia negra había acumulado riqueza en 1945, ninguna persona negra podía competir con Sam Walton. Hoy en día, los hijos multimillonarios de Sam Walton disfrutan de inmensas fortunas que fueron creadas en condiciones completamente ilegítimas, ¡y lo consideran un ejemplo de premio al mérito! 

También se puede ver por qué es irrelevante decir que los multimillonarios han “trabajado” por su dinero. De hecho, es absolutamente cierto que muchos de los superricos trabajan y trabajan duro. Llegan temprano a la oficina, se van tarde, descuidan a sus familias y tienen pocos intereses aparte de su negocio. De hecho, una característica notable de estas memorias es que los multimillonarios parecen ser absolutamente “incultos”. No soy un esnob, pero da la sensación de que la primera vez que muchos de ellos leyeron un libro fue cuando el negro que contrataron les entregó sus propias memorias para que las corrigieran. Hay una sorprendente falta de interés en la literatura, el teatro, el arte, la música, la danza, la historia o cualquier otra cosa que no sea el espíritu empresarial. Son aburridos. Sin embargo, admito que se entregan a su trabajo. 

Sin embargo, Marx señaló una vez que es irrelevante cuánto trabaje un esclavista para ser esclavista cuando se trata de evaluar su función. La fortuna de Walton no se la ganó, independientemente de lo que trabajara por ella, porque la construyó bajo un conjunto de condiciones injustas que hicieron posible su éxito. Del mismo modo, aquellos que robaron y “explotaron” la tierra de los nativos americanos pudieron emplearse mucho en ello, pero eso no nos dice si los beneficios que obtuvieron fueron adquiridos injustamente. (Los ladrones también pueden trabajar muchas horas).

Otro mito de los superricos es que obtienen beneficios porque han estado dispuestos a “correr riesgos”. El capitalista, se dice, obtiene altos rendimientos porque se ha arriesgado a la posibilidad de no obtenerlos. Pero cuando se leen sus memorias, en realidad se descubre que gran parte de lo que hacen los capitalistas consiste en tratar de encontrar propuestas siempre al alza, sin ningún riesgo en absoluto. Zell, por ejemplo, habla de cómo fue el primero en darse cuenta de que los parkings para autocaravanas eran una inversión fantástica. Las personas que los utilizaban generalmente se quedaban en ellos y rara vez se iban, no había que invertir mucho dinero en mantenerlos o mejorarlos y la competencia estaba limitada por el hecho de que nadie que viva en una casa querría que pusieran un nuevo parking de autocaravanas cerca. De modo que si se compraban, se podía sacar una importante cantidad de dinero a los residentes indefinidamente. El ‘riesgo’ fue insignificante.

A menudo escucho a los defensores del capitalismo decir cosas como “bueno, si ustedes los socialistas alguna vez hubieran tenido que pagar una nómina, pensarían de un modo distinto” o “un socialista no podría llevar un puesto ambulante de tacos”. (En mi caso esto es cierto, ya que no sé hacer tacos). Sin embargo, al trabajar con nuestro entregado y brillante personal para lograr que Current Affairs pasara de ser un pequeño proyecto que operaba desde el salón de mi casa a una empresa exitosa con un despacho y distribución global, he podido ver de primera mano por qué los temas de debate capitalistas son falsos. Ciertamente, entiendo que ‘fundar’ una empresa no significa que se haga personalmente lo que esta produce. Quien lo hace siempre es un equipo de personas que realizan multitud de tareas por poco crédito público. 

Arriesgarse, por ejemplo. Yo no me arriesgué. De verdad, en absoluto. Si la empresa quebrara, yo no me encontraría en apuros. Simplemente me marcharía y haría otra cosa. No perdería dinero; al principio nos financiamos a través de Kickstarter. El único riesgo era que los primeros suscriptores no recibieran sus revistas. Pero no era un riesgo real porque era fácil asegurarse de que las recibieran (mi colega fundador Oren Nimni y yo empaquetamos y etiquetamos todas y cada una de las revistas nosotros mismos, a mano). Eso sí, me aseguré de no ser el dueño de Current Affairs, que es una cooperativa. Sin embargo, si hubiera conservado la titularidad, después de contratar al personal pude haber sacado rédito sin arriesgar nada simplemente por ser la persona que inicialmente la puso en marcha. La razón por la que los multimillonarios ganan más dinero que todos los demás en su empresa es que tienen el poder de exigirlo, no porque lo merezcan o porque hayan trabajado más que nadie y ni siquiera (en la mayoría de los casos) porque crearan la novedad que logró el éxito de la empresa. 

También tienen una mentalidad distinta a la de los demás. Stephen Schwarzman (Blackstone) recuerda un desacuerdo que tuvo reiteradamente con su padre, que era dueño de una pequeña farmacia en Filadelfia llamada Schwarzman’s. Schwarzman hijo le decía constantemente a Schwarzman padre que debía expandir la tienda a nivel regional o nacional. Su padre simplemente no entendía para qué. 

“Podríamos ser enormes”, replica el hijo. 

“Soy muy feliz y tengo una bonita casa. Tengo dos coches. Tengo suficiente dinero para enviarte a ti y a tus hermanos a la universidad. ¿Qué más necesito?”

“No se trata de lo que necesitas. Se trata de deseos ”, contesta el hijo. 

“No quiero. No lo necesito. No me haría feliz”.

En su libro, Schwarzman cuenta que negó con la cabeza y no entendía por qué su padre rechazó “algo seguro”. Más tarde, dice que llegó a comprender que “no se aprende a ser emprendedor”. Sencillamente papá no tenía esa mentalidad.

Por supuesto, el padre de Schwarzman sale bien parado de ese diálogo, como alguien perfectamente razonable, y su hijo todavía no lo comprende, incluso muchas décadas después. No es solo que el dinero no pueda comprar la felicidad. Es que una vez que tienes la felicidad, la búsqueda posterior del dinero solo la disminuye. Pero quizás eso no sea cierto para Stephen Schwarzman, cuyo estilo de vida Vanity Fair describe así: 

En 2007 Schwarzman se convirtió en sinónimo del exceso de Wall Street cuando, en vísperas de la crisis financiera, organizó una fiesta por su 60 cumpleaños en la que Martin Short fue el maestro de ceremonias; actuaron Patti LaBelle y Rod Stewart; ofreció una comida de “langosta, filet mignon y baked Alaska” acompañada de “una selección de vinos caros”; “Réplicas de la colección de arte de Schwarzman” colgaban de las paredes, “un retrato suyo de cuerpo entero pintado por Andrew Festing, presidente de la Royal Society of Portrait Painters”; alrededor de 350 invitados, entre ellos Barbara Walters, Maria Bartiromo, Tina Brown, Melania y Donald Trump; y una “réplica a gran escala de…  el piso de Schwarzman en Manhattan”. Más tarde ese mismo año, se revelaron sus preferencias culinarias —cangrejos moro que cuestan 400 dólares, o 40 dólares por pinza— y su baja tolerancia a la contaminación acústica (“mientras tomaba el sol junto a la piscina de su casa de más de mil metros cuadrados en Palm Beach, Florida, se quejó… de que un empleado no llevaba los zapatos negros de su uniforme… [y explicó] que le distraía el chirriar de las suelas de goma”)... Durante décadas, Schwarzman, cuya fortuna se estima que es de 12.400 millones de dólares, ha tenido que sufrir los ataques hirientes del público ignorante hacia el sector del capital privado y la falta total de comprensión por el gran servicio público que ofrece. Posiblemente quería organizarse una lujosa fiesta por su 65 cumpleaños, pero sopesó la situación y esperó a cumplir los 70 para celebrarlo en una velada que incluyó trapecistas, camellos vivos, acróbatas, soldados mongoles, “un pastel de cumpleaños gigante en forma de templo chino” y Gwen Stefani cantando “Cumpleaños feliz”.

Schwarzman, dicho sea de paso, fue quien comparó el intento de Barack Obama de aumentar un poco el tipo impositivo marginal máximo con la invasión de Polonia por Hitler.

La enorme diferencia que hay entre lo que piensan los multimillonarios sobre el mundo y la forma en que lo hace la gente normal es uno de los aspectos más fascinantes de estos libros. Michael Bloomberg empieza Bloomberg by Bloomberg explicando cómo le destrozó su despido de Salomon Brothers en la década de 1980. Con una indemnización de tan solo 10 millones de dólares, dice: “Me preocupaba que Sue se avergonzara de mi nueva posición menos visible y me preocupaba no poder mantener a la familia”. Daniel Abraham (Slim-Fast) dice de su casa de la infancia: “Cuando digo que la casa tenía catorce habitaciones, seguramente suene a que éramos ricos. Pero no lo éramos. De ningún modo. Por entonces las casas eran baratas”. A veces parece que llevan tanto tiempo recibiendo halagos por parte de la gente que les rodea que no se dan cuenta de lo estrambóticos que resultan y de lo poco corrientes y antinaturales que verdaderamente son su codicia y sus aspiraciones. 

Esto es cierto incluso en el caso de Richard Branson, el multimillonario “divertido” que gusta a la gente. (La publicidad en la contraportada de Losing My Virginity incluye las citas de Newsweek : “Lleva su fama y su dinero sumamente bien... no le interesa el poder [y] sólo quiere divertirse”; GQ: “Encarna la apreciada mitología estadounidense del emprendedor iconoclasta y bravucón”; Ivana Trump:“ Richard es guapo y muy inteligente”). En una anécdota asombrosa sobre sus comienzos editando y publicando una revista llamada Student, Branson relata cómo descubrió que su cofundador quería convertir el negocio en una cooperativa de trabajadores y Branson salvó la situación mintiendo y haciendo que su amigo creyera que los trabajadores lo odiaban: 

Había dejado el borrador de un memorando que estaba escribiendo al personal. Era un plan para deshacerse de mí como director y editor, tomar el control editorial y financiero de Student y convertirlo en una cooperativa. Me convertiría en parte del equipo y todos compartiríamos equitativamente la dirección editorial de la revista. Me quedé impactado. Sentí que Nik, mi mejor amigo, me estaba traicionando... Decidí marcarme un farol con la crisis ... [Si el personal estaba] indeciso, entonces podía sembrar cizaña entre Nik y los demás y dejar fuera a Nik. 

[…] “Nik”, dije mientras caminábamos por la calle, “varias personas se me han acercado y me han dicho que no están contentas con lo que estás planeando. [Nota: una mentira] No les gusta la idea, pero tienen demasiado miedo como para decírtelo a la cara”. Nik estaba horrorizado. 

“No creo que sea una buena idea que te quedes”, continué. “Estás intentando desautorizarme a mí y a Student al completo”…  Nik bajó la mirada hacia sus pies.

“Lo siento, Ricky”, dijo. “Simplemente me parecía una mejor forma de organizarnos…” Se le quebró la voz.

“Yo también lo siento, Nik…”. Nik se fue ese día... Odio criticar a la gente que trabaja conmigo... Desde entonces siempre he tratado de evitar el problema pidiendo a otra persona que empuñe el hacha.

Más allá de contar anécdotas como esta, las tendencias psicopáticas descaradas no aparecen muy a menudo en estos libros. La mayoría, después de todo, se escribieron con la ayuda de hábiles negros literarios cuyo trabajo es enterrar las cosas desagradables. La única forma real de sobrepasar la propaganda es ir más allá de las fuentes primarias y examinar los hechos. Marc Benioff llena página tras página de su libro con sus virtudes y con lo que se preocupa su empresa por los accionistas y no tan solo por ganar dinero; sin embargo, poco después de que comenzara la pandemia de covid-19, Salesforce anunció que despedía a mil empleados a pesar de haber informado de que había registrado los mejores resultados anuales de su historia. Stephen Schwarzman habla con orgullo de una empresa de su propiedad llamada Invitation Homes, que presenta como la oportunidad que ofreció a la gente pobre de acceder a una buena vivienda después de la crisis financiera. “Apuesto a que si busco esta empresa, en realidad resultará que hace un montón de cosas turbias y que Schwarzman es un malvado explotador”, pensé mientras leía el pasaje. Efectivamente,  Reuters informó de que “en entrevistas con decenas de inquilinos de la compañía en vecindarios de todo Estados Unidos, la imagen que se desprende no es tanto de un servicio excepcional como de tuberías con fugas, alimañas, moho tóxico, electrodomésticos que no funcionan y esperas de meses para reparaciones”. Un grupo de trabajo de la ONU dedicado a derechos humanos y empresas multinacionales incluso envió a Schwarzman una carta de queja denunciando las prácticas de su empresa:

Los inquilinos nos dijeron que cuando le piden a Invitation Homes que realice reparaciones o mantenimiento rutinarios, como abordar los problemas de las tuberías con los insectos domésticos, se les cobra directamente por cualquier tarea aparte del alquiler. También informaron que Invitation Homes, mediante un sistema automatizado, amenaza rápidamente con el desalojo o presenta avisos de desalojo debido al retraso en el pago del alquiler o en el pago de las tarifas (95 dólares por incidente), sin importar las circunstancias. Si un inquilino no puede pagar el cargo por pago atrasado y si Invitation Homes no desaloja, ese cargo se añade al alquiler del inquilino. Si en el mes siguiente el inquilino puede pagar su alquiler pero no el cargo adicional, el inquilino puede ser desalojado por pago parcial del alquiler. Cuando los inquilinos optan por impugnar el desalojo de Invitation Homes, incurren en tarifas y sanciones adicionales. 

Es difícil otorgar el premio al “multimillonario más malvado” del grupo de magnates ladrones del siglo XXI cuya producción literaria he atestiguado, pero Schwarzman probablemente lo gane por financiar una vida de lujo absolutamente obscena al aumentar el alquiler de los pobres y dejarlos en la calle en cuanto se retrasan en el pago (e incluir algunas tarifas y multas por si fuera poco). Simplemente es absolutamente atroz. Como le dijo el dueño del periódico al reportero gráfico: vete a la mierda.

*****

Gran parte del comportamiento que vemos en los multimillonarios proviene de lo que he llegado a llamar “la filosofía bifurcada de acumulación y distribución”. O, de un modo menos desagradable: está bien ser un sociópata cuando consigues las cosas, siempre y cuando seas un santo después de que las tengas. La idea es que el mundo de los negocios es de una competencia salvaje, puedes ser tan maquiavélico como quieras y no has de pensar en las consecuencias en la vida de nadie. Pero luego tienes que hacer filantropía, porque la codicia es mala. Andrew Carnegie, el magnate ladrón de O.G., presentó el modelo a seguir en su popular Gospel of Wealth [Evangelio de la riqueza]. Carnegie comienza justificando todo tipo de desigualdades terribles como el orden natural de las cosas, que debería estar completamente fuera de toda duda:

El contraste entre el palacio del millonario y la cabaña del trabajador hoy mide el cambio que ha venido con la civilización. Sin embargo, no hay que condenar este cambio, sino darle la bienvenida… Es mucho mejor esta gran anomalía que la miseria universal. Está más allá de nuestro control alterarlo y, por lo tanto, hay que aceptarlo y aprovecharlo al máximo. Es una pérdida de tiempo criticar lo inevitable… Aceptamos y acogemos, como condiciones a las que debemos acomodarnos, la gran desigualdad del entorno: la concentración de negocios, industriales y comerciales, en manos de unos pocos imprescindibles para el progreso futuro de la raza. Hay que considerar que el socialista o anarquista que busca revertir las condiciones actuales está atacando los cimientos sobre los que descansa la civilización misma, porque la civilización comenzó desde el día en que el trabajador diligente y eficaz le dijo a su compañero incompetente y holgazán: “Si no siembras, no cosecharás”, y de este modo acabó con el comunismo primitivo al separar a los zánganos de las abejas.

Sin embargo, posteriormente, Carnegie establece la teoría de la nobleza obliga: a cambio de beneficiarse de este sistema, “el deber del hombre rico” es “organizar obras benéficas de las que las masas de sus semejantes se beneficiarán”. Así será “el mero fideicomisario y agente de sus hermanos más pobres, poniendo a su servicio su sabiduría superior, [favoreciéndolos más] de lo que ellos harían o podrían hacer por sí mismos”. Eso sí, Carnegie es muy particular acerca de a quién ayuda, ya que condena la “caridad indiscriminada” y afirma que “sería mejor para la humanidad que los millones de ricos fueran arrojados al mar a que acaben incentivando a los perezosos, borrachos e indignos”, y es una de esas personas que dice que dar a los mendigos en realidad les perjudica y por lo tanto es egoísta e inmoral. Pero el mensaje general de Carnegie es: no importa cómo te enriqueces si después eres un “administrador” del bien público. Acumula lo que quieras, siempre que distribuyas de acuerdo con los principios de la justicia.

Excepto, por supuesto, que la filantropía es tan egoísta como la acumulación infinita de riqueza. Un verdadero benefactor de la humanidad se despoja de su riqueza en lugar de entregarla gota a gotas a sus causas favoritas. El filántropo no es diferente de un señor feudal que repartía favores. La fórmula de “acumulación injusta/distribución justa” es simplemente una teodicea más absurda, con la filantropía como un medio para ayudar a estos tipos a racionalizar el hecho de tener mucho más lujo y poder que los demás. 

Los multimillonarios se dicen muchas cosas a sí mismos. Dicen que el precio de mercado es valor, lo que significa que si estás ganando dinero estás ayudando al mundo. Dicen que son recompensados ​​por el riesgo y el trabajo duro, aunque no arriesguen nada y las personas que trabajan mucho más que ellos ganen una miseria. Dicen que ganaron un concurso “libre”, cuando ganaron uno amañado cuyos resultados no tienen legitimidad. (¿Es una mera coincidencia que todos sean blancos?) Dicen que son “compasivos” en sus prácticas capitalistas, pero finalmente dejan que el mercado determine su moralidad. Dicen que innovan y aportan valor cuando no hacen nada por el estilo. Las justificaciones de su éxito se desmoronan al tocarlas. Es interesante que la clase dirigente, con todos sus recursos, no sea capaz de montar ningún tipo de defensa persuasiva de su propia posición. Pero para cualquiera que en el fondo tenga dudas y se pregunte si tal vez los de arriba son más inteligentes, mejores y más trabajadores, le tranquilizará saber que no lo son. No tienen que creer en mi palabra. Está ahí mismo en sus libros.

Por Nathan J. Robinson (Current Affairs) 16/01/2021

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Eleonor Faur es socióloga (UBA) y doctora en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Es profesora del IDAES, de la Universidad Nacional de San Martín e investigadora del Instituto de Desarrollo Económico y Social (UNGS-IDES).

Eleonor Faur, especialista en relaciones de géneros, familia y políticas públicas

La investigadora explica en qué consisten las políticas de cuidado desde una perspectiva de género e invita a desandar la organización generizada de ciertos comportamientos. Además, la Educación Sexual Integral, los estereotipos en las infancias, las masculinidades y el debate alrededor del aborto.

 

Es autora de Masculinidades y desarrollo social. Las relaciones de género desde las perspectivas de los hombres (2004), El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual (2014) y Mitomanías de los sexos (con Alejandro Grimson, 2016), entre otras publicaciones.

Pionera en el estudio de los sistemas de cuidado desde una perspectiva de género, Faur se refiere a las tareas de cuidado en un año signado por una mayor permanencia en los hogares, los dispositivos de transmisión de mensajes, la Educación Sexual Integral (ESI), el surgimiento del movimiento Ni Una Menos, el derecho al aborto, y la importancia de “abrir espacios de reflexión y apuntar a un objetivo que en realidad es un horizonte, que es el horizonte de la igualdad”.

--¿A qué nos referimos cuando hablamos de cuidados?

--El cuidado es un elemento central del bienestar humano. No hay nadie que pueda vivir sin ser cuidado o sin haberlo sido. Y aunque hay algunos momentos de la vida en los cuales necesitamos cuidados de una manera más intensa, en realidad a lo largo de toda nuestra vida necesitamos cuidados. Al mismo tiempo somos proveedores y proveedoras de cuidados. Estamos hablando de una serie de actividades que se requieren para que una vida sea vivible, que haya un bienestar físico y emocional, que haya lazos entre las personas que habiliten una vida social agradable. Entonces, aunque todos y todas necesitamos cuidados y todos y todas tenemos la capacidad de cuidar, lo cierto es que, a nivel social, institucional y político, desde hace por lo menos dos siglos los cuidados se han organizado de una cierta manera por la cual se supone que se proveen básicamente dentro del ámbito de los hogares y que somos las mujeres las principales responsables de ofrecer esos cuidados. La organización del cuidado tiene una marca de género muy clara. Ahí tenemos uno de los nudos críticos de la cuestión de los cuidados que, hace varias décadas, estamos tratando de desandar y desanudar desde la academia y el activismo feminista. No se cuida solo en el hogar, sino en distintos escenarios públicos, comunitarios y privados, y no sólo las mujeres tenemos la capacidad de cuidar. Sin embargo, son muchos los engranajes sociales, institucionales, políticos y culturales que definen esta organización del cuidado como una organización generizada. El problema es que, frente a la escasez de políticas públicas, la variable de ajuste para que no se profundice el déficit de cuidados termina siendo la elasticidad del tiempo de trabajo no remunerado de las mujeres.

--¿Qué observó, en términos de cuidados, en estos tiempos de pandemia y aislamiento?

--Las transformaciones a nivel social --en este tipo de cuestiones también--, muchas veces llegan de formas que uno no espera. Al mismo tiempo que uno defiende la necesidad de políticas para acelerar ciertos cambios sociales, hay veces que estos últimos vienen de la mano de un torbellino, digamos, que nadie imaginó. Por ejemplo, en los años ‘80, ‘90, las fuertes crisis económicas en América Latina hicieron que las mujeres salieran masivamente al mercado de trabajo. Esto, junto con una historia de mayores niveles educativos y de haber ido construyendo una aspiración de mayor autonomía. La crisis del coronavirus, el estar todos y todas guardados en nuestras casas, supuso una intensificación de las tareas domésticas y de cuidado. En los hogares donde hay una pareja conviviente --que es alrededor de la mitad de los hogares de nuestro país--, esa intensificación de los cuidados pudo haber tenido algún tipo de impacto y de movimiento para los varones adultos. Si bien todavía no tenemos datos representativos que puedan revelar cuál fue la medida de ese cambio, dentro de la escasa información que tenemos lo que se ve es que hay un aumento de participación y dedicación para ambos géneros, pero que sigue manteniéndose una brecha. Las mujeres dedican más tiempo a los cuidados y al trabajo doméstico. En los casos de personas con hijos en edad escolar son casi siempre las madres las que acompañan las tareas, viendo si se conectan, viendo si le tienen que prestar el celular en caso de sectores populares con dificultades de conexión. Ojalá quede una memoria de lo duro que es el trabajo cotidiano de sostenimiento del hogar; hay que ver cómo se empuja también desde las políticas públicas para generar nuevas condiciones para la organización de los cuidados.

--¿Cómo se desarma y desanda esta imagen tan establecida de los roles y las tareas de cuidado?

--Hay muchas maneras. A lo largo de las últimas décadas algo ha ido cambiando. Hay pequeñas transformaciones que todavía son demasiado incipientes. Por ejemplo, todo el auge del feminismo juvenil... Cuando trabajaba en mi tesis sobre cuidados, en los primeros 2000, y decía que era sobre cuidados, la gente me decía “¿sobre qué?”. Era un tema que no estaba en agenda ni siquiera de las feministas; es decir, sí había una agenda feminista sobre esto, pero no era el tema de batalla. Hoy esto circula en las redes sociales, en las conversaciones. Ya es una buena señal. Además, hay grupos trabajando sobre masculinidades, pero todavía más con la agenda de ver cómo se generan o cómo se sostienen masculinidades no violentas que sobre cómo compartir los cuidados.

--En esto, también la Educación Sexual Integral tiene mucho que aportar.

--Sí, la Educación Sexual Integral es una herramienta muy poderosa, que se está trabajando y se está empezando a visualizar en las prácticas pedagógicas pero que todavía hay que reforzar. Históricamente, la escuela fue una de las instituciones que nos formó a las mujeres para con los cuidados. Luego de muchos años y décadas de investigaciónm, Catalina Wainerman señaló cómo representaban la literatura infantil escolar y los libros de lectura de las escuelas primarias las imágenes familiares y las imágenes de géneros. El leitmotiv era “Mi mamá me mima” y las imágenes mostraban a las mujeres cocinando y a los hombres volviendo del trabajo agotados, leyendo el diario o mirando la tele. Lo mismo entre niños y niñas: salían de picnic y las niñas preparaban la ensaladita mientras que los nenes remontaban los barriletes. Todo eso habita nuestro inconsciente. Algo de esto empezó a cambiar a finales del siglo XX, cuando en los libros escolares empezaron a haber familias que no eran necesariamente mamá, papá e hijitos; mujeres que participaban del mercado de trabajo y no solamente con el delantal puesto, lavando los platos o atendiendo al resto de la familia. Son muchas las imágenes que nos atravesaron y que siguen estando presentes en algunas escuelas todavía. Entonces, también desde la perspectiva de los cuidados la ESI es muy importante, porque tiene entre sus componentes centrales la reflexión sobre la construcción social de relaciones de género. El universo a transformar es inmenso. Es necesario transformar desde las leyes, desde las políticas, desde la ESI, desde la escuela, pero también desde nuestras propias prácticas cotidianas.

--Las formas de transmisión de mensajes, además de variadas, son silenciosas. Se puede enseñar que el llanto es una emoción de todas las personas, pero con frecuencia los chicos y las chicas se angustian si el que llora es el padre, por ejemplo.

--Exactamente, son tantos los dispositivos de transmisión de mensajes y esa idea de que los varones no lloran, los hombres no lloran, muchas veces puede estar solapada, de manera imperceptible en películas, en dibujos animados, donde simplemente vemos pocos varones llorando, mientras abunda la imagen de mujeres emocionadas hasta las lágrimas. Esas cuestiones forman parte de una sensibilidad social que, si bien cambia, todavía está muy presente. Entonces, es importante comprender que los cambios culturales profundos, como las transformaciones en los estereotipos y en las dinámicas de género, se van desarrollando en capas. No sucede todo al mismo tiempo ni somos conscientes de todo. No hay recetas tampoco. Es fundamental tener esto en cuenta, porque con el auge del feminismo también nos hemos llenado de mandatos y recetas. Hay muchas cuestiones que permean nuestras sensibilidades, nuestras subjetividades. La tarea es más de filigranas, una tarea lenta, una tarea que requiere de autorreflexión y muchas preguntas: “¿por qué te preocupás cuando tu papá llora?”, más que “¡ay, bueno, pero es normal que los varones lloren!”. La ESI es un desafío importantísimo. Es un derecho y al mismo tiempo tiene una complejidad que es más un proceso que un resultado. Hay que dar lugar a la reflexión, a sorprendernos de lo que nos encontramos, a permitir que se habiten las dudas y las preguntas con mayor libertad. Porque si nos llenamos rápidamente de certezas estamos escondiendo muchas de las cuestiones que están ahí todavía persistiendo.

--Entre otras cosas, ¿cuánto de miedo hay detrás de aquellos sectores que se oponen a la ESI?

--Hay una férrea oposición que se expresa en este slogan absolutamente brillante desde el punto de vista comunicacional que dice “Con mis hijos no te metas”. Creo que es una mezcla de activar temores basados en el prejuicio: “que la ESI adoctrina a les niñes”, “que es el nuevo fachismo”. Por un lado, está todo ese temor y, por otro, hay realmente una férrea defensa de ciertas corporaciones religiosas que han encontrado un lenguaje simple y directo para llegar a las familias que tienen dudas. Funcionan a partir de provocar lo que suele denominarse el “pánico moral”, que es eso de “Con mis hijos no”. Estos movimientos vienen de los años ‘90; desde ahí se está hablando de una supuesta ideología de género con una asociación fuerte que se estableció entre el Vaticano y algunos sectores evangélicos conservadores -subrayo porque los evangélicos no son todos conservadores. Estas grandes corporaciones religiosas fueron permeando fuertemente en la capilaridad social a través de iglesias, parroquias y de una cantidad de educadores y educadoras de este tipo de espacios y, en los últimos años, vía redes sociales. Estas posiciones se reflejan también en los triunfos de Jair Bolsonaro, en Brasil, y de derechas muy rancias a lo largo de la región.

--En varios de sus libros aborda el tema de las masculinidades. ¿A qué refiere el concepto?

--Empecé a abordar las masculinidades en los ‘90. En esos años había diferentes maneras de pensar las masculinidades y no todas eran feministas. Había algunas miradas reactivas también con relación a “las mujeres ya avanzaron muchísimo” o “ahora los discriminados somos nosotros”. Siempre un poquito de pánico moral hay alrededor de los movimientos que buscan detener las grandes transformaciones igualitarias. Hubo algunos pensadores y algunas pensadoras que empezaron a trabajar las masculinidades desde una perspectiva feminista, esto es, comprender que las identidades de género --sean femeninas, masculinas o de la diversidad-- se producen y se desarrollan en una particular configuración de relaciones sociales de género. Cuando hablamos de masculinidades estamos hablando de una posición dentro de una práctica de género, y al mismo tiempo, de los efectos de esa práctica en los cuerpos y en las subjetividades masculinas. Es imposible ver las masculinidades por fuera de las prácticas de género. No hace sentido desvincularlas de un mundo de relaciones de poder, así como tampoco tienen sentido los feminismos si los desvinculamos del análisis de las relaciones sociales de género.

--Hay varias posiciones e ideas sobre el feminismo. ¿Qué entiende usted por feminismo?

--Cuando pienso en feminismo lo que pienso es un movimiento emancipatorio que ha trabajado desde hace muchísimos años por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en primer lugar. Luego con la feliz movilización de la diversidad sexual aprendimos que cuando hablamos de igualdad de género no estamos solamente refiriéndonos a un esquema binario donde sólo existen varones y mujeres, presuntamente heterosexuales. En realidad, el feminismo nunca pensó en la heterosexualidad como una pauta universal ni mucho menos. Hoy definir al feminismo es pensar en la igualdad entre géneros, la igualdad entre personas, la igualdad de derechos y la necesidad de igualación de oportunidades para permitir mayores libertades. Todo ello, a través de una serie de dispositivos sociales y políticas públicas. Lo importante es abrir espacios de reflexión y apuntar a un objetivo que en realidad es un horizonte, que es el horizonte de la igualdad.

--Las luchas de mujeres lograron instalar el debate alrededor de la legalización del aborto, la decisión sobre el propio cuerpo, entre otras cuestiones de suma relevancia. ¿Cuánto se ha avanzado en lo que tiene que ver con vivir la sexualidad libremente?

--La posición de feminidades y masculinidades en relación con la sexualidad es un proceso que viene transformándose hace muchas décadas. Hubo un tema importante que fue la píldora anticonceptiva en los años ‘60. En el momento en que se empieza a desligar tecnológicamente la sexualidad de la reproducción tenemos un paso ganado. Entonces ahí las mujeres también se hacen más dueñas de su cuerpo, de su sexualidad, de sus deseos. Pero por supuesto, yendo al contexto argentino, definitivamente el estallido feminista, que lo ubico en el Ni Una Menos, y después el debate del aborto, trajo una nueva ola, asentada en mas de 30 años de Encuentros Nacionales de Mujeres (hoy plurinacionales y conteniendo a las disidencias). Hay una historia larga de feminismo en la Argentina, sobre todo después de la recuperación democrática. Todo eso trajo transformaciones muy importantes en la subjetividad y en la sexualidad femenina y en los últimos años eso se ve cada vez más claro. Empieza a aparecer esto que llamamos una nueva pedagogía del deseo, donde se empiezan a generar ciertas reglas que, para mí, no deben confundirse con recetas: la libertad y el consenso en los vínculos sexo-afectivos.

--¿Cuáles son los estereotipos más comunes en la infancia y cuánto puede aportar la ESI para terminar con ellos?

--Los estereotipos más frecuentes en la infancia siguen siendo que las nenas son dulces y emotivas y los varones son hiperactivos e inquietos y menos detallistas. Habría que mirar si eso responde realmente a algo verdadero o cuánto de lo que pusimos nosotros y nosotras socializando niños y niñas de esa manera no se expresa después en personalidades diferentes. Yendo a la ESI, en relación con estas cuestiones de género, lo importante es poder dejar atrás estereotipos, aceptar que las personas no son sólo una cosa. Dar lugar para que niños, niñas, niñes vayan encontrando cómo quieren vivir, cómo se sienten, a sabiendas de que la identidad es un proceso de construcción permanente. Para mí la ESI tiene eso como una de las batallas: poder dar lugar al desarrollo de cada persona en los términos en los cuales esa persona sienta que va a vivir de la manera más cercana posible a su propia forma de sentir y de pensar, siempre que no vulnere derechos de otras personas. Ese apropiarse de la propia vida es generar todas las condiciones para vivir una vida libre de violencias en la cual podamos promover y proteger los derechos de cada persona, con independencia de su identidad sexo-genérica. 

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Sorprendió que Donald Trump incrementara en 78 porciento los sufragios por los republicanos en Los Ángeles y 60 por ciento en Houston .Foto Afp

Para las mentes maniqueas parecería "surrealista" el análisis detallado de la votación del New York Times –rotativo anti-Trump y pro-Soros– de cómo los latinos y asiáticos se volcaron por el aún presidente en "por lo menos 65 por ciento (¡mega-sic!)" de las grandes urbes como Los Ángeles, Chicago, Nueva York, Miami y Filadelfia (https://nyti.ms/2WJl2qq) .

Aquí comenté la exquisita diferenciación del voto "mexicano" entre los dos proyectos secesionistas del Calexit y Texit (https://bit.ly/3aJFhwz) –dos estados de mayoría "mexicana", pese a los malabarismos de la discriminativa Oficina del Censo de EU– cuando nuestros connacionales votaron por el boleto Biden/Harris en forma aplastante en California –donde sorprendió el 30 por ciento que favoreció a Trump–, mientras en Texas, especialmente en sus cuatro fronteras de 2 mil 18 kms. con México (Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas), se volcaron en forma masiva por Trump.

California (55 votos) y Texas (38 votos) son los estados con mayor número de sufragios electorales que definen la presidencia, mucho más que los votos dispersos de mexicanos y "latinos-no mexicanos" en el resto del país.

El abordaje del NYT difiere en cuanto maneja el voto "latino" en general con un enfoque en las grandes urbes, sin considerar la especificidad ponderada en el determinante Colegio Electoral.

La sesgada Oficina del Censo de EU, que aplica dos pesas y dos medidas, coloca en forma aberrante a la aplastante mayoría de los mexicanos, 62 por ciento, dentro del 18.3 por ciento muy discutible rubro de "latinos/hispanos" (https://bit.ly/38BywtY).

Mexicanos y "latinos no-mexicanos" ostentan diferentes historias y migraciones con EU: los primeros son eminentemente "guadalupanos" –mezcla idiosincrática de los cultos de Tonantzin, la diosa del Olimpo azteca, y la católica Virgen de Guadalupe–, mientras que los "latinos no-mexicanos" son "protestantes" en su gran mayoría.

NYT reconoce que pese a la desafección que benefició a Trump, el "total de votos de latinos y asiáticos" favorecieron a Biden, pero no en la misma medida del pasado con los candidatos a la presidencia del Partido Demócrata.

Llama la atención el desempeño de los votantes mexicanos –es decir, la aplastante mayoría de los "latinos"– en Los Ángeles y Houston donde, en el primero "Trump incrementó los votos republicanos en 78 por ciento", mientras que en Houston "Trump ganó 60 por ciento de los votos adicionales, comparado al 7 por ciento (sic) de Biden".

NYT comenta que "Trump se vio especialmente popular entre los votantes de origen cubano" en Florida "quienes tienden a ser más conservadores, incluyendo temas de religión y aborto", aunque "Biden ganó el condado de Miami-Dade con sólo 7 por ciento" de ventaja.

El análisis "urbano" del NYT, un rotativo portavoz de los demócratas, exhibe la vulnerabilidad del Partido Demócrata en atraer el voto de los migrantes, en particular de los "latinos y asiáticos".

Es evidente que por su naturaleza, el voto de migrantes, que van en búsqueda de la fortuna del hoy alicaído "sueño estadunidense", sea más reticente a los clamores "socialistas" de la llamada "ala izquierda" de la coalición demócrata –representada por Bernie Sanders y el “Squad (https://bit.ly/3aKVCkk)”– en una sociedad plutocrática cada vez más desigual.

Un defecto de los análisis electoreros ultra-reduccionistas es que homogeniza el sufragio en un país tan extenso, variado y multicultural como EU que comporta en sus entrañas a "11 naciones", según el clásico libro de Colin Woodard (https://bit.ly/34LtoCx).

A cada quien su prisma analítico, y aquí lo que más me llama la atención es la "mexicanización" del sufragio en el sur fronterizo de EU, primordialmente en sus estados con los dos primeros PIB del país: desde California y Texas, donde, por lo visto, el voto de nuestros connacionales se mimetiza con su ecosistema.

En caso de que no suceda una guerra civil (https://bit.ly/34OrcKu) o una secesión, quizá la futura gobernabilidad de EU pase por una alianza inevitable de los WASP ( White Anglo-Saxon Protestant) y los "mexicanos".

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Las mujeres, las más afectadas en la perdida de sus ingresos a causa de la crisis sanitaria mundial. Foto OIT]

La disputa creciente por la redistribución del ingreso

19% de asalariados ganan menos que un sueldo mínimo

 

Mil millones de seres humanos padecerán de extrema pobreza en 2030. La pandemia acelera la crisis y los salarios caen en picada. Las mujeres, así como los trabajadores con remuneraciones más bajas, pagan el precio más alto.

Según diversos organismos internacionales en torno a 207 millones de personas van a caer por debajo de la línea de pobreza en los próximos años como consecuencia de la crisis económica resultante del COVID-19. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) anticipa cifras no menos dramáticas para el fin de la década: mil millones de personas padecerían de extrema pobreza en el 2030.

El PNUD,  (https://www.undp.org/content/undp/es/home.html y la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo, UNCTAD, (https://unctad.org/webflyer/least-developed-countries-report-2020)  hicieron públicos la primera semana de diciembre dos estudios donde advierten sobre los altos costos de la situación actual “para los países menos desarrollados”, donde vive la mitad de la población mundial.

Ambas organizaciones coinciden que este año los seres humanos que viven con menos de 1.9 dólares por día aumentarán en 32 millones, implicando un incremento de la tasa de pobreza a nivel global del 32.5% al 35.7%.

La proyección más pesimista anticipa que la crisis económica inducida por el COVID-19 persistiría diez años. La UNCTAD recuerda que la pandemia ha afectado especialmente a los países más debilitados porque constituyen las economías más vulnerables y de menos nivel de resiliencia. Se trata de los 47 países menos desarrollados que producen cerca del 1.3% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial y albergan 1.060 millones de personas. En 2019, el PIB per cápita promedio en esas naciones había sido de apenas 1.088 dólares en el marco de un promedio mundial de 11.371 dólares.

De acuerdo con la UNCTAD, en 2020 esos países tendrán su peor desempeño económico en 30 años, con una caída significativa en sus ingresos, pérdida generalizada de empleos y déficits fiscales cada vez mayores, lo que revertirá años de esfuerzos para alcanzar leves progresos en la reducción de la pobreza, y la mejora de la nutrición y de la educación.

Drama salarial

Según un nuevo estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), publicado también al inicio de diciembre en Ginebra, debido a la pandemia, en el primer semestre de 2020, los salarios mensuales de 2/3 de los países -de los que se cuentan datos oficiales- se redujeron o crecieron más lentamente.  En otros países, el salario medio aumentó, pero solo como producto de cálculos artificiales. Ya que ese incremento -solo estadístico- fue la consecuencia de la pérdida sustancial de puestos de trabajo en los sectores con sueldos más bajos.

Tendencialmente, según el organismo internacional, el horizonte será tormentoso. Estima como probable que en el futuro cercano se produzca una fuerte presión a la baja sobre los salarios dada la actual crisis internacional.

El Informe Mundial sobre Salarios 2020-2021 constata que, en América Latina, la pandemia borró rápidamente el leve avance que se había logrado en materia salarial, en particular a partir de 2018, cuando se comenzó a sentir una cierta recuperación.

En este continente se da una situación particular. Una buena parte de asalariados trabaja en la economía informal, razón por la cual muchos han sido excluidos de las medidas de ayuda que han dado algunos gobiernos. En países como México y Brasil, las familias que incluyen personas que tienen empleos informales, han perdido el 60% de sus ingresos a partir de la pandemia.

Principales perjudicadAs

La crisis no ha afectado del mismo modo a todas y todos. Las mujeres se han visto más perjudicadas que los hombres. Un sondeo realizado en 28 países europeos concluye que, sin los subsidios estatales, en el segundo trimestre de 2020, la pérdida salarial para las mujeres hubiera sido del 8,1 % frente al 5,4 % para los hombres. La OIT sostiene que “por lo general las mujeres predominan entre los trabajadores mal pagados…En todas las regiones, la proporción de mujeres es mayor entre quienes perciben un salario mínimo o un monto inferior que entre quienes perciben un monto superior al salario mínimo”. También son penalizados los trabajadores jóvenes de menos de 25 años, los que tienen un nivel de instrucción inferior y los trabajadores rurales.

El golpe más fuerte lo sufren los sectores menos pudientes. En esos mismos países, sin los subsidios temporarios, el 50 % de quienes ganan menos hubiera perdido aproximadamente el 17,3 % de su salario. Sin embargo, dichas prestaciones actuaron como amortiguadores. Y compensaron casi la mitad (un 40%) de esa pérdida.

Guy Ryder, Director General de la OIT, al presentar el nuevo estudio, afirmó que “el crecimiento de la desigualdad a causa de la crisis de la COVID-19 podría dejar un desolador saldo de pobreza e inestabilidad social y económica de enormes proporciones”.

Y anticipó que la estrategia de recuperación “debe centrarse en las personas. Necesitamos políticas salariales adecuadas que tengan en cuenta la sostenibilidad del empleo y de las empresas, en las que se aborden también las desigualdades y la necesidad de sostener la demanda”. Ryder lanzó una crítica directa a paradojas inexplicables en el actual sistema: si se quiere reconstruir pensando en un futuro mejor, hay que plantearse cuestiones incómodas, como por qué con tanta frecuencia las ocupaciones de gran valor social, como el personal docente y de la salud son sinónimo de sueldo bajo.

Tema esencial, el salario mínimo

El estudio de la OIT incluye un análisis de los sistemas de salario mínimo, que, podrían constituir un factor determinante para conseguir una recuperación sostenible y justa.

El 90 % de los Estados Miembros de la OIT tiene establecida alguna modalidad de salario mínimo. Sin embargo, aproximadamente 327 millones de asalariada-os (es decir el 19% del total) reciben una remuneración equivalente o menor al salario mínimo por hora vigente.  Y enfatiza que ya “antes de la pandemia

266 millones de personas –el 15 por ciento de todas las personas asalariadas del mundo– percibían una remuneración inferior a la del salario mínimo por hora” (https://www.ilo.org/global/about-the-ilo/newsroom/news/WCMS_762645/lang–es/index.htm).

Las causas principales de esa situación son el incumplimiento de la ley o bien la exclusión de ciertas actividades laborales de la normativa marco. El estudio indica que prácticamente 1 de cada 5 países (el 18 % de los mismos a nivel mundial) que reconocen un ingreso mínimo por ley, excluyen de esa normativa a la-os trabajadora-os agrícolas y doméstica-os, o bien a ambos.

El desafío de un “ajuste salarial suficientemente frecuente” es crucial, enfatiza la organización internacional. Quien constata que en la práctica solo un país de cada dos -que cuenta con un salario mínimo reconocido por ley-, lo ajustó al menos cada dos años en la década 2010-2019. En ese periodo, el aumento real fue, en promedio, de 1.1% en África, 1.8% en las Américas, 2.5 % en Asia y 3.5% en Europa y Asia Central.

La organización internacional mira hacia al futuro. Y lanza como desafío que al prepararse para una nueva y mejor “normalidad”, la existencia de salarios mínimos adecuados- definidos por ley o negociados- podría contribuir a lograr más justicia social y menos desigualdad.

El PNUD, por su parte, estima que con voluntad política se podría evitar lo peor. Si se hicieran inversiones en la dirección establecida por los Objetivos de Desarrollo Sostenible, sería posible rescatar de la extrema pobreza a 146 millones de personas. Para ello, insiste, debería invertirse en esta década en programas de protección y bienestar social, gobernanza, digitalización, y en un cambio hacia la economía verde, así como en mejorar las capacidades productivas. Con un plan ambicioso de impulso a los Objetivos de Desarrollo también se disminuiría la brecha de pobreza en relación al género y se podría reducir en 74 millones el número de mujeres en estado de pobreza, concluye el organismo.

Realidad económica, caída salarial y aumento de la pobreza son tres ángulos de una misma figura. La disputa principal de los actores sociales -sindicatos, movimientos sociales- a nivel mundial es asegurar una mayor participación en la redistribución desde los ingresos sociales. Intentar, al menos, que el triángulo sea equilátero…

Por Sergio Ferrari | 16/12/2020

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Jueves, 03 Diciembre 2020 05:58

El virus arrasó con el salario en el mundo

El virus arrasó con el salario en el mundo

Informe de la Organización Internacional del Trabajo

 

La crisis tiene un impacto mucho más fuerte en los segmentos más desprotegidos del mundo laboral, que además son los peores pagos. En consecuencia, la pandemia aceleró la desigualdad hacia el interior del mundo del salario. 

La pandemia no sólo destruyó empleo a lo largo y ancho de la economía global sino que también generó una caída de los salarios en dos tercios del mundo, alertó este miércoles la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La crisis tiene un impacto mucho más fuerte en los segmentos más desprotegidos del mundo laboral, que además son los peores pagos. En consecuencia, la pandemia aceleró la desigualdad hacia el interior del mundo del salario. El informe destaca que la caída de las horas de trabajo derivó en una baja de la masa salarial del 6,9 por ciento entre las trabajadores mujeres, superior a la merma del 4,7 en los varones. Y pone el foco en un fenómeno inusual de esta crisis: la masiva reducción voluntaria de salarios y los subsidios masivos de parte del Estado.

Según la OIT, en los años previos a la pandemia (2016-2019) el poder adquisitivo del salario registró un leve incremento, de entre el 0,4 y el 0,9 por ciento en las economías avanzadas. En ese grupo, el mejor desempeño se dio en la República de Corea, en donde el salario subió un un 22 por ciento y en Alemania (15 por ciento). En cambio, en Italia, Japón y Reino Unido el salario real se redujo. Entre 2008 y 2019, el salario real se más que duplicó en China. A contramano del mundo, en la Argentina el salario real se redujo en promedio alrededor de un 15,7 por ciento desde fines de 2015 hasta fines de 2019, calcula la UMET. Ese deterioro se explica por una inflación desbocada durante el gobierno de Mauricio Macri junto a caída de la producción y deterioro financiero.

El impacto de la crisis

"La crisis imprimió una presión a la baja en el nivel o en la tasa de crecimiento de los salarios medios de dos terceras partes de los países. En otros países como Brasil, Canadá, Francia, Estados Unidos e Italia, el salario medio aumentó como reflejo de la pérdida sustancial de puestos de trabajo entre los trabajadores con salarios más bajos", indica la OIT. 

El informe detalla que la crisis "afectó muy especialmente a los trabajadores con salarios más bajos y en consecuencia aumentó las desigualdades salariales". Por otro lado, "la crisis no ha tenido las mismas consecuencias para las mujeres que para los hombres. Son ellas quienes más sufren los efectos adversos", advierte el organismo, y muestra que "la masa salarial perdida a consecuencia de la caída de las horas de trabajo fue del 6,9 por ciento en el caso de las mujeres, frente al 4,7 por ciento en el de los hombres".

Sostén estatal y reducción voluntaria

"Para una selección de 10 países europeos los subsidios al salario permitieron compensar el 40 por ciento de la pérdida de masa salarial, incluido el 51 por ciento de la pérdida de masa salarial provocada por la reducción de las horas de trabajo", dice la OIT.

Muchos gobiernos definieron que la ayuda sea una porción del salario mínimo, como los casos de Croacia y Letonia (75 por ciento del salario mínimo) y Polonia (del 50 al 90 por ciento). En el caso de la Argentina, el salario mínimo se estableció como un techo, al definir un tope de dos veces ese monto, mientras que en Luxemburgo se puso ese máximo en 4,5 veces.

Una de las particularidades que tuvo el comienzo de la crisis de la pandemia es que el cierre violento de la oferta global de la economía amenazó con la quiebra masiva de empresas, con lo cual se negociaron en muchos rubros en países de todo el mundo reducciones temporarias de manera voluntaria en los salarios. El informe de la OIT muestra que el 35 por ciento de los trabajadores de los Estados Unidos, 30 por ciento del Reino Unido y 20 por ciento de Alemania cobraron menos en marzo que en febrero y enero de este año. 

La OIT destaca en este punto el caso de la Argentina "en donde el gobierno prohibió los despidos sin causa a través de acuerdo que incluyó el recorte del 25 por ciento de los salarios por sesenta días en los sectores bajo confinamiento". También menciona el caso de Chile, en donde "la proporción de empresas que llegaron a acuerdos de reducción temporaria de salarios pasó del 6,6 por ciento en abril al 8,4 por ciento en julio y hasta el 15 por ciento en algunos rubros". También se detalla medidas similares aplicadas en Paraguay, Uruguay, Etiopía, India y Burkina Faso.

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Un vendedor atiende a los clientes de un mercado en Caracas, Venezuela.Leonardo Fernández / Getty Images

El alza de los precios, contenida durante la pandemia, se acelera por la reapertura comercial y los gastos del Gobierno en las ayudas de fin de año

En Venezuela se necesita más de un millón de bolívares para comprar un dólar. Y es la segunda vez en los últimos dos años. La hiperinflación terminó de devorar a la divisa local y el incendio en la precaria economía venezolana sigue activo. El preocupante indicador se sitúa entre las crisis inflacionarias más duraderas de la historia económica moderna, solo superada en la región por la que vivió Nicaragua entre 1986 y 1991. En noviembre se cumplieron tres años desde que el país petrolero comenzó a registrar, mes a mes, tasas de más del 50% de inflación que han traído detrás un catastrófico aumento de la pobreza.

Después de algunos meses de aparente desaceleración del alza de precios por la reducción del consumo, durante el confinamiento decretado por la pandemia de coronavirus, la inflación vuelve a tomar fuerza por la presión del gasto para el pago de bonificaciones especiales que el Gobierno de Nicolás Maduro suele ingresar a finales de año y de la campaña electoral para las cuestionadas elecciones parlamentarias de este domingo, en las que el chavismo se dispone a recuperar el control de la Asamblea Nacional. El indicador volvió a desbocarse en noviembre.

“El Gobierno se quedó sin ingresos, porque la industria petrolera está destruida, porque no está recaudando impuestos y no tiene acceso a los mercados internacionales. Cualquier iniciativa que tenga, tendrá que financiarla con dinero del Banco Central de Venezuela. No tiene fuentes legítimas de financiamiento y lo que le queda es emitir esa cantidad de dinero”, explica el economista Omar Zambrano de la firma Anova.

Ese rebote del alza de los precios se siente en la calle, donde la flexibilización de la cuarentena que ordenó Maduro por las fiestas navideñas no ha generado un aumento significativo del consumo. En la última semana de noviembre, el precio de los alimentos subió casi un 40%, según las mediciones de Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional. Con un salario mínimo mensual —que se aumentó al triple el mes pasado, hasta poco más de un dólar— solo se compra un kilo de arroz.

La subida vertiginosa del dólar es justo el quebradero de cabeza diario de los venezolanos, sobre todo de aquellos —una enorme mayoría— que percibe el salario en bolívares y tiene dificultad para acceder a la divisa estadounidense, cuya circulación no es oficial y no está pactada con Washington. Álvaro Muñoz es ingeniero informático y profesor universitario. A diario registra la depreciación de sus ingresos como docente con doctorados en el escalafón más alto de una universidad pública. Tiene claros los inmanejables ceros que lleva detrás el bolívar, con dos reconversiones en veinte años: la de Hugo Chávez en 2008, que quitó tres ceros a la moneda, y la de Maduro en agosto de 2018, en la que se restaron otros cinco. En las conversaciones cotidianas este diciembre se escucha a muchos decir que, en realidad, un dólar equivale a 100 billones de bolívares, con sus 14 ceros, si se le suman los ocho que se le han quitado en esas dos grandes devaluaciones. La abismal expresión numérica evidencia cuánto se ha empobrecido un país que a finales de los setenta fue una de las naciones más ricas de América Latina.

“Un profesor titular de dedicación exclusiva, del más alto nivel, gana 7,5 dólares mensuales. El sueldo de un docente que recién inicia su carrera es de cuatro dólares. De ayer para hoy el sueldo se me devaluó un 14% por el salto del dólar”, contaba hace unos días Muñoz. En tres años, la hiperinflación no solo ha rebanado su salario, también le hizo abandonar un segundo doctorado en España porque no podía seguir pagando la matrícula. El profesor, de 54 años, sobrevive en Barquisimeto, en el occidente del país, junto con su madre con las ayudas de una hermana que envía remesas desde Chile y la cosecha que le comparte otro hermano agricultor. “El sueldo no me alcanza para pagar el servicio de Internet. La última vez que compré zapatos fue hace cuatro años”. En noviembre de 2017, cuando la Asamblea Nacional señaló que el país había entrado en esta situación, su remuneración mensual equivalía a 62 dólares. En 2018 se redujo a 46 dólares, el año pasado eran solo 20 dólares y este 2020 no llega a 10.

La caída del poder adquisitivo de la moneda ha conllevado a otra pérdida aún más dramática: la del valor del trabajo y de la profesión. En términos prácticos, Muñoz lo explica así: una persona que hace delivery en bicicleta gana tres dólares por entrega, que es lo que un profesor puede conseguir en un mes. Para Zambrano el país inició una transición económica sin cambio político. “Se tomó la decisión política de dejar que la economía se reduzca a su mínima expresión, sin motores de producción, donde se ven ciertos movimientos y transacciones para vender productos finales que se importan directamente de un Costco [una gran superficie] hasta Caracas. Esa es una economía que deja muy poco al país y es solo la fracción de lo que fue”.

El economista señala que de ser un país petrolero el tamaño de la economía venezolana se parece más al de una isla del Caribe o un país centroamericano como Honduras. “Esto va a seguir sometiendo a gran parte de la población a condiciones socioeconómicas adversas y va seguir expulsando a la gente, porque no hay cama para tanta gente, no hay capacidad de absorber la masa laboral del país”.

Al cierre de 2020, Venezuela tendrá una economía un 67,6% menor a la de 1999, según cálculos de la firma Ecoanalítica, una inflación del 6.500% y una tasa de desempleo del 54%, de acuerdo con las proyecciones de octubre del Fondo Monetario Internacional. Las ganancias del boom petrolero que hubo entre 2006 y 2012 se disolvieron totalmente a partir de la recesión que se vive desde 2013, cuando Maduro llegó al poder tras la muerte de Chávez y las crisis política y económica pisaron el acelerador.

¿Dolarización?

Hace unas semanas, la agencia Bloomberg reveló que el Gobierno estaba evaluando con un grupo de bancos privados la posibilidad de formalizar la dolarización que existe de facto, impulsada por la hiperinflación que lleva a la gente a deshacerse del bolívar. Hoy, los billetes de bolívares solo circulan en los autobuses del transporte público. El dólar es la moneda corriente en la Venezuela de 2020, luego de pasar 15 años con un férreo control cambiario durante el cual estaba prohibido comprar divisas. “La dolarización que hay ahora es incipiente y está limitada a ciertos círculos. Pero no hay un sistema financiero en dólares, ni contratos en dólares. Eso limita la capacidad que pudiera tener de hacer crecer la economía y frenar la hiperinflación del bolívar”, apunta Zambrano.

Cuando el episodio hiperinflacionario comenzó, los economistas estaban divididos sobre la dolarización como una vía de escape. Ahora, después de no haber hecho nada para contener la depreciación de la moneda venezolana, parece no haber otra opción. “El repudio al bolívar es total”, dice Zambrano. Implementarla, sin embargo, es un proceso cuesta arriba para un Gobierno prácticamente quebrado, sin fuente de ingresos en dólares y que tiene una enorme carga de empleados públicos y jubilados —una abultada nómina que aún con la migración forzada podría rondar los cinco millones de personas— a los que habría que llevar sus remuneraciones a dólares.

Esto permitiría reducir la brecha social que se ha creado entre quienes perciben ingresos en dólares y quienes no, lo que han exigido diversos gremios en protestas durante los últimos meses, pero que luce inviable para la economía de Maduro. Como parte del dramático sistema de distorsiones y controles que han llevado al foso al país, en los últimos días el Gobierno también ha dado señales contradictorias sobre el avance hacia una dolarización y un viraje hacia más libertades económicas, anunciando un nuevo impuesto a las transacciones en divisas, en un intento desesperado de resucitar el bolívar.

 

Caracas - 02 Dec 2020 - 18:07 COT

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Lunes, 23 Noviembre 2020 05:30

Esclerosis social

Esclerosis social

Los procesos económicos son esencialmente inestables. Este rasgo se asocia en cada época con las condiciones materiales, tecnológicas y sociales que determinan la producción, definen el modo de trabajo, el tipo de consumo y las necesidades de inversión para sostener la capacidad de subsistencia, o sea, reproducir a la sociedad.

En el capitalismo, la inestabilidad se agrava por la naturaleza propia del dinero y las cambiantes modalidades del financiamiento, esta última condición se ha vuelto más notoria con el desarrollo de los mercados financieros, con instrumentos y facilidades tecnológicas más sofisticados. Es una economía de endeudamiento creciente.

Tanto los precios relativos de los bienes y servicios, especialmente el trabajo, como el nivel de la actividad económica fluctúan, en ocasiones de manera notable, derivando en crisis económicas y forzando la intervención del gobierno mediante la política fiscal y monetaria para contener la inflación o deflación y las presiones recesivas en la producción y el empleo.

Debajo de estas manifestaciones en el ámbito de los mercados, subyacen corrientes con efectos sociales significativos. No se puede confundir la salud económica con las cotizaciones de los mercados financieros: acciones, bonos privados, deuda pública, tipos de cambio y el oro. Hay un substrato social que se desenvuelve de modo permanente y que puede, ciertamente, ir a contracorriente de los indicadores convencionales usados por los ministerios de Hacienda y, sobre todo, por el discurso político.

Una muestra actual de este fenómeno es la pugna abierta en Estados Unidos entre el Tesoro y la Reserva Federal con respecto de la continuación de los mecanismos financieros de apoyo a la economía asociado con las repercusiones de la pandemia en la producción y el empleo. El Tesoro quiere limitar esas ayudas bajo el argumento de que la economía está en una situación sólida, como muestran los indicadores de Wall Street. Los intereses políticos de una elección perdida están sobre la mesa.

La estructura del capitalismo global estaba en franca recomposición antes de que estallara la pandemia. Los indicios eran apreciables, se gestaba un cambio en lo que solía llamarse como el régimen de acumulación conformado a partir de la década de 1980. La etapa de la así llamada Gran Moderación en los precios y la estabilidad macroeconómica habría acabado con la gran crisis de 2008. Desde entonces prevalecen las bajas tasas de interés, con menores grados de libertad en materia monetaria y una expansión enorme de la deuda pública.

Aquel régimen se sostuvo en las políticas destinadas a controlar la inflación de la década anterior y administrar el proceso de globalización con China como un actor principal. El entorno cambió hacia una baja inflación y un creciente nivel de endeudamiento, y es precisamente lo que estaría cambiando ya.

Tal es la tesis que sostienen Goodhart y Pradhan en su libro El gran giro demográfico (ver la nota de Martin Wolf en el Financial Times, 17/11/2020). Lo que prefiguran en un escenario de mayor inflación y una cambiante relación del lugar del trabajo.

En ese largo periodo de moderación se abrió China, colapsó la Unión Soviética, se creó la Organización Mundial de Comercio, se fortalecieron la integración y los bloques económicos, se profundizaron las corrientes de capitales, creció sustancialmente la oferta global de trabajadores en una estructura demográfica en la que aun había una gran población joven –aunque con tasas decrecientes de natalidad– y con ello el producto per cápita.

Un efecto de este proceso fue debilitar el poder de negociación del trabajo, elevar la participación de las ganancias en el producto y aumentar el grado la concentración del ingreso. Una de las consecuencias es lo que se conoce como un exceso de ahorro que afecta adversamente los patrones de consumo y de inversión.

Hoy, la estructura demográfica muestra una mayor población de jubilados en los países desarrollados y en China también. La población en edad de trabajar se ajusta a la baja, lo que repercute en las cotizaciones a los fondos de retiro y la seguridad social y ejerce una mayor presión sobre los recursos fiscales de los gobiernos.

Una conclusión del estudio es que la baja de la fuerza laboral disponible elevaría el poder de mercado del trabajo. Las condiciones generales serían así propicias para crear mayores presiones inflacionarias y, con ellas, una recomposición en los patrones de asignación de los recursos para la inversión. El régimen de acumulación tendería a recomponerse. Esa tendencia apunta a la reciente creación de la Asociación Económica Integral Regional con liderazgo chino.

Hay un componente especulativo en el tratamiento de los temas del estudio que aquí se comenta. No podría ser de otra manera en un escenario tan incierto como el que predomina. Lo interesante de la tesis, es que abre un espacio de discusión en el terreno económico y político en un entorno de democracia más endeble, de renovadas exigencias sociales en un entorno crecientemente conflictivo y cuando las condiciones de la reproducción del sistema económico y social y la dinámica de los mercados financieros muestran signos de esclerosis.

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Jessica Bruder, autora de 'País Nómada'. Foto: Todd Gray

Decenas de miles de trabajadores estaounidenses se han lanzado a la vida en la carretera. Utilizan vehículos para alternar trabajos estacionales y han formado sus propios códigos. La periodista Jessica Bruder los siguió durante tres años para presentar un ensayo periodístico.

 

“No he dormido”, justifica Jessica Bruder para no conectar la cámara durante la entrevista. No es para menos, es 4 de noviembre y Estados Unidos sigue sin tener claro quién será el próximo presidente. De hecho, hoy es 15 de noviembre y aunque la victoria de Joe Biden ha sido clara, la transición presidencial no está tan clara como parece. “Nuestros nervios están disparados”, continúa Bruder “esperábamos que Biden ganase de manera aplastante. Sigo creyendo, sigo siendo optimista, en que va a ganar, pero el solo hecho de que Trump esté tan cerca es aterrador, es terrible para el futuro del país”.

Pero la llamada no es para discutir sobre las elecciones estadounidenses, sino para hablar de País Nómada (Capitán Swing, 2019) un ensayo periodístico sobre las vidas de un puñado de trabajadores que viven en la carretera, en furgonetas, autocaravanas y otros vehículos adaptados. El ensayo ha dado lugar a una película Nomadland, sin estrenar en España, que ganó el León de Oro del último festival de Venecia.

Esa vida nómada ha dado lugar a una subcultura pero, antes que eso, a un ejército laboral de temporeros formado mayoritariamente por personas mayores —muchas de ellas sobrepasan los 70 años— que migra en busca de currillos estacionales y aspira a no pasar demasiado frío en invierno y mantener unos ahorros para sus gastos imprevistos. Son, en gran medida, víctimas del colapso de la clase media en Estados Unidos que decidieron salirse por la tangente y eliminar el principal gasto que marcaba sus vidas: los derivados de un mercado de la vivienda averiado para las mayorías. 

“Me pregunto si a la gente le habría llamado la atención en un libro como País Nómada si no hubiera sido por Trump y no se hubieran sentidos concernidos por los marginados, los desfavorecidos que hay en América”, valora Bruder. Pero el libro en su totalidad fue escrito durante la administración de Barack Obama, porque, como reconoce, los problemas que estaba siguiendo son muy profundos y sistémicos: “Cuando observas la desigualdad arraigada, los salarios planos y el creciente ritmo de crecimiento de los alquileres, te das cuenta que son problemas que estaban ahí hace mucho tiempo, que ya forman parte de la historia de Estados Unidos. No es que hayan comenzado con Trump, creo que antes de él ya teníamos mucho trabajo que hacer como sociedad. En primer lugar, para construir una economía que sirva a la sociedad antes que un mercado que tiene a la sociedad como un apéndice”.

¿De verdad había mucha diferencia, para gente como la que has seguido en País Nómada, entre que ganase Trump o que ganase Biden las elecciones del 3 de noviembre? 


Bueno, sí me preocupa que Trump encuentre formas de atacar la Seguridad Social y el Medicare, así como muchos de los programas depauperados de la Seguridad Social que todavía tenemos. En la carretera, mucha de la gente que encontré no tenía ni siquiera la oportunidad de votar. Además, este año todo es distinto con el covid. El hecho es que, como son nómadas, tienen que tener direcciones postales falsas. Es muy probable también que, cuando se abrieron las urnas, ellos no estaban en el Estado en el que estaban registrados para votar. Así que muchos, pase lo que pase, están marginados de ese proceso.

Da la sensación de que son personas que viven al margen también de la dicotomía entre dos países que ha marcado estas elecciones.


Desde un punto de vista más general, cuando yo estaba en el camino, el país ya estaba dividido. Pero no de la manera en lo que está ahora. Entre la gente a la que seguí en ese viaje, conocí a algunos que no votaban, otras que iban a votar por Hillary Clinton y algunos otros más “libertarios”. Ha habido quien ha querido hacer un mapa que explicase que la subcultura nómada que he seguido la forman los blancos enfadados que están con Trump... No es algo que encaje completamente. En la carretera encontré a gente con todo tipo de experiencias. Pero, independientemente de eso, sí que pienso que lo que ha hecho la Administración Trump no ha sido positivo para ellos. Por ejemplo, ha aumentado la diferencia entre lo que cobra un CEO respecto a la paga de un trabajador. Si ves la desigualdad salarial en América, cuando yo estaba escribiendo el libro, era de 270 a uno. El año pasado, los CEO ganaron 320 veces más que el trabajador medio. Antes, en 1965, la diferencia era 21 a uno. Este es uno de los grandes problemas de Estados Unidos, es una nación muy rica pero la forma en que esa riqueza se distribuye es problemática. Hace que la movilidad social sea imposible. Es una amenaza real a nuestra democracia. 

Las personas que aparecen en País Nómada no cumplen el estereotipo de lo que de forma despectiva se llaman los “red necks”, son, de hecho náufragos del colapso de las clases medias a las que haces referencia.


Sí, son gente que lidia con toneladas de inestabilidad. Creo que es psicológicamente tranquilizador para la gente agrupar a estos nómadas en categorías: “son todos derechistas” o “son hijos del rust belt” o “son gente que se arruinó”. Y de nuevo, tengo que insistir en que no conocí a todas las personas que se lanzan a la carretera. Estuve trabajando en ello, viajando con este grupo de gente durante tres años. Mi experiencia no es la de una socióloga o una estadística, aunque sí pude ver que había múltiples procedencias y circunstancias. Creo que, en una cultura como la nuestra, especialmente en una época de miedos, es fácil para nosotros mirar a grupos de gente que no comprendemos y convertirlos en otros, en una especie de “sombra” u opuesto a lo que somos nosotros mismos. Una lección para mí es que esta gente puede ser cualquiera. Racialmente, étnicamente, no hay tanta diversidad, pero en términos de estatus socieconómico y nivel formativo hay mucha diversidad. 

Son historias de crisis personales y de un sistema en crisis, pero también hay un canto a la alegría de vivir y la resiliencia.

Creo que es gente que está muy acostumbrada a sentirse machacada por el sistema. De nuevo, por los sueldos bajos, los alquileres altos, la ansiedad constante acerca de si serán capaces de seguir viviendo “una vida normal”. De forma que, cuando encuentran una manera de dar un paso al costado de ese día a día, encuentran un sentimiento de liberación. Pero las cosas van bien hasta que dejan de ir bien, porque si tú estás viviendo en una furgoneta, y ese es tu hogar, y no tienes ahorros, estás a una rotura de motor de llegar a la “ciudad del sinhogarismo”. Así que sí, puedes tomártelo como la libertad de la que hablaba Janis Joplin en esa vieja canción “Libertad es solo otra forma de decir nada que perder”. Pienso en George Orwell escribiendo en París y Londres y me doy cuenta de que cuando has abandonado o has sido expulsado de la sociedad de masas, la vida sigue sucediendo. Quizá se esperaba que la gente con la que me he encontrado iba a pasarse la vida quejándose o presentándose como víctimas, pero todos necesitamos despertarnos cada mañana y seguir haciendo lo que hacemos. Son los protagonistas de su historia. Así que fue bastante sorprendente ver cómo estaban tratando de sacar el máximo provecho de lo que tienen, aunque para muchos de nosotros lo que tienen no sea suficiente. También fue importante encontrar una especie de “comunidad” que empuja contra el tipo de alienación que domina nuestra cultura. Porque pienso que, de una manera extraña, dejar de lado la cultura de la productividad, de las “metas”, del individualismo, aporta cierto alivio. Por supuesto, viene con un montón de inconvenientes, pero esos vínculos, el sentimiento de compartir, de compañerismo… es algo de lo que la cultura mainstream debería aprender.

País Nómada me recordó a una obra de Barbara Ehrenreich.
Por cuatro duros. Es increíble. Ella es increíble. Hay otra autora, Rebbeca Solnit, que me gusta mucho, que escribió Un paraíso construido en el infierno, que podría haber mencionado en mi libro. Solnit sostiene que hay una serie de micro-utopías que crecen rápidamente en torno a los desastres. Sucede cuando se producen terremotos que la gente se une, se encuentra. Lo vi en Nueva York como alguien que vivía en el centro de la ciudad durante el 11 de septiembre de 2001. En las semanas y los meses después de aquello, la gente se trataba mejor entre sí, y con el mayor espíritu de comunidad que nunca he visto en Nueva York. Es una paradoja horrible que esta respuesta conjunta se dé en circunstancias así. La pregunta sería cómo podemos aprender a hacerlo sin ese dolor.

País Nómada también me remitió a una obra de los años 30 del siglo XX, Boxcar Bertha, de Ben Reitman. ¿Crees que hay similitudes entre la historia de esa subcultura, la larga tradición de viajes en tren, con sus códigos, sus consejos y sus narrativas?


Sí, definitivamente hay paralelismos. El libro está dedicado a un amigo mío, Dale Maharidge. Su primer ensayo se llama Journey to nowhere (“Viaje a ninguna parte”). En los 80, se subió a trenes de carga con gente desposeída, que buscaba trabajos. Fue muy interesante hablar con él mientras llevaba a cabo este proyecto. Porque, en aquella época, a quien se encontró mayoritariamente fueron hombres, y en la actualidad ves a multitud de hombres y mujeres. Es un fenómeno interesante. Hay cosas que permanecen aunque hayan cambiado, como el hecho de que estas personas se dejaban mensajes unas a otras en forma de jeroglíficos para saber dónde pueden ir, qué sitios son seguros, etc. En la actualidad, utilizan la web para dejarse esos mensajes y consejos: qué Walmart es seguro para llevar la furgoneta, cuál no lo es. Hay un sentimiento de camaradería compartido en afrontar la adversidad juntos. El hecho de que la economía los excluye, y el hecho de que la sociedad de masas los mira por encima del hombro y los contempla como inadaptados, los hace cohesionarse como una subcultura.

¿Sigue aumentando el número de personas en esta situación?


Una de las cosas que más me preocupan en este momento es la situación con el covid. Y el hecho de que mucha gente ha perdido su trabajo. Cuando comience el año, vamos a ver una oleada de gente expulsada de sus casas, es cuando expira la moratoria de la mayoría de desahucios. Y vamos a ver esta situación terrible: hay tantísimas casas vacías y tantísima gente que ha sido desplazada que muchos de los nómadas que aparecen en el libro —incluidos los del Rubber Tramp Rendezvous— están posteando vídeos explicando cómo la gente puede vivir en un vehículo si es desahuciada. La cuestión es, cuando tienes cierta cantidad de personas viviendo en la carretera, pueden hacerlo de manera encubierta, pero cuando tienes masas y masas de gente viviendo así, en un país en el que muchas ciudades legislan para hacer ilegal dormir en un vehículo, tienes un problema importante. Y creo que es terrorífico. También está el simple hecho de saber que muy pronto va a haber mucha, mucha gente, ahí fuera, y cómo eso va a influir en la gente que ya está viviendo así.

Una de las cuestiones que explican el fenómeno que describes es el enorme beneficio que una compañía como Amazon obtiene de estos trabajadores itinerantes. ¿Hay alguna manera de hacerlos responsables de esta situación de precariedad?


La gente me pregunta, ¿por qué no se sindican, porque no funcionan en equipo? Básicamente porque están en tránsito y se quedan poco tiempo en los sitios. No tienes el tipo de solidaridad y de organización a largo plazo que te permitiría obtener derechos de un empleador como Amazon. Creo, sin embargo, que hay cosas importantes pasando en este momento en torno a Amazon. El pasado año saqué una historia, que fue portada de Wired, sobre la comunidad somalí y del África occidental en Minneapolis. Fueron de los primeros en organizarse y sentar a Amazon a una mesa para negociar con los trabajadores. Ahora, hay un grupo llamado Athena que es una organización enorme tratando de poner a esa compañía bajo control. En el caso de los nómadas es complicado estar a la cabeza de estos movimientos. Muchos de ellos son tan precarios que, tristemente, están agradecidos por el trabajo, incluso aunque se les explote. Pero esta gente que vive a tiempo completo en comunidades más tradicionales, han llegado a un punto de decir “basta ya”. No creo que vayamos a ver ese movimiento social partir de los nómadas. Es muy interesante que esté viniendo de esas comunidades procedentes de África occidental, en cuanto conservan lazos culturales muy fuertes. Si alguien viene a Estados Unidos desde Somalia hay muchas oportunidades de que hayan pasado por la guerra civil o situaciones extremas. Son comunidades fuertes, que están preparadas para unirse contra la adversidad, precisamente por esas experiencias anteriores.

Por Pablo Elorduy

@pelorduy

15 nov 2020 06:53

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El crecimiento del PIB de EE UU bate récords en el tercer trimestre

La economía estadounidense crece un 7,4% entre julio y septiembre pero las dudas sobre el curso de la pandemia empañan el optimismo

 

La economía de Estados Unidos creció a un nivel sin precedentes en el tercer trimestre, con un aumento del 7,4% del PIB ―equivalente a un ritmo anualizado del 33,1%―, según ha anunciado este jueves el Departamento de Comercio. El alza se produce después de enormes pérdidas durante el segundo trimestre, cuando el PIB colapsó tras los confinamientos masivos durante la primera ola del covid-19 y cayó un 9%, la mayor caída desde que empezaron los registros en 1947. El PIB estadounidense sigue un 3,5% por debajo del nivel precrisis. El dato de crecimiento conocido a solo cinco días de las elecciones promete arrancar distintas lecturas políticas. Ya este martes, el presidente Donald Trump había prometido en Twitter “un gran PIB”, reforzando así su imagen de candidato más capaz de gestionar la economía.

Aunque el dato concreto resulte positivo, la economía de Estados Unidos se halla sumida en el agujero negro de la pandemia, que puso fin al mayor ciclo expansivo en la historia del país y lo abocó a la recesión. Los pronósticos de los analistas se cumplieron, pues apuntaban que el dato de crecimiento superaría el 7%, más del doble que cualquier tasa de crecimiento trimestral desde la Segunda Guerra Mundial. Pero la realidad es que la economía sigue ralentizándose, mientras la crisis sanitaria arroja muchas más sombras que certezas sobre el ritmo de la recuperación, como demuestran el desplome de Wall Street este miércoles por miedo a la espiral de la pandemia y la falta de acuerdo político entre la Casa Blanca y el Congreso para sacar adelante un nuevo plan de estímulos.

Es cierto que la economía estadounidense empezó a recuperarse del cierre de la actividad derivado del confinamiento en los meses de verano, pero los expertos recuerdan que la producción seguiría estando más de un 4% por debajo del nivel de finales de 2019, que es más del mínimo registrado en el pico anterior de la Gran Recesión. Por eso avisan de que un crecimiento rápido en el tercer trimestre no implica que la economía atraviese una fase de pujanza, ya que este periodo mide el nivel de producción de julio a septiembre comparado con la media de abril a junio, y el nivel en abril y mayo estableció una base de referencia tan baja que cualquier aumento, aun mínimo, habría servido para generar un buen dato. Para recuperar el nivel de crecimiento anterior a la pandemia, el PIB debería crecer aún con más fuerza, según los expertos.

“La cifra será histórica sin duda, pero, salvo para la propaganda política, estará por completo desprovista de sentido, pues no nos dirá gran cosa sobre lo que nos espera”, abundaba este miércoles en declaraciones a la agencia France Presse el economista Joel Naroff. El récord anterior de crecimiento trimestral fue del 16,7% en el primero de 1950.

Este jueves, el Departamento de Trabajo ha publicado las cifras relativas a las solicitudes de subsidio de desempleo, que cayeron por segunda semana consecutiva a 751.000, por debajo de lo previsto por los analistas. Aunque el número de solicitantes de ayuda ha bajado del máximo de 6,8 millones registrado en marzo, se halla por encima del pico experimentado en el peor periodo de la gran recesión de 2007-2009, cuando 665.000 estadounidenses se apuntaron al paro.

Sojuzgada por el impacto de la pandemia, la economía de EEUU, que cayó en recesión en la primera mitad del año, aún necesita ventilación mecánica, especialmente si empeoran los datos de contagio y hospitalizaciones por covid-19, sin control en el Medio Oeste del país. Signos claros -por ejemplo, un parón en la venta de casas nuevas desde el verano- apuntan a una desaceleración de la actividad económica este trimestre, y el mismo curso de la enfermedad no permite descartar la posibilidad de un segundo confinamiento y de una recesión aún más profunda.

A finales de marzo, el Gobierno de EE UU logró sacar adelante un plan de rescate de 2,2 billones de dólares, el mayor plan de estímulos económicos lanzado por un país en la historia. El programa, denominado Cares (las siglas en inglés de Ayuda, Alivio y Seguridad económica ante el coronavirus), incluía una partida de 250.000 millones en cheques directos a los ciudadanos con sueldos de hasta 75.000 dólares. En abril, se añadieron otros 484.000 millones de dólares (unos 450.000 millones de euros) para ayudar a los hospitales y a las pequeñas y medianas empresas. En total, Washington ha movilizado casi tres billones de dólares en ayudas a familias y empresas, si bien las ayudas del plan Cares concluyeron en mayo, arrojando a ocho millones de estadounidenses a la pobreza, según un estudio de la Universidad de Columbia.

Por MARÍA ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO

Nueva York - 29 OCT 2020 - 08:38 COT

Publicado enEconomía
Domingo, 11 Octubre 2020 05:13

Trump, presidente de los obreros

Donald Trump y Mike Pence han visitado varias veces la planta que Shell está construyendo en Monaca, en el condado de Beaver (Pensilvania). En agosto del 2019 habló ante 5.000 trabajadores ligados a las obras. La prensa local reveló que algunos empleados asistieron obligados para poder cobrar ese día. (Jeff Swensen / Getty)

La batalla de los demócratas por recuperar la Casa Blanca choca con una incómoda realidad: la clase trabajadora idolatra al presidente

Primera parada de la ruta en los estados clave en las elecciones presidenciales de EE.UU.

Beatriz Navarro, Beaver, Pensilvania

11/10/2020 01:53 | Actualizado a 11/10/2020 10:36

El cinturón del óxido parece menos roñoso al oeste de Pittsburgh (Pensilvania). La actividad es frenética en los alrededores de la nueva planta que la petroquímica Shell está construyendo en el condado de Beaver, a orillas del río Ohio.

Alimentada por el gas natural obtenido a pocos kilómetros gracias a la técnica del fracking , en un año debería estar produciendo millones de toneladas de pellets de plástico para fabricar botellines, móviles o coches. “La inversión nos ha puesto en el mapa”, celebra Lew Villotti, presidente del consejo económico del condado. “A los que me preguntan por la contaminación siempre les digo lo mismo: ¿qué había antes ahí? Una fundición de zinc y laderas con árboles muertos. Es lo que recuerda la gente de aquí. La mayoría no lo ve como un problema”.

El plástico, dicen, puede ser el nuevo carbón para los Apalaches. “El renacimiento energético de América ha llegado a Pensilvania”, proclamaDonald Trumpen sus frecuentes visitas a la zona, en las que se arroga el mérito de la inversión, aunque se decidió antes de su elección. Otros dicen que no es más que un espejismo. Aunque las obras emplean a 6.000 personas y están dejando mucho dinero a los gremios locales, cuando la planta esté acabada no dará trabajo a más de mil. Las autoridades locales aseguran que la presencia de Shell será un imán para otras compañías.

Los 6.000 millones de dólares invertidos han sido un auténtico maná para esta deprimida región al oeste de Pittsburgh. Por primera vez en décadas, en el 2016 Pensilvania dio la espalda a los demócratas para apoyar a Trump. En este condado, el terremoto fue devastador: 19 puntos a favor del republicano, a pesar de que más de la mitad de los votantes están registrados como demócratas. Aunque hay más carteles de apoyo a Joe Biden que hace cuatro años por Hillary Clinton y en las ciudades compiten bien con los republicanos, los de Trump arrasan. La demografía local le es propicia: el 92% de sus habitantes son blancos y el 76% de los trabajadores no tiene estudios universitarios.

En amplias regiones de Pensilvania y el Medio Oeste, el presidente sigue siendo el improbable ídolo de la clase obrera. Pero este año, para ganar, no solo necesita mantener esos votos –y los de la América rural, a la que sacó por sorpresa de su letargo– sino conseguir bastantes más. Solo así podrá contrarrestar la potente ola demócrata que recorre las zonas urbanas y amenaza con convertirle en una rareza, un presidente de un solo mandato.

Trump volverá a contar con el voto de Robert, un obrero jubilado que siempre antes respaldó a los demócratas. “Es lo que votaba todo el mundo en mi familia. Ahora casi todos vamos con Trump. Yo me cambié porque me gustó lo que proponía”, afirma señalando la bandera con el lema Make America Great Again que tiene en el porchede su casa en Ambridge, una ciudad que lleva su origen grabado en el nombre (la acerería American Bridge).

 “Es un bocazas pero no me importa. Dice lo que piensa y, te guste o no, siempre sabes dónde está. No es una marioneta. Dijo lo que iba a hacer y básicamente lo ha hecho”, sostiene este antiguo montador de bombas y compresores citando lo bien que iba la economía hasta que llegó la pandemia. “Ha apoyado mucho a los trabajadores y a la gente con fondos de jubilación”. Ni se plantea votar a Joe Biden. “No creo que pueda hacer todo lo que está haciendo Trump por los trabajadores. ¿Que es de Pensilvania? Pero si no vivió aquí más que unos meses...”. (Biden vivió allí hasta los 11 años).

“No es un político. Le voté porque era diferente y no era parte del sistema. Los dos partidos son unos mentirosos. Necesitábamos a alguien nuevo. Voté por Barack Obama en el 2008 y en su primer mandato no hizo nada más que darnos un seguro médico universal que yo no quiero. Quien trabaja tiene seguro, así debe ser”, afirma Chuck, un obrero de la construcción jubilado de 61 años en Monroe (Michigan). “Necesitamos un presidente fuerte y no creo que Biden lo sea”.

En noviembre, Cody Campbell, un joven de Battle Creek (Michigan) de 23 años, votará por primera vez y lo hará por Trump. Le gusta que haya sido empresario. “Es un hombre de negocios, un millonario. No sé cómo explicarlo bien, pero creo que está del lado de los trabajadores y me gusta. La mayoría de los presidentes no lo está. Él se preocupa por nosotros”, dice Campbell, propietario de un taller de motos.

Eso que a este votante le cuesta explicar es un movimiento de tierras que politólogos y analistas definen como “el gran realineamiento de los partidos políticos estadounidenses”. “Nos encontramos en un proceso de transformación a diez años vista. La gente que hoy pone carteles de Trump en sus casas solía trabajar en minas o fábricas y nunca antes había votado a un republicano. Y la gente del Duquesne Club, fundado por magnates del acero e industrialistas, ya son en su mayoría demócratas”, afirma el estratega republicano Mike DeVanney en sus oficinas en Pittsburgh.

El fenómeno va más allá de la figura del presidente. “Donald Trump no hay más que uno” pero “no creo que se pueda volver a meter al genio en la lámpara. El Partido Republicano, antes gran defensor del libre comercio, lleva 20 años haciéndose más proteccionista y conservador socialmente, mientras que el demócrata ahora es más atractivo para la gente con más ingresos y educación”, sostiene DeVanney.

Pero mientras Hillary Clinton, que llamó “deplorables” a los votantes de Trump, se confió y solo hizo campaña en las grandes ciudades de Pensilvania, “Biden es consciente de que debe ir a las zonas rurales y tiene un perfil con el que puede ir un poco más allá de su base”. Para eso le eligieron los demócratas. Según las encuestas va 10 puntos por delante de Trump en intención de voto en Pensilvania, pero nadie se fía.

Los republicanos saben que tienen el viento en contra, pero confían en que ocurra lo mismo que en el 2016. “Salió gente a votar que no había votado nunca o no lo había hecho en años. Gente que había tirado la toalla con los políticos porque pensaba que nadie se preocupaba por ellos. Trump fue el primero en tocar esa fibra. Los anteriores gobiernos nos habían vendido firmando malos acuerdos comerciales”, afirma Sam DeMarco, presidente del Partido Republicano del condado de Allegheny, donde se encuentra Pittsburgh.

Con 1,2 millones de habitantes, es el segundo mayor condado del estado después de Filadelfia. Tiene 250.000 votantes republicanos registrados, pero en el 2016 cosechó 367.000 votos para Trump. “Mi trabajo es educar a la gente en los logros del presidente antes de la pandemia. Puedo defender al presidente por lo que ha hecho. Hay gente que me dice que le gustan sus tuits o cómo habla. Yo les digo que lo que importan sus políticas”, afirma.

Pero contra Clinton se hacía campaña mejor. “Era una figura muy polarizadora, nada simpática. Biden cae bien y te tomarías una cerveza con él. Pero no es alguien a quien se tome en serio”, opina DeMarco. Movilizar al máximo ciudades y suburbs a la vez que arañan votos a Trump entre los obreros blancos es la única forma que tienen los demócratas de llevarse los 20 votos del colegio electoral de Pensilvania. Lo mismo en el Medio Oeste .

El ambiente de estas elecciones “no tiene nada que ver con el 2016”, asegura Terri Mitko, presidenta del Partido Demócrata del condado de Beaver. Pero no todos los votantes se convencen por sí mismos y lo que le gustaría es ver a Biden sobre el terreno. “No será porque no lo hayamos pedido”, dice sin ocultar su fastidio, aunque está convencida de que al final los visitará. Trump ha ido varias veces en pocos meses.

No todos ven a Biden como el héroe de la clase obrera (los blue collar workers , por el mono azul de faena) que él dice ser. Pero el hartazgo tras cuatro años de Trump es un aliciente poderoso para votantes desengañados como Valery. “Dijo que iba a resucitar el carbón. Hizo todo tipo de promesas y le creí. Le había ido bien como empresario ¿por que no lo iba a hacer bien como presidente?”, dice antes de echarse una buena carcajada. “Mi empresa cerró en el 2018 después de 35 años. Yo perdí mi trabajo”, explica esta sexagenaria frente a un supermercado Walmart cerca de la planta de Shell. “Trump es una vergüenza para el país. Biden es mayor, pero con la edad viene la experiencia”.

A Jennifer Curtis, en cambio, no la convence. “Iba a votar por Biden, pero vi todos esos anuncios en la tele y me desanimé”, dice citando publicidad negativa pagada por la campaña de Trump. “Biden quiere quitarnos cosas y sale siempre llevando mascarilla”, dice con desconfianza esta votante de 48 años. Trabajaba en una guardería de Beaver pero perdió su empleo por la pandemia. “No es justo, pero tenemos que mantenernos sanos. Trump está intentando encontrar una vacuna. Lo estamos esperando”.

La polarización es extrema, y la mayoría de los votantes tiene las cosas claras. Alguno duda. Mike, un electricista de 38 años que trabaja en la planta de Shell, dice estar dividido entre lo que su sindicato le dice que vote (demócrata) y lo que le pide el cuerpo, porque no tiene nada que objetar a la presidencia de Trump. A él, admite, le ha ido bien desde que está en la Casa Blanca. “He hecho mucho dinero en bolsa estos años”, comenta a salir de la obra. “Pero los dos partidos –dice desmotivado– podían haber elegido candidatos menos viejos y seniles”

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