¿Unidad de las izquierdas? El caso portugués

El Gobierno que inició su andadura en Portugal a finales de 2015 es pionero en cuanto a la articulación entre varios partidos de izquierda, un gobierno del Partido Socialista con el apoyo parlamentario de dos partidos de izquierda, el Bloco de Esquerda [Bloque de Izquierda] y el Partido Comunista Portugués. Es poco conocido internacionalmente, no solo porque Portugal es un país pequeño, cuyos procesos políticos pocas veces forman parte de la actualidad política internacional, sino porque, sobre todo, representa una solución política que va contra los intereses de los dos grandes enemigos globales de la democracia que hoy dominan los medios de comunicación —el neoliberalismo y el capital financiero global—.

Conviene recapitular. Desde la Revolución del 25 de abril de 1974, los portugueses han votado con frecuencia mayoritariamente partidos de izquierda, pero han sido gobernados por partidos de derecha o por el Partido Socialista a solas o en coalición con partidos de derecha. Los partidos de derecha se presentaban a las elecciones solos o en coalición, mientras que los partidos de izquierda, en la lógica de una larga trayectoria histórica, se presentaban divididos por diferencias aparentemente insuperables. En octubre de 2015 ocurrió lo mismo. Solo que en esa ocasión, en un gesto de innovación política que quedará en los anales de la democracia europea, los tres partidos de izquierda (Partido Socialista, Bloco de Esquerda y Partido Comunista Portugués) resolvieron entrar en negociaciones para buscar una articulación de incidencia parlamentaria que viabilizara un gobierno de izquierda liderado por uno de esos partidos, el que tuvo más votos, el Partido Socialista. Con negociaciones separadas entre este partido y los otros dos (debido a las desconfianzas recíprocas iniciales), fue posible llegar a acuerdos de gobierno que viabilizaron un gobierno de izquierda sin precedentes en la Europa de las últimas décadas.


La innovación de estos acuerdos se basó en varias premisas: 1) los acuerdos eran limitados y pragmáticos, se centraban en pequeños denominadores comunes con el objetivo de hacer posible un gobierno que frenara la continuación de las políticas de empobrecimiento de los portugueses que los partidos de la derecha neoliberal habían aplicado en el país;

2) los partidos mantenían celosamente su identidad programática, sus banderas y aclaraban que los acuerdos no las ponían en riesgo, porque la respuesta a la coyuntura política no exigía reconsiderarla, y mucho menos abandonarla; 3) el gobierno debería ser coherente y, para ello, debería ser de la responsabilidad de un solo partido, y el apoyo parlamentario garantizaría su estabilidad; 4) los acuerdos se celebrarían de buena fe y tendrían un seguimiento, en el que las partes los comprobarían de manera regular. Los textos de los acuerdos constituyen modelos de contención política y detallan hasta el detalle los términos acordados. Las medidas acordadas tenían, básicamente, dos grandes objetivos políticos: parar el empobrecimiento de los portugueses, reponiendo los ingresos de los trabajadores y los pensionistas según la escala de ingresos, y frenar las privatizaciones que, como todas las que ocurren bajo los auspicios del neoliberalismo y del capital financiero global, son actos de «privatería» [1]. Los acuerdos se negociaron con éxito y el Gobierno tomó posesión en un ambiente políticamente hostil del presidente de la República de entonces, de la Comisión Europea y de las agencias financieras, todos fieles servidores de la ortodoxia neoliberal.


Poco a poco, la política desarrollada en cumplimiento de los acuerdos fue dando resultados, para muchos, sorprendentes, y pasado algún tiempo muchos de los detractores del gobierno no tenían más remedio que admitir su equivocación ante los números del crecimiento de la economía, de la bajada de la tasa de paro, de la mejora general de la imagen del país, finalmente ratificada por las agencias de calificación de crédito, y con los títulos portugueses pasando del nivel bono basura al nivel inversión. El significado de todo esto podría resumirse en lo siguiente: realizando políticas opuestas a las recetas neoliberales se obtienen los resultados que tales recetas siempre anuncian y nunca consiguen, y eso es posible sin aumentar el sufrimiento y el empobrecimiento de los portugueses. Más bien al contrario, reduciéndolos. De una manera mucho más directa, el significado de esta innovación política es mostrar que el neoliberalismo es una mentira, y que su único y verdadero objetivo es acelerar como sea la concentración de la riqueza bajo los auspicios del capital financiero global.


Es evidente que la derecha neoliberal nacional e internacional está en desacuerdo con este propósito e intentará acabar con esta solución política, en lo que, por ahora, tiene como aliada la derecha, que nunca se ha vuelto a ver en los «excesos» del neoliberalismo y que quiere volver al poder. Ahora, la forma más benevolente del inconformismo surge como un aparente elogio, que se formula así: «Esta solución política durará toda la presente legislatura». Para los más perspicaces, esto significa estabilidad a plazos, como si se dijera a las izquierdas (y a los portugueses que se vuelven a ver en ellas): «Estuvo bien, pero se acabó». A esas fuerzas y a los portugueses les compete contraponer a lo expresado con un «Queremos más», y actuar en conformidad.


¿Cuál es el significado más global de esta innovación política? Once tesis para articulaciones limitadas entre fuerzas políticas de izquierda


En este ámbito, como en muchos otros, no hay lugar para copias mecánicas de soluciones. Las izquierdas pueden y deben aprender de las experiencias globales, pero tienen que encontrar las soluciones que se adapten a sus condiciones y su contexto. De hecho, hay factores que son únicos y facilitan soluciones que en otros contextos son inevitables o, por lo menos, mucho más difíciles. Daré algunos ejemplos más adelante. Con estas cautelas, la experiencia portuguesa tiene un significado que trasciende al país, independientemente de lo que acabe por ocurrir en el futuro. Ese significado puede resumirse en las siguientes tesis:


1) Las articulaciones entre partidos de izquierda pueden ser de varios tipos. Sobre todo, pueden derivar de acuerdos preelectorales o acuerdos parlamentarios. Pueden implicar participación en el gobierno o solo apoyo parlamentario. Siempre que los partidos parten de posiciones ideológicas muy diferentes, y si no hay otros factores que recomienden lo contrario, es preferible optar por acuerdos poselectorales (porque se dan después de medir pesos relativos) y acuerdos de incidencia parlamentaria (porque minimizan los riesgos de los socios minoritarios y permiten que las divergencias sean más visibles y dispongan de sistemas de alerta conocidos por los ciudadanos).


2) Las soluciones políticas de riesgo presuponen liderazgos con visión política y capacidad para negociar. En el caso portugués, todos los líderes implicados tienen esa característica. De hecho, el primer ministro, había intentado puntualmente políticas de articulación de izquierda en los años en los que fue alcalde del Ayuntamiento de Lisboa. Sin embargo, la articulación más consistente entre fuerzas de izquierda la protagonizó Jorge Sampaio, también del Partido Socialista, como alcalde de Lisboa que acabaría por ser presidente de la República entre 1996 y 2006. Y no podemos olvidarnos de que el fundador del Partido Socialista portugués, Mário Soares, en la fase final de su vida política, había abogado por este tipo de políticas, algo que, por ejemplo, es difícil de imaginar en España, donde el que fuera líder histórico del PSOE, Felipe González, se ha ido inclinando hacia la derecha con el paso de los años y se ha manifestado siempre contra cualquier entendimiento entre las izquierdas.


3) Las soluciones innovadoras y de riesgo no pueden salir solo de las cabezas de los líderes políticos. Es necesario consultar a las «bases» del partido y dejarse movilizar por las inquietudes y aspiraciones que manifiestan.


4) La articulación entre fuerzas de izquierda solo es posible cuando se comparte la voluntad de no articularse con fuerzas de derecha o de centroderecha. Sin una fuerte identidad de izquierda, el partido o fuerza de izquierda en que dicha identidad sea débil siempre será un socio vacilante, capaz de abandonar la coalición en cualquier momento. Hoy en día, la idea de centro es particularmente peligrosa para la izquierda, porque, como espectro político, se ha desplazado a la derecha por presión del neoliberalismo y del capital financiero. El centro tiende a ser centroderecha, incluso cuando afirma ser centroizquierda. Es crucial distinguir entre una política moderada de izquierda y una política de centroizquierda. La primera puede ser el resultado de un acuerdo coyuntural entre fuerzas de izquierda, mientras que la segunda es el resultado de articulaciones con la derecha que suponen complicidades mayores que hacen que pierda su carácter de política de izquierda.


En este campo, la solución portuguesa invita a una reflexión más profunda. Aunque sea una articulación entre fuerzas de izquierda y yo considere que configura una política moderada de izquierda, la verdad es que contiene, por acción u omisión, algunas opciones que implican ceder gravemente a los intereses que normalmente defiende la derecha. Por ejemplo, en los campos del derecho al trabajo y de la política sanitaria. Todo lleva a creer que la prueba para comprobar la voluntad real de garantizar la sostenibilidad de la unidad de las izquierdas está en lo que se decida en estas áreas en un futuro cercano.


5) No hay articulación o unidad sin programa y sin sistemas de consultas y de alerta que evalúen regularmente su cumplimiento. Pasar cheques en blanco a cualquier líder político en el interior de una coalición de izquierda es una invitación al desastre.


6) Cuanto más compartido sea el diagnóstico de que estamos en un periodo de luchas defensivas, un periodo en el que la democracia, incluso la de baja intensidad, corre un serio riesgo de ser duramente secuestrada por fuerzas antidemocráticas y fascistizantes, más viable será la articulación. Aunque la democracia no se colapse totalmente, la actividad política opositora de las fuerzas de izquierda en su conjunto puede correr serios riesgos de sufrir fuertes limitaciones, e incluso ser ilegalizada.


7) La disputa electoral tiene que tener un mínimo de credibilidad. Para ello debe basarse en un sistema electoral que garantice la certeza de los procesos electorales para que los resultados de la disputa electoral sean inciertos.


8) La voluntad de converger nunca puede neutralizar la posibilidad de divergir. Según los contextos y las condiciones, puede ser tan fundamental converger como divergir. Incluso durante la vigencia de las coaliciones, las diferentes fuerzas de izquierda deben mantener canales de divergencia constructiva. Cuando esta deje de ser constructiva, significará que se aproxima el fin de la coalición.


9) En un contexto mediático y comunicacional hostil a las políticas de izquierda, en un contexto en el que proliferan las noticias falsas, las redes sociales pueden potenciar la intriga y la desconfianza y los soundbites [piezas de audio] cuentan más que los contenidos y las argumentaciones, es decisivo que haya canales de comunicación constantes y eficaces entre los socios de la coalición y que se aclaren pronto los malentendidos.


10) No hay que olvidar los límites de los acuerdos, tanto para no crear expectativas exageradas como para saber avanzar hacia otros acuerdos o para romper los existentes cuando las condiciones permitan políticas más avanzadas. En el caso portugués, los detallados acuerdos entre los tres partidos revelan bien el carácter defensivo y limitado de las políticas acordadas. En el día a día, la Unión Europea, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo transmiten las imposiciones del neoliberalismo global. La respuesta de los partidos de izquierda portugueses debe valorarse a la luz de la violenta respuesta de estas instituciones europeas a las políticas iniciales del partido Syriza en Grecia. La solución portuguesa pretendió crear un espacio de maniobra mínimo en un contexto que constituía una ventana de oportunidad. Recurriendo a una metáfora, la solución portuguesa permitió a la sociedad portuguesa respirar. Ahora bien, respirar no es lo mismo que florecer; tan solo es lo mismo que sobrevivir.


11) En el contexto actual de asfixiante adoctrinamiento neoliberal, la construcción y la implementación de alternativas, por más limitadas que sean, tienen, cuando se realizan con éxito, además del impacto concreto y beneficioso en la vida de los ciudadanos, un efecto simbólico decisivo que consiste en deshacer el mito de que los partidos de izquierda-izquierda solo sirven para protestar y no saben negociar y mucho menos asumir las complejas responsabilidades de gobernar. Las fuerzas conservadoras han alimentado este mito a lo largo de décadas con la complicidad de grandes medios de comunicación y actualmente cuentan también con el apoyo del poder disciplinario global que el neoliberalismo ha adquirido en las últimas décadas.


Notas


[*] Este artículo constituye la segunda entrega de las cinco que van a dedicarse en este blog al tema de la unidad/articulación de las izquierdas en diferentes contextos contemporáneos y que forman parte del libro ¿Unidad de las izquierdas? Cuándo, por qué, cómo y para qué, Dyskolo, 2018.
[1] Neologismo creado por el periodista Elio Gaspari que combina los términos «privatización» y «piratería».

 

Traducción de Antoni Aguiló y Àlex Tarradellas

Publicado enPolítica
¿Unidad de las izquierdas? Las izquierdas ante el nuevo interregno [*]

Introducción


He escrito mucho sobre las izquierdas, sobre su pasado y su futuro [1].


Tengo preferencia por las cuestiones de fondo, siempre me sitúo en una perspectiva de medio y largo plazo y evito entrar en las coyunturas del momento. En este texto sigo una perspectiva diferente: me centro en el análisis de la coyuntura de algunos países y es a partir de este que planteo cuestiones de fondo y me muevo a escalas temporales de medio y largo plazo.


Esto significa que mucho de lo que está escrito en este texto no tendrá ninguna actualidad dentro de meses o incluso semanas. Su utilidad puede estar precisamente en eso, en el hecho de proporcionar un análisis retrospectivo de la actualidad política y del modo en el que ella nos confronta cuando no sabemos cómo se va a desarrollar. Asimismo, puede contribuir a ilustrar la humildad con la que los análisis deben realizarse y la distancia crítica con la que uno debe recibirlos. Este texto tal vez puede leerse como un análisis no coyuntural de la coyuntura.


Para empezar, debo aclarar lo que entiendo por izquierda. Izquierda significa el conjunto de teorías y prácticas transformadoras que, a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, han resistido a la expansión del capitalismo y al tipo de relaciones económicas, sociales, políticas y culturales que genera, y que surgieron con la convicción de que puede existir un futuro poscapitalista, una sociedad alternativa, más justa por estar orientada a la satisfacción de las necesidades reales de los pueblos, y más libre, por estar centrada en la realización de las condiciones del efectivo ejercicio de la libertad.


En un mundo cada vez más interdependiente llevo tiempo insistiendo en la necesidad de aprendizajes globales. Ningún país, cultura o continente puede arrogarse hoy el privilegio de haber encontrado la mejor solución para los problemas a los que el mundo se enfrenta y mucho menos el derecho de imponerla a otros países, culturas o continentes. La alternativa está en los aprendizajes globales, sin perder de vista los contextos y las necesidades específicas de cada uno. Llevo tiempo defendiendo las epistemologías del Sur como una de las vías para promover tales aprendizajes y de la necesidad de hacerlo partiendo de las experiencias de los grupos sociales que sufren en los diferentes países la exclusión y la discriminación causadas por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Así pues, las necesidades y aspiraciones de tales grupos sociales deben ser la referencia privilegiada de las fuerzas de izquierda en todo el mundo, y los aprendizajes globales una herramienta valiosa en ese sentido. Lo que sucede es que las fuerzas de izquierda tienen una enorme dificultad en conocer las experiencias de otras fuerzas de izquierda en otros países y en estar dispuestas a aprender de ellas. No están interesadas en conocer profundamente las realidades políticas de otros países ni tampoco dan la atención debida al contexto internacional y a las fuerzas económicas y políticas que lo dominan. La desaparición analítica de las múltiples caras del imperialismo es una prueba de ello. Además, tienden a ser poco sensibles ante la diversidad cultural y política del mundo.


Que las fuerzas de izquierda del Norte global (Europa y América del Norte) sean eurocéntricas no es ninguna novedad. Lo que quizá sea menos conocido es que la mayor parte de las fuerzas de izquierda del Sur global también son eurocéntricas en las referencias culturales subyacentes a sus análisis. Basta tener en cuenta las actitudes racistas de muchas fuerzas de izquierda de América Latina con relación a los pueblos indígenas y afrodescendientes.


Con el objetivo muy limitado de analizar la coyuntura de las fuerzas de izquierda en algunos países, este texto pretende aumentar el interconocimiento entre ellas y sugerir posibilidades de articulación tanto nacional como internacionalmente.


El nuevo interregno


Estamos en un interregno. El mundo que creó el neoliberalismo en 1989 con la caída del Muro de Berlín terminó con la primera fase de la crisis financiera (2008-2011) y todavía no se ha definido el nuevo mundo que le tomará el relevo. El mundo posterior a 1989 tuvo dos agendas que tuvieron un impacto decisivo en las políticas de izquierda un poco en todo el mundo. La agenda explícita fue el fin definitivo del socialismo como sistema social, económico y político liderado por el Estado. La agenda implícita constituyó el fin de cualquier sistema social, económico y político liderado por el Estado. Esta agenda implícita fue mucho más importante que la explícita porque el socialismo de Estado ya estaba en fase agonizante y desde 1978 procuraba reconstruirse en China como capitalismo de Estado a raíz de las reformas promovidas por Deng Xiaoping. El efecto más directo del fin del socialismo de tipo soviético en la izquierda fue el hecho de haber desarmado momentáneamente los partidos comunistas, algunos de ellos distanciados desde hacía mucho tiempo de la experiencia soviética. La agenda implícita fue la que verdaderamente contó y por eso tuvo que ocurrir de manera silenciosa e insidiosa, sin que cayeran muros.


En la fase que hasta entonces había caracterizado el capitalismo dominante, la alternativa social al socialismo de tipo soviético eran los derechos económicos y sociales universales del que se beneficiaban sobre todo quienes, al no tener privilegios, solo tenían el derecho y los derechos para defenderse del despotismo económico y político al que tendía el capitalismo sujeto exclusivamente a la lógica del mercado. La forma más avanzada de esta alternativa había sido la socialdemocracia europea de la posguerra, que de hecho en sus inicios, a principios del siglo xx, también había desplegado una agenda explícita (socialismo democrático) y una agenda implícita (capitalismo con alguna compatibilidad con la democracia y la inclusión social mínima que esta suponía). Después de 1945 quedó claro rápidamente que la única agenda era la agenda implícita. Desde entonces las izquierdas se dividieron entre las que seguían defendiendo una solución socialista (más o menos distante del modelo soviético) y las que, por más que se proclamaran socialistas, solo querían regular el capitalismo y controlar sus «excesos».


Después de 1989, y tal como había sucedido a principios de siglo, la agenda implícita continuó durante algún tiempo siendo implícita, pese a ser ya la única en vigor. Se fue volviendo evidente que las dos izquierdas del periodo anterior habían salido derrotadas. Es por ello que, en el periodo posterior a 1989, se asistió a la difusión sin precedentes de la idea de la crisis de la socialdemocracia, muchas veces articulada con la idea de la imposibilidad o inviabilidad de la socialdemocracia. Al secundarla, la ortodoxia neoliberal adoctrinaba sobre el carácter depredador o por lo menos ineficiente del Estado y de la regulación estatal, sin los cuales no se podía garantizar la efectividad de los derechos económicos y sociales.


El desarme de la izquierda socialdemócrata se disimuló durante algún tiempo a través de la nueva articulación de las formas de dominación que dominaron el mundo desde el siglo xvii: el capitalismo, el colonialismo (racismo, monoculturalismo, etc.) y el patriarcado (sexismo, división arbitraria entre trabajo productivo y trabajo reproductivo, es decir, entre trabajo remunerado y trabajo no remunerado). Las reivindicaciones sociales se orientaron a las agendas llamadas posmateriales, los derechos culturales o de cuarta generación. Estas reivindicaciones eran genuinas y denunciaban modos de opresión y discriminación repugnantes. Sin embargo, la manera en la que se orientaron hizo creer a los agentes políticos que las habían movilizado (movimientos sociales, ONG, nuevos partidos) que las podían llevar a cabo con éxito sin tocar el tercer eje de la dominación, el capitalismo. Incluso hubo una negligencia de lo que se fue llamando política de clase (distribución) a favor de las políticas de raza y sexo (reconocimiento). Esa convicción demostró ser fatal cuando cayó el régimen posterior a 1989. La dominación capitalista, reforzada por la legitimidad que ha ido creando durante estos años, se ha mostrado con facilidad contra las conquistas antirracistas y antisexistas en la búsqueda incesante de mayor acumulación y explotación. Y estas, desprovistas de la voluntad anticapitalista o separadas de las luchas anticapitalistas, están sintiendo muchas dificultades para resistir.


En estos años de interregno resulta evidente que la agenda implícita pretendía dar toda la prioridad al principio del mercado en la regulación de las sociedades modernas en detrimento del principio del Estado y del principio de la comunidad. A comienzos del siglo xx el principio de la comunidad había sido dejado en segundo plano en favor de la rivalidad que se instaló entonces entre los principios del Estado y del mercado. La relación entre ambos siempre fue muy tensa y contradictoria. La socialdemocracia y los derechos económicos y sociales significaron momentos de tregua en los conflictos más agudos entre los dos principios. Dichos conflictos no derivaban de meras oposiciones teóricas. Derivaban de las luchas sociales de las clases trabajadoras que intentaban encontrar en el Estado el refugio mínimo contra las desigualdades y el despotismo generados por el principio del mercado. A partir de 1989, el neoliberalismo encontró el clima político adecuado para imponer el principio del mercado, contraponiendo su lógica a la lógica del principio del Estado, hasta entonces protegido.


La globalización neoliberal, la desregulación, la privatización, los tratados de libre comercio, el papel inflacionario del Banco Mundial y del FMI se fueron desarrollando paulatinamente para erosionar el principio del Estado, tanto retirándolo de la regulación social como convirtiendo esta en otra forma de regulación mercantil. Para ello fue necesaria una desnaturalización radical pero silenciosa de la democracia. Esta, que en el mejor de los casos había sido la encargada de gestionar las tensiones entre el principio del Estado y el principio del mercado, pasó a «usarse» para legitimar la superioridad del principio del mercado y, en el proceso, transformarse ella misma en un mercado (corrupción endémica, lobbies, financiación de partidos, etc.). El objetivo fue que el Estado pasara de Estado capitalista con contradicciones a Estado capitalista sin contradicciones. Las contradicciones pasarían a manifestarse en la sociedad, crisis sociales que serían resueltas como cuestiones policiales y no como cuestiones políticas.


La gran mayoría de las fueras de izquierda aceptaron este giro; no opusieron mucha resistencia o incluso se volvieron cómplices activas del mismo, lo que sucedió sobre todo en Europa. En la última fase de este periodo, algunos países de América Latina protagonizaron una resistencia significativa, tan significativa que no se pudo neutralizar por la monotonía de las relaciones económicas promovidas por el neoliberalismo global, ni fue tan solo el resultado de los errores propios cometidos por los gobiernos progresistas. Supuso la fuerte intervención del imperialismo estadounidense, que en la primera década de 2000 había aliviado la presión sobre los países latinoamericanos por estar profundamente implicado en Oriente Medio. Venezuela, Brasil y Argentina son quizá los casos más emblemáticos de esta situación. El imperialismo estadounidense ha cambiado entretanto su imagen y táctica. En vez de imponer dictaduras mediante la CIA y fuerzas militares, promueve y financia iniciativas de «democracia amiga del mercado» a través de organizaciones no gubernamentales libertarias y evangélicas y de desarrollo local; de protestas en la medida de lo posible pacíficas, pero con lemas ofensivos dirigidos contra las personalidades, los principios y las políticas de izquierda. En situaciones más tensas puede financiar acciones violentas que después, con la complicidad de los medios de comunicación nacionales e internacionales, se atribuyen a los gobiernos hostiles, o sea, a gobiernos hostiles a los intereses estadounidenses. Todo esto tutelado y financiado por la CIA, la embajada estadounidense en el país y el Departamento de Estado de Estados Unidos.


Así pues, vivimos un periodo de interregno. No sé si este interregno genera fenómenos mórbidos como el interregno famosamente analizado por Gramsci. Sin embargo, seguro que ha asumido características profundamente discordantes entre sí. En los últimos cinco años, la actividad política en diferentes países y regiones del mundo ha adquirido nuevos contornos y se ha traducido en manifestaciones sorprendentes o desconcertantes. He aquí una selección posible: el agravamiento sin precedentes de la desigualdad social; la intensificación de la dominación capitalista, colonialista (racismo, xenofobia, islamofobia) y heteropatriarcal (sexismo) traducida en lo que llamo fascismo social en sus diferentes formas (fascismo del apartheid social, fascismo contractual, fascismo territorial, fascismo financiero, fascismo de la inseguridad); el resurgimiento del colonialismo interno en Europa con un país dominante, Alemania, aprovechándose de la crisis financiera para transformar los países del Sur en una especie de protectorado informal, especialmente flagrante en el caso de Grecia; el golpe judicial-parlamentario contra la presidenta Dilma Rousseff, un golpe continuado con el impedimento de la candidatura de Lula da Silva a las elecciones presidenciales de 2018; la salida unilateral del Reino Unido de la Unión Europea; la renuncia a las armas por parte de la guerrilla colombiana y el conturbado inicio del proceso de paz; el colapso o crisis grave del bipartidismo centrista en varios países, como Francia, España, Italia y Alemania; el surgimiento de partidos de nuevo tipo a partir de movimientos sociales o movilizaciones antipolítica, como Podemos en España, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia y el Partido del Hombre Común (AAP) en la India; la constitución de un gobierno de izquierda en Portugal basada en un entendimiento sin precedentes entre diferentes partidos de izquierda; la elección presidencial de hombres de negocios multimillonarios con muy poca o nula experiencia política resueltos a destruir la protección social que los Estados han garantizado a las clases sociales más vulnerables, independientemente de si es Macri en Argentina o Trump en Estados Unidos; el resurgimiento de la extrema derecha en Europa con su tradicional nacionalismo de derecha, pero sorprendentemente portadora de la agenda de las políticas sociales que la socialdemocracia había abandonado, con la reserva de que ahora solo valen para «nosotros» y no para «ellos» (inmigrantes, refugiados); la infiltración de comportamientos fascistizantes en gobiernos democráticamente elegidos, como, por ejemplo, en la India del Partido Popular Indio (BJP) y el presidente Modi, en las Filipinas de Duterte, en los Estados Unidos de Trump, en la Polonia e Kaczynski, en la Hungría de Orbán, en la Rusia de Putin, en la Turquía de Erdogan, en el México de Peña Nieto; la intensificación del terrorismo yihadista, que se proclama islámico; la mayor visibilidad de manifestaciones de identidad nacional, de pueblos sin Estado, de nacionalismos de derecha en Suiza y Austria, de nacionalismos con fuertes componentes de izquierda en España (Cataluña, pero también en el País Vasco, Galicia y Andalucía) y Nueva Zelanda, y de nacionalismos de los pueblos indígenas de las Américas que se niegan a encajar en la dicotomía izquierda/derecha; el colapso, debido a una combinación de errores propios e interferencia grave del imperialismo estadounidense, de gobiernos progresistas que procuraban combinar el desarrollo capitalista con la mejora del nivel de vida de las clases populares, en Brasil, Argentina y Venezuela; la agresividad sin parangón en la gravedad y la impunidad de la ocupación de Palestina por el Estado colonial de Israel; las profundas transformaciones internas combinadas con la estabilidad (por lo menos aparente) en países que durante mucho tiempo habían simbolizado las más avanzadas conquistas de las políticas de izquierda, como China, Vietnam y Cuba.


El significado histórico de este interregno


Esta lista deja fuera los problemas sociales, económicos y ecológicos que quizá más preocupen a los demócratas en todo el mundo. Al mismo tiempo, no menciona la violencia familiar, urbana y rural o la proliferación de las guerras no declaradas, embargos no declarados, el terrorismo y el terrorismo de Estado que están destruyendo a pueblos enteros (Palestina, Libia, Siria, Afganistán, Yemen) y la convivencia pacífica en general, la transformación del trabajo en una mercancía como otra cualquiera, los llamamientos al consumismo, al individualismo y a la competitividad sin límites, ideologías con las que muchas fuerzas de izquierda han sido muy complacientes o aceptan como algo inevitable, lo que acaba por significar lo mismo.


En este sentido, esta es una lista de síntomas y no de causas. Aun así, me sirve para mostrar las características principales del interregno en el que nos encontramos:


Si bien el capitalismo es un sistema globalizado desde su inicio, el ámbito y las características internas de la globalización han variado a lo largo de los siglos. Para referirme tan solo al mundo contemporáneo, podemos decir que desde 1860 el mundo se encuentra en un proceso particularmente acelerado de interdependencia global, un proceso atravesado por contradicciones internas, como es propio del capitalismo, muy desigual y con discontinuidades significativas. El concepto de interregno pretende precisamente dar cuenta de los procesos de ruptura y de transición. Los periodos de más intensa globalización tienden a coincidir con periodos de gran rentabilidad del capital (ligada a grandes innovaciones tecnológicas) y con la hegemonía inequívoca (sobre todo económica, pero también política y militar) de un país. A estos periodos les han seguido etapas de gran inestabilidad política y económica y de creciente rivalidad entre los países centrales.

El primer periodo de globalización contemporánea ocurrió entre 1860 y 1914. Reino Unido fue el país hegemónico y la segunda Revolución Industrial y el colonialismo fueron sus principales características. A este le siguió un periodo de más acentuada rivalidad entre los países centrales del que resultaron dos guerras mundiales en las que murieron 78 millones de personas. El segundo periodo ocurrió entre 1944 y 1971. Estados Unidos fue el país hegemónico y sus principales características fueron la tercera Revolución Industrial (informática), la Guerra Fría, la coexistencia de dos modelos de desarrollo (el modelo capitalista y el socialista, ambos con varias versiones), el fin del colonialismo y una nueva fase de imperialismo y neocolonialismo. Se siguió un periodo de creciente rivalidad del que resultó el colapso del socialismo soviético y el fin de la Guerra Fría. A partir de 1989 entramos en un tercer periodo de globalización cuya crisis está dando lugar al interregno en el que nos encontramos. Fue un periodo de dominación más multilateral con la Unión Europea y China disputándose la hegemonía de Estados Unidos conquistada en el periodo anterior. Se caracterizó por la cuarta Revolución Industrial (la microelectrónica y, de manera creciente, la genética y la robotización) y sus características más innovadoras fueron, por un lado, someter por primera vez virtualmente el mundo entero al mismo modelo de desarrollo hegemónico (el capitalismo en su versión neoliberal) y, por otro, transformar la democracia liberal en el único sistema político legítimo e imponerlo en todo el mundo.


La fase de interregno en la que nos encontramos está relacionada con la evolución más reciente de estas características. Todas las facetas de esta fase están vigentes, pero dan muestras de gran desestabilización. Una mayor rivalidad entre dos potencias imperiales, Estados Unidos y China, apoyándose en satélites importantes, la UE en el caso de Estados Unidos y Rusia en el caso de China; un desequilibrio cada vez más evidente entre el poderío militar de Estados Unidos y su poder económico con nuevas amenazas de guerra incluyendo la guerra nuclear y una carrera armamentista; la imposibilidad de revertir la globalización dada la profunda interdependencia (bien evidente en la crisis del proceso Brexit) combinada con la lucha por nuevas condiciones de llamado comercio libre en el caso de Estados Unidos; una crisis de rentabilidad del capital que provoca una larga depresión (no resuelta tras la crisis financiera de 2008 aún en curso) y que se manifiesta de dos formas principales: la degradación de los ingresos salariales en los países centrales y en los semiperiféricos, combinada con un ataque global a las clases medias (una realidad que sociológicamente varía mucho de país a país) y una carrera sin precedentes por los llamados recursos naturales, con las consecuencias fatales que esto crea para las poblaciones campesinas y los pueblos indígenas, así como para los ya precarios equilibrios ecológicos.


Entre las características de este interregno dos son particularmente decisivas para las fuerzas de izquierda y revelan bien la tensión en la que se encuentran entre la necesidad cada vez más urgente de unirse y las dificultades nuevas y sin precedentes con respecto a la satisfacción sostenida de tal necesidad. Se trata de dos pulsiones contradictorias que van en sentido contrario y que a mi entender solo pueden gestionarse a través de un cuidadoso manejo de las escalas de tiempo. Veamos cada una de ellas:


1. En lo que se refiere a la universalización de la democracia liberal, las fuerzas de izquierda deben partir de la siguiente comprobación. La democracia liberal nunca ha tenido la capacidad de defenderse de los antidemócratas y de los fascistas bajo sus innumerables disfraces; pero actualmente lo que más sorprende no es esa incapacidad, sino más bien los procesos de incapacitación impulsados por una fuerza transnacional altamente poderosa e intrínsecamente antidemocrática, el neoliberalismo (capitalismo como civilización de mercado, de concentración y de ostentación de la riqueza), cada vez más hermanado con el predominio del capital financiero global, al que he llamado «fascismo financiero», y acompañado por un cortejo impresionante de intuiciones transnacionales, grupos de presión y medios de comunicación. Estos nuevos (de hecho, viejos) enemigos de la democracia no quieren sustituirla por una dictadura, más bien buscan hacer que pierda su carácter hasta tal punto que se transforme en la reproductora más dócil y en la voz más legitimadora de sus intereses.


Esta verificación convoca con urgencia la necesidad de que las izquierdas se unan para salvaguardar el único campo político en el que hoy admiten luchar por el poder: el campo democrático.


2. A su vez, nos encontramos ante el ataque generalizado a los ingresos salariales, a las organizaciones obreras y a las formas de concertación social con la consiguiente transformación de las reivindicaciones sociales en una cuestión policial; ante la crisis ambiental cada vez más grave e irreversible agravada por la lucha desesperada por el acceso al petróleo, que implica la destrucción de países como Irak, Siria y Libia y mañana tal vez Irán y Venezuela; y ante el recrudecimiento, para muchos y muchas sorprendente, del racismo, el sexismo y el heterosexismo. Todas estas características apuntan a una condición de irreversible contradicción entre el capitalismo y la democracia, incluso la democracia de baja intensidad que la democracia liberal siempre ha sido.


Ahora bien, siendo cierto que las izquierdas están desde hace mucho tiempo divididas entre las que creen en la regeneración del capitalismo, de un capitalismo de rostro humano, y las izquierdas que están convencidas de que el capitalismo es intrínsecamente inhumano y por tanto irreformable, no será fácil imaginar que se unan de forma sostenida. Pienso que una sabiduría pragmática que sepa distinguir entre el corto y el largo plazo, pero manteniéndolos en el debate, puede ayudar a resolver esta tensión. Este texto se centra en el corto plazo, pero no quiere perder de vista el medio y el largo plazo.


Las fuerzas de izquierda ante el nuevo interregno


La lista de fenómenos, en apariencia anómalos, que he mencionado anteriormente ilustra cómo el movimiento dominante de erosión de la democracia se está viendo contrariado por fuerzas sociales de señal política opuesta, aunque con frecuencia apoyadas sobre las mismas bases sociales de clase. Bajo la forma del populismo, nuevas y viejas fuerzas de derecha y de extrema derecha buscan crear refugios en los que poder defender «su» democracia y sus derechos de los apetitos de extraños, sean estos inmigrantes, refugiados o grupos sociales «inferiores», declarados así debido a la raza, la etnia, el sexo, la sexualidad o la religión. No defienden la dictadura; al contrario, declaran defender la democracia al poner de relieve el valor moral de la voluntad del pueblo, reservando para ellos, como es obvio, el derecho de definir quién forma parte del «pueblo». Como la voluntad del pueblo es un imperativo ético que no se discute, la supuesta defensa de la democracia opera a través de prácticas autoritarias y antidemocráticas. Esta es la esencia del populismo. Hablar de populismo de izquierda es uno de los errores más perniciosos de alguna teoría política crítica de los últimos años.


A su vez, nuevas y viejas fuerzas políticas de izquierda se proponen defender la democracia contra los límites y las perversiones de la democracia representativa, liberal. En este texto me centro en ellas. Dichas fuerzas intentan democratizar la democracia, reforzándola para poder resistir a los instintos más agresivos del neoliberalismo y del capital financiero. Esa defensa ha asumido varias formas en diferentes contextos y regiones del mundo. Las principales son las siguientes: nacimiento de nuevos partidos de izquierda y a veces de partidos de nuevo tipo, con una relación con la ciudadanía o con movimientos populares diferente y más intensa de la que ha sido característica de los viejos partidos de izquierda; rupturas profundas en el seno de los viejos partidos de izquierda, tanto en lo que respecta a programas como a liderazgos; surgimiento de movimientos de ciudadanía o de grupos sociales excluidos, algunos que perduran y otros efímeros, que se posicionan fuera de la lógica de la política partidaria y, por tanto, del marco de la democracia liberal; protestas, marchas, huelgas en defensa de los derechos económicos y sociales; adopción de procesos de articulación entre la democracia representativa y la democracia participativa en el interior de los partidos o en los campos de gestión política en los que intervienen, sobre todo a escala municipal; reivindicación de revisiones constitucionales o de asambleas constituyentes originarias para fortalecer las instituciones democráticas y blindarlas contra las acciones de sus enemigos; llamamiento a la necesidad de romper con las divisiones del pasado y buscar articulaciones entre las diferentes familias de izquierda con el fin de volver más unitaria y eficaz la lucha contra las fuerzas antidemocráticas.


Tras apreciar esta lista es fácil concluir que este periodo de interregno está provocando un fuerte cuestionamiento de las teorías y las prácticas de izquierda que han predominado durante los últimos cincuenta años. El cuestionamiento asume las formas más diversas, pero, pese a ello, se pueden identificar algunos rasgos comunes.
El primero es que el horizonte emancipador ha dejado de ser el socialismo para ser la democracia, los derechos humanos, la dignidad, el posneoliberalismo, el poscapitalismo, un horizonte simultáneamente más impreciso y más diverso. Lo que pasa es que, treinta años después de la caída del Muro de Berlín, este horizonte está tan desacreditado como el horizonte socialista. La democracia liberal es hoy en muchos países una imposición del imperialismo y los derechos humanos solo se invocan para liquidar gobiernos que resisten al imperialismo.


En segundo lugar, el carácter de las luchas y las reivindicaciones es, en general, un carácter defensivo, es decir, que pretende defender lo que se ha conquistado, por poco que haya sido, en vez de luchar por reivindicaciones más avanzadas en la confrontación con el orden capitalista, colonialista y patriarcal vigente. En vez de las guerras de movimiento y de las guerras de posición, como caracterizó Gramsci las principales estrategias obreras, prevalecen las guerras de trinchera, de líneas rojas que no se pueden traspasar. Las fuerzas que no aceptan esa lógica defensiva corren el riesgo de cargar con la marginación y la autonomía, que, cuanto más circunscrita se presenta a escala territorial o social, mayor es.


En tercer lugar, al no haber sido totalmente proscrita, la democracia obliga a que las fuerzas de izquierda se posicionen en el marco democrático, por más que el régimen democrático esté desacreditado. Este posicionamiento podría implicar el rechazo a participar en el juego democrático, pero el coste es alto tanto si se participa (ninguna posibilidad de ganar) como si no se participa (marginación). Este dilema se siente especialmente en los periodos preelectorales.


Entre las varias estrategias que he mencionado antes, las que al mismo tiempo ilustran mejor las dificultades a la hora de actuar políticamente en un contexto defensivo y de transformar tales dificultades en una oportunidad para formular proyectos alternativos de lucha política son las propuestas de articulación o unidad entre las diferentes fuerzas de izquierda. Cabe añadir que estas propuestas están siendo discutidas en varios países en los que en 2018 se realizarán elecciones. Precisamente, los procesos electorales son la máxima prueba de viabilidad para este tipo de propuestas. Por todos estos motivos, me voy a centrar en ellas y voy a empezar por referir un caso concreto a modo de ejemplo.


Dos notas previas. La primera se puede formular en dos preguntas. ¿Realmente son de izquierda todas las fuerzas políticas que se consideran de izquierda? La respuesta a esta pregunta no es fácil, puesto que, más allá de ciertos principios generales (identificados en los libros que he mencionado en la nota 1), la caracterización de una determinada fuerza política depende de los contextos específicos en los que esta actúa. Por ejemplo, en Estados Unidos se considera de izquierda o de centroizquierda el Partido Demócrata, pero dudo que lo sea en cualquier otro país. Históricamente, uno de los debates más encendidos en el seno de la izquierda ha sido precisamente la definición de lo que se considera ser de izquierda. La segunda pregunta se puede formular así: ¿cómo distinguir entre fuerzas de izquierda y políticas de izquierda? En principio, se debería pensar que lo que hace que una fuerza política sea de izquierda es el hecho de defender y aplicar políticas de izquierda. Sin embargo, sabemos que la realidad es otra. Por ejemplo, considero el partido griego Syriza un partido de izquierda, pero con el mismo grado de convicción pienso que las políticas que ha venido aplicando en Grecia son de derecha. Por tanto, la segunda pregunta induce a una tercera: ¿durante cuánto tiempo y con qué consistencia se puede mantener tal incongruencia sin que deje de ser legítimo pensar que la fuerza de izquierda en cuestión ha dejado de serlo?


La segunda nota previa está relacionada con la necesidad de analizar el nuevo impulso de articulación o unidad entre las fuerzas de izquierda a la luz de otros impulsos del pasado. ¿El impulso actual debe interpretarse como algo que indica la voluntad de renovación de las fuerzas de izquierda o al contrario? La verdad es que la renovación de la izquierda siempre se ha pensado, por lo menos desde 1914, desde la falta de unión de las izquierdas. A su vez, la unidad siempre se ha tratado desde el encubrimiento o incluso el rechazo de la renovación de la izquierda y la justificación para ello ha estado siempre relacionada con el peligro de la dictadura. ¿Acaso el impulso de articulación o unidad actual, aunque motivado por el peligro inminente del colapso de la democracia, puede significar, al contrario que en los casos anteriores, una voluntad de renovación?

 

Notas
[*] Este artículo constituye la primera entrega de las cinco que van a dedicarse en este blog al tema de la unidad/articulación de las izquierdas en diferentes contextos contemporáneos y que forman parte del artículo «¿Unidad de las izquierdas? Cuándo, por qué, cómo y para qué».
[1] Véase Boaventura de Sousa Santos: «Una izquierda con futuro», en Rodríguez Garavito, C., et al., La nueva izquierda en América Latina. Sus orígenes y trayectoria futura, Bogotá: Norma, pp. 437-457 (2005); Democracia al borde del caos. Ensayo contra la autoflagelación, Bogotá: Siglo del Hombre y Siglo XXI (2014); A difícil democracia. Reinventar as esquerdas, São Paulo: Boitempo (2016); La difícil democracia: una mirada desde la periferia europea, Madrid: Akal (2016); Democracia y transformación social, Bogotá/Ciudad de México: Siglo del Hombre Editores/Siglo XXI Editores (2017); Pneumatóforo. Escritos políticos (1981-2018), Coímbra: Almedina (en prensa); con José Manuel Mendes, Demodiversidad. Imaginar nuevas posibilidades democráticas, Madrid: Akal (2017); Demodiversidade. Imaginar novas possibilidades democráticas, Coímbra: Almedina/Edições 70 (2017).

 

Traducción de Antoni Aguiló y Àlex Tarradellas

 

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Lunes, 08 Mayo 2017 07:02

Una sociedad fracturada

Una sociedad fracturada

Cuanta más prosperidad hay en una zona, más votos cuentan para Macron. La otra Francia fue objeto de evocaciones, pero nadie se ocupa de ella.



Un espacio político divido en cuatro y una sociedad fracturada en dos: la elección del centrista liberal Emmanuel Macron es el espejo exacto que refleja mucho más que la frontera entre izquierda y derecha, o aquella que definió el electo presidente entre “progresistas y nacionalistas”. Hay cuatro fuerzas políticas en el nuevo escenario: la del centro liberal presidencial, la de la extrema derecha, la de los conservadores de tradición gaullista y la de la izquierda radical. Y hay dos Francia netas, visibles en la geografía electoral:una, urbana y capacitada, a menudo joven e implicada en el mundo globalizado, y otra rural, suburbana y poco calificada. La primera votó a Emmanuel Macron, la segunda a la extrema derecha de Marine Le Pen. La primera Francia es la de las redes y la conquista, la segunda la de la exclusión y el resentimiento. Pocos votos habrán tenido como este una lectura social tan intensa, y pocos, también, habrán remitido a la imagen de quienes componen la sociedad. Las sucesivas contaminaciones y escándalos de la campaña nunca empañaron el espejo de la “fractura social” (Jacques Chirac, ex presidente 1995-2007), ni el de la fractura digital, ni el del centro y las periferias desiertas y pauperizadas. Las elecciones francesas han tenido el mérito profundo de derrotar al populismo nacionalista y de sacar de los cuentos míticos del progreso la realidad en la que viven la mayor parte de las democracias del mundo, aisladas en zonas de prosperidad y dinámicas de ascenso y, otras, en espacios de confinamiento, de precariedad y sensación de derrota. Trump, en los Estados Unidos, puso la batuta sobre la nota racial, Francia restauró la dimensión social con una transparencia rotunda. Los datos son elocuentes:cuanto más prosperidad hay en una zona, más votos se cuentan a favor de Emmanuel Macron. La otra Francia ha sido objeto de relatos y evocaciones, pero nadie se ocupó de ella. Contrariamente a lo previsto, no fue la infección radial la que monopolizó el debate sino la desesperanza social.


La izquierda está ausente de lo que siempre ha sido su identidad histórica:reconectar, a través de la igualdad, las sociedades fracturadas. La misión le incumbe paradójicamente a un liberal profeso, que carece de partido y cuya próxima y cercana misión, el próximo 21 de junio, consiste en armar una mayoría legislativa para gobernar. ¿Con quién ? ¿Cuántos socialistas irán bajo sus afiches ? Hoy se perfilan dos sólidos ejes de oposición:la ultraderecha, y la izquierda radical de Mélenchon. Su respectivos porcentajes en estas elecciones les permiten conjeturar una traducción legislativa de sus fuerzas presidenciales. Emmanuel Macron está en el centro de ese tablero cuyas complejas realidades fueron más rebeladas por el cambio de retórica del lepenismo que pasó de la xenofobia a la denuncia social que por sus propios diagnósticos. Con esta elección, la desigualdad cifrada en estudios y trabajos sociológicos adquirió el rostro de la gente, reconquistó su identidad. Con Trump, el mundo dejó de ser lo que era y, con la elección francesa, de pronto se recupera la pregunta sobre lo que quiere ser. No sólo hay consumidores de los últimos modelos de celulares, sino, millones de personas que tienen otras preocupaciones más inestables que atender. La elección francesa sopló la cortina de humo de la tecno ilusión, la de la digitalización feliz, la de un mundo integrado y mega conectado donde basta con cliquear sobre un “like” para ser parte de él. Quienes cliquearon en la urna tangible de la extrema derecha no son todos fascistas, ni xenófobos, ni anti mundo. Tal vez sólo hayan pedido, mediante el resentimiento, que los incluyan, que les construyan rutas, sucursales bancarias, mejores escuelas, internet más rápido, mejor acceso a la educación de sus hijos, que les pinten la escabrosa tristeza en la que tantos y tantos suburbios del mundo viven sumidos. La desigualdad social y el enriquecimiento de unos pocos sobre el empobrecimiento de muchos ha sido la narrativa reflexiva de los últimos años. Nunca se había hablado tanto y visto y debatido tan poco. Francia la puso en la pantalla ampliada de la híper realidad, allí donde Trump la había ocultado con sus patrañas raciales y sus insultos a las elites intelectuales.


La apuesta de la recomposición social se la llevó Emmanuel Macron. Sus primeras medidas van en contra de la reconexión. El electo presidente se pondrá, como primera medida, manos a la obra para hacer adoptar una “reforma en profundidad” de la ley sobre el derecho laboral, la misma que, desde el año pasado, levantó un muro de protestas callejeras y terminó de hundir un poco más la tenue presidencia de François Hollande. Todo lo contrario de una política social o de atención a la Francia que está del lado menos floreciente de la fractura. Esta vez, sin embargo, toda anticipación suena a disparate. La elección presidencial, hasta el final, ha sido una sinfonía de singularidades que fueron contradiciendo a los más acertados analistas. Entramos, con Francia, en la quinta dimensión. Los esquemas de antes se quedan cortos y los nuevos habrá que inventarlos para comprender la frondosa y cambiante realidad humana. Lo que, por encima de las retóricas diseñadas por los comunicadores y propagadas por Macron, sí persiste y se ha renovado es el eje izquierda derecha. Nunca fue tan pujante, ni tan evidente la necesidad de una izquierda poderosa que mire y se comprometa cuerpo y alma allí donde siembra su futuro la ultraderecha.

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“Es tiempo de crear, construir
y transitar nuevos caminos”.
Isabel Rauber

 

¿Alguien tendrá memoria de la primera convocatoria realizada en Colombia con el supuesto propósito de lograr la unidad entre las organizaciones sociales y políticas? ¿Sucedió hace 40 años? ¿O tal vez fue hace 3 décadas? ¿Quizás la convocatoria tuvo lugar hace 25 años? Como sea, desde varias décadas, una y otra vez los movimientos sociales y organizaciones políticas, a pesar de actuar enconchadas en su imaginario y diseño político, dicen buscar la unidad. Para lograrla han convocado infinidad de congresos, seminarios y talleres.

 

El pasado mes de marzo, durante los días 17 y 18, sesionó en Bogotá otro evento con igual postulado. Citación similar a la realizada hace varias décadas, o tal vez una, o tal vez cinco años atrás, o quizás el año inmediatamente anterior. Unidad, su necesidad es inobjetable, la pregunta vuelve y juega, ¿es posible?

 

La del 17 y 18 decía: “Asistimos a un momento que requiere un salto cualitativo [...]. La unidad política de todos los sectores partidarios y sociales [...]”.

 

¿Alguien está en contra de tal propósito? No. Desde hace cinco décadas, o desde hace unos pocos años, o desde el año inmediatamente anterior, todos los actores sociales dicen desearla, estar dispuestos a ella. Si es así, entonces, ¿por qué no se concreta?

 

Si leemos unos renglones más abajo de la cita ya relacionada encontramos una afirmación que dice mucho del objetivo pretendido con la unidad en los actuales momentos: “Si no se consolida el proyecto político de la unidad democrática, desde la construcción de poder popular, los acuerdos de paz no pasarán de ser buenos propósitos o efímeras reivindicaciones que pronto serán absorbidos por el modelo de dependencia y dominación”.

 

Hay que releer bien este párrafo para comprender, como también ocurrió en otros momentos de nuestra reciente historia nacional, por qué la unidad del campo popular termina siendo una quimera: “Si no se consolida el proyecto político de la unidad democrática [...] los acuerdos de paz no pasarán de ser buenos propósitos [...]”. La argumentación es categórica.

 

Ante tal afirmación cabe hacerse este par de preguntas –más allá de la importancia que le indilguemos al Acuerdo de paz en la coyuntura que corre: ¿Los acuerdos de paz compendian todos los contenidos por los cuales debe luchar la izquierda y el pueblo colombiano en este momento de su historia? ¿Si los acuerdos no recogen algunas o muchas de las necesidades inmediatas, mediatas y de más largo aliento con las cuales sueñan las mayorías nacionales, cómo será el contenido sustantivo de la unidad y el camino para lograrla?

 

En cuanto a que la unidad de la izquierda, incluso la que a toda vista es más difusa y difícil: la unidad democrática, sea la garantía para la realización de los objetivos de la paz, habría que decir que dado por sentado que el Acuerdo sí recoge lo fundamental de las reivindicaciones sociales, todavía será muy largo el trecho por caminar para su concreción, lo que demandará una manera muy distinta de accionar político para que amplios sectores sociales se sientan interpelados, convocados y, sobre todo, partícipes de un proyecto que sintetice sus necesidades. Por ello, más allá de la unidad, lo requerido es capacidad para sustentar y desplegar fuerzas en una disputa que de paso a una nueva relación poder tradicional – sectores alternativos, a través de la cual le quede claro al país nacional por qué, a pesar del Acuerdo firmado, las circunstancias de vida de las mayorías nacionales no varía, por qué la concentración de la riqueza y la desigualdad social prolongan su realidad de injusticia, por qué la violencia conserva sus dominios en muchos territorios del país, por qué la democracia continúa siendo una palabra vacía de sustancia, etcétera.

 

Insistimos: ¿Es posible sellar la unidad –la más ampliamente posible–, estableciendo en su centro un propósito que puede estar más acá y por lo tanto insuficiente ante las necesidades y afanes de quienes la izquierda dice representar, y más allá del conjunto de prioridades del tejido plural de los movimientos sociales y de la izquierda como un todo?

 

La respuesta ¡no! es categórica. Respuesta que nos invita a recorrer nuevas vías, a implementar otras formas de proceder, a girar, a romper con tradiciones políticas sepultadas por nuestros propios errores y por la historia misma.

 

Es claro. No es posible lograr la unidad del más amplio espectro social y político si ella está predefinida como vía para lograr el propósito central de uno o de varios proyectos de izquierda, sobre todo de quienes parecen que repiten el llamado a la unidad como si el problema fuera ella misma, como si la ‘cosa’ tuviera vida propia por fuera de un cuerpo –en este caso político y social– y de un tiempo, sin parar a preguntarse por qué ha sido imposible, tantas veces, sellarla como factor consustancial para un salto cualitativo y cuantitativo de quienes la pretenden.

 

Ahora sucede que el llamado a la unidad vuelve y queda en el aire –a pesar de supuestamente ser fundamental para la concreción de los acuerdos de paz–, pero si repasamos la historia reciente del país, seguramente encontraremos que la ‘unidad’ tenía como propósito, en unas ocasiones, ganar las elecciones, en otras lograr la liberación de los presos políticos, garantizar mayor presencia en uno u otro territorio de la geografía nacional también podía ser uno de los motivantes. Tales propósitos seguro que correspondían a necesidades sentidas en aquellos momentos por parte de uno u otro proyecto político, por lo cual tenían validez, pero con toda seguridad no cobijaban los intereses del conjunto político alternativo. Y con seguridad tampoco recogían los intereses y necesidades de las mayorías empobrecidas y marginadas, a las cuales se las ‘representa’ pero no se les consulta.

 

Una vez más. El propósito de la unidad es innegable en su imperiosa necesidad, pero la forma de procurarla no resulta procedente. Con seguridad, en los eventos realizados para discutir su necesidad todos, o la mayoría de los convocados, llegaron y expusieron sus argumentos –sus análisis de coyuntura–, en los cuales confirmaron de manera afirmativa la necesidad de la unidad, pero también, con seguridad, en los hechos siguieron concentrando sus fuerzas alrededor de la concreción de su ideario ideológico, político y lo que éste les indicara que era más imperioso, reforzando su proceder con lo indicado por su programa, mínimo y máximo.

 

Así, como en un diálogo de sordos, este tipo de eventos recorre, una y otra vez, un camino que a ninguna parte verdaderamente importante conduce, un reencuentro para saludos y despliegue de buenos propósitos que, cuando más, lleva a coordinaciones puntuales, bien para realizar un evento, una jornada de protesta, o realizaciones similares.

 

Sin embargo, volvamos a lo que nos dice Isabel Rauber, intelectual argentina que abrió el evento realizado en marzo anterior: “Es tiempo de crear, construir y transitar nuevos caminos”.

 

Y en esa orientación, las conclusiones del evento en cuestión realzan que “[...] el Método y la Ética es central para el ejercicio de una política renovada”. Método, categoría siempre relegada pues lo fundamental es el propósito y la seguridad en el objetivo central del proceder de cada proyecto político y social. Y ética, la cual, por descontado, se supone pulcra y unánime, pues el propósito de “liberación de la humanidad” así lo dispone.

 

Por fortuna los tiempos cambian. Ahora no es suficiente con acertar en el propósito central, ahora es indispensable establecer cómo proceder para su concreción. El Método, precisamente ese que es necesario explorar con nueva vista pues en los tiempos remozados que vivimos ya no es posible proseguir tras la ‘unidad’ –política– sin partir de las mismas luchas e imaginarios populares, de sus demandas inmediatas y mediatas.

 

Método, cambio de proceder para alcanzar un certero vínculo social, que nos obliga a alistarnos para realizar entre las diversas organizaciones y proyectos proclives a la ‘unidad’, una verdadera vuelta a Colombia a través de la cual identifiquemos en diálogo con las mayorías sociales– de las más diversas identidades y territorios–, intereses, necesidades y sueños, fruto de lo cual estructuremos una plataforma de lucha común con la cual construyamos una “unidad social”, algo más concreto que la “unidad política e ideológica”.

 

Tal vez si así procedemos, logremos romper el esquema y el dogma, los mismos que llevan a que cada cual parta para el análisis del país y de los tiempos que corren, únicamente de sus esquemas ideológicos. Actuar similar al adoptado, desde siempre, por iglesias e imperios, para los cuales los otros siempre fueron bárbaros y por ello era necesario someterlos. La pluralidad no tenía cabida en su lógica. Occidente enseña mucho sobre este particular.

 

Y la ética, esa misma que las mayorías encuentran totalmente marchita en el proceder cotidiano de los políticos, hay que fundirla como sello indeleble en el actuar de los sectores alternativos.

 

Es por ello que, en esa perspectiva de creación, de transitar nuevos caminos, de coherencia ética, mientras alcancemos esa edad de madurez que demanda la misma ‘unidad’, es indispensable superar la lectura y el interés de grupo y abrazar el interés mayoritario de los excluidos y empobrecidos. Mientras esto llega a ser una realidad, lo que corresponde de manera sensata en todas las organizaciones dispuestas a ello es la coordinación, la unidad de acción.

 

Diagnóstico reforzado por las mismas conclusiones emanadas por el evento unitario acá comentado, el cual enfatiza que el llamado a la unidad realizado por el mismo es: “[...] un hecho inédito e histórico [...]”!! ¿Hace cincuenta años, hace cuarenta, o hace un año, no se decía lo mismo?

 

Un lugar común. Como no lo fue otra de sus conclusiones: “[...] evaluar, crítica y propositivamente, las experiencias históricas pasadas y presentes...”.

 

Reto obligatorio de encarar sí de verdad existe disposición, como nos invita Isabel Rauber, para transitar nuevos caminos, pues como está comprobado, una y otra vez: “él que no conoce la historia está condenado a repetirla...”. Conocimiento que demanda de otro ingrediente de igual importancia: la disposición a reconocer los errores, a superarlos, dejando a un lado las agendas de grupo, las cuales presuponen que siempre sea más importante lo definido por mi colectivo que lo priorizado por los otros.

 

Propósitos, uno y otro, que no son factibles de materializar por fuera de la acción social concreta, pues solamente la necesidad obliga a romper con las pesadas herencias que todos y cada uno de los proyectos sociales y políticos cargamos.

 

Así lo enfatiza también Isabel Rauber: “Apostar a la construcción del protagonismo colectivo de los pueblos para construir la fuerza político-social de liberación es el factor neurálgico que marcará el rumbo y las dinámicas políticas del presente y el futuro inmediato en los procesos populares en curso en cada país y en la región. Es vehículo, también, para la construcción de la unidad de los pueblos”.

Publicado enEdición Nº234
California: corazón de la resistencia contra Trump

La batalla por el alma de California ya empezó entre el multiculturalismo, enarbolado por el Partido Demócrata, y el trumpismo, supremacismo populista de los WASP(white anglo-saxon protestant): blancos-protestantes-anglosajones.


Sobre el Calexit –salida de California de Estados Unidos (EU), al estilo Brexit de la Unión Europea, cuyo referendo sobre su independencia está programado para la primavera de 2019, cuando Trump, si no le sucede algún accidente en el camino, estaría a la mitad de su primer mandato– abordé que ya abrió su embajada en Moscú y que comportaría tres relevantes factores centrífugos que tendría que compartir con el trumpismo, a lo cual también habría que agregar el reparto del agua: 1) la base naval nuclear de San Diego; 2) el centro cibernético de Silicon Valley, y 3) Hollywood: centro de la tóxica propaganda orwelliana controlado por el sionismo (https://goo.gl/W2uvsk).


Llama la atención que entre los representantes del Calexit en su sede de Moscú no se encuentre ningún latino.


El New York Times (NYT), que se volcó sin recato por Hillary y se caracteriza por ser uno de los principales opositores de los alicaídos multimedia contra Trump, ahora opera una sección especial California Today (https://goo.gl/l42dGS).


Pregunta tonta: what for?


Rafael Bernal, de The Hill, que condensa las noticias legislativas y es muy proclive a Hillary, afirma que California se ha convertido en el corazón de la resistencia contra Trump, con una agenda progresista.


Bernal, de notorio origen latino, arguye que el estado dorado, donde Hillary venció a Trump por más de 4 millones de votos, es el centro del poder político de la izquierda (sic) y es el “hogar de Silicon Valley y Hollywood, dos industrias que se inclinan a la izquierda (https://goo.gl/BSPqlr)”.
Más allá de que cuente en su seno con poderosos líderes políticos del Partido Demócrata –el gobernador Jerry Brown y Nancy Pelosi, la primera y única mujer líder de la Cámara– y con 40 por ciento de su población de origen latino, Bernal considera que California será el centro de batalla de la agenda de inmigración de Trump.


Los altos funcionarios del estado, como Álex Padilla, de notorio origen latino, aseveran que se opondrán a las políticas federales (sic) de Trump, que dañarían a California, así como al nominado para el Departamento de Justicia, el senador Jeff Sessions, de Alabama, quien ostenta una línea dura antimigratoria.


El flamante primer procurador general estatal de origen latino, Xavier Becerra, estará a cargo de la defensa de los migrantes mediante las reglas de juego legislativas y jurídicas.


El combativo procurador Becerra, quien aboga por el valor verdadero de la diversidad y la amnistía en favor de los indocumentados, ya retó a Trump para ver si pueden pasar las leyes federales por encima de la totalidad mayoritaria del estado dorado.


La clase política de California está bien blindada y dispuesta a entablar una feroz resistencia al avasallante trumpismo.


A juicio de Bernal, con California como bastión progresista, el choque potencial entre el mayor estado del país y el gobierno federal podría sumir a las dos mayores burocracias del país una contra otra en los dos extremos opuestos del espectro político en casi todos los temas.


Los alcaldes de California se han comprometido a resistir la feroz política de deportación de los indocumentados, como el relevante alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, quien desea conservar como santuario a la importante ciudad.


La batalla de los santuarios no será menor y el representante texano del Partido Republicano, John Culberson, amenazó con accionar el interruptor de los fondos federales, a cargo del Departamento de Justicia, en las nueve principales jurisdicciones de santuarios a partir del primer día del inicio de la presidencia de Trump (https://goo.gl/Q0ijen).


Los funcionarios de Los Ángeles, casi 4 millones de habitantes, acaban de colocar 10 millones de dólares para financiar los costos legales de los residentes que enfrentan la deportación.


Los nueve santuarios en litigio son: California, Conecticut, Orleans Parish (Luisiana), la ciudad de Nueva York, Filadelfia, Cook County (Illinois), Miami-Dade County (Florida), Milwaukee (Wisconsin) y Clark County (Nevada).


Joel Pollak, de Breitbart (portavoz de Trump), afirma que no existe base legal para las ciudades santuario, ya que, de acuerdo con una decisión de la Suprema Corte en 2012, la ley de inmigración es exclusiva jurisdicción federal, cuyo mismo principio podría ser aplicado por Trump contra la rebelde California (https://goo.gl/RdSSgq)”.


Adam Nagourney y Henry Fountaina, del NYT, comentan que el gabinete Trump se ha colmado con nominados que niegan la ciencia del calentamiento global, a grado tal que el mismo Trump ha señalado retirar a EU del Acuerdo sobre el Cambio Climático de París, lo cual colisiona con California,“un estado que durante 50 años ha sido el líder en la defensa ambiental (https://goo.gl/pHHnhG)”.


En desafío, el gobernador progresista Jerry Brown, al unísono de los líderes legislativos estatales, han anunciado que trabajarían directamente con otros países (¡supersic!) y estados (sic) para defender sus logros del combate al cambio climático y operan ya para reducir la emisión de carbón en California a 40 por ciento de los niveles de 1990 en los próximos 12 años.


Jerry Brown encabeza la iniciativa “bajo 2 grados (http://under2mou.org)”: coalición de gobiernos estatales/regionales/locales en 33 países (entre quienes se encuentra México) y más de 160 jurisdicciones.


Por México firmaron nueve de 31 estados y Ciudad de México: Baja California, Chiapas, Hidalgo, Jalisco, estado de México, Michoacán, Quintana Roo, Tabasco y Yucatán (https://goo.gl/AyvRpp). ¿Qué valor soberano tiene tal iniciativa?


A juicio de los reporteros del NYT, la réplica de Trump puede ser feroz y reducir los fondos para la amplia comunidad de investigación del estado, que incluye a dos laboratorios nacionales, y hasta nulificar las regulaciones estatales sobre las emisiones al aire limpio y los parámetros de combustible de los automóviles, lo cual orillaría a relocalizar las empresas manufactureras en otros estados.


Joel Pollak cataloga de izquierdistas a los partidarios del Calexit y aduce que “nunca ha tenido éxito el esfuerzo de dividir a California o separarse de EU (https://goo.gl/sJrqlW)”. Cita a John Myers de Los Angeles Times: desde 1849, más de 200 esfuerzos (sic) para separar a California han fracasado.
A principios de 1940, la secesión del estado Jefferson (norte de California) estuvo cercano a la separación, pero el bombardeo de Pearl Harbor socavó su esfuerzo.


Tampoco el movimiento de las seis Californias pudo calificar para formar parte de las boletas en 2016.


A juicio de Pollak, Calexit significa más un movimiento de protesta, que una genuina separación: se parece a una segregación –al estilo de George Wallace, quien desafió la autoridad federal–, en el tema de la integración racial.


Suena absurdo que la mayoría de los votantes de California sufrague en favor de su propia deportación. La batalla entre la rebelde California y el supremacista Trump apenas empieza.


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Presidencia sitiada de Trump: ambiente de guerra civil

 

El choque tectónico del triunfo de Trump ha sacudido las entrañas del epicentro de EU y provocado reverberaciones telúricas a sus dos fronteras, México y Canadá, y a los cuatro rincones del planeta donde, en medio del caos doméstico/global que lega la sectaria presidencia de Obama, permanecen como "fractales" dos superpotencias, Rusia (a escala geoestratégico nuclear) y China (a escala geoeconómica); mientras, en Medio Oriente se consolida como el gran vencedor Israel, en la etapa de Estado Apartheid/racista/paria del primer Netanyahu y, en cierta medida, con las victorias relativas de Turquía y Egipto, que gozan de óptimas relaciones con Trump.

Ya había advertido los prolegómenos de “guerra civil larvada (https://goo.gl/2JHxaK)” y el “fracking doméstico” de la revuelta del "trumpismo, con o sin Trump": supremacismo/populismo/nacionalismo blanco (https://goo.gl/i86rDg).

Los multimedia rusos culpan a George Soros de organizar una guerra civil: una revolución de "color púrpura" para el "cambio de régimen" en EU.

Dos manifestaciones multitudinarias anti Trump de los grupos que maneja Soros serán celebradas, una el 20 de enero, día de la toma de posesión, y otra el 21 con la "marcha del millón de mujeres" pro Hillary, las cuales en forma ominosa colisionarán con la avalancha de 2 millones de supremacistas/populistas/nacionalistas WASP que viven fervientemente, a mi juicio, el "cuarto despertar" de los fundadores nativistas/puritanos de EU (https://goo.gl/RMSQvT).

Pese a que dejen mucho que desear (https://goo.gl/y687jO), una reciente encuesta Gallup expone que 77 por ciento de los estadunidenses perciben a su "país" "muy dividido en los valores más importantes".

Siguen las manifestaciones en las universidades, calles y en varias ciudades, a favor y en contra de Trump.

A mi juicio, similares manifestaciones multitudinarias de los WASP hubieran sucedido en caso del triunfo de Hillary, quien también hubiera tenido su "presidencia sitiada".

Soros, supremo perdedor que financió a Hillary con Goldman Sachs y los Rothschild, versó ahora 10 millones de dólares para combatir las "fuerzas oscuras" de Trump (https://goo.gl/eNaJ4Z).

El grupo global de Soros maneja en forma incontinente el término "odio", de acuerdo con la "técnica Hasbara", que significa "odio ajeno" cuando no provenga de Israel.

Es irónico que Soros, desde su malignidad, que encubre de "filantropía", evoque una inmanente y demente "superioridad moral" de la que carece cuando ha sembrado el caos por doquier, con el fin de obtener exorbitantes ganancias bursátiles (https://goo.gl/8M7b0s).

Entre los escollos centrífugas que enfrenta Trump, antes de su toma de posesión, que desestabilizarán aún más a EU, se encuentra la súbita cuan extraña resurrección de Jill Stein, del Partido Verde, con uno por ciento del voto popular (https://goo.gl/KwpStz), que pagó 5 millones de dólares por un recuento de votos en Wisconsin (10 votos electorales; diferencial de 27 mil 257 sufragios entre Trump y Hillary), dejando bajo la espada de Damocles a Michigan (16 votos electorales; diferencial de 11 mil 612 votos) y Pensilvania (20 sufragios electorales; diferencial de 68 mil 236 votos) que en teoría podrían revertir el resultado y poner en tela de juicio la legitimidad del Colegio Electoral que emitirá su sufragio el 19 de diciembre (https://goo.gl/FQHBkT).

Detrás del insólito recuento desestabilizador en Wisconsin se encuentra Soros (https://goo.gl/jXRvTG).

En plena transición suena inverosímil que Obama coadyuve una permuta presidencial.

Lawrence Lessig, jurista de Harvard (pro Hillary), incita al Colegio Electoral a pronunciarse por Clinton, mientras no faltan quienes alegan que existió ciberfraude (https://goo.gl/g7XP6s). ¿Un INE mexicano en EU?

California busca(ba) su secesión antes de Trump –"Calexit": plebiscito para su independencia en 2019–, y hoy menos que nunca querrá ser gobernada por un presidente que abomina.

Muchos estados de la "Unión" buscan la secesión: desde Oregon hasta Texas.

Los alcaldes "demócratas" de Chicago, el israelí-estadunidense Rahm Emanuel (ex jefe de gabinete de Obama), y de Nueva York, Bill de Blasio, han declarado a ambas ciudades "santuarios" ante la inminente deportación masiva de 3 millones de ilegales.

No es para menos la sicosis colectiva que ha provocado el choque tectónico de Trump: desde México –donde un accionista de Televisa exigió en forma sicótica el magnicidio de Trump en un twitt que luego borró (https://goo.gl/BBwhKP)– hasta Fred Hiatt, editor del Washington Post, rotativo del establishment , quien aboga "la lucha para defender la democracia", como si, guste o disguste, los 306 votos electorales de Trump –36 más del mínimo de 270 y 74 más que Hillary– fueran anti-democráticos (https://goo.gl/sFTKST). ¡No, bueno!

El grave problema, aún para mentes brillantes, en esta fase de descomposición de EU –y quizá de su balcanización– es que sucumben a sus soliloquios onanistas que niegan la nueva realidad nacionalista/populista que no asimilan en su gueto mental.

El incendiario Pat Buchanan, ultraconservador católico y ex jefe de prensa de Nixon/Ford/Reagan, marginado por los multimedia controlados por Wall Street, diagnostica que EU se encuentra "dividido sin esperanza (sic) en temas culturales, morales y políticos, y cada vez más en los ámbitos raciales y étnicos", por lo que la presidencia de Trump “estará sitiada (https://goo.gl/iluT41)”.

A mí nunca me preocupó tanto Trump como el trumpismo per se, cuyas tendencias detecté con bastante antelación e, incluso, 12 horas antes de la elección, como consta en mi ponencia auspiciada por Casa Lamm/ La Jornada (https://goo.gl/9ZlC9h).

EU sufre poderosas fuerzas centrífugas que carcomen su "Unión", en sincronía de fuerzas centrípetas nacionalistas anti EU en el mundo, mientras que, en forma paradójica como reflejo del caos global, el dólar escala los niveles más altos de los pasados 13 años y sus bolsas superan récords históricos.

Hace ocho años señalé que el decano diplomático ruso y especialista en ciberguerras, Igor Panarin (IP), había vaticinado 10 años atrás, la protobalcanización de EU en seis pedazos y su debacle económica (https://goo.gl/IWwY6n): 1. La "República de California"; 2. La "República de Texas"; 3. La "República Centro/Norte"; 4. "EU del Atlántico", que a mi juicio se uniría al Brexit; 5. Alaska, y 6. Hawaii (https://goo.gl/9x7SjN).

En forma impactante, tres de los seis pedazos balcanizados de EU por IP (https://goo.gl/Vjgcs9) prevalecieron: el voto costero occidental del eje California/Oregón/Washington se volcó por Hillary, frente al voto pro Trump en el cinturón industrial (rust belt), dominado por el eje Pensilvania/Michigan/Ohio, y el cinturón bíblico (bible belt), encabezado por la "República de Texas".

Sea el escenario que fuere en EU, lo real es que su destino etno-teo-geopolítico alcanzó también a sus dos vecinos: Canadá y México, que no disponen de muchos anticuerpos geopolíticos ni geofinancieros.

Lo peor que puede suceder, como en forma insensata operó el frívolo Senado del "México neoliberal itamita", es tomar partido en una guerra civil ajena porque se corre el grave riesgo de sufrir las consecuencias colaterales. México debe serenarse.

 

 

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Todos vienen porque todos quieren ver a Papá

EN LOS LARGOS AÑOS DE EMBARGOS Y AGRESIONES, ERNEST HEMINGWAY HA SIDO EL LAZO ENTRE CUBA Y ESTADOS UNIDOS.

 

 

El mito de Ernest Hemingway ha sido y es tan poderoso que sigue intacto en esta Habana que se reconfigura en el siglo XXI. Hasta el cóctel daiquiri, inventado en Cuba en el siglo XIX, es el más consumido en Estados Unidos y parte del mundo.

Toda la gente viene a ver a Papá. Antes de atravesar la puerta se olvidaron de lo que eran y una vez adentro ya no se acuerdan de lo que desean ser. Circundan el espacio donde toca la orquesta y van hasta el rincón donde está Papá. Lo abrazan, lo besan, lo acarician, se sacan fotos con él. La gente se pelea por estar a su lado, por pegar sus mejillas a las suyas, por tocar con sus manos esa figura de ojos entrecerrados, capturada para siempre en la inmortalidad romántica de una resaca tranquila, o de una borrachera naciente. Nunca sabremos. El magnetismo de Papá Hemingway –así lo llaman los cubanos– sus libros, sus historias, verdaderas o falsas, la estatua que lo fijó en el tiempo en este rincón de uno de los bares más celebres del mundo, el Floridita, la música endiablada de la orquesta y los reconfortantes daiquiris provocan un estado de levitación física y espiritual del cual Papá Hemingway es el centro. En todos estos años de embargos y agresiones, Ernest Hemingway ha sido el lazo entre Cuba y Estados Unidos. Su leyenda fue, a su manera, una forma de relación entre la isla y los continentes. Los mitos despliegan sus alas y nos envuelven en la eternidad de su vuelo. El de Ernest Hemingway ha sido y es tan poderoso que sigue intacto en esta Habana que se reconfigura en el siglo XXI. Hasta el cóctel daiquiri, inventado en Cuba en el siglo XIX, es el más consumido en Estados Unidos y parte del mundo.


Un abogado norteamericano, oriundo de Florida, “de la Isla del Tesoro” según precisa, llora a lágrima tendida mientras se apoya en la estatua de Hemingway. “Hubiese querido ser escritor”, confiesa rodeado por un guardaespaldas costarricense y un miembro de la seguridad cubana que impide que la gente se acerque a Papá Hemingway. Adentro del Floridita hay un ambiente de algarabía humana volcánica y contagiosa. Chinos, coreanos, argentinos, alemanes, norteamericanos, ingleses, singapurenses, mexicanos, italianos, franceses o canadienses celebran una fiesta sin motivo. Aplauden, bailan como pueden sobre el compás de los tambores ejecutados por dos bellas cubanas, se abren paso a codazos para conseguir un ángulo y tomar una foto de la estatua de Papá Hemingway acodado a la barra, justo delante de la foto donde está Hemingway con Fidel Castro tomada el día en que el escritor norteamericano le entregó a Fidel el premio al mejor pescador.


Hay algo conmovedoramente humano en esta isla mundo que subyuga y atraviesa todas las corazas. El planeta entero ha venido y continúa viniendo aquí. Cuba no es una isla, sino un continente isla de un magnetismo frondoso. Cuba embriaga, con o sin Revolución. “Bienvenido al mundo sin Monsanto”, dice con tanto orgullo como insolencia Roberto, un joven habanero que alquila por minutos su tablet y el acceso a internet en la calle 23. Es cierto, aquí no están ni Monsanto, ni internet en todas las calles, ni McDonald’s, ni avisos con mujeres pomposas que venden cepillos de dientes, ni publicidades de perfumes con seres andróginos, ni la marca de la manzana, ni todas esas agujas con las cuales el liberalismo tienta o inventa falsos deseos. Casi no hay nada de lo que hay en el liberalismo mundial, y en muchos casos faltan cosas esenciales. Puede, de pronto, ser un inconveniente, pero las más de las veces es una salvación.


El liberalismo continental ha levantado tribunas en torno a Cuba para presenciar la agonía del socialismo cubano. Es mal conocer la historia de Cuba, y a los cubanos. “No somos un pueblo de pescadores adormecidos que espera la redención capitalista, sino una sociedad cabalmente consciente de los defectos que quiere corregir y de los horrores que no quiere importar”, precisa con una amplia sonrisa provocativa Iván, otro joven habanero que se esta estrenando en las nuevas formas de comercio que se abren paulatinamente en medio de cierta confusión. Eso se respira en cada calle, en cada hora: una suerte de fiereza orgullosa, de frontera soberana cuya entereza precede la Revolución. Por algo un aventurero como Hemingway puso sus raíces en la isla cuando llegó en la primavera de 1928 con su segunda mujer, Pauline Pfeiffer, a bordo del barco Orita, proveniente del puerto francés de La Rochelle. Había venido a pescar el espadón, pero lo embrujó la magia de aquella Habana. Pasó dos días y regresó unos años después para instalarse primero en la habitación 511 del hotel Ambos Mundos. Casi como hoy, salsa, son, rumba, chachachá o boleros salpicaban las noches habaneras. “El Hotel Ambos Mundos es un buen sitio para escribir”, contó Hemingway sobre su vida en aquellos tiempos en los que, en Cuba, escribía Por quién doblan las campanas. El hotel y la habitación son hoy una suerte de patrimonio cultural de Cuba. Hemingway presintió lo que cualquier turista o candidato a inversor percibe en La Habana: hay un ingrediente poderoso e inasible, una energía orgullosa, un humor que sabe hacerles frente a todas las contingencias y una lectura de la historia nacional permanentemente reactualizada. “Lo más lindo que tenemos en este país es nuestra historia”, dice Iván.


Ahí está esa historia, o esas historias, para demostrarlo. La de la Revolución, para empezar, que no es un “episodio” o un “golpecito” sino el resultado de una construcción histórica y colectiva. La prensa esclava del relato liberal o de la restauración conservadora que se rearmó en América latina con el golpe de Estado en Honduras contra Manuel Zelaya usa el término “revolución” con un significado burlón, maldito o peyorativo. Estén o no con ella, la Revolución es para los cubanos como la democracia para los franceses: es una pertenencia, una reformulación de su realidad. Quien sueñe con ver a los cubanos arrodillados ante las sucursales que, tal vez, los imperios abrirán algún día en la isla están perdidos. En La Habana se siente la potencia del ansia por las transformaciones, al mismo tiempo que la decisión de no ceder más allá de lo que la dignidad dicta. La literatura fundacional de Cuba lo cuenta todo. Como el Martín Fierro argentino, Cuba tiene su poema épico, “El espejo de paciencia”, escrito en 1608 por Silvestre de Balboa. La obra narra un hecho ocurrido en el Puerto de Manzanillo, cuando el obispo de Cuba, Don Juan de las Cabezas Altamirano, fue secuestrado por un pirata francés, Gilberto Girón. El pirata buscaba extorsionar a la comunidad a cambio de la libertad del obispo. Pero los cubanos dijeron que no y decidieron atacar a los piratas durante la transacción por el rescate. En la pelea perdieron los piratas y el obispo fue salvado por el esclavo Salvador Golomon. Quizás, cuando vengan en masa los nuevos piratas del capitalismo, ese soberanismo radical que define la cubanidad interceda a favor de la isla. Algunos signos de piratería ya surgen aquí o allá, en los sectores restaurados de La Habana Vieja, sobre todo en la calle Obispo, cuyo lujo, aunque modesto, contrasta con la pobreza de otras zonas del centro. Esta arteria peatonal intenta parecerse a esas horrendas hermanas llenas de comercios contaminantes tan comunes en las capitales donde manda el liberalismo parlamentario. Pero la Cuba de los sueños que subyugó a Hemingway siempre acecha con su magia implícita. En la misma calle Obispo hay un restaurant de los que parecen imposibles: La Lluvia de Oro. De afuera, parece común, adentro vive lo extraordinario. La orquesta de músicos vestidos con una camiseta verde encendió la sala llena de cubanos auténticos mezclados con algunos turistas que no resisten la llama del ritmo. Todos bailan entremezclados. A un lado de la orquesta, un hombre blanco, vestido con pantalones cortos, mocasines, medias blancas y una camiseta verde, toca su trombón acompañando la orquesta. El hombre, muy entrado en años, parece poseído por la felicidad. Su trombón suena al unísono de la orquesta, hermanado con ella, su fisionomía no. Es un turista, alemán o del Norte de Europa, a quien la magia de una noche y de su gente le permitió realizar su sueño: tocar la salsa endiablada junto a una orquesta cubana.


La gente sigue peleándose para llegar a donde está Papá Hemingway. Se acaba de ir Barack Obama y también pasaron los Rolling Stones. Se siente en las entrañas que algo cambiará y de esa intuición surge algo igualmente potente: Cuba respira el futuro, sea cuál fuere el perfil de la Revolución. Tantas cosas les hicieron, los arrinconaron, los bloquearon, los agredieron, los humillaron, los privaron de todo como Occidente no lo hizo con ninguna de las más aborrecibles dictaduras de la historia: les vendió armas, productos y hasta tecnologías para espiar a sus ciudadanos. A Cuba le embargaron hasta el arroz. Y sin embargo, están de pie, y como no se rindieron elegirán plenamente su futuro. Cuba es un espejo en el que nos podemos mirar. Un espejo de paciencia y de resistencia. En La Habana sobran los símbolos y los relatos mitológicos, y también falta de todo. Falta internet, pero sobra la humanidad. A la hora en que el resto del mundo se encierra en sus casas y sus pantallas y sus smartphones, La Habana sale a la calle en ese preciso instante encantado del atardecer. La Habana corre a reunirse en el Malecón, frente al mar. Miles y miles de personas se hablan y se codean a lo largo de kilómetros y kilómetros de un paisaje que mira al mar, al futuro, al no miedo. Aquí no hay miedo. Europa tiembla ante la amenaza de que la cultura musulmana reemplace a la europea. En México, la gente tiene un complejo de inferioridad ante Estados Unidos. En Argentina le tienen miedo a Telesur. Los cubanos no le tienen miedo al imperio.

Hay, como se dice en voz baja, una “guerra incruenta”. Iván conduce su auto a lo largo del Malecón poblado de humanidad. Entre mar, atardecer y chispas de multitud, desliza una frase de la sabiduría local: “De todas formas, esta guerra contra el imperio nunca se va a terminar. Porque si se acaba, no vamos a saber qué hacer...”. En la radio suena la voz del cantante y poeta Polo Montañez: “Para qué sufrir, para qué llorar, si me queda un mundo todavía por delante”.


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Orquestando una paz justa para los de abajo

Si se resume, la dirección de orquesta cumpliría la función de coordinar un grupo heterogéneo, polifónico, múltiple y dificultado en sí mismo para guiarse y unificarse musicalmente. Podría decirse, concisamente, que la interpretación múltiple de voces e instrumentos requiere de alguien que marque el carácter del tiempo, el compás, el pulso, el ritmo y el bajo continuo en la interpretación orquestada de una obra; su ritmo adecuado y acople requiere, pues, de quién guie las polifonías hacia líneas melódicas que puedan ser armónicas en su conjunto.

 

¿La figura indicada para ello? El director de orquesta. Al menos ese parece ser el método hasta ahora utilizado. De la figura del director de orquesta puede reconstruirse su formación en el siglo 19, su consolidación en el 20 y antecedentes en el instante mismo en que se dio la primera interpretación musical múltiple, momento en el que alguien debió marcar el inicio.

 

Pero, ¿qué modo tomaría esta dirección si los músicos a orquestar son los mismos autores de la partitura? Tamaño conflicto. No sirve el canón, no abrevia mucho el director ¿Y cuando la música a orquestar es una democracia popular y una paz con vocación de poder, cuya composición no está terminada?

 

¡Alto! volvamos a empezar... Tenemos a tres concertinos en esta orquestación de una paz social justa para los de abajo: a Clamor Social, que marca un línea melódica entre organizaciones civiles por la paz, con carácter social más que político; al frente de partidos y profesionales políticos Frente Amplio por la paz, la Democracia y la Justicia Social y, por último, a la Cumbre Agraria, Étnica y Popular, plataforma de organizaciones agrarias, campesinas, afros e indígenas que agrupa a sectores de los sujetos más subalternos del campo.

 

El pasado 10 de julio nos adentramos en un primer ensayo convocado para la interpretación de esta obra; la cita tomó escenario en la ciudad de Bogotá "el seminario-taller por la unidad y la paz", con el objetivo de "avanzar en la articulación y confluencia de iniciativas, plataformas y procesos ciudadanos, sociales y populares de cara al fortalecimiento del movimiento social y político por la paz [...]".

 

Con discusiones en torno al carácter y alcances del movimiento, a las formas y mecanismos de participación y acción, a sus estrategias, instrumentos, espacios de coordinación, así como sobre los escenarios de acción política y social, los referentes programáticos y la agenda electoral para 2015, concluyó la discusión con un avance mínimo en acuerdos frente a la unidad política, sin articulación de agendas ni apuestas profundas de unidad en la acción para el corto plazo. La discusión merece tiempo y los ritmos de la articulación están aún marcados por una ambigua unidad de principios y horizontes comunes, bien que necesaria, no suficiente aún para orquestar una paz social de múltiples sujetos con vocación de poder y autogobierno.

 

Hacia una paz con múltiples llaves y de concierto popular

 

Es que no hay paz sin cambio, sin poder para los de abajo. Así es, sí, uno de los puntos comunes en las tres plataformas para la composición de esta paz social, disonante con la paz de una sola llave, agenda y marco jurídico del gobierno nacional. Los acuerdos del seminario-taller sobre el carácter de esta música para rebeldes y revolucionarios, demócratas y luchadoras por la paz social, buscan, por ahora, acompasar las múltiples voces de dignidad, soberanía, justicia social y democracia, de quienes han sido negados como sujetos políticos. Por ello la ruta inmediata para los tres concertinos se encaminó hacia la formulación de un ideario de unidad –sin mención alguna sobre algún accionario de unidad–.

 

Para las tres plataformas, la paz es un referente en disputa, un significante a ser llenado con la iniciativa popular, ¿cómo promover, movilizar, construir o reconstruir aquel sujeto? ¿Cómo converger en una música que sea síntesis de los cantos particulares? Esta parece ser la pregunta clave de la obra en ciernes, pero la interpretación hecha por los concertinos, en su presente inmediato, no logra armonía hacia una paz con vocación de poder desde abajo: en espiral o caracol.

 

La partitura está por componerse. La orquestación requiere dirección táctica oportuna, intrépida, colectiva y creativa, la que no cabe en las manos de uno solo de los intérpretes y tampoco en el grito sin compás de sus secciones instrumentales. Falta dirección, pero su carácter no ha de ser ni única ni exclusiva ni individual o particular.

 

Una democracia de base, con fondo económico y societal, no surgirá de un buen director ni de una partitura barroca, clásica o romántica, por heróica o quijotesca que la misma sea. Esta música está siendo interpretada desde todos los rincones del país y entona cantos de paz justa para los de abajo; la partitura que congrega está por hacerse y no solo falta el grito más vivaz o la mayor virtuosidad, sino, además, la multiplicidad asamblearia de campos y ciudades que destemple la tonalidad militar del Estado empresarial y autoritario.

 

Como ha ocurrido en otras coyunturas, durante el ensayo ya sostenido muchas discusiones no se dieron en clave de articulación y, en algún sentido las intervenciones de los distintos procesos no pasaron de la promoción de agendas particulares.

 

Aplazar discusiones con la razón de la diferencia y de la necesaria unidad de comunes, si bien mantiene la articulación política en un tono medio –acorde sonoro característico de la tensión de fuerzas desfavorable al campo popular–, también manifiesta que la música para una paz social, democrática, de vida digna y soberanía popular, se halla atemperada por la situación defensiva en la iniciativa anticapitalista.

 

Hacia un vivace para
los movimientos sociales

 

"No se puede agrupar al movimiento
político y social por la paz, en el accionar
de una sola de las plataformas".

 

Con este canto de reconocimiento a la multiplicidad de la orquesta, la obra se abre a la posibilidad de aguzar ritmos para disputar la hegemonía y acrecentar los tiempos de las prácticas anticapitalistas como utopías de presente. Posibilidad, también, para interpretar esas múltiples voces e instrumentos, con cadencia hacia utopías de poder alternativo, estatal, contra-estatal, popular o democrático; o bien, para seguir en el mismo fraseo marcado por las inercias del medio político moderno que a veces jugamos a reproducir las orquestas de izquierda: sea ello electorerismo, demagogia, clientelismo, corrupción o instrumentalización y suplantación de los sujetos.

 

Según las discusiones y contrapunteos de este ensayo, se requiere, en principio, la reconstrucción de ese sujeto de cambio a través de un método democrático que se ubique sobre coordenadas locales hacia otras nacionales e internacionales; requiere tanto así de principios democráticos, pedagógicos y comunicativos para la política, como también de la articulación de los mandatos y propuestas que desde las regiones y los distintos sectores se han construido o reconstruido; significa, además, distinguir la paz más allá del final de la guerra contrainsurgente pero más acá de la mesa en Cuba.

 

Esta orquesta busca prioritariamente una dirección común en la forma de un referente nacional legítimo, como interlocutor para disputar la coyuntura de cambio y sentar las bases de una sociedad, régimen político y modo de vida democrático, digno, popular y soberano- ¿Cómo empoderar aquel sujeto?, ¿qué programa de país lo moviliza?, ¿cómo representarlo?, ¿qué modo de vida se está disputando ahora y cuáles son sus reivindicaciones básicas necesarias? Preguntas urgentes para futuros ensayos ya que en el ahora inmediato es preciso mapear la situación de los movimientos que están en negociación de pliegos, y promover su convergencia y canto.

 

Otros de los comunes en el horizonte mediato son el fortalecimiento de la movilización social, la insistencia en los ceses bilaterales y multilaterales, en el diálogo con las otras insurgencias y en el desescalamiento del conflicto; asimismo, la ubicación de la centralidad de las víctimas en la paz, la visibilización de la agenda social y el rechazo al Plan Nacional de Desarrollo.

 

En el ensayo concertado, la participación electoral en octubre próximo fue uno de los puntos atónicos en la discusión. Si se pretende una articulación política en ese terreno, la cuestión resultó bastante escueta. Por ello la conclusión es programar la discusión de nuevo y, por ahora, actuar en el modo de cada plataforma, proceso, colectivo u organización; eso sí, sobre criterios comunes en torno a la paz, la vida digna, la justicia social, la democracia y la soberanía popular.

 

Queda entonces en la agenda: i) la realización de un encuentro nacional para discutir sobre fortalezas y debilidades de cada plataforma y movimiento; ii) formular una agenda de acción y movilización común; iii) realizar un encuentro de comunicación alternativa para definir criterios de unidad en torno a la acción política comunicativa; iv) construir un ideario de unidad como proyecto alternativo de vida digna, justicia social, soberanía popular y democracia y, v) fortalecer el bloque internacional de apoyo al proceso de paz.

 

Se está orquestando, así, una paz con vocación de cambio en medio de disonantes inercias. Para hacer la paz se necesita, claro, del poder común, pero ¿es momento para prescindir de lo que nos separa?, ¿no nos priva ello de una socialización profunda de las experiencias y apuestas de cada compositor, aún a riesgo de la autodestrucción política creativa?

Publicado enEdición Nº 216
La izquierda latinoamericana se mueve a la derecha

En más o menos los últimos 15 años hemos visto la ocurrencia de un importante viraje en la orientación política de América Latina. En un gran número de países los partidos de izquierda llegaron al poder. Sus programas han enfatizado la redistribución de los recursos para auxiliar a los segmentos más pobres de la población. Han buscado también crear y fortalecer aquellas estructuras regionales que incluyeran a todos los países de América Latina y el Caribe, pero excluyendo a Estados Unidos y Canadá.


De inicio, estos partidos tuvieron el logro de reunir a múltiples grupos y movimientos que buscaban apartarse de los partidos tradicionales orientados a la política de derecha y a los vínculos cercanos con Estados Unidos. Buscaron probar, como afirma el lema del Foro Social Mundial, que otro mundo es posible.


Los iniciales entusiasmos colectivos comenzaron a desvanecerse en múltiples frentes. Elementos de la clase media comenzaron a sentirse más y más perturbados no sólo por la rampante corrupción en los gobiernos de izquierda, sino también por los modos más y más ásperos en que estos gobiernos tratan a las fuerzas de oposición. Este viraje a la derecha de algunos simpatizantes iniciales de un cambio de izquierda es normal, en el sentido de que es común que esto ocurra en todas partes.


No obstante, estos países enfrentan un problema mucho más importante. Hay, y siempre ha habido, esencialmente dos izquierdas latinoamericanas, no una. De ellas, una está compuesta por aquellas personas y aquellos movimientos que desean remontar los más bajos estándares de vida en los países del Sur, utilizando el poder del Estado para modernizar la economía y, por tanto, ponerse al corriente respecto de los países del Norte.


La segunda, bastante diferente, está compuesta por aquellas clases más bajas que temen esa modernización, que no mejorará las cosas sino que las pondrá peor, al incrementar las brechas internas entre los más acomodados y los estratos más bajos del país.


En América Latina, este último grupo incluye las poblaciones indígenas, es decir, aquellas cuya presencia data de antes de que varias potencias europeas enviaran sus tropas y sus colonos al hemisferio occidental. También incluye a las poblaciones afrodescendientes, es decir, a quienes fueron traídos de África como esclavos por los europeos.


Estos grupos comenzaron a hablar de promover un cambio civilizatorio basado en el buen vivir. Estos segmentos sociales arguyen en favor del mantenimiento de modos tradicionales de vida controlados por las poblaciones locales.
Estas dos visiones –la de la izquierda modernizante y la de quienes proponen el buen vivir– pronto comenzaron a chocar, a chocar seriamente. Así, si en las primeras elecciones que ganó la izquierda las fuerzas de izquierda contaron con el respaldo de los movimientos de las capas empobrecidas, eso ya no fue cierto en las subsecuentes elecciones. ¡Muy por el contrario! Conforme transcurrió el tiempo, los dos grupos hablaron más y más acremente y dejaron de comprometerse unos con otros.


El resultado neto de esta partición es que ambos grupos –los partidos de izquierda y las clases más bajas– se movieron a la derecha. Los representantes de las clases más bajas se vieron aliados de facto con las fuerzas derechistas. Su demanda central comenzó a ser el derrocamiento de los partidos de izquierda, sobre todo del líder. Esto fue algo que podría haber resultado, con toda claridad, en el advenimiento al poder de gobiernos derechistas que no están más interesados en el buen vivir que los partidos de izquierda.


Entretanto, los partidos de izquierda promovieron políticas desarrollistas que ignoraron en grado significativo los efectos ecológicos negativos de sus programas. En la práctica, sus programas agrícolas comenzaron a eliminar a los pequeños productores agrícolas, que habían sido la base del consumo interno, en favor de las estructuras megacorporativas. Sus programas comenzaron a semejar, de muchas maneras, los programas de los previos gobiernos de derecha.


En resumen, el progreso de la izquierda latinoamericana, tan notable en años recientes, se está desbaratando por la amarga lucha emprendida entre las dos izquierdas latinoamericanas. Aquellas personas y grupos que han intentado alentar un diálogo significativo entre las dos izquierdas han constatado que no son bienvenidos por ninguno de los dos bandos. Es como si ambos lados dijeran, están con nosotros o están contra nosotros, pero no hay camino intermedio. Es muy tarde, pero tal vez no sea demasiado tarde para que ambas partes revaloren la situación y rescaten de la destrucción a la izquierda latinoamericana.
Traducción: Ramón Vera Herrera


© Immanuel Wallerstein

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La unidad latinoamericana como proyecto histórico

La coyuntura latinoamericana contemporánea está marcada por grandes avances en los proyectos y procesos de integración regional. Nunca antes en la historia, la región tuvo una densidad diplomática tan dinámica y un conjunto tan amplio y diverso de mecanismos de intercambio y acción política conjunta. A la dinámica compleja de integración de las naciones, acompaña también la integración de los pueblos y de los movimientos populares, con un creciente poder de presión social y participación en la elaboración de políticas públicas que reflejan la afirmación del movimiento democrático. En este contexto, un principio que adquiere cada vez mayor centralidad es de la soberanía, como la capacidad de autodeterminación de los Estados, de las naciones, de los pueblos y de las comunidades.

El debate actual en torno a la integración regional y sus perspectivas tiene fuertes antecedentes que muestran la profundidad de la unidad latinoamericana como proyecto histórico. Sin detenernos en un desarrollo más extenso de estos antecedentes, buscamos presentar algunos ejemplos de lo que constituyen las bases doctrinarias del actual proceso de integración regional. Este enfoque muestra, sobre todo, los límites de un intento de convertir este proceso de integración en un simple intercambio comercial.

 

Integración regional y proyecto estratégico

 

La geopolítica de la integración regional latinoamericana está profundamente impactada por una disputa de intereses entre el proyecto hegemónico de Estados Unidos, expresado en una estrategia compleja de dominación y apropiación de recursos naturales considerados "vitales", lo que convierte el acceso a estos recursos, que se encuentran fundamentalmente fuera del territorio continental y de ultramar de Estados Unidos, en un asunto de "seguridad nacional" para este país. Por otro lado, se desarrollan procesos de integración regional herederos de las luchas continentales por la independencia durante el siglo XIX, que encuentran en la renovación del bolivarianismo un proyecto de afirmación soberana que ha avanzado y se ha profundizado durante los últimos años.

Sin embargo, el fortalecimiento de la integración regional exige una nueva visión estratégica elaborada a partir de una amplia discusión sobre la dinámica y las tendencias del sistema mundial, la emergencia de nuevas potencias a nivel global, el desarrollo de una visión geopolítica que articule los intereses en juego y la conformación de nuevas territorialidades a partir de una amplio movimiento social de "abajo hacia arriba". Este momento de elaboración del pensamiento regional tiene como desafíos la construcción de una estrategia de reapropiación social de los recursos naturales y de su gestión económica y científica, lo que exige una rediscusión profunda de la propia noción de desarrollo, del concepto mismo de soberanía y de la posición de América Latina en la geopolítica mundial.

El análisis de las diversas dimensiones que implica la disputa global por los recursos naturales considerados estratégicos, requiere un balance de la historia mundial reciente que tiene en la emergencia de China en el sistema mundial, un aspecto fundamental. La nueva centralidad de China en la economía y política mundial nos conduce a destacar la importancia del enfoque de larga duración (desde la perspectiva Braudeliana) y de los procesos civilizatorios en la construcción de los instrumentos teórico-metodológicos para el análisis de la coyuntura. En este contexto, y desde un enfoque que se esfuerza en capturar la complejidad del mundo contemporáneo, la cuestión estratégica trasciende ampliamente el marco de la política de seguridad y de la defensa nacional, para insertase en el análisis de los procesos históricos de larga duración y de la dimensión civilizatoria de las visiones estratégicas.

América Latina tiene, en relación a China, una oportunidad histórica de desarrollar una cooperación estratégica de largo plazo, orientada a romper la relación de dependencia que marcó su inserción en el sistema mundial. Cabe a la región aprovechar esta oportunidad o reproducir la lógica de la dependencia y la dinámica de exportación de materias primas de bajo valor agregado, que tiene como base la lógica del llamado extractivismo, que ajeno a cualquier proyecto nacional, restringe nuestro horizonte económico a los intereses de las economías centrales y de las empresas transnacionales que se constituyen en agentes económicos de estos intereses.

 

De la hegemonía unipolar a la hegemonía compartida

 

Durante la última década, el debate teórico y político estuvo profundamente marcado por la crisis de la hegemonía unipolar y por la configuración de un espacio global con hegemonía compartida, o multipolar. La creciente importancia económica y política de las potencias emergentes, los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y, recientemente, Sudáfrica), colocan elementos nuevos para pensar la dinámica económica y política de un mundo multipolar, donde los procesos y proyectos de integración regional se conviertan en mecanismos necesarios para la compartimentación del poder mundial y regional y para el fortalecimiento de los proyectos de desarrollo desde y para el Sur.

La colaboración sur-sur encuentra su inspiración más profunda en la afirmación de la lucha anticolonial del tercer mundo y en el surgimiento de los países no alineados. La Conferencia de Bandung, celebrada en abril de 1955, significó uno de los momentos más importantes de este proceso. Esta reunión, en la que participaron 23 países asiáticos y 5 africanos, se sustentó en los principios de la lucha anti-colonial y antiimperialista, elaborando un amplio llamado de autodeterminación y desarrollo de los pueblos basado en la solidaridad y cooperación económica y cultural y buscando crear un espacio político independiente en relación a los bloques militares y la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante el periodo de la Guerra Fría. El foco principal estaba puesto en las luchas nacionales por la independencia, la erradicación de la pobreza y el desarrollo económico, a través de organizaciones regionales y políticas económicas de cooperación entre los países del tercer mundo.

El espíritu de Bandung permitió crear un amplio consenso entre los principales líderes y los pueblos de Asia, África y América Latina en relación a la afirmación de la paz y los principios de coexistencia pacífica, en un momento en que el mundo vivía una situación de extrema tensión y amenaza de guerra: la invasión a Guatemala organizada por Estados Unidos para derrocar al presidente Jacobo Árbenz, el desplazamiento de la Séptima Flota de Estados Unidos hacia el mar de China, la sustitución de las tropas francesas por estadounidenses en la región sur de Vietnam, después de la derrota francesa en Dien Bien Phu en 1954 y la guerra de Corea (1950-1953).

Los cinco principios de coexistencia pacífica, propuestos por el primer Ministro chino Chou En-lai y ratificados por el Premier hindú Jawaharlal Neru en 1954: no agresión, no intervención en los asuntos internos de otros Estados, igualdad y ventajas mutuas y coexistencia pacífica, fueron asumidos por la Conferencia de Bandung como parte de los diez principios generales, que incluían:

 

- El respeto a los derechos fundamentales de acuerdo a la Carta de la ONU de 1948;

- Respeto a la soberanía y la integridad territorial de todas las naciones;

- Reconocimiento de la igualdad de todas las razas y naciones, sin importar el tamaño;

- No intervención y no injerencia en los asuntos internos de otros países;

- Respeto a los derechos de cada nación a defenderse, individual o colectivamente de acuerdo a la Carta de la ONU;

- Rechazo a participar de los preparativos de defensa destinados a servir a los intereses particulares de las superpotencias;

- Abstención de todo acto o amenaza de agresión o empleo de fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de otros países;

- Solución pacífica de los conflictos internacionales, de acuerdo a la Carta de la ONU;

- Estímulo a los intereses mutuos de cooperación;

- Respeto a la justicia y obligaciones internacionales.

 

El movimiento de los no alineados dio contenido diplomático, dentro de las Naciones Unidas, a sus líneas de acción. Bajo influencia latinoamericana se crea la United Nations Conference on Trade and Development -UNCTAD. Surgen también expresiones radicales de la lucha política revolucionaria, como la organización Trilateral, que se crea en La Habana, en 1973. La emergencia de gobiernos como el de Velasco Alvarado en Perú, Juan José Torres en Bolivia, Omar Torrijos en Panamá, Salvador Allende en Chile, y el regreso de Perón en Argentina, conducen a iniciativas estatales que se expresan en la transformación de la ALALC en ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración). Se crea también el Sistema Económica Latinoamericano y del Caribe (SELA) en 1975, destinado al estudio de la integración regional y a la formulación de sus políticas. Sin embargo, la organización interestatal más fuerte se crea en 1960 con la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). En este mismo momento, la votación de la "Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados", en 1972, promovida por el presidente mexicano Luis Echeverría, consagra los principios del no-alineamiento en las Naciones Unidas.

Son varias las iniciativas internacionales que forman parte de esta ofensiva del tercer mundo, que tiene en la victoria de la revolución vietnamita y la liberación de Laos y Camboya una epopeya de la lucha antiimperialista mundial. La respuesta del centro imperial a esta ofensiva se empieza a articular en torno a la formación de la Comisión Trilateral (Trilateral Commission) en 1973, que reúne Estados Unidos, Europa y Japón en una estrategia de recuperación de poder mundial. Esta estrategia alcanzará sus resultados en la década de 1980, durante los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y se expresa en el establecimiento de la hegemonía del pensamiento único que logra, incluso, transformar el Glasnost y la Perestroika, iniciadas por los soviéticos, en la disolución de la Unión Soviética.

Durante la década de 1990 se inician fuertes movimientos de reestructuración de la ofensiva de los gobiernos y movimientos del tercer mundo, que tiene en el éxito económico de China e India y, en parte, de Brasil a inicios del siglo XXI, una búsqueda de formas institucionales que expresan esta nueva situación.

Si en la década de 1970 se creó el Grupo de los 7 principales países desarrollados, en la década del 2000, además de la incorporación de Rusia, se incluyen también varios países emergentes conformando el grupo de los 20. Se consagra así el principio de la hegemonía compartida como sucesor de los desastres causados por la política del unilateralismo que se impuso con el gobierno de Bush hijo(1).

El legado histórico de las luchas del tercer mundo se revela de gran utilidad para una estrategia de afirmación de un sistema multipolar y para orientar, desde el punto de vista estratégico, el proceso de integración latinoamericana y su impacto en la geopolítica mundial contemporánea.

 

América Latina y la construcción de la unidad continental

 

En este mismo momento América Latina vive un proceso a través del cual la diplomacia regional adquiere una densidad hasta entonces desconocida. Un conjunto de nuevas articulaciones se traducen en instituciones subregionales, regionales y continentales, que transforman el proceso de integración en una compleja realidad que involucra a jefes de Estado, ministerios de relaciones exteriores y varias otras agencias nacionales, lo que al mismo tiempo, está acompañado de un proceso de integración de los pueblos y de los movimientos sociales, incluyendo los sindicatos y los movimientos campesinos y estudiantiles que ya tenían una cierta tradición de integración regional.

En el plano de las ciencias sociales, se desarrolló un proceso creciente de integración regional con nuevas instituciones de estudio, universidades y redes académicas que permiten avanzar hacia el estudio de la problemática regional, fortaleciendo una visión de conjunto. Tal vez algunos de los ejemplos más notables de este proceso sea el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), cuya primera sesión se realizó en Lima, en 1968; o la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), que se crea en 1954, en Chile, y luego se amplía hacia Argentina, México, Brasil, Ecuador y América Central.

En el ámbito de la investigación se crearon, después de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE), en Chile (1957); la Escolatina, en el área de economía (Chile); el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES); la Maestría Latinoamericana de Administración Pública de la Fundación Getulio Vargas, en Brasil; el Consejo Superior Universitario Centro Americano (CSUCA), que coordina las universidades de esta sub-región; la Coordinación de Universidades del Cono Sur y, más recientemente, el Foro Universitario del Mercosur (FOMERCO) y la Universidad de Integración Latinoamericana (UNILA), con sede en la ciudad de triple frontera, Foz de Iguaçú (Brasil). Entre las varias asociaciones profesionales que se constituyeron a lo largo de las últimas décadas se destacan la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe (AEALC) y la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS). Esto muestra que se están creando condiciones para una integración de largo plazo a través de una red de instituciones que permitan la cooperación y el intercambio en diversas áreas del conocimiento.

Un balance histórico mínimamente informado muestra la creciente densidad de la integración regional, al contrario de lo que sostienen los defensores del panamericanismo, que descalifican sistemáticamente los avances de este proceso.

Los parlamentos latinoamericanos del Mercosur, de la Comunidad Andina, del Pacto Amazónico, son también mecanismos de ampliación del proceso de integración. Este marco institucional creciente abre camino para el debate sobre una estrategia común sudamericana y latinoamericana, con posibilidades de convertirse en políticas concretas. El fortalecimiento del Mercosur y la posterior creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA); el creciente impacto subregional de la Comunidad y Mercado Común del Caribe, que actualmente lleva el nombre de Comunidad del Caribe- Caricom y más recientemente, la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC), son expresión de la creciente densidad y dinamismo de la integración regional, al contrario de lo que sostiene los defensores del panamericanismo, que descalifican sistemáticamente los avances de este proceso y que persisten en sus intentos de desestabilizar y debilitar un proyecto histórico de unidad de los pueblos de la región que se revela, en última instancia, como un proyecto histórico da larga duración.

- Monica Bruckmann es Doctora en ciencia política, profesora del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Federal de Río de Janeiro, Brasil. Directora de Investigación de la Cátedra UNESCO sobre Economía Global y Desarrollo Sustentable –REGGEN. Integrante del Consejo de ALAI.

Este texto es parte de la Revista América Latina en Movimiento, No.500 de diciembre de 2014, que trata sobre el tema "América Latina: Cuestiones de fondo" - http://alainet.org/publica/500.phtml

(1) Véase SANTOS, Theotonio. The future of geopolitical alignments. En: The Ritsumeikan Journal of International Relations, Kyoto, Vol 4, N°3, marzo de 1992, p. 1-32. y Unipolaridad ou hegemonia compartilhada, En: Os impasses da globalização: Hegemonia e contra-hegemonia (Vol. 1), Loyola: São Pulo, 2003, p. 46-106.

La unidad latinoamericana como proyecto histórico

Monica Bruckmann

ALAI AMLATINA, 24/12/2014.-La coyuntura latinoamericana contemporánea está marcada por grandes avances en los proyectos y procesos de integración regional.  Nunca antes en la historia, la región tuvo una densidad diplomática tan dinámica y un conjunto tan amplio y diverso de mecanismos de intercambio y acción política conjunta.  A la dinámica compleja de integración de las naciones, acompaña también la integración de los pueblos y de los movimientos populares, con un creciente poder de presión social y participación en la elaboración de políticas públicas que reflejan la afirmación del movimiento democrático. En este contexto, un principio que adquiere cada vez mayor centralidad es de la soberanía, como la capacidad de autodeterminación de los Estados, de las naciones, de los pueblos y de las comunidades.

El debate actual en torno a la integración regional y sus perspectivas tiene fuertes antecedentes que muestran la profundidad de la unidad latinoamericana como proyecto histórico. Sin detenernos en un desarrollo más extenso de estos antecedentes, buscamos presentar algunos ejemplos de lo que constituyen las bases doctrinarias del actual proceso de integración regional. Este enfoque muestra, sobre todo, los límites de un intento de convertir este proceso de integración en un simple intercambio comercial.

Integración regional y proyecto estratégico

La geopolítica de la integración regional latinoamericana está profundamente impactada por una disputa de intereses entre el proyecto hegemónico de Estados Unidos, expresado en una estrategia compleja de dominación y apropiación de recursos naturales considerados “vitales”, lo que convierte el acceso a estos recursos, que se encuentran fundamentalmente fuera del territorio continental y de ultramar de Estados Unidos, en un asunto de “seguridad nacional” para este país.   Por otro lado, se desarrollan procesos de integración regional herederos de las luchas continentales por la independencia durante el siglo XIX, que encuentran en la renovación del bolivarianismo un proyecto de afirmación soberana que ha avanzado y se ha profundizado durante los últimos años.

Sin embargo, el fortalecimiento de la integración regional exige una nueva visión estratégica elaborada a partir de una amplia discusión sobre la dinámica y las tendencias del sistema mundial, la emergencia de nuevas potencias a nivel global, el desarrollo de una visión geopolítica que articule los intereses en juego y la conformación de nuevas territorialidades a partir de una amplio movimiento social de “abajo hacia arriba”.  Este momento de elaboración del pensamiento regional tiene como desafíos la construcción de una estrategia de reapropiación social de los recursos naturales y de su gestión económica y científica, lo que exige una rediscusión profunda de la propia noción de desarrollo, del concepto mismo de soberanía y de la posición de América Latina en la geopolítica mundial.

El análisis de las diversas dimensiones que implica la disputa global por los recursos naturales considerados estratégicos, requiere un balance de la historia mundial reciente que tiene en la emergencia de China en el sistema mundial, un aspecto fundamental.  La nueva centralidad de China en la economía y política mundial nos conduce a destacar la importancia del enfoque de larga duración (desde la perspectiva Braudeliana) y de los procesos civilizatorios en la construcción de los instrumentos teórico-metodológicos para el análisis de la coyuntura. En este contexto, y desde un enfoque que se esfuerza en capturar la complejidad del mundo contemporáneo, la cuestión estratégica trasciende ampliamente el marco de la política de seguridad y de la defensa nacional, para insertase en el análisis de los procesos históricos de larga duración y de la dimensión civilizatoria de las visiones estratégicas.

América Latina tiene, en relación a China, una oportunidad histórica de desarrollar una cooperación estratégica de largo plazo, orientada a romper la relación de dependencia que marcó su inserción en el sistema mundial.  Cabe a la región aprovechar esta oportunidad o reproducir la lógica de la dependencia y la dinámica de exportación de materias primas de bajo valor agregado, que tiene como base la lógica del llamado extractivismo, que ajeno a cualquier proyecto nacional, restringe nuestro horizonte económico a los intereses de las economías centrales y de las empresas transnacionales que se constituyen en agentes económicos de estos intereses.

De la hegemonía unipolar a la hegemonía compartida

Durante la última década, el debate teórico y político estuvo profundamente marcado por la crisis de la hegemonía unipolar y por la configuración de un espacio global con hegemonía compartida, o multipolar.  La creciente importancia económica y política de las potencias emergentes, los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y, recientemente, Sudáfrica), colocan elementos nuevos para pensar la dinámica económica y política de un mundo multipolar, donde los procesos y proyectos de integración regional se conviertan en mecanismos necesarios para la compartimentación del poder mundial y regional y para el fortalecimiento de los proyectos de desarrollo desde y para el Sur.

La colaboración sur-sur encuentra su inspiración más profunda en la afirmación de la lucha anticolonial del tercer mundo y en el surgimiento de los países no alineados.  La Conferencia de Bandung, celebrada en abril de 1955, significó uno de los momentos más importantes de este proceso.  Esta reunión, en la que participaron 23 países asiáticos y 5 africanos, se sustentó en los principios de la lucha anti-colonial y antiimperialista, elaborando un amplio llamado de autodeterminación y desarrollo de los pueblos basado en la solidaridad y cooperación económica y cultural y buscando crear un espacio político independiente en relación a los bloques militares y la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante el periodo de la Guerra Fría. El foco principal estaba puesto en las luchas nacionales por la independencia, la erradicación de la pobreza y el desarrollo económico, a través de organizaciones regionales y políticas económicas de cooperación entre los países del tercer mundo.

El espíritu de Bandung permitió crear un amplio consenso entre los principales líderes y los pueblos de Asia, África y América Latina en relación a la afirmación de la paz y los principios de coexistencia pacífica, en un momento en que el mundo vivía una situación de extrema tensión y amenaza de guerra: la invasión a Guatemala organizada por Estados Unidos para derrocar al presidente Jacobo Árbenz, el desplazamiento de la Séptima Flota de Estados Unidos hacia el mar de China, la sustitución de las tropas francesas por estadounidenses en la región sur de Vietnam, después de la derrota francesa en Dien Bien Phu en 1954 y la guerra de Corea (1950-1953).

Los cinco principios de coexistencia pacífica, propuestos por el primer Ministro chino Chou En-lai y ratificados por el Premier hindú Jawaharlal Neru en 1954: no agresión, no intervención en los asuntos internos de otros Estados, igualdad y ventajas mutuas y coexistencia pacífica, fueron asumidos por la Conferencia de Bandung como parte de los diez principios generales, que incluían:

-    El respeto a los derechos fundamentales de acuerdo a la Carta de la ONU de 1948;

-    Respeto a la soberanía y la integridad territorial de todas las naciones;

-    Reconocimiento de la igualdad de todas las razas y naciones, sin importar el tamaño;

-    No intervención y no injerencia en los asuntos internos de otros países;

-    Respeto a los derechos de cada nación a defenderse, individual o colectivamente de acuerdo a la Carta de la ONU;

-    Rechazo a participar de los preparativos de defensa destinados a servir a los intereses particulares de las superpotencias;

-    Abstención de todo acto o amenaza de agresión o empleo de fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de otros países;

-    Solución pacífica de los conflictos internacionales, de acuerdo a la Carta de la ONU;

-    Estímulo a los intereses mutuos de cooperación;

-    Respeto a la justicia y obligaciones internacionales.

El movimiento de los no alineados dio contenido diplomático, dentro de las Naciones Unidas, a sus líneas de acción. Bajo influencia latinoamericana se crea la United Nations Conference on Trade and Development -UNCTAD. Surgen también expresiones radicales de la lucha política revolucionaria, como la organización Trilateral, que se crea en La Habana, en 1973.  La emergencia de gobiernos como el de Velasco Alvarado en Perú, Juan José Torres en Bolivia, Omar Torrijos en Panamá, Salvador Allende en Chile, y el regreso de Perón en Argentina, conducen a iniciativas estatales que se expresan en la transformación de la ALALC en ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración). Se crea también el Sistema Económica Latinoamericano y del Caribe (SELA) en 1975, destinado al estudio de la integración regional y a la formulación de sus políticas. Sin embargo, la organización interestatal más fuerte se crea en 1960 con la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).  En este mismo momento, la votación de la “Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados", en 1972, promovida por el presidente mexicano Luis Echeverría, consagra los principios del no-alineamiento en las Naciones Unidas.

Son varias las iniciativas internacionales que forman parte de esta ofensiva del tercer mundo, que tiene en la victoria de la revolución vietnamita y la liberación de Laos y Camboya una epopeya de la lucha antiimperialista mundial.  La respuesta del centro imperial a esta ofensiva se empieza a articular en torno a la formación de la Comisión Trilateral (Trilateral Commission) en 1973, que reúne Estados Unidos, Europa y Japón en una estrategia de recuperación de poder mundial. Esta estrategia alcanzará sus resultados en la década de 1980, durante los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y se expresa en el establecimiento de la hegemonía del pensamiento único que logra, incluso, transformar el Glasnost y la Perestroika, iniciadas por los soviéticos, en la disolución de la Unión Soviética.

Durante la década de 1990 se inician fuertes movimientos de reestructuración de la ofensiva de los gobiernos y movimientos del tercer mundo, que tiene en el éxito económico de China e India y, en parte, de Brasil a inicios del siglo XXI, una búsqueda de formas institucionales que expresan esta nueva situación.

Si en la década de 1970 se creó el Grupo de los 7 principales países desarrollados, en la década del 2000, además de la incorporación de Rusia, se incluyen también varios países emergentes conformando el grupo de los 20.  Se consagra así el principio de la hegemonía compartida como sucesor de los desastres causados por la política del unilateralismo que se impuso con el gobierno de Bush hijo(1).

El legado histórico de las luchas del tercer mundo se revela de gran utilidad para una estrategia de afirmación de un sistema multipolar y para orientar, desde el punto de vista estratégico, el proceso de integración latinoamericana y su impacto en la geopolítica mundial contemporánea.

América Latina y la construcción de la unidad continental

En este mismo momento América Latina vive un proceso a través del cual la diplomacia regional adquiere una densidad hasta entonces desconocida.  Un conjunto de nuevas articulaciones se traducen en instituciones subregionales, regionales y continentales, que transforman el proceso de integración en una compleja realidad que involucra a jefes de Estado, ministerios de relaciones exteriores y varias otras agencias nacionales, lo que al mismo tiempo, está acompañado de un proceso de integración de los pueblos y de los movimientos sociales, incluyendo los sindicatos y los movimientos campesinos y estudiantiles que ya tenían una cierta tradición de integración regional.

En el plano de las ciencias sociales, se desarrolló un proceso creciente de integración regional con nuevas instituciones de estudio, universidades y redes académicas que permiten avanzar hacia el estudio de la problemática regional, fortaleciendo una visión de conjunto.  Tal vez algunos de los ejemplos más notables de este proceso sea el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), cuya primera sesión se realizó en Lima, en 1968; o la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), que se crea en 1954, en Chile, y luego se amplía hacia Argentina, México, Brasil, Ecuador y América Central.

En el ámbito de la investigación se crearon, después de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE), en Chile (1957); la Escolatina, en el área de economía (Chile); el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES); la Maestría Latinoamericana de Administración Pública de la Fundación Getulio Vargas, en Brasil; el Consejo Superior Universitario Centro Americano (CSUCA), que coordina las universidades de esta sub-región; la Coordinación de Universidades del Cono Sur y, más recientemente, el Foro Universitario del Mercosur (FOMERCO) y la Universidad de Integración Latinoamericana (UNILA), con sede en la ciudad de triple frontera, Foz de Iguaçú (Brasil).  Entre las varias asociaciones profesionales que se constituyeron a lo largo de las últimas décadas se destacan la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe (AEALC) y la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS). Esto muestra que se están creando condiciones para una integración de largo plazo a través de una red de instituciones que permitan la cooperación y el intercambio en diversas áreas del conocimiento.

Un balance histórico mínimamente informado muestra la creciente densidad de la integración regional, al contrario de lo que sostienen los defensores del panamericanismo, que descalifican sistemáticamente los avances de este proceso.

Los parlamentos latinoamericanos del Mercosur, de la Comunidad Andina, del Pacto Amazónico, son también mecanismos de ampliación del proceso de integración. Este marco institucional creciente abre camino para el debate sobre una estrategia común sudamericana y latinoamericana, con posibilidades de convertirse en políticas concretas. El fortalecimiento del Mercosur y la posterior creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA); el creciente impacto subregional de la Comunidad y Mercado Común del Caribe, que actualmente lleva el nombre de  Comunidad del Caribe- Caricom y más recientemente, la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC), son expresión de la creciente densidad y dinamismo de la integración regional, al contrario de lo que sostiene los defensores del panamericanismo, que descalifican sistemáticamente los avances de este proceso y que persisten en sus intentos de desestabilizar y debilitar un proyecto histórico de unidad de los pueblos de la región que se revela, en última instancia, como un proyecto histórico da larga duración.

- Monica Bruckmann es Doctora en ciencia política, profesora del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Federal de Río de Janeiro, Brasil. Directora de Investigación de la Cátedra UNESCO sobre Economía Global y Desarrollo Sustentable –REGGEN. Integrante del Consejo de ALAI.

Este texto es parte de la Revista América Latina en Movimiento, No.500 de diciembre de 2014, que trata sobre el tema "América Latina: Cuestiones de fondo" - http://alainet.org/publica/500.phtml

(1) Véase SANTOS, Theotonio.  The future of geopolitical alignments.  En: The Ritsumeikan Journal of International Relations, Kyoto, Vol 4, N°3, marzo de 1992, p. 1-32.  y Unipolaridad ou hegemonia compartilhada, En: Os impasses da globalização: Hegemonia e contra-hegemonia (Vol. 1),  Loyola: São Pulo, 2003, p. 46-106.

 

 

 

 

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