El uso de plaguicidas y de otros productos como los purines deja residuos en los alimentos. - EHRECKE / PIXABAY

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria detecta la presencia de residuos químicos y biológicos procedentes de la producción industrial y dañinos para el ser humano en cientos de lotes de alimentos de origen animal y vegetal que iban a ser introducidos en la cadena alimentaria.

La progresiva industrialización del campo, con la aplicación de métodos de producción intensiva tanto en las explotaciones de vegetales como en las de animales, con una constante extensión de las macrogranjas en detrimento de la pequeña ganadería familiar y con procesos de uberización en la agricultura, está comenzando a dejar en las neveras y en los platos una huella con componentes idénticos a los que presentan los episodios de contaminación de agua, tierra y aire por nitratos, plaguicidas y metales pesados que con frecuencia se dan en el monte y en los acuíferos y ríos como consecuencia de esos procesos productivos.

El reciente Informe Anual de Control de la Cadena Alimentaria de 2019 que elabora la Aesan (Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición) con datos de las comunidades autónomas constata una retahíla de incumplimientos de las condiciones sanitarias de los alimentos que en buena parte tienen su origen, tanto en el ámbito vegetal como en el animal, en la aplicación de desacertados procesos productivos y en el empleo excesivo en ellos de productos químicos, biológicos y de otros tipos que generan residuos.

El capítulo dedicado a los contaminantes abióticos incluye resultados inquietantes, como el hecho de que el 1% de los alimentos en los que se testó la presencia de nitratos, plomo o cadmio diera positivo o que el mercurio apareciera en el 6,5% tras acumular cinco años entre el 5% y el 7%. También resultó frecuente la detección de HAP (Hidrocarburos Aromáticos Policíclicos), considerados uno de los principales disruptores endocrinos y cuya frecuencia se situó por encima del 1% de las pruebas.

Hay consenso científico en que la presencia de metales pesados en los alimentos tiene su origen en la contaminación ambiental, y de hecho su presencia es frecuente en los animales que se crían de manera extensiva, que los ingieren al comer plantas que los contienen. Y también comienza a haber claros indicios de que la aparición de nitratos puede deberse a su elevada y creciente presencia en el agua, a la que llegan por el exceso de purines que genera la ganadería industrial y desde la que pasan a animales y plantas.

"En España tenemos una contaminación por nitratos brutal, fundamentalmente por los purines y por los plaguicidas", explica Javier Guzmán, director de la oenegé Justicia Alimentaria, que plantea que "es posible que haya una absorción directa" de esos nitratos por las plantas y animales.

Residuos en más del 1% de los alimentos testados

El programa de Aesan sobre los contaminantes abióticos (desprovistos de vida) incluyó el año pasado 4.944 pruebas, 4.872 de ellas programadas y otras 72 ante la sospecha de la presencia de ese tipo de residuos en los alimentos, en las que se detectaron 66 positivos, un 1,3% del total.

Las combinaciones de alimentos y residuos más frecuentes fueron las de estaño en bebidas no alcohólicas, con un 11,1% de los positivos; de mercurio en pescado, con un 7%; de cadmio en comidas preparadas, con un 5,9%, y de nitratos en los cereales, con un 4%.

Los incumplimientos afectaron al 2,4% de las muestras de pescado y el 1,6% de los alimentos prefabricados, aunque, además de en las bebidas no alcohólicas, también los hubo en las carnes, los vegetales y los cereales.

¿Y qué ocurrió con esas partidas? La memoria destaca que "tras la detección de incumplimientos en el marco de este programa se han generado cuatro alertas a través del SCIRI (Sistema Combinado de intercambio Rápido de Información), nueve propuestas de apertura de expediente sancionador y once retiradas [de productos] del mercado". Los lotes vinculados a las muestras que dan positivo quedan intervenidos de manera automática.

 “Pueden tener efectos adversos para la salud pública”

Paralelamente, el programa de plaguicidas llama la atención sobre la presencia de residuos de este tipo de biocidas químicos en un 8,3% de las muestras de pescado analizadas, en un 4,8% de las realizadas en productos de grasa como mantequillas o mantecas, en un 1,2% de los cereales estudiados, en un 1% del resto de vegetales y en un 0,4% de las carnes.

"El empleo de plaguicidas puede implicar un riesgo para los consumidores, debido a que tanto las propias sustancias, como sus metabolitos y productos de degradación o reacción pueden dejar residuos en los alimentos que pueden tener efectos adversos para la salud pública", señala el informe, que explica cómo esas trazas pueden aparecer "en vegetales y también en productos de origen animal, así como en alimentos infantiles, ya sea por aplicación directa de los mismos, por contaminación ambiental o a través de los piensos".

La frecuencia de detección de residuos de plaguicidas en alimentos se ha duplicado en los tres últimos años en relación con los dos anteriores, aunque con una "ligera disminución" en 2019, anota el documento de Aesan. Su utilización masiva es desde hace décadas uno de los rasgos característicos de la agricultura que vive de espaldas a la ecología.

"Somos los campeones de Europa en el uso de plaguicidas, se utilizan cada año más", apunta Guzmán, que llama la atención sobre el elevado empleo también de antibióticos en la producción ganadera, algo que entraña el riesgo de que las bacterias para cuyo tratamiento teóricamente se utilizan acaben desarrollando resistencias a esos antibióticos, lo que las convertiría en inocuas en caso de zoonosis, que son las enfermedades animales que se transmiten de forma natural a las personas.

Exceso de antibióticos, riesgo de zoonosis y aditivos cancerígenos

Sobre ambos asuntos contiene información la memoria de Aesan. En el caso de los antibióticos, remite al Ministerio de Agricultura, cuyos técnicos detectaron episodios de presencia excesiva en las carnes de pollos, cerdos y terneros, entre otras especies, y también en productos como los huevos, aunque en todos los casos con niveles inferiores.

En el apartado de las zoonosis, la memoria cifra en 75,422 "el número de animales afectados por decomisos totales y/o parciales" como consecuencia del cribado para detectar a los "susceptibles de presentar agentes zoonóticos" de la triquinosis, la tuberculosis o la tenia ("la lombriz solitaria" en lenguaje coloquial), lo que supone un 0,1% de animales afectados sobre el total de investigados, que se acercó a los 65 millones. Más del 90% de los positivos fueron por la tenia.

Por último, Guzmán llama la atención sobre la excesiva utilización del nitrito, un derivado del nitrato de efectos cancerígenos, en la preparación de las carnes procesadas. "Van hasta arriba, y se trata de un producto sustituible", explica, que se utiliza para dar a las carnes un color rosado que las haga visualmente más apetitosas y que enmascare el oscurecimiento que provoca su oxidación natural por contacto con el aire, aunque la industria argumenta que su finalidad es combatir el botulismo y las contaminaciones de tipo bacteriano.

"Está muy relacionado con el cáncer, pero apenas está regulado. Es un agujero negro enorme", indica, mientras defiende la necesidad de reducir su uso, algo que si ha ocurrido en países como Dinamarca. "No es algo necesario para tratar la carne y hace décadas que se conoce su relación con el cáncer", añade.

 07/10/2020 22:11

Por EDUARDO BAYONA

@e_bayona

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Europa exporta venenos prohibidos en sus propios países

Los pesticidas europeos invaden los cinco continentes. Para las multinacionales agroquímicas con sede en el Viejo Mundo no importa si sus productos no son autorizados para la venta en la misma Europa. Todo vale y la deontología, para ellas, no existe en el diccionario de la rentabilidad.

 

En 2018, grandes empresas de los países de la Unión Europea (UE) exportaron más de 81.000 toneladas de pesticidas prohibidos a la venta en el propio mercado continental por contener sustancias que afectan seriamente la salud humana o el medio ambiente.

Los principales exportadores fueron empresas del Reino Unido con 32.187 toneladas; de Italia 9.499; de Alemania 8.078; de los Países Bajos 8.010. En igual período, desde Francia se vendió fuera de la UE, 7.663 toneladas; desde España 5.182 y desde Bélgica 4.907. El destino: unos 85 países – las tres cuartas partes catalogados como “en desarrollo” o emergentes. Entre los cuales, en América Latina, Brasil, México, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Honduras, por citar solo algunos.

Entre los principales destinatarios de esos químicos prohibidos en suelo europeo se encuentran países que, paradójicamente, nutren, a la postre, a la Unión Europea con productos agrícolas. La UE permite así a sus empresas químicas y agroquímicas exportar desde su territorio sustancias que luego se encontrarán residualmente en las comidas consumidas por su población. Perversa práctica boomerang de mercado.

Dichas empresas aprovechan así de actividades económicas en naciones donde las reglamentaciones y controles son menos severos y los riesgos más elevados que en la misma UE, concluye la investigación elaborada por la ONG suiza Public Eye (el Ojo Público) en colaboración con Unearthed, célula de investigación de Greenpeace de Gran Bretaña. El estudio, cuyos resultados iniciales fueron develados a inicios del 2020, vuelve a ocupar hoy el espacio mediático a través de detalles y complementos difundidos a fines de septiembre.

Una pesquisa inteligente

Para evitar las respuestas edulcoradas de las multinacionales agroquímicas, durante varios meses, los investigadores de las dos ONG solicitaron informaciones, directamente, a la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA), encargada de regular las sustancias químicas y biocidas en el mercado continental.  Esta instancia procesa expedientes de ese tipo de productos y observa si respetan las normas. Se dedica también, en colaboración con los gobiernos nacionales, al análisis de las sustancias más peligrosas y en ciertos casos, pone el foco en aquellas que obligan a una mayor gestión de riesgos para proteger las personas o el medio ambiente. Colabora, además, con un centenar de organizaciones “acreditadas” ligadas a la producción, al medio ambiente, académicas, sindicales (https://echa.europa.eu/es/about-us/partners-and-networks/stakeholders/echas-accredited-stakeholder-organisations), entre las cuales, Greenpeace.

A través de la ECHA lograron recolectar “miles de notificaciones de exportaciones”, es decir, los formularios que, según la legislación europea, las empresas deben completar cuando se trata de productos que contienen sustancias químicas prohibidas para la comercialización en la Unión Europea. “Si a veces dichas notificaciones pueden diferir de los volúmenes efectivamente exportados, esa documentación constituye la fuente de información más completa” señala el estudio. Resultado: las dos ONG lograron elaborar una cartografía hasta ahora inédita de las exportaciones pesticidas prohibidas que salen de los diferentes países de la UE. (https://www.publiceye.ch/fileadmin/doc/Pestizide/202009_EU-export-pesticides_worldmap_FR.pdf)

Identifican un total de 41 productos de esa categoría. De los cuales se reconocen oficialmente algunos de los efectos más graves: toxicidad aguda; malformación genética; problemas reproductivos o del sistema hormonal; cáncer; contaminación de fuentes de agua potable; impactos perversos para los ecosistemas.

Como parte de la investigación, Public Eye y Greenpeace contactaron también a unas 30 empresas, de las cuales quince – incluida Syngenta- respondieron formalmente. Las mismas coinciden en cuatro argumentos retóricos repetidos: que sus productos son seguros; que están comprometidas con la reducción de riesgos; que respetan las leyes de los países donde operan – y que éstos deciden libremente sobre los pesticidas más adecuados para los agricultores locales. Y, en particular, que es normal que numerosos pesticidas vendidos al extranjero no sean registrados en la UE dado que el clima y el tipo de agricultura son diferentes a los europeos.

Círculo macabro: semillas de laboratorio y pesticidas

Producido por la transnacional química suiza Syngenta en su fábrica inglesa de Huddersfield, el Paraquat está prohibido desde 1989 en Suiza y desde el 2007 en la Unión Europea.

En 2018, funcionarios británicos la autorizaron a exportar nada menos que 28.000 toneladas de un producto que incorpora dicho veneno vendido en muchos mercados bajo el nombre de Gramoxone. La mitad, destinada a Estados Unidos, donde la multinacional agroquímica es acusada ante los tribunales por campesinos que padecen del Mal de Parkinson. La otra mitad, en dirección, principalmente de los principales consumidores mundiales como Brasil, México, India, Colombia, Indonesia, Ecuador y África del Sur. Aunque su comercialización se expande en buena parte del planeta, incluido muchos países latinoamericanos.

Primer productor de pesticidas del mundo y tercer fabricante de semillas, Syngenta constituye, junto con Monsanto, el símbolo de la agricultura industrial. En 2018, la organización suiza Multiwatch publicó la versión francesa de su Libro Negro de los Pesticidas. Esa asociación que se dedica a denunciar las políticas ilegales de las transnacionales, describe en su publicación que las tres cuartas partes de la actividad de Syngenta está consagrada a productos fitosanitarios y un cuarto a organismos genéticamente modificados (OGM).  “Asistimos a la apropiación de la naturaleza por parte de las multinacionales con el fin de constituir monopolios en el mercado de semillas y pesticidas”. Y denuncia el mecanismo diabólico que lleva a los campesinos, fundamentalmente en el Sur, a tener que comprar las semillas, “con el gran riesgo de aumentar sus deudas y de disminuir la biodiversidad”. Y de estar obligados a usar pesticidas, de las mismas multinacionales, responsables de la degradación de la salud de ellos y de las poblaciones expuestas a esos productos. Los ejemplos, no faltan: de Pakistán a Hawai, de la India al continente africano y en toda América Latina. Multiwatch dedicó este libro al militante social brasilero Keno, dirigente del MST (Movimiento de Trabajadores rurales sin Tierra) asesinado en el 2007 en Santa Tereza do Oeste, Estado de Paraná, por miembros de una sociedad privada de seguridad contratada por Syngenta, quien ocho años después fue condenada por tal hecho.

En esa publicación los militantes helvéticos retoman cifras que provienen de la misma ONU. El organismo internacional calculaba ya en el 2017 alrededor de 200 mil decesos anuales resultantes del uso de pesticidas. Y subrayan la gran capacidad de las multinacionales de cambiar de ropaje cuando el descrédito amenaza sus intereses. De la misma manera que la estadounidense Monsanto desapareció en 2017 al ser absorbida por el gigante alemán Bayer, la Syngenta suiza fue formalmente vendida en el 2016 a la Chemchina, aunque su sede principal sigue estando en Basilea, capital suiza de la industria química.

Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de septiembre del 2019 indicaba, por otra parte, que cada 40 segundos se produce el suicidio en una persona en algún lugar del planeta. El envenenamiento con pesticidas es uno de los tres métodos más usados. Y concluye que “la intervención con mayor potencial inmediato para reducir el número de suicidios es la restricción del acceso a los plaguicidas que se utilizan para la intoxicación voluntaria”.

Concesión a las multinacionales

En julio del año en curso Baskut Tuncak, por entonces todavía Relator Especial de las Naciones Unidas sobre productos tóxicos, pidió a los países ricos que pongan fin a la “deplorable” práctica de exportar productos químicos y plaguicidas tóxicos prohibidos a las naciones más pobres que carecen de «capacidad para controlar los riesgos».

Su declaración fue sostenida por otros 35 expertos del Consejo de Derechos Humanos. Entre ellos David Boyd, Relator Especial sobre derechos humanos y medio ambiente, Tendayi Achiume, Relator Especial sobre las formas contemporáneas de racismo, Francisco Cali Tzay, Relator Especial sobre los derechos de los pueblos indígenas, y Michael Fakhri, Relator Especial sobre el derecho a la alimentación.

Tuncak explicó que las naciones más ricas suelen aplicar un mecanismo cuestionable “que permite el comercio y el uso de sustancias prohibidas en partes del mundo donde las regulaciones son menos estrictas, externalizando los impactos sanitarios y ambientales en los más vulnerables… Estos vacíos legales son una concesión política a la industria”, que permite a los fabricantes de productos químicos aprovecharse de trabajadores y comunidades envenenadas en el extranjero… Hace mucho tiempo que los Estados deberían haber finalizado con esta explotación, concluyó.

Veneno para muchos -especialmente campesinos de países periféricos-, rentabilidad extrema para las grandes multinacionales agroquímicas. Cara y cruz de una realidad planetaria que sin embargo no se queda solo en la sanción sanitaria y ambiental del Sur. Va y viene, como un enorme boomerang interoceánico, y llega también, inexorablemente, al plato diario del consumidor europeo.

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Martes, 19 Mayo 2020 06:44

Oda al glifosato

Oda al glifosato

Esta oda será cada vez más cantada en el mundo, a pesar de que la mayoría de los lectores jamás en su vida haya oído la palabra glifosato. No será, como veremos, un canto agradable. El glifosato es un agente industrial de muerte que está cada vez más cerca de la vida de todo ser humano, especialmente en estos tiempos de pandemia. El glifosato es el herbicida más utilizado en el mundo en agricultura, silvicultura, jardinería e incluso en actividades domésticas. El glifosato es un invento químico, que se comercializó por primera vez en la década de 1970 por la compañía Monsanto, con el nombre de Roundup.

Desde entonces y hasta 2014 el planeta había sido fumigado por más de 8 mil 600 millones de kilogramos de este plaguicida. Este compuesto penetra en el suelo, se filtra en el agua y sus residuos permanecen en los cultivos. Por tanto, está en lo que comemos, en el agua que bebemos y en nuestros propios cuerpos. Su principal uso es en los cultivos transgénicos de maíz, soya y algodón que hoy existen en millones de hectáreas.

A pesar de ser utilizado durante casi medio siglo, el glifosato fue considerado un plaguicida no peligroso. Esta situación se vio favorecida por una exitosa campaña de propaganda por parte de las compañías productoras y por la ausencia de estudios científicos que lo desmintieran.

Hoy esto ha cambiado radicalmente. En la última década las voces de alarma de las organizaciones civiles defensoras del ambiente, la salud y los derechos humanos impulsaron numerosas investigaciones críticas. Hoy, la quinta edición de la Antología toxicológica del glifosato, de E. Martín Rossi (2020) ofrece una lista de ¡mil 108 artículos científicos que dan fe de los efectos nocivos del plaguicida! Por ello, el glifosato ha sido prohibido o restringido en Austria, Alemania, Francia, Italia, Luxemburgo, Tailandia, Bermudas, Sri Lanka y algunas regiones de España, Argentina y Nueva Zelanda.

Una síntesis de los impactos de este exterminador de las malezas que compiten con los cultivos transgénicos es la siguiente. El glifosato genera encefalopatías, autismo, parkinsonismo, malformaciones y diversos tipos de cáncer, además de afectar los sistemas endocrino, reproductivo, inmunitario, digestivo, hepático, renal, nervioso y cardiovascular de las personas. En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS), tras una extensiva revisión de la literatura científica, decidió clasificar al glifosato como probablemente cancerígeno para los humanos. Además, el glifosato resulta tóxico para diferentes especies de crustáceos, moluscos, oligoquetos, algas, hongos, fitoplancton y zooplancton, anfibios, tortugas, arácnidos, aves, mamíferos y, lo más preocupante, a insectos benéficos y polinizadores como abejas, coleópteros y colibríes. Un nuevo reporte del Instituto Ramazzini de Italia (www.glyphosatestudy.org) reveló, además, que el glifosato debilita el sistema inmunitario de los seres humanos por tres vías (por el cáncer NHL, porque destruye una enzima esencial y porque modifica la biota intestinal), y deja desprotegidos a los individuos contra infecciones como el Covid-19.

¿Y en México? En el país la lucha contra el glifosato apenas se inicia. El contubernio de los gobiernos neoliberales con las grandes compañías no sólo biotecnológicas permitió el uso y sobreuso de plaguicidas, de tal suerte que hoy aún están permitidos 140, de los cuales 111 están catalogados como altamente peligrosos en el resto del mundo (ver el libro Los plaguicidas altamente peligrosos en México, coordinado por Fernando Bejarano, 2017). De gran impacto fue el descubrir que hay ¡glifosato en las tortillas! (y otros productos elaborados con maíz importado), según un estudio de las universidades Nacional Autónoma de México y Autónoma Metropolitana de 2017, confirmado un año después por el Health Research Institute en los productos de Maseca. También se ha probado que hay glifosato en los cuerpos de los habitantes de muchas comunidades rurales, incluyendo niños y adolescentes. Ello llevó a la Comisión Nacional de Derechos Humanos a emitir una recomendación a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y otras dependencias para hacer un diagnóstico de la contaminación por plaguicidas; revisar y actualizar las normas oficiales mexicanas, y prohibir en forma progresiva los plaguicidas considerados altamente peligrosos.

El primer paso se ha dado. Las autoridades ambientales bloquearon la importación de 67 mil toneladas de glifosato de 15 compañías. Lo anterior ha provocado ya reacciones diversas. Al igual que el petróleo, las carnes, el excusado, los autos, la Coca-Cola y los celulares, el glifosato es ya un icono de esta tragedia planetaria llamada modernidad, la misma que hoy vive un escenario catastrófico. Cantemos sobre el glifosato denunciando sus impactos sobre la salud humana y la salud del planeta. Es necesario y urgente.

Por Víctor M. Toledo, titular de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales

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Duque y Trump dicen que hay que fumigar 

Cumbre de presidentes de EE.UU. y Colombia en la Casa Blanca

El mandatario estadounidense, Donald Trump, defendió este lunes la fumigación de cultivos ilícitos para la lucha antidrogas, al recibir en la Casa Blanca a su homólogo colombiano, Iván Duque. El gobierno de Duque espera reanudar la fumigación de cultivos ilícitos para luchar contra el narcotráfico, una iniciativa aplaudida por Estados Unidos pero muy resistida por campesinos y organizaciones de derechos humanos.

"Bueno, van a tener que fumigar. Si no fumigan no se van a deshacer de ellos", dijo Trump en referencia a los carteles de droga, contestando a la pregunta de un periodista. El presidente de Estados Unidos recibió a Duque en el despacho Oval de la Casa Blanca (foto), para una reunión que según Trump fue planeada rápidamente "durante el fin de semana".

Las fumigaciones aéreas con glifosato en fueron suspendidas en 2015 en Colombia, cuando el gobierno del entonces presidente Juan Manuel Santos acogió una advertencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que consideró ese herbicida como "probablemente cancerígeno". El herbicida está asociado a efectos cancerígenos y riesgos genéticos, y muchos países en Europa buscan prohibirlo por los peligros para la población.

El gobierno de Duque ha dicho que está elaborando informes de impacto sanitario y ambiental para cumplir con los requisitos establecidos por la Corte Constitucional de Colombia para reiniciar el programa de fumigación, comprometiéndose a minimizar los efectos adversos.

Colombia es el principal cultivador mundial de hoja de coca, con 169.000 hectáreas sembradas en 2018 y un potencial para producir 1.120 toneladas de cocaína, según la ONU. En 2017 la cantidad de sembradíos registrada por Naciones Unidas había sido mayor -171.000 hectáreas. Y, según Duque, en 2019 se erradicaron manualmente 100.000 hectáreas, una cifra histórica.

Estados Unidos anunció a principios de año que entregará a Colombia -su aliado más estrecho en la región- 5.000 millones de dólares para invertir en zonas afectadas por los narcocultivos, algunas de ellas establecidas como prioritarias en el acuerdo de paz de 2016 que desarmó a la exguerrilla comunista FARC.

Más temprano Duque denunció ante ante el grupo de cabildeo pro-Israel AIPAC el apoyo que da el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela a la milicia chiita Hezbolá. "Ellos le han abierto la puerta a Hezbolá para que los apoyen en los crímenes que cometen contra su propio pueblo", dijo el presidente colombiano.

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La guerra química en Colombia tiene nombre de glifosato
 Publicamos una selección de los artículos más leídos durante el 2019. Fueron seleccionados de los periódicos desdeabajo ediciones 253-264 y Le Monde diplomatique, edición Colombia ediciones 185-196.

 

El debate sobre el glifosato continúa en Colombia, a pesar de que en muchos países ya prohíben su uso. De ello dio cuenta la Audiencia Pública de seguimiento realizada en Bogotá el pasado 7 de marzo a la sentencia de la Corte Constitucional T-236 de 2017, en la cual se decidió suspender las aspersiones aéreas con este herbicida, fundamentándose en el principio de precaución*. Una de las intervenciones escuchadas en la Audiencia estuvo a cargo de la doctora Lilliam Eugenia Gómez Álvarez**, que con elocuencia sustentó las consecuencias del uso de este químico. Este artículo es una versión para prensa de lo sustentado por ella.

 

Ante el narcotráfico, sus bases y derivaciones, ¿ir al núcleo de la problemática o seguir por las ramas? ¿Revisar los resultados arrojados por la “guerra contra las drogas o negar las evidencias? Parece que nada de esto, y mucho más, se cuestionan en la Casa de Nariño, para cuyos inquilinos, con el yunque de los Estados Unidos apurando sus gargantas, hay que persistir en lo mismo: envenenar grandes extensiones del territorio nacional, para lo cual es necesario, según Iván Duque, reactivar el Programa de erradicación de cultivos ilícitos con glifosato, pasando por encima de la vida y salud de quienes allí habitan, así como del conjunto de la naturaleza misma. Destruir, para ellos no hay otra opción.

Glifosato en Colombia


El glifosato es un herbicida patentando por Monsanto bajo la marca comercial Roundup®, que sirve para la eliminación de plantas y plagas. Este químico se ha convertido en el más utilizado en el mundo; su consumo ha crecido de manera continua en las últimas décadas, como lo evidencian las cifras en Estados Unidos, con un consumo multiplicado por dieciséis entre 1992 y 2009. Se estima que en la última década se han aplicado alrededor de seis mil millones de kilogramos del mismo en todo el mundo.

Una utilización que deja sus huellas de todo tipo, entre ellas el estar asociado con varios tipos de enfermedades (Ver recuadro 1), por ejemplo el cáncer, el más estudiado en humanos es el Linfoma No Hodgkin –cáncer del tejido linfático–. Se estima, asimismo, que causa afectaciones en los ecosistemas donde se aplica.

 

 

Los daños por su aplicación, así sea controlada, cuenta con evidencia en diversos países, pero para Colombia –el único país del mundo que utiliza la aspersión aérea de herbicidas como parte de la erradicación de cultivos ilícitos– es peor, toda vez que la lluvia que sueltan las naves aéreas del mismo caen sobre las plantas por destruir, pero también sobre toda la vegetación existente alrededor, así como sobre fuentes de agua, y todo lo allí asentado. Otros países como México y Afganistán utilizaban esta estrategia, pero su uso fue descontinuado por sus altos costos económicos y sociales.

Asómbrese. El uso comercial de consumo e importación de plaguicidas en Colombia durante los últimos 20 años creció en un 360 por ciento, mientras que en los últimos 45 años la utilización del suelo para siembra aumentó solo en un 29 por ciento. ¿Quién gana con este negocio? ¿Quién pierde con el mismo?

Breve historia de la erradicación en el país

El negocio de las drogas en Colombia arrancó en los años setenta con el cultivo de marihuana en la Sierra Nevada de Santa Marta, lo que dio lugar a la denominada bonanza marimbera. Ante las presiones del presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter, se inició la primera acción de erradicación de cultivos de uso ilícito con el químico Gramoxone, cuyo ingrediente activo es el Paraquat. Fue Julio César Turbay quien emprendió en 1978 la “Operación Fulminante”, que además de la utilización del químico insertó 10 mil soldados a la Sierra Nevada para acabar con el 65 por ciento de la marihuana que ingresaba al país del norte, cultivada en alrededor de 30 mil hectáreas.

Como efecto de la presión ejercida por diferentes sectores contra el uso del Paraquat, fue prohibido en programas de fumigación y mediante la Resolución 3028 de 1989 del ICA, el gobierno nacional decidió suspender en igual año su utilización.

Cuatro décadas después de iniciada la siembra de cultivos ilícitos, y de grandes inversiones económicas para combatirlos se implementa el Plan Colombia, reactivándose las aspersiones aéreas, esta vez con el uso del glifosato, afectando así más de 1.753.386 hectáreas sembradas, lo que no significó una afectación significativa a la producción de cocaína en el país.

Efectividad de la erradicación con glifosato

Generalmente se cree que el número de hectáreas fumigadas expresa la efectividad del “Programa de erradicación de cultivos ilícitos”, pero si se analiza con detenimiento puede verse que esto no es tan cierto, pues aspersiones aéreas no significan erradicación definitiva. Ejemplos de estos son los trabajos de Pascual Restrepo, del Massachusetts Institute of Technology y de Sandra Rozo, de la University of California, quienes evidencian que por cada hectárea de coca fumigada con aspersión aérea con glifosato, apenas se reduce un 0,035 de la hectárea. Lo que quiere decir que, para acabar con una hectárea sembrada de coca mediante aspersión aérea, se necesita fumigar 30.

¿Por qué sucede así? Porque este método de fumigación no da completamente en las hojas de coca (Ver recuadro 2). De igual manera, los costos económicos son completamente inviables pues es una desproporción de 60 a 1, ya que el costo de erradicación por hectárea es de alrededor de 72 mil dólares, mientras que la ganancia obtenida por los cultivadores es de apenas 1.200 dólares cada dos meses, puesto que la sembrada de una hectárea (unos 1.250 kilos) genera apenas una pasta básica de cocaína de 2 kg aproximadamente durante esas 8 semanas.

Todo un despropósito, es evidente, por tanto, que los gastos generados para acabar con los cultivos de uso ilícito necesitan de la exploración de otras alternativas de erradicación menos lesivas y rentables económicamente, tanto para quien erradica como para el Estado.

Una nueva política de desplazamiento forzado

La reactivación de la política de fumigación con glifosato es sinónimo de la activación de una guerra química contra los sectores que habitan la ruralidad del país –campesinos, indígenas, afrocolombianos–, pues con los datos anteriormente expuestos se evidencia que el mecanismo de aspersión no ataca realmente el narcotráfico ni a los narcotraficantes, por el contrario, lo que genera es que los habitantes del campo tengan que abandonar sus tierras por afectaciones de salud o por el deterioro del suelo que no permite sembrar alimentos limpios (Ver recuadro 3).

Estamos, por tanto, ante una nueva guerra contra los habitantes del campo. Además de la reactivación del conflicto armado en la ruralidad, se aproxima la guerra ambiental, pues este gobierno busca ahondar lo iniciado durante el gobierno Santos: la locomotora minero-energética.

Una política para el campo que responde a intereses globales. Rusos, chinos, árabes y gringos están en disputa global. Ya se escuchan los gritos de la bestia denominada Fracking, ya se acercan como carroñeros los capitales transnacionales, que felices por no encontrar a las Farc en las zonas estratégicas, tienen vía libre para buscar los recursos ambientales que necesitan para fortalecer la industria del capitalismo y agudizar la disputa por el control del sistema mundo.

Sin organización social los efectos de esta guerra serán devastadores para todo el país, en especial para los marginados de siempre.

* El principio de precaución es el elemento estructural del derecho ambiental para evitar los daños graves o irreversibles que pueda sufrir el medio ambiente. La Corte Constitucional declaró cinco elementos fundamentales para llegar a esto, a saber:
i) Que exista peligro de daño
ii) Que éste sea grave e irreversible
iv) Que exista un principio de certeza científica, así no sea absoluta
v) Que la decisión que la autoridad adopte esté encaminada a impedir la degradación del medio ambiente
vi) Que el acto en que se adopte la decisión sea motivado
** PhD. Universite de Touls, Ecología y etología. Presidenta del Consejo seccional de plaguicidas de Antioquia

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Sábado, 01 Junio 2019 07:06

A comer y beber glifosato

A comer y beber glifosato

Distintos funcionarios del régimen del sub presidente Iván Duque se han destacado en los últimos meses por sus grandiosas contribuciones a la cultura universal, como muestra fehaciente de su basto (no vasto, por supuesto) saber y de la sólida educación humanística, artística y científica del equipo gobernante que dirige al país más feliz del mundo. 

El que da ejemplo de brillantez intelectual, como cabeza pensante de este gran equipo de gobierno, es el propio sub-presidente, quien ha hecho dos declaraciones memorables. La primera en París en plena sede la Unesco, cuando disertando sobre las bondades de la economía naranja dijo con convicción: “Y nos remontamos a lo que llamamos las siete íes. ¿Y por qué siete? Porque siete es un número importante para la cultura. Tenemos las siete notas musicales, las siete artes, los siete enanitos. Mejor dicho, hay muchas cosas que empiezan por siete ”. Este fabuloso descubrimiento conceptual merece un doble Premio Nobel de Economía y de Literatura, ya que demuestra su amplio conocimiento de la narrativa universal. Este importante descubrimiento fue complementado en enero de este año al recibir a ese demócrata de los Estados Unidos, Mike Pompeo, humanista experto en recomendar caricias a los amigos de los Estados Unidos que disfrutan de vacaciones en sus hoteles de cinco estrellas, como el de la base de Guantánamo. En esa ocasión Duque dijo: “Hace 200 años el apoyo de los padres fundadores de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial y hoy recibir este segundo día de 2019 con su visita nos llena de alegría y de honor, esta relación bilateral la tenemos que seguir fortaleciendo todos los días”. Con esta afirmación Duque ha hecho una decisiva contribución a la reinterpretación de la historia de Colombia, que muestra que, como complemento a sus dotes innatas de estadista, es un investigador social de renombre internacional.


Pero quien encabeza el listado de luminarias del gobierno de Iván Duque es de lejos su Vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, quien ha descollado en los últimos meses por una serie de rutilantes afirmaciones que, aparte de mostrar a la luz pública su incomparable inteligencia (propia de la inteligencia superior de los uribeños), se constituyen en unos extraordinarios aportes al conocimiento no sólo de los colombianos sino de la humanidad en su conjunto. Una de sus contribuciones más notables fue anunciada en su visita a Washington, ante los amos imperiales, y se refiere al fabuloso descubrimiento que el glifosato es una sustancia alimenticia.


Esta, sin duda alguna, puede considerarse como el mayor descubrimiento que haya hecho la ciencia colombiana en todos los tiempos. Ese descubrimiento ha probado, sin ningún manto de duda, que el glifosato, un producto químico que se usa en la agricultura y la ganadería para destruir plagas, y que en Colombia se ha roseado por toneladas sobre los cultivos de coca durante veinticinco años, es en verdad un nutritivo alimento, lleno de proteínas y de virtudes dietéticas, que alimenta a gentes de todas las clases, edades y razas. Ahí estriba la sustancia de este descubrimiento, puesto que hasta ahora los críticos (comunistas y ecologistas) decían sin pruebas de ninguna clase que el glifosato era un producto contaminante, que genera cáncer y otras enfermedades. Esas son mentiras y calumnias de resentidos que solo buscan hacerle daño a la libre empresa, y para ello se apoyan en científicos e investigadores de quinta categoría que se han dejado manipular para enlodar a empresas de tanta ética y compromiso humano y social, como lo son Monsanto y Bayer.


Ahora Marta Lucia Ramírez ha comunicado al mundo, con la modestia que caracteriza a los verdaderos sabios, que el Glifosato es una bebida sana y un alimento nutritivo, al decir que “ si usted se toma 500 vasos de agua al día, le aseguro que también se enferma", con lo que enfatizó que el Glifosato es benigno, una bebida apetitosa que puede tomarse varias veces al día para mejorar el funcionamiento de los sistemas digestivo e inmunológico. El glifosato puede consumirse en forma de bebida, rociando una cierta cantidad (entre más amplia más alimenticia resulta) en un poco de agua, preparándola en forma de batido, ya que puede combinarse con apio, manzana, zanahoria, mango, papaya o la fruta a que mano se tenga. El glifosato también puede usarse para preparar galletas, panes, colaciones, lo cual le confiere un sabor y un gusto especial, que es muy atractivo sobre todo para los niños y mujeres embarazadas. Pescados, aves, gallinas, cerdo y todo tipo de carnes pueden ser directamente rociadas con una copita de glifosato y de inmediato los comensales disfrutaran de un sabor inigualable que los dejara satisfechos y con ganas irrefrenable de seguirlo usando a diario. Los rostizados de cualquier clase (carnes, vegetales, legumbres…) son especialmente recomendables para acompañarlos con glifosato, ya que en esas jornadas en que se deja libre el paladar nada mejor que disfrutar del novísimo alimento, que además opera como acompañante y condimento. El glifosato puede servir de aliño en amasijos, tamales, envueltos, ayacos de mazorca y otros productos de la gastronomía colombiana. Tiene una virtud adicional, recién descubierta por nuestra ilustrada Vice Presidenta, y es que rejuvenece la piel, produciéndole un atractivo color entre rosáceo y azulado. Por ello, la segunda dama de la nación se aplica todas las noches en su cara mascarillas de glifosato y utiliza compresas en todo el cuerpo de este bálsamo bendito; aún más, se baña en una tina repleta de glifosato, reviviendo una práctica similar a la de Cleopatra, la gran reina de Egipto, que se bañaba en leche.


Prueben su amplio radio de acción alimenticia, que no se arrepentirán, porque está confirmado que el glifosato nutre más que cualquiera de las sustancias hasta ahora conocidas en el mundo entero. Hasta tal punto esto es indiscutible que entre los comensales que aseguran que consumen glifosato diario se encuentran el embajador de los Estados Unidos y el personal de esa embajada en Colombia, los embajadores criollos ante Donald Trump, Francisco Santos y Alejandro Ordoñez (este en la OEA), el Ministro de Relaciones Exteriores Carlos Holmes Trujillo. Incluso, las malas lenguas comentan que un consumidor asiduo del Glifosato es el ex Fiscal Néstor Humberto Martínez, quien a veces invitaba a sus amigos a saborearlo, con una formula especial de su propia cosecha, que incluía entre los ingredientes de su pócima secreta, al cianuro. Y si los ricos y poderosos degustan el glifosato, ¿por qué se quejan los pobres de que se les vierta en grandes cantidades? Desagradecidos e ignorantes que son, no entienden la magnanimidad de los poderosos.


Ahora que gozan de tanta fama los batidos la vicepresidenta recomienda que todos los colombianos disfrutemos todos los días en las primeras horas de la mañana de un nutritivo néctar de glifosato, que puede combinarse con muchas cosas, puesto que es un producto muy versátil. La misma Marta Lucia Ramírez con plena seguridad bebe sin falta unos cuantos vasos rociados con glifosato, con lo que mantiene la cordura y sobre todo ese equilibrio mental que tanto la caracteriza.


De tal manera, que los gobiernos de los Estados Unidos y de Colombia al fumigar con glifosato los campos colombianos durante dos décadas no solo buscaban erradicar la “mata que mata” (la hoja de coca), como reza la propaganda corporativa, sino que además estaban proporcionándole nutrientes, proteínas y minerales sanos a los ignorantes campesinos criollos, que son tan malagradecidos que no entienden lo que significa este tipo de ayuda alimentaria.


No se crea que lo que dice la Vicepresidenta son ocurrencias, sino resultado de exhaustivas, profundas y rigurosas investigaciones, que la llevaron a presentar en público el gran descubrimiento de su vida, y que la catapultara por los siglos de los siglos en el panteón de los grandes científicos y sabios de todos los tiempos.


De tal manera, que como complemento alimenticio de la equilibrada dieta de los colombianos pobres, de ahora en adelante a comer y beber glifosato, con lo cual se garantiza que estaremos entre los países mejor alimentados del planeta y con una envidiable salud, si tenemos en cuenta que Estados Unidos y su súbdito, Iván Duque, están haciendo hasta lo imposible para que se vuelva a esparcir el glifosato sobre los campos colombianos.

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Espionaje de Monsanto y nueva sentencia millonaria

Dos mil millones de dólares por daños. Es la cifra que un tribunal de Oakland, California, sentenció a Monsanto (ahora propiedad de Bayer) a pagar al matrimonio Alberta y Alva Pilliod, más 55 millones de dólares por costos médicos y de juicio, por haberles causado cáncer con su herbicida RoundUp. Al mismo tiempo, en Europa, el diario francés Le Monde reveló extensas operaciones de espionaje de Monsanto a periodistas y funcionarios públicos.

El abogado de los Pilliod –que tienen actualmente 70 años y han tenido cáncer linfoma no-Hodgkin por más de una década– pidió compensación por daños punitivos por mil millones de dólares, pero el juez, siguiendo las declaraciones unánimes del jurado, decidió doblar la suma. Esto, según explicó el jurado, para sentar ejemplo, porque de acuerdo con las evidencias presentadas Monsanto actuó a sabiendas de los efectos que tendría sobre los afectados y ocultando información intencionalmente. Según la agencia Bloomberg, es la octava suma más alta en Estados Unidos de compensación por daños debido a un "producto defectuoso".

Sin embargo, no se trata de un "producto defectuoso". Es un agrotóxico herbicida que cumple el objetivo biocida para el que fue diseñado. Además de matar plantas y otras formas de vida en los cultivos, también es cancerígeno para animales y humanos. Monsanto lo sabía desde la década de 1980, pero en lugar de advertir sobre el riesgo se dedicó a ocultarlo, tanto en el etiquetado como a través de manipulaciones mediáticas, pagando a académicos para escribir artículos "científicos" falseados y corrompiendo o engañando funcionarios en agencias regulatorias (https://usrtk.org/monsanto-papers/).

El principal ingrediente de RoundUp es glifosato, inventado por Monsanto y por el que tuvo una patente monopólica por 20 años que le rindió cuantiosas ganancias. Cuando la patente estaba por vencer inventó los cultivos transgénicos tolerantes a su propio herbicida RoundUp, con lo que siguió dominando el mercado con la venta casada de la semilla y el agrotóxico.

Un elemento importante que quedó claro en este juicio es que además de la toxicidad propia del glifosato, los surfactantes y otros ingredientes del RoundUp –agregados para enfrentar la resistencia de malezas al glifosato– son también altamente tóxicos. Esto es muy relevante, porque las regulaciones sobre agrotóxicos, tanto en Estados Unidos como en América Latina, no exigen a las empresas evaluaciones de inocuidad de estos componentes secundarios, cuyo uso ha aumentado vertiginosamente debido a la resistencia por la expansión de cultivos transgénicos tolerantes al herbicida.

Como refiero en un artículo anterior (El veneno que nos legó Monsanto, La Jornada, 11/05/19), este es el tercer juicio contra Monsanto-Bayer ganado por las víctimas. Bayer apelará esta sentencia, pero hay otros 13 mil 400 juicios en proceso y siguen creciendo (https://tinyurl.com/y6y5xaor).

Poco antes de esta sentencia, el diario francés Le Monde denunció que Monsanto había contratado en 2016 a la firma de relaciones públicas FleishmanHillard, que realizó un fichaje de 200 personas que consideraba relevantes en la regulación de glifosato, agrotóxicos y transgénicos. El expediente se conformó mientras la Unión Europea estaba discutiendo si suspendía la autorización de uso de glifosato, que finalmente decidió prolongar cinco años más, debido justamente al masivo cabildeo empresarial.

El fichaje confidencial realizado por FleishmanHillard para Monsanto en Francia abarcó periodistas de Le Monde y otros medios, funcionarios públicos, parlamentarios, dirigentes de organizaciones civiles, ambientalistas y de agricultores, académicos y científicos. En la lista figura también Ségolène Royal, ex candidata a presidenta. Más de la mitad de los espiados son periodistas. La empresa seleccionó y agrupó en una tabla a 74 "objetivos prioritarios", dividos en cuatro grupos: personas a vigilar, personas a educar, aliados y potenciales aliados a reclutar. Además de nombre y lugar de trabajo incluyeron sus direcciones y actividades personales, gustos, preferencias y opiniones políticas. Registrar este tipo de información sin consentimiento es ilegal en Francia, por lo que la justicia francesa inició una investigación a partir de la demanda de Le Monde. Podría ocasionar multas de 300,000 euros y hasta cinco años de prisión.

Bayer dijo desconocer las actividades de espionaje de Monsanto, pese a que tenía hasta ese momento un contrato con la misma firma, pero luego de encargar una investigación, el 21 de mayo, se disculpó por el espionaje. Informó además que "partían de la base" de que FleishmanHillard había realizado actividades similares en Alemania, Italia, Holanda, Polonia, España y Reino Unido, además de Francia.

Tanto Monsanto-Bayer como FleishmanHillard son empresas trasnacionales, por lo cual es lógico pensar que las actividades de espionaje y fichaje de opositores no se restringen solamente a estos países, ni solamente a Monsanto y Bayer. Todas las empresas de transgénicos, DuPont, Dow, Syngenta, además de Monsanto y Bayer, han contratado firmas, como FleishmanHillard, para campañas encubiertas en favor de transgénicos y agrotóxicos. No tienen argumentos para dar un debate abierto y honesto.

Por Silvia Ribeiro *

 Investigadora del Grupo ETC

 

Un juez de EE UU condena a Monsanto a pagar 1.800 millones de euros a una pareja enferma de cáncer

Bayer sufre una millonaria derrota judicial. Un jurado ha condenado este lunes a Monsanto, comprada por la empresa alemana en 2018, a pagar 2.055 millones de dólares (unos 1.820 millones de euros) a una pareja que supuestamente habría contraído cáncer por utilizar el herbicida Roundup. El veredicto del jurado del norte de California acusa a la agroquímica de no advertir los peligros de su producto, que acumula más de 13.000 demandas por el mismo motivo. Esta es la tercera batalla legal perdida de la compañía, pero con diferencia la más cara.

La condena llega cuando los accionistas del gigante farmacéutico se han negado a apoyar la gestión de Bayer en el último año e impulsa la caída de las acciones en el mercado. Alva y Alberta Pilliod, de 70 años, fueron diagnosticados de linfoma no-Hodgkins con cuatro años de diferencia: uno en 2011 y otro en 2015. La pareja utilizó Roundup, un producto elaborado con glifosato, durante 35 años en un terreno en San Francisco. Ambos se encuentran actualmente en remisión. La indemnización que deberá pagar Bayer incluye, además de los 2.000 millones de dólares en daños punitivos, otros 55 millones en daños compensatorios. Es posible que la cifra disminuya una vez que la compañía apele la decisión del juez. El gigante químico y farmacéutico alemán comunicó su decepción ante el veredicto y adelantó que el litigio "llevará algún tiempo antes de que concluya", ya que las apelaciones están pendientes y que "continuará evaluando y refinando sus estrategias legales a medida que avanza en la siguiente fase".

Al igual que en los episodios anteriores, donde se ha responsabilizado a Roundup de haber sido un factor sustancial en enfermos de cáncer, hubo una batalla de ambas partes con estudios científicos y expertos. Según los reguladores europeos y estadounidenses, no se ha comprobado que el glifosato pueda provocar cáncer. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS), dijo en 2015 que “probablemente” era cancerígeno. Una herramienta clave de los miles de demandantes. En este caso en particular, los abogados de la compañía, además de respaldarse en documentos científicos, destacaron los antecedentes familiares de los Pilliod que también han padecido cáncer y enfermedades autoinmunes que, según su argumento, aumentaban el riesgo de que la pareja desarrollara un linfoma no-Hodgkins.


El Roundup, producto estrella del fabricante Monsanto, continúa vendiéndose sin una etiqueta que advierta de que existe un riesgo cancerígeno para los seres humanos. El glifosato es el herbicida más utilizado en el mundo agrícola y circula en el mercado desde 1976. Personas familiarizadas con la compañía alemana afirman que no hay planes de hacer modificaciones antes de que al menos uno de los casos haya sido apelado, según publica The Wall Street Journal. Los socios de la empresa rechazaron el mes pasado las medidas que ha tomado la alta dirección, entre ellas, la compra de Monsanto. Desde entonces, los papeles de la alemana han caído un 40%.

Por Antonia Laborde
Washington 14 MAY 2019 - 02:51 COT

 

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La guerra química en Colombia tiene nombre de glifosato

El debate sobre el glifosato continúa en Colombia, a pesar de que en muchos países ya prohíben su uso. De ello dio cuenta la Audiencia Pública de seguimiento realizada en Bogotá el pasado 7 de marzo a la sentencia de la Corte Constitucional T-236 de 2017, en la cual se decidió suspender las aspersiones aéreas con este herbicida, fundamentándose en el principio de precaución*. Una de las intervenciones escuchadas en la Audiencia estuvo a cargo de la doctora Lilliam Eugenia Gómez Álvarez**, que con elocuencia sustentó las consecuencias del uso de este químico. Este artículo es una versión para prensa de lo sustentado por ella.

 

Ante el narcotráfico, sus bases y derivaciones, ¿ir al núcleo de la problemática o seguir por las ramas? ¿Revisar los resultados arrojados por la “guerra contra las drogas o negar las evidencias? Parece que nada de esto, y mucho más, se cuestionan en la Casa de Nariño, para cuyos inquilinos, con el yunque de los Estados Unidos apurando sus gargantas, hay que persistir en lo mismo: envenenar grandes extensiones del territorio nacional, para lo cual es necesario, según Iván Duque, reactivar el Programa de erradicación de cultivos ilícitos con glifosato, pasando por encima de la vida y salud de quienes allí habitan, así como del conjunto de la naturaleza misma. Destruir, para ellos no hay otra opción.

Glifosato en Colombia


El glifosato es un herbicida patentando por Monsanto bajo la marca comercial Roundup®, que sirve para la eliminación de plantas y plagas. Este químico se ha convertido en el más utilizado en el mundo; su consumo ha crecido de manera continua en las últimas décadas, como lo evidencian las cifras en Estados Unidos, con un consumo multiplicado por dieciséis entre 1992 y 2009. Se estima que en la última década se han aplicado alrededor de seis mil millones de kilogramos del mismo en todo el mundo.

Una utilización que deja sus huellas de todo tipo, entre ellas el estar asociado con varios tipos de enfermedades (Ver recuadro 1), por ejemplo el cáncer, el más estudiado en humanos es el Linfoma No Hodgkin –cáncer del tejido linfático–. Se estima, asimismo, que causa afectaciones en los ecosistemas donde se aplica.

 

 

Los daños por su aplicación, así sea controlada, cuenta con evidencia en diversos países, pero para Colombia –el único país del mundo que utiliza la aspersión aérea de herbicidas como parte de la erradicación de cultivos ilícitos– es peor, toda vez que la lluvia que sueltan las naves aéreas del mismo caen sobre las plantas por destruir, pero también sobre toda la vegetación existente alrededor, así como sobre fuentes de agua, y todo lo allí asentado. Otros países como México y Afganistán utilizaban esta estrategia, pero su uso fue descontinuado por sus altos costos económicos y sociales.

Asómbrese. El uso comercial de consumo e importación de plaguicidas en Colombia durante los últimos 20 años creció en un 360 por ciento, mientras que en los últimos 45 años la utilización del suelo para siembra aumentó solo en un 29 por ciento. ¿Quién gana con este negocio? ¿Quién pierde con el mismo?

Breve historia de la erradicación en el país

El negocio de las drogas en Colombia arrancó en los años setenta con el cultivo de marihuana en la Sierra Nevada de Santa Marta, lo que dio lugar a la denominada bonanza marimbera. Ante las presiones del presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter, se inició la primera acción de erradicación de cultivos de uso ilícito con el químico Gramoxone, cuyo ingrediente activo es el Paraquat. Fue Julio César Turbay quien emprendió en 1978 la “Operación Fulminante”, que además de la utilización del químico insertó 10 mil soldados a la Sierra Nevada para acabar con el 65 por ciento de la marihuana que ingresaba al país del norte, cultivada en alrededor de 30 mil hectáreas.

Como efecto de la presión ejercida por diferentes sectores contra el uso del Paraquat, fue prohibido en programas de fumigación y mediante la Resolución 3028 de 1989 del ICA, el gobierno nacional decidió suspender en igual año su utilización.

Cuatro décadas después de iniciada la siembra de cultivos ilícitos, y de grandes inversiones económicas para combatirlos se implementa el Plan Colombia, reactivándose las aspersiones aéreas, esta vez con el uso del glifosato, afectando así más de 1.753.386 hectáreas sembradas, lo que no significó una afectación significativa a la producción de cocaína en el país.

Efectividad de la erradicación con glifosato

Generalmente se cree que el número de hectáreas fumigadas expresa la efectividad del “Programa de erradicación de cultivos ilícitos”, pero si se analiza con detenimiento puede verse que esto no es tan cierto, pues aspersiones aéreas no significan erradicación definitiva. Ejemplos de estos son los trabajos de Pascual Restrepo, del Massachusetts Institute of Technology y de Sandra Rozo, de la University of California, quienes evidencian que por cada hectárea de coca fumigada con aspersión aérea con glifosato, apenas se reduce un 0,035 de la hectárea. Lo que quiere decir que, para acabar con una hectárea sembrada de coca mediante aspersión aérea, se necesita fumigar 30.

¿Por qué sucede así? Porque este método de fumigación no da completamente en las hojas de coca (Ver recuadro 2). De igual manera, los costos económicos son completamente inviables pues es una desproporción de 60 a 1, ya que el costo de erradicación por hectárea es de alrededor de 72 mil dólares, mientras que la ganancia obtenida por los cultivadores es de apenas 1.200 dólares cada dos meses, puesto que la sembrada de una hectárea (unos 1.250 kilos) genera apenas una pasta básica de cocaína de 2 kg aproximadamente durante esas 8 semanas.

Todo un despropósito, es evidente, por tanto, que los gastos generados para acabar con los cultivos de uso ilícito necesitan de la exploración de otras alternativas de erradicación menos lesivas y rentables económicamente, tanto para quien erradica como para el Estado.

Una nueva política de desplazamiento forzado

La reactivación de la política de fumigación con glifosato es sinónimo de la activación de una guerra química contra los sectores que habitan la ruralidad del país –campesinos, indígenas, afrocolombianos–, pues con los datos anteriormente expuestos se evidencia que el mecanismo de aspersión no ataca realmente el narcotráfico ni a los narcotraficantes, por el contrario, lo que genera es que los habitantes del campo tengan que abandonar sus tierras por afectaciones de salud o por el deterioro del suelo que no permite sembrar alimentos limpios (Ver recuadro 3).

Estamos, por tanto, ante una nueva guerra contra los habitantes del campo. Además de la reactivación del conflicto armado en la ruralidad, se aproxima la guerra ambiental, pues este gobierno busca ahondar lo iniciado durante el gobierno Santos: la locomotora minero-energética.

Una política para el campo que responde a intereses globales. Rusos, chinos, árabes y gringos están en disputa global. Ya se escuchan los gritos de la bestia denominada Fracking, ya se acercan como carroñeros los capitales transnacionales, que felices por no encontrar a las Farc en las zonas estratégicas, tienen vía libre para buscar los recursos ambientales que necesitan para fortalecer la industria del capitalismo y agudizar la disputa por el control del sistema mundo.

Sin organización social los efectos de esta guerra serán devastadores para todo el país, en especial para los marginados de siempre.

* El principio de precaución es el elemento estructural del derecho ambiental para evitar los daños graves o irreversibles que pueda sufrir el medio ambiente. La Corte Constitucional declaró cinco elementos fundamentales para llegar a esto, a saber:
i) Que exista peligro de daño
ii) Que éste sea grave e irreversible
iv) Que exista un principio de certeza científica, así no sea absoluta
v) Que la decisión que la autoridad adopte esté encaminada a impedir la degradación del medio ambiente
vi) Que el acto en que se adopte la decisión sea motivado
** PhD. Universite de Touls, Ecología y etología. Presidenta del Consejo seccional de plaguicidas de Antioquia

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La guerra química en Colombia tiene nombre de glifosato

El debate sobre el glifosato continúa en Colombia, a pesar de que en muchos países ya prohíben su uso. De ello dio cuenta la Audiencia Pública de seguimiento realizada en Bogotá el pasado 7 de marzo a la sentencia de la Corte Constitucional T-236 de 2017, en la cual se decidió suspender las aspersiones aéreas con este herbicida, fundamentándose en el principio de precaución*. Una de las intervenciones escuchadas en la Audiencia estuvo a cargo de la doctora Lilliam Eugenia Gómez Álvarez**, que con elocuencia sustentó las consecuencias del uso de este químico. Este artículo es una versión para prensa de lo sustentado por ella.

 

Ante el narcotráfico, sus bases y derivaciones, ¿ir al núcleo de la problemática o seguir por las ramas? ¿Revisar los resultados arrojados por la “guerra contra las drogas o negar las evidencias? Parece que nada de esto, y mucho más, se cuestionan en la Casa de Nariño, para cuyos inquilinos, con el yunque de los Estados Unidos apurando sus gargantas, hay que persistir en lo mismo: envenenar grandes extensiones del territorio nacional, para lo cual es necesario, según Iván Duque, reactivar el Programa de erradicación de cultivos ilícitos con glifosato, pasando por encima de la vida y salud de quienes allí habitan, así como del conjunto de la naturaleza misma. Destruir, para ellos no hay otra opción.

Glifosato en Colombia


El glifosato es un herbicida patentando por Monsanto bajo la marca comercial Roundup®, que sirve para la eliminación de plantas y plagas. Este químico se ha convertido en el más utilizado en el mundo; su consumo ha crecido de manera continua en las últimas décadas, como lo evidencian las cifras en Estados Unidos, con un consumo multiplicado por dieciséis entre 1992 y 2009. Se estima que en la última década se han aplicado alrededor de seis mil millones de kilogramos del mismo en todo el mundo.

Una utilización que deja sus huellas de todo tipo, entre ellas el estar asociado con varios tipos de enfermedades (Ver recuadro 1), por ejemplo el cáncer, el más estudiado en humanos es el Linfoma No Hodgkin –cáncer del tejido linfático–. Se estima, asimismo, que causa afectaciones en los ecosistemas donde se aplica.

 

 

Los daños por su aplicación, así sea controlada, cuenta con evidencia en diversos países, pero para Colombia –el único país del mundo que utiliza la aspersión aérea de herbicidas como parte de la erradicación de cultivos ilícitos– es peor, toda vez que la lluvia que sueltan las naves aéreas del mismo caen sobre las plantas por destruir, pero también sobre toda la vegetación existente alrededor, así como sobre fuentes de agua, y todo lo allí asentado. Otros países como México y Afganistán utilizaban esta estrategia, pero su uso fue descontinuado por sus altos costos económicos y sociales.

Asómbrese. El uso comercial de consumo e importación de plaguicidas en Colombia durante los últimos 20 años creció en un 360 por ciento, mientras que en los últimos 45 años la utilización del suelo para siembra aumentó solo en un 29 por ciento. ¿Quién gana con este negocio? ¿Quién pierde con el mismo?

Breve historia de la erradicación en el país

El negocio de las drogas en Colombia arrancó en los años setenta con el cultivo de marihuana en la Sierra Nevada de Santa Marta, lo que dio lugar a la denominada bonanza marimbera. Ante las presiones del presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter, se inició la primera acción de erradicación de cultivos de uso ilícito con el químico Gramoxone, cuyo ingrediente activo es el Paraquat. Fue Julio César Turbay quien emprendió en 1978 la “Operación Fulminante”, que además de la utilización del químico insertó 10 mil soldados a la Sierra Nevada para acabar con el 65 por ciento de la marihuana que ingresaba al país del norte, cultivada en alrededor de 30 mil hectáreas.

Como efecto de la presión ejercida por diferentes sectores contra el uso del Paraquat, fue prohibido en programas de fumigación y mediante la Resolución 3028 de 1989 del ICA, el gobierno nacional decidió suspender en igual año su utilización.

Cuatro décadas después de iniciada la siembra de cultivos ilícitos, y de grandes inversiones económicas para combatirlos se implementa el Plan Colombia, reactivándose las aspersiones aéreas, esta vez con el uso del glifosato, afectando así más de 1.753.386 hectáreas sembradas, lo que no significó una afectación significativa a la producción de cocaína en el país.

Efectividad de la erradicación con glifosato

Generalmente se cree que el número de hectáreas fumigadas expresa la efectividad del “Programa de erradicación de cultivos ilícitos”, pero si se analiza con detenimiento puede verse que esto no es tan cierto, pues aspersiones aéreas no significan erradicación definitiva. Ejemplos de estos son los trabajos de Pascual Restrepo, del Massachusetts Institute of Technology y de Sandra Rozo, de la University of California, quienes evidencian que por cada hectárea de coca fumigada con aspersión aérea con glifosato, apenas se reduce un 0,035 de la hectárea. Lo que quiere decir que, para acabar con una hectárea sembrada de coca mediante aspersión aérea, se necesita fumigar 30.

¿Por qué sucede así? Porque este método de fumigación no da completamente en las hojas de coca (Ver recuadro 2). De igual manera, los costos económicos son completamente inviables pues es una desproporción de 60 a 1, ya que el costo de erradicación por hectárea es de alrededor de 72 mil dólares, mientras que la ganancia obtenida por los cultivadores es de apenas 1.200 dólares cada dos meses, puesto que la sembrada de una hectárea (unos 1.250 kilos) genera apenas una pasta básica de cocaína de 2 kg aproximadamente durante esas 8 semanas.

Todo un despropósito, es evidente, por tanto, que los gastos generados para acabar con los cultivos de uso ilícito necesitan de la exploración de otras alternativas de erradicación menos lesivas y rentables económicamente, tanto para quien erradica como para el Estado.

Una nueva política de desplazamiento forzado

La reactivación de la política de fumigación con glifosato es sinónimo de la activación de una guerra química contra los sectores que habitan la ruralidad del país –campesinos, indígenas, afrocolombianos–, pues con los datos anteriormente expuestos se evidencia que el mecanismo de aspersión no ataca realmente el narcotráfico ni a los narcotraficantes, por el contrario, lo que genera es que los habitantes del campo tengan que abandonar sus tierras por afectaciones de salud o por el deterioro del suelo que no permite sembrar alimentos limpios (Ver recuadro 3).

Estamos, por tanto, ante una nueva guerra contra los habitantes del campo. Además de la reactivación del conflicto armado en la ruralidad, se aproxima la guerra ambiental, pues este gobierno busca ahondar lo iniciado durante el gobierno Santos: la locomotora minero-energética.

Una política para el campo que responde a intereses globales. Rusos, chinos, árabes y gringos están en disputa global. Ya se escuchan los gritos de la bestia denominada Fracking, ya se acercan como carroñeros los capitales transnacionales, que felices por no encontrar a las Farc en las zonas estratégicas, tienen vía libre para buscar los recursos ambientales que necesitan para fortalecer la industria del capitalismo y agudizar la disputa por el control del sistema mundo.

Sin organización social los efectos de esta guerra serán devastadores para todo el país, en especial para los marginados de siempre.

* El principio de precaución es el elemento estructural del derecho ambiental para evitar los daños graves o irreversibles que pueda sufrir el medio ambiente. La Corte Constitucional declaró cinco elementos fundamentales para llegar a esto, a saber:
i) Que exista peligro de daño
ii) Que éste sea grave e irreversible
iv) Que exista un principio de certeza científica, así no sea absoluta
v) Que la decisión que la autoridad adopte esté encaminada a impedir la degradación del medio ambiente
vi) Que el acto en que se adopte la decisión sea motivado
** PhD. Universite de Touls, Ecología y etología. Presidenta del Consejo seccional de plaguicidas de Antioquia

Publicado enEdición Nº255
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