Lunes, 13 Marzo 2017 07:21

La guerra mediática y la posverdad

La guerra mediática y la posverdad

 

En momentos en que desde la Casa Blanca se asoma el rostro del fascismo del siglo XXI como la encarnación de la dictadura emergente de la clase capitalista trasnacional, es dado suponer que los patrocinadores de la guerra y el terrorismo mediáticos contra Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y los demás países de la ALBA intensificarán, renovados, sus afanes injerencistas, desestabilizadores y golpistas como parte de la política imperial de cambio de régimen en los países considerados hostiles por la diplomacia de guerra de Washington.

Como dice Ignacio Ramonet, con el perfeccionamiento de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, sin que nos demos cuenta, millones de ciudadanos de a pie estamos siendo observados, espiados, controlados y fichados por Estados orwellianos que llevan a cabo una vigilancia clandestina masiva en alianza con aparatos militares de seguridad y las industrias gigantes de la web.

De esa estructura panóptica o especie de imperio de la vigilancia da cuenta la reciente divulgación por Wikileaks de 8 mil 761 páginas web que detallan los métodos de espionaje electrónico del Centro Cibernético de la Agencia Central de Inteligencia, para extraer mensajes de texto y audio de dispositivos como teléfonos móviles, computadoras, tablets y televisores inteligentes, mediante malware, virus y herramientas que permiten a más de 5 mil piratas informáticos (los hackers globales de la CIA) explotar vulnerabilidades de seguridad para burlar el cifrado de aplicaciones de mensajería.

Pero de manera paralela y complementaria, cuando se abre paso la era de la llamada posverdad (o el arte de la mentira flagrante), tiene lugar otra guerra en el espacio simbólico, que es librada por los medios hegemónicos cartelizados contra los pueblos de Nuestra América, con el objetivo de imponer imaginarios colectivos con los contenidos y sentidos afines a la ideología y la cultura dominantes, que utiliza además medios cibernéticos, audiovisuales y gráficos para manipular y controlar las conciencias de manera masiva.

El terrorismo mediático es parte esencial de la guerra de cuarta generación, la última fase de la guerra en la era de la tecnología; es consustancial a los conflictos asimétricos e irregulares de nuestros días. Con su lógica antiterrorista y contrainsurgente, los manuales de la guerra no convencional del Pentágono dan gran importancia a la lucha ideológica en el campo de la información y al papel de los medios de difusión masiva como arma estratégica y política. El poder multimediático conformado por cinco megamonopolios –con sus expertos, sus intelectuales orgánicos y sus sicarios mediáticos− es parte integral de una estrategia y un sistema avanzado de manipulación y control político y social. Pero los medios convertidos en armas de guerra ideológica son, además, una de las principales fuentes de obtención de superganancias.

En ese contexto, más allá de lo que ocurra en la realidad, la narrativa de los medios es clave en la fabricación de determinada percepción de la población y las audiencias mundiales. De allí que mientras impulsan una guerra de espectro completo, el Pentágono y la CIA intensifican sus acciones abiertas y clandestinas contra gobiernos constitucionales y legítimos.

A modo de ejemplo cabe consignar que en el ataque continuado contra el proceso bolivariano de Venezuela, los guiones del golpe de Estado de factura estadunidense exhiben sucesivas fases de intoxicación (des)informativa a través de los medios de difusión bajo control monopólico privado –en particular los electrónicos−, combinadas con medidas de coerción sicológica unilaterales y extraterritoriales y un vasto accionar sedicioso articulados con redes digitales de grandes corporaciones en la web, partidos políticos y dirigentes de la derecha internacional, poderes fácticos y grupos económicos trasnacionales, fundaciones, ONG y la injerencia de organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA), a través de ese cadáver político que es hoy su secretario general, Luis Almagro.

Todo lo anterior ha sido reforzado en la coyuntura con la puesta en práctica de ese neologismo de resonancias orwellianas entronizado por el Diccionario Oxford como palabra del año: la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal. Según un editorial de The Economist de Londres, Donald Trump “es el máximo exponente de la política ‘posverdad’ (...) una confianza en afirmaciones que se ‘sienten verdad’, pero no se apoyan en la realidad”. Su victoria electoral habría estado fundada en aseveraciones que sonaban ciertas, pero que no tenían base fáctica; en verdades a medias basadas en emociones y no en hechos.

Lo que nos conduce al arte de la desinformación. Al uso de la propaganda como una tentativa de ejercer influencia en la opinión y en la conducta de la sociedad, de manera que las personas adopten una opinión y una conducta predeterminadas; se trata de incitar o provocar emociones, positivas o negativas, para conformar la voluntad de la población. En ese contexto, y ante la llegada de Donald Trump a la Oficina Oval con su gabinete de megamillonarios corporativos, militares imperialistas, expansionistas territoriales y fanáticos delirantes, es previsible pensar que las guerras asimétricas impulsadas por la plutocracia trasnacional se profundizarán bajo diferentes modalidades.

México ya lo está padeciendo: a golpes de Twitter y órdenes ejecutivas, la anunciada palestinización del país a través de la continuación del muro fronterizo iniciado en los años 80 y el lanzamiento de una cacería de millones de indocumentados sigue alimentando la teoría de los bad hombres como chivos expiatorios en el socorrido discurso neoautoritario y con reminiscencias hitlerianas y de poder desnudo del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

 

 

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El presidente de los EE.UU. Donald Trump (Alex Brandon / AP)

 

Una investigación revela que los votantes no cambian ni su intención de voto ni sus sentimientos hacia su candidato pese a que se les demuestren que no dicen la verdad

 

“Ya veis lo que está pasando”, dijo Donald Trump el pasado 18 de febrero ante miles de seguidores entregados en un mitin en Florida. “Tenemos que mantener nuestro país a salvo. Ya veis lo que pasó en Alemania, lo que ocurrió anoche en Suecia”. Pero en Suecia, no había ocurrido nada. El presidente estadounidense había vuelto a mentir.

Y pese al escándalo al otro lado del Atlántico y las bromas en las redes sociales, no pasó nada. La mentira ya no resta capital político. Eso es lo que ha revelado un estudio publicado por la prestigiosa Royal Society británica, que demuestra que la veracidad ya no es un requisito para apoyar a un candidato político.

 

La veracidad ya no es un requisito para apoyar a un candidato político


El estudio ‘Procesando la desinformación política: comprendiendo el fenómeno Trump’, que sale hoy a la luz y al que La Vanguardia.com ha tenido acceso en exclusiva, ha investigado el impacto de la desinformación política para tratar de arrojar algo de luz al éxito del empresario reconvertido a político. Mediante dos experimentos con cientos de participantes se ha medido la repercusión que tienen las mentiras del magnate tanto entre sus seguidores como entre sus detractores. Y los resultados sugieren que los políticos pueden diseminar desinformación sin perder partidarios.

Trump no es el primer ni el único político que dice mentiras, hay ejemplos geográficamente mucho más cercanos, pero sí que es un ejemplo paradigmático. La web independiente de verificación de datos Politifacts, por ejemplo, ha calculado que sólo un 16% de sus afirmaciones son ciertas o parcialmente ciertas. Por ello, los investigadores eligieron como objeto de estudio en una investigación que se llevó a cabo durante la precampaña republicana, a finales de 2015.

 

 

Los políticos pueden diseminar desinformación sin perder partidarios


Los investigadores sometieron a los participantes en el estudio a dos experimentos. En el primero, examinaron hasta qué punto se consideraba creíble una información (que en ocasiones era correcta y en otras falsa) dependiendo de la fuente. Los 1776 participantes, divididos entre demócratas, republicanos partidarios de Trump y republicanos no partidarios, tenían que determinar el grado de credibilidad que le daban a una frase. Algunas de ellas estaban atribuidas al magnate y otras no.

En el segundo, se trataba de investigar el impacto en la credibilidad de la fuente una vez se hacía saber a los participantes la veracidad o falsedad de la información. En este caso, participaron 960 personas.

 

 

Una vez confrontados a una explicación neutral y objetiva, los partidarios de Trump corregían su punto de vista, pero no su intención de voto

 


Los experimentos revelaron que si la información era atribuida a Donald Trump, sus partidarios le daban más credibilidad que si no estaba atribuida a nadie en concreto. Al contrario de lo que ocurría con los demócratas y con los republicanos no partidarios.

Pero lo interesante es que una vez confrontados a una explicación neutral y objetiva de porqué ciertas afirmaciones de Trump utilizadas en el experimento eran falsas, sus partidarios corregían su punto de vista, pero no su intención de voto ni sus sentimientos hacia el político.

 

 

Los votantes utilizan a los políticos como guía para determinar lo que puede ser verdadero o falso, pero no necesariamente insisten en la veracidad para apoyar a candidatos

 

 


Por lo tanto, los investigadores llegan a la conclusión de que las consecuencias negativas para un político de difundir mentiras parecen ser limitadas y sugieren que los votantes utilizan a las figuras políticas como guía para determinar lo que puede ser verdadero o falso, pero no necesariamente insistirán en la veracidad como prerrequisito para apoyar a candidatos políticos.

Los investigadores alertan de que, pese a que entender la popularidad de Donald Trump pese a que mienta deliberadamente es un caso interesante de estudio de la política estadounidense, no se puede hablar sólo de un “fenómeno Trump”, ya que la desinformación es un arma común en la arena política de cualquier país y los votantes de otras opciones políticas tenían comportamientos similares. Por lo tanto, indica el estudio, parece que es posible atraer a los votantes con la demagogia más que con argumentos construidos a base de lógica y hechos.

No se puede hablar sólo de un “fenómeno Trump”, ya que la desinformación es un arma común en la arena política de cualquier país.

 

 

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Sábado, 16 Abril 2016 07:02

Apareció un testigo clave

Las fotos de los estudiantes siguen colgadas frente a la Procuración.

INVOLUCRA A POLICIAS FEDERALES EN LA MASACRE DE AYOTZINAPA

 

Dijo que no sólo participaron las policías municipales de Iguala, sino que también lo habrían hecho tres patrullas del vecino municipio de Huitzuco e, incluso, al menos dos elementos de la Policía Federal que arribaron después.

 

 

 Ciudad de México

 

La “verdad histórica” sobre la que se montó el gobierno de Enrique Peña Nieto para dar un virtual carpetazo a la investigación sobre la desaparición de 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, Guerrero, a manos de fuerzas policíacas, es cada vez más una pesadilla de derechos humanos que ejemplifica la indefensión en que vive la sociedad mexicana desde hace años.

 

Apenas la noche del jueves, la Comisión Nacional de derechos Humanos (CNDH) dio un giro a la historia al presentar las declaraciones de un “testigo clave” que sostiene en la desaparición forzada de los 43 estudiantes no sólo participaron las policías municipales de Iguala, sino que también lo habrían hecho tres patrullas del vecino municipio de Huitzuco e incluso al menos dos elementos de la Policía Federal que arribaron en dos patrullas, justo cuando los efectivos municipales iniciaban el traslado de estudiantes a un lugar desconocido. Los policías federales hablaron con varios policías municipales y los habrían dejado partir con los estudiantes bajo su poder, presumiblemente hacia el municipio de Huitzuco. La CNDH exige que la Procuraduría General de la República (PGR) inicie de urgencia una nueva búsqueda, ahora en Huitzuco.

 

Desde hace más de un año, la PGR sostiene que los estudiantes fueron asesinados e incinerados en un basurero en el municipio de Cocula, por órdenes del crimen organizado local al que vincularon al alcalde de Iguala, José Luis Abarca Velázquez, hoy detenido. Los restos habrían sido arrojados a un río.

 

Este jueves, se afirmó una segunda línea de investigación ignorada hasta ahora por las autoridades federales. El testigo no fue identificado, pero se dijo que éste acudió personalmente a la propia CNDH para contar hechos de los que “fue testigo y no partícipe”. El presidente de la comisión, Luis Raúl González Pérez, y el investigador de este organismo para el caso Iguala, José Trinidad Larrieta Carrasco, resaltaron que el testimonio “es congruente y coherente” con otras evidencias en los expedientes de la Procuraduría General de la República (PGR) y de la propia comisión.

 

Al expediente de la CNDH se habrían agregado cuatro fotografías del momento en que un grupo de entre 15 y 20 estudiantes son bajados del autobús 1531 de la línea Estrellas de Oro, uno de los que los jóvenes habían tomado para viajar a la Ciudad de México. Las imágenes fueron captadas por un militar en un paraje conocido como Puente del Chipote.

 

En este vehículo viajaba Alexander Mora Venancio, el único estudiante hasta ahora identificado por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) entre los pocos restos encontrados.

 

El testigo asegura que los estudiantes fueron entregados a un supuesto líder criminal, identificado con el sobrenombre de El Patrón, quien habría decidido su suerte.

 

 

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“La subjetividad del periodista en las crónicas es un gesto político”

El periodista Martín Caparrós defiende el uso del “yo” frente a la “objetividad” del periodismo tradicional

 

Hay como una leyenda dorada sobre el esplendor de la crónica periodística en América Latina. Hace unos meses, en una mesa redonda formada por connotados reporteros en Málaga, estos se lamentaban por ser españoles y no latinoamericanos, pues en este caso habrían podido cultivar la crónica en todos sus matices y recovecos. El periodista y autor de “Lacrónica”, Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), los miraba azorados. “América Latina siempre fue para España una tierra de la utopía, como un paraíso donde poner todos los sueños”, afirma el escritor durante la presentación del libro, publicado por la editorial “Círculo de tiza”, en la Librería Ramón Llull de Valencia. “Parecería que en América Latina vinieran los editores a decirte que escribieras sobre las costumbres sexuales de la rana dorada, y entonces te pones y escribes 80.000 caracteres”. Pero lo cierto es que, pese a las especulaciones, a muy pocos escritores les han pagado en Latinoamérica por contar una historia en profundidad. Al contrario, generalmente el reportero vivía de su oficio y, cuando podía, se tomaba una semana para elaborar un reportaje.

 

Al contrario de lo que se piensa en España, “en América Latina las crónicas periodísticas no florecían en los árboles”, abunda Martín Caparrós. Pero, como en otros lugares, siempre hubo gente que intentaba practicar un periodismo diferente al que prescriben los editores y los manuales. En Latinoamérica sí que se dieron ciertas redes y aparatos de difusión, “pero todo lo que se publicaba fue a patadas con los editores”. Uno de los mejores ejemplos es la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, impulsada en 1995 por Gabriel García Márquez, la única asociación a la que ha pertenecido Martín Caparrós además del Club Atlético Boca Juniors. En ocasiones se menciona una revista peruana fundada hace quince años por Julio Villanueva Chang, “Etiqueta Negra”, donde se publican textos que no se pagan. “Era una revista muy bien hecha, que continúa editándose, pero que nunca tiró más de tres mil ejemplares”.

 

Después de escribir en 2014 “El Hambre” (un libro de investigación sobre el hambre en el mundo), el escritor argentino se embarcó en “Lacrónica”, una selección de textos sobre su trabajo periodístico –en el que se inició a los 16 años, aunque primero quisiera ser fotógrafo- durante los últimos 25 años, en los que ha recorrido cientos de miles de kilómetros y dado varias veces la vuelta al mundo. Cada texto aparece prologado o epilogado con reflexiones sobre la práctica del oficio, la situación en que el autor se encontraba a la hora de escribir y también consejos (“Dios me lo perdone”). A Caparrós le interesa de la crónica, como género, que es siempre un intento fracasado por contar el tiempo en el que uno vive, lo que le permite “volver a intentarlo y volver a fracasar”. Señala que entre los puntos estelares de la lengua castellana figuran las “Crónicas de Indias”. Antes de iniciarse en el género, el ensayista y novelista leyó a conciencia a otros cronistas, de los que valora sobre todo su actitud: “Eran señores, no demasiado formados, que se hallaban a 10.000 kilómetros de su lugar de conocimiento; y para llegar a lo desconocido, uno ha de partir de aquello que conoce”.

 

El cronista llega a un lugar con su bagaje, pero se da cuenta de que no le basta. Entonces comienzan los esfuerzos por comprender y es en esa tensión, precisamente, donde reside el interés del relato. “Me paso todos los días siguientes desmintiendo lo que entendí el primer día”. Recuerda el autor de “Lacrónica” el caso de un corresponsal en China que afirmaba poder escribir un libro durante la primera semana de estancia en el país, pero que después de un año ya no era capaz de escribir una pieza. La reflexión tiene mucho que ver con la actitud que adopta el periodista: “Muchas veces no se permite dudar en público, parece –igual que los políticos y los curas- que siempre tenga que afirmar”. “Salvo cuando el periodista sabe algo ciertamente, y utiliza entonces el potencial”, ironiza Martín Caparrós. “Mostrar la duda permite mellar esa armadura que el periodismo se forja cuando pretende que sabe y conoce la verdad, sólidamente”. La crónica permite evidenciar dudas, frente a las afirmaciones tajantes del periodismo tradicional. Otro aspecto que a Martín Caparrós le interesa de la crónica es su “marginalidad”. “Si se trata de captar el berrinche de la actriz o el desplante del político me interesa menos”.

 

En las escuelas de periodismo enseñan que noticia es aquello que les ocurre a los ricos, a las futbolistas y a las “tetonas”, afirma el escritor. Ello no es inocente, tiene una traducción política. Significa que la organización del mundo es la vigente y la función de los medios consiste en reproducirla. Por eso hablar de otra gente y de otras cosas en la crónica es un “gesto político”. Como también es un gesto político decir “yo”, lo que no significa el uso gramatical de la primera persona, de hecho, la primera persona del singular radica en que hay alguien –el cronista- que cuenta. “Escribir en primera persona es todo lo contrario de escribir sobre la primera persona”. Este planteamiento supone romper con uno de los mitos de la prensa tradicional, el de que nadie relata. Así se quiere producir una ilusión de realidad y verdad, porque de objetividad ya se habla menos. “Les da vergüenza”. Pero en todo relato, por aséptico que se pretenda, hay un sujeto. Hay un “yo” en cualquier texto.

 

El periodista pone el ejemplo de sus palabras en la conferencia de la Librería Ramón Llull. Si alguien tuviera que escribir al día siguiente veinte líneas en un periódico sobre lo que se ha dicho en la sala, y buscara la neutralidad y la asepsia mediante una transcripción, habría realizado finalmente una elección subjetiva. Esta realidad tratan de disimularla los medios tradicionales. La crónica acepta, así pues, que todo relato es el resultado de un sujeto que mira. Otro rasgo que singulariza a la crónica periodística es la densidad de la prosa, que se ve y hace transparente, lo que también es, al final, un “gesto político”.

 

A Martín Caparrós le preguntan si las crónicas de viajes constituyen un genero específico (en 1991 empezó a publicar relatos de viajes en la revista Página/30, con el epígrafe “Crónicas de fin de siglo”). “El viaje es un incidente necesario para contar algo”. Pero la buena crónica también tiene un punto de simular que se sabe mucho sobre algún asunto. Cuando el cronista ha trabajado de manera ardua, y se ha documentado a conciencia, esa labor ha de quedar entretejida en el relato. Y más difícil aún, se trata de ofrecer los datos precisos, oportunos, sin interrumpir el flujo de la narración. “Cuando empecé con las crónicas me desplazaba a la única biblioteca de Buenos Aires con las colecciones completas de National Geographic o The New Yorker; encontraba en general muy poca información”. Sin embargo, hoy basta con teclear en un buscador de Internet y aparecen millones de referencias. Actualmente el problema es el inverso, la sobreabundancia de datos.

 

A Caparrós también le cuestionan por uno de los grandes maestros del reporterismo, Ryszard Kapuscinski, a quien trató con cierta frecuencia. “Trabajó para la agencia nacional de noticias de la Polonia soviética, por lo que tenía que cumplir con ciertas reglas”. En su día se suscitó la polémica de si realmente el autor de “El emperador”, “El Sha”, “Imperio”, “Ébano” o “La guerra del fútbol” pudo estar en todos los lugares sobre los que elaboraba relatos. “Fue un gran escritor, que contó muy bien África, Irán o el final de la URSS, y lo que relató fue una construcción pertinente sobre esos lugares; que en alguna ocasión llegara dos días tarde a una ejecución y la reconstruyera como si hubiera estado allí, me parece irrelevante”. Es más, “si algún día llegó tarde y no pudo ofrecer la verdad notarial, me da lo mismo”, responde Martín Caparrós. ¿Puede el periodismo, en las crónicas y reportajes, incursionar sin mayores problemas en el terreno de la ficción? “Eso tiene que ver finalmente con un pacto de lectura previamente establecido (entre el escritor y el lector)”.

 

 

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Domingo, 24 Febrero 2013 16:34

Una idea escandalosa y peligrosa

"Verdad" ha sido una de las ideas, formas de vida, prácticas y problemas más manoseadas en la historia de la humanidad occidental. Si alguna vez fue una joven lozana y pulcra, poco queda hoy, según parece, de ello, pues ha sido aprovechada por cuanto bando e interés, fuerza y poder ha existido. Forzada, maltratada, ultrajada, manoseada, violentada y violada, y luego, mil veces más, puesta a resguardo, encerrada y confinada a cuidados distintos –sin que nunca la hayan podido eliminar, aún cuando siempre se lo ha pretendido. Al cabo del tiempo, aprendió a volverse altiva, conoció a los hombres, y por qué no, se aprovechó de ellos, por todo lo que le han hecho. Y siempre permanece atractiva, lasciva, conocedora, experta y algo pura, en el fondo.

 

La historia de Occidente es la historia de la sustantivación de "verdad" como "la verdad", como si hubiera una única verdad. Sin embargo, desde la antropología, M. Détienne ha puesto ya en claro que en la Grecia arcaica sólo se decía "verdad"; es sólo a partir de la Grecia clásica que se sustantiviza, y ese proceso se acentúa a partir del triunfo de la cristiandad con el emperador Justiniano. Todavía en Platón los diálogos no terminan, y "verdad" no es, en absoluto, un punto de partida, puesto que nadie es poseedor de ella y sólo, al final, si acaso, se arriba a la misma.

 

Que "verdad" sea un punto de llegada –¡cuando lo es, en el mejor de los casos!–, significa claramente que su espacio se encuentra lejos del sentido común, que es por definición acrítico. Al respecto, bien vale la pena recordar que tradicionalmente todas las políticas más conservadoras han hecho –abierta o tácitamente– el elogio, o se han fundado en el primado, del sentido común. "Verdad" es el resultado de procesos de crítica, de reflexión, de debate y pollemos (en griego). "Verdad" es una conquista, y no una bandera que abre un territorio o que anuncia un ejército, como tradicionalmente ha sido el caso.

 

Con la cristiandad, el predominio de las tres religiones monoteístas como fundantes de Occidente, y el advenimiento del Estado nacional, la historia de "verdad" es sujeta a manejos pontificiales o de autoridad. Son los vaticanos, los avignons, los washingtons o los moscús, por ejemplo. En rigor, "verdad" que está sujeta a fuerzas e intereses, fuerzas y poderes. Y entonces, claro, se vuelve única. "Pensamiento débil" lo llama, con mucho acierto G. Vattimo.

 

En un mundo axiológicamente plural, caracterizado por una diversidad de culturas y civilizaciones, en las que ya el saludo "orbis et orbe" (todos los caminos conducen a Roma), en el que la diversidad, la alteridad y la diferencia se encuentran, manifiestamente, a la orden del día, a plena luz, sobre la mesa, la noción de pluralidad de verdades no debe ser ajena. Y sin embargo, es fundamental atender al hecho de que la pluralidad de verdades no significa, en absoluto, relativismo. Por consiguiente, no es cierto que cada verdad dé lo mismo. El tema tiene, manifiestamente un carácter agónico –en ello nos va la vida misma.

 

Es un lugar común reconocer que verdad es la primera víctima en toda guerra; pero en realidad, es la primera víctima en todo conflicto. En medio de los conflictos de toda índole (¿no era Marx quien decía que la violencia es la partera de la historia?) el trabajo en torno a verdad es, en últimas, el trabajo mismo en torno a la vida. Vida que es plural y diversa. Diversidad genética, diversidad biológica o natural y diversidad cultural. Para países como Colombia, por ejemplo, el tema es de la más alta importancia dada la megadiversidad existente en el territorio nacional.

 

Con seguridad, si la univocidad de "verdad" es peligrosa, la multiplicidad vacía y el relativismo son igualmente perjudiciales, pues ambos le hacen el mismo juego a la opacidad, la ausencia de transparencia, la autenticidad. Una cosa y otra se traducen como asimetrías de información, toma de decisiones amañadas, cooptación del sector público por el sector privado en beneficio propio, corrupción, inequidad, violencia sistemática y sistematizada.

 

De acuerdo con la lectura particular de Heidegger, la historia de "verdad" coincide con la historia misma de "ser". Así, lo que es verdadero es, por definición, aquello mismo que es –según el caso. Sólo que ésta es una historia de ocultamiento y desocultamiento (Verborgenheit/Unverborgenheit). Pero la realidad no es que a "verdad" le gusta ocultarse y desocultarse –juguetear y coquetear, digamos. Es que los procesos de interpretación de lo que es o pueda ser verdadero han sido tradicionalmente juegos de poder y contrapoder; movimientos pendulares, si se quiere (la cual es en realidad una expresión difusa e imprecisa).

 

A la voluntad de verdad, que es voluntad de poder, como sostenía Nietzsche, el filósofo contraponía la voluntad de vivir –voluntad de vida, digamos. Esto quiere decir, sencillamente, que "verdad" no puede superponerse como un valor supremo o más elevado que la vida misma. Por el contrario, es la vida misma la que le otorga sentido y significación a lo que pueda ser verdad en un momento y un lugar determinado. Como lo recuerda, por ejemplo, la película En el nombre del padre (1993, dirigida por Jim Sheridan), si un sacerdote debe mentir para salvar la vida, la mentira es bienvenida y justa.

 

En efecto, ante la idea de valores y principios incólumes e inmaculados –entre los cuales "verdad" ocupa un lugar propio y destacado– la afirmación, el posibilitamiento, la gratificación, la exaltación, la dignificación y la calidad de la vida se imponen como principio, valor, actitud y acto primero. Sólo que la vida es un fenómeno plural y diverso que no puede ser reducida a un solo tono o color. La maravilla de la vida estriba en su polifonía y cromatismo –los cuales le otorgan visos y matices a "verdad", pero nunca relatividad en el sentido trivial y banal de la palabra.

 

Al fin y al cabo, en nombre de una u otra verdad determinada se han emprendido guerras y masacres de todo tipo. Es contra esta historia que la afirmación y el cuidado de la vida se erigen como un cambio de la historia precedente, y de algún tipo de cosas actuales, en boga.

 

Existe, manifiestamente un pluralismo lógico, y ya no es posible, por consiguiente, una canónica del pensamiento. No hay una verdad única. Pero tampoco hay que banalizarla hasta el punto de vista de cada quien, según circunstancia y amaño. Al fin y al cabo, lo contrario de la noche no es el día, de la misma manera como lo contrario de la belleza no es la fealdad –sino la normalidad.

 

* Profesor Titular Universidad del Rosario.

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Publicado enEdición N°188
Domingo, 24 Febrero 2013 16:21

Acerca de la verdad

¿Existe una verdad? La pregunta se vuelve tema de discusión cuando se habla de la verdad en términos generales. Por el contrario, cuando se hace referencia a hechos concretos es indudable que la verdad de un suceso es reproducir fielmente lo ocurrido. La mentira es aquello que no corresponde con lo sucedido. Esto se puede ilustrar bien en los casos judiciales, donde interesa aclarar los hechos. Cuando se involucra la interpretación de la ley, por ejemplo, lo que se busca es tomar decisiones sobre acuerdos convencionales entre las personas de un conglomerado social. Se habla de lo legal o de lo ilegal, de definir en Derecho más que de verdad.

 

Un caso crítico ocurre en el terreno religioso, donde hay una verdad revelada para explicar el origen del ser humano, sus acciones y su destino. Aquí entran a jugar las creencias y la fe, basadas –además– en las propias construcciones que hacen las personas para fortalecer sus conceptos. Esto sucede porque los seres humanos se interrogan sobre el sentido de la vida. ¿Es válido hablar de una verdad como una sola? El problema aparece cuando ésta se confronta con la verdad de otros.

 

El hecho de aceptar una verdad que es solo interpretativa es una ligereza que llama a validar apenas lo que alguien cree. Hay prepotencia e ignorancia en estas posturas porque el ser humano no tiene la capacidad de conocer todo lo sucedido y lo que está por suceder; y es peligroso pensar que sí es posible. En el fondo se plantea una separación metodológica y premeditada entre la ciencia y la religión: una está sujeta a demostración y la otra no. En ningún caso se puede imponer a otros una interpretación para su aceptación o rechazo.

 

Son muchas las amistades y las relaciones perdidas, o las guerras causadas, por tratar de defender la verdad. En las acciones se deben mirar los intereses involucrados, porque lo que es bueno para unos, no lo es para otros. Por ejemplo, en un partido de fútbol que finaliza tres a cero, los perdedores dirán que fue un pésimo juego, mientras que los ganadores considerarán que estuvo magnífico. Son los mismos hechos, interpretados y vistos de forma diferente.

 

Igual ocurre en la conducta social. Por ejemplo: si las importaciones crecen no se puede decir que es bueno para un país, aunque sí para unas personas, pero no necesariamente para otras, como podría ser el caso de los productores del tipo de artículos importados. Es como ir montados en un bus donde a algunos pasajeros les gusta el destino al que se dirigen pero a otros no, y estos últimos no pueden bajarse. A muchos individuos no nos gusta el rumbo que lleva el mundo, mientras que otros consideran que es bueno que funcione así. No tenemos dos mundos y por esas diferentes interpretaciones, eventualmente se producen conflictos, confrontaciones o guerras.

 

Como en la religión, en la política no es posible hablar de una verdad sino de interpretaciones de acuerdo con los intereses involucrados. Lo que es bueno para unos no lo es para otros. No se puede imponer una interpretación como la única verdad; ni la fuerza o la violencia lo logran. Aún en términos de ejercicio del poder, vale decir que el pensar no puede ser obligado, aunque sí modelado. Es posible lograr que los pájaros amen su jaula.

 

Expresa el doctor Rigoberto Puppo en su artículo Imagen, Metáfora, Verdad: "Se ha pensado la verdad como forma de adecuación o identidad del pensamiento con la realidad que el sujeto convierte en objeto". Como se dijo al comienzo, este planteamiento no genera discusión en cuanto a hechos concretos, pero sí cuando incluye interpretaciones de los hechos.

 

Entonces, ¿quién tiene la verdad? No se puede hablar de ella en general. Siempre debe saberse a qué campo del saber o de la actividad humana se refiere.

 

Más contundentemente, dice Carlos Marx en las palabras finales a la segunda edición alemana de El Capital: "[...] ya no se trata de saber si tal o cual teorema es cierto, sino de decidir si suena bien o mal, si es agradable o no para la policía, útil o nocivo para el capital". He ahí el juego de los intereses que etiquetan a las cosas como verdad.

 

Publicado enEdición N°188
Domingo, 03 Junio 2012 06:31

Brasil y el largo camino hacia la Verdad

 Brasil y el largo camino hacia la Verdad
Por estos días empezó a trabajar, en Brasil, la Comisión de la Verdad, nombrada por la presidenta Dilma Rousseff en una ceremonia cercada de formalismos y solemnidad. Para empezar, ella invitó al acto a los cuatro ex presidentes de la redemocratización del país, para dejar claro que su intención ha sido la de instaurar una política de Estado, y no apenas de gobierno. Estaban José Sarney –actual presidente del Senado y quien, a lo largo de la dictadura militar que sofocó a mi país entre 1964 y 1985 integró el partido de respaldo político al régimen–, Fernando Collor de Mello, catapultado del poder en 1992 luego de un juicio por corrupción en el Congreso.


Pero estaban también Fernando Henrique Cardoso, que en 1995 pidió perdón, en nombre del Estado, a los torturados, exiliados, presos, asesinados y desaparecidos por la dictadura, además de haber determinado el pago de indemnizaciones a las víctimas y a los familiares, y Lula da Silva, del PT, el primer partido declaradamente de izquierdas a llegar al poder. La Comisión tendrá dos cortos años para investigar un sinfín de crímenes cometidos por agentes públicos durante la larga noche del terrorismo de Estado implantado luego del golpe cívico-militar de 1964. No habrá punición a los culpables. La Suprema Corte brasileña ratificó, en 2010, la validad de una esdrújula Ley de Amnistía decretada en 1979, y que dispuso –en plena dictadura– la autoamnistía a militares y agentes policiales.


Si comparado a lo ocurrido en Chile, Uruguay y, principalmente, Argentina, queda claro que el proceso brasileño viene siendo mucho más lento, débil y frustrante, principalmente para los que creen que mientras haya impunidad no habrá justicia, y que, sin justicia, no habrá plena democracia.


De todas formas, también es justo recordar que aquí mismo, en Argentina, hubo vueltas y pausas, hasta que el país pudiese asumir, en 2003, la vanguardia en ese proceso de rescate y recuperación de su pasado.


Además, y pese a toda la demora y al poco espacio que se vislumbra para la plena aplicación de la Justicia, el proceso brasileño sirvió para empezar a agitar, aunque todavía de manera muy puntual, áreas de silencio y de sombra en la sociedad.


Le costó a Dilma, en primer lugar, aguantar la insolente prepotencia de la insubordinación de los militares retirados. Ese movimiento amainó, pero está lejos de terminar. Ahora mismo, un general retirado, Leonidas Pires Gonçalves, que ocupó el Ministerio del Ejército en el primer gobierno civil luego de la dictadura –la presidencia de Sarney– dijo, al criticar duramente la Comisión de la Verdad, que si se da el caso, las fuerzas armadas podrán reasumir sus responsabilidades.


No hay, que se sepa, ningún diagnóstico clínico atestando que el veterano militar sufre, a sus 91 años, de los males de la demencia senil. Por lo tanto, hay que creer que está lúcido al hacer semejante amenaza.


Habrá, por supuesto, más amenazas de ese calibre. Los militares retirados, al amparo sorprendente del silencio omiso de los en actividad, no pierden oportunidad para manifestar su plena insatisfacción frente a lo que califican de “revanchismo”.


Una de las reacciones, que por cierto cuenta con amplio respaldo de sectores reaccionarios que hasta ahora vivían más bien en silencio –el silencio cómodo y seguramente interesado de la complicidad con la impunidad–, es el anuncio, por parte de integrantes del Club Naval, de la instalación de una comisión de la verdad paralela. O sea, militares retirados harán su propia investigación sobre lo que dicen ser los crímenes practicados por los subversivos, que es como todavía clasifican a los que se levantaron contra la dictadura.


Lo realmente curioso es lo que ocurre al otro lado, es decir, entre los que defienden no sólo la labor de la Comisión de la Verdad, como la necesidad de buscar medios y espacios que se haga justicia.


En los más diversos puntos del mapa brasileño, el Ministerio Público, a través principalmente de fiscales jóvenes, que en su inmensa mayoría siquiera habían nacido durante los años más negros del terrorismo de Estado, piden apertura de juicios contra notorios asesinos y torturadores, ignorando la Ley de Amnistía. Hasta ahora, todas esas iniciativas fueron derrotadas por los tribunales, que argumentan que, con la validad de esa ley anacrónica está asegurada la impunidad de los denunciados.


La secuencia de causas abiertas por las diferentes delegaciones regionales del Ministerio Público, en todo caso, insinúan que el proceso no cesará.


Otro fenómeno jamás experimentado antes –y que los argentinos conocen bien– es el del “escrache”, como se dice aquí, o el “esculacho”, como se dice en Brasil.


En los últimos dos meses, se repiten movilizaciones de jóvenes –siempre los jóvenes que no han padecido la dictadura, lo que quita a sus acusadores el argumento de “revanchismo”– frente a domicilios de torturadores, violadores, secuestradores y asesinos. Distribuyen folletos y fotos, advirtiendo a atónitos vecinos que en su mismo edificio vive un tipo que fue criminal y que se ampara en la impunidad asegurada por una legislación vergonzosa.


Algo es algo. Todavía es una movilización limitada, casi quijotesca, casi sin espacio en los medios de comunicación. Exactamente como empezaron, hace unos treinta y pocos años, las movilizaciones pidiendo el fin de la dictadura, el regreso de los exiliados y la recuperación de la democracia.

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“Brasil merece toda la verdad factual”

Dilma lloró y rió. Es inusual que la presidenta suelte sus emociones en público como lo hizo ayer al anunciar, observada por los ex mandatarios Lula y Cardoso –ellos también inusualmente próximos–, la Comisión de la Verdad sobre el terrorismo de Estado. La guerrillera incipiente que enfrentó en los ’70, de cabeza erguida, a una corte marcial en la que fue condenada por alzarse contra la dictadura, ayer flaqueó al evocar a los desaparecidos.
 

“Brasil merece la verdad, las nuevas generaciones merecen la verdad y, sobre todo, merecen la verdad factual aquellos que perdieron amigos y parientes y que continúan sufriendo como si ellos muriesen siempre y cada día (un país no merece tener) hijos sin padres, padres sin tumbas, tumbas sin cuerpos”, sostuvo Dilma antes de lagrimear.
 

Ese trecho del discurso ofrece una pista de los objetivos del colegiado de siete miembros, ninguno de ellos perteneciente a organismos de derechos humanos: encontrar los cuerpos de los cientos de opositores al régimen que desaparecieron entre 1964 y 1985.
 

Dilma creó en apenas un año, cuatro meses y 16 días el primer organismo de Estado, respaldado por ley, dotado de facultades para citar testigos y sospechosos, solicitar archivos y esclarecer delitos. Puesto en otras palabras: ella hizo más que los cinco presidentes civiles que se sucedieron en el poder desde el fin del régimen de facto. Sonriente, descendió ayer la rampa que une su despacho con el salón de actos en el segundo piso del Planalto, secundada por su mentor Luiz Inácio Lula da Silva, presidente honorario del Partido de los Trabajadores, y Fernando Henrique Cardoso, referente del opositor Partido de la Socialdemocracia Brasileña.
 

Reunir a Lula, aún no repuesto por completo de su tratamiento contra el cáncer, y su eterno contrincante Cardoso en un acto de tamaña relevancia institucional es una proeza política. Y eso no es todo, también estuvieron en el palco del Palacio los ex mandatarios conservadores José Sarney y Fernando Collor de Mello. Así es Dilma, intransigente en los objetivos (construir la comisión a como sea) y conciliadora con los adversarios de centroderecha (léase Cardoso) abiertos a sumarse a una patriada cívica capaz de repechar el golpismo verbal de los militares retirados y algunos activos.
 

“Esta no es la comisión ideal, hay gente que la hubiera querido más aguerrida, pero es lo que se podía hacer. Dilma tuvo que resistir una presión muy fuerte de los militares y prácticamente todos los medios, con su campaña de desprestigio. Confío en la presidenta y espero que esta comisión nos dé respuestas a nuestra búsqueda de hace décadas”, plantea Vera Paiva.
 

Es hija del diputado desaparecido desde 1971 Rubens Paiva, un militante progresista secuestrado en Río de Janeiro por facilitar cobertura a la resistencia armada. La desaparición de Paiva y de unos 60 guerrilleros del Partido Comunista en Araguaia, región amazónica, suenan como dos casos a ser indagados por la comisión, que también puede abordar la muerte del ex presidente Joao Goulart, fallecido durante su exilio argentino en diciembre de 1976, cuando estaba en la mira de los servicios de inteligencia del Plan Cóndor.
 

Será difícil que el organismo pueda dar cuenta de todas las denuncias de asesinatos y desapariciones hasta fines de 2014, plazo establecido para que presente su informe final. Aún así un grupo de locuaces marinos retirados, con el aval del presidente del Club Naval, crearon una Comisión de la Verdad Paralela con el fin de presionar para que se abran procesos sobre las acciones de la resistencia armada.
 

“Después de la Segunda Guerra nadie hubiera puesto en un pie de igualdad al general Charles De Gaulle con los nazis que ocuparon París. No había dos lados. En la dictadura no había dos lados, a los únicos que se les ocurre hablar de dos lados es a los militares y a los medios”, apunta Vera Paiva.
 

La puesta en funciones del grupo de trabajo ocurrida ayer en Brasilia es la apertura de un relato abierto, que puede derrapar en un fracaso o abrir paso a la Justicia. La ley que creó la comisión, en octubre del año pasado y luego de enhebrar acuerdos con parlamentarios conservadores, prohíbe expresamente presentar las investigaciones ante los magistrados, pues reconoce la vigencia de la amnistía decretada por el dictador Joao Baptista Figueireido en 1979.
 

En su discurso, la presidenta fue muy mesurada y defendió expresamente que la comisión se ajuste a su misión, la de esclarecer los hechos sin procesar a sus responsables. “Al instalar la Comisión de la Verdad no nos mueve el revanchismo o el odio o el deseo de escribir una historia diferente de lo que aconteció, nos mueve la necesidad imperiosa de conocerla.”
 

“La fuerza puede esconder la verdad, la tiranía puede impedir que circule libremente, el miedo puede postergarla, pero el tiempo acaba por traerla a la luz. Hoy ese tiempo llegó”, sentenció la presidenta desde el atril.
 

Pero a pesar del discurso de la presidenta el gobierno no renuncia por completo a que los casos lleguen a la Justicia, como lo ha dicho en varias entrevistas la ministra de Derechos Humanos, Maria do Rosario Nunes.
 

El camino para que los acusados sean juzgados es hacer respetar la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, según la cual los delitos de lesa humanidad no pueden ser alcanzados por ninguna amnistía.
 

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El Mozote: Verdad, justicia y reparación
(El presidente Mauricio Funes, pidió disculpas ayer  16 de enero a nombre del Estado por la masacre de El Mozote donde fueron asesinados un millar de campesinos (as) por el ejército hace 30 años. El acto simbólico coincide con la conmemoración de los 20 años de la firma de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra civil que dejó 75.000 víctimas. Nuestro colaborador, Carlos Ayala Ramírez, nos ofrece su visión sobre estos acontecimientos)

Entre el 11 y el 13 de diciembre de 1981, el batallón Atlacatl, el primer batallón de reacción inmediata del ejército salvadoreño, equipado y entrenado por Estados Unidos, masacró a más de mil personas, en seis cantones, localizados en las municipalidades de Meanguera y Joateca, en el departamento de Morazán.  Según el Informe de la Comisión de la Verdad, los oficiales al mando del batallón Atlacatl en el momento de la operación fueron: el teniente coronel Domingo Monterrosa, el mayor Natividad de Jesús Cáceres, el mayor José Armando Azmitia; los comandantes de campaña: Juan Ernesto Méndez, Roberto Alfonso Mendoza y José Antonio Rodríguez; el capitán Walter Salazar y José Jiménez.

Por esta masacre y por las aberrantes violaciones de derechos humanos cometidas por instancias del Estado en tiempos de la guerra, el Presidente salvadoreño, Mauricio Funes, pidió perdón a las familias de las víctimas.  El hecho en sí mismo tiene una importancia histórica y humana porque se comunica verdad sobre los hechos y se dignifica a las víctimas.  Además, se hace en el contexto del veinte aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, cuyo espíritu inicial fue refundar la sociedad salvadoreña sobre la verdad, la justicia y la democracia. En definitiva, la acción del Presidente fue por lo menos un acto de desagravio y de reivindicación moral para las víctimas frente a sus verdugos del pasado.

En lo que respecta a la verdad de los hechos – cuyos datos están bien fundamentados y son conocidos desde hace años -  la petición de perdón pronunciada por el Presidente, incluyó: el reconocimiento de que tropas del Batallón Atlacatl asesinaron a cerca de un millar de personas no combatientes, la mayoría niñas y niños; la aceptación de que dicha masacre –cometida hace 30 años– fue un crimen de lesa humanidad que se pretendió negar y ocultar de forma sistemática; la referencia explícita de los responsables que deben conocerse, entre ellos, el teniente coronel Domingo Monterrosa; la convicción de que no se puede seguir enarbolando y presentando como héroes de la institución militar y del país a personas que estuvieron vinculadas a graves violaciones a los derechos humanos; y la necesidad de que, como Estado y sociedad, se expresara públicamente arrepentimiento por semejante barbarie.

Por otra parte, en lo que toca a la dignificación de las víctimas y sus familiares, el presidente hizo al menos 9 compromisos, entre ellos: iniciar un censo que permita conocer el número exacto de víctimas, así como las necesidades más apremiantes y los principales problemas que enfrentan las comunidades de la zona; declarar como bien cultural el sitio donde ocurrió la masacre; responder de manera inmediata a los principales padecimientos físicos y psicológicos que sufren muchas víctimas; implementar una serie de medidas de apoyo a los sectores productivos del lugar; y desarrollar – en el Norte de Morazán – el segundo emprendimiento de Territorios de Progreso.

El gesto del Presidente, por tanto, parece ser más que un acto simbólico, tiene características de ser un verdadero programa que repare, restituya, rehabilite y compense a las víctimas y sus familiares. No obstante, tiene algunos vacíos o ausencias. Citamos al menos tres: En primer lugar, la actitud pasiva del Presidente con respecto a las reiteradas recomendaciones y solicitudes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, orientadas a realizar acciones para derogar la Ley de amnistía vigente desde marzo de 1993,  que sigue siendo fuente de impunidad y negación de justicia para las víctimas; en segundo lugar, la ausencia de compromiso para promover la integración a la legislación interna de importantes tratados internacionales de derechos humanos que pueden garantizar la no repetición de hechos considerados de lesa humanidad; finalmente –y quizás más difícil de realizar– no pocos esperaban que el Presidente se comprometiera a abrir los archivos de la Fuerza Armada para que puedan ser examinados, por los representantes de las víctimas, que también reclaman verdad y justicia por violaciones de derechos humanos por parte de organismos del Estado.

En suma, buscar verdad, justicia y resarcir en la medida de lo posible los daños cometidos, son condiciones necesarias que requiere la paz salvadoreña al menos en su deuda con el pasado. Cierto es que las violaciones flagrantes de los derechos humanos que estremecieron a la sociedad salvadoreña y a la comunidad internacional, no fueron realizadas solamente por personas integradas a la Fuerza Armada, sino también por los insurgentes. Pero no menos cierto es que en cantidad y en gravedad la mayor responsabilidad recae sobre los militares de esa época. Algunos preferirían que no se hablara de estos temas, menos en el contexto de la conmemoración de los Acuerdos de Paz. Siguen creyendo que el olvido y la Ley de amnistía son factores necesarios para superar las heridas del pasado. Los que así piensan no son realistas ni éticos, porque ni el pretendido olvido ni la Ley de amnistía han logrado cerrar las heridas causadas por tanto sufrimiento, y, por otra parte, está suficientemente demostrado que  sin verdad, justicia, reparación y perdón estaremos muy lejos de una verdadera reconciliación nacional, uno de los principales objetivos que se trazaron en los acuerdos de paz que, a veinte años de la firma, sigue siendo una asignatura reprobada.  La acción de desagravio hecha por el Presidente Funes en El Mozote, ha dado paso nuevamente al grito profundo de “nunca más” a los crímenes contra la humanidad, el encubrimiento y la  impunidad.  

- Carlos Ayala Ramírez es director de radio YSUCA, El Salvador.

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En medio de la indudable y demasiado lenta decadencia de las teorías posmodernas que cuestionaron (infructuosamente) la validez del conocimiento científico, la filosofía de la ciencia, un área algo relegada en el campo intelectual, puede decir mucho no sólo sobre la ciencia, sino sobre la visión del mundo. Rodolfo Gaeta se ocupa de señalar algunos de los puntos principales.
   
–Usted se dedica a la filosofía de la ciencia.

–Y particularmente a un problema muy importante dentro de la filosofía de la ciencia, que es el del realismo y el anti-realismo científico. Veamos qué es esto. Las teorías generalmente postulan la existencia de ciertas entidades (como por ejemplo los átomos, las moléculas, las clases sociales). Hay un debate entre realistas y antirrealistas, que si bien tiene muchos matices puede sintetizarse en dos problemas principales: el problema de la verdad y el problema de la existencia de las entidades teóricas.

–A ver...

–El problema de la verdad está vinculado con la imposibilidad que pareceríamos tener de llegar a formular teorías que sean verdaderas y que sepamos que sean verdaderas. Aun suponiendo, entonces, que podríamos llegar a postular teorías que son verdaderas, se presenta el problema de cómo sabemos que esas teorías son verdaderas (si habla de aspectos de la realidad que no son directamente accesibles, por ejemplo). Este es uno de los problemas. Por eso algunos autores plantean que el objetivo de la ciencia no debe ser procurar la verdad sino procurar modelos que se adecuen a la experiencia. Larry Laudan, por ejemplo, propone como criterio plantearse en qué medida una teoría resuelve problemas (prácticos o teóricos), es decir, propone un criterio pragmático.

–Ian Hacking, en cierta medida, comparte eso.

–Pero va más allá, porque supone que si esas entidades pueden manipularse, entonces existen. Yo personalmente no comparto, pero ya hablaremos de eso. Estábamos con el tema de la verdad: los no realistas plantean que el objetivo de la ciencia puede ser otro que no sea la verdad. La otra vertiente es la de las entidades teóricas y está vinculado con el problema de la verdad: si no consideramos que lo importante en una teoría es la verdad, entonces no podemos dar el paso para afirmar que las entidades de esa teoría existen en la realidad. Si la teoría de Newton no la tomo como una descripción de la realidad sino como un instrumento de predicción, la fuerza de gravedad no es más que una manera de hablar. Tal vez convenga, para volver a ubicarnos en el problema realismo-antirrealismo, repasar dos argumentos contrapuestos. Uno sería el argumento más convincente que pueden tener los realistas, y el otro, el más convincente que pueden tener los antirrealistas. El primer argumento, el de los realistas, responde casi al sentido común: si yo tengo unas teorías científicas y esas teorías me permiten hacer predicciones adecuadas e intervenir en la realidad modificándola, sería el mejor argumento para pensar que la teoría no es meramente un modelo adecuado sino una teoría verdadera.

–Pero con el modelo ptolemaico se podía hacer todo eso, y sin embargo no era verdadero.

–Al argumento que le comentaba se lo podría llamar el argumento del no milagro: si las teorías no fueran verdaderas, su éxito sería una especie de milagro, de pura casualidad. Pero justamente aparece aquí el contraejemplo de Ptolomeo, con una teoría que tuvo un éxito magnífico y sin embargo era falsa. Larry Laudan elabora una larga lista de teorías que fueron exitosas pero falsas, y dice que esta lista podría extenderse ad nauseam. El argumento no realista, entonces, sería: si prácticamente todas las teorías hasta el momento, aun las más exitosas, después han sido consideradas falsas, ¿por qué vamos a tener la soberbia de pensar que nuestras actuales teorías son verdaderas? Este argumento invita a pensar que nuestras presentes teorías, y las que vengan posteriormente, están llamadas a ser consideradas falsas en algún momento. Este argumento (llamado “de la meta-inducción pesimista”) no supone que las teorías son un avance hacia la verdad sino que son directamente falsas. Desde esta postura, no hay aproximación a la verdad.

–Y cuando hablamos de los términos teóricos de las ciencias sociales se pone todo más difícil, ¿no?

–Bueno, yo no conozco ningún método para medir la complejidad de los objetos de estudio, pero creo que nadie que se adentre en algo tan complejo como un organismo viviente esté dispuesto a aceptar que los objetos de las ciencias sociales son más complejos. Muchas veces conocemos mejor la conducta humana que la conducta física.

–Yo creo que una estrella es mucho más simple que las clases sociales.

–Yo no estoy tan seguro.

–Hay modelos muy simples para la estrella.
..

–Que haya modelos simples es otra cosa. Siempre los modelos simplifican la realidad. El propio Newton, por ejemplo, plantea un modelo que funciona bastante bien pero que no puede tener en cuenta la influencia mutua de todos los planetas. Para eso se tiene que manejar con la relación entre dos objetos y dejar de lado todo lo demás. Por eso mismo se terminaron descubriendo otros planetas que alteraban el funcionamiento de los que ya se conocían. Predecir con exactitud qué va a pasar con el movimiento de un planeta es imposible. Por eso le digo que no veo que el problema tenga una diferencia fundamental entre las ciencias naturales y las sociales. En ambos casos hay objetos muy complejos. Después de todo, el concepto de clase social es un concepto teórico, así como lo es el de átomo.

–¿Y cuando se fotografía un átomo, por ejemplo? ¿Cómo se puede negar su existencia?

–Ahí hay otro problema: la fotografía presupone la teoría de la óptica. Yo no puedo tomar en cuenta el resultado de una fotografía si no acepto las teorías físicas que tienen que ver con el funcionamiento del aparato. Lo que pasa es que a nosotros nos engañan ejemplos muy simples: si yo fotografío un automóvil, puedo comparar la foto con el auto y darme cuenta de que son idénticos. Pero si yo uso un microscopio para fotografiar, ahí tengo que suponer que el microscopio no deforma... Hay aquí una cosa muy interesante. Al tratar de determinar cómo se transmitían los rasgos físicos a la descendencia, surgió la teoría del homúnculo, que suponía que adentro del óvulo o del espermatozoide había un pequeño hombre ya perfectamente formado. Esta teoría vino después de la invención de los primeros microscopios, pero muchos creyeron ver al ser humano pequeñito a través del microscopio.

–Veían lo que querían ver.

–Claro. Ahora yo tengo que confiar en la teoría del microscopio electrónico para poder aceptar que la fotografía corresponde a la realidad empírica.

–¿Y usted cómo se define? Yo, por ejemplo, soy realista lunes, miércoles y viernes; antirrealista martes, jueves y sábado, y el domingo no pienso en esas cosas.


–Yo tiendo a ser antirrealista con respecto a las ciencias naturales y sociales: no tengo ninguna garantía razonable de que las construcciones teóricas correspondan a la realidad. Pero, sin embargo, me veo inclinado a aceptar que sí existen las entidades matemáticas. Es lo que se llama platonismo en matemática. El problema es que parecería que hay ciertas cuestiones que tienen que ver con la lógica y con la matemática que son objetivas, que se nos imponen. Por ejemplo: cuando los pitagóricos descubrieron los números irracionales se quisieron suicidar todos, pero no pudieron evitar admitir su existencia. Eso implica que hay algo así como una independencia de una realidad lógica que es inmaterial...

–¿No es mucho decir?

–Hay muchos que piensan así. Matemáticos de la talla de Gödel, sin ir más lejos. Gödel descubre que hay una verdad matemática que si bien es indemostrable desde la deducción formal a partir de axiomas, es innegable, porque lo que dice es que ella misma es indemostrable. Si hay una verdad que no es deducida de los axiomas y la tengo que reconocer: ¿no me veo forzado a admitir que esa verdad me trasciende?

–Para formular una teoría y ser realista, uno tiene que tener una cierta confianza en que hay algún tipo de identidad entre mente y mundo, ¿no?

–A mí me parece que ese es más un principio del idealismo que del realismo. El idealista, en términos generales, plantea que lo que uno conoce es siempre a sí mismo, a su propia producción. El problema que usted quiere sugerir es algo que sugirió Putnam (quien está asociado, curiosamente, al argumento del no milagro y al de la meta-inducción pesimista). Porque Putnam, como usted, se la pasó oscilando toda su vida entre el realismo y el anti-realismo. Putnam plantea una posición que se conoce con el nombre de “realismo interno”, que está emparentada con la innovación filosófica de Kant: la mente y el mundo hacen, conjuntamente, la mente y el mundo. Es decir: no hay un mundo totalmente independiente de la mente y tampoco el mundo es una pura creación de la mente. Carnap, uno de los positivistas lógicos, considera que preguntarse por la existencia de los números es un pseudo-problema. Para Carnap tiene sentido preguntarse si existe un número primo entre 5 y 10, pero preguntarse si existen los números en general no tiene sentido. Uno elige un marco conceptual y resuelve dentro de ese marco, pero los problemas que están por fuera de ese marco son problemas externos. En nuestro grupo de investigación estamos atendiendo a las diferentes posiciones que se dan dentro de este debate entre realismo y anti-realismo. Una de las posturas interesantes que se han planteado es lo que se llama “realismo estructural”.

–Que dice...

–Que las teorías científicas lo que captan es la estructura de la realidad. Las teorías pueden cambiar, pero lo que se mantiene es la estructura. De alguna manera, esto daría continuidad en el desarrollo científico. Algunos llegan a afirmar, incluso, que lo único que hay es estructura. Lo cual lleva al siguiente contraargumento: una estructura es una serie de relaciones; ¿cómo puede haber relaciones si no hay relata? De cualquier manera, el concepto de objeto también puede ser discutido. Porque uno podría preguntarse qué pasaría con una lengua que no tuviera la estructura sujeto-predicado. Según he leído por ahí, hay ciertas lenguas que tienen una estructura diferente. Nosotros estamos acostumbrados a frases del tipo: “El vaso está sobre la mesa”, “El gato está sobre la alfombra”. Pero imaginemos un lenguaje en el que solamente hubiera verbos: habría fenómenos pero no objetos. Entonces la existencia se plantearía en términos distintos.

–Pero ahí se determina mucho la realidad por el lenguaje.

–Lo que digo es que el conocimiento se tiene que expresar de alguna manera. Si yo quiero saber lo que hizo Newton tengo que leer los Principia; la manera de objetivar el conocimiento es a través de algún tipo de lenguaje. En términos generales, el lenguaje es un vehículo. Esto no quiere decir que uno hipostasíe el lenguaje, pero hay que ser consciente de que entre medio y referencia hay una relación. Yo invitaba a pensar una relación diferente a partir de un lenguaje que fuera diferente al lenguaje al que estamos acostumbrados.

–Lo que pasa es que Chomsky, por ejemplo, muestra que la estructura de sujeto y predicado está en todas las lenguas del universo, lo cual, siguiendo su razonamiento, hablaría a favor de una existencia de los objetos. Para lo cual hay además un argumento evolutivo: si yo no creo en los objetos, me come el león.

–Ahí hay dos cosas. Una es que apoyarse en una teoría científica para fundamentar la ciencia es una opción cuestionable, que se conoce con el nombre de “epistemología naturalizada”. Quine, por ejemplo, planteó que la mejor manera de dar cuenta de la ciencia es apelar a la propia ciencia (en este caso, la Biología). Otros rechazan el argumento por ser circular: si yo quiero fundamentar la ciencia apoyándome en resultados científicos, sería como querer apoyar la verdad de una religión apoyándome en el libro sagrado de esa religión. Ese es un debate abierto. La segunda cosa es que aun una teoría equivocada puede tener buenos resultados. Esto tiene que ver con una cuestión muy simple: infinitas curvas pasan por un conjunto finito de puntos. Es decir, para un conjunto finito de observaciones (puntos) hay un conjunto infinito de teorías explicativas (líneas). La teoría ptolemaica, por ejemplo, construía epiciclos y epiciclos para ir ajustándose a la realidad y funcionaba muy bien. Además hay un hecho lógico básico: una deducción correcta puede tener premisas falsas y conclusión verdadera. Yo puedo estar razonando bien, a partir de premisas falsas, y llegar a una conclusión verdadera. No necesariamente por llegar a conclusiones verdaderas tengo premisas verdaderas. Por ejemplo, puedo decir lo siguiente: si Nostradamus hizo una predicción confusa de un ser malvado que vendría en algún momento de la historia y que se puede identificar con Hitler y Hitler efectivamente existió, entonces Nostradamus adivinaba el futuro. Con las teorías científicas pasa lo mismo. La teoría de Ptolomeo era aceptada, y con justa razón, porque funcionaba bien. Volviendo al tema de lo que decía usted de la evolución: a lo mejor la evolución nos hace crear fantasmas que, sin embargo, son útiles. Lo que quiero decir es que uno podría tener tranquilamente creencias equivocadas sobre el mundo y, sin embargo, tener éxito.

–¿Y por qué usted se dice anti-realista en las ciencias naturales?

–Porque creo que las postulaciones teóricas son muy útiles pero conllevan la necesidad de aventurarse más allá de lo necesario. En ese sentido, simpatizo con lo que se llama la navaja de Ockham: no multiplicar innecesariamente las entidades. Y me refiero no sólo a las ciencias naturales sino también a las ciencias sociales. Simpatizo, en este sentido, con la postura de Van Fraasen. El dice que el objetivo de la ciencia es la búsqueda de teorías empíricamente adecuadas.

–Es, de alguna manera, positivismo.

–Es lo que se llama empirismo constructivo. No niega que las teorías científicas puedan ser verdaderas o falsas, lo que dice es que, como no podemos saber si son verdaderas o falsas, tenemos que tener como objetivo que sean adecuadas empíricamente. Porque la verdad, si viene, viene por añadidura.

Por Leonardo Moledo
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