Miércoles, 11 Marzo 2009 06:03

“La biología es carbono, agua y grasa”

–Me dijeron que usted es bióloga.
 
–Le dijeron bien. Yo estudié originalmente en la Universidad de Jerusalén, después hice una maestría y en el año ’84 empecé a hacer el doctorado en la Universidad de Buenos Aires. Soy profesora de la Facultad de Ciencias Exactas e investigadora independiente del Conicet.
 
–¿Y qué es lo que hace?
 
–Bueno, el objetivo general de lo que estudio es entender de qué manera un animal, que vive en un entorno complejo del cual se informa a través de sus sistemas sensoriales, vehiculiza la información que capta hacia las neuronas que gobiernan su conducta. Especialmente, nosotros estudiamos las conductas motoras, que están a cargo de las neuronas motoras (responsables de activar los músculos que mueven nuestro organismo). Ahora bien: cuando uno habla de vehiculizar información sensorial a neuronas motoras, está hablando de una gran y compleja red de conexiones y de señales que no van unas detrás de las otras sino que siguen muchas vías paralelas. Analizar eso en cualquier animal (ver de qué manera percibir el ambiente y generar una conducta motora) es un desafío interesante. Hay dos maneras para entender cómo se capta la información y cómo se procesa.
 
–A ver...
 
–Una es centrarse en una sola porción del cerebro de un animal complejo (un ratón, por ejemplo) y estudiar acabadamente una de las estaciones de relevo de esa información; la otra es elegir animales relativamente más simples (invertebrados) en los que la distancia entre la neurona sensorial y la neurona motora (es decir, entre la captación del estímulo y la ejecución del movimiento) tiene menos pasos, por lo cual es más posible rastrear la señal. Nuestra estrategia es justamente esta última: elegimos un organismo con una organización corporal muy sencilla, con lo cual su correlato neuronal es relativamente simple. Es una sanguijuela, que ha sido históricamente utilizada en la medicina y que se utiliza aún hoy, en casos de reinserción de órganos o de partes del cuerpo, para promover el flujo sanguíneo. Pero además ha sido utilizada como organismo modelo para estudiar el sistema nervioso.
 
–A Stalin, cuando tuvo su ataque, en 1952, le pusieron sanguijuelas.
 
–Claro. Bueno, pero nosotros lo utilizamos como modelo de sistema nervioso, por su relativa simpleza. Lo que nos interesa, en particular, es entender cómo hacen estas múltiples vías paralelas para funcionar de manera organizada. Dado que nosotros somos un solo cuerpo, una sola identidad...
 
–Lo cual es raro...
 
–Claro, porque estamos sometidos a una multiplicidad gigante de acciones. Nuestro sistema nervioso tiene neuronas motoras múltiples que inervan la musculatura... Entonces, lo que nos interesa es entender cómo se genera esa unicidad. Los focos de atención están puestos en las vías interneuronales: queremos entender qué es lo que pasa entre las interneuronas y las neuronas motoras. Ahora, puntualmente, estamos trabajando con un tipo de neurona que está conectada con todas las neuronas motoras y que genera una suerte de bisagra de información. Cuando un organismo produce un movimiento, es el efecto de la coordinación de una multiplicidad de neuronas motoras: si quiero caminar para adelante, las neuronas se tienen que activar de tal manera de que la propulsión sea en ese sentido. Por ejemplo, cuando la sanguijuela nada, el sistema nervioso tiene que regular una serie de contracciones y de relajaciones para que el bicho se propulse hacia adelante.
 
–¿Y cómo se genera esa unicidad?
 
–Por un lado, tenemos una jerarquía: el sistema motor está jerarquizado. Hay neuronas que de alguna manera ponen en actividad a las que están río abajo y comandan una acción que ya es una especie de patrón genéticamente establecido (es decir que los genes se encargaron, a lo largo del desarrollo del animal, de que las neuronas sigan un determinado patrón de actividad cuando una de las neuronas altas se activa). Pero esto, que era una versión simplificada de cómo funcionan los sistemas motores, hoy día se entiende de otra manera. Se piensa que no es tan lineal, sino que obedece a una población de comandos. Es como si yo le dijera que, en lugar de ser un gobierno con una sola cabeza, tiene muchos factores de determinación...
 
–Que tienen que ponerse de acuerdo...
 
–Que pueden ponerse de acuerdo. Para ello necesitan elementos del sistema nervioso que actúen como elementos de consenso. Una de las neuronas con la que hemos trabajado en los últimos cinco años es la que pone en consenso a las neuronas responsables del movimiento.
 
–¿Y cómo lo hace?
 
–Bueno, la especialidad en la que yo trabajo es la electrofisiología. El sistema nervioso tiene la particularidad de tener un doble lenguaje: las neuronas se comunican eléctrica y químicamente. Nosotros podemos extraer el sistema nervioso de estos animales con muy poco esfuerzo, tienen un sistema nervioso muy abordable para la experimentación y, utilizando electrodos muy pequeños, podemos escuchar el lenguaje eléctrico de las neuronas y manipular el lenguaje químico. De esa manera podemos detectar las señales en tiempo real. Mi trabajo es lo más parecido al trabajo de un espía: me meto dentro de un sistema y escucho a través de un osciloscopio cómo dialogan las células y cómo se puede modificar ese mensaje alterando el entorno. Vemos cómo la activación de una neurona influye en la activación de otras y estudiamos fundamentalmente patrones motores: en la sanguijuela, la natación es el movimiento por antonomasia, un movimiento muy articulado y muy bello de verse.
 
–En esta articulación hay una cosa que es medio enigmática, que es el hecho de que varias vías tengan una sola respuesta. Creo que ahí está cifrado uno de los problemas claves de la biología, que es el de la autoconciencia. Uno sabe que es uno, pero una sanguijuela, ¿sabe que es una sanguijuela?
 
–Es una pregunta que, por un lado, no me gusta contestar, porque se abusa de la interpretación que los neurobiólogos podemos hacer en función de entender la conciencia. De todos modos, yo siempre tuve una fórmula por la cual creo que todos los animales tienen conciencia de sí mismos: si le hacen daño, el animal se defiende y se escapa. Eso podría ser concebido como un acto reflejo: hay una cadena de neuronas que reacciona de manera automática si el animal es herido de alguna manera. Pero yo creo que hay allí un rudimento de conciencia. La defensa ante el peligro y el dolor creo que es una manera de decir: “Soy yo, diferenciado dentro del mundo, y no quiero que me dañen”.
 
–“Soy yo, esta sanguijuela y no aquélla.”
 
–O “soy yo, esta sanguijuela, y no una identidad con aquello que me está pinchando o me está quemando; soy algo diferente que no quiere ser sometido”.
 
–Si uno piensa en la conciencia a la luz de la teoría de la evolución, la conciencia tiene que haber evolucionado gradualmente. Entonces tuvo que haber habido pre-conciencia, sub-conciencia.
 
–Hay un biólogo muy reconocido en el campo de las ciencias que escribió hace poco un libro que se llama El yo en el vortex (I in the vortex), en el que propone algo que me pareció luminoso: él dice que la conciencia tiene que aparecer con los animales, porque la conciencia es predecir, y predecir es requerimiento para todo movimiento. Las plantas están, de alguna manera, sometidas, porque sus raíces las anclan a un lugar y ellas sólo pueden reaccionar limitadamente. Un animal que se mueve en el espacio tiene que predecir que sus movimientos no lo van a poner en peligro, y que sus movimientos van a ayudar a conseguir el fin por el cual esos movimientos se están produciendo. Este biólogo que le digo ve en la misma actividad motriz el rudimento de aquello que tiene que ser la conciencia. De todos modos, yo no estudio la conciencia.
 
–Pero se lo preguntaba como científica, como bióloga. Me interesa no solamente la materia particular de investigación sino las reflexiones de los investigadores sobre aquello que hacen. Más aún cuando uno piensa que el científico es una persona que reflexiona y postula teorías sobre el mundo sin saber si esas teorías efectivamente se corresponden con el mundo. En el caso de la física esto es más evidente que en el de la biología. En general, los físicos responden que lo que hacen son modelos, y que no es necesario explicar la naturaleza de las cosas. Creo que en la biología es diferente, porque el modelo no es matemático sino empírico. Las neuronas usted las ve, mientras que el físico tiene que postular la energía de manera abstracta.
 
–Bueno, son campos de conocimiento diferente, con abordajes diferentes. nosotros tenemos la suerte o la desgracia de trabajar con materias tangibles; los físicos, a veces no. Nosotros trabajamos con cosas que vemos, que tocamos, y nuestra imaginación está limitada por la realidad, por la materia.
 
–Un biólogo no puede refugiarse diciendo: “Esto es un modelo”.
 
–Conozco muy pocos que lo hacen. El biólogo, en general, quiere saber cómo la naturaleza verdaderamente actúa.
 
–Un físico podría decir que esa palabra, “verdaderamente”, es una palabra que a la ciencia no le interesa.
 
–Los biólogos somos más pedestres...
 
–No sé si más pedestres, me parece que desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia es más audaz.
 
–Bueno, de acuerdo. Lo que quería agregar es que la gran ambición de las neurociencias es explicar el estado de conciencia. Muy pocas personas la estudian de manera directa, se la va analizando de manera oblicua, pero yo creo que hay piezas del rompecabezas que todavía no se conocen. Para entender esa interfase entre un tejido que es carbono, agua y grasa y una estructura inasible físicamente como es la conciencia. Si uno desintegra un libro, va a encontrar la celulosa, el carbono, la tinta, pero no va a encontrar el libro. Si alguien estudia la literatura así, nunca va a entender la literatura. De todos modos, los biólogos estamos todavía más cerca de la desintegración del libro que de entenderlo como base física de la literatura.

Por Leonardo Moledo
 
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Viernes, 06 Febrero 2009 06:39

Completando a Charles Darwin

Una crítica clásica contra Darwin es que, pese a haber titulado su libro El origen de las especies (1859), justo no aclaró cómo se originaban las especies. La selección natural -el mecanismo evolutivo descubierto por el naturalista- se basa en la acumulación gradual de pequeños cambios, mientras que las especies suelen ser entidades discretas y bien definidas: vemos leones y tigres, no una escala Pantone de leotigres. La investigación reciente, sin embargo, ha aclarado muchos puntos del problema de la especiación, o generación de nuevas especies, y ha confirmado que la especiación tiene una relación directa con la selección natural darwiniana. También han revelado unos principios generales que hubieran resultado sorprendentes para el padre de la biología moderna.
 
"La competencia por los recursos, las carreras de armamentos entre predadores y presas y otros factores biológicos dan forma a los ecosistemas locales durante periodos cortos", dice el evolucionista Michael Benton, de la Universidad de Bristol. "Pero son factores externos como el clima, la oceanografía y la tectónica continental los que explican las pautas de la evolución a gran escala". Benton es el autor de uno de los cinco artículos con que la revista Science celebra hoy el 200º aniversario del nacimiento de Charles Darwin (12 de febrero de 1809-19 de abril de 1882).
 
La idea de que la competencia entre seres vivos es el principal motor de la evolución arranca del propio Darwin y suele ser la preferida por los biólogos. Se la conoce como la hipótesis de la reina roja, por el personaje de Lewis Carroll que le dice a Alicia en A través del espejo: "En este país tienes que correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio".
 
El paradigma de la reina roja son las carreras de armamentos entre predador y presa: los conejos corren cada vez más para escapar de los zorros, lo que fuerza a los zorros a correr cada vez más para seguir comiendo lo mismo que antes; las corazas de las presas se hacen cada vez más duras y las pinzas de sus predadores cada vez más fuertes, con lo que todos corren lo más que pueden para que todo permanezca en el mismo sitio.
 
El problema es que la evolución a gran escala no permanece en el mismo sitio como Alicia. Los modelos del tipo reina roja, según Benton, no explican que los seres vivos se hayan hecho más complejos en la historia del planeta, ni que hayan colonizado nuevos espacios (como la tierra firme), ni que ciertos linajes concretos hayan brotado en explosiones evolutivas de radiación de nuevas especies. "Todas estas cosas han ocurrido muchas veces en los últimos 500 millones de años", afirma el científico británico.
 
La razón hay que buscarla en la geología, y algunos ejemplos son bien conocidos. Desde que el supercontinente Pangea empezó a quebrarse hace 250 millones de años, el baile de sus fragmentos por la corteza terrestre ha tenido un efecto decisivo. La biología alienígena de Australia -ornitorrincos, canguros, koalas, wombats, emús, cucaburras- y de Suramérica -llamas, anacondas, pirañas, vicuñas, tapires- se debe a que ambos territorios han sido islas durante casi 100 millones de años.
 
El sentido común no es la mejor guía para averiguar las relaciones de parentesco entre las distintas especies. El damán, un animalillo africano al que cuesta distinguir de una rata, se agrupa con el elefante en una gran rama evolutiva de los mamíferos, la de los afroterios. Las personas, los delfines y las vacas nos apiñamos junto a las ratas propiamente dichas en la segunda rama (los boreoterios), dejando la tercera (los desdentados) para el armadillo y el oso hormiguero.
 
La razón es que los mamíferos originales se dividieron físicamente en tres grupos hace 100 millones de años, cuando las actuales África, Eurasia y Suramérica se escindieron de un continente único.
 
En los últimos años, los geólogos también han encontrado fuertes correlaciones entre la diversidad del plancton -los organismos microscópicos que flotan en el mar- y la temperatura del agua en esa época. El enfriamiento oceánico de los últimos 70 millones de años, por ejemplo, se asocia a una gran radiación de especies de foraminíferos, los principales microfósiles marinos. En general, las fases de calentamiento por las que ha pasado el planeta se han caracterizado por una menor riqueza de géneros, y de familias enteras, de seres vivos.
 
Si la competencia entre seres vivos es la reina roja, la evolución guiada por las condiciones externas se conoce como la hipótesis del "bufón de corte". Los bufones sólo pretendían complacer a los poderosos, y jamás cambiaban sus números a menos que se vieran forzados por una catástrofe (como una guerra o un cambio de régimen). Si la reina roja es la idea preferida por los biólogos, el bufón de corte es la favorita de los geólogos, como parece lógico. Y es el motor del cambio que parece predominar a las escalas evolutivas, de 100.000 años para arriba en el tiempo, y de especie para arriba en la taxonomía, la ciencia que clasifica a los seres vivos en una jerarquía de especies, géneros, familias, órdenes, clases, filos y reinos.
 
La cuestión de la reina roja tiene mucha relevancia para el problema estrella de la biología evolutiva: la explosión cámbrica, la gran dificultad que atormentó a Darwin hace un siglo y medio. La Tierra tiene 4.500 millones de años, y los primeros microbios aparecieron poco después (hay evidencias fósiles de 3.500 millones de años). Pese a ello, la explosión de la vida animal sólo ocurrió al empezar el periodo Cámbrico, hace 543 millones de años. La evolución tardó poco en inventar a los animales, aunque tardó 3.000 millones de años en ponerse a ello. Ésta es la versión moderna del dilema de Darwin.
 
"Creo que la explosión cámbrica es un excelente ejemplo de evolución por el modelo del bufón de corte", confirma Benton a EL PAÍS. "Es un caso en que el cambio dramático del entorno físico tiene un profundo efecto en la evolución. Esto no tiene nada que ver con sugerir que la selección natural es errónea, o que Darwin se equivocó. Se trata simplemente de que los cambios dramáticos e inesperados, como el que ocurrió entonces, pueden abrumar a los procesos normales de la selección natural y poner a cero el reloj evolutivo, como solía decir Steve Gould". Stephen Jay Gould fue un destacado (y polémico) evolucionista norteamericano hasta su muerte en 2002.
 
El periodo anterior al Cámbrico (de 1.000 a 543 millones de años atrás) se llama Neoproterozoico, de mote "precámbrico", e incluye las más brutales glaciaciones conocidas por los geólogos, como la Sturtian y la Marinoan. Algunos científicos creen que fue una era de bola de nieve planetaria (snowball earth), en la que los casquetes polares cubrían incluso el ecuador terrestre.
 
Antes de esa era del hielo, los niveles de oxígeno en la atmósfera eran muy bajos, inferiores al 1% de la concentración actual, como habían sido en los 3.000 millones de años anteriores. La última de las grandes glaciaciones precámbricas, la Marinoan, terminó hace 635 millones de años, y los últimos datos indican que los primeros animales, las esponjas, ya habían evolucionado para entonces. Y los datos indican que el fondo marino no estuvo bien oxigenado hasta los tiempos de la explosión cámbrica. Si la biología tardó 3.000 millones de años en inventar a los animales, la razón parece ser que la geología no se lo permitió antes.
 
La mosca Drosophila ha resultado un modelo muy útil para estudiar los fundamentos genéticos de la especiación. Por ejemplo, la especie americana Drosophila pseudoobscura se separó hace 200.000 años en dos subespecies llamadas USA y Bogotá. Como los caballos y los burros, las moscas USA y Bogotá pueden cruzarse, pero sus hijos son estériles. En casos de especies más divergentes, los hijos suelen ser no ya estériles, sino directamente inviables. El punto es que la genética de la mosca permite hallar los genes exactos que son responsables de la esterilidad o de la inviabilidad.
 
Los resultados apuntan a muy pocos genes, y varios están relacionados con el transporte nuclear, el intercambio de materiales entre el núcleo y el resto de la célula. Dos de los genes de la especiación son Nup96 y Nup160, componentes del poro nuclear que comunica al núcleo con su entorno, y otro es RanGAP, que regula el mismo proceso. No hay ninguna razón a priori para que la especiación esté relacionada con un mecanismo tan concreto como el transporte nuclear, y estos resultados son inesperados en ese sentido.
 
Pero estos genes también tienen relación con un fenómeno que lleva décadas siendo un sospechoso central para los genetistas interesados en la especiación. Se llama impulso meiótico (meiotic drive), o más en general "conflicto intragenómico". Al igual que la selección natural clásica, se trata de un proceso de competencia, pero no entre individuos dentro de una especie, ni entre especies dentro de un ecosistema, sino entre genes dentro de un genoma, es decir, entre las partes de un mismo individuo.
 
Esto es posible porque cada individuo produce miles o millones de gametos (óvulos o espermatozoides, según su sexo), cada uno con una combinación distinta de genes. Y hay genes que sesgan a su favor la producción de gametos, de modo que se aseguran su presencia en más de la mitad de los espermatozoides o los óvulos, que es lo que les correspondería por azar. Estos genes son auténticas bombas evolutivas, porque pueden imponerse en una población en pocas generaciones aun cuando no hagan nada beneficioso para el individuo que los alberga. Los demás genes se ven forzados a adaptarse para convivir en el mismo genoma que ellos, y esto conduce a las poblaciones por caminos separados aun cuando sus entornos sean similares. Esto es la evolución por "conflicto intragenómico".
 
En el ejemplo mencionado antes de las dos subespecies de Drosophila pseudoobscura, USA y Bogotá, el grupo de Allen Orr, de la Universidad de Rochester, acaba de demostrar que un solo gen (llamado overdrive) es responsable a la vez de la esterilidad de los híbridos entre las dos subespecies, y de causar su propia representación en los gametos por encima del 50% que le correspondería por azar. "Nuestros resultados", afirma Orr, "indican que el conflicto intragenómico, una forma de adaptación al ambiente genómico interno, es una fuerza importante en la especiación".
 
Otro descubrimiento reciente es la importancia crucial de las duplicaciones de genes en la evolución. Las duplicaciones o pérdidas de genes son la principal fuente de variación genética en nuestra especie: cualquier persona se distingue de cualquier otra en un promedio de 70 regiones duplicadas o amputadas en uno de sus cromosomas.
 
Dos siglos después, la ciencia rellena huecos que a Darwin le hubiera encantado explicar.
 
 
Una teoría revolucionaria

- Si los seres vivos tienen una gran capacidad de reproducirse, pero los recursos son limitados, sólo las variantes más aptas de cada generación sobrevivirán lo suficiente como para reproducirse y transmitir sus cualidades a la siguiente.

- La repetición de este proceso ciego una generación tras otra provoca inevitablemente que las especies vayan cambiando y haciéndose más aptas para vivir en su particular entorno.

- La principal predicción de la teoría de la evolución es que todos los seres vivos del planeta provenimos por ramificaciones sucesivas de una sola especie simple y primordial.

- Los humanos compartimos con las ratas, los gusanos, los abetos y las bacterias tal cantidad de fundamentos genéticos y bioquímicos que el origen común de la vida es uno de los hechos científicos mejor establecidos.

- Darwin propuso una teoría gradual: ínfimos cambios acumulados generación tras generación durante millones de años. El registro fósil, sin embargo, presenta transiciones relativamente bruscas (según las escalas de los geólogos).
 
 
JAVIER SAMPEDRO 06/02/2009
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En el prólogo a su más famoso libro de cuentos, Ficciones, Jorge Luis Borges escribió: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”. En los antípodas del pensamiento borgeano, los responsables de El curioso caso de Benjamin Button –el guionista Eric Roth, el director David Fincher– tomaron un relato breve de Francis Scott Fitzgerald y a partir de esa pequeña fábula construyeron un laborioso desvarío de casi tres horas, empobrecieron una idea brillante explayándose en todo tipo de elucidaciones y dictados morales que por cierto no provienen del texto original.
 
Teniendo en cuenta que Zodíaco no sólo fue una de las mejores películas del 2007 sino también una obra de madurez en la irregular carrera de Fincher, Benjamin Button debe ser considerado un serio paso atrás en su obra. Hecho que, paradójicamente, ahora confirma su consagración en la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, que después de haber ignorado olímpicamente a Zodiac viene de otorgarle a Button nada menos que trece candidaturas al Oscar para la entrega de premios que tendrá lugar en Los Angeles el 22 de este mes.
 
Se diría que salvo la ingeniosa premisa inicial –la idea de que un niño nazca como un viejo y después de una larga vida en reversa finalmente muera siendo un bebé– poco y nada ha quedado en el film de Fincher del relato original de Scott Fitzgerald, publicado como una “fantasía” en su volumen Cuentos de la era del jazz (1921). Allí donde el texto de Fizgerald es seco y preciso, la película en cambio parece extender cada una de sus escenas de manera redundante, mucho más allá de lo necesario; allí donde había humor ahora hay circunspección y solemnidad; cuando el relato sugería alguna ironía de raza o de género el film se esmera en ser políticamente correcto; y en lugar de la prosa aérea y ligera de Fitzgerald, que no pretendía aleccionar a nadie, ahora en cambio hay una película ahogada no sólo por el inmenso peso de su producción sino también por su sensiblería y su voluntad parroquial de andar impartiendo lecciones de vida.
 
No parece casual que el guionista de Button sea Eric Roth, el mismo de Forrest Gump, donde también allí, con la misma excusa de un freak, se dedicaba a pasear a su protagonista por los grandes acontecimientos de la historia de su época para que ofreciera –como hostias consagradas– su bonhomía y su pureza de corazón. Algo similar sucede ahora con Benjamin Button, que como ha nacido viejo tiene la experiencia suficiente como para mirar el mundo desde su sabiduría y su piedad, virtudes que desde la imagen Fincher refuerza con empalagosos amaneceres y atardeceres en los que se supone que no sólo los personajes sino también los espectadores pueden aprender a valorar las cosas verdaderamente importantes de la vida.
 
Que el narrador original –una distante tercera persona omnisciente del singular– haya sido reemplazado en el film por una anciana (un déjà vu de Titanic) que en su juventud amó a Benjamin Button y ahora desfallece en un hospital de Nueva Orleans justo cuando castiga a la ciudad el terrible huracán Katrina (¿?), parece uno más de los muchos malentendidos que están en el núcleo del film de Fincher. La actuación de Brad Pitt es otro de ellos: se supone que es un capolavoro que justifica su inclusión en las cinco candidaturas al Oscar al mejor actor protagónico, pero en verdad cualquier espectador va a estar siempre mucho más pendiente de su maquillaje (¿es él?, ¿no lo es?, ¿qué edad tiene ahora?) que de su actuación. Para cuando finalmente se lo puede reconocer plenamente, a la hora y media de película, ya parece también otro milagro del Photoshop y no un personaje de carne y hueso.

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON

(The Curious Case of Benjamin Button; EE.UU., 2008)

Dirección: David Fincher.

Guión: Eric Roth, basado en el relato de Francis Scott Fitzgerald.

Fotografía: Claudio Miranda.

Música: Alexandre Desplat.

Intérpretes: Brad Pitt, Cate Blanchett, Taraji P. Henson, Tilda Swinton, Elle Fanning, Julia Ormond, Jared Harris, Faune A. Chambers, Elias Koteas.
 
Por Luciano Monteagudo
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Cuando uno envejece, deja de tenerle miedo a la duda. La duda ya no te controla. Uno se saca de adentro esa agonía. ¿Qué te pueden hacer después de que cumpliste setenta años?

Hay que guiarse por la primera impresión. Como dijo Jerry Fielding: “Llegamos hasta aquí, no lo arruinemos pensando”.

Mi padre tuvo un par de hijos al principio de la Depresión. No había mucho trabajo. No había ayuda del Estado. La gente apenas salía adelante. La gente era mucho más dura y resistente entonces.

Vivimos en una generación mucho más maricona, donde todo el mundo se acostumbró a decir: “Bueno, ¿y cómo manejamos esto psicológicamente?”. En aquellos días, solamente le dabas un puñetazo al que te molestaba y te lo sacabas de encima. Incluso si el tipo era mayor y te podía empujar, al menos se te respetaba por enfrentarlo, y a partir de entonces te dejaban tranquilo.

No puedo decirte exactamente cuándo empezó la generación maricona. A lo mejor cuando la gente se empezó a preguntar sobre el sentido de la vida.

De haber sido más disciplinado, me habría dedicado a la música.

Uno se pregunta a veces, ¿qué haríamos si pasa algo realmente grande? Miren qué rápido, sólo siete años, y la gente ha sido capaz de olvidar el 11 de septiembre. Quizá lo recuerden los que perdieron a un pariente o a un ser querido. Pero nadie se olvidó rápido de Pearl Harbour.

Recuerdo haber comprado un viejo hotel en Carmel. Entré en el ático y vi que todas las ventanas estaban pintadas de negro. “¿Qué está pasando acá?”, les pregunté a los anteriores dueños. Me dijeron que pensaban que los japoneses navegaban frente a la costa durante la guerra.

En El sustituto traté de mostrar algo que rara vez se ve estos días —un chico sentado mirando la radio—. Sólo sentado frente a la radio, escuchando. Tu mente hace el resto.

Recuerdo haber visitado una cascada gigante en un glaciar de Islandia. La gente estaba ahí sobre una plataforma de roca para verla. Estaban con sus chicos. El lugar no estaba cerrado, sólo había un cable que prohibía pasar de un determinado punto. Me dije a mí mismo: “En Estados Unidos tendrían un cerco a prueba de huracanes, porque tendrían miedo a ser demandados y recibir la visita de un abogado”. Allí la mentalidad era como solía ser en EE.UU. en los viejos tiempos: si te caés es porque sos estúpido.

No se puede evitar que las cosas sucedan. Pero en Estados Unidos lo intentamos, ciertamente. Si un auto no tiene cuatrocientas bolsas de aire adentro, entonces no sirve.

Tuve un tema con la municipalidad. Fui y me encontré a una mujer sentada ahí tejiendo, nunca levantaba la vista. Yo pensaba: esto no puede ser. Cuando te eligieron para un cargo público, al menos tenés que fingir que te interesa lo que va a reclamar la gente.

Fui intendente de Carmel para asegurar que las palabras “servidor público” no fueran olvidadas. El hecho de que no necesitara serlo me hizo pensar que podía hacer más. La gente que me resulta sospechosa es la que lo necesita.

Alguien como Barack Obama era inimaginable cuando yo era chico. Count Basie y muchas grandes bandas venían a Seattle cuando era yo era joven. Podían tocar en el club, pero no podían frecuentar ni ser clientes del lugar.

Uno debería llegar a conocer a alguien realmente, realmente ser un amigo. Mi esposa es mi mejor amiga. Seguro, ella me atrae de todas las maneras posibles, pero ésa no es la respuesta. Porque me he sentido atraído por otra gente, pero después de un tiempo no pude soportarlas más.

Tengo hijos de otras mujeres que no son mi esposa. Tengo que darle el crédito a Dina por reunir a todos. Nunca tuvo el rollo de ego de la segunda esposa. Tiene una relación amistosa con mi primera esposa y con mis ex novias. Ha sido extremadamente influyente en mi vida.

No soy uno de esos tipos que han sido terriblemente activos en las religiones organizadas. Pero no les falto el respeto. Nunca trataría de imponerle mis dudas a otra persona.

Los chicos te enseñan que uno puede sentirse humilde ante la vida, que puede aprender algo nuevo todo el tiempo. Ese es el secreto de la vida, realmente, nunca dejar de aprender. Es el secreto de una carrera. Sigo trabajando porque aprendo algo nuevo todo el tiempo. Es el secreto de las relaciones: nunca creer que se tiene todo.

Los chicos que se hacen piercings, en la cara, en la lengua: ¿qué tipo de masoquismo es ése? ¿Es para demostrar que pueden soportarlo?

Estábamos haciendo En la línea de fuego y John Malkovich estaba en lo más alto de un edificio y me tenía en una situación muy precaria. Mi personaje está enloquecido y saca un arma y la entierra en la cara de John, y John rodea con la boca el cañón del arma. No sé qué tipo de símbolo loco fue ése. Ciertamente no ensayamos nada como eso. Estoy seguro de que él no lo pensó cuando lo estábamos practicando. Solamente estaba ahí. Como cuando Sir Edmund Hillary habla sobre por qué se hacen las cosas: porque están ahí. Por eso se escala el Everest. Es como un pequeño momento en el tiempo, y tan rápido como entra en tu cerebro, uno lo arroja y descarta. Hay que hacerlo antes de descartarlo. Así es como el arte verdadero tiene una oportunidad de entrar en juego.


Así respondió en diciembre Clint Eastwood a la célebre sección “Lo que sé” de la revista norteamericana Esquire.

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Miércoles, 31 Diciembre 2008 08:44

Aute: cuatro décadas tras la canción perfecta


Hace 41 años, un pintor llamado Luis Eduardo Aute (Manila, 1943) grabó un disco empujado por mucha gente que no era él. El éxito se le desplomó encima. Las versiones de Rosas en el mar y Aleluya número 1 sonaron en medio mundo. Atemorizado ante el torbellino, el pintor se recogió en su estudio caparazón y durante cinco años sólo cantó para sí mismo. Siguió pintando, siguió componiendo por diversión y, pasado el lustro, accedió a grabar un segundo trabajo con la condición de que la discográfica no le obligase a promocionarlo en entrevistas ni en conciertos.

Tardó otros 10 años en subirse por vez primera a un escenario. Ocurrió en Albacete, en un acto del sindicato CNT. De nuevo empujado por otros como Agustín García Calvo y Chicho Sánchez Ferlosio. "Nunca me planteé escribir canciones, ni grabar, ni cantar, ni salir al escenario. Soy más de estar entre bastidores", revivía ayer frente a la chimenea de su casa madrileña.

El pintor que nunca pensó en cantar lleva enzarzado en la música más de cuatro décadas. Y no de cualquier manera. Logró parar los relojes a las cuatro y diez, convertir una canción de amor (Al alba) en un himno contra la pena de muerte, extender Albanta -uno de sus discos- como nombre de niña, hacer poesía de una masturbación, meter a Dios en las camas y al cine en las canciones. Y eso que sólo pasaba por allí, que lo suyo eran los lienzos. "No me hago a la idea, tengo la sensación de que no han sido 41 años y de que todavía no sé nada. Está siendo un largo aprendizaje. Escribir canciones es una cosa rara, una aventura personal que no se aprende en ningún sitio".

Toma notas aquí y allá. Un día las ordena, otro las acompaña con la guitarra. Y luego, sin que sepa cómo, sale una canción. "No sabría explicar cómo se han hecho, pero tengo la sensación de que ya existían, que estaban escondidas en algún sitio". Así ha creado casi 400. Una generosa selección figura en Memorable cuerpo, una edición de lujo con siete discos, un doble DVD, un libro con canciones, fotos, pinturas y un dibujo firmado por el autor con el que su discográfica festeja sus cuatro décadas en la música. Difícil que algo así acabe en el top manta. "Supongo que es uno de los objetivos de la compañía, si tiene alguna función la industria discográfica ahora que todo el mundo se baja los CD de Internet debe ir por ahí", sostiene.

Habla con una voz tan tenue que hace temer que algo trascendente podría huir de nuevo hacia su interior. Si es pudor, sorprende en alguien que se desnuda a cada paso en cuadros y poemas; en cada una de las canciones que han guiado a varias generaciones por el enrevesado mapa de los sentimientos y de las dudas.

-¿Le da orgullo o le pesa?

-¿La banda sonora? No tengo conciencia de eso, creo que me engañan. Alguna gente me dice que hay muchas Albas y Albantas consecuencia de mis canciones. Siempre pregunto qué tal les ha ido, me aterra pensar que hayan sido desgraciados. Lo que más aprecio es cuando alguien me da las gracias porque las canciones le han rescatado y ayudado a salir de un agujero en algún momento terrible. Es más que suficiente compensación por escribir canciones.

Casi todas ellas hablan -o fabulan- sobre él, un inseguro pelín tímido que escarba en lo más íntimo para componer. "El subterfugio de comunicarte a través de un medio tal vez desinhibe. A lo mejor no sé bien de qué, pero sí de que tengo ganas de hablar con un interlocutor imaginario que está de acuerdo conmigo en todo". Nada más íntimo que el sexo, Dios o la muerte, la trinidad recurrente en la discografía de Aute. Una trinidad que comparte con Leonard Cohen y, al 66%, con Woody Allen: el cineasta que mejor ha psicoanalizado a los judíos deja fuera a Dios.

Aute no comulga con un dios institucionalizado ni reniega del todo de un creador: "No soy ateo, me parece tan falaz decir que no crees en nada como que crees en Dios. No lo sé, navego en la ignorancia, pero tengo más propensión a pensar que la vida tiene un sentido. Creo en la causalidad, no en la casualidad". Su religiosidad, siempre vinculada al sexo, se desparrama también por la pintura, poblada de ángeles, espinas y crucifixiones.

"Una canción es un estado de ánimo, soy incapaz de escribir dos palabras juntas si no tengo el estado de ánimo. Cualquiera escribe una canción, pero no cualquiera escribe una con razón de ser". Uno de los pocos poemas ajenos que ha musicado es el último que escribió el portugués Fernando Pessoa, What matters is just you. Desde entonces le da vueltas a un disco con últimos poemas (ha seleccionado ya a Machado, Rilke y Eluard). "No son nada terribles, suelen ser tremendamente inocentes, blancos, como el primero", cuenta. Aute es incapaz de elegir una canción entre las suyas, pero no duda sobre otros. Tararea unos versos en inglés de Vincent, el tema que Don Mclean escribió para Van Gogh. "Dice que este mundo no se ha hecho para alguien tan bello como tú, lo cuento y me emociona". Y se emociona con la misma naturalidad con la que antes ha confesado que le queda una canción por hacer: "La persigo desde que empecé a escribir. Cuando haga esa canción, ya no haré ninguna más".

-El poema perfecto. ¿Eso existe?

-Supongo que no, pero es lo que me hace moverme.

TEREIXA CONSTENLA - Madrid - 31/12/2008

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Usted es el agregado científico de la Embajada de Italia en la Argentina y además es doctor en Geofísica..., hábleme de su actividad como geofísico.

–Mi actividad como investigador la desarrollé en el Consejo Nacional de Investigaciones de Italia CNR, en el Instituto de Acústica, cuyo primer director fue Guillermo Marconi.

–La acústica es la ciencia del sonido... pero bueno, ¿de qué frecuencias?

–Del hertz al gigahertz. Yo trabajo en el campo del ultrasonido; son las señales que llegan de una estructura que se está rompiendo, o deformando. Esto sirve para medir las variaciones de cualquier estructura de hormigón, pero también una montaña o un volcán. Esas señales son precursoras de una erupción volcánica o un terremoto. Nosotros utilizamos esta técnica de la emisión acústica aplicada al estudio de la geofísica.

–¿Y cómo se produce ese sonido?

–Cuando una estructura, un puente por ejemplo, se degrada, aparecen microfracturas que producen ese ultrasonido.... Y las microfracturas, con el tiempo, pueden producir una fractura. Y la fractura produce ese sonido. Se rompe el retículo cristalino, a nivel atómico se produce una implosión del sistema, que genera una onda a frecuencia muy alta, que es el ultrasonido.

–¿Por qué implota y no explota?

–Por la presión.

–¿Sabía usted que en cierto tipo de supernovas, cuando una estrella explota, a último momento hay una onda sónica que produce la explosión?

–No, no lo sabía.

–Pero parece que es así. Bueno, volvamos a los volcanes.

–La onda sísmica es una onda elástica, apenas sale de la tierra produce un sonido a baja frecuencia, que va de 0,5 a 3 hertz, hay un sonido que no escuchamos. El ultrasonido es un sonido que el oído humano no puede escuchar por cómo está hecho.

–¿Y el oído humano cuánto puede escuchar?

–La banda acústica que puede oír el hombre es de 400 hertz a 116 mil hertz. Ahora, fíjese que la emisión acústica entra en los denominados ensayos no destructivos, no es invasiva, es decir, no se destruye la estructura para poner un sensor. Con esta técnica de ultrasonido se puede medir la separación (de micrones) que se va produciendo en los frescos de Giotto. El problema es la humedad que se condensa en ese espacio intermedio. Por su parte, la onda sísmica es una onda elástica que nos permite ver cómo está constituido determinado suelo. Es una técnica que parte de la noción de que cada material tiene una densidad acústica diferente, por lo tanto el sonido se refracta de manera distinta y se deduce la morfología de la tierra a partir de la velocidad del sonido en el material. Por ejemplo, en el hierro el sonido va a 4500 metros por segundo, en el agua la velocidad es de 1500 metros por segundo.

–Por eso los baqueanos para conocer movimientos lejanos ponen la oreja en la tierra, o en los rieles del ferrocarril...

–Y sí, en el ferrocarril es mejor porque en el acero el sonido se propaga más rápidamente, a unos 5000 metros por segundo.

–¿El Vesubio puede entrar en erupción?

–Entre los años 2018 y el 2025 puede entrar en erupción, según los estudios estadísticos más recientes. La última erupción fue en 1943. Allí tenemos una estación, similar a la instalada en el volcán Peteroa en Malargüe, que está monitoreando la respiración del volcán.

–¿La respiración del volcán?

–Sí, el volcán respira, porque produce gas, tiene una cadencia. La Tierra tiene un corazón y una dinámica, una marea sólida y una marea líquida que sube cada 12 horas. En la Basílica de San Pedro en Roma, por ejemplo, la corteza terrestre se eleva cada día medio metro.

–Es muchísimo.

–No es tanto. El mar puede variar de 3, 4 metros.

–Me hace sentir inseguro pensar que la tierra debajo de mis pies se eleva y baja medio metro por día.

–No se preocupe, porque se eleva toda la placa. La Tierra respira cada día.

–¿Y ustedes estudian esa respiración?

–Sí. En el volcán Peteroa vamos a colocar un sistema satelital para recoger los datos, vamos a poner una nariz electrónica para medir los gases sulfurosos que se emiten antes de una erupción. Podemos llegar a ver una deformación de 2, 3 milímetros y anticipar 7 meses la llegada de un terremoto. Hemos trabajado y probado estas técnicas en la Isla de Cefalonia, que tiene un sismo por semana, frente a Grecia. La actividad del Peteroa está muy sincronizada con las mareas.

–La tierra es una fuente inmensa de energía...

–El núcleo central de la tierra es de hierro, es un producto nuclear, alrededor de ese núcleo tenemos un núcleo externo, casi líquido. Después el manto que es plástico. La energía de la tierra se forma en el centro de la Tierra. La Tierra toma del sol el 18 % de la energía, el resto sale de su interior.

–¿Y cómo sale esa energía?

–Viaja, se propaga en flujos a través del manto hasta llegar a la corteza, y se origina en el núcleo exterior de la tierra por difusión del calor. La energía que se forma en el interior es 10 a la 28 joule, y en el manto 10 a la 8 joule.

–¿Cómo se origina?

–Es todavía la presión de la formación originaria de la Tierra y el Sol. Es una parte de la nebulosa que se comprimió.

–Y el núcleo está todavía caliente y emite ese calor desde entonces.

–Sí. Es la memoria de aquel momento.

–Pero estas mareas sólidas no las causa la Luna.

–No, la marea de la luna sólo causa una oscilación en el océano. No llega al manto. La corteza flota sobre el manto y tiene solamente 100 kilómetros de profundidad.

–Un volcán es algo bastante superficial entonces, ¿cómo se forma un volcán?

–Por propagación del calor, se calienta el manto y por corrientes convectivas, el calor pasa por donde es mayor la conductividad eléctrica. Llega a la superficie, empuja las placas y forma las termas, los volcanes y las dorsales oceánicas. Esta es la energía endógena de la Tierra. Comúnmente se dice que el dióxido de carbono (CO2) es el culpable del calentamiento global y del derretimiento de los glaciares. Yo creo que no es así. ¿Cómo es posible que un cambio en la atmósfera de menos de un grado pueda hacer deslizar a un glaciar de 60 o 100 metros de profundidad en la Antártida o en Groenlandia? ¿Cómo puede propagarse ese calor, en un medio como el hielo, que es aislante? Por otra parte, en la Antártida está subiendo gran cantidad de gas metano, que prenuncia la existencia de petróleo. Las estimaciones dicen que hay tres veces más petróleo que en el Medio Oriente.

–¿Por qué se produce entonces?

–Tenemos un calentamiento que proviene de debajo de la tierra, ése es el que hace derretir los glaciares.

–Pero ¿por qué aumenta la temperatura global?

–Estamos en un ciclo de calentamiento interno, así como están las eras glaciares, cada 26 millones de años se llega al máximo calentamiento. Porque el interior de la tierra tiene un ritmo, palpita como el corazón del hombre. Esto se mide a través de la producción de los volcanes, la química del basalto. El calentamiento por la contaminación del CO2 produce un calentamiento microlocal, en zonas donde crecieron las ciudades o la actividad fabril, pero no alcanza para explicar el fenómeno completo.

–¿Cuál es el mecanismo que hace que el interior de la tierra lata?

–La rotación del núcleo interno hace un giro completo cada 4 o 6 horas y la Tierra hace un giro completo cada 24 horas. Esta diferencia genera una fricción, que produce calentamiento.

–¿En esta rotación de 4 a 6 horas, el núcleo conserva el momento angular original?

–Sí, exactamente. ¿No quiere que le hable un poco de la colaboración científica entre Italia y Argentina? En definitiva estamos todos en la misma Tierra.

–Que respira.

–Que respira. Es muy intensa...

–¿La respiración?

–La colaboración bilateral.... Intensa y amplia. Constituimos el ICES, (Internacional Center for Earth Sciences), es uno de nuestros principales desafíos. El ICES es un think tank, un conjunto multidisciplinario de investigadores que trabajan en torno a ideas innovadoras en ciencias de la Tierra. En el área de las actividades espaciales la Agencia Espacial Italiana trabaja con la Conae en la constelación de satélites SIASGE, que es un sistema único en el mundo para la gestión de catástrofes. En medicina, las universidades de Córdoba y Rosario y Trieste están organizando un Centro Italoargentino de Criobiología en Rosario. También en el Observatorio Astrofísico Pierre Auger, de Malargüe, Italia aporta cerca del 12% de la inversión total. La Universidad de Tucumán y el Instituto de Geofísica de Roma instalaron una primera antena y un observatorio ionosférico. Con la Comisión Nacional de Energía Atómica, CNEA, trabajamos en el campo de la nanotecnología, en el desarrollo de sensores, y apuntamos a construir un laboratorio en Bariloche. Tenemos varios proyectos conjuntos en ciencias de la Tierra, el estudio de los cambios climáticos, la desertificación.

Por Leonardo Moledo

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Nos encontramos con David Rieff en un ruidoso restaurante de Barcelona, cerca del Centre de Cultura Contemporánea, en el que acaba de impartir una conferencia en la Fiesta Internacional de la Literatura Kosmopolis 08. Es muy alto, delgado y algo desgarbado. De hablar pausado, parece todo lo contrario de un intelectual arrogante. No elude ninguna cuestión, pero con mucha frecuencia recurre a la ironía y hasta al sarcasmo para proteger heridas emocionales. No debía de ser fácil ser hijo de Susan Sontag. Tampoco le ha sido fácil hacerse un nombre propio como periodista, escritor y analista político. Pero lo ha conseguido. Cientos de artículos de opinión en los más prestigiosos periódicos y siete libros atestiguan su incansable actividad, que sólo se ralentizó en 2004, coincidiendo con la enfermedad y muerte de su madre. Un tiempo que se le hizo eterno, porque en el largo y tortuoso camino hacia lo inevitable, a David Rieff le tocó el ingrato papel de alimentar con mentiras piadosas la necesidad imperiosa que sentía Susan Sontag de aferrarse a cualquier esperanza, por improbable que fuera. Y ha pagado un alto precio por ello: “Fue una muerte a cámara lenta. Y en aquel largo proceso no fue la única que perdió la dignidad”. Así se expresa David Rieff en el libro, y, sin embargo, aun siendo estremecedor, no pretende provocar compasión. Lo que consigue es un profundo desasosiego:

–Le confieso que su libro me ha conmocionado. Su madre nunca se resignó a morir, y me pregunto por qué ella, siendo una intelectual tan clarividente, no consiguió conciliarse con lo que era inevitable... De hecho se quedó en la primera de las etapas que describe la psiquiatra...

–Sí, sí, ya sé, usted se refiere a las famosas fases de Elisabeth Kübler–Ross.

–Sí, Kübler-Ross describe varias fases en el proceso de asunción de la muerte: negación, rebeldía, depresión, negociación y finalmente aceptación. Parece que su madre quedó atrapada en la de negación. ¿Por qué cree que fue?

–Yo soy muy escéptico sobre la teoría de Kübler-Ross. No pretendo que ese proceso nunca se dé, pero la idea de que ése es el modelo por el que ha de pasar cualquiera que muere, no concuerda con mi experiencia. Creo que Kübler-Ross es demasiado optimista. Esa no es mi experiencia de la muerte, desgraciadamente. He visto cómo morían mis padres y algunos conocidos y, la verdad, no creo que haya muchas buenas muertes. En las unidades de cuidados paliativos se intenta ayudar a la gente a superar esas fases porque se considera que es mejor para ellos. Yo creo que es muy bueno para los doctores, pero no sé si funciona tanto para los pacientes. A los médicos les va bien tener etapas, les facilita el trabajo. Y se sienten mejor porque, al fin y al cabo, por ese camino llevan al paciente a la aceptación de la muerte. Pero no todo el mundo quiere aceptar que va a morir, y no creo que mi madre fuera una persona rara por ello. Conozco a muchos otros escritores que tampoco lo hicieron: Elias Canetti, el poeta Philip Larkin... Y tampoco tengo la idea de que se sintiera atrapada, como en un coche cerrado. Expresaba lo que creía. Sentía la misma tristeza que Samuel Beckett, y los suyos eran unos argumentos que ya encontramos en el libro del Génesis, los de alguien aterrorizado por la muerte.

–Pese a que estuvo siempre con ella, usted confiesa que se siente culpable. ¿Por qué?

–Deben ser reminiscencias de un catolicismo inducido. Yo no soy creyente, pero cuando era pequeño tenía una nanny irlandesa que lo era mucho. Quizá mi concepto de la culpa viene de ahí... Creo que la culpabilidad, más o menos consciente, del superviviente es una emoción muy común. No es algo que pertenezca al mundo racional. Es un sentimiento en el que, en realidad, no importa lo que hiciste: te sientes culpable de todos modos.

–¿Por eso usted ha escrito el libro?

–No lo sé, no soy un buen psicólogo de mí mismo, pero una explicación plausible que me doy es que lo he escrito porque no pude despedirme de ella. Puesto que nunca aceptó su muerte, no pude decirle adiós. Y he sentido la necesidad de hacerlo ahora, un poco al modo en que Simone de Beauvoir se despidió de Jean-Paul Sartre en su libro La ceremonia del adiós, en el que relata los últimos días de la vida del escritor.

–Se nota que usted quería mucho a su madre, que la admiraba y, sin embargo, es una ceremonia bastante fría, un adiós bastante crudo...

–Es posible. No me gusta hablar de mí mismo, y por eso, al escribir el libro, decidí que iba a hablar sólo de aquello de lo que me sentía capaz de poder decir la verdad. En todo caso tenía muy claro que no iba a hablar de todo, y, de hecho, en todo el libro hay una sola frase de mi madre y dos frases de Annie Leibovitz. Todo lo demás se refiere a mi relación con ella, porque es de lo único de lo que me siento autorizado a hablar. Y si, como usted dice, parece algo crudo, es porque está efectivamente muy controlado. No es un libro espontáneo.

–¿Tanto control como ejercía la propia Susan Sontag sobre sus sentimientos y su vida?

–Puede parecer que intelectualmente ejercía un gran control, y eso la llevaba a excluir algunas cosas, ciertamente. Pero en los márgenes en los que ella se sentía confortable no se controlaba en absoluto. En realidad, en sus pasiones se comportaba como una romántica alemana del siglo XIX.

–Sin embargo, tal como usted la describe, parece que tenía una necesidad muy grande de tenerlo todo bajo control. Incluso a usted mismo.

–Sí es cierto. Pero eso tampoco es raro. Muchos intelectuales, muchos escritores, son tremendamente controladores. Hay muchas similitudes entre ellos. Piense en Elias Canetti, en García Márquez o en Günter Grass; no son muy diferentes de mi madre. ¿Quién no es un gran controlador, entre los grandes escritores?

–En el libro afirma: “Desde muy pequeño comencé a aferrarme a mis propias opiniones...”. Supongo que ésta ha sido la gran lucha de toda su vida.

–Crecí en un mundo en el que intelectualmente no te regalaban ni una pizca de compasión. De manera que en un mundo como ése, empiezas a perder muy pronto. En realidad no tuve infancia. Diría que soy hijo de una infancia premoderna, que me convirtió en una especie de adulto prematuro. Piense que el ambiente en el que vivía era muy exigente: mi padre era crítico y profesor de historia de las ideas; mi madre, una escritora comprometida...

–Su madre se casó muy pronto, a los 17 años, cuando hacía sólo nueve días que conocía a su padre.

–Sí, se casó muy pronto, y lo dejó también muy pronto, ocho años después.

–¿Cómo ha influido su madre en su carrera como periodista y escritor?

–Esa es una pregunta que tanto mis amigos como mis enemigos podrán contestar mejor. Pero le diré dos cosas: por un lado, ella fue para mí un modelo intelectual a seguir. Incluso cuando discrepaba con ella, y lo hacía muy a menudo porque era mucho más de izquierdas que yo, y también más optimista (probablemente ambas cosas van juntas); incluso con esas diferencias, era el ejemplo de lo que un intelectual debe ser. Por otra parte, desde que empecé a escribir, siempre he tenido muy claro que no debía hacer lo mismo que ella, que debía intentar mi propia vía y por eso decidí trabajar en cuestiones relacionadas con los derechos humanos.

–Pero, incluso eligiendo una vía distinta, cuando uno es hijo de alguien intelectualmente tan potente corre el riesgo de quedar psicológicamente atrapado en la comparación. La imposibilidad de superarlo puede llevarlo a la parálisis. ¿Cómo ha combatido este peligro?

–Siempre he sido muy consciente de ser “hijo de...”. Muchas cosas me lo han recordado desde muy pequeño. Desde el comienzo de mi carrera supe que durante al menos 10 años, todas la citas que se hicieran de mí como autor irían seguidas de la coletilla “hijo de Susan Sontag”. Y así ha sido. Durante diez años eso es lo que ha ocurrido, pero ahora creo que la gente ya se ha acostumbrado a mí, je, je. De todos modos, siempre he tenido también claro que era una especie de precio que tenía que pagar.

–¿El precio de un privilegio?

–¡Cierto, cierto! ¡Absolutamente! Porque, a diferencia de mi madre, yo he tenido una vida muy privilegiada, muy afortunada. Ella me ha dejado hacer lo que quería y he tenido todos los medios. Cuando empecé como escritor y como editor ya conocía el medio, las reglas del negocio de la edición. Desde niño he tenido acceso a muchos lugares a los que de otro modo habría sido muy difícil llegar. Cuando mi madre llegó a la universidad no conocía a nadie. Yo, en cambio, he conocido a mucha gente admirable, he crecido, de hecho, entre esa gente. Para que se haga una idea, cuanto tenía cuatro años, nuestro vecino del ático era Herbert Marcuse. Y así siempre. No merezco nada de lo que he recibido en herencia.

–¿Por qué no lo merece?

–Porque ha ocurrido por azar, porque he conocido a toda esa gente desde pequeño, no por mérito, sino por suerte, y eso es absolutamente injusto, un privilegio de clase. Pero no voy a ser tan estúpido de pretender que debía prescindir de todo eso y empezar desde cero, como si hubiera nacido en una aldea remota de Montana. No. Las cosas son así y uno hace lo que puede con las cosas que recibe. Y no me ha ido mal, je, je.

–Tal como describe usted a su madre, he sacado la impresión de que no dejaba ir fácilmente sus sentimientos. ¿Es así?

–Sí, así es.

–¿Se sentiría mejor ahora si hubiera podido establecer con ella una relación más emocional: tocarla, acariciarla, dejar emerger sus emociones, además de estar a su lado, haciendo lo que debía?

(Largo silencio) –Philip Roth me dijo en cierta ocasión: “You come from an intellectual somewhere, but from etnic or religious nowhere”. Y es cierto, tengo un bagaje intelectual muy potente, pero no tengo ninguna raíz étnica o religiosa. En eso, vengo de “ninguna parte”. Creo que si mi madre estuviera sentada ahora aquí, con nosotros, sería la primera en admitir que ha tenido mucho más éxito en su trabajo que en su vida. De manera que no dejaba ir fácilmente sus sentimientos. Y estoy seguro de que no me hubiera dejado estar a su lado de ninguna otra forma que de la que estuve, diciéndole lo que ella quería oír.

–Pero ¿no echaba usted de menos haberla podido tomar de la mano y hablar, tal vez, de la muerte?

–No, no, en absoluto. Y tampoco lo hubiera podido hacer, porque en realidad, yo soy como ella. Lo cual no impide que me sienta culpable de no haberlo hecho. La escritora británica P. D. James, muy conocida como autora de novela negra, pero que en mi opinión va mucho más allá de la novela negra, decía una vez a propósito de cierto tipo de personalidades, de caracteres, que los fascistas habían podido hacer lo que habían hecho porque tenían en el corazón una estalactita de hielo. Hay gente que tiene un trozo de hielo en el corazón. Me temo que mi madre era así. Y yo también.

–Entonces, ¿por qué en el libro dice tantas veces que se arrepiente de tantas cosas?

–Porque como en el chiste polaco, según el cual allá donde se junten dos polacos pronto habrá tres partidos, yo también soy una persona escindida, je, je. Bromas aparte, la culpabilidad viene a ser como el hardware de este tipo de situaciones. Y no creo que sea el único que ha vivido la muerte de esta manera. Cuando estaba en Seattle esperando a que mi madre saliera del trasplante de médula que se le hizo a la desesperada, pude escuchar las conversaciones de los familiares de otros enfermos, y también ellos se sentían culpables. Sentían lo mismo que yo, pero sin tanto barniz intelectual.

–La muerte de los demás nos enseña a morir. ¿Qué enseñanzas ha sacado de esta traumática experiencia?

–No hace falta que piense en la muerte de mi madre para pensar en la mía. Ya tengo mi propia experiencia.

–¿Sí?

–Sí. Hace siete años me diagnosticaron en Inglaterra una enfermedad neuronal degenerativa que afectaba a la motricidad y, por la primera información que tuve, era poco menos que una sentencia de muerte. “Algo va mal –me dijeron los médicos–. Seguramente es una esclerosis lateral amiotrófica, pero no estamos seguros. Todas las enfermedades neurológicas que afectan la motricidad se parecen mucho, pero algunas son muy graves y otras no tanto. Hemos de hacer más pruebas para saberlo.” Si tenía mala suerte, acabaría como Stephen Hawking, pero mucho más rápidamente que él. Durante seis meses viví con la idea de que mi cuerpo iría perdiendo la capacidad de moverse, hasta que un día mis pulmones ya no podrían respirar y moriría. Tardaron muchísimo en afinar el diagnóstico. Finalmente, resultó ser una enfermedad neurológica degenerativa, pero no tan grave como la esclerosis lateral. Mire mi mano derecha. ¿Ve? Está muerta. No puedo mover los dedos. A veces tengo la impresión de que en lugar de mano tengo un rastrillo, je, je. Sé que es una enfermedad progresiva, pero también sé que puede ir rápida o lenta. De momento va lenta, así que no me preocupo. Convivo con ella. Afortunadamente, no es tan grave como temíamos al principio, pero le aseguro que sé muy bien qué se siente cuando te dicen de un día para otro que puedes morir.

–¿Y qué se siente?

–Pensé que había llegado mi hora, que era mi turno. Pero, tal vez, la gran diferencia entre mi madre y yo es que yo nunca pensé que fuera alguien especial, como ella pensaba que era. Nunca pensé que eso “no podía”, “no debía” pasarme a mí. Es una cuestión de temperamento. Y de cómo ves tu propia vida. En mi caso, todo era cuestión de privilegio. Yo nací en Boston, fui a universidades de elite como la de Princeton, y no porque fuera brillante, sino por un privilegio de nacimiento. Ella, en cambio, venía de Tucson, Arizona, de una familia que vivía de su pequeño negocio, muy tradicional, con algún dinero, pero en absoluto cultivada. Tuvo que batallar mucho para poder salir de allí y por todo lo que después logró en la vida. Se lo merecía, se lo había ganado a pulso. Cuando vives en una ciudad sin personalidad, a 200 kilómetros de la frontera de México, con 10 mil hispanos, 10 mil negros y 10 mil anglosajones, cada uno por su lado, necesitas sentirte algo diferente para poder desafiar tu destino. Yo, en cambio, no tengo motivos para desafiar mi destino. No tuve que hacer nada para merecer lo que la vida me dio.

–Y ahora se siente un superviviente del cáncer de su madre.

–Sí, soy un superviviente, un veterano de las guerras del cáncer. Y algún día será mi turno.

–Y cuando ese día llegue, ¿qué es lo que no hará?

–No tengo ni idea. Nadie puede asegurar qué va a hacer en ese momento. Pero creo, como he escrito en el libro, que ella amaba el mundo y la vida mucho más de lo que los amo yo. Así que, seguramente, todo será diferente. Un año y medio después de que muriera mi madre, en 2006, murió también mi padre. La verdad es que la muerte de los padres cambia mucho las cosas. Ahora siento que ya estoy en la línea de salida.

–Es importante amar la vida y también tener a quien amar. Aunque su vida sentimental fue bastante azarosa, Susan Sontag lo tenía a usted. Un hijo es una prolongación de uno mismo, un anclaje en la vida. ¿Tiene usted hijos?

–Sí, tengo una niña de tres años a la que veo poco porque vive con su madre. Ella es escocesa, pero ahora vive en París. Nunca he convivido con la madre, de manera que tampoco he convivido con mi hija.

–¿No la echa de menos? ¿Cuándo la ve?

–La veo más o menos una vez al mes, y ahora sí que empiezo a echarla de menos. Mi idea es que, ahora que se está haciendo mayor, me gustaría tener una relación más intensa con ella. Probablemente buscaré un apartamento en Londres para estar más cerca de mi hija. Vivir en Londres también es una idea que me seduce. En muchos aspectos soy más europeo que americano.

–En su ya larga carrera como escritor y periodista ha vivido intensamente el mundo de la ayuda humanitaria y los derechos humanos. Su actitud es ahora bastante crítica. ¿Por qué?

–Soy bastante escéptico sobre el movimiento de los derechos humanos, pero no tanto sobre el papel de la ayuda de emergencia. He colaborado con las agencias humanitarias y, a pesar de mi actitud autocrítica, sigo vinculado con Médicos Sin Fronteras y escribo sobre lo que creo que es importante. Creo que es algo en lo que puedo hacer aportaciones. Estoy en realidad en el mismo lugar, pero con el tiempo he cambiado un poco de idea sobre las prioridades. He desertado del intervencionismo militar porque, aunque creo que las guerras y los conflictos todavía van a hacer sufrir mucho, ahora viene un tiempo en el que los desastres naturales van a ser mucho más importantes. Ahora tengo previsto ir a Níger, allí está ahora la crisis alimentaria.

–¿Es usted pesimista?

–Sí, lo soy, porque creo que las previsiones que hace la Cruz Roja Internacional sobre lo que se avecina se quedan a la mitad de lo que va a pasar. La crisis alimentaria va a ser mucho más grave de lo que ahora vislumbramos, el cambio climático va a traer problemas enormes de regresión de cultivos, falta de agua y desertificación.

Por Milagros Pérez Oliva *
* De El País de Madrid. Especial para Página/12.
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Domingo, 28 Noviembre 2010 18:26

El fantasma del desarrollo

Después de Haití, Colombia, con 59,5, marca en el continente el segundo índice más alto de concentración de la riqueza. Según el Informe del PNUD de Desarrollo Humano 2009, después de nuestro coeficiente Gini siguen Bolivia (58,2), Honduras (55,3) y Brasil (55,0). En el mundo, tan solo nos superan Namibia, Comoras y Botswana, con 74,3, 64,3 y 61,0, respectivamente.

Con motivo de cumplirse los 20 años del primer informe sobre “Desarrollo Humano”, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) presentó el 4 de noviembre de este año la vigésima edición de sus cifras sobre el tema. Los informes sobre desarrollo humano y el concepto mismo se generaron con la pretensión de suavizar la relación que de forma directa se establecía entre el Producto Interno Bruto y el bienestar de las sociedades.

No está de más recordar que el concepto de desarrollo (a secas, sin la adjetivación de humano) tiene su origen en un momento muy particular de la historia, los inicios de la segunda posguerra, que dieron lugar a la llamada Guerra Fría, en la que las economías capitalistas dominantes enfrentaron la amenaza de la Unión Soviética y la extensión del ‘comunismo' en el mundo. Fue el discurso con el que Harry Truman inicia lo que pudiera considerarse un segundo mandato (había asumido la Presidencia a la muerte de Franklin Delano Roosevelt, en 1945) como presidente de Estados Unidos, en 1949, el documento en que se lanza al mundo el propósito de ‘ayudar' a las naciones “insuficientemente desarrolladas” a mejorar sus condiciones de vida, lo cual no significaba otra cosa que obligarlas a mirarse en el espejo de las potencias militares y económicas, y asumir su forma de vivir y de sentir como la meta por alcanzar.

En 1951, Arthur Lewis y Theodore Schultz (quienes serían galardonados con el Premio Nobel de Economía en 1979) le presentan a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) su documento “Medidas del Desarrollo Económico”, que algunos consideran la primera reflexión sistemática sobre la materia, y que será la base para que la ONU, mediante la Resolución 290 del Consejo Económico y Social, termine de darle carta de ciudadanía al desarrollo, consagrando un ideal que logró colarse en el imaginario, incluso de la academia, como algo trascendental e indiscutible.

Dado que definir lo que no era ‘desarrollado' terminaba siempre en tautología (el infradesarrollo lo explica la pobreza y es infradesarrollado quien es pobre), la mencionada resolución corta el nudo gordiano mediante la definición de países “insuficientemente desarrollados”, en forma taxativa: “[…] bajo ese término nos referimos a los países en los que la renta real per cápita es baja en comparación con las rentas reales per cápita de los Estados Unidos de América, Australia y Europa Occidental. En este sentido, un sinónimo adecuado sería países pobres”. Pobre es, en definitiva, quien no tenga las rentas de los países ‘ricos'.

Sin embargo, 70 años después de haber visto la luz, el fantasma del desarrollo no logra materializase. Y si bien hoy se matiza aquello de las rentas, con indicadores sobre salud, educación, y recientemente con índices de desigualdad y equidad de género, no es menos cierto que América del Norte, Australia y Europa Occidental siguen como la inalcanzable tortuga de la paradoja de Aquiles: conservando siempre la misma distancia. Y las razones no son difíciles de entender: el capitalismo es un sistema social asimétrico, que para poder funcionar necesita acumulación concentrada en uno de los lados (el del capital) y un alto grado de desposesión en el otro (el del trabajo). En el caso de las naciones, los polos diferenciados los define la división internacional del trabajo y las relaciones de fuerza que de allí se desprenden. Y eso es lo que se vela en los discursos aparentemente neutros de organismos multilaterales como la ONU, en los que situaciones como el infradesarrollo de unos se muestra como asunto independiente del hiperdesarrollo de otros, contra todas las evidencias históricas y lógicas que dicen que la racionalidad de la ganancia conduce inexorablemente a procesos de concentración y centralización, y a una especialización geográfica que discrimina entre regiones con altas, medias y bajas densidades de capital, siendo tal diferenciación clave en la viabilidad del sistema.

Los mismos con las mismas

Los resultados del Informe de Desarrollo Humano 2010 confirman que las asimetrías regionales no se alteran y que las diferencias relativas que impulsaron el discurso del desarrollo se mantienen en el mismo estado. Si se observa la tabla en la que se relaciona el porcentaje de países de las distintas regiones que se clasifican en los distintos grados de desarrollo, podemos observar que en los dos extremos se sitúan, de un lado, Europa Occidental y Norteamérica; del otro, África. Pues, mientras de las dos primeras regiones la totalidad de sus países tiene “desarrollo humano muy alto”, el 73 por ciento de los países africanos se encuentra en la categoría “desarrollo humano bajo”. De igual manera debe señalarse que América Latina y África son las únicas regiones que no logran ubicar ningún país en la categoría “muy alto” (del Caribe aparece Barbados, un paraíso fiscal que tiene poco más de 200 mil habitantes, lo que lo hace poco significativo).



En el Informe se reconoce que “desde 1980, la desigualdad en la distribución de los ingresos se ha profundizado en muchos más países que en los que ha disminuido. Por cada país que ha reducido la desigualdad en los últimos 30 años, más de dos han empeorado”. Ello no hace más que confirmar que la tendencia a unas asimetrías crecientes no es fenómeno coyuntural sino estructural, y que los discursos oficiales sobre pobreza no representan otra cosa que intentos por legitimar una realidad cuya agudización la hace verdaderamente conflictiva. Asia Meridional (844 millones de personas y África (458 millones) suman casi el 80 por ciento de la población pobre del mundo.

El discurso de Truman sobre el desarrollo estaba motivado por razones de seguridad, pues Estados Unidos temía que los países con graves problemas sociales derivaran hacia el socialismo. Hoy, con un mundo uniformizado ideológicamente, a lo que quizá se teme es a un desorden social descoordinado. De allí que siga avanzando la idea de la “gobernabilidad mundial”, que en este informe se justifica también de modo explícito: “Algunos problemas van más allá de la capacidad efectiva de cada Estado, por ejemplo, la migración internacional, el comercio justo y las reglas de inversión, las amenazas internacionales y, sobre todo, el cambio climático. Éstos requieren un sistema de gobernabilidad mundial”.

En Colombia, el Informe de Desarrollo Humano fue tratado de manera marginal por la gran prensa. Que tan solo superemos a dos países en Suramérica (Bolivia y Paraguay) no es grato para los amigos de las loas a nuestro sistema. Colombia ocupa el puesto 79 en el Informe y tiene un índice de 0,689 (inferior al promedio para América Latina, que es 0,706) y pasa a 0,492 (pierde el 28,7 por ciento) cuando el indicador es corregido por el grado de desigualdad.

El caso de la educación es altamente crítico si se considera que las personas que alcanzan a finalizar la educación media representan sólo el 31,3 por ciento y que el número de alumnos por maestro es de 29,4 mientras que en países de la región como Argentina es de 14,8, en Uruguay 15,5 y en Brasil 23.

La calentura no está en las sábanas

De algunos países africanos se dice que, al ritmo actual, requerirían hasta 150 años para cambiar de categoría. De la mayoría, como ya lo señalamos, que la desigualdad se hace creciente, lo que es peor si aceptamos que el fenómeno se está presentando en países a los que la ONU califica como de desarrollo muy alto. Y es peor porque se estaría rompiendo la correlación que esa entidad señala entre desarrollo humano y grado de igualdad. Los recientes recortes a los salarios de los empleados del Estado en Europa y la continuada declinación de la participación de los ingresos de los trabajadores en la demanda agregada en países como Estados Unidos, son señal de que las ‘conquistas' del desarrollo no son irreversibles. En la actualidad se trata de vender en Europa el discurso de que es necesario limitar el Estado del Bienestar, y que es cuestión de lógica elemental aceptar sus recortes. Las vidrieras de la sede de los tories en Londres, rotas por los estudiantes que protestaban por el alza de las matrículas en las universidades, son apenas un síntoma de que el espejo en el que debían mirarse los demás países, según las lógicas del capital, muestra ya grandes grietas.

Porque desde el informe del “Club de Roma”, en 1972, sobre los límites del crecimiento, se sabe que, si incluso las leyes mismas del capital no fueran en contravía, no sería posible, por razones físicas, la igualación por lo alto del derroche actual de los poderosos que se encubre con el mote de consumo elevado. El agotamiento del espacio y la naturaleza les pone una piedra de toque a los valores que nos hemos dejado imponer. Por eso, debemos sintonizarnos con afirmaciones como las del Manifiesto de la Red por el Posdesarrollo, cuyos cuestionamientos son radicales: “Más allá de los mitos que la fundan, la idea de desarrollo está totalmente desprovista de sentido, y las prácticas a las que está ligada son rigurosamente imposibles por impensables y prohibidas”.

Que Cuba haya sido excluida de la medición es por lo menos curioso, ya que venía haciendo parte de los países clasificados. ¿Tendrá eso que ver con la inclusión de los nuevos índices? El ajuste por desigualdad, el Índice de Desigualdad de Género y el Índice de Pobreza Multidimensional, ¿acaso disparaban a la isla a puestos muy elevados que cuestionaban la clasificación? Ese país caribeño siempre representó un problema, pues sus altos índices de escolaridad y de salud no se correspondían con el tamaño de su PIB per cápita. Y ese no es un buen ejemplo para las instituciones que recetan crecimiento como precondición de la calidad de vida. La explicación de que el PIB cubano no era ajustable a la Paridad del Poder de Compra, que se esgrimió como razón para marginar a la isla, parece más una excusa, a la que tampoco han aludido los grandes medios de comunicación, y deja inquietud sobre cuáles hubieran sido los resultados para Cuba. Pero, sea como fuere, lo cierto es que ese es un buen ejemplo de que con poco se puede hacer mucho.

La izquierda está en mora de introducir en su arsenal teórico, de modo estructural, el cuello de botella que significa para el capital la creencia en un crecimiento ilimitado. Ningún sistema se expande indefinidamente, y menos sin que esa expansión signifique su desgarramiento. ¿No es, entonces, hora de construir futuro desmontando discursos falaces como el del desarrollo?

Publicado enEdición 163
Sábado, 24 Octubre 2009 12:23

Un SOS por el trabajo… y por la vida

Los medios masivos de comunicación se complacen en afirmar en forma eufórica que la crisis ya terminó. Y señalan como prueba inequívoca de su aserto que los indicadores de las bolsas de valores se recuperan, aunque todavía se encuentren lejos de los valores alcanzados antes de la crisis. Que el comportamiento del Producto Interno Bruto siga aún en terreno negativo no parece importarles, y menos que el desempleo siga disparado. Sobre este último tema, los más optimistas consideran que no cabe esperar una recuperación (entendiendo por tal que se alcancen los niveles anteriores) en menos de cuatro años. Por lo que, si los analistas y los medios no fueran tan sesgados, matizarían sus afirmaciones y aclararían que los llamados “brotes verdes” están ocurriendo tan solo en el sector especulativo del mercado de títulos, que el llamado “sector real” de la economía (la industria, el comercio, el sector agropecuario y los servicios no financieros) sigue de capa caída y que el trabajo aún no encuentra el piso desde el cual pudiera rebotar.

Porque el trabajo, pese a que desde el comienzo de la moderna disciplina económica (entre los siglos XVII y XVIII) tuvo que ser reconocido como base fundamental que sustenta la sociedad capitalista, de manera paralela; en el mundo no teórico, el del imaginario colectivo, se ha buscado minimizarlo. De allí que para los ideólogos del capital el desempleo crónico sea un lastre social provocado por los mismos trabajadores, ya por su incompetencia, ya por su falta de previsión, ya por sus ambiciones desmedidas cuando se organizan en sindicatos, ya por su pereza. Se oculta que el desempleo es una estrategia y una consecuencia lógica de las relaciones sociales capitalistas que requieren un grupo de trabajadores sobrantes ( “ejército de reserva”, lo llamaba Marx) que permita, de un lado, ampliar la población trabajadora si las exigencias de una mayor producción así lo establecen, y, del otro, mostrarlos como amenaza constante para quienes están empleados, pues de hecho son sus potenciales reemplazos si no se someten a las exigencias de quienes los contratan.

En el siglo XVII corresponde al economista inglés Sir William Petty exponer, por primera vez, de un modo formal, que la cantidad de trabajo que puede movilizar una sociedad es el elemento fundamental que determina la dimensión de sus riquezas materiales, y, en consecuencia, la base del potencial para su defensa y su posición en el concierto internacional. Petty haría famosa esa premisa con la frase de que “el trabajo es el padre de la riqueza y la naturaleza la madre”. Adam Smith, al finalizar el siglo XVIII, daría el paso siguiente al formular la complejidad del trabajo y definir sus dos dimensiones fundamentales: a) la productividad (dimensión intensiva, y que, en términos generales, debe entenderse como la cantidad de producto que por unidad de tiempo genera un trabajador) y b) el volumen de trabajo (dimensión extensiva –horas trabajadas totales–). A la vez, la productividad la haría función de la división del trabajo (especialización) y de la tecnología.

Sin embargo, tan solo en la obra de Marx, en el siglo XIX, encontramos planteada la contradicción que entraña el desarrollo permanente de la productividad como efecto del aumento de la composición técnica, que, expresada en forma simple, no es otra cosa que el uso de mecanismos cada vez más sofisticados y que requieren menos trabajadores para producir mayores cantidades de producto. Pues ello implica un desplazamiento relativo del trabajo que sólo puede ser compensado si tenemos demandas crecientes del producto elaborado bajo las nuevas condiciones técnicas o con la creación de nuevas industrias que absorban el trabajo desplazado. Ahora bien, lo que no se ha querido entender es que, dado que detrás del aumento de la productividad se encuentra la sustitución de trabajo por capital, tal sustitución tiene un límite teórico, el de la total automatización que significaría, ni más ni menos, la expulsión de los trabajadores del circuito de la producción, y, en ese caso límite, como es obvio, sería inoficioso crear nuevas industrias como mecanismo para compensar el desempleo si estas, como es de esperarse, se crean con tecnologías de punta. Con ello, únicamente pretendemos remarcar la inevitable tendencia hacia un desempleo estructural creciente, sobre el que Marx ya había llamado la atención cuando afirmaba la intrínseca necesidad del capital por un aumento permanente de su composición técnica.

Crisis, productividad y desempleo

El proceso de extensión del capital a todo el globo y su penetración en todos los ámbitos de la vida humana ha sido una carrera larga pero cada vez más acelerada. Ese proceso de extensión le permitió, en sus comienzos y en su etapa intermedia, que fueran posibles aumentos simultáneos en la productividad y el empleo, con excepción de los períodos de crisis; sin embargo, esas circunstancias han cambiado en las últimas décadas, en las cuales el capital ha permeado, después de los 90, al planeta entero. De allí que las relaciones contradictorias entre productividad y empleo se hagan manifiestas. En 1998 había 170 millones de desempleados en el mundo, y a fines de 2008 ese número se había elevado a 189 millones, los que, por efecto de la crisis, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), al terminar 2009 bien pueden sumar entre 219 y 241 millones. Por eso, cuando los expertos hablan de un plazo de cuatro años para la recuperación del empleo, debemos ser cuidadosos y preguntarnos por el significado de sus palabras, pues si esa recuperación apenas debe entenderse como el regreso a las tasas ‘normales’ de desempleo, que en los últimos 10 años han estado en promedio alrededor del 6,2 por ciento en el mundo, se termina aceptando que hay un número cada vez mayor de parados, teniendo en cuenta que la población en edad de trabajar seguirá creciendo en el futuro inmediato.



De otro lado, el aumento de la intensidad del trabajo tiene aspectos negativos sobre el bienestar de los trabajadores, aspecto que se quieren soslayar. El desarrollo de los “Sistemas de Trabajo de Alto Rendimiento”, que tienen como pilares fundamentales unos elevados niveles de concentración exigidos al trabajador; la multifuncionalidad (desempeño de diversas labores) y las múltiples competencias terminan absorbiendo parte importante del tiempo libre de las personas. La llamada capacitación continua y las periódicas y engañosas jornadas ‘lúdicas’ de integración, que no son más que ejercicios de sincronización de los movimientos y los pensamientos de los trabajadores al servicio del mero resultado laboral, imposibilitan la adquisición de un conocimiento no instrumental y el establecimiento de relaciones personales ajenas a las metas y las lógicas productivas.

A finales de septiembre de este año, la prensa reseñaba marginalmente que en apenas año y medio se habían suicidado en France Télécom 24 trabajadores por motivos laborales. Las razones saltan a la vista: la empresa sufrió un proceso de reestructuración en el que fueron despedidos 20 mil trabajadores de una plantilla de 100 mil, lo que se tradujo en un proceso de intensificación del trabajo para quienes continuaron en nómina y un enrarecimiento del “clima laboral”, como lo hizo explícito uno de los suicidas en su carta de despedida. Xavier Darcos, ministro de Trabajo francés, se vio obligado entonces a exigirles a las empresas de más de 1.000 empleados la suscripción de acuerdos con los sindicatos antes del 1º de febrero de 2010, con el fin de prevenir el estrés de los trabajadores (las patologías psicosociales como la depresión o la ansiedad se convirtieron en las principales “‘enfermedades profesionales” de los franceses desde 2007) y para que, además, en esa forma se ajusten al acuerdo nacional sobre el tema, firmado en octubre de 2008. Es ésta apenas una pequeña muestra trágica en la relación crisis-desempleo-intensificación del trabajo (aumento de la productividad) y deterioro del bienestar de los trabajadores. Y eso que en este caso nos queda oculto el drama de los 20 mil despedidos.

Si por allá llueve….

En países como Colombia, de capitalismo tardío, la relación entre productividad y empleo ha sido muy distinta, ya que las altas tasas de desocupación han sido una constante histórica. El desarrollo tecnológico en el campo está acompañado de la destrucción sistemática y total de las formas tradicionales de producción y de la subsecuente expulsión violenta de campesinos, indígenas y afrodescendientes de sus tierras. Las ciudades del subdesarrollo, por ese efecto, más que depósitos de fuerza de trabajo han sido crónicamente depósitos de desempleados sin esperanza alguna, y de trabajadores informales que complementan el minoritario trabajo formal.

Según los datos del Dane, en el trimestre junio-agosto de 2009, el desempleo en las 13 principales áreas metropolitanas fue del 13 por ciento, por encima del promedio nacional, que, según estadísticas de la misma entidad, fue, para igual período, de 11,9. Sin embargo, en ciudades como Pereira la tasa alcanzó 21,3 por ciento, en Pasto 16,6 y en Medellín, la segunda concentración urbana del país, el 16. Pero lo peor es que estas cifras esconden que la mayoría de quienes se escapan de esta estadística (es decir, quienes no aparecen como desempleados) se encuentran ‘ocupados’ en labores informales o no remuneradas. En la tabla que acompaña el artículo se puede observar que los trabajadores por cuenta propia son la mayoría y que los trabajadores sin remuneración llegan a casi el 5 por ciento. Sin embargo, lo que más llama la atención es que estos últimos son los de mayor crecimiento, superados solamente por los jornaleros o peones.

Ahora bien, si tenemos en cuenta que en el trimestre junio-agosto de 2008 la población ocupada era de 17.341.000 personas y en el mismo período de 2009 tal población ascendió a 18.267.000, tenemos una variación de 926 mil ‘nuevos’ empleos. De ellos, aplicando un sencillo ejercicio aritmético, consistente en calcular primero la tasa de participación y luego la variación en el período, cerca de 390 mil corresponden a “trabajadores por cuenta propia”, 128 mil a trabajadores sin remuneración, y alrededor de 200 mil a jornaleros o peones. Esto es muestra más que fehaciente de la creciente precarización de la ocupación en Colombia y asimismo de la incapacidad del sector privado para generar empleo, ya que en ese período los obreros o empleados particulares no aumentaron sino en poco menos de 100 mil, es decir, unos ocho mil por mes, cifra sin duda alarmante.

Pero aún es más alarmante que nuestros ‘expertos’ sigan repitiendo como soluciones mágicas la eliminación del salario mínimo y las contribuciones parafiscales, en contravía de las recomendaciones de la OIT, que en su Agenda por un Trabajo Decente (ATD) enfatiza en que la existencia de un mínimo para los salarios ha evitado un deterioro todavía mayor de los ingresos de los grupos más vulnerables; igualmente, a contrapelo de la lógica más elemental y la tozuda realidad que nos indican claramente que el problema es de dimensiones universales y de carácter estructural, derivado de la relación contradictoria entre los aumentos permanentes de la productividad y la incapacidad cada vez mayor en la generación de nuevos puestos de trabajo. Esta contradicción era pronosticada por la teoría crítica para unas relaciones capitalistas maduras y que ya comienza a evidenciarse con toda su fuerza.

Hoy más que nunca, la clase trabajadora debe recordar que el único doliente de su situación es ella misma y que está en mora de iniciar una campaña internacional para que los aumentos de productividad se traduzcan en reducciones de la jornada de trabajo, en grado tal que las tasas de participación laboral crezcan significativamente. Abogar por un crecimiento desbocado, bajo las condiciones actuales, no sólo es predatorio de la naturaleza e insostenible ambientalmente sino además seriamente amenazante para la existencia de las clases subordinadas que hoy ven cómo casi un tercio de la población mundial enfrenta condiciones de pauperización. El tiempo no da espera y la confrontación con las lógicas del capital es una tarea obligatoria para quienes de verdad creen que otro mundo es posible.

Publicado enEdición 151