Hemos hecho de la ciencia una nueva religión

En nuestra urgencia por conquistar la naturaleza y la muerte

Traducido Para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Allá por la década de 1880 el matemático y teólogo Edwin Abbott se propuso ayudarnos a entender mejor nuestro mundo describiendo uno muy diferente, al que llamó Flatland (Planilandia).

Imaginemos un mundo que no es una esfera que se mueve por el espacio como nuestro planeta, sino algo más parecido a una enorme hoja de papel habitada por formas geométricas planas y conscientes. Estas personas-formas pueden moverse hacia delante o hacia atrás y pueden girar a la derecha y a la izquierda, pero carecen del sentido de arriba o abajo. La mera idea de un árbol, un pozo o una montaña no tiene sentido para ellos porque carecen de los conceptos y la experiencia de altura o profundidad. Son incapaces de imaginar, y mucho menos de describir, objetos conocidos por nosotros.

En este mundo bidimensional lo más que pueden aproximarse los científicos a comprender una tercera dimensión son los desconcertantes espacios que registran sus máquinas más sofisticadas, que captan las sombras proyectadas por un universo mayor exterior a Flatland. Los mejores cerebros deducen que el universo debe ser algo más que lo que pueden observar pero no tienen forma de saber qué es lo que desconocen.

Esta sensación de lo incognoscible, de lo indescriptible, ha acompañado a los seres humanos desde que nuestros primeros ancestros fueron conscientes. Ellos habitaban un mundo de sucesos inmediatos y de cataclismos (tormentas, sequías, volcanes y terremotos) causados por fuerzas que no podían explicar. Pero también vivían maravillados por los grandes misterios permanentes de la naturaleza: el paso del día a la noche y el ciclo de las estaciones; los puntos de luz en el firmamento nocturno y su movimiento continuo; la subida y bajada de los mares; y la inevitabilidad de la vida y de la muerte.

Por eso no es raro que nuestros ancestros tendieran a atribuir una causa común a estos acontecimientos misteriosos, tanto a los catastróficos como a los cíclicos, a los caóticos como a los ordenados. Los atribuyeron a otro mundo o dimensión, al ámbito de lo espiritual, de lo divino.

Paradoja y misterio

La ciencia ha intentado reducir el ámbito de lo inexplicable. Ahora entendemos (aunque sea aproximadamente) las leyes de la naturaleza que gobiernan el tiempo atmosférico y sucesos catastróficos como los terremotos. Los telescopios y las naves espaciales nos han permitido, asimismo, explorar más a fondo los cielos para comprender algo mejor el universo que se extiende más allá de nuestro pequeño rincón del mismo.

Pero cuanto más investigamos el universo, más rígidos parecen ser los límites de nuestro conocimiento. Al igual que las personas-formas de Flatland, nuestra capacidad para comprender se ve limitada por las dimensiones que observamos y experimentamos: en nuestro caso, las tres dimensiones del espacio y la adicional del tiempo. La influyente “teoría de cuerdas” plantea otras seis dimensiones, aunque es poco probable que lleguemos a intuirlas con más detalle que las sombras que casi detectaban los científicos de Flatland.

Cuanto más escudriñamos el inmenso universo del cielo nocturno y nuestro pasado cósmico y cuanto más escudriñamos el pequeño universo del interior del átomo y nuestro pasado personal, mayor es nuestra sensación de misterio y asombro.

En el nivel subatómico las leyes normales de la física se desbaratan. La mecánica cuántica es la mejor hipótesis que hemos desarrollado para explicar los misterios de las partículas más diminutas que podemos observar, las cuales parecen actuar, al menos en parte, en una dimensión que no podemos observar directamente.

Y la mayoría de los cosmólogos, que observan el exterior en lugar del interior, hace tiempo que saben que hay preguntas que probablemente nunca seremos capaces de responder, entre otras, qué hay fuera de nuestro universo; o, dicho de otra manera, qué había antes del Big Bang. Durante algún tiempo la materia oscura y los agujeros negros han desconcertado a las mentes más brillantes. Este mes los científicos admitieron al New York Times que existen formas de materia y de energía desconocidas para la ciencia, pero que pueden deducirse porque alteran las leyes conocidas de la física.

Dentro y fuera del átomo, nuestro mundo está repleto de paradojas y misterios.

Arrogancia y humildad

A pesar de la veneración por la ciencia que tiene nuestra cultura, hemos llegado a un momento similar al de nuestros antepasados, que miraban llenos de asombro el cielo nocturno. Hemos sido forzados a reconocer los límites de nuestro conocimiento.

No obstante, existe una diferencia. Nuestros ancestros temían lo desconocido y, por tanto, preferían mostrar precaución y humildad frente a lo que no podían entender. Trataban con respeto y reverencia lo inefable. Nuestra cultura estimula precisamente el enfoque opuesto. Solo mostramos soberbia y arrogancia. Intentamos derrotar, ignorar o trivializar aquello que no podemos explicar o entender.

Los mejores científicos no cometen ese error. Como espectador entusiasta de programas científicos como la serie documental de la BBC, Horizon, me impresiona la cantidad de cosmólogos que hablan abiertamente de sus creencias religiosas. Carl Sagan, el más famoso de ellos, nunca perdió la capacidad de asombro que le producía estudiar el universo. Fuera del laboratorio, su lenguaje no era el lenguaje duro, frío y calculador de la ciencia. Él describía el universo con el lenguaje de la poesía. Comprendía los necesarios límites de la ciencia. En lugar de sentirse amenazado por los misterios y paradojas del universo, los celebraba.

Cuando, por ejemplo, en 1990 la sonda espacial Voyager 1 nos mostró por primera vez la imagen de nuestro planeta desde 6.000 millones de kilómetros de distancia, Sagan no pensó que él mismo o sus colegas de la NASA fueran dioses. Él observó extasiado un “punto azul pálido” y se maravilló de ver el planeta reducido a “una mota de polvo suspendida en un rayo de sol”. La humildad fue su reacción ante la vasta escala del universo, nuestro fugaz lugar dentro del mismo y nuestro esfuerzo por luchar contra “la inmensa oscuridad cósmica que nos envuelve”.

Mente y materia

Desgraciadamente la forma de entender la ciencia de Sagan no es la que predomina en la tradición occidental. Demasiado a menudo nos comportamos como si fuéramos dioses. Estúpidamente hemos hecho de la ciencia una religión. Hemos olvidado que, en un mundo de misterios, la aplicación de la ciencia es necesariamente provisional e ideológica. Es una herramienta, una de las muchas que podemos usar para entender nuestro lugar en el universo, de la que pueden apropiarse fácilmente los corruptos, los vanidosos, quienes buscan el poder sobre los demás y quienes adoran el dinero.

Hasta hace relativamente poco, la filosofía, la ciencia y la teología intentaban investigar los mismos misterios y responder las mismas preguntas existenciales. A lo largo de la mayor parte de la historia se les consideró disciplinas complementarias, no competidoras. Recordemos que Abbott era matemático y teólogo y que Flatland fue su intento de explicar la naturaleza de la fe. De modo similar, el hombre que probablemente ha configurado más el paradigma con el que todavía funciona gran parte de la ciencia occidental fue un filósofo francés que utilizó los métodos científicos de la época para demostrar la existencia de Dios.

Actualmente se recuerda a Rene Descartes sobre todo por su famosa –aunque pocas veces comprendida– máxima: “Pienso, luego existo”. Hace 400 años Descartes creía que podía demostrar la existencia de Dios gracias a su argumento de que mente y cuerpo son entidades separadas. Al igual que el cuerpo humano era diferente del alma, Dios era algo separado y distinto de los seres humanos. Descartes creía que el conocimiento era innato y, por tanto, nuestra idea de un ser prefecto, de Dios, solo podía proceder de algo perfecto y con una existencia objetiva fuera de nosotros.

Aunque muchos de sus argumentos resulten débiles e interesados hoy en día, la perdurable influencia ideológica de Descartes en la ciencia occidental fue penetrante. En particular el llamado dualismo cartesiano –la consideración de que mente y cuerpo son entidades separadas– ha estimulado y perpetuado una visión mecanicista del mundo que nos rodea.

Podemos hacernos una idea de la continuada influencia de su pensamiento cuando nos vemos confrontados con culturas más antiguas que han opuesto resistencia al discurso extremadamente racionalista de Occidente –en parte, es preciso señalar, porque se les ha tratado de imponer de maneras hostiles y opresivas que solo han servido para distanciarles del canon occidental.

Cuando escuchamos a un nativo norteamericano o a un aborigen australiano hablar del significado sagrado de un río o de una roca (o sobre sus ancestros) somos inmediatamente conscientes de lo lejano que suena su pensamiento para nuestros oídos “modernos”. En ese momento probablemente reaccionaremos de una de dos maneras: bien sonriendo por dentro ante su ignorancia pueril, o bien engullendo una sabiduría que parece llenar un vacío profundo en nuestras vidas.

Ciencia y poder

El legado de Descartes –un dualismo que asume la separación entre cuerpo y alma, mente y materia– ha resultado ser un legado envenenado para las sociedades occidentales. Una cosmovisión empobrecida y mecanicista que trata al planeta y a nuestro cuerpo como si fueran básicamente objetos materiales: el primero, un juguete para colmar nuestra codicia; el segundo, una coraza para nuestras inseguridades.

El científico británico James Lovelock, que contribuyó a modelar las condiciones en Marte para que la NASA pudiera tener una idea de cómo construir las primeras sondas que habrían de aterrizar allí, sigue siendo objeto de burla por su hipótesis Gaia, que desarrolló en la década de los 70. Lovelock comprendió que no era buena idea considerar nuestro planeta como una enorme masa de roca con formas vivas habitando su superficie, aunque distintas de ella. Él pensaba que la Tierra era una entidad viva completa, de enorme complejidad y que mantenía un delicado equilibrio. Durante miles de millones de años la vida fue haciéndose más sofisticada, pero cada una de las especies que la habitan, desde la más primitiva a la más avanzada, era vital para el conjunto y mantenía una armonía que sustentaba la diversidad.

Pocas personas le hicieron caso y se impuso nuestro complejo de dioses. Ahora, cuando las abejas y otros insectos están desapareciendo, todo aquello de lo que él advirtió hace décadas parece mucho más urgente. Con nuestra arrogancia estamos destruyendo las condiciones para la vida avanzada. Si no paramos pronto, el planeta se deshará de nosotros y retornará a una etapa anterior de su evolución. Empezará de nuevo, sin nosotros, mientras la flora y los microbios vuelven a recrear gradualmente –a lo largo de eones– las condiciones favorables para formas de vida superiores.

Pero la relación mecánica y abusiva que tenemos con nuestro planeta reproduce la que tenemos con nuestros cuerpos y nuestra salud. El dualismo nos ha animado a pensar que el cuerpo es un vehículo carnoso que, al igual que los de metal, necesita intervenciones regulares desde el exterior, un servicio de mantenimiento, un repintado o una renovación. La pandemia solo ha servido para subrayar estas tendencias malsanas.

Por una parte la institución médica, como todas las instituciones, está corrompida por el deseo de poder y enriquecimiento. La ciencia no es una disciplina inmaculada, libre de las presiones del mundo real. Los científicos necesitan financiar sus investigaciones, pagar sus hipotecas y anhelan mejorar su estatus y sus carreras, como todos los demás.

Kamran Abbasi, director ejecutivo de la [revista de la asociación médica británica] British Medical Journal, escribió un editorial el pasado noviembre advirtiendo de la corrupción del Estado británico, desencadenada a gran escala por la pandemia del covid-19. Pero los políticos no eran los únicos responsables. Los científicos y expertos de salud también estaban implicados: “La pandemia ha puesto de manifiesto cómo se puede manipular al complejo médico-político durante una emergencia”.

Añadía: “La respuesta ante la pandemia en Reino Unido se ha basado en exceso en las opiniones de científicos y otras personas nombradas por el gobierno que pueden actuar movidos por intereses preocupantes, como puede ser su participación accionarial en empresas que fabrican test diagnósticos, tratamientos y vacunas para el covid-19”.

Doctores y clérigos

Pero en cierto modo Abbasi es demasiado generoso. Los científicos no solo han corrompido la ciencia al priorizar sus intereses personales, políticos y comerciales. La propia ciencia está moldeada e influida por las suposiciones de los científicos y de las sociedades a las que pertenecen. A lo largo de los siglos el dualismo cartesiano ha proporcionado la lente a través de la cual los científicos han desarrollado y justificado muchas veces los tratamientos y procedimientos médicos. La medicina también tiene sus modas, aunque están sean, por lo general, más duraderas –y más peligrosas– que las de la industria textil.

En realidad, había razones egoístas que explican por qué la comunidad científica recibió con los brazos abiertos el dualismo cartesiano hace cuatro siglos. Su división entre mente y materia creaba un espacio para la ciencia fuera de la interferencia del clero. Ahora los médicos podían reclamar una autoridad sobre nuestros cuerpos diferente de la que afirmaba tener la Iglesia sobre nuestras almas.

Pero ha sido difícil quitarse de encima la visión mecanicista de la salud, aunque los avances científicos  –y su conocimiento de tradiciones médicas no occidentales– deberían haberla hecho cada vez menos creíble. El dualismo cartesiano sigue reinando en nuestros días, en la supuestamente estricta separación entre salud física y salud mental. Tratar a la mente y al cuerpo como inseparables, como las dos caras de la misma moneda, supone arriesgarse a ser acusado de charlatanismo.  La medicina “holística” todavía lucha para ser tomada en serio.

Enfrentados a una pandemia que suscita miedo, la institución médica ha recuperado la costumbre con más fuerza. Ha mirado al virus a través de una única lente y lo ha visto como un invasor que pretende superar nuestras defensas, y a nosotros como pacientes vulnerables que necesitan desesperadamente un batallón extra de soldados que puedan ayudarnos a combatirlo. Dentro de este marco dominante, han sido las grandes farmacéuticas (las corporaciones médicas con mayor potencia de fuego) las encargadas de venir a rescatarnos.

Es evidente que las vacunas son parte de una solución de emergencia y que ayudarán a salvar las vidas de los más vulnerables. Pero la dependencia de las vacunas, y la exclusión de todo lo demás, es un signo de que hemos vuelto a considerar nuestros cuerpos como máquinas. La institución médica nos ha explicado que podemos aguantar esta guerra con el blindaje que nos proporcionan Pfizer, AstraZeneca y Moderna. Todos podemos ser Robocop en la batalla contra el covid-19.

Pero la salud no tiene por qué considerarse como una batalla tecnológica cara y consumidora de recursos contra los virus-guerreros. ¿Por qué no le damos importancia a la mejora de una alimentación cada vez con menos nutrientes y más procesada, cargada de pesticidas, llena de químicos y de azúcar, como la que la mayor parte de nosotros consumimos? ¿Cómo encaramos la plaga de estrés y ansiedad que todos soportamos en un mundo competitivo y conectado digitalmente, en el que no hay lugar para el descanso, y despojado de todo significado espiritual? ¿Qué hacemos con los estilos de vida mimados que elegimos, en los que el esfuerzo es un complemento opcional al que denominamos ejercicio en lugar de estar integrado en la jornada de trabajo, y en donde la exposición a la luz solar, fuera de las vacaciones en la playa, es casi imposible de encajar en nuestros horarios de oficina?

Miedo y soluciones temporales

Durante gran parte de la historia humana nuestra principal preocupación fue la lucha por la supervivencia, contra los animales y otros seres humanos, contra los elementos y contra los desastres naturales. Los desarrollos tecnológicos han sido de gran ayuda para facilitarnos la vida y hacerla más segura, ya fueran las hachas de sílex y los animales domésticos, las ruedas y los motores de combustión, las medicinas o las comunicaciones de masas. Ahora nuestro cerebro parece programado para echar mano de la innovación tecnológica a la hora de abordar incluso las menores inconveniencias, de calmar nuestros miedos más salvajes.

Por tanto, como es natural, hemos puesto nuestra esperanza, y sacrificado nuestra economía, en encontrar una solución tecnológica para la pandemia. Pero ¿acaso esta fijación exclusiva en la tecnología para solucionar la actual crisis sanitaria no tiene un paralelismo con otros remedios tecnológicos temporales que seguimos buscando para solucionar las múltiples crisis ecológicas que hemos creado?

¿Calentamiento global? Podemos crear una pintura aún más blanca que refleje la luz solar. ¿El plástico inunda cada rincón de los océanos? Podemos construir aspiradoras gigantes que lo absorban por completo. ¿Las poblaciones de abejas desaparecen? Podemos inventar drones polinizadores que las sustituyan. ¿El planeta agoniza? Jeff Bezos y Elon Musk transportarán a millones de personas a colonias espaciales.

Si no estuviéramos tan obsesionados con la tecnología, si no fuéramos tan codiciosos, si no nos aterrorizaran tanto la inseguridad y la muerte, si no viéramos a nuestro cuerpo y a nuestra alma como entidades separadas y a los humanos como algo aparte de todo lo demás, podríamos pararnos a reflexionar si nuestro enfoque no está ligeramente equivocado.

La ciencia y la tecnología pueden ser cosas maravillosas. Pueden permitirnos mejorar el conocimiento de nosotros mismos y del mundo que habitamos. Pero necesitan ser dirigidas con un sentido de humildad que cada vez parecemos más incapaces de tener. No somos conquistadores de nuestro cuerpo, o del planeta, o del universo; y si imaginamos serlo, pronto averiguaremos que no podemos ganar la batalla que estamos librando.

Por Jonathan Cook | 29/04/2021

Jonathan Cook es un escritor y periodista free-lance británico residente en Nazaret. Fue merecedor del premio Martha Gellhorn de periodismo por su trabajo en Oriente Próximo. Se le puede seguir en su web: http://www.jonathan-cook.net

Fuente: https://www.counterpunch.org/2021/04/22/in-our-hurry-to-conquer-nature-and-death-we-have-made-a-new-religion-of-science/

Casi 30 mil desplazados en Colombia en el primer trimestre: Defensoría

Bogotá. Unas 27 mil 435 personas fueron desplazadas en Colombia durante el primer trimestre de 2021, lo que significó un aumento de 177 por ciento respecto del mismo periodo de 2020, empujadas por un rebrote de violencia en el país, informó ayer la Defensoría del Pueblo.

Entre el 1º de enero y el 31 de marzo de 2021 hubo 65 "desplazamientos masivos", casi el doble de los 35 reportados en los primeros tres meses del año anterior, añadió la Defensoría.

Las principales causas que explican la huida de miles de personas en el país son amenazas, homicidios, reclutamiento forzado, colocación de artefactos explosivos, enfrentamientos entre grupos armados y combates entre el ejército y grupos ilegales.

Desgarrado por casi seis décadas de lucha interna, Colombia creía haber pasado su peor página de la guerra con el desarme de los paramilitares en 2006, y el de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) en 2017, tras la firma de un histórico acuerdo de paz en 2016.

Pero un nuevo ciclo violento afecta el país con una explosión de grupos que se adelantaron al Estado en la reconquista de zonas dejadas por los antiguos rebeldes.

La Organización de Naciones Unidas rechazó ayer la violencia ejercida contra comunidades, defensores de derechos humanos, líderes sociales y comunitarios, así como ex combatientes de las antiguas FARC-EP, situación que se ha agravado en las últimas semanas.

De acuerdo con el organismo mundial, siete ex guerrilleros fueron asesinados en una semana.

El partido de izquierda Comunes, que sustituyó a las desarticuladas FARC tras el acuerdo de paz, asegura que en total han matado a 271 firmantes del pacto suscrito en 2016.

Según el observatorio Indepaz, en lo que va de 2021 Colombia registra 31 matanzas (o asesinatos de mínimo tres personas en la misma acción) con 116 víctimas. El año pasado el mismo organismo dio cuenta de 91 matanzas.

Sólo el domingo pasado cinco personas fueron asesinadas a tiros en una hacienda cafetera del departamento de Antioquia.

Aunque el pacto de paz alivió la violencia política, Colombia vive un conflicto que en casi seis décadas ha enfrentado a guerrillas, paramilitares, agentes estatales y narcos, dejando más de 9 millones de víctimas, en su mayoría desplazados.

Publicado enColombia
Radiografía de un planeta (aún más) en crisis

El informe sobre el estado del clima en 2020 de la OMM insiste en que los indicadores empeoraron y los impactos del cambio climático se agravaron en un año al que se le suma la pandemia.

Fenómenos meteorológicos extremos, más calentamiento global y una pandemia. Resultado: millones de personas y ecosistemas afectados. Así resume 2020 la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en su habitual informe sobre el estado del clima que elabora junto a agencias de todo el mundo. Y no, ni de lejos la desaceleración de la economía relacionada con la pandemia logró frenar los motores de la crisis climática ni la aceleración de sus impactos, tal y como recuerda el documento.

El 2020 fue uno de los tres años más calurosos de los que se tiene constancia, a pesar del fenómeno de enfriamiento de La Niña. La temperatura media global fue de aproximadamente 1,2 °C superior a los niveles preindustriales (1850‑1900). Y no, no es un hecho puntual: los seis años transcurridos desde 2015 son los más tórridos de los que se tienen datos. La década de 2011 a 2020 ha sido la más cálida jamás registrada.

En el informe, que lleva elaborándose casi tres décadas, se reflejan algunos indicadores del sistema climático, entre los que se incluyen las concentraciones de gases de efecto invernadero, el incremento de las temperaturas terrestres y oceánicas, el aumento del nivel del mar, el derretimiento del hielo, el retroceso de los glaciares y los fenómenos meteorológicos extremos. Asimismo, se ponen de relieve las repercusiones en el desarrollo socioeconómico, las migraciones y los desplazamientos, la seguridad alimentaria y los ecosistemas terrestres y marinos.

Gases de efecto invernadero

Las concentraciones de los principales gases de efecto invernadero responsables del calentamiento global de la atmósfera siguieron aumentando en 2019 y 2020. Los niveles de dióxido de carbono (CO2), principal GEI, ya han superado las 410 partes por millón (ppm), un 148% más que en niveles preindustriales. Lejos de frenarse, se espera que se alcance o supere las 414 ppm en 2021 si se mantiene la tendencia de los años anteriores. Ni siquiera la pandemia y todo lo que conllevó pudo reducir de manera tangible las concentraciones atmosféricas. Es más: el pasado 3 de abril se registraron 421,21 partes por millón (ppm), lo que supone un nuevo récord diario.

Océanos

Los océanos son claves para la mitigación del cambio climático. Actualmente, absorben hasta un 23 % de las emisiones anuales de CO2 de origen antropogénico. Sin embargo, el dióxido de carbono reacciona con el agua de mar y disminuye su pH, lo que da lugar a la acidificación de los océanos. Esto, a su vez, reduce la capacidad de los océanos para absorber CO2 de la atmósfera, produciéndose un ciclo de retroalimentación.

Los océanos son fundamentales porque absorben más del 90 % del exceso de calor generado por las actividades humanas. En 2019, los océanos alcanzaron los niveles de temperatura más altos jamás registrados, y es probable que esta tendencia se haya mantenido en 2020, acorde a la OMM. Es más: en más del 80 % del océano se produjo, al menos, una ola de calor marina en 2020. El porcentaje del océano en el que se registraron olas de calor marinas “fuertes” (45%) fue superior al correspondiente a las olas de calor marinas “moderadas” (28%).

El estudio también recuerda que el nivel del mar no ha dejado de subir a escala mundial desde 1993; este se ha visto incrementado recientemente debido, en parte, al mayor derretimiento de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida.

Criosfera

Tampoco son buenas las señales que llegan desde el Ártico. Las temperaturas del aire en superficie se han elevado desde mediados de los ochenta, al menos, dos veces más rápido que la media global. Un problema que no solo afecta a los ecosistemas de este lugar, sino al clima de todo el planeta debido a diversos circuitos de retroalimentación como, por ejemplo, las emisiones de metano a la atmósfera causadas por el deshielo del permafrost. Lo que pasa en el Ártico no se queda en el Ártico.

En 2020, el Ártico alcanzó segunda extensión mínima de hielo marino, con 3,74 millones de kilómetros cuadrados el 15 de septiembre. Esta cifra solo es superada por la registrada en septiembre de 2012, cuando se bajó hasta los 3,41 millones de kilómetros cuadrados. 

Las temperaturas máximas récords que se registraron al norte del círculo polar ártico en Siberia, con hasta 38 ºC en la localidad de Verkhoyansk, provocaron una aceleración del derretimiento del hielo marino en el mar de Siberia oriental y el mar de Laptev, en los que se produjo una ola de calor marina prolongada. El retroceso del hielo marino durante el verano boreal de 2020 en el mar de Laptev fue el más temprano observado en la era satelital, según apuntan desde la OMM.

Tampoco se libra de los efectos del calentamiento global Groenlandia, que continúa perdiendo masa a un ritmo sin precedentes. Entre septiembre de 2019 y agosto de 2020, se perdieron aproximadamente 152 Gt de hielo de su capa.

Similar es la situación en la Antártida. Si bien la extensión de hielo marino se mantuvo cerca de la media a largo plazo, la fuerte pérdida de masa desde finales de los noventa es clara. Esta tendencia se ha visto acelerada desde 2005 y, en la actualidad, la Antártida pierde aproximadamente entre 175 Gt y 225 Gt de hielo por año debido a los crecientes caudales de los principales glaciares de la Antártida occidental y la península antártica. Una cifra preocupante si se tiene en cuenta que corresponde a alrededor del doble del caudal anual del río Rin en Europa.

Incendios y calor

A más calor, más incendios forestales. El cambio climático hace que sean cada vez más potentes y habituales, pues se dan las condiciones idóneas para ello. En 2020, Estados Unidos sufrió los incendios más grandes jamás registrados a finales del verano y en otoño. La sequía contribuyó a los incendios, a lo que se sumó que el período de julio a septiembre fue el más caluroso y seco observado en el suroeste. En el Valle de la Muerte, en California, se alcanzó los 54,4 °C el 16 de agosto, la temperatura más alta de la que se tiene conocimiento en el mundo en, al menos, los últimos 80 años.

Australia, Cuba, Puerto Rico, Japón… Han sido muchas las zonas y países que registraron en 2020 temperaturas inusuales. En el caso de Europa, durante el verano se vio afectada por una serie de sequías y olas de calor, aunque, en general, no fueron tan intensas como las de 2018 y 2019. Aun así, 2020 ha sido el año más tórrido en el continente desde que comenzaron los registros de satélites en 1983, según el informe sobre el Estado del Clima Europeo de 2020, del Servicio de Cambio Climático Copernicus (C3S).

Sequías y lluvias torrenciales

Dos conceptos que se contraponen pero que tienen un denominador común: el cambio climático. Ambos fenómenos son cada vez más intensos y prolongados en el tiempo por culpa del calentamiento global de la atmósfera.

El año pasado, se registraron lluvias intensas e importantes inundaciones en grandes zonas de África y Asia, recuerda el informe sobre el estado del clima. Las peores lluvias e inundaciones afectaron a la mayor parte del Sahel y del Gran Cuerno de África, y provocaron una invasión de langostas del desierto. En cuanto a las sequías, numerosos puntos de América del Sur se vieron afectadas, como es el caso del norte de Argentina, Paraguay y las zonas fronterizas occidentales de Brasil. Solo en éste último, se estima que las pérdidas agrícolas ascendieron a casi 3.000 millones de dólares.

Ciclones tropicales y COVID-19

Otro motivo más para definir 2020 como histórico es la temporada de huracanes del Atlántico Norte. En total, se produjeron 30 tormentas con nombre, la cifra más alta hasta la fecha. Solo en Estados Unidos se registró un récord de 12 llegadas a tierra. Por ejemplo, el huracán Laura, que alcanzó una intensidad de categoría 4; tocó tierra el 27 de agosto en el oeste de Luisiana y provocó importantes daños y pérdidas económicas por valor de 19.000 millones de dólares.

También provocó muchos daños el ciclón tropical Harold, una de las tormentas más fuertes jamás registradas en el Pacífico Sur, y que azotó Fiji, las Islas Salomón, Tonga y Vanuatu. Provocó cerca de 100.000 desplazamientos, gravemente condicionados por la pandemia. Las cuarentenas y los confinamientos obstaculizaron las operaciones de respuesta y recuperación, lo cual demoró el suministro de equipos y asistencia.

Tampoco hay que olvidar al ciclón Amphan, que tocó tierra el 20 de mayo cerca de la frontera entre India y Bangladesh. Este ciclón tropical ha sido el que más costes ocasionó en el océano Índico septentrional desde que se iniciaron los registros. En India, las pérdidas económicas se estimaron en aproximadamente 14.000 millones de dólares.

El ciclón tropical más intenso de la temporada fue el tifón Goni, que atravesó el norte de Filipinas el 1 de noviembre con una velocidad media del viento de al menos 220 km/h. Meses antes, el país sufrió ya el paso del ciclón tropical Vongfong (Ambo). Si bien se evacuó preventivamente a más de 180.000 personas, las medidas de distanciamiento social obligaron a transportar a los residentes en números reducidos y la capacidad de los centros de evacuación se redujo a la mitad.

En el norte de América Central, alrededor de 5,3 millones de personas necesitaron asistencia humanitaria, a lo que se suman 560.000 desplazamientos internos antes del comienzo de la pandemia. En este sentido, la respuesta a los huracanes Eta e Iota se llevaron a cabo en un contexto de complejas vulnerabilidades interrelacionadas, tal y como recuerda el informe.

Desplazamientos

Según el Observatorio de Desplazamiento Interno, se estima que durante el último decenio (2010‑2019) los fenómenos meteorológicos provocaron en torno a 23,1 millones de desplazamientos de personas por año, la mayoría de los cuales se produjeron dentro de las fronteras nacionales. Durante el primer semestre de 2020, se registraron alrededor de 9,8 millones de desplazamientos provocados principalmente por peligros y desastres hidrometeorológicos. La mayoría se concentraron en el sur y sureste de Asia y en el Cuerno de África.

Para la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y ACNUR, «numerosas situaciones de desplazamiento provocadas por fenómenos hidrometeorológicos han pasado a ser desplazamientos prolongados para algunas personas que no pueden volver a sus hogares o que no disponen de opciones para integrarse a escala local o asentarse en otros lugares. Estas personas también pueden verse afectadas por desplazamientos reiterados y frecuentes, que dejan poco tiempo para recuperarse entre una conmoción y la siguiente«, apunta el informe de la OMM.

Inseguridad alimentaria

El clima cambiante y los fenómenos meteorológicos extremos, juntos con los conflictos y la crisis económica, han hecho que la inseguridad alimentaria no deje de aumentar desde hace más de una década. En 2019, casi 690 millones de personas, es decir, el 9 % de la población mundial, estaban subalimentadas y unos 750 millones (casi el 10 %) sufrieron altos niveles de inseguridad alimentaria. Entre 2008 y 2018, las consecuencias de los desastres generaron un costo para los sectores agrícolas de los países en desarrollo superior a 108.000 millones de dólares en concepto de daños o pérdidas de la producción agropecuaria.

También ha jugado un factor importante en el último año, una vez más, la pandemia de la COVID‑19. En 2020, «afectó de forma directa a la oferta y la demanda de alimentos, lo que ocasionó perturbaciones en las cadenas de suministro locales, nacionales y mundiales, y puso en riesgo el acceso a los insumos, recursos y servicios agrícolas necesarios para respaldar la productividad agrícola y velar por la seguridad alimentaria», detalla la OMM.

¿Tres décadas perdidas?

Han pasado 28 años desde que se publicó el primer informe sobre el estado del clima. Tres décadas donde organismos internacionales de todo el mundo han recopilado las causas y consecuencias de un clima cada vez más cambiante fruto de las actividades humanas sin que se haya actuado decididamente. Y, a menos de que se cambie el rumbo, todo seguirá yendo a peor para los ecosistemas y los seres que lo habitan.

“La tendencia negativa en lo que respecta al clima continuará durante las próximas décadas, independientemente de los resultados favorables que obtengamos de las medidas de mitigación. Por lo tanto, es importante invertir en la adaptación», sostiene el profesor Petteri Taalas, secretario general de la OMM. En este sentido, apuesta por «invertir en los servicios de alerta temprana y las redes de observación meteorológica. Varios países menos desarrollados presentan grandes deficiencias en sus sistemas de observación y carecen de servicios meteorológicos, climáticos e hidrológicos modernos».

Por Eduardo Robaina | 27/04/2021

Publicado enMedio Ambiente
El covid-19 va a persistir incluso después de la vacunación

Más nos vale prepararnos

Cuando empezó la campaña de vacunación a finales de 2020 se esperaba poder retomar una vida normal en un plazo razonable. Pero no se contaba con nuevas variantes preocupantes. Hoy el éxito de una campaña de vacunación ya no es garantía de haber vencido el virus. Es probable que todavía tengamos que aprender a vivir con el covid durante un tiempo.

La inmunidad colectiva

Las perspectivas favorables que teníamos a finales del año pasado se basaban en la esperanza de poder crear con bastante rapidez una inmunidad de grupo gracias a las vacunas, ya fuera por vacunación, ya fuera por una exposición en el pasado al virus (1). La inmunidad colectiva hace desaparecer el virus. En un principio se pensaba que bastaría con inmunizar a entre un 60 % y un 70 % de la población para lograrlo, pero con las nuevas variantes y en base a nuevos conocimientos, este porcentaje tendrá que ser mucho más alto e incluso se considera la posibilidad de que no alcancemos nunca la inmunidad colectiva.

En primer lugar, la inmunidad inducida por la infección disminuye con el tiempo. También es el caso de los demás coronavirus. Varios estudios demuestran que la inmunidad actual inducida por la infección se mantiene al menos seis meses y en las personas que han tenido síntomas graves la duración es de al menos ocho meses, tras lo cual la inmunidad puede disminuir y desaparecer. Por otra parte, los resultados obtenidos en Sudáfrica y Brasil han demostrado que una infección previa ofrece una inmunidad débil contra las nuevas variantes. Esto significa que queda la vacunación como medio de obtener una inmunidad de grupo duradera. Pero para ello tenemos que salvar al menos cinco obstáculos.

Los límites de la vacunación

Primero, algunas variantes se comportan casi como nuevos virus, contra los que las vacunas solo ofrecen una protección parcial. La mala gestión de los gobiernos, sobre todo en Occidente, ha hecho que hasta la fecha se hayan infectado 143 millones de personas. Esta propagación incontrolada favorece la posible aparición de nuevas mutaciones contra las que las vacunas actuales no protegen.

Segundo, se supone que la protección que ofrecen las vacunas no es permanente. Todavía sabemos poco al respecto, pero las personas expertas suponen que las vacunas proporcionan una inmunidad protectora durante un periodo de entre seis meses y dos años, por ello ya se ha dicho que habrá que volver a vacunarse al cabo de seis meses para garantizar una protección duradera. En Israel, el pasaporte de vacuna también es válido seis meses.

Tercero, no se sabe si las propias vacunas impiden el contagio ni en qué medida. Se supone que impiden el contagio en gran medida, pero todavía no se ha establecido categóricamente. No es un detalle nimio. “La inmunidad de grupo solo es pertinente si disponemos de una vacuna que bloquee el contagio. Si no es el caso, la única manera de conseguir la inmunidad colectiva es vacunar a todo el mundo”, declaró la profesora Bansal de la universidad de Georgetown en Washington DC.

Cuarto, se está vacunando a muy pocas personas. Con las variantes actuales debería estar vacunada al menos un 80 % de la población para tener la inmunidad de grupo. Actualmente solo algunos países llegan a ese 80 %. Hay que descontar, además, a todas las personas menores de 18 años porque probablemente no se podrán vacunar antes de 2022, como pronto. Representan al menos una quinta parte de la población.

Por último, el ritmo de vacunación es lento y caótico. Teniendo en cuenta la urgencia, podríamos y deberíamos haber puesto a las empresas a trabajar, como en una economía de guerra, pero, en vez de ello, se ha confiado la producción a algunos gigantes farmacéuticos y, a consecuencia de ello, las campañas de vacunación han sido mucho más lentas.

El nacionalismo de las vacunas

Al ritmo actual de vacunación, las vacunas se agotarán antes de poderlas administrar al conjunto de la población. En los países ricos quizá nos podamos vacunar varias veces al año contra la última variante, pero podemos preguntarnos si será suficientemente rápido o completo para lograr la inmunidad colectiva.

La situación es mucho peor en los países pobres, porque la distribución de la limitada oferta de vacunas es muy desigual. Los países ricos, que representan el 20 % de la población mundial, han comprado el 55 % de todas las vacunas. Es probable que muchas personas en los países pobres tengan que esperar a 2023 o 2024 para ser vacunadas.

Este nacionalismo de las vacunas tiene una visión solo a corto plazo. Incluso en el caso de un país que tenga una tasa de vacunación alta, persiste la posibilidad de nuevas epidemias si los países vecinos no han hecho lo mismo y si las poblaciones se pueden mezclar. El riesgo de enfermar de una nueva variante en un país con una baja tasa de vacunación es entre cuatro y seis veces más alto que en un país que ha sido vacunado. “Nadie está verdaderamente protegido del covid-19 mientras no lo esté todo el mundo”, afirmaron las personas expertas de la Comisión Lancet sobre el covid-19.

“Supresión máxima”

Cada día hay más de 750.000 nuevos contagios en el mundo. Con una tasa de contagio tan elevada, es inevitable que se propaguen nuevas variantes preocupantes contra las que las vacunas o infecciones previas no proporcionarán inmunidad. Cuanto más se prolongue esta situación más posibilidades hay de que se multipliquen esas variantes. Según las personas expertas de la Comisión Lancet, estamos en una carrera contra reloj para que la tasa de transmisión en todo el mundo sea lo suficientemente baja para impedir la aparición y propagación de nuevas variantes.

El orgullo respeto a las vacunas está fuera de lugar. Según las personas expertas, una campaña de vacunación con éxito ya no garantiza por sí sola la victoria sobre el virus. Chile es un buen ejemplo de ello: actualmente el 60 % de la población ya ha recibido la primera dosis de la vacuna, pero la cantidad de personas infectadas sigue subiendo. En una población de 19 millones de personas cada día se producen casi 7.000 nuevos contagios y cien muertes por covid.

Por lo tanto, las personas expertas de la Comisión Lancet abogan por una “supresión máxima” del covid-19. Es de vital importancia reducir la cantidad de contagios de forma significativa, no a largo plazo, sino lo antes posible. Se trata no solo de vacunar, sino también de tomar medidas bien conocidas como la limitación de contactos, el mantenimiento de estrictas medidas de seguridad (mascarillas, limpieza de manos, distancia de seguridad, buena ventilación, etc.), la detección rápida, y el rastreo preciso y rápido de todos los contactos.

Países como Taiwan, China, Australia, Vietnam y Nueva Zelanda demuestran que el virus se puede erradicar en la práctica. Las regiones en las que el virus hace estragos siguen sirviendo de caldo de cultivo para las variantes resistentes y así nunca lograremos detener la pandemia.

Las personas expertas creen que todavía hay que hacer varias cosas además reducir mucho la cantidad de contagios. Antes de nada debemos distribuir las vacunas de forma equitativa en todo el mundo y acelerar los programas de vacunación en todos los países, pero esto no se podrá hacer sin suprimir las patentes y planificar la producción. En segundo lugar, necesitamos programas de vigilancia capaces de detectar nuevas variantes sobre la base de técnicas de secuenciación del ADN. En tercer lugar, hay que hacer investigaciones internacionales sobre la eficacia de las vacunas para las variantes existentes y las nuevas que son motivo de preocupación. Todavía queda mucho trabajo por hacer en estos tres ámbitos.

Oleadas invernales

Las enfermedades infecciosas tiene la característica común de volverse más infecciosas pero menos potentes con el tiempo. A fin de cuentas, si el huésped no muere, supone una ventaja en la selección natural del virus. Al parecer ese no es el caso con el actual virus. Las variantes conocidas son más contagiosas, pero no menos peligrosas, todo lo contrario.

Si continúa esta tendencia, teniendo en cuenta que no podemos obtener una inmunidad de grupo en la situación actual, probablemente tendremos que hacer frente a un ciclo permanente de picos y regresiones. Es probable que, como en el caso de la gripe, el factor estacional también desempeñe un papel en este caso. Es de esperar que se produzcan nuevas epidemias, sobre todo en invierno. Según el célebre virólogo Peter Piot, el próximo invierno el factor de reproducción (2) podría ser aún mayor que el del invierno pasado si no hay mascarillas ni distancia de seguridad y ello a pesar de la protección que proporciona la vacunación. Por eso Peter Piot defiende que las mascarillas sean obligatorias durante los meses en que se produzca un pico, fomentar el teletrabajo y la educación on line (en el caso de grandes grupos) y animar a las personas de riesgo (por ejemplo, las mayores de 65 años o con algún problema de salud) a evitar los eventos grandes o los entornos públicos como bares, restaurantes, etc. También propone aumentar la capacidad de las unidades de cuidados intensivos durante los meses de invierno.

La nueva normalidad

Erradicar un virus no es fácil. La viruela es una de las raras pandemias que se venció completamente en el pasado. Es probable que, como ocurre con la gripe, el covid-10 nunca se erradique completamente

La buena noticia es que se han encontrado muy rápido vacunas muy eficaces. Como ha demostrado Israel, suponen una disminución de las infecciones y una reducción significativa de las hospitalizaciones o de las muertes (3), lo que significa que en el futuro probablemente se podrán evitar los confinamientos. Pero, como hemos visto antes, solo las vacunas no será suficiente.

En resumen, la cuestión no es saber en cuánto tiempo volveremos a la normalidad, sino qué tipo de normalidad será. Al menos por ahora, la nueva normalidad será una normalidad sin inmunidad colectiva y, por lo tanto, con las precauciones y medidas de protección necesarias. A largo plazo el covid-19 podría entonces evolucionar hasta convertirse en una enfermedad endémica (4) como la gripe.

Tanto nosotros como nuestra sociedad tenemos que prepararnos para afrontarlo lo mejor posible. Al principio de la crisis del covid-19 fracasamos cruelmente, sería imperdonable volver a hacerlo también una vez que la crisis ha avanzado.

Por Marc Vandepitte | 26/04/2021

 Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Fuente original: De Wereld Morgen. Traducido del neerlandés al francés por Anne Meert para Investig’Action.

Notas:

(1) En Bélgica, por ejemplo, el 16 % de la población tiene anticuerpos.

(2) El factor de reproducción es la cantidad de personas a las que una persona portadora contagia de media.

(3) Actualmente hay cada día 150 nuevos contagios y 6 muertes por covid, en una población de 9 millones.

(4) En caso de enfermedad endémica las apariciones de focos son relativamente constantes y suelen ser locales.

Publicado enSociedad
"Probablemente morirá un montón de gente", dice Musk sobre el futuro turismo a Marte, pero insiste en que "es una aventura gloriosa"

Al mismo tiempo, enfatizó que la expedición al planeta rojo no es una "vía de escape para los ricos".

 

Elon Musk, el consejero delegado de SpaceX, señaló en una entrevista este jueves con el fundador y presidente de XPrize, Peter Diamandis, que en las primeras etapas de la exploración de Marte podría morir "un montón de gente", pero insistió en que "es una aventura gloriosa". 

Musk enfatizó que la expedición a Marte no es una "vía de escape para los ricos". Según el empresario, hay que entender que "es un viaje arduo y peligroso en el que es posible que uno pierda la vida, pero es una aventura gloriosa, suena atractivo, [...] francamente dicho, un montón de gente probablemente morirá al principio".

Refiriéndose al comentario de Diamandis de que el viaje "cuenta con miles, si no millones de voluntarios", Musk hizo hincapié en que su empresa no obliga a nadie a participar en el proyecto. "Son solo voluntarios", subrayó el multimillonario. 

A parte de los comentarios sobre la exploración del espacio cósmico, durante la entrevista Musk lanzó un concurso por 100 millones de dólares para impulsar la captura del carbono en la atmósfera. Según XPrize, fundación organizadora, la iniciativa prevé "el premio de incentivo más grande de la historia".

Publicado: 24 abr 2021 19:19 GMT

La crisis climática es una lucha de clases

Entrevista a Matthew Huber

¿Salvar el clima con menos crecimiento? El geógrafo Matt T. Huber cree que esta forma de combatir la crisis ambiental está equivocada. Los debates en torno al consumo consciente no llevan a ningún lado: solo la democratización de la economía puede salvarnos del colapso ecológico.

Nuevas crisis, nuevos problemas, nuevos actores, nuevas relaciones de poder: la cuestión climática muta constantemente, y lo cambia todo. Necesitamos, entonces, innovar en los conceptos que se toman para entenderla. Al menos ese es el consenso. Pero Matt T. Huber argumenta que eso no es cierto. Para realmente hacer frente a la crisis climática, debemos poner la mira en la reactivación de una vieja reivindicación marxista: la democratización radical de la producción.

Matthew Huber es geógrafo e investiga en la Universidad de Syracuse (Nueva York) sobre las conexiones entre el clima, la energía y el capitalismo. Actualmente está escribiendo un libro que entiende la crisis climática como un conflicto de clases (cuyo título provisional es Climate Change as Class War: Building Socialism on a Warming Planet) que será editado por Verso Books.

Alexander Brentler y Astrid Zimmermann, de Jacobin Alemania, hablaron con él sobre las razones por las que la lucha de clases y la lucha climática deben ir juntas, por qué los llamamientos al decrecimiento son engañosos y cómo podríamos pensar una alternativa socialista.

AZ / AB

Existe una narrativa muy persistente en el discurso sobre el medioambiente, según la cual la crisis climática es una responsabilidad compartida. La posición que tú planteas es que se trata, de hecho, de un conflicto de clases y que, por tanto, debemos tratarlo como tal. De ahí, afirmas que tenemos que situar la política medioambiental en el punto de la producción. Tal vez podría explicar un poco más lo que quieres decir exactamente con esto y hablar de las implicaciones para la estrategia política.

MH

Actualmente estoy terminando la redacción de un libro sobre la clase y la política climática. En un principio, solo quería volver a los fundamentos de una política de clase marxista y, a medida que he ido profundizando, me he dado cuenta de que este enfoque en las relaciones de producción es, en cierto modo, intrínsecamente ecológico. Es así porque la forma en que producimos nuestra existencia como sociedad es una cuestión ecológica. Cuando empiezas a pensar en el problema ambiental de esa manera, lo primero que te das cuenta es que la clase capitalista es la clase que posee y controla los medios de producción. Por lo tanto, también empiezas a pensar en su responsabilidad en la crisis climática. Está muy arraigado en el discurso ambiental dominante la idea de contabilizar las emisiones y el carbono en términos de consumo. Se trata de que, por ejemplo, si tomas un vuelo, esas emisiones son tuyas y eres responsable de ellas.

Pero en ese análisis están ausentes las personas que controlan esas industrias y se benefician de ellas. Así que incluso los análisis más progresistas, como aquel de Oxfam, llaman a este fenómeno «desigualdad de carbono». Aun si nos centráramos en los más ricos y en su huella de carbono, y demostráramos que el 10% más rico del planeta es responsable de más del 50% de las emisiones, seguiríamos examinando apenas los hábitos de consumo de los ricos y su estilo de vida (que, por supuesto, suelen ser atroces y repugnantes).

Lo que no nos preguntamos es: a) ¿Quién mantiene el consumo de los ricos? Si los ricos vuelan, hay una industria aérea que se beneficia de ello. Pero también, b) ¿Qué hacen esos ricos para generar el dinero que les permite consumir como lo hacen? Quizá trabajen en un banco. ¿Qué hace ese banco? ¿Cuál es el impacto del banco en el clima? ¿No es más importante que cualquier estilo de vida o elección de consumo en la que participe una persona rica? Tal vez la persona rica trabaje para una multinacional química. ¿No debe esa actividad estar en el centro de nuestra preocupación, de responsabilidad política? ¿Y no deberíamos centrarnos más en lo que ocurre en el lado de la producción de todo esto? Porque las emisiones, a fin de cuentas, son una red relacional de actores que hicieron posible esa emisión. Así que cuando conduces tu coche, no eres solo tú; son las compañías de automóviles, las compañías petroleras, las compañías de neumáticos las que se han beneficiado del suministro de esa mercancía.

Para mí, no es muy útil la forma en que moralizamos sobre el consumo. La gente, en su mayoría, solo satisface sus necesidades. Claro, mucha gente puede tener un sentido de las necesidades realmente desordenado en el que, en mi país, sienten la necesidad de conducir algo como una 4×4. Pero eso no es nada comparado con la forma de actuar de los capitalistas, donde su necesidad es ganar dinero y seguir haciéndolo. Esa es, para mí, la patología que está en el centro de la crisis climática: la gente que gana dinero, la gente que se beneficia del sistema, y particularmente las formas de producción más intensivas en carbono. Esto incluye no solo la producción de combustibles fósiles, sino también muchas otras formas de producción intensivas en carbono, como el cemento, el acero, los productos químicos y, sobre todo, la electricidad.

Pero centrarse en la producción también nos lleva a pensar de otra manera sobre el papel de la clase trabajadora en todo esto. También en este caso hay que volver a los fundamentos. ¿Qué es la clase obrera en el marco marxista? Es una clase de personas que están separadas de los medios de producción. De nuevo, en un sentido ecológico, eso solo significa que es una clase de personas que son incapaces de sobrevivir a partir de cualquier relación directa con la producción –sobre todo, la propia tierra–, por lo que se ven obligados a vender su fuerza de trabajo en el mercado por un salario. Así que, para la clase trabajadora, la cuestión ecológica es una cuestión de supervivencia: ¿Cómo nos ganamos la vida en esta cosa llamada mercado? ¿Y cómo obtenemos una cantidad de dinero suficiente para sobrevivir en esta increíblemente insegura economía capitalista neoliberal?

En un nivel fundamental, la definición de Marx del proletario es una persona que está separada de la tierra, separada de las condiciones ecológicas de la vida misma. Si empezamos a pensar la cuestión ambiental a partir de una política de la clase trabajadora, en última instancia, debería tratarse de dos cosas. En primer lugar, obviamente dar a la clase trabajadora más seguridad material sobre las necesidades básicas de la vida: alimentos, energía, atención sanitaria y más. En segundo lugar, también deberíamos pensar en dar a esta clase trabajadora que ha sido separada de los sistemas ecológicos un poder democrático popular sobre nuestra relación social con el medio ambiente. Porque ese es el problema fundamental: no tenemos ningún poder sobre lo que está ocurriendo con nuestras relaciones metabólicas con la naturaleza. Somos impotentes. Por eso nos sentimos tan mal respecto al cambio climático. Simplemente sigue ocurriendo y no hay nada que podamos hacer al respecto. El objetivo fundamental, por tanto, debería ser ganar poder democrático sobre la producción para que podamos empezar a dar forma a nuestra relación con la naturaleza y detener esta crisis, que se está saliendo de control.

AZ / AB

También ha señalado que si bien hay un renacimiento del marxismo medioambiental en las últimas décadas, esa corriente tiende a situar la crisis ecológica fuera de la producción y que es esta concepción la que nos aleja de entender la política climática como política de clase. Irónicamente, esta variedad de marxismo se hizo popular en un momento en el que el neoliberalismo triunfaba a nivel mundial, en que nuestra sociedad se reestructuraba bajo parámetros decididamente de clase. ¿De dónde viene esta disonancia?

MH

Me gusta citar a Warren Buffett, una de las personas más ricas de Estados Unidos, que dijo en 2006: «Sí, por supuesto que tenemos una guerra de clases y es mi clase la que la está ganando». Eso básicamente resume tres décadas de inmensa consolidación del poder de la clase capitalista sobre la clase trabajadora, un proceso que se ha producido desde los años 70. Así que lo dijo muy bien: había mucho entusiasmo y energía en torno a los llamados nuevos movimientos sociales, y por una buena razón. Realmente estaban planteando poderosas críticas a la sociedad en líneas medioambientales, feministas y antirracistas.

En el ámbito medioambiental, Ted Benton, por ejemplo, decía: «Estas luchas no son como las que se dan en el punto de producción. Eso es lo que les importaba a los viejos obreros de las fábricas. Pero ahora somos ecologistas y nos preocupa esta reproducción más amplia de la vida fuera de la fábrica». Hasta cierto punto, eso es cierto, porque a un nivel fundamental, los sistemas ecológicos son en los que se basa la producción capitalista. Marx lo demostró cuando los llamó «regalos gratuitos de la naturaleza» para la producción capitalista. Si quieres cortar un árbol, tienes que depender de todos estos sistemas hidrológicos y microbios del suelo y todo lo demás fuera de la forma de la mercancía que son parte integral de esas mercancías que se producen. Así que esos «regalos gratuitos de la naturaleza», esos sistemas ecológicos, son cruciales para la producción, y están siendo destruidos sistemáticamente por el capitalismo.

Pero al teorizar constantemente la ecología como algo externo a la producción se pierde de vista algo importante. Si queremos saber quién es el responsable de la destrucción de estos sistemas externos, bueno, una vez más, tienes que mirar a la gente que controla el punto de producción, la gente que se está beneficiando de la producción. Si empiezas a pensar de esa manera, empiezas a recordar que también hay un montón de trabajadores en ese punto de producción que tienen poder estructural e influencia en virtud de su trabajo, porque pueden negarse a trabajar o ir a huelga, presionando así a las élites.

AZ / AB

Respecto a ese punto sobre el poder estructural, hubo un artículo ayer en el Washington Post de un grupo de investigadores que realizaron un análisis empírico de los movimientos de protesta del siglo XX y XXI. La única variable crucial para el éxito fue la participación de la clase trabajadora industrial. ¿Supongo que eso no le sorprende?

MH

Sí, lo he visto. No me sorprende. Eso también es un problema, porque gran parte de la clase trabajadora industrial está vacía, al menos, en los países que son más responsables históricamente del cambio climático. Así que es necesario volver a tener una solidaridad internacional entre los trabajadores, porque si miras lo que Marx llamó «la morada oculta» de la producción, gran parte de ella ya no está en el norte global. Gran parte está en China, obviamente, pero también en muchos otros países del sudeste asiático y en América Latina.

La crisis climática es consecuencia de nuestros métodos de producción. Últimamente me ha interesado mucho entender que el núcleo de la crisis climática puede resolverse a través del sistema eléctrico. La gente lo llama la estrategia de electrificar todo, limpiar la electricidad, pero luego electrificar partes de la economía que no son eléctricas. He estado pensando mucho en cómo los trabajadores del sector de la energía eléctrica y del sector de los servicios públicos tienen una inmensa influencia y presencia allí mismo, en el punto de producción del propio sistema que, si podemos transformar, catalizará –con suerte– una transformación más amplia de todo el sistema energético. Y, lo que es aún más significativo, en Estados Unidos (y me imagino que en la mayoría de los países) la empresa de electricidad ya es una de las más sindicalizadas de la economía. Así que existe una base de poder estructural e institucional con la que el movimiento climático debe comprometerse más.

AZ / AB

Cuando imaginamos esta transición a la energía limpia o a la energía verde, también queda claro que hay ciertos sectores en los que la pérdida de empleos va a ser un problema. En este momento, desafortunadamente, es principalmente la derecha la que está formulando la política climática como una cuestión de clase, siempre que hacen campaña para asegurar puestos de trabajo en industrias dañinas para el medio ambiente. La perspectiva más prometedora de la izquierda para cortar esta aparente contradicción entre la política climática y la seguridad laboral, es un Green New Deal con garantía de empleo. ¿Cómo comunicamos esto de forma convincente a una clase trabajadora industrial que ha tenido la experiencia de quedar al margen de los grandes cambios estructurales? A veces hay un escepticismo comprensible hacia esta oferta, porque casi parece que es demasiado buena para ser verdad: todo el mundo consigue un trabajo en el sector de la energía verde, bien remunerado, sindicalizado y será un trabajo gratificante.

MH

Me parece que al hablar de una «transición», la gente piensa que lo tenemos todo resuelto. Como si fuera una mera transición. Pero tienes razón, es un reto difícil en general. El problema es que en Estados Unidos, al menos, la expansión de las energías renovables, que es significativa, incluso se dispara. Todo el mundo habla de lo baratas que son ahora y todo el mundo está muy entusiasmado, pero, por desgracia, está siendo impulsada por el pequeño capital. Pequeño capital renovable que está descentralizado y a pequeña escala. Ya sabes, todo el mundo sueña con esta economía de energía renovable descentralizada mientras que en realidad está sucediendo, pero está siendo impulsada por esta clase pequeño burguesa de pequeños capitalistas renovables. Estas industrias no están sindicalizadas. Son casi totalmente antisindicales y los trabajos en este sector no están especialmente bien pagados.

Creo que si queremos ganarnos a los sindicatos tendremos que intentar atraer más inversiones dirigidas por el sector público, un programa público de construcción de energía verde con una garantía de empleo, pero también con una garantía de que estos proyectos públicos van a contratar a trabajadores sindicalizados y emplear a trabajadores sindicalizados para la construcción de este sistema de energía limpia. Porque si nos limitamos a dejar que el mercado lo haga, en primer lugar, no nos decarbonizaremos a la velocidad o la escala que necesitamos, pero en segundo lugar, seguirá sin ser algo bueno para los sindicatos. De hecho, la gente de las centrales eléctricas argumenta que estos desarrollos de energía renovable están destruyendo sus puestos de trabajo.

Desgraciadamente, creo que demasiados ecologistas tienen esta especie de sentimiento sobre los paneles solares y los parques eólicos, como si fueran intrínsecamente naturales y buenos. La gente no está pensando lo suficiente en las relaciones sociales de producción de quién va a controlar estos recursos de energía renovable, cómo se va a determinar la inversión. ¿Podemos tomar el control público de esa inversión de forma que podamos atraer a los sindicatos y ampliarlos? Si lo hacemos, entonces se empieza a construir una base más amplia para ese tipo de programa energético. Pero por el momento se está haciendo de esta manera salvaje, con altos niveles de volatilidad en el mercado, dependiendo de los subsidios públicos y de los créditos fiscales para el desarrollo de las energías renovables. Así que no hay mucho entusiasmo en la base social en torno a este tipo de desarrollo descentralizado y desordenado. De hecho, hay mucha resistencia a ella en las zonas rurales.

AZ / AB

Otra cosa que me preguntaba, cuando mencionaba los sistemas de energía limpia y la producción de estos sistemas de energía limpia, es cómo se relaciona esto con la cuestión de la extracción de recursos. Es obvio que dependerá de la extracción de ciertos recursos naturales y que la mayoría de ellos se encuentran en el Sur Global. Los países que son muy ricos en estos recursos rara vez se benefician de ellos y, en su mayoría, solo se convierten en objeto de relaciones comerciales muy explotadoras con el norte. E intentar recuperar sus recursos, como ocurrió (o al menos se intentó) en Bolivia, ha resultado sumamente difícil. Entonces, ¿cómo afectaría esta transición el orden mundial?

MH

Absolutamente. Estoy seguro de que has oído hablar de mi compañera de los Socialistas Democráticos de América, Thea Riofrancos, que ha trabajado mucho en la extracción de litio en Chile. Ella tiene algunas ideas realmente interesantes sobre la solidaridad internacional a lo largo de las cadenas de suministro. De nuevo, probablemente sea molesto para algunas personas, pero cada vez que empiezo a pensar en la crisis climática, empiezo a pensar en formas muy básicas, casi aburridas y obvias, de la vieja escuela del pensamiento socialista marxista. Y eso te lleva a algunas conclusiones. Obviamente, el programa socialista de la vieja escuela consistía en que los trabajadores del mundo se unieran. Se trataba de la solidaridad internacional. Creo que la solidaridad de los trabajadores es crucial, porque hay trabajadores a lo largo de estas cadenas de suministro que son, digamos, explotados de forma desigual.

Es muy fácil que algunos trabajadores del norte tengan mejores condiciones a costa de la extracción de materias primas superexplotadas en el Sur Global. Por otra parte, la clase capitalista tiene mucha solidaridad internacional. Y por eso es capaz de encontrar estas áreas donde hay recursos minerales y simplemente extraerlos con enormes rentas y beneficios, dejando los residuos y la destrucción para las comunidades. Es un problema del poder capitalista, que tiene demasiado y lo utiliza para superexplotar a estas comunidades rurales marginadas del Sur Global.

Estas comunidades están siendo desplazadas, pero también hay trabajadores en esas minas, trabajadores en el punto de producción. A veces ni siquiera son locales, sino que son traídos de otras partes del mundo. Pero esos trabajadores tienen poder, y tenemos que empezar a pensar en cómo organizamos no solo a los trabajadores de la fábrica de paneles solares, sino también a los trabajadores de la mina que está extrayendo el litio u otros materiales. Mientras la clase obrera sea derrotada globalmente, no va a tener ese tipo de contrapoder que necesitamos para hacer frente al poder incontrolado del capital en todo el mundo. Así que, por desgracia, todo esto nos lleva al difícil imperativo de organizar el poder de la clase trabajadora.

AZ / AB

Tienes un artículo en el que se presenta una alternativa a las llamadas perspectivas de decrecimiento. Esta cuestión del extractivismo aparece constantemente cuando hablamos de crecimiento o decrecimiento. Si nos quedamos en el contexto de América Latina, en Ecuador parece que el tema del extractivismo realmente es lo que está fracturando a la izquierda. Por un lado, bajo el gobierno de Correa, grandes franjas de la población han salido de la pobreza. Se fomentó un gran crecimiento porque se industrializó el país y se ampliaron las infraestructuras. Pero, por otro lado, todo esto hizo necesario el aumento de la extracción de recursos con todas las consecuencias negativas que esto tiene para las comunidades del lugar. ¿Dirías que éste es tal vez un ejemplo en el que la preocupación por el medio ambiente, por un lado, y el crecimiento económico, por otro, están enfrentados?

MH

De nuevo, creo que Thea podría responder la pregunta mucho mejor que yo. Otra cosa desafortunada de la situación allá es que están exportando mucho de sus materias primas a China, que es lo que les está dando dinero que luego puede fluir hacia la infraestructura. Estoy más alineado con la perspectiva de que la izquierda necesita comprender cómo construir poder. Necesitamos ejercer el poder si vamos a ser capaces de construir una economía política alternativa. Así que simpatizo bastante con los proyectos de la Marea Rosa, estos proyectos hicieron poder y lo han mantenido.

Lamentablemente, en muchos casos, ese poder estaba sustentado en la extracción de petróleo, gas, minerales, etc. Y cuando hay extracción, a menudo hay comunidades que son desplazadas o envenenadas. Para mí, la cuestión es si la izquierda puede empezar a construir instituciones capaces de integrar mejor a las comunidades locales en sistemas democráticos que puedan realmente dar forma a cómo se produce la extracción, que incluso tengan la capacidad de decir: «En realidad, no, no vamos a tener la extracción aquí porque esto es demasiado importante para nosotros como comunidad».

En el capitalismo, obviamente, estas comunidades no tienen voz. El capitalismo no es una democracia. Las empresas hacen todo este lavado de cara verde donde tratan de decir que la comunidad está participando en los proyectos. Pero eso no es una verdadera configuración democrática de la producción, que es lo que quieren los socialistas. Me gustaría pensar que si la izquierda en América Latina hubiera sido capaz de aprovechar el poder que había construido y ampliarlo de esa manera, tal vez podrían haber creado estructuras de extracción que no fueran tan destructivas y antidemocráticas, estructuras que sí tuvieran en cuenta las preocupaciones de las comunidades locales. En última instancia, cualquier socialista va a querer que la producción sea siempre democrática para integrar al mayor número posible de personas en las decisiones sobre cómo se desarrolla. Tal vez incluso se podrían ponderar más las voces democráticas cuando se encuentran en las comunidades afectadas por la extracción, probablemente deberían tener más voz sobre estos procesos que las personas que se encuentran en las ciudades. Deberíamos encontrar formas de crear instituciones democráticas que puedan dar forma a la producción de manera que tenga más sentido para la comunidad, que es realmente donde se produce.

AZ / AB

¿Se podría decir que no es lo mismo la defensa del decrecimiento que estar en contra del desarrollo per se? Me parece que a veces, en estos debates, cuando la gente intenta defender su posición, básicamente dicen que no se trata en absoluto de recortar el PIB y hacer que todo el mundo viva mal, sino que afirman que solo quieren reducir las industrias que son perjudiciales y limitar el uso de la energía en el Norte. Hasta dirían que en realidad quieren fomentar el crecimiento en el Sur Global. ¿Es sólo una confusión semántica, o son proyectos políticos muy diferentes el decrecimiento y el tipo de modernismo socialista que usted propone?

MH

Lo primero que puedo decir es que una cosa que me frustra del decrecimiento es que a menudo dicen cosas como: «Bueno, en realidad lo que queremos es reducir el consumo del Norte Global y aumentarlo para el Sur Global». Pero para mí, el conflicto de clases no es territorial en ese sentido. No es como si en el Norte Global a todo el mundo le fuese muy bien y los únicos explotados estuviesen en el Sur Global. Hay una increíble desigualdad dentro del Norte Global. Así que, de nuevo, si empiezas a pensar en la situación global como un conflicto entre el capital y la clase trabajadora, o incluso lo que Mike Davis llamó el proletariado informal, que es mucho más numeroso que la clase trabajadora proletaria tradicional (por no hablar de las clases campesinas y los pueblos indígenas y todos estos grupos subalternos), hay mucha gente a la que no le va bien.

En mi país, algo así como el 70% de los estadounidenses casi no tienen dinero en el banco, la gente está muriendo por falta de insulina, por falta de atención sanitaria básica, y millones de personas están pasando hambre a raíz de esta pandemia. En la estela del neoliberalismo, las masas tienen tantas dificultades económicas que no tiene sentido decir, «sí, simplemente vamos a reducir el consumo en el Norte Global». Bueno, ¿y qué pasa con toda esa gente que no puede comer en el Norte Global? Ese es uno de mis grandes problemas con el decrecimiento.

Como has dicho, a veces es solo semántica. Yo veo la cuestión así: ¿Vas a ganar apoyo predicando vivir con menos? Si tu bandera es decrecimiento, en medio de una época de austeridad ya devastadora, ¿cómo vas a construir el tipo de entusiasmo popular masivo para tu programa?

Cuando les planteas estas cuestiones, siempre dicen:  «No, pero queremos todas estas cosas buenas, como una semana laboral más corta. Queremos tener más tiempo». Hay cosas que sí quieren aumentar, en realidad, con las que estoy de acuerdo. Jason Hickel habla de desmercantilizar los servicios básicos y de la expansión del sector público de los bienes básicos, y estoy de acuerdo con eso. Pero todo eso es una expansión de la actividad económica. Es ofrecer más a la clase trabajadora, pero lo que invoca toda la idea del decrecimiento es que inicialmente vas a pensar menos.

También creo que cae en la trampa del propio PIB, que mide las sociedades en su conjunto. Cuando el PIB aumenta, eso debe significar que toda la sociedad va bien. Pero el agregado no capta la increíble desigualdad dentro de una nación o una sociedad. Y aunque a algunas personas les va fantásticamente bien en nuestra sociedad, a la gran mayoría no. No es más o menos, es menos para unos pocos y más para muchos. Tenemos que volver a ese tipo de análisis de clase que dice, no, es la pequeñísima minoría de capitalistas la que necesita decrecer. Necesitan menos, necesitan mucho menos. Tenemos que gravarlos más, tenemos que erosionar su poder sobre la riqueza y tenemos que crear más para las masas que están sufriendo.

AZ / AB

¿Crees que la situación de clase del movimiento ambientalista también tiene que ver con no prestar atención a la producción y a los detalles tecnológicos específicos? ¿Estamos perdiendo el conocimiento práctico de la clase trabajadora en la transición energética por no poner el foco en una política de clase trabajadora?

MH

Sí, es un punto muy importante. Puede que no funcione, pero me ha entusiasmado la idea de intentar poner el foco en los sindicatos en el sector eléctrico, ya que van a ser muy importantes en esta transición de descarbonización.

Muchos de esos trabajadores se clasificarían más como clase profesional porque tienen títulos, son ingenieros. Tienen un enorme conocimiento del punto de producción. Algunos de los sindicatos también representan a los trabajadores más manuales, los trabajadores de mantenimiento que hacen el trabajo más duro en esos sistemas de servicios públicos, como los trabajadores de línea, que es realmente un trabajo muy peligroso. Pero hay un conocimiento increíble allí. Y eso, de nuevo, se remonta a un viejo tropo socialista marxista de que, ya sabes, son los trabajadores los que mejor conocen el sistema. Ellos son los que lo mantienen en funcionamiento. Son los que lo mantienen, y si algún día pudieran realmente dirigirlo, sería mejor.

Pero para la clase profesional, que tradicionalmente se define como la gente que hace trabajo mental o de conocimiento en la llamada «economía del conocimiento», la producción es más bien un objeto de conocimiento y estudio. Y sus conclusiones suelen ser: «Bueno, mira toda la destrucción que conlleva esto, mira lo malo que es», en lugar de estar presente y querer transformar ese sistema. No pretenden entender cómo todas nuestras vidas dependen realmente del funcionamiento de esos sistemas, y que en realidad tenemos que pensar en transformarlos en lugar de descartarlos.

AZ / AB

Cuando hablamos del clima, muchas veces se discute como si fuera una cuestión de conocimiento. O aceptas este conocimiento o lo niegas; tienes este conocimiento y entiendes lo que es el cambio climático y esto ya por sí te va a politizar. Pero hemos visto que eso no es cierto. ¿Cómo salimos de esta situación? ¿Cómo nos movilizamos por una política climática de izquierdas?

MH

Obviamente, creo que la ciencia es importante. Cuando se defiende un tipo de modernismo socialista como el que yo defiendo, se debería tomar un momento y decir: «¿No es asombroso que nuestra especie entienda estos sistemas como el clima; que sepamos que estamos en esta crisis hasta el punto en que lo estamos? ¿Que conozcamos las formas en que estos gases interactúan con la atmósfera de manera que están provocando estos efectos?». Así que la ciencia en sí misma es realmente sorprendente.

Pero, como dicen, cuando se hace política sobre si se cree o no en la ciencia, se aleja a mucha gente que podría no entender la ciencia o no querer entender los complejos procesos bio y geoquímicos. Y también conduce a un gran problema entre los creyentes liberales de la ciencia, que es que miran por encima del hombro y son bastante soberbios con las masas. Eso es simplemente contraproducente.

También existe esta teoría liberal del cambio que asume que si las masas entendieran la ciencia, entonces la acción seguiría naturalmente. Este modo de análisis parece sugerir que lo peor que hace la industria de los combustibles fósiles es difundir la negación del clima, cuando lo que hacen es controlar materialmente nuestro sistema energético.

Creo, y muchos otros lo han dicho, que el movimiento climático gira en torno al Green New Deal, encontrando una mejor articulación de estas políticas. Si hacemos que la política climática se centre en mejorar las cuestiones materiales de tu vida, no tenemos que explicarte el efecto invernadero, no tenemos que convencerte de la urgencia científica. Solo tenemos que decir que esto es algo que te va a dar trabajo, que va a desmercantilizar tu electricidad y que va a ir en contra de esa empresa de servicios públicos que odias y que te está estafando y subiendo los precios. Si construimos el movimiento en torno a mejoras materiales directas, visibles y fáciles de entender, crearemos una base de apoyo popular porque eso es lo que sabemos que funciona políticamente. Sabemos que cuando se implementan programas que son universales y beneficiosos para las masas, se vuelven inmensamente populares.

Pero tenemos que reconocer que no podemos limitarnos a darle cosas a la clase trabajadora y así comprar su apoyo para ganar una transición de descarbonización. Creo que también tenemos que pensar en cómo ganar a la clase trabajadora para una visión más amplia de la crisis climática como algo real que tenemos que tomar en serio; algo que debe unirnos como especie, pero también como países y partidos políticos, para resolver. Y si vamos a hacerlo, creo que debemos revivir la idea de la producción y la inversión democrática: que la forma en que producimos las cosas que necesitamos debe ser algo en lo que la sociedad tenga voz y control. Tenemos que establecer ese vínculo y mostrar cómo esa democracia es ecológica. La gente debería sentir que forma parte de un proyecto democrático más amplio para resolver realmente esa crisis mediante la democratización de nuestros recursos productivos. Eso también debería formar parte de estas políticas. Que no se trate solo de darte cosas, sino de convertirte en un agente de transformación de todo el sistema. Y como la clase trabajadora es la gran mayoría de cualquier sociedad capitalista, tiene que ser el núcleo de cualquier visión democrática de la política climática.

Por Astrid Zimmermann, Alexander Brentler | 24/04/2021

Astrid Zimmermann es editora de Jacobin Alemania.

Alexander Brentler es colaborador de Jacobin Alemania.

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 24 Abril 2021 05:47

Crisis mundial y un Norte mezquino

Crisis mundial y un Norte mezquino

No caben soluciones para un solo Estado o región

El Secretario general de la ONU propone un “cambio de paradigma”

La pandemia no solo sigue golpeando, sino que hiere más profundo. La tercera ola europea y la segunda latinoamericana del COVID-19 inundan aún más una realidad social empapada por la crisis planetaria.  Complejo escenario en este mes de abril del 2021 con rostros cansados, cooperación internacional mermada y estadísticas en caída libre.

América Latina y el Caribe perdieron ya 26 millones de empleos como consecuencia de la pandemia. Y desde comienzos de 2021 siguen confrontándose a un panorama laboral agravado por la segunda ola continental y por los lentos procesos de vacunación que hacen más inciertas las perspectivas de recuperación de muchas actividades laborales.

S.O.S: “naufragamos”

Todas malas señales del informe “Transitando la crisis laboral por la pandemia: hacia una recuperación del empleo centrada en las personas”, (https://www.ilo.org/americas/publicaciones/WCMS_779114/lang–es/index.htm), elaborado por la Oficina Regional de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), publicado la segunda semana de abril. El mismo subraya que el impacto sobre el trabajo fue devastador en el segundo trimestre de 2020, cuando los indicadores de ocupación y participación se desplomaron.

La introducción del documento de dieciocho páginas hace un rápido recorrido de las previsiones de diferentes organizaciones internacionales sobre la caída productiva latinoamericana y caribeña. Las últimas del Fondo Monetario Internacional (FMI), de abril de 2021, señalan una contracción en 2020 del Producto Interno Bruto (PIB) regional del -7%. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) coincide con esta proyección al estimar un descenso del -7,7%. Y considera que se trata de la contracción económica más elevada desde que se tienen registros, es decir, desde 1900. Caída mucho más empinada que la media mundial, ya que el FMI anticipa una baja del PIB global de -3,3%, en tanto que la CEPAL proyecta un -4,4%.

Además de los empleos borrados, según la OIT la región experimentó en 2020 la mayor pérdida mundial de horas trabajadas: 16,2% en comparación con 2019. Es decir, el doble del promedio mundial, el cual oscila en alrededor del 8,8%. Con la caída correspondiente de los ingresos laborales.

El colapso macroeconómico ha afectado de manera desproporcionada a algunos segmentos de la población, amplificando así las brechas laborales y sociales –especialmente las de género—que, de hecho, ya caracterizan a la región. En promedio, señala la OIT, hace más de quince años que no se registraba una tasa tan baja de participación económica de la mujer en Latinoamérica y el Caribe.

En cuanto a las perspectivas de recuperación para 2021, son modestas e incluso muy inciertas, por lo que las expectativas de una posible reversión de la situación crítica del mercado de trabajo deberían ser muy cautelosas, sostiene el estudio.

La OIT propone desarrollar estrategias de recuperación basadas sobre cuatro pilares principales: estimular la economía y el empleo; apoyar a las empresas, los empleos y los ingresos; proteger al mundo laboral y recurrir al diálogo social para encontrar soluciones.

La construcción de nuevos consensos, pactos o acuerdos, es más relevante que nunca. Tan importante como las políticas de promoción del empleo digno y productivo, la extensión de la protección social y el respeto a los derechos laborales, enfatiza la organización internacional. La misma plantea que en la búsqueda de la recuperación resultará ineludible abordar las problemáticas preexistentes en la región. Es decir, la alta informalidad laboral, los reducidos espacios fiscales, la persistente desigualdad, la baja productividad y la escasa cobertura de la protección social. La mano de obra infantil y el trabajo forzoso, siguen siendo, también, asignaturas pendientes.

Cambio de paradigma

El escenario mundial no es mejor que la situación latinoamericana. António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, recordó el panorama “sombrío” producto de la crisis sanitaria mundial. Tres millones de muertes; ciento veinte millones de personas que cayeron en la pobreza extrema; una pérdida de empleos a tiempo completo equivalente a 255 millones de puestos de trabajo y la peor recesión de los últimos noventa años, son parte de este balance preocupante.

Paradójicamente, en este contexto desastroso para una gran parte de la humanidad, según la misma ONU, los más ricos del planeta lograron aumentar sus fortunas en 5.000 millones de dólares durante la pandemia. Lo que provoca la advertencia directa de Guterres: es necesario un cambio de paradigma que permita alinear al sector privadocon las metas globales para hacer frente a los retos futuros de la humanidad, incluidos los provocados por el COVID-19. Su reflexión del lunes 12 de abril ante el Foro del Consejo Económico y Social sobre la Financiación para el Desarrollo (https://news.un.org/es/story/2021/04/1490732 ) implica un reto para la sociedad mundial.

Guterres advirtió que, debido a la evolución tan rápida y agresiva de la pandemia, la resolución de la crisis se entrevé en un futuro lejano. Y afirma que es necesario analizar la realidad presente para invertir estas peligrosas tendencias, prevenir sucesivas oleadas de infecciones, evitar una larga recesión mundial y retomar el camino para cumplir la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París sobre el cambio climático.

En esta coyuntura es fundamental asegurar la distribución equitativa de las vacunas, hasta ahora sumamente desigual: solo diez países representan alrededor del 75% de la vacunación mundial, mientras que muchos otros todavía no han empezado siquiera a inmunizar a sus trabajadores sanitarios y a las personas más vulnerables. «Para acabar de una vez por todas con la pandemia necesitamos un acceso equitativo a las vacunas para todos, en todas partes», subrayó.

Mirando hacia el futuro, el Secretario General puso sobre la mesa del debate dos temas relevantes: la aplicación de un impuesto de solidaridad –o sobre la riqueza– a quienes se hayan beneficiado excesivamente durante la pandemia, con el objetivo de reducir las desigualdades extremas. En cuanto a la deuda, alienta su suspensión y aligeramiento, así como la concesión de liquidez a los países que la necesiten.

Pero hay que ir más allá de su aligeramiento, subrayó. Es necesario reforzar «la arquitectura de la deuda internacional para acabar con los letales ciclos de oleadas de deuda, de crisis de deuda global y de décadas perdidas».

Adicionalmente, y ante la amenaza real que la crisis actual impone al multilateralismo, propone un nuevo andamiaje internacional y un nuevo contrato social basados en la solidaridad y las inversiones en la educación, los empleos decentes y ecológicos, la protección social y los sistemas de salud, todo lo cual formaría, conjuntamente, la base de un desarrollo sostenible e inclusivo.

Un norte mezquino

A la par de la retórica onusiana, basada en datos, cifras y estadísticas que dibujan el dramatismo de la situación planetaria, el día a día de la geopolítica internacional parece ser otro. En muchas regiones del globo, los Estados priorizan su propia gente y refuerzan sus fronteras. Además, estructuran políticas de salvación nacional que poco tienen que ver con la responsabilidad global.

“Poca solidaridad internacional de Suiza en la crisis del coronavirus” es el título de un comunicado que Alliance Sud publicó la segunda semana de abril. El mismo critica la política oficial de cooperación de la Confederación Helvética. La plataforma que reúne a las seis ONG suizas más importantes del sector se posiciona frente a las cifras publicadas el martes 13 de abril por el Comité de Ayuda al Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Dichas cifras muestran que Suiza, una de las naciones más enriquecidas del planeta, no hizo ningún aporte sustantivo para apoyar a los países más pobres durante la crisis del coronavirus. Y recuerdan que su contribución sigue estando lejos del objetivo acordado internacionalmente, es decir, el 0,7% de su renta nacional bruta (RNB) a la ayuda oficial para el desarrollo. En 2020, el porcentaje que Suiza destinó a ese rubro fue de apenas 0,48%, cantidad que incluye los gastos administrativos en concepto de ayuda para asilo. De esta manera, Suiza se sitúa en el noveno lugar del ranking de la OCDE, por detrás de Suecia, Noruega, Luxemburgo, Dinamarca, Alemania, Inglaterra, los Países Bajos y Francia (países que no añaden sus gastos administrativos en concepto de asilo cuando calculan su aporte al desarrollo, o lo hacen en una medida mucho menor).

Alliance Sud argumenta que, en pocos meses, la crisis del coronavirus ha echado por tierra gran parte de los avances logrados en la lucha contra la pobreza. Y anticipa que, a finales de 2021, si se tiene como referencia un ingreso inferior a 1,5 dólares diario, casi 10% de la población mundial padecerá pobreza extrema. Si se considerara un parámetro más realista, es decir, un mínimo de 5,5 dólares diarios por persona para poder sobrevivir, a fin de este año casi la mitad de la población mundial podría encontrarse en esa situación.

Si la comunidad internacional quiere evitar crisis económicas masivas, el aumento brutal de conflictos, nuevos dramas migratorios y futuras pandemias, los países ricos deberían proporcionar los recursos adecuados para la lucha contra la pobreza y la desigualdad, afirma Alliance Sud

¿Cuál es el punto de intersección entre la retórica de la ONU, las propuestas de reactivación del empleo de la OIT y la realidad cotidiana universal? Prácticamente inexistente.

Lo que prevalece es la carrera a codazo limpio de los más fuertes para apropiarse de las vacunas. El sálvese quien pueda como filosofía global. La mezquindad creciente de los más poderosos en su cooperación internacional. O la creencia de que un solo país –o región– podrá salvarse en su propia Arca de Noé en medio de un diluvio de dimensión universal.

Por Sergio Ferrari | 24/04/2021

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 22 Abril 2021 06:06

Ecología y socialismo

Ecología y socialismo

Entrevista a Wolfgang Harich

Publicamos una nueva traducción de un documento inédito de Wolfgang Harich de mano de Àngel Ferrero, en esta ocasión una entrevista del año 1976 en la que aborda la relación entre ecología y socialismo. A pesar de su brevedad encontramos materiales que pensamos pueden ser útiles hoy en día para pensar la crisis ecológica. Hay posicionamientos lúcidos contra el «optimismo científico-tecnológico» y contra el «pesimismo sin esperanza», el «otro extremo falso» de ese optimismo sin fundamento. Reflexiones tempranas sobre los Verdes alemanes (de los que pronto tendremos más que decir), la evolución del bloque socialista y su posible convergencia ideológica en ciertos aspectos con el bloque capitalista. La vigencia de una postura «comunista» en su día, que sigue siendo pertinente para el nuestro, y de qué raíces podría tomar sustento en la larga tradición del socialismo marxista. Hay, sin duda, algunas cosas que querríamos matizar, que querríamos debatir, como la insistencia en la superpoblación en tanto que problema fundamental a nivel político (del que ya hemos hablado en otros lugares). En cualquier caso, esperamos que este documento sirva para hacer más rico el repertorio de textos disponibles en español de un pensador del calibre de Harich, del que seguimos aprendiendo.

Entre los documentos legados por Harich se encuentra una versión mecanografiada de una entrevista con la revista Positionen. Theoretisches Magazin (POCH).[i] El texto, de siete páginas, contiene diversas correcciones de Harich, que se han incluido y editado. El manuscrito no está fechado, pero procede posiblemente de la segunda mitad del año 1976. En éste Harich desarrolla y profundiza, en contenido y en argumentación, las tesis expuestas en una entrevista anterior con el diario Frankfurter Rundschau. El título procede del editor. (Nota del editor de las Obras Completas de Wolfgang Harich, Andreas Heyer)

Pregunta: El resultado de los dos primeros estudios del Club de Roma, que son el punto de partida de sus propias reflexiones en el libro ¿Comunismo sin crecimiento?, sugieren que en lo tocante a la crisis ecológica nos encontramos a cinco minutos antes de la medianoche. ¿Sigue manteniendo esta apreciación? ¿Confirman los nuevos conocimientos científicos este posible Apocalipsis histórico?

Harich: Sí, cuando escribí mi libro, en 1974-1975, aún no conocía, por ejemplo, los estudios sobre las consecuencias del uso de espráis en la destrucción de la capa de ozono de la estratosfera. Pero no se trata solamente de los nuevos conocimientos científicos, sino más todavía de las catástrofes reales, que, entre tanto, me han reafirmado en mis posiciones: hablamos de Seveso[ii], de la explosión en Stavanger[iii], de una serie de espantosas averías en barcos petroleros, de los terremotos cada vez más frecuentes en los últimos años, etcétera. Después de todo esto estoy más convencido que nunca que de mantenerse las actuales tendencias del desarrollo global la humanidad pronto encontrará su propia destrucción, y ello sin una guerra nuclear, un riesgo que, pese a todo, se ha agravado e incluso a corto plazo podría incluso ser el más amenazador. En cuanto al Club de Roma, recientemente, en su reunión en Filadelfia de abril de 1976, ha dado un giro de 180 grados bajo la presión de poderosos intereses capitalistas y la advertencia directa de nadie menos que del vicepresidente de Estados Unidos, el multimillonario Nelson D. Rockefeller. Con la desaprobación del informe Meadows del MIT de 1972, incómodo para ellos, el Club quiere olvidar que entonces cuestionó el sentido del crecimiento económico. Razón de más para la izquierda para mantener viva la conciencia de la crisis ecológica, que los gobernantes, con las condiciones del último boom económico, aún creían poder tolerar y manipular, y que ahora, en tiempos de recesión y creciente desempleo, quieren volver a marginar y eutanasiar.

P.: Desde el shock de la crisis del petróleo de 1973-1974 se ha puesto en marcha una búsqueda a marchas forzadas de depósitos de materias primas por explorar, tecnologías de reciclaje y formas alternativas de energía. Por descontado, de este modo lo único que puede hacerse es posponer el agotamiento definitivo de las fuentes de energía fósiles. Tan sólo quedaría una volátil intensificación y expansión de la investigación científica. ¿O ve posible otra vía?

Harich: No hay autoengaño más estúpido que el optimismo científico-tecnológico, como el que se expresa en la siguiente conclusión: «Hasta ahora la ciencia siempre ha encontrado una solución, así que también lo hará en el futuro.» Por la misma lógica, alguien a quien hasta ahora los médicos han logrado comprender cómo curar sus enfermedades puede llegar a la conclusión de su propia inmortalidad. A eso mismo se lo denomina una extrapolación inválida. De manera grotesca, se decantan por ella como supuesto argumento quienes acusan a los Meadows de haber extrapolado incorrectamente. Naturalmente, no quiero disputar la necesidad de impulsar investigaciones en las direcciones que usted ha mencionado. Pero de ello no se deriva que debamos confiar, con una credibilidad cuasi religiosa, que este tipo de investigaciones logrará los resultados deseados en cualquiera de los casos. Deberíamos mantener una prudente distancia y una constante posición crítica con las alternativas que la ciencia tiene que ofrecernos. Las formas de energía alternativas a la fisión del átomo son, por ejemplo, inaceptables, porque los riesgos asociados a éstas superan con creces los correctivos que prometen: aumentan la confianza en la capacidad de los hombres para poner límites a su proliferación, reducir su consumo y renunciar, al menos, a la simplificación del trabajo. Todo ello tiene efectos aún más perjudiciales para la salud con un enorme incremento de la energía fósil.

P.: ¿Puede la toma de conciencia de los problemas ecológicos basarse en citas de Marx? Marx se encontraba en el siglo XIX en unas relaciones sociales y un contexto intelectual en el que la orientación al crecimiento era prácticamente equivalente al progreso humano. Desde entonces la situación se ha modificado radicalmente. ¿No deberíamos nosotros, los marxistas de hoy, destacar la condición del hombre de su dependencia de la naturaleza de manera mucho más marcada que Marx? ¿Ve usted la posibilidad de que el marxismo se apropie de manera crítica de otras tradiciones del pensamiento, también las no europeas, que han situado el elemento de la naturaleza en los hombres más bien en el centro de sus consideraciones?

Harich: Debido justamente a que en el siglo XIX la contaminación medioambiental y el agotamiento de las materias primas eran todavía problemas relativamente sin importancia y lejanos, que, en correspondencia, la ciencia podía descuidar con una cierta justificación, puede atribuirse a Marx aún más el mérito de que ya entonces no sólo no ignoró la base natural de la sociedad humana, sino que ocasionalmente reflexionó de manera netamente ecológica, antes de que existiese una disciplina científica con ese nombre. Los pasajes sobre esta cuestión en su obra y en la de Engels tienen hoy, teniendo en cuenta la crisis ecológica, incluso mayor valor que en la época en que se formularon. Por otra parte, por las mismas razones puede que hoy ya no baste recurrir solamente a ellos. Lo que se requiere es, más aún, que el marxismo actual adopte críticamente los resultados de la ecología en toda su amplitud y el estado del conocimiento más actualizado, y que, al mismo tiempo, se ocupe de manera especial de la elaboración de su propia economía del valor de uso en los estudios económicos marxistas sobre la actualidad de la transición al comunismo. Esto último sería una suerte de retorno al peldaño más elevado de Aristóteles, que respaldó una “economía” en un sentido auténtico, que distinguió con claridad de su odiada “crematística” como enseñanza de las relaciones de intercambio contrarias a la naturaleza, de la circulación de mercancías y de dinero [iv].

Más allá de eso, me parece que el análisis de las tradiciones filosóficas que usted ha mencionado, como lo que Lévy-Strauss ha llamado “pensamiento salvaje”, o con una religión de alcance mundial como es el budismo, son plenamente fructíferos. A este respecto, entre los comunistas de Laos está en marcha una evaluación sin prejuicios. Hablar de una “adopción crítica” es algo de lo que ciertamente dudo. Lo que yo, con modestia y precaución, inicialmente propondría, sería un diálogo entre marxistas y budistas. En el espacio lingüístico alemán posiblemente primero con Gottfried Gummerer, quien, como budista, es quien más se ha ocupado de las cuestiones de la futurología basadas en el ecologismo. En este diálogo habría que librar una lucha decidida contra el pesimismo sin esperanzas de Gummerer. Pues la gestión de la crisis ecológica sería una resignación pesimista que inevitablemente genera un sentimiento de “después de mí, el diluvio”, sin duda el extremo más perjudicial, al menos no menos perjudicial que el otro extremo falso opuesto, el optimismo tecnológico.

P.: En su introducción al libro que hemos mencionado usted se ocupa de los esfuerzos de los científicos de los países socialistas por abordar seriamente las cuestiones ecológicas. ¿Se ha ampliado desde entonces esta discusión y se ha ido más allá del estrecho círculo del debate científico? Más concretamente: entre el transporte individual, destructor del medio ambiente, y el transporte público, favorable al mismo, ¿se ha decantado la República Democrática Alemana (RDA) a favor de este último? ¿Hay en los Estados socialistas voces críticas a la construcción de centrales nucleares? Y de haberlas, ¿podría hablar abiertamente de ellas?

Harich: Por desgracia he de responder negativamente a todas las preguntas. En los países del socialismo realmente existente tiene lugar a este respecto el mismo desarrollo equivocado que en el resto del mundo. En la RDA he intentado luchar contra ello durante tres años a diferentes niveles con los modestos medios a mi alcance, en vano, excluido de la opinión pública, de acuerdo con las reglas del sistema político aquí establecido.

P.: ¿Qué conclusiones extrae de esta experiencia suya?

Harich: La solución a los problemas ecológicos globales la espero de un comunismo homeostático, sin crecimiento. No he cambiado en este punto. La cuestión de dónde se realizará por primera vez es algo que sin embargo he dejado abierta en mi libro (p. 134 y siguientes). Con todo, veo las condiciones estructurales más favorables en los países socialistas. Añado no obstante (ídem, p. 137) que esto puede que no sea decisivo. Factores como el grado de industrialización, de productividad laboral, los ingresos per cápita, el consumo per cápita de materias primas y energía, etcétera, pueden demostrarse bajo determinadas circunstancias como más importantes. Hoy estoy lejos de transformar la consideración hipotética de 1975-1975 en una afirmación apodíctica: la brecha en bienestar entre el Oeste y el Este, entre el Norte y el Sur, no deja ninguna otra esperanza que el comunismo sin crecimiento se abra paso en las metrópolis del capital, allí donde el despilfarro, el agotamiento de las materias primas y la destrucción medioambiental están más avanzados, donde la sociedad de consumo comienza a llevarse a sí misma ad absurdum y donde las crisis de crecimiento económico siguen agudizándose sin poder ser ya superadas.

P.: En consecuencia, parece que se equivocó de lugar en sus esfuerzos.

Harich: Quizá fue un prejuicio moral que creyese tener que “limpiar la propia casa” primero. A pesar de todo, no quisiera perder las experiencias adquiridas: me han ayudado a sondear lo que es posible e imposible en una política motivada ecológicamente en el socialismo realmente existente de hoy.

P.: Nos preguntamos si no existe un riesgo en que el incremento del fetichismo del crecimiento, de hacer aumentar las cifras del Producto Interior Bruto de manera puramente cuantitativa, como también ocurre en los países socialistas con un elevado grado de industrialización, acabe derivando en una línea de convergencia con las ideologías de crecimiento del capital monopolista.

Harich: Afirmar que la política económica en el Este está orientada todavía a un incremento de la producción “puramente cuantitativo” es, creo yo, injusto. Piense solamente en el tiempo que ha transcurrido desde que se ha abandonado la llamada ideología de toneladas [v]. Sin embargo, el riesgo de una convergencia en la práctica existe de hecho. Por ejemplo, representantes de Yugoslavia, Polonia, Rumanía y Hungría, no solamente científicos sino también, en parte, miembros del gobierno, incorporaron en su trabajo los resultados del informe del Club de Roma exactamente en el momento en que el Club, como quedó dicho, en abril de 1976 en Filadelfia, comenzó a apartarse de su crítica al crecimiento original. Esta cooperación se plasmó incluso en una de las primeras publicaciones conjuntas entre Este y Oeste, Global Goals for Global Societies, de Ervin László, entre otros. No conozco aún este trabajo. Posiblemente su lectura me induzca a una polémica. En cualquier caso, considero la lucha contra las teorías de convergencia todavía de suma actualidad, y ello hoy incluso más que desde que se alinease con ella un político llamado Zbigniew Brzeziński.

P.: Las fuerzas antiimperialistas libran en todo el mundo una lucha por el desarme. En esta lucha el peso de la agitación se pone de manera casi exclusiva en la reducción cuantitativa del potencial militar, esto es, el número de tropas, sistemas de defensa, etcétera. ¿No podría este debate llevarse de una manera más decidida y activa políticamente si se llevase a un primer plano la dimensión ecológica de la cuestión armamentística?

Harich: Sobre esta cuestión existen ya iniciativas prometedoras. No se olvide de la propuesta que en septiembre de 1974 Gromyko remitió a la Asamblea General de la ONU y que se ha convertido en un correspondiente tratado internacional después, con las negociaciones de desarme en Ginebra. También la lucha actual contra la construcción de la bomba de neutrones tiene un componente claramente ecológico. Naturalmente todo ello es insuficiente, en esa misma dirección debe emprenderse mucho, mucho más. A lo que me sigo resistiendo es al extendido mal hábito de oponerse a una regulación de la población mundial, a una protección medioambiental drástica, al ahorro de materias primas y energía y a las reivindicaciones de desarme, como si no fuesen justificadas y urgentes. ¡Como si una cosa excluyese a la otra! ¡Como si no se tratase de luchas contra todos los riesgos al mismo tiempo!

P.: Desde su fundación, POCH se ha ocupado con frecuencia de cuestiones medioambientales. Al hacerlo nos encontramos ante el siguiente problema: ¿Cómo logramos que nuestras reivindicaciones no sirvan para hacer avanzar la agenda de recortes sociales impulsada por la burguesía? ¿En qué términos pueden unificarse la lucha ecologista y la lucha contra el desmantelamiento del Estado del bienestar?

Harich: Le planteo la pregunta opuesta: ¿Recortes sociales para qué y para quién? Cuando el presidente del USPD [vi], Arthur Crispien, en el II Congreso del Komintern, en verano de 1920 en Moscú, expresó que una revolución sólo podía llevarse a cabo si “no empeoraba demasiado las condiciones de vida del trabajador”, Lenin le respondió que este punto de vista era contrarrevolucionario por dos motivos: por una parte, la revolución exigía a los trabajadores sacrificios, y, por la otra, no había de olvidarse que la aristocracia obrera, como base social del oportunismo, se había llevado exactamente por ese motivo, para asegurarse mejores salarios, a apoyar a “su” burguesía en la conquista y explotación de todo el mundo.[vii] ¿Se prestaba con ello Lenin a un “recorte social” a favor de la burguesía? ¡Por descontado que no, todo lo contrario! Aplique esto análogamente a su problema y entonces se dará cuenta de que POCH hace bien, a la vista del síndrome político-ecológico, en convertirse en altavoz de la conciencia de la clase obrera suiza y aclarar en consecuencia: “Sí, estamos preparados, por la supervivencia de la humanidad, a cualquier sacrificio material necesario y a reclamárselo al trabajador, a condición que se haga con el principio de una estricta igualdad, esto es, que en primer lugar los ricos desaparezcan de la superficie terrestre.” De existir sobre esta cuestión desde un buen comienzo claridad, más adelante ocurrirá que POCH analizará el valor en el fondo cuestionable del actual bienestar de las masas y elevará su conciencia. El hecho de que la pauperización de las masas, considerada atentamente, no haya desaparecido, sino que meramente se hayan transformado sus manifestaciones, que las personas, a través de sus préstamos, de sus prisas y estrés en el trabajo, inseguridad existencial, enfermedades civilizatorias de todo tipo, paisaje arruinado, aire polucionado, accidentes de tráfico, creciente criminalidad, atrofia cultural, frustración sexual, etcétera, no en último lugar debido al permanente temor de una catástrofe nuclear civil o militar, que pende sobre ellos como una espada de Damocles, son más infelices que nunca. ¿Pues de qué sirve tener una casa propia en el campo cuando la naturaleza hasta entonces intacta se urbaniza? ¿De qué sirve reducir la jornada laboral, cuyas consecuencias perjudiciales y dolorosas para el corazón y la circulación sanguínea se curan en el hospital y han de compensarse después a través de un agotador entrenamiento de fitness? ¿De qué sirve elevar el nivel educativo si va de la mano de la anulación del espíritu mediante la televisión? Una pregunta tras otra. El material argumentativo que ofrece una agitación social y ecológica combinada es inconmesurablemente rico.

P.: ¿Cómo se posiciona respecto al movimiento de los ecologistas en Francia y de Los Verdes en la República Federal Alemana (RFA)?

Harich: Forma parte de uno de los acontecimientos más prometedores de nuestra época que la voluntad de luchar por la conservación de la vida en nuestro planeta y subordinar a esta tarea todo lo demás haya comenzado a formarse ahora también a nivel de partido político. Es a bien seguro obvio que también este movimiento, como los partidos tradicionales en sus comienzos, atraviese una fase de enfermedad infantil, que sobre todo ellos no consigan alcanzar una amplia y razonada posición común sobre todo el espectro de cuestiones políticas que hoy están pendientes de solución. Esto no va suceder tampoco en el estadio presente. La mera existencia de listas verdes, incluso partidos, es un logro que no se valorará nunca lo suficiente. Para poder expresarme con justicia sobre las diferencias que hay entre mí y Los Verdes primero debería conocerlos con exactitud y escrutado con detalle. Por ahora mis informaciones son demasiado escasas, aunque suficientes como para declararme en principio solidario con los iniciadores de este nuevo comienzo.

P.: ¿Puede seguir manteniendo con una posición así su afirmación de que es comunista?

Harich: El término “comunista” tiene diferentes significados. Yo defiendo el comunismo como un orden social que es más que sólo socialista, esto es, en el que no sólo los medios de producción son propiedad de todos, sino en el que también la distribución del consumo se rige por el principio de igualdad. En este sentido soy comunista. Ya no lo soy en el otro sentido, el de ser miembro de un partido surgido de la Tercera Internacional, la Internacional Comunista, el Komintern, por su acrónimo. Entre estos partidos existen, como es sabido, desde hace algún tiempo fuertes discrepancias de opinión, e incluso contradicciones, que pueden llegar a alcanzar la hostilidad. Pero, entre otras cosas, tienen en común que no consideran el comunismo algo para nada actual, que en el mejor de los casos han degradado el tema a un sermón dominical, no vinculante. Una posición “verde” realmente consecuente, por el contrario, incluye una concepción del comunismo como tarea presente, pues las limitaciones en la sociedad que demanda la ecología únicamente son realizables en la igualación de las condiciones materiales de todos, y aún más mediante una nivelación hacia abajo [viii].

Notas:

[i] POCH (Progressive Organisationen der Schweiz) fue un partido político suizo de orientación comunista nacido del movimiento estudiantil del 68. A partir de 1987 se distanció definitivamente del marxismo-leninismo y cambió su nombre a POCH-Grüne. En 1993 el partido fue disuelto, pasando la mayoría de sus militantes al Partido Verde de Suiza (GPS).

[ii] El 10 de julio de 1976 ocurrió una de las peores catástrofes medioambientales en Europa cuando se produjo una fuga de seis toneladas de productos químicos en una planta cerca de Seveso, al norte de Milán, exponiendo a sustancias tóxicas a la población de los municipios circundantes, a la fauna y a la flora. Un estudio médico realizado por Andrea Baccarelli, Sara M. Giacomini, Carlo Corbetta y otros en 2008 reveló el impacto de la contaminación al revelar que las alteraciones hormonales neonatales en un grupo de estudio compuesto por miles de afectados eran 6’6 veces superiores a los del grupo de control.

[iii] El 5 de junio de 1976 una parte de la plataforma petrolífera noruega Alexander L. Kielland, en el campo de Ekofisk, se desplomó debido a las condiciones climatológicas, acabando con la vida de 123 de los 212 trabajadores.

[iv] Aristóteles distinguió la economía, el arte de la gestión del hogar o el arte de la adquisición natural, de la crematística, el arte de la adquisición desviado de su origen, que sirve exclusivamente a la acumulación de capital y, de ese modo, fomenta la ilusión de una riqueza ilimitada e independiente del bien común. Harich trató esta cuestión con detalle en Kommunismus heute. Sobre este tema puede consultarse también la conferencia de Harich sobre filosofía clásica en el sexto volumen de las Obras Completas. (Nota de Andreas Heyer)

[v] “Ideología de toneladas” era uno de los términos utilizados para criticar a las economías planificadas de los Estados socialistas, particularmente durante el estalinismo, por primar la producción sin tener en cuenta la demanda, el uso o la calidad de lo producido.

[vi] El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD) fue una escisión del SPD posterior a la Primera Guerra Mundial que agrupó a los socialdemócratas de diferentes tendencias políticas unidos por su oposición común al conflicto.

[vii] Entre corchetes Harich incluye la referencia: Lenin, Werke, vol. 31, p. 236 y siguientes. (Nota de Andreas Heyer)

[viii] Esta posición es una constante en la filosofía política de Harich, se la encuentra tanto en sus escritos de juventud como en el marco de su crítica al anarquismo. (Nota de Andreas Heyer)

 

Por Àngel Ferrero | 22/04/2021 

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 22 Abril 2021 05:58

Triunfo Saami

Triunfo Saami

Pese a las muchas restricciones por la pandemia, los pueblos Saami ganaron una batalla este mes de abril, contra el intento de realizar un experimento de geoingeniería en su territorio en Kiruna, Suecia. Es una lucha relevante no solo para estos pueblos indígenas que habitan el Norte de Suecia, sino para todas y todos, ya que la geoingeniería se propone manipular el clima a nivel mundial. El experimento planeado sería un paso para avanzar en un nocivo proyecto con repercusiones globales.

El territorio Saami se extiende por el norte de Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia, donde una parte de sus poblaciones sigue con la crianza nómade de renos, además de mantener muchos otros aspectos de sus economías y culturas. Están organizados más allá de las fronteras nacionales -que no son las suyas ancestrales- y defienden sus derechos integrales como pueblo indígena. Varias organizaciones ambientalistas suecas y otras internacionales alertaron sobre este experimento de geoingeniería planeado en sus territorios desde diciembre 2020. Luego de discutir el tema, el Consejo Saami, que integra los pueblos de los cuatro países, envió en febrero una carta pública a varios actores gubernamentales y del proyecto, demandando su cancelación. Al mismo tiempo, muchas organizaciones y científicos suecos se manifestaron críticos del proyecto, lo cual en conjunto llevó a que la Corporación Sueca del Espacio, que era la contraparte técnica de Harvard en Suecia, anunciara la cancelación del vuelo planeado para junio 2021, entre otras razones, porque no eran conscientes de los muchos aspectos controvertidos de los proyectos de geoingeniería.

Los Saami argumentaron en la carta, que no habían sido consultados antes de planear el experimento, lo cual es un punto con validez legal a nivel nacional e internacional. Pero además aclararon que su objetivo no era la consulta, sino la cancelación del proyecto, ya que no ven necesario hacer ningún experimento de una tecnología que no quieren ni en su territorio, ni en ninguna otra parte.

“La geoingeniería solar viola la cosmovisión del pueblo Saami y va en contra de la acción urgente que necesitamos para transformar el planeta en sociedades con cero emisiones de carbono que estén en armonía con la naturaleza. Damos la bienvenida a la decisión de la Corporación Sueca del Espacio de detener el vuelo en globo planeado sobre las tierras Saami en Kiruna, pero los riesgos existenciales de esta tecnología de geoingeniería la descalifican en su totalidad, no queremos que se se avance nunca, sea aquí o en cualquier otro lugar. El falso argumento de que esta traicionera tecnología podría ser un ‘Plan B’ para el cambio climático, es profundamente peligroso”, declaró Åsa Larsson-Blind, vicepresidenta en Suecia del Consejo Saami.

En efecto, los proponentes del experimento lo plantean apenas como investigación, intentando separarlo de la totalidad del proyecto de geoingeniería. Esta fragmentación no es un aspecto fundamentalmente técnico, sino que forma parte de la estrategia usada para avanzar con tecnologías altamente peligrosas, como las armas nucleares, y evitar la crítica y escrutinio público. El Consejo Saami y otras organizaciones suecas denunciaron por ello que no se puede considerar este proyecto aislado de sus metas finales de desplegar la geoingeniería.

El experimento es parte de SCoPEx, proyecto de geoingeniería solar, organizado por un programa de la Universidad de Harvard, financiado por Bill Gates y otros billonarios. Su idea es avanzar la técnica de inyectar aerosoles en la estratósfera (SAI por sus siglas en inglés), para tapar o reflejar parte de los rayos solares antes de que lleguen a la tierra, para intentar bajar la temperatura global.

Como todas las técnicas de geoingeniería, propone solamente manejar algunos de los síntomas del cambio climático, en este caso el aumento de temperatura, pero no hace nada con las raíces del problema. Las causas del calentamiento global y el caos climático son ampliamente conocidas, se trata del alto uso de combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón), principalmente en las industrias de extracción y producción de energía, en el sistema alimentario agro-industrial, en la construcción y transportes.

Al plantear una tecnología que no cambia las causas, las grandes industrias, especialmente las de gas y petróleo, justifican seguir extrayendo y emitiendo gases de efecto invernadero (GEI), bajo el argumento de que las técnicas de geoingeniería solar y/o de remoción de carbono compensarán sus emisiones. Una manera de seguir friendo el planeta y hacer nuevos negocios cobrando el supuesto enfriamiento.

Si el tipo de tecnología que se quiere desarrollar con SCoPEx se realizara a gran escala, con algo similar a nubes volcánicas artificiales sobre el Ártico, los modelos científicos indican que podría bajar la temperatura en el hemisferio Norte, pero a costa de producir graves alteraciones en los patrones de lluvia y viento en los trópicos, con disrupción de los regímenes de monzones en Asia y grandes sequías en África.

Además, como las emisiones de GEI seguirán, una vez instalada esta tecnología, no se puede detener y habría que seguir inyectando aerosoles en nubes artificiales sobre el Ártico por mucho tiempo, incluso siglos. Si se interrumpe, estudios de científicos del clima muestran que habría un “shock de terminación”: al seguir acumulando gases GEI en la atmósfera, la temperatura subiría de golpe, y la adaptación de seres humanos, vegetación y fauna sería mucho más difícil que si se hubiera confrontado los efectos del cambio climático. En resumen: es peor el remedio que la enfermedad.

El experimento SCoPEx se trató de hacer antes en otros territorios indígenas en Arizona y Nuevo México, donde también fue resistido por organizaciones indígenas, como Tonatierra y la Red Ambiental Indígena (RAI) en Turtle Island (América del Norte). Tom Goltooth de la RAI, declaró: “Esta tecnología no es una solución para mitigar el cambio climático, es una forma de perpetuarlo. Tiene demasiados riesgos y es una violación de los derechos indígenas del pueblo Saami y del delicado equilibrio de las leyes naturales de la Madre Tierra y el Padre Cielo”.

La red Ambiental Indígena y Tonatierra, son parte de la campaña mundial “No manipulen la madre tierra”, cuyo Manifiesto contra la geoingeniería cuenta con cerca de 200 firmas de organizaciones nacionales e internacionales de 45 países. El manifiesto menciona que “la geoingeniería perpetúa la falsa creencia de que el actual modelo industrial de producción y consumo —social y ambientalmente injusto y devastador— no se puede cambiar y que la única salida son arreglos tecnológicos para atenuar sus efectos. Los cambios que debemos realizar para enfrentar la crisis climática son fundamentalmente de carácter económico, político, social y cultural”.

La colaboración entre los pueblos indígenas es esencial, así como la solidaridad internacional, ya que la amenaza ahora es que se intente volver con el proyecto a territorios de Estados Unidos.

21 abril 2021

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El instrumento experimental Mars Oxygen In-Situ Resource Utilization Experiment (MOXIE).NASA/JPL-Caltech

La prueba tuvo lugar el 20 de abril y fue realizada por un instrumento experimental del tamaño de una tostadora a bordo del róver.

 

El róver Perseverance de la NASA ha logrado convertir en oxígeno parte de la delgada atmósfera de Marte, rica en dióxido de carbono (CO2), comunicó este miércoles la agencia espacial estadounidense.

La prueba tuvo lugar el 20 de abril –el 60º día marciano desde que la misión aterrizó el pasado 18 de febrero en el planeta rojo– y fue realizada por un instrumento experimental del tamaño de una tostadora a bordo del róver, denominado 'Mars Oxygen In-Situ Resource Utilization Experiment' (MOXIE).

La atmósfera marciana está compuesta en un 96% por dióxido de carbono. Por su parte, el MOXIE funciona separando los átomos de oxígeno de las moléculas de dióxido de carbono, que están formadas por un átomo de carbono y dos de oxígeno. El producto de desecho, el monóxido de carbono, se emite a la atmósfera marciana. 

Durante este primer experimento, el instrumento produjo unos 5 gramos de oxígeno, equivalentes a unos 10 minutos de oxígeno respirable para un astronauta. El dispositivo está diseñado para generar hasta 10 gramos por hora.

"Se trata de un primer paso fundamental para convertir el dióxido de carbono en oxígeno en Marte", subrayó Jim Reuter, administrador asociado de la Dirección de Misiones de Tecnología Espacial (STMD) de la NASA. "MOXIE tiene más trabajo que hacer, pero los resultados de esta demostración tecnológica son muy prometedores a medida que avanzamos hacia nuestro objetivo de ver algún día a seres humanos en Marte", agregó.

Como este proceso de transformación requiere altos niveles de calentamiento para alcanzar una temperatura de aproximadamente 800 °C, el MOXIE está fabricado con materiales resistentes al calor. Entre ellos se encuentran piezas de aleación de níquel impresas en 3D, que calientan y enfrían los gases que fluyen por su interior, y un aerogel ligero que ayuda a retener el calor. Mientras, un fino revestimiento de oro en su exterior refleja el calor infrarrojo, evitando que se irradie hacia el exterior y pueda dañar otras partes del Perseverance.

Publicado: 22 abr 2021 08:23 GMT