Sábado, 20 Octubre 2018 17:40

¿Economía naranja o naranja mecánica?

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
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Fernando Maldonado, Conócete a tí mismo,  óleo sobre lino, 80 x 100 cm (Cortesía del autor)Fernando Maldonado, Conócete a tí mismo, óleo sobre lino, 80 x 100 cm (Cortesía del autor)

“La industria cultural ofrece como paraíso la misma vida cotidiana de la que se quería escapar. Huida y evasión están destinadas por principio a reconducir al punto de partida. La diversión promueve la resignación que se quisiera olvidar precisamente en ella”.
Adorno Y Horkheimer

 

La expresión “naranja mecánica” nos remite de inmediato al icónico filme que con ese título dirigió Stanley Kubrick, como una adaptación de la novela del mismo nombre del escritor británico Anthony Burgess. El título de la novela, que según el mismo Burgess expresa la yuxtaposición de dos cosas incompatibles, nos lleva a pensar en la extrañeza de la alegría producida por el ejercicio de la violencia.


En efecto, la presencia abrumadora de Beethoven, como trasfondo enigmático de la película –de forma muy particular su novena sinfonía, conocida también como el Himno de la alegría– y la pasión que Alex DeLarge, personaje central de la “Naranja mecánica”, muestra simultáneamente tanto por la práctica de la crueldad como por la melodía del músico alemán, fuerzan a establecer la relación. ¿Se trata, entonces, de una alusión a que la alegría derivada de la violencia, es la bipolaridad que caracteriza la modernidad? DeLarge es sometido al “método ludovico” para ser curado de su agresividad patológica, y en él tiene que padecer, sin pestañear, una serie de imágenes violentas, que en su inconsciente deben quedar asociadas a sensaciones desagradables provocadas por drogas previamente suministradas. El resultado de su curación es su conversión en un ser ataráxico, que acaba también rechazando los sonidos de la música de Beethoven, pues los compases de fondo de algunas de las duras imágenes eran del compositor alemán. ¿Eliminada la violencia, perdida la energía junto con la alegría y el disfrute del arte?


La breve pero significativa alusión al “Triunfo de la voluntad”, el famoso documental propagandístico nazi de Leni Riefenstahl, durante la aplicación del “método Ludovico”, y el hecho mismo que ese tratamiento buscara ser usado como propaganda gubernamental, conduce a reflexionar sobre el papel central del espectáculo en las sociedades altamente mercantilizadas de la modernidad, y a preguntarnos sobre el papel de éste como sucedáneo del placer de la acción y ejercicio sublimado de la violencia, en el mejor de las casos, o, en el peor, al de la violencia como entretenimiento visual. Que el espectáculo haya sido convertido en industria y que a su alrededor haya sido construida toda una rama delimitada de la producción mercantil, la llamada industria cultural, y que el producto final de ésta sea el entretenimiento, es algo que marca cada vez más la actual etapa posindustrial del capitalismo.


Es sobre este tema que el actual presidente de Colombia es coautor de una cartilla en la que motejan como “economía naranja” las actividades dedicadas al entretenimiento (1). Los autores inician el contenido usando como epígrafe la frase de una canción de Frank Sinatra: “El naranja es el color más feliz”, y luego de señalar que los egipcios lo usaban en las tumbas de los faraones, y que también es el color del vestuario de los santones budistas e hinduistas, nos enseñan que en Occidente es el color del entretenimiento y la frivolidad, descorriendo así el velo de lo que en realidad está detrás del nombre. La fachada de seriedad la apuntalan con el uso reiterado de las palabras cultura, creatividad e innovación que aparecen santificando el escenario en el que los miembros más destacados del santoral son Bill Gates, Steve Jobs, Mark Zuckerber y Richard Branson (llama la atención la ausencia en la lista de Jeff Bezos), para luego, con un lenguaje y estilo de una liviandad digna de revista del corazón, gritarnos con signos de admiración que ¡la cultura no es gratis!, y que podemos hacernos inmensamente ricos si nos atrevemos a “innovar” en el ilimitado mundo de la diversión.

Industria de la cultura y frivolización de la vida

Una de las primeras reflexiones sistemáticas sobre la cultura industrializada aparece en el trabajo de Max Horkheimer y Teodor Adorno Dialéctica de la ilustración, en el capítulo titulado La industria cultural: ilustración como engaño de masas, y en el que las técnicas de la reproducción masiva de imágenes, sonidos y símbolos son señalados como el determinante que define el nuevo papel del arte y su condición subsidiaria de la ganancia y la publicidad.


Allí dicen Adorno y Horkheimer: “Por el momento, la técnica de la industria cultural ha llevado sólo a la estandarización y producción en serie y ha sacrificado aquello por lo cual la lógica de la obra se diferenciaba de la lógica del sistema social. Pero ello no se debe atribuir a una ley de desarrollo de la técnica como tal, sino a su función en la economía actual. La necesidad que podría acaso escapar al control central es reprimida ya por el control de la conciencia individual” (2), remarcando que las manifestaciones culturales serializadas, a diferencia de las que no estuvieron influenciadas por la masificación, lejos de permitir a los seres humanos descentrarse de las lógicas sociales dominantes los hunden más en sus espesas aguas, pues la subsunción real en el sistema del capital propicia asumir sus valores y principios.


Como lo expresan Horkheimer y Adorno, la estandarización es en sí misma la negación del arte, pues históricamente éste ha basado su función en mostrar perspectivas no experimentadas y, por tanto, en su carácter de realidad distinta. De allí que arte y diversión no han ido de la mano, pues el arte cuestiona, incita, mientras la diversión anestesia, usando contenidos que le prolongan al sujeto, como espectador, su cotidianidad, sin que tenga que experimentar como realidad las angustiosas situaciones del diario vivir. “La diversión es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío. Es buscada por quien quiere sustraerse al proceso de trabajo mecanizado para poder estar de nuevo a su altura, en condiciones de afrontarlo. Pero, al mismo tiempo, la mecanización ha adquirido tal poder sobre el hombre que disfruta del tiempo libre y su felicidad, determina tan íntegramente la fabricación de los productos para la diversión, que ese sujeto ya no puede experimentar otra cosa que las reproducciones del mismo proceso de trabajo. El supuesto contenido no es más que una pálida fachada; lo que deja huella realmente es la sucesión automática de operaciones reguladas. Del proceso de trabajo en la fábrica y en la oficina sólo es posible escapar adaptándose a él en el ocio. De este vicio adolece, incurablemente toda diversión” (3).


El centro de la llamada industria cultural es, entonces, el entretenimiento, y si bien no puede considerarse su único componente, hoy no sólo es el más importante en cuanto a su tamaño, sino que es el que marca la pauta del desarrollo de las demás actividades. La repetición, sin fin, de un mismo argumento en las telenovelas, las secuencias de las sagas en el cine desde la “legendaria” “Rocky”, pasando, más recientemente, por “Harry Potter”, “Piratas del Caribe”, o “Crepúsculo”, señalan claramente la captura y el encierro en la simplificación experimentada por la imaginación en la etapa de la producción en masa.


Esencia del arte industrializado, la simplificación y multiplicación de lo mismo, que ya el arte pop, y de forma muy particular Andy Warhol, puso en evidencia, reiterándose en un mismo cuadro con la multiplicación calcada de las latas de sopa, botellas de gaseosa o rostros de estrellas del espectáculo. Y así como una mentira repetida ad nauseam en los medios masivos de comunicación convencionales termina convertida en verdad para los receptores, una imagen del espectáculo, reiterada, es transformada en realidad. Entre-tener (que no significa otra cosa que intervalo en el que somos tenidos), no sólo ha sido convertido en la actividad principal del control social, sino que ha contribuido a ensanchar los límites del período de la producción, pues ahora el ocio también es tiempo de valorización del capital.


En 1997, Gran Bretaña creo al interior del Departamento de Cultura, Deporte y Medios una división dedicada a las Industrias Creativas (Creative Industries Task Force), dando así nacimiento formal a la búsqueda de la configuración de un aparato regulador de lo que ha ido constituyéndose de forma institucionalizada como Industria Cultural, y que Adorno y Horkheimer habían anticipado. La confusión acerca de las actividades que deben incluirse en el sector es patente, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad por sus siglas en inglés), por ejemplo, reconoce que “Definir los conceptos de industrias creativas e industrias culturales conlleva a importantes contradicciones y desacuerdos en las publicaciones académicas y en los grupos donde se crean las políticas. En ocasiones la distinción es realizada entre industrias creativas y culturales y en otras, ambos términos se utilizan de manera intercambiable” (4).


Tal indefinición, conveniente a los intereses de la mercantilización de la vida, va acompañada de la minimización que los efectos de la masificación y la reproductibilidad técnica tienen en la función misma de la obra de arte –y que autores como Walter Benjamín habían tratado (5)–, así como del hecho que este tipo de productos necesariamente esté relacionado con la creación de valores y, por tanto, cargue una connotación ideológica.


Sobre este particular, en su Informe sobre la economía creativa de 2013, dice la Unesco: “Esta visión pesimista sobre la relación entre la cultura y la empresa capitalista todavía es mantenida por algunos. Este es, especialmente, el caso de la izquierda, sobre todo en el contexto de debate actual sobre la amenaza de la homogeneización cultural global. Esta visión también se basa en una perspectiva de la cultura y la economía como mutuamente hostiles, cada una guiada por lógicas tan incompatibles que, cuando ambas convergen, la integridad de la primera siempre se ve amenazada. No obstante lo anterior, a comienzos de los años 60, muchos analistas empezaron a reconocer que el proceso de mercantilización no siempre o no necesariamente acaba resultando en degeneración de la expresión cultural. De hecho, a menudo sucede lo contrario, porque los bienes y servicios generados industrialmente (o digitalmente) poseen claramente muchas cualidades positivas” (6)..

En este párrafo la sinonimia entre “empresa capitalista” y “economía” es establecida como si en realidad fueran conceptos intercambiables. Que las manifestaciones artísticas sean actividades sociales en cuya creación siempre están involucrados elementos materiales producidos, hace qué en uno de sus muchos sentidos, sean hechos económicos, pero, de allí a que por eso su producción deba tener por fin la generación de una ganancia, o qué en caso de ser así, pueda afirmarse que eso no altera el contexto de la creación, es otra cosa. Establecer una relación directa entre cultura o creatividad y desarrollismo es en sí mismo un hecho limitante del sentido de las creaciones. Además, que en el saco de la industria cultural sean mezcladas actividades tan diversas como turismo, deporte-espectáculo o investigación, por ejemplo, ya es algo que debe hacer sonar las alarmas.


Haciendo cuentas


Como ejemplo de dinamismo y perspectivas de futuro de la economía naranja, la cartilla del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), expresa de forma exaltada que Hollywood, en Estados Unidos, Bollywood, en la India y Nollywood, en Nigeria, producen en conjunto más de cuatro mil películas por año, para resaltar con signos de admiración que son ¡más de ochenta películas por semana!, sin señalar que la gran mayoría son obras en serie, estereotipadas y cuya meta máxima es sobrevivir unos pocos días en exhibición para recuperar los costos, y en las que guionistas, actores, directores y técnicos, son trabajadores precarios que viven al filo del desempleo y sin casi ninguna garantía de seguridad social. Las grandes cifras de las estrellas mediáticas de los medios audiovisuales y del deporte-espectáculo que la prensa destaca, sirven como cortina que oculta que en la base de esas actividades las condiciones laborales de los trabajadores “invisibles” son mucho más inestables y desreguladas, incluso, que en el resto de los sectores explotados por el capital.


Son las cifras de ingresos por ventas, número de trabajadores ocupados, exportaciones, “valor agregado” o monto pagado por derechos de autor, que es otro de los pilares del sector, pues con ese recurso lo buscado es proteger los intereses de los grandes inversores (7), lo que interesa contabilizar a las entidades multilaterales. Estimular la producción en masa de bienes y servicios “culturales” pasa por un manejo estadístico más exacto, como garantía que la valorización del capital en esos espacios puede ser predicha. Es así como en 1993 las Naciones Unidas crean La Cuenta Satélite de la Cultura (CSC), como una cuenta complementaria al Sistema de Cuentas Nacionales de los diferentes países.


En consonancia con todo ello, el 23 de mayo de 2017 fue promulgada en Colombia la ley 1834 “Por medio de la cual se fomenta la economía creativa –Ley Naranja–, que en su artículo sexto “Cuenta satélite de cultura y economía naranja”, amplía la Cuenta que el Dane abrió en 2005, pero cuyos primeros resultados publicó en 2016.


En el artículo segundo de la misma Ley incluyen a los sectores editoriales, audiovisuales, fonográficos, de artes visuales, de artes escénicas y espectáculos, de turismo y patrimonio cultural material e inmaterial, de educación artística y cultural, de diseño, publicidad, contenidos multimedia, software de contenidos y servicios audiovisuales interactivos, moda, agencias de noticias y servicios de información, y educación creativa, en una mezcla de actividades heterogéneas que, además, dice la Ley, no es aún exhaustiva.


Ahora bien, si observamos la lista, de todos los sectores el que más impacto tiene en las economías del mundo entero, y el más consolidado, es el turismo. Sin embargo, cuando busca venderse la idea que lo “naranja” es algo novedoso, el turismo es soslayado. Y lo es por las fuertes implicaciones sociales que tiene, dado que la llamada “turistificación”, que no es otra cosa que el desalojo de los vecinos, debido al síndrome compuesto de las alzas desmedidas en el valor del alojamiento, las aglomeraciones y el cambio de orientación de las ofertas de bienes y servicios que dejan de ser dirigidas por las necesidades de los residentes permanentes, crea nuevos flujos de desplazados económicos. Los efectos brutales de la masificación sobre poblaciones como las de Barcelona o Venecia, para señalar dos ejemplos, ha dado lugar a que el rechazo al turismo, denominado turismofobia, sea manifestado con ataques a los vehículos de los visitantes, o, incluso, a algunas construcciones consideradas como atractivos.


Es una oferta cada vez más amplia y perversa. Es así como en los últimos años ha ido creciendo el llamado “turismo negro” en el que la experiencia raya con lo malsano. Tal es el caso de someterse a las condiciones de un encarcelamiento brutal –en algunos casos compartido con presos reales–, o recorrer las llamadas rutas “macabras”, que incluyen teatros de guerra o de represión recientes como es el caso de Siria o la Franja de Gaza. En el mismo sentido tenemos las visitas “turísticas” a sectores absolutamente deprimidos como Kibera, la mayor concentración informal de Nairobi y de toda África, por cincuenta dólares, para fotografiar y ser testigo de las condiciones de vida de un millón de personas en la absoluta miseria. En Suramérica, el recorrido más famoso es el de las favelas de Rio de Janeiro.


En Colombia, uno de los casos más conocidos y aberrantes, es el del turismo sexual infantil, que ocupó recientemente las páginas de los periódicos, con la captura de Liliana Campos Puello, más conocida como la “madame”, acusada de reclutar a las niñas ofrecidas a los turistas. Aunque parecen existir casos aún más grotescos e inhumanos como el “tour de la violación”, al parecer dirigido por ciudadanos israelíes, que consiste en que un grupo de jovencitas son drogadas y esparcidas en una finca para luego ser buscadas por un conjunto de “turistas” que literalmente las cazan para violarlas en grupo. Los “innovadores” tienen también en su portafolio El Pablo Escobar tour, en el que ofrecen hacer el recorrido por sitios ocupados por el tristemente célebre delincuente, así como aquellos donde realizó sus delitos más mediatizados. La prensa colombiana reseñó recientemente que las autoridades cerraron el museo en honor al capo instalado por su hermano en el barrio Las Palmas de Medellín, que era parte del recorrido.


Los “optimistas” dirán que nada de eso es lo buscado por el color naranja, y qué en el caso del turismo, se tratará de una oferta de calidad y sustentable (cualquier cosa que eso signifique), y que respecto de los filmes, los productos televisados o producidos para la red y los best sellers, son el costo que debe pagarse en una sociedad abierta, pero, lo que igualmente debe entenderse es que bajo la ley de la oferta y la demanda lo fácilmente digerible, como las comidas rápidas, es lo que acaba imponiéndose. ¿Es, entonces correcto que los recursos y esfuerzos del Estado le apunten a eso? La marca Colombia y “vender el país” es acá tan literal como en el extractivismo.


El exhibicionismo y el voyeurismo, cada vez más desarrollados en esta sociedad del espectáculo, invita a parafrasear a Hanna Arendt, que en su libro sobre la captura y ejecución del nazi Adolf Eichmann, se refería a la “lección terrible de la banalidad del mal”, pues hoy, uno de los mayores peligros lo representa la maldad de la banalidad. Arendt, en ese texto muestra como Eichmann terminó confundiendo su ejecución con un espectáculo, pues luego de rechazar soberbiamente cualquier ayuda le dijo a sus verdugos que muy pronto, caballeros, volveremos a encontrarnos: “En el patíbulo, su memoria le jugó una mala pasada; Eichmann se sintió «estimulado», y olvidó que se trataba de su propio entierro” (8). El terror es también espectáculo y ya sea que lo practique el Estado formalmente como en la pena de muerte, o que lo imponga cualquier otro actor, lo central es paralizar a quien lo visualiza.


La economía naranja, entonces, gira alrededor de lo espectacular y su color no es el de la felicidad, o mejor sí, de la felicidad de unos pocos a costa del malestar de muchos. Es el color de una naranja mecanizada, que es negación de lo vivo.


Sin duda, y contrario a lo que ahora pretende Duque y el gobierno que encabeza, las manifestaciones más complejas del ser humano no deben estar sometidas a la ley de la oferta y la demanda ni al cálculo de las ganancias. El barniz naranja de la banalidad equivale a metamorfosearnos en materia insustancial.



1. Felipe Buitrago Restrepo e Iván Duque Márquez, La economía naranja, una oportunidad infinita, BID-Aguilar, 2013.
2. Max Horkheimer y Teodor W. Adorno, Dialéctica de la ilustración: fragmentos filosóficos, Trotta, 1998, p. 166.
3. Ibíd., P. 181.
4. Unctad, Economía creativa: una opción factible de desarrollo, PNUD-Unctad, 2010, P. 45.
5. Walter Benjamín ve la posibilidad del uso de la reproducción mecánica del arte como un instrumento de desacralización del “aura” de las manifestaciones artísticas excluyentes, luego del triunfo de la Revolución, en su trabajo titulado La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
6. Unesco, Informe economía creativa, edición especial 2013, ampliar los cauces del desarrollo local. P. 20
7. La ley 1834 del 23 de mayo de 2017, promulgada para fomentar la economía creativa (Ley Naranja), dice en su artículo primero: “La presente ley tiene como objeto desarrollar, fomentar, incentivar y proteger las industrias creativas. Estas serán entendidas como aquellas industrias que generan valor en razón de sus bienes y servicios, los cuales se fundamentan en la propiedad intelectual”.
8. Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, DeBolsillo, 2011, p. 368.

*Economista, integrante del Consejo de redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia.

Información adicional

  • Autor:Álvaro Sanabria Duque
  • Edición:182
  • Fecha:Octubre de 2018
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