Sábado, 20 Octubre 2018 17:48

Diálogo en el Infierno entre Tirofijo y Laureano

Escrito por Philip Potdevin
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Tutus Mobio, Attache Bretteles (Cortesía del autor)Tutus Mobio, Attache Bretteles (Cortesía del autor)

Un ciudadano puede llegar a ser príncipe sin necesidad de cometer crímenes horrendos y violencias censurables […] Pero nadie alcanza esa soberanía sin el favor del pueblo o de los magnates.
El príncipe, Maquiavelo, IX, 1.

 

A mitad del camino de la vida me encontraba en una selva oscura, con la senda izquierda embolatada por tan nefasta hegemonía centro-democrática. ¡Ah!, decir cuál selva era es cosa dura, pero quizás no me equivoque si digo era en la montaña, por lados de Ríonegro donde una señal indicaba: El libérrimo y me di cuenta de que esta selva salvaje era áspera y fuerte y solo pensar en ella renovó mi pavura, aun más cuando divisé a la distancia un caballista que venía de un socavón, y sin que él se percatase quise acercarme, más por candidez y necedad que por coraje, y a medida que avanzaba definí los contornos de la imagen: un sofisticado ejemplar de paso fino colombiano, y sobre él, casi momificado como un Cid yerto sobre Babieca, erguido y altivo, el montador, fajado por la costilla rota por donde parió al nuevo presidente, y sobre la testa dura, suave sombrero aguadeño. Lo qué más llamó mi atención: su rostro, que no emanaba luz alguna, al contrario, destellaba sombras siniestras como si se tratara de uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Tras llegar al cerro que subía allí donde aquel valle terminaba, y a medida que seguía al jinete, observé que se acercó a una caverna oscura, como la descrita por Domingo de Santo Tomás, en 1550, obispo de La Plata, Bolivia, al contemplar las minas de argento: «boca del infierno por la cual entra cada año gran cantidad de gente, que la codicia de los españoles sacrifica a su dios, y es una mina de plata que se llama Potosí». Solo que esta era la entrada al mismísimo Infierno.

De pronto el jinete cambió de opinión y se alejó, quizás llamado a atender la posesión de quien él dijo. Mientras me deslizaba en la pendiente, descubrí a quien en un inicio por mudo tomé, por lo silente. Grité: «¡apiádate de mi, ya seas sombra o seas hombre cierto!» Allí parecía aguardarme ese hombre, viejo y encorvado, al que vi la barba y la alta pipa, y dije, «este es un poeta», por revelárseme como un ventripotente agrómena de jipa a quien por un capricho de su caletre obtuso se le antojó fingirse paraísos, cuando no infiernos.

Saqué fuerzas de donde no las tengo y me dirigí, con voz entrecortada: «¿No es usted aquel León rugiente, y acaso aquella que cuelga de su boca la agreste pipa del loco Legrís, ministril, trovero y juglar de alma singular, el Gaspar de la Nuit, el mismo Matías Aldecoa, también conocido como Sergio Stepansky?» ¿«El mismo», respondió sin titubear. «¿Y qué hace por estas lúgubres cavernas que prometen llevar al más horrible confín de la tierra?», pregunté, asombrado. Me miró con tristeza y confesó: «Jugué mi vida, ¡Bien poca valía! ¡La llevaba perdida sin remedio!» Y añadió: «Por tu bien, pienso y discierno que me sigas; yo seré tu guía, y he de llevarte al lugar eterno». Así, que acompañado de tan egregia figura no titubeé: «Poeta, pues llévame donde ahora has prometido», y me dejé guiar y fuimos adentrándonos en ese horrible socavón que despedía vapores sulfurosos y fétidos, y me di cuenta era la hacienda del funesto caballista.

Arribamos a un letrero chamuscado, pero legible: «Por mi se va al país doliente, por mi se va al eterno dolor, por mi se va con la perdida gente. Perded toda esperanza al traspasarme, tanto aquel que votó por mi (o por el que dije) y aquél que fue derrotado por mi (o por el que dije), pues libre, libérrimo, será de todo delirio utópico de un país mejor, más justo y con menos desigualdad. Bienvenidos al autentico “Libérrimo”.

El maestro tomó mi mano y me ayudó a cruzar un río en una barcaza endeble que amenazaba colapsar y ser devorada por la corriente de llamas. Tan pronto tocamos orilla escuché llantos, suspiros y ayes resonando en el aire sin estrellas y, por ello, a llorar empecé. Yo, que de horror sentíame embriagado, clamé: «Maestro, ¿cuál es ese ruido? ¿Qué gente, qué dolor la ha golpeado?» Respondió: «Son los avaros, pícaros y ladrones que roban a su pueblo».

Era lugar infestado de almas que se empujan unas a otras, con el pecho bregando y chocando entre sí, disputándose el más mínimo espacio. «Y entonces –señaló el maestro–, son tantos que no caben en este círculo. Mira –dijo, y señaló–, aquí están los más corruptos de los corruptos: Allí, el del Guavio, Puyo Velasco, allá Rodríguez, el de Foncolpuertos, allá, Albornoz, el de la Dirección Nacional de Estupefacientes, y allá, Tomás Jaramillo y Juan Carlos Ortiz, los pillos de Interbolsa; por este lado alcanzas ver a don Samuel Moreno, el del carrusel de la contratación; allá, Palacino, el de Saludcoop; detrás de él, el abogado Víctor Pacheco, de Fidupetrol; y más allá, esos cuatro que conversan en susurros son los de Odebrecht: el exsenador Otto Bula, el exviceministro de Transporte, Gabriel García Morales, el ingeniero y contratista Alberto Cardona y el fiscal Rodrigo Aldana; más allá, pero distinguibles, los de Plan Alimentario Escolar y también la caterva de Reficar, y los yidispolíticos, más los ocho mil implicados del proceso 8000. Tantos y tantos que, si quisiera nombrártelos, no terminamos en un año…».

Y yo, que no salía del asombro, atiné a balbucear: «Maestro, ¿acaso todos los que viven en el Libérrimo, son colombianos?». El maestro sacudió la cabeza, desesperanzado: «Son tantos los compatriotas que quieren venir aquí que el Ángel Caído creó un pabellón especial del Averno, como en La Picota los paras, únicamente para los que cantamos el Oh Gloria inmarcesible. Es el país de mierda que nos dejó, primero, el general Hermógenes Maza, y luego el periodista Cesar Augusto Londoño el día que mataron a Jaime Garzón».

Y continuamos descendiendo hasta otro circulo, el de hombres que su faz era de justos, tan benignos sus cueros parecían; más el resto era de reptil adusto: pelos en ambas garras les nacían, y su pecho, su espalda y sus costados pintados de nudos. «El circulo de los usureros» anotó el sabio maestro: «el de los banqueros quebrados y enriquecidos con el dinero de los ahorradores. Allá, Pedro A. López, padre y abuelo de López Pumarejo y López Michelsen; también Carlos Alberto Sánchez Rojas, “El Conejo Millonario; Félix Correa, Jaime Michelsen y los expresidentes y miembros de las juntas directivas del Banco del Estado, el Banco del Pacífico, el Banco Andino y el Banco Central Hipotecario. Tampoco faltan los piramideros como don DMG y otros que se enriquecieron financiando viviendas a precio de usura y luego arrancándoselas a aquellos que ellos financiaron. Mira al Señor de los Avales, por solo mencionarte uno de tantos.

«Ahora llegamos al círculo de los archimillonarios. No falta ninguno». «Ahora entiendo –comenté–, por qué Cristo decía que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos. ¡No sabía de tantos millonarios en Colombia! «No creas –aclaró el maestro–, son setenta mil, lo que sucede es que se ven hacinados, y no pueden gozar de los palacetes que tuvieron en vida. Pero ahí donde los ves, apenas el 0.14 por ciento de la población poseen el 99 por ciento de la riqueza colombiana. No falta ninguno, los Santodomingo, padre e hijos; Ardila, el Sarmiento que se la pasa de un círculo a otro, Gilinski, y para no mencionarte los paperos, los transportadores, los floricultores, los industriales, los contrabandistas, y comerciantes que todos conocemos.

«Mira este otro círculo, el de empresarios de los infames carteles que hacen acuerdos con sus competidores para fijar precios, para obstruir el mercado, para repartirse geográficamente la torta: los cementeros, los de los cuadernos, los de los pañales desechables, los del azúcar, los del arroz, los del papel higiénico, los de los refrigerios, los de los alimentos, los de los medicamentos, y los de la contratación estatal. ¿Ves como está atestado este Círculo del Libérrimo?»

«Y este otro circulo tan triste: periodistas vendidos al gran capital, que reciben sobres, dádivas, viajes, puestos, nombramientos y prebendas por ensalzar y escribir bien de sus patrocinadores. Allí están directores de noticieros de la mañana, del final de la tarde, de los programas seudo-humorísticos, los que ostentan su inglés con los entrevistados y los que pertenecen a la ultraderecha y sus fundamentalismos. Ellos comparten también el circulo con los pensadores, escritores e intelectuales pusilánimes que miran a un lado sin denunciar lo que pasa delante de sus ojos, aquellos que prefieren hablar de temas frívolos y no agarran el toro por los cuernos. ¿Ves la cantidad tan grande que hay?».

Llegamos al círculo de los más deplorables: los que han tenido a este país en guerra, tantos y tantos años. Allí, una mezcla de todo: políticos, ganaderos, latifundistas, subversivos, militares, paramilitares, presidentes, gobernadores, alcaldes y, en lugar especial, los intelectuales de grandes crímenes. «Mira a Santander, Santofimio, José Miguel Narváez; al arzobispo de Bogotá de 1914 y a los jefes liberales del 48...».

En medio de tanta algarabía de gritos por los horrores que padecían, escuché dos almas que parecían trabadas en un altercado personal. Una gritaba: «¡Estás agachado!» y la otra reviraba: «Eso es tranque y a virarse», y, de nuevo la primera: «me quedo» y solo tras aguzar mi visión dilucidé que jugaban al dominó. Se me hicieron conocidas, almas de dos viejos zorros: el uno de camisa a cuadritos azules, quepí camuflado y toalla al hombro para secarse el infernal calor del lugar, al hombre una carabina M1; el otro, recostado entre sus piernas un bastón y, terciada al hombro, como para darle equilibrio, una inmensa motosierra –hasta aquí llegan los adelantos de la ciencia, antes eran machetes chulavitas–. El maestro me sacó de la duda: «Nada menos que Tirofijo y Laureano. ¿Qué te parece?». Y sacudí la cabeza: «Hay que estar en el Infierno para ver cómo se juntan. Ahora entiendo por qué dicen que es probable que sea preferible el paraíso, por el clima, pero nada igual al Infierno para una buena compañía».

No quisimos interrumpir la violenta partida que se desarrollaba entre imprecación e imprecación, salpicada de risotadas y burlas de los dos. En algún momento, cuando Laureano pensaba la próxima jugada, Tirofijo espetó: «usted debía vivir alacraneado, por que siempre tenía esa cara de feroz»; a lo que el otro azotó con violencia una ficha y gritó: «¡el Duque!» y yo casi salgo despavorido a perderme de pensar que hasta aquí se nos había metido el Hombre de la Cabeza Enjabonada, pero el maestro me retuvo: «Tranquilo, home, que el Duque anda suelto allá en la superficie, a lo largo y ancho de la geografía nacional, aquí Laureano se refiere a la ficha del número dos, es decir la que tiene dos puntos». Aliviado por la aclaración, continué observando la partida y el diálogo entre ambos condenados. Don Tirofijo anotó, entre dientes: «Fueron muchos los años que anduve por el monte gatiando en esa lucha. Muchas las carreras a los berriondazos. Todo ¿para qué? El mucharejo ese del Timo Che, que yo tanto apreciaba, mire lo que hizo a los muchachos, les hizo entregar las armas y vea...». Laureano se frotó las manos y soltó una satánica carcajada: «Ahora los tengo a tiro de as, ahí los vamos bajando uno a uno, como patos en feria de ciudad de hierro». Sentí náuseas de ver el maquiavelismo de este hombre y tuve que sostenerme del brazo del maestro para no caer en la llamarada donde conversaba este par.

Observé algo insólito: detrás de la butaca donde se sentaba Tirofijo había una biblioteca con libros que, a pesar de las llamas que cundían por toda parte, no se quemaban. Entendí que aquí, ahora, este campesino iletrado se había dedicado a instruirse, cosa que en vida le sobraba pues su astucia reemplazaba cualquier necesidad de ilustración.

Laureano escrutó a su oponente y señaló: «Ustedes ahora se jodieron, nosotros tenemos un Príncipe en el trono de Nariño». A lo que Tirofijo respondió: «¿Se refiere al Príncipe del que sigue siendo el Rey?». «A ese», ratificó el viejo del bastón y la motosierra.

Y Tirofijo achicó aun más los ojos y preguntó, señalándole un libro que tenía en la mano: «¿Usted si sabe que su Príncipito es admirador confeso del Príncipe de Maquiavelo?». Y le extendió dos libros: «Vea viejito, entérese: Este es de su Ivancho, se llama Maquiavelo en Colombia; el otro es del taita, ya entenderá entonces de dónde sacó el príncipe gordito su vocación maquiavélica. Se llama Semblanza de Maquiavelo. ¿Se da cuenta? En su propia casa se formó en esas ideas tan peculiares sobre el poder y la manipulación de los pueblos. Luego pulió sus conocimientos con su mentor, el Rey, el eterno presidente de Colombia, que es muy avispado, para qué; mire no más cómo tiene embobado a más de medio país.

Laureano se encogió de hombros y se limitó a expresar: «A mí el país me tiene muy tranquilo, Monseñor Ordoñez me mantiene bien informado de todo lo que sucede allá, además él tiene puerta giratoria para entrar y salir de aquí como Pedro por su casa. Colombia no puede estar en mejores manos».

A lo cual Tirofijo objetó: «Y ahora el Duque, es decir el Príncipe, es decir, el Rey –¿no es acaso esa Trinidad un único y maquiavélico cerebro?–, con su erudito conocimiento del Efecto Naranja y la economía naranja ahora podrá esquilmar a la clase media y terminar de joder al pueblo. ¡Que horror!», y sacudió la cabeza. Y continuó: «Un gobierno de oligarcas para oligarcas. El jovencito no lleva un mes en el poder y ya anunció que va lanza en ristre contra la clase media para ponerla a tributar más y así quitarle o bajarle impuestos a los ricos y a las grandes empresas. Y también que quiere dejarse convencer de la ministra de las bondades de la vaina esa del fracking que a mi me suena a que las petroleras se vestirán de frac para robarse hasta la última gota de gas y petróleo de nuestro rejodido país».

«¡Pero si la salvación de Colombia es la economía naranja!» gritó Laureano y azotó una ficha sobre la mesa de juego. Y el otro respondió: «¡A mi me sabe esa naranja a picho, y una fruta picha sabe horrible!» y azotó, a su vez, una ficha y gritó: «¡La peste!». Y era un siete, la ficha que no le gusta a nadie. «No, viejo Tiro –apuntó Laureano–, no se engañe, mire que el Duque de la cabeza enjabonada sabe lo que hace. Voy a regalarle, ya que a usted le gusta leerlo tanto, otro libro de Duque: se llama El efecto naranja. Guardadas las proporciones es como el Mein Kampf de mi gran ídolo, el sargento Adolfito. Ahora que lo veo tan instruido sabrá que todo cuanto dijo el frustrado artista de acuarelas en su libro, después lo cumplió; así que nadie debería sorprenderse de lo que hicieron los nazis en el poder».

A lo que Tirofijo respondió sin pestañear: «Pues mire, don Laureano, que ya me leí El efecto naranja, y se me ha helado la sangre. En ese libraco color naranja podrida se nota el talante del Príncipe de cabeza enjabonada: la admiración con rodilleras por el Tio Sam, su veneración por las multinacionales, en especial empresas como Google y Facebook -fíjese a quién nombró ministra de las TIC–, su desprecio por las denuncias de Assange, y su apuesta por lo que se ha llamado “industrias creativas” o la “economía creativa”; aquello a lo que él se refiere como la economía naranja. Bajo la falacia de estimular y aprovechar la capacidad creativa de artistas, intelectuales, pensadores, en realidad se abre paso a un mecanismo, en esta economía naranja picha, para que de forma descarada se roben el derecho de los auténticos creadores y se les entregue a los comercializadores. Es decir, el negocio no es para quien de verdad crea, inventa o desarrolla ideas artísticas sino para quien las comercializa; es decir, las grandes multinacionales; una vez más, sus amigotas, las multinacionales del entretenimiento, la diversión, el cine, la música, las editoriales. Todas esas que viven del talento de otros y se quedan con los réditos. Ahora sí que se va a trepar la carestía, mi estimado don Laureano».

«¡No!», protestó el anciano del bastón y la motosierra. «Este señor es muy ilustrado. Fíjese, estudió y aprendió muchísimo en las universidades de Georgetown y Harvard». Tirofijo desgranó un chasquido: «¡Ja! Escuelas donde desasnan neoliberales de godarria mayor, ¡allá no van godos sino ostrogodos! Bajo ese cuentico de la innovación, estamos, quién lo creyera, en pleno siglo XXI, ante un nuevo Déspota Ilustrado al servicio del hipertrofiado orangután llamado Gran Capital».


Laureano suspiró: «Me queda el consuelo que usted al menos lo respeta como príncipe, no como esos salvajes caricaturistas en El Tiempo y El Espectador que lo pintan como cerdo, pobre muchacho, si su único pecadillo es la debilidad ante un buen sancocho, primero, en la campaña y ahora en los consejos “Destruyendo País”, o como se llamen».


«Yo sí lo respeto –respondió Tirofijo—; es más, yo, que no temo a nadie, a ese sí le tengo pánico, y no lo pinto de cerdo. Además, como diría don Jorge Orwell de quien hace días leí esa jocosa Rebelión en la Granja –y a mi me gustan muchos las granjas, en especial donde hay cerdos y gallinas, las añoro desde que nos robaron los animalitos en Marquetalia–; yo sé que todos los cerdos son iguales, pero hay uno más iguales que otros; pero no me distraiga, don Laureano que usted es maestro en eso. Lo que quiero decir es: ¡Mamola!, como decía Gaitán, a la Ley Lleras 6.0, estandarte de la economía naranja, exigida por el TLC y peaje cobrado por la Ocde, la que entrega la cultura a las trasnacionales del marketing cultural, la que da el zarpazo a los artistas para sacrificarlos a quienes comercializan la cultura. Usted debe saber que el acceso a la información, al conocimiento y a la cultura es un derecho reconocido y universal, es un bien común de la humanidad, pero ahora pasa a ser propiedad de esas mega-industrias.


«Entre en razón, don Tiro, ¿no ve acaso que la economía naranja tiene un inmenso potencial de generar empleos, ingresos y puestos de trabajo? Mire que Medellín ya se vende como ciudad de innovación, y que con buenas políticas culturales todo se soluciona. Páreme bolas, por favor, no me obligue a prender la motosierra, y entonces ¿con quién me quedo para el dominó si me toca despedazarlo a sumercé, así usted sea un mero tirafichas?».


Y el otro contestó despacito, mirando de refilón: «Usted que prende esa joda y yo que hago honor a mi apodo y le pongo la mira entre ceja y ceja. ¿Acaso cree que me gané mi renombre con un diploma falso, como los que usted sabe? ¡Y más tirafichas será su madre!». Allí me entró mucho susto que la cosa se fuera a poner peliaguda y urgí al maestro que nos fuéramos, pero él me tranquilizó: «quedémonos otro ratico que esto está bueno» y acepté al momento que Tirofijo dijo: «Vea, más bien le suelto otro datico: la economía de la globalización está tan jodida con el Trom ese, que ahora descubrieron puallá y puacá también la gallina de los huevos de oro. Y sabe que el Rey, el eterno presidente, para cuidar los huevitos es buenísimo, ahora quiere exprimirles el jugo a los artistas, a los creadores y chuparles la sangre hasta la última gota y hacer trasfusión a los vampiros de las trasnacionales del entretenimiento para que exploten sus derechos hasta la eternidad y dejar aun más en la inopia a los pobres innovadores, que se quedaran viendo un chispero. Y el viejo zorro aprovechó y azotó la última ficha con una inmensa carcajada: «¡Le ahorqué el cochino! ¡Quédese con ese doble seis!».


Insté al maestro a seguir nuestro camino y dejamos a esas dos desdichadas almas enfrascadas en el altercado sobre la economía naranja y su eterno combate de dominó. n

Información adicional

  • Autor:Philip Potdevin
  • Edición:182
  • Fecha:Octubre de 2018
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