Jueves, 22 Noviembre 2018 09:35

De filosofía y exclusiones*

Escrito por Damián Pachón Soto
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Rosenell Baud, sin título (Cortesía de la autora)Rosenell Baud, sin título (Cortesía de la autora)

En un texto titulado “Una presencia decisiva” escribió el filósofo rumano Emil Michel Cioran: “En cuanto las mujeres se consagran a la filosofía, se vuelven presuntuosas y agresivas y reaccionan como advenedizas. Arrogantes y sin embargo inseguras, visiblemente extrañadas, no se encuentran, a todas luces, en su elemento” (1). Pues bien, gracias a la existencia de este patriarcado filosófico, que históricamente ha subvalorado la capacidad de la mujer para pensar y filosofar, pues en estos menesteres ellas “no se encuentran, a todas luces, en su elemento”, no es de extrañar la gran controversia que originó en el país el último concurso docente en el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, donde, existiendo 17 profesores, se eligió de nuevo un hombre, dejando por fuera a las mujeres que habían aspirado a la plaza.


Desde luego, la denuncia realizada por la Red Colombiana de Mujeres Filósofas no buscaba quitarle méritos al ganador del concurso, profesor Vicente Raga (cuya solvencia filosófica es más que probada), sino poner de presente la ausencia de una política de las universidades para garantizar la paridad de género en la academia colombiana, a la vez que denunciaron la existencia de estructuras patriarcales, ancladas en el sentido común, en la vida cotidiana, que no garantizaban la neutralidad en la elección de los ganadores.


Esto quiere decir que, a pesar del diseño, aparentemente neutral de los concursos, el machismo puede filtrarse en la asignación de puntajes y en las entrevistas realizadas a las candidatas. En este caso, los prejuicios machistas no garantizan la neutralidad de la elección, pues, de suyo, éstos pueden influir en la exclusión de las mujeres en la decisión final. El punto es, entonces, ¿cómo diseñar una reglamentación que garantice una igualdad real de las mujeres en estos concursos, máxime cuando está probado que la mujer no ocupa cargos de alto rango como los hombres, que aún en países avanzados, como en el Norte de Europa, hay una brecha salarial, pues ellas ganan 90 centavos por cada dólar que devenga un varón; o que, en el mundo las Facultades de Filosofía están ocupadas por hombres más o menos en un 80 por ciento de los casos?


Ahora, ¿se trata sólo de garantizar el punto de partida o la supuesta neutralidad, o podría argumentarse abiertamente que es necesaria una mujer en el cargo? ¿No se violaría el derecho a la igualdad? Creo que no, pues justamente con esa medida se busca realizar una igualdad real. No se está creando ningún privilegio, sino que se está corrigiendo una injusticia. Es, necesario, pues, pensar el asunto de la paridad de género en las universidades, para garantizar el derecho al trabajo, a realizar la profesión…más que eso, la vocación.


Ahora, lo que quiero poner de presente aquí, en este escrito, es algo más estructural. Para decirlo directamente: la filosofía es una disciplina atravesada por prácticas excluyentes. No solamente en el caso del género, sino también de clase, de lo cual devienen otras exclusiones. Veamos.


Eduardo Nicol, el filósofo español que arribó a México, huyéndole al franquismo, decía: “La filosofía crea una aristocracia: la de quienes aprenden a entender” (2). Según este punto de vista elitista, no todos entienden bien, no todos piensan bien, desde las mujeres hasta ciertas razas pobladoras de los países colonizados alrededor del orbe. Históricamente, éstos últimos fueron gente (a veces semi-humanos o casi animales como en Ginés de Sepúlveda) subdesarrollada mentalmente, que no alcanzaba las luces de la filosofía europea. Sólo entienden los mejores, unos pocos, los aristoí.


Desde luego, esta expresión es clasista, pues sí la filosofía se origina en Grecia, cosa que Enrique Dussel ha cuestionado y negado en su Filosofía de la liberación, es claro que sólo los hombres libres pueden filosofar, mas no los esclavos, que, según Aristóteles, no se gobiernan por ellos mismos y por eso necesitan ser gobernados, pues lo perfecto gobierna lo imperfecto, es decir, el amo debe gobernar al esclavo; y en la modernidad, el blanco debe gobernar al negro, al cobrizo, etcétera. Por eso, el presupuesto de la filosofía es la libertad. De ahí que la filosofía también haya tenido sus expresiones racistas, pues algunos europeos, filósofos de renombre, dudaron de las facultades racionales de los indígenas y de los negros. Por ejemplo, en Del espíritu de las leyes dice Montesquieu: “Si yo tuviera que defender el derecho que hemos tenido los blancos para hacer esclavos a los negros, he aquí todo lo que diría […] la prueba de que los negros no tienen sentido común, es que prefieren un collar de vidrio a uno de oro, cuando el oro es tan estimable en los países cultos” (3). A diferencia de lo que pensaba Descartes, para el filósofo ilustrado, la razón no está tan bien distribuida...menos el sentido común.


Esa aristocracia de los que aprenden a entender, es decir, el elitismo aristócrata de la filosofía, es la premisa para excluir a todos aquellos que no se dedican a la disciplina. Por eso decía el ya citado Cioran en 1992: “La filosofía engendra un desprecio total hacia quienes están fuera de ella, por eso es peligrosa en este sentido”. La consecuencia de esto es el consabido solipsismo de la filosofía. Éste es consecuencia del clasismo, el elitismo y hasta del sexismo. Ese solipsismo está representado en la imagen del filósofo en la torre de marfil, como un semi-dios, un ser especial, una especie de rey filósofo, o un pequeño burgués como decían los marxistas, apartado del mundo, lejos de la sociedad; allá en las nubes, solo con sus pensamientos y en su onanismo intelectual, absorto en el mundo de las ideas, y descontaminado de las circunstancias.


Y el filósofo mismo, valga decir de paso, ha reforzado esta visión, esta autocomprensión como “ser superior”, por eso no es raro que ellos mismos hayan llevado al paroxismo lo que he llamado “el culto del yo”. Un “yo el supremo”, para decirlo con el título de la obra de Augusto Roa Bastos, que lo ha legitimado para descalificar al otro, a los otros. No sólo a sus colegas, sino a los profesionales de las otras disciplinas. Por eso, con razón, decía David Hume: “Nada es más común y natural para aquéllos que pretenden descubrir al mundo algo nuevo en filosofía y en las ciencias, que insinuar las alabanzas de sus propios sistemas, desacreditando todos los que han sido expuestos con anterioridad” (4). Estas palabras de Hume se complementan claramente con estas de G. Colli, en su libro Después de Nietzsche, cuando dice: “De esta manera nace el filósofo […] su esfuerzo consiste en aparecer como el punto culminante de una tradición inventada, encarnada por él, o mejor aún en parecer completamente original” (5). Es decir, la manía de exaltar las propias ideas desacreditando las ajenas.


Las Facultades de Filosofía, tal vez no todas, están llenas de este tipo de prácticas narcisistas y excluyentes. Por eso, la modestia no suele ser una virtud del filósofo. Eso explica el ambiente hostil de trabajo en algunas facultades, donde los nietzscheanos desprecian a los marxistas, o los analíticos desprecian a los fenomenólogos; donde llega a cundir la envidia y la censura. Pero no sólo eso. También desprecian a politólogos, sociólogos, biólogos o antropólogos. Algunos creen, aún hoy, y a pesar de la consabida crisis de las disciplinas, que no tienen nada que hablar o aprender de otros profesionales. Lo curioso es que hay filósofos que se han dedicado a pensar y reflexionar sobre la amistad, el reconocimiento, la solidaridad, la acción colectiva, la intersubjetividad, la razón dialógica, la democracia radical, etcétera, que subvaloran otras disciplinas o subvaloran a colegas que trabajan en otras carreras, como si no fuera preferible, en muchos casos, estar fuera de ese espacio y de su ambiente denso, para dialogar y aprender de otros. Estos filósofos poseen, como diría Antonio Gramsci, una “conciencia contradictoria”; o como se dice popularmente: predican pero no aplican.


Por eso, la filosofía se presenta soberbia, presuntuosa, egotista, elitista, clasista, solipsista, sexista, eurocéntrica y, en el peor de los casos, hasta racista. Son prácticas que la contravienen directamente, que la pervierte y degrada justamente cuando estamos tratando de sobrevivir como saber y actividad en un mundo atiborrado de abalorios que parece poder prescindir de la facultad elemental de pensar; el reino del hombre-número, tipo, mecánico, teledirigido, que parece no necesitado de ejercitar el pensamiento, el humano modorro –para usar la palabra de Francisco de Quevedo (6)–, de las neuronas. El modorro es el perezoso, el abúlico, el desidioso y el flojo. De propagarse este tipo de sujeto, el ser humano futuro dirá de su predecesor que “No sabía, No pensaba, No miraba”, tal como los tres hijos de Juventud y Pecado, que menciona el poeta español.


Es una realidad que debemos superar. De manera imperiosa. El mundo enfrenta un momento como no se veía hace décadas por lo que hoy necesitamos de la filosofía más que antes, como antídoto contra la manipulación mediática y contra ese engendro llamado posverdad que moviliza elitismos, nacionalismos, racismos, homofobia y antifeminismo. Hay que recuperar la pasión por el saber, para así avanzar y poder perturbar radicalmente la comprensión hegemónica que tenemos del presente; perturbar, sub-vertir, transfigurar, metamorfosear el mundo que tenemos por medio de la creación y la acción colectiva, común, libidinal, viva, lúdica y apasionada. Por eso la filosofía debe transformar muchas prácticas para no perecer; debe abrirse, dialogar, aprender, aportar, interactuar, descender, empatizar, movilizar los afectos y las singularidades. Para ello se requiere una filosofía humilde y autocrítica, ante todo crítica de sus propias prácticas; se requiere una filosofía cálida, que seduzca para poder sobrevivir. Una filosofía que sea una fuerza en la lucha por la construcción de otros “posibles posibles”, como dice Arturo Escobar (7); una filosofía que desnude el presente, impúdica, que aporte en la edificación de una cultura vitalista; una filosofía que ayude, con sus posibilidades, a esculpir humanamente el mundo que queremos, un mundo imaginado pueda convertirse en una utopía realizada, o, lo que es lo mismo, que deje de ser utopía porque ha llegado a ser, justamente, real, concreto y vivible.

 

* Texto leído en el lanzamiento del libro Filosofía para [email protected] Una guía para profesores y estudiantes, en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Industrial de Santander, el día 24 de octubre de 2018.

 

1. En: Ensayos sobre el pensamiento reaccionario y otros textos, Bogotá, Montesinos, Tercer Mundo Editores 1991, p. 189
2. El problema de la filosofía hispánica, México: Fondo de Cultura Económica, 1998, p. 30
3. México, Editorial Porrúa, 2000, p. 162.
4. Tratado de la naturaleza humana. Acerca del entendimiento. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1974, p. 21
5. Gorgio Colli, Después de Nietzsche, Barcelona, Anagrama, 3ª ed., 2000, p. 66-67.
6. La palabra aparece en Genealogías de los modorros, atribuido (en verdad) a Quevedo.
7. Otro posible es posible: caminando hacia las transiciones desde Abya Ayala/Afro/Latinoamérica, Bogotá, Ediciones Desde abajo, 2018, p. 27 ss.

**Doctor en Filosofía, Profesor Escuela de Trabajo Social, Universidad Industrial de Santander. Email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional

  • Antetítulo:Demandas del presente
  • Autor:Damián Pachón Soto
  • Edición:183
  • Fecha:Noviembre de 2018
Visto 1498 vecesModificado por última vez en Domingo, 16 Diciembre 2018 11:25

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