Viernes, 15 Noviembre 2019 17:58

MANIFIESTO POR UNA CIVILIZACIÓN DEMOCRÁTICA / TOMO II. La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos

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MANIFIESTO POR UNA CIVILIZACIÓN DEMOCRÁTICA / TOMO II. La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos

ÍNDICE

1 . – INTRODUCCIÓN

2 . – FACTORES DEL NACIMIENTO DEL CAPITALISMO: EL LADRÓN DE CASAS

A . – Racionalismo
B . – Economicismo
C . – El Poder político y su Relación con el Derecho
D . – El espacio del capitalismo
E . – Civilizaciones histórico-sociales y el capitalismo

3 . – EL CAPITALISMO ES PODER, NO ECONOMÍA

En los salones del Dios sin máscara, del Rey desnudo y del Comandante Dinero.

A . – El capitalismo es poder, no economía
B . – Datos relativos a que el capitalismo no es economía
C . - ¿En qué lugar y tiempo de la realidad social y la Civilización se encuentra el capitalismo?
D . – Europa al nacer el capitalismo

4 . – EL ESTADO-NACIÓN: EL LEVIATÁN MODERNO

La forma de Dios descendido a la Tierra
A . – El desarrollo y el fenómeno de la Nación
B . – La definición del Estado
C . – La ideología de la Civilización (Modernidad) Capitalista y su conversión en religión
D . – En memoria de las víctimas del genocidio judío. El relato hebreo
1 . - Los judíos y la Civilización
2 . – La ideología judía
3 . – El nacionalismo judío
E . – El poder en la Modernidad Capitalista
F . – La Modernidad Capitalista y el Estado-nación

5 . – EL TIEMPO DE LA MODERNIDAD CAPITALISTA

A . – El capitalismo comercial monopolista
B . – La Revolución Industrial y la era del industrialismo
C . – La era de las finanzas. El Comandante Dinero

6 . – CONCLUSIÓN: ¿PUEDEN COEXISTIR LA CIVILIZACIÓN ESTATAL Y LA DEMOCRÁTICA?

 



1 . - INTRODUCCIÓN

 

Al elaborar mi defensa contra el sistema capitalista, una de las primeras cosas que debo hacer es liberarme de sus moldes mentales. Al igual que el islam tiene el Bismillah –“En nombre de Dios, clemente y misericordioso”-, el capitalismo también tiene sus propias fórmulas sagradas. Pues bien, ya que queremos liberarnos de él, entonces tenemos que suprimir sus plegarias, sus fórmulas sagradas, y el “método científico” es una de las principales que ha logrado imponer. En vez de responder a la “ética de la libertad”, que está filtrada por la vida social y sin la cual la sociedad no puede vivir, el capitalismo resulta ser la versión más desarrollada de la vida esclavista y de la cultura material y moral que la hacen posible; causa la dispersión y degeneración de la sociedad haciéndola insignificante en base a la negación de la vida social.

Pero, para deshacerme del capitalismo, la base de mi argumento debe ser centrarme en el yo. Descartes, sin siquiera darse cuenta de haberle abonado el terreno al capitalismo con su filosofía, vio en su persona la última razón de ser, sospechando y cuestionándolo todo. ¿También se tendría que haber cuestionado a sí mismo? Aún más importante es saber cómo llegó a ese estado. A lo largo de la historia existen varias fases similares. Entre los primeros ejemplos, están la creación de divinidades por los sacerdotes sumerios, las profundas dudas sagradas de Abraham, las aventuras divinas de Mahoma o el escepticismo jonio. Tanto las nuevas formas de pensamiento como las obsoletas que deban ser rechazadas en esas etapas históricas, tienen la característica de formar y transformar a la sociedad de raíz, consolidando características y estilos sociales que generan paradigmas. Cuando una antigua mentalidad o estructura ideológica no se adecúa a una nueva forma de vida, aparece el escepticismo. Desarrollar, entonces, nuevos esquemas mentales para esa nueva vida es una difícil tarea que requiere fuertes cambios de personalidad. Independientemente de que lo consideremos algo profético, una etapa filosófica o un descubrimiento científico, toda aportación al pensamiento intenta responder a esa misma necesidad: cómo asentar las nuevas e imprescindibles estructuras mentales para la nueva vida social. El escepticismo es característico de esos periodos intermedios. Pues bien, en la zona donde apareció el capitalismo en el siglo XVI, aproximadamente en la actual Holanda, las impresionantes biografías de Erasmus, Spinoza y Descartes corresponden a esas etapas de escepticismo.

Por otra parte, la década de 1950, que coincide con el comienzo de la historia de mi vida, es el periodo en que el ímpetu capitalista a nivel global llega a su punto culminante. Pertenezco a la Alta Mesopotamia, a esas estribaciones montañosas que dieron pie a la civilización, a las tierras donde se dio el paso al neolítico, donde se hicieron los primeros exvotos (en las cercanías de Urfa se ha descubierto el templo rodeado por grandes obeliscos donde hace 12.000 años se realizaron los primeros cultos), donde están las tierras más productivas del Creciente Fértil, donde siguen preservándose reminiscencias de aquellas mentalidades tan arraigadas, dentro del sistema montañoso Taurus-Zagros, donde la Era Neolítica (revolución agrícola y rural) y los primeros brotes de civilización urbana se consolidaron como fenómenos de más larga duración.

El que haya sido condenado a vivir en un calabozo unipersonal en la isla de Imrali por los guardianes del sistema capitalista, con esta rígida disciplina, casi peor que Prometeo atado por Zeus a las rocas del Cáucaso; obliga a que mi oposición al sistema sea analizada. Dicho de otra manera: las cosas no tendrán sentido mientras no tengamos en cuenta las realidades históricas y no las volvamos a analizar. Si me detuviera de forma específica en la República de Turquía me habría convertido en el toro que embiste al capote rojo en una corrida de toros española. De hecho, la República de Turquía no es más que un matador de toros porque ese es el rol que le atribuyeron, y quieren que lo haga de forma continua y productiva. Sin embargo, para mí y para todos nosotros, lo importante es saber quiénes son los verdaderos responsables de este juego atroz y sus verdaderas funciones. Es, en este sentido, importante tener en cuenta el caso de Karl Marx para no cometer graves errores que después afecten al conjunto de la sociedad. No dudamos de que Marx fuera o quisiera ser una destacada figura que quería solucionar y superar el capitalismo, pero es un punto de vista generalmente admitido que los movimientos de cambio social de enormes dimensiones que inspiró acabaron siendo unos de los mejores siervos del capitalismo. No voy a ser, por lo tanto, un simple discípulo marxista.

Al intentar definir mi identidad, conviene comprender mi deseo de partir del análisis de unos parámetros básicos. ¿Cuáles son?: el paso a la Era Neolítica; la huella de su mentalidad y sus costumbres vitales; los cultos estatales y las jerarquías de poder basadas en la civilización urbana y, en definitiva, el funcionamiento de un capitalismo que no se puede comparar con ninguna otra época de la historia.

Hay que referirse, por otro lado, a una capa más profunda; a las características distintivas del ser humano y a los riesgos y facilidades que estas ofrecen para la vida.

Al escribir estas líneas soy consciente del lugar en que se me mantiene, dentro de los límites de legitimación marcados por el capitalismo y no niego que se me permita vivir dentro de esos límites convertido en un Prometeo. Haciendo un trabajo constante de meditación y reflexión, desarrollo la distinción de mis capacidades y del sentido que estas contienen.


Podemos poner otros ejemplos semejantes ya conocidos, como el de Mani en los umbrales del poder sasánida; el del imam Husein, Al-Mansur y Suhreverdi a las puertas del poder islámico, el de cientos de santos y santas siguiendo la estela de Jesús, el de Buda y sus seguidores, víctimas del poder y que escaparon del horror, los que terminaron en la hoguera inquisitorial de la Iglesia Católica, y los que fueron víctimas de los horrores del capitalismo y de los genocidios provocados por este; se trata de algunos casos extremos pero constatados en la historia escrita. Todos ellos tenían en común su insistencia en dar un gran valor a la vida y en que quisieron correr esa cortina con la que pretendían ocultársela. Ese fue su “crimen”.

En este sentido, que hayan colocado al dilema vida-muerte en un callejón sin salida, sin soluciones, tiene un carácter totalmente social. En esencia, ni existe la muerte en el sentido en el que nos la presentan, ni el tipo de vida del que nos hablan constantemente tiene relación con la vida. Se trata de una simulación, de una imitación mecánica de la vida, que al final han convertido en realidad. Un mínimo respeto por la vida implica librarse del cerco de este maldito círculo vicioso.

Ya he llegado a los 60 años y, sin embargo, sigo sin superar las curiosidades vitales que arrastro desde antes de la escuela primaria. Sigo ahí porque no puedo crecer con los límites trazados por el capitalismo, porque cuando uno se queda en esos límites, es inevitable quedarse enano, llevar una vida falsa que, en definitiva, se convierte en un simulacro, engañosa, sin escrúpulos, desagradable, ignorante… y, sin embargo, hay que valorar la vida por encima de todo. Por eso, el deber básico de quienes quieran vivir libremente es entender la vida, porque poder entender es vivir y vivir tiene como objetivo entender. Fuera de esto, no creo que haya interpretación válida del cosmos. Insisto en que el sentido absoluto es una realidad que arrastra la vida, pese a que su realización sea tan escasa que se podría decir que no existe. No hay fuerza tan poderosa como la del sentido; el resto no dejan de ser un mero espectáculo, una falsa fuerza.

He de volver de nuevo a mi realidad. Esos supuestos parámetros de vida que trato de explicar me repugnaban y no solo eran incapaces de dar respuesta a mis curiosidades, sino que eran los motivos básicos de unos profundos cuestionamientos.
Cuando ya no se defiende el sentido de la vida o cuando el sinsentido es presentado como “sentido”, no se pueden prevenir los acontecimientos cancerígenos. Y esto también tiene un motivo absolutamente social. Que el cáncer es una enfermedad social es una de las afirmaciones habituales de la antropología. En el momento en que el sinsentido llegue a reinar, en que la acumulación de materia desconocida amenace a la célula, comenzará la cancerización.

Para responder ciertas preguntas dirigidas a nosotros, por respeto, debo dejar claras antes algunas cuestiones. Al empezar a escribir estas líneas, la delegación ejecutiva de la República de Turquía, al más alto nivel, y el Ejecutivo de EEUU, que es la máxima representación del sistema capitalista, hicieron una declaración conjunta asegurando que “el PKK es enemigo común de los gobiernos de EEUU, Turquía e Irak”. Ante tal declaración y teniendo en cuenta mi experiencia vital, es imprescindible que comprenda mejor la profundidad de sentido del momento y lugar en que estoy detenido.

Quiero aclarar que el estilo de vida capitalista no me convence; a veces he intentado imitarlo, pero estoy totalmente convencido de que no puedo conseguir mis objetivos y tener una vida plena con esta forma de vida, de la misma forma que tampoco podría ser un “marido” a la antigua, adoptando los comportamientos típicos que la sociedad tiene interiorizado de esta figura. A los ojos del sistema puede ser que caiga en el ridículo al no adoptar estos roles, pero veo este sistema como tremendamente sanguinario, opresivo y explotador. Una forma de vida determinada por los parámetros del sistema capitalista es repugnante y constituye lo opuesto a como creo que debería ser la vida.

No estoy exagerando; para nada. Al contrario, defenderme es, además de un principio básico de la vida, un elemental deber ético que tengo hacia quienes tienen la aspiración de desarrollar una plena vida social. Tampoco comparto el sentido de ciudadanía creado por el poder; por el contrario, lo ético es comprometerse con una ciudadanía significativa, que es la que debe tomarse en serio. El problema no es vivir o no vivir sino saber vivir correctamente, aunque no lo logremos del todo; lo más importante es no renunciar a la búsqueda de esa vida, ser viajero de este camino.

Nunca en la historia se ha perpetrado una traición como la impuesta por el sistema capitalista para separar la palabra de la acción; se trata de una elaborada artimaña de su sistema conceptual para confundirnos a la hora de actuar. En este sistema, las palabras se utilizan como si se quisiera desviar el sentido de la acción. A la acción, en la servidumbre del sistema hegemónico, se le hace jugar un rol de aparato mecánico, nunca antes visto a este nivel.

Como se puede apreciar en la historia, mientras no analicemos la naturaleza del capitalismo en su fase de imperio global, el planteamiento de propuestas y programas para la vida libre estará expuesto a todo tipo de desatinos y desvaríos, y, en este caso, tanto la palabra como los actos, es decir, la teoría y la práctica, no podrán asumir un rol en el terreno de sus adversarios. Durante más de cuatrocientos años, los conceptos y la praxis de la modernidad capitalista hegemónica se han convertido en tradiciones, en un culto peor que las religiones más fanáticas. Por lo tanto, mientras no desarrollemos de forma eficaz concepciones de tipo budista, profético o sagrado contra los conceptos y prácticas de la modernidad capitalista, no haremos otra cosa que llevar estúpidamente el agua al molino del sistema. También se han hecho con frecuencia análisis anticapitalistas pero, en su abrumadora mayoría, han terminado llevando el agua a ese molino del capitalismo.

Bajo ningún concepto considero fuerte al capitalismo, que ahora está en el punto culminante de su globalización. Puede, incluso, que se encuentre en su fase más débil y frágil. En el fondo, siempre ha sido débil y a punto de resquebrajarse. Lo que ocurre es que nunca se ha conseguido defender de forma correcta y eficiente a la sociedad contra esa amenaza. El hegemonismo capitalista no es un destino inevitable, sino un cáncer social y no solo metafóricamente sino literalmente; debemos considerarlo un sistema hegemónico débil. Lo que necesitamos es desarrollar una socialización correcta y eficiente aunque la viva una sola persona. Hasta ahora, en la historia, se ha luchado contra “el hombre fuerte”, contra “el hombre hegemónico”, con sus mismas armas; pero si utilizamos los mismos métodos, en el entendimiento y la acción, creamos algo similar, y eso es lo que ha ocurrido. La lucha contra Roma creó varias Romas; la ciudad de Uruk, la original y más antigua, sigue reproduciéndose a sí misma en el “Nuevo Irak”; pocos cambios y demasiada repetición.

También es importante no sobrevalorar la hegemonía. El poder no ha existido siempre en las sociedades, y éstas nunca aceptaron voluntariamente el poder, la explotación y la opresión. Por otro lado, hay que evitar esas ideas de la “sociedad novísima” o de esas “sociedades únicas sin relación entre sí” porque son los conceptos más vacíos que se pueden encontrar. En el fondo, las sociedades, en tanto que modo de existencia de la especie humana, se desarrollan todas de una forma similar.

El amor ciego puede llevar a una persona a las peores situaciones y a la mayor ignorancia, y esto es así independientemente de que sea amor por el poder o amor sexual; pero, cuando el amor está lleno de sentido, es un Nirvana, un Fenafilá; implica integrarse en la realidad; es el En el-Hak, es decir que la sociedad, justa y libre, se haga soberana, alcanzando la democracia plena.

Estoy convencido de que actué correctamente cuando no me rendí ante la sociedad rural; el error fue pensar que la modernidad capitalista era la solución. Más tarde entendí que mi radical alejamiento de la sociedad rural fue un craso error, incluso pese a que esa sociedad todavía no se hubiera democratizado y a que estuviera todavía muy lejos de las etapas categóricas básicas tales como Estado-nación y la industria. Esta es una de las principales razones de mi tristeza. Mi padre, a quien no suelo mencionar en mis análisis y que se daba perfectamente cuenta de mi energía vital, me soltó a la cara, de forma tan sabia como mi madre, una dolorosa realidad. Aún recuerdo sus palabras: “Cuando muera, no saldrá de ti ni una sola lágrima”. Mi padre era un creyente de los tiempos pretéritos, del mundo de las labores del campo y, en el fondo, un demócrata. Todavía sigo pensando cómo la divinidad capitalista llegó a tener en mí una atracción tan maldita y engañosa.

Karl Marx quiso analizar el capitalismo desde una perspectiva más bien positivista pero su trabajo quedó inconcluso. No tocó el asunto del poder y del Estado, nunca logré encontrar profundidad alguna respecto a estas cuestiones. Entiendo el fenómeno de la explotación pero siempre me ha parecido que esto es una consecuencia y empezar la investigación por las consecuencias implica grandes carencias y políticamente un estado de indefensión. Tenía muy cerca las revoluciones de 1848 y eso le permitió observar desde una posición privilegiada el ascenso de la burguesía al poder y la caída de la clase señorial. Estaba muy interesado en la economía política, la filosofía y el socialismo, pero no solo no comprendió el fenómeno del poder que se reorganiza atenazando como un pulpo a la inmensa mayoría de los trabajadores, sino que tampoco supo evitar que sus planteamientos terminaran convirtiéndose en otro instrumento de ese poder. No fue consciente de que su modelo teórico-práctico alimentaba la hegemonía capitalista. El modelo chino es el último ejemplo de socialismo real derivado del marxismo, y ha acabado convirtiéndose en un pilar fundamental del capitalismo hegemónico de EEUU.

El motivo fundamental de que este hegemonismo capitalista sea tan fuerte estriba en la competencia que provoca en cuanto a la esclavitud voluntaria. ¿Qué trabajador está contra del trabajo asalariado si recibe un sueldo elevado? Se trata de una situación realmente trágica.

Cuando trato el asunto de la lucha anticapitalista, siempre me viene a la cabeza la relación mujer-marido. Tan difícil es que un trabajador luche contra su amo si le paga un buen sueldo, como que una mujer se enfrente a su marido si le ofrece una vida normal en comparación con lo que ve a su alrededor. Si un trabajador salta de alegría ante su amo capitalista por un sencillo sueldo, olvidémonos de que se vaya a liberar ya que se ha convertido en un sirviente del sistema, y, mientras crezca como una avalancha el ejército de desempleados, un trabajador fijo se considerará tan seguro o probablemente más que un funcionario o empleado del Estado.

De hecho, cuanto más se proletariza la burocracia estatal mayor proletarización hay entre los demás trabajadores, llegándose a reproducir entre trabajadores y funcionarios la misma contraposición que existe en la cúspide social entre “nobleza burguesa” y “nobleza feudal”.

Para mí, la sociedad urbana, que me atraía como un imán en el mundo rural, una vez analizada deviene el foco central del problema social. La sociedad urbana, en su forma de civilización clasista y estatal, y toda la socialización que genera son las principales responsables de la descomposición interna de la sociedad, y de que se haya desgajado del medio ambiente. Ni la más primitiva de las sociedades clánicas es tan ignorante como la sociedad civilizada de la ciudad y esa ignorancia sistemática que le es propia le ha llevado a provocar un verdadero genocidio medioambiental.

Una mente apartada del intelecto emocional y una sexualidad que hace tiempo ha perdido su sentido son muestras claras del carácter cancerígeno del capitalismo. Lo realizado, desde utilizar el horror nuclear como herramienta de poder hasta un aumento de población que no cabrá en la Tierra para conseguir mano de obra barata, forma parte de la esencia del sistema y de su construcción de poder. Las guerras mundiales, coloniales y las luchas por el poder a todos los niveles de la sociedad y que llegan hasta sus vasos capilares, no significan más que la degradación del sistema.

Se suele decir que el liberalismo, la individualidad, son el eje ideológico del capitalismo pero la realidad es que ningún otro sistema ha convertido al individuo en un ser cautivo tanto como esa hegemonía ideológica capitalista. A mí también me podrían decir: “Tu lenguaje no está muy lejos de la legitimación del sistema; también eres un producto del sistema”; pero la situación en la que me encuentro ahora avala mi oposición al sistema. Me doy cuenta de que, en el fondo, en mi persona están juzgando a un buen anticapitalista y, como tal, también les estoy juzgando. Y es lógico que en este proceso judicial se rebasen con creces las normas del Derecho. No es el primer caso; desde hace cuatrocientos años, innumerables culturas populares han sido aniquiladas y trituradas en el molino del hegemonismo capitalista. El mismo lugar donde crecí es en realidad un cementerio de antiguas culturas; si se excava, del suelo surgirán culturas a borbotones. Los kurdos, pueblo al que considero pertenecer y que todavía no ha logrado definir una identidad propia, son testigos del sepulcral silencio de todas esas culturas. La sola idea de que las tumbas donde yacen esas culturas desaparezcan, habiendo sido en la historia la cuna de muchas experiencias pioneras, ya provoca un gran dolor. De alguna forma, se podría decir que la terrible situación y la ferocidad que se vive hoy en Irak es una venganza de esas culturas.

Hay que defender la cultura de Oriente Medio frente al capitalismo, pero no lo lograremos mientras no se supere el orientalismo occidental y el nuevo islamismo, que es la variante más putrefacta, de pies a cabeza, de ese orientalismo. Y entonces, ¿qué quedaría una vez superados el orientalismo y el islamismo tanto de izquierda como de derecha? Es a partir de este punto donde, necesariamente, se tiene que desarrollar mi defensa. De lo contrario, solo seré un portavoz más de este vomitivo sistema, y eso no sería una defensa sino un acto repetitivo como si fuera un papagayo.

Las zonas donde triunfó el capitalismo fueron la costa noroeste de Europa y la isla de Inglaterra y, desde hace cuatrocientos años, prosigue su marcha triunfal como sistema mundial. Los lugares donde encuentra obstáculos son los focos de las antiguas culturas de Oriente Medio porque, en el fondo, el capitalismo no es más que el último hijo que niega y queda fuera de la naturaleza de esas culturas. La confrontación es de más calado de lo que parece y lo que vemos ahora solo es una guerra de novatos. Prácticamente son unas meras reproducciones de Alejandro y Darío III; cuanto más Alejandro es G.W. Bush más Darío es Ahmadineyad. La contradicción dialéctica no está solo en las camarillas hegemónicas, sino también en la oposición de la sociedad al poder.

Lo que se muestra en mi persona, lo que intento explicar, es que la oposición al poder adquiere formas complejas; que estar en contra de las ganancias y robos del capitalismo es solo una de esas formas, pero que eso no es suficiente para ser socialista, y solo así tampoco hay esperanza de triunfo. Mientras no pongamos en práctica todas las formas de resistencia y vida libre posibles, de forma ordenada, como si se tratara de una orquesta, en la teoría y en la práctica, no pasaremos de “La maldición de Acad” o “El lamento por Nippur”.

Mis amistades, mis camaradas, consideran una gran tragedia lo que me ocurrió pero, con toda seguridad, si no fuera por esta tragedia no habríamos conocido la vida libre. ¡Cómo podemos siquiera mirarnos a la cara cuando nada tiene valor! Si no era capaz de verter una sola lágrima por la muerte de mi padre ¿de qué honor podía hablar? Que no se entienda mal; el año en que murió mi padre yo había iniciado mi primera marcha en la lucha por Kurdistán en las faldas del monte Ararat, con el ideal de una identidad libre. Los kurdos de la provincia de Serhat todavía conmemoran solemnemente ese inicio, pero nuestra realidad sigue siendo muy grave. Esa marcha por la libertad, que continúa desde hace 35 años y que ya se podría denominar “maratón”, cobra sentido con estas líneas. ¿Cómo concluirá este maratón en el que cada personaje, cada lugar, cada latido, cada respiro adquiere dimensiones de epopeya?

Aunque hubiese contado con ejércitos como los de Alejandro Magno y hubiese cosechado victoria tras victoria, esto no habría supuesto el triunfo de la libertad; por lo general, las victorias militares traen más esclavitud que libertad. Esas victorias podrían tener sentido cuando suponen defenderse a sí mismo, a las amistades y camaradas. Veo necesario defenderme tanto del poder como de nuestras victorias frente al poder y, si tuviera ejércitos, la mayor guerra santa consistiría en defenderme de esas victorias.

Lejos de ser honorable y libre la vida, en su forma actual, ha perdido totalmente su sentido, se ha convertido en algo miserable. Vivimos en un mundo de grandes mentiras, engañándonos a nosotros mismos, con una degradación que a todo afecta y un lenguaje pobre que puede cantar menos que un búho. Si he podido aguantar en mi celda unipersonal desde hace justo nueve años es en parte porque fuera la situación es aún peor que en este calabozo de la isla de Imrali.

Mi defensa, elaborada en líneas generales contra el proceso de civilización como cauce principal, será más profunda al analizar la hegemonía capitalista. Existen tantos indicios de que se está llegando al fin del sistema como personas verdaderamente sabias que han llegado a la misma convicción. El problema estriba en saber, dentro de este caos, cuáles son las alternativas adecuadas, libres, democráticas e igualitarias que podrían ser socializadas.

Cuando hasta el mismísimo sistema capitalista busca salvarse de sí mismo, es razonable que planteemos hasta dónde tenemos que llegar con nuestras propuestas de construcción social. Si hasta nuestro socialismo, con sus doscientos años de historia, ha quedado asimilado por el capital, nosotros no vamos a formar parte de esa banda de malditos que conduzcan a un final parecido a los luchadores de grandes ideales por la humanidad, a cuya memoria debemos compromiso. Y aún más; no podemos suponer que Zaratustra, Buda y Sócrates hayan dicho su última palabra. Si no consideráramos imprescindible su revitalización, entonces es que no hemos entendido nada sobre la filosofía de la libertad. Además, mientras no demos una respuesta al dolor de una humanidad que gime, mientras no detengamos el expolio a que está siendo sometida la naturaleza, mientras no contestemos al amor traicionado ¿de qué vida podemos hablar?

Lo primero que podría decir sobre la cientificidad de mi defensa sería preguntarnos a qué tipo de cientificidad nos estamos refiriendo.

Si, en esencia, la ciencia supone el saber y conocimiento de sí mismo, el positivismo, al contrario de lo que se cree, es lo que más aleja a uno de la realidad, habiendo sido adoptado por el sistema como su ideología oficial. La religión y la metafísica, tan criticadas por el positivismo, seguramente están más cerca que él de la ciencia, sobre todo de las ciencias humanas, entre las que, en última instancia, también están las ciencias naturales. Incluso se podría asegurar que el positivismo es la más burda de las religiones y de las metafísicas. En ninguna otra etapa de la historia, la humanidad ha sido tan caótica, tan ferozmente encadenada y tan dependiente de las prácticas de poder; y esto ha sido posible solo por la religión y la metafísica positivistas.

Mientras no garanticemos un conocimiento sobre nosotros mismos, todo esfuerzo científico está condenado a desembocar en las religiones y filosofías dogmáticas más peligrosas. Pero, al decir “conocerse a sí mismo”, no me estoy refiriendo al pensamiento egocéntrico sino a que con la observación interior, con nuestras precepciones y profundas experiencias, podemos comprender el caos y el cosmos. Cuando sea oportuno mostraré que la ciencia basada en la separación sujeto-objeto solo supone legitimar la esclavitud; demostraré que el subjetivismo solo representa una sobrevaloración o un desprecio a sí mismo, igual que el objetivismo científico solo lleva al capitalismo más vil y a respaldar la hegemonía.

Nuestra filosofía concibe la vida de forma íntegra, dotando y llenando de sentido desde la mirada intuitiva de un caballo, el canto de un pájaro o el respeto a la sabiduría de un anciano a la búsqueda de respuestas a los interrogantes de una muchacha. Sobre todo, nuestra filosofía toma como base una ciencia que analice los motivos de la gran ignorancia en el ser humano y en el sistema hegemónico respecto a la forma de tener hijos, resultado de una concepción de la sexualidad peor que el genocidio, e intente resolver en sí misma todos los eslabones de la evolución de la vida.

El capitalismo no ha desarrollado la ciencia, sino que la ha utilizado. Su utilización al servicio del poder para obtener beneficios y rentas no solo desencadena acontecimientos contrarios a la ética sino que hace de Hiroshima algo generalizado, poniendo así fin a la vida significativa. ¿La vida mediática y la simulación son un triunfo de la ciencia o una pérdida de sentido de la vida? No me estoy refiriendo a la tecnología ni a los avances científicos, me refiero a que el positivismo, en tanto que religión del cientificismo, no es ninguna ciencia.

El positivismo es la verdadera idolatría de nuestra era y mientras no eliminemos su hegemonía cientificista, no nos libraremos de ningún poder, de forma especial del Estado-nación.

En definitiva, como le ocurrió a Descartes, el escepticismo me había estado carcomiendo la mente de forma constante, como una enfermedad, terminando por no creer en nada. Esto se debió tanto la trágica pérdida de mi antigua cultura como al temor a no alcanzar la modernidad capitalista que crecía delante de mí como un monstruo -el Leviatán-. Apenas creía en mí mismo; pero intentaba mantenerme erguido. No cabe duda de que era una extraña situación, pero en estos casos las sociedades saben encontrar la manera de suprimir el corazón y la mente de sus miembros. Tampoco me sentía parte de ninguna sociedad y en estas circunstancias perdí la confianza en mi familia y en mi aldea. Llegar a la universidad, mi actitud revolucionaria, mi anterior religiosidad… solo eran símbolos, una pose hacia los demás. Tampoco era un gran nihilista. Lo que ocurría era que no entendía las cosas profundamente como para cumplir con sus requisitos. Lo más interesante era que a mi alrededor, principalmente mis profesores, me consideraban creyente e inteligente. Estaba seguro de estar loco y cuerdo a partes iguales. Cuando miro atrás, veo que esa larga etapa no fue del todo inútil. El desarraigo del pueblo y el no aferrarse a la modernidad también supone abrir una página en blanco, hacer tabla rasa de lo anterior.

Mi personalidad, con esa característica de partir de cero, me permitió entender e interpretar mejor la crisis estructural del sistema hegemónico y la historia. Esta capacidad hizo que mis ideales dieran sentido a aquel ambiente caótico y pasara a la acción con iniciativa, en vez de sentir temor y paralizarme. Darme cuenta de que las creencias dogmáticas, las líneas rectas, la certeza científica y las normas rígidas derivan de la misma mentalidad hegemónica me dio cierta serenidad. La capacidad de percibir cómo funciona la naturaleza, incluida la humana, fue como un estallido de conciencia. En la medida que superaba mi propia enajenación, subyacente en el miedo y el recelo, la capacidad de interpretación y la fuerza intuitiva que se desarrollaron en mí me dieron el coraje y la conciencia necesarias para hacer frente a cualquier circunstancia de la vida.

Gracias a eso fui capaz de interpretar que el capitalismo era un régimen de crisis sin necesidad de realizar profundas investigaciones ni encorsetarlo en plazos coyunturales. La conclusión era que la etapa capitalista de la civilización, fundamentada en la combinación ciudad-clases-Estado, no era la última de la mente humana sino la que agotaba la mentalidad tradicional en la que se basaba, dando paso a una rica libertad mental. En este sentido, la era de la modernidad capitalista podría ser interpretada como un momento de esperanza, una oportunidad.

 


 

2 . – FACTORES DEL NACIMIENTO DEL CAPITALISMO: EL LADRÓN DE CASAS

 

Interpretar el capitalismo como la religión de la que más se habla y en torno a la cual se genera la mayor actividad podría contribuir a su correcta comprensión. Los representantes de la mentalidad europea, que es donde triunfó el capitalismo, se han referido y actuado continuamente en su nombre, dándole un valor místico como ocurre en cualquier religión. Y aquí incluyo a cristianos, socialistas y anarquistas, que aparentan ser sus fuerzas más antagónicas. El pensamiento y la mentalidad eurocéntricos, en tanto que sistema-mundo, iniciaron un proceso de hegemonía a partir del siglo XVI. En mi opinión, tuvo la destreza de dar a esa realidad social un sentido místico mucho mayor que el construido por los sacerdotes sumerios para sus divinidades. Y en esta mentalidad y pensamiento de Europa Occidental “el método científico” juega un papel fundamental.

No me refiero a la ciencia como algo que se distingue de la naturaleza o del ser humano, puesto que la ciencia, como tesoro común de la humanidad, es tan anónima que no puede ser atribuida a ningún individuo, comunidad, institución o nación. En este sentido, si nos refiriéramos a una divinidad sagrada, tal vez lo más acertado sería atribuirle ese título a la ciencia. No obstante, en la terminología europea el “método científico” tiene un valor distinto porque es el embrión de las dictaduras contemporáneas, es el germen presto a caer en el útero de la dictadura y el totalitarismo. El concepto método significa procedimiento, camino, vía… y, aunque inicialmente tenga un valor positivo porque contribuye a mejorar la capacidad perceptiva, adquiere también el rol de absoluta dictadura en cuanto a las mentalidades y cosmovisión si permanece en su dependencia durante un tiempo largo. Es decir, la obcecación sobre el método en nombre de la ciencia nos puede llevar a la peor de las dictaduras, como demuestra lo ocurrido con el Estado-nación alemán, firme defensor del método científico y que acabó engendrando el fascismo.

No cabe duda de que en Europa Occidental se realizó una revolución de la mentalidad, pero sería un error pensar que el eurocentrismo es producto de esa revolución porque, más bien, los fundamentos de esta proceden de progresos mentales importados de fuera.

La sociología de Max Weber y en concreto su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo quiere entreabrir la puerta a la tesis de la vinculación entre el racionalismo europeo y el desarrollo capitalista. El que la racionalidad sea uno de los factores determinantes en la formación del capitalismo no quiere decir que pueda ser explicado reduciéndolo todo a la racionalidad y el Derecho.

La sociología de Marx vincula el triunfo del capitalismo como sistema a su supuesta mayor productividad económica y en su capacidad para crear plusvalía, convirtiéndola en renta y capital. Las deficiencias básicas del marxismo residen en haber dado muy poca importancia a factores como la historia, la política, la ideología, el Derecho, la geografía, la civilización y la cultura, corriendo el riesgo de caer fácilmente en el reduccionismo económico. Evidentemente, no se puede negar la eficacia de las interpretaciones socioeconómicas; no obstante, si no se aclara su relación con otros factores, se puede caer en el dogmatismo pese a sus alusiones a la cientificidad y, en gran parte, esto es lo que precisamente sucedió.

No son pocos los puntos de vista que identifican poder y Estado moderno, en tanto que expresión jurídica del mismo, con desarrollo capitalista. En realidad las jerarquías de poder tienen un origen mucho más antiguo dentro de las sociedades por su rol en la coordinación y administración de la vida material. Pero tampoco la fuerza por sí sola es capaz de crear vida material, economía o capitalismo, que es su faceta más extrema. Sus funciones que ordenan, desarrollan y reprimen se funden las unas con las otras.
Por otro lado, el que el capitalismo triunfara en el Noroeste de Europa refleja la importancia del factor geográfico. Sin embargo, al igual que otros factores, su capacidad explicativa también es limitada, por lo tanto hay que delimitarlo en su justa medida, sin magnificarlo para poder poner de manifiesto todo su valor de sentido.

Es indiscutible la fuerza interpretativa de las explicaciones basadas en el análisis de la civilización y de los factores culturales y la tesis que considero más correcta es que el capitalismo representa la fase de descomposición de la civilización. Se suele considerar que Ámsterdam fue la cuna del capitalismo, pero en realidad simboliza el fin del sistema, porque ahí, a orillas del Atlántico, es donde también desemboca el cauce central de la civilización. Logró cruzar el océano y, a través del Estado-nación de los Estados Unidos, alcanzó la cumbre de la globalización bajo una nueva hegemonía. Pero la descomposición y el caos del sistema quedan reflejados en aspectos como la vida mediatizada y sumida en la simulación, en el dominio de la “sociedad del espectáculo” y de consumo, en una economía que, en vez de cubrir las necesidades desorbita la demanda, en la penetración del poder hasta los vasos capilares de la sociedad o en la declaración del fin de la historia expresada por los mismos ideólogos del sistema.

Pero no es posible imaginar la realidad sin historia ni tiempo; la historia es evolución, desarrollo, diversidad, diferencia… “La última palabra” solo puede utilizarse de una forma y ninguna forma tiene el privilegio de ser infinita. Utilizar conceptos como lo infinito, el Juicio Final, el último profeta, las leyes inmutables, la continuidad ininterrumpida y el progresión infinita… en las formaciones sociales implica transformar las creencias y pensamientos en dogmas, convertir el poder y el beneficio ilícito para los privilegiados en algo permanente. Se trata, en definitiva, de justificarse con la propaganda y de mantener unos intereses de forma duradera. La alegación del liberalismo de que la historia ha dicho su “última palabra” es la piedra angular de la ideología capitalista, y no es más que la versión moderna de un juego ya conocido.

Al definir el capitalismo tampoco hay que pensar en un sistema unitario de pensamiento y acción, sino, más bien, en personas y grupos oportunistas que, a medida que se desarrolla la potencialidad del producto sobrante, se instalan cual parásitos en los entresijos de la sociedad. No llegarán al uno o dos por ciento de la población, pero se hacen fuertes y consiguen triunfar actuando con oportunismo y con una buena organización, controlando los productos de necesidad básica y jugando con la oferta y la demanda. Estos grupos, en principio socialmente marginales, pueden llegar a legitimarse como los nuevos señores de la sociedad si las fuerzas oficiales en vez de neutralizarlos se endeudan con ellos por la malversación y, en consecuencia, les dan un trato privilegiado.

Estos sectores de usureros marginales que se han ido formando a lo largo de la historia nunca se han atrevido a aflorar a la superficie por el odio social que generan, sobre todo en las sociedades de Oriente Medio. Nadie, ni los mayores tiranos, se han atrevido a legitimarles; han sido desdeñados, considerados la escoria de la sociedad y, desde el punto de vista ético, semilla de maldad.

El hecho de que en los últimos 400 años no haya habido otros casos de guerras, saqueos, masacres, explotación y destrucción de la naturaleza que los derivados de Europa Occidental tiene que ver con el sistema hegemónico. No hay duda de que estamos asistiendo a un mayor número de luchas de oposición en un mismo espacio geográfico, y este proceso no puede ser considerado totalmente negativo.

Intento hacer una aportación para un salto significativo sintetizando aquellos avances que Occidente ha hecho ganar a la humanidad con los antiguos valores positivos de Oriente.

 

A . - Racionalismo

Después del surgimiento del capitalismo al racionalismo se le da un papel esencial y se le presenta como algo peculiar a la sociedad occidental, como el “pensamiento occidental” por excelencia, dando a entender que otras sociedades han carecido, a lo largo de la historia, de esa capacidad intelectual. Se afirma que la ciencia es una creación de la mentalidad occidental pero, sin embargo, cuando se demuestra que la ciencia es poder, resulta inevitable que el sistema se hegemonice; el dominio y acoso de un sistema hegemónico derivado de esta mentalidad por todas partes demuestra hasta qué punto es así. Pero para conocer cómo funciona el mecanismo mental de este sistema, que solo se mantiene por la amenaza nuclear, hay que conocer la propia mente y, por lo tanto, las propiedades específicas de la biología humana.

Se podría acometer este asunto desde dos puntos de vista: desde el puramente biológico y desde el social. Vamos a intentar abordarlas de tal forma que se complementen.

1 . –Aspectos mentales del ser humano en tanto que especie biológica


Podríamos hablar de la mentalidad del ser humano en tanto que especie biológica. Para dominar esta cuestión, debiéramos preguntarnos por el sentido que podría tener la mente en el sistema de los seres vivos, incluso en las medidas macro y micro, y en una dimensión universal. Las especulaciones sobre las partículas sub-atómicas hacen inevitable que se hable de un tipo de mente para explicar la diversidad, la diferencia y el desarrollo. El que movimientos de ondas y partículas provoquen desarrollos dentro de una amplia diversidad, que se transmuten a nivel de átomo en un espacio tan increíblemente pequeño y a una velocidad impensable, es el principal motor de todo progreso en el universo. Y este progreso como diversidad ocurre no solo en el mundo sub-atómico sino también en el mundo físico y biológico. Tengan cuidado, viajamos por los límites de la metafísica.

Podríamos realizar una especulación similar a nivel del universo macro. El propio universo es una integridad, un conjunto de elementos vivos – no vivos, caducos–infinitos, similares-diferentes, materia – energía, atracción –propulsión. Lo sub-atómico y lo supra-universal forman un dilema dialéctico básico de esa misma integridad. El tiempo como profundidad y el espacio en tanto que amplitud se realizan en convivencia, es decir se hacen perceptibles y visibles conjuntamente. La pregunta ¿por qué existe el universo? hace referencia a una concepción metafísica que no es inoportuna. Pero tampoco olvidemos que quien hace esta pregunta es un ser humano y que este, a su vez, es un ser social. La fenomenología no acepta existencia alguna fuera de lo que percibimos, sentimos y pensamos. La metafísica, por el contrario, es la propia existencia reflejada en el sentimiento y el pensamiento. Soy consciente de lo seductor que es plantear tales dilemas, y considero importante que logremos su superación, pero no parece que el universo pueda ser entendido con estos dilemas porque la disociación pensamiento – cuerpo es una desviación filosófica, hasta religiosa se podría decir, y el principal motivo para negar la vida, y el universo nada tiene que ver con todo eso.

Hasta en la organización del ser vivo más primitivo encontramos un fabuloso componente de intelecto cuya más temprana manifestación es su intento de convertirse en eterno a través de la replicación de sí mismo de forma instantánea. Ningún ser vivo que se haya creado a sí mismo ha desaparecido. La resistencia a la aniquilación que ha desarrollado en su ámbito puede desarrollar su potencialidad hasta alcanzar el intelecto del ser humano. ¿Cómo la potencialidad vital de una sola célula llegó, diversificándose, a desarrollarse hasta convertirse en el ser humano dueño de tan genial intelecto? Para cualquier célula viva resulta esencial reproducirse, alimentarse del entorno y, por lo tanto, defenderse de forma eficaz; cosa que, por ejemplo, hacen de forma ininterrumpida las partículas subatómicas en el universo micro. Aquí podríamos llegar a responder en parte a nuestra búsqueda del intelecto universal. No consideremos ese universo algo ajeno a nosotros porque todo nuestro entorno está rodeado y cargado de estos universos, y seguramente nuestras necesidades reproductivas, alimentarias y de seguridad son reflejo de ese universo micro. Probablemente, el universo macro funcione de la misma forma, empeñado en la búsqueda de la infinitud, respondiendo a un intelecto que fuerza las coordenadas de tiempo y espacio, de la misma forma que también es probable que este universo macro se refleje en el intelecto humano.

Puede que me mueva demasiado en el terreno especulativo, pero debemos comprender que la potencialidad del intelecto humano no ha caído del cielo. ¿Hasta qué punto puede imaginarse un intelecto abstrayéndolo de la existencia y la evolución? ¿Hasta qué punto sería realista pensar que la capacidad intelectual es exclusiva del ser humano? Hasta la muerte parece imprescindible para entender la vida y la existencia. Podríamos conjeturar que sin la muerte no sentiríamos la existencia; vivir eternamente, sin cambios, supondría, en el fondo, no vivir porque, cuando nada se nota, nada existe. En el fondo, la muerte parece algo imprescindible para que haya vida. Entonces, si debiéramos considerarla como un don ¿por qué la tememos como si fuera el final de la vida? En lugar de temerla, debiéramos pensar que hace posible la vida y que, en definitiva, pensar así es más coherente con nuestra incorporación al universo. Y de la misma forma que no nos podemos escapar de la muerte, tampoco lo podemos hacer de la vida. En este sentido, resolver el misterio del universo en la solución de este dilema parece ser el único propósito.

De acuerdo con una posible solución a este dilema y en el caso de dar su verdadero sentido a la vida, ¿con qué nos encontraríamos? Me parece una pregunta tan inoportuna como necesaria. Un saber integral que permitiera descubrir el misterio del universo podría ser considerado el triunfo final de la vida. Quizá el paraíso de los libros sagrados, el Nirvana del budismo, el éxtasis del misticismo puedan ser interpretados como la consagración de la vida y un constante regocijo común.

Algunos pensadores occidentales, basándose en conocidas observaciones, defienden que las condiciones para la vida en nuestro planeta se formaron por pura casualidad y que, cuando se extinga el sistema solar, desaparecerá en una cosmogonía carente de sentido. También esto parece una ocurrencia diabólica porque los argumentos en que se basa esta hipótesis son de una esterilidad manifiesta a la hora de dar una respuesta a la vida. Ni conocemos totalmente el universo ni el verdadero sentido de la vida, por lo que en esta hipótesis no sirven los argumentos. Nuestro mundo, además de no permitir ninguna forma de vida sin las condiciones adecuadas, es tan vivo y equitativo que, llegado el momento, ofrece a cada ser vivo el ambiente en la medida de sus potencialidades.

Es importante no hacer un relato egocéntrico sobre la formación de la especie humana pero trivializarlo también sería una falta de respeto al impresionante funcionamiento del universo. Es el positivismo el que se equivoca con su pésima metafísica sobre el ser humano al abstraerlo del universo. Estoy convencido de que, cuando establezcamos la relación del positivismo como el más burdo materialismo, con el capitalismo, entenderemos la vida de una forma más significativa y respetuosa.

En definitiva, parece que podemos ser conscientes del universo de una forma más certera en el ser humano, que es una especie biológica. Para llegar a darse cuenta de esa potencialidad es necesario recorrer unas etapas, pero llegar a desarrollarla requiere otras. Al parecer, el pensamiento oriental notó este hecho, tal como refleja la sentencia “todo lo existente está en el ser humano”. Por el contrario, para el pensamiento antropocentrista, todas las cosas vivas o no vivas están al servicio del ser humano, dando pie así a la filosofía del poder jerárquico, autoritario y totalitario, provocando un pensamiento especulativo, mucho más alejado de la vida. Por otra parte, ciertas filosofías ecologistas, aparentemente contrarias al antropocentrismo, y que consideran al ser humano un mal para la naturaleza, llevan al mismo puerto, pues ver la realización del ser humano, en tanto que especie, como algo maligno para la naturaleza es resultado de una gran esterilidad filosófica al desvincularse de la vida. No valorar la evolución que llega hasta el ser humano implica una débil relación con la vida o bien una vinculación a los sistemas basados en una explotación excesiva.

Una evolución que llega hasta el ser humano pone sobre la mesa cuestiones éticas de gran importancia, pero antes debemos definir la relación entre mente y sociedad.

2 . – Aspectos mentales del ser humano en tanto que entidad social


2.1- La socialización activa el intelecto latente

 

La especie humana va sacando a la luz su potencialidad de intelecto en la medida en que lo socializo. Y es importante tener en cuenta que la estructura biológica misma del ser humano hace imprescindible la socialización a la que está obligada a un nivel que no se observa en ningún otro ser vivo. Un niño en apenas quince años puede salir de la infancia pero en ese plazo de tiempo necesita vivir en sociedad porque nace muy débil, cuando las crías del resto de los animales inician la vida propia en un plazo de días o incluso antes. La socialización del ser humano es mucho más compleja y es necesario comprenderla en su profundidad. La especie humana si pierde su socialización retrocedería evolutivamente, si fuera posible, a un estadio similar al primate, o desaparecería. Las especies de seres vivos, cada una en su integridad, tienen necesidad de un tipo de convivencia particular; la sociedad, que es particular a la especie humana, tiene una calidad existencial muy superior a la convivencia.

Concebir la sociedad como una segunda naturaleza supone una profundización superior y la propia socialización implica que el intelecto deje de ser una potencialidad y entre eficientemente en un proceso de activación. El hecho comunitario requiere pensar constantemente. El desarrollo social es esencialmente desarrollo del pensamiento y la posibilidad de realizarse a través de este. A medida que aumenta la socialización, se desarrolla la alimentación, la seguridad y la reproducción, funciones propias de los seres vivos, pero también formas instintivas de aprendizaje y generadores de inteligencia. Todo acto supone un aprendizaje y, en general, el progreso supone aprendizaje e inteligencia. En este sentido, se podría considerar que la sociedad, en tanto que segunda naturaleza, es una especie de etapa superior y reflejo de la primera.

Tengo la convicción de que, mientras no se analice la socialización como una segunda naturaleza, habrá riesgos de desviación en la estructura de pensamiento y acción, volviendo a dar así prioridad a la primera naturaleza. Como el ser humano es producto de la segunda naturaleza, se debería priorizar la comprensión de esta naturaleza para que podamos entender al ser humano. Por eso no creo que la ciencia peculiar a la primera naturaleza pueda funcionar de forma objetiva e independiente respecto a la segunda naturaleza. Esto siempre me ha parecido una desviación, pues la física, la química e incluso la biología no debieran ser independientes de las ciencias peculiares a la segunda naturaleza y al ser humano. Soy consciente de que estoy caminando por los lindes de quienes apoyan el pensamiento religioso.

Pero, teniendo en cuenta que todas las leyes referentes a la primera naturaleza se reflejan en el ser humano a través de la segunda, lo que debemos aclarar es si tiene sentido la separación sujeto-objeto. ¿Hasta qué punto se puede separar al que sabe de lo que se sabe? Más importante aún sería preguntarnos si ¿acaso no sería la más elemental de las desviaciones convertir al conocedor y lo conocido en el binomio sujeto-objeto? El hecho de equiparar la primera y segunda naturaleza a la forma sujeto-objeto es la base de todos los errores humanos con sus repercusiones sociales. Esta lógica, este esquema mental, es la que, junto con el sistema capitalista, coloca a la sociedad bajo una situación de cautiverio y explotación. Y el error más grave de todos es que no duda en extender esa misma lógica de opresión a todos los ámbitos de la primera naturaleza.

La socialización, que aparece como respuesta a la trágica situación del ser humano, comienza a ser problemática, tanto estructuralmente en la sociedad como respecto al medio ambiente, cuando se pasa a una etapa de manifiesto desarrollo. Interpretaremos, por lo tanto, los desarrollos problemáticos en el ámbito de las mentalidades, intentando definir sus factores básicos, principalmente en el ámbito económico.

2.2- El desarrollo del intelecto emocional

Debemos resaltar que la capacidad mental del cerebro humano, como consecuencia de la evolución biológica, ha alcanzado desde su activación un desarrollo distinto que le permite estar en un funcionamiento constante como si hubiera despertado de un letargo, siendo la activa vida social el factor básico para el desarrollo mental. Yo no creo en los genios individuales; todo intelecto responde a un condicionante social.

De nuestros actuales conocimientos antropológicos, podemos deducir que la mayor parte de la vida social del ser humano se desarrolló en torno a la caza, a la recolección y con un lenguaje gestual similar al de las especies más próximas. En esta etapa de evolución, todavía natural y equilibrada, no se puede hablar de serios problemas de origen social. El intelecto funcionaba a nivel de los sentimientos, o mejor dicho, el carácter emocional del intelecto es dominante y tiene como característica fundamental estar basado en reflejos. El instinto es también un intelecto emocional, aunque corresponde a una fase intelectual más antigua; incluso se podría relacionar con las primeras células vivas. Su funcionamiento se basa en los reflejos a estímulos, prácticamente automáticos; una forma de intelecto adecuada sobre todo para una buena protección. Aunque su forma más avanzada sea la del ser humano, se puede apreciar incluso en los vegetales. Hay sentidos como el oído, la vista o el gusto que están mucho más desarrollados en otros seres vivos pero en ninguno de esos seres hay un sentido de coordinación y complejidad del conjunto sensorial tan desarrollado como en los cinco sentidos del ser humano.

La característica más importante del intelecto emocional es su vinculación a la vida y su función básica es protegerla; está muy desarrollado y nunca debería ser menospreciado, responde en el acto, con un nivel cero de error, y la privación de este tipo de intelecto expondría la vida a los mayores peligros. El respeto y el valor a la vida están asociados al desarrollo del intelecto en equilibrio con la naturaleza. Nuestro mundo de sentimientos se debe a este tipo de intelecto, que podríamos decir que es el que hace posible la vida natural.
El desarrollo del intelecto humano aumenta la conexión entre los sentidos y su interacción, sobre todo en el caso de oído, vista y gusto, e incentiva el proceso intelectual. Es de esta forma como comunidades que utilizaron durante mucho tiempo el lenguaje gestual pasaron al lenguaje simbólico aprovechando las propiedades fisiológicas del habla. El lenguaje simbólico supone el paso al pensamiento abstracto a través de las palabras y esa posibilidad de entenderse mediante conceptos en vez de gestos es una gran revolución en la historia de la humanidad; a partir de ese momento se da nombre a objetos y acontecimientos relacionados con las necesidades básicas del ser humano. Se trata de un gran paso para el ser humano, igual que la conceptualización paralela de los enlaces entre esos conceptos, como ocurre con los verbos, las preposiciones y más tarde la formación de frases. Es lo que podríamos catalogar de revolución lingüística.

Todo esto supone una nueva forma de pensamiento, es decir, el uso mental de palabras hace posible pensar en objetos o sucesos sin tenerlos presentes; es el inicio del pensamiento ficcional, teórico, un gran progreso que se asocia al lóbulo frontal izquierdo del cerebro, un intelecto que, aparte de ser útil, puede igualmente provocar situaciones peligrosas y negativas porque una de sus características es funcionar al margen de los sentimientos. De este intelecto también surge el pensamiento conceptual o analítico, capaz de reflexionar sobre el conjunto del universo apenas sin esfuerzo, con una imaginación ilimitada, que puede crear un mundo propio de imágenes, cualquier tipo de invención, incluso imitar a la naturaleza, elaborar planes, preparar emboscadas, trampas y maquinaciones; por lo tanto, es capaz de destruir o liquidar cualquier cosa para obtener lo que se desea, convirtiéndose así en la principal causa de problemas, dentro y fuera de la sociedad.

La fusión de estas dimensiones analítica y emocional del intelecto es la gran virtud del ser humano como entidad pero aún es más importante saber si ese intelecto va a ser usado en beneficio o detrimento de la sociedad. La sociedad, desde el principio, se dio cuenta del problema y por eso creó la ética, para que hubiera unos principios básicos de actuación, porque sin ética social no habría control del intelecto analítico. Por ejemplo, una persona que se deja arrastrar por la ira podría matar a quien no estuviera de acuerdo con ella sin pensárselo mucho, pero la sociedad afronta este riesgo haciendo de la ética un principio imprescindible; por eso, cada comunidad ha tenido como primera misión dar una determinada formación ética a sus miembros. La separación “bueno-malo”, en tanto que binomio principal de la ética, está relacionado con esta función del intelecto analítico; si actúa de forma útil, será premiado con la bondad, si es perjudicial, sobre él caerá la pena de la maldad. Mejor dicho, la maldad será reprimida, castigada, por ser contraria a la ética, hasta que prevalezca la bondad.

3- La esclavización de la sociedad a través del intelecto analítico
3.1-El desarrollo de la sociedad patriarcal y de la mitología patriarcal
Sin embargo, este remedio de la sociedad no logra adquirir una capacidad preventiva total. Entre los resquicios de la sociedad siempre habrá astutos al acecho y quienes estén dispuestos a conspirar. La caza, por ejemplo, es una antiquísima cultura que consiste en atacar a otros seres vivos maquinando trampas y conspiraciones. Se trata de una cultura que hunde sus raíces en el mundo vegetal y animal pero con una base biológica que es, al mismo tiempo, propia del intelecto analítico. La suma de la peculiar cultura humana de la caza y del intelecto analítico potencialmente hará posible formar jerarquías tanto a nivel de los organismos sociales como en su medio ambiente. Y así es como comenzó la catástrofe, con la separación infierno-cielo, en paralelo a la jerarquía social establecida por la fuerza del intelecto analítico. Cuando un puñado de “hombres fuertes” se impone a la sociedad, crean la ilusión del paraíso, mientras que para la sociedad oprimida se abren las puertas de un infierno que se profundiza, sin lograr comprender siquiera por qué ha ocurrido.

Y la primera víctima del “hombre fuerte” fue la mujer, que, en realidad, contaba con un intelecto emocional natural más desarrollado debido a que tenía unos lazos más fuertes con la vida. La mujer no solo es la madre, la que engendra vida y lleva una vida de labor y esfuerzo, es la principal responsable de la vida social. No solo es consciente de la vida, también sabe cómo darle continuidad. Ella es quien se dedica a la recolección y por eso su intelecto emocional también se ha formado a partir de la naturaleza. Es un hecho antropológico que en torno a la mujer se produce un largo proceso de acumulación social, de riqueza y valor, y hasta se podría decir que de plusvalía. El hombre fuerte, cuyo rol principal era la caza, puso su mirada en esta acumulación de riqueza por los enormes beneficios que suponía establecer una hegemonía sobre tal acumulación. Resultaba tentador hacerse con la acumulación material y moral reduciendo el papel social de la mujer al de un objeto sexual y elevando su propio estatus al de padre (mejor dicho, jefe) convirtiendo la paternidad en una forma de propiedad sobre los hijos. Se trata, en definitiva, del establecimiento de una hegemonía, de la primera jerarquización social, gracias a la organización de la fuerza que el hombre adquiere en la caza. Es el primer uso del intelecto analítico con fines malvados dentro de la estructura social y a partir de este momento ese uso se volverá sistémico.

El paso del culto de la madre sagrada al culto paterno provoca que el intelecto ficcional se cubra con un blindaje también sagrado, y se supone que de esta forma se consolida y echa raíces el sistema patriarcal, una mentalidad que también surge históricamente, como está probado mediante ostentosas representaciones, en la cuenca Tigris-Éufrates, que tiene su origen en la Baja Mesopotamia entre los años 5500 y 4000 a. C. aproximadamente y se extiende por toda la región. Después se convertirá en cultura dominante, aunque, como se deduce de los datos, sobre todo arqueológicos, en el mesolítico, el neolítico y hasta el año cero todavía tenía un gran peso la sociedad matriarcal; basada en la aparición de nuevos inventos, productos, técnicas y costumbres, surgidos sobre todo en las planicies y estribaciones de la Alta Mesopotamia. Existen varias pruebas de ello, incluso escritas, que reflejan la fuerte implantación en la sociedad neolítica de los elementos religiosos y lingüísticos basados en la mujer.

Se podría decir que los problemas sociales aparecieron por primera vez debido al culto al “hombre fuerte” en estas sociedades patriarcales porque así comienza la esclavitud de la mujer, que, a su vez, prepara la base para la esclavitud del hombre, especialmente de los niños. Los esclavos hombres y mujeres, cuanto más excedentes acumulables producen, más son expoliados y sometidos al control y a la hegemonía, y cada vez el poder y la autoridad irán adquiriendo mayor importancia. La alianza hombre fuerte-anciano-chamán, en tanto que sector privilegiado, va formando un núcleo de poder al que difícilmente se puede oponer resistencia, cuyo intelecto analítico desarrolla una extraordinaria explicación mitológica para lograr su dominación mental. Esta concepción mitológica, que históricamente también se da en la sociedad sumeria, es encumbrada hasta identificar el cielo y la tierra con un hombre endiosado. Mientras que el carácter divino y sagrado de la mujer queda relegado y destruido, se impone el hombre como detentador del poder absoluto, envuelto por una relación dominante-dominado, creador-creado, con una vasta red de leyendas mitológicas. Este mundo mitológico, impuesto de forma aplastante y asimilado por toda la sociedad, irá adquiriendo carácter religioso como explicación última de todas las cosas. Nos encontramos ante el momento en que se desarrolla una forma de mentalidad ficticia e institucionalizada que ya no conocerá límites.

El surgimiento de esta relación jerárquica supone el primer sistema de explotación, opresión y autoridad institucional realizado por el intelecto mitológico de origen patriarcal y los moldes mentales legitimadores que de él se derivan. Es un hecho que se puede ver en varias comunidades y distintas etapas, aunque con diferente forma e intensidad. Por el contrario, el intelecto emocional no puede generar sistemas de opresión y explotación. Mientras las mentalidades no lleguen al nivel analítico, mientras no caigan en la trampa de la cultura de la caza, no habrá problema social. Esa mentalidad se ve obligada a inventar leyendas falsas para encubrir su función esencial, aunque también es verdad que el intelecto ficcional, junto al emocional, han creado tradiciones positivas de pensamiento e institucionalidad. Pero tampoco sería correcto restringir al poder jerárquico todo lo que tiene que ver con las formas de mentalidad. Por eso han existido violentos choques de mentalidad, posturas inclementes y guerras de pensamiento, un fenómeno religioso, filosófico, ético y artístico que hoy denominamos guerra ideológica. Pero, en el fondo, estas confrontaciones tan comunes en mitologías y religiones son guerras económicas y políticas que las fuerzas del poder, mientras guerrean en el ámbito económico y social, presentan bajo una cobertura mitológica y religiosa hasta llegar a la fase de mentalidad capitalista.

3.2 El desarrollo del mercado y de la sociedad de clases y urbana

El Estado es la representación de la institucionalización permanente de las estructuras jerárquicas. Y esa conversión de las estructuras particulares (individuales) de poder en instituciones está vinculada a la sociedad de clases que se desarrolló a partir de la urbanización que llamamos civilización.

Con el capitalismo, la ciudad y las clases sociales quedan conceptualizadas pero es más importante explicar su origen, porque a ninguna relación social cuyos orígenes no sean explicados se le podrá dar realmente sentido. La formación de la ciudad tiene poco que ver con una conjunción de relaciones que han encontrado en el espacio urbano la forma de realizarse. La formación de la ciudad es tan importante como el surgimiento del capitalismo y por eso es necesario explicarla. Estoy convencido de que la ciudad lleva implícitas características proto-capitalistas, igual que el mercado es un ámbito de relaciones que alimentan el capitalismo, la ciudad podría ser considerada el lugar donde el mercado se desarrolla y se hace permanente, donde, a su vez se desarrolla el más sofisticado intelecto ficcional. La ciudad, debido a su cualidad de mercado, es de por sí un establecimiento, un instrumento intensivo de socialización en el que es necesaria y se crea una mente analítica y abstracta; es un espacio donde se aceleran los progresos históricos tales como la racionalización de lo mitológico y lo religioso, tanto los avances y desviaciones de la ciencia o el surgimiento de la filosofía. Es donde mejor funciona el intelecto analítico.

El mundo abstracto de los conceptos y su reflejo en el arte también se hace más evidente en la ciudad; en ese ambiente especulativo de relaciones aisladas y al margen del intelecto emocional, se inyecta a la sociedad un enorme mundo de imágenes utilizando todo tipo de trampas y maquinaciones. En la ciudad se desarrolla la mente pero ¿qué tipo de mente? Esa mentalidad ¿supone más claridad o más oscuridad? No hay todavía una respuesta definitiva pero la sociedad urbana supone la principal concentración de relaciones que generan las guerras, la explotación, el poder y las clases. También crea los miserables que constituyen la abrumadora mayoría de la sociedad; se trata de una estructura completamente genocida, también para el medio ambiente. Las mitologías y religiones, en tanto que expresiones de comunidades basadas en la vida rural, también responden a un pensamiento analítico pero, sin embargo, juegan un papel positivo porque sus creencias, sus dioses, son reflejo de un mundo sincero, lleno de sentimientos; sus dioses son cercanos, misericordiosos, clementes y compasivos, paliativos del dolor y con ellos se superan las dificultades. Pero, a medida que esas mitologías y religiones se van urbanizando, los dioses se van volviendo más abstractos, se asocian al castigo, al precepto, al dolor, son dioses a los que se debe suplicar y a los que, en definitiva, les gusta dominar. En el fondo, son un reflejo de lo que ocurre cuando las mercancías entran en circulación con el mercado; los dioses del mercado y de la ciudad se fusionan unos con otros.

La formación de clases sociales, además, se desarrolla tras la disolución y desintegración de los vínculos clánicos, étnicos, familiares y tribales cuyas jerarquías de poder responden principalmente a lazos de parentesco. Después, quienes ostentan un rango alto pasan a ser Estado y los de bajo rango se convierten en subordinados, un proceso despiadado y enajenador que deja atrás el intelecto emocional, y mientras las clases oprimidas dependan de la dirigente, están legitimando su hegemonía y explotación, consolidando así su propia decadencia, cayendo a la condición más infame y siendo privados de ambos intelectos. La consecuencia más negativa de esta situación es el desclasamiento porque en la medida que exista un intelecto ficcional, abstracto, que provoque sumisión, habrá esclavos y menesterosos privados de conciencia, sin capacidad de reacción.

3.3- El protestantismo abre el camino al capitalismo

Si dividiéramos la historia en relación con los periodos de las mentalidades, habría que distinguir una Las Primeras Eras, del año 5000 a. C. al 500 d. C, en la que domina la etapa mitológica y religiosa; una Edad Media, del 500 al 1500 d. C, de carácter teológico, es decir una síntesis de religión y filosofía, y una Era Moderna, del 1500 d. C. a la actualidad, en la que se produce la separación entre filosofía y ciencia.

A la mitología no se le puede considerar exactamente una religión porque la religión es totalmente ficcional y asume creencias y una adoración permanente; y de hecho la religión supone la conversión de la mitología en dogmas. El fundamento de la religión está en creer ficciones y su único aspecto positivo es que, en esa transición mental al pensamiento abstracto, fuerza la creación de pensamiento científico y filosófico, preparando así, involuntariamente, las condiciones para su desarrollo, pero provocando una profunda polarización social. El pensamiento filosófico y científico se desarrolla dialécticamente con el pensamiento religioso, que les imprime una profunda huella. La filosofía, aunque deriva de un intelecto ficcional, se refiere a la verdad tras una observación constante y, en este sentido, no rompe del todo sus vínculos con el intelecto emocional; se trata de una forma de pensamiento con una mayor capacidad de abstracción que realizó una contribución a la ciencia antes que la religión.

En realidad, la ciencia no difiere mucho de la filosofía y podría considerarse una filosofía basada en una observación experimental más desarrollada; ambas intentan dar sentido a las dos naturalezas con la observación y los experimentos. Esto es correcto, pero, entre sus carencias más importantes está no responder al porqué de las cosas como lo hace la religión. Explicar cómo es la naturaleza no da una respuesta suficiente a la vida y tampoco resulta una aportación relevante creer que la inmensidad del universo no tiene motivos, propósitos o explicaciones.. La ciencia que no dé una respuesta al porqué de la vida, al final, solo será un instrumento del poder esclavizante.

He de sostener firmemente como tesis que la separación de la ciencia respecto a la filosofía y la religión sobre este asunto -cuál es el propósito y por qué- está estrechamente unida a la concepción capitalista. Tanto la religión como la filosofía, e incluso la mitología, suponen una memoria identitaria de la sociedad, su sistema mental defensivo y, por ello, pese a sus tergiversaciones, y a que suelen ser utilizadas contra la sociedad, se trata de realidades sociológicas. Una sociedad que se haya desvinculado y prescinda de su memoria y su historia y la ciencia que le corresponda tan solo servirán al poder. Así ocurre en el capitalismo, para el que la mitología, la religión y la filosofía apenas valen nada. ¿Por qué? La respuesta es evidente; la religión, la filosofía y las epopeyas, durante miles de años, excluyeron a los elementos capitalistas, especuladores y usureros que se aprovechaban de los desequilibrios en los precios, a quienes se agazapan en los rincones de una sociedad que les rechaza. Por el contrario, mientras la religión, la filosofía y las epopeyas, y por lo tanto la ética, sigan jugando el papel que tienen en el sistema de pensamiento de la sociedad, mientras el intelecto emocional siga conservando y ejerciendo su influencia social, será imposible que el capitalismo llegue a ser dominante, y ningún poder lo podrá legitimar como fundamento socioeconómico.

El sociólogo Max Weber dice que la corriente protestante del cristianismo es una forma de mentalidad que prepara el clima intelectual y ético para el capitalismo, pero esta valoración, parcialmente verdadera, debe ser criticada en dos sentidos:

a – El protestantismo supone una religión más débil que, al mismo tiempo, está muy próxima a la ciencia de tipo capitalista e inicia la era de las religiones nacionales; es una especie de etapa previa al nacionalismo que, a su vez, es pura ideología capitalista. Ver desde esta perspectiva las grandes guerras de religión en Europa nos permitiría una mejor comprensión de las mismas. Los primeros triunfos del capitalismo se produjeron en el marco geográfico (Holanda, Inglaterra y EEUU) donde el factor religioso era más débil, donde había cuajado el protestantismo y donde habían encontrado refugio todo tipo de herejes pertenecientes a distintas sectas. No pretendo defender la ortodoxia religiosa, intento indicar que si el protestantismo dio paso al capitalismo fue porque era la corriente ética más débil dentro del cristianismo. La diferencia con Weber estriba en que yo valoro como negativo lo que para él es positivo.

b . – Aunque parezca una paradoja, la mentalidad capitalista impuso su legitimidad en la etapa final o más débil de la prolongada historia de la mentalidad religiosa. La ciencia no es producto del desarrollo capitalista; en absoluto. Se trata de la desafortunada coincidencia en Europa, prácticamente en el mismo siglo, de la revolución científica y la revolución económica capitalista. Esta coincidencia permitió a quienes elaboraban la mentalidad capitalista crear una gran mentira: que el capitalismo era el creador de la ciencia. Es cierto que quienes hicieron contribuciones a la ciencia vivían en esa sociedad de rápido desarrollo capitalista, pero eso no permite repetir la tautología de que fuera el capitalismo quien creara a los científicos. También es cierto que los científicos entraron en contradicción con el pensamiento religioso pero su actitud tampoco era condescendiente con la mentalidad capitalista.

El capitalismo se aprovecha de todo tipo de pensamiento igual que hace con la renta, el capital, la especulación usurera y las mercancías. Tantea primero todas las corrientes intelectuales, apropiándose de las que le interesan presentándolas como nuevas escuelas filosóficas o religiosas, y luego las lanza al mercado bajo el nombre de liberalismo y positivismo. Lo más trágico de todo es que demuestra gran maestría y astucia al venderlas obteniendo un gran beneficio, igual que si vendiera alfombras, convirtiéndolas en la forma de mentalidad dominante.

4.-La mentalidad capitalista

Podríamos abordar el capitalismo, en lo que se refiere a las mentalidades, desde distintos ángulos. Lo primero que debemos hacer es definir esa mentalidad como liberalismo y positivismo, una mentalidad ecléctica, que entra en todos los moldes y con gran capacidad para el engaño y la manipulación. El pensamiento capitalista es más dogmático que los dogmas religiosos más rígidos y supone una idolatría más absurda y especulativa que la filosofía más abstracta, en la que ni siquiera caería la verdadera idolatría. El capitalismo debilita la ciencia con el positivismo y la enfrenta al mundo de las creencias y la ética, convirtiendo al individualismo en el dios del Estado-nación que se encumbra con el genocidio. Ninguna corriente religiosa es tan responsable como el capitalismo de las guerras, la opresión y la tortura, y ninguna mentalidad individual fue tan irresponsable y tan centrada en su propio interés como ocurre en las sociedades donde ha triunfado el capitalismo, ni ha creado tantos tiranos, genocidas, asimiladores, dominadores y dictadores.

En tanto que sistema monopolista, basado en el mundo de las mercancías y el dinero, el capitalismo construye su actual mentalidad financiera encastrando a los seres humanos en unos moldes mentales como ningún faraón, ningún Nemrod hubiera siquiera imaginado, obligando a toda la humanidad a postrarse ante los ídolos más abyectos en una verdadera ruina y putrefacción mental.

Es importante observar con más detalle en qué consiste la mentalidad del capitalismo pero, en primer lugar, he de indicar que las definiciones unidimensionales del capitalismo son producto de estudios intelectuales fuertemente influidos por el sistema. Este tipo de interpretaciones se pueden ver incluso entre los marxistas y anarquistas, que son las corrientes más anticapitalistas y que alegan llevar a cabo una sociología científica.

El que Marx situara la infraestructura económica como explicación de todo fenómeno jurídico, político o ideológico ha sido, probablemente, uno de los motivos principales para el fracaso del socialismo, en cuyo nombre se han librado tantos y tan importantes combates. Hay que ser conscientes de que ninguna comunidad humana podrá construir y organizar sistemáticamente la vida material (económica) mientras no asuma y experimente de forma estable en el tiempo otra mentalidad. Los análisis sobre sistemas realizados dejando a oscuras el desarrollo de la mentalidad no se libran de reforzar la hegemonía de esos mismos sistemas, incluso cuando esa mentalidad se sitúe en sus antípodas. Los sistemas dominantes actuales garantizan esa hegemonía fundamentalmente a través de la institucionalización de una mentalidad y una política determinadas; la vida material solo puede ser ordenada en este marco. La corrección de la dialéctica de Hegel por parte de Marx en vez de confirmar su tesis es un grave error, porque está claro que el idealismo de Hegel, en tanto que punto culminante del pensamiento metafísico, es un hito fundamental en la construcción del camino que lleva al Estado-nación alemán. Le precedieron Lutero, ideólogo del protestantismo, y Kant, quien apuesta por el subjetivismo y parcialmente por la ética frente al objetivismo. También Karl Marx, pese a que parezca una paradoja, siguió esta línea en nombre del proletariado y del anticapitalismo. Pero el resultado final es que la ideología (mentalidad) alemana engendró liderazgos como el de Hitler y el fascismo.

El filósofo alemán F. Nietzsche fue quien mejor se dio cuenta de este peligro; sus trabajos sobre la mentalidad son una auténtica oposición a la modernidad capitalista, y el hecho de que no se desarrollaran y se convirtieran en una filosofía y práctica política fue una gran deficiencia. Por su parte, los esfuerzos realizados por filósofos franceses posteriores (como Deleuze, Guattari, M.Foucault etc.) o por el italiano Gramsci resultan muy insuficientes y tampoco consiguieron ser institucionalizados, mientras que los ciento cincuenta años de socialismo real supusieron, en la práctica, una complicidad objetiva con el modernismo capitalista en nombre de la izquierda. Las experiencias de la Rusia soviética y de China confirman rotundamente esta aseveración que trataré más extensamente en otro apartado.

Las críticas de los anarquistas, principalmente de los pioneros y clásicos -Proudhon, Bakunin y Kropotkin-, contra el nacimiento del capitalismo son más clarividentes en este sentido ya que se percatan mejor de la dimensión ideológica y política del capitalismo. Sin embargo, el que carecieran de una correcta filosofía política, que no lograran consolidar e institucionalizar sus opiniones, y que, en definitiva, no tuvieran un buen conocimiento sobre la ética y la historia, les convirtieron también a ellos, hasta cierto punto, en una mercancía ideológica para el capitalismo. Es necesario recalcar que los análisis influyentes y eficientes en política, ética, historia o sobre las mentalidades, si no están integrados en la praxis, acabarán siendo manipulados, utilizados, neutralizados, destruidos y asimilados por sus opositores. Es lamentable, en este sentido, que las posiciones anticapitalistas hayan tenido el mismo destino que otras corrientes de mentalidad, especialmente el zoroastrismo, budismo, cristianismo y maniqueísmo. Se trata de una puntualización crítica. No estoy diciendo que estas doctrinas surgieran en vano o no pudieran tener otro final, porque, si fuera así, no estaría escribiendo estas líneas ni tampoco tendría sentido la ética de la libertad. Lo que estoy haciendo es una crítica.

Si se quiere conseguir un sistema alternativo exitoso contra el capitalismo y sus fundamentos históricos, en tanto que última fase de la civilización, tal y como se presenta en la actualidad, hay que unir la filosofía política, la institucionalización de la política y las acciones concretas, fundiéndolas recíprocamente y con amor en la guía de los trabajos de mentalidad, conformando una integridad plena.

A pesar de que la violencia política y militar son claves para mantener el sistema capitalista, lo que realmente hace posible su hegemonía es la claudicación de la sociedad, su alienación y parálisis ante la industria cultural. Se podría decir que el sistema hizo retroceder a las mentalidades de las comunidades al estadio de los primates para manipularlas y que la sociedad, en realidad, está organizada como si fuera un zoológico. Al igual que los animales, las comunidades son expuestas para su contemplación porque nos encontramos en una sociedad del espectáculo, tal y como han constatado varios filósofos. Gracias al continuo e intenso bombardeo mediático sobre el intelecto emocional y analítico con las industrias del sexo, del deporte, del arte y de la cultura, de forma combinada y con una amplia campaña publicitaria, han logrado completar la conquista mental de la sociedad del espectáculo, la sociedad destinada a la contemplación.

La sociedad fue arrastrada a un estado de postración total, peor que una rendición, siendo dirigida a su antojo por el sistema. En el fondo, es la misma sociedad del espectáculo del fascismo aunque sus líderes iniciales fueran liquidados, una sociedad del espectáculo impuesta por el sistema a todas las comunidades a través del Estado-nación y las compañías financieras globales durante y después de la Guerra Fría.

La conquista de la sociedad por el capitalismo, tanto desde un punto de vista material como moral, es hoy en día muy superior a las conquistas de los grandes imperios, como el sumerio, el egipcio, el hindú, el chino y el romano.

Es preciso entender muy bien que para paliar los fuertes indicios de caos y descomposición de la fase imperial, que es la cumbre de la hegemonía del sistema capitalista y de sus anteriores fases de colonialismo e imperialismo, el sistema busca compensar su putrefacción perfeccionando su injerencia sobre la sociedad y forzando aún más su hegemonía mental.

La industria del sexo y el sexismo son factores determinantes para que se haya llegado a esta situación; la utilización de los atributos sexuales para alcanzar el éxito es uno de los factores determinantes en este hecho, cuando la sexualidad debiera tener una función didáctica para comprender mejor el sentido de la vida y su reproducción, como ocurre con todos los seres vivos, desde los unicelulares al ser humano. Por consiguiente, la sexualidad tiene un sentido significativo e incluso sagrado; así lo entendieron muchas comunidades humanas y así lo interpretan todos los estudios antropológicos. Si hay unas relaciones que no deben ser mercantilizadas e industrializadas, estas deben ser las sexuales porque están asociadas a lo sagrado y a lo sublime, a la continuidad de la vida y, por lo tanto, debe acabar su tergiversación y no deben ser una amenaza para otras vidas.

Es decir, se podría afirmar que la explotación sexual es uno de los instrumentos hegemónicos fundamentales del sistema.

La sexualidad no solamente fue convertida en una gigantesca industria y fue mercantilizada, sino que ha sido degenerada, convirtiéndola en la “religión del sexismo” bajo el dominio del hombre, superando con creces la divinidad fálica del hinduismo. Este nuevo mecanismo religioso ha sido sumamente efectivo sobre todo en los hombres, funcionando como un instrumento estupefaciente, adquiriendo un papel preferente en el arte y, especialmente, en la literatura. Las drogas químicas son un cero a la izquierda ante la nueva religión de la sexualidad. Casi todos los individuos de la sociedad han sido convertidos en psicópatas del sexo a través de campañas mediáticas (no solo con la publicidad cotidiana); todos, jóvenes, viejos y hasta los niños, están siendo manipulados mientras la mujer ha sido convertida en el más sofisticado objeto sexual. La mujer ha sido convencida de que no sirve para nada si cada partícula suya no rezuma sexo. El sagrado hogar de la familia se ha convertido hoy en un convento de esta religión, y de aquella sagrada diosa-madre solo quedan las ruinas en “mujeres viejas”, inútiles, tiradas a la cuneta. Se trata de una situación trágica, muy dolorosa, y con la fecundación artificial el proceso para convertir a la mujer únicamente en un instrumento sexual ha llegado a su punto culminante.

La inversión por el sistema del papel de la mujer resulta insoportable. La aplicación de las técnicas sanitarias, fomentando el deseo de tener muchos hijos, sobre todo de varones, que es en el fondo una tradición de la sociedad patriarcal, reduce el papel de la mujer de las capas bajas a una máquina de parir niños. De esta manera, cargando a los pobres con la difícil crianza de los niños se matan dos pájaros de un tiro; por un lado, se cubren las necesidades de mano de obra joven y, por otro, se crea una grave degeneración de la familia de la que es difícil salir. Mientras tanto los hombres y mujeres de las capas altas hacen de la nueva religión sexual un verdadero rito, empeñándose por mantenerse siempre “sexis” y desvirtuando la maternidad con bebés artificiales, adoptando hijos y alimentando animales para cubrir las deficiencias. El resultado es un aumento sin sentido de la población, difícil de mantener, así como una masa de desempleados como no se ha visto en ninguna otra época de la historia y la agudización de una crisis medioambiental que ya no puede aguantar la carga del ser humano. Abordaré cómo deben ser tratados estos problemas en el próximo tomo de mi defensa titulado Sociología de la Libertad.

La industrialización de la cultura o, mejor dicho, su superproducción como mercancía industrial es el segundo instrumento más eficaz para la esclavización. En sentido estricto, la cultura expresa la cosmovisión de las sociedades; el pensamiento, el gusto y la ética son sus tres principales componentes. Se trata de elementos culturales que el poder político y económico ha ido cercando y comprando durante siglos. Las civilizaciones, a lo largo de la historia, han venido considerando imprescindible para su legitimación atar y subordinar los elementos de la cultura. Los centros económicos y de poder se dieron cuenta muy pronto de este hecho y no tardaron en tomar medidas al respecto, remontándose la asimilación de la cultura por parte de los poderes incluso al periodo en que nace la jerarquización social, constituyendo el principal instrumento de gobernabilidad. Si no hay hegemonía cultural, los monopolios económicos y el poder no pueden dirigir nada. Los sistemas que se basan solo en la fuerza, la explotación y el saqueo, como mucho, pueden mantenerse a corto plazo y, cuando ya no queda nada por saquear, se enfrentan entre sí, se destruyen o se desintegran.

El papel de la cultura es vital en la civilización capitalista, pues supone la suma de todos los ámbitos sociales y es asimilada primero para ser adaptada a los poderes económicos y políticos y después es convertida en industria cultural para ser transmitida, intensa y extensamente, a todo el mundo, a las naciones, pueblos, Estados-nación, organizaciones de la sociedad civil y empresas. Los principales ámbitos de la cultura, como la literatura, la ciencia, la filosofía, el arte en todas sus ramas, la historia, la religión y el Derecho, son cosificados y mercantilizados. Las herramientas como los libros, películas, periódicos, TV, internet y la radio funcionan como mercancías de esta industria. Estas mercancías culturales no solo suponen grandes ganancias materiales sino que tienen una función principalmente destructiva porque colocan a las mentalidades en un cautiverio sin precedentes, transformando todas las clases, naciones, tribus o comunidades religiosas en algo peor que un rebaño; en definitiva, crean una masa sin sentido, amorfa, dislocada y con un apetito propio de los primates. Sus principales arquitectos son los Estado-nación, las firmas globalizadas y los monopolios mediáticos. En esencia, no les interesa nada de la sociedad salvo ganar dinero y consumir. No hay espacio para el pensamiento y hasta los sectores más empobrecidos únicamente sueñan con tener mucho dinero, aunque solo sea por un día.

Démonos cuenta que hasta la pobreza es utilizada como fenómeno cultural. Mientras que en esa Edad Media que normalmente menospreciamos, el empobrecimiento era motivo de rebeliones; el que bajo la actual hegemonía cultural oficial tener un salario se haya convertido en un objetivo a alcanzar muestra el triunfo del sistema en el terreno cultural.

Lo más grave de esta sumisión y cautiverio causados por la hegemonía que el sistema se asegura con la industria del sexo, y que desarrolla fundiéndola con la industria cultural es que se desarrolla voluntariamente, e incluso se vive como una eclosión de libertad; ese es su mayor soporte, el verdadero instrumento para legitimar la gestión capitalista. La fase imperial del capitalismo solo es posible con el desarrollo de la industria cultural y, por lo tanto, la lucha contra esa hegemonía cultural adquiere una mayor importancia en el terreno de las mentalidades. Mientras la lucha no se desarrolle y organice, tanto en forma como en contenido, contra la guerra cultural que el sistema lleva a cabo mediante la conquista, asimilación e industrialización, tampoco tendrá éxito ninguna lucha por la libertad, la igualdad y la democracia. En mi defensa Sociología de la Libertad intentaré ampliar este tipo de cuestiones.

Por su parte y desde el principio, el deporte también tuvo como función la incorporación a la sociedad mediante juegos organizados para la participación con éxito en la vida, como una especie de entrenamiento para la socialización. Sin embargo, a partir de la descomposición del Imperio Romano, empieza a industrializarse, como se ve con claridad en el ejemplo de los gladiadores.

El capitalismo integró el deporte al poder, imponiendo su industrialización, destruyendo su esencia participativa y amateur, convirtiéndolo en una profesión. Es otra droga más, pues fue convertido en una mercancía. En vez de potenciar la integración social con ánimo y solidez, pasó a significar ganancia de dinero y la incitación a la competencia desenfrenada, mientras la sociedad era reducida a una pasiva espectadora. La cultura de la arena, hacer de los seres humanos carnada para los leones y forzar a los gladiadores a matarse entre sí, se ha extendido a todos los ámbitos del deporte, donde solo valen el récord y los aplausos. Ser hincha de un equipo es más importante que seguir una religión o una filosofía, es una verdadera enfermedad y un nuevo y eficaz instrumento de dominación en mano de los gobiernos. ¿Qué tipo de religión o filosofía podría jugar el papel que desempeña el fútbol para los gobiernos de los Estados-nación?

En resumidas cuentas, se podría decir que, al convertir el arte, el deporte y el sexo en una industria, el arte de la administración llega a su cumbre y que, sin esta industrialización del sexo, el deporte y el arte no sería posible el gobierno del capitalismo global y el poder del Estado-nación. Insisto de nuevo en que no estoy criticando la sexualidad, la cultura y el deporte en sí mismos sino la forma en que han degenerado al ser industrializadas, cuando constituyen ámbitos vitales para la formación y continuidad de la sociedad.

El mundo virtual es otro importante instrumento para ejercer la hegemonía mental capitalista, dirigido fundamentalmente por sus órganos mediáticos que, con la virtualización de la vida, llevaron la mente analítica a los límites más extremos. De esta forma la guerra, que es el hecho más horroroso que pueda existir, podría sin dificultad destruir a la ética al ser presentada virtualmente. Antes se decía que era una vida falsa la que no se experimenta con el cuerpo y con la mente humana, pero también es falsa la vida que denominamos virtual. Tampoco estamos poniendo en cuestión los avances tecnológicos que hacen posible una vida virtual, sino su utilización para aumentar la dominación y paralizar la mente del individuo. La tecnología fuera de control es el arma más peligrosa que existe y precisamente es la necesidad que tiene el capitalismo de dirigir a millones de personas y el dominio de la técnica lo que lleva a la vida virtual. La vida ya no se vive, es virtual, es decir, una especie de muerte y la simulación es su mayor concreción. Imitar cada acto, cada obra, cada relación no lo forma a uno, sino que lo atonta, y con la imitación de todas las obras de la civilización no hay desarrollo sino hegemonía de la cultura de la imitación, cuando es en la diversidad donde subyace la esencia de la vida, que nunca se basa en una repetición, ni siquiera la historia se repite. La imitación es contraria al progreso. Sin embargo, nos encontramos ante una vida virtual basada en la imitación ilimitada; todo el mundo se imita y se asemeja como si fueran rebaños de ovejas. La era financiera no podría existir sin la vida virtual, sin ese atontamiento ilimitado, que se pone en marcha con una vida falsa y virtual. Contrarrestar esa situación es el principal deber de la vida libre. Definir y organizar la vida libre es imprescindible para que las sociedades se mantengan en pie, y la sociología de la libertad debe dar esa respuesta.

Podríamos, en este sentido, referirnos a varios aspectos de esta vida virtual que han supuesto un éxito para el sistema.

El primero es que debilita la fidelidad funcional de la sociedad respecto a la ética y la religión, subordinando la sociedad a sí misma mediante el Derecho laico y apartando a un segundo plano la ética y la religión. A la ética y la religión solo se les permite vivir en la medida en que sirvan al sistema, y el Derecho y el laicismo son, en el fondo, instrumentos para la transferencia del control de la sociedad al poder capitalista; es decir, se neutralizan la religión y la ética con el Derecho y el laicismo para integrar en el capital a los sectores de la antigua sociedad, tanto aristocráticos como sus siervos como fuerza laboral, engordando el ejército industrial de reserva. No las anulan del todo porque siguen siendo muy necesarias para el sistema capitalista como “la última palabra de la civilización”; son intensamente utilizadas siempre que no participen de su poder económico y político y no constituyan un obstáculo para el mismo. Con la reforma en la religión y el Estado de Derecho, que juegan un auténtico rol en tanto instrumentos básicos para pasar a la formación económica y social capitalista, estos dos instrumentos destinados a solucionar los problemas de mentalidad del sistema se convierten en claros indicadores de la modernidad capitalista.

El segundo es el uso del “método científico”, en el cual la separación sujeto-objeto es casi la llave de la hegemonía de la mentalidad. El principio de objetividad, aparentemente irrenunciable para el método científico es, en el fondo, la antesala necesaria para el dominio del subjetivismo. Para dirigir hay que ser sujeto y, naturalmente, el rol que recae sobre los dirigidos es el de ser objeto, mientras que el ser objeto se convierte en mercancía que el sujeto dirige a su antojo con aval científico, como sucede con la naturaleza que es así definida. El origen de esta separación entre sujeto y objeto se remonta a Platón. Su famoso mundo de las “ideas” y el dilema de sus reflejos como sombras en la realidad es el fundamento para todo este tipo de disociaciones. Es algo que ya se puede apreciar de una forma maravillosa en la mitología de Sumer y Egipto, cuando las jerarquías superiores se divinizan mientras las capas oprimidas quedan reducidas a la condición de siervos. La expresión intelectual creador-creado, dirigente-dirigido llega con la separación sujeto-objeto que se desarrolla en forma de dios-siervo, palabra-objeto, ideas perfectas-sombras o alma-cuerpo. Y su significado político es la negación de la democracia, y el allanamiento del camino para la oligarquía y la monarquía.

Debe quedar claro que, con el capitalismo, el intelecto analítico se ha envuelto en las formas más falsas y conspiradoras, siendo su expresión más significativa la bolsa y el intelecto especulativo (ficcional) que en ella opera, apoderándose de grandes ganancias. La especulación y el intelecto ficcional llegan a ser hermanos siameses en el sistema, y lo mismo se puede decir en el terreno político y militar. La guerra se basa en la trampa y la astucia; es la cúspide de la cultura de la caza. El intelecto ficcional nunca como ahora había servido para manipular y conspirar en los ámbitos financieros, político y militar, donde no se tolera ni una pizca de conciencia y sentimiento. Mientras la vida se marchita bajo las bombas nucleares y otros horribles artefactos, hay quien gana miles de millones en solo unos días sin una gota de sudor. Hasta se podría decir que es en la bolsa, la política y la guerra donde el capitalismo muestra su mentalidad al desnudo. No hay valor o sentimiento humano que no sea violentado por el capitalismo en aras del beneficio y la renta. Y, sin embargo, lo fundamental de la vida es el intelecto emocional; a medida que uno se desprende de él, se va desvaneciendo el sentido de la vida. Las catástrofes ecológicas son un reflejo de ese peligro sobre la vida, como si anticiparan el día del juicio final. El responsable de esta situación es un intelecto ficcional mal usado tras haber sido alimentado por la lengua, el poder, la ciudad, el Estado, la ciencia y el arte hasta convertirse en un Leviatán global, en el imperio mundial del capital global. Parar este monstruo requeriría un gran esfuerzo por parte del intelecto emocional; hay que acabar con él repeliendo su opresión sobre la vida libre para evitar que sea nocivo y antes de que convierta a todo el planeta en un lugar inhabitable. El deber fundamental de la sociología de la libertad es dotar a esta acción vital de un cuerpo teórico y construir con éxito una alternativa válida.

B . - Economicismo

Me refiero a aquellos puntos de vista que consideran el nacimiento del capitalismo como resultado natural del desarrollo económico. En este sentido, el marxismo se ha reducido a una especie de economicismo, ya que intentó estudiarlo solo como si fuera un modelo económico. La economía política fue colocada casi como eje central de las ciencias sociales, dando así justificación científica a otros hechos vinculados a la vida económica, como ocurre con la formación del Estado moderno.

El que el capital, es decir la acumulación de ganancia, se consiguiera debido a la abusiva política de precios en el mercado jugó un importante papel en el desarrollo de este punto de vista. Y así surgió una corriente según la cual era posible un desarrollo capitalista al margen de la historia, la sociedad, el poder y, en definitiva, del desarrollo de la civilización. Paradójicamente, quienes más presumen de anticapitalismo y supuestamente luchan contra él le han atribuido una relevancia que no le corresponde. Se puede entender a los defensores de la economía política inglesa, país de origen del capitalismo y es lógico quela presentaran como modelo general. Es más que significativo que Karl Marx concentrara precisamente su crítica en ese modelo, pero lo verdaderamente lamentable es que la obra de Marx quedara inconclusa y que sus seguidores la hayan convertido en una caricatura. La deficiencia más básica de Marx puede ser el no haber analizado de forma sistemática la relación entre poder, Estado y capitalismo, pese a que intentara delimitar el papel de la ideología. Son importantes y sólidos sus análisis sobre la mentalidad del capitalismo pero se equivocó al tomar como punto de partida el positivismo, la ideología de la Ilustración, que ya estaba consolidada desde hacía tiempo en el ámbito intelectual. Estaba convencido de que la ciencia social era como la física; no le cabía la menor duda; pero fue ese enfoque el que hizo estéril ese valioso trabajo que es El Capital, que precisamente por esa razón ha sido interpretado más como un texto religioso que como un trabajo científico. Y lo mismo ocurre con los trabajos de sus discípulos. La interpretación de Lenin sobre el imperialismo, el capitalismo monopolista, el Estado y la revolución tampoco logra superar la filosofía de la Ilustración. Asimismo, el que, pese a muchas ideas beneficiosas, no haya podido plantear cómo superar la modernidad capitalista es el factor principal para el fracaso de la experiencia soviética.

Las interpretaciones anarquistas sobre el capitalismo también son mayoritariamente económicas al considerar que será destruido si es condenado y criticado en el plano económico. Se trata de concepciones viciadas de positivismo: “la ciencia tiene leyes; si la economía es una ciencia, también tiene sus leyes y, según estas leyes, el capitalismo es un sistema que no puede sobrevivir debido a la crisis que genera. Lo que hay que hacer es acelerar el funcionamiento de esas leyes y, al final, ¡el capitalismo será destruido y el comunismo triunfará!”. En el fundamento de estos puntos de vista subyace una incorrecta definición de la realidad social. La sociedad responde a una sistemática, que funciona muy al margen de lo que prevén las ideologías de la Ilustración, se podría considerar incluso caótica. La sociedad y por lo tanto sus estructuras mentales, institucionales e incluso económicas, así como su funcionamiento por lo general caótico, difieren cualitativamente de las definiciones que sobre ella hacen las ciencias denominadas positivas, y, por lo tanto, necesita ser analizada bajo planteamientos distintos y que, consecuentemente, se lleven a cabo las correspondientes acciones.

Teniendo en cuenta estas críticas, se comprenderán mejor la conexión entre economía y capital, es decir el orden del capital. Aunque parezca paradójico, lo primero que debemos hacer es no considerar al capitalismo como una economía. Si Max Weber hubiese interpretado al capitalismo como una secta en vez de valorarlo como lo hace en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, podría haberlo explicado mejor. Fernand Braudel, por su parte, también explica el nacimiento del capitalismo a partir del monopolio de precios en el mercado. Se trata de análisis importantes, como los de Marx, pero todos caen en la estricta explicación económica como si fuera de obligado cumplimiento, y estas son sus deficiencias básicas. Analizar el capitalismo como un régimen político nos permitiría conocer mejor el significado que tiene la renta, aunque también es importante no reducirlo todo al poder y el Estado, es decir que no saltemos del economicismo a solo centrarnos en el poder.

Para mí, el capitalismo viene de una tradición más antigua, desde que se organiza, en sus inicios, militar, política y culturalmente para usurpar los valores sociales, especialmente con la acumulación material, hasta llegar a ser la formación social dominante en Europa a partir del siglo XVI. También podríamos describir el surgimiento del capitalismo como el eslabón moderno de la tradición de usurpación de los valores correspondientes a la mujer-madre por el hombre-fuerte y el grupo de bandidos ladrones y criminales que le acompañan. El capitalismo es la acción de los grupos que han desarrollado el intelecto ficcional en connivencia con el Estado, primero en Génova, Florencia y Venecia, es decir las principales ciudades-Estado italianas, después en Holanda e Inglaterra. Funcionan como sectas que muestran gran destreza al echar las redes y atrapar buenas presas utilizando el dinero e innovaciones que introducen en la actividad económica, que usurpan enormes valores jugando con los precios del mercado, extendiéndose por todo el mundo, no dudando en utilizar la fuerza cuando es necesario. Estos grupos en algunos lugares son las dinastías, la aristocracia y, en otros, los burgueses. La única pero importante diferencia con los bandidos de la Antigüedad y la Edad Media estriba en que su base de actuación son principalmente las ciudades, que están unidas a la autoridad estatal y mantienen oculta en segundo plano la fuerza. Obtienen ganancias siguiendo las reglas que aparentemente tiene la economía, aprovechando su intelecto y un capital inicial. Si se examina correctamente la historia del capital, se verá que todo discurre como si fuera un cuento.

Sin embargo, en las guerras coloniales, donde se realizó la acumulación originaria, no hubo reglas económicas; Portugal, España, Holanda, Inglaterra y Francia, y antes Venecia y Génova, consiguieron acumular capital utilizando únicamente la fuerza. No es nada difícil demostrar esta realidad, tanto en los mercados de países cercanos como en los terrenos coloniales. De los “cuarenta ladrones” salieron los señores y los amos; solo la moda hizo que los “cuarenta ladrones” modernos recibieran el nombre de “señores burgueses” y así es como las disciplinas denominadas “ciencia de la economía” ejercen una de sus funciones fundamentales: ocultar la esencia del asunto. L as teorías que mejor maquillen estos asuntos serán tratadas y premiadas como obras de referencia. Ninguna ciencia como la de los fenómenos económicos ha tergiversado tanto la realidad, la mayor desviación de la mente ficcional la encontramos en el ámbito de la economía-política capitalista. La modernidad capitalista es el único sistema que se permite el lujo de elevar tamaña falsedad a la categoría de ciencia.

La economía, es decir el suministro de bienes materiales, es el problema fundamental de los seres vivos, es el material de la realización de la evolución. La pervivencia de los seres vivos es posible porque obtienen de su entorno los bienes que su sistema digestivo y su metabolismo necesita. Es una regla universal que la evolución se garantiza gracias a la diversidad y equilibrio entre las especies, impidiendo que el aumento de unas ponga en peligro a las otras. Así se impide que los ratones se reproduzcan excesivamente y acaben con las plantas, y lo mismo ocurre con las ovejas, cabras y ganado en general respecto a los depredadores carnívoros. ¿Por qué funciona así la evolución natural? La respuesta se puede apreciar en las consecuencias. La razón fundamental está en asegurar la continuidad y el desarrollo del sistema de los seres vivos. ¿Esto es ferocidad o justicia de la naturaleza? Este es otro asunto a debatir, igual que si es producto de un intelecto profundo o está relacionado con el ser primitivo, o si se puede considerar algo metafísico. Se trata de cuestiones significativas, relativas a la universalidad que corresponderían a un intelecto analítico, aunque también podrían estar vinculadas a la existencia.

La mejor respuesta que se puede dar a estas preguntas es que la evolución siempre busca la eficiencia. De alguna forma, se podría decir que vigila la universalidad a través de la eficiencia y la perfección en el transcurso del tiempo. De lo contrario ¿cómo podríamos explicar la evolución hasta el ser humano y su peculiar forma de sociedad? Si los leones y el ganado lo invadieran todo, la vida se reduciría a los primitivos musgos; sin embargo, la evolución llegó hasta el ser humano, que dio el salto a la conciencia y a la ética. ¿Qué significa esto? ¡Piedad y justicia! La esencia de este principio puede ser expresado como: “las ovejas y los lobos convivirían si pudieran pensar de la misma forma”. Esto esconde una característica del universo: ¿es posible esa coexistencia fraterna entre cordero y lobo? El ser humano ha demostrado que es posible; por lo tanto, pensar y actuar teniendo en cuenta que no es cierto que el hombre es un lobo para el hombre, el principio de ferocidad del capitalismo, es algo irrenunciable para los seres humanos. Hay que tener en cuenta que, en algún momento, ovejas y lobos tuvieron un mismo origen, fueron lo mismo en un tiempo anterior; se fueron diferenciando después. ¿Por qué no se va a realizar el camino inverso hacia una relación fraternal? Eso teóricamente es posible y se pueden poner muchos ejemplos.

Digo esto porque no tiene sentido que el capitalismo utilice ejemplos de ferocidad muy limitados en número en la evolución como pretexto para justificar su nacimiento. La evolución que debiera servir de ejemplo es la de las primeras plantas marinas a los musgos terrestres y de ahí a los grandiosos árboles, creándose un rico sistema de animales herbívoros que no se devoran entre sí. ¿Acaso deberíamos rechazar estos ejemplos, y no tomarlos para la formación de la vida de los seres humanos, porque son presentados por el capitalismo como un cáncer en la evolución? En la evolución natural no hay hechos que confirmen las teorías sobre el surgimiento del capitalismo, pero sí que hay otros que van en sentido contrario a esas teorías. El aumento constante de un ejército de desempleados para obligarles a trabajar por un bajo sueldo es un ejemplo contrario a la evolución natural.

Entra dentro de lo biológico, por su parte, que el ser humano, mientras prosigue todos los procesos de la evolución en su organismo, toma la iniciativa de su existencia en base a la socialización, un hecho categórico que debemos tener presente siempre que esa interpretación científica no esté contagiada por la religión del positivismo. En mi defensa Sociología de la Libertad trataré esta característica de la especie humana, así como su capacidad de elección, de libre opción y juicio ético. También intentaré demostrar por qué hemos de colocar a la vida de la civilización en la categoría de “o perteneces a la manada de leones o al rebaño de ovejas”, relación que se basa en la excesiva urbanización, en conjunción con las jerarquías, las clases sociales y los focos del poder y del Estado, que crecen cual tumores cancerígenos. Mientras tanto también resumiré el progreso rítmico del desarrollo social en consonancia con la evolución natural.

Se puede decir que el origen de este tipo de acontecimientos o desviaciones (por ejemplo, el canibalismo), podrían estar relacionados, aunque sea parcialmente, con la evolución y que se podrían interpretar como una enfermedad o como una anomalía de la evolución del ser humano como especie. Hemos de tener claro que el ritmo natural de la evolución no es ese y es esencial interpretarlo como principio fundamental de la vida. Por otro lado, y aunque sea una labor a encargar a los académicos, hay que determinar que no se puede construir un sistema social, la “segunda naturaleza”, a partir de esas anomalías de la civilización y, en concreto, de su periodo capitalista, porque eso supondría anular nuestra concepción social.

La interpretación de Fernand Braudel sobre el nacimiento del capitalismo se basa en una amplia observación y comparación, introduciendo claridad metodológica al realizar un planteamiento integral de la historia, la sociedad, el poder, la civilización, la cultura y el desarrollo espacial, manteniendo una actitud de prudencia ante las concepciones positivistas. Karl Marx, por su parte, que toma como base la ciencia positivista con gran influencia de la Ilustración, es sumamente pretencioso al convertir la economía en ciencia, aunque también hay que tener en cuenta que entonces la sociología todavía gateaba, y la certeza científica y el progresismo lineal hacía tiempo que estaban incrustados en las mentes como si fueran un credo. El romanticismo, al intentar cuestionar esta corriente, complica aún más las cosas puesto que cae en el voluntarismo. Por otro lado, la hipótesis de Nietzsche sobre el intelecto emocional que se mueve en un círculo vicioso y relativista, no fue muy desarrollada. Y dentro de tal confusión mental, el liberalismo actúa sin restricciones. El capitalismo, al convertir la ciencia física, la química, las matemáticas y la biología en filosofía, mejor dicho en religión a través del positivismo, también lo hace con la realidad social a través del liberalismo. Ya había ganado la batalla económica pero ahora también obtiene un triunfo ideológico que anuncia la globalidad del sistema en el siglo XIX. Vamos a ampliar estas críticas e interpretaciones.

En sus progresos mentales, las comunidades siempre buscaron y desarrollaron los objetos materiales que necesitaban, siendo la comida, el refugio, la reproducción y la seguridad sus preocupaciones prioritarias. Las primeras comunidades intentaban cubrir estas necesidades básicas conformándose con lo que encontraban, viviendo en cuevas, protegiéndose dentro de los bosques y dando prioridad a la madre fecunda. De forma gradual, entró en escena la caza para responder tanto a la necesidad de protección como de alimentarse con carne, desarrollando así esta cultura. Sin embargo, se puede apreciar que en una determinada etapa de la socialización aparecen las tensiones entre la mujer, dedicada a la recolección, y el hombre cazador, produciéndose debido a ello cambios y evoluciones culturales. En base al desarrollo que ambas partes viven por separado, se genera una acumulación material conveniente con la división de la cultura del “varón león” y la de la “mujer rebaño” que, a su vez, fundamenta la primera diferenciación de concepciones económicas. La cultura de la mujer-madre llega a su punto culminante en la etapa neolítica. Tras la última era glaciar, a partir del 15000 a. C., la existencia de una gran variedad de especies vegetales y animales, sobre todo en las estribaciones del sistema Taurus-Zagros, crea la ficción de vivir en el Paraíso. La cultura de esta época, como un cauce principal del desarrollo social que continua en la actualidad, da un paso en la globalización , y también se establecen las diferencias sobre todo con la historia escrita y la civilización. También son producto de esta época los desarrollos de los distintos grupos lingüísticos que llegan hasta la actualidad.

Lo único relevante que podríamos decir de esta época en relación con el capitalismo es que la cultura de la caza dio gradualmente la hegemonía al hombre, mientras la mujer la protagonista del periodo neolítico que llegó hasta el 10.000 a. C. El hecho de que salieran de las cuevas y empezaran a vivir en cabañas y tiendas en sus proximidades, así como que seleccionaran semillas fruto de la recolección y acumularan cultivos desembocará en la revolución agrícola y rural. Los datos actualmente existentes debido a las excavaciones arqueológicas muestran que esta cultura se desarrolló en toda la Alta Mesopotamia y sobre todo en las estribaciones Taurus-Zagros, en lugares como Bradostian, Garzán, Amanos, las faldas interiores del Taurus Central, Nevali Çori y Çemi Hallan, donde se van acumulando, aunque de forma limitada, los excedentes.

La economía podría haberse basado en este tipo de acumulación inicial que no era un objetivo en sí mismo. Como es sabido, la palabra griega “eco-nomos” significa “ley de la casa-familia” y, por lo tanto, la economía surge con las primeras familias sedentarias dedicadas a la agricultura en torno a la mujer y al almacenamiento de productos alimenticios, sobre todo los de mejor conservación. Pero esta acumulación no es destinada al comercio o al mercado sino a la familia. Esta debiera ser la verdadera economía humana. Esta economía no corría el riesgo de que la acumulación fuera una amenaza porque había desarrollado la cultura del regalo, que es una importante forma económica que es compatible con el ritmo del desarrollo humano. El refrán popular “quien mucho tiene se vuelve codicioso” probablemente sea una herencia de esta época.

También puede que en esta época se iniciara la cultura de los sacrificios y de lo sagrado. El concepto de Dios, en realidad, sería la primera expresión de respeto de las comunidades a su propia identidad ante el desarrollo de la fertilidad y el agradecimiento que esta genera. Este hecho de identificarse a sí misma, de ensalzamiento, de rezar, de adorar y de tener un desarrollo mental progresivo se basa en la evolución de las comunidades y por lo tanto está profundamente relacionado con la revolución agrícola. Así lo confirman impactantemente los hallazgos arqueológicos, como ocurre con las estatuillas de mujeres representando el concepto de “diosa-madre” o de la “madre-sagrada”.

Los problemas surgirían después. Cuando a través del regalo no se pueden deshacer de los excedentes acumulados, que aumentan debido a una mayor experiencia y desarrollo mental, el hombre cazador, más avispado, se le ocurre y decide introducir en su cultura el comercializar ese sobrante como actividad complementaria. El comercio entra en escena cuando esta acumulación de distintos productos aparece en diversas regiones. El hecho de que estos excedentes cubran mejor las necesidades mutuas crea a los comerciantes y al comercio como profesión, legitimando esta segunda gran división del trabajo social; no sin riesgos ya que supone la profundización de la división del trabajo, que genera una vida y productividad más abundantes. La actividad comercial será realmente significativa cuando por un lado abunden los productos alimenticios y textiles y, por otro, los minerales.

La historia muestra que el comercio se generalizó a partir del 4000 a. C. vinculado al desarrollo de la civilización en torno a la ciudad de Uruk (del 4000 al 3000 a. C.), es decir, en torno a la primera ciudad-Estado en la Alta Mesopotamia. Se abre la primera puerta del colonialismo a través de la formación de una colonización comercial que iba desde Ilam, en el sudoeste de Irán, hasta las actuales regiones de Elazig y Malatya. Anteriormente, ya podíamos ver muestras de colonialismo en El-Ubaid (5000 al 4000 a. C.), una cultura patriarcal soberana previa al Estado y a Uruk. Comercio y colonización están fundidos recíprocamente. Minerales y madera se intercambian por escudillas, cuencos, vasijas y tejidos; y con el comercio y los comerciantes se forma también el mercado. Los antiguos lugares de ofrecimiento de sacrificios y regalos se van convirtiendo en mercados, y se podría llamar ya capitalista-primitivo al comerciante que llega a tener una especie de privilegio al fijar el precio-primitivo a los productos de distintas regiones ya que, debido a ello, consigue una acumulación de mercancías que nadie había logrado hasta entonces.

En este punto creo que es necesario repensar el tratamiento de Marx sobre la teoría del valor-trabajo. El intercambio comercial desarrolla por primera vez un proceso de mercantilización; pero todavía no se ha pasado de la economía de regalo al valor de cambio; lo esencial para la sociedad sigue siendo el valor de uso de los bienes, es decir la capacidad de cierto bien para cubrir una determinada necesidad, y esto es lo esencial para el ser humano.
Por otro lado el valor de cambio es un concepto sumamente cuestionable y por eso su correcta definición tiene gran importancia. Es muy discutible que la fuerza de trabajo sea el fundamento del valor de cambio, incluso en los análisis de Marx al respecto, porque el valor de cambio tiene siempre un aspecto especulativo independientemente de que sea definido por el trabajo, ya sea concreto o abstracto. Supongamos, por ejemplo, que uno de los primeros comerciantes de Uruk quisiera intercambiar una cantidad de mineral por escudillas y cuencos en una colonia a orillas del Éufrates. ¿Quién fijó primero el valor de cambio? Se podría contestar: “En primer lugar, el grado de necesidad mutua y, en segundo, la iniciativa del comerciante”, pero si hay una gran demanda, el comerciante podría poner el precio que quisiera. Por ejemplo, en vez de dos por uno, cuatro por uno. Nada podría impedírselo salvo su conciencia. Entonces, ¿qué papel le queda al trabajo?

No descarto en este caso del todo el factor de la fuerza de trabajo, pero defiendo que no es el factor determinante y esto se puede observar en todos los intercambios de mercancías de la historia. Es cierto que, dentro de la libre competencia en cuanto al intercambio de mercancías, en ocasiones se podrá llegar a un intercambio mediante valores de la fuerza del trabajo, que en algún punto se igualan; sin embargo, este es un intercambio de valor-trabajo que podría ser válido más bien a nivel teórico, pero lo determinante en la práctica es la especulación. También en ciertos casos se produce un exceso de acumulación de mercancías; entonces el valor de la mercancía desciende a menos de cero; en el caso de que fuera necesaria una fuerza de trabajo suplementaria para liquidar las mercancías, resulta que la fuerza de trabajo no es un criterio básico determinante, teniendo en cuenta que no podríamos sostener que el valor de la fuerza de trabajo desapareciera con la desaparición de la mercancía. Asimismo, es igualmente determinante la fuerza del comerciante que tiene la capacidad de crear escasez o excedentes. De hecho, las mercancías se producen con otras mercancías que, a su vez, son resultado de la acumulación de miles de trabajadores anónimos a lo largo de la historia. ¿Cómo podría pagarse el precio que se merecen los propietarios de este trabajo intemporal? Y si, además, añadimos la creatividad de los artesanos e incluso las actividades sociales necesarias para ese trabajo, veremos que no es posible poner un precio al trabajo vivo.

Aquí queda al descubierto la falacia de la economía política inglesa. Como es sabido, los primeros países donde triunfó el capitalismo como sistema fueron Holanda e Inglaterra pero para legitimarlo se necesitaba un argumento teórico; sobre todo para encubrir el fenómeno de una ganancia especulativa tiene mucha importancia que exista una teoría aceptable. Y como ocurrió con las primeras religiones comerciales en Uruk, la nueva versión de las narraciones mitológicas correspondió a los sabios de la economía política, a los inventores de la nueva religión del capitalismo. Lo que se elabora gradualmente no es economía política sino una nueva religión con su propio libro sagrado y sus sectas que se derivan, como ocurre en cada religión. La economía política es la teoría más falsificadora y depredadora del intelecto ficcional, creada para encubrir el carácter especulativo del capitalismo, que no es otra cosa que utilizar los desajustes regionales, y acumular mercancías para maniobrar con los precios, superando así con creces la historia de los “cuarenta ladrones”. La teoría del valor-trabajo forma parte de una cacería, y me gustaría saber cómo se le dio forma. Estoy convencido de que el primer motivo fue entretener a los trabajadores. Hasta una persona como Karl Marx no pudo evitar participar en esa cacería poniendo el cebo, la carnada. Me duele profundamente realizar esta crítica, pero plantear nuestras dudas es lo mínimo que debemos hacer por respeto a la ciencia.

Detallemos algo más estos temas:

Nos encontramos ante el segundo gran salto del comercio en la historia, protagonizado por las colonias asirias a partir del año 2000 a. C. Ningún despotismo ha dado tanto pie a la civilización, a partir del comercio y sus colonias, como el de Asur (más adelante trataré la vinculación del capitalismo con el poder). Fue la primera potencia en fundar colonias y en crear un sofisticado sistema a nivel global (dentro de lo que se consideraba globalidad en esa época) de comercio, entre el 2000 y el 600 a. C., desplazando a un segundo plano a los comerciantes fenicios pese a su gran experiencia en comercio y colonización y a que se apoyaban en la civilización egipcia. Ambas fuerzas, igual que Inglaterra, Holanda y Portugal, se apropiaron de gran cantidad de valores en la historia a través del comercio y de las tiranías más crueles. Si se investiga el proceso de enriquecimiento de Asiria y Fenicia, donde se fundieron comercio y tiranía, se verá mejor cómo los colonialistas europeos -España, Portugal, Holanda, Inglaterra, Francia, Bélgica, etc…- siguieron esa estela. Los asirios se enorgullecían de construir fortalezas y murallas con las cabezas decapitadas de sus enemigos, esa cultura y ética basadas en la usurpación todavía no dejan en paz al Líbano e Irak, países que sufren las guerras más horrorosas. La República Romana no en vano arrasó la colonia fenicia de Cartago y la convirtió en un páramo, de la misma forma que los medos redujeron Nínive a escombros el año 612 a. C.

Hay que tener cuidado con las civilizaciones comerciales. Una de las principales razones para la creación de Estados y el desencadenamiento de guerras en la historia ha sido dar seguridad a los comerciantes y a sus colonias, mejor dicho proteger sus intereses. Es bien conocido que el motivo principal de las actuales guerras en Oriente Medio es, en el fondo, el comercio petrolífero y resulta lamentable que habiendo iniciado Uruk -de donde procede el nombre de Irak- las primeras guerras comerciales continúe allí la más despiadada de ellas. Se podrían poner muchos más ejemplos.

Cuando el centro de la civilización se trasladaba a Europa y se perfilaba el surgimiento del capitalismo, nuevamente el comercio irá a la cabeza. La civilización comercial y el comercio procedente de Oriente Medio experimentan un nuevo impulso con el islam en la Edad Media. La propia Jadiya y Mahoma, su empleado y después esposo, ponen los cimientos de esa civilización comercial a partir de La Meca y Medina, al competir, también usando la fuerza, con los comerciantes y usureros de origen asirio o judío. Bajo la cobertura religiosa del islam, las antiguas ciudades de Oriente Medio viven un resurgimiento comercial.

La derrota de los bizantinos y sasánidas permite crear una gran red comercial de ciudades, en especial Alepo, Bagdad, El Cairo y Damasco. Se trata de una red comercial globalizada que llega hasta China, el Océano Atlántico, Indonesia y el interior de África, formándose un extenso mercado de dinero y mercancías, acumulándose una gran cantidad de riqueza en manos de judíos, armenios y asirios.

Europa se basa totalmente en esta herencia. La historia es testigo de que la cultura comercial, que dio un nuevo impulso con los comerciantes musulmanes de Oriente Medio, se trasladó a Europa de la mano de las ciudades italianas de Génova y Florencia desde el siglo XIII hasta el XVI, siendo las finanzas y el comercio la base de su enriquecimiento. Triunfan por primera vez pequeños focos de capitalismo urbano tanto conceptualmente como en la práctica, y aquí juega un papel esencial la piratería y el monopolio de precios entre la costa oriental y occidental del Mediterráneo. Paralelamente, la especulación se consolida a la sombra de la tiranía. Estamos en el amanecer de la civilización capitalista; el comercio crea el capital; el capital, la ciudad; la ciudad, el mercado; y el mercado, la especulación.

También ocurrió en la era clásica de Atenas y Roma, entre el 500 a. C. y el 500 d. C. aunque el capital no triunfó debido a que la agricultura tenía gran peso y a que salieron derrotadas de la guerra contra la religión. Por el contrario, la exitosa experiencia capitalista de las ciudades italianas, entre el 1300 y 1600, no tardó en extenderse al Noroeste y Norte de Europa (España ya había sido conquistada anteriormente) y a partir del siglo XVI el comercio y los comerciantes rebasan por primera vez los límites de las ciudades para funcionar a nivel de países.

En este momento ya está formado un mercado a nivel mundial. África y América quedaron bajo hegemonía colonial y una vez fuera de juego el Imperio Otomano, se alcanzó la India y China a través del Océano Atlántico y la circunnavegación de África. Europa sufrió una intensa urbanización; las ciudades prevalecían por primera vez sobre la agricultura y los reinos feudales se transformaron en Estados monárquicos modernos. Por otro lado, los otomanos, que eran el último imperio islámico, son derrotados sucesivamente. El Renacimiento italiano, iniciado en el siglo XIV, se propagó por toda Europa; la Reforma religiosa triunfó en los países norteños, cerrándose el ciclo de las guerras religiosas. Pero el hecho más importante fue la transferencia a Europa de todos los valores culturales y civilizacionales del islam, China, la India e incluso de África y América, produciéndose el nacimiento de los Estados modernos y las naciones.

El capitalismo, en su marcha triunfal, se echa a la espalda este tipo de historia, cultura, acumulación comercial, civilización, poder político e integridad del mundo comercializado. ¿Sería posible tal surgimiento del capitalismo sin estas condiciones previas? Y, más allá de que fuera posible, ¿se podría pensar acaso en la existencia del capital? Así como la civilización dio su primer paso con la urbanización, las clases sociales y la estatización, comenzando en Uruk en la Baja Mesopotamia, y dio el siguiente con el comercio y urbanización de Fenicia y Jonia, dio su tercer gran paso con el triunfo de la economía capitalista, que se amplió a nivel mundial tomando forma por encima del mercado y en contra de este, a partir del gran comercio y urbanización de Italia, Holanda e Inglaterra, que contaron con ideales condiciones para su desarrollo. Esta es la realidad que se vive hoy bajo el liderazgo de EEUU.

Cuando Fernand Braudel insiste en que “la economía capitalista es una forma de economía contraria al mercado y basada en la regulación de precios por los monopolios especuladores en el marco del gran comercio” se adecúa mejor a la realidad que el propio Marx.

En este ambiente de progreso social, la llegada del capitalismo al poder se refleja en el espejo de la historia; hay un ilimitado desarrollo del mercado, un dominio de lo urbano sobre lo rural, la religión y la ética quedan en un segundo plano, aparece la economía del saqueo, cuidadosa e ideológicamente adornada para la confiscación de las mercancías acumuladas. Se trata de una nueva forma de confiscación en el que los precios marcados por la oferta y la demanda, pese a ser un gran avance en comparación con épocas anteriores, permite una gran capacidad de manipulación. Frente a las antiguas prácticas usureras y cambistas, cobran un gran desarrollo los bancos, cheques, el dinero en efectivo, el crédito, la contabilidad y la creación de empresas, es decir la espina dorsal de la economía moderna. Lo que falta es una explicación científica; lo intentaron los autores de la economía política inglesa en la madre patria del capitalismo y también sus adversarios socialistas, empezando por Karl Marx, quienes, paradójicamente, terminaron siendo convertidos en sus partidarios.


El orden de saqueo llamado economía capitalista coloniza y esclaviza territorios y sociedades por todo el mundo, subordina con el endeudamiento, que es una forma de usurpación, a todos los poderes y Estados, desencadena las guerras más sanguinarias y manipula todos los organismos sociales para consolidar su hegemonía. A mi juicio ni Karl Marx ni sus seguidores, ni ciertas corrientes de pensamiento construyen una ciencia cuando proclaman como ‘revolucionaria’ esta hegemonía capitalista frente a la vieja sociedad.

Das Kapital es el libro más defectuoso escrito contra el capital y, por lo tanto, tiene más riesgo de ser interpretado erróneamente. No estoy acusando a Marx, solo indico que no desarrolló bien las cuestiones de la historia, el Estado, la revolución y la democracia. Otros intelectuales europeos que presumen de “muy cientificistas” y que basaron sus estudios e investigaciones en El Capital, en nombre de los “trabajadores”, aunque se lo propusieran, no desarrollaron ninguna ciencia ni ideología realmente anti-capitalista. El liberalismo se dio cuenta y utilizó perfectamente estas deficiencias, como ocurre al calificar de “revolucionario” al nacimiento del capitalismo en sus análisis sobre el capital. De hecho, ganó la lucha de clases, por la que se libraron tantos combates, asimilando primero a la socialdemocracia alemana, después al socialismo real, incluidas Rusia y China, y por último a los movimientos de liberación nacional gracias a la fuerza de la ideología modernista, el Estado-nación y el industrialismo. Estas tres corrientes de pensamiento (marxismo, socialdemocracia y movimientos de liberación nacional) sufrieron una clara derrota frente al liberalismo y, lamentablemente, nadie ha hecho todavía una autocrítica clara al respecto.

Hay un dicho que dice: “la ciencia, tarde o temprano, hace valer sus conclusiones”. Si realmente hubieran tenido un carácter científico los análisis de estos intelectuales sobre el capitalismo, que es una guerra abierta contra la sociedad y su historia, y principalmente contra la clase trabajadora, no habrían sido derrotados ante el sistema al que se oponían, y aun peor, su legado no habría sido desperdiciado tan fácilmente. Voy a definir mejor la denominada “economía capitalista” de acuerdo con su funcionalidad aunque daré a este debate su verdadera dimensión en mi Sociología de la Libertad. Tampoco creo necesario dedicarnos a explicar los principales conceptos económicos, como excedente, plusvalía, valor-trabajo, salario, ganancia, precio, monopolio, mercado o dinero, que se usan con frecuencia respecto a la acumulación de capital. Seguiré ocupándome de los factores que merecen la pena ser explicados de acuerdo con mi planteamiento ético, dejando de lado estos temas tan sencillos sobre los que se han realizado numerosos estudios aunque haga referencia a ellos en la medida que sea necesario.

Contraposiciones conceptuales del tipo ganancia-salario en el plano económico o burgués-proletario en el plano social son los primeros pasos de cientificar un sistema de un modo positivista, el cual asimila toda la acumulación histórica de una humanidad despedazada por el capitalismo con los métodos más crueles y depredadores que acaban por arrojar al planeta al genocidio y al horror nuclear. Por su parte, sostener como si se tratara de una verdad científica que el proletariado crea por sí solo valores con su trabajo y que el capitalista -una especie de amo del proletariado- arranca posteriormente la equivalencia de su dinero y de los medios de producción de estos valores en forma de ganancia, es el fundamento de la concepción economicista, de lo que se denomina reduccionismo económico. Resulta muy problemático pensar en la definición de valor al margen de la historia, la sociedad y el poder político. Desde este punto de vista, ni siquiera endiosando al individuo como capitalista y trabajador se podrá formar valores con esta concepción. El carácter histórico-social de los valores económicos está suficientemente claro. El que al principio el intercambio fuera algo despreciado y que se regulara el excedente regalándolo se debe al sentido sagrado que se le daba al valor. Ningún labrador dice hoy día “yo produje” sino “labro las tierras de mis antepasados y vivo de ellas”, incluso añadiendo “gracias a Dios”, exponiendo así, de forma sencilla pero más significativamente que la supuesta ciencia, cuál era el origen del trabajo.

¿Cómo valorar el trabajo de una madre que lleva en su vientre durante nueve meses al futuro proletario y que le cuida con gran esfuerzo hasta que se convierte en mano de obra? ¿Cómo valorar la propiedad de las herramientas de producción que son resultado de miles de años y que han sido esquilmadas por parte del capitalista? No olvidemos que ninguna herramienta vale su precio de mercado; incluso la inventiva de un determinado equipo técnico en una fábrica es producto de la experiencia y creatividad de miles de personas que han hecho posible ese descubrimiento. ¿Cómo valorarla? ¿A quién deberíamos pagar por ello? ¿Será posible no tener en cuenta su proyección social desechando la ética? ¿Acaso sería justo compartir estos valores histórico sociales solo entre dos personas? Además, estas dos personas tienen familias y entornos sociales. ¿Acaso estos no tienen ningún derecho sobre esas dos personas, cuando han sido protegidas y arropadas por sus familias y su entorno social? Podríamos continuar haciendo este tipo de agudas preguntas pero son suficientes para mostrar lo problemática que es la relación salario-ganancia.

Ahora vamos a referirnos a burgueses y proletarios en tanto que detentadores de ganancias y salarios. ¿Hasta qué punto responde a la realidad que cuando surgieron estas dos clases asumieran una función revolucionaria y engendraran una nueva sociedad que sustituyera a la anterior? En la historia no hay nada equivalente a este tipo de alianza. Por otro lado, los ejemplos que confirman que estos se hayan enfrentado con choques radicales entre ambos, debido a la contradicción intrínseca entre ellos, son tan escasos que no podrían ser determinantes, y los que existen son continuación de antiguos conflictos. Lo que queda manifiesto y comprobado de forma concreta es que el esclavo era como una extremidad del cuerpo del faraón y que la relación del trabajador respecto al burgués es similar. No existe tampoco en la historia acción alguna de los esclavos contra sus amos que haya triunfado; la rebelión de Espartaco, que se suele colocar como ejemplo, fue, en definitiva, la de un rebelde que quería convertirse en amo. Seguramente no tenía otra aspiración.

No olvidemos que el patrón y el trabajador son la herencia de miles de años de relación amo-esclavo y que ambos están unidos por mil y un lazos y que, salvo raras excepciones, no ha habido trabajadores que llevaran a cabo sublevaciones determinantes o que hayan conseguido aplastar a sus patrones. En el mayor de los casos, las relaciones entre ambos se han basado en la fidelidad. Las llamadas insurrecciones obreras en realidad fueron protagonizadas por semi-campesinos y por quienes se oponían a perder su trabajo, así como también estaban relacionadas con acontecimientos sociales más generales. Lo que se refleja en la relación patrón-trabajador son estas influencias. Lo importante no es que el trabajador luche por sus derechos contra el patrón, sino que el trabajador se resista a ser un proletario, que luche contra el desempleo tanto como contra el status de trabajador porque esa lucha sería socialmente más significativa y ética. No hay que ensalzar a los esclavos, a los siervos, a los trabajadores oprimidos… Al contrario, se deben ensalzar aquellas acciones, relaciones y situaciones que no impliquen esclavitud, servidumbre y dependencia laboral. Reconocer y definir a los amos y luego incitar a sus siervos contra ellos es una tendencia común de todos los oportunismos y este tipo de mentalidades son las que han frustrado la lucha por los derechos y el trabajo a lo largo de la historia. En resumen, con tales ingenuas premisas “científicas” no es posible elaborar una sociología significativa ni desarrollar una lucha social exitosa. No estamos negando los conceptos de trabajo, valor, ganancia y clase… sino que no consideramos correcta la forma en que se han utilizado para construir la ciencia, que se ha construido una sociología errónea.

El lugar del capitalismo en la vida económica de la sociedad se sitúa en las plantas más elevadas. Al principio se fundamentaba en la acumulación de capital y en los precios monopolistas de los grandes comerciantes sobre el mercado. El capital, por su parte, era resultado del constante incremento del valor monetario, obteniendo o robando grandes sumas de dinero comerciando, sobre todo en mercados lejanos con grandes diferencias de precios. El crecimiento financiero gracias a los intereses, el Iltizam y a la usura en los préstamos al Estado es la segunda vía de acumulación, mientras que la gestión de la minería, los periodos de carestía y las guerras son igualmente épocas en las que aprovechan para amasar fortunas. Por su parte y siempre que sea rentable, también intervienen en la agricultura, la industria y el transporte, aunque durante la revolución industrial fueron sobre todo las fábricas el sector básico de la acumulación de ganancias. En ambas épocas, los capitalistas, jugando con la oferta y la demanda, intentan regular tanto la producción como el consumo, aumentando así considerablemente sus beneficios. El gran comercio y la industria son sectores de grandes ganancias en el proceso inicial y de maduración del capitalismo, mientras que en la actualidad domina el sector financiero. El dinero, los cheques, los bancos, el crédito, en tanto que principales instrumentos financieros, aceleran la economía capitalista, simplifican, intensifican, ensanchan y hacen más inmediato el proceso de ganancia. De esta manera se crean grandes burbujas especulativas y tasas de ganancia que van unidas a los episodios de crisis inseparables de esta economía.

La reducción de salarios, el incremento del desempleo y la deslocalización de empresas (inversiones extranjeras directas) a países donde la mano de obra es más barata son otros métodos para aumentar la rentabilidad. En última instancia, esta economía es una economía de saqueo que tiene sus orígenes en la antigua cultura de la caza y el comercio que ha tenido ocasión de desarrollarse manipulando los precios, debilitando el control social, desgastando la ética y la religión, subordinando el poder a sí mismo a través del endeudamiento y estableciendo un monopolio sobre el mercado. Las crisis, la bancarrota y la putrefacción que provoca, son sus compañeras de viaje desde su nacimiento, desde que echara mano a la industria para apropiarse de la renta, basándose en una estructura de producción y consumo determinadas por la tasa de ganancia, y haciendo cada vez más insoportable su peso sobre la estructura social y el medio ambiente natural.

No cabe duda de que el capitalismo no es toda la economía. Ni el comercio, ni la agricultura, ni la industria y tampoco la circulación de capital, la tecnología o los mercados han sido inventados por el capitalismo; al contrario, se trata de instituciones sociales y económicas básicas de las que se ha apropiado el capitalismo, saqueándolas, abusando de ellas y fundiéndolas con la política con su historia y civilización.

De esta manera he querido demostrar que el economicismo es una tendencia de pensamiento y una comprensión que deforma en gran medida la realidad relativa a la definición de la economía capitalista. Estoy convencido de haber aclarado una definición correcta en líneas generales en base a estas críticas, interpretándola junto a sus vínculos con la historia, la sociedad, la política, la civilización y la cultura.

C . –El Poder Político y su relación con el Derecho

Todo indica que el capitalismo incluso en su estado embrionario creció en el semillero del sistema jurídico y del poder político y que no solo se aprovecha de cada elemento del poder y del Derecho sino que se erige en su defensor mas reaccionario; pero también y siempre que le convenga, cuando el poder pone en peligro sus intereses, no duda en derribarlo con cualquier artimaña y métodos conspirativos, si es necesario incluso impulsando acciones revolucionarias, de una forma realmente temeraria. Sobre todo, en épocas de crisis o caos, se aferra al poder de cualquier forma desarrollando todo tipo de luchas por el poder, desde el golpismo fascista al golpismo del falso comunismo estatal, así como también desencadena las mayores guerras coloniales e imperiales de la historia.

Relación con el Poder Político

Ninguna formación económica necesita como la capitalista blindarse tanto con el poder; le es algo inherente. Los cientificistas de la economía política argumentan además, como uno de sus principios fundamentales, que la plusvalía, la ganancia, se formó, por primera vez en la historia, con la participación y colaboración voluntaria del capital y del trabajo, mediante un método desvinculado del poder, y que esta es la característica básica del capitalismo. Se trata de una afirmación tan falsa y errática como la propia teoría del trabajo. Según este relato, el capital surgió históricamente, de forma espontánea y pacífica, en algunas zonas donde campesinos, siervos y artesanos se unieron dando como síntesis una nueva forma económica con relaciones de producción pacíficas en el escenario de la historia, desprendiéndose de sus medios de producción tradicionales y comenzando un feliz matrimonio revolucionario. Así es, más o menos el cuento y así es como figura como una idea sagrada en todos los textos redactados en los cuarteles generales de los grandes teóricos de la economía política, tanto de izquierda como de derecha. ¡Sin esta idea no hay economía política! Y, si a ello añadimos la competencia en el mercado, ¡habremos escrito un perfecto manual básico de economía política!

No veo necesario desarrollar más esa idea, ya que la investigación de Fernand Braudel Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII, descalifica ese relato de una forma muy clara. Se trata de una magnífica obra de tres volúmenes, resultado de tres décadas de trabajo como sociólogo e historiador caracterizado por la profundidad de sus observaciones y estudios comparativos. Su primera idea consiste en que el capitalismo es algo opuesto al mercado. La segunda, que está vinculado hasta el cuello con la fuerza y el poder. La tercera, que, desde sus inicios, se trata de un monopolio, tanto antes como después de la aparición de la industria. La cuarta, que no surgió desde las bases o desde adentro mediante la competencia, sino que fue impuesto desde afuera y desde arriba mediante el saqueo. Aunque hay aspectos débiles y otros con los que no estoy de acuerdo, desde el punto de vista histórico y sociológico tiene un gran valor y la virtud de ser una buena base para corregir, aunque sea parcialmente, el desastre provocado respecto a las ciencias sociales por la economía política inglesa, por el socialismo francés y los historiadores y filósofos alemanes.

No existe ningún sistema económico en el que obreros y capitalistas hayan unido, en un marco de libre y voluntaria competencia, su trabajo y capital. Ni siquiera las más fantásticas fábulas se alejan tanto de la realidad. Ni un solo componente del capitalismo, ni individualmente, ni en grupo, ni como clase, ni las fuerzas económicas de estos elementos se mantendrían en pié ni un solo segundo sin el respaldo y protección del poder y sin mantener el poder en sus manos. Del mismo modo que, sin el más extenso cerco del poder, tampoco podrían existir el intercambio de mercancías o el desarrollo del mercado de la fuerza de trabajo en libre competencia en el mercado de una ciudad. Pero aún más importante es que, sin la formación de un ambiente de violencia cruel e injusto, no se podría efectuar la desvinculación de los siervos y campesinos de sus tierras y de los artesanos de sus talleres en las ciudades. La destrucción del vínculo de los campesinos y los artesanos con sus tradicionales instrumentos de subsistencia, a los que guardaban una fidelidad sagrada, fue causa, desde el siglo XIV al XIX, de sublevaciones y revoluciones. Miles de personas fueron ejecutadas, millones murieron en guerras civiles y se pudrieron en cárceles y hospitales por este motivo. Y por si esto fuera poco, las guerras entre sectas y naciones convirtieron todo el entorno en un baño de sangre, que acabó por consolidar este balance mediante las guerras colonialistas e imperialistas.

Está suficientemente clara la relación de todos estos aspectos con el carácter depredador y monopolista del capitalismo que, desde el inicio, se ha impuesto desde afuera. ¿Qué retórica de la economía política puede tergiversar tal realidad?

Para apreciar mejor estos hechos hay que observar con lupa los conflictos del siglo XVI que llevaron a los capitalistas a la victoria. Los principales protagonistas del poder y la guerra en este siglo son la dinastía austriaca de los Habsburgo en España, los Valois franceses, los Estuardo que reemplazan a los originarios monarcas normandos en Inglaterra y el Príncipe de Orange en Holanda, un aprendiz de monarca que ni siquiera tenía título real, cuyo caso resulta mucho más interesante porque provocará una reacción en cadena.

Los reyes y emperadores de origen Habsburgo, alentados por la expulsión de los musulmanes de España hacia el 1500, se lanzaron a una veloz carrera para crear un imperio, considerándose los herederos del Imperio Romano. Un alegato reforzado por el combate que lideraron contra los otomanos, sobre todo a partir de la conquista otomana de Constantinopla en 1453. La dinastía francesa de los Valois, también aspira al imperio como supuesta auténtica heredera de Roma, mientras que el Reino de Inglaterra y el Principado de Orange de Holanda llevan a cabo una especie de guerras de pseudo liberación nacional para no ser engullidos por los otros dos imperios. No tardarán en presentarse también como potencias el Reino de Suecia, el Principado de Prusia, e incluso el de Moscú, donde ya despuntaba el imperio zarista. Si a principios del siglo XVI, las monarquías española y francesa hubieran logrado engullir a Inglaterra y al Principado de Orange, muy probablemente las ciudades del noroeste de Europa en las que el desarrollo capitalista ya era dominante, de forma especial las inglesas y holandesas, habrían acabado como las italianas de Venecia, Génova y Florencia.

El factor clave para que estas importantes ciudades italianas no lograran extender el triunfo del capitalismo a toda Italia estriba en su debilidad política. Mejor dicho, fueron las guerras por la hegemonía y conquista desencadenadas por los reyes y emperadores de España, Francia y Austria sobre Italia las que obligaron a claudicar a estas ricas ciudades, teniendo que conformarse con un poder político y económico limitado. Como consecuencia, quedó aplazada la unificación de Italia e incompleta la experiencia capitalista italiana, que no pudo extenderse a todo el país. Aunque de forma provisional, la fuerza jugó un papel determinante en esta situación. A cambio de renunciar a la soberanía política, los capitalistas de las ciudades italianas consiguieron subordinar esos Estados con las finanzas, aceptando ser instrumentos de una política de toma y daca, de forma similar a como actúan los agentes capitalistas, porque el capitalismo se forma como la nueva religión del dinero por el dinero.

Pero el Reino de Inglaterra y el Principado de Orange no fueron vencidos. Y en este hecho tuvieron un papel esencial tanto los créditos concedidos al Estado por los capitalistas, como una industria del transporte marítimo que se desarrolló junto con el Estado, surgiendo en ese proceso dos importantes planteamientos estratégicos:

a . – La monarquía inglesa y el Principado holandés respaldaron el modelo estatal que se organizaba y pasaba a la acción de forma capitalista. Surgieron así los primeros Estados que se mantenían con impuestos regulares, balances presupuestarios, racionalidad burocrática y un ejército profesional. De esta forma y con una potencia marítima superior, pudieron vencer en el mar a España y Francia. Su dominio sobre el océano Atlántico y después en el mar Mediterráneo determinaría también las guerras coloniales posteriores, provocando así el declive de España y Francia. Los triunfos terrestres franceses y españoles resultaron ser unas victorias pírricas por su endeudamiento financiero. Es de general aceptación que las nuevas estructuras de poder en Inglaterra y Holanda determinarán la economía capitalista. Así vemos una vez más que, en un momento crítico, decisivo, el poder político puede jugar un papel determinante en la formación económica. Lo que no logran las ciudades italianas, lo consiguen Londres y Ámsterdam.

b . – Durante este siglo, en España, Austria y Francia se produce una situación adversa para el poder político de Holanda e Inglaterra. Esos tres Estados aspiraban más bien a crear un imperio semejante al romano estableciendo tanto vínculos consanguíneos como contradicciones entre sí. Este hecho provocó que, de forma temprana, Inglaterra renunciara a tal aspiración, dirigiendo su mirada a crear un imperio mundial en vez de europeo. Por su parte, España, Francia y Austria, pese a sus reformas para convertirse en monarquías modernas como consecuencia del triunfo del capitalismo, seguían siendo instrumentos políticos basados en el antiguo sistema social, estando aún lejos de establecer un moderno sistema impositivo, una burocracia estatal, un Ejército profesional y un equilibrio presupuestario, lo que provocaba su constante endeudamiento; eran, por lo tanto, incapaces de resolver los problemas generados por el desarrollo capitalista. Además de no tener el pleno apoyo de sus propios capitalistas, tenían grandes contradicciones entre sí por las deudas contraídas con los usureros, pero aún eran más fuertes los conflictos con la aristocracia feudal por la centralización del poder monárquico real. Debido a la contradicción urbano-rural, toda la sociedad mostraba un descontento generalizado. Estas monarquías quedaban exhaustas incluso ante las rebeliones, a veces secretamente apoyadas por Holanda e Inglaterra, que provocarían estallidos revolucionarios. Por supuesto, los objetivos y las consecuencias de estas revoluciones podían ser muy distintos como se vio en la Gran Revolución Francesa. Las mismas potencias de España, Francia y Austria que abortaron el triunfo social y político de la economía capitalista en Italia no pudieron impedir su propio derrocamiento en varias ocasiones por parte de los rentables modelos de Estado financiados por el capitalismo urbano de Inglaterra y Holanda. Una vez más, vemos que la relación entre fuerza, poder y economía juega un papel determinante, de consecuencias estratégicas, convirtiendo a la Europa del siglo XVI en verdadero laboratorio para poder comprender estas relaciones. Es como si toda la historia de la Civilización se levantara de su tumba y dijera a la Europa del siglo XVI: “En la medida que te comprendas a ti misma también me comprenderás a mí”.

Un breve resumen del desarrollo histórico y social de esta relación entre fuerza y economía dará más claridad a esta cuestión:

a . –En la sociedad previa a la civilización, la primera organización de la fuerza del “hombre fuerte” no solo emboscaba animales sino que también puso en su punto de mira las acumulaciones de la familia clánica, producto del esfuerzo emocional de la mujer. Fue la primera organización seria en el ejercicio de la fuerza y la mujer, sus hijos y parientes, los primeros bienes confiscados, junto a la cultura material y moral colectiva que se había acumulado; en definitiva, el primer saqueo de la economía familiar. En todas las sociedades en etapas similares se dan procesos semejantes; el chamán que es un proto-sacerdote, el anciano con experiencia que es el cheikh, que personifica la sabiduría, y el hombre fuerte que dirige el grupo armado se toman la mano y constituyen la primera jerarquía patriarcal y la administración sagrada de plazo más largo. Resulta obvio que esta jerarquía juega un papel socio-económico determinante desde su nacimiento hasta la etapa en que se consolida la formación de las clases, la ciudad y el Estado.

b . –Se llama “Estado” a la formación económica en el proceso de civilización que comenzó con la formación de clases-ciudad-Estado, y el foco de fuerza concentrado en la figura sacerdote-rey-comandante, de tal forma que, fundiéndose e institucionalizándose, la religión, la política y el servicio militar constituyen el poder. La característica fundamental de este sistema es la organización de su economía en forma de comunismo estatal. Se trata de una economía a la que yo también había denominado “socialismo faraónico” sin saber que Max Weber ya había empleado este término. La economía matriarcal, por su parte, proseguirá su existencia como un vestigio en la economía patriarcal-tribal-feudal. En ese socialismo faraónico, la gente es forzada a trabajar como esclavos con el único derecho a unas tazas de sopa para no fallecer, un hecho confirmado por el descubrimiento de miles de cuencos de barro en las estancias de antiguos templos y palacios cuyas ruinas aún se conservan.

La fuerza organizada en forma de Estado se cree con derecho a saquear, en el aspecto económico, todo lo que encuentre a su paso porque concibe el saqueo como una especie de derecho para quien detenta la fuerza, una fuerza divina, sagrada y, como todo lo divino, justa y lícita. Sobre todo el núcleo principal de las civilizaciones, en Oriente Medio, China y la India, la estructura superior o casta considera a la inferior un factor económico que puede manipular como desee. Todavía no existe el mercado, ni la competencia ni se han formado los sectores económicos como los entendemos hoy en día. Aunque existe el comercio y esta actividad es una de las funciones principales entre los Estados, su privatización aún está muy lejos. El monopolio estatal es, al mismo tiempo, monopolio comercial. Es en las zonas intermedias que separan a los Estados donde comienzan a formarse, excepcionalmente, las ciudades mercado, que no tardarán en convertirse también en ciudades-Estado. Los asaltos del “hombre fuerte”, de los posteriores “cuarenta ladrones” y de los “bandoleros” son tan válidos al menos como los del Estado debido a que el comercio era efectuado con caravanas.

c . – Observamos que en la civilización grecorromana el comercio, el mercado y la ciudad autónoma adquieren gran desarrollo y expansión. Babilonia y Asiria, que toman el relevo de la herencia de Uruk y Ur, hicieron una nueva contribución a la economía y civilización abriendo, probablemente por primera vez, agencias comerciales, que son una especie de síntesis entre los conceptos de mercado, karum (enclave comercial) y ganancia, pero el origen de las colonias comerciales es incluso anterior a Uruk. El incremento de los intercambios y la consecuente aparición del comercio hacen que el Estado de Asur irrumpa en la historia como el primer gran imperio. Los imperios, esencialmente, se dedican a garantizar la seguridad necesaria para la actividad económica. En Asur, el comercio y las agencias comerciales requerían una organización política de carácter imperial porque ese comercio era la columna vertebral de la economía; el Imperio Asirio es, en este sentido, el ejemplo más claro de cómo la administración imperial más cruel y despótica de la historia, basada en el fundamento capitalista del monopolio comercial, fue creada precisamente como superestructura de ese monopolio comercial.

El poder político grecorromano consiguió crear una superestructura política y una infraestructura económica más sofisticadas, añadiendo a la herencia asiria la de las colonias comerciales y urbanas fenicias. Así, aunque de forma limitada, se extendieron los intercambios comerciales y surgieron las ciudades autónomas, los mercados y la competencia. Se desarrolla una urbanización tal que logra contrapesar los asentamientos rurales, los cuales ya destinan la mayor parte de sus excedentes al intercambio en las ciudades, desarrollándose la producción textil, los alimentos y la minería, además de crearse una red de caminos y rutas que va de China al océano Atlántico. Precisamente por esto el poder político en Irán se convierte en un imperio estable debido al comercio entre Oriente y Occidente, ejerciendo así tal presión sobre Grecia y Roma que podía colocarlas bajo su hegemonía. También formaba un dique de contención ante las acometidas sobre Occidente de las etnias y poderes políticos de Asia Central, India y China y, al mismo tiempo, para evitaba el saqueo de Occidente sobre Oriente; al menos hasta que Alejandro Magno consiguió romper ese dique abriendo las compuertas de la presa, aunque solo fuera por un corto periodo de tiempo, entre el 333 y el 250 a. C.

La civilización grecorromana también representa el espacio de los primeros ejemplos de economía capitalista desarrollada. El grado de autonomía de las ciudades, de intercambio comercial, la política de precios y la aparición de los grandes comerciantes indican que se llegó al umbral del capitalismo. Tanto la fuerza del mundo rural como el tipo de administración imperial, propia de la economía rural, impidieron que el capitalismo se convirtiera en un sistema social dominante. Como mucho, los capitalistas fueron grandes comerciantes y su participación en la producción y la industria es muy limitada. Por otro lado, se topan con serios obstáculos por parte del poder político. Apenas existe fuerza de trabajo libre debido a la fuerte presencia de la esclavitud. Mujeres y hombres son vendidos como odaliscas y esclavos en un sistema económico esclavista en el que la violencia es el único factor determinante. Ya solo el hecho de que la esclavitud sea concebida como factor económico demuestra sin lugar a dudas la clara relación entre violencia y una economía basada en la expropiación de los excedentes. Desde su aparición en la Antigüedad hasta la etapa colonial, el régimen político-militar de castas en China e India consideró que mantener sojuzgada la sociedad, forzándola a trabajar y concibiéndola en su conjunto como un factor económico no solo era un derecho natural sino también divino.

El concepto de economía procede del periodo helénico y su acepción como “la ley de la familia” indica, por un lado, su relación con la mujer y, por otro, revela la posición del poder político tradicional, una forma de monopolio político que juega un rol similar al de los monopolios sobre la economía en la era del capitalismo. Entre ambos monopolios, el político y el económico, existe una estricta interrelación; se necesitan el uno al otro. Pero, en los casos de Atenas y Roma, aparte de que no fueron capaces de crear una formación económica urbana debido a su inferioridad respecto a la rural, la fuerza política era tan importante que, paradójicamente, cerró las puertas al capitalismo. En esta época existen capitalistas pero las circunstancias todavía no permiten su desarrollo sistemático.

d . – En la civilización islámica de la Edad Media el comercio juega un papel preeminente. Mahoma y la religión islámica están económicamente muy vinculados al comercio. El factor social y económico fundamental para el surgimiento del islam fue precisamente el desarrollo de la aristocracia árabe, que se encontraba bloqueada por los imperios sasánida y bizantino, a través del comercio. Esta es la razón por la que desde su surgimiento toma como principio y símbolo la espada. En los imperios bizantino y sasánida había una contradicción interna entre posesión de la fuerza y economía, ya que los judíos y siríacos (herederos de Asur), que mantenían el monopolio del comercio, ni siquiera les dejaban respirar. Esto muestra el tipo de relación que existía entre fuerza y economía. La Edad Media, por su parte, fue una especie de era islámica, se necesita una estructura imperial para dar seguridad al comercio, pero al mismo tiempo se impide el desarrollo y transformación del capital comercial en producción capitalista. El tejido social del mundo rural se encuentra bajo un estricto dominio de la religión y la ética, mientras que las ciudades no podían convertirse en fuerza política debido a la limitada libertad existente. Aunque hay una amplia red de ciudades–mercado que crecen de modo importante y se dan las condiciones tecnológicas adecuadas, no llegan al nivel de las ciudades italianas por el dominio religioso y político, siendo una de las características de este periodo, por ejemplo, las requisas y confiscaciones que se realizan a los comerciantes. En este sentido, el que el islam suponga un obstáculo al desarrollo del capitalismo tiene aspectos positivos, en tanto que propugna la comunidad de la umma, se opone a la usura bancaria y predica la caridad con los pobres, lo que puede ser una importante contribución a los proyectos en pos de la libertad social. No obstante es preciso observar con precisión que el actual radicalismo islamista lleva implícito un capitalismo neo-islámico con una clara orientación nacionalista de derechas y economicista.

Fueron los bereberes y árabes liderados por los omeyas andaluces quienes llevaron la cultura de la civilización musulmana a Europa, mientras los comerciantes italianos se encargaban de la parte económica y comercial, y los otomanos se limitaron a desarrollar el islam como monopolio político. Este hecho tuvo como principal efecto que las distintas fuerzas religiosas y políticas europeas abrazaran más aún el capitalismo para poder hacer frente de forma exitosa a los otomanos. Si no hubiese sido por los otomanos, seguramente los monopolios políticos y religiosos de Europa no se habrían visto obligados a dotarse de una sólida organización política y militar. Una vez más, la fuerza genera fuerza y esta, a su vez, acelera los intentos de desarrollo de la economía.

La determinante contribución de Oriente Medio en el surgimiento del capitalismo en Europa está relacionada con el cristianismo, un asunto que espero tratar ampliamente en el próximo tomo titulado Sociología de la Libertad y sobre el que me limito ahora a recordar la obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber. También habría que referirse, en este sentido, como temas complementarios, a la contribución de Oriente Medio hasta el siglo X en la formación de la ética europea y la aparición del feudalismo, tanto en el aspecto político como religioso. También a causa de las Cruzadas los valores de Oriente Medio fueron llevados a Europa. Se trata de temas determinantes que deben ser tratados.

Esta breve descripción histórico-social junto a nuestras valoraciones sobre el siglo XVI nos permitirán entender mejor cómo afecta Oriente Medio al poder político y al nacimiento del capitalismo. En resumidas cuentas, se podría decir que en ocasiones tuvo un papel retardatorio y obstaculizador, pero en otras acelerador e incluso fecundador. Es en el sistema capitalista donde más se aproxima la fórmula de que monopolio estatal es igual a monopolio capitalista.

Relación con el Derecho


Sería útil, sin embargo, referirse aunque sea brevemente a la relación del Derecho con el nuevo sistema desde algunos aspectos. El Derecho es una institución que se impone generalmente en la medida en que se desarrollan las relaciones entre comercio, mercado y ciudad. La actividad de los mercados y la existencia de clases genera una situación de caos y plantea serios problemas en torno a la equidad, lo que supone una degeneración ética y provoca un aumento del factor fuerza haciendo la existencia del Derecho algo inevitable. Sin el Derecho es más difícil que pueda ejercerse la administración estatal, pues institucionaliza y reglamenta la fuerza política del Estado; funciona como una especie de Estado latente, congelado y “pacífico”. Es la institución con más lazos con el Estado, hunde sus raíces en la relación del comercio y el Estado, desarrollándose y perfeccionándose hasta la formación del capitalismo. De Babilonia al Imperio Romano existen textos legales para regular el mercado, mayoritariamente con el objeto de asegurar las mercancías e impedir la pérdida de vidas; a veces sirve para resolver problemas políticos pero en otras ocasiones los incrementa. Su misión no es, como se cree, garantizar la igualdad ante la ley de sus ciudadanos, sino dar rango jurídico a las desigualdades para que sean aceptadas con normalidad y como definitivas, además de hacer intocable al poder político; en resumen, se podría afirmar que el Derecho supone una regulación estable del monopolio político.

La relación entre Derecho y ética tiene otro relevante aspecto. La ética es como el cemento de la sociedad; no hay sociedad que no tenga una ética. Es el primer principio de organización social del ser humano, su principal función consiste en dar consistencia a los valores y conductas del ser humano a partir de los intelectos analítico y emocional y, al principio, se plantea de forma igualitaria, respetando el derecho a la diversidad y como conciencia colectiva de la sociedad. Recibe el primer golpe fuerte cuando la jerarquía y el poder político se institucionalizan, formando el Estado, y también se fragmenta con la división de clases. Es entonces cuando se presenta el problema de la ética. Mientras las élites políticas intentan resolverlo con el Derecho, los sacerdotes lo hacen con la religión, pero ambos toman la ética como fuente. Y si el Derecho supone la institucionalización, reglamentación y organización permanente de la política y su fuerza, la religión lo es respecto a la ética. La diferencia estriba en que el Derecho tiene capacidad sancionadora y la religión se basa en la conciencia y el temor a Dios.

La ética, sin embargo, está muy vinculada a la libertad, a la libre opción del ser humano; cualquier sociedad expresa su libertad mediante la ética. Por lo tanto, quien no tenga libertad tampoco puede tener ética, y la mejor forma de destruir una sociedad es romper sus vínculos con su ética; ni siquiera el debilitamiento de la influencia de la religión provoca una crisis como la provocada por el debilitamiento de la ética, aunque ese vacío se llene con otras ideologías, filosofías políticas o formas de organización económica convertidas en nuevas religiones. No obstante, el vacío que deja la desaparición de la ética solo se llena con condena y privación de libertad. La ética, en tanto que teoría de la moral, se encarga de reflexionar y estudiar sobre la moral y sobre la existencia como cuestión filosófica básica, así como también de llevarlas a desarrollar sus verdaderas funciones. La cuestión ética también conservará su importancia en la sociedad hasta que llegue a ser un principio fundamental de la vida.

Cuando analizamos el surgimiento de la economía capitalista, la ética y el Derecho adquieren gran importancia en el marco de las definiciones respecto al poder político. Mientras la religión, la ética e incluso el Derecho feudal mantengan su importancia, sin ser erosionados ni quebrantados, difícilmente se podrá consolidar la economía capitalista en la sociedad. Esto no significa que defendamos la concepción ética y religiosa de la antigua clase alta; lo que decimos es que resulta muy difícil que las grandes religiones, doctrinas éticas y tradiciones morales consideren aceptable respecto a sus principios un sistema y régimen como el capitalismo. Hasta la fuerza política tiene un efecto limitado en estos asuntos ya que la destrucción de la religión y la ética acaba también con el poder político.

Estas referencias a la Reforma, el Derecho y la filosofía ética del siglo XVI tienen que ver con el surgimiento del capitalismo pero evitaré repetirme porque ya hemos resumido el significado de los conflictos políticos y el papel que en ellos juega la fuerza.

La Reforma Protestante, las guerras y disputas que originó son factores determinantes en el destino de la nueva Europa. Max Weber, cuando valora el papel de la ética protestante, descuidó su principal aspecto. Es cierto que el protestantismo favoreció el nacimiento del capitalismo pero también asestó un duro golpe a la religión, a la ética y, de forma especial, al catolicismo. El protestantismo es tan responsable como el propio capitalismo de todos sus pecados. No se trata de defender la religión y el catolicismo sino que, de esa forma, la sociedad quedó más indefensa aún. El protestantismo, en este sentido, funcionó como una especie de Caballo de Troya; allí donde se desarrolló, el capitalismo experimentó un gran impulso.

Algunos pensadores coetáneos ya advirtieron sobre las consecuencias negativas que tendría la Reforma Protestante y el nuevo Leviatán que engendró, pero sería más idóneo considerar a Nietzsche el primer oponente a la modernidad capitalista. Estos pensadores continúan siendo importantes también en la actualidad, cual buscadores en pos de una sociedad e individuos libres y anti-capitalistas.

Thomas Hobbes y Hugo Grocio, que lideraron el debate teórico sobre el Derecho y abrieron las puertas para la entrada del Estado capitalista, el nuevo Leviatán, colocando en manos del Estado el monopolio absoluto de la violencia, lo que supuso el desarme de la sociedad. El resultado fue una escalada de la fortaleza del Estado-nación que no cesaría hasta el fascismo, cuando alcanzó un nivel sin precedentes en la historia. El concepto de “indivisibilidad de la soberanía” priva de poder a todas las fuerzas sociales, a excepción del Estado, dejando así a la sociedad sin instrumentos de defensa frente al monstruo capitalista como nunca había sucedido anteriormente. En resumen, estos dos pensadores proclamaron al hombre como lobo del hombre y dieron, al mismo tiempo, la “buena noticia” de que la fuerza quedaba monopolizada por el monarca, abriendo así las puertas al monopolio capitalista en todos los frentes. Se repite de nuevo la ecuación monopolio político igual a monopolio económico. Maquiavelo es otro pensador importante del siglo XVI, para quien, si es necesario, no hay que respetar regla moral alguna ni refugiarse bajo ninguna tapadera con tal de alcanzar el objetivo político. Con varios siglos de anticipación, adelanta los principios que desembocarían en el fascismo.

Que no se me entienda mal; no estoy criticando todo lo que supone la Reforma. Yo defiendo que la religión debe ser reformada, no solo unas cuantas veces sino con frecuencia. Llevo años propugnando una reforma del islam, incluso más profunda que la cristiana. Es evidente que ello requiere capacidad y determinación pero es deber imprescindible para superar el despotismo en Oriente Medio. Intentaré plantear este y otros asuntos similares en el cuarto tomo de Mis Defensas, que llamaré La Crisis de la Civilización en Oriente Medio y la Solución por una Civilización Democrática.

No corresponde tratar el Renacimiento y la Ilustración en estas líneas ya que son movimientos de siglos diferentes y, aunque estén relacionados con el capitalismo, esta relación es solo indirecta, y tampoco se trata de hacer generalizaciones. Tanto abren el camino al capitalismo como le cierran el paso. También se comprende que los capitalistas intenten asimilar a sus opositores con dinero, igual que el poder quiere neutralizar y subordinar a sus oponentes. No obstante, aquellas épocas están al servicio de toda la humanidad, personificadas por los grandes filósofos de la libertad, por los reformadores como Bruno y Erasmo, los utópicos y comuneros, que presentaron resistencia al capitalismo incluso a riesgo de terminar en la hoguera.

Hay que recordar que durante el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración resucitan todas las civilizaciones, manifestándose en pinturas y melodías, dándoles un sentido divino o subordinado, con guerras y tratados de paz, con victorias y derrotas, pero, al final, en estos siglos de un caos propio del Día del Juicio Final, fueron los capitalistas quienes se alzaron con la victoria. Pudieron coronar el sistema capitalista porque estaban mejor organizados, llevaban siglos emboscados en los entresijos y grietas de la sociedad y aprovecharon este clima caótico para asimilar a los demás utilizando la cultura, el dinero y la violencia, consiguiendo la hegemonía por la fuerza si era necesario; una marcha victoriosa que todavía sigue en la actualidad.

D . – El espacio del capitalismo

El ámbito geográfico en el que se desarrolla la sociedad también es una cuestión a analizar. Se trata de comprender en relación con qué espacio geográfico se desarrolló la sociedad del ser humano; es un tema amplio que podría comenzar con la formación del propio sistema solar. La lista de preguntas y respuestas se haría interminable: las fases de formación del planeta Tierra, que ocupa la tercera órbita en torno al Sol, la atmósfera y sus capas, la formación de los mares y océanos, la lluvia y los ríos, las capas rocosas y la corteza de la Tierra, y las condiciones para el surgimiento de los primeros seres vivos en los océanos, los musgos que dieron pie al mundo vegetal, las primeras bacterias y el inicio del mundo animal, la relación entre lo vegetal y lo animal, su evolución en un sentido general, la aparición de los primates como primeros antropoides y el eslabón evolutivo en el que se formó el ser humano.

Resulta obvio el estrecho vínculo, a grandes rasgos y a modo de ciclos en espiral, entre el ser humano y el ámbito geográfico. Por ejemplo, si un día desapareciera la atmósfera, o se agotaran los vegetales, los animales o las fuentes de agua dulce, desaparecería el ser humano; incluso una perturbación momentánea de estos elementos podría suponer el fin de la vida humana, como si fuera obra de una fuerza superior. Por lo tanto, la relación ser humano-geografía siempre debe ser tenida en cuenta de forma general y constante. Sin este requisito, no se puede investigar y estudiar las ciencias sociales..

Sin embargo, en los últimos tiempos, miles de obras y estudios en el ámbito de la ciencia, la filosofía y la religión se hicieron como si esta relación no fuera necesaria. Es muy significativo que esta relación que podríamos llamar geográfico-humana esté más presente en las mitologías, a las que consideramos al margen de la realidad. Sobre este asunto, se podría decir que el desinterés de la ciencia respecto a esta relación probablemente se deba a la disociación del intelecto analítico respecto al emocional.

En el período de “larga duración” de la sociedad clánica, la primera forma social de las comunidades humanas, está más clara la incidencia del entorno, del espacio, es decir de las condiciones geográficas. El que el clan no diera su salto evolutivo sino hasta el final de la cuarta glaciación sería correcto achacarlo, más que a sus propias limitaciones, a un entorno geográfico hostil, ya que los millones de años que se supone existió la sociedad clánica son suficientes para una evolución interna. Es decir que fue el factor exterior el que impedía la evolución, existiendo consenso entre los geólogos en que al final de la cuarta glaciación, 20.000 años antes de Cristo, se formó un entorno geográfico similar al de hoy. El ser humano, tras haber pasado por varias etapas en las zonas que mucho después se denominarían África, Europa y Asia (creo que con excepción del continente americano y una gran parte de los archipiélagos oceánicos), entró en la nueva era, al final de la cuarta glaciación, con el Homo Sapiens, el ser humano que piensa, al frente.

Las investigaciones antropológicas y arqueológicas muestran que a partir del 20.000 a. C. despuntan tres grupos culturales. El primero son fundamentalmente los semitas, procedentes de la última oleada migratoria de África. Este grupo consiguió extenderse por el norte de África, Arabia y las estribaciones del sistema Taurus-Zagros, hasta la etapa de civilización de forma intensa y posteriormente en la medida en que pudieron. Una rama principal del segundo grupo pudo extenderse por la costa occidental y los archipiélagos del océano Pacífico y en el continente por Asia Central y Europa del Este (grupo fino-uigur). Son denominados también como asiáticos o indios. Los elementos más importantes de este grupo están constituidos por los chinos, japoneses y turcos. Otra rama de ese grupo, desprendida de Siberia, logró atravesar el estrecho de Bering y expandirse por el continente americano. El tercer grupo, que se encuentra en el centro geográfico de esta expansión, está constituido por el grupo indoeuropeo que habita en la zona más amplia y fértil; es el principal grupo que inició la agricultura del Neolítico, la etapa previa a la civilización. Los otros grupos en el norte y en el sur de esa zona posteriormente también dieron paso al Neolítico y a la civilización, pero se hace difícil pensar, a mi juicio, que esa transición tuviera lugar sin la influencia del grupo indo-europeo, situado geográficamente en medio de los otros dos.

También es algo admitido entre los más destacados antropólogos, arqueólogos, geólogos y biólogos que en el entorno del sistema Taurus-Zagros se inició con el grupo indoeuropeo el Neolítico y el posterior estadio de civilización. Este sistema constituye el espacio adecuado para el desarrollo al contar con diversidad de especies de animales y plantas, abundancia de lluvia, ríos y arroyos, un clima y una orografía idóneos; todos ellos son factores determinantes, además de ser la principal zona de asentamiento urbano situada entre África, Europa y Asia. Los grupos denominados arios, palabra usada probablemente por primera vez por los sumerios, comenzaron aquí la era neolítico-agrícola y después el periodo urbano, el Estado y la civilización, jugando un papel esencial en su expansión por el resto del mundo. No insistiré más en ello debido a que el primer tomo de este trabajo está precisamente dedicado a este tema.

Ahora nuestro principal asunto consiste en investigar el papel del espacio geográfico en el triunfo de la economía capitalista en Holanda e Inglaterra, unos nombres que, hasta entonces, ni siquiera aparecían en la historia.

Los científicos sociales actuales pretenden explicar el papel de la geografía restringiéndolo a la “geopolítica” y a la “geoestrategia”, subestimando así su principal esencia, pero la relación básica entre historicidad-socialización y la geografía es más fundamental y debe ser tratada de una forma primordial. Es, en este sentido, más eficaz y significativo ocuparse de la raíz que de las ramas. Estudiar las épocas y las civilizaciones de acuerdo con la geografía es algo obligatorio para un buen conocimiento desde el punto de vista de la antropología y la historia, porque no puede haber historia sin espacio. De hecho, el dilema tiempo-espacio es un elemento básico en el universo y su interrelación, así como las posibilidades de evolución o confluencia; son temas siempre presentes en la ciencia.

Pero volvamos a la historia del “hombre fuerte y astuto”. Para crear una ciencia significativa necesitamos relacionar narrativa, conocimiento y ciencia. No creo que adquiera sentido una ciencia sin relato. La historia de este “hombre fuerte y astuto” debe ser una auténtica piedra angular en las ciencias sociales, ya que resulta imprescindible para interpretar mejor diversas relaciones sociales. Es más, en aquellos lugares donde se den numerosos acontecimientos y se establezcan incontables relaciones, la narración prestará una de las más valiosas contribuciones a la ciencia. Puesto que no podemos relatar todos esos acontecimientos y relaciones con esa religión llamada positivismo, seguramente sería más correcto desarrollar la ciencia recurriendo a la religión, a la ética y a otras formas de arte similares a la narrativa.

Desde su transformación en el varón dominante hasta asentarse en los focos del gran poder de la actualidad, “el hombre fuerte y astuto” ha recorrido un largo camino, lleno de encrucijadas y conspiraciones. Es importante investigar y conocer esos espacios, los lugares donde se le ve con claridad o donde, en otras ocasiones, se esconde. Para comprender mejor esa realidad hay que concebirlo como una fuerza estratégica permanente que, de forma constante, lleva a cabo tácticas sociales, económicas, políticas y militares.

El “hombre fuerte y astuto” entró cual ladrón en la economía doméstica de la mujer y no se limitó al saqueo económico sino que también la raptó y convirtió el sagrado hogar de la familia en una guarida de bandidos consciente de su traición. Así se colocó la semilla de la acumulación capitalista: primero, haciéndose con el control de la casa y la economía familiar; segundo, estableciendo en las proximidades el cuartel general de esa banda de saqueadores, creando un monopolio privado en paralelo al monopolio estatal legitimado. El “hombre fuerte y astuto” deambuló de un lado a otro, escondiéndose, disimulando, temeroso de la sociedad y del Estado, agazapado. A veces se lanza sobre su presa como si fuera un león salvaje, otras actúa con la picardía del zorro o pasa desapercibido cambiando de color como los camaleones. Se convirtió en todo un experto en comerciar con zonas apartadas, controla lugares urbanos o rurales a los que no llega la civilización, se aprovecha de la división social y saquea a ambas partes jugando con el equilibrio entre las escasas ganancias del comercio local y el gran beneficio que consigue con el de larga distancia. Su oficio consiste en oler los lugares donde puede sacar beneficio; podríamos considerar que practica una piratería estratégica en los caminos de la renta y la ganancia. De aquí viene la famosa frase “el dinero no tiene patria”.

Teniendo en cuenta que la combinación ciudad-mercado-comercio era el requisito para su existencia, ¿por qué no triunfó entonces el capitalismo en Oriente Medio? El capitalismo, como sistema, no depende de la tecnología ni de la ciencia, y, de la misma forma que triunfó en Ámsterdam, podía haberlo hecho en la ciudad-estado de Uruk, pero en ese momento le convenía más ser un colaborador, un buen capataz o un granjero que lanzarse a por el conjunto del sistema porque seguramente el monopolio sacerdote- político-militar no le habría permitido imponer su hegemonía; este eje ya había consolidado su legitimidad, y el surgimiento de un cuarto foco de poder habría puesto en peligro su existencia debido a su estructura.

El “hombre fuerte y astuto”, en tanto que cuarto monopolio, intenta a veces lanzarse a por el sistema pero siempre fracasa ante los otros tres. Por eso es razonable pensar que aquellas prósperas ciudades comerciales de capitalismo primitivo, fueron convertidas en ruinas y borradas de la historia antigua y medieval por haber presentado resistencia política y militar. Por ejemplo, la prematura desaparición de Harappa hacia el 2500 a. C, una desarrollada y rica colonia comercial, posiblemente de origen sumerio, entre la India y Paquistán, que ya contaba con una estructurada trama urbana y que usaba incluso la escritura, pudo deberse a una sublevación para competir contra el poder monopolizado por el trío sacerdote-político-militar. Si lo hubiera conseguido, podría haber sido la primera experiencia capitalista, como después lo sería Ámsterdam, ya que tenía las condiciones necesarias para ello.

Un ejemplo aún más llamativo es el de Cartago, ciudad netamente comercial, la más occidental de los fenicios en el Mediterráneo, fundada en el siglo VIII a. C. Alcanzó un gran desarrollo, haciendo de todo el Mediterráneo occidental y el norte de África su zona de influencia, pero tenía un punto débil: no había formado un imperio y los que querían formarlo en realidad eran un obstáculo para ello. Tal vez fuera esta la razón por la que chocó con el Imperio Romano. Roma, debido a la configuración geográfica de la Península Itálica, pudo superar la fase de Ciudad-estado, crear una república y después un vasto imperio. Sin embargo, Cartago solo tenía la posibilidad de actuar como Ámsterdam frente a los imperios francés y español; es decir, unificar y fortalecer su sofisticado monopolio comercial con un aparato estatal capitalista que le hubiera permitido proseguir su expansión geográfica, por ejemplo, fundar en el norte de África un monopolio estatal similar al que los omeyas crearon en España. Esta era su única oportunidad de sobrevivir a Roma que, a su vez, no podía hacer otra cosa que destruir Cartago porque era competencia directa y ponía en peligro su existencia. ¡Cómo recuerda este choque al de Cuba y EEUU! Por eso en el Senado romano finalizaban los discursos con la famosa frase: “¡Cartago debe ser destruida!”.

Otra víctima similar del Imperio Romano fue Palmira, situada en Siria, donde, en la segunda mitad del siglo III d. C., el Imperio viviría una de sus primeras crisis. Cuando estaba en Siria, solía visitarla; me impresionaban sus ruinas. Se trata de una magnífica ciudad, con su castillo, murallas, el ágora, el famoso templo de Baal, el teatro, Senado, sus amplios mercados, los palacios construidos en torno a una fuente de agua en el desierto, el valle de las tumbas; una verdadera maravilla por el uso de la piedra tallada en sus construcciones, una ciudad ante la que uno solo puede postrarse en reverencia ante el horror.

La importancia de Palmira estriba en que está situada en una encrucijada comercial, donde confluyen rutas de Oriente y Occidente, del Norte y el Sur, jugaba el papel de Estado amortiguador entre los imperios romano y sasánida, y no dejaba de enriquecerse debido a un monopolio universal de comercio formado durante siglos. Nos quedaríamos cortos comparándola con Ámsterdam o Nueva York. Era, como Cartago, un obstáculo para Roma y la historia dice que la ciudad, en su último periodo, hacia el 270 d.C., ya no se conformaba con ser un poderoso reino subordinado a Roma y se planteó abiertamente convertirse en su alternativa.

Pero ¿realmente Palmira podía conseguir lo que no había logrado Cartago? Es evidente que Palmira era una potencial amenaza para el Imperio Romano. Se dice que el emperador romano Aureliano logró, tras duros combates, su rendición y que quiso conservarla como provincia dependiente de Roma, con la reina Zenobia al frente. Pero la reina Zenobia le desafió y terminó siendo apresada cuando se disponía a refugiarse con los sasánidas al otro lado del Éufrates. La exhibición de Zenobia en Roma con todas sus joyas como una cautiva es una de las páginas más simbólicas de la historia. Cuando Aureliano ya estaba de regreso a Roma, la ciudad se sublevó de nuevo; preso de la ira, volvió sobre sus pasos y la convirtió en un montón de ruinas de las que ya no renacería.

El lenguaje de Roma en referencia a la mujer siempre me sorprendió pero, con la historia de Zenobia, el misterio queda al descubierto. Roma no solamente es una ciudad a la que conducen todos los caminos; también es la ciudad a la que son conducidos todos los reyes y reinas que despuntan en sabiduría y poder. Mi tragicómica marcha a Roma también está relacionada con esta historia. Si hubiera comprendido mejor lo que ocurrió con Espartaco, San Pablo y Bruno, evidentemente habría actuado de una forma más cautelosa. Igualmente debería haber leído mejor a Gramsci ¡Ay socialistas! La única salvación de Palmira también era seguir el camino de Ámsterdam y Londres. Es cierto que presentó resistencia pero tampoco podía ganar.

Igual de ilustrativo es el caso de Atenas, una ciudad producto del comercio naval, la estrella de la civilización entre el 500 y el 350 a. C, la ciudad donde el capitalismo primitivo alcanzó un mayor desarrollo, donde grandes y privados monopolios comerciales gestionaban operaciones a miles de kilómetros de distancia; la riqueza fluía sobre Atenas; con los monopolios llegaban dinero y excedentes y sus posesiones se extendían desde el Mediterráneo oriental hasta Marsella, desde el norte de África a Macedonia. Atenas creó la filosofía pero también llevó la artesanía hasta el umbral de la industria; el dinero circulaba y el arte de la construcción naval llegó a su apogeo; tenía colonias por doquier y de todas partes acudían hombres acaudalados. Atenas, por primera vez, adquiría un carácter cosmopolita. En mi opinión, el único error que impidió la aparición del capitalismo fue no consolidar la unión peninsular. No había escasez de mano de obra ya que los esclavos eran más baratos que el agua y estaba a punto de superar esa vieja estructura esclavista y alcanzar una posición similar a la de Holanda. O bien emergía como un Estado nacional a nivel peninsular o era sometida por sus rivales perdiendo la importancia que tenía. Tanto el reino de Esparta como el Imperio Persa desde ultramar se lanzaron contra ella durante más de un siglo. Intentó hacerse fuerte en base a su democracia pero las guerras con Filipo y Alejandro, padre e hijo, le causaron una derrota estratégica porque, a partir de ese momento, no pudo hacer frente al Imperio Romano ni tampoco a la rebelión de los reinos helénicos de la Anatolia a partir del siglo IV a. C.

Sería, por otra parte, una burda repetición volver a poner los ejemplos proto-capitalistas de la civilización islámica medieval y de la península de la India. Sin embargo, los casos de las ciudades capitalistas italianas son más significativos ya que no pudieron anticiparse a Londres y Ámsterdam al perder Venecia, Génova y Florencia su soberanía y la posibilidad de unificar la Península Itálica por la intervención de España, Francia y Austria, que no renunciaban a resucitar el antiguo sistema imperial.

Las ciudades italianas habían puesto en marcha todo lo necesario para crear un capitalismo moderno: acumulación de capital, bancos, empresas, créditos, pagarés, comercio próximo y lejano, todo tipo de artesanía, talleres, manufactura, productos industriales, mecanismos financieros… También habían tenido sus experiencias republicanas e imperiales, religiones y sectas de todo tipo. Cuna del Renacimiento, la Península Itálica, entre los años 1300 y 1600, fue un laboratorio, un prototipo de la futura Europa. Sin lugar a dudas, este hecho estaba asociado a sus contactos con Oriente y con su herencia histórica, con un Oriente Medio islámico, con la India, China e incluso con Rusia, que ya comenzaba a despuntar. El legado de Oriente había sido transferido, con un apetito sin fin, por los monopolios comerciales sobre todo a Florencia, Venecia y Génova, pero aún es más importante el proceso de urbanización que recorría Europa a partir del modelo italiano, constituyendo así una gran zona de acción para el capital acumulado. En cada ciudad se notaba la mano de un comerciante italiano; la Iglesia Católica, por su parte, ya había colocado el pavimento de la civilización y el Renacimiento consagraba su posición de vanguardia.

El geográfico fue el único factor que impidió que Italia viviera el mismo proceso que Inglaterra y Holanda. Paradójicamente, el mismo factor que la hacía pionera del capitalismo urbano y la colocaba a las puertas del triunfo a nivel de toda la península le cerraba el paso a la victoria final. Y, cuando intentaba dar ese paso, le caían encima todo tipo de males. La razón está clara: si Italia se hubiera anticipado a Inglaterra, habría sido un segundo imperio mundial, como el de Roma, pero con base económica capitalista; eso habría supuesto la destrucción de los tronos imperiales de España, Francia y Austria, que, además, querían conquistarla. Se entiende perfectamente, por lo tanto, que las dinastías imperiales se abalanzaran sobre las ciudades italianas; su unión sobre una nueva base socioeconómica habría implicado necesariamente una expansión, primero por Europa y después por el resto del mundo, lo que supondría el fin de esos imperios. Se daban todas las condiciones para ello, comenzando por el capital. Realmente, Italia tuvo mala suerte y eso le supuso un retraso de 300 años.

No formó un segundo Imperio Romano por los pelos. También el primero se salvó por poco del ataque de Aníbal por el norte tras una larga travesía. Ahora los que atacaban no eran uno sino cuarenta Aníbales. No tenía la menor posibilidad; la única forma de conseguirlo habría sido tener una religión de espada a semejanza del islam árabe en su expansión por todo Oriente Medio. Si en el Imperio Romano se hubiera implantado el islam en vez del cristianismo o si el cristianismo hubiera llevado a cabo su expansión religiosa y política a través de la espada, el curso de la historia habría cambiado. Uno no puede evitar hacerse esta pregunta: “Si no hubiera sido por el cristianismo, ¿cómo habría sido el Imperio Romano? ¿cuáles habrían sido sus consecuencias?” Y aún sería más interesante saber qué habría ocurrido si el sultán Mehmet el Conquistador hubiera aceptado la propuesta del Papa de liderar un cristianismo de espada. La historia no es un terreno para la especulación pero también es innegable que el desarrollo histórico presenta variables, y lo que las ciudades italianas no consiguieron, lo hicieron Ámsterdam y Londres a finales del siglo XVI. Es lógico que las causas y consecuencias de este hecho sean objeto de estudio por los historiadores y tema recurrente para tesis doctorales.. Resumiré brevemente los motivos, que están suficientemente esclarecidos:

1 . – Se encuentran en el extremo noroccidental de Europa, en el océano Atlántico, a donde las antiguas civilizaciones llegaron débiles y tardíamente.

2 . – Los reinos de España, Francia y Austria, las mayores potencias europeas, se enfrentan entre sí por la hegemonía del continente.

3 . – No son consideradas tan peligrosas como las ciudades italianas y por eso no se crea una fuerza unificada contra ellas.

4 . – Son la vanguardia para la expansión de la Reforma por el norte de Europa.

5 . – El hecho de encontrarse a orillas del Atlántico les da una gran ventaja para el comercio, tanto próximo como lejano.

6 . – Han recibido toda la cultura material y moral de las ciudades italianas.

7 . – Es una de las zonas donde el feudalismo es más débil tanto en cultura material como moral.

8 . – Por lo tanto, no hay un feudalismo capaz de impedir la capitalización del transporte, la agricultura y la industria, mientras que en varias regiones se desarrolla por primera vez la civilización capitalista.

Todas estas causas, cuya enumeración podríamos aumentar, están estrechamente vinculadas a la posición geográfica, siendo clave para su triunfo la confluencia de estas condiciones geoestratégicas y geopolíticas con las circunstancias sociales.

Si tenemos en cuenta que Europa, Asia e incluso África son continentes que están unidos, que África fue la pionera en la aventura humana hasta la última glaciación, que la región en vanguardia pasó después en forma de revolución neolítica a las atrayentes y fértiles estribaciones de los montes Taurus y Zagros, de donde salió todo lo necesario para el desarrollo de la civilización entre los años 15000 a. C y el 4000 a. C, tanto en lo que respecta a la cultura material como moral, entonces sería conveniente establecer que la revolución neolítica ha sido la más importante de la historia. Las aguas del Tigris y el Éufrates no solo acumularon en el delta del Golfo Pérsico las tierras más fértiles de esas montañas sino que también llevó, con los primeros barcos y artesanía naval, todos los valores culturales. Las ciudades de Eridu y Uruk, cuando iniciaron la aventura de la civilización, en realidad estaban haciendo una síntesis de los valores de tan angustiosa travesía que crecía como un río aumentando ininterrumpidamente su caudal, desde esos arroyos sagrados hasta la desembocadura en el océano.

Uruk no es una cultura cualquiera, es el comienzo de un milagro. La voz de Inanna, su diosa, es la fuente de todas las epopeyas, poemas y canciones, es la voz de una magnífica cultura, de la mujer a la que la rudeza del hombre no ha mancillado aún. Esta cultura floreció en la región de Uruk, generando el surgimiento de ciudades como una avalancha, una acumulación continua de ocasiones para el comercio urbano en las que “el hombre fuerte y astuto” vio su oportunidad. Fue así como la cultura fluyó al revés, en dirección a la montaña, devorando, a partir de esas ciudades, el territorio del neolítico. Al apagarse la voz de Inanna se fue apagando la voz de la mujer, que iba perdiendo influencia respecto a la cada vez mayor presencia del hombre fuerte y astuto. Así lo demuestran los prefijos que tienen un carácter femenino en la lengua sumeria, reminiscencias de su importancia social y de su papel en la formación de la lengua.

No hace falta detallar la odisea geográfica de la civilización basada en el poder, pero sería mejor escribirla; nos limitaremos ahora a recordar que fue como un cauce principal superando los obstáculos durante miles de kilómetros hasta desembocar en el océano Atlántico, simbólicamente a orillas de Ámsterdam y Londres, dando paso a una nueva cultura.

Está claro que bajo el liderazgo de estas dos ciudades, la herencia cultural y material de todas las épocas y lugares dio pie al surgimiento de la nación y economía capitalista modernas. Las regiones de Ámsterdam y Londres habían recibido de forma tardía la cultura neolítica y, como ocurre siempre, donde las culturas antiguas están arraigadas resulta difícil que se forme una nueva debido a la resistencia que lógicamente presenta la anterior. En Oriente Medio, por ejemplo, la única zona donde no se implanta la antigua cultura es la península Arábiga, el espacio social del islam, donde se crea un vacio geográfico que ocupará esta religión; sin ese adecuado espacio geográfico, el islam tampoco habría existido.

Inglaterra y Holanda, situadas en el extremo septentrional de Europa, eran dos países vírgenes; se podría decir carentes de civilizaciones antiguas, un espacio donde nuevas semillas podían brotar y crecer de forma duradera. Aquí es donde mejor crece la semilla de la economía capitalista. Son las últimas herederas del legado de Uruk, que fue trasladado de una orilla a otra. Los portadores de este legado fueron siempre los comerciantes y se dice que huelen el negocio. El hecho de que estos lugares fueran regiones marginales, alejadas de los centros de poder, jugó a su favor, permitiéndoles consolidar su posición de vanguardia aprovechándose de los avances capitalistas de Italia y de las rutas marítimas abiertas por España y Portugal. En realidad se trató de un asunto de buena adaptación; debido a las guerras entre las grandes potencias, no existía una amenaza exterior y la rentabilidad de la nueva economía (mano de obra barata y materias primas) era suficiente para que en esa zona, en el siglo XVI, se produjera con éxito ese alumbramiento y después tuviera una vida duradera.

La alianza de estas dos potencias, que solamente tenían algunas diferencias formales, pasó a representar la nueva economía a nivel mundial, provocando también la evolución y modernización del Estado; es decir, que el dominio económico también contribuyó al político y militar, al mismo tiempo que los monopolios comerciales adquirían carácter semioficial, formándose compañías estatales como la de las Indias Orientales u Occidentales. Y así fue como aquellos usurpadores de la civilización, a los que siempre se veía por los pasillos y maquinando a escondidas, por primera vez llevaban la voz cantante, revistiéndose, de la mano de reyes y reinas, con honores y ropaje hasta entonces reservados a la aristocracia. Al león de Uruk ya no le quedaban fuerzas para enfrentarse a los nuevos depredadores de Ámsterdam y Londres, como lo había hecho con Gilgamesh.

La diosa Inanna había protagonizado la primera y gran epopeya intentando rescatar las 99 habilidades inventadas por la mujer de manos de Enki, el dios protector de Eridu, el primer dios-hombre, tirano y astuto; el hombre hegemónico endiosado. En cambio el hecho de que las reinas de Inglaterra y Holanda, consideradas herederas de Inanna, adquieran la forma de figuras simbólicas de todos los defectos del hombre tirano y astuto reflejadas en la mujer, es como si resumiera toda la aventura de la civilización.

E . – Civilizaciones histórico-sociales y capitalismo

¿La economía capitalista y su modelo social son algo determinado históricamente? Para responder a esta pregunta debemos entender que los capitalistas asumen la función de dar forma a la sociedad. El surgimiento del capitalismo no está determinado históricamente; esa interpretación es un error del marxismo, del burdo materialismo histórico, y aún es más grave defender el desarrollo lineal de las sociedades presentando el idealismo de Hegel como “materialismo”; se trata de una adulteración de su pensamiento. En este sentido, el marxismo se queda muy atrás de Kant, quien destaca la fuerza del sujeto en este tipo de desarrollos objetivos, lo que implica revalorizar la ética como opción de libertad. En cuanto a las observaciones liberales según las cuales la aparición del capitalismo no solamente está determinado sino que significa el fin de la historia, ni siquiera merecen ser comentadas.

Mientras no quitemos la máscara a estas concepciones del capitalismo que son más peligrosas que la reacción religiosa y están basadas en esa religión ultraconservadora que es el positivismo, no habrá opción de libertad. De hecho, los doscientos años de historia del socialismo, incluido el socialismo real, no han pasado de ser un sustento del capitalismo desde la izquierda. Pero el asunto es mucho más importante que mostrar dónde se ha cometido el error porque el propio paradigma ya es un error por encima de los fallos o aciertos que tenga en su planteamiento. Se concibe la sociedad como si fuera una sucesión lineal, como si el destino ya estuviera escrito; donde cada fase se desarrolla cuando le toca su turno. Este punto de vista paradigmático ha sido clave para el fracaso de las grandes luchas libradas por el socialismo. Hasta los debates medievales sobre el libre raciocinio superan estas posiciones positivistas y materialistas.

Es evidente que las definiciones que hice en apartados anteriores se alejan de estos planteamientos, pero dejemos de lado que el capitalismo sea una etapa predeterminada en la historia; intencionadamente o no, forma parte de la propaganda del sistema. Pensaba reservarlo para el final pero lo diré ahora: el capitalismo no puede ser una forma de sociedad, puede influir en la sociedad,, pero ser dominante es una cosa y ser una forma de sociedad es otra distinta. En este sentido, podemos preguntarnos si el capitalismo ha sido la única forma de dominación del mundo en los últimos cuatrocientos años. La historia reconoce tres formas de sociedad: la primitiva, la estatal de clases o civilización y la sociedad plural y democrática. Las interpretaciones progresistas de carácter lineal, es decir la sucesión de las sociedades primitiva, esclavista, feudal, capitalista y socialista, son demasiado dogmáticas; dicho de otra forma, son idealistas y fatalistas. Es importante señalar que esos tres modos de sociedad no se desarrollan linealmente sino que su funcionamiento se asemeja más a un círculo que se amplía y profundiza. Acepto la dialéctica pero no la anulación recíproca de los contrarios. Las posiciones que tienen como método tesis, antítesis y síntesis pueden ser un instrumento adecuado para explicar las normas del universo pero, para la naturaleza, sería más adecuada una concepción dialéctica más enriquecedora que reconozca su diversidad y relaciones simbióticas.

Es esencial recordar que las combinaciones que permiten la creación de formas, desde las partículas más pequeñas hasta su integridad cósmica, surgen de la interacción recíproca que llevan en su seno y que eso es distinto de la suma de esos elementos. Entender de esta forma los cambios y la dialéctica en el desarrollo de las sociedades nos permitirá conocer mejor la realidad social, desde sus formas más pequeñas a las más generales, y esta capacidad para interpretar y valorar las cosas activará nuestras propiedades más humanas, nuestra potencialidad como seres libres, de tal forma que podremos desarrollar un individuo libre, responsable, social, capaz de conseguir una mayor liberación, igualdad y democratización de la sociedad.

Al referirme al dinamismo diferenciador de la realidad social, no estoy haciendo ningún descubrimiento, sino que simplemente intento adaptar ese dinamismo universal a la sociedad. Si alguien me pregunta por qué es una dinámica diferenciadora, yo respondería que por la existencia. Puede que alguien se pregunte entonces por qué existimos pero yo creo que no se puede cuestionar la existencia porque, si la existencia no existe, estas preguntas e interrogantes están fuera de lugar. Una cosa inexistente no tiene lugar, no es nada y eso nos lleva al absurdo.

Si admitimos el ser y la existencia, entonces es importante que hablemos de los procesos de creación porque, como habrán comprendido quienes se interesan por el sentido de la vida y el desarrollo del pensamiento, el cambio y los avances dependen de cómo se haya producido su creación. Ingentes obras mitológicas, religiosas, filosóficas y científicas han intentado dar respuesta recurriendo primero al método mitológico, después al religioso y, cuando estos no han sido suficientes, al filosófico y científico; todos con el mismo objetivo pero distintas respuestas. Siempre hemos planteado el porqué, el cómo, los objetivos de la creación de las cosas. La ciencia, que es la disciplina más ambiciosa, en gran medida ya tiene definida esa dinámica diferenciadora de la creación. Está demostrado que cuando la mecánica partícula-onda, materia-energía alcanza el nivel cuántico, tanto teórica como empíricamente, el resultado siempre tiene una forma determinada y diferente, pero siempre lleva la huella de su dilema de origen (la universalidad de las corrientes, partícula-onda, materia-energía…). Ambas partes del dilema se diferencian dentro del tercero prosiguiendo su existencia. El cambio consiste en el progreso o retroceso que se produzca, la característica básica del dinamismo de la existencia funciona de esta manera. Tampoco creo que sea necesario demostrarlo de nuevo.

Además, fijémonos en nosotros mismos. Un hijo tiene un aspecto semejante a sus parientes por la herencia que recibe pero, sin embargo, también se diferencia de ellos, se trata de una leve diferencia como ocurre en cada acontecimiento de la naturaleza. Se podría interpretar que esa es la partícula eterna de la creación, que, al final, es la que gana la batalla por la existencia. ¿A qué batalla me refiero? ¿Qué significa existir? Existir significa la continuidad de sí mismo a través de los cambios. ¿Por qué? ¡Porque la mejor forma de demostrar que se existe, la majestuosidad y el carácter divino de la existencia, está precisamente en los cambios que uno experimenta!

Resulta realmente absurdo que nos hayamos o nos hayan alejado de esta verdad cuando debiéramos haber respondido de forma lógica, observando cómo se han formado las cosas que tenemos cerca.

Si aclaramos este absurdo, habremos llegado al meollo de la cuestión. Estoy poniendo en duda las explicaciones que cubren, tapan y enredan la caracterización del hecho social desde su mismo nacimiento. ¿Por qué la socialización necesita este maquillaje? ¿Por qué el intelecto se dividió entre emocional y analítico ante estos hechos? ¿Cuáles fueron sus funciones? Gracias a las respuestas correctas que tengamos podremos interpretar y desarrollar nuestra socialización tal como es o como deseamos que sea. El ser humano, como sujeto, es una existencia que tiene las características de interpretación y cambio de la manera que desee. Cuanto más coincida con la interpretación y el deseo -dicho de otro modo, pensamiento, intuición y voluntad- con la dinámica de creación, más alto será el nivel de desarrollo de lo nuevo, y cuanto más se diferencie, más fuerza tendrá el conservadurismo y la reacción. El desarrollo de los intelectos emocional y analítico se realiza en torno a estas cuestiones.

Hemos de cerrar aquí esta parte de carácter más filosófico pero lo volveré a tratar en la Sociología de la Libertad.

La socialización en la etapa clánica no es inmutable; el que haya desarrollado la diferencia respecto a otros antropoides ya indica su capacidad de evolución. Su principal problema es seguir existiendo, como lo es para la sociedad (es decir, para miles de comunidades) defender su existencia frente a las fuerzas que exigen que deje de ser una sociedad. Este es el problema que en todo tiempo y lugar han tenido las sociedades. A veces se centran en la protección frente a los peligros y riesgos, otras en crear condiciones adecuadas y simbióticas de mutuo desarrollo, y es entonces cuando se produce una aceleración positiva del progreso, enriqueciendo material y moralmente a la especie, el clan y la sociedad. Si lo aplicáramos al dilema del “yo” y los “otros”, términos de los últimos estudios sociológicos, los “yo” suponen la defensa de lo propio frente al peligro que representan los “otros”. Bien los “yo” vencen a los “otros” y siguen su desarrollo, bien se da una coexistencia y una progresión más lenta, o sufren una derrota y, dependiendo de sus dimensiones, son anulados parcial o totalmente. En este último caso los “yo” ya no existen como sí mismos, sino que se han convertido en objeto de otra existencia; serán asimilados pudiendo seguir existiendo en forma de los “otros”, desvirtuando su identidad.

En concreto, la sociedad, en su nivel de formación más sencilla, se esforzaba continuamente para no ser presa de los animales depredadores, defenderse de un entorno adverso, de las enfermedades y de la insuficiencia alimentaria; mientras los peligros acechan, se desarrollan unas condiciones adecuadas para la existencia. Aunque queda todavía mucho por estudiar, está suficientemente demostrado que se trata de una odisea que en gran parte se produjo en África y que pasó a Europa y Asia aproximadamente hace un millón de años. Este tipo de sociedad estaba formado por grupos no superiores al centenar de individuos, semejantes entre sí y que todavía no han desarrollado el lenguaje simbólico. La sociedad se forma y se agrupa en torno a la mujer-madre por sus importantes cualidades biológicas, pero sobre todo por su praxis en la vida comunitaria, un hecho confirmado por las estructuras y sufijos femeninos de las primeras lenguas. No hay que subestimar el carácter matriarcal de la sociedad; hay que ver a la mujer-madre más que como una jefa o autoridad, como el foco “administrativo” natural, teniendo en cuenta su importante papel en la vida comunitaria y en la crianza de los niños, funciones que reproduce en los primeros asentamientos domésticos.

El término “paternidad”, en tanto que vínculo social, surgió mucho más tarde; este concepto no ha existido durante la mayor parte de la historia de la humanidad. Apareció por primera vez con el patriarcado y el desarrollo de la herencia como institución y el régimen de propiedad. Incluso es anterior el concepto de “tío” porque hacía referencia a los hermanos de la madre. Por otro lado, la recolección de alimentos y la caza a escala limitada tenían como objetivo cubrir las necesidades materiales. Ser miembro del clan era un seguro de vida y ser excluido del mismo o quedarse aislado significaba, en gran medida, la muerte. El clan era la forma más elemental, el núcleo, de la sociedad.

Ya hemos dicho que después de largas etapas de desarrollo y gracias a la fertilidad de las tierras en el sistema Taurus-Zagros se inició la transición a la sociedad Neolítica.. Este momento supone la cumbre de la sociedad matriarcal y el inicio de la acumulación de excedentes. Este sistema ha sido denominado por las ciencias sociales de varias formas -orden comunal primitivo, Neolítico, Paleolítico, etapa de salvajismo…- pero, en mi opinión, sería más ilustrativo denominarla sociedad matriarcal comunal, periodo que ha supuesto el 99 por ciento de la historia de la humanidad. No hay que minimizar este hecho. Parece lógico que, ante la acumulación de excedentes y de otros valores culturales en la sociedad matriarcal comunal, el hombre fuerte y astuto, que se mantenía al acecho e iba adquiriendo cada vez más poder debido al ejercicio de la caza, empezara a esforzarse por instaurar la primera hegemonía sobre este orden social. Varios estudios antropológicos y arqueológicos, análisis comparativos y ensayos dan fuerza a tal hipótesis.

Igualmente nos hemos referido a la formación de la estructura chamán-cheikh-mando militar como el inicio de la sociedad patriarcal. Sería correcto considerar que este era el núcleo del nuevo orden social, del clan jerarquizado. Esta jerarquización se hará definitiva y se profundizará al formar la división en clases y una organización de carácter estatal, lo que implica un gran cambio cualitativo. Al mismo tiempo, se produce la transformación del excedente en mercancía frente a la anterior economía de regalo, lo que supone la dinámica económica fundamental del cambio social en marcha. Este hecho y la tríada mercado-ciudad-comercio aceleran la formación del Estado y del sistema de clases. Pero no se trata ahora de repetir las circunstancias espaciales y temporales de esta evolución. Desde distintas posiciones sociológicas se ha descrito este tipo de sociedad con los términos sociedad de clases, sociedad urbana, estatal, esclavista, feudal y capitalista, pero, teniendo en cuenta que sus características distintivas son las clases, la ciudad y el Estado, sería más apropiado denominarla “sociedad civilizada” y, de forma abreviada, “civilización”.

No habrá pasado desapercibido que al hablar de “civilización” no nos estamos refiriendo al positivo progreso ético de la sociedad sino a su degeneración como sistema y a la represión. La sociedad civilizada supone un gran retroceso respecto a los valores éticos de la antigua sociedad matriarcal comunal. Este hecho se aprecia en la lengua sumeria, el idioma más antiguo que conocemos, con la palabra “amargui”, que significa tanto “libertad” como retorno a la madre y a la naturaleza. Esta identificación de libertad, naturaleza y maternidad es más que significativa porque muestra la añoranza por la sociedad matriarcal comunal todavía no lejana en el tiempo. Por eso, comprobar esta evolución de la sociedad sumeria originaria es sumamente clarificador.

Esta pérdida del equilibrio entre hombre y mujer en detrimento de esta última se refleja en el diálogo entre Inanna (reina protectora de Uruk) y Enqui (dios de Eridu) en el primer relato épico, anterior, por lo tanto, a la epopeya de Gilgamesh. En él se muestra la lucha entre la sociedad matriarcal comunal y el patriarcado, la sociedad transitoria a la civilización. Se ven con claridad las convulsiones de este proceso, cómo la sociedad sumeria vivió una primera etapa que podríamos denominar democracia primitiva, cómo el consejo de personas ancianas aún no respondía al orden patriarcal, sino que mantenía vivos debates propios de una democracia y donde todavía no existe el “mandato divino”, concepto que, en realidad, responde al orden militar – despótico, a su vez derivado del sistema enmascarado y del “hombre fuerte y astuto”. En el relato épico de Inanna se ve de forma muy clara lo que ocurre y los desastres e injusticias que se le vienen encima tanto a la mujer como a su legado y a sus hijos. Si tuviéramos más documentos sobre este hecho, seguramente comprobaríamos que se trata de una etapa de transición de una democracia muy superior a la ateniense, que es una democracia de una sociedad esclavista.

Los ardientes debates que se dan en los consejos de personas ancianas son el eco de los pasos de la sociedad democrática y uno de sus primeros reflejos. Teóricamente, se podría decir que la transición a la sociedad civilizada se solapa con la transición a la sociedad democrática; es un dilema que viven todas las sociedades en esta etapa: sociedad democrática-sociedad civilizada, más concretamente el dilema entre democracia y Estado. Allá donde hay Estado existe un problema de democracia y donde hay democracia existe el riesgo de que se transforme en Estado. Igual que la democracia no es una forma estatal, el Estado no puede ser democrático. Hay que tener mucho cuidado al relacionar ambos términos.

Este ha sido otro de los grandes debates históricos; si lo que se desarrolla en la sociedad es una democracia o un Estado; la confusión de ambas cosas muestra lo problemático de esta relación, lo que ha provocado luchas, conflictos e incluso guerras. Conocemos muy bien el caso del islam con el debate y enfrentamiento entre democracia, república y sultanato. La Carta de Medina de Mahoma en el siglo VII viene a significar lo que El Contrato Social de J. J. Rousseau en el XVIII, y así se aprecia tanto en el Corán como en los hadices. Sin embargo, la fuerte aristocracia tribal, especialmente el orden jerárquico de la tribu quraish, buscan claramente instaurar un sultanato siguiendo los modelos bizantino y sasánida. Se trata de un enfrentamiento que se produce incluso en vida de Mahoma; y tampoco tiene otro significado el enfrentamiento entre La Meca y Medina sobre el sistema político del nuevo orden: república (democracia popular) o sultanato (monarquía hereditaria). Este enfrentamiento, que comienza con la huida de Mahoma de La Meca el año 610, acaba con el triunfo de la facción Muawiya, partidaria del sultanato, tras una guerra de medio siglo y el asesinato de Ali en Kufa el año 661, justo donde hoy se produce un enfrentamiento similar y con una violencia semejante. El orden jerárquico tribal, muy poderoso entonces, no daba opción a una república, mejor dicho ni siquiera a una democracia primitiva. Si sometiéramos el islam a un verdadero estudio sociológico, nos encontraríamos con muchas e interesantes sorpresas.

La historia nos ofrece otro ejemplo similar cuando se forma el Imperio Persa, ya que los persas, tras largas deliberaciones y enfrentamientos, convirtieron el legado de la Confederación Meda en un imperio, jugando un papel determinante en este caso la dinastía aqueménida. Varios hechos indican que la resistencia presentada por los sacerdotes medos dio paso a un violento periodo entre los años 560 y 520 a. C.; y el episodio del falso Esmerdis es muy significativo en este sentido. Por el contrario, la Confederación Meda, de fundación anterior, es el típico ejemplo de democracia primitiva. La obra “Historias”, de Herodoto, ofrece interesantes detalles sobre este asunto.

La democracia ateniense es otro conocido ejemplo. Su guerra contra el Reino de Esparta, contra los persas y macedonios es, en realidad, una guerra entre democracia, imperio o monarquía. Siempre se da el choque entre sociedad democrática y sociedad de civilización, pese a que aquella fuera primitiva y tuviera un carácter de clase. El enfrentamiento entre república e imperio registrado en Roma muestra que puede provocar el asesinato de personajes tan importantes como César y que, por lo tanto, este choque lleva implícitas guerras y violencia. Podríamos poner más ejemplos, aunque, debido a su interés y para facilitar la comprensión de este asunto, trataremos desde este punto de vista las grandes revoluciones francesa y rusa.

La Revolución Francesa (1789) comenzó cuestionando la monarquía absolutista, pasó a ser una República (democracia social radical), a la que siguió el periodo del Terror y, tras el Triunvirato, acabó en el Imperio de Napoleón. Después de varios periodos transitorios, Francia ha conocido hasta cinco proclamaciones republicanas, debatiéndose la sexta.

En la gran Revolución Rusa (1917) el telón se abrió con una democracia aún más radical (la de los soviets y los consejos obreros), después vivió una dictadura revolucionaria durante la guerra civil que se hizo permanente con Stalin hasta 1989. Entonces, coincidiendo con el doscientos aniversario de la Revolución Francesa, volvió de nuevo a una democracia que todavía se intenta desarrollar. Cientos de casos similares se viven prácticamente cada año en la era del modernismo capitalista.

Con estos ejemplos he querido reflejar las contradicciones, tensiones y luchas entre la civilización y la democracia.

La otra cuestión importante es que estas dos nuevas sociedades se establecen sobre los elementos de la comunal, de la matriarcal, porque permanece en el tejido social aunque solo sea de forma residual, ya que es inherente a la especie humana. De la misma forma que las células madre alimentan y regeneran la estructura del cuerpo y, si es necesario, reconstruyen sus tejidos, también la sociedad matriarcal comunal permanece pese a las crisis de las sociedades y hay razones suficientes para pensar que no desaparecerá aunque se produzcan tensiones o confluencias entre sociedades democráticas y civilizadas, las cuales crea desde su propia estructura. Sobre este asunto volveré en su momento.

El que me refiera constantemente al conflicto entre sociedad democrática y civilizada no excluye una hipotética reconciliación. Al contrario, es esencial, debería existir una reconciliación entre ambos modelos porque no pueden vivir el uno sin el otro, de la misma forma que dialécticamente los extremos no se anulan entre sí. Como he subrayado, tanto el impulso hacia la democracia como hacia la civilización proceden de la sociedad comunal matriarcal. La democracia se basa sobre todo en un pluralismo mayoritario reprimido, explotado y traicionado por las capas altas de la sociedad, que, a su vez, sostienen la civilización con la represión, la explotación y la hegemonía ideológica; pero eso no quiere decir que estos sectores estén totalmente desenlazados entre ellos o de la sociedad comunal matriarcal originaria; mantienen su relación pero con diferenciaciones muy desarrolladas.

Llegados a este punto, es necesario revisar la concepción del término sociedad como un conjunto porque las sociedades deben ser entendidas como la integración de miles de singularidades en las que se funden, a través de todo tipo de relaciones –tensas, tranquilas, conflictivas, solidarias…-, miles de subgrupos dentro de cada clase, millones de familias, comunidades no convertidas en clases o que se resisten a serlo, globalizadas o locales, religiones, lenguas, grupos políticos, económicos, tribus, nacionales, internacionales, en caos o en orden. Y dentro de esta gran confluencia y en la medida que democracia y Estado mantengan un equilibrio, se formará un orden social próximo a la paz, porque la paz auténtica requiere la desaparición del Estado, posibilidad teórica de la que aún estamos lejos.

Solo un periodo democrático de largo plazo, que englobe toda sociedad, incluida la estatal, puede llevarnos a una paz plena. En el momento presente, se puede hablar de situaciones de paz, sin conflicto, debido a un equilibrio de fuerzas (las del Estado y las de la democracia). Si la democracia fagocitara al Estado, entonces tendrían más peso los factores de caos del presente, como muestra lo ocurrido en varios países. Si el Estado impone de forma continua una situación no democrática, entonces se formarían sistemas dictatoriales despóticos y el resultado en este momento histórico sería también una situación de caos. La civilización, como proceso histórico, existe desde hace 5.000 años aproximadamente, y en ese tiempo la democracia ha tenido una limitada existencia; sin embargo, la inmensa mayoría de esa sociedad plural siempre ha luchado por ella. Durante los próximos miles de años, democracia y Estado seguirán existiendo como categorías, pese a que puedan adoptar diferentes formas..

El verdadero problema es tanto separar Estado y democracia, cómo conseguir determinar unos compromisos para que esa coexistencia sea fructífera o que, como mínimo, no se anulen entre sí. Tal vez haya que elaborar nuevos tipos de constituciones. La actual identificación Estado-democracia es un completo engaño, como esa hoja de parra que sirve para ocultar las vergüenzas o las partes defectuosas del cuerpo. Mientras no resolvamos esta situación no podrá haber un debate coherente sobre Estado y democracia. Las revoluciones francesa y rusa, que son las más modernas y dejando al margen los avances que significaron en este aspecto, aumentaron aún más la confusión. Se necesita, por lo tanto y de forma urgente, delimitar teóricamente el contenido y forma de un Estado abierto a la democracia, que no la sustituya o la suprima, y un tipo de democracia que no niegue el Estado, es decir, una democracia que no se convierta en Estado ni lo considere un obstáculo a destruir. Realmente se necesita una teoría que responda de forma práctica a esta confusa situación. Creo que la opción política que más probabilidades tiene de desarrollarse es la que se base en una fructífera interrelación entre las formas de Estado y democracia menos conflictivas; es necesario y posible buscar estas formas. Los Estados actuales, en el fondo, no aceptan la democracia; son como gigantes torpes, mientras que las democracias, que no son más que caricaturas del Estado, están adulteradas y vacías de contenido. No cabe duda de que este es el problema fundamental de la filosofía y la praxis política.

Como he dicho en otras ocasiones, trataré ampliamente estos temas, que presentan algunas novedades, en mi defensa Sociología de la Libertad.

Soy consciente de que estoy ofreciendo paradigmas, marcos teóricos, distintos a los tradicionalmente utilizados por liberales y socialistas. Intentaré explicarlo mejor. Tracé este breve cuadro para situar y delimitar el capitalismo como “sistema social” pero es evidente que no lo concibo así ni tampoco como sistema económico.

Analizaremos la economía capitalista formando una integridad con la sociedad civilizada. Hay que entender que la economía capitalista, la economía de cambio, se basa en la ganancia monopolista que, a su vez, se asienta en una competencia mercantil establecida esencialmente maniobrando con los precios de origen, la oferta y la demanda, pero este sector no es el que crea el valor de cambio sino que lo acumula en muy pocas manos, permitiéndole ocupar una peculiar y estratégica posición en el sistema económico. Se trata de una superioridad que ni siquiera tenían hasta entonces los Estados. Lo importante es la aparición de esa superioridad y la forma en que se usa. Más o menos, sabemos cómo surgió pero, en la práctica, supone tal choque que deja a la sociedad patas arriba puesto que se basa en un crecimiento continuo del capital. Llamar a esto “revolucionario” supone una traición a la sociedad, sobre todo a la histórica sociedad democrática.

¿Cuándo va a reconocer la economía política que el crecimiento del capital (la famosa ley de la ganancia barnizada legalmente por los teóricos de la economía política) no es más que un sutil saqueo para justificar un acto ilegítimo? ¿Y por qué no llamo capitalista al “hombre fuerte y astuto”? Porque su expolio se basa en el puro uso de la fuerza y en la guerra; y por supuesto que no olvidamos que la guerra es una trampa, pero no necesita cobertura legal y religiosa. No obstante, la economía capitalista tiene razón en que la anterior relación del Estado con la economía se basaba en el expolio por la fuerza. El Derecho y la tradición jerárquica daban validez a la coacción y al saqueo siguiendo la norma de que “es halal (permitido) quedarse con los bienes del infiel” que hay en cualquier religión. Es decir que el “hombre fuerte y astuto” ya actuaba como Estado. En este sentido, la economía capitalista difiere del Estado clásico en que la política del saqueo abierto ya no es rentable debido al nivel de desarrollo de la sociedad civilizada. De hecho, entra en escena cuando el Estado esclavista y feudal ya no resulta eficiente; ya no sale rentable la mera coacción, el expolio directo. Ese es el momento en que el sol comienza a iluminar al nuevo sector, cuando el sistema se pone la etiqueta a sí mismo de nuevo orden económico.

El monopolio del Estado esclavista es especialmente productivo en las primeras etapas, como muestran las pirámides de los faraones y las ruinas grecorromanas. El sector capitalista también existe en esa época pero la eficacia del monopolio estatal no le permite desarrollarse. Sabemos que cuando el orden esclavista deja de ser rentable aparece el orden feudal. No es materia nuestra analizar por qué ocurrió esto; nos conformaremos con indicar que esa civilización, que duró del 4000 a. C. al 500 d. C, fue superada igual que su relación trabajo – vida. Su gran expansión geográfica, con los enormes costes para su mantenimiento, así como el agotamiento de las materias primas, le llevaron a ocupar nuevas tierras y a esclavizar más pueblos, provocando, así, movimientos de resistencia y sublevaciones de carácter democrático y libertario, tanto internos como externos.

La sociedad de civilización, construida y representada sobre todo por el Oriente Medio islámico y por la Europa cristiana, se basó en formas de legitimación y explotación distintas de las heredadas de Sumeria a través de las civilizaciones Egipcia y Grecorromana. Logró renovarse mediante el uso de siervos, aunque su número era muy inferior al de los esclavos, y contó con la legitimación de las dos religiones. No cabe duda de que la lucha por la igualdad y la libertad del cristianismo, en tanto que cultura de plazo largo y conciencia de los pobres durante trecientos años, y del islamismo, que siguió en forma de diferentes sectas, supusieron un esfuerzo en la búsqueda de una sociedad democrática, pero al mismo tiempo jugaron un papel clave en renovar y hacer más soportable la civilización. Pero contrariamente a lo que defienden sus ideólogos esto no demuestra la superioridad o el desarrollo honrado de la civilización. Aunque hubiera algunos avances, estos ocurrieron gracias a miles de resistencias, sublevaciones, de tribus, etnias, pueblos, pobres y esclavos que representaban a la antigua sociedad comunal.

La evolución en las formas de represión y explotación con los nuevos instrumentos de legitimación hizo que las clases, la ciudad y el Estado, que son los instrumentos básicos de la sociedad civilizada, también evolucionaran. Y estas nuevas relaciones entre siervos y señores, ciudad y mercado, Estado y súbditos facilitaron la aparición de elementos capitalistas y de ciudades en torno a los mercados, desde el Atlántico a China, acelerando, ampliando e intensificando la producción de mercancías y del comercio. Las ganancias de los monopolios comerciales llegaron a niveles nunca vistos debido a las diferencias con los precios de origen. De esta forma, la ciudad se puso, por primera vez, a la altura del mundo rural. La civilización islámica, en tanto que civilización comercial, hace de puente entre Europa y el Lejano Oriente, ofreciendo a Europa la cultura material y moral del comercio, junto a los otros instrumentos básicos de civilización ya transferidos anteriormente. El islam culmina así la transferencia a Europa en lo referente a la ciudad, la clase y el Estado, jugando en esta transferencia un papel clave los árabes y los judíos, cuyos artesanos, comerciantes y científicos culminaron un trabajo que ya habían iniciado los grecorromanos en la Antigüedad.

Lo único que le faltó a la civilización de Oriente Medio fue que el sector capitalista jugara un papel protagónico a nivel de un país, superando el ámbito urbano, como sí que hicieron Ámsterdam y Londres. Esto se debió a la existencia de un despotismo centralizado aún más aplastante que los regímenes absolutistas europeos. Mientras tanto, en China y la India dominaba un centralismo asimétrico más fuerte que el de los sultanatos de Oriente Medio y en Japón se mantenía parcialmente una estructura política feudal de tipo europeo.

Al llegar el siglo XVI, las antiguas civilizaciones de Asia no tenían la fuerza suficiente para realizar ese impulso. Las campañas militares de Gengis Khan y Tamerlán así como los anteriores movimientos migratorios e invasiones de tribus turcas no jugaron otro papel que el de prolongar la vida de esas civilizaciones, a las que suministraron sangre fresca. Lo que tenía que suceder ocurrió en esa especie de península situada en el extremo occidental de Asia que llamamos Europa; allí estaba el nuevo laboratorio de la civilización.

Cuando la civilización y el comercio capitalista se mudaron a Europa, encontraron tierras vírgenes, ciudades recién fundadas y un feudalismo incipiente con un cristianismo que, hasta el siglo X, suponía una inyección de valores morales. Ni siquiera se podría llamar a eso civilización. Está por ver si la civilización capitalista se habría desarrollado en Europa si se hubiera formado allí una antigua civilización como la de Oriente Medio. Es importante tener presente que las nuevas civilizaciones se forman en las zonas vírgenes; al comprobar su gestación en Europa, se nota esta interesante sensación de vacío. Las dificultades para la progresión de lo antiguo y la inexperiencia de lo nuevo (feudalismo) siempre ofrecen a un tercer elemento la posibilidad de encontrar una vía de penetración. Los árabes lo hicieron por España, los otomanos por los Balcanes, otros pueblos presionaban desde el sur de Siberia y una rama de los mongoles lo hacía desde el Este. ¿Cuál habría sido el curso de la historia si estas etnias hubieran fundado en Europa un imperio al estilo antiguo? Simplemente quiero decir que, para Europa, el factor suerte también fue importante.

Realizamos todas estas argumentaciones para delimitar el surgimiento de este sector capitalista y ver cómo adquiere un carácter hegemónico. De ninguna forma el capitalismo representa una etapa inevitable en el desarrollo de la civilización, sino que es el resultado combinado de efectos y coincidencias. Simplemente ocurrió que un grupo de comerciantes especuladores, agazapados en los márgenes de las antiguas civilizaciones se situaron por encima y en contra del mercado. Obtuvieron suficiente dinero jugando con los precios del comercio a larga distancia y el saqueo de las colonias, y se encontraron, debido a una serie de circunstancias, con la oportunidad de establecer primero su hegemonía en Europa y después en el resto del mundo utilizando como plataforma dos ciudades europeas, en un principio sin pretensiones.

Todas las investigaciones muestran que este grupo de especuladores era sumamente conservador y apenas tenía ideas innovadoras; solo sabían hacer dinero con dinero, obtener ganancias con precios elevados, con rentas de guerra y carestía y jugando con las diferencias de los precios de zonas apartadas del mundo. Otro factor importante es que en la Europa del siglo XVI el dinero ya tenía la fuerza suficiente para dominarlo todo; se había convertido en el verdadero dirigente, en el comandante de la sociedad. El que tenía dinero tenía poder, y no cabe duda que en ello los factores claves fueron la formación de mercados, la mercantilización y la urbanización.

Ninguno de los antiguos poderes asiáticos, ni los emperadores romanos, ni los sultanes tuvieron capacidad de dirigir el poder con el dinero producto de la mercantilización y si lo tuvieron fue muy limitado. Lo que tenían eran tesoros del resto del mundo que eran llevados a sus palacios. Cuando los capitalistas obtenían victoria tras victoria, los reyes europeos ya estaban en tal situación que mendigaban sus préstamos. La relación dinero – poder había cambiado; por primera vez, el poder político se le ponía de rodillas. El dinero alcanzó tal fuerza que tomaba el relevo en el mando. Cuando Napoleón dijo, refiriéndose a la necesidad de organizar un ejército, “dinero, dinero, dinero” estaba reflejando esta realidad.

Lo novedoso en la civilización es que el dinero se convierte en el factor de mayor peso para la historia de la civilización mundial (¡pero no en la historia del mundo contrario a la civilización!). Pero esto no supone ningún cambio cualitativo puesto que la civilización ya había inventado hacía miles de años tanto el dinero como el mercado, el comercio, la ciudad, los bancos o los pagarés.

Otro elemento importante es que el sector capitalista, al principio, no tiene relación alguna con la producción, el pequeño comercio, los avances, el desarrollo de las relaciones económicas básicas y tampoco realiza innovaciones en el intercambio de mercancías puesto que ya eso existía desde hacía miles de años. El único talento del sector capitalista es el buen uso que hace de la fuerza del dinero, convertir el dinero en capital, es decir dominar el arte de ganar dinero con dinero. Tampoco se puede discutir su habilidad para localizar ciudades, países, rutas y mercados donde sacar beneficio. Eran expertos en poner en la circulación el dinero y en las redes comerciales. Pero sería forzar los hechos atribuir el dominio del dinero en la Europa del siglo XVI a la habilidad de este grupo ya que todo indica que su papel en el desarrollo de la civilización fue marginal. La economía capitalista no está determinada por el dinero y el mercado ya que, por ejemplo, las civilizaciones asiáticas tenían una fuerza monetaria y mercantil muy superior a la de Europa. Si esa relación hubiera sido determinante, el capitalismo habría surgido allí. Y también está generalmente admitido que el nacimiento del capitalismo tampoco tiene que ver con la ciencia, el arte, la religión o la filosofía, disciplinas que siempre le miraron éticamente de reojo.

Ahora recordaré un tema que siempre tengo presente. ¿Por qué una fuerza como la de la mujer quedó, de una forma tan miserable, condenada y supeditada al hombre, cuando este no tenía una gran capacidad productiva y creadora? No cabe duda de que la respuesta está en la fuerza, en la violencia. Al arrebatar a la mujer el control de la economía era inevitable ese terrible cautiverio, se la obliga a anular su ser, forzándola a hacer de la sumisión un arte, hasta el punto de que, si la casan con un niño, debe ejercer la “profesión” de sumisa durante cuarenta años. Ejercer esa “profesión” para un hombre fuerte aún es más horrible.

Sería muy ilustrativo comparar este ejemplo con la fuerza que ejerce el capital sobre la sociedad. El que el dinero se ponga al mando supone también reconocer que, en realidad, deja de ser un hecho económico. El maestro Fernand Braudel, cuando dice que el capitalismo es contrario al mercado y, por lo tanto, a la economía e incluso que está al margen de la economía, expresa una significativa realidad. Se trata de un valioso juicio porque sitúa el inicio de la economía en el intercambio y el mercado. El que el capitalismo asfixie la economía, que no tenga nada que ver con ella y que incluso sea su enemigo mortal es un punto de vista que siempre he querido manifestar y ahora defiendo: el capitalismo no es economía sino el enemigo mortal de esta. En los siguientes apartados trataré este tema más extensamente. ¿Son economía las finanzas? ¿Es economía la globalización financiera? ¿la economía supone un desastre medioambiental? ¿el desempleo es un problema económico? ¿los bancos, los pagarés, los tipos de cambio e interés son economía? ¿Es economía desarrollar la producción de mercancías como si fuera un cáncer solo por las ganancias? Podríamos formular más preguntas parecidas. La respuesta a todas ellas es un No rotundo. La fórmula es la siguiente: ¡el dinero y el capital solo son un pretexto, el verdadero objetivo es el poder! La manipulación fraudulenta del dinero y el capital no crean la nueva economía ni la sociedad ni la civilización capitalista. En la realidad supone un expolio de la sociedad como nunca ha ocurrido en la historia; ¡No solo supone la confiscación de la fuerza económica sino también la confiscación de toda la fuerza política, militar, religiosa, ética, científica, filosófica, artística, histórica y de la cultura material y moral! El capitalismo es la forma más desarrollada de hegemonía y poder.

Repasemos los últimos cuatrocientos años de la humanidad que han sido definidos como la era del capitalismo. ¿Acaso queda alguna célula o tejido de la sociedad a la que el poder y la hegemonía no hayan conquistado?

El astuto sociólogo británico Anthony Giddens habla de tres discontinuidades en la modernidad: la producción capitalista, el Estado Nación y la industria. Giddens, al describir la modernidad con estas tres etapas, aparentemente se acerca a la realidad, pero creo que, en el fondo, con este paradigma intenta justificar teóricamente al capitalismo en su madre patria para salvarlo de su nueva etapa de guerra. Sse impone la idea de la eternidad del capitalismo bajo las formas del “fin de la historia”, una idea propia del liberalismo de derechas, o de la “historia sin fin”, propia del liberalismo de izquierdas. En el último impulso globalizador, una vez más, el capitalismo intenta convencernos de que existirá para siempre.

En el siguiente apartado, mientras evalúo la modernidad, continuaré mi interpretación del capitalismo, especialmente en su relación con el Estado-nación y el industrialismo. Mostraré como el capitalismo, que tiene como objetivo desde el primer momento convertirse en un poder global, utilizó el Estado-nación y el industrialismo, apoyados por una síntesis de varios tipos de explicación para conseguirlo. Dar explicaciones fragmentadas es una de las principales tretas del nuevo Leviatán. Solo una explicación completa y no fragmentada puede asegurar que la crítica sea adecuada. Puede que sorprenda mi método, pero estoy convencido de que nos llevará a una madura consciencia sobre las relaciones sociales. El subtítulo de esta sección “El ladrón en la casa” está inspirado en la descripción de F. Braudel de la “verdadera casa” del capitalismo, como la zona anti-mercado, donde los grande depredadores acechan y impera la ley de la jungla Esta descripción evoca en mí imágenes de los palacios subterráneos donde el dios sumerio Enki y el dios griego Hades juegan sus juegos de poder, encubiertos y invisibles. En tanto que los reyes y dioses del capitalismo ya no sienten la necesidad de enmascarar sus juegos de poder, “En los palacios del Dios sin máscara, del Rey desnudo y del Comandante dinero” es un subtítulo adecuado para el siguiente apartado.

Intentaré completar la última parte de mi evaluación con El capitalismo, enemigo mortal de la economía y la siguiente estará dedicada al análisis de la sociedad democrática, libre e igualitaria bajo el título de Sociología de la Libertad.

 

3 . – EL CAPITALISMO ES PODER, NO ECONOMÍA


En los palacios del Dios sin máscara, del Rey desnudo y del Comandante dinero

“Los niños nunca mienten”. Así dice el dicho popular y yo voy a reavivar mis recuerdos de infancia no solo por respeto a todos los niños sino para bajar a la fuente de la verdad.

Cuando me enteré de que Emín, hijo de unos vecinos, había empezado a leer un libro titulado “Ilmihal” aumentó en mí el interés por el islam y la mezquita. Memoricé unas cuantas oraciones y empecé a asistir a los rezos colocándome en las hileras justo detrás del imam Muslim. Nunca olvidaré sus palabras: “Si Abdullah sigue a esta velocidad, empezará a volar”; tuve un buen comienzo. También me acuerdo abrazado a un olivo, preguntando a mi amigo de primaria Aziz, que terminaría siendo un gris ingeniero del catastro y director de propiedad inmobiliaria, sobre el sentido de la escuela y los profesores. Estuvimos discutiendo. Cuando hablábamos de la escuela, me venía a la cabeza la imagen de un monstruo, de un Leviatán moderno. No me equivocaba; la escuela era el lugar donde se interioriza el Estado-nación, el nuevo Dios. Mucho más tarde, cuando leía en Hegel como el nuevo Dios había descendido a la Tierra en forma de Estado-nación y personificado en Napoleón, me di cuenta de que esto era lo que se transmitía en primaria a los niños por parte de los profesores-sacerdotes; me di cuenta de que mis impresiones de infancia eran correctas. El “Dios de mezquita” de Muslim se había esfumado a favor del nuevo Dios que ascendía, divinizado en la escuela primaria de Mehmet, un maestro de la ciudad de Çorum. Es más, cuando estando medio dormido en el porche de casa, me deslumbraban al alba los faros de Haydar, un camionero de la vecina Argil, a 50 kilómetros de Siria. Aquel camión me tenía hechizado, como si fuera un semidiós; era la máquina, el vehículo de la nueva divinidad. Mucho más tarde comprendí que el industrialismo era uno de los soportes más importantes del nuevo Leviatán y se volvió a confirmar que los sueños de mi infancia decían la verdad. Ninguna divinidad se ha convertido en algo tan monstruoso como el industrialismo.

La República de Turquía es uno de los primeros casos de Estado-nación semicoloniales donde se desarrolló la modernidad capitalista siguiendo los pasos de la República francesa. Y, como en Francia, al principio se da una mezcla de democracia y Estado como también ocurrió en la República Islámica de Irán, en la de Medina o incluso al principio de la URSS. Además de amputar sus elementos democráticos, estas repúblicas se convirtieron completamente en Estados-nación como una forma de poder capitalista, tema que trataré más extensamente en los apartados correspondientes. Puede que Turquía sea uno de los primeros ejemplos de este tipo de repúblicas y por eso debe ser estudiada cuidadosamente. Me gustaría hacerlo de forma imaginativa, en una novela o relato largo, pero también me gustaría resumir en una sola frase mi experiencia en la Facultad de Ciencias Políticas, la joya de la Universidad de la República, donde, como me di cuenta más tarde, me convertí en un producto casi enlatado del nuevo Leviatán, en el personaje más ignorante, con el intelecto analítico y emocional paralizados.

Mediante lo que había memorizado en la escuela sectaria del socialismo real, había logrado eliminar los efectos de la antigua religión del pueblo pero también había caído en un profundo escepticismo; cuanto más pensaba, más me hundía, casi me asfixiaba. Mucho más tarde, cuando me di cuenta de que me encontraba ante el nuevo Leviatán que se imponía tras la máscara de la República de Turquía o del socialismo soviético, comencé a espabilar. Estaba ante el Dios de la religión moderna, con sus innumerables imágenes e ídolos que lo inundaban todo, más poderoso que los demás dioses. Al darme cuenta de cómo había surgido y llegado a la hegemonía, entendí que yo no tenía nada que ver con esa religión ni con su Dios. Fue entonces cuando comencé a comprender que podría desarrollarse la opción de una vida libre en la medida que no me dejara arrastrar por la nueva fe. Por primera vez, mi intelecto analítico y emocional se daban la mano y despertaban. Intento con estas líneas interpretar este proceso.

K. Marx y F. Engels en su “socialismo científico”, en su sociología, dicen hacer una síntesis entre la economía política inglesa, la filosofía alemana y el socialismo francés, las tres corrientes que teorizan sobre la modernidad que busca dominar la vida de Europa. Los ingleses intentan demostrar que se trata del triunfo de la economía, como si fuera una nueva religión, mientras que la filosofía alemana destaca el protagonismo del Estado-nación, del nuevo rey-dios; y el socialismo francés, teorizando en nombre de toda la sociedad, presenta la unión de democracia y república, como una victoria de la sociedad laico-positivista (la nueva religión del sistema), que anula la anterior explicación religiosa.

En los fundamentos de la revolución del pensamiento que se desarrolló en Europa a partir del siglo XVI nos encontramos con el enorme efecto perturbador del monopolio capitalista, para definir esa revolución debiéramos tener presentes otros ejemplos históricos similares. El primero es el Estado sacerdotal sumerio engendrado en el útero del templo (zigurat) y donde se diseña tanto el tipo de Estado como la producción de excedentes y la revolución del pensamiento. ¿Cómo confiscar los excedentes? ¿cómo desarrollar los mecanismos legitimadores para integrar la sociedad al nuevo orden? La solución está en la organización del Estado y la creación de divinidades, las primeras de todas las religiones de civilización. Se trata de una solución muy radical; el Estado, por primera vez, se organiza en torno al rey-sacerdote controlando la economía en forma de socialismo estatal. Las antiguas jerarquías quedan enmascaradas como dioses celestes; la tierra, el aire, el agua, la ciudad y los seres humanos son esclavizados por primera vez porque han sido creados “de los excrementos de los dioses”. El zigurat es el espacio de todas estas innovaciones, funcionando la planta superior como templo, como panteón dedicado a las altas jerarquías y los dioses; la planta intermedia es el sitio del rey-sacerdote (el primer hegemonista dirigente, creador del sistema); la inferior se reserva a los esclavos y artesanos que producen la plusvalía y los excedentes. El zigurat representa todo el sistema de la civilización, es el prototipo de la ciudad, del Estado y de las clases. Todas las civilizaciones, hasta la más moderna que es la europea, llevan la impronta de ese templo. Lo correcto sería considerarlo la fuente originaria. Ninguna versión o variable puede ser tan atractiva e interesante como el original.

Si la tercera versión del sistema sumerio es la greco-jónica, la segunda son la hurrita e hitita, de la Alta Mesopotamia, con las que está en contacto. La diferencia estriba en que los griegos superan la mitología al crear la filosofía. El motivo fundamental por el que se creó la filosofía natural y social está en que ya no eran creíbles las explicaciones mitológicas en unas ciudades-estado en progresivo desarrollo. Quienes afrontaban los problemas administrativos cotidianos en las ciudades necesitaban algo más convincente, aunque las mitologías mantuvieran un fuerte peso de legitimación en las capas inferiores de la sociedad y el panteón del Olimpo, encabezado por Zeus, conservara su poder. Sócrates, en concreto, pagó con su vida sus posiciones escépticas, que sus discípulos, primero Platón y después Aristóteles, considerados padres de la filosofía, convirtieron en los fundamentos de esta disciplina.

Los hebreos, por su parte, pasaron de la explicación mitológica sumeria y egipcia a crear el primer monoteísmo. Se trata de una nueva versión de la que surgen, a su vez, el judaísmo de Moises, el cristianismo de Jesús, el islam de Mahoma y algunas corrientes más, como el zoroastrismo y la propia filosofía griega.

La acumulación material y moral que cobra gran impulso en la Europa del siglo XVI se basa esencialmente en estos orígenes y sus derivaciones. Iniciar la historia de la modernidad en Europa sin tener en cuenta lo anterior sería como inventar nuevas mitologías y religiones, algo que evidentemente no parece creíble. Las aportaciones del positivismo, laicismo, liberalismo e incluso socialismo, aunque aportan ciertas novedades, se formaron bajo una fuerte influencia de la fuente histórica principal, y el contenido de sus conceptos, en su abrumadora mayoría, ya estaban desarrollados anteriormente. Sin la filosofía, la ciencia, el arte y el Derecho, no solo grecorromano sino también sumerio y egipcio, sería imposible explicar el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración.

No cabe duda de que la Europa del siglo XVI hizo contribuciones que han dado fruto y que esta nueva corriente supone un compendio de ciencia, filosofía y religión personificada principalmente en las figuras de Francis Bacon, Montaigne, Maquiavelo y Copérnico. La civilización no solo ofreció ciudad, Estado, clases, comerciantes, mercado, dinero…, también filosofía, religión, ciencia y arte. Europa ha sido capaz de realizar una síntesis como si la hubiera elaborado en un laboratorio, algo que no fueron capaces ni la India, ni China, ni Oriente Medio por las razones a las que ya me he referido. Es necesario recordar estas realidades históricas cuando afirmemos que Europa supone en la historia la tercera gran versión de la civilización.

Anthony Giddens, al hablar de las contribuciones de Europa, se refiere a ellas como discontinuidades, intentando ilustrar la originalidad del sistema europeo. No cabe duda de que la civilización europea realizó aportaciones originales, pero las discontinuidades de Giddens (capitalismo, Estado-nación e industrialismo) solo dan una explicación parcial. Intentaré evaluar más adelante la sociología de Giddens y demostrar que su objetivo es salvar al capitalismo actual. No obstante, los tres temas a los que se refiere deben ser conectados y analizados profundamente.

Pero volvamos a las tres fuentes del marxismo que tienen el valor de poner orden a los orígenes del pensamiento europeo, cuya relación Giddens no llegó a captar ya que si lo hubiera hecho se habría delatado a sí mismo. Lo que une a la filosofía alemana, a la economía política inglesa, al socialismo francés y al marxismo es la ideología de la Ilustración. La sociología, pese a ser presentada como una ciencia, no aporta novedad alguna salvo la de servir de marco a la misma ideología. Si no me equivoco el sociólogo norteamericano E. Wallerstein, al interpretar el pensamiento europeo e incluso el marxismo, dice algo parecido refiriéndose a la Ilustración: “simplemente no es verdad que el capitalismo, como un sistema histórico, haya representado un progreso sobre los sistemas históricos previos que ha destruido o transformado. Incluso mientras escribo esto, siento el temblor que acompaña el sentimiento de blasfemia. Temo la ira de los dioses, ya que he sido moldeado en la misma forja ideológica que mis compañeros y adorado los mismos altares” . Y también podemos añadir la famosa confesión de Adorno, uno de los máximos representantes de la Escuela filosófica de Francfort: “Una vida equivocada no se puede vivir correctamente”.

Nietzsche y sus seguidores critican con mucha más claridad la Ilustración diciendo que todos sus elementos ya estaban recogidos en las religiones. Carl Schmitt ha desvelado las raíces religiosas de todos los conceptos y supuestos de la filosofía política; hay una amplia lista tanto de textos como de importantes figuras que ponen en cuestión el sistema europeo de pensamiento.

La formación de la civilización europea es terriblemente compleja y espantosa. No solo por sus horribles guerras religiosas, coloniales e imperialistas sino también por la orientación y control que da a la economía, por la forma del poder y su estatización, adquiriendo unas dimensiones no comparables con ninguna otra época. En este sentido, no se puede negar que tiene sus discontinuidades, empezando por el propio capitalismo, el industrialismo y el Estado-nación.

Pero todos estos sistemas, especialmente la Ilustración, no son capaces de explicar la discontinuidad de la civilización europea y sus ideólogos difunden esta interpretación, aunque no lo hagan conscientemente, como si fueran predicadores religiosos. Me gustaría recordar aquí el dicho de que “la excepción confirma la regla”. Aunque alimentado por sistemas anteriores, no debemos subestimar el carácter metafísico del pensamiento europeo, sus especificidades y una complejidad tendente a defender y mantener la cultura material que representa, como hace cualquier religión, y también a extenderla al resto del mundo; esta es su misión estratégica. Toda la sociedad está sometida a un dominio cultural a nivel global, local y sobre todo nacional, desde los primeros sacerdotes hasta las actuales universidades oficiales, con sus institutos y academias, desde la escuela primaria a los cuarteles, desde las fábricas a los grandes centros comerciales, desde los medios de comunicación a los museos y a las reminiscencias de antiguas religiones, desde los hospitales a las cárceles y los cementerios; pero, además de todo esto, la sociedad ha sido blindada por la técnica política y la fuerza militar como si estuviera en una jaula de hierro.

En la medida que las religiones y corrientes de pensamiento se oficializan, se transforman en ideologías defendiendo principios programáticos e intereses de grupos humanos determinados. En este sentido, el pensamiento europeo y su religión ya están oficializados a nivel mundial, ya son una ideología y, en tanto que civilización, están obligados a defender a sus élites, a mantenerla e imponerla. Que no se entienda mal; esta crítica no va dirigida solo a los europeos sino a toda la humanidad conquistada, incluso a mí mismo, a mi región y a mi mundo.

Pero ¿por qué la Ilustración ha sido una ideología tan eficaz? Porque es la religión más desarrollada y se dirige a todos los fieles de las anteriores religiones; además, es nacional, es decir, es impensable cualquier nacionalización o socialización fuera del Estado-nación; quien no adore al Estado-nación es un infiel. Además, la ideología nacional-estatista es una religión muy simple, está respaldada por el cientificismo, su aceptación es mucho más fácil que en el caso de las complejas religiones antiguas y hasta la vida cotidiana ha sido convertida en una especie de ritual religioso. Los instrumentos de la cultura moral, especialmente los medios de comunicación, se encargan de propagarla de forma constante. La vida económica y política está totalmente bajo su control de forma globalizada.

Soy consciente de que, al presentar este panorama del mundo, da la impresión de que no hay salida, pero la realidad es que una civilización de este tipo es como la última etapa del Imperio Romano, cuando ya no tenía confianza en su propia supervivencia. Aunque aparentemente se muestre fuerte y poderosa, la diversidad social y el ecologismo, que ha intentado destruir, llevan tiempo librando una batalla contra ella, una batalla que continúa al tomar la civilización una proyección imperial y la democracia un sentido confederal.

A . – El capitalismo es poder, no economía

La afirmación de que el capitalismo no es economía debería tener tanta trascendencia como la ha tenido “Das Capital” de Marx. Vaya por delante que esto no tiene nada que ver con un supuesto reduccionismo respecto al poder, ni tampoco acepto las críticas provenientes de quienes asocian capitalismo económico y Estado. Yo me estoy refiriendo a la formación del capitalismo, de los capitalistas, de la economía capitalista, así como a la fuerza política elitista que controla la economía, que surgió en el siglo XVI y se convirtió en hegemónica en Holanda e Inglaterra. Pero el que utilice la economía no significa necesariamente que sea económico. El prestigioso historiador y sociólogo Fernand Braudel fue el primero en darse cuenta de esta realidad pero, pese a ser consciente de que estaba rompiendo la columna vertebral del pensamiento europeo, no fue capaz de sistematizar y de exponer con claridad estas ideas cuando dice que el capitalismo es contrario al mercado, que supone un saqueo por parte de los monopolios y que se trata de una imposición exterior. Pero entonces habría que preguntarse si lo que se impone desde fuera es lo contrario al mercado, lo que no es economía. Entonces qué es, ¿un poder político, una religión, una corriente de pensamiento…? Las respuestas son insuficientes.

En este sentido sería más útil estudiar la desviación del pensamiento en los ámbitos prácticos en los que se produce, empezando, por ejemplo, con el caso de Venecia. En esta ciudad hay un grupo de comerciantes en el siglo XIII que mantiene un control administrativo, económico y social de la ciudad, que cuenta con un Ejército y combate a sus rivales, además de ser mecenas del Renacimiento. Se podría decir que todo ello está ensamblado con la argamasa del dinero. ¿Qué concepto respondería a este conglomerado? También se podría explicar que la economía veneciana es controlada por un grupo de grandes comerciantes que se quedan con una parte importante de la plusvalía y que, para conseguir este objetivo, controla con mano férrea el poder político y que, cuando es necesario, echa mano de la fuerza militar.

Se trata de un mismo grupo aunque cambien algunos nombres, un grupo determinante al menos a nivel de Venecia, un monopolio de comerciantes que es al mismo tiempo una burocracia, un Estado, un Ejército, el protector de la comunidad, del arte y de la Iglesia; supone una concentración de poder, es el mismo poder; esta sería la denominación adecuada ya que supera incluso el concepto de Estado. Y tampoco es una economía porque se impone al sistema económico como un monopolio exterior, de la misma forma que impone una hegemonía social por encima del Estado. Se habría convertido en un poder nacional si se hubiera podido extender a toda Italia; si se hubiera expandido a todos los sectores sociales, le habríamos llamado Estado-nación; si hubiera controlado la economía del país, le habríamos llamado poder económico; e imperio europeo o mundial, si hubiera llevado su posición dominante al resto de Europa y del mundo.

En base a estas suposiciones, fijémonos ahora en la posición geográfica de Holanda e Inglaterra en el siglo XVI. Lo fundamental es que los reinos de España y Francia, que querían formar sendos imperios, acosaban a estos dos países para convertirlos en provincias suyas, pero sus príncipes y monarcas querían conservar y desarrollar su independencia, y, para ello, necesitaban la fuerza política, militar, monetaria e intelectual suficiente para no ser devorados. Por esta razón patrocinan a pensadores y artistas, como Descartes, Spinoza y Erasmo, mientras fluyen los adinerados cambistas judíos y se ponen los cimientos de un nuevo Ejército, un ejército profesional con adiestramiento, disciplina y técnicas profesionales. También dan gran importancia a la libertad para lograr un mayor apoyo y cohesión social y resolver los conflictos políticos internos. Pero lo más importante es que aseguran una productividad económica considerablemente mayor respecto al conjunto de Europa. Teniendo en cuenta todos estos elementos, se puede decir que no solo lograron atajar la amenaza de sus rivales sino que pudieron convertirse en hegemónicas a finales de siglo. Cualquiera que tenga un conocimiento sobre este asunto reconocerá que, fundamentalmente, los hechos ocurrieron así.

Volvamos a realizar nuestras preguntas; ¿cómo denominaríamos a esta red, a esta fusión de vínculos y relaciones? ¿cómo podríamos definir este sistema? ¿acaso es producto de la creatividad innovadora de alguna clase económica? Y si se trata de una rentable economía ¿quiénes la crearon? Son mil y un tipo de artesanos, labradores, obreros, pequeños comerciantes, tenderos, flujos de dinero, pagarés… que aceleran la circulación y el mercado. Lo más importante es que esta rentabilidad económica incrementa la plusvalía. ¿Quién se lleva la parte del león? Por supuesto que quien controla la economía con el dinero y la fuerza político-militar, porque si no hay dinero tampoco hay compraventa ni rentabilidad, pero si no hay Ejército ni fuerza política, el país será ocupado y la rentabilidad también bajará. Esto viene a decir que, aunque este sector monetario es un factor determinante, solo logra mantener este papel si la economía también está bajo control, incluida la posibilidad de confiscar la creciente plusvalía. Se trata de sectores que probablemente mantienen estrechos vínculos con el poder político y militar y es más que probable que también fueran los comandantes del Ejército, que tuvieran una gran necesidad de recursos económicos y que, por ello, formaran parte de los mismos sectores dedicados a recoger beneficios o que, en su defecto, tuvieran una relación intensa con ellos. Y eso no les impide seguir promocionando los movimientos artísticos y filosóficos; el apoyo a la libertad les da prestigio y tampoco se quedan cortos respaldando a los opositores de los países rivales. De nuevo nos preguntamos ¿cómo denominar a este complejo movimiento? Si lo denomináramos económico lo cierto es que no hay una persona que se ocupe solo de la economía; lo que hacen es confiscar la plusvalía. ¿Y quiénes son estos? Son los que desde fuera se imponen a la economía, los que incrementan el dinero y lo transfieren al Estado en forma de deuda, acelerando así el valor del dinero en circulación; son los que, a cambio, probablemente llegan a ser socios del Estado.

Vemos que lo que llamamos capitalismo, capitalistas y economía capitalista controlan indirectamente la economía pero no ocupan un lugar específico dentro de ella. ¿En esencia, de qué se ocupan? Están vinculados al monopolio del poder, unifican el monopolio económico con el del poder. Combaten y cuando ganan una guerra incrementan su fuerza y, por lo tanto, la plusvalía. Y cuando ganan una guerra exterior aumenta su hegemonía y las colonias. A esto se le llama saqueo monopolista.

Si extrapolamos los casos de Inglaterra y Holanda temporal y geográficamente, los hechos se verán con más claridad. Primero se alían para lograr su hegemonía en Europa rompiendo el yugo del Imperio Español a finales del siglo XVI, dando un golpe mortal a sus aspiraciones imperiales igual que ocurre con Francia y con el sueño imperial de los Habsburgo apoyando a Prusia frente a Austria. En este sentido, la Guerra de los Treinta Años y la Paz de Westfalia (1648) ponen fin al periodo de guerras religiosas, trazan las nuevas fronteras y colocan los cimientos del equilibrio entre los Estados nacionales. La respuesta de Francia fue la Revolución de 1789, que acabó, de la mano de Napoleón, con esta hegemonía estratégica. Es la misma época en que se pierde la guerra de las colonias y se entra en el siglo XIX con la Revolución Industrial, culminando así la hegemonía de Inglaterra y abriéndole el camino al imperio mundial. El monstruo alemán se despertó en la figura de Prusia pero, tras la victoria sobre Francia en 1870, fue derrotado y sometido en las dos guerras mundiales que desencadenó para asentar su hegemonía en Europa y el mundo. Por su parte, EEUU, una segunda Inglaterra, salió triunfante en las dos guerras mundiales y, a partir de la segunda, se convirtió en la potencia hegemónica del nuevo mundo; juega a ser el imperio mundial pero, para impedir un nuevo hundimiento y alargar la vida, ha tenido que entrar en una especie de guerra defensiva.

La trayectoria del poder es, por lo tanto, como el cauce que nace en Uruk y va aumentando su caudal con miles de afluentes para desaparecer en las aguas del océano a las puertas de Nueva York. Aunque lo más probable es que se desintegre, aun podría continuar hasta las costas de China. Las dimensiones gigantescas a las que han llegado los problemas sociales y medioambientales han provocado la irrupción de sociedades democráticas dispuestas a construir sus propias civilizaciones, y, por eso, hoy es más previsible que una unión confederal democrática dé solución a los problemas globales que siga adelante el culto imperial heredado de las viejas formas de Estado.

Estos supuestos sirven para colocar al capitalismo en el lugar que le corresponde. Es como si fuera una gira. El cauce principal, tras haber provocado un gran remolino en Holanda e Inglaterra, continúa su curso intensificando su tono y velocidad al recibir otras peculiaridades que le darán fluidez. Entre esos grandes afluentes se encuentra el Estado-nación, la nueva versión del Estado tradicional, y su industria, la mayor revolución económica tras la neolítica; que son factores que aceleran y avivan la civilización tradicional.

De nuevo salta la pregunta: ¿dónde está el capitalismo? ¿en qué parte del Estado-nación y de la industria se encuentra? Son preguntas de carácter económico cuyas respuestas no encuentro en la economía.

Puede parecer extraño, pero, a mi juicio, la verdadera propietaria de la economía es la mujer, a pesar de todos los esfuerzos para anularla y colonizarla. Si queremos someter la economía a una valoración sociológica significativa, hemos de reconocer que la fuerza básica se encuentra en la mujer porque es ella quien cría a los niños, desde el vientre hasta que se mantienen en pie, y también es ella la responsable de la alimentación. Mi respuesta sociológica es más respetuosa con la realidad, aunque no olvide el lazo biológico. De hecho, debido a su papel en la revolución agrícola y en la recolección de alimentos durante millones de años, la mujer se mantiene como eje central no solo de la casa sino de otros ámbitos de la vida. El que los griegos, a los que se considera forjadores de la ciencia, dieran a la economía el nombre de “ley de la casa”, la ley de la mujer, supone un reconocimiento de una realidad que tenía miles de años.

Después estarían, sin duda, los esclavos, los siervos y los obreros obligados a trabajar siempre bajo control de las fuerzas de la civilización, utilizando continuamente métodos despiadados para arrebatarles el excedente y la plusvalía. Y en tercer lugar están los artesanos, los pequeños comerciantes, tenderos, labradores y pequeños propietarios agrícolas que son algo más libres. Si a ellos les sumamos las profesiones liberales, como artistas, arquitectos, ingenieros, médicos, etc. habremos completado, aproximadamente, el cuadro. Es indiscutible que fueron estas clases y grupos sociales quienes hicieron girar la rueda de la economía a lo largo de la historia; entre ellos no hay ni capitalistas, ni señores, ni aghas, ni amos. Está claro que estas no son fuerzas económicas sino usurpadores, explotadores, colonialistas… fuerzas monopolistas que imponen desde fuera la explotación, las invasiones, el colonialismo y la asimilación del ser humano y de su trabajo. Lo que se impone desde fuera no es solo economía, capitalistas, grandes comerciantes, industriales y banqueros sino también señores, amos, políticos, militares e intelectuales partidarios de la civilización, que no son fuerzas económicas y que se imponen a la economía desde el exterior.

B . - Datos relativos a que el capitalismo no es economía

Resultan sorprendentes los datos que indican que el capitalismo no tiene un fundamento económico sino que, incluso, va contra la economía, lo que es más grave:

1 . – Las crisis económicas: El equipo de sacerdotes “positivistas – cientificistas” que intentan consagrar al capitalismo como sistema económico también tergiversan el problema de las crisis. Solo hay una explicación a las crisis económicas, unos hechos inherentes a este enemigo mortal de la economía. A veces se define una crisis como consecuencia de la sobreproducción. ¡Por un lado, gran parte del mundo se muere de hambre y por otro existe sobreproducción! Este tipo de crisis y depresiones inducidas es la mayor prueba de que hay un antagonismo entre capitalismo y economía. Y la razón es bien clara: las rentas del monopolio. Cuando los sueldos de los trabajadores, productores a cambio de casi nada, no alcanzan para comprar, surgen, mejor dicho, se provocan estas supuestas crisis. ¿Qué falso sacerdote, qué supuesto economista acude en ese momento al auxilio del sistema? ¡John Maynard Keynes! ¿Y qué es lo que dice?: el Estado debe aumentar el gasto. ¿Cómo? Incrementando la capacidad adquisitiva de los trabajadores. Y la jugada queda así a la vista en toda su repugnancia. ¡Por un lado vacían un bolsillo para llenar otro! Ciertamente, con esta política se quiere lanzar el mensaje a los trabajadores y al conjunto de la sociedad de que fuera de la civilización solo les espera la muerte y deberán aceptar hasta el paludismo. Es obvio que se trata de un acto político. Para neutralizar la dinámica de las fuerzas democráticas contra la civilización, se les conduce al hambre para, después, obligarles a suplicar la comida de rodillas. Se trata de una de las más viejas tácticas de guerra: si quieres rendir un pueblo o ciudad, primero lo sometes al asedio para que muera de hambre y luego, solo a cambio de la rendición le alimentas.

Podría demostrar con cientos de ejemplos que esta es la verdadera esencia de las teorías capitalistas de las crisis. No hace falta más que analizar la famosa de 1.929 para entender esta lógica. ¿Qué ocurrió entonces? La URSS, que no aceptaba la hegemonía de Inglaterra, se estaba consolidando con éxito como un régimen estable que, además, amenazaba al llamado mundo capitalista. Por otro lado, a los alemanes y a sus aliados se les impulso una rendición con draconianas cláusulas, provocando en Europa reacción y resistencias, tanto desde la derecha como la izquierda. A escala mundial, las colonias y semicolonias, incluyendo Anatolia, también se rebelan contra el hegemonismo inglés con movimientos de resistencia nacional. En China, Mao se pone al frente de una gran sublevación campesina. La crisis del 29-30 es la respuesta del hegemonismo británico contra estos movimientos. Por un lado, las mercancías se acumulan cual montañas; por otro, nos encontramos con pueblos y trabajadores condenados a la hambruna. La medicina del inglés Keynes lo dice todo: ¡dad a los trabajadores y pueblos del mundo la oportunidad de sobrevivir con las migajas! Esas son las supuestas políticas sociales del Estado. ¿Cuál ha sido el resultado?: el retroceso, degeneración y progresiva asimilación de la sociedad democrática mundial impulsada por la Revolución Soviética de Octubre ante la nueva potencia hegemónica de la civilización con políticas para destruirla desde dentro en la década de los 90. Este proceso ya había comenzado en los años 30 con las políticas antidemocráticas y dictatoriales de Stalin. ¿Por qué se pudo poner en marcha estas políticas? Para paliar los efectos de la crisis del 29 pero, al final, resultaron destruidos el propio Stalin, su equipo y la economía soviética. También quedarán integrados en el sistema capitalista los Estados surgidos de la lucha de liberación nacional haciéndoles perder su contenido social, revolucionario y democrático. Este ha sido el objetivo principal de todas las crisis, buscado de forma intencionada por el Estado gracias a la existencia del sistema hegemónico, lo que le permitía dejar atrás estos periodos críticos.

2 . –Crisis de hambruna y desastres: Las crisis provocadas por la escasez también las podríamos asociar a la misma categoría. Se llega a reducir la producción de mercancías y después se espera el apoyo de las personas que tienen problemas y sufren enfermedades y catástrofes. Si se utilizaran los medios existentes de forma correcta ni siquiera pensaríamos en el hambre o las epidemias. Sin embargo, mientras el objetivo sea mantener la hegemonía, se recurrirá a estas crisis artificiales y las enfermedades y catástrofes seguirán siendo utilizadas como una oportunidad de negocio. Una vez más vemos con claridad el vínculo entre el sistema capitalista y su sociedad con la hegemonía de la civilización. El método es el mismo: ¡provocar el hambre y manipular las enfermedades y catástrofes! Así puede presentarse como si fuera el ángel salvador, incluso como un Dios, como su Dios, al que estarán eternamente agradecidos y rendirán pleitesía.

3 . – Ingeniería de la guerra y la paz: Es necesario comprender con claridad que el capitalismo no solo es contrario a la economía sino también a la sociedad. Hace ya mucho tiempo que Rosa Luxemburgo intentó demostrar teóricamente que es imposible que toda la sociedad sea capitalista. A mi juicio, no hacen falta refinadas teorías para demostrarlo. Si la sociedad se divide en dos -trabajadores y capitalistas-, ¡no se pueden producir indefinidamente mercancías para venderlas y obtener ganancia! Pongamos un ejemplo burdo. Supongamos que en nuestra fábrica trabajan 100 obreros y que producen 100 coches. De acuerdo con el esquema de una sociedad capitalista pura, compuesta solo por trabajadores y capitalistas –un gran error del marxismo-, la sociedad estaría compuesta por 100 trabajadores más un capitalista. Para que haya beneficio, se tienen que vender los 100 coches fabricados. Supongamos que todos los trabajadores compran todos los coches con sus sueldos. Entonces ya no se pueden producir más coches y el patrón se queda en nada. Esto significa que para que la sociedad de la civilización pueda seguir existiendo, siempre debe haber una “sociedad democrática contraria a la civilización” a la que ya me he referido y que nadie puede convertir en capitalista de forma definitiva. Es decir, que la “civilización capitalista”, como otras civilizaciones, solo podría seguir existiendo en contraposición a la sociedad democrática, desatando su furia en los momentos conflictivos, existiendo situaciones de guerra y paz. Así lo confirman innumerables acontecimientos en la historia de la civilización capitalista y de todas las civilizaciones.

4 . – La crisis del desempleo: El desempleo es otro dato que nos demuestra que capitalismo no significa economía. El capitalismo, en tanto que sistema, necesita mantener de forma permanente un ejército industrial de reserva y, si no existe, tiene que crearlo para poder aumentar las tasas de ganancia, la plusvalía. El desempleo es un proceso creado intencionadamente. Cuando hasta los animales más simples e incluso los vegetales tienen una utilidad, ¿cómo es posible que a un ser tan evolucionado como el humano se le mantenga inactivo como si fuera algo inútil? ¿Acaso una hormiga puede permanecer sin hacer nada? No, ninguna hormiga se queda sin trabajo. En el universo no existe el desempleo, el desempleo es artificial, es un producto psicópata del intelecto analítico, el acto más agresivo en la vida social, la más clara y despiadada muestra de que el sistema capitalista es lo opuesto a la vida. Ni siquiera en el sistema de los faraones, que cuestionamos tan duramente, hay lugar para el concepto “esclavo desempleado”. Ni teóricamente puede haber faraón inactivo ni esclavo sin trabajo. El esclavo siempre tuvo su valor, su trabajo. Solo en el capitalismo existe el concepto de desempleo. Se trata de un acto antieconómico y también contrario a la técnica.

5 . – Negativa a solucionar las crisis económicas: El actual nivel científico-técnico de la sociedad, independientemente de que la denominemos “sociedad próspera” o “del bienestar”, permite resolver los problemas económicos y desarrollar una sociedad democrática. Pero la “ley del valor” impide que esos avances científico-técnicos se apliquen de forma óptima, de acuerdo a las necesidades humanas. Si no fuera por esta ley, se encontrarían las soluciones adecuadas a los problemas de alimentación del ser humano con una economía planificada. Sin embargo, nunca se permite aplicar esa potencialidad científico-técnica sino que, por el contrario, se inducen de forma continua crisis, problemas sociales y desempleo para así mantener la civilización capitalista. Es decir, el capitalismo no es solo enemigo de la economía sino también de un desarrollo científico-técnico que podría llevar a la economía a un nivel óptimo.

6 . – Intercambiar la moral por principios capitalistas: El capitalismo también se opone a la ética y a los valores morales, que son principios elementales de la economía. La humanidad solamente puede regular sus necesidades económicas bajo principios éticos. Sin esos principios, los seres humanos se multiplicarían como las hormigas y ni siquiera diez planetas como la Tierra serían suficientes para albergarlos; sin esa ética nos encontraríamos ante una “sociedad de leones”, no quedarían animales para la alimentación y, por lo tanto, tampoco los leones podrían vivir. En definitiva, si no paramos los pies al capitalismo, colocará la humanidad en el umbral de la destrucción, convirtiéndola en una “sociedad de hormigas” como ocurre en China y Japón, o en una “sociedad de leones”, como en Estados Unidos. Resulta evidente que, en la medida que una sociedad sea como las de EEUU, China o Japón, sus posibilidades de supervivencia serán cada vez menores. El capitalismo ha renunciado a los principios éticos en aras de la supuesta “economía capitalista”. En otras épocas también se sacrificaba a los niños y niñas argumentando que sobraban. Solo con una ética de este tipo, aceptando el sacrificio de vidas, puede mantenerse este tipo de sociedad. De hecho, si analizamos las guerras llevadas a cabo por el sistema capitalista como “rituales de sacrificio humano”, comprenderemos mejor qué significan esos “principios de economía capitalista” sin ética, que no solo destruyen el tejido interno de la sociedad sino que ponen en peligro la existencia de la especie y la vida en general; por primera vez, la naturaleza y el medio ambiente quedan a sus expensas, con efectos devastadores. ¿Acaso puede haber menos ética y mayor aversión a los seres vivos?

7 . – Supresión de la mujer: El capitalismo también es enemigo de la mujer, de la creadora y principal impulso de la economía. Todos nuestros análisis demuestran el destacado y relevante lugar de la mujer en la vida social y económica. La “mujer expoliada económicamente”, excluida de la historia de la civilización, recibió el trato más despiadado con la civilización capitalista, provocando así la más profunda y paradójica contradicción social. La población femenina sufrió un desempleo demoledor y el trabajo doméstico, a pesar de encontrarse entre los más duros, no supone ninguna retribución económica. A pesar de que parir, criar y educar a los niños es la tarea más difícil de la vida, no solamente carece de retribución alguna sino que, cada vez más, implica mayor desprecio y quebraderos de cabeza. La mujer es al mismo tiempo mano de obra barata, desempleada, máquina de parir y criadora de niños en medio de mil y una dificultades, sin sueldo y, para colmo, ¡culpable!. La mujer ha sido arrinconada en los sótanos de la sociedad por la historia de la civilización y ningún sistema social como el capitalismo ha perpetrado tal agresión y de forma tan sistemática contra la mujer. ¡Actualmente, la mujer no solamente ha sido arrojada a los sótanos sino que en cada uno de los pisos de la sociedad es víctima de la desigualdad, de falta de libertad y democracia! Y lo más grave es que esta animadversión hacia la economía y la mujer aparece en cada aspecto de su realidad, en cualquier lugar y momento ¡como si se tratara de una venganza contra el “ekonomos”, contra la ley de la casa!, desarrollando un poder sexista que llega hasta las zonas más íntimas, convirtiendo la mujer en objeto a través de la industria del sexo, torturando a todas las capas de la sociedad y enalteciendo hasta el límite, vertiginosa e intensamente, el machismo como en ningún otro periodo histórico.

8 . –Economía convertida en un juego de papel: El capitalismo ha hecho de la economía un gran juego de azar en el que se usan billetes y papeles con el nombre de bolsa, tipos de cambio, interés bancario…; en su última etapa ha desarrollado al máximo esta gran lotería, mostrando descaradamente su total desinterés por la auténtica economía ante toda la sociedad. Nunca antes la economía había sido convertida en algo virtual y mucho menos en un juego con papeles. La economía siempre ha sido la función más sensible de la sociedad, hasta el punto de que ha tenido valor sagrado (el origen de la palabra santidad se remonta al periodo sumerio y está asociado al término kaunta –alimento-), porque la alimentación era una necesidad prioritaria a resolver. En todas las religiones hay una parte referente a la seguridad económica y muchas fiestas se celebran debido a periodos de bonanza o a la superación de momentos de crisis.

Mientras la economía quedaba excluida del ámbito emocional y analítico del intelecto, era reducida a este juego de papel dinero y desvinculada de la verdadera vida para quedar en manos de la más irresponsable mentalidad especulativa. La economía es tan importante que ha llegado a ser la suma de propiedades que afectan a todos los ámbitos de la sociedad. En ese sentido, Karl Marx tiene razón. Esta era la verdadera cualidad de la economía capitalista.

Mil millones de dólares, de la moneda globalizada, pueden cambiar de mano en unas horas sin el más mínimo esfuerzo, jugando con los tipos de cambio, el interés bancario y las acciones. Mientras la mitad de la humanidad se tambalea en los límites de la pobreza y la inanición, resulta difícil concebir un sistema que suponga tal contrariedad económica como este tipo de transferencia de valores. Esta faceta del capitalismo, en su última fase, la etapa financiera, muestra hasta qué punto se trata de un sistema no solo innecesario sino contrario a la economía.

9 . - Crisis de producción y consumo: El capitalismo, al poner bajo su control la producción y el consumo, es decir, las facetas básicas de la economía, está dando más importancia a políticas que nada tienen que ver con la alimentación, el vestido, la vivienda y la distribución de la sociedad; solamente busca maximizar beneficios. De este modo, provoca las mencionadas crisis de producción y consumo, distorsionando las estructuras económicas desde su misma raíz. Producción armamentística en proporciones siderales, inversión en fuentes de energía no renovables solo orientadas a generar ganancia, emitiendo gases de carbono que llevan a la catástrofe medioambiental, modificación del mapa genético de los vegetales para una agricultura industrial, grandes inversiones en tecnología espacial y en líneas de transporte terrestre, marítimo y aéreo pese a los elevados costes y contaminación que generan, incalculables gastos para obtener cientos de versiones de la misma mercancía debido a la locura de la moda, existencia y producción de armas nucleares… todas son áreas económicas no prioritarias respecto a las auténticas estructuras de producción y consumo de la humanidad, además de suponer graves inconvenientes. Lo anteriormente expuesto son solo algunos de los muchos ejemplos que se podrían mencionar sobre este asunto. En medio de la locura, las mercancías pierden sentido al no encontrar un mercado donde realizarse, acabando descomponiéndose en montañas de deshechos mientras ejércitos de desempleados no pueden realizarse como consumidores en medio de la devastación, la hambruna y las epidemias. Ninguna guerra o catástrofe ha causado tanta maldad y animadversión en la historia como lo ha hecho esta forma de economía denominada capitalismo; no solo aplasta las arterias vitales de la verdadera economía sino que las explota y revienta para acabar instalando unas venas artificiales.

Los nueve puntos citados requieren sin duda análisis demostrativos que ocuparían varios tomos pero, debido a que se trata de una defensa, he preferido hacer una breve exposición de los mismos.

A partir de ahora el análisis se referirá a otros aspectos.

 

C . - ¿En qué lugar y tiempo de la realidad social y la civilización se encuentra el capitalismo?

 

Entonces, ¿en qué lugar y tiempo de la realidad social y de la civilización podríamos situar este sistema para darle su verdadero sentido opuesto a la economía?

Para comprender el capitalismo, sería interesante por un lado analizar los actos y problemas internos a la civilización a lo largo de la historia y, por otro, los conflictos y guerras desencadenadas contra las fuerzas anti-civilización.

Soy consciente de que hago excesivo hincapié en este tema y de que realizo demasiadas reiteraciones. Me disculpo por ello pero, en aras de abrir nuevos horizontes, he de realizar una vez más y a grandes rasgos este repaso.

1 . – La era comunal primitiva (desde el hombre primitivo hasta el final del último periodo glacial, hace más de 20.000 años)

La sociedad humana ha vivido bajo el denominado orden comunal primitivo durante el 98,5 por ciento de la historia de la humanidad. A esta época también se le llama Edad de Piedra o Paleolítico debido a que las herramientas básicas se hacían con piedras ligeramente talladas. A veces también se le denomina la época de salvajismo pero sociológicamente recibe el nombre de orden comunal primitivo.
Durante este periodo se colocan los cimientos de la cultura económica; los alimentos adquiridos por recolección o con la caza son consumidos de forma inmediata, aprovechándose también las fibras vegetales y la piel de los animales. Podríamos decir que se trata de una primera forma de hegemonía maternal debido a que la mujer-madre es predominantemente la autoridad responsable de las tareas organizativas del clan.

El principal y contradictorio objetivo de la sociedad clánica es protegerse de los peligros que presenta el entorno natural y aprovechar las posibilidades que ofrece para la alimentación. En estas condiciones, la identidad clánica tiene un valor vital y resulta irrenunciable. En esta fase todavía no se hay desarrollado el concepto diferenciador mujer – marido. A la mujer se le denomina paridora y su compañero carece de relevancia hasta el punto de ser desconocido. En este periodo se usaba el lenguaje gestual, las comunidades se asentaban en las riberas de ríos y lagos, con cabañas construidas sobre pilotes de madera o en cuevas. Se supone que el ser humano vivió de este modo alrededor de dos millones de años en el continente africano y en torno a un millón de años en Asia y Europa. En ese periodo todavía no se han desarrollado conceptos como los de patria, fronteras y propiedad. La pertenencia a la comunidad se refleja en el clan y a veces el clan está representado por un símbolo en forma de tótem. Hacia el final de la cuarta glaciación la humanidad pasa a la era neolítica, pese a que el nivel de desarrollo difiere en cada región.

2 . – La Era Neolítica (entre el 15.000 y el 4.000 antes de Cristo)

Al finalizar la cuarta glaciación y tras un corto Mesolítico (edad media de piedra), aproximadamente hace 17.000 años, se pasa a una etapa de gran importancia histórica denominada Neolítico (piedra nueva) debido al trabajo con piedras pulidas y obsidiana, aunque su verdadera esencia es la revolución agrícola y la aparición de la aldea, sobre todo en las estribaciones del sistema Taurus-Zagros, que funciona como principal corredor de expansión. Esta sociedad establecida hace 10.000 años, como muestran las pruebas arqueológicas, da un gran salto debido al peculiar clima de estas montañas, a la existencia de abundante vegetación y de animales domesticables, un hecho que aumenta las posibilidades alimentarias. Así surgen las aldeas, la agricultura, la ganadería, el tejido y, a partir del 6000 a. C la alfarería. En toda esta región, que traza un arco desde el Mediterráneo a los montes Zagros, se produce un fuerte desarrollo cultural – la cultura de Tell Halaf- que se expande como una amplia red de interconexiones.

Teniendo como principal foco la Alta Mesopotamia, la sociedad experimenta una explosión de avances y de nuevos instrumentos de producción, una especie de revolución industrial neolítica. La mujer-madre es encumbrada como diosa-madre y probablemente juega un papel dominante en la formación de la nueva sociedad, imprimiendo el matriarcado su sello en la sociedad clánica, lo que provocará lenta pero progresivamente el surgimiento de un choque con el hombre. También se da el salto a la lengua simbólica. Los grupos semitas, de piel oscura, ya no pueden continuar tan fácilmente su camino hacia Asia y Europa, un hecho que tuvo que influir en la formación de esta cultura. Por otro lado, una rama de estos pueblos logró pasar al continente americano por el estrecho de Bering, aproximadamente entre el 12.000 a. C. y el 7.000 a. C., mientras otras se expandían por China, Asia Central y Europa Oriental. Los pueblos indoeuropeos, de raza blanca, ubicados en el centro del globo terráqueo y de forma dominante el grupo establecido en el Creciente Fértil, jugaron un papel preeminente y hegemónico debido a las peculiares condiciones climáticas y alimentarias, conservando esa posición hegemónica hasta el inicio de la civilización.

Esta cultura del Creciente Fértil también se extenderá hacia la Baja Mesopotamia hacia el 6000 a. C. y un milenio después llegará al valle del Nilo, los Balcanes, Irán y las estepas al norte del mar Negro, desde donde pasará a Europa y China otros mil años después. Aunque se acepte la existencia de un Neolítico en China, con una dinámica y desarrollo propios, a mi juicio, en su mayor parte se trata de una cultura importada, tesis reforzada por las transferencias en lo que se refiere a la cría de ganado y al uso de la obsidiana. Es cierto que cada región importante desarrolla su propio Neolítico pero la primera chispa saltó en el Creciente Fértil, en el foco principal. No se trata de una forma de colonialismo, de invasiones con ocupación de territorio; la existencia de grandes extensiones sin poblar dan pie a este tipo de relaciones. La existencia de este primer gran movimiento global desarrollado a partir de esta base, con efectos que perdurarán en todo el mundo incluso hasta nuestros días, es algo generalmente aceptado desde el punto de vista histórico y sociológico.

3 . – La Era de la Civilización Sumeria (4.000-2.000 a. C.)

La cultura El Obeid, desarrollada en la Baja Mesopotamia entre el 5.500 y el 3.800 a. C. en base a la cultura del Creciente Fértil, sobre todo a la de Tell Halaf, adquiere gran importancia histórica ya que supone el paso a la sociedad patriarcal, por los avances técnicos en alfarería, por el comercio y porque entonces se inician las primeras colonizaciones y campañas militares para saquear otros pueblos. Es el periodo que podríamos denominar proto-Uruk, en el que el patriarcado supondrá la pérdida de importancia de la diosa-madre, forzada a reconocer de forma definitiva la superioridad del hombre, dando así paso a una proto-civilización. Es el momento en que la administración jerarquizada adquiere gran desarrollo y aparece un embrión de sistema administrativo de la civilización con un triunvirato que, por primera vez, hace acto de presencia de forma influyente. Los pasos del chaman -una especie de sacerdote-, del cheikh -experimentado regidor de la comunidad- y del jefe militar -que ejerce la fuerza física- se oyen cada vez más cerca, dejando así su huella en la cultura religiosa, política y militar de Oriente Medio.

La importancia histórica de esta cultura está más que demostrada y, hacia el 4.500 a. C, se nota en la Alta Mesopotamia, colonizando hasta cierto punto la cultura de Tell Halaf, y llegando, como está comprobado arqueológicamente, sus colonias hasta las actuales Malatya y Elazig. Igualmente se transmite esta cultura a las familias dinásticas de la época. También se han encontrado pruebas sobre su acción destructiva, con aldeas arrasadas intencionalmente tras ser conquistadas. Por otro lado, el comercio se configura definitivamente, ayudando así, probablemente, a crear la primera hegemonía de la historia.

Es habitual denominar a este periodo (aproximadamente el 4.000 y el 3.000 a. C.) “cultura de Uruk”, una cultura que sigue las huellas de El Obeid pero que se diferencia de ella por la aparición de la ciudad-clase-Estado, es decir de la civilización y la historia escrita, además de una transformación hacia la cultura patriarcal. Por otro lado, la necesidad de riego artificial debido a las limitaciones climáticas de la Baja Mesopotamia, el aumento de la población que supone esta agricultura de regadío y la aparición de instrumentos y herramientas para ese riego son condiciones básicas para el proceso de urbanización. El que una gran cantidad de población tenga que trabajar conjuntamente requiere resolver el problema del abastecimiento de la misma forma que los sistemas y herramientas para el riego necesitan el desarrollo de la producción manual, además de que ciudades de estas dimensiones ya exigían una administración urbana y resolver los problemas de legitimidad que presentaba tal administración. También es necesario protegerse de los pueblos depredadores que hacía tiempo estaban actuando. Cuando todos estos factores se juntan, alumbra la tríada sacerdote, rey, comandante militar. La epopeya Gilgamesh, escrita en honor del primer rey de Uruk, refleja de forma exacta y explícita este instante de la historia.

La ciudad es una infraestructura que desarrolla la lógica, ya que genera gran número de problemas y estos problemas, a su vez, hacen que se desarrolle el pensamiento y, como consecuencia de ello, los avances en los instrumentos de producción, la organización de la economía, la administración político-militar y las clases. La sociedad urbana supera también los vínculos étnicos y dinásticos, atrae a quienes abandonan la tribu o su comunidad rural con el único objeto de llenar la barriga pero también excluye a gran parte de la población debido a su administración jerarquizada y patriarcal. A estas alturas resulta inevitable que surja la división de clases debido a que las personas que por diferentes motivos han abandonado las tribus y sus clanes familiares integrarán el segmento de población formado por trabajadores dependientes de la administración de la ciudad. Esta división en clases, este tipo de relaciones sociales, serán un elemento clave en la cultura de Uruk y el Estado surgirá como prolongación natural de todas estas relaciones urbanas.

Una administración urbana no da pie a una gestión étnica o familiar sino que requiere una profesionalidad que supere los lazos de sangre. Por otro lado, necesita ser legitimada, aceptada, y para ello acuden en su auxilio el sacerdote, la primera muestra de Estado, y el templo, el primer embrión urbano. La concepción intelectual de la división en clases, del Estado y de la ciudad en tanto que institución es un producto de la mitología y la religión. En la cultura de Uruk se produce una llamativa influencia entre la cultura material y moral, llegando la cultura moral e ideológica a ocultar la material. La principal misión de la nueva ideología del Estado es hacer invisibles las condiciones materiales transformándolas en mensajes lingüísticos y contenidos mentales con el objetivo de que duren miles de años. Esto es lo que se muestra claramente en la sociedad sumeria; el Estado adquiere sentido como institución divina mientras los trabajadores son siervos creados por Dios y los ángeles ocupan el estadio intermedio, entre el Estado y la clase dirigida. La máxima autoridad está personificada por el Dios principal y los secundarios ocupan el panteón, es decir que representan la superior y regular administración estatal. Las antiguas diosas, por su parte, se reflejan en la actividad de la mujer en la fase previa a la creación de la ciudad. El sistema ciudad-Estado-clase es recreado ideológicamente, quedando así legitimado ante la población, formando un sistema metafísico totalmente distinto del mundo material y encubriendo todas las relaciones sociales con un lenguaje semimitológico y semirreligioso.

La recreación ideológica, que forma parte de una cultura moral de inmenso valor, es una forma de interpretación de todo tipo de desarrollo material, incluso el de la naturaleza. Partiendo de ella y sobre todo utilizando un lenguaje reflexivo se podrán inventar nuevos sentidos y creencias para persuadir a la gente; la vida se sacralizará, es decir se vivirá ya dentro de este nuevo mundo legitimado. Ante este renacimiento ideológico, la pregunta “¿Existe un nacimiento real, material (físico)?” perderá casi su sentido, o, aunque se la considerara significativa, se la presentará de otra manera.

La revolución de Uruk, la primera revolución urbana, es tan importante como la agrícola, es el manantial del que brota el cauce principal; las aportaciones posteriores no significan otra cosa que lagos estancos o manantiales cuyo recorrido dependerá del cauce principal. Es verdad que en China y América Central también se da una revolución urbana pero se trata de culturas locales que se secan justo cuando nacen o son lagos estancos de cuyo entorno muy poca gente se puede aprovechar. Solo el cauce principal o quienes se le suman pueden ser considerados como civilización. No existen civilizaciones puras.

De hecho, detrás de la cultura de Uruk subyace un legado neolítico de 10.000 años. ¡No bajó del cielo en una cestita! A esta nueva cultura también la podríamos denominar civilización, cuyo significado podría interpretarse como urbananidad, una estructura material y moral que, de alguna forma, define toda la civilización.

De la propia cultura de Uruk sale su carácter expansionista porque provoca el surgimiento continuo de ciudades, que crecen en todos los sentidos, aumentando la natalidad y, en cierto grado, el trasiego de población entre ellos. Pero también aumenta la cultura campesina en el Creciente Fértil al fundarse aldeas en cadena. Esta primera generación de aldeas agrícolas dará paso a una verdadera avalancha a partir del año 10.000 a. C., extendiéndose desde Çayonu en Ergani-Diyarbakir, a orillas de un afluente del Tigris, hasta Kirkuk, pasando por Newala Çori, junto a Urfa y Siwerek, a orillas del Éufrates, y Çeme Xalan, en las proximidades del río Batman. Se trata de un rebrote cultural similar al de Uruk. El crecimiento de las ciudades dinamiza la competencia y el comercio hasta convertirse en la actividad principal junto a la agricultura y el transporte a cargo de los artesanos. Esta competencia entre ciudades lleva implícita la cuestión de la hegemonía, lo que, a su vez, implicará la transición de la Ciudad-Estado a un proto-imperio al quedar todas las ciudades bajo la jurisdicción de una sola dinastía.

La actividad comercial de Uruk provocará un proceso de civilización y colonización sobre los territorios del Neolítico. De acuerdo con los datos disponibles respecto a El Obeid, se puede decir que en Uruk se produjo una expansión aún más amplia y desarrollada, de forma especial en las riberas del Éufrates, donde se encontrarían colonias de Uruk muy desarrolladas. Estos datos arqueológicos también muestran que en la Alta Mesopotamia hubo tanto un movimiento de resistencia frente a Uruk como de intercambios comerciales, sobre todo en torno a Tell Halaf hacia el año 3500 a. C. Tal y como muestran gran número de hallazgos, la urbanización de esta región, con fuertes y propias dinámicas, se llevó a cabo en el tercer milenio antes de Cristo. Y esos descubrimientos arqueológicos, que no cesan de producirse, hacen pensar que también hubo transferencias de cultura urbana desde esta fuente primaria hacia la Baja Mesopotamia como ya había ocurrido con Egipto, Ilam y Harappa. Así se aprecia especialmente en la reciente excavación de Gobekli Tepe (10.000 a. C), próxima a Urfa, donde han aparecido elementos que pueden modificar las actuales hipótesis. Aquí ha salido a la luz, por ejemplo, una estructura que puede corresponder a un templo de dimensiones descomunales para una época en la que todavía no habían surgido las aldeas. Pese a que todavía no se ha explicado la función de los grandes obeliscos encontrados, es obvio que corresponden a una cultura muy desarrollada. Nuevas investigaciones podrían provocar un desplazamiento del epicentro cultural de esa época.

Solo una cultura fuerte podía hacer frente a una expansión, la de Uruk, que, seguramente, ya había empezado derivada del periodo El Obeid. Y esta capacidad de resistencia, que se mantiene ante las oleadas migratorias del norte y del sur en el Mesolítico y el Neolítico, puede ser indicador de que existía una estructura cultural.

La desintegración de la cultura de Uruk en otra cultura local demuestra la fuerza de la adversaria, un proceso que, en el fondo, continúa en la actualidad. La fuerza de Uruk radicaba en su sistema productivo y en el Estado, una situación que podríamos considerar el primer precedente de lo ocurrido en Holanda e Inglaterra.
En mi opinión, la cultura de la Alta Mesopotamia, Egipto e Ilam (suroeste de Irán) lograron frenar las primeras expansiones de El Obeid y Uruk con culturas urbanas propias. Y, a medida que se producen nuevos descubrimientos arqueológicos, se demuestra que desde el tercer milenio se aceleró el desarrollo urbanístico en estos tres focos históricos, de los que saldrían sendos afluentes al gran cauce de la civilización.

Aún es más importante lo ocurrido en las ciudades periféricas y zonas rurales en la etapa final de Uruk (hacia el 3.000) al aparecer la primera dinastía probablemente a consecuencia de los conflictos interurbanos. Las composiciones líricas Nippur y la Maldición de Acad hablan de ciudades destruidas y quemadas. ¡Cómo recuerda a lo ocurrido actualmente en torno a Bagdad y sus alrededores! La primera y segunda etapa de Uruk llegan hasta el 2.350 a. C., cuando comienza la dinastía de Sargón, que puede ser calificado como el primer emperador hasta el 2.150 a. C. Sargón es ensalzado por haber dominado el Creciente Fértil de forma sanguinaria, con hechos de gran ferocidad que son presentados como gloriosas campañas que le encumbran de honor. También quedó escrito que convirtió Acad en su capital y que su nombre sumerio, de origen amorrita, se refiere a los pueblos “desharrapados” procedentes del desierto arábigo. En el 2.150 a. C., otro pueblo procedente de los montes Zagros, bajo el liderazgo de Gudea, acabará con Acad y fundará un nuevo reinado que será, a su vez, sustituido un siglo después por la tercera dinastía de Uruk, que apenas durará un siglo más.

La historia nos muestra que hacia el 1.950 a. C. se inicia la era gloriosa de Babilonia y con ella una interesante competencia entre ciudades. Los sumerios representan la principal sociedad que crea la civilización, cuando digo “principal” me refiero al sentido de origen o fuente de la civilización. Son un pueblo que probablemente procede del Creciente Fértil que alcanzó una posición autónoma. Está más próximo al grupo lingüístico ario, se diferencian claramente del semita y tiene fuertes choques con los amorreos, igualmente semitas. De hecho es muy probable que el propio Sargón fuera de origen semita, habiendo alcanzado cargos militares y administrativos tras formarse en la corte de Sumer. Por su parte, los gutis, arios y procedentes de los montes Zagros, se vinculan a los sumerios como aliados. Resulta, en este sentido, muy significativo que el Irak de hoy presente un panorama muy parecido.

En conclusión, el nacimiento y desarrollo de la civilización se produce de forma sanguinaria, colonial, hegemónica, con la construcción pero también destrucción de ciudades hasta el 2.000 a. C. Con la agricultura de regadío, en la que trabajan los esclavos únicamente a cambio de llenar sus estómagos, la artesanía y el comercio con las ciudades vecinas y regiones neolíticas, se producirá una acumulación de excedentes, un modo de producción que dará forma a la civilización, a un sistema divinizado por los gobernantes con una deslumbrante cultura moral mientras se humilla a los esclavos definiéndoles como excremento de los dioses. Esta concepción de la vida material se refleja claramente en las primeras epopeyas, cuyo lenguaje permitirá interpretar todos los aspectos de la vida. Así, la diosa-madre, que personifica la creación, surgirá de una costilla derecha del hombre, reflejando de esta manera la definitiva dependencia de la mujer-madre. A partir de entonces, la vida se entenderá y será interpretada a través del lenguaje utilizado por estas epopeyas.

La auténtica vida material, por el contrario y hasta la actualidad, no ha podido crear su propio lenguaje; en algunos momentos de la antigüedad se intenta dar una explicación de la realidad pero en un estilo Esopo que nadie entiende, imponiéndose, por lo tanto, el silencio y la pérdida de sentido. ¡No olvidemos esta incapacidad de tener habilidad narrativa, de crear un lenguaje de la realidad!

4 . – La era de la civilización babilonia y asiria (2.000-300 a. C.)

Está más que manifiesta la similitud y contemporaneidad de estas dos civilizaciones pese a sus diferencias en algunos aspectos temporales o geográficos. Ambas coinciden en irrumpir históricamente al desembarazarse de la dinastía sumeria, es muy probable que ambas tuvieran un origen semita amorreo y que hubieran compartido una civilización común con la dinastía acadia. La similitud de sus lenguas y cultura, así como las abundantes fuentes escritas así lo avalan.

Nippur, donde se dice que surgió el primer sistema de educación académica, fue la última época gloriosa de Sumer. Su destrucción, probablemente por los acadios, y el surgimiento en sus proximidades de Babilonia, con fuerte influencia de la lengua y cultura acadias, puede considerarse el inicio de una nueva civilización. El hecho de que tras el tercer periodo de Ur, el último sumerio, Babilonia se vaya apoderando, una tras otra, de las ciudades de la región no hace más que confirmar el nuevo panorama. El acadio pasa a ser el idioma de esta nueva civilización, el que se usa en el comercio y el sistema político, extendiéndose por todas las regiones para, bajo el nombre de arameo, convertirse en lengua vehicular del mundo conocido, de forma muy similar al inglés en la actualidad. La cultura acadia recibe la herencia sumeria en lo que se refiere a la civilización, produciéndose también transformaciones de carácter mitológico, como ocurre con el ascenso del dios Marduk, mientras que la epopeya Enûma Elish es la más importante de la época. Marduk es el dios principal de un mundo en el que la diosa-madre queda totalmente anulada frente a un hombre sacralizado. Marduk forma parte de la misma genealogía de dioses: el Gudea de los arios indoeuropeos, del que procede el nombre Jueda, que sigue siendo usado en lengua kurda (Xwedê), el Got de los godos germanos, el Zeus griego, el Júpiter romano, el Brahman indio, el chino Tao o Alá en la cultura árabe.

Las similitudes culturales del periodo de civilización se muestran en estas denominaciones divinas. No es, en este sentido, ninguna casualidad que el nombre de todos los dioses surja en este periodo –hacia el año 2000 a. C.- como reflejo de un trasfondo cultural común, divinizando simbólicamente la hegemonía de un hombre tirano y astuto que arrebata a la mujer-madre su economía doméstica. La diosa-madre, la Ishtar o Istar semita y de los arios, la Inanna sumeria, la Kibele hitita o la Kali india se va apagando mientras deslumbra la figura del hombre. Ese milenio supone una humillante derrota, incluso cultural y lingüística, de la mujer que es arrojada a los sótanos de la sociedad. La esclavitud de la mujer como género antecede a la del hombre o la étnica, situando al género femenino en un estado de postración, maldita, humillada, condenándola a la mortalidad, sin respiro ni voz en lo que se refiere a la cultura material y moral. Esta es la base cultural para la degradación de la mujer y su ilimitada apropiación por parte del marido-hombre. La posición de la mujer en las sociedades árabes y en otras sociedades de la misma cultura no hace más que confirmar esta valoración. Los crímenes de honor solo son un pequeño ejemplo de esta cultura.

La era de Babilonia es preeminente respecto a la de Asur, siendo muy significativo el progresivo retroceso del espacio civilizacional en dirección a la Mesopotamia septentrional. Babilonia estaba más al sur de la actual Bagdad mientras que Asur, nombre que responde también a una deidad, estaba próxima a Mosul, donde resurgiría con el nombre de Nínive.

Babilonia destaca por algunas características históricas; asimila la cultura de Nippur, la última capital cultural sumeria, se considera que fue epicentro de todas las sociedades, culturas e intelectuales de la época. La torre de Babel, en la que se hablaban 72 lenguas, no es un mito, es una realidad; mejor dicho es una mitificación de la realidad. El periodo más glorioso de Babilona, del 1900 al 1600 a. C., toma forma de imperio, consiguiendo dominar todas las regiones civilizadas. Hammurabi fue, tras Sargón, el emperador más famoso y sus “Leyes”, pese a continuar una tradición legislativa anterior, dejaron una huella histórica. Está claro que tanto la legislación religiosa como la jurídica de la civilización llevan el sello de Hammurabi. Dominó, tras sangrientas guerras, todas las ciudades, imponiendo una hegemonía despiadada a los pueblos y culturas vecinas. Si los reyes de Egipto son denominados faraones, los de Babilonia y Asiria reciben el nombre de nimrud.

La huida de Abraham desde Ur narrada por el Antiguo Testamento se explica por la opresión de los nimrud babilonios, donde Hammurabi gobernó entre los años 1.700 y 1.650 a. C., época en que se cree que realizó esa histórica huida. Abraham era el jefe de un pueblo compuesto por un gran número de comunidades agrícolas, ganaderas y comerciales de los alrededores de Urfa, una zona de transición, igual que hoy, entre las culturas aria y semita.

La importancia histórica y el simbolismo mítico-religioso de Abraham y su pueblo se debe a que se le considera el origen de las tres religiones monoteístas ya que prácticamente todas las religiones reciben su influencia. Es de suponer que hubo muchos pueblos y ciudades que presentarían resistencia frente a los nimrudes de Babilonia, es decir contra las autoridades urbanas y regionales que ostentaban este cargo y cuya administración más autoritaria se registró en la época de Hammurabi. Parece lógico que estos pueblos, incluso ciudades y aldeas, todavía con gran influencia del orden comunal, presentaran resistencia e intentaran rebelarse ante las imposiciones imperiales sin importarles los razonamientos del monarca ni el supuesto origen divino que dijera tener. Los pueblos que no conocen la esclavitud difícilmente se esclavizarán y, a veces, se arriesgan a la aniquilación antes de aceptar esa esclavitud, como ha ocurrido en innumerables ejemplos históricos.

La religión y el relato de Abraham simbolizan, en este sentido, la cultura de resistencia al nimrud. Si el primer episodio de esta cultura de resistencia ocurre hacia el 1.700 a. C., el segundo lo protagoniza Moisés frente a los faraones de Egipto a partir del 1.300 a. C. Es decir, hay una cultura de resistencia en los pueblos vinculados a Abraham y estas comunidades, tratadas como semiesclavos, intentan, como él, escapar de la esclavitud cuestionando la autoridad del faraón. Esta tradición, que termina conformándose como una nueva cultura contra los faraones y los nimrudes, contra unos poderosos soberanos que se representan a sí mismos como reyes-dioses, terminará fundando el poderoso reino sobre el actual territorio de Israel-Palestina entre los años 1020 y 900 a. C. con David y Salomón, después de haber sido liderado por destacados sacerdotes que sucedieron a Moisés, empezando por su hermano Aaron, Samuel I y II, Isaías y otros muchos profetas. Por lo tanto, debemos interpretar con sumo cuidado esta histórica tradición del pueblo hebreo porque, de lo contrario, no podremos interpretar adecuadamente todos los casos de rechazo y revueltas contra la misma y, al decir todos, incluyo los movimientos ideológicos, mitológicos, filosóficos, religiosos, políticos, físicos, económicos, jurídicos, étnicos y nacionales.

Este primer periodo babilónico concluye hacia el 1.596 a. C. a manos de los casitas, un pueblo cuyo origen hay que situar en la significativa alianza entre hititas y hurritas. Se trata de un asunto poco tratado por los historiadores pero que tiene una importancia clave para comprender la historia de los pueblos de la región. No tuvo que ser fácil y debió requerir una fuerte conciencia de oposición para vencer una tradición política, cultural y militar tan dominante como la babilónica. De hecho, lo que hace la tradición abrahámica es una sucesiva emigración más que una huida pero, cuando encuentra la oportunidad, forma su propio poder político. También es de una importancia fundamental que en esta situación existiera ya una tradición federativa entre los pueblos de los montes Zagros durante los periodos de Uruk y Ur, una tradición que terminó por extenderse también por el Taurus y personificó el insigne Gudea, el famoso rey de los gutis, quien acabó con la dinastía acadia hacia el 2.050 a. C. Nada o muy poco son mencionados estos hechos por la historia pero eso no quiere decir que no sean de gran interés y un ámbito importante en el que detenerse e investigar.

Hay una elevada probabilidad de que distintas comunidades hubieran formado una amplia red de pueblos a través de federaciones o uniones políticas estables frente a una amenaza común. Estas comunidades crearán una cultura agrícola mucho más sólida ante el colonialismo cultural de El Obeid, y ante el colonialismo político y comercial de Ur y Uruk, situándose en el umbral de la urbanización, incluso llegando a fundar ciudades, como se deduce del ya citado descubrimiento de grandes templos en Gobekli Tepe (Urfa). Quienes crearon esta cultura hacia el 10.000 a. C. pudieron haber creado fácilmente una cultura urbana antes que Uruk y Ur. Su arquitectura y símbolos mitológicos así lo indican.

Al parecer, estos pueblos, a los que generalmente los sumerios se refieren como hurritas ya en el 3.000 a. C. fundaron hacia el 1.650 a. C. dos importantes uniones políticas. Por un lado con los hititas, con Hattushash y Kanish como centro, situados más al norte y por otro con los mitani con la capital en Washukani –en kurdo Xweshkani (bello manantial)-, en la actualidad Sere Kaniye, ciudad fronteriza entre Turquía y Siria. La parte siria conserva su nombre kurdo, mientras que la turca fue rebautizada como Ceylanpinar, aunque los kurdos siguen llamándola por su verdadero nombre. Varios documentos muestran que Mitani se extendió desde Kirkuk y los montes Zagros hasta Tell Alal y los montes Amanos, llegando a ser la tercera fuerza política y cultural junto a egipcios e hititas hacia el año 1.400 a. C. Los mitani compartieron lengua y cultura con los hititas, entre ellos existían estrechos lazos consanguíneos y se establecieron matrimonios políticos entre sí (Shupiluliuma, emperador hitita, dice a Matizava, príncipe de Mitani: “Te he entregado a mi hija; vamos a dirigir la región juntos como hombres”). Los jeroglíficos de Egipto también dan cuenta del poder de Mitani y a sus palacios igualmente llegaron para ser desposadas mujeres de Mitani, entre ellas nada menos que la famosa Nefertiti.

También es conocida la reina hitita Puduhepa, de origen hurrita. Parecen la última huella dejada por la mujer en la cultura de la región. La rama meridional de los hurritas estuvo compuesta inicialmente por gutis y casitas, y después por el nuevo sistema político mitani. En lengua sumeria, “hurri” significa “montañés”, denominación que se sigue utilizando en nuestros días. Lo más importante es que, según las fuentes más relevantes, para referirse a todos los reyes y príncipes del llamado Estado hitita se utiliza el nombre de Hurri y las mujeres con las que se casan siempre son princesas hurríes. En mi opinión, los mitani tenían una organización similar a una confederación en las estribaciones de los montes Taurus-Zagros, mientras que los hititas, la segunda rama de los hurritas, se organizan al norte de la cordillera Taurus llegando hasta el mar Negro, dotándose de una primitiva estructura imperial, un hecho que confirman su base cultural, los vínculos de parentesco, las relaciones diplomáticas y, sobre todo, la alianza hitito-casita.

Podríamos concluir que fue este espíritu de resistencia en toda la parte septentrional y la unión política que se formó como consecuencia de ello lo que puso fin al primer periodo babilónico. Babilonia, durante su segundo periodo (1.600-1.300 a. C.), está regida por esa unión política o tiene una administración conjunta bajo un espíritu de convivencia continuando su proyección como mayor centro cultural y comercial de la época. Es como si fuera el París de hoy.

La cultura babilónica ha dejado huella en los tres libros sagrados; Babilonia es, al mismo tiempo, enclave comercial, ciudad universitaria y cosmopolita, multicultural, mosaico de creencias y civilizaciones de la época. Allí se desarrollan todos los juegos políticos, comerciales y de los servicios de inteligencia, convirtiéndose también en un foco de complots como ocurre en el Londres de hoy.

El tercer periodo de Babilonia (610-330 a. C.) comienza con la destrucción de Nínive el año 612 a consecuencia de la alianza establecida con los medos, algo que también tiene parecido con la alianza kurdo-chií de hoy, y finaliza con la conquista de la región por Alejandro Magno hacia el 330 a. C. A este periodo pertenece el reinado de Nabucodonosor, el último gran imperio mesopotámico. A partir de esta fecha, Mesopotamia irá perdiendo su papel como foco de atracción internacional. Tras haber amasado toda la cultura de la humanidad en las cuencas del Tigris y el Éufrates, en sus cauces secundarios, en los valles, montañas y llanuras que fueron epicentro de la historia durante aproximadamente 15.000 años y tras haberla extendido a todos los continentes, se prepara hoy día para una nueva etapa, es cierto que con gran cansancio pero también de forma muy esperanzadora.

También el periodo asirio se podría dividir en tres periodos. Asiria es una de las potencias políticas, militares y comerciales más poderosas de la Antigüedad, el eslabón intermedio entre Sumer y la civilización grecorromana, siendo recordada por su dinámica comercial pero también por el carácter sanguinario de su tiranía. Su destrucción fue festejada por todos los pueblos de Oriente Medio, incluido el suyo, porque suponía el fin del despotismo, de los nimrudes y faraones.

La primera etapa (2.000-1.600 a. C.) supone el ascenso de la aristocracia comercial y, con frecuencia, comerciantes y poder político forman como un monopolio representado por la misma persona, algo que ya es de por sí llamativo. Se podría decir, incluso, que el monopolio del poder político-militar surgió en Asiria, pero también que se basa en la herencia y experiencia comercial de El Obaid, Uruk, Ur y Babilonia; es decir, siguieron su huella y desarrollaron el comercio en todas las zonas de la civilización incluidas las sociedades nómadas y las agrícolas de la zonas próximas que todavía estaban en el Neolítico. Igualmente, establecieron colonias comerciales en las principales regiones de influencia, llegaron a acuerdos comerciales (capitulaciones) y utilizaron una amplia red de rutas caravaneras; se trataba de una civilización con una alta conciencia comercial que ejercía la fuerza de forma despiadada para garantizar todas estas relaciones estratégicas. Nínive, como si fuera Amsterdam en Holanda, se llenó de oro y plata. En Nínive y las ciudades circundantes se levantan centros textiles y los más famosos palacios de la época, y de la misma forma que Ámsterdam compite con París, Nínive (Asur) lo hace con Babilonia, compiten, hay una influencia recíproca, estallando entre sí conflictos económicos, comerciales, políticos y militares, pero ninguna de las dos consigue dominar de forma definitiva a la otra, pese a producirse este dominio recíproco de forma cíclica.

El segundo periodo (1.600-1.300 a. C.) mantiene su carácter comercial pero bajo dominio de la alianza entre Mitani y Babilonia. En el tercer periodo (1.300-600 a. C.) Asiria llega a ser la potencia más temible de entonces, construyendo una verdadera estructura político-militar. A excepción de Urartu, no deja sitio sin ocupar ni amenazar, incluido Egipto. Con Asiria los distintos pueblos sufren los mayores padecimientos y podría ser calificado como el periodo más sanguinario de la civilización. Se vanaglorian con orgullo de levantar castillos y ciudades con las cabezas de los enemigos decapitados. Los pueblos y etnias no esclavizadas son exterminadas. No se salva ni Egipto y el Reino de Israel es arrasado. Asiria se convierte en una potencia mundial semejante a los EEUU en la actualidad y ese egoísmo característico de los imperios alcanza en Asiria su mayor desarrollo. No existe cultura de reconciliación, de convivencia pacífica y tampoco se debe menospreciar el papel que pudo jugar en la creación de una tradición imperial.

También son de origen hurrita quienes jugaron un papel determinante en la destrucción de Asiria. Los mitani no les dejaban ni respirar. Las tribus nairi –en asirio, “el pueblo del agua”- suponen un largo periodo de resistencia, organizándose en confederaciones tribales en el actual Botan (1.200-900 a. C.); después entra en escena Urartu, que combate a los asirios desde el 870 a. C. hasta la destrucción de su imperio el año 612 a. C. Son tres siglos de resistencia que dieron pie a una poderosa y centralizada organización política con capital en Van que dejará huella en la historia. Al principio, la lengua asiria es la dominante pero probablemente mezclada con elementos hurritas, armenios y caucásicos. Tal estructura lingüística refleja precisamente ese mosaico de resistencias. Se entiende que estos pueblos, que compartían el mismo espacio geográfico, formaron esa poderosa organización política para hacer frente a un enemigo común. También es el periodo en que entran en escena los escitas, de origen caucásico. Sobre los urartu, sabemos que eran maestros en el arte de la forja y que desarrollaron la fabricación de armas, utensilios y vasijas de bronce. Pero se comprenderá mejor la importancia de sus avances en el terreno de la arquitectura, sobre todo en la construcción de fortificaciones, y porque derrotaban a los asirios con frecuencia. Urartu no logró una victoria definitiva sobre los asirios pero jugó un papel clave en su progresivo desgaste. Su profunda huella en la historia de la civilización difícilmente será borrada.

La definitiva derrota de Asiria en el 612 a. C. fue posible por la diplomacia bajo mesa desarrollada por Babilonia y la Confederación Meda, tras arduas negociaciones con los sacerdotes medos, los mag (magos), palabra que en kurdo significa “hogar de fuego”. Es entonces cuando comienza el periodo medo y la tercera era de Babilonia.

La conclusión más importante que se podría deducir del funcionamiento de la civilización asiria es la fusión entre el monopolio comercial y el político-militar, de la forma más importante de la historia de la civilización; aparte de ser, antes que el Imperio Persa, el principal eslabón con las civilizaciones de Egipto, China y la India. Los asirios crearon todo un comercio mundial, una especie de globalización en la que se apropia de un legado de los pueblos acumulado con mil y un sufrimientos utilizando un sistema de terror sin precedentes y un monopolio comercial impuesto por factores externos a la economía. Es obvio que el monopolio comercial no puede funcionar sin el Estado. Además, en este periodo el comercio adquiere por primera vez tanto peso como la agricultura frente a los monopolios políticos anteriores, que estaban totalmente vinculados al sistema esclavista. El monopolio comercial, en tanto que capitalismo, ocupa dentro de la civilización el papel de una fuerza explotadora más eficiente que la confiscación del excedente agrícola por parte del monopolio político. Incluso se puede decir que la administración imperial es más acorde al comercio que a la agricultura ya que es imprescindible la seguridad de las rutas comerciales de largo recorrido, algo que solo puede proporcionar la estructura imperial. En este sentido, ni siquiera hace falta mencionar que la violencia utilizada aumentará de forma directamente proporcional a la resistencia de las sociedades ante las nuevas imposiciones económicas.

También está claro que para una economía son útiles tanto la agricultura como el mercado, el pequeño comercio, la artesanía y gran número de sectores privados independientes, y que no son imprescindibles los monopolios político, militar, comercial o económico. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿si no hubiera surgido Asur, se habría detenido el desarrollo económico? Más bien parece que un entorno de paz habría generado una vida económica más diversa y positiva. El Estado, en tanto que administración opuesta a la democracia, es una fuerza que destruye la economía y la sociedad a través de las guerras y las confiscaciones que lleva a cabo. No estoy poniendo en cuestión la necesidad de las ciudades y la formación de clases sociales sino el nexo tiranía-civilización, una tiranía disfrazada ideológicamente como algo sagrado, que ha levantado a su alrededor grandes murallas políticas y militares. He repetido que aunque la civilización, en tanto que proceso urbano, tiene aspectos positivos, ha sido transformada, adulterada, convertida en algo negativo, transformándola en un gran obstáculo retrógrado y conservador. Coordinar una administración es una cosa pero el monopolio, la tiranía y el expolio otra muy distinta.

La fusión del monopolio político, comercial y económico no es algo exclusivo del capitalismo; la civilización construye estas mismas bases desde sus inicios junto al proceso de urbanización y a las familias dinásticas, y estos tres monopolios han conservado su existencia hasta nuestros días como si se tratara de una cadena indestructible, asediando y destruyendo los aspectos positivos de la sociedad y su desarrollo democrático; pero sigamos con los otros eslabones de la cadena.

5 . – Las civilizaciones egipcia, india, china, hitita y fenicia

Esclarecer la aportación de Egipto, la India y China al cauce principal de la civilización requiere un gran trabajo pero este no es el lugar de hacerlo. Sin embargo, sería esclarecedor explicar por qué la agricultura tenía tanto peso y por qué no fueron capaces de rebasar sus límites regionales. Estoy convencido de que internamente eran sociedades muy desarrolladas y que el hecho de que hayan perdurado durante tanto tiempo se debe a que no recurrieron a un monopolio económico, y mucho menos a un monopolio comercial de larga distancia y que ese monopolio tampoco tuvo grandes posibilidades de formarse debido a su estructura agrícola y a que casi no tenían comercio exterior.. En este sentido, el monopolio político podía ser más duradero en la medida que no estaba vinculado al económico. También es cierto que las potencias político-militares son menos cuestionadas porque previenen del peligro exterior y, aunque también son monopolios de tributación económica, no están asfixiados por el dominio económico.

Egipto, en la medida que influyó en la cultura grecorromana, contribuyó a la cultura y civilización europeas. Respecto a África, influyó tan poco que es como si no hubiera existido como cultura, no tuvo una gran participación en el comercio y quedó aislada de Oriente Medio. Probablemente fuera uno de los primeros ejemplos de socialismo. Ninguno de los ejemplos similares son tan influyentes como el de Egipto. Participó plenamente en la civilización de la Edad Media a través de Oriente Medio, mientras la India y China lo hicieron solo parcialmente. El islamismo jugó un papel esencial al incorporar elementos de estas tres civilizaciones y llevarlos a Europa. Respecto a los hititas no hace falta un apartado propio. En tanto que aliado de hurritas y mitanis, extendieron la civilización por la Anatolia y, a través de las costas del mar Egeo, contribuyeron al nuevo impulso de la civilización en la península griega, al menos de forma tan significativa como fenicios o egipcios. También frenaron la expansión territorial de Egipto sobre Siria, así como influyeron en detener la expansión territorial de Asiria y, anteriormente, la de Babilonia.

Por su parte, los fenicios, una etnia asentada en el Mediterráneo Oriental, llenó el vacío comercial dejado por un Egipto incapaz de crear una red comercial a larga distancia, expandieron la cultura de Oriente Medio y Egipto a Europa, llevando el alfabeto y las técnicas de la construcción naval, entre otros, a los griegos. Los fenicios fueron los primeros que consiguieron establecer colonias comerciales en todos los puntos del Mediterráneo. También construyeron los primeros puertos y fueron muy importantes en trasladar valores de cultura moral; su influencia en la historia de la civilización es tan importante como la de Urartu.

La aportación del Reino de Israel, por su parte, se circunscribe sobre todo a este aspecto moral y lo más importante es que de la tradición hebrea surgen las religiones monoteístas; como si frente a los Estados materiales de Sumer y Egipto hubieran tenido la necesidad histórica de crear un Estado moral. La tradición hebrea no hay que mirarla desde la perspectiva judía. Los comerciantes judíos se afianzan sobre todo en el sector monetario pero en el terreno moral encontramos profetas, escritores, pensadores e intelectuales. Y el hecho de que alcanzaran un gran desarrollo en ambas ramas influyó profundamente en la historia de la civilización mundial. Para conocer completamente la civilización hay que analizar todos los aspectos de la tradición sumeria, egipcia y hebrea. En este sentido, explicar Europa basándose solo en la Edad Media y parcialmente en la grecorromana no se sostiene; se trata de un gran error cuyas graves consecuencias trataré más adelante.

6 . – La era medo-persa (700-330 a. C.)

La influencia de los medos en la civilización es bastante desconocida. De origen hurrita, forman una rama de los pueblos arios emparentada con los persas, viven en los montes Zagros y una de sus señas de identidad es su capacidad de resistencia frente a la opresión asiria. Los magos, sus sacerdotes, juegan un papel importante en la educación y administración, y hacia el 700 a. C. forman una unión confederal donde hoy confluyen las fronteras de Irán, Irak y Turquía. A veces tienen relaciones de amistad y otras conflictivas con los escitas del Cáucaso. Su victoria sobre los asirios el año 612 a. C. aumentó su prestigio y les abrió nuevos horizontes, derrotando a los frigios en las orillas del río Kizilirmak el año 585 a. C. Fue entre los magos donde surgió Zaratustra, un gran sabio, que genera una religiosidad, que constituye un fenómeno de gran calado ético. El zaratrustianismo no es totalmente ni una religión ni una filosofía. Pese a que difiere de la tradición abrahámica, hubo una gran influencia recíproca, sobre todo bajo el reinado de Nabucodonosor, el emperador babilónico, quien deportó a los hijos de Israel a Babilonia el año 595 a. C. La civilización griega también da a los medos más importancia que a los persas, siendo el pueblo más citado por Herodoto en su Historias. En el 559 a. C., como consecuencia de una traición interna, los persas aqueménidas se hacen con el control del sistema político medo. Ciro, fundador de esa dinastía, se había criado en la corte meda. Ambos, medos y persas, son componentes y cofundadores de ese gran imperio erróneamente denominado solo persa.

Este imperio medo-persa puso en marcha en el plazo de tres siglos el mayor sistema político de la época, formando un semi-Estado con un vasto territorio que se extendía desde Egipto a la India -conquistada hacia el año 515 a. C.- y desde China hasta la península griega, dividido en 22 provincias. Sus principales contribuciones a la civilización, aparte de valorar la tradición ética, fueron la creación de la burocracia, un buen sistema de correos, una red de calzadas y el mayor y más preparado Ejército de la época.

Pese a que fue en esta época cuando aparece la dicotomía Oriente-Occidente, existió una influencia recíproca y la civilización griega tomó varios elementos culturales de medos y persas. Por ejemplo, los griegos fueron administradores en la corte persa y también estuvieron a su servicio miles de mercenarios. El que los persas hubieran acumulado grandes riquezas y dominaran durante dos siglos la región del mar Egeo provocó que entre los griegos surgiera un fuerte sentimiento anti-persa, llegando a ser poco menos que un objetivo nacional poner fin a esa opresión arrebatándoles sus riquezas. No es una casualidad que se compare a Alejandro Magno como el nuevo Hércules. Alejandro había recibido esta formación, incluso en sus clases con Aristóteles, ya que también la filosofía griega estaba influida por esta tradición de lucha frente a la opresión. Era una actitud similar a la de los medos contra los asirios. El que Alejandro, que era un macedonio con cultura griega, pudiera destrozar el Imperio Persa como si se tratara de un castillo de naipes no es más que un reflejo de ese espíritu de resistencia desarrollado durante cientos de años y, sobre todo, la síntesis entre la ilustración filosófica y el espíritu libre del pueblo macedonio.

7 . – La cultura y civilización grecorromanas

Interpretar la cultura y civilización grecorromanas como el comienzo de la cultura occidental es un error. En realidad, en Europa nunca surgió una cultura como tal. El desarrollo cultural de Europa, incluido el cristianismo medieval, es producto del trasvase cultural desde las civilizaciones originarias de Oriente Medio, de Mesopotamia y Egipto, un hecho que se prolonga hasta el siglo XV. Es decir, nos encontramos ante una cultura formada por sucesivas aportaciones que se encadenan en un largo plazo (unos 15.000 años) procedentes de un marco geográfico concreto y que llegan a Europa como lo hace un caudaloso río alimentado por sus distintos afluentes.

Aunque el eslabón grecorromano se formó en Europa, en realidad recogía la herencia de esa cultura anterior y en lo que se refiere a la cultura material y moral tampoco hubo grandes innovaciones ni elementos diferenciadores significativos hasta el siglo XVI. Las aportaciones filosóficas, que podrían ser novedosas, en el fondo son impensables sin el legado babilonio, egipcio, hitita, urartiano, medo y persa. Hasta Platón confiesa que los sabios griegos, sobre todo Solón, Pitágoras y Tales, elaboraron sus planteamientos filosóficos tras haber visitado los centros del conocimiento en Oriente, principalmente Babilonia, hacia el año 600 a. C. Por su parte, la mitología griega y romana es, en definitiva y si dejamos a un lado la nomenclatura, la cuarta y quinta versión de la sumeria (siguiendo el orden de Sumeria, Babilonia, Hurritas-Hititas-Mitani, Grecia y Roma) y, parcialmente, de la egipcia. Hay que tener en cuenta que la cultura material del Neolítico había llegado a todos los terrenos de la vida europea hacia el 4.000 a. C. y la sumeria y egipcia entre el 2.000 y el 1.000 a. C. De la síntesis que se inició en el año 2.000 a. C. en la península griega salieron los primeros ensayos entre los años 1.600 y 1.200 a. C., empezando a dar sus frutos en la Antigüedad a partir del primer milenio antes de Cristo, especialmente con Homero y Hesiodo, germinando a su vez en la Península Itálica, con los etruscos, y en esas mismas fechas, para concluir con la Monarquía romana el año 754 y después, en el 510 a. C., con la República.

El milenio que va del 500 a. C. al 500 d. C. presenta importantes peculiaridades formando un nuevo eslabón con ciudades que podrían considerarse sucesoras de Uruk. No cabe duda de que el proceso de urbanización grecorromano alcanza gran valor estético pero el sistema administrativo y de clases ya existía hacía miles de años pero sin la madurez grecorromana; lo mismo ocurre con otros componentes de la cultura material y moral, con el comercio, el mercado, el dinero, el alfabeto, la ciencias, filosofía (sabiduría), ética o la mitología. Sin tener en cuenta este legado no se puede decir que una cultura material y moral brotara de estas dos penínsulas como lo hace la hierba de la tierra. En la historia de Occidente, el estudio sobre la raíz de las culturas ha tenido durante mucho tiempo graves carencias y errores, aunque es cierto que ha habido aportaciones interesantes en la época de la postmodernidad.

Una de las peculiaridades de la cultura grecorromana estriba en que tuvo de forma sucesiva los sistemas monárquico, republicano, democrático e imperial. Al principio se solaparon monarquía y democracia, como lo hicieron al final república e imperio, régimen este que fue la última y más extensa cultura esclavista que adquirió gran proyección justo antes de que se desintegrara. Se trata de un aspecto a destacar porque a partir de entonces evolucionaba o se disolvía y, de hecho, el imperio grecorromano se transformó al desintegrarse. La civilización grecorromana que transcurrió durante un largo periodo histórico entró en una profunda crisis tras haber alcanzado su periodo de máxima madurez, cuando la producción de excedentes se convirtió en el fundamento del Estado. El excedente está vinculado a llenar los estómagos de los trabajadores que han adquirido ciertas habilidades, sobre todo esclavos, mientras el monopolio estatal, formado por la tríada ideología – política – militar, se asienta sobre esta forma de producción. Este sistema paralelo a un proceso de urbanización desarrolla la cadena mercancía, mercado y dinero, que, junto a la artesanía, deriva en la división del trabajo. En este estadio, es el monopolio comercial quien entra en escena pudiendo apropiarse de una parte del excedente, apareciendo una competencia de monopolios entre sí, en base a los excedentes de la agricultura y la artesanía. Es importante tener en cuenta estos dos monopolios, aunque entre ellos no haya grandes diferencias, para analizar las relaciones y los conflictos políticos y militares que surgen entre ellos.

En este sentido, podríamos denominar civilización al sistema social formado a partir de la integridad de cultura material y moral cuyo núcleo estaría formado por camarillas que podríamos denominar monopolistas agrarias y comerciales junto al aparato ideológico, político y militar concentrado en torno a la ciudad. Y también sería útil denominar “civilizaciones esclavistas” ya que la forma de trabajo dominante es la esclavitud. Respecto a la competencia y los conflictos internos en la historia de la civilización, se pueden diferenciar dos situaciones; la primera entre los monopolios en general y los agrícolas y comerciales, y la segunda entre el propio sistema de civilización y todas las fuerzas de la sociedad (todas las clases, étnias, pueblos, tribus, artesanos en opresión…) con los cuales entra en contradicción. Aparte de las guerras provocadas por estas dos situaciones, esta es la razón de que tanto la cultura material como moral se desarrollen en medio de una constante competencia y enfrentamiento, provocando así una reacción en cadena a lo largo de la historia de la civilización.

Esa reacción en cadena tiene forma de procesos de crisis hasta la época grecorromana. Por un lado, la agricultura y el comercio se resienten e incluso se hunden en distintas zonas geográficas por diferentes motivos, por lo que las crisis son constantes. Las condiciones climáticas, una producción excesiva, los conflictos y migraciones internas y externas, las formas de producción rentable, los planteamientos filosóficos y los sistemas organizativos en el ámbito militar, político e ideológico son las causas principales de esas crisis. Los sectores que no quieren ser aniquilados por las camarillas monopolistas y que quieren imponer sus intereses económicos utilizan los conflictos y la guerra como instrumentos de producción; esto es así debido a que son monopolios establecidos sobre la economía. Son los Estados y civilizaciones más determinadas por el comercio los que provocan más guerras debido a la frecuencia de las crisis comerciales. Por el contrario, los Estados y civilizaciones en las que domina la agricultura con mejor clima y posibilidades de un regadío regular son más estables, viven menos crisis y más periodos de paz. Mirándolo desde esta perspectiva, se comprende por qué Egipto, la India y China están menos implicadas en guerras, a excepción de las insurrecciones de ciertas ciudades, regiones o esclavos. El que las civilizaciones mesopotámicas tengan por lo general un carácter expansionista y bélico también se explica por su excesiva dependencia comercial en el proceso de producción, como ocurre en El Obeid, Uruk, Ur, Babilonia, Asiria y Persia.

Lo mismo ocurre con las continuas campañas militares por tierra y mar de la civilización grecorromana. Teniendo en cuenta que Mesopotamia es la cuna de la agricultura y el comercio, desde que se formó la civilización, tanto griegos y romanos -desde Occidente- como persas -desde Oriente- desencadenaron a partir del 600 a. C guerras durante un milenio tanto en sus propias regiones centrales como debido a su dependencia comercial y de la agricultura mesopotámicas.

La civilización no se puede formar sin el comercio en general y en particular sin el mesopotámico. O ambos se hunden o se hunde uno de ellos o ambos se equilibran recíprocamente. Y así fue como los vencidos fueron los triunfadores. La situación de equilibrio, de épocas en que una de las dos partes no pudo imponerse a la otra, fue mucho más prolongada. Pongamos unos ejemplos; El Obeid y Uruk estaban enfrentadas entre sí pero también mantenían cierto equilibrio, de la misma forma que entraron en conflicto con las sociedades de la Alta Mesopotamia pero también con periodos de equilibrio. Y lo mismo ocurrió con las dinastías de las ciudades de Ur y Acad, que después serían borradas de la historia, y también entre acadios y gutis, entre Asiria y Babilonia. En general, los hurritas (incluidos hititas, mitanis, casitas, medos y urartianos), babilonios y asirios protagonizaron terribles periodos bélicos y, con intervalos, también épocas de coexistencia como también hubo entre hititas y egipcios, y, finalmente, la Guerra de los Mil Años (550 a. C – 560 d. C) entre grecorromanos y sasánidas persas. ¡Estos son los enfrentamientos y las guerras entre las distintas “camarillas” de las civilizaciones!

Por otro lado, la resistencia e insurrecciones de pueblos, etnias, esclavos y ciudades (artesanos) que la civilización quiso subordinar a la fuerza con la esclavitud y las confiscaciones comerciales forman otro importante y constante factor a tener en cuenta. En definitiva, un sistema sanguinario, basado en la tortura y la explotación, y en cuyos fundamentos se encuentra no solo la plusvalía del capital sino también un excedente de cinco o seis mil años.

8 . – Cristianismo e islam

No cabe duda de que cristianismo e islam son sendas civilizaciones, con grandes e interesantes diferencias y semejanzas. Pese a lo mucho que se ha escrito sobre su influencia en la historia de la civilización, la realidad es que hay pocas interpretaciones científicas. En este sentido, es destacable su determinante influencia en la formación de la personalidad bajo sus efectos y por eso mismo elaborar un paradigma al margen de ambas religiones podría ser una meta para el futuro. Por lo que se refiere a las interpretaciones positivistas laicas, representan la más absurda de las religiones, cercana a la idolatría, y su contenido carece de valor digno de analizar ya que no superan a las otras religiones en general y al cristianismo, judaísmo e islam en particular.

Respecto a la Reforma y a la Ilustración, suponen una adaptación del cristianismo al capitalismo y también sabemos que el Renacimiento no entró en conflicto con el cristianismo y la actitud contra la religión y el cristianismo de la Ilustración ni consigue superarla ni alcanza a ser una crítica e interpretación coherentes de la misma.

Por lo que se refiere al islam, más que ser criticado por parte de sus miembros, desarrolló una gran rigidez debido a que experimentó de forma temprana choques sectarios internos. El islam no ha vivido, como ocurrió con el cristianismo, una interpretación filosófica y mucho menos tuvo su propio Renacimiento, Reforma o Ilustración, mientras que las corrientes del “nuevo islamismo” no son otra cosa que movimientos reaccionarios provocadores que no pueden ser interpretados más que por su concepción fascista o un nacionalismo en el marco del capitalismo.

El cristianismo y el islam pueden considerarse la segunda etapa de la historia de la civilización y la crisis del Imperio Romano entre los siglos IV y V, una crisis de civilización, acelerándose así un proceso de disolución de una civilización esclavista que existía desde hacía ya 4.000 años. Los historiadores dan a ese periodo el nombre de “los años de oscuridad”. Al final del Imperio Romano, la humanidad vivía bajo el yugo de una sociedad civilizada que necesita una salida y, por lo tanto, unos nuevos instrumentos materiales y mentales. Se trata de un estado de ánimo semejante al de alguien que se quiere despertar de una pesadilla, se espera un nuevo amanecer pero no se sabe cómo será. Las viejas creencias e ídolos ya no valen un duro en el mercado; ni los emperadores iban al templo de Júpiter. El surgimiento del cristianismo, del maniqueísmo y del islam responde, de acuerdo al espíritu de la época, a esa búsqueda de una nueva fe vivida intensamente.

Una pregunta mucho más incisiva: a pesar de que el cristianismo y el islam son claramente movimientos políticos, ¿por qué se presentaron de forma insistente como sagrado, teológico, como religión? Sería de gran interés encontrar una respuesta relacionándola con la aparición de “salvadores”, de los intelectuales de la época; sus pensamientos, cuestiones, propuestas y formas organizativas tienen que asentarse, necesariamente, sobre modelos previos.

Y en este sentido la referencia más clara es la tradición abrahámica; los profetas son los primeros que se refieren a la necesidad de una “salvación”. Nadie va detrás de alguien que anuncia la salvación si no es un profeta. También puede haber fracasos al toparse con una asentada tradición como le ocurrió al Maniqueísmo. Pese a que anunciaba un resplandeciente futuro, no pudo con las viejas tradiciones. El hecho de que los movimientos sigan presentándose en Oriente Medio bajo la máscara de la religión tiene que ver con esta tradición religiosa.

Por lo tanto, a la hora de interpretar el cristianismo y el islam, hay que dejar claro que son movimientos netamente políticos con careta religiosa. No cabe duda de que también tienen un contenido ideológico. Por otro lado la tradición religiosa abrahámica es teológica y hunde sus raíces en las imágenes mitológico-religiosas de los sacerdotes sumerios y egipcios, así como en su uso del término Dios y sus rituales. Ya entonces se hacía un gran esfuerzo para desarrollar una interpretación religiosa diferenciada de la sumeria y egipcia. Moisés, Samuel, David, Salomón, Ezequiel, Isaías y otros conocidos profetas asumieron una misión salvadora frente a las religiones despóticas de aquella época.

El maniqueísmo desapareció precisamente porque no se basaba en una tradición sólida y, sin embargo, la tradición abrahámica, pese a sus 1.500 años, no pudo imponerse a las civilizaciones egipcia y mesopotámica y solo logró una gran implantación a partir de llegada de Jesús, el Salvador. El Reino de Israel, cuya fundación se basa en esa tradición, tampoco tuvo una vida larga ni dejó una profunda huella. Su principal virtud fue convertirse en la esperanza de un pueblo oprimido que buscaba su salvación y ser referencia para pobres y oprimidos que iban tras un ideal, víctimas de nemrudes y faraones, es decir, de todo tipo de regímenes despóticos..

El fenómeno de Jesucristo se entiende mejor en este marco. El Imperio Romano había conquistado el Reino de Israel hacía mucho tiempo. Cuando los miembros colaboracionistas del consejo de sabios se unen a la administración romana, se crea el clima propicio para la aparición de un nuevo profeta. Además, hay que tener en cuenta que de las comunidades de Oriente Medio desintegradas por el sistema esclavista del imperio salen a chorro “esclavos sin trabajo”, verdaderos proletarios, provocando la aparición de sectas y profetas. Jesús probablemente sea uno de esos profetas que terminó crucificado, como los fueron muchos otros. El término “Salvador” tiene, en este sentido, un valor simbólico y genérico para los pobres, y hasta se podría considerar al creado por Jesús un movimiento socialista primitivo. Sin lugar a dudas, al principio era un movimiento de pobres y esclavos que intentaban escapar de su situación y su última iniciativa es marchar sobre Jerusalén, conquistarla e instaurar un nuevo reinado, el reino de los pobres. Jesús es como Espartaco pero sin ejércitos aunque su mensaje, al principio seguido por doce apóstoles y con el Nuevo Testamento como bagaje ideológico, hará que las primeras comunidades se transformen en un movimiento de masas.

Los apóstoles desplegarán una gran actividad por los imperios romano y sasánida, consiguiendo incorporaciones en masa sobre todo entre los griegos de la Anatolia interior y occidental, entre los asirios de las provincias sasánidas en el este y los armenios de la Anatolia nororiental. También son muy activos algunos intelectuales judíos, como San Pablo. El cristianismo llega a ser un movimiento político que sacude los cimientos sociales de los dos imperios. Paradójicamente la doctrina, que había surgido en oposición al Imperio Romano, llega a convertirse en religión oficial, en la ideología de gran parte de Roma, y acelera la fragmentación y transformación del imperio, provocando la ruptura con Bizancio (Imperio Romano de Oriente).

Como es conocido, entre las principales figuras del cristianismo oriental y occidental surgieron importantes polémicas, corrientes y cismas. Aparentemente se trata de debates teológicos, por ejemplo entre monofisitas y diofisistas, pero, en el fondo, se trata de un asunto totalmente político. Una parte de las nuevas sectas pasan a la clandestinidad mientras otras se vinculan al poder económico y político de ambos imperios. Se podría decir que tras la máscara ideológica sale a borbotones política y economía. El cristianismo deja de ser una religión para transformarse en una civilización. Europa, por primera vez en su historia, entra plenamente en la civilización tras el disfraz de la religión, como resultado de esta acción teológica y política de la fe cristiana.

Con su expansión por el norte y noreste de Europa durante el siglo X, el cristianismo completa con éxito su primer objetivo histórico. Será después, con el proceso de “capitalización”, cuando experimente un nuevo impulso mundial, mientras los cristianos de Anatolia y Mesopotamia –es decir los pueblos griego, armenio y asirio- se incorporan al proceso de civilización en la región con mayor bagaje moral, primero a partir de la civilización bizantina y después como iglesias independientes. Ser “cristianos” marcará el destino de estos pueblos debido, sobre todo, a unos ataques por parte del islamismo que tendrán trágicas consecuencias.

Por lo que se refiere al nacimiento de la civilización islámica, ocurre algo parecido. La Meca es en realidad una intersección de rutas comerciales que iban del mar Rojo al Golfo y del Yemen y Etiopía a Damasco, existiendo ya un sistema administrativo jerarquizado que dirigía la aristocracia de la etnicidad árabe quraish. Se trataba de un pueblo dedicado al comercio, religiosamente idólatra que ya había acumulado cierto capital. En esta región, aparte del judaísmo, cristianismo y zoroastrismo, se practicaban otras creencias paganas. En el lugar a donde había emigrado Ismael –hijo de Abraham y Agar- y parte del pueblo hebreo, concretamente junto al pozo de Zamzam, se levantará el principal templo de La Meca, un habitáculo con distintos ídolos, entre los que destacaban Lat, Menat y Uzza cuando surge la figura de Mahoma en el seno de una familia pobre quraish.

Esto trae a colación de nuevo el asunto del temor existente en los principales países musulmanes a estudiar, desde el punto de vista sociológico, el islam en general y en particular la vida de Mahoma. Pero mientras la religión no sea investigada sociológicamente, como forma de pensamiento y de vida social, no se logrará un auténtico conocimiento sobre la misma. Y, mientras esto no ocurra, no habrá forma de impedir que Oriente Medio sea el blanco donde se ensayen las políticas y disparos de EEUU y sus aliados. Es decir, que la mejor forma de entender a Mahoma es analizando sociológicamente su vida, la sociedad no saldrá perjudicada de esta investigación. Europa vivió su Ilustración debido a que si que adoptó este enfoque respecto al cristianismo. Mientras Oriente Medio no viva su propia Ilustración tampoco experimentará una revolución en el pensamiento, cuyo primer paso podría ser precisamente este análisis de Mahoma. En este sentido, conviene tener presente la época en que vive su personalidad y la actividad que realiza. Concretamente, Mahoma, hijo de Abdullah, pertenece al linaje Hashimi, y trabaja en las caravanas que van a Damasco para una mujer comerciante llamada Jadiya a cambio de una parte de las ganancias. En estos viajes recibe la influencia de sacerdotes siriacos pero también entra en conflicto con los judíos, que controlaban mayoritariamente el comercio.

El matrimonio de Mahoma con Jadiya cambia radicalmente la situación en una época en la que se vuelve a hablar del “último profeta”, que muchas personas reclaman ser, incluidas varias mujeres. En mi opinión, Mahoma aprende muchas cosas de Jadiya. Claramente tuvo que ser una persona con mucho talento porque no podía ser fácil en esa época ser una mujer comerciante y adinerada. Es más que probable que fuera ella quien le susurrara al oído que podía ser ese “último profeta”. No cabe duda de que lo que unía esta alianza matrimonial era el intento de crear un nuevo núcleo de poder. La aristocracia quraish debido a sus tradiciones reaccionarias (como la idolatría) estaba en una situación que le impedía fundar un Estado. Por otro lado, judíos y cristianos no eran muy influyentes o provocaban rechazo, al margen de los conflictos por valores materiales que pudiera haber entre ellos mismos. Por otro lado, la leyenda árabe de Agar e Ismael servirá de inspiración a Mahoma, quien admite las creencias y corrientes religiosas existentes en la zona percatándose de que ninguna conseguirá el objetivo de establecer la unión política de los árabes. Es Jadiya quien le anima a llevar a cabo esta empresa. Utiliza como base los fundamentos ideológicos de la rama árabe de la tradición abrahámica que se encontraba en la zona, y probablemente el resto lo aprenda de los eruditos sacerdotes siriacos.
Mahoma recibe el primer mensaje divino como profeta el año 610 d. C., en pleno choque entre bizantinos y sasánidas, una situación que favorece a la Península Arábiga, donde tanto los quraish como los colonos judíos se presentan como obstáculos para los fines de Mahoma, quien, desde el principio, actúa como líder político con mensajes propios de un hombre de Estado.

El islam surge, en definitiva, como un nuevo imperio en Oriente Medio bajo liderazgo árabe, abierto a todos los pueblos, superando el estrecho marco ideológico judío con una interpretación renovada, más actualizada. Se trata de un nuevo planteamiento de vida, simbolizado por ritos religiosos que se extenderán por los cuatro puntos cardinales gracias a una buena combinación de tácticas y estrategias que logran el primer movimiento de ámbito internacional. En definitiva, un extenso movimiento civilizacional que dejará huella histórica con una ideología, un programa político, un liderazgo, tácticas y estrategias.

Igual de significativo es que el nombre de “islam” también signifique paz. Mahoma, debido posiblemente a que prevé un proceso muy conflictivo, da prioridad a la paz al plantearse tres objetivos: la aristocracia quraish de La Meca y los imperios bizantino y sasánida. Debido al conflicto con el primero de ellos, en La Meca, tiene que exiliarse el año 622 d. C. a Medina, donde elabora el primer contrato social. La Carta de Medina favorece a la inmensa mayoría de las tribus, excepto a un reducido número de aristócratas de algunas tribus y linajes. El paraíso prometido está representado por las propiedades y el patrimonio de bizantinos y sasánidas, mientras el infierno es la antigua forma de vida del desierto. Tras rechazar a los quraish en las batallas de Bader, Uhud y Jandak, se abrirá paso la primera república árabe (democrática) con intensos debates y asambleas en la mezquita, lugar que, al contrario de lo que se cree, no era inicialmente de culto sino de reunión y de debate.

Sin embargo, la aristocracia encabezada por Muawiya, que había perdido temporalmente el poder, lo fue recuperando lentamente tras la muerte de Mahoma (632) conspirando, como era su especialidad. El asesinato de Alí, devoto y hombre de principios, abrirá a Muawiya y a su dinastía el camino al sultanato (monarquía), mientras que la descendencia directa del profeta perdía definitivamente peso político con la trágica muerte de Husein en Kerbala. Una nueva camarilla de comerciantes árabes reclamará sus derechos no solo sobre la Península Arábiga sino sobre todas las propiedades y patrimonio de bizantinos y sasánidas. Se trata de una vasta campaña de conquistas en la que las victorias se sucederán una tras otra, siendo los cristianos y los judíos de la península los primeros perjudicados. En el 650 ya se habían conquistado todos los territorios sasánidas, gran parte de los bizantinos y del norte de África, llegándose a las puertas de Constantinopla.

Se podrían comparar estas fulgurantes conquistas con la campaña relámpago de Alejandro bajo la simbiosis del espíritu macedonio y la filosofía griega, como también podríamos comparar los resultados culturales materiales y morales de la conquista árabe con la de Alejandro. Ahora, los triunfos se consiguen gracias al espíritu y valentía de los árabes y al impulso de una nueva fe establecida a partir de arraigadas creencias. El islam supone el movimiento más importante de la segunda etapa de la civilización, el último gran ímpetu cultural-civilizacionaloriental.

Lo sorprendente en el islam, a diferencia del cristianismo, es que en apenas tres siglos llega a la cúspide del poder, entre otras razones porque, desde su nacimiento, islam y poder son la misma cosa. Por esta razón, los sectores empobrecidos y oprimidos que hicieron posible el desarrollo del islam fueron precisamente los primeros en ser marginados del mismo. El islam supone el desarrollo de la civilización con un poderoso Estado que se organiza en torno a las mezquitas y los palacios convertidos en paraísos terrenales que se edifican a costa de multitud de almas sencillas, rebeldes y hambrientas de las tribus. Sería sumamente didáctico estudiar sociológicamente cómo un clan comercial de una pequeña ciudad -La Meca- pasa a ser un imperio en tan poco tiempo (640-650) en base a una religión de fuerte componente político.

En mi opinión, la rápida expansión del islam se debió a la existencia de un vacío de poder, a un largo periodo de caos social que ya existía en Arabia y que eran motivo de conflictos tribales, además de a la propia personalidad de Mahoma y al hecho de que los imperios bizantino y sasánida se encontraban en la primera etapa de civilización. Tras conquistar la civilización tradicional de Oriente Medio, se llegó hasta el centro de la India, Asia Central, el Cáucaso y al sudeste asiático (Indonesia y Malasia), rebasando la Península Ibérica y los Balcanes, es decir las dos zonas de Europa situadas en sus extremos occidental y oriental.

Este vasto movimiento político-militar no puede explicarse únicamente por un contenido religioso que, en el fondo, servía para encubrir otra realidad; incluso el nombre de islam tiene un valor simbólico. Lo cierto es que los términos “alá” y “profeta” ya eran utilizados desde hacía mucho tiempo por los hebreos y pero eso Mahoma se sintió muy molesto cuando los judíos de Medina le dijeron que les estaba robando su religión para utilizarla contra ellos. Por otro lado, el enaltecimiento de los monarcas y de sus acólitos nos remontaría a las mitologías sumeria y egipcia. Sin embargo, Mahoma da al concepto de Alá un valor muy distinto. Alá es una especie de energía universal, una concepción más progresista de dios y que los académicos islámicos no supieron desarrollar científicamente. Las normas para los creyentes funcionan como principios teóricos y los ritos sirven para mantener una viva relación con la práctica, fundamentalmente con el objetivo de cubrir las necesidades éticas y jurídicas de la época. Previendo el crecimiento del comercio y de la agricultura fueron desarrolladas regulaciones jurídicas. Y, sobre la vida heredada de la primera etapa de la civilización esclavista, la respuesta fue dura porque el “infiel” es “el otro” que debe ser aniquilado, mientras que el derecho al pluralismo ideológico queda limitado a la tradición abrahámica.

El islam es más abierto al laicismo que el cristianismo; objetivamente es así. Sin embargo, la guerra contra las antiguas formas de vida tuvo fatales consecuencias. Las culturas y creencias históricas de los pueblos fueron aniquiladas o asimiladas, junto al cristianismo, como ocurrió con el zoroastrismo o el maniqueísmo. También queda claro que la nueva forma de vida del islam generó la aparición de una aristocracia feudal. El lugar del Rey-Dios fue sustituido por el Sultán-Sombra de Dios. Inevitablemente, aparecieron los sultanatos despóticos, ya que el islam como religión es incapaz de impedirlo. El cristianismo es todavía menos capaz, ya que apoya la monarquía y el orden sacerdotal funciona como aliado del rey, contribuyendo así a un mayor perfeccionamiento del poder. Ambas religiones se esforzarán en que los sectores marginados permanezcan sumisos en un estado de servidumbre y subyugación, una situación más suave pero similar a la anterior esclavitud, aunque en algunos aspectos peor que la esclavitud clásica. Las dos religiones coinciden en no oponerse completamente a la esclavitud, en potenciar el sistema jerárquico, el poder estatal y en alimentar la conciencia y diferenciación étnica.

Ambos credos, y también el judaísmo, a pesar de que se incorporan al gran cauce de la civilización en su segunda etapa, no han sabido dar en el tiempo y espacio en que se incorporan soluciones ni a los conflictos entre las camarillas monopolistas dominantes ni a las exigencias de libertad y justicia de las fuerzas de la sociedad democrática, excluidas por la civilización. Por el contrario, la segunda etapa de la civilización agravó aún más los problemas relacionados con las guerras, la libertad y la justicia.

a . – Los núcleos de poder monopolista se completaron articulándolos con otros nuevos mientras no se producían cambios cualitativos ni en la agricultura ni en la artesanía. Sí aumentaron, por el contrario, las guerras por los excedentes y los emiratos llegaron a tener un monopolio del poder semejante al del sultanato, con lo que se multiplicaron las familias dinásticas mientras aumentaban igualmente los sectores que pretendían vivir de los excedentes. Formaban una especie de clase media que, cuando no lograban acaparar la cantidad deseada de excedentes, provocaban una guerra. Y así fue como en Europa y Rusia menudearon guerras feudales, aumentando de paso los problemas recaudatorios de la monarquía debido al desarrollo de una creciente burocracia.

b . - Quienes abrazaron alguna de las dos religiones con la esperanza de encontrar la salvación, la libertad y la justicia, al decepcionarse pasaron a la resistencia formando distintas sectas.

c . - La cultura moral tampoco experimentó desarrollo. Mientras desaparecía el periodo de “oscuridad” de la Edad Media, no surgía otra nueva y, en su lugar, se desarrollaron interminables debates teológicos y sectarios que se desvinculaban del mundo y de una historia convertida en relato sagrado. La voluntad humana quedó prácticamente anulada y las personas apenas eran otra cosa que sombras atrapadas entre el paraíso y el infierno, despreciando la vida terrenal, de espaldas a la realidad. Las camarillas monopolistas no dudaron en construir para sí castillos y palacios a imagen y semejanza del paraíso mientras la cultura urbana y la filosofía sufrían un gran retroceso respecto a la etapa anterior.

d . - Lo más grave de todo es el nuevo desarrollo de las guerras, peores que las anteriores de la antigüedad. Para extender su poder, se lanzan a la “conquista del mundo” al grito de “un solo Dios en el cielo y un solo sultán en la tierra”, llevando a cabo un esfuerzo bélico sin precedentes. La guerra en nombre de Dios adquiere un carácter mucho más destructivo que las anteriores guerras entre dioses, logrando un nivel de expansión territorial y una colonización impensables en la primera etapa, adquiriendo las guerras étnicas un carácter sistemático y continuo mientras los conflictos sectarios alcanzaban una complejidad tal que parecía imposible salir de ellos.

D .- Europa al nacer el capitalismo

Ni el cristianismo ni el islam supieron dar respuesta a la crisis profundizada con el hundimiento de la sociedad esclavista romana y la desintegración del imperio. El sistema que desarrollaron, llamado “civilización medieval” u “orden feudal”, no era diferente del mantenido por los sacerdotes sumerios o egipcios. Sus retorcidas recetas metafísicas, tanto en términos de programa político como de praxis, solo consiguieron llevar a la sociedad a la “edad oscura”. En ese momento desaparecieron numerosos valores culturales de la Antigüedad y la crisis de Roma se profundizó aún más por parte de sus herederos. En el marco de la civilización, las distintas sociedades quedaron aisladas de los demás seres vivos, convertidas en masas amorfas que, en calidad de “súbditos del infierno o el paraíso”, esperaban su turno para marchar en fila y a redoble hacia los campos de batalla.

Teniendo en cuenta estas reflexiones, ya expuestas anteriormente, podemos plantearnos ahora situaciones concretas.

a . – Griegos, armenios y asirios, que fueron los primeros en abrazar el cristianismo y que aspiraban a mantener y fortalecer su identidad (griegos frente a romanos, armenios y asirios frente a bizantinos y sasánidas), perdieron en las conquistas islámicas buena parte de su espacio histórico-cultural, una cultura material y moral cultivada durante miles de años. Por el contrario, fueron los turcos y los árabes quienes sacaron mayor provecho de esta situación. Kurdos y persas apenas si lograron sobrevivir, mientras los rusos realizaban, gracias a la religión cristiana, grandes avances a costa de turcos, tártaros, mongoles e incluso chinos.

b . – El cristianismo también permitió a los pueblos de Europa estabilizar su desarrollo, realizando progresos parciales debido a que compartían la misma fe, mientras la aristocracia sacerdotal al principio y después los señores feudales tuvieron una gran responsabilidad en que estos pueblos perdieran su antigua vitalidad cultural. Los aspectos más avanzados y desarrollados del Neolítico quedaron anulados y asimilados por la nueva situación pero es una realidad histórica que fue en esta época cuando surgieron los primeros elementos nacionales como fenómeno de larga duración.

c . – Los pueblos aborígenes de África, América y Australia ni siquiera pudieron mantener sus culturas ante la llegada del cristianismo y, parcialmente, perdieron su identidad. Mientras la cultura india también sufría un retroceso, China no se atrevió a tener una política expansionista ante estas religiones.

Debido a que la Edad Media o “segunda etapa de la civilización” profundizó aún más la crisis en vez de resolverla, la situación de Europa adquirió sentido estratégico; si Europa sucumbía en esta guerra por la civilización entre dos grandes potencias, es decir entre cristianismo e islam, Europa lo habría perdido todo, pero si salía airosa, su capacidad de dominio estratégico sería definitivo, una situación más compleja de lo que generalmente se piensa.

El siglo XV supone, en este sentido, la completa expansión del cristianismo por Europa, instaurando el periodo del sagrado feudalismo. El Sacro Imperio Romano Germánico se proclama sucesor del de Roma aunque le surgen varios rivales, principalmente el reino de Francia, pero también la dinastía Habsburgo de Austria que emerge como nueva potencia, y la Rusia zarista, que ya lo había hecho en calidad de “Tercera Roma” tras la caída de Istanbul. Polonia, un reino que había alcanzado gran desarrollo, tampoco permitió que nadie acaparara en exclusividad la identidad cristiana, mientras Inglaterra y Francia se enzarzaban en la Guerra de los Cien Años. Por su parte, tanto los Balcanes como España se encuentran a la defensiva ante el islam y las ciudades italianas se encontraban liderando el Renacimiento y dirigiéndose hacia el capitalismo. Roma ya no volverá a ser una referencia para Europa y ni siquiera podrá emprender la reunificación de una Italia cuyas ciudades están metidas hasta el cuello en una carrera comercial que las enfrenta entre sí. Se trata de un duro enfrentamiento que solo les permitirá realizar a la civilización europea dos grandes aportaciones: haber liderado el proceso de urbanización durante los últimos dos siglos y sentar las bases para la expansión del capitalismo comercial, lo cual será la mayor ventaja estratégica para Europa, como se confirmará en el siglo XVI. Por otro lado, las cruzadas no tuvieron el resultado que se esperaba. En ese periodo, Europa estaba sumida en la incertidumbre y los árabes musulmanes no solamente suponían una amenaza estratégica a través de España sino que resultó difícil rechazarlos incluso cuando invadieron Francia. En caso de que se hubiera hundido este frente, la Europa cristiana habría desaparecido y habría quedado convertida en una colonia. Además, los emperadores otomanos se aproximaban a Polonia tras avanzar fulgurantemente por el Imperio Austro-húngaro a través de los Balcanes. Si no hubieran sido detenidos, este avance también habría supuesto el fin de la existencia política y cultural de Europa, como heredera de Roma. Tanto turcos otomanos como árabes andaluces saben que si no obtienen una victoria definitiva en Europa entrarán en una fase de continuas y sucesivas derrotas. Mientras que los mongoles de la Horda de Oro suponen, igualmente una latente amenaza sobre Europa desde el norte del mar Negro.

Europa reúne una serie de peculiaridades profundamente arraigadas. Tenía una tradición democrática tribal todavía presente y sus pueblos apenas habían vivido bajo el sistema esclavista de la civilización. Tenían una percepción superficial de la religión cristiana y sus mentes no estaban conquistadas completamente, sobre todo en los países nórdicos, que mantenían una fuerte relación con la naturaleza. Pese a estar llevando a cabo el proceso de urbanización más rápido dado hasta el momento, sus ciudades, al haber padecido en menor medida los sistemas monárquicos e imperiales, funcionaban de forma más democrática. En todas las ciudades hay una administración semidemocrática, lo que permite formar confederaciones, no aceptando fácilmente imposiciones del exterior. Todas las monarquías europeas eran de reciente creación y no tenían peso ni capacidad suficiente para aglutinar a toda Europa, y la mayoría de ellas irían cayendo, una tras otra, durante las Cruzadas.

Por el contrario, tras la civilización islámica se encuentra toda la antigua civilización y, por lo tanto, se conocen mejor los mecanismos de poder, su fe tiene gran fuerza y una elevada autoestima. Se trata de una civilización más dogmática porque representa la última religión y el último profeta, además de no haber perdido las primeras cruzadas y de mantener el control de las rutas comerciales.

Analizado desde este punto de vista, Europa vive la crisis de la civilización de una forma más profunda bajo la constante amenaza de turcos y árabes y, por lo tanto, del islam. Perdieron Constantinopla y el sultán Mehmet II llegó a desembarcar en Otranto, en el sur de Italia. La religión islámica y la gran cantidad de pueblos que arrastra tras de sí representaban una verdadera pesadilla para Europa. El cristianismo no es una forma de civilización que logre hacer frente a esa pesadilla.

De hecho, no deja de retroceder, hasta situarse la línea del frente en Viena, cuya caída habría hecho muy difícil parar a los turcos y al islam. Aquí es cuando cobra mucho más sentido el hecho de que las ciudades italianas abrazaran el capitalismo comercial y desarrollaran el Renacimiento, movimientos estrechamente vinculados a la supervivencia de Europa. Por esta razón, los acontecimientos de la península italiana son tan determinantes. Cristianismo e islam surgieron para sacar a la humanidad del periodo de tinieblas causado por el hundimiento de Roma, pero terminaron provocando una crisis aún mayor tanto dentro de ellos como al enfrentarse entre sí, causando así nuevos problemas que alejaban a la humanidad de la salvación y la iluminación. Europa se encontrará ante una disyuntiva: o resuelve la crisis provocada por las fuerzas de la segunda etapa de la civilización tomando el timón de su propio destino o se hunde aún más profundamente siguiendo el camino de Roma.

Es en ese momento cuando aparece en la agenda, con toda su proyección histórica, la siguiente pregunta: teniendo en cuenta que ya hemos cuestionado su nacimiento en el siglo XVI, ¿el capitalismo era la solución?
Realmente el capitalismo podía haber dado respuestas a las crisis de la Edad Media tardía (siglos XIV y XV) derivadas del cristianismo y del islam, como muestran las experiencias de Holanda e Inglaterra en el siglo XVI, pero, si lo analizamos detenidamente, veremos que la crisis en la tercera etapa de la civilización aún puede ser más profunda que las dos anteriores y se puede extender al resto del mundo. El hecho de que el capitalismo solo pueda existir a través de la guerra, la política y el monopolio económico es el factor fundamental para que se desencadene la mayor crisis de la historia de la civilización. El capitalismo es al mismo tiempo consecuencia y causa de la crisis. Lo ocurrido desde el siglo XVI al XXI confirma que el capitalismo puede extender la crisis temporal y geográficamente, pero eso no es la solución.

Los siguientes capítulos están dedicados al “Estado-nación” y al “Industrialismo”, en los que cuestionaré estos instrumentos puestos en funcionamiento por primera vez en la historia por el capitalismo para resolver los problemas sociales, mientras en la Conclusión expondré mis valoraciones sobre el capitalismo tanto como civilización de crisis como un propio sistema de crisis.

 

4 . – EL ESTADO-NACIÓN: EL LEVIATÁN MODERNO
La forma de Dios descendido en la Tierra

Conceptualizar la modernidad capitalista a partir solamente de consideraciones económicas provoca distorsiones metodológicas y de análisis que impiden llegar a su esencia. Hasta ahora, hemos dicho que se trata de una fuerza monopolista impuesta del exterior; es decir, que metodológicamente puede ser más acertado buscar la esencia del capitalismo en otro sitio. Por ahora, seguiremos su huella por los terrenos del Estado que es donde en realidad intenta esconderse y encubrirse.

Todos los ensayos metodológicos, filosóficos, históricos y sociológicos de Karl Marx tenían como objetivo situar al capitalismo en el terreno económico y señalaban una estructura monopolista en permanente crisis, algo a lo que Marx daba un valor positivo por los cambios que provocaba. Pero tener un gran dominio económico o imponer una estructura a la economía no quiere decir que se esté haciendo economía. Jugar con los precios en los mercados y diversificar los mecanismos monetarios para acumular ganancias no es posible sociológicamente sin poder político. No analizar el poder político y su carácter coercitivo con todas sus consecuencias, conceptualizar el capital e implantarlo en las conciencias con los análisis abstractos de la economía política es -intencionadamente o no- un error metodológico y ser víctima del paradigma capitalista.

Soy consciente de los inconvenientes que implica criticar a Karl Marx con tesis superficiales, sin hacer un análisis profundo, pero muchos de los que presumen de marxistas repiten sus ideas de forma monótona, sin debate y con planteamientos dogmático-positivistas propios de un grupo de iniciados en una secta.

No obstante, está confirmado hasta la saciedad, con más de 150 años de experiencia teórica-práctica, que “El Capital” funciona como un nuevo tótem que ya no es útil para los trabajadores. Yo relaciono esta situación al error de intentar de delimitar el capitalismo al terreno de la economía, cuando el capitalismo no es economía, y a considerar económicos aspectos básicos que no lo son. Colocar las políticas estatales monopolistas en la cúspide de la economía pese a su valor antieconómico es crear una ofuscación mental “ilustrada” para encubrir lo negativo del capitalismo que tiene consecuencias realmente trágicas, incluso en el terreno político e ideológico.

No soy un experto en Hegel y Marx ni he hecho una lectura profunda de sus obras ni tengo mucha información sobre ellos aparte de sus fundamentos básicos, pero tampoco estoy convencido de que esto sea muy necesario. No obstante, los valoro y creo que el derecho a la interpretación es un deber de la lucha por la libertad y la igualdad, porque estos autores dejaron una profunda huella en la sociedad de la modernidad capitalista. Marx y Engels cuando establecieron la filosofía alemana como una de las fuentes del socialismo científico seguramente se referían a Hegel, del que recibieron una gran influencia, como se puede deducir de sus críticas.

Hegel, desde el punto de vista ideológico, representa el auge de la metafísica y el mayor representante contemporáneo de la dialéctica. Se trata de un verdadero filósofo alemán, el padre del pensamiento nacionalista alemán. Marx y Engels van bien encaminados cuando estudian la burguesía alemana en el estadio más atrasado del capitalismo y su relación con la filosofía alemana. Tras sus críticas a Hegel y a su Filosofía del Derecho, donde reflejan su posición teórica, pasan de inmediato a la práctica fundando la Liga de los Comunistas y publicando el Manifiesto Comunista. Creo que las revoluciones de 1848, inmediatamente posteriores, no respondieron a sus expectativas, provocando así las primeras desviaciones economicistas. No cuestiono que hayan atribuido a la economía un lugar prioritario ni la necesidad de los estudios económicos. Mi crítica básica a El Capital no es que sea todo erróneo, sino a la negación que hacen de Hegel, porque ellos critican que Hegel diera prioridad al Estado y al Derecho cuando para mí ese es precisamente el punto de partida. Los que cometen un error histórico son Marx y Engels al caer en la desviación del economicismo, causa fundamental de que 150 años de socialismo, de lucha por la igualdad y la libertad, por una sociedad democrática, hayan fracasado.

Que no se me malinterprete. Cuando digo que Hegel va por buen camino, no lo digo porque acepte su “teoría de la acción” sino porque acierta en el planteamiento de partida.

Se trata de un problema general en Europa relacionado con la construcción de los Estados-nación y su conversión en importantes centros de poder. ¿Cómo se forma el Leviatán moderno? Thomas Hobbes y Hugo Grotius ya hablaban de la absoluta necesidad de un Estado centralizado, teorizan el absolutismo y lo consideran una solución en tanto que modelo de Estado para la transición del feudalismo al capitalismo. Sin embargo, no resuelve totalmente la crisis y el problema del Estado continúa en toda su magnitud. El hecho de que el capitalismo juegue un rol protagónico en Holanda e Inglaterra, y de que estos Estados desarrollen el hegemonismo afecta tanto a Alemania como a Francia. Francia fracasará uno tras otro en todos sus intentos por alcanzar la hegemonía mientras que Alemania ni siquiera había logrado resolver la cuestión de la “unidad nacional”. La realidad es que todos los candidatos europeos al poder, que buscan “estabilidad”, están enfrascados en el problema de la construcción del Estado. Ni las monarquías ni los absolutismos resuelven totalmente el problema. El ejemplo francés está sobre la mesa. El absolutismo de Luis XIV, el Rey Sol, no es superior a la alianza de Holanda e Inglaterra, y los problemas internos del Estado francés no dejan de aumentar. ¿Qué podían hacer los demás? Sus contradicciones internas, sus carencias morales y materiales, les impiden seguir el camino de Holanda e Inglaterra.

El fenómeno de la Revolución Francesa estalla en medio de este clima, en medio de este debate. La consecuencia fue que, además del problema del Estado, aparece el de la Revolución. No en vano habló Lenin de “El Estado y la Revolución”. La cuestión del poder está en plena crisis y la hegemonía capitalista, que tenía como objetivo superar la crisis feudal, la profundiza aún más, generalizándola. Se hunde el absolutismo, se proclama la República, empieza un periodo de tremendo terror para, a continuación, dar paso a un emperador demente que sacude a toda Europa como si descendiera de los cielos. Los franceses se ahogan en un torbellino de palabras y acción, dicho de una forma más fina, de teoría y guerras. Si no, ¿qué otro significado tenía la guillotina?

Hegel hace una magnífica definición del Estado a través de la personalidad de Napoleón: “la forma de Dios descendido en la Tierra”. Sobre Napoleón también lo describe como “un Dios en marcha por la Tierra”. Se trata de una de las expresiones que más me han impresionado y de la que he sacado provecho. Difícilmente encontraremos una frase que explique mejor el viejo y el nuevo Estado; consigue en una sola frase lo que intentaban explicar miles de libros sagrados y laicos. Pura filosofía. Se podría decir que los ingleses son buenos en economía, los franceses en el terreno social y los alemanes en filosofía; pero hacer de todo ello una síntesis también puede tener sus inconvenientes.

Napoleón, para acabar con el absolutismo europeo que envolvía a Francia, proclama en 1802 lo que podríamos denominar “Estado-nación”; quiere que la totalidad de los franceses se pongan en pie como un solo hombre, como si fueran el Estado, y pongan de rodillas al resto de Europa. Y así lo hace. Napoleón no es partidario de la civilización feudal y quiere acabar con ella haciendo que se hunda en la tempestad de la revolución. Intenta imitar a los emperadores grecorromanos, a César, a Alejandro, pero no se dan las condiciones materiales ni morales. Inglaterra, insidiosa, refinada y magistralmente, ejerce el arte de la hegemonía con la “economía política”, mientras que Napoleón se sitúa al borde de la locura, sin haber aprendido la lección del exilio en la isla de Elba; mantiene su arrogancia y continúa sus campañas militares hasta que, derrotado, muerde el polvo en Waterloo. Cuando fallece en 1821, tras cinco años deportado en la isla de Santa Elena, en medio del Atlántico, sus últimas palabras fueron: “¡Francia, ejércitos, Josefina!”. Son palabras que resumen a la perfección al hombre de acción del Estado-nación.

Son los alemanes y en concreto Hegel quienes elevan la figura de Napoleón a rango teórico, creando un enorme culto ideológico que, no en vano, se denominará ideología alemana, que, en la práctica, dará forma, paso a paso, a un Estado Prusiano en progresivo ascenso. Inglaterra, que intenta disminuir el poder imperial de Francia y Austria, dará su apoyo a Prusia que, junto a la unión alemana de 1871 tras la victoria de Sedán, surgirá, con Inglaterra, como segunda fuerza hegemónica. Prusia, sin embargo, no está de acuerdo con un reparto del mundo que considera injusto y exige su parte. Su derrota en las dos guerras mundiales acabará con sus aspiraciones hegemónicas como también le ocurre a Francia.

Está demostrado que el capitalismo sufre una profunda y constante (no cíclica) crisis desde la Revolución Francesa hasta 1945. Justamente Hitler se erige como Führer (líder) alemán antes de la Segunda Guerra Mundial. Sobre el nazismo se han realizado muchos estudios, pero todos son tremendamente confusos y dispares; incluidos los hechos por teóricos marxistas, liberales, conservadores y anarquistas. Ninguno es capaz de dar una explicación correcta y concluyente a lo ocurrido. Los grandes intelectuales judíos, víctimas del genocidio, son de los que aportan mayor confusión. En el fondo, Hitler no es más que un excremento intelectual que les es común a todos, es un vómito que sale del resultado de sus prácticas políticas. No se acostumbra a criticar lo que te es propio. ¿Acaso alguno de ellos asume teórica y prácticamente su responsabilidad en esto”?

Par mí, el razonamiento del filósofo alemán de origen judío Adorno es muy significativo, como ya hemos referido citando su frase “una vida equivocada no puede ser vivida correctamente”; una expresión con un profundo significado sobre la modernidad capitalista. Refiriéndose a los campos de exterminio decía que “en nombre de todas las deidades y de todo lo sagrado, el ser humano no tiene derecho a pronunciar una sola palabra”. Puede que me equivoque pero interpreto esta reflexión en el sentido de que no puede haber explicación al genocidio. A nuestra civilización se le ha caído la máscara y no tiene siquiera derecho a abrir la boca. La Escuela de Frankfurt está en el camino de la realidad pero su ensimismamiento y complejo de culpa por estar implicada en el crimen provocaron un profundo malestar entre sus propios intelectuales. Es importante comprender la confesión (el sentimiento de ofensa y melancolía) y el papel del pensamiento judío en este asunto, como se aprecia en Walter Benjamin y Theodor Adorno. La Unión Europea (UE), en su actual formato, sirve para encubrir ese excremento intelectual, aunque no creo que lo haya ni limpiado. La crisis no deja de profundizarse.

El tercer gran ímpetu, la globalización de la era financiera, es un intento de controlar la crisis expandiéndola ampliamente en tiempo y espacio. Con su desintegración en 1989, el sistema soviético queda en evidencia como Estado-nación en permanente crisis. Estados Unidos, la nueva potencia hegemónica surgida en 1945, vencedora de la Guerra Fría, ha proclamado Oriente Medio como una zona estratégica de guerra, en tanto que principal región en crisis de larga duración del sistema. ¿Qué simboliza la ejecución del presidente de Irak Sadam Husein, el Luis XVI del Estado-nación en Oriente Medio? Se trata de una pregunta que requiere un amplio debate.

A . – El desarrollo y el fenómeno de la Nación

La división de las sociedades en comunal primitiva, estatal y democrática está vinculada a la división de clases y administrativa, mientras que las divisiones de carácter nacional están determinadas más bien por factores lingüísticos, culturales, jurídicos y políticos. Sin embargo, tendría más sentido no hablar de uno solo, sino de varios tipos de nación y de distintas formas de crear una nación.

A la hora de definir este concepto igualmente sería clarificador tener en cuenta un fenómeno social de carácter general. Todas las comunidades -principalmente clánicas- tienen problemas de identidad, se preguntan qué tipo de sociedad o comunidad son, buscan su propia identidad. De la misma forma que cada ser humano tiene un nombre, una identidad, lo mismo ocurre con las comunidades, y si dentro de ellas hay distintas realidades sociales, con características tan impactantes como agujas clavadas en los ojos, es natural que tengan su propia expresión identitaria. En caso contrario, sería como una familia en la que sus miembros no se distinguieran con sus nombres, algo impensable, un despropósito incluso en una sociedad clánica.

El mero hecho de decir a alguien “ven” y no pronunciar su nombre es inconcebible. De hecho, sería absurdo caracterizar sociedades constituidas por miles de componentes particulares sin darles una denominación específica, sin que establezca una comunicación con ellas; incluso sería absurdo hacer ciencia, emprender acciones sociales, hablar de desarrollo y progreso.

Tampoco podemos imaginar una sociedad sin lengua, algo que ni siquiera ocurre entre los animales, incluso ellos tienen sus formas de comunicación. Son posibles sociedades plurales en los ámbitos lingüísticos, culturales, políticos o jurídicos pero hasta en estas facetas y sus interrelaciones son imprescindibles los nombres e identidades; puede existir también una nación bilingüe, bicultural, bipolítica y bijurídica pero tal hecho no anula la necesidad de nombres e identidades. Construir una sociedad pluriidentitaria donde la diversidad conviva con una unidad requiere una correcta elección de métodos y procedimientos porque las sociedades no se pueden formar ni dirigir de otra manera.

El hecho de que un clan exprese su identidad en un tótem muestra hasta qué punto esta realidad está enraizada en la antigüedad. El tótem es la expresión primaria de la identidad del clan, como todavía se aprecia en ciertas comunidades y etnias.

Algo parecido ocurre en la sociedad sumeria cuando la identidad es reflejada en el templo plasmando en él nombres y creencias porque el templo forma una red de relaciones imaginarias. Al darse sentido a sí misma, la sociedad alcanzaba un mayor nivel de desarrollo pasando de la inteligencia emocional a la analítica. Observar el conjunto de relaciones en el templo, es decir observar la identidad, suponía, en gran medida, alcanzar un conocimiento de aquella sociedad. Las denominaciones simbólicas y abstractas, como ocurre en nuestros días, suponían un amplio reflejo de la sociedad. Ocurre con los templos, los dioses o las diosas de las ciudades; el que se siga dando valor sagrado a ciertos lugares indica su sentido identitario; significa que la sociedad se refleja a sí misma, que existe autoconciencia. La identidad es un fenómeno de consciencia, en realidad es el acto de conciencia más maduro sobre su propia existencia. En las religiones monoteístas esta identidad es la propia religión, la propia divinidad, siendo en este caso inimaginable la sociedad sin la religión y viceversa. La religión y su dios pueden ser incluso considerados la muestra de que esa sociedad ha tomado conciencia de su ser. Para comprender las sociedades islámicas debemos entender que han asimilado en gran medida la conciencia religiosa. Existen otras identidades, la sexual, la política, la étnica, de clase, intelectual, etc. pero todas llevarán la huella genérica de la religión.

En la Antigüedad, Atenas y Roma son una identidad en sí mismas; tener su ciudadanía era un privilegio que no estaba al alcance de todo el mundo; expresaba la importancia y el honor de pertenecer a esa ciudad mientras que las identidades griega o italiana estaban mucho más difuminadas.

En la Edad Media se desarrolla el sentimiento de pertenencia a un pueblo y las religiones tienen una importante función en este sentido. Así ocurre con el islam, en tanto que refleja la conciencia y supremacía de la identidad árabe. Los seguidores de Moisés se identifican a sí mismos con el judaísmo, y el cristianismo tiene un papel similar en el caso de armenios, siríacos y griegos, pueblos de cristianización temprana. Ambos fenómenos se refuerzan mutuamente. Sin embargo, otra de las funciones más importantes de las religiones monoteístas fue superar la identidad étnica y tribal, ya que la conciencia étnica, pese a ser un factor sociológico con gran influencia en el desarrollo de las religiones monoteístas en Oriente Medio, sobre todo en la Edad Media, no lo fue tanto como la conciencia e identidad de una nación. Sin embargo, se puede decir que las religiones son un proto-nacionalismo cuando quedan asociadas al desarrollo de un pueblo o etnia determinada. Es lo que ocurre con los turcos para los que la religión es un factor identitario muy importante. Si no fuera por el islam, probablemente el desarrollo de las etnias turca y árabe en Oriente medio habría sido mucho más débil. Este fenómeno también se puede observar en la débil posición de los turcos jazaros, de religión judía, y entre los árabes cristianos. En cada pueblo o etnia la relación con la religión es distinta.

La expansión del cristianismo en la Europa medieval contribuyó en gran medida al desarrollo de este factor étnico ya que hasta entonces esa conciencia étnica era muy débil, igual que había sucedido con turcos y árabes. El cristianismo fue, en este sentido, un factor objetivo del desarrollo de la consciencia de los pueblos previa a la modernidad. Es decir, cuando el cristianismo llegaba a una comunidad, no les decía “vosotros sois franceses o alemanes” sino que a todos daba la misma conciencia religiosa, dando así un gigantesco paso para el desarrollo étnico en el sentido de crear una identidad común. El segundo paso fue el desarrollo político en forma de reinos. La posterior unificación de reinos junto a la religión común supuso el último gran paso para que los pueblos se convirtieran en naciones. El de Francia es un caso típico de ello.

Si a esto unimos el desarrollo del mercado y unas crecientes relaciones sociales, podemos hablar ya del nacimiento de la nación. Las primeras naciones europeas siguen este modelo. La nación es la suma de relaciones o de fenómenos sociales que se desarrollan gracias a la suma de la conciencia étnica, religiosa, una autoridad política común y la existencia de un mercado. Pero sería más clarificador denominar a este proceso sociedad de nación. Convertirse en una nación no es lo mismo que convertirse en un Estado. Por ejemplo, aunque el reinado francés fuera destruido, la nación francesa seguirá existiendo como nación. No es suficiente definir la nación como una unidad lingüística y cultural. La nación se fundamenta en muchos otros aspectos, como son la política, el Derecho, la revolución, las artes –sobre todo la literatura y la música- o el mercado económico. Las naciones no tienen una relación directa con los sistemas económicos y políticos pero pueden perfectamente influirse entre sí.

El concepto de nación es sumamente ambiguo y por eso hay que tener mucho cuidado a la hora de referirnos a ella.

Aunque haya comunidades marginales, en la actualidad, por lo general, se entiende por sociedad la que se ha nacionalizado, la abrumadora mayoría de las sociedades son sociedades-nación. Prácticamente no existen individuos que no pertenezcan a una nación y la pertenencia a una nación debiera ser una forma natural de sociedad. Pero la nación, a lo largo de la historia de las civilizaciones, ha adquirido gran importancia solo con el sistema capitalista, que es un sistema en crisis; mejor dicho, han sido las impresionantes invenciones realizadas en nombre de la nación las que han provocado grandes catástrofes.

Llevar el factor nacional al extremo supuso el inicio de las catástrofes porque esa vinculación nación-política derivó en la formación de la ideología nacionalista, cuyo último destino será el fascismo. El nacionalismo incitado por la economía, la religión y la literatura conducen el agua a ese mismo molino.

El monopolio capitalista nacionalizará de forma fanática la política, la economía, la religión, el Derecho, el arte, el deporte, la diplomacia, el patriotismo... es decir, todos los factores que forman la nación, tomando así el camino más sencillo supuestamente para resolver la crisis cuando llevó a todos estos factores a una integridad sistemática; de esta forma, no quedó ni un solo elemento de la sociedad sin quedar contaminado por la lógica del poder, pensando que así se hacía más fuerte en cada una de las naciones. Pero el resultado fue terrible, pues Europa quedó convertida en un mar de sangre con unas guerras mundiales y unas secuelas sin parangón en la historia.

Esto no es hacer nación sino convertir a la nación en una religión, la religión del nacionalismo. El nacionalismo, en un sentido sociológico, es una religión. Trataré este asunto en el capítulo correspondiente.
Hasta las religiones tuvieron una actitud sumamente coherente e internacionalista en este asunto porque eran conscientes del problema del etnicismo. En este aspecto, la historia de la civilización vivió su época más despreciable y decadente con el capitalismo.

El sistema más beneficioso para una nación es la nación democrática porque es el sistema que permite resolver mejor los problemas, aprovechar sus posibilidades, formarse y alcanzar un desarrollo óptimo. Las naciones, con el sistema democrático, podrían dejar de ser instrumento para el enfrentamiento, la guerra, y pueden ser un factor de paz, de fraternidad y solidaridad en el marco de una rica diversidad cultural y hasta podría abrirse una nueva fase histórica como una “nación de naciones”, una supranación. Las naciones, en un sistema democrático, no son un factor de enfrentamiento. Debido a su importancia, espero tratar este tema extensamente en cada oportunidad que se me presente.

La forma para solucionar y evitar los problemas causados por el término nación estriba en no rechazar la nación como tal, en no llevar al extremo la “nacionalización” de sus componentes y, sobre todo, en no politizarla ni convertirla en instrumento al servicio de poderes nacionalistas radicales y, por el contrario, en desarrollar la conciencia y la práctica de la nación democrática.

B . – Definiendo el Estado

Estado es, y ha sido a lo largo de la historia, el concepto más usado y, al mismo tiempo, el más desconocido y ocultado, existiendo una gran ignorancia y confusión sobre su real significado. Su correcta definición e interpretación es, por lo tanto, primordial, tanto para analizar la historia y la actualidad como para superar la actual crisis social. Lo más grave es que quienes se creen partícipes del Estado no saben dónde se han metido y los que se han quedado fuera -si es que los hay- lo conocen erróneamente. Un ejemplo claro es el siniestro del socialismo real. Se trata de una situación que recuerda a un “diálogo de besugos”, algo parecido al caos que se apoderó de las comunidades cuando, hablando 72 lenguas distintas, se les vino encima la Torre de Babel. Mayoritariamente, el Estado es concebido como un ámbito resolutivo y, por eso, lleva la connotación de “salvador”, un paso previo a soñar con un Estado-Dios.

Un estudio sociológico pormenorizado demostraría que, en la historia de la civilización, el hecho divino está unido a la aparición del Estado y que tal simbiosis se debe, fundamentalmente, a la intervención de los sacerdotes sumerios, quienes utilizaron el panteón como escaparate ideológico de la administración política. Tras el Rey-Sacerdote vendría el Rey-Dios y Emperador, con origen en el templo sumerio, que funcionaría hasta el Imperio Romano y al que las religiones abrahámicas humanizarían en cierta medida introduciendo la figura del Profeta-Dios o “enviado de Dios”.

En este sentido, resulta muy interesante la separación entre lo divino y lo humano en la mitología griega, tercera versión de la sumeria. Hesiodo, en su concepción racional del panteón, prácticamente prohíbe vincular los conceptos de Dios y ser humano, porque le parece vergonzoso y califica, de forma tajante, la relación entre las deidades como un sistema de castas aún más rígido que las brahmánicas hindúes, que, a su vez, suponen una lejana referencia al Rey-Dios. En términos científicos, ni siquiera se acepta al Estado como algo humano; así se ve claramente en mitologías, religiones y, parcialmente, en la filosofía. Se intenta presentar un Estado recubierto de divinidad, un Estado supremo, sagrado, salvador… que, en realidad, tiene su origen en los sacerdotes sumerios, los primeros que lo engendran en el útero del templo.

Es, en este sentido, también ilustrativo que Hegel describa al Estado-nación como “la forma de Dios descendido en la Tierra” y vea en Napoleón la simbolización del Estado como ese “Dios en marcha”. El Estado-nación es la forma más reciente y a la vez más peligrosa del Estado-Dios.

Justo ahora se comienza a plantear sociológica y científicamente esta compleja red de vínculos que es el Estado. Creo un deber básico debatir y compartir mis puntos de vista sobre este tema que tanto tiempo ha centrado mi atención. Espero ahora ampliar el horizonte del debate pero sería un buen comienzo definir al Estado por su relación con el poder. Se podría llamar Estado a toda forma de poder concentrado regida por normas jurídicas, determinadas y bien delimitadas en un marco concreto; pero no es suficiente porque una concepción integral, de fondo y forma, puede ser más completa; si, además, lo relacionamos con el desarrollo sociohistórico, el análisis cobrará aún mayor sentido.

Sé que existen varias definiciones de Estado y que no es útil reiterar en este momento los estereotipos repetidos durante tanto tiempo desde la perspectiva liberal o socialista, pero indicaré lo que no es Estado:

a . – No supone la neutralización o un equilibrio en la lucha de clases, pero tampoco es práctico que decir que solo es un “instrumento clasista de opresión”.
b . – Tampoco es la fórmula para acabar con el caos; sus alegatos al orden y a la seguridad no tienen que ver con la realidad.
c . – No es, ni mucho menos, un ámbito de resolución de problemas o para alcanzar metas determinadas sino más bien lo contrario; reproduce y gangrena los problemas provocando continuas crisis.
d . – Su relación con las divinidades y con todo lo sagrado tiene solo un carácter mitológico e ideológico.
e . – No expresa capacidad creadora ni tampoco administrativa para la nación, la religión o la cultura.

Se trata, en todos estos casos, de referencias al Estado con finalidad fundamentalmente propagandística; se podrían añadir más. La historia muestra que todos los Estados, en lo esencial, no han hecho otra cosa que convertir el entorno en un matadero, desarrollar políticas de asimilación, recrear una sociedad torpe y convertir al ser humano en una estúpida mente especulativa.

No estoy negando el papel del Estado en la administración de la sociedad y tampoco creo significativo ni aplicable la concepción anti-Estado anarquista. La realidad es que, igual que los socialistas, no han conseguido llevarlo a la práctica en 150 años. Que tengan razón en algunas cuestiones sobre el estado no elimina unos errores que son fundamentales. Respecto al “Estado mínimo” de los liberales, tiene valor en el sentido de que se dieron cuenta de que el Estado supone una imposición monopolista sobre la economía, pero su defensa a muerte del capitalismo como la economía más eficaz les convierte en los más grandes embusteros, dejando atrás al resto de fuerzas que definen erróneamente al Estado.

Sería más útil definir el Estado como un monopolio que en base al excedente y a la plusvalía sustraída a la sociedad a través de un sistema monopolista, como una institución supraestructural compuesta por instrumentos ideológicos y cohesionadores. A la luz de esta breve y escueta definición, veremos que el Estado y sus políticas son, en última instancia, el arte de administrar y coordinar la consecución del excedente y de la plusvalía. Si lo plasmáramos en una fórmula, tendríamos: Estado = Excedente y Plusvalía + Instrumentos Ideológicos + Aparatos de Coerción + Arte de la Administración. Y si lo valoramos de acuerdo con su desarrollo histórico, veremos que entran en escena todos estos factores. Concebir el Estado de otra forma, como algo homogéneo y cada uno de sus mecanismos por separado dificulta el análisis de tal conglomerado de relaciones llamado Estado.

1 . – Afirmar que el Estado supone una coacción de la plusvalía es correcto pero, como definición, insuficiente.

2 . – Considerar al Estado como algo divino, sagrado, como la divinidad descendida en la Tierra, como la sombra terrenal de Dios, solo sirve para encubrir ideológicamente la tiranía.

3 . – Por su parte, la definición “el Estado es tiranía” solo es un juicio ético con escaso valor científico porque excluye otros factores.

4 . – Las concepciones que ven al Estado como el arte de administrar y dirigir la sociedad tienen el grave inconveniente de que encubren su verdadero rostro, ya que subestiman otros elementos esenciales tanto o en mayor medida que las interpretaciones éticas.

No cabe duda de que cada una de las características indicadas juega un papel innegable en el funcionamiento del Estado pero por sí solas no lo definen. La mayoría de las definiciones se diferencian por un factor destacable provocando interpretaciones deficientes.

A lo largo de la historia, los distintos tipos de Estado han tenido también diversas formas de clasificación, entre otros, por los siguientes criterios:

a ) Por la división en clases sociales y la sustracción del excedente y la plusvalía:

1 . – Estado Esclavista: Se trata de una forma de Estado en la que, a cambio de llenar el estómago, el trabajo y la propia existencia de las personas pertenecen al Estado y a los amos. Es la forma básica de explotación de la Antigüedad, cuando los esclavos eran el instrumento de producción fundamental.

2 . – Estado Feudal: Se trata de una forma parcialmente suavizada de esclavitud. La diferencia entre los siervos medievales y los antiguos esclavos está en el derecho a formar una familia. Es un tipo de Estado que se crea en la Edad Media porque permitía, a pesar de los condicionantes y dificultades para su puesta en práctica, una mayor capacidad de producir excedentes y plusvalías.

3 . – Estado Capitalista: Está basado en un mercado de trabajo donde una clase social llamada trabajadora se pone en venta como mano de obra. Sería más adecuado entenderlo como estructura más que como forma de Estado. Es el Estado propio de la civilización capitalista.

b ) Otra clasificación es la que se realiza teniendo en cuenta quiénes están al frente de la administración del Estado y la concepción étnica y nacional:

1 . – Estado Sacerdotal: Se le da este nombre debido a que sus creadores fueron los sacerdotes. Conceptos tales como templo, Estado Sagrado o Estado-Dios corresponden a esta categoría.

2 . - Estado Dinástico: También se le podría denominar hereditario y responde a una administración dirigida por una dinastía o familia. Se trata de un Estado que sigue teniendo amplia vigencia en todas las etapas de civilización, incluso en la actualidad.

3 . – Estado Tribal o Étnico: Depende de una tribu o etnia. Está presente, sobre todo, en la Edad Media, cuando se desarrolla la conciencia tribal o étnica. La vinculación del Estado a distintas religiones o etnias –cristiana, islámica, judía, hindú o china- estaría dentro de esta definición. Aquí juega un papel importante la religión como elemento conformador de la conciencia étnica o de pertenencia a un pueblo.

4 . – Estado Nacional: Está fundamentado en sociedades nacionalizadas; es el Estado de la Nueva Era; en definitiva, de la era capitalista. Es una forma de Estado en el que se basa no solo la era capitalista sino también la democrática, mejor dicho, supone la reconciliación administrativa de Estado y democracia (Estado + Democracia). Cuando ambos coexisten, cuando resulta válido el régimen Estado + democracia, también se le puede llamar Estado nacional. El Estado nacional es distinto al Estado-nación ya que en un Estado nacional puede haber varias naciones.

5 . – Estado-nación: Es la forma de Estado en cuya estructura existe una sola nación y donde todos los integrantes de la nación lo hacen en base a la religión del nacionalismo. Es la forma fundamental de Estado de la civilización capitalista. Una forma de Estado-nación es el Estado Fascista, que surge dentro del capitalismo y que hay que concebir como una contrarrevolución o régimen en constante crisis; no es posible diferenciar el uno del otro.

c ) Otro tipo de clasificación se realiza en base a si la persona que lo dirige es elegida o designada, si recibe el poder de forma hereditaria o lo consigue a través de la fuerza:

1 . – Estado Monárquico: Es una forma de Estado simbolizada por una persona, confundiéndose Estado y sujeto administrador. El administrador puede ser un rey o un emperador y la administración pasar de padres a hijos o puede adquirirla a la fuerza. Está presente en todas las épocas de la civilización y refleja una debilidad institucional del Estado.

2 . – República: El principal grupo administrador llega al poder mediante elecciones, sea una o mil personas las elegidas; en esencia, es lo mismo. A veces se confunde república y democracia pero esto es un grave error. La república es una forma de Estado donde las elecciones se llevan a cabo para mantener la administración de unas instituciones estatales sólidamente formadas pero no como una democracia administrada por el pueblo. La democracia es algo muy distinto; es la administración sin forma de Estado. Por supuesto que la democracia también tiene sus instituciones y que para estas instituciones se realizan elecciones, pero democracia y Estado son esencialmente diferentes. Todos los intelectuales, incluidos los marxistas y el propio Lenin, han confundido estos términos. Hay una cualitativa diferencia entre la democracia y las civilizaciones cuyo núcleo es el Estado.

Por lo tanto, tiene gran importancia no confundir la dirección democrática y la administración estatal, haya o no elecciones. De hecho, el Estado responde esencialmente a una tradición administradora institucional que tiene miles de años y, además, el papel que juegan las elecciones en ella es muy limitado. Fundamentalmente, lo que se logra con las elecciones es el reparto de más o menos poder entre las diversas élites monopolistas dentro del Estado (agrarias, comerciales, industriales o financieras) de acuerdo a los distintos momentos en la correlación de fuerzas. Las más poderosas en determinado momento resultarán las elegidas. En realidad, no se trata de una democracia.

Tampoco en una democracia se asignan en base a las elecciones todas las tareas y responsabilidades, y los no elegidos también pueden desempeñar responsabilidades en la administración. Lo importante es que la sociedad democrática establezca su administración de forma periódica, con intervalos cortos, para así dar oportunidad al desarrollo de los pueblos, de distintas potencialidades y formas de creatividad, igualdad y libertad.

d ) También se pueden clasificar las formas de Estado en base a los sectores que roban la plusvalía:

1 . – Estado Agrario: Se trata de una definición muy significativa en tanto que representa al primer Estado fundado sobre todo para administrar la confiscación del excedente agrícola. Se podría hablar de Estado Agrario dependiendo de la fuerza de las élites de este sector dentro del Estado o de varios Estados.

2 . – Estado Comercial (Mercantilista): Se trata de una forma de Estado para administrar el robo de la plusvalía y del excedente comercial. Los Estados de Asiria y Fenicia entran dentro de esta categoría. Todavía en la actualidad existen élites comerciales con gran poder dentro de los Estados.

3 . – Estado Financiero: Es el caso de los Estados basados en la fuerza del dinero y como ejemplo se puede poner a Suiza. Es importante señalar que las élites o el monopolio financiero se ha fortalecido en todos los Estados y tiene un peso determinante en la administración actual debido a que la última era globalizada del capitalismo también podría ser considerada como una era financiera.

4 . – Estado Industrial: Existen varios Estados denominados industriales, debido a que la producción industrial juega un rol preeminente en la economía, sobre todo con la revolución industrial. La creación de un Estado Industrial fue la principal aspiración en el siglo XIX, cuando se identificaba industria con enriquecimiento. Todos los Estados perseguían una rápida industrialización. Por lo tanto, la élite más fuerte del Estado estaba constituida por industriales.

Los grandes comerciantes en el siglo XVIII (mercantilismo), los industriales del XIX y mayoritariamente los financieros, en el pasado siglo y en el presente, son unas élites monopolistas básicas que anidan dentro del Estado, y son ellas quienes administran esencialmente el cúmulo de relaciones que llamamos Estado.

e ) Aún es más importante la clasificación del Estado de acuerdo con falsas denominaciones que evidencian su función ideológica para encubrir su carácter monopolista. Sería útil repasar estos modelos que, en realidad, son sistemas ideológicos que tienen el objetivo de hacer incomprensible el término Estado, y que ejercen una constante y cotidiana presión.

1 . – Estado Liberal: Es el término ideológico favorito de los teóricos de la economía política. Literalmente significa Estado de Libertad aunque libertad y Estado son contradictorios; el Estado supone restricción de libertades. Precisamente, uno de los problemas más graves de la historia ha sido defender las libertades individuales y colectivas frente al Estado. Esta lucha ha sido una de las principales batallas políticas y jurídicas. También se le define como el Estado económicamente menos intervencionista, cuando su existencia solo es posible si responde a un monopolio económico. Por lo tanto, la definición “Estado menos intervencionista” es una farsa porque es lo contrario a la esencia e identidad del Estado; con este término solo se quiere abrir el camino a los monopolios económicos y a aumentar sus ganancias.

2 . – Estado Socialista: Es un término muy utilizado sobre todo en el campo del socialismo real, pero se trata de una farsa al menos tan grande como el Estado Liberal. En primer lugar, el auténtico socialismo no tiene nada que ver con el Estado y el Estado es tan antagónico respecto al socialismo como respecto a la democracia. Confundir el Estado, que es la suma de grandes e históricas élites monopolistas, con el socialismo, es decir con un régimen de igualdad, es el mayor pecado del oportunismo. El Estado Socialista, la versión actual del “socialismo faraónico”, es decir el Estado-nación del socialismo real también está relacionado con el proto-fascismo, a su vez, la forma más patente del Estado capitalista. El Estado-nación es el verdadero carácter del Estado tanto en el liberalismo como en el socialismo real (socialismo de Estado), por lo que tiene gran importancia estudiar esa relación con el fascismo en tanto que supone un sistema autoritario y totalitario. Podría ser, por lo tanto, útil evaluar al Estado Liberal y al Estado Social o Socialista como proto-fascistas y, por lo tanto, en el camino que puede llevar al fascismo.

Los defensores del socialismo debieran saber que construirlo en base al Estado y defender ese Estado, la institución básica que ha sustraído el excedente y la plusvalía no solo en los cuatro siglos de capitalismo sino en los 5.000 años de civilización, es fascismo si se hace a sabiendas, y usarlo como instrumento, una ingenuidad y una traición. Espero debatir estos temas de una forma extensa en mi defensa Sociología de la Libertad.

3 . – Estado Fascista: Es un término que por sí mismo no tiene mucho significado ya que, en el fondo, es lo mismo que el Estado-nación. Caracterizarlo como algo excepcional, como una especie de peste, disociado del capitalismo, es la mayor miseria en que caen los intelectuales que presumen de liberales o socialistas. El capitalismo siempre tiene el Estado Nación en la puerta y, por lo tanto, al fascismo. El fascismo es norma; lo excepcional es la compatibilidad entre el Estado y las estructuras democráticas.

4 . - Estado Democrático: Reiteradamente hemos dicho que el Estado no puede ser democrático porque sus estructuras sociales y formas de funcionamiento son esencialmente distintas de las democráticas; sin embargo, ha surgido la necesidad de una reconciliación entre ambos ante una crisis estructural de la civilización capitalista, cada vez más profunda, especialmente en la actualidad. Es decir, que el Estado se ha dado cuenta de que no puede llevar adelante la gestión él solo y que tiene que hacerlo junto a las fuerzas democráticas. Existen otros casos históricos, pero sea cual sea la fórmula, si el Estado establece vínculos con estructuras y principios democráticos, nos encontraríamos ante un Estado Democrático, aunque el término más exacto sería “Estado y Democracia”, manteniendo así el carácter diferencial de ambas estructuras. He indicado anteriormente que estudiar las formas de Estado es la tarea más urgente de la actualidad porque ya no es posible dirigir las sociedades de hoy día con la lógica del Estado clásico y que, por eso, han entrado en escena las organizaciones de la sociedad civil, todavía de forma muy insuficiente, no siendo probable que esas organizaciones compartan la administración o llenen sus vacíos en la actual situación.

Por lo tanto, la única salida es reconciliar estructuras sociales radicalmente democráticas y las instituciones estatales más productivas. En la actual etapa histórica, cuya duración nadie puede aventurar, ni la civilización capitalista, ni la democrática ni el sistema socialista pueden por sí solos conseguir los resultados deseados. Las actuales políticas están acabando con la sociedad humana y solo generan dolor, derramamiento de sangre y explotación. Estos son temas que igualmente serán abordados de forma extensa en la Sociología de la Libertad.

Existen algunos otros conceptos en torno al Estado, como Estado de Derecho o Estado Religioso. En tanto que monopolio económico, el Estado, en el fondo, no puede ser justo ni siquiera en términos jurídicos pero se le denominó Estado Jurídico o Estado de Derecho porque actúa acorde a leyes y normas predeterminadas que otorgan un marco de igualdad a súbditos y ciudadanos. No cabe duda de que esto puede ser algo positivo si lo comparamos con los Estados de déspotas y emperadores, quienes diariamente inventan normativas a su gusto y cuyos caprichos son órdenes. En realidad, estas definiciones no constituyen formas distintas de Estado. Por ejemplo, el Religioso siempre se ha presentado bajo un manto sagrado a lo largo de la historia desde el Estado sacerdotal. El Estado laico, que se supone contrario al religioso, tiene el mismo significado. Estas definiciones derivadas de la religión, la mitología, la filosofía e incluso de la cientificidad son más bien instrumentos ideológicos con función propagandística.

En conclusión, el Estado es el germen de la civilización y de la historia de la civilización, y ha llegado a la actualidad reproduciéndose constantemente bajo distintos ropajes y formas. Llegar a definir el Estado por primera vez en su verdadera función en la era de la civilización capitalista a pesar de todas las desviaciones ideológicas y tras grandes esfuerzos teóricos y prácticos, ha sido el mayor avance en la lucha contra el capitalismo. La cuestión más candente ahora es impulsar y desarrollar aún más la civilización democrática con contenidos y formas (organizaciones y acciones) que respondan a tal concepción.

C . – La ideología de la Civilización/Modernidad Capitalista y su conversión en religión

Las civilizaciones se forman en base a construcciones ideológicas en el marco de fenómenos de larga duración. Preguntarse si primero fue la cultura material o la moral solo complica las cosas. Pondré un ejemplo físico para que quede más claro. Saber si la onda es preeminente respecto a la partícula ha generado durante mucho tiempo numerosos debates, pero, al final, no existe ese dominio sino una dialéctica enriquecedora, tal y como es aceptado de forma generalizada. Algo parecido pasa con la cultura moral y material, pese a que tengan naturalezas distintas.

No son factores antagónicos, se retroalimentan, se fecundan el uno al otro, modificándose recíprocamente. Cada partícula material crea un elemento moral y viceversa. Por el contrario, en el sistema de la civilización hay una distorsión del pensamiento analítico que construye reglas inmodificables, leyes absolutas que todos tienen que obedecer con el objetivo de sistematizar y eternizar sus intereses, como ocurrió al principio con los dioses o el carácter sagrado y eterno del Estado; y lo mismo sucede con las ideas perfectas, los fenómenos, formas y contenidos permanentes, contrarios a la dialéctica universal.

Algo parecido pasa con el debate infraestructura y superestructura, estrechamente vinculado con las desviaciones construidas por la civilización. Hegel parte de la superestructura, es decir, del Estado y el Derecho, al igual que inicia el sistema universal desde la idea de lo absoluto (geist). Por su parte, Marx da prioridad a la infraestructura, es decir a las fuerzas productivas y relaciones de producción. Marx, aunque dice haber puesto a Hegel boca abajo, “con los pies en la tierra”, comparte su misma lógica. ¿Qué lógica? Dice que hay un elemento base y otro secundario o determinado, pero esto es caer en la burda lógica de la separación sujeto-objeto. Pese a que defienden lo contrario, ambos mantuvieron la mentalidad de la civilización antigua. Esta lógica oculta el fracaso del socialismo de Marx. A pesar de su complejidad, su definición economicista está en la línea de la civilización clásica. Por mucho heroísmo que se muestre o se pronuncien palabras adecuadas, el resultado es el mismo.

La civilización (modernidad) capitalista, cuando se construyó a sí misma, creó una terminología ideológica, una obra maestra que logró sistematizar, superando a los sacerdotes sumerios, justificándose como si no fueran producto del mismo Dios. Esto es importante. Pongamos el ejemplo de Mahoma. El contenido de los primeros y últimos versículos del Corán, donde se desarrolla el término Dios, son muy distintos. El Dios que al principio solo le dice “¡lee!” después desarrollará todo un sistema. Se trata de versículos fragmentados sobre los que se construirá el conjunto, son los versículos que después permitirán crear un gigantesco cuerpo ideológico, creando así un sistema que tardó siglos en formarse.

Pero mientras no comprendamos el carácter sistemático de la modernidad capitalista en todos sus aspectos tampoco podremos analizar sus herramientas mentales. No solo ha creado sus propios conceptos, posturas y actuaciones sino que se ha apoderado de un legado milenario, una herencia sobre la que se levanta la estructura y el contenido de ese nuevo edificio. Mediante este engranaje ideológico da forma primero a su propia clase; más adelante a una o varias clases de Estado, diseñadas a su imagen y semejanza, y completa la construcción con elementos que van de la moda a la filosofía, del control de la producción al consumo y la política, primero continentalmente y después a nivel global. Simplificando estos elementos, serían los siguientes:

1 .- Los arquitectos ideológicos, especialmente René Descartes y Francis Bacon, construyen los principios de la lógica y utopías que necesitan los nuevos sistemas del siglo XVI. Aunque parezca algo simple, la realidad es que la puesta al día de la dicotomía alma-cuerpo llevará al dilema sujeto-objeto y las corrientes de pensamiento que irán surgiendo después, como una reacción en cadena, terminarán colocando en primer término al binomio “capitalismo y burguesía”. De la misma forma que se desmantela la lógica feudal, se construye una nueva clase y una nueva lógica de actuación. Aún es más importante tener en cuenta que este nuevo liderazgo establecido por las nuevas elaboraciones ideológicas permitirá a la nueva clase hegemónica dirigir y diferenciarse de las demás, sean antiguas o nuevas. Un viejo juego con reglas distintas. Los filósofos y científicos serán los sacerdotes de la nueva clase. Del baúl ideológico del feudalismo, e incluso de la esclavitud, salen nuevos conceptos y teorías; de acuerdo con el estado en que se encuentren, se les pondrá solo un parche o se les dará una forma totalmente nueva para que todo quede como antes.

El simple hecho de analizar a Descartes será suficiente para darnos cuenta de lo chocante que es esta elaboración ideológica. Descartes primero lo cuestiona todo. La respuesta a sus interrogantes sería la siguiente: “Hay que superar el blindaje ideológico de la clase feudal y, por lo tanto, de su poder”. Esto es lo que quiere decir; pero si lo dice claramente se topará con la Inquisición y acabar en la hoguera le hace temblar. Por lo tanto, tiene que elaborar una filosofía más abstracta. Con la frase “pienso, luego existo” plantea que ya hay una base ideológica cuyos componentes serán puestos en circulación uno tras otro. A todo el mundo le dice: “Dudad de todo; solo con el pensamiento profundo podréis demostrar vuestra existencia”. En definitiva: “la forma de vida impuesta por el feudalismo no tiene valor; ¡podéis construir una nueva vida a partir de vuestras opiniones!” Por su parte, el dilema cuerpo-alma resalta la importancia de este mundo frente al otro, el de Dios. Una vez que Dios da su primer impulso, el universo se moverá ya de forma mecánica. Si desciframos esta frase (pese a que los creadores de la civilización antigua son esenciales, existe una nueva civilización que está en marcha), esa nueva civilización surgirá por sí sola. Y si lo traducimos a un lenguaje de clase: surge una nueva clase capaz de pensar y ordenar su mundo con leyes propias para sus prácticas.

También podemos someter a Francis Bacon a un somero análisis. En su lógica es esencial la experimentación y la confirmación de los hechos a partir de los experimentos; cualquier pensamiento no experimental carece de validez y no puede ser considerado científico. Su enunciado se puede resumir de la siguiente forma: “todo conocimiento surge de la práctica y la acción; no creáis en antiguas falacias; la ciencia es poder; ¡solo os pueden fortalecer la experiencia y la acción!” Y desde el punto de vista de las clases, este es el mensaje a las nuevas fuerzas, formadas en base a la acumulación capitalista de la plusvalía: “experimentadlo todo abandonando la antigua mentalidad dogmática y tomando como guía el beneficio; desarrollad y generalizad los resultados; de esta forma, el conocimiento os fortalecerá y podréis crear vuestro propio hogar, vuestro propio mundo.”

Pero, desde luego, no hay que considerar a las fuerzas de la ciencia y a la filosofía abanderadas del monopolio capitalista desarrollado a partir del siglo XVI. Como se sabe, la gran mayoría y más cualificados de quienes impulsaron el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración eran intelectuales de mentalidad libre que odiaban, desde el momento en que surgió, el sistema capitalista, sus consecuencias, forma de vida y a su camarilla gobernante. Resulta indudable que aquella revolución europea de las mentalidades lo era de toda la humanidad y que gran parte de esos pioneros de la revolución eran humanistas alejados de la religión y el nacionalismo. El propio trabajo científico es de por sí una revolución. Representaban a los sectores sociales contrarios a los valores de la civilización clásica y eran partidarios de quienes necesitaban más libertad, igualdad y democracia.

En estas líneas les expresamos nuestro agradecimiento, pero este no es el problema. De la misma forma que el excedente y la plusvalía fueron sustraídos a sus legítimos propietarios para erigir una nueva clase social como fuerza gobernante, también esta clase ha confiscado el excedente y la plusvalía intelectual para formar su sistema mental; se trata de un robo intelectual. La burguesía supo construir la nueva modernidad en todos sus aspectos acorde con sus intereses de clase. Se trata de una propiedad de las camarillas monopolistas del Estado que podríamos resumir con el proverbio “cualquiera entrega su gallina a cambio de un ganso”. De esta forma atrajeron hacia su terreno a la vanguardia de la nueva mentalidad aprovechando astutamente sus dificultades económicas, políticas y sociales, y abusando de ellos igual que hacían con los sectores económicos más humildes; pusieron bajo su control a numerosos artesanos, científicos y filósofos, a los que, incluso, colocaron al frente de los mecanismos de poder, mientras neutralizaban a quienes presentaban resistencia, como Erasmo, Galileo y Bruno, utilizando los mismos métodos económicos, sociales y políticos.

Si con el dominio económico aseguraban el monopolio del Estado, con el monopolio ideológico consiguieron una influencia semejante mientras los rebeldes eran aplastados sin piedad. A finales del siglo XVIII pudieron cantar victoria no solo en el frente económico (industria) sino también en el político –Revolución Francesa- e ideológico –nacionalismo y Estado-nación-; el catolicismo, las antiguas formas de monarquía, los imperios y el humanismo quedaron en el bando perdedor. Y así fue como la economía fue asimilada por los monopolistas que se oponían a ella, y los movimientos y naciones democráticas eran devorados por el Estado-nación y el nacionalismo. A la aristocracia, la Iglesia Católica y el cristianismo en general no les quedaba más remedio que reconciliarse y renovar la alianza con los nuevos señores, a cambio de proteger sus intereses, perdiendo así el prestigio que tenían. Es decir, que hasta el siglo XIX no sólo se trataba de una victoria de los nuevos monopolios económicos (comerciales, industriales y financieros), sino también de una lucha ideológica, que al final también ganaron.

2 . - Las formas religiosas de la civilización feudal se habían desintegrado y la consecuencia de ello fue el protestantismo y la pérdida de la posición preeminente de la Iglesia Católica. Así lo demostró Max Weber al plantear la conveniencia de la ética protestante para el capitalismo en sustitución de la católica. El sistema del cristianismo se había impuesto de una forma extremadamente dogmática sobre los pueblos de Europa cuando la mayoría de ellos todavía eran libres. La contradicción era obvia y era de esperar que, cuando perdiera su peso político y económico, fuera rebasado ampliamente en términos ideológicos. Precisamente uno de los avances ideológicos más importantes en este terreno fue el “monstruo” del laicismo. Se trata de un término digno de analizar. Aunque signifique lo que está fuera de la religión, está por definir hasta qué punto lo está, de la misma forma que hay que preguntarse hasta qué punto el positivismo abrazado por la burguesía se proclamaba como la nueva religión del mundo.

El positivismo asume su función por sí mismo al convertir la fenomenología en religión. No hay realidad que no responda a la percepción de fenómenos cuando las investigaciones y la filosofía muestran que fenómeno es igual a percepción y que la percepción es la forma de aprehensión más simple del intelecto. Se trata de un mecanismo de información burda, errónea y acientífica porque se crea a partir de la observación más superficial del objeto. Convertir los fenómenos en fenomenología es dar al objeto el rol fundamental de la realidad, es decir, lo mismo que la idolatría en el paganismo: hacer de las cosas objeto de adoración. En este caso y por más que el positivismo suponga un ataque a la metafísica, sobre todo a la religión, se ha transformado en la más burda religión materialista debido a su obsesión por la verdad del objeto. En definitiva, que se trata de una metafísica, de una nueva y más superficial versión de la idolatría en la modernidad. Nietzsche tiene la misma convicción. Debatiré también ampliamente este asunto en la Sociología de la Libertad.

El positivismo ha provocado una destrucción a nivel de las mentalidades tanto como la teología de la Edad Media. Ni siquiera se percató del gran mundo moral de la sociedad humana. Bajo la excusa de que se había acabado el mundo de la metafísica, tiró al cesto de la basura los valores humanos, resultado de una acumulación cultural de millones de años. Fue un movimiento de una ignorancia total. El título de Ebu Cehil (Padre de la Ignorancia), utilizado por Mahoma para denominar a Amer Bin Hisam el Mugira, también conocido como Ebu Hakim, también es válido para los positivistas; son los Ebu Cehiles contemporáneos de la ciencia social. Hay que interpretar adecuadamente los términos de laicismo -al margen de la religión-, positivismo -religión o filosofía positivista- junto con el de materialismo vulgar -el intelecto humano entendido solamente como reflejo-, en tanto que se trata de recubrimientos ideológicos estrechamente vinculados a los monopolios capitalistas. Desde hace cuatrocientos años, con estas tres corrientes ideológicas se lleva a cabo una campaña de terror y destrucción sobre la nueva sociedad y el mundo moral.

Mientras la sociedad que desde hacía miles de años preservaba su cultura y su ética no fuera disuelta, el triunfo de la cultural material del capitalismo no era posible. Esta fue la razón que hacía necesaria una victoria ideológica mientras sus contradicciones con la religión se debían a aspectos éticos. Las tres filosofías fueron muy efectivas a la hora de destruir la ética de la sociedad porque las sociedades cuyo contenido ético es vaciado derivan hacia la decadencia o se rinden con facilidad, como realmente ocurrió. El laicismo, desde fuera de la religión, destruyó la virtud de la ética mientras el positivismo, mediante el fenomenismo, abría la vía a nuevas idolatrías. A la locura por la sociedad de consumo, a la pasión por apoderarse de mercancías, la podríamos definir como idolatría moderna. Así se produjo el derrumbe ético de la sociedad.

La oposición a la metafísica revela uno de los ataques realizados con mayor ignorancia del positivismo porque la metafísica es algo intrínseco a la humanidad desde su origen. Incluso es una necesidad no solo para las civilizaciones tejidas en torno al Estado sino para todos los humanos y hasta para los animales con mayor desarrollo cerebral. Ningún humano ha sido capaz de dotarse, ni en el pasado ni en la actualidad, solo con datos, ciencia y cientificismo, para decirlo con el lenguaje de los positivistas. No decimos que sea imposible sino que la capacidad mental del ser humano no está hecha para esto. Si le arrebatáis o destruís el mundo metafísico, en sus manos solo quedará la muerte o, en todo caso, aparecerán seres humanos enloquecidos que no reconocen ninguna norma; la sociedad occidental ha sido testigo frecuentemente de tal hecho. En definitiva, los fenómenos no constituyen el conjunto de la realidad sino solo aspectos genéricos.

La teoría cuántica y la cosmología tampoco han dicho su última palabra. El secreto de la vida no ha podido ser resuelto ni siquiera enunciado. Y es por esta razón por la que se puede considerar al positivismo una ignorancia moderna. El sentido de la vida y del intelecto son universos que nunca podrán ser explicados con las teorías del conocimiento reflexivo; incluso la ciencia se topa todos los días con un nuevo milagro. La vida social es más compleja que los problemas de la vida y del intelecto. Y cuando quedó clara la ignorancia de laicismo, positivismo y del burdo materialismo, que no iban a convertirse en referencia significativa, entonces pusieron en escena, de forma encubierta, dos síntesis de las tres filosofías: el nacionalismo y el internacionalismo burgueses, aparentemente contrarios entre sí aunque, en el fondo, se complementan.

3 . - El internacionalismo o globalismo burgués. En la historia de la civilización, la arquitectura ideológica se resume en dos elementos: los inquilinos de la parte alta, por no decir del piso superior, y los valores simbólicos que expresan intereses comunes. Las ideologías siempre tienen una fuerte impronta simbólica pero lo importante es saber qué y de quién son los intereses simbolizados. El consejo de los dioses de la planta superior del Zigurat era un símbolo; An, Enlil y Marduk reflejaban una jerarquía recién instalada e institucionalizada sin que sepamos hasta qué punto tal simbolismo era intencionado o no, pero se trata de una tradición antigua con unas características generales que ha llegado a nuestros días transformada y mucho más compleja. Para los sirvientes de la planta más baja hay unas simbologías de esclavitud, unas claras y profundas líneas de demarcación para que no exista confusión con el consejo de los dioses. El sirviente ha de cumplir con su función sin inmiscuirse en los asuntos de los dioses. A cualquier ser humano le gustaría saber qué ha ganado o perdido la sociedad con este tipo de cuentos.

En la actualidad, el consejo de la zona superior tiene forma de Foro de Davos, en secreto o de forma abierta. Sin embargo, de vez en cuando sus miembros se presentan de forma desnuda, sin máscara, ante la gente y, en estas reuniones, los maestros de ceremonias abordan y sacan conclusiones para todo el mundo, manifestando tajantemente que los humanos no deben tener miedo, que la situación está bajo control, que hay suficiente stock, preparación para la guerra y que nadie puede pensar en la derrota. Los sacerdotes más selectos transmiten esta ideología internacional en diversos espacios, mentes y sentimientos a través de los medios de comunicación de masas, superando el trabajo de universidades, mezquitas e iglesias. La era de la comunicación se produce al mismo tiempo que la globalización. Mientras se destruye el medio ambiente a gran escala, ellos no quieren que el polvo empañe su castillo de cristal y no aceptan la menor crítica. Consecuentes con su ideología internacional hacen oídos sordos y cierran sus ojos a pesar de que la sociedad, las ciudades, el campo y la población aporrean la puerta dando la señal de alarma, avisando que esta forma de vida no puede continuar. Junto a la utilización enfermiza del sexo, del deporte y del arte vaciados de contenido hace tiempo, prácticamente no queda ningún sector de la sociedad que no haya sido anestesiado o drogado.

4 . – Nacionalismo. Pese a que aparenta ser lo contrario al pensamiento internacional, no es más que un instrumento estratégico del “divide y vencerás” que los líderes mundiales abrazan para anestesiar y drogar a las capas sociales bajas. Se trata de un mecanismo ideológico tan eficiente que la modernidad capitalista no puede vivir sin él porque le permite superar las insuficiencias y los problemas provocados por los instrumentos ideológicos tales como el positivismo, el laicismo, el materialismo burdo y el cientificismo. Por encima de todo, es la única religión eficiente del Estado-nación. Cada era de la civilización tiene creencias sin las que no puede dar un paso y el nacionalismo es la más eficiente de la modernidad. Su lema fundacional es muy sencillo: ¡convertirás cada factor nacional en algo sagrado! ¡emocionarás al individuo más insensible y lo harás más agresivo! ¡Y a todos estos valores se les rendirán honores en escuelas, cuarteles, iglesias, mezquitas, asociaciones y familias! Y así es como se ha creado esta efectiva religión. Las religiones, contrariamente a lo que se piensa, no han sido elaboradas pensando en el otro mundo; son programas y estrategias políticas, instrumentos rituales de educación cotidiana.

Pese a toda la relevancia que tiene la religión, es una tarea básica de la sociología analizarla desde este punto de vista porque las religiones tienen una gran proyección social. Si la religión realmente ha traicionado sus aspectos sagrados y es evidente que así ha sido, y si ha sido transformada en el instrumento ideológico más vulgar, esto significa que le ha sido atribuida una nueva función y que la de sus oradores es meter cizaña. En resumen, la religión también es una de las armas del nacionalismo, hoy en día la que más utiliza: un instrumento del instrumento. Me conformo con esta referencia ya que en los siguientes dos apartados analizaremos más detalladamente cómo se ha formado y se ha utilizado en este sentido la religión.

A pesar de su extremada dificultad, es un deber fundamental de la modernidad democrática rescatar al intelecto, al pensamiento y, por lo tanto, a la capacidad de libre acción de las garras de los monopolios de la modernidad capitalista y de los efectos causados durante cientos de siglos por los instrumentos de dominación ideológica. El motivo por el que cargo de forma tan dura contra anarquistas, utopistas, sectas de hermandad, incluso contra socialdemócratas y movimientos de liberación nacional y principalmente contra Marx y los marxistas, estriba en que no han logrado armar una ideología alternativa de modernidad democrática. Es evidente que Marx y los marxistas querían presentar resistencia al emergente monopolio capitalista y tampoco se puede despreciar la orientación democrática de los demás. Pero, teniendo en cuenta la actual situación, quedan bastante claras sus insuficiencias, errores e inmovilismo, ya que la modernidad capitalista se encuentra en el periodo más cómodo de su reinado pese a las profundas y continuas crisis que vive, a la marginación que ha generado dentro de la sociedad, a la grave situación del medio ambiente, desempleo y pobreza que ha provocado.

No puede haber ninguna otra tarea más urgente y más sagrada para la civilización democrática que asumir con voluntad de triunfo este ímpetu ideológico, revisando profundamente las herencias pasadas de todos los periodos históricos, tomando de ellos lo que haga falta y completándolo con un análisis concreto y actual.

D . – En memoria de las víctimas del genocidio judío. El relato hebreo.

Puede resultar extraño que abra una sección de mi Defensa con este título pero estoy convencido que es apropiado, justo y necesario. Mi salida hacia Oriente Medio, mi detención y los vínculos del genocidio judío con el nacionalismo, la religión moderna del capitalismo, lo justifican suficientemente. Pero el hecho de que los intelectuales no expliquen de forma satisfactoria el genocidio judío y el que los ideólogos judíos no hayan realizado una autocrítica sincera en este asunto -si la hicieron, no la he visto ni leído- hace que esta aportación sea especialmente importante. Intentaré explicarlo de forma más detallada en mis libros titulados “Crisis de la civilización en Oriente Medio y la solución de la modernidad democrática” y “La cuestión kurda y la solución de la nación democrática”, que pienso preparar como cuarto y quinto libro de mi Defensa.

1 . – Los judíos y la Civilización

Si un intelectual se interesa por la historia de la civilización y no aprecia el papel del pueblo judío, no puede realizar una evaluación seria. Mis consideraciones sobre este tema, a los que ya me he referido, con mis limitaciones, en los anteriores libros, serán tratadas ahora aquí de forma breve y resumida.

Los datos sobre la identidad de Abraham como los existentes sobre Jesús y Moisés están llenos de referencias mitológicas. Se supone que fueron los egipcios quienes le dieron el nombre de Abraham y que, junto a la palabra “hebreo”, derivaría de apiru, término con el que los egipcios denominaban a los pueblos que procedían del Sinaí debido al aspecto sucio que presentaban. Para una interpretación más fiel de la realidad se necesitaría una amplia investigación pero todos los datos señalan que Abraham se enfrentó al gobernador de Urfa, una especie de nimrud babilónico. Pese a que tenga otros orígenes, ese enfrentamiento es presentado como un relato mitológico en el que Abraham destroza los ídolos para mostrar que no podían ser dioses y cuando le arrojan con una catapulta a una gran hoguera, el fuego se convierte en agua formando el actual “Lago de los Peces”.

El eje Urfa-Jerusalén formaba una región intermedia entre la Nueva Dinastía de Egipto y la dinastía Hammurabi de Babilonia, las dos grandes fuerzas de la época cuando el comercio, por primera vez, se alza como sector económico importante. Probablemente el comercio juega un papel que supera las relaciones políticas entre estas dos fuerzas de la civilización, desarrollándose los trayectos comerciales en ambas direcciones al mismo tiempo que se produce una pujanza del comercio asirio. Por otra parte, la línea Urfa-Alepo-Damasco-Jerusalén ya era importante para las migraciones, el comercio, el saqueo, las invasiones y, lo que es aún más importante, para los intercambios religiosos desde el Neolítico y la fundación de las primeras ciudades. No es ninguna casualidad que la figura de Abraham surgiera en este marco geográfico, que hacia aquí se exiliara y que estos lugares constituyan la cuna del cristianismo y el islam. De acuerdo con esta interpretación, Abraham, tras emigrar de Urfa, quiso asentarse en las proximidades de la Jerusalén pero los notables locales intentaron impedírselo, pero se sabe que compró una pequeña propiedad, donde falleció. A través de los Libros Sagrados, el Antiguo y Nuevo Testamento y el Corán se puede seguir este relato que comenzó con las historias de Sara, Agar, Ismael, Isaac y Jacob, para seguir después con Moisés, Jesús y Mahoma, además de otros cientos de profetas. En este sentido, serían ilustrativos los libros de historia y miles de novelas y narraciones adicionales pero para mi objetivo es suficiente presentar este relato de forma general y esquemática.

a . – La primera época corresponde al relato de Abraham, comerciante y jefe tribal, de Urfa, y su salida de ahí, probablemente entre 1700 y 1600 a. C.

b . – Época del cautiverio en Egipto (1600-1300 a. C.)

c . – Salida de Egipto dirigidos por Moisés (1300-1250 a. C.)

d . – Asentamiento en la Tierra Prometida. Época del caudillo y profeta Josué (1250-1200 a. C.)
e . – Periodo de los Jueces (1200-1000 a. C.), líderes laicos y religiosos (oráculos) que todavía no eran reyes ni profetas, un periodo que dura hasta Saúl, el primer rey.

f . – Época de Judá, de los Reyes de Israel y de la ocupación asiria. Comienza con Saúl, David y Salomón y termina con Ezequiel (1000-700 a. C.)

g . – Invasión, ocupación, opresión, resistencia y diáspora por asirios, babilonios, Alejandro Magno y romanos (700 a. C. – 70 d. C.)

Durante la destrucción de los reinos de Judá e Israel se ponen de manifiesto dos tendencias: resistencia y colaboracionismo. Los colaboracionistas, a su vez, están integrados por otros dos grupos principales: uno partidario de los griegos y otro de los persas. El tercer éxodo judío tras los de Urfa y Egipto es el de Babilonia, que duró cuarenta años bajo el reinado de Nabucodonosor (535-495 a. C.). Los versículos de la Biblia fueron escritos en este periodo con clara influencia zoroastriana, provocando la admiración de los persas, que pusieron fin al éxodo. Las primeras versiones escritas de la Torá fueron recopiladas en esta época, es decir después del año 700 a. C., por lo que aproximadamente durante seiscientos años, entre 1300 y el 700 a. C. no existe ningún ejemplo escrito del Libro Sagrado y, por lo tanto, las partes relativas a los judíos en los tres libros sagrados se basan en narraciones verbales. En esa misma época, leyendas similares aparecen en La Iliada de Homero y la Teogonía de Hesíodo. Finalmente, los romanos destruyeron el Templo de Salomón el año 70 d. C, provocando importantes movimientos de resistencia. El cristianismo representa la resistencia protagonizada por los segmentos más pobres, mientras que la famosa de los Macabeos es de extracción social alta.

La dispersión o diáspora del pueblo judío se intensifica a partir de ese año y se concentra principalmente en dos zonas geográficas: los imperios romano y persa y las culturas asiria, armenia y griega. Este largo periodo, pese a que ya había profetas, es denominado como de los Escribas, debido a la gran importancia que adquiere este oficio, realizándose continuas recopilaciones y reinterpretaciones de la Torá que revelan la histórica tradición intelectual de este pueblo. Otros oficios relevantes son los relacionados con las transacciones monetarias y comerciales, la excesiva concentración en este tipo de actividades se debe a las persecuciones que sufren, que generan una imposibilidad a los judíos de vivir de la agricultura y de la tierra. Se podría decir que esta es la razón por la que terminaron sustituyendo en este campo a los asirios, apoderándose del monopolio monetario y comercial de Oriente Medio. Tal posición les permitió adquirir una gran influencia y acumular grandes ganancias en las ciudades medievales y, después, en la cuna del capitalismo: Londres y Ámsterdam, una clara muestra de la profunda tradición histórica que tienen los judíos como grandes capitalistas. Se supone que apenas quedaron judíos viviendo en la zona de Jerusalén y que la mayoría se dispersó con la diáspora, que dará pie a otras dos culturas judías relevantes: la occidental y la oriental.

h . – Debido a la diáspora, desapareció la cohesión tribal del pueblo judío, se repartieron en un gran número de grupos culturales dispersos, habiendo superado el nivel tribal, por eso es conveniente denominar a los judíos en esa época ya como una etnia. Se concentraron sobre todo en la Península Arábiga, Persia, Kurdistán, Egipto y regiones helénicas, donde formaron agrupaciones locales, llegando a ser un pueblo con dos culturas: la verdadera cultura hebrea y la cultura de las sociedades donde se asentaban, lo que repercutirá de forma muy positiva en su bagaje intelectual ya que entraban en contacto con las culturas más antiguas de la historia.

Con la aparición del islam se inicia una nueva y trágica época. Se trata de una época en que los árabes transitan hacia una civilización comercial pero el monopolio comercial y monetario permanece mayoritariamente en manos judías, incluso en varias zonas de la Península Arábiga. Esto es lo que hace más significativo, aunque se dude de su autenticidad, al hadiz atribuido a Mahoma: “Los judíos no pueden quedarse en Arabia”. Agar y su hijo Ismael fueron expulsados en tanto que personas “non gratas” a La Meca, un hecho relacionado con el enfrentamiento entre judíos y árabes. Desde entonces, hace aproximadamente 3.500 años y hasta el actual conflicto palestino-israelí, se enfrentan los intereses comerciales de ambos.

Es natural que exista una fuerte competencia entre los monopolios comerciales y esto ayuda a entender por qué, a parte de los vínculos entre Jadiya y Mahoma, es tan importante el comercio en el islam. Al final, los judíos tienen que optar entre quedarse, integrándose como vasallos, o marcharse a otras tierras. Lo hicieron en ambos sentidos. Una parte importante abandona Arabia sumándose a la diáspora en Europa. Los que se quedaron tuvieron que vivir en condiciones de semiesclavitud, obligados a pagar tributos especiales. Será durante la Edad Media cuando se consolidará definitivamente su histórico rol como un pueblo intelectual, comerciante y prestamista sobre todo en Irán y Andalucía (España), razón por la cual despiertan la ira de los intelectuales y comerciantes de las sociedades locales. Por lo tanto existen muchas razones materiales, culturales e históricas para la animadversión con los judíos que perdura hasta hoy.
i . – Al iniciarse la Edad Moderna -siglos XV y XVI- se intensificará la diáspora con nuevas oleadas de odio y masacres contra los judíos. El capitalismo es una civilización que nace del útero del monopolio comercial y monetario. Los monopolistas comerciales y prestamistas de otras naciones ven al pueblo judío como un obstáculo para sus aspiraciones económicas. Por otro lado todos aquellos que se ven perjudicados por el capitalismo y los monopolios responsabilizaran de sus males a los judíos; por ejemplo ocurre con los antiguos agricultores y artesanos, que, en su caso, les verán también como una amenaza religiosa. Finalmente también los intelectuales dependientes del sistema ven al judaísmo como una Caja de Pandora, que puede socavar su posición. En estas circunstancias se recrudecen las agresiones contra el pueblo judío.

Los judíos se encuentran en una curiosa pero peligrosa paradoja: pueden ser, debido a su fuerza intelectual, comercial y financiera, el factor clave en la construcción de la nueva civilización y, al mismo tiempo, las mayores víctimas de esa civilización. A partir de 1492 serán expulsados en masa de España junto a los musulmanes. El pretexto fue sencillo y efectivo: eran los responsables de la crucifixión de Jesús, aunque las verdaderas razones fueron otras, como ya hemos citado. Polonia y la Rusia de los Zares viven situaciones semejantes por lo que Holanda e Inglaterra emergieron como el nuevo destino de la diáspora, llegando por oleadas a esos dos países todos los influyentes intelectuales, comerciales y prestamistas judíos. Otro sector importante emigrará hacia el Imperio Otomano, en guerra con las monarquías europeas, donde serán, no solo admitidos, sino invitados por el sultán, jugando un activo papel dentro del monopolio financiero y comercial del sultanato. Poco a poco también comenzarán a dirigirse hacia el continente americano, mientras se fortalecen aún más sus posiciones en el monopolio intelectual, comercial y financiero y su presencia y arraigo en unas ciudades alemanas en pleno desarrollo, mezclándose con la población local.

Es cierto que los judíos han tenido influencia en la creación del capitalismo pero es exagerado identificar capitalismo y judaísmo. Aunque tampoco se puede despreciar el papel jugado por las minorías, es obvio que las condiciones determinantes corresponden a las sociedades asentadas. En este sentido, los banqueros, comerciantes y filósofos judíos tuvieron en Holanda e Inglaterra una influencia sumamente importante tanto para el desarrollo intelectual como para el surgimiento del capitalismo como la nueva hegemonía del sistema. Spinoza (1632-1677) es el ejemplo de la nueva era en el campo de las mentalidades. Spinoza fue uno de los primeros judíos laicos (personas alejadas o expulsadas de las sinagogas) y uno de los grandes pensadores de la libertad. A él se debe en buena parte la idea “entender es libertad”. En otro aspecto, los préstamos de los banqueros y comerciantes judíos a Inglaterra y Holanda fueron esenciales para ganar guerras y fortalecer sus Estados; algo similar ocurrirá en el continente americano, sobre todo en la Guerra de Independencia de las colonias británicas. Se sabe –o se debiera saber- que los intelectuales, comerciantes y banqueros judíos son uno de los sectores más influyentes en la formación de los Estados Unidos de América.

2 . – La ideología judía

Ahora explicaré cómo el liderazgo ideológico mundial, que está aún en manos de intelectuales judíos, tiene profundas raíces históricas.

a . - La cultura judía tiene desde el principio una profunda huella sumeria y egipcia. Está suficientemente claro que el Antiguo Testamento -la Torá-, desde la creación del mundo en siete días al relato de Adán y Eva, desde la concepción de Dios a la de profeta, es una de las primeras adaptaciones de esas culturas, de lo que habían asimilado de ellas, junto con el lenguaje y conciencia de la mentalidad hebrea. Tampoco hay que olvidar que el Diluvio de Noé se corresponde con una epopeya de la mitología sumeria. ¡Igual que los relatos épicos de los profetas Eyup e Idris! Y que la concepción monoteísta de la religión apareció por primera vez con la reforma religiosa del faraón Akenaton en Egipto. Además, hay que tener en cuenta que Urfa es el centro cultural más antiguo del Neolítico y, por consiguiente, no se puede descartar tampoco su influencia. La ideología judía se basa en dos grandes grupos lingüísticos y culturales: los arios y los semíticos. No se puede olvidar la influencia de esas dos fuentes principales sobre la cultura hebrea.
b . – También es evidente en la primera época del éxodo la influencia babilónica y zoroastriana (Medo-Persa) como se aprecia en varias narraciones recopiladas de esas dos culturas.

c . – La cultura grecorromana es la tercera gran fuente cultural, sobre todo en lo que se refiere al desarrollo de la filosofía religiosa. Está claro que los fundamentos filosóficos de la religión, presentes también en la formación del cristianismo y del islam durante la Edad Media, se basan en Aristóteles, Platón y las escuelas filosóficas del helenismo, principalmente en los Estoicos.

d . - También resulta evidente que islam y cristianismo son dos sectas de la religión hebrea, de la religión de Moisés, adaptadas a las necesidades de las sociedades grecorromanas y árabes; ambas bebieron de la misma fuente. La diferencia estriba en el carácter profundamente étnico del judaísmo, que fue asumido primero como religión nacional de la tribu hebrea y, a partir de la Edad Media y del proceso de diáspora, de toda la etnia judía. Podemos decir, por lo tanto, que nos encontramos ante una nítida identificación entre tribu, religión y etnia hebrea o judía. La ideología judía tiene desde un principio un claro contenido religioso, el cual también tiene una cualidad completamente tribal y étnica. Cristianismo e islam responden a necesidades culturales, materiales y morales de pueblos que mantenían relaciones arraigadas y contradicciones con el judaísmo, produciéndose tanto influencias culturales como fricciones.

e . – Al mismo tiempo, la ideología judía tiene una profunda cultura material, ya que se formó en el marco de las civilizaciones de Oriente Medio desde la época sumeria. Y hasta se podría decir que es la síntesis de todas esas civilizaciones y que precisamente su fuerza se debe a esa síntesis. En esto jugaron un papel determinante los profetas y escritores judíos a lo largo de la historia. Cuanto más contradictorias o sosegadas son las relaciones de las sociedades con sus respectivas civilizaciones, más contradictorias o sosegadas serán también con el judaísmo. Otra conclusión a la que podemos llegar es la siguiente: el judaísmo podría ser considerado no sólo como una religión o etnia, sino también como una civilización de síntesis de civilizaciones (o también como articulación o compilación de civilizaciones). Por otro lado, teniendo en cuenta el papel de la ideología judía en el fortalecimiento de las estructuras intelectuales de las civilizaciones, se comprenderá mejor por qué sigue jugando un papel relevante a nivel mundial.

f . – Con la nueva era, la ideología judía se desintegra. Se dividió en dos corrientes principales: la religiosa y la laica. Spinoza es la cabeza visible de la tendencia laica, integrada también por otros filósofos igualmente de origen judío. Pero, en este asunto, hay que tener presente el debate sobre si el laicismo es una nueva religión o hasta qué punto está al margen de la religión. Para empezar, no creo que un verdadero trabajo social e ideológico tenga que concluir en la dicotomía religioso o laico. Esta no es la cuestión. Además, la religión, debido a su carácter tergiversador, tiene un valor muy limitado como herramienta clarificadora. Por el contrario, cada forma mitológica, religiosa, filosófica o científica supone una equivalencia social. Solo el trabajo sociológico puede aclarar los roles, relaciones y contradicciones de acuerdo con sus fundamentos sociales y políticos.

g . – La corriente laica del judaísmo también tuvo una gran influencia en la Ilustración. Se trata del “cientificismo”, una ideología idéntica al positivismo en el plano filosófico. El laicismo marcó con su sello la nueva era y comenzó a convertirse en una creencia religiosa de la modernidad capitalista con el nombre de cientificismo y positivismo. Pero es la antigua religión con otros ropajes, el forro interior de la misma chaqueta reversible; las mismas formas mentales conviven en las leyes cientificistas y religiosas. En definitiva, ni la religión es una forma de conocimiento celestial ni el laicismo es solo terrenal como generalmente se cree. Se trata de una diferencia artificial. Todas las religiones están relacionadas con lo terrenal y la sociabilidad. También las concepciones terrenales están más vinculadas a la sociabilidad que a lo estrictamente terrenal. Los términos “divino” y “terrenal” sirven para encubrir las contradicciones y conflictos sociales. En la medida que la ideología de la Ilustración fue sistematizada como positivismo y cientificismo, se convirtió en la ideología oficial del nuevo Estado-nación, acelerando así su transformación en una ideología nacionalista.

3 . – El nacionalismo judío

Los tradicionales sectores comerciante y prestamista, devenidos en clase burguesa en el sistema capitalista, adquirieron más visibilidad. Esta burguesía adopta como ideología oficial el positivismo y su concepción del Estado da a luz al nacionalismo. A través de su papel de creadora de la nación y de su ideología moderna consolidan su posición. Para estos sectores, una vez nacionalizados todos los factores que integran la nación, resultaba más fácil transferirlos al monopolio económico a través del monopolio estatal. Se trata de un vertiginoso proceso de monopolización que se lleva a cabo en cada nación europea gracias al nacionalismo, un proceso muy similar a la formación de la ideología triunfante entre los sumerios. La nación es proclamada la unidad más sublime, reemplazando así al antiguo Dios, mientras que el Estado coloca la vida material bajo su dominio y se convierte en la fuerza social más importante. La identificación Estado-nación es la nueva versión del antiguo Estado del Rey-Dios, e igual que antes se necesitaba la mitología para su aceptación, ahora se necesita la filosofía y sus versiones populares para que el capitalismo sea aceptado por toda la sociedad. El nacionalismo cubre perfectamente esta necesidad porque supone la expresión oficial de las concepciones ideológicas elaboradas en los últimos cuatrocientos años por las sociedades europeas nacionales. Nación y nacionalismo se retroalimentan, y ambos refuerzan al Estado que, a su vez, lo hace con el monopolio económico, dando así forma definitiva al nuevo mundo, por supuesto provisionalmente. La ideología judía no solo influyó en el desarrollo de esta gran división nacional y de este apasionado nacionalismo, sino que igualmente sufrió su influencia.

Está claro que la ideología judía está relacionada desde el principio con el etnicismo, con el hecho étnico y las subdivisiones étnicas, y que este nacionalismo, que se asienta en esos tiempos remotos, es una de sus características básicas y naturales, lo que le permite adaptarse con mayor facilidad al periodo de la burguesía. Pero de nuevo la ideología judía se encuentra con la paradoja de que, pese a detentar la paternidad de la ideología nacionalista, es rechazada por los principiantes del nacionalismo, una paradoja que se da tanto en el ámbito moral-ideológico como material. Todos los nacionalismos comenzaron a mostrar los dientes a sus progenitores, debido a motivos materiales, imprescindibles para el desarrollo capitalista. En cada nación europea los nacionalistas comenzaron a responsabilizar a los judíos, y a su ideología, cultura material y como nación-etnia, de los problemas y obstáculos que se encontraban, de la misma forma que el cristianismo y el islam consideran un obstáculo la religión de Mosiés, de la que ambos proceden.. Y en todos los sitios donde se formen nuevos Estados serán inevitables conflictos y enfrentamientos entre monopolios viejos y nuevos y la guerra continuará hasta que uno de ellos sea aniquilado, se rinda o bien quede reducido a la nada. Aquí estriba el papel que juega en el fundamento de la civilización que confirma mi tesis: el Estado, en tanto que núcleo de la civilización, supone el monopolio del poder económico.

Así es como una cuestión surgida hace 3.500 años, la “Tierra Prometida”, vuelve a presentarse con fuerza en Europa coincidiendo con el periodo de las naciones y del nacionalismo porque plantear una nueva nación judía significaba también un nuevo territorio. Teniendo en cuenta que en Europa siempre hubo un rechazo a los judíos, resultaba inevitable que surgiera una corriente basada en la antigua reivindicación de la “tierra prometida” y es de esta forma cómo surge un nuevo nacionalismo burgués y judío llamado sionismo; un claro ejemplo de la era de los nacionalismos del siglo XIX.

A partir de ese momento lo que era un cuento pasa a formar parte de la historia; de forma breve lo podríamos resumir de la siguiente forma: para resolver la cuestión de la patria judía se necesitaba la existencia de dos Estados muy fuertes -Alemania e Inglaterra- ya que Francia había quedado en un tercer lugar. Esta es la razón por la que los nacionalistas judíos intensifican su trabajo en esos dos frentes. Ya sabemos cómo han reforzado a Inglaterra y Holanda; los capitalistas judíos cumplirán una misión similar en Alemania mientras que los intelectuales realizan otra gran contribución en la creación de capital intelectual, es decir la ideología alemana. Gracias a su respaldo, el emperador de Alemania muestra un progresivo interés por su causa y hasta visita en dos ocasiones Jerusalén. Si Alemania y el Imperio Otomano, en un momento en que el partido Unión y Progreso, de orientación germanófila y vinculado al capital judío de Tesalónica, hubieran ganado la Primera Guerra Mundial, el judaísmo habría retornado a sus antiguas tierras de Palestina de una forma más rápida, aparte de que también mantenían una tradicional influencia en el ala filobritánica.

Dejemos, en este sentido, de lado la historia política; es demasiado amplia. Hitler les responsabilizó directamente de la derrota alemana porque estaba convencido que la superioridad de Londres no era ajena a la ideología y nacionalismo judíos: “¡Alemania había sufrido una gran traición y los judíos eran los culpables!” De esta forma se genera el antisemitismo en países que viven situaciones semejantes, como ocurre con el caso Dreyfus en Francia, aunque se puede demostrar que la realidad no era así. Pero, ¿por qué han perdurado hasta la actualidad este tipo de ideas, tal y como las expresó el presidente iraní Ahmadineyad? Este asunto está relacionado con el papel preeminente de la ideología y el nacionalismo judíos en el mundo, tanto a nivel ideológico como respecto a los monopolios capitalistas.

Jamás se puede defender el nazismo porque el genocidio es el crimen más grave contra la humanidad y esto es una realidad incuestionable como tampoco se puede minimizar la participación de los intelectuales judíos en la sagrada lucha de la humanidad por una sociedad democrática, libre e igualitaria. Aparte de los antiguos profetas, están claras las posiciones que, en este sentido, han mantenido numerosos intelectuales y revolucionarios en la nueva era comenzando por Spinoza y pasando por Marx, Freud, Rosa Luxemburgo, Trotsky, Adorno, Hannah Arendt, Einstein… y también soy consciente de que entre los intelectuales judíos son muy influyentes las concepciones socialistas democráticas. Tampoco voy a reiterar los juicios de Adorno pero ¿cuándo van a hacer una necesaria autocrítica, cuándo van a pasar a la acción para que el judaísmo mantenga posiciones objetivas y resolutorias políticamente tanto en el ámbito de la cultura material como moral? Mientras no analicemos el nacionalismo judío como una fuerza ideológica preeminente no podremos tratar como se merece la memoria a las víctimas del holocausto ni se podrán impedir nuevos genocidios ni masacres. No estamos ante el nacionalismo de un pequeño pueblo sino ante un nacionalismo a escala mundial, ante el padre de todos los nacionalismos, ante el fundamento de todos los Estado-nación. ¡Qué pena que fueran precisamente los judíos las mayores víctimas del nacionalismo en la historia!

El judaísmo, como problema, ha sido un tema tratado por destacados intelectuales judíos, incluso por Marx y Freud, pero, sin embargo, la pregunta “¿cómo se llegó al genocidio?” continúa sin respuesta. Teniendo en cuenta que del respeto a la memoria de las víctimas depende que no haya más genocidios, ¿qué haremos para mantenernos fieles a nosotros mismos y ser consecuentes?

Ahora puedo formular las conclusiones sobre el ejemplo judío en mi Defensa:

La etnicidad judía intentó imitar las civilizaciones sumeria y egipcia y la consecuencia fue el éxodo. Pequeña y obstinada, construyó su propia ideología (religión) en base a los celos, como si liderara todas las etnias. Fundó un reino, el de Jerusalén, que fue destruido pero perseveró y profundizó esta ideología extendiéndose por todo el mundo, buscando un lugar para su tribu y más tarde su etnia. Como no lo obtuvo, se vio empujada al éxodo y, para no ser derrotada, se atomizó convirtiéndose en un fenómeno estelar. Y ahora esta etnia, con su pequeño Estado-nación, juega a ser líder de la civilización; incluso es capaz de destruirla, así como a todos los Estados de Oriente Medio, de los que fue partera, e incluso al resto del mundo. Pero entonces ella tampoco existirá. La civilización judía es la esencia de la civilización mundial; no puede haber civilización judía sin civilización mundial y viceversa. Esta es la lección más importante del genocidio judío.

Como dice un sabio refrán, “el fuego no se puede apagar con fuego”. No se puede conseguir la liberación y apagar el fuego de la civilización prendiendo pequeños fuegos a partir de ese, como por ejemplo creando Estados-nación o monopolios. Muchos líderes de esclavos, oprimidos y pobres de tribus y pueblos que, a lo largo de la historia, han combatido a las fuerzas de la civilización fueron asesinados; otros triunfaron. No podemos olvidar a los muertos. Quienes triunfaron, lo primero que hicieron fue convertirse en una civilización porque no conocían otra cosa. Hasta los líderes triunfantes del socialismo científico cayeron en esa jaula de hierro de la modernidad capitalista. Las víctimas de los genocidios nunca lo han pensado pero así fue.

Con toda mi alma me siento unido a las víctimas del holocausto. ¿Por qué me identifico tanto como lo hace cualquier judío? Porque yo he sido víctima del mismo engranaje, impulsado también por los mismos judíos. Si no hubiera sido por las guerras de poder movidas por esa ideología, si no hubiera sido una fuerza en la creación de la civilización, ¿habría existido el cristianismo? Y, si no hubiera existido el cristianismo, ¿habría existido Hitler? Del mismo modo que el nacionalismo alemán, del que surgió Hitler, tiene sus raíces en la ideología alemana, y por lo tanto en la Ilustración –positivismo y biologismo-, también la ideología y el nacionalismo judíos jugaron un papel importante en la Ilustración, produciéndose una relación dialéctica. Es decir, que de la misma forma que el nacionalismo judío se basa en la etnicidad judía, el alemán lo hace en base a la etnicidad alemana, confundiéndose ambos en una maraña de relaciones complicada por los monopolios políticos y económicos. Todos los hechos históricos y sociales muestran claramente los vínculos entre ambos nacionalismos y mientras no sean superados tampoco podrán ser homenajeadas adecuadamente las víctimas del genocidio ni podremos estar a salvo de que vuelvan a ocurrir nuevos tipos de genocidio.

Si se hiciera una comparación similar entre los nacionalismos árabe y judío, los resultados serían dialecticos y sorprendentes. Si no hubiera existido el judaísmo, ¿habría existido el islam? Y entonces, ¿habría existido Mahoma? Y, si no hubiera existido Mahoma, habría existido el Baath? Y entonces, ¿habría existido Sadam? Alguien dirá que estoy haciendo tautología pero esto coincide con mi análisis sobre la civilización. Estados Unidos es una fuerza mundial hegemónica, hasta podría ser un imperio. Ahora combate en Oriente Medio para Israel y tal vez mañana lance una guerra contra Irán, avocándonos de nuevo al genocidio, esta vez nuclear. ¡Se trata de impedir la guerra atómica! Nadie puede negar que se trata de un peligro que está en nuestras propias narices. ¡Ya hemos tenido suficiente con Hiroshima! Mi análisis es correcto. Cuando se fundó la civilización, dijeron que estaba protegida por dioses celestiales; cuando estos fueron destruidos, esta se refugió en el átomo. ¡Son mil veces preferibles sus falsos dioses que su real atomicismo! Estoy hablando de reyes desnudos y su dios sin máscara con su rayo atómico, caminando todos por la tierra.

Me considero una de las personas que más desea que los judíos encuentren su lugar en Oriente Medio. Se trata de un pueblo con una gran conciencia. Para democratizar Oriente Medio, para conseguir una confederación democrática palestino-israelí, no podemos buscar la solución en ese Leviatán que ha llegado a convertirse en un monstruo global, un monstruo cuyo padre lleva nombre judío y que ha sido el verdadero origen del genocidio.

La solución está en la civilización democrática de Oriente Medio. De la misma forma que Oriente Medio será una ruina sin los judíos, los judíos sin Oriente Medio irán siempre al holocausto y al exilio. La historia está repleta de enseñanzas. Los intelectuales judíos cada vez se dan más cuenta de que su problema es el problema del mundo, de que la solución está en Oriente Medio. No tenemos que olvidar que un Oriente Medio democrático no es un sueño sino un componente de nuestra cotidianeidad, tan necesario como el agua y el pan. Los judíos deben saber que el camino para homenajear a las víctimas del holocausto y para que los genocidios no se repitan eternamente pasa por la civilización democrática de Oriente Medio, y todos los pueblos de Oriente Medio tienen que saber que no habrá un Oriente Medio democrático sin los judíos, que la reconciliación democrática es la única solución y que deben abrazar a cuatro manos los deberes que implica la construcción de la sociedad democrática.

E . – El poder en la Modernidad Capitalista

Los términos civilización, poder y Estado forman, por sí mismos y relacionándose entre sí, las categorías de relaciones sociales más complicadas y complejas. Definir la civilización sigue siendo motivo de debate. La cuestión de dónde empieza y dónde termina el poder, cuándo y cómo se formó y cuándo debe acabar es todavía más complejo. A pesar de que se suele hablar del poder como el agua que bebemos y el aire que respiramos, se trata de uno de los temas sobre los que existe menos consenso. No es que estos tres términos sean cuestiones secretas y complejas sino que más bien se desea que sean entendidas así, poniéndose en práctica iniciativas ideológicas en ese sentido.

La primera condición para que algo sea temido es mantenerlo en secreto, que se vea como algo complejo e inescrutable. Si se descubriera la verdad, sería el hazmerreír de todo el mundo y ya no habría miedo, desbaratándose así los planes de los grupos de interés que los encubren. Entre la población se reproducen este tipo de cuentos.

La civilización comienza con el relato mitológico, sin el cual las élites rentistas y los acaparadores de excedentes solo podrían realizar algunos saqueos y de forma tiránica. Para continuar y para que sea aceptada esta política necesitaban la mitología, la religión y el Derecho. En la actualidad, a estos factores hay que añadir una total mercantilización del sexo, el deporte y el arte, popularizados y presentados en los medios de comunicación como objetos de consumo, aparte de que sirven para dirigir a las sociedades condicionándolas mental y sentimentalmente. Su último objetivo es una aceptación total y definitiva.

He dividido la historia de la civilización en tres épocas principales presentándolas de forma esquemática, de la misma forma que he dejado claro que no doy mucha fiabilidad a los métodos cientificistas, solo útiles parcialmente y amenazantes para la vida libre cuando se conciben de forma dogmática. Me he esforzado en aplicar el método de interpretación sociológica sin dogmatizarlo ni con el cientificismo ni con el positivismo, abriendo, además, estas interpretaciones al debate. También soy consciente de que caigo en la reiteración e intentaré no ser repetitivo en la medida que no sea necesario.

He intentado delimitar la modernidad (civilización) capitalista como la modernidad (contemporaneidad) oficial y triunfante de la Edad Moderna (desde el siglo XVI hasta la actualidad) sin identificarla totalmente con el capitalismo, además de hacer amplias críticas respecto a su antimodernidad. Pese a que coincido con la definición de modernidad que hace el sociólogo Anthony Giddens, no comparto su valoración sobre las tres “discontinuidades”: capitalismo, Estado-nación e industrialismo. He dejado claro con abundancia de ejemplos que estos tres factores ya existían y tienen sus orígenes en los primeros pasos de la civilización y que han llegado hasta el periodo de la modernidad capitalista en su forma más fortalecida. Ahora, más bien, voy a aclarar concretamente cómo la modernidad oficial tejió las relaciones de poder y del Estado. Hay que diferenciar la oficial de la modernidad no-oficial, que yo denomino “modernidad democrática”, “civilización democrática” o “contemporaneidad democrática”.

1 . - Sociólogos positivistas, como Anthony Giddens y similares, creen que hacen sociología analizando cada época de la civilización y en concreto la suya como si fueran únicas, excepcionales, desarrollando miles de investigaciones para, por ejemplo, concluir que la civilización inglesa y su Estado son hechos particulares, sin parangón en la historia. ¡Se realizan tantas investigaciones como granos de arena en el mar! En realidad, con estos trabajos que reciben el nombre de ciencia se produce una sutil tergiversación. Es como el dicho popular: “que el árbol no tape el bosque”. El bosque no se define investigando millones de árboles. Está claro, desde el principio, que con este método no se consigue un correcto resultado. Sin embargo, utilizan a decenas de miles de jóvenes solo para ocultar el verdadero orden de las cosas siguiendo el supremo mandato de hacer ciencia social ¡Esto sí que es hacer buena política! Y así es como se quita todo el valor a las ciencias sociales y a la sociología en general.

La realidad es que el Estado, el poder y la civilización inglesas están vinculadas al desarrollo de unos elementos básicos, como el Estado en tanto que clase-ciudad-monopolio económico, cuyos orígenes se remontan 5.000 años atrás. Las clases llegaron y se consolidaron en el poder formando núcleos de monopolios económicos estatales, presentándose con una cobertura ideológica y ocultando su presencia con cientos de valores imaginarios cuando se desarrollaron en las ciudades a partir del siglo X, primero en forma de reyes y aristócratas y, a partir del siglo XVI, como burgueses. La civilización y el Estado inglés, el primer ejemplo de este proceso, es uno de los modelos hegemónicos en el cauce principal de la civilización que sigue vigente hoy día.

Estoy seguro que con el anterior párrafo se entiende mejor el complejo sistema de relaciones inglés que con decenas de miles de investigaciones. En el fondo, a la hora de ocultar los principales grupos de monopolio, no hay diferencia entre los sacerdotes sumerios, que utilizaban para ello la astronomía en tablillas de arcilla, y la interpretación de los sacerdotes cientificistas de la modernidad capitalista; solo difieren en metodología, contexto temporal y espacial.

Hemos dejado claro que las diferencias de espacio y tiempo implican, de una forma universal, cambio y desarrollo, y lo mismo ocurre con las sociedades, a veces en forma de involución. Y no estoy poniendo en cuestión el surgimiento de elementos nuevos, originales, porque no hay cambio ni desarrollo que no sea original; la repetición mimética de los hechos solo responde a un pensamiento dogmático, a un juego de palabras que no se corresponde con ningún acontecimiento de la naturaleza.

Por supuesto que la modernidad capitalista también supone novedades importantes. Según Anthony Giddens estos elementos novedosos, a los que denomina “discontinuidades”, se dan en tres áreas principales. No voy a repetir lo referente al capitalismo pero sería útil hacer un breve resumen respecto al término poder y a su expresión más concreta y jurídica: el Estado-nación.

2 . – Ya hemos dicho que el poder es uno de los principales temas tratados por las ciencias sociales aunque compitan en tergiversar la esencia de su significado. No se trata aquí tanto de criticar el carácter voluntario de este extravío de las ciencias sociales sino la habilidad con que la modernidad capitalista logra que cada individuo se crea poderoso y el hecho de que lo consiga de forma tan completa y detallada, como no lo había logrado ninguna civilización. Este es el asunto en el que debemos prestar más atención y al cual el sociólogo Michel Foucault ha dedicado más neuronas, aunque sin despejar totalmente la neblina. Lenin también quiso definir el Estado en su obra “El Estado y la revolución” pero, incluso en vida, se demostró como de equivocado estaba sobre este tema, en parte por no tratar siquiera el asunto del poder. Al echar mano de la “varita mágica” (que el hombre fuerte y astuto ha traído hasta nuestros días, cambiándole sucesivamente las caretas de la civilización) no pudo entender que frustró desde el principio, mediante “el poder socialista”, el fundamental trabajo social que es el socialismo, el cual debe ser construido totalmente de nuevo con la modernidad democrática.

Es en este sentido muy significativa la frase de Bakunin “poned la corona del poder sobre la cabeza del hombre más demócrata y en veinticuatro horas se habrá convertido en el dictador más vil”. El propio hecho del poder y hasta qué punto resulta necesario es una de las incógnitas sociales más importantes y cuyo análisis supone un básico deber para la ciencia. Para algunas mentalidades y grupos de interés que estas ocultan, el poder absoluto significa una resolución total. Ese era el punto de vista de los asirios: la aniquilación total del enemigo. También hay quien, como los anarquistas y pacifistas, conciben el poder como una enfermedad, como un hecho autoritario del que debemos huir cual peste bubónica. Esta actitud, en el fondo y objetivamente, supone una rendición ante el poder. Por el contrario, la solución, la definición de la civilización democrática supone una diferencia cualitativa. El derecho a la defensa de cada grupo social, de sus valores y ante los ataques dirigidos contra su existencia va más allá del derecho irrenunciable, es algo sagrado, su razón de ser. En este sentido, frente a la palabra clásica “poder”, sería más apropiado usar “fuerza” o “autoridad” de defensa democrática. Hasta las plantas, como las rosas, se defienden con sus espinas y por esta razón me gustaría denominar a esta concepción de la autoridad democrática la “Teoría de la Rosa”.

a . – En el contexto de la civilización, la definición más adecuada es concebir el poder como un conjunto de actividades dirigidas a la confiscación y multiplicación del excedente, y considerar las actividades de ese poder como los actos dirigidos a lograr beneficios y valores sociales, comenzando por las ideológicas y terminando por las militares, desde los relatos hipnotizadores al genocidio y desde el juego a los rituales religiosos. El poder, por lo tanto, tiene un ámbito de actividad social muy extenso, y no deja de aumentar a medida que crece el excedente.

Por lo tanto, si aclaramos primero los términos excedente y plusvalía, comprenderemos mejor el significado del poder. Si tenemos en cuenta cómo se expropia coercitivamente la producción tanto material como moral, el trabajo y las propiedades de individuos y grupos, el conjunto de sus valores culturales, y si comprobamos cómo se institucionaliza el “arte del poder”, entonces veremos quién es el “expropiador” y qué es lo “expropiado”. El poder es la acción y el arte de expropiar a la fuerza cosas que se consideran propias; el poder significa apropiación, asimilación; en otros casos, supone la expulsión forzosa, la deportación, dejar a alguien sin patria, trabajo o propiedad y, en general, vaciar el valor moral y cultural de los pueblos en base a la pertenencia a una patria común. Por lo tanto, nos quedaríamos muy cortos si nos limitáramos solo la apropiación de plusvalías y excedentes económicos. Lo fundamental en este asunto es que son miles los valores sustraídos a la fuerza y por eso es más realista considerar al “poder” la suma de todo ello.

Por el contrario, la misión básica de la autoridad democrática estaría relacionada, en todos los casos, con los aspectos positivos, necesarios, justos e irrenunciables como lo son defender la existencia y los valores materiales y morales de individuos y grupos así como no permanecer indiferente al expolio. Y si hubieran sido despojados, entonces habría que luchar para recuperarlos de nuevo. La autoridad democrática es el arte de pasar a la acción en base a esta concepción, aunque, en el fondo, sería más correcto denominarla fuerza antiexpoliadora. Existe una diferencia ontológica entre la expropiación ejercida sobre la madre patria y las actividades o artes (como ejército, guerra…) de uso de la fuerza antiexpoliadora, términos opuestos como lo son bueno-malo, bondad-pecado, correcto-erróneo o hermosura-fealdad.

b . - El poder se puede subdividir y clasificar desde aspectos distintos de acuerdo con sus puntos de vista:

I . – Poder Político: Es la forma de poder más común y determinante; responde a la administración y dirección del Estado y de sus extensiones, como es el caso de los partidos y las organizaciones no gubernamentales dependientes del Estado.

II . – Poder Económico: Expresa la fuerza monopolista encargada de llevar a cabo la expropiación del excedente y la plusvalía, habiendo tenido en la práctica formas distintas a lo largo de la historia.

III . – Poder Social: Expresa la correlación de fuerzas y jerarquías entre los sectores sociales, existiendo apartados importantes dependiendo de que se refieran a la familia, clase, origen étnico o a cuestiones de género, teniendo en algunos casos un tratamiento diferenciado. En este sentido, el poder en la familia estaría representado por el padre; el expoliador del excedente en la estructura clasista; el hombre, en cuanto a las relaciones de género; y la etnia dominante, respecto a las etnias oprimidas.

IV. – Poder Ideológico: Implica una mentalidad administradora que cumple una función ideológica en lo referente a la ciencia y la cultura, ejercida por individuos y grupos.

V. – Poder Militar: Es el que más se identifica con el poder; la institución más extrema, antisocial y antihumana. ¡Es la madre, mejor dicho, el padre de todos los poderes!

VI . – Poder Nacional: Expresa el poder central en una nación, presentándose como unitario e indivisible. Se le podría llamar también hegemonía nacional.

VII . – Poder Global: Expresa las posiciones hegemónicas o imperiales de la civilización y la modernidad dominantes, actualmente utilizadas por la modernidad capitalista a través de los Estados-nación y los monopolios económicos globales, bajo el liderazgo de los EEUU.

Este tipo de clasificaciones podría ser mucho más amplia.

3 . - El poder es una suma de relaciones históricas, sociales e institucionales establecidas en las áreas sociales más vitales del progreso social con detallados protocolos para garantizar su continuidad, funcionalidad y legitimidad. El poder intenta ganar rango de tradición, como una forma de legitimidad y institucionalidad. Pongamos un ejemplo. La conformación del poder en el sultanato está regulada con ceremonias específicas, parafernalias, simbologías y normas protocolarias, como, por ejemplo, ocurre en los actos de transmisión de la corona o en la celebración de las victorias. Todo sigue una tradición milenaria, desde las prendas utilizadas a las comidas, desde los matrimonios a los funerales. De esta forma se evita que cualquiera llegue al poder de cualquier forma, violenta por ejemplo, ya que sería tachado de bandido o déspota aunque, en realidad, la esencia del poder sea el despotismo y el bandidaje. La continuidad y credibilidad de la institución del poder queda así sublimada y consagrada, impidiendo formas explícitas de manifestarlo; así nadie podrá decir: “Se ha descubierto el pastel”. El poder es consciente de que la legitimidad, en gran parte, se logra con estos ritos y simbologías.

Recordaré una referencia del libro anterior de mi Defensa. El poder se puede comparar con una bola de nieve que, a medida que va cayendo desde la cumbre, se va haciendo más grande y, por lo tanto, agravando la destrucción provocada. La suma de los monopolios de interés que adquieren relevancia histórica dentro de la sociedad de la civilización, es el origen de esta bola de nieve. El curso en la historia de la evolución del poder es este.

4 . – También podemos comprender mejor el sentido del poder si lo comparamos con una enfermedad contagiosa. El poder es contagioso; esta enfermedad social fue institucionalizada por el “hombre fuerte y astuto”, primero cuando cazaba animales, después contra la mujer-madre que representaba la experiencia, institucionalizándolo inicialmente con el orden patriarcal jerárquico y el trío sacerdote (persona con sentido)-dirigente (capacidad directiva)-comandante militar (monopolio de la fuerza). Fue entonces cuando tanto las clases como la urbanización quedaron estatalizadas aunque no por ello quedó eliminado el orden patriarcal y jerárquico de los nuevos hombres fuertes y astutos.

Ahora la fórmula del poder sería la siguiente: hombre fuerte y astuto + jerarquización patriarcal + Estado, las tres instituciones esenciales de la sociedad de poder. A ese orden formado por gran número de estamentos lo denominamos Civilización, entendida como categoría general. En los estamentos inferiores se encuentra la economía) y en los superiores el consejo de dioses. Los sumerios construyeron así la civilización. A lo largo del tiempo su forma ha cambiado pero no el contenido, siempre “in crescendo”. Siempre en la planta inferior se encuentra el material humano, el que se utiliza para la producción del excedente, es decir esclavos, siervos y trabajadores; también los sectores como artesanos, labradores y profesiones liberales ejercen sus roles esencialmente en esta planta. Por otro lado en la superior se encuentran los dioses mitológicos, los dioses monoteístas (y a veces también los sultanes como la “sombra de Dios”, sacerdotes, chamanes o profetas que son sus embajadores), leyes y pensamientos para gobernar (ideas de Platón).

Durante la Antigüedad y la Edad Media el poder se establecía a través de estas instituciones básicas que forman el Estado; en la era de la Modernidad Capitalista, es toda la sociedad la que queda contagiada por el poder. Dicho de otro modo, toda la sociedad quedó afectada por esta enfermedad al considerarse también detentadora del poder. Esta extensión del poder a través de importantes instituciones -las “discontinuidades” de Anthony Giddens- es la enfermedad característica de la Modernidad Capitalista, en la que juegan un papel determinante algunas ideologías e instituciones a las que me referiré más adelante.

El que el poder se haya tenido que contagiar a toda la sociedad en vez de fortalecerse a sí mismo significa mayor impotencia y que, irremediable y velozmente, se encamina a su disolución; cuando algo llega al límite de su existencia ocurren dos cosas: o busca una salida o se pudre. Es lo que ocurre con las manzanas; si está ya madura y no se recolecta, se agusanará, se pudrirá y se descompondrá, y ahí se acaba nuestra manzana. Es una burda metáfora pero también sirve para el poder. De hecho, en tanto que enfermedad, el poder con la Modernidad Capitalista ha llegado a su fase de putrefacción y ya huele muy mal. Siguiendo el dicho de Bakunin, está tan podrido que hará enfermar al hombre con los principios más sólidos en caso de contagiarse.

La frase citada anteriormente –“poned la corona del poder sobre la cabeza del hombre más demócrata y en veinticuatro horas se habrá convertido en el dictador más vil”- en el fondo es cierta. Meted este poder en putrefacción en forma de corona sobre la cabeza de una mujer oprimida y ella también se volverá una dictadora en veinticuatro horas. La única vía para hacer frente a esta enfermedad y pudrimiento pasa por construir la modernidad democrática como sistema.
F . – La Modernidad Capitalista y el Estado-nación

El término Estado-nación es uno de los más oscuros y peor comprendidos, evitándose de forma insistente señalar su verdadera función y su principal papel. Se podría decir, incluso, que más bien es utilizado de forma propagandística. Sobre todo, se pone especial interés en ocultar su ontológica relación con el fascismo de la misma forma que también se subestiman los lazos existentes entre fascismo y nacionalismo con la modernidad oficial. Esta posición respecto al Estado-nación no es particular del liberalismo burgués; también afecta a los socialistas, que se ponen a la defensiva o pasan por alto este asunto con frases y palabras vagas, como si fuera algo sin importancia. Sin embargo, el Estado-nación es uno de los términos claves para comprender y cambiar nuestra era. En este sentido, son clarificadoras aunque insuficientes las consideraciones de Anthony Giddens sobre el Estado-nación.

La forma en que hasta ahora se ha abordado el Estado-nación y sus funciones apenas si es introductoria, y mientras no aclaremos, aunque solo sea esquemáticamente, el nacimiento del capitalismo y los conceptos de modernidad, poder, nación y Estado, no podremos definir con claridad su verdadero papel. El tratamiento igualmente esquemático del problema judío también tiene que ver con este asunto porque del mismo modo que el análisis del Estado-nación es esencial para comprender los problemas sociales en la actualidad, también abordar el problema judío histórica y socialmente será útil y ejemplificador para analizar el problema del Estado-nación. Si no es así el recuerdo del holocausto se hará de forma equivocada. Así lo confirma también la actual tragedia de Oriente Medio.

1 . - El Estado-nación es el espacio que da forma al monopolio capitalista. Durante el siglo XVI, el Principado holandés y el Reino de Inglaterra todavía eran proto-Estados-nación porque tenían que hacer frente a las aspiraciones imperiales de España y Francia, para, después, una vez consolidados, evolucionar hacia el Estado-nación. Con la Paz de Westfalia (1648), el factor nacional aparece en primer plano, acelerándose así la consolidación de los Estados-nación. Otros factores que lo fortalecieron fueron una economía-política basada en el mercantilismo, la preeminencia del mercado nacional y los trabajos sobre historia, arte y lenguas nacionales. En este sentido, las campañas de Napoleón jugaron un papel clave porque sin la conversión de Francia en un Estado-nación no podría haber realizado tal esfuerzo bélico. Los ideólogos alemanes, que seguían de cerca los acontecimientos, descubrieron que en Napoleón se encontraban las pistas que conducirían al nacionalismo y al nacional-estatismo germano. A partir de entonces, el nacionalismo alemán se desarrollaría funcionando como palanca para la unificación de Alemania y la formación del Estado que buscaba la modernidad. Por lo tanto, a comienzos del siglo XIX se daban los primeros pasos de un proceso que engendraría la figura de Hitler.

El asunto es de mayor calado porque está relacionado con los fundamentos de la modernidad (civilización) capitalista. El nacionalismo alemán es un movimiento centrado en el triunfo del monopolio económico y, para ello, iba a dejar de lado el desarrollo nacional, para tener éxito tendría que haber nacionalizado todos los elementos que integran la nación. Por ejemplo, sin nacionalizar la religión difícilmente se podría alcanzar el monopolio mercantil y lo mismo ocurre con el arte y la cultura, siendo la nacionalización de la guerra el último y más importante de todos estos factores que conformarían el espíritu nacional y, en definitiva, el nacionalismo. Hacía tiempo que existían los fundamentos ideológicos de este pensamiento pero resulta obvio que el resultado es obra de un capitalismo monopolista que, tras una lucha a muerte, logró imponerse sobre el mercado nacional.

2 . – La Revolución Industrial dinamizó todos estos procesos. En esa época la industrialización empezó a generar más plusvalía que el comercio, algo que era elemental en el proceso nacionalizador. Es decir, para los capitalistas, la industria nacional generaba mayores ganancias. Se trata de un aspecto esencial del siglo XIX y no es posible pensar que el nacionalismo llegara a ser la principal y más fuerte ideología en esa centuria al margen de la industrialización; existe una estrecha relación del industrialismo con el hecho nacional. La burguesía mercantilista estaba lejos de formar un monopolio económico que le permitiera dirigir por sí sola una nación. Pero cuando la burguesía industrial y monopolista empezó a crecer, se creyó con derecho a hablar en nombre de toda la nación. Así es como volvieron a reescribir la historia, definieron sus corrientes filosóficas, crearon una cultura, una educación y un Ejército nacionales. Con la burguesía industrial nacional, el capitalismo se aseguraba la dominación nacional.

El concepto de revolución burguesa cobra sentido precisamente porque incluye todos esos procesos, aunque las revoluciones inglesa, francesa y otras similares no son producto de una planificación, como generalmente se cree, sino que la burguesía las utilizó dirigiéndolas hacia sus propios intereses, de la misma forma que es erróneo identificar la Revolución Industrial como una victoria de la burguesía porque era resultado de un proceso de acumulación histórica.

Fue la burguesía monopolista la que de forma egoísta se hizo con el control de este ámbito social igual que lo hizo en otros terrenos imponiendo sus intereses. De la misma forma que la economía no implica necesariamente la existencia de la burguesía como clase, tampoco la burguesía industrial es requisito previo para que haya industria. Ni en la teoría ni en la práctica la burguesía está presente en los prolegómenos de la Revolución Industrial ni era burgués ninguno de sus artífices; lo único que ocurrió es que los comerciantes monopolistas se dieron cuenta de que este sector económico generaba ganancias muy superiores a las del comercio. La Revolución Industrial supuso uno de los saltos económicos cualitativos más importantes en relación con el desarrollo histórico y social, un salto muy semejante al que dio la revolución agrícola en el Neolítico. La producción económica convertiría al Estado, un monopolio económico en esencia, y a sus colaboradores en unos monopolistas sin escrúpulos, dispuestos a usar la violencia si fuera necesario. El Estado-nación encuentra su fundamento en estos monopolios materiales y, en el caso de que no existieran, los habría tenido que crear.

3 . – Uno de los puntos de partida de la historia se encuentra en la mitad del siglo XIX: o triunfaba el Estado-nación centralizado de la burguesía o lo hacía el movimiento confederativo y democrático respaldado por todos los sectores sociales, a excepción de la aristocracia y los nuevos monopolistas. Aunque no existía una clara distinción entre las diferentes fuerzas de las revoluciones inglesas -1640 y 1688- y francesa de 1789, dos tendencias jugaron un papel esencial: los “iguales ” franceses y los “niveladores” (levelers) ingleses, que representaban corrientes democráticas después aniquiladas. Por su parte, las revoluciones de 1848 tuvieron un auténtico contenido popular por lo que los trabajos de Marx y Engels hasta ese año, la Liga de los Comunistas y el Manifiesto Comunista fueron históricamente apropiados. Pero el primer revés estratégico se produjo por la traición de la burguesía, que se pondría de acuerdo con todo tipo de fuerzas reaccionarias provocando la derrota de la revolución. Poco duró, por lo tanto, la primavera de los pueblos antes de que se impusiera de nuevo el más crudo invierno. El carácter revolucionario de la burguesía solo obedecía a un interés puntual; si hubiese podido, habría convertido inmediatamente el poder en un monopolio económico y, ante la posibilidad de perderlo todo, se limitó a conservar lo que pudo y a conformarse con las adquisiciones que lograba. La aristocracia y los partidarios de la antigua monarquía tampoco habían encontrado lo que esperaban. Era una situación que aún fortalecería más al Estado-nación ya que servía de fuerza de equilibrio. Después, el Estado-nación quedaría determinado por la alianza de los monopolios económicos y políticos, siendo proclamado oficialmente en Italia el año 1861 y una década después en Alemania. Otros Estados-nación irían sumándose posteriormente.

Al no producirse la oleada revolucionaria tal y como se esperaba, Marx se retiró a Londres para escribir El Capital, impulsando también la Asociación Internacional de Trabajadores. En este sentido, los comunistas alemanes, incluidos Marx y Engels, derrotados por aceptar el Estado-nación centralizado, se convirtieron en un movimiento de elaboración de programas, creación de organizaciones, desarrollo de tácticas y estrategias, esperando que una sucesión de crisis provocaría la caída del capitalismo. Sin embargo, también aceptaban, al mismo tiempo, otro monopolio denominado economicismo, lo que les aproximaba al capitalismo en el marco de la modernidad, porque eso suponía legitimar el industrialismo, el programa económico de los monopolios industriales y el Estado-nación. Tampoco la Revolución Soviética se libraría de ser un instrumento del capitalismo estatal monopolista y del Estado-nación. Y hasta la Revolución China, tras un largo periodo de rebeldía, siguió ese camino para acabar en el mismo sitio, construyendo un Estado-nación en base a un capitalismo monopolista y reconciliándose finalmente con el monopolismo globalizado.

Por su parte, las revoluciones de liberación nacional, vinculadas a la mentalidad modernista más superficial, también colocaban la industrialización y el Estado-nación como máximas metas a alcanzar, en muchos casos de forma idéntica al socialismo real. La principal razón por la que han fracasado 150 años de movimiento inspirado en el socialismo científico estriba en su incapacidad de liberarse de la modernidad derivada de la Ilustración, o de construir y liderar una modernidad democrática teórica, práctica, táctica y estratégicamente; mejor dicho, ni siquiera llegó a intentarlo. Todos los indicios, su carácter pequeñoburgués, los estrechos horizontes que se marcaba y su embriaguez de llegar al poder, le encaminaban a postrarse ante el orden establecido.

Los anarquistas, que cuestionaban ese proceso, tampoco lograron representar una alternativa política; no fueron capaces de organizarse en base a propuestas programáticas y a las importantes críticas desarrolladas, de forma especial las de Bakunin, Proudhon y Kropotkin. Su intervención en el proceso social que se estaba llevando a cabo no consiguió ser suficientemente influyente, ya que tenían déficits ideológicos, un superficial conocimiento de la sociedad y una concepción individual de la acción. La debilidad de ambas corrientes partía de que aceptaron miméticamente la filosofía ilustrada y que dependían de forma dogmática del cientificismo positivista. Se trata de un fracaso por motivos ideológicos.

Cuando Murray Bookchin dice que la orientación confederal democrática de los trabajadores europeos fue muy sólida hasta mediados del siglo XIX y que todo se frustró cuando los socialistas se rindieron ante el Estado-nación centralizado, estaba analizando más correctamente lo ocurrido en el terreno social.

4 . – El gran filósofo Nietzsche -sería correcto calificarlo como el profeta más opuesto a la era capitalista- fue uno de los primeros en darse cuenta del gran peligro que implicaba la proclamación en el año 1871 del Estado-nación alemán. Todos los intelectuales, incluso los socialdemócratas, aplaudieron tal acontecimiento mientras él se daba cuenta que eso suponía una gran pérdida para la humanidad. Si no me equivoco y en esencia, su valoración es la siguiente: “El Estado, endiosado; los individuos y los trabajadores convertidos en hormigas, y la sociedad, castrada”.

La crítica de Proudhon sobre la ciudadanía aún es más llamativa. Es como si hubiera contemplado con gran anticipación al individuo de hoy. Por su parte, Max Weber define la sociedad bajo el dominio de la modernidad como “una sociedad en una jaula de hierro”. Definiciones aún más espantosas aparecen en la literatura. Cuando la sociedad queda atrapada en la ratonera, este tipo de consideraciones se multiplicarán. No obstante todas estas críticas y pronósticos, aún están lejos de señalar un programa de libertad y una solución concreta para la sociedad. Desde el siglo XVI hasta finales del XX, los pueblos y los intelectuales presentaron una resistencia sin parangón en la historia, obteniendo, incluso, éxitos provisionales, pero cuando la hegemonía global del capitalismo se manifestó en toda su fuerza con los monopolios financieros, las corrientes de la modernidad democrática vivían grandes carencias analíticas, demostrando así que no eran capaces de superar los errores y deficiencias programáticas, estratégicas, organizativas y de acción.

5 . - Es un deber irrenunciable e inaplazable, como en cada etapa de la civilización, analizar los tres componentes esenciales de la modernidad al mismo nivel y, a partir de aquí, presentar como alternativa los componentes principales de la modernidad democrática con profundidad intelectual y en base a todo tipo de movimientos sociales. Teniendo en cuenta que el capitalismo ya ha sido criticado, aunque sea deficientemente, señalar como blanco el Estado-nación y el industrialismo es un tarea imprescindible para la lucha por una sociedad democrática, libre e igualitaria en la era financiera monopolista. Nosotros estamos aportando la parte que nos corresponde.

No resulta difícil demostrar la función de ensamblaje que tienen los nacionalismos tanto en la formación del Estado-nación como en su mantenimiento, se trata de un peculiar rol ideológico, una adaptación religiosa del laicismo positivista. Es cierto que el laicismo y el positivismo, pese a su distanciamiento de la modernidad democrática, jugaron un papel positivo a la hora de superar el dogmatismo tradicional, contribuyendo así al desarrollo de la interpretación científica. Pero el sistema se deslizó ideológicamente hacia la religiosidad como ha ocurrido en todas las civilizaciones debido a que, por un lado, les había permitido triunfar política y económicamente a partir de mediados del siglo XIX y, por otro, porque se veía amenazado por la acción democrática. El nacionalismo cubría de sobra esas necesidades.

Tras esta explicación introductoria relativa al Estado-nación, será sumamente didáctico y necesario, teniendo en cuenta su trascendencia, hacer un análisis más concreto y detallado.

a . - En una definición más amplia se podría decir que el Estado-nación es la unión jurídica de los ciudadanos y de los mecanismos de poder que impregnan al conjunto de la sociedad en la era de la modernidad capitalista. Este aspecto, la extensión de los mecanismos de poder a toda la sociedad, es un factor determinante ya que, anteriormente, la legitimidad de los Estados se limitaba a sus instituciones y cuadros, algo que es superado por el Estado-nación. Su esencia es la estatización de los individuos, como si cada uno de ellos fuera una pieza del Estado, es decir ciudadanos con derechos y deberes a los que el Estado intenta moldear de acuerdo con sus intereses ideológicos, institucionales y económicos. Por esta razón, la formación de los ciudadanos es una de las tareas a las que el Estado-nación da más importancia y, con este objeto, intenta aprovechar los factores ideológicos, políticos, económicos, jurídicos, culturales, sexistas, militares, religiosos, educativos y mediáticos.

1 . – El instrumento ideológico más eficiente es el nacionalismo que funciona como nueva religión que eleva el Estado-nación al máximo valor, al valor sagrado de ser “la forma de Dios en la Tierra” y al que, por lo tanto, hay que comprometerse y adoptarlo como el valor supremo.

2 . - La persona queda transformada en ciudadano debido a la gran capacidad de atracción e influencia del poder político. Esta es la misión fundamental de los partidos políticos, mientras que, para los individuos, trabajar dentro de ese poder, sentirse partícipes del Estado, es la forma más rápida de alcanzar seguridad y prestigio.

3 . – El desarrollo de la revolución industrial y de los monopolios industriales intensificarán también el carácter monopolista económico del Estado. De esta forma, prácticamente la mitad de la sociedad depende de las instituciones estatales como empleados y funcionarios, un hecho que lanza a la gran mayoría de la sociedad a competir entre sí para poder ser miembros del Estado-nación, para convertirse en ciudadanos. Entre los monopolios llamados privados y los estatales existe una gran unión y asociación, haciendo muy difícil determinar dónde empieza y dónde acaba el monopolio estatal, así como el lugar del monopolio privado. Los monopolios privados participan al estado con la mitad de sus beneficios a cambio de ilimitadas concesiones. De esta forma, la conversión de individuos en ciudadanos a través de los monopolios privados puede ser a veces más reaccionaria que en el Estado porque, debido a la amenaza de dejarles sin trabajo, su formación puede ser moldeada de la forma que quieran. Este hecho está relacionado con la transformación durante los últimos años de los sindicatos en organizaciones conservadoras y nacional-estatistas. Asimismo los trabajadores, mediante el socialismo real, son convertidos en militantes del Estado-nación.

4 . – Es estrecha la relación entre Derecho y ciudadanía. La identidad del individuo, simbolizada en el documento nacional de identidad, resulta imprescindible para cualquier cosa, expresa la ciudadanía y, por lo tanto, la pertenencia al Estado.

5 . – Es evidente que también la conciencia sobre una tradición de poder y estatal alimentada a lo largo de la historia es un importante factor en la formación de la ciudadanía.

6 . – El hecho sexista deriva de que el padre es concebido en la familia como si personificara al Estado. Todos los hombres representan al Estado ante la mujer en el seno de la familia, una percepción que también se puede aplicar al conjunto de la sociedad y que el propio Estado-nación se encarga de alimentar.

7 . – La conscripción o servicio militar es una de las principales instituciones estatales en cuyo seno se moldea una nueva identidad del individuo limando cerebros y sentimientos. Todas las instituciones del Estado-nación tienen una función semejante pero ninguna como la militar.

8 . – La religión es, por su parte, el instrumento ideológico más utilizado por el nacionalismo en el proceso hacia el Estado-nación, convirtiéndola en su religión de Estado. La religión, como institución social, es nacionalizada y privada, por lo tanto, de su esencia ética. Se puede decir que la religión experimenta una especie de traición interna al ser utilizada para integrar los sectores sociales que quedan fuera del nacionalismo secular y que, con el nacionalismo religioso, la nueva forma que se da al antiguo Dios, ahora vuelven a un estado de servilismo consciente y voluntario. Esta traición tiene que ver con el conflicto religión-laicismo.

9 . – La educación es la institución de la modernidad más eficiente -desde primaria a la universidad-, a la hora de transformar al individuo en ciudadano, compitiendo, en este sentido, con las instituciones militares. Su principal objetivo es la transmisión de unos valores históricos tamizados primero por la religiosidad y después por el nacionalismo, para, a fin de cuentas, crear una masa de ciudadanos atontados, metidos en la cesta de una ideología oficial a favor de la modernidad capitalista que prosigue su desarrollo diversificándose y en constante cambio. En este aspecto, el actual fanatismo ha dejado a leguas de distancia aquel espíritu escolástico de la Edad Media.

10 . – Finalmente, los medios de comunicación del modernismo son las más eficientes herramientas a la hora de lavar cerebros y corazones. Los avances en esta tecnología dan al Estado-nación grandes facilidades para formar a los ciudadanos del modo que desee. Juegan un papel clave ofreciendo a la sociedad sexo, deporte y arte popularizados y vaciados de contenido, de manera que el resultado sea una ciudadanía drogada, atontada y banal. Estamos ante un tipo de ciudadano sin precedentes en la historia, para el que el objetivo central es convertirse en un consumidor estándar, obtener un coche, una familia (mujer, marido y dos hijos) y un piso. Así es como las pasiones más mezquinas sustituyen a la socialización. Disociado de la historia que, a su vez, ha sido convertida en un conjunto de clichés nacionalistas, el ciudadano se queda sin memoria, carece de sentido filosófico, incluso del que podría llevarle a la felicidad a excepción del pragmatismo más ruin. En apariencia parece moderno, pero en el fondo resulta ser el individuo, mejor dicho, la negación del individuo, más podrido y vacío de contenido, un “rebaño de ciudadanos”, una “sociedad de masas” lista para abrazar los anhelos más tenebrosos, es decir, el fascismo.

Existen numerosas novelas de gran valor de famosos escritores sobre este tipo de ciudadanos situados en el camino al fascismo; son especialmente didácticas las dedicadas al genocidio y también son sumamente clarificadoras las críticas a la “ciudadanía” realizadas en los últimos tiempos bajo el influjo del posmodernismo.

La existencia de este tipo de ciudadanos es uno de los obstáculos más importantes para la modernidad democrática. Por lo tanto, una de las principales tareas de la democratización será la formación de individuos igualitarios, libres y demócratas, es decir, de ciudadanos libres que construyan la civilización democrática tras analizar el Estado-nación y la sociedad que han generado este tipo de negación del individuo porque, en el fondo, significa la negación de su existencia.

b . – Es también muy importante establecer el lazo ontológico entre Estado-nación y fascismo. Uno de los principales errores ha sido no ver esta relación sistemática y, cuando no ha habido más remedio que reconocerla, liquidarla de uno o dos plumazos. Por el contrario, hasta un somero análisis mostraría que entre fascismo e Ilustración, incluido el laicismo positivista, existe una arraigada consanguineidad. Por otro lado la forma básica de poder de la modernidad oficial es el Estado-nación y su nueva religión es el nacionalismo. En este sentido, las sociedades que han sido tamizadas con el nacionalismo son las más predispuestas a la reproducción del fascismo. No es posible pensar en el fascismo sin pensar en el Estado-nación, de igual forma que no es posible pensar en un Estado-nación independiente del monopolismo económico (comercio + industria + finanzas).

Tampoco es difícil encontrar las raíces del fascismo de Hitler en la ideología alemana. La única salida que tenía la burguesía alemana era una concentración monopolista con forma de Estado-nación. La labor más importante de la burguesía y de los ideólogos alemanes a lo largo del siglo XIX fue “inventar” este tipo de Estado tanto desde el punto de vista material como moral. Se trata de un relato demasiado largo que no estoy en condiciones de contar. Tampoco se puede minimizar, por supuesto, la aportación del capital y de los ideólogos judíos. Además de que cientos de investigaciones confirman la relación dialéctica entre nacionalismo judío y judaísmo respecto a nacionalismo y fascismo alemán, nuestros planteamientos también demuestran esa relación.

Después, el modelo alemán inspiraría al resto de nacionalismos y Estados-nación, y precisamente la mayor debilidad de todos los antifascistas, sobre todo de los socialistas, es no haberse percatado de este vínculo sistemático entre Estado-nación, los monopolios (estatales y privados) y el fascismo; y de éste ontológicamente con la modernidad capitalista.

c . - Respecto a la relación entre Estado-nación y la Unión Soviética, todavía mantiene su relevancia y exige una resolución pero, como hemos señalado, el origen de todos los errores fue situar la lucha de la clase trabajadora en el marco del Estado-nación centralista alemán. Los propios Marx y Engels lo respaldan frente a los movimientos confederales democráticos, muy poderosos hasta mediados del XIX, que surgen de pueblos y ciudades sublevadas y a los que consideran reaccionarios. Los puntos de vista respecto a este asunto de Bakunin y Kropotkin, en mi opinión, siguen siendo válidos. Estas concepciones de Marx y Engels fueron las responsables del aborto de la I y II Internacional, objetivamente produciéndose una alianza con la burguesía industrial alemana. Se trata de algo claramente descrito; el resultado fue su desintegración dentro del Estado-nación y los 150 años en los que el marxismo ha sido la principal víctima de ese error.

Lo ocurrido en la Unión Soviética y en China es, en este sentido, el mejor ejemplo. En Rusia, ya antes de 1920 se ponía fin al sistema democrático de los soviets, quedando solo el proyecto de construir el socialismo en un solo país a través del modelo del Estado-nación. Y, para ello, fue aniquilada toda la oposición, incluido el campesinado, que es una de las principales fuerzas democráticas, y acallada la intelectualidad. Fue entonces cuando emergió el “Socialismo Faraónico” moderno. Ni siquiera se llegó a pensar en una modernidad democrática, mejor dicho, fue abortada, para volver a estar en la agenda de los años 90, también en forma de parto fallido. No estoy de acuerdo con denominar fascismo al gobierno de Stalin equiparándolo al fascismo de Hitler; ambos movimientos tienen un origen distinto. No obstante, el ejemplo de la URSS supone una chocante experiencia histórica que pone en evidencia que la experiencia soviética no significaba socialismo y que no se puede construir el socialismo sin basarse en la civilización democrática.

También se puede decir que Mao se interesó por la democracia y son significativas sus críticas a los soviets, pero la Revolución Cultural en China indica que algo no marchaba bien y ni el nivel de consciencia de Mao ni sus herramientas y métodos fueron capaces de superar el error del marxismo y de la experiencia soviética. La realidad que se vive hoy en China es bastante clarificadora en este sentido.

Por su parte, los movimientos de liberación nacional, la mayoría de los cuales se desarrollaron dentro de la corriente del socialismo real, asumieron desde el principio el Estado-nación como punto culminante de su programa. Teniendo en cuenta que tal modelo solo podía sobrevivir gracias a la colaboración con las grandes instituciones monopolistas, como son EEUU, la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, no debemos extrañarnos que desembocaran en estructuras antidemocráticas cada vez más conservadoras.

El ejemplo más dramático es el del socialismo del Baath con Sadam Husein al frente. Para aquellos que quieren entender se trata de un ejemplo de valor incalculable.

El “Estado de Bienestar” de la socialdemocracia, en la práctica, tampoco es distinto al Estado-nación. Los socialdemócratas alemanes, líderes mundiales de esta corriente, a diferencia de las pérdidas provocadas por Hitler, siguen suministrando beneficios al Estado-nación debido a su orientación economicista; y todavía ocupan puestos importantes en el poder a cambio de “castrar” al movimiento democrático mundial, convirtiéndolo en una fuerza de reserva para la burguesía.

d . – Una de las consecuencias más graves del Estado-nación es el proceso sin precedentes de asimilación, destrucción y liquidación del legado cultural, de las culturas milenarias de los otros pueblos en base al etnicismo nacional (el eslogan preferido de Hitler era “una sola lengua, una sola nación, un sol país, un solo Estado”). Estas prácticas, a las que ninguna fuerza represora e ideológica había recurrido antes en la historia, están vinculadas a la estructura del Estado-nación. La política cultural fundamental del Estado-nación busca la creación de un páramo monocolor -blanco o negro-, compuesto de instituciones y ciudadanos monocordes en base a ese tipo de lemas. Es uno de los pecados más graves del positivismo; hasta se intentó aplicar a la sociedad el biologismo darwinista diciendo que, en un proceso evolutivo, la cultura más fuerte se imponía a las demás haciéndolas desaparecer. ¡Esto supone la negación o aniquilación de la evolución de millones de años del ser humano!

La actual superficialidad cultural, la pérdida de su magia, su carácter previsible, la ausencia de inspiración se debe a que el Estado-nación camina sobre la tradición cultural como si fuera un bulldozer. Miles de lenguas, etnias, tribus, formas de vida, legados arqueológicos, es decir, miles de culturas han sido víctimas de esta política de genocidio cultural, de una monomanía que no sabemos dónde acabará. El Estado-nación, el individuo-nación y la sociedad-nación basadas en el arquetipo monocolor no solo degeneran en el fascismo, sino que se transforman en unos monstruos que solo se dedican a buscar objetivos a combatir haciendo de la vida un desierto. El resultado son los conflictos étnicos, religiosos, lingüísticos y otras guerras culturales. Hitler es el iniciador y principal símbolo de esta cultura de guerra que hoy ya es una realidad. Ahí está Irak, el más valioso de los ejemplos, para quien quiera aprender y comprobar esto..

El Estado-nación no es solo factor de guerra política y militar para grandes culturas y Estados, como ocurrió en la II Guerra Mundial, sino también es un movimiento masivo de guerra social contra todas las tradiciones históricas, la diversidad y cualquier nueva forma que suponga esperanza de futuro. Lemas como “una sola nación, un solo Estado, una sola lengua, una sola patria” responden a la lógica fundacional del Estado-nación y a sus objetivos económicos, sociales y políticos. ¡Es un estado de guerra permanente, oculto o explícito, demagógico o sangriento!

e . – El Estado-nación también se esmera en producir individuos monolíticos en el ámbito político; ni hay sitio para las distintas identidades nacionales, ni tampoco para la diversidad política. Es el Estado central y unitario el que impide esa participación política en base a la diversidad, una de las características fundamentales de la democratización, porque la considera una amenaza a su integridad. Incluso sospecha de la concesión a las comunidades locales de las más mínimas competencias porque la burocracia centralizada es su principal fuerza. Se trata de una moderna burocracia que mantiene a toda la sociedad en una jaula de hierro. Para él, los partidos y las organizaciones cívicas deben actuar al unísono con el Estado. El desarrollo de las distintas organizaciones políticas, sociales, culturales y económicas, como requisito de pluralismo, un principio irrenunciable de la democracia, es percibido como una amenaza y se las persigue negándoles la menor oportunidad de generar alternativas y de participar en la administración. El Estado-nación, por lo tanto, es antidemocrático porque mantiene una estructura esencialmente contraria al pluralismo político. El hecho de que las diferentes corrientes de democracia y socialismo (como socialismo real y otros) no hayan sido capaces de desarrollarse y hayan sido liquidadas en el marco del Estado-Nación, es debido a que, como ya hemos indicado, o bien defienden el marco del Estado-nación o bien se rinden a éste. En el caso de que se produjera un acuerdo con principios entre Estado-nación y democracia, en tanto que unidades separadas, podríamos hablar de estructuras abiertas a la democracia.

f . – El Estado-nación no solo crea individuos monolíticos, también extiende su poder e inyecta esta mentalidad a toda la sociedad, creando una sociedad monolítica, la sociedad del Estado-nación. El objetivo es generar una sociedad corporativa, que es el modelo social del fascismo. No se trata de convertir la sociedad en poder sino exactamente de lo contrario. Para el Estado-nación es fundamental imponer su poder a lo largo y ancho de la sociedad, situando a sus agentes e instituciones en los mismísimos poros de esta. La sociedad es dirigida únicamente de esta forma, imponiéndose, desencadenando una guerra contra toda la sociedad, privándola, por lo tanto, de cualquier poder. Foucault da gran importancia a este tipo de temas. La virilidad dominante juega el papel de “Estado-policía” ante la mujer, se ataca a la sociedad con las políticas sexistas, extendiendo el sexismo por todas partes como si fuera la peste, sumiendo a la mujer en la esclavitud. Y, por eso, la mujer más fuertemente sometida será la que considere una emancipación equipararse al hombre.

Y lo mismo se podría decir del deporte y el arte al servicio del Estado-nación, utilizados como armas de guerra contra la sociedad; la cultura popular y los programas deportivos son usados profusamente con este objetivo. Vaciados conscientemente de contenido por el capital globalizador, el sexo, el deporte y el arte se han convertido en las fuerzas más efectivas de la presente guerra contra la sociedad. Es obvio que, al realizar esta valoración, no estamos condenando la actividad sexual, deportiva o artística; al contrario, para la civilización democrática se trata de valores fundamentales basados en principios éticos al servicio de la sociedad y para la prosperidad social.

El deporte es un instrumento de formación en una sociedad sana, mientras que dentro del Estado-nación queda reducido a la fama y al honor de representar al Estado a una nueva lucha por el poder, en la que solamente existe, como si fuera una guerra, el triunfo o la derrota. Particularmente el fútbol, en tanto que monopolio, es utilizado especialmente con este objetivo por los Estados-nación en contra de la sociedad.

El arte es el segundo ámbito en el que tanto el Estado como los monopolios privados meten mano para usarlo en su guerra social. Sobre todo la cultura popular y sensiblera juegan un papel muy efectivo en el terreno de la diversión y el entretenimiento para mantener cautiva a una sociedad sometida al fuego por parte de un Ejército de estrellas mediáticas. El arte clásico ha perdido su milenaria función para transformarse en instrumento de aniquilación social una vez despojado de su sentido y popularizado. Por lo que se refiere al sexo o a la sexualidad, ningún instrumento y nunca como ahora se ha utilizado de forma tan eficaz en esta guerra.

Entre paréntesis y aunque espero tratarlo de forma extensa en mi Defensa llamada la Sociología de la Libertad, me gustaría indicar que, para el hombre, la acción sexual se ha convertido en un acto de poder, procreación ilimitada y expansión de la dominación social y política una vez vaciada de su función biológica de engendrar vida y dar continuidad al ser humano. El sexo, en cualquiera de sus formas (heterosexual, homosexual…), es relación de poder. Aunque este asunto tiene una larga tradición histórica, en ninguna sociedad o Estado se ha producido una utilización tan profunda, amplia y sistemática, hasta el punto de llegar a la esclavitud. El sexismo social es el fenómeno, el suceso y la relación de poder social y político.

Con estas políticas respecto a la sexualidad, que lleva a cabo dentro o fuera de la familia, el Estado-nación provoca una completa obsesión por el poder.. El que la mujer se considere a sí misma un objeto sexual y el que el hombre sea un instrumento de poder sexual no solo conduce a una crisis ética sino que convierte a ambos y también a la propia sociedad en víctimas del poder.

Por otra parte, ningún instrumento ha jugado un papel tan destructor y tan eficaz en la guerra contra la sociedad en esos tres ámbitos como los medios de comunicación bajo el control de los monopolios; una eficacia que, sin lugar a dudas, jugará a favor de la democratización en la civilización democrática cuando sean utilizados por esta.

Algo parecido ocurre con las políticas penitenciarias y hospitalarias que el Estado-nación elabora de forma concienzuda y que están encaminadas a fortalecer su poder y mantener cautiva a la sociedad. Quienes quedan atrapados en prisiones y hospitales pierden parte de sus valores, materiales y morales, frente al poder.
Pero el Estado-nación, al imponerse hasta en los vasos capilares de la sociedad, en el fondo está confesando que ha llegado a su fin, que es incapaz de sostenerse por sí mismo. Por este motivo es tan necesario aplicar y extender de forma adecuada la democratización, los sistemas de organización y de acción de la modernidad democrática de forma integral en todos los ámbitos de la sociedad.

g . – El Estado-nación juega esencialmente a la clase media, esta es la clase fundamental para su desarrollo. Es su Dios moderno. La clase media sueña en su mentalidad y sus pasiones, con alcanzar esa divinidad que asegura su misión y sus intereses. De la misma forma que las sociedades adoraban a las antiguas deidades sin conocer sus verdaderos rostros, hoy en día, en la modernidad capitalista, la clase media moderna tampoco conoce a su Dios aunque sabe que sin él no hay opción posible para ella. Obtener un cargo burocrático o un estatus profesional equivale a la liberación. Además, la clase media considera que la sociedad es ella misma. El egoísmo es una característica congénita de esta clase Los liberales creen que la clase media es condición básica para la democracia, aunque, en realidad, ocurre lo contrario. La clase media es el almacén de donde el fascismo, y no la democracia, extrae sus componentes. Del mismo modo que la relación del fascismo con el Estado-Nación es estructural, también lo es la relación entre el fascismo y la clase media. El que el fascismo tenga una relación estructural con el monopolio capitalista no modifica ese juicio. La existencia de excepciones en esas relaciones confirma la regla.

Jugando a la clase media, la democracia liberal en realidad intenta vaciar de contenido la democracia imponiéndose a las verdaderas fuerzas de la sociedad democrática, en el mayor juego de la democracia. La burguesía liberal y los liberal-demócratas posicionados en el ala izquierda, podrían jugar un papel positivo solamente en un ambiente de avances democráticos fuertes. Pero lo que al final cuenta es la perversión de la clase media y el capitalismo ya tiene una gran experiencia utilizándola contra las aspiraciones democráticas de la sociedad, realizándole concesiones, despertando sus sueños y atemorizándola constantemente con la amenaza de los sectores más bajos de la sociedad. El Estado-nación intensifica esta guerra, es el Dios de la guerra de la clase media. Así lo concibe, así lo sueña y así lo adora. Y frente a este Dios y a su guerra, las fuerzas democráticas no tienen otra opción que crear su propio pensamiento, su propia acción; ¡la única y sagrada opción es la vida libre!

h . – A la hora de evaluar el Estado-nación será clarificador también compararlo con otras formas y modelos de Estado. Es importante, en primer lugar, no confundirlo con la república como término e institución, porque no todas las repúblicas son Estado-nación, incluso hay monarquías que pueden ser Estado-nación. La república está más orientada a la democracia y su relación con la sociedad no es exactamente la misma que con el Estado-nación. La república mantiene cierta distancia respecto a los monopolios, admite el acuerdo y el consenso, mientras que el Estado-nación implica imposición unilateral y una manipulación total de la sociedad. La república favorece las alianzas y el equilibrio social mientras el Estado-nación busca la monopolización y la máxima centralización del poder destrozando cualquier equilibrio, acuerdo o compromiso y desintegrando o asimilando los distintos valores políticos, sociales, económicos y culturales. La república puede ser compartida y bajo su techo pueden convivir diferentes puntos de vista, culturas, etnias, organismos políticos e instituciones locales y regionales, mientras que el Estado-nación se opone, ideológica y estructuralmente, a esta diversidad e integridades.

Por lo general, al hablar de Estado-nación se suelen citar tres ejemplos:

Francia fue la cuna del Estado-nación, el primer modelo y Napoleón su Dios y creador. El Estado-nación francés se fundamenta en la identidad política y tiene una concepción más tradicional que evita que decaiga en un fascismo de tipo alemán, dando más fuerza a los ámbitos político y jurídico; tampoco refleja una actitud fanática respecto a la cuestión de la raza y la etnia dominante; todo aquel que comparta la lengua y la cultura francesas pude formar parte del Estado-nación. El modelo francés tiene seguidores en todo el mundo y el turco es uno de ellos.

Por el contrario, el modelo alemán se fundamenta en el componente cultural. La identidad cultural alemana es el requisito tanto para la ciudadanía como para el Estado-nación, un factor cuyo desarrollo predispone al fascismo. También tiene gran influencia en el mundo y los turcos adoptaron algunos de sus elementos. Se trata de un modelo que los propios alemanes están superando.

El ejemplo inglés es el más flexible; no responde ni al carácter unitario de los franceses ni la cultural de los alemanes. Se trata de un modelo de Estado-nación más abierto a las distintas culturas y formaciones políticas.

i . – Pese a que hemos identificado repetidamente el Estado-nación con la modernidad capitalista, situarlo en el tiempo histórico es esencial para comprender su evolución, desarrollo y su histórico papel.

Cuando Holanda e Inglaterra buscaron un Estado más eficiente para hacer frente a las aspiraciones imperiales de Francia y España apareció en la agenda del día el modelo del Estado-nación, que no dejaría de demostrar, a partir de entonces, una capacidad superior respecto a las viejas estructuras políticas y militares tanto desde el punto de vista financiero como político y sobre todo en la renovación del Ejército. Lo primero que hicieron fue asegurarse la hegemonía del mar, que pasó a manos de Holanda e Inglaterra a finales del siglo XVI. Y en las guerras de comienzos del siglo XVIII también demostraron su dominio en tierra firme. Pero Francia y Austria no abandonaron sus pretensiones imperiales pese a que esto les suponía un gran coste debido a que sus respectivas estructuras estatales eran mucho más difíciles de financiar y, además, estaban perdiendo la oportunidad de convertirse en Estados-nación.

Ante tales aspiraciones imperiales, Holanda e Inglaterra optaron por potenciar los Estados-nación, por ejemplo respaldando a Prusia frente a Austria y Francia o apoyando a todas las fuerzas de oposición europeas y a quienes propugnaban el modelo de Estado-nación. Era prácticamente imposible que sus contrincantes, desgastados por esa estrategia, se impusieran sobre los Estados-nación y, de hecho, la Paz de Westfalia fue consecuencia de esos avances. Progresivamente, la Europa de los Estados-nación iba ganando terreno frente a la Europa de los imperios. En la Revolución Francesa, el objetivo de Inglaterra era reconducir a la oposición y derrocar a un monarca que no se avenía a arreglos. En el fondo, se podría decir que, en cierta forma, la Revolución Francesa fue un complot de Inglaterra pero tanto la República como Napoleón desbarataron estos cálculos de transición al Estado-nación. Su política hacia Prusia tenía el mismo objetivo. Sin embargo, lo cierto es que Inglaterra se salvó de Napoleón por los pelos.

Un ejemplo semejante al de Napoleón es el de la construcción de la República de Turquía. Cuando Inglaterra apoyó a la oposición anglófila frente a los Unionistas germanófilos, el general Mustafá Kemal surgió como si repitiera el ejemplo de Napoleón. Tanto los partidarios de Inglaterra como los de Alemania perdieron. En este sentido, las políticas británicas tienen que ser examinadas con lupa y, por cierto, tampoco habría que despreciar sus vínculos con la Masonería.

La unión nacional italiana de 1861 y la alemana de 1871 supusieron el triunfo definitivo del Estado-nación; y la guerra por la hegemonía se desplazó al enfrentamiento entre Inglaterra y Alemania. Cuarenta y tres años transcurrieron en la búsqueda de alianzas hasta que la Primera Guerra Mundial asestara un duro golpe a las aspiraciones hegemonistas alemanas. La Segunda Guerra Mundial fue una especie de venganza cuyo resultado fue la dolorosa destrucción del modelo Estado-nación germánico.

Por su parte, Rusia quiso llenar el vacío hegemónico creado por la derrota alemana con la Revolución de Octubre de 1917, reconvirtiendo rápidamente los soviets en un Estado-nación. Pero la alianza de la experimentada Inglaterra con Estados Unidos frustró las aspiraciones hegemónicas de Rusia, igual que las de franceses y alemanes. La disolución de la URSS en 1989 solamente certificaba esa derrota. De esta forma, trescientos años de hegemonía inglesa pasaban a manos de EEUU en 1945 a cambio de permanecer como un pequeño aliado suyo, mientras que la política soviética de apoyo a los movimientos de liberación frente a la hegemonía norteamericana respondía más bien a estrategias determinadas por la Guerra Fría (1949-1989), la “edad de oro” del Estado-nación. El proceso del Estado-nación se había completado en Europa hacia 1914 y se consolidó definitivamente a comienzos de los 70 siendo la Segunda Guerra Mundial su primera crisis seria y el surgimiento de la Unión Europea la respuesta a tal crisis.

Otro asunto a dilucidar es por qué la modernidad capitalista desarrolló el modelo del Estado-nación. Nuestra explicación aclara estas razones, pero añadiremos que este modelo no encaja fácilmente con las formas imperiales y, si los imperios hubieran triunfado, los monopolios capitalistas habrían terminado igual que en la Edad Media. Esta es la razón por la que pusieron toda la carne en el asador frente a las pretensiones de los cuatro grandes imperios, frustrando, con las políticas del Estado-nación, las aspiraciones imperiales de España en el siglo XVI, las de Francia entre 1600 y 1870, las de Alemania (1871-1945) y, finalmente, las de Rusia (1945-1990), aunque habría que agregarles también las de Austria y el Imperio Otomano.

A pesar de que los Estados-nación lleven el título de “burgueses”, en realidad y esencialmente son obra de los monopolios capitalistas que corren tras la creación de un sistema mundial. Incluso el modelo de Turquía, que presume del nacionalismo más estricto, solo fue posible gracias al visto bueno de Inglaterra y al apoyo de EEUU. Está claro que sin un sistema capitalista internacional no se puede pensar en el surgimiento y desarrollo de los Estados-nación, incluidos los de la URSS y China. Uno de los principales factores de su fundación fue ser el modelo político que mejor se correspondía a la necesidad de asegurar las ganancias del capital y, cuando perdieron esta peculiaridad, intentaron prolongar su existencia colocándose progresivamente al amparo de la hegemonía inglesa ,primero, y de la norteamericana, después. Si no hay un sistema mundial, ningún Estado-nación puede mantenerse en pie durante un plazo largo de tiempo. Lo demás iría contra la lógica del sistema siendo muy difícil su supervivencia. El ejemplo más claro es la necesidad que tienen tanto China como la antigua URSS de reconciliarse con EEUU para sobrevivir.

Así es como podemos comprender mejor el trágico fin de Sadam Husein; o no conocía cómo funcionaba el sistema o no lo quería conocer. Su única posibilidad habría sido transformar Irak en un sistema democrático, pero no quiso hacerlo confiando en la fortaleza del Dios-Estado-nación. En el cadalso, llevaba el Corán en la mano con los versículos del antiguo Dios que, ante la presencia del nuevo, ni acudió en su auxilio ni fue capaz de salvarle; el nuevo Dios, el Dios del sistema, Leviatán, se tambalea entre convulsiones en medio de la ciénaga de Irak. Toda la geografía de Oriente Medio atraviesa esta difícil situación.

Ahora Europa busca su propia divinidad, probablemente más pacífica, basada en el Derecho; se intenta desarrollar una Unión Europea en respuesta al pasado belicista, sobre todo a la Segunda Guerra Mundial que ha sido la última y más tremenda en los cuatrocientos años de nacionalización y Estado-nación. La Unión Europea intenta neutralizar los aspectos más destructivos del Estado-nación con nuevas propuestas, creencias e instituciones en los ámbitos económico, social, político e histórico y en base a un nuevo modelo de ciudadanía europea. Se trata de una especie de autocrítica; de un proceso que debemos observar atentamente y del que no se puede conjeturar cómo acabará. Por su parte, Estados Unidos, destruyendo a Sadam y su régimen, a esa especie de Luis XVI (rey que fue guillotinado en la Revolución Francesa) de Oriente Medio, exponía radicalmente su posición contra un tipo de Estado-nación que no le convenía, estando dispuesto, más bien, a probar la reconstrucción del Estado-nación de una forma federativa, como es la de EEUU.

El que EEUU esté en una difícil tesitura, entre la hegemonía y el imperio, revela las complejidades de la situación. Resulta, por ejemplo, difícil manejar a los Estados-nación con una hegemonía débil, como muestra el caso de Turquía. Como imperio, EEUU se podría quedar solo. El caso del hundimiento del Imperio Romano está en todas las mentes, tiene la suerte de que no ha surgido otra potencia capaz de tomar el relevo imperial. Todo indica, por lo tanto, que se encuentra en un callejón sin salida. El Estado-nación logró subsistir hasta comienzos del siglo XXI gracias a la hegemonía. La Unión Europea podría ser el primer paso, un embrión, pero su futuro tampoco está claro, y la ONU, también sin salidas, se mira en el espejo del Estado-nación. No es un espacio para la solución de los problemas sino para agravarlos. Parece que no hay salida pues tampoco se espera que otras uniones regionales o continentales derriben ese obstáculo que es un Estado-nación incapaz de resolver los problemas sociales, internos o externos. Pese a que cuando surgieron fueron un instrumento adecuado frente a las invasiones y para la inicial acumulación de capital, la realidad es que hoy en día no pueden resolver conflictos de dimensión histórica, social, cultural, étnica, medioambiental, feminista y política si no es de forma represiva y, como se puede ver en cientos de casos, también son un problema en los contenciosos internacionales.

La cuestión palestino-israelí está llena de lecciones en ese sentido. Ambas partes están ancladas en el rígido modelo de Estado-nación. Para resolver el problema de Jerusalén tienen que despedazar la ciudad o destruirse mutuamente. Será difícil encontrar otro ejemplo que explique mejor el agotamiento del sistema. Y luego están los casos de Irak, Afganistán, Líbano, Irán y otros. Cuanto más tiempo pasa más se demuestra que este modelo no resuelve nada; no es justo ni humano ni político ni democrático.

El Estado-nación, tras haber llegado a la cumbre con la desintegración de la URSS, entró en una profunda crisis y, ante los ojos del monopolio capitalista, perdió su tradicional credibilidad debido a su incapacidad para resolver los problemas del sistema y a que constituye, cada vez más, un obstáculo a sus pretensiones. La pretensión de la Unión Europea de superar la crisis de forma evolutiva tampoco da grandes esperanzas. Se trata de una situación que está vinculada con la crisis global de la modernidad capitalista, que ha convertido a Oriente Medio en un caos. La situación está adquiriendo las dimensiones de una Tercera Guerra Mundial; por su parte, una nueva versión de la Unión Europea o el Gran Proyecto de Oriente Medio difícilmente suponen una salida para esa región y además se espera que la situación de caos se prolongue en el tiempo. El sistema podría intentar reconstruir el Estado-nación mediante un disfraz democrático. El camino más apropiado para dar respuesta a eso es el desarrollo de la civilización democrática por parte de las fuerzas igualitarias, libertarias y democráticas.

En mi Defensa, que desarrollaré bajo el título Crisis de civilización en Oriente Medio y la solución por una Modernidad Democrática, intentaré tratar el Proyecto de Confederalismo Democrático para esta región.

j . – Dejar de tratar el aspecto epistemológico del Estado-nación, siendo como es un sólido paradigma, estaría fuera de lugar. Las consideraciones realizadas hasta ahora señalan que el Estado-nación se basa en un paradigma muy distinto al de cualquier Estado. Los trabajos de Thomas Kuhn sobre epistemología muestran la importancia del paradigma. Lo que estoy intentando demostrar es la gran fuerza distorsionadora del Estado-nación. En concreto, podemos decir que el punto de vista científico de una persona que se haya formado en el ámbito del Estado-nación será contrario a la realidad en un 90 por ciento (tal burdo cálculo muestra el grado de mi convicción). La razón fundamental de este hecho es que el paradigma estatista-nacional construye e impone su propia visión de la historia y de la sociedad, comenzando por la conformación de la ciudadanía en todos los estratos de la sociedad. Se inventa la historia de la nación y el Estado (a los que funde uno con otro) mientras niega la historia general y las de las otras naciones, Estados o sociedades, tergiversándola y convirtiéndola en material para presentar su propia interpretación de la historia.

Bajo este paradigma no puede haber ciencia y, si la hay, estará distorsionada y no generará interpretaciones significativas sino, fundamentalmente, una percepción fanática, una mirada al entorno desde la ventana del Estado-nación y sus intereses, porque nada que no pase por el filtro del nacionalismo adquirirá sentido. No hay forma de que comprenda las ciencias sociales. Su única capacidad de comprensión, aparte de su visión chovinista, estriba en coincidir con sus ángulos de visión. Nada, ningún fenómeno, ningún suceso, ninguna relación hará mella en unos hábitos y concepciones aprendidos de memoria. Y es justo en este punto cuando nos sale al encuentro la destrucción del nacionalismo en tanto que religión que deja de lado cualquier cosa que no sea de su interés y por lo que repudia la realidad social que no cuadre con el Estado-nación, que no se pueda ver con las gafas del estatismo-nacionalista aunque sean gafas de caballo. Está claro que quienes observan la realidad a través de estas gafas no pueden ver la historia, la filosofía y la ciencia de forma objetiva; dejando a un lado que esta obcecación mental ya es de por sí un obstáculo para el conocimiento.

Y, de acuerdo con ese mismo paradigma, tampoco existen sociedades fuera de la propia sociedad del Estado-nación. Se desvía cualquier observación objetiva y se vacía de interés cualquier análisis; mirar al otro con una visión aún más radical que la del fundamentalismo religioso más fanático le lleva a no verlo o a verlo como un enemigo, y esta es la razón por la que la guerra es algo propio del Estado-nación. El caso de Hitler también es significativo en este aspecto; Europa y el mundo eran tal y como él los veía o no existían y, por lo tanto, debían ser aniquilados. Muchos otros ejemplos demostrarían que tal paradigma degeneró en factor de violencia.

Es evidente que las guerras religiosas están vinculadas con ciertos paradigmas y que el aumento de los conflictos bélicos motivados por el nacionalismo está relacionado con los puntos de vista impuestos por el Estado-nación. En este sentido, no percibir correctamente esta realidad llevaría a un conocimiento erróneo que, a su vez, conllevaría decisiones e iniciativas igualmente equivocadas.

Ningún científico cuyo punto de vista paradigmático sea el del Estado-nación puede tener una capacidad de interpretación significativa sobre todo en las ciencias sociales, sin olvidar que el resto de las ciencias también tienen raíz social.

Todo gira en torno al “yo”, a “mis fronteras”, a “mi sociedad”, a “mi país”, una posición ensimismada y egoísta que no deja de aumentar y retroalimentarse. De esta personalidad no surgirá ninguna decisión sana, ni fuerza de acción o relación. Tampoco se puede esperar ningún gesto tendente a la paz o la solidaridad, ni a nivel nacional ni internacionalmente, porque solo se identifica con la historia, las perspectivas, los intereses y las pasiones del Estado y su sociedad.

Hasta que no rompamos con el punto de vista del paradigma del Estado-nación, al que estamos intentando definir de forma esquemática, no nos podremos reencontrar con la ciencia. Todo indica, por lo tanto, que un entorno democrático ofrece las condiciones más adecuadas para la necesaria revolución científica. Desde el conocimiento de hace 8.000 años en el Creciente Fértil hasta el del Renacimiento, la Reforma y la Ilustración europeas, pasando por el jónico y ateniense, está comprobado que las épocas en que se ha producido un mayor desarrollo científico coinciden con los periodos con mayor nivel de libertad en las sociedades. Si, pese a sus grandes valores que le han permitido ganarse a la humanidad, Europa sigue siendo tan criticada es debido a este oportunismo egoísta del Estado-nación, a que la modernidad no logra dar solución a los problemas de hoy día, provocando así, durante los últimos cuatrocientos años, terribles guerras sin igual.

La mirada de la civilización democrática es una formidable oportunidad para la creación de ciencia, una nueva ciencia que, sobre todo en lo que concierne a la situación de crisis y caos, solo puede cumplir sus objetivos cuando el paradigma de la sociedad democrática sea dominante.

Pero teniendo en cuenta que las soluciones prácticas no se pueden desarrollar sin resolver previamente los problemas epistemológicos, la solución necesaria llegará con la destrucción del paradigma del Estado-nación y la adquisición del correspondiente a la modernidad democrática.

 

5 .- EL TIEMPO DE LA MODERNIDAD CAPITALISTA

Dividir la historia de la civilización en las edades Antigua, Media y Moderna no es incorrecto; el problema está tanto en su definición como en sus contenidos y creo que eso queda claro en la forma y contenido de la elaboración de mi Defensa. También es discutible que el capitalismo sea una civilización porque la clave de una civilización estriba en que sea algo integral, que funcione como un “río principal” en el que la forma que adquiera el trinomio ciudad, clases y Estado también determina la forma de la civilización. En este sentido, podríamos denominar como clásica a la forma de civilización sumeria y egipcia, periodo de madurez a la grecorromana, cristianismo e islam, mientras que la civilización europea sería una época de descomposición y caos.

Igualmente debemos diferenciar la dimensión de la modernidad democrática, no identificándola con la civilización pese a que esté en el “río principal”. Esto es debido a que la civilización en sí misma es una integridad sumamente contradictoria, especialmente entre la asociada al monopolio estatal y la no estatalizada, una contradicción que en la Grecia clásica se aprecia mejor entre la monarquía espartana y la democracia ateniense. Y algo similar ocurrió en la civilización europea del siglo XIV al XIX entre las democracias urbanas y los Estados porque, en el fondo, se produce un choque entre Estados y civilizaciones democráticas.

Este es otro importante error del marxismo ya que circunscribe estos conflictos a la lucha de clases. Se trata de una visión más bien analítica porque los conflictos en realidad surgen entre conjuntos sociales; entre la sociedad estatal y las sociedades democráticas. Conocemos las consecuencias de este restrictivo punto de vista y la principal se refiere al grado de conciencia y cultura de unas clases cuya delimitación no puede ser trazada y que sufren cambios a diario. Una clase que no sea consciente de su civilización y no pueda darle forma es como si no existiera. No puede haber lucha de clases sin civilizaciones; se vio con claridad en el caso soviético cómo de errónea es la tesis de la lucha de dos clases que formen parte de la misma civilización; no pudo crear una civilización soviética peculiar porque no fue capaz de romper el molde de la civilización estatal europea. Al final, la URSS ha tenido el mismo destino porque, en gran medida, se basaba en los moldes de la modernidad capitalista. Si combates con las armas de los otros, si tienes la misma forma de vida, de civilización, serás como ellos. En la historia existen otros casos similares y generalmente suelen ser revoluciones que no han sabido crear sus propias formas de civilización.

Por lo tanto civilización capitalista en realidad es un término muy limitado. Pero utilizar el término civilización europea como una civilización común a dos clases: capitalistas y trabajadores, que incluyen fuertes elementos democráticos, tampoco sería correcto, ya que albergaría sentidos muy contradictorios. Sería más útil diferenciar, por lo tanto, una Europa democrática y otra capitalista. En este sentido, la actual Unión Europea supone un intento de reconciliación de ambas civilizaciones, una interesante experiencia a examinar. La postura europea de mantener un equilibrio entre la civilización estatal y unas sólidas tradiciones democráticas y con factores de flexibilidad, como la lógica y el Derecho, coincide con nuestra definición sobre la última etapa de la civilización estatal, en la que se funde completamente con las crisis. Los cuatrocientos años de continuas guerras son otra evidencia de esa crisis estructural, como también sería el caso soviético, mientras que los debates sobre el futuro de la Unión Europea reflejan la indecisión de la modernidad para superar esta crisis.

La principal causa de que lleguemos a esta conclusión se debe al carácter monopolista del capital, tal y como lo plantea Marx en “El capital”, ya que la obtención de beneficios, y por lo tanto la acumulación de capital, no se puede producir sin crisis. Teniendo en cuenta que el capital no puede perdurar sin los beneficios, tampoco lo puede hacer sin las crisis. No sólo debido a sus problemas internos, sino también a la necesidad de encontrar respuestas a esa crisis y a un mundo que se torna en ingobernable, es por lo que los procesos revolucionarios, democratizadores y los derechos humanos están presentes constantemente en la actualidad. Se puede decir, por lo tanto, que el capital globalizado no solamente ha dominado el mundo sino que ha combatido contra el mundo y que debido a las crisis implícitas en su naturaleza se han extendido las luchas a nivel internacional. Siempre han existido los ejércitos profesionales porque la esencia de la civilización estatal es la hegemonía sobre la sociedad, sin ella no puede desarrollarse; la hegemonía significa poder y el poder no puede materializarse sin dominio, que no puede existir sin el uso de la fuerza. Esta es la razón por la que Hegel comparó la historia con un “sangriento matadero”.

La diferencia entre las dos civilizaciones anteriores y el capitalismo estriba en las magnitudes que alcanzan las estructuras de las clases, las urbes y los Estados. Al principio, las ciudades eran pequeñas, las clases estaban poco desarrolladas, tampoco había muchos Estados y los que había eran de dimensiones menores, por lo que había pocas guerras y respondían a un corto plazo. Aún así, la violencia tiene un carácter estructural en la civilización. En el capitalismo, ciudad, clase y Estado devoran, en un contexto de caos, no solo al conjunto de la sociedad sino también al medio ambiente. I. Wallerstein considera que el capitalismo entra en una crisis estructural a partir de los años setenta y que esa crisis podría durar entre veinticinco y cincuenta años. Aunque parcialmente se acerca a la realidad cuando afirma que el resultado estará determinado por la combinación de ciencia, organización y acción, se nota que todavía no ha conseguido superar el esquema marxista de las crisis coyunturales. En mi opinión, es más correcto pensar que la crisis va asociada a todo el periodo capitalista.

En el siguiente apartado intentaré plantear esquemáticamente, tanto la estructura como la crisis del capitalismo y los problemas que presenta un posible cambio, clasificando las etapas.

A . – El capitalismo comercial monopolista

El ámbito más antiguo del capital es el comercio, que se desarrolló en torno a Uruk entre el 4.000 y el 3.000 a. C., sabiéndose que los asirios establecieron colonias comerciales desde la Anatolia a la India, que los fenicios fueron el primer pueblo con enclaves comerciales por todo el Mediterráneo y que la gran extensión y seguridad del Imperio Persa permitieron un comercio globalizado que se perfeccionaría en el periodo grecorromano. Por otro lado, se puede decir que las grandes ciudades difícilmente podían sobrevivir sin el comercio; ciudad grande significa comercio grande.. La civilización islámica, en tanto que fuerza dominante en Oriente Medio, completó la conexión comercial con Occidente. Para entonces, ya habían aparecido todos los elementos necesarios para el comercio, tales como el dinero, los créditos, los bancos y los pagarés, además del propio mercado y el transporte, elementos que ya tenían una gran importancia en la civilización musulmana. Las ciudades italianas entre los siglos XIII y XVI tomaron el relevo a Bizancio y al Islam, recogiendo esa tradición comercial del Mediterráneo Oriental; que después pasaría a Holanda e Inglaterra, cuyas capitales, Ámsterdam y Londres, serán el embrión del capitalismo comercial. Por su parte, el descubrimiento de América y la apertura de la ruta al Sudeste de Asia por el cabo de Buena Esperanza desplazaron el comercio de las rutas tradicionales entre oriente y occidente, norte y sur, provocando un desplazamiento de la importancia y dominio de Oriente Medio sobre el comercio. Esto provocó que su civilización empezara un proceso de decadencia a partir del siglo XVI, que se profundizó durante la Revolución Industrial, un golpe estratégico del que todavía no se ha podido recuperar.

Es entre los siglos XV y XVIII cuando se produce la primera gran acumulación de capital de Europa, hasta el punto de imponerse sobre una agricultura y una artesanía que venían desarrollándose a partir del siglo X. La monopolización de la manufactura fue la primera gran expansión productiva y territorial de la industria y se llevó a cabo en interrelación con el hegemonismo monopolista comercial. Es el periodo en que las Compañías de las Indias Orientales y Occidentales, tanto de Holanda como de Inglaterra, se imponen como principales emporios comerciales, posición preeminente que mantendrán durante mucho tiempo. Los bancos, pagarés, créditos, dinero en papel, contabilidad y la organización de ferias y mercados, que son todos instrumentos eficientes del capital, se convirtieron en instituciones importantes en esta época.

Vemos, por lo tanto, una vez más, la estricta relación entre monopolio comercial privado y estatal, y lo cierto es que sin Estado en tanto que monopolio no es posible hablar tampoco de monopolios comerciales por si solos; el estatal fue pionero en este terreno, desde las primeras rutas hasta el dominio europeo, por lo que afirmar que “el liberalismo existe a pesar del Estado” es un gran sofisma. La misión fundamental del liberalismo es convertir el contenido político del Estado en económico, poniéndolo al servicio de los monopolios. El liberalismo sin Estado es como un jardín sin dueño. En esta época las relaciones del Estado con el monopolismo comercial son muy importantes.

Debido a este factor se llama a este período, entre los siglos XV y XVIII, “época mercantilista”. El Estado logra reponerse económicamente y consigue aumentar sus recursos con una actividad que podríamos denominar nacionalismo comercial. Vender por más valor de lo que se compra es la forma más eficaz para conseguir un Estado poderoso que permitirá crear el Estado nacional y consolidar la monarquía. También se trata de una época en la que, desde el punto de vista social, la aristocracia se implica en el comercio, los comerciantes se aristocratizan y la burguesía se consolida como la nueva clase; todos los campos experimentan profundas reformas, en el ámbito ideológico, en la forma de vida, incluso en la moda y la arquitectura.

Nos encontramos en los periodos de la Reforma y la Ilustración pero sería un grave error calificarlos de burgueses porque, en el fondo, la Reforma fue un proceso con el que se nacionalizó la religión y se crearon sus distintas formas nacionales, no teniendo ninguna relación causal con la burguesía; el objetivo era renovar un pensamiento religioso atenazado por dogmas obsoletos para adaptarlos a las nuevas circunstancias; consistió, por lo tanto, en una adaptación religiosa a los tiempos como parte de una revolución general del pensamiento. Por el contrario, la Ilustración tuvo una mayor proyección porque se produjo una renovación mental en todos los aspectos y porque los viejos paradigmas, en gran medida, también habían sido superados. Ambos procesos están vinculados a la revolución científica y filosófica, pero solamente es una casualidad que coincidieran con el periodo comercial. Simplemente, la burguesía los convierte en capital intelectual movida por sus intereses, porque le permite su legitimación como clase. Y fue una gran responsabilidad de los intelectuales de la Ilustración, al menos en la misma medida que la aristocracia y la autocracia, el que se perdiera de vista el carácter parasitario del monopolismo. Todos los males se achacaron al periodo anterior sin que nadie se imaginara las consecuencias negativas que iba a tener la aparición de una nueva clase que permitiría a las capas medias imprimir su huella en la sociedad.

En este sentido, la burguesía apoyó la ideología del nacionalismo para monopolizar el mercado nacional, actuando de forma eficaz contra sus rivales, excluyendo al capital comercial de las otras naciones, algo que, a su vez, alimentaría el racismo y los enfrentamientos nacionales, étnicos y religiosos. Esta es la razón, por ejemplo, del ascenso generalizado del antisemitismo; los judíos eran un serio obstáculo para los objetivos de la burguesía nacional y, por lo tanto, pasaron a ser los responsables de todos los males. Por su parte, los judíos impulsaron una Masonería cuyas raíces se hunden en la Edad Media como una forma de defensa internacional, de crear una red de aliados y liquidar a sus enemigos, jugando un destacado papel en distintos movimientos revolucionarios, aparte de allanar el camino al sionismo, es decir al nacionalismo judío.

Era cuestión de tiempo que el mercantilismo diera paso al colonialismo, porque ya en este periodo se lleva a cabo una explotación comercial. Es decir, en todos los continentes, principalmente en África y Asia, se descubren colonias potenciales; el colonialismo llega a América, Australia y a miles de islas que nunca habían conocido este sistema, mientras se desarrolla paralelamente un pensamiento orientalista y antropológico acorde con el nuevo modelo social que se estaba gestando. A través de las teorías de la “raza dominante”, que encontraron la posibilidad de desarrollarse en esta época, y de los estudios sobre geografía e historia mediante el nuevo paradigma, se quiso aplicar el darwinismo también a la sociedad. Estas elaboraciones teóricas parecen ser hechas con el objetivo de abrir el mundo al capitalismo.
En este contexto, la expansión de los monopolios comerciales, basados en la explotación y el colonialismo, no es otra cosa que una forma moderna del antiguo saqueo, y el capitalismo comercial, en gran medida, se fue formando en base a la explotación de las colonias. Mientras el oro y la plata de América eran esquilmados, se fijaban unilateralmente precios astronómicos para los productos textiles, provocando desequilibrios comerciales. Gracias al colonialismo se imponían unos precios que permitían obtener beneficios exorbitantes, bien abusando de las diferencias de precios entre los mercados o con otros métodos, como podían ser la acumulación de mercancías para provocar su escasez.

Fernand Braudel desarrolla que fueron estos movimientos especulativos del gran comercio quienes dieron forma al capitalismo frente al mercado ordinario que seguía siendo una actividad económica normal. No considera como economía la producción de mercancías con finalidad de uso. Cuando se llega al umbral del proceso de cambio significa que ya ha empezado la economía, todavía no existe la ganancia aunque se podría hablar de beneficio de intercambio, que no hay que confundir con la especulación, la verdadera especulación comienza con el gran comercio, la cuna del capitalismo. Se juega con la diferencia de precios y, por esta razón, Braudel considera que no estamos ante una acción económica sino ante algo que se impone desde afuera. Braudel, al parecer, no quiere aclarar esta reflexión, dejándola como un gran interrogante.

Fernand Braudel también es consciente de la distinción entre Estado y poder, dándoles más importancia que Marx pero no aclara hasta qué punto son determinantes. El marxismo solo se aproxima a la realidad cuando vincula al Estado con un proceso de concentración económica, pero aún en este caso lo hace de forma muy genérica y abstracta. El poder y el Estado significan una economía “no económica” porque se basa en el robo de excedentes, la plusvalía y el monopolio. Están muy relacionados con la economía pero están por encima de ella y ponen en marcha todo tipo de mecanismos y métodos para apropiarse de los excedentes y plusvalías. Es lo que pasa, por ejemplo, con los impuestos indirectos que, como se sabe, suponen la mitad de sus ingresos. Aquí el Estado, en realidad, actúa como mero comerciante pero también lo hace cuando regula las unidades de producción, el mercado y los precios agrícolas.

En la literatura económica europea también se mantiene esta ambigüedad sobre la relación Estado-poder. Pese a los miles de libros publicados, ni socialistas ni liberales dicen nada claro sobre este asunto, mientras que Marx no lo trata o bien le sorprendió la muerte antes de hacerlo. En definitiva, entre una y otra cosa, se creó esta gran laguna de los estudios sociológicos.

Lo miremos como lo miremos, estos mecanismos ajenos a la economía jugaron un papel esencial para consolidar la era comercial entre los siglos XV y XVIII. Entonces, si no son economía, ¿qué son? Resulta difícil de pensar que alguien distinto al poder y a su representación jurídica, el Estado, pueda actuar de una forma tan libre; incluso podrían existir camarillas monopolistas pero hasta ellas tienen que relacionarse con el poder o con el Estado como su expresión concreta. La realidad es que, cuando el dinero deja de utilizarse como instrumento de cambio, se convierte en un elemento con tanta fuerza como las armas; no en vano Napoleón dijo, al referirse a la necesidad del Ejército: “¡dinero, dinero, dinero!”. Pero ¿a qué tipo de dinero se refiere? No se trata del dinero como instrumento de cambio, del dinero-economía al que nos referíamos, sino del gran comercio y la especulación, del dinero-comandante, del dinero-dirigente. La burguesía comprendió perfectamente esta función y para ello despedazó en trocitos la sociedad como si lo hiciera un carnicero. La sociedad e incluso el Estado han llegado, en este sentido, a tal situación que no pueden vivir sin el dinero.

Posiblemente es la verdadera revolución burguesa, que la sociedad y el Estado necesiten tanto el dinero que se pongan al servicio de la burguesía. Más bien la debiéramos denominar la revolución del dinero, una revolución que en este periodo logró extenderse por toda Europa. Ya no es necesario encadenar al obrero como se hacía con los esclavos y los siervos; si no recibe el salario, será el hambre lo que le encadene al dinero, no puede hacer otra cosa que rendirse a sus pies; ya no es necesario actuar como en la sociedad feudal o esclavista, es más costoso y requiere una mayor responsabilidad. Solo mostrando el poder del dinero, el capitalista ya tiene al trabajador en sus manos para utilizarlo a placer.

Y lo mismo se podría decir de las mercancías. Sin dinero no pueden moverse, ni ser producidas, transportadas o consumidas. Es la gran revolución capitalista: supeditar totalmente la economía al dinero; el dinero es como el Estado; mejor dicho, ¡es el propio Estado! Hasta el Estado tiene tal dependencia del dinero que, sin él, queda reducido a una mera mercancía, a un trabajador sin recursos. Aunque parezca paradójico, funciona como un Estado para el Estado. Se trata de un invento que se produce en Holanda e Inglaterra durante el siglo XVI; es cierto que entonces surge un Estado fuerte, pero es un Estado dependiente del dinero. De acuerdo con los historiadores, precisamente por no haberlo creado, Francia perdió la guerra por la hegemonía europea frente a esos dos países. Sería por lo tanto clarificador, investigar más profundamente la función del dinero en la era de las finanzas.

Entre otras cosas, habría que plantear las consecuencias sociales de que la burguesía comercial se convirtiera en el factor más importante para el desarrollo de la civilización entre los siglos XV y XVIII. Conocemos, en este sentido, las características de la sociedad comercial en tanto que sociedad de la usura, del dinero y de los bancos y la negativa imagen que, por lo tanto, ha tenido en la memoria de la humanidad. Por haber sido el mayor golpe contra los valores éticos, estos elementos han sido objeto preferente de la crítica por parte del arte y sobre todo de la literatura durante estos siglos. Es como si un virus carcomiera la sociedad. El dinero es el responsable de una degeneración social generalizada y de que las antiguas y cálidas relaciones humanas queden congeladas cual rostro de hielo. No tener dinero es como perder la batalla por la vida. Para ostentar grandeza, ya no son necesarios los tronos de oro, ni el resplandor de palacios dorados, ni las burdas demostraciones de poderío, ni los vestidos abigarrados o los fastuosos banquetes; ¡solo hace falta tener un lugar donde colocar el dinero para ser el más grande de entre todos! Y esto no puede ser un avance social; se dice que es la Nueva Era pero no hay nada de nuevo; en todo caso, podría ser el inicio de la crisis de la civilización. Para quienes no hayan perdido el respeto a la sociedad, esta situación es la más humillante y crítica que podrían imaginar.

En este periodo, al capital comercial no le interesan otros campos porque no le producen el porcentaje de ganancia que desea, tampoco ningún terreno puede rivalizar con los beneficios derivados del gran comercio. Únicamente participa en la producción agrícola o manufacturera cuando puede obtener unos beneficios similares; esta es la razón por la que ambos sectores tuvieron un desarrollo tan limitado.

También fue una época de importantes agitaciones políticas. España, Francia y Austria, que tenían serios conflictos entre sí debido a que todas se reclamaban herederas del Imperio Romano, se hundieron porque seguían manteniendo las antiguas estructuras imperiales. La relación dinero-Estado jugó en esto un importante papel. Una situación que, a su vez, facilitó la hegemonía holandesa y británica porque el gran comercio fortalecía con sus créditos a estos Estados, quienes, a su vez, actuaban como los propios comerciantes. Estado, política y beneficio iban de la mano. Esto quedó claro cuando el comandante dinero formó los nuevos Ejércitos y las flotas de guerra. El triunfo económico del capitalismo se debió al abaratamiento del sistema productivo, lo que significaba dominio comercial y la claudicación en el plano internacional de sus rivales, que quedaban postrados de rodillas. De hecho, también serían derrotados militarmente, y en el plano político Inglaterra y Holanda demostraban su influencia impulsando revoluciones y conspiraciones.

Está claro que esta situación reflejaba esta hegemonía y lo demostraron apoderándose de las antiguas colonias de España y Portugal y lo mismo fue ocurriendo con otras zonas de Asia y África. Mediante acuerdos realizados en la Europa continental consiguieron mermar la influencia de Francia, frustraron las ambiciones de Austria para formar un imperio alemán, supieron manipular a la Rusia zarista y colocaron al Imperio Otomano, uno de los más poderosos de la época, en una situación semicolonial, el mismo destino que les esperaba a los imperios chino e hindú. En la agenda de la historia ya estaba anotado que las antiguas civilizaciones tenían que ser rápidamente liquidadas. Cualquier avance era signo de modernidad sin que se supiera exactamente en qué consistía; era un acto de fe como en cualquier religión pero ahora la religión era el comercio, y el dinero, la nueva divinidad.

B . – La Revolución Industrial y la era del industrialismo

El desarrollo de la industria normalmente se ha vinculado a la Revolución Industrial, sin embargo la industria ha existido a lo largo de toda la historia; incluso la talla de piedra era un trabajo de industria, de la misma forma que lo es, en su terreno, la agricultura y la artesanía. Todos los instrumentos, conocimientos y sistemas de producción son avances industriales. La industria, es decir la producción de bienes, sean para alimentarse, vestirse o cobijarse, es algo intrínseco al ser humano.

Inglaterra, el país hegemónico de Europa, da un paso importante a finales del siglo XVIII siguiendo lo que se gestaba hacía mucho tiempo. Por ejemplo, la máquina de vapor es el símbolo de este periodo, pero esta forma de energía y la maquinaria en general ya se conocían. Inglaterra y Holanda también llevaron a cabo un abaratamiento de la producción, practicando la explotación y producción intensivas tanto agraria como manufacturera, esto también tiene que ser considerado parte de la revolución industrial. Esta producción barata y en serie suponía una ventaja; en el fundamento del hegemonismo subyace este fenómeno. Francia e Italia en un principio tampoco se quedaron atrás en este proceso. El factor diferencial de esta revolución del siglo XIX estriba en que el beneficio industrial se duplica en muy poco tiempo, superando a las ganancias comercial y agrícola. Por primera vez en la historia, la producción industrial se ponía en vanguardia; en esencia, eso era la revolución industrial y no tanto sus aspectos estrictamente productivos. En épocas anteriores, la agricultura y la industria textil eran los principales terrenos de producción, donde el comercio solo era una forma de intercambio de mercancías sobre los excedentes de ambos; esta era la esencia de la dinámica económica. Solamente analizando la producción no podemos aprender mucho de la revolución industrial. En este sentido, si la analizamos solo por su diversidad y sus beneficios, ninguna revolución había alcanzado las magnitudes de la agrícola. En consecuencia, debiéramos buscar la importancia de la revolución industrial en otros factores.

1 . – El sistema productivo en las ciudades había superado por primera vez a la producción rural, cuando hasta ese momento la artesanía era un sector dependiente del rural y la agricultura podía perfectamente mantenerse sin la artesanía. Tras miles de años, en el siglo XIX esta situación se invierte. Se trata de un fenómeno que tendrá importantes consecuencias porque hasta entonces, desde el siglo XV, se había mantenido un equilibrio entre ambas.

2 . – También en el terreno social se produce otra novedad; la sociedad urbana adelanta y supedita a la rural. Mientras anteriormente las ciudades eran simplemente un complemento de la sociedad rural, la revolución urbana aumentó extraordinariamente la fuerza de las ciudades. De alguna forma, se establecía un proceso dialéctico de la ciudad con la aldea, convirtiéndola en su colonia desde todos los puntos de vista, no solo a nivel productivo sino también, con toda su infra y superestructura, desde el punto de vista ideológico, ético y artístico, una revolución de las mentalidades que intensificará ese dominio urbano.

3 . – También se da una histórica transformación en la estructura de clases. Junto a la revolución industrial, la burguesía se erige como clase dominante sobre las demás. La burguesía, con su propia mitología, religión, filosofía y ciencia, hizo de la clase obrera una clase de reserva, moldeando la sociedad, la nación y la historia a su imagen y semejanza, y proclamándose única depositaria de la verdad, del progreso y la modernidad frente a unos sectores artesanos que eran presentados como herederos de la época feudal, anclados en el pasado como piezas de museo.

4 . – La revolución industrial también implica que, por primera vez, se planifica la intervención de la ciencia y la técnica en el sistema productivo. Antes se trataba de dos actividades que funcionaban de forma independiente. Ahora van de la mano. La ciencia pasa de ser un objetivo a ser reducida a un instrumento y eso implica un serio retroceso social.

5 . – Los beneficios de la industria suponían el doble que los obtenidos en las demás áreas. Los industriales eran los nuevos protagonistas sociales y la industria conseguía el dominio estratégico de los demás sectores; tenía la sartén por el mango y, por lo tanto, se cubría las espaldas, mientras el comercio perdía su dominio y los agricultores se convertían en unos parias.

6 . – Aún son más importantes las consecuencias políticas de la revolución industrial. Por un lado causó el nacimiento del Estado-nación y por el otro permitió a los países industriales dar el salto al imperialismo del capitalismo, lanzándose a la conquista del mundo en un segundo ímpetu global, de forma aún más sistemática que con el colonialismo. Éste, que suponía el primer ímpetu, se encontraba en dificultades, ya que no había sido un método de dominio eficaz porque se había visto obligado a contar con la colaboración local y a realizar exportaciones de capital. El imperialismo del capitalismo ya era posible gracias a la revolución industrial.

Como se puede apreciar, la revolución industrial tenía consecuencias sociales y políticas tan importantes como las económicas y, sobre todo, consolidó definitivamente el triunfo de la civilización europea.

Es importante, por lo tanto, plantear críticamente algunas concepciones actuales sobre la revolución industrial, comenzando por la idea de que la revolución industrial es consecuencia directa del capitalismo. La revolución industrial, al igual que el Renacimiento, la Reforma o la Ilustración, forma parte y es resultado de un prolongado proceso de acumulación sociohistórica.

En este sentido, hay que recordar que el monopolio estatal en general y los monopolios capitalistas en especial son instituciones que se centran constantemente sobre el excedente y la plusvalía; los huelen; tienen un especial olfato para localizarlos y se lanzan sobre ellos como buitres carroñeros. Es impensable que no se dieran cuenta del potencial que la energía y las máquinas, capaces de funcionar por sí solas, tenían para generar enormes ganancias. El capital logró en la industria vincular esos dos fenómenos al ámbito del máximo beneficio.
Por primera vez, las máquinas están equipadas con motores que no necesitan como energía la mano del hombre y pueden desempeñar tareas manuales. Las nuevas fuentes energéticas –vapor, carbón, petróleo, electricidad, hidráulica…- fueron transformadas y vivieron una auténtica revolución. La unificación ordenada de máquinas automáticas y las nuevas fuentes de energía son la base de la escalada de la producción. Este tipo de energía y máquinas disuelven, fragmentan y dispersan a la sociedad y a la naturaleza, que incluye millones de especies, hasta la actualidad sin que sepamos dónde terminará. Para el capital se trata de su gran e histórica oportunidad y, por lo tanto, aplica sobre la sociedad formas de poder hasta entonces nunca vistas, sometiéndola igual que a la naturaleza a una agresión sin precedentes. Por este motivo, defender la sociedad y la naturaleza se ha convertido en una cuestión vital, ontológica, independientemente de si son o no lucha de clases o luchas sociales. Unos cuantos ejemplos nos ayudarán a comprenderlo:

a . – La ciudad y el mundo rural están sufriendo un proceso de cancerización que destruye la coexistencia entre sociedad y naturaleza, creando una sociedad enferma e insostenible ecológicamente. Más que una forma de vida, la sociedad se ha convertido en una prolongación del engranaje del sistema de opresión y explotación. El equilibrio entre individuo y naturaleza desaparece en un choque sin precedentes, provocando que una naturaleza desvirtuada se vengue de la sociedad y el medio ambiente ecológico. El origen social del cáncer, como lo demuestra todos los días la medicina, es solo un botón de muestra. Un claro ejemplo es el tabaquismo, una de las principales causas del cáncer, fuente de ganancia capitalista generada por la modernidad, convertido en hábito social. La sociedad ha dejado ya de ser un espacio para la vida.

La mayor amenaza del industrialismo, es decir de una industria concebida solo como fuente de ingresos, es la dimensión antisocial que ha alcanzado. Esta es una de las grandes lagunas del marxismo ya que, de acuerdo con los esquemas positivistas, consideró, sin objeción alguna, como ideal la sociedad industrial ya que, sin ella, la clase obrera ni se formaría ni existiría. Por esta razón, se podría decir que los marxistas tienen tanta responsabilidad como los capitalistas en que se creara la nueva religión llamada industrialismo, al haberlo aceptado sin crítica alguna, al mismo tiempo que endiosaban el maquinismo y el sistema productivo fabril. Hace mucho tiempo que el industrialismo se ha convertido, igual que el Estado-nación, en otro Leviatán global.

Pese a que nos referimos constantemente a la historia y las funciones de la fundación de las ciudades, hemos de evaluar con frecuencia su lazo con el desarrollo social. La ciudad constituye la estructura básica para la cancerización social en tanto que núcleo de estatización y para generar la división en clases, además de ser uno de los tres fenómenos que, junto al Estado y las propias clases, forman la civilización. Este es un punto de vista generalmente admitido.

Pero tampoco podemos reducir la ciudad a un fenómeno de civilización porque la ciudad no tiene por qué civilizarse o ser un espacio de la civilización Del mismo modo que la fundación de las aldeas es un fenómeno histórico de la vida social, se podría interpretar las ciudades de la misma manera. Está claro que la sociedad no podía mantenerse para siempre en cuevas y huecos de árboles, ni está obligada a mantenerse en aldeas; se tenían que construir formas de vida y espacios que las superasen. La ciudad es el resultado de esa búsqueda, también implica y fuerza un desarrollo mental analítico, porque es un sistema social más complejo que requiere un mayor esfuerzo mental. Con la ciudad se multiplican unos problemas que requieren soluciones, lo que, a su vez, desarrolla el proceso analítico del cerebro. Si la sociedad ya requiere este tipo de intelecto, la ciudad lo catapulta a un estadio superior. La ciudad también puede ser entendida como un espacio de necesidad común de los grupos aldeanos.
Estamos ante un asunto de gran importancia. Encontramos en éste fenómeno la filosofía de la fundación de la ciudad, no se puede pensar en las ciudades sin la existencia de las aldeas. En el fondo, esta concepción a la que podríamos llamar urbanización, ubica a la aldea en oposición a la ciudad, una tendencia muy conocida dentro del desarrollo histórico. El desastre está vinculado con este razonamiento. Cuando surge la ciudad, no existe esa oposición, que más bien responde a una estrecha concepción clasista y estatal, al intento de aumentar los excedentes, las ganancias y el poder a costa del mundo rural. Y a ello hay que unir el desprecio y unas posturas humillantes hacia la aldea muy asentadas históricamente y de las que se derivan expresiones dirigidas a quienes viven en ese mundo, tratándoles de ignorantes, brutos y palurdos. Podríamos decir también que Estado y ciudad tienen una especie de alianza histórica contra el mundo rural y la aldea y, por lo tanto, contra las comunidades étnicas y tribales que, por lo general, viven en las zonas de campo. Este choque ha provocado que la actual ciudad se haya apartado de sus fundamentos originarios, pervirtiendo su funcionamiento y haciendo de ella una fuente de problemas.

En cambio la ciudad y la aldea son espacios complementarios, simbióticos, que pueden y deben desarrollarse en coherencia y equilibrio como aspectos irrenunciables de la vida. Lo más correcto sería hallar esta armonía estableciendo un equilibrio ecológico en particular entre la población de la ciudad y la población de la aldea, y en general entre estas con el conjunto de la población de la sociedad. En este sentido, uno de los efectos más destructivos de la civilización es haber intensificado la función de la ciudad como núcleo de opresión y explotación, chocando con la aldea y el mundo rural, un hecho que desvirtúa el auténtico fundamento de la ciudad. Tal situación requerirá audaces iniciativas sociales para recuperar los verdaderos principios que provocaron su nacimiento.

Otro de los efectos negativos que ha tenido la ciudad ha sido dar la espalda al medio ambiente, ampliando así un tumor cancerígeno que no sabemos hasta dónde se desarrollará. No hay respuesta a la pregunta: ¿Dentro de que límites y espacio debe ser mantenida la ciudad? En contra de lo que se cree, este modelo de ciudad y las civilizaciones desarrolladas bajo esta lógica no son producto de la mente sino de la necedad, de una cabeza hueca que ha perdido todo vínculo con la vida y los sentimientos. Hoy en día comprendemos mejor las dimensiones de esta catástrofe que podría ser irreversible. Al principio, en las civilizaciones sumeria y egipcia, las ciudades eran todavía más ostentosas, pero no se había perdido tanto el sentido común, su contraposición con lo rural no era tan profunda y se mantenía un equilibrio, que todavía favorecía a lo rural. Las ciudades crecían en torno a la fortaleza, integradas físicamente en un espacio agrícola, y rara vez sobrepasaban los 100.000 habitantes, tenían una arquitectura significativa, existía una integridad orgánica y apenas había contaminación. En la civilización grecorromana, el templo, el mercado, el foro, el teatro y el gimnasio tenían dimensiones proporcionales, magníficas y el ordenamiento urbanístico, terrazas y jardines respondían a un conjunto orgánicamente integral. Sus ruinas todavía transmiten una profunda reverencia y emoción. Eran espacios con cierto contenido sagrado y sentido filosófico.

Aunque el desarrollo del comercio medieval trastocó este equilibrio, la integridad se mantuvo, siendo la arquitectura religiosa símbolo de cambios culturales y morales; pero las dimensiones de las ciudades nunca llegaron a ser una amenaza, todavía mantenían ese equilibrio de integración con el mundo rural. Artesanos y campesinos se necesitaban mutuamente, más que en contradicción formaban una integridad orgánica; la artesanía se convirtió en el sector más avanzado debido precisamente a la importancia de la agricultura. Las catástrofes -terremotos, sequías, etc.- y las guerras eran la única amenaza; castillos y fortalezas seguían mostrando suntuosidad, pero el gran comercio no tenía todavía las dimensiones para devorar a campesinos y artesanos. El comercio como un sector de la economía transitaba en su cauce normal. Las ciudades italianas que entre los siglos XIII y XVI fueron la última muestra de esa época, también vivían los efectos del Renacimiento. Venecia, Génova, Florencia… serían el puente entre la civilización clásica y la civilización de la nueva era.

Fue entonces cuando el urbanismo comenzó a tomar un sentido distinto. La hegemonía mercantil se vislumbraba en el horizonte, la actividad comercial cada vez tenía más importancia y el equilibrio histórico comenzaba a inclinarse poco a poco en contra del ámbito rural-aldea. La arquitectura urbana quedó supeditada a las necesidades comerciales, perdía su relación con la vida y con el medio ambiente y todo quedaba determinado por la mentalidad de ganancia. Las ciudades construidas en esa época, principalmente París, Londres, Ámsterdam y Hamburgo llevarían la huella del mercantilismo. La nueva fisonomía urbana se distanciaba del urbanismo clásico y mostraba la contradicción con la sociedad rural y la naturaleza. La ciudad, principal soporte del Leviatán moderno, empezaba a extender sus garras a todos los ámbitos sociales y medioambientales. La era del industrialismo supondría la muerte de la ciudad, donde, significativamente, el cáncer era, en tanto que enfermedad urbana, símbolo de una sociedad enferma.

La revolución industrial, que se desarrolló con gran rapidez durante el siglo XIX, asestó un duro golpe a la sociedad, comenzando por los lugares donde había surgido. Los complejos industriales se expandieron como una avalancha por las ciudades en aras del beneficio y no de las necesidades vitales, mientras el proletariado, los modernos esclavos, se hacinaban en suburbios de chabolas, creando un marco símbolo de la colonización del mundo rural, una colonización peor que la del periodo comercial. Las chabolas y los suburbios eran almacenes de trabajadores, hubiera o no trabajo. Después vendrían un montón de “inventos” más. Los propietarios de las fábricas se dedicaban a poner fabriquitas que invadían las ciudades, olvidando el modelo y la concepción clásica de la ciudad, que se convertía a partir de ese momento en el centro donde se devoraba a la sociedad. A finales del siglo XIX las ciudades apenas podían respirar bajo la capa de niebla de la contaminación, que es la política urbanística del industrialismo. Por primera vez en la historia, las ciudades comenzaron a albergar a millones de personas. Una ciudad que rebase el medio millón de habitantes ya deja de ser funcional de acuerdo con los principios urbanísticos y la que sobrepasa el millón se puede considerar ya una ciudad enferma, evidenciando así la magnitud de la crisis.

La cancerización es un fenómeno según el cual la degeneración celular alcanza a todo el organismo y el enfermo muere porque las otras células del organismo ya no pueden cumplir sus funciones. El crecimiento de las ciudades tiene unas consecuencias sociales similares. Las dimensiones del crecimiento en los fenómenos sociales e históricos también tienen consecuencias cancerígenas. Cuando una ciudad supera el millón de habitantes, y no digamos una de diez, deja de ser una verdadera sociedad para convertirse en una sociedad de rebaños, de masas, y del mismo modo que los rebaños se apiñan en el redil, los seres humanos se apiñan en un redil que se llama ciudad. Hace mucho tiempo que solo son simples masas de consumidores. Además, los rebaños tienen a su lado al rebaño de los parados, cuya situación es utilizada para consolar a los demás. Tampoco los centros administrativos ni las zonas con chalets de lujo responden a la idea originaria de la ciudad; ni unos ni otros requieren una estructura urbana porque pueden ser construidos en cualquier lugar, incluso en plena montaña.

Entonces, sin estos componentes, ¿qué queda de la ciudad? Hace ya mucho tiempo que el templo, el teatro, el foro, el gimnasio y el mercado han dejado paso a sus sucedáneos que tienen la propiedad de una copia. Sería más apropiado referirnos a ellos como sitios donde se lleva a cabo una respiración artificial. El futuro de la ciudad, en la forma actual, es incierto.. Por ejemplo, mantener ciudades de diez millones de habitantes implica la muerte ecológica de toda una región. Solo la alimentación ya supone esquilmar el entorno y la sociedad, y lo mismo se podría decir de la contaminación que provoca el tráfico. De hecho, para destruir un país bastaría con colocarle unas cuantas ciudades de cinco o diez millones de personas. La ciudad ha perdido su sentido al haber sobrepasado con creces las dimensiones naturales y donde no hay sentido tampoco hay vida; ¡al menos si consideramos que la vida no es solo poder respirar!

Antes, las ciudades eran el lugar donde se descubría la verdad y era construida la filosofía; ahora han sucumbido al industrialismo, son espacios para la transformación de la especie humana en rebaños con una sexualidad, un deporte y un arte totalmente vaciados de contenido. ¿Y qué es esto si no la muerte de la ciudad?

b . – Otro aspecto destructivo del industrialismo es que ataca a la relación vida- medio ambiente. Si la ciudad es causa de cáncer dentro de la sociedad, el industrialismo afecta íntegramente a su entorno vital. La política del industrialismo del Estado-nación, la cual no ha perdido todavía su importancia, requiere la supeditación de todos los recursos de todos los países y sociedades a la industria porque es considerada base del desarrollo, pero, en realidad, nada tiene que ver ni con el desarrollo, ni con la fortaleza ni con el enriquecimiento de un país. La razón fundamental consiste en que se trata del sector que proporciona las mayores ganancias. El industrialismo solamente es una forma de administrar los beneficios. Conceptos como inversión o desarrollo en realidad sirven para ocultar el verdadero objetivo; solo habrá inversión y desarrollo si hay ganancia, sino estos conceptos no tienen ningún sentido. El industrialismo es un robo miles de veces más grave que la propiedad, porque es un robo que se hace a toda la población y a toda la naturaleza.

Pero no estamos contra la inversión ni contra la producción fabril porque no son malas en sí mismas; de hecho, se podrían conseguir otras formas de producción a favor de la prosperidad social y del medio ambiente. El cáncer aparece cuando entran en el engranaje del beneficio porque la ley de ganancia máxima tiene una lógica propia al margen de las necesidades sociales. Si satisfacer las necesidades sociales trae ganancia, se interesa por ellas, sino la sociedad será abandonada a su suerte y morirá. En cambio si la tecnología se utiliza correctamente, el paro, la pobreza, las enfermedades, la falta de educación… dejarán de ser un problema social. Pero aún más importante es no destruir el medio ambiente mediante las técnicas y fábricas para la obtención de recursos.

Hay miles de terrenos inertes, abandonados, porque no son rentables cuando podrían cubrir necesidades vitales mientras que otros recursos, resultado de millones de años de evolución, son esquilmados en muy poco tiempo sin tener en cuenta las consecuencias vitales solo para la obtención de beneficios. Debido al fenómeno de ganancia el medio ambiente se debate entre la vida y la muerte a causa de estas políticas petrolíferas, marítimas, mineras o forestales. Nada explica mejor la aniquilación del medio ambiente que el beneficio económico. Son miles los científicos que han advertido que, de seguir esta política, no es cuestión de siglos sino de unas décadas el que la catástrofe medioambiental se convierta en definitiva.

El industrialismo es, por lo tanto, una gran victoria para el pensamiento analítico y una terrible derrota para el emocional; vuelve a poner de actualidad la más antigua palabra de Dios, aquella que ponía a todos los seres vivos al servicio del hombre, un mensaje erróneo porque, al final, todos los seres vivos son sacrificados para satisfacer la voracidad de un puñado de capitalistas. En este caso, llevar al ser humano al altar de los sacrificios era solo cuestión de tiempo. Nada como el industrialismo encaja tan bien en el concepto de “maldad” de los Libros Sagrados.

c . – El industrialismo no debe ser entendido como un asunto de producción. Es el beneficio, el monopolio capitalista, que, a su vez, se basa en la producción, lo que le da su verdadero significado. Si la industria no está al servicio de las ganancias monopolistas, se podría crear una política de producción, inversiones acordes a las posibilidades tecnológicas, científicas, las necesidades básicas y el entorno medioambiental. No importa tanto que haya o no máquinas, se puede producir lenta o rápidamente; nada más. Lo determinante son las necesidades sociales y la coherencia con el medio ambiente y la ecología; la velocidad y la lentitud productiva no son un objetivo por sí solas; la mecanización tampoco es buena o mala en sí misma. Desde el siglo XIX, todo se gangrena, todo se transforma en un problema a medida que el beneficio pasa a ser la meta suprema de todo proceso de inversión, producción o consumo, haya o no máquinas, sea el proceso productivo lento o rápido. Y para alcanzar tal objetivo, se hizo crecer las ciudades de forma desmesurada, se crearon ejércitos descomunales, se produjo un tremendo desarrollo armamentístico, se desencadenaron terribles guerras a nivel mundial, comenzaron las catástrofes medioambientales, se inventó el monstruo del Estado-nación, la política desapareció y se vació de contenido la vida. Cuando el capitalismo monopolista imprime su sello a la máquina, surge el monstruo del industrialismo. Esta es la cuestión crucial.

El monopolismo estatal se apropió de los excedentes, primero de la agricultura, después del comercio, y cuando en el siglo XIX se estableció el monopolio sobre la gran producción industrial se alcanzó un nivel de ganancia como en ningún otro periodo histórico pero todo se desvirtúa de forma irreparable. Industria y un industrialismo basado en la concentración del beneficio son términos muy distintos. Al industrialismo tampoco se le puede considerar economía, se trata de un monopolio sobre la economía, de un monopolio, sea privado o estatal, que se impone a la producción. Lo que está en cuestión no son los sectores productivos, las fábricas, los telares, las granjas agrícolas o las manufacturas, ni el propio intercambio comercial; cuando el Estado o quienes actúan en su nombre se dedican a robar el excedente mediante impuestos, el saqueo o la obtención de beneficio, poniendo esos sectores productivos bajo su control; es cuando aparecen serios problemas económicos y sociales. Se sufren terribles guerras, principalmente de clase y nacionales, los conflictos se agudizan, tanto dentro de las sociedades como entre estas y la naturaleza; todo esto a consecuencia de las imposiciones monopolistas. Por otro lado la producción llegó a ser un terreno de beneficios insólitos tras la época que llamamos Revolución Industrial, desde el siglo XIX hasta la actualidad. Nunca como hasta ahora la sociedad ha sufrido tal represión por parte del poder. Todo el mundo pelea contra todo el mundo. De algún modo, el Leviatán de Hobbes, además de no poner fin a esta “guerra de todos contra todos”, la lanza contra la naturaleza y contra sí mismo. Es esta última etapa en la que el monstruo vive a costa de la sociedad, explotándola mientras esa sociedad también se convierte en un monstruo.

d . - El término sociedad industrial tampoco es significativo por sí mismo. Cuando se crean los monopolios industriales, la sociedad queda supeditada a la producción, que, a su vez, lo está a la industria. El capitalismo monopolista industrial significa que subordina a los otros sectores productivos. En este sentido, la sociedad industrial podría entenderse como otra etapa de la civilización, una etapa iniciada en el siglo XIX, a la que podríamos denominar de esplendor capitalista debido a que obtiene más beneficios que en ninguna otra época. Esta avidez de beneficios repercute a toda la sociedad; ser capitalista se convierte en objetivo a alcanzar, en una forma natural de la vida. Lo primordial es la industrialización, la máxima capitalización de la sociedad. Y así el rey llega a estar desnudo, nos encontramos ante unos nuevos reyes personificados como capitalistas, reyes distintos, que utilizan formas y ropas normales, y que se presentan como los demás ciudadanos. Estos reyes renuncian a sus antiguos distintivos, a la ostentación, a los adornos; la sociedad industrial, en este sentido, es una sociedad de reyes desnudos.

El modelo de trabajador encadenado al sueldo se generaliza; de alguna manera esa clase es desenlazada de la sociedad. La diferencia con la esclavitud clásica es el salario que lo encadena. No sería éticamente correcto decir cuál de estas esclavitudes es mejor. Uno de los principales errores del marxismo es considerar como progresistas a la burguesía industrial y a la clase trabajadora y como reaccionarios al resto de la sociedad; cuando la realidad es la contraria. La convivencia entre industria y clase trabajadora puede que sea una característica de la modernidad, pero en lo que se refiere a la igualdad, libertad y democratización tanto una como otra quedan en el lado del Estado monopolista; ambas coinciden en una postura muy próxima a la antisocialización, y el que los intelectuales hicieran un convenio con esta alianza de clase fue otro de los desafortunados errores en cuanto al socialismo. La sociedad de los monopolios industriales es, en el fondo, una sociedad de guerra permanente y por eso el Estado-nación se convirtió en el modelo de Estado durante ese periodo.

e . – El sistema político del monopolismo industrial es el Estado-nación en tanto que forma más radical del nacionalismo ya que identifica toda la sociedad con el Estado. Es en esta época cuando el Estado-nación alcanza su máxima realización, hasta convertirse en el Estado ideal. La razón también hay que encontrarla en el gran aumento de los beneficios y su repercusión social, puesto que, para ello, se necesita la supeditación de la sociedad a los monopolios industriales; esto es una guerra civil. Solo el nacionalismo y el Estado como máxima expresión del poder pueden asegurar el orden, evitar esa guerra civil y garantizar la maximización de las ganancias. En este sentido ni siquiera se puede considerar el desarrollo del fascismo, en tanto que sistema, durante esta época como un fenómeno excepcional, ya que su aparición está estrechamente relacionada con la conversión de la sociedad en un rebaño. El poder llega hasta las más elementales células de la sociedad gracias a la conversión del nacionalismo en una religión.

La modernidad occidental, constituida por el trío formado por industrialismo, Estado-nación y capitalismo; y en tanto que era y civilización, tiene la característica de ser la más sanguinaria de la historia. Es motivo de guerras civiles debido al fascismo, guerras nacionales, regionales e internacionales, y todo debido a su forma de acumulación y repartición de ganancias. Cuando el Estado-nación se marca como principal objetivo la industrialización está reconociendo que el proceso al capitalismo está en su agenda; cuando los capitalistas se plantean como objetivo político el Estado-nación están evidenciando que solo pueden lograrlo identificando nacionalismo y nación, que es el orden estatal más necesario para garantizar el orden de ganancia; y cuando ambos se marcan como objetivo la industrialización están determinando el destino de los siglos XIX y XX. La industria, igual que la agricultura y la manufactura, era un modo productivo heredero de la civilización pero nunca se había dado al Estado y al monopolio capitalista la capacidad de acumular tanto poder y beneficios; se trata de una pasión desenfrenada por aprovechar esta histórica oportunidad de enriquecerse y no para beneficiar a la sociedad y al individuo.

Históricamente la sociedad industrial también está estrechamente vinculada a los ideales hegemónicos y belicistas. Por ejemplo, en la medida en que la alianza de Holanda e Inglaterra se veía presionada por Francia, estos países se vieron forzados a abaratar la producción para no perder la hegemonía y la historia también demuestra que Inglaterra habría perdido esa hegemonía frente a Napoleón a comienzos del siglo XIX si no hubiera liderado la revolución industrial. Se suele comentar que tanto los nuevos Estados Unidos de América como la Rusia zarista tenían posibilidades, igual que Francia y más tarde Alemania, de alcanzar esa hegemonía. La suerte de Inglaterra fue la Revolución Industrial, probablemente no tenía otra opción; de nuevo la necesidad agudizó el ingenio; la máquina de vapor y la maquinaria textil volvieron a girar la rueda de la historia a favor de Inglaterra; junto a las nuevas técnicas productivas vendrían las innovaciones políticas, militares y, a renglón seguido, sus victorias se sucederían una tras otra.

Una vez establecida la cadena, ya será muy difícil romperla. Además de otros factores, la derrota de Napoleón es una consecuencia de la revolución industrial. El siglo XIX es un magnífico siglo para Inglaterra; su hegemonía avanza a toda máquina hacia el imperio mundial mediante esta Revolución Industrial, ganando el título de “imperio sobre el que nunca se pone el sol”. Pero ya no estamos ante un imperio clásico, como el de Roma o el otomano. La coexistencia de distintos sistemas políticos de Estado bajo su mando no le perjudica, y precisamente este modelo políticamente plural le ha permitido sobrevivir, pese a su progresivo debilitamiento, hasta la actualidad con el nombre de Comunidad de Nacionales Inglesas (Commonwealth).

Más adelante, la revolución industrial se expandirá al resto del mundo de forma similar a como se forma una civilización. Una vez consolidada, se extenderá primero a Europa Occidental, después, a finales del XIX, al resto de Europa y llevará a cabo una expansión de forma acelerada al resto del planeta a comienzos del siglo XX. El desequilibrio generado por esa expansión, en la que compiten los monopolios industriales de Inglaterra y Alemania, será la causa de dos grandes guerras mundiales y numerosos conflictos regionales y locales. De nuevo nos encontramos con lo mismo; los beneficios industriales llevan al monopolio, este al Estado-nación y el Estado-nación es guerra. Si tenemos en cuenta que ningún Estado-nación se fundó sin guerras, ni sin conquista de regiones para la exportación industrial, veremos de forma impactante la rentable y sangrienta historia de la industrialización, y llegaremos a la conclusión de que el enriquecimiento está claramente detrás de las guerras y del estatismo nacional.

La conexión entre imperialismo e industria se establece con la exportación de este sistema productivo a colonias y semicolonias en zonas secundarias, provocando nuevos conflictos bélicos. Las guerras de liberación nacional, importante fenómeno del siglo XX, en el fondo están relacionadas con esa exportación del proceso industrial. Sea quien sea su promotor, la formación de un capitalismo mundial se debe, fundamentalmente, a que todos los países, incluidos Rusia y China, han apostado por la fórmula del Estado-nación, que, a su vez, ha dado prioridad a los procesos de industrialización. Los acontecimientos posteriores, entre ellos los movimientos de liberación nacional, han confirmado tal proceso y el siglo XX se ha caracterizado sobre todo por la industrialización en zonas del planeta fuera de Europa.

Ninguna fase elimina la anterior sino que la deja en un segundo plano. Por ejemplo, durante el siglo XIX siguió siendo importante el comercio aunque las ganancias que generaba respecto a la industria lo colocaban en segunda fila. Los cimientos de la era financiera también son muy anteriores. Las propias ciudades italianas medievales ya eran una especie de repúblicas financieras que subordinaban a varios reinos. En la era comercial igualmente se realizaban intensas y rápidas transacciones monetarias, préstamos y cumplimiento de deudas. En concreto, el crédito había sido una importante fuente de ganancias pero siempre en tercera fila.

En líneas generales el proceso de industrialización mundial se mantiene hasta el último cuarto del siglo XX. Después se iniciará una etapa en la que Europa comienza a deslocalizar parte de su industria a otras zonas del mundo al haber dejado de ser rentable, debido a altos salarios que debe pagar o a unas consecuencias medioambientales inaceptables. Es decir, en el siglo XIX se exporta mercancías y capital, en el XX mercancías, capital e industria. De esta forma, prácticamente no queda ninguna parte del mundo sin industrializar y la industria pierde fuerza en beneficio del capital financiero, que protagoniza la tercera fase de la civilización europea (tras la comercial y la industrial) a partir de los años 70.

La crítica al industrialismo se ha acentuado últimamente debido a esas consecuencias medioambientales, que han alcanzado ya una dimensión planetaria, provocando un intenso debate sobre cómo luchar contra ellas, sobre su incompatibilidad con la vida y planteando si tal uso irresponsable de la ciencia y la tecnología nos llevará al apocalipsis.

En el fundamento de todos los problemas subyacen las relaciones entre la ganancia y la industria, ya que está demostrado que la unión desenfrenada de ambas, en vez de asegurar un desarrollo ha provocado un gran cúmulo de problemas. El dominio de la industria en todos los ámbitos y la conversión de todo en una mercancía han provocado problemas sociales de dimensiones jamás vistas, incompatibles no solo con el medio ambiente sino también con la propia naturaleza de las sociedades, aparte de aniquilar al mundo rural. Estas consecuencias han empezado a notarse también en las ciudades que se han vuelto contra sí mismas, pero un planteamiento alternativo ni siquiera ha pasado la fase del debate. Es cierto que la sociedad no puede vivir sin industria pero tampoco se puede esperar que soporte lo que se hace en su nombre. Puede ocurrir que las posturas anti-industriales adquieran progresivamente más fuerza como se aprecia en algunos estudios urbanísticos y medioambientales, y también es cierto que este asunto está cada vez más presente en las agendas políticas, pero estos esfuerzos no pasan del reformismo y sería una ingenuidad pensar que van a generar un equilibrio entre ambas naturalezas; mientras se mantenga el actual paradigma de civilización no podemos esperar otro resultado que cambios formales.

En definitiva, solo en esta era industrial se han sobrepasado todos los efectos negativos de la civilización en 5.000 años; así lo demuestran todos los estudios. El calentamiento global es solo el botón de muestra de una destrucción mucho más profunda y amplia de lo que creemos. Hay que cuestionar no solo la era industrial sino toda la civilización. El hecho de que los Marxistas y otros opositores limitan los problemas en el economicismo estrecho de clases o bien en categorías tales como ecologismo, acción cultural o feminismo, pese a que hayan producido ciertos resultados positivos, está relacionado con sus profundas insuficiencias, debido a que no son capaces de formar un serio programa político y pasar a la acción
Por lo tanto, cada día que pasa adquiere más valor la opción de la civilización democrática; pero solamente podremos continuar adelante cuando esta civilización democrática se consolide gracias a una postura crítica y a una amplia elaboración programática coordinada con organizaciones y acciones que las pongan en práctica. Solo entonces podremos mirar a la naturaleza y a la vida con el paradigma de la sociedad libre, igualitaria y democrática, solo así podemos seguir adelante.

C . – La era de las finanzas. El Comandante Dinero

No hay duda alguna de la importancia que tiene la conversión del dinero en fuerza de mando. Se trata de un hecho que debe ser analizado si queremos entender la actual sociedad. El dinero da fluidez a la vida económica igual que la sangre suministra la energía necesaria a las células del cuerpo. Es el fenómeno social más grave y hay que saber a qué y por qué se ha llegado a esta situación. Todo el mundo piensa que el dinero es algo sucio pero ¿qué tipo de factores históricos y sociales le han dado esta posición? ¿cuál es su verdadero papel en la sociedad? ¿a quiénes hace ganar o perder? ¿se puede vivir sin él? ¿con qué podríamos sustituirlo?... las preguntas podrían continuar.

Es comprensible que el dinero funcione como un sencillo instrumento de cambio aunque, incluso en este caso, hay que mantener la precaución. Porque ¿Qué es lo que se intercambia? ¿realmente es instrumento adecuado para un justo intercambio entre dos cosas? Ya desde el principio esta pregunta es difícil de responder. Pongamos el ejemplo de la compra más sencilla como puede ser cambiar una manzana con una pera o viceversa; supongamos una proporción de una por dos, de una manzana por dos peras y que el dinero en el mercado corresponda a esa proporción. ¿Por qué tiene que ser una por dos y no una por tres o una por una? Entonces lo evidente será hablar del asunto valor-trabajo. Podríamos preguntar ¿y qué es lo que da valor a esos trabajos? Otro trabajo… y así podríamos repetir la pregunta indefinidamente. Parece difícil que el dinero sea el que proporcione la medida justa. Puede que simplemente se le atribuyera esa función sin más. Es inútil, por lo tanto, buscar la explicación en valores tales como justicia, valor o trabajo. En aquel momento, alguien habría dicho “vamos a elegir un intermediario para facilitar nuestros asuntos” y habrían dado el nombre de “dinero” al objeto intermediario elegido. Con este breve cuento intentamos definir sencillamente el dinero pero la realidad es que nos encontramos ante algo que puede ponerlo todo patas arriba si cambia de función y asume otro rol.

Vamos a explicarlo con otro ejemplo. La sociedad tradicional manda que una mujer pueda ser aceptada en una casa sólo si se comporta de forma honrada y sumisa al hombre. Si la mujer deja de serlo e invita a varios hombres a casa o si el hombre lleva a varias mujeres, ¿cuál sería la situación? Seguramente todo se pondría patas arriba, por utilizar una expresión suave. Con el dinero, las cosas cambian. La consecuencia para la mujer es que puede que se la eche de casa por haber roto las normas sociales, pero con el dinero se transige más. Quien detenta dinero, si no es honrado, puede decir que cuanto más dinero tenga, mejor, pese a que la sociedad, igual que en el caso de la mujer, probablemente considere una gran deshonra esa acumulación.

Estoy convencido de que esto es exactamente así. Tal intermediario fue admitido de forma relativa tanto temporal como geográficamente con el objetivo de facilitar las cosas, pero no para que se extendiera de forma general y para siempre. Estamos ante un acto de abuso que la sociedad jamás aceptaría. Pero, ya sabemos, que el que va a caballo pasa el río con rapidez, y para entonces la opinión de la sociedad ya no cuenta. El dinero se ha convertido en una gran prostituta que baila al son que mejor suena, que puede venderse a alguien por un dólar y a otro por mil. No hay fuerza que se lo impida. Pero, ¿cómo se ha llegado a esta situación? Daremos ahora una explicación económica.

Aunque no se le considere muy relevante, el propio hecho del intercambio es un importante factor económico. Se llama mercancía a dos cosas que se intercambian. Durante mucho tiempo la sociedad no conocía otro valor que el de uso, no consideraba éticamente correcto este tipo de intercambio y se mantuvo fiel a una cultura del regalo, con la que se expresaba agradecimiento y se honraba a la persona a la que se le ofrecían los bienes. El resto eran consumidos de forma cotidiana, y la acumulación no estaba bien vista. Las comunidades humanas vivieron de esta forma durante millones de años y no aceptaban que hubiera un cambio a base de dinero ya que no podían imaginar que las cosas que producían tuvieran un precio o una equivalencia, su conciencia ética o su sentido común hacían que concibieran esto como un fraude.

Si la actividad cambista suponía el comienzo de la economía, seguramente no habría sido considerado un buen comienzo porque iba contra la tradición existente hasta ese momento. Seguramente el cambio con dinero no era la única opción; parece razonable que hubiera otras formas. Se podrían desarrollar fácilmente otras formas de intercambio basadas en una voluntaria aceptación social en vez de usar dinero. Hay que ser más audaz a la hora de desarrollar estos temas, tanto teórica como prácticamente. Lo fundamental en el cambio es el paso de producto a mercancía, es decir cuando un valor de uso pasa a ser valor de cambio, un hecho que, por cierto, ocurre en paralelo al proceso de civilización. La mercancía es el factor fundamental para que el comercio sea admitido; la propia mercancía se crea cuando el propietario se desprende de ella y el ciclo comercial se completa cuando alguien decide adquirirla a cambio de algo.

Pongamos otro ejemplo. Supongamos que alguien intercambia una gacela domesticada por una cabra. Nunca se podrá demostrar que tal cambio es justo y equitativo porque nunca se sabrá la cantidad de sudor que eso ha supuesto y, sobre todo, porque una gacela y una cabra no son equiparables. Este tipo de analogías sirven para mostrar las contradicciones que siempre existen en la lógica del cambio.

Si volvemos al asunto del dinero en base al reconocimiento de estas contradicciones, nos daremos cuenta de los trucos que esconde pero, primero, tengamos en cuenta que los fenómenos sociales no son fenómenos físicos. H2O siempre será una molécula de agua, aunque no de forma totalmente absoluta, en las actuales circunstancias del planeta; no puede tener otro significado. Sin embargo, la sociedad, con sus grandes incógnitas, es un conjunto de fenómenos construidos por la acción del ser humano, pero la sociedad puede realizar otras construcciones cambiando lo ya hecho. Así aparece la siguiente regla: las realidades sociales son realidades construidas, no son fruto ni de Dios ni de la naturaleza. Por lo tanto, el dinero también es una realidad construida, igual que el cambio y las mercancías.

El mayor pecado de los positivistas fue meter la realidad social en el mismo cajón que los fenómenos físicos porque si identificamos un fenómeno social con algo inmutable, abrimos la puerta de par en par al error. Si analizamos la economía desde una perspectiva positivista, veremos con claridad estos inconvenientes; si concebimos el nacionalismo como algo objetivo, terminaremos en las posiciones de Hitler y Stalin, que difieren en la forma pero no en el fondo. Ambos, igual que el resto de los positivistas y materialistas, no van más allá de dar carácter absoluto a las realidades que ven en la sociedad. Otro factor importante en este sentido es que, debido a esta mentalidad positivista, la sociedad considere el dinero como algo real, hecho que se refuerza por el propio acto del cambio.

La irrupción del dinero en los intercambios económicos y su desarrollo histórico no son el objeto de este trabajo pero el que haya llegado a ser imprescindible en la economía hace más graves sus consecuencias. El hecho de que una sola transacción ya provoque inconvenientes muestra hasta qué punto será nefasto dar al dinero un ilimitado valor de cambio provocando infinidad de inconveniencias. Cuando responde a miles de contradicciones, difícilmente algo puede tener un valor concreto, pero, pese a este carácter negativo, el dinero ha experimentado un gran avance económico hasta llegar a la era financiera. El que sea aceptado por la sociedad sin tener en cuenta la gravedad de la situación creada no supone otra cosa que engañarse a sí misma. El dinero se encuentra hoy en su fase más sofisticada. Es como si a un déspota con los peores antecedentes se le pusiera al mando de un gran ejército. Su inicial función como intermediario, aceptada inicialmente por la sociedad de forma provisional y aun y todo bajo sospecha, ha ido ascendiendo hasta el estatus de una divinidad, asumiendo el mando más alto.

Será interesante, por lo tanto, analizar la evolución histórica del dinero. Se considera que la primera moneda de oro en la historia fue acuñada por Creso, rey de Lidia, que residía en Sardes, cerca de Manisa, donde la extracción del oro todavía sigue provocando muchos problemas. No se puede vivir con dinero ni tampoco sin él. Lo que sí está claro es que mercancías, cambio y dinero, juntos de la mano, se desarrollaron con rapidez hasta convertirse en la piedra angular de la economía. Teniendo en cuenta la gran cantidad y variedad de monedas que nos han llegado hasta nosotros, se puede decir que el dinero alcanzó una gran expansión ya en las civilizaciones persa y grecorromana.

En la civilización islámica, el riyal llegó a tener tanto prestigio como los propios sultanes y su reino en la ciudad estaba asegurado. Los cambistas judíos habían alcanzado gran importancia, estableciendo, junto a los comerciantes armenios, un monopolio monetario y comercial a lo largo de las rutas que unían la India con Europa. Se trataba de una red paralela al poder político de gran eficacia ya que lograron la subordinación de sultanes y emires, y su influencia no dejó de aumentar, tanto en Europa como en Asia, siendo esta influencia una de las causas del rechazo a los pueblos judío y armenio en algunas sociedades, un hecho a tener presente a la hora de tratar los pogromos contra los judíos y armenios.

Fueron las ciudades italianas las que tomarían el testigo del liderazgo monetario y comercial islámico a mediados del siglo XIII, sobre todo por parte de Venecia, Génova y Florencia, verdaderos “milagros” económicos de la época. Fueron “ciudades estrella”, líderes europeas en todos los aspectos durante el Renacimiento del siglo XVI. Aunque en ese momento las principales urbes estaban en el mundo musulmán, las italianas realizaron una gran contribución a la historia del dinero y el mercado, desarrollando los instrumentos monetarios que se harían imprescindibles en la modernidad, tales como los bancos, los pagarés, el papel moneda, los créditos y la contabilidad. Posiblemente aumentaron cientos de veces la velocidad en el transporte de mercancías y fueron verdaderos hitos en el dominio del dinero.

La sociedad estaba siendo conducida lentamente a la dominación por estos mecanismos. Parecía un simple trámite técnico; los bancos guardaban el dinero, los pagarés eran meros documentos que equivalían a dinero, y el papel moneda, una especie de pagaré generalizado. Era algo sencillo; facilitaba los trámites. Los créditos servían para prestar dinero a clientes que pasaban por situaciones difíciles a cambio del pago de un interés, incentivando así el negocio, impidiendo que la gente se apoltronara en la pasividad y se pusiera a trabajar para saldar la deuda con las ganancias obtenidas. La contabilidad, por su parte, servía para llevar el control de ganancias y pérdidas, ingresos y gastos, era el espejo periódico de la situación en que se encontraban empresas y personas. Fue una revolución sencilla pero de impresionantes consecuencias. Ciudades europeas como Sevilla, Lisboa, Londres, Ámsterdam, Hamburgo, Lyon, Amberes o París, importaban desde Italia estos revolucionarios mecanismos, igual que lo hacían con los valores del Renacimiento, extendiendo y aumentando la huella de Italia al conjunto del continente.

Ya hemos presentado sucintamente la revolución capitalista llevada a cabo por Holanda e Inglaterra, primero en el terreno agrícola y comercial, luego en la industria. Capital, capitalista y capitalismo eran el precedente al Sultanato del dinero, a los auténticos reyes, a los Reyes Desnudos. La era comercial debía sus ganancias, que aumentaban a gran velocidad, en gran medida a este dinero y a estos instrumentos monetarios; el dominio del dinero avanzaba silenciosa pero firmemente. Jugaba no solo a reinar, sino que también quería convertirse en un Dios, por primera vez sin máscara, a cara descubierta. La era industrial le debía mucho pero también le ofrecía grandes oportunidades ya que sin que en la sociedad hubiera mercado, mercancías, concentración comercial o ciudades difícilmente podía haber revolución industrial. Nada se podía realizar sin dinero, la circulación del dinero y la monetarización eran ya como la circulación de la sangre en el cuerpo: si dejaba de circular, los órganos dejaban de funcionar y llegaba la muerte.

Lo comprenderemos mejor si analizamos la relación fábrica-trabajador. No es posible que una fábrica funcione con antiguos esclavos y siervos. Si alguien no rompe su vínculo con la tierra no puede convertirse en trabajador, y ser un trabajador supone estar a sueldo, es decir, estar encadenado al dinero, que es otra forma de esclavitud aunque sin amo. Este es el paso de gigante que el dinero da para llegar al poder, y por eso la sociedad industrial es la primera en la que el dinero consigue un dominio absoluto, como ninguna civilización había conocido antes. El dinero se convierte en toda una cultura, todo gira en torno a él, los grandes proyectos y los grandes sueños. Todas las familias, desde las del pueblo más remoto a las de los barrios más desarrollados de la ciudad, son conscientes de su absoluta necesidad para todo, desde los zapatos para los hijos hasta la luz de la casa; y todo el mundo tiene que ofrecer al nuevo Dios lo que quiera para conseguirlo.

Uno de los equívocos más normales es pensar que con el dinero se compra el trabajo, algo que tiene un valor sagrado, porque no se compra solo el trabajo sino que para realizar ese trabajo se necesita primero un cuerpo, y para ello, una madre y para que haya una madre primero se tiene que formar una mujer, y así podríamos ir poniendo “peros” indefinidamente. Además el trabajo requiere tener determinadas habilidades, ya que sin estas no sería comprada, y, por lo tanto, son necesarios maestros y encargados, que, a su vez, son resultado de miles de años de trabajo. Es decir, que un simple sueldo apenas para llenar la tripa supone renunciar a todos esos valores sagrados. En realidad, es la historia y el conjunto de la sociedad lo que están siendo vendidos mientras se instrumentaliza al ser humano. Jamás una divinidad había tenido tal dominio sobre sus siervos.

Otro importante hito en la historia del dinero fue el fin de la equivalencia con los metales preciosos, como el oro y la plata, una verdadera revolución -la revolución del dinero negro- en los años 70 que permitiría la completa liberación del dinero. En las ciudades libres de Italia ya cambió su forma por el papel, los pagarés y el crédito, pero su segunda revolución llegó cuando el dólar norteamericano se liberó de su dependencia respecto al oro y la plata.

Es entonces cuando se entra formalmente en la era de las finanzas al amparo de otro acontecimiento histórico: el tercer impulso de la globalización. El primer gran impulso fue el colonialismo y semicolonialismo intercontinentales capitalistas de la era comercial entre los siglos XV y XVIII. El segundo impulso globalizador fue el imperialismo de la era industrial, desde comienzos del XIX a finales del XX. Se trata de dos periodos que podrían ser denominados conjuntamente como la era del dinero debido al protagonismo que alcanza. Si el dios principal, como Zeus-Júpiter, de la modernidad capitalista era el Estado-nación, el dinero se convertía en el dios del poder y la guerra, en Ares-Marte, un nuevo dios económico en alza sin parangón en la historia, el que oprime a todos los demás, estableciendo su hegemonía.

La característica básica de esta era financiera es que la institución del dinero, junto con todos sus instrumentos, llega a una posición protagónica. También pone bajo su control total a los monopolios comerciales e industriales, así como en gran medida subordina al propio Estado como monopolio, sobre todo al Estado-nación. También quedan bajo su dominio otros ámbitos básicos de la economía como son el uso (consumo), la producción y el cambio. La cotización de divisas, las tarjetas de crédito, los intereses, pagarés, bonos, la bolsa, los bancos centrales e internacionales, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio o el Fondo Monetario Internacional no son más que instrumentos de dominio y han hecho que el dinero se convierta en un fantasma, mejor dicho viene a ser como el antiguo administrador jerárquico de la familia patriarcal. Todas estas instituciones están a su servicio como hijos bien disciplinados, aunque en el fondo todas ellas llevan la semilla del dinero, que es su antepasado.

Todas estas instituciones están perfectamente organizadas e interconectadas, segundo a segundo, apoyándose mutuamente, con regulaciones a corto, medio y largo plazo. Por ejemplo, está de moda llamar “dinero caliente” a los movimientos a corto plazo, “bono o título” a los de medio plazo, y pagarés a los de largo, pudiendo cambiar frecuentemente tanto el nombre como los plazos, convirtiéndose en los actores más rápidos en la construcción de la sociedad. Por su parte, el euro y el dólar, las unidades monetarias respectivas de la Unión Europea y Estados Unidos, funcionan como medios básicos de contabilidad en un sistema que, pese a que sigue madurando, se considera ya completado. Ahora bien, en este nuevo sistema ¿cómo se consiguen las ganancias?

Todo ha sido transferido y colocado en las garras de este sistema virtual, todo, incluidas las relaciones económicas, sociales, políticas, la ideología, los planteamientos académicos o culturales, una situación que debemos mirar con lupa para aumentar nuestra fuerza de sentido.

Por ejemplo, ¿qué significado tiene el hecho de que el dólar -con el euro en reserva- sea la unidad básica de contabilidad? ¿Qué relaciones y conflictos, alianzas y guerras en la vida real provoca el tipo de cambio entre el dólar y las monedas nacionales, el movimiento en el mercado de bonos, títulos y acciones, intereses y los cambios de precio? ¿No se esconderá tras este mundo virtual la Tercera Guerra Mundial de la que tanto se habla? ¿las guerras actuales no serán su reflejo deslizándose por las grietas del sistema?

Es de general aceptación que EEUU se convirtió en la fuerza hegemónica tras la Segunda Guerra Mundial y que por eso el dólar es la unidad monetaria mundial. Lo interesante en este asunto es que precisamente cuando alcanza esa hegemonía, el dólar se desprende de su equivalencia con el oro, un acto imprudente e irresponsable propio de quien ejerce la hegemonía. También es sabido que EEUU puso en circulación a nivel mundial miles de millones de dólares de forma no retribuida a partir de los años 80; se trata de algo espantoso ya que supone ganancias de miles de millones solo con poner en marcha la rotativa de los billetes; nunca, en ningún sitio había crecido tanto el dinero. No hay mejor prueba de su carácter hegemónico, como también lo indica el que todos los Estados-nación estén endeudados, comenzando por los propios Estados Unidos, y lo mismo se podría decir de los vaivenes que sacuden al mundo debido a las maniobras monetarias de la Reserva Federal norteamericana cuando, por ejemplo, sube o baja los tipos de interés. En definitiva, existen muchos fenómenos que demuestran la fuerza alcanzada por el dinero.

Aún más llamativa es la relación de este sistema con las crisis. Las surgidas de forma cíclica tanto en Asia, Rusia como América Latina ocurren completamente en el terreno del dinero; posteriormente afectan también a la economía real. Las crisis de la era financiera ocurren al revés de cómo lo hacían antes; las crisis comenzaban en el mundo real y luego repercutían en el ámbito monetario. Ahora gracias a estas crisis se pone en vereda a países e incluso a bloques enteros de países, según los intereses de los poderes hegemónicos del mundo financiero; cuando esto se ha conseguido se finaliza la crisis sin que esta se agrave. Un claro ejemplo es Rusia. Tras su desintegración oficial en 1991, la URSS fue inducida a una crisis financiera que no dejó de agravarse hasta llegar a su punto culminante en 1998.

En ese momento yo me encontraba en Moscú debido a los hechos que provocaron mi salida de Damasco, como ya es conocido. Las autoridades rusas me exigieron que abandonara el país de inmediato, poniendo todos los medios necesarios para ello. El gran jefe de la Inteligencia rusa llegó a decirme: “Seis meses después todo habría sido más fácil y no te habríamos tratado así”. Los autores más reconocidos sobre este asunto reconocen que la crisis de 1998 había colocado a Rusia en una postura de sumisión. Recuerdo muy bien que Ariel Shaaron, el entonces primer ministro de Israel, y M. Albright, secretaria de Estado de EEUU, que eran quienes dirigían la operación contra mi persona, llegaron apresuradamente a Moscú y, a cambio de un crédito de diez mil millones de dólares, lograron mi expulsión, habiéndose firmado también un convenio con el FMI. Por otra parte se había firmado entre Turquía y Rusia el acuerdo “Corriente Azul” a cambio de mi expulsión; esta firma era una de las condiciones que había puesto Rusia. Rusia, tras impulsar las políticas neoliberales exigidas por el sistema hegemónico, quedó integrada en el mismo, saliendo así, lentamente, del colapso en que se encontraba. ¡Así se llevaba a cabo una contrarrevolución en la era de las contrarrevoluciones virtuales y financieras!

También sería muy clarificador analizar cómo las finanzas dirigen el mundo real:

a . – Hemos dicho varias veces que el dinero dirige el mundo económico gracias a que ha tomado el mando, y que se basa en proyectos que le sirven para su política hegemonista. Habrá que preguntarse cómo diseña una economía mundial en la era financiera, en qué región y en que mercancías se concentrará, cuál será su participación, cómo se regularán las políticas básicas de los países, se renovarán sus estructuras económicas y sociales, pagarán sus deudas o usarán sus recursos; y también cómo se enderezarán los países llamados rebeldes y bandidos y sus economías que se desvíen del camino marcado, cómo integrará en ese sistema hegemónico al bloque exsoviético, a China y a los países del llamado Tercer Mundo o, incluso, cómo se regularán las relaciones con Israel. En general, será con proyectos en cada Estado, país, empresa e incluso a nivel individual, siempre que respondan a los criterios generales de esta era financiera. Después vendrá la financiación correspondiente con determinadas inversiones y bajo determinadas condiciones políticas y militares. De hecho, la era financiera no es otra cosa que prestar créditos bajo determinadas condiciones. Y a los que no se adapten se les llevará a la ruina imponiéndoles la crisis económica.

Este es el fundamento del sistema y también la mejor prueba de que no es una actividad económica, como indica el hecho de que las principales ganancias se realizan con trámites y papeleo no estrictamente económicos. ¿Acaso hay algo más antieconómico? Nada puede explicar mejor la era financiera que esta obtención gratuita de beneficios muy superiores a los de las eras comercial e industrial. Además, se implica a todo el mundo en el juego de la ganancia con pequeños cupones, haciéndoles cómplices, al mismo tiempo que se fortalece el sistema. En definitiva, la era financiera es aún más antieconómica que el industrialismo, es una forma de sociedad y su cultura.

Es evidente también que nos encontramos con unos elevados niveles de monopolización monetaria que asimilan a los propios Estados, incluso a EEUU. Es decir, está alcanzando tal posición de fuerza que le permite controlar todos los procesos de poder, que luego desarrollará, destruirá y reconstruirá de nuevo. Esta es la esencia de la nueva globalización y no la comunicación, como se suele creer; está en la fusión global, como nunca se ha visto, de economía, política y monopolio. Y esto significa que todas las voluntades locales, nacionales, políticas o económicas quedan bajo control de las superpotencias monopolistas, un hecho nuevo al que se debe prestar mucha atención.

b . – El dinero busca un dominio social absoluto creando un sistema monetario virtual y la forma más eficaz para capitalizar la sociedad son los bonos, títulos, cheques y acciones, con los que la sociedad, especialmente las clases medias, queda integrada en el mundo de las finanzas. A través de un pequeño beneficio, se convierte en una fuerza de protección del orden, se previenen sus impulsos antisistema y se la somete con el consumo, los créditos y miles de iniciativas de este tipo. El método es bien sencillo: primero, imponiendo una crisis económica se incrementa el paro y se hunde a la clase media haciendo que se ponga de rodillas; el hambre y la pobreza llegan al límite de la muerte y el alboroto y caos se profundizan. Es entonces cuando se conceden los créditos para la reconstrucción de la sociedad a cambio de ciertas condiciones.

Anteriormente se intentaba transformar la sociedad con revoluciones, movimientos ilustrados y culturales. En cambio, con los actuales métodos financieros se quieren obtener y se obtienen los resultados deseados de una forma mejor, planificando, utilizando pinzas para no poner la mano en el fuego. Se plantea que todas las sociedades jueguen en una única cancha cultural, de tal forma que no haya resquicio para la objeción y lograr así una homogeneidad total, la sociedad de masas, la sociedad del rebaño. Los proyectos de sociedad sustituyen, de alguna forma, a las antiguas y ahora innecesarias revoluciones y utopías. Todo se planifica; la financiación también está lista. Se trata de la anti-sociedad, de la sociedad-simulacro, virtual, del pensamiento único. ¿Acaso todo esto no es más que un tipo de fascismo globalizado con nuevo rostro? Debemos conocer y definir la sociedad de la era financiera en todos sus aspectos.

c . - En esta era financiera, las políticas estatales son parcialmente contradictorias con la industrial. El industrialismo se concentra esencialmente en las políticas del Estado-nación y en el nacionalismo y quiere crear monopolios mientras que para la globalización esos monopolios son un obstáculo y por este motivo el capitalismo mundial ya no puede apoyar indefinidamente al Estado-nación porque las ganancias ahora dependen de mecanismos globalizados. Por lo tanto, se adapta o desaparece, como ha ocurrido con Corea del Norte, Libia, Siria, Irán e Irak. Libia se mantuvo gracias a que se doblegó; sin embargo, Irak, en tanto que fuerza de importancia simbólica, fue víctima de la cólera financiera porque no lo hizo. Ahora tendrá que ser reconstruido. Por su parte, países como Brasil, Turquía, Argentina, China, la India y Rusia, que todavía mantienen el Estado-nación de la manera más intensa, son reconducidos a una integración en el sistema utilizando el arma de las crisis.

Estas contradicciones entre el Estado-nación y la globalización seguramente se prolongarán durante largo tiempo, de alguna forma también causadas por ciertos componentes de carácter anticapitalista que el Estado-nación contiene. El Estado-nación estándar, está en el punto de mira porque es un obstáculo a la globalización. El objetivo es crear unidades políticas estatales que se conformen con un limitado y dependiente poder. En este sentido se pretende transformar a los Estados de tamaño medio a través de entidades locales. Para superar los problemas que provoca el Estado en general y el Estado-nación en particular se utiliza la llamada sociedad civil que, en el fondo, no es tal. Se pretende utilizar la sociedad civil para que el liberalismo salga de su atolladero en el Estado-nación, vaciándola de sus valores democráticos. Es en este ámbito político de la sociedad civil donde se produce el mayor enfrentamiento entre la civilización clásica y la democrática. Por esta razón, democratizar la sociedad civil es algo fundamental y una de las tareas básicas de la política democrática que debemos analizar e impulsar.

Por el contrario y desde el punto de vista ideológico, en la era financiera se destacan valores como la guerra de civilizaciones, el radicalismo, el terrorismo, la reconstrucción del Estado, la globalización y el resurgimiento de la religión.

La tesis de la “guerra de civilizaciones” es significativa en dos sentidos. Era de esperar que la fuerza hegemónica impusiera la civilización a la que pertenece, pero no se trata de la civilización cristiana, blanca y anglosajona como se suele comentar. La disolución de la URSS y la capitalización de China demuestra que el conflicto no está entre dos civilizaciones sino entre dos potencias hegemónicas que representaban a la misma modernidad. Al implantar el socialismo real, se pretendía que la sociedad socialista no pudiera sustituir a la civilización capitalista y que volviera a integrarse en el sistema, haciendo así posible que la supuesta crisis de la civilización quedara superada.

Sin embargo, el mundo musulmán, en tanto que antiquísima tierra de civilización, junto a la aparición de un islamismo que funciona como un nacionalismo regional y el enfrentamiento con Israel, ha puesto sobre la mesa la crisis de civilizaciones. No hubo forma de conseguir la integración de Oriente Medio durante las tres etapas del capitalismo. La llegada del Estado-nación no solo no resolvió el problema sino que lo agravó. El nacionalismo religioso ensalzado tanto por Arabia Saudí como por el chiísmo iraní, así como el uso de la violencia y la permanente repercusión de la cuestión Israel-Palestina intensificaron el debate sobre las civilizaciones. Por otro lado, los pueblos que componían el mosaico cultural de la región intentan proteger su existencia, defender su identidad cultural frente a un Estado-nación despótico similar al fascismo. De alguna forma, era el reflejo regional del choque entre una civilización democrática con un gran potencial y la civilización despótica clásica. Además, también habría que tener en cuenta la fuerte repercusión que factores como el petróleo y el agua tienen en esta situación.

En el fondo, el radicalismo es una reacción desde el punto de vista del Estado-nación frente a la globalización de la era financiera, resultado de un ímpetu ideológico y político de quienes pretenden que ese Estado-nación se circunscriba a determinadas tendencias religiosas o étnicas. Hay ejemplos por todas partes. Desde el punto de vista religioso, podemos mencionar el islamismo, el cristianismo, el hinduismo o el animismo africano, mientras elementos derechistas y nacionalistas-racistas constituyen la otra tendencia del radicalismo. Ambas suelen coincidir frecuentemente y representan el atraso de lo local frente a la globalización. Por su parte, las corrientes democráticas locales, culturales y feministas más la nueva izquierda representan una importante aportación al debate, aunque sea insuficiente, para alcanzar la civilización democrática, reuniéndose en plataformas, como el Foro Social Mundial, contra la globalización. En lo que se refiere al terrorismo, existen fuertes indicios de que es una provocación por parte del sistema, un mecanismo al que recurre conscientemente el sistema financiero para legitimar su poder. Al Qaeda sigue conservando, en este sentido, su carácter misterioso. La propia era financiera lleva implícitos muchos elementos de carácter terrorista.

Sin ir más lejos, la destrucción de las relaciones sociales por el dinero ya son de por sí un grave acto terrorista. Nada puede ser tan terrorista como una hegemonía monetaria que destruye los profundos lazos internos de una sociedad. La gran mayoría de las actividades del sistema para mantenerse en todos los ámbitos económicos, sociales y políticos se pueden encuadrar dentro del terrorismo. Se trata de un hecho que difícilmente se había visto antes en la historia y que se pretende ocultar de diversas maneras. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las operaciones para ganar dinero con dinero, un hecho que se impone a la sociedad desde posiciones no económicas, con astucia, violencia y de forma sistemática. Los atracos de los Cuarenta Ladrones son una nimiedad frente a lo que hacen los monopolistas de la era financiera; son atracos de tales dimensiones que solamente se pueden realizar a través de un terror financiero encubierto por lo que denominamos “era de la comunicación”. Podríamos llamarlo también “terror mediático”. En definitiva, el propio sistema es el mayor terrorista que ha surgido y surgirá en la historia.

Asimismo, la exaltación religiosa se utiliza como una forma de encubrimiento. El modo de explotación requiere una legitimización fuerte como la religiosa. El proceso de exclusión de la sociedad de la producción ha llegado a su punto culminante y a un desempleo masificado; unos hechos difíciles de justificar con la ciencia y que solo pueden ser paliados usando la religión. No estamos hablando de la cultura religiosa sino de su reinterpretación reaccionaria. Y así es como la sociedad, convertida en un rebaño, ha quedado encadenada a la renta, al conflicto de civilizaciones, al terrorismo, a la religión y al conservadurismo. Se trata de factores que entran en acción cuando las jaulas de hierro y el sistema de vigilancia resultan insuficientes.

La era del capital financiero, aparentemente la más poderosa del capitalismo, está en pleno declive y muestra que su capacidad para mantenerse está agotada. Como suele ocurrir, a medida que pierde sentido, aumenta sus posiciones conservadoras, algo que no es muestra de fuerza sino de debilidad. La producción es una actividad básica sin la que no puede vivir ni la sociedad ni el ser humano y la era financiera es la muestra de que no puede satisfacer esta necesidad y, por lo tanto, es un sistema de desempleo. La única opción que tiene para sobrevivir es el terrorismo del que tanto hablamos y que se lleva a cabo de forma provocadora.

A comienzos de los años 80 se inició una oleada de acciones terroristas contra Nicaragua y también en las Islas Malvinas (Falkland) por parte de Reagan y Thatcher que estaban al frente, respectivamente, de EEUU e Inglaterra, las dos potencias hegemónicas del sistema. Igualmente hubo gobiernos que llegaron al poder con golpes de Estado en Paquistán y Turquía, estrechos aliados de los anteriores. América Latina, en su conjunto, había sido víctima del terror, mientras que la carrera armamentística y la “Guerra de las Galaxias” impidieron a Rusia convertirse en potencia hegemónica, mientras las reformas en China de Deng Xiaoping no eran más que concesiones al sistema. En la era financiera el viento del terror asolaba todos los campos, poniendo fin así a las conquistas conseguidas con las guerras de liberación nacional y al Estado del Bienestar. Después, Clinton continuó la misma política con métodos más sutiles pero no menos efectivos.

Solo la zona de Oriente Medio se resistía a una conquista total, convirtiéndose en el nudo gordiano de los problemas derivados de la civilización: radicalismo, terrorismo, intransigencia religiosa... Si el sistema no quería recular, tenía que completar, de una u otra forma, su conquista. Además estaba el problema del petróleo, una fuente energética vital que se necesitaba durante otro siglo más y que era objeto de la mayor explotación y sobre el que pendían como una espada de Damocles el conflicto árabe-israelí y la amenaza del Irán chií.

Todo este cúmulo de problemas en realidad habían sido heredados de la presencia en la región de Inglaterra y Francia ya que, en el fondo, en esta parte del mundo la Primera Guerra Mundial no había concluido al haber trazado con tiralíneas las actuales fronteras; una buena muestra de ello eran la sucesión de golpes de Estado, sublevaciones, guerras civiles y movimientos guerrilleros que habían surgido desde entonces en toda la zona. Está dentro de la lógica que Estados Unidos tuviera un proyecto para resolver estos problemas y que también hubiera intervenido de una forma más directa si no hubiera existido la Guerra Fría. El enfrentamiento con la URSS, los continuos problemas en América Latina y Europa habían entrado en una fase de solución, aunque no de forma completa, a partir de los 90. Sin embargo, Oriente Medio seguía gangrenándose. Tenía que intervenir de lleno o abandonar la zona a su suerte, pero, en este caso, renunciaba también al control del petróleo y de Israel, lo que, a su vez, daba a Irán una oportunidad para establecer su hegemonía justo cuando Sadam Husein aspiraba a ser el Bismarck del mundo árabe.

Si la era comercial había supuesto el saqueo de las colonias y la industrial se había distinguido por las guerras de liberación nacional y la lucha de clases, además de los dos guerras mundiales; ahora el capital financiero se lanzaba a la guerra por conseguir un poder absoluto de y contra la sociedad, algo que podría fracasar totalmente si perdía el control de Oriente Medio. De hecho, prácticamente es lo que ha ocurrido porque, en gran medida, el sistema dependía de esta región, por lo que en realidad esta parte del mundo estaba viviendo una especie de Tercera Guerra Mundial, como confirmarían los acontecimientos posteriores.

Existe una clara relación estratégica de estos acontecimientos con mi situación personal. En concreto, buena parte de los temas tratados en las dos reuniones mantenidas por Hafez al Asad y Bill Clinton, influyentes líderes internacionales, respectivamente de Siria y EEUU, tenían relación con mi persona y mi papel clave en esta coyuntura. A los kurdos se les había adjudicado una función estratégica a largo plazo dentro del gran proyecto de Oriente Medio; los kurdos y el Kurdistán serían utilizados como ariete para resolver los problemas del capital financiero en la región. Hay que recordar que en esta época también los armenios, griegos, asirios, árabes, judíos y palestinos eran utilizados igualmente con este propósito. El ariete kurdo, en concreto, podía ser efectivo contra las potencias regionales partidarias de mantener el Estado-nación, aspirantes a ejercer una hegemonía regional y, por lo tanto, obstáculos para resolver esos problemas.

Mi imprevista irrupción en estos planes que venían elaborándose desde los años 70 suponía que me ponía a sus órdenes o me eliminaban. Pero mi personalidad no era precisamente la de un soldado al servicio del sistema, por lo que me convertí de inmediato en candidato a la aniquilación. Si la Primera Guerra Mundial comenzó al ser abatido el príncipe heredero de Austria a manos de un activista serbio, en la continuación de esta guerra en Oriente Medio en forma de Tercera Guerra Mundial, yo sería la nueva víctima, aunque en esta ocasión, al contrario de la anterior, con un plan de todas las fuerzas organizadas del sistema. Resulta más que chocante esta coincidencia histórica. En mi Defensa del Hombre Libre ante el Tribunal de Apelación de Atenas había afirmado que “de la misma forma que Zeus, con su ayudante, la diosa Atenea, Hades y Ares, habían encadenado a Prometeo en las rocas del Cáucaso, sus nietos humanos me encadenaban a las de la isla de Imrali”. Esta valoración mía al final ha quedado incompleta.

Se entiende que quien me encadenó era un verdadero dios, crecido y engordado a escondidas por los pasillos de la historia, irrumpiendo en la era del capitalismo y haciéndose respetar de tal forma que todos los dioses anteriores se esfumaron, mientras los reyes se arrastraban por el suelo y eran decapitados. La humanidad experimentaba su periodo más sanguinario y el sistema de explotación llegaba hasta el tuétano, contaminando la Tierra tanto sobre como bajo la corteza terrestre; el verdadero ser humano quedaba aniquilado igual que muchos otros seres vivos.

El endiosamiento del dinero es el hecho más terrorífico. Por eso, me consideraría feliz si con estas líneas hubiera logrado explicar el carácter que tiene el sistema en que se fundamenta y que lo dirige. Spinoza dijo que “el sentido es la libertad” y yo también creo que sin ese sentido no existe la libertad. El hecho de que me libere tanto como consiga entender, es mi mayor fuerza para la vida. Fue el dios más poderoso de la era financiera quien, con la ayuda de asesores y colaboracionistas, me encadenó a las rocas de Imrali pero lo hizo a costa de toparse con quienes prendían la llama de la libertad, una llama que jamás se apagará en las montañas Zagros y Tauros, allí donde han establecido su trono sagrado los dioses y las diosas de la historia.

Me gusta Apolo, dios protector, de la luz y la verdad, y también Dionisos, dios del amor, de la alegría y del vino en las montañas; también me gusta su cultura. Son de los dioses más antiguos, originarios de los montes Zagros y Tauros que después se extenderían por la Anatolia. Es evidente que personifican la idiosincrasia de unos pueblos con miles de años de antigüedad porque la luz y la alegría son la expresión más bella de la vida. Respecto a Gudea y Elah, que son dos antiguos dioses de nuestra región, también quiero saber por qué dejaron a nuestros pueblos sin esa luz, sin protección, por qué consintieron que quedaran cubiertos por la sangre y el dolor ante el Dios dinero. Como un chico enamorado de esta tierra, me siento feliz por no haber abandonado a nuestros pueblos a merced de ese dios del dinero tan ciego, falso y estafador, de la misma forma que confío en que mis amigas y amigos y las sociedades de las que forman parte permanecerán siempre conmigo eternamente felices.

 

6 . – CONCLUSIÓN: ¿PUEDEN COEXISTIR LA CIVILIZACIÓN ESTATAL Y LA DEMOCRÁTICA?

Intentaré presentar algunas breves conclusiones en esta parte de mi Defensa:

1 . – Mientras no analicemos la formación del poder a lo largo de la historia no lograremos hacer un trabajo sociológico serio porque las ciencias sociales desarrolladas desde la perspectiva positivistaen un callejón sin salida. Mientras no admitamos esta realidad, tampoco podremos explicar los fenómenos de explotación y guerra, que tanto han aumentado. Un científico es tan responsable ante la sociedad como lo son un religioso o un eticista. Si es cierto que la ciencia, que realizó su revolución en el siglo XVII y aseguró su victoria, tiene mayor validez de sentido que la mitología, la religión y la filosofía, ¿por qué no ha sido capaz de explicar hechos tan graves como la explotación y la guerra? Probablemente, porque se ha instalado en el poder y, cuando la ciencia se instala en el poder, pierde su libertad.

Si definimos la ciencia como el método más avanzado de sentido, su rápida fusión con el poder, o es una derrota en nombre de la ciencia o bien tiene un serio problema de sentido lo definido como ciencia. He intentado relacionar esta cuestión con el positivismo. Está más que demostrado que el positivismo, a pesar de sus duras críticas a la metafísica y a la religión, no es otra cosa que otra religión, otra metafísica unida al materialismo más burdo, quedando muy detrás de la religión y la metafísica. La irresponsabilidad de las disciplinas llamadas ciencias positivistas también está clara porque nada hicieron contra la explotación y las guerras al no considerarlas un asunto suyo y porque, luego, se convirtieron en ciencia del poder. La principal consecuencia que podemos deducir de ello es que la ciencia necesita urgentemente replantear su propio sentido, necesita una nueva revolución paradigmática. Por lo que a mí respecta, con este trabajo he puesto a prueba mi capacidad de interpretación a través del sentido y de aquí han surgido las actuales conclusiones.

2 . – Hay que concebir el poder como una tradición, como la tradición más antigua y no como un conjunto de prácticas que diariamente ejercen su dominio sobre la sociedad. También es necesario comprender que el poder no es solo el Estado; reducir el poder al Estado y a las formas de Estado es un error que se ha cometido muchas veces. Especialmente, presentar las acciones de guerra como inseparables del ejercicio de cualquier otra práctica más flagrante del poder será la forma más oportunista de definirlo. Aquí hemos utilizado frecuentemente el término “hombre fuerte y astuto” como concepto imaginario, a semejanza de esa “mano invisible” que regula los mercados. Sin embargo, estoy convencido de que sirve para comprender los fundamentos del poder. Cada relación que regula el poder y los propietarios de estas relaciones son los constructores del poder; estos a veces emergen y regulan abiertamente, pero mayoritariamente lo hacen por debajo de la superficie de la sociedad.

El poder es un fenómeno social con especial tendencia a la concentración y continuidad. El hombre, al domesticar a la mujer, es probablemente el primer y mayor responsable de esto; y los chamanes, que monopolizaron la capacidad de sentido, asumiendo un carácter religioso y terminaron convirtiéndose en sacerdotes, tuvieron un gran peso a la hora de consagrar el uso de la fuerza y en darle una cualidad misteriosa. Las referencias mitológicas y religiosas fueron claves para legitimar el poder y ese grupo tiene que ver con su endiosamiento y carácter mitológico. La trinidad jerárquica del régimen patriarcal sacerdote- dirigente-comandante será la encargada de extenderlo a toda la sociedad, creando por primera vez los tronos y su simbología. De este periodo proceden importantes símbolos del poder como la divinidad, la separación Dios-hombre, la caída en desgracia de las diosas, la entronización, la sumisión y la servidumbre.

3 . – El Estado es algo más concreto pero también de mayor duración. Se formó en base a un sistema jerárquico sobre la domesticación de la mujer, con la servidumbre y la esclavitud, y supone la regulación de las relaciones de poder, especialmente en su aspecto social, aparte de estructurar las responsabilidades para usarlas de forma eficaz y económica. El poder contiene al Estado pero es mucho más que el Estado. Los Estados son instituciones que se caracterizan por ser los monopolios que mejor se han conceptualizado y por convencer a la sociedad de que la historia no empieza hasta que ellos nacen. En última instancia, como fuerzas de poder, imponen que la creciente fuerza económica de la sociedad deje de ser un tema de la política democrática estableciendo un monopolio sobre ella para apropiarse del excedente y la plusvalía. El resto de elementos asociados al Estado, como las mitologías, las filosofías, religiones, ciencias, guerras, políticas… tienen ese mismo propósito. Aunque el Estado sea comunista el resultado es el mismo. Con el Estado, el poder adquiere rango oficial y legitimidad ante la sociedad.

Las proyecciones sociales, acciones significativas y conflictos que a la sociedad le puedan parecer más importantes son los ámbitos por los que más se interesan quienes actúan en nombre del Estado. Jurídicamente, el Estado es un conjunto de normas heredadas de la tradición y consolidadas con el uso de la fuerza, esta podría ser usada como otra definición de Estado; y en este sentido también se le podría calificar como una suma de relaciones abstractas más desarrolladas. Otras denominaciones, como Estado religioso, despotismo, reinado, imperio, república, absolutismo, Estado nacional, de clase, étnico, laico, democrático o social, pese a las diferencias formales, en el fondo todas implican una regulación del poder y una estructuración de sus relaciones internas. Por su parte, las ciudades, en la medida que adquieren complejidad social y la sociedad urbana se divide en clases, comienzan a jugar un papel protagónico en la formación de los Estados y del poder, pero no por ello deben ser identificadas con el Estado.

4 . – La civilización es la expresión exhaustiva del dominio social del Estado concentrado en la ciudad, cuya administración es el primer intento serio de civilización, pero la civilización tiene algunas características que superan al Estado, más restringido temporal y espacialmente; implica gran número de pueblos, etnias, tribus, naciones, religiones, creencias y pensamientos. El Estado es el núcleo de la civilización pero no representa todos sus elementos. También la ciudad representa el ámbito principal del Estado pero la ciudad no es solo el Estado el poder. Las civilizaciones pueden proliferar en distintos lugares y tiempos como ocurrió con las de Egipto, Sumer, Persia, la grecorromana, el cristianismo, el islam, la hindú, la china, la azteca o la europea. En todas ellas hay una estructura de ciudadanos, clases y ciudades. Por otro lado, las relaciones dentro y entre las civilizaciones pueden ser pacíficas o bélicas, dependiendo del carácter que tengan los respectivos monopolios económicos y políticos. Cuando se conforman con su “status” puede haber una situación de paz, si consideran que hay un “reparto justo”, pero, si no es así, la guerra se convierte en el instrumento más utilizado por las civilizaciones, y por lo tanto los Estados, para “garantizar la justicia”. Existe, por lo tanto, una estricta relación entre guerra, violencia, civilización, Estado y justicia-Derecho. En el fondo, todo esto significa que los grupos sociales e individuos o establecen su dominio sobre las propias acciones (económicas, políticas e ideológicas) en su propio nombre; o bien otras personas o grupos se apropiaran de ellas. La civilización es un conjunto de todas estas tradiciones, instituciones y normativas. A veces es catalogada según el modo de formación de clases y plusvalías, como ocurre con la civilización esclavista, feudal o capitalista. La fórmula “mujer domesticada + jerarquía patriarcal + Estado + civilización = integridad de poder en forma de capas” muestra hasta qué punto supone una suma de complejas relaciones de fuerza.

5 . – La civilización democrática es una categoría social distinta de la civilización estatal. Su objetivo consiste en conceptualizar tanto las formas sociales previas al Estado y la civilización como las que, después de la aparición de éstos, quedaron al margen del Estado. Los Estados han puesto especial empeño a lo largo de la historia en identificarse con las distintas sociedades y su piedra ideológica angular ha sido asegurar que no puede haber socialización distinta a la del Estado. Precisamente, plantear lo contrario, es decir que la sociedad es algo distinto al Estado y claramente contradictorio con el Estado es una de las afirmaciones que más irritan a quienes lo dirigen. En el fondo, el Estado es un conjunto de intereses muy restrictivos que no se preocupa de los asuntos comunes de la sociedad, de los llamados asuntos públicos y, en todo caso, los utiliza para encubrir su propia legitimación.

Tras la etapa comunal primitiva, está claro que la sociedad fue adquiriendo mayor complejidad y que fueron apareciendo asuntos comunes que debían ser gestionados. El Estado utiliza estos asuntos para legitimarse mientras que un sistema democrático busca satisfacer al conjunto de la sociedad; se trata de la fundamental y vital diferencia entre la civilización estatal y la democrática. Cuando las comunidades alcancen la capacidad de decidir y actuar sobre los asuntos que les conciernen, entonces se podrá hablar de sociedad democrática. Por el contrario, si es el Estado u otros organismos quienes ejercen la mayoría de estas funciones, individuos y colectividades perderán su capacidad de acción, conciencia, libertad e igualdad. La diferencia entre estas dos situaciones tiene consecuencias transcendentales.

La situación en la que más tiempo ha vivido la sociedad es el orden comunal clánico y tribal, que funcionó durante millones de años y es la forma más primitiva de democracia. De la misma forma que el Estado es el núcleo de la civilización, el orden comunal primitivo es el núcleo de la civilización democrática. Se trata de un fenómeno que por sí solo ya explica la fuerza de los fundamentos democráticos. Sin embargo, la historia escrita solo habla de las civilizaciones estatales, dejando de lado la forma de vida y como gestionaban sus asuntos esas sociedades comunales que ha tenido una existencia de millones de años; esta debería ser la verdadera historia. La vida comunal existió en vastos espacios geográficos y en un período temporal de largo plazo que la hace representativa de la verdadera sociedad. El Estado y la civilización son artificiales y muy posteriores, son como un pesado ornamento innecesario que se ha colgado sobre la sociedad, sin los cuales la sociedad podría seguir su desarrollo y, de hecho, así ocurrió. Pese a ello, la sociedad ha sido condenada a continuar de una forma antinatural, sanguinaria y bajo dominio de la explotación.

Por otro lado, si nos fijamos en el lenguaje de la historia escrita de la sociedad estatal, comprobaremos que está lleno de mentiras, trucos, opresión y represión; crea un mundo de imágenes mostrando que la vida no es posible sin represión, ni explotación, sin servidumbre, sin reprimidos ni esclavos. Las comunidades, en tanto que potencialmente democráticas, no pueden desarrollar su fluidez natural de pasar de las imágenes a lo real, porque se las ha encadenado en un estadio de infancia. Lo antinatural es la civilización que encadena y hacer de la civilización estatal un monstruo, minimizando la civilización democrática. Un importante argumento en defensa del impulso democrático es presentar cómo esa civilización estatal es la responsable de la bomba atómica, de continuas guerras, hasta el punto de que en 5.000 años solo ha habido trescientos de paz, de un medio ambiente inhabitable y de la gangrena de todos los conflictos sociales. El que no pueda existir un desarrollo democrático es una enfermedad de la civilización estatal, de una civilización que anula la palabra y la acción. Esta es la contradicción de todas las sociedades que viven en su seno. La vida feliz, en base al afecto, debiera ser considerada al menos tan natural como la que se sufre con dolor, tristeza y odio, y precisamente la sociedad democrática abre el camino hacia ese tipo de sociedad de felicidad y amor. Y no solo es una opción; la vida libre es más natural, más coherente con la naturaleza y con la especie humana, una vida donde pueda integrar su intelecto emocional y analítico.

6 . – El sistema caracterizado por el capital no es, como se cree generalmente, producto de cuatrocientos años de capitalismo, sino que lo es de una civilización estatal con 5.000 años de antigüedad; y el origen del capital está en el excedente agrario que se gestiona desde los templos sumerios. Este sistema del zigurat, es decir: una planta superior dedicada a los dioses -altos dirigentes-, la intermedia a los sacerdotes, encargados de la legitimación ante siervos y comunidades, y la baja dedicada a los esclavos que trabajaban a cambio de llenar el estómago; ha llegado hasta nuestros días continuamente creciendo, diversificándose y multiplicándose. Por su parte, la ciudad, las clases y el Estado son, en última instancia, producto del excedente y el que, por este motivo, la sociedad fuera sometida a una división del trabajo, fuera fragmentada en clases, fuera provista de medios de fuerza y conducida a una situación de permanente enfrentamiento, es propio de esta civilización vinculada al capital. Pese a que el capital económicamente se autodefine, en el sentido estrecho, como el incremento en plazos cortos; en el fondo, en sentido amplio, tiene el mismo significado con el incremento en plazos largos. De la misma forma, se puede definir como capital tanto el beneficio diario de un comerciante como la ganancia anual de un Estado agrícola que monopoliza el uso de la tierra.

La historia demuestra que el periodo comercial, que va desde Uruk (4.000 a. C.) hasta la actualidad, más largo que la propia civilización. Pese a ello, la civilización comercial quedó en segundo plano respecto a la agrícola, aunque había creado espléndidas civilizaciones urbanas en cuanto a época y tiempo, porque no fue bien recibida por la sociedad; entre otras razones, debido a los abusos que implicaba la obtención de los beneficios. Quedó agazapada tras los entresijos de la sociedad, adquiriendo progresivamente fuerza a medida que se desarrollaban las distintas etapas de la civilización, hasta alcanzar el sector comercial, por primera vez en la historia, una fuerza hegemónica en los núcleos urbanos, primero en Italia -siglos XIII al XVI- y después en el resto de Europa -entre los siglos XV y XVIII-, jugando un papel clave en el nacimiento de la civilización europea. Y no solamente emergía como nuevo actor social, sino que llegó a supeditar al poder político y a los movimientos culturales del Renacimiento, la Reforma y la Ilustración. Los grandes monopolios comerciales y los saqueos de colonias jugaron un papel decisivo en el aumento del capital.

La industrialización del siglo XIX fruto de la revolución industrial, por su parte, se convirtió en la forma fundamental para aumentar las ganancias del capital. La cumbre de la civilización europea llegó cuando producción, circulación de mercancías y consumo quedaron bajo control de los monopolios industriales, lo que, a su vez, fue causa de la lucha de clases en el interior y de las guerras de liberación nacional en el exterior. La ideología hegemonista desactivó, a cambio de determinadas concesiones, ambos movimientos de resistencia, mientras las crisis, y en especial los problemas medioambientales y los causados por el desarrollo urbanístico causados por el industrialismo, a finales del siglo XX se convertían en estructurales. Se trata de una situación que desembocó en la era financiera. Esta época, que permitió la supervivencia del capital, del sistema productivo y del dinero, incluidas sus reservas de oro, en medio de una total irresponsabilidad, llevó a una crisis total del proceso de civilización. El capital, cuyo potencial social estaba ya agotado, intenta ahora mantenerse, renovado en forma de sistemas virtuales. El sistema capital-beneficio, que en su momento llegó a plasmarse en rollos de papel, intenta la anulación total de la sociedad provocando crisis sucesivas. Esta situación, que suele denominarse tercer impulso globalizador, en realidad es la tercera y última etapa de una crisis estructural.

Toda la era capitalista puede considerarse una crisis social. Insistimos como una tesis básica, en que el capitalismo es un monopolio de la fuerza que se considera la civilización más económica, cuando no lo es ya que se impone ilegítimamente desde fuera de la economía. El que la fuerza más egoísta, más pragmática y la que más recurre a la guerra como es el capitalismo, aplaste una integridad tan amplia de comunidades como es la sociedad solo puede ser un fenómeno “anormal”, es decir, una situación de crisis; y la era financiera no es otra cosa que la aparición de esa crisis en cada rincón de la sociedad y en cada ámbito social. Las políticas de terror, el desempleo masivo, la merma del trabajo, la inducción a la sociedad del rebaño, la industrialización del sexo, del arte, del deporte, la extensión del poder hasta los vasos capilares de la sociedad son indicios del agotamiento del sistema. Crean la impresión de que sin el orden del capital no hay historia ni futuro.

Los medios de comunicación son los principales responsables de presentar esa sociedad virtual, tal simulacro, como si fuera real, mientras que la auténtica sociedad queda excluida por “improductiva, imaginaria y utópica”. En definitiva, el capital, al contrario de lo que se asegura, supone el monopolio de la fuerza y la violencia enrocada, desde el principio, en la economía; una economía obsesionada únicamente en multiplicar beneficios, igual que un tumor maligno en expansión, mientras las necesidades básicas de la sociedad son abandonadas.

7 . - La economía, al contrario que el sistema capitalista, sirve para cubrir las necesidades básicas de la sociedad y por eso durante muchísimo tiempo estuvo restringida al valor de uso, tan vinculado al orden comunal; se trataba de una concepción integral de la sociedad que proporcionaba a todos los medios necesarios para vivir. Es lo que la naturaleza pide al ser humano. La producción de bienes nunca tuvo como objeto obtener un beneficio y la economía de regalo era la fundamental. La economía de cambio surgió como consecuencia de una división del trabajo que no dejó de sembrar muchas dudas sobre su necesidad. Ni siquiera el valor de cambio implica necesariamente la obtención de una ganancia sino que se realizaba para cubrir las diferentes necesidades en base a la diversidad y dependencia mutua, las cuales iban en aumento. Para cubrir esas necesidades se desarrolló la relación entre mercancía, mercado y dinero, que en un inicio no estaba orientada a la consecución de beneficios. Al contrario de lo que se cree, el fenómeno llamado economía de mercado no es una economía de capital-ganancia, sino que es una economía donde el cambio entra en escena intensamente. El comercio solo cuando tenga una equivalencia como parte de la circulación y suponga un significativo esfuerzo se puede considerar una economía útil y necesaria; e incluso el mercado, donde los precios están marcados por una competencia fuera del monopolio, sigue siendo un ámbito en el que todavía tiene pulso la economía. El dinero, en estos casos, solamente era un instrumento para facilitar los trámites. Por su parte, todos los sectores comprendidos en lo que se denominan generalmente pequeños propietarios y comerciantes, mientras no abusen en el proceso de formación del mercado, juegan un papel como factores económicos de utilidad, mientras que la diversificación de sectores -alimentación, vestimenta, vivienda, transporte, diversión…- también es indicativo de desarrollo económico. Todos estos esfuerzos adquieren sentido como actividad económica y así son valorados éticamente por la sociedad.

Por el contrario, la imposición monopolista despierta un gran rechazo y es concebida como algo negativo, injusta, tirana y represora porque se realiza a la fuerza sobre la economía o a través de métodos fraudulentos como la carestía, la manipulación de los precios, del valor del dinero y el acaparamiento de bienes. Se trata, en definitiva, del sistema que se corresponde con el esquema capital-ganancia. Su principio consiste en que una minoría gane mucho a costa de que la mayoría quede en el paro, sufra pobreza, esté al borde del hambre y quede supeditada permanentemente al capital. Argumentan que cuando exista la oportunidad de ganar más dinero supuestamente se pondrá en marcha la competencia y se desarrollará la economía. Pero se trata de una gran farsa porque nada tienen que ver con la economía (exceptuando con los temas especulativos tales como la bolsa, el interés o tipos de cambio) quienes están en la cima de la actual sociedad financiera. A excepción del beneficio, no les interesa absolutamente nada y el que establezcan una relación con la economía es sinónimo de crisis.

Mientras las actividades verdaderamente económicas han quedado excluidas por esa disciplina adulterada que es la economía política, las actividades que no son económicas (tales como las especulativas) son presentadas como intocables y sagradas desde el punto de vista económico afirmando que se trata de “alta economía”. Entonces, a la pregunta ¿cuál es el problema económico fundamental?, debemos contestar: “Ante todo, librarnos de la imposición de este monopolio de atracadores contrario a la economía”. Debemos librarnos de manipulaciones y especuladores de bolsa, de los intereses y tipos de cambio que son presentados como “noticias económicas”. Por el contrario, la verdadera economía es la producción, el reparto y consumo para satisfacer las necesidades reales del ser humano mediante una sana inversión, sostenible y acorde con el medio ambiente. El primer paso debe ser, por lo tanto, reconstruir la economía con una acción planificada, programada y organizada frente a lo que no es economía.

8 . – Las tribus y pueblos a los que se quiso someter mediante un proceso de colonias y semicolonias presentaron resistencia y se sublevaron contra las barbaridades de la era capitalista. Los pueblos indios de América del Norte y la civilización azteca de América Central resistieron hasta el final, y también continuaron otras civilizaciones de Asia y África, como China, la India, Etiopía y muchos más. La mayoría de estas resistencias y sublevaciones fueron impulsadas, de forma concienciada y organizada, por los movimientos de liberación nacional en el siglo XX y obtuvieron importantes éxitos pese a sus errores y deficiencias, mientras que, dentro del sistema, el proceso de proletarización emergía como un elemento esperanzador. Pero vender libremente tu trabajo en el mercado no evita la servidumbre y la semiesclavitud, tal como se cree; al contrario, es una condena que puede ser aún más cruel que la esclavitud, debido a la absoluta dependencia del salario. Tanto el desempleo como la constante insuficiencia del sueldo revelan inmediatamente el carácter, aún peor, de este nuevo régimen de tiranía.

Las grandes sublevaciones se realizaron precisamente para evitar la conversión en asalariados de este tipo, para evitar convertirse en trabajadores y por eso resulta tan equívoco el grito ¡Viva la lucha de los trabajadores!, que sería como gritar ¡Viva la esclavitud! Lo correcto y vital es rechazar la condena a un sueldo. Estas sublevaciones de semicampesinos y de semiempleados, verdaderas avalanchas sociales de forma autónoma, siempre tuvieron que ver con la historia del capitalismo. Por su parte, los intelectuales que no veían futuro al orden feudal pero tampoco sabían muy bien cómo iba a ser el nuevo orden, anhelaban “el país del sol”. Los primeros utopistas jamás hablaron de capitalismo; al contrario, sus proyectos hablaban de esperanza frente a esa pesadilla. Ese periodo de transición al capitalismo fue también el de la lucha por la igualdad, la libertad y el orden comunal de una generación de héroes, principalmente de los grandes utopistas, como Saint-Simon, Campanella, Fourier y Erasmo.

Será con K. Marx y F. Engels cuando se inicie la lucha contra ese sistema con base científica, bajo el nombre de socialismo científico, verdadera pesadilla del capitalismo durante 150 años pese a sus grandes insuficiencias y errores. Generó grandes heroísmos, consiguió importantes conquistas, fue la ideología de la URSS durante más de setenta años, puso en pie a China e inspiró los movimientos de liberación nacional, pero no comprendió lo que era la modernidad capitalista ni supo romper de forma radical con ella porque su paradigma seguía siendo la ciencia positivista. Esta fue su perdición. Apenas entendía la permanencia de la tradición del poder y de la civilización estatal en la civilización capitalista, pero, aún y todo, se ganó con creces el derecho a ser una de las piedras angulares de la civilización democrática.

Tampoco hay que minimizar el anticapitalismo de los anarquistas. Muchos, como Proudhon, Bakunin y Kropotkin, fueron auténticos revolucionarios que lograron asociar sus críticas al sistema con el comunalismo democrático. El movimiento comunal y libertario está en deuda con ellos. Su error fue concebir el capitalismo exclusivamente como un sistema económico, no percibir con claridad los fundamentos de la civilización y el poder en el cual se basa, y no romper los moldes de la modernidad.

Por su parte, el movimiento juventud-intelectual del 68 supuso la mayor revuelta social justo cuando comenzaba la era financiera; con su especial contenido de utopía, fue un rayo de luz y llama libertad en el periodo más negro y tenebroso, siendo fuente de inspiración para posiciones anti-modernidad de movimientos culturales, feministas y ecologistas que se desarrollaron a partir de entonces, ya que supusieron una apertura de miras en la lucha por la libertad, la igualdad y la democracia, sin basarse en el poder.

Estos opositores de la sociedad contra el capitalismo global y el sistema, cuyos nombres y actos han quedado grabados para la historia, con sus planteamientos de autocrítica respecto al pasado y con una comprensión más ordenada de la historia y la sociedad, pueden suponer un avance en el camino a la libertad, la igualdad, el comunalismo y la ruptura total con la civilización capitalista, es decir, hacia la civilización democrática.

9 . - Tras el fracaso de las revoluciones de los siglos XIX y XX subyace una concepción equivocada del poder y del Estado-nación, que es su versión moderna. La conquista del poder parecía la solución a los problemas sociales y por eso la principal meta era tomar el poder, cuando el propio poder implica falta de libertad, desigualdad y anti-democracia, además de pervertir al revolucionario más fiel. De hecho, ni siquiera se hizo un análisis sociohistórico del poder porque se le consideraba la salvación. En sus previsiones no estaba estudiar cómo se había formado, ni sus etapas, ni su relación con la economía y el Estado, ni las funciones que tiene en las civilizaciones o en la sociedad. Era considerada la “varita mágica” que, en manos de los revolucionarios, abría las puertas del paraíso y resolvía cualquier cosa que se tocara con ella. Hasta las fórmulas dictatoriales podían ser atractivas; frente a la dictadura de la burguesía estaba la del proletariado. No podía haber mejor emboscada. Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder. Al final, se comprendió que detentar el poder era lo más reaccionario del capitalismo contra la igualdad, la libertad y la democracia, pero ya se había producido un importante retroceso, era la misma enfermedad histórica por el poder que había sufrido el cristianismo.

El Estado-nación aún tomó una forma más catastrófica. Este Leviatán de la modernidad, creado con cientificismo, extremadamente nacionalista y religioso, fue aceptado como el marco idóneo dentro del cual luchar, como la solución de los problemas y considerado mucho más progresista que el confederalismo democrático. No se había entendido que el Estado-nación era en realidad el núcleo estructural del poder alimentado por la tautología nacionalista, un sexismo socializado, el fanatismo religioso y el positivismo cientificista, aparte de crear el modelo de ciudadano más antinatural de la historia, de disolver la sociedad dentro del Estado para, al final, conducirla al fascismo. Desde el mismo momento en que el socialismo lo asumió como algo preferencial, quedó determinado su destino mientras el poder contaminaba hasta las células más recónditas de la sociedad. En este sentido, la desintegración del socialismo real en 1989 fue solo una formalidad. No se supo ver que, al vaciar de su contenido democrático a los soviets en la Revolución de Octubre, se abrían las puertas al capitalismo y no al socialismo. Los movimientos de liberación nacional tampoco obtuvieron el resultado esperado porque estaban también vinculados de cerca con esta forma de poder. ¿Cómo se iba a conseguir la libertad y la igualdad con un instrumento que lleva implícita la negación de la libertad, la igualdad y la democracia? La democracia quedaba en la cuneta porque era una amenaza para el poder.

De esta forma, el Estado-nación en tanto que protofascismo pasaba cual apisonadora sobre la rica e histórica herencia de la sociedad y condenaba a las tinieblas cualquier esperanza de futuro. Así solo quedaba el Estado-nación, protegido por la religión del nacionalismo positivista, idólatra y objetivista, presentándose como la única verdad posible. Impasible, endiosado, su crueldad terminará en el genocidio. Este monopolio de la fuerza, formado por primera vez al disolverse en un solo bloque la economía, la política, la sociedad y la ideología será la fuente de todos los problemas en los 5.000 años de historia del capital. Está claro que mientras el Estado-nación no sea superado como concepto y aplicación, la lucha por el socialismo solo podía engañarse a sí misma, de la misma forma que mientras el industrialismo no sea concebido como el doble del Estado-nación, no se podrá impedir la metástasis de la ciudad y la destrucción del medio ambiente. Asumir el industrialismo como objetivo revolucionario es el mayor regalo que se ha podido hacer al monopolismo estatal. En el mejor de los casos, podríamos hablar de socialismo faraónico. Y así fue como, hasta su desintegración, el socialismo de la URSS y el de China en la actualidad, con su burda aplicación del industrialismo, se convirtieron en el mejor alimento del sistema capitalista; el que llegaran a ser los modelos más rígidos de Estado-nación y del industrialismo supondría una victoria del capitalismo liberal.

Sería más clarificador darle la vuelta a esta era financiera que se presenta como un sistema económico y ver que, cuando habla de finanzas, se está refiriendo a un poder que llega hasta las últimas células de la sociedad; que cuando se define como económico, no es que esté al margen de la economía sino que va contra la economía, y que cuando se presenta como neoliberal, en realidad se trata de un rígido conservadurismo.
El Estado-nación, el industrialismo y el monopolio financiero son instrumentos no solo para el mantenimiento de la modernidad capitalista sino también de los 5.000 años de civilización. Además, se utilizará estos instrumentos como un arma, hasta que se reestructuren de tal forma que permitan una mayor duración, para domesticar y desactivar las alternativas, forzándolas a conceptualizaciones erróneas e incompletas.
10 . – Los sectores sociales democráticos y pobres apostaron por el caballo equivocado en su histórica lucha. Creyeron que iban a vencer sólo con las armas del enemigo; no supieron utilizar las herramientas adecuadas para sus propuestas libertarias, igualitarias y democráticas.

Y si las desarrollaron, las desecharon rápidamente, tanto si triunfaron en sus objetivos como si fracasaron, ya que las armas de sus rivales les parecían mejores. Tomaron su testigo, tal cual, no solo las técnicas y los instrumentos, también la mentalidad y las instituciones de civilización que ya existían, desde los edificios para los dioses hasta las prendas y mentalidad, desde sus formas de explotación hasta las ficciones autoritarias o, incluso, integrándose en el sistema y pasándose al enemigo. Al final, pues, estaban apostando por el mismo caballo que sus enemigos.

Ya les había pasado lo mismo a los jefes arios y semitas cuando se abalanzaron sobre la civilización sumeria por los cuatro costados; adoptando sus instituciones y mentalidad, les relevaban tomando las riendas o se integraban en su civilización, convirtiéndose en los nuevos siervos. Así se esfumaba una resistencia de los pueblos de miles de años, una heroicidad mítica cuyas alabanzas al son de trompetas y tambores sigue agitando nuestros corazones.

Los apirus, que invadieron Egipto, en su mayoría también terminaron siendo sus esclavos; solo una minoría pudo ocupar cargos burocráticos en los palacios de los faraones. Los hebreos, partícipes tanto de la civilización sumerio-babilónica como de la egipcia y que no dejaron de crear problemas tanto a sí mismos como a los demás, es cierto que no aceptaron ser totalmente esclavizados pero igualmente tampoco lograron una liberación total.

Algo parecido ocurrió con medos y escitas que también se abalanzaron sobre el Imperio Asirio durante trescientos años pero, al final, solamente consiguieron abrir el camino a los imperios de Persia y Urartu, meras copias del imperio destruido. Aquí igualmente solo algunos alcanzaron un estatus militar mientras la mayoría no pasaban de ser siervos como los demás.

Por lo que respecta a la civilización grecorromana, durante quinientos años sufrió el acoso de celtas, godos, hunos, de los pueblos del norte, así como insurrecciones internas de esclavos y un cristianismo representante de los pobres del imperio. Pero, al final, los logros obtenidos no fueron más que el Papado y una mala copia de la corona de Roma adornando la cabeza de algunos jefes tribales. La memoria de millones de valerosos resistentes, muchos de ellos echados como carnaza a los leones, quemados vivos o crucificados, quedaba congelada en el tiempo por los fríos cálculos de la civilización.

Tribus y pueblos como los kurdos, armenios, asirios, griegos, circasianos, árabes o turcos también presentaron resistencia durante setecientos años ante las civilizaciones sasánida, bizantina y sus sucesoras, pero, aparte de algunas coronas en el sultanato, malas copias de las antiguas civilizaciones, dejaron en el camino millones de pobres, siervos y esclavos.

Sobre lo ocurrido con quienes se sublevaron y resistieron contra la civilización capitalista europea ya hemos dado buena cuenta.

Y la herencia de aquellos sistemas organizativos, llenos de valores sagrados, originados en la gran sociedad revolucionaria de la era neolítica y que las sucesivas civilizaciones no han podido destruir pese a la depredación moral y material, siguen afligiendo nuestros corazones, a mi corazón. Debemos considerar estas históricas y legendarias formas de resistencia como si fueran nuestra historia, la historia de la civilización democrática, y tenemos que defender y reescribir la historia de los olvidados, la historia usurpada, no la de los oscuros detentadores de coronas ni de los siervos palaciegos que, encandilados con adornos y entronaciones, traicionaron las labores, resistencias, sublevaciones, el heroísmo y la sabiduría de los pobres de todas las etnias, tribus y pueblos. Esa es la historia de la civilización democrática. Mientras no lo hagamos así, no triunfará la actual lucha por la libertad, la igualdad y la democracia. La historia significa ir a la raíz, y de la misma forma que cualquier ser vivo no puede vivir sin raíces, el ser humano tampoco podrá tomar el camino de una vida libre y honesta si no lo hace sobre su historia social.

La historia de la civilización dominante dice que la suya es la única posible. Se trata de una posición reduccionista y dogmática que debemos rechazar si queremos alcanzar la conciencia de la historia democrática y social. Y que nadie piense que esta historia carece de instituciones, acontecimientos y referencias; al contrario, tiene en este sentido una gran riqueza, tanto o más como la de la civilización; cuenta con mitologías, religiones, filosofías, ciencia, arte, sabios, trovadores y escritores. ¡Solo tenemos que percibirla desde nuestra perspectiva, solo tenemos que seleccionar, distinguir y saber escribirla!
Tampoco estoy diciendo que no aprovechemos las armas, instituciones y mecanismos mentales del enemigo, de nuestros adversarios, pero fundamentalmente debemos basarnos en las nuestras, al menos tanto como nos aprovechemos de las suyas; de esta forma no seremos vencidos, no terminaremos siendo como ellos.

11 . – De todos estos análisis y tesis no se debe concluir, por supuesto, que las civilizaciones están enfrentadas entre sí, en guerras de aniquilación mutua, sin posibilidad alguna de acuerdos. Aparte de que intente superar filosóficamente esta dialéctica aniquiladora, tampoco creo que esa situación responda a la dialéctica universal. Aunque existen posiciones extremas que realmente buscan la destrucción del otro, lo normal es la existencia de interdependencias y desarrollos recíprocos, en la naturaleza de la sociedad funciona más bien esta esencia dialéctica. Este tipo de dinámica no aniquiladora, dispuesta al acuerdo, basada en la simbiosis es la forma básica en las sociedades. Tanto en la historia como en la actualidad, esta es la tendencia mayoritaria mientras que las posturas aniquiladoras, extremistas y excluyentes resultan excepcionales, igual que la especie de los leones es excepcional en el mundo animal.

Está dentro de lo admisible, por lo tanto, que las civilizaciones estatal y democrática tengan puntos de encuentro y puedan convivir sin destruirse mutuamente, pero, para ello, la primera condición debe ser el reconocimiento mutuo, el respeto a las respectivas identidades, sin imposiciones, ni por la fuerza, ni aprovechándose de posiciones de ventaja o dominio porque eso no es una reconciliación sino otra forma de aniquilación; es el camino del poder y la guerra con el que nos hemos encontrado tantas veces en la historia y que todavía está extendido por todos los rincones de la sociedad. Europa y parcialmente Estados Unidos, en tanto que potencias hegemónicas del sistema capitalista, han aprendido la lección de esta práctica aplicada durante cuatrocientos años, e intentan recomponer el Estado-nación sin destruirlo, con uniones federales reforzadas, introduciendo argumentos de los derechos humanos, de la sociedad cívica y de otras formas democráticas. Está claro que se pretende flexibilizar el modelo de Estado-nación, eliminando su antigua rigidez para que siga siendo útil. También en Rusia y China se dan procesos similares. Sin embargo, se mantienen posiciones más duras con países como Corea del Norte, Irak, Siria, Turquía o Irán y otros Estados-nación similares, que insisten en mantener esa rigidez estatal. En este sentido, Irak fue elegido como escarmiento general. En definitiva, intentan salir de una crisis de dimensiones caóticas con el mínimo de perdidas y daño posibles.

Se debate si estamos ante un imperio como el romano. No cabe duda de que existe un control global más eficaz que el de Roma. Independientemente de que nos encontremos ante una potencia hegemónica o ante un imperio, parece indiscutible que se da esa inercia y que intentará mantener el sistema con sucesivas reformas. En este sentido van las nuevas propuestas continentales a semejanza de la Unión Europea en Asia, África y América. En Oriente Medio también se propone un gran proyecto de reforma llamado “Gran Oriente Medio” e igualmente se piensa en transformar la propia ONU. La reordenación económica, social y cultural está a la orden del día. Pese a que atraviesa su fase más caótica, la civilización que tenemos delante y a la que nos dirigimos no permanece con los brazos cruzados.

Ante la pregunta de si en esta situación tiene cabida el espíritu de reconciliación, yo pienso que no hay que excluirlo. De hecho, se ha utilizado con frecuencia a lo largo de la historia y es, precisamente, lo que da resultado. Pero en la medida que la otra parte, enfrentada ideológica, organizativamente o por las libertades, esté debilitada, el sistema sale siempre fortalecido en estos procesos de acercamiento. Es lo que ha ocurrido con la URSS y China. Aprovechando su debilidad, que procede del Estado-nación, el industrialismo y el positivismo de la modernidad, el sistema ha desactivado y asimilado el socialismo real; lo mismo ha ocurrido con los movimientos de liberación nacional y la socialdemocracia, mientras que otras corrientes más radicales simplemente han quedado excluidas.

Pese a ello, la fuerza del sistema no es absoluta. En realidad, está atravesando su periodo más débil. Si, en esta situación, el frente por la civilización democrática no ha obtenido ya los logros esperados y merecidos, se debe fundamentalmente a que no ha sido capaz de llevar a cabo una revolución paradigmática, la aportación científica en la que se tiene que basar, y también porque todavía no ha elaborado un programa, ni ha conseguido una organización y capacidad de acción suficientemente sólidos. El movimiento por la civilización democrática debe construirse en base a defender su verdadera identidad -libertad, igualdad, democracia- y a un profundo análisis sociohistórico, planteando un programa, fórmulas de organización y acción tanto a nivel mundial como regional y local. El Confederalismo Democrático Mundial puede incluir confederaciones democráticas regionales en Asia, África, Europa y Australia pero, sobre todo en Oriente Medio, donde este modelo alcanzará un valor especialmente significativo ante el actual clima de caos.

Hay que abandonar la postura del “todo o nada”, tal y como se ha hecho hasta ahora. La “lucha hasta el final”, “revolución o guerra” y lo opuesto, “la paz universal de Jesús”, no pueden tener éxito ante un fenómeno de poder tan complejo y arraigado. Conseguir acuerdos entre todas las fuerzas del sistema, en el momento y lugar adecuados, parece lo más eficaz, siempre sin abandonar las posiciones por la libertad y transformando las acciones de resistencia, insurrección y construcción en un modelo de vida. Pero debo repetir que debemos ser conscientes de que la civilización democrática es nuestra seña de identidad, y que no debemos difuminarnos y disolvernos dentro de la civilización estatal; siempre que estructuremos y defendamos la civilización democrática, se puede llegar a acuerdos con las fuerzas del sistema.

12 . – Me gustaría finalizar este libro refiriéndome a algunas particularidades de este escrito. Al principio dije que, como método, probaría de combinar categorías de sentido mitológico, religioso, filosófico y científico. Creo haberlo conseguido.

No podemos renunciar a las referencias mitológicas porque la prehistoria, el neolítico, la antigüedad y la historia de la civilización democrática están compuestas en buena parte por mitologías contenidas en epopeyas o en la palabra de los sabios. Si se hace un adecuado análisis sociológico sobre ellas, estoy convencido de que serán una buena contribución para interpretar la historia.

E igualmente estoy seguro de que el punto de vista religioso es un argumento imprescindible para esa explicación histórica, siempre que se haga a través de la sociología porque, en gran medida, la historia también es ocultada por los dogmas religiosos. Y lo mismo ocurre con los hechos sociales, sobre los que la religión suele hacer una peculiar interpretación. Ambas son enormes fuentes de información si nos basamos en un acercamiento sociológico-histórico.
Asimismo resulta obvio que sin la filosofía no se podría escribir la historia. La tesis positivista de que solo se puede hacer historia en base a los fenómenos es absurda y equiparable a la más burda metafísica. En el fondo, también estos planteamientos positivistas son como un mito porque presentan al capital como si no hubiera existido antes, como caído milagrosamente del cielo sobre Europa, traído en la cestita de la cigüeña. El planteamiento positivista es la religión, la versión oficial del capitalismo que representa la era del modernismo y, por lo tanto, de la objetividad idólatra. Por lo tanto, es necesario utilizar la filosofía con frecuencia e intensamente, como método irrenunciable de explicación sociohistórica.
Al hacer hincapié en el análisis científico, me he referido a que las explicaciones no suelen ser en su mayoría ni subjetivas ni objetivas, pero también soy consciente de la similitud entre percepción y fenómeno. En este sentido, mi método científico podría ser calificado como “interpretacionismo”, ya que he utilizado, combinándolas, todas estas fuentes. Está claro que en mi método de análisis no he dado gran peso ni al objetivismo ni al subjetivismo, como puede comprobar fácilmente cualquier entendido en la materia.

Finalmente, pido que se me perdonen las insuficiencias y deficiencias, subrayando que apuesto firmemente por el desarrollo continuo de la fuerza interpretativa, como lo es superar, sin negarla, la dicotomía sujeto-objeto. Si se ha comprendido que estoy reafirmando la fuerza del sentido en todo lo vinculado con la sociedad, entonces seré feliz.

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