Viernes, 06 Diciembre 2019 15:38

Filosofía, crisis y postcapitalismo

Escrito por Damián Pachón Soto
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Filosofía, crisis y postcapitalismo

Ortega y Gasset ha señalado la situación de naufragio como la más propicia para que surja el pensar […] ya que todo da a entender que sólo in extremis el hombre piense […] En el naufragio va la vida. La muerte sería, por lo tanto, la insustituible presencia que hace nacer el pensar.

María Zambrano (2011, p. 70).

Introducción

En esta charla me propongo, en un primer momento, partiendo de Nietzsche, una filosofía del horror del mundo, que genere consciencia sobre el contexto y la realidad que vive la sociedad actual. En un segundo momento, y como reacción ante el horror de la crisis civilizatoria del mundo, se propone la necesidad de una filosofía subversiva que, partiendo de una autocrítica, supere muchas de sus prácticas excluyentes, incorpore la filosofía para niños, traspase su labor exegética y repetitiva y, ante todo, que se convierta en una filosofía militante, comprometida con la construcción de otros mundos posibles. En este sentido, se apuesta por una filosofía contextual, crítica y propositiva que aporte al pensar sociedades post-capitalistas.


La filosofía del horror del mundo.


En Sobre el porvenir de nuestras escuelas de 1872, Nietzsche sostuvo algo que quiero suscribir aquí: “la filosofía debe partir no ya de la maravilla, sino del horror. A quien no esté en condiciones de provocar horror hay que rogarle que deje en paz las cuestiones pedagógicas” (2000, p. 61). Si bien Nietzsche reivindica en esa misma obra el asombro como fuente del filosofar, recalca que el filósofo debe partir del horror del mundo, si se quiere romper con la situación actual. Si quiere estremecer las conciencias ante el mundo brutal que lo rodea. Esto quiere decir que se debe iniciar con un diagnóstico muy preciso de nuestro tiempo, de sus injusticias, sus humillaciones, sus miserias, sus violencias múltiples y estructurales, su desigualdad, su hipocresía, su banalidad, su vulgaridad, sus desequilibrios y su irracionalidad. Es necesario evidenciar el suicidio colectivo de nuestra especie, que se ha convertido en una silenciosa realidad en marcha y patentizar que el peligro y la barbarie parecen ser hoy nuestro único destino común. En este punto, es necesario decir que el horror del mundo de hoy está representado por lo que se ha llamado la crisis civilizatoria o la crisis epocal del capitalismo entendida como la “situación límite en el proceso de reproducción de la vida planetaria” (Arizmendi, 2016, p. 177).


La actual forma de vida atraviesa múltiples crisis simultáneas. La primera de ellas, de la cual, según los expertos no hemos salido, es la crisis económica producto de la sobreproducción, la burbuja inmobiliaria del año 2008 y la sobrefinanciación, y la caída de la tasa de ganancia del capitalismo. Desde ese momento se ha venido hablando de una crisis capitalista consistente en la imposibilidad del capital de seguir revalorizando el valor y aumentando sus beneficios. A esta crisis, que para algunos puede ser peor que la de 1929, debe agregársele la crisis ambiental actual, producto de la contaminación de los ríos y mares; la producción de gases invernadero, la dificultad cada vez mayor que tiene el planeta para reabsorber el CO2, la deforestación de los bosques y el cambio climático, el cual no es una conspiración o un complot marxista como piensan Donald Trump o Jair Bolsonaro, es una realidad. Esta crisis ambiental es producto del uso del carbón, el gas y el petróleo para producir energía. La modernidad se empeña en seguir siendo una modernidad fosilista, extractivista, tal como lo ha sido desde el XVI. Pero hoy vivimos también una crisis energética, pues es claro que esos recursos fósiles son finitos, y aún no se logran sustituir del todo con energías limpias. El agotamiento del petróleo cambiará radicalmente la civilización en unos años, pues con él se mueven los transportes, que, a su vez, mueve las mercancías y, en suma, actualiza la globalización de los mercados.


La crisis ambiental no ha sido mitigada y, más bien, hoy impera lo que el pensador mejicano Luis Arizmendi llama un “planetary management” (Arizmendi, 2016, p. 133), esto es, una administración y gestión de los desastres ambientales como huracanes, terremotos, inundaciones, etcétera, que se producen en el mundo. No se acató el protocolo de Kyoto que se propuso reducir en un 5% las emisiones de gas invernadero en el periodo 2008-2012 y, como se sabe, Estados Unidos, uno de los mayores contaminadores del mundo, se retiró del tratado de Paris. Igualmente, tal como vamos, tampoco se cumplirá el reto de reducir el 25% de las emisiones para el año 2050. Se ha pasado por alto la advertencia de la ONU y el Panel Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC) sobre la posibilidad de que la temperatura global aumente hasta 6.4 grados Celsius a final del siglo XXI, lo cual sería catastrófico para el casco polar y el universo de especies terrestres y marinas.


Esto demuestra que en la era del antropoceno o, mejor, del capitaloceno como la llama Renán Vega Cantor (2019), el hombre aún no ha entendido que él muere en proporción a cada árbol que tala. Y ya no es falta de conciencia de los capitalistas, como podría pensarse. No. Sencillamente el hombre egotista actual ha puesto su bienestar efímero, sus intereses a corto plazo, por encima de la vida natural, la cual es la condición de posibilidad de su propia existencia, pues sin vida biológica no hay vida humana. Este es un verdadero “Crimen contra el porvenir del mundo”, para usar la expresión de María Zambrano (2015, p. 179), por eso equivale a un suicidio colectivo.


La crisis ambiental mundializada ocasiona una crisis ecológica global cuya consecuencia más visible es la pérdida de biodiversidad por destrucción y alteración de los ecosistemas. Sabemos que, en las últimas décadas, el hombre ha desaparecido cerca del 60% de las especies. El hombre no es sólo un super-depredador, sino también, como decía Darío Botero Uribe, “un mamífero transgresor”.


Estas dos crisis, más la lógica de la mercantilización de los alimentos, producen la crisis alimentaria global, crisis relacionada también con las políticas económicas impulsadas por los Estados desarrollados y acogidas por la dirigencia política subalterna y dependiente de los países pobres. Cuando gracias a los Tratados de Libre Comercio, un país no produce sus propios alimentos, y decide importarlos, no sólo debilita su agricultura, sino que se expone a la especulación del precio de los alimentos en el mercado. De esta manera se expropia a los campesinos de sus tierras y se incrementa el monocultivo de ciertos vegetales o ganado para la exportación, minando la soberanía alimentaria de las comunidades, quebrando sus lazos orgánicos de solidaridad, y sometiéndolas a la lógica del mercado. Igualmente, el acaparamiento mundial de tierras, por medio de la compra y el arriendo de millones de hectáreas en el Sur global agravan el problema, pues trasnacionales y países ricos (como China o los países del Golfo) se apoderan de millones de hectáreas en África y en Suramérica (sus recursos hídricos) garantizando la producción de alimentos para sus nacionales e incrementando la cifra de más de mil millones de habitantes del planeta que padecen hambre. También el uso de estas tierras para el monocultivo de palma, caña de azúcar o “necrocombustibles” (Vega, 2019, p, 179), daña la naturaleza, esteriliza la tierra, destruye bosques y condena al hambre a campesinos, indígenas o afros. Dice Luis Arizmendi:


Según la FAO, 30 mil personas fallecen diariamente por hambre, lo que al año significa la muerte de seis millones de niños menores de 5 años. Los cálculos del economista de la Universidad de Yale, Thomas Pogge, son más delicados: evalúa que mueren por causas asociadas a la pobreza extrema 50 mil personas diariamente, entre las cuales se incluyen […] 34 mil menores de 5 años. El funcionamiento de una economía alimentaria mundial subordinada al neoliberalismo constituye una de las dimensiones esenciales del planetary management (2016, p. 181).


Hay que recordar aquí, que hace algunos años Ignacio Ramonet sostuvo que las necesidades nutricionales y también las sanitarias, se podrían solucionar con 13.000 millones de euros, es decir, “lo que los habitantes de Estados Unidos y la Unión Europea se gastan al año en perfumes” (2012, p. 79).


Por otro lado, debe mencionarse el problema de la pobreza mundial, no sólo producto del imperialismo y el colonialismo históricos, que trajeron la esclavitud laboral, la mano de obra barata o mal paga, así como la expoliación directa de los recursos y riquezas naturales en provecho de Europa y Norteamérica, sino a la cada vez mayor precarización de las condiciones laborales, el aumento de la informalidad y la consecuente inseguridad vital que esto genera. Vivimos en la época de la inseguridad vital, en la sociedad del riesgo, donde cada vez es más difícil perpetuar la corporalidad viviente, la vida misma, lo cual es producto de la ausencia de empleos, la falta de seguridad social, de salud y pensiones. El capitalismo ha subsumido, esto es, ha incorporado y subordinado el trabajo y la vida bajo su control y gestión. Es lo que se llama la “subsunción real de la vida y el trabajo por el capital”, extrayendo los reductos de valor para aumentar la ganancia. La seguridad social, el bienestar, los derechos, en fin, todo aquello que alguna vez el Estado social de derecho garantizó en el primer mundo -pues en el nuestro el Estado de bienestar siempre ha sido incompleto o, mejor, sigue siendo una utopía-, es asaltado por el capitalismo en su afán de lucro y aumento del beneficio.


Lo que se le niega al trabajador en seguridad social y bienestar, es apropiado por el capital. Es esto lo que expande la pobreza en el mundo y lo que precariza la vida de las personas, generando exclusión. Así, cada vez más personas se quedan al margen del futuro y son lanzados como carne prescindible al gran basurero de la historia; ya no son los de abajo, sino los de afuera, esto es, los excluidos…aquellos que pueden ser desechados por la civilización.


Para el año 2015, según el Banco Mundial (2018), el 10% de la población mundial vivía con menos de 1, 90 USD, lo que equivale a 736 millones de personas en pobreza extrema. Y según un informe del 17 de octubre de 2018, 3400 millones de personas, casi la mitad de la población mundial vive con menos de 5,50 dólares al día. A esto hay que agregar que, al finalizar el año 2017, el número de desempleados en el mundo era alrededor de 192 millones de personas, lo que equivale al 5,5% de la población mundial, según cifras de la Organización Internacional del Trabajo, OIT. En realidad, es de suponer, que estas cifras de desempleo mundial son superiores, y éste se debe a la cada vez más creciente automatización, la desindustrialización, las políticas neoliberales y la crisis económica mundial en curso. Es decir, el desempleo tiene una multicausalidad y es un futuro inevitable, a menos de que se redistribuya la riqueza, se reduzcan las horas de trabajo a la semana, se instaure el salario básico universal, entre otras posibles alternativas.


En torno al problema de la pobreza, el ya mencionado Thomas Pogge sostiene que entre 1990 y 2005 las muertes asociadas a la pobreza “suman 300 millones: cerca de 20 millones por año, lo que significa más del doble anual de muertes que en la segunda guerra mundial (donde la media anual fue de 8 millones)” (Arizmendi, 2016, p. 51), y cinco veces más que el número de muertos en esa guerra que se ha calculado en 60 millones de personas.


Finalmente, parte de la crisis civilizatoria mundial actual es la crisis demográfica. Hay cerca de 7.500 millones de personas en el planeta. El razonamiento es elemental: ya Malthus, el inspirador de Darwin, sabía que un territorio limitado, con recursos limitados, y con una población creciente, es insostenible y deriva en una lucha a muerte por los recursos. Para allá va el planeta. En los próximos años se viene una lucha salvaje por la perpetuación de la existencia individual, en esta lucha, como dijo el comediógrafo latino Plauto, “homo, homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre. El aumento demográfico acrecienta la crisis ambiental, la pobreza y el desempleo. Por eso se hace urgente un control demográfico bien planificado, no por medio de la guerra que sirve como fungicida de los indeseables, y como dispositivo inmunitario de los privilegiados del mundo, sino regulando seriamente la procreación.


Lo que muere en la civilización actual es una forma de vida. Son los fundamentos, las creencias, los valores y los mitos de esta civilización los que caducan. Ernesto Sábato decía que “las sociedades comienzan a precipitarse cuando sus mitos pierden toda su riqueza y su valor” (2000, p. 60). Y hoy es claro, que los mitos del progreso y del desarrollo que ha enarbolado la modernidad ya no tienen más horizonte, son palabras mágicas, vacías, significantes flotantes; objetos, más bien, de la demagogia política. Hoy “el progreso coincide ya con la regresión” (Eco, 2017, p. 61) o, lo que es lo mismo, es un retro-progreso, un reflujo.


Esta crisis civilizatoria no es natural, es inducida, es producto de la lógica de la acumulación del capitalismo, tendiente a aumentar la ganancia, los beneficios, el rendimiento, el lucro, acudiendo para ello a principios como la competencia, la eficiencia, el éxito, el individualismo, el hedonismo, el consumismo, la autoinculpación por el fracaso; y generando, como consecuencias, desigualdades, injusticias, pobreza, explotación, precarización de la vida, trastorno climático, daño ambiental y ecológico. En fin, como dice Renán Vega Cantor, el capitalismo es el nuevo “meteorito, de origen social y económico, que va a destruir la humanidad y a diversas formas de vida, de manera similar a como un meteorito cósmico destruyó a los dinosaurios hace 65 millones de años” (Vega, 2019, p. 13). Desde este punto de vista, los humanos seremos los dinosaurios del futuro, pero extintos por nuestra propia mano.


Ahora, la crisis civilizatoria explicada, es el horror, el contexto global, del cual debe partir la filosofía. En este caso, la filosofía opera como disolvente de las máscaras que encubren la realidad; opera como crítica que esclarece, ilumina y desentraña la realidad cristalizada y el sentido común conservador sedimentado en la sociedad. En este caso, el filósofo es, como dijo Nietzsche, la “conciencia malvada de su tiempo” (1997, p. 167). En esta operación, la filosofía se vale de las otras disciplinas, para devenir propiamente filosofía social.


Esta es una labor necesaria de la actual filosofía. En este caso, pienso, la filosofía debe operar como herejía contra el presente. Sin embargo, su tarea no termina allí, pues debe seguir cumpliendo las tareas tradicionales que históricamente ha cumplido, debe continuar siendo múltiple, como históricamente lo ha sido. Entre sus funciones ha estado: preparar al hombre para la muerte, como en Socrátes; ser medicina para el alma, como en Ciceron; servir de ayuda a la teología para el esclarecimiento de sus conceptos y hasta de sus dogmas, como en Agustín o Tomás de Aquino; ser cauce de vida como en María Zambrano; debe continuar pulverizando, mediante el análisis del lenguaje, las confusiones metafísicas como en los positivistas lógicos; o ser guía en la búsqueda de la sabiduría como en Kant.


No está demás decir, que solo la filosofía encarnada, vivida, y sentida deviene y desemboca en una determinada sabiduría. Sólo el filósofo auténtico puede llegar a ser sabio, a vivir en libertad, paz, sosiego; o, convulsión interior permanente, si así es su estructura libidinal. La sabiduría madura lentamente en las entrañas del hombre de acuerdo a sus vivencias, sus experiencias y su reflexión sobre ellas. Así, pues, “la sabiduría es la meta, la filosofía el camino” (Comte-Sponville, 2012, p. 135). En estricto sentido, la filosofía es un instrumento, un camino y, en algunos de sus sistemas, un acervo rebosante de sabiduría.


La filosofía como subversión


Visibilizar el horror del mundo puede producir dos efectos contrarios: el primero, la parálisis, con la cual agravamos la situación; el segundo, la reacción creativa que como toda creación abre una nueva ventana de sentido en la historia. Aquí, la filosofía activa dialécticamente la imaginación, la utopía y la esperanza, que nos lanzan en una apuesta por el porvenir, por la historia, por el futuro que seremos. Es el tránsito hacia una filosofía subversiva, una filosofía que le apuesta justamente a la transfiguración del horror del mundo, de su inhumanidad; es una filosofía que le apuesta a la metamorfosis de la realidad en la que se vive. Trans-figurar es ir hacia otra figura; metamorfosear es ir más allá (meta) de la forma vida que tenemos. En ambos casos se trata de una filosofía que contribuye, con sus limitaciones y sus posibilidades, a construir una nueva forma vital, un nuevo orden social. En fin, podemos decir, se trata de la subversión del orden en crisis.


Ahora, ¿a qué alude aquí el concepto subversión? Una de las primeras alusiones a la palabra la encontramos en el romano Cayo Salustio (86-35 a.n.e) en la expresión subvertere leges ac libertatem, esto es “subvertir las leyes y las libertades” que era justamente lo que quería hacer Lucio Sergio Catilina al tomarse el poder en Roma. Desde esta perspectiva, el concepto es tomado de manera negativa, pues hace referencia a la dislocación del orden natural (o naturalizado) y normal de las cosas. La subversión así entendida se refiere a un ataque contra el orden social establecido, podríamos decir, hegemónico. Por eso en los siglos venideros la expresión fue utilizada por los defensores del status quo para deslegitimar a todos aquellos que se opusieron a los sistemas políticos o regímenes sociales imperantes.


La palabra está relacionada con el verbo subvertir, de las raíces latinas sub, que quiere decir abajo, y, vertere, que significa dar vueltas. Así las cosas, subvertir es darle la vuelta a algo desde abajo, desde la raíz, esto es, voltear los pilares de algo. Por eso, el DRAE trae el significado de “trastornar o alterar algo, especialmente el orden establecido”. De ahí se derivan subvertor como revolucionar y subversión como inversión o revolución del orden existente. La palabra también se ha utilizado como adjetivo, cuando se dice “esa doctrina es subversiva”, lo cual, en pleno Renacimiento llevó a la hoguera a más de un hombre heterodoxo. Desde este punto de vista, el adjetivo sirvió para macartizar hombres y doctrinas opuestos a la iglesia. Por eso la expresión se ha usado de manera peyorativa para deslegitimar los intentos de cambio social ya que puede llevar a la anarquía o a la dictadura. Sin embargo, como el lenguaje es también el sedimento de la experiencia, la historia está plagada de ejemplos donde el subversivo de hoy es el revolucionario del mañana; el bandido de ayer es el héroe del presente. Basta pensar en Martín Lutero, en Bolívar o en Espartaco.


En los tres casos citados, la carga moral negativa de la subversión se invierte, pues el subvertor se legitima moralmente frente a un orden injusto; desea organizar la sociedad con otras pautas normativas y valorativas. Es el uso que, en sociología, por ejemplo, le dio en Colombia Orlando Fals Borda, cuando asocia al subvertor no con un criminal sino con alguien que “no sólo destruye lo que cree incongruente, sino que quiere reconstruir dentro de nuevas pautas morales” (2008, p. 32). Desde este punto de vista, el concepto se torna positivo, pues la subversión aparece legitimada cuando un orden social no responde a las necesidades de la gente, cuando se presenta, incluso, una crisis orgánica de una forma de vida.


En el campo filosófico es claro que Sócrates fue un subvertor frente a la astucia filosófica de los sofistas; Platón frente al cúmulo de opiniones esparcidas en la sociedad, aceptadas sin reflexión alguna; o, para hablar de los tiempos modernos, Bacon y Descartes frente a la escolástica tradicional, los ilustrados frente al antiguo régimen feudal en Francia; o Marx, frente a la economía política capitalista. La filosofía, pues, que históricamente ha estado al margen de la sociedad, ha sido también revolucionaria, subversiva.


La filosofía subversiva nace como respuesta ante el horror del mundo, por eso es amiga de lo posible que dormita en las entrañas del presente, del horror mismo. En los ínferos de la realidad anidan alternativas y maneras distintas del ser social.


Ahora, lograr que la filosofía sea subversiva no se alcanza por decreto, requiere, al menos, tres condiciones. En primer lugar, diría que la filosofía tiene que ser profundamente autocrítica de sus propias prácticas. Una filosofía que no critique sus prácticas es una filosofía suicida pues ha renunciado a la reflexión. Por eso, la filosofía tiene que superar su sexismo, su clasismo, su elitismo, su solipsimo, su racismo y hasta su “adultocentrismo” (Kohan, 2000, p. 20). No se puede seguir dudando de las capacidades de la mujer para filosofar, como hacían E.M., Cioran, o en Colombia Rafael Carrillo; tampoco se puede seguir pensando que la filosofía es para una élite aristocrática que aprende a entender como pensaba el filósofo español Eduardo Nicol, y que los demás, incluido el pueblo, es bruto; de la misma manera hay que superar la creencia que dominó en la modernidad, de que la razón tiene un color y que los negros carecen de buen sentido como afirmó el Barón de Monstequieu. Igualmente, hoy hay un creciente movimiento llamado filosofía para niños, derivado de los intentos pioneros de Matthew Lipman en 1969, quien inició el programa Philosophy for children, donde a partir de novelas, ejercicios, juegos, diversos métodos, exploró la formación filosófica de los niños. Por ejemplo, Lipman pensaba que “los personajes de ficción en la novela filosófica pueden servir como modelos de diferentes formas de conducta razonable para los niños reales que están en la clase” (2000, p. 27).


En el caso de la filosofía para niños hay que decir que este movimiento ha originado cuestionamientos interesantes, entre ellas, las diferentes concepciones históricas en torno a la infancia, sus diferencias con la adultez; las discusiones en torno a si los niños carecen de razón y tienen exceso de sensaciones como pensaba Platón; si en la infancia el niño no se reconoce frente al mundo como en la teoría del narcisismo infantil de Freud; si son seres maleables a quienes podemos acuñar a nuestro antojo o, en pocas palabras, si son una versión incompleta o imperfecta de los adultos. Además de estas necesarias discusiones, lo importante es que hay un consenso desde Lipman de que la filosofía practicada desde la infancia favorece la vida democrática, la convivencia, forja la personalidad, construye la individualiudad, fomenta la autonomía, depura la capacidad de juzgar, facilita las habilidades comunicacionales, alimenta la imaginación, entrena dialécticamente el pensamiento para la argumentación, aumenta la capacidad conceptual y propicia el pensamiento crítico de los niños (Cf. Matthews, 2014). Desde luego, no se trata de hacer del niño una máquina filosofante, sino de incluir la filosofía en su vida, como parte del proceso de formación.


Sin ser experto en este tema, es preciso decir que esta labor requiere entrenamiento pedagógico, capacidades empáticas, paciencia, audacia, creatividad y, desde luego, conocimientos sobre el desarrollo cognitivo de los niños. No es una labor para cualquiera.
Las superaciones de las prácticas excluyentes de la filosofía se logran, desde luego, con una mayor democratización de la misma; el diálogo del filósofo con otras disciplinas, la inserción del filósofo en las discusiones públicas y la difusión filosófica en el espacio social y cultural. El filósofo tiene que contribuir al esclarecimiento de su confuso contexto y, en la medida de lo posible, avizorar alternativas. En estos tiempos convulsos, por ejemplo, el filósofo debe contribuir a la reflexión sobre el problema de la crisis, la transformación social, el papel de la violencia, el concepto de revolución y sus límites, la crisis de la democracia, etc. No puede permanecer neutral “como si la condición humana pudiera eludirse” (2015, p. 169).


En segundo lugar, la filosofía subversiva debe superar la práctica “congénitamente profesoral” (2004, p. 11) limitada a la repetición de corrientes, autores y abocada en interminables ejercicios exegéticos de los clásicos. Los clásicos y sus ideas tienen valor, valga decir de paso, por lo que sus discursos contribuyen al esclarecimiento del presente, es decir, al valor de los aportes de los conceptos, teorías, metodologías y herramientas teóricas que nos han legado. Hoy día, a pesar de las múltiples críticas, muchas facultades de filosofía mantienen este modus operandi que más que despertar la pasión por la filosofía, y más que alimentar el pensamiento vivo, castra la reflexión y la creatividad. Nietzsche describió, en 1872, esta práctica profesoral de la siguiente manera:
“ahora se trata de establecer qué ha pensado o no pensado tal o cual filósofo, de ver si tal escrito puede atribuírsele con razón, o bien si hay que preferir tal o cual variante. En los seminarios filosóficos de nuestras universidades, se estimula hoy a nuestros estudiantes a sentir semejante interés neutral por la filosofía” (2000, p. 154).


En tercer lugar, la filosofía subversiva requiere, para superar ese “interés neutral” que denuncia Nietzsche, ser una filosofía comprometida o, mejor, militante. No hay un interés neutral de la investigación filosófica ni científica. Max Weber se estrujó la cabeza tratando de mostrar la neutralidad valorativa en la ciencia y fracasó rotundamente. Esa neutralidad no existe porque no podemos despojarnos ni abstraernos del mundo en que vivimos, sus conflictos, sus ideologías, sus valores, sus intereses. Querámoslo o no, siempre estamos tomando partido.


Esta militancia filosófica debe ser creativa. Si todo orden social está formado por normas, valores, instituciones y técnicas (Fals Borda, 2008), la filosofía debe criticar esos medios de control social, la anomia axiológica que vivimos, las instituciones y cuestionar y proponer una nueva racionalidad técnico-científica. Pero no se puede quedar ahí. Si desea contribuir en la subversión del orden social debe ser creativa y prospectiva y otear otras posibilidades de ser y vivir. No veo ninguna contradicción radical entre la filosofía, la imaginación y la utopía. De este modo, la filosofía ayuda a un renacimiento del hombre y a corregir los desvaríos de la inteligencia humana en pos de la historia que podemos ser.


Conclusiones: hacia sociedades post-capitalistas


Albert Camus decía que “La verdadera generosidad con el porvenir consiste en darlo todo en el presente (2013, p. 37). Es decir, el porvenir es una tarea que empieza cada día, y de hecho es una realidad posible que ya está en marcha, y en la cual la filosofía puede jugar un papel, así sea modesto. En esa tarea la filosofía debe partir críticamente, primero, del horror del mundo que tenemos, poniendo de presente la crisis civilizatoria que padecemos, para así lograr una perturbación radical de la comprensión del presente; y, en segundo lugar, como he mostrado, comprometerse con la construcción y la creación de un mundo alternativo, de otro mundo posible. Es claro que, en la actualidad, un proyecto alternativo anticapitalista, debe luchar contra la lógica de la acumulación, el beneficio, el aumento de la tasa de ganancia y de su base: la producción de mercancías, pues ésta lógica acaba los recursos, daña el medio ambiente, profundiza el cambio climático, mata la vida, la naturaleza y al hombre mismo. No se puede producir ilimitadamente como si los recursos fueran infinitos. El capitalismo tiene límites claros, como el energético, ambiental, demográfico, las posibilidades de innovación tecnológica, límites sociales y laborales. No se puede pretender aumentar indefinidamente los beneficios mientras se destruye el poder adquisitivo de la gente y la fuente de esa riqueza: los seres humanos y la naturaleza misma. El capitalismo tal como opera hoy es anti-natura, o lo cambiamos o perecemos.


Pensar en sociedades post-capitalistas implica: 1º) deslegitimar racional y afectivamente el capitalismo, específicamente su axiología, esto es, sus valores (competencia, egoísmo, hedonismo, exitismo, arribismo, etc.) sustituyéndolos por otros de tipo solidario, cooperativos, empáticos, afectivos; 2º) repensar la triada producción- población-recursos, lo que requiere superar los mitos del progreso y el desarrollismo con sus consecuentes aspiraciones de altos niveles productivos y consumismo; 3º) desmercantilizar la vida y las relaciones sociales, lo cual exige: buscar un equilibrio vitalista entre la naturaleza y el hombre, superar la visión cosificada de la naturaleza, redirigir la racionalidad tecnológica y transformar las relaciones de propiedad y distribución de la riqueza social; al igual que eliminar la escasez y disminuir las horas laborales, aumentando el tiempo libre de ocio creativo y, consecuentemente, reconfigurar la seguridad social (pensiones o renta básica universal). Esta transformación de las relaciones sociales debe ir acompañada por 4º) la mayor expansión democrática posible de los derechos (salud, educación, seguridad vital) y la eliminación de cualquier forma de discriminación y exclusión. Además, 5º) junto a la disminución del consumo se necesita repensar las necesidades básicas y la eliminación de lo que Herbert Marcuse llamó las falsas necesidades. Finalmente, y al margen de aspectos desatendidos, es necesario 6º) superar la modernidad fosilista, creando fuentes alternativas de energía. Todo esto sólo será posible con una transformación radical del modo de producción, el sistema político y la profundización democrática.


Ahora, contribuir en la construcción de sociedades mejores, requiere que la filosofía subversiva, subvierta, trastoque y transforme muchas de sus prácticas habituales, entre ellas, sus múltiples exclusiones y su carácter profesoral exegético, así como su mercantilización patente en el paperfordismo o producción serializada de artículos para revistas indexadas. Debe ser una filosofía que, partiendo del contexto, de las realidades humanas, se eleve a una comprensión holística del mundo y de sus posibilidades.


Por último, la filosofía política, como filosofía militante, debe estar comprometida con la reconstrucción de la democracia y del buen gobierno: “el mundo se ha convertido en un asunto demasiado complicado para dejar que sea gobernado por quienes lo gobernaban antes” (Eco, 2016, p. 455). Hoy, optar por el conformismo y la resignación es votar en blanco. No es tiempo de indiferentes, pues la “indiferencia, como decía Gramsci, es el peso muerto de la historia” (2016, p. 50), es, también, rehuir cobardemente la responsabilidad con el futuro que tendrá el mundo, si ha de tener alguno. Por eso, no hay que claudicar ante las dificultades y ante este mundo pomposamente trivial y cada vez más ignorante, pues aún “en el alma del ignorante hay espacio para una gran idea” (Wilde, 2002, p. 166).

 

Referencias

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  • Autor:Damián Pachón Soto
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