Le monde diplomatique Nº182

Le monde diplomatique Nº182 (6)

Todo se juega en Brasil

 

Las elecciones brasileras definirán el futuro de la integración, la vigencia de la izquierda y la orientación de América Latina en los próximos años.

Sábado, 20 Octubre 2018 18:27

Juegos de guerra

Escrito por
Tutus Mobio

El presidente Nicolás Maduro lo había denunciado una y otra vez: “Pretenden un golpe de Estado”. El hecho reventó ante los ojos de todos el 27 de junio de 2017, cuando un grupo de uniformados lanzó explosivos desde un helicóptero sobre el Tribunal Supremo de Justicia venezolano.


Transcurridos un poco más de doce meses, el pasado 4 de agosto una nueva operación militar con explosivos, esta vez transportados por drones, pretendía la muerte del propio jefe de Estado, parte del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de este país, así como de su equipo de gobierno, mientras presenciaban una parada militar con ocasión de la celebración de los 81 años de la Guardia Nacional Bolivariana.


Entre uno y otro año, las denuncias de complot efectuadas por Maduro, y de acuerdo al propio gobierno venezolano, fueron neutralizadas tras la detención en marzo pasado de numerosos e importantes oficiales del Ejército de aquel país, entre ellos los tenientes coroneles Iver Chaparro, del batallón de tanques en la ciudadela militar de Caracas; Henry Medina, del batallón de apoyo logístico en la frontera suroeste con Colombia; Deivis Marrero y Victoriano Soto, comandantes de batallones en el centro-norte del país.


En ese mismo mes fue detenido el general de tres estrellas (r) retirado Miguel Rodríguez Torres, acusado de conspirar contra el Gobierno (1).


En mayo de 2018, dos meses después de lo relacionado, todo parece indicar que, como parte de una operación clandestina para impedir la concreción de las elecciones legislativas efectuadas de manera anticipada el 20 de mayo –comicios no reconocidos por una parte importante de los países miembros de las Naciones Unidas–, fue frustrado un golpe militar con la detención secreta de “[…] varias decenas de oficiales acusados de preparar un golpe ese mes” (2).


Son aquellas unas maniobras conspirativas y movimientos de fuerzas sincronizadas con toda una operación de sabotaje y bloqueo económico, dirigidas desde el gobierno de los Estados Unidos, que aprobó en agosto de 2017 un conjunto de sanciones económicas con las cuales torpedea “[…] la línea de flotación financiera de un país que consigue con la exportación de petróleo 96 de cada 100 dólares en divisas y que, debido a la necesidad de importar alimentos, medicinas y bienes de primera necesidad, tiene una gran dependencia del sector exterior” (3).


Como se puede deducir de lo decidido por Washington, se trata de una operación tenaza diseñada para producir descontento interno, así como ingobernabilidad, piso necesario para una triunfante conspiración militar. Lo primero funcionó, tras el recrudecimiento del desabastecimiento de alimentos que ya padecían los sectores populares que allí habitan, hecho intrínsecamente ligado a la crisis económica que desde hace años, y con indicadores cada vez más dantescos, lleva al país a la deriva. Como consecuencia de ello, llegó la multiplicación de la emigración de miles de sus pobladores populares (4), lo que tensionó las relaciones con varios países suramericanos, los mismos que denuncian una crisis humanitaria y, por tanto, la necesidad de la intervención de las Naciones Unidas para remediarla.


El gobierno venezolano se niega a reconocer tal crisis, seguramente temiendo lo sucedido con países como Haití y similares, pero también argumentando que vecinos suyos como Colombia viven desde décadas atrás una constante sangría de sus connacionales, sin que por tal circunstancia aquellos se hagan merecedores de intervención alguna por parte de organismos multilaterales.


Se trata entonces de presiones que ahora ganan mayor ribete pero que vienen desde hace meses, e incluso años, hoy por boca de Luis Almagro, secretario general de la OEA, quien una y otra vez demanda sanciones contra el gobierno que califica de dictadura, y quien el pasado 15 de septiembre aseguró que “en cuanto a intervención militar para derrocar al régimen de Nicolás Maduro, creo que no debemos descartar ninguna opción” (5), declaración ante la cual el llamado Grupo de Lima deslindó posiciones al rechazar cualquier acción o declaración que conlleve una intervención militar contra Venezuela, acuerdo que no fue firmado por Colombia.


A tono con lo afirmado por Almagro, y como si se tratara de una polifonía ensayada sobre las tablas de la geopolítica global, con una agenda destinada a legitimar no sólo el aislamiento del gobierno venezolano sino igualmente su derrocamiento a través de una operación militar, diversos voceros de sus pares latinoamericanos desnudaron sus intereses y alzaron la voz, sincronizada también con informaciones filtradas que ahora confirman que, en 2017, Trump presionó para “[…] llevar adelante una intervención militar en Venezuela” (6).


Para la muestra un botón. Haciendo eco de lo expresado por el secretario general de la OEA, el embajador de Colombia ante los Estados Unidos, Francisco Santos, enfatizó: “Se han oído voces sobre operaciones militares unilaterales. Creemos que debe darse una respuesta colectiva a la crisis (en Venezuela), pero también creemos, déjenme ser muy claro, que todas las opciones deben considerarse. Y que el régimen de Maduro debe ser presionado política, económica y estratégicamente en todos los niveles”, agregando que “es muy tarde y ‘muy inocente’ pensar que la solución ocurrirá sin un cambio de régimen” (7).


Tales declaraciones dejan al desnudo las reales contradicciones que han tomado cuerpo en nuestro continente entre los poderes realmente existentes, los cuales, como es el caso del que domina en Colombia, a la par que secundan al gobierno de Estados Unidos en su agenda regional, intentan recuperar el mercado perdido con su vecino, el mismo que llegó a representarle más de seis mil millones de dólares-año. Son declaraciones, estas y otras, que parecen no reparar en el significado y la consecuencia de una operación militar sobre este país, la misma que, sin duda alguna, estallaría en todo nuestro subcontinente, y más allá, como un polvorín.

Aunque el ejército venezolano no es tan numeroso y potente en su arsenal, además de diestro, como, por ejemplo, el de Colombia, o tan fuerte como para aguantar una operación en contra suya de múltiples ejércitos, no se debe olvidar que, como país andino, cuenta con selvas y bosques tropicales donde puede replegarse una fuerza armada, dando paso a una guerra de guerrillas y con ello a una confrontación militar que se extendería allende sus fronteras, sin olvidar que este país, además de andino, es caribeño, por lo cual limita con Colombia y también con Guayana y Brasil, e incluso tiene límites marítimos con Estados Unidos, República Dominicana, Francia, los Países Bajos y Trinidad y Tobago.


Es decir, de darse lo que de manera irresponsable desean unos y otros voceros de los poderes tradicionales, estaríamos ante una confrontación que iría más allá de lo padecido por Siria y en la cual también entrarían a terciar, de manera directa e indirecta, países como Cuba, Nicaragua y Bolivia, en este caso a favor del gobierno de Maduro, pero también Rusia y China (que aprobó recientemente un importante empréstito al país suramericano), además de enviar uno de sus barcos militares en misión médica, sin duda un suceso de alta significación geopolítica en la disputa global que ya vive con Estados Unidos, que empieza a ver aruñado su siempre referido y por más de un siglo dominado “patio trasero”. Indiscutiblemente, algo similar, aunque sin el peligro de desestabilización que representó la crisis de los cohetes en la década de los años 60 del siglo XX, y como parte de la Guerra Fría, escenificada entre Estados Unidos y la hoy extinta Unión Soviética.

De darse esta intervención militar, dispararía la migración de los nacionales de aquel país por toda la región, permitiéndonos comprobar que lo que hasta ahora estamos viviendo es apenas una mínima expresión del desastre humanitario que propician todas las guerras, más aún cuando entra en los parámetros de las de última generación, es decir, con “operaciones quirúrgicas” producto de la selección y bombardeo de blancos desde el aire o desde posiciones en altamar, muchas de ellas con “daños colaterales”, como dicen los voceros militares, es decir, con el asesinato de cientos de civiles. La hambruna y la devastación de la deteriorada infraestructura petrolera del hermano país también entrarían en escena, y con ello el colapso ambiental sobre ríos como el Orinoco y el mar Caribe. Una guerra civil también pudiera ser estimulada, con consecuencias indeseables.


Nada de esto debe suceder. Esta es la obligación que recae sobre la sociedad civil de todos nuestros países, que deben exigir a sus respectivos gobiernos que acaten el Derecho Internacional y, por ello, no olviden que el respeto a la soberanía de cada Estado-nación es baluarte de los tratados que regulan las relaciones internacionales, y, por ello mismo, recordar que, más allá de las afinidades o diferencias que se tengan con uno u otro, es a su pueblo a quien le compete resolver sus contradicciones y dar cuenta de sus gobernantes o afincarles en el poder.


No se debe olvidar, en todo caso, que en el particular que nos ocupa, por lo menos desde 2002, con el golpe de Estado sufrido por Hugo Chávez, los poderes regionales y otros, situados más allá de estos territorios, como España, no han ocultado su desavenencia con un proyecto político que en el discurso proyecta ir más allá de lo establecido y de los poderes tradicionales, aunque con resultados contrarios a la raíz histórica de lo enunciado una y otra vez. Y la sustancia real de la contradicción es que sus intereses económicos en el país vecino están comprometidos.


Son tiempos de alta tensión los que vivimos en nuestra subregión, y el destino de toda ella pende de lo que estén urdiendo en las cancillerías y las salas de operaciones de las Fuerzas Armadas, así como de la voluntad soberana de los pueblos de todos nuestros países.

 

1. Este general fue jefe de la policía política (Sebin) durante el gobierno de Chávez, ministro del Interior en el primer año de Maduro (2013) y, tras su retiro, dirigía una pequeña formación política opositora llamada Movimiento Desafío de Todos.
2. Márquez Humberto, “Espadas sobre la cabeza de Maduro”,
https://www.desdeabajo.info/buscar.html?searchword=humberto%20marquez&searchphrase=all.
3. Daniel García Marco, Qué significan para la golpeada economía de Venezuela las sanciones financieras de Estados Unidos. BBC Mundo, 25 de agosto 2017.
4. “La OIM registraba el 27 de febrero de 2018 600.000 emigrantes venezolanos que llegaron a Colombia y 1.642.442 repartidos en todo el mundo, incluso Estados nidos y la Unión Europea. (https://www.eltiempo.com/datos/cuantos-venezolanos-estan-saliendo-de-su-pais-y-a-donde-se-dirigen-189354). Al 15 de agosto de 2018 registra 2.328.442 emigrantes venezolanos repartidos en todo el mundo –un aumento de unos 700.000 en medio año. Una parte de ellos son colombianos que retornaban a su país
(http://robuenosaires.iom.int/sites/default/files/Informes/RAP-External-SitRep-No.5.pdf)./ La Oficina de Migraciones de Colombia registra el primero de septiembre de 2018 935.614 inmigrantes sin diferenciar su nacionalidad, en que más de 250.000 son inmigrantes colombianos que vuelven de Venezuela (https://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/hay-935-000-venezolanos-en-colombia-segun-migracion-colombia-263096)./ La ACNUR-ONU registra en diciembre de 2017: 502.834 migrantes venezolanos (repartidos en varios países), 191.622 migrantes colombianos nuevos (en varios países), de los cuales 100.000 llegaron a Venezuela (http://www.acnur.org/5b2956a04.pdf#zoom=95)./ Colombia produjo en 2016 el mayor número de refugiados en la región debido a la guerra interna; la mayoría de ellos vive en Venezuela y Ecuador. ”Fuente: Informe de la OIM de 2018 (a partir de cifras de 2016): (página 78, 
Venezuela integró a los inmigrantes en su sistema social sin pedir ayuda, lo mismo Ecuador. ¿Alguna vez se oyó hablar de una reunión de urgencia de la OEA al respecto? (http://robuenosaires.iom.int/sites/default/files/Documentos%20PDFs/Informe_Tendencias_Migratorias_Am%C3%A9rica_del_Sur_N1_SP.pdf)./ A la vez, Venezuela recibió en 2017 unos 100.000 nuevos inmigrantes colombianos, que siguen huyendo de conflictos armados aún presentes en las regiones fronterizas de su país ( https://publications.iom.int/system/files/pdf/wmr_2018_en.pdf)./ Kuehnle, Gabriele, “Crisis migratoria y los colombiano-venezolanos, según cifras oficiales”, www.rebelión.org.
5. “Jefe de la OEA dice que no se debe descartar una intervención militar contra Maduro”, https://elcomercio.pe/mundo/latinoamerica/.
6. Josefina Blanco, panampost.com, julio 4/2018.
7. https://cnnespanol.cnn.

Sábado, 20 Octubre 2018 17:55

De la democracia en Estados Unidos

Escrito por
Tutus Mobio, Candgold gosser beer (Cortesía del autor)

El mundo no se libró aún de la política estadounidense… Hasta ahora, las elecciones de medio término raramente eran decisivas, aun cuando provocaban una alteración de la mayoría. En 1994, el tsunami republicano había aniquilado sobre todo las resistencias de los demócratas a la política penal represiva y a la estrategia comercial librecambista de su presidente; en 2010, la escalada conservadora del Tea Party paralizó a Barack Obama, pero en un momento en que su eslogan de campaña, “Esperanza y cambio”, ya no era más que el recuerdo amargo de una ocasión perdida (1).

El escrutinio legislativo del 6 de noviembre próximo marcará en cambio una nueva etapa en la polarización política de Estados Unidos, ese torbellino que desde hace dos años precipitó la desestabilización del orden internacional. Porque el voto determinará el destino del ocupante de la Casa Blanca. Muy decidido a volver a presentarse en 2020, Donald Trump obsesiona a tal punto a cada uno de los dos campos que pareciera que les comió el cerebro. Sus adversarios lo acusan de ser un traidor que intenta socavar la Alianza Atlántica y los valores democráticos de Occidente. Él replica que sus acusadores son los auxiliares de las pandillas de América Central, las MS-13 (Mara Salvatrucha) que siembran el terror en Estados Unidos. Amplificados por las redes sociales, esos arrebatos de paranoia se convirtieron en una música de fondo que ya no marca ninguna interrupción postelectoral. En consecuencia, los dos partidos dejaron de ponerse de acuerdo sobre las reglas de juego de su enfrentamiento, esa “democracia estadounidense” de la que estaban tan orgullosos que todos la presentaban como modelo para el planeta en su totalidad.

Régimen oligárquico

Cuando no lo califican directamente de fascista, muchos demócratas ven en Trump a un “caniche de Putin” que debe su victoria a un modo de escrutinio sesgado en su contra (lo que no es falso) y a las fake news elaboradas minuciosamente por Moscú (una exageración reforzada por una obsesión). Si el Partido Demócrata recupera la mayoría en el Congreso, estará tentado de multiplicar las comisiones de investigación y de entablar un procedimiento de destitución contra el Presidente (2).

Semejante perspectiva atiza la ira de los partidarios de Trump, que siguen siendo numerosos, ardientes y de buena gana dispuestos a creerse perseguidos. En su opinión, precisamente cuando el balance económico de su héroe es halagüeño, los medios, las elites intelectuales y el “Estado profundo” se encarnizan en impedirle gobernar. Lejos de abrumarlos, una derrota en noviembre próximo los alentaría a creer que esa conspiración, el fraude electoral y el voto de inmigrantes clandestinos son la causa de sus sinsabores.

Dos electores estadounidenses de cada tres ya están convencidos: “El sistema está trucado en contra del estadounidense medio”; republicanos y demócratas por lo menos coinciden en ese punto (3). Y tienen razón en creerlo, porque la oligarquía es su régimen común. Pero el tenor actual de su enfrentamiento, personalizado al extremo, sugiere que la salvación de ese estadounidense medio no está a la vuelta de la esquina.

 

1. Véase Eric Alterman, “Profunda decepción con el presidente Obama”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, octubre de 2011.
2. Que no tendría éxito a menos que la votaran dos tercios de los senadores.
3. Setenta y cinco por ciento de los demócratas y cerca del 60% de los republicanos piensan eso. Gerald Seib, “The dangers of losing faith in democracy”, The Wall Street Journal, Nueva York, 4-7-18.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Víctor Goldstein

Tutus Mobio, Attache Bretteles (Cortesía del autor)

Un ciudadano puede llegar a ser príncipe sin necesidad de cometer crímenes horrendos y violencias censurables […] Pero nadie alcanza esa soberanía sin el favor del pueblo o de los magnates.
El príncipe, Maquiavelo, IX, 1.

 

A mitad del camino de la vida me encontraba en una selva oscura, con la senda izquierda embolatada por tan nefasta hegemonía centro-democrática. ¡Ah!, decir cuál selva era es cosa dura, pero quizás no me equivoque si digo era en la montaña, por lados de Ríonegro donde una señal indicaba: El libérrimo y me di cuenta de que esta selva salvaje era áspera y fuerte y solo pensar en ella renovó mi pavura, aun más cuando divisé a la distancia un caballista que venía de un socavón, y sin que él se percatase quise acercarme, más por candidez y necedad que por coraje, y a medida que avanzaba definí los contornos de la imagen: un sofisticado ejemplar de paso fino colombiano, y sobre él, casi momificado como un Cid yerto sobre Babieca, erguido y altivo, el montador, fajado por la costilla rota por donde parió al nuevo presidente, y sobre la testa dura, suave sombrero aguadeño. Lo qué más llamó mi atención: su rostro, que no emanaba luz alguna, al contrario, destellaba sombras siniestras como si se tratara de uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Tras llegar al cerro que subía allí donde aquel valle terminaba, y a medida que seguía al jinete, observé que se acercó a una caverna oscura, como la descrita por Domingo de Santo Tomás, en 1550, obispo de La Plata, Bolivia, al contemplar las minas de argento: «boca del infierno por la cual entra cada año gran cantidad de gente, que la codicia de los españoles sacrifica a su dios, y es una mina de plata que se llama Potosí». Solo que esta era la entrada al mismísimo Infierno.

De pronto el jinete cambió de opinión y se alejó, quizás llamado a atender la posesión de quien él dijo. Mientras me deslizaba en la pendiente, descubrí a quien en un inicio por mudo tomé, por lo silente. Grité: «¡apiádate de mi, ya seas sombra o seas hombre cierto!» Allí parecía aguardarme ese hombre, viejo y encorvado, al que vi la barba y la alta pipa, y dije, «este es un poeta», por revelárseme como un ventripotente agrómena de jipa a quien por un capricho de su caletre obtuso se le antojó fingirse paraísos, cuando no infiernos.

Saqué fuerzas de donde no las tengo y me dirigí, con voz entrecortada: «¿No es usted aquel León rugiente, y acaso aquella que cuelga de su boca la agreste pipa del loco Legrís, ministril, trovero y juglar de alma singular, el Gaspar de la Nuit, el mismo Matías Aldecoa, también conocido como Sergio Stepansky?» ¿«El mismo», respondió sin titubear. «¿Y qué hace por estas lúgubres cavernas que prometen llevar al más horrible confín de la tierra?», pregunté, asombrado. Me miró con tristeza y confesó: «Jugué mi vida, ¡Bien poca valía! ¡La llevaba perdida sin remedio!» Y añadió: «Por tu bien, pienso y discierno que me sigas; yo seré tu guía, y he de llevarte al lugar eterno». Así, que acompañado de tan egregia figura no titubeé: «Poeta, pues llévame donde ahora has prometido», y me dejé guiar y fuimos adentrándonos en ese horrible socavón que despedía vapores sulfurosos y fétidos, y me di cuenta era la hacienda del funesto caballista.

Arribamos a un letrero chamuscado, pero legible: «Por mi se va al país doliente, por mi se va al eterno dolor, por mi se va con la perdida gente. Perded toda esperanza al traspasarme, tanto aquel que votó por mi (o por el que dije) y aquél que fue derrotado por mi (o por el que dije), pues libre, libérrimo, será de todo delirio utópico de un país mejor, más justo y con menos desigualdad. Bienvenidos al autentico “Libérrimo”.

El maestro tomó mi mano y me ayudó a cruzar un río en una barcaza endeble que amenazaba colapsar y ser devorada por la corriente de llamas. Tan pronto tocamos orilla escuché llantos, suspiros y ayes resonando en el aire sin estrellas y, por ello, a llorar empecé. Yo, que de horror sentíame embriagado, clamé: «Maestro, ¿cuál es ese ruido? ¿Qué gente, qué dolor la ha golpeado?» Respondió: «Son los avaros, pícaros y ladrones que roban a su pueblo».

Era lugar infestado de almas que se empujan unas a otras, con el pecho bregando y chocando entre sí, disputándose el más mínimo espacio. «Y entonces –señaló el maestro–, son tantos que no caben en este círculo. Mira –dijo, y señaló–, aquí están los más corruptos de los corruptos: Allí, el del Guavio, Puyo Velasco, allá Rodríguez, el de Foncolpuertos, allá, Albornoz, el de la Dirección Nacional de Estupefacientes, y allá, Tomás Jaramillo y Juan Carlos Ortiz, los pillos de Interbolsa; por este lado alcanzas ver a don Samuel Moreno, el del carrusel de la contratación; allá, Palacino, el de Saludcoop; detrás de él, el abogado Víctor Pacheco, de Fidupetrol; y más allá, esos cuatro que conversan en susurros son los de Odebrecht: el exsenador Otto Bula, el exviceministro de Transporte, Gabriel García Morales, el ingeniero y contratista Alberto Cardona y el fiscal Rodrigo Aldana; más allá, pero distinguibles, los de Plan Alimentario Escolar y también la caterva de Reficar, y los yidispolíticos, más los ocho mil implicados del proceso 8000. Tantos y tantos que, si quisiera nombrártelos, no terminamos en un año…».

Y yo, que no salía del asombro, atiné a balbucear: «Maestro, ¿acaso todos los que viven en el Libérrimo, son colombianos?». El maestro sacudió la cabeza, desesperanzado: «Son tantos los compatriotas que quieren venir aquí que el Ángel Caído creó un pabellón especial del Averno, como en La Picota los paras, únicamente para los que cantamos el Oh Gloria inmarcesible. Es el país de mierda que nos dejó, primero, el general Hermógenes Maza, y luego el periodista Cesar Augusto Londoño el día que mataron a Jaime Garzón».

Y continuamos descendiendo hasta otro circulo, el de hombres que su faz era de justos, tan benignos sus cueros parecían; más el resto era de reptil adusto: pelos en ambas garras les nacían, y su pecho, su espalda y sus costados pintados de nudos. «El circulo de los usureros» anotó el sabio maestro: «el de los banqueros quebrados y enriquecidos con el dinero de los ahorradores. Allá, Pedro A. López, padre y abuelo de López Pumarejo y López Michelsen; también Carlos Alberto Sánchez Rojas, “El Conejo Millonario; Félix Correa, Jaime Michelsen y los expresidentes y miembros de las juntas directivas del Banco del Estado, el Banco del Pacífico, el Banco Andino y el Banco Central Hipotecario. Tampoco faltan los piramideros como don DMG y otros que se enriquecieron financiando viviendas a precio de usura y luego arrancándoselas a aquellos que ellos financiaron. Mira al Señor de los Avales, por solo mencionarte uno de tantos.

«Ahora llegamos al círculo de los archimillonarios. No falta ninguno». «Ahora entiendo –comenté–, por qué Cristo decía que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos. ¡No sabía de tantos millonarios en Colombia! «No creas –aclaró el maestro–, son setenta mil, lo que sucede es que se ven hacinados, y no pueden gozar de los palacetes que tuvieron en vida. Pero ahí donde los ves, apenas el 0.14 por ciento de la población poseen el 99 por ciento de la riqueza colombiana. No falta ninguno, los Santodomingo, padre e hijos; Ardila, el Sarmiento que se la pasa de un círculo a otro, Gilinski, y para no mencionarte los paperos, los transportadores, los floricultores, los industriales, los contrabandistas, y comerciantes que todos conocemos.

«Mira este otro círculo, el de empresarios de los infames carteles que hacen acuerdos con sus competidores para fijar precios, para obstruir el mercado, para repartirse geográficamente la torta: los cementeros, los de los cuadernos, los de los pañales desechables, los del azúcar, los del arroz, los del papel higiénico, los de los refrigerios, los de los alimentos, los de los medicamentos, y los de la contratación estatal. ¿Ves como está atestado este Círculo del Libérrimo?»

«Y este otro circulo tan triste: periodistas vendidos al gran capital, que reciben sobres, dádivas, viajes, puestos, nombramientos y prebendas por ensalzar y escribir bien de sus patrocinadores. Allí están directores de noticieros de la mañana, del final de la tarde, de los programas seudo-humorísticos, los que ostentan su inglés con los entrevistados y los que pertenecen a la ultraderecha y sus fundamentalismos. Ellos comparten también el circulo con los pensadores, escritores e intelectuales pusilánimes que miran a un lado sin denunciar lo que pasa delante de sus ojos, aquellos que prefieren hablar de temas frívolos y no agarran el toro por los cuernos. ¿Ves la cantidad tan grande que hay?».

Llegamos al círculo de los más deplorables: los que han tenido a este país en guerra, tantos y tantos años. Allí, una mezcla de todo: políticos, ganaderos, latifundistas, subversivos, militares, paramilitares, presidentes, gobernadores, alcaldes y, en lugar especial, los intelectuales de grandes crímenes. «Mira a Santander, Santofimio, José Miguel Narváez; al arzobispo de Bogotá de 1914 y a los jefes liberales del 48...».

En medio de tanta algarabía de gritos por los horrores que padecían, escuché dos almas que parecían trabadas en un altercado personal. Una gritaba: «¡Estás agachado!» y la otra reviraba: «Eso es tranque y a virarse», y, de nuevo la primera: «me quedo» y solo tras aguzar mi visión dilucidé que jugaban al dominó. Se me hicieron conocidas, almas de dos viejos zorros: el uno de camisa a cuadritos azules, quepí camuflado y toalla al hombro para secarse el infernal calor del lugar, al hombre una carabina M1; el otro, recostado entre sus piernas un bastón y, terciada al hombro, como para darle equilibrio, una inmensa motosierra –hasta aquí llegan los adelantos de la ciencia, antes eran machetes chulavitas–. El maestro me sacó de la duda: «Nada menos que Tirofijo y Laureano. ¿Qué te parece?». Y sacudí la cabeza: «Hay que estar en el Infierno para ver cómo se juntan. Ahora entiendo por qué dicen que es probable que sea preferible el paraíso, por el clima, pero nada igual al Infierno para una buena compañía».

No quisimos interrumpir la violenta partida que se desarrollaba entre imprecación e imprecación, salpicada de risotadas y burlas de los dos. En algún momento, cuando Laureano pensaba la próxima jugada, Tirofijo espetó: «usted debía vivir alacraneado, por que siempre tenía esa cara de feroz»; a lo que el otro azotó con violencia una ficha y gritó: «¡el Duque!» y yo casi salgo despavorido a perderme de pensar que hasta aquí se nos había metido el Hombre de la Cabeza Enjabonada, pero el maestro me retuvo: «Tranquilo, home, que el Duque anda suelto allá en la superficie, a lo largo y ancho de la geografía nacional, aquí Laureano se refiere a la ficha del número dos, es decir la que tiene dos puntos». Aliviado por la aclaración, continué observando la partida y el diálogo entre ambos condenados. Don Tirofijo anotó, entre dientes: «Fueron muchos los años que anduve por el monte gatiando en esa lucha. Muchas las carreras a los berriondazos. Todo ¿para qué? El mucharejo ese del Timo Che, que yo tanto apreciaba, mire lo que hizo a los muchachos, les hizo entregar las armas y vea...». Laureano se frotó las manos y soltó una satánica carcajada: «Ahora los tengo a tiro de as, ahí los vamos bajando uno a uno, como patos en feria de ciudad de hierro». Sentí náuseas de ver el maquiavelismo de este hombre y tuve que sostenerme del brazo del maestro para no caer en la llamarada donde conversaba este par.

Observé algo insólito: detrás de la butaca donde se sentaba Tirofijo había una biblioteca con libros que, a pesar de las llamas que cundían por toda parte, no se quemaban. Entendí que aquí, ahora, este campesino iletrado se había dedicado a instruirse, cosa que en vida le sobraba pues su astucia reemplazaba cualquier necesidad de ilustración.

Laureano escrutó a su oponente y señaló: «Ustedes ahora se jodieron, nosotros tenemos un Príncipe en el trono de Nariño». A lo que Tirofijo respondió: «¿Se refiere al Príncipe del que sigue siendo el Rey?». «A ese», ratificó el viejo del bastón y la motosierra.

Y Tirofijo achicó aun más los ojos y preguntó, señalándole un libro que tenía en la mano: «¿Usted si sabe que su Príncipito es admirador confeso del Príncipe de Maquiavelo?». Y le extendió dos libros: «Vea viejito, entérese: Este es de su Ivancho, se llama Maquiavelo en Colombia; el otro es del taita, ya entenderá entonces de dónde sacó el príncipe gordito su vocación maquiavélica. Se llama Semblanza de Maquiavelo. ¿Se da cuenta? En su propia casa se formó en esas ideas tan peculiares sobre el poder y la manipulación de los pueblos. Luego pulió sus conocimientos con su mentor, el Rey, el eterno presidente de Colombia, que es muy avispado, para qué; mire no más cómo tiene embobado a más de medio país.

Laureano se encogió de hombros y se limitó a expresar: «A mí el país me tiene muy tranquilo, Monseñor Ordoñez me mantiene bien informado de todo lo que sucede allá, además él tiene puerta giratoria para entrar y salir de aquí como Pedro por su casa. Colombia no puede estar en mejores manos».

A lo cual Tirofijo objetó: «Y ahora el Duque, es decir el Príncipe, es decir, el Rey –¿no es acaso esa Trinidad un único y maquiavélico cerebro?–, con su erudito conocimiento del Efecto Naranja y la economía naranja ahora podrá esquilmar a la clase media y terminar de joder al pueblo. ¡Que horror!», y sacudió la cabeza. Y continuó: «Un gobierno de oligarcas para oligarcas. El jovencito no lleva un mes en el poder y ya anunció que va lanza en ristre contra la clase media para ponerla a tributar más y así quitarle o bajarle impuestos a los ricos y a las grandes empresas. Y también que quiere dejarse convencer de la ministra de las bondades de la vaina esa del fracking que a mi me suena a que las petroleras se vestirán de frac para robarse hasta la última gota de gas y petróleo de nuestro rejodido país».

«¡Pero si la salvación de Colombia es la economía naranja!» gritó Laureano y azotó una ficha sobre la mesa de juego. Y el otro respondió: «¡A mi me sabe esa naranja a picho, y una fruta picha sabe horrible!» y azotó, a su vez, una ficha y gritó: «¡La peste!». Y era un siete, la ficha que no le gusta a nadie. «No, viejo Tiro –apuntó Laureano–, no se engañe, mire que el Duque de la cabeza enjabonada sabe lo que hace. Voy a regalarle, ya que a usted le gusta leerlo tanto, otro libro de Duque: se llama El efecto naranja. Guardadas las proporciones es como el Mein Kampf de mi gran ídolo, el sargento Adolfito. Ahora que lo veo tan instruido sabrá que todo cuanto dijo el frustrado artista de acuarelas en su libro, después lo cumplió; así que nadie debería sorprenderse de lo que hicieron los nazis en el poder».

A lo que Tirofijo respondió sin pestañear: «Pues mire, don Laureano, que ya me leí El efecto naranja, y se me ha helado la sangre. En ese libraco color naranja podrida se nota el talante del Príncipe de cabeza enjabonada: la admiración con rodilleras por el Tio Sam, su veneración por las multinacionales, en especial empresas como Google y Facebook -fíjese a quién nombró ministra de las TIC–, su desprecio por las denuncias de Assange, y su apuesta por lo que se ha llamado “industrias creativas” o la “economía creativa”; aquello a lo que él se refiere como la economía naranja. Bajo la falacia de estimular y aprovechar la capacidad creativa de artistas, intelectuales, pensadores, en realidad se abre paso a un mecanismo, en esta economía naranja picha, para que de forma descarada se roben el derecho de los auténticos creadores y se les entregue a los comercializadores. Es decir, el negocio no es para quien de verdad crea, inventa o desarrolla ideas artísticas sino para quien las comercializa; es decir, las grandes multinacionales; una vez más, sus amigotas, las multinacionales del entretenimiento, la diversión, el cine, la música, las editoriales. Todas esas que viven del talento de otros y se quedan con los réditos. Ahora sí que se va a trepar la carestía, mi estimado don Laureano».

«¡No!», protestó el anciano del bastón y la motosierra. «Este señor es muy ilustrado. Fíjese, estudió y aprendió muchísimo en las universidades de Georgetown y Harvard». Tirofijo desgranó un chasquido: «¡Ja! Escuelas donde desasnan neoliberales de godarria mayor, ¡allá no van godos sino ostrogodos! Bajo ese cuentico de la innovación, estamos, quién lo creyera, en pleno siglo XXI, ante un nuevo Déspota Ilustrado al servicio del hipertrofiado orangután llamado Gran Capital».


Laureano suspiró: «Me queda el consuelo que usted al menos lo respeta como príncipe, no como esos salvajes caricaturistas en El Tiempo y El Espectador que lo pintan como cerdo, pobre muchacho, si su único pecadillo es la debilidad ante un buen sancocho, primero, en la campaña y ahora en los consejos “Destruyendo País”, o como se llamen».


«Yo sí lo respeto –respondió Tirofijo—; es más, yo, que no temo a nadie, a ese sí le tengo pánico, y no lo pinto de cerdo. Además, como diría don Jorge Orwell de quien hace días leí esa jocosa Rebelión en la Granja –y a mi me gustan muchos las granjas, en especial donde hay cerdos y gallinas, las añoro desde que nos robaron los animalitos en Marquetalia–; yo sé que todos los cerdos son iguales, pero hay uno más iguales que otros; pero no me distraiga, don Laureano que usted es maestro en eso. Lo que quiero decir es: ¡Mamola!, como decía Gaitán, a la Ley Lleras 6.0, estandarte de la economía naranja, exigida por el TLC y peaje cobrado por la Ocde, la que entrega la cultura a las trasnacionales del marketing cultural, la que da el zarpazo a los artistas para sacrificarlos a quienes comercializan la cultura. Usted debe saber que el acceso a la información, al conocimiento y a la cultura es un derecho reconocido y universal, es un bien común de la humanidad, pero ahora pasa a ser propiedad de esas mega-industrias.


«Entre en razón, don Tiro, ¿no ve acaso que la economía naranja tiene un inmenso potencial de generar empleos, ingresos y puestos de trabajo? Mire que Medellín ya se vende como ciudad de innovación, y que con buenas políticas culturales todo se soluciona. Páreme bolas, por favor, no me obligue a prender la motosierra, y entonces ¿con quién me quedo para el dominó si me toca despedazarlo a sumercé, así usted sea un mero tirafichas?».


Y el otro contestó despacito, mirando de refilón: «Usted que prende esa joda y yo que hago honor a mi apodo y le pongo la mira entre ceja y ceja. ¿Acaso cree que me gané mi renombre con un diploma falso, como los que usted sabe? ¡Y más tirafichas será su madre!». Allí me entró mucho susto que la cosa se fuera a poner peliaguda y urgí al maestro que nos fuéramos, pero él me tranquilizó: «quedémonos otro ratico que esto está bueno» y acepté al momento que Tirofijo dijo: «Vea, más bien le suelto otro datico: la economía de la globalización está tan jodida con el Trom ese, que ahora descubrieron puallá y puacá también la gallina de los huevos de oro. Y sabe que el Rey, el eterno presidente, para cuidar los huevitos es buenísimo, ahora quiere exprimirles el jugo a los artistas, a los creadores y chuparles la sangre hasta la última gota y hacer trasfusión a los vampiros de las trasnacionales del entretenimiento para que exploten sus derechos hasta la eternidad y dejar aun más en la inopia a los pobres innovadores, que se quedaran viendo un chispero. Y el viejo zorro aprovechó y azotó la última ficha con una inmensa carcajada: «¡Le ahorqué el cochino! ¡Quédese con ese doble seis!».


Insté al maestro a seguir nuestro camino y dejamos a esas dos desdichadas almas enfrascadas en el altercado sobre la economía naranja y su eterno combate de dominó. n

Fernando Maldonado, Conócete a tí mismo,  óleo sobre lino, 80 x 100 cm (Cortesía del autor)

“La industria cultural ofrece como paraíso la misma vida cotidiana de la que se quería escapar. Huida y evasión están destinadas por principio a reconducir al punto de partida. La diversión promueve la resignación que se quisiera olvidar precisamente en ella”.
Adorno Y Horkheimer

 

La expresión “naranja mecánica” nos remite de inmediato al icónico filme que con ese título dirigió Stanley Kubrick, como una adaptación de la novela del mismo nombre del escritor británico Anthony Burgess. El título de la novela, que según el mismo Burgess expresa la yuxtaposición de dos cosas incompatibles, nos lleva a pensar en la extrañeza de la alegría producida por el ejercicio de la violencia.


En efecto, la presencia abrumadora de Beethoven, como trasfondo enigmático de la película –de forma muy particular su novena sinfonía, conocida también como el Himno de la alegría– y la pasión que Alex DeLarge, personaje central de la “Naranja mecánica”, muestra simultáneamente tanto por la práctica de la crueldad como por la melodía del músico alemán, fuerzan a establecer la relación. ¿Se trata, entonces, de una alusión a que la alegría derivada de la violencia, es la bipolaridad que caracteriza la modernidad? DeLarge es sometido al “método ludovico” para ser curado de su agresividad patológica, y en él tiene que padecer, sin pestañear, una serie de imágenes violentas, que en su inconsciente deben quedar asociadas a sensaciones desagradables provocadas por drogas previamente suministradas. El resultado de su curación es su conversión en un ser ataráxico, que acaba también rechazando los sonidos de la música de Beethoven, pues los compases de fondo de algunas de las duras imágenes eran del compositor alemán. ¿Eliminada la violencia, perdida la energía junto con la alegría y el disfrute del arte?


La breve pero significativa alusión al “Triunfo de la voluntad”, el famoso documental propagandístico nazi de Leni Riefenstahl, durante la aplicación del “método Ludovico”, y el hecho mismo que ese tratamiento buscara ser usado como propaganda gubernamental, conduce a reflexionar sobre el papel central del espectáculo en las sociedades altamente mercantilizadas de la modernidad, y a preguntarnos sobre el papel de éste como sucedáneo del placer de la acción y ejercicio sublimado de la violencia, en el mejor de las casos, o, en el peor, al de la violencia como entretenimiento visual. Que el espectáculo haya sido convertido en industria y que a su alrededor haya sido construida toda una rama delimitada de la producción mercantil, la llamada industria cultural, y que el producto final de ésta sea el entretenimiento, es algo que marca cada vez más la actual etapa posindustrial del capitalismo.


Es sobre este tema que el actual presidente de Colombia es coautor de una cartilla en la que motejan como “economía naranja” las actividades dedicadas al entretenimiento (1). Los autores inician el contenido usando como epígrafe la frase de una canción de Frank Sinatra: “El naranja es el color más feliz”, y luego de señalar que los egipcios lo usaban en las tumbas de los faraones, y que también es el color del vestuario de los santones budistas e hinduistas, nos enseñan que en Occidente es el color del entretenimiento y la frivolidad, descorriendo así el velo de lo que en realidad está detrás del nombre. La fachada de seriedad la apuntalan con el uso reiterado de las palabras cultura, creatividad e innovación que aparecen santificando el escenario en el que los miembros más destacados del santoral son Bill Gates, Steve Jobs, Mark Zuckerber y Richard Branson (llama la atención la ausencia en la lista de Jeff Bezos), para luego, con un lenguaje y estilo de una liviandad digna de revista del corazón, gritarnos con signos de admiración que ¡la cultura no es gratis!, y que podemos hacernos inmensamente ricos si nos atrevemos a “innovar” en el ilimitado mundo de la diversión.

Industria de la cultura y frivolización de la vida

Una de las primeras reflexiones sistemáticas sobre la cultura industrializada aparece en el trabajo de Max Horkheimer y Teodor Adorno Dialéctica de la ilustración, en el capítulo titulado La industria cultural: ilustración como engaño de masas, y en el que las técnicas de la reproducción masiva de imágenes, sonidos y símbolos son señalados como el determinante que define el nuevo papel del arte y su condición subsidiaria de la ganancia y la publicidad.


Allí dicen Adorno y Horkheimer: “Por el momento, la técnica de la industria cultural ha llevado sólo a la estandarización y producción en serie y ha sacrificado aquello por lo cual la lógica de la obra se diferenciaba de la lógica del sistema social. Pero ello no se debe atribuir a una ley de desarrollo de la técnica como tal, sino a su función en la economía actual. La necesidad que podría acaso escapar al control central es reprimida ya por el control de la conciencia individual” (2), remarcando que las manifestaciones culturales serializadas, a diferencia de las que no estuvieron influenciadas por la masificación, lejos de permitir a los seres humanos descentrarse de las lógicas sociales dominantes los hunden más en sus espesas aguas, pues la subsunción real en el sistema del capital propicia asumir sus valores y principios.


Como lo expresan Horkheimer y Adorno, la estandarización es en sí misma la negación del arte, pues históricamente éste ha basado su función en mostrar perspectivas no experimentadas y, por tanto, en su carácter de realidad distinta. De allí que arte y diversión no han ido de la mano, pues el arte cuestiona, incita, mientras la diversión anestesia, usando contenidos que le prolongan al sujeto, como espectador, su cotidianidad, sin que tenga que experimentar como realidad las angustiosas situaciones del diario vivir. “La diversión es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío. Es buscada por quien quiere sustraerse al proceso de trabajo mecanizado para poder estar de nuevo a su altura, en condiciones de afrontarlo. Pero, al mismo tiempo, la mecanización ha adquirido tal poder sobre el hombre que disfruta del tiempo libre y su felicidad, determina tan íntegramente la fabricación de los productos para la diversión, que ese sujeto ya no puede experimentar otra cosa que las reproducciones del mismo proceso de trabajo. El supuesto contenido no es más que una pálida fachada; lo que deja huella realmente es la sucesión automática de operaciones reguladas. Del proceso de trabajo en la fábrica y en la oficina sólo es posible escapar adaptándose a él en el ocio. De este vicio adolece, incurablemente toda diversión” (3).


El centro de la llamada industria cultural es, entonces, el entretenimiento, y si bien no puede considerarse su único componente, hoy no sólo es el más importante en cuanto a su tamaño, sino que es el que marca la pauta del desarrollo de las demás actividades. La repetición, sin fin, de un mismo argumento en las telenovelas, las secuencias de las sagas en el cine desde la “legendaria” “Rocky”, pasando, más recientemente, por “Harry Potter”, “Piratas del Caribe”, o “Crepúsculo”, señalan claramente la captura y el encierro en la simplificación experimentada por la imaginación en la etapa de la producción en masa.


Esencia del arte industrializado, la simplificación y multiplicación de lo mismo, que ya el arte pop, y de forma muy particular Andy Warhol, puso en evidencia, reiterándose en un mismo cuadro con la multiplicación calcada de las latas de sopa, botellas de gaseosa o rostros de estrellas del espectáculo. Y así como una mentira repetida ad nauseam en los medios masivos de comunicación convencionales termina convertida en verdad para los receptores, una imagen del espectáculo, reiterada, es transformada en realidad. Entre-tener (que no significa otra cosa que intervalo en el que somos tenidos), no sólo ha sido convertido en la actividad principal del control social, sino que ha contribuido a ensanchar los límites del período de la producción, pues ahora el ocio también es tiempo de valorización del capital.


En 1997, Gran Bretaña creo al interior del Departamento de Cultura, Deporte y Medios una división dedicada a las Industrias Creativas (Creative Industries Task Force), dando así nacimiento formal a la búsqueda de la configuración de un aparato regulador de lo que ha ido constituyéndose de forma institucionalizada como Industria Cultural, y que Adorno y Horkheimer habían anticipado. La confusión acerca de las actividades que deben incluirse en el sector es patente, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad por sus siglas en inglés), por ejemplo, reconoce que “Definir los conceptos de industrias creativas e industrias culturales conlleva a importantes contradicciones y desacuerdos en las publicaciones académicas y en los grupos donde se crean las políticas. En ocasiones la distinción es realizada entre industrias creativas y culturales y en otras, ambos términos se utilizan de manera intercambiable” (4).


Tal indefinición, conveniente a los intereses de la mercantilización de la vida, va acompañada de la minimización que los efectos de la masificación y la reproductibilidad técnica tienen en la función misma de la obra de arte –y que autores como Walter Benjamín habían tratado (5)–, así como del hecho que este tipo de productos necesariamente esté relacionado con la creación de valores y, por tanto, cargue una connotación ideológica.


Sobre este particular, en su Informe sobre la economía creativa de 2013, dice la Unesco: “Esta visión pesimista sobre la relación entre la cultura y la empresa capitalista todavía es mantenida por algunos. Este es, especialmente, el caso de la izquierda, sobre todo en el contexto de debate actual sobre la amenaza de la homogeneización cultural global. Esta visión también se basa en una perspectiva de la cultura y la economía como mutuamente hostiles, cada una guiada por lógicas tan incompatibles que, cuando ambas convergen, la integridad de la primera siempre se ve amenazada. No obstante lo anterior, a comienzos de los años 60, muchos analistas empezaron a reconocer que el proceso de mercantilización no siempre o no necesariamente acaba resultando en degeneración de la expresión cultural. De hecho, a menudo sucede lo contrario, porque los bienes y servicios generados industrialmente (o digitalmente) poseen claramente muchas cualidades positivas” (6)..

En este párrafo la sinonimia entre “empresa capitalista” y “economía” es establecida como si en realidad fueran conceptos intercambiables. Que las manifestaciones artísticas sean actividades sociales en cuya creación siempre están involucrados elementos materiales producidos, hace qué en uno de sus muchos sentidos, sean hechos económicos, pero, de allí a que por eso su producción deba tener por fin la generación de una ganancia, o qué en caso de ser así, pueda afirmarse que eso no altera el contexto de la creación, es otra cosa. Establecer una relación directa entre cultura o creatividad y desarrollismo es en sí mismo un hecho limitante del sentido de las creaciones. Además, que en el saco de la industria cultural sean mezcladas actividades tan diversas como turismo, deporte-espectáculo o investigación, por ejemplo, ya es algo que debe hacer sonar las alarmas.


Haciendo cuentas


Como ejemplo de dinamismo y perspectivas de futuro de la economía naranja, la cartilla del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), expresa de forma exaltada que Hollywood, en Estados Unidos, Bollywood, en la India y Nollywood, en Nigeria, producen en conjunto más de cuatro mil películas por año, para resaltar con signos de admiración que son ¡más de ochenta películas por semana!, sin señalar que la gran mayoría son obras en serie, estereotipadas y cuya meta máxima es sobrevivir unos pocos días en exhibición para recuperar los costos, y en las que guionistas, actores, directores y técnicos, son trabajadores precarios que viven al filo del desempleo y sin casi ninguna garantía de seguridad social. Las grandes cifras de las estrellas mediáticas de los medios audiovisuales y del deporte-espectáculo que la prensa destaca, sirven como cortina que oculta que en la base de esas actividades las condiciones laborales de los trabajadores “invisibles” son mucho más inestables y desreguladas, incluso, que en el resto de los sectores explotados por el capital.


Son las cifras de ingresos por ventas, número de trabajadores ocupados, exportaciones, “valor agregado” o monto pagado por derechos de autor, que es otro de los pilares del sector, pues con ese recurso lo buscado es proteger los intereses de los grandes inversores (7), lo que interesa contabilizar a las entidades multilaterales. Estimular la producción en masa de bienes y servicios “culturales” pasa por un manejo estadístico más exacto, como garantía que la valorización del capital en esos espacios puede ser predicha. Es así como en 1993 las Naciones Unidas crean La Cuenta Satélite de la Cultura (CSC), como una cuenta complementaria al Sistema de Cuentas Nacionales de los diferentes países.


En consonancia con todo ello, el 23 de mayo de 2017 fue promulgada en Colombia la ley 1834 “Por medio de la cual se fomenta la economía creativa –Ley Naranja–, que en su artículo sexto “Cuenta satélite de cultura y economía naranja”, amplía la Cuenta que el Dane abrió en 2005, pero cuyos primeros resultados publicó en 2016.


En el artículo segundo de la misma Ley incluyen a los sectores editoriales, audiovisuales, fonográficos, de artes visuales, de artes escénicas y espectáculos, de turismo y patrimonio cultural material e inmaterial, de educación artística y cultural, de diseño, publicidad, contenidos multimedia, software de contenidos y servicios audiovisuales interactivos, moda, agencias de noticias y servicios de información, y educación creativa, en una mezcla de actividades heterogéneas que, además, dice la Ley, no es aún exhaustiva.


Ahora bien, si observamos la lista, de todos los sectores el que más impacto tiene en las economías del mundo entero, y el más consolidado, es el turismo. Sin embargo, cuando busca venderse la idea que lo “naranja” es algo novedoso, el turismo es soslayado. Y lo es por las fuertes implicaciones sociales que tiene, dado que la llamada “turistificación”, que no es otra cosa que el desalojo de los vecinos, debido al síndrome compuesto de las alzas desmedidas en el valor del alojamiento, las aglomeraciones y el cambio de orientación de las ofertas de bienes y servicios que dejan de ser dirigidas por las necesidades de los residentes permanentes, crea nuevos flujos de desplazados económicos. Los efectos brutales de la masificación sobre poblaciones como las de Barcelona o Venecia, para señalar dos ejemplos, ha dado lugar a que el rechazo al turismo, denominado turismofobia, sea manifestado con ataques a los vehículos de los visitantes, o, incluso, a algunas construcciones consideradas como atractivos.


Es una oferta cada vez más amplia y perversa. Es así como en los últimos años ha ido creciendo el llamado “turismo negro” en el que la experiencia raya con lo malsano. Tal es el caso de someterse a las condiciones de un encarcelamiento brutal –en algunos casos compartido con presos reales–, o recorrer las llamadas rutas “macabras”, que incluyen teatros de guerra o de represión recientes como es el caso de Siria o la Franja de Gaza. En el mismo sentido tenemos las visitas “turísticas” a sectores absolutamente deprimidos como Kibera, la mayor concentración informal de Nairobi y de toda África, por cincuenta dólares, para fotografiar y ser testigo de las condiciones de vida de un millón de personas en la absoluta miseria. En Suramérica, el recorrido más famoso es el de las favelas de Rio de Janeiro.


En Colombia, uno de los casos más conocidos y aberrantes, es el del turismo sexual infantil, que ocupó recientemente las páginas de los periódicos, con la captura de Liliana Campos Puello, más conocida como la “madame”, acusada de reclutar a las niñas ofrecidas a los turistas. Aunque parecen existir casos aún más grotescos e inhumanos como el “tour de la violación”, al parecer dirigido por ciudadanos israelíes, que consiste en que un grupo de jovencitas son drogadas y esparcidas en una finca para luego ser buscadas por un conjunto de “turistas” que literalmente las cazan para violarlas en grupo. Los “innovadores” tienen también en su portafolio El Pablo Escobar tour, en el que ofrecen hacer el recorrido por sitios ocupados por el tristemente célebre delincuente, así como aquellos donde realizó sus delitos más mediatizados. La prensa colombiana reseñó recientemente que las autoridades cerraron el museo en honor al capo instalado por su hermano en el barrio Las Palmas de Medellín, que era parte del recorrido.


Los “optimistas” dirán que nada de eso es lo buscado por el color naranja, y qué en el caso del turismo, se tratará de una oferta de calidad y sustentable (cualquier cosa que eso signifique), y que respecto de los filmes, los productos televisados o producidos para la red y los best sellers, son el costo que debe pagarse en una sociedad abierta, pero, lo que igualmente debe entenderse es que bajo la ley de la oferta y la demanda lo fácilmente digerible, como las comidas rápidas, es lo que acaba imponiéndose. ¿Es, entonces correcto que los recursos y esfuerzos del Estado le apunten a eso? La marca Colombia y “vender el país” es acá tan literal como en el extractivismo.


El exhibicionismo y el voyeurismo, cada vez más desarrollados en esta sociedad del espectáculo, invita a parafrasear a Hanna Arendt, que en su libro sobre la captura y ejecución del nazi Adolf Eichmann, se refería a la “lección terrible de la banalidad del mal”, pues hoy, uno de los mayores peligros lo representa la maldad de la banalidad. Arendt, en ese texto muestra como Eichmann terminó confundiendo su ejecución con un espectáculo, pues luego de rechazar soberbiamente cualquier ayuda le dijo a sus verdugos que muy pronto, caballeros, volveremos a encontrarnos: “En el patíbulo, su memoria le jugó una mala pasada; Eichmann se sintió «estimulado», y olvidó que se trataba de su propio entierro” (8). El terror es también espectáculo y ya sea que lo practique el Estado formalmente como en la pena de muerte, o que lo imponga cualquier otro actor, lo central es paralizar a quien lo visualiza.


La economía naranja, entonces, gira alrededor de lo espectacular y su color no es el de la felicidad, o mejor sí, de la felicidad de unos pocos a costa del malestar de muchos. Es el color de una naranja mecanizada, que es negación de lo vivo.


Sin duda, y contrario a lo que ahora pretende Duque y el gobierno que encabeza, las manifestaciones más complejas del ser humano no deben estar sometidas a la ley de la oferta y la demanda ni al cálculo de las ganancias. El barniz naranja de la banalidad equivale a metamorfosearnos en materia insustancial.



1. Felipe Buitrago Restrepo e Iván Duque Márquez, La economía naranja, una oportunidad infinita, BID-Aguilar, 2013.
2. Max Horkheimer y Teodor W. Adorno, Dialéctica de la ilustración: fragmentos filosóficos, Trotta, 1998, p. 166.
3. Ibíd., P. 181.
4. Unctad, Economía creativa: una opción factible de desarrollo, PNUD-Unctad, 2010, P. 45.
5. Walter Benjamín ve la posibilidad del uso de la reproducción mecánica del arte como un instrumento de desacralización del “aura” de las manifestaciones artísticas excluyentes, luego del triunfo de la Revolución, en su trabajo titulado La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
6. Unesco, Informe economía creativa, edición especial 2013, ampliar los cauces del desarrollo local. P. 20
7. La ley 1834 del 23 de mayo de 2017, promulgada para fomentar la economía creativa (Ley Naranja), dice en su artículo primero: “La presente ley tiene como objeto desarrollar, fomentar, incentivar y proteger las industrias creativas. Estas serán entendidas como aquellas industrias que generan valor en razón de sus bienes y servicios, los cuales se fundamentan en la propiedad intelectual”.
8. Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, DeBolsillo, 2011, p. 368.

*Economista, integrante del Consejo de redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia.

Hernando Sánchez, Búsqueda del conocimiento (Cortesía del autor)

Para el nuevo gobierno es difícil avanzar en el ordenamiento del territorio porque tiene demasiados compromisos con los terratenientes y con los sectores más conservadores del país. Pero el reto es cada vez más acuciante.

 

Todo nuevo gobierno hereda diversos compromisos y distintos pendientes, los unos son producto de la gestión realizada por quien sale de la administración pública, y pueden ser compromisos de Estado o de Gobierno, y los otros son reflejo de la condición histórica del país.

Entre estos últimos, la nueva administración colombiana tiene ante sí el necesario e imperioso reto del ordenamiento territorial, el cual ha develado con mayor crudeza sus faltantes una vez firmados los acuerdos de La Habana; un requerimiento tan potente que hace del mismo el principal reto del gobierno Duque.

No es un requerimiento fácil de encarar y dar cuenta de él, dados diversos factores históricos y/o coyunturales que aquellos que han gobernado desde siempre el país no han sabido o no han pretendido encarar, entre ellas: minería ilegal, extensión de los cultivos de coca, obstáculos para definir los derechos de propiedad (más del 60% de las posesiones rurales son informales), auge de los terratenientes y el irresoluto problema de la tierra, lucha por el control territorial por parte de los grupos armados, disputas alrededor de la delimitación de páramos y de baldíos.

En esa misma perspectiva, la necesidad de realizar un cierre ordenado de la frontera agrícola, y de buscar una articulación adecuada entre las grandes aglomeraciones urbanas y sus regiones, tras lo cual están verdaderos poderes algunos de los cuales de difícil confrontación toda vez que, como es el caso de los terratenientes, el nuevo gobierno tiene demasiados compromisos con los mismos, al igual que con los sectores más conservadores del país.

Entre todos los factores relevantes que dificultan el ordenamiento del territorio, el del acaparamiento de la propiedad de la tierra resalta con luz propia, cuya concentración rural es escandalosa. De acuerdo con el Censo Nacional Agropecuario de 2014, el 70,8 por ciento de los productores están vinculados a unidades productoras agropecuarias (UPA) menores de 5 hectáreas, que ocupan el 3,1 por ciento del área censada. En las UPA de más de 1.000 ha. se ubican el 0,2 por ciento de los productores, y ocupan el 59,5 por ciento del área. Esta distribución absolutamente desigual se refleja en un Gini de 0,93.

Pero no solo esto. La mayoría de los productores, los que están en fincas pequeñas, no alcanzan a obtener un nivel de ingresos suficiente para mantener a la familia y conservar la finca en condiciones productivas razonables. El valor de este ingreso es 26.557.815 pesos al año (8.800 dólares), y 2.213.151 pesos mensuales (733 dólares). Debido a su tamaño tan reducido, y a la baja productividad, el 83 por ciento de las fincas no alcanzan este nivel de ingresos.

Estamos ante una de las consecuencias de la persistencia del latifundio en nuestro país y, con éste, ante el arrinconamiento de los campesinos. La fragmentación de las unidades productivas ha llevado a un deterioro de su calidad de vida. Condiciones también agravadas por los intereses de comerciantes y especuladores.

Como es sabido, con las bonanzas del petróleo y de los minerales, la economía colombiana sufrió las males de la enfermedad holandesa y, en virtud de la revaluación del peso, durante los últimos 10 años el país pasó de importar un millón de toneladas de alimentos básicos a 12 millones. Se dejaron de cultivar casi un millón de hectáreas, y en este proceso la economía campesina fue especialmente golpeada. El ordenamiento del territorio es una condición necesaria para regular el tamaño de las fincas y para conciliar las aptitudes del suelo con los usos. Las estrechas relaciones del Centro Democrático, el partido de Duque, con los terratenientes impide llevar a cabo políticas –sobre todo tributarias– que permitan reducir estas desigualdades.

La Loot


Reconociendo la relevancia que tiene el tema, en el 2011 se expidió la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial (Loot). Pero la norma no ha tenido la fuerza suficiente para convertirse en un instrumento apropiado para ordenar el territorio. Durante los últimos 10 años la geografía y los temas ambientales han merecido algo de mayor atención, pero no hasta el punto de lograr la necesaria y adecuada institucionalidad que demandan. Se han creado entidades y desarrollado modalidades de ordenamiento de una forma arbitraria y sin norte claro. En esta maraña no hay jerarquías, y los instrumentos ofrecidos por la Loot no permiten establecer líneas de coordinación claras.

 

 


En este proceso resalta la falta de liderazgo de Planeación Nacional (DNP). No existe una entidad del nivel nacional que articule. El DNP no solamente se ha quedado corto en los aspectos relacionados con el ordenamiento territorial. En general, no ha sido capaz de responder a las prioridades del desarrollo nacional. Fue notoria, por ejemplo, su falta de liderazgo en la definición del uso de las regalías obtenidas durante las bonanzas del petróleo y de los minerales. El DNP no logró coordinar a los gobiernos locales para que invirtieran el considerable monto de las regalías en proyectos estratégicos. Optó por la vía fácil de permitir la piñata y la dispersión de recursos, con el argumento pueril de que esta repartición favorecía la equidad. En lugar de haber seleccionado un número limitado de inversiones estratégica, el DNP permitió que 33 billones de pesos se dispersaran en más de 12 mil proyecticos.

Es así como, y en las condiciones actuales del desarrollo económico del país, y después de los acuerdos de La Habana, el ordenamiento del territorio es un tema cada vez más prioritario, tanto desde la perspectiva micro, como desde las ópticas meso y macro. La espacialidad tiene una relación directa con la calidad de vida. No se trata solamente de cumplir con lo pactado en La Habana, sino de hacer un uso del suelo que sea sostenible, incluyente y productivo, y así debe ser pues el ordenamiento del territorio es una condición absolutamente necesaria para lograr la modernización del país.

En las discusiones de la política pública cada vez hay más claridad sobre la relevancia de las diferentes formas de ordenamiento territorial. La Loot no cumplió con el propósito que le dio origen. El resultado de este desorden se refleja en la figura, que ilustra una situación caótica.

En el centro de la figura está la Loot porque se supone que de allí se derivan los lineamientos de política, y en teoría debería ser la norma que articule y priorice. Alrededor de ella, sin ningún orden jerárquico, se mencionan las modalidades y las instituciones que tienen alguna relación con el ordenamiento del territorio. En esta presentación es explícita la falta de jerarquías. Este abanico es un laberinto, que no permite establecer prioridades. Hay traslapes evidentes de funciones, y es inevitable el conflicto de enfoques que se presentan en el territorio. El asunto es crucial porque su ordenamiento incide directamente en la calidad de vida. Ninguna entidad –ni el DNP, ni la Upra, ni algún ministerio, ni las CAR, ni el departamento– está ejerciendo la función de coordinación.

Lo cual tiene consecuencias de todo nivel. Por ejemplo, después de lo acordado en La Habana se dio relevancia a los programas de desarrollo con enfoque territorial (Pdet), que se concentran en municipios que estuvieron muy afectado por la violencia. Los Pdet no han podido cumplir sus objetivos porque han quedado aislados, sin integrarse con otras entidades que tienen relación con el ordenamiento del territorio.

Por tanto y con este imperativo ante si, para que Duque pueda avanzar en el ordenamiento del territorio se requiere superar tres problemas: la heterogeneidad metodológica, la falta de una visión de conjunto que involucre a las aglomeraciones y sus territorios, y la debilidad de los ingresos propios originados en los impuestos al suelo y a la dinámica urbana.

Una triada de ausencias

La heterogeneidad metodológica se manifiesta en la diversidad de criterios y de aproximaciones. La clasificación de los suelos no es homogénea, ni siquiera entre municipios vecinos. Tampoco hay criterios unificados en la definición de las acciones urbanísticas. Además, los parámetros y las categorías que se utilizan a nivel nacional no guardan relación con los estándares internacionales.


La falta de una visión de conjunto, realidad expresada en la asimetría entre el ordenamiento del municipio y las dinámicas del territorio. A pesar de la existencia de diversos estudios que muestran la necesidad de entender los flujos (de personas, bienes, servicios…) entre las aglomeraciones y su territorio, no se tiene una visión de conjunto. El primer capítulo del plan de desarrollo de Duque debería estar centrado en la forma como se planean los asentamientos humanos en el territorio. La relación entre el campo y la ciudad no es dicotómica. Las interacciones y los flujos crean un continuo, así que un municipio es más o menos rural en función de la densidad y de la distancia de las grandes ciudades. En el diseño de la política se debería aceptar que los municipios son más o menos rurales, y que entre ellos no existen separaciones taxativas.

La debilidad de los ingresos propios. En el 2017 el déficit fiscal fue de 22 billones de pesos (2,4% del PIB). Al final del 2018, de acuerdo con Carrasquilla, el nuevo ministro de hacienda, se estima que el faltante será de 25 billones de pesos. El Ministro ha dicho que estos recursos se obtendrán mediante una ampliación del IVA. El Gobierno reconoce que los impuestos indirectos, como el IVA, son regresivos y que terminan afectando más a los pobres que a los ricos. La corrección de las desigualdades que ocasiona el IVA se haría a través de la política social.

En medio de estas discusiones, el Gobierno ha dejado de lado el análisis de las potencialidades que tienen los municipios, sobre todo las ciudades grandes e intermedias, para generar recursos a través de los impuestos al suelo y al urbanismo. Actualmente, solamente 12 por ciento de los municipios capturan valor a través de los instrumentos económicos de ordenamiento. Y el peso que tienen estos recursos en la estructura de los ingresos es relativamente pequeño. Aunque los impuestos al suelo y a las dinámicas urbanas son una fuente de recursos muy importante para los municipios, los recaudos son muy bajos. Los municipios no están haciendo uso de las potencialidades que se desprenden de la ley 388 de 1997, que les permite cobrar participaciones en plusvalías, valorizaciones, prediales progresivos, etcétera. En síntesis, el ordenamiento del territorio también favorece las finanzas públicas. Si las grandes ciudades mejoran sus ingresos, el gobierno nacional puede reducir sus transferencias y destinar estos dineros a las regiones más pobres.

En este caso, estamos ante los beneficios inmediatos de un ordenamiento territorial postergado y que, aunque reta al actual gobierno, nada indica que éste tenga voluntad real para confrontar y arrinconar a los poderes que han impedido encararlo y ordenarlo.

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28 de septiembre de 2018

Sábado, 20 Octubre 2018 17:11

Lula, de vegetariano a carnívoro

Escrito por
Santiago Ibañez

En los últimos meses, Brasil ha puesto sobre la mesa que la política siempre es “más compleja”. El estallido del Lava Jato y la lucha anticorrupción empoderaron a una parte de la Justicia pero, lejos de mejorarla, erosionaron la ya débil democracia brasileña; la presidenta Dilma Rousseff comenzó su segundo mandato con un programa volcado hacia el neoliberalismo y terminó destituida en medio de acusaciones de comunismo; la ley de “ficha limpia”, aprobada durante el gobierno de Lula, acabó por cerrarle el paso a la candidatura presidencial. Es difícil reducir lo que ocurre en Brasil a una “proscripción” del ex presidente obrero, pero tampoco se puede dejar de advertir la saña de una parte de las elites contra el Partido de los Trabajadores, y sobre todo contra lo que representa, junto con la debilidad de las pruebas en el caso por el que se lo condenó.

Lula, que alguna vez fue considerado parte de la “izquierda vegetariana” –“me encanta ese tipo”, dijo Barack Obama– terminó considerado por muchos como la encarnación de la “izquierda carnívora”. La lucha de clases soft que durante su gobierno mejoró la situación de los de abajo sin quitarles a los de arriba terminó por ser considerada intolerable para las elites. El caso de Brasil confirma que las clases dominantes sólo aceptan las reformas si existe una amenaza de “revolución”, y la llegada al poder del PT estuvo lejos de la radicalización social. En todo caso, la experiencia petista terminó exhibiendo unas relaciones demasiado estrechas entre el gobierno y una opaca “burguesía nacional” (como frigoríficos o constructoras) que debilitaron su proyecto de reforma moral de la política.

Sin que se haya producido el ascenso de una alternativa “antipolítica” emergente desde el Poder Judicial, como podría haber sido la candidatura del juez Sérgio Moro, una parte de la población se vio seducida por la “antipolítica” de ultraderecha con resonancias militares de Jair Messias Bolsonaro, que hace campaña con biblias y balas y reivindica sin complejos la dictadura del 64.

Sin embargo, finalmente el nuevo escenario parece propicio para una resurrección del “lulismo”: con un presidente sin popularidad (Michel Temer cuenta con la aprobación de un escaso 4%), sin candidatos moderados fuertes y con un Lula que aún encarna un “momento feliz” de Brasil, el postulante del PT Fernando Haddad hoy no sólo “es Lula” –y hasta imita su voz ronca en un spot– sino que representa una opción democrática contra el autoritarismo, moderada contra el extremismo violento, feminista contra la misoginia y diversa contra la discriminación. Al mismo tiempo, la promesa de un “Brasil feliz de nuevo” revela las dificultades para proponer imágenes de futuro, en un contexto de crisis intelectual y programática de los progresismos latinoamericanos.

*Jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad.
© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur