Martes, 26 Agosto 2014 00:00

El misterioso origen de los cronopios

El misterioso origen de los cronopios

Lo saben sus lectores: Julio Cortázar –cuyo centenario recordamos hoy– murió hace 30 años y cada día escribe mejor.

 

Más allá de los ismos y del "boom latinoamericano", con los que se relaciona su obra, sus cuentos, novelas y poemas continúan atrayendo nuevos lectores con el poder magnético de sus palabras.


Hace tiempo escribí que las grandes obras crean su propia legislación, fijan sus reglas, crean sus propios universos. Permean el imaginario colectivo con atmósferas, frases, historias, personajes, imágenes poderosas que se vuelven indelebles.


Ya no es posible imaginar al mundo sin Don Quijote, sin Romeo y Julieta, sin el minotauro que habita el centro del laberinto. Tampoco sin los cronopios, los famas, los esperanzas, las manscupias o sin ese idioma en el que los amantes cifran sus pasiones y que Cortázar nos dio a conocer en el capítulo 68 de Rayuela: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes..."


Ese idioma se llama glíglico y todos, en algún momento, hemos recurrido a él inventando algunas palabras, resemantizando otras para tender esos puentes de entendimiento y complicidad que sólo pueden cifrar y descifrar quienes sostienen pláticas de sobrecama.


Todos sabemos qué es un cronopio aunque no podamos definirlo. Todos podemos entender el glíglico aunque tal vez seamos incapaces de poderlo escribir. Su importancia es tal que existen tesis académicas sobre ese idioma inexistente fijado magistralmente por Julio Cortázar.


Uno tiende a pensar que las nuevas palabras o los seres inventados por los escritores son producto de un laboratorio donde los ingredientes y las mezclas son minuciosamente preparados. En el caso de Julio Cortázar no es así:


Un día en un teatro de París durante el intervalo entre un acto y el siguiente tuvo la visión interior de unos seres que se paseaban en el aire y eran como globos verdes. Globos que tenían orejas y una figura humanoide aunque no eran exactamente seres humanos. Y así como tuvo la visión de esos seres redondos y verdosos le llegó su nombre: cronopios.


A Cortázar le divertía mucho ver cómo críticos sesudos descifraban la etimología de la palaba cronopio porque no tenía que ver con lo que elucubraban: naturalmente la relacionaban con Cronos, el dios del tiempo. Pero no tenían que ver nada con el tiempo, en absoluto. Días después aparecieron sus antagonistas: los famas.
Los cronopios comentó en algunas conferencias los sintió como unos seres muy libres, anárquicos, locos. Capaces de las peores tonterías y al mismo tiempo llenos de astucia, de sentido del humor, una cierta gracia. Y a los famas los vio con mucho cuello, mucha corbata, mucho sombrero y mucha importancia. Eran los representantes de la buena conducta, del deber ser, del mundo de las sanciones y los castigos.


El mundo de los cronopios, los famas y los esperanzas se fue articulando en algunos cuentos que formaron Historias de cronopios y de famas. Textos ligeros y lúdicos que algunos amigos le objetaron a Cortázar por ser demasiado lúdicos.


Sus críticos, amigos o no, no se habían dado cuenta que para Cortázar el juego era importante porque el escritor empieza jugando con las palabras al seleccionarlas, combinarlas o rechazarlas. Un juego serio e importante como el juego de los niños que berrean cuando los quieren sacar de ese mundo apasionado y fundamental. Aunque el juego divierte, su sentido es tan profundo que debemos tomárnoslo en serio. El juego es un territorio personal, un territorio que se comparte y se respeta y nos permite en su infinita combinatoria mirar las cosas de este mundo desde otra perspectiva.


No me extraña que le atrajera poderosamente el surrealismo en su juventud. El surrealismo fue para Julio Cortázar una gran lección. Lección más que literaria, metafísica: le mostró la posibilidad de enfrentar la realidad cotidiana no a partir de la lógica aristotélica sino a partir de los intersticios del mundo. Acercarse a las cosas a partir de las excepciones más que de las leyes. A partir de esas hendiduras secretas a las que accedemos gracias al amor y al humor, dos ejes del surrealismo. Muchas exposiciones de pintores surrealistas engendraron no pocos de sus cuentos fantásticos. No para copiar los temas de los cuadros sino por el estímulo que producían en el corazón creativo del Gran Cronopio.


Además de ser un gran escritor Julio Cortázar fue un estupendo lector. Por eso sabía que escribir y leer significan siempre interrogar y analizar la realidad. También luchar para cambiarla desde adentro, desde el pensamiento y la conciencia de los que escriben y de los que leen. No es forzoso, decía que esa literatura tuviera un contenido político: un poema de amor, un relato puramente imaginado bastaban para lograr ese cambio.


Desde 1958, según su correspondencia, Cortázar quería escribir una novela que fuera una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. La crónica de una locura. Estaba convencido de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Por eso quería construir una narración hecha desde múltiples ángulos. La primer versión de Rayuela que originalmente se iba a llamar Mandala estaba llena de materia explosiva, una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana. Y no exageraba.


Desde sus primeros cuentos publicados en Bestiario en 1951 Julio Cortázar nos mostró que para él la literatura era un juego demasiado serio como para improvisarlo. Un juego donde la imaginación es su principal ingrediente y el lenguaje minuciosamente estructurado el único camino para provocarla.
Con los lectores de Julio Cortázar pasan los años, persisten los momentos. Momentos que son un cuento, el fragmento de una novela, la sombra de Charlie Parker en El perseguidor, los versos de un poema o la aparición de un cronopio que encontramos al doblar la esquina de cualquier calle y en cualquier lugar. Su juego está jugado, por eso cada día escribe mejor.

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Domingo, 06 Abril 2014 10:10

Quince canciones de Silvio Rodríguez

Quince canciones de Silvio Rodríguez

1. La Canción de la Trova

Es la canción con la que me autodefiní. No era baladista ni cantautor, como dictaba la moda, sino trovador, como los antiguos, como Sindo Garay y Miguel Matamoros.


2. La Era Está Pariendo un Corazón


Es la primera que me inspira el Che, y se convierte en suceso interpretada por Omara Portuondo. También es la primera que trasciende las fronteras de Cuba: el argentino Pino Solanas la incluye en su documental "La Hora de los Hornos".


3. Canción del Elegido


Creo que está entre las canciones donde cristalizó una suerte de lenguaje personal. También fue la primera que el pueblo cubano incluyó en su argot. Cuando alguien preguntaba "¿Cómo estás?", a veces se decía: "Aquí, matando canallas..." No en balde fue también la primera que hicieron suya los rumberos.


4. Epistolario del Subdesarrollo


No fue la primera canción crítica que hice, pero fue de las más escandalosas e incomprendidas. Varias veces me echaron a la calle por cantarla. Pocos vieron que tras aquella diatriba contra nuestras miserias locales había un desgarrado nivel de autoexigencia y un desafío al llamado primer mundo.


5. Esta Canción


Es la más descarnada. La hice el día que cumplí 21 años, durante un decepcionante festival de la canción en Varadero. Quedé tan agotado y vacío que nunca más intenté algo parecido, como una experiencia por la que sólo se transita una vez.


6. Ojalá


Recuerdo la mañana en que la estaba escribiendo, en el "Playa Girón". Emilia fue la llave de ingreso a aquella música y palabras vertiginosas. Era un momento intenso, una conciencia plena de lo que estaba hallando. Andaba y desandaba los dos metros y medio del camarote con la guitarra sobre el pecho, cantando aquella aparición, chocando con todo, con la vista nublada. Entonces no entendía aquellos sentimientos de fiera enjaulada. Al cabo de los años, viendo la respuesta que Ojalá provoca en tantos públicos, me pregunto cómo aquella mañana tan solitaria de alta mar pudo llegar hasta el futuro.


7. Playa Girón


Fue la primera vez que jugué a hacer una canción panfletaria para desarticular esa categoría, explicitando el proceso de elaboración. Estuve a punto de titularla "Arte Poética", pero le dejé "Playa Girón" en homenaje a aquellos pescadores que libraban una batalla en cierto sentido tan crucial como la de Bahía de Cochinos.


8. Oleo de Mujer con Sombrero


Soy culpable de haberla separado de sus hermanas, porque es la segunda de la tetralogía "Exposición de mujer con sombrero". Junto con Ojalá, La Maza y algunas otras, es de las canciones que más piden. Pasan cosas fabulosas con ella: la gente se enamora. En ese sentido es lo más cercano a la función de un bolero que he conseguido.


9. El Papalote


Le guardo un especial cariño porque describe recuerdos de infancia en mi pueblo y la vida de aquel hombre, que hacía papalotes y que al cabo de los años me hizo comprender a la gente anónima que es importante para los niños. En realidad trata de muchos temas; entre ellos hay un toque a la discriminación racial, sin subrayarlo, que es parte de un viejo propósito que siempre tuve: hablar de cosas cruciales como si fuera sin querer, sin ser didáctico, sesgadamente, como la mayoría de las veces nos enseña la vida real.


10. Pequeña Serenata Diurna


Entre varias canciones mías donde lo personal y lo colectivo se funden, esta creo que es la que mejor lo consigue, por su transparencia. Creo que fue un resumen, tras hacer otros muchos intentos, entre los que también pudiera contarse Te Doy Una Canción. Usé la paráfrasis de un título de Mozart porque creí encontrarme ante el mismo dilema que él en su Pequeña Música Nocturna: nombrar cosas grandes en un espacio ínfimo.


11. Sueño con Serpientes


"Es una canción sin familia", me dijo Sabina, y quizá tenía razón. La escribí de madrugada, porque la soñé: soñé las serpientes tragándome y soñé la música medio árabe que tiene, con el bajo en clave de son y todo. La cita de Bretch se la puse como brújula, porque si hoy resulta misteriosa, cuando la hice era desconcertante. Entonces parecía demasiado críptica, y yo necesitaba de un recurso para darle sentido. Y confieso que el sabio de Bretch empezó su ayuda por mi mismo.


12. Rabo de Nube


La escribí en la ciudad de México, a fines de los 70, una tarde en que me quedé solo en la casa de un amigo que nos daba albergue, a Noel Nicola y a mí. Pero la tenía escrita en la percepción desde que era niño y la había intentado varias veces. En Girón-Preludio le pasé la mano, pero la dejé ir. Me parece que todo el que ha sido niño y ha visto un tornado, ha sentido fascinación por el poder de la naturaleza. En Cuba la gente del campo les llama rabo de nube. Lo demás es crecer, vivir el mundo y darse cuenta de lo necesarios que serían, si barrieran con todas las tristezas. Para mi esta canción significa comunicarme con un sentimiento de todos, seamos de donde seamos y pensemos como pensemos. Algunos jazzistas se han fijado en ella: hay versiones de Charles Lloyd, de Chucho Valdés, de Charlie Hyden y de otros.


13. Unicornio


Cuando apareció la canción, el diario "El Mercurio", de Chile, hizo una encuesta preguntando qué era el unicornio para cada entrevistado. Isabel Parra me trajo la página y leerla fue estremecedor. Cuánta razón había en cada una de las interpretaciones: una señora hablaba de su esposo muerto, una niñita lloraba su cachorro perdido... Creo que descubriendo todo aquello me di cuenta de lo que había escrito. Con Unicornio sucedieron otras cosas extrañas: la escribí a finales de 1980, o en enero del 81, no recuerdo. Lo que sí sé es que el disco fue editado en el 82. Y resultó que el año siguiente, 1983, fue nombrado como año mundial del unicornio por la UNESCO. Entonces comenzaron a aparecer libros, almanaques, agendas, y hasta se hicieron peregrinaciones al museo de Los Claustros, en New York, donde se encuentran los cincos famosos tapices de los unicornios. Para colmo, unos pocos meses después, un ingeniero genético inglés consiguió un cabrito con un solo cuerno en la frente. Todo eso fue, y sigue siendo, un gran misterio para mi.


14. Oh Melancolía


Era una canción que necesitaba hacer. Llevaba años trabajando con Afrocuba, dándole preferencia a los ritmos, y mi espíritu añoraba la lírica. El tema se me ocurrió en un ensayo que detuve inmediatamente, para correr a mi casa a desarrollarlo. No me fue fácil, estuve tres meses dándole vueltas. Pero uno acaba sabiendo reconocer cuando tiene cierto tipo de materia prima entre manos y entonces no ceja. Puse en práctica todo lo que sabía, pero afortunadamente el tema mismo era algo que no sabía, que me había inducido el azar. Y el azar es una de las fuerzas más descomunales de la naturaleza. Según los físicos, de ahí nacen las singularidades, como el Big-Bang... Bueno, está claro que no creé el universo con Oh Melancolía, pero mi modesto universo musical creció con ella.


15. Casiopea


Cintio Vitier y Fina García Marruz me dijeron que era la canción que más les atraía de "Rodríguez". Qué satisfacción sentí. Porque a mi me pasaba lo mismo. El tema de los exilios. Todos somos exiliados de algo. La misma vida se encarga de exiliarnos de sitios como la niñez. Qué elemental y qué controvertido. Casiopea y Ala de Colibrí son de esas canciones que por momentos se me escapan (hay otras), y puede que algún día les descubra otros significados, como me pasó con Unicornio. Esta ignorancia de mi mismo me ha llevado a pensar que acaso soy un mostrador de sugerencias, porque el mundo se encarga de completar la dimensión de lo que expongo. Es probable que mi utilidad consista en ser vehículo, herramienta de la que algo se sirve para que la gente no olvide aspectos de sí misma.


(Tomado del blog de Silvio Rodríguez, Segunda Cita)

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Miércoles, 13 Noviembre 2013 16:47

Poéticas del Siglo XX

Este tercer tomo compila sugerentes y lúcidos textos de algunos de los más altos poetas hispanoamericanos, europeos y norteamericanos, que reflexionan sobre la creación y la poesía, el oficio y destino del poeta como hacedor de realidades a través de la palabra, el constante de trabajo con el lenguaje y la contradictoria y controversial relación del artista con la sociedad.

 

Formato: 22 x 22 cm

Tomo: 3

250 páginas

P.V.P.: $ 38.000

 

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Jueves, 31 Octubre 2013 08:21

Robert Redford y la ética del activismo

Robert Redford y la ética del activismo

Robert Redford mira hacia atrás, hacia los años del activismo estudiantil contra el Gobierno de EE.UU. y su política en la Guerra de Vietnam, para retratar la situación ahora, o mejor dicho, para hacer la radiografía de la generación de los jóvenes del mundo occidental, buscar sus motivaciones, calcular su fuerza y, sobre todo, preguntarse si son un posible relevo hoy. Lo hace en su película Pacto de silencio (The Company you Keep), un thriller que dirige y protagoniza y con el que recupera la memoria de los Weatherman, conocidos también como The Weather Underground, una organización radical de izquierdas de los setenta que llegó a poner bombas en edificios públicos, asegurándose de que no moriría nadie en esas acciones.

 

El actor y director, que ha reunido un reparto de auténtico lujo para esta película -Susan Sarandon, Julie Christie, Nick Nolte, Brendan Gleeson, Shia LaBeouf, Richard Jenkins...- propone al espectador una reflexión acerca del uso de la violencia, la necesidad de buscar la verdad y la importancia de mantener la esperanza en la posibilidad del cambio. Son cuestiones que surgen de la historia de Jim Grant, un abogado especializado en derechos civiles, que tiene que abandonar a su hija y su vida de los últimos treinta años, cuando un periodista desvela su auténtica identidad, la de un antiguo radical antibelicista de los setenta, fugitivo buscado por asesinato (en esta ficción hay un muerto en una de las acciones de los Weatherman).


Movimientos estudiantiles

 

"Tengo la sensación de que América siempre quiere resolver las cosas muy deprisa, sin pensar en los costes o las consecuencias, o en cómo eso afecta a las vidas de las personas. Y yo cada vez estoy más y más interesado en las zonas grises, donde las cosas no son nada fáciles de cuantificar", dijo recientemente el veterano actor y director refiriéndose a esta película y a aquel grupo estudiantil. Son declaraciones de una entrevista donde reconocía que, aunque no participó en aquellos movimientos en su juventud, siempre simpatizó con ellos.
La postura de Redford en Pacto de silencio es clarísima. Hay que pelear, hay que luchar por lo que creemos, hay que involucrarse en la creación de un mundo mejor y son los jóvenes los que deben liderar esa batalla. Pero el mensaje se tropieza con algunos enemigos a lo largo del camino y uno de los peores es el que él mismo crea al enfrentar su personaje con el que interpreta Shia LaBeoauf, el de Ben Shepard, uno de los periodistas más aborrecibles del cine de los últimos años.


Pensado para ser el hombre que toma el relevo del personaje principal, Redford presenta a Shepard como un reportero de periódico local, muy ambicioso y absolutamente carente de ninguna ética del periodismo. Compra información con total naturalidad, miente, hace promesas falsas... "Ahora me explicó por qué el periodismo ha muerto", es una de las frases que al comienzo de la historia le dedica el personaje de Jim Grant. La intención es llevar a este joven periodista por un recorrido de reconocimiento de la verdad hasta convertirle en el 'relevo' y en el símbolo de la nueva generación de luchadores democráticos. El problema es que cuando el proceso ha terminado, ya no hay tiempo para empatizar con el personaje.


La posibilidad de cambiar el mundo


El discurso de Redford es ineficaz justamente por esa pérdida de pulso cinematográfico, sin embargo, sí funciona desde otros ángulos. Pacto de silencio es una reivindicación de la solidaridad, el trabajo en equipo y, sobre todo, la lealtad. Los miembros de aquel grupo radical jamás se han delatado unos a otros, siempre se han respetado y han sido capaces de discutir civilizadamente las estrategias de acción. Algunos han desistido de sus sueños, pero otros aún creen en ellos.


"Yo sigo creyendo en la posibilidad de cambiar el mundo", sentencia Mimi Lurie, la activista a la que da vida Julie Christie, una actriz que, por cierto, siempre ha dejado constancia de su postura progresista. En la película, es el personaje determinante, el que finalmente debe decidir. Es una mujer que ha apostado por mantenerse en la lucha a pesar del paso de los años. "Es también una fugitiva, pero cree que entregarse sería como colaborar con las fuerzas contra las que luchaba; sería como aceptar sus convenciones -dice-. Mucha gente podría pensar que es estrecha de miras, cuando lo cierto es que ve mucho más allá. Ha elegido lo que cree que va a ser la manera más efectiva de operar, mientas que la mayoría de las personas siguen lo que les mandan. Esa es la verdadera estrechez de miras. Al final lo que tiene es una integridad descomunal. Diría que es una integridad 'dolorosa' porque la integridad es un asunto doloroso".

 

"Comerciar honradamente con marihuana es un delito, pero lo de las preferentes es legal". Así define este personaje el mundo que desprecia y que quiere cambiar, un mundo al que también se enfrenta Redford desde su postura de cineasta, desde la que formula -con más o menos efectividad- preguntas necesarias. "Pensé que ésta era una buena historia y que ofrecía la oportunidad de ver el interior de un acontecimiento que es parte de la historia americana", afirma y añade: "Por otro lado, tenía a muchos amigos que estuvieron involucrados en aquellos movimientos. Vi lo que estaba ocurriendo, podía ver lo bueno de todo ello. La razón por la que la gente era tan apasionada era porque había una corriente entonces..."


Aquí, Redford recupera la memoria de aquellos estudiantes que lucharon para terminar con la guerra de Vietnam, los presenta como alternativa posible hoy, y, con ellos, además rememora los versos de la canción de Dylan que dieron nombre a ese grupo radical: "You don't need a weather man / to know which way the wind blows" ("No necesitas al hombre del tiempo para saber de qué lado sopla el viento").

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Martes, 22 Octubre 2013 08:56

Manon Lescaut: el amor como destino

Hay mujeres que pasan a nuestro lado y obtienen alguna mirada, y en el mejor de los casos, algún deseo o sueño. Hay mujeres que quisiéramos haber conocido y hubiéramos dado la vida por pasar un tiempo con ellas. Y hay también mujeres a las que jamás habríamos querido conocer en la existencia. Y también mujeres en las que se conjugan ambos sentimientos: el cielo y el infierno. El amor total.

 

El abate Antoine François Prévost ha escrito una novela (1731) destinada a ser eterna, basada en experiencias personales. (¿Conoció a algún joven como el caballero Des Grieux? ¿Hubo en su familia una historia semejante? ¿Pudo acaso suceder que él mismo, en el interregno cuando no fue sacerdote, hubiera estado cerca de una experiencia parecida? No hay información fiable en ninguna dirección hasta la fecha).
La historia comienza cuando el caballero Des Grieux tiene diecisiete años. Y termina cuando éste ha pasado los veinte. Son, por tanto, casi tres años de tribulaciones, pasión, amor, sufrimiento y vida. Una vida vivida plenamente en algo menos de tres años. El resto, antes o después, no importa. La luz se difumina y se pierde en oscuridad hacia delante o hacia atrás por fuera del foco de esos casi tres años.
La historia sucede en flashback. Y termina, como corresponde, en el presente. Y frente al presente, sin ninguna duda, cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin importar las circunstancias.


Y las paradojas del sentido del tiempo. Pues el relato en flashback tarda una hora en su primera parte. Y la segunda mucho menos. Es lo que dice el propio relato.


Es una historia de amor entre un joven cuyo nombre de pila jamás conoceremos; tan sólo que es Des Grieux. Y una joven mujer, que le otorga el título a la novela: Manon Lescaut. Y una serie de personajes; de reparto y episódicos, secundarios y pasajeros. Pero ante todo: el destino. Ese destino indómito, furioso, ciego – como corresponde, por lo demás, a todo destino.


Destino, fatalidad, providencia – karma. Una acción que se entreteje con otras y que tiene efectos insospechados, a mediano y a largo plazo. El caos determinista, literalmente.


Pero no es el joven Des Grieux quien es el motor de la historia. En todas y cada unas de las páginas es tan solo el efecto. Él es el resultado de una fuerza indómita, atractiva –¡infernalmente atractiva!-, hermosa, y cuyo nombre es Manon Lescaut. Una joven ligeramente mayor que el caballero Des Grieux, pero con una experiencia infinitamente mayor.


Es el amor a primera vista con la joven Manon Lescaut. Amor a primera vista, como gusto y pasión despertaba la joven también en los hombres desde la primera apariencia, sin importar la edad de éstos. Un amor del cual los hombres difícilmente podían retraerse. Pero al cual sólo podían acceder los más pudientes, gracias a los gustos y las debilidades de Manon.


Un prisma de la novela puede ser la puesta en evidencia de la vanidad de la moral y la ética y en general de todos los criterios abstractos y universales, relativamente a la fuerza de las acciones; la fuerza de las cosas, como lo diría a su manera, en otro contexto, pero en la misma longitud de onda S. De Beauvoir. La force des choses. Frente a lo cual, lo real son los detalles de las costumbres y los actos. Ética situacional, si se quiere. Inteligencia práctica de cada circunstancia, en realidad. Pues lo que tenemos en cada página es una seguidilla de costumbres y actos, hilvanados unos, sorpresivos e improvisados otros, todos los cuales se constituyen en las hebras que tejen los destinos. Destinos individuales, familiares, sociales e incluso institucionales.


Manon es una muy hermosa joven con el mayor gusto por los placeres y el lujo. Y gusto también, hay que decirlo, por el cuerpo y las artes amatorias. Y sin embargo, no es una mujer banal. Pues disfruta de la vida como hay que gozar de los momentos: como llegan y como se van.


El momento, el instante, la oportunidad, y el disfrute del cuerpo y las situaciones. Frente a lo cual los planes son lo irreal. Planes y proyectos, propósitos y sueños. Si cada día trae su afán, cada instante es eterno.


Manon Lescaut, joven y bella, talentosa y dulce, madura y juguetona, atrevida e inocente, y siempre encantadora; literalmente. Y aficionada desmedida por los placeres. Y siempre una mujer de pasiones. Las perfectas combinaciones contradictorias que vuelven locos a los hombres.
"Preveo que voy a perder por tí mi reputación y mi fortuna; en tus lindos ojos leo mi destino; pero tu amor me consolará de todas las pérdidas", le dice el joven a su futura amada. Y no existe ningún dejo de tristeza, arrepentimiento ni dolor. Por el contrario, es uno de esos extraños flashes de seguridad que se tienen en la vida. Haces de luz lumínicos pero vertiginosos. Los tenemos en la vida, y se van. Los grandes escritores, pintores, poetas o pensadores los logran capturar. Y hacen de ellos magníficos relatos.


"Los favores de la fortuna no me importan; la gloria me parece humo; mis proyectos de vida religiosa eran locuras de mi imaginación; en una palabra, todos los bienes que fueran a venirme fuera de ti son despreciables, puesto que no podrían competir en mi corazón con una sola mirada tuya", dice Des Grieux en las fiebres del amor. Él que tenía una vida (pre)diseñada, cuyos augurios familiares y sociales eran lo mejores. Sin duda, una vida de reconocimientos intelectuales, de fama y riqueza, de bienestar y viajes, de mundo culto y refinamiento. En todo caso, un hombre de virtudes.


Y sin embargo, conocerá los límites más cortantes, incluso los abismos más profundos. El dolor y el desgarramiento.


Tres veces le fue infiel Manon al joven Des Grieux. Muchas más de las que la mayoría de los humanos pueden soportar. Esta es también la historia de cuando las infidelidades se leen con los ojos del amor y se perdonan. O con la inocencia del corazón, y entonces se justifican.
Definitivamente, el amor es un universo paralelo, una dimensión paralela cuyas reglas y lógica no se corresponden para nada con el mundo normal de los seres humanos común y corrientes.


Des Grieux y Manon son dos hebras de un mismo hilo. Y de cuando en cuando hay varias agujas que los tejen, a veces con buenos propósitos, a veces con maldad y perfidia, y a veces también contingente, aleatoriamente.


Y la amistad de Tibergo; amigo como pocos. Como acaso sólo existen en la literatura. Amigo del joven Des Grieux; que lo campaña hasta el infierno y lo salva de él. Que lo ve hundirse en la desgracia y espera que el enamorado aprenda, de una vez por todas. El amigo que no vive las experiencias del otro, pero que comprende y observa; observa y actúa.


Pero siempre, constante, como un atractor extraño y fijo a la vez, Manon.


"Manon era una criatura de carácter extraordinario. Jamás mujer alguna había tenido menos apego al dinero que ella; pero no podía vivir tranquila un momento ante el temor de carecer de él".


Manon despierta en el caballero Des Grieux los más puros pero también extremos amores. El amor, esa dimensión que atraviesa al cuerpo y al alma, a la existencia y al destino, a familiares y amigos, y en contadas ocasiones, incluso a la historia. Como fue, por ejemplo, el caso de Cleopatra y sus vaivenes entre Julio César y Marco Antonio. Allá donde el poder se somete a la fuerza de las pasiones.


"El amor es una pasión inocente; ¿cómo se ha trocado para mí en un manantial de miserias y desórdenes?", acierta a balbucear el caballero enamorado. Si el amor es un don de los dioses, ¿por qué hace sufrir a veces a los humanos? Una razón es que los humanos no terminan de conocer a los dioses. Sólo les creen y los adoran; a falta de algo mejor.


Con sabiduría, Prévost pone en boca del personaje masculino estas reflexiones: "El común de las gentes sólo es sensible a cinco o seis pasiones, a las cuales se reducen sus agitaciones, y en cuyo círculo gira su vida. Quitadles el amor y el odio, el placer y el dolor, la esperanza y el temor, y no sentirán nada. Pero las personas de un carácter más noble pueden ser movidas de mil modos distintos". Y más adelante: "De ahí que soporten con tan poca paciencia el desprecio y la burla y que la vergüenza sea una de las pasiones más violentas".
¿Puede decirse que la virtud es infinitamente superior al amor? ¿Quién puede con seriedad afirmar algo semejante, en sus cabales? El amor no se opone a la virtud. Es, sencillamente, un universo paralelo, que a veces se toca con éste, al que la gente llama "realidad".


"El amor es más fuerte que la abundancia, más fuerte que los tesoros y las riquezas; pero necesita su ayuda, y no hay nada más desesperante para un amante delicado que verse conducido por su causa, y a pesar suyo, a la grosería de las almas más bajas".
Dados los placeres y gustos, las alegrías y las debilidades de la joven Lescaut, la escasez y la penuria, la indigencia y las necesidades económicas acechan continuamente la estabilidad de la pareja. El amor, según parece, todo lo aguanta, menos la pobreza. Aunque también es verdad que el amor soporta hasta la pobreza y la indignidad más viles, y nada puede descomponerlo. Una vez más, todo depende de la biografía y el resorte social, del piso cultural y de la fuerza de los actos.


Las traiciones e infidelidades de Manon no están en la búsqueda de placeres, ni en la falta de amor hacia el joven Des Grieux. Sino en las seducciones del bienestar, la comodidad y los lujos. "Es muy seductor un palacio amueblado, una doncella, un cocinero, un coche y tres lacayos; el amor no ofrece tantas ventajas".


Si hay mujeres que pueden ser infieles sólo por despecho, Manon L. nunca le fue infiel a Des Grieux, pues siempre lo amó y lo siguió amando. Sólo buscaba mejores condiciones de disfrute. El amor no tiene aquí nada que ver en esta clase de infidelidades.
En contraste, pobreza y candor ofrece Des Grieux, porque es todo lo que tiene. Y un amor sin límites. Así: sin límites. Algo de nunca creer cuando la realidad asalta por la puerta de atrás y nos vuelve descreídos y escépticos.


"¡Amor, amor! ¿No te podrás nunca reconciliar con la cordura?". Una pregunta retórica, en verdad. Un acto de negación; o de desespero. Un grito, al cabo. Una pregunta que no sabe de respuestas ni las espera, pues intuye de alguna manera extraña que no existen.


La desdicha y el amor arrastran a los amantes hasta la América profunda; profunda y vacía. Donde Manon encuentra la muerte, y acaso la luz de su propio destino. Manon, que en el momento mismo de morir, dio pruebas de su amor. ¡Qué elegancia, cuánta sutileza, qué tanto gusto!


Hay mujeres misteriosas y de todo tipo. Pero también hubiera podido ser al revés: hombres en toda la línea de lo que hemos dicho. En el mundo de las posibilidades nada de ello se excluye. Incluso en el mundo de los encuentros y las realidades. Sólo que la mirada se ha detenido por un instante en esa novela maravillosa del abate Prévost. Que no es, en absoluto, literatura de (ningún) género.


Contemporáneo de Prévost, François Boucher, se siente atraído en pleno rococó por el descubrimiento cultural del cuerpo. Detrás suyo, o debajo, como soportes, Rubens y Watteau.


Boucher ha leído en su época -¿quién no?- la novela excelsa de F. Prévost. Y parece haberse obsesionado en sus pinturas con Manon Lascaut. La crea y la recrea, primero, con ese cuadro simbólico singular que es Leda y el ganso, de 1740. El ganso, un motivo recurrente en la pintura, el amor y el cuerpo. Y más tarde, ese cuadro premonitorio que es La odalisca morena de 1745. Hasta llegar al cuadro que mejor destaca a perfectamente a Manon Lescaut, conocido como la Odalisca rubia, más típicamente conocido como Desnudo en reposo: retrato de Mademoiselle Louise O' Murphy de 1751. Que es cuando la realidad, una vez más, copia a la ficción. ¡Como debe ser, por lo demás!
Rafal Olbinski, ese pintor contemporáneo heredero del surrealismo, se ha caracterizado por una alta sensibilidad y refinamiento cultural y artístico, al mismo tiempo.


Son conocidos sus muy destacados afiches y cuadros para las óperas. Pues bien, Puccini escribe en 1882 una ópera preciosa con la historia, con la tragedia. Con música de Jules Massenet, y cuyas arias condensan y unifican, despliegan y explican de forma maravillosa el tejido de la historia.


(Para ser honestos, la ópera, esa especie de televisión y divertimento en las épocas anteriores a la televisión de tubos catódicos, primero en blanco y negro y luego a color, y más tarde en HD y en 3D; hasta la fecha).


Olbinski ha pintado un cuadro que en la línea y en los motivos, en los juegos y en el estilo recuerda, sin ninguna dificultad a Magritte.
Una joven rubia, de ojos claros y rostro fresco emerge en el primer plano. Con seguridad, creemos, una joven digna de todas las miradas y los deseos más recónditos y pasionales. Nada más, nada menos. Contra un cielo azul, adornado de nubes blancas y ligeras. No existe el piso, ninguna clase de soporte terrenal. Todo es aire y cielo, todo es mundo etéreo y la semblanza de armonía y tranquilidad, de belleza y atracción tranquila. Imposible no entregarse, o por lo menos dejarse llevar, por la primera apariencia.


Y entonces, una mano, una mano que puede ser, sorpresivamente la suya propia, corre el rostro como una cortina, en donde se desenvuelve, como en un teatro, la verdadera escena.


Y lo que aparece ante la mirada golpea la sensibilidad más fina. Es la misma Manon, prisionera, en una jaula, en una celda. Los brazos levantados luchando contra el destino, clamando por ayuda, mirando de frente a los espectadores, cómodamente sentados en sus sillones; en la luneta o en los balcones, en los palcos, en el primer piso o en los niveles superiores. De frente, de lado, o más oblicuamente. Y la distancia. Siempre la distancia entre el espacio escénico, el público, y algo más allá el foyer.


La mirada de la joven encerrada, encarcelada es directa a nuestros ojos. Y su boca abierta expele un grito sordo que nos negamos a escuchar. Un grito à la Munch. Un grito desgarrador e irreparable. Y en el fondo, el negro, ese color oscuro síntesis o fuente de todos los demás colores. El negro sin fondo del que sobresale Manon. Y que se aferra a las barras de su prisión como para no ser absorbida por el negro profundo, hambriento de vidas, luz y existencia. Agujero negro del que nada escapa.


Olbinski parece concentrarse en la segunda parte de la novela. La travesía desde Paris al puerto, y desde el puerto hasta Nueva Orleans, en América; allá donde se enviaba a los indeseables y los castigados. Como hacía Inglaterra con Australia. O incluso Holanda con Suráfrica. Para no mencionar el caso de Nuestra América latina.


Des Grieux sigue a Manon y gasta sus últimos centavos con los guardianes, para estar cerca de su amada. Y vivir voluntariamente el exilio forzado, el castigo.


La belleza de Manon se afecta pero no se deja deslucir por el llanto y el sufrimiento, por la desdicha y el castigo. Porque lo que hace sufrir a Manon no es su propio destino, sino saberse amada de tal manera por ese joven que hace del destino de ella el suyo propio.

 

Pero cabe otra interpretación alterna en el cuadro de Olbisnki (1945 – ). Lo que se desvela cuando la cortina se corre es el destino. El destino fatídico (contradictoriamente no todo destino lo es), del que no se aprecia sentimiento alguno.


La sensibilidad se adivina; la emoción se anuncia; la subjetividad se entrevera. Pero lo que resulta evidente, a todas luces, es el destino que nos ata, nos encierra y nos determina.


Pues eso es el destino al fin y al cabo: el triunfo del determinismo. El futuro tejido desde el pasado y en clave de pasado. Del cual nada ni nadie se escapa. El destino del cual, decían los griegos, que mucho sabían al respecto, ni siquiera los dioses pueden liberarse. Los griegos, esa civilización que hereda a Occidente el determinismo –Edipo rey, Edipo en Antígona, y que Sófocles tan sólo esculpe en sus cuadernos- y que los cristianos leerán como el pecado original.


Olbinski capta de manera maravillosa el fundamentum de la novela de Prévost. Y nos invita a leerla; a leerla y releerla. Provocándonos a leer o imaginar algo de subjetividad, esto es, de humanidad, en el guión del destino.


Al fin y al cabo, el surrealismo es/fue ese movimiento –una vanguardia artística y estética en su momento-, de entreguerras que se levantó contra la gravidez de la realidad, y el sentido ctónico de la existencia.


Sorprender a la imaginación, develar los engaños de la percepción, encontrarle fisuras al mundo, reírse en fin de los poderes establecidos. En cualquier caso, con Olbinski, justamente eso: atreverse a correr la cortina para enfrentarnos a la otra cara de la apariencia. Esa cara que sí conoció Des Grieux, y que los sucesivos amantes de Manon Lescaut jamás imaginaron ni entrevieron. Pues se quedaron en la apariencia y el momento, en la piel y en el instante.


Des Grieux amó como ninguno a Manon, yfue el resultado del destino de ella. Manon Lescaut, que mucho antes del romanticismo, mereció ser amada más de lo que merecía porque alguien pudo ver al mismo tiempo su cuerpo y su piel, pero también la mirada de sus ojos, y el timbre de la risa; que son resquicios por donde se cuela el alma. En ocasiones.


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Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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"En América latina estamos cumpliendo el ideal de Bolívar"

Unas pocas líneas de Ernesto Cardenal dicen un mundo, una bella galaxia en la que todo cabe, con un estilo sencillo, directo, sensible. "¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos. Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta estuvieron en las entrañas de una estrella. Somos polvo de estrellas (...) De las estrellas somos y volveremos a ellas", se lee en la Cantiga 4 titulada "Expansión", incluida en Cántico Cósmico, tercer tomo excepcional de su Poesía Completa, publicada por editora Patria Grande. En el prólogo de esta edición tan necesaria como fundamental, el poeta venezolano Luis Alberto Angulo plantea que no caben dudas de que en algún momento comenzará sin resistencia a ser leído colectivamente como uno de los grandes poetas místicos de la humanidad.

 

"Quizás entonces nadie se asombrará de que los entes educativos y culturales de los gobiernos más avanzados del mundo publiquen en grandes tiradas sus obras y las repartan gratuitamente entre los estudiantes de todos los niveles." El Ministerio de Educación de la Nación ha distribuido las obras del poeta, sacerdote, teólogo, traductor, escultor y ex ministro de Cultura del gobierno sandinista –entre 1979 y 1987– en una colección para bibliotecas de escuelas secundarias (ver aparte). El bastón, las sandalias de pescador y la boina calada al estilo del Che avanzan ralentizando el tiempo en este hotel de Congreso. "Prefiero que no me hagan homenajes. No me agradan", dice el fatigado poeta que a los 88 años podría ser una suerte de Bartleby latinoamericano de la poesía.

 

Aunque preferiría no hacerlo, Cardenal será homenajeado hoy a las 17.30 en el Salón Leopoldo Marechal del Palacio Sarmiento, en una actividad organizada conjuntamente por el Ministerio de Educación y la Editora Patria Grande. Participarán la periodista y conductora Ana Cacopardo, la cantante Teresa Parodi, el actor Horacio Roca y el poeta y conductor Tom Lupo, quienes leerán poemas del poeta nicaragüense. Los periodistas y escritores Reynaldo Sietecase y Stella Calloni compartirán sus experiencias sobre cómo Epigramas, Hora 0, Salmos, Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, El estrecho dudoso, Canto Nacional, Oráculo sobre Managua y Los ovnis de oro, entre otros títulos, impactaron en sus vidas y en sus obras. También hablará el poeta Jorge Boccanera. En el marco de su visita al país, el autor de El Evangelio en Solentiname será de la partida del Primer Festival de Poesía en la Feria del Libro de Mendoza, el próximo viernes. Y el sábado, finalmente, presentará su Cántico Cósmico en el Espacio Cultural Le Parc, de Guaymallén. En 2009 obtuvo el Premio Pablo Neruda de Poesía, el primero que recibió quien hasta entonces se consideraba "el poeta menos premiado de la lengua castellana". El año pasado, para atemperar esta sentencia o prejuicio, le otorgaron el Premio Reina Sofía. Y quién sabe si no se avecina el Premio Nobel de Literatura, al que estuvo nominado en 2005, a pesar de que Cardenal agita las manos como si estuviera espantando mosquitos suecos.

 

Un Big Bang descomunal ha sido el impacto que le produjo la poesía norteamericana, especialmente la obra de Ezra Pound, a quien tradujo al español, luego de su permanencia en Nueva York, entre 1948 y 1949, como estudiante de la Universidad de Columbia. Del poeta norteamericano, Cardenal tomó un recurso que "consiste más que en un collage, más que en la cita de un trozo de rango poético, en una sabia redistribución de la prosa del historiador o del viajero hasta que alcance un nivel lírico o épico". "Sus poemas son así, bellos y vastos documentos ajenos cuya gracia está en los cortes y en las junturas", advierte Pablo Antonio Cuadra. El sacerdote y monje trapense comprometido con la liberación de los pueblos reconoce que la influencia capital de Pound le hizo ver que "no existen temas o elementos que sean propios de la prosa, y otros que sean propios de la poesía". "Todo lo que se puede decir en un cuento, o en un ensayo, o en una novela, puede también decirse en un poema. En un poema caben datos estadísticos, fragmentos de cartas, editoriales de un periódico, noticias periodísticas, crónicas de historia, documentos, chistes, anécdotas, cosas que antes eran consideradas elementos propios de la prosa y no de la poesía."

 

Su mirada se enciende cuando recupera al niño que fue. "Mi primer recuerdo no es escribiendo, es haciendo un poema antes de poder escribir. Lo decía de memoria, creo que tendría unos seis años. Así empezó la humanidad y así también empezó mi poesía en la infancia", cuenta Cardenal a Página/12.

 

–Al releer su Poesía Completa, llama la atención encontrar en uno de los Salmos que "las galaxias cantan la gloria de Dios...", algo que trabaja intensamente en Cántico Cósmico. Su interés por la ciencia y el universo aparecen tempranamente, ¿no?

 

–Pues sí, de muy joven tenía interés por la ciencia, por hacer poesía con la creación y con el lenguaje científico, no el lenguaje –digamos– bíblico, sino de los descubrimientos más recientes. Desde la época de los Salmos y otros poemas juveniles estaba la poesía científica. Y después, leyendo más, documentándome más, fui ampliando esa poesía científica. Desde entonces tenía la vocación de "poeta de la ciencia", si se puede decir así. La poesía ya estaba desde el principio, con Dios.

 

–¿La incertidumbre científica no colisionó con su cristianismo? ¿Siempre pudo compatibilizar ciencia y fe?

 

–Sí, perfectamente. La fe y la ciencia para mí son lo mismo. No hay ningún conflicto porque la ciencia es la explicación de la creación, la creación es poema y el creador es poeta. Poema es creación en griego y San Pablo llama a la creación de Dios "poiema", como un poema de Homero.

 

–Se suele pensar que la ciencia se opone a la fe o que al menos la cuestiona.

 

–Así ha sido muchas veces ese conflicto. Pero en mi caso no, de ninguna manera.

 

–¿Por qué no se dio ese conflicto? ¿Tal vez el arte contemplativo le permitió unir elementos que a veces se contraponen?

 

–Pudiera ser, sí. También como poeta, que viene a ser casi lo mismo que el arte contemplativo. Cántico cósmico está pensado como una épica o una epopeya.

 

–¿Hay épica y epopeya en la poesía actual?

 

–Casi no hay. Hay en la novela, pero no en la poesía. La novela es la épica actual. Y por eso la novela es muy popular y la poesía no. Casi nadie lee poesía y eso es culpa de los poetas, que escriben una poesía que no interesa.

 

–Cuando dice que la culpa es de los poetas, ¿se refiere a que no son claros en los poemas que escriben?

 

–Exactamente. Son herméticos y no se entiende ni es para entender, y por lo tanto no es para interesar a la población. Yo siempre quise hacer una poesía que se entendiera y que comunicara.

 

–Se dice que sólo conocemos alrededor de un 9 por ciento del universo, una cifra pequeña.

 

–Así es, más o menos. El universo visible es una parte ínfima. Gran parte de la materia no la vemos, es la llamada "materia invisible".

 

–¿Qué hace el poeta con eso que no se ve?

 

–Es el gran misterio sobre el que podemos meditar, aunque la mayoría no piensa en eso. Pero debe pensarse porque la mayor cantidad de realidad que existe es la que no se ve: la energía oscura y la materia oscura. Me gusta mucho mirar las estrellas también cuando hago oraciones, así tengo el universo presente, comunicándome con Dios a través de su creación.

 

–¿Lee muchos textos científicos?

 

–Sí, es casi todo lo que leo. No suelo leer poesía porque ya no encuentro nada nuevo en lo que se escribe. Leo libros de ciencia. O bien temas de actualidad, que son también los temas de Cántico Cósmico.

 

–A propósito de la actualidad, ¿cómo vive el presente político de Latinoamérica?

 

–Con mucho amor, con mucho interés, con mucha preocupación, con mucha esperanza. Y sobre todo con optimismo. Hay una nueva realidad en América latina, una nueva independencia. La primera independencia fue del imperio español, ahora es del imperio yanqui. La segunda independencia se está logrando en muchos países, en algunos ya con gobiernos independientes. Y en otros con una independencia relativa. Hugo Chávez fue una gran figura; puede haber tenido los defectos que tú quieras. Sin embargo, su gran mérito fue reanudar el ideario de Bolívar: la creación de una América latina unida para contraponerse a la del Norte. Estamos cumpliendo el ideal de Bolívar de hacer una sola nación.

 

–En ese sentido, ¿cómo anda Nicaragua?

 

.. Muy mal. Lo que hay ahora no es una revolución ni es de izquierda. Es una dictadura personal, familiar, de una pareja, de un matrimonio y sus hijos. Algo muy vergonzoso... Para mí es peligroso seguir hablando de este tema porque tengo que regresar a Nicaragua.

 

–¿Es peligroso para usted vivir allá?

 

–Sí, pero no puedo seguir hablando...

 

Y no habla por unos segundos, como si se replegara en un silencio irreprochable. Este sacerdote ha integrado escritura y militancia política y, junto a su maestro y amigo Thomas Merton, fundó en 1966 una pequeña comunidad contemplativa en Solentiname, donde se fomentó el desarrollo de cooperativas, se creó una escuela de pintura primitiva y un movimiento poético entre los campesinos, además del trabajo de concientización sobre la base del Evangelio interpretado en clave revolucionaria. "Como marxista, Cardenal es hereje; y como sacerdote católico, está al filo de otra herejía, pues rechaza la noción de la incompatibilidad de fe cristiana y política socialista –subrayó Paul W. Borgeson–. En poética, también discrepa con circunscripciones tradicionalistas, en su rechazo de la metáfora y su inclusión de lo común y corriente dentro del arte verbal. Creer y crear, política y fe en Dios no están reñidos para Cardenal: contrariamente, insiste en que el uno lleva definitivamente a lo otro. Así, estas vertientes marcan su obra definitiva." Cuando Juan Pablo II visitó oficialmente Nicaragua, en 1983, el pontífice –frente a cámaras de televisión que transmitían a todo el mundo– amonestó e increpó severamente al poeta y sacerdote, arrodillado ante él en la misma pista del aeropuerto, por propagar doctrinas apóstatas según la fe católica y por formar parte del gobierno sandinista. El sacerdote de la teología de la liberación, obstinado rebelde contra el Vaticano, estaba recién llegado a Mendoza, en abril de este año, cuando se desayunó con una sorpresa. "En la primera entrevista que tuve, el periodista me preguntó qué opinaba del papa argentino. ¿Cómo el papa argentino? Pensé que preguntaba por el caso de que se eligiera alguna vez un papa argentino. Tres veces le tuve que preguntar hasta que entendí que habían elegido un papa argentino", recuerda el poeta.

 

–¿Cree que habrá cambios en la Iglesia?

 

–Sí, al principio no pensé que pudiera estar haciendo todo lo que está haciendo... algo verdaderamente increíble porque está poniendo las cosas al revés. Como debe ser, porque todo estaba mal puesto. Que un papa no ande en el papamóvil sino en el carro más pequeño del Vaticano es el mundo al revés. Los últimos serán los primeros; eso está haciendo Francisco.

 

–¿Cree que el papa Francisco puede revisar la "suspensión a divinis" que pesa sobre usted?

 

–A mí no me afecta porque es una prohibición para administrar sacramentos y yo no me hice sacerdote para administrar sacramentos y andar celebrando bautismos y matrimonios, sino para ser contemplativo. Y sigo siéndolo. Es más bien un estorbo para mí la práctica pastoral, no es mi vocación. Como poeta y como sacerdote soy un contemplativo.

 

–¿Qué pasaría si el Papa le quitara esa prohibición de suministrar los sacramentos?

 

–Más bien me puede complicar la vida. Me pondría en compromisos que no tengo actualmente... Ya me siento muy cansado, casi no dormí anoche y me estás haciendo muchas preguntas.

 

–¿El próximo premio que recibirá será el Nobel de Literatura?

 

–Me complicaría también la vida... no creo que exista ese peligro.

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Miércoles, 25 Septiembre 2013 07:13

Oliver Stone, otra historia (de EE UU)

Oliver Stone, otra historia (de EE UU)

El guerrillero cinematográfico, el amante de los excesos, el cineasta provocador viene hoy vestido con el atuendo de un profesor universitario de Historia. Oliver Stone (Nueva York, 1946) está en San Sebastián presentando el cuarto montaje —asegura que el definitivo— de la película Alejandro Magno y también su serie televisiva The untold history of United States (La historia nunca contada de Estados Unidos), 12 capítulos que desvelan la cara oculta —o al menos oscura— de su país. El primero, el dedicado a la Segunda Guerra Mundial, arranca su montaña rusa con un montaje vibrante, sin entrevistas cara a cara, pero sí con toneladas de documentos visuales y sonoros y la voz efervescente como narrador de Stone.

 

Ese capítulo es también el que le sirve como prólogo. "Queríamos darle la vuelta a todo, poner en duda lo establecido, porque lo que estudié yo, lo que han estudiado mis hijos, no es la auténtica verdad. Nací en 1946 y lo que he visto ha sido asombroso. Nunca sospeché que se derrumbaría el sistema comunista, que el gobierno estadounidense se convertiría en el imperio de un mundo del que es el policía. Les decimos a todos lo que deben de hacer. Edward Snowden ha huido de Estados Unidos a Rusia; en los años cincuenta hubiera salido de la URSS para llegar a mi país. El mundo está al revés. Estados Unidos es hoy el gobierno sin ley, nadie se mete con nosotros, somos el imperio que lo controla todo, una sociedad agresiva y militarista, y yo cuento cómo hemos llegado hasta aquí", explica Stone.


Televisión Española va a emitir a partir del próximo lunes diez de esos capítulos. ¿Por qué solo diez de los doce? "Entregué los dos últimos episodios un par de años después de los primeros, y son una especie de prólogos que arrancan desde la guerra de 1898, pasando por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, y el periodo de entreguerras. Están llenos de nombres y lugares. Son más complejos para la gente joven".


Oliver Stone jamás se ha quedado de brazos cruzados. Ante algo que le detuviera siempre reaccionó empujando fuerte. Contra toda frustración, siempre opuso acción. "No quiero sonar fatuo, pero esta serie documental es tal vez el mayor logro de mi vida profesional. Espero que quede para las generaciones futuras. Hay que hacer lo que debemos hacer aunque no haya esperanza, decía Martin Luther King. Mi conocimiento es el del cineasta, y mi alma la de un director de ficción, pero a veces es imposible dramatizar, ficcionar la auténtica historia. Peter Kuznick, coautor de la serie y profesor de historia en la American University, además de experto en temas nucleares, dice que mucha de esa información se conoce en las facultades, pero que teníamos que llevarla a los chavales de los institutos. Usamos herramientas del cine de ficción, como la música y un montaje cañero para atraerles, y así aprendes mucho. No espero que la gente se lo vea del tirón, porque es más grande que una película".


Con los años, Oliver Stone se ha convertido en director histórico: con sus películas uno puede recorrer y entender parte del siglo XX y lo que llevamos del XXI. "Bueno, es tu opinión, otros dirían que ese era John Ford. Yo soy un cineasta amante de la ficción al que le atraen las tramas políticas. Crecí en un ambiente muy conservador, y tenía el punto de vista de mi padre. Necesité más de treinta años en cambiar mis ideales, fue muy lento. En los setenta viví algunas revelaciones que me transformaron: y cuanto más investigas más te das cuenta de lo equivocado que estabas. No es rebeldía contra mi padre, que murió hace ya mucho, sino sencillamente, que he madurado. Formo parte del imperio americano, vivo en Nueva York, he sido bendecido con un montón de privilegios, pero debes rebelarte contra esos privilegios. Roosevelt lo hizo en su presidencia. Si no, todos acabaremos como en Rebelión en la granja o 1984 de Orwell. Yo soy un cineasta con alma de historiador".


Oliver Stone no apuesta por Obama —"es un producto del sistema que muestra la serie, y ningún hombre puede con el imperio. Solo Roosevelt y Kennedy lograron agitarlo", sostiene— y rehúye cualquier teoría conspirativa alrededor del 11-S. "Lo que hizo Bush [con el que curiosamente el cineasta coincidió en Yale; él cree que llevan vidas paralelas] con sus acciones ha sido más dañino que el ataque original. Es una ecuación imposible de resolver ahora. Esos fundamentalistas, a los que apoyamos durante años mientras eran útiles matando comunistas, no nos atacaron por odio, como decía el entonces presidente, sino por las malas decisiones de Bush padre en la primera Guerra del Golfo. Las conspiraciones son muy atractivas para la ficción, sin embargo, eso no nos hace comprender las cosas, las causas y las consecuencias". El director asegura que fue la presidencia de George W. Bush la que le empujó a estos cinco duros años de trabajo en esta obra: "Él no es una aberración, sino otro mal ejemplo de la política imperialista americana".

 

Por GREGORIO BELINCHÓN San Sebastián 24 SEP 2013 - 21:25 CET

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Pablo Milanés. "Se oye muy mala música en todos lados"

Pablo Milanés tiene disco nuevo y la Argentina será uno de los lugares donde lo presentará en vivo: el próximo jueves, el cubano lo estará mostrando –junto a sus clásicos de siempre, claro– en el teatro Gran Rex. El disco se llama Renacimiento, y Milanés habla de "un renacer personal y profesional" para explicar su nombre y contenido. El músico conversa con Página/12 desde su "casita de La Habana, ya listo para salir a la calle", dice. Y describe este Renacimiento que eligió como nombre para su nuevo trabajo, un título sin dudas significativo. "Lo elegí por dos razones: primero, porque creo que estoy en una etapa de renacimiento de mi obra, he abordado temas que nunca había abordado, y me he atrevido a hacerlo por primera vez con géneros muy difíciles, porque son géneros de tradición oral que muy poco se estudian en las escuelas. Y luego, claro, porque la música del Renacimiento es parte de esta elección musical", puntualiza.

 

En esa intersección descansa el rumbo que ha elegido para este disco, del que por ahora hay sólo fórmulas enunciativas: "Hay poca tradición escolástica de estos géneros que yo he aprendido en la calle, el guaguancó, el chagüí, el danzón, la guajira, el son, la conga. Son expresiones muy populares de Cuba que se aprenden de esa manera y que hoy están olvidadas. Todo eso lo abordo comenzando siempre con algunas sugerencias barrocas y renacentistas", cuenta.

 

–¿Y por qué acude a estas tradiciones?

 

–Porque soy un amante de la música renacentista, de la música barroca, y del jazz también. Y de alguna manera he acudido a ellos para demostrar algo: que hay géneros que se pueden abordar dentro de la música que dan una calidad extraordinaria ya de por sí. No estoy diciendo que las canciones sean buenas, sino que las hace buenas el modo de acudir a estos géneros que nunca mueren. Es exactamente lo contrario a lo que ocurre con todo lo que se está escuchando ahora, que en mi criterio es música de muy mala calidad.

 

–¿Todo lo que se escucha?

 

–La gran mayoría. Creo que ha bajado el nivel del gusto en el mundo entero, y en especial en mi país.

 

–¿En Cuba no se escucha buena música?

 

–Se está escuchando música mala, en general cunden las televisiones y las músicas comerciales, sin sustento. En parte he hecho este disco para demostrarles a los músicos, a mis compañeros, que hay mejores músicas a las que acudir. Aunque no seas un maestro, un genio de la composición, hay géneros a los que puedes acudir que son más nobles, más espirituales, formalmente mejores. Hoy día no suena buena música ni en Cuba ni en ningún lugar; creo que se oye muy mala música en el mundo entero. Claro, llama la atención que en Cuba se oiga mala música y que los medios de comunicación, que son del Estado, no atiendan una política cultural de calidad musical.

 

–Uno tiene otra idea...

 

–Más idílica.

 

–Y los jóvenes cubanos, ¿no están haciendo músicas novedosas?

 

–Bueno, sí, siempre pienso que eso es algo interesante, que los jóvenes siguen trabajando igual, hay mucho talento en la calle. Pero no se le da utilidad, las transnacionales no los escuchan, a los empresarios no les interesa. Yo estoy aprovechando que la Universal me da la oportunidad, pero somos pocos los que podemos hacerlo. Puedo hacer conocer mi trabajo en el mundo entero, he tenido la responsabilidad de asumir eso, una oportunidad que, como dije, tenemos pocos.

 

–En la Argentina se están cumpliendo treinta años de la recuperación democrática y sus conciertos con Silvio Rodríguez quedaron como una marca de aquella época. ¿Cómo los recuerda?

 

–Me siguen pareciendo asombrosos. Nosotros no pensábamos que iban a tener esa repercusión, qué va. Es que la música nuestra primero se conoció por el boca a boca, porque sucedió un fenómeno sociológico: muchos exiliados de América, entre ellos muchos argentinos, se fueron a Europa. Y yo canté en Europa primero, en los '70, donde había muchos exiliados. Cuando llegué por primera vez a la Argentina, en el '83, la música mía era conocida perfectamente aquí, igual que la de Silvio y la de otros. No fue una sorpresa, pero sí un asombro, la manera en que nos acogieron. Vinimos para hacer un recital e hicimos 23, algo que nunca esperamos. A partir de eso fue un boom en toda América latina: el éxito que tuvimos marcó un antes y un después.

 

–¿Y qué significa hoy venir a tocar a la Argentina?

 

–Hay un público refinado, una crítica refinada, un pueblo que escucha, que lo atiende a uno, por eso a mí me interesa trabajar allí. La Argentina y México son dos países con un público extraordinario.

 

–¿Y cómo ve a Cuba hoy, más allá de su apreciación en lo musical?

 

–Antes solía hablar mucho de política, diría que hablaba de política el 90 por ciento de las notas y luego, el diez restante, de mi música. Hoy en día no tengo que hablar de política, los propios dirigentes cubanos se encargan de eso. Hay una autocrítica absoluta a todo el mal trabajo que se ha hecho, a los errores que se han cometido, cualquiera que busca en Internet lo encuentra. A esta altura, ya no tiene sentido que yo agregue nada. Lo decía cuando nadie lo decía, cuando todo el mundo tenía miedo de hablar. Hoy ya los propios dirigentes aceptan que hay errores que hay que subsanar.

 

–¿Cree que es posible?

 

–Sí, claro. Creo que hoy en Cuba tiene que haber un cambio, y creo que es posible porque creo en la Revolución. Sigo siendo un revolucionario.

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Martes, 20 Agosto 2013 11:27

Banksy, el graffiti como (bella) arte

Banksy, el graffiti como (bella) arte

Hay obras que quieren durar años, centurias, acaso para siempre. Es el delirio de sus autores o padres. Las obras que quieren durar centurias quieren ser apreciadas por miles y millones Y hay también obras que sólo duran minutos. O un par de horas. En el mejor de los casos, unos días. Ahí se sitúa el graffiti. Borrados poco después por empleados públicos de limpieza, o por la policía, o por los servicios de seguridad privada. Obras que sólo alcanzan a ser apreciadas por unas cuantas personas.

 

Es justamente con respecto a obras de alta caducidad y poca permanencia cuando entra en juego y cobra todo su valor el análisis de Walter Benjamin: "La obra de arte en la época de la reproducción técnica". Pues bien, es gracias a los registros que la obra pasajera se hace duradera en el tiempo.

 

Un ejemplo diáfano: el teatro; pero también la danza. Y esas formas que son el performance, los happening, las video-instalación, los juegos de rol, las citas del arte, los flashmob, y sí: con total seguridad, el graffiti. Arte perecedero, arte del instante, el instante siempre, por definición, pasajero.

 

Pero viéndolo bien, no hay nada infame en esto. Si no, vale recordar los famosos jardines zen en Japón, Corea y China (principalmente). El arte y la estética zen en los que, en este contexto, cabe resaltar el ikebana, el origami, varios de los budō, y ante todo los jardines zen ("karesansui"). Jardines secos. Arte que se destruye para poner en evidencia la futilidad de la vida humana.

 

En otro plano y parámetro, Sartre: "El hombre, una pasión inútil". Sí, pero pasión, al fin y al cabo.

 

Pues bien, el graffiti, nacido en metrópolis y grandes urbes, en barrios de hacinamiento y marginalidad, en calles nocturnas con ambientes opacos, es como una contracara del espíritu zen. Eso: contra-cara.

 

Nueva York o Brasilia, México D.F. o Caracas, Bogotá o Buenos Aires, por ejemplo, esconden incluso calles de graffiti, y se organizan ya circuitos académicos y turísticos alrededor de ellos. Cabe echar una mirada a una avanzada conspicua de la estética del graffiti: Banksy.

 

Banksy: un nombre. Durante un tiempo, el misterio de un equipo, el sueño de un colectivo, acaso como en matemáticas el caso de Bourbaki. Un grafitero que crea un lenguaje, un arte compuesto de altos y finos ingredientes.

 

Veamos la pintada que acompaña a este texto. Sobre una montaña de armamentos, una pareja de niños —la inocencia y el futuro—, cada uno abrazado a su muñeco de peluche favorito, conversan. Así como sólo lo saben hacer los niños. Con esa facilidad y esa espontaneidad única en la existencia. (¡Se hacen amigos tan fácilmente entre los niños! Los adultos no aprenden de verlos...). Y un globo en forma de corazón, en rojo naturalmente, para marcar el contraste, se eleva, inhiesto, por el aire. Sensibilidad fina. Una síntesis perfecta de nuestro mundo... y la vida. El futuro que emerge y se contrapone al pasado y al presente.

 

La técnica es conocida y de elementos económicos: pinturas con aerosol, con tiza, esténcil, materiales urbanos. Sin título, enmarcados en el paisaje urbano mismo. (Al tiempo rápido del graffiti y a la economía de sus medios no faltará quien diga, con algo de acierto, que el graffiti se corresponde con los tiempos y la cultura del fast food. Bueno: fast food y, por tanto, junk food).

 

 

Arte del graffiti. Toda una expresión alternativa, una contracultura. Los muros como páginas de la ciudad. El aerosol como el pincel del cemento y el ladrillo. Y siempre el color. En fin, los muros, el lienzo urbano por excelencia.

 

Los muros como el caballete improvisado y aprovechado. Las calles de la ciudad, usualmente impersonales, se convierten, intramuros, en voces que claman y quieren ser escuchadas. La voz anónima de muchos grafiteros cuya firma sólo es conocida por los "insiders". Para los "outsiders" es "un grafitero más". Eso: anónimo. El autor no importa: análogamente a como en la Edad Media. Antes que se inventara al individuo, y por tanto al autor, o al artista.

 

Los muros son el terreno de controversia y debate entre la publicidad oficial y mercantilmente correcta, y la reacción y resistencia de quienes aguantan y no se dejan vencer. Quienes verdaderamente afean nuestras ciudades, calles y muros son las compañías, medianas y grandes, que, para decirlo de manera breve, generan contaminación visual. Contaminación e hiperconsumismo. Hiperconsumismo y dependencia.

 

Graffiti: manchas y gritos, espasmos de pintura e hiperventilación visual y colorida.

 

Graffiti con plantillas prediseñadas, en cartón o plástico. O una idea concebida algún tiempo antes y plasmada en la pared, o en el piso. O un marasmo y suspiro largo aprovechando el momento, haciendo de la oportunidad una eternidad pasajera.

 

Arte que, en el caso de Banksy, se hace en cuestión de largos segundos o cortos minutos. La transgresión tiene su propio tiempo oportuno. El tiempo oportuno: ese tiempo que no tiene tiempo.

 

Y ese rasgo desafiante de Banksy, la inmensa mayoría de sus personajes —adultos o niños, mucamas o policías, ratas o textos— miran de frente, sin ambages, al espectador. Interpelación directa y sin dilaciones. La bola cae en el campo del espectador: le corresponde a él o ella jugar ahora. Claro, si entiende el juego. ¡La mayoría de la gente (ya) no juega!

 

Bien vale la pena, aunque de manera rápida, echar un vistazo (detenido) por varios de las pintadas de Banksy.

 

El protestador que se cubre el rostro con un pañuelo y lanza flores —verosímilmente— contra la policía. La niña que abraza una bomba, y la ama, aplacando así la destrucción de la bomba. Los dos policías hombres —el símbolo de la fuerza y la machía en el mundo— abrazados, besándose, declarando su amor en sincero abrazo. El policía que "snifea" un hilo largo de cocaína a lo largo de muchas calles, atravesando el espacio público. El guardia de policía de la realeza dejando su fusil a un lado y capturado in fraganti orinando, mirando a "la cámara". O el mismo guardia trazando la clásica "A" en círculo de los movimientos anarquistas, o escribiendo, en otra escena, "Dios salve a la reina", un graffiti, a su vez.

 

La mucama que oculta la mugre bajo un mantel, de manera furtiva pero mirando al espectador, acaso en actitud desafiante. O el empleo de carteles, sellos y signos oficiales para invertirlos autorizando el área para lugar de graffiti. Y claro, otros grafiteros interactuando, dialogando, consecuentemente. O las diversas "área de picnic", "área de protestas", en lugares inverosímiles y prohibidos. La inversión del orden. Inversión completa: upside-down. Las áreas de recorte para oponerse a muros y valladas, a lugares sucios e inmundos, por ejemplo.

 

La vida cotidiana y privada, el momento histórico y la conciencia ecológica, la tecnología y la política, los movimientos sociales y la iniciativa personal; son muchos los motivos de la obra de Banksy. Porque, en el caso de este artista, así se llama ya: obra. Con los elementos —a veces cuestionables— de lo que hace una obra en la línea de los estudios de Danto.

 

Y mucha sensibilidad también. Buen humor, sensibilidad y cultura: los ingredientes o marcos de una buena inteligencia.

 

 

Sin embargo, lo que hay en Banksy es además una fina sensibilidad que va más allá —bastante más allá, de hecho— del estilo, del tagging o hitting o del throw up. En estilo formal, el de Banksy es una mezcla de art graffiti y lema.

 

Un ejemplo de la sensibilidad puede apreciarse en esa pintura de una niña, en perfil blanco y negro a la que el viento le arrebata un globo rojo mientras su mano se extiende en dirección a la esfera que se escapa. Pero con seguridad el contraste más fuerte se puede ver en algún poema de Banksy (love poem) o en alguna de las breves historietas, como la de la abejita laboriosa y el oso mielero. Para no mencionar esa clase de aforismos que el artista plasma ocasionalmente aquí y allá. "La clave para hacer buen arte consiste en la composición", por ejemplo. O: "Preocúpate por las estupideces" (Mind the crap), significativamente pintado a la entrada de la muy prestigiosa galería Tate.

 

Hay humor en Banksy, mucho humor. ¿No se ha dicho que la buena inteligencia siempre va acompañada de buen humor, y que es lejana al espíritu adusto y de gravidez? Los ejemplos aquí son numerosos. Basta con echar una mirada, desprevenidamente a su obra. A propósito, ese estupendo libro que es Banksy. Wall and Piece (2006). Paradigmática-contradictoriamente publicado por Century, una división editorial de Random House. El libro contiene menos graffiti del que está disponible en internet. El establecimiento. Personalmente no veo ninguna incompatibilidad. La justificación queda para otro espacio. (El sitio es en realidad la respuesta a un mal video que circula por internet de/sobre Banksy mismo).

 

Pues bueno, buena parte de ese humor tiene que ver con la burla al sistema de control y espionaje de las cámaras y los circuitos cerrados de televisión. Frente a la sociedad y al estado panóptico antes, e incluso más radicalmente que, la protesta, está la burla. La burla y la ironía. Los poderes siempre, históricamente, han sido impotentes frente a ambas. Véase esa magnífica historia de Banksy sobre los dos pintores de la corte.

 

De Sócrates a Voltaire, de Shakespeare a Banksy; para no hacer aquí una lista.

 

El graffiti y Banksy, la voz de los sin voz, la presencia de los invisibles, la belleza de lo subterráneo. La irrupción de lo inesperado. Una reencarnación de Heráclito, el Oscuro de Éfeso. Con Banksy y los grafiteros, en efecto, cabe recordar a Heráclito: sólo quien espera lo inesperado hallará. Pues el modo de existencia es exactamente ese: la sorpresa y el asalto, la irrupción y la emergencia. La novedad y lo inesperado. Frente al mundo regular, estable, controlado y predecible de la normalidad. En donde, en rigor, estrictamente, ya no hay vida.

 

No en vano, la casi omnipresencia de las ratas en muchos de los graffiti de Banksy. ¡Las ratas, esa maravilla de la adaptación por lo demás! ¡Enorme ventaja selectiva, por tanto! (Es inevitable pensar en este contexto en Paul Auster, en esa pequeña joya que es El país de las últimas cosas, por ejemplo. Humor y contingencia).

 

El graffiti, el distanciamiento (análogamente como en Brecht) del aburrimiento. Del espíritu de pesadez, de esa insoportable levedad del ser (Kundera), o del desasosiego (Pessoa). En fin el graffiti, ese arte maldito; exactamente en la misma longitud de onda de la literatura maldita (Genet, otro de ellos, olvidado o proscrito, a veces).

 

Las ratas, esa especie maldita, justamente, y que si alguien reivindica como actor propio, ni siquiera como alusión o evocación, es Banksy. Las ratas, como bien diría Nietzsche, ese animal que produce rechazo e histeria en las mentes afeminadas —en el fuerte sentido nietzscheano, justamente—. Ratas que pintan o advierten, que juegan o irrumpen, ratas o ratones transgresores; esa especie tan mal comprendida sólo porque no es una especie carismática. Excepto, claro, cuando son objeto de investigación en los laboratorios. En fin, las ratas, el anagrama del arte.

 

El graffiti en una palabra: ese arte del desparpajo. Facilidad para esparcir, en este caso, mensajes y formas, expresiones y gritos, composiciones y espacios. Esparcir, regar al viento, dejar que las cosas germinen a su ritmo. Tiempo propio, ausencia de desespero. Juego con la aporía, en realidad: libertad de las paradojas. La antípoda del pensamiento analítico y jerárquico, clasificador y formal.

 

Como bien sostiene el propio Banksy, el graffiti es peligroso tan sólo para tres tipos de personas: los políticos, los ejecutivos del mercadeo y la publicidad, y los escritores o pintores de graffiti.

 

Y por otra parte, "algunos se hacen policías porque quieren un mundo mejor. Otros se hacen vándalos [grafiteros] porque quieren que el mundo sea un mejor lugar para ver".

 

El graffiti significa y comporta la vez, la importancia y el significado de la emergencia. El significado y la importancia de la autoorganización. Unos grafiteros que superponen trazos a pinturas anteriores.

 

Política, estéticamente, el graffiti es la mejor expresión de la iniciativa de la sociedad civil. Pues la policía siempre va a la zaga. La policía y los servicios de pintura y lavado de fachadas.

 

Arte político, en efecto, pero no de política militante, sino política de vida. Que aquella instrumentaliza y es pasajera. Esta se proyecta en el tiempo, como el tiempo mismo.

 

Las izquierdas del mundo no llegaron en el pasado nunca, y no han llegado aún, a reconocer el carácter libertario, revolucionario, libre e ilimitado del movimiento de los grafiteros. La izquierda tradicional, con sus métodos de organización anquilosados y siempre tayloristas y fordistas, contradictoriamente. Esa izquierda de carné y militancia. La estética de los grafiteros la superaron: lo cual supone para aquella actualizarse y nutrirse de más y mejor pensamiento.

 

Y en el otro extremo, puede decirse, esos grafiteros de tiza en el piso; más artísticos a plena luz del día. Para no mencionar, la pixação brasileira, que merece, dada su riqueza, un espacio propio, aparte.

 

Como bien lo ha señalado Bajtin: los graffiti son heteroglósicos. Dependen del contexto. Es acción local en el horizonte del mundo. Por eso mismo el graffiti de una ciudad o país no se entiende enteramente en otro país o ciudad. Incluso no de una época o momento al otro. Con lo cual cabe perfectamente hablar ya, como es efectivamente el caso, de una historia del graffiti.

 

No hay nada qué hacerle: el graffiti es, efectivamente, clandestino y subversivo, contestatario y alternativo. Pero no por sí mismo; sino, como sucede siempre en la sociedad, por los modos normales de la cultura. La normalidad y la institucionalidad son la madre del levantamiento y la protesta, de la subversión y la resistencia.

 

"La gente que se levanta temprano en la mañana son causantes de guerras, muerte y hambrunas", afirma Banksy. Comprender que nuestras acciones, todas, tienen consecuencias, consecuencias de largo alcance, generalmente imprevistas. Eso se llama Karma.

 

Siempre los muros. Arrugados o lisos, cerrados o anónimos. Sin olvidar jamás, después de la caída del Muro de Berlín, el muro que rodea al territorio palestino: motivo de numerosos graffiti: necesariamente.

 

Un lugar propio merecen esos agujeros de luz y espacio en los muros, allí donde no existen, creando la sensación (no ilusión) de libertad y negación de la facticidad. Esa es una de las mejores posibilidades del arte. Contra los muros de la infamia.

 

En cualquier caso, el graffiti significa la distancia con respecto a obras de arte (relativamente) icónicas. Contra el arte elitista y la elitización del arte. Cuyo cenit es la llamada obra de arte única e irrepetible. (Un tema ciertamente difícil). Y también una distancia contra la posesión única del arte, y los coleccionistas. Cuando la gente va a las galerías de arte, se trata en realidad de turistas que están mirando el gabinete de trofeos de los millonarios, sostiene con agudeza el artista.

 

No hay nada que hacerle: mientras el cine ha sido perjudicado por la televisión, y la pintura por la fotografía, el graffiti, sostiene Banksy, permanece inalterado por el progreso. Con el tiempo, en el caso de Banksy, varias de sus obras se venden en subastas en Sotheby's, o han comenzado a entrar en colecciones permanentes —que es una puerta de entrada para tantos, numerosos grafiteros en el mundo entero—, mientras siguen siendo considerados como tolerancia cero. Y muchos de ellos asesinados por los cuerpos policiales y las evidencias alteradas.

 

Mientras tanto, Greenpeace ha usado alguna obra de Banksy para sus campañas. Es arte con impacto social; una esfera más amplia y fuerte que el simple impacto académico, científico o artístico. Que es lo mejor que le puede suceder a un artista o autor: ser, en el mejor de los sentidos, usado. (En la academia existe un eufemismo para lo mismo: ser citado).

 

Hay tanto graffiti como barra o pandilla (gang), grupo o calle (casi). Desde esos tiempos idílicos de West Side Story. Y hace de los muros y paredes su lienzo y caballete. Las paredes y muros que son siempre símbolos de límites y fronteras, de distancia y anonimato, de defensa y seguridad. Sin olvidar incluso, como en el caso de Banksy, a las vacas pintadas. Vacas y cerdos. Y cubiertas de barcos. Rocas y cuadros inventados en lugares adustos. La superficie en fin convertida en calidez y significación. En mensaje y medio, en medio y fin.

 

El graffiti es la transvaloración de la pared y el muro, de la superficie misma. Transvaloración que, en este caso, apunta al arte, y a la vida.

 

Lo que molesta del graffiti a las buenas conciencias no son las pintas en las paredes —"que las ensucian"—, sino que es una estética de vandalismo simbólico.

 

Y los consejos acerca de la pintura con esténcil. No precisamente técnicos: es, si cabe, el manifiesto político del graffiti. O una propuesta. Exactamente en el espíritu y la letra de Anonymous.

 

De la pintada a la pintura. Ulteriormente, el graffiti como una de las bellas artes.

 

http://www.revistamilmesetas.com/banksy-el-graffiti-como-bella-arte

 

Sobre Banksy

http://www.banksy.co.uk

 

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Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

Publicado enColombia
Sábado, 22 Junio 2013 15:19

El Teatro La Candelaria en sus 47 años

Maestro Santiago García

Han transcurrido 47 años desde que el Teatro La Candelaria presentó su primera obra: "Soldados", adaptación de Carlos José Reyes de la novela "La casa grande" de Álvaro Cepeda Zamudio. Era el año 1966 y un grupo de artistas e intelectuales, entre los que se contaban los aún actores del Teatro: Fernando Mendoza, Francisco Martínez, Patricia Ariza y el director y dramaturgo Santiago García, fundaban la Casa de la Cultura en la Carrera 13 con calle 20 en el centro de Bogotá. Este lugar se convierte en el primer escenario de los "Candelarios" y de la movida cultural e intelectual de Bogotá, Años después se trasladan a la reconocida casa de la calle 12 con 2 en el Barrio La Candelaria..

 

A "Soldados" le siguieron títulos memorables como "Maravilla estar", "El paso", "El Quijote", "Los diez días que estremecieron al mundo", "La trasescena", "Guadalupe años sin cuenta" y "Antígona". En general, el Teatro La Candelaria ha presentado a diversos públicos de Colombia y del mundo algo más de 50 obras, entre repertorio original y obras clásicas, piezas que le han valido el reconocimiento de la cultura colombiana y de América Latina por su dramaturgia inteligente, mordaz, con gran solidez actoral y el difundido método de la Creación colectiva.

 

La gran vocación del Teatro La Candelaria ha sido, desde siempre, escenificar un teatro popular que le hable a los colombianos de sus problemas cotidianos, que reflexione sobre la realidad del país. De ahí el reconocimiento que le hacen con permanencia los teatreros de todo el mundo.

 

En la actualidad el Teatro La Candelaria está conformado por 12 actores y actrices que han resistido con profunda convicción y amor por el teatro "las duras y las maduras" pero manteniendo el ritual que bien relata Santiago García en el libro de Adriana Llano "Candelaria adentro" (2008):

 

"Todas las mañanas nos reunimos a crear; y casi todas las semanas, de miércoles a sábado llegamos a las 6 de la tarde a preparar las funciones de temporada. La mayoría de las veces la sala está llena; trabajamos con la metodología de la creación colectiva, que para nosotros, más que un método es una actitud; la actitud de creer y crear con el otro y con la otra, de respetarse y en la total divergencia".

 

En junio

 

"El paso, o la parábola del camino" (1987) será la obra con que se conmemora el aniversario 47 del Teatro La Candelaria. Es una de las obras más apreciadas dentro de la dramaturgia colombiana, una creación colectiva dirigida por Santiago García.

 

Con 25 años en las tablas, esta cruda y humana pieza teatral explora el tema de la llegada del narcotráfico a Colombia. El encuentro del mundo campesino y nostálgico con el mundo de los personajes oscuros que llegan a una lejana cantina.

 

"El paso" estará en temporada desde el miércoles 19 al sábado 22 de junio, manteniendo el espíritu que la obra mostró en su estreno en 1987.

 

* Teatro La Candelaria, Calle 12 N° 2 – 59

Teléfono: 2 814 814.

Taquilla: $10.000 estudiantes y $20.000 general

Publicado enEdición 192