Aunque los hechos ocurridos el 16 de mayo de 1984 en la Universidad Nacional sede Bogotá aún sean un mito, sin duda alguna significan el punto de quiebre del movimiento estudiantil, y la inicial implementación de reformas para este centro de estudios y para el conjunto de la educación pública colombiana.

Corrían los 80, época turbulenta. Los movimientos insurgentes estaban en su apogeo. El Gobierno lo sabe y endurece la respuesta: el país se militariza, surge el MAS, los narcotraficantes ganan espacio, el paramilitarismo muestra sus primeros rostros, la tortura y las desapariciones son norma cotidiana

La Universidad Nacional (UN) no es ajena a esta dinámica. Aunque ya existía una malla que la separaba del resto de la ciudad, los estudiantes estaban en continuo diálogo con ese país de barrios y veredas; de fábricas, almacenes y empresas, o desempleado y en lucha por el pan diario. La Universidad era centro de debate, proposición y lucha, esta última centrada en la defensa de lo público, que para esta época aún quedaba, pero los estudiantes y profesores de entonces tenían otra visión. Su compromiso no era exclusivamente la defensa de la educación y la universidad pública sino con todo un pueblo. Para muchos, su proyecto de vida era lograr una revolución.

Por entonces ya asomaba la privatización de la educación por el neo- liberalismo, que hacía sus primeros pinos aquí y se afianzaba en el Cono Sur. En este marco el 16 de mayo de 1984 es una fecha culminante. Dolía la pérdida de Jesús Humberto León Patiño, estudiante de Odontología, poeta, líder y luchador por el bienestar estudiantil, torturado y asesinado en Cali el 9. Había indignación. Además de la muerte de “Chucho”, se agregaban las del profesor de economía Alberto Álava Montenegro (20 de agosto de 1982), la desaparición de los hermanos García y los hermanos Sanjuán1, y Yesid González (7 de octubre de 1983), entre otros. El rector Fernando Sánchez Torres, quien como el presidente Belisario Betancur había llegado con tono conciliador, usaría otras tácticas. Sánchez acudía a cierres preventivos, desalojo de las residencias estudiantiles, con amenazas de militarización y expulsiones2. Asimismo, el recorte de presupuesto en la UN llevó a disminuir servicios básicos, práctica docente, investigación, extensión, dotación de bibliotecas, reducción de la planta de profesores, deterioro de equipos3.

Los estudiantes dieron a conocer su inconformidad con movilizaciones, tomas pacíficas (iglesia de Lourdes, Cruz Roja…), pidiendo el reintegro de estudiantes expulsados y libertad de detenidos, la no militarización del campus, cumplimiento del Acuerdo 046 de 1983 sobre cogobierno en residencias, reapertura de la U, etcétera4. Así llegó el fatídico 16 de mayo de 1984 (ver recuadro).

Oleada de reformas

Tras los hechos de mayo de 1984, la UN fue cerrada por casi un año. Reabierta en abril de 1985, llegaron los estudiantes a culminar el semestre truncado en 1984, pero las cosas eran distintas. Se vio una U ajena, diferente. El silencio era su dueña. Muchos no volvieron pero otros lo hicieron en silencio. Las paredes eran totalmente blancas. La cafetería, un polideportivo. No funcionaban las residencias. Todo era confusión y desconcierto para quienes habían conocido una U beligerante, con propuestas de cambio social, político y económico en el país. La Rectoría también había cambiado: estaba Marco Palacios, primer encargado de ejecutar reformas académicas, administrativas y estructurales que harían de la UN otra realidad.

Las principales reformas tuvieron que ver con Bienestar Estudiantil, que funcionó hasta 1984 con el servicio, aunque deficiente, de cafetería. Se hablaba de pérdidas económicas y se decidió su cierre definitivo, sumado al de las residencias desde fines de los 70, retomadas y recuperadas varias veces por los estudiantes hasta su clausura definitiva en mayo de 1984.

“El nuevo sistema de bienestar universitario que el Consejo Superior ha estructurado dentro la concepción del “nuevo orden” contempla: asistencia económica en forma de préstamos condonables, servicio médico asistencial, asistencia social (ayudas psicológicas, de sociólogos, etcétera), asistencia académica (consejerías, comités de carrera, etcétera), programa de actividades culturales y deportivas”5.

Con esas políticas se dio comienzo a una universidad en que los de menos recursos o de provincia debían buscar sus medios de vivienda y alimentación, lo que limitó sus posibilidades de estudio. Lo conocido como bienestar estudiantil –a partir de ahora Bienestar Universitario– fue reemplazado por “préstamo-beca de un salario mínimo para los más necesitados, y de medio salario mínimo para los menos”. La represión tomó forma: ya no sólo la fuerza pública entraba a ejercer acciones; se había dispuesto una reforzada vigilancia, motorizada, con mayor presencia, y equipos de comunicación y armas de fuego “para preservar el orden y la normalidad”.

El discurso de las directivas cambió: ahora se hablaba de “excelencia académica”, lo que llevó a una reestructuración estatutaria para cumplir con las reformas en el mayor centro de educación superior del país. Bajo este discurso se acomodó el lenguaje empresarial a la institución académica; partiendo de la ‘excelencia’, se hablaría de “eficiencia”, como una empresa privada, para conseguir el paso a particulares de la UN, hecho que hoy, 25 años después, es cada vez más claro y cercano.

Contradictoriamente, mientras se hablaba de criterios de “excelencia académica” por la administración universitaria, en la práctica este concepto era cada vez más lo contrario: deficiencia docente; problemas de laboratorios, bibliotecas y salones; reducción de prácticas académicas y salidas de campo. Asimismo, el autoritarismo del rector y su administración se caracterizó (1985-1988 y 2004-2005) por el modo como se tomaban decisiones en lo concerniente a la vida universitaria, sin consultar con la comunidad, utilizando lo que fuera para reprimir y acallar la protesta o la simple inquietud de los estamentos. También, en dar tratamiento de orden público a la inconformidad, y en decretar decisiones, además de destinar recursos a obras inoperantes, como el puente vehicular en la entrada de la Calle 45 o prometer la construcción de un salón de esgrima, una pista de patinaje y un hospital, que hoy después de 25 años no se ven y no se verán.

Reformas, unas y otras, asentadas en las políticas de reacomodación económica global, que superan las fronteras y se dictaminan por organismos multilaterales (FMI, BM, OMC) y los países que los controlan, propias del neoliberalismo planteado desde mediados del siglo XX y puestas en práctica desde finales de los 70. Políticas que llevan al dominio de la “mano invisible” del mercado sobre los aspectos de la vida social, en cuya visión desaparece teóricamente la concepción de sociedad y pasa a cumplir un papel mucho más importante el individuo; allí se plantea la competitividad basada en la promoción de incentivos personales, para que cada uno dispute con fiereza las ‘oportunidades’ del establecimiento o los sectores dominantes del capital. Bajo criterios de costo-beneficio para justificar las políticas públicas en lo económico, lo social y lo cultural, que le quitan la responsabilidad social al Estado, dejándolo como simple árbitro de las relaciones de mercado, bajo la premisa de que aquél es ineficiente y corrupto.

La política privatizadora pretenderá acaparar instituciones y entidades, la universidad entre ellas: entra en el juego del mercado, poniendo en discusión conceptos como el de autonomía, confundida con el de autofinanciación, ligado a recortes presupuestales y que conllevan políticas de autosostenibilidad económico-financiera de la U, optando por vender bienes y servicios para cubrir gastos, de la mano de otras políticas: flexibilización laboral, pago por horas, desmantelamiento de la seguridad social, no pago de horas extras. También tiene un objetivo, el mismo del capital: acumular y generar riqueza, ¿para quién y bajo qué costo? Para ello se requiere mano de obra medianamente calificada, y superespecialización del conocimiento. Por eso se privilegia el posgrado, en detrimento del pregrado, filtrando así el número de quienes tienen acceso al conocimiento y la calidad, por un lado, y por otro la masificación de la formación técnico-tecnológica, al servicio de la empresa privada, nacional o transnacional, y no de la población que lo necesita: la mayoría excluida y empobrecida, limitada a un precario acceso al conocimiento, al servicio de terceros, mientras sólo deben propender por su simple subsistencia y su reproducción como mano de obra barata.

Para tal efecto, es decir, la consecución de recursos propios por la universidad, además de la venta de bienes y servicios y la tercerización laboral, la UN empieza a filtrar, no tan evidentemente, la admisión de nuevos estudiantes, escogiendo a quienes puedan cubrir un mayor costo en la matrícula y desechando a los venidos de clases populares y de provincia que necesiten, en una u otra forma, ayuda para subsistir. Esto tiene una relación directa con el nivel académico de los bachilleres, con más egresados de colegios públicos quizá, mientras los de colegios privados ofrecen, además de notables diferencias económicas, una diferencia en el nivel formativo. Así se apunta a dos aspectos: por un lado, se logra la autofinanciación mediante las matrículas, y por otro, y debido a las evidentes diferencias de formación de quienes ingresan en la UN, se hacen, sin caer en generalizaciones, a estudiantes más obedientes, menos críticos y que no se manifiesten ni alteren el orden y la normalidad del centro educativo (que tal vez no lo necesitan), que vayan simplemente a estudiar, cumplan con lo necesario en términos académicos, y no pongan problemas en lo disciplinario, además de que embellezcan el campus.

¿Y ahora, qué?

No debemos perder de vista los hechos que atraviesan la historia de la UN, que, así presente desaciertos del movimiento estudiantil, es evidente que detrás de toda política que se implanta hay intereses de grupos económicos y clases sociales que tienen sus propias finalidades y no ahorran esfuerzos para lograrlas.

Es hora, 25 años después, de volver a preguntarnos dónde estamos, hacia dónde nos está llevando este sistema y si somos capaces, hoy como estudiantes y mañana trabajadores (los que tengan suerte), o desempleados con título (si pueden pagar los semestres), de darle un giro a la historia de la U y del país y la sociedad, y desde allí volver a constituir, si alguna vez existió, esa universidad crítica con el sistema, con preguntas y cuestionamientos pero también con propuestas y ganas de luchar por nuestros sueños, seguro de lo que la sociedad necesita. Para que la memoria de quienes entregaron su vida no quede en el olvido, y sus muertes no queden impunes.

1    http://www.humanas.unal.edu.co/prensaestudiantil/memorial/la_verdad_de_una_masacre1.htm.
2    Comunicado 001 de los Estudiantes de la Universidad Nacional al pueblo colombiano, abril de 1984, Centro Cultural Policarpa, Bogotá, D.E., Prensa Estudiantil.
3    ibíd.
4    Desalojo pacífico de la U, sin cierre, El Tiempo, 6 de abril de 1984.
5    Monografía trabajadoras sociales, 1986.
*    Fotografías: Felipe Castro y archivo Universidad Nacional.

Recuadro

La verdad de una masacre1


La muerte de Chucho2 no podía quedar impune como tantas [...] En este país a la gente no sólo la matan en las universidades; también en un callejón oscuro; la dinamitan amarrada a un poste en un barrio popular, o amanece tirada, amordazada, en cualquier potrero. Alberto Álava fue asesinado en la puerta de su casa; los hermanos García y los hermanos Sanjuán no se sabe dónde [...]. Algunos decidieron realizar un acto político para reivindicar su lucha, su vida.

Ese 16 amaneció triste, en los ojos llanto, en los pechos ira, al llegar a desayunar en cada mesa un poema y una flor, el uno por la ira, el otro por el llanto, y unos ojos que nos miran, nos vigilan, son muchos ojos que allanan nuestra cotidianidad; al salir de la cafetería, una compañera me abraza y llora: era su mejor amigo, hacía tan poco que habían hablado, cuántas cosas construyeron, cuántas discusiones, cuántas sonrisas.

10 a.m.: Plaza Che Guevara. Algunas pancartas con la imagen del compañero, del amigo, del hermano, y un poema que intenta recoger sus luchas; el acto político de homenaje se desenvuelve entre poemas, música y recuerdos; cada estudiante se pregunta por qué ante estos crímenes nadie dice nada, alguien dice no saber nada, por qué la prensa calla, por qué la muerte de un obrero, de un campesino, de un maestro, de un estudiante, no son importantes para los jueces, procuradores, ministros, presidentes? Y el acto no era suficiente; para otros, la reivindicación se daba en otros términos, en la calle, para que la gente supiera que sus ojos no quieren seguir viendo que corre la sangre del pueblo.

2 p.m.: Plaza Che. Un bus quemado, testimonio de la lucha contra el TSS, el IVA, la tortura, el asesinato. En la Calle 26 se escuchan tiros dirigidos a compañeros que paraban un bus. Los tiros se siguen escuchando. En la entrada, unos estudiantes lanzan piedras contra el piquete que había disparado. Vuelven a disparar. La gente se tira al piso. “Veo un policía guardando un revólver plateado en la cintura. Ellos ganan la malla y siguen disparando indiscriminadamente, al lado izquierdo un compañero se acerca a la malla, se escucha un disparo, el compa cae al piso. No puedo creer que le hayan disparado a quemarropa, el compañero se retuerce en el piso, al voltearse veo que emana sangre de su estómago, unos muchachos lo alzan de pies y manos, lo llevan a Bienestar” (ver fotos de El Bogotano, 17 de mayo).

¿Quién dio la orden de llegar disparando y tirar a matar? Le dan a otro compañero en la pierna. Los testimonios se repiten, la Procuraduría sabe pero... nada. Una persona con capucha dispara desde el interior de la U, cosa que nos sorprende. Suena una explosión cerca de la policía y ésta entra disparando […] Los estudiantes corren.

El tipo que había disparado desde la U se quita la capucha y empieza a disparar hacía los estudiantes (elementos extraños a la Universidad) mientras los estudiantes corren a refugiarse. Cae un compañero, otro; los compañeros van cayendo. “Un compañero de camiseta verde corre, un policía le dispara una, otra vez, no le da, vuelve a dispararle una y otra vez, como tirando al blanco, hasta que el compañero cae. No sé qué pasará con él, pues tuve que salir corriendo, pues los policías y algunos civiles (policías de civil) ya estaban muy cerca de nosotros”. Peor que entrar disparando, entrar como en una cacería hasta que la presa caiga. Es la policía ‘profesional’ con que cuenta esta adolorida patria. Detrás de la ‘disponible’ entra la patrulla motorizada (y si mi general Delgado Mallarino y mi general Vargas Villegas no lo creen, ahí están las fotos) en un número aproximadamente de 10. Por la Calle 45 entra otro grupo, impidiendo la salida de estudiantes. Es de anotar que dichos motorizados venían sin su acostumbrado chaleco naranja, tal vez para evitar que fuera reconocido su número, pero algunos compas alcanzan a ver el 00 (cero cero) en el casco de algunos, y, como si esto fuera poco, luego mandan entrar al GOES, con su característico uniforme oscuro, siendo esto lo único que reconoce mi general.

Como si fuera un safari, la policía entra a llevarse los cuerpos de los compañeros asesinados por la espalda, a sangre fría (si es que la tienen), a rematar a los heridos. “Vi caer estudiantes heridos cuando corrían hacia residencias femeninas. Cerca de Agronomía, la policía apaleó a alguien y luego de golpearla durante casi un minuto le dieron un tiro” (El Socialista, mayo 24, p. 2) (...).

“Hacia las tres de la tarde de ayer corrían dos estudiantes en medio del pánico general que cundía en la U. Buscaban un sitio de protección y detrás de ellos un piquete de uniformados y tres civiles dispararon a quemarropa a un estudiante que huía. El acompañante de éste, ante tal escena, se detuvo con las manos en alto. Fue aprehendido de inmediato por los mismos policías y golpeado brutalmente. Luego lo obligaron a cargar el cuerpo de su compañero abaleado y lo guiaron hacia la jaula a punta de bolillo. La policía, al levantar el cuerpo del abaleado, le puso en el rostro una capucha del M-19 que la propia policía portaba. Esto fue presenciado por aproximadamente unas 50 personas que a esa hora se escondían en Sociología” (Del comunicado de Odontología, firmado por un grupo de estudiantes)3.

“En vista de mi impotencia para salir corriendo, por una enfermedad que me postró en muletas hace muchos años, opté por tirarme al piso para huir de las balas y logré arrastrarme por el suelo hasta ampararme detrás de una banca de cemento. Quedé como a tres metros de la puerta de acceso a la residencia4 y fue cuando pude escuchar la forma tan violenta como la policía atacaba a los residentes que allí se encontraban. Entraron, según el estruendo que se oían, destruyendo todo, puertas, objetos, y sacando a bolillazos a quienes encontraron a su paso en aquellas piezas. Pude escuchar cuando un militar ordenaba que sacaran ‘a todos esos H.P.’ de allí, y también pude oír cómo al poco tiempo ordenaron que desalojaran la U... Pero la calma no reinó porque momentos después penetraron personas que supongo pertenezcan a organismos secretos del Estado portando pistolas pequeñas, agarrando estudiantes y entregándolos a la fuerza disponible que estaba a la entrada de la 26” (...).

“Recibí el puesto de vigilancia de residencias femeninas a Luis R. sin novedad [...] A las 2:30 la fuerza pública destruyó los vidrios... Luego de los acontecimientos hice un recorrido minucioso en todos los pisos, encontrando las siguientes habitaciones, donde rompieron las chapas: 2069-2067-2018-3038-2034-2033. Las rompió la policía de civil que entró rompiendo la puerta principal con las motos”.

“Vimos cuando unos hombres, casi todos de negro y vestidos deportivamente, entraban armados a residencias femeninas y oímos que golpeaban las puertas y rompían las chapas. Tumbamos las camas y trancamos la puerta, nos encerramos en los armarios. Cuando dejamos de oír ruidos nos asomamos, vimos cuando sacaban encañonadas a varias compañeras”./ “Reconocimos a uno con buzo azul que en la pedrea estaba entre los estudiantes y ahora llevaba un arma apuntándole a una compañera” [...]./ “Un compañero no pudo correr más, lo cogieron y lo tiraron al suelo, le daban patada y bolillo, se le paraban encima y llegó un negro de amarillo y negro (camiseta de rayas) y le dio dos disparos. Gritamos que no lo mataran. Lo llevaron a rastras. No volvimos a verlo” (...).

Otros testimonios

Los abajo firmantes, trabajadores del Instituto Geográfico Agustín Codazzi, a continuación relatamos los hechos ocurridos el miércoles 16 de los corrientes a eso de las 2:30 a 3:30 p.m.

“En vista de que se oían disparos en el interior de la UN, desde las ventanas del Instituto vimos a un grupo de estudiantes desprovistos de capuchas que se disponían a abandonar los predios por la Calle 47. Cuando ya ganaban la puerta, fueron arremetidos a bala por un grupo de uniformados de negro y policías antimotín que golpeaban indiscriminadamente a los presentes. Se les condujo a unos carros por los uniformados de negro. La policía antimotín penetró en la U” (...).

“Pude ver cómo entraron a la U unos civiles que más tarde volvieron a salir con seis estudiantes, mujeres, quienes iban plenamente identificables, sin ninguna clase de capucha, y las metieron en una jaula. También metían a otros de los que estaban allí mirando, diciéndoles: ¿Usted es de la Nacional? ¡Camine! y los encañonaban”.

“Lo agarraron a bolillazos y patadas. Luego lo cogieron por la parte trasera de la pretina del pantalón y lo levantaron sin que el muchacho reaccionara. Mientras tanto, por la avenida venía un civil negro que vestía chaqueta terracota y bluyín junto con otros uniformados. Sacó un revólver o pistola y se acercó al muchacho que estaba caído en el césped y le disparó” (...)5.

1.     Documento publicado en el periódico 16 de Mayo: año 1, Nº 1, julio de 1984. Retomado en revista Suversión N° 563 (1), septiembre de 1993, Bogotá. Editado.
2.     Se refiere a la muerte de Jesús Humberto León Patiño, de sexto semestre de Odontología, torturado y asesinado en Cali el 9 de mayo de 1984 (NE).
3.     Éste, al igual que los testimonios que siguen, fueron firmados y muchos llevan como identificación nombre y cédula. Para esta transcripción, hemos omitido estos nombres por considerar innecesaria su publicación (NE).
4.     Estas residencias estudiantiles ocupaban lo que hoy es el edificio Antonio Nariño. Las residencias femeninas estaban en el edificio Manuel Ancízar (NE).
5.     Si bien se ha respetado al máximo la publicación original, se ha hecho una edición para facilitar la comprensión de los testimonios, y se corrigió uno que otro error de tipografía (en especial adiciones o ausencias de letras en palabras).

Publicado enEdición 146
El Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC, con respecto al atentado donde falleció el compañero José Edwin Legarda, esposo de la Consejera Mayor Aida Quilcue, hace las siguientes precisiones:

La muerte del Esposo de la consejera Mayor del CRIC, no puede interpretarse como un hecho aislado, sino como parte de la cadena de homicidios, persecuciones, judicializaciones ilegales y desplazamientos que vienen sufriendo las comunidades indígenas del Cauca y de Colombia, donde el Estado participa por acción, omisión y permisión.

Que ésta reiterada violación de derechos humanos contra los pueblos indígenas es efecto de la política de seguridad democrática del presidente Álvaro Uribe Vélez.

Que de acuerdo con las pruebas recaudadas, en el lugar del atentado, queda claro que es falsa la versión presidencial sobre la existencia de un error de señalización o que el compañero Edwin Legarda se haya pasado un reten militar, primero porque los rastros dan señal que los soldados estuvieron varias horas atrincherados en un trayecto de 800 metros esperando el carro; segundo porque a esa hora pasaron varios vehículos que viajaban a una reunión en la mesa de Togoima que se efectuaría ese mismo día y a la cual asistiría la consejera Mayor del CRIC AIDA QUILCUE VIVAS, vehículos a quienes en ningún momento requirió el grupo del ejército que se encontraba en la zona y tercero porque en documento firmado conjuntamente por el General Leonardo Barrero, comandante de la Vigésima Novena Brigada del ejército y las autoridades Indígenas, el primero se comprometió a desmentir la versión que “el fallecido Edwin Legarda había hecho caso omiso a un reten militar”.

Que el atentado estaba dirigido contra la Consejería Mayor del CRIC, en especial contra AIDA QUILCUE VIVAS, quien de no haberse retrasado, debería haber pasado por el sitio a la hora del atentado en su viaje a la Mesa de Togoima, situada en el municipio de Páez.

Que igualmente el grupo militar no supo explicar la posesión de dos fusiles que estaban en el campamento sin un militar asignado para ellos, lo que las autoridades indígenas toman como un indicio de que se intentaba hacer un montaje posteriormente al atentado.

Que en la primera versión el comandante de la patrulla militar, ante las autoridades indígenas, dijo que desde el carro del CRIC le habían hecho ráfagas de fusil, versión que luego cambió diciendo que el señor Legarda había pasado un reten militar, admitiendo finalmente que se trató de un error militar.

Que el comunero Edwin Legarda logró escapar gravemente herido del atentado, evitando así la realización un montaje con los dos fusiles que estando en posesión de los militares no se supo explicar su pertenencia; situación que de haberse concretado hoy tendría en entre dicho la civilidad de nuestra resistencia y la transparencia de nuestra organización.

Que las alocuciones del presidente Álvaro Uribe justificando la acción militar donde se asesinó al esposo de la consejera Mayor del CRIC, no es más que otra patraña para desdibujar este crimen de Estado y justificar la continuación de su política de aniquilamiento de los pueblos indígenas.

Que a pesar de las múltiples amenazas y atentados contra autoridades indígenas y miembros del CRIC, el Estado colombiano no ha tomado medidas para proteger la integridad física y moral de nuestros líderes, por el contrario, al parecer, el gobierno está utilizando su influencia política para evitar que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos dicte las medidas cautelares solicitadas por diferentes organismos protectores de los derechos humanos en defensa de nuestros procesos organizativos.

Finalmente hacemos un llamado a la comunidad internacional, en especial a los organismos de derechos humanos, para que estén atentos a los desarrollos de las políticas nacionales frente a pueblos indígenas; debido a que nuestra protesta está siendo estigmatizada y criminalizada lo cual coloca en alto riesgo nuestros procesos, autoridades tradicionales, personal de la organización, líderes indígenas y comunidades. En consecuencia expresamos que la responsabilidad de lo que suceda a nuestra gente y procesos organizativos es del Estado colombiano.

Popayán, 19 de diciembre de 2008.
CONSEJO REGIONAL INDIGENA DEL CAUCA -CRIC
Publicado enColombia
Octubre 12 – noviembre 24. Cuarenta y tres días que marcan el provenir de los movimientos sociales y de las luchas futuras. Luego de trasegar desde La María (Piendamó) hacia la capital del país, más de 12.000 indígenas que hicieron parte de La minga social y comunera reposan hoy en sus lugares de procedencia pero no descansan, pues, como ellos mismos lo dijeron, la Minga no termina con la movilización; comienza con este nuevo sentido de unidad y resistencia.

Luis Evelis Andrade, presidente de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), con la parsimonia que dan las experiencias de la vida, mira el recorrido de esta gesta indígena sin precedentes, que se erige hoy como opción real para la articulación de los distintos sectores organizados del país. Habla sobre la participación de la ONIC en esta iniciativa, los pueblos que participaron y la importancia de la unidad de todos los sectores sociales del país.

Una Minga que se plantea hoy como propuesta concreta de gobernabilidad propia. Prospectiva programática de exigibilidad que encarna las expectativas de la gran mayoría de la sociedad colombiana. Luis Evelis advierte sobre las dificultades que se han presentado desde esta gesta y la participación de los pueblos indígenas asociados a la ONIC.

Julián Carreño: ¿Qué expectativas tenían con la Minga y qué se logró en concreto?
Luis Evelis Andrade: Primero, teníamos como expectativa generar un proceso de afianzamiento de la unidad de los pueblos indígenas. Creo que en parte eso se logró. Segundo, queríamos generar un proceso de relacionamiento y diálogo con muchos otros sectores sociales del país. Incitar a todos estos sectores a que nos pronunciemos en temas fundamentales que afectan a los indígenas, así como a toda la población colombiana, por lo menos a una gran mayoría, como son los derechos humanos, el tema del territorio, la necesidad de una reforma agraria, la revisión de los tratados comerciales, en cuanto también son decisiones que afectarán la soberanía nacional y asimismo a muchos otros sectores en materia de salud, educación, y en el campo laboral a los sindicalistas.

Creemos, de alguna manera, que se logró poner en escena y dar a conocer con mayor claridad la realidad que viven los pueblos indígenas: su territorio, el genocidio, la exclusión, la falta de atención por parte del Estado, además de la grave situación humanitaria que atraviesa por efectos del conflicto armado.

Se logró dejar sentadas las bases para toda una estrategia de unidad del movimiento social y construir una agenda hacia el futuro. Sin embargo, tenemos que reconocer que hubo muchas dificultades en relación al Estado, a pesar de que en alguna de las reuniones los Ministros de comprometieron con las exigencias peticionarias, entre otras invitar al relator de las Naciones Unidas para los derechos fundamentales de los indígenas.

Pero quedó clara la falta de voluntad política por parte del Gobierno para resolver problemas concretos que ya están totalmente documentados, como el tema del territorio, la no asunción de la Declaración de los Derechos Humanos para los pueblos indígenas en el marco de las Naciones Unidas. El gobierno colombiano continúa negándose a esta responsabilidad y también a asumirla bajo reserva. Como pueblos indígenas, no podemos aceptar reserva alguna porque estos derechos son esenciales para la vida de nuestros pueblos, y para nuestro futuro y nuestra supervivencia.

JC: ¿De los pueblos asociados a la ONIC, cuántos participaron, y en qué actividades en concreto se comprometieron?
LE: Alrededor de unos 50 pueblos de todo el país. Más de 16 organizaciones indígenas del orden regional y local estuvieron presentes en la Minga, marchando y reivindicando, poniendo sobre el tapete diferentes acuerdos que el Estado ha incumplido, a través de los distintos gobiernos, con los pueblos indígenas. Y hay que resaltar que todos estos acuerdos incumplidos son resultado de negociaciones que se han dado, lo que nos permite reiterar que lo que hay aquí es falta de voluntad política por parte del Estado colombiano para resolver problemas.

Las organizaciones quedan motivadas para seguir trabajando con las bases, ante la necesidad de fortalecer la unidad y la capacidad de exigibilidad, pero también la de fortalecer la movilización en el futuro.

JC: ¿Hubo pueblos que no participaron?
LE: Sí. Aquí hay que entender dos cosas. Primero, hay pueblos indígenas que no están asociados a la ONIC, y respetamos sus decisiones, su dinámica. Quizás ellos no ven en este momento la necesidad de movilizarse, de unificarse con otros sectores, a pesar de que padecen la misma problemática. Pero, por otro lado, hay que entender una situación que es real: no todos viven en regiones que les permitan salir a los poblados, como es el caso de la Amazonia y la Orinoquia; otros no tienen condiciones económicas para hacerlo. Y algunos viven el temor de que venir a estas movilizaciones implica su eliminación.
Son elementos que hay que tener en cuenta. Sin embargo, desde la ONIC, lamentamos que algunas organizaciones no se hayan pronunciado, cuando saben que esta es una realidad que nos afecta a todos.

JC: ¿Cuál es su percepción sobre el efecto de la Minga en el historial de los movimientos sociales colombianos?
LE: Creo que esta Minga está convocando a la unidad, así como en la vida cotidiana nos unimos para ayudar a algún compañero a construir una casa o recoger una cosecha, para luego disfrutar en fiesta. Estamos convocando a todo el pueblo colombiano a que pongamos sobre la mesa nuestros intereses y preocupaciones, y entre todos construyamos un país distinto, en justicia, paz y dignidad. Para ello es necesario revisar el actuar de nuestros movimientos sociales, para que no se dividan por intereses políticos o económicos. Yo digo que se debe tener mucha claridad respecto a un asunto muy importante: ¿hacia dónde vamos?, para no dejarnos confundir por distintas personas, grupos o cuestiones ideológicas, que a veces, en vez de construir la unidad, lo que hacen es separarnos.

Llegó el momento en el que cada uno, desde su posición, desde su diferencia, aporte a la unidad. Yo creo que ese es el llamado que estamos haciendo. Una crítica que se le ha formulado al movimiento indígena es que está muy sectorizado, que toda nuestra agenda es indigenista. Estamos hablando de temas que son de preocupación para nosotros, pero también para toda la sociedad colombiana, y esperamos que así lo entiendan los demás sectores. Es necesario levantarnos, recomponer nuestro tejido social y fortalecernos como movimiento para buscar cambios. Si no podemos realizar los de carácter sustantivo, en términos de redireccionar los rumbos de este país, sí resulta factible encontrar respuestas a las reivindicaciones esenciales.

JC: Esta Minga reúne a dos organizaciones que son muy fuertes en términos de las resistencias indígenas del país, el CRIC y la ONIC. ¿Cree usted que los sectores organizados de la sociedad colombiana captaron ese mensaje de unidad de la Minga? ¿Cree que ha habido una transformación de lo que usted mismo estaba criticando hace un rato?
LE: Los movimientos sociales saben que es necesaria la unidad. Entre el CRIC y la ONIC hay diferencias en cuanto a los enfoques, pero igualmente el CRIC hace parte de la ONIC, y lo que hemos hechos es sumar todas las voluntades en las distintas regionales. El movimiento indígena está mostrando las diferencias que puede haber en torno a temas o situaciones, que son insoslayables, pero por encima de eso está la urgencia, yo digo el imperativo, de trabajar unidos y definir agendas estratégicas que nos permitan hallar respuestas para todos. Eso es lo que queremos que entiendan los movimientos sociales, y creo que es el interés de muchos sectores sociales que quieren construir propuestas en sus regiones. Lo que pasa es que no son perceptibles. Aquí llegó la hora de unificarnos, pero también de visibilizar lo que todos soñamos y queremos.

JC: En el transcurso de La Minga se habló de la instalación de un Parlamento de los Pueblos, que puede tener lugar el 12 de febrero del 2009. ¿Ha habido algún avance al respecto?
LE: Se viene trabajando y discutiendo con las bases. Yo no lo llamo tanto un parlamento, por lo que implica este término, una cuestión multitudinaria, con mucha elaboración teórica, con una construcción de propuestas. Yo lo llamo un primer encuentro entre los distintos movimientos sociales que permita sentar las bases de un proceso de unidad hacia el futuro y ahora sí –en un tiempo, digo yo, octubre próximo, cuando estemos más preparados en cuanto a logísticos, contenidos, propuestas para nosotros y el país– ir a un parlamento de pueblos.

JC: ¿Qué problemas se han presentado a partir de la Minga? ¿Han recibido amenazas a partir de esta movilización?
LE: Durante la Minga recibimos muchos señalamientos por parte del Gobierno. Ha tachado a los organizadores de terroristas. Nuestros líderes han recibido muchas llamadas y amenazas de muerte. Ha habido seguimiento por vehículos y personas extrañas en las comisiones, en las casas de nuestros dirigentes y en las de los asesores, y queremos llamar la atención en esto. Que se tomen medidas de prevención para evitar que algo trágico ocurra con nuestra gente.

No hemos actuado en la delincuencia, en el marco de la ilegalidad; hemos actuado en la legalidad, poniendo la cara, eso sí, de frente. Queremos responsabilizar al Estado colombiano y su gobierno si algo llega a pasarles a nuestros dirigentes en términos de seguridad, de violación a sus derechos, de la libre movilización. Esa es la situación. Venimos hablando con muchos sectores, y defensores de derechos humanos de nivel nacional e internacional, haciendo un trabajo de incidencia con el cuerpo diplomático para socializar todas las demandas que planteó nuestra Minga, las razones por las cuales la hicimos, pero también para pedirle vigilancia a la comunidad internacional, en términos de nuestra seguridad y nuestra protección.

Al cierra de la edición

Atentado dirigido contra Aida Quinqué: ¿Castigo por la Minga indígena?


La noticia es devastadora. Este martes 16 de diciembre, alrededor de las 4 a.m., se llevó a cabo un atentado dirigido contra la Consejera Mayor del Cric, Aida Quinqué. Suponiendo que ella se desplazaba en el carro destinado a su servicio, cuando éste recorría la carretera entre los municipios de Inza y Totoró, exactamente en el sitio San Pedro de Gabriel López, fuerzas del Ejército descargaron sus armas de dotación oficial, impactando 17 veces en distintas partes el automotor.
Minutos después, Justo Eliseo Peña, general a cargo de la Tercera División del Ejército, confirmaría el hecho, explicando que todo ocurrió por una confusión, pues, a la voz de ‘pare’, el conductor del vehículo no atendió la orden, versión desmentida por Manuel Rosenthal, asesor del tejido de comunicaciones de la ACIN, quien asegura que “no hubo retén ni orden de ‘pare’”.
De otro lado, en entrevista telefónica, Feliciano Valencia, consejero del Cric, precisó que, si bien los disparos son del Ejército, “el directamente responsable de los hechos es el Presidente de la república”.
¿Tiros de la ‘seguridad democrática’?
Los impactos dieron en el blanco pero no cumplieron su cometido, pues en el vehículo, dispuesto para su seguridad, no viajaba la Consejera sino su marido, Edwin Legarda quien siempre le prestaba el servicio de conductor, comunero que lamentablemente murió.
La Consejera, quien fue vocera en la reciente Minga indígena que conmovió al país, dejó un sello indeleble en la misma por sus convicciones, su seguridad y sus contundentes respuestas, en cada una de las cuales quedó la impronta de la nueva dirigencia con que cuentan los pueblos indígenas.
En momentos en que se concretó el atentado, Aida Quinqué viajaba para Tierradentro a participar en la Junta Directiva de la Consejería del Cric, citada para el 16 y 17 de diciembre en el resguardo de Tobaima.
De esta manera se refrenda una vez más, y se hace aún más evidente, la denunciada criminalización a que está sometido todo aquel que levante su voz en Colombia. Ya Luis Evelis, Presidente de la Onic, había anticipado sobre la posibilidad de atentados, responsabilizando por los mismos al establecimiento. (ver págs. 14 – 15).
Pero hay esperanza. La respuesta de la Guardia Indígena, que con prontitud cercó a la unidad militar responsable de los hechos, y la demanda de justicia pronta y certera, siembra el antecedente que no pueden seguir sucediéndose estos hechos en total impunidad. La solución total, como lo han demandado los mismos pueblos indígenas, es que los actores del conflicto despejen los territorios donde viven los pobladores históricos de nuestro país.
La demanda debe ser cumplida.
Publicado enEdición 141

Cinismo e impunidad

En un acto simbólico de sanación y dignidad, este jueves 18 diciembre fue sembrado en la vereda Itaibe, caserío del municipio de Tierradentro, el cuerpo del comunero indígena Edwin Legarda, compañero de la lideresa y Consejera Mayor del Cric, Aida Quilcué, asesinado el pasado martes 16 por soldados del Batallón José Hilario López, de la III División del Ejército Nacional, mientras se desplazaba en una camioneta de la organización, entre Inzá y Totoró (Cauca).

Cerca de mil personas se sumaron al sendero de la dignidad que recorrió el cuerpo del indígena coconuco hacia la iglesia de San Francisco, punto de partida que lo llevó finalmente hasta la vereda Santa Leticia, municipio de Puracé, lugar de su nacimiento, luego de una Audiencia Pública para responsabilizar al Estado colombiano por el asesinato del comunero, acto en el cual participó el fiscal General de la Nación, Mario Iguarán, y autoridades indígenas.

Allí fue entregado a sus ancestros en un ritual que reivindica la lucha por la defensa de la Madre Tierra, para conducirlo luego al sitio donde fue sembrado, a media hora de La Plata (Huila), donde habitaban junto a los nasa damnificados por las recientes avalanchas. Aida Quilcué estuvo presente en el que hubiera podido ser su ritual de despedida, pues era ella a quien estaba dirigido el atentado. En todo caso, tragedia. La violencia oficial se llevó a un ser querido suyo.

Tras la muerte del indígena, se encendió una vez más la llama de la indignación ya generalizada con los crímenes perpetrados por este gobierno. De nuevo la comunidad internacional escucha acontecimientos ligados a crímenes de lesa humanidad, mientras observa con perplejidad la violación sistemática de los derechos humanos.

El deceso de su compañero afectivo se produjo luego que la lideresa indígena arribara de Ginebra (Suiza). Allí denunció -en el marco del Examen Periódico Universal al que fue sometida Colombia ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU- la grave situación que viven los indígenas a lo largo y ancho de territorio nacional.

Aunque el Fiscal General puntualizó, en reuniones con autoridades indígenas, que la entidad a su cargo adelantará las investigaciones pertinentes, y no la Justicia Penal Militar, los indígenas Nasa demandaron ser parte en el proceso que escudriñará la conducta y el proceder de los uniformados implicados en el operativo que terminó con la vida del comunero.

De un retén que nunca existió

Muy temprano, a eso de las 4:00 a.m. del día martes 16, Edwin Legarda Vásquez se movilizaba en la camioneta 4x4 de la cual era conductor, en compañía de una integrante de los programas de salud de las comunidades indígenas. El vehículo, propiedad del Cric, estaba destinado desde el momento de su adquisición, seis meses atrás, para transportar y proteger a la Consejera Mayor Aida Quilcué.

Cuando los efectivos del Batallón José Hilario López dispararon contra la humanidad de Edwin y su acompañante, cruzaban a la altura del sitio conocido como San Pedro Gabriel López, en dirección a Togoima, a la altura del kilómetro 39. La intensidad de los tiros y su propósito no deja lugar a dudas: 16 tiros de fusil perforaron la carrocería, ninguno las llantas (que se supone hubiera sido el objetivo para detener un automotor), cobrando la vida del comunero e hiriendo de manera grave a su acompañante.

El vehículo, una camioneta roja, era conocido en el área de los sucesos por habitantes y autoridades locales. Además, el Cric había informado de su existencia y características desde el momento mismo de conseguirse. Pero, por si hay dudas, sirvió para el transporte durante la reciente Minga de resistencia indígena y popular, lo que lo hizo aún más visible ante la comunidad nacional. Imposible ignorarlo, pudiera decir cualquier desprevenido.

Según el general Justo Eliseo Peña, comandante de la III División del Ejército, Legarda desobedeció la orden dada en un retén militar. La explicación ha sido refrendada por el propio presidente Uribe Vélez, pero desmentida de inmediato, pues la Guardia indígena logró actuar a tiempo, acordonando el lugar y evitando que se manipularan las pruebas dejadas por el operativo. Se sabe que en casos como este se busca cambiar aspectos esenciales de comprobación de hechos y fijación de responsabilidades, en especial tratándose de un crimen de tal índole, en el que se involucra la imagen del Gobierno. Es lo que con suficiencia se conoce en el país como falsos positivos.

Se sabe que, luego de verificar el sitio y levantar pruebas, tanto el CTI como las autoridades indígenas corroboraron que no existió el supuesto retén. En el lugar de los hechos no se encontraron insignias, reflectores ni señales que indicaran la realización del hipotético operativo de control. Ficha tras ficha, hay un descuadre en las explicaciones brindadas por las autoridades militares. La existencia de 105 vainillas de arma larga (fusil), halladas en el lugar de los trágicos sucesos, evidencia algo más que un retén y que un esfuerzo por hacer detener un carro.

Resulta que los disparos provinieron, según testigos, de todos los flancos, en el preciso momento en el que el vehículo entró en la emboscada. En ese mismo instante se vieron fogonazos de los disparos y se escucharon ráfagas de muerte. Disparos efectuados con alevosía, no sólo por la cantidad de detonaciones efectuadas sino además por el hallazgo de las autoridades indígenas: una ametralladora M-60 y tres fusiles adicionales a los que portaban los 35 uniformados involucrados en la escena del crimen.

¿Hasta cuándo proseguirán los crímenes? Se preguntan muchos ante este suceso. Asesinatos y asesinatos contra y colombianas que propugnan por los derechos humanos, por el bienestar de sus comunidades. Hechos que no debieran repetirse, al son de justificaciones sin sustento por parte del gobierno nacional: supuestas ¡‘manzanas podridas’!, de acuerdo con el decir del Presidente y los generales. Según voceros del Gobierno, ante éste y otros sucesos similares, se tomarán correctivos. Se destituirá a los responsables para limpiar la imagen gubernamental.

“Casos aislados, sin responsabilidad estatal”, una y otra vez se afirma esto. Aida Quilcué aseveró, tras la muerte de su compañero, que éste es un crimen de Estado. Razones no le faltan. Muchas ‘manzanas podridas’ contaminan a las demás, con mayor probabilidad cuando el canasto mismo que las alberga está el contaminado.

¿Cuántas ‘manzanas podridas’ más aguantará el país?

Por Julián Carreño


*Artículo en base al Informe de la Misión de Observación y Verificación
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La noticia es debastadora. Este martes 16 de diciembre, alrededor de las 4 a.m., se llevó a cabo lo que, de acuerdo al Tejido de Comunicaciones de la ACIN, parece ser un atentado dirigido contra la Consejera Mayor del Cric, Aida Quinqué. Suponiendo que ella se desplazaba en el carro destinado a su servicio, cuando éste recorría la carretera entre los municipios de Inza y Totoró, exactamente en el sitio San Pedro de Gabriel López, fuerzas del Ejército descargaron sus armas de dotación oficial, impactando 17 veces en distintas partes el automotor.

Minutos después, Justo Eliseo Peña, general a cargo de la Tercera División del Ejército, confirmaría el hecho, explicando que todo ocurrió por una confusión, pues, a la voz de ‘pare’, el conductor del vehículo no atendió la orden, versión desmentida por Manuel Rosenthal, asesor del tejido de comunicaciones de
la ACIN, quien asegura que “no hubo retén ni orden de ‘pare’”.

De otro lado, en entrevista telefónica, Feliciano Valencia, consejero del Cric, precisó que, si bien los disparos son del Ejército, “el directamente responsable de los hechos es el Presidente de la república”.

¿Tiros de la ‘seguridad democrática’?

Los impactos dieron en el blanco pero no cumplieron su cometido, pues en el vehículo, dispuesto para su seguridad, no viajaba la Consejera sino su marido, Edwin Legarda quien siempre le prestaba el servicio de conductor, comunero que lamentablemente murió.

La Consejera, quien fue vocera en la reciente Minga indígena que conmovió al país, dejó un sello indeleble en la misma por sus convicciones, su seguridad y sus contundentes respuestas, en cada una de las cuales quedó la impronta de la nueva dirigencia con que cuentan los pueblos indígenas.

En momentos en que se concretó el atentado, Aida Quinqué viajaba para Tierradentro a participar en la Junta Directiva de la Consejería del Cric, citada para el 16 y 17 de diciembre en el resguardo de Tobaima.

De esta manera se refrenda una vez más, y se hace aún más evidente, la denunciada criminalización a que está sometido todo aquel que levante su voz en Colombia.

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Jueves, 20 Noviembre 2008 20:14

El Escuadrón que es necesario disolver

El Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad), de la Policía Nacional, unidad especializada en ‘tratar’ asuntos de orden público, está en el ojo del huracán, cuestionado por su irrespeto continuo a los derechos humanos. Y no como simple reflejo de sus procedimientos al momento de desplegarse para neutralizar las protestas de los estudiantes. Así quedó establecido una vez más, por cuenta de sus técnicas, maniobras, acciones, silencios, complicidades, abusos, al ‘tratar’ las protestas de los pueblos indígenas el pasado octubre.

Para amedrentar


Los comentarios sobre los excesos del Esmad no son nuevos. Creado el 24 de febrero de 1999 como unidad especial de la Policía Nacional, desde entonces ha despertado pronunciamientos negativos sobre su razón de ser y sus procedimientos. Comentarios derivados, bien por el aparataje con que está revestido cada uniformado –del cual se puede desprender un descomunal poder ofensivo y no solo defensivo–; bien por la contundencia con que responden a cada manifestación o protesta, la cual culmina sin excepción con heridos, contusos, intoxicados por la desmedida cantidad de gases y bombas de estruendos disparados al ‘contener’ las protestas; bien por la mentalidad con que son formados sus integrantes, que al parecer no ven sino enemigos al frente, lo cual los lleva a denotar odio en sus procedimientos contra quienes proceden.


¿Mentalidad antipopular?


El sector social que más ha padecido los excesos de este aparato violento del Estado son los jóvenes, en particular los estudiantes. Por los procedimientos desmedidos de sus unidades, han caído asesinados Nicolás Neira, en plena manifestación del 1º de mayo de 2005; Johny Silva, en protestas adelantadas en la Universidad del Valle el 22 de septiembre de 2005, y Óscar Salas, estudiante de la Universidad Distrital, muerto en los predios de la Universidad Nacional y quien perdió su vida a manos de estas unidades el 8 de marzo de 2006. Un analista desprevenido podría decir, quizá, que los miembros del Esmad son escogidos entre gente conservadora y resentida, fustigados y presionados por sus mandos antes de cada operación callejera, para que se desfoguen con los ‘enemigos del país’ y así se reequilibren emocionalmente.

Luego de los operativos contra los estudiantes, los heridos son innumerables, pero precisan en los centros administrativos de las universidades que los estudiantes prefieren ser atendidos en centros médicos privados, a quedar registrados en las unidades de salud oficiales. No es guapura ni capricho sino miedo. Los estudiantes temen ser judicializados.

Cuerpo ilegal. Pues, bien, aunque parezca increíble, sólo a partir del asesinato del joven Nicolás Neira la Dirección de la Policía Nacional se preocupó por expedir una norma, la 0255, con la cual legaliza la existencia de este escuadrón. Pero incluso, hasta octubre de 2008, se desconoce el Manual de Funciones, que establece y delimita sus procedimientos. Es decir, cada uno de sus integrantes actúa de acuerdo a como le corra su adrenalina por el cuerpo.

Rabia y odio sin límite utilizado por el capital privado al poner a su servicio este cuerpo policivo que fundado para el control de protestas callejeras, pero usado también en operativos de desalojo de deudores del sistema financiero, como quedó establecido en los desalojados de las Upac o las UVR, operativos donde esa fuerza –protegida y al servicio del Estado y sus controladores-– termina lesionando a jóvenes y adultos que defienden su vivienda.

 


Odio racista


“Nosotros a ustedes los queremos muertos. Este país va a salir adelante cuando todos ustedes estén muertos”. La amenaza proviene de un miembro del Esmad y fue proferida contra los indígenas el pasado 15 de octubre en el Cauca, en plena Minga por la Resistencia. La amenaza quedó grabada en un video que registra el nivel de violencia que utiliza el Esmad contra el pueblo movilizado en demanda de sus derechos. De acuerdo con numerosos testimonios, estas palabras y acciones de la fuerza pública no son casuales. No. Es la forma tradicional como son tratados los indígenas por este cuerpo de seguridad estatal.

Confirmación de violencia y racismo. Los indígenas, más que cualquier otro sector del pueblo colombiano, han sentido al Esmad en todo su rigor y poder. No sólo en las manifestaciones de octubre pasado; también en años anteriores, en los desalojos de las haciendas La Emperatriz y El Japio, donde los muertos y contusos de todo tipo son numerosos. Así lo evidencia el caso de Belisario Camayo Guetoto, asesinado el 10 de noviembre de 2005 con tiro de fusil en la hacienda El Japio, al igual que Lorenzo Largo Dagua, gravemente lesionado el 29 de noviembre de 2007 por tiros de fusil en La Emperatriz. Lorenzo, a pesar de 16 días de hospitalización, no pudo reponerse de las heridas que le ocasionaron los disparos de este cuerpo policial.

Pero también decenas de heridos causados por el Esmad, bien por tiros de armas de fuego convencionales, bien por tiros de munición recalzada con balines, tuercas, pedazos de alambre, como lo muestran los indígenas en sus videos, pero sobre todo en sus humanidades. Producto de este proceder, pero también de garroteadas o macheteadas, cargan en su cuerpo las heridas no menos de 100 indígenas. La cifra se multiplicó en los desalojos de hace dos años en el resguardo La María, de Piendamó, cuando el Esmad, en unión con el Ejército, penetró en las instalaciones indígenas construidas en ese resguardo y destruyó todo lo que encontró a su paso, además de herir a decenas de los naturales de esa región.


Este procedimiento se repitió con alevosía en los días 14 y 15 de octubre pasado, cuando las acciones del Esmad arrojaron un muerto y 150 heridos, siete de ellos con pérdida de órganos vitales como la vista, 17 heridos por efecto del disparo de cápsulas recalzadas y 21 por golpes de machete. No sólo allí; también en el municipio de Villarica, cuando su intervención produjo la muerte de Jesús Antonio Nene y Elver Brito, además de cinco heridos por disparos de armas convencionales. Heridos que se multiplican. En esas mismas fechas fueron lesionados 26 indígenas en otras acciones de protesta en el Valle del Cauca, y 14 en el departamento de Risaralda.

Violencia, rabia, racismo, odio, que tienen un límite. Por ello las comunidades indígenas, los estudiantes, los defensores de los derechos humanos, además de otros sectores sociales, demandan que este cuerpo policivo, con capacidad de contención y destrucción más allá de lo proyectado por los manuales de control social, sea desmontado. Llegó la hora y el clamor crece. El derecho a la protesta social no se puede tratar como un asunto de guerra.
Publicado enEdición 140