Sábado, 08 Agosto 2020 06:14

Anhelos de cambio

 Aleksandr Lukashenko

Mañana domingo, 6 millones 880 mil habitantes con derecho a voto de Bielorrusia –pequeña república eslava, estratégica por su ubicación entre la OTAN y Rusia– están convocados a las urnas para elegir quién los va a gobernar los siguientes cinco años, pero lo que su invariable presidente desde 1994, Aleksandr Lukashenko, concibió como simple trámite para su sexta relección no será tan fácil al colmarse el vaso de la paciencia de sus electores.

Tras deshacerse de sus principales rivales –Serguei Tijanovsky, bloguero opositor a quien se denegó el registro como candidato y ahora se encuentra en prisión por asistir a una manifestación de protesta; Víctor Babariko, banquero que acabó en la cárcel con su hijo, acusados de un delito que ellos consideran fabricado, y Valeri Tsepkalo, ex diplomático y empresario a quien también se impidió participar y tuvo que irse al exilio–, Lukashenko creyó que ya no tenía enfrente a nadie que pudiera disputarle la presidencia.

Y la arrogancia de Lukashenko se estrelló contra la dignidad de una joven mujer, Svetlana Tijanovskaya, que no dudó en tomar el relevo de su esposo encarcelado y que en un mitin reciente reunió a 10 por ciento del padrón como candidata unificada de la oposición, mientras el mandatario, con descalificativos sazonados con un machismo primitivo, llegó a afirmar que "ninguna mujer tiene capacidad para gobernar Bielorrusia, sería un desastre".

Traductora y ama de casa que nunca imaginó que tendría que dedicarse a la política, Tija-novskaya concentra los anhelos de cambio de los bielorrusos y anunció que, en caso de ganar, dimitirá dentro de seis meses para convocar comicios, a diferencia de los actuales, limpios y transparentes.

Si el conteo de votos –y dos días antes de los comicios, la comisión electoral dijo que ya había ejercido su derecho a sufragar más de 22 por ciento del padrón– se va a basar en los mismos métodos con que Lukashenko se libró de sus principales rivales, nocabe duda que se proclamará vencedor.

Importa no tanto quién va a ganar, con reglas así sólo puede haber un triunfador, sino cuánto tiempo podrá mantenerse en el cargo, ya que es previsible que salgan a la calle decenas de miles de descontentos. De la magnitud de la protesta dependerá si Lukashenko lanza el ejército contra su pueblo o dimite.

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Estos cinco movimientos rebeldes quieren cambiar cómo funciona el dinero

Siempre ha habido movimientos que discrepan con el sistema monetario, cómo funciona y a quién beneficia. Sin embargo, después de la crisis financiera de 2008 ha surgido una nueva oleada de agitadores pecuniarios, cada uno con ideas muy diferenciadas sobre lo que significa el dinero. Desde los predicadores del bitcoin hasta los abanderados de la teoría monetaria moderna, estos rebeldes del dinero se han repartido en bandos enfrentados.

 

Siempre ha habido movimientos que discrepan con el sistema monetario, cómo funciona y a quién beneficia. Sin embargo, después de la crisis financiera de 2008 ha surgido una nueva oleada de agitadores pecuniarios, cada uno con ideas muy diferenciadas sobre lo que significa el dinero. Desde los predicadores del bitcoin hasta los abanderados de la teoría monetaria moderna, estos rebeldes del dinero se han repartido en bandos enfrentados.

Para comprender a estos grupos y por qué luchan es importante que entendamos el sistema que cuestionan. Nuestro sistema monetario se caracteriza por los bancos centrales nacionales y las tesorerías, que emiten la base monetaria. Dicha base engloba el dinero físico en efectivo que tenemos en la cartera y también reservas, es decir, dinero digital en un formato especial que los bancos comerciales guardan en sus cuentas centrales, fuera de nuestro alcance.

Estas entidades se dedican entonces a aumentar la masa monetaria emitiendo una segunda capa de dinero sobre el dinero del banco central, mediante un proceso llamado multiplicador monetario (a veces, reserva fraccionaria). De esta forma se crea el dinero de la banca comercial, que aparece en nuestras cuentas en forma de depósitos.

Los pormenores son sutiles y complejos (sobre todo a nivel internacional), pero la interacción de estos agentes que emiten el dinero y lo sacan de la circulación hace que la masa monetaria se expanda y se contraiga, como un pulmón al respirar. Los grupos que abogan por una reforma monetaria apuntan a diferentes elementos de esta dinámica. Aquí tenemos cinco ejemplos:

Los guerreros del dinero público

Cuando amanece decimos que sale el sol, pero en realidad el sol está siempre en el mismo sitio y el amanecer es una ilusión creada por la rotación de la Tierra. La teoría monetaria moderna plantea que la noción que tenemos del dinero público trae un espejismo parecido: a menudo decimos que un gobierno central “recauda dinero” mediante los impuestos y después lo gasta, pero la realidad es que son las instituciones gubernamentales las que crean el dinero al gastarlo por primera vez y lo retiran de la circulación al exigir el pago de impuestos. Si el gobierno emite el dinero, ¿por qué tiene que pedir que se lo devuelvan?

Los partidarios de la teoría monetaria moderna esgrimen que la idea de que a un gobierno se le puede acabar el dinero como a cualquier hogar o empresa es una mera ilusión. Un gobierno solo puede quedarse sin dinero si no acuña su propia moneda soberana (como ocurre con los países de la Unión Europea que han optado por el Euro), o bien si se ha fijado un límite político sobre la emisión de moneda. En el segundo caso, los gobiernos primero deben recuperar el dinero mediante la recaudación fiscal (y otros medios) antes de volver a emitirlo en otro lugar.

Por esto, los partidarios de la teoría monetaria moderna no les compran a los conservadores el argumento de que “no hay dinero” cuando estos quieren recortar en sanidad y educación. “Los gobiernos que tienen el monopolio de su moneda siempre pueden sufragar las políticas prioritarias”, declara Pavlina Tcherneva, catedrática de Economía en el Levy Economics Institute del Bard College de Nueva York.

Según la teoría monetaria moderna, si hay personas en desempleo que quieren trabajar y recursos materiales para que lo hagan, el gobierno federal puede emitir dinero nuevo sin generar inflación, porque el incremento de la masa monetaria vendrá acompañado de un aumento de la producción. “El objetivo es poner las arcas públicas al servicio del interés general sin acelerar la inflación”, apuntó Stephanie Kelton, catedrática de Políticas Públicas y Economía en la Universidad de Stony Brook y antigua asesora jefe del senador independiente de Vermont Bernie Sanders.

Los reformistas del dinero bancario

Los reformistas del dinero bancario quieren cambiar el poder que ostenta la banca comercial para crear dinero. Otros grupos critican el sistema basado en el dinero bancario de entidades comerciales, aduciendo que genera inestabilidad económica, sobrendeudamiento y concentración de poder en manos de los bancos: esos mismos bancos que nos llevaron a la crisis financiera de 2008.

Algunos grupos que abogan por una reforma del dinero bancario son el American Monetary Institute, Dinero Positivo[1] y el Movimiento Internacional para la Reforma Monetaria (IMMR por sus siglas en inglés).

Los bancos comerciales crean dinero nuevo al conceder préstamos. El ala moderada del movimiento reformista de la banca arguye que, ya que el gobierno les otorga ese privilegio, las entidades y sus préstamos deberían estar sometidas a un mayor escrutinio democrático. Las posturas más duras, por otra parte, defienden que debería prohibirse directamente la creación de dinero por parte de los bancos.

El movimiento que aspira a poner coto al dinero bancario es más diverso políticamente que el de la teoría monetaria moderna. Esta idea se ha granjeado el apoyo de algunos liberales, como el economista ya fallecido Murray Rothbard, economistas neoclásicos como Irving Fisher y también grupos de izquierda, como el Partido Verde británico, que plantea que la creación de dinero por parte de la banca conlleva crisis medioambientales y dominación empresarial.

Sus recetas son diversas: Dinero Positivo (movimiento hermano del británico Positive Money, que elabora estudios y campañas sobre política monetaria en Reino Unido) aboga por que la creación de dinero sea competencia exclusivamente de un órgano público democrático, transparente y que rinda cuentas, dando lugar a un sistema de “dinero soberano” donde todos podamos tener una cuenta en el banco central. Esta propuesta es distinta de una banca de reserva 100 %, en cuyo caso tu banco debería disponer de reservas que respalden la totalidad de los depósitos de tu cuenta.

Los cruzados de las criptomonedas

Los cruzados de las criptomonedas no solo rechazan el sistema monetario nacional y el papel de la banca comercial, sino que rechazan de plano el concepto del dinero basado en el crédito (donde el dinero se “crea de la nada” gracias a las leyes o a un pacto social) y piden que se sustituya con “dinero mercancía” (que se “crea a partir de algo” mediante un proceso de producción). Estos grupos han recogido el testigo de los goldbugs (literalmente, “escarabajos del oro”), que aspiraban a restablecer el patrón oro.

Este movimiento comenzó con el Bitcoin y argumenta que el mejor sistema monetario es uno que no dependa de la política humana. Dicha idea se encuadra en una tradición filosófica según la cual los sistemas deberían regirse por los límites que marque Dios, la física o las matemáticas, en lugar de las leyes que elaboran los políticos. Por ejemplo, en el caso del oro existen límites geológicos a la cantidad de oro que se puede hallar y extraer. En el caso del Bitcoin, el sistema fija un máximo de dinero que puede emitirse y obliga a los participantes a “minarlo” como si fuera un recurso natural.

Los partidarios más ortodoxos del Bitcoin creen que el verdadero dinero es un bien de oferta limitada que debe extraerse mediante un proceso de producción, por lo que sostienen que el dinero fiduciario (que crean los bancos o los países) es un dinero artificial o engañoso, controlado por unos poderes corruptos. Hay un cierto puritanismo en estos cruzados de las criptomonedas que desconfían de las instituciones humanas y se encomiendan al orden “divino” abstracto de las matemáticas y los mercados.

Mientras otras corrientes como la teoría monetaria moderna se apoyan en las instituciones humanas, los criptocruzados consideran que la política es un quehacer absurdo. Esa desconfianza es sintomática: muchas veces el movimiento está tan enfrentado con el sistema crediticio como consigo mismo, como demuestran las encarnizadas luchas intestinas entre los partidarios de las diferentes criptodivisas.

No obstante, son los reformistas monetarios más acaudalados ya que, irónicamente, muchos usuarios de las criptomonedas se han hecho millonarios en la moneda fiduciaria que tanto dicen detestar.

Los localistas

Las monedas alternativas no gubernamentales ya estaban ahí mucho antes de que surgieran las criptomonedas. Estas originales alternativas al dinero corriente engloban sistemas de crédito mutuo, bancos de tiempo (donde se emplea el tiempo para medir cuántos créditos se ganan) y monedas sociales y locales, como la libra de Brixton y sistemas como el Wir suizo, una moneda que se usa entre empresas.

Esta tradición también recela de los grandes sistemas monetarios donde interactúan el gobierno y la banca privada, pero, en lugar de exigir que dichos sistemas se sustituyan por un algoritmo robótico, proponen que las comunidades más pequeñas dispongan de competencias para acuñar una moneda local.

Al contrario que los promotores de las criptomonedas, para estos grupos no hay problema con “crear dinero de la nada”, sino más bien con quién lo hace y en qué magnitud. Creen que los sistemas a gran escala alienan a las personas y disuelven las comunidades que están íntimamente unidas.

Un sistema de crédito mutuo como el Sardex de Cerdeña, por ejemplo, no rechaza la idea de la expansión y la contracción de la masa monetaria, pero integra a la comunidad de la isla a la hora de decidir en qué términos ocurre.

Mientras los demás movimientos hablan alto y claro, los entusiastas de las monedas sociales complementarias a nivel local suelen mantener un perfil bajo, son más humildes y, aunque mal remunerados, trabajan para construir estructuras resilientes en sus comunidades.

“Las monedas locales cambian cómo se emite el dinero, cómo circula y en qué se puede gastar para relocalizar economías, fomentar conductas más ecológicas y apoyar a la pequeña empresa”, declara Duncan McCann de la New Economics Foundation.

La alianza de los criptocréditos: el crédito mutuo y la tecnología blockchain se dan la mano

Este es el movimiento menos conocido o con menos desarrollo, pero quizás sea el más emocionante. Hay iniciativas incipientes, como Trustlines, Holochain, Sikoba, Waba y //medium.com/@cemilturun/we-had-paper-blockchains-for-decades-13ac29c4efd0">Defterhane, que buscan crear un híbrido entre alternativas más antiguas, como los sistemas de crédito mutuo, y las arquitecturas de cadenas de bloques sobre las que se construyen las criptomonedas. Tienen cosas en común tanto con los partidarios de la teoría monetaria moderna, que considera que el dinero entendido como mercancía es un atraso, como con los promotores de las criptomonedas, que quieren sacar al gobierno de la ecuación.

Las criptomonedas suscitaron una oleada de creatividad, aunque en gran medida esta se echó a perder en una corriente tóxica de especulación. Por otra parte, los movimientos localistas que promueven el crédito mutuo tienen ideas potentes, pero a menudo no logran darles difusión ni diseminarse. Los grupos más innovadores están explorando las posibilidades creativas que ofrecería la unión de ambos sistemas para solucionar las carencias que tienen por separado.

Por Brett Scott, es un autor y activista crítico proveniente del sistema financiero. Su trabajo examina el funcionaniento interno de las instituciones financieras, incluyendo sus dimensiones culturales.

29 jul 2020 08:32

[1] Puedes leer más sobre Positive Money aquí.

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Lunes, 27 Julio 2020 08:14

No es el virus

No es el virus

La crisis del virus llegó para quedarse y dejar secuelas. Su prevalencia será mayor que la mera gripe estacional, y anuncia una época donde las viremias y otros males “nuevos”lloverán cada vez más y no serán tan impredecibles como quieren hacernos creer los gobiernos, los medios y las iglesias. Conforme se desenvuelven las cuarentenas, las resistencias a ella, los “retornos” a un nuevo futuro, la necesidad de hacerse a la idea de demasiados cambios en la cotidianidad, también se adquiere una perspectiva de las cifras de muertos, heridos y desaparecidos, como en una guerra. Un mayor realismo ante la muerte misma, sus otras causas, sus otras estadísticas, permite relativizar (¿normalizar?) el impacto sicológico y de salud causado por el Covid-19 a su paso por el mundo.

Tanto o más se muere por cáncer, hambre, afecciones asociadas a los absurdos del consumo, los brutales daños al medio ambiente, o por las guerras, casi todas delincuenciales. Con otros datos nos tranquilizamos: ah, bueno, de por sí estamos jodidos, de por sí a todos nos toca. Silvia Ribeiro no deja de alertarnos en estas mismas páginas y en otras, como Desinformémonos, sobre las pandemias que vienen, los inminentes caminos de todos nuestros venenos.

En un mundo en el que mantenerse sano se dificulta progresivamente, aunque los “avances” de la medicina parecieran significar lo contrario, queda claro que la gran derrotada es la medicina alopática o científica. Como fuente de pensamiento, no de mero conocimiento. Prefirió la insensatez del poder al bien colectivo. Desechó la prevención como base de sus acciones. Abrazó los efectos y desdeñó las causas. El punto de quiebre se fraguó hace unos 40 años, cuando otra alopatía pareció posible, mas se orientó a la lógica del neoliberalismo en ciernes.

La noción de que la salud dependía de cuidarla, no de curar padecimientos, ganaba terreno en escuelas, hospitales e instituciones. Más médicos familiares y menos hiperespecialistas. Más cuidados en la vida diaria de cuerpo y mente y menos medicamentos industriales. Más y mejores servicios de primer nivel y menos elefantes blancos para gente que no pudo evitar enfermarse. Por el contrario, se dio un pacto entre el gremio médico y la industria farmacéutica, monstruo hipetrofiado en la bolsa de valores, sobre todo por razones económicas (el vil negocio), así como militares y políticas.

La alopatía erigió muros para aislar y devaluar cualquier otro pensamiento y otra práctica ante el hecho clínico y la construcción del bienestar humano. El mundo se inundó de medicamentos/drogas en carácter de mercancía que tanto salvan como matan, tanto alivian como agravan, que rara vez previenen y son enfermedad en sí mismas (hasta nombre en griego tiene: iatrogenia). En vez de aprovechar el manojo de caminos diferentes, que no tendrían que ser rivales, la medicina institucionalizada negó cualquier alianza con los enfoques homeopáticos, acupunturales, holísticos, las prácticas chamánicas, donde la magia procede de la experiencia y no al revés. Tampoco aceptó reformarse y cambiar el enfoque de curativo a preventivo, según la percepción sensata de Pasteur, Ehrilch et al. Los males de la salud se pueden evitar o moderar, lo cual resulta mejor para la vida y sale más barato.

Ariel Guzik es una de las mentes más interesantes hoy en México. Iridiólogo, inventor, científico y músico que trabaja con los sonidos y las canciones de la naturaleza (viento, agua, ballenas, fuerzas electromagnéticas), en un texto reciente reflexiona sobre la pandemia y lee en su trama “un enunciado de la ingenuidad humana y su capacidad de sometimiento”. En cuanto a los virus mismos, concluye que “son rastros encontrados en la escena del crimen”. Apunta que “la declaración de pandemia que de golpe determina y desdibuja nuestras vidas y que de un día a otro eclipsa calamidades, castiga los encuentros y acalla manifestaciones de viva voz, ha sido manejada mediáticamente desde la estrecha y circular perspectiva del virus, el control y los números. Exalta los imaginarios que hemos forjado desde el vasto universo preparatorio de la ficción. Me parece necesario exonerar al virus de su papel de causa única y foco central de este fenómeno”: https://diecisiete.org/expediente/la-humeda-virtud- del-llanto/?fbclid=IwAR29A5xH43ZqDTjN2ls3 DGy6CkNr9C- a24nnO3oAUN8Kt-IIn1a3f25ezQY

Desde su experiencia en la herbolaria y las medicinas tradicionales, Guzik cuestiona la concepción que tenemos de la pandemia, de nuestras rendiciones ante lo que nos presentan como “racional”. Su escrito abona la sensatez en una situación dirigida por la razón de Estado, el costo y beneficio para los mercados, el control represivo, el combate focalizado y medicalizado de un evento biológico que transcurre en diversas dimensiones.

Ingresamos a una nueva era de salud y enfermedad que redibuja los rostros de la vida, la muerte y el buen vivir deseable. Urge pensar todo de nuevo, antes de que se nos haga tarde. El problema no es el virus, sino lo que hace posible todo lo que desencadena.

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Manifestantes encaramados a la estatua de la Plaza de los martirios, Beirut Inés Gil

En medio de la profunda crisis económica que sufre el país los libaneses están más preocupados por la necesidad de encontrar comida y pagar sus rentas que por la construcción de un nuevo proyecto político.

 

Cucharas golpeando contra cazuelas de metal, el ruido de los platos apilándose. En el barrio de Achrafiye, en Beirut, unas quince personas se afanaban con la comida, equipados de gorros y delantales de cocina. La escena no se desarrolla entre bastidores de un restaurante. Los aspirantes a cocineros son voluntarios de la asociación Al-Achrafiye. Cada día, distribuyen comida a los más pobres del vecindario. En una esquina, Bassam, jubilado, llena bandejas con pastas: “Es una asociación pequeña, pero aún así distribuimos 200 comidas al día”. Cuando se creó en marzo, la estructura distribuía solo 50 comidas. Sin embargo, arrastrados por los torbellinos de la crisis, son cada vez más los libaneses que no pueden alimentarse.

 

Hacia la hambruna

 

A las 12 y media, cada día es el mismo escenario para Mario y Tony, voluntarios en la asociación: el coche lleno de comida, van por todo el barrio para visitar a los que necesitan ayuda alimentaria. Las bandejas de pasta se balancean al ritmo de las curvas. El automóvil circula en los pequeños callejones que toman la forma de serpentinas empinadas. Ubicado en el este de Beirut, este distrito predominantemente cristiano, llamado Achrafiye (الاشرفية), fue construido en las alturas de la capital libanesa y forma hoy un barrio de casas coloridas.

Detrás de las paredes del encantador barrio, unas familias, cuyos estómagos sufren hambre, esperan la llegada de los voluntarios. Entre ellos, muchos mayores, aislados, con una pensión irrisoria y que ya no pueden beneficiarse de la solidaridad familiar en este período de crisis. Y cada vez más, familias de dos o tres hijos cuyo padre perdió su trabajo al comienzo de la crisis o durante el confinamiento. Según el Programa Mundial de Alimentos, el 50% de los libaneses ahora vive por debajo del umbral de pobreza. Sin ninguna red de seguridad estatal, muchas familias sin recursos financieros ya no pueden alimentarse.

Ante la emergencia, las distribuciones de alimentos van aumentando. La organización “Al-Achrafiye” se limita a escala de vecindario, pero ciertas estructuras se han extendido por todo el Líbano, lo que demuestra la crisis generalizada en el país. Eso es el caso del Rotary Club de Beirut. Su director, Hagop Dantziguian, afirma que la organización “ayuda a mil familias en todo el país y esta cifra aumenta exponencialmente cada mes.” Según él, ”la situación empeorará en los próximos meses. La sombra de la hambruna amenaza la población.“ En las últimas semanas, aumentó el número de suicidios relacionados con la incapacidad de sobrevivir económicamente. A principios de julio, un hombre se disparana en la cabeza, en Beirut, tras dejar junto a él una nota : “No soy un blasfemo, pero el hambre es blasfemia”.

El riesgo de colapso

¿Cómo ha llegado el país a esta situación? A principios de marzo, por primera vez en su historia, el Líbano entró en suspensión de pagos a causa de una deuda insostenible. El gobierno dirigido por Hassan Diab solicitó ayuda al Fondo Monetario Internacional (FMI). Desde entonces, el país está cayéndo cada día más en el pozo de la crisis.

De acuerdo con el economista libanés Hassan Moukalled, “hay que volver 30 años antes, a raíz de la guerra civil (1975-1990), para entender la crisis actual”. En ese momento, para reconstruir el país, “el Líbano establece un sistema monetario y desarrolla una economía no productiva”, señala el economista en conversación con El Salto. La pequeña Suiza de Medio Oriente [apodo del Líbano] se convierte en un campeón en asuntos financieros y en servicios. Pero el país de los cedros apenas produce. Debe importar casi el 80% de lo que consume, ampliando su déficit comercial a 15 mil millones de dólares en 2019. Con los años, la deuda pública crece hasta alcanzar el 170% y la inflación galopante hace aumentar los precios de más del 50%.

Para Hassan Moukalled, “el Líbano enfrenta un problema estructural. No saldrá de la crisis solo con la ayuda del FMI. Se necesitan reformas de gran envergadura”. Pero hasta hoy, el gobierno de Diab no ha anunciado ningún cambio ambicioso para salir del marasmo. Según Hassan Moukalled, los líderes libaneses desean sobre todo proteger sus privilegios: “los conflictos de intereses entre la clase política y el sector económico y bancario impiden cualquier esfuerzo de reforma”.

Ante la negligencia del estado, los servicios esenciales se están desmoronando día a día. En los hogares libaneses, los cortes de energía pueden durar hasta 12 horas al día. Incluso los generadores, sustitutos privados de la falta de electricidad pública, ya no funcionan correctamente. El Líbano ha caído literalmente en la oscuridad. En las calles, muchos semáforos están apagados. Además, en un país que depende de bienes extranjeros, la escasez de alimentos y combustible es recurrente.

La otra gran víctima de la crisis, algo que no es un buen augurio para el futuro del país, es la educación. Al comienzo del año escolar 2020-2021, muchos libaneses no podrán inscribir a sus hijos en las escuelas. El gobierno libanés advirtió que con el cierre de las escuelas privadas en quiebra, muchos niños van a recurrir al sistema público. Pero afirma que el estado es incapaz garantizar la educación pública para todos.

Frente a la depresión económica y social, el profesor de ciencias políticas Zyad Majed es directo: “El país presenta riesgo de hundimiento”. En su opinión, “el Líbano se está acercando a un escenario similar al caso venezolano” con el empobrecimiento general de la población, la falta de recursos básicos y el uso de la violencia generalizada.

Desaparición de la clase media

En el Líbano, solo unos pocos privilegiados se libran de la crisis. Si los más pobres se ven presionados, la clase media libanesa también se ve muy afectada. Una tendencia encarnada por el éxito del proyecto LibanTroc. Creada en diciembre de 2019, esta iniciativa conecta a los libaneses que ya no tienen el lujo de comprar ciertos bienes para intercambiar cualquiera cosa a la forma del trueque. Con más de 57,000 miembros (sobre una población de siete millones), el éxito es innegable. Según su fundador, Hala Dahrouge, LibanTroc está dirigido principalmente hacia la clase media que se empobrece : “Todos están afectados, y no solo las personas que eran ya muy pobres. Los que tienen dinero en el banco ni siquiera pueden retirarlo. LibanTroc está dirigido directamente a la clase media porque los más pobres ni siquiera tienen bienes para intercambiar."

Las esperanzas frustradas de la revolución

Este viernes, día tradicional de movilizaciones, centenares de libaneses se han reunido en la Plaza de los mártires, en el centro de Beirut. Representantes de la sociedad civil, políticos en busca de renovación, discursos que piden la caída del gobierno, se suceden frente a los manifestantes poco numerosos, pero determinados. Las banderas nacionales, rojas y blancas, adornadas con un pequeño cedro (el símbolo del país) se mecen en el aire.

En el fondo, se ve una estructura instalada hace varios meses por manifestantes : un puño de combate elevado, con las palabras “للوطن“ (por la patria) y ”ثورة“ (revolución) escritas. Entre los manifestantes, Noor, de 45 años, vestida con los colores del Líbano, sigue motivada a pesar de la situación económica: “Incluso si tenemos pocas esperanzas, sigo manifestando cada semana. No debemos dejar de lado la movilización”.

Pero con solo un millar de manifestantes, la protesta de este viernes queda muy escasa frente a las movilizaciones que estallaron en octubre pasado en el Líbano, dando esperanzas de una segunda Primavera Árabe. En aquel momento, decenas de miles de libaneses salieron a las calles para exigir el fin del sistema confesional, el fin de la corrupción y más políticas públicas sociales en un país ultraliberal. Lograron la caída del gobierno de Saad Hariri. Pero desde entonces, el cansancio de los manifestantes ha extinguido la llama revolucionaria.

Además de la pérdida de esperanza debido a la falta de reformas y la crisis del coronavirus, el miedo se ha extendido a las calles: “la policía ha realizado arrestos arbitrarios y se han registrado casos de tortura”, según el Director del Centro Libanés para los derechos humanos, Fadel Fakih. A esto se añade la espiral infernal de la crisis económica en las últimas semanas. Los libaneses ahora están más preocupados por la necesidad de encontrar comida y pagar sus rentas que por la construcción de un nuevo proyecto político.

El Líbano en el estancamiento

Desde esta primavera, el primer ministro libanés Hassan Diab ha intensificado los llamamientos de asistencia a la comunidad internacional y en particular al FMI. Pero en el gobierno, la solicitud divide. En particular debido a la reticencia del poderoso Hezbolá, que percibe el FMI como una emanación de los Estados Unidos. Sin mencionar que los donantes internacionales están reacios a apoyar a un país que no ha emprendido ninguna reforma básica y que no está listo para luchar contra la corrupción endémica.

De vuelta en la parte cristiana de Beirut, con los voluntarios de Al-Achrafiye. Mario se para en la Plaza Sassine, el corazón palpitante del barrio, de donde surge con orgullo una majestuosa bandera del Líbano. Entre las incesantes idas y venidas de coches, un hombrecito está sentado en el suelo. Una imagen muy rara en las sociedades árabes, él ya no tiene casa: “Hay dos personas sin domicilio fijo en la plaza” explica Tony, agarrando la bandeja de pasta para llevársela al anciano. “Marwan es uno de ellos.” En el coche, Mario observa la escena: “Cuando una familia lo necesita, puede venir a vernos. Es el lado positivo de organizar la distribución en un solo barrio.“ Baja la cabeza, desilusionado: ”Pero quién sabe... tal vez también tendremos que extender nuestras acciones a otros barrios, porque la crisis empeora cada día”.

 

Por Inés Gil

26 jul 2020 08:00

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Viernes, 24 Julio 2020 06:15

Los tres ejes del feminismo

Los tres ejes del feminismo

Empiezo por matizar el énfasis unilateral en la pugna cultural, derivado de la prioridad por el tema de la sexualidad, como tarea central y eje principal de diferenciación entre corrientes feministas. Esta temática de la libertad sexual es fundamental para los colectivos LGTBI y el propio feminismo. El problema es su encaje en el conjunto de tareas y discursos feministas. Así, al priorizarlo de forma permanente y casi exclusiva, se infravalora la acción colectiva por la igualdad relacional efectiva y contra la violencia machista, cuestiones apoyadas por más de la mitad de la población adulta, unos veinte millones, especialmente de las mujeres. Son dos aspectos sustantivos de la activación feminista que, sin embargo, al situarlos en un segundo plano en los discursos y la acción colectiva de algunas élites, se dificulta la capacidad transformadora del conjunto de la realidad discriminatoria de las mujeres. Y esa unilateralidad no les permiten un mayor arraigo entre ellas.

La importancia de la liberación y la diversidad sexual

La sexualidad placentera, consentida y sin riesgos ha sido y es un objetivo central de la última etapa del feminismo, desde hace más de cuarenta años, con la demanda de legalización del uso de los anticonceptivos y la posterior despenalización del aborto, así como con la separación de las relaciones sexuales, especialmente juveniles, del estricto marco del matrimonio. La libertad y la igualdad en las relaciones sexuales, la diversidad de formas familiares y la autonomía personal para definir sus preferencias, sin discriminaciones, son conquistas feministas importantes, asociadas también al impacto de los colectivos LGTBI.

Podemos decir que durante el primer gobierno socialista de Zapatero (2004/2008) hubo algunos avances significativos. En particular, la legislación sobre el matrimonio igualitario, venciendo la gran resistencia conservadora y de la jerarquía católica, ha tenido bastante operatividad. Incluso la ley sobre la identidad de género, corta en varios aspectos, supuso un paso positivo. Sin embargo, sus otras dos leyes, con temas de gran trascendencia práctica y cultural para las mayorías sociales, la de igualdad de las mujeres (social, laboral, de cuidados y de estatus) y la de protección contra la violencia de género, han tenido efectos aplicativos muy limitados. La primera, con apenas medidas simbólicas o retóricas, ha sido incapaz de superar la presión de las estructuras económicas, empresariales y políticas dominantes que siguen consolidando la fuerte desigualdad. La segunda, con elementos contraproducentes adicionales, derivados del punitivismo penal y las tendencias autoritarias y conservadoras, no ha abordado con firmeza las causas y su tratamiento integral.

El esplendor simbólico y mediático de esa fase del feminismo institucional socialista ha decaído, junto con la percepción social de los límites de esas normativas transcurridos tres lustros. La gravedad de la condición femenina permanece y, sobre todo, la valoración cívica de su injusticia. Las políticas públicas necesitan un nuevo impulso transformador igualitario, tal como han venido reclamando las grandes movilizaciones feministas estos últimos años.

La nueva ley sobre libertad sexual que se está tramitando pretende ampliar y consolidar los derechos en ese campo. Además, permite una ampliación de la alianza entre el movimiento feminista y los colectivos LGTBI, que comparten esa temática común liberadora, así como hacer frente a la reacción puritana y restrictiva.

Desde hace décadas, y muy agudizada en los últimos tiempos ante el avance feminista y de la liberación sexual, se ha producido una gran contraofensiva conservadora, no solo cultural, sino socioeconómica, jurídica, religiosa, institucional, educativa y familiar. El feminismo crítico, democrático-igualitario, la ha contrarrestado mediante la exigencia de derechos, condiciones y libertades, que necesitan su consolidación. Es una pugna sociocultural, en sentido amplio, no solo de la subjetividad y el cambio de mentalidades, sino también social, de modificación de hábitos y costumbres. Afecta a la transformación de los privilegios y la dominación de una parte ventajosa de la sociedad frente a la discriminación de otra parte subordinada o en desventaja. Supone un cambio hacia relaciones sociales más igualitarias y libres, una apertura a una mayor diversidad de opciones sexuales y de género.

Se trata de superar la idea convencional de la existencia de dos sexos o dos géneros rígidos y excluyentes y reconocer una pluralidad heterogénea de opciones intermedias, mixtas e indiferenciadas, así como sus derechos igualitarios y su legitimidad como proyecto vital decidido libremente. No por ello se necesita diluir el peso de los dos sexos dominantes (mujer y varón) o los dos géneros principales (masculino y femenino). La dimensión de esas terceras opciones es minoritaria (la ONU fija en menos del 0,5% el porcentaje de personas transexuales). Esas personas suelen estar en una posición vulnerable y demandan reconocimiento e igualdad de estatus. Regular los derechos de las personas trans, al igual que en su día el matrimonio igualitario, no cuestiona los procesos identificadores feministas o las estructuras interpersonales y familiares; solo modifica su rigidez conservadora. Es complementario con el necesario fortalecimiento de la igualdad y la emancipación de las mujeres.

 La reacción distorsionadora del feminismo socioliberal y puritano

Desde feministas del ámbito socialista (y grupos afines) se ha generado una agria disputa en torno a la libertad sexual y la identidad de género. Defienden sus esencias doctrinales y sus privilegios de estatus que se debilitan. Intentan reforzarse manipulando hechos limitados aunque simbólicos, como el avance en los derechos de las personas trans, para afianzar su representación de las ‘mujeres’, hasta hace poco casi monopólica en los planos institucional, académico y mediático.

Así, tras la nueva ola de activación feminista y la nueva acción institucional en manos de Unidas Podemos, estarían temerosas de perder esa prevalencia ideológica y su función corporativa. Pretenden legitimarse envolviéndose en la bandera esencialista de las ‘mujeres’, que serían víctimas ahora de una dilución desde dentro del feminismo. Utilizan las críticas más favorables y adaptables a una mentalidad conservadora y una alianza con las derechas. Expresan discursos gruesos, con posiciones esencialistas, que buscan mantener sus privilegios representativos de un feminismo determinista biológico bajo la identidad mujer, convenientemente interpretada desde su cómodo estatus académico y mediático.

Pero su particular feminismo socioliberal, por su escaso impacto transformador, ha quedado agotado por su retórica formalista sin un cambio efectivo de la desigualdad estructural. En vez de reconocerlo e incorporarse al nuevo empuje de cambio real feminista, contraatacan desde sus posiciones todavía significativas en los ámbitos institucionales, académicos y mediáticos para frenar un avance significativo y real de las condiciones de igualdad de las mujeres concretas. Pretenden imponer un marco interpretativo y discursivo que consideran favorable, dado el puritanismo existente, y dejar en un segundo plano su responsabilidad por la cortedad aplicativa durante tres lustros de la normativa para la igualdad de las mujeres y contra la violencia de género, circunstancia puesta en evidencia ante la masiva activación feminista y que constituye el actual reto para las fuerzas de progreso.

Está fuera de lugar el tremendismo victimista del desdibujamiento de las mujeres y el feminismo, expresado por algunas personas del ámbito socialista y grupos afines. Lo que sí se ve cuestionado es la confortabilidad de una posición esencialista y retórica sobre la que se ha construido una representación hegemonista (política, institucional y académica), con los correspondientes privilegios corporativos de una élite acostumbrada a posiciones de ventaja. Y esa es la fuente de la crispación, de gran influencia mediática: la pugna por la hegemonía representativa e ideológica del movimiento feminista, con una amplia y heterogénea corriente social crítica de gran impacto sociopolítico que ha desbordado al feminismo socioliberal y formalista en decadencia.

La reacción agresiva en torno a la normativa sobre la libertad sexual y los derechos de las personas trans expresa el agotamiento del feminismo socioliberal y formalista y su retórica esencialista; pretende esconder su responsabilidad en el bloqueo de la situación discriminatoria de las mujeres; constituye un freno a las demandas feministas en los tres campos: igualdad relacional real, evitar la violencia machista con medidas efectivas y no del simple punitivismo legal y desarrollar los derechos sexuales.

La dificultad a los procesos emancipadores en ese ámbito de la sexualidad no proviene exclusivamente de las derechas y los grupos reaccionarios. El desconcierto, la desorientación o, simplemente, la discrepancia, atraviesan a los propios feminismos. Son objeto de duras polémicas, a veces poco democráticas, aunque habitual en todas las grandes luchas políticas e ideológicas en los últimos siglos. Se echa en falta un debate más sereno, respetuoso y argumentado.

Los límites de la polarización sobre la libertad sexual y la identidad trans

De la importancia ineludible de ese campo y su trascendencia mediática, especialmente en estos momentos de avance de derechos y contraofensiva derechista, no se debería deducir la desatención de, al menos, esos otros dos ámbitos que afectan a la igualdad y la libertad real de las mujeres (y otros grupos discriminados); su gravedad persiste y son motivo de la activación cívica de la nueva ola feminista. Infravalorarlos sería caer en la trampa que persiguen algunas feministas socioliberales y puritanas. Las estrategias del poder establecido y las medidas institucionales, hasta hace poco, han sido continuistas o retóricas y prolongan el malestar, la indignación y la exigencia de cambios reales. Las tres áreas temáticas están entrelazadas y se refuerzan mutuamente en un feminismo multidimensional, masivo e inclusivo, particularmente, respecto de su alianza (al decir de J. Butler) con las demandas de los colectivos LGTBI.

Por tanto, al bascular la prioridad de la actividad feminista crítica hacia lo cultural y lo sexual se produce un reduccionismo y una doble unilateralidad. Por una parte, se desconsidera la gravedad de los problemas de desigualdad social, económica y de estatus cívico, así como la precarización y subalternidad en los campos sociales, familiares y reproductivos, laborales, institucionales, educativo-culturales y de estatus sociopolítico, asociados a esa discriminación y desventaja de las mujeres. Por otra parte, se infravaloran la experiencia relacional, la práctica sociopolítica y cultural, así como la actividad común respecto de esas problemáticas que afectan a la mayoría de las mujeres de capas populares.

Se trata de reforzar una acción igualitaria-emancipadora feminista, que supere la simple identificación de género como reproducción de un papel social subalterno asignado. O sea, la experiencia, el enfoque y el proyecto liberador feministas son más multidimensionales que el tema de la opción sexual o de género. Expresan una articulación transformadora multilateral, común e interseccional.

Aludo aquí a otro riesgo para el feminismo crítico: adaptarse a ese escenario impuesto de la pugna por la libertad sexual y dejar en un nivel secundario la problemática de la igualdad relacional efectiva de las mujeres y la acción contra la violencia machista. Con ello se reduciría la influencia feminista respecto de los cambios estructurales, institucionales y subjetivos necesarios en esos dos campos y, por tanto, se debilitaría la conexión de su acción con las preocupaciones suscitadas en una mayoría de mujeres, especialmente jóvenes.

Dicho de otra forma, el refuerzo de la libertad sexual y de género y la colaboración entre movimiento feminista y colectivos LGTBI no debiera hacerse a costa de la difuminación de la acción contra la discriminación femenina en esos otros dos campos de la igualdad relacional y contra la violencia machista. Sería caer en la trampa de las derechas y esos sectores puritanos y punitivistas, así como neutralizar o distorsionar las demandas masivas de las movilizaciones feministas.

Al mismo tiempo, el desplazamiento hacia la pugna cultural relativizaría la capacidad transformadora sustantiva del feminismo. Esta es todavía más imperiosa, en esos espacios de fuerte desigualdad de poder e imbricación con la dominación en densas estructuras socioeconómicas y empresariales. Y está necesitada de arraigo de base y articulación práctica y masiva junto con un cambio institucional y jurídico efectivo, aspecto sustantivo para el nuevo Gobierno progresista de coalición.

Por ANTONIO ANTÓN

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro Identidades feministas y teoría crítica

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Bolivia: a las puertas de un golpe de Estado electoral y político militar

Una vez consumado el golpe de Estado en noviembre, se puso en marcha en Bolivia una serie de dispositivos destinados a legitimar a una presidenta golpista que llegó al poder de manera anticonstitucional y ungida por los militares, que fueron, junto con la policía, no los artífices, pero sí los legitimadores del golpe.

Golpe de Estado que pudo ser consumado por una mala decisión de la dirección del proceso de cambio, que hizo renunciar, una vez que Evo y Álvaro ya estaban fuera del país rumbo a México, a la tercera persona en la cadena sucesoria, la presidenta del Senado, Adriana Salvatierra (MAS-IPSP), dejando un vacío de poder no previsto por la Constitución Política del Estado.

A pesar de eso, y de la instalación en el Ejecutivo de un gobierno golpista, se pudo mantener la mayoría de 2/3 con la que contaba el MAS en el Legislativo, garantizando con ello una dualidad de poderes, un contrapeso a cualquier decisión tomada por la golpista Jeanine Áñez. Es por ello que se pudo imponer la fecha del 6 de septiembre para realizar los comicios, que si no fuera por la pandemia, se hubieran realizado el 3 de mayo.

Pero la emergencia sanitaria, que podríamos pensar le ha venido bien a muchos para eternizarse en el poder, ha sido desastrosa para los golpistas en el gobierno. No sólo porque han hecho una pésima gestión de la crisis de salud, en un país cuyas condiciones de aislamiento geográfico ayudaban a contener el virus, sino porque durante estos meses han sido numerosos los escándalos de corrupción en los que han incurrido diversas autoridades del gobierno golpista, desde el presidente de la principal empresa estatal, YPFB, a la mayor firma de telecomunicaciones del país, Entel, pasando por comisiones millonarias en la compra de respiradores para enfrentar la epidemia, que han llevado a la cárcel al ministro de Salud.

Todo lo anterior ha hecho que la clase media urbana, que en su momento retiró el apoyo al gobierno de Evo Morales, mire con desprecio a los golpistas corruptos que vinieron a sustituir al MAS-IPSP, quien tiene como candidato a Luis Arce Catacora, el ministro más exitoso en 14 años de proceso de cambio, y quien llevó al crecimiento de la economía boliviana a tasas chinas.

Arce Catacora, quien fue militante del PS-1 de Marcelo Quiroga Santa Cruz, lidera en este momento todas las encuestas, en algunos casos incluso superando 40 por ciento de intención del voto y más de 10 puntos de diferencia sobre el segundo, que se necesitan para ganar en primera vuelta.

Es por eso que los golpistas han puesto en marcha una estrategia con dos variables:

En primer lugar, hay un intento claro de dejar fuera de la contienda electoral a Arce Catacora, cancelando la personalidad jurídica del MAS-IPSP, por unas declaraciones donde el candidato pre-sidencial comenta sobre unas encuestas en televisión. La ley impide la promoción de encuestas por parte de los partidos en campaña, pero es que Luis Arce no difundió ninguna encuesta, tampoco mostró gráficos ni se habló de votos nulos o blancos, ni mucho menos se dio detalles de ninguna ficha técnica, sólo la comentó en un estudio de televisión, y además, hasta el 24 de julio no se entra de nuevo en campaña electoral, pues el proceso que debía haberse realizado en mayo, luego en agosto, y finalmente en septiembre, ha sido interrumpido y suspendido por culpa de la pandemia. Es claro que el proceso no ha seguido y que lo que buscan los golpistas es volver a los tiempos donde Bolivia escogía presidentes que tenían entre 17 y 22 por ciento de los votos, excluyendo a las mayorías sociales, especialmente al movimiento indígena originario campesino, a quien en su mayor parte representa el MAS-IPSP.

Pero además, y por si no les resulta la vía jurídico-electoral, los golpistas, con el ministro de Gobierno, Arturo Murillo El Bolas, y el de Defensa, Fernando López, trabajan en la creación de un grupo guerrillero "indígena-independentista" que tiene entre sus propósitos cometer actos violentos (incendios, saqueos e incluso asesinatos) contra la población civil para poder culpar al MAS por ellos. Todo ello con el apoyo de la estación de la CIA en la embajada de Estados Unidos en La Paz. Este grupo irregular estaría integrado por militares y policías en activo y retirados, la mayoría de origen indígena, además de miembros de la ultraderechista Unión Juvenil Cruceña. Se cuenta con información de que este grupo fue entrenado por mercenarios de Estados Unidos e Israel en 2019 en una finca cercana a Santa Cruz de la Sierra, bajo la supervisión de Erick Foronda, agente de la CIA que funge actualmente como secretario privado de la presidenta espuria Jeanine Áñez.

Entre los responsables de esta operación estaría también Rolf Olson, de la oficina política de la embajada estadunidense en Bolivia, quien es el enlace directo entre Murillo y López, así co-mo el comandante de las fuerzas armadas, el general Sergio Carlos Orellana.

Si ninguna de las dos vías citadas llega a funcionar como método para anular aun MAS que se encuentra primero en las encuestas, no se descarta un golpe de Estado clásico, recargado, con Orellana y Murillo a la cabeza.

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Naomi Klein: "El virus obliga a pensar en relaciones e interdependencias en las que el capitalismo nos enseña a no pensar"

La escritora y académica cree que la crisis climática, la igualdad y la justicia deben ser cuestiones centrales sobre las que debe girar la reconstrucción del mundo pospandemia

 

¿Qué mundo nos dejará la crisis del coronavirus? Naomi Klein (Montreal, Canadá) insiste, en una entrevista con The Guardian, en que lo relacionado con la crisis climática, la igualdad y la justicia deben ser las cuestiones centrales alrededor de las que reconstruir el mundo pospandemia.

La activista, escritora y académica es la primera titular de la Cátedra Gloria Steinem de medios, cultura y estudios feministas de la Universidad Rutgers (Nueva Jersey, Estados Unidos). La versión libro de bolsillo de su libro On Fire (2019) será publicada por la editorial Penguin el 24 de septiembre. 

¿Qué le parece el confinamiento?

Para quienes estábamos impartiendo clases a través de Zoom, y ese ha sido mi caso, además de mantener una escuela en casa, haciendo malabarismos y descubriendo cómo hacer cosas en el horno, ha sido muy cómodo. Ahora volveré a Canadá para pasar el verano con mi familia y en cuarentena, porque en Canadá, cuando regresas de Estados Unidos, tienes que pasar una cuarentena muy estricta. Ya llevo casi dos semanas sin salir de casa. De hecho, estoy empezando a desarrollar alguna fobia a salir del confinamiento.

Hay una cita muy buena en uno de sus últimos ensayos que dice: “Los humanos somos un riesgo biológico, las máquinas no lo son”. Me llegó a los huesos y me hizo sentir miedo por el futuro. Ha escrito cosas muy interesantes sobre un “Nuevo Acuerdo sobre las Pantallas”.

Silicon Valley tenía una agenda antes del coronavirus en la que ya imaginaba sustituir muchas, demasiadas, de nuestras experiencias corporales insertando tecnología en medio del proceso.

Por eso, para aquellos pocos espacios en los que la tecnología aún no media en nuestras relaciones, había un plan –por ejemplo, sustituir la enseñanza presencial por aprendizajes virtuales, la medicina del contacto personal por telemedicina y la entrega en persona mediante robots. Todo está siendo resignificado como tecnología sin contacto tras la COVID-19, es un modo de sustituir el diagnóstico del problema, que ahora es el contacto.

Pero en lo personal, lo que más echamos de menos es el contacto. Y necesitamos ampliar el menú de opciones que tenemos para vivir con la COVID-19, porque no tenemos vacuna y no está próxima. Incluso si se dan grandes avances, van a pasar muchos, muchos meses, posiblemente años, antes de que pueda desarrollarse a la escala que necesitaríamos.  

Entonces, ¿cómo vamos a vivir con esto? ¿Vamos a aceptar una “normalidad” previa a la COVID-19 pero muy menguada y sin las relaciones que nos sostienen? ¿Vamos a permitir que nuestros hijos reciban todo su aprendizaje a través de la tecnología? ¿O vamos a invertir en personas?

En vez de poner todo el dinero en un 'Nuevo Acuerdo sobre las Pantallas' y en tratar de resolver los problemas de un modo que disminuya nuestra calidad de vida, ¿por qué no nos ponemos a contratar profesores a todo trapo? ¿Por qué no tenemos el doble de profesores en clases con la mitad de alumnos y empezamos a pensar en la educación al aire libre?

Hay tantas formas en las que podemos pensar para dar respuesta a esta crisis que no aceptamos esa idea de que tengamos que regresar al statu quo previo a la COVID-19, solo que en una versión peor, más vigilados, con más pantallas y menos contacto humano.

¿Sabe de algún gobierno que tenga ese discurso?

Me anima escuchar a Jacinda Arden hablar de una semana laboral de cuatro días como solución al hecho de que Nueva Zelanda es muy dependiente de los ingresos del turismo. Nueva Zelanda es, probablemente, el país que mejor ha lidiado con la pandemia, al menos mejor que otros en lo que se refiere a tasas de mortalidad. No puede abrir las puertas a los turistas como lo ha hecho en el pasado y de ahí nace la idea de que quizás los neozelandeses deberían trabajar menos, cobrar lo mismo y tener más tiempo libre para disfrutar de su propio país con seguridad. 

¿Cómo bajamos el ritmo? Pienso mucho en eso. Parece que cada vez que pisamos el acelerador de “que todo siga igual” o “de regreso a la normalidad” el virus aparece de nuevo y dice: “Frenad”. 

A todos nos encantan esos momentos de frenar pero el gobierno del Reino Unido está empeñado en regresar a la normalidad pase lo que pase, abriendo todo, por ejemplo los pubs, y está desesperado por que nos vayamos de vacaciones. Es urgente que nada cambie en nuestras vidas, que nos limitemos a regresar a una realidad igual a la de antes.

Eso es una locura. Es muy pequeño el porcentaje de población que quiere abrir las puertas de nuevo como si nada. De hecho, hay una mayoría de personas mucho más preocupada por tener que regresar al trabajo antes de que sea seguro o por mandar a sus hijos al colegio antes de que lo sea. A veces, se presenta como dar a la gente lo que pide, pero no es eso lo que muestran las encuestas.

Hay ciertas similitudes en el modo en que Donald Trump y Boris Johnson han gestionado la crisis. La están convirtiendo en una especie de prueba de masculinidad y, en el caso de Johnson, incluso después de haber pasado la enfermedad. Jair Bolsonaro hablaba de que era atleta y sabía como gestionarlo [el presidente brasileño reveló que tenía coronavirus poco después de hacer esta entrevista]; Trump habló de lo bueno de su genética.

Me interesa su punto de vista sobre las protestas por los derechos civiles a raíz de la muerte de George Floyd. ¿Por qué cree que han sucedido ahora? Es intrigante que, en medio de una crisis como esta, se produzcan grandes manifestaciones contra el racismo por todo el mundo.

No es la primera ola de movilizaciones de estas características. Pero creo que hubo algunos aspectos que fueron únicos debido a la crisis de la COVID-19 y al impacto descomunal en las comunidades afroamericanas en ciudades como Chicago, por ejemplo, donde, según algunas fuentes, hasta el 70% de los fallecidos de COVID-19 eran afroamericanos.

Ya sea porque son quienes desempeñan trabajos de más riesgo con menor protección, por el legado de contaminación ambiental en sus comunidades, el estrés, el trauma o un sistema sanitario que las discrimina, las personas negras cargan de manera desproporcionada con las muertes por el virus. Es un hecho y desafía la idea de que todos estamos juntos en esto.

En este momento traumático, esos asesinatos, el de Ahmaud Arbery, el de George Floyd, el de Breonna Taylor, se abren paso. Y surge una pregunta recurrente: ¿qué hacen en esas protestas tantas personas que no son negras? Eso es nuevo. Al menos en la escala en la que ha sucedido. Muchas de estas manifestaciones fueron multirraciales de verdad; manifestaciones multirraciales lideradas por personas negras. ¿Por qué esta vez ha sido diferente?

Tengo algunas ideas. Una tiene que ver con que la pandemia ha introducido una cierta suavidad en nuestra cultura. Cuando bajas la velocidad, sientes más las cosas; cuando estás en una carrera constante por la supervivencia, no te queda demasiado tiempo para la empatía. Desde que todo esto comenzó, el virus nos ha obligado a pensar en relaciones e interdependencias. Lo primero en lo que piensas es, de todo lo que toco, ¿hay algo que lo haya tocado alguien antes? Lo que como, el paquete que acaban de entregarme, la comida de las estanterías. Son conexiones en las que el capitalismo nos enseña a no pensar.

Creo que vernos obligados a pensar de manera más interconectada puede habernos ablandado al pensar en estas atrocidades racistas, como algo que no es solo un problema de otras personas.

Esta es una gran cita de su último libro, On Fire: “Todo lo que ya era malo antes del desastre se ha degradado al nivel de lo insoportable”. El modo en que la policía trata a los hombres negros es insoportable.  

Siempre que nos golpea un desastre escuchamos el mismo discurso: "El cambio climático no discrimina, la pandemia no discrimina. Estamos juntos en esto”. Pero eso no es cierto. Los desastres no funcionan así. Ejercen de intensificadores y magnificadores. Si tenías un trabajo en un almacén de Amazon que ya estaba afectándote antes de que esto comenzara o si estabas en alguna residencia de mayores y ya se te trataba como si tu vida no valiera nada, ya era malo antes, pero todo eso se magnifica hasta convertirse en insoportable ahora. Y si antes era desechable, ahora se te puede sacrificar.

Eso por hablar solo a la violencia visible. Tenemos que hablar más sobre la violencia escondida, la violencia doméstica. Sin rodeos, cuando los hombres se estresan, las mujeres y los niños lo sufren. Estos confinamientos son estresantes porque las familias no tienen manera de tomarse un tiempo los unos de los otros. Incluso la mejor familia necesita algo de espacio. Si añades despidos y presión económica el resultado es el que vemos, una situación actual muy mala para las mujeres.

Pasó gran parte del año pasado trabajando en la campaña de Bernie Sanders y en el denominado 'Green New Deal'. ¿Cómo ve todo eso ahora? ¿Se siente más o menos optimista respecto a su potencial?

En cierta manera, es más complicado. Menciona a Bernie y, sin duda, hubiera preferido que el resultado fuera un candidato presidencial que basa su campaña en el 'Green New Deal'. Solo podremos ganar cuando haya una interacción entre un movimiento de masas que presione desde el exterior con una receptividad en el interior del sistema. Creo que tuvimos esa oportunidad con Bernie.

Con Joe Biden es más difícil, pero no imposible. Al final de On Fire planteé diez razones a favor de un 'Green New Deal' y los motivos por lo que es una buena política climática. Una de esas razones es que funciona a prueba de recesiones. Si miramos atrás, vemos que el movimiento climático tiene una trayectoria pobre en cuanto resultados cuando la economía va relativamente bien. El tipo de soluciones que ofrecen los Gobiernos tienden a ser neoliberales y basadas en el mercado, impuestos climáticos o políticas basadas en energías renovables que se perciben como elementos que encarecen el coste de la energía. También impuestos al carbono que elevan el precio de la gasolina. En cuanto llega la recesión, no cabe duda de que el apoyo a ese tipo de políticas se evapora. Lo vimos después de la crisis financiera de 2008.

Lo que importa a la hora de hablar del 'Green New Deal' es que toma forma a partir de uno de los programas de estímulo económico más importantes de todos los tiempos: el New Deal de Roosevelt durante la Gran Depresión. Por esta razón, el mayor golpe que recibí cuando publiqué el libro hace poco más de un año fue: “Pero no hacemos cosas como esta cuando la economía va bien”.

Las únicas oportunidades en los que podemos señalar con claridad en la dirección de un cambio social rápido, grande, que actúe como catalizador –y sobre esto no me cabe duda alguna- es en momentos de gran depresión o guerra. Sabemos que podemos cambiar rápido. Lo hemos visto. Hemos cambiado nuestras vidas de forma sustancial. Y hemos descubierto que los Gobiernos tienen billones de dólares que podrían haber movilizado durante todo este tiempo.

Todo esto tiene un potencial radical. Siento que tenemos una oportunidad. No me describiría como optimista porque hablamos de un futuro por el que tenemos que pelear. Pero si miramos en dirección a los momentos de la historia en los que se han producido grandes cambios, son momentos como el actual. 

Traducido por Alberto Arce.

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La coronacrisis y el camino hacia un nuevo paradigma

La coronacrisis abre las puertas para que las izquierdas planteen la posibilidad de un nuevo paradigma. Un sistema de cuidados sostenible y con equidad de género debe ser uno de los pilares fundamentales de ese modelo a crear. El concepto de «seguridad humana» debe imponerse por sobre los criterios neoliberales del presente.

 

Con todos los desafíos planteados actualmente por la crisis mundial desatada por la pandemia del Covid-19, queda muy claro que, más allá de las estrategias para mitigar sus consecuencias a mediano y largo plazo, poco se dice sobre la necesidad básica de un cambio sistémico fundamental. La presente crisis probablemente sea un impulso para al menos dos cambios fundamentales de paradigma: uno relacionado con el trabajo de cuidados y el otro, relacionado con los cambios institucionales en materia de seguridad humana.

El núcleo de este doble cambio de paradigma es un redireccionamiento de las inversiones hacia sistemas sostenibles y preventivos que prioricen la asistencia y la seguridad de las personas. Esta redistribución no va en contra de los intereses económicos, sino a favor de una profunda transformación socioecológica.

Primero: cambio de paradigma para una remuneración justa e inversión en trabajo de cuidados

La pandemia de Covid-19 dejó algo muy claro: en la crisis global, son principalmente las mujeres las responsables de mantener los «sistemas», ya sea en espacios públicos como hospitales, centros de atención y cajas de supermercados, o en el hogar, en calidad de maestras, madres o familiares a cargo. En todas estas áreas, las mujeres representan más de 70% de la fuerza laboral o realizan la mayor parte del trabajo no remunerado.

Y a pesar de lo alta que pueda ser la valoración emocional de este trabajo en la actualidad, para muy pocas mujeres (con la excepción de las docentes o las médicas mencionadas anteriormente) esto se refleja en buenas remuneraciones.

Por lo tanto, este es el momento adecuado para provocar finalmente el cambio de paradigma –especialmente en lo que atañe al trabajo de cuidados– que hace tiempo hemos reclamado desde una perspectiva feminista.

Tenemos que:

- romper de una vez la lógica de productividad del modelo económico neoliberal,
- llevar a cabo una profunda redistribución de las inversiones en servicios públicos y en la creación de regímenes de cuidados resilientes,
- respecto del el trabajo de cuidados no remunerado, a) repartirlo con equidad de género y b) remunerar, con un cronograma de actividades y compensaciones salariales, el trabajo de cuidados no remunerado de familiares que prestan cuidados y ejercen al mismo tiempo una profesión,
- revalorar y remunerar mejor las profesiones sociales y minimizar el empleo precario (además de emprender la organización sindical y lograr convenios colectivos para los cuidadores y las cuidadoras),
- romper las cadenas de atención globales mediante a) un buen trabajo para quienes cumplen trabajos de cuidado en los países «emisores» y b) una revalorización y una ofensiva de cualificación para las profesiones relacionadas con el trabajo de cuidados en los países «receptores».

Con una crisis económica inminente como resultado de la pandemia, la atención se centra una vez más principalmente en los sectores de la producción. Pero incluso en epidemias y crisis económicas pasadas, fueron principalmente las mujeres quienes finalmente tuvieron que pagar el precio más alto, y quedaron relegadas. Los estudios sobre las pandemias de ébola y zika han demostrado, por ejemplo, que las respuestas ante las crisis ignoraron las desigualdades estructurales entre los sexos, con lo que se exacerbaron los efectos negativos para las mujeres. Las intervenciones en la autodeterminación sexual y los derechos reproductivos solo afectaron a la parte femenina de la población. También la mayor responsabilidad del trabajo de cuidados recae en ellas.

En la última crisis financiera y económica, las políticas de austeridad han profundizado enormemente las desigualdades y puesto en evidencia la desigualdad de género en muchos países. Algunas redistribuciones (como la bonificación por desguace en la industria automotriz y los subsidios de desempleo parcial) se pagaron mediante recortes en la infraestructura social. Los puestos de trabajo industriales masculinos se han asegurado a expensas de las mujeres que trabajan principalmente en otros sectores. También ahora, las mujeres corren un riesgo desproporcionado de perder sus fuentes de ingresos, especialmente muchas cuentapropistas y autónomas: peluqueras, modistas, artistas o libreras. Para las mujeres, el trabajo a tiempo parcial es la forma de combinar el trabajo de cuidados y el trabajo profesional, pero esto también revela desigualdad de ingresos y pobreza en la vejez.

Estas injusticias han dejado distorsiones profundas que continúan teniendo impacto en la actualidad.

Evitar errores del pasado

No se podrán evitar otras epidemias y crisis. Por lo tanto: ¡este es el momento de «inmunizar» a las sociedades y la economía! Sobre todo, se debe contrarrestar el argumento de que las cuestiones de género son un asunto menor o simplemente una distracción de la crisis real. Por el contrario, son un asunto central.

La crisis del coronavirus es global y continuará durante mucho tiempo, tanto en el plano de la medicina como en el de la economía. Pero también ofrece una oportunidad. Podría ser la primera crisis mundial en la que el género y las diferencias de género son registrados y tenidos en cuenta por investigadores y funcionarios. Los primeros análisis macroeconómicos ya están en marcha.

Durante demasiado tiempo, los políticos han partido del supuesto de que el trabajo de cuidados puede ser asumido por particulares, especialmente mujeres, quienes a su vez subsidian indirectamente a trabajadores y trabajadoras remunerados de otros sectores de la economía. Es hora de que la política socialdemócrata ponga fin a esta distorsión. Esto significa cambiar el paradigma del trabajo de cuidados, romper las cadenas de atención y mejorar las condiciones para el trabajo de cuidados dentro y fuera de los sectores asistencial y sanitario. ¡El trabajo de cuidados remunerado y no remunerado debe estar en el centro de la planificación de políticas macroeconómicas!

Segundo: cambio de paradigma a un sistema de «seguridad humana»

También desde una perspectiva global queda más claro que nunca que no hay sistemas regionales o supranacionales capaces de funcionar en caso de crisis. En cambio, a menudo son las constituciones nacionales, los planes de rescate, las legislaciones y las instituciones estatales las que entran en juego en la gestión de crisis.

La pandemia global ha dejado algo en evidencia: los inmensos déficits y la ineficacia de los sistemas de prevención disponibles en términos de seguridad humana. Las medidas de «seguridad humana» (human security) han sido durante décadas peor diseñadas y equipadas que los sistemas de seguridad tradicionales, es decir, los presupuestos militares y de defensa. Recién ahora el gobierno alemán ha confirmado su objetivo de aumentar el gasto militar a 2% del PIB, conforme a los acuerdos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Para estar mejor preparados ante futuras pandemias –que seguramente vendrán–, hay que hacer evaluaciones de riesgo y evaluaciones de impacto completamente nuevas, también con miras a encontrar soluciones interestatales y supraestatales. Los problemas de seguridad humana (incluidas las migraciones y la sostenibilidad ambiental) no se detienen en las fronteras nacionales y deben tener prioridad sobre las cuestiones de seguridad tradicionales. Estas nuevas cuestiones de seguridad también requieren inversiones prioritarias. Estas no solo tienen que ir a los sistemas sociales y de salud. La sociedad civil organizada, los servicios de voluntarios y las organizaciones sin fines de lucro también deben ser capaces de enfrentar y mitigar estos riesgos.

¡Hora de actuar!

Es hora de un cambio disruptivo que nos aleje de los patrones de la retórica y de las respuestas de la guerra, hay que ir hacia una arquitectura de seguridad humana comunitaria y basada en la solidaridad.

¿Cuándo, si no ya mismo? ¡Es hora de congelar o recortar los presupuestos militares que continúan expandiéndose en todo el mundo y aumentar la inversión en salud, educación, protección climática, lucha contra las causas de las migraciones forzosas y las infraestructuras públicas!

La coronacrisis es otro desastre para la humanidad que indica que con el aumento de la globalización y la urbanización, los riesgos para la seguridad humana también aumentan. Es muy probable que haya nuevas cepas del virus, tan virulentas como letales. Mientras tanto, los efectos del cambio climático y los patrones climáticos extremos nos afectarán aún más. La creciente desigualdad está alimentando conflictos, enfrentamientos militares, huidas en masa y desplazamientos, pero esto no puede combatirse con medidas de seguridad tradicionales, al menos en sus causas.

La política socialdemócrata tiene la misión de garantizar las condiciones de seguridad humana, y esta misión se acrecienta en la medida en que aumentan estos nuevos riesgos. Al tratarse una redistribución en términos de transformación socioecológica, la política socialdemócrata debería, sobre todo, echar mano también al presupuesto de defensa. Un doble cambio de paradigma que canalice la inversión en seguridad humana y trabajo de cuidados sostenible y con equidad de género es una oportunidad para salir de la crisis.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente: FES

Publicado enSociedad
Lunes, 13 Julio 2020 06:28

Peligro

Estados Unidos vive el movimiento de protesta social más grande de la historia del país. En la imagen, detalle de la marcha realizada el fin de semana en Los Ángeles en memoria de Breonna Taylor, una trabajadora de la salud de 26 años fue asesinada dentro de su departamento por policías de Louisville en un fallida redada antidrogas. Foto Ap

Trump declaró en enero de 2016 –durante su campaña electoral al elogiar y burlarse a la vez de sus propias bases fieles– que podría asesinar a alguien en plena Quinta Avenida sin perder a uno solo de sus votantes [https://youtu.be/iTACH1eVIaA]. Cuatro años después, con más de 130 mil muertes por Covid-19 –80 por ciento prevenibles si hubiera puesto en marcha medidas de mitigación dos semanas antes (algo que implica que más de mil mexicanos en esa lista estarían vivos hoy día)–, más una recesión relámpago y devastadora, el presidente sigue teniendo una tasa de aprobación de poco más de 40 por ciento.

Pero de repente no todo está, como él insiste, "bajo control". Trump está perdiendo, según las encuestas más recientes. La recesión económica y su manejo inepto, engañoso y, por sus consecuencias innecesarias, criminal del Covid, está teniendo un impacto negativo en las encuestas. Trump, como ha hecho desde el principio, ha minimizado la pandemia y acusa a todos los demás –incluyendo a chinos y a mexicanos– de ser los responsables del problema, e insiste en la reapertura del país a pesar de las recomendaciones de los especialistas (por cierto, no ha consultado al máximo experto de su gobierno, el doctor Anthony Fauci, en más de dos meses).

Con la economía y la salud pública fuera de control, el presidente "más peligroso" de la historia moderna y la "mayor amenaza" a la democracia estadunidense –apreciación compartida por múltiples ex colaboradores de la Casa Blanca, varios prominentes generales y almirantes, figuras nacionales conservadoras como George Will (quien ahora lo calificó como el peor presidente de todos los tiempos), y hasta pensadores de izquierda como Noam Chomsky– se vuelve cada vez más alarmante.

Su última hazaña no tiene precedente en los actos corruptos de un mandatario: conmutar la condena de prisión de su amigo Roger Stone, culpado de obstruir la justicia en la investigación del mismo presidente. Ni Richard Nixon se atrevió hacer tal cosa (y eso que Stone es famoso por el enorme tatuaje de Nixon que tiene en su espalda).

Esta barbaridad se agrega a todas las demás que distinguen a esta presidencia: las medidas sistemáticamente crueles contra inmigrantes (está por intentar promover la separación y división de familias a cambio de ceder sobre DACA), la invitación e incitación del odio racial y xenofóbico, la anulación de normas y medidas de protección del medio ambiente, la privatización de la educación, su intento de reactivar las ejecuciones de prisioneros federales esta semana, su promesa de intentar derrocar gobiernos desobedientes en el hemisferio occidental y la represión del movimiento de protesta social más grande de la historia de la nación (al cual proclamó como "enemigo" de Estados Unidos), y sus acusaciones de traición al país contra sus opositores políticos son sólo algunas.

“Es la eleccion más importante de mi vida… Las normas democráticas de nuestra república, que son esenciales para lo que es, lo que era, y lo que tiene que ser Estados Unidos están en juego”, comenta David Simon, periodista, creador de The Wire y Treme y ahora El complot contra America (basado en la novela de Phillip Roth sobre si un fascista ganaba las elecciones presidenciales) en entrevista reciente con Esquire.

Trump “ha metastatizado el temor latente estadunidense que ha sido parte de nuestro país desde 1840… el cual antes se dirigía contra los irlandeses, después contra los italianos y los judíos… y todo el tiempo contra los afroestadunidenses. Ahora es contra latinos y musulmanes en particular. Es algo que está a lo largo de la historia estadunidense. Ese tren nunca demora. Trump lo usó para llegar hasta la presidencia”. Concluye: "ahora no queda más que la lucha" para lograr evitar la relección de este presidente y rescatar al país.

Ahí, justo donde Trump dijo que podía bajar de su edificio y asesinar a alguien, está recién pintado en medio de la Quinta Avenida justo frente a la Torre Trump: Black Lives Matter.

https://www.youtube.com/watch?v= Mv3XmmQOOao&feature=youtu.be

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Publicado enInternacional
¿Hacia una Universidad no presencial? Decálogo para una reflexión imprescindible

Entre tantas otras en muy diversos ámbitos, una de las consecuencias de la pandemia de la covid-19 ha sido la necesidad de recurrir al desarrollo de enseñanzas online, ante la imposibilidad de realizarlas presencialmente. El fenómeno no es en absoluto nuevo, puesto que había registrado previamente avances significativos en todos los niveles educativos. Pero la actual situación de crisis ha venido a acelerarlo e intensificarlo y a marcar una tendencia de generalización de la formación no presencial en el futuro más inmediato.

La trascendencia de un proceso como ése resulta indudable, porque no se trata solo de un cambio en los instrumentos y soportes, sino que afecta a la propia naturaleza y esencia del modo tradicional de concebir y organizar las enseñanzas y supone un hecho disruptivo que cambia el discurso de una educación que no se encuentra ya atada a una específica localización y cuya provisión se desacopla de restricciones relacionadas con el espacio y con el tiempo.

Específicamente en el ámbito universitario, ello comporta, además, profundas transformaciones en el modo de participar en la educación, con cambios en la presencialidad y dedicación residencial y a tiempo completo, con extensión a la formación a lo largo de toda la vida, y con estudiantes que tomarán cursos de distintas instituciones, con diversas modalidades y estrategias.

Resulta evidente, pues, la magnitud de un cambio, patente ya antes de la crisis pero acelerado con ella, que incide sobre múltiples aspectos del proceso educativo. A esa importancia se suma ahora, además, la urgencia por resolver una cuestión tan relevante como el modo de organizar las enseñanzas desde el inicio del próximo curso.

La premura que esa situación impone no debería, sin embargo, llevar a decisiones apresuradas, sin una reflexión que resulta imprescindible y a la que me gustaría que pudiesen contribuir algunas ideas y planteamientos como los diez que expongo a continuación.

  • Primero. El avance del online resulta tan evidente e imparable que no merece discusión alguna. Pero eso no debería suponer de ningún modo la erradicación de los elementos presenciales. Creo que no cabe concebir ya el desarrollo de las enseñanzas sin la utilización de las nuevas tecnologías, pero la presencialidad es insustituible en el proceso educativo.
  • Segundo. Precisamente por eso, habría que tratar de evitar el riesgo de sucumbir ante falsos dilemas entre la presencialidad y el online y huir de posiciones excluyentes que nos sitúen en uno de los extremos, sin explorar el territorio "híbrido" en que ambas modalidades necesariamente han de encontrarse. Claro que lo híbrido no consiste en rotar períodos presenciales y online, sino combinar permanente ambos sistemas. Lo presencial debe utilizar las nuevas tecnologías y el online no debe suponer "lejanía" y tiene que acompañarse siempre de "presencialidad".
  • Tercero. Se educa por contagio (de éste no hay que huir como del virus) y, por eso, el ambiente y los lugares de contacto y relación resultan indispensables en el proceso formativo. Tenemos que preocuparnos, desde luego, de "enseñar más", pero sobre todo de "educar mejor". Las enseñanzas tienen indudablemente un valioso aliado en las tecnologías. La educación requiere además un ambiente de relación.
  • Cuarto. Resulta muy evidente que las nuevas tecnologías ofrecen enormes oportunidades de renovación educativa. Pero comportan también evidentes riesgos, como el de concebir que la digitalización es hacer lo mismo de siempre, pero a través del ordenador, sin preguntarse acerca del "qué" y el "cómo" de las enseñanzas, para modernizar y adaptar sus métodos y contenidos, porque ésos constituyen los elementos más esenciales de la renovación educativa.
  • Quinto. Los soportes son fundamentales, pero hay que saber qué hacer con ellos. Ése es el liderazgo fundamental que ha de ejercer el profesor, para no dejarse arrastrar simplemente por esos soportes e ir por detrás de ellos, sino para saber orientarlos y conducirlos.
  • Sexto. En consecuencia, los profesores continuarán siendo siempre la pieza básica y el elemento decisivo del proceso formativo, del que nunca se podrá prescindir y para el que se requiere un entorno y unas condiciones que garanticen su accesibilidad, presencia y proximidad.
  • Séptimo. Pero los roles y funciones del profesor han de ser redefinidas, para combinar simultáneamente el papel de maestro, guía, prescriptor, acompañante, inspirador e incluso influencer. Será fundamental, además, lo que el profesor enseñe de sí mismo, porque la educación es conocimiento, pero también estilos intelectuales y modos de pensar y de concebir el mundo.
  • Octavo. Ello comporta una mayor dedicación y nuevas tareas para ese "eslabón débil" de la cadena que suelen ser los profesores, y los enfrenta a nuevos cometidos y a más amplias, diversas y complejas tareas, que suponen adicionales esfuerzos y requieren indudablemente una mejor organización y una dotación mucho amplia de recursos.
  • Noveno. Quizá ahora es más cierta que nunca esa afirmación popular de que el saber no ocupa lugar. El conocimiento ha iniciado un imparable proceso de deslocalización, y precisamente por esa razón pasan a primer plano y se acentúa la importancia de los elementos que solo pueden ofrecer la docencia y los docentes más valiosos. Creo, por eso, que hay que reivindicar la vigencia del magisterio de los mejores profesores y que no hay que erradicar las clases magistrales sino las que no lo son.
  • Décimo. El online y los métodos y soportes digitales constituyen un elemento de indiscutible y enorme potencial para las enseñanzas, particularmente para el avance de los programas personalizados apoyados en instrumentos como el big data o la inteligencia artificial. Pero confío en que sepamos manejarlos con el buen sentido, la mesura y la responsabilidad que evite que la Universidad pase de ser un "lugar" (de relación) a reducirse a ser simplemente un "sitio" (en la web).

Juan A. Vázquez

Catedrático de Economía Aplicada, Universidad de Oviedo.

13/07/2020

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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