Cerezos en flor y banqueros angustiados

Es necesario reformar, y urgentemente, el sistema capitalista

En marzo de 1912, Yukio Ozaki, el alcalde de Tokio, le regaló a la ciudad de Washington 3.020 árboles de cerezos. Los arbolitos se adaptaron muy bien y, con el tiempo, se propagaron por toda la capital y sus suburbios. Así, desde hace 107 años, al comienzo de la primavera, estos cerezos florecen, ofreciendo un bellísimo espectáculo.


Pero la primavera no solo trae flores de cerezo a Washington. Con ella también llegan banqueros de todas partes del mundo. Miles de ellos. Vienen a las reuniones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, quienes convocan a los ministros de economía y jefes de los bancos centrales de casi todos los países. Esta semana han llegado 2.800 de ellos. Y también 800 periodistas, 350 representantes de organizaciones internacionales e incontables banqueros privados que vienen a reunirse con ministros y clientes. También vienen a tomar el pulso de la economía global.


Este año los banqueros andan preocupados. Gina Gopinath, la economista principal del FMI, ha alertado sobre los fuertes vientos en contra que harán que, este año, el 70% de la economía mundial crezca más lentamente. América Latina y Europa serán las regiones con los niveles más bajos de crecimiento. Los factores que desaceleran la actividad económica son muchos. Entre otros, las guerras comerciales iniciadas por Donald Trump contra China y Europa, mercados financieros más restringidos, la desaceleración de la economía China, el Brexit y la incertidumbre acerca de cuáles serán las políticas económicas que adoptarán numerosos países.


Tal como suele ocurrir en todas las convenciones multitudinarias, lo más interesante no es lo que sucede en las sesiones oficiales, sino lo que se escucha en los pasillos y lo que se debate en reuniones privadas. Un tema que no está en la agenda oficial, pero sí en muchas de las conversaciones, es la creciente amenaza a la independencia de los bancos centrales. Esa independencia suele irritar a jefes de Estado que preferirían tener el control de la política monetaria de su país. El presidente Trump, por ejemplo, ha criticado ferozmente la decisión de la Reserva Federal y el Banco Central de EE UU, de subir los tipos de interés. Los más altos tipos de interés suelen contraer la actividad económica, cosa que ningún presidente desea. Pero, por otro lado, dejar las tasas de interés demasiado bajas puede estimular la inflación, un resultado que es inaceptable para los bancos centrales. La misión fundamental de estas instituciones es contribuir a la estabilidad económica y, muy especialmente, impedir que los precios suban. Esta tensión entre las preferencias de los presidentes y los objetivos de sus bancos centrales siempre existe y por ello es importante protegerlos de las presiones políticas a las cuales están sometidos.


Es por esto que entre los asistentes a la reunión en Washington este año hay una fuerte preocupación por la decisión de Trump de proponer como gobernadores de la Reserva Federal a Stephen Moore y Herman Cain, dos de sus aliados políticos. Moore y Cain carecen de credenciales y experiencia para ocupar cargos que les permitirán influir sobre la política monetaria del banco central más importante del mundo. El propio Moore admitió: “No soy experto en política monetaria”. La preocupación no es solo que los candidatos de Trump sean confirmados por el Senado, sino que esta captura del Banco Central por parte del presidente sea una práctica que contagie a otros líderes propensos a concentrar el poder y socavar los pesos y contrapesos de la democracia. La independencia de las decisiones de los bancos centrales de los intereses electorales de los presidentes es un importante factor de estabilidad. Politizar los bancos centrales añadiría aún más incertidumbre a un sistema financiero internacional que aún no se ha recuperado plenamente de la crisis de 2008.


Otras dos preocupaciones que han estado muy presentes en la reunión de este año son la desigualdad económica y sus consecuencias sobre la estabilidad política. La OCDE, la organización que reúne a 36 de los países más prósperos, reportó que el nivel de vida de la clase media de esos países lleva una década estancado. Los costos de educación y vivienda para familias de ingresos medios se han disparado, mientras que la automatización afecta negativamente tanto a sus posibilidades de empleo como a su nivel de salario. Naturalmente, estas condiciones tienen fuertes repercusiones políticas y han contribuido a sorpresas como el Brexit y el auge de movimientos políticos con agendas radicales.


Hace unos días, en vez de asistir a otro seminario del Banco Mundial, acepté la invitación de un grupo de siete banqueros que me invitaron a acompañarlos a ver los cerezos en flor. Fue una caminata muy agradable donde, inevitablemente, la conversación se centró en todas estas, y otras, preocupaciones.


En estas conversaciones los consensos son poco frecuentes. Pero, para mi sorpresa, hubo un claro consenso entre mis compañeros de paseo acerca de la necesidad de reformar, y urgentemente, el sistema capitalista.


Pero, ¿cuáles deben ser esas reformas?


Sobre eso no hubo consenso.

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Martes, 09 Abril 2019 06:04

¿Qué es el capitaloceno?

¿Qué es el capitaloceno?

El pecado mayor del ambientalismo, el conjunto de movimientos en defensa de la naturaleza y sus autores, fue habernos hecho creer que los culpables de la destrucción del mundo natural éramos todos los seres humanos sin excepción. Ya no sólo debíamos paliar y enfrentar un mundo de destrucción y deterioro, sino también debíamos vivir eternamente bajo el estigma de haberlo provocado. Entonces nos volvimos la especie más culpable del planeta. Imagine decirle a una familia que ha vivido en la miseria –896 millones viven en extrema pobreza y alrededor de 2 mil 200 millones en pobreza normal– que la crisis ecológica es también su culpa y que debe hacer sacrificios para contribuir a solucionarla. Esta idea, alimentada por la visión estrecha e incompleta de la biología, predominó durante décadas, y si bien sirvió para un saludable cambio de conducta a escalas individual, familiar y grupal, también operó como eficaz mecanismo que desvió la atención de los verdaderos culpables. En la arena científica, la cúspide de esta concepción se alcanzó con la adopción en la jerga académica del concepto de antropoceno, formulada por Paul Crutzen, premio Nobel de Química y uno de los estudiosos más destacados de la atmósfera. El antropoceno quedó definido como una nueva era geológica en la que la acción humana (la civilización moderna e industrial) se ha convertido en una nueva fuerza capaz de alterar los mayores procesos y ciclos del planeta. Hubo que esperar el desarrollo y proliferación de una ecología política para cuestionar mediante evidencias bien documentadas, las limitaciones de esa visión. A ello contribuyeron numerosos autores que fueron develando los mecanismos de la devastación de manera crítica. Por ejemplo, en 2015, la mitad de las emisiones totales de CO2 fueron responsabilidad de 10 por ciento de la población con más riqueza –700 millones de personas–, mientras la mitad de la población mundial –3 mil 500 millones– sólo generó 10 por ciento de las emisiones. Aún peor: según Oxfam, las emisiones de carbono de uno por ciento más rico son 30 veces mayores que las de 50 por ciento más pobre. Los agentes más contaminantes en la historia son las corporaciones petroleras, gaseras y cementeras. Como vimos en un artículo anterior (https://bit.ly/2uVIEu6), entre 1751 y 2010, tan sólo 90 corporaciones emitieron 63 por ciento del total de gases de efecto invernadero.

Las numerosas críticas a la idea de un antropoceno quedaron finalmente condensadas en el concepto de capitaloceno, formalmente desarrollado en el libro de Jason W. Moore (Anthropocene or Capitalocene? Nature, History and the Crisis of Capitalism, 2016), ampliamente glosado en el número 53 de la revista Ecología Política (https://bit.ly/2UmMPyd ). Moore establece en su libro que es la coacción forzada del trabajo (tanto humano como no humano), subordinada al imperativo del beneficio a cualquier precio (la acumulación ilimitada del capital), lo que provoca la ruptura del equilibrio del ecosistema planetario. No es pues la humanidad sino una pequeñísima parte de ella la principal causante. El cambio climático no debe entonces atribuirse al mero hecho de que el planeta esté poblado por 7 mil millones, sino al reducido número de personas (uno por ciento) que controlan los medios de producción y deciden cómo se ha de usar la energía. Se trata entonces de actuar contra el capital fósil. En contraposición con lo anterior, todo el aparato del sistema opera para que los ciudadanos no reconozcan y adopten esa posición. En lenguaje diplomático: se trata de no politizar la situación. No sólo los negacionistas de la crisis ecológica y climática actúan en esa línea, sino también entidades enteras como el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), que desde 2012 impulsa con mucha fuerza la llamada economía verde, una estrategia para ocultar el papel de las corporaciones y hacer compatible el capitalismo con la ecología, o la FAO, que a regañadientes ha aceptado hasta recientemente a la agroecología y al campesinado como opción ante los sistemas destructivos agroindustriales, que es la vía capitalista en la agricultura. En el ocultamiento antropogénico participan también científicos conservadores. En México, como hemos señalado, existe el caso de que conocidas figuras de la ecología encabecen las campañas de lavado verde (green-washing) de las mayores corporaciones como Coca Cola, Volkswagen, Cemex, Bimbo, Telmex, Grupo México (https://bit.ly/2YYZtC7) e impulsen conceptos como el de capital natural, que apuesta por el carácter virtuoso de la mercantilización de la naturaleza. En suma, hoy resulta cada vez más difícil negar que vivimos inmersos en una nueva era geológica, que más que antropoceno debe llamarse capitaloceno, y que debemos salir de ella lo más rápido posible, antes de que el destino nos rebase.

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Nancy Fraser: las mutaciones neoliberales

I. “Si miras todo su ‘cuerpo de obra’ –remarcaba una comentarista– puedes notar la expansión de la cuestión feminista en conexión con el capitalismo hacia todas otras esferas” (bit.ly/2UgT6L7). Nancy Fraser, una destacada filosofa y teórica estadunidense, es una de las principales impulsoras del feminismo anticapitalista. Trabajando desde la ‘teoría crítica’ frankfurtiana y el pos-estructuralismo, es mejor conocida por sus críticas de las políticas identitarias (dada su "complicidad" en el reavivamiento del fundamentalismo librecambista) y sus re-conceptualizaciones de la justicia ("post-Westfaliana y democrática"). En libros como Justice interruptus (1997) o Scales of justice (2009) trata de "salvarla" de diferentes reduccionismos y "ajustarla" a los tiempos pos-socialistas de la primacía del "reconocimiento" hegeliano –por sexo, género o raza (bit.ly/2Ul4pBL)–, censurando a la vez el mainstream feminista por abrazar "lo cultural" y desertar de la economía política y debates sobre redistribución (Redistribution or recognition, 2003).

II. Si bien –a ojos de Fraser– la segunda ola del feminismo (con su "politización de lo personal" y crítica estructural del androcentrismo capitalista) nació y creció junto con otros movimientos emancipatorios de la pos-guerra, pronto perdió su filo crítico (Fortunes of feminism. From state-managed capitalism to neoliberal crisis, 2013, p. 14-15). Al abrazar el identitarismo –y al pasar "de redistribución al reconocimiento"– abandonó la economía, para –solamente– transformar la cultura. Este "giro" que coincidió con el ocaso del viejo capitalismo estatal y el auge de su nueva –"desorganizada"/flexible/transnacional– modalidad, hizo que sus legítimas críticas al estatismo y paternalismo (salario familiar, estado-niñera, economicismo) en vez de rehacer al estado de bienestar, sirvieran para desmontarlo y devinieran pilares ideológicos del nuevo orden (p. 218-221).

III. Así en su famosa aseveración: “el feminismo se volvió ‘la sirvienta del capitalismo’” acabó fortaleciendo el individualismo consumista, su crítica del sexismo legitimó nuevas formas de desigualdad y explotación (bit.ly/2m23X77). Sin desearlo acabó nutriendo "el nuevo espíritu del capitalismo" (Boltanski/Chiapello) de la mutación neoliberal. La lucha por la igualdad en su seno fue sustituida por la "meritocracia" que apuntaba sólo a que las mujeres avanzaran en las jerarquías (corporaciones/gobiernos/ejércitos), mientras –para Fraser– "el feminismo siempre trataba de romperlas". Empoderamiento –en práctica– pasó a significar ganar el derecho a explotar a otras mujeres (trabajadoras domésticas-migrantes) para ir escalando. Subrayando que este dominante tipo del feminismo –liberal, corporativo, "de Davos" (Lagarde/Sandberg/Clinton), "colaboracionista del sistema opresor"– ha fallado a la mayoría (bit.ly/2usW6W4) Fraser llama a un "feminismo para el 99%" –“¡no queremos romper los ‘techos de cristal’ sólo para que las otras limpien los vidrios!”– libre de sus nexos con el neoliberalismo ( Feminism for the 99%: a manifesto, 2019).

IV. “Desde hace tiempo escribo acerca de [aquel] ‘desvío neoliberal’ de movimientos sociales [pero no alcanzaba a bautizar bien este proceso] –decía– y las pasadas elecciones en EU me ayudaron a verlo: ¡H. Clinton era su perfecta encarnación!” (bit.ly/2rgMuyA). ¿Su nombre? El "neoliberalismo progresista", un bloque dominante desde los noventa, coalición de sectores de negocios y algunos movimientos –“una impía alianza de emancipación y financiarización: ‘LGBTQ & Goldman-Sachs’”– armado por demócratas que combinaron su economía de derecha con políticas de reconocimiento (pero sólo a cambio del desmantelamiento de protección social y redes de redistribución). Su choque con el populismo reaccionario de Trump, elección entre multiculturalismo y etnonacionalismo, significaba sólo más de lo mismo: neoliberalismo y desindustrialización (bit.ly/2V4Rzoo). Así el auge del populismo, tanto de derecha como de izquierda –que Fraser ve como una "política de transición" y favorablemente a la Laclau (bit.ly/2uIGjCz)– fue "una revuelta de los atropellados por el neoliberalismo progresista" y "síntoma de la crisis de la forma específica del capitalismo de hoy" (bit.ly/2Q5Sd6K).

V. Dicha crisis –"cuya cara es Trump" (bit.ly/2FDzJm2)– es para ella la de lahegemonía. El neoliberalismo progresista que una vez creó un amplio consenso gramsciano y bloque hegemónico llega a su fin (bit.ly/2ive0Tj). No obstante, el trumpismo –frágil y caótico– no constituye un nuevo bloque. Vivimos en ruinas de lo viejo, en –otra vez Gramsci– un interregnum, dice Fraser (The old is dying and the new cannot be born, 2019), marcado a su vez por otra crisis, la de la reproducción social. "El capitalismo financiarizado sistemáticamente consume nuestras capacidades de sostener los lazos sociales comiéndose su propia cola" (bit.ly/2dog8sQ). Con austeridad y recortes externaliza los costos –también– en cuerpos de las mujeres "dependiendo del trabajo doméstico no remunerado más que cualquier otra forma del capitalismo" [!] (bit.ly/2QHVd9C): "pasamos por una nueva mutación de la sociedad capitalista que no obstante ofrece oportunidad de reinventar el modelo de familia y la división producción-reproducción" (bit.ly/2K20nuk).

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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“La riqueza infinita en un mundo finito no es posible”

El pensador afirma que es falsa la promesa del capitalismo de un acceso a una riqueza ilimitada. Además declara que el amor está en peligro. A la vez, se siente esperanzado por las nuevas formas de ciudadanía que buscan combatir las desigualdades.

 Somos hijos de un delirio, que a su vez fecundó otros. El inicial se creó en Occidente y sus descendientes se expandieron por todo el mundo con el capitalismo como bandera. Casi no existe esfera que no haya sido contaminada por ese delirio que preside el destino del mundo. El filósofo francés Dany Robert Dufour, profesor de Ciencias de la Educación de la Universidad París VIII, ha trazado el itinerario de ese delirio y escaneado sus implicaciones nefastas en su libro El delirio Occidental y sus efectos actuales en la vida cotidiana: trabajo, amor y ocio (MRA Ediciones, Barcelona). Dufour es un sabio fiel a sus ideas, un tipo lleno de bondad y lucidez humanista. El ensayo es un extraordinario alegato contra el productivismo y la tecno dictadura así como una minuciosa desconstrucción de los mitos positivos del liberalismo: no libera sino que crea dependencias, no construye sino que destruye acumulando basura y desigualdad. 

Dany Robert Dufour tiene una obra filosófica muy rica consagrada a la amoralidad del liberalismo y sus consecuencias sobre el ser humano. En 2011, con su ensayo L’individu qui vient... après le libéralisme (El individuo que viene… después del liberalismo) Dufour se interrogaba sobre la forma de resistir a opresión liberal y sobre qué tipo de individuo vendría después. Ahora, con El delirio occidental, Dany Robert Dufour, nos habla de un individuo embrujado por ese delirio occidental. La reflexión la completa con otro ensayo de título exquisito y esperanzador: “La situación desesperada del presente me llena de esperanzas. Frente a tres delirios políticos, la hipótesis del arte de convivir”. En esta entrevista con PáginaI12 en París, el filósofo francés desenvuelve la red que nos captura y abre un par de ventanas hacia la emancipación.


–Su libro El delirio occidental y sus efectos actuales en la vida cotidiana: trabajo, amor y ocio aborda la dimensión predadora de Occidente y su capacidad de seducir, a pesar de que es un obvio modelo de destrucción. El origen filosófico de este delirio ha llevado al mundo a la fase de extinción de la que tanto se habla.


–El término delirio se aplica generalmente al campo de la psicología individual. Pero no hay que olvidar que el delirio forma una pareja con la razón. La racionalidad occidental nació con el filósofo Descartes en la primera parte del Siglo XVII. En su célebre libro El discurso del método, Descartes anuncia que las ciencias deben dejar de ser contemplativas para volverse activas. Ello tendrá como consecuencia el hecho de que los seres humanos van a convertirse en amos y dueños de la naturaleza. Es allí donde la razón occidental se vuelve delirante. Nuestro punto de partida es la naturaleza, somos parte de ella y no los amos. La pretensión de extraerse de la naturaleza crea una suerte de delirio de potencia y de grandeza. El capitalismo deriva de esa concepción cuando se dota de los medios de actuar en el mundo con su promesa de sacar al mundo del régimen de la penuria para ingresar en un mundo de abundancia. El capitalismo terminó produciendo un montón de esos artificios de los que hablaba Descartes, es decir, objetos manufacturados para el consumo. Es, de hecho, una promesa delirante con el fin de gozar de un montón de objetos destinados a ampliar la vida, nuestra presencia en el mundo y nuestro poder sobre él. Nos damos cuenta de que ese delirio que quiso controlar el mundo lo ha estado más bien destruyendo. Ha destruido nuestra relación con la naturaleza y los principales parámetros de los ecosistemas que regulan la vida en la tierra. Ese es el comienzo de la razón delirante. La promesa incumplible e insostenible del capitalismo se ha plasmado con el capitalismo del consumo, el cual, a su vez, destruye las bases de la vida. Se trata de un delirio occidental porque nació en Occidente pero terminó arrasando en todo el mundo. El corazón del capitalismo moderno remite al término griego de pleonexia, o sea, el apetito insaciable de poseer siempre más. Por eso los filósofos de la Grecia antigua recomendaban contener la pleonexia. Es preciso controlar esa dimensión que forma parte de la vida humana porque resulta muy destructiva. La promesa del capitalismo de un acceso a la riqueza infinita es falsa. La riqueza infinita en un mundo finito no es posible.

–Usted rescata una sensación contradictoria que afecta a los seres humanos inmersos en este delirio de consumo: el desencanto, la impotencia, lo que usted llama “la melancolía generacional de Occidente”.

–Ocurre que en el momento en que tenemos todo, nos damos cuenta de que no tenemos gran cosa. Tenemos objetos, posibilidades, tenemos diversiones, etc, etc. Pero desde el punto de vista del ser, hay algo que no está colmado. La multiplicación de las posesiones no nos llena. La dimensión fundamental del ser humano no está colmada, satisfecha. Hay entonces una melancolía porque percibimos que nos estamos perdiendo algo. La vida no consiste en poseer objetos manufacturados sino en fabricarlos nosotros mismos. Esos objetos pueden ser nuestros libros, nuestros cuadros, nuestras redes de amigos, nuestro lenguaje. Pero el mercado ofrece objetos manufacturados sin subjetividad. Fabricar nuestros propios objetos significa que hace falta un sujeto para fabricarlos, y ese sujeto soy yo. El trabajo moderno carece de subjetividad, está industrializado, instrumentalizado, parcelado, es meramente utilitario. Es delirante. De ello proviene la melancolía de la población. Hay mucho, pero no tenemos nada.

–Trabajo, ocio, amor: el delirio de Occidente contaminó cada espacio de nuestra vida. El amor es casi el único objeto revolucionario que nos queda, pero también está amenazado por la idea de marcado.


–Los efectos del delirio occidental en el trabajo lo acabamos de abordar. Y en lo que atañe al ocio, el delirio de Occidente lo pervierte porque el espacio del ocio se convirtió en un espacio de diversión y no de tiempo de trabajo para uno mismo y sobre uno mismo. Y el amor, que es lo más sorprendente y bello que hay en la vida, ha sido pervertido y reemplazado por la pornografía contemporánea de las satisfacciones. Ya no necesitamos encontrar a alguien para construir algo con él. El espacio amoroso está saturado por un mercado pornográfico que empieza a actuar desde la adolescencia con la meta de la eficacia sexual. Se olvida que, de pronto, hay algo más que se puede construir más allá de los objetos de satisfacción o de puro placer. El amor ha sido dañado por el delirio occidental. El amor está en peligro.


–La conquista occidental del mundo, la invasión del mercado como regulador de todo, no parece tener límite. Ha penetrado incluso a sociedades que contaban con su propia filosofía, con su propia cosmovisión. ¿Cómo se explica esa extraordinaria contaminación de todas las conciencias?.


–Las burguesías internacionales imponen sus modelos. Creo que si las poblaciones han sido receptivas a esta propuesta del capitalismo se debe, en parte, a que estas culturas posmodernas, esas culturas que acceden a un capitalismo tardío y su promesa de liberación absoluta, creen igualmente en la promesa de salir de los cercos morales heredados de las culturas clásicas o antiguas.¡Olviden todo y prueben la verdadera liberación del capitalismo, donde todo está autorizado y permitido!. El capitalismo funciona siempre así: promete una liberación que luego conduce a nuevas alienaciones. Fíjese la historia del cigarrillo y la liberación de la mujer. En 1929, los productores de cigarrillos estaban muy enojados porque la mitad de la humanidad, o sea las mujeres, no fumaba. Le encargaron una campaña a Edward Bernays, que era un sobrino de Freud. La campaña publicitaria de Bernays consistió en decir que el cigarrillo era una empresa de liberación de la mujer porque permitía que las mujeres se apoderaran de un objeto masculino. ¡ Fumando se volvían autónomas, liberadas con un tóxico mortal !. El modelo de liberación ofrecido por todos los objetos manufacturados no hace más que producir nuevas adicciones.

–Lo más escatológico es que, cuando más produce el capitalismo, más basura se acumula.

–Toda esta súper producción termina en basura que está cubriendo el mundo. Además del delirio, en el capitalismo hay una dimensión perversa. En la perversión, incluida la perversión freudiana, el primer estado de la perversión es el estado sádico-anal. Cambiamos mierda por algo, y ese algo se convierte en dinero y con él entramos en un ciclo infinito de dinero. Pero, al final, de ese ciclo, lo único que hay es mierda y basura. La misma que está recubriendo el mundo y con la cual no sabemos qué hacer. En los océanos hay continentes enteros de plástico que se desplazan por el mar. Los objetos tienen una obsolescencia programada. Continuamente los renovamos por otros que, a su vez, se vuelven basura. El límite moral del capitalismo fue hecho añicos. Pero desde ahora nos enfrentamos a un límite natural. El mundo no puede absorber más la masa de producción, todo el flujo de basura que perturba cada uno de los ciclos y altera la vida misma. No podemos continuar. Estamos en un sistema que nos conduce al abismo y no sabemos cómo detenerlo. En este momento estamos en la fase de frenesí del consumo. Pronto llegará la época del pánico.

–Y sin embargo, pese al panorama, su ultimo ensayo es un canto paradójico a la vida: “La situación desesperada del presente me llena de esperanzas. Frente a tres delirios políticos, la hipótesis del arte de convivir”.


–Bueno, lo primero: es una frase de Marx. Efectivamente, estamos no sólo en el delirio occidental sino que, encima, ese delirio suscita otros delirios. Políticamente hay tres. Uno: el de la pleonexia, o sea, el híper consumo. dos: el delirio de la pureza que consiste en recuperar la alianza original con Dios. Esa es la postura de los fundamentalistas, o sea, el teofascismo de los islamistas salafistas radicales que buscan la pureza original. Pero esa promesa de una pureza plena se transforma en suciedad absoluta: se dispara contra la multitud, se cortan cabezas, se mutilan miembros, etc. El delirio se encarna en la forma contraria que lo creó. El tercero: el delirio nacional de la identidad con su idea de una pureza del pueblo. El precio a pagar por ese delirio es la expulsión de los extranjeros y la fabricación de nuevos chivos expiatorios. Ese delirio de la identidad no puede sino conducir a lo que ocurrió en los años 30 del Siglo XX: nazismo, fascismo. ¿Cómo salir de esto y reconstruir una base para existir? No estoy desesperado ni tampoco soy completamente optimista. Pero todo esto me llena de esperanzas porque creo que hemos tocado fondo y ya no podemos ir más hacia abajo. Tal vez, en la conjunción de estos tres delirios hay una salida posible. Lo vemos en varios países del mundo, empezando por Francia con los chalecos amarillos donde todo emana del pueblo. El liberalismo continuó expandiéndose en el mundo con su lote de de-subjetivación, de de-socialización, de control de la población mediante los psico-poderes y de crecimiento de las desigualdades en el mundo. Sin embargo, hay muchos datos que muestran cómo la población resiste. La insurrección de los chalecos amarillos en Francia es una prueba de ello. El presidente Emmanuel Macron dijo en una entrevista que él era la “emanación del gusto del pueblo francés por lo romanesco”. Ahora está descubriendo que es la emanación del asco del pueblo francés por la desigualdad. Hay algo que se está armando y que tiene que ver con las nuevas formas de ciudadanía, con formas de combatir las desigualdades y de restaurar la dignidad de los individuos, con una manera de respetar el medio ambiente sin regresar a la vela. Hay búsquedas en curso y eso me evita estar completamente desesperado. El individuo post liberal se está preparando para llevar a cabo combates muy rudos. La gente reflexiona sobre lo que quiere y no quiere, y actúa.


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Se acentuó la desigualdad en 2018: Oxfam

Poseen 26 millonarios más dinero que los 3 mil 800 millones en mayor pobreza

 

Davos. La concentración de la riqueza se acentuó a tal punto en 2018 en el mundo, que 26 multimillonarios poseen más dinero que las 3 mil 800 millones de personas más pobres del planeta, según el informe anual de Oxfam Internacional.

"El abismo que aumenta entre ricos y pobres penaliza la lucha contra la pobreza, perjudica la economía y alimenta la rabia en el planeta", afirmó Winnie Byanyima, directora ejecutiva de Oxfam Internacional, citada en un comunicado.

Según la organización no gubernamental (ONG), en 2017 la proporción era de 43 multimillonarios posedores de mayor riqueza que la mitad más pobre de la humanidad.

Los gobiernos "deben asegurarse de que las empresas y los más ricos paguen su parte de impuestos", subrayó.

Byanyima habló con motivo de la publicación del tradicional informe anual de Oxfam sobre las desigualdades antes del comienzo del Foro Económico Mundial, que se celebra en Davos.

Las cifras de la ONG se basan en datos publicados por la revista Forbes y el banco Crédit Suisse, metodología que ha sido cuestionada por algunos economistas.

De acuerdo con la ONG, la fortuna del hombre más rico del mundo, Jeff Bezos, dueño de Amazon, alcanzó el año pasado 112 mil millones de dólares. "El presupuesto de salud de Etiopía equivale a uno por ciento de su fortuna", enfatizó.

Crecen fortunas

En tanto, la riqueza de los multimillonarios del mundo aumentó 900 mil millones de dólares el año pasado, a un ritmo de 2 mil 500 millones de dólares por día. En contraste, los ingresos de la mitad más pobre de la población del planeta cayeron 11 por ciento.

Desde la crisis financiera de 2008 la cantidad de multimillonarios se ha duplicado, añadió.

Además, Oxfam destacó que “los ricos se benefician no sólo de una fortuna en plena expansión, sino de los niveles impositivos menos elevados desde hace décadas.

"Si la tendencia fuera contraria, la mayoría de los gobiernos tendrían suficientes recursos para financiar los servicios públicos", subrayó Oxfam, que estima que "la riqueza está particularmente subgravada".

Precisa que de un dólar de impuestos a los ingresos, sólo cuatro céntimos provienen del gravamen a la riqueza.

Oxfam estima que los más ricos esconden al fisco 7.6 billones de dólares. En ese sentido, en algunos países, como Brasil o Reino Unido, "el 10 por ciento de los más pobres paga impuestos más altos en proporción con sus ingresos que los más ricos".

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Miércoles, 09 Enero 2019 06:46

Hechiceros en el sector bancario

Hechiceros en el sector bancario

En el año 180 de la era presente, el retórico Luciano de Samósata escribió un relato que cautivó a sus seguidores. Su historia cuenta cómo Éucrates pudo apropiarse en secreto de la fórmula mágica que utilizaba un afamado mago egipcio. El conjuro le permitía dar vida a objetos inanimados y ponerlos a su servicio.
Con la fórmula mágica hizo que una escoba fuera a recoger agua, pero concluida esa tarea la escoba siguió trayendo más agua. Al no poder detenerla, Éucrates, desesperado, la partió con un hacha, sólo para descubrir que las dos mitades cobraban vida y continuaban su trabajo hasta que la casa del mago se inundó. Sólo el regreso del hechicero irritado permitió detener la marcha inexorable de las escobas.


La potencia de la moraleja llamó la atención de Goethe, quien en 1798 la desarrolló en su poema Die Zauberlehrling, el aprendiz de brujo. El mensaje es de cautela: no se deben desatar fuerzas que no pueden ser controladas. La historia revela que el mensaje ha sido raramente escuchado. Un ejemplo lo encontramos en el mundo financiero.
El dogma neoliberal afirma la necesidad de eliminar regulaciones y liberar el potencial innovador en el sector financiero para generar innovaciones, mejores productos y mejor servicio. Hace unas cuatro décadas comenzó a ser aplicada esa fórmula, y hoy los resultados están a la vista.


La desregulación en el sector financiero de la economía mundial ha guiado a gobiernos y organismos internacionales desde hace más de cuatro décadas. Las instituciones que impulsaron esta corriente van desde el Fondo Monetario Internacional hasta el Banco de Pagos Internacionales (BPI) en Basilea, Suiza. Desde la academia, los economistas neoliberales también transmitieron el mensaje de que la desregulación mejoraría la eficiencia y promovería el crecimiento.


Para alcanzar el objetivo de estabilidad del sistema bancario se fomentó una cultura de desregulación que promoviera la innovación. Y como las escobas de Éucrates, las innovaciones no tardaron en multiplicarse. Ingeniería financiera, técnicas de bursatilización, derivados y otros productos exóticos proliferaron para que, en teoría, los riesgos fueran cada vez más manejables, mientras se hacía cada vez más frágil la estructura del sistema bancario.
La política sobre estabilidad del sistema bancario descansa en los acuerdos del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea (CSBB) del BPI. En 1988 entró en vigor el primero de esos acuerdos, llamado Basilea I, con requisitos de capitalización para garantizar que los bancos privados pudieran absorber pérdidas sin comprometer el sistema bancario. Ese acuerdo introdujo la evaluación del capital con el método de activos ponderados por riesgo, con el fin de contar con una medida más rigurosa de la fortaleza o debilidad de un banco. La regla establecida fue que el capital mínimo de un banco debe ser de 8 por ciento del total de los activos ponderados por riesgo, y en los años que siguieron ese porcentaje aumentó hasta 12 por ciento en los bancos de los países de la OCDE. Pero ese incremento se debió más a la eliminación de muchos activos riesgosos de las hojas de balance de los bancos a través de operaciones de titulización: disminuyó el capital necesario para cumplir con el requisito de Basilea I, pero los riesgos no se redujeron. La innovación financiera vino al rescate de los bancos y les permitió seguir apostando en el casino de alto riesgo.


Basilea II buscó corregir algunos defectos de Basilea I. El nuevo acuerdo estaba comenzando a ser implementado, cuando estalló la crisis de 2007-2008. La ironía es que Basilea II reafirma la autonomía de los bancos en la evaluación de sus riesgos y reafirma la confianza en el uso de fórmulas de autorregulación basadas en un enfoque microprudencial. Hoy, Basilea III busca disciplinar la autoregulación e incorpora nuevos requisitos sobre apalancamiento. Pero este último acuerdo sigue afirmando el principio fundamental de permitir los métodos basados en modelos internos (de los bancos) para la evaluación de riesgos.


La desregulación del sector permitió la gestación de innovaciones, como la ingeniería sobre la titularización de todo tipo de instrumentos y la creación de derivados exóticos para explotar nuevos mercados en búsqueda de mayor rentabilidad. Estas innovaciones en el sector bancario-financiero hacían creer que el riesgo era más manejable, pero debilitaron las condiciones de estabilidad sistémica. Cada banco desarrolló su modelo interno para reducir sus requerimientos de capital, al tiempo que mostraban que se estaba reduciendo el riesgo: la microeficiencia desembocó en un macroproblema.


En una transición histórica, el crecimiento desorbitado del sector financiero y bancario a escala mundial ha transformado estructuras capitalistas en plataformas para la especulación. Creyendo promover la eficiencia, la desregulación fomentó la inestabilidad. Algún día el hechicero regresará a casa para disciplinar a los aprendices con una megacrisis que pondrá fin a la pesadilla de la desregulación financiera.


Twitter: @anadaloficial

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El manifiesto comunista, a 170 años de su publicación

Vigente y necesario, referente de una ideología que buscaba romper las cadenas que ataban a la clase trabajadora y la explotaban. El documento “de literatura política más influyente desde la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm.

“Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo”

El texto, como se plantea en sus primeras frases, es un manifiesto para oponerse a la leyenda de ese fantasma, para reivindicar el papel del proletariado. Veintitrés páginas que fueron impresas, en febrero de 1848, en la sede de la Worker´s Educational Association (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein) de la calle Liverpool en Londres. La Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten), sucesora de la Liga de los Justos (Bund der Gerechsten) y ésta de la Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), se ofreció a publicar un documento elaborado por los filósofos alemanes Karl Marx y Friedrich Engels y adoptarlo como su documento político.

“La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente (la historia transmitida por escrito) es la historia de luchas de clases”

Inicialmente su influencia fue escasa, solamente impactó en la Alemania de la revolución de 1848 por medio del Neue Rheinische Zeitung, periódico de vida efímera editado por Marx. Entre 1848 y 1849 se reimprimió tres veces, se reescribió y corrigió en mayo de 1848 en treinta páginas y se publicó por entregas en el periódico inglés impreso en alemán Deutsche Londoner Zeitung (1845-1851). A pesar de ello, el fracaso de las revoluciones en Europa hizo que El Manifiesto no fuera muy tenido en cuenta.

En su exilio británico, Marx hizo reimprimir la sección III (Literatura socialista y comunista) en el último número, noviembre 1850, de la revista que editaba en Londres Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische revue. Pero no fue hasta su notoria labor en la llamada Primera Internacional (1864-1872), a su defensa de la Comuna de París de 1871 y al juicio por traición de tres líderes socialdemócratas alemanes en 1872, que él y El Manifiesto volvieron a tener la relevancia que merecían.
“La sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase”

Engels y Marx escribieron un prefacio para esa edición de 1872 que se convirtió en la base de todas las ediciones publicadas desde entonces. A partir de ahí, y más tras la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, El Manifiesto fue traducido a más de treinta idiomas, incluidos el chino y el japonés, con numerosas ediciones en toda Europa y en Estados Unidos. En español apareció por primera vez en noviembre de 1872 en el semanario La Emancipación de Madrid, sin el pasaje sobre “El socialismo alemán o verdadero” al suponer su editor que era demasiado local. Diez años después se editó en El Obrero de Barcelona. En América Latina tuvo su primera edición en México en 1888 en El Socialista. Todos esos datos, bien detallados, los recoge Bert Andréas en su Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, 1848-1918.
“El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza”

En la segunda mitad del siglo XX, El Manifiesto no era solamente un texto marxista clásico, sino que alcanzó el estatus de texto político indispensable en los estudios de ciencias políticas y sociología. El propio Hobsbawm dice que “ya no fue publicado exclusivamente por comunistas u otros editores marxistas, sino en grandes ediciones de editoriales no políticas con introducciones de académicos destacados”.


“El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”


En la recta final de la segunda década del siglo XXI, El Manifiesto sigue siendo una obra de referencia para el pensamiento y la teoría política. Un panfleto, como lo nombra Hobsbawm, que engancha y arrastra por su “convicción apasionada, la brevedad sintética, la fuerza intelectual y estilística”. Un manual de lectura para la clase trabajadora de la que me considero parte (contra el clasismo que discrimina a esa clase trabajadora, tal como lo denuncia V. Navarro).


“Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de la clase dominante”


En el mundo de hoy podemos reconocer mucho de aquél que Marx describiera en 1848 en unos “pasajes de elocuencia sombría y lacónica (…) en frases lapidarias que casi se transforman de forma natural en aforismos memorables que han llegado a ser conocidos mucho más allá del mundo del debate político” (Hobsbawm). No está de más hacer una relectura de El Manifiesto y tomar algunas notas para lo que queda del siglo XXI.


“Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.”
“¡Proletarios de todos los países, uníos!”

 

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La idea socialista ante la cuarta revolución industrial. Ensayos sobre las izquierdas en América Latina y el Caribe

En el último año he participado en varias reuniones “privadas” y públicas, organizadas por revolucionarios(as) comprometidos(as) con la lucha de clases en distintos lugares de América Latina y el Caribe. Encuentros a los cuales me han invitado para que explique mi visión respecto al impacto de las innovaciones científicas y tecnologías en el performance y orientación estratégica de las luchas por la emancipación y la liberación. Me he sentido honrado por ello, pero siempre les he aclarado a los compañeros y compañeras que tengo muchas más preguntas que respuestas al respecto. 

Eso sí una enorme preocupación se expresa transversalmente en mis escritos e intervenciones, referida a la presencia en las rutinas que definen la acción política de las izquierdas, de una importante dosis de dogmatismo e inmovilismo epistémico cuando les corresponde valorar lo contingente, lo no previsto.


El capitalismo está obligado a revisar de manera permanente sus dinámicas para mantener su hegemonía y para ello no tienen prejuicios ni reparos en romper sus premisas y explorar nuevos caminos. Cada vez que desde el campo popular y revolucionario se le asesta un golpe a la lógica del capital, éste muta y explora nuevas formas, rutas y dinámicas.


Marx era consciente de ello y por ello trabajó la contradicción como un mecanismo dialéctico de aprendizaje continuo y permanente en la izquierda revolucionaria. Sin embargo, una visión mecánica respecto a la aproximación y mediación con la realidad, expresada en una mirada repetitiva de los ciclos históricos ha anidado en una parte importante de las izquierdas, conspirando en contra de su capacidad real para convertirse en dinamizadoras de la transformación en el siglo XXI. Ciertamente las izquierdas vivimos en el presente, una crisis de interpretación epocal.


La mayoría de los “clásicos” del marxismo fueron escritos en el contexto de la primera y segunda revolución industrial. La tercera revolución industrial y su impacto en el mundo capitalista por lo general ha sido trabajada de manera fragmentada, parcial y muchas veces inconexa con la dicotomía capital-trabajo y respecto a la ideología por parte de importantes sectores de las izquierdas. En muchos casos ello se debe a la preocupación que genera dejar a un lado interpretaciones y formulaciones teóricas que fueron efectivas en el pasado, pero que en el presente se constituyen en narrativas históricas importantes, pero de eficacia política limitada.


La teoría precedente construida al fragor de las dos primeras revoluciones industriales, resulta útil y potente solo si entre líneas somos capaces de develar el método interpretativo que llevó a su formulación en un momento dado, pero es limitada si queremos usarla como patrón para una acción en un nuevo tiempo histórico que no acepta calco ni copia. Esto resulta especialmente dramático, cuando se trata de definir táctica política en medio de la revolución científica tecnológica que precede a la puesta en marcha de la cuarta revolución industrial.

 

Tercera Revolución industrial

 

La tercera revolución industrial se inicia en la década de los sesenta y tiene varios ciclos. El primero de ellos se nos presentó con la llegada de las computadoras que tenían más tamaño que capacidad de procesamiento, pero que implicaron todo un mundo de posibilidades para la producción industrial, la educación, el consumo, la gobernabilidad, la resemantización de la ideología y las transformaciones de las relaciones sociales.
Luego vendrían los ciclos de los computadores de escritorio (´70s), las computadoras portátiles (´80s), internet con la World Wide Web (WWW) en los 90s, las redes sociales (primera década del siglo XXI) y la realidad virtual (segunda década del siglo XXI). Todos ellos ciclos de la tercera revolución industrial.

Paralelamente a ello, el desarrollo de la informática profunda (macrodatos), la micro robótica, el conocimiento de la estructura genética humana, conectividad con lógica fractal y la digitalización de formas de inteligencia no biológica, abrían paso a una nueva revolución industrial. Esto ocurría en un tiempo histórico tan breve, que buena parte de las izquierdas apenas estaban comenzando a problematizar las implicaciones de la tercera revolución industrial en el devenir de las políticas alternativas, cuando se nos anuncia un nuevo periodo de vínculo del conocimiento científico y la innovación tecnológica con el modo de producción capitalista.

 

La nueva política 2.0

 

En la reciente campaña electoral brasileña vimos que mientras la izquierda en el poder, se concentraba más en denunciar los fake news y el uso masivo de las redes sociales por parte de la extrema derecha y sus equipos, Bolsonaro pasaba personalmente un número importante de horas usándolas como un mecanismo para que sus mensajes llegaran a segmentos importantes de la población.


En medio de la campaña electoral 2018 la extrema derecha brasileña no teorizó sobre el impacto de la quinta generación de la tercera revolución industrial en la política, sino que trabajó en las nuevas dinámicas que ello implicaba.


Recuerdo que estando en Sao Paulo a una semana de las elecciones, pude constatar que eran múltiples las declaraciones reactivas de voceros del PT en todos los medios contra las perversiones de la política digital, en contraste con lo que hacía Jair Bolsonaro quien pasaba por lo menos una hora diaria en YouTube propagando sus mensajes acompañado de sonrientes jóvenes, además de contar con una estudiada y elaborada estrategia de intervención en twitter, Facebook, WhatsApp, Instagram, telegram, entre otras redes sociales.


A mi juicio, esto tiene mucho que ver con la precaria comprensión en las izquierdas sobre el impacto de las innovaciones científico tecnológicas que hemos conocido en el siglo XXI, en la cotidianidad de la acción política contestataria.


En contraposición, está lo ocurrido con la campaña de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), exitosa en el uso del mundo digital y virtual en la ruta a su triunfo. Este hecho, desde mi punto de vista, es más atribuible a la estrategia de un selecto grupo de asesores que a una definición teórico práctica de las izquierdas.


Muchas veces desde los pensamientos contestatarios se alude a limitaciones financieras para poder trabajar en este plano. Lo cierto es que no se trata de un tema de restricciones económicas, sino de la comprensión del fenómeno. De hecho, en la carrera por la silla presidencial mexicana en 2018, Anaya invirtió el 24% de su presupuesto de campaña en los medios digitales en contraposición a un 32% de lo usado por Meade y solo un 4% de AMLO. La diferencia fue que mientras los dos primeros lo vieron como la extensión de la publicidad en el mundo digital, el tercero entendió que se trataba de nuevos espacios de diálogo e interacción política con los ciudadanos.


Sin embargo, si colocamos el debate en términos de campañas electorales exitosas o fracasadas, estaríamos desestimando el impacto del nuevo ciclo de la revolución industrial en la epistemología y accionar de lo político y, en la precaria reflexión de las izquierdas al respecto.
El problema es más estructural y tiene que ver con una especie de parálisis cognitiva que genera el requerimiento de construir nuevos referentes y producciones teóricas socialistas para actuar en la realidad, con narrativas y construcciones organizativas de nuevo cuño.
Podemos desestimar los procesos que construyen la ruta a la cuarta revolución industrial, pero ello solo puede tener expresiones alternativas y de justicia social si construimos teoría revolucionaria para actuar en esas realidades.

 

Cuarta Revolución Industrial


En 2011 en Hanover, Alemania se anuncian los preparativos para el desembarco de una nueva revolución industrial. La cuarta revolución industrial es el proceso de diseño y puesta en marcha de una reestructuración sin precedentes del modo de producción capitalista, usando nanotecnología, conectividad 5G, informática biológica basada en el conocimiento del genoma humano, capacidad de uso de la Big Data para el análisis masivo de datos de comportamiento del consumo de millones de usuarios.


Las posibilidades de extraer valor cuali-cuantitativo de la información contenida en estos macrodatos es inmensa y sin precedentes. Imaginemos la potencialidad, no solo empresarial sino en los distintos campos de la lucha social, de desagregar la data contenida en este nuevo desarrollo de la informática, donde se cruzan movimientos del mercado, con tendencias de consumo de masas y migraciones de capitales.


Esto puede ser usado por los gestores del capitalismo del siglo XXI no solo para hacer predicciones teóricas y de producción de mercancías, sino también entre otras muchas posibilidades, para la toma de decisiones en tiempo real sin intervención humana, sobre la producción y para construir un modo de gobernabilidad virtual. Nos estamos refiriendo al uso de inteligencia artificial basada en la valoración de los comportamientos humanos como patrones y singularidades, como continuos y rupturas. Pero ¿y como pueden usar las izquierdas estas innovaciones para abrirle paso expedito a nuevas conquistas sociales? Ese es el punto que me preocupa.


Las fábricas 4.0 emergen como el paradigma de este modelo capitalista en construcción que para el Sr. Klaus Schwab, uno de los principales fundadores del Foro de Davos, implicaría que solo su desembarco dejaría a siete millones de trabajadores y obreros fabriles en condición de desempleados, en los quince países más industrializados del planeta. Ello ya de por sí debería estar generando no solo debates políticos en las izquierdas y la necesaria articulación de resistencias al respecto, sino también nuevas formulaciones teórico prácticas para continuar construyendo el socialismo en los nuevos contextos. Pero esto está ocurriendo de forma marginal en las izquierdas.


No contamos con datos que nos permitan transpolar las predicciones que se hacen al respecto, para el mundo del trabajo de América Latina y el Caribe. Si bien no tenemos elementos para saber qué pasará con el empleo en nuestramérica, lo que sí es un hecho es qué en el camino que allana la llegada de la cuarta revolución industrial en la región, se ha generado una reestructuración del flujo de capitales y en la mirada empresarial global que está convirtiendo a este territorio, en el “áfrica del siglo XXI”.


Así como el siglo XX fue testigo de inversiones capitalistas importantes en ALC para el montaje de fábricas de ensamblaje de piezas y algunas industrias de procesamientos de materias primas, mientras África era visto como la meca de las materias primas baratas y sin muchas trabas legales para su exportación, en el siglo XXI los papeles pareciera que se están invirtiendo en esa relación.


El énfasis de la inversión capitalista para América Latina y el Caribe es ahora en materia de extractivismo y ha sido tan brutal en estas dos décadas, que su impacto es solo comparable y contrastable con el debilitamiento de la capacidad industrial instalada en este territorio. Si en el tiempo se continúa con esta tendencia, no es atrevido señalar que lo que estaría ocurriendo es que el capital está valorando a la región como lo hiciera en el siglo precedente con el continente de Mandela.

 

Cuarta revolución industrial e izquierdas


La cuarta revolución industrial, implicaría una restructuración del modo de producción capitalista que colocaría a la clase obrera fabril en un segundo plano, pulverizando buena parte de la narrativa que hemos sostenido en los últimos siglos. El impacto de las innovaciones científico tecnológicas en el modo de producción capitalista, se nos presenta amenazante, con intenciones de diluir o por lo menos disminuir el papel del considerado sujeto histórico de las revoluciones.


Este proceso se podrá observar con mayor nitidez precisamente en los países industrializados. Esto no significa el apocalipsis del pensamiento socialista, sino que este proceso nos obligará a repensar las expresiones y manifestaciones de la lucha de clases en el siglo XXI, tal y como en su momento las abordó Marx, a quien le correspondió analizar el impacto del desembarco de la primera y segunda revolución industrial en el capitalismo de ese momento.


Una reflexión sobre cuarta revolución industrial y socialismo no tendría sentido incluirla en el marco de un conjunto de ensayos sobre la izquierda en América Latina y el Caribe en el siglo XXI, a no ser por el precario estado de los debates que al respecto vienen dando las izquierdas en la región.


El cambio estructural en curso en nuestras sociedades capitalistas a finales de la década de los veinte del siglo XXI, demanda una nueva generación de teoría revolucionaria como en su momento la formularon Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Plejanov, James Cannon, Ludovico Silva, Ernest Mandel o Daniel Bensaid, para solo citar un pequeño puñado de socialistas revolucionarios. Insisto en el hecho que o bien la generación de rebeldes del presente asume la tarea o estaremos condenados a la marginalidad que le es propia a los grupos de propaganda o a la soledad que es inmanente a los arqueólogos de la idea socialista.

 

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Los marxistas en su laberinto del siglo XXI

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Martes, 04 Diciembre 2018 06:03

Karl Marx, técnico de la diferencia

Karl Marx, técnico de la diferencia

Identificar un sujeto antagónico del actual tecno-capitalismo requiere ir más allá de la simple ideología de clase, y profundizar en el modo de funcionamiento de las fuerzas productivas materiales que la economía transustancia en el mero cálculo de valores de cambio.

Lejos de haber quedado obsoleta, la obra de Marx nos sigue ofreciendo claves útiles para comprender las fuerzas hegemónicas que actúan en nuestro mundo y desarticular los principales discursos idealistas que las encubren y tergiversan. En nuestra sociedad, uno de esos discursos es el economicismo entendido como aquella teoría que establece la primacía de las relaciones de producción concebidas según el valor de cambio sobre las fuerzas productivas materiales. Para poder escapar a la mistificación economicista debemos distinguir netamente entre la tecnología como palanca de la fuerza de trabajo material, y la economía como aparato de captura contable –esto es, formalista e idealista- del plusvalor producido por dicha fuerza. Esto nos permitirá redefinir en próximas entradas del blog algunos de los rasgos que deberían estar presentes en un sujeto político efectivamente antagónico respecto al tecnocapitalismo que nos invade.


RELACIONES Y FUERZAS PRODUCTIVAS


En el Prólogo a su obra de 1859, Contribución a la Crítica de la Economía Política, Marx establece una distinción fundamental entre “relaciones de producción” y “fuerzas productivas materiales”. Concretamente, afirma que “en la producción social de su existencia, los hombres establecen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio jurídico y político, y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social”. Uno de los errores cometidos por el marxismo economicista de la Segunda y la Tercera Internacional radicó en no prestar suficiente atención a la distinción establecida por Marx, unificando en un único ámbito las fuerzas productivas materiales (Fuerza de trabajo + estado de la Técnica) y las relaciones de producción (Sistema económico + organización social del trabajo) en tanto que estructura que (sobre)determinaría la ideología jurídico-política.


El punto clave de la tergiversación economicista radica en el lugar en el que se ubique la tecnología. En los tres volúmenes de El Capital, Marx ubica la tecnología como parte del capital constante, mientras que la fuerza de trabajo aportada por el trabajador es la única ubicada dentro del capital variable. Esta distinción llevó a la idea de que existía una oposición neta entre tecnología y fuerza de trabajo. Debido a la disciplina corporal que conllevaba, la primera fue considerada una herramienta de opresión del capital, mientras que la segunda fue identificada como la única susceptible de producir plusvalor. Esta última consideración fue reforzada por la descontextualización de algunas frases de Marx en las que se afirmaba que “la maquinaria, como todo lo que forma parte del capital constante, no crea valor” sino que simplemente “se limita a transferir el valor que ella encierra al producto que contribuye a fabricar”.


Lo importante aquí es leer esta afirmación en clave únicamente económica –como valor de cambio-, y no ontológica (como valor de uso). Desde un punto de vista económico la máquina no aporta más valor de cambio al producto producido que el calculado en el desgaste que experimentan los materiales con los que está construida cada vez que produce un determinado producto. En este sentido, el valor de cambio aportado por la maquinaria coincide con la mera amortización del valor de cambio pagado por su propietario en el momento en que la compró.


Si Marx diferencia entre capital constante -es decir, valor de cambio constante- y capital variable -esto es, valor de cambio variable- ello se debe a que como el propio término indica, dichas formas de capital implican diferentes tiempos de maniobra y cómputo contable por parte del capitalista. La distinción es utilizada por Marx porque todo su inmenso análisis del Capital ha sido concebido desde un punto de vista dinámico estrechamente ligado con el concepto de “ciclo”. Más concretamente, con el número de ciclos productivos posibles por unidad de tiempo (normalmente, un año). La diferencia entre maquinaria como capital constante y fuerza de trabajo como capital variable es pertinente únicamente de cara a realizar una Crítica de la Economía Política burguesa. En modo alguno para hacer una Filosofía de la Técnica o una propuesta de Política comunista.


PLUSVALOR Y DIFERENCIA(L)


Desde el punto de vista ontológico del valor de uso, Marx concibe la creación de valor como la capacidad de “convertir en trabajo la fuerza de trabajo”, entendiendo esta última en términos de “energías”, “capacidades” o “potencialidades” tanto físicas como mentales, es decir, tanto mecánicas como creativas y comunicativas. A este respecto, la mejor manera de ver el impacto de la tecnología sobre la producción de valor es a través de los conceptos marxistas de plusvalía absoluta y plusvalía relativa. Según Marx, “la producción de plusvalía absoluta se consigue prolongando la jornada de trabajo más allá del punto en que el obrero se limita a producir un equivalente del valor de su fuerza de trabajo”. En cambio, la producción de plusvalía relativa es aquella en la que manteniendo constante la fuerza de trabajo aportada por el obrero –en términos temporales, permaneciendo constante la jornada de trabajo- “se consigue producir en menos tiempo el equivalente del salario”, ampliando así la parte de la jornada destinada a la producción de plusvalor. Esto último es posible únicamente por dos medios: Mejorando la tecnología, o mejorando la cooperación social del trabajo. “La producción de plusvalía relativa revoluciona desde los cimientos hasta el remate los procesos técnicos del trabajo y las agrupaciones sociales”. Tecnología y co-operación son las dos grandes palancas con las que incrementar exponencialmente la productividad de la fuerza de trabajo de los individuos, y precisamente por ello, las únicas capaces de crear aquello que Marx utilizó para medir tanto la creación de plusvalor como el grado de explotación del trabajador: Tiempo.


Lo importante de cara a una posterior identificación del sujeto político antagónico de las sociedades tecnocapitalistas es no perder de vista la primacía, completamente materialista, del valor de uso sobre el valor de cambio: De la técnica y la co-operación social frente a una economía concebida como simple formalismo idealista a partir del cual contabilizar el plusvalor producido. A este respecto, un marxista materialista no es aquel que afirma que la economía sobredetermina la producción, sino precisamente todo lo contrario. En “Karl Marx, cazador de fantasmas” mostramos cómo la creencia supuestamente sociosimbólica en el valor del dinero únicamente se produce cuando es posible cambiarlo por algo que tiene un valor de uso. Ahora intentamos mostrar cuáles son las principales fuerzas materiales que determinan la capacidad de producción de valores de uso en un momento dado: La fuerza de trabajo, la tecnología y la cooperación social. Pero no el dinero.


En nuestra sociedad, el inmenso desarrollo acaecido en la automatización del trabajo mecánico debido a la aplicación de la electrónica digital y las telecomunicaciones está promoviendo que el tiempo de trabajo dedicado por el obrero para producir el valor de uso con el que reponer su propia fuerza de trabajo tienda a cero. Ello ha conllevado un movimiento masivo de la fuerza de trabajo humana desde sectores en los que su aplicación era utilizada prioritariamente para la transformación directa de la materia hacia aquellos en los que comienza a ser ante todo inmaterial, esto es, técnico-creativa. Dentro de este último ámbito, tanto el valor de cambio ¡¡como el valor de uso!! socialmente relevantes ya no es el producido por una única persona mediante el empleo de la fuerza mecánica de su cuerpo. El trabajo realizado por un hombre con una pala, por muy digno que pueda ser considerado, es socialmente irrelevante comparado con el realizado por un equipo de ingenieros con explosivos y retroexcavadoras. En sociedades de I+D+i con altos índices de automatización que permitan realizar trabajos mecánicos sin consumir la energía ni el tiempo de un obrero, la fuerza de trabajo humana susceptible de producir un valor socialmente relevante es únicamente aquella capaz de provocar una diferencia (una innovación), por aparentemente pequeña que sea, en alguna de las dos grandes palancas del plusvalor: la técnica o la cooperación creativa.


Para ilustrar lo que queremos decir con el término diferencia usaremos una triple analogía hidráulica, eléctrica y termodinámica. En el primer caso, la corriente (energía como “fuerza de trabajo”) únicamente fluye cuando hay una diferencia de presión. En el segundo, cuando la hay de potencial. Y en el tercero, cuando la hay de temperatura. Si no hubiera diferencial, todo estaría “en equilibrio”, no existirían procesos irreversibles y ningún agenciamiento se produciría. En terminología marxista, un mundo en equilibrio ontológico sería un mundo sin producción de plusvalor. El plusvalor es la diferencia que mueve el mundo, y establecer agenciamientos es producir diferencias.


Por supuesto, existen agenciamientos puramente técnicos como los realizados durante las tres primeras revoluciones industriales, y agenciamientos puramente sociales como el modelo-fábrica tan alabado por Lenin y/o la multitud propia del proletariado inmaterial descrita por Negri, pero también agenciamientos técnico-sociales como los que Deleuze denominó agenciamientos “hombre-máquina”, posibles únicamente a partir del desarrollo de las “tecnologías del silicio”. En la actualidad, es sobre estos últimos sobre los que pende la posibilidad de generar una diferencia política efectiva mediante la conformación de un sujeto revolucionario capaz de utilizar a su favor las fuerzas productivas materiales que sobredeterminan nuestras sociedades.

Por Enrique Cano  / Jorge León Casero
Profesores de Ingeniería Mecánica y de Filosofía. Universidad de Zaragoza.

publicado
2018-12-04 10:00:00

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“No se trata de sobrevivir en el sistema capitalista, sino de minar sus bases”

Amigo personal de Lula, el veterano fraile dominico brasileño y teólogo de la liberación es sin embargo crítico con algunas de las políticas aplicadas por los gobiernos del PT, de los que se distanció hace más de una década.


—¿Cómo explica el triunfo de Jair Bolsonaro?


—El PT realizó las conquistas más importantes de la historia reciente de Brasil, sobre todo en el área social, pero el último mandato de Dilma Rousseff no fue muy positivo, más bien lo contrario. Llevó a cabo políticas de corte neoliberal, aliándose con sectores de derecha, que alejaron al PT de lo que habían sido sus principios históricos. A eso hay que sumarle la desestabilización política conducida desde dentro del propio gobierno, por el vicepresidente Michel Temer, y desde fuera. Eso fue creando las condiciones para lo que siguió después.


Al mismo tiempo, el PT, en sus 13 años de gobierno, dejó en el tintero muchos temas. Uno de ellos fue la alfabetización política del pueblo, otro la democratización de los medios de comunicación. Y tuvo la “mala suerte” de que varios de sus líderes estuvieran envueltos en redes de corrupción.


—¿Mala suerte? ¿Esos casos de corrupción no fueron consecuencia de aceptar unas reglas del juego que se suponía se iban a combatir?


—Fue un error pensar que para asegurar la gobernabilidad había que hacer alianzas con determinados partidos. Pienso que lo más importante para asegurar esa gobernabilidad era favorecer la movilización de los movimientos sociales, que fueron la base histórica del PT, surgido precisamente como un “partido de los trabajadores”, de los más pobres.


Otro factor que jugó mucho en la llegada al poder de Bolsonaro fue la manipulación de los medios de comunicación. En eso hubo una incidencia de gente como el estadounidense Steve Bannon, que ya había tenido éxito en la promoción de Donald Trump y en la fabricación de “noticias falsas”. Bannon asesoró a Jair Bolsonaro y lo está haciendo en decenas de países (se habla de unos 50), con dirigentes de extrema derecha. Es gente que contribuye a una degradación extrema de la democracia.


El encarcelamiento de Lula contribuyó en mucho también, sin duda, a la victoria de Bolsonaro. Ahora ha quedado clarísimo que se trató de una conspiración en su contra: quien lo acusó, sin pruebas serias, consistentes, fue el juez Sergio Moro, a quien Bolsonaro designó como su futuro ministro de Justicia. Lula molestaba, y era muy probable que pudiera ganar fácilmente las elecciones. Ahora, con este panorama, no sé si no va a terminar sus días en la cárcel.


—¿Usted piensa que las denuncias de corrupción que pesan sobre una cantidad de dirigentes de gobiernos progresistas latinoamericanos obedecen a una campaña global orquestada?


—Es muy posible, pero eso no excluye que haya habido hechos de corrupción concretos, probados. En el caso de Brasil, ha habido incluso muchas confesiones. Antonio Palocci, ex ministro de Hacienda de Lula, admitió haber sido corrompido y haber sido corruptor. Y así otros dirigentes del PT.


Hay que tener en cuenta que este tema de la corrupción es muy sensible sobre todo para la gente pobre, que admite cada vez menos que las elites roben, se enriquezcan, cuando ellos la pasan mal, siguen pasando mal. Hay una exigencia ética muy fuerte en ese sentido, sobre la cual por supuesto se monta la derecha intentando explotarla sin legitimidad.
El PT, en este como en otros temas, no ha hecho autocrítica alguna al respecto.


—¿Cómo son actualmente sus relaciones con el PT?


—Nunca fui militante de ningún partido. Tenía y tengo relaciones personales con algunos de sus dirigentes, especialmente con Lula, con quien mantengo vínculos fraternales. Lo he ido a ver a la cárcel, y pienso ir a verlo, si me autorizan, antes de Navidad. Eso no implica que no pueda criticarlo, y mucho, siempre dentro de la izquierda.


—Usted ha sido muy duro con los gobiernos del PT, por ejemplo en su libro La mosca azul, de 2006.


—Y también en Calendario del poder (publicado en 2007), que no está traducido, y que es una suerte de diario de trabajo de cuando estaba en el gobierno y me decepcioné de sus políticas. Yo había sido parte del programa Hambre Cero, concebido como un plan monitoreado por los movimientos sociales a través de comités de gestores. Pero el propio gobierno lo remplazó con Bolsa Familia. Hambre Cero era un programa emancipatorio, Bolsa Familia fue un programa compensatorio. No es que dar dinero, subvenciones, a los más pobres, esté mal en sí mismo, pero no se les permitió a las familias marchar hacia su emancipación financiera y sustentable.


—Es una concepción con la que se manejaron casi todos, si no todos, los gobiernos progresistas de la región.


—Exactamente. No dieron a la gente condiciones para que saliera durablemente de la miseria, a través del acceso a la vivienda, a la tierra, al trabajo.


En Brasil se priorizó el acceso a los bienes personales. Vas a una favela y adentro hay smartphones, tevé plana y a color, heladera, computadora, pero la casilla en la que viven es la misma casilla miserable de antes. La gente no tiene vivienda digna, no tiene saneamiento, no tiene trabajo, los niños no van a la escuela. Se debería haber priorizado el acceso a los bienes sociales y crear una sociedad diferente, basada en una cultura en la que los bienes sociales fueran los más importantes. Eso no se hizo. Tampoco se puso énfasis en un tipo distinto de educación. Ahora Bolsonaro propone volver a una educación aun más retrógrada, en la que a los niños se les enseñe que la teoría de la evolución es falsa, y lo va a poder hacer, porque no se trabajó para consolidar una base impermeable a ese tipo de barbaridades.


Lo que quiero decir es que no se trata de apuntar, como se hizo bajo los gobiernos del PT, a sobrevivir en la sociedad capitalista, sino a minar las bases de la sociedad capitalista, a darle nuevo sentido a la vida, fomentar un sentido de comunidad. La gente que entraba a los partidos comunistas en los años veinte, treinta, cuarenta, en sociedades capitalistas, sentía que vivía un mundo solidario, fraterno. Con las diferencias claras del caso, hay que volver a ese espíritu.


—Los partidos progresistas afirman que una cosa es la “cultura de oposición” y otra la “cultura de gobierno”, y que una vez que llegan al poder se encuentran con problemas que no preveían. En Brasil, el PT dice que tuvo que operar en un sistema político atomizado y corrupto, y con ese argumento justifica las alianzas que hizo o el mensalão…


—Son excusas. Se podría perfectamente haber hecho de todas maneras cosas que no se hicieron: implementar la alfabetización política de la gente; lo que hablaba antes, de los programas emancipatorios y no asistencialistas; apoyar a los medios de comunicación alternativos, en vez de a los medios grandes; tomar medidas redistributivas más fuertes, y muchas otras cosas que se optó por no hacer a pesar de que se contaba con el apoyo de los movimientos sociales.

Daniel Gatti
30 noviembre, 2018

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