Viernes, 06 Junio 2014 06:05

Marx, Piketty y los ladrones de títulos

Marx, Piketty y los ladrones de títulos

Cuando murió Gabriel García Márquez, Juan Sasturain anotó que el autor de Cien años de soledad no sólo fue un notable fabulador, sino también un extraordinario titulero. Quiero decir y me animo: sus libros no serían tan buenos con otros títulos (Página/12, 18/4/14).


Acordándome de esto y acabando de leer el muy sonado Capital in the twenty-first century (2014, 671 pp.), de Thomas Piketty –el nuevo "economista superstar"–, quiero decir y me animo: su libro no tendría tan buena recepción con otro título. Sin la obvia (¿burda?) alusión a El capital de Marx que, dicho sea de paso, no sólo fue un gran economista (y sociólogo), sino también un gran titulero (y hacía buena literatura). ¡Y vaya! Un libro que de Marx –aparte del título– no tiene nada, y que además desde el punto de vista marxista resulta problemático.


Difícil decidir por dónde empezar y dónde acabar. Veamos por ejemplo la definición del capital: mientras para Marx éste era –sobre todo– una específica relación social, para Piketty –como para otros economistas neoclásicos– es sólo un conjunto de bienes, sinónimo de riqueza (pp. 47-48). O fragmentos donde señala –supuestas– limitaciones de Marx (pp. 7-11) o rechaza la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (pp. 227-230), que despiertan serias dudas sobre si el autor haya leído El capital o algo más de Marx.
He aquí una respuesta ( New Republic, 5/5/14):


"(Entrevistador): –¿Podría decirnos algo sobre el impacto de Marx en su pensamiento y como empezó a leerlo?


"(Piketty): –En realidad nunca lo he leído... (¡super-sic!). (Sólo) el Manifiesto comunista, una pieza breve, fuerte. Das Kapital creo que es muy difícil de leer (¡sic!) y no fue mi influencia (¡sic!)


"–Porque por el título de su libro, parecía que le rendía tributo.


"–No, no, ¡para nada! La gran diferencia es que mi libro es sobre la historia del capital (¡sic!), y en el libro de Marx no hay datos (¡supersic!)."
Sólo alguien que ni ha visto El capital pudo decir algo así... y como al final dijo que leyó el Manifiesto, también decidió robar este título, publicando su Manifiesto por Europa ( The Guardian, 2/5/14).


Con esto bastaría, pero igual el marxista inglés Michael Roberts se tomó la molestia de desnudar más a Piketty (véanse varias entradas en su blog: The Next Recession). Sólo una de las conclusiones (más generoso, imposible): "Si se limitara a presentar sus datos sobre la desigualdad (¡él sí tiene datos!: MW), sería una contribución. Pero quiso más: corregir el marxismo (¡sic!) y remplazarlo con sus 'leyes fundamentales' (¡sic!), según las cuales se puede arreglar al capitalismo reduciendo las desigualdades".


David Harvey, el experto en El capital, señaló por su parte que aunque los datos de Piketty son valiosos, las razones de la desigualdad que da tienen fallas, que capital no es riqueza y que le haría bien leer a Marx, cosa que no hizo ( davidharvey.org).


Michel Husson, el marxista francés, remarcó que su enfoque neoclásico simplemente distorsiona las verdaderas leyes del movimiento en el capitalismo ( Contretemps, 10/2/14).


Incluso queriendo reconocerle algo como el cuestionamiento a los dogmas neoliberales (desigualdades y meritocracia son buenos), o un buen estilo y referencias literarias (Austen, Balzac, Dickens, etcétera), uno acaba como Alan Nasser en su bastante matizada reseña ( Counterpunch, 2-4/5/14), señalando más fallas: ausencia del lado del trabajo e ingenuidad política.


Todos los autores –incluido Marx, que con su Miseria de la filosofía parafraseaba a Proudhon para atacarlo– tomamos prestados o robamos títulos ajenos; para jugar con palabras, evocar, criticar o para llevar mejor el argumento propio. Este columnista atracó últimamente dos veces a Foucault ( La Jornada, 9 y 23/5/14); ahora asaltó a De Sica ( Ladrones de bicicletas, 1948). No hay nada malo en esto. Pero en el caso de Piketty, no sólo resulta un poco patético, sino engañoso. Así se puede escuchar que Piketty actualiza a Marx para el siglo XXI (¡sic!) o que gracias a él, Marx está otra vez en boga (¡sic!). Así, la crítica de las desigualdades se confunde con el anticapitalismo, o parece que las desigualdades son la principal contradicción del capitalismo (y no son nada esencial de este sistema de producción, más bien propio de todas las sociedades clasistas).


Si bien entre los marxistas hay fuerte debate sobre cuál es la principal contradicción (Harvey contribuye a él con su nuevo libro: Seventeen contradictions and the end of capitalism, 2014, 336 pp.), las desigualdades ni están en la lista. O lleva a otras confusiones, incluso en nombre de buenas causas: activistas que defienden el legado de Marx (y Engels) de la privatización y desaparición de Internet (Lawrence & Wishart versus Marxists Internet Archive) ponen como ejemplo de su actualidad el –supuesto– "diálogo que Piketty lleva con él en su bestseller" –¡sic!– ( The Guardian, 5/5/14).


Para que no quede duda: la crítica de aquí no es la misma que le hace a Piketty la derecha (o Financial Times) tildándolo de marxista (¡sic!) y su análisis de radical; el problema es que no es suficientemente radical. Piketty pretende –este es el objetivo de su libro– salvar el capitalismo de sí mismo y –promoviendo nuevos impuestos– hacerlo funcionar para todos (que es –bien apunta Roberts– una contradictio in terminis). Según él, necesitamos el capitalismo, pero un poco más justo, más lejos de Marx, que abogaba por otro sistema, sin clases, imposible. En algún momento Piketty muestra reparos por el título, pero –paradójicamente– por su segunda parte ("... in the twenty-first century"): Tal vez era presumido ponerlo así en la víspera del siglo (p. 35). Curioso, ya que la más problemática resulta la primera (" Capital...").

James K. Galbraith, después de criticar duramente a Piketty, concluye así su reseña: (...) a pesar de las grandes ambiciones su libro no es un trabajo completo con teoría sofisticada, como su título, extensión y recepción sugieren ( Dissent, primavera 2014).


Por el bien del debate dejemos abierta la cuestión de si Capital in the twenty-first century es una obra maestra (como se asegura), o si Thomas Piketty es un genio económico (como se dice). Lo seguro es que es un pésimo titulero.


*Periodista polaco
Twitter: @periodistapl

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Miércoles, 14 Mayo 2014 08:03

¿Qué es el capitalismo verde?

¿Qué es el capitalismo verde?

Durante las últimas dos décadas se popularizó la noción de economía verde y se generó una nueva retórica sobre la solución a los problemas ambientales que hoy enfrentamos. Esta idea de economía verde también ha sido presentada como la solución a los problemas de estancamiento económico y de desempleo. Por eso la economía verde ha sido promovida por gobiernos, organismos internacionales y grandes grupos corporativos.
Pero, vamos al grano. La economía verde es sinónimo de capitalismo verde. Y entonces la pregunta es la siguiente: ¿Bajo qué condiciones es posible concebir una plataforma duradera de acumulación de capital que sea compatible con el mejoramiento del ambiente y con la buena salud de la biósfera a largo plazo?


El capitalismo verde estaría soportado por dos pilares. El primero consistiría en una serie de mercancías y procesos de producción que serían menos dañinos para el medio ambiente. El reciclaje y la mayor eficiencia tecnológica serían principios rectores en todo proceso productivo. El segundo sería el del mercado como herramienta para reparar los problemas ambientales existentes, desde la concentración de gases invernadero en la atmósfera, hasta los daños a los ecosistemas. La solución de mercado estaría asociada a la privatización y mercantilización de todos los componentes de la naturaleza. En el capitalismo verde, la naturaleza es un conjunto de objetos físicos que puede ser apropiado y valorizado como cualquier insumo del proceso de producción capitalista. La noción de capital natural sería un componente de esta visión en la que el crecimiento sería compatible con la conservación. Lo anterior quiere decir que la economía capitalista estaría en condiciones de generar e introducir en la producción y en el consumo tecnologías que permitirían, entre otras cosas, reducir el componente energético en la ecuación de costos totales.


En una economía capitalista la transición a una nueva plataforma de acumulación de capital entraña un proceso de transformación tecnológica de gran amplitud. Esto tiene que apoyarse en un flujo de inversiones que permita la introducción masiva de innovaciones que respondan a los criterios anteriores.


En el pasado el capitalismo demostró tener una gran capacidad para el cambio tecnológico. Por eso la ideología neoliberal sostiene que para cualquier escenario ambiental el capital siempre es capaz de encontrar tecnologías que permitan reducir el costo de producción. Pero en las condiciones actuales, con una economía global dominada por el capital financiero, y en medio de una lucha internacional por ver quien ocupa el papel de potencia hegemónica (y reorganiza la economía mundial alrededor de sus intereses) es posible que el capital no tenga esa capacidad transformadora.


Es importante aclarar que los intereses del capital financiero no favorecen el cambio estructural que tendría que darse en la esfera industrial. Además, la política macroeconómica en todo el mundo está orientada a cuidar los intereses del capital financiero, como lo demuestra la obsesión por la 'estabilidad de precios'. El resultado no facilita el cambio estructural en la economía real.


Los capitalistas necesitan tener expectativas de que sus inversiones con nuevas tecnologías (verdes) podrán ser recuperadas y estarán asociadas a ganancias adecuadas sobre un horizonte temporal satisfactorio. Y esta alusión a la tasa de ganancia conlleva una referencia a la relación salarial: aquí entramos en una discusión que los proponentes de la economía verde rehuyen sistemáticamente. Se permite hablar de capital pero todavía no se puede pronunciar la palabra salarios.


Mantener estable la tasa de rentabilidad implica, en la coyuntura actual, reprimir el crecimiento de los salarios. Pero la represión salarial conlleva problemas agudos de realización de mercancías a menos que se recurra al crédito. Eso es lo que permitió sostener la norma de consumo durante las últimas cuatro décadas en las principales economías capitalistas, pero el proceso desembocó en la crisis de 2008. Es difícil salir de este dilema porque las instituciones y normas sociales que condujeron al estancamiento salarial son rígidas y no podrán modificarse fácilmente.


Un problema adicional es el de la sobre-inversión en casi todas las ramas importantes de la industria a nivel mundial. Desde las industrias cercanas a la base de recursos naturales (siderúrgica, cemento, aluminio, vidrio, etc.) hasta las industrias relacionadas con bienes de consumo final (automotriz, naval, electrónica, etc.), la capacidad productiva instalada rebasa con mucho la demanda global. Esto hará más difícil la transformación porque las ramas núcleo resistirán el cambio hasta que la amortización les asegure una rentabilidad adecuada.


Si el capitalismo verde es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? El capital verde no es la solución a los graves problemas ambientales y mucho menos a la creciente desigualdad. Es una justificación ideológica a la necesidad de asegurar la continuidad de una relación social de explotación clasista.


Twitter: @anadaloficial

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Domingo, 11 Mayo 2014 05:48

El peligroso camino chino de Cuba

El peligroso camino chino de Cuba

La Revolución Cubana, desde El Moncada hasta la entrada en La Habana y la instauración del gobierno de los barbudos, fue una revolución de jóvenes por la democracia social, por acabar con el tiempo muerto y asegurar pan y trabajo a todos. Se apoyó en la movilización y la participación en la lucha política sindical y armada de la parte mejor y más pobre del país. Éste estaba politizado por la experiencia previa del radicalismo antimperialista de Guiteras y se caracterizaba por la lucha ideológica entre las diferentes tendencias (nacionalista, socialcristiana, comunista estalinista, comunista trotskista, anarquista) que influían en el movimiento estudiantil y obrero. Esa revolución quería poner fin a la ocupación del Estado por la pandilla batistiana y al control de la economía por las empresas estadunidenses y sus socios cubanos. No dependía de nadie, ni de los intentos estadunidenses de controlarla para prescindir de Batista, ni de la entonces Unión Soviética, que no la ayudó en sus comienzos y que repudió, al igual que los partidos comunistas, su radicalismo. Su victoria condujo un gobierno pluralista del Movimiento 26 de Julio (M26), de un grupo de militares antibatistianos de baja graduación, de los socialcristianos del Directorio estudiantil y de un grupo de comunistas que habían desacatado la política de su partido de rechazo de la lucha armada antibatistiana. Esos grupos integraron después las Organizaciones Revolucionarias Integradas, que dieron origen posteriormente a un nuevo Partido Comunista iconoclasta, innovador, lleno de audacia, inicialmente muy abierto a la discusión de las diferencias entre revolucionarios, capaz de atraer a los intelectuales progresistas de la isla y del mundo por su valiente posición internacionalista y sus principios de justicia social, partido que estaba enfrentado con los demás partidos comunistas dirigidos por Moscú y con Moscú mismo.


Hoy, más de medio siglo después, el partido y el Estado forman una sola cosa, los ex jóvenes han envejecido en el gobierno y no hay ya margen para la audacia y la innovación. El partido único burocratizado casi ha perdido el apoyo militante de los jóvenes y no despierta las esperanzas de los trabajadores de mejorar constantemente su nivel de vida y de tener trabajo digno y bien pagado. Además, no depende del pueblo cubano sino de lo que pueda suceder en el campo internacional, pues Cuba importa la mayor parte de los alimentos que consume, toda su tecnología y el combustible y vive, sobre todo, del turismo de las clases medias consumistas del extranjero, de la exportación de profesionales que forma a duro costo y de la ayuda primero de la Unión Soviética y ahora de Venezuela, o sea, de factores incontrolables e inseguros.


En la gran mayoría de la juventud ha triunfado la ideología consumista del capitalismo y en un sector importante de la intelectualidad impera el desencanto cínico y el conservadurismo que reflejan las novelas de Leonardo Padura, así como el temor a una represión burocrática que podría quitarle sus pocas prebendas o sus trabajos oficiales a quien levante una voz crítica. El gobierno sigue gozando de un consenso mayoritario. Pero éste es pasivo y se basa no en la lucha por el socialismo sino en el nacionalismo antimperialista cubano, que no acepta ni tolerará la imposición de una nueva dominación estadunidense, que llevaría a Cuba al nivel de Puerto Rico.


El pueblo cubano está viviendo hace años una gran transformación: quienes tienen dólares por su trabajo, por comportamientos ilegales o por tener parientes emigrados, viven mejor que los que viven de sus salarios en pesos. Aparecen así sectores privilegiados, aunque sea con el pobre privilegio de comer mejor o dos veces por día o de informarse. Profesiones nobles y absolutamente necesarias como el magisterio, la medicina o la tornería no atraen ya a los jóvenes, pues se gana más en el turismo y sus derivados (legales o ilegales). La emigración aparece cada vez más entre ellos como una perspectiva.


Para peor, todos saben que en la guerra del imperialismo y sus aliados locales, más una gran parte de las clases medias de Venezuela, contra el llamado proceso bolivariano, se juega también la suerte de Cuba y de los países de la Alba, que dependen del petróleo y del mercado que les ofrece Caracas. Además, el hecho de que la única vida política pluralista, para los intelectuales, deba hacerse alrededor de los medios y publicaciones de la Iglesia católica, que es enemiga del socialismo y del gobierno cubano, no sólo fomenta las posiciones conservadoras, socialcristianas o socialdemocráticas de todo tipo, sino que también aísla del pueblo a los intelectuales que siguen siendo revolucionarios, los cuales para escribir libremente muchas veces deben emigrar.


La construcción en Mariel de un puerto franco para la localización de industrias y la creación de un enorme puerto para contenedores, podría crear un nuevo Panamá. Como el mercado cubano es muy chico, dispone de pocos jóvenes y la productividad es baja, el gobierno parece haber optado por la integración de la isla en el mercado y el comercio internacionales del capitalismo estadunidense. Desgraciadamente, la nueva ley de inversiones podría dar un fuerte impulso a las desigualdades sociales y al capitalismo en la isla y da margen también para el reingreso a Cuba mediante testaferros de los capitales –cubanos o no– que emigraron en los años 60. El gobierno se guía por las necesidades económicas estatales y subordina a ellas al Partido Comunista burocratizado y a los trabajadores cubanos, a los que jamás consulta y sólo llama para aprobar las decisiones tomadas previamente por unas 10 personas. Sin la plena discusión por los trabajadores de las decisiones políticas y económicas, Cuba, como China, podría ir por el camino de la reconstrucción acelerada de una clase burguesa a partir de la burocracia unida al capital extranjero. Sobre esto volveremos.

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Cuba flexibiliza regulaciones a las grandes empresas estatales

El gobierno del presidente de Cuba, Raúl Castro, flexibilizó este lunes las regulaciones que rigen a las grandes empresas estatales, extendiendo a la minería, el turismo y las telecomunicaciones las reformas de mercado aplicadas hasta ahora en el sector minorista y la agricultura.
La fase más compleja de las reformas económicas incluirá cientos de compañías del Estado, desde Cubaníquel hasta Cubapetróleo, pasando por bancos y firmas de comercio mayorista.


La iniciativa llega en momentos en que el gobierno intenta modernizar la economía estilo soviético de Cuba para evitar la bancarrota de las grandes empresas e impulsar el crecimiento, que ha rondado 2 por ciento anual desde que comenzaron las reformas.


Tras los últimos cambios, más de 5 mil empresas pasarán a operar con más independencia del gobierno, podrán quedarse con 50 por ciento de las utilidades luego de pagar impuestos, lo que representa 20 por ciento de lo que rige ahora, y también diseñar sus propias políticas salariales, y no tendrán que devolver las reservas no utilizadas, según el nuevo reglamento publicado en la Gaceta Oficial.


Además, podrán vender sus excedentes de producción después de cumplir los contratos con el Estado, tendrán más flexibilidad para tomar decisiones sobre la producción y comercialización, y serán evaluadas con base en siete criterios en lugar de decenas como hasta ahora.
Muchos de estos cambios son aplicados en proyectos piloto pero serán generalizados en la última de una serie de reformas de mercado implementadas por el presidente Raúl Castro después de remplazar a su hermano Fidel, en 2008.

Ahora estamos metiéndonos en las cosas más importantes, dijo un economista local especializado en la reforma empresarial, que pidió no ser identificado.


El experto se refería no sólo al anuncio de este lunes, sino también a la reciente aprobación de una ley de inversión extranjera que ofrece agresivos recortes de impuestos para los empresarios que coloquen dinero en la isla.


En 2010 Cuba empezó a despedir a cientos de miles de empleados públicos y a desregular pequeños negocios minoristas, al tiempo que autorizó la creación de un sector no estatal de más de 450 mil pequeños negocios y entregó tierras en concesión a 180 mil granjeros.


Son medidas económicas racionales que separan las empresas de los ministerios, dando más autonomía a los administradores, institucionalizando los incentivos y dando participación a los trabajadores en las ganancias, dijo el analista Phil Peters, director del Cuba Research Center en Estados Unidos.


El proceso será gradual, dando cada vez más responsabilidad a los gerentes de las empresas, explicó a Granma Grisel Tristá Arbesú, funcionaria a cargo de las reformas en el área empresarial.


Las empresas no tendrán libertad para exportar o importar, ni formar empresas mixtas con inversores privados sin el permiso del gobierno.
Por otra parte, María Gabriela Chávez, hija del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, visitó al líder cubano, Fidel Castro, en su hogar en esta capital. En mi regreso a la isla del gigante, tuve el honor de compartir durante tres horas con mi querido Fidel, comandante de todos los tiempos. Juntos revivimos la experiencias y momentos que con mi amado padre compartimos, escribió la hija de Chávez en la red social Instagram, en un mensaje acompañado de una foto y reproducido por el portal Cubadebate.


La anterior foto de Castro fue publicada el 27 de marzo, cuando lo visitó el primer ministro de Vietnam, Nguyen Tan Dung.


En Estados Unidos, un nuevo grupo activista, que busca que el gobierno cambie su política hacia Cuba, lanzó una campaña de publicidad con carteles en el metro de Washington DC con la imagen del presidente Barack Obama al que le piden dejar de esperar.


La publicidad del grupo #CubaNow está diseñada para destacar los cambios económicos en Cuba. El grupo cree que el bloqueo impuesto contra la isla hace 52 años no ha funcionado.

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Calidad de la educación en la perspectiva anticapitalista

Con el desmantelamiento de la URSS por parte de la burocracia soviética, el capitalismo globalizado lanzó una ofensiva en todos los campos para desmantelar las conquistas económicas, políticas y sociales impulsadas con la revolución Bolchevique y concertadas en el llamado Estado de Bienestar Keynesiano de la post guerra. La desregulación de los controles a los capitales y la flexibilización laboral son expresiones de ello. En este marco se desarrolla la burbuja inmobiliaria (1989/2006), la cual colapsa en 2006, provocando la crisis de las hipotecas subprime (2007). Ello generó una profunda y amplia crisis financiera (2008/2014) en casi todas las economías. Una primera ola recorrió y se instaló en la otrora poderosa Europa, para luego generar sucesivos oleajes que comienzan a impactar a América Latina y el Caribe. La crisis financiera del capitalismo globalizado renueva su vocación liquidacionista de las conquistas alcanzadas por los trabajadores y los sectores medios, con luchas y movilizaciones por décadas, en toda la geografía del planeta. Una clara expresión de esta dinámica lo constituyen los sucesivos, continuos y cada vez más sistemáticos ataques a la educación pública. Estas operaciones se esconden detrás de llamados a mejorar la calidad de la educación.


Los ciudadanos de nuestros países no sólo quieren una educación pública, gratuita y para todos, sino que ésta sea de calidad. Para quienes vivimos del trabajo, ello tiene un claro significado. La calidad de la educación es para que el sistema escolar garantice procesos de enseñanza-aprendizaje con pertinencia social, capacidad resolutiva de problemas, el pleno desarrollo de la personalidad y –en el caso de Venezuela- para alcanzar los objetivos y finalidades descritos en el marco jurídico consensuado con el proceso constituyente. La calidad de la educación es para garantizar que nuestro sistema educativo enseñe, investigue y aplique los conocimientos de punta para formar generaciones que lideren la independencia económica, tecnológica, científica y del conocimiento en general con conciencia de los valores de la justicia social y la armonía con el ambiente. Esa es la educación de calidad que aspiramos los trabajadores. La orientación y significado de la calidad educativa para el gobierno Bolivariano esta expresado en la CRBV (art. 103/1999) y la LOE (art.4/2009). En esa orientación entendemos y apoyamos la convocatoria del Presidente Maduro a una gran consulta sobre la calidad de la educación. Calidad de la educación para profundizar la revolución en materia educativa y para erradicar cualquier intento de contrarreformas del gran capital con la participación protagónica de toda la población.


Para los ricos la educación es un gasto que desvía importantes recursos y esfuerzos para la producción de mercancías. La población es vista como simples consumidores, los cuales pueden ser educados para ello, por los mass media, resultando desde esa perspectiva innecesario el sistema escolar que concreta la premisa de la educación como derecho humano fundamental. En consecuencia se generan un conjunto de operaciones de contrarreformas que se expresan en los discursos referidos a (a) la obsolescencia continuada de la escuela, (b) la precarización creciente de la formación docente; (c) el ataque a los derechos laborales del magisterio, especialmente los referidos a estabilidad laboral, fondos de jubilaciones y pensiones, así como a las condiciones de trabajo, (d) creciente exigencia a los docentes universitarios para que se conviertan en captadores de fondos para las universidades, (e) tendencia a la generalización y cobro de pagos por estudios a los alumnos; (f) diversificación de la planta física escolar y su dotación con la premisa de ahorrar costes, (g) congelación de salarios de los docentes por periodos superiores a los previstos en las contrataciones colectivas.


Todas están operaciones suelen introducirse con el "caballo de Troya" de la calidad educativa. A partir de la exigencia ciudadana de mejora continua de los sistemas educativos, que les permitan a los estudiantes y egresados un pleno desarrollo personal, laboral y profesional se diseña una estrategia de contrarreformas a escala planetaria. Para la necesaria unificación de criterios de aplicación de estas contrarreformas se demanda de los sistemas de evaluación de calidad, uniformidad en sus procesos, contenidos, criterios y parámetros. Allí surgen PISA (2009 - ) cuyo nombre en español es Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes estandariza los indicadores orientándolos hacia las competencias de los estudiantes (15 años) conforme a los requerimientos del mercado, la innovación tecnológica y las capacidades adaptativas. La formación en historia o artística, vitales en la construcción de cosmovisión del niño y el joven no son valoradas, lo cual ha llevado a administraciones educativas como la española, la chilena (Piñera) o la de la ciudad de Buenos Aires (Macri) a plantearse la eliminación o disminución a su mínima expresión de las materias y contenidos geo históricos y artísticos, por ejemplo.


En la educación universitaria la Estrategia de Lisboa (1998/1999) conocida como Proceso de Bolonia procura desarrollar las contrarreformas en la educación superior en la Unión Europea. Sin embargo países como Estados Unidos no sólo trabajan en esa dirección (PISA/Bolonia) sino que la profundizan. Por ejemplo, en Chicago se cierran un centenar de escuelas ubicadas en sectores populares con el argumento que no son útiles las "escuelas para repitientes", se crean escuelas "chárter" allí y en Nueva Orleans, a la par que se despide a profesores como Carole Vance y Kim Hopper, de la universidad Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia, porque no habían atraído suficientes fondos de subvención". Todo ello, aunado al desarrollo de infraestructuras universitarias que son emulaciones de centros comerciales con comedores estéticamente macdonalizados.


Esta ofensiva de los más poderosos y ricos generó un importante movimiento de masas anticapitalista que luchan para no permitir la implantación del concepto de calidad educativa neoliberal. Desde Tel Aviv, Atenas, Londres, Nueva York, Berlín, Lisboa, Quebec, el mundo árabe/musulmán, Santiago de Chile, Capital Federal de Buenos Aires hasta Ciudad de Panamá, el anticapitalismo educativo se expresa con fuerza. Movimientos estudiantiles como YoSoy132 (México), los pingüinos y los universitarios (Chile), Indignados (Nueva York, Madrid, Italia), Juntos (Brasil), entre otros, salieron a las calles a protestar los recortes presupuestarios a la educación y contra las alzas de las tarifas de los servicios públicos. Pero no fueron los únicos, en el 2010 los estudiantes franceses tomaron las calles contra la reforma al régimen de pensiones, los recortes presupuestarios en educación y las discrimaciones a los inmigrantes. En España, una parte importante del movimiento de indignados del 15M (20111) saltó a la política anticapitalista a través de PODEMOS (2014). Es evidente el protagonismo de los jóvenes en la llamada primavera quebequense (2012), en este caso contra el alza de un 82% de las matrículas universitarias, en Grecia (2009 - ), Portugal (2011), Italia (2011), donde se protesta contra los recortes presupuestarios en educación. En el 2012 los estudiantes mexicanos bajo el lema Yosoy132 tomaron las calles para demandar democratización del sistema político y una mejor educación. De la resistencia se pasa progresivamente a la acción política consciente. Las manifestaciones de Sao Paulo (2013) contra el aumento de las tarifas del transporte, empalma con las luchas de los maestros y profesores a escala planetaria, quienes demandan no sólo mejoras laborales del sector sino contra la privatización de la educación y la mercantilización de la vida cotidiana de los pueblos.


Las contrarreformas educativas no han logrado pasar sin amplias protestas del magisterio en España (2012-2014), en México (2013) dirigidos por la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Enseñanza (CNTE), en Puerto Rico (2013) contra la Ley 160 o más recientemente en Ciudad Capital de Buenos Aires contra los "contenedores" de Macri y por aumentos salariales. Son solo algunos ejemplos de la punta del iceberg que comienza emerger.


El desafío ahora es retomar la ofensiva, como lo hizo el magisterio y los estudiantes en Córdoba y el Mayo francés, para construir una agenda de transformaciones del sistema educativo a la altura de las necesidades y requerimientos de los más humildes, en el marco de un proyecto emancipatorio del siglo XXI. Ello implica romper con clichés, entender que la crisis actual es parte de un largo proceso de intentos de desmantelamiento de la educación pública, que demanda creatividad, compromiso y resolución de las llamadas vanguardias. Pareciera urgente y necesaria la convocatoria a una "conferencia", "encuentro" o "Congreso" Mundial de los jóvenes, estudiantes y el magisterio progresista para estudiar, analizar y debatir las características particulares de esta ofensiva neoliberal contra la educación pública y coordinar esfuerzos de resistencia y ofensiva a escala planetaria por una educación de calidad comprometida con el cambio social. Trabajemos en ello.

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La mayor (y más silenciada) causa del crecimiento de las desigualdades

Las desigualdades en la mayoría de países a los dos lados del Atlántico norte, Norteamérica y la Unión Europea, han crecido enormemente, alcanzando unos niveles nunca vistos desde principios del siglo pasado, cuando tuvo lugar la Gran Depresión. Este crecimiento ha sido particularmente acentuado en los países conocidos como PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España), que se convierten en GIPSI cuando se añade Italia.


¿Por qué este crecimiento tan notable?


Existe ya toda una extensa bibliografía que intenta explicar este hecho. Una síntesis de las distintas razones que se han dado aparece en el discurso que el Premio Nobel de Economía, James Alexander Mirrlees, dio con motivo de su ingreso a la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras, y que se publicó en La Vanguardia el 23 de marzo de 2014. Es un resumen de lo que constituye la sabiduría convencional en el conocimiento económico actual. El problema que conlleva y reproduce este conocimiento hegemónico es que ignora el contexto político, que condiciona y determina el conocimiento económico.


Por ejemplo, una de las explicaciones que se han dado con mayor frecuencia para explicar la disminución de los salarios (una de las mayores causas del crecimiento de las desigualdades) es la globalización económica, con la movilidad de capitales que se desplazan a países de bajos salarios para abaratar sus productos. Pero esta explicación ignora que los países escandinavos como Suecia o Noruega, por ejemplo, están entre los países más globalizados del mundo. Es decir, sumando sus exportaciones e importaciones se alcanzan los porcentajes del PIB de los más altos existentes en el mundo. Debido a su pequeño tamaño, la economía de estos países está enormemente integrada y globalizada. Y, en cambio, sus salarios están entre los más elevados del mundo. Y ello se debe a que el mundo del trabajo y sus instrumentos políticos y sindicales son muy fuertes y han ejercido una fuerte influencia sobre sus Estados.


Estos datos muestran que no es la globalización económica en sí, sino la manera como se realiza tal globalización, la que determina el nivel salarial. En otras palabras, son las variables políticas (lo que se llama el contexto político) las que determinan el fenómeno económico (y no a la inversa). Esta realidad constantemente es olvidada incluso por autores progresistas, como Christian Felber, que en su conocido libro La economía del bien común apenas toca el contexto político, reduciendo su libro a un tratado de ingeniería económica sin considerar las variables políticas que harían posible su realización.


Por qué los indicadores de desigualdad que se utilizan no nos sirven para entender la desigualdad


Esta ignorancia o desconocimiento del contexto político ha llevado al establecimiento de unas ciencias económicas que nos limitan en el entendimiento de las desigualdades. Comencemos por el estudio de los indicadores de desigualdad. El más común para medir las desigualdades de renta es el coeficiente de Gini, que intenta medir el nivel de desigualdades mediante un valor que va de 0 a 1. 0 quiere decir igualdad completa y 1 desigualdad total. En general, el Gini es más bajo en los países escandinavos que en los países PIGS o GIPSI.


Ahora bien, sin negar que este indicador pueda sernos útil, la realidad es que la información que nos proporciona es muy limitada, pues no nos señala por qué este nivel está donde está ni por qué varía. Para poder entender y, por lo tanto, medir mejor las desigualdades, hay que comenzar por entender de dónde proceden las rentas. Y las dos fuentes más importantes son la propiedad del capital, por un lado, y el mundo del trabajo, por otro. Es decir, la desigualdad en la distribución de las rentas depende primordialmente de la distribución de la propiedad del capital y de la distribución de las rentas del trabajo. La relación de poder entre las fuerzas del capital, por un lado, y las fuerzas del trabajo, por otro, es lo determinante en la distribución de las rentas en un país. La evidencia de que esto es así es abrumadora y, en cambio, el lector raramente lo leerá en los mayores medios de información.


En realidad, este hecho es una de las razones que explica la falta de atención (cuando no abierta hostilidad) que el tema de las desigualdades tiene dentro de lo que se llaman "ciencias económicas". Como dijo hace unos años el Premio Nobel de Economía Robert Lucas (miembro del consejo científico de uno de los centros más importante y prestigiosos de investigación económica en España, la Barcelona Graduate School of Economics) "una de las tendencias perniciosas y dañinas en el conocimiento económico... en realidad, venenosa para tal conocimiento, es el estudio de temas de distribución" (Robert Lucas, "The Industrial Revolution: Past and Future". Annual Report 2003 Federal Reserve Bank of Minneapolis, May 2004).


A los economistas próximos al capital les molesta que se investiguen las causas de las desigualdades pues la evidencia científica muestra que la principal causa de su crecimiento ha sido, precisamente, el enorme crecimiento de las rentas del capital a costa de las rentas del trabajo, hecho que es consecuencia del gran dominio de las instituciones políticas y mediáticas por parte del capital, dominio que ha diluido y violado el carácter democrático de las instituciones representativas de los países donde el crecimiento de las desigualdades ha tenido lugar (ver el excelente libro Capital in the Twenty-First Century, de Thomas Piketty, 2014).


Es más, el protagonismo del capital financiero (y muy en particular de la banca) dentro del capital, junto con el descenso de las rentas del trabajo, generador del descenso de la demanda, explica el comportamiento especulativo de ese capital, origen de la enorme crisis, tanto financiera como económica (y, por lo tanto, política), que estamos viviendo. El lector puede así entender por qué el Sr. Lucas y un gran número de economistas próximos al capital no quieren ni oír hablar de temas de desigualdades, porque, por poco que se mire, se ve claramente el origen de tanto sufrimiento que las clases populares están padeciendo, que no es otro que el enorme dominio que el capital tiene sobre las instituciones del Estado.


La concentración del capital


Permítanme que me extienda en estos puntos. Es bien sabido que la propiedad del capital está mucho más concentrada que la distribución de las rentas. Así, el 10% de la población en la mayoría de países de la OCDE (el club de países más ricos del mundo) tienen más del 50% de la propiedad del capital. En España, uno de los países con mayor concentración, tiene alrededor del 65% (tabla 7.2 en el libro de Piketty). Por otra parte, la mitad de la población en su conjunto no tiene ninguna propiedad: en realidad, está endeudada. De esta concentración se deriva que cuanto mayor es el porcentaje de las rentas que derivan del capital, mayor es la desigualdad en la distribución de las rentas. Es lo que solía decirse que cuanto mayor poder tiene la clase capitalista (término que ya no se utiliza por considerárselo "anticuado"), mayores son las desigualdades en un país.


Naturalmente que estas desigualdades entre el mundo del capital y el del trabajo no son las únicas que explican las desigualdades de renta en un país. Pero sí que son las más importantes. Les siguen las desigualdades dentro del mundo del trabajo, que se reflejan predominantemente en la extensión del abanico salarial. Pero incluso estas dependen de las fuerzas derivadas del capital. Cuanto mayor es el poder de la clase capitalista, mayor es la dispersión salarial, hecho que la economía convencional atribuye a su hincapié en estimular la eficiencia económica, aun cuando la evidencia científica muestra que no hay ninguna relación entre dispersión salarial y eficiencia económica. En realidad, algunas de las empresas más eficientes (como las cooperativas del grupo Mondragón) son las que tienen menor dispersión salarial. El objetivo de esta dispersión no es económico sino político: el de dividir y, por lo tanto, debilitar al mundo del trabajo.


Esta observación, por cierto, explica las limitaciones de aquellos autores que ciñen la definición del problema al 1% de la sociedad, eslogan generado por el movimiento Occupy Wall Street y que ha sido importado a España. El sistema económico se sostiene precisamente por la lealtad del siguiente 9% superior de renta, que deriva sus rentas del trabajo, pero cuyo poder y permanencia dependen de su servicio al 1%. Los grandes gurús mediáticos, por ejemplo, reciben salarios elevadísimos cuya cuantía no deriva de su competencia o eficiencia, sino de su función reproductora de los valores que favorecen los intereses del 1%.


En conclusión, las causas de las desigualdades son políticas y tienen que ver predominantemente con el grado de influencia política que los propietarios del capital tienen sobre los Estados. Cuanta mayor es su influencia, mayor es la desigualdad social. El hecho de que estas hayan crecido enormemente desde los años 80 se debe al cambio político realizado por el Presidente Reagan y la Sra. Thatcher –la revolución neoliberal–, que fue y es la victoria del capital sobre las fuerzas del trabajo, victoria que continúa debido a la incorporación de los partidos de centroizquierda gobernantes al esquema neoliberal promovido por el capital. Cada una de las políticas neoliberales (los recortes del gasto público y transferencias sociales, la desregulación del mercado de trabajo, el debilitamiento de los sindicatos, la descentralización e individualización de los convenios colectivos, la bajada de salarios y otras medidas) repercute en el beneficio del capital y su concentración a costa de las rentas del trabajo. Son políticas claramente de clase que no se definen con este término por considerarlo "anticuado". Es precisamente resultado de la enorme influencia del capital que tal terminología se considere anticuada. Es predecible que los portavoces del capital así lo presenten, pero es suicida que los portavoces de las izquierdas, en teoría próximas a las clases populares, también consideren estos términos anticuados. Confunden antiguo con anticuado. La ley de gravedad es antigua pero no es anticuada. Si usted lo duda es fácil de comprobar: salte de un cuarto piso y lo verá. Y esto es lo que está ocurriendo con gran número de las izquierdas gobernantes en España y en Europa. Están cayendo del cuarto piso y todavía no se han dado cuenta del porqué. Le agradecería al lector que les enviara este artículo.

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Domingo, 16 Febrero 2014 06:11

Brasil y la turbulencia en la economía

Brasil y la turbulencia en la economía

Dilma Rousseff empezó el último año de su mandato presidencial enfrentando fuertes resistencias en el mercado financiero local, con una mezcla de temor y desconfianza en los inversores extranjeros.


No es un fenómeno único: buena parte del escenario internacional se muestra poco propicio a los países emergentes. Las incertidumbres del mundo no eligen blancos aislados, afectan todos de manera general, y a algunos de manera particular. Brasil no quiere estar en esta última categoría y el gobierno trata de buscar una estrategia eficaz para lograrlo, tanto en el campo interno como en el externo.
Además, la situación de la economía tiene peso específico en las elecciones generales de octubre. La persistente presión inflacionaria (2013 cerró con una tasa de 5.91 por ciento) es buena munición para los adversarios, y gracias a los segmentos de alimentación, vestido, transporte y servicios afecta directamente a las clases más bajas, donde se concentra el grueso del electorado.


Por todo eso, Dilma se concentra en enviar señales en varias direcciones: al electorado, al mercado financiero y, por extensión, al exterior.
Con insistencia, trata de asegurar que Brasil dispone de los medios necesarios para hacer frente a la crisis que amenaza a los países emergentes. Insiste en que en 2014 el gobierno mantendrá una gestión compatible con la continuidad de la política de profundo compromiso con la responsabilidad fiscal, y dice que en su gobierno hay plena disposición para hacer que 2014 sea un año mejor que 2013.


El principal problema de la mandataria es que, por más que asuma compromisos y difunda datos que deberían tranquilizar a los inversionistas, todavía no ha logrado convencer a los analistas, consultores e inversores de que el cuadro es mucho menos feo de lo que pintan. Argumentos concretos, como la continuidad del nivel de empleo y la reducción de las desigualdades sociales, además de la estabilidad y del crecimiento económico, no parecen suficientemente convincentes, o seductores, para los dueños del dinero.


También hay vientos preocupantes en el escenario externo, que hacen que la volatilidad de la Bolsa y las oscilaciones del cambio afecten aún más algunos sectores de la economía ya bastante debilitados, en especial la industria.


En lo que va del año, la bolsa cayó 12 por ciento en Brasil y el dólar se revaluó otro tanto frente al real. A eso se suman las presiones para que aumente aún más la tasa básica anual de interés, la Selic, y también eso preocupa al gobierno.


En intensas reuniones a puerta cerrada, técnicos del Banco Central y emisarios del equipo económico tratan, sin mucho éxito, de convencer a analistas y consultores de que esa proyección no tiene base concreta alguna. A la vez, intentan demostrar que en enero la inflación se mantuvo bajo control y que los gastos del gobierno siguen el mismo camino.


Sin embargo, hay problemas que no pueden ser ignorados. Las exportaciones tuvieron el peor enero de la historia, con un déficit de 4 mil millones de dólares, y se supo que la recaudación fiscal aumentó alrededor de 2 por ciento en 2013, en comparación con el año anterior, mientras los gastos públicos subieron 7 por ciento.


En suma, todo eso lleva a que los grandes fondos globales de inversión miren hacia Brasil con desconfianza creciente.


Por si fuera poco, ahora surgen críticas contundentes vinculadas a algunas medidas adoptadas por Dilma para reducir precios, contener la inflación y estimular el consumo interno, que ayudaron a corroer el saldo de las cuentas públicas.


Subsidios y renuncias fiscales para abaratar productos y servicios, de la gasolina a la energía eléctrica, de los alimentos a los electrodomésticos, pueden haber costado alrededor de 20 mil millones de dólares en 2013. Son cálculos del mercado financiero, con base en datos oficiales.


Con ese valor, el gobierno podría haber cumplido holgadamente la meta oficial de ahorrar 50 mil millones de dólares para disminuir la deuda pública. Se lograron unos 37 mil millones, lo que provocó fuerte insatisfacción y nueva desconfianza de los inversores sobre la capacidad del gobierno para cumplir sus metas.


Sin embargo, suspender algunos programas significaría quitar a una parte sustancial de la población el acceso a bienes y servicios, y liquidaría de una vez el exitoso Mi casa, mi vida, que en tres años entregó, con base en créditos de bajísimo interés, alrededor de 3 millones de viviendas de interés social por todo el país.


Por su parte, el gobierno afirma que la economía puede perfectamente soportar ese resultado y que no pretende interrumpir programa social alguno.

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Lunes, 20 Enero 2014 06:38

Los cuatro demonios del hiperconsumo

Está claramente identificado: una de las razones —causas— de la crisis sistémica (crisis del medioambiente, crisis financiera, crisis social, etc.), es el hiperconsumo. El cual consiste, para decirlo de manera puntual en una dúplice característica. Del lado de los productores, la producción deliberada y estratégica de productos de ciclo corto de duración. Y del lado de los consumidores, en el consumo como forma de vida, estándar de vida y estilo de vida; tres cosas diferentes que, en este caso, coinciden y se refuerzan. Ambas características conforman la esencia del capitalismo; o el sistema de libre mercado. Aunque ellas no agotan, en manera alguna, los fundamentos, alcances y fines del capitalismo.
En una semblanza apocalíptica, debemos identificar a los cuatro demonios (jinetes) del hiperconsumo. Estos son:


• La publicidad. En realidad, la publicidad y la propaganda bombardean permanentemente, notablemente a través de los grandes canales y medios de comunicación y en todas sus formas, la necesidad de consumir —adquirir, poseer, exhibir— los productos anunciados. Productos o servicios; espacios o experiencias. Desde un producto determinado hasta un viaje o sistema de vacaciones y demás. Aun cuando los especialistas lo niegan a puño cerrado, la publicidad y la propaganda consiste en la creación de necesidades. Y éstas apuntan hacia y se fundamentan en la idea fundamental del capitalismo: el crecimiento de la economía como el crecimiento mismo del consumo.


• El diseño industrial. El diseño industrial —que nace a mediados del siglo XX, pero precedido desde algunos desarrollos de finales del siglo XIX— constituye uno de los pilares del sistema de libre mercado. El diseño industrial precede y funda, al mismo tiempo, a otros tipos de diseño: gráfico, textil, arquitectónico, de moda, y otros. Dicho de manera franca y directa, el diseño conduce hacia la apariencia, acabado, "bonitura" y atracción formal del producto, el servicio o la experiencia. Son numerosos los productos que son líderes en el mercado simple y llanamente por su diseño. El diseño industrial contribuye activamente a la creación de necesidades a partir de la pura representación externa del producto.

• El mercadeo. Uno de los fundamentos del capitalismo es el mercadeo (o marketing), en todas sus expresiones y variantes. Y este se ha venido desarrollando en términos de segmentación y especialización de sectores de la población. Literalmente crea estilos de vida, estéticas, comportamientos, valores y expectativas orientadas todas hacia el consumo activo y al crecimiento de la economía. No es posible ninguna empresa en el capitalismo que no esté sólidamente fundada en campañas de mercadeo, imagen, fidelización del cliente y demás.


• El sistema de crédito. El sistema de crédito es el resultado del sistema de reproducción ampliada que caracteriza al capitalismo, y cuyo estilo de vida está volcado hacia la producción de deseos y promesas, sostenidos y garantizados por el sistema de crédito. Ya sea en la forma de las tarjetas de crédito o en el sistema del "pague ahora y lleve después", el sistema de crédito es una de las caras de la moneda cuya contracara es el sistema de riesgo, uno de los pilares del capitalismo financiero. El sistema de crédito es, literalmente y sin exageraciones, venderle su alma al demonio: la cosa comprada se paga varias veces más por encima de su valor real, y los intereses de pago desbordan con mucho el valor efectivo de la cosa adquirida.


Pues bien, estos cuatro demonios conforman un solo cuerpo, una hidra de cuatro cabezas, cuya finalidad consiste en crearle necesidades a los seres humanos; necesidades que, bien pensadas las cosas, ellos no requieren en absoluto. Literalmente: antes que satisfacer necesidades básicas, el capitalismo consiste en una generación de necesidades —artificiosas.


La creación de necesidades falsas, ficticias, no es otra cosa que el encadenamiento y la opresión, la atadura y el esclavismo. Nunca fuimos, en toda la historia de la humanidad, tan serviles y tan esclavizados como bajo la égida de estos cuatro demonios del capitalismo. Desde el punto de vista de la dependencia material (= commodities, mercancías), el capitalismo constituye el epítome del encadenamiento y la cosificación del mundo y de la vida.


En efecto, hay gente que no vive: sólo vive para trabajar (y eso no es vida), y trabaja para pagar las deudas, y consumir. Un sistema que reduce a la gente a estas condiciones no merece una segunda oportunidad sobre la tierra. Más allá de ideologías, banderas y filosofías, en esto exactamente consiste un sistema de derechas. En generar necesidades que la gente no necesita.


La verdadera libertad, la verdadera autonomía e independencia es muy fácil. Consiste, simple y llanamente, en saber qué queremos y que necesitamos. Y la inmensa mayoría de las cosas que el mercadeo, el diseño, la publicidad y los sistemas de crédito ofrecen no son otra cosa que delirios y fantasmas, fantasías y tentaciones, promesas de falsa felicidad. Fausto y Mefisto, Belcebú y Baal Zabun. Luzbel y Damián y Kalifax; y tantos otros nombres. El capitalismo es un sistema demoníaco.


Son muchas y permanentes las tentaciones que el sistema de libre mercado nos ofrece para hacernos creer que somos libres y que la vida consiste en consumir. La traducción filosófica del capitalismo es la de un sistema de representación y el dominio de la apariencia. Apariencia y forma, los lenguajes de los cuatro demonios que encadenan a la existencia. O como lo dice algún filósofo francés, el capitalismo convierte a los seres humanos en máquinas deseantes. Desean las cosas, desean los productos que otros consumen, en últimas, desean los deseos de los otros. Con lo cual el capitalismo se revela como un sistema esquizofrénico, generador de esquizofrenia a escala masiva.


En contraste, la salud comienza por los límites del hiperconsumo y atraviesa, de manera necesaria, por ese terreno. La salud individual como la colectiva, la de la sociedad como la de la propia naturaleza.


Todo lo cual nos conduce, por otro camino, al reconocimiento de base, en buena economía, según el cual, una cosa es el crecimiento económico y otra muy distinta el desarrollo económico. Y que una cosa es el crecimiento del mercado, y otra muy diferente el desarrollo humano. Hasta el punto de que el crecimiento de la economía generalmente va acompañado de una reducción de la calidad y la dignidad de la vida. Y el afán del sistema por hacer que crezca la clase media y se consolide es al mismo tiempo el reconocimiento de que esta clase se endeuda y adquiere ritmos de vida —esto es, ritmos de consumo— que terminan por devorar a los individuos.


Más no es mejor (more is not better). Y el tema de base se convierte entonces en la clase de vida que sabemos que queremos, o que sabemos que podemos llevar. Es cierto que vivir en el capitalismo requiere disciplina y fortaleza. Disciplina económica y financiera, por decir lo menos, y fortaleza mental y carácter. Cosas que, como ha sido dicho con acierto, no existen, pues todo ha terminado por volverse líquido, en pensamiento débil, en la vida medida por el salario para el consumo. Falso bienestar, conciencia enajenada.

Pues bien, aún mayor fortaleza y disciplina se requerirá para superar el capitalismo. O lo que es equivalente, más vitalidad se requerirá y, a la vez, será posible con la eventual superación del sistema de libre mercado.


En fin, el reconocimiento y el rechazo del hiperconsumo. Un tema de la mayor complejidad.

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Lunes, 06 Enero 2014 08:16

¿Democracia o capitalismo?

¿Democracia o capitalismo?

Al inicio del tercer milenio, las fuerzas de izquierda se debaten entre dos desafíos principales: la relación entre democracia y capitalismo, y el crecimiento económico infinito (capitalista o socialista) como indicador básico de desarrollo y progreso. En estas líneas voy a centrarme en el primer desafío.

 

Contra lo que el sentido común de los últimos 50 años nos puede hacer pensar, la relación entre democracia y capitalismo siempre fue una relación tensa, incluso de contradicción. Lo fue, ciertamente, en los países periféricos del sistema mundial, en lo que durante mucho tiempo se denominó Tercer Mundo y hoy se designa como Sur global. Pero también en los países centrales o desarrollados la misma tensión y la misma contradicción estuvieron siempre presentes. Basta recordar los largos años de nazismo y fascismo.

 

Un análisis más detallado de las relaciones entre capitalismo y democracia obligaría a distinguir entre diferentes tipos de capitalismo y su dominio en diferentes períodos y regiones del mundo, y entre diferentes tipos y grados de intensidad de la democracia. En estas líneas concibo al capitalismo bajo su forma general de modo de producción y hago referencia al tipo que ha dominado en las últimas décadas, el capitalismo financiero. En lo que respecta a la democracia, me centro en la democracia representativa tal como fue teorizada por el liberalismo.

 

El capitalismo sólo se siente seguro si es gobernado por quien tiene capital o se identifica con sus "necesidades", mientras que la democracia es idealmente el gobierno de las mayorías que no tienen capital ni razones para identificarse con las "necesidades" del capitalismo, sino todo lo contrario. El conflicto es, en el fondo, un conflicto de clases, pues las clases que se identifican con las necesidades del capitalismo (básicamente, la burguesía) son minoritarias en relación con las clases que tienen otros intereses, cuya satisfacción colisiona con las necesidades del capitalismo (clases medias, trabajadores y clases populares en general). Al ser un conflicto de clases, se presenta social y políticamente como un conflicto distributivo: por un lado, la pulsión por la acumulación y la concentración de riqueza por parte de los capitalistas, y, por otro lado, la reivindicación de la redistribución de la riqueza generada en gran parte por los trabajadores y sus familias. La burguesía siempre ha tenido pavor a que las mayorías pobres tomen el poder y ha usado el poder político que le concedieron las revoluciones del siglo XIX para impedir que eso ocurra. Ha concebido a la democracia liberal de modo de garantizar eso mismo a través de medidas que cambiaron con el tiempo, pero mantuvieron su objetivo: restricciones al sufragio, primacía absoluta del derecho de propiedad individual, sistema político y electoral con múltiples válvulas de seguridad, represión violenta de la actividad política fuera de las instituciones, corrupción de los políticos, legalización del lobby... Y siempre que la democracia se mostró disfuncional, se mantuvo abierta la posibilidad del recurso a la dictadura, algo que sucedió muchas veces.

 

Después de la Segunda Guerra Mundial, muy pocos países tenían democracia, vastas regiones del mundo estaban sometidas al colonialismo europeo, que servía para consolidar el capitalismo euro-norteamericano, Europa estaba devastada por una guerra que había sido provocada por la supremacía alemana, y en el Este se consolidaba el régimen comunista, que aparecía como alternativa al capitalismo y la democracia liberal. En este contexto surgió en la Europa más desarrollada el llamado capitalismo democrático, un sistema de economía política basado en la idea de que, para ser compatible con la democracia, el capitalismo debería ser fuertemente regulado, lo que implicaba la nacionalización de sectores clave de la economía, un sistema tributario progresivo, la imposición de las negociaciones colectivas e incluso, como sucedió en la Alemania Occidental de entonces, la participación de los trabajadores en la gestión de empresas. En el plano científico, Keynes representaba entonces la ortodoxia económica y Hayek, la disidencia. En el plano político, los derechos económicos y sociales (derechos al trabajo, la educación, la salud y la seguridad social, garantizados por el Estado) habían sido el instrumento privilegiado para estabilizar las expectativas de los ciudadanos y para enfrentar las fluctuaciones constantes e imprevisibles de las "señales de los mercados". Este cambio alteraba los términos del conflicto distributivo, pero no lo eliminaba. Por el contrario, tenía todas las condiciones para instigarlo luego de que se debilitara el crecimiento de las tres décadas siguientes. Y así sucedió.

 

Desde 1970, los Estados centrales han estado manejando el conflicto entre las exigencias de los ciudadanos y las exigencias del capital mediante el recurso a un conjunto de soluciones que gradualmente fueron dando más poder al capital. Primero fue la inflación (1970-1980); después, la lucha contra la inflación, acompañada del aumento del desempleo y del ataque al poder de los sindicatos (desde 1980), una medida complementada con el endeudamiento del Estado como resultado de la lucha del capital contra los impuestos, del estancamiento económico y del aumento de los gastos sociales originados en el aumento del desempleo (desde mediados de 1980), y luego con el endeudamiento de las familias, seducidas por las facilidades de crédito concedidas por un sector financiero finalmente libre de regulaciones estatales, para eludir el colapso de las expectativas respecto del consumo, la educación y la vivienda (desde mediados de 1990). Hasta que la ingeniería de las soluciones ficticias llegó a su fin con la crisis de 2008 y se volvió claro quién había ganado en el conflicto distributivo: el capital. La prueba: la conversión de la deuda privada en deuda pública, el incremento de las desigualdades sociales y el asalto final a las expectativas de una vida digna de las mayorías (los trabajadores, los jubilados, los desempleados, los inmigrantes, los jóvenes en busca de empleo) para garantizar las expectativas de rentabilidad de la minoría (el capital financiero y sus agentes). La democracia perdió la batalla y sólo evitará ser derrotada en la guerra si las mayorías pierden el miedo, se rebelan dentro y fuera de las instituciones y fuerzan al capital a volver a tener miedo, como sucedió hace sesenta años.

 

En los países del Sur global que disponen de recursos naturales la situación es, por ahora, diferente. En algunos casos, por ejemplo en varios países de América latina, hasta puede decirse que la democracia se está imponiendo en el duelo con el capitalismo, y no es por casualidad que en países como Venezuela y Ecuador se comenzó a discutir el tema del socialismo del siglo XXI, aunque la realidad esté lejos de los discursos. Hay muchas razones detrás, pero tal vez la principal haya sido la conversión de China al neoliberalismo, lo que provocó, sobre todo a partir de la primera década del siglo XXI, una nueva carrera por los recursos naturales. El capital financiero encontró ahí y en la especulación con productos alimentarios una fuente extraordinaria de rentabilidad. Esto permitió que los gobiernos progresistas –llegados al poder como consecuencia de las luchas y los movimientos sociales de las décadas anteriores– pudieran desarrollar una redistribución de la riqueza muy significativa y, en algunos países, sin precedentes. Por esta vía, la democracia ganó nueva legitimidad en el imaginario popular. Pero, por su propia naturaleza, la redistribución de la riqueza no puso en cuestión el modelo de acumulación basado en la explotación intensiva de los recursos naturales y, en cambio, la intensificó. Esto estuvo en el origen de conflictos –que se han ido agravando– con los grupos sociales ligados a la tierra y a los territorios donde se encuentran los recursos naturales, los pueblos indígenas y los campesinos.

 

En los países del Sur global con recursos naturales pero sin una democracia digna de ese nombre, el boom de los recursos no trajo ningún impulso a la democracia, pese a que, en teoría, condiciones mas propicias para una resolución del conflicto distributivo deberían facilitar la solución democrática y viceversa. La verdad es que el capitalismo extractivista obtiene mejores condiciones de rentabilidad en sistemas políticos dictatoriales o con democracias de bajísima intensidad (sistemas casi de partido único), donde es más fácil corromper a las elites, a través de su involucramiento en la privatización de concesiones y las rentas del extractivismo. No es de esperar ninguna profesión de fe en la democracia por parte del capitalismo extractivista, incluso porque, siendo global, no reconoce problemas de legitimidad política. Por su parte, la reivindicación de la redistribución de la riqueza por parte de las mayorías no llega a ser oída, por falta de canales democráticos y por no poder contar con la solidaridad de las restringidas clases medias urbanas que reciben las migajas del rendimiento extractivista. Las poblaciones más directamente afectadas por el extractivismo son los campesinos, en cuyas tierras están los yacimientos mineros o donde se pretende instalar la nueva economía agroindustrial. Son expulsados de sus tierras y sometidos al exilio interno. Siempre que se resisten son violentamente reprimidos y su resistencia es tratada como un caso policial. En estos países, el conflicto distributivo no llega siquiera a existir como problema político. De este análisis se concluye que la actual puesta en cuestión del futuro de la democracia en Europa del Sur es la manifestación de un problema mucho más vasto que está aflorando en diferentes formas en varias regiones del mundo. Pero, así formulado, el problema puede ocultar una incertidumbre mucho mayor que la que expresa. No se trata sólo de cuestionar el futuro de la democracia. Se trata, también, de cuestionar la democracia del futuro. La democracia liberal fue históricamente derrotada por el capitalismo y no parece que la derrota sea reversible. Por eso, no hay que tener esperanzas de que el capitalismo vuelva a tenerle miedo a la democracia liberal, si alguna vez lo tuvo. La democracia liberal sobrevivirá en la medida en que el capitalismo global se pueda servir de ella. La lucha de quienes ven en la derrota de la democracia liberal la emergencia de un mundo repugnantemente injusto y descontroladamente violento debe centrarse en buscar una concepción de la democracia más robusta, cuya marca genética sea el anticapitalismo. Tras un siglo de luchas populares que hicieron entrar el ideal democrático en el imaginario de la emancipación social, sería un grave error político desperdiciar esa experiencia y asumir que la lucha anticapitalista debe ser también una lucha antidemocrática. Por el contrario, es preciso convertir al ideal democrático en una realidad radical que no se rinda ante el capitalismo. Y como el capitalismo no ejerce su dominio sino sirviéndose de otras formas de opresión, principalmente del colonialismo y el patriarcado, esta democracia radical, además de anticapitalista, debe ser también anticolonialista y antipatriarcal. Puede llamarse revolución democrática o democracia revolucionaria –el nombre poco importa–, pero debe ser necesariamente una democracia posliberal, que no puede perder sus atributos para acomodarse a las exigencias del capitalismo. Al contrario, debe basarse en dos principios: la profundización de la democracia sólo es posible a costa del capitalismo; y en caso de conflicto entre capitalismo y democracia debe prevalecer la democracia real.

 

* Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra, Portugal. El texto corresponde a la Décima carta a las izquierdas del autor.

Traducción: Javier Lorca.

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Viernes, 20 Diciembre 2013 11:33

La confianza, el capitalismo y la ideología

Según sus apologetas, el capitalismo –desde los padres fundadores (Locke, Smith, etcétera) hasta hoy– es un sistema basado en la confianza. No obstante, es un argumento fuera del contexto de la economía moderna, guiada no por la vieja ética mercantil o inversión a largo plazo, sino por la ganancia cortoplacista, especulación, volatilidad de mercados, " casino banking" y transacciones engañosas. En el capitalismo tardío la confianza no es un valor premiado, ni caracteriza las relaciones de trabajo o de mercado. Es un concepto vacío –parte de la mitología capitalista– y una herramienta ideológica en tiempos de crisis.

 

2) Para Ulrich Beck los fundamentos de nuestra sociedad son el riesgo y la incertidumbre ( La sociedad del riesgo, 1992). Igual para Zygmunt Bauman: la confianza era propia de los tiempos del capitalismo sólido, no líquido (La modernidad líquida, 2000). ¿Cómo confiar en " runaway capital" o en " runaway factory"? Promover los conceptos anacrónicos, separados de la realidad, crear confusión sobre las bases y conflictos reales en el capitalismo fue la operación ideológica del fin de la historia. No en vano su gurú –Francis Fukuyama– también era uno de los ideólogos de la confianza (Confianza: los valores sociales y la creación de la prosperidad, 1995).

 

3) Si bien la crisis demostró que la confianza no era el fundamento del sistema –los bancos en vez de fomentarla recurrían a estafas masivas, no existía conocimiento pleno que pudiera justificarla, etcétera–, según los ideólogos del capital el problema fue la crisis de confianza, y se necesitaban recortes para restablecerla. Así, la frenética búsqueda de algo inexistente se volvió una base real para la austeridad (eliminación de gastos sociales, elevación de la edad de jubilación, etcétera), que puso en riesgo la existencia de millones de personas.

 

4) Fue un predilecto leitmotiv de economistas y políticos: en 2009, a principios de la crisis, el primer ministro polaco Donald Tusk, en su discurso de toma de posesión, haciendo una suerte de exorcismos –y repeliendo los ataques de los fondos buitres–, dirigiéndose principalmente a los mercados, no a los ciudadanos, usó la palabra confianza 43 veces (¡sic!).

 

5) El dogma es una crisis de confianza y hay que restablecerla infectó también a la izquierda keynesiana: según Larry Elliot, la crisis estalló por la pérdida de confianza y hacía falta más optimismo (The Guardian, 8/7/12). No era un problema de modo de acumulación, ni la caída de la tasa de ganancia, sino unpesimismo irracional que destruyó todo, una sicologización de la economía, que cubría los mecanismos estructurales. La misma receta que se escuchaba de los sicólogos de negocios que poblaban los medios: ¡Tomémonos de las manos, mirémonos con confianza en los ojos y permitamos que el capitalismo nos haga felices de nuevo! Uff...

 

6) Hay incluso algunos liberales conscientes de que la visión del capitalismo basado en confianza y ética weberiana es un espejismo. Dice Michael Walzer que hoy la peor forma de corrupción no proviene del ámbito político, sino económico, caracterizado por un mercado desregulado... (Philosophie Magazine, nº 26/2009). Basta ver una encuesta realizada entre los gerentes de Wall Street, según los cuales la deshonestidad es la base del éxito (por ejemplo, la práctica de producir los derivados, que consistía en mezclar los activos seguros con tóxicos) y los altos salarios incitan a prácticas ilegales (La Jornada, 11/6/12).

 

7) Aunque los destacados keynesianos y premios Nobel critican el fetiche de la confianza y la austeridad como productos ideológicos –Stiglitz: Los mercados y los economistas de derecha han entendido el problema al revés: creen que la austeridad produce confianza, y que la confianza produce crecimiento. Pero la austeridad socava el crecimiento, empeorando la situación... (La crisis ideológica del capitalismo, en: Project Syndicate, 6/6/11); Krugman: "(...) el hada de la confianza no nos salvará de las consecuencias de nuestra locura" (El País, 28/3/11)– también acaban en la sicologización. Viéndolo todo como una locura e irracionalidad, fruto de nuestros espíritus animales (Keynes), fallan en identificar el verdadero origen de la crisis, de sus soluciones y objetivos: la caída de la tasa de ganancia y el ataque al mundo del trabajo para restablecerla (Michael Roberts, The Next Recession Blog, 12/9/12 y 20/11/13).

 

8) Dicha postura es llevada al extremo por otro keynesiano y otro premio Nobel (2013), Robert J. Shiller: representante de la economía conductual (los acontecimientos en la economía se explican por las conductas irracionales de inversionistas y consumidores), que a pesar de criticar la confianza (su exceso ocasiona burbujas y crisis, Polityka, 5/7/09), ve al mercado como una arena de puras emociones (Animal spirits, 2009). Nada de la búsqueda de ganancia, explotación o papel de trabajo. A pesar de gozar de la fama de un crítico, es apologeta de mercado (para los problemas de mercado, más mercado) y su afán de democratizar el capitalismo lo pone al lado de sus ideólogos como Hernando de Soto (¡sic!).

 

9) Uno de los más patéticos intentos de restablecer la confianza –no tanto para hacer negocios, sino en el sistema mismo– fue El manifiesto capitalista (¡sic!), de Fareed Zakaria (Newsweek International, 12/6/09). "El fantasma está recorriendo el mundo: el retorno del capitalismo...", escribía su autor, asegurando que la causa de la crisis fue el éxito del sistema (Schumpeter), que éste saldrá reforzado y que la única falla estaba en el sector financiero, no en el resto de la economía (vieja práctica de separar el capitalismo bueno del malo, por la que Marx ya criticaba a Proudhon). Recordaba también que según el ya citado Shiller, para hacer el mercado más estable se necesita incluso más derivados (¡sic!). Y desde luego, más capitalismo. Y más ideología.

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