Sábado, 16 Agosto 2014 11:29

Los 17 mandatos del anticapitalismo

Los 17 mandatos del anticapitalismo

Uno de los múltiples problemas a los que nos enfrentamos como clase social (¿o sería mejor decir como especie o planeta?) es la falta de un horizonte por el que luchar. Al menos desde la oleada revolucionaria global de los '60 y '70, no hay una alternativa socialista difundida a cierta escala. La reacción neoliberal ocurrida desde entonces machacó esas posibilidades de transición y restringió el debate a los límites internos del capitalismo.

 

Lo vemos día a día cuando las alternativas presuntamente "anticapitalistas" son simplemente defendernos de las peores consecuencias del sistema, intentar crear espacios a pequeña escala que funcionen de forma diferente o, en el peor de los casos, camuflar el anticapitalismo con la búsqueda de la gestión del Estado capitalista, postura que en general propone volver a un pasado de propiedades míticas en el que los excesos de los oligarcas estarían controlados.

 

Por este motivo, es una gran noticia que voces autorizadas planteen de forma seria esa transición desde la dictadura burguesa a la democracia. Así pues, 'cedemos' este espacio al geógrafo David Harvey, quien en su última obra, Seventeen contradictions and the end of capitalism, propone a su vez 17 "mandatos" para animar la praxis política. Esperamos que así sea.

 

"Deberíamos luchar por un mundo en el que:

 

1. La provisión directa de adecuados valores de uso para todos (vivienda, educación, seguridad alimentaria, etc.) sea prioritaria sobre su provisión a través de un sistema de mercado que maximiza el beneficio y que concentra los valores de cambio en unas pocas manos privadas y distribuye los bienes de acuerdo a la capacidad de pago.

 

2. Se cree un medio de cambio que facilite la circulación de bienes y servicios pero limite o excluya la capacidad de los individuos privados para acumular dinero como una forma de poder social.

 

3. La oposición entre propiedad privada y poder estatal sea desplazada tanto como sea posible por regímenes de derechos comunes –con énfasis concreto sobre el conocimiento humano y la tierra como los comunes más cruciales que tenemos- cuya creación, gestión y protección se sitúe en las manos de asambleas y asociaciones populares.

 

4. La apropiación de poder social por personas privadas no sea sólo limitado por barreras económicas y sociales sino que sea desaprobado universalmente como una desviación patológica.

 

5. La oposición de clase entre capital y trabajo sea disuelta en productores asociados decidiendo libremente sobre qué, cómo y cuándo producirán en colaboración con otras asociaciones en relación con la satisfacción de las necesidades sociales comunes.

 

6. La velocidad de la vida diaria sea reducida –la locomoción debe ser sin prisa y lenta- para maximizar el tiempo para actividades libres llevadas a cabo en un entorno estable y bien mantenido protegido de episodios dramáticos de destrucción creativa.

 

7. Las poblaciones asociadas evalúen y comuniquen entre sí sus mutuas necesidades sociales para proveer la base para sus decisiones de producción (a corto plazo, las consideraciones de realización dominan las decisiones de producción).

 

8. Se creen nuevas tecnologías y formas organizativas que aligeren la carga de toda forma de trabajo social, disuelvan las distinciones innecesarias en las divisiones técnicas del trabajo, liberen tiempo para actividades libres individuales y colectivas, y disminuyan la huella ecológica de las actividades humanas.

 

9. Las divisiones técnicas del trabajo sean reducidas mediante el uso de la automatización, robotización e inteligencia artificial. Aquellas divisiones técnicas del trabajo residuales consideradas esenciales estén disociadas de las divisiones sociales del trabajo tanto como sea posible. Las funciones administrativas, de liderazgo y de control deberían rotar entre individuos dentro de la población general. Nos liberemos del dominio de los expertos.

 

10. El poder monopólico y centralizado sobre el uso de los medios de producción sea conferido a asociaciones populares mediante las cuales las capacidades competitivas descentralizadas de individuos y grupos sociales se movilicen para producir diferenciaciones en las innovaciones técnicas, sociales, culturales y de estilos de vida.

 

11. Exista la diversificación más amplia posible en formas de vivir y de ser, de relaciones sociales y relaciones con la naturaleza, y de hábitos culturales y pensamientos dentro de asociaciones territoriales, comunas y colectivos. Se garantice el libre e ilimitado pero ordenado movimiento geográfico de individuos dentro de territorios y comunas. Los representantes de las asociaciones se junten regularmente para evaluar, planificar y emprender tareas comunes y tratar con los problemas comunes a diferentes escalas: biorregional, continental y global.

 

12.Todas las desigualdades en la provisión material sean abolidas aparte de aquellas implicadas en el principio de de cada cual según su o sus capacidades y a cada cual según su o sus necesidades.

 

13. La distinción entre el trabajo necesario hecho para otros distantes y el trabajo acometido en la reproducción de uno mismo, el hogar y la comuna sea gradualmente borrada, de manera que el trabajo social se integre en el trabajo doméstico y comunal, y el trabajo doméstico y comunal se convierta en la forma principal de trabajo social no alienado y no monetizado.

 

14. Todo el mundo debería tener iguales derechos a educación, salud, vivienda, seguridad alimentaria, bienes básicos y acceso abierto al transporte para asegurar la base material para la libertad para vivir sin la miseria y para la libertad de acción y movimiento.

 

15. La economía converja en el crecimiento cero (aunque con margen para desarrollos geográficos desiguales) en un mundo en que el desarrollo más grande posible de las capacidades y energías humanas tanto individuales como colectivas y la búsqueda perpetua de la innovación prevalezcan como normas sociales desplazando la manía por el crecimiento compuesto perpetuo.

 

16. La apropiación y producción de fuerzas naturales para necesidades humanas deberían mantener un ritmo sostenido pero con la máxima consideración para la protección de ecosistemas, la máxima atención prestada al reciclaje de nutrientes, energía y materia física hacia los lugares de los que vinieron, y un abrumador sentido de re-encantamiento con la belleza del mundo natural, del cual somos una parte y al cual podemos contribuir mediante nuestras obras.

 

17. Los seres humanos no alienados y las personas creativas no alienadas emerjan armadas con un nuevo y confiado sentido de sí mismos y de seres colectivos. Nacido de la experiencia de relaciones sociales íntimas contraídas libremente y la empatía con los diferentes modos de vivir y producir, emergerá un mundo donde todos sean considerados igualmente merecedores de dignidad y respeto, incluso al bramar el conflicto sobre la definición apropiada de la buena vida. Este mundo social evolucionará continuamente mediante revoluciones permanentes y continuas revoluciones en las capacidades y energías humanas. La búsqueda perpetua de la innovación continúa".

Enlace (en inglés):
http://www.thewhitereview.org/features/seventeen-contradictions-and-the-end-of-capitalism/

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John Holloway: "El desafío es salir del capitalismo"

 

A diez años de la publicación de su célebre libro, ¿sigue pensando John Holloway que es posible "cambiar el mundo sin tomar el poder"?


En 2002 John Holloway publicó un libro de referencia: Cambiar el mundo sin tomar el poder. Inspirado en el "¡Ya basta!" zapatista, en el movimiento que surgió en Argentina en 2001-2002 y por el movimiento antiglobalización, plantea en él una hipótesis: no es la idea de revolución o transformación del mundo la que ha quedado impugnada en el desastre del comunismo autoritario, sino más bien la idea de la revolución como toma del poder y la del partido como herramienta política por excelencia.
Otra noción de cambio social se insinúa en esos movimientos, y en general en todas las prácticas más o menos visibles donde se sigue una lógica distinta a la del beneficio, la de agrietar el capitalismo, o sea crear, dentro de la misma sociedad que se rechaza, espacios, momentos o áreas de actividad donde se prefigura ya un mundo distinto. Rebeldías en movimiento. Vistas así las cosas, la cuestión de la organización ya no coincide con la del partido, sino que pasa por la pregunta de cómo se reconocen y conectan las distintas grietas que van descosiendo el tejido capitalista.
Pero después del "que se vayan todos" argentino vino el gobierno de Kirchner, y después del "no nos representan" en España apareció Podemos. Nos encontramos con John Holloway en la ciudad de Puebla (México) para preguntarle si, después de una década y todo lo que ha acontecido en ella, desde los gobiernos progresistas en América Latina hasta Podemos y Syriza en Europa, pasando por los problemas de las prácticas autoorganizadas para existir y multiplicarse, sigue pensando que es posible cambiar el mundo sin tomar el poder.


—Lo primero, John, sería preguntarte de dónde viene, dónde se sostiene, la idea hegemónica de revolución en el siglo xx, es decir, la del cambio social mediante la toma del poder.


—Creo que el elemento central es el trabajo, el trabajo entendido como trabajo asalariado, es decir, trabajo enajenado o abstracto. El trabajo asalariado ha sido y es la base del movimiento sindical, de los partidos socialdemócratas que eran su ala política, y también de los movimientos comunistas. Ese concepto conformaba la teoría revolucionaria del movimiento obrero: la lucha del trabajo asalariado contra el capital. Pero su lucha era limitada, porque el trabajo asalariado es el complemento del capital y no su negación.

 


—No entiendo la relación entre esa idea del trabajo y la de revolución a través de la toma del poder del Estado.


—Una manera de entender la conexión sería la siguiente: si partes de la definición del trabajo como trabajo asalariado o enajenado, partes de la idea de los trabajadores como "víctimas" y "objetos" del sistema de dominación. Y un movimiento que lucha por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores (considerados como víctimas y objetos) se remite inmediatamente al Estado. ¿Por qué? Porque el Estado, por su separación misma con respecto a la sociedad, es la institución ideal si se busca conseguir beneficios para la gente. Así piensa la tradición del movimiento obrero y la tradición de los gobiernos de izquierda que hay actualmente en Latinoamérica.


 

—Pero no es la única tradición para pensar la política de emancipación.


—Desde luego que no. En los últimos veinte o treinta años encontramos muchísimos movimientos que afirman otra cosa: la posibilidad de emancipar la actividad humana del trabajo enajenado, abriendo grietas donde poder hacer de otra manera, hacer algo que nos parece útil, necesario y que merezca la pena, una actividad no subordinada a la lógica del beneficio.
Esas grietas pueden ser espaciales (lugares donde se generan otras relaciones sociales), temporales ("aquí en este evento, mientras estemos juntos, vamos a hacer las cosas de otra manera, vamos a abrir ventanas hacia otro mundo") o relacionadas con actividades o recursos particulares (cooperativas, por ejemplo, o actividades que siguen una lógica no mercantil con respecto al agua, al software, a la educación). 
El rechazo al trabajo enajenado y enajenante implica al mismo tiempo una crítica de las estructuras institucionales, organizativas y de pensamiento que surgen de él. Así se puede explicar el rechazo a los sindicatos, a los partidos y al Estado que podemos observar en tantos movimientos contemporáneos, desde los zapatistas hasta los indignados griegos o españoles.


 

—Pero no se trata de la oposición entre vieja y nueva política, me parece, porque lo que vemos en los movimientos de la crisis es que surgen las dos cosas al mismo tiempo: grietas como las plazas y también nuevos partidos, como Syriza o Podemos.


—Creo que es un reflejo de que nuestra experiencia en el capitalismo es contradictoria. Somos víctimas y a la vez no lo somos. Buscamos mejorar nuestras condiciones de vida como trabajadores y también ir más allá, vivir de otra manera. Por un lado, somos efectivamente personas que tienen que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Pero, por otro, tenemos sueños, comportamientos y proyectos que no caben en la definición capitalista de trabajo.
Lo difícil, ayer como hoy, es pensar la relación entre los dos tipos de movimientos. Cómo esa relación puede evitar la reproducción del sectarismo de siempre, cómo puede ser una relación fructífera sin negar las diferencias fundamentales entre las dos perspectivas.

 


—Argentina en 2001 y 2002, los indignados en Grecia y España más recientemente... En cierto momento los movimientos por abajo se detienen, entran en crisis o impasses, se desvanecen... ¿Dirías que la política de las grietas tiene límites intrínsecos para durar y expandirse?


—No hablaría de límites, sino de problemas. Hace diez años, cuando publiqué Cambiar el mundo sin tomar el poder, se veían más los logros y las potencias de los movimientos de abajo, mientras que ahora somos más conscientes de los problemas. Los movimientos que citas son faros de esperanza de una importancia enorme, pero el capital sigue existiendo y es cada vez peor, implica cada vez más miseria y destrucción. No podemos limitarnos a cantar las glorias de los movimientos, no es suficiente.


 

—¿Una respuesta podría pasar, entonces, por la opción que enfoca hacia el Estado?


—Se entiende por qué la gente quiere ir para allá, se entiende muy bien. Han sido años de luchas feroces, pero la agresión del capitalismo sigue igual. Espero sinceramente que Podemos y Syriza ganen las elecciones, porque eso cambiaría el caleidoscopio actual de las luchas sociales. Pero mantengo todas mis objeciones con respecto a la opción estatal. Cualquier gobierno de este tipo implica una canalización de las aspiraciones y de las luchas dentro de conductos institucionales que necesariamente tienen que buscar la conciliación entre la rabia que estos movimientos expresan y la reproducción del capital. Porque la existencia de cualquier gobierno pasa por fomentar la reproducción del capital (atrayendo inversión extranjera o de otra forma), no hay otra. Esto implica inevitablemente participar en la agresión que es el capital. Es lo que ya ha pasado en Bolivia y Venezuela y será también el problema en Grecia y España.

 


—¿Se trataría tal vez de complementar los movimientos por abajo con un movimiento orientado hacia las instituciones de gobierno?


—Es la respuesta obvia que se repite. Pero el problema de las respuestas evidentes es que suprimen las contradicciones. Las cosas no se pueden conciliar tan fácilmente. Desde arriba se puede tal vez mejorar las condiciones de vida de la gente, pero no me parece que se pueda romper con el capitalismo y generar otra realidad. Y sinceramente creo que estamos en una situación donde no hay soluciones a largo plazo para la humanidad entera dentro del capitalismo.


No descalifico la opción estatal porque yo tampoco tengo ninguna respuesta que ofrecer, pero no me parece que sea la solución.

 


—¿Por dónde estás buscando esa respuesta?


—Sin considerar a los partidos de izquierda como enemigos, que para mí desde luego no es el caso, yo diría que la respuesta hay que pensarla en términos de profundización de las grietas.
Si no vamos a aceptar la aniquilación de la humanidad, que es algo que me parece que está en la agenda del capitalismo como posibilidad real, la única alternativa es pensar que nuestros movimientos son el nacimiento de otro mundo. Hay que ir construyendo grietas y buscando formas de reconocerlas, potenciarlas, extenderlas, comunicarlas. Buscar la confluencia o, mejor, la comunización de las grietas.

Si pensamos en términos de Estado y elecciones nos estamos desviando de eso, porque Podemos o Syriza pueden mejorar las cosas pero no crear otro mundo por fuera de la lógica del capital. Y creo que de eso se trata.

 


—¿Cómo piensas la relación entre las dos perspectivas de que venimos hablando?


—Es necesario mantener un debate constante y respetuoso y que a la vez no suprima las diferencias y las contradicciones. Una base del diálogo podría ser la siguiente: nadie tiene la solución.
Nosotros por el momento debemos reconocer que no tenemos la fuerza suficiente para abolir el capitalismo. Y por fuerza me refiero aquí a construir maneras de vivir que no dependan del trabajo asalariado. Poder decir: "realmente no me importa si tengo empleo o no, porque si no lo tengo puedo dedicar mi vida a otras cosas que me interesan y que me dan el sustento suficiente para vivir dignamente". Ahora mismo no es el caso. Quizá tengamos que construir eso antes de decir: "váyase al carajo, capital".


En ese sentido, pensemos que una precondición de la revolución francesa fue que en cierto momento la red social de relaciones burguesas ya no necesitaba a la aristocracia para existir. De igual modo, debemos trabajar para alcanzar el punto en que podamos decir: "no nos importa que el capital global no invierta en España, porque hemos construido una red de apoyo mutuo suficiente para vivir con dignidad".


Hoy la rabia contra los bancos se extiende por todo el mundo, pero me parece que el problema no son los bancos, sino la existencia del dinero como relación social. ¿Cómo pensar la rabia contra el dinero? Creo que ésta pasa necesariamente por construir relaciones sociales no monetizadas, no mercantilizadas.
Y hay muchísima gente dedicándose a eso, por deseo, convicción o necesidad, aunque no salga en los periódicos. Construyendo otras formas de comunidad, de socialidad, de pensar la tecnología y las habilidades humanas para crear otra vida.

 

(Tomado de www.eldiario.es)

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Las semejanzas y diferencias entre Marx y Keynes

Existe bastante confusión, resultado de una sorprendente falta de conocimiento histórico en la enseñanza española, de las diferencias existentes entre las escuelas económicas basadas en la interpretación del capitalismo de Karl Marx y las que se originan con John Maynard Keynes. Cuando, por ejemplo, se habla de que la crisis actual se debe a la falta de demanda, inmediatamente se atribuye esta observación a una visión keynesiana de la economía, cuando en realidad fue Karl Marx el que habló de la crisis del capitalismo como resultado de la descendente demanda, consecuencia de la bajada de los salarios de la mayoría de la población, perteneciente a la clase trabajadora. Fue Karl Marx el que claramente vio lo que ahora ha descrito y documentado Thomas Piketty en su libro sobre la evolución del capital en el siglo XVIII, Capital in the Twenty-First Century. En El Capital, Karl Marx indicaba que la lógica del sistema capitalista lleva a una concentración del capital a costa de una "inmiseración" de la clase trabajadora, lo cual, añadía Karl Marx, creaba un enorme problema de demanda. Esta postura queda resumida en su frase de que "La causa final de toda crisis es siempre la pobreza y el limitado consumo de las masas". Uno de los economistas que mejor predijo la crisis actual, Nouriel Roubini, así lo indicó en su entrevista en el Wall Street Journal: "Karl Marx llevaba razón. El capitalismo puede destruirse a sí mismo, pues no puedes tener una constante absorción de las rentas del trabajo por parte de las del capital, sin crear un exceso de capacidad y una falta de demanda. Y esto es lo que está ocurriendo... el salario del trabajador es el motor del consumo". No es pues, John Maynard Keynes, sino Karl Marx, el que indicó que el empobrecimiento de la población supone un grave problema para el capitalismo: la escasa demanda. John Maynard Keynes habló también, más tarde, de la escasez de la demanda, pero poco de la concentración del capital. Y todavía menos de la relación entre esta concentración y el empobrecimiento de la población trabajadora. Esta era una de las grandes diferencias entre Karl Marx y John Maynard Keynes.


Otra gran diferencia entre Karl Marx y John Maynard Keynes, además del entendimiento de la crisis bajo el capitalismo (siendo el análisis de Karl Marx más completo que el de John Maynard Keynes), es en la solución a la crisis. Karl Marx creía que la solución a la crisis era una solución sistémica, que requería el cambio de la propiedad del capital, pasando de ser propiedad del capitalista a ser propiedad de los trabajadores (definidos como un colectivo que crea y produce el capital). Este cambio de propiedad era descrito esquemáticamente en el Manifiesto Comunista (el libro más vendido en la historia de la humanidad), que establecía una serie de principios, excesivamente simplificados, aunque presentados con una narrativa movilizadora. Pero (y es un enorme "pero"), Karl Marx no detalló cómo realizar dicha transición en el sistema de propiedad. Ni tampoco mostró qué políticas debían realizarse para trascender el capitalismo.


John Maynard Keynes, por el contrario, nunca se planteó la sustitución del capitalismo por otro sistema. Creía que el problema de la demanda podía resolverse con el intervencionismo del Estado, con un aumento, por ejemplo, del gasto y la financiación públicos, es decir –tal como indicó- "el gobierno y los bancos centrales pueden resolver el problema de la escasa demanda, bien directamente, con un aumento del gasto público, bien indirectamente, a través de la financiación de inversiones en programas de infraestructura". Y la experiencia ha mostrado que el problema de la demanda podría resolverse, como se vio en la manera como se salió de la Gran Depresión (y también en la manera como no se está saliendo de la Gran Recesión actual, con sus absurdas políticas de austeridad). Ahora bien, aun cuando Karl Marx subestimó la capacidad de resistencia del capitalismo, el hecho es que todos los casos de salidas de las crisis han requerido una redistribución del capital hacia el mundo del trabajo, revirtiendo la redistribución (que Karl Marx llamó, con razón, "explotación") del mundo del trabajo por parte del capital, que creó esas crisis. (Ver mi artículo "La explotación social como principal causa del crecimiento de las desigualdades". Público. 01.05.14)
La mejor y más eficaz forma de estímulo de la demanda es precisamente el enriquecimiento (en lugar del empobrecimiento) de las masas (como diría Karl Marx) a costa de los intereses del capital, excesivamente concentrado hoy en día. Y el que mejor ha analizado este hecho ha sido Michal Kalecki, un economista polaco que claramente se merecía el Premio Nobel de Economía pero que ni siquiera fue considerado para ello por vérsele demasiado "rojo". Pero hoy, y tal como ha reconocido Paul Krugman (el keynesiano más conocido hoy en el mundo) fue Michal Kalecki y no John Maynard Keynes el que mejor explicó las crisis del capitalismo, detrás de las cuales el conflicto Capital-Trabajo juega un papel fundamental. (Ver mi artículo "Capital-Trabajo: el origen de la crisis actual", Le Monde Diplomatique, Julio 2013.


Estas diferencias son claves para entender lo que está ocurriendo en el capitalismo y por qué. Karl Marx explicó claramente los orígenes de la crisis, causada por el enorme declive de las rentas del trabajo a causa del enorme crecimiento de las rentas del capital y su concentración, subestimó, en cambio, la capacidad de respuesta, como bien ilustró John Maynard Keynes. Este, sin embargo, no fue consciente del contexto político, desarrollado por Michal Kalecki , el mayor y mejor analista del capitalismo.

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Viernes, 06 Junio 2014 06:05

Marx, Piketty y los ladrones de títulos

Marx, Piketty y los ladrones de títulos

Cuando murió Gabriel García Márquez, Juan Sasturain anotó que el autor de Cien años de soledad no sólo fue un notable fabulador, sino también un extraordinario titulero. Quiero decir y me animo: sus libros no serían tan buenos con otros títulos (Página/12, 18/4/14).


Acordándome de esto y acabando de leer el muy sonado Capital in the twenty-first century (2014, 671 pp.), de Thomas Piketty –el nuevo "economista superstar"–, quiero decir y me animo: su libro no tendría tan buena recepción con otro título. Sin la obvia (¿burda?) alusión a El capital de Marx que, dicho sea de paso, no sólo fue un gran economista (y sociólogo), sino también un gran titulero (y hacía buena literatura). ¡Y vaya! Un libro que de Marx –aparte del título– no tiene nada, y que además desde el punto de vista marxista resulta problemático.


Difícil decidir por dónde empezar y dónde acabar. Veamos por ejemplo la definición del capital: mientras para Marx éste era –sobre todo– una específica relación social, para Piketty –como para otros economistas neoclásicos– es sólo un conjunto de bienes, sinónimo de riqueza (pp. 47-48). O fragmentos donde señala –supuestas– limitaciones de Marx (pp. 7-11) o rechaza la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (pp. 227-230), que despiertan serias dudas sobre si el autor haya leído El capital o algo más de Marx.
He aquí una respuesta ( New Republic, 5/5/14):


"(Entrevistador): –¿Podría decirnos algo sobre el impacto de Marx en su pensamiento y como empezó a leerlo?


"(Piketty): –En realidad nunca lo he leído... (¡super-sic!). (Sólo) el Manifiesto comunista, una pieza breve, fuerte. Das Kapital creo que es muy difícil de leer (¡sic!) y no fue mi influencia (¡sic!)


"–Porque por el título de su libro, parecía que le rendía tributo.


"–No, no, ¡para nada! La gran diferencia es que mi libro es sobre la historia del capital (¡sic!), y en el libro de Marx no hay datos (¡supersic!)."
Sólo alguien que ni ha visto El capital pudo decir algo así... y como al final dijo que leyó el Manifiesto, también decidió robar este título, publicando su Manifiesto por Europa ( The Guardian, 2/5/14).


Con esto bastaría, pero igual el marxista inglés Michael Roberts se tomó la molestia de desnudar más a Piketty (véanse varias entradas en su blog: The Next Recession). Sólo una de las conclusiones (más generoso, imposible): "Si se limitara a presentar sus datos sobre la desigualdad (¡él sí tiene datos!: MW), sería una contribución. Pero quiso más: corregir el marxismo (¡sic!) y remplazarlo con sus 'leyes fundamentales' (¡sic!), según las cuales se puede arreglar al capitalismo reduciendo las desigualdades".


David Harvey, el experto en El capital, señaló por su parte que aunque los datos de Piketty son valiosos, las razones de la desigualdad que da tienen fallas, que capital no es riqueza y que le haría bien leer a Marx, cosa que no hizo ( davidharvey.org).


Michel Husson, el marxista francés, remarcó que su enfoque neoclásico simplemente distorsiona las verdaderas leyes del movimiento en el capitalismo ( Contretemps, 10/2/14).


Incluso queriendo reconocerle algo como el cuestionamiento a los dogmas neoliberales (desigualdades y meritocracia son buenos), o un buen estilo y referencias literarias (Austen, Balzac, Dickens, etcétera), uno acaba como Alan Nasser en su bastante matizada reseña ( Counterpunch, 2-4/5/14), señalando más fallas: ausencia del lado del trabajo e ingenuidad política.


Todos los autores –incluido Marx, que con su Miseria de la filosofía parafraseaba a Proudhon para atacarlo– tomamos prestados o robamos títulos ajenos; para jugar con palabras, evocar, criticar o para llevar mejor el argumento propio. Este columnista atracó últimamente dos veces a Foucault ( La Jornada, 9 y 23/5/14); ahora asaltó a De Sica ( Ladrones de bicicletas, 1948). No hay nada malo en esto. Pero en el caso de Piketty, no sólo resulta un poco patético, sino engañoso. Así se puede escuchar que Piketty actualiza a Marx para el siglo XXI (¡sic!) o que gracias a él, Marx está otra vez en boga (¡sic!). Así, la crítica de las desigualdades se confunde con el anticapitalismo, o parece que las desigualdades son la principal contradicción del capitalismo (y no son nada esencial de este sistema de producción, más bien propio de todas las sociedades clasistas).


Si bien entre los marxistas hay fuerte debate sobre cuál es la principal contradicción (Harvey contribuye a él con su nuevo libro: Seventeen contradictions and the end of capitalism, 2014, 336 pp.), las desigualdades ni están en la lista. O lleva a otras confusiones, incluso en nombre de buenas causas: activistas que defienden el legado de Marx (y Engels) de la privatización y desaparición de Internet (Lawrence & Wishart versus Marxists Internet Archive) ponen como ejemplo de su actualidad el –supuesto– "diálogo que Piketty lleva con él en su bestseller" –¡sic!– ( The Guardian, 5/5/14).


Para que no quede duda: la crítica de aquí no es la misma que le hace a Piketty la derecha (o Financial Times) tildándolo de marxista (¡sic!) y su análisis de radical; el problema es que no es suficientemente radical. Piketty pretende –este es el objetivo de su libro– salvar el capitalismo de sí mismo y –promoviendo nuevos impuestos– hacerlo funcionar para todos (que es –bien apunta Roberts– una contradictio in terminis). Según él, necesitamos el capitalismo, pero un poco más justo, más lejos de Marx, que abogaba por otro sistema, sin clases, imposible. En algún momento Piketty muestra reparos por el título, pero –paradójicamente– por su segunda parte ("... in the twenty-first century"): Tal vez era presumido ponerlo así en la víspera del siglo (p. 35). Curioso, ya que la más problemática resulta la primera (" Capital...").

James K. Galbraith, después de criticar duramente a Piketty, concluye así su reseña: (...) a pesar de las grandes ambiciones su libro no es un trabajo completo con teoría sofisticada, como su título, extensión y recepción sugieren ( Dissent, primavera 2014).


Por el bien del debate dejemos abierta la cuestión de si Capital in the twenty-first century es una obra maestra (como se asegura), o si Thomas Piketty es un genio económico (como se dice). Lo seguro es que es un pésimo titulero.


*Periodista polaco
Twitter: @periodistapl

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Miércoles, 14 Mayo 2014 08:03

¿Qué es el capitalismo verde?

¿Qué es el capitalismo verde?

Durante las últimas dos décadas se popularizó la noción de economía verde y se generó una nueva retórica sobre la solución a los problemas ambientales que hoy enfrentamos. Esta idea de economía verde también ha sido presentada como la solución a los problemas de estancamiento económico y de desempleo. Por eso la economía verde ha sido promovida por gobiernos, organismos internacionales y grandes grupos corporativos.
Pero, vamos al grano. La economía verde es sinónimo de capitalismo verde. Y entonces la pregunta es la siguiente: ¿Bajo qué condiciones es posible concebir una plataforma duradera de acumulación de capital que sea compatible con el mejoramiento del ambiente y con la buena salud de la biósfera a largo plazo?


El capitalismo verde estaría soportado por dos pilares. El primero consistiría en una serie de mercancías y procesos de producción que serían menos dañinos para el medio ambiente. El reciclaje y la mayor eficiencia tecnológica serían principios rectores en todo proceso productivo. El segundo sería el del mercado como herramienta para reparar los problemas ambientales existentes, desde la concentración de gases invernadero en la atmósfera, hasta los daños a los ecosistemas. La solución de mercado estaría asociada a la privatización y mercantilización de todos los componentes de la naturaleza. En el capitalismo verde, la naturaleza es un conjunto de objetos físicos que puede ser apropiado y valorizado como cualquier insumo del proceso de producción capitalista. La noción de capital natural sería un componente de esta visión en la que el crecimiento sería compatible con la conservación. Lo anterior quiere decir que la economía capitalista estaría en condiciones de generar e introducir en la producción y en el consumo tecnologías que permitirían, entre otras cosas, reducir el componente energético en la ecuación de costos totales.


En una economía capitalista la transición a una nueva plataforma de acumulación de capital entraña un proceso de transformación tecnológica de gran amplitud. Esto tiene que apoyarse en un flujo de inversiones que permita la introducción masiva de innovaciones que respondan a los criterios anteriores.


En el pasado el capitalismo demostró tener una gran capacidad para el cambio tecnológico. Por eso la ideología neoliberal sostiene que para cualquier escenario ambiental el capital siempre es capaz de encontrar tecnologías que permitan reducir el costo de producción. Pero en las condiciones actuales, con una economía global dominada por el capital financiero, y en medio de una lucha internacional por ver quien ocupa el papel de potencia hegemónica (y reorganiza la economía mundial alrededor de sus intereses) es posible que el capital no tenga esa capacidad transformadora.


Es importante aclarar que los intereses del capital financiero no favorecen el cambio estructural que tendría que darse en la esfera industrial. Además, la política macroeconómica en todo el mundo está orientada a cuidar los intereses del capital financiero, como lo demuestra la obsesión por la 'estabilidad de precios'. El resultado no facilita el cambio estructural en la economía real.


Los capitalistas necesitan tener expectativas de que sus inversiones con nuevas tecnologías (verdes) podrán ser recuperadas y estarán asociadas a ganancias adecuadas sobre un horizonte temporal satisfactorio. Y esta alusión a la tasa de ganancia conlleva una referencia a la relación salarial: aquí entramos en una discusión que los proponentes de la economía verde rehuyen sistemáticamente. Se permite hablar de capital pero todavía no se puede pronunciar la palabra salarios.


Mantener estable la tasa de rentabilidad implica, en la coyuntura actual, reprimir el crecimiento de los salarios. Pero la represión salarial conlleva problemas agudos de realización de mercancías a menos que se recurra al crédito. Eso es lo que permitió sostener la norma de consumo durante las últimas cuatro décadas en las principales economías capitalistas, pero el proceso desembocó en la crisis de 2008. Es difícil salir de este dilema porque las instituciones y normas sociales que condujeron al estancamiento salarial son rígidas y no podrán modificarse fácilmente.


Un problema adicional es el de la sobre-inversión en casi todas las ramas importantes de la industria a nivel mundial. Desde las industrias cercanas a la base de recursos naturales (siderúrgica, cemento, aluminio, vidrio, etc.) hasta las industrias relacionadas con bienes de consumo final (automotriz, naval, electrónica, etc.), la capacidad productiva instalada rebasa con mucho la demanda global. Esto hará más difícil la transformación porque las ramas núcleo resistirán el cambio hasta que la amortización les asegure una rentabilidad adecuada.


Si el capitalismo verde es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? El capital verde no es la solución a los graves problemas ambientales y mucho menos a la creciente desigualdad. Es una justificación ideológica a la necesidad de asegurar la continuidad de una relación social de explotación clasista.


Twitter: @anadaloficial

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Domingo, 11 Mayo 2014 05:48

El peligroso camino chino de Cuba

El peligroso camino chino de Cuba

La Revolución Cubana, desde El Moncada hasta la entrada en La Habana y la instauración del gobierno de los barbudos, fue una revolución de jóvenes por la democracia social, por acabar con el tiempo muerto y asegurar pan y trabajo a todos. Se apoyó en la movilización y la participación en la lucha política sindical y armada de la parte mejor y más pobre del país. Éste estaba politizado por la experiencia previa del radicalismo antimperialista de Guiteras y se caracterizaba por la lucha ideológica entre las diferentes tendencias (nacionalista, socialcristiana, comunista estalinista, comunista trotskista, anarquista) que influían en el movimiento estudiantil y obrero. Esa revolución quería poner fin a la ocupación del Estado por la pandilla batistiana y al control de la economía por las empresas estadunidenses y sus socios cubanos. No dependía de nadie, ni de los intentos estadunidenses de controlarla para prescindir de Batista, ni de la entonces Unión Soviética, que no la ayudó en sus comienzos y que repudió, al igual que los partidos comunistas, su radicalismo. Su victoria condujo un gobierno pluralista del Movimiento 26 de Julio (M26), de un grupo de militares antibatistianos de baja graduación, de los socialcristianos del Directorio estudiantil y de un grupo de comunistas que habían desacatado la política de su partido de rechazo de la lucha armada antibatistiana. Esos grupos integraron después las Organizaciones Revolucionarias Integradas, que dieron origen posteriormente a un nuevo Partido Comunista iconoclasta, innovador, lleno de audacia, inicialmente muy abierto a la discusión de las diferencias entre revolucionarios, capaz de atraer a los intelectuales progresistas de la isla y del mundo por su valiente posición internacionalista y sus principios de justicia social, partido que estaba enfrentado con los demás partidos comunistas dirigidos por Moscú y con Moscú mismo.


Hoy, más de medio siglo después, el partido y el Estado forman una sola cosa, los ex jóvenes han envejecido en el gobierno y no hay ya margen para la audacia y la innovación. El partido único burocratizado casi ha perdido el apoyo militante de los jóvenes y no despierta las esperanzas de los trabajadores de mejorar constantemente su nivel de vida y de tener trabajo digno y bien pagado. Además, no depende del pueblo cubano sino de lo que pueda suceder en el campo internacional, pues Cuba importa la mayor parte de los alimentos que consume, toda su tecnología y el combustible y vive, sobre todo, del turismo de las clases medias consumistas del extranjero, de la exportación de profesionales que forma a duro costo y de la ayuda primero de la Unión Soviética y ahora de Venezuela, o sea, de factores incontrolables e inseguros.


En la gran mayoría de la juventud ha triunfado la ideología consumista del capitalismo y en un sector importante de la intelectualidad impera el desencanto cínico y el conservadurismo que reflejan las novelas de Leonardo Padura, así como el temor a una represión burocrática que podría quitarle sus pocas prebendas o sus trabajos oficiales a quien levante una voz crítica. El gobierno sigue gozando de un consenso mayoritario. Pero éste es pasivo y se basa no en la lucha por el socialismo sino en el nacionalismo antimperialista cubano, que no acepta ni tolerará la imposición de una nueva dominación estadunidense, que llevaría a Cuba al nivel de Puerto Rico.


El pueblo cubano está viviendo hace años una gran transformación: quienes tienen dólares por su trabajo, por comportamientos ilegales o por tener parientes emigrados, viven mejor que los que viven de sus salarios en pesos. Aparecen así sectores privilegiados, aunque sea con el pobre privilegio de comer mejor o dos veces por día o de informarse. Profesiones nobles y absolutamente necesarias como el magisterio, la medicina o la tornería no atraen ya a los jóvenes, pues se gana más en el turismo y sus derivados (legales o ilegales). La emigración aparece cada vez más entre ellos como una perspectiva.


Para peor, todos saben que en la guerra del imperialismo y sus aliados locales, más una gran parte de las clases medias de Venezuela, contra el llamado proceso bolivariano, se juega también la suerte de Cuba y de los países de la Alba, que dependen del petróleo y del mercado que les ofrece Caracas. Además, el hecho de que la única vida política pluralista, para los intelectuales, deba hacerse alrededor de los medios y publicaciones de la Iglesia católica, que es enemiga del socialismo y del gobierno cubano, no sólo fomenta las posiciones conservadoras, socialcristianas o socialdemocráticas de todo tipo, sino que también aísla del pueblo a los intelectuales que siguen siendo revolucionarios, los cuales para escribir libremente muchas veces deben emigrar.


La construcción en Mariel de un puerto franco para la localización de industrias y la creación de un enorme puerto para contenedores, podría crear un nuevo Panamá. Como el mercado cubano es muy chico, dispone de pocos jóvenes y la productividad es baja, el gobierno parece haber optado por la integración de la isla en el mercado y el comercio internacionales del capitalismo estadunidense. Desgraciadamente, la nueva ley de inversiones podría dar un fuerte impulso a las desigualdades sociales y al capitalismo en la isla y da margen también para el reingreso a Cuba mediante testaferros de los capitales –cubanos o no– que emigraron en los años 60. El gobierno se guía por las necesidades económicas estatales y subordina a ellas al Partido Comunista burocratizado y a los trabajadores cubanos, a los que jamás consulta y sólo llama para aprobar las decisiones tomadas previamente por unas 10 personas. Sin la plena discusión por los trabajadores de las decisiones políticas y económicas, Cuba, como China, podría ir por el camino de la reconstrucción acelerada de una clase burguesa a partir de la burocracia unida al capital extranjero. Sobre esto volveremos.

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Cuba flexibiliza regulaciones a las grandes empresas estatales

El gobierno del presidente de Cuba, Raúl Castro, flexibilizó este lunes las regulaciones que rigen a las grandes empresas estatales, extendiendo a la minería, el turismo y las telecomunicaciones las reformas de mercado aplicadas hasta ahora en el sector minorista y la agricultura.
La fase más compleja de las reformas económicas incluirá cientos de compañías del Estado, desde Cubaníquel hasta Cubapetróleo, pasando por bancos y firmas de comercio mayorista.


La iniciativa llega en momentos en que el gobierno intenta modernizar la economía estilo soviético de Cuba para evitar la bancarrota de las grandes empresas e impulsar el crecimiento, que ha rondado 2 por ciento anual desde que comenzaron las reformas.


Tras los últimos cambios, más de 5 mil empresas pasarán a operar con más independencia del gobierno, podrán quedarse con 50 por ciento de las utilidades luego de pagar impuestos, lo que representa 20 por ciento de lo que rige ahora, y también diseñar sus propias políticas salariales, y no tendrán que devolver las reservas no utilizadas, según el nuevo reglamento publicado en la Gaceta Oficial.


Además, podrán vender sus excedentes de producción después de cumplir los contratos con el Estado, tendrán más flexibilidad para tomar decisiones sobre la producción y comercialización, y serán evaluadas con base en siete criterios en lugar de decenas como hasta ahora.
Muchos de estos cambios son aplicados en proyectos piloto pero serán generalizados en la última de una serie de reformas de mercado implementadas por el presidente Raúl Castro después de remplazar a su hermano Fidel, en 2008.

Ahora estamos metiéndonos en las cosas más importantes, dijo un economista local especializado en la reforma empresarial, que pidió no ser identificado.


El experto se refería no sólo al anuncio de este lunes, sino también a la reciente aprobación de una ley de inversión extranjera que ofrece agresivos recortes de impuestos para los empresarios que coloquen dinero en la isla.


En 2010 Cuba empezó a despedir a cientos de miles de empleados públicos y a desregular pequeños negocios minoristas, al tiempo que autorizó la creación de un sector no estatal de más de 450 mil pequeños negocios y entregó tierras en concesión a 180 mil granjeros.


Son medidas económicas racionales que separan las empresas de los ministerios, dando más autonomía a los administradores, institucionalizando los incentivos y dando participación a los trabajadores en las ganancias, dijo el analista Phil Peters, director del Cuba Research Center en Estados Unidos.


El proceso será gradual, dando cada vez más responsabilidad a los gerentes de las empresas, explicó a Granma Grisel Tristá Arbesú, funcionaria a cargo de las reformas en el área empresarial.


Las empresas no tendrán libertad para exportar o importar, ni formar empresas mixtas con inversores privados sin el permiso del gobierno.
Por otra parte, María Gabriela Chávez, hija del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, visitó al líder cubano, Fidel Castro, en su hogar en esta capital. En mi regreso a la isla del gigante, tuve el honor de compartir durante tres horas con mi querido Fidel, comandante de todos los tiempos. Juntos revivimos la experiencias y momentos que con mi amado padre compartimos, escribió la hija de Chávez en la red social Instagram, en un mensaje acompañado de una foto y reproducido por el portal Cubadebate.


La anterior foto de Castro fue publicada el 27 de marzo, cuando lo visitó el primer ministro de Vietnam, Nguyen Tan Dung.


En Estados Unidos, un nuevo grupo activista, que busca que el gobierno cambie su política hacia Cuba, lanzó una campaña de publicidad con carteles en el metro de Washington DC con la imagen del presidente Barack Obama al que le piden dejar de esperar.


La publicidad del grupo #CubaNow está diseñada para destacar los cambios económicos en Cuba. El grupo cree que el bloqueo impuesto contra la isla hace 52 años no ha funcionado.

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Calidad de la educación en la perspectiva anticapitalista

Con el desmantelamiento de la URSS por parte de la burocracia soviética, el capitalismo globalizado lanzó una ofensiva en todos los campos para desmantelar las conquistas económicas, políticas y sociales impulsadas con la revolución Bolchevique y concertadas en el llamado Estado de Bienestar Keynesiano de la post guerra. La desregulación de los controles a los capitales y la flexibilización laboral son expresiones de ello. En este marco se desarrolla la burbuja inmobiliaria (1989/2006), la cual colapsa en 2006, provocando la crisis de las hipotecas subprime (2007). Ello generó una profunda y amplia crisis financiera (2008/2014) en casi todas las economías. Una primera ola recorrió y se instaló en la otrora poderosa Europa, para luego generar sucesivos oleajes que comienzan a impactar a América Latina y el Caribe. La crisis financiera del capitalismo globalizado renueva su vocación liquidacionista de las conquistas alcanzadas por los trabajadores y los sectores medios, con luchas y movilizaciones por décadas, en toda la geografía del planeta. Una clara expresión de esta dinámica lo constituyen los sucesivos, continuos y cada vez más sistemáticos ataques a la educación pública. Estas operaciones se esconden detrás de llamados a mejorar la calidad de la educación.


Los ciudadanos de nuestros países no sólo quieren una educación pública, gratuita y para todos, sino que ésta sea de calidad. Para quienes vivimos del trabajo, ello tiene un claro significado. La calidad de la educación es para que el sistema escolar garantice procesos de enseñanza-aprendizaje con pertinencia social, capacidad resolutiva de problemas, el pleno desarrollo de la personalidad y –en el caso de Venezuela- para alcanzar los objetivos y finalidades descritos en el marco jurídico consensuado con el proceso constituyente. La calidad de la educación es para garantizar que nuestro sistema educativo enseñe, investigue y aplique los conocimientos de punta para formar generaciones que lideren la independencia económica, tecnológica, científica y del conocimiento en general con conciencia de los valores de la justicia social y la armonía con el ambiente. Esa es la educación de calidad que aspiramos los trabajadores. La orientación y significado de la calidad educativa para el gobierno Bolivariano esta expresado en la CRBV (art. 103/1999) y la LOE (art.4/2009). En esa orientación entendemos y apoyamos la convocatoria del Presidente Maduro a una gran consulta sobre la calidad de la educación. Calidad de la educación para profundizar la revolución en materia educativa y para erradicar cualquier intento de contrarreformas del gran capital con la participación protagónica de toda la población.


Para los ricos la educación es un gasto que desvía importantes recursos y esfuerzos para la producción de mercancías. La población es vista como simples consumidores, los cuales pueden ser educados para ello, por los mass media, resultando desde esa perspectiva innecesario el sistema escolar que concreta la premisa de la educación como derecho humano fundamental. En consecuencia se generan un conjunto de operaciones de contrarreformas que se expresan en los discursos referidos a (a) la obsolescencia continuada de la escuela, (b) la precarización creciente de la formación docente; (c) el ataque a los derechos laborales del magisterio, especialmente los referidos a estabilidad laboral, fondos de jubilaciones y pensiones, así como a las condiciones de trabajo, (d) creciente exigencia a los docentes universitarios para que se conviertan en captadores de fondos para las universidades, (e) tendencia a la generalización y cobro de pagos por estudios a los alumnos; (f) diversificación de la planta física escolar y su dotación con la premisa de ahorrar costes, (g) congelación de salarios de los docentes por periodos superiores a los previstos en las contrataciones colectivas.


Todas están operaciones suelen introducirse con el "caballo de Troya" de la calidad educativa. A partir de la exigencia ciudadana de mejora continua de los sistemas educativos, que les permitan a los estudiantes y egresados un pleno desarrollo personal, laboral y profesional se diseña una estrategia de contrarreformas a escala planetaria. Para la necesaria unificación de criterios de aplicación de estas contrarreformas se demanda de los sistemas de evaluación de calidad, uniformidad en sus procesos, contenidos, criterios y parámetros. Allí surgen PISA (2009 - ) cuyo nombre en español es Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes estandariza los indicadores orientándolos hacia las competencias de los estudiantes (15 años) conforme a los requerimientos del mercado, la innovación tecnológica y las capacidades adaptativas. La formación en historia o artística, vitales en la construcción de cosmovisión del niño y el joven no son valoradas, lo cual ha llevado a administraciones educativas como la española, la chilena (Piñera) o la de la ciudad de Buenos Aires (Macri) a plantearse la eliminación o disminución a su mínima expresión de las materias y contenidos geo históricos y artísticos, por ejemplo.


En la educación universitaria la Estrategia de Lisboa (1998/1999) conocida como Proceso de Bolonia procura desarrollar las contrarreformas en la educación superior en la Unión Europea. Sin embargo países como Estados Unidos no sólo trabajan en esa dirección (PISA/Bolonia) sino que la profundizan. Por ejemplo, en Chicago se cierran un centenar de escuelas ubicadas en sectores populares con el argumento que no son útiles las "escuelas para repitientes", se crean escuelas "chárter" allí y en Nueva Orleans, a la par que se despide a profesores como Carole Vance y Kim Hopper, de la universidad Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia, porque no habían atraído suficientes fondos de subvención". Todo ello, aunado al desarrollo de infraestructuras universitarias que son emulaciones de centros comerciales con comedores estéticamente macdonalizados.


Esta ofensiva de los más poderosos y ricos generó un importante movimiento de masas anticapitalista que luchan para no permitir la implantación del concepto de calidad educativa neoliberal. Desde Tel Aviv, Atenas, Londres, Nueva York, Berlín, Lisboa, Quebec, el mundo árabe/musulmán, Santiago de Chile, Capital Federal de Buenos Aires hasta Ciudad de Panamá, el anticapitalismo educativo se expresa con fuerza. Movimientos estudiantiles como YoSoy132 (México), los pingüinos y los universitarios (Chile), Indignados (Nueva York, Madrid, Italia), Juntos (Brasil), entre otros, salieron a las calles a protestar los recortes presupuestarios a la educación y contra las alzas de las tarifas de los servicios públicos. Pero no fueron los únicos, en el 2010 los estudiantes franceses tomaron las calles contra la reforma al régimen de pensiones, los recortes presupuestarios en educación y las discrimaciones a los inmigrantes. En España, una parte importante del movimiento de indignados del 15M (20111) saltó a la política anticapitalista a través de PODEMOS (2014). Es evidente el protagonismo de los jóvenes en la llamada primavera quebequense (2012), en este caso contra el alza de un 82% de las matrículas universitarias, en Grecia (2009 - ), Portugal (2011), Italia (2011), donde se protesta contra los recortes presupuestarios en educación. En el 2012 los estudiantes mexicanos bajo el lema Yosoy132 tomaron las calles para demandar democratización del sistema político y una mejor educación. De la resistencia se pasa progresivamente a la acción política consciente. Las manifestaciones de Sao Paulo (2013) contra el aumento de las tarifas del transporte, empalma con las luchas de los maestros y profesores a escala planetaria, quienes demandan no sólo mejoras laborales del sector sino contra la privatización de la educación y la mercantilización de la vida cotidiana de los pueblos.


Las contrarreformas educativas no han logrado pasar sin amplias protestas del magisterio en España (2012-2014), en México (2013) dirigidos por la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Enseñanza (CNTE), en Puerto Rico (2013) contra la Ley 160 o más recientemente en Ciudad Capital de Buenos Aires contra los "contenedores" de Macri y por aumentos salariales. Son solo algunos ejemplos de la punta del iceberg que comienza emerger.


El desafío ahora es retomar la ofensiva, como lo hizo el magisterio y los estudiantes en Córdoba y el Mayo francés, para construir una agenda de transformaciones del sistema educativo a la altura de las necesidades y requerimientos de los más humildes, en el marco de un proyecto emancipatorio del siglo XXI. Ello implica romper con clichés, entender que la crisis actual es parte de un largo proceso de intentos de desmantelamiento de la educación pública, que demanda creatividad, compromiso y resolución de las llamadas vanguardias. Pareciera urgente y necesaria la convocatoria a una "conferencia", "encuentro" o "Congreso" Mundial de los jóvenes, estudiantes y el magisterio progresista para estudiar, analizar y debatir las características particulares de esta ofensiva neoliberal contra la educación pública y coordinar esfuerzos de resistencia y ofensiva a escala planetaria por una educación de calidad comprometida con el cambio social. Trabajemos en ello.

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La mayor (y más silenciada) causa del crecimiento de las desigualdades

Las desigualdades en la mayoría de países a los dos lados del Atlántico norte, Norteamérica y la Unión Europea, han crecido enormemente, alcanzando unos niveles nunca vistos desde principios del siglo pasado, cuando tuvo lugar la Gran Depresión. Este crecimiento ha sido particularmente acentuado en los países conocidos como PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España), que se convierten en GIPSI cuando se añade Italia.


¿Por qué este crecimiento tan notable?


Existe ya toda una extensa bibliografía que intenta explicar este hecho. Una síntesis de las distintas razones que se han dado aparece en el discurso que el Premio Nobel de Economía, James Alexander Mirrlees, dio con motivo de su ingreso a la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras, y que se publicó en La Vanguardia el 23 de marzo de 2014. Es un resumen de lo que constituye la sabiduría convencional en el conocimiento económico actual. El problema que conlleva y reproduce este conocimiento hegemónico es que ignora el contexto político, que condiciona y determina el conocimiento económico.


Por ejemplo, una de las explicaciones que se han dado con mayor frecuencia para explicar la disminución de los salarios (una de las mayores causas del crecimiento de las desigualdades) es la globalización económica, con la movilidad de capitales que se desplazan a países de bajos salarios para abaratar sus productos. Pero esta explicación ignora que los países escandinavos como Suecia o Noruega, por ejemplo, están entre los países más globalizados del mundo. Es decir, sumando sus exportaciones e importaciones se alcanzan los porcentajes del PIB de los más altos existentes en el mundo. Debido a su pequeño tamaño, la economía de estos países está enormemente integrada y globalizada. Y, en cambio, sus salarios están entre los más elevados del mundo. Y ello se debe a que el mundo del trabajo y sus instrumentos políticos y sindicales son muy fuertes y han ejercido una fuerte influencia sobre sus Estados.


Estos datos muestran que no es la globalización económica en sí, sino la manera como se realiza tal globalización, la que determina el nivel salarial. En otras palabras, son las variables políticas (lo que se llama el contexto político) las que determinan el fenómeno económico (y no a la inversa). Esta realidad constantemente es olvidada incluso por autores progresistas, como Christian Felber, que en su conocido libro La economía del bien común apenas toca el contexto político, reduciendo su libro a un tratado de ingeniería económica sin considerar las variables políticas que harían posible su realización.


Por qué los indicadores de desigualdad que se utilizan no nos sirven para entender la desigualdad


Esta ignorancia o desconocimiento del contexto político ha llevado al establecimiento de unas ciencias económicas que nos limitan en el entendimiento de las desigualdades. Comencemos por el estudio de los indicadores de desigualdad. El más común para medir las desigualdades de renta es el coeficiente de Gini, que intenta medir el nivel de desigualdades mediante un valor que va de 0 a 1. 0 quiere decir igualdad completa y 1 desigualdad total. En general, el Gini es más bajo en los países escandinavos que en los países PIGS o GIPSI.


Ahora bien, sin negar que este indicador pueda sernos útil, la realidad es que la información que nos proporciona es muy limitada, pues no nos señala por qué este nivel está donde está ni por qué varía. Para poder entender y, por lo tanto, medir mejor las desigualdades, hay que comenzar por entender de dónde proceden las rentas. Y las dos fuentes más importantes son la propiedad del capital, por un lado, y el mundo del trabajo, por otro. Es decir, la desigualdad en la distribución de las rentas depende primordialmente de la distribución de la propiedad del capital y de la distribución de las rentas del trabajo. La relación de poder entre las fuerzas del capital, por un lado, y las fuerzas del trabajo, por otro, es lo determinante en la distribución de las rentas en un país. La evidencia de que esto es así es abrumadora y, en cambio, el lector raramente lo leerá en los mayores medios de información.


En realidad, este hecho es una de las razones que explica la falta de atención (cuando no abierta hostilidad) que el tema de las desigualdades tiene dentro de lo que se llaman "ciencias económicas". Como dijo hace unos años el Premio Nobel de Economía Robert Lucas (miembro del consejo científico de uno de los centros más importante y prestigiosos de investigación económica en España, la Barcelona Graduate School of Economics) "una de las tendencias perniciosas y dañinas en el conocimiento económico... en realidad, venenosa para tal conocimiento, es el estudio de temas de distribución" (Robert Lucas, "The Industrial Revolution: Past and Future". Annual Report 2003 Federal Reserve Bank of Minneapolis, May 2004).


A los economistas próximos al capital les molesta que se investiguen las causas de las desigualdades pues la evidencia científica muestra que la principal causa de su crecimiento ha sido, precisamente, el enorme crecimiento de las rentas del capital a costa de las rentas del trabajo, hecho que es consecuencia del gran dominio de las instituciones políticas y mediáticas por parte del capital, dominio que ha diluido y violado el carácter democrático de las instituciones representativas de los países donde el crecimiento de las desigualdades ha tenido lugar (ver el excelente libro Capital in the Twenty-First Century, de Thomas Piketty, 2014).


Es más, el protagonismo del capital financiero (y muy en particular de la banca) dentro del capital, junto con el descenso de las rentas del trabajo, generador del descenso de la demanda, explica el comportamiento especulativo de ese capital, origen de la enorme crisis, tanto financiera como económica (y, por lo tanto, política), que estamos viviendo. El lector puede así entender por qué el Sr. Lucas y un gran número de economistas próximos al capital no quieren ni oír hablar de temas de desigualdades, porque, por poco que se mire, se ve claramente el origen de tanto sufrimiento que las clases populares están padeciendo, que no es otro que el enorme dominio que el capital tiene sobre las instituciones del Estado.


La concentración del capital


Permítanme que me extienda en estos puntos. Es bien sabido que la propiedad del capital está mucho más concentrada que la distribución de las rentas. Así, el 10% de la población en la mayoría de países de la OCDE (el club de países más ricos del mundo) tienen más del 50% de la propiedad del capital. En España, uno de los países con mayor concentración, tiene alrededor del 65% (tabla 7.2 en el libro de Piketty). Por otra parte, la mitad de la población en su conjunto no tiene ninguna propiedad: en realidad, está endeudada. De esta concentración se deriva que cuanto mayor es el porcentaje de las rentas que derivan del capital, mayor es la desigualdad en la distribución de las rentas. Es lo que solía decirse que cuanto mayor poder tiene la clase capitalista (término que ya no se utiliza por considerárselo "anticuado"), mayores son las desigualdades en un país.


Naturalmente que estas desigualdades entre el mundo del capital y el del trabajo no son las únicas que explican las desigualdades de renta en un país. Pero sí que son las más importantes. Les siguen las desigualdades dentro del mundo del trabajo, que se reflejan predominantemente en la extensión del abanico salarial. Pero incluso estas dependen de las fuerzas derivadas del capital. Cuanto mayor es el poder de la clase capitalista, mayor es la dispersión salarial, hecho que la economía convencional atribuye a su hincapié en estimular la eficiencia económica, aun cuando la evidencia científica muestra que no hay ninguna relación entre dispersión salarial y eficiencia económica. En realidad, algunas de las empresas más eficientes (como las cooperativas del grupo Mondragón) son las que tienen menor dispersión salarial. El objetivo de esta dispersión no es económico sino político: el de dividir y, por lo tanto, debilitar al mundo del trabajo.


Esta observación, por cierto, explica las limitaciones de aquellos autores que ciñen la definición del problema al 1% de la sociedad, eslogan generado por el movimiento Occupy Wall Street y que ha sido importado a España. El sistema económico se sostiene precisamente por la lealtad del siguiente 9% superior de renta, que deriva sus rentas del trabajo, pero cuyo poder y permanencia dependen de su servicio al 1%. Los grandes gurús mediáticos, por ejemplo, reciben salarios elevadísimos cuya cuantía no deriva de su competencia o eficiencia, sino de su función reproductora de los valores que favorecen los intereses del 1%.


En conclusión, las causas de las desigualdades son políticas y tienen que ver predominantemente con el grado de influencia política que los propietarios del capital tienen sobre los Estados. Cuanta mayor es su influencia, mayor es la desigualdad social. El hecho de que estas hayan crecido enormemente desde los años 80 se debe al cambio político realizado por el Presidente Reagan y la Sra. Thatcher –la revolución neoliberal–, que fue y es la victoria del capital sobre las fuerzas del trabajo, victoria que continúa debido a la incorporación de los partidos de centroizquierda gobernantes al esquema neoliberal promovido por el capital. Cada una de las políticas neoliberales (los recortes del gasto público y transferencias sociales, la desregulación del mercado de trabajo, el debilitamiento de los sindicatos, la descentralización e individualización de los convenios colectivos, la bajada de salarios y otras medidas) repercute en el beneficio del capital y su concentración a costa de las rentas del trabajo. Son políticas claramente de clase que no se definen con este término por considerarlo "anticuado". Es precisamente resultado de la enorme influencia del capital que tal terminología se considere anticuada. Es predecible que los portavoces del capital así lo presenten, pero es suicida que los portavoces de las izquierdas, en teoría próximas a las clases populares, también consideren estos términos anticuados. Confunden antiguo con anticuado. La ley de gravedad es antigua pero no es anticuada. Si usted lo duda es fácil de comprobar: salte de un cuarto piso y lo verá. Y esto es lo que está ocurriendo con gran número de las izquierdas gobernantes en España y en Europa. Están cayendo del cuarto piso y todavía no se han dado cuenta del porqué. Le agradecería al lector que les enviara este artículo.

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Domingo, 16 Febrero 2014 06:11

Brasil y la turbulencia en la economía

Brasil y la turbulencia en la economía

Dilma Rousseff empezó el último año de su mandato presidencial enfrentando fuertes resistencias en el mercado financiero local, con una mezcla de temor y desconfianza en los inversores extranjeros.


No es un fenómeno único: buena parte del escenario internacional se muestra poco propicio a los países emergentes. Las incertidumbres del mundo no eligen blancos aislados, afectan todos de manera general, y a algunos de manera particular. Brasil no quiere estar en esta última categoría y el gobierno trata de buscar una estrategia eficaz para lograrlo, tanto en el campo interno como en el externo.
Además, la situación de la economía tiene peso específico en las elecciones generales de octubre. La persistente presión inflacionaria (2013 cerró con una tasa de 5.91 por ciento) es buena munición para los adversarios, y gracias a los segmentos de alimentación, vestido, transporte y servicios afecta directamente a las clases más bajas, donde se concentra el grueso del electorado.


Por todo eso, Dilma se concentra en enviar señales en varias direcciones: al electorado, al mercado financiero y, por extensión, al exterior.
Con insistencia, trata de asegurar que Brasil dispone de los medios necesarios para hacer frente a la crisis que amenaza a los países emergentes. Insiste en que en 2014 el gobierno mantendrá una gestión compatible con la continuidad de la política de profundo compromiso con la responsabilidad fiscal, y dice que en su gobierno hay plena disposición para hacer que 2014 sea un año mejor que 2013.


El principal problema de la mandataria es que, por más que asuma compromisos y difunda datos que deberían tranquilizar a los inversionistas, todavía no ha logrado convencer a los analistas, consultores e inversores de que el cuadro es mucho menos feo de lo que pintan. Argumentos concretos, como la continuidad del nivel de empleo y la reducción de las desigualdades sociales, además de la estabilidad y del crecimiento económico, no parecen suficientemente convincentes, o seductores, para los dueños del dinero.


También hay vientos preocupantes en el escenario externo, que hacen que la volatilidad de la Bolsa y las oscilaciones del cambio afecten aún más algunos sectores de la economía ya bastante debilitados, en especial la industria.


En lo que va del año, la bolsa cayó 12 por ciento en Brasil y el dólar se revaluó otro tanto frente al real. A eso se suman las presiones para que aumente aún más la tasa básica anual de interés, la Selic, y también eso preocupa al gobierno.


En intensas reuniones a puerta cerrada, técnicos del Banco Central y emisarios del equipo económico tratan, sin mucho éxito, de convencer a analistas y consultores de que esa proyección no tiene base concreta alguna. A la vez, intentan demostrar que en enero la inflación se mantuvo bajo control y que los gastos del gobierno siguen el mismo camino.


Sin embargo, hay problemas que no pueden ser ignorados. Las exportaciones tuvieron el peor enero de la historia, con un déficit de 4 mil millones de dólares, y se supo que la recaudación fiscal aumentó alrededor de 2 por ciento en 2013, en comparación con el año anterior, mientras los gastos públicos subieron 7 por ciento.


En suma, todo eso lleva a que los grandes fondos globales de inversión miren hacia Brasil con desconfianza creciente.


Por si fuera poco, ahora surgen críticas contundentes vinculadas a algunas medidas adoptadas por Dilma para reducir precios, contener la inflación y estimular el consumo interno, que ayudaron a corroer el saldo de las cuentas públicas.


Subsidios y renuncias fiscales para abaratar productos y servicios, de la gasolina a la energía eléctrica, de los alimentos a los electrodomésticos, pueden haber costado alrededor de 20 mil millones de dólares en 2013. Son cálculos del mercado financiero, con base en datos oficiales.


Con ese valor, el gobierno podría haber cumplido holgadamente la meta oficial de ahorrar 50 mil millones de dólares para disminuir la deuda pública. Se lograron unos 37 mil millones, lo que provocó fuerte insatisfacción y nueva desconfianza de los inversores sobre la capacidad del gobierno para cumplir sus metas.


Sin embargo, suspender algunos programas significaría quitar a una parte sustancial de la población el acceso a bienes y servicios, y liquidaría de una vez el exitoso Mi casa, mi vida, que en tres años entregó, con base en créditos de bajísimo interés, alrededor de 3 millones de viviendas de interés social por todo el país.


Por su parte, el gobierno afirma que la economía puede perfectamente soportar ese resultado y que no pretende interrumpir programa social alguno.

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