Miércoles, 12 Octubre 2016 09:41

Nihilismo y capitalismo

Nihilismo y capitalismo

Nuestra época va adquiriendo conciencia de que la crisis económica mundial como la devastación generalizada del medio natural son aspectos particulares de una crisis más amplia que concierne los modos de vivir, y por ende el sentido y valor que conferimos a la vida y a la existencia en general. La crisis de la sociedad es una crisis de la cultura o de la “civilización”, esto es, la de un determinado modo de vida articulado por una representación globalizante del mundo, y encarnado en modelos específicos de subjetividad y de subjetivación.

Desde el siglo XIX por lo menos, hombres y mujeres muy diversos han descrito los aspectos más característicos de este modelo de subjetividad, que ya se venía generalizando por aquel entonces. Según tal modelo, una subjetividad es un “individuo” esencialmente separado de otros individuos, de la sociedad, de los demás seres vivos y de la materialidad que lo sustenta. La sociedad es entendida como una simple colección de individuos que se pretenden absolutamente soberanos y se instituyen en “sujetos” engarzados en relaciones de competencia con otros “sujetos” para la apropiación privada y acumulativa de la materialidad, de lo viviente y del trabajo social. Esta actividad de apropiación privativa de la realidad humana y no humana, que determina el horizonte de vida de cada individuo, supone una representación de las cosas, de lo viviente, del trabajo social y del mundo en general como algo apropiable de manera privada y acumulativa. La significación de lo real como ente apropiable elimina toda simbólica que relacione solidariamente a las subjetividades unas con otras y con los animales, las plantas, las piedras, los ríos y las estrellas del firmamento. Así, las creaciones simbólicas de la cultura que confieren sentido y valor al mundo y a la actividad humana van desapareciendo. Nietzsche llamó “muerte de Dios” o “nihilismo” este desplome del sentido y del valor, que es asimismo un desplome de la simbólica del estar-en-relación o de la dimensión espiritual de la vida, en el sentido que los “románticos” del siglo XIX daban a la palabra “espíritu”.

El nihilismo es el producto histórico de un régimen social y económico donde tiende a borrarse la capacidad humana de (re)crear sentido existencial y valores, y en el que la actividad social tiende a reducirse a la reproducción perpetua de medios y fines sometidos a la finalidad absoluta del poseer y del poder sobre lo humano y lo no humano. Desde el mismo siglo XIX, tal modelo de sociedad ha sido caracterizado como capitalista. El capitalismo –ya sea privado o de Estado– es un régimen de clausura de lo posible que asigna al humano y todo lo que existe el significado absoluto de recurso disponible en vista de la acumulación de poseer y de poder. Por ello, el capitalismo es en sí un régimen de devastación de lo humano y de la naturaleza no humana, régimen que resulta incompatible con la cultura cuyo significado primero es, recordémoslo, el cultivo de la tierra –antes de ser el cultivo de lo humano–. El nihilismo –pensado a partir de Nietzsche como desencadenamiento de la “voluntad de poder”– es la representación general del mundo que sustenta al capitalismo, y el estatuto de esta representación no escultural sino ideológico –en el sentido propio del concepto de ideología elaborado inicialmente por Marx–.

Al igual que en el siglo XIX, la crítica del régimen “moderno” de devastación de la vida humana y de la vida en general pasa hoy día por una crítica cultural del capitalismo, que asumiría el hecho de que el capitalismo no es simplemente un modo de producción sino también y ante todo un régimen de confinamiento de lo humano en el corral de una racionalidad meramente instrumental y calculadora orientada hacia la finalidad absoluta del poseer acumulativo y del poder sobre los otros y sobre las cosas. Un régimen que engendra una subjetividad “unidimensional” capaz de finalidades utilitarias pero incapaz de (re)crear social e incesantemente una simbólica del sentido existencial. Una subjetividad sin espíritu, como la de aquel “último hombre” descrito par Nietzsche: un hombre que a fuerza de mirar hacia abajo ya no logra entender el significado de la palabra “estrella”.

La crítica de la clausura capitalista de lo simbólico no implica en modo alguno que sea necesario volver a los relatos de sentido y valor que existían en la época de Nietzsche –como lo pretenden ciertos integrismos religiosos y políticos del presente–. Hay en efecto una “verdad” del pensamiento de Nietzsche sobre el nihilismo: frente a la afirmación dogmática y esencialista de la absoluta “objetividad” del sentido existencial y de los valores, que defiende una tradición metafísica y ontoteológica, la crítica nietzscheana de los “valores” representa sin duda el advenimiento de una nueva lucidez. Hemos perdido la creencia en fines y valores preestablecidos por la Razón o por Dios, nos ha abandonado la certidumbre del Progreso o de un acaecer feliz de la humanidad dictado por leyes inexorables de la Evolución, la Historia, la Razón o la Divinidad. En esto observamos sin duda la huella de la exigencia crítica del pensar, que recorre la historia de todas las culturas. La crítica cultural del capitalismo es una modalidad de tal exigencia, aplicándola igualmente al dogmatismo “nihilista” que concibe la ausencia de sentido y valor como una especie de atributo “ontológico” de la existencia. Ella nos invita a repensar históricamente las condiciones del sentido existencial y del valor, más allá de toda dogmática y más acá de las dicotomías establecidas entre la “realidad” y la “utopía”, la “razón” y la “imaginación”, lo “visible” y lo “invisible”. Entiende de este modo contribuir a liberar un espacio de pensamiento y de pasión en vista a la (re)creación de las “energías utópicas” de lo humano o, para decirlo tal vez más sencillamente, del espíritu humano.

En las páginas que siguen, este libro busca proponer, de manera sucinta, una serie de puntos de referencia históricos y temáticos de la crítica cultural del capitalismo.

 

Alfredo Gómez Muller. es profesor de Estudios Latinoamericanos y de Filosofía en la Universidad François-Rabelais de Tours (Francia). Integra los grupos de investigación Interacciones Culturales y Discursivas (ICD, Universidad de Tours) y Teoría Política Contemporánea (Teopoco, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá).

 


 

Índice

 

La crítica cultural del capitalismo 

 

I. La conciencia del nihilismo

II. Nihilismo y capitalismo

III. Anticapitalismo y cultura(s) 

IV. Más allá del nihilismo 

 


 

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¿Una vía hacia la democracia económica?

Democracia económica


Una de las principales contradicciones del capitalismo es el choque frontal entre la democracia política y la democracia económica. Mientras la primera está relativamente asegurada en el marco del parlamentarismo representativo heredado de las revoluciones liberales del XIX, la segunda es reprimida de raíz por la estructura económica capitalista, basada en la propiedad privada de los medios de producción y la explotación. Para comprender esta contradicción y entender los mecanismos que podrían paliarla o, incluso, hacerla desaparecer, es imprescindible que nos detengamos brevemente en una pregunta aparentemente sencilla: ¿en qué consiste exactamente la democracia económica?


Sería muy positivo para la clase trabajadora europea y mundial que los sindicatos abrieran un debate serio y abierto sobre la cuestión de los fondos de inversión de los asalariados. La lucha contra la barbarie así lo exige.


Si bien se trata de una cuestión ardua que conlleva un debate de gran calado, en el ámbito que aquí me ocupase podría definir la democracia económica en términos sencillos como el poder de decisión de los ciudadanos, en general, y de los asalariados, en particular, sobre la producción, la distribución, el excedente y la acumulación. La ampliación y profundización de este tipo de democracia permitiría aumentar la influencia de la clase trabajadora sobre los objetivos de la economía, lo que haría posible un mayor peso de las necesidades humanas, sociales y medioambientales en la toma de decisiones frente a las exigencias de lucro y crecimiento a corto plazo a las que obliga la lógica capitalista. Gracias a ello, cuestiones cruciales para el desarrollo y el bienestar, como el trabajo, la educación, la sanidad, la igualdad de ingresos y riqueza o la sostenibilidad, ocuparían un lugar mucho más relevante a la hora de planificar e implementar la actividad económica.


Dos son las vías clásicas que la investigación y la política han venido proponiendo para un mayor acercamiento a la democracia económica: el principio de la paridad y el de la propiedad. El primero apuesta por construir marcos legislativos conducentes a limitar el poder de decisión que emana de la propiedad del capital en favor de una mayor influencia de los trabajadores, aunque sin modificar la estructura básica de dicha propiedad. Para ello, propone las clásicas leyes de cogestión, entre las que destaca el conocido referente de la Mitbestimmung alemana. Esta ha sido la corriente dominante en la socialdemocracia en las décadas pasadas, aunque actualmente no atraviesa su mejor momento.


Por su parte, el principio de la propiedad se enfrenta de lleno con el núcleo duro del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción. Esta alternativa considera que la cogestión no acaba ni con la desequilibrada distribución de riqueza característica del sistema ni tampoco con las bases estructurales de la desigualdad de poder entre trabajo y capital en la que se basa la explotación. Sin embargo, no por ello se trata de una estrategia revolucionaria ni frontalmente anticapitalista, ya que nada tiene que ver con la abolición del capitalismo desde su raíz que defiende, por ejemplo, el marxismo. Bien al contrario, esta vía acepta las reglas básicas del mercado como sistema de asignación de recursos y productos, de manera que no acaba con las múltiples contradicciones asociadas a la competencia, a la realización y a la valorización del capital.


Entre los diversos instrumentos posibles dentro del marco del principio de la propiedad destaca, por ser el más desarrollado en el terreno teórico y práctico, el de los fondos de inversión colectiva. Podrían definirse como “la acumulación gradual de capital en varias empresas a nombre de determinados grupos de trabajadores o de ciudadanos a nivel local, regional, nacional o supranacional para su beneficio colectivo a través de un mecanismo mediante el que estos grupos adquieren fracciones crecientes de la propiedad de dichas empresas a través de fondos de inversión que funcionan como depositarios del capital”[1].


Aunque existen otros ejemplos históricos muy interesantes, como el caso del Statens Pensjonsfond noruego o los Fonds de solidarité FTQ de Québec, el experimento probablemente más avanzado y potencialmente radical en este sentido fue el de los Fondos de Inversión de los Asalariados (Löntagarfonder) aprobados por el gobierno socialdemócrata sueco en la década de los ochenta del siglo pasado. Revisaré a continuación sus elementos básicos con el fin de delinear sus virtudes, sus límites, sus contradicciones y, sobre todo, sus enseñanzas para posibles estrategias futuras en pos de la democracia económica.


Los fondos de inversión de los asalariados: orígenes y aplicación


Lo primero que hay que decir es que estos fondos puestos en marcha en Suecia no son, de ninguna manera, una idea sueca. En realidad, se trata de una estrategia originada y desarrollada en otros países europeos con anterioridad, aunque sin que en ninguno de ellos llegara a ponerse en marcha. El primer proyecto en esta línea, conocido como Plan Gleitze, fue teorizado en la RFA en los años cincuenta y entró en el debate político en los setenta, aunque sin éxito. Otras iniciativas similares fueron probadas en la misma época en otros lugares como Dinamarca, los Países Bajos o el Reino Unido, sin llegar tampoco a implementarse.


El Plan Meidner obligaba a la mayoría de las empresas suecas a emitir un número de acciones nuevas equivalente al 20% de sus beneficios a nombre de un fondo de inversión gestionado por un consejo de administración formado mayoritariamente por cuadros sindicales y, en menor medida, por representantes del gobierno y las empresas.


El proyecto diseñado inicialmente en Suecia en los setenta en el seno de la poderosa Confederación de Sindicatos (LO), conocido como Plan Meidner por el nombre de su principal promotor[2], era francamente radical, sobre todo si tenemos en cuenta el tradicional pragmatismo reformista que siempre ha caracterizado a la socialdemocracia escandinava. En pocas palabras, obligaba a la mayoría de las empresas suecas a emitir un número de acciones nuevas equivalente al 20% de sus beneficios a nombre de un fondo de inversión gestionado por un consejo de administración formado mayoritariamente por cuadros sindicales y, en menor medida, por representantes del gobierno y las empresas. Los réditos obtenidos por estos fondos serían usados exclusivamente para comprar nuevas acciones o para financiar programas de formación en gestión para los trabajadores. Dado que no se contemplaba ninguna forma de titularidad individual de los valores adquiridos ni su venta, el proyecto asumía un principio básico de propiedad colectiva.


De haberse puesto en marcha, el Plan Meidner habría tenido un impacto dramático sobre la propiedad corporativa. Según sus normas de funcionamiento, cuanto más rentable fuera una empresa, más rápidamente pasaría su propiedad a manos de los


sindicatos[3]. Esto llevaría a un proceso hacia la socialización democrática del capital sin parangón en ninguna otra nación capitalista. Como escribió David Harvey: “Probablemente en ninguna parte del mundo occidental el poder del capital se vio más amenazado en la esfera democrática durante la década de 1970 que en Suecia”[4].


A nadie puede sorprender, pues, que la reacción del capital fuera unánime y furibunda. Gracias a su capacidad económica y su influencia política y mediática, las empresas fueron capaces de convocar (y financiar) grandes manifestaciones en las calles, insistentes campañas de rechazo al proyecto en la prensa y todo tipo de contraataques desde los diversos partidos de la derecha[5].


Más allá de las formas y las exageraciones, lo cierto es que el principal argumento contra el Plan Meidner no era descabellado, puesto que esta iniciativa suponía la ruptura total del llamado “compromiso histórico” que capital y trabajo firmaron en Saltsjöbaden en los años treinta y que llevaría a más de cuatro décadas de crecimiento y acumulación más o menos equilibrados y de casi absoluta paz social. En este acuerdo, el capital aceptaba la hegemonía política de la socialdemocracia y el papel preponderante de los sindicatos en la construcción de un modelo de corte corporativista a cambio de la renuncia por parte de éstos a promover cualquier tipo de medida que pusiera en peligro la propiedad capitalista y su monopolio en la gestión económica y en las decisiones relativas al empleo. Obviamente, los fondos salariales de inversión suponían una impugnación innegable de estos principios.


A raíz de esta campaña, ni la clase trabajadora ni la opinión pública llegaron a identificarse con este proyecto, del mismo modo que en las filas del Partido Socialdemócrata de Suecia (SAP), fielmente apegadas a su ancestral pragmatismo, tampoco reinaba el entusiasmo, precisamente. Como dijo Robin Blackburn: “El Plan Meidner era muy radical y ellos [los socialdemócratas] no lo eran”[6].


Así, tras tres profundas revisiones destinadas a hacer digerible esta propuesta sindical entre los cuadros del partido con el fin de posibilitar su implantación legislativa, el plan acabó convirtiéndose en una pálida y deformada sombra de lo que originalmente se pretendía. El nuevo proyecto, finalmente aprobado en el Parlamento en 1983 y puesto en marcha al año siguiente, renunciaba de raíz a que los fondos pudieran alcanzar la mayoría del capital social en ninguna empresa, convirtiéndolos en poco más que nuevas versiones de los clásicos fondos de pensiones (ATP) que ya existían en Suecia desde los años sesenta. Estos fondos realmente existentes, en lugar de nutrirse de ampliaciones de capital condicionadas a las ganancias de las empresas, se financiaban con impuestos que, además, en su mayor parte, procedían de los salarios, de manera que renunciaban a cualquier tipo de redistribución de la propiedad corporativa[7].


Finalmente, tras alcanzar unos resultados situados a años luz de las pretensiones iniciales, estos fondos fueron abolidos en 1991 por una coalición de derechas que logró desbancar temporalmente al SAP del gobierno. Con ello, no sólo se acabó con una de las más prometedoras iniciativas que jamás ha propuesto el reformismo en pos de la democracia económica, sino que se dañó muy gravemente la propia posibilidad de mantener el debate público acerca de este tipo de cuestiones en el futuro.


Tras alcanzar unos resultados situados a años luz de las pretensiones iniciales, estos fondos fueron abolidos en 1991 por una coalición de derechas que logró desbancar temporalmente al SAP del gobierno.


Objetivos de los fondos de inversión de los asalariados


Los fondos de inversión de los asalariados pretendían alcanzar cuatro objetivos de carácter político; a saber: aumentar la influencia de los asalariados en la gestión de las empresas, fomentar la socialización del capital, fortalecer la posición de poder de los sindicatos y estimular la solidaridad y la conciencia de clase entre los trabajadores. Además, el proyecto original buscaba conseguir dos hitos económicos: luchar contra la creciente concentración de capital y riqueza que, a pesar de la igualación de ingresos del trabajo, se venía dando en Suecia desde los años treinta y resolver algunos de los principales efectos perversos que la llamada política salarial solidaria. Entre estos últimos, destacaban los beneficios extraordinarios que generaba a las grandes corporaciones exportadoras, el estancamiento en el crecimiento de los salarios de los empleados de mayor cualificación y el trasvase masivo de ingresos desde el trabajo hacia el capital[8]. La versión finalmente puesta en marcha incluía un cuarto objetivo muy relacionado con la situación de crisis económica por la que atravesaba Suecia en los años setenta: la formación de capital destinado a la inversión productiva. Mediante este último fin, se pretendía contrarrestar el irrefrenable desplome de la inversión derivado de la caída de los beneficios corporativos y, además, orientar la acumulación hacia destinos funcionales para la creación de empleo, el crecimiento y el incremento de la competitividad.


En particular, este cuarto objetivo económico tenía la virtud de facilitar un ritmo de inversión más estable y una menor dependencia respecto de las expectativas sobre las tasas de ganancia, lo que podía resultar útil para amortiguar los efectos perjudiciales de las recesiones sobre el crecimiento y el empleo. Además, esta suerte de mecanismo anticíclico, al estar gobernado por los sindicatos, podría incorporar criterios de inversión menos especulativos y a más largo plazo. Gracias a ello, coadyuvaría a centrar el foco de atención en mayor medida en cuestiones como la lucha contra el paro, la subida del salario directo y relativo o la mejora de las condiciones de trabajo.


Esta estrategia podría servir para hacer frente a las recurrentes e inevitables crisis propias de la dinámica de acumulación capitalista mediante una vía alternativa a las líneas básicas de acción de las ortodoxias tradicionales: la keynesiana y la neoliberal. Como es bien sabido, la “solución” keynesiana centra sus esfuerzos en luchar contra la falta de demanda agregada necesaria para favorecer el crecimiento y el empleo a través del concurso del gasto público, como si todas las crisis fueran de naturaleza subconsumista.


Por su parte, la “solución” neoliberal defiende invariablemente una política fiscal y monetaria restrictiva con la intención de reducir los costes laborales para mejorar la competitividad exterior del capital y, así, relanzar las tasas de ganancia y de acumulación. Las consecuencias de la primera opción sobre el déficit presupuestario, la deuda pública, los tipos de interés y (en el mejor de los casos) la inflación son, sin duda, difíciles de negar, aunque los efectos de la segunda resultan mucho más perjudiciales para la clase trabajadora.


En efecto, este tipo de estrategias neoliberales de austeridad, típicas de la época “gloriosa” del patrón oro de finales del siglo XIX y devueltas a la actualidad europea de la mano de la UEM y el FMI, fomentan el estancamiento o, incluso, la caída del salario directo, gracias al aumento del paro y la mayor agresividad del poder del capital frente a los trabajadores, y también del indirecto, en forma de recortes en servicios públicos, lo que conduce a una mayor explotación de clase, a una creciente desigualdad, y, finalmente, al aumento de la pobreza.


Si abandonamos marcos teóricos ajenos a la realidad y asumimos la evidencia empírica que relaciona el declive de las tasas de inversión con la caída de las expectativas de crecimiento de los beneficios[9], entonces entenderemos fácilmente cómo los fondos de inversión de los asalariados, al favorecer una mayor estabilidad en los ritmos de acumulación, puede ser una herramienta enormemente útil para afrontar las crisis del capitalismo con algo menos de sufrimiento para la clase trabajadora[10]. Todo ello teniendo en cuenta, obviamente, que no se trata de una estrategia que vaya a acabar con las contradicciones del sistema ni con la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, sino de un mecanismo que puede aportar cierto alivio ante las peores consecuencias de las recesiones[11].


Por estos motivos, considero que sería muy positivo para la clase trabajadora europea y mundial que los sindicatos abrieran un debate serio y abierto sobre la cuestión de los fondos de inversión de los asalariados. La lucha contra la barbarie así lo exige.

Mario del Rosal es Docente de economía de secundaria y bachillerato y profesor de economía política internacional en la Universidad Carlos III de Madrid. Doctor en economía por la Universidad Complutense de Madrid.

[1] Sjöberg, Stefan y Dube, Nyegosh (2014). “Economic Democracy through Collective Capital Formation: The Cases of Germany and Sweden, and Strategies for the Future”. World Review of Political Economy, 5 (4), pp. 488-515.
[2] Rudolf Meidner (1914-2005) desempeñó de 1945 a 1966 el puesto de economista jefe del Departamento de Investigación de la LO y, además de ser el artífice del plan que lleva su nombre, es conocido principalmente por ser, junto a Gösta Rehn, el principal responsable del llamado modelo Rehn-Meidner, núcleo esencial del célebre Modelo Sueco desde los años cincuenta hasta la década de los ochenta.
[3] Por ejemplo, el capital de una empresa con una tasa de ganancia constante del 10% anual pasaría a pertenecer en más de un 50% a estos fondos en un periodo de tiempo de 35 años.
[4] Harvey, David (2005). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal, 2009.
[5] Entre las más vitriólicas “perlas” expelidas por el capital y sus aliados encontramos las siguientes: “Un ataque frontal a la santidad de la propiedad privada”; “La mayor amenaza para el Modelo Sueco”; “¡Revolución en Suecia!”; “Puro socialismo sin adulterar”; “La mayor confiscación jamás vista en Occidente”.
[6] Blackburn, Robin (2005). “Capital and Social Europe”. New Left Review, 34, pp. 87-112.
[7] Para más detalles, se puede acudir, entre otros, a Pontusson, Jonas y Kuruvilla, Sarosh (1992). “Swedish Wage-Earner Funds: An Experiment in Economic Democracy”. Industrial and labour Relations Review, 45 (4), pp. 779-791.

[8] Esta política salarial solidaria era la base del ya mencionado Modelo Rehn-Meidner, cuyos detalles son analizados y criticados en Del Rosal, Mario (2015). El capitalismo sueco y los límites del socialismo reformista. Una crítica marxista del modelo Rehn-Meidner (1932-1983). [http://eprints.ucm.es/33673/1/T36553.pdf] y en Del Rosal, Mario (2016). “Socialdemocracia y capital: las raíces neoclásicas del modelo sueco”. Pensamiento al margen, nº 4 [www.pensamientoalmargen.com/suecia].
[9] Michael Roberts, en su siempre recomendable blog, analiza con detalle esta concepción de la dinámica capitalista en diversas entradas. Por ejemplo: https://thenextrecession.wordpress.com/2015/11/24/marxians-marxists-profitability-investment-and-growth/
[10] El propio Keynes, con quien no compartimos marco de referencia teórico, afirmaba en su opus magnum lo siguiente: “Creo, por tanto, que una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a la ocupación plena”. (Keynes, John Maynard (1936). Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. México D.F., Fondo de Cultura Económica,1965).
[11] Como afirma el economista sueco Erik Åsard: “Los fondos de inversión de los asalariados son el epítome del dilema eterno de la socialdemocracia: cómo abolir las consecuencias negativas de sistema capitalista sin perjudicar al mismo tiempo los leyes y mecanismos de ese mismo sistema”. (Citado en Tilton, Timothy A. (1991). The Political Theory of Swedish Social Democracy: Through the Welfare State to Socialism. Oxford: Clarendon Press).

Publicado enEconomía
Las 10 claves que explican el Nuevo Sistema Mundo

Conferencia del autor presentada en Caracas el pasado 27 de septiembre con ocasion del 11° aniversario de la creacion, por Hugo Chàvez, del Comando Estratégico Operacional.

 

¿Cómo es el Nuevo Sistema Mundo? ¿Cuáles son sus principales características? ¿Qué dinámicas están determinando el funcionamiento real de nuestro planeta? ¿Qué características dominarán en los próximos 15 años, de aquí a 2030?


Para tratar de describir este Nuevo Sistema Mundo y prever su futuro inmediato, vamos a utilizar la brújula de la geopolitica, una disciplina que nos permite comprender el juego general de las potencias y evaluar los principales riesgos y peligros. Para anticipar, como en un tablero de ajedrez, los movimientos de cada potencial adversario.

¿Qué nos dice esa brújula?

 

El declive de Occidente

 

La principal constatación es: el declive de Occidente. Por vez primera desde el siglo XV, los países occidentales están perdiendo poderío frente a la subida de las nuevas potencias emergentes. Empieza la fase final de un ciclo de cinco siglos de dominación occidental del mundo. El liderazgo internacional de Estados Unidos se ve amenazado hoy por el surgimiento de nuevos polos de poderío (China, Rusia, India) a escala internacional. El "desclasamiento estratégico" de Estados Unidos ha empezado. El "siglo americano" parece llegar a su final, a la vez que va desvaneciéndose el "sueño europeo"...

Aunque Estados Unidos sigue siendo una de las principales potencias planetarias, está perdiendo su hegemonía económica en favor de China. Y ya no ejercerá su ‘hegemonía militar solitaria’ como lo hizo desde el fin de la guerra fría (1989). Vamos hacia un mundo multipolar en el que los nuevos actores (China, Rusia, India) tienen vocación a constituir sólidos polos regionales y a disputarle la supremacía internacional a Washington y a sus aliados históricos (Reino Unido, Francia, Alemania, Japón).

En tercera linea aparecen ahora una serie de potencias intermediarias, con demografías en alza y fuertes tasas de crecimiento económico, llamadas a convertirse también en polos hegemónicos regionales y con tendencia a transformarse, de aquí a 15 años, en un grupo de influencia planetaria (Indonesia, Brasil, Vietnam, Turquía, Nigeria, Etiopía).

Para tener una idea de la importancia y de la rapidez del desclasamiento occidental que se avecina, baste con señalar estas dos cifras : la parte de los países occidentales en la economía mundial va a pasar del 56% hoy, a un 25% en 2030... O sea que, en menos de quince años, Occidente perderá más de la mitad de su preponderancia económica... Una de las principales consecuencias de esto es que EE UU y sus aliados ya no tendrán los medios financieros para asumir el rol de gendarmes del mundo... De tal modo que este cambio estructural podría lograr debilitar durablemente a Occidente.

 

Imparable emergencia de Cjina

 

El mundo pues se "desoccidentaliza" y es cada vez más multipolar. Destaca, una vez más, el rol de China que emerge, en principio, como la gran potencia en ciernes del siglo XXI. Aunque China se halla lejos aún de representar un auténtico rival para Washington. Por una parte, la estabilidad del Imperio del Medio no está garantizada porque coexisten en su seno el capitalismo más salvaje y el comunismo más autoritario. La tensión entre esas dos dinámicas causará, tarde o temprano, una quebradura que podría debilitar su potencia.

De todos modos, hoy por hoy, en 2016, los Estados Unidos siguen ejerciendo una indiscutible dominación hegemónica sobre el planeta. Tanto en el dominio militar (fundamental) como en varios otros sectores cada vez màs determinantes : en particular, el tecnológico (Internet) y el soft power (cultura de masas). Lo cual no significa que China no haya realizado prodigiosos avances en los últimos treinta años. Nunca en la historia, ningún país creció tanto en tan poco tiempo.

Por el momento, mientras declina el poderío de Estados Unidos, el ascenso de China es imparable. Ya es la segunda potencia economica del mundo (delante de Japón y Alemania).

Para Washington, Asia es ahora la zona prioritaria desde que el presidente Obama decidió la reorientación estratégica de su política exterior. Estados Unidos trata de frenar allí la expansión de China cercándola con bases militares y apoyándose en sus socios locales tradicionales : Japón, Corea del Sur, Taiwán, Filipinas. Es significativo que el primer viaje de Barack Obama, después de su reelección en 2012, haya sido a Birmania, Cambodia y Tailandia, tres Estados de la Asociación de naciones de Asia del Sureste (ASEAN), una organización que reúne a los aliados de Washington en la región, la mayoría de cuyos miembros tienen problemas de límites marítimos con Pekín.

Los mares de China se han convertido en las zonas de mayor potencial de conflicto armado del área Asia-Pacífico. Las tensiones de Pekín con Tokyo, a propósito de la soberanía de las islas Senkaku (Diaoyú para los chinos). Y también la disputa con Vietnam y Filipinas sobre la propiedad de las islas Spratly está subiendo peligrosamente de tono. China está modernizando a toda marcha su armada. En 2012, lanzó su primer portaaviones, el Liaoning, y está construyendo un segundo, con la intención de intimidar a Washington. Pekín soporta cada vez menos la presencia militar de Estados Unidos en Asia. Entre estos dos gigantes, se está instalando una peligrosa « desconfianza estratégica » que, sin lugar a dudas, podría marcar la política internacional en esta región de aquí a 2030.

 

El terrorismo yihadista

 

Otra de las amenazas globales que nos indica nuestra brújula es el terrorismo yihadista practicado ayer por Al Qaeda y hoy por la Organización Estado Islámico o Daesh (ISIS, en inglés). Las principales causas de ese terrorismo yihadista actual hay que buscarlas en los desastrosos errores y los crímenes cometidos por las potencias que invadieron Irak en 2003. Además de los disparates de las intervenciones en Libia (2011) y en Siria (2014).

En Oriente Próximo se sigue situando el actual foco perturbador del mundo. En particular en torno a la inextricable guerra civil en Siria. Lo que está claro es que, en ese país, las grandes potencias occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia), aliadas a los Estados que más difunden por el mundo una concepción arcaica y retrógrada del islam (Arabia Saudíta, Qatar y Turquía), decidieron apoyar (con dinero, armas e instructores) a la insurgencia islamista sunní. Estados Unidos constituyó en esa región un amplio «eje sunní» con el objetivo de derrocar a Bachar El Asad y despojar así a Teherán de un gran aliado regional. Pero el gobierno de Bachar El Asad, con el apoyo de Rusia e Irán, ha resistido y sigue consolidándose. El resultado de tantos errores es el terrorismo yihadista actual que multiplica los atentados odiosos contra civiles inocentes en Europa y Estados Unidos.

Algunas capitales occidentales siguen pensando que la potencia militar masiva es suficiente para venir a cabo del terrorismo. Pero, en la historia militar, abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de derrotar a adversarios más débiles. Basta recordar los fracasos norteamericanos en Vietnam en 1975, o en Somalia en 1994. En un combate asimétrico, aquél que puede más, no necesariamente gana. El historiador Eric Hobsbawn nos recuerda que «En Irlanda del Norte, durante cerca de treinta años, el poder británico se mostró incapaz de derrotar a un ejército tan minúsculo como el del IRA; ciertamente el IRA no tuvo la ventaja, pero tampoco fue vencido.»

Los conflictos de nuevo tipo, cuando el fuerte enfrenta al débil o al loco, son más fáciles de comenzar que de terminar. Y el empleo masivo de medios militares pesados no permite necesariamente alcanzar los objetivos buscados.

La lucha contra el terrorismo también está autorizando, en materia de gobernación y de política interior, todas las medidas autoritarias y todos los excesos, incluso una versión moderna del «autoritarismo democrático» que toma como blanco, más allá de las organizaciones terroristas en sí mismas, a todos los insumisos y protestatarios que se oponen a las políticas globalizadoras y neoliberales.

 

Hay crisis para largo.

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Otra constatación importante: los países ricos siguen padeciendo las consecuencias del terremoto económico-financiero que fue la crisis del 2008. Por primera vez, la Unión Europea, (y el «Brexit» lo confirma), ve amenazada su cohesión y hasta su existencia. En Europa, la crisis económica durará al menos un decenio más, es decir hasta por lo menos 2025...

Decimos que hay crisis, en cualquier sector, cuando algún mecanismo deja de pronto de actuar, empieza a ceder y acaba por romperse. Esa ruptura impide que el conjunto de la maquinaria siga funcionando. Es lo que está ocurriendo en la economía mundial desde que estalló la crisis de las sub-primes en 2007-2008.

Las repercusiones sociales de ese cataclismo económico han sido de una brutalidad inédita: 23 millones de desempleados en la Unión Europea y más de 80 millones de pobres... Los jóvenes en particular son las víctimas principales; generaciones sin futuro. Pero las clases medias también están asustadas porque el modelo neoliberal de crecimiento las abandona al borde del camino.

La velocidad de la economía financiera es hoy la del relámpago, mientras que la velocidad de la política, por comparación, es la del caracol. Resulta cada vez más difícil conciliar tiempo económico y tiempo político. Y también crisis globales y gobiernos nacionales. Todo esto provoca, en los ciudadanos, frustración y angustia.

La crisis global produce perdedores y ganadores. Los ganadores se encuentran, esencialmente, en Asia y en los países emergentes, que no tienen una visión tan pesimista de la situación como la de los europeos. También hay muchos «ganadores» en el interior mismo de los países occidentales cuyas sociedades se hallan fracturadas por las desigualdades entre ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres.

En realidad, no estamos soportando una crisis, sino un haz de crisis, una suma de crisis mezcladas tan íntimamente unas con otras que no conseguimos distinguir entre causas y efectos. Porque los efectos de unas son las causas de otras, y así hasta formar un verdadero sistema. O sea, enfrentamos una auténtica crisis sistémica del mundo occidental que afecta a la tecnología, la economía, el comercio, la política, la democracia, la identidad, la guerra, el clima, el medio ambiente, la cultura, los valores, la familia, la educación, la juventud, etc.

Desde el punto de vista antropológico, estas crisis se están traduciendo por un aumento del miedo y del resentimiento. La gente vive en estado de ansiedad y de incertidumbre. Vuelven los grandes pánicos ante amenazas indeterminadas como pueden ser la pérdida del empleo, los electrochoques tecnológicos, las biotecnologías, las catástrofes naturales, la inseguridad generalizada... Todo ello constituye un desafío para las democracias. Porque ese terror se transforma a veces en odio y en repudio. En varios países europeos, y también en Estados Unidos, ese odio se dirige hoy contra el extranjero, el inmigrante, el refugiado, el diferente. Está subiendo el rechazo hacia todos los "otros" (musulmanes, latinos, gitanos, subsaharianos, "sin papeles", etc.) y crecen los partidos xenófobos y de extrema derecha.

 

Decepción y desencanto

 

Hay que entender que, desde la crisis financiera de 2008 (de la que aún no hemos salido), ya nada es igual en ninguna parte. Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.

Ese fenómeno ha llegado a Estados Unidos, un país que ya conoció, en 2010, una ola populista devastadora, encarnada entonces por el Tea Party. La irrupción del multimillonario Donald Trump en la carrera por la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever. Aunque pervive, en apariencias, la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, la ascensión de un candidato tan heterodoxo como Trump constituye un verdadero seísmo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, le ha conferido un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha.

A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la «rebelión de las bases». Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-burocracia de Washington, anti-medios y anti-Wall Street seduce, en particular, a los electores blancos, poco cultos, y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.

 

Seísmo y más seísmos

 

A este respecto podríamos decir que otra gran característica del Nuevo Sistema Mundo son los seísmos. Seísmos financieros, monetarios, bursátiles, seísmos climáticos, seísmos energéticos, seísmos tecnológicos, seísmos sociales, seísmos geopolíticos como el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, o, en otro sentido, el reciente golpe de Estado institucional en Brasil contra la presidenta Dilma Rousseff... Seísmos electorales como la reciente victoria del «no» en Colombia a los Acuerdos de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC; o el reciente «Brexit» en el Reino Unido, o el éxito de la extrema derecha en Austria, o la derrota de Angela Merkel en varias elecciones parciales en Alemania. O el enorme seismo que podría constituir efectivamente la eventual victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos

Acontecimientos imprevistos irrumpen con fuerza sin que nadie, o casi nadie, los haya visto venir. Hay una falta de visibilidad general. Si gobernar es prever, vivimos una evidente crisis de gobernanza general. En muchos países, el Estado que protegía a los ciudadanos ha dejado de existir. Hay una crisis de la democracia representativa: "No nos representan!", decían los "indignados". La gente reclama que la autoridad política vuelva a asumir su rol conductor de la sociedad. Se insiste en la necesidad de reinventar la política y de que el poder político le ponga coto al poder económico y financiero de los mercados.

 

Internet, el ciber-espionaje y la ciber-defensa

 

El Nuevo Sistema Mundo también se caracteriza por la multiplicidad de rupturas estratégicas cuyo significado a veces no comprendemos. Hoy, Internet es el vector de la mayoría de los cambios. Casi todas las crisis recientes tienen alguna relación con las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información, con la desmaterialización y la digitalización generalizadas, y con la explosión inaudita de las redes sociales. Más que una tecnología, Internet es pues un actor fundamental de las crisis. Basta con recordar el rol de WikiLeaks, Facebook, Twitter y las demàs redes sociales en la aceleración de la información y de la conectividad social a través del mundo.

De aquí a 2030, en el Nuevo Sistema Mundo, algunas de las mayores colectividades del planeta ya no serán países sino comunidades congregadas y vinculadas entre sí por Internet y las redes sociales. Por ejemplo, ‘Facebooklandia’: más de mil millones de usuarios... O ‘Twitterlandia’, más de 800 millones... Cuya influencia, en el juego de tronos de la geopolítica mundial, podría revelarse decisivo. Hoy, las estructuras de poder se difuminan gracias al acceso universal a la Red y el uso de nuevas herramientas digitales.

Por otra parte, por las estrechas complicidades que algunas grandes potencias han entablado con las grandes empresas privadas que dominan las industrias de la informática y de las telecomunicaciones, la capacidad en materia de espionaje de masas ha crecido también de forma exponencial. Las mega empresas, como Google, Apple, Microsoft, Amazon y más recientemente Facebook han establecido estrechos lazos con el aparato del Estado en Washington, especialmente con los responsables de la política exterior. Esta relación se ha convertido en una evidencia. Comparten las mismas ideas políticas y tienen idéntica visión del mundo. En última instancia, los estrechos vínculos y la visión común del mundo, por ejemplo, de Google y la Administración estadounidense están al servicio de los objetivos de la política exterior de los Estados Unidos.

Esta alianza sin precedentes –Estado + aparato militar de seguridad + industrias gigantes de la Web- ha creado un verdadero imperio de la vigilancia cuyo objetivo claro y concreto es poner Internet bajo escucha, todo Internet y a todos los internautas, como lo denunciaron Julian Assange y Edward Snowden.

El ciberespacio se ha convertido en una especie de quinto elemento. El filósofo griego Empédocles sostenía que nuestro mundo estaba formado por una combinación de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Pero el surgimiento de Internet, con su misterioso “interespacio” superpuesto al nuestro, formado por miles de millones de intercambios digitales de todo tipo, por su roaming, su streaming y su clouding, ha engendrado un nuevo universo, en cierto modo cuántico, que viene a completar la realidad de nuestro mundo contemporáneo como si fuera un auténtico quinto elemento.

En este sentido, hay que señalar que cada uno de los cuatro elementos tradicionales constituye, históricamente, un campo de batalla, un lugar de confrontación. Y que los Estados han tenido que desarrollar componentes específicos de las fuerzas armadas para cada uno de estos elementos: para la tierra: el ejército de Tierra; para el aire, el ejército del Aire; para el agua, la Armada; y, con carácter más singular, para el furgo: los bomberos o “guerreros del fuego”. De manera natural, desde el desarrollo de la aviación militar en 1914-1918, todas las grandes potencias están añadiendo hoy, a los tres ejércitos tradicionales y a los combatientes del fuego, un nuevo ejército cuyo ecosistema es el quinto elemento: el ciberejército, encargado de la ciberdefensa, que tiene sus propias estructuras orgánicas, su Estado mayor, sus cibersoldados y sus propias armas: superordenadores preparados para defender las ciberfronteras y llevar a cabo la ciberguerra digital en el ámbito de Internet.

 

Una mutación del capitalismo: la economía colaborativa

 

Treinta años después de la expansión masiva de la Web, los hábitos de consumo también están cambiando. Se impone poco a poco la idea de que la opción más inteligente hoy es usar algo en común, y no forzosamente comprarlo. Eso significa ir abandonando poco a poco una economía basada en la sumisión de los consumidores y en el antagonismo o la competición entre los productores, y pasar a una economía que estimula la colaboración y el intercambio entre los usuarios de un bien o de un servicio. Todo esto plantea una verdadera revolución en el seno del capitalismo que está operando, ante nuestros ojos, una nueva mutación.

Es un movimiento irresistible. Miles de plataformas digitales de intercambio de productos y servicios se están expandiendo a toda velocidad. La cantidad de bienes y servicios que pueden alquilarse o intercambiarse mediante plataformas online, ya sean de pago o gratuitas (como Wikipedia), es ya literalmente infinita.

A nivel planetario, esta economía colaborativa crece actualmente entre el 15% y el 17% al año. Con algunos ejemplos de crecimiento absolutamente espectaculares. Por ejemplo Uber, la aplicación digital que conecta a pasajeros con conductores, en solo cinco años de existencia ya vale 68.000 millones de dólares y opera en 132 países. Por su parte, Airbnb, la plataforma online de alojamientos para particulares surgida en 2008 y que ya ha encontrado cama a más de 40 millones de viajeros, vale hoy en Bolsa (sin ser propietaria de ni una sola habitación) más de 30.000 millones de dólares, o sea más que los grandes grupos Hilton, Marriott o Hyatt.

A este respecto, otro rasgo fundamental que está cambiando –y que fue nada menos que la base de la sociedad de consumo–, es el sentido de la propiedad, el deseo de posesión. Adquirir, comprar, tener, poseer eran los verbos que mejor traducían la ambición esencial de una época en la que el tener definía al ser. Acumular “cosas” (viviendas, coches, neveras, televisores, muebles, ropa, relojes, libros, cuadros, teléfonos, etc.) constituía para muchas personas la principal razón de la existencia. Parecía que, desde el alba de los tiempos, el sentido materialista de posesión era inherente al ser humano.

La economía colaborativa constituye pues un modelo económico basado en el intercambio y la puesta en común de bienes y servicios mediante el uso de plataformas digitales. Se inspira de las utopías del compartir y de valores no mercantiles como la ayuda mutua o la convivialidad, y también del espíritu de gratuidad, mito fundador de Internet. Su idea principal es: “lo mío es tuyo” , o sea compartir en vez de poseer. Y el concepto básico es el trueque. Se trata de conectar, por vía digital, a gente que busca “algo” con gente que lo ofrece. Las empresas más conocidas de ese sector son: Uber, Airbnb, Netflix, Blabacar, etc.

Muchos indicios nos conducen a pensar que estamos asistiendo al ocaso de la 2ª revolución industrial, basada en el uso masivo de energías fósiles y en unas telecomunicaciones centralizadas. Y vemos la emergencia de una economía colaborativa que obliga, como ya dijimos, al sistema capitalista a mutar.

Por otra parte, en un contexto en el que el cambio climático se ha convertido en la amenaza principal para la sobrevivencia de la humanidad, los ciudadanos no desconocen los peligros ecológicos inherentes al modelo de hiperproducción y de hiperconsumo globalizado. Ahí también, la economía colaborativa ofrece soluciones menos agresivas para el planeta.

En un momento como el actual, de fuerte desconfianza hacia el modelo neoliberal y hacia las elites políticas, financieras, mediáticas y bancarias, la economía colaborativa parece aportar respuestas a muchos ciudadanos en busca de sentido y de ética responsable. Exalta valores de ayuda mutua y ganas de compartir. Criterios todos que, en otros momentos, fueron argamasa de teorías comunitarias y de ambiciones socialistas. Pero que son hoy –que nadie se equivoque– el nuevo rostro de un capitalismo mutante deseoso de alejarse del salvajismo despiadado de su reciente periodo ultraliberal.

Nuestra brújula también nos señala la aparición de tensiones entre los ciudadanos y algunos gobiernos en unas dinámicas que varios sociólogos califican de ‘post-políticas’ o ‘post-democráticas’... Por un lado, la generalización del acceso a Internet y la universalización del uso de las nuevas tecnologías están permitiendo a la ciudadanía alcanzar altas cuotas de libertad y desafiar a sus representantes políticos (como durante la crisis de los «indignados»). Pero, a la vez, estas mismas herramientas electrónicas proporcionan a los gobiernos, como ya vimos, una capacidad sin precedentes para vigilar a sus ciudadanos.

 

Amenazas no militares

 

“La tecnología –señala un reciente informe de la CIA– continuará siendo el gran nivelador, y los futuros magnates de Internet, como podría ser el caso de los de Google y Facebook, poseen montañas enteras de bases de datos, y manejan en tiempo real mucha más información que cualquier gobierno”. Por eso, la CIA recomienda a la administración de EE.UU. que haga frente a esa amenaza eventual de las grandes corporaciones de Internet activando el Special Collection Service, un servicio de inteligencia ultrasecreto -administrado conjuntamente por la NSA (National Security Service) y el SCE (Service Cryptologic Elements) de las Fuerzas Armadas- especializado en la captación clandestina de informaciones de origen electromagnético. El peligro de que un grupo de empresas privadas controle toda esa masa de datos reside, principalmente, en que podría condicionar el comportamiento a gran escala de la población mundial e incluso de las entidades gubernamentales. También se teme que el terrorismo yihadista sea sustituido por un ciberterrorismo aún más sobrecogedor.

La CIA toma tanto más en serio este nuevo tipo de amenazas que, finalmente, el declive de Estados Unidos no ha sido provocado por una causa exterior sino por una crisis interior: la quiebra económica acaecida a partir de 2007-2008. El informe insiste en que la geopolítica de hoy debe interesarse por nuevos fenómenos que no poseen forzosamente un carácter militar. Pues, aunque las amenazas militares no han desaparecido, algunos de los peligros principales que corren hoy nuestras sociedades son de orden no-militar: cambio climático, mutación tecnológica, conflictos económicos, crimen organizado, guerras electrónicas, agotamiento de los recursos naturales...

Sobre este último aspecto, es importante saber que uno de los recursos que más aceleradamente se está agotando es el agua dulce. En 2030, el 60% de la población mundial tendrá problemas de abastecimiento de agua, dando lugar a la aparición de “conflictos hídricos”... En cuanto al fin de los hidrocarburos en cambio, gracias a las nuevas técnicas de fracturación hidráulica, la explotación del petroleo y del gas de esquisto está alcanzado niveles excepcionales. Ya Estados Unidos es casi autosuficiente en gas, y en 2030 podría serlo en petroleo, lo cual tiende a abaratar sus costes de producción manufacturera y exhorta a la relocalización de sus industrias. Pero si EE.UU. –principal importador actual de hidrocarburos- deja de importar petroleo, es de prever que los precios del barril se reducirán. ¿Cuáles serán entonces las consecuencias para los grandes países exportadores?

 

Hacia el triunfo de las ciudades y de las clases medias

 

En el mundo hacia el que vamos, el 60% de las personas vivirán, por primera vez en la historia de la humanidad, en las ciudades. Y, como consecuencia de la reducción acelerada de la pobreza, las clases medias serán dominantes y triplicarán, pasando de los 1.000 a los 3.000 millones de personas. Esto, que, en sí, es una revolución colosal, acarreará como secuela, entre otros efectos, un cambio general en los hábitos culinarios y, en particular, un aumento del consumo de carne a escala planetaria. Lo cual agravará la crisis medioambiental.

En 2030, los habitantes del planeta seremos 8 500 millones pero el aumento demográfico cesará en todos los continentes menos en África, con el consiguiente envejecimiento general de la población mundial. En cambio, el vínculo entre el ser humano y las tecnologías protésicas acelerará la puesta a punto de nuevas generaciones de robots y la aparición de “superhombres” capaces de proezas físicas e intelectuales inéditas.

El futuro es muy pocas veces predecible. No por ello hay que dejar de imaginarlo en términos de prospectiva. Preparándonos para actuar ante diversas circunstancias posibles, de las cuales una sola se producirá. A este respecto, la geopolítica es una herramienta extremadamente útil. Nos ayuda a tomar conciencia de las rápidas evoluciones en curso y a reflexionar sobre la posibilidad, para cada uno de nosotros, de intervenir y fijar el rumbo. Para tratar de construir un futuro más justo, más ecológico, menos desigual y más solidario.

 

Por Ignacio Ramonet. Doctor en Semiología. Profesor Emérito de la Universidad de Paris. Director de Le Monde Diplomatique en español. Autor de El Imperio de la vigilancia (Clave Intelectual, Madrid, 2016).

Publicado enInternacional
Domingo, 25 Septiembre 2016 06:28

Estancamiento secular

Estancamiento secular

Los economistas del mundo están batallando con algo nuevo que les es muy difícil explicar. ¿Por qué es que los precios del mercado de valores han continuado subiendo pese al hecho de que algo conocido como crecimiento parece estar estancado? En la teoría económica dominante no se supone que funcione de tal modo. Si no hay crecimiento, los precios del mercado deberían declinar, estimulando por tanto el crecimiento. Y cuando se recupera el crecimiento, entonces los precios del mercado vuelven a subir.

Todos aquellos que son fieles a esta teorización dicen que la anomalía es una aberración momentánea. Algunos niegan incluso que sea cierto. Pero hay otros que consideran la anomalía un desafío importante a la teorización dominante. Buscan revisar la teorización para que tome en cuenta lo que muchos ahora llaman "estancamiento secular". Los críticos incluyen a prominentes personas, algunos de ellos laureados con el Premio Nobel. Incluyen pensadores tan diferentes como Amartya Sen. Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Stephen Roach.

Aunque cada una de estas personas tiene una diferente línea de argumentos, comparten algunas creencias. Todos ellos consideran que lo que hagan los Estados tiene un impacto grande en lo que ocurre. Todos ellos consideran que la situación actual es poco sana para la economía como un todo y ha contribuido a un incremento signifi- cativo en la polarización del ingreso real. Todos ellos consideran que se debe intentar movilizar la opinión pública para ponerle presión a las autoridades gubernamentales para que actúen formas específicas. Y todos ellos consideran que aunque continuara la actual situación anómala y poco sana todavía algún tiempo, existen políticas estatales apropiadas que harán posible una economía menos polarizada y más sana.

Hace no tanto, el estancamiento secular fue un término utilizado por muchos analistas, primordialmente para describir el estado de la economía japonesa, al comienzo de los años 90 del siglo XX. Pero desde 2008 el uso del concepto se ha aplicado a diversas regiones –miembros de la zona del euro, como Grecia, Italia e Irlanda; Estados ricos en petróleo, como Rusia, Venezuela y Brasil; recientemente también Estados Unidos, y potencialmente actores económicos previamente fuertes como China o Alemania.

Uno de los problemas de quienes buscan entender lo que está ocurriendo es que diferentes analistas utilizan diferentes geografías y diferentes calendarios. Algunos hablan de la situación Estado por Estado y algunos intentan evaluar la situación en la economía-mundo como un todo. Algunos piensan que el estancamiento secular comenzó en 2008; otros dicen que fue en la década de los 90. Otros más piensan que viene de finales de los 60, y unos cuantos más la sitúan aun antes.

Déjenme proponerles una vez más otro modo de entender el estancamiento secular. La economía-mundo capitalista ha existido en partes del globo desde el siglo XVI. Yo le he llamado el sistema-mundo moderno. Se ha expandido de un modo constante en lo geográfico terminando por abarcar el mundo entero desde mediados del siglo XIX. Ha sido un sistema muy exitoso en términos de su principio rector: la interminable acumulación de capital. Es decir, la búsqueda de acumular capital de modo de acumular más capital aún.

El moderno sistema-mundo, como todos los sistemas, fluctúa. También tiene mecanismos que limitan las fluctuaciones y lo empujan hacia un renovado equilibrio. Esto semeja un ciclo de altas y bajas. El único problema es que las caídas nunca retornan al punto bajo previo, sino a uno un poco más alto. Esto se debe a que en el complejo patrón institucional hay resistencia a ir hasta el fondo. La forma real de los ritmos cíclicos es dos pasos hacia arriba y un paso hacia abajo. Por tanto, el punto de equilibrio se mueve.

Si uno mide la abscisa de las tendencias, se mueven hacia una asíntota de 100 por ciento, que por supuesto no pueden cruzar. Un poco antes de dicho punto (digamos, cerca del 80 por ciento), las curvas comienzan a fluctuar alocadas. Esto es señal de que nos hemos movido al interior de la crisis estructural del sistema. Se bifurca, lo que quiere decir que son dos diferentes, casi opuestos, modos de optar por un sistema sucesor (o sistemas). Lo único que no es posible, es hacer que el actual sistema opere del modo normal anterior.

Mientras que antes de ese punto los grandes esfuerzos por transformar el sistema tuvieron como efecto pocos cambios, ahora lo opuesto es cierto. Cada pequeño esfuerzo por cambiar el sistema tiene un gran impacto. Es mi argumento que el sistema-mundo moderno entró en su crisis estructural cerca de 1970 y se mantendrá en ella todavía otros 20-40 años más. Si deseamos evaluar las acciones útiles, necesitamos tener en cuenta dos temporalidades diferentes: el corto plazo (a lo sumo tres años) y el mediano plazo.

A corto plazo lo que podemos hacer es minimizar el sufrimiento de quienes son los más afectados negativamente por la creciente polarización en el ingreso que está ocurriendo. La gente vive en el corto plazo y necesita alivio inmediato. Sin embargo, tal alivio no cambiará el sistema. El cambio puede ocurrir a mediano plazo conforme los que favorecen una clase u otra de sistema sucesor obtienen la suficiente fuerza para inclinar la bifurcación hacia su propia dirección.

He aquí el peligro de no ir lo suficientemente lejos en el análisis crítico del sistema. Sólo si uno mira con claridad que no hay salida del estancamiento persistente uno puede de hecho volverse lo suficientemente fuerte para ganar la batalla política y moral.

Una punta de la bifurcación pugna por remplazar el capitalismo por otro sistema que será tan malo o más que el anterior, manteniendo los rasgos cruciales de jerarquía, explotación y polarización. La otra punta pugna por un nuevo sistema que sea relativamente igualitario y relativamente democrático.

En los años por venir, habrá vueltas que parezcan indicar que el sistema vuelve a funcionar. Puede incluso subir el nivel de empleo en el sistema como un todo (la medida clave del estado del sistema). Pero tal alza no podrá durar mucho, porque la situación global es demasiado caótica. Y el caos paraliza la presteza de los poderosos emprendedores y de las personas simples por igual, en lo tocante a gastar el capital remanente en formas que tienen el riesgo de pérdida y, por tanto, de su supervivencia.

Estamos en un alocado viaje, uno que no es nada placentero. Si nos hemos de comportar con sensatez, el primer requisito es la claridad de análisis, seguida de decisiones morales y juicio político. El fondo del asunto es que ya hace mucho rebasamos el punto en que el capitalismo como sistema histórico pueda sobrevivir.

Traducción: Ramón Vera Herrera

Publicado enEconomía
Martes, 20 Septiembre 2016 18:06

La economía solidaria

La economía solidaria

 

 

Edición 2016.Formato 11,5 x 17,5 cm. 151 páginas.

P.V.P: $17.000  ISBN: 978-958-8926-25-4

 

Reseña:

La economía solidaria integra las dimensiones económicas y políticas de la actividad humana y de la relación social con la naturaleza.Por consiguiente, está constituida por los lazos sociales del asociacionismo, la democracia representativa y participativa, y la solidaridad productiva y distributiva que se basa en la reciprocidad igualitaria.Esta economía traduce la búsqueda de nuevas regulaciones institucionales suceptibles de luchar contra la amplitud intorelable de las desigualdades sociales y de los daños ecológicos. Estas dinámicas, que comenzaron a manifestarse en los colectivos auto-gestionados y alternativos , o en las formas de vida populares en América Latina , son tanto reapariciones como emergencias. En ellas , la referencia a la igualdad y al reconocimiento pasa por la conquista de un poder actuar en la economía , los servicios de proximidad el comercio justo, las finanzas solidarias o las monedas sociales.

El texto que públicamos en este número de Primeros Pasos hace un recorrido por las diversas formas contemporaneas de la economía solidaria y por la potencialidad transformadora de laestructura social, política y económica que ellas comprenden.

 

Jean-Louis Laville. es profesor en el Conservatorio Nacional de Artes y Oficios de Paris (CNAM), investigador del Lise ( Laboratorio interdiciplinar para la Sociología Económica, CNRS-CNAM) y del IFRIS (Instituto de Investigación Innovación Sociedad de París), y coordinador europeo del Karl Polanyi Institute of Political Economy.

 


 

Índice.

 

I. Asociacionismo y democracia.

II. Capitalismo y Estado social.

III. Resurgimiento asociacionista incertidumbres democráticas y nuevo capitalismo.

IV. De las prácticas hasta la teoría de la economía solidaria.

Bibliografía.

 

 

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Edición: 2007. Formato: 24 x 17 cm. 207 páginas

P.V.P: $ 33.000 USD: $11 ISBN: 978-958-8093-79-6

 

 

 

Reseña:

 

William I. Robinson es un analista crítico de la globalización capitalista como sistema de poder. En el presente libro, que ediciones desde abajo pone por primera vez a disposición del lector hispanohablante, el autor presenta una teoría comprensiva sobre el capitalismo de hoy, muy accesible y basada en la idea de que estamos viviendo una fase histórica de transición hacia un sistema de capitalismo global.

¿Por qué la importancia de establecer una teoría comprensiva de la globalización capitalista? ¿cual es esa teoría? ¿cuales las nuevas relaciones de dependencia que el capitalismo global a generado en el mundo? ¿cuales las contradicciones que hacen inestable el actual curso de la globalización? ¿cuales las posibilidades alternativas para la sociedad global? Estas preguntas , entre otras, se responden en el libro dentro del marco del trabajo macroestructural histórico que ayuda a comprender los procesos de cambio social, conflictos y opciones de resistencia en el siglo XXI.

 

William I. Robinson

 

Porfesor de Sociología, estudios globales y estudios latinoaméricanos de la Universidad de California, en Santa Bárbara. Su principal campo de investigación es la macrosociología , y la sociología comparativa, globalización y sociología política.

Autor del galardonado trabajo "Promoción de la poliarquia, globalización, intervención de Estados Unidos y hegemonia; ha escrito numerosos libros y artículos sobre globalización, asuntos internacionales y teoría social. 

 

 

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Miércoles, 17 Agosto 2016 06:12

Un día más en la crisis

Un día más en la crisis

Un día como hoy, hace exactamente nueve años, el Comité de operaciones de mercado abierto de la Reserva Federal (FOMC) reconocía que las condiciones de los mercados financieros se estaban deteriorando rápidamente. En su diagnóstico de la coyuntura admitía que las restricciones sobre crédito y la incertidumbre frenarían el crecimiento. Es como si el capitán del barco viera venir un huracán y dijera: "¡Cuidado, viene una brisa ligera!"

Ha llovido desde esos días en los que los economistas de la Fed y del mundo académico tradicional comenzaban a ver señales inquietantes en el horizonte. Su marco conceptual hacía difícil pensar que algo realmente malo estaba cocinándose en las entrañas de las economías capitalistas avanzadas. No cabe duda: cuando se trata de analizar la crisis global del capitalismo contemporáneo, a lo más que llega el pensamiento económico tradicional es a ver entre brumas una crisis financiera.

Por ejemplo, en Estados Unidos se sigue hablando de las reformas al sistema bancario y financiero, como si ahí estuviera la solución del problema. Y aunque todavía no se termina de implementar la ley Dodd-Frank, todavía sigue vivo el debate sobre si el tamaño de los bancos ya dejó de ser un problema o si todavía entraña riesgos sistémicos.

Estas discusiones son reveladoras, pues indican lo alejado que está el análisis económico tradicional de comprender la naturaleza de la crisis. Así, en las discusiones entre funcionarios de la Fed y destacados académicos en Estados Unidos hoy lo que más importa es el tamaño de los bancos, los requerimientos de capitalización y el trato fiscal a los diferentes esquemas de financiamiento. Parece mentira, pero el debate sobre si los grandes bancos son "demasiado grandes" para dejarlos ir a la quiebra en caso de emergencia sigue dominando la reflexión sobre la crisis.

Es cierto que las dimensiones de los cinco bancos más grandes de Estados Unidos (JP Morgan Chase, Bank of America, Citigroup, Wells Fargo y Goldman Sachs) son realmente impresionantes: sus activos equivalen a cerca de 60 por ciento de la economía estadunidense. Sin embargo, el lobby del sector bancario insiste en que el tamaño se acompaña de importantes economías de escala y, por lo tanto, en menores costos para el público usuario de los bancos. Al afrontar este tipo de argumentos la reforma bancaria ha tenido que caminar despacito.

Otro argumento para frenar la reforma es que los coeficientes de concentración en el sector bancario de Estados Unidos son inferiores a los de la mayoría de los países europeos. Los tres bancos más grandes en Noruega, por ejemplo, son responsables de 84 por ciento del mercado, mientras que en Estados Unidos apenas controlan 20 por ciento. Nuevamente, el lobby bancario insiste en que los niveles de concentración no constituyen el problema principal. Es más, se afirma que entre más alto sea el nivel de concentración (y el tamaño de los bancos) se alcanzará un mayor grado de estabilidad en la industria. El razonamiento aquí es que los bancos grandes pueden diversificarse más fácilmente y eso permite mitigar los efectos negativos del ciclo de negocios en un sector con los resultados positivos de otro sector. Los mayores niveles de rentabilidad vinculados a la diversificación se supone deben conducir a una mayor fortaleza y estabilidad.

Pero la realidad es que la crisis en Estados Unidos alcanzó a los bancos más grandes, diversificados o no. Y el contagio atravesó mares y continentes hasta convertir a la crisis en una hecatombe mundial, con decenas de millones de personas en desempleo y otros tantos perdiendo su patrimonio. Así que lo que es importante es la forma de inserción del sector bancario/financiero en las entrañas del capitalismo funcional contemporáneo.

Mientras los economistas tradicionales siguen discutiendo sobre cuántos bancos grandes pueden bailar en la cabeza de un alfiler, las causas profundas de la crisis parecen seguir siendo objeto exclusivo de análisis de los economistas heterodoxos y críticos de corte marxista. La pregunta central es la siguiente: ¿cuál es el problema fundamental del capitalismo? Claramente la respuesta no está en el tamaño de los bancos o en los niveles de concentración en el sector bancario.

El problema fundamental de una criatura tan compleja como el capitalismo no puede reducirse a un solo fenómeno. No creo que la tendencia a la caída en la tasa de ganancia, fenómeno bien identificado por Marx, o la problemática del subconsumo (y falta de realización de la plusvalía), sean las causas aisladas o únicas de la crisis, pero sin duda están cerca de sus raíces. También lo están los síntomas del exceso de capacidad instalada y la desigualdad creciente en la distribución del ingreso. Y en cuanto al sector bancario/financiero, justo es decir que forma parte esencial de la economía capitalista desde hace décadas como bien lo han demostrado muchos autores post-keynesianos y marxistas.

Mientras tanto, transcurren los días y cada día observamos que a medida que se desarrolla, el capitalismo funciona cada vez más mal.

Twitter: @anadaloficial

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Jeremy Corbyn y Bernie Sanders.

 

La política en las economías avanzadas de Occidente está en la tesitura de una reestructuración política como no se ha visto desde los años 30. La Gran Deflación que tiene acogotados a ambos lados del Atlántico está haciendo que revivan fuerzas políticas que habían estado dormidas desde el final de la II Guerra Mundial. Está volviendo la pasión a la política, pero no de la forma que muchos habíamos esperado.

 

La derecha se ha visto animada por un fervor contrario al “establishment” que era, hasta hace poco, patrimonio de la izquierda. En los Estados Unidos, Donald Trump, candidato republicano a la presidencia, mete en vereda – bastante creíblemente – a Hillary Clinton, su oponente demócrata, por sus estrechos lazos con Wall Street, sus ganas de invadir tierras foráneas, su disposición a adherirse a acuerdos de libre comercio que han socavado el nivel de vida de millones de trabajadores. En el Reino Unido, el Brexit ha asignado a ardientes thatcherianos el papel de entusiastas defensores del National Health Service [el sistema sanitario británico].


Esta transformación no carece de precedentes. La derecha populista ha adoptado tradicionalmente una retórica cuasi izquierdista en tiempos de deflación. Cualquiera que tenga estómago para revisar los discursos de los más destacados fascistas y nazis de los años 20 y 30, encontrará apelaciones – los panegíricos de Benito Mussolini a la seguridad social o las punzantes críticas del sector financiero por parte de Joseph Goebbels – que parecen, a primera vista, indistinguibles de metas progresistas.


Lo que hoy estamos experimentando es la implosión natural de la política centrista, debido a una crisis del capitalismo global en la que un derrumbe financiero condujo a una Gran Recesión y luego a la Gran Deflación de hoy. La derecha está repitiendo sencillamente su viejo truco de sacar partido de la ira justificada y las aspiraciones frustradas de las víctimas para hacer que avance su repugnante orden del día.


Todo empezó con la muerte del sistema monetario internacional establecido en Bretton Woods en 1944, que había forjado un consenso político de postguerra basado en una economía “mixta”, límites a la desigualdad y una sólida regulación financiera. Esa “era dorada” terminó con el llamado “shock” de Nixon en 1971, cuando Norteamérica perdió los superávits que, reciclados internacionalmente, mantenían estable el capitalismo global.


De manera notable, la hegemonía de los Estados Unidos creció en esta segunda fase de postguerra, en paralelo a su déficit comercial y presupuestario. Pero para seguir financiando estos déficits, los banqueros tenían que desengancharse de sus restricciones del New Deal y de Bretton Woods. Sólo ellos alentarían y gestionarían los flujos de entrada de capital necesarios para financiar los déficis parejos de Norteamérica en fiscalidad y por cuenta corriente.


La meta era la financiarización de la economía, el neoliberalismo su manto ideológico, su gatillo fue la subida de los tipos de interés de la época Paul Volcker en la Reserva Federal, y el presidente Clinton fue en última instancia el que cerró este pacto fáustico. Y el momento no podría haber sido más amigable: el desmoronamiento del imperio soviético y la apertura de China generaron una oferta de trabajo para el capitalismo global – mil millones de trabajadores adicionales – que hicieron que se disparasen los precios y ahogaron el crecimiento de los salarios en todo Occidente.


El resultado de la extrema financiarización fue una enorme desigualdad y una profunda vulnerabilidad. Pero por lo menos la clase trabajadora de Occidente tenía acceso a préstamos baratos y precios de vivienda desorbitados para compensar el impacto de salarios estancados y transferencia de rentas fiscales en declive.


Luego llegó el derrumbe de 2008, que produjo en los EE.UU. y en Europa un masivo exceso de oferta, tanto de dinero como de gente. Aunque muchos perdieron empleos, hogares y esperanzas, billones de dólares en ahorros han ido derramándose por los centros financieros del mundo desde entonces, sumándose a otros billones bombeados por desesperados bancos centrales dispuestos a substituir el dinero tóxico de los financieros. Con empresas e inversores demasiado temerosos como para invertir en la economía real, los precios de las acciones se han puesto por las nubes y el 0,1% más alto no da crédito a su suerte, y el resto mira impotente cómo las uvas de la ira van“...llenándose y haciéndose copiosas, haciéndose copiosas para la cosecha”.


Y así fue como ingentes partes de la humanidad en Norteamérica y en Europa quedaron demasiado endeudadas y se volvieron demasiado caras como para ser otra cosa que desecho, y quedaron listas para verse tentadas por Trump atizando el miedo, por la xenofobia de la dirigente del Front National, Marine Le Pen, o la refulgente visión de los adalides del Brexit de una Britania que rige de nuevo las olas. A medida que crece su número, los partidos tradicionales están cayendo en la irrelevancia, suplantados por el surgimiento de dos nuevos bloques políticos.


Un bloque representa la vieja troika de la liberalización, la globalización y la financiarización. Puede que todavía esté en el poder, pero sus acciones están cayendo rápidamente, como pueden atestiguar David Cameron, los socialdemócratas europeos, Hillary Clinton, la Comisión Europea y hasta el gobierno de Syriza posterior a la capitulación.


Trump, Le Pen, los partidarios derechistas del Brexit en Gran Bretaña, los intolerantes gobiernos de Polonia y Hungría, y el presidente ruso, Vladimir Putin, forman el segundo bloque. La suya es una internacional nacionalista – una criatura clásica de un periodo deflacionario – unida por el desprecio por la democracia liberal y la capacidad de movilizar a los que la aplastarían.

 

El choque entre estos dos bloques es a la vez real y motivo de confusion. Clinton versus Trump constituye una auténtica batalla, por ejemplo, como lo es la Unión Europea contra los partidarios del Brexit; pero los contendientes son cómplices, no enemigos, que perpetúan un bucle inacabable en el que se refuerzan mutuamente y en el que cada lado se define – y moviliza a sus apoyos sobre esa base – por aquello a lo que se opone.

 

La única manera de salir de esta trampa política es el internacionalismo progresista, basado en la solidaridad entre las grandes mayorías en todo el mundo que están preparadas para reavivar la política democrática a escala planetaria. Si esto suena utópico, vale la pena poner de relieve que ya se encuentran disponibles las materias primas.


La “revolución política” de Bernie Sanders en los EE.UU., el liderazgo de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista del Reino Unido, el MDeE25 (Movimiento por la Democracia en Europa, DiEM25) en el continente: estos son los heraldos de un movimiento internacional progresista que puede definir el terreno intelectual sobre el que debe erigirse la política democrática. Pero nos encontramos en un estadio muy temprano y nos enfrentamos a un notable contragolpe de la troika global: véase el tratamiento dispensado a Sanders por el Comité Nacional de los demócratas norteamericanos, la competencia contra Corbyn de un antiguo cabildero farmacéutico y el intento de encausarme por osar oponerme al plan de la UE para Grecia.


La Gran Deflación plantea una gran pregunta: ¿puede la humanidad concebir y llevar a la práctica un nuevo Bretton Woods “verde” y tecnológicamente avanzado – un sistema que haga nuestro planeta ecológica y económicamente sostenible – sin el inmenso sufrimiento y destrucción que precedieron al primitivo Bretton Woods?


Si nosotros – los internacionalistas progresistas – no conseguimos responder la cuestión, ¿quién la contestará? Ninguno de los dos bloques que hoy rivalizan por el poder en Occidente quiere siquiera que se plantee.

 

Traducción: Lucas Antón

 

 

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“Será la tierra quien derrote al capital”
La humanidad no será capaz de derrotar al capital pero comienzan a organizarse nuevos modelos de sociedad que pueden evitar el fin del planeta. Tal es el análisis del teólogo, escritor y profesor Leonardo Boff en cuanto al futuro de la “Casa Común”, término acuñado por el papa Francisco para referirse al mundo en que vivimos.

 

 

“Creo que no lograremos derrotar al capital con nuestros propios medios. Quién derrotará al capital será la Tierra, negando los medios de producción, como el agua y los bienes de servicio, obligando a cerrar las fábricas, a terminar con ilusorios grandes proyectos de crecimiento”, opina.

 

En una entrevista exclusiva a Brasil de Fato y a Jornalistas LIvres en la XV Jornada de Agroecología Boff también es optimista identificando nuevos modelos de organización que tienen por objeto central la subsistencia y el cuidado de la naturaleza y los ensayos sobre biorregionalismo.

 

“Existen más de 1010 lugares en los que se intenta vivir de manera sostenible y superando límites artificiales que los seres humanos han instalado, como los municipios y las regiones geográficas”, explica.

 

El teólogo también se refiere al escenario político que esta antecediendo a la votación del impeachment en el Senado. “Si Dilma tiene que irse, puedo imaginar adónde irá a parar el país, porque Temer es un presidente sin legitimidad, referente de sí mismo y que no puede salir a la calle sin ser abucheado”, agrega.

 

Casa Común y agroecología

 

Existen dos categorías básicas sin las cuales no garantizamos el futuro de una nueva civilización. La primera es la sostenibilidad que garantiza el mantenimiento de los seres y su reproducción, tanto para nosotros como para las futuras generaciones.

 

Pero la sostenibilidad por sí misma carece de la fuerza intrínseca para realizarse. Precisa del cuidado. El cuidado entraña una relación inversa de la que produce la agresión de la modernidad, que es violenta, destruye y agota los ecosistemas.

 

De modo que el cuidado no es solo un gesto sino un paradigma. Es decir, un conjunto de valores, de ciclos, de actitudes que tiene como efecto la protección y el mantenimiento de lo que existe y de lo que vive. La categoría cuidado cumple una función de columna que sustenta un nuevo ensayo civilizatorio.

 

Es muy importante el título que dio el papa Francisco a la encíclica “Cuidando la Casa Común” Si nosotros no cuidamos nuestra casa común esta se convertirá en una tapera y nadie puede vivir en una tapera. Va perdiendo su biocapacidad, es decir, su capacidad de producir vida y puede amenazar el futuro de la especie humana y la vida de la naturaleza.

 

Hemos llegado a un punto en que resulta fundamental cuidar todo y responsabilizarnos de los seres que allí viven porque la biodiversidad, que es la relación con todos, teje aquella trama que sustenta a todos y lleva adelante el proceso.

 

La agroecología ha entendido que se debe producir según los ritmos y la lógica de la naturaleza, no según la lógica de la producción que consiste en la superexplotación. Es preciso extraer de ella lo que necesitamos pero darle tiempo para que se autoreproduzca y siga dándonos vida a nosotros y a toda la comunidad.

 

No basta con producir buenos elementos para la salud humana, la agroecología implica una nueva relación con la naturaleza. Una relación de respeto y de cooperación. No estamos sobre ella con el puño cerrado del que domina sino con las manos abiertas de quien acaricia.

 

Biorregionalismo, otro modelo de relación con la Tierra

 

Existen actualmente no menos de 1010 ensayos de biorregionalismo, que diseñan un desarrollo adecuado a una biorregión, a un territorio. Se aprovechan los medios, bienes y servicios que la naturaleza aporta, y se produce de forma colectiva en pequeñas empresas de manera orgánica teniendo en cuenta las tradiciones del lugar, conociendo cómo se formaron sus montañas, cómo son sus ríos.

 

Este tipo de experiencias se iniciaron en Escocia y se fueron difundiendo en el mundo. Hoy en día existen muchas de estas comunidades, en India, en Minas Gerais, Brasil. No sé en cuantos países pero sí sé la cantidad. Hay más de 1010 lugares donde se trata de vivir de manera sostenible, superando los límites artificiales que han establecido los seres humanos los municipios y las regiones geográficas. Dentro de esos espacios se trata de aprovecharlos de manera más racional. Son economías de subsistencia y no de acumulación.

 

Se comprende que es preciso mejorar los bosques ribereños para que las aguas sigan fluyendo en abundancia, en empresas pequeñas para reducir el transporte desde otros mercados gracias al consumo de petróleo y contaminando más, integrando a las personas, conocer la historia de la región, sus comidas, las personas destacadas que allí vivieron, sus poetas, sus artistas, sus cantores. Es exactamente la Casa Común. Y no ver a la Tierra como una forma de producción, que es lo que hace el capitalismo partiendo de una visión absolutamente instrumental.

 

En mis viajes percibo que está surgiendo una nueva conciencia. Y si partimos de la noción de que la Tierra es un organismo vivo, de que tiene vida en sí misma, de que tiene objetivos, irán apareciendo nuevas ideas, nuevas utopías, nuevas formas de producir y de construir casas, de utilizar los bienes y los servicios de modo que se reduzca la pobreza hasta medidas responsables y sostenibles.

 

Es preciso que estas biorregiones se abran a otras comunidades porque hay cosas que no se pueden mantener en áreas reducidas, como la electricidad e internet. De modo que todo eso nos genera esperanza. El ser humano está comenzando a tomar conciencia del riesgo que corre y de que con tecnología e inteligencia puede encontrar salidas salvadoras.

 

Cambios culturales y políticos

 

Tenemos un gran problema porque teóricamente desmantelamos el sistema capitalista. Sabemos que comete dos injusticias. Por un lado sabemos que acumula mucha riqueza en pocas manos mientras existe una enorme pobreza. Es decir una injusticia social.

 

Comete una injusticia ecológica devastando ecosistemas íntegros, creando verdaderos desiertos, especialmente a causa de la minería. El capitalismo es un buen sistema para producir riqueza, pero pésimo para generar igualdad y justicia.

 

Pero todavía somos víctimas de la cultura del capital cuya gran fuerza nos obliga a cambiar periódicamente nuestro celular o nuestras zapatillas, seguir la moda, comprar sus productos que se ofrecen en abundancia. Eso nos vuelve consumistas. Cambiar esa actitud exige educación y conciencia. Estamos bastante atrasados.

 

A partir de los últimos datos que publicó la ONU sabemos que necesitamos 24 elementos fundamentales para mantener la vida, agua, suelo, clima, fibras, metales básicos para fabricar entre otras cosas instrumentos. De estos 24 elementos, 15 están en alto grado de agotamiento. Dos de ellos pueden generar el colapso de nuestra civilización: la falta de agua y el calentamiento global.

 

La coincidencia de los dos puede producir un desastre mundial como el hambre de millones de personas que no aceptarán el veredicto de muerte. Puede convertirse en una catástrofe mundial.

 

La irracionalidad del capital

 

El sistema capitalista se está dando cuenta que no consigue reproducirse. Solo hace más de lo mismo. Eso ya lo decía Marx. Cuando al capital se agota a partir de los bienes que puede explotar, va a explotar el dinero. Hoy el capital se usa especulativamente. Hay 60 trillones dedicados a la producción produciendo autos, heladeras, zapatos, y hay 300 trillones en la Bolsa, en la especulación, en el dinero virtual que no existe pero que la gente usa para intercambiar y negociar. El gran objetivo histórico del sistema es acumular lo más posible.

 

Creo que no lograremos derrotar al capital con nuestros medios Quien derrotará al capital será la Tierra, negando los bienes productivos como el agua y los bienes de servicio, haciendo cerrar sus fábricas y terminando con sus grandes e ilusorios proyectos de crecimiento.

 

Pero también puede producir unas enormes consecuencias negativas para la humanidad. Desestabiliza gobiernos para instalar el neoliberalismo que constituye la mayor acumulación posible de capital. En los EEUU el 1% acumula el equivalente al 90% de la población. En Brasil 71.000 personas controlan la mitad de la renta nacional. Y con ese dinero manipulan al Estado, compran políticos y manejan el funcionamiento de la economía. Eso demuestra la irracionalidad del sistema.

 

De modo que no estamos en una crisis sistémica. Por eso debemos concienciar a la gente, tenemos que ser insistentes en el sentido de retomar continuamente los temas ecológicos. El papa ha escrito la Encíclica no para los cristianos sino para la humanidad. El tiempo cronológico corre en nuestra contra. O cambiamos ahora o será demasiado tarde.

 

Dos sistemas en juego

 

Lo que está en juego son dos sistemas. Un sistema que supone una sociedad más pequeña de un 20% de personas que tendrán los mejores productos. Un proyecto de sociedad cerrada, con una democracia más reducida, con baja representatividad, es decir, puro neoliberalismo.

 

Y otro proyecto existente es el de una democracia más amplia, abierta a los temas sociales y que tiende a incluir a los que históricamente han estado excluidos. Ese era el proyecto del Partido de los Trabajadores (PT) y de sus aliados, que pretendía establecer políticas sociales significativas tendentes a terminar con el hambre y procurar casa, electricidad, acceso a otros bienes, créditos accesibles, formación de cooperativas, apoyo a la agroecología, etc. Todavía no es la solución, pero abre ya un camino de esperanza.

 

Pero no es suficiente con generar consumidores, hacer que las personas accedan a los bienes. Es preciso formar ciudadanos críticos, que critiquen el sistema, que pretendan una democracia no solo representativa, sino participativa, que quieran una mejor educación, transportes mejores, espacios para el ocio y la cultura. El PT y sus aliados no atendieron suficientemente estos aspectos. Se hizo bastante, pero lo cierto es que con la crisis quienes apenas eran consumidores o que habían superado el hambre, corren el riesgo de volver a la antigua miseria. Si fueran ciudadanos críticos buscarían caminos alternativos.

 

Entonces, tenemos dos visiones del mundo contrapuestas y aquí viene la pregunta: ¿cuál de ellas incluye una esperanza de futuro? No es la primera, porque ya lleva 200 años produciendo desgracias en la mayor parte de los continentes. Una nueva democracia abierta, más humana y más amiga de la vida es la que contiene la esperanza. Está acumulando energías hasta producir un tsunami de buena voluntad y creatividad. Ahí sí comienza para mí el siglo XXI.

 

El escenario Dilma o Temer

 

La actual situación política de Brasil es extremadamente confusa. Es como un vuelo a ciegas y nadie sabe decir hacia dónde vamos.

 

Si se confirma el impeachment y Dilma tiene que renunciar, puedo imaginar adónde irá a parar este país, porque Temer es un presidente sin legitimidad, que solo es referente de sí mismo y que no puede salir a la calle sin ser abucheado.

 

Tiene una bajísima aceptación popular. Creará un problema social que desembocará en un problema político debido al montaje especialmente excluyente que ha hecho, por su ataque a los programas sociales inaugurados por los gobiernos de Dilma y de Lula.

 

Una situación que va a forzar posiblemente la realización de un plebiscito y regresaremos al primer párrafo de la Constitución que dice que el pueblo debe decidir porque es él el sujeto del poder.

 

El otro escenario es que vuelva Dilma. Existe un gran debate entre los senadores para conquistar a los indecisos.

 

Si ella vuelve, ella misma ha prometido que hará otro gobierno. Ha descubierto al pueblo brasileño y su cariño, especialmente por parte de las mujeres. De modo que hará un gobierno diferente con personalidades destacadas del país, más allá de los partidos.

 

Va a atacar el problema más urgente que es el económico y a orientar una reforma política porque con el actual parlamento es imposible hacer casi nada. Es uno de los más retrógrados y reaccionarios de la historia republicana brasileña. Si vuelve será otra Dilma con otras políticas y otras estrategias.

 

Hasta ahora no sabemos cómo será la votación del impeachment. Espero que haya un mínimo de racionalidad y que se comprendan los argumentos.

 

Hay una ley que está presente en todas las jurisdicciones desde Hamurabi hasta la actualidad y que es in dubio pro reo, esto es, ante la duda quien tiene primacía es el reo.

 

Los grandes juristas, como Dalmo Dallari, dicen que no hay delito. Pero para mí el mayor argumento procede del Ministerio Público Federal que dice:” Aquí no ha habido dolo, por lo tanto no hay delito, aconsejamos cerrar el proceso”.

 

La presión no solo es brasileña sino también internacional. Se trata finalmente de defender lo poco de democracia que tenemos. Por muy frágil que sea, aun es el lugar en que podemos convivir y discutir sobre quienes nos representarán. Dilma representa la democracia. Negar a Dilma es negar la democracia. Y negar la democracia es un golpe. Y debemos decir que efectivamente es un golpe.

 

Traducción del portugués para Rebelión de Susana Merino.

Publicado enInternacional
Plan Cambio Climático 2050 y el capitalismo verde*

 

La disputa global que vive la humanidad entre caos climático y buen vivir, entre capitalismo verde, o financiarización de la naturaleza, y decrecimiento, entre soberanía popular y capitalismo voraz, tiene cada vez más expresiones en nuestro territorio, tanto en el conjunto del país como en partes específicas del mismo. Explotaciones petróleras en territorios de comprobada fragilidad ambiental, desvío de ríos, inundaciones de amplios y fértiles territorios rurales, sembrados de monocultivos, fumigaciones con agrotóxicos de reconocidas secuelas negativas para la tierra y el aire, etcétera, son parte de esta realidad.

 

Paso a paso, con la anuencia estatal y de quienes controlan el gobierno, enfrentando la voluntad popular, el llamado “capitalismo verde” hace su aparición entre nosotros. “Capitalismo verde” que llega de la mano de grandes conglomerados internacionales, avalado y potenciado por la Ocde, como protección de inversores y capitales de todo tipo.

 

Reorganización del capital, y apuesta de las élites transnacionales por los “mercados verdes” que también busca ahondar el sometimiento financiero de los “países del sur”, pretendiendo profundizar el coloniaje en países como el nuestro, para ampliar su circuito de negocios mediante el endeudamiento externo. La COP 21 de Naciones Unidas ha facilitado esta pretensión corporativa al ratificar que la salida a la actual crisis climática obliga a una transición programada hacia el “capitalismo verde”, de la mano del cual llega y se profundiza la producción de agrocombustibles, demandante de grandes cantidades de tierra y agua bajo la forma de monocultivos, con los cuales también amplían el desplazamiento de comunidades campesinas y étnicas. Como es conocido, estos agrocombustibles son cultivados de manera intensiva con agrofertilizantes derivados del petróleo y responsables en gran medida de la contaminación del planeta. Con todo esto, la producción alimentaria local, las tradiciones y ritmos locales, quedan arrasados

 

Un segmento adicional del “capitalismo verde” es el de las titularizaciones por pagos indemnizatorios a la contaminación atmosférica, con la cual han abierto un segmento rentable en los mercados de capitales globalizados. Estamos ante el empleo de tecnologías genéticas que atentan contra el ciclo natural de la vida vegetal. Los árboles genéticamente modificados plantean nuevos retos a la contaminación planetaria. Conseguir más bienes en menos tiempo transgrediendo el ciclo de elaboración de bienes por la naturaleza se convierte en un requisito ineludible en la agricultura contemporánea para adecuarse a las exigencias de la intensificación productiva en las industrias tecnológicamente desarrolladas y al ritmo frenético de la circulación de mercancías en el comercio mundial.

 

 
En nuestro territorio

 

En Colombia, esta disputa global se expresa, de una parte, en la imposición de la política minero energética y los agronegocios a través de una legislación para el despojo de facto y la represión y judicialización de las protestas sociales ante los múltiples conflictos económicos, socioambientales y culturales generados por los megaproyectos. Y, de otra, en las resistencias sociales como expresión organizada y argumentada de “víctimas del desarrollo” contra la imposición del modelo neoliberal extractivista y por la defensa de la vida y el territorio.

 

El Plan de Desarrollo de Santos garantiza el control de nuestros territorios por parte de las Corporaciones transnacionales Endesa, Enel, Emgesa, Pacific Rubiales, Emerald Energy, Estatal Hydrochina, entre otras. Para tal efecto, se impone una legislación para el despojo de las comunidades al declarar de utilidad pública los territorios que sean necesarios para los “Proyectos de Interés Nacional y Estratégico” –Pines– como los del Plan Maestro de Aprovechamiento (privatización) del río Magdalena convirtiéndolo en una gran hidrovía para la movilización de petróleo, carbón, contenedores, cereales (maíz, trigo y soya). Incluye, además, la construcción de 17 hidroeléctricas a lo largo del río hasta Honda, entre ellas, 7 más para el Huila: Guarapas, 140 MW y Chillurco 180 MW (en Pitalito), Oporapa 280MW (en Oporapa), Pericongo 80 MW (en Timaná), El Manso 140 MW (en Neiva), Veraguas 130 MW (en Aipe), Bateas 140 MW (en Villavieja).

 

Además, pretenden imponer 50 Pequeñas Centrales Hidroeléctricas –PCH– en el Huila con la inversión de capital privado por incorporar al Sistema Interconectado Nacional para exportación. Actualmente, ya han radicado 14 solicitudes ante la Corporación Autónoma del Alto Magdalena –CAM– para Licenciamiento Ambiental que afectan las cuencas de los ríos Bache (3 PCH), Las Ceibas, Cabrera, Venado, Narváez, Bedón, La Plata, Páez, Suaza, Guarapas, Naranjo, Aipe.

 

La Agencia Nacional de Hidrocarburos, en el marco de las “Rondas Colombia 2012 y 2014”, asignó 12 áreas de exploración petrolera en el Huila concesionada a nueve compañías transnacionales, entre ellas, a la multinacional francocanadiense Alange Energy Corp en la Cuenca del río Las Ceibas. El bloque denominado VSM 16 (Valle Superior del Magdalena), incorpora a los municipios de El Agrado, Altamira, Elías, Garzón, Gigante, Guadalupe, Hobo, La Plata, Paicol, El Pital, Tarqui, Tesalia y Timaná que afectan las márgenes derecha e izquierda del río Magdalena y parte del río Suaza con el uso de la técnica de extracción de gas y petróleo en yacimientos no convencionales (pozos profundos) denominada fracking o fracturación hidráulica. El gobierno autorizó una licencia ambiental global a la empresa Emerald Energy para la construcción de tres plataformas multipozo al interior del Campo de Producción Gigante, y la construcción de líneas de flujo que podrán transportar agua, gas y crudo afectando el Páramo de Miraflores.

 

En el Huila, además, están socializando el denominado Plan Cambio Climático 2050 cuya prioridad es la privatización del agua para “la demanda del consumo humano concentrada en los centros urbanos y las cabeceras municipales” –enajenación de los acueductos comunitarios–, “el suministro de riego para la producción agroindustrial” –Zidres– y, fundamentalmente, para “la generación de energía a través de represas a lo largo del eje hidroeléctrico sobre el río Magdalena en cantidades estimadas de alrededor de 20.000 megavatios” –Plan Maestro de Aprovechamiento del río Magdalena–.

 

Los Acueductos Comunitarios que son construcciones sociohistóricas en torno a la gestión del agua, que hacen parte de los territorios sociales en veredas, resguardos indígenas y territorios de comunidades negras, y barrios de las diferentes regiones y ciudades del país están siendo objeto de liquidación y privatización al servicio de las corporaciones transnacionales para que continúen invadiendo nuestros territorios a través del Plan de Privatización del río Magdalena (más represas) la explotación de Petróleo a través del fracking y los agronegocios, atentando contra la naturaleza pública de los mismos.

 

* Apartes, reorganizados, del documento “Agenda mínima, movimiento regional por la defensa del territorio y la vida ¡Ríos vivos!”
Fuente: http://www.quimbo.com.co/

 

 

 

Publicado enEdición Nº226