Ecuador. “El Gobierno ha trabajado en función de los grandes grupos económicos”. Entrevista



Uno de los temas que en la campaña no se tratan es el de la híper concentración en la economía ecuatoriana. La presencia hegemónica de grandes grupos económicos en casi todos los sectores de la economía del país no es abordado por ninguno de los candidatos, incluso el de Alianza PAIS o la candidatura del general Paco Moncayo, asociada a la izquierda no correísta.

Pero en medio de la campaña, se dio el lanzamiento de una investigación de maestría de Carlos Pástor, un politólogo y doctorando del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Andina Simón Bolívar. El libro, editado por Ediciones La Tierra, se llama Los Grupos Económicos en el Ecuador. Es la primera vez que se vuelve a abordar este tema entre la academia ecuatoriana, desde la publicación de Luis Fierro Carrión, Los grupos financieros en el Ecuador, en 1991, editado por el CEDEP. Han tenido que pasar 26 años de esta publicación, que ya es un clásico en el tema, para que un intelectual ecuatoriano aborde un hecho que ha marcado el recorrido de la economía nacional. El tema no es muy estudiado por los intelectuales ecuatorianos. Antes de Fierro, fue Guillermo Navarro quien en 1976 había publicado un estudio similar. Sin embargo, Pástor y Fierro citan trabajos como los de Pablo Ospina, Decio Machado, Mario Unda, Alberto Acosta, Pablo Dávalos y otros —todos de bases marxistas— en diversas revistas y publicaciones colectivas respecto al tema.

En el resumen de la investigación, Pástor cita al economista y militante histórico del socialismo ecuatoriano, José Moncada Sánchez, "la actividad económica del Ecuador depende de un contado número de grupos económicos, industriales, financieros, agroexportadores, comerciantes, que son los que dominan la economía nacional, los que en definitiva deciden qué debe exportarse, importarse, consumirse. Son los que en un plano más amplio, ejercen significativa influencia sobre la vida política del país".

Y es Luis Fierro, quien en la presentación del texto, señala que "en la última década de gobierno de Alianza Pis, si bien se ha utilizado la retórica como la del socialismo del siglo XXI y revolución ciudadana, en la práctica el proceso de fortalecimiento del capitalismo monopolista de Estado, y de los grupos financieros, se ha acelerado y fortalecido. Si bien durante los años de auge del precio internacional del petróleo, la participación del Estado en la economía aumentó, los grupos económicos también se han visto fortalecidos, con excepción de un par de grupos (Isaías, Noboa) y se han visto sujetos a expropiaciones y juicios. Pero otros han tenido un apogeo, destacándose entre ellos los grupos Wrigth (Corporación Favorita), Eljuri, NOBIS (Isabel Noboa), Hidalgo & Hidalgo y otros grupos vinculados al comercio interno y la construcción".

La participación de los grupos económicos identificados por el Servicio de Rentas Internas, SRI, aumenta del 48% del PIB en el 2013 al 57% en el 2015, "evidenciando un alto nivel de concentración y centralización del capital en el país (mayor al encontrado en los años 70 por Navarro y en los 80 por Fierro)".

En Los grupos económicos del Ecuador, Pástor hace un recuento histórico de la conformación de los grupos en el país, desde la década de los 70 hasta la fecha y hace una línea de tiempo de los principales grupos que concentran sus capitales en la economía ecuatoriana, de acuerdo a una publicación de la revista Forbes, del 2015.

En este informe, el grupo Noboa (Álvaro Noboa Pontón) sigue manteniendo su hegemonía en el país a pesar de los contenciosos tributarios con el Estado en el gobierno de Rafael Correa. Uno de estos derivó en la incautación —y pérdida para el grupo— de la hacienda bananera La Clementina, de 12.000 hectáreas. Sin embargo, el grupo mantiene 72 empresas activas, según el ranking del SRI del 2015. Pese a sus limitantes, el grupo controla el 4% del mercado mundial de banano y sus intereses van desde las ramas agroindustrial, agroalimentaria, mobiliaria y automotriz. De hecho, de acuerdo al ente estatal, en el mercado interno la empresa que más ha ganado del grupo Noboa es Truisfruit, en Guayas, dueña de la marca Bonita Banana.

Los otros seis grupos más poderosos del Ecuador, son, según la investigación, grupo Pichincha, grupo Eljuri, grupo NOBIS, grupo Wrigth (Supermaxi), grupo Czarninsky (Mi Comisariato) y el grupo Pronaca, en ese orden. Este último, por ejemplo, controla el 45% del mercado de pollos en el país, de acuerdo a la investigación de Pástor. Los datos agregados se refieren, además, a grupos económicos segmentados por sector, en los cuales ejercen el poder del mercado en las áreas de la construcción, el acero, la cerveza, las bebidas no alcohólicas, la distribución de medicamentos, el mercado de la salud, la producción de leche, la venta al detal (supermercados)...

Pástor, en sus conclusiones, cita algunos ejemplos de grupos que se han beneficiado de las políticas económicas y sociales y de la relación política con el gobierno de la revolución ciudadana. "Para el caso de La Favorita (grupo Wrigth o Supermaxi), solo en el 2015 sus inversiones en el extranjero llegaron a 15 millones de dólares, su diversificación es hoy tan grande que han incursionado en inversiones hidroeléctricas. Pronaca no se queda atrás, su principal rama económica sigue siendo la agropecuaria y ha crecido desde su fundación. Cada año sacan de 15 a 34 nuevos productos que compiten en el mercado, ahora incluso en bebidas gaseosas con la marca liki. Al mismo tiempo podemos ver que aparecen nuevos grupos, algunos son multinacionales como el caso de Holcim, que llegó en el 2004 y a partir del 2007 ha crecido considerablemente. En el 2011 llegó a ocupar el puesto número 13 en el ranking de las empresas más grandes del país. En el 2013 llegó al puesto seis y desde el 2014 hasta hoy se mantiene como la cuarta empresa de mayores utilidades en el país. Al tiempo que crece esta empresa, las tareas de construcción promovidas por el gobierno han sido muy grandes. Para entrar en lo que el gobierno llamó cambio de matriz productiva, esta empresa modernizó su planta de cemento en Guayaquil, con una inversión de 400 millones de dólares. Con esto ampliaron su capacidad a 10.700 toneladas de clínker (la principal materia prima de la que se obtiene el cemento) por día".

Cervecería Nacional, irónicamente ya no tan nacional. Fue comprada por el grupo transnacional Bavaria. En el 2002 la empresa es vendida y en el 2006 se fusiona con el grupo SABMiller. Fruto de la fusión con la trasnacional Ambev, controla el 98% del mercado nacional de la cerveza industrial.

 

¿Cómo empieza tu interés particular por los grupos económicos en el Ecuador?

 

Es una inquietud que la tuve desde el pregrado, sobre todo desde el debate de la Ley de Tierras y cómo estos grupos inclinaron la balanza en la elaboración de artículos a su favor. Un primer acercamiento es desde el tema rural. En la especialización de Cambio Climático, que estudié en la Andina con Carlos Larrea, intentamos hacer un estudio de los grupos económicos que estaban alrededor de la venta de agroquímicos en el país. Descubrimos que una sola empresa, que se llama Innovagro, controla la venta a escala nacional de todo lo que es agroquímicos: distribuye a Ecuaquímica, Agripac y otros. Y cuando revisas el directorio y sus capitales, están Dupont, Monsanto, Syngenta... Todos venden estos kits de semillas, de fertilizantes. Este libro es una articulación de todas estas inquietudes, e inicialmente parte de las publicaciones que se han hecho en el país sobre los grupos económicos. El clásico, como el de Guillermo Navarro —La concentración de capitales en el Ecuador— me apasionó, porque siempre había intentado la investigación de temas rurales, pero desde lo abstracto —cifras de la concentración de tierra, del agua— pero en lo concreto mi interés era saber los grupos económicos con nombres y apellidos. Luego de este libro aparece el clásico de Andrés Guerrero, Los oligarcas del cacao, y el de Patricia de La Torre, Patrones y conciertos o Jornaleros y grandes propietarios de Manuel Chiriboga, o El banano en el Ecuador de Carlos Larrea, y finalmente en el 91, el libro de Luis Fierro.

 


Es increíble que nos hayamos tardado 25 años en un nuevo libro sobre los grupos económicos.

 


El de Fierro es un clásico, pero antes hay tesis de doctorado sobre grupos económicos. Pero en el periodo noeliberal se terminan las publicaciones sobre los grupos. Una de las causas puede ser las limitaciones de las fuentes. Y eso pasa en este libro también, porque no tienes acceso a todos los directorios, a conocer la conformación de los capitales. Porque ya no es como en Patrones y conciertos, donde tenías el gran terrateniente y podías ir articulando sus relaciones con sus familias y los políticos. Ahora son corporaciones con capitales extensos, variados y diversificados. Esto se denomina como el burgués trípode, que tiene un pie en la agroexportación, uno en el comercio interno y un pie en la banca. Esto se reafirma con la tesis de José Moncada, quien ya decía en el 90 que hay un pequeña élite que decide qué se compra, qué se vende, qué se consume, cómo se maneja la balanza comercial y son ellos los que direccionan las políticas públicas del gobierno. Sabemos que el Estado es un aparato a su servicio, pero lo que sería importante volver a estudiar son los mecanismos de estos grupos económicos para direccionar la acción del Estado.

 

¿Qué ha pasado en estos diez años con los grupos económicos y el gobierno de Correa?


Casi todos han ganado como nunca. Ese es un consenso en la comunidad académica. Tienes que se ha dado un incremento significativo de los grupos concentrados en el mercado interno. Mientras que los agroexportadores, con la crisis de los commodities bajaron. Pero ahora tenemos un tratado con Europa, con el cual los grupos agroexportadores son los más beneficiados.

Un hecho determinante en la dinámica económica del Ecuador es su carácter oligopólico. Casi todos los sectores, si no todos, están dominados por una o dos empresas o grupos, pero ese no es un tema que se tope en la campaña electoral.
El estudio tiene un carácter académico. Pero me parecería importante conocer qué piensan los candidatos sobre la concentración de la riqueza en el Ecuador. Tienes una concentración de 0.80 en el índice de Gini en el acceso a la tierra. (El coeficiente de Gini es un número entre 0 y 1, en donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad —todos tienen los mismos ingresos— y donde el valor 1 se corresponde con la perfecta desigualdad —una persona tiene todos los ingresos y los demás ninguno—.Ndlr). El Gini del agua es mucho peor, pero el índice de concentración de la riqueza es significativo. Luego de haber creado la Superitendencia de Control del Poder de Mercado, tienes un grupo como el de La Favorita que está más fuerte que nunca, el grupo El Rosado más fuerte igual, tenemos al grupo Eljuri que está fuertemente vinculado al gobierno, tenemos al Consorcio Nobis, igual. El ejemplo perfecto del burgués trípode es Nobis. Está en todo, en procesos industriales, agroexportación, comercio interno, construcción... Un capital muy diversificado. Me parece que esta concentración de capitales en los últimos diez años se ha incrementado. Si vemos el centro comercial que abrieron hace poco en Latacunga y hacemos un mapeo de las marcas que ahí se alojan, te puedes dar cuenta de los grupos económicos que están en esa provincia. Lo que tienes, cuando se abren todos estos centros comerciales, es que la concentración de todo el dinero, o la mayor parte, de la zona va a favorecer a estos grupos económicos en desmedro de las pequeñas tiendas, locales o mercados. Porque además ellos llegan con el paquete de lo moderno: escaleras eléctricas, infraestructura, su aparato de publicidad. Algo con lo cual es muy difícil competir.


Una de las promesas del 2006 de Alianza Pais fue precisamente la potenciación y crecimiento de la economía popular y solidaria. La visión era que estas centenas de miles de emprendimientos puedan competir adecuadamente en el mercado interno y externo.

 

Hay que ver el tema de modo integral. No podemos impulsar la economía popular y solidaria porque esta debiera tener un proceso previo para fortalecerse. Por ejemplo, el acceso a la tierra. Un campesino que tiene acceso a semilla, tierra y agua puede tener una producción mínima, la agricultura familiar. Y esta podría servir para el consumo de la familia y comercializar el excedente en el mercado. Pero el mercado ecuatoriano está hecho para favorecer a los grandes. No da cabida a la pequeña producción, porque esta no tiene acceso a bienes de capital y por tanto queda al margen del mercado, salvo pequeñas iniciativas que han logrado ingresar, pero es mínimo. Si vemos al programa estatal de provisión de alimentos, este debiera al menos destinar el 60% de sus compras a pequeños y medianos campesinos o productores.

Pero los principales proveedores de este programa son Nestle, Pronaca, los grandes grupos. En realidad la política pública está dirigida al fortalecimiento de estos mismos grupos. Si habría una voluntad política para fomentar la economía popular y solidaria debió darse, en estos años, la redistribución de tierra, el acceso a semillas. Tenemos una Ley de Tierras que fomenta la extranjerización de la tierra, el arrendamiento y la concentración. Hay una Ley de Semillas que está intentando imponer una semilla certificada para abrir la puerta a los transgénicos. Una Ley de Agua que direcciona el uso del agua a la producción del monocultivo. Todo está pensado en función del mercado externo y el paradigma que tienen es que si tienen una gran cantidad de tierra y agua pueden competir. Y eso significa también, en cuanto al monocultivo, el uso de poca mano de obra y gran cantidad de agroquímicos. Todas estas leyes empatan con tratado de libre comercio con la Unión Europea. Todo ha sido pensado para eso. El modelo de la economía popular y campesina queda al margen, y los que sí quedan articulados y posicionados para acumular mucha más riqueza son estos grupos económicos.

 

 

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NI VOTO CONSCIENTE, NI VOTO ÚTIL: ENTENDER LA DEMOCRACIA COMO ESCUELA

 

Debo confesar no solo mi tristeza sino también mi desazón al ver que después de una supuesta “década ganada” (ya van a hacer dos décadas desde la elección de Hugo Chávez en Venezuela que inaugurara una era anti–, si no post-neoliberal en las urnas y la esperanza de que sea así en la esfera público-estatal de la (geo)política latinoamericana), nuestros debates político-electorales no llegan más allá de lo más superficial y los lugares comunes de la “larga y triste noche neoliberal” que pareciera nos sigue encegueciendo en sus penumbras.

Si de lo que se trataba era de democratizar no solo el funcionamiento de las instituciones del Estado sino también de transformar las relaciones de poder que constituyen a la sociedad en la que vivimos, tanto por dentro como en los márgenes y más del Estado, parece que ganamos más ambivalencia e incertidumbre que otra cosa. La restauración conservadora que se nota dentro y fuera del correísmo, dentro y fuera de las fronteras nacionales, alrededor del continente. Quiero creer, no como dogma de fe sino como hipótesis científico-social, que esto es solo la punta del iceberg: ante la mediocridad de los temas planteados en la actual campaña electoral como una suerte de pantalla que esconde un Ecuador y una América Latina profunda, como su historia milenaria de creación (contra)cultural y de resistencia anti-colonial, existen diálogos y conversas que revelan otra concepción (geo)política sobre lo que somos y podemos ser como sujetos de nuestra propia historia.

La (geo)política no puede ser vista simplemente como el arte y/o la ciencia de dar o importar recetas para resolver problemas sociales (sean estas de cuño economicista-tecnocrático o relacionados a la acción colectiva sea en forma de instituciones, organizaciones o movilizaciones sociales) ni de buscar una inserción más adecuado o no-dependiente en el mercado global. Lo político surge del dichoso poder constituyente, que en sociedades como las nuestras ha sido más invocado que realmente vivido en un proceso geopolítico de largo aliento en Nuestra América digno de ser llamado revolucionario por haber transformado las lógicas detrás del sistema de clasificación capitalista y las formas de identificación que este genera, tanto a nivel local como nacional y global. Poder constituyente que no es más que la invocación del poder originario como raíz que dio lugar a los poderes constituidos; es a la vez una invitación a hacer memoria colectiva para entender de donde surgen los problemas sociales que enfrentamos y –a través de este proceso- volvernos capaces de forjar otro tipo de organizaciones e instituciones constituidas de forma que fomenten –no ofusquen- la participación protagónica y no la representación mentirosa.

En las últimas dos décadas en el Ecuador tuvimos dos asambleas constituyentes que produjeron dos constituciones (1998 y 2008) que sin duda – a pesar de la hegemonía neoliberal que marcó el cambio de siglo en el continente y el mundo- fueron el resultado y también catalizaron enriquecedores procesos de creatividad (geo)política-cultural; espacios donde convergieron las resistencias anti-neoliberales como las del movimiento indígena que, a su vez, deben ser entendidas en el contexto histórico más amplio de lo que el sociólogo peruano Aníbal Quijano ha llamado la colonialidad del poder. En otras palabras, la continuación del poder estructurante[1] de las lógicas violentas de la acumulación por desposesión que fundó el colonialismo europeo en el siglo XVI, y que continúan caracterizando a los distintos tipos de dependencia estructural que ha generado la modernidad capitalista, continúa limitando tanto la capacidad del Estado para trans-formarse en el espacio real de la participación popular y la apropiación/defensa de lo público así como el potencial transformador de las movimientos y organizaciones sociales.

El potencial transformador y anti-colonial de los conceptos que surgieron de estos procesos constituyentes, entendidos no simplemente como las asambleas oficiales sino en los procesos organizativos que comenzaron a demandar la creación de estos espacios, está claro cuando tomamos con seriedad los desafíos de la plurinacionalidad y la interculturalidad para replantear el problema de la auto-determinación de los pueblos o las formas de desarrollo endógeno (como el Sumak Kawsay o el Suma Qamaña), poder popular y comunal necesarios para forjar democracias revolucionarias. La existencia todavía latente de este potencial revolucionario está tanto en las genealogías históricas que estos conceptos nos invitan a investigar cuanto en los horizontes (geo)políticos que plantean más allá de la modernidad capitalista y el sentido común que ha generado en la gran mayoría de nosotros.

En sociedades tan desiguales como las que han resultado del (neo) colonialismo moderno, la democracia no puede ser meramente democrática sino que debe aspirar a ser revolucionaria, en el sentido descolonizador de la palabra. La democracia lo puede ser a medida en que se base en la participación protagónica no meramente de los ciudadanos (entendidos como conjunto abstracto de individuos) sino de aquellos sujetos subalternizados por la historia moderna. Por “subalterno” no me refiero a una característica esencial sino al hecho social y la condición histórica de haber sido empujadxs hacia los márgenes de la estatalidad y la “ciudadanía” excluyente que ha caracterizado al desarrollo del capitalismo moderno y el sistema de estados-nación que lo conforma. Aquellxs reducidos a posiciones estructurales subalternas en la lógica de la clasificación capitalista dominante (que produce “clases en si”[2]) guardan en su alteridad el potencial revolucionario de volverse “clases para si”[3] al constituirse en sujeto histórico capaz de transformar el orden normal de las cosas; en otras palabras de subvertir la lógica clasificatoria dominante empleando formas de identificación que subvierten el status quo a medida en que su existencia no permite la total estabilidad de sistemas (geo)políticos basados en la desigualdad extrema.

Es por eso que molesta que estos conceptos –con dignas excepciones- se evaporen tan rápido del debate de lxs políticxs que aspiran a representar a una sociedad tan diversa (en el sentido barroco [B. Echeverría] y abigarrado [R. Zavaleta Mercado] de la palabra) y tan rica en historia rebelde que fue la que dio vida a los proyectos (geo)políticos que estos conceptos sugieren. Y molesta mucho más que en este contexto aparezcan los falsos sabios y profetas que quieren con moralismos utilitaristas sugerir que los que hemos decidido protestar (sea con nuestro voto y ojalá también con otras formas y estrategias de mayor alcance) no estamos siendo ni conscientes ni útiles al “cambio” que nos prometen. Resultaría tierno –sino fuera tan perverso- que la oposición a la auto-proclamada “Revolución Ciudadana” diga que “ya viene el cambio positivo” con fuerza inesperada para que, a renglón seguido y tratando de inspirar la vergüenza católico-cristiana que muchos llevamos dentro, nos digan después que ni se nos ocurra votar nulo o blanco pues así gana más fácil el sucesor del partido de Correa, que por cierto, estaría bajando estrepitosamente en las encuestas, dicen. Suspiro. Cuando el juego democrático se reduce a enseñarnos matemáticas, ni las cuentas electorales nos terminan por salir bien.

El voto útil sería aquel que va por aquel(la) que tenga más chances de llegar a una segunda vuelta con el candidato oficialista. Los que lo dicen asumen que lo “útil” para el país es acabar con este gobierno y confunde sus utilidades con el interés general. Por otro lado el voto consciente sería aquel de un/a votante que dispone de información y ha formado su preferencia en relación a su consciencia sobre lo individualmente cree que es lo que el país necesita. Sin embargo, no admite que en este proceso a algunxs la consciencia nos llame a votar nulo o blanco. Ahí nos damos cuenta de que los que así presentan nuestras opciones solo tienen consciencia de una democracia limitada al ritual del voto como tal: hablan de libertad y, aun cuando no se refieran meramente a la libertad de defender sus intereses mezquinos, la piensan en el sentido abstracto, del que recibe una dádiva divina o responsabilidad cívica y no llaman nunca la atención a la necesidad de la organización de sujetos (geo)políticos capaces de sostener transformaciones estructurales de largo aliento antes que debates políticos sin imaginación.

Al oír que por un lado se celebran puentes, carreteras e hidroeléctricas mientras por el otro se ofrece de todo un poco aunque no se sepa bien cómo mismo, después de acabar con todos los impuestos habidos y por haber, van a financiar sus descabelladas propuestas, solo puedo pensar en el revolucionario afrocaribeño Frantz Fanon, quien, después de haber conseguido la Independencia de Angola, a partir de la lucha armada en la que este participó como combatiente y cómo psiquiatra que fue de profesión, argumentaba:

Si la construcción de un puente no ha de enriquecer la conciencia de los que trabajan allí́, vale más que no se construya el puente, que los ciudadanos sigan atravesando el río a nado o en barcazas. El puente no debe caer en paracaídas, no debe ser impuesto por un deus ex machina al panorama social, sino que debe surgir por el contrario de los músculos y del cerebro de los ciudadanos” (Los Condenados de la Tierra, 1959).

Pues solo así se hacen ciudadanos. Parece que ni los unos ni los otros han entendido ni entenderán esta básica lección sobre construir naciones democráticas que funcionen como escuelas. Escuelas donde se forjen no solo ciudadanos sino hombres y mujeres nuevas, con cuerpos y mentes descolonizadas, capaces de superar la competencia y la explotación como regla estructurante de sus relaciones sociales.

No se trata de simplemente de mejorar la vida a los ciudadanos, ni darles derecho de ciudadanía a lxs que nunca los han tenido (aunque esto haya sido históricamente importante sin duda). Ni el cemento ni ninguna otra cosa son ni pueden ser en si mismos revolucionarios, a menos que fomenten el surgimiento de la conciencia (geo)política de que no se puede esperar que otrxs nos resuelvan nuestros problemas ni mucho menos que solxs y fragmentariamente podamos hacerlo algún día. Hoy más que nunca, vótese por quien se vote, se requiere más que votos, útiles o conscientes, votos (y otras herramientas) que sean conscientizadores de la necesidad de organizarnos para ejercer poder popular a contracorriente de los que instrumentalizan a la democracia para defender sus intereses y privilegios. En otras palabras, no se puede democratizar sin descolonizar y, a la vez, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar la (geo)política moderna. En estos tres campos interconectados no se le puede sacar el cuerpo al conflicto social y a la batalla de ideas.

Por estas razones (y otras cuantas más) votaré nulo en la papeleta presidencial (¿no es otra forma acaso de combatir el dichoso hiperpresidencialismo entendido no solo como problema institucional sino relacionado a la cultura política dominante?) y en el resto de papeletas trataré de escoger estratégicamente lxs que puedan ser aliados en la lucha cuesta arriba por despatriarcalizar y descolonizar, en otras palabras re-inventar y trans-formar lo público, para así sentarnos de nuevo en una gran asamblea que pueda constantemente (re)definir no solo qué ha sido y qué es realmente sino también lo que puede ser la democracia.

La necesaria multiplicación de espacios donde la creatividad (geo)política y (contra)cultural de la gente común pueda volver a florecer a través de la participación protagónica que teorice encarnadamente las posibilidades de concebir la democracia ya no desde los políticos realmente existentes sino desde la (geo)política cotidiana que forjan lxs que luchan y resisten a las injusticias del capitalismo global y su colonialidad heternormativa.

 

Referencias bibliográficas:

Bourdieu, Pierre (1977). Outline of a Theory of Practice. Cambridge University Press.

Wright, Eric Olin. (2015). Understanding Class. Verso.

[1] Con “poder estructurante” hago referencia a la noción de Pierre Bourdieu de “estructura estructurante estructurada” que utiliza para teorizar la noción de habitus (1977) . Si queremos cambiar estructuras sociales tenemos que entenderlas en su complejidad histórica, que implica una permanencia autoritaria/autorizante, en tanto las estructuras sociales están, por definición, estructuradas, y las posibilidades políticas que emergen del saber que las estructuras también son estructurantes, o sea requieren constantemente de (re)producir formas de actuar y pensar normalizadas, propias del sentido común imperante.

[2] La concepción marxista de “clase-en-si” refiere a un entendimiento de clase social como lugar social o posición estructural, objetivamente definida por la relación compartida de los miembros de una clase social con el modo y los medios de producción. Sin embargo puede entenderse también en relación a lo que Max Weber definió como “situación de clase” (ver Wright, 2015, p. 34).

[3] A diferencia de “clase-en-si”, la concepción marxista de “clase-para-si” implica la distinción analítica entre clase como actor socio-político y clase como lugar o posición estructural. Es importante no caer en la tentación teleológica de pensar que es un proceso natural la trans-formación de una clase-en-si en una clase-para-si, ya que esto oscurece la utilidad de analítica de esta distinción. Importancia que está en entender la relación entre clasificación e identificación como dinámicas sociales para entender la relación entre estructuras históricas y el potencial subalterno, siempre latente pero nunca inevitable, de convertirse en un actor/agente (geo)político capaz de destruir y reemplazar estructuras colonial-capitalista.

 

*Docente de la Escuela de Sociología de la Universidad Central del Ecuador

 

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Niños Zapatistas

 

Febrero del 2017.

 

La tormenta en nuestro caminar.

 

Para nosotras, nosotros, pueblos originarios zapatistas, la tormenta, la guerra, lleva siglos. Llegó a nuestras tierras con la patraña de la civilización y la religión dominantes. En ese entonces, la espada y la cruz desangraron a nuestra gente.

Con el paso del tiempo, la espada se modernizó y la cruz fue destronada por la religión del capital, pero se siguió demandando nuestra sangre como ofrenda al nuevo dios: el dinero.

Resistimos, siempre resistimos. Nuestras rebeldías fueron suplantadas en la disputa entre unos contra otros por el Poder. Unos y otros, arriba siempre, nos demandaron luchar y morir para servirlos, nos exigieron obediencia y sometimiento bajo la mentira de liberarnos. Como aquellos a quienes decían y dicen combatir, vinieron y vienen a mandar. Hubo así supuestas independencias y falsas revoluciones, las pasadas y las por venir. Los de arriba se turnaron y se turnan, desde entonces, para mal gobernar o para aspirar a hacerlo. Y en calendarios pasados y presentes, su propuesta sigue siendo la misma: que nosotras, nosotros, pongamos la sangre; mientras ellos dirigen o simulan dirigir.

Y antes y ahora, olvidan ellos que no olvidamos.

Y siempre la mujer abajo, ayer y hoy. Incluso en lo colectivo que fuimos y somos.

Pero los calendarios no sólo trajeron dolor y muerte para nuestros pueblos. Al expandir su dominio, el Poder creó nuevas hermandades en la desgracia. Vimos entonces al obrero y al campesino hacerse uno con nuestro dolor, y yacer bajo las cuatro ruedas del carromato mortal del Capital.

Conforme avanzó el Poder en su paso por el tiempo, más y más crecía el abajo, ensanchando la base sobre la que el Poder es Poder. Vimos entonces sumarse a maestros, estudiantes, artesanos, pequeños comerciantes, profesionistas, los etcéteras con nombres diferentes pero idénticos pesares.

No bastó. El Poder es un espacio exclusivo, discriminatorio, selecto. Entonces las diferencias fueron también perseguidas abiertamente. El color, la raza, el credo, la preferencia sexual, fueron expulsadas del paraíso prometido, siendo que el infierno fue su casa permanente.

Les siguieron la juventud, la niñez, la ancianidad. El Poder convirtió así a los calendarios en materia de persecución. Todo el abajo es culpable: por ser mujer, por ser niñ@, por ser joven, por ser adulto, por ser [email protected], por ser [email protected]

Pero, al expandir la explotación, el despojo, la represión y la discriminación, el Poder también amplió las resistencias... y las rebeldías.

Vimos entonces, y ahora, levantarse la mirada de muchas, muchos, muchoas. Diferentes pero semejantes en la rabia y la insumisión.

El Poder sabe que sólo es lo que es sobre quienes trabajan. Los necesita.

A cada rebelión respondió y responde comprando o engañando a los menos, encarcelando y asesinando a los más. No teme sus demandas, es su ejemplo el que le causa horror.

No bastó. De dominar naciones, el Poder del Capital buscó poner a la humanidad entera bajo su pesado yugo.

Tampoco fue suficiente. El Capital pretende ahora manejar a la naturaleza, domarla, domesticarla, explotarla. Es decir, destruirla.

Siempre con la guerra, en su avance destructor el Capital, el Poder, demolió primero feudos y reinos. Y sobre sus ruinas levantó naciones.

Luego devastó naciones, y sobre sus escombros erigió el nuevo orden mundial: un gran mercado.

El mundo entero se convirtió en un inmenso almacén de mercancías. Todo se vende y se compra: las aguas, los vientos, la tierra, las plantas y los animales, los gobiernos, el conocimiento, la diversión, el deseo, el amor, el odio, la gente.

Pero en el gran mercado del Capital no sólo se intercambian mercancías. La “libertad económica” es sólo un espejismo que simula acuerdo mutuo entre quien vende y quien compra. En realidad, el mercado se basa en el despojo y la explotación. El intercambio es entonces de impunidades. La justicia se transformó en una caricatura grotesca y en su balanza siempre pesa más el dinero que la verdad. Y la estabilidad de esa tragedia llamada Capitalismo depende de la represión y el desprecio.

Pero no bastó tampoco. Dominar en el mundo material no es posible si no se domina en las ideas. La imposición con religiones se profundizó y alcanzó a las artes y las ciencias. Como modas de vestir, surgieron y surgen filosofías y creencias. Las ciencias y las artes dejaron de ser lo distintivo de lo humano y se acomodaron en un estante del supermercado mundial. El conocimiento pasó a ser propiedad privada, lo mismo que la recreación y el placer.

El Capital, así, se consolidó como una gran máquina trituradora, usando ya no sólo a la humanidad entera como materia prima para producir mercancías, también a los conocimientos, a las artes, ... y a la naturaleza.

La destrucción del planeta, los millones de desplazados, el auge del crimen, el desempleo, la miseria, la debilidad de los gobiernos, las guerras por venir, no son producto de los excesos del Capital, o de una conducción errónea de un sistema que prometió orden, progreso, paz y prosperidad.

No, todas las desgracias son la esencia del sistema. De ellas se alimenta, a costa de ellas crece.

La destrucción y la muerte son el combustible de la gran máquina del Capital.

Y fueron, son y serán inútiles los esfuerzos por “racionalizar” su funcionamiento, por “humanizarlo”. Lo irracional y lo inhumano son sus piezas claves. No hay arreglo posible. No lo hubo antes. Y ahora ya tampoco se puede atenuar su paso criminal.

La única forma de detener la máquina es destruirla.

En la guerra mundial actual, la disputa es entre el sistema y la humanidad.

Por eso la lucha anticapitalista es una lucha por la humanidad.

Quienes todavía pretenden “arreglar” o “salvar” al sistema, en realidad nos proponen el suicidio masivo, global, como sacrificio póstumo al Poder.

Pero en el sistema no hay solución.

Y no bastan ni el horror, ni la condena, ni la resignación, ni la esperanza en que ya pasó lo peor y las cosas no harán sino mejorar.

No. Lo cierto es que se va poner peor.

Por esas razones, más las que cada quien agregue de sus particulares calendarios y geografías, es que hay que resistir, hay que rebelarse, hay que decir “no”, hay que luchar, hay que organizarse.

Por eso hay que levantar el viento de abajo con resistencia y rebeldía, con organización.

Sólo así podremos sobrevivir. Sólo así será posible vivir.

Y sólo entonces, como fue nuestra palabra hace 25 años, podremos ver que...

 

“Cuando amaine la tormenta,

cuando la lluvia y fuego dejen en paz otra vez la tierra,

el mundo ya no será el mundo, sino algo mejor.”

 

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La guerra y los muros de afuera y de adentro.

 

Si antes el sufrimiento causado por la guerra era patrimonio exclusivo del abajo mundial, ahora ensancha sus calamidades.

Sobre cada rincón del planeta, el odio y el desprecio pretenden destruir familias, comunidades enteras, naciones, continentes. No es necesario ya haber cometido un delito o ser presunto criminal, basta ser sospechoso de ser humano.

Provocada por la codicia del gran dinero, la pesadilla actual pretende ser cobrada a quienes la padecen. Las fronteras ya no sólo son líneas punteadas en los mapas y garitas aduanales, ahora son murallas de ejércitos y policías, de cemento y ladrillos, de leyes y persecuciones. En todo el mundo de arriba, la caza del ser humano se incrementa y se festina en competencias clandestinas: gana quien más expulse, encarcele, confine, asesine.

Como llevamos diciendo desde hace más de 20 años, la globalización neoliberal no trajo el surgimiento de la aldea planetaria, sino la fragmentación y disolución de los llamados “Estados-nación”. Llamamos entonces, y ahora, a ese proceso con el nombre que mejor lo describe: “guerra mundial” (la cuarta, según [email protected]).

Lo único que se mundializó fue el mercado y, con él, la guerra.

Para quienes hacen funcionar las máquinas y hacen nacer a la tierra, las fronteras siguieron y siguen siendo lo que siempre han sido: cárceles.

Nuestra afirmación provocó entonces, hace dos décadas, sonrisas burlonas de la intelectualidad internacional encadenada a viejos y caducos dogmas. Y esos mismos hoy tartamudean ante una realidad frenética, y, o ensayan viejas recetas, o se mudan a la idea de moda que, tras una compleja elaboración teórica, esconde lo único verdadero: no tienen ni la más remota idea de lo que pasa, ni de lo que sigue, ni de lo que antecedió a la pesadilla actual.

Se lamentan. El pensamiento de arriba les prometió un mundo sin fronteras, y su resultado es un planeta atiborrado de trincheras chovinistas.

El mundo no se transformó en una gigantesca megalópolis sin fronteras, sino en un gran mar sacudido por una tempestad que no tiene precedentes de igual magnitud. En él, millones de desplazados (a quienes, con rubor mediático, se les unifica bajo el nombre de “migrantes”) naufragan en pequeñas barcas, esperando ser rescatados por el gigantesco navío del gran Capital.

Pero no sólo no lo hará; él, el gran Capital, es el principal responsable de la tormenta que amenaza ya la existencia de la humanidad entera.

Con el torpe disfraz del nacionalismo fascista, los tiempos del oscurantismo más retrógrada vuelven reclamando privilegios y atenciones. Cansado de gobernar desde las sombras, el gran Capital desmonta las mentiras de la “ciudadanía” y la “igualdad” frente a la ley y el mercado.

La bandera de “libertad, igualdad y fraternidad” con la que el capitalismo vistió su paso a sistema dominante en el mundo, es ya sólo un trapo sucio y desechado en el basurero de la historia de arriba.

Al fin el sistema se desemboza y muestra sus verdaderos rostro y vocación. “Guerra siempre, guerra en todas partes”, reza el emblema del soberbio buque que navega en un mar de sangre y mierda. Es el dinero y no la inteligencia artificial la que combate a la humanidad en la batalla decisiva: la de la supervivencia.

Nadie está a salvo. Ni el ingenuo capitalista nacional, que soñaba con la bonanza que le ofrecían los mercados mundiales abiertos, ni la conservadora clase media sobreviviendo entre el sueño de ser poderosa y la realidad de ser rebaño del pastor en turno.

Y ni hablar de la clase trabajadora del campo y la ciudad, en condiciones más difíciles si posible fuera.

Y, para completar la imagen apocalíptica, millones de desplazados y migrantes agolpándose en las fronteras que, de pronto, se volvieron tan reales como los muros que, a cada paso, interponen gobiernos y criminales. En la geografía mundial de los medios de comunicación y las redes sociales, los desplazados, fantasmas errantes sin nombre ni rostro, apenas son un número estadístico que muta su ubicación.

¿El calendario? Apenas un día después de la promesa del fin de la historia, de la solemne declaración de la supremacía de un sistema que otorgaría bienestar a quien trabajara, de la victoria sobre el “enemigo comunista” que pretendía coartar la libertad, imponer dictaduras y generar pobreza, de la eternidad prometida que anulaba todas las genealogías. El mismo calendario que anunciaba apenas ayer que la historia mundial recién empezaba. Y resulta que no, que todo no era sino el preludio de la más espantosa pesadilla.

El capitalismo como sistema mundial colapsa, y, desesperados, los grandes capitanes no atinan a dónde ir. Por eso se repliegan a sus guaridas de origen.

Ofrecen lo imposible: la salvación local contra la catástrofe mundial. Y la pamplina se vende bien entre una clase media que se difumina con los de abajo en sus ingresos, pero pretende suplir sus carencias económicas con refrendos de raza, credo, color y sexo. La salvación de arriba es anglosajona, blanca, creyente y masculina.

Y ahora, quienes vivían de las migajas que caían de las mesas de los grandes capitales, ven desesperados cómo también contra ellos se levantan los muros. Y, el colmo, pretenden encabezar la oposición a esa política guerrera. Así vemos a la derecha intelectual hacer gestos de contrariedad e intentar tímidas y ridículas protestas. Porque no, la globalización no fue el triunfo de la libertad. Fue y es la etapa actual de la tiranía y la esclavitud.

Las Naciones ya no lo son, aunque aún no se hayan percatado de ello sus respectivos gobiernos. Sus banderas y emblemas nacionales lucen raídos y descoloridos. Destruidos por la globalización de arriba, enfermos por el parásito del Capital y con la corrupción como única señal de identidad, con torpe premura los gobiernos nacionales pretenden resguardarse a sí mismos e intentar la reconstrucción imposible de lo que alguna vez fueron.

En el compartimento estanco de sus murallas y aduanas, el sistema droga a la medianía social con el opio de un nacionalismo reaccionario y nostálgico, con la xenofobia, el racismo, el sexismo y la homofobia como plan de salvación.

Las fronteras se multiplican dentro de cada territorio, no sólo las que pintan los mapas. También y, sobre todo, las que levantan la corrupción y el crimen hecho gobierno.

La bonanza posmoderna no era sino un globo inflado por el capital financiero. Y vino la realidad a pincharla: millones de desplazados por la gran guerra llenan las tierras y las aguas, se amontonan en las aduanas y van haciendo grietas en los muros hechos y por hacer. Alentados antes por el gran Capital, los fundamentalismos encuentran tierra fértil para sus propuestas de unificación: “del terror nacerá un solo pensamiento, el nuestro”. Después de ser alimentada con dólares, la bestia del terrorismo amenaza la casa de su creador.

Y, lo mismo en la Unión Americana, que en la Europa Occidental o en la Rusia neo zarista, la bestia se retuerce e intenta protegerse a sí misma. Encumbra ahí (y no sólo ahí) a la estupidez y la ignorancia más ramplonas y, en sus figuras gobernantes, sintetiza su propuesta: “volvamos al pasado”.

Pero no, América no volverá a ser grande de nuevo. Nunca más. Ni el sistema entero en su conjunto. No importa qué hagan los de arriba. El sistema llegó ya al punto de no retorno.

 

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Contra el Capital y sus muros: todas las grietas.

 

La ofensiva internacional del Capital en contra de las diferencias raciales y nacionales, promoviendo la construcción de muros culturales, jurídicos y de cemento y acero, busca reducir más aún el planeta. Pretenden crear así un mundo donde sólo quepan los que arriba son iguales entre sí.

Sonará ridículo, pero así es: para enfrentar la tormenta el sistema no busca construir techos para guarecerse, sino muros detrás de los cuales esconderse.

Esta nueva etapa de la guerra del Capital en contra de la Humanidad debe enfrentarse sí, con resistencia y rebeldía organizadas, pero también con la solidaridad y el apoyo a quienes ven atacadas sus vidas, libertades y bienes.

Por eso:

Considerando que el sistema es incapaz de frenar la destrucción.

Considerando que, abajo y a la izquierda, no debe haber cabida para el conformismo y la resignación.

Considerando que es momento de organizarse para luchar y es su tiempo de decir “NO” a la pesadilla que desde arriba nos imponen.

LA COMISIÓN SEXTA DEL EZLN Y LAS BASES DE APOYO ZAPATISTAS CONVOCAMOS:

I.- A la campaña mundial:

 

Frente a los muros del Capital:

 

la resistencia, la rebeldía, la solidaridad y el apoyo de abajo y a la izquierda.

 

Con el objetivo de llamar a la organización y la resistencia mundial frente a la agresividad de los grandes dineros y sus respectivos capataces en el planeta, y que aterroriza ya a millones de personas en todo el mundo:

Llamamos a organizarse con autonomía, a resistir y rebelarse contra las persecuciones, detenciones y deportaciones. Si alguien se tiene que ir, que sean ellos, los de arriba. Cada ser humano tiene derecho a una existencia libre y digna en el lugar que mejor le parezca, y tiene el derecho a luchar para seguir ahí. La resistencia a las detenciones, desalojos y expulsiones son un deber, así como deber es apoyar a quienes se rebelan contra esas arbitrariedades SIN IMPORTAR LAS FRONTERAS.

Hay que hacerle saber a toda esa gente que no está sola, que su dolor y su rabia es vista aún a la distancia, que su resistencia no es sólo saludada, también es apoyada así sea con nuestras pequeñas posibilidades.

Hay que organizarse. Hay que resistir. Hay que decir “NO” a las persecuciones, a las expulsiones, a las cárceles, a los muros, a las fronteras. Y hay que decir “NO” a los malos gobiernos nacionales que han sido y son cómplices de esa política de terror, destrucción y muerte. De arriba no vendrán las soluciones, porque ahí se parieron los problemas.

Por eso llamamos a la Sexta en su conjunto a que se organice, según su tiempo, modo y geografía, para apoyar en y con actividades a quienes resisten y se rebelan contra las expulsiones. Sea apoyándolos para que regresen a sus hogares, sea creando “santuarios” o apoyando los ya existentes, sea con asesorías y apoyos legales, sea con paga, sea con las artes y las ciencias, sea con festivales y movilizaciones, sea con boicots comerciales y mediáticos, sea en el espacio cibernético, sea donde sea y como sea. En todos los espacios donde nos movamos es nuestro deber apoyar y solidarizarnos.

Llegó el momento de crear comités de solidaridad con la humanidad criminalizada y perseguida. Hoy, más que nunca antes, su casa es también nuestra casa.

Como zapatistas que somos, nuestra fuerza es pequeña y, aunque es amplio y hondo nuestro calendario, nuestra geografía es limitada.

Por eso y para apoyar a quienes resisten a las detenciones y deportaciones, desde hace varias semanas la Comisión Sexta del EZLN ha iniciado contactos con [email protected], grupos, colectivos y organizaciones adherentes a la Sexta en el mundo, para ver el modo de hacerles llegar una pequeña ayuda de modo que les sirva como base para lanzar o continuar toda suerte de actividades y acciones a favor de [email protected] [email protected]

Para iniciar, les enviaremos las obras artísticas creadas por [email protected] indígenas zapatistas para el CompArte del año pasado, así como café orgánico producido por las comunidades indígenas zapatistas en las montañas del sureste mexicano, para que, con su venta, realicen actividades artísticas y culturales para concretar el apoyo y la solidaridad con los migrantes y desplazados que, en todo el mundo, ven amenazadas su vida, libertad y bienes por las campañas xenofóbicas promovidas por los gobiernos y la ultra derecha en el mundo.

Eso por lo pronto. Ya iremos ideando nuevas formas de apoyo y solidaridad. Las mujeres, hombres, niños y ancianos zapatistas no les dejaremos [email protected]

II.- Invitamos también a toda la Sexta y a quien se interese, al seminario de reflexión crítica “LOS MUROS DEL CAPITAL, LAS GRIETAS DE LA IZQUIERDA” a celebrarse los días del 12 al 15 de abril del 2017, en las instalaciones del CIDECI-UniTierra, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México. Participan:

Don Pablo González Casanova.

María de Jesús Patricio Martínez (CNI).

Paulina Fernández C.

Alicia Castellanos.

Magdalena Gómez.

Gilberto López y Rivas.

Luis Hernández Navarro.

Carlos Aguirre Rojas.

Arturo Anguiano.

Sergio Rodríguez Lascano.

Christian Chávez (CNI).

Carlos González (CNI).

Comisión Sexta del EZLN.

 

Próximamente daremos más detalles.

III.- Convocamos a [email protected] [email protected] artistas a la segunda edición del “CompArte por la Humanidad” con el tema: “Contra el Capital y sus muros: todas las artes” a celebrarse en todo el mundo y en el espacio cibernético. La parte “real” será en fechas del 23 al 29 de julio del 2017 en el caracol de Oventik y el CIDECI-UniTierra. La edición virtual será del 1 al 12 de agosto del 2017 en la red. Próximamente daremos más detalles.

IV.- También les pedimos estar [email protected] a las actividades a las que convoque el Congreso Nacional Indígena, como parte de su proceso propio de conformación del Concejo Indígena de Gobierno.

V.- Convocamos a [email protected] cientí[email protected] del mundo a la segunda edición del “ConCiencias por la Humanidad” con el tema: “Las ciencias frente al muro”. A celebrarse del 26 al 30 de diciembre del 2017 en el CIDECI-UniTierra, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México, y en el espacio cibernético. Próximamente daremos más detalles.

No es todo. Hay que resistir, hay que rebelarse, hay que luchar, hay que organizarse.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

 

Subcomandante Insurgente Moisés. Subcomandante Insurgente Galeano.

México, febrero 14 (también día de [email protected] [email protected]) del 2017.

 

 

Publicado enSociedad
Miércoles, 15 Febrero 2017 08:24

El anarquismo que viene

El anarquismo que viene


¿Quién puede anticipar cómo será el anarquismo que viene? Nadie, por supuesto. Sin embargo, sí existe una razón de principio que nos permite afirmar con total seguridad que ese anarquismo que viene, y que ya está asomando su rostro, será necesariamente diferente del anarquismo que hemos heredado y que hoy conocemos.

En efecto, el anarquismo no es tan solo una formidable exigencia de libertad, quizás la más extrema de todas las que se han formulado, sino que también consiste en el pensamiento político de la crítica de la dominación, junto con la práctica política de la lucha en su contra. Es, por lo tanto, en el seno de las luchas contra la dominación en cualquiera de sus formas donde este se fragua y donde adquiere buena parte de sus características.

Ahora bien, como los dispositivos de dominación se van transformando en el transcurso del tiempo histórico, resulta que, para no perder eficacia, también se modifica correlativamente lo que se opone a ellos, lo que les planta cara, incluida la lucha que desarrolla el anarquismo. Lo curioso es que como consecuencia de esa inevitable modificación de sus prácticas antagonistas también se modifica el propio entramado teórico del anarquismo. La razón no es otra que la peculiar simbiosis que este establece entre la teoría y la práctica, entre la “idea” y “la acción”, y que implica, necesariamente, que si la acción se modifica, la idea no pueda permanecer estática, porque una parte de lo que la constituye, es decir, una parte de ella misma, que no es otra que la práctica, se ha modificado.

Por consiguiente, en la medida en que los dispositivos de dominación se van modificando, resulta que el anarquismo que viene será necesariamente distinto del actual. Es más, podemos afirmar, no ya por una razón de principio, sino por una constatación de tipo puramente empírico, que el anarquismo que viene no solo será diferente del actual, sino que, además, será muy diferente. El motivo es que los cambios sociales que se avecinan, y que ya están empezando a acontecer, son de tal magnitud que sus efectos sobre el anarquismo solo pueden ser de un enorme calado, situándolo frente al reto de tener que reinventarse a sí mismo.

El ejercicio creativo que consiste en imaginar cómo será el anarquismo del futuro es, sin duda, encomiable, sin embargo, dudo mucho que dejar volar libremente nuestra imaginación sea el mejor camino para intentar acercarnos a la forma que podría tomar esa reinvención. Porque si la forma del anarquismo que viene va a depender, en parte, de cómo serán los dispositivos de dominación a los que se enfrentará y de cómo será el mundo en el que se insertará, lo que precisamos para acercarnos al anarquismo del mañana es interrogar ese mundo que viene a partir de las líneas evolutivas que ya se están dibujando en el seno de la realidad actual.

Ahora bien, si queremos captar los rasgos que están emergiendo, debemos entender que los cambios que experimenta el mundo desde hace ya algunas décadas, lejos de representar un conjunto de modificaciones menores, dispersas e inconexas, anuncian e inician un auténtico cambio de época y una verdadera discontinuidad histórica.

En efecto, todo indica que ya hemos emprendido el camino que conduce, a la vez, hacia una nueva era capitalista, hacia una nueva era tecnológica, y hacia una nueva era ideológica. Esos tres grandes acontecimientos están estrechamente entrelazados, están anudados en una relación sinérgica, se potencian mutuamente y constituyen en realidad tres facetas de un mismo fenómeno global.

Así que, sin pretender trazar, ni siquiera con trazos gruesos, un diagnóstico del presente, creo que bien vale la pena detenernos sobre ese cambio de época que se está gestando, porque esa es la mejor manera de acercarnos al contexto en cuyo seno se constituirá el anarquismo del mañana y en el que se fraguarán sus rasgos.

 

 

La mutación del capitalismo

 

Para empezar por la primera de esas grandes mutaciones, veamos qué es lo que está pasando con el capitalismo. Pero, eso sí, dejando previamente bien claro, que la destrucción del capitalismo es una exigencia irrenunciable para una corriente política que se define por su lucha contra la dominación bajo todas sus formas, incluida, por lo tanto, la explotación laboral. Y eso implica que el anarquismo, tanto el actual como el que viene, no puede, bajo ningún concepto, dejar de luchar para salir del capitalismo.

Pues bien lo que está pasando con el capitalismo es que, desmintiendo los doctos augurios que anuncian repetidamente su crisis terminal, su gran colapso, el capitalismo sigue demostrando, como lo ha hecho sobradamente en el pasado, su enorme capacidad de regeneración. Una capacidad perfectamente evocada por la metáfora de esa hidra a la cual le crecen varias cabezas por cada una que se le corta.

Es obvio que, siendo capaz, como lo es, de nutrirse de aquello mismo que se le opone, el capitalismo se adapta y se transforma con una temible eficacia, y está operando hoy una autentica renovación que lo aleja considerablemente de sus formas anteriores.

Por supuesto, su motor sigue siendo el mismo: apropiación de la plusvalía, maximización del beneficio, y mercantilización de todo lo que pueda ser mercantilizado. Sin embargo, sus mecanismos, su funcionamiento, sus características, todo eso está cambiando.

Por ejemplo, la nueva modalidad del capitalismo se muestra especialmente apta para extraer beneficios de los grandes flujos, ya sean flujos financieros o flujos de información, entre otros. Así mismo, resulta que la producción de valor ya no descansa exclusivamente sobre el trabajo, y aunque la explotación de la mano de obra sigue siendo escandalosa esta ha perdido gran parte de su centralidad.

De hecho, son todas las actividades de la vida cotidiana las que ese capitalismo de nuevo cuño convierte en fuente de beneficio, procurando construir, en lugar de simplemente buscar, los sujetos que resultan más adecuados para proporcionarle ganancias. Se trata, para él, de producir subjetividades que se acoplen perfectamente a su lógica, y que faciliten su funcionamiento tanto en el campo del consumo como en el del trabajo. Se trata de construir la forma de ser, la forma de sentir, de desear, de pensar, de relacionarse, de las personas, y, para ello, debe infiltrar y colonizar nuestros deseos, nuestro imaginario, nuestras motivaciones, nuestras relaciones sociales y, en definitiva, nuestro modo de existencia.

Así, por ejemplo, en el ámbito laboral el capitalismo procura sacar provecho de todas las facetas de la persona contratada, no se limita a utilizar sus habilidades técnicas o su fuerza de trabajo, sino que intenta movilizar la totalidad de sus recursos, desde sus motivaciones, sus deseos, sus angustias, sus recursos cognitivos, y hasta sus lazos afectivos.

Y eso es posible gracias a la constitución, a lo largo del último siglo, de un considerable volumen de saberes expertos sobre el ser humano. Tanto en el plano biológico: gestión de la vida, como en el plano psicológico: producción de subjetividades, y en el plano colectivo: gestión de poblaciones.

Ni siquiera la libertad queda al margen de esas operaciones. Esta se utiliza hoy como un instrumento de sometimiento y, por ejemplo, las estructuras jerárquicas se flexibilizan para incrementar la sumisión de los sujetos o el rendimiento de los trabajadores. Porque resulta que gobernar, gestionar, y hacer trabajar en nombre, pero sobre todo en base, a la libertad, permite conseguir que sean los propios gobernados y los propios trabajadores quienes contribuyan a mejorar los mecanismos mediante los cuales son gobernados y son explotados.

Por otra parte, en la actual globalización, la impresionante ubicuidad del capitalismo significa que ya no existe exterioridad con relación a él, que ya no hay un “afuera” del capitalismo, ni espacialmente, ni socialmente. Este ha colonizado todo el planeta, e incluso sus alrededores, impregnando todos los engranajes de la sociedad, todas las facetas de nuestra vida cotidiana, y hasta nuestra propia subjetividad. Con lo cual, el capitalismo ya no representa solamente un sistema económico particular, sino que se ha convertido en una forma de vida que tiende hacia la hegemonía.

Por fin, resulta que si sus relaciones con el poder político siempre fueron muy estrechas, hoy está suplantando el propio poder político. Como muy bien lo señala El comité invisible, el poder político se ha desplazado desde los Parlamentos, convertidos en simples teatros donde se representan comedias, hacia las grandes infraestructuras de la economía capitalista. Hoy, el poder está inscrito en ellas, y son, por ejemplo, las vías y las redes de comunicación y de transporte, transporte de personas, de mercancías, pero también de energía, o de información, las que conforman materialmente el sistema de dominación establecido. No es necesario que nadie nos ordene nada, nos encontramos materialmente atrapados en esas infraestructuras y nuestra dependencia de su buen funcionamiento es total. Con lo cual, para cambiar la sociedad y para salir realmente del capitalismo de poco sirve quemar los Parlamentos si no se desmantelan, también, esos macro-dispositivos tecnológicos.

Pues bien, en definitiva, es esa nueva modalidad de capitalismo la que está construyendo el escenario en el que se inscribirá el anarquismo que viene. Y si este ya no podrá luchar contra él como luchaba antes, y si parte de las características del anarquismo provienen precisamente de esa lucha, está claro que el simple hecho de que vaya a seguir luchando contra las nuevas modalidades del capitalismo lo cambiará necesariamente de una forma muy importante.

 

 

La era internet

 

La segunda gran mutación que se está produciendo consiste, como bien sabemos, en que estamos entrando de lleno en la era informática y, de hecho, no se puede entender el actual capitalismo sin la irrupción de la revolución informática. Sin esa revolución no se habría podido constituir la nueva era capitalista, la explotación de los grandes flujos que antes he mencionado no alcanzaría la magnitud ni tendría la forma que reviste hoy en día, y la actual fase de la globalización ni siquiera habría podido acontecer. Esta no sólo representa la extensión mundial del mercado capitalista y de su lógica productiva, sino que también instaura un nuevo orden económico que se caracteriza, entre otras cosas, por la extraordinaria densificación y por la fulgurante rapidez de las interconexiones.

Ahora bien, por importante que sea su papel en la reconfiguración del capitalismo no es sólo en el campo de la economía donde la informatización generalizada del mundo ha abierto una nueva era. En la medida en que se trata de una tecnología productora de tecnologías la informática transforma, no uno, sino múltiples planos del mundo.

Basta con pensar, por ejemplo, en el impulso que ha dado a la ingeniería genética, con lo Post-humano como horizonte no muy lejano, o como ha ayudado a renovar la conducción de la guerra, mediante la creciente sofisticación tanto del armamento como de la estrategia militar (Drones, misiles auto-guiados, ataques cibernéticos, sin olvidar la renovación del espionaje y, más globalmente, de la inteligencia militar).

Si bien todas esas transformaciones posibilitadas por la informática son de primera importancia para configurar el mundo que nos espera, hay una de ellas que merece una atención muy especial, la que atañe al nuevo tipo de control social que se está instaurando y que está propiciando el auge de un totalitarismo de nuevo cuño.

Vigilancia generalizada, total transparencia, completa trazabilidad, acumulación ilimitada de datos, constante cruce de los mismos, análisis sistemático del ADN, derecho que se arroga el Estado de escudriñar nuestra vida privada o, lamentablemente, auto-exposición voluntaria y pormenorizada de nuestra cotidianidad. Como bien sabemos, gracias a la informática, todas nuestras acciones, e incluso nuestros silencios y nuestras no-acciones, aquellas que nos abstenemos de realizar, dejan unas huellas que son cuidadosamente archivadas para siempre, y exhaustivamente tratadas por los servicios estatales así como por grandes empresas privadas.

Con lo cual, no son sólo factores políticos los que hacen que el futuro se anuncie tan densamente cargado de amenazas totalitarias. En efecto, el principal peligro totalitario no radica tanto en el auge de los sectores de extrema derecha, como en los múltiples dispositivos tecnológicos vinculados a la informática que se encuentran esparcidos por todo el mundo y que están tejiendo esa tela de araña del totalitarismo donde poco a poco van quedando atrapadas nuestras vidas.

A la vista de las transformaciones que está potenciando, entiendo que no constituye ningún despropósito afirmar que la colonización del mundo por la informática, que incluye pero que no se limita a la llamada era Internet, va a imprimir, necesariamente, nuevas características a un anarquismo que tendrá que afrontar ese entorno y desenvolverse en su seno.

 

 
Una nueva era ideológica

 

No sólo cambia el mundo social y tecnológico, también está mutando una esfera ideológica que se venía definiendo estos últimos siglos por la amplia adhesión al discurso construido por la Ilustración y por su adopción como fundamento de la legitimidad de una época, la Modernidad, en la que aún seguimos inmersos, pero de la que ya hemos iniciado nuestra salida.

En efecto, hoy se acepta de forma cada vez más generalizada que las grandes narrativas de la Ilustración ya no son creíbles, y que las meta-narrativas de la emancipación, del progreso, de la razón triunfante, del Proyecto a realizar, de la Ciencia integralmente beneficiosa, de la Esperanza en un Futuro siempre mejor, etc. se enfrentan a demasiados argumentos críticos para que puedan seguir fundamentando y legitimando el credo de la época en la que vivimos.

Siempre y cuando no tiremos el bebé con el agua del baño — porque es evidente que la Ilustración distaba mucho de ser un bloque homogéneo, y porque algunos de sus principios representan logros fundamentales — sólo cabe aplaudir el desmantelamiento crítico de la gran narrativa de la Ilustración y de las trampas que nos tendía. Sin embargo, resulta mucho más difícil evaluar el relato que está llamado a sustituirla para legitimar la nueva época que está emergiendo, porque ese relato aún permanece incipiente y confuso.

No obstante, entre los elementos de ese relato que comienzan a dibujarse cabe señalar la aceptación generalizada de la incertidumbre como principio sustitutivo de las certezas firmemente fundadas y fundadoras, o la sustitución de los valores trascendentes y absolutos por criterios pragmáticos con cierto aroma relativista, o la recomposición de los valores morales inscritos en la cultura occidental afín de responder, entre otras cosas, a la irrupción cada vez más probable de la condición Post humana anunciada tanto por la ingeniería genética como por la eugenesia positiva, y también por el implante intracorporal de chips RFID y otros dispositivos informáticos.

 

 
Formas actuales del anarquismo

 

Creo que queda bastante claro que el contexto en el que quedará insertado el anarquismo que viene será eminentemente diferente del contexto en el que ha estado operando hasta hace poco, lo cual, no puede sino modificarlo sustancialmente.

Algunas de esas modificaciones ya están empezando a tomar forma, así que, para vislumbrar, aunque sea confusamente, los rasgos del anarquismo que viene puede resultar bastante útil observar el actual movimiento anarquista, y en especial su componente más juvenil. Ese componente representa una parte del anarquismo contemporáneo que ya manifiesta ciertas diferencias con el anarquismo clásico, y al que me he referido a veces con el nombre de “neo-anarquismo”.

Lo que podemos observar en el momento presente es que, tras un larguísimo periodo de muy escasa presencia internacional del anarquismo, lo que está emergiendo y está proliferando de forma bastante llamativa en todas las zonas del mundo, son unos colectivos variopintos, preocupados por temáticas muy variadas, unos colectivos diversos, fragmentados, fluctuantes, y a veces efímeros, pero que participan en todas las movidas contra el sistema, y a veces incluso las desencadenan. Sin duda, esa fragmentación se corresponde con algunas de las características del nuevo contexto en el que estamos entrando y que está posibilitando una nueva organización de los espacios de la disidencia. La realidad actual, que se está volviendo, literalmente, “movediza” y “liquida”, exige, sin duda, unos modelos organizativos mucho más flexibles, más fluidos, orientados por simples propósitos de coordinación para realizar tareas concretas y específicas.

Así que las redes que surgen de forma autónoma, que se auto-organizan, que se hacen y que se deshacen en función de las exigencias del momento, y donde se establecen alianzas puntuales entre colectivos, constituyen probablemente la forma organizativa, reticular y viral, que prevalecerá en el futuro, y cuya fluidez ya está demostrando su eficacia en el momento actual.

Lo que parece predominar en esos colectivos de jóvenes anarquistas es la voluntad de crear espacios donde las relaciones estén exentas de las coacciones y de los valores que emanan del sistema social vigente. Sin esperar a un hipotético cambio revolucionario, se trata para ellos de vivir desde ya tan cerca como sea posible de los valores que ese cambio debería promover. Eso pasa, entre muchísimos otros comportamientos, por desarrollar relaciones escrupulosamente no sexistas desprovistas de cualquier rastro de patriarcalismo, inclusive en el lenguaje, o por establecer relaciones solidarias que escapen por completo de la lógica jerárquica y del espíritu mercantil.

También pasa, y eso es muy importante, por el peso que se otorga a aquellas prácticas que rebasan el orden de la mera discursividad. Se enfatiza así la importancia del hacer y, más precisamente, del “hacer conjuntamente”, poniendo el acento sobre los efectos concretos de ese hacer y sobre las transformaciones que propicia.

En esos espacios, los conciertos, las fiestas, las comidas colectivas (veganas, por supuesto), forman parte de la actividad política, al igual que las enganchadas de carteles, que las acciones en los barrios, que las charlas y los debates, o que las manifestaciones, a veces bastante contundentes. En realidad, de lo que se trata es de conseguir que la forma de vida sea en sí misma un instrumento de lucha que desafíe el sistema, que contradiga sus principios, que disuelva sus argumentos, y que permita desarrollar experiencias comunitarias transformadoras. Es por eso que, desde el nuevo espacio libertario que se está tejiendo en múltiples lugares del mundo, se desarrollan experiencias de espacios auto gestionados, de economía solidaria, de redes de apoyo mutuo, de redes alternativas de alimentación, de intercambio y de distribución. El acierto en este punto es total, porque si el capitalismo se está convirtiendo en una forma de vida es obvio que es en ese preciso terreno, el de la forma de vida, donde debe situarse parte de la lucha para desmantelarlo.

Se está configurando de esa forma un amplio tejido subversivo que proporciona a las personas unas alternativas antagónicas con las que ofrece el sistema, y que, al mismo tiempo, ayuda a cambiar la subjetividad de los participantes. Este último aspecto es muy importante porque existe una conciencia bastante clara de que, al estar formateados por y para esta sociedad, no tenemos más remedio que transformarnos a nosotras mismas si queremos escapar de su control. Lo cual significa que la desubjetivación se percibe como una tarea esencial de la propia acción subversiva.

Por fin, no resulta nada infrecuente que el espacio alternativo de carácter anarquista confluya con movimientos más amplios, como los que se movilizan contra las guerras, o contra las cumbres, y que de vez en cuando ocupan las plazas reencontrando principios anarquistas tales como la horizontalidad, la acción directa, o la suspicacia frente a cualquier ejercicio de poder. De hecho, se podría considerar que esos movimientos más amplios, que no se auto-definen, ni mucho menos, como anarquistas, representan lo que en algún momento he calificado como anarquismo extra-muros, y prefiguran algunos rasgos del anarquismo que viene.

Junto a esos colectivos de jóvenes anarquistas, otro fenómeno subversivo que responde a las características tecnológicas del momento actual y que enriquece tanto las prácticas revolucionarias como el imaginario correspondiente, consiste en la aparición de los hackers, con las prácticas y con la forma de intervención política que les caracterizan.

En un libro reciente se señala acertadamente que si lo que fascina y atrae nuestra atención son las macro-concentraciones (las ocupación de las plazas, las protestas contra las cumbres etc.), sin embargo, es en otros lugares donde se está inventando la nueva política subversiva: esta es obra de individuos dispersos pero que forman colectivos virtuales: los hackers.

Al analizar sus prácticas el autor precisa que el valor de su lucha reside en que ataca un principio fundamental del actual ejercicio del poder: el secreto de las operaciones del Estado, una zona de caza estrictamente reservada y totalmente opaca a los ojos no autorizados, que el Estado guarda para sí solo Los activistas recurren a una práctica del anonimato y de la eliminación de rastros que no responde a las exigencias de la clandestinidad, sino a una nueva concepción de la acción política: la negativa a constituir un “nosotros” heroicamente y sacrificialmente enfrentado al poder en una lucha cuerpo a cuerpo y a cara descubierta. Se trata, en efecto, de no exponerse, de reducir el costo de la lucha, pero sobre todo de no establecer una relación, ni siquiera conflictiva, con el enemigo.

 

 
El invariante anarquista

 

Al lado de sus inevitables diferencias con el anarquismo clásico, una segunda consideración que podemos adelantar, también con total seguridad, es que para seguir siendo “anarquismo” en lugar de pasar a ser una cosa distinta, el nuevo anarquismo deberá conservar algunos de los elementos constitutivos del anarquismo instituido. Son esos elementos los que constituyen lo que me gusta llamar “el invariante anarquista”, un invariante que aúna el anarquismo actual y el del futuro, y que seguirá definiendo, por lo tanto, el anarquismo que viene.

De hecho, ese invariante está compuesto por un pequeño puñado de valores entre los cuales figura en lugar privilegiado el de la equalibertad, es decir, la libertad y la igualdad en un mismo movimiento, formando un único e inextricable concepto que une, indisolublemente, la libertad colectiva y la libertad individual, a la vez que excluye totalmente la posibilidad de que, desde una perspectiva anarquista, se pueda pensar la libertad sin la igualdad, o la igualdad sin la libertad. Ni la libertad, ni la igualdad, amputadas de su otra mitad, caben en un planteamiento que siga siendo anarquista.

Es ese compromiso con la equalibertad el que sitúa en el corazón del invariante anarquista su radical incompatibilidad con la dominación bajo todas sus formas, así como la afirmación de que es posible y, en cualquier caso, intensamente deseable, vivir sin dominación. Con lo cual, el lema “Ni mandar ni obedecer” forma parte de lo que no puede cambiar en el anarquismo para que este no deje de ser anarquismo.

Así mismo, también se desnaturaliza el anarquismo si se le priva del conjunto formado por la unión entre la utopía y el deseo de revolución, es decir, por la unión entre la imaginación de un mundo siempre distinto del existente, y la voluntad de acabar con este último.

Otro de los elementos que está inscrito de forma permanente en el anarquismo es el compromiso ético, especialmente la exigencia ética de una consonancia entre la teoría y la práctica, así como la exigencia de una adecuación entre los medios y los fines. Eso significa que no se pueden alcanzar unos objetivos acordes con los valores anarquistas tomando unos caminos que los contradigan. Con lo cual, las acciones desarrolladas, y las formas organizativas adoptadas, deben reflejar, ya, en sus propias características, las finalidades perseguidas, deben prefigurarlas, y esa prefiguración constituye una autentica piedra de toque para enjuiciar su validez. En otras palabras, el anarquismo solo es compatible con políticas prefigurativas, y dejaría de ser anarquismo si abandonase esa exigencia.

Por fin, tampoco se puede seguir hablando propiamente de anarquismo si este renuncia a la fusión entre la vida y la política. No debemos olvidar que el anarquismo es simultáneamente, y de manera indisociable, una formulación política, pero también una forma de vida, pero también una ética, pero también un conjunto de prácticas, pero también una forma de ser y de comportarse, pero también una utopía. Eso implica una imbricación entre lo político y lo existencial, entre lo teórico y lo práctico, entre la ética y la política, es decir, en definitiva, una fusión entre la esfera de la vida y la esfera de la política.

 

Para seguir siendo “anarquismo” el “anarquismo que viene” no podrá prescindir de ninguno de esos componentes.

 

Tomás Ibáñez

 

Publicado en Libre Pensamiento núm.88.

Fuente: http://acracia.org/el-anarquismo-que-viene-2/

 

 

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Macroencuesta a escala mundial: la mayoría dice que el sistema no funciona. Espectacular aumento de la desconfianza en los gobiernos, los medios de comunicación, las elites y las ONGs

De acuerdo con una encuesta realizada a escala planetaria, que también ofrece pistas sobre las razones del triunfo electoral de Trump, diríase que vivimos en una época prerrevolucionaria.


Diríase que basta con señalar a otros con el dedo para sacar ventajas decisivas. Donald Trump parece haber ganado también porque ha conseguido sembrar desconfianza; desconfianza en el Congreso, en los demás políticos, en la elite, en los medios, en los expertos, en el extranjero y en los extranjeros y en muchas otras cosas. A los ojos de muchos electores parece corporeizar la verdad, la transparencia y la honorabilidad, lo que, a fin de cuentas, le granjea su confianza, aun cuando él mismo mantiene en la opacidad sus negocios, incorpora a la parentela a la Casa Blanca y no pocas veces ha divulgado mentiras y medias verdades.


Partes del electorado no sólo parecen aplaudir su rechazo y desprecio de las autoridades establecidas cuando hay cosas criticables y precisadas de cambio: se orientan extrañamente no hacia políticos y medios de comunicación que proceden con rectitud y tratan de ofrecer una imagen bien perfilada y diferenciada, sino que se entregan sin más a pintores políticos, ideológicos y mediáticos de brocha gorda, como Trump o Breitbart.com. Algo parecido puede observarse en Alemania con los seguidores de la AfD (Alternativa para Alemania, por sus siglas en alemán).


Acaba de aparecer un informe de la agencia de relaciones públicas y comunicación Edelman. En él se registra que la confianza se halla en crisis en todo el mundo. Desde 2012 viene ofreciendo anualmente esta empresa un “Barómetro de confianza” y ahora constata que la confianza en las cuatro instituciones socialmente importantes –economía privada, gobierno, ONGs y medios de comunicación— se ha desplomado profundamente. Las personas han dejado de creer cada vez más que el sistema trabaja para ellas. Y no les falta razón. Las preocupaciones suscitadas por la globalización, la velocidad de la innovación y la destrucción de los valores sociales se estaría transformando en miedo y, a su través, alimentando movimientos populistas cada vez más fuertes en las democracias occidentales.


Ni que decir tiene que esta empresa, ella misma un actor de alcance global, no ve en la desaparición de la confianza en el sistema motivos para una revuelta o para transformaciones positivas, sino que se sirve de la información extraída de las encuestas realizadas en 28 países para invitar a tomar medidas que permitan a las instituciones recuperar la confianza perdida. Se observa que en 5 de las 10 grandes potencias económicas (EEUU, Gran Bretaña, Brasil, Corea del Sur e Italia) el gobierno se halla en aprietos o se ha operado ya un cambio en el poder. Se daría un profundo desencanto con las izquierdas y las derechas políticas allí donde la globalización, la desregulación, la innovación y las instituciones trasnacionales más rechazo suscitan.


Sólo el 15% de la población, en el conjunto de los 28 países escrutados, diría todavía que el presente sistema sigue funcionando. Para el 53%, eso ha dejado de ser así. El 32% no está seguro. Más de dos tercios de los encuestados en Francia, España, Italia, México y Sudáfrica coinciden en la afirmación de que el sistema ha dejado de funcionar. No muy lejos de eso se hallan los alemanes, con un 62%; y un 57% de estadounidenses opina eso mismo. En Rusia, un 48%; en China, un 23%; y en los Emiratos Árabes Unidos, sólo un 19%, lo que naturalmente tiene que ver también con la relación con las autoridades. Casi la mitad de las personas con instrucción universitaria en el cuarto superior del nivel de ingresos ha dejado de confiar en el sistema. Y tres cuartos de todos los entrevistados dicen que el sistema favorece a los ricos y a los poderosos.


A juzgar por las apariencias, diríase que tienen que producirse transformaciones revolucionarias del tipo de las que ha empezado a introducir Donald Trump denunciando los tratados de libre comercio. Habrá que esperar, de todos modos, para saber si estará a la altura de los niveles de descontento y desconfianza manifestados por sus electores. Acaba de llegar al gobierno, y podría malbaratar rápidamente el valor añadido concedido al intruso. Lo cierto es que más del 70% de los encuestados se manifiestan a favor de más proteccionismo estatal. Casi el 50% dan por supuesto que los tratados de libre comercio son una amenaza para los puestos de trabajo. El 60% tiene miedo de perder su puesto de trabajo a causa de su deficiente calificación. Un número parecido teme a la concurrencia extranjera; el 58%, a los inmigrantes; el 55%, a la deslocalización en países más baratos; y el 54%, a la automatización.


El "Make America Great Again" de Trump no sólo halla oídos despiertos en Norteamérica. El 69% de todos los encuestados dice que los intereses del propio país deberían ponerse por encima de los otros. Y el 72% exige que el gobierno proteja los puestos de trabajo de la economía nacional, incluso al precio de ralentizar el crecimiento económico.


La confianza en los ejecutivos empresariales y en los gobiernos ha caído espectacularmente. Sólo para el 37% resultan creíbles los jefes de las empresas privadas. De los gobernantes –elegidos por ellos mismos en las democracias— sólo dicen eso mismo el 29%. El nivel más bajo de confianza es el depositado en los políticos. La imagen de las elites está por los suelos. Los académicos o los expertos no gozan, para el 60%, de más confianza “que una persona como tú o como yo”: la confianza en ellos también se ha desplomado. Los políticos y los dirigentes empresariales están muy por debajo. No sólo en los países industrializados, también en los países en vías de desarrollo los gobiernos son considerados “incompetentes, corruptos y banderizos”.


Casi dos tercios de los encuestados confían en las informaciones filtradas más que en los comunicados de prensa, cosa que, como observa Edelman, habla menos de la cámara de resonancia que del escepticismo realista frente a las autopresentaciones habitualmente maquilladas. Para más de la mitad, las personas individuales son mas confiables que las instituciones. Y –para muestra, Trump— los oradores espontáneos, abiertos y chocarreros, gozan de más credibilidad que los reservados y diplomáticos.


Igualmente bajo han caído los medios de comunicación en el último año. Los medios se ven politizados; a causa de sus cuitas económicas, ya no informan como es debido y van a la zaga de los medios sociales. Comparando con el informe de 2016, los medios de comunicación son los que más credibilidad han perdido: caen 5 puntos, de 48 a 43; los gobiernos y las empresas sólo pierden un punto, y las ONGs, dos puntos. Sólo en China, Singapur, Holanda, India e Indonesia encuentra una magra mayoría creíbles a los medios. El 59% de los encuestados confiaría antes en un algoritmo buscador que en un redactor periodístico. En suma: se ha generado un mundo en el que las personas viven en burbujas autorreferenciales. En Alemania, un 42% confía en los medios, dos puntos menos que en el informe de 2016. En los EEUU declara eso todavía el 47%, mientras que menos de un tercio lo manifiesta en Turquía, en Irlanda, en Polonia, en Rusia, en Australia, en Japón y en Gran Bretaña, una polícroma amalgama de países.


El informe apunta a que, a pesar de retroceder también, la economía privada despierta más confianza que los gobiernos, los medios de comunicación y las ONGs, aun no siendo claro qué entienden exactamente por estas últimas. Hay diferencias muy contrastadas entre Corea del Sur, Hongkong, Rusia y Polonia, en el extremo más bajo, y China, México, India e Indonesia, en el extremo más alto de esperanza en un aumento venidero del bienestar. En Alemania, la confianza en la economía privada es, con un 43%, relativamente baja, pero podría haber crecido un punto. Menos sorprendente resulta que los empresarios resulten para el informe de esta empresa poco menos anclas salvadoras en el diluvio de una desconfianza que amenaza con llevarse todo por delante.


La victoria electoral de Trump podría explicar también, junto con la desconfianza en la elite, el que las empresas estén bien vistas en los EEUU por el 58%: pueden haber ganado 7 puntos en el último año. De confianza disfruta tal vez el empresario Trump, que ahora, sin embargo, se ha hecho político. Tal vez por eso confían mas en él cuando se presenta resuelto y dispuesto a la acción y pronto a menospreciar y dejar de lado a las instituciones. Es como si Trump se hubiera servido de los resultados de esta encuesta en su campaña electoral y, sobre todo, en su discurso de toma de posesión.

Florian Rötzer
29/01/2017

Florian Rötzer es un columnista habitual de la revista alemana de izquierda Telepolis.
Fuente:
Telepolis, 25 enero 2017
Traducción:
Amaranta Süss

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"El capitalismo se basa en supuestos despiadados, antihumanos"

Conforme se acerca a los noventa años, la bibliografía de Noam Chomsky continúa creciendo. Afortunadamente para la izquierda internacional, también sigue ofreciendo entrevistas.


A principios de este mes, menos de una semana antes de su octogésimo octavo cumpleaños, Chomsky se sentaba a conversar en su despacho de Cambridge, Massachusetts. Entrevistado por Vaios Triantafyllou, un estudiante de posgrado de la Universidad de Pensilvania, Chomsky habló de todo desde el socialismo, la naturaleza humana y Adam Smith hasta el presidente electo de EE. UU. (La transcripción se ha resumido y editado para facilitar su comprensión).


Conforme Donald Trump completa la designación de su gabinete, Chomsky reconoce que el futuro podría depararnos intolerancia y culpabilización. Sin embargo, la decisión sigue dependiendo de nosotros: “Que logren su propósito”, opina Chomsky sobre la táctica de divide y vencerás, “depende de la resistencia que oponga gente como usted”.


¿Cómo deberían plantear los socialistas la relación entre las reformas que humanicen el actual sistema de producción (como propuso Sanders) y el objetivo a largo plazo de erradicar totalmente el capitalismo?


Para empezar, deberíamos reconocer que, al igual que la mayoría de los términos del discurso político, el socialismo prácticamente ha perdido su significado. El socialismo antes significaba algo. Si retrocedemos en el tiempo, fundamentalmente significaba el control de la producción por parte de los productores, la eliminación del trabajo asalariado, la democratización de todas las esferas de la vida: la producción, el comercio, la educación, los medios de comunicación, la autogestión obrera en las fábricas, el control comunitario de las comunidades, etcétera. Eso fue en su momento el socialismo.


Sin embargo, hace un siglo que dejó de significar todo eso. A decir verdad, los que se denominaban países socialistas eran los sistemas más antisocialistas del mundo. Los trabajadores tenían más derechos en Estados Unidos e Inglaterra que en Rusia, y no sé por qué se siguió llamando socialismo.


Por lo que respecta a Bernie Sanders, es una persona honesta y decente, y yo le di mi apoyo. Lo que él entiende como socialismo es el progresismo del New Deal. En realidad, sus políticas no habrían sorprendido mucho al general Eisenhower. El hecho de que a esto se le llame revolución política es un indicio de hasta qué punto el espectro político ha virado hacia la derecha, principalmente en los últimos treinta años, desde que comenzaron a instituirse los programas neoliberales. Lo que él pedía era el restablecimiento de algo similar al progresismo del New Deal, lo cual es muy positivo.


Respondiendo a su pregunta, creo que lo que deberíamos cuestionarnos es si la gente preocupada por los seres humanos, por sus vidas y preocupaciones, debería tratar de humanizar el sistema de producción actual utilizando los medios que usted describe. La respuesta es por supuesto que sí, mejoraría la vida de la gente.


¿Deberían fijarse el objetivo a largo plazo de erradicar totalmente la estructura económica capitalista? Así lo creo. El capitalismo ha obtenido sus logros, pero se basa en supuestos bastante despiadados, supuestos antihumanos. La idea misma de que debe haber una clase de personas que dan órdenes en virtud de la riqueza que poseen y otra ingente clase de personas que reciben órdenes y las acatan debido a que carecen de acceso a la riqueza y el poder es sencillamente inaceptable.


De modo que por supuesto que debería erradicarse. Sin embargo, no se trata de alternativas, son cosas que hay que hacer conjuntamente.


Uno de los principales argumentos empleados en contra del socialismo es que la naturaleza humana es egoísta y competitiva por definición y, por consiguiente, únicamente propicia el capitalismo. ¿Cómo respondería a esto?


Tenga en cuenta que el capitalismo es una etapa minúscula de la sociedad humana. En realidad nunca tuvimos capitalismo, siempre hemos tenido alguna que otra variante de capitalismo de Estado. La razón es que el capitalismo se autodestruiría en un periquete. De este modo, la clase empresarial siempre ha reclamado una fuerte intervención estatal para proteger a la sociedad del efecto destructivo de las tendencias del mercado. A menudo es el mundo empresarial el que lleva la delantera porque no quiere que se acabe todo.


De manera que hemos tenido alguna que otra variante de capitalismo de Estado durante un periodo de tiempo brevísimo en la historia de la humanidad, lo cual, en esencia, no nos dice nada sobre la naturaleza humana. Si se observan las sociedades e interacciones humanas, hay de todo. Hay egoísmo, hay altruismo, hay compasión.


Tomemos a Adam Smith, el santo patrón del capitalismo. ¿Qué opinaba? Opinaba que el principal instinto humano era la compasión. De hecho, echémosle un vistazo al término “mano invisible”. Fijémonos en el uso real que hacía de la expresión. En realidad no es difícil deducirlo porque solo la empleó dos veces con un sentido relevante, una vez en cada uno de sus dos libros principales.


En uno de sus libros más importantes, La riqueza de las naciones, la expresión aparece una vez, y lo hace en lo que constituye una crítica a la globalización neoliberal. Lo que afirma es que si en Inglaterra los fabricantes y comerciantes invirtieran en el extranjero e importaran productos del extranjero, se beneficiarían, pero sería perjudicial para Inglaterra. Sin embargo, su compromiso hacia su país les basta, de modo que es improbable que lo hagan y, por lo tanto, gracias a una mano invisible, Inglaterra se salvará del impacto de lo que llamamos globalización neoliberal. Este es uno de los usos.


El otro empleo está en el otro de sus libros más importantes, La teoría de los sentimientos morales (que la gente no lee mucho, pero que para él era su libro más importante). En este libro es igualitario: creía en la igualdad de resultados, no de oportunidades. Es una figura de la Ilustración, precapitalista.


Plantea lo siguiente: supongamos que estamos en Inglaterra, y un terrateniente posee la mayoría de las tierras mientras hay personas que no tienen nada para subsistir. Dice que no importaría mucho porque el rico terrateniente, en virtud de su solidaridad con otras personas, distribuiría los recursos entre ellos, de modo que, gracias a una mano invisible, acabaríamos viviendo en una sociedad bastante igualitaria. Este es su concepto de la naturaleza humana.


La gente a cuyas clases asistes y cuyos libros lees no emplea así la expresión “mano invisible”. Esto demuestra una diferencia de doctrina, no sobre la naturaleza humana. En realidad, lo que sabemos es que en la naturaleza humana existen todas estas posibilidades.


¿Cree que es necesario esbozar propuestas concretas para lograr un futuro sistema socialista mediante la creación de una alternativa sólida que atraiga a la mayoría de la gente?


Creo que la gente está interesada en auténticos objetivos socialistas (que no son los que se suele llamar socialismo) a largo plazo. Deberían sopesar detenidamente el modo en que debería funcionar esa sociedad ideada, y no muy pormenorizadamente, porque las cosas se deben aprender a través de la experimentación y, ni por asomo, tenemos suficientes conocimientos para diseñar sociedades concienzudamente. Sin embargo, se podrían elaborar unas pautas generales, y se pueden tratar muchos de los problemas específicos.


Esa debería ser parte de la concienciación popular de la gente. Así podría llevarse a cabo una transición al socialismo, en el momento en que entra a formar parte de la sensibilización, concienciación y aspiraciones de la inmensa mayoría de la población.


Veamos, por ejemplo, uno de los logros más importantes en este sentido, quizá el más importante de todos: la revolución anarquista que tuvo lugar en España en 1936. Se habían necesitado décadas de preparación para ello: en educación, en activismo y esfuerzos —en ocasiones repelidos—; sin embargo, llegado el momento del ataque fascista, la gente tenía en la mente cómo quería que se organizara la sociedad.


También lo hemos visto de otras formas. Pensemos, por ejemplo, en la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. En verdad, ésta tuvo consecuencias devastadoras en la mayor parte de Europa, pero realmente no tardaron mucho en reconstruir democracias capitalistas porque estaba en las mentes de la gente.


Otros lugares del mundo quedaron prácticamente devastados y no lo lograron. No tenían los conceptos en su mente. Buena parte depende de la concienciación humana.


Syriza llegó al poder alegando un compromiso con el socialismo. Sin embargo, acabaron colaborando con la Unión Europea y no dimitieron ni siquiera después de que les obligaran a aplicar medidas de austeridad. ¿Cómo cree que podemos evitar un resultado similar en el futuro?


Creo que la verdadera tragedia de Grecia —aparte de la severidad de la burocracia europea, la burocracia de Bruselas y de las entidades bancarias del Norte, que fue verdaderamente salvaje— es que la crisis griega no debió estallar. Se pudo haber solucionado bastante fácilmente en un primer momento.


Pero ocurrió y Syriza llegó al poder con un compromiso declarado de combatirla. De hecho, en realidad convocaron un referéndum que horrorizó a Europa: la idea de que a la gente se le permitiera tomar una decisión sobre algo que afecta a su destino tan solo es un anatema para las élites europeas: cómo es posible que se permita la democracia (incluso en el país en el que se creó).


Como consecuencia de este acto delictivo de preguntarle a la gente lo que quiere, Grecia recibió un castigo mayor. Las exigencias de la Troika se endurecieron muchísimo a causa del referéndum. Temían que se produjera un efecto dominó: si prestamos atención a los deseos de la gente, otros podrían tener la misma idea y la plaga de la democracia podría extenderse de verdad, de modo que debemos matarla de raíz de inmediato.


Entonces Syriza sucumbió y desde ese momento han hecho las cosas de un modo que, en mi opinión, son inaceptables.
Me pregunta cómo debería responder la gente: creando algo mejor. No es fácil, especialmente cuando se está aislado. Grecia a solas está en una posición muy vulnerable. Si los griegos hubieran logrado el apoyo de la izquierda progresista y las fuerzas populares del resto de Europa, podrían haber sido capaces de resistirse a las exigencias de la Troika.


¿Qué opina del sistema que creó Castro en Cuba tras la revolución?


En realidad no sabemos los verdaderos objetivos que tenía Castro. Se vio limitado drásticamente desde el primer momento por el duro y cruel ataque de la gran potencia reinante.


Debemos recordar que, literalmente, en los meses posteriores a su toma de posesión, los aviones procedentes de Florida empezaban a bombardear Cuba. En un año, la Administración de Eisenhower, secreta pero formalmente, determinó derrocar al gobierno. Después llegó la invasión de Bahía de Cochinos. La Administración de Kennedy estaba enfurecida por el fracaso de la invasión, e inmediatamente lanzó una guerra terrorista de gran magnitud, una guerra económica que se endureció con los años.


Es bastante sorprendente que Cuba sobreviviera bajo esas condiciones. Es una pequeña isla mar adentro frente a una enorme superpotencia que trata de destruirla, y obviamente había dependido de Estados Unidos para sobrevivir durante toda su historia reciente. Sin embargo, de alguna manera, sobrevivieron. Es cierto que era una dictadura: mucha brutalidad, muchos prisioneros políticos, mucha gente asesinada.


Hay que recordar que el ataque de EE.UU. a Cuba se presentó ideológicamente como algo necesario para defendernos de Rusia. En cuanto Rusia desapareció, el ataque se endureció. Apenas se hizo ningún comentario sobre ello, pero indica que las alegaciones previas eran una absoluta mentira, como sin duda eran.


Si examinamos los documentos internos de EE.UU., explican muy claramente cuál era la amenaza de Cuba. A principios de la década de 1960, el Ministerio de Asuntos Exteriores describía la amenaza de Cuba como el victorioso desafío de Castro a la política de EE. UU., volviendo a la doctrina Monroe. La doctrina Monroe presentaba la solicitud —no pudieron ejecutarlo en su momento, se quedó en una solicitud— de dominar el hemisferio oeste, y Castro estaba logrando desafiarles.


Eso es intolerable. Es como si alguien dijera: vamos a ejercer la democracia en Grecia, y como simplemente no podemos tolerarlo, tenemos que destruir la amenaza de raíz. Nadie desafía con éxito al amo del hemisferio, en realidad del mundo, de ahí la brutalidad.


Sin embargo, las reacciones fueron ambivalentes. Hubo logros como la sanidad, la alfabetización, etcétera. La internacionalidad fue increíble. Por alguna razón Nelson Mandela fue a Cuba a elogiar a Castro y a dar las gracias al pueblo cubano en cuanto salió de la cárcel. Es una reacción del tercer mundo, y lo comprenden.


Cuba desempeñó un papel importantísimo en la liberación de África y la abolición del apartheid —enviaron médicos y profesores a los lugares más pobres del mundo: a Haití, a Pakistán tras el terremoto, a casi a todas partes. La internacionalidad es, sencillamente, impresionante. No creo que haya habido nada similar en la historia.


Los avances en materia de salud fueron extraordinarios. Las estadísticas de salud en Cuba eran casi como las de Estados Unidos, y solo hay que mirar las diferencias de riqueza y poder.


Por otra parte, había una cruel dictadura. De modo que había las dos cosas.


¿Una transición al socialismo? Es imposible hablar de este tema. Las condiciones lo impidieron y no sabemos si había voluntad de hacerlo.


En los últimos años, en EE.UU., han surgido varios movimientos sociales que critican la forma actual de organización social y económica. No obstante, la mayoría de ellos se han unido en contra de un enemigo común, en lugar de unirse en torno a una idea común. ¿Qué deberíamos pensar acerca de la situación de los movimientos sociales y de su capacidad de unirse?


Analicemos, por ejemplo, el movimiento Occupy; no era un movimiento, era una táctica. No puedes estar sentado en un parque cerca de Wall Street eternamente. No puedes hacerlo más allá de unos meses.


Fue una táctica que no predije. Si alguien me hubiera preguntado entonces, habría dicho: no lo hagas.


Sin embargo, fue un gran éxito, un éxito enorme, tuvo una gran repercusión en el pensamiento de la gente, en la acción popular. El concepto general de concentración de la riqueza (un 1 % y un 99 %) estaba allí, por supuesto, en el pensamiento de la gente, pero adquirió protagonismo —incluso en los medios de comunicación (en el Wall Street Journal, por ejemplo)— y dio lugar a muchas formas de activismo, estimuló a la gente, etcétera. Pero no era un movimiento.
La izquierda, en general, está muy atomizada. Vivimos en sociedades extremadamente atomizadas. La gente está prácticamente sola: existes tú con tu iPad.


Los focos principales de organización, como el movimiento obrero, han quedado gravemente debilitados, en Estados Unidos muy gravemente, por la política. No ha sucedido como un huracán. Las políticas se han diseñado para minar la organización de la clase trabajadora, y la razón no es solo que los sindicatos luchen por los derechos de los trabajadores, sino que también tienen un efecto democratizador. Se trata de instituciones en las que personas sin poder pueden reunirse, apoyarse unas a otras, aprender acerca del mundo, poner a prueba sus ideas, iniciar programas —y eso es peligroso. Es como un referéndum en Grecia. Permitirlo es peligroso.


Deberíamos recordar que durante la Segunda Guerra Mundial y la Gran Depresión, hubo un aumento significativo de la democracia popular, radical por todo el mundo. Adoptó diferentes formas, pero estaba ahí, en todas partes.


En Grecia fue la revolución griega, y había que aplastarla. En países como Grecia, fue aplastada con violencia. En países como Italia, donde las fuerzas estadounidenses y británicas entraron en 1943, fue aplastada atacando y aniquilando a los partisanos antialemanes y restableciendo el orden tradicional. En países como Estados Unidos no se aplastó con violencia —el poder capitalista no tiene esa capacidad— pero, desde principios de la década de 1940, se realizaron enormes esfuerzos para tratar de socavar y aniquilar el movimiento obrero. Y continuó.


Repuntó repentinamente bajo el mandato de Reagan, y volvió a repuntar de nuevo con Clinton y, a estas alturas, el movimiento obrero es sumamente débil (en otros países ha adoptado diferentes formas). Sin embargo, era una de las instituciones que permitía a la gente reunirse a fin de colaborar entre sí y recibir apoyo mutuo, y otras también han quedado prácticamente diezmadas.


¿Qué podemos esperar de Donald Trump? ¿Su ascenso constituye un motivo para redefinir y unificar un movimiento socialista en torno a una idea común en Estados Unidos?


La respuesta a esa pregunta depende básicamente de usted y de su amigos. Definitivamente depende del modo en que reaccione la gente, especialmente los jóvenes. Hay muchas oportunidades, y hay que aprovecharlas. No es, en modo alguno, inevitable.


Pensemos en lo que probablemente ocurra. Trump es tremendamente imprevisible. Desconoce sus planes. Sin embargo, lo que podría ocurrir, por ejemplo, un posible escenario es el siguiente: mucha gente que votó a Trump, gente de clase trabajadora, había votado a Obama en 2008. Se dejaron seducir por eslóganes como “esperanza” y “cambio”. No obtuvieron esperanza, no obtuvieron cambios, se desilusionaron.


En esta ocasión han votado a otro candidato que aboga por la esperanza y el cambio, que ha prometido hacer toda clase de cosas increíbles. Y no las va a hacer. De modo que cabe preguntarse qué ocurrirá en un par de años, cuando no haya cumplido sus promesas y esos mismos electores potenciales estén desilusionados.


Muy probablemente, el poder hará lo que suele hacer en dichas circunstancias: tratar de culpabilizar a los más vulnerables diciendo: “Sí, no tenéis lo que prometimos, y el motivo son esas personas despreciables: los mexicanos, los negros, los inmigrantes sirios, los que engañan al sistema de bienestar social. Ellos son los que lo están destrozando todo. Vayamos tras ellos. Los gais son los culpables”.


Podría ocurrir. Ha sucedido una y otra vez en la historia con unas consecuencias bastante desagradables. Y que logren su propósito depende de la resistencia que oponga gente como usted. La respuesta a esta pregunta debería estar dirigida a usted, no a mí.

Traducción de Paloma Farré.
Socialism in an Age of Reaction. Jacobin.

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El arte de la política: Cómo diseñar un futuro alternativo desde la izquierda. Entrevista a David Harvey

Ha escrito sobre urbanismo, medioambiente, neoliberalismo, posmodernidad y marxismo; para muchos es uno de los principales autores vivos de las humanidades. El británico David Harvey llegó a Uruguay en el marco de la celebración de los 100 años de la Facultad de Arquitectura, y recibirá el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de la República.


-Con el ascenso de Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, Bernie Sanders en Estados Unidos, Syriza en Grecia y Podemos en España, pareciera que existe un renacimiento de la política radical y de izquierda a lo largo de Europa y Estados Unidos. ¿Cuáles son sus impresiones sobre el estado de la izquierda en el Primer Mundo?


-Quisiera ser optimista, pero francamente soy más bien cauto, por varias razones. Lo impactante de Sanders y Corbyn es que fueron una gran sorpresa para la prensa convencional. Me da la impresión de que esa prensa ha construido una narración sobre cómo es el mundo y está muy cómoda en esa narración, que no incluye a gente como Corbyn o Sanders como gente con influencia alguna. Esa narración estuvo equivocada desde el principio: estaban ocurriendo muchas más cosas de lo que se reconocía.


Se puede rememorar algunos de los movimientos sociales de masas que sorprendieron a la gente, como las enormes manifestaciones contra la guerra en 2003. Nuevamente, éstos fueron eventos sorprendentes, que se desvanecieron más bien rápido. La razón por la que soy cauto en relación a lo que puede ocurrir es que veo que Syriza, por ejemplo, llegó en una posición muy fuerte, y ahora se está manteniendo en el poder administrando todas las cosas que dijo que quería abolir. Y creo que si Corbyn dura -y pienso que va a durar más de lo que muchos creen-, va a ser también por haber cedido, en parte, porque el poder ya no está en la política. Y no está en la política por dos razones: una es que las clases altas, la plata grande, domina a la política; y la otra es que las personas que son intuitivamente de izquierda no confían en la política en absoluto, tienden a no votar.


Entonces, ocasionalmente aparece algo como Corbyn o Syriza, pero la gente no se mantiene en la política. Hay una especie de política de la antipolítica que domina nuestra izquierda. Y es muy difícil transformar eso en algo organizado o en una campaña política bien orquestada. Por eso no soy optimista en cuanto a que podamos ver cambios importantes como consecuencia de todo esto. Lo que sí veo es mucha gente muy desencantada con lo que ocurre; veremos qué forma de expresarlo encuentran en los meses y los años que vienen. Pueden ser modos de expresión de izquierda o de derecha. La derecha está vivita y coleando en el Norte Global, y está reclamando fascismo. Aún así, conservo la esperanza en que reviva la política antiausteridad.

-Al mismo tiempo que emergen estas nuevas izquierdas, parece haber un resurgir de la importancia del pensamiento de izquierda, tanto en el norte como en el sur. En América del Sur hay una gran discusión entre los que siguen a Ernesto Laclau y piensan en términos de estrategias populistas que logren tomar el poder del Estado y quienes siguen a Antonio Negri y piensan en una política horizontal, no estatal y local. Ninguno parece dar una gran respuesta: las estrategias populistas pueden tomar el poder del Estado pero no saben cómo lidiar con el capital, mientras que las estrategias horizontales nunca parecen ser capaces de crear movimientos grandes y sostenidos. ¿Donde se ubicaría usted en este debate?


-Creo que Negri está cambiando su postura; no creo que esté tan comprometido con esas formas horizontales. De hecho, en una entrevista reciente dijo que su pensamiento y el mío estaban convergiendo, lo que me resulta bastante sorprendente. Existe cierto fetichismo de la forma organizacional en la izquierda que significa que cualquier cosa que no sea horizontal no está contemplada, cualquier cosa de gran escala es rechazada. Yo no veo la política en esos términos; de hecho cada vez que estuve en una estructura de asamblea en realidad no era horizontal, existían liderazgos secretos y todo eso. Creo que sería necesario algo de pragmatismo en esa parte de la izquierda en cuanto a cómo piensa en la organización y en que debería hacer. Es cierto que las estrategias populistas pueden servir para tomar el poder. Pero lo que vimos en Argentina es que existe un límite a lo que podés hacer cuando estás comprometido con una estrategia populista.

-Quería preguntarle sobre ese punto. Varias veces ha usado a América del Sur como ejemplo de un lugar en el que los movimientos sociales fueron capaces de responder al capital. Éste es un momento muy especial para América del Sur, porque todas las fuerzas progresistas y revolucionarias están en crisis o en graves problemas. ¿Cómo ve esta situación?
-Hubo un momento curioso en la historia de América Latina, al final de las dictaduras, en el que vimos cómo se daban paralelamente la democratización y el neoliberalismo, y cómo la colisión de estas dos fuerzas creó una oportunidad para la aparición de una izquierda muy peculiar, basada en cuestiones de derechos que eran perfectamente compatibles con el neoliberalismo, pero que estaba basada también en la profundización de la democracia. Más adelante vemos, por ejemplo, que Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores llegan al poder en Brasil y son, al principio, muy progresistas. Pero paso a paso se van haciendo más y más cautivos del capital, y empiezan a desempoderar a los movimientos sociales.


Entre 2005 y 2010 las cosas estaban extremadamente activas, pero desde entonces el poder político ha domado a los movimientos sociales. Por ejemplo, los movimientos indígenas del campo ecuatoriano ya no son tan fuertes como eran. Es una paradoja que hayan sido gobiernos de izquierda los que los desempoderaron. Y ahora esos gobiernos de izquierda están en problemas. Y vemos una situación en la que la derecha puede hacerse cargo, y los movimientos sociales no van a estar allí para crear resistencia. Esto, por supuesto, se une al hecho de que hubo un boom económico en América Latina durante aquellos años, que en buena medida estuvo unido al comercio con China. La caída de los precios de las materias primas generó serios problemas económicos en casi todos los países de América Latina, por lo que estamos viendo tasas de crecimiento cero, y no el fuerte crecimiento de hace cuatro o cinco años. Estas cosas suceden juntas y pintan un panorama muy complicado.


-En ese tema parece haber una contradicción en la acción de los gobiernos progresistas y revolucionarios de América del Sur. Pareciera que su habilidad para redistribuir y para obtener victorias políticas depende de su capacidad para atraer grandes inversiones, ser exitoso en los mercados internacionales y exportar materias primas, todas cosas que dan poder al capital sobre el territorio, ya sea mediante la especulación inmobiliaria, el desarrollo agrícola o la minería. ¿Hay alguna forma de salir de esta contradicción?


-Es el clásico problema que ocurre cuando el socialismo es visto simplemente como algo relacionado a la redistribución y no se presta atención a la producción, a cómo se organiza ésta. Se da exactamente esa contradicción: el programa redistributivo depende en lo crucial del programa de desarrollo, lo que significa que, en esencia, renunciás la estrategia de desarrollo del país a grandes empresas. Tiene que existir una manera alternativa de pensar el modo de producción, que no sea dependiente del capital. Esto no está siendo proyectado, excepto quizá en organizaciones muy periféricas de escala bastante pequeña: economías solidarias, cooperativas de trabajadores, fábricas recuperadas. Estos movimientos son relativamente pequeños y no fueron organizados como una fuerza que reconfigure cómo se produce la riqueza en la sociedad, y que pueda ser aislada del poder del capitalismo global, que deviene cada vez más centralizado y más politizado en la forma en que opera alrededor del mundo.


-Las organizaciones que querrían ir en otra dirección son demasiado pequeñas, mientras que los gobiernos de izquierda son capaces de transformar sus excelentes relaciones con el capital en una forma de obtener apoyo popular. Siendo América Latina una región pobre y desigual, existe una demanda popular real de mayores niveles de consumo. ¿Es posible, en una región pobre, la aparición de un movimiento político que no se base en promesas de crecimiento del consumo?


-Depende de qué forma de consumo estemos mirando. Una cosa que me impresiona de América Latina en los últimos 20 o 30 años es hasta qué punto la forma de consumo que se promueve está construida en torno al automóvil, a nuevas carreteras, a shoppings. Parece casi diseñada para ser estadounidense. Y francamente éste no es, para mí, un modo de producir especialmente sano o valioso. De hecho, últimamente cuando visito grandes ciudades latinoamericanas paso mucho tiempo estancado en embotellamientos, y pienso “por qué este compromiso con lo que en Ecuador llaman ‘buen vivir’ implica estar sentado en un embotellamiento, rodeado de shoppings y condominios”.


En otras palabras, existen formas variadas de consumismo, y creo que el modelo de consumismo que está siendo importado en estos países no necesariamente es una forma de consumismo que uno quisiera promover si estuviera pensando en el bienestar de todos. De hecho, algunas de las protestas que han emergido, por ejemplo los levantamientos en las ciudades brasileñas en 2013, están relacionadas con el precio del transporte, de los megaproyectos en torno a la Copa del Mundo, que estaban recibiendo recursos masivos que no estaban llegando a la gente. Qué consumo queremos es una gran pregunta, y creo que podemos decir a la gente: “Miren, no estamos en contra del consumo, estamos a favor del buen consumo: comida limpia, sana y buena en lugar de comida chatarra, menos tiempo de transporte, mayor proximidad del trabajo a la residencia, rediseño urbano”. En otras palabras, deberíamos buscar un modo de consumo radicalmente diferente del que está siendo promovido, con consecuencias muy desafortunadas para muchas ciudades de América Latina.


-Mencionó el “buen vivir”. Existe una intensa discusión en América del Sur entre los que usan esta categoría desde posiciones decoloniales y antidesarrollistas y aquellos en la izquierda tradicional, más economicista. Como intelectual marxista que estudia la relación entre el capital y la naturaleza y ha propuesto una economía de crecimiento cero, usted parece estar en los dos bandos del debate. ¿Como ve esta cuestión?


-Es un poco incómodo, porque me disparan desde los dos costados. Murray Bookchin, que era anarquista y dejó el anarquismo, dijo recientemente que él pensaba que el futuro de la izquierda dependía de poder juntar lo mejor del anarquismo con lo mejor del marxismo, y que mientras no aprendamos a hacer eso no vamos a ir a ningún lado. Me inclino a estar de acuerdo con eso, porque pienso que muchas de las ideas que se encuentras en los grupos autonomistas y anarquistas en términos de organización social y relación con la naturaleza son muy positivas, y merecen ser miradas y trabajadas. Me gusta la idea del socialismo confederal, un modo de gobierno basado en asambleas locales y asambleas macro, que buscan formas de desplazar al Estado capitalista con otras formas de gobierno. Son ideas muy interesantes.

Pero es muy difícil para este tipo de política pensar en cómo organizar sociedades macro de manera que alimentemos, refugiemos y vistamos a 7.000 u 8.000 millones de personas de una manera razonable. Y no creo que los movimientos anarquistas o autonomistas puedan responder a esa gran pregunta.


Esa pregunta fue tradicionalmente abordada por grupos de la izquierda tradicional, aunque de una manera tan dogmática que terminó por despreciar la profundidad de las propuestas anarquistas y de izquierda en lo que refiere a la organización y la naturaleza. Tenemos que juntar muchas de estas cosas de la mejor manera que podamos. Veo que está sucediendo algo de eso en el norte de Siria, entre las poblaciones kurdas de Rojava, que llevan adelante experimentos. He tratado de viajar hasta allá durante los últimos seis meses para ver qué está ocurriendo, pero el gobierno turco no me lo ha permitido. No pretendo ir para decir “acá está la respuesta”, sino para ver que existen experimentos de este tipo que deben ser apoyados. Entonces, nuevamente, creo que existen posibilidades y que hay que tener la cabeza abierta. Y tenemos que pensar que una parte del asunto es estar preparados para redefinir el terreno teórico en el que estamos pensando.


-Uno de los principales conceptos de sus últimos trabajos es que si bien el capital no es capaz de resolver sus contradicciones, sí es capaz de moverlas de manera de que no exploten. Al mismo tiempo, usted pone mucho énfasis en la ciudad como lugar de organización política. ¿Es posible, desde lo local o lo nacional, enfrentar esta capacidad que el capital tiene de moverse mediante burbujas, corridas, etcétera?


-Estoy firmemente convencido de que toda política debe tener raíces en las circunstancias locales. Pero también estoy firmemente convencido de que si se mantiene en lo local y no va a otro lugar, fracasa. La pregunta, entonces, es cómo construir atravesando diferentes escalas. Existen intentos de construir conexiones internacionales. El MST [Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra] de Brasil intentó hacerlo, organizaciones como Vía Campesina tienen un alcance global. La única respuesta a esa pregunta es que comencemos a configurar vínculos firmes y activos entre organizaciones, en términos de su acción política. Te puedo dar un pequeño ejemplo: la Unión Europea está en serios problemas como configuración. Existe una generación entera de estudiantes que atravesó Europa gracias a programas de becas como Erasmus. Yo le pregunto a estos estudiantes por qué no construyen la base de una organización completamente distinta que diga “hay cosas que valen la pena de Europa, pero no la forma capitalista basada en Maastricht, y nosotros somos la generación revolucionaria que va a reconfigurar esto”; y ellos casi siempre dicen “Europa es burócrata” y todo eso. Esto nos lleva al problema del descreimiento en la capacidad para hacer algo.


Hoy empezamos hablando sobre hasta qué punto un movimiento antiausteridad puede desarrollarse a lo largo de Europa e incluso más allá, y esto es posible si se logra canalizar a los sectores de la población que ven algo valioso en trabajar juntos, en un ambiente de respeto a las diferencias, para diseñar un futuro alternativo. Eso es lo que espero ver, y es de lo que hablo tanto, para tratar de hacer que la gente empiece a pensar en ello. Porque si no ocurre, vamos a estar encerrados con esta bestia capitalista, a la que no le está yendo muy bien, a pesar de que a los capitalistas les esté yendo extremadamente bien. Ellos tienen que ser privados de su poder, y eso va a ocurrir o bien pacíficamente, por medio de la aparición de movimientos de masas, o bien de una manera mucho, mucho peor.

 

Entrevista por Gabriel Delacoste

23 noviembre 2015

Fuente: http://ladiaria.com.uy

Publicado enPolítica
Gobiernos progresistas, neo-extractivismo y neo-desarrollismo

Una política económica impulsada y propiciada por intereses globales. El extractivismo1, como dinámica de acumulación de capital, fue implantada en América Latina desde principios de los 90 del siglo XX. Llegó a la región de la mano del neoliberalismo y de las reformas institucionales impulsadas por organismos multilaterales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, los cuales con “recomendaciones” contenidas en “A Mining Strategy for Latin America and the Caribbean” (1993), dieron facilidades a las empresas mineras en temas centrales como la repatriación de ganancias hacia los países de origen de las empresas extractivas, y asegurando las inversiones con políticas de exención de impuestos y flexibilidad laboral y ambiental.

 

Es así como tomó forma el boom extractivo de los 90, que continúa hasta nuestros días, motor del modelo neoliberal. Para el caso de América Latina, el extractivismo se apoyó en una agresiva atracción de la Inversión Extranjera Directa –IED–, la que en países como México, Perú y Colombia, logró estabilidad con importantes picos de alza en años específicos (ver gráfica 1), donde la dinámica de apropiación de riqueza ha sido inmensa.

 

Auge con tres puntos de inflexión, coincidentes con tres olas de la crisis económica global: 2009 (crisis por la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos), 2012-2013 (crisis de pagos en Europa, aunque México es el único país en el que no disminuyó la IED), y 2015 (crisis de precios de los commodities, con efecto especial en los países “en vía de desarrollo”). Asistimos, de acuerdo a lo anotado, a un periodo de estabilidad y a la espera, por parte de los inversionistas transnacionales, de que los precios de las materias primas se recuperen, espera que no significa que dejen de extraer.

 

Política e inversiones que generan que buena parte del sistema productivo se concentre, extranjerice y privatice, con todas las consecuencias económicas, fiscales, comerciales y socio-ambientales que esto conlleva; por ejemplo, convirtiendo a los países receptores en rentistas-extractivistas, con economías primario-exportadoras totalmente dependientes del mercado mundial.

 

Políticas que han propiciado la privatización de importantes segmentos de la economía nacional, o la adquisición de miles de hectáreas de tierra por parte del capital internacional. Inversiones que no han significado mejoras para la población de estos países. Por ejemplo, México tiene la tasa de ingreso familiar más baja y está en el segundo lugar en la tasa de desigualdad más alta de ingresos dentro de la Ocde. De igual manera, dentro de esta organización México es el país con menor gasto en protección social, lo que equivale al 7.4 por ciento del PIB2, para el caso peruano, las mejoras tenidas en el país no corresponden con los altos niveles de IED, así pues, para el año 2014, mientras a nivel nacional el porcentaje de población con al menos una Necesidad Básica Insatisfecha –NBI– era de 20.5 por ciento, en las zonas donde más se explotan bienes naturales (Cajamarca, Huancavelica y Apurímac), tal porcentaje era de 27.8 por ciento, 36.3 por ciento y 22.2 por ciento, respectivamente.

 

En el caso colombiano, algunos datos demuestran como el desarrollo llegó sólo como un discurso pues el 33 por ciento de los habitantes de los municipios ubicados en el área de influencia de El Cerrejón y Drummond vive en condiciones de miseria, cuando a nivel nacional tal indicador es igual a 12 por ciento. En los municipios donde se desarrolla gran minería de carbón las NBI es de 56 por ciento, mientras que el promedio nacional es de 29 por ciento (Rudas, 2012). En los municipios vecinos a El Cerrejón la situación nutricional de niñas y niños menores de 5 años es crítica: 11.15 por ciento de desnutrición global o bajo peso, en comparación del 3.43 por ciento correspondiente al promedio nacional (Pnud, 2013).

 

Gobiernos progresistas

 

Estos indicadores sirven como referencia para lograr entender las semejanzas y diferencias existentes entre los modelos de gobierno. Los de izquierda en Latinoamérica no son ajenos a las lógicas del macrosistema extractivo, pues en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia, con gobiernos abiertamente progresistas, se desarrolla lo que se denominó “neo-extractivismo”, que de igual forma busca apropiarse de los bienes naturales para la exportación.

 

El punto que marca la diferencia entre un modelo y otro, es el papel que juega el Estado, pues mientras en el extractivismo clásico el Estado no juega un papel primordial, se dice que es un “Estado mínimo” o un “Estado pequeño”, que permite el libre accionar de las empresas extractivas, sin interrumpir, ni torpedear su dinámica de acumulación, en el neo-extractivismo el Estado juega un papel más activo, especialmente en la captura de las (macro) ganancias que generan, con el fin de utilizarlas en política social.

 

Para el caso venezolano, entre 2001 y 2014 Pdvsa destinó 26.080 millones de dólares para inversión social. Este rubro se centró en vivienda, alimentación, proyectos generados desde las comunidades, entre otros3. Lo anterior puede verse de manera más clara en el incremento experimentado por el gasto público en el país, pues pasó de 0.9 por ciento en 1990 a 6.1 por ciento en 2012 según el Sisov, y tiene el índice de Gini más bajo de América Latina, igual a 0.39284.

 

Contrastando con esto, en los estados venezolanos donde se realiza explotación petrolera, los índices sociales no muestran mayores mejorías, por ejemplo, en el Estado Zulia el porcentaje de NBI es de 32 por ciento, mientras el nacional es de 27 (Inei, 2014), en Anzoátegui el índice de pobreza extrema es del 11 por ciento, en Falcón es del 11.6: a finales de 2013 la pobreza extrema en Apure, Monagas y Sucre superaba el 20 por ciento.

 

Para el caso de Ecuador, de acuerdo con el Banco Central, por cada US$100 que ingresan al país, US$60 corresponden a la exportación de petróleo, sumado a esto, entre 1970 y el 2012 el promedio de IED fue de US$340 millones; en este mismo periodo de tiempo las exportaciones petroleras alcanzaron un monto total de $123.000 millones, lo que muestra la importancia del sector para el país.

 

Se explican así las mejorías sociales para la población ecuatoriana (ver gráfica 2), a costa del extractivismo, debate actual para todos los movimientos que se proponen ser gobierno. De forma evidente, han disminuido tanto las NBI como la pobreza medida por ingresos (gráfica 3), aunque en las zonas rurales, donde se desarrollan las extracciones de bienes naturales, siguen siendo más altas que en el resto del país.

 

En el caso boliviano, Evo Morales busca fortalecer su proyecto político con lo que denominó extractivismo social centrando sus actividades en la extracción de gas, minerales y petróleo. Para el 2014 la IED en Bolivia fue de 1482 millones de dólares, de estos 1140 millones correspondían al sector extractivo, siendo el petróleo el sector de mayor inversión (BCB, 2015).

 

A pesar de los esfuerzos que ha hecho el gobierno boliviano, el país no es ajeno a los problemas sociales generados por la apropiación de los bienes naturales, y por ende los índices sociales tienden a estancarse. Así pues, aunque al igual que en otros gobiernos progresistas se registra disminución de la pobreza y la miseria, Bolivia a 2014 tenía dos millones de personas en extrema pobreza, seiscientas cuarenta y un mil personas en el sector urbano, y un millón trescientas mil en el sector rural.

 

Así pues, los Estados progresistas de América Latina aceptaron los principios fundamentales del neo-desarrollismo y los aplicaron a uno de sus principales proyectos de gobierno, aumentando la intervención del Estado en el sector de bienes primarios, y creciendo su competitividad en el mercado mundial para ganar socios comerciales, intentando lograr cierto nivel de industrialización en sus países, en parte por las ganancias obtenidas de la bonanza del sector, y por la transferencia tecnológica obtenida de las empresas extranjeras.

 

Para complementar, es importante entender que la caída de los precios de este tipo de recursos naturales coincide con el cierre del ciclo progresista latinoamericano, pues ante la disminución de los recursos provenientes de las actividades extractivas que financiaban las políticas sociales, es mucho más difícil legitimar las formas de gobernar. La disminución de los subsidios y programas sociales generan un ambiente propicio para la contraofensiva de la derecha latinoamericana. La dependencia del sector primario–exportador, que genera divisas para la política social termina siendo un bumerán contra los mismo gobiernos.

 

La pregunta por la alternativa

 

Aunque con las críticas necesarias que debe hacérseles, es imposible negar que estos gobiernos abrieron una puerta para los movimientos populares, dando pistas en cuanto al cómo actuar en el marco institucional. Esta es una realidad, como también lo es que con sus políticas lograron contener al capital y al imperialismo. Pese a lo cual la discusión de fondo sigue abierta, ¿cuál es la alternativa al desarrollo? ¿Cuál es la alternativa al extractivismo?

 

Extractivismo, ¿sí o no? Lo cierto es que no puede pensarse que de un día para otro se lograrán cerrar todos los enclaves extractivos del planeta, el mundo necesita de cierto grado de extractivismo energético. Lo que es necesario definir es cuánto, para qué, quién o quiénes lo harán y cómo; quizás en el momento que esto sea resuelto los pueblos habrán ganado una gran batalla al capitalismo y al “desarrollo” que persigue.

 

1. Esta actividad puede comprenderse como la apropiación de grandes volúmenes de bienes comunes, generalmente sin valor agregado, centrada en la exportación y especulación financiera.

2. Pobreza y Desigualdad. Unicef México.

3. Desarrollo Social, Pdvsa. 2014.

4. El gobierno venezolano destina 71,4% del ingreso nacional a la inversión social. Nodal. 2016

Publicado enEdición Nº230
Pepe Mujica: "Ahora tengo que cumplir mi papel de viejo"

El expresidente de Uruguay Pepe Mujica es un hombre solicitado, admirado, que se dedica a replantar unas tomateras antes de atender a la prensa.


Para hablar con Pepe Mujica hay que hacer cola. Una larga cola. El expresidente de Uruguay es aún hoy un ídolo, un icono para muchos, y un hombre solicitado.


Compartimos nuestra espera con dos ecuatorianos –un padre y el hijo– que bajaron del avión en Montevideo para conocer a 'El Pepe', darle un abrazo, sacarse una foto, oír su voz en directo y volver al avión rumbo a su país. También con una periodista local, un joven de Canelones, dos voluntarios españoles y 'El Turco', el guardia de seguridad de Pepe Mujica, que nos contó anécdotas de los visitantes que acuden diariamente mientras nos pasaba y cebaba el mate.


Mujica llegó a la garita con la ropa de trabajo y excusándose por demorar tanto: se había empeñado en replantar unas tomateras que no quedaron bien, según decía. Tomó asiento arrastrando los pies, cansado, y contó.


En su humildad reside su cercanía, y quizás sea ése el motivo por el que es tan admirado. Agarró una cajita de la mesa, se armó un cigarrillo y lo encendió inquieto. "Dale, preguntadme", dijo tras la primera calada, mirando hacia la ventana.

 

 

¿Te cansa atender a toda esta gente? ¿A los periodistas?


Sí.


¿Te crees merecedor de tantas visitas?


No. Vivimos en una época muy crítica en la que hay debilidad. La gente admira la sencillez y el compromiso. Y, entonces, lo que debería ser normal les llama la atención. Yo no tengo la culpa de que a las instituciones contemporáneas se les hayan pegado una serie de usos y costumbres que son propios de la monarquía y no de la república.


Los presidentes y los ministros tienen una aureola, una alfombra roja... un protocolo complicado, y cuando andan en público quieren parecer estatuas. Y la gente siente que no hay autenticidad. Están un poco hastiados, por eso cuando ven a un viejo raro que es distinto les llama la atención y les parece un mérito bárbaro. No es ningún mérito. Más bien hay demérito del otro lado.

 


¿Cuál crees que es la función del político?


Hay que separar dos cosas: las deformaciones de la politiquería y luego la función de la política. La política no es una profesión. Es una pasión. Es una necesidad humana, porque el ser humano es gregario y no puede vivir en soledad, no es un felino, necesita de la sociedad. La función de la política es amortiguar las contradicciones inevitables que existen en una sociedad y la diferencia para que exista esta sociedad. Alguien tiene que administrar eso.


Pero cuando la política se transforma en una profesión, en una forma de vivir, y también de acumular plata, entonces pierde credibilidad para con la gente y pierde el sentido de la función que tiene. El político tendría que vivir como vive la inmensa mayoría de la gente del país, no como vive la minoría privilegiada. No se está en política por una compensación económica, y al que esté buscando plata habría que colgarlo.

 


Su mandato

 


¿Creías que podrías hacer más cosas antes de llegar a la presidencia?


Al ser humano le gusta imaginar lo que puede lograr, pero reconozco que siempre estás limitado y hay una parte de la limitación que está bien. Imagínate... ¿y si te sale un tirano? Hay que tener garantías frente a eso. Yo creo mucho más en el juego de las fuerzas colectivas, con todos los defectos que puedan tener. Estoy a favor de los partidos.


El francotirador sólo puede ser heroico, no más. Cualquier mejora en la historia necesita que tenga fuerza colectiva, llámalo partido, organización, como quieras. La única manera de avanzar es con construcciones humanas que tengan peso y que obliguen a la construcción colectiva.


¿Volverías a ser presidente?


No. Tengo 81 años y hay que trabajar para que venga otra gente y se vaya renovando. No, no, yo ahora tengo que cumplir mi papel de viejo. Dar consejo y orientaciones que nadie le va a dar pelota. Hay que cumplir el papel que uno tiene que cumplir. Hay que lograr que surja nueva gente, que se preste. Imagínate tú que con suerte voy a tener 84 años para la campaña electoral. ¿Qué? ¿Voy a asumir con 85 años, hasta los 90 años? Es medio grosero. Ha habido algunos, sí. Yo qué sé. Aquellos primeros ministros de la Reina Victoria eran unos viejos peligrosos. Es peligroso un viejo, sobre todo uno que esté lúcido. No te olvides que el primero que le dio una paliza a Napoleón era un anciano.


¿Crees que la sociedad uruguaya es conservadora?


Es una sociedad de viejos. Hay una tendencia mundial a jóvenes envejecidos. No es que estén envejecidos, es que están ganados por la influencia del consumo. Sobre todo, hay una especie de nihilismo, de tender a no creer en nada. No todos, hay excepciones. Espero que sea coyuntural, si no iría en contra de la especie. El Uruguay tiene una sociedad conservadora, pero no reaccionaria. Acá las versiones de extrema derecha no están. Es una sociedad centrista.

 

Guerrillero

 


¿Cómo un presidente puede llegar a cambiar algo?


No se puede pretender cambiar la realidad si no se tiene la comprensión y el apoyo de mucha gente. Por convencido de que uno esté intelectualmente, y para que la gente pueda acompañar y dar un paso más, hay que estar al lado de ella y hay que estar al lado de los problemas que tiene. Eso cuando somos muy jóvenes nos cuesta mucho entenderlo. Razonamos en términos absolutos, que son más propios de las matemáticas y no de la realidad humana. La gente no puede entendernos.


Yo no puedo decirle a alguien: "Mira, el socialismo te va a traer esto y lo otro", porque él está preocupado con pagar la luz a fin de mes. Yo tengo que luchar para que él pueda pagar la luz y subvertir sus necesidades inmediatas, y eso para que lentamente pueda ir aprendiendo y sintiendo un poco más. Si no estoy con él cuando tiene necesidades básicas, no va a tener orejas para escuchar lo que le voy a decir para pasado mañana. Quiero decir que el proceso de construcción en una fuerza colectiva es bastante difícil.


¿Qué punto de inflexión fue decisivo para entender esto?


Es una evolución que se produce mirando la realidad. Por ejemplo, si tras pasar catorce o quince años de dictadura salíamos planteando progreso con armas en la mano, ese pueblo al cual nos debemos lo iba a sentir como una provocación. "Éstos nos van a empujar a la dictadura de vuelta".


Y una democracia liberal no es el fin de la civilización, ni el fin del mundo, ni el mundo es mejor, pero es mejor que una dictadura. Y la gente tiene un sentido muy concreto. Entonces nosotros decidimos la militancia en el plano legal, en función de esa realidad.


¿Cuándo deja de tener sentido una guerrilla?


La guerra no puede ser el objetivo en una sociedad. Una de las definiciones clásicas de la guerra es que se hace por una paz mejor. Pero si no tienes en el horizonte la posibilidad de una paz mejor, no te metas a hacer guerra, porque lo único que tienes es sacrificio. Tenemos el caso de Colombia: ¿por qué las FARC se plantean? Porque el Gobierno no puede terminar con la guerrilla. Pero la guerrilla tampoco llega al gobierno. No puedes estar toda la vida guerreando, no es lógico.

 


El futuro

 


¿Podría surgir un nuevo Che Guevara?


No veo por qué no. Pero seguramente sería distinto, irrepetible, en otras circunstancias. Ahí estuvo Mandela. Todo el mundo convulsionado. Pienso que la especie humana en su afán de superación va a generar portavoces porque lo determinante no son las figuras, son las causas, son el motor de la historia que va proyectándose a través de los seres humanos. Se van a generar luchadores. Yo no tengo duda.


Pero parece que la figura de ídolo hoy se asocia a la de la persona que triunfa, sobre todo económicamente.


La sociedad contemporánea es terriblemente desigual, con una minoría de gente que acumula mucha riqueza. Y no puedo creer que la gente vaya indefinidamente a soportar eso. Creo que va a haber lucha y la próxima revolución de carácter tecnológico no es la informática. Son las máquinas que piensan sustituyendo masivamente al humano que van a obligar a recortar los horarios de trabajo en el mundo entero y eso va a producir convulsiones.


Puede pensarse en una democracia mucho más descentralizada con una capacidad de decisión trasladada a la propia sociedad. Hoy es posible consultar por un montón de cosas y que responda. Eso no existía. La democracia representativa tiene una limitación muy fuerte. Nadie representa a nadie. No existe la representación. El ser humano es irrepresentable. Es único. Apenas somos semejantes.


¿Se puede frenar al capitalismo, cambiar el sistema?


No. No puedes pretender que la gente piense distinto porque estás en una cultura funcional capitalista y eso tiene más fuerza que un ejército. Esto de "me voy a comprar un auto mejor, una casa mejor"... Eso lo hace el capitalismo, que quiere que seamos consumidores y trabajadores, que generemos plusvalía y que ésta contribuya a multiplicar la riqueza.


Cambiar el sistema no es sólo cambiar las relaciones de producción y distribución, es más un cambio cultural y esto cuesta mucho más que un cambio material. Si no cambia la cultura, no cambia nada. Y eso significa cambiar el sistema de valores con los que vos te manejas en el común corriente de tu vida. Y nosotros tenemos lo que nos da esa pantalla, la tecnología. Es la lógica de la acumulación, que es la característica del capitalismo.


¿Cuál?


Cuando tú compras, no compras con plata. Compras con tiempo de tu vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero resulta que lo que más te importa, que es el tiempo de tu vida, no puedes comprarlo porque no puedes comprar más vida. Aunque no hay que olvidar que el capitalismo también nos dio más vida y más progreso.


Es, por un lado, cruel, injusto y egoísta. Y, por otro lado, es terriblemente transformador y creador. El problema es la finalidad ética y moral. El capitalismo piensa en el mercado, en la acumulación y se olvida de las necesidades del hombre. Ése es el problema y eso es lo que hay que cambiar.

 


Entrevista del cuaderno de viajes Planos Americanos con Pepe Mujica.

 

 

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Aprendizaje digital, privatización y exclusión educativa

En 2015, Uber fue la empresa de más rápido crecimiento a escala mundial, incluso en toda la historia del capitalismo. Su cuantiosa fortuna se amasa a partir de las ganancias generadas por los usuarios que pagan el servicio de transporte personal conocido como taxi, utilizando una app desde sus dispositivos nanotecnológicos.

Pero esta no es la única firma que ha crecido aceleradamente en los últimos años; estamos frente a un conjunto de nuevas empresas que han trastocado la economía del capitalismo de nuestro tiempo, son grandes emporios imponiendo sus negocios en contubernio con las élites del poder político. Una mirada a las empresas que encabezan la lista de los multimillonarios más acaudalados del planeta nos dará un panorama de cómo se están reconfigurando las oligarquías y quiénes rigen hoy el curso del sistema mundo.


La famosa lista de Forbes 2016 incluye entre los 20 empresarios más ricos del orbe a los dueños de Microsoft, Telecomunicaciones, Amazon.com, Facebook, Blomberg LP, Oracle y Google; todos ellos tienen en común que son parte de la economía digital que produce y oferta: softwares, servicios de telecomunicaciones, tiendas en línea, asesorías financieras y de imagen virtuales, buscadores de Internet y aplicaciones digitales.


Estas corporaciones propias del capitalismo de base cognitiva; es decir, de conocimiento aplicado a las tecnologías y al desarrollo de la producción de mercancías inmateriales, están demandando hacer cambios en el ámbito de la educación para fortalecer y dinamizar el núcleo central de su crecimiento económico: la digitalización, el conocimiento, la información, la innovación, la creatividad y la comunicación.


En octubre de este año, en una entrevista para Tv UNAM, Marcela Santillán, ex titular de la Dirección General de Educación Superior para Profesionales de la Educación, institución responsable de la reforma educativa para las escuelas normales, dejó muy en claro cuál es la importancia de los cambios curriculares que se están impulsando desde la OCDE, haciendo referencia al lenguaje de las matemáticas aplicadas que se ha introducido en los planes y programas de estudio, por ejemplo en la interpretación de representaciones geográficas, para que los alumnos pudieran utilizar Google Maps.


Efectivamente, los organismos de la globalización económica tienen una agenda mundial en materia educativa y de investigación conocida como STEM en inglés o Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (CTIM) por sus siglas en español; en ella apuestan a que los sistemas educativos hagan la formación de capital humano, cuyas destrezas, habilidades y conocimientos respondan a las necesidades laborales de las nuevas empresas de la economía digital y del conocimiento, pero que también contribuyan a la cadena de su crecimiento.


Justo el propósito de la visita a nuestro país de Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, después de que se anunciara en las proyecciones del presupuesto 2017 el recorte total al techo financiero del Programa de Inclusión y Alfabetización Digital, fue promover esta agenda para poner en claro a la SEP y al gobierno federal cuáles son las prioridades de los capitalistas que hoy toman las riendas de la economía mundial.


La respuesta del Estado mexicano fue casi inmediata, al poner en marcha el nuevo programa estelar de Aurelio Nuño, @prende 2.0, que se calcula en una inversión de unos mil 500 millones de pesos, cuyos beneficiarios en primera instancia serían los firmantes del convenio SEP-SCT con varias de las empresas de la lista Forbes, tales como Microsoft, del hombre más rico del mundo; Telefónica México, del magnate Carlos Slim, y Google; se encuentran además AT&T, Intel, Dell, Fundación Azteca y Televisa.


Se trata de un mecanismo de privatización y acumulación que ha sido usual en el llamado capitalismo histórico: la canalización de recursos públicos a la iniciativa privada, en este caso, para la compra o renta de ferretería tecnológica, donde el sistema educativo nacional es visto como un mercado cautivo para la economía digital, cuyo éxito es vender obsolescencia programada que debe renovarse completa o parcialmente y actualizarse en un tiempo vertiginoso que genera una dependencia siempre continua hacia el hiperconsumo de innovaciones.


@prende 2.0 no tiene que ver con un tema de justicia cognitiva, porque su propósito no es la inclusión o alfabetización digital ni la democratización de la información y el conocimiento. En la era del capitalismo cognitivo la fuerza viva de trabajo tiende a su reducción en aras de la tecnificación sofisticada de ciertas áreas de la producción; en este sentido, se trata de un programa de capacitación selectiva para garantizar el mínimo de personas con las habilidades digitales requeridas por el sistema y otras como potenciales consumidores de dispositivos nanotecnológicos.


El acceso universal a las nuevas tecnologías y los espacios virtuales del conocimiento es sólo una ilusión contraria a la lógica del capitalismo de base digital y cognitiva, la inmensa mayoría de las escuelas permanecerán en el abandono estructural de sus espacios pedagógicos; algunas otras seguirán con agudas carencias de condiciones mínimas para su funcionamiento, como agua y luz.


*Dr. en pedagogía crítica y educación popular, miembro de la CNTE

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