ALAI AMLATINA, 16/07/2010.- La idea de la llamada “crisis estructural”, se encuentra primeramente en el prólogo de Marx a la Contribución a la Crítica de la Economía Política. Marx habla de un largo período histórico, “una era de revolución social” en que se crea, dentro del modo de producción existente, un nuevo modo de producción. Las relaciones sociales de producción buscan ajustarse al desarrollo de las fuerzas productivas que no logran avanzar sin profundas reformas hasta al nacimiento revolucionario de un nuevo modo de producción que supera el anterior.

El modo de producción capitalista evoluciona hacia la constante innovación tecnológica, la concentración, el monopolio, y la intervención del Estado. Solo estos ajustes de las relaciones sociales le permiten mantenerse en funcionamiento y hasta expandir las fuerzas productivas. Pero esto se hace entre revoluciones, crisis económicas y guerras cada vez más violentos. De ahí el surgimiento de nuevas formaciones sociales que buscan adaptar las relaciones sociales a los nuevos y gigantescos avances de las fuerzas productivas, particularmente con la explosión de la revolución científico-técnica en los años de 1940.

El Nazifacismo, luego de derrotado el Estado Militar que emerge después de la 2ª guerra y con la excusa de la “Guerra Fría”, el Estado de Bienestar y la planeación centralizada que se identifico con el socialismo, fueron las formaciones sociales nuevas que permitieron la supervivencia del modo de producción capitalista entre varias revoluciones sociales y la emergencia de los nuevos Estados nacionales en las zonas coloniales. La derrota del fascismo, la caída de los regímenes coloniales y el surgimiento de los Estados nacional-desarrollistas marcaron los años de posguerra.

Como respuesta a esta expansión, los centros de decisión capitalistas lograron articular una ofensiva ideológica y política en su contra que, en las décadas del 1970-80, se cristalizó en el llamado “pensamiento único” neoliberal.

Pero, al contrario del mundo de equilibrio fiscal, cambiario y monetario que proponía alcanzar, con una disminución de la intervención estatal, la práctica neoliberal condujo a un gigantesco desequilibrio global con fuertes déficit en el centro del sistema mundial y la creación de un sistema financiero colosal sostenido por esta intervención estatal – sobretodo la expansión colosal de la deuda pública. Ésta, a su vez, generó un gigantesco sistema financiero que absorbió los excedentes económicos generados en todo el planeta a partir de la generalización de los efectos de revolución científico técnica, para el consumo ostensivo de una nueva casta social de dimensiones globales.

La crisis actual (2008-2010) demuestra las dificultades del sistema capitalista de gestionar la economía, la sociedad y la cultura contemporánea. La gigantesca intervención estatal en curso no hizo más que reforzar los intereses privados y su capacidad de destrucción de la vida en la tierra: expansión de la pobreza, violencia social creciente, destrucción del medio ambiente y amenaza a la propia sobrevivencia de la humanidad, en tanto que las nuevas guerras son las manifestaciones de la crisis del sistema.

La coyuntura actual, marcada por la fuerte intervención estatal, l no apunta a un periodo de crecimiento sostenido y a cambios estructurales profundos. La recuperación del crecimiento económico en marcha apunta hacia una “recuperación rasante” en los países centrales, mientras la periferia se abre camino al crecimiento y al desarrollo. Pero hay graves límites para un desarrollo sostenible, igualitario, pluralista y democrático en esta nueva coyuntura. Además, la actual ola de innovación tecnológica, en curso desde 1994, se encuentra en su fase final. Ella debe agotarse en 10 a 15 años. La combinación de una nueva crisis coyuntural violenta con una nueva fase depresiva de reestructuración del sistema mundial abrirá un periodo de revoluciones y contra-revoluciones mundiales parecido al que vivimos entre las dos guerras mundiales, pasando por las revoluciones sociales, de un lado, y el acenso del nazi-fascismo, de otro, con un costo de vida colosal para la humanidad.

Por Theotonio Dos Santos, Profesor Emérito de la Universidad Federal Fluminense (UFF). Profesor Visitante Nacional Sénior de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Presidente de la Cátedra y Red UNECO/UNU sobre Economía Global y Desarrollo Sostenible (REGGEN). Ver www.reggen.org.br
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Conforme los líderes y expertos del mundo continúan negando la realidad de una depresión mundial –ni siquiera utilizan el término–, las opciones imposibles que enfrentan gobierno tras gobierno son más y más obvias todos los días.

Consideremos lo que ha ocurrido justo el último mes.

Estados Unidos tuvo sus peores cifras de desempleo en mucho tiempo. Sí, hubo algunos nuevos empleos, pero 95 por ciento de éstos correspondió a los trabajadores temporales del censo. Los empleadores privados añadieron apenas 10 por ciento de los empleos que se suponía añadirían. Pese a esto, se ha vuelto políticamente imposible conseguir con votos del Congreso más dinero para incentivos. Y la Reserva Federal ha dejado de comprar valores y bonos hipotecarios del Tesoro, que habían sido las dos estrategias principales para incrementar los empleos. ¿Por qué? El llamado en favor de recortes deficitarios ha crecido muy fuertemente.

La consecuencia más inmediata puede verse a nivel de los presupuestos de cada uno de los gobiernos de los estados. El costo de Medicaid ha subido por la crisis económica. El costo lo asumen los estados en lo individual. El año pasado habían recibido la ayuda de mayores subsidios federales gastados en Medicaid. Estos subsidios no los va a renovar el Congreso. El gobernador Edward Rendell, de Pennsylvania, dice que esto aumentará en dos tercios el déficit presupuestario de su estado, y forzará a dejar cesantes a 20 mil profesores, oficiales de la policía y otros empleados gubernamentales. Por supuesto, esto se suma a la pérdida de servicios médicos para mucha gente.

En Gran Bretaña, el nuevo primer ministro, David Cameron, dice que cortar los préstamos es "el asunto más urgente que enfrenta Gran Bretaña hoy". El Financial Times resume sus propuestas en un encabezado: "Cameron lanza una era de austeridad". Y la evaluación de esta política es: "Si el gobierno va a efectuar reducciones tan abruptas en el gasto, es evidente que no podrá evitar que se dañen los servicios de primera línea. Los recortes serán más brutales aun que cualquier cosa que se haya contemplado durante el gobierno de Thatcher".

La canciller federal alemana Merkel ha anunciado su versión de la austeridad: recortes profundos e inmediatos en el gasto público, que se incrementarán anualmente durante los próximos cuatro años. También ha anunciado nuevos impuestos a las líneas aéreas. Las aerolíneas mundiales respondieron de inmediato que esto dañará su capacidad para reducir los balances negativos y salvarlos de la bancarrota. Las tasas de desempleo en Alemania se incrementarán, pero los beneficios por desempleo se reducirán. Otros gobiernos en Europa más Estados Unidos están urgiendo a Alemania a que gaste más y exporte menos, con el fin de restaurar la demanda mundial. Merkel rechazó estas demandas diciendo que la reducción de la deuda era su prioridad.

El primer ministro japonés, Naoto Kan, advirtió a su país que la situación de la deuda estaba tan mal que incluso Japón podría enfrentar una situación comparable a la de Grecia. Para remediar esto, propuso algunos incrementos fiscales, más regulación en el ámbito financiero, y nuevas clases de gastos público.

En medio de esta súper austeridad en el norte, ha ocurrido una cosa muy notable, que parecería casi no haberse notado. Como todo mundo sabe, España es uno de los países europeos que está en dificultades económicas ahora debido a proporciones de deuda muy grandes. El 30 de mayo, Fitch Ratings se unió a otras compañías calificadoras para reducir la calificación de los bonos españoles de AAA a AA+. La cuestión es por qué. Justo el día anterior, el Parlamento español había votado a favor de los más profundos recortes presupuestarios en 30 años.

Recortes presupuestarios son supuestamente lo que Alemania y otros han estado pidiendo que pase en Grecia, España, Portugal y otros países amenazados por demasiada deuda. España respondió a esta presión. Y justo porque lo hizo, Fitch Ratings la bajó de rango. Brian Coulton, la persona en Fitch que está a cargo de calificar a España, dijo en su declaración de bajarle el rango: "El proceso de ajuste a un menor nivel de sector privado y de endeudamiento externo materialmente reducirá la tasa de crecimiento de la economía española a mediano plazo".

Así que así está la cosa, te condenas si lo haces y te condenas si no lo haces. Los especuladores financieros han creado una caída desastrosa en la economía-mundo. Se arrojó entonces la pelota para que los estados resuelvan el problema. Los estados tienen menos dinero y más demandas pesan sobre ellos. ¿Qué pueden hacer? Pueden pedir prestado, hasta que aquellos que prestan dinero ya no lo hagan o exijan una tasa de interés demasiado alta. Pueden aprobar impuestos, y los negocios dicen que esto cortará su capacidad para crear empleos. Pueden reducir gastos. Y además del terrible dolor que esto inflige a todos, pero especialmente a los más vulnerables, esta acción también reducirá la posibilidad de crecimiento, como el señor Coulton apunta que sucederá en España.

Por supuesto, hay un sitio muy grande para reducir gastos: lo militar. Los gastos militares proporcionan empleos pero muchos menos que si el dinero se utilizara de otro modo. Esto no se aplica únicamente a quienes más gastan, como Estados Unidos. Un aspecto virtualmente no comentado acerca de los problemas de la deuda de Grecia es su pesado gasto en el rubro militar. ¿Pero hay gobiernos listos a reducir significativamente los gastos militares? Eso no parece muy probable.

Así que, ¿qué pueden hacer los estados? Intentan una cosa hoy, y otra mañana. El año pasado, eran los estímulos. Este año, es la reducción de la deuda. El año siguiente, serán los impuestos. En cualquier caso, la situación se pondrá peor y peor.

¿Puede China salvarnos? Stephen Roach, un muy agudo analista de Morgan Stanley, parece pensarlo, siempre que el gobierno "estimule el crecimiento privado". En ese caso, el alza en los salarios la compensará una productividad mayor. Tal vez. Pero el gobierno chino se ha resistido a una política así hasta ahora, no por razones económicas sino por razones políticas. Su impulso de mantener una estabilidad política ha sido fundamental hasta ahora. Es más, aun Roach tiene una gran temor –que la golpiza a China en Washington conduzca a sanciones comerciales. Yo mismo pienso que eso tiene una alta probabilidad, conforme la situación económica estadunidense continúa deteriorándose.

La salida a todo esto no es un pequeño ajuste aquí o allá –sea de la variedad monetarista o keynesiana. Para emerger de la caja económica en que el mundo se encuentra se requiere de una remodelación a fondo del sistema-mundo. Esto con seguridad tendrá que venir, ¿pero qué tan pronto?

Por Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera


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Jueves, 03 Junio 2010 06:37

Crónica de una tragedia anunciada

La tragedia griega de la Antigüedad clásica se ha distinguido por ser portadora de preguntas universales. Las preguntas ya habían sido planteadas con anterioridad en otros lugares y por otras culturas, pero se volvieron universales al servir de base a la cultura europea. La tragedia griega actual no escapa a la regla. Identifiquemos las principales cuestiones y lecciones que podemos aprender de ella.

Los castillos neofeudales: de Disneylandia a Eurolandia

Todo lo que ha sucedido en los últimos meses en el sur de Europa ocurrió antes en muchos países del Sur global, pero como sucedió en “el resto del mundo” se vio como un mal necesario impuesto globalmente para corregir errores locales y promover el enriquecimiento general del mundo. La existencia de un doble rasero para los mismos errores —la deuda externa de Estados Unidos excede el valor total de la deuda de los países europeos, africanos y asiáticos; comparado con los fraudes cometidos por Wall Street, el fraude griego es un truco mal hecho por falta de práctica— ha pasado inadvertida y lo mismo ha ocurrido con las estrategias y decisiones de actores muy poderosos con vistas a obtener un resultado bien identificado: el empobrecimiento general de los habitantes del planeta y el enriquecimiento de unos pocos señores neofeudales empeñados en librarse de dos obstáculos que el siglo pasado puso en su delirante camino: los movimientos sociales y el Estado democrático —la eliminación del tercer obstáculo, el comunismo, se la pusieron en bandeja los voceros del "fin de la Historia"—. La tragedia griega ha revelado todo esto.

 Estos días se habla con detalle —con nombres y apellidos, hora y dirección en Manhattan— sobre una reunión de directores de fondos de inversión especulativos de alto riesgo (hedge funds) en la que se tomó la decisión de atacar el euro a través de su eslabón más débil, Grecia. Algunos días después, el 26 de febrero de 2010, el Wall Street Journal informaba del ataque en preparación. En la reunión participaron, entre otros, el representante del banco Goldman Sachs, que había sido el que facilitó el sobreendeudamiento de Grecia y su disfraz, y el representante del especulador más exitoso y menos sancionado de la historia de la humanidad, George Soros, que en 1988 dirigió el ataque sobre la Société Générale y en 1992 planeó el hundimiento de la libra esterlina, ganando en un solo día 1.000 millones de dólares. La idea del mercado como un ser vivo que reacciona y actúa racionalmente ha dejado de ser una contradicción para pasar a ser un mito: el mercado financiero es el castillo de los señores neofeudales.

 Lo que las informaciones raramente mencionan es que los inversores institucionales reunidos en Manhattan una noche de febrero sentían que estaban cumpliendo una misión patriótica: liquidar la pretensión del euro de rivalizar con el dólar como moneda internacional. Estados Unidos es hoy un país insostenible sin la prerrogativa del dólar. Si los países emergentes, los países con recursos naturales y productores de commodities —que el capital financiero hace mucho que identificó con el nuevo El Dorado— cayeran en la tentación de poner sus reservas en euros —como lo intentó Saddam Hussein, por lo que tuvo que pagar un precio muy alto—, el dólar correría el riesgo de dejar de ser el saqueo institucionalizado de las reservas mundiales y el privilegio extraordinario de imprimir billetes de dólar de poco valdría a Estados Unidos. La operación se ejecutó con peso y medida: a Estados Unidos le interesa un euro estable, siempre que esta estabilidad esté bajo la tutela del dólar. Esto es lo que está en curso y ésta es la misión del Fondo Monetario Internacional (FMI). Tal y como sucedió en el pasado, el poder financiero es lo último a perder por el poder hegemónico en el sistema mundial. En la larga transición, “los intereses convergentes" están principalmente en los países emergentes —en este caso China, India y Brasil— y no en el rival más directo, el capitalismo europeo. Todo esto quedó patente en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada el pasado mes de diciembre en Copenhague.  

La falta que hace el comunismo

 Los economistas latinoamericanos Óscar Ugarteche y Alberto Acosta [1] describen cómo, el 27 de febrero de 1953, fue acordada por los acreedores la regularización de la inmensa deuda externa de la entonces República Federal Alemana. Este país obtuvo una reducción de entre el 50% y el 75% de la deuda derivada, directa o indirectamente, de las dos guerras mundiales; las tasas de interés se redujeron drásticamente hasta entre el 0 y el 5%; se amplió el plazo para los pagos; el cálculo del servicio de la deuda se estableció en función de la capacidad de pago de la economía alemana y, por tanto, vinculándolo al proceso de reconstrucción del país. La definición de esta capacidad se encargó al banquero alemán Hermann Abs, que encabezó la delegación alemana en las negociaciones. Se creó un sistema de arbitraje que nunca se utilizó, dadas las condiciones ventajosas ofrecidas al deudor.

 Este acuerdo tuvo muchas justificaciones. Sin embargo, la menos comentada fue la necesidad de, en plena Guerra Fría, llevar el éxito del capitalismo hasta muy cerca del Telón de Acero. El mercado financiero tenía entonces, como ahora, motivaciones políticas, sólo que las de entonces eran muy diferentes a las de hoy. La diferencia se explica en buena parte por el hecho de que la democracia liberal se ha convertido en la bebida energética del capitalismo, que en apariencia lo vuelve invencible — sólo no lo defiende de sí mismo, como ya profetizó Schumpeter — . Angela Merkel nacería un año después y sólo después de 1989 conocería de primera mano el mundo de este lado del Telón. Nació políticamente bebiendo esa bebida energética, hecho que, junto con la ignorancia militante de la historia que el capitalismo impone a los políticos, transforma su falta de solidaridad con el proyecto europeo en un acto de coraje político. Sesenta años después de la "Declaración de Interdependencia" de Robert Schuman y Jean Monet, la guerra sigue siendo "impensable y materialmente imposible". Sin embargo, parafraseando a Clausewitz, cabe preguntarse si la guerra no ha vuelto por otros medios.  

El Estado como imaginación del Estado

 Vengo sosteniendo que la moderna regulación moderna occidental se basa en tres pilares: el principio del mercado, el principio del Estado y el principio de la comunidad [2]. Estos principios, sobre todo los dos primeros, han alternado históricamente su protagonismo en la definición de la lógica de la regulación social. Convencionalmente, se ha entendido que la regulación social del periodo de posguerra hasta 1980 estuvo dominada por el principio del Estado y que desde entonces pasó a dominar el principio del mercado, más conocido como neoliberalismo. Muchos vieron en la crisis del subprime y la debacle financiera de 2008 el regreso del principio del Estado y el consecuente fin del neoliberalismo. Esta conclusión fue precipitada. Debería haber servido como señal de alerta la rapidez con la que los mismos actores que durante la noche neoliberal consideraron el Estado como el "gran problema", pasaron a considerarlo como la "gran solución". La verdad es que, en los últimos treinta años, el principio del mercado ha colonizado de tal manera el principio del Estado que éste ha pasado a funcionar como un sucedáneo del mercado. Por esta razón, el Estado que era el problema era muy diferente del Estado que llegó a ser la solución. La diferencia pasó inadvertida porque sólo el Estado sabe imaginarse como Estado independientemente de lo que hace en cuanto Estado. El síntoma más evidente de esta colonización ha sido la adopción de la doctrina neoliberal por parte de la izquierda europea y mundial, que la ha dejado desarmada y carente de alternativas al estallar la crisis. De aquí el triunfo de la derecha sobre las ruinas de la devastación social que ha creado. De aquí que los gobiernos socialistas de Grecia, Portugal y España consideren más natural reducir los salarios y las pensiones que gravar los impuestos a los beneficios financieros o eliminar los paraísos fiscales. De aquí, por último, que la Unión Europea ofrezca el mayor rescate del capital financiero de la historia moderna sin imponer la estricta regulación del sistema financiero.  

El fascismo dentro de la democracia

 Durante los años veinte del siglo pasado, tras una larga estancia en Italia, José Carlos Mariátegui, el gran intelectual y líder marxista peruano, consideraba que la Europa de aquella época se caracteriza por la aparición de dos violentas negaciones de la democracia liberal: el comunismo y el fascismo [3]. Cada una a su manera, trataría de destruir la democracia liberal. Después de un siglo, podemos decir que, en nuestro tiempo, las dos negaciones de la democracia liberal — que hoy podríamos llamar socialismo y fascismo — no se enfrentan a la democracia desde el exterior, sino que la enfrentan desde su interior. Las fuerzas socialistas son hoy particularmente visibles en América Latina. Se afirman como revoluciones de nuevo tipo: la revolución bolivariana (Venezuela), la revolución ciudadana (Ecuador) y la revolución comunitaria (Bolivia). Lo común a todas ellas es el hecho de haber emergido de procesos electorales propios de la democracia liberal. En vez de negar la democracia liberal, la enriquecen con otras formas de la democracia: la democracia participativa y la democracia comunitaria. Si consideramos la democracia liberal como un dispositivo político hegemónico, las luchas socialistas de hoy configuran un uso contrahegemónico de un instrumento hegemónico.

 A su vez, las fuerzas fascistas actúan globalmente para mostrar que sólo es viable una democracia de muy baja intensidad — sin capacidad de redistribución social — , confinada a la alternativa: ser irrelevante — no afectar a los intereses dominantes — o ser ingobernable. En vez de promover el fascismo político, promueven el fascismo social. No se trata del regreso al fascismo del siglo pasado. No es un régimen político, sino un régimen social. En vez de sacrificar la democracia a las exigencias del capitalismo, el fascismo social promueve una versión empobrecida de la democracia que vuelve innecesario, e incluso inconveniente, el sacrificio. Se trata, por tanto, de un fascismo pluralista y, en virtud de ello, de una forma de fascismo que nunca ha existido. El fascismo social es una forma de sociabilidad en la que las relaciones de poder son tan desiguales que la parte más poderosa adquiere el derecho de veto sobre las condiciones de sostenibilidad de vida de la parte más débil. Quien está sujeto al fascismo social no vive en la sociedad civil; vive realmente en un nuevo estado de la naturaleza, la sociedad civil incivil.

 Una de las formas de sociabilidad fascista es el fascismo financiero, hoy en día quizás la más virulenta. Es el que impera en los mercados financieros de valores y divisas, la especulación financiera global. Es todo un conjunto que hoy se designa como “economía de casino”. Esta forma de fascismo social es la más pluralista en la medida que los movimientos financieros son el producto de decisiones de inversores individuales o institucionales esparcidos por todo el mundo y, además, sin nada en común fuera de su deseo de rentabilizar sus activos. Por ser el más pluralista es también el más agresivo debido a que su espacio-tiempo es el más refractario a cualquier intervención democrática. Significativa fue, a este respecto, la respuesta del agente de bolsa de valores cuando le preguntaron qué era para él el largo plazo: “Para mí, largo plazo son los próximos diez minutos". Este espacio-tiempo virtualmente instantáneo y global, combinado con la lógica del beneficio especulativo que lo apoya, le otorga un inmenso poder discrecional al capital financiero, prácticamente incontrolable a pesar de ser lo suficientemente poderoso como para sacudir, en cuestión de segundos, la economía real o la estabilidad política de cualquier país. La virulencia del fascismo financiero reside en que, al ser el más internacional, está sirviendo de modelo para las instituciones de regulación global cada vez más importantes, que ahora comienzan a ser conocidas por el gran público. Entre ellas, las agencias de calificación —incluso después del descrédito que sufrieron durante la crisis de 2008—, las empresas internacionalmente acreditadas para evaluar la situación financiera de los Estados y los consecuentes riesgos y oportunidades que ofrecen a los inversores internacionales. Las calificaciones concedidas son determinantes para las condiciones en que un país o empresa de un país puede acceder al crédito internacional. Cuanto más alta es la calificación, mejores son las condiciones.

 Estas empresas tienen un poder extraordinario. Según el columnista del New York Times, Thomas Friedman, "el mundo posterior a la Guerra Fría tiene dos superpotencias: los Estados Unidos y la agencia Moody's". Friedman justifica su afirmación añadiendo que "si es verdad que los Estados Unidos pueden aniquilar a un enemigo utilizando su arsenal militar, la agencia de calificación financiera Moody's tiene el poder de estrangular financieramente a un país, atribuyéndole una mala calificación En un momento en que los deudores públicos y privados entran en una batalla mundial para atraer capitales, una mala calificación podría significar el colapso financiero del país. Los criterios adoptados por las agencias de calificación son en gran medida arbitrarios, refuerzan las desigualdades en el sistema mundial y llevan a efectos perversos: el mero rumor de una próxima descalificación puede provocar una enorme convulsión en el mercado de valores de un país. El poder discrecional de estas agencias es aún mayor en tanto que les asiste la prerrogativa de atribuir calificaciones no solicitadas por los países o deudores en cuestión. El hecho de ser también un poder corrupto — las agencias están pagadas por los bancos que evalúan y actúan sobre la especulación financiera, teniendo, por tanto, intereses particulares en las calificaciones que hacen — no ha merecido hasta ahora ninguna atención. La virulencia del fascismo financiero reside en su potencial de destrucción, en su capacidad para lanzar al abismo de la exclusión a países pobres enteros. Cuando el presupuesto del Estado queda expuesto a la especulación financiera — como sucede hoy en los países del sur de Europa —, las reglas del juego democrático que éste refleja se vuelven irrelevantes, la estabilidad de expectativas que estas reglas promueven se desvanecen en el aire.  

Todo lo sólido se desvanece en el aire

 Es bien conocida la manera en la que Manifiesto Comunista de 1848 describe la revolución incesante de los instrumentos de producción de la burguesía: "Todo lo estamental y estable se evapora; todo lo sagrado es profanado y los hombres, al fin, se ven forzados a contemplar con ojos desapasionados su posición frente a la vida, sus relaciones mutuas". Cuando la usurpación de la política por parte de una "econopolícia" salvaje alcanza los lugares sagrados de la democracia, los derechos humanos, el contrato social y el primado del derecho, que hasta hace poco servían de santuario de peregrinación para personas y pueblos de todo el mundo, la perturbación y el desasosiego son los restos de la solidez. La gran incógnita es la de saber hasta qué punto el empobrecimiento del mundo y la democracia producido por el casino financiero seguirá ocurriendo en el contexto del marco formal democrático, incluso de baja intensidad. ¿Es posible olvidar a Mariátegui?

 Notas

[1] Ugarteche, Óscar y Acosta, Alberto, Repensando una propuesta global para un problema global. Disponible en: < http://alainet.org/active/38038 > y < http://www.erlassjahr.de/themen/schiedsverfahren-ftap/veroeffentlichungen/tiads.html > [consultados el 11 de mayo de 2010].

 [2] Santos, Boaventura de Sousa, Vers un nouveau sens commun juridique: Droit, science et politique dans la transition paradigmatique. Paris: Librairie Général de Droit et Jurisprudence, 2004.

 [3] Mariátegui, José Carlos, Ensayos escogidos. Lima: Editorial Universo, 1925.

Por Boaventura de Sousa Santos
Rebelión

Traducido para Rebelión por Antoni Jesús Aguiló y revisado por Àlex Tarradellas
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El método para transitar a la economía del Socialismo del Siglo XXI requiere la combinación de tres políticas: su planificación y ejecución democrática (autogestión coordinada); la medición del valor de sus productos y servicios (valorización) mediante unidades de tiempo (valor de trabajo) y, el intercambio de equivalencias.

Las tres políticas tienen que realizarse de manera combinada, porque el salto cualitativo hacia el modo de producción del Socialismo del Siglo XXI solo se produce como resultado de sus sinergias. Medidas individuales en una economía de mercado, como en Venezuela, no tendrán éxito.Un análisis comparativo de los modos de producción del Socialismo del Siglo XX y del Socialismo del Siglo XXI explican las razones de este modelo tridimensional o trimodal.

1. La economía del Socialismo del Siglo XX, llamado en la Alemania socialista (RDA) también „el socialismo realmente existente“, no fue planeada democráticamente, sino por elites--al igual que en el capitalismo. En „el socialismo realmente existente“, la planificación la hacían unos cinco mil tecnócratas y políticos del Partido Único y en el capitalismo la hacen unos cinco mil megacapitalistas, burócratas y políticos. La esencia es la misma: las mayorías están excluidas.

2. La regulación y dirección de la economía del „socialismo realmente existente“ se realizaba via una combinación de precios administrativos y precios de mercado, no mediante el valor de trabajo y el intercambio de equivalencias. Los precios administrativos fueron determinados por el Estado a raíz de consideraciones sociales, políticas y militares y, en forma secundaria, económicas. Los precios de mercado se tomaron del mercado mundial y se adecuaron a los parámetros nacionales.

3. La no-determinación del valor de los productos y servicios por su valor de trabajo (time inputs) y su respectivo intercambio por el principio de equivalencia, significaba en la economía monetarizada del „socialismo realmente existente“ que no se podía abolir el sistema de trabajo asalariado. Significaba también que los trabajadores no tenían el derechoal pleno valor creado por su trabajo, sino solo a la parte salarial y algunos servicios sociales que las elites les asignaban. Pero, si no se acaba con el trabajo asalariado, como insistían Marx y Engels, no se puede acabar con el capitalismo; como tampoco se puede acabar con él mediante la estatización de los medios de producción, sino sólo mediante su socialización (Vergesellschaftung). Hoy sabemos que esasocialización tiene que ser trimodal: planificación y ejecución democrática, valorización por el tiempo de trabajo e intercambio de equivalencias.

4. El tipo y el volumen de los „fondos socialmente necesarios“ (Marx/Engels) como salud, educación, defensa etc., no fueron decididos por las mayorías, sino por las elites. El Socialismo del Siglo XX, al igual que el capitalismo, no permiten que las mayorías deciden por plebiscito, por ejemplo, lastasas de impuestos, ni tampoco, si prefieren impuestos directos o indirectos. Para las mentes stalinistas al igual que para las capitalistas es inconcebible, que las masas conducen democráticamente a la economía, pese a que son ellas las que generan el plusproducto social.

5. La propiedad y el poder fáctico sobre el plusproducto social es ejercido en „el socialismo realmente existente“ por el Estado, no por los productores inmediatos. Pero, el Estado es siempre una estructura de violencia que responde a la distribución del poder de la sociedad. Cuando las elites se enajenan de las mayorías, éstas dejan de ver al Estado como su Estado. En consecuencia, la fábrica, la tierra y los servicios de la economía estatal se convierten en una fuerza externa alienada e impositiva. Sin identificación entre trabajadores y propiedad productivano se defiende el sistema cuando entra en crisis. Por eso, los trabajadores del „socialismo realmente existente“ actuaron ante la caída del sistema comolos campesinos hindúes ante las conquistas externas: con indiferencia atentista o inclusive, como protagonistas de su destrucción (Polonia).

6. Científicamente no tiene sentido llamar al modo de producción del Socialismo del Siglo XX, "capitalismo de Estado“. Porque sin una clase de propietarios particulares del capital que actúa por ganancia y opera el mecanismo cibernético del sistema (mercado), el concepto pierde su capacidad analítica. Tampoco conviene llamar a ese modo de producción socialista,por que carece de los tres principios distintivos de la economía política socialista.

7. La combinación de los tres principios constitutivos de la Economía Política del Socialismo del Siglo XXI, la planificación y ejecución democrática (autogestión coordinada), el valor del trabajo como unidad de valorización de productos y servicios y, la equivalencia como principio de todos los intercambios, es la esencia política-económica del modo de producción del Socialismo del Siglo XXI (A. Peters), y, por lo tanto, de su modelo de transición. Para obtener el efectosinergético a nivel nacional y regional, las tres políticas tienen que llevarse a cabo coordinadamente y en cabal consideración de las fuerzas antagónicas a nivel nacional, regional y mundial.

8. Este modelo trimodal de transición hace la explotación laboral imposible y cambia cualitativamente la importancia de la propiedad sobre los medios de producción. La forma de propiedad se vuelve secundaria, porque la planificación democrática de los rubros y volumenes de producción y la determinación de los precios y salarios por el valor del trabajo, junto con su intercambio en forma equivalente, quitan a eventuales propietarios formales---Estado, cooperativas, individuales--- la capacidad de abusar de la propiedad. La determinación plebiscitaria de los impuestos, a su vez, impide el abuso confiscatorio del Estado.

9. El sistema burgués utiliza dos mecanismos principales para apropiarse del valor creado por los trabajadores: 1. los dueños de los medios de producción se apropian del valor en forma de ganancia, interés y renta de la tierra; 2. el Estado, el „capitalista colectivo virtual“ (ideell, Marx/Engels), se apropia del valor en forma de impuestos. Ambos mecanismos quedan bloqueados en el modelo de transición. La „expropiación de los expropiadores“ (Marx/Engels) ya no se realiza primordialmente sobre la estatización de la propiedad privada, sino sobre el derecho y el poder socio-político de apropiación del valor cabal generado por los trabajadores, por parte de los trabajadores.

10. Las características principales del modo de producción del „socialismo realmente existente“ son: una economía centralmente planificada por una elite; dirigida mediante precios administrativos y de mercado; con metas de obtener un plusproducto, más no una ganancia (Profit) y, por lo tanto, no-crematística; basada en el sistema asalariado ymonetarizado. Se trataba de un modo de producción sui generis que se estancó en la transición de la crematística capitalista hacia el socialismo. Al no evolucionar, colapsó y regresó a su punto de origen. Ese experimento de evolución planificada requiere de un concepto científico adecuado, urgentemente.

11. La economía del „socialismo realmente existente“ no se alejó lo suficiente de la autoritaria crematística capitalista como para convertirse en un modo de producción socialista en el sentido del Socialismo temprano, de Marx/Engels, Bakunin, RosaLuxemburg y Lenin. Pero, ni burguéses, ni stalinistas pueden parar las leyes de la evolución. Decía una canción cubana: „Carlos Marx está enojado, cheque de Engels no ha llegado.“ Bueno, al fin y al cabo siempre llegó, de tal manera que el prócer pudo realizar su gran obra de transformación.

Hoy, las condiciones objetivas para la nueva civilización son incomparablemente mejores que durante los últimos dos siglos. Por eso, Karl Marx en su tumba del Highgate Cemetery en Londres ha de estar de fiesta: El cheque de la historia está llegando al Socialismo.
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La crisis mundial más grave en la historia del sistema capitalista ha sido provocada por el capital financiero internacional, con sus latrocinios, irresponsabilidades y especulaciones, y con sus políticas de despojo de los recursos naturales de todos los pueblos. Comenzó en Estados Unidos –el país más endeudado del planeta, con un creciente déficit público de 13 billones (millones de millones, 12 ceros seguidos) de dólares–, ahora se extendió a la Unión Europea (la principal potencia económica mundial) y afectará pronto al sudeste asiático que, como China o Japón, destinan a ambos la mayor parte de sus importaciones y son los principales sostenedores del dólar y compradores de los bonos públicos estadunidenses. (Dicho sea de paso, uno nunca dejará de asombrarse ante la ligereza y el impresionismo de algunos supuestos analistas económicos internacionales de México y de otros países, que ridículamente anunciaban la muerte del dólar y su remplazo por el euro –hoy por los suelos– o por otras divisas, sin ver que todos los bancos centrales juegan el mismo juego y están atados por la misma cuerda sucia).

Los respectivos Estados salvaron a los banqueros –a golpe de cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes– y les entregaron la conducción de la economía que previamente habían devastado. O sea, concedieron a los responsables de la crisis la responsabilidad de la superación de la misma, y a los mafiosos y delincuentes, la protección del orden financiero.

El resultado está a la vista: con fondos públicos concedidos al uno por ciento, los ladrones de guante blanco, recicladores además de los fondos de la droga (estimados en 300 mil millones de dólares anuales, o sea, tanto como la industria petrolera), de la venta de armas y de la prostitución, prestan ese dinero ajeno a países como Grecia, a tasas que llegan a ocho por ciento, y los endeudan aún más.

El capital financiero sigue dirigiendo, como si nada hubiera sucedido, el gran casino mundial y se juega en la ruleta el destino de países enteros y de miles de millones de personas. El comercio de divisas, altamente especulativo, mueve tres billones (en español, o sea, millones de millones) de dólares cada día, y el mercado de derivados (opciones y futuros) asciende a mil billones (equivalentes a 16 veces el producto interno bruto anual de todos los países, grandes y chicos, de este planeta). Ese es el tsunami que sumerge las economías nacionales.

Eso es posible porque ningún gobierno toca al capital financiero ni intenta ponerle cortapisas. Por el contrario, ante la crisis que éste provocó, los gobiernos prolongan la edad para jubilarse, reducen o congelan los salarios, aumentan el impuesto al valor agregado –que pesa sobre todo entre los pobres–, sin pensar siquiera en ponerles a los bancos impuestos a las ganancias o a las operaciones financieras. Si los centenares de miles de millones de dólares que arrojaron al pozo sin fondo de los bancos ladrones hubiesen servido para crear bancos públicos y para sostener la demanda de sus poblaciones, la crisis sería menos extensa y menos cruel. Porque las políticas deflacionarias, a costa de los salarios y los ingresos, reducen el poder adquisitivo de las mayorías y, por consiguiente, su nivel de consumo, y agravan tanto la desocupación como la desindustrialización relativa, ya que los capitales no van a los sectores productivos, sino que se orientan a los que otorgan alta ganancia inmediata, como los delincuenciales, entre los cuales destacan los centros del capital financiero.

Éste no sólo les mete la mano en el bolsillo a asalariados, pequeños comerciantes, artesanos, campesinos y jubilados, sino que también roba la soberanía de los pueblos junto con los recursos de todo tipo. La banca de negocios sucios Goldman Sachs, por ejemplo, indujo al gobierno conservador de Karamanlis, en Grecia, a endeudarse en condiciones leoninas. Inmediatamente el pueblo griego votó en forma aplastante en favor de los socialistas y contra las políticas de ajuste brutal que querían imponer los conservadores. Pero ese voto no valió nada, porque el FMI y los bancos decidieron por su parte e impusieron al gobierno de Atenas una política económica y una orientación fiscal opuestas a las exigencias de los electores, anulando así la soberanía de éstos e imponiendo a Grecia un gobierno financiero supranacional, con la complicidad del gobierno socialdemócrata, que prefirió suicidarse políticamente porque la alternativa era desconocer la deuda fraudulenta contraída por los conservadores a sugerencia de Goldman Sachs, hacer una auditoría de toda la deuda, meter presos a los responsables de ese atentado contra el pueblo y contra el país, hacer un plan de emergencia basado en aplicar impuestos a los beneficiarios de la crisis y a los que más tienen, para dar trabajo y promover la industralización local, y convocar a un referendo para decidir respecto del no pago de la deuda injusta y fraudulenta y de la política económica.

La prosperidad y las altas ganancias de los bancos contrastan en toda Europa con el aumento de la desocupación y la pobreza. La evasión fiscal, por otra parte, es normal en el caso de las grandes empresas y del capital financiero. Por ahí habría que comenzar el ajuste: expropiando los bancos, creando una banca nacional de desarrollo, haciendo pagar a los evasores.

Pero esto plantea urgentemente la cuestión de quién debe gobernar el país. Los capitalistas y sus servidores políticos han demostrado su corrupción, su ineptitud y su carácter antisocial y antinacional. No basta ya con protestar. Es hora de reclamar y de preparar una alternativa.

Por Guillermo Almyera
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Jueves, 13 Mayo 2010 07:21

Sepa lo que es el capitalismo

El capitalismo tiene legiones de apologistas. Muchos lo hacen de buena fe, producto de su ignorancia y por el hecho de que, como decía Marx, el sistema es opaco y su naturaleza explotadora y predatoria no es evidente ante los ojos de mujeres y hombres. Otros lo defienden porque son sus grandes beneficiarios y amasan enormes fortunas gracias a sus injusticias e inequidades. Hay además otros ("gurúes" financieros, "opinólogos", "periodistas especializados", académicos "bienpensantes" y los diversos exponentes del "pensamiento único") que conocen perfectamente bien los costos sociales que en términos de degradación humana y medioambiental impone el sistema. Pero están muy bien pagados para engañar a la gente y prosiguen incansablemente con su labor. Ellos saben muy bien, aprendieron muy bien, que la "batalla de ideas" a la cual nos ha convocado Fidel es absolutamente estratégica para la preservación del sistema, y no cejan en su empeño. 

Para contrarrestar la proliferación de versiones idílicas acerca del capitalismo y de su capacidad para promover el bienestar general examinemos algunos datos obtenidos de documentos oficiales del sistema de Naciones Unidas. Esto es sumamente didáctico cuando se escucha, máxime en el contexto de la crisis actual, que la solución a los problemas del capitalismo se logra con más capitalismo; o que el G-20, el FMI, la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial, arrepentidos de sus errores pasados, van a poder resolver los problemas que agobian a la humanidad. Todas estas instituciones son incorregibles e irreformables, y cualquier esperanza de cambio no es nada más que una ilusión. Siguen proponiendo lo mismo, sólo que con un discurso diferente y una estrategia de "relaciones públicas" diseñada para ocultar sus verdaderas intenciones. Quien tenga dudas mire lo que están proponiendo para "solucionar" la crisis en Grecia: ¡las mismas recetas que aplicaron y siguen aplicando en América Latina y África desde los años ochenta! 

A continuación, algunos datos (con sus respectivas fuentes) recientemente sistematizados por CROP, el Programa Internacional de Estudios Comparativos sobre la Pobreza radicado en la Universidad de Bergen, Noruega. CROP está haciendo un gran esfuerzo para, desde una perspectiva crítica, combatir el discurso oficial sobre la pobreza elaborado desde hace más de treinta años por el Banco Mundial y reproducido incansablemente por los grandes medios de comunicación, autoridades gubernamentales, académicos y "expertos" varios.

Población mundial: 6.800 millones, de los cuales 

1.020 millones son desnutridos crónicos (FAO, 2009)

2.000 millones no tienen acceso a medicamentos (www.fic.nih.gov)

884 millones no tienen acceso a agua potable (OMS/UNICEF 2008)

924 millones “sin techo” o en viviendas precarias (UN Habitat 2003)

1.600 millones no tienen electricidad (UN Habitat, “Urban Energy”)

2.500 millones sin sistemas de dreanajes o cloacas (OMS/UNICEF 2008)

774 millones de adultos son analfabetos (www.uis.unesco.org)

18 millones de muertes por año debido a la pobreza, la mayoría de niños menores de 5 años. (OMS)

218 millones de niños, entre 5 y 17 años, trabajan a menudo en condiciones de esclavitud y en tareas peligrosas o humillantes como soldados, prostitutas, sirvientes, en la agricultura, la construcción o en la industria textil (OIT: La eliminación del trabajo infantil: un objetivo a nuestro alcance, 2006) 

Entre 1988 y 2002, el 25% más pobre de la población mundial redujo su participación en el ingreso mundial desde el 1,16% al 0,92%, mientras que el opulento 10% más rico acrecentó sus fortunas pasando de disponer del 64,7 al 71,1% de la riqueza mundial . El enriquecimiento de unos pocos tiene como su reverso el empobrecimiento de muchos.

Sólo ese 6,4 % de aumento de la riqueza de los más ricos sería suficiente para duplicar los ingresos del 70% de la población mundial, salvando innumerables vidas y reduciendo las penurias y sufrimientos de los más pobres. Entiéndase bien: tal cosa se lograría si tan sólo se pudiera redistribuir el enriquecimiento adicional producido entre 1988 y 2002 del 10% más rico de la población mundial, dejando intactas sus exorbitantes fortunas. Pero ni siquiera algo tan elemental como esto es aceptable para las clases dominantes del capitalismo mundial.

Conclusión: si no se combate la pobreza (¡ni se hable de erradicarla bajo el capitalismo!) es porque el sistema obedece a una lógica implacable centrada en la obtención del lucro, lo que concentra la riqueza y aumenta incesantemente la pobreza y la desigualdad económico-social. 

Después de cinco siglos de existencia esto es lo que el capitalismo tiene para ofrecer. ¿Qué esperamos para cambiar al sistema? Si la humanidad tiene futuro, será claramente socialista. Con el capitalismo, en cambio, no habrá futuro para nadie. Ni para los ricos ni para los pobres. La sentencia de Friedrich Engels, y también de Rosa Luxemburgo: "socialismo o barbarie", es hoy más actual y vigente que nunca. Ninguna sociedad sobrevive cuando su impulso vital reside en la búsqueda incesante del lucro, y su motor es la ganancia. Más temprano que tarde provoca la desintegración de la vida social, la destrucción del medio ambiente, la decadencia política y una crisis moral. Todavía estamos a tiempo, pero ya no queda demasiado. 

Atilio A. Boron
http://www.atilioboron.com
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Martes, 04 Mayo 2010 07:01

Alternativas desde la sociedad

“A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”: 
Madre Teresa de Calcuta (1910-1997).
 
Las sociedades en el mundo están cansadas del modelo de desarrollo depredador del capitalismo globalizador. Sí. Y no es sólo un síntoma de las personas que habitan en las ciudades perdidas de cualquier país en desarrollo, porque lo padecen en carne propia todos los días. No. También es parte de aquellas personas que incluso tienen otro nivel de vida y habitan en las grandes ciudades, pero igualmente están percibiendo en su vida cotidiana los males en que está degenerando el capitalismo global.
 
Y los efectos de la descomposición están a ojos vistos por todas partes. Porque la polaridad entre riqueza y pobreza ha alcanzado niveles tales que el mismo capital acumulado ya no tiene frente a sí muchas opciones. O mejor dicho, ha entrado en un callejón sin salida. Porque el capital está para crecer sin importar que en su proceso arrastre tras de sí, incluso, al mismo planeta. Y al parecer, el mundo de la riqueza ya entró en un ciclo perverso de autodestrucción. La fuga de petróleo en el Golfo de México se encamina hacia una catástrofe de enormes dimensiones y elevadísimos costos para el planeta. Tiende a ser un desastre mundial, de alcance mucho mayor que una “catástrofe nacional”, como la ha clasificado Estados Unidos.
 
Es decir, que el uso y el abuso de los recursos naturales han alcanzado ya un grado de límite extremo. Eso en lo que corresponde al capital destructivo y rapaz, el de los procesos industriales. Pero el capital especulativo, el capital financiero que se mueve entre las bolsas del mundo, tampoco encuentra opciones ya. Y la mejor prueba es que en EU la crisis del capital financiero no tiene salidas. Y no las tiene porque las busca afuera, y no adentro del mismo sistema. Quiere el sacrificio de otros, no autoflagelarse.
 
Es por eso el tiempo pertinente para que las sociedades aceleren sus procesos de compartir experiencias para la autoayuda, para salir del hoyo al que las ha encaminado el capitalismo globalizador sin otro remedio que la depredación natural y el exterminio de la raza humana. La fuerza de la sociedad es incalculable. Y queriendo, u obligada por la necesidad, la sociedad puede mover el mundo. Salir de la crisis como lo hizo la sociedad argentina en los años aciagos de la debacle de 1995.
 
Pero, en general, la sociedad en muchas partes del mundo cuenta con experiencias alternativas al desarrollo del capital, porque como dicta un refrán de algunas comunidades indígenas de México, zapatistas claro: “otro mundo es posible”. Y llegó el tiempo de echar a andar todas las experiencias (entre todos) como sociedad-mundo. Para eso antes hay que compartirlas primero, y darlas a conocer. Todas las que ya existen, para sopesar en dónde se pueden instrumentar.
 
Ayer comenzó en el Zócalo de la Ciudad de México el Foro Social Mundial (FSM) ahora “México 2010”.La duración será de tres días. Y es un foro para compartir. El zócalo de la capital del país, se abre ahora como el espacio óptimo en donde las organizaciones sociales, movimientos y colectivos de la sociedad civil estarán aterrizando el viejo sueño del esfuerzo para sumar experiencias que permitan, por qué no, construir una alternativa nacional. Es la suma de los esfuerzos con otros países para construir las alternativas al neoliberalismo de la globalización.
 
Promover e impulsar la participación colectiva, social y comunitaria, donde la propia comunidad encuentra soluciones a los problemas que le plantea el sistema del capital neoliberal, y la necesidad incesante de compartir esas experiencias, es lo que hace enriquecedor este tipo de eventos. Más tratándose de un foro como el FSM, que ha alcanzado un elevado prestigio desde que surgió en junio de 2000, entre la propia sociedad civil mundial.
 
Lo anterior, pese al cuestionamiento de los detractores en el sentido que (especialmente el que se realiza cada año de modo alterno al Foro Económico Mundial de Davos que reúne a la crema y nata de los hombres de negocios del mundo, y ocurre en Porto Alegre, Brasil, bajo los auspicios del gobierno de ese país latinoamericano), el foro es pagado por las mismas empresas multinacionales responsables o activos principales de la tan cuestionada globalización.
 
Pero no importa. El caso es que el FSM va más allá de la catarsis que muchos le ven a estos encuentros. Porque sirven para lavar las conciencias de los depredadores. Y las manifestaciones como tales minimizan las presiones en su contra. No lo creo así. Porque encuentros como el FSM socializa las experiencias y comparte los esfuerzos, incluso de las comunidades. Porque aquí los participantes, actores todos, expresan sus vivencias y muestran la madera de la que está hecha el hombre de carne y hueso que sirve para mucho más que carne de cañón o para ser exprimida en los procesos de producción industrial.
 
Porque la sociedad tiene necesidad de participar y ser tomada en cuenta. Quiere encontrar las soluciones que el capital depredador no le proporciona. Ni en los países desarrollados, como tampoco en los de desarrollo medio o “en vías de desarrollo”.
 
Pablo González Casanova, el sociólogo mexicano que en los últimos años de su vida se ha inclinado por la búsqueda de alternativas al neoliberalismo, dijo ayer en el foro central que las opciones existen. Sólo hay que socializarlas y quitarse algunos tabúes (no con esas palabras). “El capital no tiene solución a la crisis”. Al contrario, va por la destrucción de la tierra. El hábitat del ser humano. Por eso planteó que el derrumbe del capitalismo es inminente, “por la pura lógica de la acumulación”.
 
Por lo mismo planteó alternativas. Entre otras, trabajar unidos bajo principios morales y de respeto a todas las voces, independientemente de raza, color o sexo. Elaborar un proyecto común, de acción conjunta, individual y colectiva. Dignificar la lucha de los excluidos, como son los pobres de la tierra. Y en el ejemplo los zapatistas no sobran. Alternativas al fin en un foro que se organiza para eso: las alternativas posibles en contra del neoliberalismo depredador.

Por Salvador González Briceño
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Ante una situación caracterizada por una triple crisis: ecológica, económica y socio-política, los movimientos tranformadores necesitan nuevas respuestas y caminos de actuación. Desde una parte de la izquierda anticapitalista y desde la ecología política, se ha otorgado al decrecimiento un papel de herramienta política de alta validez. De manera efectiva pensamos que puede servir para superar un capitalismo que pretende virar hacia lo “verde” sin poner en cuestión su lógica injusta e insostenible, así como afrontar el triste futuro que nos depara el cambio climático si no actuamos con decisión.
Básicamente el concepto del decrecimiento pone en cuestión los grandes fundamentos del productivismo al exponer que no hay crecimiento infinito posible en un planeta finito. Apoyándose en autores de varias procedencias ideológicas como Iván Illich, André Gorz o Nicholas Georgescu-Roegen se opone, por lo tanto, al consenso generalizado según el cual el crecimiento económico es el alfa y el omega del bienestar humano e, incluso, de la conservación de los ecosistemas. Asimismo, de la mano o a pesar del incremento constante del PIB mundial desde hace 50 años, la huella ecológica de la humanidad –es decir el impacto de nuestras sociedades sobre el medio ambiente– excede hoy en casi un 30% la capacidad de regeneración del planeta. Si todas las personas vivieran como la ciudadanía vasca se necesitarían tres planetas. Mientras tanto las injusticias y desigualdades aumentan dejando en la brecha no sólo a los países del Sur sino también al casi 9% de personas que viven debajo del umbral de la pobreza relativa en Euskadi (20% en el Estado español); eso sin contar el déficit democrático que supone el imposible control de la ciudadanía sobre las cuestiones energéticas y la inexistencia de mecanismos de democracia participativa y directa.

Si bien se pueden discutir algunas implicaciones que poseen la utilización e idoneidad del término “decrecimiento”, constatamos que en la mayoría de los casos el rechazo al concepto enmascara en realidad un fuerte temor a su contenido subversivo y a la dificultad que entraña la posibilidad de manipularlo (a diferencia de lo ocurrido con el “desarrollo sostenible”). Igualmente, un número cada vez más importante de personas y movimientos sociales está empezando a utilizar el decrecimiento no sólo para vivir acorde con sus principios de simplicidad voluntaria, sino también para organizarse, reflexionar y aportar propuestas concretas de cambio. Además en Francia, en Italia o en el Estado español a nivel político el movimiento verde está dando un fuerte impulso a la cuestión y los movimientos de la izquierda anticapitalista trabajan cada vez más sobre el tema.

Sin duda el concepto de decrecimiento, al introducir la finitud del planeta y el lema “vivir mejor con menos”, posee una serie de virtudes innegables y, desde una perspectiva política, puede aportar elementos centrales para el futuro como:

Una revisión de conceptos como desarrollo, trabajo o riqueza, y una profundización y rescate de otros como justicia social, ciudadanía o democracia.

Propuestas novedosas desde la justicia ambiental y las relaciones Norte-Sur, la reubicación de los procesos de producción-consumo o la apuesta por nuevos modelos urbanísticos y energéticos como las ciudades en transición.

El valor de la coherencia entre el comportamiento individual y la acción colectiva.

Un puente entre sociedad y espacios de transformación social, y la creación de un nexo estratégico entre partidos y movimientos verdes, anticapitalistas y ecosocialistas.

Por lo tanto, ante el modelo capitalista de crecimiento infinito, el decrecimiento propone una alternativa no por sencilla de comprender menos revolucionaria. Frente a la dictadura del PIB volvamos a situar a la persona en el centro de los debates. Dejemos de perder el tiempo con el “hay que ganarse la vida” y de destruir el medio ambiente; apostemos por la emancipación personal y colectiva y la conversión ecológica de la economía reduciendo el consumo y produciendo según nuestras necesidades reales, compartamos el trabajo y liberemos tiempo para invertirlo en actividades creadoras de riqueza social y ecológica. En definitiva, optemos por la ciudadanía, la justicia social y ambiental, hoy y mañana, en el Norte y en el Sur. En otras palabras, ¡apostemos por vivir mejor con menos!"

En definitiva, el decrecimiento no es algo totalmente nuevo; probablemente ni siquiera puede caracterizarse como una ideología política per se. Sin embargo posee la capacidad de dar alternativas a un sistema depredador e injusto y de crear puentes entre diferentes tradiciones políticas y sociales, lo que lo convierte en una poderosa herramienta política estratégica y una apuesta de transformación social. 
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Los autores Florent Marcellesi, Igor Moreno Jauregi e Iñaki Valentín son, respectivamente, miembros de Berdeak/Los Verdes, Gorripidea-Zutik y Antikapitalistak.
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¿Por qué es preciso pensar en una transición anticapitalista? ¿Y qué es lo que sería tal transición? La participación de David Harvey, profesor de Geografía y Antropología de la City University, de Nueva York, en el seminario de evaluación de los 10 años del Foro Social Mundial, en Porto Alegre, fue una tentativa de responder a estas preguntas. 

La respuesta, en realidad, incluye, en primer lugar una justificación de la pertinencia de las preguntas. Después de la derrota de la Unión Soviética, de los regímenes socialistas del Este Europeo y de la caída del Muro de Berlín, hablar de anticapitalismo se tornó prohibido. El comunismo fracasó, el capitalismo triunfó y no se habla más del asunto: ese mensaje cruzó el planeta adquiriendo aires de sentido común. Pero los muros del capitalismo siguieron en pié y creciendo. Y excluyendo, provocando crisis, pobreza, hambre, destrucción ambiental, guerra…

Y es en los últimos años que se volvió a hablar de anticapitalismo y en la necesidad de pensar otra forma de organización económica, política y social. David Harvey vino a Porto Alegre a hablar de eso. Para él, la necesidad de volver hablar de anticapitalismo se apoya sobre algunos datos: el aumento de la desigualdad social, la creciente corrupción de la democracia por el poder del dinero, el alineamiento de los medios de comunicación con el gran capital (y su consecuente papel de cómplice de la corrupción de la democracia), la destrucción acelerada del medio ambiente. Ese escenario exige una respuesta política, resume Harvey. Una respuesta política, en su criterio, de la naturaleza anticapitalista. ¿Por qué? El autor de La producción capitalista del espacio , presenta algunos datos de naturaleza económica para justificar esa afirmación.

El capital ficticio y la fábrica de burbujas 

El capitalismo, en cuanto sistema de organización económica, está basado en el crecimiento. En general, la tasa mínima de crecimiento aceptable para una economía capitalista saludable es del 3 por ciento. El problema es que se está poniendo cada vez más difícil sostener esa tasa sin recurrir a la creación de variados tipos de capital ficticio, como viene ocurriendo con los mercados de acciones y con los negocios financieros en las últimas dos décadas. Para mantener esa tasa media de crecimiento será preciso producir más capital ficticio, lo que provocará nuevas burbujas y nuevos estallidos de las burbujas. Un crecimiento compuesto del 3 por ciento exige inversiones del orden de los 3 billones de dólares. En 1950, había espacio para eso. Hoy involucra una absorción de capital muy problemática. Y China está siguiendo el mismo camino, dice Harvey. 

Las crisis económicas de los últimos 30 años, asegura, reposan (y al mismo tiempo, profundizan) en una disfunción creciente entre la cantidad de papel ficticio y la cantidad de riqueza real. “Por eso necesitamos alternativas al capitalismo”, insiste. Históricamente esas alternativas son el socialismo o el comunismo. El primero terminó transformándose en una forma menos salvaje de administración del capitalismo; el segundo fracasó. Sin embargo, esos fracasos no son una razón para desistir hasta porque las crisis del capitalismo se están volviendo cada vez más frecuentes y más graves, replanteando el tema de las alternativas. Para Harvey, el Foro Social Mundial al proponer la bandera de “otro mundo es posible”, debe asumir la tarea de construir otro socialismo u otro comunismo como alternativas concretas.

La irracionalidad del capitalismo 

“En tiempos de crisis, la irracionalidad del capitalismo se vuelve más clara para todos. Excedentes de capital y de trabajo existen uno al lado del otro sin una forma clara de unirlos, en medio de un enorme sufrimiento humano y de necesidades insatisfechas. En pleno verano de 2009, un tercio de los bienes de capital en los Estados Unidos permaneció inactivo, mientras cerca del 17 por ciento de la fuerza del trabajo estaba desempleada o trabajando involuntariamente en regímenes de medio tiempo. ¡Qué podría ser más absurdo que eso!- sostiene Harvey en su libro Enigma del capital, que será lanzado próximamente por la editorial Profile Books. Él descarta, por otro lado, cualquier inevitabilidad sobre el futuro del capitalismo. El sistema puede sobrevivir a las crisis actuales, admite, pero a un costo altísimo para la humanidad.

No basta, por lo tanto, denunciar la irracionalidad del capitalismo. Es importante recordar, señala, Harvey, lo que Marx y Engels apuntaron en el Manifiesto Comunista con respecto a los profundos cambios que el capitalismo trajo consigo: una nueva relación con la naturaleza, nuevas tecnologías, nuevas relaciones sociales, otro sistema de producción, cambios profundos en la vida cotidiana de las personas y nuevos arreglos político-institucionales. “Todos esos momentos tuvieron un proceso de co-evolución. El movimiento anticapitalista tiene que luchar en todas esas dimensiones y no solamente en una de ellas como muchos grupos hacen actualmente. El gran fracaso del comunismo fue el no conseguir mantener en movimiento todos esos procesos. Fundamentalmente, la vida diaria tiene que cambiar, las relaciones sociales tienen que cambiar”, afirma.

“Necesitamos hablar de un mundo anticapitalista” 

Harvey está hablando de la perspectiva de un posible fracaso del capitalismo, de un punto de inestabilidad que afecte a los engranajes del sistema. Pero al mismo tiempo, él no apunta a ninguna inevitabilidad o destino histórico. Se trata de un diagnóstico sobre el tiempo presente. “El capitalismo entró en una fase de cada vez más destrucción y cada vez menor creación”. Y cuáles serían, entonces, las fuerzas sociales capaces de organizar un movimiento anticapitalista en los términos antes señalados. La respuesta de Harvey es corta y directa: Hoy no hay ningún grupo pensando o hablando de eso. “Las ONGs y los movimientos sociales que participan en el FSM precisan comenzar a hablar de un mundo anticapitalista. La izquierda debe cambiar sus patrones mentales. Las universidades necesitan cambiar radicalmente”.

¿La justificación de esos imperativos? Harvey da un ejemplo más de la “racionalidad” capitalista actual. En enero de 2008, 2 millones de personas perdieron sus casas en los Estados Unidos. Esas familias, en su mayoría pertenecen a las comunidades afroamericanas y de origen hispano, perdieron, en total, aproximadamente 40 mil millones de dólares. En aquel mismo mes, Wall Street distribuyó un bono de 32 mil millones de dólares entre aquellos “inversores” que provocaron la crisis. Una forma peculiar de redistribución de la riqueza, que muestra que, con esta crisis, muchos ricos están quedando más ricos. “Estamos viviendo un momento de negación de la crisis en los Estados Unidos. Los trabajadores, y no los grandes capitalistas, son quienes están siendo señalados como responsables. Es por eso que necesitamos una transformación revolucionaria del orden social”.

Marco Aurélio Weisheimer
Carta Maior

Traducción para www.sinpermiso.info : Carlos Abel Suárez 
Tomado de: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3259

 
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La crisis de 1929 había colocado al liberalismo a la defensiva o hasta fuera del campo ideológico de los debates, por existir consenso en culparlo de la anarquía de los mercados existente en la base de la mayor crisis vivida por el capitalismo. El modelo keynesiano, la economía soviética centralmente planificada y los modelos fascistas -especialmente en Alemania e Italia– tienen componentes antineoliberales tanto en el plano económico como en el político.

El agotamiento del ciclo largo expansivo del capitalismo de la segunda posguerra permitió el renacimiento del liberalismo en el plano económico, con el diagnóstico de que solamente la desregulación de la economía permitiría recuperar el crecimiento. Fue un diagnóstico vencedor, ante el agotado keynesianismo –y con él la social democracia- y ante la ausencia de una interpretación anticapitalista que disputase la hegemonía del nuevo modelo ascendente, que retomaba las tradiciones liberales en el plano económico.

Por otra parte, el fin de la URSS y del campo socialista permitieron recomponer la vigencia del liberalismo político, a partir de las teorías del totalitarismo –que partiendo de la polarización democracia/totalitarismo como predominante para interpretar la historia contemporánea, busca amalgamar en dicha categoría al nazismo y al socialismo soviético-. El esquema formal de la democracia liberal ganó carácter de valor universal, convirtiéndose en la propia definición de la democracia, con sus reglas generales: elecciones periódicas, separación de los poderes del Estado, pluralidad de partidos, prensa “libre”, identificada como prensa privada.

Esa ofensiva liberal – ya sea en las dos dimensiones la económica y la política o ya sea en una de ellas - funcionó como un vendaval en el campo teórico arrasando con las resistencias keynesianas, especialmente en el campo de la izquierda. Como si, condenados al capitalismo, fuese mejor optar por su versión “democrática”, es decir liberal, aunque estuviese acompañada del ideario económico neoliberal. Ya que sería un freno defensivo contra las recaídas –consideradas estructurales– del socialismo en totalitarismos.

Un análisis fundamental de Perry Anderson demuestra como los teóricos clásicos de la radicalización de la democracia y en un caso, la fusión del socialismo y el liberalismo –como John Rawls, Habermas, Bobbio- terminan defendiendo a las “guerras humanitarias” como forma de imponer los valores supuestamente universales del liberalismo (Nota: Anderson, Perry, “Arms and Rights: The Adjustable Center”, en Spectrum, Ed. Verso, Londres 2005).

El eurocentrismo, ahora en la versión yanqui del “modo de vida usamericano” creció en todos los cuadrantes, conquisto aires de universalismo, se mareó con el derecho a invadir, destruir, ocupar, imponer su modo de vida, como si hubiese sido legitimado por un derecho universal. (Terminada la URSS, Tony Blair recicló la OTAN para transfomarla en un bastión de los “derechos humanos” en el mundo, acuñando la expresión “guerra humanitarias” nueva bandera de los imperios, especie de “imperialismo humanitario “ o de “imperialismo de los derechos humanos” contra las periferies).

El socialismo reducido al destino totalitario, el capitalismo al inexorable destino de la democracia se redujo a la democracia liberal, el sistema económico a capitalismo.. Desaparecerán esas especificidades, con el socialismo desaparecerá también su antípoda –el capitalismo- como victoria de la tesis del “fin de la historia”. Todo lo que aconteciere se producirá en el horizonte de la democracia liberal y de la economía de mercado, lo demás serían retrocesos, no avances.

La fuerza ideológica de la derecha procede del renacimiento del liberalismo. Aun con el agotamiento del modelo neoliberal, su expresión política parece sobrevivir sin heridas, como si entre ellos no existiesen relaciones umbilicales. La democracia reinstaurada en el Brasil tuvo límites claramente liberales, que no alteraron las relaciones de poder –de la tierra, del dinero- heredadas de la dictadura, a tal punto que ha sido víctima indefensa de las políticas neoliberales, de absoluta mercantilización de la sociedad a las que resultó funcional.

Superar el modelo neoliberal supone no solo desarrollar un nuevo modelo económico sino un modelo político que democratice profundamente las estructuras del Estado y se adapte a las necesidades de profunda democratización de nuestra sociedad: de la propiedad de la tierra, del capital financiero, de los medios entre tantos otros aspectos.

Superar el neoliberalismo como un objetivo urgente significa también encarar la superación del liberalismo y del capitalismo. Crear un nuevo bloque social, político y cultural de fuerzas de nivel nacional que hegemonice el proceso de transformaciones antineoliberales, en una dinámica de construcción de nuevas formas de poder popular y de una sociedad humanista, solidaria, socialista.

Emir Sader
Carta Maior
Traducción de Susana Merino
http://www.cartamaior.com.br/templates/postMostrar.cfm?blog_id=1&post_id=432
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