Jueves, 03 Septiembre 2009 08:12

“El imperio del culo”

Alguien enuncia sus preferencias sexuales por Internet y de este modo esas preferencias toman un valor que antes no tenían, ya que transformadas en mercancías adquieren un valor agregado. Tal valor tiene su analogía con el valor de cambio descrito por Marx, en la medida en que ingresa al mercado lo que antes era solo valor de uso. Aquí hay que entender el mercado no sólo desde el punto meramente financiero, sino como una vitrina en la que algo se da a ver, para ser elegido según “el gusto”. Y, de la misma manera en la que cualquier experto en economía sabe que la oferta genera demanda, habría que preguntarse si el gran abanico de perversiones en la actualidad no está favorecido por las mismas ofertas.

Lo privado sufre una transformación, haciéndose público y apto para el consumo. En tal transmutación, los “apetitos” adquieren una consistencia insospechada, como si la posibilidad de confesión y de concreción les insuflase un peso suplementario.

Reflexiónese en las frecuentes cavilaciones de algunos adolescentes acerca de la identidad sexual: esas dudas son pronto sofocadas cuando lo que antes era una fantasía es considerado como indicador de una certera preferencia sexual. No se trata de demonizar Internet, negando sus notables beneficios en otros aspectos, sino de profundizar en nuestra contemporaneidad, para advertir que todo lo que le ocurre a un sujeto es rápidamente subsumido a una supuesta identidad del ser: si una chica piensa en demasía en una amiga, es lesbiana; si come mucho dulce, bulímica; si experimenta cambios anímicos, “bipolar”. Al eclipsar los matices de las cosas, tales nominaciones borran su misterio, y muchas veces antes lo que podía ser para un sujeto un pensamiento, una conducta esporádica o una fantasía, se torne prontamente en una clave que responde a lo que sería la real identidad. Y cuando un sujeto está desorientado –algo muy habitual en estos momentos– se aferrará tanto más a aquello que le daría un supuesto ser.

Freud, en Lo inconsciente, se refirió a ciertas fantasías que circulan sin demasiada intensidad, hasta que, al ser recibidas de determinadas fuentes, toman otra importancia. Internet funciona como una fuente adicional, que ofrece la oportunidad de brindarse como ávidas prendas en un escaparate en el que encontrarán respuesta sin demora. Recuerdo la feliz expresión de Lacan acerca del fantasma como prêt à porter, listo para ser llevado, listo ahora para ser llevado por la vía facilitada de la vitrina informática.

Los fantasmas se muestran así sin mediaciones y los sujetos se tornan idénticos a sus supuestas inclinaciones pulsionales, hasta llegar a tener el nombre de esas inclinaciones –“los caníbales”, “los sádicos, “los masoquistas”, “los fetichistas”, “los bisexuales”, “las bulímicas”, “las anoréxicas”, “los drogadictos”, “los homosexuales”–, perdiendo singularidad, para formar parte de una clase. Notablemente, los sujetos ya no están representados por significantes rectores que los nominan en el espacio público, y que clásicamente señalan su lugar en lo social, sino por maneras de gozar que, inusitadamente, se confiesan.

Traseros

Pensemos en la importancia mediática del “trasero” en nuestros días; el asunto trasciende la concreta atracción por esa parte del cuerpo. En efecto, el gran goce de la época consiste en develar todo aquello que está “por detrás”. Ese gusto incluye la fascinación por los backstages, la complacencia voyeurista por Gran Hermano, la impulsión por dar a ver fotos con procacidades sexuales, los chismes artísticos (proliferan los programas “especializados” en ese rubro) y todo aquello que muestre lo que hay detrás de bambalinas. En otro orden, lo mismo se revela en el deleite por sondear qué hay detrás de la vida de un gran hombre, qué secreto lleva en las espaldas, cuáles son sus debilidades de sus aventuras libidinales. Al pretendido lema de hacer aparecer los aspectos más humanos de las figuras relevantes subyace el placer mórbido de rebajar la imagen, metafóricamente “mostrar su trasero”, igualarlo con el de todos.

No es casual que esa parte del cuerpo sea aquella en la que los sexos no se diferencian; el “imperio del culo” es así, el imperio de la igualdad, donde las diferencias que sí importan se reducen a... tener un buen culo o no (o a los distintos formatos a los que se alude: estilo “pera”, “campestre”, “melones”...).

Y todo ello va en desmedro de la importancia del rostro en su máximo valor expresivo, en su extremo más sensible. ¿Acaso no se lo tapa, cuando se quiere que no se identifique a una determinada persona? Por lo menos no deben verse los ojos, lo cual indica el poder para el reconocimiento que alberga la mirada.

Jacques-Alain Miller habla de la desaparición de la vergüenza como uno de los síntomas de la época, y lo articula con la muerte de la mirada de Dios; la desvergüenza es la puesta en escena de las consecuencias de esa muerte. El capitalismo tardío inaugura el imperativo de que se puede decir todo y mostrar todo, propiciando así la pérdida de la vergüenza. ¿Y no se ancla acaso el sentimiento de vergüenza en ese rostro que se sonroja cuando se intentan levantar los velos? Es que la vergüenza opera como guardiana de una reserva, preserva lo más íntimo, hace tope.

Al desvergonzado se lo llama “caradura”, y de este modo se alude a un rostro que ha perdido sensibilidad y que ya no experimenta ningún pudor. Se dice que “no tiene cara” a quien ha perdido la vergüenza, mostrando así la asociación necesaria entre los dos términos. Se nombra como “descarado” al impúdico y, otra vez, es siempre la supresión del rostro la que se indica.

No por nada las reflexiones que gravitan en torno de la vergüenza vuelven una y otra vez a la importancia de la mirada. En la célebre reflexión sartreana (El ser y la nada), la juntura entre ambas testimonia la presencia del Otro. Descubro, sin duda, a través de la vergüenza, un aspecto de mi ser. Sin embargo, aunque algunas formas derivadas de la vergüenza puedan aparecer a partir del plano reflexivo, ella no es originariamente un fenómeno de reflexión. En soledad puedo experimentarla, pero su estructura primordial se yergue frente a la otredad; se trata del mirón que, al espiar por el ojo de la cerradura a quien no lo ve, es sorprendido por alguien que entra y lo ve espiando. La mirada del que lo descubre suscita vergüenza, y habla del arribo de la otredad: si hubiese llegado un animal, no la experimentaría: sólo la provoca el prójimo como tal. Y si quiero mirar esa mirada para defenderme, si pretendo así atentar contra su libertad, será la mirada y la libertad del Otro las que, desmoronadas, se me escapan. Quizás entonces, para Sartre, una mirada que, lejos de perturbar, incite al goce, habrá perdido su dimensión de alteridad. Reflexiones que conducen a pensar en el estatuto de la sociedad actual, tan sabiamente anticipada por Guy Debord en La sociedad del espectáculo.

Freud y Lacan no dejan de situar la vergüenza en su relación con la sexualidad y el goce; no es sólo el cuerpo que en su “para sí” está avergonzado de su “en sí” decadente. En todo caso, tal decadencia lleva el estigma de la sexualidad develada ante la mirada, al modo del mito bíblico en el que Adán y Eva cubren sus genitales cuando aparece la idea de pecado. En otra línea, Levinas (1999, De la evasión, Madrid, Arena Libros) plantea que la vergüenza no deriva de la conciencia de una imperfección o carencia, sino de la imposibilidad de nuestro ser para desolidarizarse de sí mismo. Así, en la desnudez experimentamos vergüenza por no poder esconder aquello que quisiéramos sustraer a la mirada.

Auge u ocaso

Recordemos una célebre expresión de Nietzsche: “Se debería respetar más el pudor con que la naturaleza se ha ocultado detrás de enigmas e inseguridades multicolores. ¿Es tal vez la verdad una mujer que tiene razones para no dejar ver sus razones?”. Encuentro aquí un eco de lo que se desprende del decir de Lacan: la mujer es la verdad por ser no toda. Pero entonces, si el pudor es la esencia de la verdad-mujer: ¿habría acaso en nuestra contemporaneidad una feminización del mundo, como sugieren ciertos autores? Creo más bien que al atravesarse las barreras del pudor y de la vergüenza, asistimos a un ocaso. Dicho de otro modo: el auge de las mujeres es, muchas veces, el auge de lo que se ha llamado la mujer fálica.

Por Silvia Ons *
* Extractado del artículo “El trasero no es el rostro”, en Violencia/s, de reciente aparición (Ed. Paidós).
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–Usted dice que hoy la realidad misma se ha hecho capitalista y “no deja nada afuera”. ¿Cómo entender entonces las experiencias de resistencia?

–Cuando digo que la realidad y el capitalismo coinciden, y que por tanto, no queda nada afuera, no hago un discurso de la impotencia, del no se puede ya hacer nada. Evidentemente que existen experiencias de lucha. Evidentemente que se sigue luchando, porque en muchas ocasiones la vida obliga a luchar. Eso es innegable. La pregunta clave es si estas experiencias de lucha –desde la resistencia a la precariedad y a la exclusión pasando por el “No a la guerra”– abren verdaderamente caminos de liberación. Más bien parece que no es así. Una sensación generalizada de impotencia y de escepticismo paralizante se extiende y nos acompaña. Eso es lo que deseo combatir y creo que la tesis de la coincidencia entre capitalismo y realidad es, paradójicamente, un buen punto de partida ya que contiene el mínimo autoengaño necesario para luchar.

–¿En qué sentido?

–La tesis que afirma la coincidencia entre realidad y capitalismo es una tesis histórica, filosófica y política. Histórica porque señala nuestra entrada en la época global y explica, asimismo, el proceso que ha conducido a ella; filosófica, porque considera que esta realidad hecha una con el capitalismo, esta realidad única, y que a la vez se indetermina en sus múltiples caras (evanescente, oculta, obvia), se ha convertido en nuestro problema fundamental; y política, ya que la realidad se constituye en nuestro problema en la medida que queremos cambiarla. La tesis de la coincidencia entre capitalismo y realidad plantea, en definitiva, la pregunta fundamental: ¿es posible intervenir políticamente de un modo crítico y radical en una época pospolítica, es decir, en una época que parece haber bloqueado todo intento de verdadera transformación social?

–¿Cómo contesta usted esa pregunta?

–Es válido y más cierto que nunca, que vivir significa resistirse al poder, a los hechos, a la realidad. Lo que sucede es que esta resistencia se ha hecho más complicada ya que somos íntimamente capitalismo: nuestra vida, la vida de cada uno, es profundamente capitalista. Pero, a la vez que aumentan las dificultades a la hora de resistir –y ésa es una constatación ampliamente compartida– la propia resistencia se hace necesariamente más radical. Más radical en el sentido de que hay que ir a la raíz de lo que somos, partir de nuestro querer vivir. En otras palabras, resistir es cada vez más resistir(se). Este pequeño desplazamiento es fundamental. La reflexividad que el castellano nos permite introducir en el verbo “resistir” es la marca en el lenguaje de lo que decimos y también una vía de salida.

–Desde esta perspectiva, ¿cuál es la lectura y/o el balance de luchas recientes en las que usted ha participado tales como la ocupación de viviendas y las manifestaciones contra la guerra?

–Las experiencias de lucha de las que habla, en cierta medida prolongan lo anterior. Creo que las luchas más interesantes de los últimos años son las que han sabido inventar gestos radicales. Un gesto radical no es una gesticulación claro está. Es una práctica que sostenida en el tiempo permite interrumpir las relaciones de sentido, de poder y de explotación. Tomemos un ejemplo: la ocupación de un edificio deshabitado. Cuando se ocupa colectivamente un edificio para convertirlo en centro social, se pone en marcha un gesto que afirma: “esto es un espacio de libertad y de vida”. Lo que constituye una auténtica provocación, pero todo gesto radical es siempre, por lo menos al comienzo, una provocación. La ocupación implica, en verdad, un proceso de desocupación del espacio. El espacio ocupado se vacía de “relaciones mercantiles, de relaciones de poder” evidentemente hasta cierto punto. Más allá del éxito o fracaso del ciclo de la ocupación –me estoy refiriendo a Europa– está claro que la ocupación al emplear el espacio como palanca interrumpe el funcionamiento de la realidad, la ataca. El movimiento antiglobalización, por su parte, tuvo su momento de mayor éxito cuando pudo plasmar el gesto radical que defendía: “esta cumbre de jefes de Estado no va a tener lugar”. Y este ejemplo es interesante para mostrar la poca importancia de las argumentaciones y, en definitiva, de la consigna “otro mundo es posible”. Lo crucial era el gesto radical que desbarataba el enfrentamiento medido en términos de correlación de fuerzas y acorralaba al poder. Por eso en Génova el poder tuvo que matar como única manera de cortar un movimiento que escapaba a su control.

–¿Habría entonces diversos tipos de gestos que confluyen en el ataque a la realidad?

–Ciertamente hay más gestos radicales y no todos son comparables. Algunos abren verdaderamente espacios del anonimato al territorializarse. Otros no superan el límite que la provocación lleva en sí misma. En todo caso lo que me parece interesante es que los gestos radicales asociados a estas experiencias de lucha, y otros muchos que colectivamente puedan inventarse, atacan la realidad. Atacan la realidad por cuanto ponen la interrupción en un primer plano. Interrupción como he dicho de las relaciones de poder, etc. Pero sobre todo, interrupción del sentido común. El sentido común es lo que, en última instancia, permite que la obviedad proteja la realidad. Por eso atacar la realidad es antes que nada agujerear la obviedad.

–El poder hoy, según su último libro, se expresa y actúa como “poder terapéutico”. ¿Qué significa? ¿Por qué logra ser efectivo de este modo?

–La realidad que nos oprime es la propia realidad que construimos viviendo. O lo que es lo mismo, la realidad se construye a partir de la movilización de nuestra vida. Hoy cada uno de nosotros es una vida movilizada que tiene que hacer un esfuerzo inmenso para constituirse y no caer en la muerte social de la exclusión. Ciertamente no todas las vidas son iguales y la movilización es estratificadora. Unos son emprendedores (empresarios de sí mismos), otros precarios o simples marionetas, otros sombras estigmatizadas. Pero en todos los casos, vivir no es vivir. Vivir es gestionar la propia vida. Esta gestión puede ser la simple gestión de un currículum vitae o la dura supervivencia por salvar la propia vida. Lo que sí es común es el hecho decisivo de que la movilización –una movilización que tiene un carácter global– tritura nuestras vidas. Por esa razón el poder tiene que convertirse en poder terapéutico, y la política en gestión (productiva) de ese malestar. La política se aproxima a la terapia ya que su función consiste en mantenernos con el mínimo de vida, en capitalizar nuestra vulnerabilidad. En esta sociedad estamos condenados a ser tan sólo una vida sostenible al borde de la crisis. O dicho más concretamente: el poder terapéutico tiene como objetivo principal imponer la persistencia del ser precario que es el único ser que podemos ser. El ser precario tiene que persistir porque comporta un tipo de vulnerabilidad que produce el máximo de beneficios para el capital. La precariedad no es por tanto meramente laboral. La precariedad configura nuestro ser y transforma el hecho mismo de vivir. En definitiva, el poder se hace terapéutico para permitirnos aguantar. “Aguantar” quiere decir funcionar como piezas de esta movilización insensata en la que se (auto)reproduce esa realidad obvia.

–¿Cómo se ubica en relación con el más clásico poder represivo?

–Es importante aclarar que el poder terapéutico no es solamente la medicalización generalizada. En la escuela al niño hiperactivo se le dan medicamentos para calmarlo; tomamos somníferos para poder dormir e ir a trabajar; tomamos antidepresivos cuando estamos sencillamente tristes. El poder terapéutico gestiona, como ya hemos dicho, nuestra vulnerabilidad. Hace que nuestra vida privada no nos ahogue, hace que sea más soportable. Esto en el mejor de los casos. A menudo, el poder terapéutico es el mero reciclaje de las vidas que sobran. El poder terapéutico, no es en absoluto un poder blando si bien su modo de reprimir es distinto. Incluso en ocasiones podemos hablar de un verdadero estado de excepción terapéutico. ¿Qué es si no lo sucedido en México y Argentina con la gripe A?

–¿Se puede decir que el malestar como “cuestión social” ha reemplazado a lo que este término clásicamente refería: el problema de los pobres y los marginales? ¿Por qué?

–Creo que una de las conclusiones más importantes de lo que llevamos dicho es el nuevo estatuto de la vida. Al confundirse la movilización global con el propio vivir, la vida misma se convierte en una cárcel. La propia vida se constituye como la forma de dominio más perfecta. Entonces la crítica de la economía política se queda corta por mucho que se hable de biopoder, ya que estamos más allá de la economía política desde el momento en que hemos puesto la realidad como nuestro verdadero problema político. Es viviendo como reproducimos esta realidad obvia y capitalista que se nos cae encima y nos oprime. Pero a continuación hay que añadir, en seguida, que si bien la vida es la forma misma del dominio, también constituye el campo de batalla. Y aquí es donde aparece la cuestión del malestar social. La movilización global que (re)produce esta realidad, que nos clava en el cuerpo la marca (comercial) que somos, genera profundo malestar. Las enfermedades del vacío (depresión, estados de pánico, etc.) se extienden de modo epidémico, en la misma medida que lo hace la precarización. Y con la movilización global una nueva cuestión social se abre paso: el malestar. Pero no hay que confundirse. El malestar no es un simple estado psicológico. El malestar es querer vivir y no poder hacerlo. Y la dificultad máxima que nos encontramos al querer vivir es la pobreza. En nuestro mundo globalizado, la miseria de la abundancia es también la abundancia de la miseria. Nuestro malestar nace de la imposibilidad de ser dueños de nuestra propia vida, de la imposibilidad de expresar una resistencia común y liberadora contra esta permanente movilización en que se ha convertido la vida. Ahora podemos reformular nuestro objetivo: atacar la realidad es politizar el malestar social, politizar nuestro estar-mal. Lo que nos llevaría necesariamente a plantearnos qué es politizarse hoy.

–En este sentido, usted habla de la fuerza del anonimato como arma política, ¿por qué? Usted incluso sugiere una relación con el. “¡Que se vayan todos!” argentino ¿Cómo sería?

–Sí, la fuerza del anonimato es para mí fundamental. La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿existe una fuerza política que pueda atacar esta realidad que tan sólo hemos empezado a definir? Si analizamos algunas experiencias de resistencia de los últimos tiempos, siempre nos encontramos con un fuerte componente anónimo. Anónimos son los que en las periferias de París queman coches, anónimos son los que salieron a la calle en Madrid con ocasión del atentado del 11-M del 2004 a manifestarse contra Aznar, anónimos eran los argentinos que exigían que todos los políticos se fueran. Podríamos poner más ejemplos. La novedad de estos movimientos reside en que no se trata de sujetos políticos en un sentido clásico porque no buscan un reconocimiento político mediante la visibilización. Al contrario, estos movimientos huyen de la forma sujeto, y se constituyen como verdaderos espacios del anonimato, como agujeros negros abiertos en la realidad. La política tradicional que persigue siempre hacer inteligible la realidad se halla impotente frente a ellos. Por lo demás, la izquierda más radical a menudo tampoco sabe qué hacer con ellos ya que siempre los ven como deficitarios, como incapaces de hacer política puesto que no poseen un proyecto político definido. Y ésa es, en cambio, su fuerza. Si la fuerza del anonimato puede desfigurar la realidad es precisamente por ser una fuerza anónima. Una fuerza anónima es una fuerza extraña y paradójica cuyo máximo poder se basa en su no-poder. La fuerza del anonimato, en el fondo, no es más que la fuerza del querer vivir. Atacar la realidad es clavar en ella un espacio del anonimato. ¿Y qué son los espacios del anonimato? Son todo y son nada. Son el ritmo repetido del gesto radical que ha interrumpido la movilización global. Son los espacios en los que la gente pierde el miedo y hace de su querer vivir un desafío.

–Finalmente, ¿a qué se refiere con la propuesta de una “política nocturna”?

–Con el término política nocturna intento sintetizar la propuesta que he presentado. La política nocturna –como la propia palabra lo indica– se sitúa más allá del proyecto ilustrado, o dicho más concretamente, más allá de la crisis de las categorías políticas modernas. Estado-nación, democracia, sujeto político, son categorías en crisis, porque la misma noción de espacio político está en crisis. La política moderna era un intento de hacer inteligible lo social, y esa inteligibilidad suponía una visibilización que pasaba siempre por la forma de la representación. La política moderna más revolucionaria comprendía ese proceso de representación bajo un horizonte emancipatorio que debía hacerse realidad algún día. La política nocturna dice que ese día no llegará, que tenemos que olvidarnos de los horizontes, y que eso, paradójicamente, nos hará más libres porque nos va a permitir luchar.

–¿Es una política disutópica entonces?

–En el fondo la política nocturna es una política desesperada. Desesperada por encontrar algo en lo que creer. Pero la política nocturna va a encontrar en el querer vivir esa idea en la que creer, porque al final sólo queda creer en lo que nos hace vivir. ¿Y lo que nos hace vivir no es precisamente el querer vivir? La política nocturna es por tanto una política del querer vivir. Su caja de herramientas está formada por gestos radicales, travesías del nihilismo, tierras de nadie que desafían la realidad. Articulada en torno de la tríada fuerza del anonimato-interioridad común-espacios del anonimato, quiere hacer del querer vivir de cada uno un desafío colectivo. Y así sabotear la realidad. Sabotear la realidad para liberarnos del poder, aunque por encima de todo tenemos que liberarnos de lo que somos. De lo que la realidad nos obliga a ser.

Por Veronica Gago
 

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Domingo, 23 Agosto 2009 09:20

Capitalismo estilo Sarah Palin

Estamos en una época progresista, una época en la cual el suelo se mueve debajo de nuestros pies, y cualquier cosa es posible. Lo que hace un año considerábamos que era inimaginable decir y esperar, ahora es posible. En tiempos como éstos, es esencial que tengamos la mayor claridad posible acerca de qué queremos, porque en una de esas lo conseguimos. Así que las apuestas son elevadas.

Hoy en día, en los discursos normalmente hablo sobre el rescate (bancario). Todos necesitamos entenderlo porque se está llevando a cabo un robo, el mayor atraco en la historia monetaria. Pero hoy quisiera abordarlo de otro modo: ¿qué tal que el rescate sí funcione, qué tal que sí salvan al sector financiero y la economía regresa al curso que llevaba antes de que estallara la crisis? ¿Es eso lo que queremos? ¿Y cómo se vería ese mundo?

La respuesta es que se vería como Sarah Palin. Escuchen mis argumentos, no es un chiste. Creo que no hemos prestado suficiente atención al significado del momento Palin. Piénsenlo: Se subió al escenario mundial como candidata vicepresidencial el 29 de agosto, con mucha fanfarria, en un mitin de campaña de McCain. Exactamente dos semanas después, el 14 de septiembre, Lehman Brothers colapsó, y desencadenó el derrumbe financiero global.

Así que de cierta manera Palin fue la última expresión clara del capitalismo-de-más-de-lo-mismo antes de que todo se viniera abajo. Eso es bastante útil porque nos mostró –a su manera, llana, campechana– la trayectoria por la cual iba la economía estadunidense antes del actual colapso. Al ofrecernos este vistazo al futuro que apenas evitamos, Palin nos da la oportunidad de plantear una pregunta esencial: ¿Queremos ir ahí? ¿Queremos salvar ese sistema pre crisis, regresarlo a donde estaba el pasado septiembre? ¿O queremos utilizar esta crisis y el mandato electoral de hacer un cambio en serio que se obtuvo en la pasada elección, para transformar radicalmente ese sistema? Ya debemos tener clara nuestra respuesta porque no hemos tenido la potente combinación de una crisis seria y un claro mandato democrático progresista por un cambio desde los años 30. Usamos esta oportunidad o la perdemos.

Así que, ¿qué nos estaba diciendo Sarah Palin acerca del capitalismo-de-más-de-lo-mismo antes de que el colapso la interrumpiera de modo tan grosero? Primero recordemos que antes de que llegara, el público estadunidense, al fin, estaba comenzando a aceptar la urgencia de la crisis climática, el hecho de que nuestra actividad económica está en guerra contra el planeta, que hace falta de inmediato un cambio radical. De verdad estábamos teniendo esa conversación: los osos polares estaban en la cubierta de la revista Newsweek. Y luego, hizo su aparición Sarah Palin. La esencia de su mensaje fue: esos ecologistas, esos liberales, esos hacedores-de-bien están equivocados. No tienes que cambiar nada. No tienes que repensar nada. Sigue conduciendo tu coche que se chupa la gasolina, sigue yendo a Wal-Mart y compra todo lo que quieras. La razón de esto es un lugar mágico llamado Alaska. Simplemente vengan y llévense todo lo que quieran. “Estadunidenses”, dijo durante la Convención Nacional Republicana, “necesitamos producir más de nuestro propio petróleo y gasolina. Se los dice una chica que conoce el North Slope of Alaska: tenemos un montón de ambos”.

Y la gente en la convención respondió, coree y coree: “Taladra, nena, taladra”. Al mirar esa escena en televisión, con esa extraña y espeluznante mezcla de sexo, petróleo y patrioterismo, recuerdo haber pensado: “Guau, la convención se transformó en un mitin en favor de chingarse al planeta Tierra.” Literalmente.

Pero lo que Palin decía implicaba algo que forma parte del mismísimo ADN del capitalismo: la idea de que el mundo no tiene límites. Lo que decía implicaba que no hay tal cosa como consecuencias o déficits en el mundo real. Porque siempre habrá otra frontera, otra Alaska, otra burbuja. Simplemente sigue adelante y descúbrelo. El mañana nunca llega.

Ésta es la mentira más reconfortante y peligrosa: la mentira de que el crecimiento perpetuo y sinfín es posible en nuestro planeta finito. Y tenemos que recordar que este mensaje fue increíblemente popular en esas primeras dos semanas, antes de que Lehman colapsara. A pesar del historial de Bush, Palin y McCain tomaban la delantera. Y si no hubiera sido por la crisis financiera y por el hecho de que Obama comenzó a hacer conexión con los votantes de la clase trabajadora al poner en el banquillo de los acusados la desregulación y la economía de goteo (de arriba hacia abajo), quizá habrían ganado.

El presidente nos dice que quiere mirar hacia delante, no hacia atrás. Pero para poder confrontar la mentira del crecimiento perpetuo y la abundancia sin límite que está en el centro de las crisis del medio ambiente y financiera, tenemos que mirar hacia atrás. Y tenemos que mirar muy atrás, no sólo a los pasados ocho años de Bush y Cheney, sino a la fundación misma de este país, a la idea del estado de colonos.

El capitalismo moderno nació con el llamado descubrimiento de las Américas. El pillaje de los increíbles recursos naturales de las Américas generó el exceso de capital que hizo posible la revolución industrial. Los primeros exploradores hablaron de esta tierra como la Nueva Jerusalén, una tierra con una abundancia sin fondo, ahí para ser tomada, tan vasta que el pillaje nunca tendría que terminar. Esta mitología está en nuestras historias bíblicas –de inundaciones y comienzos nuevos, de éxtasis y rescates– y está en el centro del sueño americano de la constante reinvención. Este mito nos dice que no tenemos por qué vivir con nuestros pasados, con las consecuencias de nuestras acciones. Siempre podemos escapar, comenzar de nuevo.
 
Imagen de archivo de la ex candidata a la vicepresidencia de EUFoto Ap
Claro, estas historias siempre fueron peligrosas para la gente que ya vivía en las tierras “descubiertas”, para la gente que la trabajaba como mano de obra forzada. Pero ahora el planeta nos dice que ya no podemos darnos el lujo de estas historias de eternos nuevos comienzos. Por eso es tan significativo que justo en el momento en el cual cobró vida cierto instinto de supervivencia humana y finalmente parecía que aceptábamos que la Tierra tiene límites naturales, llegó Palin, la nueva y reluciente encarnación de la mujer colonialista del territorio salvaje: vengan a Alaska. Siempre hay más. No piensen, nomás tomen.

Esto no se trata sobre Sarah Palin. Es sobre el significado de este mito del constante “descubrimiento”, y lo que nos dice sobre el sistema económico en el que gastan billones de dólares para salvar. Lo que nos dice es que el capitalismo, si se le deja, nos empujará más lejos del punto del cual el clima se pueda recuperar. Y, a toda costa, el capitalismo evitará una seria rendición de cuentas, ya sea de sus deudas financieras o sus deudas relacionadas con el medio ambiente. Porque siempre hay más. Un nuevo y rápido arreglo. Una nueva frontera.

Ese mensaje se lo compraban, como siempre ocurre. Fue sólo cuando la bolsa de valores se derrumbó que la gente dijo: “Quizá Sarah Palin no sea una buena idea esta vez. Vayámonos con el tipo inteligente para surcar la crisis”.

Casi siento que nos dieron una última oportunidad, una especie de aplazamiento. Trato de no ser apocalíptica, pero los textos científicos sobre el calentamiento global que leo, asustan. Esta crisis económica, tan terrible como es, nos jaló del precipicio ecológico del cual estábamos a punto de salir volando con Sarah Palin y nos dio un poquito de tiempo y espacio para cambiar el curso que llevábamos. Y creo que es significativo que cuando pegó la crisis hubo casi una sensación de alivio, como si la gente supiera que estaba viviendo más allá de sus posibilidades económicas y los hubieran cachado. De pronto teníamos permiso para hacer cosas juntos más allá de ir de compras, y eso resonó profundamente.

Pero no estamos libres del mito. La intencionada ceguera que Sarah Palin representa tan bien, está incrustada en la manera en que Washington responde a la crisis financiera. Hay una total negación a ver qué tan mal está la cosa. Washington prefiere aventar billones de dólares en un hoyo negro en vez de averiguar qué tan profundo está. Así de intencionado es el deseo de no saber.

Y vemos muchas otras señales de que la vieja lógica vuelve. Los salarios de Wall Street regresaron casi a los niveles de 2007. Hay cierta electricidad en las afirmaciones de que la bolsa de valores repunta. “¿Podemos dejar de sentirnos culpables?”, prácticamente puedes escuchar que preguntan los comentaristas en televisión por cable. “¿Ya regresó la burbuja?”

Y quizá tengan razón. Esta crisis no va a matar al capitalismo o siquiera cambiarlo sustancialmente. Sin una enorme presión popular en favor de la reforma estructural, se comprobará que la crisis sólo fue un muy doloroso ajuste. El resultado será una desigualdad aún mayor que la anterior a la crisis. Porque está muy, muy difícil que todas las millones de personas que perdieron su empleo y su hogar los vayan a recuperar. Y la capacidad manufacturera es muy difícil de reconstruir una vez que ha sido subastada.

Es apropiado llamar a esto un “rescate”. Los mercados financieros son rescatados para evitar que el barco del capitalismo financiero se hunda, pero no están sacando agua. Sino gente. Son personas las que avientan por la borda en nombre de la “estabilización”. El resultado será un navío más angosto y más mezquino. Mucho más mezquino. Porque una profunda desigualdad –los super ricos viviendo al lado de los económicamente desesperados– requiere de un endurecimiento de los corazones. Necesitamos creer que somos superiores a aquellos que son excluidos para tolerar la situación. Así que este es el sistema que están salvando: el mismo, sólo que más mezquino.

Y la pregunta que enfrentamos es: ¿nuestro trabajo debería ser rescatar este barco, el mayor barco pirata que jamás existió, o hundirlo y remplazarlo con una barca más sólida, una con espacio para todos? Una que no necesite de estas purgas rituales, durante las cuales aventamos por la borda a nuestros amigos y vecinos para salvar a las personas que viajan en primera clase. Una que comprenda que la Tierra no tiene la capacidad como para que todos vivamos mejor y mejor. Pero sí tiene la capacidad, como recientemente dijo el presidente boliviano Evo Morales, en Naciones Unidas, “para que todos vivamos bien”.

Porque, no se equivoquen: el capitalismo estará de regreso. Y el mismo mensaje regresará, aunque quizá haya alguien nuevo vendiéndolo: no necesitas cambiar. Sigue consumiendo todo lo que quieras. Hay bastante más. Taladra, nena, taladra. Quizá haya alguna solución tecnológica que haga que desaparezcan todos nuestros problemas.

Y por eso, ahora debemos ser absolutamente claros. El capitalismo puede sobrevivir esta crisis. Pero el mundo no puede sobrevivir otra vuelta del capitalismo.

Por Naomi Klein.

El texto es una adaptación de un discurso pronunciado el 2 de mayo de 2009, en la conferencia del centenario de la revista The Progressive y publicado en la edición de agosto de 2009.

Traducción: Tania Molina Ramírez.

http://naomiklein.org
 

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Fareed Zakaria, editor de Newsweek International, ha escrito un ensayo intitulado “El manifiesto capitalista: La codicia es buena (hasta cierto punto)”, que se propone expresar alivio porque el pánico generado por la crisis financiera global se esté aflojando e infundir confianza en que, a pesar de todos sus defectos, el capitalismo es todavía “la máquina económica más productiva que hayamos inventado hasta la fecha”.

El problema con esta afirmación es que, de nuevo, lejos de que haya terminado la crisis, ésta sólo se comienza a desarrollar.


Zakaria comienza por reconfortarse con el hecho de que todas las crisis financieras de los últimos 20 años hayan sido superadas, llevando a más crecimiento económico. El crash del mercado bursátil de 1987 resistió las predicciones de un retorno a la Gran Depresión y “resultó ser un accidente en el camino hacia un auge aún mayor y más prolongado.” La crisis financiera asiática de 1997 no condujo a una depresión global. En su lugar, las economías asiáticas “repuntaron dentro de dos años.” El colapso de Long Term Capital Management en 1998, descrito por el secretario del Tesoro de EE.UU. de entonces, Robert Rubin, como “la peor crisis financiera en 50 años,” no llevó al fin de los hedge funds. Más bien han “expandido masivamente” desde entonces.


¿Cómo fueron superadas esas crisis anteriores? Como señala Zakaria, el presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan siempre presentó la misma solución: reducción de los tipos de interés y suministro de dinero fácil, creando una serie de activos de burbujas. Cuando la crisis de las hipotecas de alto riesgo se desarrolló en 2007, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke siguió el mismo procedimiento. Sin embargo, en esta ocasión, las reducciones de las tasas de interés no aliviaron la crisis. La Reserva Federal inició sus inyecciones de liquidez en agosto de 2007, pero la situación sólo empeoró. El banco de inversiones Bear Stearns quebró en marzo de 2008, seguido por el colapso de Lehman Brothers en septiembre y, para fines de 2008, a pesar de masivas inyecciones de liquidez, los cinco bancos de inversión de Wall Street habían colapsado o se habían visto obligados a reestructurar. El sistema financiero global estaba al borde de la catástrofe.


Esto demuestra por sí solo que, lejos del feliz escenario pintado por Zakaria – esta crisis es como las otras desde 1987 – el colapso que comenzó en 2007 marcó un giro cualitativo en un proceso continuo.


Zakaria se ve obligado a reconocer que el sistema financiero global ha estado “sufriendo crashes con más frecuencia durante los últimos 30 años que en ningún período comparable de la historia.” Pero insiste en que el problema no tiene que ver con el sistema de beneficios en sí. “Lo que estamos experimentando no es una crisis del capitalismo. Es una crisis de las finanzas, de la democracia, de la globalización y en última instancia de la ética.”


En primer lugar, la separación del capitalismo de cada uno de estos fenómenos es absurda – como si el modo capitalista de producción pudiera ser de alguna manera extraído de la situación histórica en la cual está situado; como si no conformara el entorno socio-político en el que opera, incluida la ética imperante.


Examinemos a su vez cada una de las explicaciones de Zakaria para la crisis. Insiste, junto con muchos otros, en que la falla tiene que ver con la operación del sistema financiero.


“Las finanzas fracasaron, o para ser más preciso, fracasaron los financistas. En junio de 2007, al comenzar la crisis Coca-Cola, PepsiCo, IBM, Nike, Wal-Mart y Microsoft dirigían todos sus compañías con balances sólidos, y estaban gastando con prudencia, conservando dinero para mantener una protección para una posible depresión.”

La separación de las finanzas (el lado malo) del resto de la economía capitalista (el lado bueno) tiene una larga historia. Fue hecha suya por Marx en su desdeñosa crítica de Proudhon, el pequeño burgués anarquista francés, hace más de 150 años. Como Marx explicara entonces, el lado “malo” no puede ser separado del “bueno”, especialmente ya que resulta que, las más veces, el lado “malo” es la fuerza impulsora del desarrollo histórico. Y es el caso en la situación actual. El desarrollo del capitalismo estadounidense – y de la economía global – se ha basado en los vastos cambios asociados con los procesos de financialización que comenzó en los años ochenta.


Unas pocas cifras ilustran lo que ha ocurrido. En 1980, las firmas financieras representaban cerca de un 5% de los beneficios totales de las corporaciones. En 2006 esto había aumentado a cerca de un 40%. En una escala global, los activos financieros en 1980 equivalían aproximadamente en valor al producto interno bruto del mundo. Veinticinco años después constituían un 350% del PIB global. En el corazón de esta transformación ha estado la acumulación de la deuda del sector financiero en la economía de EE.UU. Aumentó de un 63,8% del PIB en 1997 a 113,8% en 2007 – resultado de que los bancos y las corporaciones financieras se hayan endeudado aún más a fin de financiar sus operaciones financieras basadas en deudas.


El alza renovada de la financialización no fue sólo una decisión política, sino una reacción a una crisis en el proceso de acumulación capitalista que se había desarrollado a fines de los años sesenta y en la década de los setenta. Ante una caída en la tasa de beneficio, el capitalismo estadounidense emprendió a partir de los años setenta un importante programa de reestructuración. Involucró la destrucción de amplios sectores de la industria manufacturera, un ataque concertado contra la posición social de la clase trabajadora, el desarrollo de la subcontratación en el extranjero y del uso de contratistas para aprovechar fuentes más baratas de mano de obra, y un giro hacia la manipulación financiera, como ser adquisiciones hostiles y fusiones, como fuente de beneficios.

 

Nuevo modo de acumulación


La transformación de la economía estadounidense en los años ochenta presenció la emergencia de un nuevo modo de acumulación, en el que los beneficios se hicieron mediante la apropiación, a través de métodos financieros, de riqueza ya creada. Históricamente, la riqueza había sido acumulada en la economía de EE.UU. mediante la inversión, el comercio y la manufactura. Ahora la fuerza impulsora de la acumulación fue el aumento de los precios de los activos. Esto ha determinado la forma de la economía de EE.UU., y la acumulación de beneficios por todos los sectores del capital – incluso aquellos que no estaban directamente conectados con las finanzas.


En los años cincuenta y sesenta, las firmas manufactureras basadas en la producción en línea de montaje no constituyeron el mayor componente de la economía estadounidense. Pero los vastos aumentos en rentabilidad posibilitados por estos métodos crearon las condiciones en las cuales podían expandir todos los sectores del capital. Era una sociedad dominada por lo que los sociólogos han llamado un “régimen fordista” en el cual, como señaló genialmente el antiguo presidente de General Motors, Charles Wilson, “lo que era bueno para el país era bueno para General Motors y viceversa.”


En los últimos 25 años, el papel fundamental que otrora tuvo la manufactura en línea de montaje en la economía estadounidense ha sido asumido por el capital financiero.


No importa cuán sana o bien dirigida sea una firma capitalista, la acumulación de beneficio es un proceso social. Cada firma depende para su expansión del crecimiento de la economía en su conjunto. Y en EE.UU., el capital financiero ha sido la fuerza conductora.


Todo intento de separar el lado “malo” del “bueno” colapsa incluso bajo un estudio superficial. Zakaria apunta a varias corporaciones como parte del lado “bueno” del capital estadounidense. Una de ellas es Microsoft. Pero una de las fuentes principales de los beneficios de Microsoft han sido las ventas de los computadores y los programas de software que han impulsado el sector financiero. Consideremos Nike y Wal-Mart. Se han beneficiado de la explotación de mano de obra barata en China y otros países, bajo las condiciones de una producción globalizada. Pero esas operaciones, que involucran complejas relaciones financieras, habrían sido imposibles sin el crecimiento de los derivados financieros. Al mismo tiempo, Nike y Wal-Mart no hubieran seguido siendo lucrativas sin el aumento en la deuda del consumidor estadounidense – en gran parte proveniente de las finanzas de la vivienda – que ha sustentado los gastos de consumo estadounidenses ante el estancamiento o disminución de los ingresos reales durante el último cuarto de siglo.


La trascendencia esencial de la crisis financiera global es que marca el resquebrajamiento del modo de acumulación que ha prevalecido durante los últimos 25 años.


Los activos financieros derivan su valor, en última instancia, de su derecho a la producción de riqueza real. Las acciones son un ejemplo obvio. La acción representa el derecho a una porción de un flujo de ingreso generado por una compañía en particular. Pero esa acción puede ser comprada y vendida, y su valor puede aumentar en el mercado en exceso del valor del activo subyacente.


El hecho de que los activos financieros hayan expandido casi cuatro veces en relación con la producción global durante las últimas dos décadas y media significa que no se puede satisfacer todos sus derechos a riqueza real. Esta disparidad es expresada en la emergencia de así llamados “activos tóxicos” en los libros de los bancos e instituciones de crédito – derechos a ingresos y riqueza que carecen esencialmente de valor.


En otras palabras, la crisis no es de liquidez, es decir de falta de suficientes fondos para asegurar el funcionamiento de un sistema que de otra manera es sano, sino de insolvencia. Sus dimensiones son indicadas por el hecho de que para restaurar la paridad que existía en 1980 entre el valor de los activos financieros y el PIB global significaría la eliminación de valores de activos financieros equivalentes a dos veces el PIB global.


Esas cifras dejan claro el significado del rescate y de los paquetes de estímulo lanzados por gobiernos en todo el mundo. No tienen nada que ver con el mantenimiento de los puestos de trabajo y los estándares de vida de la clase trabajadora. Más bien, apuntan a transferir al Estado la mayor cantidad posible de las masivas deudas y “activos tóxicos” acumulados por las corporaciones financieras y los bancos.


Esta operación de rescate estatal es precisamente lo que ha impulsado los mercados bursátiles durante los últimos tres meses y ha posibilitado el suspiro de alivio de Zakaria. Como señaló un reciente artículo en el

Wall Street Journal, uno de los principales motivos para el repunte de más de un 30% es “de una simpleza apabullante.” Los mercados financieros están “repletos de dinero del gobierno” como resultado del mayor estímulo financiero combinado que el mundo haya visto en nuestros tiempos.


El gobierno de EE.UU. ya ha comprometido 12,7 billones de dólares en apoyo del sistema financiero, casi el equivalente el producto interno bruto de ese país. Desde que la crisis financiera se intensificó en septiembre de 2008, los gobiernos en todo el mundo han comprometido 18 billones de dólares en fondos públicos, el equivalente de un 30% del PIB del mundo, para recapitalizar a los bancos. Esto ha llevado a un reventón en su posición fiscal.


En Gran Bretaña, se espera que la deuda del gobierno llegue pronto a un 100% del PIB, mientras que la deuda del gobierno de Japón se orienta hacia un 200% para 2011 y se espera que la deuda gubernamental en EE.UU. llegue a 100% del PIB al mismo tiempo. Según economistas del FMI, para 2014 las ratios de la deuda pública al PIB de las economías del G-20, que incluyen cerca de un 85% de la economía global, habrán aumentado en 36 puntos porcentuales del PIB en comparación con los niveles a fines de 2007.

 

Un nuevo régimen político

El financiamiento gubernamental, sin embargo, no puede continuar indefinidamente. Las deudas incurridas por el Estado para financiar los bancos serán pagadas mediante el recorte de los gastos gubernamentales y los servicios sociales y forzosamente empobrecerán a la clase trabajadora. La escala de este ataque contra las condiciones sociales y los niveles de vida será directamente proporcional al tamaño de las sumas de dinero involucradas. Según un cálculo en Gran Bretaña, el consumo tendrá que ser reducido en por lo menos un 20% de su nivel en 2006-2007 para llegar a comenzar un equilibrio en los libros del gobierno.


Zakaria señala el “aterrador” crecimiento de la deuda gubernamental en EE.UU., especialmente si se incluyen los programas de ayuda social y los compromisos de jubilación, y observa que “nadie ha tratado seriamente de colmar la brecha, lo que puede ser hecho sólo mediante (1) aumento de los impuestos o (2) reducción de los gastos.”


“Es la enfermedad de la democracia moderna: el sistema no puede imponer ningún sufrimiento a corto plazo para obtener ventajas a largo plazo.” Las implicaciones políticas son obvias: es imposible imponer los masivos recortes en gastos y aumentos en ingresos necesarios para eliminar la deuda del gobierno dentro del actual orden político. La reestructuración de las economías de EE.UU. y otras importantes economías capitalistas requiere un régimen nuevo, mucho más represivo.


Zakaria se esfuerza en extremo en su intento de afirmar que el capitalismo no es la causa de la crisis. El verdadero problema, insiste, no es su fracaso, sino demasiado éxito. El mundo se ha estado moviendo hacia “un extraordinario grado de estabilidad política”; no hay una importante competencia militar entre las grandes potencias; la violencia política disminuye. Considerando las guerras que son libradas por EE.UU. en Iraq, Pakistán y Afganistán, una afirmación semejante sólo puede ser descrita como absurda. En cuando al apaciguamiento de la rivalidad entre grandes potencias, basta con apuntar a la constante y creciente preocupación en los círculos responsables de la política de EE.UU. por el ascenso de China.


Sin embargo Zakaria no está dispuesto a permitir que los hechos interfieran con la historia que quiere presentar. La estabilidad política, afirma, ha sido acompañada por una reducción de la inflación, el crecimiento económico y el establecimiento de un sistema económico global. Son estos “buenos tiempos” los que llevaron a la complacencia de la gente y, a medida que bajaba el coste del capital, a más complacencia. “La economía mundial se ha convertido en el equivalente de un coche de carrera – más rápido y más complejo que cualquier vehículo que se haya visto. Pero resulta que nunca alguien había conducido un coche semejante, y nadie realmente sabía cómo hacerlo. De modo que se estrelló.”


¿Y el futuro? “El verdadero problema,” continúa, “es que todavía conducimos ese coche. La economía global sigue siendo altamente compleja, interconectada y desequilibrada. Los chinos todavía acumulan sus superávit y tienen que colocarlos en alguna parte. Washington y Beijing tendrán que trabajar duro para estabilizar lentamente su dependencia mutua para que el sistema no esté siendo preparando para otro choque.”


En otras palabras, aunque la crisis ha pasado, todas las condiciones que la produjeron siguen existiendo, y no están ni cerca de ser resueltas.


Lenin señaló una vez que el poder del marxismo es que es verdad. A veces, incluso conscientes oponentes al marxismo se ven obligados, por la lógica misma de los hechos objetivos, a referirse a procesos que forman el centro del análisis marxista. Estamos ante un caso semejante.


Según Zakaria: “De un modo más amplio, la crisis fundamental que enfrentamos es la propia globalización. Hemos globalizado las economías de las naciones. El comercio, el viaje y el turismo juntan a la gente. La tecnología ha creado cadenas de suministro, compañías y clientes mundiales. Pero nuestra política sigue siendo resueltamente nacional. Esta tensión está al centro de muchos crashes de esta era – una incompatibilidad entre economías interconectadas que producen problemas globales pero ningún proceso político compatible que pueda efectuar soluciones globales.”

El movimiento marxista ha identificado hace tiempo como una de las contradicciones centrales del capitalismo mundial la que existe entre el desarrollo global de las fuerzas productivas por una parte, y el sistema de Estado-nación en el que se basa la superestructura legal y política, por la otra. Esta contradicción es lo que convierte el socialismo, basado en el desarrollo de una economía planificada a escala internacional, en una necesidad histórica. Tal como el orden político feudal tuvo que ser derribado para posibilitar el crecimiento de las fuerzas productivas bajo el capitalismo, actualmente la globalización de la producción ha hecho que el sistema de Estado-nación capitalista sea tan reaccionario y retrógrado como los principados y reinos de hace dos o tres siglos.


Esta contradicción estalló en la primera década del siglo pasado en la forma de la Primera Guerra Mundial. Ahora ha aparecido de nuevo, a un nivel aún más elevado. Sólo puede ser resuelta por la toma del poder político por la clase trabajador a escala global, de otra manera la humanidad enfrenta guerras y crisis económicas potencialmente más devastadoras que las que caracterizaron las primeras cinco décadas del Siglo XX.


Zakaria pide une mejor coordinación internacional. Pero la propia lógica objetiva del sistema capitalista impulsa los eventos en la dirección opuesta. La producción capitalista es realizada a escala global. Su propósito no es satisfacer necesidades humanas, sino acumular ganancias privadas. Cuando la acumulación se expande, los diferentes sectores del capital, como señaló Marx, operan como una especie de fraternidad, dividiendo los despojos entre ellos. Cuando el sistema se rompe y ya no se convierte en una cuestión de repartir beneficios, sino de tratar de evitar pérdidas, estalla una lucha violenta. Una ruptura semejante ya no involucra simplemente luchas competitivas intensificadas en el mercado, como lo hizo en el Siglo XIX, sino, con el vasto crecimiento de la industria y las finanzas capitalistas, las crisis económicas llevan inevitablemente a la participación directa del Estado capitalista.


Es lo que ocurrió el año pasado. Después del colapso de Lehman Brothers en septiembre, cuando el sistema bancario y financiero estaba amenazado por la catástrofe, todos los gobiernos del mundo reaccionaron, no mediante el trabajo por una acción coordinada a escala global, sino para proteger su “propio” sistema bancario, lo que llevó a conflictos inmediatos. En los meses desde entonces, las diferencias sólo se han ampliado. Los alemanes y los franceses son hostiles a los rescates del gobierno estadounidense porque temen, correctamente, que permitirán que los bancos de EE.UU. mantengan su posición global dominante. El gobierno estadounidense, por su parte, se opone a llamados por más regulación, porque apuntan a las finanzas de EE.UU. El gobierno británico, no quiere introducir regulaciones más duras por temor a que pongan en peligro la posición de Londres, descrita por el comentarista de Financial Times, John Plender, como “la plaza de juegos de aventura del sistema financiero global.” Esto lleva a la oposición del gobierno alemán, que albergaba esperanzas de que la crisis ofreciera más oportunidades a Frankfurt. Las diversas intervenciones en la industria, asimismo, han agudizado las rivalidades nacionales. El rescate de Opel por el gobierno alemán, por ejemplo, pone en peligro las operaciones en Bélgica, causando incluso preguntas de si podrían haber sido violadas las reglas de un solo mercado europeo.


En cuanto a la coordinación entre EE.UU. y China para resolver los desequilibrios monetarios internacionales, el banco central chino ha llamado dos veces en los últimos tres meses a que el sistema financiero internacional sea reestructurado y que el dólar sea reemplazado como la moneda de reserva mundial. Si eso tuviera lugar, causaría una rápida decadencia en la posición global del capitalismo estadounidense, que ha gozado de enormes ventajas por el papel del dólar como divisa mundial.


A falta de cooperación internacional, advierte Zakaria, habrá “más crashes, y eventualmente puede haber una retirada de la globalización hacia la seguridad – y el lento crecimiento – de economías nacionales protegidas.” El desarrollo de una situación semejante en los años treinta condujo directamente a la Segunda Guerra Mundial. Tendría consecuencias aún más catastróficas en la actualidad.


Al final, Zakaria concluye que una “crisis moral” podría “hallarse en el centro de nuestros problemas.” La mayor parte de lo que sucedió durante la última década fue legal pero “muy poca gente actuó con responsabilidad.” Sin embargo, continúa, algo semejante no sucedió porque “repentinamente los empresarios se hayan hecho más inmorales. Forma parte de la apertura y de la creciente competitividad del mundo de los negocios.”


Zakaria prefiere no entrar en detalles al respecto, porque al hacerlo dejaría demasiado claro que esa “crisis moral” es en sí una expresión de la crisis de la economía capitalista.


Los procesos mismos asociados con el ascenso del capital financiero han hecho cada vez más confusa la línea divisoria entre legalidad e ilegalidad, para no hablar de moralidad e inmoralidad.


En el mundo de las transacciones financieras multimillonarias que involucran el uso de complejos derivados, donde el valor de un activo financiero puede ser alterado mediante el cambio del valor de una u otra de las variables en el modelo matemático en el que se basa; donde mientras más complejo y poco claro sea un derivado financiero, más grande será el beneficio obtenido por el vendedor; donde vastas fortunas pueden ser hechas mediante el juego financiero, y donde una firma que no emplee los últimos métodos dudosos para mejorar sus resultados enfrenta la posibilidad de ser tragada por un liquidador de activos financiados con bonos basura, ¿ética a qué precio?


Además, el crecimiento de una oligarquía financiera que domina y controla todo el sistema político, significa que cualquier reforma racional del actual orden es imposible, incluso si hubiera una solución disponible.


Las fuerzas productivas de la economía global – el complejo y poderoso coche de carrera, para utilizar la analogía de Zakaria – creadas por el trabajo intelectual y físico combinado de la clase trabajadora del mundo, se han desarrollado en una escala inmensa. Pero ya no pueden ser dejadas en manos de una elite gobernante que ha perdido el derecho histórico, político y moral de permanecer al volante. Por eso una revolución socialista, y la transferencia del poder político a manos de la clase trabajadora, se han convertido en una necesidad histórica.

Nick Beams
World Socialist Web Site
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyen

Fuente: http://www.wsws.org/articles/2009/jul2009/zaka-j04.shtml


 

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Para combatir el capitalismo en el Sur es necesario lograr un decrecimiento en el Norte, según el profesor emérito de la Universidad de París Sur XI, Serge Latouche, quien promueve e investiga ese sistema al que define como prácticas alternativas a la destrucción del ambiente y al aumento de la pobreza.

El economista francés propone abandonar "el objetivo del crecimiento por el crecimiento mismo, una meta demente con consecuencias desastrosas para el ambiente", subrayó.

La necesidad de crear una sociedad del "decrecimiento" deriva de la certeza, explica, de que los recursos de la Tierra y los ciclos naturales no pueden sostener el crecimiento económico, la esencia misma del capitalismo y de la modernidad.

En lugar del sistema dominante actual, Latouche propone "una sociedad con una sobriedad asumida, trabajar menos en tener mejores vidas, consumir menos, pero de mejor calidad, producir menos basura y reciclar más", explicó.

La nueva sociedad significa "recuperar el sentido de la mesura y una huella sostenible desde el punto de vista ecológico", señaló Latouche, "y encontrar la felicidad en la convivencia con los demás y no en la acumulación desesperada de aparatos".

Autor de varias obras y artículos sobre la racionalidad occidental, el mito del progreso, el colonialismo y el posdesarrollo, Serge Latouche describe los principales principios de la sociedad del decrecimiento en sus libros "Le Pari de la décroissance" ("La apuesta por el decrecimiento") y "Petit traité de la décroissance sereine" ("Pequeño tratado del decrecimiento sereno"), publicado en 2006 y 2007 respectivamente.

Serge Latouche explicó a IPS de qué se trata la sociedad del decrecimiento.

IPS: ¿Qué características tiene una sociedad del decrecimiento? ¿Existen prácticas actualmente compatibles con su propuesta?

Serge Latouche: Decrecimiento no significa crecimiento negativo. Crecimiento negativo es una expresión contradictoria que sólo revela el domino que la idea de crecimiento ejerce en el imaginario colectivo.

Por otro lado, el decrecimiento no es una alternativa al crecimiento, sino una matriz de alternativas que permitirán reabrir el espacio a la creatividad humana, una vez eliminado el yeso del totalitarismo económico.

La sociedad del decrecimiento no será la misma en Texas, que en (el sureño estado mexicano de) Chiapas ni en Senegal ni en Portugal. El decrecimiento volverá a lanzar la aventura humana hacia una pluralidad de destinos posibles.

Se pueden encontrar los principios del decrecimiento en propuestas teóricas e iniciativas desarrolladas en el Norte y en el Sur.

Por ejemplo, el intento de los neo-zapatistas de Chiapas de crear una región autónoma. También hay experiencias en América del Sur, con indígenas, entre otras, como lo que ocurrió en Ecuador, donde se incorporó a la Constitución el objetivo del Sumak Kausay (buen vivir).

En el Norte también empiezan a propagarse iniciativas que promueven el decrecimiento y la solidaridad.

Las AMAP (Asociaciones para el Mantenimiento de una Agricultura Campesina, en francés, entre grupos de consumidores y granjas locales a fin de abastecerse) son ejemplos de autoproducción como el PADES (Programa de Autoproducción y Desarrollo Social, que implica asumir todas las actividades de producción de bienes y servicios, para sí y para la comunidad, sin contrapartida monetaria).

El movimiento de Ciudades en Transición comenzó en Irlanda y su propagación al resto del mundo puede ser una forma de producción desde abajo, que se asemeja mucho a la sociedad del decrecimiento. Las localidades tratan, primero, de lograr la autosuficiencia energética dado el agotamiento de recursos y, en general, promueven la búsqueda de la resiliencia, (la capacidad de adaptarse a los cambios del ambiente).

IPS: ¿Cuál sería el papel de los mercados en una sociedad de decrecimiento?

SL: El sistema capitalista es una economía de mercado, pero éstos no son instituciones exclusivas del capitalismo. Es importante hacer la distinción entre el Mercado y los mercados.

Éstos últimos no obedecen a una ley de competencia perfecta y eso es para mejor. Siempre incorporan elementos de la cultura del don, que la sociedad del decrecimiento trata de redescubrir. Implica vivir en comunidad con otros, desarrollar relaciones humanas entre compradores y vendedores.

IPS: ¿Qué estrategias puede desarrollar el Sur para eliminar la pobreza, sin hacer lo que hizo el Norte de dañar el ambiente y empobrecer al Sur?

SL: En los países africanos no es necesario ni deseable reducir la impronta ecológica ni el producto interno bruto. Pero no por eso hay que concluir que se debe construir una sociedad del crecimiento.

Primero es claro que el decrecimiento en el Norte es una condición necesaria para poder abrir alternativas en el Sur.

Mientras Etiopía y Somalia se vean obligadas a exportar alimento para nuestros animales domésticos en plena escasez y mientras engordemos nuestro ganado con soja cultivada gracias a la destrucción de la selva amazónica, vamos a estar asfixiando todo intento de autonomía real del Sur.

Animarse al decrecimiento en el Sur significa iniciar un círculo virtuoso que implica romper la dependencia económica y cultural con el Norte, reconectar una línea histórica interrumpida por la colonización, reintroducir productos específicos que fueron abandonados y olvidados, así como valores "anti-económicos" relacionados con el pasado de esos países, y recuperar técnicas y conocimientos tradicionales.

Esas iniciativas deben combinarse con otros principios, válidos en todo el mundo, como reconceptualizar lo que entendemos por pobreza, escasez y desarrollo. Por ejemplo, reestructurar la sociedad y la economía, restablecer prácticas no industriales, en especial agrícolas, y redistribuir, relocalizar, reutilizar y reciclar.

IPS: La sociedad del decrecimiento implica un cambio radical en la consciencia humana. ¿Cómo se lograr eso? ¿Puede ocurrir en cualquier momento?

SL: Es difícil romper con la adicción al crecimiento, en especial porque es lo que interesa a las corporaciones multinacionales y los poderes políticos que las sirven, para mantenernos esclavizados.

Las experiencias alternativas y los grupos disidentes, como cooperativas, sindicatos, asociaciones para preservar la agricultura campesina, algunas organizaciones no gubernamentales, sistemas de permuta local, redes de intercambio de conocimiento, son laboratorios pedagógicos para la creación del "nuevo ser humano" que requiere la sociedad.

Son universidades populares que promueven la resistencia y contribuyen a descolonizar el imaginario.

Seguro, no tenemos mucho tiempo, pero el curso de los acontecimientos puede contribuir a acelerar la transformación. La crisis ecológica, junto con la económica y financiera, puede servir de choque saludable.

IPS: ¿Los actores políticos convencionales pueden desempeñar algún papel en la transformación?

SL: Todos los gobiernos son, lo quieran o no, funcionarios del capitalismo. En el mejor de los casos, pueden, como mucho, disminuir o suavizar procesos sobre los cuales ya no tienen ningún control.

Para nosotros es más importante el proceso de auto-transformación de la sociedad y de los ciudadanos que la política electoral. Aunque los últimos logros relativos obtenidos en ese terreno por ecologistas franceses y belgas, quienes adoptaron algunos puntos de la agenda del decrecimiento, parecen un signo positivo.

Claudia Ciobanu
IPS

 

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Domingo, 21 Junio 2009 11:03

Entre cuatro paredes

Dos análisis han sido muy difundidos, ambos incorrectos: uno cree que la crisis actual llevó al fin del neoliberalismo y condena al propio capitalismo a la  muerte. El otro afirma que todos los intentos actuales – especialmente los latinoamericanos – de superación del neoliberalismo fracasaron o tienden a fracasar, “traicionando” los mandatos que recibieron.

Parecen análisis contrapuestos, pero son funcionales uno al otro. Porque remiten a la idea de que las condiciones de superación del capitalismo están dadas, solo que no se realizan por la “traición de las direcciones políticas”, burocráticas y/o corruptas, cooptadas por la burguesía y por el capitalismo.

Además de equivocados, ambos análisis sirven de excusa para las derrotas de la izquierda: son siempre derrotas “de los otros”.  Se quedan en la eterna e indispensable tarea de la denuncia, tanto de la represión, como de las “traiciones”. Pero los sectores más radicales se consideran inmunes a las derrotas, como si al no aprovecharse la crisis del capitalismo y el agotamiento del neoliberalismo para construir alternativas de izquierda capaces de disputar hegemonía, no estaríamos siendo todos derrotados.

O los argumentos de la izquierda están equivocados – y la realidad insiste en probar que lo que dicen no es verdad, cuando se avanza es por la izquierda y las propuestas de derecha están asociadas a la  generación de la crisis – o hemos sido incapaces de convencer y de ir hacia la construcción de fuerzas alternativas que traten de transformar esas ideas en fuerza concreta – económica, social, política, ideológica. Tal vez las posiciones concretas de la izquierda o no sean lo suficientemente concretas como para llegar a las personas o estén equivocadas en su forma. Tal vez se exorbite en el radicalismo verbal y eso lleva a la izquierda al aislamiento y al doctrinarismo,  cerrándose sobre si misma, apegándose excesivamente a la teoría y aprendiendo poco de las formas siempre nuevas y heterodoxas de la realidad concreta. Tal vez se privilegien las palabras, la doctrina, en relación a la realidad concreta, olvidándonos de que la verdad es siempre concreta.

“La teoría, cuando penetra en las masas, se vuelve fuerza material” – decía Marx. Su pensamiento pretende ser al mismo tiempo interpretación del mundo y su transformación radical. Las palabras que no se transforman en fuerza material, que no sensibilizan, que no llegan al pueblo y no son asumidas por este como vector de movilización y proyecto de transformación de la realidad, permanecen palabras, teorías, doctrinas.

Por eso un marxista es necesariamente, al mismo tiempo, teórico y dirigente político, intelectual y militante, de forma indisoluble.

Cuantos mas sectores de la izquierda consideran que los proyectos actualmente existentes son todos cooptados por la burguesías, proyectos de una “nueva derecha” disfrazada de izquierda, etc., etc., mas deberían sentirse derrotados y desmoralizados. Porque creen ciegamente que tienen razón, pero nunca consiguen triunfar, no consiguen convencer a los amplios sectores del pueblo de sus propuestas. Deberían sentirse mas derrotados que todos. No obstante,  exhiben soberbia frente a las derrotas, parece que las derrotas son de los otros. (Como en el caso de la obra de Sartre, “Entre cuatro paredes”, en que “el infierno son los otros").

Muchas veces sectores de la izquierda colocan como objetivo la disputa del espacio dentro de la izquierda, la demostración de fuerza de que tienen mas fuerza que otros grupos de izquierda, cuando el objetivo fundamental es construir y disputar hegemonía en la sociedad como un todo. Tantas veces reina el placer cuando se considera que tal persona o tal grupo habría “capitulado”, cuando deberían sentir  tristeza, porque – en caso de que sea realmente así – es una persona o un sector más que abandonaría la izquierda, reflejando nuestra incapacidad de conquistarlos.

A veces da la impresión de que se considera que el género humano está condenado a la traición y cada vez que se considera que eso sucede, genera una especie de satisfacción interior, al constatar que mas y mas gente muerde la manzana del pecado y de las garras de la cooptación del capitalismo.

El debate ideológico dentro de la izquierda se debe dar en función del objetivo mayor de construcción de alternativas de izquierda, no de ver quien triunfa en el marco cerrado de la izquierda. Si no el campo quedará libre para que la derecha decida quien gobernará – y lo hará siempre contra la izquierda y el campo popular.

Emir Sader en Carta Maior 
Traduccion Insurrectasypunto
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Jorge Beinstein es uno de los pocos economistas que en pleno auge del modelo neoliberal caracterizaron a la globalización como la antesala de una crisis mundial. Sus pronósticos fueron desestimados por una amplia mayoría de intelectuales conservadores y liberales, que entonces creyeron ver una reconversión superadora del viejo capitalismo keynesiano. Sin embargo, el desprestigio que las recetas neoclásicas experimentaron en América latina desde fines de los ’90 y el reciente colapso del sistema financiero internacional revalorizaron su voz en los círculos académicos. Hace pocos días estuvo en la Feria del Libro presentando su libro Crónica de la decadencia y Cash aprovechó para conversar con él sobre las perspectivas que se abren en el nuevo contexto.
¿Por qué la crisis actual debe ser vista como la expresión de la fase terminal del capitalismo y no como una crisis cíclica más dentro del sistema?
–Primero por su magnitud. Hasta ahora en los planes de salvataje se insertaron 8 billones de dólares cuando los ingresos fiscales de los países del G-7 son iguales a 10 billones. Se calcula que la masa especulativa global en este momento asciende a 1000 billones. Cuando fue la crisis de 1929, el 3 por ciento de los estadounidenses estaba vinculado con la especulación bursátil y en este momento es casi el 60 por ciento. Ahora bien, esta crisis también es diferente en términos cualitativos. No es sólo una crisis financiera sino también una crisis energética, alimentaria y ambiental.
 
Algunos analistas relativizan el supuesto carácter terminal de la crisis diciendo que el capitalismo está en crisis desde que surgió y sin embargo no para de expandirse.
–Siempre están los que piensan que el capitalismo llegó para quedarse. Es una utopía conservadora potenciada por un sistema que desde sus orígenes se las ingenió para superar todas las crisis de sobreproducción. El problema es que a partir de los ’70 se empiezan a manifestar elementos de crisis que no son sólo de sobreproducción sino también de subproducción, pese a que en los viejos debates se consideraba que estas crisis habían desaparecido junto con las civilizaciones anteriores al capitalismo.
 
¿Cómo es posible que al mismo tiempo haya una convergencia entre una crisis de sobreproducción y otra de subproducción?
–Lo que pasa es que la sucesión de crisis de sobreproducción, siempre superadas o al menos amortiguadas, fue generando elementos de depredación energética, ambiental y agrícola que están devorando al capitalismo. Las crisis de sobreproducción nos diferenciaban del precapitalismo porque antes solo se conocían los ciclos más largos, las crisis de civilización, pero resulta que al final no éramos tan originales y también terminamos teniendo crisis de subproducción. El capitalismo se fue convirtiendo en un sistema que destruye fuerzas productivas. En los próximos años va a haber menos energía, menos capacidad de producción industrial y menos alimentos por habitante.
 
La producción de alimentos creció de manera espectacular.
–El problema es el sistema social, porque en realidad lo que se está produciendo crecientemente es soja para los chanchos y maíz para elaborar combustible. Ese maíz ya no puede ser considerado un alimento. Es un insumo para la producción. A nivel mundial, la cantidad de alimentos por habitante disminuye. Además, el desarrollo agrícola de avanzada ha llegado a un nivel tal de exacerbación de la productividad que está destruyendo la tierra, el recurso de base para la producción agrícola. Al utilizar glifosato para cosechar soja se logra aumentar la productividad por hectárea, pero en diez años la productividad va a terminar siendo menor a la que se tenía cuando se empezó a utilizar ese insumo.
 
Si el maíz se destina a la producción de biocombustibles va a haber más energía.
–Se produce más energía de origen agrícola, pero cuando se calcula la totalidad de la producción energética (tomando en cuenta petróleo, gas, energía nuclear, solar y biocombustibles) y se lo divide por la cantidad de habitantes, se observa que desde fines de los `80 la producción de energía por habitante está empezando a caer. Usted me podría decir que la gente puede vivir mejor consumiendo mucha menos energía, pero eso significa pensar en otro modelo de sociedad. La Agencia Internacional de Energía, que siempre había negado el Peak-Oil, en 2005 distribuyó un borrador titulado “Posibles medidas ante un eventual colapso energético”. Allí proponen prácticamente la eliminación del transporte privado, la descentralización de la industria y la descentralización política y administrativa. Ahora bien, que alguien explique cómo haría para funcionar la sociedad capitalista actual con esas reformas.
 
En la última cumbre del G-20, los líderes mundiales afirmaron que ésta no es una crisis del capitalismo sino una crisis de origen financiero que se revierte con mayor regulación sobre los mercados.
–Es un error trazar una división entre el sector financiero y el productivo. Hace un cuarto de siglo, las 200 más grandes corporaciones estadounidenses hacían negocios financieros y los mismos representaban cerca del 10 por ciento de sus beneficios. En la actualidad, esos beneficios están entre el 40 y 45 por ciento. En los últimos treinta años, las empresas productivas llevaron adelante esa reconversión porque hubo una desaceleración de la demanda y los excedentes de capital se fueron destinando al sector financiero. Esa es la economía capitalista realmente existente. Por lo tanto, si se pone fin al negocio financiero, muchas empresas supuestamente pertenecientes al mundo productivo deberán cerrar sus puertas. General Motors está al borde de la quiebra, pero en los últimos años una de las formas que había encontrado para sobrevivir era la multiplicación de negocios financieros. Además, no solo está el problema de las empresas. La sociedad de consumo en Estados Unidos y Europa sólo fue posible con la financiarización de los consumidores, que sirvió para amortiguar la crisis de sobreproducción.
 
Se fue postergando la resolución de los problemas.
–Sí, pero las dificultades son cada vez mayores. Ahora están haciendo los salvatajes, pero el problema no es de liquidez sino de solvencia. Aunque la tasa de interés baje a cero la persona que ya está endeudada no va a querer seguir endeudándose para consumir. Lo que quiere es conseguir un trabajo seguro. Se llegó a una situación de sobrecarga de deudas para financiar las compras y también hay un límite en cuanto a la posesión de objetos. El problema de la industria automotriz se explica en parte por la saturación de automóviles que existe en los países ricos.
 
¿Esta situación se puede revertir?
–No hay cómo hacerlo. Lo que se hizo desde los ’70 hasta ahora fue simplemente amortiguar la crisis. Ahora bien, yo no estoy diciendo que esta situación lleve a un derrumbe inmediato del sistema. Es un proceso de decadencia que se puede amortiguar, pero ya la vieja prosperidad no vuelve.
 
¿Durante cuánto tiempo se puede amortiguar una crisis? Si el capitalismo puede amortiguar un desenlace terminal durante cien años es porque ese desenlace dejó de ser terminal.
–La degeneración parasitaria del capitalismo empezó hace casi un siglo. La dominación del capital financiero es de fines del siglo XIX. El capitalismo consiguió sobrevivir, pero lo hizo en condiciones cada vez peores. La etapa actual es una exacerbación de la decadencia, pero nadie sabe lo que puede pasar. La crisis propone y la cultura dispone.
 
La ventaja que tiene el sistema actual es que sus principios fundantes, como el individualismo, están muy arraigados en cultura moderna.
–Una de las características que han tenido las últimas décadas es que todo el planeta se hizo burgués, más allá de algunos enclaves. La civilización burguesa es una cultura planetaria. La cuestión es hasta qué punto esa cultura es viable. Puede haber una superación, pero también se puede entrar en decadencia.
 
En otros períodos históricos la crisis hizo pensar en la posibilidad de un cambio y hubo rebeliones populares generalizadas, pero ahora predomina la apatía.
–La magnitud de la crisis dejó a muchos ciudadanos paralizados. No hay que olvidar que el neoliberalismo provocó una desestructuración social terrible. La falta de reacción puede ser la expresión de una profunda decadencia cultural, pero también puede ser la calma que precede a la tormenta. El analista Zbigniew Brzezinski dejó de lado sus habituales reflexiones sobre política internacional y desde hace algún tiempo viene advirtiendo sobre el peligro de motines sociales en los Estados Unidos. Por ahora no hubo reacciones violentas, pero no se lo debe descartar.
 
En este contexto, ¿qué margen de acción tiene la gestión pública? ¿Da lo mismo Barack Obama que George Bush?
–La llegada de Obama refleja la crisis de la alternativa más radical del capitalismo, que era Bush. Los grandes partidos no pudieron imponer a sus candidatos tradicionales y terminó ganando un outsider de la política que encima es negro. Ahora bien, eso no significa que Obama implique un cambio de sistema. Está haciendo los mismos salvatajes que Bush y aumentó el gasto militar.
 
También les dio algunas señales a los sindicatos diciéndoles que ésta es su hora.
–Por ahora son sólo palabras porque los salvatajes son financieros. No hay redistribución del ingreso en los Estados Unidos. Los salvatajes tienen rostro keynesiano, pero están queriendo salvar lo que viene de la era neoliberal. Si quiere llevar adelante un verdadero programa keynesiano tampoco le va a ser fácil. Por ejemplo, si decide prohibir la importación de productos chinos, va a tener un conflicto muy importante con empresas estadounidenses que se radicaron en China para seguir siendo rentables. Con esto no quiero decir que no haya alternativas. Lo que digo es que las verdaderas alternativas no están dentro del sistema capitalista.
 

EL IMPACTO DE LA CRISIS INTERNACIONAL EN LA REGION
“Los gobiernos progresistas tendrán que definirse”
 
¿Qué impacto tendrá la crisis sobre Latinoamérica?
–Latinoamérica en muchos sentidos anticipó la crisis del neoliberalismo. En la región, ese modelo entró en crisis a fines de la década pasada y en los elencos gobernantes se puede ver una suerte de emergencia posneoliberal. A nivel de la economía no tanto porque ese progresismo latinoamericano pudo sostenerse y avanzar por la prosperidad mundial. Fue un antineoliberalismo que se apoyó paradójicamente en la última prosperidad del neoliberalismo que vivieron los países desarrollados. Ahora estos gobiernos progresistas están frente a una disyuntiva terrible. Si siguen como hasta ahora, la situación va a ser insostenible porque el mundo cambió. El auge exportador, que había permitido algunos avances sociales sin tocar mucho el sistema, terminó. En estos momentos, la situación se está poniendo grave porque hay una pelea muy fuerte por el ingreso y muchos de los gobiernos progresistas de la región van a tener que definirse. Van a tener que radicalizarse hacia la izquierda o la derecha se los va a terminar devorando. Hasta ahora expresaron más la crisis del neoliberalismo que la afirmación de un movimiento de transformación.
 
¿Las medidas que tomó el gobierno de Cristina Kirchner en respuesta a la crisis internacional en qué dirección van?
–Creo que en un principio estaban convencidos de que el sistema de equilibrio que mantuvieron, sobre todo durante la gestión de Néstor Kirchner, se podía prolongar durante mucho tiempo y terminaron reaccionando tarde. La nacionalización de las AFJP fue una medida correcta, pero debería haberse hecho antes y sobre la base de una gran concientización popular. Además, en el conflicto con la burguesía rural se equivocaron porque avanzaron con las retenciones móviles cuando los precios estaban por empezar a caer y encima terminaron permitiendo la reconstitución de la derecha. Ahora tienen por delante un escenario muy difícil porque no sólo son rechazados por las elites sino por amplios sectores de las capas medias.
 
¿La restauración conservadora es inevitable?
–Es cierto, pero es una derecha con cuerpo grande y cabeza chica porque no tiene proyecto. Cuando Carlos Menem llegó al poder tenía un proyecto porque el sistema de Europa del Este se estaba derrumbando y el neoliberalismo parecía dar respuestas para todo, pero ahora son bandidos sin proyecto. ¿Qué pueden hacer Cobos, De Narváez o Prat Gay? Lo primero que van a hacer es eliminar impuestos al sector rural y entonces no van a tener más alternativa que ajustar el gasto público y pedir dinero prestado. Eso es volver a los ‘90, pero no creo que sea tan fácil imponer esas recetas porque hubo un cambio en la sociedad.
 
¿Qué debería hacer el Gobierno para tratar de ponerle freno a esa avanzada?
–Debería nacionalizar los ferrocarriles y mejorar rápidamente su funcionamiento para ganar apoyo popular. También armar un ministerio de economía social y poner al sistema financiero en función de ese proyecto. Van a enfrentar resistencias, pero si no se hace nada van a terminar mal. Algunos dicen que no pueden avanzar porque no hay cuadros políticos suficientes, pero los cuadros políticos se forman cuando las cosas se van haciendo. No estoy diciendo que haya que transformar el ejercicio del poder en una aventura. Lo que digo es que hay que tomar la iniciativa.

 

JORGE BEINSTEIN
¿Quién es?
 
Jorge Beinstein es economista egresado de la UBA y doctor de Estado en Ciencias Económicas de la Universidad de Franche Comté-Besançon, Francia. Fue director del Centro de Estudios Multidisciplinarios en Innovación Tecnológica y Prospectiva en la Universidad Nacional de La Plata y profesor titular de la cátedra “Historia económica y social general” en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. También se desempeñó como docente e investigador en Maison des Sciences de l’Homme, Institut National Agronomique de Paris-Grignon, Universidad de Franche Comté-Besançon y Conservatoire National des Arts et Métiers. Actualmente es profesor titular de la Cátedra Libre Globalización y Crisis en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, profesor del Doctorado en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Matanza y coordinador del Observatorio Internacional de la Crisis, organización que agrupa especialistas de Europa, Asia, América y Africa.
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Frente a la crisis financiera que afecta a toda la economía mundial y que se combina con la crisis alimentaria, energética y climática, para terminar en un desastre social y humanitario, diversas reacciones se perfilan en el horizonte. Algunos proponen castigar y cambiar los actores (los ladrones de gallinas, como dice Michel Camdessus, el ex-director del FMI) pero continuando exactamente igual como antes. Otros señalan la necesidad de regular el sistema, pero sin cambiar los parámetros, como George Soros. Finalmente hay aquellos que piensan que es la lógica misma del sistema económico contemporáneo que está en juego y que se trata de encontrar alternativas a éste.

La urgencia de soluciones es el desafío mayor. No queda mucho tiempo para actuar eficazmente contra el cambio climático. En el curso de los dos últimos años, según la FAO, 100 millones de personas han pasado por debajo de la línea de pobreza, la necesidad imperativa de cambiar el ciclo energético está frente a nuestras puertas. Una multitud de soluciones alternativas existen, en todas las áreas, pero ellas exigen una coherencia para garantizar su eficacia, no un nuevo dogma, sino una articulación entre ellas.

De la misma manera que la Declaración de los Derechos del Hombre proclamada por las Naciones unidas, una Declaración Universal del Bien Común de la Humanidad podría tener un papel similar. En efecto los Derechos del Hombre antes de haberse adoptado por la comunidad internacional, han conocido un largo recorrido entre las revoluciones francesa y estadounidense. El mismo proceso progresivo ha tenido la tercera generación de los Derechos, incluyendo una dimensión social antes de ser proclamados. Bastante occidental en sus perspectivas, el documento fue completado con una Declaración africana y por una iniciativa similar del Mundo árabe. Sin ninguna duda la Declaración, muy seguido, es manipulada en función de intereses políticos, especialmente por las potencias occidentales. Pero ella continúa siendo una referencia de base, indispensable a toda legitimidad política y una protección para las personas.

Actualmente ella debe ser completada, ya que está en juego la supervivencia de la humanidad y del planeta. Cuatro ejes fundamentales podrían dar coherencia a las nuevas iniciativas que buscan construir alternativas y también orientar numerosas prácticas.

1) La utilización sostenible y responsable de los recursos naturales. Aquello significa otro enfoque de las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza: pasar de la explotación al respeto de esta última, fuente de toda la vida.

2) Privilegiar el valor de uso sobre el valor de cambio. Luego, definir la economía como la actividad destinada a crear, dentro del respeto de las normas sociales y ecológicas, las bases de la vida física, cultural y espiritual de todos los seres humanos sobre el planeta.

3) Generalizar la democracia a todas las relaciones sociales y a todas las instituciones. No solamente aplicarla y profundizarla en el campo político, con una nueva definición del Estado y de los organismos internacionales, sino también ampliarla al área de la economía, de la cultura y de la relación entre hombres y mujeres.

4) La multiculturalidad, a fin de darle la posibilidad a todos los saberes, a todas las culturas, a todas las tradiciones filosóficas y religiosas de participar en la definición del Bien Común de la Humanidad y a la elaboración de su ética.

La adopción de estos principios permitiría comenzar un proceso alternativo real frente a las reglas que presiden actualmente al desarrollo de la economía capitalista, a la organización política mundial y a la hegemonía cultural occidental y quienes causan las consecuencias sociales, culturales y naturales que conocemos actualmente. Los principios expresados desembocan sobre grandes orientaciones que es posible esbozar.

En efecto esta claro que el respeto de la naturaleza exige el control colectivo de los recursos. Aquello requiere también constituir los elementos, los mas esenciales a la vida humana (el agua, las semillas…) como patrimonio de la humanidad, con todas las consecuencias jurídicas que aquello provoca. Ello significaría igualmente tomar en cuenta de las cuestiones ecológicas en el cálculo económico.

Privilegiar el valor de uso exige una trasformación del sistema de producción actualmente centrado sobre el valor de cambio, con el fin de contribuir a la acumulación del capital considerado como el motor de la economía. Aquello provoca el restablecimiento de los servicios públicos, incluido en las áreas de salud y de la educación, es decir «no mercantilización».

Generalizar la democracia, especialmente en la organización de la economía, supone el fin del monopolio de las decisiones ligadas a la propiedad del capital, pero también la puesta en práctica de nuevas formas de participación que conviertan los ciudadanos en sujetos.

Aceptar la multiculturalidad en la construcción de los principios mencionados significa no reducir la cultura a uno solo de sus componentes y permitir a la riqueza del patrimonio cultural humano expresarse, de poner término a los normas monopolizadores del saber y de expresar una ética social en los diversos lenguajes

¡Utopía! Si, ya que aquello no existe hoy día, pero podría existir mañana. Utopía necesaria, ya que es sinónimo de inspiración creadora de coherencias en los esfuerzos colectivos y personales. Pero también aplicaciones muy concretas, sabiendo que cambiar un modelo de desarrollo no se realiza en un día y su construcción demanda un conjunto de acciones individuales y colectivas las cuales evolucionan de forma diversa en el tiempo. Entonces ¿cómo proponer medidas insertándose en esta lógica y que podría ser el objeto de movilizaciones populares y de decisiones políticas? Muchas proposiciones ya han sido planteadas, pero se podrían agregar otras.

En el plano de los recurso naturales, un pacto internacional sobre el agua, previendo una gestión colectiva (no exclusivamente estatal) correspondería a una conciencia existente de la importancia del problema. Otras orientaciones podrían ser propuestas: la soberanía de las naciones sobre los recursos energéticos; la prohibición de la especulación sobre los productos alimenticios; la regulación de la producción de los agrocarburantes en función del respeto de la biodiversidad, de la conservación de los suelos y del agua, y el principio, de la agricultura campesina; la adopción de las medidas necesarias para limitar a un grado centígrado, el aumento de la temperatura de la tierra en el curso del siglo XXI, el control público de las actividades petroleras y mineras, mediante un código de explotación internacional, verificada y aprobada, concerniendo los efectos ecológicos y sociales (entre otros los derechos de los pueblos indígenas)

A propósito del valor de uso, ejemplos concretos pueden ser dados igualmente. Se trataría de restablecer el estatuto de bien público, del agua, de la electricidad, del correo, de los teléfonos, del internet, de los trasportes colectivos, de la salud, de la educación, en función de las especificidades de cada sector. Exigir una garantía de cinco años sobre todos los bienes manufacturados, lo que permitiría alargar la vida de los productos y disminuir la utilización de materias primas y de la energía. Imponer un impuesto sobre los productos manufacturados que recorren mas de 1000 kilómetros entre su producción y su consumo (adaptable según los productos) y que sería atribuido al desarrollo local de los países los mas frágiles; reforzar las normas de trabajo establecidas por la OIT, sobre la base de una disminución de los tiempos de trabajo y de la calidad de este último, cambiar los parámetros del PBI, introduciendo en él, los elementos cualitativos que conlleven la idea del «bien vivir».

Las aplicaciones de la democracia generalizada son innombrables y podrían concernir a todas las instituciones que pidan un estatuto reconocido públicamente, tanto por su funcionamiento interno como por la igualdad en las relaciones de género: empresas, sindicatos, organizaciones religiosas, culturales, deportivas. En lo que concierne al plan de las Naciones Unidas, se podría proponer la regla de los dos tercios para las decisiones de «principio» y de la mayoría absoluta para las medidas de aplicación. En cuanto a la multiculturalidad, ella comprendería entre otros, la prohibición de patentar los saberes tradicionales; la puesta a disposición publica de los descubrimientos ligados a la vida humana (medicales y farmacéuticos); el establecimiento de las bases naturales necesarias a la supervivencia de culturas particulares (territorialidad).

Se ha hecho un llamamiento para que las proposiciones sean reunidas en un conjunto coherente de alternativas, que constituirían el objetivo colectivo de la humanidad y las aplicaciones de una Declaración Universal del Bien Común de la Humanidad por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Por, François Houtart

 

 

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El tema que pretendo tratar está muy vinculado con dos problemas principales: el de la inmensa miseria en que vive el 85% de la población humana y el de la supervivencia humana. Es decir, íntimamente relacionados con los problemas de la emancipación y de la vida, lo cual amplía la problemática a que nos enfrentamos quienes hemos considerado que el modo de dominación y de acumulación capitalista produce efectos relacionados con la explotación de los trabajadores, de los pueblos.
 
Si bien este planteamiento original sigue siendo válido en medio de un proceso de luchas de clases y de luchas por la independencia, por la liberación cada vez más complicada debido a una serie de mediaciones, no hay duda de que la posibilidad de que desaparezca la vida en la tierra constituye un elemento más a considerar. Este elemento no solo afecta a la inmensa mayoría de la humanidad sino a toda la humanidad, incluso a quienes se benefician de los privilegios que significa su dominio sobre el mundo actual y el tipo de acumulación que están buscando, al cual se refieren los economistas —como varias veces han hecho aquí*— al decir que la economía como ciencia tiene por objeto lograr la eficiencia de las empresas en la optimización, maximización de utilidades y en la disminución de riesgos.
 
Efectivamente, nos encontramos en una etapa histórica del capitalismo organizado que no conocían los clásicos, ni nuestros predecesores partidarios de reformas o revoluciones. Un desarrollo tecnocientífico y de las llamadas ciencias de la complejidad, íntimamente vinculado a los problemas que la cibernética planteó a mediados del siglo XX y que se fueron desarrollando como sistemas autorregulados, adaptativos y complejos, capaces de adaptar sus objetivos y de corregir sus rumbos cuando estuvieran fallando. Pero estas técnicas muy ligadas a la informática y a las ciencias de la comunicación y la información, se encuentran con límites que no pueden ser ignorados y de una manera u otra se llegan a hermanar con otro tipo de investigaciones que vienen más bien de la cosmología y de las ciencias biológicas, geológicas, en que aparecen sistemas sumamente complejos en el sentido de sus relaciones interactivas, en las que unos sectores interfieren en el desarrollo de otros. Aquí, reaparecen los problemas de la historicidad, del nacimiento y la muerte de los sistemas, no solo en la historia del ser humano, sino en la historia de la vida y de la materia.
 
Lo paradójico y dramático de este extraordinario desarrollo de la inteligencia humana es que su aplicación tecnocientífica lo coloca en una irracionalidad sin precedentes, capaz de lograr muchos objetivos que tienen efectos secundarios no apreciados, como la posibilidad de una guerra. Esta guerra fue prevista como una forma de la guerra fría para intimidar a la entonces potencia mundial que constituía la URSS, pero en realidad se convirtió en una situación que se sabe fuera de control y en la que otra vez aparecen lo irracional y lo absurdo, por ejemplo, cuando se ve que habiendo ya armas para destruir varias veces a la humanidad, se sigue invirtiendo en armamento.
 
El hecho es muy grave porque con la utilidad se invierte en armamento bajo la lógica de una política defensiva y actualmente se hace por razones de obsolescencia, porque se declaran obsoletas las armas anteriores cuando cada una de ellas, de por sí, es varias veces inferior a cada una de las que destruyeron Hiroshima y Nagasaki, y cuando en el mundo hay no una, sino varias potencias que disponen de armas atómicas que circulan por toda la Tierra y por todos los lugares, en formas que hacen difícil predecir o disminuir los riesgos.
 
Actualmente, se estudian las fases de transición al caos y, sin abusar de la metáfora, podemos decir que hay tendencias que anuncian, por ejemplo, la disminución de la gobernanza, —empleo términos de las ciencias políticas hegemónicas—, síntomas de que puede venir una situación equivalente a la caótica como es la sustitución de los estados nación por mafias sumamente poderosas y muy bien organizadas. Este criterio no es resultado de una ideología ni de un estado de ánimo catastrofista. Yo, por ejemplo, hice un estudio de mis propias predicciones y de los errores que había cometido en varios trabajos de simulación del futuro, y descubrí que tengo la tendencia a equivocarme más cuando soy optimista que cuando soy pesimista. Entonces, la idea no es hacer catarsis sin esperanza, al contrario, hay mucha esperanza y la tengo fundada en que podemos aún controlar este problema, antes que otros lo controlen para siempre.
 
No creo que se desconozcan las ventajas que la paz puede traer a la especie humana; pero muchos quieren mantener a toda costa la economía de mercado por las megaempresas y por un complejo organismo en el que se han articulado complejos militares, empresariales y políticos.
 
Hoy, tenemos algo inédito: un Presidente de origen afro en EE.UU. Siento que está rodeado por fuerzas que van a hacer muy difícil que logre los objetivos que se propone, aunque de todos modos pienso que hay ciertos elementos que podrían al menos atenuar la política que estuvo llevando esa nación a la locura. En todo caso, la situación es muy fuerte. Para saber qué pasa en el mundo, aparte de las revistas de pensamiento crítico, me gusta leer el Financial Time y el World Street Journal, muy conservadores, y en ellos he advertido una fuerte polémica entre los neoliberales que quieren conservar su fundamentalismo antiestatal y los keynesianos que quieren implantar en EE.UU. políticas parecidas a las keynesianas. El problema es que todos están contra todos y de una manera muy enfática. Por ejemplo, recientemente, The New York Times publicó un artículo firmado por varios economistas en el que se alertaba al Presidente de no intervenir en las soluciones a la crisis, sino que los dejara a ellos resolver los problemas. Economistas de muchas universidades firmaron.
 
Todas las críticas que se hacen unos a otros están signadas por la sinrazón. Muchos de ellos se engañan por la presión que existe sobre la vida científica y cultural, porque es obvio que hay un conocimiento prohibido. Lucha de clases es una frase que hoy es para muchos prohibida. Hay autoengaños sobre lo que pasa en el mundo, sobre lo que será, sobre las causas que lo determinarán, sobre las medidas a tomar, los efectos directos e indirectos… Hay la imposibilidad de que dentro de un sistema dominado por el afán de lucro y la acumulación de capitales, donde han aumentado las desigualdades hasta un grado sin precedentes, se resuelvan los problemas de la civilización, del progreso y del desarrollo. El problema más serio de todos es que cuando el presidente Obama dice que va a mejorar las cosas, habla de la clase media, de los EE.UU… pero no puede hablar de los pobres de la Tierra, de los condenados, que son la inmensa mayoría de la humanidad, sobre los cuales pesa la amenaza no solo de seguir siendo pobres, sino de ser desechables y eliminables.
 
Si no se ha desatado una guerra internacional, sí parece existir lo que algunos llaman “la Cuarta Guerra Mundial contra los pobres de la Tierra”: la forma en que los despojan de sus alimentos, de sus pocos bienes, son cosas a las que estamos asistiendo como espectadores. La obligación de cualquier hombre —no solo de izquierda, socialista o comunista— es decirse o preguntarse si esto es la verdad y si realmente tiene ganas de estudiarla, para saber si es posible el desarrollo de la humanidad mientras el capitalismo subsista.
 
*Se refiere al XI Encuentro Internacional de Economistas Globalización y Problemas del Desarrollo, en el cual intervino con estas palabras.

Pablo González Casanova
La JiribillaPor, 
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El reconocido filósofo marxista István Mészáros, entrevistado por Judith Orr y Patrick Ward en la Socialist Review de enero de 2009.  István Mészáros ganó el Deutscher Prize por su libro La teoría de la alienación de Marx, y, desde entonces, ha escrito sobre marxismo. En esta entrevista habla con Judith Orr y Patrick Ward sobre la crisis económica en desarrollo.

P- La clase dominante siempre se sorprende ante las nuevas crisis económicas y habla de ellas como aberraciones. ¿Por qué cree que son inherentes al capitalismo?

R- Recientemente he oído a Edmund Phelps, que obtuvo en el 2006 el Premio Nobel de Economía. Phelps es una especie de neo-keynesiano. Por supuesto, glorificaba al capitalismo y presentaba los problemas actuales como si no fuesen más que un pequeño ataque de hipo, asegurando que «todo lo que tenemos que hacer es traer de nuevo las ideas keynesianas y la regulación.»
John Maynard Keynes creía que el capitalismo era ideal, pero quería regulación. Phelps se dedicó a salirse por la tangente con la grotesca idea de que el sistema es como un compositor de música. Puede que tenga algunos días en los que no produzca tan bien, pero si miras a toda su vida, ¡es tan maravillosa! Piénsese en Mozart: puede que algún día se levantase con el pie izquierdo. Así que el capitalismo está en problemas: los días malos de Mozart. Si alguien se cree eso, entonces es que debería hacerse examinar por un psiquiatra. Pero en lugar de hacerse examinar, le otorgan un premio.
Si nuestros adversarios presentan este nivel teórico -que han demostrado tener a lo largo de un período de más de 50 años, por lo que no se trata de ningún accidente de un economista premiado- podríamos decir: «alegrémonos, éste el bajísimo nivel de nuestros adversarios.» Pero este tipo de concepción nos llevaría al desastre que experimentamos cada día. Nos hemos hundido en una deuda astronómica. Los pasivos reales en este país deben de contarse por billones.     
La verdadera cuestión, empero, es que han estado practicando el despilfarre financiero como resultado de una crisis estructural del sistema productivo. No es ningún accidente que el dinero haya estado fluyendo de una manera tan aventurista hacia el sector financiero. La acumulación de capital no podría funcionar correctamente en el campo de la economía productiva.
De lo que estamos hablando ahora no es otra cosa que de la crisis estructural del sistema. Se extiende por todas partes, e incluso invade nuestra relación con la naturaleza, socavando las condiciones fundamentales para la supervivencia humana. Por ejemplo, de vez en cuando anuncian algunos objetivos para reducir la polución. Incluso tenemos un ministro de energía y del cambio climático, que no es más que un ministerio de puro humo, porque nada se ha hecho salvo anunciar ese objetivo. Pero ni siquiera se acercan nunca al objetivo, y no digamos ya alcanzarlo. Ésta es una parte integrante de la crisis estructural del sistema y sólo soluciones estructurales pueden sacarnos de esta terrible situación.  

P- Ha descrito a los Estados Unidos como un país que está llevando a cabo un imperialismo de tarjeta de crédito (credit card imperialism). ¿Qué quiere decir exactamente con ello? 

R- Cito al antiguo senador estadounidense George McGovern cuando habló sobre la Guerra de Vietnam. Dijo que los Estados Unidos se habían conducido en la Guerra de Vietnam como si lo hubieran hecho con una tarjeta de crédito. El reciente préstamo de los EE.UU. se está agriando ahora mismo. Este tipo de economía sólo puede funcionar hasta que el resto de mundo pueda soportar la deuda.
Los Estados Unidos están en una posición excepcional, porque ha sido el país dominante desde los acuerdos de Bretton Woods. Pensar que una solución neo-keynesiana y un nuevo Bretton Woods resolverían los problemas actuales es una fantasía neo-keynesiana. El dominio estadounidense que Bretton Woods formalizó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial era económicamente realista. La economía estadounidense estaba en una posición mucho más poderosa que cualquier otra economía en el mundo. Estableció todas las instituciones económicas internacionales vitales sobre el fundamento del privilegio estadounidense. El privilegio del dólar, el privilegio disfrutado a través del Fondo Monetario Internacional, las organizaciones de comercio, el Banco Mundial, etc., todo estaba bajo el dominio estadounidense, y así permanece hoy todavía.    
Todo esto no puede desearse que deje de existir sin más. No puede fantasearse sobre reformar y regular un poco aquí y allá. Imaginar que Barack Obama va a abandonar la posición dominante de la que disfrutan los Estados Unidos de esta manera -respaldado por el dominio militar- es un error.

P- Karl Marx denominó a la clase dominante una «banda de hermanos enfrentados.» ¿Cree que la clase dominante internacional trabajará unida para encontrar una solución?

R- En el pasado el imperialismo implicaba a varios actores dominantes que afirmaban sus intereses, incluso al precio de dos espantosas guerras mundiales en el siglo XX. Las guerras parciales, no importa lo espantosas que sean, no puede compararse con el realineamiento económico y de poder que podría producirse como consecuencia de una nueva guerra mundial.
Pero imaginar una nueva guerra mundial es imposible. Por supuesto, aún hay algunos lunáticos en el campo militar que no negarían esa posibilidad. Pero significaría la destrucción total de la humanidad. 
Tenemos que pensar las implicaciones de todo esto para el sistema capitalista. Fue una ley fundamental del sistema que si una fuerza no puede asegurarse por la dominación económica, entonces recurría a la guerra.
El imperialismo mundial hegemónico ha sido conseguido y ha obrado con demostrado éxito desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Pero es éste tipo de sistema permanente? ¿Es concebible que en el futuro no despierten contradicciones en su seno?
Hay también algunas pistas procedentes de China de que este tipo de dominación económica no puede durar indefinidamente. China no va a ser capaz de seguir financiándolo. Las implicaciones y las consecuencias para China son realmente significativas. Deng Xiaoping comentó una vez que el color del gato -si era capitalista o socialista- no importaba mientras éste cazase ratones. ¿Pero qué es lo que ocurre cuando en vez de un simpático cazador de roedoras terminas con la horrorsa plaga de ratas que supone un desempleo masivo? Esto es lo que está apareciendo ahora mismo en China.   
Estas cosas son inherentes a las contradicciones y antagonismos del sistema capitalista. En consecuencia, debemos pensar en resolverlas de una manera radicalmente diferente, y la única manera es una transformación genuinamente socialista del sistema. 

P- ¿No existe la posibilidad de que alguna parte de la economía mundial se desacople como resultado de esta situación?

R- ¡Imposible! La globalización es una condición necesaria del desarrollo humano. Siempre, desde que la expansión del sistema capitalista fue claramente visible, Marx teorizó sobre este punto. Martin Wolf, del Financial Times, se ha quejado de que hay muy pocos, e insignificantes, estados que causen problemas. Ha argumentado que lo que se necesitaba era una «integración jurisdiccional», en otras palabras, una integración imperialista total: un concepto de fantasía. Ésta es una expresión de las contradicciones insolubles y los antagonismos de la globalización capitalista. La globalización es una necesidad, pero la forma que es viable, factible y sostenible es la globalización socialista sobre la base de los principios socialistas de una igualdad fundamental.
Aunque no es concebible ninguna segregación de la historia mundial, eso no significa que en cada fase, en cada parte del mundo, haya uniformidad. Se están desarrollando muchas cosas en Latinoamérica en comparación con Europa, por no mencionar lo que he comentado antes en China, en el lejano oriente y en Japón, que está sumido en los mayores de los problemas.
Piénsese por un momento en el pasado reciente. ¿Cuántos milagros tuvimos en el período de posguerra? ¿El milagro alemán, el milagro brasileño, el milagro japonés, el milagro de los cinco pequeños triges? Qué divertido resulta ver cómo todos estos milagros se han convertido en las realidades más espantosamente prosaicas. El común denominador de todas estas realidades es un endeudamiento desastroso y el fraude. 
El director de un hedge fund está presuntamente implicado en una estafa de 50 mil millones de dólares. General Motors y los demás están pidiendo solamente al gobierno estadounidense 14 mil millones de dólares. ¡Qué modestos! Deberían concederles 100 mil millones. Si un capitalista de un fondo de inversión libre puede organizar un fraude de presuntamente 50 mil millones de dólares, debería ser él quien hiciese viables todas esas inversiones.    
Un sistema que trabaja en esta podedumbre moral no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir, porque es incontrolable. Incluso muchos están admitiendo que no conocen realmente cómo funciona. La solución no es desesperarse por él, sino controlarlo en interés de la responsabilidad social y la transformación radical de la sociedad. 


P- El impulso, inherente en el capitalismo, es el de exprimir a los trabajadores lo máximo posible, y eso es claramente lo que los gobiernos están intentando hacer en el Reino Unido y los EE.UU.

R- La única cosa que pueden hacer es defensar los recortes en los salarios de los trabajadores. La principal razón por la que el Senado rechazó aprobar incluso la inyección de 14 mil millones de dólares a las tres grandes compañías automovilísticas es que no podían obtener un acuerdo en la reducción drástica de los salarios de los trabajadores. Piénsese en el efecto de ello y del tipo de obligaciones que tienen esos trabajadores, por ejemplo, devolver unas cuantiosas hipotecas. Pedirles simplemente que reduzcan su sueldo a la mitad sólo generará otros problemas en la economía: de nuevo otra contradicción. 
El capital y las contradicciones son inseparables. Tenemos que ir más allá de las manifestaciones superficiales de estas contradicciones e ir a las raíces. Se consigue manipularlas aquí y allí, pero siempre retornan con ánimo de venganza. Las contradicciones no pueden esconderse bajo la alfombra indefinidamente, porque la alfombra está convirtiéndose ahora en una montaña. 

P- Usted estudió con Georg Lukács, un marxista que regresa al período de la revolución rusa y aun atrás todavía.

R- Trabajé con Lukács durante siete años antes de que abandonase Hungría en 1956 y continuamos siendo muy buenos amigos hasta que murió, en 1971. Siempre le veíamos los tres pies al gato -por eso quería estudiar con él. Cuando empecé a trabajar con él estaba siendo atacado muy duramente y abiertamente en público. Yo no podía aguantar aquello y le defendí, lo que me llevó a toda suerte de complicaciones. Justo cuando abandonaba Hungría fui designado sucesor suyo en la universidad para enseñar estética. La razón por la que abandoné el país fue precisamente porque estaba convencido de que lo que estaba sucediendo era una variedad de problemas muy importantes que aquel sistema no podría resolver.  
He intentado formular y examinar estos problemas en mis libros desde entonces, particularmente en La teoría de alienación de Marx (1) y en Más allá del capital. Lukács acostumbraba a decir, correctamente, que sin estrategia no puede tenerse una táctica. Sin un punto de vista estratégico de estos problemas no pueden obtenerse soluciones para el día a día. Así que intenté analizar estos problemas consistentemente, porque no podían ser simplemente tratados al nivel de un artículo que haga referencia a lo que está ocurriendo ahora, aunque exista una gran tentación de hacer precisamente eso. Tenía que hacerse, en cambio, desde una perspectiva histórica. He estado publicando desde que mi primer ensayo serio fue publicado en un periódico literario en Hungría en 1950 y he estado trabajando duramente tanto como he podido desde entonces. Por modesta que pueda ser, hacemos nuestra contribución al cambio. Eso es lo que he intentado hacer toda mi vida.  

P- ¿Cuáles cree que son las posibilidades para el cambio en este momento?

R- Los socialistas son los últimos a la hora de minimizar las dificultades de la solución. Los apologistas del capital, ya sean neo-keynesianos o de otro tipo, pueden producir todo tipo de soluciones simplistas. No creo que podamos considerar la crisis actual simplemente de la misma manera en que lo hicimos en el pasado. La crisis actual es profunda. El gobernador adjunto del Banco de Inglaterra ha admitido que es la mayor crisis económica en la historia de la humanidad. Yo solamente añadiría que no es únicamente la mayor crisis económica de toda la historia de la humanidad, sino la mayor crisis de la historia en todos los sentidos. Las crisis económicas no pueden separarse del resto del sistema. 
La fraudulencia y el dominio del capital, así como la explotación de la clase trabajadora, no puede durar para siempre. Los productores no pueden ser mantenidos constantemente y en todo momento bajo control. Marx argumentó que los capitalistas son, sencillamente, las personificaciones del capital. No son agentes libres: están ejecutando los imperativos de este sistema. Así que el problema de la humanidad no es simplemente barrer a un grupo de capitalistas en particular. Poner a un tipo de personificación del capital en el lugar de otro sólo llevará al mismo desastres ante o después de que hayamos terminado con la restauración del capitalismo. 
Los problemas a los que se enfrenta la sociedad no proceden simplemente de los últimos años. Antes o después estos pueden ser resueltos o no, como los economistas ganadores del premio Nobel pueden fantasear, en el marco del sistema. La única solución posible es encontrar la reproducción social sobre la base del control de los productores. Ésa ha sido siempre la idea del socialismo. 
Hemos alcanzado los límites históricos de la capacidad del capital para controlar la sociedad. Y no me refiero exclusivamente a los bancos y a las empresas constructoras, incluso aunque no pueden controlar ya a éstas, sino al resto. Cuando las cosas van mal nadie es responsable. De vez en cuando los políticos declaran: “acepto toda la responsabilidad”, y ¿qué es lo que ocurre? Son glorificados. La única alternativa viable es la de la clase trabajadora, que es la que produce todo lo necesario para nuestra vida. ¿Por qué no debería controlar lo que produce? Siempre enfatizo en todos los libros que expresarlo no es algo relativamente fácil, pero hemos de encontrar la dimensión positiva en hacerlo.

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