El reconocido filósofo marxista István Mészáros, entrevistado por Judith Orr y Patrick Ward en la Socialist Review de enero de 2009.  István Mészáros ganó el Deutscher Prize por su libro La teoría de la alienación de Marx, y, desde entonces, ha escrito sobre marxismo. En esta entrevista habla con Judith Orr y Patrick Ward sobre la crisis económica en desarrollo.

P- La clase dominante siempre se sorprende ante las nuevas crisis económicas y habla de ellas como aberraciones. ¿Por qué cree que son inherentes al capitalismo?

R- Recientemente he oído a Edmund Phelps, que obtuvo en el 2006 el Premio Nobel de Economía. Phelps es una especie de neo-keynesiano. Por supuesto, glorificaba al capitalismo y presentaba los problemas actuales como si no fuesen más que un pequeño ataque de hipo, asegurando que «todo lo que tenemos que hacer es traer de nuevo las ideas keynesianas y la regulación.»
John Maynard Keynes creía que el capitalismo era ideal, pero quería regulación. Phelps se dedicó a salirse por la tangente con la grotesca idea de que el sistema es como un compositor de música. Puede que tenga algunos días en los que no produzca tan bien, pero si miras a toda su vida, ¡es tan maravillosa! Piénsese en Mozart: puede que algún día se levantase con el pie izquierdo. Así que el capitalismo está en problemas: los días malos de Mozart. Si alguien se cree eso, entonces es que debería hacerse examinar por un psiquiatra. Pero en lugar de hacerse examinar, le otorgan un premio.
Si nuestros adversarios presentan este nivel teórico -que han demostrado tener a lo largo de un período de más de 50 años, por lo que no se trata de ningún accidente de un economista premiado- podríamos decir: «alegrémonos, éste el bajísimo nivel de nuestros adversarios.» Pero este tipo de concepción nos llevaría al desastre que experimentamos cada día. Nos hemos hundido en una deuda astronómica. Los pasivos reales en este país deben de contarse por billones.     
La verdadera cuestión, empero, es que han estado practicando el despilfarre financiero como resultado de una crisis estructural del sistema productivo. No es ningún accidente que el dinero haya estado fluyendo de una manera tan aventurista hacia el sector financiero. La acumulación de capital no podría funcionar correctamente en el campo de la economía productiva.
De lo que estamos hablando ahora no es otra cosa que de la crisis estructural del sistema. Se extiende por todas partes, e incluso invade nuestra relación con la naturaleza, socavando las condiciones fundamentales para la supervivencia humana. Por ejemplo, de vez en cuando anuncian algunos objetivos para reducir la polución. Incluso tenemos un ministro de energía y del cambio climático, que no es más que un ministerio de puro humo, porque nada se ha hecho salvo anunciar ese objetivo. Pero ni siquiera se acercan nunca al objetivo, y no digamos ya alcanzarlo. Ésta es una parte integrante de la crisis estructural del sistema y sólo soluciones estructurales pueden sacarnos de esta terrible situación.  

P- Ha descrito a los Estados Unidos como un país que está llevando a cabo un imperialismo de tarjeta de crédito (credit card imperialism). ¿Qué quiere decir exactamente con ello? 

R- Cito al antiguo senador estadounidense George McGovern cuando habló sobre la Guerra de Vietnam. Dijo que los Estados Unidos se habían conducido en la Guerra de Vietnam como si lo hubieran hecho con una tarjeta de crédito. El reciente préstamo de los EE.UU. se está agriando ahora mismo. Este tipo de economía sólo puede funcionar hasta que el resto de mundo pueda soportar la deuda.
Los Estados Unidos están en una posición excepcional, porque ha sido el país dominante desde los acuerdos de Bretton Woods. Pensar que una solución neo-keynesiana y un nuevo Bretton Woods resolverían los problemas actuales es una fantasía neo-keynesiana. El dominio estadounidense que Bretton Woods formalizó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial era económicamente realista. La economía estadounidense estaba en una posición mucho más poderosa que cualquier otra economía en el mundo. Estableció todas las instituciones económicas internacionales vitales sobre el fundamento del privilegio estadounidense. El privilegio del dólar, el privilegio disfrutado a través del Fondo Monetario Internacional, las organizaciones de comercio, el Banco Mundial, etc., todo estaba bajo el dominio estadounidense, y así permanece hoy todavía.    
Todo esto no puede desearse que deje de existir sin más. No puede fantasearse sobre reformar y regular un poco aquí y allá. Imaginar que Barack Obama va a abandonar la posición dominante de la que disfrutan los Estados Unidos de esta manera -respaldado por el dominio militar- es un error.

P- Karl Marx denominó a la clase dominante una «banda de hermanos enfrentados.» ¿Cree que la clase dominante internacional trabajará unida para encontrar una solución?

R- En el pasado el imperialismo implicaba a varios actores dominantes que afirmaban sus intereses, incluso al precio de dos espantosas guerras mundiales en el siglo XX. Las guerras parciales, no importa lo espantosas que sean, no puede compararse con el realineamiento económico y de poder que podría producirse como consecuencia de una nueva guerra mundial.
Pero imaginar una nueva guerra mundial es imposible. Por supuesto, aún hay algunos lunáticos en el campo militar que no negarían esa posibilidad. Pero significaría la destrucción total de la humanidad. 
Tenemos que pensar las implicaciones de todo esto para el sistema capitalista. Fue una ley fundamental del sistema que si una fuerza no puede asegurarse por la dominación económica, entonces recurría a la guerra.
El imperialismo mundial hegemónico ha sido conseguido y ha obrado con demostrado éxito desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Pero es éste tipo de sistema permanente? ¿Es concebible que en el futuro no despierten contradicciones en su seno?
Hay también algunas pistas procedentes de China de que este tipo de dominación económica no puede durar indefinidamente. China no va a ser capaz de seguir financiándolo. Las implicaciones y las consecuencias para China son realmente significativas. Deng Xiaoping comentó una vez que el color del gato -si era capitalista o socialista- no importaba mientras éste cazase ratones. ¿Pero qué es lo que ocurre cuando en vez de un simpático cazador de roedoras terminas con la horrorsa plaga de ratas que supone un desempleo masivo? Esto es lo que está apareciendo ahora mismo en China.   
Estas cosas son inherentes a las contradicciones y antagonismos del sistema capitalista. En consecuencia, debemos pensar en resolverlas de una manera radicalmente diferente, y la única manera es una transformación genuinamente socialista del sistema. 

P- ¿No existe la posibilidad de que alguna parte de la economía mundial se desacople como resultado de esta situación?

R- ¡Imposible! La globalización es una condición necesaria del desarrollo humano. Siempre, desde que la expansión del sistema capitalista fue claramente visible, Marx teorizó sobre este punto. Martin Wolf, del Financial Times, se ha quejado de que hay muy pocos, e insignificantes, estados que causen problemas. Ha argumentado que lo que se necesitaba era una «integración jurisdiccional», en otras palabras, una integración imperialista total: un concepto de fantasía. Ésta es una expresión de las contradicciones insolubles y los antagonismos de la globalización capitalista. La globalización es una necesidad, pero la forma que es viable, factible y sostenible es la globalización socialista sobre la base de los principios socialistas de una igualdad fundamental.
Aunque no es concebible ninguna segregación de la historia mundial, eso no significa que en cada fase, en cada parte del mundo, haya uniformidad. Se están desarrollando muchas cosas en Latinoamérica en comparación con Europa, por no mencionar lo que he comentado antes en China, en el lejano oriente y en Japón, que está sumido en los mayores de los problemas.
Piénsese por un momento en el pasado reciente. ¿Cuántos milagros tuvimos en el período de posguerra? ¿El milagro alemán, el milagro brasileño, el milagro japonés, el milagro de los cinco pequeños triges? Qué divertido resulta ver cómo todos estos milagros se han convertido en las realidades más espantosamente prosaicas. El común denominador de todas estas realidades es un endeudamiento desastroso y el fraude. 
El director de un hedge fund está presuntamente implicado en una estafa de 50 mil millones de dólares. General Motors y los demás están pidiendo solamente al gobierno estadounidense 14 mil millones de dólares. ¡Qué modestos! Deberían concederles 100 mil millones. Si un capitalista de un fondo de inversión libre puede organizar un fraude de presuntamente 50 mil millones de dólares, debería ser él quien hiciese viables todas esas inversiones.    
Un sistema que trabaja en esta podedumbre moral no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir, porque es incontrolable. Incluso muchos están admitiendo que no conocen realmente cómo funciona. La solución no es desesperarse por él, sino controlarlo en interés de la responsabilidad social y la transformación radical de la sociedad. 


P- El impulso, inherente en el capitalismo, es el de exprimir a los trabajadores lo máximo posible, y eso es claramente lo que los gobiernos están intentando hacer en el Reino Unido y los EE.UU.

R- La única cosa que pueden hacer es defensar los recortes en los salarios de los trabajadores. La principal razón por la que el Senado rechazó aprobar incluso la inyección de 14 mil millones de dólares a las tres grandes compañías automovilísticas es que no podían obtener un acuerdo en la reducción drástica de los salarios de los trabajadores. Piénsese en el efecto de ello y del tipo de obligaciones que tienen esos trabajadores, por ejemplo, devolver unas cuantiosas hipotecas. Pedirles simplemente que reduzcan su sueldo a la mitad sólo generará otros problemas en la economía: de nuevo otra contradicción. 
El capital y las contradicciones son inseparables. Tenemos que ir más allá de las manifestaciones superficiales de estas contradicciones e ir a las raíces. Se consigue manipularlas aquí y allí, pero siempre retornan con ánimo de venganza. Las contradicciones no pueden esconderse bajo la alfombra indefinidamente, porque la alfombra está convirtiéndose ahora en una montaña. 

P- Usted estudió con Georg Lukács, un marxista que regresa al período de la revolución rusa y aun atrás todavía.

R- Trabajé con Lukács durante siete años antes de que abandonase Hungría en 1956 y continuamos siendo muy buenos amigos hasta que murió, en 1971. Siempre le veíamos los tres pies al gato -por eso quería estudiar con él. Cuando empecé a trabajar con él estaba siendo atacado muy duramente y abiertamente en público. Yo no podía aguantar aquello y le defendí, lo que me llevó a toda suerte de complicaciones. Justo cuando abandonaba Hungría fui designado sucesor suyo en la universidad para enseñar estética. La razón por la que abandoné el país fue precisamente porque estaba convencido de que lo que estaba sucediendo era una variedad de problemas muy importantes que aquel sistema no podría resolver.  
He intentado formular y examinar estos problemas en mis libros desde entonces, particularmente en La teoría de alienación de Marx (1) y en Más allá del capital. Lukács acostumbraba a decir, correctamente, que sin estrategia no puede tenerse una táctica. Sin un punto de vista estratégico de estos problemas no pueden obtenerse soluciones para el día a día. Así que intenté analizar estos problemas consistentemente, porque no podían ser simplemente tratados al nivel de un artículo que haga referencia a lo que está ocurriendo ahora, aunque exista una gran tentación de hacer precisamente eso. Tenía que hacerse, en cambio, desde una perspectiva histórica. He estado publicando desde que mi primer ensayo serio fue publicado en un periódico literario en Hungría en 1950 y he estado trabajando duramente tanto como he podido desde entonces. Por modesta que pueda ser, hacemos nuestra contribución al cambio. Eso es lo que he intentado hacer toda mi vida.  

P- ¿Cuáles cree que son las posibilidades para el cambio en este momento?

R- Los socialistas son los últimos a la hora de minimizar las dificultades de la solución. Los apologistas del capital, ya sean neo-keynesianos o de otro tipo, pueden producir todo tipo de soluciones simplistas. No creo que podamos considerar la crisis actual simplemente de la misma manera en que lo hicimos en el pasado. La crisis actual es profunda. El gobernador adjunto del Banco de Inglaterra ha admitido que es la mayor crisis económica en la historia de la humanidad. Yo solamente añadiría que no es únicamente la mayor crisis económica de toda la historia de la humanidad, sino la mayor crisis de la historia en todos los sentidos. Las crisis económicas no pueden separarse del resto del sistema. 
La fraudulencia y el dominio del capital, así como la explotación de la clase trabajadora, no puede durar para siempre. Los productores no pueden ser mantenidos constantemente y en todo momento bajo control. Marx argumentó que los capitalistas son, sencillamente, las personificaciones del capital. No son agentes libres: están ejecutando los imperativos de este sistema. Así que el problema de la humanidad no es simplemente barrer a un grupo de capitalistas en particular. Poner a un tipo de personificación del capital en el lugar de otro sólo llevará al mismo desastres ante o después de que hayamos terminado con la restauración del capitalismo. 
Los problemas a los que se enfrenta la sociedad no proceden simplemente de los últimos años. Antes o después estos pueden ser resueltos o no, como los economistas ganadores del premio Nobel pueden fantasear, en el marco del sistema. La única solución posible es encontrar la reproducción social sobre la base del control de los productores. Ésa ha sido siempre la idea del socialismo. 
Hemos alcanzado los límites históricos de la capacidad del capital para controlar la sociedad. Y no me refiero exclusivamente a los bancos y a las empresas constructoras, incluso aunque no pueden controlar ya a éstas, sino al resto. Cuando las cosas van mal nadie es responsable. De vez en cuando los políticos declaran: “acepto toda la responsabilidad”, y ¿qué es lo que ocurre? Son glorificados. La única alternativa viable es la de la clase trabajadora, que es la que produce todo lo necesario para nuestra vida. ¿Por qué no debería controlar lo que produce? Siempre enfatizo en todos los libros que expresarlo no es algo relativamente fácil, pero hemos de encontrar la dimensión positiva en hacerlo.

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Sábado, 28 Febrero 2009 11:01

El capitalismo en calzoncillos

Todos los días viene el susto. Aquí ya es una moda de los últimos días. La gente prende el televisor a las ocho de la noche, la hora de las noticias, para informarse de la última novedad sobre la crisis mundial de la economía. Todos las mañanas se lee la primera página con curiosidad y miedo. Si el sistema se derrumba o si no la vamos a pasar tan mal. Siempre aparece un gurú que, sonriente, augura que “el año siguiente se van a arreglar todas las cosas”. Hoy, tapa de los diarios: “Ultima salida: jornada reducida”. El recurso de decenas de grandes empresas. Reducir los horarios y así reducir los salarios para no despedir gente. Pero en páginas interiores se nos informa que hay, este mes, nada menos que 350.000 desocupados más. Un diputado de la izquierda propuso aumentar el dinero que se da a los desocupados para así lograr más poder de compra y que se muevan los mercados. Pero un diputado demócrata-cristiano, nada menos, señaló que aumentar la ayuda a los desocupados sólo va a traer movimiento en la venta de alcohol y de tabaco. Justo la filosofía de los que han ordenado así el mundo, con la llamada “economía de mercado”. Y otro hecho que deja al desnudo que en el sistema capitalista sólo se aplica la llamada justicia a los pobres. Los supermercados Kaiser dejaron cesante sin indemnización a una cajera, con treinta años de servicio, acusada de que se había quedado sin rendir un vale de un euro con treinta centavos por la devolución de botellas. Es decir, moneditas. La Justicia ratificó la decisión de la empresa y la mujer quedó sin trabajo. (Todo se hubiera podido arreglar con tres días de suspensión o una severa advertencia.) Pero no, el puntapié de punta para que aprenda. En cambio, la misma Justicia, al presidente del consorcio de correos de todo el país, el multimillonario Zumwinkel, acusado de estafar al Estado en el pago de impuestos en una suma de varios millones, lo condenaron a dos años de prisión en suspenso y a pagar una multa, y el sensible Zumwinkel se retiró de la vida pública a vivir en su fastuoso castillo en la montaña para no caer en la depresión.

Todo esto es la moral del sistema. En el corso de carnaval de la ciudad renana de Köln (Colonia), el carruaje más aplaudido fue el que llevaba a un muñeco gordo, en frac y galera, pero en calzoncillos, que representaba al capitalismo en su estado actual, haciendo equilibrio en una cuerda, mientras abajo, muñecos que representaban al pueblo hacían una verdadera red entrelazando brazos y piernas para salvar al todopoderoso capitalismo, hoy en calzoncillos. Claro, cuando el sistema peligra, el pueblo es el que paga, con despidos, más impuestos y carencias.

Pero entre tanto cinismo político y ético surgen nuevas fuerzas que mueven a la discusión como pocas veces se ha visto. En las universidades, en los círculos culturales y gremiales y últimamente también en la iglesia, que había guardado silencio ante un mundo al revés de lo que tendría que ser la convivencia racional. Y la voz cantante la lleva un teólogo, el profesor Gerd Lüdemann, de la Universidad de Goettingen. Su voz se ha alzado con una nitidez de pensamiento que no se escuchaba en Alemania desde los tiempos de Lutero o de aquel mítico obispo Münzer, el de las huelgas campesinas alemanas de 1511, que se puso al frente de los trabajadores rurales contra los príncipes dueños de la tierra. El obispo y miles de esos explotados de la tierra fueron finalmente vencidos y ejecutados por los militares, como siempre ha ocurrido en la historia.

El teólogo Gerd Lüdemann con sus ideas revolucionarias ha llevado a una polémica apasionada de miembros de todas las iglesias cristianas. Lüdemann ha afirmado taxativamente que la “Teología no es ninguna ciencia”, porque es confesional. La Teología no se basa en ninguna comprobación científica, sino en creencias, en lo que se titula la fe, en el caso del cristianismo “porque lo sostiene la Biblia” y es “la palabra de Dios”, sin demostrarlo. Y exige que no haya más universidades teológicas y menos que éstas sean solventadas por el Estado, como ocurre en Alemania desde la Edad Media. Esto ocurre por el poder de las iglesias, tanto católica como protestante. Cuando –dice y lo comprueba– ahora la realidad es otra, ya que apenas una tercera parte de la población alemana pertenece a una religión y, pese a eso, el gobierno acaba de firmar nuevos contratos de enorme generosidad para con las universidades confesionales. E insiste el teólogo Lüdemann: “La Biblia es un producto del hombre y contiene un sinnúmero de imágenes de quién es Dios. ¿A qué Dios, visto del punto científico, se quiere describir? Los teólogos cristianos lo demuestran todo a través de la fe. Pero eso nada tiene que ver con la ciencia, sino que es sencillamente confundir la cátedra con un púlpito. (Lüdemann textual: “Sorprende el status académico de la Teología ya que no es ninguna ciencia”.) La ciencia toma ante todo como principio, en su búsqueda, la falta total de presuposiciones y está obligada a la absoluta búsqueda de la verdad y debe demostrarla. Y prosigue diciendo que la universidad debe dedicarse sí, entre otras materias, a la historia de las religiones, al análisis de todos sus teologías, pero no consagrar universidades a la enseñanza de la religión aceptando sin discusión sus bases.

El profesor Lüdemann fue alejado de su cátedra y la Justicia ratificó esa medida, dando la razón a los que tomaron esa resolución sin debate alguno. El profesor Lüdemann recibió esa sentencia declarando: “Eso es repetir la Inquisición y es un golpe en el rostro de la libertad necesaria que debe tener la ciencia”. El sigue sosteniendo –y ha prendido esto en la opinión pública– que no tiene que ser el Estado el que financie esas universidades, sino que esto deben hacerlo las propias religiones.

Lüdemann ha dedicado su vida a demostrar, con argumentos científicamente históricos, las grandes falsedades en que se basan las religiones. Y compara su actitud con “la investigación histórico-crítica de siglos pasados en la revisión del cristianismo que pudo desarrollarse pese al dogmatismo de la iglesia”. Y agrega: “El método histórico es parte del movimiento emancipatorio de la curiosidad científica” y, finalmente, la “Ilustración no permite, a la larga, ser atada con las cadenas del dogma. Se impulsa como una corriente incontenible contra la cual son impotentes todos los diques y esclusas”.

Lüdemann ha escrito varios libros para demostrar su tesis. Sobre la vida de Jesús de Nazareth señala que se lo puede calificar de un “mago”. Se trató de un hombre que, por sobre todo, sabía curar a enfermos y se hizo fama de eso y que fue San Pablo quien lo elevó a la categoría divina.

Y, por supuesto, la discusión seguirá por siempre. Hasta que la ciencia siga su infinita ruta de llegar a explicar el origen de la naturaleza y del hombre. Lo que sí, a las religiones les queda una misión: lograr los principios de un mundo de paz, sin guerras y sin miserias. Hasta ahora no lo lograron, ni siquiera se lo propusieron. Salvo algunos representantes, como en el caso argentino, el indiscutible obispo Angelelli, para nombrar a uno. Ante un mundo como el actual, dominado por desastres económicos, hambrunas y guerras interminables, los que se dicen representantes de Dios no tienen que reducirse a orar y arrodillarse para pedirle lo que hasta ahora no se ha logrado. Todo lo contrario, deben convertir sus templos en verdaderos centros de enseñanza y debate de cómo lograr sociedades pacíficas y generosas. No conformarse con el paraíso después de la muerte, sino buscar los caminos de cómo obtenerlo en la tierra. No puede haber un Dios tan malo que deje morir de hambre a miles de niños de hambre por día en el mundo o sonría gozoso viendo cómo los seres humanos fabrican armas para matarse entre sí con la mayor crueldad. Fundar, sí, una religión que propague el amor a la ciencia para descubrir todos los misterios que rodean al origen de la vida y enseñar a mantener viva la naturaleza que nos rodea para las generaciones venideras. Esa es la única religión en la que debemos creer.

Convertir los templos en centros del saber. Propender a la maravillosa tarea de descubrir todo lo que ignoramos y demostrar que el ser humano es capaz de lograr la paz eterna y no conformarse con la promesa de vidas futuras en paraísos y que los perdimos porque Eva le hizo comer una manzana a Adán.

Luchar con la base del raciocinio de las ciencias y lograr el beneficio de la ayuda mutua para construir un mundo como quien construye una casa con jardines y flores para sus hijos. Eso y nada más. Que es todo. Y dejarnos de ceremonias con señorones disfrazados que se dicen castos y nos recitan palabras de glorificación a quienes no conocemos y dé reprimenda a los que no creen que ése sea el camino para lograr un futuro sin violencias.

Por eso es buena la iniciativa del teólogo Lüdemann de poner sobre la mesa todo aquello fuera de la razón, para comenzar a discutir. Ojalá que la Teología se convierta en el camino de la razón para, con la sabiduría, llegar a saber qué es el ser humano, qué es el universo y su naturaleza.

Va a ser el mejor y tal vez único método de bajarlo al señor disfrazado de capitalismo –hoy en calzoncillos– y en vez de protegerlo con nuestros brazos, nos pongamos a sembrar la semilla de oro del trigo para todos.

Por Osvaldo Bayer

Desde Bonn, Alemania

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Sábado, 31 Enero 2009 10:40

Turbulencias en la 'Bolsa del poder'

No hay una bolsa internacional del poder. Pero si alguna institución consigue aproximarse a un mercado donde se cotiza el valor de los Gobiernos, las corporaciones e incluso las personalidades, ésta es la reunión anual del Foro Económico Mundial. Estar en Davos es existir, aunque a veces sea a través del desplante o de la presencia rebajada al mínimo, como ha sido este año el caso de la nueva Administración norteamericana. Pero todavía es más importante hablar y actuar en los paneles de Davos, construir una buena agenda de contactos y amistades en las comidas y cenas restringidas, o monopolizar la entera atención de la cumbre de los ricos con una actuación excepcional, unas declaraciones o un acuerdo que abra telediarios o manche las primeras páginas de la prensa de todo el mundo.

Este año, los organizadores insisten en que es la reunión con mayor y mejor asistencia de toda su historia. Pero esta cuarentena larga de primeros ministros y jefes de Estado que han acudido al encuentro y el número creciente de inscritos no esconde la dura realidad. Las ideas que han dado las mayores horas de gloria del foro están hechas trizas, tal como pudo comprobarse en el juego intelectual de uno de los encuentros, donde se fabricó una lista de conceptos que pasarían al basurero de la historia: el capitalismo financiero, la mano invisible de Adam Smith, los mercados desregulados, el dominio occidental del mundo del que tanto se beneficia Davos o los sindicatos franceses se situaron en lo más alto de las preferencias. Es visible la deserción del mundo de las finanzas, ocupado en otras cosas; a veces, en reunirse con los abogados para defenderse ante las demandas. Quienes han cobrado bonus como directivos de grandes empresas tampoco se han acercado este año por estas montañas.

Como en un efecto dominó, el derrumbe de los mercados financieros se ha traducido en inestabilidad e inseguridad de la propia Bolsa donde se cotizan y ha permitido que el foro alternativo, reunido en su novena convocatoria en Belém, volviera a rivalizar con la reunión del capitalismo global.

La asistencia a Davos se ha visto mermada también por este flanco, convirtiéndose en una debilitada presencia del entero continente americano: en Belém están cinco presidentes (Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Paraguay); en Davos sólo hay dos (Colombia y México), y falta el más significativo de todos, Barack Obama, que sólo ha mandado a su consejera especial Valerie Jarrett. No significa que América no cotice, sino que es el propio foro el que ha perdido puntos en América entera.

El continente euroasiático, en cambio, tiene una presencia abultada y visible. Y Asia especialmente. Desde la mirada oriental, ésta es la cumbre del resto, el conjunto de países que aspiran a jugar en el tablero mundial después del derrumbe de la idea de una única superpotencia. Pero buena parte de la agresividad exhibida en los últimos meses de la presidencia de Bush por este nuevo mundo multipolar ha desaparecido ahora con la llegada de Obama. Vladímir Putin estuvo algo más suave que de costumbre. También Wen Jiabao. E incluso el ministro de Exteriores iraní, Manouchehr Mottaki, suavizó las exigencias iniciales de su presidente Mahmud Ahmadineyad a Estados Unidos como condición para emprender una negociación bilateral: el ministro se limitó a pedir hechos que acompañen a las palabras de Obama, mientras que el presidente quiere que Washington se arrodille y pida perdón por sus pecados. Los iraníes llegaron a Davos con las valvas cerradas como un molusco atacado, y no es poco mérito que hayan empezado a relajarse un poco en estas alturas.

Uno de los países con mayor juego en Davos ha sido siempre Turquía, pero su presencia al máximo nivel está ahora amenazada tras el virulento incidente entre Tayyip Recep Erdogan y Simon Peres. En este caso, la presencia de ambos mandatarios en la bolsa del poder presiona a la baja. Turquía e Israel no salen muy bien libradas de este encontronazo a propósito de Gaza, aunque las opiniones públicas nacionales aprecien los gestos de defensa del honor y la valentía de cada uno. El percance es menor para el Gobierno turco, que tiene una gran capacidad de negociación en toda la región y es un buen intermediario prácticamente en todas las direcciones. Pero es un síntoma de cómo cotiza Israel después de la acción devastadora de 23 días sobre Gaza y su población. En mínimos históricos. Por cierto, nadie tiene noticia de cómo cotiza aquí el poder político español. No está. Ni este año ni prácticamente nunca.

LLUÍS BASSETS (ENVIADO ESPECIAL) - Davos - 31/01/2009
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El capitalismo no puede funcionar si no se basa en valores compartidos y justicia", advirtió el ex primer ministro británico Tony Blair durante la segunda jornada del encuentro, que finalizará el domingo.

Blair dijo que "el sistema financiero falló". El ex premier insistió en que el sistema de libre empresa sigue siendo vital, pero pidió una "globalización basada en valores", según señaló un cable de la agencia DPA.

Por el lado empresario, Indra Nooyi, jefe del fabricante de bebidas y aperitivos Pepsico, mantuvo un discurso similar al afirmar que "el capitalismo es bueno" y lamentó que "la noción de ganancias fuertes se impusiera a la moralidad y la ética".

Durante un diálogo con el fundador del foro, Klaus Schwab, el ex presidente estadounidense Bill Clinton se remontó a los orígenes de la crisis y la atribuyó a la política fiscal y de gasto público seguida por la administración de George W. Bush.

"La casa está ahora en llamas y necesitamos apagarlas lo más rápido posible", señaló el ex mandatario, que aprovechó la ocasión para transmitir su apoyo al nuevo presidente, Barack Obama.

En respuesta a las advertencias contra el proteccionismo vertidas por Vladimir Putin, durante la inauguración del foro este miércoles, Clinton se mostró "satisfecho de oír al primer ministro ruso salir en defensa de la libre empresa".

En tanto, el presidente israelí, Shimon Peres, impulsó una ideología que "cree riqueza" en lugar de propagarla. El líder laborista pidió además avances en educación y en ciencias, incluyendo la investigación de energías alternativas.

Desde el sector financiero, Stephen Green, del banco HSBC, asumió similar postura al afirmar que "ninguna serie de reglas podrá imponer el buen comportamiento": "Sin valores en las compañías, la regulación no hará el trabajo por nosotros", añadió.

A pesar de esa coincidencia en la necesidad de un cambio, los participantes advirtieron contra el proteccionismo en el comercio e insistieron en que las nuevas regulaciones "no deben frustrar el emprendimiento, la innovación", según James Schiro, de Zurich Financial Services.
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De una forma u otra, los 120.000 activistas llegados de todo el mundo al Foro Social Mundial (FSM) que se celebra en la ciudad brasileña de Belém son de izquierdas. De todas las izquierdas: antiguas y modernas. Unas izquierdas sin horizontes en las que se dan cita viejos leninistas, nuevos ecologistas, anarquistas con banderas negras, curas progresistas e incluso asociaciones de prostitutas. Muchas izquierdas con una sola pregunta: ¿qué hacer con el capitalismo? Y una novedad: por primera vez, ninguna de esas izquierdas ha quemado banderas estadounidenses, como ocurría en ediciones anteriores a este encuentro, concebido como alternativa al Foro Económico Mundial de Davos (Suiza). El que ahora se desarrolla en Belém, que en años previos parecía agonizar víctima de la euforia neoliberal de un mundo cada vez más rico, ha resucitado con fuerza gracias a la crisis financiera mundial, que ha cambiado el reparto de la baraja.

Sin embargo, aunque la pregunta sobre el futuro del capitalismo es el denominador común de los debates y conferencias del foro, no existe consenso acerca de cómo o con qué sustituirlo.

En las discusiones se perfilan dos tendencias: por un lado, la de quienes quieren sustituir el capitalimo por otro sistema económico, sin especificar cuál. Algunos, como el Movimiento de los Sin Tierra (MST), abogan por una vuelta al socialismo. ¿Pero qué socialismo? Eso ya es más difícil de definir, a pesar de que varios expertos, como el sociólogo francés Ignácio Ramonet, pidió que el FSM emprenda batallas comunes con los Gobiernos de ruptura con el capitalismo, como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador.

"Mercado socialmente responsable"

La segunda tendencia, más moderada, es la defendida por uno de los creadores del foro, Oded Grajew, quien propone como alternativa al sistema que se ha roto lo que califica de "capitalismo socialmente responsable". En vez de mercado libre, pide un "mercado socialmente responsable, con una democracia más participativa". No rechaza la existencia de empresas privadas, pero siempre, puntualiza, "que sean controladas socialmente".

Junto a la pregunta de qué hacer con el capitalismo, otro interrogante suena con fuerza en el foro de Belém: ¿dónde tenían los Gobiernos del mundo esos miles de millones de dólares que ahora se sacan de la manga para salvar el sistema financiero y de los que carecían cuando se trataba de invertir en educación o sanidad?

Si desde su primera edición, en 2001, el foro social se presentó como contrapunto al de Davos, este año el antagonismo no puede ser más evidente y puntual.

El Partido de los Trabajadores (PT), que gobierna en Brasil y al que el foro acusa de haber renunciado a sus raíces de izquierda, ha movilizado a 3.000 militantes para preparar un clima favorable a la llegada del presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, que este año ha preferido asistir al encuentro de Belém en lugar de al de Davos. Según alguno de sus asesores, parece que el presidente arremeterá con fuerza contra el capitalismo y contra los que han originado la crisis financiera internacional.

No ha sido aún confirmada la participación de Lula en el debate previsto entre los Sin Tierra y los presidentes de Venezuela, Hugo Chávez; Bolivia, Evo Morales, y Paraguay, Fernando Lugo. El MST, al parecer, no ha invitado a Lula, con quien mantiene numerosas diferencias.

Por, Juan Arias
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Sábado, 27 Diciembre 2008 08:54

De la “U” a la “Z”

La mayoría de las interpretaciones sobre el colapso financiero que se inició en octubre insisten, de una u otra manera, en verlo como la parálisis de un sistema que a mediano o a largo plazo se habrá de recuperar para seguir funcionando grosso modo como lo había hecho hasta hace poco. ¿Qué tan largo es hoy el “largo plazo”? Cuando en los años 30 los socialistas solían decir que “a largo plazo el capitalismo estaba prácticamente muerto”, Keynes les respondía que a “largo plazo” todos estaríamos muertos. Es curioso que el argumento haya cambiado de bando. Al parecer, cada vez que una doctrina social o económica recurre a la indecibilidad del tiempo para justificarse, hay algo que anda mal en ella, que la hace vulnerable frente a las circunstancias.

Existen varias predicciones sobre lo que podría pasar. El escenario “U”: el descenso se inició desde 2007 y la recuperación tardará dos o tres años. El escenario “V”: la caída de las bolsas fue tan abrupta como lo será, debido precisamente a las quiebras, la reanimación. El escenario “L”: tal como sucedió a la economía japonesa en los años 90, se trata de una recesión a la que se ingresó sin aviso previo y que se prolongará durante una década o más.

Todas o casi todas estas “interpretaciones” –actos de fe, sería un término más preciso– coinciden en que, para impulsar el come back, el “Estado” habrá de ocupar el lugar que le fue negado desde los años 80 en el ámbito de la regulación, las inversiones públicas y las políticas contra el desempleo. Es realmente jocoso observar a un Sarkozy o un Berlusconi, o su copia muy enclenque y desmejorada en Germán Martínez, hablar, como si se hubieran cambiado simplemente de camiseta, de la necesidad de un “Estado fuerte” y una “conciencia de la regulación” para garantizar el bienestar de la sociedad. Hace tan sólo unos meses, estas definiciones eran, en boca de esa misma facilidad retórica, conceptos anacrónicos, vestigios del pasado. Entre chiste y chiste, cuando se escucha al jefe ultra del panismo decir “Estado fuerte”, más vale precaver, pues uno lo imagina visualizando un régimen en el que él encarna la fuerza que suprime toda diversidad.

En suma: lo que más impresiona de la parálisis actual es acaso la parálisis de las interpretaciones mismas, el estancamiento del pensamiento desde el cual se codifica la “crisis”. La parálisis es un efecto que proviene ya sea de un colapso de funciones o bien de alguna forma del temor. En este caso, probablemente se conjugan ambas a la vez.

Parálisis frente al acontecimiento mismo, frente a un presente que pierde rápidamente actualidad, acaso frente a la resistencia para aceptar que, en el mundo de nuestros días, las formas sociales y económicas (la subjetividad que define nuestras elecciones, las instituciones que regulan lo plausible, los límites de lo aceptable, las expectativas de lo fiable) no logran mantener su estabilidad, porque mutan y se transforman antes de que puedan definir el sentido de las acciones que pretenden fijar.

Aceptémoslo: el hipercapitalismo, la forma del capitalismo más reciente, que se había visto a sí mismo como un fin de la historia, se acerca gradualmente al fin de su historia. Especular sobre los escenarios de este fin no tiene sentido, porque el único debate que puede producir algún sentido no es el que se origina en la pregunta de qué pasará, sino en el dilema de qué está pasando. Hablar del futuro cuando el presente ha implotado es un simple y llano auto de fe. Es curioso que una filosofía tan pragmática como lo fue el neorracionalismo haya terminado en un pobre decálogo de teología económica.

Al parecer el peor adversario del hipercapitalismo ha sido él mismo: no tuvo frente a sí ningún “enemigo”, ningún “sujeto” que lo relevara, ninguna “alternativa” o “fuerza social” que lo desplazara. De su breve historia se podría decir lo mismo que de la de Narciso: lo hundió el encanto por sí mismo.

Lo que está en juego hoy es, ante todo, la construcción de una nueva subjetividad. ¿Bajo qué primado habrá de enfrentarse, en la próxima década, creo, la reinvención de la sociedad? Adscribir al “Estado” esa responsabilidad es dejar en manos de quienes lo ocupan esa discusión. El problema es si las instituciones y las nuevas formas sociales que habrán de surgir se edifican bajo el primado de lo público, de las preguntas por el bienestar, la distribución de la riqueza, la democratización de las oportunidades, o si se deja al fantasma del “Estado” la oclusión de la novedad. No hay que confundir el orden de lo público con los sintagmas estatales.

Tal vez el escenario que nos espera no se asemeje al destino previsto en la “U” o en la “L”, sino más bien en la “Z”, que describe un punto de ingreso a la crisis y una salida ya muy distante (y distinta) a ese origen.

Por, Ilán Semo
 

 

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Viernes, 19 Diciembre 2008 08:53

China: Hu Jintao promete más reformas

El presidente chino, Hu Jintao, conmemoró ayer el 30º aniversario del inicio de las reformas económicas con un discurso en el Gran Palacio del Pueblo, en el que aseguró que China continuará abriéndose al mundo, pero quebró cualquier esperanza de que el país camine hacia la pluralidad democrática. “No hay camino de vuelta atrás para nosotros. Sólo el desarrollo tiene sentido”, dijo el mandatario en la sede de la Asamblea Popular Nacional, en Pekín, ante miles de miembros del Partido Comunista Chino (PCCh), entre los que se encontraban el anterior presidente, Jiang Zemin, y el ex primer ministro Zhu Rongji.

Hu afirmó que el gobierno proseguirá con las reformas lanzadas hace tres décadas por Deng Xiaoping, que han convertido a China en la cuarta economía del mundo, la han situado entre las grandes potencias diplomáticas del mundo y le han permitido sacar a cientos de millones de personas de la pobreza (aunque siga habiendo 318 millones de una población de 1300 millones que viven con menos de dos dólares diarios). Aunque, a cambio, las desigualdades sociales, la corrupción y la degradación medioambiental hayan alcanzado cotas alarmantes. “Centrarnos en el desarrollo económico es la clave para el rejuvenecimiento del país. Es el imperativo fundamental para lograr la prosperidad y una paz y estabilidad duraderas”, señaló.

En un discurso entrelazado con referencias al marxismo y las teorías socialistas, Hu celebró los logros de estas tres décadas y lanzó un mensaje tranquilizador sobre la crisis económica. Dijo que las medidas adoptadas para reactivar la economía están funcionando, una declaración que trasluce la preocupación que late en el gobierno sobre el impacto que el cierre de miles de factorías, debido a la menor demanda extranjera, está teniendo sobre el empleo. Pekín ha advertido que el desempleo va a crecer en los próximos meses, lo que supone una fuente potencial de protestas y una seria amenaza para la estabilidad social. Tras cinco años seguidos con cifras de crecimiento de la economía superiores al 10 por ciento, se prevé que este año y el que viene las subidas sean de un solo dígito.

El Partido Comunista ha basado, en buena medida, su legitimidad en la capacidad de suministrar prosperidad. Pero una crisis pronunciada podría hacerle perder el apoyo con el que cuenta entre una población totalmente despolitizada, a la que, prácticamente, lo único que preocupa es avanzar económicamente.

De ahí, su obsesión por la paz social y su negativa a acometer cualquier liberalización democrática, que pueda entorpecer el desarrollo económico. “Sin estabilidad, no podemos hacer nada, y perderemos todo lo logrado”, advirtió Hu. Y dejó bien claro que el PCCh continuará sujetando con firmeza las riendas del poder para mantener el difícil equilibrio entre las reformas económicas y el control político. “Necesitamos utilizar como referencia los frutos beneficiosos de la civilización política alcanzada por el ser humano, pero de ninguna modo copiaremos el modelo de sistema político occidental.”

Porque China tiene mucho camino por delante. “Debemos ser conscientes de que nuestro país se encuentra aún en una etapa primaria de socialismo y que seguirá en ella durante mucho tiempo.”. Y citó entre los enormes desafíos a los que se enfrenta la tremenda brecha que separa a ricos y pobres y a las ciudades y el campo y la debilidad de las estructuras agrícolas.

Por José Reinoso*
* De El País de Madrid. Especial para Página/12.
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Martes, 02 Diciembre 2008 11:04

Orígenes de la crisis

La semana del 15 de septiembre, la industria financiera global sufrió un infarto. Murió el 18 de septiembre, pero fue resucitada por el secretario del Tesoro Paulson con un choque eléctrico de alto voltaje que en última instancia representó 700 mil millones de dólares (mdd) de rescate gubernamental. Al momento de escribir esta nota no se sabe aún si el paciente saldrá vivo de terapia intensiva. Y, en tal caso, si su salud podría estar tan dañada que reposaría en un pabellón permanente (nacionalizado) del gobierno.

El origen de esta crisis se remonta a los años 60. Hasta esa década, la ortodoxia económica de capitalismo de siglo XIX dirigió la política monetaria y fiscal. Esa ortodoxia exigía presupuestos gubernamentales equilibrados, moneda sana respaldada por oro, y un comercio internacional equilibrado. El abandono de esos tres principios durante las cuatro décadas pasadas es una de las causas directas de la crisis del capitalismo que hoy nos amenaza.

La guerra de Vietnam y el programa Gran Sociedad de Lyndon Johnson se combinaron para minar el primer principio, al propiciar enormes déficit presupuestarios gubernamentales a finales de los años 60. Excesivos gastos gubernamentales y una fuerte inversión de las corporaciones estadunidenses en el exterior ocasionaron una acumulación de dólares fuera de Estados Unidos. Cuando los gobiernos extranjeros comenzaron a redimir esos dólares por oro estadunidense, como se había acordado en el Sistema Internacional Monetario Bretton Woods, los funcionarios estadunidenses se alarmaron sobre la velocidad con que se agotaban las reservas estadunidenses de oro.

En 1971 el entonces presidente Richard Nixon anunció que EU ya no cumpliría sus compromisos con otros países de cambiar oro a razón de 35 dólares la onza, abandonando así el Sistema Bretton Woods y rompiendo el vínculo entre dólar y oro. A partir de entonces, el dólar ha sido estrictamente una moneda fiduciaria. De este modo se hizo a un lado el segundo principio de la ortodoxia económica.

El abandono del último principio, comercio equilibrado, se dio de manera natural a partir del rechazo de los dos primeros. El excesivo gasto gubernamental sobrestimuló la economía estadunidense y fomentó el exceso de importaciones. Y, libre del patrón oro, el país pudo financiar colosales déficit comerciales con dólares de papel y bonos del Tesoro denominados en dólares. En 2006, el déficit de cuenta corriente estadunidense se disparó a casi 800 mil mdd anuales, alrededor de 2 mdd por minuto. Ese déficit, y el crédito que lo financió, desestabilizaron la economía global al crear desequilibrios insostenibles que ahora se revierten.

Una vez abandonados los principios fundamentales del capitalismo, cualquier locura financiera concebible se convirtió en una oportunidad lucrativa para Wall Street. Como el dólar dejó de estar respaldado por el oro, la Reserva Federal perdió el control sobre la generación del crédito. La división entre dinero y crédito se hizo borrosa, y luego desapareció por completo. Los pasivos de Fannie Mae y Freddie Mac se incrementaron a 5 billones de dólares y, a medida que su deuda se expandía, adquirieron o garantizaron más de la mitad de las hipotecas nacionales, y elevaron el precio de los inmuebles en el proceso.

Los banqueros fraccionaron, rempaquetaron y revendieron una cornucopia de instrumentos de deuda (ahora conocidos como deuda tóxica) y pagaron a las agencias calificadoras para obtener calificaciones AAA. Se crearon y proliferaron instrumentos crediticios derivados que, según el recuento más reciente, sobrepasan 600 billones de dólares en valor teórico, el equivalente a casi 100 mil dólares por persona en el planeta.

Durante los 20 años pasados Alan Greenspan supervisó la explosión de esta deuda; su presidencia ha sido la más larga y, posiblemente, la peor en la historia de la Reserva Federal. En lugar de retirar el tazón del ponche antes de que la fiesta se prolongara, Greenspan prefirió curar la resaca con más ponche. Mantuvo bajas las tasas de interés, desalentó la regulación, pero animó la innovación de sector financiero. Y celebró la rápida expansión de los instrumentos derivados como un medio de mejorar la estabilidad del sector mediante la distribución de riesgos hacia quienes eran más capaces de enfrentarlos. En el nivel macro, su estilo podría caracterizarse como la administración de burbujas económicas que fueron populares durante su largo encargo. Para la posteridad, Greenspan será el actor principal en la creación de esta crisis.

Muy a menudo, las entidades reguladoras facilitaron los excesos. La industria financiera se desreguló, la ley Glass-Stegall se derogó y se forjaron enormes fortunas. Los mercados de derivados se propalaron ante la falta de supervisión regulatoria; los agentes hipotecarios generaron miles de millones de dólares en hipotecas subprime, prácticamente sin ninguna vigilancia, y los bancos burlaron los requerimientos de suficiencia de capital al ocultar sus activos.

¿Cómo salir de la crisis? Evitar el completo desplome de los mercados internacionales de capital es un paso importante, pero insuficiente para conjurar una depresión mundial. Será también esencial que el gobierno estadunidense apuntale agresivamente la demanda global agregada mediante un nuevo y mayor paquete de estímulos fiscales. La única razón realista para el optimismo es que Washington tiene capacidad de acumular los billones de dólares de una nueva deuda. Su deuda total es de 9 billones de dólares, aproximadamente 65 por ciento del PIB de EU. La proporción de deuda pública con respecto al PIB de Japón es de casi 200 por ciento.

En 1981, durante la última recesión seria de EU, el gobierno controló el déficit presupuestario, que promedió 5 por ciento del PIB estadunidense durante cinco años consecutivos. La capacidad del gobierno para hacerlo de nuevo podría ser el factor decisivo que evite una depresión global.

La sobrendeudada economía global se tambalea al borde de una navaja. De un lado están la deflación y la depresión. Si el gobierno estadunidense no pudiera invertir lo suficiente para mantener inflada la burbuja crediticia global, el mundo se precipitará en ese abismo gélido. Del otro lado están la hiperinflación y la devaluación del dólar. Si las pérdidas derivadas se acercaran a 10 billones de dólares, la Fed tendría que financiarlas mediante la emisión de papel moneda. Esto destruiría el valor de las reservas de divisas del mundo.

Para evitar cualquiera de esos terribles escenarios, EU tendrá que evitar el derrumbe sistémico del modelo financiero e invertir otros 5 billones de dólares o algo así durante los próximos cinco años para conjurar un desplome de la demanda global agregada. Es probable que tenga éxito, pero se verá obligado a rescribir las reglas sobre la marcha. Sin embargo, el precio del éxito podrían ser tasas de interés e inflación más altas, una devaluación sustancial del dólar, y una prolongada recesión global.

Tarde o temprano tendrá que establecerse un nuevo sistema monetario internacional. El patrón dólar fracasó porque las instituciones de EU no pudieron mantener los principios que apuntalan el capitalismo: presupuestos equilibrados, dinero sano y comercio equilibrado. Si los líderes del mundo no son capaces de reconstruir un sistema monetario internacional con base en esos principios, recordarán la crisis actual como el preludio del colapso.

Fuente: EIU
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Sábado, 05 Junio 2010 17:08

Trabajo creador y nuevo humanismo

Trabajo creador y nuevo humanismo

 

Edición 2010. Fromato 14 x 20 cm.177 páginas.
P.V.P:$15.000  ISBN:978-958-8454-16-0

 

Reseña:

En los últimos 30 años se hizo dominante lo que pudiéramos llar el olvido del capitalismo.En los debates culturales artísticos o cientificos, donde se abordan temas específicos pero no se pensaban sus nexos con el capitalismo como modo de producción y formación histórica.

La idea del capitalismo como estado final del desarrollo histórico de las sociedades humanas fue el supuesto implícito que hizo posible esta situación.Clausurada la experiencia de la historia, la humanidad quedaba condenada a padecer eternamente las contradicciones del capitalismo y los seres humanos quedaban limitados a tratar sólo asuntos de ámbito restringido.Los dramas humanos se reducían a microficciones sin horizonte de conjunto: un simple rastro en la arena.

Este libro de Gonzalo Arcila Ramírez plantea que es posible superar esas contradicciones en la perspectiva de un humanismo post capitalista que se afirme en las posibilidades que las revoluciones científico-tecnológicas de la contemporaneidad generan para que el trabajo creador sea el modo univrsal de existencia de las actuaciones humanas.

 

Gonzalo Arcila Ramírez. es psicologo de la Universidad Nacional de Colombia, profesor universitario, coordinador de la cátedra de psicología general de la Incca y miembro fundador del grupo de investigación "La Política Universitaria en la Sociedad del Conocimiento" (PUSOC). Ha investigado los procesos de la creación en el grpo de teatro "La Candelaria" y publicado numerosos ensayos y libros sobre la política cultural y educativa, así como las funciones psicológicas complejas.

 

 

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El año 2009 se caracterizó por la coexistencia de dos crisis que se venían gestando desde décadas atrás, y que de una u otra manera seguirán acompañando a la humanidad en el futuro: la crisis del sistema financiero y en general del sistema económico internacional, y la crisis climática.

De las múltiples y complejas implicaciones de la primera voy a destacar la llamada recesión, que en términos sencillos quiere decir que en un período determinado las economías de los países –y, en este caso, la economía global– no siguen creciendo al ritmo con que venían haciéndolo en períodos anteriores. No se necesita siquiera que decrezca (que reduzca su tamaño) significativamente sino que basta con que deje de crecer.

Cuando una persona está demasiado pasada de kilos, el médico le advierte que se puede morir si se engorda un kilo más, y le recomienda que, si le queda imposible enflaquecer, por lo menos intente no seguir engordando. Con el capitalismo sucede lo contrario: mantener su peso estable ya quiere decir enfermedad, y enflaquecerse conduce a la depresión.

La crisis climática, como se sabe, se agudiza (no se genera, pues, entre las causas de la crisis climática se pueden citar muchas más) debido al incremento de las emisiones de los llamados gases de efecto invernadero (GEI), como consecuencia del consumo excesivo de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, del auge de la agricultura y de la ganadería “industrial”, del aumento y la acumulación de desechos que en su descomposición producen metano y otros GEI, y de otras actividades humanas ligadas todas a la manera como hemos entendido y llevamos a cabo el desarrollo.

De todos estos procesos que contribuyen al agravamiento de la crisis climática, depende el crecimiento –es decir: la salud– de la economía nacional y mundial.

Aun en sistemas ‘alternativos’ de medición de la calidad de vida, como es el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que desde hace varios años utiliza el Sistema de Naciones Unidas, el ingreso económico constituye un factor esencial. Mientras mayor sea el ingreso de una persona, una familia, una comunidad o un país, mayor será su capacidad para consumir más recursos y más energía y, se supone entonces, mayores serán sus posibilidades para acceder a una vida “con calidad”.

Desde cualquier punto de vista, sería absurdo entender como ‘saludable’ la reducción de los ingresos económicos de una gran mayoría de la población que hoy debe realizar milagros diarios para sobrevivir. Cuando esto se publique, estarán todavía en plena vigencia las reacciones por el nuevo salario mínimo y su insuficiencia para satisfacer las necesidades de supervivencia mínima de una familia colombiana.

Sin embargo, mientras más recursos y energía podamos consumir, mayor será nuestra “huella ecológica”, es decir, nuestro “peso” sobre el planeta, medido en términos de presión sobre los recursos naturales, generación de basuras y producción de gases que producen el cambio climático. En otras palabras, mientras más ‘saludable’ sea la economía, más ‘enfermo’ estará el planeta al cual pertenecemos y de cuya ‘salud’ dependemos para existir. Ya hay en la economía tentativas de ‘castigar’ los indicadores de desarrollo económico, incorporándoles la dimensión de su impacto ambiental, pero lo cierto es que, en términos prácticos, hoy por hoy más desarrollo quiere decir mayor capacidad para devorar los recursos del planeta, contaminar la biosfera y contribuir al calentamiento global.
 

Doña Juana: En primer plano, el relleno. Al fondo: Bogotá. Al relleno Doña Juana de Bogotá llegan diariamente más de seis mil toneladas de desechos, un indicador de la ‘dinámica’ de la economía de la ciudad.

Razón tuvieron Hugo Chávez y Evo Morales cuando en la reunión de Copenhague culparon al capitalismo de la crisis ambiental, pero se quedaron cortos al omitir una mención expresa de que la misma obsesión depredadora que inspira y justifica al capitalismo neoliberal alimenta al capitalismo de Estado. A la atmósfera le da lo mismo si el gas carbónico que la calienta proviene del petróleo extraído de los campos de Texas o del Golfo de México, del Golfo Pérsico o de pozos colombianos o venezolanos. En el fondo es el mismo “modelo industrial” que conduce a la deforestación del Amazonas y produjo la casi total desaparición del Mar de Aral, cuando los soviéticos se apoderaron de todos los cursos de agua que lo alimentaban, y que en otra época fuera el cuarto mayor lago del mundo, para irrigar sus cultivos industriales de algodón.
 

Aral Sea: Muestra la evolución del Mar de Aral entre 1989 y 2003 (Foto USGS)
Foto aérea de una de las porciones de lo que fuera el Mar de Aral (GWCh, 2009)


Paradójicamente, en las dos crisis que se dieron cita en el año que acaba de pasar se encuentran el problema y la solución. El problema es que, si los seres humanos queremos seguir haciendo parte de este planeta, necesariamente debemos cambiar la manera de relacionarnos y de relacionarnos con él.

Y la única manera de lograrlo es que seamos capaces de separar nuestra concepción y nuestras metas de calidad de vida, de nuestra capacidad de depredación. A lo mejor hacia eso apunta el concepto de “vivir bien” que ya quedó consagrado en las Constituciones Nacionales de Bolivia y del Ecuador, aunque en la práctica tampoco está muy claro cómo se puede lograr.

Para resumir, el mundo necesita embarcarse en una recesión planificada, con el reto de lograr lo que parece imposible en la teoría y en la práctica: reducir el tamaño y, por ende, el impacto de las economías depredadoras (sean capitalistas, comunistas, socialistas o como se quieran rotular), y al mismo tiempo incrementar la calidad de vida de los seres humanos, no medida en términos de nuestra capacidad de depredar sino de nuestro goce de existir.

La crisis por escasez de agua que ya es un hecho en varios lugares del mundo, y cuyo peligro comienza a despuntar en nuestro país, nos aporta un buen ejemplo de lo que se debe lograr: por una parte, garantizar que toda la población colombiana, sin ninguna discriminación, tenga acceso equitativo y efectivo a eso que se denomina “mínimo vital”, es decir, a la cantidad mínima de agua que un ser humano necesita para vivir con calidad; y, por otra parte, eliminar el desperdicio de agua por parte de los actores y los sectores que hacen un consumo excesivo e irresponsable de ese recurso vital.

Para las crecientes cantidades de seres humanos que hoy carecen en el mundo de ese “mínimo vital”, el acceso al mismo significa un enriquecimiento en términos de calidad de vida y de goce de existir.

Posiblemente, para muchos de quienes –por fuerza de la Ley o de las circunstancias inexorables–- se verán obligados a renunciar al desperdicio (y a lucrarse de ese desperdicio), esto puede significar un empobrecimiento, un síntoma de recesión, e incluso un factor de depresión económica y mental.

Esa recesión económica –ojalá planificada y concertada, pero, si no, también– deberá volver los ojos a la Cultura (con mayúsculas), pues es allí donde la humanidad cuenta con los recursos necesarios para entender que renunciar al consumo innecesario de energía y de recursos no es sinónimo de empobrecimiento sino una inversión de vida a favor de la supervivencia de nuestra especie en la Tierra.

El reto, por supuesto, no es sencillo y los grandes sistemas económicos del mundo están dispuestos a acudir a lo que consideren necesario con tal no solamente de sobrevivir sino además de continuar creciendo de manera indefinida y autista, haciendo caso omiso de los límites que les impone el planeta. Una de las fórmulas para conjurar la recesión y evitar la depresión, que ya en el pasado se ha ensayado con éxito, es la guerra.

Creo en la tesis de que la llamada “guerra fría” no ha terminado sino que se están diversificando sus actores, están cambiando sus pretextos y sus expresiones, y se están buscando nuevos escenarios para calentarla (incluso con combustible nuclear). Uno de esos escenarios es nuestra América del Sur. Más allá de cualquier pretexto coyuntural, lo que hay detrás es el afán de mantener el crecimiento del sistema económico global. Por eso, los mismos ‘países civilizados’ que promueven la paz les venden a unos los tanques y los aviones de guerra, y a los otros armas especializadas en destruir esos tanques y esos aviones. Con tal de mantenerse vivos, el capitalismo neoliberal y el capitalismo de Estado acuden incluso a devorarse a sí mismos; a su propia destrucción.

La Tierra, mientras tanto, toma nota cuidadosa de la estupidez humana y activa el sistema inmunológico que le va a permitir deshacerse de nosotros en caso de que no seamos capaces de entrar en razón.

Bogotá, enero de 2010

Publicado enEdición 153