Miércoles, 24 Septiembre 2014 16:15

"Estamos en un totalitarismo gradual"

"Estamos en un totalitarismo gradual"

El doctor en sociología del derecho, Boaventura de Soussa Santos, profesor en la Universidad de Coimbra –Portugal– y autor en temas de jurisprudencia, globalización, multiculturalismo y derechos humanos, habló con el periódico desde abajo en su reciente visita a Colombia en el marco del Noveno Congreso Nacional de Sociología. Boaventura analiza el panorama global de la democracia, en lo que para él es un contexto de pérdida del Estado social, y proyecta los retos a los que estaría enfrentado nuestro país de lograrse una resolución del conflicto armado.

 

Desde abajo –da– "Democratizar la democracia" es una de sus expresiones más conocidas, sin embargo si miramos la coyuntura internacional, con casos como el Medio Oriente o la ciudad de Ferguson en los Estados Unidos, puede pensarse que estamos ante una involución de las formas de la democracia liberal, ¿es realmente así?, ¿nos estamos alejando de la posibilidad de democratizar la democracia?
Boaventura de Sousa Santos –BS– En cuanto a la primera pregunta, pienso que sí, que estamos en un proceso de retroceso. Aparte de los ejemplos dados, quizás sea más elocuente citar lo que ocurre en Europa. De alguna manera, después de la Segunda Guerra, este continente fue visto como un ejemplo de buenas prácticas democráticas que fueron exportadas a otros países del mundo, pero hoy esos procesos democráticos retroceden.

Es decir, el capitalismo después de la Guerra estaba con miedo porque había otro sistema al otro lado de Europa que era el socialista, por eso hubo concesiones muy fuertes a los trabajadores. La tributación, por ejemplo, permitió que los más ricos aportaran más; el Estado pudo construirse como un estado social. Lo que ahora pasa en Europa, sobretodo desde 2008, es una destrucción gradual, pero persistente, de todo ese sistema social. Podríamos decir, por eso, que la democracia liberal está perdiendo la batalla ante el capitalismo. Y que el capital solamente tiene confianza en ser gobernado por gente que tenga una lógica de gobierno maximizadora de ganancias.


da. ¿Estamos, entonces, ante la reconversión del modelo de desarrollo?
BS. Evidentemente, el capital sabe que ha ganado mucho, perdió poder político pero ganó mucho poder económico. Eso me parece que es el frente del retroceso de los procesos democratizantes. Hubo algunos avances democráticos en el pasado, pero el aumento de la desigualdad está trayendo también un incremento del racismo y de la xenofobia.

La desigualdad en Europa produce, por ejemplo, políticas migratorias que son humillantes para los extranjeros, eso es colonialismo dentro del continente que parecía el más democrático. Ahora vemos en Latinoamérica a los grupos indígenas y campesinos, que bloquean una carretera en contra de una empresa minera, vistos como obstáculos para el desarrollo. Porque son salvajes, inferiores. Esa actuación viene desde siglos y está volviendo, y no es solamente acá, también se nota en países como los Estados Unidos.

Las relaciones humanas, con la desigualdad y el racismo son cada vez más violentas, y por eso las Naciones Unidas desarrolló el concepto de seguridad humana, que es la búsqueda de que la gente pueda vivir sin miedo y sin necesidades vitales por cumplir. Hoy, ese concepto de seguridad humana se transformó en seguridad nacional, y entonces las políticas son de vigilancia, de securitización de toda la sociedad. Los ciudadanos están sobre sospecha. Ya no son, a mi juicio, los llamados terroristas, es el ciudadano común que está constantemente vigilado con cámaras, y eso hace que sea un ciudadano peligroso. Esto es la negación de la democracia.

 

da. ¿Estamos entonces ante un retroceso de la democracia?
BS. En efecto. Así sucede porque las dinámicas del neoliberalismo crean imperativos globales que van en contra de la deliberación democrática. Así, por ejemplo, si un país decide incrementar las políticas públicas de salud, al día siguiente la Agencia respectiva hace una declaración diciendo que eso va a perjudicar el presupuesto nacional y que las tasas de las deudas soberanas van a incrementarse. Eso es un chantaje.

Todo esto, a mi juicio, se está articulando para disminuir el campo de liberación democrática, y cuando éste disminuye lo que aumenta es el campo de los despotismos sociales, lo que llamo en mi trabajo: el fascismo social. Las sociedades son políticamente democráticas, pero socialmente fascistas.

da. Precisamente, decía usted que el grado cero de legitimación del Estado es ese fascismo social. ¿Podría decirse que se está desdibujando el sentido de la democracia formal y que los Estados, incluso los del centro capitalista, están entrando en formas más directas de fascismo y de autoritarismos más explícitos?
BS. Sí, me parece. La fórmula es el estado de excepción, un estado de suspensión de las garantías constitucionales. El estado de excepción es excepcional. Pero lo que vemos hoy es su permanencia y, además, sin que signifique una suspensión de la Constitución. Pareciera que todo eso es normal porque ya hay otras formas de actuación. Por ejemplo, hay un recorte de pensiones en Portugal debido a una emergencia de la deuda, y esta emergencia se transforma en motivo suficiente para declarar, informalmente, un estado de excepción.

Entonces, aquí estamos en un borderline, es lo que llamo un totalitarismo gradual. Por eso ya estamos realmente entrando, en razón de lo que está pasando, en una forma de fascismo parapolítico dentro de las instituciones mismas del Estado.

da. Estamos en un momento en que el número de los excluidos es muchísimo mayor que el de los incluidos. Para poder democratizar la democracia, ¿primero tenemos que mirar cómo hacer más simétrico el ingreso? O, ¿la lucha por la democracia estaría primero, y luego la búsqueda de una igualdad en términos reales? ¿Es legítimo preguntarse de esta manera esto, o cómo ve usted el problema?
BS. Pienso que tenemos que hacer las dos cosas, la sociedad hoy no nos da otra alternativa. Es curioso ver que la expresión del 99-1 es muy antigua, creada en 1910 por Tolstoi para describir la Rusia de entonces. Para decir que el uno por ciento de Rusia dominaba al 99 por ciento, y el movimiento de Wall Street, algunos sin saber, otros sabiendo, aprovecharon ese concepto.

El capitalismo nos lleva hoy a formas de polarización, de desigualdades sociales casi como en el siglo XIX. Realmente si usted mira la concepción que hay de derechos laborales se ve un retroceso. Por eso debe reflexionarse si efectivamente es posible democratizar la democracia en estas condiciones. Pienso que va a ser muy difícil y será necesario algo más que la democracia representativa.

A los jóvenes que al final del siglo XIX lanzaban bombas en las calles de Chicago, Londres y Moscú, y a los anarquistas, por ejemplo, nunca les pasó por la cabeza pedir una democracia real. Un siglo después, está dentro del imaginario popular. La gente hoy tiene una concepción de derechos, como vemos con las tutelas aquí en Colombia, tienen una idea de que tenemos derechos y que hay que reivindicar y demandar para que sean cumplidos.

Algunas veces se dice que no hay capacidad de renovación de la democracia representativa, que ésta está realmente en grandes dificultades, como dice mi libro, pero hay siempre alguna innovación, por ejemplo, recientemente, para sorpresa de mucha gente, surge en España un partido, "Podemos", donde tenemos esperanza que realmente pueda surgir alguna renovación de la izquierda. La renovación que buscamos exige luchar a nivel de la democracia representativa y de la democracia participativa

Pienso que la democracia representativa en otros países está ocupada por anti-demócratas, gente que está al servicio del capital, de la corrupción, y que por eso no tiene ningún interés en representar a los representados. Por eso éste va a ser un tiempo lleno de luchas por las instituciones, y lucha desde afuera: antiinstitucional: en las calles, en las plazas, demandando derechos, democracia, paz. Entrando en lo que llamo un momento posinstitucional. La gente va a protestar porque tiene la idea de que las instituciones no están ejerciendo sus funciones como deberían. Eso va a ser, pienso, el escenario en el que vamos a vivir en este lado, claro, porque Medio Oriente cercano tiene otras dinámicas.

da. En América Latina vemos la resistencia de los poderes locales a la explotación minera, contraviniendo las políticas del Estado central. Podría decirse, en términos estratégicos, que ¿el Estado central está debilitado?

En esa misma línea, fenómenos como la separación de Cataluña o lo que vamos a tener ahora en Escocia, de alguna manera son ¿manifestaciones de una mayor independencia de lo local? ¿habría esperanzas en ese aspecto?
BS. Es una buena pregunta y merece una respuesta compleja porque, por un lado es verdad lo que estás diciendo, si miramos estos casos de impulso independentista de pueblos –como los catalanes o los escoceses– se ve que hay un esmero para crear un proyecto de país que está siendo destruido a nivel nacional por el neoliberalismo.

Los países fueron creados desde el concepto geopolítico de que cada uno puede tener su proyecto. Era un proyecto excluyente porque no incluía a las comunidades indígenas, ni los afro, pero era un proyecto de país. El neoliberalismo no era un proyecto de país, lo era de circuitos y de flujos globales, pero el movimiento en contra del Estado central empezó con políticas del Banco Mundial en los 90. El Banco, para debilitar el Estado central –que en ese entonces era muy fuerte– propuso medidas de descentralización, por ejemplo, que la educación básica debería pasar por los municipios.

Lo que pasó, como todo en la sociedad es dialéctico, fue que las fuerzas populares municipales aprovecharon este impulso descentralizador y se apropiaron de él. Y eso, cuando hay un agente político fuerte, como el caso del PT en Brasil –que decide en 1989 crear los presupuestos participativos en los municipios–, va a cambiar el Continente y va a provocar una revolución administrativa, política y local muy importante.

Pero tú cambias a nivel local y si no interfieres a nivel nacional, sigue la misma cosa. Necesitamos formas de democracia participativa a nivel nacional. Me sorprende que Bogotá no esté haciendo en este momento una experiencia novedosa de lo que podría ser una democracia participativa. Pienso que hay esperanzas de estas formas de democracia desde abajo, por así decir, que van a fortalecer los modelos que desde arriba están perdiendo dinámica, están perdiendo vitalidad.

da. Muchos de los movimientos en América Latina que en la última década lucharon por otros proyectos de nación se han agotado, y se encuentran con posibilidades de regresión, como en el caso de Venezuela y Brasil, ¿cómo ve el fenómeno de estos movimientos hacia el futuro?
BS. Lo que pasa es que la primera década del milenio fue luminosa en el Continente, llevando incluso a la discusión sobre el socialismo del siglo XXI, y por eso nos pareció que estábamos con una innovación política que podría arrastrar rápidamente otros países.

Pero no fue así. La segunda década es mucho menos brillante para el Continente, tuvimos acontecimientos muy peligrosos como el golpe en Honduras, más tarde en Paraguay y luego lo que pasó en Venezuela. El impulso de renovación política de la primera década disminuyó y perdió vitalidad por dos razones: una, que los movimientos sociales se desarmaron rápidamente cuando vieron que sus amigos habían llegado al poder. En Brasil eso fue claro: Lula es nuestro amigo, está en el poder, entonces ya no tenemos que trabajar. El único movimiento que no se desarmó fue el de los Sin Tierra. El resultado fue que el Presidente todos los días tenía la presión del capitalismo global y del capitalismo nacional y por eso muchas de las promesas se fueron frustrando.

Pero no es solamente esto, el otro factor, a mi juicio, es que desde abajo hubo poca presión y desde arriba hubo mucha del neoliberalismo y que en la década luminosa, la primera década, el imperialismo norteamericano estaba totalmente concentrado en Irak y por eso se olvidó de América Latina, donde siempre tuvo un papel de mucha injerencia, pero desde unos años pone de nuevo atención en esta parte del mundo.

da. En La Habana hay un avance como nunca había existido en diálogos anteriores entre la insurgencia y el gobierno colombiano. Después de tantos años de violencia sistemática en Colombia, teniendo en cuenta su conocimiento de los movimientos sociales qué le auguraría al país por lo menos en términos de ampliar la democracia, ¿sí es posible? O, ¿podríamos estar más cerca de un resultado como el de Guatemala?
BS. Las cosas son muy distintas obviamente y Colombia, a pesar de tener deficiencias institucionales muy fuertes tiene, en el caso del sistema judicial por ejemplo, una fuerza superior a otros países. Sobre todo después de la Constituyente del 91, la Corte Constitucional tuvo un papel pionero en el continente y hoy en día sigue siendo un ejemplo para el constitucionalismo transformador, como lo llamamos.

Ese aspecto no está en otros países. Pienso que aquí hay una institucionalidad quizá más fuerte y una sociedad que de tanta violencia se acostumbró a correr riesgos y por eso existen aún movimientos sociales. Los agrarios, los campesinos, los indígenas, como ya lo vimos en el paro agrario, siguen organizándose, siguen luchando, buscando solidaridad internacional.

Ahí quedan unos elementos de esperanza, pero una esperanza muy mitigada, muy cautelosa, porque depende mucho de que la sociedad civil organizada de Colombia, que tiene tantas aspiraciones y tantas expectativas en este proceso de paz, no se quede pasiva después de los acuerdos.

Yo pienso que debe tratarse de otras democracias, o sea, necesitamos una democracia intercultural en este país, y esa democracia deberá tener un componente obviamente representativo y una dimensión de democracia participativa y quizás de democracia comunitaria, como se determina en el caso de la constitución de Bolivia. Si eso se logra creo que habrá señales de esperanza para que este posconflicto ponga a Colombia como un ejemplo, para esta nueva década, de alguna creatividad política. Pero eso es una gran incógnita.

da. Lo que argumentan en esencia los que más se oponen al proceso de paz es que no puede haber paz con impunidad y pugnan porque, fundamentalmente, los jefes guerrilleros tengan que pagar cárcel. Desde la izquierda se dice que no es conveniente y que además debe permitírseles la participación en política. ¿Cómo ve usted este aspecto hacia futuro? ¿Eso podría constituirse hacia adelante en un obstáculo, incluso si se firman los acuerdos de paz? ¿Cómo ve usted este aspecto de la Justicia Transicional?
BS. Para mí es claro, la paz está primero que la justicia. Solo quien no conoce a Colombia puede decir que ahora vamos a aplicar todo como si nunca se hubiera presentado violencia, no es así. La paz está primero.

En segundo lugar, mira la historia ¿qué pasó en la Guerra Civil de los Estados Unidos entre el norte y el sur?, ¿cómo terminó la guerra? Con perdón recíproco, una guerra extremadamente violenta de todos los lados, y tuvo que haber perdón, no había jurisdicción universal en ese entonces, no había Tribunal Penal Internacional, pero hubo perdón. No podía ser de otra manera. Por eso pienso que los enemigos del proceso de paz van a utilizar todos los argumentos. Y, como te digo, el capitalismo internacional no está interesado quizás en una paz que no pueda controlarse después.

Con la paz las multinacionales podrán invertir mejor en Colombia, pero hay mucha gente que va a perder mucha plata con la paz. Y ellos no quieren perderla, y por eso van a resistir, por ejemplo, trayendo la legislación internacional de los crímenes contra la humanidad. Y ya están diciendo lo mismo a nivel de la Corte Penal Internacional: cuidado, porque hay este tipo de crímenes, etcétera.

da. Profesor, usted decía en uno de sus escritos que nos encontramos en un punto de bifurcación, para utilizar el lenguaje de Prigogine, y que cualquier elemento pequeño puede llevarnos a situaciones totalmente distintas, ¿qué resortes, diría usted, deberíamos tocar quienes propugnamos por un mundo más amable? ¿Hacia qué debemos apuntar para que sea posible en últimas democratizar la democracia?
BS. En cada país hay un contexto distinto, pero Colombia, en este momento, no es consciente de esto. Colombia está a punto de ser pionera de otro tipo de construcción de sociedad que es el proceso de paz en sí mismo y la posibilidad de un posconflicto, de una sociedad más reconciliada, más inclusiva.

Pienso que aquí la bifurcación es está: es un proceso de paz que, uno de dos, o va a lograr una sociedad más inclusiva, con una democracia más fuerte y una gran protección a todos los actores que están involucrados en el conflicto –para no repetir lo sucedido con la Unión Patriótica, y entonces, Colombia, que se quedó por fuera de toda la primera década de las cosas luminosas producidas en el Continente –debido a gobiernos conservadores como el de Uribe–, puede volver a tener un protagonismo. Pero en estas condiciones, porque ésta es la bifurcación, si hay un fracaso del proceso de paz se llegaría al punto del desastre total.

 

Video 

Entrevista completa: ¿Democratizar la democracia?

Publicado enEdición Nº206
Martes, 09 Septiembre 2014 11:56

Los discursos otros

Los discursos otros

 

Edición 2014. Formato: 11,5 x 17,5 cm, 120 páginas
P.V.P:$15.000   ISBN:978-958-8454-96-2

 

 Reseña:

Este texto sintetiza los principales debates formulados a la teoría crítica clásica; muestra cómo la pregunta por la cultura estuvo en el centro de la preocupación por el fenómeno de la reproducción del capitalismo, trascendiendo el análisis económico, para lo cual retoma los esfuerzos de la Escuela de Frankfurt y el Centro de Estudios Culturales de Birminham, al momento de realizar los primeros estudios sobre la cultura obrera, para luego mostrar los debates estructuralistas y postestructuralistas que, con énfasis en la cultura como dimensión fundante de la realidad, tomaron distancia de dichas tradiciones.

Son revisadas, además, varias tendencias, desde la mirada arqueo-genealógica, las teorías de género, hasta los estudios poscoloniales, enfatizando en América Latina identificando importantes trabajos sobre la manera como Occidente pretendió universalizar sus valores y las formas particulares que adoptó allí la modernidad. Más allá de toda pretención de identidad, los discuros otros pueden ayudar a despertar sospecha ante las formas de dominación más sutiles, pero sobre todo a encontrar las fisuras por dónde fluyen hoy las transformaciones que nos permitirían construir nuevas utopías.

 

Alejandro Álvarez Gallego. profesor Titular de la Universidad Pedagógica Nacional desde 1989, donde obtuvo la licenciatura en Ciencias Sociales; Magíster en Estudios Políticos de la Universidad Javeriana y Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación de la Uned de Madrid España.

Entre sus publicaciones: "Las Ciencias Sociales en Colombia: Genealogías Pedagógicas", 2013, "Formación de Nación y Educación" , 2010.

 


 

Índice.

 

Introducción.

I.La teoría crítica.

II.El estructuralismo.

    Sobre el concepto de estructura.

III.Los estudios Culturales.

     La génesis.

     Institucionalización.

IV.El pos-estructuralismo.

     La perspectiva de Focault.

     Teorías críticas del feminismo y los estudios de género.

V.El poscolonialismo o la crítica cultural del capitalismo tardío.

VI.Los estudios culturales y pos-estructurales en América Latina.

     En síntesis.

     Bibliografía.

 

 

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Martes, 09 Septiembre 2014 11:38

Alianza PAIS o la reinvención del poder

Alianza PAIS o la reinvención del poder

 

Edición 2014. Formato 17 x 24 cm. 402 páginas.
P.V.P:$37.000   ISBN:978-958-8454-99-3

 

Reseña:

Durante la "década progresista", en América Latina germinaron nuevas formas de dominación transformadas en hegemónicas a caballo de gobiernos proclamados de izquierda, incluso revolucionarios. Irónico. Estamos ante formas más complejas de administrar los estados, de maneras menos transparentes y, por tanto, más profundas y eficaces para el disciplinamiento de los sectores populares. Modos que neutralizan la capacidad de lucha de los movimientos, pero que a la vez dan rienda suelta a los modelos extractivos de acumulación del capital, mientras domestican camadas enteras de la sociedad con políticas sociales que no alcanzan a modificar la desigualdad.

Ante este conjunto de dificultades, es imperioso afilar el estilete del análisis y empuñar con precisión el cincel de la crítica, para dar cuenta de las nuevas realidades. No puede lucharse contra lo indescifrable ni combatir en la confusión, cualidades que son más eficaces como instrumentos de la dominación que como palancas de la emancipación. Es urgente, por tanto, alumbrar el presente, explicar cómo se engarzan los eslabones de las nuevas cadenas, no menos terribles que las anteriores.

Alianza PAIS o la reinvención del poder de Pablo Dávalos, es un instrumento valioso, un aporte sustancial para quienes, abajo y a la izquierda, trabajamos para seguir construyendo un mundo nuevo. Consigue desvanecer la bruma de este "tiempo ambiguo"; muestra con abundancia de datos y análisis precisos, tanto las continuidades como las novedades del régimen de Alianza País, incluyendo los atributos de su liderazgo autoritario.

El mérito especial de Dávalos radica en la comprensión integral de la "Revolución Ciudadana" ecuatoriana, abarcando todas sus facetas, desde la economía y la política hasta la estética y la semiótica. En mi opinión, lo mejor que puede decirse de un trabajo como el de Pablo, es que constituye una valiosa herramienta para quienes seguimos resistiendo el capitalismo y luchando por la emancipación.

Raúl Zibechi

 

Pablo Davalos. Economista ecuatoriano con estudios de posgrado en Lovaina (Bélgica) y en Grenoble (Francia). Ex Viceministro de Economía (2005). Profesor titular de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador en el área de Economía Política. Profesor de posgrado y profesor visitante de la Universidad Pierre Mendes France, de Grenoble-Francia.

 

 

Artículos relacionados:

Reseña Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº138, septiembre 2014

 

 

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Sábado, 30 Agosto 2014 08:53

El triunfo cultural del neoliberalismo

El triunfo cultural del neoliberalismo

El neoliberalismo echa raíces. Durante los años 70 del siglo pasado, las tendencias del capitalismo dieron un vuelco de 180 grados. Los principios que regían las relaciones entre las clases sociales, los mecanismos de consenso, las maneras de enfrentar los conflictos y crisis, entre capital y trabajo, se fueron al traste. De la noche a la mañana la propuesta keynesiana de posguerra, que unía democracia, desarrollo e integración social, fue cuestionada. La movilidad social ascendente se transformó en un nuevo proceso de pauperización. Las desigualdades, otrora combatidas como lacras del subdesarrollo, fueron reivindicadas, en los países de capitalismo central, como motor de la competitividad. La diferencia era de interpretación. Una nueva teoría de la justicia, fundada en la competencia y anclada en la igualdad de oportunidades para fracasar o triunfar, sirvió de pretexto para declarar la supremacía del liberalismo político y reivindicar una reforma del Estado de bienestar capaz de asentar un orden social despolitizado, descentralizado y desregulado. Los principios de la desigualdad natural se consideraron aliciente para el advenimiento de una sociedad ordenada, equitativa y justa, asentada en la economía de mercado. En ella los emprendedores serían recompensados con el triunfo, y los timoratos, acostumbrados a vivir de las ayudas de papá Estado, penalizados con el fracaso y la marginación. La economía de mercado pondría a cada quien en su sitio, sin otro baremo que las habilidades, imaginación y capacidades de cada quien para forjarse un futuro. El tópico: Enseñarles a pescar y no darles el pescado, se extendió como la peste. Los colegios cambiaron las asignaturas de ética y filosofía por economía aplicada a las finanzas. Estudiantes de 15 años debían saber operar en valores bursátiles, simular inversiones, buscar dinero semilla y ser competitivos.

 

La integración social, considerada uno de los éxitos del Estado de bienestar para frenar el comunismo en Europa occidental, se aparcó y con ello el manido argumento para desactivar las luchas sociales, repetido por ideólogos y propagandistas académicos, negando la pauperización creciente del proletariado y los sectores medios. Los trabajadores no tenían cadenas ni estaban alienados, ni enajenados. Por el contrario, sus miembros estaban contentos al recibir una parte proporcional de los beneficios de la sociedad industrial. Disfrutaban de un trabajo y un salario justos, que les brindaba acceso a crédito, vivienda, educación superior, ascenso social y, sobre todo, consumir. No querían más. La lucha de clases era un mito atizado por partidos de izquierda que no aceptaban su derrota política a manos de un capitalismo con rostro humano.


Los primeros cambios doctrinarios introducidos por el neoliberalismo afectaron de manera diferente a los sectores medios y el proletario industrial de posguerra. Sin embargo, ambos verían esfumarse sus expectativas. A los sectores medios, educados en la meritocracia, la ideología del progreso y el consumo, les aguó la fiesta. Las políticas de austeridad les afectaron los bolsillos y restringieron el consumo. Y a los trabajadores industriales les atacó de lleno. Del trabajo estable y duradero se pasó al mercado laboral flexible y de mala calidad. Con ello los valores culturales del capitalismo debían transformar la mentalidad del trabajador. Se impuso el contrato a tiempo parcial, la estabilidad laboral se evaporó. La economía del bienestar, en economía del malestar. La cultura del capitalismo, su lenguaje, sus formas de explotación, dominio y hegemonía requería un cambio. A decir de Richard Sennett, la necesidad de amoldarse a las necesidades de un trabajo inestable, sin residencia fija, intercambiable en puesto, responsabilidades y disponibilidad absoluta de tiempo, dio lugar al carácter flexible. En otros términos, una personalidad gelatinosa, de principios mutables, dispuesta a todo y amoral.


Una visión apocalíptica se adueñó del discurso político de los hacedores del capital. Se acabó lo que se daba. El popular café para todos fue sustituido por un ajustarse el cinturón. Se acusó al Estado de ineficiente y corrupto, así como de despilfarrar recursos y ser un lastre para la competitividad. Nuevos valores entraron en liza. Lentamente cambiaron los referentes, los imaginarios y las palabras. El capitalismo se reinventó. Todo se fue modificando para dar cabida a un ser despolitizado, social-conformista. Un perfecto idiota social. Las viejas estructuras abrieron paso a un orden social cuyas reformas exacerbaron los valores individualistas, el yo por encima del nosotros y el otro, considerado un obstáculo, un competidor al cual destruir. Ello en plena guerra fría. La crisis de los países del Este aceleró el proceso en marcha. La revolución tecnológica apuntaló los cambios al entrar de lleno en los hogares, como anteriormente la radio y el televisor. Los videojuegos, el uso de ordenadores personales, Internet, provocaron un vuelco en las relaciones sociales. Para los más optimistas, era el nacimiento de la sociedad de la información. Las redes, los nodos, los chats y la realidad virtual sustituyen las charlas entre amigos. Se puede estar en mil sitios al mismo tiempo y en ninguno. Las tecnociencias han facilitado el control y el dominio de la población bajo fórmulas que provocan autismo social. Es normal ver a jóvenes y no tan jóvenes inmersos en el mundo de WhatsApp, Twitter y Facebook en lugares y circunstancias como restaurantes, aulas de clase, cines, autobuses, metro. No se hablan. Están absortos en sus aparatos electrónicos y una comunicación virtual. Hasta la democracia se torna en democracia 2.0, digital, confundiendo un proyecto político fundado en el diálogo, la mediación y la negociación cara a cara, con un mensaje de texto. El éxito cultural del neoliberalismo ha consistido en hacer de los proyectos sociales democráticos, emancipadores y socialistas, una opción individual de mercado dependiente de la telefonía móvil.

Publicado enEconomía
Sábado, 16 Agosto 2014 11:29

Los 17 mandatos del anticapitalismo

Los 17 mandatos del anticapitalismo

Uno de los múltiples problemas a los que nos enfrentamos como clase social (¿o sería mejor decir como especie o planeta?) es la falta de un horizonte por el que luchar. Al menos desde la oleada revolucionaria global de los '60 y '70, no hay una alternativa socialista difundida a cierta escala. La reacción neoliberal ocurrida desde entonces machacó esas posibilidades de transición y restringió el debate a los límites internos del capitalismo.

 

Lo vemos día a día cuando las alternativas presuntamente "anticapitalistas" son simplemente defendernos de las peores consecuencias del sistema, intentar crear espacios a pequeña escala que funcionen de forma diferente o, en el peor de los casos, camuflar el anticapitalismo con la búsqueda de la gestión del Estado capitalista, postura que en general propone volver a un pasado de propiedades míticas en el que los excesos de los oligarcas estarían controlados.

 

Por este motivo, es una gran noticia que voces autorizadas planteen de forma seria esa transición desde la dictadura burguesa a la democracia. Así pues, 'cedemos' este espacio al geógrafo David Harvey, quien en su última obra, Seventeen contradictions and the end of capitalism, propone a su vez 17 "mandatos" para animar la praxis política. Esperamos que así sea.

 

"Deberíamos luchar por un mundo en el que:

 

1. La provisión directa de adecuados valores de uso para todos (vivienda, educación, seguridad alimentaria, etc.) sea prioritaria sobre su provisión a través de un sistema de mercado que maximiza el beneficio y que concentra los valores de cambio en unas pocas manos privadas y distribuye los bienes de acuerdo a la capacidad de pago.

 

2. Se cree un medio de cambio que facilite la circulación de bienes y servicios pero limite o excluya la capacidad de los individuos privados para acumular dinero como una forma de poder social.

 

3. La oposición entre propiedad privada y poder estatal sea desplazada tanto como sea posible por regímenes de derechos comunes –con énfasis concreto sobre el conocimiento humano y la tierra como los comunes más cruciales que tenemos- cuya creación, gestión y protección se sitúe en las manos de asambleas y asociaciones populares.

 

4. La apropiación de poder social por personas privadas no sea sólo limitado por barreras económicas y sociales sino que sea desaprobado universalmente como una desviación patológica.

 

5. La oposición de clase entre capital y trabajo sea disuelta en productores asociados decidiendo libremente sobre qué, cómo y cuándo producirán en colaboración con otras asociaciones en relación con la satisfacción de las necesidades sociales comunes.

 

6. La velocidad de la vida diaria sea reducida –la locomoción debe ser sin prisa y lenta- para maximizar el tiempo para actividades libres llevadas a cabo en un entorno estable y bien mantenido protegido de episodios dramáticos de destrucción creativa.

 

7. Las poblaciones asociadas evalúen y comuniquen entre sí sus mutuas necesidades sociales para proveer la base para sus decisiones de producción (a corto plazo, las consideraciones de realización dominan las decisiones de producción).

 

8. Se creen nuevas tecnologías y formas organizativas que aligeren la carga de toda forma de trabajo social, disuelvan las distinciones innecesarias en las divisiones técnicas del trabajo, liberen tiempo para actividades libres individuales y colectivas, y disminuyan la huella ecológica de las actividades humanas.

 

9. Las divisiones técnicas del trabajo sean reducidas mediante el uso de la automatización, robotización e inteligencia artificial. Aquellas divisiones técnicas del trabajo residuales consideradas esenciales estén disociadas de las divisiones sociales del trabajo tanto como sea posible. Las funciones administrativas, de liderazgo y de control deberían rotar entre individuos dentro de la población general. Nos liberemos del dominio de los expertos.

 

10. El poder monopólico y centralizado sobre el uso de los medios de producción sea conferido a asociaciones populares mediante las cuales las capacidades competitivas descentralizadas de individuos y grupos sociales se movilicen para producir diferenciaciones en las innovaciones técnicas, sociales, culturales y de estilos de vida.

 

11. Exista la diversificación más amplia posible en formas de vivir y de ser, de relaciones sociales y relaciones con la naturaleza, y de hábitos culturales y pensamientos dentro de asociaciones territoriales, comunas y colectivos. Se garantice el libre e ilimitado pero ordenado movimiento geográfico de individuos dentro de territorios y comunas. Los representantes de las asociaciones se junten regularmente para evaluar, planificar y emprender tareas comunes y tratar con los problemas comunes a diferentes escalas: biorregional, continental y global.

 

12.Todas las desigualdades en la provisión material sean abolidas aparte de aquellas implicadas en el principio de de cada cual según su o sus capacidades y a cada cual según su o sus necesidades.

 

13. La distinción entre el trabajo necesario hecho para otros distantes y el trabajo acometido en la reproducción de uno mismo, el hogar y la comuna sea gradualmente borrada, de manera que el trabajo social se integre en el trabajo doméstico y comunal, y el trabajo doméstico y comunal se convierta en la forma principal de trabajo social no alienado y no monetizado.

 

14. Todo el mundo debería tener iguales derechos a educación, salud, vivienda, seguridad alimentaria, bienes básicos y acceso abierto al transporte para asegurar la base material para la libertad para vivir sin la miseria y para la libertad de acción y movimiento.

 

15. La economía converja en el crecimiento cero (aunque con margen para desarrollos geográficos desiguales) en un mundo en que el desarrollo más grande posible de las capacidades y energías humanas tanto individuales como colectivas y la búsqueda perpetua de la innovación prevalezcan como normas sociales desplazando la manía por el crecimiento compuesto perpetuo.

 

16. La apropiación y producción de fuerzas naturales para necesidades humanas deberían mantener un ritmo sostenido pero con la máxima consideración para la protección de ecosistemas, la máxima atención prestada al reciclaje de nutrientes, energía y materia física hacia los lugares de los que vinieron, y un abrumador sentido de re-encantamiento con la belleza del mundo natural, del cual somos una parte y al cual podemos contribuir mediante nuestras obras.

 

17. Los seres humanos no alienados y las personas creativas no alienadas emerjan armadas con un nuevo y confiado sentido de sí mismos y de seres colectivos. Nacido de la experiencia de relaciones sociales íntimas contraídas libremente y la empatía con los diferentes modos de vivir y producir, emergerá un mundo donde todos sean considerados igualmente merecedores de dignidad y respeto, incluso al bramar el conflicto sobre la definición apropiada de la buena vida. Este mundo social evolucionará continuamente mediante revoluciones permanentes y continuas revoluciones en las capacidades y energías humanas. La búsqueda perpetua de la innovación continúa".

Enlace (en inglés):
http://www.thewhitereview.org/features/seventeen-contradictions-and-the-end-of-capitalism/

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John Holloway: "El desafío es salir del capitalismo"

 

A diez años de la publicación de su célebre libro, ¿sigue pensando John Holloway que es posible "cambiar el mundo sin tomar el poder"?


En 2002 John Holloway publicó un libro de referencia: Cambiar el mundo sin tomar el poder. Inspirado en el "¡Ya basta!" zapatista, en el movimiento que surgió en Argentina en 2001-2002 y por el movimiento antiglobalización, plantea en él una hipótesis: no es la idea de revolución o transformación del mundo la que ha quedado impugnada en el desastre del comunismo autoritario, sino más bien la idea de la revolución como toma del poder y la del partido como herramienta política por excelencia.
Otra noción de cambio social se insinúa en esos movimientos, y en general en todas las prácticas más o menos visibles donde se sigue una lógica distinta a la del beneficio, la de agrietar el capitalismo, o sea crear, dentro de la misma sociedad que se rechaza, espacios, momentos o áreas de actividad donde se prefigura ya un mundo distinto. Rebeldías en movimiento. Vistas así las cosas, la cuestión de la organización ya no coincide con la del partido, sino que pasa por la pregunta de cómo se reconocen y conectan las distintas grietas que van descosiendo el tejido capitalista.
Pero después del "que se vayan todos" argentino vino el gobierno de Kirchner, y después del "no nos representan" en España apareció Podemos. Nos encontramos con John Holloway en la ciudad de Puebla (México) para preguntarle si, después de una década y todo lo que ha acontecido en ella, desde los gobiernos progresistas en América Latina hasta Podemos y Syriza en Europa, pasando por los problemas de las prácticas autoorganizadas para existir y multiplicarse, sigue pensando que es posible cambiar el mundo sin tomar el poder.


—Lo primero, John, sería preguntarte de dónde viene, dónde se sostiene, la idea hegemónica de revolución en el siglo xx, es decir, la del cambio social mediante la toma del poder.


—Creo que el elemento central es el trabajo, el trabajo entendido como trabajo asalariado, es decir, trabajo enajenado o abstracto. El trabajo asalariado ha sido y es la base del movimiento sindical, de los partidos socialdemócratas que eran su ala política, y también de los movimientos comunistas. Ese concepto conformaba la teoría revolucionaria del movimiento obrero: la lucha del trabajo asalariado contra el capital. Pero su lucha era limitada, porque el trabajo asalariado es el complemento del capital y no su negación.

 


—No entiendo la relación entre esa idea del trabajo y la de revolución a través de la toma del poder del Estado.


—Una manera de entender la conexión sería la siguiente: si partes de la definición del trabajo como trabajo asalariado o enajenado, partes de la idea de los trabajadores como "víctimas" y "objetos" del sistema de dominación. Y un movimiento que lucha por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores (considerados como víctimas y objetos) se remite inmediatamente al Estado. ¿Por qué? Porque el Estado, por su separación misma con respecto a la sociedad, es la institución ideal si se busca conseguir beneficios para la gente. Así piensa la tradición del movimiento obrero y la tradición de los gobiernos de izquierda que hay actualmente en Latinoamérica.


 

—Pero no es la única tradición para pensar la política de emancipación.


—Desde luego que no. En los últimos veinte o treinta años encontramos muchísimos movimientos que afirman otra cosa: la posibilidad de emancipar la actividad humana del trabajo enajenado, abriendo grietas donde poder hacer de otra manera, hacer algo que nos parece útil, necesario y que merezca la pena, una actividad no subordinada a la lógica del beneficio.
Esas grietas pueden ser espaciales (lugares donde se generan otras relaciones sociales), temporales ("aquí en este evento, mientras estemos juntos, vamos a hacer las cosas de otra manera, vamos a abrir ventanas hacia otro mundo") o relacionadas con actividades o recursos particulares (cooperativas, por ejemplo, o actividades que siguen una lógica no mercantil con respecto al agua, al software, a la educación). 
El rechazo al trabajo enajenado y enajenante implica al mismo tiempo una crítica de las estructuras institucionales, organizativas y de pensamiento que surgen de él. Así se puede explicar el rechazo a los sindicatos, a los partidos y al Estado que podemos observar en tantos movimientos contemporáneos, desde los zapatistas hasta los indignados griegos o españoles.


 

—Pero no se trata de la oposición entre vieja y nueva política, me parece, porque lo que vemos en los movimientos de la crisis es que surgen las dos cosas al mismo tiempo: grietas como las plazas y también nuevos partidos, como Syriza o Podemos.


—Creo que es un reflejo de que nuestra experiencia en el capitalismo es contradictoria. Somos víctimas y a la vez no lo somos. Buscamos mejorar nuestras condiciones de vida como trabajadores y también ir más allá, vivir de otra manera. Por un lado, somos efectivamente personas que tienen que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Pero, por otro, tenemos sueños, comportamientos y proyectos que no caben en la definición capitalista de trabajo.
Lo difícil, ayer como hoy, es pensar la relación entre los dos tipos de movimientos. Cómo esa relación puede evitar la reproducción del sectarismo de siempre, cómo puede ser una relación fructífera sin negar las diferencias fundamentales entre las dos perspectivas.

 


—Argentina en 2001 y 2002, los indignados en Grecia y España más recientemente... En cierto momento los movimientos por abajo se detienen, entran en crisis o impasses, se desvanecen... ¿Dirías que la política de las grietas tiene límites intrínsecos para durar y expandirse?


—No hablaría de límites, sino de problemas. Hace diez años, cuando publiqué Cambiar el mundo sin tomar el poder, se veían más los logros y las potencias de los movimientos de abajo, mientras que ahora somos más conscientes de los problemas. Los movimientos que citas son faros de esperanza de una importancia enorme, pero el capital sigue existiendo y es cada vez peor, implica cada vez más miseria y destrucción. No podemos limitarnos a cantar las glorias de los movimientos, no es suficiente.


 

—¿Una respuesta podría pasar, entonces, por la opción que enfoca hacia el Estado?


—Se entiende por qué la gente quiere ir para allá, se entiende muy bien. Han sido años de luchas feroces, pero la agresión del capitalismo sigue igual. Espero sinceramente que Podemos y Syriza ganen las elecciones, porque eso cambiaría el caleidoscopio actual de las luchas sociales. Pero mantengo todas mis objeciones con respecto a la opción estatal. Cualquier gobierno de este tipo implica una canalización de las aspiraciones y de las luchas dentro de conductos institucionales que necesariamente tienen que buscar la conciliación entre la rabia que estos movimientos expresan y la reproducción del capital. Porque la existencia de cualquier gobierno pasa por fomentar la reproducción del capital (atrayendo inversión extranjera o de otra forma), no hay otra. Esto implica inevitablemente participar en la agresión que es el capital. Es lo que ya ha pasado en Bolivia y Venezuela y será también el problema en Grecia y España.

 


—¿Se trataría tal vez de complementar los movimientos por abajo con un movimiento orientado hacia las instituciones de gobierno?


—Es la respuesta obvia que se repite. Pero el problema de las respuestas evidentes es que suprimen las contradicciones. Las cosas no se pueden conciliar tan fácilmente. Desde arriba se puede tal vez mejorar las condiciones de vida de la gente, pero no me parece que se pueda romper con el capitalismo y generar otra realidad. Y sinceramente creo que estamos en una situación donde no hay soluciones a largo plazo para la humanidad entera dentro del capitalismo.


No descalifico la opción estatal porque yo tampoco tengo ninguna respuesta que ofrecer, pero no me parece que sea la solución.

 


—¿Por dónde estás buscando esa respuesta?


—Sin considerar a los partidos de izquierda como enemigos, que para mí desde luego no es el caso, yo diría que la respuesta hay que pensarla en términos de profundización de las grietas.
Si no vamos a aceptar la aniquilación de la humanidad, que es algo que me parece que está en la agenda del capitalismo como posibilidad real, la única alternativa es pensar que nuestros movimientos son el nacimiento de otro mundo. Hay que ir construyendo grietas y buscando formas de reconocerlas, potenciarlas, extenderlas, comunicarlas. Buscar la confluencia o, mejor, la comunización de las grietas.

Si pensamos en términos de Estado y elecciones nos estamos desviando de eso, porque Podemos o Syriza pueden mejorar las cosas pero no crear otro mundo por fuera de la lógica del capital. Y creo que de eso se trata.

 


—¿Cómo piensas la relación entre las dos perspectivas de que venimos hablando?


—Es necesario mantener un debate constante y respetuoso y que a la vez no suprima las diferencias y las contradicciones. Una base del diálogo podría ser la siguiente: nadie tiene la solución.
Nosotros por el momento debemos reconocer que no tenemos la fuerza suficiente para abolir el capitalismo. Y por fuerza me refiero aquí a construir maneras de vivir que no dependan del trabajo asalariado. Poder decir: "realmente no me importa si tengo empleo o no, porque si no lo tengo puedo dedicar mi vida a otras cosas que me interesan y que me dan el sustento suficiente para vivir dignamente". Ahora mismo no es el caso. Quizá tengamos que construir eso antes de decir: "váyase al carajo, capital".


En ese sentido, pensemos que una precondición de la revolución francesa fue que en cierto momento la red social de relaciones burguesas ya no necesitaba a la aristocracia para existir. De igual modo, debemos trabajar para alcanzar el punto en que podamos decir: "no nos importa que el capital global no invierta en España, porque hemos construido una red de apoyo mutuo suficiente para vivir con dignidad".


Hoy la rabia contra los bancos se extiende por todo el mundo, pero me parece que el problema no son los bancos, sino la existencia del dinero como relación social. ¿Cómo pensar la rabia contra el dinero? Creo que ésta pasa necesariamente por construir relaciones sociales no monetizadas, no mercantilizadas.
Y hay muchísima gente dedicándose a eso, por deseo, convicción o necesidad, aunque no salga en los periódicos. Construyendo otras formas de comunidad, de socialidad, de pensar la tecnología y las habilidades humanas para crear otra vida.

 

(Tomado de www.eldiario.es)

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Las semejanzas y diferencias entre Marx y Keynes

Existe bastante confusión, resultado de una sorprendente falta de conocimiento histórico en la enseñanza española, de las diferencias existentes entre las escuelas económicas basadas en la interpretación del capitalismo de Karl Marx y las que se originan con John Maynard Keynes. Cuando, por ejemplo, se habla de que la crisis actual se debe a la falta de demanda, inmediatamente se atribuye esta observación a una visión keynesiana de la economía, cuando en realidad fue Karl Marx el que habló de la crisis del capitalismo como resultado de la descendente demanda, consecuencia de la bajada de los salarios de la mayoría de la población, perteneciente a la clase trabajadora. Fue Karl Marx el que claramente vio lo que ahora ha descrito y documentado Thomas Piketty en su libro sobre la evolución del capital en el siglo XVIII, Capital in the Twenty-First Century. En El Capital, Karl Marx indicaba que la lógica del sistema capitalista lleva a una concentración del capital a costa de una "inmiseración" de la clase trabajadora, lo cual, añadía Karl Marx, creaba un enorme problema de demanda. Esta postura queda resumida en su frase de que "La causa final de toda crisis es siempre la pobreza y el limitado consumo de las masas". Uno de los economistas que mejor predijo la crisis actual, Nouriel Roubini, así lo indicó en su entrevista en el Wall Street Journal: "Karl Marx llevaba razón. El capitalismo puede destruirse a sí mismo, pues no puedes tener una constante absorción de las rentas del trabajo por parte de las del capital, sin crear un exceso de capacidad y una falta de demanda. Y esto es lo que está ocurriendo... el salario del trabajador es el motor del consumo". No es pues, John Maynard Keynes, sino Karl Marx, el que indicó que el empobrecimiento de la población supone un grave problema para el capitalismo: la escasa demanda. John Maynard Keynes habló también, más tarde, de la escasez de la demanda, pero poco de la concentración del capital. Y todavía menos de la relación entre esta concentración y el empobrecimiento de la población trabajadora. Esta era una de las grandes diferencias entre Karl Marx y John Maynard Keynes.


Otra gran diferencia entre Karl Marx y John Maynard Keynes, además del entendimiento de la crisis bajo el capitalismo (siendo el análisis de Karl Marx más completo que el de John Maynard Keynes), es en la solución a la crisis. Karl Marx creía que la solución a la crisis era una solución sistémica, que requería el cambio de la propiedad del capital, pasando de ser propiedad del capitalista a ser propiedad de los trabajadores (definidos como un colectivo que crea y produce el capital). Este cambio de propiedad era descrito esquemáticamente en el Manifiesto Comunista (el libro más vendido en la historia de la humanidad), que establecía una serie de principios, excesivamente simplificados, aunque presentados con una narrativa movilizadora. Pero (y es un enorme "pero"), Karl Marx no detalló cómo realizar dicha transición en el sistema de propiedad. Ni tampoco mostró qué políticas debían realizarse para trascender el capitalismo.


John Maynard Keynes, por el contrario, nunca se planteó la sustitución del capitalismo por otro sistema. Creía que el problema de la demanda podía resolverse con el intervencionismo del Estado, con un aumento, por ejemplo, del gasto y la financiación públicos, es decir –tal como indicó- "el gobierno y los bancos centrales pueden resolver el problema de la escasa demanda, bien directamente, con un aumento del gasto público, bien indirectamente, a través de la financiación de inversiones en programas de infraestructura". Y la experiencia ha mostrado que el problema de la demanda podría resolverse, como se vio en la manera como se salió de la Gran Depresión (y también en la manera como no se está saliendo de la Gran Recesión actual, con sus absurdas políticas de austeridad). Ahora bien, aun cuando Karl Marx subestimó la capacidad de resistencia del capitalismo, el hecho es que todos los casos de salidas de las crisis han requerido una redistribución del capital hacia el mundo del trabajo, revirtiendo la redistribución (que Karl Marx llamó, con razón, "explotación") del mundo del trabajo por parte del capital, que creó esas crisis. (Ver mi artículo "La explotación social como principal causa del crecimiento de las desigualdades". Público. 01.05.14)
La mejor y más eficaz forma de estímulo de la demanda es precisamente el enriquecimiento (en lugar del empobrecimiento) de las masas (como diría Karl Marx) a costa de los intereses del capital, excesivamente concentrado hoy en día. Y el que mejor ha analizado este hecho ha sido Michal Kalecki, un economista polaco que claramente se merecía el Premio Nobel de Economía pero que ni siquiera fue considerado para ello por vérsele demasiado "rojo". Pero hoy, y tal como ha reconocido Paul Krugman (el keynesiano más conocido hoy en el mundo) fue Michal Kalecki y no John Maynard Keynes el que mejor explicó las crisis del capitalismo, detrás de las cuales el conflicto Capital-Trabajo juega un papel fundamental. (Ver mi artículo "Capital-Trabajo: el origen de la crisis actual", Le Monde Diplomatique, Julio 2013.


Estas diferencias son claves para entender lo que está ocurriendo en el capitalismo y por qué. Karl Marx explicó claramente los orígenes de la crisis, causada por el enorme declive de las rentas del trabajo a causa del enorme crecimiento de las rentas del capital y su concentración, subestimó, en cambio, la capacidad de respuesta, como bien ilustró John Maynard Keynes. Este, sin embargo, no fue consciente del contexto político, desarrollado por Michal Kalecki , el mayor y mejor analista del capitalismo.

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Viernes, 06 Junio 2014 06:05

Marx, Piketty y los ladrones de títulos

Marx, Piketty y los ladrones de títulos

Cuando murió Gabriel García Márquez, Juan Sasturain anotó que el autor de Cien años de soledad no sólo fue un notable fabulador, sino también un extraordinario titulero. Quiero decir y me animo: sus libros no serían tan buenos con otros títulos (Página/12, 18/4/14).


Acordándome de esto y acabando de leer el muy sonado Capital in the twenty-first century (2014, 671 pp.), de Thomas Piketty –el nuevo "economista superstar"–, quiero decir y me animo: su libro no tendría tan buena recepción con otro título. Sin la obvia (¿burda?) alusión a El capital de Marx que, dicho sea de paso, no sólo fue un gran economista (y sociólogo), sino también un gran titulero (y hacía buena literatura). ¡Y vaya! Un libro que de Marx –aparte del título– no tiene nada, y que además desde el punto de vista marxista resulta problemático.


Difícil decidir por dónde empezar y dónde acabar. Veamos por ejemplo la definición del capital: mientras para Marx éste era –sobre todo– una específica relación social, para Piketty –como para otros economistas neoclásicos– es sólo un conjunto de bienes, sinónimo de riqueza (pp. 47-48). O fragmentos donde señala –supuestas– limitaciones de Marx (pp. 7-11) o rechaza la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (pp. 227-230), que despiertan serias dudas sobre si el autor haya leído El capital o algo más de Marx.
He aquí una respuesta ( New Republic, 5/5/14):


"(Entrevistador): –¿Podría decirnos algo sobre el impacto de Marx en su pensamiento y como empezó a leerlo?


"(Piketty): –En realidad nunca lo he leído... (¡super-sic!). (Sólo) el Manifiesto comunista, una pieza breve, fuerte. Das Kapital creo que es muy difícil de leer (¡sic!) y no fue mi influencia (¡sic!)


"–Porque por el título de su libro, parecía que le rendía tributo.


"–No, no, ¡para nada! La gran diferencia es que mi libro es sobre la historia del capital (¡sic!), y en el libro de Marx no hay datos (¡supersic!)."
Sólo alguien que ni ha visto El capital pudo decir algo así... y como al final dijo que leyó el Manifiesto, también decidió robar este título, publicando su Manifiesto por Europa ( The Guardian, 2/5/14).


Con esto bastaría, pero igual el marxista inglés Michael Roberts se tomó la molestia de desnudar más a Piketty (véanse varias entradas en su blog: The Next Recession). Sólo una de las conclusiones (más generoso, imposible): "Si se limitara a presentar sus datos sobre la desigualdad (¡él sí tiene datos!: MW), sería una contribución. Pero quiso más: corregir el marxismo (¡sic!) y remplazarlo con sus 'leyes fundamentales' (¡sic!), según las cuales se puede arreglar al capitalismo reduciendo las desigualdades".


David Harvey, el experto en El capital, señaló por su parte que aunque los datos de Piketty son valiosos, las razones de la desigualdad que da tienen fallas, que capital no es riqueza y que le haría bien leer a Marx, cosa que no hizo ( davidharvey.org).


Michel Husson, el marxista francés, remarcó que su enfoque neoclásico simplemente distorsiona las verdaderas leyes del movimiento en el capitalismo ( Contretemps, 10/2/14).


Incluso queriendo reconocerle algo como el cuestionamiento a los dogmas neoliberales (desigualdades y meritocracia son buenos), o un buen estilo y referencias literarias (Austen, Balzac, Dickens, etcétera), uno acaba como Alan Nasser en su bastante matizada reseña ( Counterpunch, 2-4/5/14), señalando más fallas: ausencia del lado del trabajo e ingenuidad política.


Todos los autores –incluido Marx, que con su Miseria de la filosofía parafraseaba a Proudhon para atacarlo– tomamos prestados o robamos títulos ajenos; para jugar con palabras, evocar, criticar o para llevar mejor el argumento propio. Este columnista atracó últimamente dos veces a Foucault ( La Jornada, 9 y 23/5/14); ahora asaltó a De Sica ( Ladrones de bicicletas, 1948). No hay nada malo en esto. Pero en el caso de Piketty, no sólo resulta un poco patético, sino engañoso. Así se puede escuchar que Piketty actualiza a Marx para el siglo XXI (¡sic!) o que gracias a él, Marx está otra vez en boga (¡sic!). Así, la crítica de las desigualdades se confunde con el anticapitalismo, o parece que las desigualdades son la principal contradicción del capitalismo (y no son nada esencial de este sistema de producción, más bien propio de todas las sociedades clasistas).


Si bien entre los marxistas hay fuerte debate sobre cuál es la principal contradicción (Harvey contribuye a él con su nuevo libro: Seventeen contradictions and the end of capitalism, 2014, 336 pp.), las desigualdades ni están en la lista. O lleva a otras confusiones, incluso en nombre de buenas causas: activistas que defienden el legado de Marx (y Engels) de la privatización y desaparición de Internet (Lawrence & Wishart versus Marxists Internet Archive) ponen como ejemplo de su actualidad el –supuesto– "diálogo que Piketty lleva con él en su bestseller" –¡sic!– ( The Guardian, 5/5/14).


Para que no quede duda: la crítica de aquí no es la misma que le hace a Piketty la derecha (o Financial Times) tildándolo de marxista (¡sic!) y su análisis de radical; el problema es que no es suficientemente radical. Piketty pretende –este es el objetivo de su libro– salvar el capitalismo de sí mismo y –promoviendo nuevos impuestos– hacerlo funcionar para todos (que es –bien apunta Roberts– una contradictio in terminis). Según él, necesitamos el capitalismo, pero un poco más justo, más lejos de Marx, que abogaba por otro sistema, sin clases, imposible. En algún momento Piketty muestra reparos por el título, pero –paradójicamente– por su segunda parte ("... in the twenty-first century"): Tal vez era presumido ponerlo así en la víspera del siglo (p. 35). Curioso, ya que la más problemática resulta la primera (" Capital...").

James K. Galbraith, después de criticar duramente a Piketty, concluye así su reseña: (...) a pesar de las grandes ambiciones su libro no es un trabajo completo con teoría sofisticada, como su título, extensión y recepción sugieren ( Dissent, primavera 2014).


Por el bien del debate dejemos abierta la cuestión de si Capital in the twenty-first century es una obra maestra (como se asegura), o si Thomas Piketty es un genio económico (como se dice). Lo seguro es que es un pésimo titulero.


*Periodista polaco
Twitter: @periodistapl

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Miércoles, 14 Mayo 2014 08:03

¿Qué es el capitalismo verde?

¿Qué es el capitalismo verde?

Durante las últimas dos décadas se popularizó la noción de economía verde y se generó una nueva retórica sobre la solución a los problemas ambientales que hoy enfrentamos. Esta idea de economía verde también ha sido presentada como la solución a los problemas de estancamiento económico y de desempleo. Por eso la economía verde ha sido promovida por gobiernos, organismos internacionales y grandes grupos corporativos.
Pero, vamos al grano. La economía verde es sinónimo de capitalismo verde. Y entonces la pregunta es la siguiente: ¿Bajo qué condiciones es posible concebir una plataforma duradera de acumulación de capital que sea compatible con el mejoramiento del ambiente y con la buena salud de la biósfera a largo plazo?


El capitalismo verde estaría soportado por dos pilares. El primero consistiría en una serie de mercancías y procesos de producción que serían menos dañinos para el medio ambiente. El reciclaje y la mayor eficiencia tecnológica serían principios rectores en todo proceso productivo. El segundo sería el del mercado como herramienta para reparar los problemas ambientales existentes, desde la concentración de gases invernadero en la atmósfera, hasta los daños a los ecosistemas. La solución de mercado estaría asociada a la privatización y mercantilización de todos los componentes de la naturaleza. En el capitalismo verde, la naturaleza es un conjunto de objetos físicos que puede ser apropiado y valorizado como cualquier insumo del proceso de producción capitalista. La noción de capital natural sería un componente de esta visión en la que el crecimiento sería compatible con la conservación. Lo anterior quiere decir que la economía capitalista estaría en condiciones de generar e introducir en la producción y en el consumo tecnologías que permitirían, entre otras cosas, reducir el componente energético en la ecuación de costos totales.


En una economía capitalista la transición a una nueva plataforma de acumulación de capital entraña un proceso de transformación tecnológica de gran amplitud. Esto tiene que apoyarse en un flujo de inversiones que permita la introducción masiva de innovaciones que respondan a los criterios anteriores.


En el pasado el capitalismo demostró tener una gran capacidad para el cambio tecnológico. Por eso la ideología neoliberal sostiene que para cualquier escenario ambiental el capital siempre es capaz de encontrar tecnologías que permitan reducir el costo de producción. Pero en las condiciones actuales, con una economía global dominada por el capital financiero, y en medio de una lucha internacional por ver quien ocupa el papel de potencia hegemónica (y reorganiza la economía mundial alrededor de sus intereses) es posible que el capital no tenga esa capacidad transformadora.


Es importante aclarar que los intereses del capital financiero no favorecen el cambio estructural que tendría que darse en la esfera industrial. Además, la política macroeconómica en todo el mundo está orientada a cuidar los intereses del capital financiero, como lo demuestra la obsesión por la 'estabilidad de precios'. El resultado no facilita el cambio estructural en la economía real.


Los capitalistas necesitan tener expectativas de que sus inversiones con nuevas tecnologías (verdes) podrán ser recuperadas y estarán asociadas a ganancias adecuadas sobre un horizonte temporal satisfactorio. Y esta alusión a la tasa de ganancia conlleva una referencia a la relación salarial: aquí entramos en una discusión que los proponentes de la economía verde rehuyen sistemáticamente. Se permite hablar de capital pero todavía no se puede pronunciar la palabra salarios.


Mantener estable la tasa de rentabilidad implica, en la coyuntura actual, reprimir el crecimiento de los salarios. Pero la represión salarial conlleva problemas agudos de realización de mercancías a menos que se recurra al crédito. Eso es lo que permitió sostener la norma de consumo durante las últimas cuatro décadas en las principales economías capitalistas, pero el proceso desembocó en la crisis de 2008. Es difícil salir de este dilema porque las instituciones y normas sociales que condujeron al estancamiento salarial son rígidas y no podrán modificarse fácilmente.


Un problema adicional es el de la sobre-inversión en casi todas las ramas importantes de la industria a nivel mundial. Desde las industrias cercanas a la base de recursos naturales (siderúrgica, cemento, aluminio, vidrio, etc.) hasta las industrias relacionadas con bienes de consumo final (automotriz, naval, electrónica, etc.), la capacidad productiva instalada rebasa con mucho la demanda global. Esto hará más difícil la transformación porque las ramas núcleo resistirán el cambio hasta que la amortización les asegure una rentabilidad adecuada.


Si el capitalismo verde es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? El capital verde no es la solución a los graves problemas ambientales y mucho menos a la creciente desigualdad. Es una justificación ideológica a la necesidad de asegurar la continuidad de una relación social de explotación clasista.


Twitter: @anadaloficial

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Domingo, 11 Mayo 2014 05:48

El peligroso camino chino de Cuba

El peligroso camino chino de Cuba

La Revolución Cubana, desde El Moncada hasta la entrada en La Habana y la instauración del gobierno de los barbudos, fue una revolución de jóvenes por la democracia social, por acabar con el tiempo muerto y asegurar pan y trabajo a todos. Se apoyó en la movilización y la participación en la lucha política sindical y armada de la parte mejor y más pobre del país. Éste estaba politizado por la experiencia previa del radicalismo antimperialista de Guiteras y se caracterizaba por la lucha ideológica entre las diferentes tendencias (nacionalista, socialcristiana, comunista estalinista, comunista trotskista, anarquista) que influían en el movimiento estudiantil y obrero. Esa revolución quería poner fin a la ocupación del Estado por la pandilla batistiana y al control de la economía por las empresas estadunidenses y sus socios cubanos. No dependía de nadie, ni de los intentos estadunidenses de controlarla para prescindir de Batista, ni de la entonces Unión Soviética, que no la ayudó en sus comienzos y que repudió, al igual que los partidos comunistas, su radicalismo. Su victoria condujo un gobierno pluralista del Movimiento 26 de Julio (M26), de un grupo de militares antibatistianos de baja graduación, de los socialcristianos del Directorio estudiantil y de un grupo de comunistas que habían desacatado la política de su partido de rechazo de la lucha armada antibatistiana. Esos grupos integraron después las Organizaciones Revolucionarias Integradas, que dieron origen posteriormente a un nuevo Partido Comunista iconoclasta, innovador, lleno de audacia, inicialmente muy abierto a la discusión de las diferencias entre revolucionarios, capaz de atraer a los intelectuales progresistas de la isla y del mundo por su valiente posición internacionalista y sus principios de justicia social, partido que estaba enfrentado con los demás partidos comunistas dirigidos por Moscú y con Moscú mismo.


Hoy, más de medio siglo después, el partido y el Estado forman una sola cosa, los ex jóvenes han envejecido en el gobierno y no hay ya margen para la audacia y la innovación. El partido único burocratizado casi ha perdido el apoyo militante de los jóvenes y no despierta las esperanzas de los trabajadores de mejorar constantemente su nivel de vida y de tener trabajo digno y bien pagado. Además, no depende del pueblo cubano sino de lo que pueda suceder en el campo internacional, pues Cuba importa la mayor parte de los alimentos que consume, toda su tecnología y el combustible y vive, sobre todo, del turismo de las clases medias consumistas del extranjero, de la exportación de profesionales que forma a duro costo y de la ayuda primero de la Unión Soviética y ahora de Venezuela, o sea, de factores incontrolables e inseguros.


En la gran mayoría de la juventud ha triunfado la ideología consumista del capitalismo y en un sector importante de la intelectualidad impera el desencanto cínico y el conservadurismo que reflejan las novelas de Leonardo Padura, así como el temor a una represión burocrática que podría quitarle sus pocas prebendas o sus trabajos oficiales a quien levante una voz crítica. El gobierno sigue gozando de un consenso mayoritario. Pero éste es pasivo y se basa no en la lucha por el socialismo sino en el nacionalismo antimperialista cubano, que no acepta ni tolerará la imposición de una nueva dominación estadunidense, que llevaría a Cuba al nivel de Puerto Rico.


El pueblo cubano está viviendo hace años una gran transformación: quienes tienen dólares por su trabajo, por comportamientos ilegales o por tener parientes emigrados, viven mejor que los que viven de sus salarios en pesos. Aparecen así sectores privilegiados, aunque sea con el pobre privilegio de comer mejor o dos veces por día o de informarse. Profesiones nobles y absolutamente necesarias como el magisterio, la medicina o la tornería no atraen ya a los jóvenes, pues se gana más en el turismo y sus derivados (legales o ilegales). La emigración aparece cada vez más entre ellos como una perspectiva.


Para peor, todos saben que en la guerra del imperialismo y sus aliados locales, más una gran parte de las clases medias de Venezuela, contra el llamado proceso bolivariano, se juega también la suerte de Cuba y de los países de la Alba, que dependen del petróleo y del mercado que les ofrece Caracas. Además, el hecho de que la única vida política pluralista, para los intelectuales, deba hacerse alrededor de los medios y publicaciones de la Iglesia católica, que es enemiga del socialismo y del gobierno cubano, no sólo fomenta las posiciones conservadoras, socialcristianas o socialdemocráticas de todo tipo, sino que también aísla del pueblo a los intelectuales que siguen siendo revolucionarios, los cuales para escribir libremente muchas veces deben emigrar.


La construcción en Mariel de un puerto franco para la localización de industrias y la creación de un enorme puerto para contenedores, podría crear un nuevo Panamá. Como el mercado cubano es muy chico, dispone de pocos jóvenes y la productividad es baja, el gobierno parece haber optado por la integración de la isla en el mercado y el comercio internacionales del capitalismo estadunidense. Desgraciadamente, la nueva ley de inversiones podría dar un fuerte impulso a las desigualdades sociales y al capitalismo en la isla y da margen también para el reingreso a Cuba mediante testaferros de los capitales –cubanos o no– que emigraron en los años 60. El gobierno se guía por las necesidades económicas estatales y subordina a ellas al Partido Comunista burocratizado y a los trabajadores cubanos, a los que jamás consulta y sólo llama para aprobar las decisiones tomadas previamente por unas 10 personas. Sin la plena discusión por los trabajadores de las decisiones políticas y económicas, Cuba, como China, podría ir por el camino de la reconstrucción acelerada de una clase burguesa a partir de la burocracia unida al capital extranjero. Sobre esto volveremos.

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