Sábado, 12 Junio 2021 06:42

Israel y Palestina: el laberinto

Israel y Palestina: el laberinto

Fnalmente, Bibi (Benjamin Netanyahu) será depuesto. El próximo domingo el Knéset (el parlamento) votará su sustitución por Naftali Bennett, representante de una amplia –y hasta bizarra– coalición de partidos políticos de izquierda, centro y derecha, que incluye a las formaciones árabes. El resultado de las elecciones de marzo fue inobjetable al respecto: la mayoría de la población israelí quiere verlo fuera del gobierno y del poder. La celebración popular de su derrota alcanzó el paroxismo de un carnaval, pero Netanyahu es hábil hasta lo obsceno. Acusado de corrupción, tráfico de influencias, coerción a la prensa (y uno espera que pronto por crímenes de guerra) aún guarda sus últimos cartuchos para boicotear el mandato de las urnas. Hay algo que el político-policía no soporta: la lejanía del poder. El único error que cometió Fouché en su vida fue no saber cuándo retirarse. El mismo que acabó con Fernando Gutiérrez Barrios en México.

El dilema reside en la composición del Knéset, donde la aritmética de la votación no correspondió a la distribución de los curules. El bloque de derecha y ultraderecha que gobernó a Israel en el último cuarto de siglo quedó tan sólo a dos asientos de la mayoría. Una invitación a Bibi para maniobrar hasta el último momento. Habrá que aguardar hasta el domingo.

Algunos observadores sostienen que el último y artero ataque militar contra la población de Gaza perseguía el propósito de mantenerlo en el poder. No es improbable. En el gobierno, el primer ministro tiene poderes plenipotenciarios sobre el aparato tecnológicomilitar. Netanyahu es capaz de eso y mucho más.

El último intento serio de la política israelí por encontrar una solución pacífica al conflicto con los palestinos fue sepultado en 1995 con el asesinato de Isaac Rabin. Para percibir la dimensión del efecto de este magnicidio, piénsese tan sólo en que las estadísticas de homicidios en Israel son una de las más bajas en el mundo. Hay años que no suman más de 150 casos. Matar entre israelíes continúa siendo un acto en extremo sacrílego.

Ninguno de los gobiernos de Likud que siguió a los acuerdos de Camp David, no sólo no buscó una solución pacífica, sino que, más grave aún, nunca aceptó la opción de dos Estados. Antes lo ocultaban, hoy lo dicen abiertamente. ¿Cuál ha sido entonces el propósito de esta política extrema? Basta con examinar las estrategias que rigen a los ataques militares a Gaza para darse una idea. Están siempre dirigidos contra escuelas, hospitales, caminos, ductos, silos de armas (por supuesto) y nuevas construcciones oficiales. El objetivo es sofocar las posibilidades de la vida en Gaza, crear las obscenas condiciones que obliguen a sus habitantes a la diáspora. En resumen, una política de expulsión de la población. La sorpresa ha sido que los palestinos resisten (y resisten) frente a todas las inclemencias de este asedio.

Desde la percepción oficial israelí, la situación palestina se reduce, en esencia, a lo siguiente: una nación sin Estado. Fue Hanna Arendt la que llamó la atención por primera vez a la condición de los sin Estado como una de las claves para descifrar las transformaciones de la hegemonía y la dominación en la segunda mitad del siglo XX. Lo hizo de manera breve en un par de ensayos. La historiadora y socióloga Wendy García expandió recientemente, en su tesis de doctorado ( La nación y lo vivo), la comprensión de este concepto para descifrar los vericuetos del laberinto en el que hoy habitan, entre muchas otras, las vastas poblaciones de migrantes a los países industriales, el drama del Tibet, la dilemática situación de Cataluña, Escocia y Quebec y, por supuesto, la condición de los palestinos.

Por su parte, la representación política de quien hoy rige en Gaza no es precisamente un dechado de virtudes. Después de haber ganado las elecciones a Fatah –la antigua organización civil que inició la resistencia desde la década de los 60–, y perseguir y expulsar a todos sus miembros de Gaza, Hamás nunca ha convocado a elecciones. No existe la libertad de expresión y los partidos políticos no están permitidos. El poder se encuentra en manos exclusivas de esta organización religiosa cuya misión, según sus propios documentos, reside en la conformación de un Estado panislámico en Palestina. En otras palabras, una teocracia hecha a la medida de hoy. Por supuesto, no reconoce la existencia del Estado de Israel. La paradoja es que el gobierno israelí fue el que más apoyó su desarrollo, en parte, para debilitar la influencia de la Organización para la Liberación de Palestina, de Yasser Arafat. En política nunca se sabe dónde comienza el amigo y dónde el enemigo.

Se trata de un conflicto entre dos fuerzas que parecen darse la mano en aquello que precisamente las confronta. Una mano del todo asimétrica: de un lado, una de las maquinarias teconológico-militares más mortíferas y precisas; del otro, morteros manuales y recursos de combate precarios. La política israelí parece haber olvidado del todo que incluso la guerra tiene un método de la dignidad. El saldo de todo esto: el sufrimiento interminable de la población palestina en Gaza. Para doblegar a la derecha que gobierna en el Knéset, el movimiento palestino requeriría de un Gandhi o un Nelson Mandela, y no de un grupo de jeques e imanes que prometen salvación a cambio del martirio de una población entera.

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¡El ex presidente estadunidense Jimmy Carter impugnó el apartheid de Israel hace 15 años!

Un cuarto de siglo después de haber sido eyectado de la presidencia, Jimmy Carter escribió “Palestina: paz, no apartheid” (https://amzn.to/3fZU6Mr), que hoy, 15 años más tarde, cobra mayor relevancia y que, en su momento, provocó la furia de los encriptados supremacistas judíos (https://nyti.ms/3uJmjwt), que han mostrado su verdadero rostro irrendentista de imponer su solución de “un (sic) solo Estado”, que tiene sitiados a 6 millones de palestinos semitas autóctonos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo –cuatro Palestinas (https://bit.ly/3v3h1fW) y cuatro subtipos de palestinos (https://bit.ly/3uaAbze)– sin contar los otros 6 millones de refugiados: arrumbados en los países aledaños a Israel como consecuencia de su masiva expulsión (https://bit.ly/3vCoeEe).

La magia de la cronogeopolítica: el libro de Carter sobre el inocultable apartheid del supremacismo fundamentalista judío toma su verdadera dimensión 15 años después con los reportes que lo avalan: tanto de la ONG israelí B’Tselem como de HRW (https://bit.ly/3vcH58x), no se diga la explosiva declaración del canciller francés Le Drian (https://bit.ly/3fO6wXs), en medio del despertar conjugado de Black Lives Matter y Palestinian Lives Matter en Estados Unidos, primordialmente con la base progresista de influyentes congresistas del Partido Demócrata.

La tesis nodal de Carter hace 15 años –prácticamente la era supremacista fundamentalista judía del saliente premier Netanyahu– fue que los ilegales asentamientos de colonos israelíes y el control militar de Israel de los territorios ocupados constituyen los principales obstáculos a un acuerdo de paz integral cada vez más elusivo en el Medio Oriente.

A diferencia de su compañero de partido Obama –que obtuvo un Premio Nobel de la Paz pirata sin ninguna concreción pacifista–, Carter fue el mediador para conseguir el Tratado de Paz entre Egipto e Israel. A juicio de Carter, el propósito último de su libro es “presentar hechos (sic) sobre el Medio Oriente que son ampliamente desconocidos (sic) en Estados Unidos”. ¡Increíble!

Tanto el control de los multimedia globales como el eje Hollywood/Las Vegas/Silicon Valley/Wall Street, lubricados por su legendaria Hasbará (distorsión publicitaria del gobierno israelí), consiguieron desinformar, cuando no ocultar, la supervivencia de 6 millones de palestinos semitas autóctonos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, no se diga de los otros 6 millones de refugiados expoliados.

Para Carter, hace 15 años –lo cual evidentemente ha involucionado debido al obsceno irredentismo neocolonial y neomalthusiano del supremacismo fundamentalista judío, que busca expulsar a todos los palestinos semitas autóctonos del río Jordán al mar Mediterráneo – existían “dos obstáculos interrelacionados (sic) para una paz permanente en el Medio Oriente”: 1) “algunos (sic) israelíes creen que tienen el derecho de confiscar (sic) y colonizar la tierra palestina y tratan de justificar la subyugación (sic) sostenida y la persecución de los palestinos cada vez más agraviados y sin esperanza”; y 2) “algunos (sic) palestinos reaccionan al honrar a sus suicidas como mártires para ser recompensados en el cielo y consideran la muerte de israelíes como victorias”.

No detecto ninguna correlación entre un asunto meramente catastral, que infringe las resoluciones de la ONU y el derecho internacional, con el último recurso de resistencia de los sitiados palestinos.

Después de 15 años, la dinámica doméstica intraisraelí e intrapalestina, no se diga el ecosistema regional, han variado sustancialmente en detrimento de la autodeterminación de los palestinos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo. Vale la pena reconocer la temeridad de Carter hace 15 años antes de la parusía de Black Lives Matter y de Palestinian Lives Matter .Quizá lo más valioso de su libro haya sido su temerario título sobre el apartheid –cuando nadie se atrevía a pronunciar lo evidente como muy pocos osamos hacerlo– que ejerce el supremacismo fundamentalista judío en la Palestina histórica.

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Fuentes: Counterpunch [Foto: Nathaniel St. Clair]

Ha llegado el momento de Palestina

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

El “levantamiento palestino de 2021” pasará a la historia como uno de los acontecimientos más influyentes de los que han configurado irreversiblemente el pensamiento colectivo en Palestina y fuera de ella. Solo otros dos sucesos pueden compararse con el que acaba de ocurrir en Palestina: el levantamiento de 1936 y la Primera Intifada de 1987.

La huelga general y la rebelión de 1936-1939 fueron cruciales porque representaron la primera expresión inconfundible de los objetivos políticos palestinos. A pesar de su aislamiento y de los humildes instrumentos de la resistencia, el pueblo palestino se alzó por todo el territorio para enfrentarse al colonialismo británico y al sionista.

La Intifada de 1987 también tuvo carácter histórico. Fue una acción colectiva sostenible sin precedente que unificó Cisjordania y Gaza tras la ocupación israelí de lo que quedaba de la Palestina histórica en 1967. A pesar de su alto precio en sangre y sacrificios, esa legendaria sublevación popular permitió a los palestinos recuperar la iniciativa política y, una vez más, manifestarse como un solo pueblo.

Dicha intifada quedó finalmente frustrada tras la firma de los Acuerdos de Oslo en 1993. Para Israel, Oslo fue un regalo de la dirección palestina que le permitió acabar con la intifada y utilizar a la recién inventada Autoridad Palestina como un amortiguador entre el ejército israelí y los ocupados y oprimidos palestinos.

Desde esos días la historia de Palestina ha seguido una trayectoria deplorable de desunión, faccionalismo, rivalidad política y, para unos pocos privilegiados, enorme riqueza. Se han desperdiciado casi cuatro decenios en un discurso político derrotista centrado en las prioridades estadounidenses-israelíes, en su mayor parte interesadas en la “seguridad israelí” y el “terrorismo palestino”.

Se han reemplazado algunos términos anticuados pero de plena validez como “liberación”, “resistencia” y “lucha popular”, por un lenguaje más “pragmático” que alude al “proceso de paz”, la “mesa de negociaciones” y la “diplomacia itinerante”. La ocupación israelí de Palestina, según este discurso engañoso, ha sido descrita como un “conflicto” y una “disputa”, como si los derechos humanos básicos pudieran ser objeto de interpretación política.

Como era de esperar, el ya poderoso Israel se envalentonó mucho más, triplicando sus colonias ilegales y el número de colonos en Cisjordania. Palestina fue fraccionada en diminutos y aislados “bantustanes”, como los existentes en la Sudáfrica del apartheid, cada uno de ellos en función de un código (Áreas A, B y C) y la movilidad de los palestinos en su propio país quedó condicionada a la obtención de permisos de diversos colores concedidos por el ejército israelí. Las mujeres que dan a luz en los puestos de control de Cisjordania, los pacientes de cáncer que mueren en Gaza a la espera de un permiso para poder llegar al hospital y muchos más casos parecidos se han convertido en la realidad cotidiana de los palestinos.

Con el tiempo, la ocupación israelí de Palestina se convirtió en un asunto marginal dentro de la agenda de la diplomacia internacional. Mientras tanto, Israel consolidaba sus relaciones con numerosos países de todo el mundo, incluyendo algunos del hemisferio sur que históricamente se habían mantenido del lado palestino.

Incluso el movimiento internacional de solidaridad por los derechos de los palestinos parecía confundido y fragmentado, como expresión directa de la propia confusión y fragmentación palestina. En ausencia de una voz unificada capaz de superar la prolongada enemistad política de los palestinos, muchos se tomaron la libertad de darles lecciones sobre cómo resistir, cuáles eran las “soluciones” por la que deberían luchar y cómo comportarse políticamente.

Daba la impresión de que Israel había conseguido finalmente ventaja, esta vez, definitivamente.

Desesperados por ver alzarse de nuevo a los palestinos, muchas personas proponían una tercera intifada. En realidad, a lo largo de muchos años, intelectuales y líderes políticos la defendieron, como si el curso de la historia, en Palestina o en otros lugares, se ajustara a nociones académicas fijas o pudiera forzarse solo porque así los exijan algunos individuos u organizaciones.

La respuesta racional era, y lo sigue siendo, que solo el pueblo palestino determinará la naturaleza, alcance y dirección de su acción colectiva. Las revueltas populares no son el resultado del deseo sino de las circunstancias, y el punto de inflexión de las mismas solo puede decidirlo el propio pueblo.

Puede que ese punto de inflexión haya sido mayo de 2021. Los palestinos se han levantado al unísono desde Jerusalén hasta Gaza y todos los rincones de la Palestina ocupada, incluyendo las comunidades de refugiados palestinos esparcidas por todo Oriente Próximo y, con ello, han resuelto asimismo una ecuación política imposible. El “problema” palestino ya no era solo el de la ocupación israelí de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, sino también el del racismo y el apartheid que afecta a las comunidades palestinas del interior de Israel. Además, era también una crisis de liderazgo y motivada por el arraigado faccionalismo y la corrupción política.

Cuando el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu decidió el 8 de mayo lanzar a las hordas de policía y extremistas judíos contra los fieles palestinos en la mezquita Al-Aqsa, que protestaban por la limpieza étnica que estaba teniendo lugar en el barrio de Sheikh Jarrah en Jerusalén Este, su única intención era ganar puntos entre los votantes derechistas israelíes más chovinistas. Pretendía además mantenerse en el poder o, al menos, evitar la prisión como resultado del juicio al que está siendo sometido por corrupción.

Pero no anticipaba que iba a desencadenar uno de los acontecimientos de mayor relevancia histórica en Palestina, que en último término resolvería el aparentemente imposible dilema palestino. Es cierto que la guerra de Netanyahu contra Gaza ha matado a cientos y herido a miles y que la violencia desarrollada en Cisjordania y en los barrios árabes de Israel ha matado a decenas más. Pero el 20 de mayo fueron los palestinos quienes clamaron victoria, cuando cientos de miles se echaron a las calles para expresar su triunfo como una nación unificada y orgullosa.

La victoria o la derrota en las guerras de liberación nacional no puede medirse en función del número de muertos o del grado de destrucción causado por cada bando. Si así fuera, ninguna nación colonizada habría logrado su libertad.

Los palestinos han ganado porque, una vez más, han surgido de los escombros producidos por los bombardeos israelíes como un todo, como una nación resuelta a conseguir su libertad a cualquier precio. Este logro quedó simbolizado en las multitudes palestinas que celebraron el fin de esta guerra agitando los estandartes de todas las facciones políticas, sin prejuicios y sin excepción.

Por último, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que la resistencia palestina se ha apuntado una importante victoria, tal vez sin precedentes en su orgullosa historia. Es la primera vez que Israel se ha visto obligado a aceptar que las reglas del juego han cambiado, posiblemente para siempre. Ya no es la única parte que determina los resultados políticos en la Palestina ocupada, porque el pueblo palestino es por fin una fuerza a la que hay que tener en cuenta.

 

Por Ramzy Baroud | 01/06/2021

Ramzy Baroud es periodista y editor de The Palestine Chronicle. Es autor de cinco libros, el último de los cuales lleva el título de These Chains Will Be Broken: Palestinian Stories of Struggle and Defiance in Israeli Prisons (Clarity Press, Atlanta). El Dr. Baroud es un destacado investigador no-residente del Center for Islam and Global Affairs (CIGA) y del Afro-Middle East Center (AMEC). Su página web es: www.ramzybaroud.net

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Hong Kong: "Pero yo opté por vivir en la verdad"

Declaración ante el tribunal del dirigente sindical encarcelado en Hong Kong, Lee Cheuk-yan. Transcribimos el texto completo de la declaración que presentó Lee Cheuk-yan ante el tribunal el lunes 24 de mayo, en el juicio en su contra relacionado con la concentración no autorizada del 1 de octubre de 2019. El veredicto será pronunciado este viernes 28 de mayo. Anteriormente, Lee había sido condenado a 14 meses por otros dos cargos.

Su Señoría,

Es bien sabido, y su Señoría lo ha dejado claro, que una decisión de condena o sentencia debe basarse en la ley y no en la política. Sin embargo, deseo hacer las siguientes observaciones para ayudar a este Honorable Tribunal a entender las convicciones políticas que subyacen a los acontecimientos en este caso, que yo calificaría como una protesta pacífica realizada el 1 de octubre de 2019.

En 1975 fui admitido en el Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad de Hong Kong. Al igual que muchos estudiantes universitarios de mi generación, fui profundamente influenciado por el movimiento estudiantil de aquella época que proclamaba "Conoce la China y preocúpate por la sociedad". Ahí empecé a pensar en mi responsabilidad con la sociedad y con mi país.

Todavía recuerdo una de las propuestas de entonces: "¿Qué futuro para la China?" Esa pregunta dio lugar a un sinnúmero de reflexiones a lo largo de los años y sigue siendo vigente hasta el día de hoy. Sembró la semilla de mis 40 años de compromiso con la búsqueda de un proyecto para la China.

Una vez que obtuve mi diploma, me comprometí con el movimiento obrero y democrático y con las campañas a favor de los derechos humanos en China. Estoy firmemente convencido de que la reforma democrática es la respuesta a la interrogante sobre el futuro de la China.

El movimiento cívico chino de 1989, en particular, cambió mi vida. Al principio, participé en la movilización por el apoyo de Hong Kong al movimiento y ayudé a fundar la Alianza de Hong Kong para el Apoyo a los Movimientos Patrióticos Democráticos de China (HKA).

Luego, el 30 de mayo de 1989, llevé a Pekín algunas de las donaciones recogidas por el HKA, a la plaza de Tiananmen, donde pude encontrar a los estudiantes, trabajadores e intelectuales del movimiento.

La noche de los sucesos del 4 de junio, me dijeron que me fuera porque había rumores sobre una evacuación de la plaza de Tiananmen por parte del ejército.

Desde mi hotel, durante toda la noche, oí disparos. Vi cómo los tanques entraban en la plaza de Tiananmen a primera hora de la mañana y vi también cómo los triciclos pasaban sin descanso delante de mi hotel, en la avenida Chang'an, cargando muertos y heridos. El 5 de junio de 1989 me arrestaron y me encarcelaron. Los siguientes tres días fueron los más espantosos de mi vida.

Pero afortunadamente, llegaron algunos hongkoneses [para obtener mi libertad] y pude volver a Hong Kong el 8 de junio de 1989. Mi optimismo y mi esperanza de una China democrática se convirtió de pronto en desesperación. Creo que muchos chinos y hongkoneses de aquella época compartían mis sentimientos, pero no claudicamos. Luchamos contra viento y marea con la esperanza de una China libre y democrática.

Desde entonces, cada 1° de octubre, día de la fiesta nacional china [1-10-1949, creación de la República Popular China, ndt], no ha sido organizada ninguna fiesta oficial, pero expresamos nuestro dolor ante la tragedia nacional.

El 1 de octubre de 2019, efectuamos los mismos rituales de siempre en las calles, levantando las mismas exigencias de que las víctimas de los acontecimientos del 4 de junio de 1989 sean vengadas, y llamamos a la instauración de la democracia.

Su Señoría, durante más de 40 años, he luchado por una reforma democrática en China. Es un amor con el corazón desgarrado, un amor no correspondido.

Recuerdo una dolorosa cita de Bai Hua, un escritor emblemático de aquella época de la "literatura de las cicatrices" en China: "Amas a tu país, pero ¿tu país te ama a ti?".

Recientemente, el término "patriota" ha sido profusamente discutido en Hong Kong, y el gobierno chino propugna la "dominación de Hong Kong por los patriotas". Pero, ¿quién es un verdadero patriota? Si el amor a la patria significara el amor al Partido Comunista Chino (PCC), la respuesta sería mucho más fácil porque los principios políticos del PCC implican una obediencia absoluta. Hay un famoso dicho que dice que apoyar al PCC significa "aplicar cuando se entiende, aplicar cuando no se entiende, y entender a fondo cuando se aplica", y creo que eso lo explica todo.

Sin embargo, opté por vivir en la verdad y por pensar como pienso. Según mi propia definición, el patriotismo consiste en amar a su pueblo. La función del Estado ha de ser la de proteger la libertad y la dignidad de sus ciudadanos, pero no la de controlar sus conciencias y su comportamiento.

Su Señoría, elegí el camino de la democracia. Durante todos estos años he manifestado en la calle y siempre me he mantenido fiel a mis ideas y a mi compromiso inicial.

Traducción de Ruben Navarro para Correspondencia de Prensa

secretario general de la Confederación sindical de Hong Kong HKCTU https://en.hkctu.org.hk/

Por Lee Cheuk-yan 

30/05/2021

Fuente:

A l'encontre, 27 de mayo 2021

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La ONG israelí B’Tselem desnuda el apartheid y "supremacía judía" del río Jordán al Mediterráneo

 Mucho antes que el demoledor reporte de Human Rights Watch (https://bit.ly/3vcH58x) y la inquietante declaración del canciller francés Jean-Yves Le Drian (https://bit.ly/3fO6wXs), sobre el apartheid del gobierno del saliente premier Benjamin Netanyahu, la ONG israelí B’Tselem (a imagen de Dios, en hebreo), con sede en Jerusalén y filial en Washington DC, se había atrevido a publicar su sonoro reporte a principios de este año: U n régimen de supremacía judía desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo: Esto es apartheid (https://bit.ly/3umTllN).

No faltarán perfeccionistas que critiquen que B’Tselem se tardó 32 años, cuando muchos ya habíamos denunciado desde hace bastante tiempo el flagrante apartheid y neo-malthusianismo demográfico de Israel para atomizar y segregar a 6 millones de palestinos que todavía quedan del río Jordán al mar Mediterráneo (https://youtu.be/fr7FGtv6eek).

B’Tselem se dio a conocer hace ocho años por su reporte La política israelí en el área C en Cisjordania (https://bit.ly/3uyzike). El "área C" aludida abarca más de 60 por ciento (sic) de Cisjordania, totalmente bajo control militar de Israel, donde han asentado sus reales 400 mil colonos supremacistas judíos –sin contar los más de 200 mil colonos israelíes que han despojado a los palestinos autóctonos en 12 barrios de Jerusalén Oriental, Al-Quds, y de la que buscan su judaización total.

La aplastante mayoría de los colonos israelíes son ashkenazis: jázaros de origen mongol centroasiático conversos a la religión judía, según Shlomo Sand, historiador emérito de la Universidad de Tel-Aviv (https://amzn.to/3vmqq2x), y Arthur Koestler, autor de La decimotercera tribu (https://amzn.to/34q34No).

El explosivo reporte de B’Tselem no dista mucho de mi anatomía sobre "Las cuatro Palestinas" (https://bit.ly/3v3h1fW) y "Los cuatro subtipos de palestinos" (https://bit.ly/3whsQPX): “el régimen israelí ha dividido la zona en varias unidades ( sic) que define y gobierna en forma diferente. División relevante sólo para palestinos.

El espacio geográfico, contiguo al de los judíos, es un mosaico (sic) fragmentado para los palestinos como se aprecia en Conquista y divide; (https://bit.ly/3fA8aNP).

Según el perturbador reporte,“Israel otorga a los palestinos un diferente paquete (sic) de derechos en cada unidad –que son inferiores (sic) comparados a los derechos de los judíos–, cuando "el objetivo del supremacismo (sic) hebreo es avanzar en forma diferente en cada unidad" mediante "cuatro métodos": 1) Restringir la migración a los no-judíos y enajenar los terrenos palestinos para la construcción de comunidades judías. 2) Relegar a los palestinos a pequeños enclaves de ultra-centrifugación demográfica de hacinamiento antihigiénico. 3) Restricciones drásticas al movimiento de los palestinos no ciudadanos. 4) Negación de los derechos políticos.

La masiva inmigración de judíos a Palestina inició en 1882. Ya hace 13 años, Jewish Agency and Absorption Ministry (https://bit.ly/3p47G5p) señaló que desde 1948 (creación de Israel) más de 3 millones de "olim (migrantes)" de más de 90 ( sic) países –cuya mayoría provino de la ex Unión Soviética– se instalaron en Israel y en los territorios colonizados (https://bit.ly/3fwXPSJ).

B’Tselem toca un punto nodal sobre la selectiva inmigración a Israel que es legalizada "únicamente para judíos", en detrimento de los palestinos autóctonos” cuando la permisividad selectiva a judíos contrasta con la discriminación a los palestinos. LA ONG pone el dedo en la llaga sobre la Ley Básica de Israel (https://bit.ly/3wFpUN9), que consagra la supremacía del Estado judío por encima de los indefensos palestinos carentes de derechos ciudadanos, no se diga humanos.

Desde hace 73 años, la crono-demografía enfatiza la "guerra demográfica" y neo-malthusiana en curso: llegada masiva de la ex Unión Soviética de más de 3 millones de migrantes jázaros ashkenazis no-semitas a Israel, mientras han sido expoliados 6 millones de palestinos autóctonos, arrumbados en los países aledaños a Israel.

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Un policía palestino inspecciona, el sábado pasado, las ruinas de un edificio gubernamental destruido por los ataques aéreos israelíes en la Ciudad de Gaza. Foto Xinhua

Israel perdió la batalla de la opinión pública en su "Occidente": manifestaciones multitudinarias por la "autodeterminación palestina" en Londres, París y en las entrañas de Nueva York –la mayor ciudad de judíos en el mundo–, donde convergieron las huestes de Black Lives Matter con los adherentes de Palestinian Lives Matter (https://youtu.be/fr7FGtv6eek).

Se repliegan los dos supremacismos racistas de Netanyahu y Trump, con su yerno talmúdico de turbios negocios castastrales Jared Kushner, y colocan en la picota sus espurios “Acuerdos Abraham (https://bloom.bg/3hUuenI)”.

Detecto cuatro consecuencias inmediatas: 1) reconexión de Hamas, agazapada en Gaza –gueto de 2 millones de habitantes que sufre un bloqueo inhumano desde hace siete años por cielo, mar y tierra–, con sus hermanos palestinos en “Jerusalén Oriental (https://bit.ly/3volfyZ)”, con los asombrosos millennials de Cisjordania y con los 6 millones (sic) de refugiados palestinos: esparcidos deliberadamente en Jordania (2.1 millones), Siria (528 mil 616), Líbano (452 mil 669) y Arabia Saudita (240 mil); 2) prodigioso despertar millennial de los "palestinos israelíes (sic)", discriminados como ciudadanos de segunda clase que propenden a una "guerra civil" y a la balcanización de Israel, según Shlomo Sand, historiador emérito de la Universidad de Tel-Aviv (https://bit.ly/3fpPVdT). El autor de La invención (sic) del pueblo judío (https://amzn.to/3vmqq2x)” pondera "si un Israel dividido se convertiría en Yugoslavia"; 3) fractura del Partido Demócrata: desde Black Lives Matters, pasando por la carta abierta de 500 ayudantes electorales de Biden (https://bit.ly/3hSOaqV), hasta SQUAD que encabeza la millennial AOC en alianza con el admirable judío progresista Bernie Sanders, quien calificó al premier Netanyahu de "racista" por su “alianza con Itamar Ben-Gvir y su partido extremista Fuerza Judía –que busca la instauración de un Estado supremacista teocrático judío– en su artículo al NYT (https://nyti.ms/3hT6joA).

La rebelión de la base y de influyentes congresistas del Partido Demócrata no es menor cuando dos israelíes-estadunidenses llevan la batuta conceptual para aplicar la etérea "solución de dos estados": el secretario de Estado Antony Blinken y el asesor de Seguridad Nacional Jacob Jeremiah Sullivan –sin contar que el esposo de la vicepresidenta Kamala Harris es el también israelí-estadunidense Douglas Craig Emhoff, abogado del lobby propagandista de Hollywood y su legendaria "Hasbara (publicidad distorsionada)", y 4) se tambalea el leitmotiv de los derechos humanos de la administración Biden que aplica dos pesas y dos medidas cuando se trata de proteger el apartheid de Israel.

La "solución de dos estados" de Biden parece encaminada a lidiar con un contencioso atomizado de "refugiados", de 12 millones de palestinos, que a otorgarles su autodeterminación y sus igualitarios derechos ciudadanos: en el seno de Israel, donde constituyen 20 por ciento, y en los territorios colonizados bajo ocupación ilegal del ejército judío.

El barómetro de los derechos humanos de Biden no será Xinjian (China), sino el devenir de las “cuatro Palestinas (https://bit.ly/3v3h1fW)” y los “cuatro subtipos de palestinos (https://bit.ly/3whsQPX)”.

El Apartheid de Israel no es menor cuando, tras haber sido denunciado tanto por Human Rights Watch (https://bit.ly/3fuMbGy) como por B’Tselem –Centro de Información de Israel para Derechos Humanos en los Territorios Ocupados (https://bit.ly/3umTllN)–, ha sido repudiado por nada menos que el canciller francés, Jean-Yves Le Drian (https://bit.ly/3fO6wXs).

La denuncia de B’Tselem es perturbadoramente demoledora: “un régimen de supremacismo (sic) judío del río Jordán al mar Mediterráneo: esto es apartheid”.

Otra ONG digna de consulta sobre las exac­ciones supremacistas del gobierno de Ne­tanyahu es Breaking the Silence, compuesta por veteranos del ejército israelí (https://bit.ly/3hWsAls).

¿Cuál será el destino aleatorio de seis millones de palestinos que todavía quedan en la "Palestina histórica" desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo?

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Decenas de manifestantes protestaron ayer frente en la embajada de Estados Unidos en México con un evento-acción político cultural por Palestina. Foto Guillermo Sologuren

La dinámica cronológica y bélica del conflicto israelí-palestino exhibe cinco escenarios para su cada vez mas elusiva "solución":

Primer escenario: una teocracia supremacista judía. Más allá de su retórica somnífera, Netanyahu –quien lleva 15 años como primer ministro de Israel– ha impuesto en forma gradual su neocolonialismo irrendentista que ha profundizado en su más reciente alianza con el partido supremacista Otzma Yehudit ("Fuerza Judía"), jefaturado por el legislador Itamar Ben-Gvir, quien pregona la “solución ( sic) de un solo Estado teocrático judío” que incluye tanto la anexión de "Jerusalén Oriental" en Al Quds como de Cisjordania: mediante la "transferencia"/deportación de seis millones de autóctonos palestinos (https://bit.ly/3v9SGp5) erradicados desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo (https://bit.ly/3bMvi9j). Este macabro escenario se aceleró con la tácita anuencia de Jared Kushner, el talmúdico yerno de Trump.

Segundo escenario: "dos estados". Creación de un Estado independiente ( sic) de Palestina, contiguo a Israel, al occidente del río Jordán. Tanto Hillary Clinton, hace seis años (https://reut.rs/3u9tUnB), como Biden (https://bit.ly/3bIU36e), se han pronunciado sin mucha convicción por los etéreos "dos estados" por delimitar.

Ni el Financial Times ni The Economist –portavoces del globalismo de los Rothschild que han vertido lágrimas de cocodrilo sobre el más reciente infanticidio en Gaza– se hacen ilusiones sobre este escenario; mientras, el muy influyente think tank RAND sentencia que los “israelíes en el amplio espectro político prefieren el status quo (mega sic) a la solución de los dos estados (https://bit.ly/3f7aICI)”. Este "status quo" conduce irreversiblemente al precipicio de mi "escenario cinco".

Tercer escenario: confederación. En el reciente reporte sobre su condena al inocultable apartheid de Israel y sus "políticas abusivas", Human Rights Watch (https://bit.ly/3vcH58x) insinúa sotto voce la "confederación" entre las entidades israelí y palestina.

La Confederación, totalmente inviable hoy y en el futuro cercano, forma parte del armamentario anestésico y analgésico de grupos marginales israelíes desde The Century Foundation, con sede en Nueva York (https://bit.ly/3wogZzF), que es ponderado en círculos como The New York Times (https://nyti.ms/3woc9Cl).

Cuarto escenario: referéndum. Es la solución que propone el supremo líder de la teocracia chiita de Irán, el ayatolá Jamenei: un "referéndum nacional en el territorio de Palestina", presentado a la ONU, con la participación de todo ( sic) el pueblo palestino, incluyendo musulmanes, cristianos y judíos, así como sus descendientes, para que ejerzan su "derecho a la autodeterminación" y el fortalecimiento del “derecho de los refugiados palestinos de regresar a su hogar histórico (https://bit.ly/3yxr2nK)”.

Tanto la "guerra demográfica" (http://goo.gl/hfP7qp) como la "guerra civil" (https://bit.ly/3frzYCG) de Netanyahu contra los palestinos están diseñadas para impedir una solución "democrática" integral en la "Palestina histórica".

Quinto escenario: extenuación palestina. En un enfoque cronogeopolítico, ya sea desde hace 104 años (declaración Balfour con la bendición de los banqueros Rothschild), ya sea con la creación de Israel en 1948, la realidad de los hechos en el terreno bélico y la crueldad del tiempo diacrónico –mas allá de todas las leyes internacionales y las resoluciones de la ONU– han desembocado en la atomización, segregación y consunción de “cuatro palestinas (https://bit.ly/3wkkmaE)” y “cuatro subtipos de palestinos (https://bit.ly/3uaAbze)” que prosiguen ineluctablemente su aparente dinámica irreversible: edulcoradas por falsas negociaciones que consumen deliberadamente muy largos periodos, salpicadas de intermitentes conflagraciones que empeoran su ontología.

Este "quinto escenario", el más real de todos, beneficia inexorablemente la consecución del "primer escenario" que significa la consunción del alma palestina.

¿Podrá Biden persuadir a Netanyahu, quien siempre ha despreciado la muy elusiva solución de "dos estados"?

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Sábado, 22 Mayo 2021 05:57

Gaza, entre el dolor y el triunfo

Gaza, entre el dolor y el triunfo

Los palestinos buscaron sus muertos y festejaron una victoria

Más de 1800 viviendas destruidas, más de 17 mil dañadas y esfuerzos por encontrar personas vivas entre los escombros.

 

A las dos de la mañana de este viernes entró en vigor el alto al fuego que devolvió una relativa calma a la Franja de Gaza y a Israel. Miles de palestinos festejaron el anuncio y el fin de los bombardeos israelíes en las calles Gaza. Durante el día no hubo aviones de combate ni alerta de cohetes, mientras continuaron los esfuerzos por encontrar personas entre los escombros de los últimos once días, aunque los choques entre la policía israelí y palestinos continuaron.

Cerca de las 11 de la mañana Israel reabrió el paso de Kerem Shalom para permitir la entrada de ayuda humanitaria a la Franja. El paso había permanecido cerrado durante todo el conflicto. Desde el viernes llegaron medicinas, equipamiento médico y comida a través del cruce Kerem Shalom.

El ministerio de Salud de Gaza informó el viernes por la noche que el número de muertos llegó a 248, 66 de ellos niños, y 1948 heridos. Según informó el diario israelí Haaretz, el viernes también encontraron el cuerpo de un niño entre los escombros de la ciudad de Gaza. Además, identificaron los cuerpos de nueve miembros del ala militar de Hamas en un túnel que había sido bombardeado.

Los habitantes de Gaza aprovecharon el alto al fuego para recorrer las calles de la ciudad, inspeccionar los daños y sus casas, muchas devastadas por los bombardeos israelíes. "Ha sido una verdadera guerra, aterradora, durante 11 días. Ni nosotros ni los niños pudimos dormir a causa de los bombardeos. Estamos muy felices tras el alto al fuego", declaró Mohamad Abu Odeh, un palestino de la Franja de Gaza.

Desde el ministerio de Vivienda y Obra Pública de Gaza informaron que más de 1.800 viviendas fueron destruidas y más de 17 mil dañadas, que resulta en pérdidas económicas de unos 350 millones de dólares. Además, detallaron que cinco torres fueron demolidas y 74 edificios quedaron reducidos a escombros.

Los enfrentamientos nuevos fueron registrados en la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén Este, el sector palestino de la Ciudad Santa ocupado por Israel. Allí informaron sobre nuevos choques entre la policía israelí y palestinos, donde también un fotógrafo de la AFP fue golpeado por la policía. Según fuentes oficiales palestinas, quince personas resultaron heridas producto de disparos de balas de goma y gases lacrimógenos utilizados por la policía israelí contra los palestinos.

En Cisjordania miles de palestinos realizaron protestas en las ciudades de Belén, Hebrón Y Nablus. Decenas resultaron heridos en enfrentamientos con el ejército israelí. Según la agencia oficial de noticias palestina Wafa, se trató de demostraciones de solidaridad con los palestinos en Gaza y en oposición a las políticas colonialistas de Israel. Otros incidentes estallaron en barrios de Jerusalén Este y en el paso fronterizo de Qalandiya entre Jerusalén y la Cisjordania ocupada, explicó la policía.

22 de mayo de 2021

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Sábado, 22 Mayo 2021 05:52

Israel-Palestina: la guerra silenciosa

Israel-Palestina: la guerra silenciosa

Israel se encuentra en una encrucijada. Los enfrentamientos civiles que desgarran el país son más inquietantes que la guerra militar contra Hamas. Estos ponen de manifiesto las contradicciones internas que Israel no ha querido o podido superar y que tienen su origen en un modelo político imposible: una democracia fundada en la exclusión sostenida de los ciudadanos árabes del aparato de Estado. Hoy algo parece haberse roto en la cultura política israelí, en el marco del crecimiento de una extrema derecha ultranacionalista que busca volver incompatibles identidad judía y democracia.

 

¿Por dónde comenzar el relato de una historia tan compleja como la que se desarrolla actualmente en Israel? Cuando dos bandos están enzarzados en un conflicto de tan larga data como el palestino-israelí, cada parte se vuelve experta en el arte de acusar a la otra de «haber empezado». Pero la cuestión de saber qué es exactamente lo que sucedió es aún más acuciante en tanto esta guerra no ha tenido en verdad precedente en la historia de Israel. 

En efecto, nunca antes Israel ha lanzado simultáneamente una operación militar importante contra un enemigo exterior (la organización terrorista Hamas en Gaza) e intentado luchar contra revueltas que involucran a la vez a judíos y a árabes dentro de Israel, manifestaciones palestinas en Cisjordania y manifestaciones árabes pacíficas en Jerusalén Este. (En el momento en que escribimos estas líneas, no se sabe si estos cuatro frentes engendrarán otros o si, por el contrario, la tensión va a disminuir).

Los acontecimientos en curso recuerdan más al Israel previo a la independencia –un periodo durante el cual los pioneros-colonos judíos se vieron enfrentados a enemigos exteriores e interiores– que a cualquier otra conmoción política atravesada por este Estado nación desde su creación. Sin embargo, allí termina cualquier eventual analogía, porque lo que hoy está en juego no es la existencia física del pueblo judío, sino el rumbo político y moral que tomará el Estado de Israel. Cualquiera sea la salida de este enfrentamiento, es posible que estemos en los umbrales de una sociedad que va a decidir una nueva dirección tanto política como moral para Israel. 

Para hacer inteligibles estos acontecimientos, hay varios puntos de entrada posibles. Podríamos comenzar por el video en que un adolescente árabe del barrio de Beit Hanina en Jerusalén Este abofetea en el tren ligero de Jerusalén, sin haber sido provocado, a un adolescente judío ortodoxo. Ese video, subido a TikTok, provocó indignación, alimentando el temor existencial sentido por muchos judíos israelíes, pero también su percepción de que «el odio de los árabes hacia ellos será eterno».

Podríamos sin embargo comenzar también un poco más tarde, el jueves 22 de abril, cuando miembros de la organización de extrema derecha Lehava atravesaron la ciudad de Jerusalén al grito de «muerte a los árabes».

O también podríamos tomar como punto de partida la decisión de la policía de cerrar con vallados la pequeña plaza situada delante de la Puerta de Damasco durante el mes sagrado de Ramadán. Esta puerta lleva a los estrechos y superpoblados barrios árabes de la Ciudad Vieja de Jerusalén, y sus inmediaciones son desde hace ya mucho tiempo un lugar de encuentro de los hombres, mayoritariamente jóvenes (especialmente en las noches de Ramadán). Esto fue visto como una humillación más que venía a sumarse a la privación, en la vida diaria, de los derechos políticos para los árabes de Jerusalén: ellos representan 40% de la población de la ciudad, pero carecen de derechos políticos (pueden votar en las elecciones municipales, pero no pueden votar por un referente palestino ni en las elecciones legislativas; y si bien pueden solicitar la ciudadanía israelí, la mayoría de ellos se niega a hacerlo). 

Luego, cuando los israelíes impidieron, durante el mes de Ramadán, que miles de peregrinos llegaran a la mezquita de Al-Aqsa (el tercer sitio más sagrado del islam), la humillación se convirtió en profanación. En vísperas del Día de Jerusalén, que celebra la conquista de la ciudad por Israel en 1967, y tras una semana de tensión, la policía utilizó gases lacrimógenos y cañones de agua sucia (que empapan a la gente y las calles con un olor nauseabundo insoportable) para dispersar y reprimir a los fieles, provocando cientos de heridos. 

Sin embargo, la guerra contra Gaza (un acontecimiento), a pesar de su atractivo televisivo, no debe desviar nuestra atención de procesos más silenciosos e invisibles que han jalonado la historia de Israel; me refiero a la sostenida privación de la libertad y la soberanía política de los palestinos de Cisjordania, y en consecuencia, al sentimiento de alienación de los ciudadanos árabes en una sociedad que no ha cesado de expresar cuando menos una profunda ambivalencia respecto a su presencia. 

La guerra civil que desgarra a Israel es mucho más inquietante que la guerra militar contra Hamas, porque pone de manifiesto las contradicciones internas que Israel no ha querido y quizá no ha podido superar. Esta guerra encuentra su origen en el modelo político imposible que Israel ha intentado promover: una democracia fundada en la exclusión sostenida de los ciudadanos árabes del aparato de Estado. Cualesquiera sean las buenas razones (de seguridad) de una exclusión estructural de esa naturaleza, ellas siguen siendo una fuente de profunda tensión, amplificada y multiplicada por la persistencia del control militar sobre los palestinos. 

Esta exclusión no es un mero efecto involuntario de la situación militar israelí. No, ha sido ratificada por numerosas leyes que diferencian entre ciudadanos judíos y árabes. Por esa razón, el punto de entrada más pertinente para entender la actual guerra civil es el intento ininterrumpido de los colonos judíos de expulsar a las familias palestinas del barrio de Sheikh Jarrah, en Jerusalén Este. 

Este intento de expulsión se funda en una estructura jurídica que ilustra la disparidad de las leyes según se las aplique a árabes o a judíos. Las «propiedades de ausentes», definidas como aquellas propiedades abandonadas por los árabes al huir en 1948, no pueden en ningún caso ser reclamadas por sus propietarios árabes; en cambio, una propiedad abandonada par sus propietarios judíos puede ser reclamada incluso 70 años más tarde, y la ley autoriza la expulsión de familias palestinas de su casa (esta cuestión se discute actualmente en los tribunales).

En el fondo, la historia de Sheik Jarrah solo refleja la ley sobre el Estado nación adoptada en 2018 como ley fundamental (es decir que goza de un estatuto casi constitucional). Esa ley estipula que Israel es la nación de los judíos, lo que contribuye a dar aún más legitimidad a la exclusión de los árabes de un país construido sobre en una tierra de la que estos se consideran expropiados. Esta ley es la conclusión natural de la campaña implacable de provocación que Netanyahu y el bloque de la derecha han llevado adelante durante una década contra la población árabe, que equipara progresivamente a los ciudadanos árabes con los enemigos de Israel. 

Es la conclusión asimismo de 50 años de ocupación y de control de la población palestina: ni los judíos israelíes ni los árabes israelíes pueden disociar el estatuto de los palestinos en los territorios ocupados de aquel de los árabes dentro de la Línea Verde. Prueba evidente de esto es sin duda la alianza reciente entre el Likud, el partido de Netanyahu, y la extrema derecha radical, telón de fondo sin el cual es imposible comprender la explosión de odio de los últimos días en las calles de Israel. 

Evidentemente, los árabes no son solo víctimas desdichadas. Criminales y ultranacionalistas árabes han incendiado sinagogas y atacado a civiles sin recibir una condena real de sus dirigentes. Esto va a dejar una herida traumática en la historia de las relaciones entre judíos y árabes. Por otra parte, Hamas, que sigue siendo una organización terrorista, instrumentalizó cínicamente una manifestación pacífica en el barrio de Sheikh Jarrah para desencadenar una guerra, con el fin de ganar apoyo político en el marco del vacío dejado por los líderes de la Autoridad Palestina. 

No se debe subestimar el cinismo mortífero de Hamas. Pero como israelí judía, me parece más oportuno que mi reflexión se dirija a las fallas de mi propia colectividad, siendo aun así consciente de que el otro bando no es solo una víctima inocente y angelical (y a esto sumaría que la autocrítica no es uno de los puntos fuertes del campo árabe). 

El lector extranjero ignora que la extrema derecha israelí a la cual Netanyahu se ha aliado es de una naturaleza diferente de los partidos que habitualmente reciben esa calificación en Europa. Itamar Ben-Gvir, dirigente del partido de extrema derecha Otzma Yehudit (Fuerza Judía), tenía hasta hace poco en su casa un retrato de Baruch Goldstein. Goldstein fue un médico estadounidense que, mientras vivía en la colonia de Kiriat Arba (Hebrón), asesinó a 29 musulmanes que rezaban en la Cueva de los Patriarcas. Ben-Gvir, por su parte, es abogado y defiende a terroristas judíos y autores de crímenes de odio. La organización Lehava, estrechamente asociada a Otzma Yehudit, tiene como misión impedir los matrimonios interconfesionales y la mezcla de «razas».

El presidente de Israel, Reuben Rivlin, alguien de quien sin embargo no puede decirse que lleve la izquierda en el corazón, ha descripto históricamente los ataques de Lehava contra los matrimonios interconfesionales en términos inequívocos: los integrantes de ese movimiento, ha dicho, son como «roedores que socavan desde el interior el fundamento común democrático y judío de Israel». Asimismo, Lehava hace públicos (con el objeto de exponerlos a la vergüenza) los nombres de judíos que alquilan viviendas a árabes. Una ideología tal solo es comparable con la del Sur profundo estadounidense de principios del siglo XX. 

Netanyahu se ha convertido en su aliado político natural y ha virado así hacia las formas más extremas del radicalismo de derecha. Estos grupos avivan las llamas de la guerra civil esparciendo el racismo en el seno de la sociedad israelí, al grito de «muerte a los árabes».

Es necesario subrayar que estos grupos no representan al conjunto de la sociedad civil israelí, cuyos integrantes han trabajado con mucho ahínco en la creación de puentes entre las sociedades judía y árabe. Mordechai Cohen, director del Ministerio del Interior, publicó en su página de Facebook un video que recuerda al público israelí los muchos y pacientes años de trabajo que su ministerio ha consagrado a la integración de los árabes en la sociedad israelí y a la creación de lazos profundos entre ambas poblaciones. 

No se trata de las palabras vacías de contenido de un representante del Estado. Y si bien estos lazos han estado quizá lejos de ser totalmente igualitarios, no dejan de ser reales y poderosos, y sugieren que Israel es, en muchos aspectos, un ejemplo en materia de fraternidad entre judíos y árabes, una fraternidad curiosamente extraña en muchos otros países, incluidas naciones como Francia. Los árabes están hoy, en efecto, mucho más integrados a la sociedad israelí de lo que lo estaban hace 50 años (si nos basamos en el número de árabes que cursan estudios superiores y trabajan en instituciones públicas, universidades y hospitales).

Esta fraternidad no ha hecho más que reforzarse con la crisis del covid-19, durante la cual equipos sanitarios judíos y árabes han trabajado codo a codo, sin descanso, para salvar al país. La ironía es aún mayor si se considera que Netanyahu intentó de manera surrealista formar una coalición, por primera vez en la historia de Israel, con el partido islámico Raam (solo el veto del partido de extrema derecha Otzmat Yehudit impidió esta unión inusitada).

Sin embargo, la historia suele gustar poco de su propia ironía. Los acontecimientos recientes demuestran que algo quizá se ha roto en la cultura política de Israel. La frágil coexistencia de dos poblaciones con una historia tan cargada como la de judíos y árabes israelíes exige una atención y un cuidado permanentes. Esa coexistencia está condenada al fracaso, desde el momento en que se encuentra minada por el racismo que alienta activamente la mezcla de religión y ultranacionalismo que define desde hace un tiempo la ideología de los colonos, y que se esparce poco a poco en el resto de la sociedad israelí. 

La sociología sabe hace mucho tiempo que la legitimación es una fuerza social poderosa. El ingreso a la Knéset (Parlamento israelí) de partidos políticos que, en otras épocas de Israel y en otras democracias, habrían sido tildados con facilidad de terroristas constituye en sí una legitimación de su visión apocalíptica. Es bien sabido que las elites juegan un papel clave en alentar sutil o abiertamente la violencia. Incluso un líder «fuerte» (autoritario) como Netanyahu necesita de una red que lo sostenga, y ha llegado a la conclusión de que solo una alianza con los elementos radicales de la derecha le permitirá mantenerse en un poder que hoy busca desesperadamente conservar, a fin de evitar los juicios por corrupción que podrían enviarlo a la cárcel. 

Estos grupos en el poder difunden ondas de choque a través de toda la sociedad israelí, porque su sola presencia en la Knéset sugiere que su visión violenta, xenófoba y supremacista del judaísmo se ha vuelto legítima. Ellos representan una aberración de la historia del pueblo judío. 

Los violentos disturbios de estos últimos días indican que Israel se encuentra en una encrucijada. Es imperioso que el país modifique su política respecto a la cuestión palestina y adopte las normas internacionales en materia de derechos humanos, de lo contrario se verá obligado a endurecer no solo su cultura militar en materia de control sino también su suspensión de derechos civiles, y a extenderla dentro de los límites de la Línea Verde. Esta última opción no será viable. Los árabes israelíes deben convertirse en ciudadanos israelíes plenos, y eso solo es posible si a sus hermanos palestinos se les concede la soberanía política. 

Israel ha intentado construir un Estado democrático y judío, pero su identidad judía ha sido desviada por la ortodoxia religiosa y el ultranacionalismo, ambos incompatibles con la democracia. Estas facciones extremistas han colocado la identidad judía y la democracia en caminos incompatibles, caminos hacia lógicas morales y políticas inconmensurables que conducen directamente a la colisión. En el contexto de un país involucrado en enfrentamientos militares incesantes, la poderosa corriente universalista del judaísmo ha pasado a la historia. 

Israel puede ser un ejemplo como ningún otro para el mundo, no solo por lo que existe de igualdad formal entre judíos y árabes, sino también por los lazos de fraternidad humana que estos pueden tejer. Ambos pueblos son extrañamente parecidos y tienen muchas cosas en común. Esta fraternidad no es un lujo ni un deseo ingenuo. Es la condición misma para la búsqueda de una existencia pacífica y próspera para Israel. 

Traducción: Silvina Cucchi. Una versión en francés de este artículo fue publicada en AOC.

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Jueves, 20 Mayo 2021 05:43

Palestina: rebelión sin precedente

Palestina: rebelión sin precedente

Fueron las agresiones e intentos por paramilitares extremistas de quitar sus casas a palestinos en el barrio de Sheik Jarrah, en Jerusalén, y la ocupación por Israel de la mezquita de Al Aqsa, en pleno mes sagrado del ramadán, la gota que colmó la copa de la paciencia palestina y desembocó en las gravísimas acciones actuales de Israel contra Gaza y la represión generalizada contra los palestinos. La mezquita es uno de los tres lugares más sagrados del Islam. Hamas dio un plazo para que Israel cesara sus agresiones contra los inquilinos y la ocupación de la mezquita, cumplido el cual iniciaría el lanzamiento de misiles desde la paupérrima, insalubre y bloqueada franja de Gaza. Al vencer el plazo, empezó una andanada de misiles y el Estado hebreo respondió, con su arrogancia habitual, disparando misiles muchísimo más mortíferos y atacando a la franja con su aviación de combate. Es ridículo hablar de guerra porque los agredidos no tienen ni la sombra de un ejército, mucho menos comparado con Israel, que posee una de las cuatro o cinco fuerzas armadas mejor equipadas del mundo gracias a la espléndida generosidad de su aliado incondicional Estados Unidos. No sólo eso, lo ha dotado, en abierta violación del derecho internacional, de entre 250 y 300 armas atómicas. No ha de extrañar que Washington apunte a Teherán, que no tiene armas nucleares, con el dedo acusador, y calle ante el arsenal atómico de su protegido. Es el mismo cinismo con que arguye el "derecho a defenderse" de Israel y que lo hace bloquear una orden de alto el fuego en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero con una fuerte ala progresista demócrata que ha llamado apartheid a la política israelí y la sorprendente solidaridad mundial, no parece que Biden pueda mantener mucho tiempo esa postura.

Siempre han existido los robos de tierras y de fuentes de agua a los palestinos por la parte israelí. Se acaban de cumplir el 15 de mayo 73 años de la Nabka, el gran despojo territorial consecuencia de la guerra de 1948, que fue precedido de una ola de terrorismo sionista.

Pero mucho más importante que los misiles lanzados de Gaza contra el ocupante es la masiva huelga general y movilización popular palestina iniciada el martes 18 de mayo de 2021, con cientos de miles de participantes, las mayores en muchos años de resistencia. “Es la primera vez en décadas que vemos a los palestinos, por encima de sus divisiones políticas, tomar parte en tamaña huelga general, escribió Nida Ibraim, corresponsal de la cadena Al Jazeera en Ramalá. Los palestinos marcharon en las calles repletas de escombros de Gaza –ahora acaso bombardeada con más furia que nunca por mortíferos F-35 de fabricación estadunidense–, y en las de Cisjordania y Jerusalén ocupados y bajo las balas. También en pueblos palestinos dentro de Israel: Al-Lud, Umm Al-Fahm, Kufr Qana y otros, donde algunos afirman que se está al borde de la guerra civil. No se recuerda otra protesta en la que haya participado mayoritariamente la población de origen árabe en lo que antes fuera Palestina, incluyendo la residente en Israel. Hay que ver en los videos las caras decididas de muchachas y muchachos, porque aunque es un levantamiento general, son ellas y ellos los principales protagonistas y el liderazgo de esta nueva revolución palestina que ya tiene nombre: Intifada de la Unidad. Una acumulación infinita de criminales agravios es lo que subyace a este estallido. En Palestina se ha luchado siempre bravamente contra la ocupación, pero es reveladora esta afirmación de la Internacional Progresista: la última huelga general palestina se efectuó en 1936 y duró 174 días.

Un manifiesto al pueblo palestino titulado La intifada de la unidad fue hecho circular el martes a los manifestantes en todos los territorios, aldeas y pueblos: esta larga intifada –afirma– es en su corazón, la intifada de la conciencia. Es una intifada para despojarnos de la costra de la quietud y el derrotismo. Debido a ella, las bravas generaciones por venir, serán criadas, una vez más, en el principio fundamental de nuestra unidad. Ella se parará ante la cara –y aquí el manifiesto formula una crítica dentro del lado palestino– de las élites que trabajan para profundizar y hacer inmutables las divisiones, en y dentro de nuestras comunidades.

Y, en efecto, lo que está ocurriendo es que las masas palestinas, por encima de su eventual relación con alguna de las facciones, han estado actuando con absoluto entendimiento y prescindiendo de esas líneas divisorias que tanto daño han hecho a la resistencia. Muchos sienten orgullo de los humildes misiles lanzados con tanta efectividad contra el lado israelí por Hamas y la Yihad Islámica, pues los valoran como una acción de autodefensa a escala de sus precarios recursos, digno complemento de las acciones de masa en marcha que, tal vez como nunca, hacen sentir verdadero temor del lado del ocupante.

Twitter: @aguerraguerra

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