EU 2018 y 2020 ¿Otra guerra electorera?

 

Hoy no es novedad el vínculo de la diplomacia de fuerza desplegada por el régimen de alta militarización de Trump contra Irán, Corea del Norte y Venezuela, y los comicios legislativos de 2018 en que los republicanos se juegan el control del Senado, de la Cámara de Representantes y las presidenciales de 2020. Gestar una guerra de agresión, electorera, como vimos en la relección de Bush/Cheney, todo un crimen de lesa humanidad, ha sido ingrediente usado por candidatos y mandatarios de Estados Unidos en pos de la Casa Blanca. Con la geopolitización de las relaciones económicas internacionales, entre los principales precipitantes de guerra mundial (A. Milward, 1986) Trump busca repetir aquello de que ante una amenaza externa la población se adhiere al presidente con alto efecto electoral, máxime en una economía permanente de guerra a la que le es esencial la movilización de recursos humanos y materiales contra enemigos internos o externos, reales o fabricados. (Sobre los costos y corrupción del sistema ver: Marcus Raskin y G. D. Squires “America’s Warfare Welfare State”, The Nation octubre 2012).

Sin embargo, cuando esto ocurre en un contexto de estancamiento secular con pobreza al alza, magna desigualdad salarial, económico-social y bajo creciente oligarquización del poder, la agresión de clase y la unilateralidad bélica es un coctel de alto riesgo doméstico y externo. Según estudio del Centro Stanford sobre Pobreza e inequidad, en los pasados 30 años la inequidad salarial en Estados Unidos se acercaba en 2011 al nivel extremo prevaleciente antes de la Gran Depresión, mientras la diferencia entre el sueldo de los gerentes y el sueldo promedio de un trabajador industrial o de producción pasó de 24 veces en 1965 a 185 veces en 2009. La concentración de la riqueza familiar se intensificó desde los años 1980. El 10 por ciento más rico en 1983 controlaba 68.2 por ciento de la riqueza total de Estados Unidos. Ya en 2007 ese control pasó a 73.1 por ciento. La inequidad siguió en aumento por género, raza, edad y educación.

El empeoramiento de la desigualdad con Trump a poco menos de un año en el poder no sólo es notable, sino que también alienta el rechazo de su base electoral al crecer la disonancia cognoscitiva ( Festinger 1957) entre las arengas del magnate-candidato en pro de trabajadores y clase media y la inequidad del magnate-presidente cuya política fiscal agrede en los hechos a las familias de ingreso bajo y medio.

Para Bernie Sanders, quien en 2016 movilizó 46 por ciento del voto presidencial demócrata, el recorte de impuestos recién aprobado por el Senado “es una victoria para los mil-millonarios y un desastre para la población de Estados Unidos”. En entrevista transmitida por CNN Jack Tapper dijo a Sanders: “entiendo que usted no está de acuerdo con la nueva ley y ya que según el Tax Policy Center en 2018 esa ley otorgará recortes impositivos a 91 por ciento de los estadunidenses de ingresos medios ¿no es eso bueno?” Sanders respondió: “Si, desde luego que eso es bueno. Pero debieron haber hecho recortes impositivos permanentes. Lo que hicieron los republicanos fue hacer recortes impositivos permanentes para las grandes corporaciones mientras los recortes temporales fueron para la clase media”.

Citando al Tax Policy Center aludido por Tapper, Sanders le recordó que según esa fuente “al final de 10 años 83 por ciento de los beneficios irán en favor del uno por ciento de mayores ingresos y 60 por ciento de los beneficios van hacia un décimo de ese uno por ciento: En 10 años más de 80 millones de estadunidenses estarán pagando más en impuestos y como resultado de esta legislación más de 13 millones habrán perdido su seguro de salud (health insurance), los deducibles subirán y tendremos un déficit adicional de un billón 400 mil millones (1.4 trillion) de dólares como resultado de esta ley y Paul Ryan (vocero de la mayoría republicana en la cámara baja) andará por ahí diciendo: ‘debemos realizar recortes a los seguros de salud y médicos’. Para responder a su pregunta, ¿debemos hacer recortes según las necesidades de la clase media?’ sí debimos. Pero en esta legislación la masa de los beneficios es para las grandes y lucrativas corporaciones y para los mil-millonarios”.

Como se muestra en estudios del economista Mark Weisbrot del Center for Economic and Policy Research, Washington DC, los recetarios del FMI, para la población, sea de la Eurozona o de América Latina, fracasan. Son guerra de clase. En México, con un medio paramilitar alimentado por Estados Unidos y la NRA con armas de asalto, el recetario fondista (alza a tortillas y gasolinas) es materia de alto peligro. Ya la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito recordó que hay unas 6 mil 700 ventas de armas a lo largo de la frontera con México, fuente de un torrente anual de unas 730 mil armas ilegales. También en Estados Unidos el clasismo de Trump y las ventas de la NRA gestan alta explosividad. Montar otro crimen de lesa humanidad para revertir costos electorales es gasolina lanzada a un planeta en llamas.

 

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¿Noche de paz? En el mundo hay más de 40 conflictos armados activos

Las religiones predican paz, pero la Tierra está en guerra permanente. Muchas de ellas, por choques de creencias y defensas fundamentalistas de dogmas de fe. En los conflictos armados, más o menos activos o larvados, aunque todos sin declaración oficial de cese de hostilidades o procesos de desarme sellados, hay 67 países involucrados y 775 movimientos insurgentes.


Otro año que vivimos peligrosamente... con más de una cuarentena de conflictos armados a lo largo y ancho del planeta. Algunos de larga duración, como el del Sáhara Occidental, con entre 14.000 y 21.000 muertos, que inició las hostilidades en 1970. O el colombiano, que aún mantiene en vilo a las fuerzas de seguridad con las FARC, el ELN, los paramilitares y los capos de la droga y sus poderosos cárteles, y que se inició allá por 1964 y ha acabado con la vida de más de 220.000 personas desde entonces. Pero también el de la República del Congo y que, a día de hoy, tiene al Ejército en una ofensiva en la región sureña de Katanga para combatir al movimiento rebelde e independentista Mai-Mai y que sólo desde 1997, año a partir del cual la contabilización de las víctimas se elabora con rigor objetivo, ha dejado más de 2.700 víctimas mortales.


Las más longevas de las confrontaciones bélicas no respetan continentes. Ni sistemas políticos. También han estado activas largas décadas, pese a los esfuerzos diplomáticos internacionales por conseguir algún tipo de armisticio. Cuatro de los más representativos siguen con la llama del enfrentamiento encendida. El conflicto palestino-israelí colisiona, desde 1948 -es decir, desde el instante mismo de la proclamación del Estado hebreo- la defensa del territorio, principio en el que asienta la doctrina de Tel Aviv, con la búsqueda del reconocimiento mundial a la creación de un Estado palestino en la Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental. Más de 120.000 personas han perdido la vida desde entonces.


En este escalafón hay que mencionar la guerra declarada y abierta entre las dos Coreas. A cuenta del paralelo 38, una superficie de 160 millas de largo y 2,5 de ancho que sigue siendo uno de los puntos más conflictivos del planeta desde la conflagración que duró entre 1950 y 1953 y que dividió en dos la península coreana. Más de 900 muertos. Una tensión permanente que guarda muchas similitudes con Cachemira. En este caso, entre Pakistán, India y grupos rebeldes que, desde 1947, reivindican este territorio al borde del Himalaya, entre los dos gigantes asiáticos, que conservan sus rencillas desde su segregación. Entre 47.000 y 100.000 muertos, según las fuentes que se consulten. ¿Demasiadas? No parece, si se tiene en cuenta que no ha pasado ni un sólo día, desde esa lejana fecha, en el que no haya habido algún intercambio de disparos.


El cuarto en discordia afecta a Indonesia, donde aún persisten ataques esporádicos a lo largo de la llamada Línea, entre movimientos separatistas indígenas de la Papúa indonesa y de la Papúa Occidental, que ocupan la mitad de Nueva Guinea, y que ha costado la vida, desde 1969, a unas 100.000 personas.

 

El centro de investigación IRIN -originariamente, Integrated Regional Information Network- que, durante 17 años, hasta enero de 2015, perteneció a la estructura de Naciones Unidas y que, a partir de esa fecha, se auto-declara organización independiente dedicada a la información y el análisis de los conflictos bélicos asegura que, en 2017, hay más de cuarenta hostilidades activas en todo el mundo, que involucran, en mayor o menor medida, a 67 países, para un total de 775 grupos rebeldes armados, bien sean milicias, guerrillas o movimientos anarquistas, separatistas o terroristas. De ellos, África sufre el mayor número de embestidas. Nada menos que 29 de sus naciones, con 240 movimientos. Le sigue Asia, con 16 países y 171 grupos, Europa -10 Estados y 81 facciones- y Oriente Próximo, con 7 países, pero con una cifra más que notable de insurgencia activa: 253 organizaciones. América ha soltado lastre de manera extraordinaria: 6 naciones y 27 movimientos insurrectos, la práctica totalidad de ellos, cárteles de narcotráfico.


De todos ellos, 43 obtienen el tratamiento oficial de conflicto de origen independentista: 21 en Asia y 12 en Europa.


Sin embargo, también hay conflictos olvidados. Alejados de los focos de atención mediática de guerras como la de Irak, Siria, Afganistán o Ucrania. Aunque sean pasajeros en el tiempo. Estos son diez de esas guerras abiertas sin apenas repercusión internacional. Muchos de ellos pueden considerarse conflictos larvados. En estado latente. Otros, mantienen una intensidad oscilante, según los años. Pero todos están en activo y conservan su capacidad de destrucción.


10.- Guerra civil de Somalia


Estado creado en 1960, colapsó en 1991 cuando el presidente Siad Barre fue depuesto de sus funciones. Sin gobierno, el país fue presa de grupos insurgentes y señores de la guerra durante varios años. Un Ejecutivo débil y muy variopinto en su configuración política logró formarse en 2000. Fue un intento baldío de controlar el país. Hasta que, en 2012 se celebraron las primeras elecciones desde 1967.


El nuevo gabinete que salió de las urnas intentó estabilizar Somalia, pero su misión se ha visto permanentemente violentada por las acciones de grupos insurgentes que se relacionan con Al-Shabab y Al-Qaeda. Tropas estadounidenses entraron en 2007 en el país en otro intento de instaurar la paz, pero los movimientos armados lo impidieron.


9.- Guerra de Darfur


No news, good news? En este caso, la premisa no se cumple. Darfur continúa siendo atacado por parte de las fuerzas gubernamentales sudanesas. El año 2016 fue especialmente sangriento para la población civil. Hasta el punto de que, además, Naciones Unidas estima que la región soportó el desplazamiento de más de 190.000 personas. Las fuerzas de pacificación de la ONU han sido asediadas por el Ejército sudanés, que se ha hecho con el control de la zona. Más de 2,6 millones de personas han tenido que trasladarse para evitar los efectos de la guerra. Y la lucha continúa.


8.- Guerra civil de Myanmar


Antes conocido como Burma. En guerra desde hace décadas. La contienda civil se inició en 1948. Desde el golpe militar de 1962, varios grupos armados se oponen al control militar del poder. Hay numerosos grupos étnicos que combaten por ser el movimiento dominante que se enfrente al gobierno militar. Desde el Ejército Arakan de Liberación, al Ejército Chin Nacional o el Kachin. Pero hay una docena. Todo pretende crear el caos en Myanmar. Un acuerdo de cese el fuego fue firmado por la cúpula armada del gobierno y varios de los grupos insurgentes en 2016. Sin embargo, tres de ellos se negaron a rubricar el tratado y mantienen activas las hostilidades. En los últimos tiempos, estos movimientos tuvieron fricciones en la frontera china. No hay visos de que pueda pararse tampoco esta guerra de más de siete décadas.


7.- Guerra civil de Sudán del Sur


El último estado en nacer tampoco ha tenido un parto incruento. Desde diciembre de 2013, más de 50.000 personas han perdido la vida en este conflicto nacional que también cuenta con 1,6 millones de desplazados. A pesar de que hay cerca de 14.000 cascos azules que han tratado de impedirlo. En un intento de acabar con la guerra civil, el presidente Salva Kiir firmó un acuerdo de paz con el líder rebelde Machar en 2015 por el que hacía a este último vicepresidente. Pero en 2016 la violencia rompió el trato y todo intento posterior de restablecer la estabilidad. Pese a que Machar abandonó el país, Sudán del Sur sigue en pie de guerra. Está, incluso, en una nueva escalada, con aumento del número de muertos y la reducción a casi la mitad (7.500) de efectivos de la ONU.


6.- La insurgencia en el Norte del Cáucaso


Esta región rusa ha protagonizado una violencia habitual desde hace dos décadas. A pesar de que se ha reducido el número de muertos en los últimos dos años. Pero, aun así, varios grupos insurgentes se han unido al Estado Islámico, que han realizado emboscadas contra el Ejército de Rusia. Oficialmente, el Kremlin dice haber cesado sus actividades de contra-terrorismo en el área pero, extraoficialmente, las escaramuzas y los ataques continúan rompiendo el frágil equilibrio en la región, que delimita con los mares Negro, Azov y Caspio.


5.- La Guerra de la Cabinda, en Angola


Conocida también como la Guerra Civil de Angola o la Guerra olvidada de Angola. Región rica en petróleo, varios líderes insurgentes han intentado la separación del resto del estado y acceder así a la fuente de riqueza del oro negro. El gobierno angoleño ha repelido todos los intentos, la mayor parte de ellos, cruentos. En 2009, las autoridades del país declararon acabada la guerra; sin embargo, las hostilidades son frecuentes. Y los intentos de la autoproclamada República de Cabinda de conseguir el reconocimiento exterior a una hipotética independencia, también. Tan sólo Francia lo ha hecho. Para el resto del mundo, Cabinda pertenece a Angola.


4.- La Guerra del terror en Egipto


El grupo terrorista Walayat Sinai lleva atacando las instituciones egipcias desde 2005, aunque la intensidad de sus actos ha experimentado numerosos altibajos. En los últimos tiempos declara una alianza con el Estado Islámico. Su objetivo declarado es el gobierno egipcio, pero las víctimas han sido, mayoritariamente, civiles. Las autoridades de El Cairo han intensificado las reacciones contra Walayat Sinai. Amnistía Internacional ha mostrado una creciente preocupación por la desaparición misteriosa de supuestos terroristas de esta organización en manos del gobierno lo que, a su juicio, dificulta las negociaciones de paz.


3.- La Guerra híbrida de África


Empezó en Mozambique, pero se extendió por África central y meridional hasta naciones como Zambia, Angola o Malawi. Inicialmente, surgió entre el gobierno mozambiqueño y RENAMO, el movimiento de resistencia nacional del país. La violencia se intensificó en 2013 y las tenciones siguen abiertas. De hecho, otro grupo, FRELIMO, el llamado Frente de Liberación, es el que tiene el control actual en la región. Entre ambos movimientos hay una lucha sin cuartel. El gobierno de Mozambique, una de los poderes económicos del subcontinente africano, teme la extensión del conflicto a otras latitudes si interviene de forma más directa.


2.- Tensiones militares en el Mar de China Oriental


Durante meses, Japón y China han elevado el tono por la hegemonía en el Mar de China Oriental. Ambos han incrementado, además, su presencia militar en la zona. Y se han producido algunas escaramuzas. China ha ampliado recientemente su flota naval y el número y la afluencia de sus patrulleras en las aguas internacionales. También Japón ha incrementado a más de 500 vuelos directos la frecuencia de sus incursiones aéreas. En disputa, las islas Senkaku/Diaoyu, que fueron reclamadas por Japón desde 1895. China reaccionó en los setenta del siglo pasado solicitando la soberanía sobre nueve de las islas de este micro-archipiélago. Japón echó más leña al fuego en 2012, cuando su gobierno adquirió tres islas de manos privadas.


1.- El conflicto de Nagorno-Karabaj


La violación del cese el fuego en abril de 2016 muestra que las tensiones por la disputa de las fronteras de esta región limítrofe entre Armenia y Azerbaiyán están lejos de remitir. Con un 95% de población armenia, de culto cristiano ortodoxo, el territorio pertenece a Azervaiyán, con unos habitantes mayoritariamente musulmanes. Tras el colapso de la Unión Soviética, iniciaron las hostilidades, en guerra abierta. A comienzos de los noventa, la región declaró su independencia. Desde el acuerdo de paz de 1994 las violaciones del acuerdo han sido frecuentes. Y violentos. Cinco soldados azeríes fueron asesinados por separatistas armenios en febrero de 2017 durante una batalla fronteriza entre ambas fuerzas.

 

Fuera de este decálogo, hay otro conflicto, el de Yemen, que no sólo se podría encuadrar dentro de las contiendas bélicas semi-olvidadas. También es otro ejemplo de control de información y de opacidad. Sobre todo, desde que Arabia Saudí se hizo con la comandancia militar de la alianza del Golfo. Sin olvidar su capacidad para extender las tensiones a toda la región, otra de las más convulsas, ya de por sí, del planeta. Porque Riad ha gastado sumas ingentes de dinero en esta guerra, hasta descuadrar un presupuesto que habitaba en el superávit por los petrodólares, que también está utilizando para hostigar a su enemigo, Irán.


Yemen sufre una guerra civil que es un auténtico collage: luchas tribales, movimientos yihadistas y grupos que, sencillamente, luchan por la supervivencia. Pero, por encima de todo, lo que está en juego es la hegemonía del wahabismo saudí (suní) y la milicia chií Huthi, apoyada por Teherán. Naciones Unidas cree que tres cuartas partes de sus 28 millones de habitantes precisan de algún tipo de ayuda humanitaria. Su economía está colapsada y la esperanza de vida de la gente resulta una quimera. Por si fuera poco, a comienzos de diciembre, se hizo oficial el asesinato de Abdalá Saleh, el ex presidente del país y antiguo aliado rebelde. Probablemente a manos huthies, que le consideraban un traidor, según fuentes saudíes.


El último Global Peace Index, del Institute for Economics and Peace, que incluye datos de 2015, ya revelaba que eran malos tiempos para la paz. Durante ese año, el número de muertes en combate había sido el más alto de los últimos 25 años, debido a los altos niveles de intensidad terrorista y a la mayor oleada de refugiados y desplazados desde la Segunda Guerra Mundial. La violencia, dice el estudio, tiene un alto coste. Nada menos que de 13,6 billones de dólares, si se mide en poder de capacidad de compra. Más que la economía de China a precios actuales del mercado. O cinco dólares por persona y día, si pagáramos todos los habitantes del planeta. U once veces el montante de la Inversión Extranjera Directa (FDI, según sus siglas en inglés) que fluye cada ejercicio económico por el mundo. Sólo en 2015.


Su versión de 2017 reconoce una ligera mejoría, que queda en stand by ante el creciente gasto militar de las grandes potencias. Estos son los cinco países que, a juicio de este barómetro, de reconocido prestigio internacional, lograron los mejores y peores resultados en los exámenes sobre pacificación de sus territorios.

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"Honorables jueces, Slobodan Praljak no es un criminal de guerra y acepto su veredicto con absoluta repulsión, sostuvo ayer el ex general bosnio-croata, tras lo cual ingirió una sustancia venenosa en plena sesión del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia.

 

La Haya.

Honorables jueces, Slobodan Praljak no es un criminal de guerra y acepto su veredicto con absoluta repulsión, afirmó este miércoles el ex general bosnio-croata, de 72 años, para de inmediato ingerir veneno, luego de escuchar su sentencia a 20 años de prisión por crímenes de guerra perpetrados durante el conflicto que llevó a la desintegración de Yugoslavia (1992-1995).

El Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY), instalado en La Haya, suspendió en ese momento la sesión. Los magistrados daban lectura a las condenas en contra de seis ex dirigentes y jefes militares bosnio-croatas, entre ellos Praljak.

Uno de los seis acusados (Praljak), murió en el hospital HMC. Bebió un líquido y enfermó rápidamente, confirmó Nenad Golcevski, vocero del TPIY, que no mencionó el nombre del suicida.

Praljak era custodiado por guardias del tribunal, por lo que no queda claro qué tipo de sustancia ingirió, cómo la adquirió e introdujo a la sala fuertemente vigilada. Su abogada, Natasa Favo Ivanovic, aseguró que ingirió veneno, pero no dio más detalles.

Carmel Agius, presidente de esta corte, corroboró que la policía holandesa abrió una investigación por este hecho y parte de las instalaciones del tribunal quedarán resguardadas. La audiencia se reanudó más tarde y los cinco croatas restantes escucharon la ratificación de sus sentencias de entre 10 a 25 años de cárcel.

Uno de los principales condenados es el ex dirigente de los croatas de Bosnia, Jadranko Prlic, quien recibió 25 años de prisión por el traslado de poblaciones musulmanas y por haber perpetrado asesinatos, violaciones y destrucción de propiedades para crear la gran Croacia.

Los veredictos de este miércoles eran los últimos del TPIY tras 24 años de trabajo en los que sentenció a los principales responsables por los crímenes perpetrados durante la guerra de Bosnia-Herzegovina, que causó más de 100 mil muertos y dejó 2.2 millones de desplazados. Una semana antes se había dictado cadena perpetua al ex militar serbio-bosnio Ratko Mladic por crímenes de guerra, de lesa humanidad y genocidio.

 

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Rex Tillerson este miércoles en el departamento de Estado. MICHAEL REYNOLDS

 

Las posibilidades de un acuerdo en el conflicto israelí-palestino impulsado por la mediación del Gobierno de Donald Trump se redujeron drásticamente este fin de semana. La Casa Blanca amenazó con cerrar la oficina de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Washington y las autoridades palestinas advirtieron de que la medida supondría la ruptura de la relación bilateral. Trump mostró al llegar a la presidencia una cercanía a Israel mucho mayor que la de su antecesor, Barack Obama, aunque luego fue moderando su postura. El proyecto de lograr la paz en Oriente Medio, que le ha encomendado a su yerno, el treintañero Jared Kushner, está lejos.

El Departamento de Estado de EE UU ha advertido de que una legislación aprobada por el Congreso podía impedirle renovar la autorización de esta oficina diplomática ubicada en la capital estadounidense si sus líderes reclaman que la Corte Penal Internacional procese a los israelíes por crímenes contra los palestinos. Y el pasado septiembre, en plena asamblea general de Naciones Unidas, el líder palestino, Mahmud Abbas, reclamó al tribunal que abriera la investigación para juzgar a las autoridades del país hebreo.

El secretario general de OLP, Saeb Erekat, que además es el jefe negociador, advirtió de que el cierre de la oficina llevaría a la suspensión de las relaciones con EE UU. "Si cierran la misión [diplomática], suspenderemos todas las comunicaciones con esta Administración norteamericana", declaró Erekat en un mensaje de vídeo difundido en Twitter. Erekat consideró "muy desafortunada” lo que consideró una “presión política a la que ha sucumbido la Administración americana por parte del Gobierno Netanyahu, en un momento en el que intentamos alcanzar un acuerdo definitivo". "Esos pasos puede socavar todo el proceso de paz", recalcó, según las declaraciones recogidas por France Presse.

Washington espera algún movimiento por parte de los palestinos. Fuentes del Departamento de Estado citadas por la prensa estadounidense dejaron claro que el cierre de la misión puede revertirse en el plazo de 90 días, según marca la ley, si los palestinos comienzan “negociaciones serias y directas” con Israel. La Administración de Trump sostiene que esta medida no supone ninguna suspensión de contacto ni tiene por qué entorpecer el objetivo del proceso de paz, pero el Gobierno de Abbas ha dejado que no pasará por alto lo que ve como una afrenta en toda regla.

Estados Unidos no reconoce el estado palestino, pero en 1994 permitió la apertura de esta oficina de la OLP, la organización política que representa a los palestinos, con el fin de facilitar el diálogo. En 2011, Obama tomó la controvertida decisión de dejarles ondear la bandera en el edificio. El departamento que dirige Rex Tillerson no ha precisado si la no renovación del permiso significará el desalojo del edificio y la suspensión de toda actividad o si solo se trata del cierre de la misión al público.

Trump se ha comprometido en varias ocasiones a hacer todo lo posible para lograr la paz en Oriente Medio, pero no hay una hoja de ruta clara no una confianza en el proceso. En la campaña electoral, el republicano se significó con una promesa electoral muy polémica, el traslado de la embajada de EE UU de Tel Aviv a Jerusalén, lo que implica el reconocimiento de la ciudad como capital israelí, cuando se trata de un territorio disputado. El pasado junio, tras seis meses en la Casa Blanca, rectificó con el fin de favorecer las negociaciones. Y en su primera reunión con el primer ministro israelí en Washington, se marcó distancias con la llamada solución de los dos estados, es decir, con la creación de un estado palestino. "Un Estado o dos Estados. Aceptaré lo que acuerden", dijo. En su viaje por Oriente Medio, en mayo, se mostró más cercano con Abbas. “He tenido un encuentro con el presidente palestino Abbas y puedo decir que está listo para la paz. Tras una reunión con mi buen amigo Benjamín, también puedo decir que tiende la mano a la paz. Pero hacer la paz no será fácil”, apuntó.

 

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Guerrilleros de las Farc pasan el tiempo en un campamento transitorio.

 

Enrique Santiago es asesor jurídico de las FARC y una de las figuras fundamentales para la consecución del acuerdo definitivo de paz que cierre las heridas todavía abiertas en Colombia.

Tras cinco años de negociaciones en La Habana, y la incertidumbre generada por el rechazo del pueblo colombiano a los Acuerdos de paz, la solución del conflicto entre el estado colombiano y las FARC parecía encarrilada en noviembre de 2016 con el refrendo del Congreso de la República. La situación un año después no puede ser peor.

En el último año más de 140 líderes campesinos, sociales y comunitarios han sido asesinados y, desde que las FARC entregara las armas a mediados de agosto, alrededor de 40 exguerrilleros y familiares han sido liquidados por parte de la fuerza pública y de los paramilitares. En este ambiente de desconfianza e incertidumbre, el pasado 25 de octubre se ponía en marcha un paro campesino -llamada “minga nacional”- que ha sacado a más de 100.000 personas a la calle en 24 departamentos del país exigiendo el cumplimiento de lo acordado en La Habana en materia de respeto a los derechos de los pueblos indígenas y de desarrollo de sus comunidades.

Tras cinco años de negociaciones en La Habana, y la incertidumbre generada por el rechazo del pueblo colombiano a los Acuerdos de paz, la solución del conflicto entre el estado colombiano y las FARC parecía encarrilada en noviembre de 2016 con el refrendo del Congreso de la República. La situación un año después no puede ser peor.

En el último año más de 140 líderes campesinos, sociales y comunitarios han sido asesinados y, desde que las FARC entregara las armas a mediados de agosto, alrededor de 40 exguerrilleros y familiares han sido liquidados por parte de la fuerza pública y de los paramilitares. En este ambiente de desconfianza e incertidumbre, el pasado 25 de octubre se ponía en marcha un paro campesino -llamada “minga nacional”- que ha sacado a más de 100.000 personas a la calle en 24 departamentos del país exigiendo el cumplimiento de lo acordado en La Habana en materia de respeto a los derechos de los pueblos indígenas y de desarrollo de sus comunidades.

 

Pero el foco mediático hace tiempo que ha abandonado a Colombia. Los asesinatos y las protestas campesinas están poniendo de manifiesto la violencia estructural existente en Colombia. Hechos que demuestran que la paz no viene dada con la firma de un texto si los actores responsables del conflicto no se comprometen a cumplir lo acordado. Esta es una de las cuestiones que viene denunciando la reconvertida FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común), quien pide la liberación de los cerca de 1.000 guerrilleros que aún quedan en la cárcel -según lo estipulado en los Acuerdos de paz- y la implementación de las medidas más urgentes que caducan a finales de este mes de noviembre.

De todo ello, charlamos con Enrique Santiago, asesor jurídico de las FARC, y una de las figuras fundamentales para la consecución del (esperemos) acuerdo definitivo de paz que cierre las heridas todavía abiertas en el país cafetero.

 

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Enrique Santiago, una de las figuras clave para la consecución del acuerdo definitivo de paz.

 

La FARC acusa al Gobierno de estar contraviniendo lo estipulado en los acuerdos de paz. ¿Qué está ocurriendo con lo pactado en La Habana?

Que se está incumpliendo el acuerdo es algo que están poniendo de manifiesto la propia misión de Naciones Unidas, el mecanismo de monitoreo y verificación y todos los observadores y organismos encargados de hacer la revisión del cumplimiento del acuerdo. El acuerdo contiene un periodo de ejecución de 10 años y una obligación de cumplimiento por parte de todas las autoridades colombianas de 12 años. En uno de los apartados se contemplaban las medidas más urgentes que debían ser implementadas en el primer año desde la firma del acuerdo. Nos quedan 20 días para que concluya el mes de noviembre, que es cuando se cumplirá el primer año, y de esas medidas que se contemplaban no se ha implementado más que un 20%.

 

¿Cuáles son esas medidas que se tenían que cumplir en el primer año?

Lo más preocupante es que no se han implementado medidas esenciales que atañen a las causas del conflicto. No se ha implementado nada respecto a la reforma rural y los programas de sustitución de cultivos ilícitos, todos sabemos que el conflicto surge por un problema de acceso de tierra de los campesinos y la acumulación de tierras en muy pocas manos. Respecto al programa de participación política y de erradicación de la violencia de la política, en Colombia cualquier fuerza alternativa que ha surgido en el último siglo ha sido exterminada en el momento en el que ha pasado a tener un apoyo popular importante. Es el caso más reciente de la Unión Patriótica que fue exterminada con más de 3.500 asesinados, incluyendo la gran mayoría de representantes públicos. Esta ha sido la tónica habitual y por ello era urgente la erradicación de la violencia de la política y la reforma del sistema electoral.

 

¿El Estado no está en condiciones de poder garantizar la participación política de la FARC sin violencia?

Una de las medidas fundamentales era la creación de instituciones que acabaran con el paramilitarismo, que es un problema estructural en Colombia. Las FARC hicieron una propuesta al Estado básica, como era que se prohibiera el paramilitarismo, porque Colombia no había una norma que prohibiera este terrorismo. Finalmente se ha acabado acordando con rango constitucional, pero no se han hecho los desarrollos en el Código Penal. La justicia ordinaria se ha mostrado completamente inoperante, tiene 15.000 casos sobre paramilitarismo y estas investigaciones no se están llevando a cabo. Es algo fundamental que está directamente relacionado con el encallamiento del acuerdo.

 

El conflicto por el acceso a la tierra fue uno de los factores determinantes para el inicio de las FARC. ¿Por qué el Gobierno no da prioridad a una de las causas históricas de conflicto?

Partíamos de la premisa de que los seis millones de hectáreas que habían sido robadas violentamente a los campesinos, usurpadas por terratenientes usando grupos paramilitares, iban a ser de imposible recuperación. Por ello, el Estado se comprometía a poner a disposición de los campesinos que se quedaron sin tierra 10 millones de hectáreas. No hay por el momento ni una sola norma aprobada para garantizar este punto ni las destinadas a la sustitución de cultivos ilícitos. Hay que tener en cuenta que las zonas donde los campesinos cultivan hoja de coca son zonas abandonadas por el Estado dónde únicamente acuden a comprar las organizaciones mafiosas que se dedican al tráfico de estupefacientes. Este es un problema que afecta a cientos de miles de campesinos en Colombia, que ni mucho menos se enriquecen ni obtienen un precio equiparable al que se produce con la comercialización de la hoja de coca.

 

Uno de los puntos que ha suscitado mayor rechazo e intentos de modificación ha sido la llamada “justicia especial para la paz”, porque se consideraba que garantizaba la impunidad para los guerrilleros.

El acuerdo establece la amnistía para todos los guerrilleros por aquellos delitos que son políticos, no de sangre. Eso no es ninguna ocurrencia de las FARC, es la aplicación estricta del derecho internacional y de las Convenciones de Ginebra, que dice que a la finalización de un conflicto armado interno se otorgará la amnistía más amplia posible a todos actores del conflicto. Se están incluyendo modificaciones que tienen como finalidad garantizar la impunidad de los que siempre han disfrutado de ella, que son los civiles que siempre han estado beneficiados del conflicto, y que solo se conozcan las responsabilidades derivadas de la guerrilla. El acuerdo era para resolver la responsabilidad de todos los actores del conflicto teniendo en cuenta que, según dice la Fiscalía de la Corte Penal Internacional o los propios datos de la Fiscalía General de la Nación, quienes no ha disfrutado de impunidad en Colombia son precisamente los grupos guerrilleros. Es el único actor del conflicto que el Estado se ha encargado de perseguir intensamente y ha obviado los crímenes cometidos por la fuerza pública y el paramilitarismo.

 

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Militantes de las FARC en Cali, Colombia /REUTERS

 

¿Quiénes son esos civiles que se han aprovechado del conflicto?

Las empresas multinacionales que se dedican a grandes proyectos agroindustriales o extractivos se han enriquecido con la guerra y no les interesa que acabe la guerra porque, mientras ha existido, han ocupado las tierras violentamente y han expulsado a los campesinos. Es obvio que estos sectores son los que están poniendo más impedimentos porque se resisten a perder los privilegios que han tenido y los mecanismos de acumulación de riqueza. En Colombia está acreditado que empresas como la United Fruit o Coca-Cola han tenido a su disposición grupos armados paramilitares para proteger sus intereses exterminando a los líderes sindicales y desplazando a las poblaciones de aquellas tierras que ambicionaban para sus proyectos económicos. Ese no es ningún secreto, de hecho, en Estados Unidos hay varios procedimientos abiertos contra estas empresas exigiéndolas responsabilidad civil.

 

¿Se acuerdan estos tribunales especiales por la desconfianza hacia los tribunales ordinarios colombianos?

Como hay un absoluto recelo de funcionamiento del aparato de justicia y su parcialidad respecto a la actuación de los guerrilleros, se estableció que quedarían en libertad condicional a disposición de la nueva jurisdicción especial para la paz para que esta revisara sus delitos. Antes de finalizar la dejación de armas tenían que haber sido excarcelados todos los guerrilleros y, a día de hoy, quedan 1.000 guerrilleros presos. Ha habido un incumplimiento sistemático por parte de los jueces colombianos hacia esta ley, incluso han dicho que no veían con buenos ojos esa ley porque iba contra sus decisiones judiciales. Esto es una actuación muy preocupante que habla de arbitrariedad judicial y de unos jueces que se niegan a cumplir la ley. Que unos jueces digan que no están dispuestos a cumplir la ley es prácticamente sedicioso.

 

Entonces, ¿la justicia en Colombia es totalmente arbitraria y no tiene intención de esclarecer la verdad del conflicto?

Es el punto de vista no solo de las FARC, sino de organizaciones de derechos humanos y de víctimas en Colombia. La justicia es arbitraria y no es objetiva, pero sobre todo es ineficaz. En Colombia hay una impunidad judicial respecto a delitos comunes de un 90%, es decir, la gran mayoría de las actividades delictivas que se cometen en el país no llegan nunca a los tribunales.

 

¿Qué garantías contemplaba de acuerdo en este primer año si no se cumplía lo estipulado?

El acuerdo es el más completo firmado en el mundo en cuanto a mecanismos jurídicos de obligado cumplimiento, porque intuíamos lo que podía pasar. El Estado realiza una declaración unilateral de obligado cumplimiento, que es una figura que existe en el derecho internacional en el Estatuto del Tribunal Internacional de Justicia, ante las Naciones Unidas y se pidió que para mayor garantía se incluyera el texto total en un documento del Consejo de Seguridad, el único organismo que tiene competencias ejecutivas. Además, se hizo una reforma constitucional que obliga a cumplir el acuerdo a todas las autoridades colombianas en los tres próximos periodos electorales sin modificaciones. Al final este es un acuerdo político y la única garantía de cumplimiento es que haya una voluntad política de cumplirlo y de acabar con el conflicto.

 

¿El presidente Santos está en condiciones de cumplir los acuerdos de paz antes de que finalice su mandato en 2018?

El presidente Santos tiene la obligación de garantizar el cumplimiento del acuerdo. Todo parece indicar que no se va a garantizar y que su implementación va a quedar al albur de la mayoría parlamentaria que salga de las legislativas del próximo mes de marzo, y de quien sea nuevo presidente en el mes de mayo con las presidenciales.

 

¿Se está corriendo el riesgo de volver a una confrontación violenta?

Esta situación no es novedosa. El Gobierno ha firmado acuerdos a lo largo de la historia que luego incumple. ¿Y cuál es el resultado?, como no se han garantizado las medidas que estaban destinadas a acabar con el conflicto este se ha reproducido. Obviamente las FARC no van a volver a alzarse en armas porque han cumplido sus obligaciones estrictamente: han desactivado todas sus estructuras y han entregado hasta la última arma a Naciones Unidas. Eso no es garantía en la historia de Colombia porque cuando desaparecen unas organizaciones surgen otras, en la medida en que el Estado es incapaz de solventar los problemas de inequidad y miseria. Es evidente que el incumplimiento sistemático del Estado va a estimular más disidencias. En estas últimas semanas estamos asistiendo a la detención indiscriminada de exmiembros de las FARC con el argumento de que, a pesar de que han sido amnistiados, todavía no se han incluido en las bases de datos de la justicia y de la Policía las órdenes de amnistía. Ese no es un mensaje muy constructivo para aquellos que acaban de dejar las armas.

 

¿La inscripción como partido político con las mismas siglas de la guerrilla puede suponer un escollo mayor a la hora de la confrontación electoral?

Hay una actitud contradictoria por parte del Estado. Durante el acuerdo venían reiterando que nadie quería a las FARC, pero pretendían limitar su participación en política. Siguiendo esa premisa, que no se molesten en limitar su participación política porque nadie les votará. Las últimas encuestas ponen de manifiesto que las FARC tienen un importante rechazo social, pero a su vez las mismas encuestas establecen que los partidos políticos tradicionales tienen un rechazo aún mayor. El partido político más valorado en los últimos barómetros publicados con un índice muy bajo es el partido que ha surgido de las FARC, curiosamente. La FARC está en la misma situación que el resto de partidos políticos tradicionales o mejor.

 

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Erdogan acusa a Estados Unidos de financiar al Estado Islámico

 

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, acusó este viernes a Estados Unidos (EE.UU.) de financiar a los integrantes de la organización terrorista autoproclamada Estado Islámico (Daesh en árabe).

Señaló además que Washington incumplió la promesa dada a Ankara de retirar las fuerzas de autodefensa de los kurdos sirios (PYD) de las regiones sirias que queden liberadas de los terroristas.

“Estados Unidos nos ha decepcionado mucho, dijo que lucha contra Daesh pero en realidad le dio un montón de dólares (...), ha violado los acuerdos conseguidos en Manbiy y en Al Raqa los acuerdos conseguidos (...), nos prometió que no quedaría ningún miembro de PYD, pero no lo cumplió, ha cambiado la Administración en EEUU pero todo queda igual que antes”, dijo Erdogan, cita Sputnik.

Durante su intervención en Ankara, capital de Turquía en una reunión del gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo, señaló que los ciudadanos de Turquía a menudo se preguntan ¿qué está haciendo EEUU en Siria y para qué tiene 11 bases en este país del que lo separan 12.000 kilómetros?

“Estamos luchando tanto contra Daesh como contra el PYD y vemos bien que los guiones que viene realizado EEUU no responden a las relaciones de aliados”, subrayó.

Ankara califica a PYD como una organización terrorista ligada al Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), prohibido en Turquía.

Turquía, que junto a Rusia e Irán son los países garantes de las conversaciones por la paz siria en Astaná, está envuelto activamente en la lucha contra Daesh en la República Árabe, especialmente en la ciudad de Idlib.

 

(Con información de AVN)

 

 

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Domingo, 12 Noviembre 2017 07:22

Después del Estado Islámico

Un miembro de las Fuerzas Democráticas Sirias, en el barrio occidental de Daraiya, Al Raqa

 

Tras la caída de Al Raqa, en Siria.

 

La “capital” de la organización yihadista cayó finalmente tras meses de ofensiva militar. El dominio brutal del EI llega a su fin, pero una mirada militarista no permite ver que los factores políticos, sociales y económicos que dieron origen al temido grupo siguen vigentes. La marginación, el neoliberalismo y el autoritarismo se conjugaron en Siria e Irak para empedrar el camino de la yihad.

Un campo de ruinas junto al Éufrates. Así luce hoy la ciudad de Al Raqa. No hay más que escombros hasta donde alcanza la vista, mujeres y hombres cansados, algunos en uniforme de guerra, otros en harapos y, cada tanto, se oye el estallido lejano de alguna granada olvidada en la última batalla. Las imágenes de la anunciada victoria contra el Estado Islámico (EI) contrastan con el triunfalismo de Occidente.

“Juntas, nuestras fuerzas han liberado la totalidad de Al Raqa”, anunció el 21 de octubre pasado el presidente estadounidense, Donald Trump. La capital de la organización yihadista cayó finalmente tras cuatro meses de ofensiva de las Fuerzas Democráticas Sirias, con apoyo aéreo de la coalición liderada por Estados Unidos. El dominio brutal del grupo EI, que llegó a extenderse por un territorio del tamaño de Gran Bretaña, llega a su fin a un precio no menos brutal.

En la Segunda Guerra Mundial, la infame victoria aliada en Dresde supuso la destrucción de más del 80 por ciento de esa ciudad. La liberación de Al Raqa vino acompañada de una destrucción de similar magnitud y de más de 3 mil “bajas civiles”. Quien comparó la ciudad alemana y la siria hace pocos días fue el Ministerio de Defensa ruso: una pasada de factura a Washington que no alcanza a redimir la destrucción reciente causada en Alepo por las bombas de Rusia y su aliado local.

El atroz sacrificio de los pueblos sirio e iraquí ha generado heroicos resultados bélicos. Uno tras otro, el EI ha perdido sus principales bastiones: Ramadi, Mosul, Al Raqa, Deir Ezzor. La bestia negra del “califato” agoniza. “La derrota militar elimina de forma clara su dimensión territorial”, señaló a Brecha Rami Khoury, profesor de la Universidad Americana de Beirut y miembro del Instituto Issam Fares. El grupo ya no puede reclamarse como Estado y eso es un golpe frontal a su discurso de reclutamiento: “Al no tener un territorio que controlar, ya no pueden afirmar que son el nuevo califato o que gobiernan una sociedad musulmana perfecta”, sostuvo Khoury.

“Este fenómeno está llegando a una impasse. El EI no perdurará como dominio territorial, ya no tiene geografía ni estructura, ya no será una amenaza militar”, aventuró por su parte Oraib al Rantawi, director del Centro Al Quds de Estudios Políticos, en Jordania. Apenas unos miles de combatientes del grupo resisten en pequeños pueblos y zonas desérticas entre Irak y Siria. Poco más se sabe de su líder, Abu Bakr al Baghdadi, luego de que Rusia lo diera por muerto a mediados de año. ¿Se habrá terminado entonces la pesadilla?

Ni Khoury ni Al Rantawi se muestran tan seguros. En 2009, en plena ocupación y guerra civil en Irak, Barack Obama se jactó de derrotar por completo a la red local de Al Qaeda, que para entonces ya se hacía llamar “Estado Islámico de Irak”. Cinco años más tarde ese grupo se hacía con el control de la segunda ciudad del país y de los principales pozos petroleros a ambos lados de la frontera con Siria.

Hoy los factores políticos, sociales y económicos que dieron origen a la organización Estado Islámico “siguen existiendo, y probablemente empeorarán”, advirtió Khoury. Esa visión es compartida entre los expertos en el tema con los que conversó Brecha. La violencia desplegada por el EI ha sido tan grande, y su impacto traumático tan profundo, que suele obturar la mirada sobre sus causas. Sin embargo éstas están a la vista desde hace varios años, en los hechos que siguieron a la invasión estadounidense de Irak en 2003 y que precipitaron la revolución y la guerra en Siria a partir de 2011. Marginación, neoliberalismo y autoritarismo se conjugaron en ambos países para empedrar el camino de la yihad.

 

EXCLUIDOS Y SALVADORES.


Tras un verano de fuego, vuelve el frío a los campamentos de refugiados. Allí vive gran parte de los 3,6 millones de desplazados internos que, según estima Acnur, hay en Irak. En su mayoría son árabes sunitas que vivían en las provincias del norte y el oeste del país donde desde 2014 gobernó el EI.

Durante la dictadura de Saddam Hussein (1979-2003), sólo ese grupo social podía aspirar a puestos de importancia en el Estado. El resto de las comunidades eran reprimidas de forma sistemática. Al terrorismo estatal se sumó a partir de los años noventa un régimen de sanciones tan duro que, según el entonces coordinador humanitario de la Onu Dennis Halliday, “cumplía con la definición de genocidio”. Golpeado, el tejido social iraquí terminó de saltar en pedazos en 2003 con la invasión de Estados Unidos y sus aliados.

El día que las tropas de ocupación derribaron la estatua de 12 metros de Saddam, en el centro de Bagdad, el Estado entero se fue al piso con ella. Washington realizó una purga de adeptos al tirano que en lugar de paliar la división sectaria la profundizó. Los sunitas fueron expulsados de la administración y remplazados por opositores chiitas y kurdos. En las provincias sunitas el sentimiento de despojo aumentó, mientras los servicios básicos decayeron y la nación se sumió en el caos armado.

Medio millón de personas perdieron la vida a causa de la incursión de Estados Unidos, según publicó diez años más tarde la Universidad de Washington junto al Ministerio de Salud de Irak (Plos Medicine Journal, 15-X-13). La cárcel y la tortura que eran habituales con Saddam continuaron bajo la ocupación extranjera. “La violencia es ahora prácticamente un lugar común en Irak”, dijo a Brecha la experta en política iraquí Loulouwa al Rachid, del Centro de Estudios Internacionales-Sciences Po, de París.

La insistencia sectaria de la política iraquí de los últimos años allanó el camino al yihadismo. Ante la exclusión y la represión política, los árabes sunitas encontraron en el EI una vía para independizarse del Estado iraquí a nivel administrativo y político, sostiene Al Rachid. En un contexto de marginación política, militarización y desempleo masivo, “muchos miembros del EI vieron a su organización como la única que defendía a los musulmanes sunitas”.

La degradación de la trama social iraquí está íntimamente ligada a la ideología del EI. En The Political Theology of Isis (2017), el doctor en estudios islámicos Ahmed Dallal analiza cómo, en lugar del esquema insurgente clásico de Al Qaeda, el nuevo grupo priorizó la construcción de una estructura estatal propia en las áreas donde el Estado nacional, devastado por la invasión extranjera, se había retirado. Además, a diferencia de la vieja guardia, el EI apeló a “una guerra sectaria total” contra los chiitas y otras comunidades, en pos de“eliminar la zona gris, para polarizar a la sociedad y reclutar a los musulmanes marginados”.

La ocupación estadounidense y su legado político y económico conformaron la incubadora perfecta para ese programa. El EI se dedicó a masacrar a los “herejes” chiitas, identificados por muchos con el nuevo régimen impuesto por los ocupantes. A conciencia, alimentó el ciclo de violencia sectaria con sus videos de decapitaciones y ejecuciones en masa. La limpieza étnico-religiosa en las provincias de mayoría sunita llegó a su paroxismo con el genocidio y la esclavización de la minoría kurda yazidí en 2014.


CARROÑEROS.

 

¿Cómo llegaron a ese punto comunidades que coexisten en un mismo territorio desde hace siglos? Según Al Rachid, la violencia sectaria oculta el problema subyacente de “una masiva disfunción socioeconómica que afecta a millones de personas”. Móviles más mundanos que la mera religión colaboraron para que la organización pudiera reclutar pobladores locales. Un sobreviviente del genocidio yazidí contó así a la investigadora la transformación sufrida por sus vecinos sunitas en 2014: “Se convirtieron en salafistas radicales de la noche a la mañana y comenzaron a llamarnos impuros para apoderarse de nuestra propiedad”.

Junto al periodista Peter Harling, Al Rachid recogió ese y otros testimonios en el reportaje “¿Cómo luce la guerra contra el terror?” (Synaps.network, 27-III-17), donde denuncian el sustrato material del conflicto y la falta de soluciones más allá de lo militar: “En un área de Irak que había sido descuidada durante décadas, la toma del poder por el EI se tradujo en una cascada de robos de tierras y pequeños atracos, subvirtiendo jerarquías ya tambaleantes”. Convertidos en profesionales de la violencia, “los reprimidos, los perdedores y los mediocres vieron allí una oportunidad de avanzar”.

En la misma línea, el director del Programa de Estudios de Oriente Medio de la Universidad George Mason, en Estados Unidos, Bassam Haddad, señaló a Brecha razones socioeconómicas y sociopolíticas estructurales detrás de la expansión del yihadismo. “La cuestión de la marginación sunita, del resentimiento sunita, es un factor importante”, aclaró, pero en su opinión no basta para explicar el ciclo de protestas, represión y guerra civil que permitió al EI instalarse en Siria.

El ciclo de violencia que estalló en ese país en 2011 contribuyó a agravar la situación en Irak, con el que comparte una larga y remota frontera poblada por sunitas pobres y con escasa presencia estatal. El gobierno sirio se replegó de esa zona y priorizó el control de las ciudades principales junto a la costa mediterránea, lo que dio al EI la oportunidad de pegar un salto cualitativo y sentar una base territorial que sería clave en los años siguientes.


NEOLIBERALISMO A LA SIRIA.

 

Pero si bien en Siria los principales cargos del Estado son ocupados por miembros de una pequeña secta chiita, los alauíes –de donde proviene la dinastía presidencial de los Asad–, “la gran mayoría de los sirios no resiente el régimen por una cuestión religiosa”, opinó Haddad. “De hecho, las políticas del gobierno tienen el apoyo de la comunidad empresarial, que en Siria es en gran parte sunita.”

Al margen de su religión, la elite sunita, representante del gran capital urbano, ha permanecido fiel al régimen durante todo el conflicto sirio. “Al que le gusten los negocios debe aceptar las políticas oficiales”, dijo una vez el magnate sunita Abdul Rahman al Attar, quien ha hecho fortuna como socio preferencial del Estado.

Esas políticas apuntaron a lo largo de los años a favorecer un “capitalismo de amigos”, en el que las elites de las distintas sectas se benefician de la protección estatal de sus negocios y se mantienen entrelazadas a través de vínculos financieros y familiares, un fenómeno analizado por Haddad en trabajos como Syria’s State Bourgeoisie. An Organic Backbone For The Regime(2012).

“Toda la burguesía se ha beneficiado de las mismas dinámicas económicas durante las últimas décadas, invariablemente a expensas de la mayoría de los sirios, e incluso a expensas del Estado mismo”, afirma allí el autor. La creciente liberalización económica profundizó esas dinámicas, sobre todo desde 2004, cuando el presidente Bashar al Asad impulsó una serie de reformas bajo el sugestivo nombre de “economía social de mercado”.

Así vio sus resultados el veterano corresponsal británico Patrick Cockburn: “En los años anteriores a la revuelta siria, el centro de Damasco había sido tomado por tiendas y restaurantes inteligentes, mientras que la mayoría de los sirios veía estancarse sus salarios ante el aumento de los precios. Los agricultores, arruinados por cuatro años de sequía, se mudaban a las barriadas en las afueras de las ciudades. La Onu informó que entre 2 y 3 millones de sirios vivían en la ‘pobreza extrema’. Las pequeñas empresas manufactureras cerraban por las importaciones baratas de Turquía y China” (El retorno de la yihad, 2014).

Mientras la revista Forbes aplaudía el crecimiento de la inversión extranjera directa y el aumento del Pbi, la desigualdad se disparaba. En el vecino Irak, la segunda reserva mundial de petróleo había vuelto a manos trasnacionales a punta de fusiles. El virrey colonial impuesto por Washington en 2003, Paul Bremer, dejó claro que “pasar las ineficientes empresas estatales a manos privadas es esencial para la recuperación económica de Irak”, y concitaba el aplauso de Exxon Mobile, General Motors y Hsbc.

La terapia de shock a la iraquí, que en pocas semanas expulsó del Estado a medio millón de funcionarios, sólo podía imponerse mediante la guerra, el exterminio y la división sectaria. En Siria la privatización fue más moderada, paulatina y controlada por la elite política local, lo que no impidió que sus resultados más desagradables saltaran al primer plano a comienzos de la década actual.

 

BIEN ARMADOS.

 

Para entonces el pueblo sirio tenía motivos de sobra para rebelarse. Pero no era el único al que le molestaba esa situación. A poco de comenzar la represión a las protestas, Qatar, Arabia Saudita, Turquía y Estados Unidos enviaron armas a grupos islamistas que rápidamente reclutaron apoyos entre los damnificados por la “economía social de mercado”. Deseosos de ser ellos y no la elite local los que controlaran las riendas de la “apertura económica”, los capitales extranjeros fomentaron la yihadización de la protesta, según confesó a la televisión de Qatar el entonces primer ministro y canciller de ese país, Hamad bin Jassim bin Jaber al Zani.

“Represión local y autoritarismo, intervención internacional económica y militar, y su resultado invariable: diversas formas de subdesarrollo”, así resumió Haddad los factores que posibilitaron la aparición y el crecimiento de una organización tan violenta que muchos no se logran explicar sino a través de complejas teorías conspirativas. Al fin y al cabo, en parajes más cercanos los mismos factores dieron origen al sadismo organizado en las redes de narcotráfico y paramilitarismo.

“Las raíces profundas del yihadismo todavía están presentes, no se ha hecho nada para eliminarlas”, concuerda Al Rachid. En el caso iraquí, “ni el gobierno ni Estados Unidos parecen interesados en solucionar estos problemas, sino más bien en mantener un enfoque militar de la situación”. En julio, sobre las ruinas de la ciudad iraquí de Mosul el primer ministro iraquí, Haider al Abadi, proclamó el colapso del EI, pero el futuro no parece muy promisorio. Al Rachid señala que entre el 40 y el 50 por ciento de los niños iraquíes en edad escolar no está en el sistema educativo y que, a pesar de la derrota del “califato”, la situación en el país sigue siendo de “militarización, fragmentación y un Estado que se desvanece”.


TRISTE POSGUERRA.

 

La misma concepción neoliberal de las últimas décadas es la que dirige los intentos de reconstrucción de Irak. Los fondos para esa tarea están diluidos en una infinidad de Ong que “establecen sus propias prioridades, desde la conservación de sitios patrimoniales, rehabilitación de infraestructura, desminado, apoyo psicológico, derechos de las minorías, mediación y reconciliación, hasta protección Lgbt y derecho penal internacional”, constatan Al Rachid y Harling. “Lo que puede parecer, a simple vista, un enfoque holístico de una crisis multifacética, se asemeja en la práctica a una antigua fábula griega: un círculo del infierno donde los sufrientes reciben todos las bondades de la tierra en cantidades tan triviales que apenas sirven para acrecentar su dolor”.

La falta de coordinación es acompañada por la arbitrariedad de las autoridades, que deportan familias enteras “por estar vagamente asociadas con el EI, a través de un familiar acusado de haberse unido al movimiento, por ejemplo”. “A las víctimas de la violencia a menudo se les niega documentación indispensable, como certificados de nacimiento o defunción, en el supuesto de que son ‘hijos de terroristas’” (Synaps.network, 27-III-17).

En el caso sirio, Haddad cree que el régimen de Al Asad, que ha logrado recuperar el control sobre la mayor parte del país, no usa su capacidad para lidiar con los factores que produjeron el resentimiento social, ya sea entre quienes terminaron uniéndose al EI o a otros grupos similares. “En realidad, sólo tiene la intención de eliminar estas amenazas con un enfoque militar”, sostuvo. En su opinión, no es probable que el régimen logre generar estabilidad sin imponerse de una manera represiva y coercitiva, “lo que reproduciría los mismos problemas”.

Según Khoury, “la gran base de descontento y desesperación humana todavía está presente, y continuará impulsando a las personas en busca de una sociedad mejor”, incluso aunque la falta de alternativas haga pensar a algunos que la encontrarán a través de grupos como el EI. El analista tampoco cree que las potencias extranjeras puedan solucionar esta situación: “La evidencia que tenemos de su comportamiento en los últimos 30 o 40 años es que no van a entender estas cosas y no van a cambiar sus políticas. No hay señales de eso ni en Estados Unidos ni en Rusia”.

Es ineludible la construcción de una posguerra con mayor inclusión y justicia social, consideró en tanto Al Rantawi, para quien si no hay mayor apertura y representación en los sistemas políticos locales, “siempre habrá una oportunidad para que surjan otros EI, o incluso grupos todavía más brutales”. Además, agregó que los actores regionales e internacionales “deberían dejar de jugar la carta del terrorismo islamista: el EI nunca habría sido tan poderoso sin el apoyo logístico y financiero de algunos de esos actores y la vista gorda de otros”.

La acotación viene muy a cuento en estos días, cuando la prensa conservadora estadounidense informa que ante la indiferencia mostrada por la Casa Blanca, Arabia Saudita está “estudiando una solicitud” para financiar la reconstrucción de Al Raqa, “a cambio de influencia entre las tribus locales”(Fox News 25-X-17). Se trata del mismo país que dio órdenes directas a grupos yihadistas sirios durante la guerra civil, de acuerdo a documentos de la Nsa revelados por Edward Snowden la última semana.

El destino de Al Raqa es ahora una incógnita. Hace 12 siglos, desde esa misma ciudad, el califa Harún al Rashid envió a Occidente un regalo legendario: una enorme clepsidra, con 12 jinetes de bronce que marcaban el paso de las horas. Cuentan que a su destinatario, el rey franco Carlomagno, lo horrorizó ese artefacto desconocido. Los últimos tres años Al Raqa exportó al mundo otro tipo de horrores, imágenes de violencia que quizá también reflejan el paso del tiempo. Un tiempo cruel de injusticia y opresión.

 

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El fotoperiodista Manu Brabo, en su casa de Madrid.

El fotoperiodista, ganador del Premio Pulitzer en 2013, inaugura su primera exposición en solitario de la mano de National Geographic. Una retrospectiva de su trabajo en diferentes conflictos como Siria, Libia o Egipto que se exhibe en La Neomudéjar de Madrid y que describe en esta entrevista.

 

En su casa prestada del centro de Madrid, Manu Brabo (Zaragoza 1981) intenta descansar lo justo antes de la inauguración. El fotoperiodista, que en realidad es asturiano, lleva todo el día concediendo entrevistas. Estrena su primera exposición en solitario, en La Neomudéjar de Madrid, de la mano de National Geographic. Un trabajo retrospectivo de los diferentes conflictos bélicos en los que ha trabajado y que ha tenido a bien titular “Un día cualquiera”.

En el salón, lejos de las balas, Brabo recuerda para Público ese día cualquiera en el que estuvo a punto de morir. Uno de ellos, en realidad: “Fui a cubrir una ofensiva a un pueblo llamado Ganus, en Irak, que estaba rodeado por el Ejército iraquí. Dentro estaba el Estado Islámico. Se estaban preparando para atacar, cargaban ametralladoras, merendaban y charlaban... De repente cayó un mortero del 80 ─entiéndase: grande─. En la foto falta alguno pero creo que son diez soldados muertos y 19 heridos”. Esa es una de las 90 imágenes que pueden verse en las paredes desconchadas de la sala, un antiguo taller de Renfe reconvertido en espacio vanguardista.

 

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Foto cedida

 

“Donde me ves es donde me tiro al suelo y empiezo a hacer fotos.” Es diciembre del año pasado, pero a Manu no se le ve porque está detrás de la cámara. Con el polvo aún levantado por la explosión y los oídos zumbando, el fotoperiodista agarra la cámara y dispara. Sin pensar mucho en lo que, por azar, acaba de esquivar. “Si no hubiera habido tanta gente delante para comerse la metralla, algo me hubiera comido yo. Sí, pude palmar”, resume

 

¿Cómo se puede coger la cámara y trabajar segundos después de que te pase una cosa así?

Por instinto. Es muy difícil que caigan dos morteros en el mismo sitio. Los que lo lanzan van corrigiendo el tiro para pillar a los que se escapan. Es mejor quedarse que retroceder. Hay dos opciones: echas a correr como pollo sin cabeza o te tiras al suelo y trabajas.

¿Eres capaz de medir y encuadrar en esas circunstancias?

Claro. Si empiezas a pensar en lo que te puede pasar es mejor que te vayas. Yo sé que si voy a Irak me pueden matar, me pueden secuestrar, me pueden cortar la cabeza. Esas cosas las dejas en tu casa. No hay más. Es más sencillo de lo que parece.

Brabo no usa teleobjetivo. “Me dejaron uno para Libia y lo rompí. Se lo debo aún a Guillem Valle”, ríe. Según dice, para hacerlo bien hay que estar cerca, aunque pueda pasarte de todo. Cercanía y rapidez, “exponerse pero lo justo”. Cazar la imagen, resume.

 

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Foto cedida

 

Esta foto le valió el Premio Pulitzer en 2013 y se puede ver en La Neomudéjar a un tamaño que impresiona. Un padre sostiene el cadáver de su hijo, herido durante un ataque del Ejército de Al Asad en la ciudad de Alepo. “Estábamos refugiados en un hospital y yo hablaba con los médicos. Vi pasar a un señor con el cuerpo de ese chaval herido. Le pasaron a la sala de urgencias, es decir, una sala improvisada en lo que quedaba de hospital. Después vi pasar corriendo al señor y supe que era el padre. Me quedé esperando en la puerta a que el padre saliera con el chaval ya cadáver. Poco a poco vas viendo la urgencia y la gravedad de las heridas. Lo notas en el color de la piel, en las pupilas... Al rato salió con el niño en brazos y un disgusto de la hostia. Corrí un poco desde atrás para hacer las fotos lo más rápido posible”, recuerda.

¿No te sientes mal aprovechando un momento tan doloroso para otra persona?

Mi trabajo es invasivo. Va de meterse en lugares donde no estás invitado. Nunca es agradable tener a un fotógrafo delante. Intentas componer y hacer el trabajo técnico rápido para molestar lo menos posible. Al fin y al cabo, es un señor buscando un momento de intimidad en la vía pública. Es complicado, pero la única manera que tengo de ser menos invasivo es ser invasivo durante menos tiempo.

 

Ganar y perder en Siria


El conflicto en Siria le granjeó el premio más prestigioso y le consolidó como uno de los mejores fotoperiodistas del momento, aunque también le robó a un gran amigo y compañero de penurias en el frente. James Foley, Jimmy o sólo Jim para Babo, fue secuestrado por el Estado Islámico en 2012, cuando cubría la guerra civil. 635 días después, el vídeo de su ejecución dio la vuelta al mundo. A Brabo no le gusta hablar de eso, al menos en público, aunque el nombre de Jim no deja de salir de la boca del fotógrafo durante toda la entrevista.

“Siria me ha quitado muchas cosas, pero más allá de que me haya quitado a personas, destaco la frustración de haber trabajado un montón, de haberme implicado tanto, de gozar de la confianza de mucha gente para que luego tu trabajo no responda a las expectativas. Ni a las tuyas ni a las de esa gente. Eso es lo frustrante y te hace plantearte que tu trabajo es una mierda que no que no sirve para cambiar nada”.

 

¿Pensabas eso cuando empezaste a hacer fotos?

Al principio te haces fotógrafo de guerra para sensibilizar, para que la gente vea lo que pasa y remover conciencias. Con el tiempo ves que eso no pasa y empiezas a buscar la medalla de bronce, el premio de consolación. Mi premio es saber que mi foto no va a parar una guerra, pero si nosotros dejamos de hacer esto, todo será peor. Lo veo como una balanza desequilibrada: los hijos de puta siempre pesan más. Pero, si quitamos el pequeño contrapeso de los periodistas, se acabó, todo irá mucho peor. Ya van 500.000 muertos en siria y todos sabemos lo que pasa allí. Si no lo supiéramos, echa cuentas.

¿Qué influencias has tenido para dedicarte a esto?

Soy víctima de los fotógrafos que cubrieron Bosnia y Ruanda. Me llegaron en los 90, cuando empiezas a tomar conciencia de ti mismo, en la adolescencia. Me marcó. Me hizo preguntarme hasta dónde puede llegar el ser humano y qué podía hacer yo en todo eso. Ahora yo intento que a los demás le marquen las cosas igual que a mí me marcaron las fotos de Bosnia. Al principio eres joven y crees que en las guerras hay buenos y malos. Ves al fotógrafo como el superhéroe que cambia las cosas. Luego la vida va pasado y ves que eres un supermierda que, unido a otros supermierdas, hacemos que la balanza no caiga del todo hacia el lado de los hijos de puta.

Por ejemplo, es bonito que un amigo me llame para decirme que está trayendo a su hijo de cuatro años a ver mis fotos. Porque le hará saber cuál es la diferencia entre cerca y lejos, es decir, valorar lo que tienes y valorar las tragedias de los otros.

[A la entrevista se ha sumado Paulo Nunes Dos Santos, amigo de Brabo y fotoperiodista freelance portugués afincado en Irlanda. “Somos hermanos, hemos estado juntos en muchos frentes”, apunta el luso, que ha venido a visitarle para la inauguración y no puede aguantar callado viendo como Brabo cuenta historias en las que él también estaba].

Nunes: Cuando empiezas en esto tienes la idea de cambiar cosas. Es el estado natural de la juventud. Pero con el tiempo te vuelves algo cínico. Quizás no sea la palabra correcta. El trabajo de Manu tiene un valor histórico. Puede que ahora no sirva para cambiar las cosas, pero quizás dentro de 15 años mis hijos vean esas fotos en la escuela y entenderán las cosas horribles que la humanidad ha hecho. No vale sólo con que te lo cuenten, las imágenes se quedan en tu cabeza para siempre. Ése es su valor histórico.

¿Cuántas veces volviste a Siria tras el Pulitzer?

Tres más. Pero en abril de 2013 ya vi la cosa tan fea que no quise volver. Tenía muchos colegas secuestrados, había pasado por mucha mierda, los centros de prensa se habían convertido en mafias... Ya no era agradable, no dormía en el mismo sitio ninguna noche y trataba de variar las ubicaciones para despistar.

¿Qué crees que va a pasar con esa guerra?

Jim y yo decíamos que seríamos editores con 50 años y seguiría habiendo chavales trayéndonos fotos de la guerra de Siria. No parece que nos equivoquemos. Yo le daba 17 años, como la del Líbano, y ya van seis.

 

Libia, el despeque


El nombre Manu Brabo empezó a sonar por primera vez en 2011, cuando fue encarcelado por las fuerzas de Muamar Gadafi mientras cubría la guerra en Libia. Pero el camino hasta allí no fue fácil y dio algún que otro tumbo. Uno de esos tumbos le llevó a una cárcel Libia, donde pasó 43 días detenido por el régimen de Gadafi.

 

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Combatientes rebeldes disparan contra las posiciones del Ejército libio en Sirte, Libia, 2011.- MANU BRABO

 

¿Cómo empezaste en el mundo de la foto?

Empecé a estudiar arte a los 16 años y a especializarme en foto a los 18. Terminé el proyecto con 21. Después fue un hippy durante una temporada en Holanda. También viví en Castellón, monté ascensores, cogí tulipanes, fui repartidor de Seur, monté pistas de tenis con césped artificial... No sabía muy bien cómo ganarme la vida de fotógrafo, así que empecé a estudiar periodismo y a currar en una agencia pequeña de Madrid. Hacíamos foto deportiva, sobre todo motociclismo. Con ese dinero, en vez de irme a Ibiza con los colegas, me iba a Kosovo y hacía mis historias. Y así pasó que llegué a Libia. Ahí ya había empezado a currar con Gara y publicado algunos reportajes en Zazpika. Llegué a Túnez para cubrir la Primavera Árabe escribiendo para Gara, La Nueva España y para Telam (agencia de noticias argentina). Vendía el mismo texto a los tres. Una vez protestó alguno y le dije que el día que me pagara por la exclusiva tendría un texto en exclusiva. Ahí ya empecé a hacer fotos para Efe.

¿Llegaste a Libia contratado por Efe?

No, cuando entré en Libia, Efe me quería pagar lo mismo que le pagan aquí a alguien por cubrir un partido de fútbol. Entonces les dije que dejaba de trabajar. Pero Efe forma parte de EPA (European Pressphoto Agency) y yo debía de ser el único tipo en un sitio que le interesaba a EPA. Entre unas cuantas agencias europeas llegaron la conclusión de que sería bueno pagarme 300 euros y que trabajara para todas. Como me pagaban más pude dejar de escribir. Y de repente aquel hippy que llegó a Libia con una mano delante y la otra detrás empezó a hacer portadas para el New York Times.

[Nunes vuelve a irrumpir en la entrevista] Como él no lo hace, voy a resumirte el trabajo de Manu en Libia. Le conocí allí. Después de unas semanas trabajando juntos me fui a casa. Cuando volví 15 días después, Manu seguía allí y había perdido casi 10 kg. Curraba como un loco y no comía. Casi no le reconocía.

Brabo: De hecho, en la cárcel, gané peso.

 

¿Fuiste a Libia sin experiencia en conflictos?

Conflictos como ese no. Lo más fuerte que había hecho eran cuatro tiros en palestina. Había estado en lugares militarizados y te vas haciendo un poco a la idea de cómo es. Siempre he querido hacer esto, pero no quería llegar al frente y volver con una foto sobreexpuesta. Jugarte la vida por una foto sobrexpuesta es muy estúpido. Así que uno tiene que aprender a controlar sus nervios, a que te paren en un checkpoint, a que te interroguen, a que te molesten, ver a gente armada alrededor... a vivir en el problema.

¿Cómo fue ir a una guerra de verdad por primera vez?

Fue como cuando vas a una zapatería y te pruebas las botas de tu talla, que te van genial. Pero fueron pasando las semanas y no descansaba nada, no comía. Poco antes de que me detuvieran hablaba con Marcelo Cantelmi y me decía que tenía que irme a casa. Y yo le decía que, si me iba, se acababa mi sueño, que no sabía si podría volver. Pero sabía que tenía razón. El problema es que, cada vez que abría Internet, veía una foto mía en una portada ¿Cómo me iba a ir?

¿Pecaste de avaricia por el éxito?

¿Qué éxito? Si no tenía dinero ni para comer, le pedía pasta a todos los periodistas, pero estaba haciendo lo que me gustaba, se me daba bien y mi trabajo estaba teniendo repercusión. Cuesta mucho pensar con claridad cuando tienes un cerebro mal alimentado y viciado, porque lo único que te mantiene en pie es la puta adrenalina... Encima me topé con un colega como Jim y se construye esa esa especie de macho thing, “a ver quién tiene más huevos, yo doy un paso más adelante ”... Él y yo entramos en sitios donde no había llegado ningún periodista.

¿Cómo fue la detención?

El día anterior, Jim [Foley], Clare [Morgana Gillis, fotógrafa de EEUU], Anton [Harmmel, fotógrafo de Sudáfrica] y yo habíamos estado en un sitio a las afueras de la ciudad de Brega. Era una buena posición, porque las tropas de Gadafi estaban abajo y los rebeldes, arriba. Cuando volvíamos les dije que había que levantarse muy temprano porque ese día caería Brega. Lo planeamos todo con el mismo conductor y ya estaba la OTAN bombardeando a las tropas de Gadafi; quieras que no, te hace sentir más seguro. Tras un bombardeo a un convoy de Gadafi, llegamos los primeros e hicimos unas fotos de la hostia. Arriesgamos un poco más y cuando estábamos llegando a esa colina, recuerdo que les dije que yo no subía allí. Nos bajamos del coche y a los dos minutos lo volaron con un RPG. Entonces llegaron unos coches y vi que los tipos llevaban una cinta verde en la cabeza [eran tropas de Gadafi]. Le dije a Clare: “Estamos jodidos”. Empezamos a correr hacia el desierto. Jimmy corría entre nosotros mientras Anton intentaba coger un coche de los rebeldes que pasaban a 200 km/h. Nos tuvimos que echar al suelo porque ya pasaban las balas muy cerca. Jimmy preguntó si estábamos bien y Anton respondió que no. Los coches nos alcanzaron y nos dispararon. Jim gritaba “sahafa” (periodista) y dejaron de disparar pero le metieron una hostia que le saltaron hasta el casco. Solté las cámaras me puse al lado de Clare y empezamos a comer hostias. Yo me agarraba a ella y gritaba que era mi mujer para que nos llevaran juntos. Entonces nos metieron en el coche y vimos a Anton con las tripas fuera, en la cuneta. Después llegaron las humillaciones, los insultos, las patadas en la boca... una colección de vejaciones muy interesante.

¿Pasaste 40 días así?

Cuarenta y pico. Pero no fue así siempre.

¿Cómo era la cárcel de Gadafi?

Podría haber sido peor. Los primeros días fueron muy jodidos. Estuve en aislamiento como tres semanas, y tres semanas contigo mismo sin saber lo que te va a pasar juega malas pasadas. Empiezas a desarrollar paranoias, intentas aprender a saber lo que está pasado: ruidos de coches, cuando te traen la comida, la furgoneta de los presos entrando y saliendo. Intentas asomarte por las ventanas para ver el exterior pero sin que te vean. Empiezas a establecer una rutina paranoica que consisten tratar de saber qué pasa fuera y tratar de intuir qué te va a pasar en el futuro inmediato a través de los sonidos de la cárcel.

Pero también hubo momentos divertidos. Me comunicaba con el tipo que estaba en la celda de al lado por el hueco del enchufe. Se me presentó como un constructor que estaba arreglando el aeropuerto de Trípoli y que le pillaron huyendo. Luego resultó que era un ex boina verde con muchos años de experiencia y que iba de Trípoli a Bengasi para entrenar a los rebeldes. Cuando entraron los rebeldes en Trípoli tiró la puerta de acero de la cárcel de 30 patadas. Se escapó y se pasó la noche escondido hasta que le encontraron los rebeldes.

¿Te arrepentiste en algún momento? ¿Pensaste que todo ese calvario no merecía la pena?

Pensaba que lo que no merecían la pena eran mis últimos cinco años en Madrid haciendo un curro que no me gustaba, sin tener huevos a arriesgar por una profesión por la que estaba dispuesto a dar la vida (ahora ya no tanto). Estaba muy enfadado por los años de presidio que me había autoimpuesto de no ser feliz. Pensaba que si éste era el precio que tenía que pagar por haber apostado, pues estaba bien pagado. Mi reflexión no era “la he cagado”.

 

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El fotoperiodista Manu Brabo, en el salón de su casa, en Madrid.- JAIRO VARGAS

 

¿Cómo es momento de después, cuando llegas a casa?

Es complicado. En la cárcel me volví hasta religioso, yo que siempre he sido ateo. La persona en la que te transformas no tiene mucha cabida en este mundo. Cuesta equilibrar. Mi mayor miedo era no ser capaz de volver a hacer mi trabajo como lo estaba haciendo antes. Volví a Libia porque quería probarme. No quería dejar el trabajo.

Meses después hiciste fotos al cadáver de Gadafi. ¿Qué sentiste al tener delante al culpable de tu encarcelamiento?

Llegué 13 minutos tarde a la muerte de Gadafi. Cuando veo que lo han matado lo primero que pienso es que me tenía que haber creído a la gente 13 minutos antes. Hubiera tenido la foto del siglo. Cuando lo vi muerto ahí me dio la sensación de que el tipo al que odiaba tanto y al que tenía tanta manía era un ser humano que las ha pasado muy putas durante un rato. Rencoroso no soy, pero el que me la hace me la paga. No se puede dejar de pensar en el “y ahora qué, cabrón. Ríete ahora”. Me pasa lo mismo cuando veo a detenidos milicianos del Estado Islámico o soldados prisioneros del régimen de Al Asad. Los ves sufrir y ves al ser humano. No puedes dejar de sentir empatía. Cuando no los ves y te disparan son como monstruos, fantasmas, pesadillas. No les pones cara, están deshumanizados, pero cuando los ves fritos o muriéndose o llevándose una paliza ves lo humano de todos ellos. Cuando cogieron a Gadafi, había supervivientes que estaban huyendo con él y la gente les estaba pegando, escupiendo, uno había perdido el brazo y pedía agua. Tuve que ir yo a por agua para llevársela. La gente me paraba y yo les gritaba: “Dadle agua a este tipo, que sois igual que Gadafi".

 

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Cadáver de Muamar al Gadafi, en la exposición de La Neomudéjar.

 

También estuviste en el Egipto tras la caída de Mubarak ¿Qué ha quedado de la Primavera Árabe?

En Egipto, militares en el gobierno. Controlan el 80% de la economía egipcia. Hacen tanto misiles como espaguetis. Y en el resto de países, guerras. Las Primaveras Árabes prometían mucho y se han quedado en nada. Son sociedades muy complejas que no han tenido tiempo de reconciliarse. No hay una fusión ni un sistema de identidad que los una. Los unió la mano dura y luego no han sabido gestionar que hay diferentes partes de la población con intereses distintos. El único punto en común que han encontrado durante mucho tiempo es el enemigo común. Cuando éste se va, se quedan los problemas, y no han sabido salir de ahí. Tampoco sé cómo se les puede enseñar. Hay tribus, diferentes credos, intereses... Seguramente pase en Siria cuando acabe la guerra. También hay muchos intereses externos que hacen para que la situación no sea estable. No sé exactamente qué beneficio pueden tener la UE y EEUU en todo esto, pero la realidad es que ellos no se ponen de acuerdo y tienden más a solucionar las cosas a hostias que hablando.

Has visto de cerca el mundo de Estado Islámico en Irak, ¿cómo se ha llegado a eso?

Lo vi en la frontera entre los yihadistas y el territorio controlado por los kurdos. Por la noche la gente se escapa de los pueblos controlado por el Estado Islámico y trata de cruzar las líneas. Lo que tienes que pensar es que el Estado Islámico no conquista solamente. Hay muchas partes que libera. Es decir, el triángulo sunita es sunita. El Gobierno de Irak y el Ejército es chiita y se han comportado como unos auténticos hijos de puta en determinadas zonas. Con lo cal, cuando el EI llega a Mosul (Irak) y los habitantes pensaban que eran buena gente. Luego empezaron a ver lo que había, pero ya era muy jodido escapar.

¿Dejas de ser una persona normal cuando ves los horrores de la guerra tan de cerca?

Supongo que sí, pero yo creo que nunca he sido una persona normal. Mis colegas lo dicen siempre que soy el único que de su locura ha hecho una profesión. Me imagino que ya había algo que no andaba demasiado bien en mi cabeza. En general, estar en la guerra hace que te cueste mucho entender los problemas normales que le preocupan a la gente de nuestro mundo. Consideras que toda la gente es tonta y se preocupa por gilipolleces. Te entra ese síndrome Pérez Reverte. Lo estoy notando mucho ahora con el tema catalán.

Te he leído comparar Catalunya con el conflicto de Ucrania ¿No te parece exagerado?

Llámame exagerado o dramático, pero cuando yo hablaba con la gente en Ucrania nadie se esperaba que iban a acabar en guerra por esta razón nacionalista. Y lo están. Lo que digo es que al final las pasiones, cuando los políticos deciden que tenemos que ahondar en nuestras diferencias en vez de en nuestras similitudes y cuando la gente sigue ese juego y se lo cree pasan cosas como las de Catalunya. Ya ha habido hostias, la gente empieza a ser violenta... No sé, parece que necesitamos a cuatro gilipollas y un muerto para que la cosa se ponga seria. Luego muchos nos volveremos más gilipollas y habrá más muertos. Eso es lo que me asusta. No comparo nada, solo digo que si nos dejamos arrastrar por esto acabamos mal.

¿Tan asustado estás por Catalunya?

Claro. Hay familias y colegas que no se hablan. Yo estoy discutiendo con gente con la que nunca he tenido problemas. Y si tienes un punto de vista medio o equidistante, los de aquí te llaman rojo y los de allí te llaman facha. Al final me preocupa que haya gente con unas fronteras mentales tan fuertes que sea capaz de matar por quedarse en esas fronteras o por defenderlas con la violencia. Y me jode aún más que haya gente de izquierdas pensando esto. Para mí la izquierda es internacionalista por definición.

 

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El fotoperiodista Manu Brabo posa ante varias de sus obras que forman parte de "Un día cualquiera", una muestra que junto a National Geographic, ha inaugurado hoy en el centro cultural La Neomudéjar, en Madrid. EFE/Emilio Naranjo

 

En España hay muchos y buenos fotoperiodistas que, como tú, han tenido que publicar fuera porque aquí era muy difícil. ¿Qué le pasa al fotoperiodismo en la prensa española?

No creo que le ocurra nada. A quien sí le ocurre es al público en general. No quiero que vengan a mi exposición a decirme lo guapas que están mis fotos. Yo ya lo sé, aunque suene mal. El problema es que hemos pasado a una ciudadanía pasiva que se traga cualquier mierda en Twitter, que no tiene ni exige herramientas de análisis, que hace juicios sobre una guerra que pasa a miles de kilómetros sin siquiera haber leído la historia de ese país.

Te hablo de los medios no de los lectores.

No, el problema es el público. La gente que está en un periódico también es público. Pero esa gente debería ser gente con background, con inquietudes, con ganas de conocer y que no se fía a la primera. Tenemos ciudadanos y periodistas pasivos que hacen lo que les dice el jefe, que van con la línea que se marca.

No es ya que no se apueste por el fotoperiodismo y los reportajes de profundidad en España. Es que se está apostando por fabricar gente imbécil a la que puedas manejar y mandarlas a votar un día para que les den de hostias y que, cuando se escapan sus políticos, todavía les honren. O gente que sale con la banderita de España. Educación para borregos, televisión para borregos, periodismo para borregos y no se quiere invertir en nada que haga a la gente pensar por sí misma porque es mejor tener ganado que tener personas.

La crisis no es de los medios, es de pensamiento. A la gente se la he enseñado que con el mínimo esfuerzo mental tienen garantizadas unas comodidades. La incomodidad es esto [muestra en el ordenador una foto de un cadáver en Egipto con el cráneo reventado]. Y si no puedo incidir en la gente española pues lo haré en la alemana o en la francesa.

Nunes: Yo creo que también hay otro problema con el fotoperiodismo. Muchos fotógrafos hacen fotos no para impresionar al lector, si no a los editores.

Brabo: Sí. Fotos para fotógrafos.

Nunes: Sí, fotos para fans. Yo empecé a escribir y a hacer fotos para que mi madre supiera dónde está Sudán del Sur y por qué sufre la gente allí.

Brabo: Exacto. Yo hago fotos para que mi madre entienda el mundo. Vivimos en un escenario de estrellas del rock, y la gente quiere ser Mick Jaggerr. No quieren ser Eugene Smith ni McCullin. Seguro que muchos que quieren ser fotógrafos no saben quiénes son. Cuando imparto clases en un workshop hay gente que quiere ser fotógrafo y no tiene nada de cultura visual, no tiene ningún interés en ello, no sabe que la mayor escuela de fotografía está en los cuadros del Museo del Prado. Sólo saben que este curro tiene repercusión social. Pero tampoco es así. Yo voy por la calle y no soy Cristiano Ronaldo. Pero el mundo de las redes hace que te relaciones solo con gente de tu cuerda y, a veces, te hace pensar que eres importante y la gente quiere esa importancia.

Hay centenares de personas que van a Lesbos (Grecia) a hacer fotos a los refugiados sólo para colgarlas en Facebook, sin pensar que ni están ganando dinero ni en que están haciendo más ruido ni en que esa gente a la que hacen fotos son gente que sufre. Ellos llegan para colgarse su medalla de "yo estuve allí". Es una maniobra egoísta y nada solidaria y, económicamente es estúpida. No vas a ir a quitarme el puesto mí ni a James Nachtwey.

¿Por dónde se tiene que empezar?

Quizás por sitios que no están de moda. Para empezar hay que buscar historias diferentes. Cuenta el tema de Sháhara, que está muy sobado pero nadie hace nada bueno ahora. Vete a Haití, que ya no importa a nadie.

Nunes: Empieza por tu propio barrio, por tu calle.

¿No crees que parte de la culpa de este problema es tuya y de otras 'estrellas' del fotopeirosimo?

Sí y asumo mi responsabilidad. A veces publicas en Facebook fotos diciendo "mira qué bien lo pasamos haciendo chorradas en la guerra". Después lo piensas y dices: "La gente va a pensar que esto jauja". Pero no les. En nuestro afán por comunicar y por que se reciba el mensaje, dulcificamos la guerra. Hacemos de ella algo bonito estéticamente, pero en realidad es gente con los sesos fuera, sangre, vísceras y muerte.

 

 

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Desastre kurdo: la independencia que siempre no fue

 

En mi artículo postsísmico sobre cómo "Israel apoya la secesión del Kurdistán para desestabilizar a Irán y Turquía" (https://goo.gl/Sb48Mu), adelanté que "la alta vulnerabilidad del Kurdistán iraquí radica en que se encuentra totalmente rodeado de países que pueden ser desestabilizados, lo cual beneficia enormemente a Israel, pero a costa de un elevado precio del pueblo kurdo, que puede volver a ser sacrificado en el altar de la geopolítica regional, como sucedió con el tratado de Sèvres de 1920".

Pues fue justamente lo que sucedió casi 100 años más tarde cuando Massoud Barzani, líder de la región kurda en el norte de Irak y prócer de su fugaz "independencia", fue abandonado por Donald Trump (sucesor de los negociadores "occidentales" del Tratado de Sèvres).

En una fulgurante operación del ejército iraquí –curiosamente entrenado tanto por el Pentágono como por los pasdarán iraníes (Guardias Revolucionarios Islámicos Chiítas)– fue tomada la región de Kirkuk y su capital, con pletóricos yacimientos de hidrocarburos, ante la sorprendente huida de los combatientes kurdos, los legendarios peshmergas (que se arrojan a la muerte), a lo que no hicieron honor, y cayeron después de 12 horas casi sin combatir.

La independencia del Kurdistán iraquí –no se diga su efecto dominó en Irán, Siria y Turquía, con relevantes minorías kurdas (https://goo.gl/Fh5HV2)– quedó hecha añicos. Sin el petróleo de Kirkuk no es viable el estado independiente kurdo en el norte de Irak (https://goo.gl/vudtvp).

Con la hostilidad de todos los estados regionales islámicos fronterizos –en particular los no árabes: la sunita Turquía y la chiíta Irán– y con la sola excepción del apoyo envenenado de Israel, Erbil (con 5 millones de habitantes), capital del Kurdistán iraquí, se aisló de la realidad geoeconómica/geopolítica. Quizá el peor error de Barzani fue su obsceno meretricio con el "Estado sionista", Israel, expoliador de tierras, derechos, vidas y sueños palestinos.

La gran mayoría de los analistas se equivocó al sobrestimar la "valentía" de los peshmergas y al subestimar al ejército central iraquí, después de su previa derrota humillante ante los yihadistas en Mosul: ciudad plural del norte de Irak, con mayoría árabe e importante presencia de asirios cristianos que hablan el arameo (el idioma de Cristo) y de caldeos católicos.

Con la ignominiosa derrota de los peshmergas, Kirkuk es hoy compartida por tres diferentes grupos étnicos y religiosos: los árabes semitas, los turcomenos (de origen turco-mongol y que aquí en su mayoría son chiítas) y los cristianos asirios/arameos/caldeos semitas. El triunfo de los turcomenos chiítas, casi la mitad de la población de Kirkuk, resume la nueva alianza entre la Turquía sunita y el Irán chiíta contra la balcanización de los pueblos kurdos inducida por Israel.

Israel y Trump sufren dos derrotas humillantes con la pérdida de la plaza petrolera de Kirkuk, destinada esquemáticamente a los kurdos.

Debka Weekly (número 774), portal desinformativo del Mossad, se desvive explicando "teorías conspirativas" entre los mismos kurdos y la traición del grupo Talabani, tradicional enemigo de los Barzani (vinculados a la CIA y al Mossad).

La narrativa hilarante de Debka eleva a dimensiones sobrehumanas al legendario general Qassem Soleimani, jefe de la rama de élite expedicionaria Qods, dependiente de los pasdarán jomeinistas. Días antes, Trump había despotricado en forma grotesca contra los pasdarán y el mismo Soleimani, para complacer a su yerno, el israelí-estadunidense Jared Kushner, y a su supremo aliado, el premier Benjamin Netanyahu. Trump obtuvo días más tarde su respuesta en Kirkuk, con la entrada triunfal de su vilipendiado general Soleimani.

Los británicos entienden mejor la geopolítica que sus maniqueos/lineales alumnos de Estados Unidos. David Gardner colige perfectamente la hipercomplejidad no-lineal de las arenas movedizas del Medio Oriente y sostiene que la captura de Kirkuk y la derrota de Barzani, aliado de Israel, "debe ser vista como parte de la competencia geopolítica entre Irán y Estados Unidos" (https://goo.gl/MpvJCA).

Otro británico muy sagaz, Patrick Cockburn, apunta que los kurdos "perdieron 40 por ciento del territorio que controlaron previamente", mientras la "geografía política del norte de Irak será transformada, en detrimento de los kurdos". Sin campos petroleros bajo su control –reservas de 45 mil millones de barriles de petróleo y 150 millones de millones (trillones anglosajones) de metros cúbicos de gas, con una exportación de 600 mil barriles diarios (https://goo.gl/3hni88)–, los kurdos pierden su "independencia económica".

El premier iraquí Haider al Abadi –chiíta árabe semita– consigue su segundo triunfo fenomenal este año: la captura de Mosul contra los yihadistas sunitas y la derrota de los peshmergas sunitas kurdos. Curioso: los dos grupos derrotados por el chiíta premier iraquí son sunitas, mientras se expande el proyectado Creciente Fértil chiíta del C4+1 (Irán, Irak, Siria, Hezbolá+Rusia; https://goo.gl/ZKN3CX).

Para el analista británico filorruso Alexander Mercouris, el plan C de Trump se frustró en Irak: “Estados Unidos fracasó en conseguir el cambio de régimen en Siria (plan A) y falló en catalizar la balcanizacion de Siria sobre líneas sectarias (plan B; https://goo.gl/M7EhyS), y ahora buscaba usar a los kurdos para desestabilizar tanto a Irak como a Siria” (https://goo.gl/ce4Wq8) con el fin de "frenar la influencia creciente de Irán y de alienar a Turquía". Le salió el "tiro por la culata" a Trump, ya que lo único que consiguió es alinear a Irán, Turquía, Siria e Irak, mientras aisló a los kurdos.

Mercouris comenta que en los recientes dos años se ha demostrado que “los rusos son los maestros (sic) de la estrategia militar y tecnología en el Medio Oriente, y que los iraníes son los maestros (sic) indiscutibles de operaciones encubiertas, con su excepcional conocimiento de la región, mediante sus diversas agencias de espionaje y seguridad”.

En forma interesante, Mercouris aduce que la debacle del plan C exhibe el "rápido declive del poder estadunidense en el Medio-Oriente": Trump –quien, a instigación de su aliado supremo Netanyahu, descertificó en forma unilateral e insensata el acuerdo nuclear del P5+1 con Irán (https://goo.gl/LCV7u6)– se está aislando, mientras Irán, el supuesto marginado, sancionado y vituperado, "exhibe excelentes relaciones con Turquía, Siria, Irak y Pakistán, así como los países centroasiáticos". Le faltó agregar a Líbano.

El Pentágono mantiene 10 mil soldados en Irak y es "aliado" de Bagdad en el combate contra los yihadistas, quienes ahora se encuentran en franca retirada en Siria e Irak. ¿Para resucitar en el sudeste asiático?

¿Se inclinaron tanto el Pentágono como Rex Tillerson, secretario de Estado y ex mandamás de ExxonMobil, por los más pletóricos y lucrativos yacimientos petroleros del sur chiíta iraquí, en detrimento del menor yacimiento de Kirkuk, el cual hubiera sido otorgado a los kurdos sunitas no árabes por los intereses de Israel para su abasto? ¿Tuvo miedo Trump a un alza descomunal del petróleo, que hubiera beneficiado a Rusia, por lo que prefirió laisser-faire a Irán?

 

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Cataluña, las raíces de un conflicto: autonomía e independentismo

Ernest Renan, en 1887, apostillaba, una nación es ante todo un sentimiento, por encima del territorio, la raza, la lengua y la religión. Su reflexión concluía: "El hombre no es esclavo ni de su raza, ni de su lengua, ni de su religión (...) Una gran agregación de hombres, sana de espíritu y cálida de corazón, crea una consciencia moral que se llama nación. Mientras esa consciencia moral demuestra tener fuerza por los sacrificios que exige la abdicación del individuo en beneficio de la comunidad, la nación será legítima, tendrá derecho a existir. Si sus fronteras suscitan dudas, consúltese a las poblaciones".

 

Hoy el conflicto se recrea en Cataluña. En disputa, la idea de nación, un sentimiento. La Generalitat desea consultar a la población. El gobierno del Partido Popular lo ningunea desde su convocatoria. Envía policía, requisa urnas, papeletas y acusa de sedición a sus impulsores. Unos y otros se reprochan comportamientos antidemocráticos. Los adjetivos de nazis, fascistas y franquistas inundan el ambiente. El gobierno y sus aliados acusan a los catalanes pro referendo de fracturar, de secuestrar la voluntad del pueblo catalán, de fomentar el odio hacia España. El Partido Popular (PP) y Ciudadanos exigen cárcel e inhabilitación política para los "independentistas". Llaman a la aplicación del artículo 155 de la Constitución. El rey Felipe VI se suma y acusa a los promotores del referendo de ser desleales. La respuesta no se hace esperar: "Así no", le recrimina el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, señalando parcialidad y abandono del papel de mediador. ¿Cómo se llega a esta situación? Votar sin garantías no es democracia, impedirlo tampoco. Las decisiones del gobierno de España, judicializando y criminalizando la propuesta independentista agrega más leña al fuego.

 

El origen del conflicto se remonta a 2006, cuando el parlamento catalán aprueba la reforma del estatuto de autonomía. Salvo el PP, el resto de fuerzas políticas consensuaron un preámbulo: Cataluña es una nación. En junio de 2006 se ratifica en referendo. Vota 49.41 por ciento del censo. (2 millones 569 mil 268 electores), 73.9 por ciento da el sí y un 20.76 por ciento se decanta por el no. El PP interpone recurso de inconstitucionalidad. Bajo esta coyuntura, el 14 de diciembre de 2009 se convoca una primera consulta "soberanista" en torno a una propuesta independentista.

 

En junio de 2010 el Tribunal Constitucional, mermado en sus miembros y con mayoría conservadora, avala la impugnación del PP y sentencia: "La constitución no conoce otra que la Nación española (...) y según las normas la soberanía radica en la indisoluble unidad de la nación española proclamada en el art. 2 CE". Fue un punto de inflexión, el proceso independentista cobra fuerza. La entrada de los populares, con Mariano Rajoy en 2012, aumenta las descalificaciones hacia Cataluña.

 

Mientras tanto, el gobierno de CiU en Cataluña ahonda los recortes sociales. Las protestas se generalizan. Para justificar las medidas culpa al centralismo de Madrid: " España nos roba". La respuesta desde el gobierno central: "los catalanes viven a costa de España". El tono descalificador crece. En 2014, la Generalitat, gobernada por CiU y las fuerzas independentistas (CUP), dan otra vuelta de tuerca, sin reconocernos como nación, ¡independencia! El 9 de diciembre se plantea la consulta: ¿Quiere que Cataluña sea un estado? y en caso afirmativo ¿quiere que este Estado sea independiente? Votan 2 millones 305 mil 290 personas, 33 por ciento del censo. un millón 861 mil 753 dieron su conformidad. El proceso estaba en marcha.

 

El PP, obcecado, nuevamente recurre al constitucional y la judicatura, criminalizando a los promotores. En el banquillo el presidente de la Generalitat, Artur Mas, la consejera de Educación, Irene Rigau y Ramón Espadales, consejero de interior, los cargos: desobediencia, prevaricación y malversación de fondos. Mientras, se airean los escándalos de corrupción de la familia Puyol y el cobro de comisiones para financiar al CiU.

 

El gobierno de Rajoy recupera el discurso tardo franquista: ¡España se rompe! Así llegamos al primero de octubre, donde prevalece la actuación represiva de las fuerzas de seguridad del Estado. En esta coyuntura, Rajoy y su gobierno pide la rendición total, amenazando con más represión. La Generalitat responde con hacer efectiva una declaración unilateral de independencia. Sigue la guerra de banderas, declaraciones, insultos, descalificaciones: el rey les acusa de ser desleales con España, Ciudadanos se suma al carro y pide la suspensión de las competencias autonómicas. El PSOE se enroca entre declaraciones críticas y un apoyo a la legalidad pidiendo al constitucional que impida dicha declaración. El Constitucional asiente. Unidos Podemos se debate entre pedir una mediación, y el desconcierto, sin atinar respuesta al conflicto. Los más radicales apelan al clásico "cuanto peor mejor". En este contexto, la Generalitat se transforma en víctima. Con mayoría independentista en su parlamento, amenaza con declarar unilateralmente el advenimiento de la República Independiente de Cataluña, un acto sin validez institucional. La escalada de desatinos va en aumento.

 

Defiendo un referendo para Cataluña, considero que es una nación, pero no avalo ni esta consulta ni la declaración unilateral de independencia, tampoco las actitudes del PP, Ciudadanos y considero la intervención de Felipe VI maniquea. Pero tampoco entiendo una actitud de tirar hacia adelante sin medir las consecuencias, es irresponsable. Avala más locura: empresas y bancos trasladando su domicilio social, la CUP pidiendo que la Generalitat retire los fondos de CaixaBank o Banco Sabadell e instaurar la república popular. Mientras tanto la sociedad mira atónica e incrédula el devenir de los acontecimientos. María Dolores de Cospedal, ministra de Defensa, deja entrever una movilización de tropas, y el ministro de Interior amenaza enviar más policía y guardia civil. ¿Qué será lo siguiente, tanques en Cataluña?

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