Estiman científicos que hay alrededor de 36 civilizaciones extraterrestres en la Vía Láctea

 

La idea es mirar la evolución a escala cósmica // Análisis aporta datos para saber cuánto durará la nuestra, dicen

 

Madrid. Investigadores de la Universidad de Nottingham estiman que hay unas 36 civilizaciones inteligentes comunicantes activas en nuestra galaxia, con un nuevo enfoque publicado en The Astrophysical Journal.

Utilizando el supuesto de que la vida inteligente se forma en otros planetas de manera similar a como lo hace en la Tierra, estos científicos han obtenido la estimación del número de civilizaciones tecnológicas dentro de la Vía Láctea.

Christopher Conselice, profesor de astrofísica de la Universidad de Nottingham, quien dirigió la investigación, explicó en un comunicado: "debería haber al menos unas cuantas docenas de civilizaciones activas en nuestra galaxia bajo el supuesto de que se necesitan 5 mil millones de años para que se forme vida inteligente en otros planetas, como en la Tierra".

Agregó que "la idea es mirar la evolución, pero a escala cósmica. Llamamos a este cálculo el Límite Astrobiológico de Copérnico".

Tom Westby, primer autor del estudio, señaló: “el método clásico para estimar el número de civilizaciones inteligentes se basa en hacer conjeturas de los valores relacionados con la vida, por lo que las opiniones sobre estos asuntos varían de manera sustancial. Nuestro trabajo simplifica estas suposiciones utilizando nuevos datos, dándonos una sólida base de estimación del número de civilizaciones en nuestra galaxia.

"Los dos límites astrobiológicos de Copérnico son que la vida inteligente se forma en menos de 5 mil millones de años, o después de esa cantidad de tiempo, similar a la de la Tierra, donde se formó una civilización comunicante después de 4 mil 500 millones de años. En el criterio sólido, según el cual se necesita un contenido de metal igual al del Sol, calculamos que debería haber alrededor de 36 civilizaciones activas en nuestra galaxia."

La investigación muestra que el número de ellas depende en gran medida de cuánto tiempo envían activamente señales de su existencia al espacio, como transmisiones de radio desde satélites, televisión, etcétera. Si otras civilizaciones tecnológicas duran tanto como la nuestra, que es de 100 años de antigüedad, entonces habrá unas 36 civilizaciones técnicas inteligentes en curso en toda nuestra galaxia.

Sin embargo, la distancia promedio a ellas estaría a 17 mil años luz, haciendo que la detección y la comunicación sean muy difíciles con la tecnología actual.

También es posible que seamos la única dentro de nuestra galaxia, a menos que los tiempos de supervivencia de civilizaciones como la nuestra sean largos.

Conselice sostuvo: "nuestro estudio sugiere que la búsqueda de civilizaciones inteligentes extraterrestres revela la existencia de cómo se forma la vida y nos da pistas sobre cuánto durará la nuestra".

Astronautas crean en el espacio por primera vez en la historia el quinto estado de la materia

Se trata de los llamados condensados de Bose-Einstein, que no existen en la naturaleza y son prácticamente imposibles de crear en la Tierra.

 

A bordo de la Estación Espacial Internacional (EEI) se logró crear, por primera vez, los llamados condensados de Bose-Einstein (BEC), también conocidos como el quinto estado de la materia. Un estudio a ese respecto fue publicado este jueves en la revista Nature.

Para lograrlo, los astronautas utilizaron el Cold Atom Lab (CAL), un congelador capaz de enfriar átomos en el vacío a temperaturas extremas, apenas una diez mil millonésima de grado por encima del cero absoluto, por lo que tiene la fama de constituirse en uno de los lugares más fríos del universo.

Los condensados de Bose-Einstein aparecen cuando la temperatura de un conjunto de átomos llega casi al cero absoluto, con lo que luego esas nubes gaseosas de átomos actúan de manera colectiva y no individual. Las predijeron por primera vez Albert Einstein y el matemático y físico indio Satyendra Nath Bose, hace 95 años, pero hasta 1995 este extraño quinto estado de la materia no fue observado en un laboratorio.

El problema principal es que en la Tierra la gravedad los arrastra hacia el suelo, haciéndolos desaparecer en fracciones de segundo, mientras que en el espacio pueden permanecer más tiempo. Así, en la microgravedad del espacio los átomos se ralentizan y sus longitudes de onda se alinean, lo que permite estudiar los condensados de Bose-Einstein.

El experimento con el CAL es solo un primer paso, pero podría contribuir a que algún día esos condensados sean la base de herramientas ultrasensibles para detectar señales débiles de los lugares más recónditos del universo, al igual que fenomenos como las ondas gravitacionales o los agujeros negros.

El autor principal del nuevo estudio, David Aveline, físico del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, comentó a la revista MIT Technology Review, perteneciente al Instituto de Tecnología de Massachusetts (EE.UU.), que desde un punto de vista más práctico el trabajo de su equipo podría ayudar a mejorar sensores inerciales, desde acelerómetrosy sismómetros hasta giroscopios.

Publicado: 12 jun 2020 09:48 GMT

El coronavirus baja a la ciencia de su pedestal, ¿habrá una crisis de confianza?

La búsqueda de soluciones contra la COVID-19 nos está mostrando la ciencia en directo. Sin embargo, en ocasiones se desprecia la evidencia como base para tomar decisiones políticas o, en el otro extremo, se le exige al conocimiento científico un poder de predicción absoluto que no tiene. ¿Esta crisis pasará factura a su imagen social?

  

Vacunas que prometen plazos imposibles. Tratamientos sin eficacia ni seguridad demostradas. Estudios flojos. Modelos epidemiológicos amateurs. Expertos que se contradicen. Investigadores atrapados en un combate político. Bulos. Mascarillas sí, mascarillas no. La pandemia de COVID-19 está lejos de terminar pero, cuando lo haga, ¿cómo habrá cambiado nuestra percepción de la ciencia?

La percepción social de la ciencia en España ha sido positiva hasta ahora, según recoge la última encuesta realizada por FECYT en 2018. El punto de partida también es bueno en otros países de Europa y Norteamérica. La pregunta es cómo afectará la crisis del coronavirus a esta visión.

"Hay un sector ambivalente en crecimiento", explica a SINC el sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Josep Lobera. Incluye en este grupo a quienes, sin ser contrarios a la ciencia, "ven tanto problemas como beneficios" en ella. Una visión que depende mucho de la ideología, las condiciones sociodemográficas y educativas.

Existen pocos datos en España que permitan evaluar la situación actual. Una encuesta realizada a finales de abril por el CSIC mostraba que los sanitarios eran el colectivo mejor valorado por los ciudadanos (4,41 puntos sobre 5), seguidos de los expertos y científicos (4,15 puntos).

El investigador de la Universidad de Trento (Italia) Massimiano Bucchi ha estudiado esta cuestión en su país. Los resultados de sus encuestas muestran tres clústeres de ciudadanos: optimistas, desorientados y pesimistas. Estos últimos, que representan el 22 %, tienen una visión negativa de la gestión de la crisis del coronavirus y de la comunicación al respecto, por lo que se informan a través de amigos, familiares y redes sociales.

Además, casi la mitad de los ciudadanos italianos está de acuerdo con que "las opiniones de los expertos científicos han sido disparatadas y causado confusión". Es por eso que Bucchi considera que la comunicación de la crisis no ha estado a la altura, pero es cauto a la hora de valorar cómo afectará esto a la percepción social de la ciencia en un futuro.

Lobera retrocede a crisis tecnocientíficas anteriores para arrojar algo de luz: las vacas locas, Fukushima y Chernóbil "aumentaron ese espacio de ambivalencia y percepción de riesgos". Aclara que la situación no es del todo comparable, ya que la crisis actual "no está generada por una tecnología mal usada que genera un problema nuevo". El tiempo dirá si las falsas teorías sobre la intervención humana en el origen de la pandemia penetran en la población, sobre todo en países donde son apoyadas por el Gobierno, como EEUU.

Aun así, Lobera opina que la pandemia de SARS-CoV-2 "muy probablemente" no afectará en su conjunto a la ciencia: "Seguirá teniendo una imagen positiva que aumentará en su conjunto porque se disparará en sectores como el médico". En las áreas biosanitarias, tradicionalmente las mejor consideradas, crecerá la conciencia de que "hace falta invertir más".

El último barómetro publicado por la asociación alemana Wissenschaft im Dialog le da la razón. "El nivel general de confianza en la ciencia se ha incrementado significativamente en el contexto de la pandemia de coronavirus", asegura el resumen de la encuesta.

El investigador del Hospital Gregorio Marañón de Madrid e ideólogo de la iniciativa ciudadana Ciencia en el Parlamento Andreu Climent es más pesimista y teme un efecto rebote. "Si todo el mundo mira a la ciencia y esta tarda meses o años en tener una hoja de ruta, es fácil que, cuando esté todo solucionado, se le eche la culpa por ser lenta".

Para Climent es importante diferenciar entre la percepción que creemos tener y la que de verdad tenemos. "Es como lo de ser racista, que nadie lo es". Teme que pueda pasar algo parecido: "Hacer social la ciencia es bajarla de su pedestal. Cuando está arriba es bonita y brillante, pero no sirve de nada. Conforme baja se vuelve útil, pero empieza a tener sombras". Aun así considera que es positivo para que la gente aprenda a valorarla tal y como es.

 

Promesas en medio de la incertidumbre

 

Lobera opina que el mayor impacto que sufrirá la ciencia será en su imagen de infalibilidad. "La ciencia es incertidumbre", pero en las últimas décadas ha habido "una comunicación muy basada en una certeza y un poder predictor casi absolutos". Asegura que eso "está pasando factura".

"Los científicos sabemos que hay ámbitos de la ciencia muy provisionales", continúa, "pero cuando esto afecta a los ciudadanos tiene repercusiones negativas. No lo aceptan. Les supone una frustración respecto a la idea que tenían de reveladora de verdades permanente capaz de resolver todos los problemas".

Bucchi comparte este temor: "Es un problema cuando la ciencia promete algo a corto plazo a la sociedad, sobre todo en medicina". Considera que "hay que ser cuidadoso porque a veces no es posible decir con precisión qué pasará ni cumplir unas expectativas tan altas".

Por todo esto Lobera es "muy crítico" con lo que considera "una comunicación idealizada de la ciencia, que vende mucho y es muy efectiva porque a la gente le entusiasma". El investigador cree que "en una sociedad secularizada, la ciencia ha ocupado un espacio casi religioso, pero debemos devolverla a su espacio real. Es la mejor herramienta que tenemos, pero no es mágica y eso va a decepcionar". Teme incluso que algunos se "enfaden" al descubrir que ni era "perfecta" ni los expertos eran "magos".

 

La ciencia, más politizada que nunca

 

Este ‘enfado’ se ha palpado con algunos de los investigadores implicados en la crisis. "Para muchos soy el malo que está dañando la economía", decía en una entrevista el virólogo que lidera la respuesta alemana contra la COVID-19, Christian Drosten, quien aseguraba haber recibido amenazas de muerte por ello. En EEUU los epidemiólogos que modelizan la pandemia han sido acusados de ser un fraude por parte de algunos defensores de Trump, que los consideran parte de un complot para dañar la reelección del presidente.

Bucchi advierte del peligro de que un mensaje científico sea rechazado "no por su contenido, sino porque lo dé un político que no nos gusta". Asegura que se ha visto en Italia, donde parte de la comunicación no era llevada a cabo por los técnicos.

"Hay quien canaliza la rabia y la frustración buscando culpables", dice Lobera. Sin embargo, no cree que esto afecte a la percepción general de la ciencia ni de los expertos como colectivo, sino de forma específica sobre "aquellos que sentimos que han fallado a la hora de protegernos".

Esto no quita, según el investigador, que en el "combate" político se puedan usar cañonazos contra peones de la ciencia. "Es esperable que quienes más ansiedad experimenten sean los que confíen menos en los expertos a cargo. En una crisis no es lo mismo estar gobernado por un partido que votaste que por uno en el que desconfías".

Estos cañonazos se han observado en países como Reino Unido. "Quienes están políticamente en contra del confinamiento buscan hundir a los científicos que consideran responsables de crearlo", aseguraba en una entrevista el exconsejero David King. "No miran a la ciencia [...]. Lo que hacen es encontrar un escándalo para atacar a la persona". Sus palabras hacían referencia a Neil Ferguson, una de las caras más visibles de la respuesta británica, que tuvo que dimitir del comité de asesoría británico tras la publicación de que su amante se había saltado el confinamiento para ir a verlo.

 

¿La muerte del ‘experto’?

 

"Soy un estadístico médico. He estudiado estas cosas […] durante décadas. Por eso no me verás hacer ningún pronóstico sobre el coronavirus", escribía en Twitter a comienzos de abril el matemático Robert Grant. "Creo que los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) tienen la experiencia que necesitan. También hay mucho postureo que supone el riesgo de distraer o confundir a la gente. Diría que es el momento del perfeccionismo".

Algo similar sostenía la investigadora de la Universidad Emory (EEUU) Cecile Janssens //medium.com/@cecilejanssens/experts-with-opinions-and-experts-with-facts-abb79ddd65cf">en un texto sincero: "Soy epidemióloga pero apenas se nada sobre epidemias". Insistía en que "la experiencia es subjetiva y tiene límites". En el otro lado del ring economistas, físicos, emprendedores tecnológicos y cualquiera con nociones básicas de estadística han intentado prever el futuro de la pandemia desde su comienzo.

En este sentido, un artículo del filósofo de la Universidad de Estocolmo (Suecia) Erik Angner defendía la necesidad de la "humildad epistémica" durante la pandemia. "Ser un verdadero experto incluye no solo saber cosas, sino conocer los límites de tu conocimiento. Si no tienes la capacidad de hacer modelos epidemiológicos avanzados deberías asumir que no puedes diferenciar uno bueno de uno malo".​

"Lo que dice un experto encaja en dos categorías: temas de los que saben y temas de los que no", escribía Janssens. Bucchi no cree que el público sea consciente de estas limitaciones. "Los premios Nobel cambiaron la visión de la ciencia en el siglo XX y crearon la figura de la ‘estrella’ científica. Una vez te conviertes en una, la gente te pregunta sobre todo, incluso fuera de tu área de experiencia".

El sociólogo italiano considera que es un fenómeno que se está viendo durante la pandemia. "Hay quien habla de virología sin ser virólogo y esto puede generar confusión y la percepción de que la ciencia da palos de ciego porque cada investigador dice una cosa. No es momento de hipótesis, sino de enviar mensajes cortos y claros".

Aun así, Bucchi se alegra de que los medios estén más interesados en entrevistar a virólogos y epidemiólogos. "Esto podría cambiar la percepción pública de los expertos, pero no sé cómo, porque diferentes expertos dicen cosas diferentes y eso también puede confundir a la gente".

 

El papel de los medios y la comunicación

 

Al filósofo e historiador de la ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid Javier Ordóñez le preocupa la credibilidad de los mensajes en esta crisis: "Los científicos saldrán reforzados porque si hay una solución vendrá de un tratamiento o vacuna, pero me da miedo que se corrompa la fiabilidad de los canales de distribución de la información científica", explica. "El número de bulos que corren es enorme y la comunicación de la ciencia puede salir muy perjudicada si no somos capaces de dar informaciones veraces, tranquilas y sosegadas".

La catedrática de Periodismo de la Universidad de Valencia Carolina Moreno, líder del grupo de investigación ScienceFlows, asegura que, aunque algunos medios pueden ser alarmistas, "la información basura, la infodemia tóxica, es la que no emana de los medios sino que va por redes sociales y WhatsApp".

Ordoñez lamenta que "los charlatanes se hayan multiplicado y den un púlpito a gente con aspecto respetable que dice cosas indescriptibles y hace pronósticos atrevidos". "El público favorece al charlatán porque le da lo que quiere escuchar, soluciones innovadoras de la noche a la mañana o críticas triviales de las decisiones tomadas".

 

¿Qué pasará con la siguiente amenaza?

 

Lo cierto es que, a pesar del prestigio de los científicos, sus alertas sobre el riesgo de los coronavirus animales no se han escuchado lo suficiente. Un estudio publicado en 2007 ya alertaba de la "bomba de relojería" que suponían estos virus para el ser humano. La OMS recomendó priorizar su investigación desde 2015 y en octubre de 2019 avisó de que el mundo no estaba preparado para la próxima gran pandemia que se avecinaba.

Cuando esta crisis finalice, ¿haremos caso a los investigadores que nos advierten de amenazas como el cambio climático o los tildaremos de nuevo de alarmistas?

"Lo esperable es que los avisos científicos se tomen más en serio, sobre todo en los próximos dos o tres años, porque esto nos va a marcar", considera Lobera. "No es una crisis leve y va a afectar a la opinión que tenemos de muchas cosas, y una es la ciencia. Los avisos se van a escuchar de otra manera. El del cambio climático, también". Bucchi también es optimista: "Espero que se aprenda la lección".


Mascarillas: cómo tomar decisiones informadas en la ciencia

El uso —o no— de mascarillas por parte de la población general ha causado un debate acalorado. Se ha criticado a investigadores, políticos y organizaciones por cambiar de opinión conforme lo hacían los datos y las evidencias.

Hay estudios que afirman que estas protegen de aerosoles en condiciones de laboratorio controladas y con maniquíes. Pero "la pregunta sobre si las mascarillas funcionan es sobre si lo hacen en el mundo real, usadas por gente real en situaciones reales", reflexionaba la bioestadística de la Universidad de Birmingham Karla Hemming en BMJ.

Hemming concluía que la evidencia obtenida de ensayos en los que la gente lleva mascarillas en el día a día "sugiere que usarlas genera un comportamiento de compensación de riesgo". Algo similar aseguraban dos expertas en protección respiratoria de la Universidad de Illinois en Chicago, quienes no recomendaban su uso por la falsa sensación de seguridad que imbuyen.

La evidencia científica con pruebas controladas aleatorizadas es muy limitada y los resultados "no son concluyentes", aclara la investigadora de la Universidad de Oxford y coautora de un comentario publicado en The Lancet sobre el uso "racional" de estos equipos de protección, Shuo Feng.

La investigadora atribuye al desabastecimiento inicial que la mayoría de países y organizaciones no recomendaran su uso durante las primeras fases. "La evidencia científica se actualiza constantemente y las conclusiones de hoy pueden no ser las de mañana", comenta. "Creo que las políticas deberían actualizarse a la par con la evidencia, y para eso hace falta una buena comunicación pública".

Sin embargo, las decisiones políticas no siempre pueden esperar a las evidencias.

Este ejemplo muestra que tomar decisiones en contextos de incertidumbre, con evidencias incompletas y cambiantes, es difícil, y que las instituciones deben transmitir y explicar esta complejidad.

"Los expertos en sanidad tienen peso dentro de las decisiones políticas, pero quienes deben tomarlas son los políticos. La ciencia puede ayudar dando datos y poniendo opciones sobre la mesa", dice Climent. "A la ciencia no le puedes pedir que haga futurología", asegura el investigador.

madrid

15/05/2020 10:16

Esta Luna te puede parecer un poco rara, y eso es porque es una escena imposible. Foto: Infobae.

El astrofotógrafo estadounidense Andrew McCarthy ha conseguido tomar la imagen más clara y detallada de los cráteres de la Luna al combinar minuciosamente numerosas tomas de la línea que divide el lado claro del lado oscuro del satélite natural, el llamado “terminador lunar” o “zona crepuscular” .

En esa línea el Sol está más cerca del horizonte, algo que crea sombras más largas que le dan a la superficie lunar un aspecto tridimensional y de esta manera hacen que los cráteres sean más perceptibles.

McCarthy pasó dos semanas tomando fotografías durante la luna creciente a medida que aumentaba la cantidad de superficie lunar iluminada, y después combinó las imágenes en una foto compuesta con espectacular detalle con todos los cráteres e imperfecciones visibles de la Luna.

“Esta Luna te puede parecer un poco rara, y eso es porque es una escena imposible. De las dos semanas de imágenes de la luna creciente, tomé la sección de la imagen que tiene el mayor contraste (justo antes del terminador lunar donde las sombras son más largas), las alineé y mezclé para mostrar la rica textura en toda la superficie”, escribió en su página de Instagram, donde publicó el resultado de su minucioso trabajo.

A principios del año, el mismo astrofotógrafo obtuvo otra imagen asombrosa de la Luna al combinar 50 000 fotos de nuestro satélite, logrando una nitidez espectacular.

4 mayo 2020

(Con información de RT)

Laboratorio en la Universidad Complutense. Álvaro Minguito

La emergencia sanitaria está aflorando la incertidumbre a niveles que hacen tambalear los cimientos de la civilización moderna. Se buscan respuestas rápidas a cuestiones complejas o hasta ahora inexploradas. La sociedad se abraza a la ciencia como en otro tiempo lo hacía a la fe. Pero, ¿realmente está la ciencia preparada para soportar tal desafío?

 

Tras una respuesta dubitativa y la generación de una alarma de consecuencias impredecibles, asistimos a una carrera científica frenética. Las crónicas hacen cábalas acerca de qué laboratorio lleva la delantera sobre la vacuna o qué tratamiento será más efectivo en una enfermedad de certezas exiguas. Ante la amalgama de pronósticos, no se contempla un único plan de choque. Las advertencias de los epidemiólogos, atenuadas antes por la arrogancia, señalan la posibilidad de nuevos rebrotes y confinamientos. Sin embargo, estas consideraciones no tienen cabida en las predicciones económicas e incluso algunos expertos se decantan por atizar a los científicos. Ante tal cantidad de información, el ciudadano no sabe a qué atenerse mientras los defensores de las teorías de la conspiración se frotan las manos.

¿Hay que desconfiar de la ciencia en estos momentos críticos? Más que desconfiar, cabría agarrarse a ella para comprender posibles paradojas en su interpretación y convertirlas en certezas. A pesar de que la emergencia apremia, el espíritu crítico, la prudencia y el rigor fortalecen el análisis. Por el momento la realidad apunta a una tesis: los valores de la sociedad moderna han corrompido una parte del sistema encargado de hacer ciencia. Por suerte, así como el covid-19 está desnudando sus carencias, también está generando multitud de motivos para atisbar un futuro de esperanza.

UNA CIENCIA DESHUMANIZADA

Durante los últimos tiempos, hemos asumido un sistema científico que replica valores nocivos. Aunque la ciencia sea un ente perfecto en su concepción abstracta, los científicos no dejan de ser seres humanos con sus consabidas imperfecciones. Algunos invierten en casas para especular, otros tienen familias a las que apenas conocen o compran objetos que no se han parado a pensar si necesitan. No es de extrañar que el individualismo, la falta de solidaridad, la acumulación de bienes y capital, la inmediatez y la superficialidad a la hora de dar respuestas a problemas complejos tengan su análogo en la ciencia.

Aunque ha sido cuestionado y criticado, hemos asumido que si uno pretende prosperar en el mundo de la academia ha de pasar por el filtro de la publicología. Los artículos son instrumentos que permiten constatar y compartir un avance científico. Sin embargo, el sistema ha invertido el proceso y el descubrimiento científico se ha convertido en un intermediario para otro fin: mejorar el estatus. Entre otras, las consecuencias son la publicación de cantidades ingentes de artículos, el descenso de la calidad y relevancia y la proliferación de prácticas deshonestas.

En una entrevista reciente, Ha-Joon Chang, rostro visible de la economía del desarrollo, bromeaba diciendo que “la forma más segura de destruir el conocimiento es publicarlo en revistas científicas”. Para hacernos una idea, de los dos millones y medio de artículos publicados cada año, se estima que cerca de la mitad no ha sido citado tras cinco años. Entre un 10-20% de los citados, lo han sido únicamente por los mismos autores en otros artículos. Además de publicaciones, la acumulación se extiende a citas, congresos, estancias o proyectos reflejados en currículum vitaes de varias decenas de páginas. En algún momento los investigadores dejamos de ser personas para convertirnos en números que comparar.

Otro de los males de la ciencia moderna es la competición sin límites. Aunque la competición pueda ser un estímulo para la consecución de descubrimientos relevantes —y así pueda ser entendida mediante algunas rivalidades clásicas o frente a emergencias—, la ansiedad por dejar huella puede resultar contraproducente. Tal y como sostiene un estudio de los microbiólogos Fang y Casadevall, la competición científica —entre otras consecuencias— tiene efectos negativos en la creatividad, la salud mental, duplica esfuerzos, reduce la tendencia de los investigadores a compartir información. Además, la hipercompetitividad agranda la brecha existente entre hombres y mujeres. En contraposición, logros como la detección de ondas gravitatorias o la vacuna del ébola apuntan a un modelo cooperativo.

La competición y el afán por publicar están íntimamente ligadas con la precarización de las condiciones laborales, sujetas a las deficiencias en materia de inversión. Sin grandes atisbos de estabilización para los jóvenes, se ha interiorizado la supervivencia mediante sueldos escasos, contratos que más allá de realizar una tesis doctoral no pasan de los dos o tres años. Entendiendo que objetivos y esfuerzos han de ser maleables, se ha normalizado la omnipresencia como método de trabajo, propiciando un estilo de vida diseñado para producir. Sería discutible si esta es una estrategia óptima para atraer talento, teniendo en cuenta que la precariedad se ha estandarizado más allá de las fronteras de la investigación.

Otra de las características que azotan a la ciencia es el cortoplacismo, avivado por la breve duración de los proyectos. La consecución de resultados rápidos ha mermado su rigor, profundidad y originalidad, abonando el terreno para la superficialidad, el inmovilismo y la falta de perspectiva. Precisamente, el aumento de la carga de conocimiento se relaciona con la proliferación de la especialización. Del pensamiento del filósofo Karl Popper subyace la idea de que la especialización implica una desconexión de la realidad, provocando una pérdida de contacto con la gente y su gradual irrelevancia cultural. En estos momentos, donde los conocimientos parecen conectarse con un fin común, las tesis de Popper cobran especial relevancia.

Ante una sociedad que clamaba transparencia, una de las respuestas fue la implementación de una burocratización asfixiante. A pesar de los tímidos avances, nos hemos acostumbrado a que todo el peso burocrático recaiga sobre los investigadores; entregar centenares de documentos para evaluaciones y solicitudes de trabajo o financiación. Mientras tanto, en otros países la tarea se descarga agilizando trámites o mediante secretarías.

La presencia y la valoración de la ciencia en una sociedad hiperestimulada siguen siendo minoritarias. Por fortuna, parte de la comunidad ha entendido la necesidad de manifestarse y comunicarse de forma clara. A pesar de loables esfuerzos en materia de divulgación y la entrada de científicos en las redacciones de medios de comunicación, sigue existiendo una fisura a la hora de explicar el papel de la ciencia. Titulares como “Las matemáticas ayudan a operar el cáncer con éxito” ilustran la desconexión. Ante la falta de liderazgo e influencia social, dicha disociación se acentúa en el ámbito político. Una pequeña intuición: en la Comisión de Ciencia, Innovación y Universidades del Congreso de los Diputados, los científicos son minoría en detrimento de los formados en derecho.

Todos estos factores, junto a la arrogancia y la falta de honestidad para asumir errores, han establecido un caldo de cultivo peligroso para afrontar con garantías los efectos de la epidemia. A modo de estéril consuelo, desde otros países también entonan  discursos de autocrítica, sugiriendo que las miserias del sistema científico puedan ser globales. Varios de los factores mencionados anteriormente tienen su análogo en el sistema económico, tal y como señalaba Noelia Sánchez en un brillante artículo. La transversalidad de los diferentes análisis apuntan a la misma raíz del problema: un sistema que ha devorado al ser humano.

EL COVID19 DESNUDA LA REALIDAD DE LA CIENCIA

La aparición del virus ha removido los cimientos de la ciencia, así como su impacto. Mientras algunos investigadores han preferido instalarse en la posición del “yo ya dije” o seguir con sus rutinas de trabajo con la única novedad de hacerlo desde casa, otros han orientado o intensificado sus esfuerzos hacia los diferentes retos que supone la crisis. En esta última tesitura los compañeros de La Paradoja de Jevons señalaban recientemente el aumento de la presión hacia los investigadores, además de la proliferación de la necesidad de dejar huella en forma de publicología o fotografías.

Esa necesidad se acentuó durante los primeros días de cuarentena. Los medios y los expertos se lanzaban a arrojar luz, induciendo mayor confusión en algunos casos. Entre las informaciones que se hicieron viral, sorprendió una: “Un estudio de matemáticos valencianos sitúa el pico de la pandemia a finales de mayo con 800.000 infectados”, contradiciendo la lógica de haber endurecido el aislamiento. La estimación, basada en un modelo teórico, contaba con una dificultad insuperable: predecir el comportamiento humano. Los titulares y su difusión fueron objeto de amplio consumo, comprometiendo la posterior confianza en el trabajo científico. También quedarán para el recuerdo las directrices del Colegio Oficial de Biólogos de Canarias del 9 de marzo, que apuntaban a que la emergencia eran frutos de la “alarma desmedida y el miedo injustificado”.

La competición tampoco ha faltado a su cita con el covid-19. Distintas administraciones públicas y fundaciones privadas destinaron varios fondos para investigación. Dicha oportunidad no pasó desapercibida, suscitando la atención de propios y extraños. Solo en la Región de Murcia, solicitaron proyecto más de 40 grupos; mientras que el programa CaixaImpulse ha recibido 349 solicitudes para un total de quince proyectos disponibles, diez veces más que en otras convocatorias. La decisión de escoger las mejores propuestas no se antoja sencilla, levantando recelos entre los expertos.

Mientras tanto, la población se muestra expectante ante la llegada de un milagro que convierta a la emergencia en una pesadilla pasada. Hace poco, el escritor Juanjo Millás y el periodista Javier Del Pino se lamentaban por el pesimismo de las novedades científicas, en referencia a la influencia de las condiciones climatológicas sobre el virus. Esta insignificante anécdota ilustra el salto entre esperanza y realidad, acrecentado por un fenómeno tan complejo. Los ciudadanos están en su derecho de desesperar por desconocer los tiempos o frustrarse al constatar que el conocimiento humano puede ser insuficiente para ofrecer respuestas. De nuevo, emerge la necesidad de colaboración entre medios y ciencia con el objeto de llegar a todos los rincones de la sociedad. 

Otra de las carencias desnudadas es la falta de sintonía entre científicos y políticos, debido en parte a los insuficientes mecanismos de asesoramiento. En este sentido, la viróloga Margarita del Val se quejaba de la actitud de los asesores designados por el Gobierno: “Se ha formado un comité de expertos, pero en España hay especialistas de todo tipo y la ciencia puede aportar mucho más de lo que puedan decir un grupo concreto de personas”. Si tenemos en cuenta que según el sector científico las prioridades varían y las respuestas divergen, parece complicado que los gobernantes puedan tomar decisiones consensuadas y, mucho menos, que estas cuenten con el suficiente respaldo.

MOTIVOS PARA LA ESPERANZA

A pesar de la incertidumbre y de la complejidad de la crisis, cada día hay más razones para albergar esperanza. No en vano, Albert Einstein sostenía que “la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos”.

En pocos días hemos constatado como los resultados de los laboratorios se aplican en centros sanitarios o en las medidas de prevención. De entre los cientos de avances, se han establecido protocolos que optimizan tiempo y recursos en la detección; un árbol genealógico de la propagación del virus a través de la plataforma colaborativa Nextstrain; o los proyectos internacionales Covid Human Genetic Effort (COVIDHGE) y The Covid-19 Host Genetics Initiative, que tratan de identificar variantes genéticas influyentes en el desarrollo de la enfermedad.

Desde el CSIC se ha lanzado una apuesta por la colaboración y la trasmisión de conocimiento bajo la plataforma Salud Global, que engloba a más de 150 grupos. Por su parte, la OMS ha encabezado el ensayo clínico Solidaridad, el cual aglutina equipos de setenta países con el fin de lograr un tratamiento. Ana María Henao, responsable de Solidaridad, destacaba en una entrevista que “la colaboración está siendo clave. Se están intercambiando información de los progresos, de los errores y de las estrategias más efectivas”. También el covid-19 ha intensificado la cooperación entre el sector público y el privado, aunque falta saber en qué se traducirá. “Desde la vacuna de la viruela nunca ha habido tanta colaboración”, declaraba Luis Jodar, director del área de vacunas de Pfizer.

Además de Margarita del Val o Ana María Henao, cada vez son más familiares los nombres de científicos como Luis Enjuanes, Salvador Macip, Oriol Mitjà, Antoni Trilla, en detrimento de la popularidad de futbolistas, famosos de realities o instagramers. La ciencia se ha convertido en la fuente principal de noticias y se encuentra en un momento histórico para recuperar su prestigio y trascendencia social.

EL FUTURO PASA POR UNA CIENCIA MEJOR

Además de terapias y vacunas, a corto plazo gran parte de los esfuerzos se destinarán a temas relacionados con el covid-19: estudios genéticos, mejora de equipamientos sanitarios, desarrollo de sistemas de prevención y detección, predicción de propagaciones y consecuencias, inclusión de sistemas tecnológicos…

Sin embargo, los retos que se atisban en el horizonte van más allá. La ciencia no sólo ha de centrarse en problemas puntuales, sino que en su discusión deberá afrontar retos más globales y transversales. Uno de ellos es el equilibrio entre el humano y su entorno natural, dejar de hablar de salud humana para hacerlo de salud planetaria. En este sentido, contener el cambio climático y ofrecer vías para un desarrollo sostenible que encauce el sistema económico se antoja el mayor de los desafíos. Ninguna disciplina quedará al margen, desde las ciencias más básicas hasta las sociales, incluyendo en la ecuación a la digitalización. La concienciación y valoración de una ciencia solidaria y amplia será imprescindible, situando al conocimiento como verdadero motor de cambio.

El lector que haya llegado hasta aquí habrá advertido que este artículo apenas habla de ciencia, centrándose en los humanos que la rigen. Por supuesto, el autor no está exento de los males que aquí señala, pudiendo incurrir en generalidades, vaguedades o contradicciones. Ningún ser humano puede ofrecer toda la perspectiva, pero sí ayudar a construir perspectivas comunes. Sería recomendable ser escéptico con las conclusiones sin un riguroso y cauto debate. Es así como se han levantado las teorías más sólidas.

Se repite el mantra de que la cuarentena es idónea para parar y replantearse todo, empezando por nosotros y siguiendo por nuestro entorno. Quizá sea momento de asumir errores y renfocar carreras, ampliar las miras para reconectarnos con la realidad. Volver a la senda del debate colectivo y la solidaridad, de ser honestos con nuestros esfuerzos y resultados, de pensar en grande en lugar de aislarnos en nuestras burbujas. Sólo así volveremos a orientar la ciencia hacia su fin: comprender el mundo para dar respuestas.

Por Rafalé Guadalmedina

29 abr 2020 05:00

Eliane Piaggio, científica del Instituto Marie Curie.Abajo: Equipo de científicos del Instituto Marie Curie  ________________________________________ Imagen: Instituto Marie Curie

Cuenta cómo se encuentra hoy la investigación sobre el virus, cuál es el rasgo que lo hace tan impenetrable y la trascendencia que ha tenido el confinamiento.

Duro como una roca, volátil y mutante, el coronavirus mantiene a la comunidad científica internacional sumida en una carrera contra varios relojes. Más allá del oprobio de la batalla de egos que protagonizan algunos científicos europeos, de la irresponsabilidad criminal de unos cuantos dirigentes del mundo, de las controversias desmedidas que rodean la pertinencia de las medidas adoptadas por los Estados más responsables, de las intervenciones públicas de intelectuales papanatas y políticos sin vergüenza ni cultura, la ciencia trabaja en silencio, concentrada en su misión racional de dar con la molécula que neutralizará el virus. Miles y miles de investigadores a través del mundo consagran cada minuto de sus neuronas a salvar una humanidad angustiada, enferma y al bordeo del colapso. La doctora argentina Eliane Piaggio es uno de los frentes más destacadas de esa línea de combate que tiene a la ciencia como único interlocutor verosímil. Responsable del equipo TransImm de Inmunoterapia Translacional en el Instituto Marie Curie de París, la doctora Piaggio se especializó en la lucha contra el cáncer mediante protocolos novedosos y menos violentos que la quimioterapia, es decir, la inmunoterapia. Doctora de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacias de la Universidad Nacional de Rosario, Eliane Piaggio es una de las científicas argentinas más importantes del mundo y, hoy, una pieza esencial del inmenso mecanismo que se ha puesto en marcha para neutralizar el coronavirus.

En esta entrevista con Página/12 realizada en París, Eliane Piaggio puntualiza, paso a paso y con la narrativa racional y didáctica de un científico, en qué estado se encuentra la investigación sobre el virus, cuál es el rasgo de su identidad que lo hace tan impenetrable, al tiempo que detalla la trascendencia que ha tenido el confinamiento como una de las estrategias contra el coronavirus.

--El público cree que la ciencia y los grandes laboratorios ocultan los descubrimientos cuando, en realidad, se está ante lo que podría tal vez denominarse un enigma. Hay un río de fakes y teorías del complot que fluyen por todas partes. Para que todo sea más claro: ¿cuál es la identidad de esta pandemia, ¿qué la hace tan difícil de erradicar?

--La respuesta es muy fácil: no se sabe. Por eso hay tanto lío. Llega un momento en que tenemos que ser humildes y aceptar que desconocemos cómo va a evolucionar esta enfermedad. Todavía no la terminamos de entender. También hay que pensar que cuando empecemos a comprender el virus puede mutar, para bien o para mal. Queda mucho por saber acerca de la interacción entre el virus y el ser humano. Esto es lo que complica no poder erradicarlo. Cada vez tenemos más respuestas, pero también tenemos más preguntas. Los medicamentos funcionan, pero ninguno es súper eficaz, no sabemos si cuando los enfermos están curados siguen contagiando, si una vez curados los anticuerpos los protegen, ni tampoco sabemos por cuánto tiempo. Una vacuna, por ejemplo, ¿acaso va a generar los buenos anticuerpos? No sabemos. Lo que hace muy difícil entender la identidad de esta pandemia y la dificultad para erradicarla es que, a diferencia de otros coronavirus, el SARS-CoV-2 se transmite durante la fase de incubación, cuando las personas no tienen síntomas y no saben que están infectadas. Los otros virus se transmiten cuando los pacientes ya tienen síntomas. Por ello faltan las herramientas para poder erradicarlo.

--Viviremos entonces con su amenaza durante un buen tiempo.

--Por ahora sí estamos expuestos de forma permanente. Pero también hay que pensar que debemos ser proactivos, es decir, tener políticas que nos ayuden a encontrar la salida. Esto quiere decir contar con un tratamiento eficaz y la inmunidad de grupo. Para lo primero hay que descubrir una droga que disminuya la carga viral para que los pacientes sufran menos, contaminen menos y se los pueda curar. La inmunidad de grupo se va a lograr cuando estemos todos infectados, los que sobrevivamos, o cuando se logre desarrollar una vacuna que nos haga inmunes. Esto se apoya en todo el espectro de la ciencia: la ciencia social, epidemiológica, básica, aplicada, académica, médica, industrial, investigación clínica. La respuesta vendrá de ahí.

--En qué dirección se está llevando a cabo la búsqueda de una vacuna o un tratamiento sabiendo que aún se está en una fase de multi exploración.

--Hasta que se encuentre un tratamiento específico para la Covid-19 lo que se hace es el reposicionamiento de medicamentos que ya existen, y ello con dos objetivos. Uno es estudiar el virus, o sea, antivirales, y el otro es controlar la respuesta inflamatoria exacerbada. En más o menos el 10 o 15% de todos los pacientes infectados se constató un desarrollo de una inflamación exacerbada que es contraproducente. Esos son los tratamientos en curso: o se inhibe el virus con un antiviral o se trata la respuesta inflamatoria exacerbada. Por consiguiente, lo que se está haciendo en Francia es lo que se hace en Europa. Es de destacar el estudio clínico europeo “Discovery” que evalúa 4 tratamientos experimentales contra el Covid-19. Dentro de este programa a los pacientes se les proponen distintos tratamientos que van desde el antiviral que se suministra para el Ebola, otro que se suministra contra el VIH o la famosa hidroxicroloquina. Hay otras cositas nuevas que se manejan pero, de todas formas, no hay muchas opciones. No se le puede dar cualquier cosa a los pacientes. Estas son las drogas disponibles y las posibilidades de tratamiento.

--En qué medida su propia disciplina, la inmunología, alimenta las investigaciones en torno a los tratamientos.

--El virus interacciona con el sistema inmune, que es el que nos ayuda a sacarnos de encima el virus. La inmunología está muy ligada con la respuesta antiviral. En el campo de la inmunología debemos entender la relación entre el virus y el sistema inmune. Se hacen investigaciones fundamentales que luego se aplican. Hay gente, como el Instituto Pasteur, que trabaja con los virus de antes. El resto de los inmunólogos no empezamos de cero. Tratamos de aplicar el conocimiento y la experiencia que cada equipo desarrolla en otros temas a una pregunta asociada al coronavirus. Hay estudios observacionales, que se basan en los pacientes sin intervenir, estudios mecanísticos en los cuales desarrollamos modelos que nos permitan modular algunas variables para entender cuál es el mecanismo de acción por el cual el sistema inmune puede eliminar el virus. Luego hay otros tipos de estudios que están directamente orientados a desarrollar nuevas terapias. Por consiguiente, para encontrar nuevas terapias primero se trata de identificar cuál sería el blanco: si es una proteína del virus o si es el receptor que está en las células humanas y por donde ingresa el virus. Para ello, se trata de desarrollar anticuerpos que neutralicen esa interacción y, también, encontrar una vacuna para estimular al sistema inmune del huésped y proporcionar una protección activa contra la infección. Eso es lo que estamos haciendo en el Instituto Curie: estudiar la respuesta inmune de los pacientes y ver si podemos encontrar nuevos tratamientos, incluyendo el desarrollo de una vacuna.

--Hay tres temporalidades que se cruzan en este momento: la científica, la política y la crisis sanitaria. A ellas se le pegan las confrontaciones ideológicas, la pugna entre intereses y, como se ha visto en Francia, el ego de algunos científicos.

--Cada una tiene sus tiempos, pero todos estamos apurados. El problema radica en que, en la ciencia, las respuestas no se obtienen de un día para otro. Es como le pasó a Pasteur: uno está toda una vida trabajando para encontrar una cosita. Hay que formar, formarse, encontrar cuál es la buena hipótesis de trabajo y después es todo un proceso largo y engorroso donde hay que obtener los subsidios, generar los útiles de trabajo, tener acceso a la tecnología con la cual queremos responder a las preguntas, analizar, interpretar, reproducir y publicar los experimentos. Después tratamos de aplicarlos adaptándolos para que puedan ser utilizados en el ser humano. Y todo esto siempre y cuando los científicos sobrevivamos a una innumerable cantidad de trabas administrativas, regulatorias. Pero todo lo que se pueda hacer aporta, no importa la grandeza del estudio. A veces, los estudios chiquititos aportan la parte inventiva y la solución. Los científicos de todo el mundo, mis colegas argentinos, tenemos la posibilidad de hacer cosas.

--El confinamiento ha desatado igualmente una controversia mundial, que incluso implicó a científicos y, hace poco, hasta circuló una carta firmada por las derechas liberales y promovida por Mario Vargas Llosa en defensa de un casi no confinamiento. Entonces, ¿cortar el flujo humano de la circulación frena realmente la expansión del virus?

--El confinamiento desacelera la expansión del virus. El problema es que acá no hay mucho que discutir. La realidad es arrolladora: los países que no se confinan tienen una cantidad de infecciones que aumenta de forma exponencial y es imposible de dominar. Repito: no hay otras opciones. A falta de test diagnósticos que nos permitan aislar a los portadores y controlar así la diseminación, a falta de material de protección, no hay máscaras ni soluciones hidroalcohólicas, ni protecciones descartables para los médicos, en suma, sin eso no queda otra más que el confinamiento. Lo que hay que hacer es evitar que se saturen los hospitales para que todos los enfermos tengan acceso a los respiradores y a los cuidados intensivos. Si no hubiese habido este confinamiento habríamos pasado aún más situaciones, como las que ya pasamos, donde los médicos tenían que elegir a quién le daban el oxígeno y a quién ponían en terapia intensiva. El confinamiento no se discute, no es bueno ni malo, no hay otra opción. El confinamiento es la única arma para actuar. El confinamiento nos da un poco de tiempo para equipar los hospitales, poner a punto los test diagnósticos para aislar a las personas, sobre todo las asintomáticas que siguen diseminando la enfermedad, esperar los resultados de los estudios clínicos que nos van a decir qué tratamiento es el adecuado, encontrar un antiviral que baje la carga viral. Ahora vamos a comenzar a desconfinar y espero que con todo esto que hemos aprendido el rebote que va a venir con el desconfinamiento nos encuentre mejor parados frente a la infección. Pero para ello hay una condición: cuando nos desconfinemos hay que respetar la distancia social y los gestos barrera. De lo contrario será de nuevo el caos.

--Usted cree, como lo sugieren muchos sectores, que el tratamiento o la vacuna, si se descubre, debería ser como una suerte de patrimonio de la humanidad, es decir, quedar fuera de las especulaciones de los laboratorios.

--¡Espero que sea así! Claro, después la realidad es otra y no sé cómo vamos a hacer. Eso sería lo ideal pero no sé cómo se cambia todo un sistema neoliberal en el cual los intereses económicos están por encima de las personas. Los Estados aquí tienen que asumir un papel importante.

--El sistema multilateral sanitario ha sido un fracaso total. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no cumplió con su propósito.

--La OMS debió cumplir ese rol de regulador y coordinador y no lo hizo. Hay que volver a pensar la gestión global de estas crisis sanitarias, no hay dudas sobre ello. Estamos frente a un gran fracaso, ante la evidencia de que la gestión de la OMS ante la Covid fue errónea. Estamos en una situación desastrosa que se sigue deteriorando. La OMS es como un dinosaurio y hay que renovarlo. Debe existir un ente regulador, pero no como este. Los Estados deben también desempeñar un papel mayor que integre la gestión sanitaria, la gestión científica, económica y social.

--En la Argentina el presidente Alberto Fernández tomó rápidamente medidas para confinar el país. Al mismo tiempo, la comunidad científica trabaja intensamente con los medios de que dispone.

--Para la ciencia argentina no es el mejor momento. Pasamos de la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, donde hubo un repunte en la ciencia argentina, a lo que ocurrió después cuando se vino abajo. La ciencia está atada de pies y manos, pero los científicos argentinos son extraordinarios. Tienen un nivel único de inventividad y una capacidad extraordinaria para salir adelante. Yo colaboro mucho con los científicos argentinos. Para mí es una forma de devolver al país lo que el país me dio a mi para estar en donde estoy. Hacer ciencia ya es complicado en los países desarrollados, imagínese lo que es hacerlo en la Argentina donde la ciencia tiene que sobrevivir a un viacrucis. Pero esto no descalifica nada de lo que pueda salir de la Argentina. Todo lo que se pueda hacer tendrá un impacto enorme. 

Treinta años del Hubble, el espía del universo

El telescopio fue desplegado en el espacio hace hoy 30 años. Desde entonces ha dado más de 170.000 vueltas a la Tierra y ha generado 150 terabytes de información que han permitido la publicación de 18.000 artículos científicos con hallazgos que van desde la formación de estrellas y galaxias hasta la edad del universo pasando por los agujeros negros.

 

Ocurrió hace 30 años. El miércoles 25 de abril de 1990, el transbordador Discovery flotaba en medio del espacio a 590 kilómetros de altura. En ese momento, los astronautas Shriver, Bolden, Hawley, McCandless II y Sullivan culminaron la gesta: dejar allí, desplegado y orbitando, el aparato que llevaban en la nave, el primer observatorio espacial de la historia, un armatoste de 13 metros de longitud, cuatro de diámetro y 11.000 kilos. El ojo con que el ser humano vería el universo como jamás lo había visto. El Hubble.

Desde que fuera desplegado, el Hubble, que viaja a 28.000 kilómetros por hora, ha dado más de 170.000 vueltas alrededor de la Tierra. "El telescopio ha transformado la visión que la humanidad tenía sobre el universo y sobre nuestro lugar en él", asegura a Público la directora científica de este proyecto de la NASA, Jennifer Wiseman. La revolución que ha provocado el Hubble es de la misma magnitud que cuando Galileo alzó su telescopio al cielo en 1610.

Estar ubicado allá arriba, libre de las distorsiones de la atmósfera terrestre, hace del Hubble un poderoso e incansable espía del cosmos: "El telescopio", prosigue la astrofísica de la NASA en Washington, "genera alrededor de 10 terabytes de nuevos datos cada año. El archivo total es actualmente de más de 150 terabytes, que proceden de las más de 1,3 millones de observaciones realizadas".

Con todo ese arsenal, los astrónomos que utilizan los datos del Hubble han publicado más de 18.000 artículos científicos, una cifra que lo convierte "en uno de los instrumentos científicos más productivos que jamás hayan sido construidos", celebra Wiseman.

El Discovery había despegado un día antes, a las 8.33 de la mañana del 24 de abril, de la base de la NASA en Merritt Island, Florida. Ese vuelo espacial no era un reto más de la agencia norteamericana, sino que materializaba un sueño casi de ciencia ficción que los científicos habían albergado durante varias décadas.

Cuando el Hubble fue puesto en órbita, Wiseman era una estudiante de astronomía en la Universidad de Harvard. "Mis investigaciones de entonces estaban relacionadas con radiotelescopios terrestres pero todos los estudiantes estábamos muy entusiasmados por tener ese nuevo observatorio, que nos daría una visión del espacio mucho más nítida", recuerda.

"Yo estaba muy intrigada", continúa Wiseman, "no sólo por qué hallazgos y resultados obtendría el Hubble sino también por cómo la NASA había podido usar las habilidades de los astrónomos, físicos, ingenieros, informáticos y astronautas para sacar adelante este telescopio, ponerlo en el espacio y hacer ciencia. Nunca había pensado que una cosa así pudiera siquiera llegar a ser posible".

 

1946, el punto de partida

 

Pero hicieron falta muchos años y muchos tropiezos para que el Hubble fuera un éxito. El inicio negro sobre blanco de esta historia fue un artículo publicado en 1946 por el astrofísico Lyman Spitzer, de la Universidad de Yale. En su trabajo, Spitzer introdujo la idea de un gran telescopio espacial en un momento en el que ni siquiera se había puesto ningún satélite en órbita. En 1958, un año después de que los rusos lanzaran su Sputnik, Estados Unidos decidió meterse de lleno en la carrera especial y creó la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio, la NASA.

No fue hasta 1974 cuando la agencia creó el primer grupo de trabajo dedicado a un gran telescopio espacial. A partir de ahí todo fue más rápido: en 1977 el Congreso norteamericano aprobó la primera dotación presupuestaria para el proyecto y en 1979 comenzaron los programas de entrenamiento de astronautas para esas misiones espaciales.

Fue en 1983 cuando se bautizó a este gran telescopio espacial como Hubble en honor al astrónomo Edwin Hubble (1889-1953). En un artículo de 1929 que ya es historia de la ciencia, había descrito que existía una relación entre la distancia entre unas galaxias de otras y la velocidad a la que se alejaban entre ellas. Dicha relación se denomina desde entonces la constante de Hubble y fue la primera manifestación fehaciente de la expansión del universo que habría nacido, por lo tanto, de una gran explosión: el Big Bang.

Pero los años 80 avanzaban y los retrasos se amontonaban. A pesar de esto, el proyecto seguía barajando como fecha de lanzamiento marzo de 1986 hasta que el 28 de enero de ese año la lanzadera especial Challenger explotó poco después de despegar. Murieron todos sus tripulantes. El lanzamiento del Hubble se suspendió. Finalmente, y tras una pausa de cuatro años, en abril de 1990 el Discovery puso al Hubble en órbita. Al fin una buena noticia. Menos de un mes después, el 20 de mayo, se obtuvo su primera imagen. Según la NASA, se demostraba que éstas "eran aproximadamente un 50% más nítidas que las tomadas desde observatorios terrestres". Otra buena noticia...

...Y no hubo una tercera seguida. El 27 de junio, la NASA anunció con bochorno que el espejo primario del Hubble adolecía de una imperfección que emborronaba las imágenes que tomaba del cosmos. En concreto, la curvatura del espejo se desviaba 2 micrones, es decir, la cincuenteava parte del grosor de un cabello humano. La distancia que separaba el éxito del fracaso. La prensa se cebó con la NASA. Un medio llegó a titular: La desgracia de los mil millones de dólares.

Aun así, el 1 de octubre de 1990 se publicó el primer artículo científico a partir de una imagen del Hubble. El artículo de Tod Lauer, investigador del Observatorio Nacional de Astronomía Óptica en Tucson, Arizona, describió observaciones "en el entorno de un supuesto agujero negro en el núcleo de la galaxia NGC 7457", según recoge la página web de la NASA.

Pero había que arreglar el defecto óptico y sólo había una manera de hacerlo: montándose en una nave y subiendo hasta allí arriba. La NASA organizó la primera de las cinco misiones de reparaciones realizadas en estos 30 años, y el 3 de diciembre de 1993 la lanzadera Endeavour despegó hacia el Hubble. La misión duró once días. Un mes después, el 13 de enero de 1994, la agencia americana anunció que la nueva óptica instalada había corregido el problema. El niño tenía gafas nuevas. Se acabaron las malas notas.

 

Una imagen: la Hubble Ultra Deep Field

 

A partir de ahí los hallazgos se amontonaron. El primero de gran relevancia quizás fue el realizado el 25 de mayo de 1994, cuando el Hubble confirmó la existencia de agujeros negros supermasivos. Otro de ellos ocurrió el 15 de enero de 1996, cuando la NASA publicó la imagen del Campo Profundo del Hubble, la más profunda y detallada vista del universo hasta ese momento. La imagen contiene al menos 1.500 galaxias en varias etapas de desarrollo.

Una imagen que recuerda a ésta fue la generada por el Hubble con exposiciones tomadas entre 2002 y 2012. La NASA tituló la fotografía Hubble Ultra Deep Field. Es la preferida de Wiseman. "Se tomó apuntando a una zona donde no se recibía luz de las estrellas cercanas y así estuvo, registrando el espacio durante días y días. La imagen resultante mostró miles de puntos luminosos, cada uno de los cuales es una galaxia con miles de millones de estrellas. Miro esa imagen y me siento fascinada", confiesa. "Ahora entendemos cuán rico es el universo; el Hubble nos ha mostrado imágenes con miles de galaxias distantes y hay indicios de que hay cientos de miles de millones de galaxias. Y nos ha mostrado también que el universo ha estado activo y cambiante durante el curso del tiempo", dice Wiseman.

La astrofísica de la NASA recuerda cómo "las imágenes de esos fenómenos lejanísimos son viajes en el tiempo porque la luz de una galaxia captada por el Hubble ha tenido que recorrer el espacio hasta llegar al telescopio. Con el Hubble estamos viendo galaxias de hace miles de millones de años luz, es decir, que están mucho más cerca en el tiempo del inicio del universo que nosotros".

Wiseman dice que el Hubble se está usando "para cosas para las que ni siquiera fue soñado, como estudiar la naturaleza de galaxias muy lejanas o para investigar planetas de nuestra galaxia que giran alrededor de otras estrellas, los llamados exoplanetas, que ni siquiera se conocían cuando se lanzó el Hubble". "También hemos usado el telescopio para analizar el efecto de fenómenos muy misteriosos como la materia oscura y la energía oscura, un fenómeno misterioso relacionado con la expansión del universo cuya existencia ayudó a confirmar Hubble", explica.

Estos 30 años de observaciones y descubrimientos han sido posibles por las cinco misiones espaciales al telescopio, en las que la NASA envió a astronautas a bordo de lanzaderas hasta el Hubble para colocar nuevos instrumentos de medición o reparar equipos in situ. Las imágenes de los astronautas colgados del Hubble en medio de la oscura inmensidad del cosmos parecen sacadas del cine de ciencia ficción.

"Estas misiones han sido absolutamente decisivas para el éxito del Hubble. La primera reparó la óptica del telescopio y el resto ha servido para arreglar o reemplazar baterías, la electrónica e incluso para colocar nuevos instrumentos de medición más avanzados que los que había originalmente en el observatorio", recuerda Wiseman."La última misión fue en 2009 y fue un éxito maravilloso. El Hubble está en muy buena forma y ahora recibimos de él incluso más información y de más calidad que nunca antes en sus 30 años de vida".

 

En compañía del James Webb en esta década

 

El Hubble aún tiene cuerda para rato. "El telescopio está en un estado excelente", dice Wiseman, que calcula que si no hubiera ninguna misión más en el futuro, podría aún estar operando durante toda esta década. Esto supondrá que el Hubble observe el cosmos junto a su media naranja espacial: el telescopio James Webb que prepara la NASA y cuyo lanzamiento está previsto (si la pandemia de la covid-19 lo permite) para 2021.

El James Webb, al contrario que el Hubble, no estará en un lugar donde los astronautas puedan ir para repararlo. Será enviado a 1,5 millones de kilómetros, en uno de los llamados puntos de Lagrange. Se trata de zonas en las que debido al peso ejercido por cuerpos cercanos la gravedad se anula, de manera que todo lo que llega hasta allí, allí se queda atrapado, como sucede con las corrientes del mar cuando la basura se acumula.

"El James Webb es otro tipo de observatorio espacial y complementará al Hubble. El Webb está pensado sobre todo para captar luz infrarroja, mientras que el Hubble trabaja con la luz visible y la ultravioleta. Los dos se complementarán y, con ellos operando al mismo tiempo, podremos aprender más que nunca", se entusiasma Wiseman.

Así que se avecinan de nuevo años de descubrimientos y de hallazgos de fenómenos que puede que ni siquiera los científicos intuyan hoy. La magnitud y complejidad de lo descubierto en estos treinta años de vida del Hubble son tan inmensas que desafían el sentido común de la mente humana. Pero, cuando un astrofísico contempla las imágenes del espacio captadas por el Hubble, ¿ve orden o caos ahí fuera? "Veo un hermoso orden y mucho dinamismo", dice Wiseman, "porque la actividad que se ve, ya sea la formación de galaxias o de estrellas o la visión de los misteriosos agujeros negros, está gobernada por las leyes de la física". "La actividad del universo puede ser vista como caótica", concluye, "pero sigue sus propias leyes. Y es hermosa. Hay armonía".

Cómo criar y cómo matar la gallina de los huevos de oro

Discurso Doctorado «Honoris Causa» en la Universidad de Salamanca, 15 de mayo de 2003

«Ante todo, agradezco al claustro de doctores salmantinos, así como al señor Rector y los señores Vicerrectores, el haber aceptado la propuesta de mi querido amigo, el Profesor Miguel Ángel Quintanilla, de honrarme con un doctorado honoris causa.

La Universidad de Salamanca ha sido una de las luminarias europeas durante ocho siglos. Suele olvidarse, injustamente, sus contribuciones a la cultura universal. Baste recordar que fue aquí donde Francisco de Vitoria echó las bases del derecho internacional, instrumento indispensable para la convivencia de los pueblos. Cada vez que se lo aplica, se rinde homenaje tácito a la Universidad salmantina, y cada vez que se lo viola se atenta contra la civilización moderna.

Me propongo defender dos tesis. La primera es que la investigación científica es la gallina de los huevos de oro. La segunda es que hay maneras de criarla, y otras tantas de matarla.

[1] La investigación básica es el motor de la cultura intelectual y la madre de la técnica

La investigación básica consiste en la búsqueda de la verdad independientemente de su posible uso práctico, el que acaso jamás llegue. Es la investigación que hacen los matemáticos, físicos, químicos, biólogos, científicos sociales y humanistas. Es sabido que la investigación básica alimenta a la técnica sin ser técnica, porque la técnica diseña medios para cambiar el mundo en lugar de estudiarlo.

El distintivo de la American Association for the Advancement of Science es un par de círculos concéntricos. El círculo central es dorado y simboliza la ciencia básica, mientras que el anillo que lo rodea es azul y simboliza la técnica. La idea es que la ciencia nutre a la técnica. Esta idea podría ampliarse, inscribiendo el círculo en un cuadrado que simbolice la cultura moderna.

En efecto, nuestra cultura, a diferencia de las demás, se caracteriza por su dependencia de la investigación básica. Si ésta se detuviera, ya por falta de vocaciones, ya por falta de fondos, ora por censura ideológica, ora por decreto, nuestra civilización se estancaría, y pronto decaería hasta convertirse en barbarie. Baste recordar lo que sucedió con la ciencia básica bajo el fascismo, y con la biología, la psicología y las ciencias sociales bajo el estalinismo.

Las mejoras, los avances menudos, la elaboración de ideas básicas, pueden planearse y encargarse. Los grandes inventos, como los grandes descubrimientos, no pueden planearse ni encargarse, porque son producto del ingenio estimulado por la curiosidad.

Es posible programar una máquina, pero es imposible programar un cerebro original. Lo que sí es posible es educar un cerebro receptivo e inquieto. Esto es lo que hace todo intelectual disciplinado: va esculpiendo su propio cerebro a medida que va aprendiendo y creando.

Puesto que la espontaneidad no es programable, hay que darle oportunidades antes que órdenes: hay que fomentar la curiosidad, y con ella la creatividad científica o artística sin esperar resultados inmediatos. La exigencia de resultados inmediatos garantiza la mediocridad y el desaliento, e incluso el fracaso.

Por ejemplo, ciertos gobiernos actuales pretenden hacer la guerra al terrorismo, sin entender que es imposible hacer la guerra a células secretas, y sin entender que los terroristas, como los cruzados, no lo son de nacimiento, sino que son productos de ciertas circunstancias y de una educación fanática.

El terrorismo, tanto el de abajo como el de arriba, no terminará si no se transforman esas circunstancias y si no se hace un esfuerzo por entender la psicología y la sociología del terrorista. Tanto en política como en medicina, más vale prevenir que curar. Y cuando se trata de curar hay que buscar y emplear remedios eficaces en lugar de grasa de culebra. Y eso requiere investigación seria antes que receta ideológica. A su vez, los resultados de la investigación se hacen esperar.

Siempre hay que esperar para cosechar frutos, sean comestibles, sean conceptuales. Por ejemplo, Apolonio describió las secciones cónicas unos 200 años a.C., pero nadie las usó con provecho hasta que Galileo empleó la parábola para describir la trayectoria de las balas, y Kepler la elipse para describir las trayectorias planetarias.

Las investigaciones desinteresadas de Ampère y Faraday no rindieron frutos prácticos sino cuando Henry inventó el motor eléctrico. Las ecuaciones de Maxwell y las mediciones de Hertz sólo sirvieron para entender el electromagnetismo, hasta que Marconi las usó para inventar la radio. Thomson, el descubridor del electrón, no pudo anticipar la industria electrónica. Rutherford, el padre de la física nuclear, nunca creyó que sus trabajos darían lugar a la ingeniería nuclear ni las plantas nucleares.

Otro ejemplo: los inventores de la física cuántica no soñaron que ella serviría para diseñar ordenadores y, con ellas, un nuevo sector de la industria. Crick y Watson no previeron la emergencia de poderosas firmas biotécnicas pocas décadas después de anunciar la estructura del ADN.

La unión de la ciencia con la técnica es tan íntima, que no se pueden mantener facultades de ingeniería al día sin el concurso de departamentos de matemática, física, química, biología y psicología. Por ejemplo,el bioingeniero que se ocupa de diseñar prótesis tiene que aprender bastante anatomía y fisiología humanas, y el experto en administración de empresas tiene que aprender bastante psicología, sociología y economía.

La historia de la ciencia y de la técnica sugieren algunas moralejas de interés para quienquiera que se interese en políticas culturales. He aquí tres de ellas.

Primera: Es deseable fomentar la ciencia básica, no sólo para enriquecer la cultura, sino también para nutrir la técnica, y con ella la economía y el gobierno.

Segunda: Puesto que el conocimiento humano es un sistema, en el que toda componente interactúa con otros constituyentes, es preciso fomentar todas las ramas de la cultural intelectual, así como promover la construcción de puentes entre ellas.

Tercera: La ciencia y la técnica no avanzan automáticamente, a despecho de las políticas culturales, sino que son muy sensibles a éstas. Por este motivo, hay que averiguar cuáles son sus estímulos y sus inhibidores. Empecemos por estos últimos.

[2] Los 7 enemigos de la investigación básica

Sugiero que los principales enemigos de la ciencia básica son los siguientes.

  1. Mala enseñanza de la ciencia: autoritaria, datista, memorista, y tediosa.
  2. Educadores y administradores miopes, que ignoran que no se puede descuidar ninguna rama importante del conocimiento, porque todas estas ramas interactúan entre sí, por lo cual las especialidades estrechas son efímeras.
  3. Pragmatismo: creencia de que se puede conseguir huevos sin criar gallina. Los gobiernos norteamericanos más retrógrados recortaron los subsidios a la investigación en ciencias sociales, pero conservaron o aumentaron los subsidios a las ciencias naturales. Se estima que cerca de la mitad de los aumentos sensacionales de la productividad industrial norteamericana desde el fin de la segunda guerra mundial se deben a que los gastos en investigación básica ascienden al 3 % del producto interno bruto, o sea, varias veces lo que gasta España.
  4. Neoliberalismo y el consiguiente debilitamiento de las organizaciones estatales, en particular las universidades nacionales. El ejemplo canadiense es elocuente: el gobierno conservador de la década del 80 decretó que los científicos tendrían que buscar fondos en el sector privado. Dado que no los encontraron, el resultado neto de esta política utilitarista es que los gastos por estudiante han disminuido en un 20%, en tanto que los gastos norteamericanos han aumentado en un 30% durante el mismo período. El gobierno liberal inició una rectificación de este curso desastroso, pero obró tarde e insuficientemente. Mientras tanto, centenares de investigadores emigraron, y miles de estudiantes desistieron de estudiar ciencias.
  5. Oscurantismo tradicional: fundamentalismo religioso, ciencias ocultas, homeopatía, psicoanálisis, etc., y la censura ideológica concomitante. Por ejemplo, el gobierno actual de la India, comprometido con la religión hindú, ha promovido los estudios de astrología y de medicina védica. Otro ejemplo es la restricción a la investigación de las células totipotentes para complacer a unos teólogos retrógrados.
  6. Oscurantismo posmoderno: “pensamiento débil”, retorismo, deconstruccionismo, existencialismo, y la filosofía femenina que considera la ciencia, y en general la racionalidad y la objetividad, como “falocéntricas”.
  7. Constructivismo-relativismo en filosofía, sociología e historia de la ciencia, doctrina que niega la posibilidad de hallar verdades objetivas e imagina trampas políticas tras los teoremas más inocentes, con lo cual desanima la búsqueda de la verdad, lo que a su vez empobrece la cultura.

Dejemos ahora estas reflexiones y admoniciones pesimistas, y veamos qué puede hacerse para promover la búsqueda de la verdad por la verdad.

[3] Qué hacer para promover la investigación básica

Propongo que una manera de promover el avance del conocimiento básico es adoptar, elaborar y poner en práctica las medidas siguientes:

  1. Enseñar más ciencia, y enseñarla mejor, en todos los niveles, así como montar museos y espectáculos científicos.
  2. Aumentar los subsidios a la investigación básica, particularmente en los sectores más descuidados.
  3. Ofrecer becas a estudiantes interesados en ramas descuidadas o emergentes de la ciencia básica, tales como matemática, física de líquidos, química teórica, neurociencia cognitiva, socio-economía, sociología política, economía del desarrollo, investigación operativa, sociolingüística, y filosofía exacta.
  4. Reforzar la participación de investigadores en el diseño de políticas culturales y planes de enseñanza.
  5. Aliviar a los investigadores de tareas administrativas.
  6. Denunciar las imposturas intelectuales, tales como el “creacionismo científico”, las medicinas alternativas, y fomentar en cambio el pensamiento crítico, el debate racional y la divulgación científica.
  7. Resistir el movimiento de privatización de las universidades. Las funciones específicas de la Universidad son producir y difundir conocimiento, no dinero; por consiguiente, la Universidad debe seguir siendo dirigida por académicos, no por empresarios ni por comisarios, así como las empresas deben seguir siendo dirigidas por empresarios, no por investigadores ni por comisarios.

Termino. De todos los sistemas que constituyen una sociedad, el cultural es el más vulnerable a los choques económicos y políticos. Por esto es el que hay que manejar con mayor cuidado y alimentar con mayor dedicación, sin esperar otros rendimientos inmediatos que su propio enriquecimiento

Dada la centralidad de la ciencia en la cultura y la economía modernas, es aconsejable adoptar la política del gobierno surcoreano. Cuando la economía surcoreana entró en crisis, hace pocos años, en lugar de recortar los subsidios a la investigación básica, el gobierno resolvió incrementarlos hasta alcanzar el 5% del PIB. El resultado está a la vista: la producción científica surcoreana sobrepasa hoy a la india, pese a que la ciencia india empezó un siglo antes que la coreana.

No es que el dinero genere ciencia, sino que sin él, la ciencia languidece. Quien quiera comer huevos, que alimente a su gallina. Y quien quiera preservar una buena tradición deberá enriquecerla, porque la permanencia sólo se consigue a fuerza de cambios».

Mario Augusto Bunge (Florida Oeste, Provincia de Buenos Aires, 21 de septiembre de 1919-Montreal, 24 de febrero de 2020) fue un filósofo, físico y epistemólogo argentino. Bunge se declaró como un filósofo realista, cientificista, materialista y sistemista; además de defensor del realismo científico y de la filosofía exacta (…) Expresó públicamente su postura contraria a las pseudociencias, entre las que incluyó al psicoanálisis, la praxeología, la homeopatía, la microeconomía neoclásica (u ortodoxa), entre otras. En términos económicos y políticos, Bunge proponía una defensa del «socialismo como cooperativismo»,  diferenciándolo de y haciendo fuertes críticas al socialismo de tipo soviético y al populismo. Ejerció docencia en filosofía en Argentina, Uruguay, México, EE.UU., Alemania, Dinamarca, Suiza y Australia. Ocupó también la Cátedra Frothingham de Lógica y Metafísica en la Universidad McGill, de Montreal, Canadá.

 

Por Mario Bunge | 28/02/2020 

El Orbitador Solar, al despegar de Cabo Cañaveral el domingo, transportado por un Atlas V.Foto Ap

Operará junto con Parker, de la NASA, para dilucidar los misterios del astro

 

Cabo Cañaveral., La nave Orbitador Solar, diseñada por Europa y la NASA, salió el domingo para emprender una misión sin precedente y tomar las primeras imágenes de los polos del astro.

La sonda de la Agencia Espacial Europea (AEE) despegó sin problemas, a bordo de un cohete Atlas V-411. Siguieron unos minutos de incertidumbre en el Centro Europeo de Operaciones Espaciales (ESOC, por sus siglas en inglés), desde donde se controla el satélite. Más de una hora después del lanzamiento llegó el alivio: la sonda estaba enviando señales, por tanto, los módulos solares y la fuente de alimentación de energía estaban funcionando.

El director del ESOC, Ralf Densing, lo calificó como un "lanzamiento perfecto".

“Estamos camino del Sol. ¡Adelante, Orbitador Solar!”, expresó César García Marirrodriga, director de programa de la AEE. "Es un momento fantástico..."

La nave, de mil 500 millones de dólares, se sumará a la sonda Parker, de la NASA, lanzada hace año y medio, al acercarse al Sol para desvelar sus secretos.

Aunque el Orbitador Solar no se acercará tanto como para penetrar en la corona del astro, una atmósfera exterior, maniobrará hasta una órbita que la llevará sobre los dos polos, que nunca han sido fotografiados. Junto con las observaciones desde la Tierra, las dos naves funcionarán como una orquesta, indicó Gunther Hasinger, director científico de la AEE.

"Cada instrumento toca algo diferente, pero juntas interpretan la sinfonía del Sol", sostuvo Hasinger.

Orbitador Solar se fabricó en Europa, al igual que nueve de sus instrumentos científicos. La NASA proporcionó el décimo y organizó el lanzamiento desde Cabo Cañaveral.

Casi mil científicos

Casi mil científicos e ingenieros de toda Europa se reunieron con sus colegas estadunidenses para ver bajo la Luna llena cómo el cohete Atlas V despegaba iluminando el cielo en kilómetros a la redonda. También había gente reunida en carreteras y playas cercanas para observar el lanzamiento.

La sonda, de mil 800 kilos, pasará junto a Venus en diciembre y de nuevo el año que viene antes de pasar cerca de la Tierra y aprovechar su gravedad para modificar su ruta. Las operaciones científicas funcionarán a pleno rendimiento a finales de 2021, con el primer encuentro solar cercano en 2022 y más cada seis meses a partir de entonces.

La nave podría ofrecer por fin una vista completa tridimensional del Sol, a 150 millones de kilómetros de la Tierra.

“Con el Orbitador Solar mirando directamente a los polos, podremos ver estas enormes estructuras de agujeros coronales”, explicó Nicola Fox, director de la división de heliofísica de la NASA. "De ahí proceden todos los rápidos vientos solares (...) es de verdad una visión completamente diferente".

Las observaciones de la Orbitador Solar darán información sobre otras estrellas, así como pistas de la posible habitabilidad de mundos en otros sistemas solares.

Además, ayudarán a los expertos a predecir mejor el tiempo espacial, que puede afectar a las comunicaciones en la Tierra.

"Estamos muy aliviados. Todos los sistemas están funcionando", afirmó Paolo Ferri, jefe de operaciones de la misión de AEE y director adjunto del centro ESOC.

Explicó que con el despliegue de los módulos solares se había superado la fase crítica. "Si algo sale mal ahora, tenemos tiempo para corregirlo", añadió.

A finales de 2021, en su órbita final

La sonda alcanzará su órbita final hacia finales del próximo año.

Uno de los instrumentos científicos a bordo de la nave es el doble telescopio PHI (Polarimetric and Helioseismic Imager), que cuesta alrededor de 100 millones de euros y cuyas imágenes permitirán sacar conclusiones sobre el campo magnético de la superficie solar. Según el Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar en Göttingen, este campo magnético impulsa todo lo demás: erupciones, corona solar, vientos solares. Las tormentas geomagnéticas o solares pueden desactivar satélites, interrumpir el suministro de energía, la navegación satelital GPS y la señal de teléfonos móviles.

El satélite tiene un largo viaje por delante. Se espera que se acerque al Sol a una distancia de hasta 42 millones de kilómetros. Según la AEE, allí su intensidad es 13 veces mayor que en la Tierra. Para protegerse de temperaturas de varios cientos de grados, la sonda tiene un escudo térmico de titanio. En la superficie del Sol hay temperaturas de alrededor de 5 mil 500 grados, en su interior éstas llegan a los 15 o 16 millones de grados. En su trayectoria, la mayor distancia entre la sonda y la Tierra será de 300 millones de kilómetros. Una señal de radio tardará 16.5 minutos en alcanzar nuestro planeta. "Los equipos (de investigadores) todavía tienen que trabajar duro. Los instrumentos a bordo todavía tienen que ser ajustados", acotó Ferri.

"Ha sido un largo viaje para llegar hasta aquí" y transcurrieron entre 15 y 20 años desde la idea inicial hasta la implementación, agregó.

Ferri precisó que la fase de desarrollo del proyecto comenzó hace ocho años. "Estimamos que, si todo funciona bien, la misión llevará 10 años", concluyó.

Los grandes misterios que la misión ambiciona dilucidar son en torno a la heliosfera, que aunque protege de los rayos cósmicos, representa una amenaza, pues está impregnada de un flujo permanente de partículas solares potencialmente peligrosas.

Uno de los principales objetivos es comprender cómo el Sol controla la heliosfera y relacionarlo con lo que se detecta en la Tierra, lo que se denomina la meteorología espacial, disciplina reciente que todavía debe concretarse.

La sonda permitirá observar las regiones donde nacen directamente los vientos solares: las imágenes permitirán visualizar las erupciones del astro.

Asimismo, se intenta conocer la variabilidad de los vientos, unas veces lentos, otras rápidos, que cuando soplan fuerte, comprimen la magnetósfera.

ALMA está compuesto por 66 antenas de alta precisión ubicadas en el llano de Chajnantor, a 5.000 metros de altitud en el norte de Chile. ALMA

Los astrónomos inician una nueva era de descubrimientos en Chile gracias a una nueva configuración de las antenas situadas a kilómetros de distancia entre sí

Los astrónomos han comenzado a usar, por primera vez, la mayor separación posible entre las 66 antenas del radio telescopio ALMA, ubicado en el árido desierto de Atacama, en el norte de Chile, manteniéndolas a una distancia de 15 kilómetros entre sí. ¿El resultado? La mayor nitidez alcanzable con este observatorio capaz de investigar el universo frío, aquel que, a diferencia de estrellas y galaxias, no podemos ver con los telescopios convencionales.

Científicos del Instituto de Astrofísica de la Pontificia Universidad Católica (IA-PUC) y del Centro de Astrofísica y Tecnologías Afines (CATA), en Chile, han logrado con la nueva configuración obtener la imagen más nítida del gas frío ubicado la región central de un choque de galaxias, un gas que alimenta simultáneamente a dos monstruosos agujeros negros supermasivos a 360 millones años luz de nuestro planeta.

Se trata de dos galaxias –algunos expertos hablan de que serían tres- que se encuentran en proceso de colisión en la constelación de Ofiuco, dando origen a una nueva galaxia conocida como NGC 6240. Este proceso es un adelanto de lo que ocurrirá en nuestra propia Vía Láctea cuando se fusione con la vecina Andrómeda, en unos 5.000 millones de años de distancia. De ahí el interés por pasa en este sistema, donde el comportamiento de los agujeros negros es diferente al que había sido predicho desde hace un par de décadas, cuando se comenzó a observar esta formación.

Visión poderosa

Una técnica conocida como “interferometría”, similar a la que se utilizó para obtener la primera imagen del evento de horizonte de un agujero negro en 2019, es la que está permitiendo realizar todos estos hallazgos. La diferencia es que, en el caso del primer agujero negro fotografiado, se utilizaron observatorios en diversos lugares del mundo, con una separación no de decenas, sino de miles de kilómetros.

Ezequiel Treister, astrónomo IA-PUC que lideró la investigación, lo explica: “Sabíamos que utilizar esta técnica abriría la puerta a un universo de nuevos descubrimientos en astronomía. Cuando se combina la luz de más de un receptor, como es el caso de ALMA con 66 antenas, mayor separación entre ellos equivale a mayor nitidez”.

Para tener una idea, podemos comparar esta configuración de antenas con la apertura del espejo en un telescopio convencional como el Hubble. En estos telescopios ópticos, la apertura del espejo, o su diámetro, es la que define el detalle de las imágenes que se obtienen: cuanto más grande sea la apertura, mayor detalle. “La configuración en ALMA tenía antenas con una distancia máxima de 15 kilómetros. Eso permite obtener un detalle de imagen igual al que se conseguiría si tuviéramos un telescopio entero de 15 kilómetros de tamaño/apertura”, explica Hugo Messias, astrónomo de ALMA que participó de la investigación.

Ezequiel Treister cuenta que el trabajo comenzó en 2015, después de una reunión de astrónomos en el Instituto Tecnológico de California, Caltech, donde junto a otros colegas comenzaron a planear propuestas para ALMA. “Las observaciones recién se pudieron realizar en septiembre de 2017. No era fácil hacer coincidir la configuración correcta de las antenas con las condiciones climáticas adecuadas. Y después vino el análisis de los datos. Fueron dos años de intenso trabajo, codo con codo con expertos colaboradores de todas partes del mundo”, relata el astrónomo.

A comienzos del pasado enero, desde las remotas islas de Hawái, donde se desarrollaba la reunión número 235 de la sociedad astronómica estadounidense, se dieron a conocer los resultados de esta investigación, que arroja luces sobre el destino que correrá nuestra propia galaxia.

Turbulenta colisión

Un misterio que se pudo resolver fue el que existía en torno al tamaño de los agujeros negros. “Se pensaba que eran demasiado masivos en proporción a sus galaxias, ya que, al medir sus masas, era imposible separarlos de otro material en la región central, como gas y estrellas”, explica Treister. La investigación pudo medir directamente las masas de los agujeros, concluyendo que corresponden a entre 500 y 1.000 millones de veces la del Sol, unas 100 veces más grande que el que encontramos en el centro de la Vía Láctea, pero proporcionales a lo que se espera para el tamaño de sus galaxias.

También se pudo entender la configuración del gas que se ubica entre los dos agujeros negros: forman una especie de filamento de gas molecular que los une a una distancia similar a la de la Tierra con Próxima Centauri, (la estrella más cercana a nuestro planeta ubicada a cuatro años luz). “Lo que descubrimos sin duda nos sorprendió. En vez del disco rotante predicho hace 20 años, ahora veíamos claramente un filamento de gas uniendo los dos agujeros negros. Esta estructura parece estar estática, pero no lo está”, agrega Franz Bauer, astrónomo del Instituto de Astrofísica de la Universidad Católica que también participó de la investigación.

Estos revolucionarios datos nos indican que la mayor parte del gas detectado se localiza en la región entre los dos agujeros negros y que hay tal cantidad que equivaldría a 10.000 millones de masas solares o unas 15 veces más que todo el gas que encontramos en la Vía Láctea. Parte de este gas es expulsado por intensos vientos a velocidades de alrededor de 500 kilómetros por segundo o más. “Pensamos que, eventualmente, gran parte del gas será expulsado de la región central de la galaxia, mientras que una fracción relativamente pequeña caerá al interior del agujero negro, alimentándolo”, dice Franz Bauer.

A futuro, el potencial de esta técnica de observación es enorme. Una buena parte de las regiones del espacio que no hemos podido ver hasta ahora se hallan “ocultas”, debido al polvo existente en las regiones centrales de las galaxias: este absorbe la luz óptica, lo que explica por qué al observar hacia el centro de la galaxia se aprecia mayormente oscuridad. Una auténtica pared de polvo que hemos aprendido a atravesar y que comienza, de a poco, develar todos sus secretos.

Por Ricardo Acevedo

Santiago de Chile 27 ENE 2020 - 18:44 COT

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