El hambre lanza a centenares de chilenos a las calles para protestar

Caos en las alcaldías; el gobierno central no aclara ni cómo ni cuándo se distribuirán los comestible

 

Santiago. El hambre y la desesperación lanzaron ayer a centenares de vecinos de municipios pobres de Santiago y ciudades como Valparaíso, a protestar en las calles levantando barricadas, prendiendo fogatas y enfrentándose a carabineros que los reprimieron con cañones de agua y gas lacrimógeno, además de realizar varias detenciones.

Apenas la noche del domingo el presidente Sebastián Piñera había prometido distribuir 2.5 millones de cajas con alimentos en sectores vulnerables y de clase media, pero no dijo ni cómo ni cuándo se haría la repartición. Ayer, mientras ocurrían los enfrentamientos, salió apresuradamente a precisar que las provisiones llegarán a 70 por ciento de los hogares, directamente a las casas, y que eso ocurrirá esta semana o a principios de la próxima, pidiendo "tranquilidad y compresión".

La promesa de comida hizo que centenares de personas se volcaran ayer a las municipalidades para obtenerla, pero los alcaldes no pudieron ofrecer respuesta porque el anuncio presidencial los tomó por sorpresa y no tenían información oficial. Ellos han reclamado durante semanas mayor respaldo desde el gobierno, tanto financiero como en mercancías, porque han agotado sus recursos en apoyo a sus comunidades.

La desesperación por conseguir alimentos hizo que se multiplicaran los llamados a protestar durante la noche del lunes, con un cacerolazo masivo justo al cumplirse siete meses del estallido social de octubre. Apenas oscurecía, en Villa Francia, al oeste de Santiago, se reportaba la quema de un autobús.

Las 32 comunas (alcaldías) del Gran Santiago, y seis aledañas, están desde el pasado viernes en una cuarentena que confina a más de 8 millones de personas, de las cuales unos 3 millones viven al día y si no salen a trabajar no pueden subsistir.

Sady Melo, alcalde de El Bosque, al sur de Santiago, con 162 mil habitantes de bajos ingresos, centenares de los cuales protestaron ayer, dijo que "la crisis sanitaria tiene el rostro de la pobreza en nuestras comunas, está despertando la crisis social como consecuencia del problema de salud", por lo cual insistió en "pedir al gobierno que las ofertas que haga, las cumpla. Se nos dijo que nos entregarían cien millones de dólares de libre disposición para alimentos o productos sanitarios, pero esos recursos aún no llegan".

Insistió en que "nos habría gustado que Piñera nos hubiera preguntado cómo cooperar en la entrega de esas cajas con comida", e insistió en que "somos nosotros los que estamos en la primera línea, enfrentando en el día a día a nuestras vecinas y vecinos".

Entrevistado para una televisora, un vecino reclamó airado que "el Estado sólo está ayudando a los empresarios y a los bancos, pero aquí es la población la que sufre hambre", mientras otro dijo que "están cobrando la luz, el agua, hay que comprar el gas, mucha gente paga renta y con qué, si nadie puede trabajar. El problema no es la cuarentena, es la ausencia de un Estado que no se preocupa por su pueblo".

El aislamiento social en Santiago se impuso luego de que la plaga se extendió desde los barrios ricos hacia las barriadas populares. Al respecto, Gonzalo Durán, alcalde de Independencia, al norte de Santiago, con 101 mil habitantes, se quejó de que "las cifras que entrega el Ministerio de Salud esconden una realidad que enfrentamos en el territorio, aquella que muestra cómo el efecto de la pandemia está azotando con mayor fuerza a las comunas con mayor población vulnerable y que ello implica que hay más contagios y mayor letalidad, ahí donde se ha segregado a los más vulnerables".

Al respecto, Durán dijo que en el municipio a su cargo la tasa de pruebas que han dado positivo al Covid-19 supera 80 por ciento, y la de letalidad está lejos de estabilizarse, con cifras que rebasan el doble de las de los barrios ricos.

Cristián Fuentes, académico de la Universidad Central, lamentó "este nuevo error del gobierno, que hace anuncios sin establecer fecha ni dar mayores detalles, después habla de este fin de semana o la próxima, no se sabe a quién le van a comprar los alimentos ni cómo se distribuirán. Todo mal."

A las 21 horas de ayer (hora local) comenzó en Santiago y en otras ciudades del país un cacerolazo convocado tanto en conmemoración de los siete meses del alzamiento social iniciado el año pasado, como en protesta contra el gobierno por el manejo errático de la crisis sanitaria. Se reportaban también bloqueos de calles, barricadas y enfrentamientos con carabineros en lugares como Villa Francia, población La Pincoya, y en las comunas de Peñalolén, La Granja y Estación Central.

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En el hospital de campo Gilberto Novaes, en Manaos, Brasil, los pacientes con Covid-19 son tratados dentro de un sistema de ventilación no invasivo llamado Cápsula de Vanessa. Brasil, con un total de 254 mil 220 casos, se convirtió en el tercer país del mundo con mayor número de contagios.Foto Ap

Francia y Alemania propusieron ayer un plan de reactivación de 500 mil millones de euros para hacer frente al impacto económico del Covid-19, que está sumiendo al continente en una recesión histórica y causó más de 317 mil muertos en todo el mundo.

El mundo espera con ansia una cura que ponga freno a la epidemia, y el presidente chino, Xi Jinping, prometió que si China la encuentra, ésta será un "bien público mundial".

Tras semanas de polémica sobre un asunto que enfrentaba a los países del norte y del sur de Europa y que amenazaba con fracturar la cohesión de la Unión Europea (UE), el presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, abrieron la vía a una mutualización de la deuda en el seno del club.

Los dos mandatarios propusieron que la Comisión Europea financie y apoye la reactivación económica recurriendo a los mercados de deuda "en nombre de la UE" y que luego entregue ese dinero a los países europeos y a "los sectores y regiones más afectados".

Los mercados europeos reaccionaron positivamente a esos anuncios, con fuertes alzas (5.6 por ciento en Fráncfort, 5.1 en París, 4.7 en Madrid, 4.29 en Londres y 3.26 en Milán). Falta que París y Berlín convenzan al conjunto de los estados miembros de la UE. Austria ya advirtió que las ayudas de la UE se realicen en forma de préstamos y no de subvenciones.

En Ginebra, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres, señaló en la asamblea anual de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que reunió a 194 países por videoconferencia, que el mundo está pagando un "alto precio" por las estrategias divergentes emprendidas contra la pandemia.

"Como consecuencia de ello, el virus se ha propagado por todo el mundo y se dirige ahora hacia los países del sur, donde podría causar efectos todavía más devastadores", agregó. Es necesario un "esfuerzo multilateral enorme" frente a esta "tragedia".

Eventual vacuna china sería bien público mundial

El presidente chino, Xi Jinping, aseguró que una posible vacuna china se convertiría en un "bien público mundial" y prometió que su país destinaría 2 mil millones de dólares en un plazo de dos años para la lucha mundial contra el Covid-19.

Pese a la escalada de tensiones entre Washington y Pekín, los participantes esperaban adoptar por consenso una resolución propuesta por la UE para pedir un "proceso de evaluación" de las medidas tomadas por la organización frente la pandemia.

Para el secretario estadunidense de Salud, Alex Azar, la OMS "fracasó en obtener las informaciones que necesitaba el mundo y su derrota ha costado muchas vidas". Más tarde, el presidente Donald Trump fue más allá y acusó a la organización de ser "una marioneta de China".

En un contexto tan tenso, el director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, prometió que promoverá una investigación "independiente" sobre la respuesta que la agencia de la ONU y sus estados miembros dieron a la pandemia, "lo más pronto posible, en el momento apropiado".

Hasta este lunes, la pandemia ha dejado 317 mil 695 muertos, 4 millones 782 mil 539 contagiados y un millón 776 mil 388 pacientes recuperados en el mundo, de acuerdo con la Universidad Johns Hopkins.

La basílica de San Pedro de Roma reabrió sus puertas al público, símbolo de un retorno a una relativa normalidad en Italia donde el desconfinamiento entra en la "fase dos", con la reapertura de los comercios, los cafés y las terrazas y la reanudación de las misas.

Otro monumento emblemático del viejo continente también comenzó a recibir visitantes: la Acrópolis de Atenas reabrió en una ceremonia encabezada por la presidenta, Katerina Sakellaropoulou, en presencia de algunos periodistas y empleados con mascarillas.

"Nunca vimos tan poca gente en la Acrópolis. Es como si tuviésemos una visita privada", declaró una ciudadana rusa, quien vive en Atenas desde hace cinco años.

Cientos de personas, entre ellas líderes del parido de ultraderecha Vox, protestaron al grito de "libertad" en varias partes de Madrid para exigir que se quiten las restricciones de movilidad en la capital y que dimita el gobierno del socialista Pedro Sánchez, informó el diario español El País.

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Martes, 19 Mayo 2020 06:30

El capital en su laberinto

El capital en su laberinto

 Nunca le hagas cosquillas a un dragón dormido. (Emblema de la Escuela de Hogwarts)

 

Todo era previsible con la Covid-19. Ocurrió como en cualquiera de las grandes pestes que asolaron a la humanidad, muchas de oriente a occidente también. Entre tantas cosas –cuarentenas, muertes, consternación-, hasta la incertidumbre era predecible, por más que parezca un contrasentido. Es difícil saber hacia dónde vamos. La crisis de sistemas sanitarios alimenta dudas sobre la hora final y el alcance real de la pandemia. Los estragos en la economía, evidentes pero con curso indeterminado, agravan la ansiedad.

El destino de cada nación está sujeto como nunca al rumbo sanitario y económico global. Y las previsiones de la economía mundial inquietan tanto como la caldera social de calles y aeropuertos vacíos, millones de desempleados y el apiñamiento humano ante tiendas, hospitales y cementerios.

Los gobiernos de no pocos países intentan reiniciar actividades económicas sin haber acorralado aún a este coronavirus. En gesto de desesperación, le han dado un giro a las políticas de confinamiento social. Se debaten entre pérdidas de vidas y pérdidas económicas. Y corren el riesgo de precipitarse en ambos sentidos. Un repunte de la epidemia sería costoso en términos financieros también.

Nada nuevo. El azote económico es una carta habitual de las plagas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé en 2020 contracciones récords del PIB en las economías líderes: zona euro (-7,5 por ciento), Estados Unidos (-5,9 por ciento) y Japón (-5,2 por ciento). Cinco de las principales economías europeas (Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España) caerían entre un 6 y un 9 por ciento. El PIB de China apenas crecería un 1,2 por ciento. Con tal lastre, la economía global perdería un 3 por ciento.

Otros expertos pronostican desplomes mayores por la contracción simultánea de producción y consumo, de oferta y demanda. El economista Paul Krugman calcula que en EEUU “el PIB puede llegar a caer, aunque de forma temporal, entre un 20 y un 30 por ciento”. Este estudioso de recesiones de la historia, Premio Nobel de Economía, cavila que “posiblemente esta crisis será entre tres y cinco veces peor que la crisis financiera de 2008” . La mayoría de los expertos equipara la actual contracción con la Gran Depresión de los años 30.

Y eran previsibles las respuestas. Las grandes economías capitalistas volvieron a una fórmula aplicada en EEUU y la zona euro durante la crisis que comenzó en 2008: imprimir billetes sin miramientos. Ante las primeras señales de recesión con signos de Covid-19, los bancos centrales de las principales economías abrieron las compuertas de dólares, euros, yenes y libras esterlinas.

Mediante las llamadas inyecciones masivas de liquidez, la Reserva Federal planea agregar 2,3 billones de dólares a la economía estadounidense. El Banco Central Europeo (BCE), tradicionalmente mucho más cauteloso, no demoró esta vez para aprobar la inyección de 1,1 billones de euros. Esos montos equivalen a alrededor del 10 por ciento del PIB de EEUU y de la eurozona, respectivamente.
De manera casi simultánea, las autoridades monetarias de otros países, incluidas las economías con divisas de referencia -Reino Unido, Canadá, Japón y Suiza-, aplicaron una pauta similar.

Los bancos centrales no encuentran otra salida ante la contracción generalizada de ventas e ingresos, la ruptura de cadenas globales de valor y la paralización casi total de grandes empresas, como las aerolíneas. Se persignan por el peligro inflacionario latente en el aumento desproporcionado de la masa monetaria, pero confían porque después del 2008 la inflación nunca estalló, ni siquiera amenazó a pesar de que la Reserva Federal inyectó 3,8 billones de dólares entre ese año y 2014 mediante la denominada “flexibilización cuantitativa”. En la rancia Europa los indicadores de inflación se mantuvieron más bien deprimidos a pesar de aplicar igual recurso monetario. Es previsible que en esta oportunidad se arriesguen a inyectar montos de dinero mayores en sus economías.

Con esa droga monetaria, los impresores de dinero prometen socorrer a empresas, gobiernos y consumidores. Pero si la partitura es la misma que interpretaron después de 2008, los verdaderos beneficiados serán los grandes bancos y empresas que integran el gran capital, mientras el resto de la sociedad permanece narcotizado.

 

Neoliberales en confinamiento temporal

 

La mayoría de los gobiernos han adoptado planes para socorrer a empresas, autoridades territoriales, hospitales, desempleados y familias. Unos les llaman eufemísticamente programas de estímulo económico, pero en casi todos los casos se trata de planes de emergencia o sobrevivencia. El límite de los montos depende del nivel de endeudamiento que tenían cuando el Sars-Cov-2 entró en escena, pero las economías dominantes en la red financiera global no conocen de frenos.

En EEUU este programa fiscal llegó a casi 3 billones de dólares en abril, cuatro veces el paquete aprobado tras la recesión de 2008. Los gobiernos europeos también han movilizado volúmenes inéditos de dinero en planes de emergencia. Pero los expertos prevén que la crisis económica y sanitaria se tragaría el socorro fiscal en pocos meses. El protagonismo mayor quedará entonces para los bancos centrales y sus políticas monetarias ultraexpansivas, como después de 2008. O para programas de gasto fiscal más agresivos, acorde con el manual que popularizó John M. Keynes en la Gran Depresión de los años 30.

Después de ser desplazados por la tendencia neoliberal durante casi medio siglo, los economistas de la escuela keynesiana han encontrado una oportunidad de oro con la crisis de la Covid-19 . Krugman, uno de los más conocidos, aboga incluso por duplicar el monto previsto en el programa de emergencia fiscal de EEUU frente a la pandemia. Piden compensar la caída del gasto privado con un aumento del gasto gubernamental, dirigido a inversiones en infraestructura, proyectos de investigación y desarrollo (I+D) y programas de asistencia social. Es el recurso para levantar economía y empleo en medio de la crisis.

Krugman admite, sin embargo, que se convertiría en una “gran bomba de tiempo fiscal”, al gravitar sobre una economía con alto endeudamiento y un peligroso déficit presupuestario ya. La deuda pública de EEUU trepó a poco más del 100 por ciento del PIB en 2019 y puede llegar al 131 por ciento este año, según el FMI.

A pesar de que esta fórmula traslada las amenazas para el futuro, los economistas de casi todas las escuelas postulan la intervención protagónica del Estado ante la actual crisis. El francés Pierre-Olivier Gourinchas habla de medidas o “candados de seguridad” disponibles por los gobiernos para aplanar la curva de la pandemia primero, limitar los daños económicos y levantar luego la economía de manera gradual. Este estudioso delinea una inteligente relación entre solución de la pandemia y recuperación económica, en que el apuntalamiento del sistema de salud, la protección de los desempleados y el sostén de la actividad crediticia serían prioridades para el fisco.

El británico Michael Roberts acepta esa idea, aunque advierte que fuera de las economías del G-7 quedan pocas posibilidades de maniobra a países con elevado endeudamiento y alto déficit fiscal. Como buen marxista, Roberts tuerce el timón más a fondo que los keynesianos: “Esta depresión solo puede revertirse con medidas similares a las de la guerra, a saber, la inversión masiva del gobierno, la propiedad pública de los sectores estratégicos y la dirección estatal de los sectores productivos de la economía”.

Hasta los neoliberales aprueban esta vez la intervención de los gobiernos para apagar un incendio sanitario, económico y social ante el cual el mercado se mostró incompetente.

¿Una derrota del pensamiento neoliberal? Sería ingenuo creerlo. Si hablamos en términos militares, se trata apenas de un repliegue táctico, similar al adoptado en 2008. Aquella vez, ante la incapacidad del mercado para enfrentar los riesgos que amenazaban con congelar a la economía mundial, el recurso fue “obligar a los Estados a asumirlos”, razonó el filósofo John Gray.

 Asustados por la quiebra de uno de los bancos aparentemente imbatibles de la época, el Lehman Brothers, las economías neoliberales tocaron a la puerta de los estados, y postularon las peligrosas inyecciones de liquidez con el fin explícito de salvar de la ruina a otros bancos y empresas de gran porte.

El beneficio mayor de los billones de dólares y euros que la Reserva Federal y el BCE inyectaron a partir del 2008 quedó en las cajas fuertes de Goldman Sachs, Bank of America, Citigroup y otros grandes bancos y empresas financieras. A las inversiones productivas, a la economía real, llegó muy poco. Tras provocar la crisis financiera con el festín de las hipotecas subprime o hipotecas basura, el gran capital global tomó los préstamos casi regalados de los bancos centrales para limpiar sus balances contables y hacer nuevos negocios, pero sin salir de su paraíso bursátil.

La recompra de acciones y el juego sucio de los llamados derivados financieros se generalizó en las bolsas de valores después de 2008, como un hueco negro que absorbía el dinero que imprimían los bancos centrales. Las grandes empresas financieras y no financieras emiten nuevas acciones para recomprarlas y elevar artificialmente su valor, fieles a la sacrosanta lógica capitalista: ganar más, con el menor gasto posible, en el menor tiempo posible. En mercados cada vez más desregulados por la pauta neoliberal, la especulación financiera resulta más tentadora que las inversiones a mediano y largo plazo en producciones o en el desarrollo de tecnologías.

Empresas mundialmente conocidas por su liderazgo tecnológico amasan sus ganancias más jugosas a cuenta de la llamada financiarización: recompra de acciones, de títulos de deuda y derivados financieros. Alphabet (dueña de Google), Facebook, Amazon, Hewlett Packard, IBM, Motorola, Xenox y Symantec (NortonLifeLock ahora) invierten más en la especulación financiera que en el desarrollo tecnológico. Microsoft se enganchó en 2019 con una recompra de acciones por valor de 40.000 millones de dólares. Entre dos tercios y tres cuartas partes de los activos de Apple, Oracle y Ebay son créditos a otras empresas: piden préstamos a la gran banca para ofrecer a su vez préstamos con tasas de interés más altas a otras compañías de mayor riesgo. General Electric, General Motors, Ford y Pfizer también se sumergen en laberintos financieros cada vez más retorcidos, para mantener las ganancias que se les escapan en los mercados de la economía real.

“En el mundo imaginario del sistema capitalista enseñado en los manuales de economía –concluía Eric Toussaint ante tales evidencias-, las empresas emiten acciones en Bolsa para recaudar capital a fin de invertirlo en la producción. En el mundo real, las empresas capitalistas piden prestado capital en los mercados financieros o a los bancos centrales para recomprar sus acciones en Bolsa a fin de aumentar la riqueza de sus accionistas y dar la impresión de que la salud de la empresa es excelente”.

El analista Brian Reynolds estima que desde 2009 la recompra de acciones ha sido la "única fuente neta de dinero que entra en el mercado de valores". Otro economista estadounidense, William Lazonick, calcula que estas recompras equivalen al 52 por ciento de todas las ganancias corporativas, con dividendos en acciones que representaron otros 3,3 billones de dólares en 2016 y 2017, monto muy cercano, por cierto, a los 3,8 billones que la Reserva Federal inyectó entre 2008 y 2014 en samaritano socorro de Wall Street.

¿Renunciarán estas empresas a ese pastel ahora? ¿Quién garantiza que no se repita la historia cuando se diluyan los nubarrones de la Covid-19? ¿O se estará repitiendo ya, en plena tormenta, mientras la población global delira tras una vacuna que ponga fin a la catástrofe sanitaria?

 

Bomba de tiempo: la deuda global


El juego sórdido de las bolsas tiene el atractivo del bajo riesgo para los mayores especuladores. Cuando los enredos de un gran banco o empresa no financiera se van de rosca y llegan a un punto de quiebra y crisis como la de 2008, cuentan con la protección de un banco central dispuesto a inyectar, prestar, imprimir, inventar dinero, bajo el criterio de que la quiebra de un gigante pondría en riesgo al resto de la economía. “Too big to fail” (demasiado grande para dejarlo fracasar) es la filosofía pública de la Reserva Federal y del BCE.

La especulación, por tanto, no tiene frenos ni miedos. Las respuestas de las autoridades monetarias tampoco. En forma de títulos de deuda soberana y otros activos, los mayores bancos centrales del mundo imprimen dinero con fervor que deja como niños de teta a los asaltantes de la popular serie española Casa de Papel.

Entre 2008 y 2014, la Reserva Federal triplicó la base monetaria en EEUU y llevó las tasas de interés casi a cero. Pero el efecto sobre la economía real fue pobre. En la zona euro y en EEUU, las políticas monetarias cayeron en esos años en un saco roto que Keynes definió como trampa de liquidez en la década del 30: ni las inyecciones masivas de dinero ni las tasas de interés reducidas a mínimos consiguieron reanimar la actividad crediticia ni la economía empresarial. Los analistas más agudos observan que el alza de las bolsas en esos años tuvo expresión mínima en la industria y el comercio de EEUU y la eurozona. China también dio señales de desaceleración.

Ante evidentes síntomas de agotamiento de la economía –visibles antes de la pandemia-, la Reserva Federal tuvo que acudir a fines del 2019 a otra inyección de liquidez, justo cuando se suponía que debía maniobrar para retirar del mercado las anteriores. Ni los bancos prestaban, ni las empresas invertían. Optaban por conservar el dinero líquido en cuentas de ahorro o en negocios bursátiles sin impacto en la economía real. Los bancos centrales de otros países acudieron a igual salvavidas monetario.

Las mayores economías no han logrado salir de esa trampa de liquidez por más que inyectaban billones y más billones. El BCE ha recortado actualmente las tasas de interés por debajo de cero, para presionar a los bancos comerciales a que no escondan en sus cuentas o negocios los recursos financieros que reciben.

Pero con la severa contracción global de oferta y demanda que generó la Covid-19 es poco probable que las empresas se arriesguen en inversiones en la economía real. El sentimiento empresarial dominante en una coyuntura de crisis alienta a reducir gastos, suspender inversiones, reducir créditos. Los billones de dólares y euros que se están sumando a una circulación monetaria que ya estaba desbordada en 2019 corren el riesgo de permanecer en un limbo bancario, si no se los traga la especulación bursátil de nuevo y en particular la recompra de acciones, como advertía en abril una investigación publicada por el Wall Street Journal.

La economía se contrae en el mundo, el dinero se desborda sin límites y la deuda global crece a escalas incontroladas.

El Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, por sus siglas en inglés) alertó en un reciente informe que la deuda global había escalado en 2019 hasta 255 billones de dólares, equivalente al 322 por ciento del PIB del planeta, o sea, más de tres veces la dimensión de la economía mundial. Y teme que ascienda a 342 por ciento en 2020 en un contexto de recesión en que la mayoría de las economías no encuentran otra alternativa que no implique mayor endeudamiento. En abril, la emisión de deuda trepó a 2,1 billones de dólares, frente a una media mensual de 700.000 millones entre 2017 y 2019, según el IIF.

Para mayor conflicto, las tasas de interés ancladas en cero en las mayores economías favorecen que las grandes empresas financieras y no financieras se refugien en el negocio de vender y revender deuda.

Toussaint, opuesto a echar las culpas de la actual crisis económica a la pandemia, advirtió el año pasado sobre el peligro de estallido de la burbuja especulativa que se ha formado en el mercado de valores por las políticas de los bancos centrales. “La deuda pública contraída para rescatar a los bancos es claramente ilegítima”, concluyó.

El bombillo rojo lo perciben no solo los analistas de izquierda. El Banco de Pagos Internacional (BPI), con sede en Basilea, Suiza, advirtió a mediados de 2019 el peligro de una nueva crisis financiera , esta vez a cuenta de la abultada deuda corporativa. Esta suerte de comisario de los bancos centrales del mundo alertó por el sobrecalentamiento visible en el mercado de préstamos “apalancados”, como le llaman a los préstamos a empresas endeudadas en exceso. Sectores económicos completos, como la industria del petróleo y el gas y el comercio minorista en EEUU, están totalmente amarrados a este respirador artificial, estimado en 3,5 billones de dólares.

La filosofía capitalista dominante ya resolvió el problema: ha optado por dejar a las generaciones políticas del futuro la solución del peligroso enredo financiero.
Si la historia se repite, la gran banca mundial y las mayores empresas volverán a hacer su agosto bursátil con el mar de dinero barato que les proporcionan los bancos centrales. Las bolsas resistirán como refugio perfecto, en momentos en que el colapso global de la producción y del comercio arrastra a las economías de menor porte –países y empresas que no saben contar todavía en escala de billones.

Con sibilina habilidad para flotar y ganar siempre, el gran capital financiero quedó como principal beneficiado en la crisis financiera que provocó en 2008. Y apunta a serlo de nuevo, en este desastre de salud y de economía causado, más que por un coronavirus, por la destrucción previa de sistemas sanitarios a cuenta de la doctrina neoliberal que tiene al gran capital como defensor mayor. Todo es previsible con la Covid-19.

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A seis meses del golpe de Estado, Bolivia se sigue desangrando

Ni la emergencia por coronavirus le pone un freno a las peores miserias del régimen

El gobierno de facto encabezado por Jeanine Añez reacciona a las urgencias de las clases populares con la misma receta de siempre: represión salvaje, oídos sordos y distorsión de la realidad.

Ni la emergencia por coronavirus puede ponerle un freno a las peores miserias del gobierno de facto de Bolivia. El golpe de Estado iniciado el 10 de noviembre de 2019 para desplazar del poder al expresidente Evo Morales deja, hasta el momento, un triste saldo de 35 muertos, 800 heridos, más de 1.500 detenidos y cientos de exiliados. Seis meses después de su acto inaugural, las masacres de Sacaba y Senkata , el régimen encabezado por Jeanine Añez reacciona a las urgencias de las clases populares con la misma receta: represión salvaje, oídos sordos y distorsión de la realidad. La pretendida reconversión económica del país, impropia de un gobierno de transición que sin embargo pretende aferrarse al poder, ha llevado a miles de bolivianos a violar la cuarentena para salir a las calles, organizando cacerolazos y marchas espontáneas en distintas regiones. Hoy, la mayoría de los trabajadores, acostumbrados a subsistir día a día, se ven forzados a optar por una trágica disyuntiva: morir de coronavirus o morir de hambre. Página/12 contactó a cuatro figuras representativas de la coyuntura boliviana que analizan este duro presente e intentan desmembrar la lógica operativa del régimen.

"Estos seis meses de gobierno de facto arrojan un balance negativo, como no podía ser de otra manera. Su rasgo principal es el predominio casi absoluto del aparato del Estado (fuerzas armadas, policía y magistratura) sobre el resto de la institucionalidad. Y dentro del aparato del Estado, la policía mantiene un fuerte predominio sobre las fuerzas armadas". Quien habla es Hugo Moldiz, exministro del gobierno de Bolivia (2015) que permanece asilado en la residencia de la Embajada de México en La Paz. La feroz interna entre policías y militares se vio reflejada la semana pasada cuando oficiales subalternos de las fuerzas armadas, asignados a la ciudad de El Alto, denunciaron mediante una carta dada a conocer por la cadena televisiva ATB graves irregularidades cometidas por la policía nacional. 

Pero Moldiz no menciona otra arista de ese aparato ideológico que cumplió un rol fundamental en la consumación del golpe: la jerarquía eclesiástica. "Se ha utilizado el fundamentalismo de las iglesias para profundizar el racismo, la estigmatización de las personas no sólo vinculadas al Movimiento al Socialismo (MAS) sino de las personas indígenas que han construido el proceso de cambio", advierte Adriana Guzmán, activa militante social e integrante del colectivo Feminismo Comunitario Antipatriarcal. Una de las imágenes más simbólicas de la autoproclamada presidenta Jeanine Añez fue su ingreso al Palacio Quemado sosteniendo una enorme Biblia entre sus manos, en un país que desde 2009 se declara laico.

El hambre del pueblo 

"Uno de los problemas relacionados con la aplicación a punta de bota militar y policial, y persecución judicial por parte del régimen, es la cuestión del hambre del pueblo. Muchos sectores de la población, hombres y mujeres del campo y la ciudad que viven del día a día, se han visto en una situación muy precaria y ahora están en una contradicción terrible entre infectarse y morir por el coronavirus o morir de hambre", advierte desde Cochabamba el sociólogo Boris Ríos, en diálogo con este diario. La situación para la mayoría de la población de Bolivia es dramática desde el inicio del golpe, y se agravó en el contexto pandémico: una de las ciudades más afectadas por la crisis sanitaria es Cochabamba, donde muchos habitantes ya no tienen forma de alimentar a sus familias y exigen que se flexibilice la cuarentena.

"Las clases populares viven del día a día por las características estructurales de la economía boliviana. Más de un 70 por ciento vive de la economía no formal, y esto ciertamente está generando un peligroso clima social que el gobierno trata de minimizar", afirma Moldiz. La respuesta del régimen ha sido nuevamente la represión de la protesta y la persecución política, apuntando al Movimiento al Socialismo (MAS) como promotor de las movilizaciones, y al expresidente Evo Morales como cabeza de un supuesto complot que vienen denunciando hace seis meses. "Días pasados han habido 21 arrestados por el hambre, de los cuales algunos son incluso acusados de terrorismo", agrega Ríos.

La respuesta del régimen 

Desde que hace dos meses se conoció el primer caso de coronavirus en Bolivia comenzó un constante tira y afloje entre el ministerio de Salud, que busca liderar el combate a la pandemia, y los servicios departamentales, que defienden su autonomía. Los desencuentros fueron creciendo hasta generar destituciones de personal jerárquico, incluyendo el alejamiento del propio ministro de Salud, Aníbal Cruz. En ese sentido, Guzmán revela datos de la corporación médica que muchas veces escapan al análisis: "Los médicos han estado más de 60 días en paro antes del golpe de Estado. Por ende, el sector médico ha sido parte del golpe. Si no se han transformado las condiciones en salud ha sido porque los médicos permanentemente se han opuesto a las transformaciones para beneficiar a sus clínicas privadas, pero también por su profundo racismo y colonialismo".

Las pocas pruebas que se realizan en el interior del país tardan días en llegar a algún laboratorio ubicado en La Paz, epicentro del sistema de salud. Las clínicas privadas cobran hasta 11 mil bolivianos por día (más de 1.500 dólares) si el paciente tiene coronavirus, y sólo aplicar el test implica un costo de entre 700 y 1.000 bolivianos. En tanto, el sistema público de salud carece sistemáticamente de reactivos, kits de pruebas clínicas, equipos e insumos. Hasta el momento, son 4.088 los casos confirmados y 169 los muertos por la covid-19 en Bolivia. "No han podido desarrollar una acción planificada y ordenada en el manejo de la pandemia", concluye Pérez, quien además es el primer refugiado político en la provincia de Córdoba tras la asonada militar en Bolivia. 

En el medio, las presidenciales

Bolivia tendría que haber celebrado elecciones el pasado domingo tres de mayo, pero éstas fueron aplazadas por la emergencia del coronavirus. El gobierno de facto salió a escudar su decisión bajo el pretexto de que "la salud es lo primero". Hasta el momento, no hay una fecha estipulada para volver a las urnas, pese al plazo de noventa días aprobado por el Parlamento. Por eso, los temores y especulaciones crecen en torno a una figura impredecible como Añez, que asumió el gobierno para ejercer una gestión transitoria, mientras toma medidas estructurales que impactan en la población a corto y largo plazo. Como si fuera poco, la exsenadora de derecha decidió postularse a la presidencia, aunque las encuestas la sitúan muy lejos del favorito candidato del MAS y exministro de Economía, Luis Arce.

"El pedido de fecha de elección no sólo es un pedido de la población en su mayoría, sino también de los exsocios de este gobierno transitorio que se han dado cuenta que si no se acelera este proceso pueden encontrarse con un rechazo que también los alcance y un apoyo al anterior gobierno", expresa Pérez. En tanto, Guzmán considera que Añez, al contar con escasas chances de triunfar en los comicios, apostará a "seguir alimentando la fragmentación y el racismo en la sociedad para que (el expresidente) Carlos Mesa sea la opción de centro supuestamente, por más que sea también cómplice del golpe y culpable de la Masacre del Gas". Por último, Moldiz teme que la postergación de estas elecciones se deba a una casi segura victoria de la fórmula Luis Arce - David Choquehuanca. "Sería demasiado nefasto para la historia democrática de Bolivia", alerta. Aunque al interior del realismo mágico diseñado por Añez y sus amigos, nada parece imposible.

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Lunes, 18 Mayo 2020 06:24

Delinear lo posible

Delinear lo posible

A lo largo de la pandemia se ha conformado una serie abundante de posibles escenarios sociales que surgirían como consecuencia de este virus. Se plantean desde distintas perspectivas políticas e ideológicas; apuntan a diversas formas de reconfiguración, ya sea del ejercicio del poder, de los modos de control social, de las relaciones personales, etcétera.

Se dice que nada será como antes y no podría serlo. Nadie lo sabe y menos aun se puede delinear si eventualmente ese nuevo entorno será mejor o no. En muchos casos, en la nueva prédica, se puede reconocer lo que se pensaba de antemano, cuando no había irrumpido el virus. Como si la pandemia reivindicara esas presunciones.

La noción del futuro que podemos tener está cargada de concepciones del pasado, sin admitir que existen discontinuidades. Hay ideas que ya han caducado. No hay vaticinios que sean valederos; el de profeta es un oficio delicado, práctica que no debe abusar so pena de ser irrelevante. La configuración de lo venidero se está gestando a diario en las decisiones que se toman en las arenas pública y privada.

Tal vez distopías, como las planteadas por Orwell y Huxley, entre otros, sean una forma adecuada de aproximarse a esta situación. Después de todo no han fallado por mucho en las visiones que ofrecieron. En todo se advierten los residuos de ideas ya concebidas antes y durante la globalización.

Se celebra el resurgimiento del populismo, que utiliza la pandemia para reforzarse, junto con un resucitado nacionalismo radicalizado, que a veces se parece más a un provincialismo sin horizontes. Ambos se cultivan con crecientes ánimos, en una suerte de variaciones sobre un mismo tema, como si hubiera amnesia histórica.

Se proclama, en ocasiones, que el autoritarismo lleva una ventaja y así se embiste en contra de la democracia, valor cultural, ciertamente imperfecto, que no debería ponerse en riesgo.

Se han restringido las libertades individuales en aras de combatir el virus. En muchos casos se ha impuesto la coerción de tipo policiaco. De tal manera la tentación anarquista puede ser grande, como puede verse ya en algunos países. La creciente fragilidad social, que se ha ido creando durante décadas y que se ha exacerbado de modo brutal con la pandemia, alienta el cuestionamiento de los regímenes democráticos y muchos políticos y grupos de poder lo explotan en su favor, como no podría ser de otra manera.

Pero está, asimismo, la realidad ineludible de la desigualdad, que hace imposible para muchos confinarse y cargan con consecuencias muy graves y onerosas. La pandemia no es equitativa.

En todo caso, cualquier escenario social que vaya surgiendo ahora requiere una base material para superar la afectación económica. Deben satisfacerse las necesidades de la población, que se han acumulado en semanas recientes, recrear la ocupación y generar ingresos. No sólo de pan vive el hombre, pero necesita de pan para vivir. Esto no puede quedar fuera de ningún postulado político, no puede faltar en un plan económico de reactivación ni puede omitirse de ninguna premisa de índole moral.

Se sabe que las fuerzas del mercado no consiguen crear ajustes que generen equilibrios en la producción y el empleo, que no logran elevar el nivel de bienestar de una parte grande de la población y que la desigualdad es un fenómeno extendido y creciente, que el sistema de los precios no asigna eficientemente los recursos. Entonces, no puede pensarse que la reactivación económica que ya se promueve, aun estando en medio de la pandemia, se conseguirá sin intervenciones decisivas de parte del gobierno y también con los recursos privados, los pequeños que se han dañado mucho y los grandes.

La pandemia ha provocado un daño económico muy severo. En este caso, ningún escenario que se formule sobre este asunto puede pretender siquiera en ninguna parte que las cosas serán como antes. Ese daño se expresa en muchas dimensiones. Las decisiones de corte general son clave para conseguir una recuperación, pero lo son aun más las de naturaleza específica para que se puedan rehacer las bases de la vida cotidiana, la salud perdida, los patrimonios maltrechos, los inventarios liquidados, recrear cierto nivel de bienestar.

El daño provocado por la pandemia ya está hecho y tiende a crecer. La ocupación informal va a aumentar, el empleo formal se contraerá fuertemente, igual que las inversiones.

No hay en ninguna parte un conjunto de medidas de política pública que consiga sobrepasar sin fricciones el impacto adverso del virus en la actividad económica, sobre todo en el ingreso de las familias; recrearlo mediante el trabajo es prioritario.

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Lunes, 18 Mayo 2020 06:19

El rescate

Residentes de Oyster Bay e Island Harvest, en Massapequa, Nueva York, reparten comida entre familias necesitadas durante la pandemia del Covid-19. Junto con el esfuerzo heroico de los trabajadores de salud, una extraordinaria respuesta de solidaridad ha brotado de cientos de grupos de asistencia mutua hacia los más vulnerables.Foto Afp

Desde los escombros de un país que ha sufrido decenas de miles de muertes, millón y medio de contagios, y ahora más de 36 millones de desempleados como resultado del manejo inepto y criminal de la pandemia por la cúpula política, aparecen brotes organizados de solidaridad que podrían rescatar a Estados Unidos.

Junto con el esfuerzo realmente heroico de los trabajadores de salud, una extraordinaria respuesta a las emergencias sociales de los más vulnerables ha brotado de cientos de grupos que se identifican como de asistencia mutua, y que tienen como principio en común ejercer la "solidaridad, no caridad" (frase frecuentemente atribuida a Eduardo Galeano, pero que también tiene raíces anarquistas primero articuladas por Kropotkin hace más de un siglo). Y a través de esas acciones colectivas están realizando un tipo de educación popular, a veces sólo al dar el ejemplo, al invitar a todos a ser participantes activos para rescatar a todos.

Si algo ha dejado la pandemia al descubierto para todos es la extrema desigualdad, la injusticia económica y racial, y la corrupción y deficiencia social del sistema estadunidense. Por lo tanto, algunos opinan que la crisis ofrece una oportunidad mayor para las fuerzas progresistas del país. Pero las consecuencias también han dañando a varias de las principales organizaciones sociales progresistas, sobre todo los sindicatos (por ejemplo, unos 300 mil miembros del sindicato nacional de trabajadores de hoteles y servicios de restaurantes se encuentran sin trabajo). Mientras tanto, las tácticas tradicionales de protesta y organización colectiva –manifestaciones, marchas, asambleas–no pueden realizarse ahora bajo las medidas sanitarias.

Pero algunos están tomando una especie de acción directa en esta emergencia a través del esquema de asistencia mutua, que ofrece desde la entrega de alimentos y medicamentos a familias necesitadas y desempleadas, esfuerzos de organización de los ahora llamados "trabajadores esenciales", o la organización de inquilinos amenazados con perder sus hogares, la distribución y hasta producción (de agrupaciones indígenas mexicanas en Nueva York y costureras asiáticas en Los Angeles, y trabajadores en fábricas inoperantes, entre otros) de equipo de protección sanitaria, la defensa de comunidades migrantes, iniciativas para liberar a presos del país más encarcelado del mundo, amenazados con el contagio masivo, esfuerzos de apoyo entre trabajadoras sexuales (entre las más afectadas por medidas de "distanciamiento sano"), al apoyo directo a trabajadores de salud, redes de apoyo a comunidades indígenas y hasta el más sencillo servicio de comunicación para combatir la soledad y la ansiedad de los que están solos en cuarentena.

Han surgido cientos de organizaciones de asistencia por todo el país, con directorios extensos en cada ciudad, donde tanto los necesitados como los que pueden ofrecer se encuentran y se coordinan, estableciendo redes informales cada vez más amplias, algunas con miles de voluntarios (por ejemplo, ver el directorio para Nueva York: https://docs.google.com/document/ d/18WYGoVlJuXYc3QFN1RABn ARZlwDG3aLQsnNokl1KhZQ/ mobilebasic?usp=gmail).).

Este tipo de organización social no es nuevo en Estados Unidos. Sus antecedentes más recientes incluyen algunos de los proyectos relacionados con Ocupa Wall Street, sobre todo el gran proyecto de Ocupa Sandy después del huracán en Nueva York en 2012 (uno de los proyectos más efectivos hoy día para atender las necesidades urgentes de comunidades en Brooklyn está encabezado por algunos de los mismos líderes), con otros parecidos surgidos en Nueva Orleans después del huracán Katrina. Antes de ello, también estaban los proyectos de las Panteras Negras en los años 60, de esfuerzos entre granjeros en la crisis agraria de los 80 y 90, iniciativas de apoyo mutuo entre comunidades indígenas, y toda una larga historia de esfuerzos para establecer cooperativas de todo tipo.

Aún está por verse si estos esfuerzos pueden consolidarse en, o alentar, una fuerza política progresista de largo plazo. Pero por ahora están entre los rescatistas del futuro de este país.

https://www.youtube.com/watch? v=B-c6GphpAeY

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Domingo, 17 Mayo 2020 07:21

Brasil: un olor a golpe en el aire

Brasil: un olor a golpe en el aire

Entre el día 16 de abril, cuando el entonces ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, fue cesado por el ultraderechista presidente Jair Bolsonaro, y el viernes pasado, cuando el sucesor Nelson Teich renunció, el número de muertos en razón del Covid-19 pasó de mil 933 a 14 mil 817. Un aumento asombroso de 666 por ciento.

El paso de Teich por el ministerio duró 29 días, y ha sido rigurosamente insignificante. Sin experiencia alguna en el sistema de salud pública –su trayectoria se resumía a administrar hospitales privados carísimos–, era evidente que navegaba sin rumbo ni brújula. No hizo un movimiento siquiera para intentar coordinar acciones y hacer frente a la pandemia que no cesa de expandirse en el país.

Aun así, tuvo dos únicos y exclusivos méritos: se negó a respaldar lo que Bolsonaro quiere imponer: suspensión de medidas de protección y uso obligatorio de cloroquina.

El ultraderechista insiste varias veces al día: el aislamiento social debe ser suspendido de inmediato, y hay que aplicar cloroquina tan pronto aparezcan los síntomas del virus.

A Bolsonaro poco importa lo que dice la ciencia y reiteran los médicos, que alertan sobre los riesgos de la medicación que él defiende como milagrosa, pero que en realidad no es efectiva.

Cada día el nivel de tensión no cesa de crecer y cada semana se hace más evidente y palpable que Brasil vive un ejemplo redondo y perfecto de ausencia de gobierno. Hay consistentes sospechas de acción criminal cometida por el presidente, pero el Congreso dice que no hay espacio para un proceso institucional que lo destituya.

Ambiente caótico, de calamidad sanitaria sin solución a la vista y desastre económico; todo indica que es casi imposible que Bolsonaro logre sobrevivir con su gobierno colapsado.

Y es frente a semejante cuadro que surge la pregunta inevitable: ¿y los militares, qué harán? ¿Qué piensan?

Pese a su insistencia en presentarse como militar reformado, la verdad es que Bolsonaro pasó 10 años en el Ejército y 30 como político. Entre oficiales medianos y superiores, su imagen siempre fue pésima. Como diputado alcanzó respaldo de la baja oficialidad por defender sus demandas.

Su vice, el general retirado Hamilton Mourão, tampoco cuenta con gran simpatía por los que están en actividad. Durante la campaña electoral llegó a preconizar que se convocara un grupo de ‘notables’ para elaborar una nueva Constitución y defendió que, en caso de enfrentar presiones insuperables, el presidente electo debería promover un ‘autogolpe’ en defensa de su gobierno.

Restan los tres generales con despacho en el palacio presidencial. Uno de ellos, Luis Ramos, de la Secretaría General de Gobierno, está activo. Los otros dos, Augusto Heleno, ministro-jefe del Gabinete de Seguridad Institucional, y WalterBraga Netto, de la Casa Civil, son retirados.

Los tres se mantienen unidos al lado del ultraderechista. Braga Netto, en realidad, es una especie de coordinador general del gobierno, restando al presidente el rol de disparar amenazas y estupideces todos los días.

Bolsonaro, a su vez, participa activamente en todas las manifestaciones que pregonan un golpe que incluiría el cierre del Congreso y del Supremo Tribunal Federal.

Ninguno de los generales palacianos se manifiesta sobre tal conducta.

Se comenta que entre los comandantes en actividad hay aprehensión a raíz de los desmanes de Bolsonaro y del vértigo vivido en el país, pero no hay movimientos visibles de su parte.

Y fue en ese panorama que Mourão, el vice, publicó un artículo la semana pasada en el diario conservador O Estado de S.Paulo. La repercusión ha sido grande, más por lo que insinuó que por lo que afirmó.

Mourão ha sido duro al criticar a los medios de comunicación que, según él, deberían oír siempre "los dos lados, gente que critica y gente que elogia" al gobierno. También fue especialmente duro al denunciar "las interferencias entre los tres poderes", en referencia evidente tanto al Congreso como a la Corte Suprema.

Atacó a los que denigran, según él, la imagen del país en el exterior, olvidando que el principal responsable de desdibujarla es Bolsonaro con sus muestras de desequilibrio.

Y entonces apretó el botón de alarma: advirtió que la pandemia podría crear una "crisis de la seguridad".

Sería el escenario perfecto para, por ejemplo, decretar el estado de sitio con la suspensión, tanto del Congreso como de la Corte Suprema.

Por su pasado reaccionario, Mourão despierta temor. Y al no haber de parte de los que están en activo una manifestación clara y específica sobre lo que él preconiza y advierte, ese temor se refuerza.

De un lado, el trío de generales acomodados en el palacio presidencial puede estar examinando la posibilidad de alejar Bolsonaro. De otro, puede evaluar la posibilidad del famoso "autogolpe" defendido por Mourão durante la campaña. Cuál de esas posibilidades es real, nadie sabe.

La verdad es que el aire, ya bastante contaminado, se hizo un poco menos respirable en Brasil.

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Cómo hacer del decrecimiento un movimiento social de masas

La crisis climática lleva a la humanidad a un túnel oscuro. Echar el freno de mano del crecimiento turbocapitalista es una necesidad requerida por la propia ciencia. Sin embargo, de fondo hay un reto mayúsculo; el de cambiar la cosmovisión individualista y tejer una conciencia comunitaria capaz de poner la vida en el centro.

 

Es difícil escapar de las evidencias de la crisis climática cuando, cada poco tiempo, un temporal inunda pueblos enteros. Deslizar argumentos negacionistas choca con la realidad de los veranos más largos. Las fotografías aéreas de unos polos derretidos podrían servir, en este mundo del símbolo, para reforzar la verdad de la ciencia. Sin embargo, pese a los numerosos informes, la conciencia ecológica no despega lo suficiente como para despojar a la sociedad del peso del individualismo. La historia del tiempo presente es la de la desigualdad, la del neoliberalismo y el consumo vertiginoso. Todos ellos, elementos que imposibilitan frenar –más bien mitigar– las consecuencias de la crisis ecosocial.

Actuar es necesario. Así lo reclamaba Hoesung Lee, presidente del Panel de Científicos Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC), en la pasada cumbre del clima. Pero para que el problema se ataje de lleno también se requiere un discurso capaz de revertir la espiral ideológica sobre la que se asientan los principios del individualismo neoliberal; reforzar lo común se presta esencial si se quiere afrontar el reto climático con aspiraciones de triunfo. "Somos una cultura que no se siente ecodependiente y no es capaz de entender hasta que punto dependemos de la naturaleza. Se pone en práctica el antropocentrismo; el no sentirse dependiente de la tierra", expresa Yayo Herrero, antropóloga ecofeminista.

Es, en definitiva, "el triunfo de la individualidad", apunta Jordi Mir, doctor en Humanidades y experto en filosofía política. Y este es un principio esencial de un sistema basado en el crecimiento exponencial y de un modelo socioeconómico que no atiende a la evidencia de que la riqueza material choca con los límites biofísicos del planeta. "Detrás de estas ideas dominantes hay una clara idea de imponer ciertos pensamientos en la agenda. Por ejemplo, el tema del transporte público frente a la libertad individual de poseer un transporte privado: las compañías de automoción son muy activas en promover la necesidad de crear un derecho a comprar un coche, pero no porque sean malas ni perversas, sino porque ese es su modelo de negocio".

Sin embargo, esos anhelos de poseer riquezas materiales podrían chocar, desde una perspectiva climática, con los derechos comunes y, en definitiva, con el devenir de una sociedad que, ante todo, aspira a sobrevivir. "La crisis ecológica o la crisis que vivimos ahora de la covid tienen en común algo básico, que nos afectan como como especie y no como individuos. No hay salidas individuales; sabemos que anualmente hay miles de personas que fallecen por enfermedades relacionadas a la contaminación y no existe una solución individual a ese problema", agrega Mir, evidenciando cómo la denominada libertad individual de consumir o tener ciertas conductas pueden ir en contra de lo común.

El poder de la industria cultural ha sido clave para generar esta necesidad de construir una identidad en torno al consumo. "Desde los años ochenta, se llevó adelante un discurso neoliberal muy intenso para desprestigiar lo público, eliminarlo si fuera posible, lo que incentivó una tendencia humana a buscar reconocimiento. Esa tendencia puede tomar formas buenas para el conjunto de la sociedad, pero también negativas como diferenciarse competitivamente a través del consumo, lo cual no es puramente espontáneo, sino fruto de un desarrollo discursivo muy apoyado por todos los medios que nos rodean, también desde la ficción", valora Alicia Puleo, doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y Catedrática de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Valladolid.

"Cuando vemos ficción no nos damos cuenta de como interiorizamos el modelo de consumo. En cambio, lo publico, lo común y ecológico, es presentado de una forma estereotipada, como algo negativo y fantasioso. También se ha representado como algo antiestético o, incluso, como algo que responde a algún tipo de patología mental", añade la filósofa y autora de Claves ecofeministas

 

Hacia lo común

 

Superar esa construcción cultural que vincula el éxito a lo material es, quizá, el gran reto social del siglo XXI. "Tenemos tres ejes claros para superar ese afán de lujo privado. Por un lado, necesitamos una organización basada en la suficiencia económica. Luego, el principio de reparto, es decir, la redistribución de a riqueza y la lucha contra la riqueza excesiva. Por último, potenciar lo común y el cuidado como práctica política", razona Herrero. El desafío, por tanto, gira hacia la necesidad de "crear vidas lujosas en un clima de suficiencia" para poder asumir que "materialmente la vida debe ser mucho más sencilla".

Mir apunta a la necesidad de alejar los discursos del clima de confrontación, en tanto que "el escario nunca debe ser una opción", sobre todo cuando la cosmovisión material e individualista responde a un modelo sociedad que deriva en una serie de malas prácticas que son inconscientes por la mayor parte de la población. "Detrás de todo está la idea de que tenemos libertad y derecho a consumir o, por ejemplo, viajar en avión tantas veces como queramos. En el fondo, el mensaje de 'compra billetes low cost para viajar barato' va ligado a una serie de incentivos económicos de los que depende mucha gente, porque nuestras sociedades se articulan en torno a ello", profesa el humanista. "Nosotros planteamos algo muy diferente. Ante esta idea de libertad para decidir qué, cómo y cuánto consumir, debe haber una respuesta que sea capaz de concienciar". Se trata al fin y al cabo de hacer más evidente las contradicciones del sistema con la sostenibilidad de la vida en todas sus formas

"¿Qué sociedad es más libre: aquella en la que puedes comprar billetes low cost o la que restringe estos viaje por el problema ecológico? ¿Dónde se es más libre: en un lugar en el que se regulan unas condiciones materiales de vida mínimas, o dónde la libertad sólo consiste en poder luchar de manera individual contra la precariedad? ¿Somos más libres cuando permitimos que cada entidad contamine lo que crea oportuno, o cuando se interviene para restringir las emisiones?", plantea Mir. "Parece que la libertad de todos se tendrá que construir desde una dimensión colectiva, porque nuestras diferentes libertades individuales puestas a competir ponen en peligro la sostenibilidad de la vida".

Revertir este paradigma y hacer de todos estos valores cercanos al decrecentismo un movimiento social de masas es un reto que viene a revertir una construcción cultural afianzada con décadas de dominio neoliberal. "Una de las claves es que el discurso ecológico sea positivo, basado en el ideal de justicia y en un modelo alternativo de vida que sea atractivo. Si el discurso es el de la renuncia y la austeridad, va a ser muy difícil conseguir algo", arguye Puleo. "Habría que insistir en otro paradigma de felicidad: no se trata de ser más pobres o tener la vida más reducida, sino en descubrir nuevas posibilidades que no estén basadas en el consumo destructivo de la naturaleza", agrega, poniendo como ejemplo la ética epicúrea: "Es muy adecuada para estos problemas, ya que es hedonista, porque no renuncia al placer, sino que se centra en aquellos que no están vinculados en los lujos materiales"

El escritor británico George Monbiot hablaba en una columna en The Guardian de hacer del lujo privado un lujo común. Es decir, hacer que los esfuerzos que los individuos ponen en poseer objetos materiales vayan destinados hacia la construcción de servicios públicos de calidad. Prescindir, por ejemplo, del coche para generar un transporte público de calidad y basado en los criterios de igualdad. "Hay objetos individuales que irremediablemente nos llevan hacia injusticia social, pero que repensadas en torno a dinámicas cooperativas pueden ser válidas", expone Herrero. "Se me ocurre, por ejemplo, que ante las olas de calor el aire acondicionado no pueda ser extensible a toda la población, pero si se pueden crear espacios colectivos refrigerados".

 

Cuando lleguen los "extraterrestres"

 

El deseo de cambiar el modelo nace del decrecentismo, no como ideología, sino como fenómeno del que la humanidad no escapará, ya que el colapso del planeta fruto de una actividad económica basada en el crecimiento parece, según advierte la ciencia, cada vez más inevitable. "La clave es cómo decrecer: ¿por una vía fascista y autoritaria que conlleve recorte de derechos o por una vía democrática?", se pregunta Herrero. La dificultad de generar una conciencia global de planeta es uno de los primeros obstáculos ya que el cambio climático lleva siendo denunciado desde los años setenta del siglo XX y los pasos resolutivos, desde entonces, han sido escasos. 

En cierta medida, existe un paralelismo con la crisis de la covid-19 actual. Así lo entiende la atropóloga ecofeminista, que señala cómo el parón de la economía y las decisiones del confinamiento se han efectuado principalmente porque la vida estaba en juego. Este riesgo mortal es algo común con la situación de emergencia ecológica que experimenta la sociedad en su conjunto, sin embargo, en este caso, "la mayor parte de la gente no tiene esa percepción de riesgo".

"Hasta que no lleguen los extraterrestres e invadan el planeta no habrá una reacción conjunta", ironiza Mir, realizando un paralelismo metafórico con los efectos devastadores de la crisis climática. "Parece ser que el ser humano necesita una concreción dramática para poder reaccionar". No en vano, para el humanista la crisis del coronavirus sirve para evidenciar cómo en ocasiones lo colectivo prevalece a lo individual, incluso en una sociedad como la actual, lo cual genera ciertas esperanzas.

En cualquier caso, ese reto de articular un discurso potente, capaz de generar conciencias sociales en torno a un cambio de paradigma, se presta como un paso necesario para que la sociedad pueda tener cierta resilencia ante el colapso climático. Para Puleo, conseguir que el movimiento decrecentista o ecologista tenga cierto calado requiere de "un discurso positivo" e integrador basado en "pactos de ayuda mutua". Es decir, "acuerdos entre movimientos sociales con cierto parentesco –feminismo, ecologismo, animalismo, pacifismo, antirracismo... – que a veces tienen ciertos roces inútiles. La idea es enriquecer cada movimiento con las sensibilidades de los otros. Creo que esta una clave para tejer un decrecentismo exitoso", zanja la filósofa.

 

Un cambio global

 

Articular cambios sociales conlleva riesgos. La desvirtuación de un movimiento se puede pagar caro, en tanto que la historia muestra como el poder ha tenido a bien teñir de progreso lo que termina desembocando en desigualdad. El camino de la utopía ecosocial, en ese sentido, no queda libre de curvas y desvíos perversos. El denominado green washing, el lavado de cara verde, es una realidad que se observa ya en el presente, cuando compañías que durante décadas apostaron su crecimiento al petróleo y la expansión materialista de la riqueza, comenzaron a invertir en campañas de marketing o en negocios aparentemente libres de contaminación. 

La transición ecosocial podría derivar en un aumento de las brechas que separan el Sur Global, estancado en una pila de injusticias sociales, y el Norte Global, que ha basado su supremacía en la extracción de recursos de Estados en desarrollo. "En el siglo XVIII había naciones muy avanzadas en materia de derechos humanos, pero en el fondo, mantenían la esclavitud en sus colonias del caribe. Se podría dar una situación así, en la que los países del norte cambiaran el paradigma verde a costa de mantener sucios otro territorios. Esto es algo que ya ocurre actualmente", advierte Puleo.

"Cualquier propuesta verde que no sea consciente del reparto y del derecho de todo el mundo a acceder a lo mínimo corre el riesgo de derivar en autoritarismos", dice Herrero. El ejemplo de Le Pen es válido para la antropóloga, que recuerda cómo su discurso de autosuficiencia y relocalización productiva se asienta en el rechazo y la criminalización. "Sería un error pesar en una organización de ciudades verdes que descansan sobre el flujo de materiales y energías que vienen de otros territorios", incide. 

Por tanto, la encrucijada de la humanidad pasa, no sólo por desmaterializar las aspiraciones vitales y potencial los valores comunitarios, sino por hacerlo de una forma global, sin generar nichos territoriales de falsa sostenibilidad.

madrid

17/05/2020 08:50

Actualizado: 17/05/2020 11:11

Alejandro tena

Publicado enMedio Ambiente
La pandemia hará que se retraiga entre 10 y 30 por ciento el comercio mundial de bienes. En la imagen protestas para pedir reapertura de la economía en California .Foto Afp

The Economist, portavoz globalista de la dupla Rothschild/Soros, se despide de “la mayor Era de la globalización (https://econ.st/2WFBNDT)” y se "preocupa sobre lo que tomará su lugar", lo cual no es difícil de discernir: el retorno de los soberanistas/nacionalistas vilipendiados en forma despectiva como "populistas" cuando ocultan en forma deliberada que en EU existió un People’s Party y que el mismo Obama defendió en forma vehemente (https://bit.ly/2LvWdZD) frente a las alocadas críticas de Peña Nieto que nunca entendió su semiótica.

The Economist admite que antes de la pandemia la globalización se encontraba en serios problemas y que recibió tres severos golpes de los que difícilmente se repondrá: la crisis financiera de 2008, la guerra comercial de EU contra China y el Covid-19 que "hirieron el sistema abierto del comercio".

The Economist contempla que "el comercio mundial de bienes" se retraerá entre 10 y 30 por ciento, lo cual se agrega a la guerra comercial/digitálica de Trump contra China.

A su juicio, queda expuesta la "subyacente anarquía de la gobernanza (sic) global". Los terminajos "gobernanza global" estuvieron de moda en los circuitos atlantistas que nunca consiguieron algo concreto con su teoría etérea y que, en su encapsulamiento onanista, siempre negaron el ascenso multipolar de Rusia/China/India/Irán/Turquía/Pakistán/etc.

La revista globalista expectora una perogrullada: "en todo el mundo, la opinión pública se aleja de la globalización" cuando la "gente está perturbada de hallar que su salud depende de las querellas para importar equipamiento protector y en los trabajadores migrantes (sic) quienes laboran en asilos y en las cosechas".

Una grave crítica a la caníbal globalización es que no sólo desmanteló el equipamiento de los hospitales, mientras financiarizaba los cerebros mercantiles de los médicos que sucumbieron a los cantos pecuniarios de las sirenas bursátiles y de seguros, sino también se consagró a lucrar hiperbólicamente con su Big Pharma (https://bit.ly/3cz1bk5):uno de susprincipales negocios de casi un millón de millones de dólares. Emerge un axioma imutable: ¡La salud debe ser perentoriamente pública!

La revista de marras se centra en analizar el impacto del fin de la globalización en la triada gente/bienes/capitales.

En referencia a la gente, la migración será todavía más reducida, mientras que, en el ámbito comercial, las firmas nacionales dependerán más de la voluntad de los gobiernos y los bancos centrales, con el firme propósito de "regresar las cadenas de abasto a casa" en nombre de la "autosuficiencia económica", como ha anunciado el premier indio, Narendra Modi, cuando Japón subsidia a las firmas que repatrian sus industrias.

Mas aún: en la Unión Europea se sopesa la "autonomía estratégica" que pretende crear un fondo para comprar participaciones en las empresas insolventes.

Llama la atención que The Economist no se embelese demasiado con el "comercio digital" cuya escala "es todavía modesta" cuando las "ventas foráneas de Amazon/Apple/Facebook/Microsoft equivalen a un magro 1.3 por ciento de las exportaciones globales".

Respecto a los "capitales", confiesa su "sufrimiento" cuando las "inversiones de largo plazo se han hundido" y, en forma ominosa, EU "acaba de instruir a su principal fondo de pensiones federal de cesar la compra de acciones chinas", mientras que "los países que constitu-yen 59 por ciento del PIB global han apretado sus reglamentos para las inversiones foráneas" y sus "gobiernos intentan pagar sus nuevas deudas mediante impuestos a las firmas y a los inversionistas".

Concluye que "en el mundo rico (sic) la vida será más cara y menos libre", al unísono de un "mundo fracturado que dificultará la resolución de los problemas globales, que incluyen la búsqueda de una vacuna y el aseguramiento de una recuperación económica".

Recuerdo que fui de los primeros a escala global y regional en advertir desde hace 14 (sic) años las tendencias ineluctables hacia la desglobalización cuando la globalización demostró ser antidemocrática y caníbal (https://bit.ly/2X1sihh)”.

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El desempleo en EEUU como un mapa de la pobreza

Entre los que menos ganan, la tasa de paro llega al 40 por ciento

 

Estados Unidos tiene treinta millones de nuevos desempleados y una de las conclusiones que circulan entre comentaristas económicos es que la pandemia "destruyó una década entera de construcción de empleo". Pero la siguiente conclusión es que una gran parte de ese empleo era "basura", no sólo sin beneficios sino con salarios de miseria. Si la tasa general de desempleo en la mayor economía mundial es del 14,7 por ciento, la tasa real entre los peor pagos está tocando el 40 por ciento. Y entre los que mejor ganan, apenas llega al 1,5 por ciento.

Lo que destruyó el coronavirus fueron los puestos en las actividades más tercerizadas, precarias y peor pagas. No es casual que la hotelería, la gastronomía y la sanidad sean las más afectadas, ya que son las que tradicionalmente peor pagan y menos estabilidad ofrecen. Que la "hospitalidad", como la llaman los del sector, fuera afectada por las cuarentenas se entiende naturalmente. Pero la crisis del empleo en sanidad, pese a la crisis de la covid-19, se entiende porque los hospitales y clínicas perdieron su verdadero negocio el de la medicina "de tiempos normales", la que factura grueso.

Según la Reserva Federal de Estados Unidos, el banco central del país, ya para marzo y principios de abril se notaba la crisis y un veinte por ciento de los más pobres informaba que había perdido su trabajo o lo habían licenciado sin fecha de retorno. La Reserva define al sector de pobres no desempleados a los que tienen un ingreso familiar de hasta 40.000 dólares al año. Esto puede sonar más que razonable frente a nuestro peso devaluado, pero frente al costo de vida norteamericano es garantía de pobreza.

La crisis se ensañó en este sector social más precarizado. Para la clase media, con ingresos de entre 40.000 y 100.000 dólares anuales por grupo familiar, los problemas de empleo afectaron al 19 por ciento. En la clase media alta, con ingresos de más de cien mil dólares al año, un 13 por ciento informó de algún tipo de problema laboral.

Además del nivel de desempleo, esta clase social más pobre suele no tener ahorros para enfrentar una crisis, ni vivienda propia. Las condiciones de trabajo en tiempos normales mantienen a estos trabajadores bien abajo. Las mozas y mozos de restaurantes, por ejemplo, cobran con suerte el salario mínimo legal y viven de hecho de las propinas de cada día. Peor todavía les va a los que hacen delivery, que cobran un pequeño sobreprecio sobre el valor de menú y la propina que puedan recibir. De hecho, son "socios" del restaurante y cobran más si hay muchos pedidos. Los trabajadores de sanidad suelen tener contratos-basura que los mantienen en un estado de freelance permanente: si hay trabajo, cobran por hora, pero si no hay, no cobran. 

Prácticamente nadie en la clase más baja en Estados Unidos tiene derecho a una indemniszación por despido, algo que ni se discute porque es parte de la "libertad de hacer negocios" de las patronales. De hecho, lo que los republicanos sí están discutiendo en el Congreso y usan para bloquear los paquetes de ayuda salarial, es cuánto están cobrando los desempleados durante la crisis. Resulta que con el dinero extra de emergencia que lograron introducir los demócratas en el primer paquete, muchos están cobrando lo mismo y hasta más que cuando trabajaban. Los republicanos pregunta abiertamente quién va a querer volver a trabajar por los bajos salarios anteriores cuando puedan "reabrir" la economía.

El valor de este informe es que describe el desempleo por clases sociales. Es un estudio anual que hace la Reserva Federal y la información es de la primera quincena de abril. Desde entonces, las cosas empeoraron y mucho en Estados Unidos, que ya tiene más de 36 millones de personas pidiendo o cobrando el seguro de desempleo. El temor es que la tasa actual llegue al veinte por ciento de desempleados al que se llegó en la Gran Depresión de 1930. Y en todos los casos, las estadísticas no pueden contar a millones de inmigrantes sin papeles que tienen empleo informal y no pueden pedir desempleo.

Pero según el Departamento de Trabajo norteamericano, la composición de clase del desempleo no parece estar cambiando y el desempleo entre los mejor pagos no llega al dos por ciento. 

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