Viernes, 06 Marzo 2020 06:25

Palestina: palabras narrativas / I

Palestina: palabras narrativas / I

Edward W. Said, el gran intelectual palestino –y quintaesencia intelectual pública− que por sí solo y de manera pionera abrió las ciencias sociales a los modos en que mundos enteros quedan encasillados en palabras y narrativas ajenas − Orientalism (1978), Culture and imperialism (1993)−, en un texto triste, escalofriante y bello −por si esta palabra aplica a una reflexión sobre el sufrimiento de todo un pueblo escrita en medio de una enfermedad terminal− hablando de la peculiar crueldad de Israel −"un país poseído por la manía de castigar a los débiles"− reflejada en periódicas masacres de Gaza e interminable ocupación de Cisjordania, apuntaba que todo el lenguaje del sufrimiento y de la vida cotidiana palestina fue secuestrado o pervertido al punto de ser inútil e incluso servir como pantalla para ir infligiendo más muerte y tortura (bit.ly/3ck4pZ7).

Me acordé de esto pensando en el Acuerdo del Siglo ( The deal of the century) que preparado −sin ninguna participación palestina, pero sí con harta autoría israelí− por los "mediadores estadunidenses" cuya creatividad radicó básicamente en secuestrar las palabras y alterar su sentido: cambiar los nombres o estatus de los lugares contrario al derecho internacional (Jerusalén, asentamientos ilegales, etcétera.) para sancionar su ocupación y la próxima anexión o llamar ejército a un conjunto de enclaves sin continuidad, control del espacio aéreo/seguridad/política exterior, "el Estado", nació, con excusa y pantalla de "mejorar la vida cotidiana de los palestinos" ( bit.ly/3bERgJz) para seguir castigándolos e irles infligiendo "más muerte y tortura". “Matar, reducir, mutilar y ahuyentar hasta que ‘quiebren’”, escribía Said.

Por más que este supuesto "plan de paz" se presente como "un cambio de enfoque y narrativa frente a lo que no servía antes" (bit.ly/32PbFaM) en realidad es sólo la consumación de lo que ya hubo: los Acuerdos de Oslo a los que en su momento Said se opuso categóricamente prediciendo que esto iba a acabar así: todo para Israel, nada para Palestina ( The end of the peace process, 2000), y por más que el dúo Trump-Netanyahu que lo parió se vislumbre como "el milagro para Israel" −en efecto se le concedieron todos sus deseos− ya hemos tenido algo así.

¿Alguien se acuerda de la dupla Sharon-Bush Jr.?

Cuando en 2004 Israel se retiró unilateralmente de Gaza –una medida calculada para boicotear el proceso de paz y "ponerlo en formaldehído" (bit.ly/2x8j0GT)− G. W. Bush llamó a Ariel El Carnicero Sharon "el hombre de la paz" (sic) y abrazó su agenda nacionalista y anexionista dándole garantías por escrito (sic) −retención de partes de Cisjordania a su criterio y negación al retorno de los refugiados palestinos− que revertían, o desnudaban, la tradicional –"neutral"− postura de Estados Unidos (A. Shlaim, Israel and Palestine, p. 293).

Said llamó −en otro lugar− las jugadas israelí-estadunidenses de aquel entonces ( road map) gracias a las cuales Sharon, a pesar de tres acusaciones de corrupción en su contra, logró aferrarse al poder −¿a qué nos recuerda esto? (¡le hablan Mr. Netanyahu!)− y Bush Jr. consolidó el voto de los "sionistas cristianos" ante las elecciones que se avecinaban −¿a qué nos recuerda esto? (¡le hablan, Mr. Trump!)− no "planes de paz", sino de "pacificación": “de poner el fin al problema ‘Palestina’” (bit.ly/2wterGK).

El unilaterialismo sharoniano tenía un propósito: el "politicidio" de los palestinos: la disolución de Palestina como una legítima entidad que comprendía también una −total o parcial− limpieza étnica en Eretz Israel (B. Kimmerling, Politicide, p. 17).

El Acuerdo del Siglo que no por casualidad contiene un apartado sobre “ transfers poblacionales” −un eufemismo para la "limpieza étnica"−, o sea, un marco legal para ejecutarlos en el futuro ante los ojos del mundo indiferente, con su unilateralismo es sólo el siguiente ejercicio en "politicidio" y afán de desaparecer a los palestinos envuelto ahora en un novedoso lenguaje de "visiones" y "oportunidades económicas".

Si bien –como de costumbre− tiene razón Robert Fisk que basta echar un ojo a la palabrería de este documento −"absurdos, parodia y banalidad en casi igual proporción"− para ver que todo esto es sólo una siguiente "locura" ( mumbo-jumbo) y "vacilada" ( ballyhoo) trumpiana −"¿Hasta cuándo los periodistas, los escritores, estaremos tomando en serio estas palabras...?" (bit.ly/2GOYMmZ)–, balbuceo o no, allí está e incluso está siendo implementado (bit.ly/2PPZMMz).

Ya hace 18 años en aquel triste y –vuelvo a decir− bello texto, Said lamentaba la época pasada de Israel Shahak, Yeshayahu Leibowitz o Jakob Talman, los intelectuales que no temían decir verdades incómodas –como que la ocupación está pervirtiendo al propio Israel (nyti.ms/3cuBktX)− subrayando que eran pocos (Uri Avnery, Ilán Pappe, Zeev Sternhell, Gideon Levy, Amira Hass, Jeff Halper) quienes tenían el valor de luchar por las palabras en Israel.

La "paz" por ejemplo –un término que desapareció del vocabulario político israelí y está siendo usado para el público exterior− ya es una palabra muerta. Sólo queda la "pacificación".

Y las voces palestinas (y pro-palestinas) –múltiples, ricas, heterogéneas (bit.ly/39jwTjD)− quedan secuestradas, pervertidas, silenciadas y desaparecidas, como la Palestina misma (bit.ly/32ToelN).

Sólo queda el balbuceo del dúo Trump-Netanyahu.

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Jueves, 27 Febrero 2020 05:32

Parasite no es fantasía

Parasite no es fantasía

Una vez al año, trecientos profesores surcoreanos son llevados en autos con ventanas ciegas a un lugar desconocido en la montaña a definir las preguntas del examen anual que rinden 548.000 aspirantes universitarios del que saldrá un ranking nacional: un 4% de alumnos entrará a las tres mejores universidades del país. Esos selectos docentes permanecen un mes incomunicados sin internet ni teléfono. Su misión es secreta por contrato, so pena de ir dos años a la cárcel: salvo la esposa o marido, nadie deberá saber en los siguientes años que ese profesor ha confeccionado esas preguntas.

Antes de comenzar la reclusión voluntaria, un detector de metales garantiza que no ingresen dispositivos electrónicos. Un batallón de servicios secretos del Estado controla que nadie salga ni entre del lugar durante el mes y queman in situ toda la basura para que no sea posible revisar bollos de papel buscando las codiciadas preguntas que se digitalizan un día antes de ir a la imprenta: de allí salen en camiones y la TV lo transmite en vivo.

En una sociedad marcada por la cosmovisión confuciana, la educación es un gran símbolo de status y la posibilidad más cierta de ascenso social. Este tema es el punto de partida del guion de la premiada película Parasite de Bong Joon-ho: un joven de clase baja va a darle clases particulares de inglés a una adolescente de familia rica quien --como casi todo coreano-- vive con una espada de Damocles clavada de nombre Suneung, ese examen que dura ocho horas y veinte minutos donde se define el futuro de casi todo coreano. La película pone de relieve los daños colaterales del Milagro Coreano que generó un desarrollo económico frenético, mientras crecía una desigualdad estratosférica con familias como la del docente de Parasite viviendo en subsuelos que fueron refugio antimisiles (los ricos tienen sus propios búnkeres pero preventivos).

Desde el jardín de infantes, muchos niños son entrenados para vencer y reciben clases de inglés. A tal punto escaló la psicosis educativa que el Estado debió promulgar una ley prohibiendo que los pequeños aprendan inglés antes que coreano. El día del Suneung la bolsa de comercio abre dos horas más tarde y una campaña nacional invita a no sacar el auto a la calle para que el tránsito fluya. Si un estudiante se retrasa 5 minutos no entra y pierde un año de su vida. Se habilita un call center para rezagados y una flota de vehículos policiales que salen con la sirena a rescatar dormilones (algunos duermen en un hotel cercano y se recomienda que el día anterior todos hagan el viaje a modo de prueba). El tránsito se corta 200 metros a la redonda de cada sede y los vuelos se suspenden durante los 40 minutos del examen oral de inglés.

Esa misma tarde se revelan las respuestas del multiple choice y cada quien intuye si sirvió sacrificar la infancia y la adolescencia casi completas para entrar a una buena universidad: lo logran con 490 puntos sobre 500. Algunos tienen más posibilidades: es el caso de los hijos de la familia rica de Parasite que contrata docentes privados en casa en lugar de mandarlos a institutos con aulas de 20 alumnos.

La ONG coreana Mundo lo dice sin eufemismos: “los jóvenes pasan de 70 a 80 horas semanales estudiando y están entre los peores en los ranking mundiales de felicidad y salud mental; su creatividad y sociabilidad están sofocadas”. Muchos adolescentes se levantan antes de las 6 a.m. y los fines de semana también van a institutos de apoyo. Un estudio del Centro de Prevención de Enfermedades de Corea concluyó que los alumnos de secundaria duermen en promedio 5,5 horas por noche y el 83% de los chicos de 5 años asisten a clase extracurricular 5,2 veces por semana. En 2003, el Comité por los Derechos de los Niños de la ONU declaró: “la naturaleza altamente competitiva de este sistema educativo obstaculiza el desarrollo de los niños en su completo potencial”.

Mantener un hijo en Corea del Sur cuesta entre 300.000 y 400.000 dólares hasta que se gradúa en la universidad. Los exitosos en esta carrera social tampoco la tienen fácil: un ingeniero en programación raso en Samsung trabajando 12 horas de lunes a viernes --y unas horas los sábados e incluso domingos-- gana 3000 dólares al mes en una ciudad como Seúl donde un departamento de 80 m² cuesta medio millón de dólares.

Los niveles de stress de la juventud son altos y una suma de 1500 alumnos de primaria, secundaria y terciario se suicidan por año, la mayoría por presiones en el estudio y la soledad derivada del mismo. La debacle trágica en que deriva la frustración de la familia pobre en Parasite es la manera en que explotó en esa “verosímil” ficción la olla de presión coreana, por lo general bien contenida por el confucianismo.

Todo esto comenzó, al menos, durante la dinastía coreana Joseon --siglos XIV a XIX-- que elegía sus funcionarios a través de un riguroso examen y abrazó al confucianismo como ideología de Estado: desde allí permeó a la base social. Según el filósofo chino Confucio, en lo más alto de la escala social se ubicaban los ilustrados, los únicos preparados para gobernar con justeza y honestidad. El cosmos regido por el Tao en el Este de Asia se compone de dos fuerzas complementarias en armonía, donde el hombre es la única disonancia. Confucio propuso máximas virtuosas buscando que ese hombre armonizara con el cosmos y sus semejantes. El primer paso era el respeto sagrado de la autoridad del gobernante y las leyes en pos del equilibrio social. Esa obediencia conservadora debía extenderse a todas las relaciones de la pirámide social: el respeto de los menores a los mayores (“sabios seres del crepúsculo”), de la mujer al hombre, de los hijos a los padres y del campesino al intelectual.

El confucianismo reflejó un modo de pensar colectivo que viene de la cultura del arroz y su trabajo comunitario. El trasfondo es que el individuo no debe rebelarse y tendrá siempre que cumplir bien su rol, siguiendo los rigores productivos y aceptando toda desigualdad y jerarquía. Y tiene que renunciar a su individualidad en función del grupo como totalidad. Todo esto ha sido naturalizado al nivel de un ancestral inconsciente colectivo: por eso es tan difícil cuestionárselo. Cada persona se reduce a un engranaje que, si se sale del curso, será punida por su entorno social. Así funcionan estas sociedades autoreguladas: “clavo que sobresale se hunde de un martillazo”. Si la mayoría acepta que el objetivo central de la vida --y de la nación, ese grupo mayor-- es el progreso vía el estudio para entrar a una compañía tecnológica, todos deben intentar lo mismo. Ese modo de pensar allanó el terreno para la fase hiperproductiva del capitalismo tigreasiático con el soldado corporativo como punta de lanza.

El precio de diferenciarse de la masa --y de no subirse al curso del río social-- implica resignarse a vivir en los subsuelos de la sociedad como la desempleada familia Kim en la película, a riesgo de terminar nadando en una cloaca. Su salvación parece ser parasitar ingeniosamente y sin escrúpulos a una familia rica hipersensible al olor a pobre, e incluso a otros desclasados que no lograron ser parte del exitoso “gran colectivo confuciano” que es Corea del Sur.

Julián Varsavsky es coautor con Daniel Wizenberg del libro Corea, dos caras extremas de una misma nación (Ediciones Continente).

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El paraíso perdido de las ciencias sociales latinoamericanas

Hemos extraviado el Sur. La mayoría de los análisis presentes buscan en el pasado una ruptura inhabilitante para pensar nuestra realidad. Como argumento: el abandono de un edén de las ciencias sociales latinoamericanas. Nuestro pecado, dejar de abrevar en la teoría de la dependencia. Hacerlo, se recalca, supuso renegar del carácter marxista de sus postulados, dejar de pensar en América Latina y una contrarrevolución ideológica. Lo cierto, la teoría de la dependencia, en todas sus vertientes, fue la última cosmovisión omnicomprensiva de las estructuras sociales y de poder en América Latina. Asimismo, logró articular, es verdad, una alternativa anticapitalista, uniendo ciencias sociales y acción política. En 1969, Ruy Mauro Marini, se decantó por un sugestivo título para su ensayo publicado en Siglo XXI Editores: Subdesarrollo y revolución. Por su parte, en 1972, Theotonio dos Santos, optó por un encabezado más específico: Socialismo o fascismo: El nuevo carácter de la dependencia y el dilema latinoamericano. Casi una premonición del golpe de Estado que en septiembre de 1973, derrocaría al gobierno popular de Salvador Allende en Chile. La perspectiva dependentista no ha tenido sustitutos.

Las dictaduras militares de corte neoliberal, la represión, la clausura de las facultades de ciencias sociales coadyuvó al naufragio del pensamiento crítico latinoamericano. Del golpe, asestado en medio de la guerra fría, una parte de la izquierda intelectual no ha sabido recuperarse. Las nuevas generaciones se han dejado arrastrar por modas, teorías de usar y tirar propias de un pensamiento chatarra con obsolescencia programada. El abandono de los estudios dependentistas dejó un vacío, trasformado en nostalgia. Su espacio no ha sido cubierto. En su lugar queda un saber fragmentado. Para unos, se trata de una crisis de pensamiento, para otros de una falta de renovación, y en medio, una amalgama de opciones obsesionadas en concebir nuestras ciencias sociales como parte de una ciencia social burguesa, encubridora y alienante. En esta dinámica, no debe estudiarse nada con visos de impurezas provenientes de las categorías del saber occidental producido en los centros hegemónicos. Sea Europa o Estados Unidos. Un sinsentido que ha logrado hacerse un hueco en algunos nichos académicos. Todo lo post es bienvenido. Como si el pensamiento marxista, el lenguaje, las técnicas de investigación social, la estadística y la teoría no formasen parte o estuviesen adscritas a una razón cultural, la occidental, desde la cual, para bien o mal, pensamos el mundo y buscamos transformarlo. Atrincherarse en lo vernáculo como única opción de conocimiento emancipador es un dislate. Su base, la nostalgia que facilita parapetarse en una versión idílica del pasado en el desarrollo de las ciencias sociales latinoamericanas. Un relato donde el saber y el conocimiento habrían fluido a borbotones, liberadas de pensar el mundo desde las categorías occidentales. Luego vino el caos y la oscuridad. Ese sería el comienzo del desastre. A partir de ese instante todo ha ido de mal en peor. Lo que prometía ser un vergel terminó en un erial. Un desierto cuyos oasis se han ido secando a medida que se ha perdido la unidad en el pensamiento crítico latinoamericano hasta terminar hablando de crisis de la las ciencias sociales.

¿Acaso la propuesta zapatista no está enraizada en la historia de México? Su aporte al pensamiento emancipador latinoamericano es el resultado de una síntesis de experiencias donde transitan el colonialismo interno, la digna rabia, los Caracoles, un lenguaje capaz de interpretar los cambios de un capitalismo analógico a un capitalismo digital. Ha sido capaz de poner encima de la mesa del debate teórico la necesidad de repensar la democracia, las formas de lucha y resistencia. No menos abrir la discusión a conceptos como la dignidad, la justicia social, el poder. Su convocatoria desde 1994 es inclusiva. No es una visión milenarista o indigenista. Los cuentos del viejo Antonio y Durito de la Lacandona cobran vida para explicar el racismo, la miseria, la memoria colectiva, el sentido ético del quehacer político. La propuesta zapatista no es la única, sus postulados han servido para repensar los procesos constituyentes en Venezuela, Bolivia o Ecuador. El buen vivir, el Sumak Kawsay, los derechos de la naturaleza o la articulación de un Estado multiétnico y plurinacional, son parte de la ruptura del colonialismo interno. Su pensamiento debe ser reconocido como un aporte destacado al desarrollo de la ciencia política contemporánea, una manera de romper la visión castrante y nostálgica de haber perdido el rumbo. No todo pasado fue mejor. Hoy el pensamiento latinoamericano esta en ebullición, crea y propone, tanto como busca, romper las visiones que lo encorsetan y frenan. Basta ver el movimiento de protesta en Chile y Colombia, como la expansión del movimiento feminista en su crítica abierta al capitalismo patriarcal. Nunca existió un paraíso, ni hay que salir en busca de un edén perdido del pensamiento social latinoamericano.

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Estanislao Zuleta: rebeldía intelectual y democracia radical.

Aquel sábado 17 de febrero de 1990, solitario en su apartamento del barrio Meléndez de Cali, Estanislao Zuleta dejaría de entregarle al mundo sus últimas expresiones de rebeldía intelectual. A 30 años de su partida, su obra se convertiría en precursora y dejaría aportes sugerentes para lo que luego sucedería: décadas después los colombianos hemos sido testigos de la transición de la guerra a la paz, de la superación parcial de la confrontación armada y la adaptación colectiva gradual a una saludable disputa ideológica.

Vivimos actualmente en medio de un maremágnum social, producto de un acumulado de luchas históricas libradas por décadas, traducidas en el ascenso de las movilizaciones, los movimientos ciudadanos, y una multiplicidad de demandas populares que reclaman cimentarse y superar el descontento espontáneo.

Los aportes de Estanislao Zuleta en el campo educativo, literario, y su crítica feroz al "dogmatismo mecanicista", son un desagravio  teórico, que es digno de ser rescatado en este siglo XXI, dominado por la inmediatez, la levedad y el conocimiento compartimentado por profetas, salvadores, y advenedizos “expertos”.

La conexidad con que Zuleta supo articular tan variados tópicos ayuda en tiempo presente a dotar de contenido a un conglomerado de iniciativas subalternas que en el plano cultural, económico, social, y político, de la Colombia contemporánea, no logran definir una identidad única que antagonice con el sentido común  hegemónico de las élites criollas.

Zuleta despreció los credos, las verdades reveladas, las ideas vedadas, el aburguesamiento y la domesticación de su pensamiento. Por eso prefirió pensar por sí mismo a convertirse en un cómodo administrador de ideas ajenas. En vida prefirió cuestionar, provocar y disfrutar de su papel de piedra en el zapato de lo predestinado, de lo establecido.

Estanislao marcó un hito en las ciencias sociales latinoamericanas por haber sido el precursor del maridaje entre el psicoanálisis freudiano y el marxismo, herencia de su profunda pasión por la obra de Jean Paul Sartre, para quien la dicotomía entre palabra y acción fue siempre paradójica, problemática. Reinterpretar el marxismo sin nociones esquemáticas, y sin determinismo, le permitió entender a este pensador antioqueño la importancia de la singularidad de los dramas particulares, asfixiados por la reduccionista “lucha del proletariado y los desposeídos contra el capital”.

Zuleta se dio cuenta de la necesidad de defender una democracia radical, por parte de las izquierdas en la sociedad colombiana, al  final de los años ochenta, en tiempos marcados por la Perestroika y el Glasnot soviético,  respuestas tardías a las fallas del capitalismo de Estado en la moribunda “cortina de hierro”.

Mientras Zuleta defendía las noción de democratizar la democracia y darle cabida a los disensos en la Colombia política dominada por el tándem liberal-conservador, en otras latitudes sus tesis coincidían cronológicamente, probablemente sin haberlas leído nunca, con las de nuevos pensadores adscritos al denominado postmarxismo[2] (Zizek, Laclau) que entendieron la necesidad de reinventar la izquierda haciendo del afloramiento de múltiples disensos la forma de ampliar los linderos de la participación popular y de romper con el desprecio del comunismo por la democracia representativa.

Zuleta dedicó la última década de su vida, sus últimos esfuerzos, a una incansable tarea pedagógica en materia de paz y democracia como asesor cultural y de derechos humanos de los Gobiernos de Belisario Betancur y Virgilio Barco. Su forma de leer el futuro democrático de la convulsa Colombia de finales de los años ochenta coincidía con el pluralismo agonístico de Chantal Mouffe, que defiende el sentido de lo político como conflictividad continua y hace una clara diferenciación entre enemigo y oponente, frontera que separa  al antagonismo del agonismo[3].

Su Conferencia en Santo Domingo (Cauca) ejemplificó su profundo compromiso por ensanchar las fronteras de la política, y lo político, en la sociedad colombiana. Aquel 14 de mayo de 1989 Zuleta, ante un puñado de guerrilleros en proceso de reincorporación, señalaba "Una característica esencial de la mentalidad democrática, en un sentido moderno, es la aceptación del pluralismo por la sola razón de la imposibilidad de conseguir la unanimidad. Los hombres, los partidos, los grupos de intereses, piensan distinto; las gentes tienen diversas opiniones, creencias, religiones, gustos. Someternos a una sola idea o creencia produce terror absoluto, aunque por el terror es imposible someter al ser humano”[4].

 

Ese carácter indómito de la obra de Zuleta lo llevó no solo a enfilar baterías en sus escritos, intervenciones, y conferencias contra el establecimiento liberal-conservador, sino contra los aparatos burocráticos, los comités sindicales, y  todo lo que él categorizaba como los “especialistas en revolución", de raigambre estalinista en su mayoría[5]

Para Estanislao era inconcebible la coalescencia entre el igualitarismo abstracto del socialismo real, y la defensa férrea que la teoría de Marx hacía del individualismo radical, una interpretación que se acercaba de forma más concreta a los problemas reales del hombre.

Sus cuestionamientos principales a estas estructuras, a las cuales enfrentó

durante su paso por el Partido Comunista (PC) de Gilberto Vieira, se centraban en dos aspectos: 1) la idealización que realizaban de los desfavorecidos, a quienes consideraban, como bien lo señala Eduardo Gómez   “una especie de sector predestinado a realizar la revolución”[6]; 2) la supresión que éstas estructuras ejercían sobre cualquier resquicio de individualidad, y de diferenciación, entre los miembros que componían a tan homogéneas colectividades.

Como era de esperarse dichos desencuentros dialécticos en el seno del PC, lo llevaría a abandonar sus filas en 1963 y a crear, junto a Mario Arrubla y Oscar Hernández, su propio partido: el Partido para la Revolución Socialista, disuelto en 1965 por las acaloradas discusiones internas, en las cuales un sector influenciado por el triunfo de la revolución cubana, el nacimiento de las Farc, y el auge de las guerrillas en Latinoamérica abogaba por la defensa de la lucha armada como única forma de alcanzar el poder, al fragor de los albores del Frente Nacional.  

El alzamiento armado unilateral de las guerrillas, realizado de manera inconsulta con el pueblo que decía defender, se hacía intolerable para un demócrata radical como Estanislao. Ya entrados los comienzos de los ochenta, en su célebre ensayo “Sobre la guerra, esa borrachera colectiva” Zuleta maduraría ese distanciamiento a todo intento armado por acallar al otro al afirmar "Es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”[7].

Zuleta abandonó este mundo hace 3 décadas, sin presenciar como se cayeron a pedazos los vaticinios del nuevo orden mundial: no hubo fin de las ideologías, ni un idílico mundo sin guerra fría, sin conflictos y sin contradicciones.

Si todavía siguiera vivo,  es aventurado asegurar el papel que jugaría Estanislao Zuleta en estos tiempos de posverdad, pospolítica, y neoliberalismo en proceso de reformulación[8]. Podríamos atrevernos a lanzar una arriesgada hipótesis: probablemente sería un agudo crítico y polemizador vetado por los Gobiernos de turno, un burgués en continua rebelión contra esta absurda realidad que vivimos, dedicado a decirle a las ovejas que desconfíen profundamente de todos los pastores que quieren cuidarlas.

Por: Felipe Pineda Ruiz[1]

 

[1] Publicista, investigador social, colaborador de la Fundación Democracia Hoy. Director del laboratorio de iniciativas sociales y políticas Somos Ciudadanos. Editor de www.democraciaenlared.com

[2] Corriente teórica que reformula las tesis del marxismo clásico, y el determinismo que éste atribuye a la clase obrera como bloque hegemónico del cambio. En su lugar el postmarxismo reivindica la lucha de la multiplicidad de resistencias e identidades colectivas por encima del homogéneo proletariado. El libro “hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia” (1985), de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe ahonda en las profundidades de este concepto.

[3] Mouffe, Chantal (1999), El retorno de lo Político. Paidós, Barcelona, 1999, ps. 207

[4] Conferencia dictada por Estanislao Zuleta el 14 de mayo de 1.989

 en Santo Domingo (cauca), en la denominada ciudadela de la paz, campamento del movimiento insurgente M-19, previo a la firma del armisticio entre el Gobierno Nacional y esta guerrilla.

[5] Zuleta, Estanislao (1985). Sobre la idealización en la vida personal y colectiva : y otros ensayos. Procultura S.A, Bogotá, Colombia, p.59.

[6] Gómez Eduardo (2011). Memorias críticas de un estudiante de humanidades en la Alemania Socialista & Zuleta: el amigo y el maestro. Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, p. 59.

[7] Zuleta, Estanislao (1989). “La guerra, esa borrachera colectiva”, texto incluido en el libro Elogio de la Dificultad y Otros Ensayos de Hombre. Nuevo editores, Bogotá, Colombia.

[8] Como ha sucedido tantas veces, el gran capital mundial, y sus organismos multilaterales, han vuelto a hablar de capitalismo con “rostro humano”. Las recientes declaraciones de Kristalina Georgieva, presidenta del Fondo Monetario Internacional, de Christine Lagarde, nueva presidenta del Banco Central Europeo, y el Manifesto de la última reunion del Foro Económico Mundial, celebrado en Davos, dan cuenta de este nuevo salvavidas teórico al neoliberalismo global.

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Colombia quiere y admira a Nairo Quintana y a sus ciclistas más que a sus futbolistas

Fortuna, la marca de los cigarrillos rubios de Tabacalera, nunca patrocinó ni competiciones ni embarcaciones de vela, y, sin embargo, en las encuestas resulta que es la marca que más se asocia en España con la vela, cuentan año tras año en las escuelas de marketing, donde añaden que, claro, el velero con el que el rey Juan Carlos ganaba tantas regatas se llamaba Fortuna. La anécdota quiere explicar que las razones de los consumidores residen a veces en insondables vericuetos mentales, y que ese es uno de los filones que deben explotar los publicitarios, estudiosos del mercado que lo racionalizan y aprovechan añadiendo otro mandamiento a su credo: “para bien o para mal, la primera victoria es la que deja en la gente el recuerdo de la marca que la patrocinó”.

A Fernando Alonso, y tantos años han pasado, aún se le asocia con Renault antes que con McLaren o Ferrari, y en Telefónica saben que, aunque en las cunetas de Colombia ya no se vea mucho su maillot, cuando encuesten a los consumidores del país latinoamericano tan importante en la estrategia global de la empresa española, Nairo Quintana, vista el maillot que vista, será foreverMovistar, el equipo en el que corrió ocho temporadas y con el que ganó el Giro y la Vuelta y subió tres veces al podio del Tour.

Y, con 30 años ya cumplidos, Nairo, que en agosto pasado ya anunció que dejaba el equipo de Eusebio Unzue para firmar por los bretones del Arkea, una marca que nadie en Colombia sabe qué vende (es una banca), sigue siendo una figura primordial en Colombia.

Según las encuestas de popularidad que maneja Telefónica, Nairo era, en el cuarto trimestre de 2019, ya con Egan coronado en el Tour, el personaje más conocido y más admirado del país. Al León de Tunja le conocían el 99,2% de los encuestados, una décima más que al futbolista Falcao (99,1%) y más de un punto más que a su colega James Rodríguez (98,1%). El cantante Carlos Vives alcanzó un 97,7%, y detrás, en el ranking, figuran cuatro ciclistas: Rigo Urán (92,3%), Egan Bernal (91,8%), Fernando Gaviria (67,3%) y Miguel Ángel Superman López (64,5%).

Telefónica considera que el divorcio deportivo, inevitable al considerar ambas partes que se había alcanzado un fin de ciclo y que la convivencia no beneficiaría ni al corredor ni a su equipo, no debe conllevar el divorcio comercial y, según fuentes de la empresa, su estrategia es mantener la asociación con Nairo aunque corra en otro equipo. Por ello, Movistar Colombia sigue manteniendo su colaboración con el Gran Fondo de Nairo, la carrera popular y multitudinaria que organiza el ciclista todos los años en su Boyacá.

Según los datos del mismo estudio que maneja Telefónica, siempre en el sondeo del cuarto trimestre de 2019, un 75,5% admira a Nairo con una nota del ocho al 10, un 72% a Egan y un 69,7% a Rigo, tres ciclistas que son más queridos y ejemplares que los futbolistas: un 66,2% da la máxima nota a Falcao y solo un 54,3% a James.

No es descabellado, por tanto, colegir, y no hacen falta las imágenes de las muchedumbres apasionadas en las cunetas del reciente Tour Colombia para ello, que el ciclismo es el deporte número uno en Colombia, país que, además, es quizás su gran potencia mundial y su vivero de futuro. Por ello, la gente de Telefónica da un gran valor a una encuesta de asociación espontánea de marcas con el ciclismo en Colombia que lidera ampliamente Movistar desde el fichaje de Nairo en 2012, cuando el ciclista tenía 22 años. En el primer trimestre de 2015, un 68% de los encuestados asociaba a Movistar con el patrocinio ciclista, más de un 40% más que a Postobón, una de las marcas más tradicionales del ciclismo en Colombia.

El liderato de Movistar alcanzó su punto máximo en el tercer trimestre de 2017, cuando el podio de Rigo Urán en el Tour y el 12º puesto de Nairo, su peor clasificación. Postobón seguía segunda entonces (28,3%) y Sky, tercera, con su mayor valor histórico (21,8%). En el cuarto trimestre de 2019, el podio no varía pese a que Nairo ya comenzaba a desligarse de Movistar, Postobón había cerrado su equipo profesional y Sky había dejado de patrocinar al equipo de Froome y Egan. La empresa española, que ha comenzado este año, además, a patrocinar el Tour Colombia, mantenía un 81,8% de asociación espontánea de marca con el ciclismo, Postobón estaba en un 21,6% y Sky un 11,4%. Claro, la telefonía móvil latinoamericana, era cuarta, con un 7,3%, y el fabricante japonés de componentes Shimano, quinto, con un 3,2%. En el top ten, tras Tigo, Red Bull y Lotto, entra por primera vez Ineos, el patrocinador del antiguo Sky desde mayo pasado y con cuyo maillot vino tinto Egan se convirtió en julio en el primer colombiano que gana el Tour.

En Movistar son conscientes de que, sin Nairo corriendo con su maillot, está posición se debilitará, pero también saben, porque así lo dicen las leyes del mercado y las marcas, que tardará mucho en perder el liderato.

Por Carlos Arribas

Bogotá 17 FEB 2020 - 12:55 COT

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Bong levanta su puño en alto, aferrando uno de sus cuatro premios Oscar.

Un análisis de la ceremonia de la Academia de Hollywood

En el triunfo del film coreano hay un factor a tener en cuenta: en los últimos años, la Academia hizo un esfuerzo importante por ampliar su base de votantes con gente de cine que no necesariamente vive o trabaja en Hollywood. 

 

El libro Guinness de los récords ya debe estar preparando una entrada especial para el caso Parasite, la extraordinaria película coreana que en la noche del domingo (la madrugada del lunes para la Argentina) se convirtió en la gran ganadora de la ceremonia del Oscar de la Academia de Hollywood. Por primera vez desde la creación del premio, 92 años atrás, una película de habla no inglesa ganó la estatuilla al mejor film. Es la primera vez también que la película ganadora del Oscar a lo que hasta el año pasado se conocía como mejor film extranjero --y a partir de esta edición ha pasado a llamarse mejor film internacional-- hace doblete con el premio principal. Si a eso se le suma que su director, el talentoso Bong Joon-ho , también fue coronado como mejor director y autor del mejor guion original, el caso es ciertamente único. Hasta el domingo, ninguna película coreana había ganado un Oscar y de pronto, en una sola noche, Parasite obtuvo cuatro de los seis a los que estaba nominado.

Cinematografía poderosa como pocas, plena de talentos muy diversos, la coreana es una presencia constante en el circuito de festivales internacionales, pero se diría que esta feroz sátira social sobre la lucha de clases en la sociedad capitalista contemporánea tomó ahora a Hollywood por asalto, un poco como sus proletarios personajes protagónicos toman posesión de una lujosa casa ajena en Seúl. Algo así como si la familia Bong, proveniente de ese subsuelo que es toda película producida fuera de la Meca del cine, hubiera llegado de pronto a la colina de Hollywood y se hubiera apoderado del famoso cartel que la identifica.

Uno más entre los varios récords que rompe Parasite es el de quebrar una vieja maldición: por primera vez desde 1955 –cuando Marty, de Delbert Mann, se llevó ambos premios-- también la película ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes (como fue el caso del film de Bong en mayo del año pasado, en lo que constituye el primer triunfo del cine coreano en la muestra más influyente del mundo) gana el Oscar. Esta situación no sólo fortalece a Cannes en su rol de descubridor de talentos –Bong ya tenía presentados en la Croisette tres de sus films previos—sino también en su pelea con Netflix, que parece es también la de la Academia de Hollywood. Hay dos aliados allí, muy distintos entre sí, pero unidos frente a lo que consideran un enemigo común.

Si este año hubo una gran perdedora en la ceremonia no fue 1917, la película del británico Sam Mendes, que aparecía en todas las encuestas como la favorita a llevarse el premio principal y debió conformarse con tres estatuillas (estrictamente técnicas: fotografía, mezcla de sonido y efectos visuales) de las diez a las que aspiraba. La gran derrotada –hasta la humillación incluso-- fue El irlandés, la mejor película de Martin Scorsese en 30 años, que terminó ignorada olímpicamente: no consiguió ni uno de los diez Oscar a los que estaba nominado. La causa hay que buscarla, seguramente, en su compañía productora, Netflix.

Como en Cannes, en Hollywood también parece haber una resistencia férrea al modelo de exhibición de la plataforma online, que a todas luces no es vista como un par en la comunidad cinematográfica local, por más que la N roja haya hecho con The Irishman ese tipo de película que antes hacían los grandes estudios –con estrellas de la magnitud de Robert De Niro y Al Pacino— y que ahora se resisten a llevar a cabo, privilegiando en cambio las versiones de cómics que Scorsese abiertamente desprecia.

La ovación de pie de todo el Dolby Theatre al director de Taxi Driver, cuando el coreano Bong, con su Oscar al mejor director en la mano, confesó que se había formado como estudiante de cine con la obra de Martin Scorsese, puede haber sido un gesto hipócrita de la comunidad de Hollywood. Al fin y al cabo, fueron precisamente los que estaban allí quienes le negaron sus votos a El irlandés. Pero también puede ser leído como un mensaje especial a Marty: la cosa no es con vos, es con Netflix.

El año pasado, ¿Roma, de Alfonso Cuarón, podría habría ganado el Oscar a la mejor película de no haber sido producida por la odiada plataforma? La respuesta hoy, con Parasite en los más alto del podio, lleva a pensar que sí. Que la Academia quizás ya estaba preparada para premiar una película hablada en otro idioma que no fuera inglés. Además, el mexicano Cuarón forma parte de la comunidad de Hollywood hace años, donde ha hecho películas de gran presupuesto para sus principales compañías. A diferencia de Bong, es uno más de los “happy few” de Beverly Hills, esos sobre quienes ahora se lanza la troupe de Parasite. Pero la maldición Netflix cayó entonces sobre Roma como ahora sobre El irlandés, que sufrió todavía más. A mayor presupuesto, más dolorosa la caída.

Habrá que ver qué consecuencias tiene este segundo revés consecutivo –este año casi un insulto— en la política de producción y exhibición de la plataforma. Y en sus finanzas. Se sabe que Netflix ha tomado una deuda importante para acumular producción propia, pero su férrea resistencia a estrenar en salas (una decisión a escala global) y la prepotencia con la que quiere imponer su política de lanzamientos exclusivos online pareciera estar poniendo a la compañía en una situación difícil, por decir lo menos. Quizás desista de buscar prestigio y reconocimiento en el mundo del cine y se refugie en las series, que siempre fueron su fuerte.

Volviendo al triunfo de Parasite, hay otro factor a tener en cuenta. En los últimos años, la Academia ha hecho un esfuerzo importante por ampliar su base de votantes con gente de cine que no necesariamente vive ni trabaja en Hollywood (hay varios argentinos residentes en Buenos Aires incluso). Eso puede haber influido. Antes, en tiempos de Jack Valenti, de la Motion Picture Association of America (Mpaa), una suerte de Donald Trump de Hollywood, eso nunca hubiera sucedido. De hecho Valenti (fallecido en 2007), cuando percibió que el cine coreano se fortalecía en calidad y en cantidad en su mercado interno y por lo tanto eso menguaba el rendimiento del cine estadounidense en las salas de Seúl, hizo todo lo que pudo por debilitarlo y doblarle el brazo a su legislación, que imponía una fuerte cuota de pantalla para el cine local. No lo logró. Como declaró hace unos días Bong: “En los países europeos y americanos se asombrarían por la cantidad de espectadores coreanos que van a ver las películas nacionales. El porcentaje de habitantes que van a ver películas coreanas es mucho mayor que en la mayoría de los países del mundo. Solo le ganan India, los Estados Unidos y Francia. El cine coreano es muy querido dentro de Corea. Eso es un gran incentivo para la producción”.

Allí donde claramente no hubo sorpresas, fue en los rubros de interpretación. Ganaron los que se sabía que iban a ganar: Joaquin Phoenix (Guasón) y Renée Zellweger (Judy) se llevaron los premios al mejor actor y actriz respectivamente, mientras que las estatuillas a los intérpretes secundarios fueron para Brad Pitt (Había una vez en... Hollywood) y Laura Dern (Historia de un matrimonio), también favoritos en sus rubros. Es sin embargo sintomático el caso de Phoenix porque representa a un film de una oscuridad y un nihilismo fuera de norma no sólo para la Academia de Hollywood sino también para una franquicia como DC Comics. Una película muy influenciada por el cine de Scorsese sin duda, que desde ese lugar tangencial también pareciera haber sido reconocido como el gran maestro que es, a pesar de que los casi 8.500 académicos con derecho a voto se resistan a reconocerlo.

Otro eterno postergado es Quentin Tarantino, que no logra seducir a Hollywood ni siquiera cuando hace una película enteramente dedicada a su leyenda (más bien negra, es cierto) y que lleva hasta el nombre de la ciudad en su título. Los académicos solamente se avinieron a elegir a Brad Pitt como actor secundario por Había una vez… y a las venerables señoras que se ocuparon, desde la dirección artística, en reconstruirla tal como era en 1969, cuando el clan Manson asesinó a Sharon Tate, aquí salvada por un giro contrafáctico muy propio del director.

No importa: el hombre de la noche, Bong, también tuvo palabras de agradecimiento para Tarantino y sin duda (ya que anunció un par de veces su voluntad de festejar con unos tragos) no se perdió la oportunidad de tomar con él unas botellas de soju, la clásica bebida alcohólica coreana. Con ese tono campechano que tiene, Bong dijo que le gustaría que la Academia de Hollywood le permitiera “partir en cinco la estatuilla y compartirla con mis compañeros de rubro”. Y allí también hizo escuela. A partir de su declaración, los siguientes ganadores se sintieron en la necesidad de darse un baño de humildad (incluso Joaquin Phoenix, en su largo y errático discurso, donde empezó hablando del amor a la humanidad y terminó hablando de las vacas) y expresar su deseo de compartir su premio con sus contrincantes, compungidos en la platea. Más allá del exceso de shows musicales, que por momentos convirtieron a la velada en una variante de la ceremonia del Grammy, fue una noche ciertamente extraña, especial, que a diferencia de las veladas anteriores sin duda quedará para el recuerdo. Finalmente, después de muchos años, el Oscar principal se lo llevó una película que, por muchos motivos, no será fácil de olvidar. 

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Sábado, 08 Febrero 2020 06:32

“Curva de elefante” y clase media

“Curva de elefante” y clase media

Thomas Piketyy en su más reciente libro, Capital e ideología, retoma una gráfica de Milanovic para representar las desigualdades en el mundo en las últimas décadas. Lo notable de esa curva que mide los ingresos de la población es que toma la forma de una “curva de elefante”. Los primeros deciles, que abarcan a las personas del planeta más pobres han experimentado un crecimiento porcentual notable de su capacidad adquisitiva. Los deciles intermedios, es decir los “sectores medios“ han tenido un aumento, pero moderado, en tanto que el decil superior, especialmente el uno por ciento más rico ha experimentado un crecimiento exponencial de sus ingresos, tomando la forma de una pronunciada trompa.

Salvando las diferencias numéricas es posible también representar la distribución de los ingresos en Bolivia desde el año 2006 al 2018 como una “curva de elefante” moderada.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), entre 2006 y 2018, el 33 por ciento de los bolivianos anteriormente pobres alcanzaron ingresos medios (entre 5 y 50 dólares/día), pasando de 3.3 a 7 millones. El salario mínimo del país, que reciben la mayoría de los asalariados, subió de 440 bolivianos a 2 mil 122 (de 55 a 303 dólares, es decir, 550 por ciento). Como señala el Banco Mundial, Bolivia fue la nación que más favoreció en la pasada década –con distintas políticas redistributivas– los ingresos de 40 por ciento de la población vulnerable, en promedio 11 por ciento anual; por lo que está claro que la primera parte de la curva de Piketty está verificada.

Las clases altas por su parte, después de la nacionalización de los hidrocarburos, electricidad agua y telecomunicaciones, han tenido también un notable crecimiento de sus ingresos. La rentabilidad anual de la banca ha saltado de 21 a 208 millones anuales. Los productores mineros privados y la agroindustria han pasado de exportar 794 y 160 millones de dólares en 2006 a 4,001 y 434 en 2018. Por su parte, el monto global de la ganancia registrada del sector empresarial ha pasado de 6 mil 700 en 2005 a 29 mil 800 millones de bolivianos en 2018, 440 por ciento más. Lo que verifica la trompa de la curva; con una diferencia respecto a lo que sucedió escala mundial: una reducción drástica de la desigualdad entre el 10 por ciento más rico con respecto al 10 por ciento más pobre que se redujo de 128 veces a 36, fruto de las cargas impositivas a las empresas ( government take gasífero de 80 por ciento, bancario de 50 por ciento y minero de entre 35 y 40 por ciento); por lo que debemos hablar de una trompa de elefante recortada o moderada.

Lo que falta ahora es saber que pasó con el sector medio de la sociedad.

Las clases medias tradicionales

Se trata de un sector social muy diverso en oficios y propiedad formado después de la revolución de 1952 con los retazos de la vieja oligarquía derrotada, pero cohesionada en torno al reciclado sentido común de un mundo racializado en su orden y lógica de funcionamiento. Son profesionales de segunda generación, oficinistas, oficiales uniformados, intermediarios comerciales del Estado, pequeños empresarios ocasionales, ex latifundistas, propietarios de inmuebles alquilados, políticos de oficio, etcétera.

A primera vista han tenido un incremento de sus ingresos y del valor de sus bienes inmuebles. La tasa de crecimiento de la economía en 14 años, en promedio 5 por ciento anual, ha favorecido en general a toda la sociedad. Pero mientras las clases plebeyas tuvieron un incremento de sus ingresos de al menos 11 por ciento cada año y los asalariados más pobres 500 por ciento en 13 años. En el caso de los salarios altos, el presidente Evo Morales fijó como remuneración máxima el salario presidencial, que se redujo de 26 mil bolivianos a 15 mil; y en 13 años sólo subió a 22 mil, es decir, 46 por ciento, lo que llevó a que los ingresos de los profesionales con cargos más altos tengan que apretarse como acordeón por debajo del techo presidencial. Así, mientras la economía nominalmente pasaba de 9 mil 500 a 41 mil millones de dólares, un aumento de 430 por ciento, las clases medias profesionales sólo tuvieron un incremento menor a 95 por ciento por ciento de su salario promedio. Para las nuevas clases medias populares ascendentes era una gran conquista de igualdad, pero para las tradicionales, posiblemente un agravio.

Los propietarios de bienes inmuebles no sufrieron una depreciación de sus propiedades ni mucho menos una expropiación, pero el riguroso control de la inflación que ejerció el gobierno (alrededor de 5.4 por ciento en promedio en los pasados 13 años) y la gigantesca política de fomento a la construcción de viviendas, ya sea mediante cientos de miles viviendas estatales donadas y la obligatoriedad de crédito bancario a la construcción de vivienda a una tasa de interés de 6 por ciento, llevó a una amplia oferta que atempero el aumento de los precios de las viviendas en un tope no mayor a 80 por ciento en toda una década.

De esta manera las clases medias tradicionales tuvieron un incremento moderado de sus ingresos, porcentualmente mucho menor que el de las clases populares y las clases altas, lo que completa la parte baja de la “curva de elefante” de las desigualdades nacionales.

Si a ello sumamos que en este mismo tiempo a los 3 millones de personas de “ingresos medios” que ya existían en 2005 se sumaran otros 3.7 millones, resulta que para un puesto laboral donde habían tres ofertantes, ahora habrán seis; llevando a una devaluación de facto de 50 por ciento de las oportunidades de la clase media tradicional.

Esta “devaluación” de la condición social de la clase media se vuelve tanto más visible si ampliamos la forma de medir los bienes de las clases sociales a otros componentes más allá de los ingresos monetarios y el patrimonio, como el capital social, cultural y simbólico.

Toda sociedad moderna tiene mecanismos formales e informales de regulación de influencias sociales sobre las decisiones estatales. Ya sea para debatir leyes, defender intereses sectoriales, ampliación de derechos, acceso a información relevante, puestos laborales, contratación de obras, créditos, etcétera, los partidos, pero también los lobbys profesionales, los bufetes de abogados y las redes familiares funcionan como herramientas de incidencia sobre acciones estatales. En el caso de Bolivia hasta hace 14 años, los “apellidos notables”, los vínculos familiares, los círculos de promoción estudiantil, las fraternidades, las amistades de residencia gatillaban una economía de favores en el aparato estatal.

Un apellido siempre ha sido un certificado de “honorabilidad” y, a falta de ello, el paso por determinados colegios, universidades privadas, lugares de esparcimiento o pertenencia a una logia desempeñaban el resorte de parcial blanqueamiento social.

Ya sea en gobiernos militares o neoliberales siempre había una lógica implícita de los privilegios estatales y de los lugares preestablecidos, social y geográficamente, que las personas debían ocupar.

Por eso cuando el “proceso de cambio” introduce otros mecanismos de intermediación eficiente hacia el Estado, las certezas seculares del mundo de la clase media tradicional se conmocionan y escandalizan. La alcurnia, la blanquitud y la logia, incluidas su retórica y su estética, son expulsadas por el vínculo sindical y colectivo. Las grandes decisiones de inversión, las medidas públicas importantes, las leyes relevantes ya no se resuelven en el tenis club con gente de suéteres blancos, sino en atestadas sedes sindicales frente a manojos de hojas de coca. La liturgia colectiva sustituye la ilusión del mérito: 80 por ciento de los alcaldes han sido elegidos por los sindicatos; 55 por ciento de los asambleístas nacionales y 85 por ciento de los departamentales provienen de alguna organización social. Los puestos laborales en la administración pública, las contrataciones de obras pequeñas, la propia atención ministerial requiere el aval de algún sindicato urbano o rural. Hasta la “servidumbre doméstica”, vieja herencia colonial del sometimiento de las mujeres indígenas, ahora impone derechos laborales y de trato digno. Los “indios están alzados”, y la indianitud anteriormente arrojada como estigma o veto al reconocimiento, ahora es un plus que se exhibe para decir quien tiene el poder. En todo ello hay una inversión de la polaridad del capital étnico: del indio discriminado se pasa al indio empoderado.

La plebe, anteriormente arrinconada a las villas y anillos periféricos, invade los barrios de las “clases bien” comprando y alquilando domicilios vecinos rompiendo las tradicionales geografías de clase. Las universidades se llenan de hijos de obreros y campesinos. Los exclusivos shoppings se vulgarizan con familias populares que traen sus costumbres de cargar su comida en aguayo y meterse a los jardines de los prados. Y las oficinas antes llenas de traje, corbata y falda tubo, ahora están atravesados por ponchos, chamarras y polleras.

Para la clase media es el declive del individuo frene al colectivo, del “buen gusto” frente al cholaje que lo envuelve todo y en todas partes. Hasta las clases altas más hábiles en entender el nuevo relato social se agrupan también como gremio y se vuelven diestras en las puestas en escena corporativas.

Pero la clase media tradicional no. La simulación siempre ha sido un estilo de su clase, pero que ahora no le da réditos. Otras apariencias más cobrizas, otros hábitos e incluso otros lenguajes ahora desplazan lo que siempre consideró un derecho hereditario. Y antes que racionalizar el hecho histórico, prefiere ahogarse en las emociones de una decadencia social inconsulta. El resultado será un estado de resentimiento de clase contra la igualdad que lo irradiará hasta sus hijos y nietos. Por eso su consigna preferida es “resistencia”. Se trata de resistir la caída del viejo mundo estamental. Y para ello el fascismo es su modo de encostrarse.

Así, más que una querella por los bienes no adquiridos la rebelión de la clase media tradicional es un rencor encolerizado por lo que considera un desorden moral del mundo, de los lugares que la gente debiera ocupar y de la distribución de reconocimientos que por tradición les debiera llegar.

Por eso el odio es el lenguaje de una clase envilecida que no duda en calificar de “salvajes” al cholaje que la está desplazando. Y es que al final no se puede ganar impunemente la lucha contra la desigualdad. Siempre tendrá un costo social y moral para los menos, pero lo cobrarán.

Esta es también una de las preocupaciones de Piketty en su libro, pues está dando lugar a un surgimiento de un tipo de populismo de derechas y de fascismo alentado por la insatisfacción de estos sectores medios con nulo o bajo crecimiento de sus ingresos. Y en el caso de Bolivia a un tipo de neofascismo con envoltura religiosa.

* Ex vicepresidente de Bolivia en el exilio

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Jueves, 06 Febrero 2020 05:42

La desesperación por ser feliz

Maneki ineko, obra de Elisa Insúa.

La promesa de felicidad capitalista, la autoayuda y el psicoanálisis

A diferencia de la autoayuda --y de los laboratorios y la religión-- el psicoanálisis no promete la felicidad, advierte el autor. En rigor, agrega, no promete nada y ahí radica su potencia, su posibilidad.

 

Nadie sabe qué es ser feliz a menos que la felicidad se defina en la triste versión de ser como todo el mundo.

Jacques Lacan

El programa que nos impone el principio de placer, el de ser felices, es irrealizable.

Sigmund Freud

Y hay que impedir que juegues para el enemigo.

Luis Alberto Spinetta

Podríamos preguntarnos para qué sirven las narrativas de autoayuda cada vez más presentes en el mercado. Un mercado necesitado de ofrecer nuevos objetos de consumo que renueven la cada vez más deteriorada promesa de felicidad que el capitalismo --junto a su gran aliado, la tecnociencia-- busca mantener viva a través de una proliferación de objetos de uso que agotan su fascinación con la velocidad con la que van aumentando las exigencias de navegación web. La respuesta podría ser: sirven para “agarrarse de algo”. “Agarrarse” es un término, un significante que nos interesa porque acentúa el carácter del objeto y su presencia en el mundo, en tanto “el mundo” --al decir siempre velado de la discursividad neoliberal-- siempre es el mundo capitalista, y más específicamente, el financiero. Dentro de ese “mundo” están los objetos que nos reenvían al sentido, en la medida en que las velocidades digitales de las operaciones financieras y los movimientos espasmódicos de las valorizaciones de bolsa y de bonos son el modelo alienante con el que se “modeliza” lo que se denomina “el estado de ánimo”. Esto muchas veces --o todas-- se lleva hacia el terreno delimitado por otro significante ultrapresente: la “autoestima”. Agarrarse de algo para recomponer una autoestima –diríamos-- completamente sometida a los vaivenes de la cotización en bolsa y la especulación financiera, tal como si el “ánimo” se hubiera convertido en una acción más altamente volátil a los vaivenes de los logros o los fracasos “productivos”. Teniendo al dinero como fetiche, todo se reduce a una escala de valorización en esos términos. Se trata de agarrarse de algo, entonces, como en la religión, cuando dios tiende una mano a través de sus consejeros en la tierra. Exactamente eso: consejeros de una religión “sin cielo”, es decir, sin fe.

También sirven para mantener la ilusión de que la felicidad es posible por medio de un aprendizaje o por medio de recetas: es una pedagogía. Luego, sirven para crear la idea de que somos todos iguales y que la felicidad sólo depende de factores “objetivos” e independientes de los condicionamientos sociales, históricos, políticos. En ese sentido se sostienen en pretensiones a-políticas. Sirven para sostener que uno mismo puede ser el artífice de su vida --paradójico desde el momento en que está necesitando el libro escrito por otro--.

Sirven también para sostener una promesa y una esperanza. Y las esperanzas son lo primero que habría que perder. La ficción pone a jugar una verdad en relación a la esperanza. Por ejemplo Zama, de Antonio Di Benedetto, que por fin encuentra lo más parecido a la libertad ahí donde alguien dijo No a sus esperanzas o Sara Gallardo en Los galgos, Los galgos cuando dice “congoja y contrición sin esperanza, y en eso reside el único consuelo”. Lacan decía que había visto a la esperanza llevar a gente al suicidio. Tan sólo algunos ejemplos en los que la esperanza sólo eternizaría una ilusión que nunca se concreta, cifrando la peor atadura y dependencia a un Ideal. La autoayuda, en ese sentido, proporciona la tranquilidad --momentánea y precaria-- de que se podría suprimir el dolor de existir, que se podría vivir sin afectación. Aunque más que tranquilidad, proporcionan una anestesia, un adormecimiento que, lejos de liberarnos, nos encorseta aún más.

Desesperación y anestesia

En ese sentido, más que una idea de la felicidad, estas narrativas tienen una buena idea de la desesperación. Hay mucha desesperación, y para el mercado, es como echarale nafta al fuego del consumo. ¿Desesperación por qué? Por agarrarse de algo. Tal vez esa desesperación se retroalimenta en la medida en que se le ofrezcan objetos como promesas de calma, sobre los que se repite el acto de consumo, sin tener en cuenta --porque queda siempre velado-- que la desesperación se presenta porque ningún consumo satisface algo de lo que se llama consumación, o realización del deseo. Es interesante lo que Freud dice respecto de los sueños que interpreta: son realizaciones de deseo. Pero eso sucede en la noche, en esa “otra vida” u “otra escena” en la que el sujeto suspende forzosamente la compulsión al consumo. Durante el día, desesperarse por ser feliz, accionar y accionar, producir y producir, cumplir con el deber, ser un soldado de la felicidad. Y la noche le muestra la solución, solamente por tener un sueño: más que consumir, consumar, realizar, satisfacer algo de ese deseo que necesita de un sueño en la clandestinidad de la noche para manifestarse, para tener lugar.

Vivimos en una época de discursos higienistas que pretenden una especie de asepsia emocional, se pretende vivir rechazando la afectación. Se pretende que la toxicidad siempre es del otro, es de afuera. Hoy se escucha que ante cualquier dificultad se recomienda “un clona”, “un rivo”, “un cuartito”. En esos nombres, en esos apodos, hay un gesto de banalización absoluta, hay una ilusoria domesticación de la medicación y, a la vez, de la angustia. Hay muchísima bibliografía actual que intenta leer los efectos de este consumo masificado y sin control de ansiolíticos, el consumo como primera opción --no estamos hablando de casos en los que sí se requiere medicación--. También la ficción, que siempre está un paso adelante leyendo estos efectos, pone en evidencia la constante pretensión de anestesiar los cuerpos y los efectos nefastos de ello. Empezando por la clásica Un mundo feliz, pasando por la película Equilibrium --que narra un mundo en el que es obligatorio por ley la inyección diaria de un fármaco que suprime emociones-- o la más reciente Black Mirror (por mencionar tan sólo algunos de los ejemplos), muestran los peligros de un mundo que, sin emociones, entre otras cosas, deja vía libre a los discursos totales y absolutos. El humor, en su filo político, también viene a subrayar un estado de cosas: los más recientes: Capusotto con Rovotril o con Nicolino Roche y sus pasteros; o el humorista Martín Garabal con el video llamado Rivo Chill-Clonazeparty.

La idea de felicidad, entonces, no está para nada desprendida de la ideología, es netamente ideológica. De hecho, Franco Berardi la llama “ideología felicista” que, además, está en total relación con el modelo productivo. Sara Ahmed, en La promesa de la felicidad, muestra el modo en que la noción de felicidad entró, en los últimos años, en los gobiernos y en las promesas de campaña. Se trata, nada menos, que de un nuevo imperativo: el de la superación personal y la voluntad. Como bien señala la autora, no deja de ser un nuevo mandato y una técnica disciplinaria. A su vez, es un paradigma normalizador ahí donde señala, siempre desde la moral, qué es lo correcto y qué no, qué es “normal” y qué no lo es.

El psicoanalista no desespera

La relación entre psicoanálisis y felicidad es muy estrecha dado que, como Freud señaló en El Malestar en la cultura, el fin y el propósito de los hombres es aspirar a la felicidad, ser felices y no dejar de serlo. Lo que sugiere Freud es que la felicidad no está en los planes de la Creación, o, como dice Lacan leyendo a Freud “para esa felicidad no hay absolutamente nada preparado en el macrocosmos ni en el microcosmos”. Por otra parte, Lacan advierte que la demanda de las personas que nos consultan es una demanda de felicidad --aunque se manifiesta bajo formas diversas--. Ahí, el psicoanálisis es un poco aguafiestas y resultaría deseable que los analistas estemos advertidos de ello. Porque la apuesta analítica se encuentra en las antípodas de la promesa de la felicidad. A diferencia de la autoayuda --y de los laboratorios y la religión-- el psicoanálisis no promete la felicidad. En rigor, no promete nada y ahí radica su potencia, su posibilidad. El encuentro con un análisis quizás haga vacilar certezas que creíamos inamovibles y suscite una vida un poco menos atada a algo que suponíamos nuestro destino. Algo fundamental que vino a mostrar el psicoanálisis es que no hay deseo sin angustia. No hay posibilidad de habitar una vida más acorde a un deseo sin pasar por la angustia. La angustia es el único afecto que no engaña, decía Lacan, en el sentido en que nos posiciona en coordenadas subjetivas un poco más verdaderas y menos alienadas al Ideal. Es ahí que pueden aparecer ciertos efectos felices. Lejos de hacer una apología del malestar o de poner en juego una mirada escéptica, y mucho menos cínica, el psicoanálisis viene a darnos la posibilidad de que cese la obligatoriedad del mandato de felicidad. Es por eso que un analista no desespera, porque no consume nada de lo que el analizante le ofrece. Suspende la desesperación por la felicidad capitalista y hace de su acto la mínima acción de sostenerse en un dispositivo que se abstiene de convertirse en una gran boca que chupa o en un gran culo que caga, o en una tremenda mirada que absorbe, o en la voz de dios que se entretiene con sus modulaciones. El analista es un lugar agujereado. La no desesperación del analista aguarda sin esperar nada más que la palabra del analizante. Al final, el psicoanálisis nos posibilita la experiencia anti-capitalista de que es posible vivir sin desesperación. Y que si algo tiene que ver con la felicidad, eso sería poder salirse de la fila desesperada para ser tomado como objeto de consumo, para evaporarse en el “horno” de la línea de montaje, incluso en sus versiones digitales. El campo concentracionario de la vida diaria que --al modo de Phillip Dick-- se revela ante sus ojos como si se cayera un decorado y el “detrás de escena” quedara a cielo abierto. Cuando Freud dijo que el psicoanálisis hace de las miserias neuróticas infortunios cotidianos, mostró las escasas pretensiones de la praxis. Y es ahí donde radica el alivio de un análisis. Porque le quita al sufrimiento su épica, saca a alguien del lugar coagulado de víctima de su historia. Pasar de las miserias neuróticas al infortunio cotidiano es, finalmente, hacer que algo pase ahí donde no pasaba nada. Finalmente, la libertad tendrá algo que ver con haberse librado, al menos en parte, de lo que el capitalismo ha naturalizado después de instaurarlo con éxito: la desesperación por ser feliz.

Alguna vez Lacan dijo, y se puede leer en ese mismo sentido, que no hay que empujar un análisis muy lejos, que “cuando un analizante piensa que él es feliz de vivir, es suficiente”. Y ese feliz de vivir no es vivir feliz, sino vivir un poco más consecuentemente con lo que uno cree que desea; es vivir sin melancolizarse en la idea de que la felicidad es una fiesta de los otros a los que nunca estamos invitados, esa fiesta que siempre nos deja afuera. Feliz de vivir es aceptar la fragilidad de vivir sin garantías. 

José Luis Juresa y Alexandra Kohan son psicoanalistas.

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La diferencia entre las proteínas animales y las vegetales en la salud

Varios estudios han descubierto que la composición y el origen de las proteínas no influyen en sus efectos para la salud

¿Cuáles son mejores, las proteínas animales o las vegetales? Habrá quien diga que las proteínas vegetales son incompletas, y de peor calidad biológica, y quien argumente que las proteínas animales causan enfermedades. Los estudios han comprobado que ambas partes en conflicto se equivocan.

La calidad de las proteínas se mide  como la cantidad efectiva de aminoácidos que pasan a a sangre y se incorporan a tus células después de comer alimentos con proteínas. Desde hace décadas se usa el valor biológico, que resulta de restar el nitrógeno total excretado del nitrógeno ingerido para saber cuánta cantidad de proteína se ha desaprovechado.

Según el valor biológico, la proteína de suero de leche se absorbe en un 96%, mientras que las proteínas del tofu solo llegan al 64%. La explicación tradicional es que a la mayoría de los alimentos de origen vegetal les falta alguno de los nueve aminoácidos esenciales (la quinoa es una excepción), mientras que todas las fuentes de proteínas animales son completas. Si falta un aminoácido, la síntesis de proteínas en las células se detiene: es como si faltara una pieza de LEGO para completar la casa.

En efecto, la falta de un aminoácido es un cuello de botella, pero nuestro organismo tiene formas de superarlo. Se ha visto que, como adaptación evolutiva, podemos reciclar y conservar los aminoácidos en espera de que lleguen los suministros que faltan. Por ejemplo, a las lentejas casi no contienen los aminoácidos cisterna y metionina. Pero si más tarde tomas arroz o avena, que sí los tienen, completarás el puzzle. 

Por este motivo, comer más cantidad de proteínas, aunque sean incompletas, mejora la absorción. Teniendo en cuenta esto, la OMS ha cambiado de sistema de medida de la calidad de las proteínas para usar el índice PDCAAS (Protein Digestibility Corrected Amino Acid Score, Puntuación de aminoácidos corregida por la digestibilidad de las proteínas) que identifica qué aminoácidos son verdaderamente limitantes.

Por ejemplo, al arroz le falta el aminoácido lisina. Las personas en países en desarrollo que se alimentan únicamente de arroz sufren diarrea e inflamación de las mucosas. La deficiencia de lisina también puede afectar a algunas personas que siguen una dieta vegana, pero se corrige aumentando la ingesta de legumbres, semillas y frutos secos.

Las proteínas animales y la diabetes

Una dieta con más proteínas tiene muchas ventajas para perder peso y mantener la salud. Sin embargo, los estudios de poblaciones indican que el consumo elevado de proteína animal está asociado a una mayor incidencia de diabetes tipo 2, mientras que las proteínas vegetales no.

Una posible explicación es que las proteínas animales tienen una concentración más alta de aminoácidos ramificados (BCAA, leucina, isoleucina y valina) y sulfurosos (metionina y cisteína) que las vegetales. El consumo elevado de BCAA está asociado con la diabetes, aunque esto no quiere decir que sea la causa. Al revés el consumo de isoleucina aumenta la sensibilidad a la insulina. Un menor consumo de recudir los BCAA y la metionina puede aumentar la longevidad, pero a cambio, reducir las proteínas acorta la vida

Para deshacer este entuerto se hizo un estudio clínico aleatorio con personas diabéticas. Todas tenían una dieta con un 30% de proteínas, 30% de grasa y 40% de carbohidratos, pero un grupo obtenía las proteínas de la carne y los lácteos, y el otro de proteína refinada de guisante.

¿Por qué proteína concentrada de guisante? Para eliminar la posible influencia de los efectos beneficiosos de la fibra y los antioxidantes de las plantas en las verduras y hortalizas. Al final del experimento no había diferencias entre los dos grupos en la sensibilidad a la insulina, tensión arterial, colesterol, triglicéridos, glucosa ni marcadores de inflamación. La composición de los aminoácidos de las proteínas no tiene influencia.

En realidad, todas las proteínas se descomponen en aminoácidos durante la digestión, y tu cuerpo no es capaz de distinguir si un aminoácido viene de una lenteja o de un muslo de pollo. Como hemos visto, comer plantas nos beneficia de otros modos.

Por Darío Pescador

27/01/2020 - 21:20h

Publicado enSociedad
 Las antiguas ruinas de Persépolis, donde los líderes occidentales y la realeza británica viajaron alguna vez para celebrar con el sah los 2 mil 500 años del imperio persa.Foto Francesco Bandarin/Página de Internet de la Unesco
Hay algo profundamente ritual, además de ultrajante, sobre nuestra cobertura en torno a la comedia del absurdo de Medio Oriente. El presidente de Estados Unidos lanza otro tuit al mundo y –sin importar qué tan infantil o clínicamente enfermo sea su contenido– lo tratamos como un pronunciamiento político serio. Luego, millones marchan por las calles del mundo árabe al grito de muerte a Estados Unidos y muerte a Israel, y reportamos estas consignas –que he escuchado en Medio Oriente por décadas– y que son en realidad producto de un debate político serio. Sus consignas son comprensibles, pero no dan ninguna indicación de cuál será la reacción futura de Irán al asesinato de Qasem Soleimani.

Entonces, los canales internacionales disfrazan toda esta verborrea de periodismo de crisis –siendo escrupulosamente justos con ambas partes mendaces– y abren un viejo manual de vocabulario periodístico: escalada, represalia, repercusiones, venganza, odio; la crisis más grave desde la última crisis más grave, sea cual sea.

Esto es territorio conocido y me recuerda los primeros días de la guerra en Irlanda del Norte, cuando jugábamos los mismos absurdos e infantiles juegos de palabras.

En uno de sus exasperados poemas de principios de los 70, Seamus Heaney, el futuro premio Nobel y ahora, lamentabemente, el difunto Seamus, expresó una furia casi idéntica. Escribió sobre los periodistas de Belfast “que probaron su pulso: ‘escalación’/ ‘repercusión’/ y ‘medidas enérgicas’…/ ‘Polarización’ y ‘odio arraigado’…”

El poema de Heany titulado Lo que sea que usted diga no dice nada, es muy aplicable. Entre más términos periodísticos pronunciamos, más banales nos volvemos. Y cuanto más banal se vuelve, menos entendemos. O, más precisamente: menos se supone que debemos entender.

Porque nosotros constatamos que estas palabras que llevamos en el pulso conspiran con los conflictos sobre los que escribimos. Somos componentes esenciales del falso drama. El asesinado Soleimani es un ícono barbado, un oponente empedernido de Estados Unidos; cosa muy peligrosa ahora que Trump ha ejecutado un salto dramático en la escala del recrudecimiento. Y así seguimos, y seguimos. Y seguimos.

Ciertamente, esta jerga de la crisis es muy adictiva. Comencemos con la sugerencia trumpista de que podría haber futuros objetivos para el ejército estadunidense importantes para la cultura iraní. La manada en Washington de inmediato señaló que usar como blancos sitios culturales constituye un crimen de guerra, al menos según las convenciones firmadas en Ginebra y La Haya, sin mencionar la resolución de 2017 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que condena la destrucción de sitios culturales.

Los iraníes dijeron tonterías sobre Genghis Khan (que es exagerar un poco) y Hitler, que tiene mucho más qué ver, pese a que los clérigos chiítas no son normalmente expertos en jurisprudencia de la Segunda Guerra Mundial.

Y luego todo fue analizar lo que Trump dijo o quiso decir. Desde luego estaba muy claro. Proponía un culturicidio”. Ésta era una palabra que usábamos en Bosnia cuando los croatas o los serbios o los bosnios deliberadamente hacían estallar los puentes otomanos, mezquitas antiguas e iglesias y cavaban las tumbas de antiguos cementerios para vengarse unos de otros.

El culturicidio es lo que viene en segundo lugar después del genocidio. No se asesina masivamente a una raza de personas; se destruye el legado pasado y futuro de una raza de personas de manera que las generaciones por venir no puedan experimentar o disfrutar la prueba histórica de su propia existencia. Cuando el genocidio no funciona (como ocurre a veces) esta es la opción que sí se logra.

Los nazis eran expertos en culturicidio. ¿Qué otra cosa fue quemar 267 sinagogas durante la Noche de los Cristales? ¿O la destrucción de 427 museos rusos en Smolensk, Poltava, Estalingrado, Novogorod y Leningrado por parte de la SS alemana en 1941? ¿O prender fuego al almacén temporal del Louvre en el castillo de Valencay en 1944, por parte de la segunda División Panzer de la SS del Reich? ¿O lo que pasó, unos meses después, cuando Hitler mandó destruir lo que quedaba de Varsovia, y hacer que el comando Spreng volara en pedazos el Castillo Real polaco y derribara la iglesia en la que alguna vez estuvo sepultado el corazón de Chopin?

Es esencial recordar estos actos de barbarie si queremos comprender lo que propuso Trump. No porque esté cuerdo –está completamente loco–, sino porque muchos de los que ordenaron un culturicidio han estado tan dementes como el presidente estadunidense. Goering dijo al presidente checo Hacha que destruiría Praga si el anciano no aceptaba la ocupación nazi, pues Hitler estaba impaciente. Hacha se dio cuenta de que lo nazis no estaban jugando y entendió el mensaje.

Pero este culturicidio –el atacar lugares importantes para la cultura, según las palabras inmortales de Trump– no es algo que se pueda englobar limpiamente en unos cuantos años. En 1914 el ejército alemán que invadió Bélgica incendió deliberadamente la gran biblioteca de la universidad Lovaina (Leuven), destruyendo 300 mil libros, muchos de ellos manuscritos medievales. Tampoco olvidemos la quema de bibliotecas armenias, iglesias cristianas y antigüedades romanas –piensen en Palmira, que fue obra de Isis.

Tampoco debemos hacer de lado el recuerdo del mariscal de las fuerzas armadas reales, Sir Arthur Garris, quien subió al tejado del ministerio aéreo de Londres la noche del 29 de diciembre de 1940 para mirar los incendios que provocó el bombardeo nazi y el cielo sobre la capital. En sólo seis semanas la fuerza aérea alemana destruyó el centro de Coventry y su catedral medieval.

En su autobiografía, Harris describe cómo, al dar la espalda a los incendios, le dijo a su jefe, el comandante aéreo (y capitán de bombarderos) Sir Charles Portal: Bueno, están arando en el viento. Sobre los alemanes que bombardeaban Londres, Harris citó Hosea 8:7 errónemente, pues la frase real es cosechar un remolino. Lo que vino después, desde luego, fueron tormentas de fuego sobre Hamburgo y Dresde, cuando Harris encabezó a los bombarderos.

De nada sirve decir que Dresde no fue un ataque de venganza. Se logró cerrar vías ferroviarias y la industria gracias al avance de las fuerzas rusas. Pero se eligió a Dresde y a Hamburgo porque las bombas incendiarias destruían fácilmente casas medievales aún habitadas por civiles, pues eran de madera. Fueron tan efectivas que los incendios en Dresde, que recibió el impacto de 650 mil bombas incendarias, destruyeron la gran iglesia de Nuestra Señora, del siglo XVIII. Y liquidó al pueblo de Dresde.

Qué raro que no se dijo nada de la Noche de los Cristales, de Poltava, Novogorod, Leningrado, Lovaina, del castillo de Valencay y del pobre y viejo presidente Hacha después del tuit de Trump. Unos cuantos pulsos sobre Isis y Dresde fueron toda la memoria histórica que se manifestó.

Pero olvidamos otro elemento notable: la espuria exigencia de venganza. Los nazis alegaron que la Noche de los Cristales de 1938 fue una represalia por el asesinato de un diplomático alemán a manos de un judío en Berlín. Los museos rusos fueron destruidos porque las fuerzas soviéticas seguían resistiéndose a la Wehrmacht. El castillo del Louvre fue atacado porque la SS culpó a los franceses de ayudar a los aliados en el desembarco en Normandía. Los alemanes destruyeron el centro de Varsovia por órdenes de Hitler porque sus habitantes se atrevieron a alzarse contra la ocupación. Praga fue amenazada porque la tardanza de Hacha exasperó al führer. Los alemanes quemaron Lovaina después de que sus tropas fueron atacadas por francotiradores belgas. Hamburgo y Dresde vinieron después de la primera destrucción nazi de Varsovia en 1939 y luego Coventry en 1940.

El Isis pulverizó iglesias y antigüedades porque ofendían las interpretaciones literales del islam.

El intento ridículo de Trump de perpetrar culturicidio –si bien pudo haber sido mucho más serio– fue hecho para advertir de una represalia estadunidense que pudo ser respuesta a una represalia iraní, que aún no se ha materializado, por el asesinato de Soleimani. Dicho asesinato, a su vez, fue la venganza de Estados Unidos por los soldados estadunidenses muertos en Irak que fueron ahí para vengar el inexistente papel del presidente iraquí Saddam Hussein en el 9/11.

Y ahora, según periodistas que deberían dar las noticias como si fueran un show de comedia, dicen que el asesinato de Soleimani fue, según el vicepresidente Mike Pence, una represalia por su ayuda en el traslado clandestino de entre 10 y 12 terroristas que perpetraron los ataques del 11 de septiembre. Sin embargo, se trató de 19 asesinos de los cuales se comprobó que 15 eran sauditas a quienes les hubiera encantado ver muerto a Soleimani.

Eso es a lo que yo llamo una mentira obvia y enorme. Casi tan tan descarada como George W. Bush diciendo hace 19 años que Saddam estuvo involucrado en el 9/11 ¿se acuerdan? y que por lo tanto tenía que invadir Irak. Esto, en la escala del uno al 10 es exactamente igual a Hitler alegando que la invasión de 1939 a Polonia era su obligación porque Polonia intentaba invadir Alemania. ¡Esto es exactamente lo que Hitler dijo!

Estas son señales, desde luego, de que algunos de los militares estadunidenses de más alto rango están un poquito espantados de que su comandante en jefe los lleve por el camino de injustificables crímenes de guerra. El Pentágono se está mostrando algo distante de la Casa Blanca en este tema. Esto me lo contó personal árabe militar que habla regularmente con el ejército estadunidense en el golfo, cuyos representantes son dos funcionarios estadunidenses de alto nivel radicados en la región.

Es un problema simple. Los Trumps del mundo vienen y se van –aun cuando tengamos que aguantarlos otros cuatro años como sucederá con el verdadero Trump– pero los tenientes coroneles se vuelven generales que aún estarán esperando un retiro honorable cuando un abogado internacional toque a su puerta dentro de 10 años.

No cuenten con sus soldados, ni con sus servicios de inteligencia. Me dicen fuentes muy confiables que los estadunidenses trataron de matar con un dron a Solemani en Siria hace unos 18 meses y fallaron.¿Qué hubiera pasado si lo hubiesen asesinado entonces? No hubiéramos podido decir que el asesinato se debió a las próximas elecciones estadunidenses o a que Trump enfrenta un proceso de impeachment. Pero esperen, ¿no habría coincidido el asesinato, entonces, con la investigación de Mueller de los contactos entre Trump y los rusos durante las elecciones de 2016?

Sólo dos detalles más antes de que dejemos este tema sórdido y empapado de mentiras. Uno es que fue Qasem Soleimani quien acordó con el Hezbolá libanés que el grupo intentaría poner fin a las protestas laicas en el centro de Beirut antes de Navidad en las que chiítas, sunitas y cristianos exigían un gobierno no religioso. Vi a jóvenes del Hezbolá, a quienes muchos consideran héroes de las guerras antisraelíes del sur de Líbano, golpeando y maltratando a los inocentes manifestantes. No son más defensores de Líbano.

En Irak, los hombres armados de Soleimani, iraquíes que formaban parte de la gran milicia chiíta iraní del país, reprimían otra manifestación justa que exigía poner fin a un gobierno de corrupción. Dispararon contra cientos de sus propios correligionarios en Bagdad y en la ciudad más sagrada de Irak. Incluso el poderoso ayatola Sistani objetó la interferencia de Irán. Este no fue el momento más honorable de Soleimani. Y así, los estadunidenses lo mataron justo cuando su campaña para promover el poderío iraní estaba fracasando. ¿Fue esto simplemente estupidez o hay algo que no sabemos?

De cualquier forma, he aquí un breve cuestionario: Todos nos hemos sumado al asustadizo debate de cuándo responderá Irán, pero no hemos decidido cuál sitio cultural. Los trumpistas atacarán Irán para vengarse por ___? Ustedes pueden responder a la pregunta escribiendo en la línea la afrenta que les plazca.

Como posibles objetivos están, por ejemplo, las antiguas ruinas de Persépolis, desde luego, donde los líderes occidentales y la realeza británica viajaron alguna vez para celebrar con el sah los 2 mil 500 años del imperio persa. Nixon, Pompidou, el duque de Edimburgo, la princesa Ana. Toda la crema y nata. Entonces supongo que debo incluir las grandes mezquitas de Isfajan y Mashad.

Pero tengo una sospecha sobre el tipo de sitio cultural que el presidente loco de Estados Unidos tiene en mente. Está en el mismo centro de Teherán. Tiene paredes de concreto, es feo , está repleto de eslóganes anacrónicos y fue abandonado hace mucho por sus ocupantes originales. Los iraníes lo llaman la guarida del espionaje.

Se trata de la embajada de Estados Unidos en Teherán donde fueron tomados en rehenes 52 estadunidenses en noviembre de 1979. Durante mucho tiempo el inmueble ha sido un símbolo de humillación para Estados Unidos. Es el complejo cuya captura por parte de los así llamados estudiantes del ayatola Jomeini comenzaron toda la catástrofe estadunidense-iraní; o como diría Seamus Heaney, el odio arraigado. El edificio juega un papel activamente pernicioso que está en el centro de las vidas políticas iraní y estadunidense. Es, potencialmente, el edificio cultural más importante de toda la capital.

¿No sería esto muy atractivo para Trump? Presidente loco de Estados Unidos ordena que dron sin piloto haga estallar embajada estadunidense vacía.

Eso sí sería de importancia cultural.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

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