El Banco Mundial alerta de que crecen los riesgos para la economía global

La actividad repuntará en la región de América Latina aunque con menos fuerza de lo anticipado

 

Las perspectivas económicas mundiales oscurecen. Es la advertencia que hace el Banco Mundial, que proyecta que el crecimiento global se modere al 2,9% este año. Es una décima menos que en 2018 y de lo anticipado en junio. Pero el organismo enciende el farolillo rojo al señalar que los riesgos crecen por la tensión comercial y porque un gran número de países experimenta presiones financieras “sustanciales”. América Latina repuntará del 0,6% al 1,7% en 2019, aunque será seis décimas menos robusta de lo que se auguró.

El ritmo de crecimiento global sigue siendo robusto. Pero la balanza de riesgos empuja más a la baja, reitera el organismo, para afirmar que “las perspectivas se han vuelto inciertas”. “La ralentización de la demanda externa, el encarecimiento de los créditos y la persistencia de la incertidumbre política harán de lastre”, continúa la institución financiera en la actualización de sus proyecciones.


Además, explica, hay otros potenciales desenlaces que pueden afectar a la actividad económica. Cita una “depresión” de los flujos de capital por un brusco encarecimiento de los costes de financiación. A la espiral alimentada por el alza de tipos y la apreciación del dólar se le suma la tensión comercial, que puede debilitar el crecimiento y alterar la cadena de suministro.
El panorama es completamente distinto al de hace un año, cuando se aguraba una expasión estable. "A comienzos de 2018", recuerda Kristalina Georgieva, consejera delegada del Banco Mundial, "el motor de la economía global disparaba todos los cilindros". "Pero fue perdiendo fuerza a lo largo del año y el camino puede ser incluso más agitado", advirtie. La volatilidad del mercado, añade, "es una señal" en ese sentido que preocupa al organismo.


Y aunque se ve improbable a corto plazo, se alerta de que la combinación de una eventual recesión en Estados Unidos y una mayor desaceleración de la esperada en China podrá “detonar una caída marcada de la actividad global”. La expansión en los países avanzados se mantiene en el 2% para este año. Es dos décimas menos que en 2018. Menciona la desaceleración de la zona euro, que pasa de crecer un 1,9% a un 1,6% este año. Supone una rebaja de una décima.


La expansión se moderará también en EE UU casi medio punto, al 2,5% este año. De ahí volverá a debilitarse al 1,7% en 2020 conforme se pierda el efecto de los estímulos fiscales. En el caso de China, se espera se modere al 6,2% por el reequilibrio de la demanda. Si la negociación comercial no da frutos, el Banco Mundial advierte de que los efectos de la escalada arancelaria serán severos.


Vulnerabilidades


Pekín puede contrarrestar el impacto de la tensión comercial tirando de la política fiscal y monetaria. Pero se corre el peligro de que eso provoque un aplazamiento de los esfuerzos que se están haciendo para contener la expansión de la deuda y se crearán vulnerabilidades por otro lado. “Si el estrés financiero se materializa”, señala, “la ralentización económica será mayor de la esperada”.


Los economistas del Banco Mundial señalan que cualquier factor negativo puede jugar en contra. La experiencia pasada ilustra, además, que el efecto dominó suele ser más severo del que se suele anticipar y se propaga rápido, de una manera sincronizada. La resolución de las tensiones comerciales, sin embargo, podría elevar el sentimiento y reactivar las inversiones y los intercambios.


Para Latinoamérica, la proyección es que Brasil se expanda un 2,2% este año, remontando de un 1,2%. Es tres décimas menos de lo que se dijo hace seis meses. México se modera una décima respecto a 2018, al pronosticarse un crecimiento del 2% este año. Supone un recorte de medio punto por la incertidumbre política. Los dos repuntarán al 2,4% en 2020, como toda la región.


Argentina se contraerá este año un 1,7% por el efecto de la consolidación fiscal, la pérdida de empleo, la criss cambiaria y la caída de la demanda y las inversiones. Supone una moderación de la recesión cuando se compara con el 2,8% en 2018. Pese a la mejora, representa una drástica rebaja de 3,5 puntos respecto a la previsión de hace seis meses. En 2020 volverá a crecer, un 2,7%.


Derrumbe


Colombia es de los que tira. Crecerá un 3,3% este año. También Chile y Perú, con un 3,5% y un 3,8% respectivamente en 2019. Venezuela sufrirá una contracción del 8%. Es más baja que el 18% el pasado ejercicio, pero eso no significa que la situación mejore. “El derrumbe económico es cada vez más profundo”, advierten, al tiempo que no se ve fin a la espiral hiperinflacionista.


Aunque el patrón de crecimiento regional muestra que se refuerza, el Banco Mundial reitera que “la mejora será más débil de la anticipada”. Los riesgos a la baja “dominan”, añade, por la posibilidad de una restricción abrupta de las condiciones financieras, una escalada de la batalla arancelaria, la incertidumbre política, una respuesta adversa a las condiciones fiscales y los desastres naturales.


Estas corrientes contrarias, además, hacen difícil ser precisos en las proyecciones. En las actuales condiciones, la posibilidad de que la economía global crezca un punto por debajo a la media estimada es del 21%. Es de un 17% para la eventualidad de que lo haga un 1% más alto. Como señala el organismo, todo esto se refleja en la volatilidad que acusa Wall Street desde octubre.


ECONOMÍA SUMERGIDA


S. P.


El Banco Mundial advierte de que la ralentización económica y las dificultades financieras pueden poner en peligro todos los progresos logrados desde la última crisis financiera para reducir la probreza extrema y lograr un mayor reparto de la prosperidad. Por eso se pide un esfuerzo coordinado para mantener el ritmo de las reformas y destinar recursos al capital humano.


El organismo recomienda que para navegar la actual incertidumbre, se adopten medidas que eleven la productividad y al mismo tiempo se doten de colchones fiscales para poder tener margen de maniobra en caso de que la coyuntura empeore. “Hay que reforzar los planes de contingencia, facilitar el comercio y mejorar el acceso a la financiación”, insiste Georgieva.
El Banco Mundial recuerda que la economía sumergida representa un 70% del empleo y un 30% del producto interior bruto en los países emergentes y en desarrollo. Es una parte de la economía que se asocia con la baja productividad y que no genera ingresos fiscales. “Es sintomático de una oportunidad perdida”, afirma. Por eso se insiste en que se diseñen políticas fiscales y sociales que equilibren la situación.

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La Cumbre del Clima sella unos compromisos mínimos para salvar el Acuerdo de París

La comunidad internacional consiguió aprobar las reglas que garanticen que se puedan aplicar los Acuerdos de París.


Tras dos largas semanas de debate, la Cumbre del Clima (COP24) de Katowice, Polonia, ha sellado unos acuerdos mínimos que permitan aplicar el Acuerdo de París. El resultado del encuentro, nacido tras un día extra de reuniones, ha puesto encima de la mesa las necesidades imperantes de incrementar las ayudas y controles que garanticen una lucha efectiva contra el cambio climático.


El acuerdo final incluye una referencia al informe científico que apela a la importancia de acometer cambios "urgentes y sin precedentes" para limitar el aumento de la temperatura del planeta a 1,5 grados, tras una gran controversia que amenazó con frustrar la cumbre. Teresa Ribero, ministra española para la Transición Ecológica ha valorado la COP24 de Katowice de manera positiva y ha explicado que su resultado "hace operativo el Acuerdo de París".


Sin embargo, más allá del libro de reglas, apenas se han conseguido arrancar compromisos efectivos que garanticen que los países inscritos en el acuerdo comiencen a luchar contra la crisis climática. De hecho, el texto no ha logrado satisfacer las exigencias de los grupos ecologistas, que reclamaban un aumento de la ambición para garantizar que las acciones políticas se enmarcan dentro de las indicaciones científicas para combatir el cambio climático. Tanto es así, que las reacciones negativas no han tardado en salir a la palestra nada más concluir el COP24 de Katowice.


El eurodiputado de Equo en el grupo Verdes/ALE, Florent Marcellesi, ha mostrado su "decepción" por el resultado de estas negociaciones maratonianas. "Las decisiones y la acción climática de los gobiernos están cada vez más alejados de las demandas ciudadanas y los análisis científicos", ha explicado. El político de Equo asegura que, aunque se han conseguido algunos progresos, no se puede decir que el resultado tenga una "alta ambición alineada con el informe de los científicos internacionales" capaz de garantizar "un mejor clima y grandes oportunidades económicas con millones de empleos de calidad".


"La Unión Europea tiene su parte de responsabilidad por la debilidad del resultado. Con la salida de EEUU del Acuerdo de París y el bloqueo de países como Arabia Saudí y Brasil, la UE es la única que podría hacer avanzar las negociaciones frente al trumpismo climático. Lamentablemente, si bien España ha jugado un papel positivo en esta cumbre climática, la mayoría de los gobiernos europeos no han mostrado la suficiente ambición", ha opinado Marcellesi.


Desde Ecologistas en Acción, expresan su descontento con el resultado de la cumbre, que "debilita el Acuerdo de París" y convierte las obligaciones para frenar los efectos del cambio climático en "meras sugerencias". La organización señala las trabas que han puesto las grandes potencias petroleras como EEUU y Arabia Saudí durante las dos semanas de debate, cuestionando el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) que indica que apenas queda tiempo —doce años— para frenar las emisiones de gases invernadero.


“La formulación final del texto simplemente anima a los países a tener en consideración los resultados del informe y elimina del texto anterior que hacía una referencia numérica en torno a las reducciones necesarias”, señala el responsable de Clima de Ecologistas en Acción, Javier Andaluz.


Por su parte, el portavoz de cambio climático del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), Manuel Pulgar, comenta que "lo que hemos voisto en Polonia revela una falta de comprensión fundamental por parte de algunos países de la crisis actual".


Para Greenpeace, el acuerdo de Katowice sabe a poco "ante la necesidad de una acción más ambiciosa y urgente, especialmente después de las evidencias claras que han llegado desde la comunidad científica". La organización ecologista cuestiona la "falta de liderazgo de la presidencia polaca (de la cumbre)", ya que la negociación tuvo que ser finalmente "salvada" por los negociadores de Naciones Unidas.


En contra de las valoraciones de los grupos ecologistas asistentes a la cumbre, el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, valora que el resultado “demuestra la resistencia del Acuerdo de París como hoja de ruta para la acción climática”.

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En la cumbre de la ONU sobre cambio climático, la juventud es la que indica el camino

KATOWICE, Polonia — Cerca de 15.000 personas se han dirigido a Katowice, en el corazón de la región carbonífera de Polonia, con motivo de la cumbre anual sobre cambio climático de la ONU. Este encuentro se llama “COP24” por ser la 24ª “Conferencia de las Partes” para las negociaciones sobre el cambio climático. Los esfuerzos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y limitar el calentamiento global han estado en marcha desde la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992. Entre las personas que se congregaron en Katowice se encuentran dos jóvenes mujeres, del norte y del sur del mundo, que han decidido dedicar sus vidas a revertir la destructiva adicción de la humanidad a los combustibles fósiles; con suerte, antes de que sea demasiado tarde.

“Dado que nuestros líderes se están comportando como niños, nos toca a nosotros asumir la responsabilidad que deberían haber asumido ellos hace mucho tiempo”. Con estas palabras se dirigió al Secretario General de la ONU, António Guterres, la semana pasada, Greta Thunberg, una activista sueca por la justicia climática de 15 años de edad.
Greta comenzó a estudiar el tema del cambio climático cuando tenía 9 años. En una entrevista para Democracy Now! durante la COP24 dijo “[Con el tiempo] caí en una depresión. Sentía que vivir no tenía sentido porque todo estaba tan mal”. La joven dejó de comer y de hablar. Su padre, actor, y su madre, una cantante de ópera de fama mundial, dejaron de trabajar para quedarse con ella y la cuidaron durante este difícil período hasta su recuperación. La activista reflexionó: “Pensé que podía hacer mucho con mi vida. ¿Cuál era el punto de sentirse así, cuando en realidad podía hacer algo bueno?”


Greta tiene síndrome de Asperger. A causa de esto, ella expresó: “Yo funciono de una forma un poco distinta a los demás. Veo las cosas en blanco y negro. Entonces, supongo que pude ver el mundo con una perspectiva diferente”.


En agosto de este año, Greta comenzó una “huelga estudiantil”. Se manifestaba frente al Parlamento sueco en lugar de ir a clases. Después de las elecciones que se llevaron a cabo en Suecia en septiembre reanudó sus clases, aunque sigue haciendo huelga los viernes.


Kevin Anderson, reconocido científico experto en clima, tuiteó: “Sobre el cambio climático, Greta Thunberg demuestra más claridad y liderazgo en un solo discurso que las contribuciones a lo largo de un cuarto de siglo de los llamados líderes mundiales. La ignorancia deliberada y la mentira han dejado pasar un aumento del 65% en las emisiones de dióxido de carbono desde 1990. Es hora de entregar la batuta”.


Cerca de la medianoche del miércoles, Greta Thunberg se dirigió a una sesión plenaria de la COP24: “Nuestra civilización está siendo sacrificada en favor de que una cantidad muy pequeña de personas siga haciendo enormes sumas de dinero. Nuestra biosfera está siendo sacrificada para que las personas ricas en países como el mío puedan vivir en la opulencia. Es el sufrimiento de muchos el que paga los lujos de unos pocos”.


Joanna Sustento es una filipina de 26 años de edad que, como sobreviviente del cambio climático, conoce demasiado bien ese sufrimiento. En un video de Greenpeace Filipinas, Joanna describe lo que sucedió el 8 de noviembre de 2013, cuando el tifón Haiyan azotó su ciudad natal, Tacloban: “Tenía una vida feliz, un buen trabajo, buenos amigos y una familia maravillosa. Pero en cuestión de minutos, todo eso cambió”.


En una entrevista para Democracy Now! en Katowice, Sustento relató: “El tifón Haiyan mató a más de 10.000 personas y dejó a más de 14 millones de personas sin hogar. Fui testigo de cómo mi madre, mi padre, mi hermano, mi cuñada y mi sobrino de 3 años fueron arrastrados por la marejada ciclónica. Quedamos mi hermano y yo para buscar los cuerpos de nuestra familia tras el paso de la tormenta. No logramos encontrar a nuestro padre ni a nuestro sobrino. Es difícil ser quien queda atrás. Tenemos que lidiar con todas las preguntas, el duelo, el dolor y el remordimiento”.


Joanna Sustento habló también sobre la iniciativa –primera en su tipo– que llevaron adelante en Filipinas para responsabilizar a las grandes corporaciones contaminantes, las llamadas “Gigantes del carbono”: “Shell, BP, Chevron, ExxonMobil, Suncor, Lukoil… hay 90 grandes corporaciones en todo el mundo, pero solo 47 de ellas están presentes en Filipinas. Esta petición fue presentada en 2015 por sobrevivientes del tifón, pescadores, agricultores y otras organizaciones ambientales ante la Comisión de Derechos Humanos de Filipinas para investigar a estas 47 empresas de petróleo, carbón y gas por su responsabilidad en las violaciones a los derechos humanos resultantes del cambio climático”.
Al igual que Greta Thunberg, Joanna Sustento está comprometida con la lucha por la justicia climática a largo plazo: “Veo que hay mucho poder en la gente. El pueblo tiene mucho poder para generar esa presión hacia nuestros gobiernos y corporaciones, para cambiar el sistema actual”.


Greta concluyó su testimonio ante la sesión plenaria del miércoles por la noche con las siguientes palabras: “Se han quedado sin excusas y se nos está acabando el tiempo. Hemos venido para hacerles saber que el cambio se producirá, les guste o no. El verdadero poder le pertenece al pueblo”.


En la COP24, celebrada en un centro de conferencias ubicado sobre una antigua mina de carbón, en una parte del mundo que ha sido testigo de los peores estragos de la guerra, los jefes de Estado reunidos aquí, así como sus representantes en las negociaciones sobre el cambio climático deberían escuchar las palabras de estas dos jóvenes sabias.
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Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Miércoles, 05 Diciembre 2018 06:14

Katowice, cita con el destino

Katowice, cita con el destino

Se acabó el tiempo. Las emisiones de gases de efecto invernadero deben reducirse 45 por ciento antes de 2030 para mantener el calentamiento global por debajo del umbral de 1.5 grados centígrados para finales de este siglo. Desgraciadamente, el más reciente estudio del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) muestra que después de permanecer constantes durante el periodo 2012-2016, las emisiones han vuelto a recuperar su ritmo de crecimiento. La atmósfera no va a esperarnos.

Pero parece que los intereses económicos pesan más que cualquier consideración. Dinero y riqueza contra atmósfera, esa es la contienda. En un mundo donde 10 por ciento de la población acapara 85 por ciento de la riqueza, la contienda es desigual: la humanidad entera y la biosfera serán los grandes perdedores.

La Conferencia de las partes de la Convención sobre Cambio Climático, que se lleva a cabo en Katowice, Polonia, no es una reunión cualquiera. En esta COP24 se presenta la última oportunidad para adoptar medidas efectivas que reduzcan drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Ya es costumbre que los peores delincuentes en materia de contaminación sean también patrocinadores de las conferencias internacionales sobre protección del medio ambiente. La COP24 no es ninguna excepción. Las empresas de energía Tauron, JWS y PGE han sido nombradas copatrocinadoras de la conferencia: son de las compañías más contaminantes de Europa, porque sus plantas utilizan carbón. Katowice está situada en Alta Silesia, una de las regiones más ricas en carbón en Polonia, y en ese país 80 por ciento de la energía que se consume proviene de esa fuente de energía. Los problemas de contaminación en las ciudades polacas son testimonio de lo difícil que será la descarbonización de la economía. Pero invitar a estas empresas a ser copatrocinadoras de la COP24 es como convocar a los piromaniacos a apadrinar una conferencia sobre incendios.

El gobierno ultraconservador del partido Derecho y Justicia en Polonia ha sido moroso en su acción para transitar hacia otro perfil energético. Apenas ha adoptado el tímido objetivo de reducir su dependencia del carbón 60 por ciento para 2030, pero para colmo de males no ha presentado un plan detallado sobre cómo se va a alcanzar esa meta. En cambio, ese gobierno sí ha promovido una campaña antimigrante que le ha permitido consolidar su base electoral.

La COP24 debe sentar las bases para implementar el Acuerdo de París (resultado de la COP21, de 2015). Pero ese acuerdo no es más que una declaración de buenas intenciones de 200 países para reducir las emisiones de GEI, con la finalidad de mantener el calentamiento global este siglo por debajo del umbral de 2 grados centígrados (respecto de los años anteriores a la revolución industrial). Hasta el momento, los compromisos voluntarios adquiridos en el marco del Acuerdo de París son insuficientes y los modelos atmosféricos pronostican que el calentamiento global llegará a 2.7 grados.

La meta que recomiendan los científicos es inferior a 1.5 grados, si se quiere evitar una catástrofe de dimensiones planetarias. Si se mantienen las tendencias actuales en sólo 12 años, para 2030, el aumento de la temperatura global habrá alcanzado ese umbral. De no cumplirse los compromisos nacionales, para finales del siglo el incremento será de hasta 3.5 grados centígrados. En ese caso, el calentamiento provocará que varias fuentes de gases invernadero, en especial de metano, desencadenarán un proceso de causación circular acumulativa que podría llevar a la destrucción de la biósfera.

Dada la inercia en el sector energético mundial y la voracidad de sus agentes financieros, es muy probable que las metas nacionales voluntarias no se cumplan. Para solventar esos compromisos se necesitan cambios urgentes y de gran escala en los sistemas energéticos, el transporte y el manejo de suelos, bosques y manglares. La movilización de recursos es de una magnitud nunca vista en la historia de la humanidad. El capitalismo mundial está envuelto en múltiples contradicciones. Pero su desafío a la naturaleza promete arrastrar a la humanidad a la extinción.

La humanidad podrá seguir soñando con sus máquinas y artefactos que permiten producir masivamente, ir de compras y consumir hasta el cansancio. Pero el lenguaje del cambio climático y su hecatombe pronto a todos despertará. Sus palabras serán ásperas y groseras. Ciertamente no tendrán la forma de un discurso diplomático como los pronunciados en la COP24.

El campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau está a sólo 33 kilómetros de Katowice. Quizás los delegados de la COP24 tengan tiempo de visitar el museo de aquella catástrofe para recordar las palabras de Teodoro Adorno en 1946: "Escribir poesía después de Auschwitz será una barbaridad". Si no se revierten las tendencias actuales, escribir sobre el calentamiento global pronto será imposible.

Twitter: @anadaloficial

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El saldo negativo de los gobiernos “progresistas” en América Latina y la llegada de AMLO a la presidencia de México, una revisión de Raúl Zibechi

Ciudad de México | Desinformémonos. Los gobiernos progresistas en América Latina “han resultado en una regresión y para los pueblos indígenas han significado una doble o triple regresión, porque se les ha folklorizado. Hoy hay hombres de sombrero y mujeres de pollera en el parlamento, pero folklorizados, no representando políticamente a sus pueblos. Es una política de despojo que los fuerza a desplazarse. Y en esto no hay ninguna diferencia entre los gobiernos progresistas y los gobiernos de derecha y conservadores, como el de Perú o el de Colombia. La actitud anti-indígena es una constante en ambos casos”, advierte Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escritor y acompañante desde hace más de 30 años de diversos movimientos sociales del continente.

“El saldo de los gobiernos progresistas en América Latina es negativo”, sentencia Zibechi en entrevista con Desinformémonos, luego de participar en una serie de encuentros con movimientos sociales e indígenas de Chiapas y Oaxaca, durante una breve gira por México en la que presentó su más reciente libro: Los desbordes desde abajo (Ediciones Bajo Tierra, 2018).


De la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, Zibechi señala que no representa ningún cambio para la región. Y sus consultas, opina, “son mecanismos de desarticulación de la protesta”. Habrá resistencia, dice, “pues las luchas no van a desaparecer porque haya un gobierno que sonría”.
La desarticulación de los movimientos sociales, la inclusión de cuadros de abajo en el nuevo gobierno, la imposición de proyectos extractivistas, el aislamiento de los críticos, la polarización de la prensa, el rol de Estados Unidos, entre otros, son los temas de esta entrevista

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– ¿Cuál es el saldo de los gobiernos progresistas en América Latina?


– El saldo de los gobiernos progresistas en América Latina es negativo. El saldo es Bolsonaro, el saldo es Macri, es una Venezuela destruida. El saldo es Daniel Ortega, genocida, violador. Como dijo Chico de Oliveira en Brasil, fundador del Partido del Trabajo de los Trabajadores, “el lulismo fue una regresión política”.


Y cuando decimos esto no hablamos de esos millones que salieron de la pobreza pero que ahora volvieron, no hablamos de algunas cuestiones interesantes que se hicieron interesantes, como las cuotas para las personas negras en las universidades brasileñas. Hablamos de que destruyeron la potencia emancipatoria de los pueblos porque dispersaron a los movimientos sociales, se llevaron a los dirigentes a los ministerios, se corrompieron.


No hay país con gobierno progresista en el que no haya habido casos de corrupción. El que fue vicepresidente de mi país, Uruguay, que tiene un apellido noble, Raúl Sendic, debió renunciar a la vicepresidencia por un caso de corrupción. En Argentina tiraban bolsos llenos de dinero adentro de un convento para eludir el tema de la apropiación indebida que hubo.
El saldo es negativo, pero eso no quiere decir que no comprenda a la gente que los votó, que los apoyó y que los sigue apoyando, porque frente a eso está una derecha espantosa. Pero en resumidas cuentas el saldo es negativo.


– En concreto, ¿cuál es el saldo en el ámbito económico?


– En lo económico no hubo reforma agraria, pero no hubo una reforma del sistema impositivo. No hubo reformas estructurales. Hubo una mayor renta a los sectores populares, pero esa renta fue bancarizada, financierizada, y entonces consiguieron, a través de las políticas sociales, que la gente tuviera un poco más de dinero, pero tiene además un cartoncito como el de las tarjeta de crédito o débito, que necesitan para poder sacar el dinero de las políticas sociales del banco y con eso van a los las malls o de shopping a comprar televisiones de plasma, motos, coches. Es una integración a través del consumo.


Durante el periodo de Lula en Brasil, el sector que más lucró y que tuvo las mayores ganancias de su historia fue la banca. Entonces fue una integración de los sectores populares, pero a través del consumo, y eso despolitiza, y además enriquece a la intermediación bancaria.


– ¿Y los megaproyectos en territorios indígenas?


– El extractivismo, la soja, la expansión del agronegocio, la minería, generaron un desplazamiento o acorralamiento de los pueblos indígenas. Hay un caso en Brasil que es demencial y se llama Belo Monte, que es la represa, la tercera más grande del mundo, que desvía 100 kilómetros del río Xingú, y en esa cuenca que se vacía se van a morir de hambre o van a tener que emigrar los pescadores, los habitantes de las riberas, todas las personas que vivían del río y que son pueblos originarios. Pero además, la demarcación de las tierras indígenas no se respetó.


Por otro lado tenemos el ejemplo paradigmático que es Bolivia. En Bolivia el movimiento popular tenía cinco organizaciones que hicieron el pacto de unidad, y después de la marcha en defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS) en 2011, el gobierno empezó a dividir a las organizaciones.


Hay dos organizaciones, y esto fuera de Bolivia se sabe poco: el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (Conamaq) y la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB), dos organizaciones históricas de los pueblos indígenas, a las que Evo Morales y Álvaro García dieron sendos golpes de Estado. Mandaron a la policía, echaron a los dirigentes legítimos y atrás llegaron, protegidos por la policía, los dirigentes afines al gobierno, al Estado. Esto es un auténtico golpe de Estado y sucedió en Bolivia.


Cuando decimos que el progresismo ha resultado en una regresión, para los pueblos indígenas ha significado una doble o triple regresión, porque se les ha folklorizado. Hoy hay hombres de sombrero y mujeres de pollera en el parlamento, pero folklorizados, no representando políticamente a sus pueblos. Es una política de despojo que los fuerza a desplazarse. Y en esto no hay ninguna diferencia entre los gobiernos progresistas y los gobiernos de derecha conservadores, como el de Perú o el de Colombia. La actitud anti-indígena es una constante en ambos casos.


– Vamos al terreno de las libertades. ¿Qué pasó en estos gobiernos con la libertad de expresión y con la libertad de manifestación? ¿Se llevaron a cabo “linchamientos” a quienes, desde la izquierda, se opusieron o cuestionaron lo que estaban haciendo?


– Durante los primeros años hubo una ampliación de libertades, de manifestación, de crítica, pero a partir de la crisis de 2008 hubo un repliegue de estos gobiernos. Una vez más Brasil es un caso paradigmático porque en junio de 2013, 20 millones de jóvenes salieron a las calles en 353 ciudades durante un mes, inicialmente contra el aumento del transporte, que es muy caro en Brasil (cada desplazamiento de autobús o metro vale entre 20 y 25 pesos mexicanos), pero terminó siendo una revuelta contra la desigualdad. São Paulo es la ciudad que tiene más helipuertos y helicópteros del mundo porque la burguesía no se digna a ir en coche por la superficie.


Esa revuelta contra la desigualdad tocó los límites del progresismo, que se limitó a repartir un poquito mejor la renta salarial, pero no la renta total y no tocó las desigualdades. Cuando surgió ese movimiento hubo un repliegue del gobierno de Dilma Rousseff, del PT y de la izquierda en su conjunto, y mandaron a la policía. Por supuesto que lo que habría tenido que haber hecho un gobierno de izquierda era ponerse del lado de la gente, pero al mandar a la policía generaron un vacío político y una desmoralización tan fuerte que de eso se vino aprovechando la derecha hasta el día de hoy. El 2013 fue un parteaguas en Brasil y en toda la región. Son los movimientos, la irrupción de la gente cansada de que le tomen el pelo, de que se burlen de ella, una de las dos o tres causas principales de la crisis de los progresismos en América Latina.
– ¿Y los medios de comunicación? ¿Qué papel jugaron y juegan?


– Sobre los medios de comunicación hay varias dinámicas. Hay países donde los Estados han ido avanzando sobre los medios de comunicación, como Venezuela, clausurándolos, domesticándolos o comprándolos. El grueso de los medios de comunicación de Venezuela son estatales o pro-estatales. El otro extremo podría ser Argentina, donde hay alrededor de 200 medios de comunicación culturales, autogestionados, digitales y en papel, como Desinformémonos en México. Esos 200 medios tienen entre cinco y siete millones de lectores mensuales, en un país de 40 millones de habitantes. Se trata de medios minoritarios, pero ya no son marginales. Más aún, cuando hay un conflicto, como cuando una fábrica de Monsanto se iba a instalar en las Malvinas Argentinas, y desde Uruguay, si se quería saber lo que pasaba, entrabas a la prensa de la derecha, La Nación, Clarín, y no aparecía nada. Entrabas a la prensa de la izquierda, como Página 12, y tampoco aparecía nada. Tenías que informarte en estos medios comunitarios o alternativos.


Estos medios ya no son una minoría marginada, sino que tienen una masa crítica, y cumplen el rol de que informan a los nuestros de lo que otros no informan.


– Hemos visto que se ha dado una polarización de los medios durante estos medios. Los que están con el gobierno, en este caso progresista, y los que tiene la ultraderecha…
Sí, claro. En Brasil está pasando algo increíble, Bolsonaro hace campaña contra la Red Globo, que es la hegemónica, y contra Folha de São Paulo, que es el periódico de las élites, y se apoya en las redes sociales y en los medios de comunicación evangélicos, que son de ultraderecha. Hay una reconfiguración de los medios muy interesante, que hay que seguirla, porque incluso Bolsonaro amenazó con clausura Folha de São Paulo, que es un escándalo, es como clausurar un diario de derecha de México. Es la misma actitud que tiene Donald Trump con los medios. Pero están emergiendo otros medios, como es el caso de los evangélicos, son una fuerza política y social que merece ser estudiada a fondo, y están compitiendo ya con la Red Globo en Brasil. Por otro lado, en la mayoría de los países existen medios como los nuestros, alternativos, pero no en todos tienen fuerza.
– Hay otros medios, que no son alternativos ni marginales, sino grandes medios de izquierda, o críticos al poder, bien colocados en sus países, como Brecha en Uruguay, o Página 12 en Argentina. ¿Qué papel juegan con los gobiernos progresistas?


– Debo decir que Brecha fue crítico antes de la llegada de los gobiernos y durante los gobiernos progresistas. Siempre hemos sido un periódico crítico. Página 12, en cambio, se hizo kirchnerista y dependió hasta hoy de recursos bajados por el Estado. Todo lo malo tiene una parte buena, y acá en México lo van a vivir. La parte mala es que los progresistas nos destruyen o nos crean muchos problemas. La parte buena es que el escenario se clarifica, ya no quedan lugares para las medias tintas, estás o no con el Estado. Cuando estás con el Estado la excusa es q ue ahora lo gobierna la izquierda, pero estás con el Estado, eso es lo principal. Y los que se mantienen en su trabajo de autonomía, de trabajo por fuera de las instituciones.


Página 12 claudicó, en los 90 fue un diario bien importante no sólo en Argentina, tenía una estética particular y un impacto con tapas de página muy potentes. Por otro lado, hay otros medios que se han mantenido fieles a su trayectoria. Yo no quiero exagerar, pero diría que Brecha, en Suadamérica, es de los pocos que ha atravesado el progresismo con muchas dificultades económicas. No vivimos de Brecha, estamos mal económicamente, pero mantuvimos la dignidad y una posición independiente, aunque hay matices. Hay algunos periodistas dentro más afines al gobierno, pero siempre críticos.


– ¿Y cuáles son los costos de mantenerse críticos, desde la izquierda, a los gobiernos progresistas?


– Los costos de mantener la postura crítica son el aislamiento, no te llaman para hacerte entrevistas, te ignoran. Hay deterioro económico personal, tenemos que buscarnos trabajitos para sobrevivir, y eso es un costo importante, pero hay que fijarnos muy bien, hay una trampa del progresismo que hemos logramos sortear, pues así cómo como la profesión periodística, en el caso de Brecha, hoy tiene un salario muy bajo, pero ha habido una renovación generacional y de género. Y hoy la mayoría de la planta son personas jóvenes y mujeres. Los que quieren ganar más se han ido con el gobierno o a crear periódicos afines al progresismo, y los que nos quedamos, bueno, pues ganamos poco, pero ahí estamos.
– ¿Lo que nos estás diciendo es que nos va a ir muy mal a los que mantengamos una postura crítica, en el caso de México, a Andrés Manuel López Obrador?


– Yo no diría “irnos muy mal”. El aislamiento es duro, pero te hace más fuerte. Y además no aspiramos a hacernos ricos. Por ejemplo en Brecha, de 35 trabajadores, habrá cinco o seis con carro, los demás vamos en transporte público, y eso me parece que es muy importante porque marca algo que en este momento es una siembra, no se ve, pero están ahí las semillas y en algún momento van a florecer.


Pero lo que está sucediendo en México hay que leerlo de otro modo por dos razones. El ciclo progresista en América Latina inició por el 2000 y terminó por el 2014, y es un ciclo que fue posible gracias a los altos precios de las commodities, del petróleo, de la soja, del mineral de hierro, porque a las burguesías en esa época de bonanza económica no les importó mucho que les subieran un poco los impuestos, y porque los sectores populares estuvieron tranquilos. Pero hoy en día vivimos la post crisis del 2018. Las clases dominantes del mundo se han hecho más bestiales, más brutales. El uno por ciento tiene una riqueza como nunca soñó tener en la historia y se han hecho mucho más intransigentes, más ultras, y están en contra de los pueblos.


El gobierno de López Obrador llega en el momento en el cual las clases dominantes no están dispuestas a ceder en nada. Hay una situación que llevará muy rápidamente al gobierno a alinearse con los intereses empresariales. Estos pocos días que llevo en México he visto algo sorprendente. Prendo la televisión y en el parlamento unos diputados del PAN ponen una manta que dice “#NoALaDictaduraObradorista”. Son terribles, pero desde el primer día ya están oponiéndose, no le dan ninguna chance. Parece que eso va a marcar: Te doblegas completamente o vas a tener una oposición implacable como tuvo Dilma en sus últimos años en Brasil.


– ¿Qué representa la llegada de López Obrador para el Continente Americano?


Me gustaría decir que representa algo par ala región, pero yo creo que no representa nada, porque desde el punto de vista de la integración regional latinoamericana, no aporta nada, y desde el punto de vista de un giro a la izquierda en la región, ya no es posible, y tampoco aporta nada y porque la política exterior, por lo que yo entiendo, va a ser de alineamiento total con el nuevo NAFTA y con las políticas de Donald Trump. Entonces yo no espero nada.


Si hubiera sido diez o quince años atrás, capaz que se podría esperar algo en un clima distinto, pero hoy en día, cuando hay una guerra comercial con China y con Estados Unidos, cuando hay un encrespamiento de las relaciones internacionales y una intransigencia muy fuerte, como hace una semana que se pelearon Trump y Macron y hubo un destrato mutuo muy fuerte… pues no hay margen para ninguna otra política.


– Háblanos de los movimientos sociales dentro de los gobiernos progresistas, a los cuáles


– Los gobiernos progresistas han sido maestros en el arte de desactivar a los movimientos sociales y a la protesta social. Han cegado las bases sociales de sus movimientos con políticas sociales, pequeñas cosméticas que entusiasmaron a mucha gente que nunca había recibido nada. También cooptaron a los dirigentes de los movimientos.


El personal político de los gobiernos progresistas viene de abajo, los cuadros tecnocráticos que están al frente nacieron y conocen la cultura organizativa de los movimientos sociales, entonces, cuando están arriba saben muy bien qué teclas tocar para debilitar, y eso es muy peligroso.


Hay dos cosas que ponen en peligro a los movimientos sociales. Primero, el Estado se reviste de legitimidad con el progresismo, y un Estado con legitimidad, un Estado fuerte, es peligroso. Después, los saberes de abajo que han llegado allá arriba están destinados a debilitarnos. Y estas dos cuestiones juntas pueden ser enormemente depredadores para los movimientos populares. Un ejemplo es Bolivia con Evo Morales y Álvaro García, que se disfrazaron diciendo que era el gobierno de los movimientos sociales e hicieron los golpes de Estado a los mismos.


En Argentina está el caso piquetero. El movimiento piquetero fue completamente neutralizado, dispersado, destruido, por las políticas sociales. Hay un manual en un libro del Ministerio de Desarrollo Social, donde estaba la hermana de Néstor Kirchner, que dice que el funcionario ideal del Ministerio es “aquel militante social que en los 90 se opuso y organizó a la gente en la base social en los territorios contra el modelo neoliberal”. Succionan cuadros políticos y militantes y saberes a los Estados y eso es un elemento muy definitorio y fundamental.
El tercer ejemplo pueden ser los compañeros de Brasil del Movimiento de los Sin Tierra y de los Sin Techo, movimientos muy importantes, muy luchadores, con una trayectoria impecable, que reconocen que Lula y Dilma entregaron menos tierras con la reforma agraria que el gobierno neoliberal de Fernando Henrique Cardoso, pero aun así, los apoyaron porque hay un chorro de dinero que fue destinado a la educación, la vivienda, etcétera. Son movimientos potencialmente revolucionarios que quedaron neutralizados completamente.
– Y el caso de México, país al que también conoces muy bien desde hace un cuarto de siglo


– En México hay muchos movimientos potentes. Los movimientos urbanos tienen una larga trayectoria de haber sido dispersados, sobre todo por gobiernos del PRD, pero me preocupan mucho los movimientos indígenas, que son una parte minoritaria de la población, pero importantísima, y me preocupa el aislamiento y la posibilidad de golpes o represiones quirúrgicas. Me preocupa mucho que en los próximos seis años haya un proceso de debilitamiento del zapatismo y del CNI, y de otros movimientos indígenas y populares, que son los que se han opuesto a los grandes proyectos.


Hay una operación muy fina. Las consultas que se ha hecho y las que se van a hacer son mecanismos de desarticulación de la protesta. Mañana tú puedes decir que estás en contra del Tren Maya por tal o cual razón, y te van a decir que vayas y votes. En esta consulta, la del aeropuerto, hubo 1 millón y cacho de votos, pero yo creo que en las próximas consultas pueden votar más personas, y si votan más personas mayor será la legitimidad de la consulta, aunque sea ilegal, sin sustento jurídico y sin sustento de ningún tipo.


Supongamos que respeten la consulta. El mensaje que están enviando los progresistas y López Obrador es que el conflicto no vale la pena porque es riesgoso, que votando o apoyando al gobierno se van a solucionar los problemas. El mecanismo de la consulta busca encasillar y conducir la protesta al terreno de las urnas. ¿Para qué me voy a oponer a la carretera si estoy en contra y puedo votar. Y si pierdo, por lo menos pude opinar en un ejercicio democrático en el que no tuve que poner el cuerpo y la policía no me dio un golpe? Lo que se hace es deslegitimar el conflicto y deslegitimar la protesta, y eso va de la mano de aislar a los que protesten. Los que protestan aislados son rápidamente víctimas de la represión estatal. Ése es el riesgo que yo veo ahí.


Espero que la consulta no tenga la última palabra. Con la consulta los pueblos tienen dos opciones: o jugarse por la consulta, que no creo que sean tan poco hábiles, o que digan que hagan todas las consultas que quieran pero que ellos no quieren que el tren pase por ahí, que es lo que han hecho otros pueblos en América Latina.


Por suerte, en algunos casos como el de las comunidades zapatistas o Cherán, hay una fortaleza. Igual la van a pasar muy mal, creo yo y ojalá me equivoque, pero no es lo mismo pasarlo mal cuando están temblequeando a cuando estás bien y firme en tus bases, como los zapatistas.


Po otra parte, estoy seguro de que López Obrador se jubilará, no creo que se pueda reelegir, aunque me imagino que ya está pensando en reelegirse. Pasarán seis años, se irá Morena o no, pero el zapatismo va a seguir en pie, y eso es importante porque son luchas de cinco siglos que no van a desaparecer porque haya un gobierno que sonría o tenga buenos modales.


– ¿Y la resistencia?


– Habrá resistencia. Lo que han hecho los gobiernos progresistas es profundizar el capitalismo, han traído más capitalismo, más transnacionales y más monopolios. Esto de hacer mega obras en el sur es para cooptar al resto de México, porque ha sido la zona más rebelde y eso todos lo sabemos. Los pueblos van a resistir. Hay muchas personas que, como decimos en Uruguay, “no se comen la pastilla”, no se dejan engañar. La gente está alerta, además ya tienen 15 años de nuestra experiencia y saben lo que pasó en el sur. Habría que ser un poco más optimista.


– ¿Qué papel juega Donald Trump y Estados Unidos?


– Trump es más que Trump. Es la mayor intransigencia de las clases dominantes, de los ricos, y la mayor intransigencia del Pentágono, que tiene tanto peso como las clases dominantes. Esta gente se está inclinando por la guerra, por militarizar el escenario global. La guerra comercial contra China es una guerra y, comercial por ahora. La guerra va a escalar y es probable que lleguemos a guerras entre naciones con armas nucleares, eso que los zapatistas llaman el colapso.


El régimen Trump tiene aspectos del colapso, es una manifestación de la crisis del sistema, del imperialismo yanqui, pero también es una manifestación de que ellos pueden apostar al colapso antes de soltar la sartén que creen o temen que se les está escapando. Un escenario horrible. El que venga después de Trump, aunque sea demócrata, va a seguir muchos de los pasos de Trump. El gobierno de Trump no es un paréntesis, sino un viraje en las estrategias de las clases dominantes.


Estados Unidos apuesta cada vez más a la subordinación absoluta de México. Es un patio trasero del cual no van a soltar las garras y por lo tanto, en ese proyecto de tener a México subordinado, el gobierno de López Obrador les pueda venir incluso muy bien, pues esto de llevar las mega obras al sur, de facilitar el flujo de mercancías, commodities, minerales, maderas, todo lo que haya para sacar, los monopolios lo ven muy bien, y más si además consigue aplacar a una parte de la ciudadanía.


Lo que no va a conseguir este gobierno ni ninguno, por ahora, es bajar los niveles de violencia, los feminicidios, la actividad del narcotráfico, de la ilegalidad. Eso para Estados Unidos es algo importante, porque desde la guerra contra el narco apuesta a la violencia, al Plan Mérida, a la descomposición del tejido social. Todos son planes del imperio que ahora los va a ejecutar López Obrador. Con este señor además se van a cumplir los planes que profundizan el capitalismo, el monopolio, y lo que los compas zapatistas han llamado la cuarta guerra mundial, el despojo de los pueblos. Eso es lo que está a la orden del día.


– Para finalizar, ¿qué lectura le das al fenómeno migratorio que estamos viviendo estos días de Centroamérica hacia el norte?


– Quiero creer que con esta marcha masiva de migrantes está naciendo un movimiento, porque antes la migración era individual, de familias, gota a gota, pero ahora es masiva y organizada. Para movilizarse 7 mil personas todas juntas hay que estar organizado. Capaz que es la primera de muchas marchas y si es así es bueno, porque la migración solitaria es fácilmente reprimible, vulnerable, pero con esta probablemente la gente haya llegado a la conclusión de que es mejor migrar en masa para estar más protegidos. No tengo claro que Trump vaya a poder impedir el paso de los migrantes por la frontera, a pesar de todas las gárgaras que hace. Es un costo político muy alto. Lo bueno es que está naciendo algo nuevo, desde abajo.

Por Gloria Muñoz Ramírez
29 noviembre 2018 

 

Publicado enInternacional
De la “guerra comercial” a la guerra económica global

Cuando hablamos de guerra económica, lo primero que se nos viene a la cabeza es una disputa entre bloques (EEUU, China y Unión Europea, principalmente), pero la verdadera guerra económica vigente es la que el capitalismo en su conjunto está librando contra la humanidad y el propio planeta.

El capitalismo nos conduce de manera acelerada al colapso ecológico y a un abismo de mayor violencia, autoritarismo y desigualdad. Para desmantelarlo, se hacen necesarios diagnósticos certeros sobre su dinámica interna (principales apuestas, límites, conflictos), que nos permitan poner palos en la rueda capitalista a la vez que impulsamos alternativas que pongan la vida, el trabajo y el bien común en el centro.


Pero no es un ejercicio sencillo. Vivimos en un sistema incierto y sobrecomplejizado, en el que la velocidad, la escala y la interdependencia en la que se desarrollan relatos, procesos y acciones dificultan la elaboración de radiografías atinadas de lo que nos ocurre.


En el ámbito económico, hasta el estallido financiero de 2008, imperaba un consenso multilateralista en la agenda hegemónica, que apostaba por acumular tratados comerciales, megaproyectos y organismos internacionales en favor del mercado global. Hoy, en cambio, son de actualidad conceptos como guerra comercial, proteccionismo, aranceles, complejo industrial-militar, disputa energética, cuarta revolución industrial (4RI), etc. Y estos definen la actual coyuntura, en el marco de una guerra económica a escala global.


¿Asistimos a un giro en la agenda hegemónica? ¿Han perdido los tratados su rol estratégico tras el congelamiento del TTIP y el avance de gobiernos como el de Trump? ¿Se consolida un escenario des-globalizador en el que prima el proteccionismo estatal? ¿Son los aranceles el centro de la disputa entre bloques corporativo-regionales?


Para responder a estos interrogantes parece necesario discernir lo relevante de lo mediático, complejizar el análisis de la realidad. Con ese ánimo abordamos el reto de definir guerra económica como un fenómeno innegable, pero que debemos situar dentro de las señas de identidad del capitalismo actual.


Cuando hablamos de guerra económica, lo primero que se nos viene a la cabeza es una disputa entre bloques (EEUU, China y Unión Europea, principalmente, de la mano de sus transnacionales), atravesada además por conflictos entre diferentes tipologías de capital (financiero, industrial-militar, digital, extractivo, etc.). Siendo esta la acepción comúnmente aceptada, es solamente una parte de algo más amplio: la verdadera guerra económica vigente es la que el capitalismo en su conjunto está librando contra la clase trabajadora, la humanidad y el propio planeta.


El capitalismo atraviesa un momento especialmente crítico, en el que a las escasas expectativas de reproducción de un enorme excedente financiero se le une la incuestionable merma de la base física en la que opera el sistema. Cómo sostener la acumulación de capital en un contexto de bajo crecimiento, cómo hacerlo con menos recursos materiales y energéticos, y además en un contexto de crisis climática, define su gran paradoja presente.


Para tratar de salir de esta, lanza una virulenta ofensiva en forma de capitalismo del siglo XXI. Su principal objetivo es derribar cualquier barrera (geográfica, política, sectorial) a la mercantilización capitalista a escala global. Todo, de este modo, debe convertirse en espacio de acumulación capitalista. Nada, en sentido contrario, puede impedir el flujo natural del comercio y la seguridad de las inversiones. Y como esta apuesta tiene un alcance limitado, se pretende iniciar una nueva onda económica expansiva de la mano de la 4RI (inteligencia artificial, robotización, automatización, etc.), que permita ampliar exponencialmente la productividad y los sectores de reproducción del capital de la mano de las megaempresas digitales.


Este y no otro es el principal exponente de la guerra económica en ciernes: el conflicto entre un capitalismo caníbal —que exacerba su matriz dictatorial, desigual e insostenible— y la propia vida.


No obstante, la actual coyuntura también exacerba los conflictos intracapitalistas. Quienes detentan el poder compiten por el menguante pastel del crecimiento económico. Se trata de conflictos que no ponen en cuestión la ofensiva capitalista —al menos por el momento, sin descartar hipotéticas escaladas bélicas—, delimitando su disputa dentro del marco de ciertos patrones estructurales vigentes. Destacamos tres, que definen el marco de lo posible para la guerra económica intracapitalista.


En primer lugar, las finanzas son el gran hegemón, imponiendo al sistema en su conjunto su naturaleza cortoplacista, inestable y auto-ultrarregulada en su favor a escala mundial. No hay agenda capitalista que no se adapte a este patrón, en mayor o menor medida.


En segundo término, las cadenas económicas se estructuran en lógicas globales, a partir del control que ejercen las empresas transnacionales. La interdependencia de agentes es muy significativa; toda medida en un territorio (aranceles, intereses, tipos de cambio, etc.) tiene una respuesta global y efectos secundarios cual boomerang, lo que dificulta una guerra abierta y total donde todas las partes tienen mucho que perder.


Y tercero: los capitales en su conjunto son conscientes de la crisis ecológica y de acumulación, por lo que la verdadera confrontación se centra en los materiales y fuentes de energía, por un lado, así como en tratar de tomar la delantera en sectores avanzados de la 4RI (datos, inteligencia artificial, comercio digital), por otro.
Por tanto, la guerra intracapitalista se inserta en los límites de una economía globalizada y financiarizada, que centra sus esfuerzos en superar la grave crisis de acumulación y el colapso ecológico, aunque ello conlleve una guerra abierta entre capital y vida.


Esta es la clave para caracterizar la actual guerra económica. Si analizamos la agenda de EEUU, principal percutor del estallido del consenso multilateralista, veremos cómo lo mediático no corresponde con lo estratégico. Así, frente a la supuesta primacía de la guerra arancelaria con China y la UE, y frente a la pretendida apuesta proteccionista sustentada en el America First y el congelamiento del TTIP, EEUU asume la guerra económica en su integridad. Pero siempre dentro de los tres patrones estructurales señalados, ofreciendo así una mirada diferente del concepto.


De esta manera, Wall Street es “quien manda aquí”, no la industria clásica y agroexportadora. La globalización se sigue imponiendo, por tanto, a la necesidad de protección. Las finanzas han conseguido hacer saltar por los aires todo intento de regulación financiera, rebajar los impuestos, elevar los tipos de interés y mantener un dólar fuerte, generar ofensivas contra monedas más débiles y sostener la firma de tratados comerciales como herramienta de blindaje corporativo (como evidencia la actualización del TLCAN), aunque aceptando la necesidad de negociar en mejores condiciones los acuerdos multilaterales como el TTIP.


Esta es la base de la agenda real, que se completa con la competencia salvaje con China por el control de los datos como materia prima —Europa se muestra bastante ausente en este sector—, así como por el desarrollo de nuevos servicios digitales como espacio de acumulación. Esta disputa, junto a la constatación del enorme superávit comercial chino y su control sobre la deuda pública estadounidense, convierten al gigante asiático y a su soberanía en el verdadero objetivo de la guerra intracapitalista, con Europa como convidado de piedra y escenario vulnerable por influenciar. El cuadro de la agenda mainstream concluye con el sostenimiento —también militar, si es necesario— del complejo extractivo de energía y materiales, ante el agotamiento global.


A partir de ahí se desarrollan otras medidas de rango menor, que tratan de contentar al resto de capitales: escaladas verbales belicistas (Rusia, Venezuela, acuerdo atómico, etc.) para favorecer al complejo industrial-militar e incremento limitado de aranceles para la industria doméstica y agroexportadora, que al menos compense el dólar fuerte y sostenga apoyos electorales. Pero todo ello sin la relevancia que le otorgan los medios, dada la interdependencia global que impide una guerra abierta.


En definitiva, EEUU como adalid de la guerra económica muestra que esta se libra fundamentalmente en el ámbito financiero, energético-material y en torno a la 4RI, cuestiones que no parecen estar en el foco mediático. Las finanzas son el eje sobre el que pivota el marco de lo posible, por lo que la apuesta globalizadora y en favor de los tratados se mantiene, con matices. Los aranceles y el proteccionismo estatal, en cambio, tienen un alcance limitado y con un fuerte componente retórico; solo hay verdaderas restricciones al flujo de personas, desde lógicas racistas. Mientras tanto, la guerra económica en sentido amplio se silencia, siendo la mayor amenaza.


En este contexto, ¿cómo enfrentar la guerra económica? En primer lugar, asumiendo la acepción amplia de confrontación con el capital. El cambio en la matriz económica desde claves ecológicas, feministas y de clase, la defensa de los bienes comunes y la disputa en torno a la 4RI —rompiendo el falso relato de la «economía colaborativa»— aparecen como prioridades estratégicas.


En segundo término, no teniendo que elegir entre un capitalismo u otro, uno multilateralista u otro más unilateralista. Ambos nos conducen al abismo social y al colapso ecológico. Por supuesto, se trata de frenar sin ambages el fascismo social y político, pero la alternativa nunca habrá de pasar por un universalismo abstracto y mercantilizado que también nos condena.


Romper esta dicotomía a la que nos empujan los mass media es un tercer eje prioritario, creando una agenda económica y comercial ajena por completo a los relatos y prácticas excluyentes y reaccionarias. Sin por ello denostar la disputa por las soberanías, no solo la estatal sino también la local, regional y global. Y la energética, alimentaria, feminista y popular, redefiniendo conceptos y perspectivas desde una mirada radical e inclusiva. Pese al ruido mediático, el antagonista es claro; el desafío es cómo hacerlo descarrilar.

 

Por Gonzalo Fernández
Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) - Paz con Dignidad

publicado
2018-11-23 11:15:00

 

Publicado enEconomía
EEUU y los grandes mercados emergentes frenan la lucha contra el cambio climático


Los BRICS -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- y la mayor economía mundial son las grandes rémoras al control de emisiones de CO2. Y, por ende, los principales causantes de que la temperatura del planeta suba por encima de los 2 grados centígrados en 2050. Un estudio de la consultora BCG compara sus políticas, sus inversiones y su tecnología junto a las de Alemania, adalid del cumplimiento de los Acuerdos de París.


Los gobiernos están aún muy lejos de adquirir conciencia plena de los efectos del calentamiento del planeta. Sus políticas son inadecuadas y abocan al desastre. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) lo advertía a comienzos del pasado mes de octubre. Persiste la idea de que las consecuencias del efecto invernadero son inevitables, fruto de la normal evolución de la Tierra y que la acción del hombre no resulta determinante.


Un cóctel explosivo que convierte en distopía la declaración de intenciones de los Acuerdos de París, de 2015, de lograr que el globo terráqueo no supere un calentamiento superior a los dos grados centígrados respecto a los niveles de la era pre-industrial a partir de 2020.


Superado el ecuador de esta primera fase de actuación, el IPCC no sólo alertan del freno que, para la consecución del tratado, supone la salida del pacto de la primera potencia mundial, por decisión expresa de la Administración Trump. También del riesgo aparejado de que, probablemente, no habrá más oportunidades de revertir la situación. Y de que los grandes mercados emergentes -China, Brasil, Rusia, India y Sudáfrica- tampoco están haciendo esfuerzos de la suficiente intensidad como para contribuir decididamente a la causa. Priman entre sus dirigentes el deseo de seguir con su ritmo de desarrollo, con medidas anacrónicas, propias de la revolución industrial, en la que los límites a las emisiones de CO2 nunca fueron un obstáculo.


Los expertos independientes del IPCC, además, han empezado a clamar contra el propio acuerdo. Lo consideran poco ambicioso. Aconsejan a la comunidad internacional que, si de verdad desean paliar los desastres que provocará el calentamiento global en el futuro, deberían tratar de lograr un repunte de temperatura más ambicioso, de 1,5 grados.


En juego está la brusca extensión de amplias franjas del territorio planetario que pasarán a registrar súbitos episodios de calentamiento extremo, de desabastecimiento de agua, de sequías y de miles de islas, primero, y zonas costeras, después, que quedarán irremediablemente sumergidas bajo el nivel de mares y océanos. Todos estos fenómenos afectarán a la vida diaria de cientos de millones de habitantes, provocarán flujos de migraciones, acabarán con la producción y la rentabilidad de vastas áreas agrícolas, destruirán los arrecifes de coral, imprescindibles para la subsistencia de millones de especies de la fauna y flora marinas y precipitará la extinción de especies terrestres. Y lo más irónico de todo -enfatiza el IPCC- es que se está en disposición de lograr contener el calentamiento a sólo 1,5 grados en sólo 22 años. De lo contrario, perdurará más de lo recomendable el uso de combustibles fósiles, desde el carbón hasta el gas o el petróleo, los mayores detonantes del cambio climático.


Reconversión de los mix energéticos


Hay estados, ciudades, empresas, inversores y asociaciones filantrópicas que han iniciado acciones en la dirección adecuada. Pero sin la involucración de las grandes potencias, los esfuerzos serán demasiado dispersos y vanos. De ahí que los investigadores carguen contra la permisividad en esta materia de EEUU y los mercados emergentes. A ellos les encomiendan especialmente que pongan en marcha medidas para corregir sus mix energéticos. Para reducir las emisiones de los combustibles fósiles. Y que apuesten todo a las energías renovables.


Incluso no dudan en hacer un llamamiento abierto a los ciudadanos de los países incumplidores para que castiguen en las urnas a los candidatos que no revelen un compromiso expreso en este desafío. Más allá de los partidos a los que representen. Su juicio es premonitorio. Con un control exigente -el reto de aumentar 1,5 grados la temperatura global para 2050- el nivel promedio del mar sería aproximadamente 17,7 centímetros menos que bajo un incremento de 2 grados. Mientras que, si se alcanzase esta cota, algo difícil de cumplir con los parámetros de actuación actuales, el derretimiento de las barreras de hielo de la Antártida será ineludible y propiciará catástrofes por todas las latitudes con subidas de los niveles de agua de los océanos. Sin contar con esta negra predicción sobre el continente del sur, el mar subiría diez centímetros más que si se limitara a 1,5 grados, con el consiguiente daño o desaparición de numerosos ecosistemas y, probablemente, transformaciones irreversibles, más a largo plazo, para frenar el cambio climático.


Pero, ¿cuál es el escenario actual en el que se mueven los grandes países contaminantes? Un reciente informe realizado por Boston Consulting Group (BCG) pasa revista a las iniciativas que se siguen en seis países -Alemania, EEUU y los BRICS que, juntos, son responsables de casi el 60% de las emisiones de CO2-, arroja luz sobre sus diferentes estrategias y añade argumentos sólidos al mensaje de Naciones Unidas de que el mundo aún dispone de doce años para tratar de evitar la catástrofe climática.


l estudio, dirigido por Jens Burchardt y Philipp Gerbert hacen hincapié en que la ausencia de la prioridad esencial para este cometido, una acción concertada global, implica para las naciones que se han enfrascado en la reducción de emisiones “se enfrenten a significativas desventajas”, porque sus iniciativas “les pasarán factura” en el orden macroeconómico. Incluso si programas ambiciosos como los que han empezado a implantar los líderes en el cambio climático, logran suprimir entre el 75% y el 95% del CO2, a través los avances tecnológicos implantados para tal misión, para 2050. Contribución que dejaría el alza de temperatura en 1,5 grados. Pero este escenario sombrío sólo se produciría a corto plazo.Porque, a la larga, “los obstáculos al crecimiento se convertirán en un motor indiscutible de prosperidad”. En línea con el tenor de otros informes como el de la Comisión Global sobre la Economía y el Clima (GCEC, según sus siglas en inglés) que pronostica un aumento del PIB mundial de 26 billones de dólares (equivalente a la suma de las economías de EEUU, Japón e Italia) si los gobiernos y las empresas focalizaran sus políticas y sus negocios al reto del cambio climático. A razón de 2 billones de dólares anuales en el próximo decenio. Aunque sus científicos advierten que, para ello, “hay que erradicar la idea de que suprimir la combustión de carbón y de otros combustibles fósiles es demasiado costoso”, dice Helen Mountford, directora del estudio.


El diagnóstico de BCG, que lleva la firma de su think-tank corporativo, el Instituto Henderson, pasa revista a tres escenarios: las políticas ecológicas en vigor en cada país; la aplicación de tecnología para la contención de emisiones científicamente probada y sus agendas reformistas encaminadas a la consecución del objetivo de limitar el calentamiento a los 2 grados que estipula el Acuerdo de París. Su conclusión es clara: “subyacen sobradas razones económicas y medioambientales para que los estados aceleren sus esfuerzos para mitigar el cambio climático” sin que haya motivos que impidan que “no empiecen ya” a paliar los efectos de las energías contaminantes.


El espejo alemán


Alemania surge como modelo a seguir. Para alcanzar tal aseveración se basan en otro estudio, en esta ocasión, realizado en colaboración con la empresa de investigación Prognos, que revela que el Gobierno germano está en la senda de reducir las emisiones de CO2 entre un 72% y un 93% de los niveles de polución de 2015, para el ecuador de este siglo. Lo que equivale -dice el informe- a unos recortes de entre el 80% y el 95% en relación a la cota de gases de efecto invernadero de 1990.


Un esfuerzo de reconversión energética que sitúa a Berlín ante un horizonte considerado ya como “económicamente viable”; incluso si siguiera su protocolo de actuación de manera unilateral; es decir, sin un conveniente consenso internacional, que impulsaría los distintos proyectos nacionales en todo el planeta. Si se diera este caso, Alemania lograría, sin problemas, la cota de recorte de emisiones de las bandas más anchas de su doble horquilla mencionada -la que se compara con las cotas de contaminación de 2015 y 1990- y añadiría más crecimiento a su economía; tan sólo con una mayor apuesta -e inversión- en tecnología. Cuantitativamente, exige un recorte de 62 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono y la eliminación de ciertos sectores industriales, que serían suplidos por segmentos de actividad. Y constantes inversiones. Toda reducción superior al 77%, además, requiere nuevos instrumentos tecnológicos para llevarla a cabo. Pero Alemania, uno de los líderes indiscutibles de la Revolución 4.0, la digitalización industrial, está en ello.


Según datos de la BDI, la patronal industrial alemana, el sector energético está en condiciones de abastecer con energías renovables -solar y eólica- el 80% de la demanda del país y de sustituir la generación eléctrica de carbón y lignito por gas. En paralelo, el resto de segmentos productivos se adaptarían con bastante diligencia a las nuevas pautas de consumo; desde la construcción hasta el transporte. Sin problemas de que se produzca caso de sobredimensionamiento del potencial energético renovable. También el escenario tecnológico resulta idóneo para que la biomasa supla, en el sector industrial, a los combustibles fósiles en los procesos de generación calorífica. Aunque los avances futuros deben concentrarse en ampliar la red de suministro energético, conseguir una mayor capacidad de almacenamiento, especialmente de baterías limpias, en crear un sistema de integración energética más flexible y en apostar por inversiones que ayudan a cambiar el parque automovilístico hacia los vehículos eléctricos o las sustituciones de caladeras y bombas de calor en hogares e industrias. Algo factible, si se tiene en cuenta que, por ejemplo, en la construcción, más del 80% de los edificios del país deben acometer obras de rehabilitación antes de 2050, lo que adelantaría la renovación hacia las energías de bajas emisiones contaminantes. O que, en el sector del transporte, los vehículos eléctricos hayan empezado a sustituir, no sin controversias sociales, aunque mínimas, las flotas de furgonetas comerciales, autobuses y otros servicios públicos o la red de camiones que circulan por las grandes autovías del país.
El coste de las inversiones necesarias para que Alemania alcance el objetivo de la reducción de dos grados es substancial: 1,6 billones de dólares hasta 2050. Casi el PIB español. Pero asumible, si se tiene en cuenta que esta cifra supondría apenas un 1,1% de su economía cada año. Además, si se descuentan el ahorro de los costes operativos, la cantidad se reduciría a menos de 20.000 millones anuales.


Europa y EEUU, en distinta dimensión


Las potencias industrializadas, incluidas mayoritariamente en el espacio europeo, y EEUU registran aún altas emisiones per cápita. A pesar de sus agendas industriales de bajas emisiones y la notable eficiencia de sus adelantos tecnológicos. Todos ellos, han aumentado su porción de suministros de electricidad en detrimento de los combustibles fósiles. Al igual que Alemania, gran parte de sus socios de la UE han minimizado su crudo-dependencia. Sin embargo, Europa, con perspectivas de pérdida demográfica en los próximos decenios, pese a los flujos de inmigración que recibe, no está ante el mismo escenario futuro que EEUU que, donde se espera un incremento de población de 67 millones de personas. Las necesidades de transporte en la primera potencia mundial serán una fuente mayor de emisiones. Aunque también hay otro notable hecho diferencial. EEUU tiene sobradas fuentes de energía en su territorio, fósiles y de otros orígenes, con las que puede jugar a la hora de modificar su mix energético.


En cualquier caso, el parón en la atención al cambio climático de la Administración Trump, que ha dado manga ancha a la contaminación industrial para espolear su producción y generar puestos de trabajo inmediatos -dentro de su política proteccionista- deja una brecha substancial entre ambas orillas del Atlántico. El impacto mínimo de las actuales políticas medioambientales entre Alemania, prototipo europeo, y EEUU arroja unas predicciones muy distintas. Así -señala el informe de BCG-, mientras la locomotora europea rebajaría su huella de emisiones en un 45% el mayor mercado del mundo lo haría en apenas un 11%. En 2050. De forma que el esfuerzo ecológico de la Casa Blanca debería ser mucho mayor en las próximas décadas.


El resto del mundo, a remolque


La mayoría de las economías emergentes anda en el furgón de cola. Aunque en longitudes de onda distintas. Todos siguen empleando tecnologías de bajo coste e intensivas en carbón. Causa de que sus emisiones per cápita “no sean sostenibles”, según BCG. Aun así, sus trayectorias son también ambivalentes. China espera un crecimiento de más del 300% de su PIB para 2050. Es, sin embargo, del grupo BRICS, el que más ha impulsado la agenda ecológica. Para ese año, con una población en descenso y con aumentos de la eficiencia energética y tecnológica, la gran factoría mundial aumentará un 6% sus emisiones. India, por su parte, tiene una proyección de incremento de su PIB del 700%, con fuerte expansión demográfica (un 26% más) y una apuesta decidida por el carbón, principal fuente de su tejido industrial. Doblará sus emisiones en 2050, lo que le convertirá en el segundo país más contaminante del planeta. Escenario similar al de los tigres asiáticos.


En Brasil, tanto la economía como su población crecerán a ritmos que harán ineludibles las subidas de las emisiones. En todos los sectores productivos. Por si fuera poco, la victoria de Jair Bolsonaro no invita al optimismo. En una nación en la que más del 40% de sus emisiones de gases de efecto invernadero procede de la agricultura, unos de sus motores exportadores. Sudáfrica, en cambio, es el que mejores perspectivas obtiene. Hasta el punto que reduciría sus emisiones, pese al fuerte repunte económico y demográfico, ya que se espera que su población crezca más del 40%. El país africano ha empezado a reemplazar centrales de generación eléctrica de carbón. El éxito de Rusia depende, en gran medida, de la demanda global de combustibles fósiles y de que transforme su agenda de reformas con mayores medidas de mitigación de la polución.


Ante esta tesitura, las voces internacionales en favor de acciones concertadas se dejan sentir cada vez con más fuerza. JP Morgan cree que, si EEUU no contribuye a parar el cambio climático, el 40% de su población, la que vive en zonas costeras, estará amenazada. Al Gore asegura seguir siendo optimista de que estalle una revolución sostenible. Y el presidente de la Cruz Roja, Peter Maurer, piensa que el cambio climático promoverá la conflictividad mundial y tendrá un impacto decidido sobre las crisis humanitarias y, en consecuencia, sobre los flujos de inmigración globales.

madrid
21/11/2018 11:37 Actualizado: 21/11/2018 11:37
DIEGO HERRANZ

Publicado enMedio Ambiente
Quemar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para abonar una nueva agenda común global

Una minoría creciente de los movimientos sociales creemos que estamos frente a una auténtica crisis sistémica y global o, para ser más exactos, ante una civilización fallida en fase de colapso. ¿Cómo debe ser la agenda para afrontar el futuro?

En octubre se celebró el Encuentro Islas Encendidas, un evento impulsado por la iniciativa Quórum Global con el objetivo de impulsar un proceso de confluencia desde abajo frente a la crisis democrática y ecosocial. Allí nos reunimos cerca de tres centenares de personas procedentes en su mayoría de ONG, pero también del movimiento feminista, antirracista, ecologista, vecinal, etc.


El Encuentro transcurrió en un clima de gran afinidad entre las personas y organizaciones participantes en torno a una idea central que fue repetida a lo largo de los tres días, “la necesidad de poner la vida en el centro frente a la lógica neoliberal y la emergencia de los fascismos”. Sin embargo, bajo este aparente consenso emergió una cuestión que resultó polémica, la relativa a si la nueva Agenda Internacional 2030 marcada por los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) es un buen marco de referencia desde el que trabajar juntas para lograr ese objetivo común.


Una controversia que refleja, en esencia, la existencia de al menos dos interpretaciones radicalmente distintas de la crisis que estamos viviendo y que, en consecuencia, plantea hojas de ruta también diferentes que, lejos de poder confluir, comienzan a ser divergentes desde el mismo punto de partida: el diagnóstico. Mientras una mayoría de las organizaciones y los movimientos sociales aún consideran que lo que enfrentamos es básicamente una estafa económica, una minoría creciente entendemos que estamos frente a una auténtica crisis sistémica y global o, para ser más exactos, ante una civilización fallida en fase de colapso.
Los ODS un documento sin diagnóstico


Lo primero que llama la atención cuando se analizan los ODS es que carecen de un diagnóstico acerca de las realidades sobre las que se quiere actuar, proponiendo 17 objetivos y 169 metas, sin el más mínimo argumento que los justifique y permita comprender su razón de ser. No hay nada, ni siquiera un somero diagnóstico que nos ayude a comprender cuáles son las causas que hay detrás de fenómenos como la pobreza, el hambre, las enfermedades, las desigualdades entre géneros o económicas, la degradación del medioambiente o el cambio climático. Y, ¿cómo no tener en cuenta las causas de esos problemas? ¿Acaso se quiere dar respuesta sólo a los síntomas?


Los ODS trazan el camino: más crecimiento e industrialización


Por otra parte, como bien argumenta Manuel Casal en “La Agenda 2030, misión imposible” existe una “preocupante mezcla entre fines y medios”. Mientras que “lo adecuado hubiera sido establecer unos fines, permitiendo flexibilidad en los medios”, se opta por “poner determinados medios a la misma altura que los fines, lo que genera confusión, contradicciones y rigidez”. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, con el “crecimiento económico” (O8) y “la industrialización” (O9) que son instrumentos convertidos en objetivos, marcando así el camino a seguir para alcanzar los verdaderos fines, como son “poner fin a la pobreza (O1) y al hambre (O2)” o “lograr la igualdad entre los géneros (O5)”.


Esta imposición de medios para la consecución de fines resulta especialmente alarmante cuando la Agenda se presenta además en ausencia de un diagnóstico. ¿Cómo justificar más crecimiento e industrialización? ¿Aceptaríamos un tratamiento médico sin antes conocer sus posibles riesgos, contraindicaciones y efectos secundarios? ¿Cómo valorar la idoneidad de este tratamiento? ¿Qué hace la diferencia? Ahí van algunas suposiciones: 1) Predomina una fe ciega bienintencionada sobre el documento al que no se le pide justificación; 2) Esta falta de justificación pasa desapercibida, pues los medios que se proponen como objetivos (O8 y O9) son mitos de nuestras sociedades modernas y 3) Los agentes sociales dependen económicamente de que los gobiernos destinen anualmente fondos renovados en el desarrollo de esta agenda, por lo que ¿quién se atreve a morder la mano que le da de comer?


La falacia “sostenible” e “inclusiva”


Habrá quien argumente que lo que la Agenda 2030 propone no es cualquier tipo de crecimiento económico e industrialización, sino sólo de aquellos que resultan ser “sostenibles” e “inclusivos”. Sin embargo, la tozuda realidad demuestra que ambos conceptos son auténticos oximorones en el contexto actual.


En el caso del crecimiento económico, su sostenibilidad no es realista por múltiples razones, siendo la principal que nos encontramos ya en un momento en el que hemos superado el cénit mundial de extracción del petróleo convencional siendo lo que tenemos por delante un descenso energético que hará imposible nuevos crecimientos económicos globales, teniendo en cuenta que las energías renovables presentan grandes limitaciones incluso para poder mantener el sistema económico en un estado estacionario.


Pero es que además el crecimiento económico es siempre insostenible. De hecho, los crecimientos “verdes” no llegan siquiera a producir una disminución total del consumo material y energético, ya que las mejoras en eficiencia sólo se traducen en una disminución relativa, es decir, en una reducción del consumo material y energético por unidad producida. Por ejemplo, los coches modernos consumen menos materia y energía que los más antiguos.


Sin embargo, en una economía adicta al crecimiento, el imperativo del crecimiento económico obliga al aumento de las ventas de coches y de sus desplazamientos, de modo que no es posible un crecimiento económico desacoplado de la degradación del medio ambiente y las emisiones de gases de efecto invernadero, porque sencillamente cuanto más crecen la producción y el consumo, más materia y energía se necesitan extraer de nuestra corteza terrestre y más emisiones se generan.


En cuanto a la inclusividad social del crecimiento, resulta ingenuo pensar que, ahora que nos adentramos en un escenario global de creciente escasez, se vaya a producir la reducción de los niveles de pobreza y desigualdad que no se logró cuando el crecimiento gozaba de buena salud y existía mayor abundancia.


Por otro lado, en el caso de la industrialización, no se entiende muy bien a qué se refiere cuando se la apellida de “inclusiva” y “sostenible”, en un contexto en el que los gobiernos y las corporaciones transnacionales están trabajando juntos en el desarrollo de la cuarta revolución industrial (4RI). Una disrupción tecnológica que, incluso según sus propios promotores, amenaza con incrementar las desigualdades y los procesos de exclusión, bajo el riesgo de crear una desigualdad masiva entre una clase tecnológica rica y una inmensa clase marginal, tanto en el interior de los países como entre ellos, mediante una robotización en clara competencia con las generaciones presentes y futuras.


Pero es que, además, la 4RI tampoco es sostenible tal y como analiza detalladamente José Halloy: “En términos de energía y materiales, las tecnologías informáticas actuales no son sostenibles a largo plazo”. De modo que podemos afirmar que la cacareada industrialización 4.0 sólo puede presentarse como una oportunidad si se invisibiliza su insostenibilidad ecológica e indeseabilidad social.


Perseguir el crecimiento y la industrialización abona el fascismo


Insistir entonces en el crecimiento y la industrialización en este contexto global de creciente escasez energética y material es una vía genocida y ecosuicida que nos conduce directamente a la guerra por los recursos y al caos climático a través del desarrollo de agendas fascistas.


Un fascismo que ya estamos viendo emerger en las grandes potencias económicas y que se expresa en dos estrategias narrativas complementarias: Por un lado, mediante la idea de “Mi país primero” que busca sostener el crecimiento económico permitiendo la entrada de ingentes cantidades de energía y materiales procedentes en su mayoría de la expoliación neocolonial, mientras se impide la entrada —cuando no se expulsa— a las poblaciones inmigrantes y refugiadas, en su mayoría huérfanas de una vida digna en sus territorios, ocupados y degradados por las guerras, el extractivismo y el cambio climático.


Y, por otro lado, mediante el discurso que da centralidad al “Hombre Blanco Heterosexual y Nacional” con la que se busca fortalecer el orden heteropatriarcal y colonial, devolviéndole un cierto protagonismo a la vieja clase trabajadora industrial nacional, empobrecida y precarizada, y desplazar su ira contra otros colectivos sociales (pobres, inmigrantes, mujeres, homosexuales, etc.).


En resumen, como bien argumenta Luis I. Prádanos, “la crisis ecosocial no requiere ni del catastrofismo apocalíptico (al que nos conduce el imperativo del crecimiento económico), ni del tecno-optimismo (fomentado desde la cuarta revolución industrial)”, sino de nuevos ecosistemas culturales y socio-económicos capaces de prosperar sin crecimiento, poniendo la defensa y el cuidado de la vida en el centro.


Por una nueva Agenda Común Global


A estas alturas del Siglo XXI no habrá gobierno, organización o movimiento social que pueda argumentar que el actual proceso de colapso de nuestras sociedades modernas les pilló por sorpresa, pues hace más de 45 años que nuestra civilización industrial lleva recibiendo avisos sobre el abismo al que nos conduce el imperativo del crecimiento ilimitado.
Sin embargo, a pesar de dichos avisos, nada significativo se ha hecho hasta la fecha para cambiar de rumbo. El proyecto civilizatorio impulsado por la globalización de la Modernidad Capitalista está llegando a su fin y la lucha por todo aquello que amamos depende, ahora más que nunca, de que las grandes mayorías sociales seamos capaces de presionar a nuestros gobiernos para que abandonen el objetivo del crecimiento económico e impulsar medidas de emergencia social y ecológica capaces de favorecer nuevas formas de organización ecosocial que permitan adaptarnos de forma rápida y justa a un escenario de creciente escasez energética y material.


Muchas personas, grupos y comunidades locales de todo el mundo ya han comenzado a organizarse con el fin de satisfacer sus necesidades de un modo más justo y resiliente fuera de la lógica industrial y la búsqueda del beneficio económico: la agroecología, la permacultura, los sistemas de movilidad sostenible, la bioconstrucción, los sistemas de trueque en comunidad, los mercados sociales, la economía social y solidaria, los barrios y municipios en transición… son modelos que ya han demostrado su capacidad de satisfacer las necesidades de las personas en equilibrio con los límites de los ecosistemas. Sin embargo, para que dejen de ser marginales y se conviertan en verdaderas alternativas necesitan de un apoyo social masivo y de políticas activas de los gobiernos.


Si los Objetivos de Desarrollo Sostenible disfrutan todavía de legitimidad es porque aún la mayoría de los Agentes Sociales siguen sin cuestionar en profundidad las bases de la civilización industrial y su lógica de crecimiento ilimitado. Mientras los ricos traman cómo abandonar el barco, nosotros parecemos empeñados en seguir remando y mantener a toda la tripulación abordo, con esperanzas de mejorar nuestras condiciones como tripulantes.


Por ello, antes de que naufraguemos y los ODS sean papel mojado, quemémoslos y con sus cenizas abonemos el desarrollo de una nueva agenda común global. Una nueva hoja de ruta feminista, antihomófoba, queer, antirracista, decolonial, antimilitarista, municipalista y ecologista que, con un diagnóstico comprensivo de las complejas realidades que enfrentamos, nos permita una salida justa y ordenada ante el hundimiento de este Titanic, evitando así la catástrofe del fascismo, las guerras por los recursos y el caos climático. Nos jugamos la vida en ello.

Por Marcos Rivero Cuadrado 

Solidaridad Internacional Andalucía

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Miércoles, 21 Noviembre 2018 06:17

Unctad y el círculo vicioso de los Medici

Unctad y el círculo vicioso de los Medici

En las pasadas tres décadas el orden económico que emergió de la Segunda Guerra Mundial se erosionó por el abandono de la política de pleno empleo, la mayor movilidad del capital, la reducción del ingreso de la clase trabajadora, el recorte en el gasto social en casi todas las economías del mundo y el aumento del poder de mercado de las grandes corporaciones. Hoy, el fantasma de nuevas guerras comerciales y la gran desconfianza que buena parte del electorado ha manifestado en muchos países frente a las instituciones tradicionales amenazan con aniquilar lo poco que quedó de aquel orden económico que fue testigo de la era dorada del capitalismo.

Hace dos semanas la Unctad dio a conocer su informe anual para 2018 (unctad.org) y ya desde el título, con una referencia a la "quimera del libre comercio", envía un mensaje que nadie debe ignorar. La tesis fundamental del informe es que la globalización neoliberal, que tantas veces fue descrita como ejemplo de eficiencia, flexibilidad y competitividad, ha desembocado en un mundo quebradizo y marcado por un desempeño económico mediocre. Hoy la globalización se caracteriza por mayor desigualdad, una intensa concentración de poder de mercado en unas cuantas megacorporaciones y la subordinación incondicional al mundo de las finanzas.

En este panorama domina un crecimiento débil, alimentado por las altas tasas de endeudamiento que representan una grave amenaza para la economía mundial. Sobre este punto, hasta el Fondo Monetario Internacional ha sonado la alerta y se hace coro de las preocupaciones de la Unctad. Antes de la crisis financiera el nivel de la deuda mundial alcanzaba 142 billones (castellanos) de dólares y hoy ese monto rebasa 250 billones, lo que es equivalente a tres veces los ingresos globales. Los bancos han aumentado su tamaño debido a la inyección de fondos públicos, mientras las actividades del sistema bancario sombra ya son dos veces más grandes que la economía mundial. El endeudamiento creciente, la consolidación del dominio del sector financiero y la creciente desigualdad son los rasgos característicos del estancamiento económico en la globalización neoliberal.

Por el lado de los flujos de comercio internacional sobresale la tendencia a la mayor concentración en casi todas las ramas de la industria. Quizá el dato más impactante es que uno por ciento de las empresas en el mundo concentra 55 por ciento de los flujos de comercio internacional. La administración de precios por estas corporaciones es sólo una de las consecuencias de su mayor poder de mercado y desemboca en lo que el economista Luis Zingales, de la Universidad de Chicago, denomina el "círculo vicioso de los Medici": más dinero trae aparejado mayor poder político, y eso se acompaña de más dinero.

Hoy la mayor parte del comercio de manufacturas se encuentra organizada alrededor de cadenas globales de valor (CGV), que dependen de las grandes empresas que las administran. Durante algunos años muchos pensaron que la inserción en esas CGV permitiría a los países subdesarrollados asimilar tecnologías y construir eslabonamientos para alcanzar el desarrollo industrial. Pero si bien las grandes corporaciones que organizaron esas cadenas de valor permitieron a algunos países vincularse con la división internacional del trabajo al aprovechar su dotación de fuerza de trabajo (mal pagada), lo cierto es que el espejismo de la industrialización sigue alejándose.

La base de datos de la matriz insumo-producto mundial (véase wiod.org) revela que la distribución por países del valor agregado en las manufacturas sigue siendo muy desigual. Entre 2000 y 2014 la participación nacional en el valor agregado mundial declinó en la mayoría de los países, con la excepción de China. Y la participación en las fases de producción (fabricación en sentido estricto) también se redujo, excepto en Canadá y nuevamente en China. La posibilidad de revivir el proyecto de industrialización por medio de un proceso de goteo es un sueño inalcanzable.

La política de establecer zonas económicas especiales dirigidas a fomentar las exportaciones es un subsidio para las grandes corporaciones en su afán por organizar esas CGV, pero no constituye un instrumento para el desarrollo industrial. En cambio, sí contribuyen a la desigualdad creciente al atrapar la economía anfitriona en una espiral de bajos salarios. Si algunos piensan que es posible repetir los logros de China al utilizar ese tipo de instrumentos, deben tomar en cuenta que ese país aplicó al mismo tiempo una vigorosa política industrial y tecnológica, con un decidido apoyo financiero y una gran inversión de largo plazo en educación. Esa combinación de políticas está ausente en la mayor parte de los países que hoy erigen zonas económicas de fomento al comercio internacional.

Los datos y el análisis de la Unctad revelan que no es posible alcanzar el objetivo de un desarrollo económico saludable con la simple administración del modelo neoliberal.

Twitter: @anadaloficial

 

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La extrema derecha en Brasil: aprendiendo y desaprendiendo desde la izquierda*

Cual círculos concéntricos se difunden en América Latina los impactos de la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil. Colombia no es la excepción. Más allá de que en este país han prevalecido los gobiernos conservadores, el triunfo de una derecha extrema en Brasil debe ser analizado. Las izquierdas del continente están conminadas a aprender de lo que allí sucedió.

Los agrupamientos políticos que apuestan por cambios, y que lograron sustantivos crecimientos electorales en Colombia, enfrentan el desafío de no repetir las contradicciones observadas en Brasil. Esto también es indispensable para los movimientos ciudadanos que siguen enfrentando estrategias como las extractivistas, ya que un estilo político como el propuesto por Bolsonaro solo augura una acentuación de la violencia. No puede obviarse que Brasil, por ejemplo, lidera los indicadores mundiales en asesinatos de defensores de la tierra, pero Colombia le sigue en tercer lugar (57 en el primer caso y 24 en el segundo, según Global Witness) (1).

En este texto presentamos algunas reflexiones preliminares a partir de lo sucedido en Brasil. No pretendemos ofrecer un análisis detallado de su política interna, sino que nuestro propósito es otro: rescatar algunos aprendizajes de lo que allí sucedió, útiles para una izquierda que está ubicada en los demás países (y por ello aquí intercalamos algunas apreciaciones enfocadas en Colombia). No repetiremos la nutrida información circulante en estos días ni apelaremos a análisis simplistas, tales como achacar toda la culpa sea a la derecha o al progresismo. Compartimos este ejercicio desde una perspectiva de izquierda, con el propósito de alentar su renovación y de evitar que otros Bolsonaro se instalen en los países vecinos.

Progresismos e izquierdas: son diferentes

En todo el continente, los agrupamientos políticos conservadores realizan un activo entrevero de hechos para desacreditar las opciones de cambio hacia la izquierda. Se mezclan las severas crisis de Venezuela y Nicaragua con la caída del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, para insistir en que las opciones de cambio hacia la izquierda son imposibles, fatalmente están teñidas por la corrupción, y así sucesivamente. Pero justamente la crisis brasileña muestra la necesidad de insistir en las diferencias entre progresismos e izquierdas.

Es que muchos de los problemas observados en Brasil resultan, como se verá más adelante, de programas y una gestión de gobierno del PT y sus aliados donde poco a poco olvidaron sus metas iniciales de izquierda para transformarse paulatinamente en progresismos. Esto nunca lo ocultaron, sino que hicieron de ello uno de sus atributos.Por lo tanto, una primera lección a tener en cuenta es que la distinción entre izquierdas y progresismos sigue siendo clave (2).

Humildad para entender los humores del pueblo

El Partido de los Trabajadores y el liderazgo de Lula da Silva fue repetidamente presentado como ejemplo de viraje exitoso hacia las llamadas “nuevas izquierdas” en toda América Latina y a nivel mundial, lo que es comprensible al haber ganado cuatro elecciones consecutivas. No fueron pocos los grupos políticos que en distintas naciones lo tomaron como inspiración. Es más, se insistía en que el “pueblo” en su mayoría había adherido a la izquierda y eso explicaba victorias electorales como las de DilmaRousseff.

Sin embargo, en un proceso relativamente veloz, incluyendo los abusos de la oposición de las disposiciones jurídicas, el PT perdió el control del gobierno, Rousseff fue removida de su cargo, y se terminó eligiendo presidente a un político poco conocido y de derecha: Temer, quien había sido vicepresidente de la misma Rousseff. Los escándalos de corrupción no cedieron, y Lula da Silva terminó encarcelado.

Esas y otras circunstancias desembocaron en un cambio político extremo. No sólo triunfó Bolsanaro, sino que se hizo evidente que la sociedad brasileña es mucho más conservadora de lo pensado. Aquel mismo “pueblo” que años atrás apoyaba al PT, en unos casos lo rechazaba intensamente, y en otros, festejó a un candidato prolífico en discursos de tono fascista.

Estamos aquí ante una otra lección que impone precaución en usar categorías como “pueblo”, y que nos demanda humildad en aseverar cuáles son los pensamientos o sensibilidades prevalecientes. Quedan en evidencia las limitaciones de un “triunfalismo facilista” ante una sociedad que no era tan izquierdista como parecía y un conservadurismo que estaba mucho más extendido de lo que se suponía. Esta es una cuestión de mucho cuidado viendo cómo avanzan las creencias en una prosperidad que supuestamente descansa en el individualismo, el consumismo, y que entienden como normal y hasta necesaria la existencia de profundas diferencias sociales, y aceptan la violencia.

Derechas sin disimulos y progresismos disimulando ser izquierda

Seguidamente queda en evidencia otro aprendizaje: los riesgos de un programa que se recuesta sobre sectores y prácticas conservadoras para poder ganar la próxima elección. Una postura que asume que primero se debe “ganar” la elección presidencial, y que una vez en el palacio de gobierno se podrá “cambiar” al Estado y la sociedad. Esto se ejemplifica en Brasil con acciones que van desde la adhesión a un orden financiero (en la muy conocida “Carta al Pueblo Brasileño” firmada por Lula en plena campaña electoral) hasta su articulación política con el PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) de centro-derecha para lograr gobernabilidad. Le siguieron otras concesiones clave en las estrategias de desarrollo, cerrando la puerta a transformaciones estructurales del aparato productivo y así repitiendo el estilo primario exportadora (3). Este es justamente uno de los aspectos que sirven para caracterizarlos como progresistas y diferenciarlos con las izquierdas.

Se cae en una situación donde el progresismo una y otra vez intenta disimular que es una izquierda, mientras que la nueva derecha nada disimula ni oculta. Bolsonaro critica abiertamente a negros o indígenas, es homofóbico y misógino, ironiza con fusilar a militantes de izquierda, defiende la tortura y la dictadura, y apuesta a reformas económicas regresivas. Es ese tipo de discurso el que es apoyado por una proporción significativa de la sociedad brasileña.

Desarrollo nada nuevo sino senil

La necesidad de distinguir entre progresismos e izquierda también queda en evidencia al analizar las estrategias sobre desarrollo seguidas por el PT. El camino de esos gobiernos, el “nuevo desarrollismo”, descansó otra vez en las exportaciones de materias primas. Para lograrlo se ampliaron las fronteras extractivistas y la captación de inversión extranjera, alejándose así de muchos reclamos de la izquierda.

De ese modo Brasil devino en el mayor extractivista del continente, tanto minero como agropecuario (por ejemplo, el volumen de comercialización sumados hasta triplicó al de todos los demás países sudamericanos mineros). Esto sólo es posible aceptando una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en algunos sectores como el industrial, justamente al contrario de las aspiraciones de la izquierda de sacar a nuestros países de esa dependencia.

La esencia de esa estrategia de desarrollo no es diferente a la que siguió, por ejemplo, la administración Santos en Colombia. Sin duda hay diferencias, en especial por una mayor presencia estatal en Brasil, evidente en enormes empresas como Petrobras (hidrocarburos) o Vale (minería) que son en parte estatales o estaban controladas y financiadas por el gobierno. Pero persistió el componente extractivista y primario exportador, que vienen de la mano de procesos desindsutrializantes y que obliga a prácticas de imposición territorial y control de movimientos sociales.

Las limitaciones de esas estrategias se disimularon en Brasil con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas, tales como el consumismo popular, subsidios y asistencias a sectores extractivos o el apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões nacionales).

Esto explica que el “nuevo desarrollismo” fuese apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles, como por la elite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Lula da Silva era aplaudido, por razones distintas, tanto en barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.

El PT contribuyó sustantivamente a la defensa cultural de esas estrategias, y por ello en Brasil no ocurrieron debates como los que se escucharon en Colombia con“petróleo versus aguacates” (o sea, comenzar a pensar alternativas para el futuro inminente del agotamiento de los hidrocarburos). Por lo tanto, aquí se encuentra un flanco que una renovación de izquierda en Colombia debería considerar, promoviendo desde ya las reflexiones sobre cómo salir de los extractivismos.

La caída de los precios internacionales de las materias primas dejó en claro que las ayudas mensuales otorgadas en Brasil a los sectores marginados sin duda eran importantes, pero no sacaban realmente a la gente de la pobreza, ni resolvía la excesiva concentración de la riqueza, ni impedía que mucho dinero se perdiera en redes de corrupción.

La izquierda debe aprender de esa incapacidad de los progresismos para transformar la esencia de sus estrategias de desarrollo. Se profundizó la dependencia de las materias primas, con China como nuevo referente, con graves efectos en la desindustrialización y fragilidad económica y financiera. El “nuevo desarrollismo” que quiso construir el progresismo no es “nuevo”, y en verdad es tan viejo como las colonias, pues en aquel entonces arrancó el extractivismo.

La lección para las izquierdas en el resto del continente es que la reflexión sobre las alternativas al desarrollo sigue siendo clave. Se podrá tener un discurso radical, pero si las prácticas de desarrollo repiten los conocidos estilos, se quiera o no, eso desemboca en políticas públicas convencionales, y es esa convencionalidad otro componente que apartó a los progresismos de las izquierdas.

Clientelismo versus justicia social

El PT aprovechó distintas circunstancias logrando reducir la pobreza, junto a otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe ser aplaudido (4). Por medio de políticas sociales se puede paliar la pobreza, pero cuando prevalece el clientelismo eso se vuelve acotado. No se consigue construir ciudadanías sólidas que reclamen desde los derechos, lo que va mucho más allá de un bono mensual en dinero. El consumismo se acentúo, confundiéndolo con mejoras en la calidad de vida. La bancarización y el crédito explotaron (el crédito privado trepó del 22% del PBI en 2001 al 60% en 2017). De este modo prevaleció el asistencialismo y se reforzó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza.

No se quiso entender que esas estrategias obligaban a usar ciertos instrumentos económicos, sociales y políticos nada neutros, y más bien contrarios de buena parte de la esencia de izquierda. Como resultado, se generaron condiciones para el retorno de la derecha dejándo servido un Estado y normas que lo harán todavía más fácil.

Además, la fragilidad del “nuevo desarrollo” lleva a que los progresismos no puedan resolver sus crisis desde una perspectiva de izquierda y deriven hacia políticas públicas más conservadoras. El PT erosionó la calidad política y aplicó, por ejemplo, flexibilizaciones ambientales y laborales para atraer a inversores. Paradojalmente, esos cambios en Brasil antecedieron, por ejemplo, a las “licencias ambientales express” de Colombia.

En el campo de la justicia social se priorizaron instrumentos de redistribución económica, mientras que los derechos ciudadanos y de las diversas comunidades, sobre todo indígenas, seguían siendo frágiles. No se puede marginar en este breve análisis la brutal militarización de la política gubernamental para intentar frenar la delincuencia común, sobre todo en las grandes urbes de ese país: acción que provocó una creciente ola de violencia e inseguridad.

Bajo estas y otras dinámicas, el énfasis en ayudas y compensaciones económicas acentuó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza. Con ello, el progresismo olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo prevaleciente desde el siglo pasado. Esa meta sigue totalmente vigente en Colombia, donde el actual gobierno Duque expresa una perspectiva neoliberal.

La insistencia del progresismo brasileño en el crecimiento económico como fundamento del desarrollo reforzó un mito que ahora aprovechó Bolsonaro, presentándose como el mejor mediador para alcanzar esa meta. Lo mismo ocurre en Colombia y otros países, donde los gobiernos insisten en el crecimiento económico como la gran meta a perseguir. En cambio, la crítica de izquierda debe, en el siglo XXI, poner ese reduccionismo en discusión.

Las izquierdas no deberían entramparse en esos reduccionismos. Es hora de aceptar que la justicia social es mucho más que la redistribución, así como que la calidad de vida es también más que el crecimiento económico. La criminalización de los movimientos ciudadanos y sociales no puede ser tolerada por una renovación de la izquierda. Estos y otros aspectos apuntan a entender que una verdadera izquierda debe promover y fortalecer el marco de los derechos humanos en todo momento y en todo lugar, más aún desde el gobierno, aún si ello le significa perder una elección, ya que es su única garantía no sólo de su esencia democrática sino de retornar al gobierno.

Ruralidades conservadoras

Las cuestiones alrededor de las ruralidades y el desarrollo agrícola, ganadero y forestal, también están repletas de lecciones a considerar. Bolsonaro llega a la presidencia apoyado entre otros por un ruralismo ultraconservador que festeja sus discursos contra los indígenas, los campesinos y los sin tierra, y que reclama el uso de las armas y la violencia. Podría argumentarse que apunta a ideas y prácticas como las que ya ocurren en muchas zonas de Colombia, donde está muy instalada esa problemática.

Bolsonaro se apoya en la llamada “bancada ruralista”, un sector que ya había llegado al parlamento con el progresismo, en tanto Dilma Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu). Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores se aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos.

Paralelamente, el progresismo fue incapaz de promover una real reforma agraria o en transformar la esencia del desarrollo agropecuario brasileño. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soja transgénica y se multiplicaron los monocultivos y la agroindustria de exportación, y no se apoyó de la misma manera a los pequeños y medianos agricultores. Otras administraciones progresistas, en especial las de Argentina, Ecuador y Uruguay, apostaron al mismo tipo de política agropecuaria.

Todos estos son temas sensibles en Colombia, y si bien esquivarlos podría mejorar algunas chances electorales, una real izquierda no tendrá más remedio que abordarlos. El caso brasileño muestra las consecuencias en no explorar alternativas para el mundo rural, insistiendo en el simplismo de apoyar los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, distribuir asistencias financieras al campesinado.

Las izquierdas, en cambio, deben innovar en propuestas por una nueva ruralidad, abordando en serio no solo la tenencia de la tierra, sino los usos que de ella se hacen, el papel de proveedores de alimentos no sólo para el comercio global sino sobre todo para el propio país. Las izquierdas deben, inclusive, dar un salto fundamental como es entender el territorio como espacio de vida y no simplemente como un factor de producción.

Radicalizar la democracia

La debacle política brasileña también confirma la enorme importancia de una radicalización de la democracia, una de las metas del empuje de izquierda de años atrás y que precisamente el progresismo abandonó. Aquella incluía, por ejemplo, hacer efectiva la participación ciudadana en la política y mejorar la institucionalidad partidaria. Sin embargo, el PT de Brasil concentró cada vez más el poder en el gobierno federal, tuvo un desempeño confuso y hasta perverso: en unos casos volvieron a usar los sobornos a los legisladores (recordemos el primer gobierno de Lula da Silva con el mensalão); persistió el verticalismo partidario (por ejemplo, con Lula eligiendo a su “sucesora”); poco a poco se desmontaron experimentos vigorosos (como los presupuestos participativos); y se usaron las obras públicas en una enorme red de corrupción al servicio de los partidos políticos. El caudillismo partidario se repitió en otros progresismos (como en Ecuador, donde Rafael Correa eligió a su sucesor, o en Argentina donde lo mismo hizo Cristina F. de Kirchner).

Es evidente que una renovación de las izquierdas necesita aprender de esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras y prácticas partidarias. Si no lo hace, solo facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales, con claros rasgos caudillescos.

Otra lección surge de comprender que la obsesión electoralista lleva a prácticas que impiden esa democratización. En efecto, el “miedo a perder la próxima elección” hace que el núcleo gobernante (tanto sus políticos como tecnócratas) se abroquelen, rechacen los reclamos de cambio y apertura, y se inmovilicen. Un temor de ese tipo se evidencia en el progresismo boliviano con su intento de imponer una nueva reelección de dudosa legalidad. Un extremo que en parte se debe a la incapacidad de fortalecer al propio partido político cobijando sucesores y renovaciones, lo cual es otra muestra de debilidad democrática.

Un reto aún mayor para las izquierdas, sobre todo luego de las experiencias progresistas, es reconocer el papel político de los pueblos indígenas en una democratización real.

Renovación de las izquierdas

El triunfo de la extrema derecha en Brasil debe ser denunciado y enfrentado en ese país, como también deben fortalecerse las barreras que impidan otro tanto en los países vecinos. El caso brasileño además muestra que debe analizarse lo realizado por los gobiernos del PT, por sus aspectos positivos, por su duración (recordemos otra vez que ganaron cuatro elecciones), pero también por sus contradicciones. Las alertas sobre la deriva de ese partido y algunos aliados hacia un progresismo que se alejaba de la izquierda fueron desoídas.

Cuestionamientos sobre temas fundamentales como los impactos del “nuevo desarrollismo” primarizado fueron no sólo desatendidos, sino que además activamente se combatieron los debates y se marginaron los ensayos que buscaban las alternativas al desarrollo. Persistían problemas como el debilitamiento en la cobertura de derechos, la violencia en el campo y la ciudades, el maltrato de los pueblos indígenas, y todo tipo de impactos ambientales. Pero distintos actores, tanto dentro de esos países como desde el exterior, aplaudían complacientes incapaces de escuchar las voces de alarma con el pretexto perverso de no hacerle el juego a la derecha.

A pesar de todo, en Brasil como en el resto del continente, se encuentran múltiples resistencias y alternativas que se construyen cotidianamente, especialmente desde espacios comunitarios. Ellas ofrecen inspiraciones para una recuperación de la izquierda, desde la crítica al desarrollismo, los empeños para abandonar la dependencia extractivista o los esfuerzos para salvaguardar los derechos ciudadanos. Allí están los insumos para una nueva izquierda comprometida con horizontes emancipatorios.

Es una izquierda que tiene que ser renovada, para no caer en sus viejas contradicciones, como negar la problemática ambiental, asumir que todo se solucionará con estatizar los recursos naturales o los medios de producción, esconder sus vicios patriarcales o ser indiferente a la multiplicidad cultural expresada por los pueblos indígenas y afro.

La renovación de las izquierdas debe asumir la crítica y la autocrítica, cueste lo que cueste, para aprender, desaprender y reaprender de las experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en tanto busca una convivencia armónica con la Naturaleza, y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista con remontar la inequidad social, y decolonial para superar el racismo, la exclusión y la marginación. Todo esto demanda siempre más democracia.

Notas

1. Los reportes están disponibles en www.globalwitness.org
2. Sobre la distinción entre izquierdas y progresismos, ver por ejemplo, La identidad del progresismo, su agotamiento y los relanzamientos de las izquierdas, E. Gudynas, ALAI, 7 octubre 2015, https://www.alainet.org/es/articulo/172855
3. Sobre algunos balances realizados dentro de Brasil sobre el desempeño del PT, véase entre otros a A. Singer e I. Loureiro (orgs), As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, Boi Tempo, São Paulo, 2016; también a Francisco de Oliveira, Brasil: umabiografianão autorizada, Boi Tempo, São Paulo, 2018.
4. Véanse por ejemplo los detallados análisis de Lena Lavinas, tales como Thetakeover of social policybyfinancialization. TheBrazilianparadox, PalgraveMcMillan, 2017; y en colaboración con D.L. Gentil, Brasil anos 2000. A política social sob regencia da financierização, Novos Estudos Cebrap, 2018.

 

Alberto Acosta fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay.

*El texto es parte de una serie de análisis sobre las implicancias de los cambios políticos en Brasil en distintos países, iniciada con publicaciones en el semanario Voces (Uruguay) y el suplemento Ideas de Página Siete (Bolivia).

 

 

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