Mucho se ha escrito sobre el ascenso del BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y el giro del poder económico hacia el este a medida que Asia adelanta al resto del mundo. Pero la más sorprendente historia de éxito de la década pasada está en otro lado: un análisis de The Economist descubre que de 2001 a 2010, no menos de seis de las 10 economías de crecimiento más rápido están en África subsahariana.

El único BRIC que figura entre los primeros 10 es China, en segundo lugar detrás de Angola. Los otros cinco africanos son Nigeria, Etiopía, Chad, Mozambique y Ruanda, todos con tasas de crecimiento anual de alrededor de 8% o más. Durante las dos décadas anteriores a 2000 sólo una economía africana (Uganda) estuvo entre las primeras 10, contra nueve de Asia. Según pronósticos del FMI, África tendrá siete de los 10 primeros lugares en los próximos cinco años (nuestra clasificación excluye naciones de menos de 10 millones de habitantes, así como a Irak y Afganistán, que podrían tener un fuerte repunte en los años por venir).

En la década pasada la tasa de crecimiento real del PIB de África subsahariana saltó a un promedio anual de 5.7%, cuando en las dos décadas pasadas fue de 2.4. Fue superior al 3.3 de América Latina, pero no al 7.9 de Asia emergente. El asombroso desempeño asiático refleja en gran medida el peso de China e India; la mayoría de las economías tuvieron un crecimiento mucho más lento, como el 4% de Corea del Sur y Taiwán. El promedio simple no ponderado de las tasas de los países fue virtualmente idéntico en África y Asia.

En los cinco próximos años es probable que África tome el liderazgo. En otras palabras, la economía africana promedio adelantará a su contraparte asiática. Mirando aún más adelante, Standard Chartered prevé que la economía de África crecerá a una tasa anual promedio de 7% durante los próximos 20 años, ligeramente más aprisa que la de China. Y así debe ser, por supuesto.

Las economías más pobres tienen mayor potencial de crecimiento para la recuperación. El escándalo fue que el PIB per cápita de África cayera durante tantos años. En 1980 los africanos tenían un ingreso promedio casi cuatro veces más alto que los chinos; hoy los chinos son tres veces más ricos. El rápido crecimiento de la población africana también afecta su crecimiento en ingreso real per cápita, pero también éste se ha elevado a una tasa anual de 3% de 2000 a la fecha, casi dos veces más aprisa que el promedio mundial.

Para las empresas occidentales la economía africana aún parece minúscula, pues representa apenas 2% del producto mundial; Asia emergente es 20 veces más grande. Pero la proporción de África aumenta, no sólo por un crecimiento más ágil, sino porque el PIB ha sido seriamente subestimado en muchas economías. En noviembre el tamaño de la economía de Ghana fue revisado nada menos que en 75%, luego que las economistas del gobierno mejoraron sus datos y añadieron industrias como las telecomunicaciones. Es probable que otros países revisen al alza sus niveles del PIB en los próximos años.

Las fortunas cambiantes en África han sido impulsadas en gran medida por la creciente demanda china de materias primas y por el aumento de precios de los productos básicos, pero también otros factores han contado. África ha recibido grandes flujos de inversión extranjera directa, en especial de China, así como ayuda exterior y alivio de deuda. La urbanización y los mayores ingresos han impulsado un crecimiento más rápido de la demanda doméstica.

También el manejo de la economía ha mejorado. Los ingresos gubernamentales se han incrementado en años recientes por el aumento de precios de los productos básicos y el rápido crecimiento. Pero en vez de entrar en una fiebre de gastos como en el pasado, algunos gobiernos, como los de Tanzania y Mozambique, apartaron dinero para proteger sus economías durante la recesión.

Algunos avanzaron más despacio. La mayor economía africana hasta ahora, Sudáfrica, fue de las remisas: su crecimiento anual promedio fue de sólo 3.5% en la década pasada. De hecho, podría ser rebasada en tamaño por Nigeria en el curso de 10 a 15 años si las audaces reformas bancarias de este último país se extienden a las industrias energética y petrolera. Pero el gran reto para todos los exportadores de minerales será proporcionar empleos a una población cuyo crecimiento se estima en 50% entre 2010 y 2030.

El crecimiento impulsado por los productos básicos no genera muchos empleos, y los precios de esos productos pueden caer. Los gobiernos necesitan diversificar sus economías. Hay algunos puntos brillantes. Países como Uganda y Kenia, que no dependen de las exportaciones minerales, crecen también más aprisa que antes, en parte porque han aumentado las exportaciones de manufacturas. Standard Chartered cree que África puede convertirse en un significativo centro manufacturero.

El crecimiento enfrenta en África obstáculos formidables, entre ellos inestabilidad política, débil estado de derecho, corrupción crónica, cuellos de botella en infraestructura, y deficiencias en educación y salud. Sin reformas, el continente no logrará sostener un mayor crecimiento, pero los leones africanos se están ganando un lugar junto a los tigres asiáticos.

Fuente: EIU
Traducción de textos: Jorge Anay
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Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad”. En su reflexión se aúnan dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado resalta una evidencia no siempre destacada: “Nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta.


¿Qué es la vida? Un paseo a través de las pasarelas de la Galería de la Gran Evolución del Museo de Historia Natural de París bosqueja una respuesta singular: los elefantes, los dinosaurios, las jirafas, las cebras, los monos, los tigres, los rinocerontes, las focas, los incontables pájaros y mariposas componen un retrato alucinante de la diversidad de la vida terrestre. Del silencio atomizado de esos animales, de su eterna inmovilidad científica ofrecida a la observación, se desprende una sensación de admiración, de extrañeza y de hermandad sustancial con aquel laberinto de especies. La terminología moderna define esa variedad de seres vivos que pueblan la Tierra con un término no siempre comprendido en su exacta profundidad: la biodiversidad, eso que el biólogo francés Robert Barbault llama “el tejido viviente del planeta”. Tejido, red, malla, entrelazado, entramado, la relación entre las especies es una interconexión permanente que no excluye al ser humano. Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad” que el entomólogo Edward Wilson puso de moda cuando advirtió sobre la acelerada desaparición de las especies. Biólogo, profesor en la Universidad de París VI y director del Departamento Ecología y Gestión de la Biodiversidad en el Museo Nacional de Historia Natural, Barbault ha explorado ese “tejido viviente” pero no como una curiosidad científica sino en su relación más directa y peligrosa con las sociedades humanas. En su libro más célebre, El elefante en la cacharrería (Editorial Laetoli, 2009), el biólogo francés analizó la “destrucción programada de la biodiversidad” bajo la presión del crecimiento de las sociedades humanas. La Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN) calcula que una tercera parte de las especies animales o vegetales están amenazadas de extinción y que la velocidad de esa extinción es mil veces más elevada que el ritmo natural. Barbault aúna en su reflexión dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado es un trabajo riguroso y claro que resalta una evidencia no siempre destacada por la ecología política: “nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”, todo lo que consumimos “proviene de los seres vivos”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta, es decir, con los seres vivos. Robert Barbault observa a menudo que de la biodiversidad sólo percibimos la palabra, que Occidente vive tan alejado de la biodiversidad que hasta perdió la conciencia de que la aventura del ser humano en el planeta es posible gracias a ella, incluso cuando consumimos gas o petróleo. ¿Qué es la vida? Pues precisamente eso: un tejido de diversidades que la especie humana se ha empeñado en destruir.

Los sentidos de la biodiversidad

–La biodiversidad es una palabra de moda cuyo sentido profundo, sin embargo, escapa a la comprensión completa. Los medios la resumen a la relación que puede haber entre una araña y una mosca, pero la biodiversidad es algo más complejo e incluso más estratégico que el cambio climático.

–Si se inventó la palabra biodiversidad no fue sólo para afirmar que la vida es diversificada. No, fue para introducir algo nuevo y radicalmente diferente: se trata de tomar conciencia de nuestras implicaciones en la biodiversidad, a la que yo defino como el tejido viviente del planeta. Existen redes, mallas, tejidos e interacciones entre las especies, entre nosotros y las especies. Y es ese tejido el que hoy se está deconstruyendo, destejiendo. La biodiversidad es un fenómeno geopolítico que plantea muchos problemas. Cuando nos referimos a la biodiversidad estamos aprendiendo muchas cosas sobre nosotros, los seres humanos. La biodiversidad es un espejo, es un problema de la sociedad humana y no sólo de los seres vivos, que pueden prescindir de nosotros. El sistema de lobbies que está detrás del desarrollo actual tiene una potencia financiera tal, una capacidad de comunicación y de manipulación de la opinión tan grande que llega a sembrar la duda en la sociedad sobre los problemas derivados de la biodiversidad o del cambio climático. Tenemos una visión limitada de la biodiversidad, como si sólo se tratara de un catálogo de especies o de una colección de estampillas. No se llega a entender que una especie es semejante a la población humana, es un conjunto de individuos que depende de recursos, de un territorio.

–Usted señala en sus trabajos una paradoja terrible: nuestra relación con el sistema de los seres vivos es destructora cuando, en realidad, el ser humano depende enteramente de la integridad de ese sistema.

–El modo de desarrollo económico está gobernado por una especie, la humana, que se ha desarrollado a un paso acelerado y que, para vivir, requiere constantes recursos. El sistema económico dominante hizo perder de vista la noción según la cual nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes. Las energías fósiles, carbón o petróleo, son el resultado de los seres vivos. Todo lo que comemos proviene de los seres vivos, de la diversidad. La ropa con la que nos vestimos, incluso cuando es sintética, proviene de la diversidad porque sale del petróleo y el petróleo es el trabajo de la vida durante millones y millones de años. Todo parte de las estructuras de los seres vivos, estamos rodeados de ellos. La razón de ser de la diversidad es la estrategia de adaptación a los cambios, a las catástrofes. Ello explica por qué los seres vivos son tan diversificados y por qué hay mucho más que tres especies en la Tierra. Para durar en un mundo que cambia todo el tiempo sólo la diversidad tiene esa capacidad de adaptación.

El papel de la cooperación

–Usted también pone de relieve otra de las carencias de la visión contemporánea de la naturaleza. Se ahonda mucho en los principios de preservación, de protección, pero se aborda muy poco la noción de cooperación entre las especies, concretamente, entre el ser humano y su entorno natural. Se erigió la competición y el desarrollo como norma, o sea, como abuso.

–Consumimos en exceso lo que nos da la vida y olvidamos con ello la noción de cooperación con las especies. Se ha trabajado muy poco sobre la cooperación entre las especies. Hasta los años ’80 se hablaba mucho acerca de la relación entre el predador y la presa pero muy poco sobre la interacción, la cooperación. Eso me llevó a interesarme en la historia del pensamiento ecológico. En esos textos encontré un reflejo de la sociedad industrial, es decir, el concepto de competencia por encima de todo, la relación comedor/comido. Nada había sobre la importancia de las relaciones basadas en la cooperación. Sin embargo, en la historia de los seres vivos, la cooperación y las interacciones positivas entre individuos de la misma especie y de especies diferentes son fundamentales, tanto más cuanto que constituyen la fuente de la diversidad y de la vida en la Tierra. No niego la existencia de la competencia entre las especies, pero también encontramos los mismos niveles de cooperación. Por ejemplo, si reflexionamos un poco, enseguida nos damos cuenta de que la agricultura no es otra cosa que una relación de cooperación entre el Homo Sapiens, las plantas y los animales que hemos domesticado. Las sociedades humanas también funcionan en torno de la confianza y la cooperación. Como lo vimos con la crisis financiera, cuando se produce una ruptura en la confianza se fractura la sociedad y nada funciona. La misma ley que rige las sociedades humanas vale para los seres vivos.

–Sin embargo, el modelo de desarrollo es totalmente destructor, a la vez de la biodiversidad y de la idea de cooperación.

–Este sistema se construyó según la hipótesis de que la naturaleza era una cuestión de recursos infinitos, ilimitados. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII esa hipótesis podía ser válida porque el impacto del ser humano sobre la naturaleza era moderado. Pero con la aceleración del tiempo, gracias a los desarrollos técnicos y científicos y a la irrupción de la sociedad industrial, la población humana creció enormemente, y con ello sus necesidades. Esa hipótesis es entonces inaplicable. El cambio se produjo con la Segunda Guerra Mundial. A partir de allí se aceleró la depredación de los recursos. Desde entonces nada detuvo el movimiento. Hoy sabemos que esa política no puede continuar. Se inventó el concepto de desarrollo sostenible, pero tengo la impresión que esa idea feliz se limita a una suerte de marca, de etiqueta, de sello carente de beneficios. De hecho, por más desarrollo sostenible que se quiera impulsar, si no se reflexiona sobre la falsedad en que se basó nuestro modo de funcionar, no sirve de mucho. Si se quiere cambiar el rumbo de la situación es imprescindible llevar a cabo esa reflexión, encontrar en qué nos equivocamos a fin de reincorporarnos al tejido de lo viviente planetario y tomar conciencia de que dependemos de él. Es preciso cambiar muchas cosas de forma radical. Esto no se hará de un día para el otro. Pasar de un sistema de desarrollo como el nuestro, totalmente depredador, a otro más racional, necesitará tiempo. Desarrollo sostenible también quiere decir desarrollar la calidad de vida. Pero claro, si se habla de desarrollar el crecimiento del PIB entonces caemos en un sin sentido. Lamentablemente ése es el riesgo que corremos hoy.

La dictadura del PBI

–La idea de crecimiento es intrínseca al concepto de desarrollo. Resulta filosófica y políticamente imposible hacer entender que la dictadura del crecimiento del PIB como única medida del desarrollo humano y del progreso es un suicidio programado.

–La realidad es la siguiente: si pasamos a un modo de crecimiento más económico y eficaz apenas esto nos permitirá ganar un poco de tiempo para intentar, al menos, cambiar de dirección. Pero el problema que se plantea es que es casi imposible hablar de decrecimiento. No se acepta la idea de que el crecimiento no puede ser eterno, es imposible hablar de ello o analizar qué estamos poniendo dentro de la palabra crecimiento, qué es lo que sí puede crecer y lo que no. Ese ha sido uno de los límites que encontré en el desarrollo sostenible. No se trata de discutir sobre lo sostenible sino sobre qué es exactamente el desarrollo, eso que concierne a las sociedades humanas y que debería permitirles durar el mayor tiempo posible. La crisis de la biodiversidad nos obliga hoy a reflexionar en esos términos. Lamentablemente, la biodiversidad sigue limitada a las reservas, a la idea simple de preservación. Y todo sigue igual porque las referencias son estrictamente económicas y ese modo de desarrollo económico no toma en cuenta los estragos que se ocasionan. ¡Muy por el contrario, los estragos están incluidos en el crecimiento! Cuanto más se destruye, más se aumenta el PIB. ¡Con un indicador semejante hemos empezado muy mal!

–Se ha llegado a una velocidad de destrucción de la biodiversidad mil veces superior a la velocidad natural.

–La velocidad de destrucción de la biodiversidad es considerablemente mayor que la natural y, sobre todo, si no se cambia nada esa destrucción continuará acelerándose. Esa es la principal preocupación, que muy pocos toman en serio.

–Incluso si hay un debate al respecto, muchos científicos sostienen que hemos llegado a la sexta etapa de la extinción.

–Depende de cómo se digan las cosas porque si no esto puede tener un aspecto más negativo que constructivo. Se dice: estamos en la sexta crisis de extinción y se hace la analogía con las cinco precedentes, que se produjeron cuando el ser humano no estaba aquí y en escalas de tiempo que nada tienen que ver con las escalas con las que vivimos hoy. La última extinción duró millones de años. Dicho esto, debemos comprender que estamos en un proceso, en una fase de aceleración de la tasa de extinción. En nuestra calidad de especie humana tenemos la capacidad de reaccionar. Si somos capaces de hacer la guerra de un día para otro, incluso cuando no hay dinero, pienso que podemos resolver el problema. No creo que vayamos a erradicar por completo la amplificación de la erosión de la biodiversidad, pero podemos tender hacia una estabilización, a una coexistencia pacífica con la biodiversidad. Prefiero decir que estamos en una fase de incremento de la extinción, conocemos la causa y tenemos los medios de corregir la tendencia. Necesitamos la riqueza de los seres vivos para seguir teniendo una calidad de vida humana en la Tierra. No es la supervivencia biológica del hombre lo que está amenazado, es su supervivencia como ser humano con una gran H lo que está en la cuerda floja, es decir, su dimensión de ser humano. Las causas de la destrucción de la biodiversidad son las mismas que desencadenan la degradación social. Hacer como si fueran cosas distintas, como si los problemas de las especies fuesen secundarios y los problemas del desempleo una cosa de primer plano, no es pertinente: en realidad, la misma aplanadora que degrada la sociedad humana degrada el marco de vida de las sociedades humanas en todo el mundo.

–¿Cómo explicar la indiferencia y hasta la irresponsabilidad planetaria de la población humana, especialmente en Occidente, frente a la degradación de la biodiversidad, a la desaparición de las especies?

–Creo que es ante todo un problema de impotencia. Además, la población humana es cada vez más humana y Yalta un elemento central: la desaparición de la transmisión de la información sobre las especies. Ya casi no quedan abuelos para contar cómo era antes la naturaleza. Pero lo más fundamental que ha ocurrido es que el ser humano se cortó del resto de los seres vivos. Se descompuso la trilogía judeo cristiana: Dios, el hombre y la naturaleza. Cuando uno se baña en la visión dinámica de la biodiversidad, en el tejido de lo viviente en el planeta, en sus interacciones, en las relaciones de parentesco que hay entre las especies, lo que se llama el árbol de la vida, ello nos lleva a tomar conciencia de que estamos arraigados muy profundamente en lo viviente. En nuestros genes tenemos herencias que remontan a millones y millones de años. Por consiguiente, sentirse un primo cercano de los otros seres vivos en una época de profunda desestabilización equivale a una forma saludable de arraigamiento. A partir de ahí podemos redescubrir nuestra relación parental con las otras especies, nuestra dependencia con el resto de los seres vivos y ver así la riqueza que hay en todo esto. Nuestra relación de dependencia con los seres vivos también nos da nuestra libertad de seres humanos para desarrollar nuevas cosas. Hay una paradoja en la toma de conciencia de la dependencia, que es a la vez la base de una auténtica libertad.

Los caminos de la humanidad

–¿Cómo transmitir ese saber, esa conciencia, a las nuevas generaciones? La educación, que es una base decisiva, ha fracasado hasta ahora. ¿No habría que refundar el sistema educativo para desarrollar las nociones de biodiversidad, cooperación, interacción?

–La educación sigue siendo esencial. La educación debe ser un instrumento de formación al espíritu crítico.

–La ecología política tiene un lugar sobresaliente en el discurso y en la sociedad. ¿Acaso los ecologistas no pecaron por falta de amplitud, por una incapacidad de explicar con más generosidad la relación del ser humano con la naturaleza?

–Esa crítica es válida tanto para la ecología política como para la ecología científica. Si miramos la historia, la ecología nació poco después de la explosión de la Revolución Industrial con la influencia de Thomas Malthus y los problemas que planteó en torno del equilibrio entre el crecimiento de la población y los recursos. De inmediato, los científicos se pusieron a mirar cómo funcionaba la naturaleza, en qué se basa la regulación de los efectivos de las plantas y los animales. En ese entonces la ecología se hacía preguntas que hoy se hace el desarrollo sustentable. Era el problema de fondo. Pero después, de forma progresiva, la ecología fue monopolizada por los naturalistas. Se empezó a hablar de las poblaciones animales y vegetales, de los ecosistemas, como si el hombre no tuviera nada que ver. De hecho, se puso al ser humano de costado. La ecología política hizo lo mismo, con el condicionante negativo de que la ecología política no se apoyó en la ecología científica. No estoy seguro de que un solo partido político pueda responder a los problemas que nos plantea el mundo de los seres vivos. Para mí, lo importante es lo que yo llamo tener una visión ecológica del mundo. Debemos pasar de un mundo en donde se ven las cosas parcelarias a otro donde se perciben las interacciones entre el todo y el todo, tanto entre las mismas sociedades humanas entre sí como entre las sociedades humanas y el resto del mundo. Esa visión permite comprender las interacciones y los efectos colaterales. Con ese enfoque estamos seguros de que somos conscientes de que pertenecemos a la biosfera. La gente ni siquiera es consciente de que la atmósfera es un recurso natural y que también es el resultado del trabajo de los seres vivos. Si no hubiese habido vida en la tierra no tendríamos atmósfera.

–Finalmente, la idea individual de desarrollo, o sea, de crecimiento, aplastó a todas las demás.

–El acento que se puso en la individualización ha sido nefasto, pero esa idea es también una de las riquezas de las sociedades occidentales. Si no se la controla como es debido o si no tenemos conciencia de ella sólo cosechamos lo negativo. La libertad para cada individuo no excluye la responsabilidad y la interacción. Fíjese si no en la historia de Estados Unidos, llena de páginas oscuras. Estados Unidos es hoy uno de los grandes, grandes problemas, es uno de los responsables más decisivos de la situación actual. Hay algo muy perverso en el sistema norteamericano: por un lado está la imagen de libertad total, de imperio del bien. Pero no es así. Cuando analizamos el resultado de la cumbre de Copenhague, la culpa del fracaso no la tienen ni China ni la India. La situación a la que llegamos hoy la produjo la sociedad occidental. Hemos, por ejemplo, depredado muchos países. Pero el éxito de la sociedad occidental se forjó con el tributo oscuro que pagaron los esclavos, la trata de seres humanos, la expoliación. El saqueo de los recursos del mundo entero hizo nuestra riqueza pero hoy nos conduce a constatar que hasta el clima se degrada. Los responsables somos entonces nosotros. Si fuésemos responsables no diríamos que la culpa la tienen los chinos o la India porque quieren imitarnos. Habría que decir: pecamos en exceso y, ahora, debemos sanear la situación. Lamentablemente no se procedió así y vamos a perder 30 años. Occidente perdió una oportunidad. Todo esto es consecuencia del culto al individualismo que nos lleva a perder de vista una noción esencial: en las sociedades humanas, lo más importante es lo social, incluso en la economía. Sin la dimensión social el hombre no existiría.

Por Eduardo Febbro
Desde París

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Martes, 05 Octubre 2010 06:50

Ecuador: el árbol verde de la vida

Rafael Correa tomó posesión como presidente de Ecuador por primera ocasión en enero de 2007. Inició su segundo mandato en agosto de 2009. Lo concluirá el 10 de agosto de 2013. Una fecha que, a juzgar por el intento de golpe de Estado que sufrió el pasado jueves, le parece una eternidad a la oligarquía ecuatoriana.

La vocación golpista de las elites locales ha sido consistente. Entre 1995 y 2007 fueron depuestos tres mandatarios. Correa es el octavo jefe del Ejecutivo de Ecuador desde 1997.

Conforme pasa el tiempo, la popularidad del presidente crece. La primera vez que ganó las elecciones lo hizo en una segunda vuelta, en la que obtuvo 57 por ciento de los votos. En 2009 triunfó en la primera vuelta, con casi 52 por ciento de los sufragios. Las últimas encuestas ubicaban su índice de popularidad entre 60 y 62 por ciento.

Rafael Correa llegó al poder enfrentando tanto a una oligarquía mafiosa que manejó el aparato estatal durante dos décadas, conduciendo directamente el saqueo neoliberal, como a una partidocracia desprestigiada. Lo hizo enarbolando un programa en el que se expresaron algunas de las más importantes demandas del movimiento indígena y popular que durante 17 años resistió de manera destacada a las políticas de ajuste y estabilización, se opuso a la base militar estadunidense de Manta y al Plan Colombia, rechazó un tratado de libre comercio (TLC) con Washington y luchó contra los gobiernos de derecha. Sin embargo, construyó su candidatura y desarrolló su campaña electoral con un discurso ciudadano, al margen de esas fuerzas populares, en un momento en que éstas se encontraban en pleno reflujo.

Sus primeras medidas de gobierno consistieron en convocar a una consulta popular para que la ciudadanía decidiera si quería una Asamblea Constituyente, y la reducción de los salarios de los altos mandos del Estado, comenzando por el del presidente. El reclamo de una nueva Constitución, en tanto nuevo pacto social, provenía de los movimientos sociales, especialmente del indígena.

La Asamblea Constituyente sesionó en medio de importantes movilizaciones y acciones directas de masas respaldadas por el presidente. El resultado final fue una de las constituciones más avanzadas en el mundo, que, entre otras muchos derechos, reconoce los de la naturaleza y da herramientas para avanzar en una democracia radical.

Católico practicante, Rafael Correa insistió en que el nombre de Dios debía constar en la Constitución y asumió posiciones contra el aborto y contra el matrimonio entre homosexuales.

La revolución ciudadana de Correa coincide en el tiempo y es parte de la reconstrucción de la arquitectura del poder y la geopolítica en América Latina. Hay en el continente una redefinición de las relaciones y la inserción con Estados Unidos y los organismos y Ecuador es parte central de ello. No suscribió el TLC y no renovó el alquiler de la base militar de Manta con Washington; tomó distancia del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional; ha buscado anular tratados de inversión con otros países, al tiempo que las inversiones chinas (sobre todo en energía) crecen rápidamente.

Hoy existe mayor control del Estado sobre los recursos naturales y mayor participación del Estado en la renta petrolera y minera. La reacaudación tributaria ha crecido. Y la inversión social pasó de 4 por ciento del PIB a 8 por ciento. Sin embargo, no se ha reducido significativamente ni la pobreza ni la inequidad.

La administración de Correa ha sido crítica contra los grupos oligárquicos, a los que llama los pelucones (término que hace alusión al uso anacrónico de las pelucas por la aristocracia, y que, en el caso ecuatoriano, es utilizado para referirse a aquellos que han hecho fortuna con fondos públicos). Se ha enfrentado permanentemente a los monopolios audiovisuales, controlados por los grandes banqueros. Este 20 de octubre se cumple el plazo legal fijado para que éstos y sus familiares hasta en cuarto grado de consanguinidad, vendan sus acciones en los medios. A pesar de ello, la banca ha tenido en estos años significativas utilidades en dólares: 20 por ciento en 2008, 13 por ciento en 2009.

Los desencuentros (y los choques) del mandatario con el movimiento indígena, parte del movimiento popular y organizaciones ecologistas han sido importantes y, en ocasiones, muy duros. Éstos han criticado su política hacia la minería a cielo abierto y el hecho de que no se ha desarrollado un nuevo patrón para redistribuir la riqueza y tampoco otra forma de inserción en el mercado mundial. Ven en la Ley de Minería y en la de Aguas retrocesos legales, y en la de Soberanía Alimentaria superficialidad. No hay, aseguran, un esfuerzo por superar el extractivismo. Señalan, además, que el gobierno no los escucha.

Por su parte, el presidente percibe a los movimientos sociales que lo cuestionan como grupos corporativos que buscan intereses particulares. Ha tildado a los críticos de su política ambiental de infantilismo ecológico. Existen, por supuesto, movimientos sociales que lo apoyan, pero el centro de su esquema de acción política es el de una revolución ciudadana.

El desencuentro (y confrontación) no deja de ser una ironía trágica. El movimiento popular (especialmente el indígena) fue quien creó el espacio para enfrentar las políticas de Washington, abrió el terreno para la derrota político-electoral de la oligarquía y creó un nuevo sentido común. Sin estos cambios en la correlación de fuerzas, el triunfo de Correa habría sido impensable.

¿Facilitará la intentona golpista las condiciones para revertir este desencuentro y radicalizar el proceso de transformación política en Ecuador? Así sucedió en Venezuela en 2002, con el fracasado golpe de Estado contra Hugo Chávez. Pero todo dependerá de la lucha misma. Parafraseando a Goethe, Carlos Marx decía que gris es la teoría [...] verde el árbol de la vida. Ante la adversidad, el verde árbol de la revolución ecuatoriana tendrá que dar nuevos frutos.

Por Luis Hernández Navarro
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América Latina tiene una historia de logros para la izquierda mundial en la primera década del siglo XXI. Esto es cierto en dos sentidos. El primero y más ampliamente visible es que los partidos de izquierda o de centroizquierda han ganado una serie notable de elecciones durante la década. Y por primera vez, colectivamente, los gobiernos de América Latina se han distanciado, en grado significativo, de Estados Unidos. En la escena mundial, América Latina se volvió una fuerza geopolítica relativamente autónoma.
 
Pero hay un segundo modo en que América Latina tiene una historia de logros para la izquierda mundial. Los movimientos de las naciones indígenas de América Latina se han reafirmado a sí mismos políticamente casi en todas partes y exigen su derecho a organizar su vida política y social de manera autónoma. La primera vez que esto logró atención mundial fue con el dramático levantamiento del movimiento neozapatista en el estado mexicano de Chiapas, en 1994. Lo que ha sido menos visible es la emergencia de movimientos de tipos similares por toda Latinoamérica y el grado en que han ido creando una red interamericana de sus estructuras organizativas locales.
 
El problema es que los dos tipos de izquierdas –los partidos políticos que han accedido al poder en varios estados y los movimientos de naciones indígenas en varios estados– no tienen objetivos idénticos y usan un lenguaje ideológico bastante diferente.
 
Los partidos han hecho que su objetivo principal sea el desarrollo económico, buscando lograr este objetivo al menos en parte mediante un mayor control de sus propios recursos y mejores arreglos con el exterior –las empresas, los gobiernos y las instituciones intergubernamentales. Buscan crecimiento económico, argumentando que sólo de este modo se mejorará el estándar de vida de sus ciudadanos y se logrará una mayor igualdad mundial.
 
Los movimientos de naciones indígenas han buscado obtener mayor control sobre sus propios recursos y mejores arreglos no sólo con los actores externos, sino también con sus propios gobiernos nacionales. En general, dicen que su objetivo no es el crecimiento económico sino llegar a un entendimiento con la Pacha Mama o madre tierra. Dicen que no buscan un uso más amplio de los recursos de la tierra sino uno más cuerdo, que respete el equilibrio ecológico. Buscan el buen vivir.
 
No es sorpresa que los movimientos de naciones indígenas han entrado en conflicto con los pocos gobiernos más conservadores de América Latina –como México, Colombia y Perú. Con mayor frecuencia y muy abiertamente, estos movimientos también han entrado en conflicto con los gobiernos de centroizquierda de la región, como Brasil, Venezuela, Ecuador e incluso Bolivia.
 
Y digo aun Bolivia porque ése es un gobierno que eligió a un presidente que viene de una nación indígena con respaldo masivo de los votantes de naciones indígenas del país. Y sin embargo, ha habido conflicto. El punto, ahí como en otras partes, es cómo se desarrollan los recursos naturales, quién hace las decisiones y quién controla los ingresos.
 
Los partidos de izquierda tienden a acusar a los movimientos de naciones indígenas que entran en conflicto con ellos de ser, a sabiendas o no, peones (si no es que agentes) de los partidos nacionales de derecha, y de las fuerzas exteriores, en particular Estados Unidos. Los movimientos de naciones indígenas que se oponen a los partidos de izquierda insisten en que actúan en favor de sus propios intereses y de su propia iniciativa, y acusan a los gobiernos de izquierda de actuar como los gobiernos conservadores de antaño sin una real consideración de las consecuencias ecológicas de sus actividades desarrollistas.
 
Recientemente pasó algo interesante en Ecuador. Ahí, el gobierno de izquierda de Rafael Correa, quien de entrada ganó el poder con el apoyo de los movimientos de naciones indígenas, a últimas fechas ha entrado en marcado conflicto con ellos. La más aguda división ha sido por el deseo gubernamental de desarrollar los recursos petroleros en una reserva protegida de la Amazonia llamada Yasuní.
 
Al principio, el gobierno ignoró las protestas de los habitantes indígenas de la región. Pero luego, el presidente Correa ha abogado por una ingeniosa alternativa. Él propuso a los gobiernos ricos del norte global que, si Ecuador renunciaba a cualquier desarrollo en Yasuní, estos gobiernos ricos deberían compensar a Ecuador por esta renuncia, bajo el argumento de que era una contribución a la lucha mundial contra el cambio climático.
 
Cuando tal cosa se propuso por vez primera en la cumbre climática de Copenhague en 2009, se le consideró una fantasía. Pero tras seis largos meses de negociaciones, cinco gobiernos europeos (Alemania, España, Bélgica, Francia y Suecia) acordaron crear un fondo que habrá de administrar el Programa de Desarrollo de la Organización de Naciones Unidas para pagarle a Ecuador el hecho de no desarrollar Yasuní con el argumento de que esto contribuye a la reducción de emisiones de carbono. Ya se habla de inventar un nuevo verbo, yasunizar, para denotar tales tratos.
 
Pero, ¿cuántos acuerdos de éstos se pueden hacer? Hay un punto más fundamental en juego. Éste es la naturaleza del otro mundo que es posible –para utilizar la consigna del Foro Social Mundial. ¿Es ése uno basado en un constante crecimiento económico, aun si es socialista y pudiera elevar el ingreso real de la gente del sur global? ¿O es lo que algunos llaman un cambio en los valores civilizatorios, un mundo de buen vivir?
 
No será un debate fácil de resolver. Entre las fuerzas de la izquierda latinoamericana esto es actualmente un debate. Pero situaciones análogas subyacen en muchos de los jaloneos internos en Asia, África e incluso Europa. Puede volverse uno de los grandes debates del siglo XXI.

Por Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera
 
 
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Miércoles, 23 Junio 2010 06:35

Superman no será movilero

La comunicación se piensa más veces que menos como un problema de instrumentos e intermediaciones. Modelos que postulan la existencia de esquemas lineales, con emisores, mensajes y receptores, con canales neutros. La comunicación apenas como un insumo para los procesos de construcción de consenso y hegemonía.

Esta lectura, sin embargo, no alcanza para pensar un sistema de comunicación para un proyecto de desarrollo. La comunicación instrumental es marketing, sea político o social, y como marketing desprecia cualquier intento de construir, políticamente, un destino común.

Pensar una comunicación para el desarrollo no puede escindirse de dos cuestiones que han sido centrales desde que el mundo es “moderno”. La primera es el poder. La segunda es la construcción colectiva de lo público. En nuestras sociedades hipermediatizadas, en las que la percepción de lo comunicado predomina por sobre la percepción directa del mundo, la construcción de poder se relaciona directamente con la construcción mediatizada del espacio público.

Lo público moderno se ha manifestado a través de dos vertientes: el espacio físico y el espacio virtual. El primero delimitó a los Estados, el segundo consolidó sus identidades. Es lo que Benedict Anderson llama la “comunidad imaginada”, hoy conocida como comunidad virtual. La virtualidad de esta comunidad no está dada por el soporte de mediatización de la interacción (desde la prensa a Internet), sino por la creencia común de pertenencia a un mismo espacio. En el siglo XVIII, esa virtualidad se construía a través de la prensa escrita. Hoy, la versatilidad tecnológica hace que lo virtual se manifieste de múltiples maneras y que cobre un peso que opaca a lo material. El medio, para jugar con McLuhan, no es ya el mensaje, sino el territorio.

Con la metamorfosis de los actores mediáticos de políticos a empresarios (de Marat a Magnetto, de Moreno a Murdoch), se produce una privatización efectiva del espacio público, a caballo de la mitología de la prensa (institución) y el periodismo (profesión) como guardianes de la democracia. Esa mitología es la que hoy entra en cuestión. El próximo Superman no será un movilero.

Pensar la comunicación en nuestras sociedades remite, en lo estructural, a las condiciones ideales de un espacio en el que se pueda lograr acuerdos acerca de un modelo de desarrollo. En lo estructural, se trata de la recuperación del espacio público para el público. Lo público como un espacio común al cual es posible acceder por el simple hecho de ser ciudadano, donde los actores pueden comunicarse, mirarse, interactuar. Existen al menos dos lugares desde donde lo público-mediático se construye. El primero es la regulación del espectro radiofónico por parte de su propietario: el Estado, como representante de la ciudadanía. La libertad de expresión –o su pariente mayor, el derecho a la comunicación–- no requiere un Estado que proteja libertades negativas sino que, en resguardo de un derecho social tanto individual como colectivo, intervenga en la creación de las condiciones de existencia de los medios materiales para que la expresión sea posible en los niveles de escala de un momento histórico determinado.

El segundo lugar desde donde se construye lo público-mediático es en el manejo de los medios públicos, el patrón-oro para todo el sistema mediático. Los medios del Estado tienen la virtud y la ventaja de no tener que representar más que al Estado-Nación como proyecto histórico-político. Tal condición los obliga a generar los marcos de pluralidad más amplios que puedan existir.

En la coyuntura, el debate argentino en torno de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en octubre de 2009 será posiblemente una referencia aquí y en otras partes del mundo en relación con el rechazo a un modelo de comunicación que defiende intereses privados más que públicos. La discusión, sin embargo, se debe una segunda parte (rica pero más compleja): cómo será el patrón de re-regulación del espectro de voces, cuáles los criterios de mediano y largo plazo, cuál el horizonte y el rumbo de la acción estatal, cómo se definirá el Estado en su rol comunicacional y desde dónde y cómo aportará la comunicación a un proyecto de desarrollo inclusivo y equitativo. Nada de esto será posible mientras la guerra (mediática en este caso) nuble los ojos. Pero si la guerra se gana, habrá que tener un plan para la paz.

Por Marcelo J. García y Luis López , coordinadores del Departamento de Comunicación de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires (SID-Baires).
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Para hacer frente a la crisis mundial y poder defenderse de las trasnacionales, la economía de los países dependientes no puede prescindir del reforzamiento del papel del Estado. No sólo está en el orden del día defender los bienes públicos y recuperar el control sobre las palancas fundamentales para el desarrollo: el aparato estatal también debe remplazar a los capitales privados, a veces mediante empresas mixtas con éstos, en actividades de importancia estratégica para el desarrollo o de gran importancia social y en la investigación y desarrollo de nuevas tecnologías compatibles con la defensa del ambiente. En esa medida, durante todo un periodo, se necesita más y no menos intervención económica del Estado en la economía, como productor y como fijador de precios de sostén para los bienes de los pequeños productores rurales y como regulador de los precios al consumo de los de primera necesidad, para mantener el poder adquisitivo de la población, así como la salud pública y el nivel de vida en las ciudades, donde se ubica la mayoría de los habitantes. Como en Bolivia, como en Venezuela, como en Ecuador o Argentina, es inevitable, pues, pasar por una fase de industrialismo, en parte incluso de producción nacional costosa de productos que hoy se importan y, en algunos países donde el grueso de la intervención del capital nacional está en manos del Estado, no se puede evitar que la transición pase por una fase de capitalismo de Estado (o sea de un Estado aún capitalista pero sin o contra los capitalistas, trasnacionales o nacionales).

La oposición al grueso del capital –nacional y extranjero– de los gobiernos llamados progresistas que encaran esta política no lleva, sin embargo, automáticamente ni a la eliminación de la explotación de la naturaleza ni a la de los asalariados. Cuando mucho, y en el mejor de los casos, se comienza a abrir camino a una transición a un sistema más democrático y justo y a una relación sensata, no extractiva y depredadora, de los recursos. En el peor, el desarrollismo puede llevar en cambio a un aumento de la minería a cielo abierto, sobre todo de las minas de oro, dados los precios de la onza de ese metal, como sucede en casi toda América Latina, o a una extracción brutal de combustibles no renovables, sin consideración ambiental alguna, como se está viendo con el aumento de la producción de carbón, que es más barato y abundante que el gas o el petróleo.

Eso lleva a rupturas en el bloque popular y a realineamientos en el mismo. Por ejemplo, la protesta indígena en Ecuador por la ley de aguas o por la defensa de los bosques crea una oposición ambientalista y democrática al gobierno que, en ciertas condiciones, podría incluso ser utilizada por el imperialismo y la derecha ecuatoriana en contra de aquél.

Se plantea además quién y hasta dónde controla los recursos: ¿la población local, en el caso de las autonomías indígenas, como lo hacen los inuit en Canadá, o el Estado central, que debe utilizarlos para su política redistributiva y de desarrollo? Surge igualmente el bloque ideológicamente conservador sindicatos-gobierno desarrollista, con sus planes de empleo basados en la producción minera, que se opone mediante la violencia, como en Mendoza, Argentina, a la defensa ambientalista –o sea al otro bloque, el que forman agricultores, pequeños comerciantes, pobladores urbanos, estudiantes e intelectuales– que lucha por preservar el territorio que las minas devastarían, y sobre todo del agua, que esa explotación envenena y torna escasa.

En la fase en la que el capital trasnacional va por los bienes comunes y recurre a un despojo puro y simple del agua y del territorio, peor que el que preparó la primera Revolución Industrial, los piratas internacionales se apoyan sobre la necesidad de los gobiernos progresistas de obtener divisas fuertes y de diversificar la economía y también sobre la gran demanda por trabajo, en cualquier condición y a cualquier costo social o ambiental. Es decir, se apoyan en la visión capitalista de los primeros y en la aceptación por grandes grupos de trabajadores y por sus direcciones sindicales, de los valores capitalistas.

Surge así una contradicción entre el ambientalismo democrático y de masas, por un lado, y el gobierno y los sindicatos (de trabajadores hoteleros, de la construcción, del transporte, del comercio) –como en Entre Ríos, Argentina, en el caso de la protesta de años en Gualeguaychú contra la papelera Botnia sobre el río Uruguay y en Uruguay–, contradicción que impide defender y reorganizar el territorio y que incluso da margen para una posible utilización derechista de una protesta y acción democrática genuina.

Si los gobiernos no sometidos al capital financiero internacional no desarrollan, al mismo tiempo, una política industrialista y una investigación real sobre cuáles podrían ser las bases de una economía alternativa, con productos, tecnologías y consumos no despilfarradores ni depredadores de los recursos, no podrán atenuar esa contradicción. El obrero no sólo busca trabajo y es asalariado: también es consumidor, vecino, ser pensante. Si pudiese trabajar en algo no contaminante ni dañino, lo haría. Si debe fabricar armas, químicos, automóviles de lujo o comida chatarra es porque debe comer. Para que no pierda oportunidades de trabajo y no dañe el ambiente hay que ofrecerle otro tipo de actividades productivas: no plantas termoeléctricas, sino electricidad generada por las mareas patagónicas o por los vientos o el sol, no fábricas de autos individuales sino de ferrocarriles o transportes colectivos. La investigación científica debe ser orientada hacia el desarrollo de productos que ahorren materias primas minerales y energía, que no sean desechables en pocos años, que nazcan de industrias no contaminantes. Sobre todo, es indispensable preparar ya el cambio de modelo energético, basado por entero en los combustibles no renovables.

Por Guillermo Almeyra
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Con una gran capacidad pedagógica y sin caer jamás en la histeria anticapitalista o en la denuncia incendiaria embebida en otras ideologías, Kempf plantea una evidencia ante la cual el ser humano cierra los ojos: la humanidad se dirige hacia su pérdida llevada por un modelo político y económico que terminó por contaminar y agotar la esencia misma de la vida. ¿Cómo sobrevivir a semejante cataclismo? De una sola manera, dice Kempf: rompiendo las amarras que nos ligan al capitalismo. Kempf demuestra que el capitalismo actual, enredado por la corrupción, la gula, la ceguera y el apetito especulativo de sus operadores es el responsable de la crisis ecológica que amenaza la existencia misma de nuestra aventura humana. El único remedio es, dice Kempf, romper su lógica, restaurar e inventar otros valores antes que un cataclismo nos trague a todos. Hoy, el sistema capitalista ni siquiera es capaz de garantizar la supervivencia de las generaciones futuras. 
 
–En su libro anterior, Cómo los ricos destruyen el planeta, usted expuso un aspecto del saqueo de nuestro planeta. En esta segunda obra, usted formula a la vez una denuncia implacable sobre los estragos causados por el sistema al planeta y propone una metodología para atenuar la crisis del medio ambiente.
 
–Estamos al mismo tiempo en una situación de crisis ecológica extremadamente importante, con una dimensión histórica nunca vista antes, y en un sistema económico que no cambia pese a que todos los indicadores ecológicos están en rojo. La clase dirigente, que yo llamó la oligarquía, eligió no tomar las medidas necesarias para atenuar la crisis ecológica porque quiere mantener sus privilegios, su poder y sus riquezas exorbitantes. La oligarquía sabe perfectamente que para ir hacia una política ecológica habría que poner en tela de juicio sus ventajas. Para la filosofía capitalista todas las relaciones sociales están garantizadas únicamente por el intercambio de mercaderías. Para salir de esa situación y volver a una política ecológica y de justicia social hay que trabajar los valores de cooperación, de solidaridad, de bien común, de interés general.
 
–Hay así dos cataclismos simultáneos: el agotamiento del sistema económico y el agotamiento de los recursos naturales y los cambios del clima. Ambos podrían desembocar en un enfrentamiento.
 
–Ya estamos constatando ese enfrentamiento. La oligarquía mantiene un modelo cultural de hiperconsumo que difunde al conjunto de la sociedad a través de la televisión, la publicidad, las películas. Ese modelo tiene que cambiar, pero está tan arraigado en la manera de vivir de la oligarquía con su enorme acumulación de riquezas que ésta se opone a esos cambios. Un millonario nunca aceptará andar en bicicleta porque su modelo, su poder, su prestigio, es el auto caro. Si queremos atenuar la crisis ecológica, ése es el modelo que debemos romper. Es necesario reducir el consumo material y el consumo de energía. Estamos entonces en plena confrontación entre la ecología y la justicia, por un lado, y, por el otro, una representación del mundo totalmente inadaptada a los desafíos de nuestra época.
 
–¿Acaso la defensa del medio ambiente, todo lo que está ligado al clima, no puede llegar a convertirse en una nueva forma de plataforma política pero ya no marcada por la ideología?
 
–Desde luego que sí, tanto más cuanto que estamos en una situación histórica que nos impone esa plataforma. La crisis ecológica que estamos viviendo es un momento histórico. Es la primera vez en la historia de la humanidad que la humanidad se topa con los límites de los recursos naturales. Hasta ahora, la naturaleza nos parecía inagotable, y ello permitió la aventura humana. Pero desde hace una generación comprendemos que hemos llegado a un límite, entendemos que la naturaleza puede agotarse y que la humanidad, la civilización, debe establecer un nuevo lazo con su medio ambiente, con la naturaleza, la biosfera. El momento es a tal punto histórico que en un corto plazo, 20 o 30 años, éste es el tema que dominará todas las cuestiones políticas. Ese es el elemento clave de toda política que, sin ideologías, busque definir un post capitalismo ecológico y social. En no más de dos décadas debemos cambiar nuestra sociedad para enfrentar el desafío del muro ecológico al que la cultura humana está confrontada. Estamos obligados a realizar una mutación cultural, no sólo en la forma de concebir la sociedad, es decir, el desprendimiento de esa cultura capitalista que se volvió mortífera, sino también en la manera en que interrogamos la cultura occidental y esa dicotomía existente entre naturaleza y cultura. Hemos pasado a otro momento histórico.
 
–Pero hoy tenemos una suerte de paradoja general: estamos en un sistema capitalista ultra individualista y competitivo al mismo tiempo que vivimos en una sociedad de colectivización de la información y de contacto a través de Internet.
 
–Internet y la comunicación directa entre individuos no tienen aún el suficiente contrapeso. El poder capitalista no sólo controla los flujos financieros o el poder económico, también controla los medios de comunicación y ello impide que exista una verdadera expresión de la crítica social o la difusión de visiones alternativas. Internet es, por el momento, una sopapa de seguridad a través de la cual la crítica social y la crítica ecológica, que ahora empiezan a ir juntas, comienzan a tener canales de información independientes. Sin embargo, por ahora esa utilidad es mucho menos potente. Las capacidades de información alternativas de Internet o de los libros y revistas son todavía débiles frente a los medios dominantes, en especial la televisión, que está en manos de la oligarquía y que imprimen en la sociedad una visión controlada, dirigida y convencional de las cosas.
 
–Usted señala también los límites de la ilusión tecnológica. Usted demuestra cómo la oligarquía nos hace creer que la tecnología va a resolver todos nuestros problemas y cómo y por qué se trata de una mera ilusión destinada a perpetrar el sistema.
 
–El sistema capitalista quiere creer que vamos a resolver los problemas, en particular el del calentamiento global, recurriendo a los agrocarburantes, a la energía nuclear, a la energía eólica y a unas cuantas tecnologías más. Es cierto que esas tecnologías pueden jugar un papel, pero de ninguna manera están a la altura del desafío que nos plantea el calentamiento del planeta. Y no es posible que sea así porque, por un lado, el plazo y la dificultad para llevarlas a la práctica requieren demasiado tiempo para asumir las transformaciones necesarias. Los cambios climáticos se producen ahora a una velocidad muy alta y de aquí a unos diez años ya tenemos que haber cambiado de rumbo. Por otra parte, todas esas técnicas, si bien algunas tienen efectos favorables, también tienen efectos secundarios muy dañinos que no podemos ignorar. Resulta obvio que es necesario seguir investigando nuevas tecnologías, pero no podemos poner la tecnología en el centro de las acciones que deben emprender nuestras sociedades. En lo esencial, para prevenir la agravación de la crisis ecológica es preciso reducir el consumo material y el consumo de energía. Esa es la solución más directa. Pero ese cambio profundo de orientación de nuestras sociedades sólo se hará si el esfuerzo es compartido de manera equitativa, y ello pasa por la reducción de las desigualdades. Nadie aceptará cambiar su modo de vida si al mismo tiempo seguimos viendo a millonarios con Mercedes enormes, barcos gigantescos y aviones privados. Aclaro que reducir el consumo material y de energía quiere decir que vamos a desplazar, a reorientar nuestra riqueza colectiva.
 
–Usted dice al respecto que el porvenir no está en la tecnología sino en el armado de una nueva relación social.
 
–La cuestión que está en el centro de nuestras sociedades consiste en saber cómo los individuos se piensan a sí mismos y cómo piensan a los demás. Por eso debemos salir de esta visión individualista y competitiva, de esa visión del crecimiento indefinido. La pelea se juega en la cultura: se trata de saber qué es lo que define una conciencia común.
 
–Usted se burla con mucha pertinencia de ese discurso de protección del medio ambiente que tiende a hacer de cada individuo un militante ecologista siempre y cuando éste lleve a cabo ciertos gestos –dividir la basura, por ejemplo– individuales. Usted define ese método también como un engaño de la oligarquía.
 
–Sí, hay un discurso que dice “si cada uno de nosotros hace un esfuerzo” eso resolverá las cosas. No. Desde luego que consumir menos agua y andar menos en auto ayuda, pero ese enfoque individualista no resuelve nada. ¿Por qué? Pues porque en el fondo hay una cuestión política: si yo decido circular en bicicleta pero el gobierno y las grandes empresas deciden construir nuevas autopistas de nada servirá que yo circule en bicicleta. Además, decirle a la gente que es ella quien hará avanzar las cosas con pequeñas acciones individuales equivale a permanecer en el esquema individualista, que es el del capitalismo. No resolveremos nada con soluciones individualistas sino mediante una concertación colectiva y con actos colectivos.
 
–Para usted existe un lazo primordial entre la crisis ecológica y la libertad, por eso resalta que es importante salvar la libertad contra la tentación autoritaria del capitalismo.
 
–En el curso de su historia, el capitalismo estuvo asociado a la libertad, a la democracia. Incluso en el período de la Guerra Fría el capitalismo estaba asociado al mundo libre y a la democracia en su lucha contra la Unión Soviética. Pero luego de la desaparición de la URSS, el capitalismo perdió su enemigo. Ahora empezamos a notar, en el pensamiento de la oligarquía, una negación de la democracia y un abandono de la idea según la cual la democracia es algo positivo. Estamos en un período donde los capitalistas no están de acuerdo con la democracia. Al contrario, consideran que la democracia es para ellos algo peligroso porque, evidentemente, una sociedad democrática pone en tela de juicio el poder y, por consiguiente, pondrá en peligro la oligarquía. Hemos tenido un ejemplo de ello con la administración de George Bush. Las democracias de los países del Norte, Estados Unidos y Europa, están cada vez más enfermas, más debilitadas.
 
–¿En qué plano se inscribe la ecología en esta crisis de la democracia?
 
–Las tensiones ecológicas se están agravando cada vez más y al mismo tiempo la oligarquía persiste en querer mantener un orden social basado en la desigualdad. La tentación de recurrir a medios cada vez más policiales es cada vez más grande: vigilar la población, a los opositores, tener ficheros inmensos, mandar mucha gente a la cárcel, a cambiar, restringiéndolos, los textos de ley relativos a las libertades individuales y de expresión. Si la sociedad no se despierta y no logramos que avancen nuestras ideas sobre la justicia social para hacer frente a la crisis ecológica, la oligarquía, enfrentada al peligro ecológico, caerá en la tentación de utilizar medios más y más autoritarios.
 
–Eso fue lo que vimos en directo en la conferencia sobre el clima que se llevó a cabo en Copenhague. ¡La policía reprimió a mansalva a los representantes de las ONG invitadas por la misma ONU! ¿Acaso Copenhague no ha sido una visión de nuestro futuro?
 
–Absolutamente, es así. En Copenhague se operó además una convergencia entre el movimiento ecologista y los militantes antiglobalización, movimiento basado en los valores de justicia social. Eso quiere decir que ahora la cuestión del cambio climático se plantea en términos políticos. Lo segundo, hubo muchas manifestaciones, a menudo muy alegres, imaginativas y no violentas, que fueron reprimidas de manera tan sutil como peligrosa. En Copenhague vimos la experimentación de una suerte de dictadura blanda que la oligarquía está aplicando. Copenhague ha sido una cita importante porque allí se afirmó algo esencial: la contrasociedad se manifestó allí de manera mundial.
 
Por Eduardo Febbro
Desde París
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Sábado, 10 Octubre 2009 17:58

Los países ricos y el Protocolo de Kyoto

Los desastres naturales ocurridos la semana pasada en Asia -inundaciones en Manila, un tsunami en Samoa y un terremoto que dejó más de mil muertos en Sumatra- deberían haber reactivado las negociaciones sobre clima de las Naciones Unidas en Bangkok. Pero, en cambio, los países en desarrollo fueron el blanco de las críticas de los países ricos, que aparentemente pretenden enterrar el Protocolo de Kioto.

En las salas de convenciones de las Naciones Unidas las negociaciones fueron tormentosas. Los países desarrollados dieron una desagradable sorpresa tras otra, conmocionando a las delegaciones de los países en desarrollo por la audacia y agresividad del ataque.

Quedó claro que la mayoría de los países desarrollados no están dispuestos o no pueden hacer su parte en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. En cambio, descargan la responsabilidad en los países en desarrollo, contrariando con ello las normas de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y su Protocolo de Kioto.

Peor aun, ahora se hace patente también que los países ricos quieren

tirar por la borda el propio Protocolo de Kioto, un acuerdo que llevó muchos años construir y que es la piedra angular para comprometer a los países a reducir sus emisiones, colectiva e individualmente.
Si eso ocurriera sería una calamidad ya que seguramente no habría con qué reemplazarlo, al menos por algún tiempo. Mientras tanto, las emisiones continúan, la temperatura del planeta seguirá aumentando y los efectos se multiplicarán.

Es irónico que esto ocurra cuando el tema del cambio climático pasó a la primera plana de la agenda mundial y los últimos informes científicos indican que la situación es peor a la pronosticada hace dos años por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

Las conversaciones de Bangkok transcurren por dos vías: las negociaciones sobre los objetivos de reducción de las emisiones de los países desarrollados desde 2013 a posiblemente 2020 en el marco del Protocolo de Kioto, y las medidas de cooperación a largo plazo.

Hasta ahora los compromisos de los países desarrollados son extremadamente bajos. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático estima que deben reducir sus emisiones de veinticinco a cuarenta por ciento para 2020 (comparadas con los niveles de 1990).

Los países en desarrollo reclaman una reducción global de al menos cuarenta por ciento. La reducción combinada resultante de las promesas nacionales realizadas por los países desarrollados se ubica entre dieciséis y veintitrés por ciento, excluido Estados Unidos, o entre once y dieciocho por ciento, incluido Estados Unidos.

El presidente del grupo de trabajo especial sobre el Protocolo de Kioto, John Ashe, hizo un análisis cáustico de la situación. De no subsanarse el desfase entre las promesas de los países desarrollados y las reducciones requeridas, “el 18 de diciembre [último día de la Conferencia de Copenhague sobre el Cambio Climático] seremos el hazmerreír”, afirmó.

Los pequeños estados insulares dijeron que esos compromisos tan mínimos darían lugar a un aumento de la temperatura de tres grados o más, la cual tendría consecuencias catastróficas. En general se acepta que el aumento de la temperatura debe limitarse a dos grados por encima del nivel preindustrial y, según los últimos datos, para evitar un desastre no debería sobrepasar 1,5 grados.

El embajador de China, Yu Qingtai, dijo que si no existe voluntad política no habrá avances, por más negociaciones que haya. Y subrayó que existen “esfuerzos concertados para socavar, cuestionar y destruir el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas, que es la base de la cooperación internacional en materia de cambio climático”.

Ese principio reconoce que los países desarrollados son responsables de la mayoría del dióxido de carbono volcado a la atmósfera y que deberían tomar la delantera en la reducción de las emisiones, así como ayudar a los países en desarrollo mediante financiamiento y tecnología para que también adopten medidas.

Los países desarrollados adoptaron la semana pasada las siguientes iniciativas, que tomaron por sorpresa a los países en desarrollo:
* Propusieron liquidar el Protocolo de Kioto (que obliga a los países desarrollados a establecer metas obligatorias de reducción de emisiones) y sustituirlo por un nuevo acuerdo. Estados Unidos, que no es miembro del Protocolo de Kioto, quiere tener sólo un objetivo nacional sin vincularlo a un tratado mundial.
Parece que su posición ganó con respecto a otros países desarrollados.
* Se habrían negado a que haya un segundo período de compromisos en el marco del Protocolo de Kioto, después de la finalización del primer período en 2012. Para el primer período los países aceptaron reducir sus emisiones combinadas en cinco por ciento (de 1990 a 2012).
* Enfatizan que los países en desarrollo tienen responsabilidades “comunes”, un código para incluir a los países en desarrollo en las obligaciones de reducción de emisiones, mientras que minimizan las responsabilidades “diferenciadas” que reconocen que estos países han cumplido un papel marginal en las emisiones históricas y necesitan espacio para el desarrollo económico.
* Si bien la convención sobre el clima obliga a los países desarrollados a cumplir con los costos adicionales de las medidas adoptadas por los países en desarrollo para combatir el cambio climático, insisten ahora en que estos últimos también deben contribuir a los fondos públicos mundiales.
* Intentan dividir a los países en desarrollo creando nuevas categorías, como “países en desarrollo adelantados” (que estarían sujetos a disciplinas de reducción de emisiones y recibirían escasos fondos públicos mundiales) y “países especialmente vulnerables” (a los que se les prometería financiamiento mundial).
Las definiciones y criterios de cuál es adelantado o vulnerable son arbitrarias y no han sido acordadas.
* Algunos países desarrollados clave, como Estados Unidos y Francia, están dispuestos a utilizar el proteccionismo comercial en nombre del cambio climático para bloquear las exportaciones de los países en desarrollo mediante aranceles, con el argumento de que no están haciendo lo suficiente para reducir sus emisiones.

Los países en desarrollo están consternados con esas iniciativas, presentadas a pocos días de la Cumbre de las Naciones Unidas, en Nueva York el 22 de setiembre, en la que tantos líderes políticos hicieran firmes promesas de cooperar en la lucha contra el cambio climático. Antes de la conferencia de Copenhague sobre el cambio climático, del 7 al 18 de diciembre, habrá sólo diez días de negociaciones: cinco esta semana y otros cinco en noviembre, en Barcelona.

Por Martin Khor, fundador de Third World Network (TWN), es director ejecutivo de South Centre, una organización de países en desarrollo con sede en Ginebra.


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Martes, 06 Octubre 2009 09:13

Maravillas móviles

Mientras pone a su bisnieto a saltar sobre su rodilla, Mary Wokhwale señala sus alrededores en su casa de Bukaweka, una aldea de Uganda. Vivo de mi celular, dice. En 2003 fue una de las primeras 15 mujeres de su país en volverse operadora de un teléfono de aldea. Gracias a un microfinanciamiento, pudo comprar un aparato y una antena montada en el techo para conseguir una señal confiable. Comenzó a dar el servicio a sus vecinos, cobrando una pequeña cantidad por llamada. Eso le permitió devolver el préstamo y adquirir otro aparato. Luego pudo comenzar un negocio de venta de cerveza, abrir una tienda de discos y videos y ayudar a otros miembros de su familia a pagar la escuela de sus hijos. El negocio se ha reducido un poco en los dos años pasados, pues al bajar el precio de los celulares muchos aldeanos pudieron comprar el suyo, pero la vida de Mary ya se ha transformado.

La señora Wokhwale prosperó porque hacer y recibir llamadas telefónicas es tan importante para las personas, que hasta las más pobres están dispuestas a pagar por ellas. En lugares con caminos deficientes, correos poco confiables, trenes escasos y filas interminables, los teléfonos celulares remplazan los traslados, permiten acceso rápido y fácil a información sobre precios, facilitan a los comerciantes alcanzar mercados mayores e impulsan la creación de negocios. Un estudio del Instituto Mundial de Recursos descubrió que al elevarse los ingresos en el mundo en desarrollo, el gasto en teléfonos móviles por hogar crece más rápido que el que se hace en energía, agua y prácticamente cualquier otro consumo.

La razón por la que los móviles son tan valiosos para personas de países pobres es que por primera vez dan a acceso a telecomunicaciones, en vez de ser sólo adiciones a los teléfonos de línea fija, como en los países desarrollados. Para ustedes es un complemento: acá es una revolución, dice Isaac Nsereko, de MTN, el mayor operador en África. Según un estudio reciente, aumentar 10 teléfonos móviles por cada 100 personas en un típico país en desarrollo eleva el crecimiento del PIB en 0.8 puntos porcentuales.

En 2000 los países en desarrollo representaban más o menos la cuarta parte de los 700 millones y pico de teléfonos celulares del mundo. A principios de 2009 su proporción se había elevado a tres cuartas partes de un total que para entonces llegaba a 4 mil millones (ver tabla 1). Eso no significa que hoy 4 mil millones de personas tengan celular, porque muchos en países tanto ricos como pobres poseen varios teléfonos o tarjetas módulos de identidad de suscriptor (SIM, por sus siglas en inglés), los minúsculos chips que identifican a un suscriptor con la red móvil. Carl-Henric Svanberg, jefe ejecutivo de Ericsson, el mayor fabricante mundial de aparatos de telecomunicaciones, calcula que el número real de personas con teléfonos móviles está cerca de 3 mil 600 millones.

Es difícil contar con cifras exactas, sobre todo porque continúa el rápido crecimiento de suscriptores. En los 12 meses que concluyeron en marzo de 2009 firmaron contrato 128 millones más en India, 89 millones en China y 96 millones en toda África, según la consultora especializada TeleGeography. Los números en Indonesia, Vietnam, Brasil y Rusia también crecieron con rapidez (ver tabla 2). China es el mayor mercado mundial de telefonía móvil, con más de 700 millones de suscriptores. India es el que suma más cada mes: 15.6 millones sólo en marzo. Y África es la región con la tasa más veloz de crecimiento de suscriptores. Ahora que los mercados del mundo en desarrollo están saturados, los pobres rurales en el mundo en desarrollo representarán la mayor parte del crecimiento en los años por venir. El total llegará a 6 mil millones hacia 2013, según el grupo industrial GSMA, y la mitad de esos usuarios estarán en China e India.

Todo esto transforma la industria de telecomunicaciones. En unos años su centro de gravedad se ha desplazado del mundo desarrollado a los países en desarrollo. Los mayores cambios ocurren en los lugares de mayor pobreza, como la zona rural de Uganda.

Tres tendencias en particular reconfiguran el panorama de las telecomunicaciones. Primero, la expansión en los países en desarrollo se ha visto acompañada de la elevación de operadores locales de telefonía móvil en China, India, África y Medio Oriente, que rivalizan o superan en tamaño a los de la industria occidental. Estos operadores han desarrollado nuevos modelos de negocios y estructuras industriales que les permiten obtener ganancias dando servicio a clientes que gastan poco, con los cuales las firmas occidentales no se molestan. Los operadores indios están a la cabeza, y ahora operadores de otros países, ricos y pobres, adoptan algunos aspectos del modelo indio. La extensión de este modelo podría poner los celulares al alcance de un número aún mayor de pobres en el mundo.

La segunda tendencia es el surgimiento de los dos principales fabricantes chinos de equipo de telecomunicación, Huawei and ZTE, que han entrado en el escenario mundial en los cinco años pasados. En un principio se les despreciaba como fabricantes de equipos baratos de mala calidad, pero han ganado fama de calidad e innovación, lo cual ha dado una sacudida a los fabricantes occidentales. La víctima más reciente fue Nortel, alguna vez la empresa más valiosa de Canadá, la cual se declaró en quiebra en enero pasado. Al concentrarse en mercados emergentes, Huawei and ZTE están en buena posición para expandir su proporción del mercado con el aumento de suscriptores y la elevación de las redes de tecnología de segunda (2G) a tercera generación (3G), sobre todo en China e India.

La tercera tendencia es el desarrollo de nuevos servicios basados en telefonía, aparte de llamadas y mensajes de texto, que ahora se vuelven viables dado que los móviles son cada vez más accesibles. En los países ricos la mayoría de estos servicios giran en torno de asuntos triviales como bajar música y juegos electrónicos. En los países pobres, servicios como asesoría agrícola, atención a la salud y transferencias de dinero vía celular podrían aportar enormes beneficios económicos y al desarrollo. Más allá de eso, en los próximos años las redes móviles y los servicios de cómputo de bajo costo permitirán ofrecer los beneficios del pleno acceso a Internet a las personas del mundo en desarrollo.

Cada una de estas tendencias es significativa en sí misma, pero también tiene consecuencias para países ricos y pobres. Juntas podrían originar una segunda ola de desarrollo económico impulsada por la telefonía móvil, tan poderosa como la que surgió tras el lanzamiento de esta tecnología. Su expansión en países pobres no sólo está reconfigurando la industria: está cambiando el orbe.

Fuente: EIU

Traducción de texto: Jorge Anaya

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Zacatecas, Zac., 30 de septiembre. Es urgente que el mundo actual cambie radicalmente la forma en que aborda y resuelve los problemas ambientales y sociales simultáneamente, porque de lo contrario, el planeta será insostenible, afirmó Mario Molina, premio Nobel de Química, en el Foro sobre Cambio Climático.

El investigador mexicano puso de ejemplo la pregunta: “¿Qué pasaría si China continúa su ritmo de desarrollo económico durante 30 años? Se acabaría la mayoría de los granos de todo el planeta”.

Ante más de tres mil estudiantes, académicos e investigadores, reunidos en el Palacio de Convenciones, donde durante dos días se debatió sobre las principales medidas que gobiernos y sociedades deberán acatar para revertir el calentamiento global, Molina dijo: “El problema es que somos 6 mil 500 millones de habitantes” y hay una depredación generalizada de los ecosistemas terrestres y marinos. Además, con las excesivas emisiones de dióxido de carbono (CO2) se está rompiendo el equilibrio climático de la Tierra.
Composición química

Explicó que además “de que la composición química de la atmósfera está cambiando por la concentración de los gases, por la quema de combustibles fósiles y por el metano, que se produce por fermentación anaeróbica”, se ha encontrado otro gas: el óxido nitroso, que se produce por los fertilizantes químicos, los cuales es urgente sustituir, por ejemplo, con biofertilizantes.

Agregó que aunque el cambio climático responde a distintos factores y tiene variables dinámicas complejas, hay más de 95 por ciento de probabilidad de que ocurra “a causa del cambio de composición química” de la atmósfera.

Molina se refirió a “la idea de la tragedia de los comunes: hay un bien público que es el que afectamos: el planeta; estamos acabando con él. Todos salimos perdiendo”.

Concluyó: “El reto enorme es asegurar que esas tres cuartas partes de la población tengan un nivel de vida adecuado, sin dañar el medio ambiente”.

Por Alfredo Valadez Rodríguez, corresponsal
 

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