Quemar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para abonar una nueva agenda común global

Una minoría creciente de los movimientos sociales creemos que estamos frente a una auténtica crisis sistémica y global o, para ser más exactos, ante una civilización fallida en fase de colapso. ¿Cómo debe ser la agenda para afrontar el futuro?

En octubre se celebró el Encuentro Islas Encendidas, un evento impulsado por la iniciativa Quórum Global con el objetivo de impulsar un proceso de confluencia desde abajo frente a la crisis democrática y ecosocial. Allí nos reunimos cerca de tres centenares de personas procedentes en su mayoría de ONG, pero también del movimiento feminista, antirracista, ecologista, vecinal, etc.


El Encuentro transcurrió en un clima de gran afinidad entre las personas y organizaciones participantes en torno a una idea central que fue repetida a lo largo de los tres días, “la necesidad de poner la vida en el centro frente a la lógica neoliberal y la emergencia de los fascismos”. Sin embargo, bajo este aparente consenso emergió una cuestión que resultó polémica, la relativa a si la nueva Agenda Internacional 2030 marcada por los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) es un buen marco de referencia desde el que trabajar juntas para lograr ese objetivo común.


Una controversia que refleja, en esencia, la existencia de al menos dos interpretaciones radicalmente distintas de la crisis que estamos viviendo y que, en consecuencia, plantea hojas de ruta también diferentes que, lejos de poder confluir, comienzan a ser divergentes desde el mismo punto de partida: el diagnóstico. Mientras una mayoría de las organizaciones y los movimientos sociales aún consideran que lo que enfrentamos es básicamente una estafa económica, una minoría creciente entendemos que estamos frente a una auténtica crisis sistémica y global o, para ser más exactos, ante una civilización fallida en fase de colapso.
Los ODS un documento sin diagnóstico


Lo primero que llama la atención cuando se analizan los ODS es que carecen de un diagnóstico acerca de las realidades sobre las que se quiere actuar, proponiendo 17 objetivos y 169 metas, sin el más mínimo argumento que los justifique y permita comprender su razón de ser. No hay nada, ni siquiera un somero diagnóstico que nos ayude a comprender cuáles son las causas que hay detrás de fenómenos como la pobreza, el hambre, las enfermedades, las desigualdades entre géneros o económicas, la degradación del medioambiente o el cambio climático. Y, ¿cómo no tener en cuenta las causas de esos problemas? ¿Acaso se quiere dar respuesta sólo a los síntomas?


Los ODS trazan el camino: más crecimiento e industrialización


Por otra parte, como bien argumenta Manuel Casal en “La Agenda 2030, misión imposible” existe una “preocupante mezcla entre fines y medios”. Mientras que “lo adecuado hubiera sido establecer unos fines, permitiendo flexibilidad en los medios”, se opta por “poner determinados medios a la misma altura que los fines, lo que genera confusión, contradicciones y rigidez”. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, con el “crecimiento económico” (O8) y “la industrialización” (O9) que son instrumentos convertidos en objetivos, marcando así el camino a seguir para alcanzar los verdaderos fines, como son “poner fin a la pobreza (O1) y al hambre (O2)” o “lograr la igualdad entre los géneros (O5)”.


Esta imposición de medios para la consecución de fines resulta especialmente alarmante cuando la Agenda se presenta además en ausencia de un diagnóstico. ¿Cómo justificar más crecimiento e industrialización? ¿Aceptaríamos un tratamiento médico sin antes conocer sus posibles riesgos, contraindicaciones y efectos secundarios? ¿Cómo valorar la idoneidad de este tratamiento? ¿Qué hace la diferencia? Ahí van algunas suposiciones: 1) Predomina una fe ciega bienintencionada sobre el documento al que no se le pide justificación; 2) Esta falta de justificación pasa desapercibida, pues los medios que se proponen como objetivos (O8 y O9) son mitos de nuestras sociedades modernas y 3) Los agentes sociales dependen económicamente de que los gobiernos destinen anualmente fondos renovados en el desarrollo de esta agenda, por lo que ¿quién se atreve a morder la mano que le da de comer?


La falacia “sostenible” e “inclusiva”


Habrá quien argumente que lo que la Agenda 2030 propone no es cualquier tipo de crecimiento económico e industrialización, sino sólo de aquellos que resultan ser “sostenibles” e “inclusivos”. Sin embargo, la tozuda realidad demuestra que ambos conceptos son auténticos oximorones en el contexto actual.


En el caso del crecimiento económico, su sostenibilidad no es realista por múltiples razones, siendo la principal que nos encontramos ya en un momento en el que hemos superado el cénit mundial de extracción del petróleo convencional siendo lo que tenemos por delante un descenso energético que hará imposible nuevos crecimientos económicos globales, teniendo en cuenta que las energías renovables presentan grandes limitaciones incluso para poder mantener el sistema económico en un estado estacionario.


Pero es que además el crecimiento económico es siempre insostenible. De hecho, los crecimientos “verdes” no llegan siquiera a producir una disminución total del consumo material y energético, ya que las mejoras en eficiencia sólo se traducen en una disminución relativa, es decir, en una reducción del consumo material y energético por unidad producida. Por ejemplo, los coches modernos consumen menos materia y energía que los más antiguos.


Sin embargo, en una economía adicta al crecimiento, el imperativo del crecimiento económico obliga al aumento de las ventas de coches y de sus desplazamientos, de modo que no es posible un crecimiento económico desacoplado de la degradación del medio ambiente y las emisiones de gases de efecto invernadero, porque sencillamente cuanto más crecen la producción y el consumo, más materia y energía se necesitan extraer de nuestra corteza terrestre y más emisiones se generan.


En cuanto a la inclusividad social del crecimiento, resulta ingenuo pensar que, ahora que nos adentramos en un escenario global de creciente escasez, se vaya a producir la reducción de los niveles de pobreza y desigualdad que no se logró cuando el crecimiento gozaba de buena salud y existía mayor abundancia.


Por otro lado, en el caso de la industrialización, no se entiende muy bien a qué se refiere cuando se la apellida de “inclusiva” y “sostenible”, en un contexto en el que los gobiernos y las corporaciones transnacionales están trabajando juntos en el desarrollo de la cuarta revolución industrial (4RI). Una disrupción tecnológica que, incluso según sus propios promotores, amenaza con incrementar las desigualdades y los procesos de exclusión, bajo el riesgo de crear una desigualdad masiva entre una clase tecnológica rica y una inmensa clase marginal, tanto en el interior de los países como entre ellos, mediante una robotización en clara competencia con las generaciones presentes y futuras.


Pero es que, además, la 4RI tampoco es sostenible tal y como analiza detalladamente José Halloy: “En términos de energía y materiales, las tecnologías informáticas actuales no son sostenibles a largo plazo”. De modo que podemos afirmar que la cacareada industrialización 4.0 sólo puede presentarse como una oportunidad si se invisibiliza su insostenibilidad ecológica e indeseabilidad social.


Perseguir el crecimiento y la industrialización abona el fascismo


Insistir entonces en el crecimiento y la industrialización en este contexto global de creciente escasez energética y material es una vía genocida y ecosuicida que nos conduce directamente a la guerra por los recursos y al caos climático a través del desarrollo de agendas fascistas.


Un fascismo que ya estamos viendo emerger en las grandes potencias económicas y que se expresa en dos estrategias narrativas complementarias: Por un lado, mediante la idea de “Mi país primero” que busca sostener el crecimiento económico permitiendo la entrada de ingentes cantidades de energía y materiales procedentes en su mayoría de la expoliación neocolonial, mientras se impide la entrada —cuando no se expulsa— a las poblaciones inmigrantes y refugiadas, en su mayoría huérfanas de una vida digna en sus territorios, ocupados y degradados por las guerras, el extractivismo y el cambio climático.


Y, por otro lado, mediante el discurso que da centralidad al “Hombre Blanco Heterosexual y Nacional” con la que se busca fortalecer el orden heteropatriarcal y colonial, devolviéndole un cierto protagonismo a la vieja clase trabajadora industrial nacional, empobrecida y precarizada, y desplazar su ira contra otros colectivos sociales (pobres, inmigrantes, mujeres, homosexuales, etc.).


En resumen, como bien argumenta Luis I. Prádanos, “la crisis ecosocial no requiere ni del catastrofismo apocalíptico (al que nos conduce el imperativo del crecimiento económico), ni del tecno-optimismo (fomentado desde la cuarta revolución industrial)”, sino de nuevos ecosistemas culturales y socio-económicos capaces de prosperar sin crecimiento, poniendo la defensa y el cuidado de la vida en el centro.


Por una nueva Agenda Común Global


A estas alturas del Siglo XXI no habrá gobierno, organización o movimiento social que pueda argumentar que el actual proceso de colapso de nuestras sociedades modernas les pilló por sorpresa, pues hace más de 45 años que nuestra civilización industrial lleva recibiendo avisos sobre el abismo al que nos conduce el imperativo del crecimiento ilimitado.
Sin embargo, a pesar de dichos avisos, nada significativo se ha hecho hasta la fecha para cambiar de rumbo. El proyecto civilizatorio impulsado por la globalización de la Modernidad Capitalista está llegando a su fin y la lucha por todo aquello que amamos depende, ahora más que nunca, de que las grandes mayorías sociales seamos capaces de presionar a nuestros gobiernos para que abandonen el objetivo del crecimiento económico e impulsar medidas de emergencia social y ecológica capaces de favorecer nuevas formas de organización ecosocial que permitan adaptarnos de forma rápida y justa a un escenario de creciente escasez energética y material.


Muchas personas, grupos y comunidades locales de todo el mundo ya han comenzado a organizarse con el fin de satisfacer sus necesidades de un modo más justo y resiliente fuera de la lógica industrial y la búsqueda del beneficio económico: la agroecología, la permacultura, los sistemas de movilidad sostenible, la bioconstrucción, los sistemas de trueque en comunidad, los mercados sociales, la economía social y solidaria, los barrios y municipios en transición… son modelos que ya han demostrado su capacidad de satisfacer las necesidades de las personas en equilibrio con los límites de los ecosistemas. Sin embargo, para que dejen de ser marginales y se conviertan en verdaderas alternativas necesitan de un apoyo social masivo y de políticas activas de los gobiernos.


Si los Objetivos de Desarrollo Sostenible disfrutan todavía de legitimidad es porque aún la mayoría de los Agentes Sociales siguen sin cuestionar en profundidad las bases de la civilización industrial y su lógica de crecimiento ilimitado. Mientras los ricos traman cómo abandonar el barco, nosotros parecemos empeñados en seguir remando y mantener a toda la tripulación abordo, con esperanzas de mejorar nuestras condiciones como tripulantes.


Por ello, antes de que naufraguemos y los ODS sean papel mojado, quemémoslos y con sus cenizas abonemos el desarrollo de una nueva agenda común global. Una nueva hoja de ruta feminista, antihomófoba, queer, antirracista, decolonial, antimilitarista, municipalista y ecologista que, con un diagnóstico comprensivo de las complejas realidades que enfrentamos, nos permita una salida justa y ordenada ante el hundimiento de este Titanic, evitando así la catástrofe del fascismo, las guerras por los recursos y el caos climático. Nos jugamos la vida en ello.

Por Marcos Rivero Cuadrado 

Solidaridad Internacional Andalucía

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Miércoles, 21 Noviembre 2018 06:17

Unctad y el círculo vicioso de los Medici

Unctad y el círculo vicioso de los Medici

En las pasadas tres décadas el orden económico que emergió de la Segunda Guerra Mundial se erosionó por el abandono de la política de pleno empleo, la mayor movilidad del capital, la reducción del ingreso de la clase trabajadora, el recorte en el gasto social en casi todas las economías del mundo y el aumento del poder de mercado de las grandes corporaciones. Hoy, el fantasma de nuevas guerras comerciales y la gran desconfianza que buena parte del electorado ha manifestado en muchos países frente a las instituciones tradicionales amenazan con aniquilar lo poco que quedó de aquel orden económico que fue testigo de la era dorada del capitalismo.

Hace dos semanas la Unctad dio a conocer su informe anual para 2018 (unctad.org) y ya desde el título, con una referencia a la "quimera del libre comercio", envía un mensaje que nadie debe ignorar. La tesis fundamental del informe es que la globalización neoliberal, que tantas veces fue descrita como ejemplo de eficiencia, flexibilidad y competitividad, ha desembocado en un mundo quebradizo y marcado por un desempeño económico mediocre. Hoy la globalización se caracteriza por mayor desigualdad, una intensa concentración de poder de mercado en unas cuantas megacorporaciones y la subordinación incondicional al mundo de las finanzas.

En este panorama domina un crecimiento débil, alimentado por las altas tasas de endeudamiento que representan una grave amenaza para la economía mundial. Sobre este punto, hasta el Fondo Monetario Internacional ha sonado la alerta y se hace coro de las preocupaciones de la Unctad. Antes de la crisis financiera el nivel de la deuda mundial alcanzaba 142 billones (castellanos) de dólares y hoy ese monto rebasa 250 billones, lo que es equivalente a tres veces los ingresos globales. Los bancos han aumentado su tamaño debido a la inyección de fondos públicos, mientras las actividades del sistema bancario sombra ya son dos veces más grandes que la economía mundial. El endeudamiento creciente, la consolidación del dominio del sector financiero y la creciente desigualdad son los rasgos característicos del estancamiento económico en la globalización neoliberal.

Por el lado de los flujos de comercio internacional sobresale la tendencia a la mayor concentración en casi todas las ramas de la industria. Quizá el dato más impactante es que uno por ciento de las empresas en el mundo concentra 55 por ciento de los flujos de comercio internacional. La administración de precios por estas corporaciones es sólo una de las consecuencias de su mayor poder de mercado y desemboca en lo que el economista Luis Zingales, de la Universidad de Chicago, denomina el "círculo vicioso de los Medici": más dinero trae aparejado mayor poder político, y eso se acompaña de más dinero.

Hoy la mayor parte del comercio de manufacturas se encuentra organizada alrededor de cadenas globales de valor (CGV), que dependen de las grandes empresas que las administran. Durante algunos años muchos pensaron que la inserción en esas CGV permitiría a los países subdesarrollados asimilar tecnologías y construir eslabonamientos para alcanzar el desarrollo industrial. Pero si bien las grandes corporaciones que organizaron esas cadenas de valor permitieron a algunos países vincularse con la división internacional del trabajo al aprovechar su dotación de fuerza de trabajo (mal pagada), lo cierto es que el espejismo de la industrialización sigue alejándose.

La base de datos de la matriz insumo-producto mundial (véase wiod.org) revela que la distribución por países del valor agregado en las manufacturas sigue siendo muy desigual. Entre 2000 y 2014 la participación nacional en el valor agregado mundial declinó en la mayoría de los países, con la excepción de China. Y la participación en las fases de producción (fabricación en sentido estricto) también se redujo, excepto en Canadá y nuevamente en China. La posibilidad de revivir el proyecto de industrialización por medio de un proceso de goteo es un sueño inalcanzable.

La política de establecer zonas económicas especiales dirigidas a fomentar las exportaciones es un subsidio para las grandes corporaciones en su afán por organizar esas CGV, pero no constituye un instrumento para el desarrollo industrial. En cambio, sí contribuyen a la desigualdad creciente al atrapar la economía anfitriona en una espiral de bajos salarios. Si algunos piensan que es posible repetir los logros de China al utilizar ese tipo de instrumentos, deben tomar en cuenta que ese país aplicó al mismo tiempo una vigorosa política industrial y tecnológica, con un decidido apoyo financiero y una gran inversión de largo plazo en educación. Esa combinación de políticas está ausente en la mayor parte de los países que hoy erigen zonas económicas de fomento al comercio internacional.

Los datos y el análisis de la Unctad revelan que no es posible alcanzar el objetivo de un desarrollo económico saludable con la simple administración del modelo neoliberal.

Twitter: @anadaloficial

 

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La extrema derecha en Brasil: aprendiendo y desaprendiendo desde la izquierda*

Cual círculos concéntricos se difunden en América Latina los impactos de la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil. Colombia no es la excepción. Más allá de que en este país han prevalecido los gobiernos conservadores, el triunfo de una derecha extrema en Brasil debe ser analizado. Las izquierdas del continente están conminadas a aprender de lo que allí sucedió.

Los agrupamientos políticos que apuestan por cambios, y que lograron sustantivos crecimientos electorales en Colombia, enfrentan el desafío de no repetir las contradicciones observadas en Brasil. Esto también es indispensable para los movimientos ciudadanos que siguen enfrentando estrategias como las extractivistas, ya que un estilo político como el propuesto por Bolsonaro solo augura una acentuación de la violencia. No puede obviarse que Brasil, por ejemplo, lidera los indicadores mundiales en asesinatos de defensores de la tierra, pero Colombia le sigue en tercer lugar (57 en el primer caso y 24 en el segundo, según Global Witness) (1).

En este texto presentamos algunas reflexiones preliminares a partir de lo sucedido en Brasil. No pretendemos ofrecer un análisis detallado de su política interna, sino que nuestro propósito es otro: rescatar algunos aprendizajes de lo que allí sucedió, útiles para una izquierda que está ubicada en los demás países (y por ello aquí intercalamos algunas apreciaciones enfocadas en Colombia). No repetiremos la nutrida información circulante en estos días ni apelaremos a análisis simplistas, tales como achacar toda la culpa sea a la derecha o al progresismo. Compartimos este ejercicio desde una perspectiva de izquierda, con el propósito de alentar su renovación y de evitar que otros Bolsonaro se instalen en los países vecinos.

Progresismos e izquierdas: son diferentes

En todo el continente, los agrupamientos políticos conservadores realizan un activo entrevero de hechos para desacreditar las opciones de cambio hacia la izquierda. Se mezclan las severas crisis de Venezuela y Nicaragua con la caída del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, para insistir en que las opciones de cambio hacia la izquierda son imposibles, fatalmente están teñidas por la corrupción, y así sucesivamente. Pero justamente la crisis brasileña muestra la necesidad de insistir en las diferencias entre progresismos e izquierdas.

Es que muchos de los problemas observados en Brasil resultan, como se verá más adelante, de programas y una gestión de gobierno del PT y sus aliados donde poco a poco olvidaron sus metas iniciales de izquierda para transformarse paulatinamente en progresismos. Esto nunca lo ocultaron, sino que hicieron de ello uno de sus atributos.Por lo tanto, una primera lección a tener en cuenta es que la distinción entre izquierdas y progresismos sigue siendo clave (2).

Humildad para entender los humores del pueblo

El Partido de los Trabajadores y el liderazgo de Lula da Silva fue repetidamente presentado como ejemplo de viraje exitoso hacia las llamadas “nuevas izquierdas” en toda América Latina y a nivel mundial, lo que es comprensible al haber ganado cuatro elecciones consecutivas. No fueron pocos los grupos políticos que en distintas naciones lo tomaron como inspiración. Es más, se insistía en que el “pueblo” en su mayoría había adherido a la izquierda y eso explicaba victorias electorales como las de DilmaRousseff.

Sin embargo, en un proceso relativamente veloz, incluyendo los abusos de la oposición de las disposiciones jurídicas, el PT perdió el control del gobierno, Rousseff fue removida de su cargo, y se terminó eligiendo presidente a un político poco conocido y de derecha: Temer, quien había sido vicepresidente de la misma Rousseff. Los escándalos de corrupción no cedieron, y Lula da Silva terminó encarcelado.

Esas y otras circunstancias desembocaron en un cambio político extremo. No sólo triunfó Bolsanaro, sino que se hizo evidente que la sociedad brasileña es mucho más conservadora de lo pensado. Aquel mismo “pueblo” que años atrás apoyaba al PT, en unos casos lo rechazaba intensamente, y en otros, festejó a un candidato prolífico en discursos de tono fascista.

Estamos aquí ante una otra lección que impone precaución en usar categorías como “pueblo”, y que nos demanda humildad en aseverar cuáles son los pensamientos o sensibilidades prevalecientes. Quedan en evidencia las limitaciones de un “triunfalismo facilista” ante una sociedad que no era tan izquierdista como parecía y un conservadurismo que estaba mucho más extendido de lo que se suponía. Esta es una cuestión de mucho cuidado viendo cómo avanzan las creencias en una prosperidad que supuestamente descansa en el individualismo, el consumismo, y que entienden como normal y hasta necesaria la existencia de profundas diferencias sociales, y aceptan la violencia.

Derechas sin disimulos y progresismos disimulando ser izquierda

Seguidamente queda en evidencia otro aprendizaje: los riesgos de un programa que se recuesta sobre sectores y prácticas conservadoras para poder ganar la próxima elección. Una postura que asume que primero se debe “ganar” la elección presidencial, y que una vez en el palacio de gobierno se podrá “cambiar” al Estado y la sociedad. Esto se ejemplifica en Brasil con acciones que van desde la adhesión a un orden financiero (en la muy conocida “Carta al Pueblo Brasileño” firmada por Lula en plena campaña electoral) hasta su articulación política con el PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) de centro-derecha para lograr gobernabilidad. Le siguieron otras concesiones clave en las estrategias de desarrollo, cerrando la puerta a transformaciones estructurales del aparato productivo y así repitiendo el estilo primario exportadora (3). Este es justamente uno de los aspectos que sirven para caracterizarlos como progresistas y diferenciarlos con las izquierdas.

Se cae en una situación donde el progresismo una y otra vez intenta disimular que es una izquierda, mientras que la nueva derecha nada disimula ni oculta. Bolsonaro critica abiertamente a negros o indígenas, es homofóbico y misógino, ironiza con fusilar a militantes de izquierda, defiende la tortura y la dictadura, y apuesta a reformas económicas regresivas. Es ese tipo de discurso el que es apoyado por una proporción significativa de la sociedad brasileña.

Desarrollo nada nuevo sino senil

La necesidad de distinguir entre progresismos e izquierda también queda en evidencia al analizar las estrategias sobre desarrollo seguidas por el PT. El camino de esos gobiernos, el “nuevo desarrollismo”, descansó otra vez en las exportaciones de materias primas. Para lograrlo se ampliaron las fronteras extractivistas y la captación de inversión extranjera, alejándose así de muchos reclamos de la izquierda.

De ese modo Brasil devino en el mayor extractivista del continente, tanto minero como agropecuario (por ejemplo, el volumen de comercialización sumados hasta triplicó al de todos los demás países sudamericanos mineros). Esto sólo es posible aceptando una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en algunos sectores como el industrial, justamente al contrario de las aspiraciones de la izquierda de sacar a nuestros países de esa dependencia.

La esencia de esa estrategia de desarrollo no es diferente a la que siguió, por ejemplo, la administración Santos en Colombia. Sin duda hay diferencias, en especial por una mayor presencia estatal en Brasil, evidente en enormes empresas como Petrobras (hidrocarburos) o Vale (minería) que son en parte estatales o estaban controladas y financiadas por el gobierno. Pero persistió el componente extractivista y primario exportador, que vienen de la mano de procesos desindsutrializantes y que obliga a prácticas de imposición territorial y control de movimientos sociales.

Las limitaciones de esas estrategias se disimularon en Brasil con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas, tales como el consumismo popular, subsidios y asistencias a sectores extractivos o el apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões nacionales).

Esto explica que el “nuevo desarrollismo” fuese apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles, como por la elite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Lula da Silva era aplaudido, por razones distintas, tanto en barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.

El PT contribuyó sustantivamente a la defensa cultural de esas estrategias, y por ello en Brasil no ocurrieron debates como los que se escucharon en Colombia con“petróleo versus aguacates” (o sea, comenzar a pensar alternativas para el futuro inminente del agotamiento de los hidrocarburos). Por lo tanto, aquí se encuentra un flanco que una renovación de izquierda en Colombia debería considerar, promoviendo desde ya las reflexiones sobre cómo salir de los extractivismos.

La caída de los precios internacionales de las materias primas dejó en claro que las ayudas mensuales otorgadas en Brasil a los sectores marginados sin duda eran importantes, pero no sacaban realmente a la gente de la pobreza, ni resolvía la excesiva concentración de la riqueza, ni impedía que mucho dinero se perdiera en redes de corrupción.

La izquierda debe aprender de esa incapacidad de los progresismos para transformar la esencia de sus estrategias de desarrollo. Se profundizó la dependencia de las materias primas, con China como nuevo referente, con graves efectos en la desindustrialización y fragilidad económica y financiera. El “nuevo desarrollismo” que quiso construir el progresismo no es “nuevo”, y en verdad es tan viejo como las colonias, pues en aquel entonces arrancó el extractivismo.

La lección para las izquierdas en el resto del continente es que la reflexión sobre las alternativas al desarrollo sigue siendo clave. Se podrá tener un discurso radical, pero si las prácticas de desarrollo repiten los conocidos estilos, se quiera o no, eso desemboca en políticas públicas convencionales, y es esa convencionalidad otro componente que apartó a los progresismos de las izquierdas.

Clientelismo versus justicia social

El PT aprovechó distintas circunstancias logrando reducir la pobreza, junto a otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe ser aplaudido (4). Por medio de políticas sociales se puede paliar la pobreza, pero cuando prevalece el clientelismo eso se vuelve acotado. No se consigue construir ciudadanías sólidas que reclamen desde los derechos, lo que va mucho más allá de un bono mensual en dinero. El consumismo se acentúo, confundiéndolo con mejoras en la calidad de vida. La bancarización y el crédito explotaron (el crédito privado trepó del 22% del PBI en 2001 al 60% en 2017). De este modo prevaleció el asistencialismo y se reforzó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza.

No se quiso entender que esas estrategias obligaban a usar ciertos instrumentos económicos, sociales y políticos nada neutros, y más bien contrarios de buena parte de la esencia de izquierda. Como resultado, se generaron condiciones para el retorno de la derecha dejándo servido un Estado y normas que lo harán todavía más fácil.

Además, la fragilidad del “nuevo desarrollo” lleva a que los progresismos no puedan resolver sus crisis desde una perspectiva de izquierda y deriven hacia políticas públicas más conservadoras. El PT erosionó la calidad política y aplicó, por ejemplo, flexibilizaciones ambientales y laborales para atraer a inversores. Paradojalmente, esos cambios en Brasil antecedieron, por ejemplo, a las “licencias ambientales express” de Colombia.

En el campo de la justicia social se priorizaron instrumentos de redistribución económica, mientras que los derechos ciudadanos y de las diversas comunidades, sobre todo indígenas, seguían siendo frágiles. No se puede marginar en este breve análisis la brutal militarización de la política gubernamental para intentar frenar la delincuencia común, sobre todo en las grandes urbes de ese país: acción que provocó una creciente ola de violencia e inseguridad.

Bajo estas y otras dinámicas, el énfasis en ayudas y compensaciones económicas acentuó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza. Con ello, el progresismo olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo prevaleciente desde el siglo pasado. Esa meta sigue totalmente vigente en Colombia, donde el actual gobierno Duque expresa una perspectiva neoliberal.

La insistencia del progresismo brasileño en el crecimiento económico como fundamento del desarrollo reforzó un mito que ahora aprovechó Bolsonaro, presentándose como el mejor mediador para alcanzar esa meta. Lo mismo ocurre en Colombia y otros países, donde los gobiernos insisten en el crecimiento económico como la gran meta a perseguir. En cambio, la crítica de izquierda debe, en el siglo XXI, poner ese reduccionismo en discusión.

Las izquierdas no deberían entramparse en esos reduccionismos. Es hora de aceptar que la justicia social es mucho más que la redistribución, así como que la calidad de vida es también más que el crecimiento económico. La criminalización de los movimientos ciudadanos y sociales no puede ser tolerada por una renovación de la izquierda. Estos y otros aspectos apuntan a entender que una verdadera izquierda debe promover y fortalecer el marco de los derechos humanos en todo momento y en todo lugar, más aún desde el gobierno, aún si ello le significa perder una elección, ya que es su única garantía no sólo de su esencia democrática sino de retornar al gobierno.

Ruralidades conservadoras

Las cuestiones alrededor de las ruralidades y el desarrollo agrícola, ganadero y forestal, también están repletas de lecciones a considerar. Bolsonaro llega a la presidencia apoyado entre otros por un ruralismo ultraconservador que festeja sus discursos contra los indígenas, los campesinos y los sin tierra, y que reclama el uso de las armas y la violencia. Podría argumentarse que apunta a ideas y prácticas como las que ya ocurren en muchas zonas de Colombia, donde está muy instalada esa problemática.

Bolsonaro se apoya en la llamada “bancada ruralista”, un sector que ya había llegado al parlamento con el progresismo, en tanto Dilma Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu). Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores se aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos.

Paralelamente, el progresismo fue incapaz de promover una real reforma agraria o en transformar la esencia del desarrollo agropecuario brasileño. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soja transgénica y se multiplicaron los monocultivos y la agroindustria de exportación, y no se apoyó de la misma manera a los pequeños y medianos agricultores. Otras administraciones progresistas, en especial las de Argentina, Ecuador y Uruguay, apostaron al mismo tipo de política agropecuaria.

Todos estos son temas sensibles en Colombia, y si bien esquivarlos podría mejorar algunas chances electorales, una real izquierda no tendrá más remedio que abordarlos. El caso brasileño muestra las consecuencias en no explorar alternativas para el mundo rural, insistiendo en el simplismo de apoyar los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, distribuir asistencias financieras al campesinado.

Las izquierdas, en cambio, deben innovar en propuestas por una nueva ruralidad, abordando en serio no solo la tenencia de la tierra, sino los usos que de ella se hacen, el papel de proveedores de alimentos no sólo para el comercio global sino sobre todo para el propio país. Las izquierdas deben, inclusive, dar un salto fundamental como es entender el territorio como espacio de vida y no simplemente como un factor de producción.

Radicalizar la democracia

La debacle política brasileña también confirma la enorme importancia de una radicalización de la democracia, una de las metas del empuje de izquierda de años atrás y que precisamente el progresismo abandonó. Aquella incluía, por ejemplo, hacer efectiva la participación ciudadana en la política y mejorar la institucionalidad partidaria. Sin embargo, el PT de Brasil concentró cada vez más el poder en el gobierno federal, tuvo un desempeño confuso y hasta perverso: en unos casos volvieron a usar los sobornos a los legisladores (recordemos el primer gobierno de Lula da Silva con el mensalão); persistió el verticalismo partidario (por ejemplo, con Lula eligiendo a su “sucesora”); poco a poco se desmontaron experimentos vigorosos (como los presupuestos participativos); y se usaron las obras públicas en una enorme red de corrupción al servicio de los partidos políticos. El caudillismo partidario se repitió en otros progresismos (como en Ecuador, donde Rafael Correa eligió a su sucesor, o en Argentina donde lo mismo hizo Cristina F. de Kirchner).

Es evidente que una renovación de las izquierdas necesita aprender de esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras y prácticas partidarias. Si no lo hace, solo facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales, con claros rasgos caudillescos.

Otra lección surge de comprender que la obsesión electoralista lleva a prácticas que impiden esa democratización. En efecto, el “miedo a perder la próxima elección” hace que el núcleo gobernante (tanto sus políticos como tecnócratas) se abroquelen, rechacen los reclamos de cambio y apertura, y se inmovilicen. Un temor de ese tipo se evidencia en el progresismo boliviano con su intento de imponer una nueva reelección de dudosa legalidad. Un extremo que en parte se debe a la incapacidad de fortalecer al propio partido político cobijando sucesores y renovaciones, lo cual es otra muestra de debilidad democrática.

Un reto aún mayor para las izquierdas, sobre todo luego de las experiencias progresistas, es reconocer el papel político de los pueblos indígenas en una democratización real.

Renovación de las izquierdas

El triunfo de la extrema derecha en Brasil debe ser denunciado y enfrentado en ese país, como también deben fortalecerse las barreras que impidan otro tanto en los países vecinos. El caso brasileño además muestra que debe analizarse lo realizado por los gobiernos del PT, por sus aspectos positivos, por su duración (recordemos otra vez que ganaron cuatro elecciones), pero también por sus contradicciones. Las alertas sobre la deriva de ese partido y algunos aliados hacia un progresismo que se alejaba de la izquierda fueron desoídas.

Cuestionamientos sobre temas fundamentales como los impactos del “nuevo desarrollismo” primarizado fueron no sólo desatendidos, sino que además activamente se combatieron los debates y se marginaron los ensayos que buscaban las alternativas al desarrollo. Persistían problemas como el debilitamiento en la cobertura de derechos, la violencia en el campo y la ciudades, el maltrato de los pueblos indígenas, y todo tipo de impactos ambientales. Pero distintos actores, tanto dentro de esos países como desde el exterior, aplaudían complacientes incapaces de escuchar las voces de alarma con el pretexto perverso de no hacerle el juego a la derecha.

A pesar de todo, en Brasil como en el resto del continente, se encuentran múltiples resistencias y alternativas que se construyen cotidianamente, especialmente desde espacios comunitarios. Ellas ofrecen inspiraciones para una recuperación de la izquierda, desde la crítica al desarrollismo, los empeños para abandonar la dependencia extractivista o los esfuerzos para salvaguardar los derechos ciudadanos. Allí están los insumos para una nueva izquierda comprometida con horizontes emancipatorios.

Es una izquierda que tiene que ser renovada, para no caer en sus viejas contradicciones, como negar la problemática ambiental, asumir que todo se solucionará con estatizar los recursos naturales o los medios de producción, esconder sus vicios patriarcales o ser indiferente a la multiplicidad cultural expresada por los pueblos indígenas y afro.

La renovación de las izquierdas debe asumir la crítica y la autocrítica, cueste lo que cueste, para aprender, desaprender y reaprender de las experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en tanto busca una convivencia armónica con la Naturaleza, y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista con remontar la inequidad social, y decolonial para superar el racismo, la exclusión y la marginación. Todo esto demanda siempre más democracia.

Notas

1. Los reportes están disponibles en www.globalwitness.org
2. Sobre la distinción entre izquierdas y progresismos, ver por ejemplo, La identidad del progresismo, su agotamiento y los relanzamientos de las izquierdas, E. Gudynas, ALAI, 7 octubre 2015, https://www.alainet.org/es/articulo/172855
3. Sobre algunos balances realizados dentro de Brasil sobre el desempeño del PT, véase entre otros a A. Singer e I. Loureiro (orgs), As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, Boi Tempo, São Paulo, 2016; también a Francisco de Oliveira, Brasil: umabiografianão autorizada, Boi Tempo, São Paulo, 2018.
4. Véanse por ejemplo los detallados análisis de Lena Lavinas, tales como Thetakeover of social policybyfinancialization. TheBrazilianparadox, PalgraveMcMillan, 2017; y en colaboración con D.L. Gentil, Brasil anos 2000. A política social sob regencia da financierização, Novos Estudos Cebrap, 2018.

 

Alberto Acosta fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay.

*El texto es parte de una serie de análisis sobre las implicancias de los cambios políticos en Brasil en distintos países, iniciada con publicaciones en el semanario Voces (Uruguay) y el suplemento Ideas de Página Siete (Bolivia).

 

 

Publicado enPolítica
Prueban con éxito nave para limpiar basura espacial

La nave británica RemoveDEBRIS tuvo éxito en la primera demostración de la tecnología de eliminación activa de desechos espaciales.

Comenzó la fase experimental de su misión el 16 de septiembre, cuando utilizó una red para atrapar un objetivo desplegado que simula una pieza de desechos espaciales.
RemoveDEBRIS fue diseñado, construido y fabricado por un consorcio liderado por el Centro Espacial Surrey de la Universidad de Surrey. Es operado en órbita por ingenieros de Surrey Satellite Technology Ltd en Guildford, Reino Unido.


Guglielmo Aglietti, director del Centro Espacial Surrey, afirmó: estamos encantados con el resultado. Si bien podría parecer una idea simple, la complejidad del uso de una red en el espacio para atrapar un pedazo de escombros llevó muchos años de planificación, ingeniería y coordinación entre el Centro Espacial Surrey, Airbus y nuestros socios.

El sistema ha creado el ‘principio de autodestrucción’: Leonardo Boff

El doctor Leonardo Boff, ecólogo, fue una de las personalidades en materia de defensa del medioambiente que el pasado 20 de agosto acudió a la Universidad Iberoamericana Ciudad de México para ser testigo de la apertura del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad y de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental de esta casa de estudios.

Antes de su participación como panelista en el coloquio ‘Universidad y Sustentabilidad en México’, que la Vicerrectoría Académica de la IBERO llevó a cabo para anunciar las aperturas, Boff, filósofo y uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, accedió a dar varias entrevistas; he aquí lo que respondió en una de ellas.

—En un mundo donde el capitalismo es el sistema económico y político hegemónico ¿es posible mitigar los daños al medio ambiente, a la Madre Tierra?

—Yo creo que dentro del sistema es imposible, porque el sistema en sí mismo es altamente destructivo de la naturaleza, la explota y no se siente parte de la naturaleza, sino que se siente su señor y dueño, y dispone de ella a su antojo.

Eso ha creado toda la cultura moderna, ha cambiado al planeta Tierra y simultáneamente ha creado el ‘principio de autodestrucción’, sea con armas químicas, nucleares o biológicas; sea también por las reacciones que la Tierra está teniendo de cara a la agresión sistemática que está sufriendo y que aparece bajo el nombre de calentamiento global.

Calentamiento global que se manifiesta a través de efectos extremos: grandes sequías, grandes inviernos, volcanes que se han activado, huracanes y grandes inundaciones; los que dejan ver que la Tierra perdió su equilibrio y su centro. Eso es consecuencia de un tipo de relación que tenemos con la naturaleza, que no es una relación de cooperación y de respeto, sino de dominación y de explotación.

De seguir ese rumbo vamos al encuentro de lo peor. A mi juicio, y lo que otros tantos ecólogos dicen, puede ser una tragedia ecológica-social que puede diezmar gran parte de la biósfera y hacer desaparecer también a gran parte de la humanidad.

—¿Cómo proteger a la ‘Pacha Mama’ (la Madre Tierra) y a las comunidades originarias que viven en las grandes reservas ecológicas, de la depredación de los grandes capitales, por ejemplo, de la extracción minera y petrolera, la industria turística, etcétera?

—En Brasil tenemos el problema del agronegocio que está avanzando terriblemente sobre la Amazonia, la Amazonia que es importante para el equilibrio de los climas mundiales y para la biodiversidad.

Yo creo que la mejor manera de defender esa riqueza natural es por medio de los habitantes que ahí viven: pueblos originarios, personas que trabajan en la pesca, en la foresta, en la extracción de los bienes, pero preservando los árboles y las fuentes de su riqueza; ellos los saben proteger y conocen la forma de manejar esa realidad sin dañarla. La figura más emblemática en esto fue Chico Mendes, quien ideó cómo sacar los bienes de la foresta, sean frutas o medicinas, pero preservando la foresta.

Asimismo, se necesita de un proceso de educación colectiva de toda la humanidad, que parte de dos razones. Una, del miedo; a que cuando el ser humano se da cuenta que puede desaparecer, porque la Tierra está manifestando el agotamiento de los bienes y servicios, y el ser humano puede desaparecer dentro de una catástrofe ecológica-social, entonces cambia, porque el instinto de vida es más fuerte que el instinto de muerte.

Segunda, hay que reeducar a los seres humanos: en la forma de producir, respetando los bienes de la naturaleza; en la forma de consumir; tener un sentido de solidaridad con todos y compartir los bienes de la naturaleza y los bienes industriales. Es un equilibrio difícil pero tenemos que llegar a eso, a un consumo consciente y generoso, y a mantener un equilibrio en relación con las leyes de la naturaleza.
Ese es un trabajo que debe atravesar todas las sociedades, que todos se den cuenta de que somos responsables del futuro del sistema vida, del sistema Tierra y de nuestra civilización. Si no hacemos eso, podemos ir al encuentro de lo peor.

—Dentro del actual mundo desigual, donde los menos concentran la mayor parte de la riqueza, ¿cómo promover el desarrollo económico y social de todos, principalmente de los más pobres, sobre todo los que viven en zonas rurales?

—El sistema como totalidad es insostenible, porque a donde llega crea dos fenómenos. Primero, una profunda desigualdad entre aquellos que tienen y acumulan, y al lado y como consecuencia, genera una pobreza muy grande. Por otra parte, también crea una injusticia ecológica, que es la súper explotación del medioambiente, de los bienes y servicios de la naturaleza. Es un sistema dañino para la vida, que acumula en una parte y genera una inmensa pobreza en otra; y eso es insuperable, es la lógica del sistema.

Por eso tenemos que generar alternativas, que a mi juicio empiezan trabajando el territorio, lo que en ecología se llama biorregionalismo, porque ahí se puede crear la sustentabilidad, con la región, con los recursos que tiene, de agua, de bienes de la naturaleza, con la cultura de la población. Un biorregionalismo definido no por las divisiones artificiales nuestras, en estados y municipios, sino como la naturaleza se dividió, con ríos y montañas.

Crear ahí una totalidad que puede ser sostenible, con pequeñas empresas, un sentido comunitario de producción y distribución, incluyendo toda la parte cultural, de las fiestas, tradiciones, celebraciones de sus héroes, de sus personas significativas. Esa totalidad puede ser sostenible; pero en pequeño.

Pero el sistema, como sistema global, no es sostenible; porque es una amenaza que ha llevado a una guerra total contra la Tierra, sea en el aire, sea en el suelo, sea en el mar. Y esa guerra el ser humano no tiene ningún chance de ganarla, porque la Tierra es más fuerte. Nosotros necesitamos a la Tierra, pero la Tierra no nos necesita, ella puede seguir adelante sin nosotros.

—¿En el presente contexto de crisis ecológica, económica y social valdría la pena tener una segunda oleada de la teología de la liberación, que ponga en los medios de comunicación e imaginario colectivo estos problemas y la necesidad de optar por los pobres?

—Sí. El eje central de la teología de la liberación es la opción por los pobres, luchar contra la pobreza, en favor de la justicia social y la liberación. Y dentro de los pobres, hay que poner al gran pobre, que es la Tierra. Hay que tratarla de tal manera que se protejan los bienes y servicios necesarios para la vida; ese es el sentido de la carta encíclica del Papa Francisco, Laudato Si´, cómo cuidar de la Casa Común (la Tierra).
Aquí la palabra clave es cuidar. Cuidar es una relación amigable, amorosa, protectora de la realidad. Si no hacemos eso, vamos atropellando, destruyendo y creando las condiciones para tener una gran crisis ecológica-social que puede damnificar a gran parte de la biósfera y a la misma especie humana.

—¿Cómo pueden las universidades, como la Iberoamericana, ayudar a promover la sustentabilidad, el cuidado de la Tierra?

—Es una tarea de todas las facultades, es decir, hay que ecologizar todas las ciencias. Cada ciencia tiene que dar su aporte, sea la física, sean las matemáticas, sea la pedagogía; todas juntas deben tener como centralidad crear comportamientos y conocimientos que favorezcan la vida y no solamente al mercado, que permitan la participación de todos y que no hayan excluidos, que tengamos una relación de pertenencia a la naturaleza, a la Tierra, y no de dominación sobre ella.

Una universidad puede crear una especie de cosmovisión que incorpore de forma sistemática en todos sus cursos esa preocupación por el futuro del sistema vida, del sistema humanidad. Porque si no nos preocupamos ahora no tendremos el tiempo ni la sabiduría suficiente para cambiar, será demasiado tarde e iremos al encuentro de una gran catástrofe ecológica-social.

—¿Qué opina de la apertura del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad y de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental de la IBERO?

—Yo lo entiendo como si fueran una semilla, algo que empieza como una semilla. Dentro de la semilla hay de todo, hay las raíces, hay el tronco, hay las hojas, hay las flores, hay los frutos.

Desde esas semillas se puede irradiar a las demás facultades. Crear una red donde cuestiones de sustentabilidad son discutidas juntos, y cómo cada ciencia puede aportar y cómo cada uno puede hacer las transformaciones, porque se habla de la gran transformación de la modernidad. Esa gran transformación tiene que empezar con la transformación de uno mismo, de tener un sentido de respeto a todo lo que vive, existe, de tener un consumo más solidario, de no ser consumista, de cuidar el agua, el aire.

Finalmente, del cuidado que recubre todas las dimensiones de lo humano, especialmente las relaciones, para que no sean agresivas, no lleguen a crear marginalidad. Hay gente en la humanidad que se da cuenta que solamente tenemos esta Casa Común (la Tierra) y no hay un plan B, o cuidamos de ésta o entonces vamos al encuentro de la destrucción.

Publicado enMedio Ambiente
La experiencia urbana y su relación territorial expandida

Más allá de identificar las tensiones permanentes de habitar la ciudad, la sociedad está llamada a cuestionarla y actuar desde la construcción –o destrucción– de paradigmas urbanos que derroten la individualidad, la desigualdad y la pobreza desde el posicionamiento de actuaciones alrededor del medio ambiente y la acción prioritaria por el ser humano.

 

Hablar de ciudad conduce a pensar, casi inmediatamente, en las características físicas del concepto, su infraestructura y la facilidad que brinda tal o cual escenario para que una persona pueda acceder a una gama de servicios diferenciados. A partir de ello sería posible decir que generalmente la ciudad se concibe como uno de los resultados de la modernización.

 

Desde las Leyes de Indias, promulgadas en Europa con el fin de regular la vida en sociedad en los territorios de América invadidos y colonizados, se impuso una visión de ciudad que debería cumplir con ciertas características físicas. La definición de un centro (plaza) que está delimitado por las instituciones que representan autoridad y poder, como la iglesia católica, las instituciones que administran justicia y los lugares de decisiones de la vida pública, así como su mantenimiento con el pasar de los años, son la expresión del intento por regularizar la vida social en medio del tránsito hacia la modernidad.



Este patrón urbano, construido desde el poder, y reglado por las instituciones, terminó por consolidarse como el método formal y ordenado de construir la ciudad. Sin embargo, esa forma impuesta que ha cambiado de acuerdo a épocas, tendencias y dinámicas globales, ha desatado en la actualidad el establecimiento de un modelo de ciudad cuyo enfoque se ha limitado a desarrollar lo físico-espacial bajo pautas de mercado que destacan fundamentalmente una imagen, por encima del desarrollo socio-espacial que humanice la ciudad y, en consecuencia, las haga sostenibles, saludables y vivibles. Las ciudades en la actualidad no dialogan con sus habitantes y están reguladas simbólicamente por aquellas instituciones dedicadas a mantener un statu quo.



En este sentido, es necesario rescatar vértices de la ciudad que han sido menguados. Se trata de un espacio fundamentalmente social, y que por ende no puede ser predeterminada de antemano ya que es producida y construida por las interacciones sociales cotidianas que se dan dentro de un contexto político, ideológico, social y cultural determinado; es por ello que hablar de ciudad nos remite a hablar también de democracia. La ciudad es, finalmente, un organismo complejo donde la imagen de felicidad no es más que un sofisma que atenúa las tensiones que la vida social produce dentro de lo urbano.

 

La cotidianidad es la vida de la ciudad

 

La vivienda, la movilidad, los servicios públicos, las infraestructuras públicas, los equipamientos, y demás aspectos característicos de las ciudades se encuentran en constante interacción y resuelven, en diferentes medidas, problemáticas asociadas a lo urbano. Sin embargo, la realidad cotidiana, manifiesta de diferentes maneras a lo largo del territorio urbano, queda desvanecida ante los ejercicios de planeación, superando rápidamente las acciones planteadas por las instituciones desde la formalidad. Esta realidad es la que se vislumbra, tornándose discusión en los escenarios públicos que la ciudad –planeada o no– permite sean permeados por la cotidianidad y las tensiones de la vida que fluye a su interior.

 

En este sentido, la vida urbana también es el encuentro entre las distintas ciudadanías o sujetos urbanos cuya mayor actividad se da en los espacios abiertos como el lugar ideal para el desarrollo y consolidación de la democracia. Es así que el espacio público, ideológicamente hablando, es utilizado como herramienta homogeneizadora de la población, bajo paradigmas como la cultura ciudadana, que establece unos “usos adecuados”, normalmente relacionados con el mero tránsito o paso de peatones, espacio que es reforzado por estructuras físicas que no incluyen lugares para la permanencia o la contemplación.

 

Habitar el espacio público en los diferentes modelos de ciudad

 

El espacio público como lugar de reunión, es un escenario que se complejiza a partir de las diferentes prácticas y usos que le dan, y en esa medida constituye un espacio de encuentro que pone de manifiesto las diferencias y consensos entre la sociedad que acude al mismo.

 

Sin embargo, por lo menos en las actuales ciudades de Latinoamérica, la concepción del espacio público es cada vez más condicionante, lo que obliga a la ciudadanía asistente a replegarse a ciertas prácticas, omitiendo la diversidad en las representaciones culturales que a éste se remiten. Este tipo de espacio público fomenta la segregación, en tanto se construyen espacios para niños (parques) y ciclistas (ciclorutas), pero pocas veces espacios donde diversos sujetos (ancianos, niños, mujeres, estudiantes y deportistas) puedan convivir y encontrarse.

 

En lugar de generar un espacio público abierto, universal y accesible, un espacio que permita construir la colectividad y afianzar la posibilidad de establecer consensos ante las tensiones que resaltan en éste, el espacio público ha terminado por ser convertido en la herramienta propicia del mercado inmobiliario para potenciar sus propuestas urbanas caracterizadas, principalmente, por ser cerradas, focalizadas, conservadoras y aisladas, evitando así que la ciudad sea un espacio generador de experiencias desde el encuentro entre diferentes actores urbanos

 

Un ejemplo concreto de este análisis es el que surge de la vivencia en la ciudad con los centros comerciales o rascacielos, donde el espacio tejido con la ciudad está estrechamente vinculado a las actividades económicas que estos ofrecen. Es así como edificios como el BD Bacatá en Bogotá, o los centros comerciales en general, son una especie de coraza que no ofrece un relacionamiento con la ciudad distinto a una experiencia de consumo, a pesar de las grandes áreas y servicios urbanos que ocupan.

 

Este es el nuevo espacio público, que reemplaza las aceras y plazas por corredores y pasillos entre una multiplicidad de almacenes, un espacio que llama al consumo y a la individualidad. Un espacio que logra estructurar un escenario silenciador de las tensiones y, en consecuencia, de la posibilidad de consensuar sobre las mismas, un espacio que actúa en contraposición a las múltiples formas de tejer el territorio desde dinámicas participativas, como destaca en acciones de mejoramiento de barrios en Medellín o Bogotá.

 

Estamos entonces ante una opción para la ciudad, la cual sigue siendo una extensa malla de relaciones físicas y sociales, y que es el enclave territorial que precisa repensar su forma y relación en torno a lo colectivo y lo común. Ciertamente, el espacio público es ese hilo conector que permite abrir el encuentro en una ciudad atiborrada de construcciones, lo cual implica que estas conexiones superen la noción meramente funcional de la circulación de sus habitantes.

 

Es decir, el espacio público debe permitir organizar la vida colectiva y la reinterpretación de la ciudad a partir del reconocimiento de las diferentes representaciones culturales y políticas de la sociedad, de manera que la experiencia en lo urbano sea un ejercicio activo de apropiación que responda a las necesidades de la comunidad, todo ello por encima de los intereses inmobiliarios o económicos del mercado.

 

A partir de esto es necesario que la sociedad cuestione, desde su experiencia urbana, cuáles son las decisiones de ciudad y qué prioridad tiene lo humano, pues el espacio urbano –tal como si fuera un organismo complejo– mantiene una dinámica relacional no solamente dentro de sí, con sus múltiples sucesos, sino hacia fuera, con el espacio rural, del cual percibe una enorme cantidad de servicios sin los cuales sería imposible soportar sus actividades.

 

¿Ciudades más allá del capitalismo?

 

En la medida en que la renta sea lo que determine la construcción de ciudad, los usos colectivos serán desechados y dejados a la deriva. Es por ello que la ciudad es el espacio predilecto para la reproducción del capitalismo, el flujo e intercambio rápido de mercancías y servicios, lo que se pone de manifiesto en la forma como es ocupa el suelo, junto con las lógicas de uso establecidos en estos. Los usos agropecuarios y ambientales o de conservación del territorio, tal como el espacio público, quedaron supeditados a las necesidades de las urbes, de manera que la expansión y el desarrollo de las ciudades suceden a expensas de estos.

 

En este sentido, es necesario enfatizar en que el sostenimiento de las ciudades está estrechamente ligado al funcionamiento de grandes zonas que no son urbanas las cuales permiten el abastecimiento de agua, alimentos y generación de energía, así como de zonas para la disposición de residuos y recepción de vertimientos, entre otros, lo cual representa una dinámica ultra funcional que está a merced de prioridades lejanas a la de fortalecer las dinámicas relacionales entre las personas, la naturaleza y los espacios que habitan, lo que genera un claro desbalance entre las ciudades y las áreas rurales necesarias para garantizar estos procesos.

 

Es en este sentido que la disputa por el territorio es un suceso expandido entre las dinámicas urbanas y rurales-ambientales, disputa reflejada en la generación de conflictos como, en el caso de Bogotá, los que están ligados a la urbanización de los Cerros Orientales y el área rural de la localidad de Usme, o de áreas protegidas como en el Parque Nacional Farallones de Cali, o la ocupación sobre espacios de ronda y su posterior inundación, como sucedió en la cuenca del río Tunjuelo en la localidad de Bosa al sur de la capital del país, o con las viviendas de alto costo en la cuenca del río Bogotá en el municipio de Chía.

 

Bajo el actual modelo económico, la ciudad consume recursos externos y territorio, invade, desplaza, niega, impone; realidad que invita a pensar en nuevas formas de planificarla, gestionarla y construirla, eliminando o disminuyendo las desigualdades territoriales que genera su desarrollo. Es por ello que el encuentro y la interacción entre las diversas ciudadanías y sujetos urbanos también implican el relacionamiento de estos con los sujetos campesinos, los habitantes y cuidadores de áreas protegidas.

 

Los espacios de borde urbano rural, que se vienen consolidando en localidades como Usme y San Cristóbal en Bogotá, por ejemplo, dan cuenta de la posibilidad del encuentro, de la viabilidad de generar espacios públicos integrales donde se armonicen los usos y prácticas urbanas, rurales y ambientales en la ciudad. Prácticas que surgen desde abajo y que reivindican el derecho a la ciudad, a una ciudad diversa e incluyente en donde la experiencia urbana sea resultado de prácticas colectivas.

Publicado enEdición Nº249
El capitalismo, no “la naturaleza humana”, fue lo que acabó con nuestro impulso para enfrentar el cambio climático

Este domingo, la revista del New York Times entera estará dedicada a un solo artículo sobre un único tema: el fracaso a la hora de enfrentar la crisis climática global en la década de 1980, una época en que la ciencia y la política parecían alinearse. Escrito por Nathaniel Rich, esta obra de la historia está llena de revelaciones internas sobre caminos no tomados que, en varias ocasiones, me hicieron maldecir en voz alta. Y para que no quede ninguna duda de que las implicaciones de esas decisiones quedarán grabadas en el tiempo geológico, las palabras de Rich aparecen reforzadas por las fotografías aéreas a toda plana de George Steinmetz, que documentan de forma dolorosa la veloz desintegración de los sistemas planetarios, desde el agua torrencial donde solía haber hielo en Groenlandia, a las floraciones masivas de algas en el tercer lago más grande de China.

El artículo, con una extensión de novela corta, representa el tipo de compromiso de los medios que la crisis climática se ha merecido siempre aunque casi nunca se le ha dedicado. Todos hemos escuchado las diversas excusas de por qué ese pequeño asunto de expoliar nuestro único hogar no se consideraba una noticia urgente: "El cambio climático es cosa de un futuro lejano"; "es inapropiado hablar de política cuando la gente está perdiendo la vida por los huracanes y los incendios"; "los periodistas siguen las noticias, no las crean, y los políticos no hablan del cambio climático"; y, por supuesto: "Cada vez que intentamos hablar del tema, los índices de audiencia se desploman".


Ninguna de estas excusas puede enmascarar el abandono del deber. Los principales medios de comunicación siempre han podido decidir, por sí mismos, que la desestabilización planetaria es una gran noticia, muy probablemente la más relevante de nuestro tiempo. Siempre tuvieron la capacidad de aprovechar las habilidades de sus reporteros y fotógrafos para conectar la ciencia abstracta con los fenómenos climáticos extremos experimentados. Y si lo hicieran de forma consistente, disminuiría la necesidad que de los periodistas se adelanten a los políticos porque cuanto mejor informada esté la gente sobre la amenaza y las soluciones tangibles, más presionarán a sus representantes electos para que se decidan por acciones audaces.


Por eso es tan excitante ver que el Times pone toda la fuerza de su maquinaria editorial al servicio de la obra de Rich, acompañándola de un video promocional, lanzándola con un evento en vivo en el Times Center y acompañándola de material educativo .


Por todo ello es por lo que resulta tan indignante que el artículo se equivoque de forma espectacular en su tesis central.


Según Rich, entre los años de 1979 y 1989, se entendió y aceptó la ciencia básica relativa al cambio climático; la división partidista sobre la cuestión aún no se había producido, las empresas de combustibles fósiles aún no habían iniciado seriamente su campaña de desinformación y había un enorme impulso global para conseguir un acuerdo internacional vinculante y audaz de reducción de emisiones. Al escribir sobre el período clave de finales de los ochenta, Rich dice: "Las condiciones para el éxito no podrían haber sido más favorables".


Y, sin embargo, "nosotros", los seres humanos, lo echamos todo a perder porque al parecer somos demasiado miopes para salvaguardar nuestro futuro. En caso de que no entendamos a quién y a qué hay que culpar por el hecho de que estemos ahora "perdiendo el planeta", la respuesta de Rich se presenta en un recuadro a toda página: "Conocíamos todos los hechos y nada se interponía en nuestro camino. Nada, excepto nosotros mismos".


Sí, Vds. y yo. Según Rich, no eran responsables las compañías de combustibles fósiles que acudían a cada reunión política importante descrita en el artículo. (Imagínense a los ejecutivos del tabaco siendo repetidamente invitados por el gobierno estadounidense para proyectar políticas que prohibieran fumar. Cuando todas esas reuniones no consiguieron resultado sustancial alguno, ¿no deberíamos llegar a la conclusión de que la razón de ello es que los seres humanos sólo queremos morirnos? En cambio, ¿no podríamos llegar a la conclusión de que el sistema político es corrupto y está en quiebra?


Varios científicos e historiadores del clima han señalado esta lectura equivocada desde que la versión online del artículo apareció el miércoles. Otros han comentado sobre las enloquecedoras invocaciones de la "naturaleza humana" y el uso del regio "nosotros" para describir a un grupo muy homogéneo de poderosos actores estadounidenses. A lo largo del relato de Rich, no oímos nada de todos aquellos líderes políticos del Sur Global que exigían una acción vinculante en este período clave y después se preocupaban de algún modo por las generaciones futuras a pesar de ser humanos. Al mismo tiempo, las voces de las mujeres son casi tan raras en el texto de Rich como los avistamientos del pájaro carpintero real en peligro de extinción, y cuando las señoras aparecen, es principalmente como esposas sufridoras de hombres trágicamente heroicos.


Todos estos fallos han sido ya abordados, por eso no voy a discutirlos de nuevo aquí. Me centraré en la principal premisa del artículo: que a finales de la década de 1980 las condiciones no "podían haber sido más favorables" para una acción climática audaz. Bien al contrario, una apenas podría imaginar un momento más inoportuno en la evolución humana para que nuestra especie se encontrara cara a cara con la dura verdad de que las ventajas del moderno capitalismo consumista estaban erosionando rápidamente la habitabilidad del planeta. ¿Por qué? Porque los últimos años ochenta estábamos en el cenit absoluto de la cruzada neoliberal, un momento de suprema ascendencia ideológica para el proyecto económico y social que se propuso vilipendiar deliberadamente la acción colectiva en aras a la liberación del "libre mercado" en los aspectos de la vida. Sin embargo, Rich no menciona esta turbulencia paralela en el pensamiento económico y político.


Cuando ahondé en esta misma historia del cambio climático hace unos años, llegué a la conclusión, al igual que Rich, que el momento clave en que el impulso mundial se estaba forjando en aras a un acuerdo global firme basado en la ciencia se produjo en 1988. Fue cuando James Hansen, entonces director del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA, testificó ante el Congreso alegando que tenía un "99% de seguridad" en que había una "tendencia real hacia el calentamiento" vinculada con la actividad humana. Más tarde, ese mismo mes, cientos de científicos y políticos celebraron la histórica Conferencia Mundial sobre Cambios en la Atmósfera en Toronto, cuando se discutió sobre los primeros objetivos para la reducción de emisiones. A finales de ese mismo año, en noviembre de 1988, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, la principal entidad científica para asesorar a los gobiernos sobre la amenaza climática, celebraba su primera sesión.


Pero el cambio climático no sólo preocupaba a políticos y expertos, había pasado a formar parte de las conversaciones cotidianas y charlas de café, a tal nivel que cuando los editores de la revista Time anunciaron en 1988 su "Hombre del Año", optaron por cambiarlo por el "Planeta del Año: La Tierra en Peligro". La portada mostraba una imagen del mundo sostenido con un cordel, con el sol poniéndose al fondo de forma inquietante. "Ningún individuo en particular, ningún acontecimiento, ningún movimiento logró capturar la imaginación ni dominó más los titulares", explicaba el periodista Thomas Sancton, "que el grupo de rocas y suelo y agua y aire que es nuestro hogar común".


(Curiosamente, a diferencia de Rich, Sancton no culpaba a la "naturaleza humana" del pillaje planetario. Siguió profundizando en el uso indebido del concepto judeocristiano de "dominio" sobre la naturaleza y en el hecho de que suplantó la idea precristiana de que "la Tierra era considerada como madre, como donante fértil de vida. La naturaleza -el suelo, el bosque, el mar- estaba investida de divinidad y los mortales estaban subordinados a ella.)


Cuando examiné las noticias climáticas de este período, parecía que podría lograrse realmente un cambio profundo. Pero después, de forma trágica, todo se desvaneció, con Estados Unidos largándose de las negociaciones internacionales y el resto del mundo conformándose con acuerdos no vinculantes que dependían de "mecanismos de mercado" sospechosos, como la comercialización y compensaciones de bonos del carbono. Por tanto, merece realmente la pena preguntar, como lo hace Rich: ¿Qué demonios sucedió? ¿Qué fue lo que interrumpió la urgencia y la determinación que emanaban de todos estos establishment elitistas de forma simultánea al final de los años ochenta?


Rich concluye, aunque sin ofrecer ninguna prueba social o científica, que algo llamado "naturaleza humana" se puso a dar patadas y lo estropeó todo. "Los seres humanos", escribe, "ya sea en organizaciones globales, democracias, industrias, partidos políticos o como individuos, son incapaces de sacrificar las ventajas presentes para evitar el desastre impuesto a las generaciones futuras". Parece que estamos programados para "obsesionarnos con el presente, preocuparnos por el medio plazo y eliminar de nuestra mente el término a largo plazo, aunque acabemos envenenados por ello".


Al examinar el mismo período, llegué a una conclusión muy diferente: que lo que al principio parecía ser nuestro mejor intento para salvar la vida de la acción climática había sufrido, en retrospectiva, un caso épico de mal momento histórico. Porque lo que queda claro cuando se mira hacia atrás en esta coyuntura es que justo cuando los gobiernos se estaban uniendo para actuar seriamente a fin de controlar el sector de los combustibles fósiles, la revolución neoliberal global se convirtió en supernova y ese proyecto de reingeniería económica y social chocó a cada paso con los imperativos tanto de la ciencia del clima como de la regulación corporativa.


El hecho de no hacer siquiera una referencia pasajera a esta otra tendencia global que estaba desarrollándose en los últimos años ochenta representa un gran punto ciego incomprensible en el artículo de Rich. Después de todo, el principal beneficio de volver como periodista a un período en un pasado no muy lejano es que puedes ver tendencias y pautas que aún no resultaban visibles para las personas que vivieron esos tumultuosos acontecimientos en tiempo real. Por ejemplo, en 1988, la comunidad del clima no tenía manera de saber que estaban en la cúspide de la convulsa revolución neoliberal que transformaría todas las economías principales del planeta.


Pero nosotros sí lo sabemos. Y una cosa que queda muy clara cuando se mira hacia atrás, en los finales ochenta, es que desde ofrecer "condiciones para el éxito que no podrían haber sido más favorables", 1988-89 fue el peor momento posible para que la humanidad decidiera que iba a tomarse en serie el hecho de poner la salud planetaria por delante de los beneficios.


Recuerden qué otras cosas estaban pasando. En 1988, Canadá y Estados Unidos firmaron su acuerdo de libre comercio, un prototipo del NAFTA (siglas en inglés del Tratado de Libre Comercio de América del Norte) y de los innumerables acuerdos que lo seguirían. El muro de Berlín estaba a punto de caer, un acontecimiento que los ideólogos de la derecha aprovecharían con éxito en EE. UU. como prueba del "fin de la historia", tomándolo como licencia para exportar la receta Reagan-Thatcher de privatización, desregulación y austeridad a todos los rincones del mundo.


Fue esta convergencia de tendencias históricas -la aparición de una arquitectura global que se suponía iba a abordar el cambio climático y el afianzamiento de una arquitectura global mucho más poderosa que iba a liberar el capital de cualquier restricción- lo que hizo descarrilar el impulso que Rich identifica correctamente. Porque, como señala repetidamente, enfrentar el desafío del cambio climático hubiera requerido imponer rígidas regulaciones a los contaminadores, a la vez que invertir en la esfera pública para transformar la forma en que impulsamos nuestras vidas, vivimos en las ciudades y nos movemos.


Todo esto fue posible en los años 80 y 90 (todavía lo es hoy), pero habría exigido una batalla frontal contra el proyecto del neoliberalismo, que en ese momento estaba librando una guerra contra la idea misma de la esfera pública ("La sociedad no existe", nos dijo Thatcher). Mientras tanto, los acuerdos de libre comercio que se firmaron en este período estaban desarrollando muchas iniciativas climáticas sensatas, como subvencionar y ofrecer un trato preferencial a la industria verde local y rechazar muchos proyectos contaminantes como la fractura hidráulica y los oleoductos, que son ilegales en virtud del derecho comercial internacional.


Sobre esta colisión entre el capitalismo y el planeta escribí un libro de 500 páginas, y no quiero entrar de nuevo en los detalles aquí. Sin embargo, este extracto se introduce en el tema con cierta profundidad, por lo que citaré aquí un breve fragmento:


No hemos hecho lo necesario para reducir las emisiones porque eso entra fundamentalmente en conflicto con el capitalismo desregulado, la ideología reinante durante todo el período en el que hemos estado luchando para encontrar una salida a esta crisis. Estamos atrapados porque las acciones que nos darían la mejor oportunidad para evitar una catástrofe -que beneficiarían a la gran mayoría- son extremadamente amenazadoras para una élite minoritaria que tiene un dominio absoluto sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de nuestros principales medios de comunicación. Ese problema podría no haber sido insuperable si se hubiera presentado en otro momento de nuestra historia. Pero es nuestra gran desgracia colectiva que la comunidad científica hiciera su decisivo diagnóstico sobre la amenaza climática en el preciso momento en que esas élites disfrutaban de un poder político, cultural e intelectual más ilimitado que en cualquier momento desde la década de 1920. De hecho, los gobiernos y los científicos habían empezado a hablar seriamente sobre los recortes radicales a las emisiones de gases de efecto invernadero en 1988, el año exacto que marcó el comienzo de lo que se llamó "globalización".


¿Por qué es importante que Rich no mencione este choque y, en cambio, afirme que nuestro destino ha sido sellado por la "naturaleza humana"? Es importante porque si la fuerza que interrumpió el impulso hacia la acción somos "nosotros mismos", entonces el titular fatalista en la portada de la revista New York Times Magazine "Perdiendo la Tierra" es realmente merecido. Si la incapacidad de sacrificarnos a corto plazo por una dosis de salud y seguridad en el futuro se cuece en nuestro ADN colectivo, entonces no tenemos ninguna esperanza de cambiar las cosas a tiempo para evitar un calentamiento verdaderamente catastrófico.


Por otra parte, si nosotros, los seres humanos, estuvimos realmente a punto de salvarnos en los años 80, pero nos vimos inundados por una oleada de fanatismos por parte de la élite del libre mercado, a la que se oponían millones de personas en todo el mundo, entonces ahí hay algo bastante concreto que podemos hacer al respecto. Podemos enfrentar ese orden económico y tratar de reemplazarlo con algo que esté enraizado en la seguridad humana y planetaria, esa que no coloca la búsqueda del crecimiento y el beneficio a toda costa en su centro.


Y la buena noticia -y sí, hay alguna- es que hoy, a diferencia de 1989, un movimiento joven y en crecimiento de socialistas democráticos verdes está avanzando precisamente con esa visión en EE. UU. Y eso representa algo más que sólo una alternativa electoral: es nuestra única línea de vida planetaria.


Sin embargo, tenemos que tener claro que la línea de vida que necesitamos no es algo que haya sido probado antes, al menos no en la escala requerida. Cuando el Times tuiteó su tráiler del artículo de Rich sobre "la incapacidad de la humanidad para enfrentar la catástrofe del cambio climático", la excelente ala de ecojusticia de los Socialistas Democráticos de América ofreció velozmente estacorrección : "*CAPITALISMO* Si fueran serios a la hora de investigar qué ha ido tan mal, deberían centrarse en la ‘incapacidad del capitalismo para abordar la catástrofe del cambio climático’. Por encima del capitalismo, *la humanidad* es totalmente capaz de organizar sociedades que prosperen dentro de límites ecológicos".


Su punto de vista es bueno, pero está incompleto. No hay nada esencial sobre los seres humanos que viven bajo el capitalismo; los humanos somos capaces de organizarnos en todo tipo de órdenes sociales diferentes, incluidas las sociedades con horizontes de tiempo mucho más largos y con mucho más respeto por los sistemas de apoyo a la vida natural. De hecho, los humanos han vivido de esa manera durante la gran mayoría de nuestra historia y muchas culturas indígenas mantienen vivas hasta el día de hoy las cosmologías centradas en la tierra. El capitalismo es un breve incidente en la historia colectiva de nuestra especie.


Pero culpar simplemente al capitalismo no es suficiente. Es absolutamente cierto que el impulso hacia el crecimiento y las ganancias sin fin se oponen rotundamente al imperativo de una transición rápida en el abandono de los combustibles fósiles. Es absolutamente cierto que el desencadenante global de la forma desatada de capitalismo conocida como neoliberalismo en los años 80 y 90, ha sido el mayor contribuyente al desastroso pico de las emisiones globales en las últimas décadas, así como el mayor obstáculo para la acción climática basada en la ciencia desde que los gobiernos comenzaron a reunirse para hablar (y hablar y hablar) sobre la reducción de emisiones. Y sigue siendo el mayor obstáculo hoy en día, incluso en países que se promocionan como líderes climáticos, como Canadá y Francia.


Pero tenemos que ser honestos y reconocer que el socialismo industrial autocrático ha sido también un desastre para el medioambiente, como lo demuestra radicalmente el hecho de que las emisiones de carbono descendieron brevemente cuando las economías de la antigua Unión Soviética se colapsaron a principios de los años noventa. Y como escribí en "Esto lo cambia todo", el petropopulismo venezolano ha continuado con esta tradición tóxica hasta nuestros días, con resultados desastrosos.


Reconozcamos este hecho al tiempo que señalamos que los países con una fuerte tradición socialista democrática, como Dinamarca, Suecia y Uruguay, tienen algunas de las políticas ambientales más visionarias del mundo. De esto podemos concluir que el socialismo no es necesariamente ecológico, pero que una nueva forma de ecosocialismo democrático, con la humildad de aprender de las enseñanzas indígenas sobre los deberes para con las generaciones futuras y la interconexión de toda la vida, parece ser la mejor oportunidad que tiene la humanidad para la supervivencia colectiva.


Estas son las apuestas del aluvión de candidatos políticos que están promoviendo una visión democrático ecosocialista, conectando los puntos entre los expolios económicos causados por décadas de ascendencia neoliberal y el devastado estado de nuestro mundo natural. Inspirados en parte por la carrera presidencial de Bernie Sanders, candidatos de diversos tipos, como Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York, Kaniela Ing en Hawai y muchos más, se presentan en plataformas que piden un "Nuevo acuerdo ecológico" que satisfaga las necesidades materiales básicas de todos, ofrezca soluciones reales a las desigualdades raciales y de género, al tiempo que catalice una transición rápida al cien por cien de energía renovable. Muchos, como la candidata a gobernadora de Nueva York, Cynthia Nixon, y el candidato a fiscal general de Nueva York, Zephyr Teachout, se han comprometido a no aceptar dinero de las compañías de combustibles fósiles y, en cambio, estánprometiendo procesarlas.


Estos candidatos, se identifiquen o no como socialistas demócratas, rechazan el centrismo neoliberal del establishment del Partido Demócrata, con sus tibias "soluciones basadas en el mercado" para la crisis ecológica, así como la guerra total de Donald Trump contra la naturaleza. También están presentando una alternativa concreta ante los socialistas extractivistas antidemocráticos del pasado y del presente. Y quizá lo más importante, esta nueva generación de líderes no está interesada en convertir a la "humanidad" en chivo expiatorio de la avaricia y corrupción de una élite minúscula. Busca en cambio ayudar a la humanidad, en particular a sus innumerables miembros sistemáticamente desconocidos, a encontrar su voz y poder colectivos para poder enfrentarse a esa élite.


No estamos perdiendo la Tierra, pero esta se está calentando de forma tan veloz que está inmersa en una trayectoria en la que muchos de nosotros vamos a perdernos. Justo a tiempo, está apareciendo un nuevo camino político hacia la seguridad. No es el momento de lamentar nuestras décadas perdidas. Es hora ya de salir del infierno por ese camino.

Naomi Klein, periodista e investigadora canadiense de gran influencia en el movimiento antiglobalización y el socialismo democrático. Entre sus libros publicados figuran: No Logo, Vallas y Ventanas, Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima. Su nuevo libro es: Decir no, no basta: Contra las nuevas políticas del shock, por el mundo que queremos.


The Intercept

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández


Fuente: https://theintercept.com/2018/08/03/climate-change-new-york-times-magazine/

 

Publicado enMedio Ambiente
Millones de jóvenes, lejos de lograr las condiciones para su desarrollo

- Propone la ONU fortalecer salud y educación para mejorar su futuro.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que hay mil 800 millones de personas que tienen entre 10 y 24 años. Se considera que nunca antes la cifra de jóvenes fue tan alta. Sin embargo, millones de ellos están lejos de las condiciones necesarias para su desarrollo.

Al menos 175 millones no pueden leer o escribir una frase completa, mientras que otros 500 millones que tienen de 15 a 24 años de edad viven con menos de dos dólares al día. En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Juventud, que se celebrará este 12 de agosto, diversas agencias del organismo llamaron a fortalecer las acciones en educación, salud y empleo para asegurar un futuro más prometedor a las nuevas generaciones.

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) alerta que al menos 24 millones están fuera de la escuela, mientras que uno de cada diez vive en zonas de conflicto.

Considera que la "inestabilidad política, los desafíos del mercado laboral y el limitado espacio para la participación política y cívica, han llevado al aislamiento de los jóvenes en las sociedades", por lo que este año el lema con que la ONU conmemora esta efeméride es: "Espacios seguros para la juventud".

Naciones Unidas señala que para garantizar que los espacios seguros sean inclusivos, los jóvenes de diversos orígenes, "especialmente los que se encuentran fuera de la comunidad, deben reforzar el respeto y la autoestima".

Reconoce que en entornos propensos a conflictos los jóvenes pueden carecer de espacios para expresarse, "sentirse cómodos y libres. Del mismo modo, sin la existencia de un espacio seguro, jóvenes de diferentes razas, etnias, sexo, afiliación religiosa o antecedentes culturales pueden sentirse intimidados para contribuir libremente a la comunidad".

Señala que cuando los jóvenes tienen espacios seguros para participar, "pueden contribuir efectivamente al desarrollo, la paz y la cohesión social".

En México, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en el grupo de 12 a 17 años se incrementa la no asistencia escolar. En 2015, se estimó que "había 2.2 millones de adolescentes que no acuden a la escuela, es decir, 16.2 por ciento (de la población en este rango de edad) debería estar cursando la secundaria o el nivel medio superior, y no es así".

Agrega que las causas de este abandono escolar son complejas y multifactoriales. Información del Módulo de Trabajo Infantil 2017 señala que la principal razón por la que los niños de 12 a 14 años abandonan la escuela es por falta de interés, así como aptitud o requisitos para ingresar al sistema educativo (48.3 por ciento) y por la falta de recursos económicos (14.2 por ciento).

Respecto de los adolescentes que tienen entre 15 y 17 años, la principal causa de no asistencia es la falta de interés, aptitud o requisitos para ingresar a la escuela (43.5 por ciento), le siguen quienes abandonan sus estudios para trabajar (14.4 por ciento) y quienes lo hacen por falta de recursos económicos (12.7 por ciento).

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Miércoles, 25 Julio 2018 07:35

La economía mundial en la encrucijada

La economía mundial en la encrucijada

En 1931 John Maynard Keynes escribió un ensayo sobre Las posibilidades económicas de nuestros nietos. En él describió con profundo optimismo el potencial que en el largo plazo conlleva el desarrollo del capitalismo. Entre las perspectivas que pronosticaba para 2031 estaba la semana de trabajo de 15 horas. La población dedicaría el resto de su tiempo a la cultura y el esparcimiento. Al comenzar la Gran Depresión, Keynes escribía estas reflexiones como un antídoto contra la desesperanza que comenzaba a predominar. Sus predicciones no se han cumplido y las crisis recurrentes, el deterioro ambiental y la profunda desigualdad que imperan en el mundo vuelven a alimentar el pesimismo.


Una gran distancia separa las perspectivas de largo plazo sobre el capitalismo y lo que ocurre en la coyuntura actual. Pero no hay que olvidar que el viaje más largo se compone de pequeños pasos. Los fuertes vientos de fronda y profundas contracorrientes que hoy sacuden la economía mundial son las palabras con las que se escribirá mañana la historia del capitalismo.


Lo que hace unos meses podía parecer una frágil recuperación hoy se presenta como un paisaje sombrío. Existen fuerzas que estimulan el crecimiento, pero coexisten con varios factores que frenan la expansión. ¿Cuál será el desenlace? O la recuperación se consolida y la economía mundial avanza por un sendero de tímida expansión, o el deterioro se profundiza y resurge el espectro de una crisis más profunda que la anterior.


En caso de que la recuperación llegue a consolidarse, no hay que esperar tasas de crecimiento espectaculares. Pero sí habría un periodo de cierta estabilidad y se alejarían (temporalmente) los nubarrones que marcaron los años inmediatos a la crisis de 2008. En contraste, si la recuperación es perturbada, la situación se complicará y se podría retornar a esos años en los que el sistema financiero del mundo amenazaba con desintegrarse.


Los datos sobre crecimiento comenzaron a revertir la tendencia negativa desde 2013, pero la trayectoria que sigue la economía mundial es frágil y no es posible hablar de crecimiento sostenido. Hoy 85 por ciento del crecimiento mundial es atribuible a dos economías: China y Estados Unidos. El resto del mundo, con la Unión Europea y Japón a la cabeza, continúa con tasas de crecimiento más bien mediocres. ¿Será duradero el crecimiento en "ChinAmérica", como algunos llaman al entrelazamiento de estas dos economías? Cualquier descalabro en ese binomio tendría graves consecuencias a escala mundial.


La respuesta no es evidente. En la economía china la expansión ha descansado excesivamente en el crédito y buena parte del sistema bancario en ese país se encuentra en dificultades. En 2008 la deuda total en China era equivalente a 141 por ciento del PIB, pero en 2017 esa proporción había pasado a ser 256 por ciento. La mayor parte de ese endeudamiento (163 por ciento) corresponde a las empresas, y los términos de los contratos que rodean esos créditos se desconocen. La opacidad del sistema bancario en China es una de las características más inquietantes de esa economía. Por otra parte, el nivel de ingreso per cápita en China (15 mil 400 dólares en 2017) hace muy difícil para los hogares sobrellevar esa carga de endeudamiento. Si el banco central decide incrementar las tasas de interés para controlar el apalancamiento y la creación de crédito, la carga de la deuda se incrementará y se frenará el crecimiento. El aterrizaje no será suave y las repercusiones globales no se harían esperar, sobre todo en el caso de los exportadores de productos básicos que tienen en China uno de sus principales mercados.


En Estados Unidos el crecimiento hoy está soportado por un estímulo fiscal cuyos efectos no van a durar más allá de 2019. La reforma fiscal de Donald Trump se ha acompañado de buenos resultados en algunos indicadores económicos. Pero los salarios siguen estancados, la desregulación financiera se mantiene y los bancos han seguido creciendo y concentrándose. De los 15 bancos que recibieron ayuda durante la crisis, 11 son ahora más grandes de lo que eran en 2008: la tendencia hacia mayor concentración en el sector bancario se mantiene y eso no es una buena señal. La generación de empleo arroja cada trimestre datos aparentemente positivos, pero esos empleos no son de buena calidad y la medida amplia de desempleo sigue siendo elevada. Además, la Reserva Federal piensa que ya hay presiones inflacionarias y seguirá aumentando la tasa de interés, lo que frenará el crecimiento. Hay que añadir la guerra comercial que Trump ha desatado y cuyos destrozos irán mucho más lejos de lo que alcanza a imaginar su narcisismo infantil.


No es la Gran Depresión, pero tampoco es el brillante escenario que describía Keynes para el futuro de los nietos. En la intersección de la coyuntura económica y las reflexiones sobre el largo plazo, es tiempo para repensar las estrategias de desarrollo económico.
Twitter: @anadaloficial

Publicado enEconomía
Causas del atraso científico en América Latina

Llaman mucho la atención las similitudes que tienen las naciones de América Latina en su desarrollo científico y tecnológico. En 2016, el gasto en investigación y desarrollo (GIDE) estimado para la Región representó en promedio apenas 0.48 por ciento del producto interno bruto (PIB), mientras entre los países que integran la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) el porcentaje promedio fue de 2.38 por ciento en 2014. Algo semejante se observa cuando se examinan indicadores como el número de investigadores, las patentes, etcétera. Si bien no puede hablarse de uniformidad pues cada nación tiene su historia y particularidades, resulta inevitable preguntarse por qué se ha producido y permanece abierta esta enorme brecha.


Desde luego los factores políticos tienen su papel en cada nación. Por ejemplo, en 2014 Brasil destinaba 1.14 por ciento de su PIB a investigación y desarrollo (el más alto en América Latina), pero luego del golpe contra la presidenta Dilma Rousseff se han producido continuos recortes al presupuesto para la ciencia, que en 2017 llegaron a ser 44 por ciento menores respecto del año previo, por lo que el GIDE en 2018 podría caer debajo del uno por ciento. Aunque en otra dimensión, en México este gasto alcanzó 0.54 por ciento del PIB en 2014, pero también, por los continuos recortes realizados desde que llegó José Antonio Meade a la Secretaría de Hacienda, en 2018 este indicador se situará por debajo del medio punto porcentual.


Pero además de los efectos de la inestabilidad política que caracteriza a la región hay un denominador común que es la escasa presencia del sector privado en la estructura del gasto. En todos los países de América Latina, sin excepción, la mayor parte de los recursos provienen de fuentes gubernamentales. Así el gasto público es de 94 por ciento en Costa Rica y la aportación privada es de 2 por ciento (el restante 4 por ciento es de otras fuentes), Panamá (81/11), Argentina (76/17), México (67/20), Brasil (61/26) y Chile (43/33). Para tener algunos puntos de referencia, en Japón la relación porcentual entre el GIDE público y el privado es completamente al revés (15/78), China (21/75), Corea (24/75), Alemania (28/66) y Estados Unidos (24/64).


Aunque suene a lugar común, lo anterior muestra claramente que el desarrollo industrial en Latinoamérica tiene que ver muy poco con la ciencia y la tecnología... Lo que ya no es lugar común (creo) es romper el silencio y responder a la pregunta de ¿por qué? Es evidente que en pleno siglo XXI existe una distorsión en el desarrollo económico de la región. Es difícil pensar que nuestros países hayan decidido emprender una ruta de atraso científico-técnico de manera voluntaria y más o menos uniforme. La semejanza en los indicadores citados, obliga a pensar que hay una causa común.


Una explicación posible es que se ha impuesto un modelo de desarrollo económico para América Latina. La imposición proviene históricamente de las grandes potencias y en particular de la nación dominante en todo el continente: Estados Unidos de América.


Ya lo he dicho en otro momento, no estoy tratando de descubrir el hilo negro, pero no entiendo el silencio en torno a estos hechos, de los cuales es necesario hablar abiertamente, pues nos permiten una explicación racional de las causas del atraso económico y, por tanto, del rezago científico-técnico de México y el resto de los países latinoamericanos. Hemos sido diseñados por los grandes centros industriales primero como productores de materias primas (países bananeros) y luego como maquiladores. Para eso no se necesita mucha ciencia. Además, mantener este modelo nos convierte en mercado cautivo de los productos de alta tecnología y servicios de conocimiento intensivo... Un negocio redondo.


Lo anterior debe conducirnos a no olvidar que la tarea primordial para todos los países de América Latina debe ser la unidad para acabar con un modelo de desarrollo impuesto que perpetúa la dependencia, e impulsar la cooperación científica y tecnológica para enfrentar y resolver nuestros problemas más apremiantes y contribuir desde nuestra propia mirada al avance del conocimiento universal.


Nota: Algunos de los datos incluidos en este artículo fueron tomados del Informe General del Estado de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación 2016, elaborado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.