Las de Pilato: lavarse las manos en las elecciones de Brasil como rebelión e inconciencia

Estamos en tiempo de reinvención. Esta es la conclusión –activa– y reto –abierto–, que las autoras de este artículo extraen de las recientes elecciones en Brasil, donde lo más retrogrado del poder y de la sociedad salió a flote.

La antesala de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil sacó a flote pulsiones y fuerzas que habían estado contenidas o invisibles en el espectro de las relaciones sociales y mediáticas del país. Animados por el discurso de odio del ultraderechista Jair Bolsonaro, sentimientos y posiciones que se tenían por “superadas” salieron del armario haciendo fiesta: intimidación, acoso, xenofobia, discursos de odio, racismo, homofobia, misoginia, nazismo, fascismo, apología de la tortura y de la muerte... Fin de la hipocresía democrática.

El viernes 26 de octubre, mientras celebrábamos el cierre del 10mo Seminario Brasilero en Teoría e Historia de la Historiografía en uno de los campos de la Universidad Federal de Ouro Preto (Ufop) en la ciudad de Mariana, nos informaron que un grupo de estudiantes de Derecho de este mismo centro de estudios estaba siendo sitiado por la Policía Militar por el hecho de haber colocado dentro de las instalaciones universitarias una pancarta contra el retorno de la dictadura. Ese mismo día, durante la plenaria del evento, fuimos informadxs de que varixs profesorxs y colegas fueron amenazadxs, atacadxs por estudiantes afines a Bolsonaro y/o denunciadxs ante los organismos de seguridad del Estado por sus posiciones políticas e ideológicas.

Desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta electoral, las agresiones fueron creciendo. En Salvador de Bahía, en la noche del 7-8 de octubre, el maestro capoeirista Moa do Katendê fue asesinado por un fanático bolsonarista solo por haber criticado al candidato ultraderechista. Durante la misma noche, hombres neo-nazistas atacaron a una joven marcando su piel con la cruz esvástica, solo porque vestía una franela con la frase ELE NÃO. En los días siguientes, la joven transexual Laysa Fortuna fue asesinada por un fanático conservador afín a Bolsonaro. Estudiantes universitarixs han sido atacadxs en diversas ciudades por su afinidad con movimientos y organizaciones sociales de izquierda. Integrantes de pueblos indígenas, lesbianas y homosexuales de diversas ciudades, así como grupos de mujeres que salieron sin la compañía de hombres fueron amenazados de muerte en las calles.

Tiempos oscuros se anuncian en Brasil. Con 57,7 millones de votos (55,1%), el pasado domingo 28 el candidato ultraderechista Jair Bolsonaro (PSL) conquistó el triunfo como Presidente de la República en la segunda vuelta de una de las elecciones más polémicas y manipuladas en los últimos años. Mientras, el centro-izquierdista Fernando Haddad (PT) obtuvo un total 47 millones de votos (44,9%), quedando 10 puntos por debajo en el total de los votos válidos. Para muchxs, la batalla electoral no fue una contienda entre candidatxs de dos partidos con sus respectivos programas de gobierno, sino la disputa entre la preservación del marco democrático, por un lado, y el avance de un proyecto abiertamente autoritario, xenofóbico, misógino, homofóbico, racista y ultraneoliberal, que bien puede tildarse de fascista, por el otro. Mientras Haddad representó la defensa de las garantías democráticas y de las conquistas sociales, políticas y económicas, Bolsonaro capitalizó el discurso de la “anticorrupción”, el anticomunismo, el antiabortismo, la seguridad, el racismo y la defensa de la “familia”.
Los resultados expresan un ascenso importante y peligroso del neoconservadurismo, el ultraneoliberalismo y el patriarcado, cuya legitimidad parece respaldada por la mayoría de la población brasileña. Las apariencias esconden, sin embargo, un dato no subestimable: el 30 por ciento de lxs electorxs optó diferente: abstención (21,3%), voto nulo (7,4%) o votar blanco (2,1%). Teniendo en cuenta el carácter obligatorio del ejercicio del voto en Brasil, estamos hablando de un número significativo que pudo haber cambiado el resultado electoral y que, además, nos lleva a poner en cuestión la idea según la cual Bolsonaro cuenta con el respaldo de más de la mitad de la población brasileña. Dicho esto, no desconocemos el preocupante despliegue del espíritu de odio, misoginia, homofobia y racismo que, junto con la proscripción de la candidatura del expresidente Lula y el entramado de alianzas entre los grandes medios, el poder judicial y los poderes económicos, llevaron al poder al candidato ultraderechista.

Con el carácter plebiscitario de las elecciones, algunxs consideraron que quienes optaron por la abstención, el voto nulo o en blanco se lavaron las manos frente a lo que estaba en juego. Sin embargo, para este 30 por ciento las dos opciones electorales estaban en el mismo nivel de rechazo, de modo que la opción electoral no plebiscitaria les permitió manifestar su descontento contra la corrupción, contra las medidas de aumento de pasaje y la ley antiterrorista implementadas por el gobierno del Partido de los Trabajadores, así como su inmovilismo ante el empeachment golpista de 2016 contra la presidenta Dilma Roussef. Se abstuvieron porque, más allá del candidato, votar contra Bolsonaro implicaba votar por un PT que había decepcionado con políticas aparentemente “mesuradas” que evitaron el enfrentamiento en las calles a las últimas medidas contra los derechos laborales aprobadas e implementadas durante el gobierno golpista de Temer.

La señora Victoria fue una de los varios millones de personas que engrosó ese 30 por ciento. Nunca había votado y esta vez tampoco lo haría. Para ella, el “estado de excepción” (autoritarismo, racismo, violencia, represión…) que se impondría bajo el gobierno de Bolsonaro constituía la regla de una cotidianidad que, hasta ahora y según ella, se había mantenido invisible para la cotidianidad “central” de la vida democrática en Brasil. Respondiéndole a unxs estudiantes que andaban militando puerta a puerta para intentar revertir la tendencia a favor de Bolsonaro, expresó: “Quién sabe si con universitarios desapareciendo, periodistas siendo torturados, hijos de rico apareciendo morados y flotando en un río, eso comience a ser discutido de verdad y ahí, quién sabe, si tenemos suerte, nuestra vida entre en esa discusión, porque hasta ahora solo entró para servirles a ustedes […]. Yo perdí a mi hijo de 14 años, joven, con un tiro de fusil en la cabeza. Estaba con el uniforme de la escuela y una mochila”.

Las medidas más antipopulares implementadas durante los dos años del gobierno de facto de Michel Temer son aquellas que limitan los derechos laborales y el gasto público. De hecho, por 20 años en Brasil no podrán incrementarse gastos públicos; es decir, los gastos en educación, salud, cultura, administración tendrán recortes de hecho, impidiendo la investigación universitaria, la educación primaria, mientras los salarios de parlamentarios y jueces aumenta. Esta es la Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) para determinar un techo presupuestario a la inversión pública. Si bien es una medida del gobierno golpista de Temer, Bolsonaro promete mantenerla y hasta profundizarla. Frente a estas políticas de recorte y desmejora de beneficios y derechos sociales, el PT optó por una estrategia parlamentaria, sin llevar adelante una política de agitación y de consulta popular que permitiese frenar la medida mediante la presión de calle.

Las políticas mediáticas del gobierno golpista, en alianza con el Tribunal Superior de Justicia, enfocaron la atención hacia una política armamentista de seguridad contra la violencia en un país que, con 209.000.000 habitantes, mantiene una media de homicidios de 4.250 por mes y, simultáneamente, llevaron adelante la condena de Lula por corrupción así como su proscripción como candidato presidencial, potenciando aún más y con fuerza la imagen de descomposición del PT.

Si bien Bolsonaro gana las elecciones con más de la mitad de los votos válidos, no es todo Brasil el que vota a favor de sus políticas familistas, ultraneoliberales y conservadoras. Los resultados electorales expresan y ratifican la misma división territorial con la que es gestionada y distribuida la desigualdad social y económica del país.

Bolsonaro obtiene sus votos fundamentalmente del Sur (Paraná, Santa Catarina y Río Grande del Sur), el Sudeste (Río de Janeiro, São Paulo, Minas Gerais y Espíritu Santo) y el Centro-Oeste (Goiás, Mato Grosso do Sul y Mato Grosso), regiones en las que se concentra el mayor índice de ingreso per-cápita de Brasil y donde se encuentran los principales centros urbanos, agropecuarios, silvícolas y mineros. Pero también los obtiene de algunos estados de la zona Norte (Roraima, Acre, Rondonia y Pará), estados en los que habitan comunidades indígenas, se concentran las más importantes reservas ambientales y donde el capital invierte fuertemente en la agricultura extensiva de monocultivo, la ganadería y la minería, todas ellas perjudiciales para la conservación de los territorios y la sobrevivencia de los pueblos indígenas, amenazando directamente la Amazonía. En el norte, Bolsonaro gana utilizando un discurso xenófobo para incrementar el rechazo a la migración venezolana, a la que desde agosto pasado quiere encerrar en un campo de refugiados. Bolsonaro ha pedido revocar la ley de migración, una de las más avanzadas del mundo, según especialistas de la ONU, sosteniendo enfáticamente que Brasil no puede ser un país de fronteras abiertas.

En cambio, Haddad gana en el Nordeste (Bahía, Maranhão, Piauí, Ceará, Pernambuco, Sergipe, Alagoas, Río Grande del Norte y Paraíba) y en algunos estados del Norte (Amazonas, Amapá, Tocantin), una región históricamente excluida de las políticas sociales y económicas de Brasil.

El mapa electoral muestra, así, la desigualdad estructural sobre la cual se erigen estos dos Brasil-es. El Nordeste, la tercera región más extensa de Brasil y la segunda con mayor densidad poblacional, contiene en su territorio una alta población negra e indígena y es considerada una de las regiones más pobres del país, con mayores niveles de desigualdad y de analfabetismo. Sus niveles de pobreza tienen sus orígenes en la Colonia. De sustentar la economía brasilera con la exportación del azúcar, el polo económico nordestino fue desplazado, en un primer momento, por el mercado del oro y, posteriormente, por el mercado cafetalero, ambos mercados ubicados en la región del Sudeste. Pero fue el salto industrial desplegado en el Sudeste –con mano de obra fundamentalmente nordestina– durante las primeras décadas del siglo XX, el que terminó de consolidar el abandono social y económico hacia el Nordeste, que solo fue parcialmente revertido a partir del gobierno de Lula, quien llevó adelante políticas de asistencia social que consiguieron mejorar la calidad de vida del pueblo pobre nordestino.

El racismo brasileño, que había estado escondido bajo el manto de la “democracia racial”, salió del closet, mostrando un país profundamente dividido, desigual y violento. Las políticas de cotas raciales, que intentan aminorar los índices de desigualdad en el ingreso a la educación pública universitaria, han sido cuestionadas y su derogación forma parte de las promesas del nuevo presidente electo.

En su discurso, Bolsonaro deja bien clara su política antindigenista: “ni un solo milímetro” de tierra para las comunidades indígenas, cuyas nacionalidades rondan aproximadamente las 380. La negación de los derechos ancestrales y territoriales de las poblaciones indígenas le garantiza el apoyo de los expansivos ganaderos y talamontes del norte, porque implica echar para atrás las políticas de demarcación de tierras indígenas y su inviolabilidad por parte de empresas ecocidas y mineras.

Políticas contra los derechos laborales, que ya están en implementación por parte del gobierno golpista de Michel Temer con la Reforma Trabalhista y la Propuesta de Enmienda Constitucional que congela el gasto público por 20 años, son parte del paquete programático del futuro gobierno de Bolsonaro.

Del lado de las fuerzas democráticas, la resaca poselectoral viene impregnada con una fuerte carga de tristeza, miedo y desesperanza, y no es para menos. A tres días de los resultados electorales, las fuerzas conservadoras, patriarcales y ultraneoliberales representadas en la imagen del nuevo presidente electo comienzan a tomar posiciones en el ajedrez político, social y administrativo del país. La madrugada del pasado lunes 29 de octubre fueron incendiados una escuela y un puesto de salud en la aldea Bem Querer de Baixo, perteneciente al territorio indígena de los Pankararus del estado de Pernambuco.

Bolsonaro y Temer se reunirán la primera semana de noviembre para intentar aprobar este mismo año la Reforma de la Providencia con la cual se pretende, entre otras cosas, eliminar las jubilaciones de lxs trabajadorxs; asimismo, el presidente electo anunció la fusión del Ministerio de Agricultura con el Ministerio del Ambiente, dando claras señales de su compromiso ecocida con el gran capital. Con una política de caza de brujas, el propio Bolsonaro, junto con la diputada catarinense Ana Carolina Campagnolo, convidó a lxs estudiantes a filmar y denunciar a lxs docentes que estuviesen usando las aulas de clase para “adoctrinar”, y justo en los primeros días de noviembre se debate en la Cámara de diputados el proyecto de ley llamado “escuela sin partido”, con el cual se pretende cercenar la libertad de cátedra y de pensamiento que ha prevalecido en los espacios de formación y educación.

Sin embargo, otros espíritus, sentimientos, actitudes y fuerzas se movilizan. El día 30 de octubre en la avenida Paulista de la ciudad de São Paulo, gracias a una convocatoria realizada por el Frente Pueblo sin Miedo, miles de personas se movilizaron para manifestar su determinación a luchar contra el avance del fascismo en Brasil. El lunes 29, en la Universidad de São Paulo, cientos de estudiantes y profesorxs realizaron una marcha para hacer frente al acto de celebración de los resultados electorales convocado por estudiantes afines al ultraderechista triunfador. El mismo lunes, a un día de la segunda vuelta electoral, se ha conformado una Plenaria de Resistencia Antifascista en Río de Janeiro que reúne a miles de trabajadorxs, jóvenes y estudiantes.

Frente a los tiempos oscuros que se anuncian con el ascenso del neoconservadurismo y el ultraneoliberalismo bajo el gobierno de Bolsonaro, las fuerzas democráticas, antipatriarcales, antifascistas, antirracistas, feministas y anticapitalistas se manifiestan en los espacios públicos. Se vienen tiempos de reinvenciones.

Publicado enEdición Nº252
Elecciones intermedias revelan el "estado de depravación moral" en EU; partidos ignoran dos amenazas clave: clima y guerra nuclear: Chomsky

Nueva York. El lingüista y analista político Noam Chomsky consideró que las recientes elecciones intermedias en Estados Unidos revelaron una vez más el profundo "estado de depravación moral" que prevalece en las instituciones políticas en este país.

En entrevista publicada en el sitio de información TruthOut, Chomsky insistió en que esta depravación se reveló por el hecho de que en las campañas electorales se ignoraron casi por completo las dos amenazas existenciales inminentes para la humanidad: la catástrofe ambiental y la guerra nuclear.

"Hubo muchas críticas al gobierno de (Donald) Trump, pero apenas una palabra acerca de las posiciones más siniestras que ha tomado: aumentar la ya terrible amenaza de la guerra nuclear y competir para destruir el entorno físico que necesita la sociedad humana organizada para sobrevivir", expuso.

Entrevistado por el académico C.J. Polychroniou, el intelectual estadunidense afirmó que los temas fueron ignorados, pese a que suponen las preguntas más críticas y urgentes que han surgido en toda la historia humana.

Trump cuestiona a la CIA

El jefe de la Casa Blanca cuestionó que agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) hayan concluido que el príncipe de Arabia Saudita, Mohammed bin Salmán, ordenó el asesinato del periodista crítico de la familia real, Jamal Khashoggi, cometido el pasado 2 de octubre en el consulado saudita en Estambul.

Haciendo referencia a rotundas negativas del príncipe heredero y del rey de estar involucrados, Trump expresó: "quizás el mundo debería hacerse responsable, porque el mundo es un lugar muy, muy peligroso".

Críticos en el Congreso y altos funcionarios de otros países acusan a Trump de ignorar los derechos humanos y dejar pasar a Arabia Saudita por motivos económicos, incluida su influencia en el mercado petrolero mundial.

"Mi política es muy sencilla: Estados Unidos primero. Devolver la grandeza a Estados Unidos y es lo que estoy haciendo", dijo Trump a la prensa después de hablar vía telefónica con miembros del ejército por el feriado del Día de Acción de Gracias.

El príncipe heredero y su padre, el rey Salmán, dijeron que no cometieron "esta atrocidad", insistió Trump. "Es algo terrible. Y me desagrada más que a ustedes. Pero el hecho es que ellos han generado una enorme riqueza, trabajos realmente enormes en sus compras y, muy importante, mantienen bajo el precio del petróleo".

 

Publicado enInternacional
El avance evangelista en la política latinoamericana.

En guerra frontal contra los movimientos emancipadores, el evangelismo conservador se fortalece en la escena política regional. Con incidencia en la agenda legislativa y el debate público a lo largo de todo el continente va más allá de la “agenda de derechos” y desafía a una izquierda que no logra interpelar a su base social.


“Hay una nueva imbricación entre lo religioso y lo político que la izquierda en el mundo, y particularmente en América Latina, no está sabiendo captar. El fenómeno del éxito del neopentecostalismo conservador es un ejemplo clarísimo de esa nueva imbricación, que ha tomado una fuerza muy importante sobre todo entre los sectores populares.” Para el antropólogo uruguayo Nicolás Guigou, el auge de estos grupos religiosos que se han convertido en poco tiempo en actores centrales de la vida política de muchos países de esta región es “un fenómeno que debería cuestionar muy a fondo a grupos, organizaciones, movimientos sociales que pretenden llegar a los sectores populares, a los sectores vulnerados, para cambiar las cosas”. También a la academia: “a los politólogos, por ejemplo”. La política está perdiendo sentido para enormes franjas de la población, dijo Guigou a Brecha. “Hay un enorme déficit de lo político, que gente como los pastores y pastoras neopentecostales está llenando de a poco con su discurso.”


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La presencia de las iglesias evangélicas en América Latina no es precisamente nueva, pero sí lo es su crecimiento, fundamentalmente en su versión pentecostal conservadora, apunta entre muchos otros el sociólogo boliviano Julio Córdova Villazón, especialista en el estudio de esta rama del protestantismo. En un artículo publicado en noviembre de 2014 en la revista Nueva Sociedad, Córdova señala que, a diferencia de comienzos del siglo pasado, cuando su “agenda” era esencialmente liberal y estaba centrada en la lucha por la separación de la Iglesia Católica y del Estado –por la razón del artillero: poder emerger–, hoy, en fase de crecimiento y con un catolicismo en crisis y en retirada, los evangélicos apuntan a adquirir cada vez más peso en la escena política a través de partidos propios o de pactos con terceros, una vastísima red de medios de comunicación, la multiplicación de movimientos de defensa de los “valores morales cristianos”. Todo aceitado por jugosos y muy a menudo non sanctos capitales.


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Córdova diferencia cuatro etapas en la expansión evangélica en América Latina: “La lucha por la libertad de conciencia a fines del siglo XIX y comienzos del XX; la polarización ideológica en las décadas de los sesenta y setenta; la emergencia de partidos evangélicos en la redemocratización de los años ochenta y noventa; y la aparición de movimientos profamilia y provida de principios del siglo XXI”.


En la segunda de esas etapas, una parte muy minoritaria de los evangélicos se sumó a los católicos progresistas que impulsaron la teología de la liberación, y un puñado fueron parte de las guerrillas de izquierda. Pero la mayoría, dice el sociólogo, “asumió una postura que, desde la pasividad, resultó legitimadora de las dictaduras militares, aceptándolas como la mejor opción”.


Esa orientación se acentuaría a partir de los ochenta, con el predominio del neopentecostalismo, que ya se había hecho fuerte en Estados Unidos. Allí, una “nueva derecha cristiana” articulada por “telepredicadores, universidades evangélicas, asociaciones civiles y otras instituciones” emergió “como reacción a la ola progresista que vivió el país” en las décadas anteriores, “caracterizada, entre otros aspectos, por la demanda de una mayor autonomía para las mujeres y la igualdad de derechos para personas de la diversidad sexual”.


Desde Estados Unidos, esa nueva derecha cristiana pretendió irradiar hacia América Latina con una pléyade de pastores y un aparataje de medios. Pero fue recién en los noventa que ese discurso, que promovía una guerra frontal a los “predicadores del mal” basada en la defensa de la familia tradicional (papá-mamá-niños) y el rechazo a los movimientos emancipadores (de mujeres, de minorías sexuales, de negros), prendió al sur del Río Bravo, buscando “restaurar la estabilidad familiar”. Hasta entonces, escribe Córdova, las elites evangélicas latinoamericanas “no tenían un discurso político explícito”. “Los nuevos conversos evangélicos se sintieron amenazados por los cambios culturales y normativos relacionados con los derechos sexuales y reproductivos, y apelaron a una orientación política afín a la derecha cristiana estadounidense.” El crecimiento exponencial de estas religiones se dio en un contexto en el que “vastos sectores sociales” necesitaron “nuevos marcos interpretativos que dieran sentido a sus cambiantes condiciones de vida”. Las iglesias evangélicas, coincide William Beltrán, especialista en religión de la Universidad Nacional de Colombia (Afp, 6-X-18), “han logrado responder mejor que la católica a las necesidades de las nuevas generaciones de latinoamericanos excluidas por los procesos de urbanización y globalización”.


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“Dios nos multiplicó por todo el continente”, dijo hace un tiempo Fabricio Alvarado. Predicador casado con una predicadora, cantante de música cristiana, ex diputado, Alvarado fue el segundo candidato más votado en las elecciones presidenciales de este año en Costa Rica, uno de los países de la región en los que más creció el neopentecostalismo en los últimos años. Según informes citados por el sociólogo colombiano Javier Calderón Castillo, del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), hay actualmente en el continente “más de 19 mil iglesias neopentecostales que organizan a más de 100 millones de creyentes, una quinta parte de sus habitantes”. Un estudio sobre las religiones en las sociedades de la región realizado en 2017 por la consultora Latinobarómetro da cuenta a su vez de que en esta región el protestantismo le ha ido cortando el pasto bajo los pies al catolicismo desde hace más de dos décadas. En el que sigue siendo todavía el continente más católico del mundo, los fieles de esa religión se han reducido al 60 por ciento de la población, contra alrededor del 90 hacia mediados del siglo pasado. Los evangélicos, en tanto, treparon hasta un 20 por ciento desde porcentajes cercanos al 5 de pocas décadas antes. Con picos muy altos: 41 por ciento en Guatemala, 39 en Honduras, 32 en Nicaragua, 25 en Costa Rica, 24 en Panamá, 21 en Dominicana. Y 27 por ciento (contra 15 en el año 2000) en Brasil, la niña de los ojos de la Iglesia Católica a nivel mundial. “El crecimiento de los pentecostales en Brasil ha sido tan fuerte que este país tiene hoy la mayor población pentecostal del planeta. Hasta por encima de Estados Unidos”, declaró a Afp Andrew Chesnut, director de Estudios Católicos de la Universidad Virginia Commonwealth de Estados Unidos.

 

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En todos estos años, los avances del evangelismo político en América Latina han sido evidentes. En Brasil más que en ningún otro lado. Además de que Jair Bolsonaro fue electo con el respaldo expreso de las iglesias pentecostales, el Partido Republicano (Prb) –surgido de la principal congregación evangélica latinoamericana, la Iglesia Universal del Reino de Dios– obtuvo 30 diputados federales, y cuenta con alrededor de 40 estatales, más de un centenar de alcaldes, entre ellos el de Rio de Janeiro, Mauricio Crivella, y más de 1.600 concejales municipales. Son muchos, además, los neopentecostales electos como legisladores federales por el partido de Bolsonaro, el Social Liberal. En total, la “bancada de la Biblia”, que reúne a evangélicos con representantes –a cual más “reaccionario”– de otras confesiones, tendrá alrededor de 200 integrantes en el parlamento de Brasil.


En Guatemala, un neopentecostal, el pastor y actor cómico Jimmy Morales, es presidente desde 2016; en Costa Rica, el pastor Alvarado disputó la presidencia hace apenas unos meses, y si bien quedó lejos del ganador, simbolizó el crecimiento de una confesión que hasta hace relativamente pocos años era marginal. Hay pentecostales en los parlamentos de Chile y México, de Colombia, de Venezuela y de Nicaragua, de Paraguay, de Perú y de Ecuador, y por supuesto en el muy laico Uruguay. Pero el poder de los pentecostales ha ido mucho más allá de su peso político específico. “Están marcando la agenda legislativa en no pocos países de la región, haciendo contrapeso al avance de las organizaciones y movimientos de defensa de los derechos de las minorías sexuales. Sus temáticas están cada vez más presentes en el debate público”, dice Gaspard Estrada, del Instituto de Estudios Políticos de París (Afp, 6-X-18). Se han levantado como un muro de contención a “la ideología de género y la agenda gay”, escribe Julio Córdova. En Argentina, apunta a su vez una investigación del diario Página 12 (14-X-18), tanto el presidente Mauricio Macri como la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, “dejaron en manos de los evangélicos la tarea de contener el reclamo social y evitar estallidos” a cambio de “frenar la agenda del aborto y la educación sexual en las escuelas”.


En México, después de la despenalización del aborto en el DF, en 2007, los pentecostales fueron fundamentales para que se bloquearan iniciativas similares en 17 estados del país; en Nicaragua tuvieron la fuerza suficiente como para que la legislación relativa al aborto sea de las más restrictivas y oscurantistas de toda América Latina y que se estableciera un Día del Niño por Nacer; en República Dominicana contribuyeron a que en la propia Constitución se incluyera un artículo que protege “la vida humana desde la concepción”. En Brasil, antes de apoyar abiertamente a Bolsonaro, la Iglesia Universal del Reino de Dios, comandada por el multimillonario pastor Edir Macedo, respaldó a Lula, primero, y a Dilma Rousseff, después, con la condición de que se frenara cualquier intento de despenalizar el aborto o el consumo de marihuana, legalizar el matrimonio entre homosexuales o aprobar alguna ley en favor de la población trans. Lo consiguieron.


No sólo inciden sobre la agenda de derechos. En Colombia, los neopentecostales se embarcaron en la exitosa campaña por el “No” al acuerdo de paz con las Farc en el plebiscito de 2016. En Guatemala, Jimmy Morales decidió en mayo pasado trasladar la embajada en Israel a Jerusalén. Jair Bolsonaro hará lo propio en Brasil apenas asuma, en enero. “Israel es para los evangélicos una especie de reloj del tiempo histórico. Como son también milenaristas, creen que de lo que sucede con Israel depende cuán lejos o cuán cerca estamos del apocalipsis”, explica Nicolás Guigou a Brecha. “Piensan que una alianza con Israel los bendice.”


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Los evangélicos conservadores comparten una matriz, vengan de donde vengan. Comunican de manera directa con la gente, intentan llegarle a través de la emoción, se manejan con una cultura esencialmente oral. “Hablan todo el tiempo de ‘liberación’, de dejar fluir cuerpo y espíritu. Son una religión muy corporal, sensorial. La glosolalia, ese ‘hablar en lenguas’ que tanto los caracteriza, es como una forma de dejar escapar el sufrimiento, de escenificar lo indecible, de liberarse del demonio, de las malas influencias”. El mensaje es tan simple que mete miedo. “Te dicen que si te va bien, es porque Dios está con vos, y si Dios está con vos, es porque te conectaste con él a través de nosotros. Y si te va mal, es porque algo habrás hecho, o no pagaste tu diezmo o te dejaste tentar por Satán o tus oraciones estuvieron mal hechas. Deberás, entonces, esforzarte más. Lo particularmente seductor de su oferta es que al fiel le prometen todo: salud, dinero, prosperidad, y aquí y ahora, en esta vida terrenal.”


A diferencia de los protestantes de principios del siglo pasado, que en su demanda de libertad de conciencia potenciaban un Estado laico y defendían incluso una agenda “progresista”, los neopentecostales del XXI encajan como en un molde con la prédica neoliberal, observa Julio Córdova. O con una “época de autonomía extrema como la actual”, en los términos de Guigou. Su “teología de la prosperidad” apunta a la búsqueda del éxito individual, al hacé la tuya, exalta los valores de los ricos aunque esté dirigida a los pobres o los medio pelo. “Los pastores son como gestores de la movilidad social de esas capas pobres, se mueven con una teología de la economía en la que resaltan además la obediencia y la disciplina, el respeto del orden social, la no confrontación con las autoridades”, abunda Guigou.


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Guigou piensa que el neopentecostalismo sudamericano es de claro cuño brasileño. Las iglesias evangélicas brasileñas fueron pioneras, dice, en eso de la participación en política, y han tenido mucho más presentes que las estadounidenses las características de los pueblos en los que se implantan.“Se manejan con un pragmatismo sorprendente que les permite, cuando cuadra, aliarse al PT y luego considerarlo satánico, respaldar la destitución de Dilma y apoyar a Bolsonaro, con el que conectan obviamente mucho mejor. Lo que les importa es el poder y para conseguirlo medran, chantajean, condicionan, buscan prebendas.” Su manera de confrontar con el catolicismo o las religiones afro, espiritistas o de raigambre indígena, con las que compiten por la influencia entre los sectores populares, ha sido bien propia. “Como tienen una visión integrista, son parasitarios del enemigo y están en guerra permanente con ‘satanes’ diversos, que en Brasil se encarnan hoy sobre todo en los petistas o los curas católicos.”


Han montado unas enormes redes de sociabilidad y construido su poder con base en un poderosísimo imperio mediático que comprende el segundo canal de televisión del país, Rede Record, un canal religioso, un portal de Internet, emisoras de cable locales, un entramado de radios que cubren casi todo el territorio, editoriales, compañías discográficas. En las redes sociales se mueven como pez en el agua y laburan el terreno como pocos. Sus lugares de culto son también agencias de servicios públicos, supliendo a un Estado ausente. “Han conquistado las cabezas de los vulnerados y ganado las batallas por el control espiritual de las favelas, de los espacios de las periferias urbanas, de las cárceles. Sobre este modelo brasileño se han ido armando las iglesias pentecostales del resto de América del Sur, y los pastores brasileños han extendido su prédica a África y a Asia, donde de a poco están entrando.”


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Años atrás, los sacerdotes progresistas latinoamericanos herederos de la teología de la liberación ironizaban con que ellos apostaban por los pobres y los pobres por los pentecostales. “Un buen resumen de la realidad”, sentencia Guigou.


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La izquierda en general, el PT brasileño en particular, asegura el antropólogo uruguayo a Brecha, no supo, no sabe hablarles a las masas que se pasaron a filas evangélicas. “La izquierda se maneja con códigos propios de las capas medias. La agenda de derechos es ajena a los sectores más marginales, que en la familia tradicional, heterosexual y estable encuentran seguridad y sin ella lo poco que tienen se les desmorona.” La periodista Lamia Oualalou sitúa en otro plano esa desconexión entre la izquierda latina y los pobres de toda pobreza que se arrimaron al neopentecostalismo. Para esta franco-marroquí que vivió años en Brasil y es autora del libro Jesús te ama. La ola evangélica (Éditions du Cerf, 2018), “la izquierda interpretó la ‘teología de la prosperidad’ de forma muy básica. La vio únicamente como una adaptación del neoliberalismo. Es cierto que hay una parte de consumismo y dinero, pero también las iglesias funcionan con una lógica de la solidaridad”, dijo en una entrevista publicada en el número de octubre de Nueva Sociedad. Hay además un contrasentido en la actitud de partidos como el PT: ellos mismos no escaparon a la “lógica del consumo capitalista” cuando llegaron al gobierno durante la llamada “ola progresista”. Fue eso lo que les ofrecieron a los pobres: la integración al consumo. Oualalou recuerda una frase de Guido Mantega, ministro de Economía de Lula: “Ahora todos los brasileños pueden ser ciudadanos porque tienen acceso a una tarjeta de crédito”.


Cuando estalló la crisis, patente quedó la debilidad de esa “integración”. El Estado (y los progresistas) dejó a los pobres literalmente de la mano de Dios, y Dios les dijo a estos “vulnerados”, pastores evangélicos mediante, que el Satán petista los había mandado a la ruina, sostiene la periodista. Y piensa: no es hablando de la Biblia, cediendo a los chantajes o posando junto a sus pastores, como ha optado por hacer el PT, que se podrá sacar a estos sectores de los tentáculos del neopentecostalismo. “Lo que habría que hacer es volver a hablar de lo que importa en la vida del brasileño: una educación mínima, un acceso a la salud, volver a tener farmacias populares que den remedios gratuitos, un salario mínimo”. Y “deconstruir la imagen de los pastores, demostrando que la mayoría de ellos son bandidos y que son las principales fortunas del país”. Confrontarlos, no mimetizarse con ellos. Disputarles la hegemonía, sugiere Oualalou.

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Religión, Iglesia y poder político en América Latina

La secularización del poder es un mito. La separación Iglesia-Estado no deja de ser una ficción. Presidentes, diputados, senadores, alcaldes juran ante Dios. Los símbolos religiosos están presentes en los espacios públicos. Estado laico o aconfesionales adoptan rituales políticos, acompañados de cruces, medias lunas, budas, biblias, Torá, etcétera. Dirigentes asumen morales católicas, protestantes, islámicas, judías, siendo unos devotos practicantes de su fe. Sus mandatos suelen dar cuenta de ello. El divorcio, el aborto, la familia, el sexo, la moral cotidiana y la educación son opciones valoradas a la luz de las creencias religiosas. Hoy gobiernan las iglesias. Los lugares de culto se han generalizado y la diversidad de credos se extiende. El Vaticano pierde fuelle en ciertos países latinoamericanos. Su lugar es ocupado por nuevas formas de acercarse a la fe en Cristo o en el Salvador. Las iglesias pentecostales, adventistas, mucho más interesadas en captar las almas para una militancia política terrenal, sin intermediarios, han socavado la influencia de la Iglesia católica. Su papel mediador entre Dios y el alma pecadora se ha diluido en una fe no practicante, cuya militancia se convoca aleatoria y excepcionalmente, cuando ve peligrar intereses, privilegios y bienes. Sumida en un proceso de deterioro moral y ético, casos de pederastia, desfalcos financieros, sus seguidores se han decepcionado, aumentando la apostasía. Aun así, su organización piramidal le permite seguir controlando el poder político.

En América Latina, la Iglesia católica fue capaz de combatir a la Teología de la Liberación o los movimientos nacidos a la luz del Concilio Vaticano II, como Cristianos por el Socialismo. La Iglesia de los pobres fue derrotada y muchos de sus sacerdotes asesinados en los años de la lucha contrainsurgente. Otros fueron torturados hasta la muerte por las dictaduras militares en Chile, Argentina, Paraguay, Brasil, Guatemala, El Salvador, Honduras o Nicaragua. Sus superiores miraron hacia otro lado o fueron cómplices de los crímenes. ¿Cómo explicar el tedeum en la Catedral de Santiago dando gracias a Pinochet por salvar a Chile de la dictadura marxista, mientras se asesinaba a mansalva en los centros de tortura, tras el golpe de Estado? o ¿las continuas declaraciones de los rabinos en pro de la dictadura argentina?


Ningún gobernante en América Latina se atreve a desafiar el poder real de la Iglesia, sea cual sea su orientación. Gobierna bajo su ala, de lo contrario la tendrá como enemigo, sus años de gobierno serán tormentosos, cuando no sometidos a continuos descalabros y crisis. Mejor negociar entre sus adeptos. Tener el beneplácito de la Iglesia supone millones de votos, mostrarse practicante sumiso, conlleva un plus. Muchos votarán sin importarle sus principios políticos, sólo su ideología. Brasil es un buen ejemplo. Lula o Bolsonaro, ambos se acercaron a las iglesias para contar con sus apoyos y conseguir votos.


Las iglesias están en guerra, no por el control de sus feligreses sino por el poder del Estado en América Latina. Declararse ateo, agnóstico es un hándicap. En sociedades donde la religión sigue siendo el valor más importante para fortalecer los vínculos entre la sociedad civil y la sociedad política, no hay espacio para la separación Iglesia-Estado. Sus jerarquías son conscientes de su poder real. Pensar que la influencia de Dios en la política es nueva es no entender el origen teológico del poder. Buscar explicaciones de coyuntura a una realidad donde la debilidad de los movimientos seculares es lo que marca la agenda, es no entender el problema. Los proyectos emancipadores no han podido llevar a cabo una revolución capaz de romper la hegemonía de las iglesias, más allá de una declaración de intenciones. Ni siquiera los procesos de desamortización en el siglo XIX y las reformas liberales lograron sus objetivos. Occidente se constituyó bajo la cruz y la espada. Hoy las cruces y las espadas se diversifican. América Latina es un campo de batalla donde están en juego los valores republicanos en medio de una acometida de fundamentalismos religiosos que socavan la democracia y la libertades seculares.

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Miércoles, 07 Noviembre 2018 06:21

El odio y la guerra en Estados Unidos

El odio y la guerra en Estados Unidos

Donald Trump y Barack Obama advirtieron en repetidas ocasiones que las elecciones legislativas de este pasado martes en Estados Unidos serían las de mayor consecuencia en la historia de ese país. Tenían razón. Pero cuando se apuntó que los comicios serían una especie de referéndum nunca se dijo que el tema más profundo, el de la guerra y la paz, estaría ausente de esta jornada electoral.

Unos días antes de las votaciones para renovar el Poder Legislativo en Estados Unidos, el economista Paul Krugman señaló que el odio estaría en las boletas electorales. Ganador del Premio Nobel de Economía, Krugman tiene una columna en el New York Times y es una de las voces más influyentes en su país. Sin duda tenía razón, pero paradójicamente le faltó agregar que las guerras de su país no tienen cabida en el debate electoral. Ese hecho revela que en la sociedad estadunidense el patriotismo se ha convertido en una enfermedad que ha infectado a demócratas y republicanos por igual.

En el más reciente informe sobre operaciones bélicas dado a conocer por la Casa Blanca, se señala que las fuerzas armadas de Estados Unidos están peleando siete guerras. (El informe). Las operaciones van desde Afganistán e Irak, hasta Siria, Yemen, Somalia, Libia y Níger. Esas intervenciones se llevan a cabo bajo la Autorización para el empleo de la fuerza armada, promulgada en 2002, a unos meses de los atentados contra las Torres Gemelas. Según la Casa Blanca, las operaciones se llevan a cabo en contra de Al Qaeda, las fuerzas del Estado islámico (ISIS), Al-Shabaab y, por último, la red de fuerzas fieles al talibán. Las hostilidades ocupan todo el territorio de lo que la administración Obama definió como el "arco de inestabilidad".

Al día de hoy, las bajas militares sufridas por las fuerzas estadunidenses en Afganistán (desde que se inició esa guerra en 2001), llegan a 2 mil 415. En Irak las bajas alcanzan 4 mil 497 muertes y más de 32 mil heridos. Los decesos de civiles iraquíes ascienden a 1 millón 455 mil 590. No existe una cifra confiable sobre las muertes de civiles en Afganistán, pero esa guerra es ya la de mayor duración en la historia de Estados Unidos. Y según cualquier indicador que quiera usarse, Washington no está "ganando" la guerra en Afganistán. Habría que decir que ya nadie sabe bien lo que significaría una victoria en ese conflicto.

Pero cuidado con dirigir algo que se parezca a una crítica a estas operaciones bélicas, porque en Estados Unidos el tema del patriotismo y los jóvenes en uniforme es sacrosanto. El pueblo simplemente ha sido acondicionado para adorar a los héroes que llevan el uniforme. Basta observar el fervor patriotero en cualquier encuentro deportivo para darse cuenta. Hasta la sátira política de Comedy Central y Saturday Night Live, tan aguda como irreverente, se cuida mucho de criticar el despliegue militar del imperio para no despertar la furia del público.

El presupuesto militar en Estados Unidos, aprobado en agosto, es de 717 mil millones de dólares (mmdd). Es el más importante en la historia de ese país y nadie dice nada sobre este tema. Aun recortándolo a la mitad, ese gasto militar sería superior al de Rusia, China, Irán y Corea del Norte juntos. Solamente el incremento de 200 mmdd autorizado por Trump podría garantizar educación pública gratuita a nivel universitario a toda la población escolar de Estados Unidos. Los principales beneficiarios son las grandes compañías, como Raytheon, Boeing, Northrop-Grumman, Lockheed-Martin y General Dynamics. El desvío de recursos hacia la industria militar ha contribuido en el pasado a la pérdida de competitividad de la industria estadunidense, pero a nadie se le ocurre cuestionar la política exterior de Washington basada en la idea de un estado de guerra permanente.

Al electorado estadunidense le preocupa primordialmente el régimen de acceso a la salud, los impuestos y los migrantes. Aquí es donde Trump ha echado leña a la hoguera, infundiendo miedo con el espectro de una caravana de unos 5 mil migrantes centroamericanos que lentamente se abre paso a través del territorio mexicano rumbo a la frontera con Estados Unidos. El delirante Donald no escatima recursos retóricos y habla de hordas y hasta de una invasión que amenazaría la integridad de la frontera sur de su país. Su desplante electorero de enviar entre 5 mil y 15 mil efectivos armados a la frontera sur puede llegar a costar más de un centenar de millones de dólares. Pero la preocupación de los demócratas fue más por el efecto sobre las elecciones que sobre el tema del empleo del ejército, no fuera a ser que el electorado llegara a pensar que están criticando a los chicos y chicas en uniforme que luchan por "la patria".

Los dirigentes del Partido Demócrata han criticado a Trump por promover el odio y por sus políticas que provocan mayor división. Pero nadie critica las guerras del imperio. Pueden criticar el odio, pero no la guerra.

Twitter: @anadaloficial

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Miércoles, 07 Noviembre 2018 05:36

Ni Ni

Ni Ni

No hubo ola demócrata ni tornado de Trump. En un país dividido como pocas veces en su historia, la narrativa periodística tiende a quedarse con Trump sí o Trump no y quién controla la Cámara de representantes en el Capitolio, donde los republicanos arrancaron con veintitrés bancas de ventaja, cuestión que al cierre de esta edición aún no había sido dirimida. 

El resultado de esa gran contienda mediática mantuvo al país del norte despierto hasta la madrugada y cuando terminen de conocerse los resultados alentará o deprimirá a oficialistas u opositores, según el caso, pero no mucho más. Con el Senado fuera del alcance de los demócratas, Trump tiene asegurada su inmunidad a un juicio político y la certeza de que le seguirán aprobando jueces que sean de su agrado, esto es, conservadores y antiabortistas. Y para aprobar leyes, si no retiene su mayoría de diputados, a lo sumo tendrá que arrancarle algún voto al grupito de demócratas conservadores con la reelección amenazada.


Los republicanos están con Trump, de eso no hay dudas. Podrá gustarles más o menos su xenofobia, sus mentiras y sus provocaciones, pero hace rato que no se animan a desafiarlo. Después de los insultos en los debates partidarios de dos años atrás, después de que se le plantaran los popes partidarios en Washington, después de golpear y negociar con Wall Street y la comunidad de inteligencia, Trump ya tiene a la tropa propia bajo control y encima entusiasmada. Él mismo ha retribuido semejante lealtad con un raid proselitista que lo llevó de Montana a Georgia. La economía funciona, al punto que no fue tema de debate en esta elección. Trump hizo eje en fortalecer las fronteras y eligió como rival a la caravana de cinco mil inmigrantes centroamericanos pobres o indigentes que avanzan desesperados a través de México buscando su salvación en las puertas de Estados Unidos. No pasarán, gritó Trump en cada acto de campaña, como si se enfrentara a un ejército invasor.


Del otro lado de la vereda, tal como explica la CNN, Trump enfrentó “la antipatía intensa de gente joven y minorías y una resistencia amplia entre blancos con títulos universitarios, especialmente mujeres”. Todo esto le ha costado al presidente votos y bancas en los suburbios multiétnicos y de alto nivel educativo que rodean a las grandes ciudades, y también en el cordón del sudeste, donde el voto latino, tradicionalmente demócrata, crece exponencialmente.


Pero nada es tan blanco o negro o tan definitivo. Esta elección es también el tropiezo de carreras políticas prometedoras, como la de Stacey Abrams en Georgia, y la confirmación de otras figuras como la de Alexandria Ocasio Cortez en el Bronx. Es la vigencia del mensaje clasista de Bernie Sanders, que fue reelecto, en un pequeño pero creciente grupo de rebeldes demócratas. Es el clásico mano a mano en la Florida de los Bush, donde casi siempre las elecciones se dirimen por pocos votos. Es el crecimiento de Trump en el círculo del óxido, la región industrial que rodea a los Grandes Lagos, la que más se benefició con sus políticas comerciales proteccionistas. Es la elección con más candidatas mujeres de la historia, 53 al senado y 476 a diputados, reflejo del movimiento #MeToo. La mayoría de ellas pertenecen al partido opositor y no de casualidad. Según un sondeo de Post-NBC citado por el diario El País de España, un 66 por ciento de las mujeres estadounidenses no aprueba la presidencia de Trump, contra solo el 54 por ciento de los hombres. Es la elección de mitad de término que más votantes atrajo en las últimas décadas. Y es, sobre todo, una elección que no es una sino muchas, abarcando desde consejos deliberantes hasta gobernaciones, pasando por legislaturas estatales y nacionales, donde las personalidades juegan tanto como la orientación política, donde los temas locales se cruzan con los provinciales y nacionales.


Todas esas elecciones grandes y chicas están atravesadas por el plebiscito de la gestión de un presidente que ha sabido generar grandes amores y odios con un discurso violento y divisorio, pero también reivindicativo de una cuasi mayoría silenciosa blanca, evangélica, conservadora y machista. O sea, una mitad del país que se identifica con un cambio de ciclo después de medio siglo de avances sociales, legales y políticos de minorías raciales, sexuales y religiosas a través de programas de gobierno como la Acción Afirmativa, de fallos históricos como Rowe vs. Wade y Brown vs. Board of Education, culminando con la presidencia de un afroamericano con nombre islámico nacido fuera del continente americano, Barack Hussein Obama. Y como frutilla del postre, en la última elección presidencial aparece la primera candidata mujer del partido Demócrata, la ex canciller y primera dama Hillary Clinton. Para ellos la aparición fue providencial.
El debate cultural entre estos dos países que conviven en uno continúa. Al final del día ni siquiera hizo falta contar los votos. Después de una jornada política intensa, Estados Unidos se fue a dormir tan crispado y polarizado como cuando se despertó.
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 Mientras los republicanos de Trump consolidan su mayoría en el Senado estadounidense

Avance demócrata en la Cámara de Representantes

En la elección estadounidense de mitad de término más concurrida y disputada de los últimos años, los opositores al presidente Trump sumaban triunfos en diputados y, al cierre de esta edición, quedaban cerca de la mayoría.

El Partido Demócrata arrebató ayer los primeros escaños a los republicanos en la Cámara de Representantes en los estados de Virginia y en Florida. El puesto de la congresista republicana por la península de Florida, Ileana Ros-Lehtinen, no logró ser renovado por su partido. En su lugar, la demócrata Donna Shalala se impuso y se consagró como la primera cubana-estadounidense elegida al Congreso. La ex secretaria de salud de la administración de Bill Clinton, obtuvo el 51,72 por ciento de los votos frente al 45,96 por ciento de su principal oponente, la candidata republicana María Elvira Salazar, una conocida periodista de medios hispanos. En tanto, la demócrata Jennifer Wexton se impuso en Virginia a la republicana Bárbara Comstock, que salía a defender el escaño, por 57 por ciento de los apoyos, frente a un 43. Los demócratas recuperaron también la Gobernación de Illinois con triunfo de Jay Robert Pritzker. El político de 53 años de edad derrotó de manera contundente al actual mandatario estatal, el republicano Bruce Rauner, con 64,2 por ciento de los votos. El triunfo del multimillonario Pritzker permite recuperar la gobernación para los demócratas en el quinto estado del país, con 12,8 millones de habitantes, después que el republicano Rauner ganase las pasadas elecciones. Rauner concedió la derrota cuando se habían escrutado 2.164 mil de los 10.114 precintos abiertos en todo el estado, y el republicano solamente había logrado el 31 por ciento. Pritzker, heredero de la cadena de hoteles Hyatt, de 53 años, que gastó más de 150 millones de dólares de su propio bolsillo en la campaña, no reaccionó de inmediato, aunque en su cuartel general ubicado en un hotel céntrico sus seguidores recibieron con vítores la declaración de Rauner admitiendo la derrota. Pritzker, prometió prometido rescatar a Illinois de su difícil situación financiera, y “plantar cara” al presidente Donald Trump y su “agenda destructiva”, según declaró en una entrevista. Hasta el cierre de esta edición, 15 senadores demócratas revalidaron su escaño en el Senado en las elecciones legislativas de medio mandato. Entre ellos se encuentran los senadores Ben Cardin, por Maryland; Elizabeth Warren, por Massachusetts; Sheldon Whitehouse, por Rhode Island; Bob Casey, por Pensilvania; Thomas Carper, por Delaware; y Bob Menéndez, por Nueva Jersey; que se impusieron a sus rivales republicanos. También lo hicieron los demócratas Chris Murphy, por Connecticut; Sherrod Brown, por Ohio; Joe Manchin, en Virginia Occidental; Kirsten Gillibrand, por Nueva York; Amy Klobuchar, por Minesota; Martin Heinrich, de Nuevo México; Tammy Baldwin, de Wisconsin; y Tim Kaine, por Virginia. A ellos se suma el senador independiente Bernie Sanders, que forma parte de la bancada demócrata por Vermont y que fue candidato a las primarias del Partido Demócrata para las elecciones presidenciales de 2016, y que revalidó su puesto.


En tanto el Partido Republicano consiguió arrebatar a los demócratas el primer escaño en el Senado de EE.UU., con su candidato por Indiana, Mike Braun, que se hizo con el puesto de senador por este estado que hasta ahora ostentaba el progresista Joe Donnelly. Braun se convirtió así en el primer conservador que se hace con un escaño que hasta ahora pertenecía a un progresista. En Misisipi, logró la reelección el también senador republicano Roger Wicker.


Los sondeos dibujan un panorama favorable para los demócratas en la Cámara de Representantes, donde necesitan ganar 23 escaños para recuperar una mayoría que los republicanos han ostentado desde 2011. En el Senado, por el contrario, el mapa es mucho menos propicio para los progresistas, donde tienen que defender más asientos que los republicanos, y en estados especialmente conservadores. Actualmente, los republicanos tiene una mayoría de 51 a 49 en la Cámara Alta, y hasta el cierre de la edición, los sondeos apuntaban a que la mantendrían.

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Martes, 06 Noviembre 2018 06:22

La tímida reacción de la izquierda

La tímida reacción de la izquierda

Tradicionalmente, en Estados Unidos las elecciones parlamentarias suelen ser una expresión crítica sobre el presidente, por lo cual el partido de la oposición casi siempre recupera el terreno perdido en las elecciones anteriores. Sin embargo, debido el hecho de que los representantes y los senadores sirvan períodos diferentes (dos años unos, seis los otros), rara vez los cambios son masivos, ya que nunca es todo o nada, como puede serlo en las elecciones presidenciales.

Este año se espera que los demócratas recuperen la cámara baja y los republicanos mantengan el control de la cámara de senadores, más allá de que pierdan votos (foto de candidaturas de la oposición). La verdadera sorpresa sería que los demócratas recuperen el control de la cámara alta.


Estas elecciones dejarán claro cierto hastío de un creciente número de estadounidenses, sobre todo jóvenes, hacia las políticas y la nueva cultura literaria del presidente Trump, algo que ya había comenzado muchos años antes con las movilizaciones del Tea Party.


Entre las políticas y los temas sociales que han comenzado a movilizar sectores anti-Trump está todo lo relacionado a las minorías y a la lógica misma del tejido social. Desde los movimientos de mujeres (feministas o no) hasta el resurgimiento del racismo abierto contra los negros y, especialmente contra los inmigrantes pobres, no europeos, pasando por la tendencia mundial a la violencia religiosa que nos está sumergiendo rápidamente en una nueva Edad Media.


Los frecuentes atentados motivados por el odio tribal, como la más reciente matanza en la sinagoga de Pittsburgh, están basados en las proto teorías de los nacionalistas blancos y neonazis que consideran que los judíos están ayudando a los pobres de Honduras a invadir este país para continuar el “extermino blanco”. La idea popular de un “white genocide” (genocidio blanco) lleva a lunáticos como el asesino Robert Bowers, reunido con otros cientos de miles en su propia burbuja de las redes sociales (en este caso, Gab.com) a realizar su propio extermino.


De esta forma, se produce la aparente (y solo aparente) paradoja de que Trump y su base evangélica es radicalmente pro-Israel al tiempo que es antisemita, antijudía (otra contradicción explosiva que también observamos y advertimos hace dos años). Diferente a los judíos en países como Argentina o Uruguay, en Estados Unidos esta comunidad (dejemos de lado la minúscula y poderosa elite de los lobbies) siempre han apoyado a la izquierda y a las causas de las minorías, incluso contra las políticas de Israel en Palestina.


En este momento, la guerra semántica es lo más importante y donde se define el futuro del mundo. Siempre fue importante (es la idea central de nuestro estudio de 2005 sobre la lucha por los campos semánticos), pero ahora, más que nunca, vuelve a revelarse en todo su drama. Las palabras valen, y mucho. Hace un par de días los militares en Nigeria masacraron manifestantes que se atrevieron a arrojar piedras. Días antes Trump había afirmado que era totalmente legítimo que los militares estadounidenses usen armas de fuego si algunos en la caravana de refugiados hondureños se atrevían a lanzar piedras. Algo que, en la práctica no es ninguna novedad (basta con echar una mirada a lo que pasa diariamente en Gaza), pero que lo diga el presidente de Estados Unidos es una forma de legitimación de la barbarie. De la misma forma, en muchos otros temas, desde los sexuales hasta los raciales.


Desde ese mismo punto de vista narrativo, los republicanos tienen a favor una economía que, en sus números macros (PIB, desempleo, etc.) se encuentra en su mejor momento de los últimos cincuenta años. El pasado viernes se reportó la creación de 250 mil nuevos puestos de trabajo, y los dos cuatrimestres pasados tuvimos crecimientos del PIB de 4,2 y 3,2 por ciento, casi tan altos como dos cuatrimestres de la era Obama en el 2014. Obviamente que, si miramos todas las gráficas económicas, esos valores que se repiten en los discursos (con exageración trumpiana típica “nunca antes en la historia”) ya habían comenzado a mejorar en el primer año de la administración Obama. Cada gráfica sólo muestra la perfecta continuación de tendencias anteriores. Hay que agregar otro factor: el recorte de impuestos aprobado en el año 2017, el cual benefició ampliamente a la minoría más rica de la población y algo, como efecto colateral, a los trabajadores, lo que sólo ha confirmado esas mismas tendencias.


De la misma forma que en el 2016 dijimos, en diversas entrevistas, que los recortes de impuestos a las grandes empresas, que la desregulación de los bancos, que el aumento del gasto militar y que las tentativas de privatizar lo que todavía estaba en manos del Estado iban a darle más oxígeno a los números macroeconómicos durante los primeros años de la administración Trump, también era de esperar que la historia de esos modelos económicos ya empleados por presidentes como Carlos Menem y George Bush podrían indicarnos que luego de la fiesta venía el funeral. La Argentina de Macri ya está en su funeral propio, pero Estados Unidos todavía está de fiesta. Dejemos de lado el detalle que Argentina no puede imprimir dólares ni puede enviar barcos de guerra a intimidar a la competencia comercial, como sí puede hacerlo Estados Unidos. Claro, si leemos los indicadores macroeconómicos y no atendemos a la creciente desesperación de los de abajo (podríamos detenernos en los problemas de educación, salud y desigualdades sociales), la cosa ha mejorado. Nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera la desmemoria del pueblo.


Estas elecciones de hoy significarán un leve, tímido giro de Estados Unidos hacia los de abajo. Deberemos analizar si el 2020 será un año de ruptura o, apenas, un capítulo en un proceso mayor. Lo que sí me animaría a predecir desde ya, como ya lo hemos hecho antes de las recientes elecciones de Brasil, es que, en un par de años, Estados Unidos estará a la izquierda de Brasil.
* Escritor uruguayo-estadounidense, autor de La reina de América y Crisis, entre otros libros. Profesor de International Studies en la Jacksonville University.

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Lunes, 05 Noviembre 2018 07:21

Dos palabras

lexandra Ocasio Cortez, de 29 años, es candidata a un escaño en la Cámara de Representantes y se define como socialista. Nació en el Bronx, Nueva York, y de ganar se convertiría en la mujer más joven en ser electa a la cámara baja.

Ante la sorpresa de ser obligado a usar la palabra "fascismo" para reportar sobre Estados Unidos hoy día (a lo que se dedicó la columna previa), ahora resulta que la otra palabra necesaria es: "socialismo".

Socialismo era palabra tóxica, casi prohibida, y se usaba para tachar de enemigo en la narrativa política estadunidense fuera de los pequeños círculos marginados que se atrevían a insistir en usarla. El anticomunismo y la guerra fría en todas sus dimensiones buscaron anular esa palabra. Pero de repente, el socialismo esta resucitando y es ahora parte de la pugna sobre el futuro de Estados Unidos.

En un sondeo de la Universidad de Chicago (Genforward) efectuado en mayo entre jóvenes entre 18 y 34 años de edad –conocidos como los Millennials que ahora son la generación más grande y diversa del país– la mayoría creen que se requiere de la intervención firme del gobierno y no dejar al "mercado libre" los problemas económicos; más aún, 61 por ciento de los demócratas de esta generación tiene una visión "favorable" del socialismo. En una encuesta de Gallup realizada en agosto de este año, 51 por ciento de los jóvenes entre esas edades afirmaron que ven positivamente al socialismo y, por primera vez se registró entre demócratas que tienen una imagen más positiva (57 por ciento) del socialismo que del capitalismo.

Fue el senador Bernie Sanders, quien se proclamó como "socialista democrático" en su campaña como precandidato presidencial demócrata, quien elevó este fenómeno a escala nacional. Sanders llamó por una "revolución política" en este país para "recuperar la democracia" del control del 1 por ciento más rico, empleando la narrativa contribuida al discurso nacional por el movimiento Ocupa Wall Street.

Al inicio, todos los expertos esperaban que sólo con esa etiqueta Sanders sería aplastado por la reina de ese partido, Hillary Clinton. Pero al llegar a la convención nacional, Sanders contaba con 48 por ciento de los delegados, y a pesar de ser el candidato más viejo, tenía la abrumadora mayoría del voto joven. Desde entonces, hay una batalla intensa dentro del partido entre su cúpula y los insurgentes.

El "socialismo" de Sanders y de la mayoría de los que se identifican, así se refiere más bien a la socialdemocracia del New Deal de Franklin D. Roosevelt o los modelos escandinavos actualmente. Casi ninguno de éstos está promoviendo una revolución del sistema económico, sólo hablan de reformarlo.

En estas elecciones intermedias hay decenas de candidatos que se definen como socialistas, la mayoría compitiendo en contiendas para puestos locales y estatales y unos cuantos federales, incluyendo a Alexandra Ocasio Cortez, quien será la mujer más joven en ser electa a la cámara baja del Congreso federal.

Desde las elecciones de 2016, la membresía de la organización social demócrata Democratic Socialists of America (DSA) se ha incrementado de 5 mil a 35 mil a escala nacional, con el número de sus filiales locales elevándose de 40 a más de 180. Pero los "socialistas" también están organizados en otras agrupaciones, algunas parte de la diáspora de la campaña de Sanders, como Our Revolution o Justice Democrats.

Tan presente esta la palabra "socialismo" que en octubre la Casa Blanca emitió un informe amplio advirtiendo de los "costos del socialismo", y cuya introducción empieza así: "coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx, el socialismo está retornando en el discurso político estadunidense. Propuestas políticas detalladas de autoproclamados socialistas están logrando obtener apoyo en el Congreso y entre gran parte del electorado" (https://bit.ly/2ySJwkA).

El propio Trump ha acusado que "la agenda demócrata es el socialismo" (noticia para la cúpula de ese partido), lo cual podría volver al país en Venezuela, y advirtió que si los demócratas ganan la mayoría en el Congreso en esas elecciones intermedias, eso "llevaría a Estados Unidos peligrosamente más cerca al socialismo".

Aunque el país no corre ningún peligro inminente de volverse socialista, lo sorprendente es que ya no se puede hablar, ni reportar, sobre Estados Unidos sin incluir esa palabra.

Por David Brooks/II y última

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La elección intermedia, referendo sobre Trump y la democracia en EU

En juego, 435 curules de la cámara baja; 35 escaños del Senado y 36 gubernaturas; se espera votación récord

Nueva York. Siempre dicen que "son las elecciones más importantes" de la década, del siglo, de toda la historia, pero en este caso, puede que tengan razón: las intermedias del 6 de noviembre son un referendo sobre Donald Trump y sus políticas, pero también sobre si aún funciona la luz de este país que se proclama el "faro de la democracia".

Más aún, definirán la configuración de la contraparte del gobierno entrante en México para los próximos dos años.

En estas elecciones intermedias está en juego el control del poder político en Washington, ahora bajo dominio republicano subordinado a Trump, donde están en juego las 435 curules que conforman la Cámara de Representantes, y 35 del Senado. El mismo día también culminan contiendas para gobernador en 36 de los 50 estados.

Las encuestas y analistas electorales coinciden en que los demócratas son favorecidos para reconquistar la cámara baja y que los republicanos mantendrán la mayoría en el Senado. Pero encuestas y analistas fracasaron monumentalmente en sus pronósticos de la elección presidencial de 2016, algo que tienen que reconocer una y otra vez en esta, su primera oportunidad para tratar de recuperar su confiabilidad.

Por lo tanto, aún es posible que el partido subordinado a Trump triunfe en ambas cámaras, con lo cual los próximos dos años se consolidaría no sólo el poder del presidente, sino que su agenda no enfrentaría ningún obstáculo. Igual, no se puede descartar la posibilidad de una derrota total de Trump y su partido, con los demócratas logrando la mayoría en ambas cámaras.

Casi todos afirman que esta elección es sobre todo el primer referendo sobre la presidencia de Trump. El propio presidente ha promovido eso, con su mensaje de que "voten como si yo estuviera en las boletas", y advirtiendo sobre consecuencias desastrosas para el país si gana esa "turba" demócrata que promoverá propuestas "socialistas" y abrirá las fronteras a los inmigrantes que llegarán no sólo a robarse empleos, sino que amenazarán al país si no por ser criminales, sí por votar.

El eje de la estrategia electoral promovida por Trump incluye la retórica y acciones antimigrantes, y Trump está apostando a que esto logrará mantener el control republicano del Senado por lo menos.

Trump no ha dejado de advertir que se aproxima una "invasión" de caravanas centroamericanas y que eso, combinado con "demócratas radicales", ponen al país en riesgo. Este domingo festejó cómo los soldados que está enviando están colocando un "bello alambre de púas" en la frontera.

Por su parte, Barack Obama, rompiendo con el protocolo de un ex presidente, ha reaparecido en actos de campaña para apoyar a su partido, afirmando que el "carácter mismo de nuestro país" está en juego y deploró que Trump y los suyos utilicen el temor a una caravana de pobres como "una amenaza existencial", como parte de su estrategia electoral.

Tanto los candidatos como un amplio espectro de ex políticos, figuras famosas de diversos sectores, desde las artes hasta los derechos civiles, argumentan que lo que está en juego en esta elección no es sólo el control del Congreso, sino la defensa de los fundamentos de la democracia en este país bajo asalto por Trump y sus aliados.

En gran medida en reacción a Trump, el elenco de contendientes tanto en las elecciones legislativas federales como en las estatales es el más diverso jamás visto: más mujeres candidatas que nunca, pero también más jóvenes, más musulmanes, más indígenas y más candidatos gay que nunca.

Ya se registra lo que se pronostica será un nivel récord de participación en una elección intermedia, algo que suele favorecer a los demócratas. Algunos datos preliminares indican que los jóvenes están votando en cantidades sin precedente en este tipo de comicios.

Pero tal vez lo más alarmante es que después de casi dos años de Trump, la oposición no sea aún más abrumadora.

Trump continúa con un bajo índice de aprobación; 41.9 por ciento en el promedio de las principales encuestas calculadas por FiveThirtyEight de ABC News. El campeón de la mentira y el engaño –según el conteo del Washington Post ha hecho 6 mil 420 declaraciones falsas en unos 650 días– Trump ha multiplicado su promedio de cinco mentiras por día a 30 durante las pasadas semanas, en la culminación el ciclo electoral.

Pero aun con las trampas, trucos, engaños, la apatía y sobre todo el dinero (ésta será la elección intermedia más cara de la historia), millones se movilizan en estos comicios para repudiar tal vez el asalto más brutal contra los derechos y las libertades civiles, las mujeres, las minorías, los migrantes y los medios en tiempos recientes en este país. La elección intermedia no sólo será un referendo sobre Trump; también medirá la fuerza de la resistencia a su régimen.

 

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Lunes, 05 Noviembre 2018 06:34

Brasil incuba el huevo de la serpiente

Brasil incuba el huevo de la serpiente

La amenaza del fascismo se acrecienta en el país vecino de la mano del colapso económico y la crisis de inseguridad. El riesgo del Estado fallido. El Mercosur se debilita e impacta en la posibilidad de inserción comercial de la Argentina.

Descomposición y fascismo


En Brasil prevalecen condiciones comparables a aquellas que facilitaron el avance del fascismo durante la década de 1930. Siguiendo a Karl Polanyi en su Gran Transformación, el (neo)liberalismo se tradujo allí en un proceso de extrema privatización de la vida cotidiana, circunstancia que derivó en el desesperado llamado al orden y la disciplina en las últimas elecciones. Para Polanyi el sistema liberal colapsó en los años 30 por las características intrínsecas a la utopía liberal: la pretensión de que el mercado auto-regulado permitiría el bienestar colectivo. Para esta utopía la propia fuerza de trabajo y la naturaleza deberían reproducirse mediante relaciones de compraventa sin otra orientación que la ganancia. Pero la mercantilización lleva implícita una desagregación social contra la que permanentemente se oponen mecanismos de auto-protección: tanto en términos de organización social y productiva como a través de la reivindicación política por normas y derechos universales. El autor muestra cómo la desarticulación social provocada por el desmoronamiento del mercado generó como reacción el surgimiento de propuestas totalitarias.


Desde 2013 la mayor parte de los brasileños sufren un colapso económico. Sus efectos se sintieron especialmente en el mercado de trabajo y en las condiciones de vida de los sectores populares. Desde 2014 a 2018 la desocupación abierta alcanzó 13 por ciento, mientras que entre la población ocupada el trabajo informal supera 40 por ciento. Recuérdese que desde 2017 el trabajo formal se encuadra en la nueva reforma laboral que precariza sus condiciones. Junto al colapso económico se deterioraron las instituciones políticas y el aparato estatal. Aunque el Estado de Derecho siempre fue una formalidad para pocos, en las periferias urbanas el espacio público fue privatizado por bandas de narcotraficantes y grupos para-militares: Durante 2017 se registró una tasa de 30,8 asesinatos cada 100 mil habitantes, unos 64 mil homicidios. El desamparo y la virtual desaparición del Estado facilitan la propagación de iglesias evangélicas como exclusivos lugares de socialización en territorios carentes de servicios públicos. Una vez que la izquierda abandonó el trabajo de base, notorio en los años 80, estas iglesias y sus redes de negocios se desempeñan como equivalentes a punteros de barrio de usos múltiples: imponen disciplina y autoregulación, dan contención espiritual, ayudan en la desesperada búsqueda de empleos. Y aunque puedan parecer objetivos contrapuestos, en forma simultánea promueven la familia patriarcal y la posmoderna ideología del emprendedorismo individual.


Es en estas condiciones socioeconómicas donde debe pensarse el masivo apoyo al discurso de extrema-derecha. La restauración del orden, la disciplina y las jerarquias son hoy prioridad para la mayoría de los brasileños. “Brasil arriba de todos y Dios arriba de todo”, reza el lema y nombre oficial de la coalición electoral recientemente vencedora. ¿Las iglesias evangélicas y los movimientos políticos de extrema derecha son mecanismos de autoprotección de la sociedad en los términos de Karl Polanyi? Aunque en una escala simbólica efectivamente representan un urgente llamado al orden por encima de cualquier otro objetivo o valor, sean éstos los derechos humanos o la libertad de enseñanza, al promover políticas económicas neoliberales, como la privatización y los ajustes fiscales, y al santificar las prácticas individualistas del emprendedorismo en desmedro de la acción colectiva, agudizan la descomposición estatal y el desamparo social. De no revertirse estas tendencias, es más probable que Brasil se convierta en un Estado fallido a que devenga en un régimen fascista de tipo clásico sustentado en un Estado todopoderoso como aquellos que estremecieron al mundo en la década de 1930.


** Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Brasil, y la Universidad Nacional de Moreno (UNM), Argentina.
** Profesor de la Universidad Federal Fluminense (UFF), Brasil.

 

 

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