Domingo, 25 Octubre 2020 05:51

Un plebiscito en modo covid-19

Un plebiscito en modo covid-19

Piñera despliega medidas sanitarias y miles de carabineros en Chile

 

Este domingo Chile decidirá cambiar o mantener la Constitución de 1980, elaborada entre cuatro paredes por la dictadura de Pinochet y que benefició al empresariado en desmedro de los derechos ciudadanos. Tanto, que eso fue el detonante de las grandes movilizaciones iniciadas en octubre del año pasado, lo que obligó al gobierno a acordar un plebiscito.

El votante se va a encontrar con dos papeletas, la primera con la opción “Apruebo” y “Rechazo” el cambio de constitución. La segunda es sobre la forma de redactar la eventual nueva Carta Magna: “Convención Constitucional” (155 ciudadanos elegidos por la ciudadanía) versus “Convención Mixta” (86 parlamentarios y sólo 86 ciudadanos elegidos).

Según la Encuesta Data Influye, ganaría el “Apruebo” con un 69 por ciento y la “Convención Constitucional” con un 6. Se estima que esta votación será la que tendrá la mayor participación desde el plebiscito del Si y el No de 1988, donde cayó Pinochet. El voto está marcado por el coronavirus que ya causó 18.313 decesos considerados casos sospechosos, pero sin confirmar. Otro dato relevante es que Chile acaba de superar este sábado los 500 mil contagios confirmados desde que comenzó la pandemia. Es decir, uno de cada 40 habitantes.

Sin embargo, desde las recientes Fiestas Patrias del 18 de septiembre, cuando el gobierno finalmente autorizó reuniones sociales, en teoría, restringidas, la ciudadanía ha comenzado a tomarse las calles. Se ve sobre todo los fines de semana, aprovechando la primavera y el progresivo desconfinamiento de la ciudad. Y no sólo para retomar las protestas en el sector de Plaza Baquedano/Plaza Italia, sino también en los parques, malls, locales comerciales con aforo reducido o los restaurantes que han dispuestos sus mesas en las calles aunque con discutibles medidas de distancia social sumados a la falta de mascarilla para comer y conversar.

El gobierno de Sebastián Piñera ha asegurado medidas para proteger a los votantes que según estimaciones recientes llegarían a un ochenta por ciento de los 14.796.244 habilitados para votar. El ministro del interior Víctor Pérez prometió fiscalizaciones en la calle. “Al interior de los recintos electorales no se puede fiscalizar, la fiscalización es externa (…) Esperamos que las personas que tengan covid 19 se queden en sus casas, para que se cuiden ellas mismas y cuiden a los demás”.

El gobierno también anunció que va a desplegar 23 mil carabineros para resguardar la seguridad, junto al establecimiento anillos perimetrales que buscarán evitar el contacto de los votantes luego que salgan de los lugares de votación. Los locales donde se votará, principalmente colegios, serán sanitizados varias veces al día con amonio cuaternario y nanoparticulas de cobre. 

Un detalle es que además del uso obligatorio de mascarillas y la distancia social, serán los propios votantes deberán llevar lápices tipo bic de color azul en reemplazo del clásico lápiz mina de procesos anteriores. Esto debido a que otro tipo de lápices impiden la legibilidad del voto y que colores pasta como el rojo permiten que el voto se vea desde el exterior. También están prohibidas las remeras o cualquier alusión visible a las opciones en disputa. 

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Sábado, 24 Octubre 2020 06:09

La derrota del racismo

Luis Arce y David Choquehuanca, elegidos presidente y vicepresidente de Bolivia, durante la campaña electoral. AFP, MAS

El nacimiento de un nuevo ciclo político en Bolivia

 

Tras el abrumador triunfo del MAS y con el fin del régimen de Áñez, se abre un nuevo escenario que va más allá de un simple retorno de los partidarios de Evo Morales al Palacio Quemado: ahora la derecha es más fuerte que en 2005 y las bases masistas se encuentran empoderadas y movilizadas luego de su tenaz resistencia al despotismo.

 

En sus primeras declaraciones, el presidente electo, Luis Arce Catacora, esbozó modos y maneras diferentes a las practicadas por Evo Morales en sus 14 años de mandato: «Vamos a construir un gobierno de unidad nacional, vamos a trabajar y vamos a reconducir el proceso de cambio sin odios y aprendiendo y superando los errores como Movimiento al Socialismo [MAS]».

Esas declaraciones encarnan lo que siente una parte del 52 por ciento del electorado que el domingo 18 votó por la candidatura Arce-Choquehuanca. De primar ese sentimiento, es posible que Bolivia se encamine ahora en una dirección distinta a la que predominó durante los gobiernos de Morales-García Linera y, en especial, durante el año en que gobernó Jeanine Áñez.

Es que algo importante parece haber cambiado en el seno del MAS, en particular entre las dirigencias que permanecieron en el país durante un año plagado de incertidumbres y haciendo frente al odio racista desplegado por el gobierno golpista. Un cambio que se refleja en las palabras dichas el lunes 19 por la presidenta del Senado, la masista Eva Copa, sobre el anunciado retorno de Morales: «Nosotros no creemos que sea el momento adecuado, él tiene temas que solucionar todavía. Pero nosotros a la cabeza de Luis Arce y como Asamblea [Parlamento] tenemos tareas que culminar».

UN RESULTADO TRANSPARENTE

Explicar por qué el MAS, sin Morales como candidato, recogió siete puntos más que lo hecho hace un año atrás requiere una doble mirada. Por un lado, a la hora de desmenuzar los resultados, casi todos los analistas colocan en un lugar destacado la gestión del gobierno de Áñez y en particular la del ministro de Gobierno, Arturo Murillo.

«Áñez fue la gran jefa de campaña del MAS», dijo el lunes a la emisora Erbol el politólogo y docente de la Universidad Mayor de San Andrés Roger Cortez, quien agregó que habría que dar «medallas especiales a los ministros de Gobierno y Defensa». El caso de Murillo enseña los peores rasgos de un gobierno de transición que deseaba quedarse el mayor tiempo posible. El rechazo a Murillo provino no sólo de una parte importante de la población, sino también de varios ministros que renunciaron a sus cargos por disconformidad con sus declaraciones, ya que acostumbraba a lanzar amenazas e investigaciones contra oponentes, periodistas y compañeros de gabinete que osaran cuestionarlo. El racismo y las posiciones ultraderechistas enajenaron del oficialismo incluso a parte de las clases medias que se pronunciaron contra Morales en octubre de 2019.

Lo cierto es que el MAS ganó en los cinco departamentos de mayoría indígena: en La Paz superó el 68 por ciento y en Oruro, el 62 por ciento; en Cochabamba votó por encima del 65 por ciento; en Potosí alcanzó el 57 por ciento y en Chuquisaca, el 49. Ganó también en Pando, con el 45 por ciento. Carlos Mesa, sin fibra y muy escorado a la derecha, ganó en Tarija con casi diez puntos de ventaja, pero en Beni con un margen más ajustado.

La polarización territorial es evidente, tanto como el crecimiento de una nueva derecha radical. Recordemos que en las elecciones de 2014 el MAS había obtenido el 49 por ciento de los votos en Santa Cruz y que ahora quedó estancado allí en el 35 por ciento, a contracorriente de su ascenso en el resto del país con respecto a 2019. En ese departamento ganó con holgura el domingo el ultraderechista Luis Fernando Camacho, con el 45 por ciento de los votos.

Para Cortez, la victoria del MAS se explica por el predominio de un electorado conservador, pero no en el sentido ideológico de la palabra, sino en su adhesión al pragmatismo. Una buena parte de los votantes, afirma, se inclinó por Arce «por la situación que vive el país, porque, aunque conoce las fechorías del gobierno del MAS, también sabe y recuerda los resultados que este obtuvo en materia de pobreza e igualdad». En suma, votó por lo conocido, ya que «Arce tiene mejores posibilidades que sus contrincantes de hacerlo bien».

Sin embargo, el analista no se muestra nada optimista de cara al futuro inmediato. Sostiene que el MAS va a tener en contra enemigos más poderosos que los que tuvo en las elecciones: el coronavirus y la inminencia de una segunda ola, y una economía con ingresos decadentes por exportaciones de gas e inversiones en petróleo que, en vistas del actual contexto internacional, difícilmente llegarán.

EL FACTOR CHOQUEHUANCA

El vicepresidente electo tiene una extensa trayectoria política. Durante el gobierno de Morales fue canciller (2006-2017), hasta que el jesuita Xavier Albó tuvo la ocurrencia de mencionarlo como eventual candidato a la presidencia del MAS, ya que el referendo de 2016 había denegado a Evo esa posibilidad. Mantiene un largo diferendo con el exvicepresidente Álvaro García Linera (quien lo tildó de «pachamámico» por su apoyo a la espiritualidad ancestral) y Evo lo aceptó como vice para estas elecciones a regañadientes, presionado por las bases y los movimientos sociales, que se empeñaron en defender su candidatura (véase «La última palabra», Brecha, 24-I-20).

Para algunos, su presencia en la boleta fue clave para el triunfo holgado del domingo. Pablo Solón, exembajador ante la ONU por el gobierno de Morales (2009-2011), lo escribió sin matices al día siguiente de las elecciones: «El MAS no ganó por Evo, sino a pesar de Evo. Evo quería marginar a David Choquehuanca, que es el candidato elegido por las organizaciones sociales, principalmente indígenas de las tierras altas y los valles. El triunfo del MAS fue aplastante en las áreas rurales de estas regiones en gran medida debido a la candidatura de David».

En esas regiones es donde el MAS recuperó los niveles de votación más altos que tuvo en su historia y que habían caído hasta mínimos en octubre de 2019. Este domingo, en Oruro, Potosí y La Paz el voto masista creció entre 15 y 18 puntos en sólo un año. El desastroso gobierno de Áñez y Murillo parece no bastar para explicar este repunte.

Solón recuerda en su blog que en el congreso del MAS de este año «las organizaciones sociales indígenas del altiplano y los valles asumieron una determinación democrática desde las bases que hicieron prevalecer a medias frente a Evo, porque su posición original era “David presidente”». La conclusión del exdiplomático es lapidaria: los resultados de estas últimas elecciones demuestran que en 2019 el MAS se habría evitado contratiempos si hubiera dejado de insistir en la reelección de Morales, forzada a contrapelo de un plebiscito y de la propia Constitución.

Lo cierto es que el factor Choquehuanca no es un asunto de afinidades personales, sino un emergente de las relaciones entre la cúpula del MAS (Morales y García Linera) y las organizaciones sociales. Es probable que en los primeros meses no se repitan escenas de intimidación y cooptación de los movimientos como las vistas durante los gobiernos pasados del MAS, sino que la pelea interna se focalice en arrinconar al nuevo vice, contando con la neutralidad del nuevo mandatario.

«Arce está decidido a mostrar otra cara», explicó Cortez, «pero la situación interna del MAS es complicada». El analista vaticinó, incluso, que el actual presidente podría no cumplir los cinco años de su mandato, ya que a los problemas internos del partido de gobierno se debe sumar una crisis económica que no dará tregua.

MOVIMIENTOS Y PROCESO DE CAMBIO

El director del periódico Pukara, de orientación indianista, Pedro Portugal, señaló este martes que «cuando Evo Morales renunció al poder, tras las elecciones fallidas de 2019, se vislumbró que sectores populares e indígenas eran contrarios al expresidente o estaban indiferentes a su suerte» (Página Siete, 20-X-20).

Pukara reúne a buena parte de la intelectualidad aymara en evidente pugna con García Linera por el relato histórico-político del proceso político boliviano (el exvicepresidente lidera a su vez lo que los indianistas denigran como «el entorno blancoide» de Morales). Según su director, Choquehuanca se movió a sus anchas en el mundo andino durante la campaña electoral. Entre otras cosas, relata, además, que como canciller fue discriminado y excluido de un gobierno en el que se lo consideraba un mero «representante indígena». El conflicto que tuvo con Linera, e indirectamente con el mismo Evo Morales, le habría servido para congeniar con sectores indígenas que empezaban a tener una actitud crítica al MAS, sostiene Portugal.

Prueba de ello son las charlas que Choquehuanca mantuvo durante la campaña con Felipe Quispe, el Mallku, histórico dirigente aymara del altiplano que asumió el liderazgo de varios bloqueos con los que, en agosto, protestaron contra la constante postergación de las elecciones ejercida por el régimen (véase «En suspenso» , Brecha, 28-VIII-20). Días antes de los comicios, Quispe dijo que iba votar por el MAS para respaldar a Choquehuanca: «En estas elecciones tenemos que votar para nuestros propios hermanos que están como candidatos, [como es] el caso de nuestro hermano David Choquehuanca» (Eju.tv, 15-X-20).

Quispe mantuvo tensos enfrentamientos con Morales durante el ciclo de protestas del período 2000-2005, que se saldó con la llegada del MAS al gobierno. Cuando su hijo Ayar fue asesinado en mayo de 2015 en una plaza de El Alto, llegó incluso a acusar indirectamente a su excompañero de guerrilla, el entonces vicepresidente, García Linera, de haber sido el inspirador del crimen (Correo del Sur, 3-VI-15).

Lo cierto es que los vientos no corren a favor de los cuadros que encabezaron el gobierno de Evo. Las juventudes del MAS se han pronunciado en contra del retorno inmediato del expresidente, apelando a la figura andina de la rotación: «Las 20 provincias hemos propuesto que el hermano presidente Evo Morales no tenía que volver porque él ya ha trabajado» (Radio Fides, 19-X-20).

Las bases de los movimientos sociales parecen tener claro que no debe repetirse el libreto anterior, en particular en las relaciones con el gobierno. El exdirigente fabril Oscar Olivera, referente principal de la guerra del agua –que en abril del año 2000 dio inicio al ciclo de protestas antineoliberales–, dijo a Brecha que «la gente confía en reconducir el proceso de cambio» y se mostró favorable a Choquehuanca.

Solón coincide con esta apreciación: «La clave para un relanzamiento del proceso de cambio no está tanto en el futuro gobierno, sino en la capacidad de autogestión y autonomía de las organizaciones sociales y su capacidad de retomar un curso de propuestas alternativas a todos los niveles». Además, piensa que las demandas de 2003, articuladas en torno a la Agenda de Octubre que inspiró al primer gobierno de Evo, están agotadas y que es necesaria una nueva estrategia.

Un dato mayor a tener en cuenta en el nuevo período será la casi inevitable repetición del proceso de entrega de prebendas a dirigentes, una historia que se arrastra desde la revolución de 1952, en reiteración de un vínculo corrupto que ya es cultura política y práctica asentada. Esto viene agravado por el surgimiento durante los gobiernos del MAS de lo que Solón denomina «nueva burguesía», un clase social «asociada a la burocracia estatal, los contratos con el Estado, el comercio, el contrabando, las cooperativas mineras y la producción de la hoja de coca ligada al narcotráfico».

Piensa que estas nuevas elites seguirán incidiendo en el gobierno y en el partido. «El futuro gobierno del MAS es ya un espacio en disputa». Pero ahora la palabra la tendrán, una vez más, las bases sociales rurales y urbanas, esas que llevaron a Morales al gobierno, que lo dejaron caer al no movilizarse en su defensa y luego pelearon y se sacrificaron contra la derecha racista hasta doblegarla. Acumulan una larga experiencia y sabiduría y las pondrán en juego en los próximos meses.

 

Por Raúl Zibechi
23 octubre, 2020

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¿Por qué volvió a ganar el MAS? Lecturas de las elecciones bolivianas

Contra todos los pronósticos, el Movimiento al Socialismo (MAS) se impuso en las elecciones bolivianas con más del 50% según todos los conteos rápidos. ¿Qué explica este resultado a solo un año de la caída de Evo Morales?

 

El triunfo del binomio Luis Arce-David Choquehuanca en primera vuelta, con más de 50% de los votos, acabó abruptamente con muchos de los análisis vertidos durante toda la campaña y le permite al Movimiento al Socialismo (MAS) volver al poder a solo un año de haber sido ejecutado por unas movilizaciones combinadas con un motín policial y, finalmente, el aval de las Fuerzas Armadas.

¿Qué explica está victoria y el fracaso de la candidatura de centroderecha de Carlos Mesa? ¿Qué nos dice este proceso electoral, que logró desarrollarse en orden y con un rápido reconocimiento de los resultados, aún preliminares, por parte de todas las fuerzas políticas? Para responder a estas preguntas, Nueva Sociedad pidió la opinión de analistas e investigadores sociales, que proyectan sus miradas más allá y más acá de las elecciones del pasado 18 de octubre.

Pablo Ortiz (periodista)

Un año después de su caída, el MAS vuelve a ser el partido hegemónico de la política boliviana. Es el único realmente estructurado, con una militancia y un voto fidelizado, que resiste incluso la salida del escenario político de su máximo líder y fundador: Evo Morales.

La elección general de 2020 es la primera elección sin Evo Morales desde 1997 y es la primera votación que cumple con el referendo del 21 de febrero de 2016, que le dijo a Morales que no podía aspirar a una nueva reelección. Durante toda la campaña se había hablado del siguiente quinquenio presidencial como un ejercicio de transición antes de llegar al posmasismo, pero las urnas decidieron contradecir a los pronosticadores de la política y dictaron sentencia: no era el proyecto del MAS el que estaba agotado, sino el mando único, la repetición sin fin de la figura de Morales como presidente.

Luis Arce Catacora concluirá primero cuando se termine de contar los votos y habrá logrado entre seis y diez puntos más que Morales en las elecciones fallidas de 2019. Para eso necesitó algunas herramientas que lo llevaron a un triunfo con una ventaja insospechada.

La primera fue la estrategia correcta. Mientras que Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho y otras fuerzas menores apostaron al clivaje MAS/anti-MAS (todos se presentaban como la mejor opción para que el anterior partido de gobierno jamás volviera), el MAS puso el acento en la crisis económica y la estabilidad como ejes de discurso y apostó a consolidar su voto duro como objetivo público número uno. El MAS desarrolló una campaña en los márgenes de las ciudades, con caminatas y concentraciones pequeñas, mezclando reuniones sindicales con conferencias académicas para alejarse de la imagen que predominó en la última campaña de Morales.

Arce y sus estrategas apostaron por las barrios alejados, por los pobres y los empobrecidos del coronavirus; por quienes pasaron de la pobreza a la clase media durante los 14 años de gobierno de Morales y volvieron a caer en la pobreza por el coronavirus; por la nostalgia que el agravamiento de la crisis (a principios de mayo, 3,2 millones de bolivianos no tenían lo suficiente para comprar alimentos, por culpa de la pandemia y la cuarentena) creó de los años de bonanza del MAS.

Para eso tuvo aliados involuntarios, ambos llegados desde el Oriente boliviano, las regiones del país que siempre se le resistieron a Morales. La primera «ayuda» fue la del gobierno de transición. El gobierno de Jeanine Áñez era leído como la continuación de la llamada «revolución de las pititas», la revuelta ciudadana que precedió al motín policial y la «sugerencia» de renuncia de la Fuerzas Armadas a Evo Morales. La presidenta, surfeando sobre los 100 días de luna de miel, se animó a lanzar su candidatura en enero pasado para unas elecciones que debían ser en mayo, y con ello destruyó las bases de su gobierno: un pacto no escrito entre todas las figuras del antievismo para asegurar una transición que finalizara con un partido distinto del MAS en el poder, y la colaboración de los dos tercios de diputados y senadores del MAS en la Asamblea Legislativa, que entendían que colaborando con Áñez llegarían antes a unas elecciones que los devolverían al poder.

Con el inicio de la campaña, cayó el coronavirus. Al tiempo que familiares y ministros de Áñez comenzaban a disfrutar de las ventajas del poder (aviones, fiestas), sus aliados de retiraban dejando un reguero de hechos de corrupción que destruyeron uno de los primeros mitos fundacionales del antievismo: ellos eran capaces de cometer los mismos actos de corrupción y abuso de poder que el MAS. El tiro de gracia a la popularidad de Áñez llegó en plena cuarentena: se compraron más de 100 respiradores de origen español que no solo se pagaron cuatro veces más de su precio de lista, sino que no servían para terapia intensiva. Así, los reemplazantes de los supuestos corruptos y fraudulentos no solo eran corruptos, sino también altamente ineficientes. En pocos meses, y en medio de la pandemia, cayó un ministro de Salud tras otro.

Pero hubo una «ayuda» más. De las calles surgió un liderazgo potente y que prometía victoria: Luis Fernando Camacho, el hombre que había liderado la «revolución de las pititas» e incluso había forzado a Morales a abandonar Bolivia (tras la renuncia del presidente, él mismo anunció que estaban buscándolo para arrestarlo, lo cual precipitó la evacuación hacia México), se postuló para presidente aprovechando su gran popularidad en Santa Cruz.

El MAS y Arce aún eran hegemónicos en La Paz y Cochabamba, pero necesitaban que la renuente Santa Cruz, la segunda región con mayor cantidad de votantes de Bolivia e históricamente antimasista, no se inclinara por Mesa, el candidato que más cerca estaba de Arce. En 2019 se había dado un escenario parecido. Morales lideraba las encuestas y Santa Cruz estaba controlada por Óscar Ortiz, candidato local que aspiraba a ser presidente, pero en la última semana la estrategia de «voto útil» de Mesa le dio 47% de los votos cruceños y lo acercó lo suficiente a Morales como para discutir si había ganado en primera vuelta o no.

Esta vez, Camacho no sufrió el mismo efecto de desgaste. Surgido de las calles, religioso y con un discurso que exuda testosterona, tiene una impronta más emocional que propositiva y se planteó a sí mismo como el garante de que Morales no volvería al país. Pero esa no fue la clave para que se impusiera ante la estrategia del voto útil de Mesa, sino que logró exacerbar el orgullo identitario del cruceño y convertirlo en voto. A diferencia de Ortiz, Camacho no trató de «nacionalizarse» para conquistar votos, sino que apostó por convertir al resto de los bolivianos en cruceños. Eso, sumado a la juventud del votante cruceño, convirtieron a Camacho en una fuerza local e irreductible que cerró el territorio de Santa Cruz a Mesa y polarizó el voto con Arce, lo que le permitió a este una victoria más holgada.

Eso sí, nadie se esperaba que Arce, que no es caudillo sino tecnócrata, superara el 50% de los votos. Para ello tuvo que hacer algunas jugadas finales, que lo acercan a priori a ser el primer presidente del posevismo antes que la continuidad de Morales. Lo primero fue tener la capacidad de criticar la gestión de Morales y cuestionar el entorno con el que gobernó el «primer presidente indígena». Arce ha prometido un gobierno de jóvenes, de nuevas figuras. Lo segundo fue alejar del votante boliviano esa idea de que el MAS viene a eternizarse en el poder. Arce ha prometido gobernar solo cinco años y «reencaminar el proceso de cambio». Y la tercera promesa fue desterrar la idea de que con el MAS volverían las persecuciones políticas y el revanchismo. Arce ha prometido también que no perseguirá a policías ni a militares involucrados en la renuncia de Morales.

Así, el tecnócrata logró resetear el proceso de cambio y podrá gobernar con mayoría absoluta en ambas cámaras de la Asamblea Legislativa. Sin embargo, para saber si de verdad el MAS entró en la era posevista, habrá que ver cuál será el rol de Morales cuando regrese a Bolivia. De ello no solo dependerá la autoridad que podrá ejercer Arce sobre su bancada y sobre el país, sino también su estabilidad política. Para ganar, para cerrar el territorio cruceño a Mesa, el MAS hizo crecer a golpes a Camacho. Ahora, con todo el poder territorial conseguido en el Oriente, este será el único opositor con capacidad de movilización con el que tendrán que lidiar.

Julio Córdova Villazón (sociólogo, investigador sobre movimientos religiosos y cultura política)

Según los conteos rápidos no oficiales, el MAS obtuvo una contundente victoria en primera vuelta con 52% de los votos. ¿Por qué el desempeño electoral del MAS fue tan exitoso, excediendo las expectativas, incluso de los más optimistas? Por tres razones principales.

Primero, por la emergencia de un «voto de resistencia» de sectores urbano-populares y campesinos. Estos sectores fueron objeto de varias violencias en los últimos meses: a) la violencia electoral: su voto por el MAS en 2019 fue escamoteado a raíz de una falsa denuncia de fraude avalada por la Organización de Estados Americanos (OEA); b) la violencia simbólica: hubo constantes descalificaciones desde el Estado y en las redes sociales pobladas por sectores conservadores de clases medias, se difundió la imagen de «hordas de violentos e ignorantes» en referencia a estos sectores populares, y en noviembre de 2019 algunos policías quemaron la wiphala (bandera indígena reconocida constitucionalmente); c) la violencia militar-policial, concretada principalmente en las masacres de Sacaba (en los valles) y de Senkata (en el Altiplano); d) la violencia económica: las medidas de cuarentena frente al covid-19 fueron tomadas en desmedro del sector informal de la economía.

Segundo, por la rearticulación de las organizaciones sindicales y campesinas. En los últimos años estas organizaciones resultaron debilitadas por su propia relación clientelar con el gobierno de Evo Morales. Después de la renuncia del presidente en noviembre de 2019, estas organizaciones lograron rearticularse rápidamente, en un tejido social vigoroso, que mostró su musculatura paralizando Bolivia a principios de agosto de este año para impedir el prorroguismo del gobierno de transición. Este tejido organizacional fue la base de un renovado apoyo electoral al MAS.

Tercero, por la propia debilidad política y electoral de los competidores de derecha del MAS, fragmentados y enfrentados entre sí. El candidato de centroderecha Carlos Mesa no logró articular un proyecto de país ni un discurso electoral capaz de seducir a los indecisos del Occidente boliviano. El candidato de la derecha empresarial, Fernando Camacho, tampoco logró convencer a los indecisos del Oriente del país. Hasta una semana antes de las elecciones, en el bastión electoral de Camacho, en el departamento de Santa Cruz, había 28% de indecisos, que representan 7,5% del padrón electoral total. Son personas de sectores pobres que fueron excluidos por los empresarios a los que representa el líder cruceño, y que fueron violentadas en las movilizaciones que lideró este empresario contra Evo Morales hace un año. En la elección del 18 de octubre, estos indecisos de tierras bajas optaron por el MAS, en rechazo a una elite empresarial incapaz de incluirlos en su «modelo de desarrollo». Por eso el MAS obtuvo 35% de los votos en esa región.

El próximo gobierno del MAS, con Arce a la cabeza, estará signado por la crisis económica, el conflicto social y la emergencia sanitaria por el covid-19. El apoyo de 52% del electorado no significa una sólida base social necesariamente. El MAS no logrará controlar los dos tercios de la Asamblea Legislativa como lo hizo en los últimos años. La coyuntura política requiere de una cultura democrática de construcción de acuerdos con otros actores políticos. Y tal cultura es muy débil, casi inexistente, en un MAS acostumbrado a un tipo de hegemonía política que ya no existe en Bolivia.

Verónica Rocha Fuentes (comunicadora social)

Durante toda la campaña para las elecciones del 18 de octubre se evidenció la existencia de una categoría de voto que había tenido poca relevancia en otras elecciones anteriores, aquella que se denominó «voto oculto». Esa categoría de votos, junto con la de «voto indeciso», fue determinante para establecer una diferencia que, según todas las proyecciones, es de más de 20 puntos en favor de Luis Arce Catacora. Los múltiples estudios de opinión que se presentaron durante el periodo de campaña electoral habían logrado detectar la existencia de ese voto con una prevalencia mucho mayor a los datos históricos. Lo que no lograron las instituciones de estudios de opinión fue detectar a dónde se iba a dirigir esa votación. En las primeras horas de conocerse esta tendencia, todo parece indicar que fueron esas categorías de voto las que terminaron definiendo la amplia victoria del MAS en primera vuelta.

Un voto que se llamó oculto durante el periodo de campaña y que, tras la jornada electoral, bien podría apellidarse «paciente» podría ser útil para graficar no solo el inesperado virtual resultado, sino además el proceso electoral más largo y difícil de la reciente historia democrática de Bolivia. El voto oculto y paciente no habría sido otro fenómeno distinto de aquel que durante el periodo de la democracia pactada y neoliberal se conocía como el de la «Bolivia profunda». La misma que, habiendo «salido a la superficie» en los últimos años –proceso constituyente de por medio– casi desapareció por completo durante el año de gobierno transitorio en el que se desarrolló el proceso electoral de 2020, y cuya presencia se extinguió en la maquinaria simbólica, institucional, mediática y empresarial que suele establecer las narrativas en pugna política. Tras un año de cotidiana y sistemática estigmatización del «masismo» (o cualquiera que «pareciera» pertenecer o adherir al MAS), todo apunta a que sus partidarios optaron por ocultarse y esperar las urnas. Ocultarse por miedo, ocultarse por vergüenza o quizá hasta ocultarse por estrategia.

Voto oculto sí, pero también inusitadamente paciente. Ese voto que terminó definiendo una virtual pero amplia e indiscutible victoria en primera vuelta tuvo que atravesar una crisis institucional, un gobierno transitorio, una pandemia, un inicio de crisis económica, cuatro cambios de fecha de votación, una jornada electoral bajo amenazas del gobierno, cambios en los planes del Tribunal Supremo Electoral de ultimísima hora, votar bajo un país militarizado y no contar con ningún resultado durante la jornada electoral para, finalmente, con una paciencia que varias veces rozó el límite pero no cedió, aferrarse a lo último que le quedaba a Bolivia antes del precipicio: las urnas.

Así, en menos de un año, bajo la narrativa de un fraude electoral, Bolivia ha transitado abruptos, forzados y violentos reacomodos de su tejido político, institucional y mediático; todo esto a la sombra de un complejo tejido social que, aunque dañado, pareciera haber mantenido sus estructuras en pie. Y que, oculta y pacientemente solo, parecía esperar la oportunidad legítima para volver a dejarse ver. Al menos, ese pareciera, por ahora, el principal resultado de las recientes elecciones que, sin duda, van mucho más allá de una virtual victoria del MAS, pues establecen los mínimos sobre los cuales tocará establecer un urgente proceso de reconciliación nacional.

Fernando Molina (periodista y escritor)

No cabe duda de que los adversarios del MAS subestimaron el potencial electoral de este partido y de su candidato Luis Arce. Por un lado, las encuestas –que no detectaron la verdadera intención de quienes se presentaban como indecisos– los despistaron. Por el otro lado, esta subestimación se debió a la incapacidad de estos grupos políticos, que representan a las elites tradicionales, de reconocer al MAS como una expresión genuina de los sectores sociales menos pudientes y más indígenas del país. En cambio, normalmente han visto al MAS como «marioneta del chavismo», «organización delincuencial», «grupo de narcoterroristas» y han considerado la adhesión que despierta como un fenómeno puramente clientelar.

En esta miopía existe una fuerte carga de racismo. Desde siempre, los sectores tradicionalmente dominantes del país han concebido la politización de los subalternos –que socava los pilares meritocráticos y hereditarios de su poder– como una irrupción de la irracionalidad y la codicia. Esto viene desde el siglo XIX, cuando los representantes de la oligarquía de la época, los septembristas, se quejaban por «tener que descender» a la actividad política a causa de la invasión de esta por el «cholaje belzista» (por los seguidores de Isidoro Belzu), que era tanto como decir la «barbarie».

La subestimación de la que hablamos estuvo presente en el candidato Carlos Mesa, que fue incapaz de construir un partido con incidencia en el mundo indígena. También estuvo presente en el gobierno interino de Jeanine Áñez, que gobernó con la mente puesta en las clases sociales más elevadas, las cuales querían vengarse del MAS y estaban acostumbradas a ver a los indígenas exclusivamente como empleados o incordios sociales.

Las elites se han revelado incapaces de analizar por qué Evo Morales les ganó en 2005, las razones del predominio político de este durante tantos años y las causas por las que el MAS no se hizo trizas después de su caída en noviembre de 2019. Bolivia no es censitaria desde 1952, pero la mentalidad de sus elites tradicionales sigue siéndolo.

De este modo, pese a que estas triunfaron sobre Morales el año pasado y tenían posibilidades de construir una hegemonía –contaban con el apoyo de la parte más educada y económicamente acomodada de la población, así como con un respaldo «intenso» de las Fuerzas Armadas y la Policía–, perdieron el poder que tanto anhelaban solo un año después de haberse hecho de él.

Unas elites oligárquicas y racistas gobernaron el país de 1825, fecha de su nacimiento, hasta 1952, año de la Revolución Nacional. Lo hicieron sobre la base de la imposición ciega y violenta de su voluntad sobre una mayoría ignorante y a menudo silenciosa. Las condiciones de este dominio fueron desapareciendo en el último medio siglo, pero la elite misma solo cambió superficialmente. Hasta hoy sigue siendo «tradicional» y con tendencias a oligarquizarse. Esta es la «paradoja señorial» de la que hablaba René Zavaleta.

La transformación más importante en las condiciones de dominio se dio cuando los sectores subalternos encontraron la forma de crear su propia expresión político-electoral: el MAS. Desde ese momento, la acción electoral ha resultado manifiestamente adversa a los partidos de las elites tradicionales. Teóricamente hablando, la forma en que estas podrían recuperar el poder de una manera algo más durable sería por medio de la fuerza bruta, como en los años 60 y 70, pero esta vía es imposible hoy por las características «epocales».

Por otra parte, una reforma de las elites tradicionales parece imposible. Si no aprendieron la lección después de que Morales se aprovechara de sus errores, abusos y excesos durante el neoliberalismo para derrotarlas, es difícil pensar que aprenderán alguna vez. En efecto, apenas tuvieron una oportunidad de prevalecer nuevamente, desnudaron los mismos vicios y la misma miopía que tenían en los años 90, o unos vicios y una miopía peores aún, porque en este tiempo no impera el neoliberalismo sino una forma particularmente perversa del conservadurismo, el populismo de derecha.

Al mismo tiempo, el MAS haría mal si también menospreciara a sus adversarios en el futuro. Aunque esta no parece capaz de generar un proyecto sostenible de poder en un país insumiso y mayoritariamente indígena como Bolivia, de todas formas está furiosa, resentida, acumula gran parte del capital económico y casi todo el capital cultural y, como demostró en el último año, tiene fuerza suficiente, en alianza con las clases medias militares y policiales, para destrozar las bases de sustentación del proyecto antagónico. Puede salirse del marco democrático cuando esto le sea posible.

Las elites tradicionales pueden aprovechar las deficiencias y fallas del bloque popular (como hizo con el narcisismo de Morales y la corrupción de su gobierno) y atacar justo cuando este pierda pie, se equivoque, se confunda y entonces deje de ser 50% más uno del pueblo boliviano.

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Lunes, 19 Octubre 2020 06:14

El MAS y un triunfo arrollador

El MAS y un triunfo arrollador

Victoria en las elecciones

 

A pesar de la intervención desvergonzada de la OEA, del Departamento de estado norteamericano, de una ultraderecha sometida a las órdenes de fuerzas externas. A pesar de ello el MAS y su binomio conformado por Luis Arce Cataroa como presidente y David Choquehuanca a la vicepresidencia, lograron una victoria furibunda e indiscutible en las elecciones a la que fueron convocados 7.3 millones de bolivianos.

Un 53% y una diferencia de 20 puntos sobre Carlos Mesa Gisbert (31,2%) y cuarenta puntos sobre Luis Fernando Camacho (14,1%), son cifras extraordinarias, que representan aire fresco para la lucha de los pueblos. Con esto se confirma, tal como se sostuvo, que hubo una operación destinada a impedir el triunfo del MAS, por parte de la derecha en las elecciones del año 2019. Avalado esto por los gobiernos derechistas latinoamericanos, el silencio cómplice de organismos internacionales. Hubo un golpe de estado orquestado por Washington y sus aliados incondicionales y que con el triunfo de este 18 de octubre permite al pueblo boliviano volver a Palacio Quemado y además controlando las dos cámaras del parlamento. Una victoria que traerá consigo un tremendo impacto regional e internacional, que da nuevos aires al progresismo en América Latina y que recupera la democracia para Bolivia y su pueblo, que sabiamente vuelve a confiar en aquellos que lo dignificaron, que le dice no al racismo, al robo, al sometimiento a Washington y le dice no a la corrupción.

Mientras más postergaba la derecha golpista el convocar a elecciones, con una estrategia política errada del gobierno de facto presidiso por Jeanine Añez, más debilitaban sus opciones. Esto, pues ante la política supremacista, racista, de corte fascista, de insulto al pueblo indígena a sus símbolos y cultura. En ese contexto, más y más la sociedad boliviana, los más humildes, tenían más tiempo de comparar lo que había sido un proceso revolucionario, que durante 14 años le cambio la cara y el organismo entero a esta Bolivia. Una revolución que nacionalizó los recursos naturales, que llevó a los indígenas a ocupar Palacio Quemado y decirle al mundo que Bolivia existía, que tenía una dignidad que necesitaba aflorar tras cientos de años de sometimiento y abusos. Cada día que pasaba el pueblo más ponía en la balanza a los golpistas con el MAS

El ministro de gobierno de la dictadura, el empresario Arturo Murillo estuvo en la noche del día 18, largas horas presionando a los medios de comunicación, al Tribunal Supremo Electoral y a las encuestadoras para que no dieran a conocer lo que ya se sabía a las 20:00 horas y que demoró cuatro horas en visibilizar: el triunfo del MAS era inobjetable triunfando por una mayoría abrumadora. Una maniobra que comenzó a cocinarse en la vista que hizo Murillo a la sede de la OEA a fines de septiembre y al Departamento de Estado dirigido por Mike Pompeo, que dieron las órdenes y los apoyos necesarios para impedir que el MAS volviera a presidir el gobierno. Un plan que mostró su fracaso absoluto, una derrota del imperio y de los gobiernos derechistas latinoamericanos coordinados por Almagro.

El resultado del recuento fue claro y planeadamente postergado. El propio ex presidente Evo Morales, en conferencia de prensa dada en Argentina sostuvo “Las empresas encuestadoras se niegan a publicar el resultado en boca de urna. Se sospecha que algo están ocultando”. Por su parte, Sebastián Michel, vocero del MAS señaló que existía una estrategia del gobierno de facto para lograr que no se entregara información y así generar un clima de violencia con el objetivo final de anular las elecciones. La enorme amplitud de cifras entre Arce y Mesa ha hecho imposible llevar a cabo lo que el departamento de estado norteamericano, junto a la OEA habían planeado junto al ultraderechista Ministro de Gobierno Arturo Murillo.

La parte más difícil viene ahora para recuperar una vida trastornada por una dictadura que ha violado los derechos humanos en todos los ámbitos en que pueden ser violados; sanitarios, integridad física, en el acceso al trabajo, a la educación, en derechos cívicos y políticos. Ahora viene justicia por los muertos, por los humillados sanar las heridas propiciadas por un gobierno de facto que cometió atropello a los derechos de millones de bolivianos y bolivianas.

En un interesante análisis de Mario Rodríguez, periodista y educador popular boliviano con especialidad en interculturalidad, los resultados de estas elecciones el 18 de octubre “han sido una victoria en el territorio del enemigo, en un campo conservador donde se aglutinó lo más fascista que puede tener la política. Articulado en los sectores más retrógrados que puede tener un país. Un triunfo sobre el dinero, el poder mediático, los poderes hegemónicos. Dicho marco permite evidenciar que En primer lugar es evidente que se trata de una victoria del pueblo boliviano, que supera la conformación partidaria y sumerge a la sociedad en la búsqueda de su futuro.

En segundo lugar, para el análisis interno de lo que ha sido una fortaleza en el masismo, se conformó el sujeto de lo plurinacional, con un abanico amplio de posibilidades, que hay que fortalecer. Un triunfo que se da contra viento y marea, que permite pensar en transformaciones profundas. Un tercer elemento es que se necesita una profunda reflexión y una crítica respecto a lo que fueron los gobiernos del MAS para recomponer elementos que fueron erosionados y que necesitan ser reconstituidos en la capacidad de participación popular. Y en cuarto lugar este triunfo es un tremendo impulso para las luchas populares en Latinoamérica, de la patria grande.

Claramente este es un laurel obtenido por el MAS, una conquista enorme, que representa la justeza de tres lustros de gobierno transformador en Bolivia, que caló hondo, que a la hora de la comparación le ganó por cientos de miles de votos a esa derecha recalcitrante. Una derrota del fascismo que le va a doler a la derecha, al grupo de Lima, al converso Luis Almagro que deberá responder de esta derrota ante sus amos estadounidenses, que gastó cientos de millones de dólares, para tratar de consolidar un gobierno de facto y darle posibilidades a la derecha boliviana, para tratar de volver a ejercer sus gobiernos nefastos, fracasando estrepitosamente en esta misión que los visibiliza como lo que son: oportunistas, racistas, soberbios y escasos de visión, para calar en plenitud el pensamiento y los anhelos de un pueblo que aprendió a defender su dignidad.

Para el triunfador de estas elecciones del 18 de octubre Luis Arce Catacora, el desafío es claro “Hemos recuperado la democracia y la esperanza, como también estamos recuperando la certidumbre para beneficiar a la pequeña, mediana, gran empresa, al sector público y a las familias bolivianas. Gobernaré para todos los bolivianos y trabajaré para reencaminar, sobre todo, la estabilidad económica del país” Luis Arce agradeció la confianza del pueblo boliviano, de los militantes del MAS, de la comunidad internacional y a los observadores que llegaron para supervigilar las elecciones.

El MAS logró una victoria inapelable, a pesar del Covid 19, las amenazas del gobierno y los intentos de impedir que se votara. El MAS arrasó en las grandes ciudades y en el mundo rural. No hubo lugar en Bolivia, donde el mundo masista no haya logrado hacer morder el polvo de la derrota a Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho y los suyos. El MAS triunfó a pesar de la labor de desestabilización de la OEA y el títere Luis Almagro secretario general de esta organización, definida como el Ministerio de colonias de Estados Unidos. El MAS triunfó a pesar de fuerzas poderosas en su contra, porque la marcha justa no tiene freno posible.

El MAS triunfó porque el pueblo sabio de Bolivia entendió, que a pesar de todas las críticas que a su movimiento se le podían hacer, hizo un trabajo que tenía como centro a los más postergados de Bolivia, por la defensa de sus derechos y la construcción de aquellos negados, a los que por cientos de años fueron humillados, denigrados y que con el MAS comenzaron a andar con su marcha de gigantes. No hay freno posible cuando un pueblo defiende lo suyo

Por Pablo Jofré Leal | 19/10/2020 

Cedido por www.segundopaso.es

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Lunes, 19 Octubre 2020 06:10

La decisión

 El movimiento Black Lives Matter ha logrado sacudir a Estados Unidos con la alianza de una amplia gama de organizaciones sociales. La imagen, de archivo, durante una protesta en Portland.Foto Ap

Corrupto, traficante de influencias, mentiras sobre engaños, sobre falsedades, incompetente, neofascista, xenófobo, el que dio la orden para separar familias inmigrantes a la fuerza y enjaular a niños inmigrantes, violador y hostigador sexual, rechazador de la ciencia, racista, enemigo de la prensa, represor y macartista, antimexicano y constructor de muros, gánster y bully, delincuente de sus obligaciones fiscales y de servicio militar son sólo algunas de la palabras que todos hemos tenido que reportar de manera objetiva y con amplia evidencia una y otra vez a lo largo de los últimos cuatro años.

Concluirá su primer plazo en la Casa Blanca con más de 220 mil estadunidenses fallecidos (hasta ayer) –más que cuatro veces los perecidos en Vietnam– en gran medida por su manejo de la pandemia, y con una pérdida neta de empleos (unos 3.9 millones y contando) entre otros desastres y como un presidente que fue impeached.

Donald Trump no puede resolver los problemas más urgentes de la nación porque él es el problema más urgente de la nación, declara la junta editorial del New York Times, la cual advierte que la relección del magnate representa la amenaza más grande a la democracia estadunidense desde la Segunda Guerra Mundial.

Pero a pesar de todo eso también tenemos que reportar que, cuatro años después, este sujeto goza de más de 40 por ciento de aprobación en los sondeos. ¿Qué hacer con eso?

Al mismo tiempo, el senador socialista democrático Bernie Sanders, como aspirante presidencial este año fue el político nacional más popular del país, y su candidatura fue una grave amenaza a la cúpula del Partido Demócrata, la cual se dedicó a descarrilarla. Pero él y sus millones de seguidores son expresiones de algo nuevo que continúa; vale recordar que hoy día según los sondeos, la mayoría de los jóvenes de Estados Unidos favorecen el socialismo, y que 40 por ciento de todos los estadunidenses expresaron preferir vivir en un país socialista sobre uno capitalista. ¿Qué hacer con eso?

De hecho, Trump declaró la semana pasada que la elección es una decisión “entre una pesadilla socialista y el sueño americano”, aunque para socialistas como Sanders, esa elección es una entre Trump y la democracia.

Tal vez la noticia más importante de esta coyuntura política no es la contienda entre Trump y su contrincante demócrata Joe Biden y la pugna entre republicanos y los demócratas que impera en los medios, sino el surgimiento de un masivo aunque fragmentado movimiento social conformado por diversas corrientes que de repente se encuentran en las calles y en el ciberespacio que incluyen –a veces juntos, a veces por separado– la amplia coalición bajo la etiqueta de Black Lives Matter (su parte más políticamente dinámica es Movement for Black Lives, una red de 150 organizaciones) y sus aliados multirraciales e intergeneracionales, junto con viejas y nuevas expresiones latinas, maestros rebeldes, enfermeras heroicas, azafatas que eligieron a una socialista como su líder nacional, inmigrantes que salvan y reconstruyen a este país todos los días, ambientalistas –sobre todo los jóvenes que han amanecido con Greta–, estudiantes contra la violencia de las armas, ni hablar de los diversos movimientos encabezados por mujeres y la comunidad gay, que en su conjunto está sacudiendo a este país y que ofrece la promesa de consolidarse en el gran movimiento progresista que se requiere para rescatar a Estados Unidos de sí mismo.

Dicen que el futuro del experimento estadunidense está en juego en esta elección. Por ahora hay una gran batalla entre defender los mecanismos ya deteriorados de la elección, con una multitud de iniciativas, coaliciones y redes preparándose –tardíamente– para defender la expresión de la voluntad popular, porque ni eso está garantizado en esta crisis democrática.

Pero aquí, más que una elección, se vive un momento de decisión sobre y entre el futuro y el pasado de Estados Unidos, con implicaciones planetarias.

https://www.youtube.com/watch?v= dWUa7aAIfLE&feature=youtu.be

https://youtu.be/Kgdfxeh0WtE

https://www.youtube.com/watch?v= quSvEOzZqhI

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Plaza “Dignidad” se llena en Santiago de Chile celebrando un año del estallido 

A una semana del plebiscito constitucional

Hace un año comenzó un movimiento social sin precedentes en la historia reciente del país trasandino que, tras una sangrienta represión y la tozudez del gobierno de Piñera, terminó llevando a referéndum la Carta Magna de Pinochet. Al final de la tarde, encapuchados comenzaron a armar barricadas y generar desmanes sin que la policía interviniera. 

 

Ni la pandemia, ni la represión policial que terminó hace dos semanas con un chico lanzado al río Mapocho ni los llamados del gobierno a “ser responsables” ante el plebiscito del 25 del octubre —donde se decidirá cambiar la Constitución establecida por Pinochet en 1980— impidieron que se llenara esta tarde el sector de Plaza Italia, histórico centro de protestas y manifestaciones en Santiago de Chile.

La zona, frontera simbólica entre las comunas acomodadas y los sectores más populares, fue rebautizado como “Plaza de la Dignidad” por los manifestantes que exactamente hace un año comenzaron el llamado “Estallido Social”. Una serie de protestas, paros nacionales, cabildos ciudadanos, memes en redes sociales o colectivos feministas como Las Tesis lograron alterar el programa de gobierno, los planes de la clase política y a la elite chilena muy cómoda con la herencia de la dictadura. Algo que también dejó decenas de muertos, violaciones a los derechos humanos y más de 500 jóvenes heridos por carabineros que, mostrando su rostro más salvaje, dispararon balines directo al rostro de los manifestantes.

Hasta las 19:00 la manifestación había sido pacífica, con cantos como “el pueblo unido jamás será vencido”, banderas mapuche (curiosamente la bandera chilena ha terminado siendo asociada a la derecha y su particular concepto de patriotismo), algunos en bicicleta y otros con parlantes entonando canciones-himno como “El baile de los que sobran” del grupo pop de los `80 Los Prisioneros. También había carteles que dicen “Renuncia Piñera”. La multitud incluso fue capaz de abrirse espacio para que pasara “el bus del pueblo”, una antigua micro (colectivo) amarillo que ha sido uno de los clásicos de las protestas. La policía se mantenía a distancia y el gobierno monitoreaba desde la Moneda el lugar que se comenzó a llenar desde las 10:00 de la mañana.

Sin embargo, como en un guión que se viene dando desde la gran movilización estudiantil de 2011, grupos de encapuchados comenzaron a armar barricadas y generar desmanes sin que la policía interviniera y —lo más notable— en el horario en que comienzan los noticieros centrales de TV.

Una dinámica violenta que hace que los manifestantes vayan desocupando el recinto y provocando a otros tanto contra los encapuchados como la policía. Esta vez no fue la excepción: la parroquia de carabineros y la iglesia La Asunción fueron atacadas y parcialmente quemadas, al mismo tiempo que comenzaban saqueos (frustrados) en locales aledaños a la plaza. Hasta el cierre de esta edición Piñera y su equipo siguen reunidos.

¿El final de la herencia pinochetista?

Así, el próximo domingo los chilenos deberán elegir entre la opción “Apruebo” (para cambiar la constitución) o “Rechazo” (para mantenerla). Hasta hoy no hay ninguna encuesta que señale el triunfo de esta última. Según el sondeo Data Influye, un 69% votará la primera opción, mientras que sólo un 18% se inclinará por el rechazo, siendo además esta elección la que tendría la mayor participación ciudadana desde el plebiscito de 1988 donde ganó el “No” a Pinochet.

“Lo de Chile fue una revuelta social con rasgos revolucionarios”, dice el filósofo chileno Ricardo Espinoza autor de libros como NosOtros: manual para disolver el capitalismo (Morata, 2020). “Llamarlo solamente estallido encubre algo importante: el chileno era un pobre y desgraciado sujeto individual, egoísta y competitivo que hacía todo por competir y tener éxito en el mundo-mercado. Un zombie y mercancía al mismo tiempo. Un muerto viviente que ahora se conviertió en el único sujeto revolucionario posible para estos tiempos: lo que yo llamo el NosOtros: volverse uno dentro de un colectivo. Con ello la matriz misma del capitalismo quedó trizada y pudimos comenzar a destruir ese infierno capitalista del Chile pre-octubre y que ni la pandemia detuvo”.

La otra pregunta que contendrá esta votación es quien redactaría la Constitución y que pueden votar incluso quienes “rechazan”. Hasta hoy siempre ha ganado la “Convención Constituyente” (155 ciudadanos elegidos por la ciudadanía) frente a la “Convención Mixta” (86 parlamentarios y sólo 86 ciudadanos elegidos). Este plebiscito se conoce como “de entrada”. Luego vendría las elecciones de ciudadanos que integrarán la convención —ya sea mixta y constituyente— el 11 de abril de 2021, para luego dar paso a la redacción de la Constitución con un plazo de nueve meses, renovable por tres más. Finalmente hará un plebiscito ratificatorio “de salida” durante 2022. Si gana el "rechazo" se mantendría la Constitución de 1980.

Sin embargo, analistas políticos como Montserrat Nicolás plantean dudas frente al proceso que se decidió el 15 de noviembre, donde el PC se restó y se comenzó a hablar de una “cocina política” que bloqueó lograr el objetivo principal de las marchas: una convención constituyente. “Esto no nació de la clase política porque por décadas se esperó respuestas de ella y en vez de eso entregaron migajas. Fue al revés: no es que se haya aceptado a regañadientes la idea de un referendo, sino es un intento de secuestro del proceso constituyente. que esperan que funcione como píldora de dormir y que acabe con la agitación social. Ese famoso pacto se firmó de espaldas a la sociedad y sin metodologías. Ahí está la trampa”.

El alza del pasaje que despertó a Chile

Al principio del “Estallido” no se hablaba de cambiar la constitución. Los sectores de derecha o de oposición, incluso, hablaban de “nuevo pacto social”. Una semana antes, el gobierno de Sebastián Piñera anunció un alza de $30 pesos del pasaje del metro (subte) equivalente a unos 0,10 pesos argentinos en los horarios clave como el de 7:00 a 8:59 y 18:00 a 19:59. La cifra podría parecer menor, pero ante un panorama de alzas y sobre todo, el “consejo” del entonces ministro de economía Juan Andrés Fontaine de levantarse más temprano (“Quien madruga puede ser ayudado a través de una tarifa más baja”) la rabia se tradujo en evasiones masivas del metro, liderada por escolares que decidieron no pagar el pasaje y saltar las barreras de seguridad del metro, siendo reprimidos por carabineros mientras el subsecretario del interior Rodrigo Ubilla amenazaba a la ciudadanía con protestar así “no es la forma”.

Todo explotó la tarde del también llamado “18-O”: Santiago estaba repleta de carabineros en las puertas del metro, carros lanza aguas apuntando a la Biblioteca Nacional —una de las salidas más concurridas— y los primeros enfrentamientos con manifestantes. Ya a las 20:00 el aire era irrespirable debido a los gases lacrimógenos lanzados por carabineros y por la TV se anunciaba el incendio de varias estaciones del metro, un hecho aún no resuelto y que mueve a sospechas considerando su moderno sistema de cámaras de vigilancia y lo oportuno del hecho para contener el malestar social.

Más confuso estaba el presidente que fue visto comiendo pizza en el sector alto de Santiago para luego más tarde volver a La Moneda y decretar Estado de Emergencia (que se extendería por nueve días) llamando a los militares a tomarse las calles. Aunque Piñera repitiera que Chile estaba “en guerra” ante “un enemigo poderoso”, la gente increpaba a los militares y seguía protestando en pleno toque de queda. El mejor resumen de la actitud del gobierno de esa noche la dio el diario italiano Il Corriere Di la Sera: “Chile se quema y él comiendo pizza”.

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Sábado, 17 Octubre 2020 06:24

Horas de incertidumbre

Manifestante del partido MAS frente al Tribunal Departamental de Justicia en La Paz, Bolivia, el 5 de octubre. XINHUA, MATEO ROMAY

La previa de las elecciones bolivianas

Polarizada y bajo la amenaza de un nuevo ciclo de protestas y represión, Bolivia celebra elecciones generales este domingo 18. Sus habitantes se preparan para lo que pueda ocurrir mientras enfrentan la crisis económica y una avalancha de rumores y noticias falsas sobre lo que sucederá este fin de semana.

Soledad, de 22 años, cuida las tres bolsas de mercado y los quintales de arroz, azúcar y harina que acaba de comprar. Mientras espera que su mamá adquiera otros productos de la canasta familiar, cuenta que llegó temprano al mercado para abastecerse porque «cualquier cosa puede pasar» después de las elecciones nacionales de este 18 de octubre en Bolivia. Como la suya, otras familias hacen compras en la populosa calle Antonio Gallardo de la ciudad de La Paz para aprovisionarse, principalmente, de alimentos secos. Tras la experiencia de los conflictos poselectorales del año pasado, no quieren quedar desabastecidas.

Son las 8 del martes 13 de octubre, y en este sector hay más movimiento que en los días anteriores. Algunas personas hacen fila en la tienda de la Empresa de Apoyo a la Producción de Alimentos, porque ahí el precio es menor que en otros lugares; otras ya abordan los taxis con varias compras. La harina es el producto más demandado porque, además, restan pocas semanas para la celebración de Todos Santos y los paceños requieren de esa materia prima para hacer los panes que ofrecerán a sus difuntos el 1 de noviembre.

Faltan cuatro días para las ansiadas elecciones nacionales, que fueron pospuestas tres veces debido a la pandemia del coronavirus. Los bolivianos las esperan con mucha incertidumbre porque se trata de un evento sin igual, ya que se realizarán después de la anulación de los resultados de los anteriores comicios a causa de un presunto fraude electoral. El fantasma de los conflictos sociales de 2019 –que duraron 35 días y en los que murieron 35 personas– toma más fuerza. Por ello, las gasolineras también se llenan de automóviles, públicos y privados, que buscan proveerse de combustible. El panorama es similar en los supermercados y mercados de La Paz y de la ciudad de El Alto.

Soledad dice que los conflictos del año pasado la sorprendieron con pocos alimentos y que le afectó el incremento de los precios de productos frescos; por eso, en esta oportunidad, también se surtió de verduras, que almacenará en su refrigerador.

Esta joven, que está en el último año de la carrera universitaria de Bioquímica, espera que no ocurra nada similar a 2019 tras estas elecciones y que los adeptos de las fuerzas políticas acepten el resultado, sea cual sea. Eso sí, quiere que haya un proceso eleccionario justo. Así, piensa que se podría evitar que haya una nueva convulsión social y que actúen las fuerzas coercitivas, algo que el gobierno ya anticipó.

«La presidenta lo ha dicho con claridad: “No se hagan a los vivos”. La Policía Nacional va a actuar, el Ejército va a actuar; nosotros no estamos de adorno», afirmó el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, a inicios de este mes, tras su retorno de Estados Unidos.

POLARIZACIÓN

Wendy Chambi está segura de su voto. Sin dudarlo, dice que apoya a Luis Arce, candidato por el Movimiento al Socialismo (MAS) y exministro de Economía, a quien ya llama presidente. Dice que le gustan sus propuestas de «llevar adelante el país» y asegura firmemente que no desea que Carlos Mesa, el aspirante de Comunidad Ciudadana (CC), asuma la presidencia, porque «endeudará al país».

Ella tiene 32 años y es comerciante de artesanías en plena Ceja de El Alto, uno de los lugares más céntricos y populares de esa urbe. La mayor parte de los pobladores de esa ciudad apoyan al MAS y se levantaron para respaldar a Morales luego de que renunciara el 10 de noviembre del año pasado, tras 14 años en el poder.

Es mediodía y en medio de su puesto de venta de carteras y billeteras de cuero, guantes de lana y llaveros artesanales, Wendy asegura que el MAS ganará en primera vuelta, aunque sea con pocos puntos de diferencia, y que triunfará incluso en el caso de una eventual segunda vuelta.

—¿Y si gana Mesa? –le pregunto.

—No vamos a permitir, porque van a haber más bloqueos, convulsión, marcha. No va a ser normal nuestro país.

Asegura que, aunque gane Mesa en una segunda vuelta, habrá más presencia del MAS en la Asamblea Legislativa, lo que ocasionaría un escenario de ingobernabilidad. Esa posible situación también le causa incertidumbre.

La última encuesta de preferencia electoral, realizada el 11 de octubre y elaborada por la consultora Ciesmori para las redes televisivas Unitel y Bolivisión, coloca a Arce en primer lugar (32,4 por ciento) y a Mesa en segundo (24,5 por ciento), con una diferencia de 8,1 por ciento entre ambos candidatos, lo que significaría una segunda vuelta. Por debajo, y en tercer lugar, se encuentra Luis Fernando Camacho, de Creemos, con 10,7 por ciento. Hubo un 8,6 por ciento de encuestados que no quiso revelar su voto y los indecisos alcanzan el 6,2 por ciento.

Un joven se acerca al puesto de Wendy y pregunta por los llaveros, pero no los compra. La vendedora, quien trae mercadería desde el departamento de Cochabamba, relata que la venta no es como antes. Hasta octubre del año pasado, en un día bueno vendía un valor de 400 bolivianos (57 dólares), ahora sólo llega a 100 bolivianos. Siente que, desde que Jeanine Áñez gobierna el país, la economía entró en crisis y que para revertir esa situación votará por el MAS, al igual que el gremio al que pertenece.

La Federación Gremial de El Alto, uno de los sectores más numerosos –con cerca de 100 mil afiliados– y con mayor poder de movilización en aquella urbe, es aliada del MAS; incluso una de sus representantes es candidata a diputada por ese frente. Su secretario ejecutivo, Rodolfo Mancilla, asegura a Brecha que Arce es la única opción sólida para mejorar la situación del país. «En estos últimos diez meses no hay economía. Estamos fregados. So pretexto de pandemia, nos han encerrado más de 60 días, luego hemos vuelto a salir [a vender], pero la economía ha caído, ya no es igual; estamos obligados a apretarnos el cinturón», afirma.

Mancilla, quien es originario del área rural, como la mayoría de los comerciantes en El Alto, cree que las encuestas mienten y que el MAS ganará en primera vuelta. Para garantizar los resultados, los militantes de ese partido harán control social en todos los recintos electorales.

El dirigente teme que haya un posible fraude, postura que manejan hace algunos meses los líderes del MAS. Desde el mes pasado, Arce viene afirmando que Mesa sólo puede ganar en caso de que haya fraude, y que no confía en el órgano electoral.

Ante ese tipo de afirmaciones, el presidente del Tribunal Supremo Electoral, Salvador Romero, explica a Brecha que esa instancia garantiza «la mayor transparencia» en los comicios. Romero señala que se saneó el padrón, se rediseñó la cadena de custodia del material electoral, se reforzaron los sistemas de resultados preliminares y de cómputo, y se garantizó la presencia de cuatro misiones veedoras internacionales y de dos plataformas de organizaciones nacionales de la sociedad civil. «Hacemos una exhortación a la ciudadanía y a todos los actores políticos, sociales y regionales a que acudamos en un ambiente tranquilo», acota.

VOTO ÚTIL

Mientras viaja en una cabina del teleférico Amarillo desde el sur de La Paz hacia Sopocachi, Pati, una joven de unos 35 años, evita hablar de política porque teme que las otras tres personas, que se dirigen a la urbe alteña, se molesten con su posición. Ella votará por CC porque dice que no «hay otra opción» que tenga oportunidad frente al MAS; cree que el partido de Morales ya tuvo su turno de gobernar por 14 años y que el país requiere una renovación.

Son las 19.45 y Pati regresa de su trabajo, en la banca privada, a su hogar. Tras bajar de la cabina, apura el paso para tomar movilidad, pues en La Paz aún hay restricción de circulación desde las 20, a causa de la pandemia. Ya en la calle, dice que Mesa es una persona preparada y que por ello este domingo le dará su voto, aunque admite que se trata de un «voto útil», es decir, para que no retorne el MAS al gobierno.

Aunque espera que este domingo gane Mesa, o que al menos se apunte a una segunda vuelta, Pati dice que, en caso de que ganara el MAS, ella respetará los resultados; sin embargo, no todos los partidarios de CC opinan igual. Muchos de los militantes afirman que, si su candidato no triunfa, saldrán nuevamente a las calles a «defender su voto». Lo mismo piensan los seguidores de Camacho, la opción radical contra el partido de Arce.

Redes de desinformación

Pati, Soledad, Wendy y el dirigente gremial de El Alto tienen algo en común: se informan, principalmente, por las redes sociales. Por ello, la primera asegura que Mesa afirmó públicamente que pedirá dinero prestado del exterior; la segunda, que los masistas se alistan activamente para convulsionar las calles, y el tercero, que el candidato de CC tiene Alzheimer.

«Ahí está la certificación médica, que este señor [Mesa] es un olvidadizo está en las redes sociales», afirma Mancilla con mucha seguridad, pese a que la anterior semana esa información fue desmentida. Y es que una de las características de estas elecciones es que campea la desinformación, principalmente, en las redes sociales. Esto se incrementó a mediados de julio, cuando se reforzaron las campañas políticas.

Adriana Olivera, subeditora de Bolivia Verifica –medio digital que se dedica a la verificación de noticias– explica que los bulos circulan principalmente en Facebook, Twitter y Whatsapp, y que el análisis de las noticias falsas desmentidas por el medio indica que tienen el fin de asustar a la gente. «Desinforman sobre las encuestas, sobre las propuestas políticas, pero también sobre el hecho de que ambos bandos se estén armando de cara a las elecciones.»

Karen Gil
16 octubre, 2020

 

Con el politólogo y sociólogo boliviano Fernando Mayorga

La duda central

Francisco Claramunt

—Por estos días la ONU, la Unión Europea (UE) y la Iglesia Católica manifestaron de forma conjunta su preocupación por el «clima de confrontación política» en Bolivia. ¿Cómo cree que puede influir este contexto en lo que suceda el domingo?

—Ha habido acciones de violencia, más que nada perpetradas por grupos parapoliciales organizados el año pasado, secundando el golpe de Estado contra Evo Morales, y que desde entonces han actuado de manera impune, incluso con el cobijo del gobierno y la Policía. En los últimos días esos grupos atacaron la sede de la Fiscalía General en la ciudad de Sucre. Ha habido también enfrentamientos e incidentes entre simpatizantes del MAS y otras fuerzas, pero han sido muy focalizados. El clima de temor y de violencia proviene más que nada por el riesgo de que los grupos parapoliciales puedan llevar adelante acciones durante y después de las elecciones. Sin embargo, ese ambiente no va a tener efectos inhibitorios en la asistencia a las urnas. Tampoco la pandemia los tendrá, puesto que ahora todos los actores políticos están impulsando la participación. Todo parece indicar que vamos a tener una asistencia mayor al 85 por ciento, el porcentaje histórico en Bolivia en los últimos 20 años.

—Esta semana el ministro de Gobierno instó a la Policía a que el día de las elecciones «vuelva a ponerse del lado correcto de la historia», en referencia al rol de la institución en los sucesos de noviembre. ¿Este tipo de comentarios se trata de exabruptos puntuales o responden a un comportamiento general del gobierno durante la campaña?

—El gobierno es fruto de un golpe de Estado y tuvo como primer objetivo proscribir al MAS y desmantelar su base organizativa. Como parte de esa conducta, la presidenta interina fue, en su momento, candidata para estas elecciones, aprobó una serie de decretos anticonstitucionales –puesto que permitían acusar de sedición a cualquier persona, de manera arbitraria– y encabezó una persecución a militantes sindicales y militantes del MAS. Cuando vino la pandemia y se tomaron medidas como la cuarentena rígida, estas tuvieron un carácter represivo y selectivo, con presencia militar y policial focalizada en lugares donde la población es mayoritariamente leal al MAS. Ahora el gobierno tiene un discurso de apoyo a Carlos Mesa –puesto que es el único que podría forzar una segunda vuelta– y lo acompaña de amenazas. Este martes, el ministro de Justicia dijo que el MAS «va a salir a matar más gente» si pierde. Lamentablemente, el Tribunal Superior Electoral [TSE] no ha llamado la atención a las autoridades por este tipo de intervenciones. Se trata de un gobierno que en 11 meses de gestión no sólo se ha caracterizado por su fracaso total en la lucha contra la corrupción, sino por su desvarío discursivo. La única motivación de su accionar político es la desaparición del MAS, la ilusión de que ese partido no sólo pierda las elecciones, sino que pueda disgregarse en el corto plazo.

—¿Hay garantías de que estas elecciones serán limpias?

—Sí. De la misma forma que lo fueron las del año pasado, que fueron anuladas por denuncias de fraude nunca comprobadas. Era cuestión de tiempo que se revelara que el comportamiento de la misión electoral de la OEA en aquel entonces fue tendencioso y formó parte de una lógica conspirativa. No hubo fraude porque el sistema electoral boliviano tiene varios elementos de resguardo. Ahora, tras lo sucedido el año pasado, se suma la presencia de una multitud de observadores internacionales, sobre todo de la UE. Va a haber mucha atención internacional. Y el TSE –salvo algunas acciones criticables, como las que mencionaba antes– ha tenido en general un desempeño aceptable. Considero que no es conveniente plantear dudas sobre este proceso electoral. Además, dudo de que se dé un resultado que invierta las tendencias de voto que están vigentes ahora.

—¿Ese resultado será respetado por ambos bloques?

—Esa es la duda central. La distancia entre Luis Arce y Carlos Mesa podría ser algo mayor al 10 por ciento. Y si eso no aparece, si la distancia apenas supera ese porcentaje, será decisiva la posición que tomen los rivales de Arce. De la misma manera en la que, si hay una diferencia menor a 10 puntos y hay segunda vuelta, será muy importante la posición del MAS. En ambos casos, el rol de los candidatos y de los líderes va a ser fundamental para que se concluya el recuento y se respeten los resultados. Hay que recordar que el año pasado la crisis empezó a raíz de una especulación en torno a resultados que no eran siquiera preliminares, sino fotografías de las actas. A las 8 de la noche había una diferencia de siete puntos a favor de Evo Morales respecto de Carlos Mesa y este declaró que ya estaba decidida la segunda vuelta. Al otro día la OEA dio un informe muy irresponsable: cuando el recuento estaba en el 95 por ciento de las actas, dijo que por la situación de polarización y por la diferencia muy estrecha –puesto que Evo Morales tenía entonces un 10,3 por ciento de diferencia con Mesa– era recomendable convocar a segunda vuelta. Un acto inverosímil porque nunca se vio que una misión de observación recomendara algo semejante, sin siquiera haberse llegado al recuento final oficial. Allí empezó la espiral que derivó en el golpe. Para este domingo hubiera sido adecuado un compromiso previo de aceptación de los resultados si es que no se pueden probar irregularidades, pero no lo hubo y ahora estamos con ese riesgo. Existe un contraste entre la amplia participación y confianza de la población, y el riesgo de que alguno de los sectores ponga en cuestión el resultado.

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Lunes, 12 Octubre 2020 06:18

¿La caída de la Casa Trump?

¿La caída de la Casa Trump?

De repente parece que es posible que se esté atestiguando la caída de la Casa Trump. Tal vez es porque se han acumulado demasiados ejemplos de corrupción, engaños y mentiras, demasiadas sospechas y quejas de corrupción, y muertes por ineptitud en el manejo de la peor crisis de salud pública en un siglo (es ahora el cuarto episodio más grave de pérdida de vidas en la historia del país).

"¿Ya acabó? Aquí está lo que todos en Washington están pensando pero que no desean decir en voz alta: el presidente Donald Trump va a perder esta elección", se atrevió a reportar Politico la semana pasada, señalando las encuestas recientes y los republicanos alarmados. Recordó que nada es seguro, pero que todo indica ese resultado.

Junto con el manejo criminal de la pandemia, la corrupción y tal vez demasiadas historias de engaños y perversiones están dañando la marca Trump. Tan sólo en los últimos días y semanas se han revelado más actos corruptos del clan en la Casa Blanca. El New York Times, además de revelar que el magnate ha evitado pagar impuestos federales, también descubrió una deuda personal por más de 400 millones a no se sabe quién, un traslado posiblemente ilegal de fondos a su campaña y que su empresa ha lucrado de lo que el Times llamó "un sistema directo de tráfico de influencias presidenciales sin rival en la política estadunidense". Lo que Trump denunciaba como "el pantano de Washington" sólo ha sido sustituido por su propio pantano.

Muchos sospechan que el presidente parece estar cada vez más desesperado y hasta histérico en esta recta final de la elección porque sabe que si pierde, sin inmunidad está dentro de las posibilidades de que podría ser el primer mandatario en ser encarcelado después de concluir su periodo, como resultado de investigaciones guiadas por esa regla sencilla: follow the money.

Mas aún, la imagen de la Casa Trump se está deteriorando cada vez más, con nuevas revelaciones que podrían acelerar su eventual caída, no porque sean sorprendentes, sino porque se agregan a tantas anteriores.

En grabaciones de la primera dama recién reveladas, Melania rechazó críticas en los medios por la política de su esposo de separar familias inmigrantes y argumentó que éstas siguen un guion para obtener el asilo. En otras declaraciones grabadas se queja de que la revista Vogue estaba por poner en su portada a la actriz de pornografía Stormy Daniels, a quien Trump le pagó para guardar silencio, refiriéndose a ella como la "puta de porno" (Daniels respondió a las nuevas revelaciones la semana pasada con un mensaje a Melania: “aunque no me pagaron por sexo y por lo tanto técnicamente no soy una ‘puta’; tú vendiste tu coño y tu alma”). Por otro lado, resulta que Kimberly Guilfoyle, la novia del hijo de Trump, Don Jr, quien fue seleccionada por el presidente para ser una de las mujeres prominentes de su campaña para ayudarlo con el voto femenil, fue despedida de su empleo como presentadora de Fox News en 2018 después de que fue acusada de hostigamiento sexual contra mujeres que trabajan bajo su mando, y también de instarlas a que tengan sexo con hombres poderosos, reveló The New Yorker.

Hay señales de que algunos líderes republicanos están empezando a marcar distancia de su jefe, algo impensable hace unas cuantas semanas, después de justificar y defender las múltiples violaciones del mandatario durante los últimos cuatro años, lo que ha llevado a algunos a comentar sobre cómo las ratas abandonan a un barco cuando se empieza a hundir.

Pero aún es posible que esto acabe como esas películas de horror donde siempre, al final (y sobre todo si de repente es parte de una serie) reaparece el monstruo o el malo, con una sonrisa escalofriante como la de Jack Nicholson en The Shining (El resplandor), diciendo "ya regresé". Será difícil dormir durante las próximas semanas.

https://youtu.be/hmrxebATRgg [por Van Halen]

https://open.spotify.com/track/ 0kA0GzXlFvpOh0JEI3B5cp?s i=vumPXsZoShmXYyVW4ILwvg

https://www.youtube.com/watch?v=9Irip5pIRb4&feature=youtu.be

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Coronavirus: la esperanza de Bill Gates por el tratamiento usado en Trump

El empresario habló sobre la vacuna y el regreso a “una vida más o menos normal”

 

El fundador de Microsoft destacó que "la baja en la tasa de mortalidad podría ser muy alta" con el uso de un “cóctel de anticuerpos” como el que se habría aplicado al presidente estadounidense. Respecto a la vacuna, remarcó la importancia de concientizar a la gente para que acceda a aplicársela.

Bill Gates se mostró optimista frente al desarrollo de vacunas y tratamientos efectivos contra el coronavirus, que permitirían el regreso a “una vida más o menos normal” para el año que viene, aunque advirtió que va a ser necesaria una campaña de salud para promover que la mayor cantidad de gente acceda a vacunarse. También remarcó la importancia que pueden tener los medicamentos con anticuerpos, usados recientemente en el presidente Donald Trump. 

Durante una cumbre de CEOs organizada por el periódico The Wall Street Journal, Gates vaticinó que una vacuna efectiva contra el coronavirus permitiría un regreso a la normalidad para finales del año que viene en países desarrollados, mientras que la eliminación del virus demoraría entre dos y tres años.

En el caso de los países en desarrollo, señaló el filántropo estadounidense, la llegada de la vacuna y de medicinas efectivas contra el Sars-CoV-2 se demoraría un poco más, aunque su fundación -The Bill and Melinda Gates Foundation- y otras están trabajando para cerrar esa brecha.

La esperanza en el "cóctel de anticuerpos"

El filántropo también opinó sobre los medicamentos con anticuerpos con los que se trató a pacientes con covid-19, como habría sucedido con el presidente Donald Trump. “La baja en la tasa de mortalidad podría ser muy alta y (esos medicamentos) estarán disponibles en grandes cantidades para fin de año, al menos en los países ricos”, sostuvo.

Los informes sobre la salud de Trump han sido muy contradictorios, incluso por parte de su propio equipo médico. Sin embargo, según la revista Science, el mandatario recibió un “cóctel de anticuerpos” que actúan directamente sobre la proteína spike del coronavirus. Este medicamento se inyecta por vía intravenosa y ha sido efectivo en pacientes con sintomatología leve.

Este tratamiento aún se encuentra en etapa experimental. El laboratorio que produce este “cóctel de anticuerpos” es Regeneron Pharmaceuticals y la semana pasada “presentó datos preliminares de estudios clínicos aún en proceso que indican que los pacientes (...) moderaron la enfermedad”.

El riesgo del rechazo a vacunarse

Algunos expertos en salud pública de Estados Unidos se mostraron preocupados por la desinformación y por el apuro de algunos gobiernos a aprobar vacunas contra la covid-19 antes de que se finalicen las etapas del testeo porque, argumentaron, esto haría que las personas no quieran vacunarse. Si sólo un pequeño porcentaje de la población es inoculada, agregaron los expertos, no se lograrán frenar los casos.

Según Gates, los políticos y empresarios estadounidenses deben hablar públicamente con sus votantes y empleados para explicar la importancia y la seguridad de las vacunas para contrarrestar la desinformación que circula al respecto.

“El CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades) que normalmente habla sobre estas cosas aún no ha tenido tanta visibilidad -dijo Gates y remarcó la importancia de que la información sobre la seguridad y efectividad de las vacunas sea clara-. Creo que muchas personas estarían interesadas y así se crearía una confianza para que cada vez se vacunen más y más personas mejorando los resultados”.

El fundador de Microsoft lamentó que la desinformación se replica de manera cada vez más fácil en las redes sociales y que todavía no ve que este problema tenga una solución. “Esa cosa se esparce mucho más rápido que la verdad”, afirmó. Gates opinó que es necesario ponerle un freno a la desinformación, preservando la libertad de expresión y sin que las empresas tecnológicas “sean los árbitros”.

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[Foto: Un manifestante sostiene una pancarta en La Paz (Radio Kawschun/Facebook)]

A pocas semanas de las elecciones del 18 de octubre el gobierno golpista de Bolivia está nuevamente en crisis tras la salida de tres ministros clave por un intento inconstitucional de privatizar una compañía eléctrica.

Estos hechos se han producido cuando las encuestas muestran que el candidato presidencial del Movimiento al Socialismo (MAS), Luis Arce, podría ganar en la primera ronda, menos de un año después de que su partido fuera derrocado por un golpe de la derecha.

La senadora Jeanine Áñez, entonces relativamente desconocida, prestó juramento como “presidenta interina” en noviembre pasado tras el golpe de Estado contra el entonces presidente del MAS, Evo Morales.

A pesar de haberse comprometido a ocupar el cargo solo durante 90 días hasta que las elecciones pudieran decidir un nuevo presidente, el régimen ilegítimo de Áñez ha intentado en cambio utilizar su poder para hacer retroceder las medidas antineoliberales implementadas por el gobierno de Morales y para unir a las diversas facciones anti-MAS.

Sin embargo, su régimen ha quedado marcado por su catastrófico manejo de la pandemia de la COVID-19, que, hasta ahora, ha causado casi 8.000 muertos y ha dejado a Bolivia con la tercera tasa de mortalidad más alta del mundo por ese motivo.

Este fracaso se ha visto agravado por la mala gestión económica de su gobierno -con más de un millón de bolivianos por debajo del umbral de la pobreza- y más de 20 casos de presunta corrupción de alto perfil dentro de su gabinete, que ha experimentado 17 cambios de ministros en 10 meses.

Corrupción

El caso de corrupción más notorio fue la utilización en mayo pasado de un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en la compra, a más del doble de su precio normal, de 179 respiradores, lo que llevó al arresto, por corrupción, del ministro de Sanidad y de otros altos funcionarios.

Otro escándalo similar se produjo en la compra de gas lacrimógeno para la policía que hizo el ministro de Defensa.

La última crisis del gabinete se desencadenó por las consecuencias del intento de reprivatizar la compañía eléctrica regional de Cochabamba, ELFEC, nacionalizada por el gobierno de Morales en 2010.

La crispación desencadenada llevó a la destitución del ministro de Economía Oscar Ortíz y a la renuncia de los ministros de Trabajo y Desarrollo Productivo el 28 de septiembre.

Una semana antes, el fiscal general del Estado, José María Cabrera, fue también destituido por cuestionar la constitucionalidad del decreto de privatización. Cabrera estaba supervisando la investigación sobre la polémica compra de gas lacrimógeno por parte del ministro de Defensa.

En declaraciones a los medios, Ortíz dijo que se negó a firmar el decreto de privatización porque iba “en contra del sistema legal” y no contaba con los “respaldos legales adecuados”.

“No creo que el gobierno, en sus últimas semanas, deba adjudicar nuevos contratos o licitaciones importantes, que deben dejarse para la próxima administración”.

Ortíz también denunció al gobierno por intentar seguir adelante con varias otras compras y contratos en sus últimas semanas en el cargo, incluidos más de 7 millones de dólares en vehículos nuevos.

La Asamblea Legislativa Plurinacional ha anunciado que abrirá una investigación sobre esta y otras compras cuestionables, así como respecto a varias irregularidades y supuestos actos de corrupción que se han producido en el interior de varias empresas estatales.

Para sustituir a Ortíz, Áñez promovió al ministro de Planificación Branko Marinkovic, quien se apresuró a anunciar que viajaría a Estados Unidos para solicitar nuevos préstamos, entre otros, del Banco Interamericano de Desarrollo.

Impunidad

Con Arce liderando las encuestas -a pesar de la ola de represión por parte del gobierno y de los paramilitares de derechas contra el MAS, que no ha dejado de incrementarse durante la campaña electoral-, varias facciones del gobierno están buscando formas de protegerse a sí mismas y a sus ganancias de origen dudoso.

Un día después de que el grupo de expertos de la derecha Jubilee Foundation publicara una encuesta que mostraba a Arce ganando en la primera ronda, Áñez anunció el 17 de septiembre que renunciaría como candidata presidencial.

Si bien se ha presentado como una medida que ayudaría a unificar el fragmentado bloque anti-MAS, actualmente dividido a la zaga de varios candidatos de la oposición, es más probable que su retirada estuviera motivada por el deseo de llegar a un acuerdo de inmunidad bajo cualquier candidato anti-MAS potencialmente victorioso.

En lugar de respaldar a un candidato en particular, Áñez -que seguirá apareciendo en la papeleta electoral debido a su tardía retirada- pidió a los votantes que se unieran detrás del candidato con mayores posibilidades de derrotar a Arce.

Mientras tanto, el fiscal general del Estado dijo a la Asamblea que el ejército se niega a cooperar con la investigación de las masacres en Senkata, Sacaba y Yapacaní de noviembre pasado, en las que murieron al menos 32 manifestantes antigolpistas.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, muchos se preguntan si las elecciones serán libres y justas, o si siquiera se llevarán a cabo. Las elecciones ya se han aplazado dos veces y la fecha límite del 18 de octubre solo se estableció después de las protestas masivas a nivel nacional de agosto.

Con el futuro de la democracia y la economía de Bolivia en juego, sin duda seremos testigos de muchos más acontecimientos en las próximas semanas.

Por Federico Fuentes | 08/10/2020


Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Federico Fuentes es un escritor que centra sus trabajos en temas de Latinoamérica, sobre todo de Venezuela. Es editor de Links Socialism.

Fuente: https://www.greenleft.org.au/content/bolivia-amid-new-crisis-coup-government-seeks-divide-spoils-impunity

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