Evo Morales denunció un intento de golpe de Estado

La Organización de Estados Americanos pidió al Gobierno que más allá del resultado que arroje la elección llame al ballotage

 El presidente de Bolivia, Evo Morales, denunció que está en marcha un intento de golpe de Estado orquestado desde la derecha. A su vez, afirmó que el país está en estado de emergencia e hizo un llamado a los organismos internacionales a defender la democracia boliviana. Durante la tarde del miércoles se realizó una masiva marcha en apoyo al presidente boliviano, que copó el centro de La Paz. La opocisión también salió a la calle y tuvo su protesta más fuerte en Santa Cruz de la Sierra .Mientras tanto continúa el escrutinio definitivo que parece orientado a confirmar la victoria en primera vuelta del Movimiento Al Socialismo (MAS), evitando el ballotage. La Organización de Estados Americanos (OEA) pidió al gobierno que más allá del resultado que arroje la elección llame al ballotage.

Evo Morales consideró que las protestas opositoras motivadas por la demora en la difusión de los resultados definitivos forman parte de un intento de golpe de Estado. "¿Cómo se expresa el golpe? No dejan que se haga el conteo de las elecciones. Queman instituciones del estado como las infraestructuras del Tribunal Supremo Electoral en los departamentos (provincias)”, dijo Morales desde el Palacio Quemado, sede del gobierno boliviano. Así hacía referencia a los ataques que sufrieron en los últimos días los órganos electorales en algunas provincias como Chuquisaca y Potosí. En estos lugares es donde se registraron las demoras en la entrega de las actas por las que el escrutinio definitivo se extendió. “Estoy seguro de que con los votos de las áreas rurales vamos a ganar en la primera vuelta”, sostuvo el líder del MAS. Convocó a sus seguidores a permanecer en estado de emergencia y no responder a las provocaciones de la derecha boliviana e internacional.

Centenares de campesinos, mineros, indígenas, sindicalistas y funcionarios estatales marcharon hasta la plaza Mayor de San Francisco con banderas bolivianas y del oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), en respaldo a Morales. Los dirigentes que tomaron la palabra reclamaron respeto por sus votos en apoyo al presidente y lanzaron advertencias en contra de la derecha opositora, que según denunciaron quiere desconocer el triunfo de Morales en primera vuelta. "El pueblo trabajador, campesino, el pueblo que vive en los barrios populares urbanos, ese pueblo que ha votado mayoritariamente por Evo, va a defender este proceso y lo va a hacer pacíficamente, con concentraciones multitudinarias en las que están todos los sectores", dijo el viceministro de Coordinación con los Movimientos Sociales, Alfredo Rada. Hubo momentos de tensión entre quienes marchaban y algunos ciudadanos que los abuchearon o silbaron, aunque los incidentes no pasaron a mayores.

La oposición cuestiona el resultado de las elecciones por la interrupción en la carga de los cómputos provisorios del domingo a la noche, cuando el escrutinio llegó al 84 por ciento. Sin embargo, en 2014, ese mismo sistema llegó al 70 por ciento durante el día de las elecciones; y en 2016 al 80 por ciento. Los resultados provisorios de la elección del domingo mostraron una diferencia entre Morales y Carlos Mesa, del partido opositor Comunidad Ciudadana (CC), del 7.87 por ciento. El lunes cuando se reactivó el escrutinio la diferencia superaba por milésimas los 10 puntos y le daba el triunfo sin ballotage.

Esto motivó movilizaciones y el llamado a un paro indefinido en varias regiones de Bolivia, convocadas por el colectivo de organizaciones civiles de nueve departamentos. La protesta comenzó a tomar cuerpo en Santa Cruz de la Sierra (900 km al este de La Paz), pero se extendió a Potosí y Cochabamba. El Comité de Defensa de la Democracia, que aglutina espacios cívicos de todo el país, anunció también la resistencia civil ante la posible victoria de Morales y su adhesión al paro. Las oficinas del Tribunal Supremo Electoral fueron el foco de las protestas y algunos de sus locales fueron incendiados.

Por su parte, el candidato presidencial por el CC, Carlos Mesa, segundo en los resultados preliminares, llamó a una movilización permanente en defensa del voto. "Vamos a estar movilizados (...) hasta que se reconozca que la segunda vuelta debe realizarse porque fue lo que legítimamente votó el pueblo boliviano", aseguró Mesa. Además convocó a los otros siete candidatos que participaron de la elección a formar un bloque de unidad en “defensa de la democracia". "Que nuestro amado país no entre en el camino de la dictadura al que quiere llevarnos el presidente Morales", sostuvo.

La Misión de Observación Electoral (MOE) de la OEA en Bolivia consideró como mejor opción la realización del ballotage para dirimir la reñida elección, señaló el vocero de la organización. "En el caso de que, concluido el cómputo, el margen de diferencia sea superior al diez por ciento, estadísticamente es razonable concluir que será por un porcentaje ínfimo. Debido al contexto y las problemáticas evidenciadas en este proceso electoral, continuaría siendo una mejor opción convocar a una segunda vuelta", señaló el director del Departamento para la Cooperación y Observación Electoral de la OEA.

A pedido del canciller boliviano, Diego Pary, la OEA aceptó hacer un análisis del proceso electoral. Se encargarán de verificar el conteo y todo el proceso, así como los aspectos estadísticos y la cadena de custodia. Pero advirtieron que las conclusiones deben tener un carácter vinculante para todas las partes.

Publicado enInternacional
Lunes, 21 Octubre 2019 16:39

El ascenso hacia los extremos

Adriana Gómez, Apagando incendios, de la serie “Asombrados”, técnica mixta, 80 x 80 cm, 2015, http://www.adrianagomez.net/site/

Palabras fuertes, plagadas de calificativos, dibujan con toda luz el estado de las maltrechas relaciones colombo-venezolanas.


Por un lado, “dictador”, para referirse a Nicolás Maduro, es el rutinario decir desde el gobierno colombiano; por otro, “patiquín del imperio” es la manera como el presidente venezolano califica a Iván Duque. Estas expresiones resumen, sin las formalidades de la diplomacia, el real estado de las relaciones entre ambos países.


Por la parte colombiana, el camino hacia esa cima alcanzó matices de gris durante la presidencia de Juan Manuel Santos, que terminó tomando partido por la oposición venezolana una vez declarado ilegal el legislativo del país vecino. La decisión es reflejo del desencanto por no haber logrado recuperar para el capital nacional los seis mil millones de dólares y más que los industriales y comerciantes criollos alcanzaron a vender por varios años a sus vecinos.


Así, sin nada que perder, el gobierno de Santos se alineaba y obedecía de manera abierta al de Obama, que el 9 de marzo de 2015 firmó el decreto ejecutivo por medio del cual declaró a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria” contra los Estados Unidos, dejando el campo abierto para un conjunto de medidas sancionatorias y de bloqueo, que con el paso del tiempo tomaron forma de la mano de Trump, sin aplicarse hasta ahora todas, según el decir del presidente del país del Imperio, lo que permite visualizar la estrategia en uso: estrangular hasta que el objetivo caiga o, lo que es igual, una estrategia de desgaste en la cual la intervención armada no es más que un espantapájaros. No así posibles acciones violentas de distinto tamaño y propósito.


Precisamente, es con el gobierno sucesor de Obama, menos simulador en sus formas y más directo de palabra y acción, hasta parecer totalmente antipolítico, que las medidas previstas por el decreto ejecutivo que declara a Venezuela como “amenaza” van tomado forma.


Para proceder, buscando en todo momento rodearse de países aliados, se ampara también en el desconocimiento, por “fraudulentas” de las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018 y que dieron aval a Nicolás Maduro para un nuevo periodo de gobierno. Caído éste en desgracia ante el poder del Norte, el golpe de Estado y/o el mismo magnicidio queda como opción ante otro conjunto de medidas por tomar, entre las cuales ya han sido desplegadas: cierre de todo flujo de divisas hacia Venezuela, sanción para quienes comercien en diversidad de sectores con este país, decomiso y embargo de sus bienes con asiento en los Estados Unidos o que transiten por su sistema financiero, estímulo al alzamiento militar en pro del derrocamiento de Maduro, financiamiento y estimulo de conspiraciones de todo tipo para llevar al extremo la maltrecha economía del asediado país, estimulo a la conformación de bloques de gobierno en la subregión para desconocer la legitimidad de Maduro así como aislar a su gobierno, alineamiento de la Unión Europea para que también proceda con sanciones de diverso orden, pero también acompañamiento y fortalecimiento de quienes internamente se le oponen, instigándolos y cubriéndolos para todo tipo de acciones, legales e ilegales, entre otras de las medidas hasta ahora desplegadas.


Al mismo tiempo, en Colombia, favorecido por el regresivo ambiente local y global auspiciado desde la Casa Blanca, alineándose de manera abierta con su gobierno y con las medidas tomadas por éste para dar cuenta de Nicolás Maduro, el sucesor de Santos recoge el mandato estadounidense y sin tapujos llama al golpe de Estado, al alzamiento armado de las fuerzas armadas bolivarianas, beneficiando asimismo el actuar legal e ilegal de la oposición.


Es éste un proceder provocador, un actuar dispensado sólo para quien es considerado enemigo, calificativo que no se puede labrar simplemente porque su población esté buscando, allende sus fronteras, soluciones alternativas para la grave crisis que los afecta en lo económico y social, en todo lo amplio de la palabra. Como tampoco por haber escogido un modelo económico y político que a primera vista desdice de la tradición regional.


En efecto, el tratamiento al cual ha llegado el gobierno Duque, más allá incluso del otorgado por los propios Estados Unidos, o tal vez para obviarles a éstos tales procederes, es la expresión de un fanatismo sin par, producto del cual el contradictor no es tal sino mucho más, enemigo, y como tal hay que tratarlo. Según el gobierno Duque, el de Maduro es un gobierno enemigo de la democracia y por tanto una dictadura, y él, Duque, un fiel defensor de las formas democráticas y un cruzado en su defensa.


En beneficio de ello, Duque reconoce sin demora a Juan Guaidó como “presidente interino y legítimo” de su país, una vez designado así por la Asamblea Nacional, que tilda a Maduro de “usurpador”. Es un golpe de Estado institucional, legalista, con un reconocimiento que sirve para que máximo en un mes cite a elecciones y así se llene el vacío de poder existente en el país. Pero, pese a la norma y al paso de los meses, sin citar a elecciones –pues quedaría en ridículo–, el ‘designado’ se atornilla a sus ficticias funciones más allá del tiempo que le otorga la propia norma a la cual se abrazó para fraguar el golpe institucional, acción que, de acuerdo a todos los cálculos de quienes la concibieron, debiera propiciar al unísono un levantamiento social y militar, pero ni lo uno ni lo otro sucedió, y el designado entró en desgaste con el paso de los meses, sostenido únicamente por Estados Unidos y sus aliados, y por el eco de los mass media oficiosos. Como en las guerras, sin decisiones rápidas, inmediatas, se pierde el factor sorpresa, y lo actuado puede ser neutralizado e, incluso, revertido.


En su cruzada, el gobierno Duque lidera la conformación del Grupo de Lima para aislar regionalmente al de su vecino, al tiempo que esa suma de países estimula y protege a quien se alce al interior de Venezuela para dar cuenta del presidente. A la par, desarticula la agenda de integración regional labrada en tiempos de Chávez, pensada y diseñada para que funcionara sin la presencia de la potencia que determinó el desporvenir de la región durante un largo siglo. Es decir, la estrategia, más allá de las apariencias, no es solamente contra Maduro y su ‘usurpación de la presidencia’ sino asimismo contra un posible deslizamiento de la región, más allá del control y el dominio norteamericanos.


Actúa Duque de igual manera en la OEA –aunque no haga parte de la misma el cuestionado gobierno chavista–. Y, como si fuera el vocero del bien contra el mal, no desaprovecha tribuna alguna para sindicar a su par de todo lo creíble y lo increíble. Es un proceder sin respeto por los preceptos más elementales de la diplomacia, para lo cual conspiran y juegan en el tablero de los militares, sin contenerse ante el futuro inmediato y mediato de los millones que habitan la subregión andina y mucho más allá. Lo ocurrido el pasado 22 de febrero ilumina con intensa luz tal realidad, cuando la facción paramilitar de Los Rastrojos es instrumentalizada para llevar a Juan Guaidó hasta Cúcuta y allí entregarlo al gobierno colombiano, que para su movilización dispone, en territorio de Norte de Santander, de todo lo requerido para un jefe de Estado, además de recibirlo como tal, con alfombra roja –aunque alargada en polvoriento potrero–, guardia presidencial y demás: todo un actuar digno de la mejor ficción de lo real maravilloso, aunque en este caso ridículo, pero esencia y conclusión, por un lado, del fanatismo que los enerva, y, por otro, de hasta dónde están dispuestos a llegar ante su enemigo.


La instrumentalización de Los Rastrojos, como bumerán, ahora que es pública la forma cómo operaron y llevaron a su protegido hasta el sitio que les habían ordenado, desnuda la real manipulación del paramilitarismo que ejerce el gobierno –El Estado– colombiano, ferviente e irrenunciable operador de “todas las formas de lucha”. Al hacerlo así, se confirma lo repetido una y otra vez por Maduro: que desde Colombia conspiran contra él, fraguan atentados, preparan golpes de Estado, y que los paramilitares ingresan desde Colombia al territorio venezolano. Y si estas denuncias son “gratuitas”, como mínimo queda la duda, denuncias tomadas como ridículas por los medios de comunicación oficiosos, que una y otra vez se ríen de las mismas mientras le dan parlante e imagen a su contrario, tanto en nuestro país como en el de las barras y las estrellas.

Por tanto, es necesario preguntar:

– ¿Tuvo que ver el gobierno de Colombia –cómo y hasta dónde– con el intento de magnicidio ejecutado con drones el 4 de agosto/18 en contra de Maduro y la cúpula del gobierno que él dirige?
– ¿Tiene responsabilidad el gobierno de Iván Duque en el intento de golpe de Estado fracasado del 30 de abril de 2019, cuando Juan Guaidó y Leopoldo López no lograron el levantamiento militar que pretendían?
– ¿Estaba el gobierno Duque detrás del denunciado y abortado intento de golpe de Estado del pasado 27 de junio?
– ¿Ha patrocinado, estimulado, ocultado, protegido el gobierno colombiano a los artífices de decenas de componendas, conspiraciones golpistas y acciones militares desestabilizadoras, denunciadas durante años por el gobierno de Hugo Chávez y luego por quien le sucedió en el Palacio de Miraflores?


El pretexto


Según el gobierno de Iván Duque, su par venezolano protege a la insurgencia colombiana, es decir, desde Venezuela sus líderes conspiran y facilitan el actuar de fuerzas armadas insurgentes para que den cuenta de la democracia colombiana. Es éste un señalamiento con años de repetición aunque sin pruebas duras, más allá del efectivo deambular de guerrilleros criollos entre ambos países, de lo cual dan testimonio quienes ahí habitan.


Pero la denuncia de conspiración, complacencia, encubrimiento y procederes similares no parece real, ya que, si estas agrupaciones recibieran el apoyo denunciado, ya hubieran transcendido a una guerra más efectiva, jaqueando a las fuerzas armadas nacionales. Pero, como resulta evidente, no es así.


La denuncia, por consiguiente, parece esconder su verdadero propósito, el mismo que llevó a Duque a entregar un dossier para así demostrarlo en las recientes sesiones de Naciones Unidas: elevar al Estado venezolano al status de terrorista y, así, además de ahondar su aislamiento global, abrirle paso legal a una posible intervención militar avalada por los organismos internacionales. Es una intervención que, de no llevarse a cabo, actuaría en el campo de la presión psicológica, desgastando, propiciando divisiones al interior del propio gobierno, obligando al incremento del gasto militar que con tal fin apropia recursos económicos urgentes para paliar el decaido bienestar social.


Es aquella la típica estrategia de los Estados Unidos, por medio de la cual elevó a “eje del mal” a países como Corea del Norte, Iraq y Libia. El saldo final de dos de estos países es conocido; el otro logró protegerse amparado en su poderío militar y la neutralización de toda conspiración que pretendan auspiciar desde la potencia estadounidense.


Una luz que ilumina este propósito es la misma animadversión que desde el gobierno Duque se muestra por su par cubano –con el que por años se llevaron relaciones armoniosas–, gobierno que sumó todos sus recursos para convencer a las Farc de la necesaria negociación de paz; país igualmente sometido por Estados Unidos a un renovado estrangulamiento que por lo pronto agota sus reservas de hidrocarburos.


Bien. Tras ese propósito, ahora el gobierno Duque pretende que las Naciones Unidas le indilguen el estatus de terrorista a la isla caribeña. ¿La prueba? Proteger a los negociadores del Eln, los mismos que, tras la ruptura unilateral por parte de Duque de las negociaciones de paz heredadas del gobierno Santos, permanecen allí por no encontrar las condiciones concertadas para regresar al territorio nacional. Todo parece indicar que, para ayudar al propósito de los Estados Unidos de conjurar la pesadilla que no logra sacar de su reposo luego de seis décadas, el gobierno Duque está dispuesto a torcerle la realidad al Derecho Internacional. Estamos ante un despropósito animado por el fanatismo, que no es buen consejero.


De esta manera, radicalizado por una ideología de unilateralismo, que no acepta –como no lo aceptan sus mentores– que en sus cercanías entren a jugar otros poderes globales, el gobierno Duque actúa como demente, sin reparar en que el mayor mandato que tiene entre sus manos es el de la paz, local y regional, que pone en riesgo por garantizar el dominio de los Estados Unidos en estos terruños regionales.
El ascenso hacia los extremos prosigue a paso rítmico.

Antinomias del desarrollo: poder territorial y petróleo

La descentralización político administrativa que rige en Colombia es un decir. El Art. 331 de la Constitución Política (CP) da poder al municipio para ordenar su territorio y promover la participación comunitaria, mandato quebrado en la práctica por las instituciones económicas y políticas extractivas dominantes y la forma de gobierno centralista y jerárquica. Emana de esta dualidad antinomias en el desarrollo local a partir del conflicto o contradicción entre la explotación minero-energética y la construcción colectiva, popular y democrática de los planes de vida. En medio de ello, las elecciones regionales por realizarse en octubre parecen ser de simple trámite.

 

“Creo que fue en el año 2013 cuando la transnacional Ada citó una reunión en Pasca para la exposición de un proyecto de hidrocarburos que sería el bloque Fusa-Pasca, que es lo que se conoce como el Cor4. A partir de allí viene la organización de la comunidad. Se realizaron cabildos abiertos y se constituyó la campaña en defensa del agua y el territorio: “Agua y agricultura sí, petróleo y minería no”. Para su impulso y concreción […] la Consulta de Cajamarca-Tolima nos brindó luces y confianza” (1).

Así recuerda Rosa Ballesteros, quien fue una de las integrantes de Fusunga, Comité impulsor de la Consulta minera realizada en Fusagasugá en el mes de diciembre de 2018, el camino recorrido a lo largo de varios años para finalmente llegar a esta construcción popular y victoriosa en las elecciones que le siguieron. Experiencia similar también vivida en otra docena de municipios donde el país ha conocido del rechazo colectivo al ingreso de grandes empresas para llevar a cabo explotación minero-energética, lo que destruiría su terruño (2).
Pese al triunfo en las urnas, aún queda terreno por recorrer, pues la decisión comunitaria tropieza con la presión del Gobierno central, el cabildeo de las transnacionales y la decisión de los jueces que niegan la soberanía popular para decidir sobre asuntos como el concerniente al subsuelo, lo cual deja en manos del rango nacional.


Es una contradicción latente. La Constitución de 1991 (CP) buscó soluciones estructurales al crónico y creciente conflicto colombiano. No obstante, ésta albergó complejas antinomias que exacerban aún más las causas históricas del antagonismo. De una parte, por ejemplo, promueve la autonomía territorial, el desarrollo sostenible y la democracia participativa; de otra, promociona el poder central y jerárquico del Estado y estimula el capitalismo neoliberal. Al declarar que el Estado es propietario del subsuelo y de los recursos naturales no renovables (Art. 332), la CP limitó la autonomía territorial, la democracia participativa y el poder local a la dimensión superficial del espacio o suelo. La reglamentación posterior, en la ley 685 de 2001 artículo 37, estableció que ninguna autoridad regional, seccional o local podrá establecer zonas del territorio que queden excluidas de la explotación minero-energética; prohibición que aplica a los planes de ordenamiento territorial y de vida de las comunidades.


Sin embargo, tanto la Carta Política como el Código Minero reconocen la propiedad del subsuelo en cabeza del Estado, mas no de la Nación (como ocurría en la antigua Constitución de 1886). Es decir, el subsuelo es de todos y no de la Nación exclusivamente, por lo que allí se debe incluir a los entes territoriales. Hecho que implica que la autoridad minera, previo al otorgamiento de licencias de exploración y explotación, debe consultar los planes de ordenamiento territorial y las normas de protección del patrimonio ecológico, cultural e histórico que hayan sido expedidas por los concejos. La jurisprudencia afirma que los municipios no solo tienen competencia sino la obligación de realizar consultas populares cuando el desarrollo de cualquier proyecto amenace con generar cambios significativos del uso del suelo que den lugar a una transformación de las actividades tradicionales del ente territorial.


Como lo recuerda la experiencia vivida en Fusagasugá (Cundinamarca), San Lorenzo (Nariño), Cajamarca (Tolima) y muchas más, las consultas populares se encuentran en un limbo jurídico. La decisión de la Corte Constitucional dejó sin validez este mecanismo de participación ciudadana cuando se trate de la prohibición o regulación de la actividad minero-energética en los entes territoriales, y otros aspectos relacionados con el suelo y el subsuelo, donde existen competencias concurrentes entre ellos y la Nación. De acuerdo con la Sentencia SU-095 de 2018, el Congreso será el encargado de crear uno o varios mecanismos de participación ciudadana e instrumentos en los que se garantice la concurrencia y coordinación entre las autoridades centrales y locales, donde se deberá tener en cuenta la “inexistencia de un poder de veto de las entidades territoriales”. Tarea aún pendiente en el Congreso y sin interés de emprenderla.


En paralelo, las consultas populares realizadas muestran que las comunidades rechazan tanto las actividades minero-energéticas, en la forma como se han desarrollado en el país, así como las nuevas técnicas de fracking, esto es, el fracturamiento hidráulico en lutitas (roca sedimentaria clástica de grano muy fino).


Petróleo, regalías y fractura social


Los debates en torno a la necesidad de las actividades minero-energéticas proyectan luz sobre las antinomias del modelo de desarrollo colombiano. En promedio, en las últimas dos décadas, las ventas externas de hidrocarburos representan 36 por ciento de las exportaciones totales, ascendiendo en 2018 a 17.000 millones de dólares, o sea, el 40 por ciento del valor total exportado por el país.


La contribución del sector de hidrocarburos a las cuentas fiscales también ha sido importante; ésta se da por tres vías: la generación de ingresos tributarios de las petroleras, los dividendos que traslada Ecopetrol a la Nación por ser dueña del 88,5 por ciento de la empresa y la generación de regalías para las regiones. En las últimas dos décadas, las dos primeras vías representaron en promedio 14 por ciento de los ingresos corrientes del Gobierno. Adicionalmente, las regalías representan en promedio un poco más de 20 por ciento de los ingresos de las regiones; recursos que financian el gasto social y la infraestructura regional. El más reciente reporte del Ministerio de Minas y Energía (MME) indica que las reservas probadas de petróleo de Colombia subieron 9,9 por ciento en 2018 respecto al año anterior, al pasar a 1.958 millones de barriles (Mdb) que equivalen a 6,2 años de consumo.

 

Las polémicas jurídicas, políticas, económicas, ambientales y las movilizaciones sociales que ocasiona este modelo de crecimiento basado en la explotación minero-energética son más candentes en los espacios local y regional. Particularmente, en los municipios “petroleros” existe un panorama generalizado de desarticulación y falta de agendas comunes; en el seno de la sociedad civil hay tensión frente a la problemática que implica la explotación minero-energética: mientras una tendencia defiende el empleo y los ingresos que le genera esta actividad económica extractiva a las finanzas del ente territorial, la otra rechaza de plano este modelo por los daños e impactos negativos que produce y se oponen al mismo mediante vías de hecho. Esta situación obstaculiza la unidad y posibles consensos entre las diferentes expresiones de la sociedad civil y quebranta en general el tejido social y los proyectos de futuro. En la relación de la sociedad civil con el Estado existe una desconfianza arraigada y con fundamentos; en general los diálogos intersectoriales (sociedad civil, Estado central, instituciones locales, empresa privada) son lábiles y endebles (3).


Petróleo, democracia y desarrollo


La economía colombiana cuenta con una antigua y consolidada industria petrolera que toma forma a principios del siglo XX. Son conocidas las transformaciones socioeconómicas típicas que esta actividad extractiva provoca y pueden, en consecuencia, ser previstas, así como sus efectos negativos que deben ser objeto de debate y concertaciones democráticas y políticas públicas que los eviten y regulen (4).


En general, no existe una relación directa entre participación política e ingresos de regalías por la explotación petrolera de las entidades territoriales (Gráfico 1 y mapas de participación electoral y recepción de regalías). Bogotá, que no es receptor de regalías, y Casanare, que ha recibido el volumen más alto de regalías en los últimos 16 años, registran los niveles más altos de participación política en las elecciones presidenciales de 2018. No obstante, el resto de entidades no beneficiarias de regalías tienden a registrar una baja participación política; las luchas por el control de las regalías y la confrontación por la planeación territorial y los modelos de desarrollo motivan a la sociedad civil a involucrarse activamente en los asuntos de interés público. A la vez, la industria petrolera y la política de distribución de sus beneficios contribuyen al desarrollo desigual y diferenciado del país.

 

Para el análisis de las relaciones entre petróleo, democracia y desarrollo se tienen en cuenta siete variables a nivel departamental (incluido el Distrito Capital) cuyo comportamiento estadístico se resume en el cuadro 1.

La participación relativa del potencial electoral en los comicios presidenciales de 2018, a nivel departamental, registra una media de 50,2 por ciento. Las entidades territoriales con mínimos de participación corresponden a San Andrés (31,5%), Vichada (33,2%), La Guajira (37,1%), Vaupés (37,4%) y Chocó (39,1%). Los menores porcentajes de abstención corresponden a los departamentos con una participación relativa superior a la media nacional en las elecciones de 2018: Casanare (64,7%), Cundinamarca (63,2%), Bogotá, D. C. (62,2%) y Boyacá (60,7%).

De acuerdo con la Agencia Nacional de Hidrocarburos, durante el período 2004-2019, el Ministerio de Hacienda giró a las entidades territoriales regalías por valor de 37 billones de pesos. La inversión es el principal destino de las regalías. El Acto Legislativo 05 de 2011 modificó el régimen de regalías del país y estableció las normas generales que rigen para el presupuesto del Sistema General de Regalías (SGR). Los recursos del SGR no hacen parte del Presupuesto General de la Nación, sino que tienen su propio sistema presupuestal. Como se trata de ingresos finitos y/o volátiles, el buen uso de las regalías depende de la realización de inversiones para que a mediano o largo plazo los territorios logren nichos de desarrollo económico que les permita contar con fuentes de ingreso, esas sí estables; así como avanzar en la superación de las brechas de exclusión y pobreza. En general, al uso de las regalías lo caracteriza la atomización de los recursos y proyectos, que va de la mano con inversiones poco pertinentes. En la priorización del gasto de las regalías a nivel departamental incide no solamente una dimensión técnica sino una dimensión política muy fuerte; la posibilidad de orientar estratégicamente las inversiones se ve limitada por la visión que imponen muchos gobernantes, estrechamente ligada a la necesidad de obtener réditos políticos, y a las históricas prácticas de clientelismo y corrupción (5).

Seis entidades territoriales han recibido durante los últimos 16 años regalías por la explotación de hidrocarburos superiores al billón de pesos: Casanare ($6,3 billones), Meta ($ 5 billones), Arauca ($3,4 billones), Huila ($2,2 billones), Santander ($1,7 billones) y Tolima ($1,1 billones). En contraste, ocho departamentos y el Distrito Capital no reciben recursos provenientes de las regalías petroleras; además de Bogotá, las entidades territoriales excluidas son: Amazonas, Caldas, Chocó, Guainía, Guaviare, Quindío, Risaralda y Vaupés (ver mapa sobre participación departamental en las regalías).


La distribución de las reservas probadas de hidrocarburos es heterogénea y concentrada en el territorio nacional. El departamento del Meta aporta un 45 por ciento de las mismas, con 888,4 millones de barriles, seguido por Casanare con un 19 por ciento (380,8 Mdb) y Santander con un 13 por ciento (254,6 Mdb). El 61 por ciento (20 entidades) de los departamentos (incluido Bogotá) no disponen de reservas probadas de hidrocarburos, por tanto son excluídas del SGR (ver mapa). No obstante, los municipios puertos, y los puertos de carga, descarga y cabotaje si hacen parte del SGR.


La percepción de corrupción en Colombia sigue en aumento. El flujo de grandes sumas de dinero para la inversión pública, en sociedades donde la democracia efectiva es una ilusión y el poder clientelar una realidad, potencia la ambición o el mal uso de tales recursos. No es casual que la percepción de la corrupción en Colombia aumente durante el último cuatrienio. Según estudios de 2019 sobre este particular, para el 52 por ciento de los colombianos encuestados en el último año aumentó la corrupción; considerando así mismo el 94 por ciento de los encuestados que la corrupción en el Gobierno es uno de los problemas más graves de su país (6).


Por departamentos (cuadro 1), el índice de transparencia promedio es de 61,7 (la escala del índice va de 0 a 100, siendo 0 equivalente a muy corrupto y 100 a muy transparente o virtuoso). Para el año 2018, seis fueron los departamentos con percepción de alta corrupción, esto es, con puntajes inferiores a 50 puntos: Amazonas, Chocó, Guainía, La Guajira, Magdalena y Vaupés. Los departamentos con un índice de transparencia más elevado o menos corruptos, esto es, mayor a 75 puntos, son seis: Antioquia, Cundinamarca, Meta, Risaralda, Santander y Tolima.

Estamos ante unos flujos de dinero que generan realidades contradictorias en el país, y que no condicionan ni determinan desarrollo social, mejoramiento de la infraestructura, ni ahondamiento de la democracia formal. Al estudiar las diferencias departamentales en los valores de los indicadores de participación política, regalías y reservas petroleras y corrupción, la dispersión o variabilidad de los datos no es tan alta en relación a los valores medios. Lo contrario sucede con los indicadores de PIB per cápita, pobreza multidimensional y violencia homicida, la dispersión tiende a ser el doble respecto a las demás variables analizadas (ver cuadro 1).

 

 


Para el año 2018, el ingreso medio por persona fue de $15,8 millones; con un mínimo de $6,2 millones (Guaviare) y un máximo de $42 millones (Casanare).

Tenemos ante nosotros, una escala de ingresos que en ocasiones alcanzan para vivir con cierta holgura y en otras para sobrevivir en penuria. Para precisar esto, el Índice de pobreza multidimensional (IPM) identifica múltiples carencias a nivel de los hogares y las personas en los ámbitos de la salud, la educación, el trabajo, la protección de la niñez y el nivel de vida. El valor medio del IPM en Colombia para el año 2018 es de 28,2 por ciento. El IPM más bajo (inferior al 15%) corresponde a Bogotá (4,4%), San Andrés (8,9%), Cundinamarca (11,5%), Risaralda (12,5%), Santander (12,9%) y Valle del Cauca (13,6%). Los departamentos que registran una población viviendo bajo condiciones de pobreza superior al 50 por ciento son: Guainía (65%), Vaupés (59,4%), Vichada (55%) y La Guajira (51,4).

En medio de ello, no necesariamente como su extensión mecánica, Colombia registra el negativo privilegio de presentar uno de los más altos índices de violencia homicida del mundo. La media de la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes fue de 24,3 para el año 2018. En 2019, año de elección de las autoridades territoriales, la violencia política disparó la tasa global. Solo en cuatro entidades territoriales la tasa de homicidios es inferior a 10 por cada cien mil habitantes: Vaupés (4,5), Boyacá (6,6), Guainía (6,9) y Amazonas (8,9). Los departamentos más violentos, con tasas superiores al 40 por 100.000 habitantes, son: Arauca (59,1), Caquetá (41,5), Putumayo (46,5) y Valle del Cauca (47,8).


En estas circunstancias, ¿existe alguna causalidad o correlación entre los ciclos petroleros y los de violencia? El gráfico 2 ilustra las dinámicas de la industria petrolera y la violencia homicida durante el último siglo. Dos ciclos de violencia se registran en estos cien años: i) “La Violencia” (1946-1966) causó cerca de 300.000 asesinatos y la migración forzosa de más de dos millones de personas, equivalente a casi una quinta parte de la población total que sumaba el país, que para ese entonces alcanzaba los 11 millones de habitantes; ii) el conflicto armado del último medio siglo deja hasta ahora un balance cercano a los 9 millones de víctimas entre homicidios, población desplazada y desaparecidos, además de la rapiña de 6,5 millones de hectáreas de tierras despojadas a agricultores medios, campesinos, pueblos afro e indios.

 

 

En Colombia el petróleo se convirtió en el motor de la economía y en la base fundamental de las finanzas del Estado a partir de la década de 1980. (Ver recuadro: El ciclo reciente) De acuerdo con el gráfico 3, a principios del siglo XXI la contribución de la rama de explotación minero-energética al valor agregado nacional era de 7,7 por ciento; en 2011-2012 alcanzó el pico de 13,1 por ciento promedio; en los años siguientes se registró una paulatina caída en la participación debido a la destorcida de los precios del petróleo en el mercado internacional, en consecuencia el aporte de esta rama económica cae a 5,1 por ciento en 2016. En los años 2018-2019, recupera parte del terreno perdido y alcanza una contribución al valor agregado nacional de 6,5 por ciento.

Un crecimiento en importancia para el fisco nacional que no se traduce en un aporte significativo para el empleo ya que el sector se caracteriza por la baja intensidad en la generación de puestos de trabajo. En el año 2001 la explotación minero-energética aportaba el 1 por ciento de los empleos en Colombia; en 2010-2011 generó el 1,8 por ciento de las ocupaciones; en 2019 contribuye con el 1,3 por ciento.

Ni más participación política directa, ni menos corrupción, ni más inclusión y bienestar, ni más violencia

El hecho que una entidad territorial haga parte o no del SGR y del volumen de regalías que la ha beneficiado durante el periodo 2004-2019, rango de tiempo estudiado para este artículo, no es garantía de una mayor participación democrática o de reducción de la corrupción. No hay un buen uso de las regalías que permitan a las entidades territoriales beneficiarias avanzar en la superación de las brechas de exclusión y pobreza. La violencia homicida no registra una particular relación con las entidades territoriales petroleras; esta situación significa que las causas de la violencia son multifactoriales, con dinámicas complejas y es una patología social y cultural que afecta todo el territorio nacional.


Así lo permiten establecer los gráficos 4 a 8, mediante los modelos de regresión de mínimos cuadrados, la relación de causalidad entre las regalías recibidas por los departamentos y la condición de participación política, corrupción y desarrollo local (7). Los resultados se resumen en cuatro tendencias: i) una relación positiva y significativa (R²=0,461) entre el ingreso per cápita en función del volumen de regalías recibidas por el departamento (gráfico 6); ii) una relación positiva pero débil o poco significativa entre la participación electoral (R²=0,168, gráfico 4) y la transparencia de las instituciones (R²=0,118, gráfico 5), de una parte, en función del valor de las regalías, de otra; iii) una relación negativa y poco significativa entre la reducción de la pobreza multidimensional (R²=0,032) y el aumento en el valor de las regalías (Gráfico 7); iv) la medición de la tasa de homicidios en función de las regalías da como resultado que no hay relación estructural o que las variables son independientes y no están relacionadas (Gráfico 8).

 


En conclusión, o dicho de manera más fuerte, la evidencia empírica demuestra que las actividades de explotación minero-energética no generan dinámicas virtuosas de mayor democracia, no mejoran la transparencia de las instituciones públicas, ni reducen la pobreza, la exclusión o las desigualdades sociales. Lo único evidente es que sí elevan el ingreso per cápita local y regional creando condiciones potenciales de mejorar la infraestructura local y regional y de financiar el gasto social. Respecto a la violencia homicida que caracteriza al país, no existe evidencia para afirmar que los territorios donde está concentrada la industria petrolera sean más o menos violentos que las demás entidades territoriales del país. Por tanto, petróleo no es sinónimo de democracia, transparencia, bienestar y desarrollo, pero sí un fuerte imán para que las fuerzas políticas tradicionales de cada región pretendan el control eterno de la renta que reciben sus entidades territoriales, lo cual se decide a través del ejercicio de la democracia formal cada cuatro años.

Los retos


Colombia debe salir del anclaje histórico o dependencia de los recursos naturales y energéticos, esto es, de las actividades extractivas, trascender hacia una democracia directa, radical, plebiscitaria, garantizar con ellos que las comunidades sientan que en efecto deciden sobre su presente y futuro, de manera que la Constitución Nacional supere las antinomias que hoy la rigen. En esa ruta, la explotación minero-energética sostenible debe servir para la vida digna de la gente y no para la destrucción de sus territorios ni para someterlas a un mal vivir y conflictiva convivencia. Las voces de las miles de Rosas Ballesteros que habitan en Fusagasugá, Cajamarca, Piedras, San Lorenzo y, en general, los 120 municipios que hasta ahora con decisión han rechazado la explotación minero-energética en sus territorios, debe ser escuchada y tomadas como mandato.


Este propósito, que es un ideal, difícilmente puede hacerse realidad en el corto plazo, toda vez que las clases dirigentes amarraron al país a la dependencia económica y fiscal de la extracción de hidrocarburos y minería. Son muchos los intereses que giran alrededor de la explotación minero-energética; además, el limbo jurídico a que está sometida la democracia local respecto a la limitación de las consultas populares y la presión de los poderes reales que dominan en el país en unión con la tecnocracia y las empresas petroleras para implementar las tecnología no convencionales, todo en conjunto presagia la intensificación del conflicto social, de la confrontación armada y del despliegue de variopintas organizaciones mafiosas en alianzas con la clase política local o regional.

Por ello, una alternativa ante esta realidad es que las empresas petroleras se articulen sinérgica y consensualmente a los procesos participativos y de autonomía popular en la construcción territorial y democrática de sus planes de vida. Con este fin se requiere de la conformación de un movimiento social con arraigo territorial, y de una política pública democrática e inclusiva que regule las actividades minero-energéticas, favorable al bienestar, paz y autonomía de las comunidades, el desarrollo local y regional sostenible, la organización, unidad y fortalecimiento del poder popular.


En ese giro, existen razones poderosas para recuperar los conocimientos tradicionales e impulsar las actividades económicas ancestrales en unión con las modernas ciencias y tecnologías, de una parte, y las avanzadas prácticas de mercadeo y comercialización nacional y global. El país debe acelerar la innovación exportadora hacia el agro, la industria y su combinación, tal como lo han logrado hacer otros países de Sur América y del Tercer Mundo en las últimas décadas. La construcción colectiva y democrática de planes de vida, producto de la unidad y esfuerzo político y organizativo de la comunidad, motivado por las necesidades sociales, es la única estrategia segura a practicar para mejorar las condiciones de vida locales y regionales, como para alcanzar una paz justa y duradera, con lo cual el país podría desanclarse de la dependencia extractiva minero-energética, en general, y petrolera, en particular.


De esta manera podría la sociedad, desde abajo, desde el poder local y territorial, darle materialidad, sentido y significado al principio fundamental de la Constitución política en su artículo primero: "Colombia es un Estado social de derecho, organizado en forma de República unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general”.

 

1. “Esta consulta hay que ganarla porque es la más grande efectuada hasta ahora en el país”, desdeabajo diciembre 9 de 2018.
2. Al finalizar el año 2018 sumaban 120 las consultas populares y los acuerdos municipales que se habían puesto en marcha con el objetivo de prohibir proyectos del sector minero energético. Algunas de estas consultas ya habían sido votadas, mientras que las iniciativa de otras fueron suspendidas. Así mismo, hay acuerdos municipales vigentes como otros que han sido declarados sin validez. La distribución del total de procesos o acciones para prohibir la explotación minero-energética en sus municipios, según departamentos, es: 20 en Antioquia, 14 en Huila, 13 en Santander, 12 en Cundinamarca, 11 en Tolima, 1º en Casanare, 9 en Meta, 9 en Boyacá, 6 en Caquetá, 5 en Quindío, 3 en Putumayo, 2 en Arauca, 2 en Cauca, 1 en Norte de Santander, 1 en Cesar, 1 en Risaralda y 1 en Nariño.
3. Rampf, D. y Chavarro, D. (2014). Las tendencias de la sociedad civil en Colombia. Una radiografía de la sociedad civil en seis municipios petroleros. CINEP/PPP-Asociación de fundaciones petroleras, Colombia, pp. 388-390.
4. Los estudios en el terreno permiten concluir que las consecuencias negativas pueden agruparse en seis ámbitos: i) concentración del ingreso y la propiedad de la tierra, ii) implantación arbitraria y agresiva de empresas petroleras, ausencia de encadenamientos económicos y desplazamiento de actividades productivas tradicionales de la región, iii) presencia de grupos armados al margen de la ley y aumento de la conflictividad sociopolítica por encima de la capacidad del sistema político regional y local para resolverla, iv) turbulencia demográfica y cultural por los volúmenes de inmigrantes que llegan provenientes de todo el país y el desplazamiento forzado de las comunidades originales del territorio, v) pérdida de la biodiversidad, agotamiento de los recursos naturales y contaminación de las fuentes de vida, vi) alza especulativa de los precios de la canasta básica familiar.
5. Edgardo José Maya, Contralor General de la República. “Informe de la situación de las finanzas del Estado en 2016”. Resultados del Sistema General de Regalías 2015-2016. Contraloría General de la República, Bogotá, julio de 2017, pp. 5-10.
6. Resultados del Barómetro Global de Corrupción para América Latina, elaborado por Transparencia Internacional donde detalla que para el 52 % de los colombianos encuestados en el último año aumentó la corrupción. http://www.redmas.com.co/colombia/percepcion-de-corrupcion-en-colombia-sigue-en-aumento-segun-ong/, consulta 26/09/2019
7. Estadística y variables: En estadística la regresión lineal o ajuste lineal es un modelo matemático usado para aproximar la relación de dependencia entre unas variables dependientes Y (participación electoral en la elección de presidente 2018, Pib por habitante, pobreza, violencia Índice de transparencia), la variable independiente Xi (valor de las regalías recibidas por cada departamento durante el período 2004-2019) y un término aleatorio ε. El resultado de la relación entre este conjunto de datos se ajusta a una función cuadrática. El coeficiente de determinación, también llamado R cuadrado, refleja la bondad del ajuste de un modelo a la variable que pretender explicar. Es importante saber que el resultado del coeficiente de determinación oscila entre 0 y 1: cuanto más cerca de 1 se sitúe su valor, mayor será el ajuste del modelo a la variable que estamos intentando explicar; de forma inversa, cuanto más cerca de cero, menos ajustado estará el modelo y, por tanto, menos fiable será. En general, r > 0 indica una relación positiva (las dos variables aumentan o disminuyen simultáneamente) y r < 0 indica una relación negativa (a valores altos de una de ellas le suelen corresponder valores bajos de la otra y viceversa), mientras que r = 0 indica que no hay relación (o que las variables son independientes y no están relacionadas).

* Economista político y filósofo humanista. Escritor e investigador independiente. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

Adriana Gómez, Zona de riesgo, técnica mixta sobre lienzo, 120 x 120 cm, 2015

Cuatro candidaturas se disputan la dirección de Bogotá para el período 2020-2023. Con diferencias entre las campañas, las mismas están más dadas sobre prevenciones ideológicas y políticas que sobre el trasfondo de los programas que airean en los debates públicos. Las encuestas indican que todo está por definirse en las próximas semanas.

 

En Bogotá, como en el resto del país, el domingo 27 de octubre se elige, para un período de 4 años a partir del próximo 1 de enero, el nuevo alcalde o alcaldesa que administrará la ciudad, así como los 45 miembros del Concejo Distrital y los más de 150 ediles de las Juntas Administradoras Locales de las 20 localidades que integran la urbe. La cabeza de la rama ejecutiva del gobierno local y máxima autoridad administrativa y policial de la ciudad, es considerada como el segundo cargo político más importante de Colombia después del Presidente de la República.


Estas elecciones se desarrollan en medio de un “estado” de impopularidad del actual alcalde capitalino, Enrique Peñalosa, pocas veces vista. A tal punto que, ante las últimas encuestas realizadas a mediados de este año, que dan una imagen desfavorable de Peñalosa de más del 70 por ciento, la alcaldía lanzó en los medios de comunicación una profusa y costosa pauta publicitaria en la que predomina el eslogan “Impopulares pero eficientes”.


En estos comicios hay que resaltar en particular que por primera vez, de acuerdo con la Reforma de Equilibrio de Poderes y el Estatuto de la Oposición, los candidatos que obtengan el segundo lugar en las elecciones a alcaldías y gobernaciones tienen el derecho a ocupar una curul en los concejos y las asambleas departamentales. Esto significa que el próximo alcalde o alcaldesa elegido entre los 4 candidatos en competencia, Claudia López, Hollman Morris, Miguel Uribe y Carlos Fernando Galán, tendrá que lidiar en el Concejo Distrital con el liderazgo de quien saque la segunda votación, hecho novedoso que en principio deberá permitir el fortalecimiento del juego democrático y un mayor espacio a las fuerzas alternativas y de oposición, amplificando el control político que ejerce esta corporación.


Claudia López candidata verdeamarilla


Otro hecho novedoso en las presentes elecciones, es la presencia de una candidata, Claudia López, con posibilidad de ser electa alcaldesa. Aunque a la cabeza de la ciudad han tomado lugar varias alcaldesas, como Clara López y María Teresa Maldonado, lo fueron en su condición de encargadas para remplazar el respectivo alcalde suspendido o destituido. Desde que los alcaldes se eligen por voto popular (1988), ninguna mujer ha ganado en las urnas en Bogotá.


López, candidata de la Alianza Verde con el respaldo del Polo Democrático y otras fuerzas, tiene en su haber una imagen positiva por diversas razones, entre ellas su liderazgo en la lucha anti-corrupción. López aparece para muchos ciudadanos como una candidata de centro-izquierda, lo cual quizás le permitiría obtener el respaldo de sectores de la ciudadanía que votan por candidatos alternativos, tal como ha sucedido en las elecciones de los alcaldes Antanas Mockus, Lucho Garzón, Samuel Moreno y Gustavo Petro. El modelo de ciudad que López propone se diferencia del modelo de Peñalosa, aunque se oyen voces que consideran que sus críticas a la gestión del alcalde han sido más bien tibias. López plantea construir sobre lo construido: una de las grandes dificultades que ha tenido Bogotá (y Colombia) para su desarrollo y progreso, ha sido justamente la política de borrón y cuenta nueva, en donde quien llega al poder no reconoce, por razones políticas o ideológicas, los logros de sus antecesores.


No la beneficia en cambio su temperamento fogoso. Y está por verse, a la hora de las urnas, si el rompimiento entre ella y Petro por diferencias sobre el qué hacer, entre otras el futuro del metro tantas veces proyectado para la ciudad (optando por la realidad del metro aéreo que Peñalosa impuso) afecta a la candidata ante los bogotanos que apoyaron a Petro en las elecciones presidenciales del año pasado, en las que éste obtuvo la mayoría de votos en el Distrito Capital. De otro lado, uno de los cuestionamientos a los liderazgos “renovadores”, es la preeminencia que en estas elecciones ha tomado la próxima campaña presidencial, factor profundo del distanciamiento López-Petro. En contrapartida, también está por verse si el deslinde entre estas dos figuras le traerá votos a la candidata en los sectores desencantados del liderazgo de Petro o claramente anti-petristas, que van desde la izquierda hasta la derecha.


Aunque es un tema poco mencionado en la campaña, la opción sexual de la candidata seguramente pesará a la hora del voto, sobre todo entre sectores tradicionales, regresivos, religiosos, machistas y similares, dispuestos a cerrarle el paso a la candidata verdeamarilla.


La Oposición de Hollman Morris


La candidatura del exconcejal Hollman Morris, quien cuenta con el aval del partido Mais y respaldo de Petro y el movimiento Colombia Humana, se lee ante los ojos de un porcentaje importante de la ciudadanía bogotana que concurre a las urnas, como una propuesta de izquierda radicalmente distinta al modelo de ciudad del alcalde Peñalosa. Al centro del debate se encuentra su total oposición al metro elevado y su énfasis en el metro subterráneo; ha manifestado, asimismo, no apoyar la construcción de tres troncales adicionales para la red de transporte público TransMilenio, y se aparta sin matices de muchas otras iniciativas de la actual administración. Morris aparece en las encuestas con el más bajo porcentaje de intención de voto. Pero más allá de que logre obtener un resultado honorable en las urnas, su candidatura le resta fuerza a López e incluso podría ser factor determinante para que ésta no termine elegida.


La candidatura de Hollman, salpicada por denuncias de machismo, en contra de la opinión mayoritaria de activistas femeninas de la Colombia Humana, pone de presente las limitaciones del recambio del liderazgo existente en el país, a la par de dinámicas en gran parte unipersonales que ganan carrera al interior de proyectos políticos de izquierda, que se supone tendrían que ser colectivos, consultivos, asambleatorios, en donde el peso de la opinión de su cabeza visible debiera valer como la de cualquier otro de sus militantes.


El delfín Miguel Uribe


El exsecretario de Gobierno de Enrique Peñalosa, Miguel Uribe, es el candidato de una derecha diversa y con maquinarias. Inscribió su candidatura en nombre del movimiento Avancemos y pronto recibió el respaldo de la mayoría de los partidos del establecimiento: Centro Democrático, Liberal, Conservador, Mira y Colombia Justa Libres, este último de las iglesias cristianas. También cuenta con la adhesión de buena parte de los seguidores de Peñalosa, aunque es probable que en las urnas ese grupo, que ve en Uribe el garante del continuismo de la actual administración, pese menos en las urnas que los sufragios que le quita al candidato Uribe su fervoroso y público respaldo a la obra de su alter ego, dado el desprestigio de éste y de su gestión, como ya fue señalado.


En su campaña, Uribe reitera una y otra vez ser el candidato mejor preparado, constante, consistente y coherente en sus propuestas. Se expresa siempre mirando el espejo retrovisor frente a Petro, sin desaprovechar oportunidad para criticar con virulencia su gestión, al igual que todo lo que él percibe, de cerca o de lejos, como izquierda. En su estilo polarizador y planteamientos ideológicos, el joven Uribe se identifica en gran parte con el expresidente Uribe, quien lo ha acompañado en su campaña. La vocación del candidato apunta también hacia sus propios intereses de delfín presidencial. Nieto del expresidente Turbay, tristemente recordado por su Estatuto de Seguridad y las denuncias sobre la imposición de la tortura y las desapariciones, su candidatura a la alcaldía de Bogotá es también un peldaño estratégico, y legítimo, para aspirar a la presidencia de la república.


El repunte de Galán


En el centro y la derecha del espectro político de Bogotá, se presenta una situación similar: la candidatura de Uribe, quien según varias encuestas ocupa el tercer lugar en intención de voto, le quita fuerza a la candidatura de Galán, quien repunta en recientes encuestas. O viceversa. En las elecciones a la alcaldía de Bogotá del año 2011, Galán ya vivió un contexto parecido y no faltaron voces que lo corresponsabilizaron de la derrota de Peñalosa cuando Petro fue electo. Esa lección podría incidir en los dos candidatos, a última hora.


Hijo del líder liberal Luis Carlos Galán, asesinado en 1989, exconcejal y exsenador, se inscribió por el movimiento Bogotá Para la Gente, luego de retirarse del partido Cambio Radical. Propone soluciones cercanas a las que plantea Uribe en temas relacionados con la seguridad ciudadana y el transporte público, entre otros. Al igual que López y Hollman, Galán se opone al Plan de Ordenamiento Territorial presentado recientemente por Peñalosa al Concejo Distrital. Y todos los cuatro candidatos coinciden en el tema de la necesidad de la transformación digital de Bogotá. Ello no quita que el candidato tenga su propio modelo de ciudad, que podría caracterizarse de centro-derecha.


Ambiente frío


Como el clima de la ciudad por estos días, así está hasta ahora el ambiente electoral despertado por la campaña electoral en curso, la cual no logra aún suscitar el interés y la atención más allá de las clientelas, así como de los sectores activos siempre movilizados. Los bogotanos necesitamos una urbe realmente incluyente y participativa, que atienda con todo rigor temas centrales para sus pobladores como ambiente, transporte público, trabajo, salud, educación, vivienda, y otros aspectos propios de una vida digna.


Bogotá, urbe de ocho millones de habitantes, está en el límite de sus posibilidades, lo que demanda pensarla desde la integralidad de su territorio sabanero con su frágil ecosistema. Contaminación, destrucción del hábitat natural, problemas de abastecimiento de agua y demás, son parte de la realidad que la afectan y de la agenda por abordar en el debate sobre el gobierno que debe regir en la misma. Como parte de ello también es fundamental el qué y como hacer para recuperar quebradas y ríos, así como humedales y similares, colchón necesario para resistir el cambio climático. Otro aspecto por abordar y resolver, mucho más cuando corresponde a una agenda electoral, es la movilidad, la cual le consume a los trabajadores y empleados que viven en la sabana varias horas cada día en su desplazamiento hacia Bogotá y regreso a su vivienda, con su consecuente impacto en su salud física y mental. Precisamente, es sobre esas temáticas que las campañas deben pronunciarse a fondo, como lo requiere un proyecto estratégico, colectivo y movilizador de mayorías. La gente debe sentirse recogida en las propuestas de gobierno para motivarse a participar en la consulta electoral.


Lograrlo es un desafío mayor para las elecciones a la alcaldía de 2023, las cuales deben caracterizarse por un debate ciudadano abierto y apasionado con meses de anterioridad, de tal manera que la gente a la que se pretende llegar con una u otra candidatura sea ampliamente concitada y consultada tanto para estructurar programas como para elegir candidatos. Sólo así el frío no seguirá calando en la cabeza y el corazón de quienes habitan la capital del país.


Todo está por pasar


Faltando tres semanas y unos días para las elecciones, nada está cantado. Siempre cabe preguntarse si las encuestas sobre la intención de voto, realizadas sobre muestreos de mil y tantas personas, reflejan una foto real, en un momento dado, de la intención de voto promedio de la sociedad bogotana. Y no faltan quienes se preguntan si tales encuestas no están sesgadas o direccionadas. Pero más allá de las respuestas, lo evidente es que estas encuestas influyen a su vez sobre el voto de los ciudadanos.


A partir de las elecciones municipales y departamentales de 2023, Bogotá tendrá doble vuelta electoral si en la primera el ganador no obtiene los votos necesarios para ser elegido. Entre tanto, para el período que sigue, cualquiera que sea la candidata o el candidato triunfante, puede preverse que vamos hacia un escenario similar al de las últimas administraciones: el alcalde electo no contará con una mayoría suficientemente amplia que le facilite ejercer su mandato con mayor gobernabilidad, por el bien de quienes habitan Bogotá y de quienes se desplazan a ella cada día para cumplir con su jornada de trabajo.

 

*Consultor en Ciudades Inteligentes.
Bogotá, 27 de septiembre de 2019

 

Evo ganó pero iría a ballottage con Mesa

 El presidente de Bolivia se imponía con el 45 por ciento de los votos, pero le faltaban puntos para evitar la segunda vuelta. Carlos Mesa obtenía un 38 por ciento.

Con incertidumbre y tensión, el desenlace de las elecciones en Bolivia se prolongaba hasta casi la medianoche del domingo. El escrutinio se plantó a las 2 horas y 20 minutos de haberse cerrado la votación con el 83,76 de los sufragios computados. Con ese porcentaje Evo Morales deberá revalidar su victoria en la primera vuelta en un segundo turno. No sacaba el 10 por ciento de diferencia sobre Carlos Mesa indispensable para ganar sin el 50 % más uno de los votos. El presidente les habló a sus partidarios en el Palacio Quemado, la ex Casa de Gobierno, anunciando su cuarta victoria electoral consecutiva, pero dejó en suspenso si se podría evitar el ballottage. Carlos Mesa, el candidato de Comunidad Ciudadana (CC) se había pronunciado antes: “Hemos logrado un triunfo, estamos en segunda vuelta”. El denominado conteo rápido como lo llaman acá, hacia presumir que los resultados totales y definitivos se conocerían relativamente temprano. Pero no pasó. Entre las 20.20 (hora de Bolivia) y el cierre de esta edición, festejaba el MAS, el partido del gobierno, y también CC, la segunda fuerza.

La demora en conocerse el 16,24 por ciento de los votos pendientes, según los medios, distintos analistas y el propio Tribunal Supremo Electoral (TSE), se debía a que provienen del campo, donde el MAS ha mantenido una hegemonía histórica. El voto rural será el que en definitiva decida qué pasará con la continuidad de Morales en el gobierno.

Al cierre de esta edición ni siquiera se podían tener datos del TSE. Esa incógnita sobre los sufragios de las zonas más alejadas de las grandes ciudades se trasladó a las calles de esta capital, donde tanto masistas como partidarios del ex presidente Mesa se adjudicaban la victoria. Unos con realismo y cautela. Es que Evo efectivamente sacaba el 45,28 por ciento de los votos, pero le faltaban los puntos necesarios para evitar la segunda vuelta; y otros porque cuando se conoció el 83,76 de los sufragios emitidos, llegaban a la segunda vuelta con el 38,16 para Mesa. La diferencia de 7,12 por ciento entre los dos candidatos, tomado en cuenta que ninguno superaba el 50 %, marcaba la certeza de un nuevo turno electoral.

En la hipótesis de un ballottage, se trataría de una elección muy diferente a esta. El MAS iría a esa instancia fijada para el 15 de diciembre con su base electoral intacta, pero competiría contra una oposición que se aglutinaría detrás de la candidatura de Mesa. Oscar Ortiz, de Bolivia dice NO, anunció su respaldo al ex presidente. Es previsible que el coreano-boliviano Chi Hyun Chung llame a votar por Mesa. Entre los apoyos en las urnas que juntaron el tercero y cuarto de los candidatos suman un 13,18 por ciento, un porcentaje que puede ser decisivo para dirimir el resultado en el ballottage.

El presidente les habló a sus partidarios en la ex Casa de Gobierno, acompañado por su compañero de fórmula, Álvaro García Linera: “Entendemos las informaciones preliminares y como siempre esperamos el voto del campo”, dijo y recordó cuando en 2002, en su primera incursión como candidato a presidente, los votos se demoraron por una nevada. “Vamos a esperar al último escrutinio del voto nacional para continuar con nuestro proceso de cambio”, agregó.

Mesa, en cambio, no esperó al cierre del escrutinio y ante su militancia salió a confirmar que forzaba el ballottage de diciembre: “Es un triunfo incuestionable que nos permite decir, con absoluta certeza y asusta seguridad, que estamos en segunda vuelta. Este triunfo se lo debemos a la claridad de pensamiento del pueblo boliviano. Mi agradecimiento a todas estas personas, millones de bolivianos que han decidido votar por Comunidad Ciudadana”-

Bolivia tiene nueve departamentos –el equivalente a nuestras provincias- donde Evo ganaba en cinco de ellos: La Paz, Cochabamba, Oruro, Potosí y Pando. Mesa triunfaba en Santa Cruz, Beni, Chuquisaca y Tarija. La votación para el Congreso le adjudicaba la victoria al MAS en ambas cámaras, aunque con el detalle clave de que en el Senado, el oficialismo cedía su mayoría (por la pérdida de siete bancas). Las fuerzas quedaban así: 18 senadores del MAS, 17 de la CC y uno de Bolivia dice No).

Los guarismos parciales de la elección dejaron a los dos principales candidatos despegados por una gran diferencia del resto. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) que había empezado el día destacando que se votó con normalidad en todo el país, a las seis de la tarde daba los resultados iniciales que llegaban desde el exterior. La primera mesa que se conoció fue de la Argentina. De la escuela Nº 16 República de Corea ubicada en Murguiondo 76, del barrio de Liniers. Ahí Evo sacó una diferencia aplastante sobre su rival: 45 votos a 10. Los sufragios de los bolivianos en otros países representan el 4,7 % del electorado. Un porcentaje nada desdeñable para las fuerzas que se presentaron a las elecciones.

Detrás de Evo y Mesa en las generales asomó la gran sorpresa de la votación. El coreano Chi Hyun Chung, un pastor evangélico que ataca al feminismo y la educación de género y que de la nada saltó al tercer puesto. Un fenómeno parecido ya vivió Brasil con Jair Bolsonaro y las iglesias apoyándolo. Ortiz quedó cuarto y el último de los nueve candidatos que superó el uno por ciento de los votos fue Felix Patzi, del Partido Tercer Sistema. Tanto él como los restantes desaparecerían del escenario electoral por no llegar al 3 % de los votos. La ley electoral boliviana prevé que si las fuerzas políticas no obtienen ese piso perderán su personería jurídica.

Por Gustavo Veiga

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Elecciones/territorios. Antinomias del desarrollo: poder territorial y petróleo

La descentralización político administrativa que rige en Colombia es un decir. El Art. 331 de la Constitución Política (CP) da poder al municipio para ordenar su territorio y promover la participación comunitaria, mandato quebrado en la práctica por las instituciones económicas y políticas extractivas dominantes y la forma de gobierno centralista y jerárquica. Emana de esta dualidad antinomias en el desarrollo local a partir del conflicto o contradicción entre la explotación minero-energética y la construcción colectiva, popular y democrática de los planes de vida. En medio de ello, las elecciones regionales por realizarse en octubre parecen ser de simple trámite.

 

“Creo que fue en el año 2013 cuando la transnacional Ada citó una reunión en Pasca para la exposición de un proyecto de hidrocarburos que sería el bloque Fusa-Pasca, que es lo que se conoce como el Cor4. A partir de allí viene la organización de la comunidad. Se realizaron cabildos abiertos y se constituyó la campaña en defensa del agua y el territorio: “Agua y agricultura sí, petróleo y minería no”. Para su impulso y concreción […] la Consulta de Cajamarca-Tolima nos brindó luces y confianza” (1).

Así recuerda Rosa Ballesteros, quien fue una de las integrantes de Fusunga, Comité impulsor de la Consulta minera realizada en Fusagasugá en el mes de diciembre de 2018, el camino recorrido a lo largo de varios años para finalmente llegar a esta construcción popular y victoriosa en las elecciones que le siguieron. Experiencia similar también vivida en otra docena de municipios donde el país ha conocido del rechazo colectivo al ingreso de grandes empresas para llevar a cabo explotación minero-energética, lo que destruiría su terruño (2).
Pese al triunfo en las urnas, aún queda terreno por recorrer, pues la decisión comunitaria tropieza con la presión del Gobierno central, el cabildeo de las transnacionales y la decisión de los jueces que niegan la soberanía popular para decidir sobre asuntos como el concerniente al subsuelo, lo cual deja en manos del rango nacional.


Es una contradicción latente. La Constitución de 1991 (CP) buscó soluciones estructurales al crónico y creciente conflicto colombiano. No obstante, ésta albergó complejas antinomias que exacerban aún más las causas históricas del antagonismo. De una parte, por ejemplo, promueve la autonomía territorial, el desarrollo sostenible y la democracia participativa; de otra, promociona el poder central y jerárquico del Estado y estimula el capitalismo neoliberal. Al declarar que el Estado es propietario del subsuelo y de los recursos naturales no renovables (Art. 332), la CP limitó la autonomía territorial, la democracia participativa y el poder local a la dimensión superficial del espacio o suelo. La reglamentación posterior, en la ley 685 de 2001 artículo 37, estableció que ninguna autoridad regional, seccional o local podrá establecer zonas del territorio que queden excluidas de la explotación minero-energética; prohibición que aplica a los planes de ordenamiento territorial y de vida de las comunidades.


Sin embargo, tanto la Carta Política como el Código Minero reconocen la propiedad del subsuelo en cabeza del Estado, mas no de la Nación (como ocurría en la antigua Constitución de 1886). Es decir, el subsuelo es de todos y no de la Nación exclusivamente, por lo que allí se debe incluir a los entes territoriales. Hecho que implica que la autoridad minera, previo al otorgamiento de licencias de exploración y explotación, debe consultar los planes de ordenamiento territorial y las normas de protección del patrimonio ecológico, cultural e histórico que hayan sido expedidas por los concejos. La jurisprudencia afirma que los municipios no solo tienen competencia sino la obligación de realizar consultas populares cuando el desarrollo de cualquier proyecto amenace con generar cambios significativos del uso del suelo que den lugar a una transformación de las actividades tradicionales del ente territorial.


Como lo recuerda la experiencia vivida en Fusagasugá (Cundinamarca), San Lorenzo (Nariño), Cajamarca (Tolima) y muchas más, las consultas populares se encuentran en un limbo jurídico. La decisión de la Corte Constitucional dejó sin validez este mecanismo de participación ciudadana cuando se trate de la prohibición o regulación de la actividad minero-energética en los entes territoriales, y otros aspectos relacionados con el suelo y el subsuelo, donde existen competencias concurrentes entre ellos y la Nación. De acuerdo con la Sentencia SU-095 de 2018, el Congreso será el encargado de crear uno o varios mecanismos de participación ciudadana e instrumentos en los que se garantice la concurrencia y coordinación entre las autoridades centrales y locales, donde se deberá tener en cuenta la “inexistencia de un poder de veto de las entidades territoriales”. Tarea aún pendiente en el Congreso y sin interés de emprenderla.


En paralelo, las consultas populares realizadas muestran que las comunidades rechazan tanto las actividades minero-energéticas, en la forma como se han desarrollado en el país, así como las nuevas técnicas de fracking, esto es, el fracturamiento hidráulico en lutitas (roca sedimentaria clástica de grano muy fino).


Petróleo, regalías y fractura social


Los debates en torno a la necesidad de las actividades minero-energéticas proyectan luz sobre las antinomias del modelo de desarrollo colombiano. En promedio, en las últimas dos décadas, las ventas externas de hidrocarburos representan 36 por ciento de las exportaciones totales, ascendiendo en 2018 a 17.000 millones de dólares, o sea, el 40 por ciento del valor total exportado por el país.


La contribución del sector de hidrocarburos a las cuentas fiscales también ha sido importante; ésta se da por tres vías: la generación de ingresos tributarios de las petroleras, los dividendos que traslada Ecopetrol a la Nación por ser dueña del 88,5 por ciento de la empresa y la generación de regalías para las regiones. En las últimas dos décadas, las dos primeras vías representaron en promedio 14 por ciento de los ingresos corrientes del Gobierno. Adicionalmente, las regalías representan en promedio un poco más de 20 por ciento de los ingresos de las regiones; recursos que financian el gasto social y la infraestructura regional. El más reciente reporte del Ministerio de Minas y Energía (MME) indica que las reservas probadas de petróleo de Colombia subieron 9,9 por ciento en 2018 respecto al año anterior, al pasar a 1.958 millones de barriles (Mdb) que equivalen a 6,2 años de consumo.

 

Las polémicas jurídicas, políticas, económicas, ambientales y las movilizaciones sociales que ocasiona este modelo de crecimiento basado en la explotación minero-energética son más candentes en los espacios local y regional. Particularmente, en los municipios “petroleros” existe un panorama generalizado de desarticulación y falta de agendas comunes; en el seno de la sociedad civil hay tensión frente a la problemática que implica la explotación minero-energética: mientras una tendencia defiende el empleo y los ingresos que le genera esta actividad económica extractiva a las finanzas del ente territorial, la otra rechaza de plano este modelo por los daños e impactos negativos que produce y se oponen al mismo mediante vías de hecho. Esta situación obstaculiza la unidad y posibles consensos entre las diferentes expresiones de la sociedad civil y quebranta en general el tejido social y los proyectos de futuro. En la relación de la sociedad civil con el Estado existe una desconfianza arraigada y con fundamentos; en general los diálogos intersectoriales (sociedad civil, Estado central, instituciones locales, empresa privada) son lábiles y endebles (3).


Petróleo, democracia y desarrollo


La economía colombiana cuenta con una antigua y consolidada industria petrolera que toma forma a principios del siglo XX. Son conocidas las transformaciones socioeconómicas típicas que esta actividad extractiva provoca y pueden, en consecuencia, ser previstas, así como sus efectos negativos que deben ser objeto de debate y concertaciones democráticas y políticas públicas que los eviten y regulen (4).


En general, no existe una relación directa entre participación política e ingresos de regalías por la explotación petrolera de las entidades territoriales (Gráfico 1 y mapas de participación electoral y recepción de regalías). Bogotá, que no es receptor de regalías, y Casanare, que ha recibido el volumen más alto de regalías en los últimos 16 años, registran los niveles más altos de participación política en las elecciones presidenciales de 2018. No obstante, el resto de entidades no beneficiarias de regalías tienden a registrar una baja participación política; las luchas por el control de las regalías y la confrontación por la planeación territorial y los modelos de desarrollo motivan a la sociedad civil a involucrarse activamente en los asuntos de interés público. A la vez, la industria petrolera y la política de distribución de sus beneficios contribuyen al desarrollo desigual y diferenciado del país.

 

Para el análisis de las relaciones entre petróleo, democracia y desarrollo se tienen en cuenta siete variables a nivel departamental (incluido el Distrito Capital) cuyo comportamiento estadístico se resume en el cuadro 1.

La participación relativa del potencial electoral en los comicios presidenciales de 2018, a nivel departamental, registra una media de 50,2 por ciento. Las entidades territoriales con mínimos de participación corresponden a San Andrés (31,5%), Vichada (33,2%), La Guajira (37,1%), Vaupés (37,4%) y Chocó (39,1%). Los menores porcentajes de abstención corresponden a los departamentos con una participación relativa superior a la media nacional en las elecciones de 2018: Casanare (64,7%), Cundinamarca (63,2%), Bogotá, D. C. (62,2%) y Boyacá (60,7%).

De acuerdo con la Agencia Nacional de Hidrocarburos, durante el período 2004-2019, el Ministerio de Hacienda giró a las entidades territoriales regalías por valor de 37 billones de pesos. La inversión es el principal destino de las regalías. El Acto Legislativo 05 de 2011 modificó el régimen de regalías del país y estableció las normas generales que rigen para el presupuesto del Sistema General de Regalías (SGR). Los recursos del SGR no hacen parte del Presupuesto General de la Nación, sino que tienen su propio sistema presupuestal. Como se trata de ingresos finitos y/o volátiles, el buen uso de las regalías depende de la realización de inversiones para que a mediano o largo plazo los territorios logren nichos de desarrollo económico que les permita contar con fuentes de ingreso, esas sí estables; así como avanzar en la superación de las brechas de exclusión y pobreza. En general, al uso de las regalías lo caracteriza la atomización de los recursos y proyectos, que va de la mano con inversiones poco pertinentes. En la priorización del gasto de las regalías a nivel departamental incide no solamente una dimensión técnica sino una dimensión política muy fuerte; la posibilidad de orientar estratégicamente las inversiones se ve limitada por la visión que imponen muchos gobernantes, estrechamente ligada a la necesidad de obtener réditos políticos, y a las históricas prácticas de clientelismo y corrupción (5).

Seis entidades territoriales han recibido durante los últimos 16 años regalías por la explotación de hidrocarburos superiores al billón de pesos: Casanare ($6,3 billones), Meta ($ 5 billones), Arauca ($3,4 billones), Huila ($2,2 billones), Santander ($1,7 billones) y Tolima ($1,1 billones). En contraste, ocho departamentos y el Distrito Capital no reciben recursos provenientes de las regalías petroleras; además de Bogotá, las entidades territoriales excluidas son: Amazonas, Caldas, Chocó, Guainía, Guaviare, Quindío, Risaralda y Vaupés (ver mapa sobre participación departamental en las regalías).


La distribución de las reservas probadas de hidrocarburos es heterogénea y concentrada en el territorio nacional. El departamento del Meta aporta un 45 por ciento de las mismas, con 888,4 millones de barriles, seguido por Casanare con un 19 por ciento (380,8 Mdb) y Santander con un 13 por ciento (254,6 Mdb). El 61 por ciento (20 entidades) de los departamentos (incluido Bogotá) no disponen de reservas probadas de hidrocarburos, por tanto son excluídas del SGR (ver mapa). No obstante, los municipios puertos, y los puertos de carga, descarga y cabotaje si hacen parte del SGR.


La percepción de corrupción en Colombia sigue en aumento. El flujo de grandes sumas de dinero para la inversión pública, en sociedades donde la democracia efectiva es una ilusión y el poder clientelar una realidad, potencia la ambición o el mal uso de tales recursos. No es casual que la percepción de la corrupción en Colombia aumente durante el último cuatrienio. Según estudios de 2019 sobre este particular, para el 52 por ciento de los colombianos encuestados en el último año aumentó la corrupción; considerando así mismo el 94 por ciento de los encuestados que la corrupción en el Gobierno es uno de los problemas más graves de su país (6).


Por departamentos (cuadro 1), el índice de transparencia promedio es de 61,7 (la escala del índice va de 0 a 100, siendo 0 equivalente a muy corrupto y 100 a muy transparente o virtuoso). Para el año 2018, seis fueron los departamentos con percepción de alta corrupción, esto es, con puntajes inferiores a 50 puntos: Amazonas, Chocó, Guainía, La Guajira, Magdalena y Vaupés. Los departamentos con un índice de transparencia más elevado o menos corruptos, esto es, mayor a 75 puntos, son seis: Antioquia, Cundinamarca, Meta, Risaralda, Santander y Tolima.

Estamos ante unos flujos de dinero que generan realidades contradictorias en el país, y que no condicionan ni determinan desarrollo social, mejoramiento de la infraestructura, ni ahondamiento de la democracia formal. Al estudiar las diferencias departamentales en los valores de los indicadores de participación política, regalías y reservas petroleras y corrupción, la dispersión o variabilidad de los datos no es tan alta en relación a los valores medios. Lo contrario sucede con los indicadores de PIB per cápita, pobreza multidimensional y violencia homicida, la dispersión tiende a ser el doble respecto a las demás variables analizadas (ver cuadro 1).

 

 


Para el año 2018, el ingreso medio por persona fue de $15,8 millones; con un mínimo de $6,2 millones (Guaviare) y un máximo de $42 millones (Casanare).

Tenemos ante nosotros, una escala de ingresos que en ocasiones alcanzan para vivir con cierta holgura y en otras para sobrevivir en penuria. Para precisar esto, el Índice de pobreza multidimensional (IPM) identifica múltiples carencias a nivel de los hogares y las personas en los ámbitos de la salud, la educación, el trabajo, la protección de la niñez y el nivel de vida. El valor medio del IPM en Colombia para el año 2018 es de 28,2 por ciento. El IPM más bajo (inferior al 15%) corresponde a Bogotá (4,4%), San Andrés (8,9%), Cundinamarca (11,5%), Risaralda (12,5%), Santander (12,9%) y Valle del Cauca (13,6%). Los departamentos que registran una población viviendo bajo condiciones de pobreza superior al 50 por ciento son: Guainía (65%), Vaupés (59,4%), Vichada (55%) y La Guajira (51,4).

En medio de ello, no necesariamente como su extensión mecánica, Colombia registra el negativo privilegio de presentar uno de los más altos índices de violencia homicida del mundo. La media de la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes fue de 24,3 para el año 2018. En 2019, año de elección de las autoridades territoriales, la violencia política disparó la tasa global. Solo en cuatro entidades territoriales la tasa de homicidios es inferior a 10 por cada cien mil habitantes: Vaupés (4,5), Boyacá (6,6), Guainía (6,9) y Amazonas (8,9). Los departamentos más violentos, con tasas superiores al 40 por 100.000 habitantes, son: Arauca (59,1), Caquetá (41,5), Putumayo (46,5) y Valle del Cauca (47,8).


En estas circunstancias, ¿existe alguna causalidad o correlación entre los ciclos petroleros y los de violencia? El gráfico 2 ilustra las dinámicas de la industria petrolera y la violencia homicida durante el último siglo. Dos ciclos de violencia se registran en estos cien años: i) “La Violencia” (1946-1966) causó cerca de 300.000 asesinatos y la migración forzosa de más de dos millones de personas, equivalente a casi una quinta parte de la población total que sumaba el país, que para ese entonces alcanzaba los 11 millones de habitantes; ii) el conflicto armado del último medio siglo deja hasta ahora un balance cercano a los 9 millones de víctimas entre homicidios, población desplazada y desaparecidos, además de la rapiña de 6,5 millones de hectáreas de tierras despojadas a agricultores medios, campesinos, pueblos afro e indios.

 

 

En Colombia el petróleo se convirtió en el motor de la economía y en la base fundamental de las finanzas del Estado a partir de la década de 1980. (Ver recuadro: El ciclo reciente) De acuerdo con el gráfico 3, a principios del siglo XXI la contribución de la rama de explotación minero-energética al valor agregado nacional era de 7,7 por ciento; en 2011-2012 alcanzó el pico de 13,1 por ciento promedio; en los años siguientes se registró una paulatina caída en la participación debido a la destorcida de los precios del petróleo en el mercado internacional, en consecuencia el aporte de esta rama económica cae a 5,1 por ciento en 2016. En los años 2018-2019, recupera parte del terreno perdido y alcanza una contribución al valor agregado nacional de 6,5 por ciento.

Un crecimiento en importancia para el fisco nacional que no se traduce en un aporte significativo para el empleo ya que el sector se caracteriza por la baja intensidad en la generación de puestos de trabajo. En el año 2001 la explotación minero-energética aportaba el 1 por ciento de los empleos en Colombia; en 2010-2011 generó el 1,8 por ciento de las ocupaciones; en 2019 contribuye con el 1,3 por ciento.

Ni más participación política directa, ni menos corrupción, ni más inclusión y bienestar, ni más violencia

El hecho que una entidad territorial haga parte o no del SGR y del volumen de regalías que la ha beneficiado durante el periodo 2004-2019, rango de tiempo estudiado para este artículo, no es garantía de una mayor participación democrática o de reducción de la corrupción. No hay un buen uso de las regalías que permitan a las entidades territoriales beneficiarias avanzar en la superación de las brechas de exclusión y pobreza. La violencia homicida no registra una particular relación con las entidades territoriales petroleras; esta situación significa que las causas de la violencia son multifactoriales, con dinámicas complejas y es una patología social y cultural que afecta todo el territorio nacional.


Así lo permiten establecer los gráficos 4 a 8, mediante los modelos de regresión de mínimos cuadrados, la relación de causalidad entre las regalías recibidas por los departamentos y la condición de participación política, corrupción y desarrollo local (7). Los resultados se resumen en cuatro tendencias: i) una relación positiva y significativa (R²=0,461) entre el ingreso per cápita en función del volumen de regalías recibidas por el departamento (gráfico 6); ii) una relación positiva pero débil o poco significativa entre la participación electoral (R²=0,168, gráfico 4) y la transparencia de las instituciones (R²=0,118, gráfico 5), de una parte, en función del valor de las regalías, de otra; iii) una relación negativa y poco significativa entre la reducción de la pobreza multidimensional (R²=0,032) y el aumento en el valor de las regalías (Gráfico 7); iv) la medición de la tasa de homicidios en función de las regalías da como resultado que no hay relación estructural o que las variables son independientes y no están relacionadas (Gráfico 8).

 


En conclusión, o dicho de manera más fuerte, la evidencia empírica demuestra que las actividades de explotación minero-energética no generan dinámicas virtuosas de mayor democracia, no mejoran la transparencia de las instituciones públicas, ni reducen la pobreza, la exclusión o las desigualdades sociales. Lo único evidente es que sí elevan el ingreso per cápita local y regional creando condiciones potenciales de mejorar la infraestructura local y regional y de financiar el gasto social. Respecto a la violencia homicida que caracteriza al país, no existe evidencia para afirmar que los territorios donde está concentrada la industria petrolera sean más o menos violentos que las demás entidades territoriales del país. Por tanto, petróleo no es sinónimo de democracia, transparencia, bienestar y desarrollo, pero sí un fuerte imán para que las fuerzas políticas tradicionales de cada región pretendan el control eterno de la renta que reciben sus entidades territoriales, lo cual se decide a través del ejercicio de la democracia formal cada cuatro años.

Los retos


Colombia debe salir del anclaje histórico o dependencia de los recursos naturales y energéticos, esto es, de las actividades extractivas, trascender hacia una democracia directa, radical, plebiscitaria, garantizar con ellos que las comunidades sientan que en efecto deciden sobre su presente y futuro, de manera que la Constitución Nacional supere las antinomias que hoy la rigen. En esa ruta, la explotación minero-energética sostenible debe servir para la vida digna de la gente y no para la destrucción de sus territorios ni para someterlas a un mal vivir y conflictiva convivencia. Las voces de las miles de Rosas Ballesteros que habitan en Fusagasugá, Cajamarca, Piedras, San Lorenzo y, en general, los 120 municipios que hasta ahora con decisión han rechazado la explotación minero-energética en sus territorios, debe ser escuchada y tomadas como mandato.


Este propósito, que es un ideal, difícilmente puede hacerse realidad en el corto plazo, toda vez que las clases dirigentes amarraron al país a la dependencia económica y fiscal de la extracción de hidrocarburos y minería. Son muchos los intereses que giran alrededor de la explotación minero-energética; además, el limbo jurídico a que está sometida la democracia local respecto a la limitación de las consultas populares y la presión de los poderes reales que dominan en el país en unión con la tecnocracia y las empresas petroleras para implementar las tecnología no convencionales, todo en conjunto presagia la intensificación del conflicto social, de la confrontación armada y del despliegue de variopintas organizaciones mafiosas en alianzas con la clase política local o regional.

Por ello, una alternativa ante esta realidad es que las empresas petroleras se articulen sinérgica y consensualmente a los procesos participativos y de autonomía popular en la construcción territorial y democrática de sus planes de vida. Con este fin se requiere de la conformación de un movimiento social con arraigo territorial, y de una política pública democrática e inclusiva que regule las actividades minero-energéticas, favorable al bienestar, paz y autonomía de las comunidades, el desarrollo local y regional sostenible, la organización, unidad y fortalecimiento del poder popular.


En ese giro, existen razones poderosas para recuperar los conocimientos tradicionales e impulsar las actividades económicas ancestrales en unión con las modernas ciencias y tecnologías, de una parte, y las avanzadas prácticas de mercadeo y comercialización nacional y global. El país debe acelerar la innovación exportadora hacia el agro, la industria y su combinación, tal como lo han logrado hacer otros países de Sur América y del Tercer Mundo en las últimas décadas. La construcción colectiva y democrática de planes de vida, producto de la unidad y esfuerzo político y organizativo de la comunidad, motivado por las necesidades sociales, es la única estrategia segura a practicar para mejorar las condiciones de vida locales y regionales, como para alcanzar una paz justa y duradera, con lo cual el país podría desanclarse de la dependencia extractiva minero-energética, en general, y petrolera, en particular.


De esta manera podría la sociedad, desde abajo, desde el poder local y territorial, darle materialidad, sentido y significado al principio fundamental de la Constitución política en su artículo primero: "Colombia es un Estado social de derecho, organizado en forma de República unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general”.

 

1. “Esta consulta hay que ganarla porque es la más grande efectuada hasta ahora en el país”, desdeabajo diciembre 9 de 2018.
2. Al finalizar el año 2018 sumaban 120 las consultas populares y los acuerdos municipales que se habían puesto en marcha con el objetivo de prohibir proyectos del sector minero energético. Algunas de estas consultas ya habían sido votadas, mientras que las iniciativa de otras fueron suspendidas. Así mismo, hay acuerdos municipales vigentes como otros que han sido declarados sin validez. La distribución del total de procesos o acciones para prohibir la explotación minero-energética en sus municipios, según departamentos, es: 20 en Antioquia, 14 en Huila, 13 en Santander, 12 en Cundinamarca, 11 en Tolima, 1º en Casanare, 9 en Meta, 9 en Boyacá, 6 en Caquetá, 5 en Quindío, 3 en Putumayo, 2 en Arauca, 2 en Cauca, 1 en Norte de Santander, 1 en Cesar, 1 en Risaralda y 1 en Nariño.
3. Rampf, D. y Chavarro, D. (2014). Las tendencias de la sociedad civil en Colombia. Una radiografía de la sociedad civil en seis municipios petroleros. CINEP/PPP-Asociación de fundaciones petroleras, Colombia, pp. 388-390.
4. Los estudios en el terreno permiten concluir que las consecuencias negativas pueden agruparse en seis ámbitos: i) concentración del ingreso y la propiedad de la tierra, ii) implantación arbitraria y agresiva de empresas petroleras, ausencia de encadenamientos económicos y desplazamiento de actividades productivas tradicionales de la región, iii) presencia de grupos armados al margen de la ley y aumento de la conflictividad sociopolítica por encima de la capacidad del sistema político regional y local para resolverla, iv) turbulencia demográfica y cultural por los volúmenes de inmigrantes que llegan provenientes de todo el país y el desplazamiento forzado de las comunidades originales del territorio, v) pérdida de la biodiversidad, agotamiento de los recursos naturales y contaminación de las fuentes de vida, vi) alza especulativa de los precios de la canasta básica familiar.
5. Edgardo José Maya, Contralor General de la República. “Informe de la situación de las finanzas del Estado en 2016”. Resultados del Sistema General de Regalías 2015-2016. Contraloría General de la República, Bogotá, julio de 2017, pp. 5-10.
6. Resultados del Barómetro Global de Corrupción para América Latina, elaborado por Transparencia Internacional donde detalla que para el 52 % de los colombianos encuestados en el último año aumentó la corrupción. http://www.redmas.com.co/colombia/percepcion-de-corrupcion-en-colombia-sigue-en-aumento-segun-ong/, consulta 26/09/2019
7. Estadística y variables: En estadística la regresión lineal o ajuste lineal es un modelo matemático usado para aproximar la relación de dependencia entre unas variables dependientes Y (participación electoral en la elección de presidente 2018, Pib por habitante, pobreza, violencia Índice de transparencia), la variable independiente Xi (valor de las regalías recibidas por cada departamento durante el período 2004-2019) y un término aleatorio ε. El resultado de la relación entre este conjunto de datos se ajusta a una función cuadrática. El coeficiente de determinación, también llamado R cuadrado, refleja la bondad del ajuste de un modelo a la variable que pretender explicar. Es importante saber que el resultado del coeficiente de determinación oscila entre 0 y 1: cuanto más cerca de 1 se sitúe su valor, mayor será el ajuste del modelo a la variable que estamos intentando explicar; de forma inversa, cuanto más cerca de cero, menos ajustado estará el modelo y, por tanto, menos fiable será. En general, r > 0 indica una relación positiva (las dos variables aumentan o disminuyen simultáneamente) y r < 0 indica una relación negativa (a valores altos de una de ellas le suelen corresponder valores bajos de la otra y viceversa), mientras que r = 0 indica que no hay relación (o que las variables son independientes y no están relacionadas).

* Economista político y filósofo humanista. Escritor e investigador independiente. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

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¿Por qué Evo Morales puede ganar (pero también perder)?

Este domingo 20 el presidente boliviano vuelve a medirse en las urnas con una oposición dividida. Pese al desgaste de su figura, acentuado por su afán reeleccionista, Morales tendrá a su favor una economía pujante y la promesa de estabilidad asentada en un modelo de pactos interclasistas.

 

En los inicios de la campaña electoral argentina rumbo a las elecciones del 27 de octubre, un programa de televisión dedicó una de sus emisiones a responder a la siguiente pregunta: ¿Argentina podría mirar a Bolivia en busca de inspiración económica? La interrogante, aunque algo exagerada, no deja de ser sugerente.

Crecimiento sostenido, reducción de la pobreza, inflación y endeudamiento bajos contrastan, en efecto, con los malos resultados de Mauricio Macri, llamado a enmendar “la pesada herencia del populismo” argentino. En un spotreciente de Morales se advertía a la audiencia: “¿Quieres eso para Bolivia?”, mientras se mostraban imágenes de la crisis en Argentina y se sugería que algo parecido podría ocurrir en el país andino si el ex presidente Carlos Mesa, principal contendiente de Morales, llegara a la presidencia.

Aunque Mesa encabeza la intención de voto en el campo opositor –según la mayoría de las encuestas, unos diez puntos abajo de Morales–, el ex presidente es recordado por haber renunciado en medio de los conflictos sociales en demanda de la nacionalización del gas de 2005, y presenta un equipo de colaboradores demasiado “blanco” y casi sin vínculos con el denso mundo popular boliviano, una dimensión en la que Morales muestra una fuerza aún muy efectiva. Además, Mesa fue vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada, quien debió huir del país en 2003 en medio de la “guerra del gas”, que marcó un antes y un después en la política boliviana.

Aunque la oposición considera inconstitucional la candidatura de Morales –avalada por un Tribunal Constitucional cercano al Poder Ejecutivo–, sus principales referentes decidieron postularse para evitar que un presidente sin contrincantes termine haciéndose con todo el poder, como ocurriera en Venezuela en las elecciones parlamentarias de 2005, cuando la oposición decidió no participar de la contienda electoral y la Asamblea Nacional quedó casi totalmente en manos del chavismo.

Al mismo tiempo, la oposición no logró el apoyo del secretario general de la Organización de Estados Americanos (Oea), Luis Almagro, quien visitó La Paz en junio y, además de mostrar un buen entendimiento con Morales –lo que sorprendió por su enfrentamiento con Maduro–, señaló que no hay ningún instrumento ni antecedente en la Oea que permita intervenir de manera institucional en la reelección en Bolivia, de la misma manera que no se intervino en Costa Rica ni Honduras.

Con todo, el próximo 20 de octubre Morales enfrentará las elecciones más inciertas desde que a fines de 2005 ganara con el 54 por ciento de los votos, asumiera con una doble entronización –en el Parlamento y en las ruinas de Tiwanaku– y venciera en todas las elecciones presidenciales posteriores con más del 60 por ciento. Con la investidura simbólica de ser el primer presidente indígena de Bolivia, Morales puso en marcha el proceso político más intenso desde la revolución nacional de 1952. Pero, tras 14 años de holgados triunfos frente a la oposición política y regional (radicada en la región oriental de Santa Cruz), el aura de Morales parece erosionada, sobre todo en las grandes ciudades, por su decisión de avanzar en una nueva reelección contra lo escrito en la Constitución de 2009 y contra los resultados adversos, por escaso margen, del referéndum de 2016. Aun así, el presidente boliviano puede presumir de niveles macroeconómicos que le permiten presentarse como el candidato de la estabilidad y prometer un “futuro seguro”.

ECONOMÍA Y ALIANZAS. 

 El modelo económico implementado por el ministro Luis Arce Catacora consiste, en sus palabras, en “socialismo con estabilidad macroeconómica”. Arce Catacora ingresó al gabinete en enero de 2006 y se mantiene hasta hoy, con excepción de algunos meses en los que estuvo alejado de la gestión por problemas de salud. Es un izquierdista pragmático, atento a los equilibrios de las cuentas públicas. Lo ayudó, sin duda, el viento de cola del aumento de las materias primas, pero es cierto también que se dedicó a acumular reservas internacionales para cuando vinieran las vacas flacas, lo que efectivamente ocurrió, con la baja de los precios internacionales de las materias primas.

El modelo boliviano, como explica el periodista y escritor Fernando Molina, consiste en la combinación de estatismo en las “áreas estratégicas” de la economía, como el gas y la electricidad, de una alianza con el sector privado a cargo de las grandes (agro)industrias nacionales –muchas de ellas con sede en Santa Cruz–, el comercio de gran escala y los bancos, que ganaron mucho dinero en estos años, y, finalmente, de un “pacto de coexistencia pacífica” con la economía informal, que en Bolivia tiene un peso económico y simbólico muy importante. Esta da sustento a la denominada, con escasa precisión sociológica, “burguesía chola”, que escenifica su poder económico en las grandes entradas folclóricas y los llamados cholets, y forma parte de amplias redes comerciales –una suerte de “globalización desde abajo”– que llegan hasta China.

El caso de la agroindustria es un poco más complejo, porque se liga a la cuestión del regionalismo, de larga data en Bolivia. En 2006, la elite política y económica de Santa Cruz, embarcada en la lucha por la autonomía regional, buscó resistir, incluso con violencia, el modelo nacionalista‑popular‑indígena de Morales. Pero dos años más tarde el movimiento sufrió duros golpes –económicos, policiales y electorales–, mientras que Morales se fortalecía en el poder. Por eso, gran parte de la elite –sobre todo, la agroindustrial– decidió pactar con el gobierno, a cambio de subsidios y apoyo estatal, y aprovechar el boom económico. Eso debilitó el ala política del regionalismo, que siguió controlando la gobernación. “El gobierno de Evo Morales quiere convertir Santa Cruz en Paraguay, un bastión agroexportador, de mayores dimensiones que el actual, capaz de capturar dólares para la economía nacional”, explica el periodista cruceño Pablo Ortiz.

ILUSIÓN OPOSITORA. 

Esta estrategia “desarrollista” generó una década de paz política. Incluso en 2014, Evo Morales logró ganar en esta región tradicionalmente esquiva. Pero la sentencia del Tribunal Constitucional a fines de 2017, que habilitaba a Evo Morales a postularse nuevamente, sirvió como acicate para un nuevo ciclo de movilizaciones, esta vez sin las autoridades políticas locales a la cabeza. Más recientemente, los incendios en la región de la Chiquitania contribuyeron también al descontento, ya que dejaron en evidencia las tensiones internas en el discurso oficial sobre la defensa de la madre tierra y la tolerancia, e incluso la legitimación, de los “incendios controlados” para los chaqueos (desmontes de terreno para cultivos). Pero, al mismo tiempo, los incendios alimentan discursos racistas contra los inmigrantes “collas” en Santa Cruz: la consigna “fuego cero” puede virar fácilmente a “inmigrantes cero”, al responsabilizar exclusivamente a los pequeños campesinos colonizadores provenientes del occidente por los chaqueos.

Esta reactivación del regionalismo operó desde las calles e incluso contra parte de las elites locales. Las divisiones y los reproches cruzados abundan en la política cruceña, y muchos acusan a empresarios de haberse “vendido al Mas” (Movimiento al Socialismo, de Evo Morales) y haber traicionado a la región. “Este es un cruceñismo de jóvenes, sobre todo de 17 a 35 años, pero con ideas viejas, las mismas que generaron la lucha autonómica en la primera década del 2000: menos control del Estado central sobre la región, mayor capacidad de autodeterminación y control sobre la tierra, principal elemento del ideario político cruceño”, explica Ortiz. El reciente cabildo convocado por el comité cívico regional concentró a decenas de miles de personas el pasado 4 de octubre y convocó a luchar por el federalismo –una consigna que no estaba en la agenda, pero fue coreada por la multitud– y votar contra Evo Morales el 20 de octubre.

No es casual que el evento más masivo de la campaña boliviana fuera “un acto de campaña sin candidatos en los escenarios”, como el cabildo cruceño. La oposición, de hecho, va dividida, y eso alimenta las posibilidades de un triunfo de Evo Morales en primera vuelta. Por ello, este formato “ciudadano” ilusiona a quienes buscan trascender las fronteras partidarias y las fuertes peleas en el interior de la oposición. La Constitución boliviana establece que un candidato gana en primera vuelta si obtiene el 50 por ciento más uno de los votos o el 40 por ciento con diez puntos de diferencia sobre el segundo. Morales apuesta a esta fórmula mágica para permanecer en el gobierno durante un cuarto mandato.

Por eso, el cabildo cruceño –una forma histórica de expresión de las demandas de la región, casi inexistente en otras partes del país– quiere ser ahora imitado por la oposición en el resto de Bolivia, e incluso en La Paz. A falta de actos proselitistas numerosos, esta forma de movilización sin banderas partidarias podría ser una forma de generar ánimo y adhesión a un voto útil opositor, que, de aplicarse, debería ir hacia Carlos Mesa, quien tiene mayores posibilidades de triunfo entre los opositores y nunca tuvo predicamento en Santa Cruz.

Pese a su desgaste, Morales tiene a su favor, además de la economía, el control del Estado, la movilización de los sectores sociales y los empleados públicos, y niveles de popularidad que, aunque más bajos que antaño, no hay que subestimar. Por ahora, el presidente boliviano lidera todas las encuestas con porcentajes que lo ubican cerca del 40 por ciento y a diez puntos de diferencia del segundo –en medio de una verdadera guerra de cifras en los medios y las redes sociales–. Pero todas ellas muestran un alto porcentaje de indecisos que, según algunos especialistas, puede encubrir una parte de voto oculto. Lo que no se sabe todavía es en favor de quién, y posiblemente en esa caja negra se juegue el resultado electoral. Si los indecisos se dividen de manera más o menos proporcional, Evo Morales puede ganar en primera vuelta. Por eso, toda su artillería se centra en evitar un balotaje en el que la concentración del voto opositor pueda poner fin a su gobierno, el más largo de la historia boliviana.

 

18 octubre, 2019

Publicado originalmente en Letras LibresBrecha reproduce fragmentos con autorización. Titulación de Brecha.

Publicado enInternacional
Sábado, 19 Octubre 2019 11:05

El ascenso hacia los extremos

Adriana Gómez, Apagando incendios, de la serie “Asombrados”, técnica mixta, 80 x 80 cm, 2015, http://www.adrianagomez.net/site/

Palabras fuertes, plagadas de calificativos, dibujan con toda luz el estado de las maltrechas relaciones colombo-venezolanas.


Por un lado, “dictador”, para referirse a Nicolás Maduro, es el rutinario decir desde el gobierno colombiano; por otro, “patiquín del imperio” es la manera como el presidente venezolano califica a Iván Duque. Estas expresiones resumen, sin las formalidades de la diplomacia, el real estado de las relaciones entre ambos países.


Por la parte colombiana, el camino hacia esa cima alcanzó matices de gris durante la presidencia de Juan Manuel Santos, que terminó tomando partido por la oposición venezolana una vez declarado ilegal el legislativo del país vecino. La decisión es reflejo del desencanto por no haber logrado recuperar para el capital nacional los seis mil millones de dólares y más que los industriales y comerciantes criollos alcanzaron a vender por varios años a sus vecinos.


Así, sin nada que perder, el gobierno de Santos se alineaba y obedecía de manera abierta al de Obama, que el 9 de marzo de 2015 firmó el decreto ejecutivo por medio del cual declaró a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria” contra los Estados Unidos, dejando el campo abierto para un conjunto de medidas sancionatorias y de bloqueo, que con el paso del tiempo tomaron forma de la mano de Trump, sin aplicarse hasta ahora todas, según el decir del presidente del país del Imperio, lo que permite visualizar la estrategia en uso: estrangular hasta que el objetivo caiga o, lo que es igual, una estrategia de desgaste en la cual la intervención armada no es más que un espantapájaros. No así posibles acciones violentas de distinto tamaño y propósito.


Precisamente, es con el gobierno sucesor de Obama, menos simulador en sus formas y más directo de palabra y acción, hasta parecer totalmente antipolítico, que las medidas previstas por el decreto ejecutivo que declara a Venezuela como “amenaza” van tomado forma.


Para proceder, buscando en todo momento rodearse de países aliados, se ampara también en el desconocimiento, por “fraudulentas” de las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018 y que dieron aval a Nicolás Maduro para un nuevo periodo de gobierno. Caído éste en desgracia ante el poder del Norte, el golpe de Estado y/o el mismo magnicidio queda como opción ante otro conjunto de medidas por tomar, entre las cuales ya han sido desplegadas: cierre de todo flujo de divisas hacia Venezuela, sanción para quienes comercien en diversidad de sectores con este país, decomiso y embargo de sus bienes con asiento en los Estados Unidos o que transiten por su sistema financiero, estímulo al alzamiento militar en pro del derrocamiento de Maduro, financiamiento y estimulo de conspiraciones de todo tipo para llevar al extremo la maltrecha economía del asediado país, estimulo a la conformación de bloques de gobierno en la subregión para desconocer la legitimidad de Maduro así como aislar a su gobierno, alineamiento de la Unión Europea para que también proceda con sanciones de diverso orden, pero también acompañamiento y fortalecimiento de quienes internamente se le oponen, instigándolos y cubriéndolos para todo tipo de acciones, legales e ilegales, entre otras de las medidas hasta ahora desplegadas.


Al mismo tiempo, en Colombia, favorecido por el regresivo ambiente local y global auspiciado desde la Casa Blanca, alineándose de manera abierta con su gobierno y con las medidas tomadas por éste para dar cuenta de Nicolás Maduro, el sucesor de Santos recoge el mandato estadounidense y sin tapujos llama al golpe de Estado, al alzamiento armado de las fuerzas armadas bolivarianas, beneficiando asimismo el actuar legal e ilegal de la oposición.


Es éste un proceder provocador, un actuar dispensado sólo para quien es considerado enemigo, calificativo que no se puede labrar simplemente porque su población esté buscando, allende sus fronteras, soluciones alternativas para la grave crisis que los afecta en lo económico y social, en todo lo amplio de la palabra. Como tampoco por haber escogido un modelo económico y político que a primera vista desdice de la tradición regional.


En efecto, el tratamiento al cual ha llegado el gobierno Duque, más allá incluso del otorgado por los propios Estados Unidos, o tal vez para obviarles a éstos tales procederes, es la expresión de un fanatismo sin par, producto del cual el contradictor no es tal sino mucho más, enemigo, y como tal hay que tratarlo. Según el gobierno Duque, el de Maduro es un gobierno enemigo de la democracia y por tanto una dictadura, y él, Duque, un fiel defensor de las formas democráticas y un cruzado en su defensa.


En beneficio de ello, Duque reconoce sin demora a Juan Guaidó como “presidente interino y legítimo” de su país, una vez designado así por la Asamblea Nacional, que tilda a Maduro de “usurpador”. Es un golpe de Estado institucional, legalista, con un reconocimiento que sirve para que máximo en un mes cite a elecciones y así se llene el vacío de poder existente en el país. Pero, pese a la norma y al paso de los meses, sin citar a elecciones –pues quedaría en ridículo–, el ‘designado’ se atornilla a sus ficticias funciones más allá del tiempo que le otorga la propia norma a la cual se abrazó para fraguar el golpe institucional, acción que, de acuerdo a todos los cálculos de quienes la concibieron, debiera propiciar al unísono un levantamiento social y militar, pero ni lo uno ni lo otro sucedió, y el designado entró en desgaste con el paso de los meses, sostenido únicamente por Estados Unidos y sus aliados, y por el eco de los mass media oficiosos. Como en las guerras, sin decisiones rápidas, inmediatas, se pierde el factor sorpresa, y lo actuado puede ser neutralizado e, incluso, revertido.


En su cruzada, el gobierno Duque lidera la conformación del Grupo de Lima para aislar regionalmente al de su vecino, al tiempo que esa suma de países estimula y protege a quien se alce al interior de Venezuela para dar cuenta del presidente. A la par, desarticula la agenda de integración regional labrada en tiempos de Chávez, pensada y diseñada para que funcionara sin la presencia de la potencia que determinó el desporvenir de la región durante un largo siglo. Es decir, la estrategia, más allá de las apariencias, no es solamente contra Maduro y su ‘usurpación de la presidencia’ sino asimismo contra un posible deslizamiento de la región, más allá del control y el dominio norteamericanos.


Actúa Duque de igual manera en la OEA –aunque no haga parte de la misma el cuestionado gobierno chavista–. Y, como si fuera el vocero del bien contra el mal, no desaprovecha tribuna alguna para sindicar a su par de todo lo creíble y lo increíble. Es un proceder sin respeto por los preceptos más elementales de la diplomacia, para lo cual conspiran y juegan en el tablero de los militares, sin contenerse ante el futuro inmediato y mediato de los millones que habitan la subregión andina y mucho más allá. Lo ocurrido el pasado 22 de febrero ilumina con intensa luz tal realidad, cuando la facción paramilitar de Los Rastrojos es instrumentalizada para llevar a Juan Guaidó hasta Cúcuta y allí entregarlo al gobierno colombiano, que para su movilización dispone, en territorio de Norte de Santander, de todo lo requerido para un jefe de Estado, además de recibirlo como tal, con alfombra roja –aunque alargada en polvoriento potrero–, guardia presidencial y demás: todo un actuar digno de la mejor ficción de lo real maravilloso, aunque en este caso ridículo, pero esencia y conclusión, por un lado, del fanatismo que los enerva, y, por otro, de hasta dónde están dispuestos a llegar ante su enemigo.


La instrumentalización de Los Rastrojos, como bumerán, ahora que es pública la forma cómo operaron y llevaron a su protegido hasta el sitio que les habían ordenado, desnuda la real manipulación del paramilitarismo que ejerce el gobierno –El Estado– colombiano, ferviente e irrenunciable operador de “todas las formas de lucha”. Al hacerlo así, se confirma lo repetido una y otra vez por Maduro: que desde Colombia conspiran contra él, fraguan atentados, preparan golpes de Estado, y que los paramilitares ingresan desde Colombia al territorio venezolano. Y si estas denuncias son “gratuitas”, como mínimo queda la duda, denuncias tomadas como ridículas por los medios de comunicación oficiosos, que una y otra vez se ríen de las mismas mientras le dan parlante e imagen a su contrario, tanto en nuestro país como en el de las barras y las estrellas.

Por tanto, es necesario preguntar:

– ¿Tuvo que ver el gobierno de Colombia –cómo y hasta dónde– con el intento de magnicidio ejecutado con drones el 4 de agosto/18 en contra de Maduro y la cúpula del gobierno que él dirige?
– ¿Tiene responsabilidad el gobierno de Iván Duque en el intento de golpe de Estado fracasado del 30 de abril de 2019, cuando Juan Guaidó y Leopoldo López no lograron el levantamiento militar que pretendían?
– ¿Estaba el gobierno Duque detrás del denunciado y abortado intento de golpe de Estado del pasado 27 de junio?
– ¿Ha patrocinado, estimulado, ocultado, protegido el gobierno colombiano a los artífices de decenas de componendas, conspiraciones golpistas y acciones militares desestabilizadoras, denunciadas durante años por el gobierno de Hugo Chávez y luego por quien le sucedió en el Palacio de Miraflores?


El pretexto


Según el gobierno de Iván Duque, su par venezolano protege a la insurgencia colombiana, es decir, desde Venezuela sus líderes conspiran y facilitan el actuar de fuerzas armadas insurgentes para que den cuenta de la democracia colombiana. Es éste un señalamiento con años de repetición aunque sin pruebas duras, más allá del efectivo deambular de guerrilleros criollos entre ambos países, de lo cual dan testimonio quienes ahí habitan.


Pero la denuncia de conspiración, complacencia, encubrimiento y procederes similares no parece real, ya que, si estas agrupaciones recibieran el apoyo denunciado, ya hubieran transcendido a una guerra más efectiva, jaqueando a las fuerzas armadas nacionales. Pero, como resulta evidente, no es así.


La denuncia, por consiguiente, parece esconder su verdadero propósito, el mismo que llevó a Duque a entregar un dossier para así demostrarlo en las recientes sesiones de Naciones Unidas: elevar al Estado venezolano al status de terrorista y, así, además de ahondar su aislamiento global, abrirle paso legal a una posible intervención militar avalada por los organismos internacionales. Es una intervención que, de no llevarse a cabo, actuaría en el campo de la presión psicológica, desgastando, propiciando divisiones al interior del propio gobierno, obligando al incremento del gasto militar que con tal fin apropia recursos económicos urgentes para paliar el decaido bienestar social.


Es aquella la típica estrategia de los Estados Unidos, por medio de la cual elevó a “eje del mal” a países como Corea del Norte, Iraq y Libia. El saldo final de dos de estos países es conocido; el otro logró protegerse amparado en su poderío militar y la neutralización de toda conspiración que pretendan auspiciar desde la potencia estadounidense.


Una luz que ilumina este propósito es la misma animadversión que desde el gobierno Duque se muestra por su par cubano –con el que por años se llevaron relaciones armoniosas–, gobierno que sumó todos sus recursos para convencer a las Farc de la necesaria negociación de paz; país igualmente sometido por Estados Unidos a un renovado estrangulamiento que por lo pronto agota sus reservas de hidrocarburos.


Bien. Tras ese propósito, ahora el gobierno Duque pretende que las Naciones Unidas le indilguen el estatus de terrorista a la isla caribeña. ¿La prueba? Proteger a los negociadores del Eln, los mismos que, tras la ruptura unilateral por parte de Duque de las negociaciones de paz heredadas del gobierno Santos, permanecen allí por no encontrar las condiciones concertadas para regresar al territorio nacional. Todo parece indicar que, para ayudar al propósito de los Estados Unidos de conjurar la pesadilla que no logra sacar de su reposo luego de seis décadas, el gobierno Duque está dispuesto a torcerle la realidad al Derecho Internacional. Estamos ante un despropósito animado por el fanatismo, que no es buen consejero.


De esta manera, radicalizado por una ideología de unilateralismo, que no acepta –como no lo aceptan sus mentores– que en sus cercanías entren a jugar otros poderes globales, el gobierno Duque actúa como demente, sin reparar en que el mayor mandato que tiene entre sus manos es el de la paz, local y regional, que pone en riesgo por garantizar el dominio de los Estados Unidos en estos terruños regionales.
El ascenso hacia los extremos prosigue a paso rítmico.

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Adriana Gómez, Zona de riesgo, técnica mixta sobre lienzo, 120 x 120 cm, 2015

Cuatro candidaturas se disputan la dirección de Bogotá para el período 2020-2023. Con diferencias entre las campañas, las mismas están más dadas sobre prevenciones ideológicas y políticas que sobre el trasfondo de los programas que airean en los debates públicos. Las encuestas indican que todo está por definirse en las próximas semanas.

 

En Bogotá, como en el resto del país, el domingo 27 de octubre se elige, para un período de 4 años a partir del próximo 1 de enero, el nuevo alcalde o alcaldesa que administrará la ciudad, así como los 45 miembros del Concejo Distrital y los más de 150 ediles de las Juntas Administradoras Locales de las 20 localidades que integran la urbe. La cabeza de la rama ejecutiva del gobierno local y máxima autoridad administrativa y policial de la ciudad, es considerada como el segundo cargo político más importante de Colombia después del Presidente de la República.


Estas elecciones se desarrollan en medio de un “estado” de impopularidad del actual alcalde capitalino, Enrique Peñalosa, pocas veces vista. A tal punto que, ante las últimas encuestas realizadas a mediados de este año, que dan una imagen desfavorable de Peñalosa de más del 70 por ciento, la alcaldía lanzó en los medios de comunicación una profusa y costosa pauta publicitaria en la que predomina el eslogan “Impopulares pero eficientes”.


En estos comicios hay que resaltar en particular que por primera vez, de acuerdo con la Reforma de Equilibrio de Poderes y el Estatuto de la Oposición, los candidatos que obtengan el segundo lugar en las elecciones a alcaldías y gobernaciones tienen el derecho a ocupar una curul en los concejos y las asambleas departamentales. Esto significa que el próximo alcalde o alcaldesa elegido entre los 4 candidatos en competencia, Claudia López, Hollman Morris, Miguel Uribe y Carlos Fernando Galán, tendrá que lidiar en el Concejo Distrital con el liderazgo de quien saque la segunda votación, hecho novedoso que en principio deberá permitir el fortalecimiento del juego democrático y un mayor espacio a las fuerzas alternativas y de oposición, amplificando el control político que ejerce esta corporación.


Claudia López candidata verdeamarilla


Otro hecho novedoso en las presentes elecciones, es la presencia de una candidata, Claudia López, con posibilidad de ser electa alcaldesa. Aunque a la cabeza de la ciudad han tomado lugar varias alcaldesas, como Clara López y María Teresa Maldonado, lo fueron en su condición de encargadas para remplazar el respectivo alcalde suspendido o destituido. Desde que los alcaldes se eligen por voto popular (1988), ninguna mujer ha ganado en las urnas en Bogotá.


López, candidata de la Alianza Verde con el respaldo del Polo Democrático y otras fuerzas, tiene en su haber una imagen positiva por diversas razones, entre ellas su liderazgo en la lucha anti-corrupción. López aparece para muchos ciudadanos como una candidata de centro-izquierda, lo cual quizás le permitiría obtener el respaldo de sectores de la ciudadanía que votan por candidatos alternativos, tal como ha sucedido en las elecciones de los alcaldes Antanas Mockus, Lucho Garzón, Samuel Moreno y Gustavo Petro. El modelo de ciudad que López propone se diferencia del modelo de Peñalosa, aunque se oyen voces que consideran que sus críticas a la gestión del alcalde han sido más bien tibias. López plantea construir sobre lo construido: una de las grandes dificultades que ha tenido Bogotá (y Colombia) para su desarrollo y progreso, ha sido justamente la política de borrón y cuenta nueva, en donde quien llega al poder no reconoce, por razones políticas o ideológicas, los logros de sus antecesores.


No la beneficia en cambio su temperamento fogoso. Y está por verse, a la hora de las urnas, si el rompimiento entre ella y Petro por diferencias sobre el qué hacer, entre otras el futuro del metro tantas veces proyectado para la ciudad (optando por la realidad del metro aéreo que Peñalosa impuso) afecta a la candidata ante los bogotanos que apoyaron a Petro en las elecciones presidenciales del año pasado, en las que éste obtuvo la mayoría de votos en el Distrito Capital. De otro lado, uno de los cuestionamientos a los liderazgos “renovadores”, es la preeminencia que en estas elecciones ha tomado la próxima campaña presidencial, factor profundo del distanciamiento López-Petro. En contrapartida, también está por verse si el deslinde entre estas dos figuras le traerá votos a la candidata en los sectores desencantados del liderazgo de Petro o claramente anti-petristas, que van desde la izquierda hasta la derecha.


Aunque es un tema poco mencionado en la campaña, la opción sexual de la candidata seguramente pesará a la hora del voto, sobre todo entre sectores tradicionales, regresivos, religiosos, machistas y similares, dispuestos a cerrarle el paso a la candidata verdeamarilla.


La Oposición de Hollman Morris


La candidatura del exconcejal Hollman Morris, quien cuenta con el aval del partido Mais y respaldo de Petro y el movimiento Colombia Humana, se lee ante los ojos de un porcentaje importante de la ciudadanía bogotana que concurre a las urnas, como una propuesta de izquierda radicalmente distinta al modelo de ciudad del alcalde Peñalosa. Al centro del debate se encuentra su total oposición al metro elevado y su énfasis en el metro subterráneo; ha manifestado, asimismo, no apoyar la construcción de tres troncales adicionales para la red de transporte público TransMilenio, y se aparta sin matices de muchas otras iniciativas de la actual administración. Morris aparece en las encuestas con el más bajo porcentaje de intención de voto. Pero más allá de que logre obtener un resultado honorable en las urnas, su candidatura le resta fuerza a López e incluso podría ser factor determinante para que ésta no termine elegida.


La candidatura de Hollman, salpicada por denuncias de machismo, en contra de la opinión mayoritaria de activistas femeninas de la Colombia Humana, pone de presente las limitaciones del recambio del liderazgo existente en el país, a la par de dinámicas en gran parte unipersonales que ganan carrera al interior de proyectos políticos de izquierda, que se supone tendrían que ser colectivos, consultivos, asambleatorios, en donde el peso de la opinión de su cabeza visible debiera valer como la de cualquier otro de sus militantes.


El delfín Miguel Uribe


El exsecretario de Gobierno de Enrique Peñalosa, Miguel Uribe, es el candidato de una derecha diversa y con maquinarias. Inscribió su candidatura en nombre del movimiento Avancemos y pronto recibió el respaldo de la mayoría de los partidos del establecimiento: Centro Democrático, Liberal, Conservador, Mira y Colombia Justa Libres, este último de las iglesias cristianas. También cuenta con la adhesión de buena parte de los seguidores de Peñalosa, aunque es probable que en las urnas ese grupo, que ve en Uribe el garante del continuismo de la actual administración, pese menos en las urnas que los sufragios que le quita al candidato Uribe su fervoroso y público respaldo a la obra de su alter ego, dado el desprestigio de éste y de su gestión, como ya fue señalado.


En su campaña, Uribe reitera una y otra vez ser el candidato mejor preparado, constante, consistente y coherente en sus propuestas. Se expresa siempre mirando el espejo retrovisor frente a Petro, sin desaprovechar oportunidad para criticar con virulencia su gestión, al igual que todo lo que él percibe, de cerca o de lejos, como izquierda. En su estilo polarizador y planteamientos ideológicos, el joven Uribe se identifica en gran parte con el expresidente Uribe, quien lo ha acompañado en su campaña. La vocación del candidato apunta también hacia sus propios intereses de delfín presidencial. Nieto del expresidente Turbay, tristemente recordado por su Estatuto de Seguridad y las denuncias sobre la imposición de la tortura y las desapariciones, su candidatura a la alcaldía de Bogotá es también un peldaño estratégico, y legítimo, para aspirar a la presidencia de la república.


El repunte de Galán


En el centro y la derecha del espectro político de Bogotá, se presenta una situación similar: la candidatura de Uribe, quien según varias encuestas ocupa el tercer lugar en intención de voto, le quita fuerza a la candidatura de Galán, quien repunta en recientes encuestas. O viceversa. En las elecciones a la alcaldía de Bogotá del año 2011, Galán ya vivió un contexto parecido y no faltaron voces que lo corresponsabilizaron de la derrota de Peñalosa cuando Petro fue electo. Esa lección podría incidir en los dos candidatos, a última hora.


Hijo del líder liberal Luis Carlos Galán, asesinado en 1989, exconcejal y exsenador, se inscribió por el movimiento Bogotá Para la Gente, luego de retirarse del partido Cambio Radical. Propone soluciones cercanas a las que plantea Uribe en temas relacionados con la seguridad ciudadana y el transporte público, entre otros. Al igual que López y Hollman, Galán se opone al Plan de Ordenamiento Territorial presentado recientemente por Peñalosa al Concejo Distrital. Y todos los cuatro candidatos coinciden en el tema de la necesidad de la transformación digital de Bogotá. Ello no quita que el candidato tenga su propio modelo de ciudad, que podría caracterizarse de centro-derecha.


Ambiente frío


Como el clima de la ciudad por estos días, así está hasta ahora el ambiente electoral despertado por la campaña electoral en curso, la cual no logra aún suscitar el interés y la atención más allá de las clientelas, así como de los sectores activos siempre movilizados. Los bogotanos necesitamos una urbe realmente incluyente y participativa, que atienda con todo rigor temas centrales para sus pobladores como ambiente, transporte público, trabajo, salud, educación, vivienda, y otros aspectos propios de una vida digna.


Bogotá, urbe de ocho millones de habitantes, está en el límite de sus posibilidades, lo que demanda pensarla desde la integralidad de su territorio sabanero con su frágil ecosistema. Contaminación, destrucción del hábitat natural, problemas de abastecimiento de agua y demás, son parte de la realidad que la afectan y de la agenda por abordar en el debate sobre el gobierno que debe regir en la misma. Como parte de ello también es fundamental el qué y como hacer para recuperar quebradas y ríos, así como humedales y similares, colchón necesario para resistir el cambio climático. Otro aspecto por abordar y resolver, mucho más cuando corresponde a una agenda electoral, es la movilidad, la cual le consume a los trabajadores y empleados que viven en la sabana varias horas cada día en su desplazamiento hacia Bogotá y regreso a su vivienda, con su consecuente impacto en su salud física y mental. Precisamente, es sobre esas temáticas que las campañas deben pronunciarse a fondo, como lo requiere un proyecto estratégico, colectivo y movilizador de mayorías. La gente debe sentirse recogida en las propuestas de gobierno para motivarse a participar en la consulta electoral.


Lograrlo es un desafío mayor para las elecciones a la alcaldía de 2023, las cuales deben caracterizarse por un debate ciudadano abierto y apasionado con meses de anterioridad, de tal manera que la gente a la que se pretende llegar con una u otra candidatura sea ampliamente concitada y consultada tanto para estructurar programas como para elegir candidatos. Sólo así el frío no seguirá calando en la cabeza y el corazón de quienes habitan la capital del país.


Todo está por pasar


Faltando tres semanas y unos días para las elecciones, nada está cantado. Siempre cabe preguntarse si las encuestas sobre la intención de voto, realizadas sobre muestreos de mil y tantas personas, reflejan una foto real, en un momento dado, de la intención de voto promedio de la sociedad bogotana. Y no faltan quienes se preguntan si tales encuestas no están sesgadas o direccionadas. Pero más allá de las respuestas, lo evidente es que estas encuestas influyen a su vez sobre el voto de los ciudadanos.


A partir de las elecciones municipales y departamentales de 2023, Bogotá tendrá doble vuelta electoral si en la primera el ganador no obtiene los votos necesarios para ser elegido. Entre tanto, para el período que sigue, cualquiera que sea la candidata o el candidato triunfante, puede preverse que vamos hacia un escenario similar al de las últimas administraciones: el alcalde electo no contará con una mayoría suficientemente amplia que le facilite ejercer su mandato con mayor gobernabilidad, por el bien de quienes habitan Bogotá y de quienes se desplazan a ella cada día para cumplir con su jornada de trabajo.

 

*Consultor en Ciudades Inteligentes.
Bogotá, 27 de septiembre de 2019

 

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Saudigate: Trump, los motivos y las consecuencias de “MiBolsillo First”

Un político debe ser un “patriota verdaderamente ilustrado e independiente”, opinaba Georg Washington que ahora debe revolverse en su tumba al ver que el último de sus sucesores no cumple ni uno de los requisitos recomendados.

Los demócratas y los sectores más belicistas de EEUU siguen sacando los trapos sucios de Trump y sus prácticas gánsterianas para destituirle, contemplando incluso un golpe de estado, además de Rusiagate, escándalos sexuales (la campaña repentina de  “MiToo”) o “Ucrania/Australiagate”. Sin embargo, no esperen que haya un “Israelgate” o un “Saudigate”, los dos estados extranjeros que, no sólo influyen sobre la política exterior de ambos partido para Oriente Próximo, sino la determinan.

Según Cato Institute, más de un tercio de los congresistas que había sido contactado por las empresas que hacen de cabildeo (Lobby) para el Reino de Arabia Saudita (RAS), como Glover Park Group o DLA Piper, recibieron una contribución de este país. Debido a que los extranjeros no pueden donar dinero a los políticos, este tipo de empresas y los personajes “expertos en Oriente Próximo” hacen un impresionante negocio, y crean unas complejas telarañas financieras y artimañas políticas para despistar a la justicia.

El cambio de tono de Trump respecto a RAS, antes y después de ser presidente,  muestra la hipocresía de un mercader fracasado además el servilismo de la máxima autoridad EEUU ante unos jeques de un estado medieval encabezados por un tal Mohammed Bin Salman (MBS), apodado “Jack el Destripador”: Trump, que es el presidente más pro-saudita de la historia de EEUU, de candidato solía atacar duramente a los demócratas por su trato amable hacia RAS, desde tres puntos:

  1. Atentados del 11S: «¿Quién hizo explotar el World Trade Center?», -preguntaba Trump en el canal Fox-, «No fueron los iraquíes, fue Arabia Saudita,… ¡abra los documentos!«, exigiendo la desclasificación de las pruebas obtenidas.
  2. Recibir “sobornos”: la Fundación Clinton es “una empresa criminal” dijo Trump por los al menos 25 millones de dólares que recibieron los Clinton de los hermanos de caridad árabes del Golfo Pérsico.
  3. Derechos humanos: “¿Hablas de mujeres y derechos de las mujeres?” preguntó Trump a Hilary. «[Los saudíes] lanzan a los gays desde los edificios, matan a mujeres y las tratan horriblemente y, sin embargo, les coge el dinero. ¡Hillary debe devolver todo el dinero de esos países!», pidió un Trump sensible con la igualdad, que llegó a criticar a Michelle Obama por no llevar el velo en su visita a aquel reino de terror (¡si lo hubiera llevado, también le hubiera atacado!): dos años después, Melania e Ivanka Trump también se negarán a cubrir su cabeza en la visita oficial a la tierra de Mahoma. Trump, que es el primer presidente de EEUU que elige a RAS como el primer destino de su visita oficial, que no pidió disculpas a la señora Obama.

Los objetivos que persigue Arabia

  • Promover políticas anti-iraníes, y no por ser éste chiita: entre 2015 y 2016 las empresas de cabildeo de RAS pagaron al senador demócrata Chuck Schumer al menos 21.400 dólares: fue uno de los cuatro votos demócratas contra el acuerdo nuclear que firmó Obama con Irán, pacto que será destruido por un presidente Trump que ni lo había leído, y que curiosamente sólo beneficiaba a Arabia Saudí e Israel, que no a Irán. Ahora, además de ser incapaz de conseguir un acuerdo unilateral con Teherán, Trump está poniendo en peligro la propia existencia de RAS como país, ante una República Islámica que no tiene nada que perder.
  • Lavar la cara de MBS en los medios, presentándole como un joven moderno y reformador, que no un dictador, un misógino, secuestrador, extorsionador,- con la “noche de cristales rotos” incluido-, y asesino de los opositores dentro y fuera del país.
  • Mantener el apoyo de EEUU a su guerra contra Yemen: así consiguió el silenciar a los medios de comunicación sobre la mayor crisis humanitaria del mundo.
  • Conseguir tecnología nuclear: El Congreso ha reconocido que el general Michael Flynn, ex Asesor de Seguridad Nacional del presidente, y Jared Kushner, presionaron al gobierno para que le otorgara la tecnología nuclear a RAS.

Mecanismos de compra de favores

¡Sólo hay uno: sobornar! Y se hace desde varias vías:

  1. Unir los intereses personales de los políticos de EEUU con los de la Casa Real saudí. En este país, no existe el estado. La familia Saud, que junto con Liechtenstein son los únicos países que llevan el nombre de los clanes gobernantes, se presenta como el propietario de los recursos de la “nación-súbdita”. El Post reveló que, en 2017 los saudíes reservaron 218 noches en el Hotel Trump Chicago, un aumento del 169% respecto al mismo período de 2016. ¿A cambio de qué? Michael Gibson un subcontratista de Qorvis MSLGroup que representa a los saudíes alquiló habitaciones en el Trump International Hotel en Washington DC, para un grupo de veteranos y activistas trasladados desde Nueva York, para presionar al Congreso a que revoque la Ley de Justicia Contra los Patrocinadores del Terrorismo, que permite a las víctimas del demandar al RAS. Jared Kushner, el yerno proisraelí del presidente que es el hombre de Riad en la Casa Blanca, después de que MBS realizara un golpe de estado aparatando al príncipe heredero, organizó una comida entre Trump y el nuevo hombre fuerte del reino, declarando su reconocimiento por EEUU: «¡Hemos puesto a nuestro hombre en la cumbre!», había dicho Trump según el periodista USA Today Michael Wolff, lo cual muestra que la injerencia en asuntos internos es mutua. Kushner, también fue el principal apoyo del bloqueo económico de Qatar por Riad durante la extraña crisis del junio del 2017 entre ambos estados árabes. Que Doha se negara a rescatar una de las empresas arruinadas de la familia Kushner pudo encadenar una nueva guerra en esta zona azotada del mundo. Mohammed había presumido de tener al yernísimo “en el bolsillo”, quizás por entregarle información confidencial sobre los rivales de la familia Saud en extranjero, supone el diario Intercept. ¿Tuvo algo que ver el marido de Ivanka en el asesinato de Khashoggi? ¿Qué recibió a cambio?
  2. Crear grupos de presión tradicionales: En 2015, RAS fichó al empresario libanés-estadounidense George Nader para organizar reuniones entre los enviados de los gobiernos saudí y emiratí con Steve Bannon y Kushner en la Torre Trump. Nader ya había canalizado varios millones de dólares de aquellos jeques al republicano Elliott Broidy, comprando su apoyo activo al bloqueo al que sometieron a Qatar: en mayo de 2018 Broidy realizó dos conferencias atacando a Doha.
  3. A través de empresas de “asesoría” y los centros de “estudios”: el Grupo Podesta, Brownstein Hyatt Farber Schreck o el Grupo Glover Park, “donaron” alrededor de 580.000 dólares a los políticos de EEUU, señala The New york Times, en nombre del RAS, a la vez que el Consejo Atlántico, la Institución Brookings, el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales y el Instituto del Medio Oriente recibían dinero de las petromonarquías del Golfo Pérsico.

¿Cómo es posible “Amar a los saudíes

Esta es la cronología de una historia de amor:

1991: el príncipe saudí, Al Waleed bin-Talal compra “Trump Princess” el yate embargado de Trump por 20 millones de dólares; el magnate de casinos, que estaba arruinado por una deuda de unos 900 millones de dólares, lo había comprado por 29 millones a Adnan Khashoggi, el traficante de armas y el primo de Jamal. En 1995, el mismo Talal también le compra el Hotel Plaza de Nueva York por 325 millones, 65 millones menos de lo que pagó Trump por ello en 1988. Estos datos fueron revelados por el príncipe suadí en respuesta a un desagradecido Trump que en un tuit le criticó por dar entrevistas a la periodista de Fox News, Megyn Kelly.

2001: Trump vende el piso 45 de la Torre Mundial de Trump a RAS a través del fondo buitre Blackstone Group, cuyo presidente Stephen Schwarzman, un antiguo directivo de Lehman Brothers, le acompañará a un Trump ya presidente en su visita oficial a Arabia Saudita en 2017.

2015: En víspera de las elecciones presidenciales del 2016, Riad realiza un estudio psicológico al Trump candidato y localiza las tres dimensiones de su Talón de Aquiles: 1) un desbordado ego, 2) una desmesurada codicia, y 3) un profundo complejo de inferioridad, que le hace necesitado de recibir continuos elogios y en cantidades industriales: los saudíes serán generosos con él, utilizado el dinero público. “Me llevo bien con Arabia Saudita. Me compran apartamentos. Gastan 40 millones, 50 millones de dólares” -reiteraba con orgullo el presidente menos docto de EEUU en una entrevista- “Gano mucho dinero de ellos” “Me pagan millones y cientos de millones”.

2016: «Me gustaría proteger a Arabia Saudita. Pero Arabia Saudita tendrá que ayudarnos económicamente«, advirtió el candidato Trump, al ser preguntado por una posible guerra contra Irán: o sea, si me paga, tendrá su guerra, aunque provoque con ello una guerra mundial.

Este año, Trump no pierde tiempo: registra hasta ocho empresas vinculadas con el RAS, entre ellas THC Jeddah Hotel y DT Jeddah Technical Services, y sigue criticando a Obama por no lanzar un ataque militar contra Irán y hacer las paces con Teherán. Luego envía a su hijo Donald J a reunirse con los enviados de RAS,  de EAU, Erik Prince, el fundador del ejercito privado Blackwater -acusado de crímenes de guerra en Irak-, Joel Zamel, un experto israelí en manipulación de redes sociales y director de la firma Psy-Group, quien había elaborado una propuesta para usar miles de cuentas falsas en Facebook, y el “asesor” George Nader para estudiar cómo contribuir al triunfo de Trump en las elecciones. Después de las elecciones, Nader le pagó a Zamel hasta 2 millones de dólares, aunque se desconoce el concepto.

Meses antes de que Trump tomase la posición, The New York Times escribe sobre la firma de contratos entre RAS y el Grupo CGCN, vinculada con Boeing, uno de los vendedores de bombas a Riad, y con el Grupo McKeon, dirigido por Howard McKeon, el presidente republicano del Comité de Servicios Armados del Congreso, quien recibió unos 834.000 dólares de donaciones por ser uno de los principales inversores del negocio de los aviones no tripulados.

“Blanquear” a los Saud, visitándoles

Una vez presidente, Trump se olvida de lo que había dicho sobre los saudíes, y califica al país como un «reino magnífico», a su dictadura “tan amables anfitriones», y mientras prohíbe la entrada a EEUU a los ciudadanos procedentes de Irán, Siria, Irak, Somalia, Sudán, Yemen y Libia por peligrosos para la seguridad nacional, excluye de la lista de su Eje del Mal al RAS cuyos ciudadanos, según la CIA, mataron a unos 3.000 estadounidenses en el 11S, y su gobierno, según Hilary Clinton, patrocina al ejército de mercenarios más peligroso del siglo: el Estado Islámico. Las huellas de RAS están también en algunos atentados en Europa.

Revela The Nation que en el primer año del gobierno de Trump, los saudíes gastaron un millón de dólares mensuales en una veintena de empresas de cabildeo. Hicieron lo mismo los EAU, con unos 18 lobbies, pagando sólo a uno de ellos, el Grupo Camstoll, unos 10 millones de dólares, para comprar los favores de los políticos.

2019: con el misterioso ataque a la planta petrolífera de Aramco en el suelo saudí, Trump llegó a delegar la política exterior de EEUU a los jeques, y poniendo al ejercito de EEUU a las órdenes y al servicio de la Casa Saud: «esperando recibir noticias del Reino sobre quién creen que fue la causa de este ataque, y bajo qué términos procederíamos”, tuiteó, sin rubor Trump, que vive al borde del precipicio. ¿Será una guerra contra Irán su forma de exportar la crisis existencial que está viviendo?

Por Nazanín Armanian

10 octubre 2019

Publicado enInternacional