Lunes, 29 Octubre 2018 05:52

Vademécum electoral en EU

Vademécum electoral en EU

En más de un sentido, las elecciones que se celebrarán el próximo 6 de noviembre, en las que se renovará la Cámara de Representantes, parte de la de Senadores, las gubernaturas de 36 estados y miles de legislaturas locales en Estados Unidos, serán los comicios más importantes en muchos años. Es la opinión de millones de personas y diversos observadores políticos, lo mismo en los medios de comunicación que en la academia. Será un referendo sobre la política del actual presidente, quien ha profundizado la división en la sociedad, como ni el propio Nixon logró con todas sus perversidades. La pérdida de su popularidad es consecuencia de frecuentes traspiés, su apoyo al racismo, la xenofobia, el ultranacionalismo, el nativismo más rampante y su política antipopular. El electorado ve con temor y frustración la continuidad de esa política destructiva. En el Partido Republicano, al que el presidente simula pertenecer, hay gran preocupación frente a la posibilidad de perder la mayoría en la Casa de Representantes y posiblemente el Senado. La preocupación parece haber tocado también la puerta de la Casa Blanca, por lo que el mandatario se ha subido al avión presidencial para realizar una de sus actividades favoritas: pronunciar discursos a lo largo y ancho del país denostando a los medios de comunicación, las minorías afroestadunidenses, latinas, indígenas y, por supuesto, a los migrantes. Su ataque a la caravana de hondureños raya en lo patético.

La mayoría de los candidatos del Partido Republicano cifran sus esperanzas en el discurso del presidente y en la capacidad del aparato electoral para escatimar de una u otra manera el voto de cientos de miles de electores de varios estados que gobiernan los republicanos. Para ello han creado diferentes estratagemas con el fin de suprimir el voto, especialmente el de las minorías que mayoritariamente apoyan a los candidatos del Partido Demócrata. Existen diversos trabajos de investigación que han demostrado la forma en que las elecciones son decididas con base en dichas estrategias.

Uno de esos trabajos es de Ari Berman, colaborador de revistas como Mother Jones, New York Times Magazine, Rolling Stone, y también es investigador de The Nation Institute. En su libro La moderna lucha por el voto, describe la forma en que se han trazado los distritos electorales, conocida como Gerrymander, agrupando arbitrariamente a los votantes, con el fin de dar un número mayor de sufragios a una u otra de las fuerzas contendientes en los comicios.

El diseño se elabora cada 10 años en la mayoría de las legislaturas estatales, con información del censo de población. Hace varias décadas la mayoría legislativa en aproximadamente dos terceras partes de los estados ha sido controlada por los republicanos (The Atlantic/ 24/10/18). Por tanto, han sido los encargados de agrupar a los electores más convenientes a su causa.

Históricamente, la supresión del voto ha sido un estigma para Estados Unidos (The Guardian 13/10/18), pero este año pudiera superar cualquier antecedente. En una entrevista reciente en la cadena de radio pública, Berman dio cuenta de la forma en que se han "purgado" las listas de electores en Georgia, Kansas, Wisconsin, Texas, Carolina del Norte y Alabama, con el fin de coartar el voto de cientos de miles de ciudadanos. Los casos más escandalosos de corrupción electoral se han dado en Georgia y Alabama, donde los responsables de organizar los comicios y actuar como árbitros son también los candidatos del Partido Republicano. En estos estados, la supresión de electores ha sido masiva. Las posibilidades de que las argucias se multipliquen a lo largo de Estados Unidos son muy altas, según Berman.

Si los republicanos llegan a perder alguna de las dos cámaras, gubernaturas o legislaturas locales, será porque millones de votantes están hartos del gobierno de Trump, y habrán logrado sortear las triquiñuelas para suprimir su voto.

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Lunes, 29 Octubre 2018 05:46

Dos palabras

Dos palabras

 A lo largo de más de 25 años reportando sobre Estados Unidos para La Jornada nunca imaginé que algún día tendríamos que usar dos palabras para informar sobre la realidad nacional de este país: "fascismo" y "socialismo".

Pero desde las campañas electorales de 2016 y su culminación en el triunfo de un bufón peligroso, esas dos palabras se han vuelto necesarias. Primero, las malas noticias:

La violencia ultraderechista vinculada con los neonazis y otras agrupaciones supremacistas blancas, nutrida por la retórica explícitamente racista, xenófoba, antimigrante y "nacionalista" proveniente de la Casa Blanca tuvo su expresión más reciente en lo que la Liga de Anti-Difamación (principal organización judía de defensa de derechos civiles) califica como el peor ataque mortal antisemita en la historia del país: 11 muertos y seis heridos en una sinagoga en Pittsburgh. El responsable acusó a los judíos de apoyar a refugiados "morenos" y musulmanes que están invadiendo al país para destruir a "mi gente". Esto, en una semana en la que otro ultraderechista envió 14 bombas a prominentes críticos de Trump –casi todos calificados como "enemigos" por el mandatario– y el asesinato al azar de dos personas afroestadunidenses en un supermercado por un hombre que antes buscaba ingresar para matar a afroestadunidenses en una iglesia.

Vale subrayar que todos estos atentados de "terror" y odio violento de los días recientes –como gran mayoría de los incidentes de tiroteos masivos en los últimos años– han sido realizados no por mexicanos o centroamericanos, ni por otros inmigrantes "criminales", ni por musulmanes, sino por hombres estadunidenses blancos.

La ultraderecha y sus seguidores aquí tienen una larga historia de violencia, pero nunca antes han contado con un presidente que habla su mismo idioma y que activamente alienta el racismo, la xenofobia, el sexismo y el antisemitismo que los caracteriza.

Hace unos días en un mitin electoral en apoyo de candidatos republicanos, Trump proclamó que es "un nacionalista", y se opone a los "globalistas". Los "nacionalistas blancos" entendieron perfecto y, como señala el profesor de historia en la Universidad de Michigan Juan Cole, Trump está imitando a Mussolini, quien se definió como un "fascista nacionalista".

Aquí, según la narrativa ultraderechista, los "nacionalistas" combaten al "complot internacional judío", o a veces "comunista", contra este país. Por eso cuando Trump se declaró "nacionalista", su público empezó a corear "encarcelen a Soros", el prominente filántropo judío liberal que tanto es usado como ejemplo de ese "complot" (poco después recibió uno de los paquetes-bomba), y quien ha sido culpado por el presidente y/o sus aliados de promover la migración, incluso de financiar la caminata de centroamericanos. Trump sonrió y se sumó al coro.

El profesor Jason Stanley, de la Universidad de Yale, alerta que Trump está empleando las tradicionales políticas fascistas para promover su agenda.

El profesor Henry Giroux, de la Universidad McMaster, considera que esta agenda política está produciendo "una formación económico-política que llamaría fascismo neoliberal". Señala que el “fascismo empieza con idioma y se vuelve una fuerza organizativa para formar una cultura y legitimar lo que se pensaba era inimaginable, como la violencia indiscriminada contra grupos enteros: negros, inmigrantes, judíos, musulmanes… Trump enmarca a sus críticos como enemigos del pueblo estadunidense. Esto es verdaderamente un resurgimiento de la ideología fascista actualizada para el siglo XXI”.

Respondiendo a la noticia del asalto contra la sinagoga, el cineasta Michael Moore expresó su solidaridad en un tuit, y preguntó si alguien en este país aún recuerda que había un acuerdo de que "ante la primera señal de fascismo, lo frenaríamos antes de que creciera y se convirtiera en algo peor. Bueno, ese momento es ahora".

Ahora hay un masivo coro de repudio y resistencia por todo el país que grita "no pasarán". Entre ellos (tema de la segunda parte de esta columna) los que afirman que en un futuro próximo, Estados Unidos será socialista.

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Brasil: las democracias también mueren democráticamente

Nos hemos acostumbrado a pensar que los regímenes políticos se dividen en dos grandes tipos: democracia y dictadura. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, la democracia (liberal) pasó a considerarse casi consensualmente como el único régimen político legítimo. A pesar de la diversidad interna de cada uno, son dos tipos antagónicos, no pueden coexistir en la misma sociedad, y la opción por uno u otro supone siempre lucha política que implica la ruptura con la legalidad existente.


A lo largo del siglo pasado se fue consolidando la idea de que las democracias solo colapsaban por la interrupción brusca y casi siempre violenta de la legalidad constitucional, a través de golpes de Estado dirigidos por militares o civiles con el objetivo de imponer la dictadura. Esta narrativa era, en gran medida, verdadera. No lo es más. Siguen siendo posibles rupturas violentas y golpes de Estado, pero cada vez es más evidente que los peligros que la democracia hoy corre son otros, y se derivan paradójicamente del normal funcionamiento de las instituciones democráticas.


Las fuerzas políticas antidemocráticas se van infiltrando dentro del régimen democrático, lo van capturando, descaracterizando, de manera más o menos disfrazada y gradual, dentro de la legalidad y sin alteraciones constitucionales, hasta que en un momento dado el régimen político vigente, sin dejar de ser formalmente una democracia, aparece como totalmente vaciado de contenido democrático, tanto en lo referido a la vida de las personas como de las organizaciones políticas. Unas y otras pasan a comportarse como si estuvieran en dictadura. Menciono a continuación los cuatro principales componentes de este proceso.


La elección de autócratas. De Estados Unidos a Filipinas, de Turquía a Rusia, de Hungría a Polonia se han elegido democráticamente políticos autoritarios que, aunque sean producto del establishment político y económico, se presentan como antisistema y antipolítica, insultan a los adversarios que consideran corruptos y ven como enemigos a eliminar, rechazan las reglas de juego democrático, hacen apelaciones intimidatorias a la resolución de los problemas sociales por medio de la violencia, muestran desprecio por la libertad de prensa y se proponen revocar las leyes que garantizan los derechos sociales de los trabajadores y de las poblaciones discriminadas por razones étnicas, sexuales o de religión. En suma, se presentan a elecciones con una ideología antidemocrática y, aun así, consiguen obtener la mayoría de los votos. Los políticos autocráticos siempre han existido. Lo nuevo es la frecuencia con la que están llegando al poder.


El virus plutócrata. La forma en la que el dinero ha venido descaracterizando los procesos electorales y las deliberaciones democráticas es alarmante. Al punto de preguntarse si, en muchas situaciones, las elecciones son libres y limpias y si los responsables políticos actúan por convicciones o por el dinero que reciben. La democracia liberal se basa en la idea de que los ciudadanos tienen condiciones de acceso a una opinión pública informada y, sobre su base, elegir libremente a los gobernantes y evaluar su desempeño. Para que esto sea mínimamente posible, es necesario que el mercado de las ideas políticas (los valores que no tienen precio, porque son convicciones) esté totalmente separado del mercado de los bienes económicos (los valores que tienen precio y sobre esta base se compran y venden). En tiempos recientes, estos dos mercados se han fundido bajo la égida del mercado económico, hasta tal punto que hoy, en política, todo se compra y todo se vende. La corrupción se ha vuelto endémica.


La financiación de las campañas electorales de partidos o de candidatos, los grupos de presión (o lobbies) ante los parlamentos y los gobiernos tienen hoy en muchos países un poder decisivo en la vida política. En 2010, la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, en la sentencia Citizens United v. Federeal Election Commission, asestó un golpe fatal a la democracia estadounidense al permitir el financiamiento irrestricto y privado de las elecciones y decisiones políticas por parte de grandes empresas y de super ricos. Se desarrolló así el llamado dark money, que no es otra cosa que corrupción legalizada. Ese mismo dark money explica en Brasil una composición del Congreso dominada por la bancada armamentista ("de la bala"), la bancada ruralista ("del buey") y la bancada evangélica ("de la Biblia"), una caricatura cruel de la sociedad brasileña.


Las fake news y los algoritmos. Durante cierto tiempo Internet y las redes sociales que generó se vieron como una posibilidad sin precedentes para la expansión de la participación ciudadana en la democracia. En la actualidad, a la luz de lo que sucede en Estados Unidos y Brasil, podemos decir que serán más bien las sepultureras de la democracia, en caso de que no se regulen. Me refiero en particular a dos instrumentos: las noticias falsas y el algoritmo.


Las noticias falsas siempre han existido en sociedades atravesadas por fuertes divisiones y, sobre todo, en periodos de rivalidad política. Hoy, sin embargo, su potencial destructivo a través de la desinformación y la mentira que propagan es alarmante. Esto es especialmente grave en países como la India y Brasil, en los que las redes sociales, sobre todo WhatsApp (cuyo contenido es el menos controlable por estar encriptado), son ampliamente usadas, hasta el extremo de ser la más grande, e incluso la única, fuente de información de los ciudadanos (en Brasil, 120 millones de personas usan WhatsApp). Grupos de investigación brasileños denunciaron en el New York Times (17 de octubre) que de las cincuenta imágenes más divulgadas (virales) en los 347 grupos públicos de WhatsApp en apoyo a Bolsonaro, solo cuatro eran verdaderas. Una de ellas era una foto de Dilma Rousseff, candidata al Senado, con Fidel Castro en la Revolución cubana. Se trataba, de hecho, de un montaje realizado a partir del registro de John Duprey para el diario NY Daily News en 1959. Ese año Dilma Rousseff era una niña de once años. Apoyado por grandes empresas internacionales y por servicios de contrainteligencia militar nacionales y extranjeros, la campaña de Bolsonaro constituye un monstruoso montaje de mentiras a las que la democracia brasileña difícilmente sobrevivirá.


Este efecto destructivo es potenciado por otro instrumento: el algoritmo. Este término, de origen árabe, designa el cálculo matemático que permite definir prioridades y tomar decisiones rápidas a partir de grandes series de datos (big data) y de variables, considerando ciertos resultados (el éxito en una empresa o en una elección). Pese a su apariencia neutra y objetiva, el algoritmo contiene opiniones subjetivas (¿qué es tener éxito?, ¿cómo se define el mejor candidato?) que permanecen ocultas en los cálculos. Cuando las empresas se ven obligadas a revelar los criterios, se defienden con el argumento del secreto empresarial. En el campo político, el algoritmo permite retroalimentar y ampliar la divulgación de un tema que está en boga en las redes y que, por ello, al ser popular, es considerado relevante por el algoritmo. Sucede que lo viral en las redes sociales puede ser producto de una gigantesca manipulación informativa llevada a cabo por redes de robots y de perfiles automatizados que difunden entre millones de personas noticias falsas y comentarios a favor o en contra de un candidato, convirtiendo el tema en artificialmente popular y ganando así incluso más destaque por medio del algoritmo. Este no tiene condiciones para distinguir lo verdadero de lo falso, y el efecto es tanto más destructivo cuanto más vulnerable sea la población a la mentira. Fue así como en 17 países se manipularon recientemente las preferencias electorales, entre ellos Estados Unidos (a favor de Trump) y, ahora, Brasil (a favor de Bolsonaro), en una proporción que puede ser fatal para la democracia.


¿Sobrevivirá la opinión pública a este envenenamiento informativo? ¿Tendrá la información verdadera alguna posibilidad de resistir ante tal avalancha de falsedades? He defendido que en situaciones de inundación lo que más falta hace es agua potable. Con una preocupación paralela respecto a la extensión de la manipulación informática de nuestras opiniones, gustos y decisiones, la investigadora en computación Cathy O’Neil designa los big data y los algoritmos como armas de destrucción matemática (Weapons of Math Destruction, 2016).


La captura de las instituciones. El impacto de las prácticas autoritarias y antidemocráticas en las instituciones ocurre paulatinamente. Presidentes y parlamentos electos mediante los nuevos tipos de fraude (fraude 2.0) a los que acabo de aludir tienen el camino abierto para instrumentalizar las instituciones democráticas; y pueden hacerlo supuestamente dentro de la legalidad, por más evidentes que sean los atropellos y las interpretaciones sesgadas de la ley o de la Constitución. En los últimos tiempos, Brasil se ha convertido en un inmenso laboratorio de manipulación autoritaria de la legalidad. Esta captura ha hecho posible la llegada a la segunda vuelta del neofascista Bolsonaro y su eventual elección. Tal como ha ocurrido en otros países, la primera institución en ser capturada es el sistema judicial. Por dos razones: por ser la institución con poder político más distante de la política electoral y por ser constitucionalmente el órgano de soberanía concebido como “árbitro neutro”. En otra ocasión analizaré este proceso de captura. ¿Qué será de la democracia brasileña si esta captura se concreta, seguida de las otras capturas que esta hará posible? ¿Será todavía una democracia?

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

 

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“Brasil se juega el destino de la democracia”

El experto analiza la contundente victoria en primera vuelta del ultraderechista Jair Bolsonaro. Por qué el 28 de octubre se juega la continuidad del régimen democrático. La embestida de la derecha contra el PT, el “fascismo financiero”, los medios y las iglesias evangélicas.

Boaventura de Sousa Santos (Coímbra, Portugal, 1940) es una de las voces más autorizadas dentro de la sociología jurídica y un referente indiscutido en el pensamiento político y social contemporáneo. Entrevistado por PáginaI12, el investigador sostiene que la segunda vuelta representa en Brasil “un auténtico plebiscito sobre si (ese país) debe seguir siendo una democracia o pasar a ser una dictadura de nuevo tipo”. A continuación, explica por qué trabajadores, jóvenes, sectores medios, afroamericanos, marginados, hombres y mujeres del pueblo dieron su voto a un candidato que grita a cuatro vientos y con orgullo que, de ser presidente, sus políticas no estarán justamente a favor de ellos.


–¿Cuáles son para usted las razones del triunfo del candidato de la ultraderecha Jair Bolsonaro en primera vuelta?


–Es una situación muy compleja porque Brasil, en este momento, es casi un laboratorio de transformación política conservadora en el continente. No solamente en el continente, en el mundo. Pienso que en la primera década del milenio Brasil fue, junto con otros países de América Latina, el país que más mostró las potencialidades de una transformación progresiva de las sociedades altamente desiguales, altamente discriminatorias, como son todas las sociedades que salieron del colonialismo europeo. Los avances fueron notables, por ejemplo, en términos de hambre. Durante estos períodos la gente ya no se iba a dormir hambrienta. Como decía Lula, “mi ambición es que la gente coma tres veces al día”. Y muchas otras políticas que intentaron disminuir la pobreza, ampliar el acceso a los bienes públicos, mejorar los bienes públicos de educación, de salud, de acceso a la universidad, y también medidas antidiscriminatorias contra la población negra, que es la mayoría, pero que ha sido siempre una minoría política. También se consiguieron avances notables con políticas afirmativas, de cuotas, para las mujeres. Fue un progreso notable. Y entonces, casi repentinamente, todo se derrumba, todo colapsa. Luego de esto los elementos antidemocráticos de la sociedad brasileña tomaron el liderazgo. Podríamos decir que en el tiempo anterior la lógica democratizante de la sociedad brasileña tenía predominio sobre la lógica antidemocrática, que es típica de una sociedad oligárquica, colonial, muy desigual y discriminatoria. Este desequilibrio se transforma rápidamente como si fuera un péndulo, donde las fuerzas antidemocráticas toman el liderazgo.


–¿De qué manera lo hicieron?


–Primero, esas fuerzas antidemocráticas de inmediato cuestionan los resultados electorales de 2014 de la ex presidenta Dilma, y empiezan de inmediato un impeachment y una guerra total contra el PT. Esta guerra va a ser realmente muy agresiva porque busca eliminar rápidamente de la memoria del pueblo los beneficios del período anterior, al transformar al PT en un grupo de bandidos corruptos que desgraciaran el país. Se llevó adelante una demonización del PT terrible en los medios tradicionales, convencionales, sobre todo desde la TV Globo, y también en los periódicos oligopólicos. Fueron todos unánimes en demonizar al PT. Por eso, la narrativa que se impuso fue la narrativa de la corrupción. A partir de aquí, la narrativa políticamente correcta es una narrativa antipolítica, en contra de la corrupción, una política despolitizada. Tenemos que luchar contra la corrupción y para eso es necesario que la policía y el sistema judicial actúen, y la operación Lava Jato es el mejor ejemplo de todo este movimiento. Una primera observación es que se dio una especie de reversión muy rápida y muy sorprendente para mucha gente. Brasil, el país del Foro Social Mundial (FSM), el país del Movimiento de los Sin Tierra (MST), considerado el más importante del continente y del mundo, repentinamente ve atacadas todas estas conquistas y no reacciona de manera rápida. Y esto va a durar hasta la prisión de Lula. Hasta que Lula fue a prisión no vimos un movimiento social muy organizado de resistencia a este golpe institucional, y cuando la resistencia surge es casi una resistencia negativa, es decir, una resistencia para pedir por la libertad de Lula, pero ya no por las políticas de aquel otro período, sino por la injusticia de su condena. Esto ha sido una primera fase; después entran en juego otros factores.


–¿Cuáles, por ejemplo?


–Creo que entraron otros factores que de alguna manera desbordaron las intenciones de las oligarquías que organizaron el golpe. Yo creo que muchas de ellas organizaron el golpe con el intento de restaurar la democracia; una democracia que no amenace sus ganancias. Porque la resistencia contra el PT empieza cuando hay una crisis del capitalismo global, una crisis financiera después de 2008, una crisis que venía también de una cierta atenuación del ritmo de desarrollo de China. Hay una crisis de ganancias del capital y una amenaza al capital financiero; entonces de inmediato intentan reaccionar. No fueron los empresarios los primeros en reaccionar sino el capital financiero, que va a tomar el liderazgo. Va a abrir espacios para fuerzas que estaban latentes en una sociedad colonial, desigual, donde los cambios son recientes. Una sociedad que empezó a luchar contra el racismo apenas diez años antes; el racismo estaba en la cabeza de la gente, incluso de aquella que ha sido beneficiada por Lula.

–¿Esos avances y esas reivindicaciones no lograron construir una nueva cultura política?

–Creo que las políticas no fueron sostenibles durante mucho tiempo para crear otra cultura. El mismo PT no intentó crear otra cultura ciudadana; intentó crear más consumidores, pero no una cultura ciudadana, o una cultura campesina de comer cosas saludables, por ejemplo. Era plata para ir a comer comida basura de los fast food y las comidas todas procesadas en detrimento de la agricultura campesina. Entonces, esos demonios que fueron sueltos, y que vienen de un pasado de grandes desigualdades, surgieron exactamente en la persona de Bolsonaro. Esta corriente está en todo el continente. Vemos de alguna manera lo que ocurre en la Argentina, y muy claramente lo que pasa en Colombia, que es muy grave, y de alguna manera en Ecuador también. El avance de las fuerzas democráticas va a ser rápidamente neutralizada por fuerzas antidemocráticas que estaban dormidas.

–¿Pero cómo se explica que un sector tan amplio de las clases populares haya apoyado a un candidato que se presenta abiertamente en contra de las políticas que los beneficiaron?

–Primero, las medidas antipopulares del gobierno después del golpe, que son muy claras, no tienen un impacto inmediato en la vida de la gente, como habíamos visto en Portugal y en Europa con las llamadas políticas de austeridad. Algunas medidas no entran en el bolsillo de las familias de un día para el otro. Por ejemplo, Temer quiere privatizar y eliminar el sistema de salud, pero todavía no lo hizo, no tuvo la oportunidad todavía. Lo que quiero decir es que los impactos en las familias, en los bolsillos de la gente, tardan dos o tres años en repercutir. Por eso en una parte inicial es fácil para los medios de comunicación convencer a la gente. Los medios fueron muy agresivos y llevaron la situación de la política para la ética. No son las medidas que interesan. Y todavía hoy vemos que Bolsonaro no habla de su política económica. Es la ética contra la corrupción; los honestos contra los corruptos. Ahora, toda la gente está a favor de los honestos, entonces si los medios bombardean todos los días con la lucha contra la corrupción... El segundo factor que entra aquí es la dimensión internacional. En Brasil, y no solamente, actúan los medios oligopólicos y las oligarquías locales. No se han dado cuenta de que el imperialismo norteamericano estaba buscando una oportunidad para revertir todas estas políticas progresistas que amenazaban su dominio, que se atenuó un poco cuando Estados Unidos estuvo muy preocupado por Irak y abandonó un poco el continente. Pero el golpe de Honduras fue la primera señal de que Estados Unidos estaba volviendo al continente; desde entonces, en 2012 Fernando Lugo en Paraguay, y después Dilma. Aquí se puede ver que hay otra dimensión imperial muy fuerte, que no es la dimensión de la imposición militar de la dictadura, sino la transformación de una democracia nacionalista y desarrollista, pero nacionalista, por la sustitución de una “nueva” democracia, como la llaman ahora los militares en Brasil.

–¿En qué consiste esa “nueva” democracia?

–Es una democracia sin Partido de los Trabajadores, una democracia amiga de los mercados, y una democracia que abre toda la economía a la ganancia del capital internacional. Bolsonaro es el símbolo de todo esto. Y ahora se hace claro todo el apoyo internacional, del mercado digital, la propagando digital, a Bolsonaro. Es una conjunción de trabajo militar y económico internacional, dos nuevas fuerzas que actúan en el continente. Los militares con políticas de contrainsurgencia psi-sociales: no son armas, son fake news, herramientas bien entrenadas por servicios de inteligencia de Inglaterra y Estados Unidos a lo largo de los tiempos. También están los think tanks de Estados Unidos, que hablan de privatización, de liberalización. Hay aquí una estrategia del continente global del imperio en cuanto a que Brasil era particularmente importante de neutralizar por los BRICS. Una política fundamental.

–De ahí que usted hable de Brasil como un laboratorio...

–Si gana la extrema de Bolsonaro esta corriente va a ganar un poder enorme, no solamente en el continente, sino también en Europa. Italia será el primer blanco de esta política de extrema derecha, que sigue también con Hungría y con Polonia. Si los demócratas brasileños logran vencer esta corriente antidemocrática de extrema derecha, será una señal muy poderosa para todo el continente de que esta gente no es invencible, y de que internet no hace todo. En esto es en lo que estamos. Es una situación muy dramática, porque en este momento en Brasil se juega el destino de la democracia en el continente, y en el mundo de alguna manera.

–¿Cree que Bolsonaro realmente llevaría a la práctica lo que sostiene su discurso radical?

–Pienso que si Bolsonaro gana va a ser todavía peor de lo que dice, porque las medidas van a ser brutales y va a haber resistencia popular. Y como va a existir resistencia, los militares ya están diciendo que hay que mantener la paz en el país, y mantener la paz para ellos es reprimir. Bueno, de hecho, la represión ya está en las calles. Los grafitis que aparecen en los baños de las universidades dicen que, si Bolsonaro gana, la universidad va a ser Columbine (en alusión a la masacre de la Escuela Secundaria de Columbine), es decir, una masacre en la universidad. Es muy preocupante porque para los mercados financieros no interesa que Bolsonaro sea racista, sexista u homofóbico, porque lo que quieren es ver cómo va a arreglar la economía. Siempre con la idea de que cuando empiece a crecer la economía todo va a ser mejor. Como hicieron de hecho con la Argentina, que ahora está bajo el comando del Fondo Monetario Internacional (FMI). Intentaron hacerle lo mismo a los portugueses y no funcionó. Sabemos que es una ilusión, como lo sabemos en Europa; intentaron decirles lo mismo a los portugueses y no funcionó, pero Grecia está todavía luchando. Realmente creo que con Bolsonaro vamos a pasar un momento muy difícil, y no sé si la democracia sobrevive en Brasil. Con Haddad no sería fácil tampoco, porque los fascistas están sueltos en las calles en este momento, y no va a tener a los militares de su lado, que están del lado de Bolsonaro. Por otra parte, si algo fatal pasara con Bolsonaro, su vicepresidente es general. Es decir, los militares están seguros. No se habla de la enfermedad de Bolsonaro, hay un misterio enorme. Si algo le pasara, tiene un vice que es aún más agresivo en su discurso. Esta lógica de los militares, de regresar a la política por vía democrática, es lo que me preocupa. La Argentina, de alguna manera, eliminó esa posibilidad a través de una transición en que los militares fueron a prisión. En Brasil no; en Brasil los militares condicionaron la transición hasta hoy. Ahora dicen que no son ciudadanos de segunda clase y que quieren intervenir en la política. Y lo están haciendo a través de Bolsonaro y su vice.

–¿Qué sucede con los partidos de izquierda brasileños?

–Creo que en Brasil la unidad de las izquierdas podría haber sido distinta de lo que fue, y tal vez un candidato como Ciro Gómez podría ser mejor candidato que Haddad, porque la demonización del PT fue muy fuerte. Ciro Gómez fue ministro de Lula pero no era del PT. Por la situación, creo que en este momento la lucha no es “izquierdas del mundo, unidos”, sino “demócratas del mundo, unidos”. Si la extrema derecha llega a la presidencia, lo que va a crear no es un fascismo de tipo antiguo, sino un fascismo de tipo nuevo, esto es, reducir la democracia a lo mínimo, con mucha exclusión social y mucha represión. Es por eso que hay dos cosas en Bolsonaro muy importantes: el terror y la ideología. Las dos son fuertes. El régimen puede ser formalmente democrático, pero la sociedad es cada vez más fascista. Se disemina un fascismo social y se impulsa la lógica de la guerra civil.

–Sostiene que “la tragedia de nuestro tiempo es que la dominación está unida y la resistencia está fragmentada”. ¿Le parece que esto explica, en parte, el presente de Brasil?

–El drama es que el caso brasileño muestra muy claramente que la derecha se sirve de la democracia pero no quiere servir a la democracia. Si le es útil bien, sino demonizan, hacen golpes y pueden destruirla. Por eso he dicho que las izquierdas en su pluralidad son las que pueden garantizar, en este siglo reaccionario que tenemos, la defensa de las democracias. Pero la fuerza de las fuerzas de derecha es tan grande que las izquierdas tienen una dificultad enorme para discutir sus diferencias y buscar una alternativa. En este momento vemos en Brasil que todos se juntan a defender a Haddad, que es correcto, pero hay que hacerlo sin condiciones. No es de esperar que haya una renovación o repensar las izquierdas en este contexto, porque hay que defender lo mínimo, que es la democracia. Necesitamos que la izquierda defienda la democracia, y para defenderla eficazmente, la izquierda tiene que transformarse. Tiene que articularse con los movimientos sociales antisexistas y antirracistas, los sindicatos tienen que estar unidos con los otros movimientos, y los partidos tienen que convertirse en movimientos con democracia participativa interna, que es la única que nos puede defender de la corrupción, porque la corrupción fue muy grande dentro del PT. Una cosa es la corrupción para hacer campaña política y otra cosa para tener un departamento, como se dice del caso de Lula, que se tiene que probar judicialmente. Ahora, que hubo corrupción, hubo corrupción. La izquierda debe que decir “corrupción cero”; no puede haber un gobierno de izquierda con un mínimo de corrupción. Y aquí hay una esperanza porque Haddad es dentro del PT el político que representa lo más honesto. En esta renovación de la que hablo hay que discutir las diferencias y unirnos las izquierdas y lo que es común sin dejar de tener las identidades, como estamos haciendo en Portugal. Se está intentado la unión de las izquierdas, pero sabemos que las condiciones defensivas lo hacen muy difícil. Ahora en Chile hay un Frente Amplio (FA); es interesante. Es decir, se están intentando unir en otra base. Es un proceso histórico largo. Nosotros estamos impacientes, pero la historia tiene mucha paciencia.


–Se dice que en Brasil la iglesia evangélica salió a apoyar abiertamente a Bolsonaro. ¿Se la puede considerar un actor con capacidad de movilizar masas?

–La iglesia evangélica en la Argentina y Brasil son dos fases del mismo proceso. Avanza siempre por cuestiones que tienen que ver con la familia, la sexualidad, el aborto, etc. Pero cuando tiene bastante poder, toma una posición política global, ya no es el aborto, es el candidato más fascista y más reaccionario que puedan imaginar. Y lo vemos ahora en su fase más avanzada de las iglesias evangélicas en Brasil, que han dicho muy claramente que están detrás de Bolsonaro y lo financian, lo promueven. O sea ya no es una política de orientación sexual, de derechos de las mujeres, o derechos reproductivos, ahora es la política global que pone en claro su blanco fundamental: una economía neoliberal, abierta y a la disposición de los Estados Unidos. Las iglesias evangélicas están muy conectadas con las iglesias evangélicas de los Estados Unidos, como en África, son ellas las misioneras del neoliberalismo global y obviamente, por implicación, del imperialismo norteamericano. Empiezan por cuestiones no políticas, la familia, la concepción, por ejemplo, hasta que llega un momento en el que adquieren fuerza, y dicen “este es el candidato”, y entonces entran directamente a la política.

–¿Qué sucede con la Iglesia Católica?

–La Iglesia Católica se quedó paralizada en todo este proceso. Muy tardíamente, ahora con el papa Francisco, intenta animar a decir, por lo menos, que no se debe votar por Bolsonaro, o que se debe votar para defender la democracia. Pero la iglesia católica está desarmada. Esto fue un proceso histórico que viene desde el papa Juan Pablo II de desarmar la Teología de la Liberación y armar la Teología de la Prosperidad. La primera era católica, la segunda es evangélica. Cayó la primera, subió la segunda. La gente necesita de religión, la católica se debilitó en los barrios y la periferia, y las evangélicas entraron.

–A pocos días de la segunda vuelta en Brasil, ¿más esperanza que miedo, o más miedo que esperanza?

–Más miedo que esperanza. Lo que hay que notar es que Brasil está testeando instrumentos que pueden ser útiles al mundo en general. Por ejemplo, acaban de hacer una petición internacional a Google y Facebook sobre el WhatsApp. Se mostró claramente que solamente el ocho por ciento de la red de Whatsapp que fue por Bolsonaro vehiculó verdades, ocho por ciento, probado por análisis de técnicas bien hechas en Brasil. Entonces solicitaron a Facebook y a Zuckerberg que limiten las posibilidades de extensión de esto, pero Facebook y Whatsapp están diciendo que es demasiado tarde, que no se puede; no quieren hacerlo. En India, cuando sucedió la ola de masacres por culpa de noticias falsas que corrieron por WhatsApp, éste pudo limitar la divulgación de las noticias falsas. Brasil es una prueba fabulosa para esto, y muy inquietante. Como diría el gran poeta portugués Fernando Pessoa, es un tiempo de inquietud, que va a pasar. Pero hay que decirle a la gente que está en la lucha, luchen. Hay energías de la sociedad brasileña que están emergiendo ahora. Me dirán, ¿demasiado tarde? No sé... Vamos a ver.

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Sábado, 20 Octubre 2018 17:11

Lula, de vegetariano a carnívoro

Santiago Ibañez

En los últimos meses, Brasil ha puesto sobre la mesa que la política siempre es “más compleja”. El estallido del Lava Jato y la lucha anticorrupción empoderaron a una parte de la Justicia pero, lejos de mejorarla, erosionaron la ya débil democracia brasileña; la presidenta Dilma Rousseff comenzó su segundo mandato con un programa volcado hacia el neoliberalismo y terminó destituida en medio de acusaciones de comunismo; la ley de “ficha limpia”, aprobada durante el gobierno de Lula, acabó por cerrarle el paso a la candidatura presidencial. Es difícil reducir lo que ocurre en Brasil a una “proscripción” del ex presidente obrero, pero tampoco se puede dejar de advertir la saña de una parte de las elites contra el Partido de los Trabajadores, y sobre todo contra lo que representa, junto con la debilidad de las pruebas en el caso por el que se lo condenó.

Lula, que alguna vez fue considerado parte de la “izquierda vegetariana” –“me encanta ese tipo”, dijo Barack Obama– terminó considerado por muchos como la encarnación de la “izquierda carnívora”. La lucha de clases soft que durante su gobierno mejoró la situación de los de abajo sin quitarles a los de arriba terminó por ser considerada intolerable para las elites. El caso de Brasil confirma que las clases dominantes sólo aceptan las reformas si existe una amenaza de “revolución”, y la llegada al poder del PT estuvo lejos de la radicalización social. En todo caso, la experiencia petista terminó exhibiendo unas relaciones demasiado estrechas entre el gobierno y una opaca “burguesía nacional” (como frigoríficos o constructoras) que debilitaron su proyecto de reforma moral de la política.

Sin que se haya producido el ascenso de una alternativa “antipolítica” emergente desde el Poder Judicial, como podría haber sido la candidatura del juez Sérgio Moro, una parte de la población se vio seducida por la “antipolítica” de ultraderecha con resonancias militares de Jair Messias Bolsonaro, que hace campaña con biblias y balas y reivindica sin complejos la dictadura del 64.

Sin embargo, finalmente el nuevo escenario parece propicio para una resurrección del “lulismo”: con un presidente sin popularidad (Michel Temer cuenta con la aprobación de un escaso 4%), sin candidatos moderados fuertes y con un Lula que aún encarna un “momento feliz” de Brasil, el postulante del PT Fernando Haddad hoy no sólo “es Lula” –y hasta imita su voz ronca en un spot– sino que representa una opción democrática contra el autoritarismo, moderada contra el extremismo violento, feminista contra la misoginia y diversa contra la discriminación. Al mismo tiempo, la promesa de un “Brasil feliz de nuevo” revela las dificultades para proponer imágenes de futuro, en un contexto de crisis intelectual y programática de los progresismos latinoamericanos.

*Jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad.
© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

Miércoles, 17 Octubre 2018 06:40

Bolsonaro es una creación de la clase media

Bolsonaro es una creación de la clase media

El 17 de marzo de 2016 la pediatra María Dolores Bressan envió un mensaje a la mamá de Francisco, un niño de un año, diciéndole que renunciaba "con carácter irrevocable" como pediatra de su hijo porque ella y su esposo "forman parte del Partido de los Trabajadores (él, del PSOL)".


Su comportamiento fue avalado por el Sindicato Médico de Rio Grande do Sul, cuyo presidente dijo que esa actitud le hizo ganar su "admiración" y que ella debe estar orgullosa por la decisión tomada


Ese año en la ciudad de Brasilia escuché, en diferentes espacios, un relato que me dejó perplejo. Una madre salía del cine abrazada a su hija, en un shopping lujoso de clase alta. Fueron golpeadas porque las confundieron con lesbianas.


En el mismo período, el comandante de un vuelo de Avianca que salía de Salvador, llamó a la Policía para expulsar al actor Érico Brás por considerarlo una "amenaza" para los demás pasajeros. Brás es un conocido actor de la Red Globo, pero es negro y mantuvo una discusión por el lugar donde debía colocar las maletas su esposa, también negra, porque no había espacio suficiente. El actor dijo que fue "tratado como un terrorista". Ocho pasajeros salieron del avión en solidaridad en un acto que fue calificado como racista, por el tono y los modales de la tripulación.


La exposición Queermuseu — Cartografías de la Diferencia en el Arte Brasileño, que llevaba un mes en cartel, en setiembre de 2017, en el centro Santander Cultural en Porto Alegre, fue cancelada por el banco que la auspiciaba por el vendaval de reproches que recibió en las redes sociales. Los críticos acusaban a la muestra artística de "blasfemia" y de "apología de la zoofilia y la pedofilia".


Se trataba de 270 obras de 85 artistas que defienden la diversidad sexual. Las críticas provinieron del Movimiento Brasil Libre (MBL). En un comunicado, el Santander llamó a reflexionar "sobre los retos a los que nos debemos enfrentar en relación con las cuestiones de género, diversidad y violencia". Pero la amenaza de boicot pudo más que cualquier razonamiento.


Todos estos hechos, a los que podrían sumarse una enorme cantidad de otros muy similares, sucedieron mucho antes de la campaña electoral, cuando Jair Bolsonaro era un personaje poco conocido por los brasileños. Mi propuesta es entender que la sociedad fue virando hacia la derecha, lentamente primero, de modo exponencial desde las manifestaciones de junio de 2013 que comenzaron como una protesta contra el aumento del transporte urbano, organizadas por grupos juveniles de izquierda.


La derecha militante, formada por pequeños grupos de clase media, sobre todo estudiantiles, comprendió que había llegado su oportunidad para salir de la marginalidad política y se volcó a la calle ante la pasividad de la izquierda gubernamental, en particular del PT y los sindicatos.


Hasta ese momento los grupos de derecha eran minoritarios, pero ya no marginales.


Antes de junio de 2013, una nueva derecha había ganado los centros de estudiantes de universidades estatales como Minas Gerais, Rio Grande do Sul y Brasilia, espacios donde antes dominaba la izquierda. En 2011, la derecha ultra convocó a marchas contra la corrupción en 25 ciudades, siendo la de Brasilia la más numerosa con 20.000 personas con el apoyo de la Orden a Abogados de Brasil (OAB). Recién en 2014 nacen los grupos que convocaron a millones por la destitución de Dilma Rousseff: Movimento Brasil Livre, Vem Pra Rua y Revoltados On Line.


Luego del triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones, las agresiones de sus partidarios estallaron en todo el país, pero principalmente en el sur y en el estado de Sao Paulo. El caso más grave fue el asesinato del maestro de 'capoeira' de 63 años, en Salvador, que recibió doce puñaladas de un partidario de Bolsonaro por identificarse con su adversario.


En apenas una semana se registraron hasta 50 agresiones contra gays y lesbianas, contra negros y mulatos y contra personas que llevaban pegatinas de la izquierda.


Las agresiones y la intolerancia provienen de las clases medias angustiadas ante la posibilidad de perder sus privilegios de color, de clase y de género. Los agresores suelen ser varones blancos, que viven en barrios 'nobles', como se llama en Brasil a los barrios de clase media para distinguirlos de las favelas y los barrios plebeyos.


En una sociedad fuertemente estratificada, con una potente herencia colonial, las nuevas clases medias necesitan diferenciarse de los pobres y se identifican con los más ricos. Porque saben que su repentino y reciente ascenso es frágil y temen deslizarse, en medio de la crisis, cuesta abajo hacia los estratos de los que provienen.


Por eso se aferran a algo, como el náufrago se aferra a una madera que ahora lleva el nombre de 'orden' y 'seguridad', en una sociedad violenta que es la más desigual del mundo.
Esta nueva derecha no puede combatirse con argumentos ideológicos, ni aplicándole adjetivos como "fascista" que solo entiende una minoría militante formada en universidades. La clave está en la disputa viva de la vida cotidiana. Eso es lo que vienen haciendo en las últimas décadas las iglesias evangélicas y pentecostales, con un éxito sorprendente.


Defienden un patriarcado fundamentalista, con la intención de retrotraer las relaciones sociales al siglo XIX. Han levantado miles de templos, sobre todo en los barrios pobres y favelas, desde donde proclaman sus verdades y han jugado un papel destacado en el crecimiento de la nueva derecha.


Los pentecostales atacan la cultura negra para disciplinar a los más pobres, que encuentran en las religiones de origen africano formas de relacionarse sin mediaciones, horizontales y con cierta autonomía en espacios propios, como los 'terreiros'. En apenas cinco años, las denuncias por "intolerancia religiosa" crecieron 4.960%, de 15 en 2011 a 759 en 2016.


Atacan también a gays y lesbianas y a quienes defienden el aborto. Con una masa de 42,3 millones de personas —22% de la población—, los evangélicos son determinantes en las elecciones brasileñas. Tienen mucha más responsabilidad en el viraje derechista de los brasileños que el propio Bolsonaro, quien, sin embargo, se ha beneficiado de esa inflexión reaccionaria.

 

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Jair Bolsonaro y sus colaboradores con el lema de campaña: Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos.

La investigadora franco-marroquí habla de cómo funciona la lógica de la “teología de la prosperidad” en el vecino país. Los evangelistas están en todas las esferas de poder: en el aparato judicial, en la política, en la policía.

La ficción es una disciplina que depende de la realidad. Esta, a veces, suele ser más impresionante que todas las ficciones juntas. El Brasil que está a punto de elegir a Jair Bolsonaro como próximo presidente de la República es una de las historias reales más ficticias que se puedan conjeturar. La periodista franco marroquí y especialista de América Latina Lamia Oualalou la cuenta desde su más insólita raíz: el movimiento evangélico que se apoderó del primer país católico del mundo y, desde allí, mucho antes de las elecciones presidenciales,derrotó a la izquierda brasileña en la intimidad de los templos de las múltiples iglesias evangélicas que pululan en el país. Su investigación periodística publicada en francés por les Editions du Cerf, Jésus t’aime, (Jesús te ama) es la crónica resplandeciente y rigurosa de un movimiento de vagos arraigos teológicos que fue trepando por la columna vertebral del país humilde y periférico abandonado por el Estado, la Iglesia Católica y la misma izquierda. La nación que en los años 60 vio nacer la teología de la liberación perdió ante lo que la autora llama “la teología de la prosperidad” y sus elocuentes y disparatadas escenificaciones: la Juda Cola remplaza a la Cola Cola, Bolsonaro es un un santo al lado de Satanás, es decir, el PT, los pastores de las iglesias evangélicas son los nuevos millonarios del Brasil y los propietarios de los principales medios de comunicación que pusieron al servicio del candidato que salió a la cabeza de la primera vuelta.


Lejos de las radiografías fáciles, la investigación periodística de Lamia Oualalou demuestra que el auge del evangelismo es una forma de respuesta a la ausencia del Estado, que su arraigo en la urbanidad periférica responde al alejamiento de la Iglesia Católica de esas áreas y que su pavorosa influencia política se apoya en el abandono de las clases más vulnerables por parte de una izquierda que las dejó huérfanas. Jesús Te ama es un libro oriundo de la raíz más profunda del Brasil, donde la periodista (Le Figaro, Mediapart, Europe 1, Le Monde Diplomatique) vivió muchos años. En esta entrevista con PáginaI12, Lamia Oualalou recorre el camino paradójico de una doble victoria, la de los evangelistas y Bolsonaro, paralela a la derrota de la izquierda y de la Iglesia del papa Francisco.


–Con los resultados de la primera vuelta de las elecciones en Brasil y el peso considerable que han tenido en ella los evangelistas ¿se puede decir que hay una expansión del evangelismo en América Latina?


–Sí hay una expansión en México, en Argentina, en Chile. En Brasil vemos la consecuencia de la influencia de los evangelistas directamente en las elecciones: los pastores evangelistas llamaron a votar por Bolsonaro. Hoy tenemos una buena parte de la población brasileña que no sólo es evangélica sino que también sigue lo que le dice el pastor. Esto ha tenido y tendrá un impacto muy complicado porque el PT no sabe hablar con los evangélicos. Ese ha sido uno de los grandes errores que ha cometido en el pasado.


–Usted demuestra en su investigación que esa expansión del evangelismo es una respuesta a la ausencia del Estado…y algo más.


–Hubo varios factores combinados. Por un lado, poco a poco la Iglesia Católica fue desapareciendo de los lugares más populares, sobre todo de las nuevas ciudades y las favelas que se crearon con una velocidad enorme después de los años 70. La Iglesia Católica tiene aquí un problema de presencia urbana: en las favelas y las ciudades emergentes la Iglesia Católica no entra. En ese mundo suburbano, pobre, con gente oriunda por ejemplo del Nordeste, no hay lugares de sociabilización. Lo único que existe es el templo evangélico: allí pueden cantar, hacerse de amigos, dejar a sus hijos. No están presentes ni el Estado con sus ayudas (salud, trabajo, educación), ni la Iglesia Católica, pero sí los evangelistas que suelen prestar algunos de esos servicios. Los evangelistas, en Brasil, ocuparon el espacio del Estado con el consiguiente impacto cultural y político que ello acarrea: la gente sólo escucha la radio evangélica, ve la televisión evangélica, acude a los grupos evangélicos de Facebook y WhatsApp. La gente vive encerrada en ese mundo. Y claro, viven en ese círculo porque los partidos y movimientos progresistas, el PT por ejemplo, abandonaron a esta gente. Al final, lo que ocurrió es que se cortaron los puentes para dialogar con la gente humilde.


–¡Qué enorme y dolorosa paradoja!:Brasil fue la tierra donde se forjó la Teología de la Liberación y hoy se ha vuelto la cuna del evangelismo, al que usted define como una “teología de la prosperidad”.


–La lógica de la teología de la prosperidad es fascinante porque le dice al miembro de la Iglesia que, básicamente, tiene derecho a todo: a la salud, a una buena vida material. ¡ Y eso ahora mismo y no en la próxima vida !. Y si no lo tiene ya es porque no sabe exigir. Esto implica un cambio con respecto a la relación con Dios: Dios tiene que darte eso y sólo tienes que saber pedírselo. Y para pedírselo debes formar parte del grupo evangélico, pagar y rezar. Y al final, de alguna forma funciona: cuando los evangelistas dicen “deja de beber y vas a encontrar un trabajo”, la gente termina trabajando más y mejor sin estar borracha. Por eso la gente termina viendo que hay un impacto positivo en su vida, aunque lo que obtengan sea mínimo.


–La izquierda brasileña parece que tampoco entendió el tema de la teología de la prosperidad.


–No, claro que no y eso ha sido otra tragedia. La izquierda interpretó la teología de la prosperidad de forma muy básica. La leyó únicamente como una adaptación del neoliberalismo. Es cierto que hay una parte de consumismo, pero también existe una fuerte lógica de solidaridad. Hoy se pagan las consecuencias: lo que empezó con Dios se convirtió en un enorme movimiento moralista, anti PT, anti intervención del Estado.


Los evangelistas están en una lógica de consumo capitalista. No obstante, es preciso resaltar que ese era el discurso de todo el país. Incluso en los años de Lula se decía “ahora todos los brasileños pueden ser ciudadanos porque tienen acceso a una tarjeta de crédito” (Guido Mantega, ex ministro de Hacienda). Para mucha gente, los años de Lula le dieron más legitimidad a la teología de la prosperidad. Ese discurso se apoderó de todo el país. El evangelismo también es una forma de ascenso en la escala social. Ni el trabajo, ni la política ni el sindicalismo lo permiten.


–Los evangelistas hicieron un trabajo de penetración sector por sector: sedujeron a los deportistas, a los actores, a los surfistas, a la policía, al crimen organizado, etc, etc. Sectorizaron su expansión.


–De hecho no hay una Iglesia evangélica sino muchas. Su único punto en común es la fuerte personalidad de los pastores. Los evangelistas tienen una visión de marketing sobre la sociedad. Hacen una Iglesia que interesa a la gente que juega al futbol, otra Iglesia para los gays porque están excluidos, otra Iglesia más rigurosa y una más permisiva. Esto termina teniendo una fuerza increíble porque siempre acabas encontrando una Iglesia a tu gusto. Están igualmente en todas las esferas de poder: en el aparato judicial, en la política (tienen 90 diputados), en la policía. Si van a la página de la policía militar verán que una parte de las ayudas sociales están organizadas por los evangelistas. Hasta son mayoritarios en las cárceles. En Río de Janeiro, de las 100 representaciones religiosas que están presentes en las cárceles 92 son evangélicas. El Estado lo permite porque ha perdido si capacidad de intervención..


–Con Bolsonaro y sus respaldos evangélicos estamos ante una doble derrota: la del PT y la del Papa Francisco.


–Creo que cuando vino a Brasil el papa Francisco se dio cuenta de que era demasiado tarde. Las imágenes del viaje del Papa con millones y millones de personas correspondían a barrios católicos. Cuando les preguntaba a los evangelistas qué pensaban de Francisco, muchos de ellos no sabían quién era el Papa. Y estamos hablando del primer país católico del mundo. Además, para no perder terreno, una parte de la Iglesia Católica termina en muchos casos imitando a la Iglesia Evangélica. El Papa tuvo que aceptarlo. La única manera de cambiar la situación actual es con un trabajo de terreno. Pero la gente que está en Brasil fue nombrada por los dos papas anteriores (Benedicto XVI y Juan Pablo Segundo) y hoy no repercute lo que ordena Francisco. Derrota también del PT, claro. Como la izquierda brasileña abandonó a las poblaciones pobres esta población se fue cada vez más a la derecha. Encima la campaña se articuló en torno a WhatsApp, detalle que el PT tampoco entendió.


–En suma, Bolsonaro no estaría donde está sin los aportes de los evangelistas. Estos derrotaron al PT en los templos antes de las elecciones.


–El entendió muy bien cómo hablar con ellos. No es evangélico (su mujer sí) pero aceptó toda una parte del circo evangélico: pidió a un Pastor que lo bautizara y acude con frecuencia a los actos evangélicos. En este momento de crisis y de miedo él viene con este discurso de orden, de matar a los bandidos. A esto se le agrega el trabajo de demonización del PT que emprendieron los pastores. En los templos se dice que la crisis y la recesión son culpa de satanás, y ese satanás es el PT. Presentan al PT como si fuera un partido radical cuando en realidad es de centro- izquierda. Distribuyen una retórica que nada tiene que ver con la realidad y la gente cree. Además, los evangelistas trabajaron el tema de los medios. La segunda televisión del país es propiedad de Edir Macedo, el Obispo de La Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD). Macedo puso todo su aparato mediático al servicio de Bolsonaro. El poder de Bolsonaro va a depender mucho del poder de los pastores evangelistas. El PT intenta a la apurada acercarse a ese electorado, pero es tarde. Lo que habría que hacer es deconstruir la imagen de los pastores y demostrar que son bandidos, que son las principales fortunas del país. Pero esto no se lleva a cabo en un par de semanas.

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Trump pierde la guerra sexual y gana la judicial

La confirmación del juez Brett Kavanaugh en la Suprema Corte alteró la correlación de fuerzas cuando el Poder Judicial se encuentra en manos de una mayoría de cinco jueces conservadores, del total de nueve –con salarios de 260 mil dólares al año–, lo que explica la feroz batalla que se libró con todo tipo de "armas sexuales" que epitomizan la pornocracia de EU (http://bit.ly/2A6O6xv).

El hipotético caso de un impeachment por el Congreso puede ser rechazado por la Suprema Corte, donde Trump cuenta ya con mayoría, de acuerdo con las reglas de la caníbal democracia de EU.

The Wall Street Journal, asociado a Fox News –que apoya a Trump– reveló que las manifestaciones en el Capitolio en contra del nombramiento del mancillado juez Kavanaugh fueron financiadas por el mega-especulador George Soros (https://on.wsj.com/2A7Vf0O).

Sólo Dios sabe si el imputado acosó sexualmente a Christine Blasey Ford hace 36 años, en su época preparatoriana.

Lo que sí sabemos los humanos es que el clan de los Clinton se cobró 20 años después la vendetta de la factura contra Kavanaugh, quien había redactado el caso del "vestido azul" de la "becaria" Lewinsky.

Se trata(ba) de desprestigiar aún más a Trump y al Partido Republicano como una caterva de degenerados, a unos días de las elecciones intermedias del 6 de noviembre: susceptibles de trastocar los órdenes doméstico/regional/global.

Mucho dependerá qué tanto daño causó la demolición sexual del juez Kavanaugh y del mismo disoluto Trump, quien con tantos escándalos sicalípticos hasta parece estar blindado, como sucedió con Mitrídates, rey del Ponto en 160 AC, quien de tanto ingerir veneno en pequeñas dosis consiguió su inmunidad tóxica.

Estamos a 22 días de saber si la votación favorable para el juez Kavanaugh en el Congreso, con bendición expedita de la FBI, tendrá un efecto desfavorable para el Partido Republicano o, al contrario, repercutirá con un sonoro bumerán.

El Partido Demócrata centró sus ataques en los presuntos acosos sexuales de Kavanaugh –impugnados por el movimiento #Metoo, relevante en el caso del cineasta Harvey Weinstein (http://bit.ly/2A6ZfhM), íntimo de la cábala de los Clinton–, mientras el Partido Republicano se confinó como defensor de la "presunción de la inocencia": inalienable derecho democrático.

Aquí el Partido Demócrata cometió un el error jurídico al pretender que una acusación, sea cierta o falsa, equivale a una condena inapelable, omitiendo la legítima defensa del impugnado.

The Economist, de los banqueros esclavistas Rothschild, dio vuelo al movimiento #MeToo “Sexo y Poder (https://econ.st/2A6Yrte)”, que tiene todos los derechos democráticos para denunciar, pero sin perder de vista los sacrosantos elementos de defensa y de presunción de la inocencia: cuando se puede caer en la ultrajante injusticia de que se es culpable hasta no demostrar que se es inocente.

El 6 de noviembre se reconfigurará la cartografía. Trump, más que su etéreo impeachment, se juega su relección: un verdadero referéndum.

Hoy la sociedad de EU parece dividirse más en una "guerra de sexos" que en su verdadera disparidad económica, profundizada dramáticamente.

NYT expone los fuertes lazos de los bancos y las corredurías con los candidatos del Partido Demócrata, según cifras de Center for Responsive Politics, y que han superado a los supuestamente pudientes del Partido Republicano (https://nyti.ms/2QK3NAn).

Los omnipotentes financieros del Partido Demócrata son George Soros, de 88 años, y el "judío-episcopalista" Tom Steyer, de 61 años, entrenado en Morgan Stanley y Goldman Sachs, y dueño de Farallon Capital con 20 mil millones de dólares.

Wall Street también juega con sus "supercomputadoras" de High Frequency Trade que pueden redireccionar el voto, como avisó con su abrupta caída de 800 puntos que luego rebotó.

¿Los Demócratas apuestan a las finanzas de Wall Street, mientras los republicanos lo hacen con el petróleo?

Vienen 22 días escalofriantes.

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Sábado, 13 Octubre 2018 06:28

Un huracán llamado Bolsonaro

Un huracán llamado Bolsonaro

El ascenso vertiginoso de la ultraderecha tiene raíces históricas, sociales y culturales que es necesario desentrañar para ir más allá de los adjetivos. Las elites dominantes han abandonado la democracia como instancia de negociación de intereses opuestos y parecen encaminarse hacia un enfrentamiento radical con los sectores populares. En Brasil esto significa una guerra de clases, de colores de piel y de géneros, donde las mujeres, los negros y los pobres son el objetivo a batir. 

 

La arrasadora victoria de Jair Messias Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas, es el mayor tsunami político, social y cultural que ha vivido este país en su historia. Si dejamos de lado las posturas elitistas y conspirativas, debemos aceptar que la gente sabía a quién votaba, que no lo hicieron engañados ni presionados. Más aún, esta vez los grandes medios no jugaron a favor del candidato ultraderechista, difundieron sus bravatas y no escatimaron críticas.


Para completar este breve cuadro, debe saberse que Bolsonaro tuvo muy poco tiempo en los espacios gratuitos de la tevé, los que en otras ocasiones cambiaron las preferencias electorales. Por pertenecer a un pequeño partido sin casi representación parlamentaria (el PSL, Partido Social Liberal), debió utilizar las redes sociales, donde tuvo una performance muy superior a la de los demás postulantes. Se presentó como el candidato antisistema aunque lleva 27 años como diputado, y consiguió captar los sentimientos en contra del establishment de la mayoría de los brasileños.


Bolsonaro surfeó y alentó la ola social conservadora, machista y racista, pero no fue el hacedor de esos sentimientos. Los aprovechó porque coinciden con su forma de ver el mundo.
La tormenta política del domingo pasado llevó hasta las instituciones a personajes desconocidos, como Eduardo Bolsonaro, el hijo, que reunió 1,8 millones de votos para lograr su banca de diputado, la mayor votación para ese cargo en la historia del país. La desconocida abogada Janaina Paschoal, que fue una pieza clave en la destitución de Dilma Rousseff en 2016 (fue una de las autoras del pedido de impeachment contra la expresidenta), fue electa con el mayor caudal de votos que se recuerda para su cargo de diputada estatal, en el estado de São Paulo. Kim Kataguiri, un joven impresentable animador del Movimiento Brasil Libre (MBL) que llenó las calles en 2015 y 2016 contra el PT, fue electo por el derechista Demócratas (DEM) y aspira a presidir la Cámara de Diputados federal.


EL CENTRO DERROTADO


La derecha en su conjunto consiguió 301 de los 513 escaños de la cámara baja (véase nota en página 13), un aumento sustancial, ya que en 2010 tenía 190 diputados y en 2014, 238. La izquierda perdió uno respecto a las elecciones de 2014: obtuvo 137 diputados, pero en 2010 había alcanzado 166. El gran derrotado fue el centro, que cayó a 75 escaños, de 137 en 2014. Entre los partidos, el MDB de Temer y el PSDB de Fernando Henrique Cardoso son los grandes derrotados con apenas 31 y 25 diputados respectivamente. Hubo además una proliferación de nuevos partidos con escasa representación, pero que en su conjunto suman 95 escaños, la mayoría de la derecha (la organización de los datos anteriores, en las categorías “izquierda”, “centro” y “derecha”, fue hecha por el Centro de Estudios de Opinión Pública de la Universidad Estatal de Campinas y fue publicada por el Observatório das Eleições)

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Las tormentas tienen resultados como el que mostró la primera vuelta: no dejan nada en su lugar, sacan a la superficie aquello que estaba sumergido y, tras el desolador panorama del día después, enseñan las heces que nadie quería ver. Pero muestran también que, debajo y detrás de las heridas, hay caminos posibles que las fuerzas institucionales y sus acomodados analistas se niegan a transitar.


El día después enseña varios hechos que deben ser desmenuzados para avizorar lo que puede depararnos el futuro inmediato: el ¡Ya Basta! que pronunció la sociedad en 2013, la herencia de la dictadura militar, el fin del lulismo y las limitaciones de la izquierda para afrontar los nuevos escenarios.


EL FACTOR JUNIO 2013


Fue el momento decisivo, el que formateó la coyuntura actual, desde la caída de Dilma hasta el ascenso de Bolsonaro. Junio de 2013 comenzó con manifestaciones del Movimiento Pase Libre (MPL) contra el aumento de las tarifas del transporte urbano, que consiguió movilizar alrededor de 10 mil personas. Se trata de una agrupación juvenil formada en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, que encarna a los jóvenes estudiantes de las ciudades y tiene formas de organización y movilización horizontales y festivas.


La reacción de la policía militar fue, como siempre, brutal. Pero esta vez la población de las grandes ciudades sorprendió a todos, al salir a las calles por cientos de miles y hasta millones. A lo largo del mes, 20 millones ocuparon las calles en 353 ciudades. Fue un evento fundamental de la historia reciente de Brasil, que mostró los altos niveles de descontento y frustración social pero, a la vez, la potencia transformadora que anidaba en la sociedad.


El PT no entendió que se trataba de un clamor pidiendo más: más inclusión, mejores servicios sociales, más igualdad, exigiendo un paso más en las políticas sociales que se venían aplicando, lo que implicaba tocar los intereses del 1% más pudiente del país. El gobierno y su partido retrocedieron espantados, sin comprender que podían ponerse al frente las multitudes para desbloquear un sistema político que jugaba a favor de las elites.


Suele sucederle a los que están arriba, que los murmullos de abajo los inquietan, porque sueñan con la paz social para seguir representando a los ausentes. En efecto, la representación es un teatro que sólo funciona si los representados ocupan las sillas para que los representantes se hagan cargo del escenario.


La ultraderecha, sin embargo, supo interpretar las debilidades de la presa (el gobierno del PT), como esos cazadores contumaces, entendió los puntos flacos de la presa (la corrupción) y se lanzó con saña en una guerra de rapiña. Los resultados están a la vista. La izquierda vació las calles en junio de 2013 y se las dejó a una derecha que desde las vísperas de la dictadura (1964) había perdido toda conexión con las multitudes. El PT y el conjunto de la izquierda perdieron la única oportunidad que habían tenido de torcerle el brazo a la derecha y las elites.


Luego vinieron las millonarias manifestaciones contra el gobierno del PT, la ilegítima destitución de Dilma, la multiplicación de los sentimientos contra los partidos y el sistema político y, finalmente, el crecimiento imparable de Bolsonaro. Es cierto que la crisis económica es el telón de fondo de todo este proceso, que polarizó aún más a la sociedad. Pero había otros caminos si la izquierda hubiera dejado los cómodos despachos para aquilatar los verdaderos dolores de la población más pobre.


LA HERENCIA DE LA DICTADURA


Brasil es el único caso en la región en el que no hubo un Nunca Más, ni juicios a los militares y civiles del régimen. Lo peor es que para buena parte de la población —además de las elites por supuesto—, la dictadura fue un buen momento económico y representó el lanzamiento de Brasil como potencia regional.


La dictadura generó importantes inversiones en obras de infraestructura, consiguió un crecimiento económico sostenido en la década de 1960 y comienzos de 1970, hasta que llegó el estancamiento. En el imaginario de muchos brasileños, fue un período positivo, tanto en lo económico como en la autoestima nacional. Fueron los años de oro de la geopolítica brasileña delineada por el general Golbery do Couto e Silva que llevó al país a tener una presencia determinante entre sus vecinos y convertirse en la principal potencia regional, al doblegar a la Argentina en la vieja competencia por la expansión de influencias.


Según el filósofo Vladimir Safatle, “la dictadura se acomodó a un horizonte de democracia formal pero en lo subterráneo estaba allí, presente y conservada. Las policías continuaron siendo policías militares, las fuerzas armadas siguieron intocadas, ningún torturador fue preso y se preservó a los grupos políticos ligados a la dictadura” (Agencia Pública, 9-X-18). En consecuencia, cuando la Nueva república nacida luego de la dictadura (1964-1985) comenzó a naufragar, el horizonte de 1964 reapareció como el imaginario del país deseable, para una parte sustancial de la población.


Como ejemplo de esta realidad, están no sólo las brutales declaraciones de Bolsonaro contra gays, lesbianas, negros e indios, sino las de importantes personalidades del sistema judicial. El nuevo presidente del Supremo Tribunal Federal, José Antonio Dias Toffoli, justifico días atrás el golpe de Estado de los militares diciendo que prefiere referirse a ese momento como el “movimiento de 1964” (iG Último Segundo, 1-X-18). Safatle asegura que “no conseguimos terminar con la dictadura” y opinó que el PT podría haberlo hecho pero ni siquiera lo intentó, pese a que Lula alcanzó un increíble 84% de aprobación cuando dejó el gobierno.


Otras consecuencias de la continuidad de la dictadura en democracia, es la composición de las instituciones del Estado. En el parlamento los sectores más reaccionarios vienen creciendo de formar sostenida desde 2010 y alcanzaron la hegemonía en 2014. El bloque ruralista que apoya el agronegocio y rechaza con violencia la reforma agraria, cuento con casi 200 diputados, mientras la bancada evangélica oscila en torno a los 76 diputados. La “bancada de la bala” (que defiende la pena de muerte y el armamento de la población) pasó de no tener ningún senador a conseguir 18 sillones de los 54 que estaban en disputa (Uol, 9-X-18).


En el mismo sentido puede registrarse la abrumadora presencia de militares en el equipo de campaña de Bolsonaro, empezando por su candidato a vicepresidente, el general Hamilton Mourão, que defiende desde la eliminación del aguinaldo hasta una nueva Constitución, pero sin asamblea constituyente. Quizá lo que mejor revela el espíritu de esta ultraderecha, son los pasos dados por Bolsonaro cuando estaba en el proceso de elegir a su vice: uno de los sondeados fue el “príncipe” Luiz Philippe de Orléans e Bragança, descendiente de familia imperial (Carta Capital, 5-VIII-18).


EL FIN DEL LULISMO


El fin del lulismo tiene dos raíces: la crisis económica de 2008 y el nuevo activismo social. La paz social era la clave de bóveda del consenso entre trabajadores y empresarios, así como de un “presidencialismo de coalición” que albergaba partidos de izquierda y de centro derecha, como el MDB de Michel Temer.


Las consecuencias de la crisis económica de 2008, que derrumbó los precios de las commodities y derechizó a las elites, sumada a las jornadas de junio de 2013 que hicieron añicos la paz social, enterraron el llamado consenso lulista. Cuando apenas había inaugurado su segundo gobierno, el 1 de enero de 2015, Dilma Rousseff se propuso calmar al gran capital a través de un ajuste fiscal que erosionó buena parte de las conquistas de la década anterior.


El descontento de la base social del PT fue capitalizado por la derecha más intransigente. Recordemos que Dilma ganó con el 51 por ciento de los votos, pero meses después su popularidad se situaba por debajo del 10 por ciento. Con el ajuste fiscal el PT perdió una base social laboriosamente construida, que se había mantenido fiel al partido durante dos décadas de derrotas, antes de llegar al poder.


Lo cierto es que el lulismo no fracasó, sino se agotó. Durante una década había proporcionado ganancias a la mayoría de los brasileños, incluyendo a la gran banca , que obtuvo los mayores dividendos de su historia. Pero el modelo desarrollista había llegado a su fin, ya que se había agotado la posibilidad de seguir mejorando la situación de los sectores populares sin realizar cambios estructurales que afectaran a los grupos dominantes. Algo que el PT aún se niega a aceptar.


En el terreno político, la gobernabilidad lulista se basaba en un amplio acuerdo que sumaba más de una decena de partidos, la mayoría de centro derecha como el MDB. Pero esa coalición se desintegró durante el segundo gobierno de Dilma, entre otras cosas porque la sociedad eligió en 2014 el parlamento más derechista de las últimas décadas, que fue el que la destituyó en 2016.


Otra consecuencia del ascenso de la derecha más conservadora, es la crisis de la socialdemocracia de Cardoso. El PSDB perdió toda relevancia, así como el MDB y el DEM que eran la base de la derecha neoliberal. El PSDB se formó en 1988 durante la transición a la democracia y la redacción de la Constitución. Junto al PT fueron los rivales más enconados de la política brasileña, pero a la vez era los dos principales partidos capaces de aglutinar una amplia colación a su alrededor, algo que le permitió a Cardoso gobernar entre 1994 y 2002.
Los resultados del candidato presidencial del PSDB, Geraldo Alckmin, el 7 de octubre, de apenas el 4 por ciento de los sufragios, enseñan la crisis del partido histórico de las elites y las clases medias blancas urbanas. Su base social emigró a Bolsonaro, por lo menos en las elecciones federales, aunque aún conserva cierto protagonismo en el estado de São Paulo, donde se asientan sus núcleos históricos. El descalabro de este sector, neoliberal pero democrático, puede tener hondas repercusiones en el futuro inmediato, independientemente de quién gane el domingo 28.


LA IZQUIERDA SIN ESTRATEGIA


Lo que se viene ahora es una fenomenal ofensiva contra los derechos laborales, contra la población negra e indígena, contra todos los movimientos sociales. Con o sin Bolsonaro, porque su política ya ganó y se ha hecho un lugar en la sociedad y en las instituciones. Cuando dice que hay que “poner punto final a todos los activismos en Brasil”, está reflejando un sentimiento muy extendido, que pone por delante el orden a los derechos (Expresso, 8-X-18).


No es un caso aislado. La ministra de Seguridad argentina Patricia Bullrich, acaba de lanzar su propio exabrupto, esta semana en una entrevista televisada, al vincular los movimientos sociales con el narcotráfico, abriendo de ese modo el grifo de la represión. Se trata de desviar el sentimiento de inseguridad hacia los actores colectivos que resultan obstáculos para implementar medidas más profundas contra las economías populares y la soberanía estatal sobre los bienes comunes.


Sobre el futuro inmediato, el cientista político César Benjamin señala: “Temo que un gobierno de Boslonaro sea peor que el gobierno militar. Hay una movilización de grupos, de masas que lo apoyan, que el régimen militar nunca tuvo. Una vez que llegue a la presidencia, un hacendado de Pará puede entender que llegó la hora de lanzar sus pistoleros, un policía que participa de un grupo de exterminio entenderá que puede ir más lejos”. Concluye con una frase lapidaria: “El sistema vigente de los años 80, especialmente desde la Constitución de 1988, ya no existe más” (Piauí, 8-X-18).


Cuando la izquierda apostó todo a una democracia claramente deficiente, sucedieron dos cosas. Primero, se evidenciaron sus dificultades a la hora de moverse en el borde de los cauces institucionales, como lo hacen todos los movimientos sociales. Hacerlo, significaría poner en riesgo los miles de cargos estatales y todos los beneficios materiales y simbólicos que conllevan. En cierto sentido enseñó su incapacidad de cambiar su estrategia, cuando la derecha sí lo hizo.


Segundo, optar por este camino suponía no tomar en cuenta que para los sectores que la izquierda dice representar, como los jóvenes y las mujeres de las favelas —los más atacados por el sistema del “orden”—, nunca hubo democracia verdadera. Estos sectores se ven forzados a moverse en el filo de la legalidad, porque, usando un concepto de Fanon, en la “zona del no-ser”, donde los derechos humanos son papel mojado, la sensatez les dice que no pueden confiar en las instituciones estatales. La impunidad del crimen de Marielle Franco habla por sí sola.


Limitarse al terreno electoral es suicida para un movimiento de izquierda, cuando del otro lado están rifando las libertades mínimas. Entre la lucha armada de los 60 y la adhesión ciega a elecciones sin democracia, hay otros caminos posibles. Los que vienen transitando tantos pueblos organizados para recuperar la tierra, cuidar la salud, el agua y la vida. Si algo nos enseña el Brasil de estos años, es que hace falta tomar otros rumbos, no limitados a la estrategia estatista, probablemente inciertos, pero que tienen la virtud de abrir el abanico de posibilidades.

 

Por Raúl Zibechi
Brecha

 

Publicado enInternacional
Viernes, 12 Octubre 2018 06:11

La urgencia de buscar nuevos caminos

La urgencia de buscar nuevos caminos

La abrumadora votación que recibió Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas, que lo colocan en las puertas de la presidencia, son una buena oportunidad para que las personas de izquierda reflexionemos sobre la necesidad de transitar nuevos caminos. No alcanza, por tanto, limitarse a denunciar lo que ya sabemos: el carácter militarista, autoritario y ultraderechista del candidato. Hay que explicar porqué medio país lo vota y qué implicaciones tiene para el proyecto emancipatorio.

Brasil vive una profunda fractura de clase, de género y de color de piel que se expresa de forma nítida en los partidos de la derecha, que han delineado sus objetivos de forma clara y transparente: quieren instalar una dictadura pero manteniendo el sistema electoral. La izquierda cree en una democracia inexistente, asentada en una imposible conciliación de clases. Si Bolsonaro es fascista, como dicen el PT y sus intelectuales, debemos recordar que nunca fue posible derrotar al fascismo votando. Hace falta otra estrategia.

La otra es la fractura geográfica: un país dividido entre un sur rico y blanco y un norte pobre y negro/mestizo. Lo curioso es que tanto el PT como los principales movimientos sociales nacieron en el sur, donde tuvieron algunos gobiernos estatales y municipales. Esa región es ahora el epicentro del hondo viraje hacia la derecha, con claro contenido racista y machista.

Debemos explicarnos las razones por las cuales las élites y las clases medias acomodadas han producido este fenomenal viraje, desertando de su partido preferido, la socialdemocracia de Fernando Henrique Cardoso, hacia Bolsonaro. Han abandonado la democracia y apenas conservan las elecciones como máscara de la dominación.

La razón principal la explica el filósofo Vladimir Safatle. "Brasil llega a 2018 con dos de sus mayores empresas siendo públicas, así como dos de sus mayores bancos. Además, con un sistema de salud que cubre a 207 millones de personas, gratuito y universal, algo que no tiene ningún país con más de 100 millones de habitantes" (goo.gl/KRX6EE). Agrega que las universidades no son sólo para las minorías ricas y concluye que "Brasil llega a los días actuales en una situación muy atípica desde el punto de vista del neoliberalismo".

El autoritarismo es el modo de imponer la agenda que necesitan el sistema financiero, el agronegocio y las mineras para seguir acumulando riqueza en un periodo de crisis sistémica. No lo pueden hacer sin reprimir a los sectores populares y criminalizar sus movimientos. Por eso Bolsonaro convoca a militares y policías y se permite amenazar al activismo social, con modos muy similares a los de la ministra de Seguridad argentina Patricia Bullrich, quien acusa a los movimientos sociales de mantener relaciones "muy estrechas" con el narcotráfico, cuando todos sabemos que es la policía la que los ampara (goo.gl/eLWyNZ).

El racismo, las violencia anti-LGBT y el odio a la izquierda de las clases medias brasileñas, muestran la cara oculta del país con mayor desigualdad del mundo. No quieren perder sus privilegios de color, de género, de posición geográfica y de clase. Poco les importa que sean asesinadas más de 60 mil personas cada año, en su inmensa mayoría jóvenes, negros, pobres, porque saben que es el precio para mantener sus privilegios.

Ante este panorama las izquierdas no deben seguir aferradas a una estrategia que fue esbozada para otros tiempos, cuando el diálogo de clases era aún posible. En el anterior medio siglo hemos pasado de la estrategia de la lucha armada a la estrategia puramente electoral. Ambas tienen en común el objetivo de la tomar del poder y enfocan todas sus baterías en esa dirección.

Este péndulo es nefasto porque coloca a los sectores populares sólo como apoyo logístico o como votantes, siempre al servicio de vanguardias o caudillos, pero nunca como protagonistas de sus vidas políticas. Ante nosotros algunos pueblos originarios, comunidades negras y un puñado de movimientos están transitando otros caminos, por fuera de las instituciones pero sin confrontarlas abiertamente.

Están abriendo espacios en los territorios de los pueblos que juegan un doble papel: resistir creando vida. En los recientes años hemos reporteado, como otros compas, quizá miles de resistencias creativas en todos los países de la región. Son caminos que lo recorren por sí mismas, sin que ninguna vanguardia o partido les indique los pasos a seguir.

Si en algún momento decidieran tener presencia electoral, lo harán desde esos "poderes en movimiento" pero sin desarmarlos. Lo que no tiene el menor sentido, es que mientras la burguesía está desmontando una democracia que le sirvió durante el periodo de los estados del bienestar, nos limitemos a actuar sólo en ese terreno, colocando todas las construcciones previas en peligro.

La estrategia puramente electoral nos deja a merced de los de arriba, menos al puñado de cargos que saltan del partido al Estado, en un viaje sin retorno.

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