Religión, Iglesia y poder político en América Latina

La secularización del poder es un mito. La separación Iglesia-Estado no deja de ser una ficción. Presidentes, diputados, senadores, alcaldes juran ante Dios. Los símbolos religiosos están presentes en los espacios públicos. Estado laico o aconfesionales adoptan rituales políticos, acompañados de cruces, medias lunas, budas, biblias, Torá, etcétera. Dirigentes asumen morales católicas, protestantes, islámicas, judías, siendo unos devotos practicantes de su fe. Sus mandatos suelen dar cuenta de ello. El divorcio, el aborto, la familia, el sexo, la moral cotidiana y la educación son opciones valoradas a la luz de las creencias religiosas. Hoy gobiernan las iglesias. Los lugares de culto se han generalizado y la diversidad de credos se extiende. El Vaticano pierde fuelle en ciertos países latinoamericanos. Su lugar es ocupado por nuevas formas de acercarse a la fe en Cristo o en el Salvador. Las iglesias pentecostales, adventistas, mucho más interesadas en captar las almas para una militancia política terrenal, sin intermediarios, han socavado la influencia de la Iglesia católica. Su papel mediador entre Dios y el alma pecadora se ha diluido en una fe no practicante, cuya militancia se convoca aleatoria y excepcionalmente, cuando ve peligrar intereses, privilegios y bienes. Sumida en un proceso de deterioro moral y ético, casos de pederastia, desfalcos financieros, sus seguidores se han decepcionado, aumentando la apostasía. Aun así, su organización piramidal le permite seguir controlando el poder político.

En América Latina, la Iglesia católica fue capaz de combatir a la Teología de la Liberación o los movimientos nacidos a la luz del Concilio Vaticano II, como Cristianos por el Socialismo. La Iglesia de los pobres fue derrotada y muchos de sus sacerdotes asesinados en los años de la lucha contrainsurgente. Otros fueron torturados hasta la muerte por las dictaduras militares en Chile, Argentina, Paraguay, Brasil, Guatemala, El Salvador, Honduras o Nicaragua. Sus superiores miraron hacia otro lado o fueron cómplices de los crímenes. ¿Cómo explicar el tedeum en la Catedral de Santiago dando gracias a Pinochet por salvar a Chile de la dictadura marxista, mientras se asesinaba a mansalva en los centros de tortura, tras el golpe de Estado? o ¿las continuas declaraciones de los rabinos en pro de la dictadura argentina?


Ningún gobernante en América Latina se atreve a desafiar el poder real de la Iglesia, sea cual sea su orientación. Gobierna bajo su ala, de lo contrario la tendrá como enemigo, sus años de gobierno serán tormentosos, cuando no sometidos a continuos descalabros y crisis. Mejor negociar entre sus adeptos. Tener el beneplácito de la Iglesia supone millones de votos, mostrarse practicante sumiso, conlleva un plus. Muchos votarán sin importarle sus principios políticos, sólo su ideología. Brasil es un buen ejemplo. Lula o Bolsonaro, ambos se acercaron a las iglesias para contar con sus apoyos y conseguir votos.


Las iglesias están en guerra, no por el control de sus feligreses sino por el poder del Estado en América Latina. Declararse ateo, agnóstico es un hándicap. En sociedades donde la religión sigue siendo el valor más importante para fortalecer los vínculos entre la sociedad civil y la sociedad política, no hay espacio para la separación Iglesia-Estado. Sus jerarquías son conscientes de su poder real. Pensar que la influencia de Dios en la política es nueva es no entender el origen teológico del poder. Buscar explicaciones de coyuntura a una realidad donde la debilidad de los movimientos seculares es lo que marca la agenda, es no entender el problema. Los proyectos emancipadores no han podido llevar a cabo una revolución capaz de romper la hegemonía de las iglesias, más allá de una declaración de intenciones. Ni siquiera los procesos de desamortización en el siglo XIX y las reformas liberales lograron sus objetivos. Occidente se constituyó bajo la cruz y la espada. Hoy las cruces y las espadas se diversifican. América Latina es un campo de batalla donde están en juego los valores republicanos en medio de una acometida de fundamentalismos religiosos que socavan la democracia y la libertades seculares.

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Miércoles, 07 Noviembre 2018 06:21

El odio y la guerra en Estados Unidos

El odio y la guerra en Estados Unidos

Donald Trump y Barack Obama advirtieron en repetidas ocasiones que las elecciones legislativas de este pasado martes en Estados Unidos serían las de mayor consecuencia en la historia de ese país. Tenían razón. Pero cuando se apuntó que los comicios serían una especie de referéndum nunca se dijo que el tema más profundo, el de la guerra y la paz, estaría ausente de esta jornada electoral.

Unos días antes de las votaciones para renovar el Poder Legislativo en Estados Unidos, el economista Paul Krugman señaló que el odio estaría en las boletas electorales. Ganador del Premio Nobel de Economía, Krugman tiene una columna en el New York Times y es una de las voces más influyentes en su país. Sin duda tenía razón, pero paradójicamente le faltó agregar que las guerras de su país no tienen cabida en el debate electoral. Ese hecho revela que en la sociedad estadunidense el patriotismo se ha convertido en una enfermedad que ha infectado a demócratas y republicanos por igual.

En el más reciente informe sobre operaciones bélicas dado a conocer por la Casa Blanca, se señala que las fuerzas armadas de Estados Unidos están peleando siete guerras. (El informe). Las operaciones van desde Afganistán e Irak, hasta Siria, Yemen, Somalia, Libia y Níger. Esas intervenciones se llevan a cabo bajo la Autorización para el empleo de la fuerza armada, promulgada en 2002, a unos meses de los atentados contra las Torres Gemelas. Según la Casa Blanca, las operaciones se llevan a cabo en contra de Al Qaeda, las fuerzas del Estado islámico (ISIS), Al-Shabaab y, por último, la red de fuerzas fieles al talibán. Las hostilidades ocupan todo el territorio de lo que la administración Obama definió como el "arco de inestabilidad".

Al día de hoy, las bajas militares sufridas por las fuerzas estadunidenses en Afganistán (desde que se inició esa guerra en 2001), llegan a 2 mil 415. En Irak las bajas alcanzan 4 mil 497 muertes y más de 32 mil heridos. Los decesos de civiles iraquíes ascienden a 1 millón 455 mil 590. No existe una cifra confiable sobre las muertes de civiles en Afganistán, pero esa guerra es ya la de mayor duración en la historia de Estados Unidos. Y según cualquier indicador que quiera usarse, Washington no está "ganando" la guerra en Afganistán. Habría que decir que ya nadie sabe bien lo que significaría una victoria en ese conflicto.

Pero cuidado con dirigir algo que se parezca a una crítica a estas operaciones bélicas, porque en Estados Unidos el tema del patriotismo y los jóvenes en uniforme es sacrosanto. El pueblo simplemente ha sido acondicionado para adorar a los héroes que llevan el uniforme. Basta observar el fervor patriotero en cualquier encuentro deportivo para darse cuenta. Hasta la sátira política de Comedy Central y Saturday Night Live, tan aguda como irreverente, se cuida mucho de criticar el despliegue militar del imperio para no despertar la furia del público.

El presupuesto militar en Estados Unidos, aprobado en agosto, es de 717 mil millones de dólares (mmdd). Es el más importante en la historia de ese país y nadie dice nada sobre este tema. Aun recortándolo a la mitad, ese gasto militar sería superior al de Rusia, China, Irán y Corea del Norte juntos. Solamente el incremento de 200 mmdd autorizado por Trump podría garantizar educación pública gratuita a nivel universitario a toda la población escolar de Estados Unidos. Los principales beneficiarios son las grandes compañías, como Raytheon, Boeing, Northrop-Grumman, Lockheed-Martin y General Dynamics. El desvío de recursos hacia la industria militar ha contribuido en el pasado a la pérdida de competitividad de la industria estadunidense, pero a nadie se le ocurre cuestionar la política exterior de Washington basada en la idea de un estado de guerra permanente.

Al electorado estadunidense le preocupa primordialmente el régimen de acceso a la salud, los impuestos y los migrantes. Aquí es donde Trump ha echado leña a la hoguera, infundiendo miedo con el espectro de una caravana de unos 5 mil migrantes centroamericanos que lentamente se abre paso a través del territorio mexicano rumbo a la frontera con Estados Unidos. El delirante Donald no escatima recursos retóricos y habla de hordas y hasta de una invasión que amenazaría la integridad de la frontera sur de su país. Su desplante electorero de enviar entre 5 mil y 15 mil efectivos armados a la frontera sur puede llegar a costar más de un centenar de millones de dólares. Pero la preocupación de los demócratas fue más por el efecto sobre las elecciones que sobre el tema del empleo del ejército, no fuera a ser que el electorado llegara a pensar que están criticando a los chicos y chicas en uniforme que luchan por "la patria".

Los dirigentes del Partido Demócrata han criticado a Trump por promover el odio y por sus políticas que provocan mayor división. Pero nadie critica las guerras del imperio. Pueden criticar el odio, pero no la guerra.

Twitter: @anadaloficial

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Miércoles, 07 Noviembre 2018 05:36

Ni Ni

Ni Ni

No hubo ola demócrata ni tornado de Trump. En un país dividido como pocas veces en su historia, la narrativa periodística tiende a quedarse con Trump sí o Trump no y quién controla la Cámara de representantes en el Capitolio, donde los republicanos arrancaron con veintitrés bancas de ventaja, cuestión que al cierre de esta edición aún no había sido dirimida. 

El resultado de esa gran contienda mediática mantuvo al país del norte despierto hasta la madrugada y cuando terminen de conocerse los resultados alentará o deprimirá a oficialistas u opositores, según el caso, pero no mucho más. Con el Senado fuera del alcance de los demócratas, Trump tiene asegurada su inmunidad a un juicio político y la certeza de que le seguirán aprobando jueces que sean de su agrado, esto es, conservadores y antiabortistas. Y para aprobar leyes, si no retiene su mayoría de diputados, a lo sumo tendrá que arrancarle algún voto al grupito de demócratas conservadores con la reelección amenazada.


Los republicanos están con Trump, de eso no hay dudas. Podrá gustarles más o menos su xenofobia, sus mentiras y sus provocaciones, pero hace rato que no se animan a desafiarlo. Después de los insultos en los debates partidarios de dos años atrás, después de que se le plantaran los popes partidarios en Washington, después de golpear y negociar con Wall Street y la comunidad de inteligencia, Trump ya tiene a la tropa propia bajo control y encima entusiasmada. Él mismo ha retribuido semejante lealtad con un raid proselitista que lo llevó de Montana a Georgia. La economía funciona, al punto que no fue tema de debate en esta elección. Trump hizo eje en fortalecer las fronteras y eligió como rival a la caravana de cinco mil inmigrantes centroamericanos pobres o indigentes que avanzan desesperados a través de México buscando su salvación en las puertas de Estados Unidos. No pasarán, gritó Trump en cada acto de campaña, como si se enfrentara a un ejército invasor.


Del otro lado de la vereda, tal como explica la CNN, Trump enfrentó “la antipatía intensa de gente joven y minorías y una resistencia amplia entre blancos con títulos universitarios, especialmente mujeres”. Todo esto le ha costado al presidente votos y bancas en los suburbios multiétnicos y de alto nivel educativo que rodean a las grandes ciudades, y también en el cordón del sudeste, donde el voto latino, tradicionalmente demócrata, crece exponencialmente.


Pero nada es tan blanco o negro o tan definitivo. Esta elección es también el tropiezo de carreras políticas prometedoras, como la de Stacey Abrams en Georgia, y la confirmación de otras figuras como la de Alexandria Ocasio Cortez en el Bronx. Es la vigencia del mensaje clasista de Bernie Sanders, que fue reelecto, en un pequeño pero creciente grupo de rebeldes demócratas. Es el clásico mano a mano en la Florida de los Bush, donde casi siempre las elecciones se dirimen por pocos votos. Es el crecimiento de Trump en el círculo del óxido, la región industrial que rodea a los Grandes Lagos, la que más se benefició con sus políticas comerciales proteccionistas. Es la elección con más candidatas mujeres de la historia, 53 al senado y 476 a diputados, reflejo del movimiento #MeToo. La mayoría de ellas pertenecen al partido opositor y no de casualidad. Según un sondeo de Post-NBC citado por el diario El País de España, un 66 por ciento de las mujeres estadounidenses no aprueba la presidencia de Trump, contra solo el 54 por ciento de los hombres. Es la elección de mitad de término que más votantes atrajo en las últimas décadas. Y es, sobre todo, una elección que no es una sino muchas, abarcando desde consejos deliberantes hasta gobernaciones, pasando por legislaturas estatales y nacionales, donde las personalidades juegan tanto como la orientación política, donde los temas locales se cruzan con los provinciales y nacionales.


Todas esas elecciones grandes y chicas están atravesadas por el plebiscito de la gestión de un presidente que ha sabido generar grandes amores y odios con un discurso violento y divisorio, pero también reivindicativo de una cuasi mayoría silenciosa blanca, evangélica, conservadora y machista. O sea, una mitad del país que se identifica con un cambio de ciclo después de medio siglo de avances sociales, legales y políticos de minorías raciales, sexuales y religiosas a través de programas de gobierno como la Acción Afirmativa, de fallos históricos como Rowe vs. Wade y Brown vs. Board of Education, culminando con la presidencia de un afroamericano con nombre islámico nacido fuera del continente americano, Barack Hussein Obama. Y como frutilla del postre, en la última elección presidencial aparece la primera candidata mujer del partido Demócrata, la ex canciller y primera dama Hillary Clinton. Para ellos la aparición fue providencial.
El debate cultural entre estos dos países que conviven en uno continúa. Al final del día ni siquiera hizo falta contar los votos. Después de una jornada política intensa, Estados Unidos se fue a dormir tan crispado y polarizado como cuando se despertó.
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 Mientras los republicanos de Trump consolidan su mayoría en el Senado estadounidense

Avance demócrata en la Cámara de Representantes

En la elección estadounidense de mitad de término más concurrida y disputada de los últimos años, los opositores al presidente Trump sumaban triunfos en diputados y, al cierre de esta edición, quedaban cerca de la mayoría.

El Partido Demócrata arrebató ayer los primeros escaños a los republicanos en la Cámara de Representantes en los estados de Virginia y en Florida. El puesto de la congresista republicana por la península de Florida, Ileana Ros-Lehtinen, no logró ser renovado por su partido. En su lugar, la demócrata Donna Shalala se impuso y se consagró como la primera cubana-estadounidense elegida al Congreso. La ex secretaria de salud de la administración de Bill Clinton, obtuvo el 51,72 por ciento de los votos frente al 45,96 por ciento de su principal oponente, la candidata republicana María Elvira Salazar, una conocida periodista de medios hispanos. En tanto, la demócrata Jennifer Wexton se impuso en Virginia a la republicana Bárbara Comstock, que salía a defender el escaño, por 57 por ciento de los apoyos, frente a un 43. Los demócratas recuperaron también la Gobernación de Illinois con triunfo de Jay Robert Pritzker. El político de 53 años de edad derrotó de manera contundente al actual mandatario estatal, el republicano Bruce Rauner, con 64,2 por ciento de los votos. El triunfo del multimillonario Pritzker permite recuperar la gobernación para los demócratas en el quinto estado del país, con 12,8 millones de habitantes, después que el republicano Rauner ganase las pasadas elecciones. Rauner concedió la derrota cuando se habían escrutado 2.164 mil de los 10.114 precintos abiertos en todo el estado, y el republicano solamente había logrado el 31 por ciento. Pritzker, heredero de la cadena de hoteles Hyatt, de 53 años, que gastó más de 150 millones de dólares de su propio bolsillo en la campaña, no reaccionó de inmediato, aunque en su cuartel general ubicado en un hotel céntrico sus seguidores recibieron con vítores la declaración de Rauner admitiendo la derrota. Pritzker, prometió prometido rescatar a Illinois de su difícil situación financiera, y “plantar cara” al presidente Donald Trump y su “agenda destructiva”, según declaró en una entrevista. Hasta el cierre de esta edición, 15 senadores demócratas revalidaron su escaño en el Senado en las elecciones legislativas de medio mandato. Entre ellos se encuentran los senadores Ben Cardin, por Maryland; Elizabeth Warren, por Massachusetts; Sheldon Whitehouse, por Rhode Island; Bob Casey, por Pensilvania; Thomas Carper, por Delaware; y Bob Menéndez, por Nueva Jersey; que se impusieron a sus rivales republicanos. También lo hicieron los demócratas Chris Murphy, por Connecticut; Sherrod Brown, por Ohio; Joe Manchin, en Virginia Occidental; Kirsten Gillibrand, por Nueva York; Amy Klobuchar, por Minesota; Martin Heinrich, de Nuevo México; Tammy Baldwin, de Wisconsin; y Tim Kaine, por Virginia. A ellos se suma el senador independiente Bernie Sanders, que forma parte de la bancada demócrata por Vermont y que fue candidato a las primarias del Partido Demócrata para las elecciones presidenciales de 2016, y que revalidó su puesto.


En tanto el Partido Republicano consiguió arrebatar a los demócratas el primer escaño en el Senado de EE.UU., con su candidato por Indiana, Mike Braun, que se hizo con el puesto de senador por este estado que hasta ahora ostentaba el progresista Joe Donnelly. Braun se convirtió así en el primer conservador que se hace con un escaño que hasta ahora pertenecía a un progresista. En Misisipi, logró la reelección el también senador republicano Roger Wicker.


Los sondeos dibujan un panorama favorable para los demócratas en la Cámara de Representantes, donde necesitan ganar 23 escaños para recuperar una mayoría que los republicanos han ostentado desde 2011. En el Senado, por el contrario, el mapa es mucho menos propicio para los progresistas, donde tienen que defender más asientos que los republicanos, y en estados especialmente conservadores. Actualmente, los republicanos tiene una mayoría de 51 a 49 en la Cámara Alta, y hasta el cierre de la edición, los sondeos apuntaban a que la mantendrían.

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Martes, 06 Noviembre 2018 06:22

La tímida reacción de la izquierda

La tímida reacción de la izquierda

Tradicionalmente, en Estados Unidos las elecciones parlamentarias suelen ser una expresión crítica sobre el presidente, por lo cual el partido de la oposición casi siempre recupera el terreno perdido en las elecciones anteriores. Sin embargo, debido el hecho de que los representantes y los senadores sirvan períodos diferentes (dos años unos, seis los otros), rara vez los cambios son masivos, ya que nunca es todo o nada, como puede serlo en las elecciones presidenciales.

Este año se espera que los demócratas recuperen la cámara baja y los republicanos mantengan el control de la cámara de senadores, más allá de que pierdan votos (foto de candidaturas de la oposición). La verdadera sorpresa sería que los demócratas recuperen el control de la cámara alta.


Estas elecciones dejarán claro cierto hastío de un creciente número de estadounidenses, sobre todo jóvenes, hacia las políticas y la nueva cultura literaria del presidente Trump, algo que ya había comenzado muchos años antes con las movilizaciones del Tea Party.


Entre las políticas y los temas sociales que han comenzado a movilizar sectores anti-Trump está todo lo relacionado a las minorías y a la lógica misma del tejido social. Desde los movimientos de mujeres (feministas o no) hasta el resurgimiento del racismo abierto contra los negros y, especialmente contra los inmigrantes pobres, no europeos, pasando por la tendencia mundial a la violencia religiosa que nos está sumergiendo rápidamente en una nueva Edad Media.


Los frecuentes atentados motivados por el odio tribal, como la más reciente matanza en la sinagoga de Pittsburgh, están basados en las proto teorías de los nacionalistas blancos y neonazis que consideran que los judíos están ayudando a los pobres de Honduras a invadir este país para continuar el “extermino blanco”. La idea popular de un “white genocide” (genocidio blanco) lleva a lunáticos como el asesino Robert Bowers, reunido con otros cientos de miles en su propia burbuja de las redes sociales (en este caso, Gab.com) a realizar su propio extermino.


De esta forma, se produce la aparente (y solo aparente) paradoja de que Trump y su base evangélica es radicalmente pro-Israel al tiempo que es antisemita, antijudía (otra contradicción explosiva que también observamos y advertimos hace dos años). Diferente a los judíos en países como Argentina o Uruguay, en Estados Unidos esta comunidad (dejemos de lado la minúscula y poderosa elite de los lobbies) siempre han apoyado a la izquierda y a las causas de las minorías, incluso contra las políticas de Israel en Palestina.


En este momento, la guerra semántica es lo más importante y donde se define el futuro del mundo. Siempre fue importante (es la idea central de nuestro estudio de 2005 sobre la lucha por los campos semánticos), pero ahora, más que nunca, vuelve a revelarse en todo su drama. Las palabras valen, y mucho. Hace un par de días los militares en Nigeria masacraron manifestantes que se atrevieron a arrojar piedras. Días antes Trump había afirmado que era totalmente legítimo que los militares estadounidenses usen armas de fuego si algunos en la caravana de refugiados hondureños se atrevían a lanzar piedras. Algo que, en la práctica no es ninguna novedad (basta con echar una mirada a lo que pasa diariamente en Gaza), pero que lo diga el presidente de Estados Unidos es una forma de legitimación de la barbarie. De la misma forma, en muchos otros temas, desde los sexuales hasta los raciales.


Desde ese mismo punto de vista narrativo, los republicanos tienen a favor una economía que, en sus números macros (PIB, desempleo, etc.) se encuentra en su mejor momento de los últimos cincuenta años. El pasado viernes se reportó la creación de 250 mil nuevos puestos de trabajo, y los dos cuatrimestres pasados tuvimos crecimientos del PIB de 4,2 y 3,2 por ciento, casi tan altos como dos cuatrimestres de la era Obama en el 2014. Obviamente que, si miramos todas las gráficas económicas, esos valores que se repiten en los discursos (con exageración trumpiana típica “nunca antes en la historia”) ya habían comenzado a mejorar en el primer año de la administración Obama. Cada gráfica sólo muestra la perfecta continuación de tendencias anteriores. Hay que agregar otro factor: el recorte de impuestos aprobado en el año 2017, el cual benefició ampliamente a la minoría más rica de la población y algo, como efecto colateral, a los trabajadores, lo que sólo ha confirmado esas mismas tendencias.


De la misma forma que en el 2016 dijimos, en diversas entrevistas, que los recortes de impuestos a las grandes empresas, que la desregulación de los bancos, que el aumento del gasto militar y que las tentativas de privatizar lo que todavía estaba en manos del Estado iban a darle más oxígeno a los números macroeconómicos durante los primeros años de la administración Trump, también era de esperar que la historia de esos modelos económicos ya empleados por presidentes como Carlos Menem y George Bush podrían indicarnos que luego de la fiesta venía el funeral. La Argentina de Macri ya está en su funeral propio, pero Estados Unidos todavía está de fiesta. Dejemos de lado el detalle que Argentina no puede imprimir dólares ni puede enviar barcos de guerra a intimidar a la competencia comercial, como sí puede hacerlo Estados Unidos. Claro, si leemos los indicadores macroeconómicos y no atendemos a la creciente desesperación de los de abajo (podríamos detenernos en los problemas de educación, salud y desigualdades sociales), la cosa ha mejorado. Nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera la desmemoria del pueblo.


Estas elecciones de hoy significarán un leve, tímido giro de Estados Unidos hacia los de abajo. Deberemos analizar si el 2020 será un año de ruptura o, apenas, un capítulo en un proceso mayor. Lo que sí me animaría a predecir desde ya, como ya lo hemos hecho antes de las recientes elecciones de Brasil, es que, en un par de años, Estados Unidos estará a la izquierda de Brasil.
* Escritor uruguayo-estadounidense, autor de La reina de América y Crisis, entre otros libros. Profesor de International Studies en la Jacksonville University.

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Lunes, 05 Noviembre 2018 07:21

Dos palabras

lexandra Ocasio Cortez, de 29 años, es candidata a un escaño en la Cámara de Representantes y se define como socialista. Nació en el Bronx, Nueva York, y de ganar se convertiría en la mujer más joven en ser electa a la cámara baja.

Ante la sorpresa de ser obligado a usar la palabra "fascismo" para reportar sobre Estados Unidos hoy día (a lo que se dedicó la columna previa), ahora resulta que la otra palabra necesaria es: "socialismo".

Socialismo era palabra tóxica, casi prohibida, y se usaba para tachar de enemigo en la narrativa política estadunidense fuera de los pequeños círculos marginados que se atrevían a insistir en usarla. El anticomunismo y la guerra fría en todas sus dimensiones buscaron anular esa palabra. Pero de repente, el socialismo esta resucitando y es ahora parte de la pugna sobre el futuro de Estados Unidos.

En un sondeo de la Universidad de Chicago (Genforward) efectuado en mayo entre jóvenes entre 18 y 34 años de edad –conocidos como los Millennials que ahora son la generación más grande y diversa del país– la mayoría creen que se requiere de la intervención firme del gobierno y no dejar al "mercado libre" los problemas económicos; más aún, 61 por ciento de los demócratas de esta generación tiene una visión "favorable" del socialismo. En una encuesta de Gallup realizada en agosto de este año, 51 por ciento de los jóvenes entre esas edades afirmaron que ven positivamente al socialismo y, por primera vez se registró entre demócratas que tienen una imagen más positiva (57 por ciento) del socialismo que del capitalismo.

Fue el senador Bernie Sanders, quien se proclamó como "socialista democrático" en su campaña como precandidato presidencial demócrata, quien elevó este fenómeno a escala nacional. Sanders llamó por una "revolución política" en este país para "recuperar la democracia" del control del 1 por ciento más rico, empleando la narrativa contribuida al discurso nacional por el movimiento Ocupa Wall Street.

Al inicio, todos los expertos esperaban que sólo con esa etiqueta Sanders sería aplastado por la reina de ese partido, Hillary Clinton. Pero al llegar a la convención nacional, Sanders contaba con 48 por ciento de los delegados, y a pesar de ser el candidato más viejo, tenía la abrumadora mayoría del voto joven. Desde entonces, hay una batalla intensa dentro del partido entre su cúpula y los insurgentes.

El "socialismo" de Sanders y de la mayoría de los que se identifican, así se refiere más bien a la socialdemocracia del New Deal de Franklin D. Roosevelt o los modelos escandinavos actualmente. Casi ninguno de éstos está promoviendo una revolución del sistema económico, sólo hablan de reformarlo.

En estas elecciones intermedias hay decenas de candidatos que se definen como socialistas, la mayoría compitiendo en contiendas para puestos locales y estatales y unos cuantos federales, incluyendo a Alexandra Ocasio Cortez, quien será la mujer más joven en ser electa a la cámara baja del Congreso federal.

Desde las elecciones de 2016, la membresía de la organización social demócrata Democratic Socialists of America (DSA) se ha incrementado de 5 mil a 35 mil a escala nacional, con el número de sus filiales locales elevándose de 40 a más de 180. Pero los "socialistas" también están organizados en otras agrupaciones, algunas parte de la diáspora de la campaña de Sanders, como Our Revolution o Justice Democrats.

Tan presente esta la palabra "socialismo" que en octubre la Casa Blanca emitió un informe amplio advirtiendo de los "costos del socialismo", y cuya introducción empieza así: "coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx, el socialismo está retornando en el discurso político estadunidense. Propuestas políticas detalladas de autoproclamados socialistas están logrando obtener apoyo en el Congreso y entre gran parte del electorado" (https://bit.ly/2ySJwkA).

El propio Trump ha acusado que "la agenda demócrata es el socialismo" (noticia para la cúpula de ese partido), lo cual podría volver al país en Venezuela, y advirtió que si los demócratas ganan la mayoría en el Congreso en esas elecciones intermedias, eso "llevaría a Estados Unidos peligrosamente más cerca al socialismo".

Aunque el país no corre ningún peligro inminente de volverse socialista, lo sorprendente es que ya no se puede hablar, ni reportar, sobre Estados Unidos sin incluir esa palabra.

Por David Brooks/II y última

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La elección intermedia, referendo sobre Trump y la democracia en EU

En juego, 435 curules de la cámara baja; 35 escaños del Senado y 36 gubernaturas; se espera votación récord

Nueva York. Siempre dicen que "son las elecciones más importantes" de la década, del siglo, de toda la historia, pero en este caso, puede que tengan razón: las intermedias del 6 de noviembre son un referendo sobre Donald Trump y sus políticas, pero también sobre si aún funciona la luz de este país que se proclama el "faro de la democracia".

Más aún, definirán la configuración de la contraparte del gobierno entrante en México para los próximos dos años.

En estas elecciones intermedias está en juego el control del poder político en Washington, ahora bajo dominio republicano subordinado a Trump, donde están en juego las 435 curules que conforman la Cámara de Representantes, y 35 del Senado. El mismo día también culminan contiendas para gobernador en 36 de los 50 estados.

Las encuestas y analistas electorales coinciden en que los demócratas son favorecidos para reconquistar la cámara baja y que los republicanos mantendrán la mayoría en el Senado. Pero encuestas y analistas fracasaron monumentalmente en sus pronósticos de la elección presidencial de 2016, algo que tienen que reconocer una y otra vez en esta, su primera oportunidad para tratar de recuperar su confiabilidad.

Por lo tanto, aún es posible que el partido subordinado a Trump triunfe en ambas cámaras, con lo cual los próximos dos años se consolidaría no sólo el poder del presidente, sino que su agenda no enfrentaría ningún obstáculo. Igual, no se puede descartar la posibilidad de una derrota total de Trump y su partido, con los demócratas logrando la mayoría en ambas cámaras.

Casi todos afirman que esta elección es sobre todo el primer referendo sobre la presidencia de Trump. El propio presidente ha promovido eso, con su mensaje de que "voten como si yo estuviera en las boletas", y advirtiendo sobre consecuencias desastrosas para el país si gana esa "turba" demócrata que promoverá propuestas "socialistas" y abrirá las fronteras a los inmigrantes que llegarán no sólo a robarse empleos, sino que amenazarán al país si no por ser criminales, sí por votar.

El eje de la estrategia electoral promovida por Trump incluye la retórica y acciones antimigrantes, y Trump está apostando a que esto logrará mantener el control republicano del Senado por lo menos.

Trump no ha dejado de advertir que se aproxima una "invasión" de caravanas centroamericanas y que eso, combinado con "demócratas radicales", ponen al país en riesgo. Este domingo festejó cómo los soldados que está enviando están colocando un "bello alambre de púas" en la frontera.

Por su parte, Barack Obama, rompiendo con el protocolo de un ex presidente, ha reaparecido en actos de campaña para apoyar a su partido, afirmando que el "carácter mismo de nuestro país" está en juego y deploró que Trump y los suyos utilicen el temor a una caravana de pobres como "una amenaza existencial", como parte de su estrategia electoral.

Tanto los candidatos como un amplio espectro de ex políticos, figuras famosas de diversos sectores, desde las artes hasta los derechos civiles, argumentan que lo que está en juego en esta elección no es sólo el control del Congreso, sino la defensa de los fundamentos de la democracia en este país bajo asalto por Trump y sus aliados.

En gran medida en reacción a Trump, el elenco de contendientes tanto en las elecciones legislativas federales como en las estatales es el más diverso jamás visto: más mujeres candidatas que nunca, pero también más jóvenes, más musulmanes, más indígenas y más candidatos gay que nunca.

Ya se registra lo que se pronostica será un nivel récord de participación en una elección intermedia, algo que suele favorecer a los demócratas. Algunos datos preliminares indican que los jóvenes están votando en cantidades sin precedente en este tipo de comicios.

Pero tal vez lo más alarmante es que después de casi dos años de Trump, la oposición no sea aún más abrumadora.

Trump continúa con un bajo índice de aprobación; 41.9 por ciento en el promedio de las principales encuestas calculadas por FiveThirtyEight de ABC News. El campeón de la mentira y el engaño –según el conteo del Washington Post ha hecho 6 mil 420 declaraciones falsas en unos 650 días– Trump ha multiplicado su promedio de cinco mentiras por día a 30 durante las pasadas semanas, en la culminación el ciclo electoral.

Pero aun con las trampas, trucos, engaños, la apatía y sobre todo el dinero (ésta será la elección intermedia más cara de la historia), millones se movilizan en estos comicios para repudiar tal vez el asalto más brutal contra los derechos y las libertades civiles, las mujeres, las minorías, los migrantes y los medios en tiempos recientes en este país. La elección intermedia no sólo será un referendo sobre Trump; también medirá la fuerza de la resistencia a su régimen.

 

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Lunes, 05 Noviembre 2018 06:34

Brasil incuba el huevo de la serpiente

Brasil incuba el huevo de la serpiente

La amenaza del fascismo se acrecienta en el país vecino de la mano del colapso económico y la crisis de inseguridad. El riesgo del Estado fallido. El Mercosur se debilita e impacta en la posibilidad de inserción comercial de la Argentina.

Descomposición y fascismo


En Brasil prevalecen condiciones comparables a aquellas que facilitaron el avance del fascismo durante la década de 1930. Siguiendo a Karl Polanyi en su Gran Transformación, el (neo)liberalismo se tradujo allí en un proceso de extrema privatización de la vida cotidiana, circunstancia que derivó en el desesperado llamado al orden y la disciplina en las últimas elecciones. Para Polanyi el sistema liberal colapsó en los años 30 por las características intrínsecas a la utopía liberal: la pretensión de que el mercado auto-regulado permitiría el bienestar colectivo. Para esta utopía la propia fuerza de trabajo y la naturaleza deberían reproducirse mediante relaciones de compraventa sin otra orientación que la ganancia. Pero la mercantilización lleva implícita una desagregación social contra la que permanentemente se oponen mecanismos de auto-protección: tanto en términos de organización social y productiva como a través de la reivindicación política por normas y derechos universales. El autor muestra cómo la desarticulación social provocada por el desmoronamiento del mercado generó como reacción el surgimiento de propuestas totalitarias.


Desde 2013 la mayor parte de los brasileños sufren un colapso económico. Sus efectos se sintieron especialmente en el mercado de trabajo y en las condiciones de vida de los sectores populares. Desde 2014 a 2018 la desocupación abierta alcanzó 13 por ciento, mientras que entre la población ocupada el trabajo informal supera 40 por ciento. Recuérdese que desde 2017 el trabajo formal se encuadra en la nueva reforma laboral que precariza sus condiciones. Junto al colapso económico se deterioraron las instituciones políticas y el aparato estatal. Aunque el Estado de Derecho siempre fue una formalidad para pocos, en las periferias urbanas el espacio público fue privatizado por bandas de narcotraficantes y grupos para-militares: Durante 2017 se registró una tasa de 30,8 asesinatos cada 100 mil habitantes, unos 64 mil homicidios. El desamparo y la virtual desaparición del Estado facilitan la propagación de iglesias evangélicas como exclusivos lugares de socialización en territorios carentes de servicios públicos. Una vez que la izquierda abandonó el trabajo de base, notorio en los años 80, estas iglesias y sus redes de negocios se desempeñan como equivalentes a punteros de barrio de usos múltiples: imponen disciplina y autoregulación, dan contención espiritual, ayudan en la desesperada búsqueda de empleos. Y aunque puedan parecer objetivos contrapuestos, en forma simultánea promueven la familia patriarcal y la posmoderna ideología del emprendedorismo individual.


Es en estas condiciones socioeconómicas donde debe pensarse el masivo apoyo al discurso de extrema-derecha. La restauración del orden, la disciplina y las jerarquias son hoy prioridad para la mayoría de los brasileños. “Brasil arriba de todos y Dios arriba de todo”, reza el lema y nombre oficial de la coalición electoral recientemente vencedora. ¿Las iglesias evangélicas y los movimientos políticos de extrema derecha son mecanismos de autoprotección de la sociedad en los términos de Karl Polanyi? Aunque en una escala simbólica efectivamente representan un urgente llamado al orden por encima de cualquier otro objetivo o valor, sean éstos los derechos humanos o la libertad de enseñanza, al promover políticas económicas neoliberales, como la privatización y los ajustes fiscales, y al santificar las prácticas individualistas del emprendedorismo en desmedro de la acción colectiva, agudizan la descomposición estatal y el desamparo social. De no revertirse estas tendencias, es más probable que Brasil se convierta en un Estado fallido a que devenga en un régimen fascista de tipo clásico sustentado en un Estado todopoderoso como aquellos que estremecieron al mundo en la década de 1930.


** Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Brasil, y la Universidad Nacional de Moreno (UNM), Argentina.
** Profesor de la Universidad Federal Fluminense (UFF), Brasil.

 

 

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Domingo, 04 Noviembre 2018 05:29

Trump a referéndum

Trump a referéndum

Las elecciones legislativas y de gobernadores en Estados Unidos, que habitualmente giran en torno a asuntos estatales y locales, se han transformado este año en un referéndum nacional sobre el presidente Donald J Trump, a dos años de su elección sin mayoría en el voto popular.

El martes 6 de noviembre los votantes estadounidenses podrán elegir a los gobernadores de 36 estados y tres territorios. Los republicanos controlan ahora los gobiernos de 33 estados, de los cuales 26 están en juego en esta elección. Nueve de los 16 estados con gobernadores demócratas están en disputa, además del gobierno de Alaska, ahora en manos de un independiente.


En el Senado actualmente los republicanos ocupan 51 curules, los demócratas 47, y políticos independientes tienen los dos restantes. Estarán sujetos a elección 33 curules, de los cuales 23 los tienen actualmente los demócratas, ocho los republicanos, y dos los independientes.


Asimismo están en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes, donde los republicanos tienen una mayoría de 235. Los demócratas necesitan ganar al menos 25 escaños más de los que tienen para alcanzar la mayoría.


Tradicionalmente la participación ciudadana en las elecciones en Estados Unidos es baja, y no todos los ciudadanos habilitados para votar siquiera se registran para hacerlo. En las elecciones presidenciales de 2004 concurrió a votar el 58 por ciento de la población en edad de votar; en las de 2008 el mismo porcentaje; en las de 2012 el 55 por ciento y en las de 2016 el 55,5 por ciento.


Las elecciones legislativas normalmente atraen a menos del 40 por ciento de los votantes del país. Pero este año hay indicios de que la concurrencia podría superar el 50 por ciento. En los estados donde el voto anticipado empezó hace varias semanas, más de 20 millones de votantes han emitido su sufragio, lo cual supera en mucho la participación en las elecciones legislativas y de gobernadores de 2014.


El factor principal de esta concurrencia es Donald J Trump. Una encuesta del diario USA Today y la Universidad de Suffolk encontró que el 35 por ciento de los votantes se proponía sufragar contra candidatos que apoyan a Trump, y el 23 por ciento daría su voto a los políticos que se alinean con el presidente. Sólo el 24 por ciento de los encuestados señaló que Trump no es un factor relevante en su decisión de por quién votar.


El martes próximo se sabrá si Trump tiene ahora el respaldo popular mayoritario que no alcanzó a tener hace dos años, a pesar de ganar las elecciones presidenciales (el sistema electoral no es proporcional).


VOTO CON EL BOLSILLO.


Tal como ocurre en todas partes, los votantes en su mayoría están demasiado ocupados con sus vidas cotidianas como para seguir paso a paso las tramas políticas y, en el caso actual, las piruetas de Trump, las investigaciones sobre la injerencia rusa o los adulterios del presidente.


La mayoría vota de acuerdo a cómo percibe su propia situación económica y sus perspectivas de prosperidad.


Si se toma el producto bruto interno (Pbi) como medida de la situación económica general, Trump sale ganando. El Pbi creció a una tasa anual de 3,5 por ciento en el tercer trimestre de este año, seguido de un incremento de 4,2 por ciento en el trimestre anterior, que fue el más alto desde 2014.


El índice de desempleo está en 3,7 por ciento, el más bajo en casi medio siglo, y el índice Dow Jones casi ha rozado los 27 mil puntos. La inflación se mantiene por debajo del 2 por ciento anual, algo que la Reserva Federal considera saludable.


La otra cara de esta moneda es que, si bien hay más gente empleada, los sueldos reales siguen estancados y cada vez los estadounidenses deben trabajar más horas para ganar lo mismo. Los millones de nuevos empleos creados desde la Gran Recesión –que elevó el desempleo al 10 por ciento en octubre de 2009– son trabajos temporarios, changas, subcontrataciones sin seguro médico ni licencia paga ni días por enfermedad.


El recorte de impuestos que el Congreso le obsequió a Trump a comienzos de 2017 incluyó beneficios temporarios para la clase media y trabajadora, pero beneficios permanentes para las corporaciones y los acaudalados. Ahora que el efecto de esos impuestos sobre los ingresos de los laburantes se ha ido diluyendo, también se evapora la ilusión que representaron. Y todavía los consumidores no han empezado a percibir el impacto sobre los precios que tendrán los aranceles decretados por Trump a las importaciones desde China.


Detrás de la cortina de humo que Trump levanta casi día tras día con alguna declaración ofensiva, está la realidad de largo plazo: el salario real promedio en Estados Unidos ha estado estancado por décadas y la brecha de ingresos continúa ensanchándose.


Según el Economic Policy Institute, con sede en Washington, el 1 por ciento de las familias más ricas del país tiene ingresos 25 veces superiores al 99 por ciento de la población.
Según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde), el país cuenta con la mayor desigualdad de ingresos y el porcentaje más alto de trabajadores con ingresos bajos que cualquier otra economía avanzada, porque los desempleados y los que viven de changas reciben poco apoyo del gobierno y quedan más aplastados por la ausencia de un sistema firme de negociación colectiva.


LA VIOLENCIA.


Dos semanas antes de la elección, el Servicio Postal distribuyó 15 paquetes que contenían bombas rudimentarias y que estaban destinados al ex presidente Barack Obama, el ex vicepresidente Joe Biden, la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, el ex ministro de Justicia Eric Holder, el ex director de la Agencia Central de Inteligencia John Brennan y el ex director nacional de Inteligencia James Clapper. La lista de destinatarios incluyó también a los senadores demócratas Cory Booker y Kamala Harris, la representante Maxine Waters, el actor Robert de Niro, los multimillonarios George Soros y Tom Steyer, y la cadena televisiva Cnn.


Todos ellos tienen en común que han sido críticos muy locuaces del presidente Trump. Soros y Steyer, además, comparten el hecho de tener raíces familiares judías. En el caso de Cnn, la cadena figura al tope de los medios que Trump ha denunciado como “enemigos del pueblo”.


Las autoridades detuvieron en Florida a César Sayoc, un simpatizante de Trump, quien ha sido acusado por varios crímenes, incluidas las amenazas a ex gobernantes.


Cuando todavía no había concluido la distribución postal de las bombas, un hombre intentó ingresar a una iglesia de la comunidad negra en Kentucky; luego fue a un almacén cercano, donde mató a un hombre, salió al estacionamiento y mató a otro. La policía detuvo a Gregory Bush, sospechoso en los asesinatos de Maurice Stallard y Vickie Jones, ambos negros.
El sábado 27 un individuo armado con un rifle AR-15 y varias pistolas irrumpió en la sinagoga Tree of Life, en Pittsburgh, y al grito de “¡Que mueran los judíos!” mató a 11 personas e hirió a seis, incluidos dos agentes policiales que lo enfrentaron.


Robert Bowers, el sospechoso detenido por la mayor matanza de judíos en la historia de Estados Unidos, no es un admirador de Trump. En realidad actuó porque, según sus declaraciones en la plataforma Gab, de Internet –una especie de Twitter pero frecuentada por nazis y supremacistas blancos–, cree que Trump no hace lo necesario para impedir la invasión de los inmigrantes.


La conexión entre la violencia en Pittsburgh y la inmigración, sin embargo, está presente en la retórica incendiaria y xenófoba de un presidente que inició su campaña en 2016 diciendo que los mexicanos son violadores y traficantes de drogas, que ha descrito a los países africanos como “agujeros de mierda”, y que ha mencionado a los musulmanes como indeseables. La lenta marcha desde América Central hacia el norte de algunos miles de guatemaltecos, hondureños y salvadoreños ha servido para que Trump alarme a sus votantes con el peligro de una “invasión”. Trump ha dicho, sin pruebas, que entre los peregrinos hay “gente del Oriente Medio”. La cadena Fox, que funciona como máquina de propaganda a favor de Trump, ha señalado, entre otros “peligros” que representarían esos morenitos, que pueden traer enfermedades infecciosas al país.


Una semana antes del ataque en Pittsburgh, unas 270 sinagogas en Estados Unidos participaron de una ceremonia ecuménica anual, el Sábado Nacional del Refugiado, una campaña patrocinada por la Sociedad Hebrea de Ayuda al Inmigrante (Hias, por sus siglas en inglés), una organización mundial fundada en 1881.


Bowers, otro marginado solitario como Sayoc, nombró específicamente a Hias y repitió algunas de las declaraciones de Trump y Fox acerca de los inmigrantes. Al parecer, Bowers cree que los inmigrantes indocumentados están financiados por los judíos y que vienen a Estados Unidos “a masacrar a mi gente”.


CARAS NUEVAS, ELLAS.


La “trumpización” de las elecciones de medio término puede resultar en un fortalecimiento del nacionalismo y la xenofobia del presidente o en una vinculación tóxica entre el presidente y muchos candidatos republicanos que le siguen la corriente.


Tras la semana violenta y los exabruptos de Trump, una encuesta Gallup mostró que el índice de apoyo al presidente bajó cuatro puntos, al 40 por ciento, y el de repudio subió cuatro puntos, al 54 por ciento. Según el promedio de encuestas de Real Clear Politics, los numeritos dan 52,6 por ciento de repudio y 44 por ciento de aprobación.


Lo que sí es seguro es que el resultado tendrá un claro matiz de género.


Por un lado, este año el número de mujeres postuladas para cargos electivos es mayor que nunca, y la tendencia es claramente más notoria en el Partido Demócrata. Quince de las 22 mujeres que buscan un sitio en el Senado son demócratas, al igual que 183 de las 235 candidatas para la Cámara de Representantes, 12 de las 16 que buscan gobernar un estado, y 2.380 de las 3.365 postuladas para las legislaturas estatales.


Un caso notable es el de Stacey Abrams, quien aspira a convertirse en la primera gobernadora negra de Georgia y que aparece en las encuestas casi empatada con el republicano Brian Kemp, quien alardea de sus simpatías por Trump.


Junto con ello, desde la elección de Trump hace dos años ha crecido la brecha de género en la alineación partidaria. Según una encuesta del diario The Washington Post y la cadena Abc News, el porcentaje de mujeres que se inclinan a favor del Partido Republicano ha bajado a 32, comparado con el 37 que hubo en promedio entre 2010 y 2017.
Según la misma encuesta, las simpatías hacia Trump también varían de acuerdo al género. El 45 por ciento de los hombres encuestados aprueba la gestión de Trump, comparado con el 32 por ciento de las mujeres.


Un año después de la eclosión del movimiento #MeToo –que visibilizó la incidencia de casos de violación, abuso y acoso sexual en la sociedad– el proceso de confirmación de Brett Kavanaugh –acusado de agresión sexual por cuatro mujeres, incluyendo la psicóloga Christine Blasey Ford, quien dio su testimonio ante el Senado– como magistrado del Tribunal Supremo de Justicia reabrió la polémica nacional sobre el tratamiento que reciben las mujeres cuando denuncian la violencia sexual. Un asunto que, en el caso de Trump, quien se ha jactado de “agarrarlas (a las mujeres) por la concha”, sería mejor no mencionarlo.


ASUSTALOS QUE FUNCIONA.


Al aproximarse las elecciones, Trump se las ha arreglado para hacerle sombra a todas las campañas políticas a nivel municipal, de condado o de estado, y ha entrado en un frenesí de declaraciones escandalosas y twits tecleados a las tres de la mañana.


Su táctica es simple: por un lado, identifica “enemigos del pueblo” (su favorito es “the media”, la prensa), entre los que incluye a los inmigrantes, y, por otro lado, les dice a sus votantes que la nación corre un peligro existencial por las amenazas de esos malvados.


La Caravana de la Esperanza le ha servido en bandeja una excusa. Según distintas fuentes, son entre 3.500 y 7 mil los centroamericanos que marchan hacia la frontera de Estados Unidos, donde piensan solicitar el asilo que la ley les ofrece. Trump ha convertido esto en un cuco.


Al término de la Guerra de Vietnam, Estados Unidos aceptó a casi 120 mil refugiados vietnamitas, y cinco años más tarde el país acogió a unos 135 mil cubanos que salieron por el puerto de Mariel. Ahora una caravana de menos de 10 mil hombres, mujeres y niños empobrecidos se ha convertido, en la retórica de Trump, en una invasión; y para detenerla el Pentágono ya ha movilizado 5 mil soldados, casi la misma cifra de tropas que Estados Unidos tiene en Irak.


En las últimas dos semanas Trump se ha declarado “nacionalista”, un término de uso muy poco común en Estados Unidos, porque trae la connotación de “nacionalismo blanco”. Y al menos en una ocasión dejó de lado su afiliación con el tradicional Partido Republicano y se describió como estando al frente de un “movimiento”. Movimiento y nacionalista, juntos, tienen un cierto tufo…


Trump ha definido su política exterior como “America First” (“Estados Unidos primero”), y quienes recuerdan la historia relacionan fácilmente esa consigna con Charles Lindbergh, el primer piloto que, en 1927, realizó un vuelo transatlántico en solitario. Hacia 1941, Lindbergh se convirtió en el portavoz principal del America First Committee, una organización con 800 mil miembros que sostenía que Inglaterra procuraba arrastrar a Estados Unidos a la guerra mundial.


El aislacionismo, expresado en la era de Trump por la denuncia de acuerdos internacionales y desplantes hacia viejos aliados, engrana con el miedo que el presidente instila hacia los extranjeros.


Una semana antes de la elección anunció que firmará un decreto que acabará con la práctica de otorgar la ciudadanía estadounidense a aquellos niños que nacen en el país de padres que no son ciudadanos, sean o no sean inmigrantes documentados.


La enmienda 14 de la Constitución estipula que “todas las personas nacidas o naturalizadas en Estados Unidos y sujetas a su jurisdicción son ciudadanos de Estados Unidos y del estado en el cual residen”.


Trump, quien lanzó su carrera política hace casi una década poniendo en duda que Barack Obama fuera ciudadano estadounidense, sabe que tal decreto causará demandas legales y constitucionales, pero lo que importa ahora, en estos días, es fustigar a sus simpatizantes para que concurran a las urnas.


TRUCOS VIEJOS.


Estados Unidos no tiene un sistema electoral ni sus ciudadanos portan una credencial cívica para votar. Cada uno de los 50 estados tiene sus propias leyes electorales y sus requisitos de documentación para sufragar.


Desde 2010, en los estados donde los republicanos controlan la legislatura se han multiplicado las “leyes de voto”, que, usando diferentes vías, restringen el acceso ciudadano al sufragio, con el argumento de evitar fraudes.


Así, por ejemplo, en Dakota del Norte la ley exige ahora que los ciudadanos se registren indicando un domicilio específico: número, calle, ciudad. En ese estado viven miles de indígenas que residen en reservas y cuya única dirección es una casilla postal.


En otros estados se exige ahora la presentación de un documento, que puede ser la licencia para conducir, con una foto. Cientos de miles de personas, especialmente los pobres, los inmigrantes, o ancianos, no tienen esos documentos ni el dinero para adquirirlos.


Otra maniobra legal ha sido la “purga” de los padrones electorales, un trámite que responde a las realidades de diferentes sistemas electorales. Alguien que votó en 2014 o 2016 puede haberse mudado a otro estado, donde deberá registrarse. La “purga” busca, asimismo, quitar del padrón los nombres de personas fallecidas. El problema está en que el uso de las “purgas” ha mostrado ciertas tendencias: en Georgia, por ejemplo, donde los negros son el 32 por ciento de la población, 72 por ciento de los “purgados” son negros.
Varios de los estados donde estos trucos han funcionado estaban sujetos, en virtud de la ley de derechos de voto de 1965, a vigilancia especial del gobierno federal, por su tradición de establecer requisitos e impedimentos destinados a restringir el voto de los negros. En 2013, gracias al voto de una mayoría conservadora de magistrados, el Tribunal Supremo de Justicia anuló los artículos de esa ley que mantenían a esos estados bajo la lupa.


Trump, quien ni siquiera se molestó en llamar por teléfono a su predecesor y ni a las otras personas que recibieron paquetes explosivos, sí lamentó el ataque a la sinagoga en Pittsburgh. Después de todo, su hija Ivanka es judía conversa, su yerno Jared es judío, sus nietos son judíos, y está allí presente la estrecha simpatía por Biniamin Netaniahu, quien como es lógico recordó que no se debe tolerar el antisemitismo.


Pero en medio de todo esto, Trump es Trump y continuará hasta el día mismo de la elección su táctica única y favorita: atacar, atacar, atacar. En lugar de aceptar que su propia retórica ha removido la escoria en los márgenes de la decencia política de Estados Unidos, Trump culpa a “the media” y los otros “enemigos del pueblo”.


El martes se sabrá si el entusiasmo notable de los votantes por concurrir a la elección respondía a un respaldo mayoritario a Trump, o a un clamor por que cese el reality show.

 

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Jueves, 01 Noviembre 2018 06:39

Las estrategias no son para siempre

Las estrategias no son para siempre

Ahora que el panorama inmediato es oscuro. Ahora que ya no podemos esperar nada sino de nuestras propias luchas, puede ser un buen momento para hacer una pausa y reflexionar sobre los caminos que venimos recorriendo en las últimas décadas.

En Brasil triunfó Jair Bolsonaro. A eso se agrega la victoria de Mauricio Macri enArgentina, del uribista Iván Duque en Colombia y el viraje derechista de Lenín Morenoen Ecuador.
En su conjunto, el mapa político ha virado fuertemente hacia posiciones antiobreras, antifeministas, en contra de los pueblos originarios y negros. El avance del racismo, el machismo y la violencia antipopular llegaron para quedarse un buen tiempo.


Aunque cambien algunos gobiernos, esas actitudes arraigaron en nuestras sociedades, incluso en el seno de algunas organizaciones populares.


Estamos ante un viraje de la sociedad, a lo que se suman los cambios negativos de gobiernos.


Por eso creo que es un buen momento para la reflexión, sin dejar de profundizar las resistencias, de mejorar las organizaciones y enfrentar los desafíos más urgentes.
Durante la primera mitad del siglo XX el núcleo de las organizaciones populares eran los sindicatos, por oficios primero, de masas cuando comenzó la industrialización en algunos países.


En todo caso, los sindicatos eran el centro de las resistencias y del cambio social. Eran el eje de la acumulación de fuerzas, de la conquista y la defensa de derechos.
En el ámbito político, la acción colectiva aspiraba a implantar una sociedad más justa a través de varios mecanismos, a veces contradictorios pero complementarios siempre.
Donde se pudo, las izquierdas y los nacionalismos populares acudieron a elecciones. Pero la comparecencia electoral no era un fin en sí mismo, sino una parte de una estrategia mucho más abarcadora que desbordaba siempre el cauce electoral.


Tiempo de revoluciones


Hubo levantamientos de masas e insurrecciones, como el célebre Bogotazo de 1948 ante el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia.


O el levantamiento obrero del 17 de octubre de 1945 en Buenos Aires, que quebró el poder de la oligarquía e impuso un gobierno popular.


En otros países, como Brasil, Chile y Perú, los movimientos y las izquierdas ocuparon desde el espacio legal electoral hasta las calles y los campos en acciones diversas, siempre dirigidas a un mismo fin: imponer la fuerza de los de abajo.


Hubo también revoluciones. En 1911 en México y en 1952 en Bolivia, que marcaron a fuego la historia de ambos países, más allá de las derivas posteriores de cada proceso.
Con la revolución cubana cambiaron los ejes. Una parte sustancial del campo popular se volcó en la lucha armada, en todos los países del continente.


En el mismo período, la segunda mitad del siglo XX, hubo también insurrecciones (15 levantamientos obreros sólo en Argentina entre 1969 y 1973), además de la histórica Asamblea Popular en 1971 en Bolivia y los potentes Cordones Industriales en el Chilede Allende, formas de poder popular desde abajo.


Todas las formas de lucha estaban combinadas: la electoral, la insurreccional y la guerrillera.


El embudo electoral


Con el neoliberalismo, luego de las dictaduras del Cono Sur, las cosas cambiaron de forma drástica.


Las guerrillas centroamericanas y colombiana dejaron las armas para adentrarse en discutibles pero necesarios procesos de paz.


En los 90, las izquierdas dejaron de prepararse para encabezar insurrecciones (como las que hubo en Ecuador, Bolivia, Venezuela, Paraguay, Perú y Argentina que derribaron una decena larga de gobiernos), para focalizarse en el terreno electoral.


En este punto veo dos problemas, derivados de apostar todo en la estrategia electoral, como única opción imaginable.


El primero es que la diversidad de formas de lucha ha sido uniformizada por la cuestión electoral, lo que debilita al campo popular.


Siempre pensamos -y yo sigo pensando- que concurrir a las elecciones es tanto como jugar en el terreno del enemigo de clase. Lo que no quiere decir que no haya que hacerlo. Pero no debemos jugar sólo en ese espacio, desarmando los poderes populares.


El segundo es que las patronales y las elites están vaciando las democracias, dejando en pie sólo un cascarón electoral.


El panorama sería así: podemos votar cada varios años, elegir presidentes, diputados y alcaldes. Pero no podemos elegir el modelo económico, social y laboral que queremos.
Eso está fuera de la discusión. Por eso digo que tenemos elecciones pero no tenemos verdadera democracia.


En este punto es cuando veo necesario hacer la pausa del debate.


Ellos están dejando de lado incluso las libertades democráticas. Es lo que se proponeBolsonaro cuando dice que va a “poner fin al activismo”, o cuando Patricia Bullrich, la ministra argentina de Seguridad, asegura que hay “connivencia entre los movimientos sociales y el narco”, dando así carta blanca a la represión.


Estamos ante un recodo de la historia que nos impone evaluar lo que hemos aprendido y lo que venimos haciendo, para encarar las insuficiencias y ver por dónde seguir.
Limitarnos sólo al terreno electoral es tanto como subordinarnos a la burguesía y al imperio, atados de pies y manos a su agenda.


¿Entonces?


Las estrategias no se inventan. Se sistematizan y generalizan, lo que ya es bastante.


En la historia de las luchas de clases, las estrategias las definía un pequeño círculo de varones, blancos ilustrados en comités centrales o direcciones de partidos de izquierda y nacionalistas.


Eso no volverá a suceder, porque se trataba de una lógica patriarcal que los movimientos de mujeres se están encargando de desmontar.


Creo que tenemos dos caminos para avanzar. Uno es recordar lo que hizo el viejo movimiento obrero y el otro lo que están haciendo los pueblos originarios y negros.


La primera consiste en recuperar, no imitar, aquel rico universo proletario que contaba con sindicatos, ateneos, cooperativas, teatro popular, universidades populares y bibliotecas, en un amplio abanico de iniciativas que incluían la defensa del trabajo, la organización del tiempo libre y del consumo, la formación y la diversión.


Todo ello por fuera de los cauces del Estado y del mercado. La clase podía hacer toda su vida, menos el horario de trabajo, en espacios auto-controlados.


La segunda es observar lo que vienen haciendo los pueblos. En comunidades indígenas y en palenques/quilombos encontramos todo lo anterior, más espacios de salud y de producción de alimentos y de reproducción de la vida.


En Argentina hay 400 fábricas recuperadas, en Colombia 12 mil acueductos comunitarios y en Brasil 25 millones de hectáreas recuperadas en una reforma agraria desde abajo.
Lo que propongo es pensar la transición al mundo del mañana desde esos espacios, no desde los Estados.


Lo que sueño es que ese mundo nuestro crezca y que pongamos en ese crecimiento lo mejor de nuestras fuerzas.


Si además de todo esto, vamos a las elecciones y las ganamos, mejor aún.


Pero sin desarmar este mundo nuestro.

Por Raúl Zibechi
31 octubre 2018 0

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Brasil confirma la instauración de un nuevo ciclo de gobiernos de derecha en el continente

La derecha está diciendo lo que piensa y le está yendo bien, está teniendo más pegada que con los discursos moderados. Se vuelve tan extrema que se hace espectacular.

Con el triunfo de Bolsonaro ya son todas las experiencias progresistas que se se han visto sacudidas, castigadas por el voto popular. La derrota de Evo en 2016, cuando se jugaba su reelección fue sorprendente. Y el avance del macrismo en las legislativas de 2017 quizá más sorprendente aún, después del ajuste económico que desarrolla en caliente. La última experiencia electoral de Ecuador a principios de 2018 y las legislativas en Venezuela en 2015, en todas pareciera concretarse una tendencia general hacia la derechización del continente, no solo como una situación producida por algunos malestares sino por un “recambio” de epoca.

Volver al poder en Brasil, además de Argentina, no parece ser una situación automática de desgaste de la izquierda ya que la derecha no solo ha ganado sino que se está perpetuando, con táctica y legalismo, pero también en los imaginarios. La derecha está diciendo lo que piensa y le está yendo bien, está teniendo más pegada que con los discursos moderados. Se vuelve tan extrema que se hace espectacular. Digamos que la derecha se popularizó porque supo leer el momento de los sectores populares en todo el continente y no solo por errores de la izquierda, aunque estos fueron la puerta de entrada al debilitamiento de los liderazgos y la incapacidad de producir sustitutos populares.
Si el lulismo está alarmado, para los brasileños es un volver al Orden y Progreso, un saludo a su bandera.

Sin embargo, la izquierda y los movimientos políticos progres que realizaron la toma del poder político en la primera década del XXI en toda América Latina ha mantenido una fuerza política que le permitirá ser oposición firme. Eso se ha demostrado en los mismos comicios, una gran fuerza social y política que, aunque este descendiendo su nivel de influencia, tiene un enraizamiento que puede cambiar nuevamente la correlación de fuerzas en lo que se debilite a su contendiente por las consecuencias de la liberalización de la economía.

El 44% de Haddad terminó siendo no tan bajo como se esperaba. Los movimientos políticos como el chavismo, el peronismo, partidos como el PT, intentarán mantener sus fuerzas, y en paralelo ir reinventando su política para que en vez de que tienda a “minorizarse”, dividirse y nuclearse en torno a una figura, pueda rediseñar una agenda pública que abra su relación con la gente y que mantenga los lazos con un porcentaje muy importante y decisiorio de los que se han ido a la derecha los últimos años, los desencantados que están generando “mayorías abstencionistas” y sus propias filas que pueden tender a escindirse como ocurre al Peronismo.


Falta ver si se mantiene el escenario electoral como espacio privilegiado para la aplicación del poder o si veremos emerger otros escenarios como el militar. En Nicaragua, Venezuela, Argentina o Brasil el riesgo es alto para la democracia, incluso la más formal, la del voto. Para saber desenlaces aun faltan varios años, menos en Argentina donde las presidenciales son en 2019.

La derecha latinoamericana, ahora liderada por Bolsonaro y su propuesta abiertamente derechista, no solo es una acentuación de la situación de crisis en la izquierda, es la reesperanza de los populares por la política, ahora desde la derecha. Cómo mínimo tiene el balón y hay que ver cómo juega la izquierda en el terreno defensivo de oposición, para lo cual luce un poco obesa en este momento, muy poco preparado para ir a las calles nuevamente a reconquistar territorio.

Si Macri está creando el modelo de transición hacia un orden liberal no tan atropellado como el que se ensayó en los 90, Bolsonaro va a acelerar ese tránsito porque son dueños del discurso que permite el mantenimiento de apoyo de las masas electorales. La izquierda sigue usando el discurso restauracionista que por ahora las mayorías no quieren recordar.
Pero no solo discursos, el voto popular se está moviendo hacia nuevas demandas que van entrando en la periferia de la “gramática derechista” mientras salen de la “órbita progre”. Los primeros le sacan brillo a las nuevas condiciones mientras que los segundos le rehúyen. La izquierda se queda sin pelear esos votos y tiene un error de origen a la hora de captar a las nuevas generaciones que no tiene vinculación directa con las experiencias neoliberales de los 90 ni dictatoriales de los 70. Hasta ideas básicas como la de igualdad pasaron de fatigar a irritar al electorado popular. En todo caso lo que demuestran los resultados electorales del continente es que los sectores populares no eran de izquierda, sino que se situaban allí en una coyuntura, y la hegemonía de Gramsci les pasó muy lejos.

El voto va del igualitarismo hacia la seguridad, porque hay nuevas sensibilidades al respecto en los sectores populares; se traslada desde la exigencia de políticas sociales redistributivas hacia el “orden” en la economía, porque hay un sector importante en ascenso que va prefiriendo la autosostenibilidad que la relación clientelar con el Estado.
También impactan las dudas que genera en las nuevas generaciones un liderazgo con mucho tiempo en el poder y que a su vez pide la reelección. El gran éxito de la derecha es que está sacando del poder a la izquierda por medio de voto y aunque utilice maniobras jurídicas, lo hace en el contexto de asumirse mayoría y aprovecharse de un descrédito en el uso del poder de la izquierda. Hasta allí no hay invento mediático. La satanización de las redes sociales proviene de la intelectualidad analógica de la izquierda que se volvió senil y no quiere aceptar el cambio social que ella misma diseño, aunque no con los resultados esperados.

La izquierda-en-el-poder no supo leer este cambio en las demandas populares. Con su táctica de la negación de las dificultades y errores se impidió ella misma procesar y dar respuesta a nuevas exigencias que han surgido, entre otras, por el debilitamiento del modelo redistributivo que implementaron exitosamente los Gobiernos populares. Si la idea de crisis fue el eje discursivo de la izquierda en la resistencia, ahora es una categoría “superada”.


Mención aparte requiere la demanda en contra de los medios de comunicación que se escucha en todos los políticos de izquierda. Después de muchos triunfos electorales, ningún dirigente explica por qué los medios tienen la potencia de aniquilamiento que no tuvieron en los años de auge de los movimientos populares. En todo caso, después de varios años en el poder, más que denuncias contra los medios se deja colar una impotencia radical y pareciera que terminal, para entender la sociedad red de Castells, o para ser más humildes, para montar un canal que la gente quiera ver.


Si la izquierda latinoamericana le perdió el respeto a los medios y los develó insuficientes, no ha podido hacer lo mismo con las redes sociales porque repitieron el modelo de la mediática tradicional y mucho menos entendieron la generación millenial que ingresaba a ser parte importante del electorado y a quienes se le repitieron las fórmulas tradicionales de la política en momentos en que la dirigencia era cuestionada, con y sin razón, de corrupta y recién acomodada o como mínimo de un proletario que acepta “coimas” [sobornos].

Son diez millones de electores los que sacó Bolsonaro al PT. Especialmente de algunas capas, pero en líneas generales, millones de votantes que acompañaron durante la última década a Lula, hoy lo hacen por una derecha radicalizada. Y ahora lo hacen sin complejos ni culpas, por las derechas de todo el continente, ahora sin excepción.

La cuestión no es solo en América latina. En el reciente libro Regreso a Reims, el francés Didier Eribón relata cómo, en su tierra natal, obrera y comunista, ahora la gente apoya al ultraderechista Frente Nacional: “El [auge] del Frente Nacional se puede interpretar, al menos en parte, como el último recurso con el que contaban los medios populares para defender su identidad colectiva y, en todo caso, una identidad que sentían igual de pisoteada que siempre, pero ahora también por quienes los habían defendido y representado en el pasado”.”
Las respuestas de Evo en 2016 y Correa en 2018 a sus respectivas derrotas —relacionadas con la reelección — aún reproducen un discurso impotente contra el poder mediático, todo decorado de un discurso oficial “restauracionista” que luce conservador ante la iniciativa simbólica de la derecha, porque no puede recapturar nuevas demandas, expectativas y sensibilidades de los sectores populares .


Alejandro Grimsom lo explica muy bien refiriéndose a Argentina, pero es extendible para América latina: “El problema aquí surgió cuando la narrativa sobre los logros se distanció crecientemente de las percepciones sociales. Cuantos más problemas se generaban en la realidad económica, más se concentró el gobierno en narrar lo logrado en esta década”. Y con más puntería aun: “Cuando la derecha se apropió de los términos ‘cambio’ y ‘futuro’, eso ya implicaba una derrota cultural. Ya ha sucedido lo mismo en otros momentos de la historia, como cuando se inició la revolución neoconservadora. Los proyectos populares o de izquierda se colocan a la defensiva”.


Pero la cantidad de votos y la experiencia acumulada puede hacer retomar el poder a la izquierda latinoamericana, siempre y cuando se mantengan las elecciones como mecanismo de discernimiento del debate político. La judicialización de la política, en ambos bandos parecen abrir otro rumbo de consecuencias impredecibles donde gobierna el que tiene poder en las fuerzas armadas y los tribunales.

La cuestión de la izquierda después de la crisis actual es sobre el uso del poder político. Es factible abrir una nueva agenda de cambios que reentusiasmen a diversos sectores sociales o solo “para que no gobierne la derecha”, lo que execra a la izquierda a una muy disminuida zona de confort.

Un filósofo y político radical venezolano llamado Alfredo Maneiro hablaba, en los 80, en plena derrota de la izquierda, del “agua mansa” en relación a detectar las partículas que se encuentran cuando el agua parece tranquila, pero es la misma agua de la nueva ola que vendrá y producirá significación al renacimiento simbólico que se da en la quietud. Ese es el trabajo de los movimientos progres que llegaron al poder y hoy se encuentran en una encrucijada.

Por Ociel Alí López
Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela

publicado
2018-10-29 11:27:00

 

 

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