Colombia: hambre y desmantelamiento del Estado social

La situación social en Colombia golpea a los más humildes, mientras desde el gobierno y los círculos de poder disfrutan las ganancias de la violencia.


Las cifras igual que los muertos, los caminos o el curso de los ríos cuentan cosas, tienen historias. Así ocurre con los datos de la desatención en salud, precarización del trabajo, desfinanciación de la educación, ejecuciones legales y extralegales, y el hambre y la miseria que ponen al descubierto una política de exterminio forjada en el largo plazo sobre gente marcada como prescindible, sobrante, que sin saberlo saca a la luz la desigualdad y el déficit democrático. Con la reciente dictadura que avanza con un discurso de poder que suma odio con leyes de venganza, nada cambiará y Colombia tenderá, a menos que haya un colapso estructural, a seguir siendo anunciada como “un país entre el hambre y el desperdicio de comida”(título de un informe periodístico de El Tiempo, de octubre de 2018), que señala que “150 indígenas colombianos y venezolanos” desde hace dos años se alimentan de residuos que disputan con chulos y ratas en el basurero de Puerto Carreño. Es el hambre que no reconoce fronteras, y permanece a la vista del mundo, como lo repasa el film La Pesadilla de Darwin, donde en el África (como en Colombia) la guerra produjo hambre donde había paz y abundancia, y a los nativos pescadores les quedó sacar del basurero las espinas sin carne del pescado. Son 815 millones de personas con hambre en el planeta y aunque la comida alcance para alimentar dos veces a la población entera, hay un genocidio del que son responsables los detentadores del poder y la riqueza.


El hambre en Colombia existe. Lo padecen 3,2 millones de personas sin seguridad alimentaria. Son cerca del siete por ciento de población, subalimentada, con privación crónica de alimentos (según datos de la FAO), que aprendieron a sobrevivir mientras las viejas armas se comían el presupuesto de su alimento y las nuevas amenazan con comerse las oportunidades de niños, jóvenes y viejos. Adicionalmente, la opulencia de pocos desperdicia 300.000 toneladas diarias de comida, suficientes para alimentar a ocho millones de este país y en Venezuela. La clase política, ante la indignante cifra del hambre, padecida “en democracia”, no intenta siquiera atacar el problema de fondo promoviendo límites al enriquecimiento que la provoca, sino que anuncia tramitar una ley que prohíba desperdiciar la comida. Algo similar, inútil y despreciable, ocurrió en 1918 con un decreto que prohibía la mendicidad en Bogotá, sin la menor preocupación por cambiar las condiciones que provocan el fenómeno. Los nazis, igual de audaces, crearon guetos con judíos y luego organizaron paseos para convencerse que matarlos por hambre era la solución. La trampa del poder es convocar a mirar a otro lado, y tratar solo con paliativos las consecuencias sin el menor acercamiento a las causas.


Son 3,2 millones de hambrientos en Colombia, cifra suficiente para cuestionar los anuncios de avance en democracia, inclusión y respeto a los derechos. La cifra pone de relieve que la solución a problemas endémicos, convertidos en violencias contra la niñez, es orientar la política a tratar las causas y crear condiciones de garantía y protección, que justamente el gobierno no asume porque es ideológicamente contrario a las soluciones requeridas. No promueve paz, equidad, ni eliminación de las barreras de discriminación y exclusión que producen hambre, miseria y violencia contra los débiles, porque su poder no responde al interés ciudadano, sino al de mafias y partidos comprometidos con corrupción y criminalidad, que no demandan nada distinto que no sea en beneficio propio.


En lo recorrido del siglo XXI las estructuras de desigualdad han permanecido estables, con insignificantes cambios en las desalentadoras cifras de una realidad que no se resuelve con discursos de odio, populismo punitivo, ni las salidas de guerra que pretenden acabar el hambre con balas y la marginalidad alistando soldados. El 10 por ciento de niños padecen desnutrición crónica que afecta su presente corporal e intelectual y el futuro propio y del país; 2,5 millones de niños tienen algún tipo de limitación especial de carácter cognitivo, sensorial o motor por el que son discriminados; y más de 35.000 niños son explotados sexualmente por mafias que lavan sus ganancias en la economía legal; otros 35.000 (o quizá parte de los mismos) pasan la mayor parte de su tiempo y de su vida en la calle y fueron y siguen siendo maltratados y humillados; del millón de niños que fueron desplazados forzados durante la última década del siglo XX no hay rastro (datos de Unicef sobre la niñez en Colombia).


Al agrupar los datos, la realidad resulta todavía más crítica, porque no hay interés expreso del Estado en ofrecer garantías de solución mediante el acceso a bienes materiales para superar carencias conforme a la universalidad que exigen los derechos para todos. Las cifras reales (distan de datos formales que cambian metodológicas para maquillar informes) y su tendencia es similar en la década, con un promedio de 14,5 millones de personas en condiciones de pobreza y 4,5 millones en indigencia. En el todo de la desigualdad, 10 millones de personas (una de cada cinco) son las víctimas del conflicto armado, a las que el “No” del plebiscito por la paz les arrebató la posibilidad del pleno reconocimiento de personas con derechos y otra vez son negadas, revictimizadas, porque el gobierno se opone a la paz conquistada. De entre las víctimas, más de 7,5 millones son desplazados forzados que huyen, no van en grupos por las carreteras porque los matan, se camuflan en cordones de miseria, aprenden a sobrevivir como invisibles. Otros tantos excluidos y hambrientos “sobreviven” en alcantarillas, arboles, andenes, plazas, parques, botaderos de escombros o en basureros. Solo en Bogotá son más de 10.000, “habitantes de calle” en la miseria total, absoluta, sin sueños ni esperanzas, sin sentido de realidad, expuestos a la vida biológica, sin nada, sin agua, ni comida, ni ducha, ni letrina, sin lavarse los dientes o usar desodorante, sin intimidad, sin prendas de vestir. Seres que cada vez que respiran contradicen las teorías de la capacidad del cuerpo humano para resistir y de la mente para existir como sobrevivientes. Son colombianos, hombres y mujeres, sin patria, ajenos, marginados, no están locos, ni todos son drogadictos, ni ladrones, ni potenciales violadores; es gente despojada a la que el sistema de poder en su codicia e indiferencia extirpó su humanidad.


El gobierno y los beneficiarios del poder del Estado y de la riqueza del país, no se conmueven con estas cifras. No están en sus cuentas ni en su programa de gobierno. Solucionar esta realidad no ocupa su interés, como tampoco saciar el hambre ajeno les mejora sus ingresos; sin ellos se quedarían sin con quién experimentar juegos de guerra de verdad, sin su cantera de pobres, hambrientos y víctimas no tendrían asegurado su futuro.


Las cifras muestran el desmantelamiento del Estado social, porque del Estado de derecho queda muy poco. La verdad oficial es montada con falsificaciones, ofrece leyes donde se necesita comida y entrega odio donde debía florecer la paz. Los medios de comunicación y en especial la televisión privada que vive del Estado, se encargan de controlar las mentes ciudadanas distrayendo, mintiendo y creando ficciones para adormecer y ocultar a los responsables de toda o casi toda la desgracia, que es cambiada por histeria y odio hábilmente hoy conducido por el partido de gobierno, que en lo que va del siglo XXI ha moldeado a su antojo a la opinión y convertido al país en el rehén de sus desvaríos y sueños de poder absoluto y total de dictadura en democracia.


PD: Desde el 10 de octubre, con las universidades en la calle, comienza una era de nuevas y seguramente indetenibles movilizaciones sociales por la reconstrucción del Estado social y de derecho y el respecto a los pactos de derechos, para avanzar a una sociedad en paz, libres de mafias y corrupción en el control de la vida y del país.

11 octubre 2018

 

11 octubre 2018

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Sábado, 07 Julio 2018 07:43

¿Qué diría Marx?

¿Qué diría Marx?

Las luchas de los trabajadores por sus condiciones laborales en 2018 en la República Popular China.

El pasado 4 de mayo el Partido Comunista Chino celebró el segundo centenario del nacimiento de Karl Marx en el Gran Salón del Pueblo, edificio situado en la plaza de Tian’anmen donde celebran sus multitudinarios congresos cada cinco años. Esto constituye todo un honor, pues rara vez una figura extranjera ha recibido este tipo de elogios, y más aún cuando el presidente de la República y secretario general del Partido Comunista, Xi Jinping, se refirió a él en los siguientes términos: “maestro de la revolución para el proletariado y los trabajadores de todo el mundo, el principal fundador del marxismo, creador de partidos marxistas, pionero del comunismo internacional y el más grande pensador de los tiempos modernos” . Luego apostilló que solo el socialismo con características chinas puede triunfar en China.

Este acto es uno más dentro de la campaña desarrollada por el PCCh para la revitalización del marxismo como pensamiento oficial, progresivamente abandonado desde los sucesos de Tian’anmen en 1989. El retorno a la retórica y la simbología marxista aumentan la desconfianza de los medios de comunicación internacionales sobre Xi, siempre bajo la sospecha de querer emular a Mao Zedong avanzando hacia una deriva “izquierdista” del país. Pero basta con observar la realidad social para comprobar que hasta el momento estos cambios siguen siendo meramente estéticos.


Un día después del homenaje, el China Labour Bulletin (CLB), observatorio independiente de los derechos laborales en la República Popular China situado en Hong Kong, daba cobertura a una protesta en Wugang, provincia de Hunan, donde miles de profesores realizaron una manifestación nocturna por las calles de la ciudad pidiendo aumentos salariales, seguridad social y una retribución variable anual. Según la página web Weiquanwang, la manifestación se desarrolló bajo una fuerte vigilancia policial y acabó frente al edificio de la Oficina Gubernamental de la ciudad, y fueron interpelados megáfono en mano por el propio director de la oficina que pedía a los representantes de la protesta que se identificaran bajo el pretexto de entablar negociaciones.


MAPA DE CONFLICTOS


Estas protestas no son una anomalía. En mayo, el CLB registra en su mapa de conflictos 190 protestas en todo el país. Si bien las cifras no son tan espectaculares como en 2015, con más de 2.774 protestas en todo el año, la movilización activa de los trabajadores se ha convertido en una herramienta habitual como método de presión a la patronal. Los conflictos laborales se producen principalmente dentro de las empresas privadas (88% de los casos) y generalmente en los sectores de la manufactura, transportes y la construcción. “Recomendamos mirar nuestras estadísticas como la punta del iceberg —nos contestan desde el propio observatorio—; por ende, los porcentajes en cuanto a demandas, sectores afectados, son indicadores importantes para todos aquellos que quieran entender mejor la naturaleza de las disputas laborales en China”.


¿Quién protesta? Hay dos perfiles fácilmente identificables: el primero, antiguos trabajadores de las empresas estatales que sufrieron la privatización de sus sectores durante los años 90 —cuando China se preparaba para entrar en la Organización Mundial del Comercio—, y en segundo lugar los nong min gong, población considerada administrativamente rural pero que reside en las áreas metropolitanas de los grandes centros fabriles y que por tanto no puede disfrutar de los privilegios del hukou urbano. Mientras que la primera proviene mayoritariamente del sector industrial pesado situado en el norte del país, tiene una media de edad avanzada y reclama principalmente acceso a la seguridad social y pensiones dignas, la segunda se centra más en aumentos salariales, bonificaciones extra y son la mano de obra de las empresas situadas en la sureña provincia de Guandong. Es aquí donde se registra un mayor número de protestas al tratarse del foco industrial más importante. Otras provincias en el centro y en el norte como Shangdong, Jiangsu y Hebei también son el epicentro de numerosos y multitudinarios conflictos.


En ambos casos se trata de mano de obra cualificada que se ve sometida a duras condiciones laborales no exentas de habituales accidentes mortales. Uno de los ejemplos más graves es el de la minería: se estima que alrededor de seis millones de trabajadores en China contrajeron la neumoconiosis debido a su trabajo en las minas, la construcción y las factorías metalúrgicas, pero solo el 10% de estos casos fue relacionado con el trabajo por las estadísticas oficiales debido a la utilización de obstáculos burocráticos.


Otro ejemplo tristemente conocido por las pésimas condiciones es la compañía de Foxconn y sus diferentes factorías, donde las condiciones laborales y el trato humillante por parte de superiores y supervisores han llevado al suicidio a varios trabajadores, provocado por el estrés, largas jornadas de trabajo, trato humillante de la gerencia, promesas incumplidas en cuanto a mejoras de las condiciones o multas por errores laborales. Esta dramática realidad no puede ser reducida a mera anécdota: Foxconn es el mayor empleador privado en China continental, con 1,3 millones de personas en nómina.


“El grueso de las protestas —declara a una entrevista un portavoz del China Labour Bulletin— sigue siendo por impagos salariales, y muchas veces los trabajadores han esperado varios meses antes de tomar medidas colectivas, abrigando esperanzas de que el empleador sea capaz de saldar su deuda. Creemos que los problemas que aquejan a la clase trabajadora en China no han sido resueltos: incumplimiento de contratos laborales por parte de la patronal, impago de salarios, impago de contribuciones al seguro nacional por parte de la patronal, despidos ilegales, etc. En China, tras 10 años de implementación de la ley de contrato laboral, solo un 35% de trabajadores migratorios (el grueso de la fuerza laboral) tiene contratos con sus empleadores, un porcentaje decreciente, lo que muestra que los beneficios económicos del crecimiento no han sido compartidos de manera satisfactoria con los trabajadores”.


La estrategia es básica pero efectiva: autoorganización de los trabajadores paralelamente al sindicato oficial negociando bilateralmente con la patronal. Los métodos de presión empleados van desde la denuncia pública, las concentraciones, las sentadas y manifestaciones hasta, aunque en menor medida, las huelgas, el bloqueo de carreteras, la ocupación de las fábricas y la destrucción de maquinaria. La utilización de nuevas tecnologías, como la red social WeChat, ha sido una herramienta muy efectiva para este movimiento a la hora de realizar convocatorias, aunque el cada vez mayor control del Gobierno de las redes supondría un problema para el actual modelo organizativo.


La protesta se hace siempre es sobre una serie de reclamaciones concretas y rara vez hay un planteamiento sistémico que busque mayores culpables que el empleador, por lo que no parece que este movimiento pueda afectar al estado de las cosas en China más allá de un mejor reparto de beneficios entre su población. De hecho, muchas veces estas protestas se enuncian en un tono patriótico; por ejemplo, la de los profesores en Wugang, donde los manifestantes gritaban: “Amamos al país, amamos la educación y amamos a los estudiantes. ¿Y a nosotros, quién nos ama?”. Aunque no siempre el subterfugio del patriotismo funciona y en numerosos casos existe una represión directa por parte del Estado, como el pasado 26 de mayo, cuando tres representantes de los huelguistas en la fábrica de la Wolskwagen en Changchun, provincia de Jilin, fueron detenidos por “convocar una multitud para el disturbio social”.


La actitud del Estado hacia este movimiento es la de la precaución calculando el rédito político de cada una de sus acciones y no interviniendo hasta que no es necesario, tratando de no quedar como la mano ejecutora de la represión empresarial pero buscando siempre ofrecer confianza y perspectivas de estabilidad a la patronal.


PERSPECTIVAS


¿Cuáles son las perspectivas del movimiento? En un vistazo superficial no parecen esperanzadoras. Este año, la prensa económica publicó varios titulares que parecen querer hacer soplar vientos de calma para Beijing con respecto al problema de la desigualdad económica: caída del coeficiente de Gini, aumento del índice de desarrollo humano, caída del índice de pobreza extrema... Si aplicamos la máxima de “cuanto mejor, peor”, el aumento de las mejora de las condiciones de vida supondría el fin de un souffle. El triunfo del “modelo chino” ya es celebrado tanto por el Partido Comunista como prueba del éxito de sus políticas así como por lobbies defensores de la total desregulación del mercado.


Sin embargo siguen llegando datos preocupantes. Según la OCDE, China es el país con más trabajadores pobres del mundo, con el 25% de los mismos por debajo del umbral de la pobreza, y paralelamente el segundo país, según Forbes, con más multimillonarios del mundo, y esto supone un fuerte viento que extiende las llamas del conflicto. La cada vez mayor y mejor coordinación entre los huelguistas chinos avalan esta tesis. “Este fin de semana —declara el CLB— se registró una huelga de camioneros a nivel nacional, afectando directamente el suministro alimenticio. Estamos en proceso de verificar la envergadura de la acción panprovincial. Pero se trata de un fenómeno recurrente, recientemente se han registrado varios incidentes similares, que potencialmente involucran a decenas de miles de trabajadores”.

Resulta difícil saber qué diría Karl Marx a 200 años de su nacimiento —efigie admirada en el Gran Salón del Pueblo Chino por un día— si pudiera analizar todo esto. En cualquier caso, recordamos al lector una de sus frases que hacen suponer el mantenimiento y consolidación del movimiento de los trabajadores en la República Popular China: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”. Es decir, en tanto que las desigualdades continúen, la lucha continuará.

PUBLICADO
2018-07-07 06:57:00

 

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Vista del interior del Centro de Internamiento de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, en McAllen.

Tras recibir duras críticas por encerrar en jaulas a los niños migrantes separándoles de sus progenitores, Donald Trump rectificó: los encerrará juntos. Es la segunda vez que el presidente cambia de opinión sobre el tema: durante la campaña electoral prometió “deportar a todos los extranjeros criminales y salvar vidas estadounidenses”, pero, tras recibir una donación de 475.000 de dólares de las dos gigantes penitenciarias, el Grupo GEO y CoreCivic, descubrió el negocio que puede haber al encerrar a ocho millones de personas sin papeles.


Eso no se le ocurrió a Franklin Roosevelt cuando en 1939 rechazó el barco St Louis que transportaba a cerca de 900 judíos que habían escapado de la Alemania nazi. Al menos 200 de ellos fueron asesinados más tarde en el Holocausto; eso sí, después de la guerra, el Departamento de Inmigración dio papeles a cientos de criminales nazis, como Otto Von Bolschwing o Arthur Rudolph, así como trabajo y buenos sueldos en los servicios de inteligencia.


Así ha evolucionado la mirada interesada hacia la suerte del ser humano cautivo: en los textos sagrados de las religiones abrahámicas está ausente el concepto de “prisión”. Era una estupidez mantener durante años a grupos de personas encerrados, en el contexto de la escasez de alimentos en los inclementes desiertos. Por lo que los castigos consistían en el latigazo, la mutilación o la muerte.


Un migrante bueno es un preso


No es un bulo que Trump haya deportado a menos migrantes que Obama. Éste expulsó en 2012 a unas 34.000 personas al mes, mientras que Trump deportó a tan sólo 17.000 personas (2017). Luego, en vez de acabar con las violaciones de los derechos de los migrantes, puso en marcha la oficina de las Víctimas de Delitos Cometidos por los Migrantes. Pocos días después de las elecciones, en este país donde las prisiones cotizan en bolsa, los precios de las acciones de GEO Group subieron un 21% y las de CoreCivic, un 43%. Las dos empresas tuvieron el año pasado un beneficio de 4.000 millones de dólares. Pero, ¿cómo?


Con el 5% de la población mundial, EEUU alberga a cerca del 25% de todos los presos del mundo (unos 2,2 millones), por encima de China, que, con una población cuatro veces mayor, tiene 1,6 millones reclusos.


Desde la Administración Regan, leyes como la que trata sobre el abuso de las drogas, la Patriótica del 2001, o la de Inteligencia y Prevención del Terrorismo del 2004, han llevado a millones de personas llamadas enemigas de la comunidad a las mazmorras: en el periodo entre 2007 y 2014, las ganancias de GEO Group subieron de 42 millones de dólares a 144 millones.


Las medidas de Trump


-Anular el memorando del Departamento de Justicia de la era Obama que ponía fin al uso de prisiones privadas por parte del Estado.
-Cambiar la política de detención-deportación en la misma frontera, por la de detención en el interior, que implica dedicarse a la caza de los migrantes indocumentados ya asentados, familias enteras procedentes de México, América Central, India y China.
-Enviar a los detenidos a las cárceles privadas, que ya albergan el 73% de todos los presos del país. En 2005, acogieron sólo al 25%.
-Pedir en 2017 un presupuesto de 2.200 millones de dólares al Congreso para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (CIE), que estimaba detener a 51.000 personas por día en 2018, un aumento de 10.000 personas respecto al año anterior.


-Invertir en la rehabilitación de las bases militares para convertirlas en campos de concentración de extranjeros: la Marina construirá campos militares para encarcelar a 120.000 personas indocumentadas. La base Naval Weapons Station Concord de California, por ejemplo, albergará a 47.000 inmigrantes.


-Eliminar el derecho a ser liberados bajo fianza hasta el juicio para los solicitantes de asilo y los que han recibido la orden de expulsión.


La página de Detention Watch Network, dedicada a los derechos de migrantes, echa humo, dolor y rabia. Dichas medidas han causado la disminución de las denuncias de las mujeres migrantes por maltrato (en Arlington, Virginia, hasta un 80%) por el temor a ser detenidas. Viven bajo un régimen de terror dentro y fuera de su casa.


Un negocio redondo


Las empresas carceleras reciben del Estado 127 dólares al día por cada interno, pero, además, existen otras dos formas de sacar más provecho económico de ellos: por un lado, explotarlos y expoliarlos, y, por otro, fabricar productos destinados a mantenerlos encerrados.


Así, la corporación propiedad del Gobierno, Federal Prison Industries (FPI), emplea a unos 15.000 presos con salarios de 23 centavos la hora fabricando productos de todo tipo: desde ropa militar hasta paneles solares, que luego vende al Pentágono y a otras agencias federales. Los ingresos de FPI en 2015 fueron de 900 millones de dólares. La competencia desleal de las empresas grandes que han trasladado sus trabajos a las cárceles ha arruinado a otras pequeñas, como denuncia American Apparel, que tuvo que despedir a 175 trabajadores, o como Power Source, que prescindió de sus 260 empleados. “La única forma de que los trabajadores recuperen sus empleos es ir a la cárcel”, decía Kurt Courtney, el director de la Asociación Estadounidense de Ropa y Calzado. En 2016, el GEO Group fue acusada de obligar a los detenidos en la prisión Aurora, en Colorado, a trabajar gratis y amenazándoles con el confinamiento solitario si se negaban.


Las mil maneras de desvalijar a los presos


-La empresa telefónica Securus Technologies gana 1.200 millones al año en las prisiones, gracias a que una llamada breve puede costar hasta 10 dólares.


-Algunas prisiones han reemplazado las salas de visitas en persona por los terminales de videoconferencias, cuya empresa cobra hasta 30 dólares por utilizar 40 minutos el servicio.
-Corizon Health, la mayor firma de atención médica de prisiones de EEUU, que atiende a 300.000 presos, ganó en 2014 unos 1.400 millones de dólares, a pesar de acumular denuncias por negligencia, utilizar personal no profesional, o dejar sin agua y comida a los reclusos con enfermedades terminales durante días. Claro, hay que maximizar los beneficios, reduciendo los costos.


-Las tiendas en las prisiones también pertenecen a grandes empresas, que venden sus productos a precios hasta cinco veces más caros que fuera.


-En varias prisiones de Nueva York regalaron 50.000 tabletas a los presos, tras requisar sus televisores y radios. Pronto se enterarán de que para disfrutar del único medio de ocio que les han dejado deben pagar: ya sea por un Skype con los familiares o por descargar un libro o una canción.


-La compañía JPay cobra una comisión de un 10% por las transferencias de dinero entre los presos y sus familias.


-Algunos centros se quedan con parte del dinero de la herencia o de la venta de un bien de los presos, para costear los gastos del condenado.


Claro que ni las rejas ni las vallas con púas y concertinas han sido colocadas para impedir la circulación del dinero.


De este negocio también se enriquecen los fabricantes de vehículos de transporte de prisioneros, sistemas de radar, cámaras, barreras electrónicas, camisas de fuerza, monos de presos, alimentos, medicamentos, o los laboratorios, entre otros.


Así, han hundido a millones de familias en la miseria absoluta: y no sólo por perder a quienes llevaban pan a casa, sino también por lo que cuesta en EEUU tener a un preso en la familia. Hay muchas maneras de matar. Decía Bertolt Brecht:


“Hay muchas formas de asesinar
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio,
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo,
Llevarte a la guerra, etc…
Sólo algunas están prohibidas en nuestro Estado”.


En 1984, Ronald Reagan preparó el Plan Rex 84 para poner a prueba la capacidad del Gobierno para detener a grandes masas en caso revueltas sociales: hoy tanto los migrantes como cualquier ciudadano puede ser y es objetivo de los empresarios mafiosos alojados en el poder político.

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Lunes, 21 Mayo 2018 06:24

Violencias

Violencias

Otra vez, otra vez.


Hasta la fecha en este 2018, hay más bajas mortales de estudiantes y maestros en escuelas que de militares estadunidenses reporta el Washington Post. Van 22 incidentes de tiroteos en escuelas en Estados Unidos en las 20 semanas de 2018, o sea en promedio un tiroteo escolar por semana, reporta CNN. Unos 214 mil menores de edad han sido testigos de violencia por armas de fuego en 216 escuelas desde la matanza en la preparatoria de Columbine en 1999; por lo menos 141 niños y educadores han perecido y 284 han resultado heridos, calcula el Washington Post.


Tal vez lo peor es que ya no sorprende. Una estudiante en Santa Fe, Texas, que sobrevivió el tiroteo el viernes comentó que ha estado ocurriendo en todas partes. Siempre había sentido que eventualmente ocurriría aquí también. Los estudiantes en Parkland, Florida, que detonaron un movimiento nacional por el control de armas de fuego después de sufrir una tragedia similar hace sólo tres meses expresaron su solidaridad y acusaron a los políticos cómplices de los promotores de armas de que ahora tienen más sangre de jóvenes en sus manos.


Estados Unidos se distingue por ser de los pueblos más armados del mundo y le gana, por mucho, a todos en la tasa de tiroteos masivos (en segundo lugar está Yemen). Según una investigación, los estadunidenses representan alrededor de 4.4 por ciento de la población mundial, pero son dueños de 42 por ciento de la armas en manos privadas en el mundo y se comprueba la correlación directa entre la tasa de armas en manos privadas y los tiroteos masivos.


Estos episodios sacuden a esta sociedad, pero no lo suficiente. Tal vez porque este es uno de los países más violentos del mundo. Hoy día tiene por lo menos siete frentes de guerra en el extranjero con un incesante incremento de víctimas civiles; nadie sabe cuántos, ni sus nombres, ni cuántos son estudiantes o maestros igualitos a los de Florida y Texas.


Los balazos dentro y fuera de sus fronteras son sólo una de las expresiones de violencia en este país. La violencia ejercida por las autoridades dentro del país –contra inmigrantes, contra jóvenes negros desarmados, en el sistema carcelario más numeroso del planeta– es sólo una expresión de la violencia sistémica que azota a esta población.


Una parte se manifiesta claramente en las actuales políticas contra los más vulnerables, incluida la reducción de programas de bienestar social, la asistencia alimentaria, apoyos para salud y vivienda, para menores de edad, la desregulación de normas ambientales y laborales, el ataque frontal contra programas de salud de las mujeres incluyendo el aborto, y ni hablar, las medidas brutales contra los inmigrantes.


Pero tal vez la violencia más extrema y enmascarada es la desigualdad económica. En medio de un auge económico –la tasa de desempleo históricamente baja, la tasa de ganancias empresariales alta, nuevos récords de alzas en los mercados bursátiles– resulta que alrededor de la mitad de la población está viviendo en condiciones cada vez más precarias en el país más rico en la historia.


Varios informes recientes documentan esta realidad. En uno realizado por la organización caritativa nacional United Way, recién emitido, se descubrió que más de 40 por ciento de los hogares estadunidenses no pueden pagar los costos básicos de vida como renta, transporte, cuidado de los niños y teléfono celular. Otros 16.1 millones de hogares sobreviven en la pobreza; uno de cada seis menores de edad viven en hogares que batallan para tener comida suficiente cada día.


A la vez, el uno por ciento más rico duplicó su concentración del ingreso nacional de 11 por ciento en 1980 a 20 por ciento en 2016; mientras 50 por ciento de los de abajo, que antes captaban 21 por ciento del ingreso nacional, bajó a 13 por ciento en ese periodo, según el Informe Mundial sobre Desigualdad Económica 2018 de Thomas Piketty y otros.


El tercer hombre más rico del planeta, Warren Buffet, al señalar que la riqueza de los 400 estadunidenses más ricos se multiplicó 29 veces entre 1982 y hoy día, comentó que el problema con la economía eran los multimillonarios como él, argumentando que la concentración aguda de riqueza es a costo de millones de desamparados. Según otro informe, esos 400 más ricos ahora concentran más riqueza 204 millones, o el 64 por ciento de la población de abajo.


Buffett, junto con Bill Gates y Jeff Bezos, el trío más rico de todos los estadunidenses, concentran más riqueza que el total de 50 por ciento de la población de abajo; más de 160 millones de personas, según un informe del Institute for Policy Studies.


En años recientes, incluso antes de Trump, figuras como el economista Premio Nobel Joseph Stiglitz, el ex presidente Jimmy Carter y el senador Bernie Sanders han advertido sobre cómo la democracia estadunidense está amenazada por el surgimiento de lo que algunos llaman una oligarquía, o una plutocracia, o el uno por ciento (contribución al debate público de Ocupa Wall Street).


Ante todo esto, está más vigente que nunca la Campaña de los Pobres, el movimiento originalmente impulsado por Martin Luther King hace 50 años, que renace ahora con el mismo llamado moral contra lo que definen como la violencia sistémica e interrelacionada del militarismo, el racismo y la pobreza.
También es en este contexto en que se detonó la serie de huelgas sin precedente en seis estados durante los últimos meses, precedente con miles de maestros no sólo para exigir mayores salarios, sino por el fin de las políticas de austeridad.


Y es que aquí no existe sólo la violencia física con armas, sino que hay otra aún más letal que golpea con políticas (algunas de las cuales nutren la física). No es que esto pueda explicar la violencia de las armas, pero tampoco se puede entender sin ese contexto.


Las políticas neoliberales promovidas por Washington y sus aliados por todo el mundo durante más de tres décadas también se han aplicado dentro de Estados Unidos. Las consecuencias, igual que en otros países, son violentas.

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Fabian Scheidler: “La idea de que hay una economía libre y por otro lado un Estado regulador es un mito”

La megamáquina, el sistema capitalista, está conduciendo el planeta a una serie de crisis ecológicas, económicas y sociales. Pero ¿cómo se formó dicho sistema? ¿Dónde hunde sus raíces históricas? Hablamos con Fabian Scheidler, historiador, escritor y periodista alemán.

 

El fin de la megamáquina desvela las raíces de las fuerzas destructivas que amenazan el futuro de la humanidad en nuestros días. La primera parte de este ensayo, que aún no se ha publicado en castellano, nos guía hacia los orígenes del poder económico, militar e ideológico desde hace 5.000 años. La segunda y más importante parte repasa la formación y expansión del sistema-mundo moderno a través de los últimos cinco siglos.


Scheidler desmantela las mitologías del progreso de occidente, mostrando cómo la lógica de la acumulación infinita de capital ha devastado desde el principio tanto a las sociedades humanas como a los ecosistemas. Piezas clave de este proceso: el desarrollo evolutivo del poder estatal y del capital, la ofensiva contra los movimientos igualitarios, el rol de los ejércitos mercenarios y el “complejo metalúrgico”, la Reconquista, la esclavitud y el colonialismo, la emergencia de la ciencia mecanicista, el advenimiento de la disciplina estatal y del trabajo remunerado, la revolución de las energías fósiles, el alzamiento de los movimientos de trabajadores, mujeres y anticoloniales y el correspondiente ascenso del nacionalismo y el fascismo, los filtros de la “democracia guiada”, los movimientos antisistema después de la Segunda Guerra Mundial, la involución neoliberal, y por último los límites económicos y ecológicos del sistema.


El capítulo final muestra las nuevas posibilidades para el cambio sistémico, así como los nuevos peligros que aparecen con el incremento de la inestabilidad y el colapso venidero de la megamáquina en el siglo XXI.


Fabian Scheidler nació en 1968 en Bochum (Alemania), estudió historia y filosofía en la Universidad Libre de Berlín y dirección teatral en Frankfurt. Desde 2001 trabaja como autor para medios impresos, televisión, teatro y ópera. En 2009 fundó con el periodista David Goeßmann el magazine televisivo alternativo Kontext TV. Entre sus invitados se encuentran Noam Chomsky (que además es patrocinador oficial de Kontext TV), Vandana Shiva, Immanuel Wallerstein, Jeremy Scahill, Amy Goodman, Yanis Varoufakis y muchas otras personalidades.
Fabian Scheidler publica regularmente en la revista Blättern für deutsche und internationale Politik (editada por Saskia Sassen, Jürgen Habermas y otros). En 2009 obtuvo Premio Otto Brenner para el periodismo crítico, en 2010 trabajó como coordinador del “Tribunal de los bancos” para Attac en el teatro Volksbühne en Berlín. Como dramaturgo y autor de teatro trabajó muchos años para el conocido teatro Grips en Berlín. En 2013 se representó su ópera “Muerte de un banquero” (Música: Andreas Kersting) en el teatro Gerhart-Hauptmann en Görlitz. En 2015 se publicó su libro El fin de la megamáquina. Historia de una civilización fracasada y en 2017 Caos. La nueva era de las revoluciones.


En tu libro te concentras en el periodo de los últimos cinco siglos, pero en la primera parte llegas hasta cinco milenios antes, ¿porqué te propusiste esta ambiciosa tarea?


Porque tenemos que confrontarnos con procesos y crisis globales, en las cuales hay que preguntarse si no estamos ante una crisis civilizatoria y si podemos seguir adelante con un modelo como el que venimos implementando desde los últimos cinco milenios. También tenemos la crisis financiera que aún está ahí con cada vez mayores crashes financieros. Al parecer las élites globales no son capaces de controlar esas crisis globales. Es decir, las respuestas a esa crisis global no son proporcionadas de forma sistemática. Por eso me pregunté dónde están las raíces de esa crisis. Las respuestas a menudo se remontan a la década de los setenta o los ochenta y hablan de la vuelta del neoliberalismo, pero lo cierto es, como trato de demostrar, que se remonta a un periodo mucho anterior.


¿No se corre entonces el riesgo de caer en el reduccionismo catastrofista?


Necesitamos un análisis más profundo de la realidad de —al menos— los últimos cinco siglos para comprender dónde tiene su origen todo ello y cuáles fueron los movimientos de resistencia desde el principio. Me remonto mas atrás en el tiempo para preguntar cómo se crea la dominación, ya que esto no es algo que haya existido siempre en la historia de la humanidad.


En los 200.000 años durante los cuales el homo sapiens ha existido sobre la faz de la tierra, lo que llamamos civilización en el sentido de una sociedad estructurada de forma jerárquica con estructuras de poder, que ha existido los últimos 500 años, es en relación muy poco tiempo.


El foco de tu investigación está en la dominación, ¿cómo podemos solucionar a ese respecto la crisis en la que nos encontramos?


La pregunta está en qué estructuras nos bloquean. No nos falta el conocimiento. Por ejemplo, en el caso del cambio climático, su existencia está clara desde hace 30 o 40 años. Tenemos este problema y tenemos que abandonar los elementos fósiles combustibles. En el caso del hambre global tenemos conferencias sobre el hambre desde hace décadas. Sin embargo, sigue aumentando la brecha entre pobres y ricos y 800 millones de personas pasan hambre. No falta conocimiento y hay que preguntarse qué estructuras de poder están fomentando esta situación.


¿Cuál es tu crítica a la economía de mercado?


Hay una historia que es el mito de que la economía de mercado se ha desarrollado de forma libre a partir del espíritu precursor y que, por otro lado, está el Estado que lo regula, que es malo y despótico. Desde el punto de vista histórico, sin embargo, se puede reconocer que las instituciones estatales y las instituciones económicas, como las primeras sociedades de acciones en el siglo XVII, estaban muy relacionadas.


Las primeras sociedades de accionistas estaban muy militarizadas y perseguían el objetivo de sacar dinero para los accionistas con métodos militares. O un poco antes, la forma primitiva del sistema capitalista en la Alta Edad Media. Las ciudades-estado de Venecia y Génova eran estructuras que tenían una gran flota militar. Mas tarde fueron los grandes comerciantes y las casas financieras, los bancos.


La idea de que tenemos una economía libre que se desarrolla y por otro lado un Estado que la regula más o menos es un mito que nos ocupa hasta hoy: ¿porqué los gobiernos no pueden poner límites a las energías fósiles o a los negocios del capital transnacional? En mi libro distingo entre cuatro clases de poder que se han ido formando en la historia. Uno es la violencia física, que se puede manifestar de formas muy diversas, entre ellas por supuesto, la militar o estatal. En la Edad Moderna los Estados se militarizaron cada vez mas de forma muy íntimamente ligada a las instituciones de acumulación del capital.


¿Por qué le das tanta importancia en el libro al concepto de acumulación infinita del dinero?


Porque en realidad es una curiosidad en la historia de la humanidad. Hay muchas sociedades en las que se acumuló riqueza. Pero la lógica del capital sobrepone la acumulación de dinero por encima de cualquier otra cosa y a cualquier precio. Eso se ha desarrollado a lo largo de los siglos. Durante la Edad Media era normal acumular una determinada riqueza y dedicarse a no hacer nada, a exhibir dicha riqueza o disfrutarla. Los negociantes trabajaban cuatro a seis horas al día porque querían disfrutar la riqueza. Al mismo tiempo, debido a la competencia entre diversos actores, comenzó la tendencia de reinvertir el dinero.


La invención de la contabilidad doble es un buen ejemplo, pero sobre todo la aparición de las sociedades de accionistas muestran la separación de la riqueza de las personas concretas y cómo ésta se convirtió en una institución allá por el siglo XVII.


La situación de las sociedades de accionistas hoy es que en el derecho, ya sea alemán o americano, sus jefes están obligados por ley a multiplicar la riqueza del accionariado independientemente de si la sociedad en su conjunto se beneficia con ello o no. Con independencia de los daños sociales o ecológicos. Las mayores 500 empresas del mundo suponen un 40% del producto social mundial. Yo las llamo monstruos, máquinas en cuyo código genético se encuentra la orden de crear dinero a partir de dinero por todos los medios posibles. Y estamos ante la pregunta de si podemos sacar ese código de la economía porque es destructivo y por los límites del propio planeta.


El origen del dinero y su relación con la guerra es otro de los aspectos principales de tu libro, ¿podrías explicarlo?


La versión estándar en los libros de economía es la de Adam Smith, que aseguraba que a partir de la inclinación natural del ser humano al trueque, desde hace 250 años apareció la economía de mercado. Para esta versión no hay pruebas históricas o antropológicas. No se encuentran sociedades de cazadores en las cuales de una forma natural se desarrolle una economía de mercado a partir de la economía del trueque.


Una de las primeras sociedades que tuvo un sistema monetario verdadero fue la antigua Grecia. El dinero se utilizaba para pagar a los soldados. El ejército se utilizaba para llevar a cabo guerras y para hacer esclavos que a su vez se empleaban en las minas de plata con las que se hacían las monedas. Era un círculo de guerra, esclavitud y monetarización de los Estados.


El Estado necesitaba dinero para pagar a su ejército. Ello lo vemos en la Antigüedad así como en la Edad Moderna. Los Estados eran dependientes de una monetarización creciente de la sociedad porque su poder dependía del ejército y éste estaba compuesto por soldados, que solamente se pueden financiar con dinero.


La financiacion de los Estados dependió desde muy pronto del crédito, que se utilizaba para financiar las guerras. El crédito se extendió desde el siglo XIV por toda Europa, influyendo de forma masiva en la política. Se necesitaba mucho dinero para comprar los grandes cañones. Y este dinero lo emprestaban casas de crédito, que al mismo tiempo tenían las minas de plata y cobre en su posesión.


Por supuesto, lo importante es qué entendemos por dinero. Si una sociedad está intricada de la economía financiera en el sentido de que todo se vuelve posible comprar, entonces normalmente se da una gran polarización social según vemos en la historia.


En tu libro describes con detalle el rol de España en el desarrollo de la Megamáquina, ¿podrías enumerar los puntos principales al respecto?


España fue uno de los primeros poderes hegemónicos del sistema-mundo moderno, de la megamáquina capitalista. Pero no era independiente para desarrollar su imperio militar y colonial, sino que fue financiada por los bancos genoveses. Colón no nació por casualidad en Génova.


El Estado español y el expolio fueron en aquel momento una especie de precalentamiento para el capital transnacional. La brutal fiebre del oro y la plata de los conquistadores en Latinoamérica, y el genocidio asociado a ella, fue espoleada por los bancos acreedores de Génova, pero también de Ausburgo y de Amberes, que querían recuperar su inversión. Ello explica por una parte la monstruosidad de la conquista, como describe por ejemplo Bartolomé de las Casas.


Solo en las minas de plata de Potosí, en la actual Bolivia, cientos de miles de indígenas fueron explotados hasta la muerte, para extraer la plata para las economías capitalistas y los ejércitos de Europa. Metales preciosos, como explico en el libro, jugaron un rol esencial en la historia del poder y la dominación ya desde los imperios más antiguos.


Las minas de plata de Las Médulas en el norte de España eran centrales para el imperio romano, ya que con la plata que se extraía de ellas se pagaba a los ejércitos con los cuales Roma devastó el Mediterráneo y media Europa. Ya por aquel entonces las minas estaban relacionadas con violaciones extremas de los derechos humanos y con la destrucción de la naturaleza. En ellas trabajaban esclavos y dejaron unos paisajes ruinosos, que aún pueden ser observados hoy día.

 

Carmela Negrete

publicado
2018-04-01 06:25:00

Publicado enPolítica
Viernes, 23 Febrero 2018 06:36

Miseria y desigualdad en Colombia

Miseria y desigualdad en Colombia

Como el segundo país más desigual de América Latina aparece Colombia, donde el hambre y la miseria junto a los altos índices de criminalidad y difícil acceso a la educación y a la salud son hechos cotidianos para el grueso de su población.


Pese a ser Colombia uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región, el dinero que le entrega la Casa Blanca va destinado al sector militar y no a resolver las necesidades de millones de ciudadanos pobres.


A Colombia las últimas administraciones norteamericanas y en especial la actual presidida por el magnate Donald Trump le han asignado la tarea de ser el principal actor contra la República Bolivariana de Venezuela, porque funcionaría como base logística y de agresión armada contra Caracas que ha decidido defender su independencia y se ha negado a instaurar un sistema neoliberal como exige Washington para la región.


Recordemos que en suelo colombiano están establecidas siete bases norteamericanas que cuentan con gran poder militar ubicadas en Apiay, Malambo, Cartagena, Palenguero, Tulemaida, Larandida y Bahía Málaga.


Después del recorrido realizado por el secretario de Estado norteamericano, Red Tillerson por México, Perú, Argentina, Colombia y Jamaica con el manifiesto propósito de incrementar las presiones económico-financieras contra Venezuela, el presidente colombiano Juan Manuel Santos inició conversaciones con el FMI, el BID y el BM para que cuando Caracas cambie o sea derrocado su gobierno, se apruebe un plan de rescate por 60 000 millones de dólares.


Esa información la ofreció el ministro de Hacienda colombiano, Mauricio Cárdenas quien agregó que a su país le gustaría tener un papel más destacado en Venezuela en caso de que se dé un cambio de gobierno tal como afirmó Tillerson en Austin, Texas antes de comenzar su periplo por América Latina.


Paradójicamente, los mismos organismos financieros con los cuales Santos quiere lograr una supuesta ayuda para Venezuela, confirman que Colombia vive una situación delicada, por ser una de las naciones más desiguales del mundo y la segunda de Latinoamérica.


Esto se debe a que el 20 % de los ingresos del país están concentrados en el 1 % de la población mientras la mitad de esas entradas la recibe solo el 10 %.
La política de expulsión de campesinos y de poblaciones indígenas bajo amenazas y asesinatos ha provocado que el 1 % de las familias ricas y empresas transnacionales sean dueñas del 81 % del territorio nacional.


Un informe presentado en la 62 sesión del Comité del Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, DES, de las Naciones Unidas, denuncia que de los 43 millones de personas en el país, 22 millones sobreviven en condiciones de pobreza


El documento asevera que el despojo generado por los desplazamientos permitió que entre 1980 a 2016 más de 7.4 millones de hectáreas cambiaran de dueños, lo cual profundizó el modelo de propiedad de tierra desigual.


Una de las denuncias más importantes es que a partir del 2002 hay un incremento en el otorgamiento de títulos mineros e hidrocarburos que se elevan a 4.9 millones de hectáreas a cambio de favores a funcionarios estatales, que ha provocado el quebrantamiento de grupos indígenas y graves afectaciones medioambientales. Privatizaciones indiscriminadas bajo el régimen neoliberal.


El Fondo de Naciones Unidas para la Educación y la Infancia (UNICEF) reveló que uno de cada diez niños sufre desnutrición crónica en ese país andino, mientras el Instituto Nacional de Salud advirtió que cada semana mueren al menos cinco menores a causa de la desnutrición.


Desde enero hasta de noviembre de 2016, en la Guajira fallecieron 66 niños por hambre, pertenecientes al pueblo indígena Wayúu. En la última década, en Colombia han muerto aproximadamente 2 000 niños y niñas por este mismo motivo.


Al igual que todos los gobiernos que aplican al pie de la letra las más estrictas leyes neoliberales, los ricos en Colombia pagan menos impuestos.
En cuanto a los empleos, el 64 % de los colombianos lo hacen en la informalidad, el 18 % bajo relaciones laborales ilegales, mientras que el 89 % de los asalariados rurales carece de protección social. Además, el 47.1 % de los trabajadores ganan menos del salario mínimo legal.


Las privatizaciones se extendieron por todos los sectores: bancario, empresas inmobiliarias, servicios de agua, alcantarillado, educación, salud, seguros, minería.
Con la entrada en vigor el 15 de mayo de 2012 del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, se aceleró la fuga de capitales, la destrucción ambiental; aumentó la privatización de servicios esenciales como educación, agua, electricidad y salud; se incrementó la desigualdad y el trabajo precario; se redujo la producción alimentaria con la entrada de mercancías subsidiadas procedentes de Estados Unidos, y sobre todo, se perdió la soberanía económica y política de la nación.
A todas estas desventajas sociales y económicas, se suma una violencia histórica que ni con la firma de los acuerdos de La Habana se han podido resolver ya que continúan los asesinatos a líderes sociales, desplazamientos forzados, hechos violentos, incumplimiento de acuerdos con sindicatos y falta de garantías para las protestas pacíficas.


Aunque el presidente Santos, con toda la maquinaria de los medios de comunicación occidentales que lo apoyan, trate de que ocurra un cambio de sistema en la República Bolivariana cuyo gobierno ha beneficiado a la mayoría menos favorecida de Venezuela, los datos que ofrece Colombia son la antítesis de lo que los pueblos latinoamericanos desean: atención educacional, salud, bienestar social y paz.


Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

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Miércoles, 20 Septiembre 2017 06:56

La culpa es de los pobres

La culpa es de los pobres

En 1758 el gobernador de Carolina del Sur, James Glen, reconoció en una carta a su sucesor: “Ha sido desde siempre una política de nuestro gobierno alentar el odio de los indios hacia los negros”. En las generaciones previas, el racismo no había alcanzado el nivel de odio suficiente como para evitar que indios, negros y blancos pobres se unieran para el trabajo, la intimidad y, sobre todo, para rebelarse contra el poder de los poderosos.

Aunque el dinero y el poder en principios son abstracciones incapaces de emociones humanas como el odio y el amor, las emociones, como todo lo demás, forman parte de su mecánica. Los instrumentos se convierten en sujetos y los sujetos en instrumentos. Así, el racismo y los intereses de clases han estado relacionados desde los tiempos del antiguo Egipto.


Hoy en día esa relación se justifica de otras formas, a veces de formas tan mitológicas y sagradas como “la mano invisible del mercado” (que por lo general es solo la mano invisible de los poderosos), “el consumo y el nivel de vida”, “la eficiencia y la productividad” y hasta “la patria y la libertad”.
Dos de los negocios más importantes y más lucrativos del mundo son el tráfico de drogas y la venta de armas.


Porque la producción de droga está en los países pobres y el consumo en los países ricos, la culpa de la violencia es de los productores, es decir, de los pobres.
Porque la producción de armas está en los países ricos y el consumo en los países pobres, la culpa de la violencia es de los consumidores, es decir, de los pobres.
Cuando la economía en los países ricos prospera, los pobres son los únicos culpables de su propia pobreza, como si el mundo fuese plano y todos tuviesen las mismas oportunidades.


Cuando la economía en los países ricos se estanca o retrocede, entonces los pobres son los culpables de que los demás no tengan trabajo. Sobre todo, si son pobres migrantes.


La culpa es siempre de los pobres.


Hace dos mil años, un profeta rebelde fue crucificado, junto con otros dos criminales, por desafiar al imperio de la época pregonando la no violencia, rodeándose de marginados y asustando a los poderosos con frases como “es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico subir al cielo” o “ustedes han menospreciado al pobre. ¿No son los ricos quienes los oprimen y personalmente los arrastran a los tribunales?”.


Por los siguientes tres siglos, los primeros cristianos fueron inmigrantes pobres, ilegales y perseguidos. Hasta ser oficializados por otro emperador, Constantino, y de perseguidos se convirtieron en persecutores, olvidando la advertencia de los antiguos Proverbios: “Aun por su vecino es odiado el pobre, pero son muchos los que aman al rico”; “La riqueza añade muchos amigos, pero el pobre es separado de los suyos”; “El rico domina a los pobres, y el deudor es esclavo del acreedor”; “La fortuna del rico es su ciudad fortificada, con altas murallas en su imaginación”.


Incluso la estatua de la Libertad de Nueva York, recibió a millones de inmigrantes (europeos), sin visas ni pasaportes, con la frase “Denme los pobres y los cansados (...) denme los que no tienen techo”.


Sin embargo, ahora, según las leyes en los países ricos, si alguien es rico tiene garantizada una visa o la residencia. Si alguien es pobre y su bandera es el trabajo, se les impedirá el ingreso a los países ricos de forma automática. De hecho, la sola palabra trabajo en cualquier consulado del mundo es la primera clave que enciende todas las alarmas y le cierra las puertas a un trabajador honesto. Porque un mundo obsesionado con el crecimiento, donde el capital produce más capital, no cree que el trabajo pueda producir más trabajo. Porque el dinero es más libre que los seres humanos y un ser humano sin dinero no es libre sino esclavo.


Para justificar este apartheid global, ya no se recurre al concepto de raza sino el de naciones y se confunde legalidad con legitimidad, como si las leyes no fuesen la expresión de las conveniencias del poder de turno, como si las leyes no fuesen, con frecuencia, elegantes formas de legalizar la corrupción del poder.


Incluso, hasta las mejores leyes suelen ser injustas, especialmente con aquellos que no están en el poder. Como ejemplo bastaría con la observación que hiciera hace cien años el novelista francés Anatole France: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.

 

Por Jorge Majfud, escritor y profesor uruguayo estadounidense. Su última novela es El mar estaba sereno.

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“Colombia sigue siendo un país difícil para ser negro”

Este año, la Fiscalía ha recibido más de cien denuncias por actos discriminatorios


En septiembre de 1954 Gabriel García Márquez escribía sobre el Chocó, en el Pacífico colombiano. Describía sus polvorientas casas de madera y techos de zinc. Hablaba de sus retorcidas calles empedradas, hacía una radiografía de un pueblo que se manifestaba pacíficamente para reclamar atención estatal. Han pasado 63 años y el retrato es el mismo. Chocó es la región más pobre de Colombia y sus necesidades siguen siendo básicas. “Las zonas con población negra tienen las peores condiciones de vida. ¿Estamos condenados a la pobreza y el abandono solo por el color de nuestra piel?”, reflexiona Juan Carabalí, politólogo y una de las voces de la Conferencia Nacional de Organizaciones Afrocolombianas (CNOA).


Carabalí dice que basta con mirar el mapa del país para darse cuenta de la exclusión. Los diez municipios más pobres están poblados mayoritariamente por negros. Hay lugares como Río Quito (Chocó) donde la miseria alcanza el 98%. “Hay pocas oportunidades y la participación en política es escasa”, reclama. Según el último censo oficial (2005), la población negra llega al 10,6% (más de cuatro millones de personas), pero su visibilidad en cargos públicos apenas roza el 1%. Solo dos ministros en Colombia han pertenecido a esta población. Paula Moreno en el despacho de cultura de 2007 a 2010 y Luis Alberto Murillo, el actual ministro de ambiente. Dos nombramientos empujados por las organizaciones negras del país con el apoyo de la bancada de congresistas afro de Estados Unidos, que en los últimos años, de forma discreta, ha ayudado a impulsar la inclusión de algunos temas étnicos en Colombia. “Gracias a la articulación que hemos tenido con ellos se han dado avances, pero no ha sido suficiente. Colombia sigue siendo un país difícil para ser negro”. Menciona la Ley Antidiscriminación que establece sanciones penales y multas para quienes promuevan cualquier acto de segregación (por raza, nacionalidad, orientación sexual, religión), pero asegura que se trata de una medida poco efectiva si lo que se quiere es reconocer a la población negra.


En la última semana, Vanessa Mendoza, aspirante a ocupar un lugar en el Congreso, denunció racismo. Aseguró que es víctima de discriminación porque a pesar de que existe una orden del ente electoral para que se posesione, desde el parlamento se lo han negado. Dice que la situación es una muestra de exclusión.


A la Fiscalía han llegado en menos de dos años 460 denuncias por actos discriminatorios. No se sabe cuántas correspondían a racismo y en cuántos casos ha habido condena. El Consejo Superior de la Judicatura, la instancia que debería tener la cifra, asegura que no hay un registro. Solo se ha conocido una sentencia contra un Concejal que llamó a las negritudes “el cáncer del gobierno nacional y mundial”. Aunque estuvo a punto de pagar penalmente por lo que dijo, un tribunal lo absolvió bajo el argumento de que sus palabras habían sido sacadas de contexto. La justicia se queda muchas veces en el papel.


“Vemos con escándalo lo que está pasando en Estados Unidos con el racismo, pero no nos miramos a nosotros mismos. En Colombia pocas veces te insultan en la cara, pero la cotidianidad de alguien negro en este país es dura”, asegura Carabalí. Cuenta que le han negado la entrada a un bar por su color de piel y confiesa que jamás ve un partido de fútbol en un lugar público. “En todos los insultos a los jugadores incluyen la palabra ‘negro’. Sufrimos racismo estructural, que se naturaliza en la cotidianidad”, dice.


Paola Osorio Colorado, de 31 años, habla de lo difícil de ser mujer y negra en Bogotá. “Sigue pareciendo extraña nuestra presencia acá. Nos miran, nos acosan. Existen muchos estereotipos sexuales sobre la mujer negra y es difícil cargar con eso”, cuenta. Es abogada y publicista y tuvo que salir de su pueblo en el Valle porque no encontró trabajo. La falta de oportunidades y la violencia en las regiones empuja a cientos de afros al centro del país. De los miles de desplazados que hay en Colombia, al menos 500.000 están en Bogotá y un importante porcentaje es comunidad negra. La guerra en regiones como el Chocó no se fue con el proceso de paz con las FARC. Otros grupos armados se pasean y mandan por la zona. Tanto que la misión de apoyo al proceso de paz de la OEA tuvo que pedir como medida de urgencia el cese las acciones violentas.


El selvático departamento ha tenido que cargar con la pobreza y el olvido, pero además es una de las zonas donde más se ha recrudecido el conflicto armado tras el desarme de las FARC. Allí continúan operando el Ejército de Liberación (ELN), así como las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), la mayor banda criminal de origen paramilitar.
Con el calendario de las elecciones electorales encima, la población afro sabe que los van a utilizar como bandera electoral. “No tendremos una representación política real hasta que nos convirtamos en un movimiento fuerte, mientras tanto las dos curules que por ley nos pertenecen estarán en manos de partidos tradicionales con otros intereses”, dice el politólogo Carabalí. En Colombia hay más de 250 organizaciones de negritudes trabajando para que los reconozcan. “El racismo tiene a millones de colombianos en la miseria”, concluye.


El lamento chocoano, una canción de la que hablaba Gabriel García Márquez en sus textos sobre esta región, suena todavía. El Nobel decía que esos hombres negros que veía haciendo resistencia en 1954 parecían capaces de cantar ese himno hasta el fin de los tiempos. Han pasado más de 60 años y lo siguen haciendo frente a un país que parece no escucharlos.

 

Bogotá 23 AGO 2017 - 12:06 COT

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"El principal condicionante del nivel de salud de una población es su nivel socioeconómico"

El doctor Jaime Breilh cuestiona el modelo tradicional de salud pública. Teórico de la epidemiología crítica, impulsa una universidad que adopte los valores culturales de la sociedad a la que pertenece. Y rescata la resistencia cultural de los pueblos de América.

 

“No hay enfermedades de la pobreza. Hay enfermedades de la riqueza con desigualdad. Es necesario cambiar el punto de vista, porque si no aparecen los pobres como responsables de las enfermedades. Lo que el modelo de salud pública dominante llama ‘enfermedades de la pobreza’ debería llamarse ‘enfermedades generadas por un sistema social que necesita de la desigualdad’.”


El doctor Jaime Breilh es un teórico reconocido como uno de los mayores impulsores, desde la década de los 70, de una nueva visión de la epidemiología crítica –rama fundamental de la nueva salud pública– y promotor de la aplicación sistemática de la categoría “determinación social de la salud”. Sus obras circulan en tres idiomas y varias de ellas están reconocidas como clásicos de la literatura científica en salud de América Latina. Establece cuestionamientos esenciales al modelo de investigación convencional (positivista) ligado al funcionalismo y abre caminos innovadores para la metodología científica. Estudiosos de la salud pública y epistemólogos lo han catalogado como uno de los cuatro teóricos sobresalientes de América Latina en el campo de la Epidemiología junto a Asa Cristina Laurell, Naomar Almeida y Cecilia Donnangelo. La Organización Panamericana de la Salud ha incorporado su obra Epidemiología Crítica a su programa de textos.


–Usted habla de epidemiología crítica, de medicina social y de salud colectiva. ¿Podemos desarrollar un poco estos conceptos?


–Son nombres distintos para un proyecto que fue cambiando con el tiempo, pero que básicamente se opone al concepto de salud pública imperante. La medicina social está en el camino de Ramón Carrillo, de Salvador Allende... Como ministro de Salud, Allende publicó La realidad médico-social chilena, obra sobre la salud pública con énfasis en la medicina social, en la que se señalaba claramente que el principal condicionante del nivel de salud de una población es su nivel socioeconómico. La medicina social busca entender cómo las condiciones sociales y económicas impactan en la salud, así como su importancia en la medicina. Y también fomentar las condiciones en las cuales la comprensión pueda conducir a una sociedad más sana. Ahora hablamos de salud colectiva, entendiendo salud como el articulador de las características personales con los condicionamientos sociales.


–Ajá, por eso es importante hablar de enfermedades de la riqueza con desigualdad si hablamos de diarrea infantil, mal de Chagas...


–Es que la salud pública tradicional no mira el contexto social. Por ejemplo, las poblaciones infantiles en América latina están sometidas a productos químicos desde la vida intrauterina. Hay innumerables obras, estudios, trabajos científicos sobre este tema. Basta recordar a Andrés Carrasco...


–Con su lucha contra el glifosato y los problemas que eso le acarreó...


–Bien. Ahora veamos las diferencias entre los enfoques de la salud de los que hablábamos al comienzo. La salud pública tradicional descubre que hay muchísimos chicos anémicos en América latina, y los trata con suplementos de hierro. La salud colectiva, además de tratar la anemia, llama a suspender las fumigaciones, busca cortar la causa.
–De ahí su referencia a Carrasco...


–Pero el modelo imperante, el farmacobiológico, es muy poderoso. No estudia los problemas de salud como una totalidad sino que lo divide todo, y para cada porción tiene un medicamento.


–Es un negocio que cierra bien redondito... Las fumigaciones favorecen su renta y aumentan las ventas de medicamentos.


–Y así es como las matrices de poder determinan las potencialidades de defensa y los problemas. La agricultura se torna entonces una economía de la muerte por destrucción ecológica. Los recursos naturales se toman sólo como recursos para hacer negocios. Muchas de las actividades económicas actuales, como la minería extractivista, la agroindustria con transgénicos, están ligadas a grandes intereses. Y todo se reduce a una cuestión de ganancias, no hay un enfoque ecológico.
–Y volvemos a las verdaderas causas de las enfermedades...


–Sí. Hay que cambiar el objeto de la salud. Se debe trabajar sobre el proceso de enfermedad, cómo y por qué se enferman las personas. Voy a darle un ejemplo claro. Una cosa es estudiar el dengue y cómo combatirlo. Y otra muy distinta es entenderlo en relación con los sistemas de producción que hacen que prolifere el vector. Los determinantes sociales de la salud son las condiciones sociales y económicas que influyen en las diferencias individuales y colectivas en el estado de salud. Son los riesgos asociados a las condiciones de vida y de trabajo –por ejemplo, la distribución de ingresos, bienestar, poder–, más que factores individuales –como sería el estilo de vida individual o la herencia genética–, que aumentan la vulnerabilidad hacia las enfermedades.


–Entonces esa imagen bucólica del campo como un lugar sano, con la naturaleza en su esplendor..

.
–Ya no. Ya hablamos de la agricultura de la muerte. Se produce lo que llamamos hoguera tóxica, que es desencadenar los efectos deletéreos del calentamiento global en zonas cada vez más chicas. Con el uso de agrotóxicos, se destruye la naturaleza.


–¿Y qué justifica esa destrucción? ¿Sólo el afán de riqueza?


–Sí. La biodiversidad es un pésimo negocio.


–Es cierto... Impide la explotación a gran escala, el trabajo en serie... Exige métodos casi artesanales...


–¡Por supuesto! El monocultivo eleva la renta. Y está también el tema de la aplicación de la tecnología. La mala aplicación va destruyendo la vida, al destruir la biodiversidad.
–Pero sigue siendo económicamente rentable.


–Ya empieza a quedar en evidencia que no es así, por los enormes gastos que exige la salud pública. Esto demuestra que el actual modelo no sirve.
–Usted es rector de la Universidad Andina de Ecuador. ¿Cómo juega la universidad en este contexto? No se forma igual a los profesionales en esquemas tan distintos.
–Claro que no. Pero el tema del modelo universitario es mucho más amplio. Queremos cambiar el concepto de riqueza académica. No todos los modelos de universidad son igualmente válidos en todas las circunstancias. Queremos una universidad abierta a la comunidad, que sea un proveedor de pensamiento crítico, no un proveedor de datos.
–Hay que repensar, entonces, nuestras universidades.


–Sí. No todos tenemos que parecernos o imitar a Harvard. Pero tampoco vale la actitud cerril de rechazar o negar todo lo que venga de Harvard, que es una institución maravillosa y muy valiosa. Nosotros propugnamos una metacrítica del poder capitalista, con la articulación de los “buenos saberes”.


–¡Qué lindo eso de adaptar las universidades a nuestras comunidades! Es un alivio que haya catedráticos para los cuales nuestra cultura sea valiosa.
–Es que yo rescato algo muy importante en nuestra América, que es el concepto de resiliencia en lo social y en la vida cultural.


–Tiene razón... Más de quinientos años después de ese genocidio que la cultura dominante llama Descubrimiento, las culturas indígenas en América.
–Y sus aportes tienen que ser integrados a nuestro corpus académico.

Renata Padín
Página/12

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¿Cuáles son los 5 países con mayor desigualdad de América Latina?

La desigualdad es un fenómeno que se expresa en múltiples dimensiones y que se encuentra presente en América Latina, siendo la distribución del ingreso una de sus principales aristas.


Según datos publicados por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) en su informe de 2016 sobre el Panorama Social de América Latina, los 5 países con mayor desigualdad de la región en 2015 fueron: Guatemala, Colombia, Brasil, Panamá y México, que promediaron un coeficiente de Gini superior a 0,5.


La Cepal utilizó el coeficiente de Gini para medir en base a dos variables absolutas el nivel de desigualdad, que toma valores entre 0 (que representa la ausencia de desigualdad) y 1 (para representar la desigualdad máxima). América Latina mostró para 2015 un valor promedio de 0,469, evidenciando un poco más de igualdad que en 2014, cuando presentó un 0,473, señala la organización.


Si bien en general el índice disminuyó 1,2 % anual en promedio entre 2008 y 2012, el ritmo de descenso bajó a la mitad entre 2012 y 2015, demostrando solo un 0,6% anual. La Cepal especifica que estos avances fueron impulsados por una mejoría relativa de ingresos laborares, gracias a políticas activas como la formación de empleo y el aumento real de los salarios mínimos.


En este informe el organismo también dedica un capítulo al gasto social, señalando que este último alcanzó su máximo histórico de 10,5 % del PIB (Producto Interno Bruto) para el gobierno central y 14,5% del PIB para el sector público (promedio regional). No obstante, señala que este todavía se mantiene muy por debajo de otras regiones como Europa, que direcciona un 34 % de su PIB.


Al igual que en 2012, los países con el mayor nivel de igualdad en la región siguen siendo Uruguay, Venezuela y Argentina, con un valor promedio del coeficiente de Gini de aproximadamente un 0,4.

 

Publicado: 31 may 2017 06:08 GMT

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