Expertos observan por primera vez la fusión de dos estrellas de neutrones

 

Asistimos a toda la historia: vimos los cuerpos aproximarse, girar cada vez más rápido, así como la colisión, luego la materia y los residuos enviados en todas direcciones, explican

 

Científicos observaron por primera vez la fusión de dos estrellas de neutrones, uno de los fenómenos más violentos del universo, que aportó respuestas a varios misterios, como el origen del oro sobre la Tierra.

"Lo maravilloso es que asistimos a toda la historia de principio a fin: vimos las estrellas de neutrones aproximarse, girar cada vez más rápido una alrededor de la otra, observamos la colisión, luego la materia, y los residuos enviados en todas direcciones", explicó Benoit Mours, del Centro Nacional de Investigación Científica francés.

Las dos estrellas fueron descubiertas el 17 de agosto, cuando los centros estadunidenses Ligo y europeo Virgo detectaron durante 100 segundos unas ondas gravitacionales inéditas.

"Todo el mundo quedó fascinado", subrayó Mours, responsable científico de la colaboración Virgo para Francia.

Dos segundos después de la detección de las ondas, un flash de luz con forma de rayos gamma fue descubierto por el telescopio Fermi, de la Nasa. Le siguieron otros "mensajeros" del espacio: rayos X, ultravioletas, infrarrojos y ondas hercianas.

 

Se pudo escuchar el universo

 

Pudimos "escuchar el universo", se entusiasmó Gregg Hallinan, del Instituto de Tecnología de California.

Las estrellas de neutrones son los objetos más densos del cosmos, de una masa comprendida entre 1.1 y 1.6 veces superior a la del Sol. Si se pudiera llenar una pequeña cuchara con una estrella de neutrones, pesaría el equivalente a 100 mil Torres Eiffel.

Estos pequeños cuerpos son vestigios de estrellas más grandes, que, al final de su vida, explotan de forma violenta. Una vez termina el estallido –fenómeno llamado supernova–, quedan objetos extremadamente densos: estrellas de neutrones o, si la masa de la estrella era mayor, un agujero negro.

Las dos estrellas observadas en agosto tenían el tamaño de una ciudad como Londres y giraban una alrededor de la otra en la constelación del Hidra, en el hemisferio austral, a 130 millones de años luz. Ambos cuerpos "alcanzan temperaturas extremadamente altas, quizá de hasta un millón de grados. Son muy radiactivos, sus campos magnéticos increíblemente intensos y serían fatales para cualquiera que se acercara" explicó Patrick Sutton, responsable del equipo de física gravitacional de la Universidad de Cardiff, del Reino Unido.

"Sin duda, hoy día representan el entorno más hostil del universo", añadió.

Si bien su fusión había sido predecida por modelos, nunca se había observado. El fenómeno es objeto de más de una decena de estudios publicados en Nature y Science.

Invilucró al menos a mil 200 científicos, y más de 70 observatorios en la Tierra y el espacio siguieron el fenómeno.

Las detecciones del 17 de agosto y las observaciones que les siguieron no solamente permitieron saber un poco más sobre las estrellas de neutrones.

Los investigadores establecieron una nueva forma de medir la velocidad de la expansión del universo y confirmaron la teoría de Albert Einstein, según la cual la gravitación se propaga a la velocidad de la luz.

Resolvieron, además, el enigma del origen de los elementos más pesados como el plomo, el oro o el platino, ya que estas fusiones de este tipo de estrellas son en efecto fábricas de elementos pesados, debido a la abundancia de neutrones.

Esto no acaba aquí: "¡Disponemos de suficientes datos para estar ocupados un buen tiempo!", se felicitó Mours.

"Con las ondas gravitacionales descubrimos un acontecimiento: una nueva manera de ver el universo", agregó.

 

Astronomía multimensajero

 

Este fenómeno, resultado de violentos sucesos galácticos, fue detectado directamente por primera vez en septiembre de 2015, pero hasta ahora su observación se había logrado exclusivamente en la fusión de agujeros negros.

El hallazgo marca el nacimiento de la astronomía multimensajero, como se ha bautizado la investigación que combina el estudio de las ondas gravitacionales y las señales electromagnéticas.

Gracias a ella, quizá, puedan hallarse nuevos cuerpos celestes. Otra de sus aplicaciones, según Bruce Allen, de la AEI, podría ser medir la expansión del universo –la Constante de Hubble– y desarrollar la correspondiente ecuación de estado para estrellas de neutrones.

Con información de Dpa


Alquimia cósmica

Javier Flores

Una catástrofe ocurrida a 130 millones de años luz de distancia de nuestro planeta se ha convertido en uno de los más importantes acontecimientos científicos en lo que va del siglo. Ayer se anunció en varios países, incluido el nuestro, el descubrimiento de la colisión de dos estrellas de neutrones y se publicaron de manera simultánea los primeros resultados y análisis de este fenómeno en las principales revistas científicas del mundo. En opinión de los especialistas en estas áreas, las implicaciones de un evento de este tipo para la física y la astronomía son incalculables, pues marcan una nueva era en el estudio y conocimiento del universo.


Las estrellas de neutrones son las más pequeñas y densas conocidas; nacen de una gigante (las que tienen una masa 10 a 50 veces la del Sol o mayores) que se colapsa y estalla (explosión que se conoce como supernova). La estrella de neutrones es el resultado de las últimas etapas de este proceso. Los electrones del núcleo de esos cuerpos celestes se unen a protones dando lugar a neutrones y neutrinos (de ahí su nombre).


Se sabe desde hace varias décadas que estas estrellas pueden formar sistemas binarios, es decir, dos estrellas muy próximas que giran una alrededor de la otra atraídas por la fuerza gravitacional. Esta atracción provoca que la proximidad sea cada vez mayor, lo que crea perturbaciones cada vez más intensas, que producen lo que hoy conocemos como ondas gravitacionales, cuya existencia fue confirmada a principios del año pasado y dio lugar apenas hace algunas semanas al otorgamiento del Premio Nobel en Física.
Hace 130 millones de años (considerando la escala de la velocidad de la luz) dos estrellas de neutrones se fusionaron, dando lugar a una gran explosión. La probabilidad de que ocurra al azar un evento con esta fuerza se estima en una vez cada 80 mil años. La detección fue realizada el pasado 17 de agosto (aunque fue anunciada apenas ayer).


El primer gran logro consiste en la confirmación de la utilidad los sistemas de registro de ondas gravitacionales, como los del Observatorio de Interferometría Láser para Ondas Gravitacionales (Ligo, por sus siglas en inglés), que cuenta con instalaciones en Washington y Luisiana, Estados Unidos, y el Observatorio Gravitacional Europeo (Virgo), con sede en Pisa, Italia. La explosión fue además confirmada unos segundos más tarde por las observaciones realizadas por telescopios instalados en satélites, como el Fermi, de la Nasa, que permite registrar mediante espectroscopia las emisiones de rayos gamma, en este caso, las producidas durante la fusión de las estrellas de neutrones, y luego por observaciones realizadas por varios telescopios en tierra. Se trata así de un acontecimiento confirmado por varios sistemas de detección, lo que hace confiable la certeza del evento.


Además de la validación de los sistemas de registro de las ondas gravitacionales, uno de los mayores descubrimientos asociados al fenómeno registrado es, precisamente, el registro de la radiación gamma. La explosión consecutiva a la fusión de las estrellas de neutrones produjo la emisión de dos enormes chorros de radiación gamma que fueron registrados por el telescopio Fermi. Anteriormente existían diversas hipótesis sobre el origen de algunas de estas emisiones, pero hasta ahora es que se sabe con certeza que provienen de la fusión de las estrellas de neutrones.


También la explosión revela la existencia de un objeto hipotético llamado kilonova, porque brilla miles de veces más que las novas ordinarias (las que experimentan una explosión termonuclear), y resuelve uno de los misterios de la física, es decir, el origen de algunos elementos. Para mí una de las cosas más impresionantes en esta hazaña fue saber que la fusión de las estrellas de neutrones permitió detectar la formación de elementos pesados presentes en el universo como el oro, la plata y el platino.
El sueño de los alquimistas hecho realidad frente a nuestros propios ojos. Ahora sabemos que la búsqueda incansable del oro de los magos medievales, que utilizaban alambiques y diversos instrumentos para lograr la maduración de los metales, se realiza, como quizá lo sospechaban, en las propias estrellas.

LIGO de Louisiana, en la ciudad de LIvingstone.

 

Es un intento de divulgación. Nada nuevo para personas ya puestas en la materia. Me baso en artículos de diarios y de revistas. Algunos de ellos, llevan la firma de Nuño Domínguez. En mi opinión, uno de los mejores divulgadores científicos de nuestros país. También en una nota del físico de la UAM Juan García-Bellido.


Las ondas gravitacionales [OG]

 

Son vibraciones en el espacio-tiempo, el material del que está hecho el universo. En 1916, Albert Einstein predijo que, según su teoría general de la relatividad [TGR], los cuerpos más violentos del cosmos -las explosiones estelares en supernovas, las parejas de estrellas de neutrones, la fusión de dos agujeros negros supermasivos, la fuente más potente de estas ondas- liberan parte de su masa en forma de energía a través de estas ondas “que tienen más energía que billones y billones de bombas atómicas”. El físico con extenso expediente del FBI creyó también, creencia que ahora sabemos que es errónea, que no sería posible detectarlas debido a que se originan en lugares muy distantes. Serían imperceptibles al llegar a nuestro planeta.

Las OG, la metáfora ha sido muy usada, son comparables a las ondas que se mueven en la superficie de un estanque o al sonido en el aire. Deforman el tiempo y el espacio y, en teoría, viajan a la velocidad de la luz. Su paso puede modificar la distancia entre planetas de forma muy leve. Las frecuencias de algunas de estas ondas coinciden con las del sonido.

Las OG abren una nueva era en el conocimiento del universo. Toda la información que tenemos del cosmos -se cree que solo conocemos el 5%- es por la luz en sus diferentes longitudes de onda: visible, infrarroja, ondas de radio, rayos X, etc. Las OG nos dan, digamos, un sentido más y nos permiten saber qué está pasando allí donde hasta ahora no veíamos nada.

También permiten saber si la Teoría General de la Relatividad se mantiene vigente en los rangos de presión y gravedad más intensos que pueden concebirse... O no, por supuesto.

 

LIGO

 

El Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO), en EE UU, captó en 2015 las ondas producidas por la fusión de dos agujeros negros. La primera vez que se captan OG, un siglo después de que Einstein predijera su existencia.

Sólo existían pruebas indirectas de su existencia. En 1978, Rusell Hulse y Joseph Taylor demostraron que un púlsar binario -dos estrellas orbitando juntas, una de ellas un púlsar- estaban cambiando ligeramente su órbita debido a la liberación de energía en forma de OG en una cantidad idéntica a la que predecía la TGR. Ambos ganaron el Nobel de Física en 1993. Las teorías de Einstein dan para muchos premios como vemos.

Diez años después, en 2003, se confirmó que lo mismo sucede con otra pareja estelar, en este caso de dos púlsares.

El LIGO es un gran instrumento óptico de precisión desarrollado por los institutos tecnológicos de California (Caltech) y Massachusetts, (MIT) y la Colaboración Científica LIGO, en la que participan unos 1.000 investigadores de muchos países (España incluida). La instalación consta de dos detectores láser con forma de L. Cada brazo de esa L tiene 4 kilómetros y hay dos detectores idénticos, uno en Luisiana y otro a unos 3.000 kilómetros, en el estado de Washington. LIGO puede identificar variaciones equivalentes, no hay error en la medida, a una diezmilésima parte del diámetro de un átomo. Es la medición más precisa jamás lograda por un instrumento científico.

Se necesitan al menos dos detectores. ¿Para qué? Para evitar los falsos positivos causados por cualquier vibración local como terremotos, tráfico o fluctuaciones del propio láser. Al contrario que todos ellos, este es un punto importante, una OG causará una perturbación exactamente igual en Luisiana que en Washington.

Con la configuración actual, LIGO puede ver-detectar a una distancia de unos 1.000 millones de años luz de la Tierra (1.000 x 1.000.000 * 365* 84.600 * 300.000 kms = 9.263.700.000.000.000.000.000 de km). Se cree que LIGO alcanzará su máxima potencia en 2020.

 

El descubrimiento de la primera señal de OG.

 

Los responsables del LIGO anunciaron en 2016 que habían captado las ondas producidas por el choque de dos agujeros negros. El anuncio se hizo en una conferencia de prensa celebrada en Washington. Los resultados científicos fueron aceptados para su publicación en Physical Review Letters. "Señoras y señores, hemos detectado las ondas gravitacionales. Lo hemos conseguido", exclamó el director ejecutivo del LIGO, David Reitze. "Hemos tardado meses en ver que realmente eran las OG, pero lo que es verdaderamente emocionante es lo que viene después, abrimos una nueva ventana al Universo".

La primera señal se captó el 14 de septiembre de 2015 en los dos detectores idénticos de este experimento, situados como se dijo a unos 3.000 kilómetros de distancia. La señal venía de una fusión que sucedió hace 1.300 millones de años, fruto del violento abrazo de dos agujeros negros cuya masa era entre 29 y 36 veces mayor a la del Sol. Los dos agujeros “se fundieron en uno liberando una energía equivalente a tres masas solares, que salió despedida en forma de OG en una fracción de segundo”.

Este proceso de masa transformándose en energía en fracciones de segundo lo describe la ecuación más famosa de la historia de la ciencia E=mc2. El hallazgo abre un nuevo camino en astronomía. Estas ondas, como se dijo, son comparables al sonido y permiten estudiar objetos que eran totalmente invisibles hasta ahora.

Nuestros oídos empiezan a escuchar “la sinfonía del universo”.

Este tipo de señales mostrarán si estos violentísimos sucesos ocurren tal y como predice la teoría de la relatividad de Einstein o si debemos buscar otra nueva para entenderlos.

 

La detección de OG gana el Nobel de Física 2017.


Los científicos estadounidenses Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne han ganado el Premio Nobel de Física 2017 por su trabajo en LIGO. El jurado ha reconocido a los científicos por un "descubrimiento que sacudió al mundo", ha señalado Göran Hansson, el secretario general de la Real Academia de Ciencias Sueca, al anunciar el fallo del jurado.

Los tres físicos, junto al resto de la colaboración internacional del experimento, también recibieron este año el Premio Princesa de Asturias por su papel en el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales.

El jurado de la academia sueca ha reconocido a Rainer Weiss como uno de los pioneros “en el diseño de los primeros interferómetros láser cuyos haces de luz estaban especialmente concebidos para vibrar al paso de una leve onda gravitacional, un trabajo que inició a finales de los años 60 en el Instituto de Tecnología de Massachusetts”. Unos años después, el físico teórico Kip Thorne comenzó a trabajar en el diseño de dispositivos similares en el Instituto de Tecnología de California. “Ambos proyectos quedaron unidos en el actual LIGO, cuya construcción fue aprobada en 1990”. Barry Barish, el tercer premiado, lideró la etapa de edificación y puesta en marcha de los dos grandes interferómetros del proyecto, que están separados, como se comentó, por más de 3.000 kilómetros para maximizar las probabilidades de captar una señal. También fue quien dio al proyecto su actual proyección internacional. Más de 1.000 científicos de 20 países -incluida España a través del grupo de gravitación y relatividad de la Universidad de las Islas Baleares que lidera Alicia Sintes- han contribuido en esta gran hazaña científica.

El físico de la UAM, Juan García Bellido, ha explicado lo sucedido en los siguientes términos:

1. Dos enormes interferómetros en Washington y Luisiana ”detectaron el pasado 14 de septiembre de 2015, por primera vez en la historia, la emisión de ondas gravitacionales generadas en los últimos instantes de la fusión de dos agujeros negros de unas 30 masas solares cada uno, abriendo una nueva era de la astronomía y la cosmología”.

2. El 11 de febrero de 2016 se pudo seguir en directo la rueda de prensa que los fundadores del experimento, “Reiner Weiss, Ronald Drever y Kip Thorne, dieron en Washington, en la sede de la National Science Foundation estadounidense, describiendo la detección de la señal inequívoca, por lo que los investigadores de la colaboración LIGO sabían que estaban ante un hito de la historia de la ciencia”.

3. Si el siglo XX fue el siglo de la exploración del universo gracias a las ondas electromagnéticas de todas las frecuencias de radio a los rayos gamma, “este siglo XXI seremos capaces de explorar el universo con una nueva sonda, las ondas gravitacionales. Nos va a permitir explorar la naturaleza de la materia oscura y la energía oscura. En concreto, la emisión de ondas gravitacionales es tan precisa que podemos calibrar las fuentes con nuestros conocimientos de relatividad general y, por tanto, podemos usar estos eventos de fusión de agujeros negros como “sirenas estándar” para determinar con precisión las distancias a las galaxias lejanas, similar a lo que hacemos ahora de forma rutinaria con las supernovas”. De esta manera, prosigue García-Bellido, “es posible deducir el contenido de materia y energía que da lugar a la expansión acelerada del universo, y descubrir, por ejemplo, la naturaleza del campo responsable de dicha aceleración.

4. La precisión de las medidas hechas por estos detectores “es tan extraordinaria que podemos usar estas observaciones para testar la teoría de la relatividad general en régimen de campo fuerte y plantearnos la posibilidad de que en un futuro detectemos pequeñas desviaciones respecto a las predicciones de la relatividad general”. Si fuera así, se tendría la necesidad de buscar una teoría de la gravedad más allá de la actual, “posiblemente con nuevos efectos de gravedad cuántica”.

5. El avance tecnológico que ha sido necesario para llegar a construir el experimento LIGO “será el precursor de desarrollos aún más novedosos, con nuevos materiales y tecnologías, para explorar la detección de ondas gravitacionales a todas las frecuencias posibles, incluso aquellas que podrían darnos información de los primeros instantes del universo y de la naturaleza de la materia oscura”.

Acabamos de entrar en una nueva era científica, en opinión de Juan García-Bellido. Que así sea y que la paz la acompañe, que el armamento nuclear sea destruido y que el humanismo bien entendido sea su guía. ¡Ciencia para la emancipación humana, no para su destrucción!

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

 

 

El papel de las mujeres en la historia de la ciencia

En una época donde la igualdad en el laboratorio está más cerca que lejos, la cultura revisa el arrinconado papel de las mujeres en la historia de la ciencia


En el otoño de 1940, mientras el antisemitismo daba dentelladas, Rita Levi-Montalcini (Turín, 1909-Roma, 2012) fabricaba instrumentos artesanales para rehacer en su habitación un laboratorio donde continuar con la investigación que las leyes raciales de Mussolini habían truncado. Ante cada bombardeo británico, protegía su vida tanto como la del microscopio binocu¬lar Zeiss que se llevaba al refugio. En la montaña, donde se ocultó con su familia, peregrinó por granjas para conseguir huevos que le proporcionasen embriones para el experimento y tortillas para sus estómagos, por este orden. Y ni siquiera fueron las horas más angustiosas que vivió durante la guerra, cuando ejerció la medicina con tal impotencia ante la avalancha de muertos que renunció de por vida a la práctica clínica.


Años después, al revivir aquellas horas para sus memorias Elogio de la imperfección (Tusquets), afirmaría que siguió adelante con sus trabajos mientras el mundo se derrumbaba gracias a “la desesperada y en parte inconsciente voluntad de ignorar lo que ocurre, porque la plena consciencia nos habría impedido seguir viviendo”. Aquellos estudios desarrollados a contrapelo acabarían en un descubrimiento, el factor de crecimiento nervioso (NGF), que le daría en 1986 el Nobel de Medicina.


Un asunto, el del Nobel, al que ella dedica dos escuetas alusiones en sus memorias. Lo importante estaba en otra parte. En el consejo que un colega le dio en uno de aquellos días apocalípticos: “No se dé por vencida. Monte un laboratorio y siga trabajando. Recuerde a Cajal, y cómo en la ciudad soñolienta que debía ser Valencia a mediados del XIX sentó las bases de lo que conocemos del sistema nervioso de los vertebrados”.


No darse por vencidas pese a que todo, el contexto también, invitaba a hacerlo. La clave que convierte en historias épicas las trayectorias de las mujeres que dieron a la ciencia más de lo que la ciencia les reconoce reside en un heroico afán de superación. En una inteligencia portentosa protegida por una coraza de galápago para sobreponerse a los abucheos, las burlas, la explotación salarial o la apropiación indebida de sus ideas. Contra la visión de que la ciencia era un reducto de hombres, emergen cada vez más biografías y películas de esas aventureras del conocimiento (desde 2009:Ágora, El viaje de Jane, Temple Grandin, Figuras ocultas o Marie Curie).


Pocas, sí. Pero tan silenciadas que no existían hasta que en las últimas décadas, acompañando a la irrupción masiva de mujeres en el laboratorio y al impulso de los estudios de género, aflora una relectura que pone algunas cosas (y personas) en su sitio: desde la paleontóloga Mary Anning (1799-1847), que renovó el conocimiento de la prehistoria con sus descubrimientos de fósiles de dinosaurios (y silenciada por ser mujer, pobre y no anglicana, en el orden que quieran), hasta la matemática Ada Lovelace (1815-1852), considerada precursora de la programación informática.


Claro que si el Nobel es la cúspide para medir la excelencia, solo 48 mujeres han tocado el cielo. Un raquítico 5% de los 881 premiados (excluidos organismos) desde que se entregan en 1901. Tampoco las estadísticas domésticas invitan al jolgorio: los principales premios científicos concedidos hasta 2015 en España (Princesa de Asturias, Nacionales, Jaime I y Frontera-¬BBVA) han ido a manos de hombres en el 89% de las ocasiones, según datos de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT).


Los honores no resisten una revisión crítica de su historia. La trastienda del Nobel está repleta de pelusa sexista. Tres ejemplos. La austriaca Lise Meitner, pese a su papel en el descubrimiento de la fisión nuclear, es excluida en 1944 del Nobel de Física, entregado a su colaborador ¬Otto Hahn (otra alegría que sumaba la judía Meitner después de haber tenido que huir del Berlín nazi). Rosalind Franklin y su famosa Fotografía 51, donde se aprecia la doble hélice del ADN por la que pasarían a la historia James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins, que se valieron de la imagen sin reconocer a su autora. O la irlandesa Jocelyn Bell, que descubrió los púlsares con 24 años, mientras realizaba su doctorado. Tanta precocidad perturbó a la Academia, que distinguió con el Nobel a sus superiores.


A este rescate histórico se suma ahora la exposición Mujeres Nobel, dedicada a algunas de las ganadoras. Una lista que inauguró Marie Curie en 1903 y de momento cerraron en 2015 la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich (Literatura) y la científica china Youyou Tu (Medicina). Detrás de cada una coinciden a menudo la voluntad, la modestia y el humanismo. Si Levi-Montalcini ejerció la medicina clandestinamente durante la Segunda Guerra Mundial, Marie Curie (Nobel de Física y Nobel de Química) creó un servicio móvil de atención radiológica, los petit curie, para facilitar la extracción de metralla a los heridos en la Primera, ayudada por su hija Irène, futura Nobel de Química en 1935.

“Preocupada por la posibilidad de que alguna vez el conductor no estuviese disponible, aprendió a conducir y también la mecánica imprescindible”, cuentan en la biografía Ella misma (Palabra) Belén Yuste y Sonnia L. Rivas-Caballero, también comisarias de la exposición, que han organizado el CSIC y el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
Marie Curie es probablemente la científica más admirada. Fue también una de las más atacadas por su vida personal (su supuesta relación, ya viuda, con Paul Langevin, ya casado), utilizada por la prensa sensacionalista con la saña de las redes sociales de hoy. El mito Curie, sin embargo, pudo con todo, incluida la apertura de las puertas del Panteón de Hombres Ilustres de Francia en 1995. Un modelo que llevó a la niña Joaquina Álvarez a saber de qué iría el futuro: “Me regalaron un libro sobre ella y me dije: ‘Yo quiero hacer esto, saber cómo funciona el mundo, y más o menos lo he conseguido, pero siempre he sido minoría. Y cuando eres minoría, no te escuchan, te ignoran y casi siempre estás sola”. La geóloga Álvarez, que investiga en Taiwán los procesos que influyen en la formación de cordilleras, preside la AMIT, la organización que desde 2002 lucha por una ciencia libre de discriminación. Y aunque hay señales optimistas —tantas mujeres como hombres leyendo tesis—, se mantiene el predominio masculino en la cima de la carrera científica española.


En Europa se cita el 2000 como punto y aparte. Se presenta ese año el informe ETAN sobre Mujeres y Ciencia, un alarmante compendio de desigualdades en los países comunitarios. “La brecha de género afecta al PIB. Una sociedad no puede permitírselo, como tampoco se puede permitir la esclavitud, porque significa perder talento”, sostiene Pilar López Sancho, presidenta de la Comisión Mujeres y Ciencia del CSIC. En 2015 promovió la entrega de la medalla de oro del organismo a Jocelyn Bell, la descubridora de los púlsares. Pensó que era la primera mujer en recibirlo. Su estupor fue mayúsculo al descubrir que había un precedente que ignoraba. “La primera en recibir la medalla fue Rita Levi-Montalcini, pero en vez de en el salón de actos, se le dio en una salita pequeña y no se hicieron fotos. Pasó desapercibido. El colmo es que le den la medalla y no se sepa”.


La periodista Dava Sobel reconstruyó en El universo de cristal (Capitán Swing) la insólita experiencia del Observatorio de Harvard, que en 1893 alcanzaba la paridad: el 42,5% de los ayudantes eran mujeres. Hasta ahí lo bueno. “A veces me siento tentada de abandonar y dejar que pruebe poniendo a otra o a algún hombre a hacer mi trabajo, para que así se dé cuenta de lo que está obteniendo conmigo por 1.500 dólares al año, comparado con los 2.500 que recibe cualquier otro ayudante (hombre). ¿Piensa alguna vez que tengo un hogar que mantener y una familia que cuidar al igual que los hombres?”, se quejaba Williamina Fleming, una escocesa que entró como sirvienta en la casa del director del Observatorio, Edward Pickering, y acabó como conservadora oficial de fotografías astronómicas de Harvard.


Además de la complicidad de Picke¬ring, las investigadoras se beneficiaron de otra circunstancia: la financiación del Observatorio dependía de la filántropa Anna Palmer Draper, viuda del astrónomo Henry Draper. Para la historia también quedó constancia de la incomodidad que suscitaban las astrónomas en el presidente de Harvard: “Siempre pensé que el cargo de la señora Fleming era un tanto anómalo y sería mejor no convertirlo en una práctica regular otorgando a sus sucesoras el mismo cargo”.

Hallan indicios de que la luz interacciona consigo misma

Un equipo de físicos detectó por primera vez indicios directos de la colisión de fotones en experimentos realizados en el Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN), informaron este lunes en la revista Nature Physics.


Todavía faltan algunos pasos para constatar el hallazgo con los más altos estándares de la física, pero los responsables del experimento Atlas del CERN esperan completarlos en las pruebas que llevarán a cabo a finales de 2018.


Este resultado es un hito: la primera evidencia directa de luz interaccionando consigo misma a alta energía, afirmó el coordinador de física del experimento Atlas, Dan Tovey, en un comunicado. El resultado confirma una de las predicciones más antiguas de la electrodinámica cuántica.


Experimento en el Gran Colisionador de Hadrones


Los científicos llevaron a cabo más de 4 mil millones de colisiones de iones de plomo en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) y detectaron 13 interacciones de éstas. Los experimentos se efectuaron en 2015 y desde entonces se estudió y verificó la ingente cantidad de datos obtenidos.


La teoría clásica del electromagnetismo, formulada hace 150 años por las ecuaciones de Maxwell, postula que los rayos de luz no interaccionan entre ellos. Sin embargo, hace 80 años, los físicos cuánticos calcularon que las partículas de luz –los fotones– pueden interactuar en determinadas condiciones. Esas interacciones ya habían sido medidas de forma indirecta en los años 70. En la prueba se lanzaron unos iones de plomo contra otros a velocidades cercanas a las de la luz. Cuando estos pasan unos muy cerca de otros a gran velocidad se genera un gran campo electromagnético. Esto puede interpretarse como dos fotones que se dirigen uno hacia otro.


En el resultado, los dos iones se dirigen uno hacia el otro y emiten dos fotones, que se pueden medir con el detector Atlas en el LHC. A partir de esos datos se puede deducir que los fotones tuvieron que colisionar.

Científicos hallan por primera vez la 'partícula ángel'

La inusual partícula, teorizada hace 80 años, tiene la particularidad de que actúa al mismo tiempo como su propia antipartícula.

 

Científicos de la Universidad de Stanford y la Universidad de California han descubierto la evidencia de la llamada 'partícula ángel' o fermión de Majorana, anunciada hace 80 años por el físico italiano Ettore Majorana. Lo inusual de esta partícula, apodada así a partir de la novela de Dan Brown 'Ángeles y Demonios', consiste en que es al mismo tiempo su propia antipárticula, destaca el portal IflScience.


En 1937, Majorana sostuvo que dentro del tipo de fermiones, que incluyen protones, electrones y neutrones, algunas partículas deben ser sus propias antipartículas. La antipartícula, explica el portal, tiene la misma masa que la partícula, pero cuenta con una propiedad eléctrica o magnética opuesta. Por ejemplo, el positrón es la antipartícula del electrón y al reunirlas, una partícula elimina a la otra.


Ahora, el equipo de investigadores realizó un experimento mediante el cual apiló juntas las películas finas de dos materiales cuánticos y pasó una corriente eléctrica a través de las mismas en una cámara de vacío enfriada. Con ayuda de un imán, los investigadores pudieron modificar la velocidad de los electrones, y en ciertos puntos esta acción causó la aparente aparición de las cuasipartículas de Majorana.


Los científicos precisaron que no observaron exactamente las partículas de Majorana, sino "las excitaciones en un material que se comporta como las mismas". Y aunque el equipo define su experimento como "una evidencia irrefutable" de estas inusuales partículas, se desconoce si las mismas pueden producirse naturalmente en el universo.

Publicado: 25 jul 2017 04:56 GMT

Lunes, 05 Junio 2017 06:42

Un mundo de información creciente

Un mundo de información creciente

Cuanto más sorpresivo es un acontecimiento, mayor información contiene. La cantidad de la información del mundo es directamente proporcional a la sorpresa, la aleatoriedad, en fin, la baja probabilidad del evento.

Vivimos un mundo crecientemente informado, un mundo en el que la información crece a ritmos descomunales. Sin embargo, contra todas las apariencias, la razones no son culturales, científicas o tecnológicas, por ejemplo. Las razones hay que buscarlas en la física.

En efecto, la base para comprender el tema se encuentra en dos planos distintos, pero paralelos. De un lado, en la termodinámica, y de otra parte en la teoría de la información de C. Shannon.

El contenido de información de un evento depende de cuán sorprendidos estamos por la probabilidad del evento que ocurre. Más exactamente, cuanto más sorprendidos nos encontramos, mayor información contiene el evento. Así, por ejemplo, los eventos predecibles, normales, anticipables; digamos incluso, los eventos aburridos —todos ellos— contienen poca información. Por el contrario, cuanto más sorpresivo es un acontecimiento, mayor información contiene. La cantidad de la información del mundo es directamente proporcional a la sorpresa, la aleatoriedad, en fin, la baja probabilidad del evento.

Pues bien, en un mundo crecientemente interrelacionado, un mundo que, literalmente, se ha vuelto pequeño en virtud de la información cruzada e interdependiente; en otro plano, en un mundo en el que los saberes se implican recíprocamente unos a otros y en el que los planos y los contextos son cada vez menos disyuntos —en un mundo semejante, eventos cada vez más improbables emergen. Y con ello, ganamos en información.

En verdad, cuando el mundo era de suma cero, una cantidad de información no tenía alcances globales y de largo alcance. Por el contrario, una vez que vivimos un mundo diferente de suma cero —ahora que nos encontramos en la cuarta revolución industrial—, eventos cada vez menos probables emergen y contienen información creciente, previamente inesperada e inaudita.

Los sistemas vivos procesan información análogamente a como el universo mismo es un sistema de permanente procesamiento de información. Pues bien, la segunda ley de la termodinámica —el principio de entropía de Boltzmann— sostiene que un sistema evoluciona al estado de máxima información en el que ya no es posible ganar más información, ni más información puede ser ya contenida (almacenada).

Pues bien, la entropía es la medida de aleatoriedad de un sistema. En otras palabras, cuando mayor es la entropía de un sistema, mayor información tiene o lleva el sistema en consideración.

De manera puntual, la segunda ley de la termodinámica afirma que un sistema físico alcanza la muerte cuando alcanza el máximo desorden. Esto es, cuando alcanza tal grado de saturación de información que ya no puede con ella; ya no puede procesarla. Dicho franca y literalmente: el sistema ya es incapaz de aprender más. Entonces llega la muerte.

Un investigador importante sostiene que la vida no termina cuando existe poca o baja energía libre disponible. Por el contrario, más exactamente, la vida termina cuando existe una sobredosis de información que ya no se puede procesar. La información creciente es una sola y misma cosa con la generación de entropía, que implica pérdida, agotamiento, incapacidad de procesamiento de información.

Pues bien, el procesamiento de información es computar. Sólo que en medicina, en biología y en ciencias de la vida, la forma como se entiende la computación es como metabolización. Hay organismos que metabolizan muy lentamente y otros que metabolizan más rápidamente. Hay organismos que necesitan ayudas para metabolizar y hay otros que metabolizan sin dificultades, aprenden, se adaptan, son triunfantes en el entorno.

El universo se encuentra constantemente sometido a cambios bruscos, imprevistos, irreversibles. Y cuanto más improbable es un acontecimiento, mayor información hay. Inversamente, cuando menos improbable es un suceso, menor información existe. Pues bien, las dinámicas del universo, la naturaleza y la realidad se ven muchas veces sometidas a cambios bruscos, que es cuando aparece información creciente. Entonces la naturaleza debe tener la capacidad de procesar dicha información inesperada. En esto consiste la aleatoriedad, la contingencia, el azar.

El motor de la historia como el motor del universo no es la existencia de fenómenos de alta probabilidad. Por el contrario, el motor de la vida y la realidad es la aleatoriedad, no el determinismo, que es cuando existen fenómenos, sistemas y comportamientos de muy baja probabilidad, pero que tiene o llegan a tener lugar.

La ciencia en general se alimenta de sorpresas, y el asombro fue ya reconocido por los griegos antiguos como la madre del conocimiento. Cuando somos capaces de asombrarnos, cuando emerge la exigencia de procesamiento de información nueva. Y en consecuencia, la exigencia de un mejor procesamiento de la información.

Un científico importante sugirió la siguiente fórmula: “It comes from bit comes from qubit”, que significa que las cosas son, en realidad, unidades de información (no entes físicos por sí mismos), y que, a su vez, las unidades de información se fundan en información cuántica (qubit).

La información cuántica no es información de “o una cosa o la otra”, sino “las dos cosas a la vez, así sean diferentes”. Pues bien, a la fecha, el mejor modo de explicar el procesamiento de información es mediante la computación cuántica. Que es, según todo parece indicarlo, la forma como el universo y los sistemas vivos procesan información: desde las células hasta los órganos, desde las interacciones de unos organismos con otros hasta las dinámicas de biomas, nichos ecológicos y ecosistemas. Que son los lugares y formas como la información aumenta, crece, evoluciona.

Y entonces nos enfrentamos al más fabuloso de todos los dilemas: cómo procesar información creciente. En esto consiste exactamente la complejidad del mundo, la naturaleza, la sociedad y la realidad.

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Recreación del descubrimiento de planetas del sistema solar Trappist-1 Handout

 

El astrofísico del IEEC analiza porqué el hallazgo de un nuevo sistema solar dispara las hipótesis de contemplar vida más allá de nuestro planeta

 

 

Esta semana conocíamos una de las noticias que, sin duda, pasará a los anales de la historia de la astronomía: el descubrimiento de un pequeño sistema solar a tan sólo 40 años luz, con siete planetas en su órbita con similitudes a la Tierra. Un interesante hallazgo para la comunidad científica que permite especular sobre la posibilidad de encontrar vida extraterrestre en los próximos años.

Kike Herrero, astrofísico del Institut d’Estudis Espacials de Catalunya (IEEC), señala que este nuevo sistema solar no es el único donde podría contemplarse vida extraterrestre. “Una de cada seis estrellas puede tener planetas similares a la Tierra. Por lo tanto, si en nuestra galaxia existen 200 mil millones de estrellas, contemos cuantos planetas pueden albergar vida”, señala. Por ello, el astrofísico considera que “es difícil pensar que la vida es un fenómeno único”.

 

 

"Una de cada seis estrellas puede tener planetas similares a la Tierra”

 

 

Para poder determinar si estadísticamente podemos localizar otro planeta con vida, “deberíamos conocer el número de probabilidad, ya que ahora no sabemos si es una entre un billón, una entre mil o una entre cien. Cuando encontremos otro planeta con vida, podremos conocer la proporción y saber si es algo excepcional o bien algo abundante en el universo”.

“El hecho de que un planeta transite por delante de su estrella, nos permite conocer muchas más cosas sobre estos cuerpos”, explica Kike Herrero, astrofísico del Institut d’Estudis Espacials de Catalunya (IEEC). Cuando el planeta se encuentra frente al astro, “parte de la luz que pasa a través del planeta está modificada y filtrada por la posible atmósfera que exista, cosa que nos permitirá conocer los compuestos químicos que se albergan y si hay, o no, posibilidades de vida”, confiesa el experto.

En esta vídeoentrevista para LaVanguardia.com, el astrofísico resalta que gracias a los futuros estudios, “quizás podamos dar respuesta a uno de los grandes misterios de todos los tiempos de la Humanidad: si existe vida más allá de nuestro planeta”.

En este sentido, la observación de la atmósfera deberá realizarse con tecnología punta y nuevas herramientas como la entrada en funcionamiento del nuevo telescopio espacial, el denominado James Webb Telescope, que será lanzado por un Ariane 5 en octubre de 2018.

 

 

"Cuando encontremos otro planeta con vida, podremos conocer la proporción y saber si es algo excepcional o bien algo abundante en el universo”

 

El astro protagonista del último descubrimiento, anunciado por la NASA y publicado en Nature, se llama Trappist-1 y está considerado una estrella enana ultrafría. Tiene un radio equivalente al 12% del Sol y una temperatura superficial de unos 2.300 grados centígrados, frente a los 5.500 de nuestra estrella. De ahí la importancia que el conjunto de planetas orbite a una distancia cercana al astro.

Precisamente esta situación provoca que el planeta “f”, el candidato con mejores posibilidades de albergar vida, haga una translación alrededor de su sol en tan solo nueve días, en lugar de los 365 terrestres.

 

 

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Recreación del sistema solar Trappist-1 (M. Kornmesser / AFP)

 

 

El detector Atlas es unos de los que registran las colisiones en el acelerador de particulas (LHC), en Ginebra CERN

 

Japón propone reducir a la mitad el futuro Colisionador Lineal Internacional ante la falta de presupuesto

 

 

Hechos aparentemente aislados, como la llegada al poder de Donald Trump, el brexit o la preparación de los próximos Juegos Olímpicos en Japón, se han aliado para trastocar el avance en nuestra comprensión del universo.

Desde hace décadas, un comité internacional facilita los contactos entre países para crear los aceleradores de partículas del futuro. La mayor de estas máquinas, el LHC de Ginebra, ha permitido descubrir el bosón de Higgs, la partícula que completa la definición de la materia convencional, de la que está hecha todo cuanto vemos y tocamos en nuestro día a día, las proteínas y los genes que nos mantienen vivos, así como los billones de planetas y estrellas que hay en el universo. Pero toda esa materia supone menos del 5% de todo el cosmos. Para conocer de qué está hecho el resto hay que construir nuevos aceleradores de partículas más potentes y caros.

Uno de los proyectos más avanzados es el Colisionador Lineal Internacional (ILC), que se construiría en Japón. En su concepción original podría producir partículas de materia oscura, que supone el 24% del universo y nunca ha sido observada, pero el proyecto afronta importantes recortes.

En la última reunión del comité de futuros aceleradores ICFA, celebrada la semana pasada en el Instituto de Física Corpuscular de Valencia, Masanori Yamauchi, director general del laboratorio de física de partículas de Japón (KEK), ha presentado al resto de países miembros un plan para recortar la potencia del nuevo acelerador a la mitad y ahorrar en torno a un 40% de su coste, de unos 8.000 millones de euros. Japón cree que esta es la forma de salvar el proyecto y comenzar las negociaciones con otros países para pagar su construcción, aunque aún hay muchas dudas. “Los japoneses pensamos que la comunidad internacional debe pagar la mayor parte del acelerador y la comunidad internacional piensa justo lo contrario”, reconoce Yamauchi.

En su país, el mismo ministerio financia la ciencia y el deporte, además de la cultura y la educación, lo que ha tenido un impacto directo en las investigaciones del KEK. El organismo está recortando el tiempo de operación de sus aceleradores en torno a un 10% al año para ahorrar debido a los Juegos Olímpicos de Tokio en 2020, explica Yamauchi con resignación. Esta situación “está afectando negativamente a la investigación de física de partículas” en el país, reconoce, pero el problema se ve con optimismo, dado que se espera que, pasado el evento deportivo, el ILC se convierta en el buque insignia del ministerio y reciba una fuerte inyección de dinero.

El ILC reducido funcionaría a la mitad de potencia, 250 GeV, y sería una "fábrica de Higgs". Su objetivo principal no sería tanto la materia oscura como producir los bosones ya conocidos, eso sí, con mucha más limpieza que el LHC para profundizar en el conocimiento de sus propiedades, ya que aún queda por determinar si es una partícula fundamental o compuesta o si hay más de un bosón de Higgs. En un futuro indeterminado, el acelerador podría ampliarse para alcanzar el doble de potencia.

Europa y EE UU esperan a que Japón haga un anuncio oficial de que pretende construir el acelerador, lo que se espera para 2018 o 2019, explica Grahame Blair, director de programas del Consejo de Instalaciones de Ciencia y Tecnología de Reino Unido. Blair afronta una situación no menos paradójica que su colega nipón, pues preside el organismo internacional que aglutina a las agencias financiadoras de cara a nuevos aceleradores lineales en representación de Europa, justo cuando su país planea abandonar la Unión Europea. El británico admite que “aún no se sabe cómo el brexit va a afectar a la ciencia en Reino Unido”. El Gobierno de Theresa May aún debe “nombrar muchos cargos y simplemente no sabemos lo que va a pasar”, reconoce.

En una incertidumbre similar está Abid Patwa, del Departamento de Energía de EE UU. El pasado miércoles participó en la reunión a puerta cerrada de las agencias financiadoras, donde se exploró cómo “acomodar unos presupuestos planos en casi todos los países, con el proyecto de diseñar” el ILC y otros aceleradores futuros, explica. Donald Trump ha arremetido contra la ciencia del cambio climático y ha agitado bulos sobre las vacunas, pero sus planes en la exploración de los grandes enigmas del universo son aún un misterio. En 2014, un panel de científicos que asesoraba al Gobierno de Obama estableció cinco grandes prioridades para los próximos 10 años. La primera era seguir investigando en bosón de Higgs. Además, se pretende aclarar el misterio de la masa de los neutrinos, estudiar la materia oscura y aclarar la aceleración del universo, probablemente empujado por la energía oscura. Por ahora, el equipo de transición de Trump no ha dicho nada sobre este plan, ni cuál será su estrategia para este campo del conocimiento, reconoce Patwa.

Entre tantas dudas, China sigue adelante con un ambicioso plan que amenaza con arrebatarle al CERN Europeo el liderazgo mundial en física de partículas. Jie Gao, del Instituto de Física de Altas Energías, explica que su país planea construir un acelerador de partículas de 100 kilómetros de circunferencia, unas cuatro veces mayor que el LHC, y que abarcaría en su circunferencia un territorio superior a la ciudad de Madrid. El proyecto rivaliza con otro casi idéntico del CERN. La primera fase del proyecto, un colisionador circular de electrones y positrones, también se solapa con el ILC. Empezaría a funcionar en 2030, explica Gao. Después usarán el mismo túnel subterráneo para albergar un colisionador de protones de 100 kilómetros que estaría listo en 2050, explica el físico chino, cuyas explicaciones ejemplifican la forma de hacer las cosas en la primera economía del mundo, según algunos baremos. “En el último Plan Quinquenal hay una frase que dice que China debe promover y sostener un gran proyecto internacional en ciencia, sin mencionar cuál”, explica Gao. El nuevo acelerador “encaja muy bien” con esa directriz, añade el chino. En el país más poblado de la Tierra, construir la mayor máquina de la Tierra sería en realidad muy asequible. “El coste per cápita es incluso más barato que el primer colisionador de partículas que se construyó en China en los ochenta”, explica. Gao espera que el Gobierno comprometa fondos para su diseño detallado a partir del próximo año. El físico resalta que este tiene que ser un proyecto en el que participe la comunidad internacional. “Creo que China puede hacerse cargo del 70% del proyecto”, asegura.

Mientras, el CERN sigue adelante con sus propios estudios “de aceleradores lineales y circulares”, asegura Fabiola Gianotti, directora general del laboratorio, que se muestra muy diplomática sobre los amenazadores planes chinos. “Es muy agradable ver que en varias regiones del mundo hay interés por los aceleradores de partículas”, señala.

La última esperanza de Europa en esta carrera será su capacidad de innovación. El veterano físico Lynn Evans, director de colisionadores lineales del CERN y uno de los padres del LHC, es muy escéptico de que la potencia asiática pueda desarrollar por su cuenta las nuevas tecnologías necesarias para cuadruplicar la potencia de los aceleradores actuales. “Nos llevó 15 años construir el LHC”, y “puede que se tarde 50 años” en construir un acelerador de 100 kilómetros, “nosotros no lo veremos funcionando”, sentencia.

 

 

El teletransporte de información, clave para las comunicaciones del futuro

La filosofía alemana -tan dada a condensar en una sola palabra conceptos muy complejos- llamó zeitgeist al espíritu de un tiempo, refiriéndose al clima intelectual y cultural dominante en una época histórica. Ese algo intangible que comparten las sociedades en un determinado momento y que impregna el arte, la ciencia y las convenciones institucionalizadas. La palabra, extendida gracias a la obra de Hegel, fue asumida incluso por Google para explicar el mundo a través de sus búsquedas. Y si el gigante tecnológico da su bendición, se abren las puertas de par en par para que algo llegue a la calle y corra desbocado por Internet. Por eso se puede decir que el zeitgeist de esta era es -o será en breve- lo cuántico. Lo cuántico no sólo como esa parte de la física que trata de llegar donde no alcanza la mecánica clásica, sino como un demiurgo que abraza y acoge toda actividad humana. Medicina cuántica, filosofía cuántica, programación cuántica, alimentación cuántica, música cuántica y, en fin, espiritualidad cuántica. La fama, desde luego, es merecida, porque la física cuántica nos habla de cosas como la teletransportación; algo tan estimulante y asombroso que hasta hace poco sólo podíamos ubicarlo como uno más de los extras, junto con propulsores de velocidad warp, que la nave Enterprise incluye de fábrica.


El austriaco Anton Zeilinger no ha conseguido todavía teletransportar a un vulcaniano, aunque todo se andará... Comenzó con algo igual de ambicioso, pero mucho más pequeño. En 2005 su equipo logró que dos fotones -bautizados como Alice y Bob- entrelazados cuánticamente se teletransportaran de un lado al otro del Danubio. Aquellos 600 metros se convirtieron un par de años después en 144 kilómetros, los que separan las islas de La Palma y Tenerife. Entender la formulación teórica que explica el logro de Zeilinger no está al alcance de cualquiera, pero sus utilidades prácticas comienzan a vislumbrarse. “Gracias a la comunicación cuántica podemos llegar a la criptografía cuántica. Que es un método seguro de enviar información de un emisor a un receptor. Es tan seguro que no es posible, ni siquiera en teoría, descifrar el código”, asegura Zeilinger.


En el futuro nuestros ordenadores serán cuánticos y al igual que ahora estarán conectados entre ellos, será el momento de la Internet cuántica, un proyecto que el físico austriaco ve todavía lejano pero no imposible. Para explicar la capacidad de estas futuras computadoras, Zeilinger echa mano de un ejemplo que, como cuántico de pro, recuerda al famoso gato de Schrödinger y su capacidad para estar vivo y muerto a la vez: “un bit clásico de información puede ser 0 o 1, como cuando usas Internet: o es un 0 o un 1. Pero el qbit puede estar en una superposición de 0 y 1. De manera poca precisa podríamos decir que es 0 y 1 a la vez”.


Por muy apasionante que suene como desafío teórico, Zeilinger no quiere que sus aportes se queden en el limbo de la especulación intelectual, aunque reconoce que no tiene muy claro cómo podremos beneficiarnos de ellas: “las aplicaciones importantes y reales no se conocen a la hora de inventarlas. Esto ha ocurrido muchas veces en la historia de la humanidad, que se ha inventado algo fundamental y que más tarde la gente ha descubierto que puede utilizarlo para algo más”. Tal vez el sueño de la Enterprise no sea imposible...


Edición: J.C. Rodríguez / George Karja


Texto: José L. Álvarez Cedena

Los próximos wearables los llevaremos bajo la piel

Si pudiéramos ver lo que nos rodea como Neo en “Matrix” nos pasaríamos el día abrumados. Tendríamos ceros y unos todo el tiempo a nuestro alrededor: ceros y unos en la parada del autobús, en la cola del supermercado, en la puerta del colegio; ceros y unos haciendo scroll en el estadio de fútbol y en las butacas del cine, en la consulta del médico y en el parque infantil. Una imagen así invita al desasosiego y, sin embargo, no se aleja demasiado de la realidad. No lo vemos, pero “estamos rodeados de electrónica”, asegura Gadi Amit, uno de los diseñadores tecnológicos más importantes del mundo. “Cuando hablamos de ordenadores ponemos el foco en cajas, más grandes o más pequeñas, pero hay un polvo mágico de hadas que nos envuelve y nos conecta”. Esa invisibilidad de la tecnología que hemos asumido como natural, asegura Gadi Amit, es la que hará que en muy pocos años consideremos que llevar microelectrónica implantada en nuestro cuerpo nos resulte tan normal como subir las fotos de las vacaciones a la nube gracias a nuestro smartphone.


Desde su estudio NewDealDesign el equipo de Gadi Amit es responsable de algunos de los diseños más impactantes que se hayan originado en Silicon Valley. Uno de los más conocidos es la línea de dispositivos inteligentes creados para Fitbit desde el año 2007, cuando la palabra wearable no era todavía un término de moda. NewDealDesing consiguió transformar los gigantescos y antiestéticos aparatos utilizados por los aficionados al deporte en elegantes clips y pulseras que registran y envían datos de la actividad física del usuario.


Pero el futuro de los wearables no está en cosas que llevaremos puestas encima, sino que tendremos dentro de nosotros. Tecnología de punta, conectada y actualizable debajo de la piel. La solución para controlar toda esa electrónica invisible, esos ceros y unos que nos rodean. El proyecto Underskin en el que trabaja NewDealDesign consiste en un tatuaje digital insertado en la mano del usuario, desde el que podrá autentificar tarjetas de crédito, medir niveles de azúcar en sangre y ritmo cardíaco o desbloquear puertas, además de permitir controlar el resto de dispositivos digitales que llevemos con nosotros. Un proyecto ambicioso que, sin embargo, abre las puertas a grandes posibilidades: “será imprescindible crear algo similar a nuestra idea. La proliferación de dispositivos digitales seguirá creciendo y será imposible controlarlo todo”, afirma Amit. Lo que comenzó como la provocación de un grupo de diseñadores visionarios ya está en la agenda de varias compañías dispuestas a desarrollarlo; la era de los implantes electrónicos está cerca...