Lunes, 18 Septiembre 2017 06:22

¿Qué es la lógica epistémica?

¿Qué es la lógica epistémica?

La lógica epistémica forma parte de las lógicas no clásicas, se encuentra estrechamente relacionada con la lógica modal y multimodal, y la suya es una semántica de mundos posibles.



¿Qué significa que el conocimiento sea susceptible de un estudio formal? Esta puede ser considerada como la puerta de acceso a la lógica epistémica. Pues bien, una respuesta plausible es que “conocimiento” e incluso “creencia” pueden ser explicados en términos inmensamente mejores que simplemente decir: el conocimiento consiste en el trabajo y las relaciones entre ideas, conceptos, categorías, juicios, argumentos, nociones y palabras acerca del mundo y de la realidad; más o menos. Que es lo que de manera tradicional afirmaron filósofos y psicólogos, principalmente.


El conocimiento es susceptible de ser explicado en términos de una lógica. Y la lógica no forma ya parte de la filosofía; particularmente después del surgimiento de la lógica formal clásica (también conocida como lógica simbólica, lógica matemática, lógica proposicional o lógica de predicados). La lógica, uno de los capítulos excelsos del pensar abstracto, conjuntamente con las matemáticas, la filosofía, la física pura o la química teórica. Hoy, en un mundo eminentemente práctico y pragmático.


La lógica epistémica forma parte de las lógicas no clásicas, se encuentra estrechamente relacionada con la lógica modal y multimodal, y la suya es una semántica de mundos posibles. Es posible comprenderla de manera negativa de la siguiente manera: tiene como finalidad una crítica de la lógica omnisciente; que es la lógica de la humanidad occidental, desde siempre, hasta la ciencia normal predominante. Sencillamente, los seres humanos no conocen todas las consecuencias lógicas de sus conocimientos o creencias.


En pocas palabras, cuando las situaciones pueden ser consideradas como originándose a partir de la presencia o ausencia de conocimiento, hablamos entonces de alternativas epistémicas.


En este plano, dos ejes principales son la elucidación del conocimiento individual y, mucho más significativo, la comprensión del conocimiento social o colectivo. Un asunto de la mayor complejidad para la inmensa mayoría de ciencias y disciplinas. Para lo cual la lógica epistémica distingue entre el conocimiento implícito, el distribuido y el común.
Desde luego que la lógica epistémica tiene una prehistoria y una historia. De aquella forman parte figuras como Aristóteles, Buridano, Duns Scoto y G. De Ockham. Sin embargo, en cualquier caso, la lógica epistémica puede decirse que nace en 1962 a raíz de un libro ya clásico y fundamental de J. Hintikka: Knowledge and Belief: An Introduction to the Logic of Two Notions (otro de esos libros esenciales que nunca fueron traducidos al español).


Si hay un área destacada de trabajo en lógica epistémica actualmente es el de las ciencias de la computación. Para lo cual basta con remontarse al trabajo pionero de A. Turing: ¿es posible distinguir claramente la inteligencia humana de la inteligencia artificial? La respuesta es cada vez menos evidente. El más radical de los estudiosos al respecto es R. Kurzweil, alguien que pone nerviosos a los conservadores y humanistas de la vieja guardia. (Kurzweil llega tan lejos que ya le puso una fecha a la respuesta: 2019, la fecha cuando será imposible distinguir entre inteligencia humana e inteligencia artificial).


Subrayemos esto: la asunción básica de la lógica epistémica es la de que en materia de conocimientos o de creencias es posible dividir el conjunto de mundos en dos, así: aquellos mundos que son compatibles con el asunto en cuestión, y aquellos que no lo son. Al respecto baste con un reconocimiento explícito: en ciencia conocer es conocer acerca del futuro.


(Digamos entre paréntesis que existe una fuerte implicación recíproca entre la lógica de las opiniones y creencias —técnicamente llamada como lógica doxástica—, y la lógica epistémica: la lógica del conocimiento. Sencillamente, la lógica doxástica es más débil —o está incluida— dentro de las lógica del conocimiento. Las creencias son más frágiles que los conocimientos).


La epistemología clásica se define a partir de un reto: resolver los ataques del escepticismo. (No existe una lógica del escepticismo, así como tampoco existe una cultura de la muerte; hablar así es lo que sucede cuando el lenguaje está de vacaciones). Acorde a los desarrollos más recientes de la investigación, de otra parte, el interés se centra cada vez más en el modelamiento de las dinámicas que implican conocimientos y creencias. Este plano desborda el ámbito estrictamente humano y se extiende en general a todos aquellos agentes —animales, bacterias, sistemas artificiales, robots, etc.—, que exhiben claramente rasgos y estados cognitivos. El tema se torna magníficamente más complejo en este segundo plano.


Pues bien, es posible sostener que la lógica epistémica inaugura un camino novedoso —o bien, para los escépticos, se integra en las vías que hacen de lo siguiente un asunto mayor—, a saber: comprender la racionalidad de los procesos de investigación. Así, por ejemplo, la resolución de problemas; el trabajo con escenarios múltiples, muchas veces muchos de ellos disyuntos; la importancia de la intuición, la creatividad, la imaginación o la espontaneidad; en fin, la importancia del juego y el azar, por ejemplo. Todos los cuales implican y están atravesados por estados de creencias o de conocimiento.


Dicho de manera breve, hoy por hoy es imposible un estudio de la epistemología al margen de la lógica epistémica. Supuesto que se trabaja en las fronteras del conocimiento.
Para los sistemas vivos el mundo está configurado en correspondencia con los estados mentales —imágenes, mapas, asociaciones, y demás— de que son capaces los sistemas vivos. Dicho brevemente, mientras que la lógica formal clásica es una lógica eminentemente antropocéntrica y antropomórfica, la lógica epistémica admite que el problema no se agota ni se reduce a los seres humanos. Sólo que constituyen un ejemplo conspicuo de creencias y conocimientos.

Lunes, 12 Junio 2017 06:41

Heráclito y los cerdos

Heráclito y los cerdos

“Los cerdos gozan más con el fango que con el agua limpia”, escribió Heráclito, y leerlo hoy deja un no sé qué de contemporáneo y próximo a nosotros, con nuestros gobernantes mandando arrojar cabezas de cerdo a quienes aspiran a destronarlos. Como los cerdos de Orwell (Napoleón & Co), pero decapitando a sus iguales.

Heráclito nació en los tiempos que hoy contamos al revés (por aquello de la Cristiandad) en el año 540, y debió morir hacia 480, 60 años después. O sea que no tuvo Facebook y sus características parecen difíciles de interpretar en la actualidad. Sin embargo, cuando uno escarba en los tepalcates y papelitos de su escritura, justamente llamados Fragmentos, se encuentra con una voz tan pertinente que se antojaría invitarlo a cenar o echarse un trago. Eso sí, las posibilidades de un desaire serían elevadas, dado que la gente le disgustaba y se resistió a ser político. Al paso de los años su misantropía empeoró. Coloquialmente se le recuerda como en pensador del río en el cual nadie se bañará dos veces. La posteridad se ha dedicado a decantar lo que escribió, lo que dijo, lo que dicen que dijo y lo que muchos creen que dijo pero no. Ya Sócrates y Platón, apenas un siglo después, disputaban no con él, con sus pedazos. Contemporáneo de los mayas preclásicos vecinos del Pacífico, como él lo fue del Jonio, cabe suponer que su pensamiento, bien articulado, era bastante puro. Los olmecas ya se desvanecían en las selvas del Golfo.

Heráclito fue severo, temible, sarcástico, aristocrático, incorruptible. Pudo ser rey, pues heredaría el trono efesio de su padre, el rey Bloson (otros lo llaman Heraconte). Declina por un plato de lentejas o algo así, pues sabe lo que es realmente el poder. Cambia Éfeso por los ritos órficos y una vida en el cerro comiendo plantas, pero cede a una intensa correspondencia (perdida) con el hombre más poderoso de su tiempo y señor de las tierras de Heráclito, Darío, campeón persa. Diógenes lo describirá magnánimo y desdeñoso. Cuando sus paisanos le piden que les redacte leyes, él se niega pues no las merecen, les gustan las leyes malas. Se retira al templo de Artemisa a jugar con los niños y cuando los ciudadanos insisten replica: "¿De qué se asombran? ¿Acaso no es mejor esto que dedicarse a la política con ustedes?" Timón lo llamaría "despreciador de multitudes". Su final, que precede a los estoicos, ocurre al aire libre cuando se hace cubrir de estiércol frente al ágora. Meanto de Cízico cuenta que, estando irreconocible bajo la mierda, fue devorado por los perros.

El historiador Rodolfo Mondolfo destaca su inclinación por los opuestos. De hecho, funda la dialéctica y es precursor de Hegel y Marx. Vio a su reino acanallarse y apostó por el Logos (la razón). Conoció la filosofía oriental y la egipcia. Pensó que el pensamiento es una enfermedad y la vista un engaño. Vituperó a Homero por cuentero ("merecía ser expulsado de las competiciones y azotado, lo mismo que Arquíloco") y creyó firmemente en el inmovilismo. Dijo que los que duermen "son activos colaboradores de las cosas que suceden en el cosmos". Cambiando descansaba, y sostenía que mientras todos despertamos en el mismo mundo, "cada uno de los que duermen vuelve a su mundo particular".

Denuncia a su gente: "En vano tratan de purificarse manchándose con sangre", y peor aún, "dirigen oraciones a las estatuas, como si uno se pusiera a hablar con los edificios". En la versión heracliteana de Matilde del Pino se lee que los cerdos se limpian con lodo y las gallinas con ceniza. Y que si las cosas injustas no existieran, no conoceríamos siquiera la palabra justicia.

Su pensamiento, a siglísimos de distancia, es incomparable pero puede resultar insoportable: "Si la felicidad residiera en los placeres del cuerpo, proclamaríamos felices a los bueyes cuando encuentran para comer chícharos amargos". Intuyó que la Tierra es redonda, y postuló que el sol tiene el tamaño del pie humano. Previendo a Goldcorp, el Grupo México y el desastre de la minería a cielo abierto, concluye que "los que buscan oro excavan mucha tierra y encuentran poco".

La muerte le parecía un problema de los despiertos. Los dormidos sueñan, y ahí no hay muerte. Pero así como "un hombre tonto se entusiasma con cualquier palabra" (algo bien sabido por los publicistas), le parecía necesario que el pueblo luchara en defensa de una ley justa "como por sus murallas". Supo que los burros prefieren la paja al oro y que sólo los hombres se bañan en sangre y los cerdos en lodo y creen limpiarse.

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Viernes, 17 Marzo 2017 06:34

Tres despachos sobre György Lukács

Tres despachos sobre György Lukács

El acontecimiento. A sus treinta y tantos años, György Lukács (1885-1971) –ya un establecido historiador de literatura– llega al marxismo y comunismo no vía la Segunda Internacional ["la encarnación del positivismo determinista y oportunismo político"], sino mediante el idealismo y sindicalismo, y no tanto mediante la lectura de sus teóricos (apenas conoce El capital), sino por la revolución misma ["una ventana hacia el futuro"] (My road to Marx, 1933). Esto hace toda la diferencia del mundo. Su heterodoxia temprana y la mezcla del entusiasmo por la revolución rusa (1917) y del sabor de la derrota a raíz de la caída de la efímera República Soviética Húngara (marzo-agosto/1919) –en la que es comisario político en el frente y luego comisario popular de la educación– dan a luz una obra singular: Historia y conciencia de clase [HyCC] (1923). Su aparición es “uno de los pocos auténticos ‘acontecimientos’ en la historia del marxismo” (S. Zizek dixit). Igual que Karl Korsch, pero con más erudición, el "joven Lukács" se propone salvar a Marx de la bastardización socialdemócrata que permea hasta las filas bolcheviques: recupera su dialéctica y [re]introduce el concepto de la reificación. Pero su timing es fatal. La revolución está en retirada y en vías de osificación. Atacada desde el Comintern (Zinoviev, Kun, Deborin, Rudas) por su "revisionismo teórico", HyCC acaba en el índex estalinista (y con fama del "texto fundacional" del marxismo occidental, que separa la organización política del análisis social). Si bien se cree que pronto y sin una palabra Lukács se distancia de lo que es su opus magnum y acaba rechazándolo hasta sus últimos días (¡sic!) –véase el prólogo a la ed. francesa (1960) y el epílogo a la ed. de 1967–, "perdiendo más de lo que gana en cambio", a finales de los 90 en Moscú aparece un largo y nunca mencionado por él ensayo Seguidismo y dialéctica [SyD] (¿1925-6?), en el que defiende apasionadamente sus ideas. Este "eslabón perdido" (M. Löwy dixit, goo.gl/MWudFb) precisa algunos puntos en HyCC (J. Rees, en: Tailism and the dialectic, 2000, p. 27-30) salva al texto de las malas lecturas) –estalinismo/marxismo occidental– y resalta su singularidad.

 

De Lenin a Stalin. Uno de los objetivos de HyCC es desarrollar la base filosófica para el partido leninista. Lukács logra incluso lo que no logra Lenin: salir del atolladero teórico y vincular la estrategia revolucionaria y organizativa del partido con el corazón del pensamiento de Marx (la alienación). Este vínculo –por años desapercibido, pero innegable a la luz de SyD– con la lucha política y su perspectiva leninista es la “histórica incomprensión de HyCC desde el marxismo” (F. Jameson dixit). Lukács prolonga este análisis en Lenin: la coherencia de un pensamiento (1924), enfatizando las principales lecciones del revolucionario ruso: su insistencia en "abrazar el momento" (Augenblick) y rechazo a la noción de "fases objetivas" (el tema de subjetividad/objetividad y la inclinación por el primero le resultan cruciales para explicar el fracaso de la revolución húngara, que cae por los golpes de la Entente y la contrarrevolución del almirante Horthy (1920-1944), pero sobre todo por sus propios errores (goo.gl/zZgVSl). Tal vez de haberlo leído Lenin habría rechazado a HyCC por su "ultra-izquierdismo/infantilismo" (aunque según Löwy los ensayos que la componen fueron rescritos justo para borrar sus vestigios, G. L.: from romanticism to bolchevism, 1979, p. 11-25). Esa es la suerte del único texto lukacsiano que sí alcanza a leer, uno sobre el parlamentarismo (Lukács, Tactics and ethics: 1919-1929, 2013, p. 53-63), lo que no quita el hecho que "el joven Lukács" sea el "máximo filosofo del leninismo" (S. Zizek, Tailism..., p. 179). Pero con Lenin muerto (1924) y la ventana de la revolución cerrándose, Lukács entra en su "fase termidoriana". Se abraza con los que pisotean a HyCC e incluso defiende la tesis del "socialismo en un solo país": "igual que la ola alta lo lleva a la revolución de Lenin, el reflujo lo arrastra a la contrarrevolución de Stalin" (J. Rees..., p. 32).

 

La extinción. Después de la caída de la revolución, Lukács se queda en Budapest para reorganizar el partido comunista. Es una tarea fútil (R. L. Tökés, Béla Kun and the Hungarian Soviet Republic, 1967, p. 45). En Hungría reina el "terror blanco": unas 5 mil personas quedan ejecutadas (comunistas y judíos sin importar sus preferencias políticas). Decenas de miles acaban en el exilio. Lukács por poco huye a Viena (allí luego escribe HyCC). Hoy las fuerzas de la reacción están otra vez detrás de él: ordenan el cierre del Archivo Lukács localizado en su vieja casa en las orillas del Danubio, que se ocupa de sus escritos (RS 21, 14/3/16) y la remoción de una sobria estatua de él (1985) de uno de los parques (Look Left, 7/2/17). Fidesz, el derechista partido gobernante, está obsesionado con "Lukács-el comunista". Jobbik, su aliado, el partido neonazi, está obsesionado con "Lukács-el judío", la encarnación de la fantasía del "judeobolchevismo". En principio, los que ya poblaron el país con los monumentos de Horthy, el posterior aliado de Hitler, quieren sustituir la estatua de Lukács por la de B. Hóman (1885-1951), historiador e "intelectual orgánico" del fascismo húngaro [las Flechas Cruzadas] uno de los arquitectos de las leyes antijudías de los años 30/40. Al final se conforman con la de Esteban I (975-1038), el rey y el santo.

 

Coda. Desde luego que en el centenario de la revolución (1917-2017) hay que estar "atentos a sus lecciones", sólo que mirando desde la ventana de Mitteleuropa –donde ésta fue parada y condenada a su degeneración– todo se parece no a 1917, sino a 1919 (o a los 20), con:

 

i) la omnipresente glorificación de las más oscuras fuerzas del periodo de entreguerras (su ultranacionalismo y racismo abierto).

ii) un largo –de casi 100 años– y triunfal abrazo entre el protofascismo (los "Blancos") y el posfascismo (Jobbik, et al.), mientras la izquierda aún no se recupera después de lo de 1989.

iii) Y la hegemonía intelectual del anticomunismo (véase a Kolakowski, que lee HyCC sólo para buscar las "semillas de totalitarismo", Las principales corrientes del marxismo, 1974, t. III, p. 249-299).

Y no es por ser un aguafiestas. Es por captar bien el Zeitgeist.

 

Por Maciek Wisniewski *Periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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Las nefastas consecuencias de la metafísica

 

La metafísica murió como ciencia, pero permanece aún como estilo de vida y de pensamiento. Y se cuela por las rendijas de la cultura y las disciplinas, haciéndole, finalmente, todos los favores que los violentos, los superficiales (mafiosos de todo tipo, por ejemplo) y los detentadores del poder desean.

 


La metafísica es un asunto que aparentemente interesa sólo a los filósofos, pero cuyas consecuencias se sienten en toda la sociedad y por toda la cultura.

La metafísica instaura, ya en los comienzos de esta civilización occidental, la división entre teoría y práctica. Y de consuno, enseña a pensar en términos analíticos —esto es, mediante división, segmentación, fragmentación—, así como a clasificar y jerarquizar el conocimiento y a la naturaleza entera. Entonces la sociedad aprendió a clasificar y a categorizar todas las cosas. Como si fuera algo natural.

Más allá de las particularizaciones técnicas de la metafísica —por ejemplo la preocupación por el to on he ion, o acaso también por el to ti en einai—; más allá de los accidentes que afirman que la metafísica se debe a un capricho de un tal Andrónico de Rodas; más allá de que los filósofos hayan afirmado durante milenios que la metafísica es el tronco del árbol del conocimiento —lo cierto es que todas las áreas que alguna vez formaron parte de la misma se han independizado con el curso de los tiempos.

Así, por ejemplo, nació la lógica sin metafísica (una expresión precisa de E. Nagel, un lógico conspicuo); nacieron todas las ciencias sociales y humanas, y la propia física y las ciencias naturales, la última vez que usaron el mote fue justamente con Newton cuando habló de una “filosofía de la naturaleza”. Nació la estética y también la historia al margen de la metafísica y la ontología, y adquirieron, todas, un estatuto social y un estatuto epistemológico propios. En fin, todos los campos que alguna vez formaron parte de la filosofía, sin más, se independizaron de la misma. (Todos menos uno: la ética; pero esto es tema de otro texto aparte). Sin embargo, el estilo de pensamiento (mindset) de la metafísica permaneció.

Todo comenzó antes de Aristóteles, con Platón. En su lucha, siempre bien justificada, contra los sofistas, la palabra más repetida en toda la obra de Platón es horismós; esto es, distinción, distingamos. Y se establecieron distinciones de conceptos, de planos, de contextos.

Al fin y al cabo los sofistas —cuya expresión contemporánea son los populistas, los de izquierda o los de derecha— siempre han mezclado todo, hacen un batiburrillo mental, tienen una inmensa capacidad retórica y van confundiendo a las gentes con cosas que nada tienen que ver unas con otras, mezclando lo que se puede mezclar, uniendo lo que no tiene el caso unificar.

Y entonces Sócrates–Platón insiste: separemos, distingamos, no confundamos, vayamos por partes. Las tiranías y dictaduras de toda clase siempre han encontrado en las funciones del lenguaje armas más idóneas y han armado guerras y conflictos, y alcanzado o conservado el poder a fuerza de palabras que–no–dicen–cosas, alterando los hechos, torciendo los fenómenos y la realidad. Al fin y al cabo, las gentes, incautas, siempre han confundido retórica y verbalidad con inteligencia; pues así fueron acostumbrados desde hace mucho tiempo.

La metafísica murió como ciencia, pero permanece aún como estilo de vida y de pensamiento. Y se cuela por las rendijas de la cultura y las disciplinas, haciéndole, finalmente, todos los favores que los violentos, los superficiales (mafiosos de todo tipo, por ejemplo) y los detentadores del poder desean.

En el mundo de la ciencia, permea la metafísica al distinguir entre investigación básica e investigación experimental o aplicada; o al creer que el análisis es la forma natural del pensamiento humano, olvidando las síntesis, y los juegos libres; o al insistir, de tantas maneras y con tantos mecanismos, que el mundo, la realidad, la naturaleza y la sociedad deben jerarquizarse y clasificarse en compartimentos —con cualesquiera denominaciones y justificaciones. Como si la vida misma fuera un aparataje de vitrales y mosaicos, por ejemplo, y la luz de la naturaleza fueran esos artificios de vitrales.

Y entonces se establecieron, de manera consolidada, las divisiones de géneros literarios, y se afirmó que había formas de conocimiento, de expresión y de pensamiento más dignos que otros. Cuando, en realidad, las divisiones y clasificaciones del conocimiento se traducían en verdad en clasificaciones y divisiones entre los seres humanos. Como si, ulteriormente, hubiera unos seres humanos más dignos que otros; a saber: justamente aquellos que disponían de los conocimientos mejores y más elevados.

En consecuencia, se le enseñó a toda la tradición a pensar en términos de fundamentos. Y es que en eso exactamente consiste la metafísica. Como dicen los filósofos técnicos: meditationes de prima philosophia. Y todos los saberes y conocimientos buscaron y demandaron de fundamentos. Por definición, fundamentos absolutos, de los cuales no cupiera dudar. La metafísica hizo fundamentalistas a los seres humanos. Y la historia subsiguiente ya es conocida, hasta la fecha.
Y toda la historia desde entonces se asumió en los términos mencionados; justamente, como algo normal, algo que va de suyo: categorizar, fundamentar, clasificar, separar, dividir, jerarquizar. Y, sobre todo, identificar la esencia de la apariencia. Lo demás fue compartimentar todos los conocimientos, saberes, prácticas y, por tanto, formas de vida.

No obstante, lo apasionante de la ciencia y el conocimiento de punta en el mundo es que estamos aprendiendo a reconocer la insubsistencia de esa tradición y aseveraciones. En suma, estamos aprendiendo a pensar y a vivir sin metafísica, ni siquiera como estilo de pensamiento. En esto consiste, exactamente, la revolución científica y cultural en curso, incipiente, pero segura; joven, pero aventada. Vivimos los albores de nuevos estilos, formas, modos y contenidos de pensamiento. Y, por tanto, de vida y de relaciones con el mundo y la naturaleza. Los indicios son claros, los signos son contundentes, los trazos están definidos, aunque inacabados.

Pensar y vivir sin metafísica, en toda la línea de la palabra, significa vivir y pensar sin deudas con el pasado. Sin deudas que no son, por lo demás, nuestras, sino heredadas de tradiciones cada vez más distantes. Los mayores han pagado las deudas que, por lo demás, no les correspondían; los jóvenes pueden lanzarse a soñar, imaginar y crear mundo nuevos y mejores. ¿Y la metafísica? Quedará como una palabra, un referente que ya no es, en modo alguno, necesario hacia futuro.

Martin y Fritz Heidegger.

La discusión en torno a la historia interna y la historia externa —de las artes, de la ciencia, de la filosofía, de la literatura—, no es para nada baladí. Detrás de los pretendidos purismos que prefieren optar por la primera, desconociendo o subvalorando la segunda, se esconden legitimadores, por omisión, de violencia.

 

Acaban de aparecer las cartas entre M. Heidegger y su hermano, Fritz H., de antes y después de la guerra. Si con el libro de V. Farías quedaban dudas —Heidegger y el nazismo (1987)—, ahora cualquier duda queda totalmente disipada. La filosofía muy abstracta de Heidegger esconde todas las simientes y justificaciones del nacionalsocialismo, y su adhesión, con conciencia, corazón y alma al partido, las ideas y las acciones de Hitler. (Véase: Heidegger y el antisemitismo. Posiciones en conflicto. Con cartas de Martin y Fritz Heidegger).


A excepción de su maestro E. Husserl, Heidegger fue el filósofo alemán más importante del siglo XX, y uno de los referentes de la historia de la filosofía: ese capítulo medular de los estudios de filosofía. (Para aquellos que creen que la filosofía consiste en el estudio de la historia de la filosofía —una creencia amplia y bien establecida).


El debate, si existe, se alimenta. Se trata, por ejemplo, con base en la filosofía, si se atiende al pensamiento abstracto, puro, digamos, por fuera del contexto, los saberes implícitos, la biografía, de un pensador, o bien al cruce con sus relaciones afectivas, sus historias sexuales, sus asunciones y consecuencias políticas, por ejemplo. Desde siempre ha existido el debate. En la literatura no sucede algo distinto: se trata del dilema de si “nos quedamos” con la obra literaria de un escritor, o con sus declaraciones públicas, sus gustos políticos, sus afiliaciones de diverso tipo.


Los nombres en uno y otro caso son profusos, e ilustran prácticamente toda la historia de la cultura.


Fue I. Lakatos —un autor a la hora de la verdad “menor”, si nos fijamos en las mayúsculas y en los grandes titulares— quien nos enseñó, en la segunda mitad del siglo XX, la importancia de distinguir e integrar, al mismo tiempo, a la historia interna de la ciencia o de las teorías y a la historia externa. Las fronteras son sutiles, móviles e imprecisas.


En términos de la historia de la ciencia, tanto como de la historia de la filosofía de la ciencia, ello conduce al debate entre el internalismo y el externalismo. Y hay voces fuertes y vociferantes de lado y lado.


A manera de anécdota, un amigo me contaba la siguiente historia: estaba enseñando Aristóteles y, en un momento determinado del curso, un estudiante levanta la mano y objeta: “Pero, profesor, lo que usted nos está enseñando no es válido; al fin y al cabo Aristóteles era conservador”. A lo que el profesor replica: “No, en esa época no existían esas diferencias”. Y entonces el estudiante continúa: “Ah, entonces sí, por lo menos, con seguridad, era del Opus Dei”. El amigo que me contó la historia, riendo, era un sacerdote.


Al debate en torno a Heidegger lo alumbra un texto muy bien concebido: Los filósofos de Hitler, de Y. Sherratt (2014). Con nombre propio, los filósofos de Hitler fueron A. Rosenberg, A. Baumler, E. Kriek, y sí: M. Heidegger. A lo que hay que sumar toda la justificación jurídica del nazismo que llevó a cabo C. Schmitt.


Pero, en verdad, ¿a quién interesa el “caso Heidegger”? En términos generales, a la comunidad de filósofos; en términos específicos, a los Heideggerianos y por extensión los fenomenólogos. Pero en términos más amplios, a todos aquellos interesados en la historia de las ideas, la historia de la cultura, y también las relaciones entre pensamiento y política.


Heidegger no se sustrajo —porque por debilidad no podía— a su momento y su entorno. (En contraste con W. Benjamin, Adorno, H. Arendt o Th. Mann, entre muchos otros).


En la vida social y política hay intelectuales —y en general, gente— que no puede sustraerse delmomentum social y político. Y entonces, por convicción o por inercia, o incluso también por contagio, deciden sumarse a la corriente principal dominante en el momento. Ese sentimiento de pertenencia a grandes grupos, poderes y muchedumbres no es algo enteramente baladí. Muchos prefieren sentir la fuerza de una “gran causa” y pertenecer a algo superior a sí mismos, antes que detenerse de la inercia y tener criterio propio. Los medios masivos de comunicación, las marchas populares, la publicidad, la propaganda y los grandes medios de comunicación son poderosos y cumplen el papel de atractores. Atractores masivos y conocidos (contrario sensu a los “atractores extraños”, que se estudia en el caso de los acontecimientos complejos).


Siempre es más fácil dejarse llevar por la fuerza de la masa, que ir en contra suya. Masa, o mayorías, o corriente dominante de pensamiento (mainstream science), o como se la quiera llamar. En nuestros días, esto se llama, notablemente, el populismo. De izquierdas o de derechas. Para el caso da lo mismo. Y en cualquier caso hablamos de ideologías y/o de doctrinas.


Los hay que tienen las semillas de regímenes violentos, excluyentes, discriminadores; y los hay también que aprovechan la fuerza de la cultura para adaptar sus preferencias, sus gustos, sus valores y sus ideas. E. Caneti ya realizó un cuidadoso estudio al respecto en un texto ya clásico pero que permanece vívido para nuestros días (Masa y Poder, 1960).


La discusión en torno a la historia interna y la historia externa —de las artes, de la ciencia, de la filosofía, de la literatura—, no es para nada baladí. Detrás de los pretendidos purismos que prefieren optar por la primera, desconociendo o subvalorando la segunda, se esconden legitimadores, por omisión, de violencia.


Al fin y al cabo, contra Platón, el pensamiento no es una instancia pura y abstracta, alejada del mundo. Plasma una época y una biografía, no es posible sin ellas.

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El pensamiento de Zygmunt Bauman en 12 frases

En la modernidad líquida, lo que antes era duradero, religión, empleo y relaciones, pasa a ser efímero


Durante su larga vida, Zygmunt Bauman dejó grandes frases que definen su pensamiento (Pedro Madueño)


Con la muerte de Zygmunt Bauman (Poznań, Polonia,1925 – Leeds, Reino Unido, 2017), se apaga una de las voces que mejor supo definir el cambio de los tiempos y la revolución social y cultural que supuso el siglo XX. La amplia obra del sociólogo polaco estuvo marcada por el término modernidad líquida, que Bauman acuño y que fue utilizado y compartido por muchos autores posteriormente.


La sociedad líquida que conceptualizó Bauman define el actual momento histórico en el que se han desvanecido las instituciones sólidas que marcaban nuestra realidad y se ha dado paso a una realidad marcada por la precariedad, el ritmo cambiante e inestable, la celeridad de los acontecimientos y la dinámica agotadora y con tendencia al individualismo de las personas.


Durante su larga vida, Zygmunt Bauman dejó grandes frases que definen su pensamiento. Estas son algunas de las más célebres:


1- “La cultura líquida moderna ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, como las culturas registradas en los informes de historiadores y etnógrafos. A cambio, se nos aparece como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido.”


2- “No hay modernización (y, por tanto, tampoco forma de vida moderna) sin una masiva y constante producción de basura, entre ella los individuos basura definidos como excedentes.”


3- “Nos hallamos en una situación en la que, de modo constante, se nos incentiva y predispone a actuar de manera egocéntrica y materialista.”


4- “La cultura de la modernidad líquida ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir.”


5- “Todas las medidas emprendidas en nombre del «rescate de la economía» se convierten, como tocadas por una varita mágica, en medidas que sirven para enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres.”


6- “Además de tratarse de una economía del exceso y los desechos, el consumismo es también, y justamente por esa razón, una economía del engaño.


7- “La suya es una sociedad de clases, señora, y la suya también, señor, y ténganlo muy en cuenta, si no quieren que su amnesia termine en terapia de choque. También es una sociedad capitalista y accionada por el mercado, uno de cuyos atributos es el ir dando trompicones de una depresión/recesión a otra. Como es una sociedad de clases, reparte los costes de la recesión y los beneficios de la recuperación de forma desigual, aprovechando cualquier ocasión para dotar de mayor firmeza a su columna vertebral: la jerarquía de clases.”


8- “El amor es la supervivencia del yo a través de la alteridad del yo.”


9- “Si no existe una buena solución para un dilema, si ninguna de las actitudes sensatas y efectivas nos acercan a la solución, las personas tienden a comportarse irracionalmente, haciendo más complejo el problema y tornando su resolución menos plausible.”


10- “El único significado que acarrea el término ‘clase marginal’ es el de quedar fuera de cualquier clasificación significativa.”


11- “Cuando una cantidad cada vez más grande de información se distribuye a una velocidad cada vez más alta, la creación de secuencias narrativas, ordenadas y progresivas, se hace paulatinamente más dificultosa. La fragmentación amenaza con devenir hegemónica. Y esto tiene consecuencias en el modo en que nos relacionamos con el conocimiento, con el trabajo y con el estilo de vida en un sentido amplio.”


12- “La vida social ya se ha transformado en una vida electrónica o cibervida.”

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Martes, 04 Octubre 2016 05:58

Todos contra el escepticismo

Todos contra el escepticismo

Toda la historia de Occidente ha sido la historia de un consenso y hasta unanimidad acerca de las inconveniencias del escepticismo. Se ha preferido incluso que haya quienes tengan otras verdades, aunque sean diferentes; no en última instancia para expulsarlos, reprimirlos y eliminarlos.



En tiempos de desasosiego el escepticismo brota espontáneamente entre los ciudadanos de la Polis, pero hay quienes hacen del escepticismo no simplemente un elemento de reacción, sino un arma de defensa, un arma de combate. En el período Helenístico de la Grecia antigua, cuando ya las costumbres se habían relajado al máximo, era inevitable el ocaso del mundo griego, y los romanos ya empezaban a robarse desde los dioses en adelante; emerge entonces una escuela filosófica importante: el escepticismo.


Planteado originalmente por Pirrón de la ciudad de Elis, en un rincón occidental de Grecia, es sostenido y alimentado, pero sobre todo extendido gracias a Sexto Empírico, quien se paseaba entre Alejandría, Roma y Atenas. Epistemológicamente, Pirrón es el primero que introduce la idea del falibismo, y más exactamente, de la incertidumbre. En contra de cualquier tipo de dogmatismo, el Pirronismo sostenía que es imposible llegar al conocimiento de “verdad”. El escepticismo antiguo no era un asunto de teorías, sino una filosofía eminentemente práxica. Más nos vale acostumbrarnos a la idea de que nada es por sí mismo (enteramente) verdadero, ni tampoco (enteramente) falso. El resultado era la ataraxia, que bien podría traducirse como indiferencia o distanciamiento de los acontecimientos cotidianos. El día a día.


La tradición conocerá esta ataraxia igualmente como la suspensión el juicio (epoché), una actitud que caracteriza a la filosofía fenomenológica de E. Husserl, sin que, sin embargo, quepa decir de Husserl que es un filósofo escéptico. La suspensión del juicio es una actitud de sabiduría consistente en abstenerse de cualquier juicio, a menos que tenga un fundamento en la experiencia misma.


Habiendo viajado por la India, acompañando a Alejandro Magno, Pirrón aprendió —acaso del budismo— que los deseos humanos son vacuos, y que el ideal del sabio es la ausencia de actividad, la renuncia a los deseos; o mejor, aprender a no desear.


Como en numerosos otros casos de la antigüedad, Pirrón no escribió nada y todo nos fue legado por sus discípulos. Acaso el más diligente y próximo, Timón de Fliunte. Sin embargo, lo que la posteridad sabe y aprende de Pirrón se debe principalmente a Sexto Empírico y sus muy destacados Esbozos Pirrónicos.


Gracias a Sexto Empírico, llegamos a saber que el escepticismo antiguo es empírico y antimetafísico. Lo que podemos saber del mundo es en la medida en que nos afecta y cómo sucede, pero no cómo es el mundo por sí mismo.
Sin ambages, el rechazo que Pirrón tiene del dogmatismo se debe, entre otros, a la escuela platónica y a la escuela aristotélica, dos corrientes ampliamente dominantes, incluso en el ocaso de la Grecia antigua. Sin embargo, en rigor, el escepticismo es también la actitud y la filosofía que se opone a la incredulidad ordinaria.


Parte de la razón que explica por qué el escepticismo como una actitud filosófica no tuvo mayor alcance en la historia posterior se debe justamente a la confluencia que se estaba logrando, ya en vida de Pirrón y de Sexto Empírico entre Atenas, Roma y Jerusalén. Esta confluencia se iría a expresar inmediatamente en el crecimiento de la secta cristiana hasta convertirse un tiempo después en la religión oficial de Roma, gracias a Constantino I. El resto, ya es historia y se colige fácilmente.


La historia del escepticismo como una actitud filosófica transcurre por vericuetos nunca oficiales ni púbicos. Ciertamente que Descartes lleva a cabo una duda metódica, pero ella tiene tan sólo un valor instrumental, puesto que su finalidad no era otra que arribar a una verdad apodíctica: esto es, aquella verdad de la cual, literalmente, no cabe dudar en absoluto.
En cualquier caso, la historia de la ciencia y la filosofía ha sido la del fundacionalismo; esto es, hallar fundamentos (acaso los fundamentos de las matemáticas, y otros); o bien, sostener verdades con criterios contextualistas. Por ejemplo.


Los diez siglos del medioevo, y posteriormente, atravesando el Renacimiento, la historia de la modernidad desde el siglo XVI hasta la fecha, ha sido la historia de la certeza de la religión y la fe; o bien, la certeza de la ciencia y todo el aparato lógico (o matemático) —deductivo—. Tiempos de mucho dogmatismo y de verdades a cortapisa.


Se requeriría un espacio mayor para discutir el pirronismo. Sin embargo, lo evidente es la capacidad de independencia que ofrece frente al mundo certero de los pactos, los acuerdos, las normas, los postulados, los consensos, la letra, en fin, las corporaciones y las instituciones de todo tipo. Todas las cuales no admiten, en absoluto, la libertad de la duda. Del libre raciocinio, si se quiere; manifiestamente sin ningún criterio de autoridad, punto.


Toda la historia de Occidente ha sido la historia de un consenso y hasta unanimidad acerca de las inconveniencias del escepticismo. Se ha preferido incluso que haya quienes tengan otras verdades, aunque sean diferentes; no en última instancia para expulsarlos, reprimirlos y eliminarlos. La historia es prolija en este sentido.


Al fin y al cabo la gente prefiere tener malas razones a no tener ninguna, malas explicaciones a no tener una, en fin, prefieren la esclavitud de lo conocido a la libertad de lo desconocido e indeterminado. Verdades y certezas, jamás dudas y skepsis. Esta es una sola y misma historia con la historia de las relaciones entre dependencia y determinismo contra autonomía y libertad.


Todos contra el escepticismo. Así se condensa, según parece, toda la historia de la humanidad occidental. Y en ella, Tirios y Troyanos coinciden en su rechazo de las tesis pirronianas. Si Heráclito ocupa un lugar muy secundario en la historia del pensamiento humano, el Pirronismo es menos que una pequeña rama de un gran árbol. Contra las certezas y las verdades de las amplias y aplastantes mayorías, una mirada fresca al escepticismo filosófico constituye algo mejor que el ofrecimiento de un plato fresco y desconocido al paladar.

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Sábado, 24 Septiembre 2016 06:05

¿Qué pasó con la idea del devenir?

¿Qué pasó con la idea del devenir?

La idea misma de devenir aparece, después de 2.500 años, por la más inopinada de las puertas: aquella en la que ciencia y filosofía se despliegan como un mismo conocimiento.

 

Dos injusticias grandes se han cometido contra el pensamiento de los antiguos griegos. Una es contra Heráclito, el Oscuro de Éfeso, del período arcaico de la Grecia antigua. La otra tiene que ver con los escépticos, Pirrón de Elis, del período helenístico, y Sexto Empírico, el más importante representante del pirronismo. Me concentro aquí en Heráclito y dejo a los escépticos para otra ocasión.


Heráclito y la idea del devenir —“nadie se baña dos veces en el mismo río”— jamás cumplió ningún papel protagónico, ni siquiera de antagonista, e incluso aún menos de actor de reparto en toda la historia de Occidente, debido al peso de Platón y Aristóteles, y las tradiciones que se derivan de ellos, quienes se concentran en la idea del “ser”. Durante 2.500 años, el ser domina ampliamente sobre el devenir, y ésta idea jamás es considerada, ni siquiera de soslayo.


Ni siquiera el marxismo, que hablaba de cambio, transformaciones y dialéctica (en la historia y en la naturaleza) tuvo jamás en cuenta a Heráclito (acaso porque le hizo demasiado caso a Hegel). El joven Marx tiene en cuenta tan sólo a Demócrito y a Epicuro, peor no se acerca ni de lejos al Oscuro de Éfeso.


Lo que impera en la historia de la civilización occidental es la idea del ser, cuya síntesis es la siguiente:


• Ser y pensar son una sola y misma cosa (Parménides).

• El no ser no es, si el no ser fuera, no se podría pensar, y si se pudiera pensar no se lo podría expresar (Gorgias; Platón); ulteriormente.

• Nada entra al ser que no sea el ser y nada sale del ser que no sea el ser (Hegel).


Desde luego, muchos otros filósofos y pensadores caben ser mencionados en cualesquiera de estas tres características.
Heráclito será recuperado, después de 2500 años, con intereses y con acentos diferentes, de un lado, a finales del siglo XX, y de otra parte, a comienzos del siglo XXI, por parte de representantes de lo mejor de la ciencia y la filosofía.


De un lado, I. Prigogine escribe en 1981 un texto fundamental: From Being to Becoming: Time and Complexity in the Physical Sciences (que no ha sido traducido al español). Ya habiendo recibido el Premio Nobel por sus contribuciones y desarrollos a la termodinámica del no–equilibrio (TNE), Prigogine concibe y presenta a la TNE como una “física del devenir”, en contraste con toda la física habida hasta el momento. Así, pensar estructuras disipativas, autoorganización y sistemas alejados del equilibrio es una sola y misma cosa con pensar el devenir. No puede haber mejor interpretación contemporánea de Heráclito, sin que sea éste, en modo alguno, el propósito del libro de Prigogine.


De otra parte, S. Kauffman publica en el 2015 un libro estupendo: Humanity in a Creative Universe, que empata perfectamente con el conjunto de su obra y constituye, a la fecha, el escalón más elevado de la misma. En este libro, Kauffman, sin mencionar temáticamente a Heráclito, sostiene que pensar los sistemas vivos, pensar la complejidad misma y pensar el devenir son tres maneras de decir una misma cosa. De esta suerte, la idea del devenir implica frontalmente un diálogo con lo mejor de la teoría cuántica, notablemente a partir de la noción de “entrelazamiento”. Heráclito contemporizado.


Pues bien, el rasgo común a los tratamientos de Prigogine y de Kauffman es la ciencia (o teoría) de la complejidad. Como nunca antes había quedado de manifiesto, pensar la complejidad del mundo. De la naturaleza y de la vida exige un alejamiento radical y definitivo de la noción misma de ser —y, por tanto, de cualquier ontología—, para pensar la idea misma del devenir.


Los sistemas y fenómenos en devenir son, por definición, sistemas abiertos, indeterminados y, por consiguiente, tienen/crean posibilidades. La idea del “ser” es ajena e indiferente a la noción de posibilidad. Por tanto, a la idea misma de grados de libertad. Asumir el devenir comporta entonces situarse frente a frente mirando a los ojos al problema mismo de la indeterminación, que es acaso el mejor nombre de la libertad. Técnicamente dicho: grados de libertad.


A riesgo de simplificación, la idea devenir significa:


• Indeterminación
• Sistemas abiertos
• Irreversibilidad
• Imprevisibilidad


Si la metáfora de Heráclito es la del río (Éfeso, una ciudad más bien alejada del mar y que ningún río circunda en las cercanías), es sabido que los ríos poseen rápidos: rápido 1, rápido 2, y así hasta un rápido 5; los tránsitos de un rápido al siguiente son, por definición, imprevistos e irregulares; súbitos y turbulentos (con grados).


La idea misma de devenir aparece, después de 2.500 años, por la más inopinada de las puertas: aquella en la que ciencia y filosofía se despliegan como un mismo conocimiento. Que es lo que acontece en Prigogine y en Kauffman.


Como se aprecia, nos encontramos en una magnífica inflexión que toma distancia —una enorme distancia— con respecto a las tradiciones platónica y aristotélica. Para las dinámicas, los sistemas y comportamientos que afrontamos, en diversa escalas, hoy en día, aquellas fuentes resultan limitadas e innecesaria. Y entonces, como el Ave Fénix, renace Heráclito para permitirnos pensar bien, y mejor, al mundo, la naturaleza y la sociedad.


El devenir: la noción de que la naturaleza se manifiesta y se oculta al mismo tiempo, y pone en evidencia que la mayoría permanecen dormidos, y que todo se alimenta del cambio. Al fin y al cabo, la marca de calidad de la naturaleza son las transformaciones. Como la vida misma.

Sábado, 27 Agosto 2016 11:25

La experiencia de la historia

La experiencia de la historia

Hace 25 años se puso de moda el juicio sobre el fin de la Historia. El colapso del socialismo burocrático ensayado en la Rusia de los zares, se asumió como el umbral de clausura de toda experiencia humana creadora. Francis Fukuyama fue el heraldo de esa buena nueva para el capitalismo planetario asumido como estado final y culminación del devenir humano.

El debate que hoy está emergiendo, sobre las cenizas de esa moda, es el de la superación de ese capitalismo planetario en crisis, especialmente desde el desinfle de la burbuja inmobiliaria en el año 2007 y 2008. El economista Joseph Schumpeter caracterizó las crisis capitalistas como experiencias de destrucción creativa. Esa retórica benévola es hoy insostenible. La actual crisis del capitalismo pone en peligro la existencia misma de la humanidad. Esa realidad está en la base de los debates en curso sobre la necesidad de asumir los retos del alumbramiento de una nueva época. El libro de Carlos Eduardo Maldonado, Complejidad de las Ciencias Sociales y de otras Ciencias y Disciplinas, presenta de un modo panorámico los problemas generados por esa situación inédita.

En el prólogo el autor nos interpela con entusiasmo, dice: “Debemos poder pensar lo imposible, debemos poder hacerlo visible, en fin, debemos incluso poder comprender que lo imposible puede estar a la mano. En eso consiste, generosamente entendida, la historia del arte, la historia de la ciencia y la historia de la filosofía, por ejemplo”.

Agregaríamos, la historia como una experiencia asumida en libertad y no como una triste clausura sin remedio de la lógica capitalista del cálculo egoísta y el frío interés. Si adoptamos el punto de vista intergeneracional, seis generaciones atrás (hacia 1848) en el Manifiesto comunista se reconocía con entusiasmo como el capitalismo creaba las condiciones de su propia superación, las condiciones para el surgimiento de una sociedad “[...] en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”. Esa expectativa le daba a la idea del socialismo un poder de seducción universal. Surgieron todo tipo de socialismos. Marx los diseccionó en el apartado III del Manifiesto. Allí mostró los rasgos básicos del socialismo feudal, conservador burgués, el utópico, el de las clases medias o pequeña burguesía.

El proceso histórico cristalizó en el socialismo burocrático ensayado en la antigua Rusia de los zares, y sobre cuyo fracaso se fabricó la idea del fin de la historia. Clausurado ese ciclo, el debate en curso hoy está despejando el horizonte y comienza a reconocerse la génesis de una nueva época que tiene en la actual revolución tecnocientífica uno de sus núcleos generadores.

Desdeabajo está cumpliendo 25 años de labores, y presenta sus resultados como un logro “[...] de toda nuestra sociedad”. Ahora, con este libro Carlos Eduardo Maldonado nos propone un logro a futuro y nos invita a obrar como agentes catalizadores de la realización de la nueva época en proceso en donde el trabajo comienza a ser una experiencia creadora, configurándose la idea de un nuevo humanismo.

Publicado enEdición Nº227
George Steiner: “Estamos matando los sueños de nuestros niños”
A sus 88 años, el gran filósofo y ensayista denuncia en una lúcida entrevista que la mala educación amenaza el futuro de los jóvenes
 

Primero fue un fax. Nadie respondió a la arqueológica intentona. Luego, una carta postal (sí, aquellas reliquias consistentes en un papel escrito y metido en un sobre). “No les contestará, está enfermo”, previno alguien que le conoce bien. A los pocos días llegó la respuesta. Carta por avión con el matasellos del Royal Mail y el perfil de la Reina de Inglaterra. En el encabezado ponía: Churchill College. Cambridge.

El breve texto decía así:


“Querido Señor,
El año 88 y una salud incierta. Pero su visita sería un honor. Con mis mejores deseos.
George Steiner”.


Dos meses después, el viejo profesor había dicho “sí”, poniendo provisional coto a su proverbial aversión a las entrevistas.


El catedrático de literatura comparada, el lector de latín y griego, la eminencia de Princeton, Stanford, Ginebra y Cambridge; el hijo de judíos vieneses que huyeron del nazismo primero a París y luego a Nueva York; el filósofo de las cosas del ayer, del hoy y del mañana; el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2001, el polemista y mitólogo políglota y el autor de libros capitales del pensamiento moderno, la historia y la semiótica como Errata, Nostalgia del absoluto, La idea de Europa, Tolstoi o Dostoievski o La poesía del pensamiento abría a EL PAÍS las puertas de su preciosa casita de Barrow Road.


El pretexto: los dos libros que la editorial Siruela ha publicado recientemente en español. Por un lado Fragmentos, un minúsculo aunque denso compendio de algunas de las cuestiones que obsesionan al autor como la muerte y la eutanasia, la amistad y el amor, la religión y sus peligros, el poder del dinero o las difusas fronteras entre el bien y el mal. Por el otro, Un largo sábado, embriagador libro de conversaciones entre Steiner y la periodista y filóloga francesa Laure Adler.


El motivo real: hablar de lo que fuera surgiendo.


Es una mañana de lluvia en la campiña de Cambridge. Zara, la encantadora esposa de George Steiner (París, 1929), trae café y pastas. El profesor y sus 12.000 libros miran de frente al visitante.


PREGUNTA. Profesor Steiner, la primera pregunta es ¿cómo está su salud?


RESPUESTA. Oooh, muy mal, por desgracia. Tengo ya 88 años y la cosa no va bien, pero no pasa nada. He tenido y tengo mucha suerte en la vida y ahora la cosa va mal, aunque todavía paso algunos días buenos.


P. Cuando uno se siente mal... ¿es inevitable sentir nostalgia de los días felices? ¿Huye usted de la nostalgia o puede ser un refugio?


R. No, lo que uno tiene es la impresión de haber dejado de hacer muchas cosas importantes en la vida. Y de no haber comprendido del todo hasta qué punto la vejez es un problema, ese debilitamiento progresivo. Lo que me perturba más es el miedo a la demencia. A nuestro alrededor el Alzhéimer hace estragos. Así que yo, para luchar contra eso, hago todos los días unos ejercicios de memoria y de atención.


P. ¿Y en qué consisten?


R. Lo que le voy a contar le va a divertir. Me levanto, voy a mi pequeño estudio de trabajo y elijo un libro, no importa cuál, al azar, y traduzco un pasaje a mis cuatro idiomas. Lo hago sobre todo para mantener la seguridad de que conservo mi carácter políglota, que es para mí lo más importante, lo que define mi trayectoria y mi trabajo. Trato de hacerlo todos los días... y desde luego parece que ayuda.


P. Inglés, francés, alemán e italiano...


R. Eso es.


P. ¿Sigue leyendo a Parménides cada mañana?


R. Parménides, claro... bueno, u otro filósofo. O un poeta. La poesía me ayuda a concentrarme, porque ayuda a aprender de memoria, y yo siempre, como profesor, he reivindicado el aprendizaje de memoria. Lo adoro. Llevo dentro de mí mucha poesía; es, cómo decirlo, las otras vidas de mi vida.


P. La poesía vive... o mejor dicho, en este mundo de hoy sobrevive. Algunos la consideran casi sospechosa.


R. Estoy asqueado por la educación escolar de hoy, que es una fábrica de incultos y que no respeta la memoria. Y que no hace nada para que los niños aprendan las cosas de memoria. El poema que vive en nosotros vive con nosotros, cambia como nosotros, y tiene que ver con una función mucho más profunda que la del cerebro. Representa la sensibilidad, la personalidad.


P. ¿Es optimista con respecto al futuro de la poesía?


R. Enormemente optimista. Vivimos una gran época de poesía, sobre todo en los jóvenes. Y escuche una cosa: muy lentamente, los medios electrónicos están empezando a retroceder. El libro tradicional vuelve, la gente lo prefiere al kindle... prefiere coger un buen libro de poesía en papel, tocarlo, olerlo, leerlo. Pero hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo... de tener tiempo. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio. El miedo de los niños al silencio me da miedo. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial.


P. El ruido y la prisa... ¿No cree que vivimos demasiado deprisa? Como si la vida fuera una carrera de velocidad y no una prueba de fondo... ¿No estamos educando a nuestros hijos demasiado deprisa?

 


R. Déjeme ensanchar esta cuestión y decirle algo: estamos matando los sueños de nuestros niños. Cuando yo era niño existía la posibilidad de cometer grandes errores. El ser humano los cometió: fascismo, nazismo, comunismo... pero si uno no puede cometer errores cuando es joven, nunca llegará a ser un ser humano completo y puro. Los errores y las esperanzas rotas nos ayudan a completar el estado adulto. Nos hemos equivocado en todo, en el fascismo y en el comunismo y, a mi juicio, también en el sionismo. Pero es mucho más importante cometer errores que intentar comprenderlo todo desde el principio y de una vez. Es dramático tener claro a los 18 años lo que has de hacer y lo que no.


P. Habla usted de la utopía y de su contrario, la dictadura de la certidumbre...

 


R. Muchos dicen que las utopías son idioteces. Pero en todo caso serán idioteces vitales. Un profesor que no deja a sus alumnos pensar en utopías y equivocarse es un muy mal profesor.


P. No se sabe bien por qué el error tiene tan mala prensa, pero el caso es que en estas sociedades exacerbadamente utilitarias y competitivas la tiene.


R. El error es el punto de partida de la creación. Si tenemos miedo a equivocarnos jamás podremos asumir los grandes retos, los riesgos. ¿Es que el error volverá? Es posible, es posible, hay algunos atisbos. Pero ser joven hoy no es fácil. ¿Qué les estamos dejando? Nada. Incluida Europa, que ya no tiene nada que proponerles. El dinero nunca ha gritado tan alto como ahora. El olor del dinero nos sofoca, y eso no tiene nada que ver con el capitalismo o el marxismo. Cuando yo estudiaba la gente quería ser miembro del Parlamento, funcionario público, profesor... hoy incluso el niño huele el dinero, y el único objetivo ya parece que es ser rico. Y a eso se suma el enorme desdén de los políticos hacia aquellos que no tienen dinero. Para ellos, solo somos unos pobres idiotas. Y eso Karl Marx lo vio con mucha anticipación. En cambio, ni Freud ni el psicoanálisis, con toda su capacidad de análisis de los caracteres patológicos, supieron comprender nada de todo esto.


P. No le cae muy simpático el psicoanálisis, es lo menos que pude decirse.


R. El psicoanálisis es un lujo de la burguesía. Para mí, la dignidad humana consiste en tener secretos y la idea de pagar a alguien para que escuche tus secretos e intimidades me asquea. Es como la confesión pero con cheque por medio. Es el secreto lo que nos hace fuertes, de ahí todos mis trabajos sobre Antígona, que dice: “Puede que me equivoque, pero sigo siendo yo”. De todas formas, el psicoanálisis está en plena crisis. Recuerde usted las magníficas palabras de Karl Kraus, el satirista vienés: “El psicoanálisis es la única cura que ha inventado su enfermedad”.


P. Y Sigmund Freud...


R... Freud es uno de los más grandes mitólogos de la historia. Pero es ficción. Era un novelista extraordinario.


En ese momento, George Steiner se levanta, avanza lentamente hacia su inmensa biblioteca y de dentro de un viejo volumen extrae una tarjeta de visita amarillenta escrita a mano en alemán: es una felicitación de boda de Sigmund Freud a los padres de Steiner. “Mi padre lo conoció, paseaban juntos por la orilla del río”.


P. Volvamos a la cuestión del poder del dinero. ¿Tiene usted una explicación válida desde un punto de vista filosófico de por qué en su día los electores de Italia y hoy de España decidieron y deciden llevar al poder a partidos políticos enfangados en la corrupción?


R. Porque hay una enorme abdicación de la política. La política pierde terreno en todo el mundo, la gente ya no cree en ella y eso es muy muy peligroso. Aristóteles nos dice: “Si no quieres estar en política, en el ágora pública, y prefieres quedarte en tu vida privada, luego no te quejes si los bandidos te gobiernan”.


P. La vieja pero hoy tan vigente figura del idiotes aristotélico...


R. Exacto, una figura muy actual. Bien, pues yo siento vergüenza de haber gozado de este lujo privado de estudiar y escribir y de no haber querido entrar en el ágora. Me pregunto qué va a pasar con el fenómeno de las estructuras políticas en sí mismas. Triunfan por todos lados el regionalismo, el localismo, el nacionalismo... vuelve el villorrio. Cuando uno ve que alguien como Donald Trump es tomado en serio por la democracia más compleja del mundo, todo es posible.


P. ¿Cómo contempla una hipotética victoria de Trump?


R. No ocurrirá, Hillary ganará. Pero será una triste victoria, porque esta mujer está agotada, quemada interiormente. ¿Y qué me dice de Putin? La violencia de alguien como él parece tranquilizar a la gente que ya no cree en la política, les reconforta. Eso es porque el despotismo es lo contrario a la política.


P. ¿Y la política y la cultura? ¿Cómo se llevan? Y otra cuestión: ¿comparte usted la sensación –muy personal y subjetiva, por otra parte- de que la cultura, entendida como ‘las artes’, está estancada, al contrario que los avances científicos, imparables?

 


R. A ver cómo hablamos de esto, es delicado. Estamos usted y yo en una pequeña ciudad inglesa como Cambridge en la que, desde el siglo XII, cada generación ha producido gigantes de la ciencia. Hay ahora mismo 11 premios Nobel aquí. De aquí salieron Newton, Darwin, Hawking... Para mí, el símbolo del avance imparable de las ciencias es Stephen Hawking. Apenas mueve la esquina de una de sus cejas, pero su mente nos ha llevado al extremo del universo. Ningún novelista, dramaturgo, poeta o artista, ni siquiera el mismísimo Shakespeare, habría osado inventar a Stephen Hawking. Bien. Si usted y yo fuéramos científicos, el tono de nuestra charla sería distinto, sería mucho más optimista, porque hoy, cada lunes la ciencia nos descubre algo nuevo que no sabíamos el lunes pasado. En cambio –y esto que le digo es totalmente irracional, y ojalá me equivoque-, el instinto me dice que no tendremos un nuevo Shakespeare ni un Mozart ni un Beethoven ni un Miguel Ángel ni un Dante ni un Cervantes el día de mañana. Pero sé que tendremos nuevos Newton, Einstein, Darwin... sin duda. Esto me asusta, porque una cultura sin grandes creaciones estéticas es una cultura empobrecida. Echamos mucho de menos a los titanes del pasado. ¡Ojalá me equivoque y el próximo Proust o el próximo Joyce estén naciendo en la casa de enfrente!


P. ¿Establece usted diferencias entre “alta” y “baja” cultura, como han hecho algunos intelectuales de renombre, visiblemente incómodos ante formas de cultura popular como los cómics, el arte urbano, el pop o el rock, a los que se llegó a poner la etiqueta de “civilización del espectáculo”?

 


R. Yo le digo una cosa: Shakespeare habría adorado la televisión. Habría escrito para la televisión. Y no, no hago esas distinciones. A mí lo que de verdad me entristece es que las pequeñas librerías, los teatros de barrio y las tiendas de discos cierren. Eso sí, los museos están cada día más llenos, la muchedumbre colapsa las grandes exposiciones, las salas de conciertos están llenas... así que atención, porque estos procesos son muy complejos y diversos como para establecer juicios globales. El señor Mohammed Ali era también un fenómeno estético. Era como un dios griego. Homero habría entendido a la perfección a Mohammed Ali.


P. ¿Cree que asistiremos a la muerte de la cultura como contenedor de formas clásicas ya manidas y su sustitución por otras nuevas?


R. Puede... puede que esté muriendo una cultura clásica de carácter patriarcal y esté surgiendo otra de formas nuevas e intermedias, una cultura hermafrodita, bisexual, transexual y en la que desde luego la mujer contribuirá de forma muy especial a recuperar los sueños y las utopías... Por cierto, una vez más, hablando de transexuales y bisexuales... ¡Freud ni los vio venir!


P. Usted ha dicho alguna vez que se arrepentía de no haberse arriesgado a lanzarse al mundo de la creación. ¿Es una espina clavada?


R. En efecto. Hice poesía, pero me di cuenta que lo que estaba haciendo eran versos, y el verso es el mayor enemigo de la poesía. Y he dicho también –y algunos no me lo han perdonado nunca- que el más grande de los críticos es minúsculo comparado con cualquier creador. Así que hablemos claro y no nos hagamos ilusiones. Yo soy tan solo un cartero, soy Il Postino. Y estoy muy orgulloso de eso, de haber llevado el correo bien a tantos y tantos alumnos. Pero no nos hagamos ilusiones.


P. ¿Quién no le perdonó? ¿Colegas suyos de universidad?


R. Así es. Es que en la universidad hay una vanidad descomunal. Y les sienta mal que les digas claramente que son parásitos. Parásitos en la melena del león.


P. El creciente desdén político por las humanidades es desolador. Al menos en España. La filosofía, la literatura o la historia son progresivamente ninguneadas en los planes educativos.



R. En Inglaterra también pasa, aunque quedan algunas excepciones en escuelas privadas para élites. Pero el sentido de la élite es ya inaceptable en la retórica de la democracia. Si usted supiera cómo era la educación en las escuelas inglesas antes de 1914... pero es que entre agosto de 1914 y abril de 1945 unos 72 millones de hombres, mujeres y niños fueron masacrados en Europa y el oeste de Rusia. ¡Es un milagro que todavía exista Europa! Y le diré algo respecto a eso: una civilización que extermina a sus judíos no recuperará nunca lo que fue. Sé que cabrearé a unos cuantos antisemitas, pero la vida universitaria alemana nunca fue ya la misma sin esos judíos. Una civilización que mata a sus judíos está matando el futuro. Pero bueno, hoy hay 13 millones de judíos en el mundo, más que antes del Holocausto.


P. Resulta increíble, es cierto.


R. ¡Resulta escandaloso! Un magnífico escándalo.


P. Profesor Steiner, ¿qué es ser judío?


R. Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor.


P. ¿Cómo ve el futuro del ser humano? ¿Es optimista o pesimista?



R. El futuro... no sé. Toda profecía es simplemente memoria activa, no se puede prever nada, solo mirar en el retrovisor de la historia y contarnos historias sobre el futuro. Eso sí: habrá dos tres descubrimientos científicos en el campo de la genética que van a plantear problemas morales terriblemente complejos. Por ejemplo, ¿permitiremos que se manipulen las células del feto?


P. También será un problema moral poner freno al avance científico...


R. Exactamente. ¿Qué derecho tenemos? Yo soy, por ejemplo, firme partidario de la eutanasia. Los viejos destruimos a menudo la vida de los jóvenes que tienen que cargar con nosotros. ¡Me gustaría tanto tener el derecho de decir “Gracias, todo ha sido magnífico, ahora basta”. Eso llegará. En Holanda y en Escandinavia ya está pasando... No tenemos ya recursos para mantener en vida a tanta gente senil o demente, va contra la felicidad de mucha gente, no es justo.


P. ¿Qué momentos o hechos cree que forjaron más su forma de ser? Entiendo que tener que huir del nazismo junto a sus padres y saltar de París a Nueva York –magistralmente evocado en su libro Errata- es uno de los fundamentales teniendo en cuenta que...


R. Le diré algo que le impactará: ¡Yo le debo todo a Hitler! Mis escuelas, mis idiomas, mis lecturas, mis viajes... todo. En todos los lugares y situaciones hay cosas que aprender. Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria. “Nada humano me es ajeno”. ¿Por qué Heidegger es tan importante para mí? Porque nos enseña que somos los invitados de la vida. Y tenemos que aprender a ser buenos invitados. Y, como judío, tener siempre la maleta preparada y si hay que partir, partir. Y no quejarse.

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