Jueves, 15 Marzo 2012 07:33

Marx, más vivo y actual que nunca

Marx, más vivo y actual que nunca
En un día como ayer, hace 129 años, moría plácidamente en Londres, a los 65 años, Karl Marx. Corrió la suerte de todos los grandes genios, siempre incomprendidos por la mediocridad reinante y el pensamiento encadenado al poder y a las clases dominantes. Como Copérnico, Galileo, Servet, Darwin, Einstein y Freud, para mencionar apenas unos pocos, fue denostado, perseguido, humillado. Fue ridiculizado por enanos intelectuales y burócratas académicos que no le llegaban ni a los tobillos, y por políticos complacientes con los poderosos de turno a quienes les repugnaban sus revolucionarias concepciones.

La academia se cuidó muy bien de sellar sus puertas, y ni él ni su amigo y eminente colega Friedrich Engels, jamás accedieron a los claustros universitarios. Es más, Engels, de quien Marx dijera que era “el hombre más culto de Europa”, ni siquiera estudió en la universidad. Sin embargo, Marx y Engels produjeron una auténtica revolución copernicana en las humanidades y las ciencias sociales: luego de ellos, y aunque sea difícil separar su obra, podemos decir que después de Marx, ni las humanidades ni las ciencias sociales volverían a ser las de antes. La amplitud enciclopédica de sus conocimientos, la profundidad de su mirada, su empecinada búsqueda de las evidencias que confirmaran sus teorías hicieron que Marx, tantas veces dadas por muertas sus teorías y su legado filosófico, sea más actual que nunca.

El mundo de hoy se parece de manera sorprendente a lo que él y su joven amigo Engels pronosticaron en un texto asombroso: El Manifiesto Comunista. Este sórdido mundo de oligopolios rapaces y predatorios, de guerras de conquista, degradación de la naturaleza y saqueo de los bienes comunes, de desintegración social, de sociedades polarizadas y de naciones separadas por abismos de riqueza, poder y tecnología, de plutocracias travestidas para aparentar ser democracias, de uniformización cultural pautada por el American way of life, es el mundo que anticipara en todos sus escritos. Por eso son muchos quienes ya, en los capitalismos desarrollados, se preguntan si el siglo veintiuno no será el siglo de Marx. Respondo a esa pregunta con un sí sin atenuantes, y ya lo estamos viendo: las revoluciones en marcha en el mundo árabe, las movilizaciones de los indignados en Europa, la potencia plebeya de los islandeses al enfrentarse y derrotar a los banqueros y las luchas de los griegos contra los sádicos burócratas de la Comisión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo, el reguero de pólvora de los movimientos Occupy Wall Street que abarcó a más de cien ciudades estadounidenses, las grandes luchas que en América latina derrotaron al ALCA y la supervivencia de los gobiernos de izquierda en la región, comenzando por el heroico ejemplo cubano, son tantas otras muestras de que el legado del gran maestro está más vivo que nunca.

El carácter decisivo de la acumulación capitalista, estudiada como nadie más en El Capital, era negado por todo el pensamiento de la burguesía y por los gobiernos de esa clase que afirmaban que la historia era movida por la pasión de los grandes hombres, las creencias religiosas, los resultados de heroicas batallas o imprevistas contingencias de la historia. Marx sacó a la economía de las catacumbas y no sólo señaló su centralidad, sino que demostró que toda la economía es política, que ninguna decisión económica está despojada de connotaciones políticas. Es más, que no hay saber más político y politizado que el de la economía, dando al traste con los tecnócratas de ayer y hoy que sostienen que sus planes de ajuste y sus absurdas elucubraciones econométricas obedecen a meros cálculos técnicos y que son políticamente neutros. Hoy ya nadie cree seriamente en esas patrañas, ni siquiera los personeros de la derecha (aunque se abstengan de confesarlo). Podría decirse, provocando la sonrisa socarrona de Marx desde el más allá, que hoy son todos marxistas pero a la Monsieur Jordan, ese personaje de El burgués gentilhombre, de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo. Por eso cuando estalló la nueva crisis general del capitalismo todos corrieron a comprar El Capital, comenzando por los gobernantes de los capitalismos metropolitanos. Es que la cosa era, y es, muy grave como para perder el tiempo leyendo las boberías de Milton Friedman, Friedrich von Hayek o las monumentales sandeces de los economistas del FMI, el Banco Mundial o el Banco Central Europeo, tan ineptos como corruptos y que por causa de ambas cosas no fueron capaces de pronosticar la crisis que, como un tsunami, está arrasando los capitalismos metropolitanos. Por eso, por méritos propios y por vicios ajenos Marx está más vivo que nunca y el faro de su pensamiento arroja una luz cada vez más esclarecedora sobre las tenebrosas realidades del mundo actual.

Por Atilio A. Boron, director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales.
Publicado enInternacional
Martes, 13 Marzo 2012 15:53

El último nuevo filósofo

El último nuevo filósofo
Para quien desee conocer el pensamiento de Albert Camus y, eventualmente, ahondar en él, basta con leer su obra. A pesar de que esta no es siempre profunda, tiene el mérito de la claridad. En este sentido, el libro que Michel Onfray acaba de consagrarle no es de ninguna utilidad (1). En cambio, para quien se interese en la visión que del mundo y sobre todo de él mismo tiene este filósofo exitoso, la lectura de esta obra es indispensable.

Camus visto por Onfray no es más que el espejo donde se mira y se admira. “Lector atento, libre, indemne de cualquier estructuración universitaria”, “nietzscheano de izquierda”, “anarquista positivo”, “filósofo hedonista, pagano, pragmático”, hijo de pobres y fiel a los suyos”: este retrato favorable presenta, para aquellos que han leído a Onfray, todas las características de un autorretrato. Salvo el rasgo final: “Tenía todo para disgustar a los parisinos formadores de reputación”. Según se leen los elogios publicados en Marianne y Le Nouvel Observateur para celebrar la aparición de la obra, que alcanzan un nivel de ditirambo en Le Point, esta no sólo les gusta a los “parisinos”, es decir a los periodistas, sino que los enloquece.

Y no sin razón.

En este bodrio que se supone extrae lo más medular del pensamiento camusiano, condimentado con apreciaciones de la vida del autor destinadas a probar la rigurosa “adecuación entre la obra y la existencia”, encontramos las amalgamas que hicieron furor bajo el reinado mitterrandiano, cuando la declinación del sentido crítico se vio acompañado por el abandono de los ideales progresistas. Comenzando por la referencia mancomunada de fascistas y “marxistas”, comparados con los estalinistas. La peste, por ejemplo, sirve de pretexto para recordar que esta “podía ayer ser marrón o roja”. Se compone así a lo largo de las páginas el desfile de trivialidades que hicieron las delicias, tres décadas atrás de Bernard-Henri Lévy y amigos. Camus, se empeña el autor, “no cree en el Hombre Nuevo deseado al mismo tiempo por Marx y Lenín, Mussolini y Hitler. No cree en el Hombre Total de los marxistas ni en el Reich ario de los nazis”. ¿Onfray, el último de los “nuevos filósofos”? Quedaron lejos los años 1970, en que jóvenes pensadores, después de algunos años de compromiso con un maoísmo mundano, podían pasar por subversivos reciclando lugares comunes del pensamiento conservador. Por eso, declarándose primero anarquista, Onfray, tras sus gloriosos predecesores, se postula como la voz del anticonformismo de un “orden libertario” pensado por Camus.

Confirmar a este último en la figura emblemática del “Justo”, identificado al justo medio, implica una relectura singular de la historia. Comenzando por la enumeración de los delitos de la represión colonialista en Argelia y de los cometidos por los independentistas que, en la balanza sostenida por Onfray, tienen el mismo peso. El biógrafo juzgó oportuno, para completar lo que parece una demostración, insertar en medio de su obra una serie de fotos siniestras que apuntan a impresionar al lector más que a hacerlo reflexionar. Encontramos allí, de manera desordenada, las atrocidades cometidas “de un lado y del otro”: imágenes del gulag y de los campos de exterminio, de la guillotina heredada del “terror robespierrista” y de cadáveres mutilados por los “terroristas del FLN”, de civiles rusos colgados por soldados de la Wehrmacht y de un colaborador fusilado por resistentes franceses, de un niño irradiado en Hiroshima y de una niñita degollada por los “rebeldes” argelinos…

Para otorgarles un giro filosófico a las diatribas habituales, que hizo suyas, de la derecha contra los “izquierdistas”, Onfray agrega innovaciones de su cosecha. Así se entusiasma por una “izquierda dionisíaca” que “dice ‘sí’ y que da la espalda radicalmente a una izquierda del resentimiento que dice ‘no’”, la primera animada, como debe ser, por la “pulsión de vida” y la segunda, por supuesto, por la “pulsión de muerte”. Una dicotomía ubicada bajo el signo de un “gramscismo mediterráneo”, el militante y teórico comunista italiano Antonio Gramsci que, no se sabe demasiado por qué, escapó milagrosamente a la condena del filósofo “libertario”. Tratándose de filosofía, estamos ante un psicoanálisis somero, cuyo maniqueísmo no tiene nada que envidiar al que Onfray adjudica a todos los adversarios del capitalismo.

Entre estos últimos, Karl Marx constituye un blanco predilecto. Nos dice que era “despectivo” respecto del pueblo parisino que se había sublevado en marzo de 1971 contra el gobierno de Adolphe Thiers, y “sobre todo [sic] hacia los versalleses” por odio de los anarquistas proudhonianos y por “razones de estrategias y de tácticas oportunistas”. Aquí, el autor se apoya en una carta dirigida a la Asociación Internacional del Trabajo donde “Marx recomendaba al pueblo de París sobre todo no insubordinarse y preparar la revolución (marxista que vendría)”. Un documento del que cualquier historiador sabe que se trataba de una tosca falsificación (2). Robespierre y Lenín figuran también en un buen lugar, no sólo por haber sido pensadores de la revolución, sino también, crimen supremo, actores de primer orden. En este libro, sin embargo, quien se lleva la palma de la malignidad es Jean-Paul Sartre. El crimen, esta vez, es de lesa majestad, porque habría intentado “matar a Camus”, simbólicamente al menos, como Marx Mikhail Bakunin, a fuerza de “intrigas”, de “golpes bajos”, de “desinformación”, de “calumnias”, de “maledicencias”, de “insinuaciones” y, a través suyo, por anticipación, a Onfray mismo, su heredero presunto y presuntuoso.

Después de Sigmund Freud (“hechicero posmoderno” ambicioso y cómplice del fascismo) y de Jean-Paul Marat (“el hombre del resentimiento”), vapuleados en obras precedentes (3), Onfray continúa su ajuste de cuentas con lo que se transparenta detrás de la figura maldita de Sartre: además del despreciado ideal revolucionario, la filosofía profesada en la Ecole normale supérieure. Como el subtítulo del libro lo deja entender, no es la reflexión teórica lo que habría hecho de Camus un filósofo, sino simplemente la vida que llevó. A diferencia de los intelectuales confinados en la caverna de Platón situada en la calle Ulm, aislada del mundo concreto, Camus habría filosofado, a lo largo de su existencia, por medio del “arte de vivir” y de relatos, piezas, ensayos, crónicas que obtuvo gracias a él. ¿Dónde? En Tipaza, “lugar privilegiado de la felicidad camusiana”, entre otros, de la “filosofía dionisíca” y de “la gaya ciencia nietzscheana”, por donde Onfray fue en peregrinaje, tras los pasos de Camus, acompañado por el director de Point Franz-Olivier Giesbert, maravillado, y por un fotógrafo.

Entre las obsesiones de Onfray existe la encarnación principal del mal: “El barrio martinico de París, donde proliferan las mafias”, “medio intelectual de posguerra impregnado de comunismo” que habría “decidido volverle la vida imposible a Camus”. ¡Como si este nunca hubiera formado parte del tout-Paris de las letras! O que el Premio Nobel de Literatura siempre hubiera sido mal visto. Sin embargo pasó una buena parte de su vida de escritor como un autor reconocido. Y hasta se podría decir, desde este punto de vista, que murió simbólicamente como vivió: el Facel-Vega estrellado contra un árbol donde se encontró su cuerpo en enero de 1960 era conducido por su amigo Michel Gallimard, sobrino del célebre editor. Camus nunca fue un exiliado del interior, no más que Onfray, en todo caso, que se codea con la crema intelectual mediática de la capital.

Se entiende: para este reconocido anarquista que no teme ir a “dialogar” a la place Beauvau sobre la existencia de Dios o sobre la diferencia entre el Bien y el Mal con un ministro del interior (4), ni de dirigir a este último, ya convertido en presidente, una “carta abierta” para que haga transferir las cenizas de Camus al Panteón porque “al hacerlo”, iniciaría “una auténtica revolución que nos dispensaría de desear otra”; para él –que no teme tampoco ser el portavoz de una “gestión libertaria del capitalismo”, porque el capitalismo “es tan viejo como el mundo y durará tanto como él” (5)–, ese término libertario envilecido ya no es sino un cachivache lingüístico. Onfray se convirtió en partidario del orden a secas. “Sin una “gran noche”*, no hay revolución providencial”, proclama a modo de conclusión, caricaturizando la voluntad de los que aún quieren terminar con el capitalismo; esta convocatoria es el eco de la de ultratumba que cree escuchar de parte de Camus: “Sí a la vida. No a lo que la obstaculiza”. Loca audacia…

1 Michel Onfray, L’Ordre libertaire. La vie philosophique d’Albert Camus, Flammarion, París, 2012.
2 Véase Mathieu Léonard, L’Emancipation des travailleurs. Une histoire de la Première international, La Fabrique, París, 2011.
3 Michel Onfray, La Religion du poignard. Eloge de Charlotte Corday, Galilée, París, 2009, y Le Créspuscule d’une idole, Grasset, París, 2010.
4 Conversación Michel Onfray-Nicolas Sarkozy, Philosophie Magazine, n°8, París, marzo 2007.
5 Citas extraídas de Le Monde, 25 de noviembre de 2009; del programa «Mots croisés», France 2, 10 de noviembre de 2008; de Le Monde libertaire, París, 29 de diciembre de 2009-22 de febrero de 2010.
* La noción de «gran noche» define una ruptura revolucionaria donde todo es posible. La comparten comunistas marxistas y anarquistas [N. de la T.].

*Sociólogo. Autor del ensayo Une violence éminemment contemporaine, Agone, Marsella, 2010.

Traducción : Florencia Giménez Zapiola


Lunes, 28 Noviembre 2011 10:31

Utopología desde nuestra América

Utopología desde nuestra América

 

Edición 2012. Formato: 17 x 24 cm, 158 páginas
P.V.P:$29.000 ISBN:978-958-8454-41-2



Reseña.

Las metáforas o los rostros de la utopía y de lo utópico son diversos, y, sin embargo, a estas alturas de la reflexión, ¿estamos ya en condiciones de construir una teoría de lo utópico? Probablemente aún no se haya consumado esta tarea, pero varios de los autores que la trabajan apuntan hacia ello. La construcción de una utopología exige por lo pronto una lectura sintética de la rica producción filosófica sobre el asunto, al mismo tiempo que se impone la exigencia, en este nuevo milenio, de darles paso a la imaginación y la razón utópicas, ceñidas por la crítica. También supone desplazar las vacuas fantasías de ideologizaciones y espejismos que intentan disolver nuestra más íntima capacidad y nuestra voluntad transformadora, mediante las cuales nos afirmamos como humanos al declarar que no es posible otro mundo.

Afrontando este límite, en el presente texto se profundizan-en la posibilidad de pensar el futuro-la esperanza, la utopía y lo utópico, despejados y despojados de ataduras, sin perder de vista el ser que deviene alternativamente, porque ambos, ser y pensar, están abiertos a la posibilidad, al novum arraigado en la propia experiencia humana de ser de la historia.

 

Maria del Rayo Ramírez Fierro. Méxicana.Licenciada y maestra en Filosofia.Ha realizado su formación en la Facultad de Filosofia y Letras de la Unam, para la cual es actualmente candidata al grado de doctorado en Filosofia.

Se dedica a la docencia desde 1984 en los niveles medio superior y superior.Desde 2006 es profesora-investigadora de tiempo completo de la Universidad Autónoma de Ciudad de México, donde junto a Francesca Gargallo conduce el Seminario Permanete de Filosofía Nuestroamericana.

Además de numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales, publicó el libro "Simón Rodríguez y su utopía para América" (1994).Ha participado en trabajos colectivos como coordinadora del "Diccionario de Filosofia Latinoamericana" (2000) y como autora del "Diccionario de pensamiento alternativo" (2008) y "El pensamiento filosófico latinoamericano del Caribe y latino , 1300-2000" (2010)

 

 


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En medio de la indudable y demasiado lenta decadencia de las teorías posmodernas que cuestionaron (infructuosamente) la validez del conocimiento científico, la filosofía de la ciencia, un área algo relegada en el campo intelectual, puede decir mucho no sólo sobre la ciencia, sino sobre la visión del mundo. Rodolfo Gaeta se ocupa de señalar algunos de los puntos principales.
   
–Usted se dedica a la filosofía de la ciencia.

–Y particularmente a un problema muy importante dentro de la filosofía de la ciencia, que es el del realismo y el anti-realismo científico. Veamos qué es esto. Las teorías generalmente postulan la existencia de ciertas entidades (como por ejemplo los átomos, las moléculas, las clases sociales). Hay un debate entre realistas y antirrealistas, que si bien tiene muchos matices puede sintetizarse en dos problemas principales: el problema de la verdad y el problema de la existencia de las entidades teóricas.

–A ver...

–El problema de la verdad está vinculado con la imposibilidad que pareceríamos tener de llegar a formular teorías que sean verdaderas y que sepamos que sean verdaderas. Aun suponiendo, entonces, que podríamos llegar a postular teorías que son verdaderas, se presenta el problema de cómo sabemos que esas teorías son verdaderas (si habla de aspectos de la realidad que no son directamente accesibles, por ejemplo). Este es uno de los problemas. Por eso algunos autores plantean que el objetivo de la ciencia no debe ser procurar la verdad sino procurar modelos que se adecuen a la experiencia. Larry Laudan, por ejemplo, propone como criterio plantearse en qué medida una teoría resuelve problemas (prácticos o teóricos), es decir, propone un criterio pragmático.

–Ian Hacking, en cierta medida, comparte eso.

–Pero va más allá, porque supone que si esas entidades pueden manipularse, entonces existen. Yo personalmente no comparto, pero ya hablaremos de eso. Estábamos con el tema de la verdad: los no realistas plantean que el objetivo de la ciencia puede ser otro que no sea la verdad. La otra vertiente es la de las entidades teóricas y está vinculado con el problema de la verdad: si no consideramos que lo importante en una teoría es la verdad, entonces no podemos dar el paso para afirmar que las entidades de esa teoría existen en la realidad. Si la teoría de Newton no la tomo como una descripción de la realidad sino como un instrumento de predicción, la fuerza de gravedad no es más que una manera de hablar. Tal vez convenga, para volver a ubicarnos en el problema realismo-antirrealismo, repasar dos argumentos contrapuestos. Uno sería el argumento más convincente que pueden tener los realistas, y el otro, el más convincente que pueden tener los antirrealistas. El primer argumento, el de los realistas, responde casi al sentido común: si yo tengo unas teorías científicas y esas teorías me permiten hacer predicciones adecuadas e intervenir en la realidad modificándola, sería el mejor argumento para pensar que la teoría no es meramente un modelo adecuado sino una teoría verdadera.

–Pero con el modelo ptolemaico se podía hacer todo eso, y sin embargo no era verdadero.

–Al argumento que le comentaba se lo podría llamar el argumento del no milagro: si las teorías no fueran verdaderas, su éxito sería una especie de milagro, de pura casualidad. Pero justamente aparece aquí el contraejemplo de Ptolomeo, con una teoría que tuvo un éxito magnífico y sin embargo era falsa. Larry Laudan elabora una larga lista de teorías que fueron exitosas pero falsas, y dice que esta lista podría extenderse ad nauseam. El argumento no realista, entonces, sería: si prácticamente todas las teorías hasta el momento, aun las más exitosas, después han sido consideradas falsas, ¿por qué vamos a tener la soberbia de pensar que nuestras actuales teorías son verdaderas? Este argumento invita a pensar que nuestras presentes teorías, y las que vengan posteriormente, están llamadas a ser consideradas falsas en algún momento. Este argumento (llamado “de la meta-inducción pesimista”) no supone que las teorías son un avance hacia la verdad sino que son directamente falsas. Desde esta postura, no hay aproximación a la verdad.

–Y cuando hablamos de los términos teóricos de las ciencias sociales se pone todo más difícil, ¿no?

–Bueno, yo no conozco ningún método para medir la complejidad de los objetos de estudio, pero creo que nadie que se adentre en algo tan complejo como un organismo viviente esté dispuesto a aceptar que los objetos de las ciencias sociales son más complejos. Muchas veces conocemos mejor la conducta humana que la conducta física.

–Yo creo que una estrella es mucho más simple que las clases sociales.

–Yo no estoy tan seguro.

–Hay modelos muy simples para la estrella.
..

–Que haya modelos simples es otra cosa. Siempre los modelos simplifican la realidad. El propio Newton, por ejemplo, plantea un modelo que funciona bastante bien pero que no puede tener en cuenta la influencia mutua de todos los planetas. Para eso se tiene que manejar con la relación entre dos objetos y dejar de lado todo lo demás. Por eso mismo se terminaron descubriendo otros planetas que alteraban el funcionamiento de los que ya se conocían. Predecir con exactitud qué va a pasar con el movimiento de un planeta es imposible. Por eso le digo que no veo que el problema tenga una diferencia fundamental entre las ciencias naturales y las sociales. En ambos casos hay objetos muy complejos. Después de todo, el concepto de clase social es un concepto teórico, así como lo es el de átomo.

–¿Y cuando se fotografía un átomo, por ejemplo? ¿Cómo se puede negar su existencia?

–Ahí hay otro problema: la fotografía presupone la teoría de la óptica. Yo no puedo tomar en cuenta el resultado de una fotografía si no acepto las teorías físicas que tienen que ver con el funcionamiento del aparato. Lo que pasa es que a nosotros nos engañan ejemplos muy simples: si yo fotografío un automóvil, puedo comparar la foto con el auto y darme cuenta de que son idénticos. Pero si yo uso un microscopio para fotografiar, ahí tengo que suponer que el microscopio no deforma... Hay aquí una cosa muy interesante. Al tratar de determinar cómo se transmitían los rasgos físicos a la descendencia, surgió la teoría del homúnculo, que suponía que adentro del óvulo o del espermatozoide había un pequeño hombre ya perfectamente formado. Esta teoría vino después de la invención de los primeros microscopios, pero muchos creyeron ver al ser humano pequeñito a través del microscopio.

–Veían lo que querían ver.

–Claro. Ahora yo tengo que confiar en la teoría del microscopio electrónico para poder aceptar que la fotografía corresponde a la realidad empírica.

–¿Y usted cómo se define? Yo, por ejemplo, soy realista lunes, miércoles y viernes; antirrealista martes, jueves y sábado, y el domingo no pienso en esas cosas.


–Yo tiendo a ser antirrealista con respecto a las ciencias naturales y sociales: no tengo ninguna garantía razonable de que las construcciones teóricas correspondan a la realidad. Pero, sin embargo, me veo inclinado a aceptar que sí existen las entidades matemáticas. Es lo que se llama platonismo en matemática. El problema es que parecería que hay ciertas cuestiones que tienen que ver con la lógica y con la matemática que son objetivas, que se nos imponen. Por ejemplo: cuando los pitagóricos descubrieron los números irracionales se quisieron suicidar todos, pero no pudieron evitar admitir su existencia. Eso implica que hay algo así como una independencia de una realidad lógica que es inmaterial...

–¿No es mucho decir?

–Hay muchos que piensan así. Matemáticos de la talla de Gödel, sin ir más lejos. Gödel descubre que hay una verdad matemática que si bien es indemostrable desde la deducción formal a partir de axiomas, es innegable, porque lo que dice es que ella misma es indemostrable. Si hay una verdad que no es deducida de los axiomas y la tengo que reconocer: ¿no me veo forzado a admitir que esa verdad me trasciende?

–Para formular una teoría y ser realista, uno tiene que tener una cierta confianza en que hay algún tipo de identidad entre mente y mundo, ¿no?

–A mí me parece que ese es más un principio del idealismo que del realismo. El idealista, en términos generales, plantea que lo que uno conoce es siempre a sí mismo, a su propia producción. El problema que usted quiere sugerir es algo que sugirió Putnam (quien está asociado, curiosamente, al argumento del no milagro y al de la meta-inducción pesimista). Porque Putnam, como usted, se la pasó oscilando toda su vida entre el realismo y el anti-realismo. Putnam plantea una posición que se conoce con el nombre de “realismo interno”, que está emparentada con la innovación filosófica de Kant: la mente y el mundo hacen, conjuntamente, la mente y el mundo. Es decir: no hay un mundo totalmente independiente de la mente y tampoco el mundo es una pura creación de la mente. Carnap, uno de los positivistas lógicos, considera que preguntarse por la existencia de los números es un pseudo-problema. Para Carnap tiene sentido preguntarse si existe un número primo entre 5 y 10, pero preguntarse si existen los números en general no tiene sentido. Uno elige un marco conceptual y resuelve dentro de ese marco, pero los problemas que están por fuera de ese marco son problemas externos. En nuestro grupo de investigación estamos atendiendo a las diferentes posiciones que se dan dentro de este debate entre realismo y anti-realismo. Una de las posturas interesantes que se han planteado es lo que se llama “realismo estructural”.

–Que dice...

–Que las teorías científicas lo que captan es la estructura de la realidad. Las teorías pueden cambiar, pero lo que se mantiene es la estructura. De alguna manera, esto daría continuidad en el desarrollo científico. Algunos llegan a afirmar, incluso, que lo único que hay es estructura. Lo cual lleva al siguiente contraargumento: una estructura es una serie de relaciones; ¿cómo puede haber relaciones si no hay relata? De cualquier manera, el concepto de objeto también puede ser discutido. Porque uno podría preguntarse qué pasaría con una lengua que no tuviera la estructura sujeto-predicado. Según he leído por ahí, hay ciertas lenguas que tienen una estructura diferente. Nosotros estamos acostumbrados a frases del tipo: “El vaso está sobre la mesa”, “El gato está sobre la alfombra”. Pero imaginemos un lenguaje en el que solamente hubiera verbos: habría fenómenos pero no objetos. Entonces la existencia se plantearía en términos distintos.

–Pero ahí se determina mucho la realidad por el lenguaje.

–Lo que digo es que el conocimiento se tiene que expresar de alguna manera. Si yo quiero saber lo que hizo Newton tengo que leer los Principia; la manera de objetivar el conocimiento es a través de algún tipo de lenguaje. En términos generales, el lenguaje es un vehículo. Esto no quiere decir que uno hipostasíe el lenguaje, pero hay que ser consciente de que entre medio y referencia hay una relación. Yo invitaba a pensar una relación diferente a partir de un lenguaje que fuera diferente al lenguaje al que estamos acostumbrados.

–Lo que pasa es que Chomsky, por ejemplo, muestra que la estructura de sujeto y predicado está en todas las lenguas del universo, lo cual, siguiendo su razonamiento, hablaría a favor de una existencia de los objetos. Para lo cual hay además un argumento evolutivo: si yo no creo en los objetos, me come el león.

–Ahí hay dos cosas. Una es que apoyarse en una teoría científica para fundamentar la ciencia es una opción cuestionable, que se conoce con el nombre de “epistemología naturalizada”. Quine, por ejemplo, planteó que la mejor manera de dar cuenta de la ciencia es apelar a la propia ciencia (en este caso, la Biología). Otros rechazan el argumento por ser circular: si yo quiero fundamentar la ciencia apoyándome en resultados científicos, sería como querer apoyar la verdad de una religión apoyándome en el libro sagrado de esa religión. Ese es un debate abierto. La segunda cosa es que aun una teoría equivocada puede tener buenos resultados. Esto tiene que ver con una cuestión muy simple: infinitas curvas pasan por un conjunto finito de puntos. Es decir, para un conjunto finito de observaciones (puntos) hay un conjunto infinito de teorías explicativas (líneas). La teoría ptolemaica, por ejemplo, construía epiciclos y epiciclos para ir ajustándose a la realidad y funcionaba muy bien. Además hay un hecho lógico básico: una deducción correcta puede tener premisas falsas y conclusión verdadera. Yo puedo estar razonando bien, a partir de premisas falsas, y llegar a una conclusión verdadera. No necesariamente por llegar a conclusiones verdaderas tengo premisas verdaderas. Por ejemplo, puedo decir lo siguiente: si Nostradamus hizo una predicción confusa de un ser malvado que vendría en algún momento de la historia y que se puede identificar con Hitler y Hitler efectivamente existió, entonces Nostradamus adivinaba el futuro. Con las teorías científicas pasa lo mismo. La teoría de Ptolomeo era aceptada, y con justa razón, porque funcionaba bien. Volviendo al tema de lo que decía usted de la evolución: a lo mejor la evolución nos hace crear fantasmas que, sin embargo, son útiles. Lo que quiero decir es que uno podría tener tranquilamente creencias equivocadas sobre el mundo y, sin embargo, tener éxito.

–¿Y por qué usted se dice anti-realista en las ciencias naturales?

–Porque creo que las postulaciones teóricas son muy útiles pero conllevan la necesidad de aventurarse más allá de lo necesario. En ese sentido, simpatizo con lo que se llama la navaja de Ockham: no multiplicar innecesariamente las entidades. Y me refiero no sólo a las ciencias naturales sino también a las ciencias sociales. Simpatizo, en este sentido, con la postura de Van Fraasen. El dice que el objetivo de la ciencia es la búsqueda de teorías empíricamente adecuadas.

–Es, de alguna manera, positivismo.

–Es lo que se llama empirismo constructivo. No niega que las teorías científicas puedan ser verdaderas o falsas, lo que dice es que, como no podemos saber si son verdaderas o falsas, tenemos que tener como objetivo que sean adecuadas empíricamente. Porque la verdad, si viene, viene por añadidura.

Por Leonardo Moledo
Publicado enInternacional
Miércoles, 27 Octubre 2010 06:26

Sobre la filosofía de las matemáticas

–No hablemos tanto del número omega, que ya está en todos lados, sino de sus posturas filosóficas sobre la matemática. Usted tiene una postura...

–Cuasi empírica, diría.

–¿Y en qué consiste una postura cuasi empírica en matemática?

–Mi enfoque es desde el punto de vista de la teoría de la información. Para mí una teoría (tanto física como matemática) lo que hace es comprimir. Comprender es comprimir. Lo que hace es comprimir hechos experimentales en una estructura más simple que los explica a todos. En el caso de la matemática es parecido: en este caso no son hechos experimentales lo que explicamos, sino hechos numéricos, y no son ecuaciones matemáticas, sino que son los axiomas de la matemática. Me parece que en ambos casos lo que hace una teoría es organizar lo que vemos en una estructura que lo hace más comprensible y nos ayuda a predecir lo que va a pasar si hacemos otros cálculos u otros experimentos. En ambos casos estoy pensando en la teoría como software, como algoritmo: en el caso de la física es un algoritmo para calcular hechos experimentales; en el caso de la matemática es más bien deducir mecánicamente consecuencias que son las consecuencias lógicas de los primeros principios. Desde este punto de vista, las dos cosas no son demasiado diferentes. Yo no veo una ruptura tan enorme entre la física y la matemática. De un lado se insiste en que las demostraciones rigurosas son una necesidad imperiosa y del otro lado el físico se contenta a veces con argumentaciones heurísticas: el físico no dice que la ecuación de Schröedinger es evidente de por sí, pero desde la matemática se insiste en que un axioma debe ser evidente de por sí. En fin: no digo que la matemática y la física son idénticas, porque eso es falso, pero creo que habría que conceder que tienen un grado de parentesco más grande que lo que se admite habitualmente.

–Uno puede pensar la física como estructura axiomática, también. Los Principia de Newton son una estructura axiomática: se parte de ahí y opera todo como un sistema formal.

–Hasta cierto punto, porque las demostraciones que utilizan los físicos no satisfacen del todo a los matemáticos.

–Bueno, porque nadie se pone a hacerlas rigurosas, pero si alguien quisiera...

–¿Usted cree que se puede?

–Creo que la creencia de todo físico es que todo aquello que es matemáticamente deductible es físicamente real. ¿Usted estaría tomando el sistema axiomático como una empiria?

–Tomemos el famoso resultado de Gödel de 1931. ¿Hay que tomarlo en serio o no? La mayoría de los matemáticos dicen que no hay que tomarlo en serio. Yo no lo sé, pero decidí dedicar mi vida a jugar con la posibilidad de que el resultado de Gödel es serio. Si se toma demasiado en serio, no existe la prueba: trabajé durante tres días tratando de demostrar algo, no lo pude hacer, entonces lo propongo como un nuevo postulado. Un matemático diría que es ridículo, pero esa sería una actitud extrema provocada por Gödel. Yo no quiero eso. A mí me parece que la física y la matemática, en lugar de estar tan separadas, deberían entrar en un continuo donde se amalgamen la rigurosidad demostrativa de la matemática y las argumentaciones heurísticas de la física. No hay que construir una pared infranqueable...

–Es que no la hay.

–Bueno, y sin embargo en una revista de matemática no se puede publicar un argumento que andaría muy bien en una revista de física.

–El físico lo que sí hace es, después de un proceso de deducción, ir a la realidad y medir.

–El matemático también lo puede hacer. Por ejemplo: la hipótesis de Riemann, cuya consecuencia es que los números primos se tienen que distribuir de determinada manera. Uno se puede poner a hacer un cálculo monstruoso para ver si efectivamente los primos se distribuyen de esa manera.

–O ver cómo se distribuyen los números primos realmente.

–Sí. En teoría de números se trabaja de una forma cuasi empírica. Porque muchas veces mediante muchos cálculos se ven muchos casos y la gente conjetura algo que después se tarda centenares de años en demostrar.

–La conjetura de Goldbach...

–Claro. En ese campo en particular, la brecha entre lo que se cree cierto en base a cálculos y lo que se puede demostrar es enorme.

–Pero uno no puede construir una teoría matemática sobre la conjetura de Goldbach.

–Bueno, fíjese lo que pasa aquí. Hay una conjetura que se llama P no igual NP. Y otra conjetura que dice que factorizar números grandes requiere un tiempo de cómputo monstruoso, que es la base de muchos sistemas secretos. La gente en teoría de la computación no se puede detener porque no logra demostrar algunas cosas fundamentales: toda la comunidad cree en ciertos resultados y ellos siguen adelante.

–En cierta forma se puede decir que pasó lo mismo con el análisis hasta la llegada de Cauchy.

–Bueno, fue no riguroso.

–Claro. Cuando Berkeley decía que no tenía ningún sentido, tenía razón.

–El insistir en el rigor matemático a veces destroza un campo. Especialmente cuando ese campo es nuevo, y las ideas se están explorando. Una vez que la parte creativa terminó, entonces llegan los “abogados”, los matemáticos que quieren pulir todo y dejar una forma axiomática cerrada. Pero la parte creativa no se hace así.

–No se olvide que, también, por el problema de la falta de rigor Cauchy confundió dos conceptos de continuidad que crearon un lío espantoso.

–Sí, es cierto. Hoy en día está de moda decir que la matemática es un sistema riguroso formal axiomático “a la Hilbert” y que el rigor es lo más importante. El método axiomático, desde esta perspectiva, es la matemática. Pero hay otros que dicen que el método axiomático es un cementerio para las ideas. Una vez que todo está en un sistema axiomático formal, el trabajo creativo se acabó. Creo que la escuela Bourbaki exageró muchísimo. Yo creo que el teorema de Gödel apoya para decir que Bourbaki exageró: es decir, hay una parte irreductible que es creativa dentro de la matemática, lo cual significa que su realidad no es blanca o negra como se pensaba. Es posible que se produzca una ruptura, que dos escuelas diferentes crean en primeros postulados que sean incompatibles entre sí...

–Bueno, durante bastante tiempo los resultados de Cantor no fueron aceptados hasta que Hilbert intervino...

–El problema es que esos resultados todavía son paradójicos y contradictorios. Ese campo es muy peligroso porque se producen paradojas muy fácilmente. Yo no soy especialista en nada de eso. Yo creo que hubiese sido muy lindo si Hilbert hubiese tenido razón...

–Hubiese sido muy aburrido...

–Bueno, estamos de acuerdo. Hubiese sido un sistema cerrado, mecánico, y eso no es cierto. La matemática tiene una parte creativa irreductible. Yo creo que Gödel hace eso: nos da libertad creativa a los matemáticos. Y no debemos desechar esta creatividad.

–Hay dos formas de entender la creatividad. Una es pensarla como que no hay una cadena lógica y es necesario adivinar un axioma. La otra es pensar que la creatividad viene de comprimir una cadena lógica muy larga con una nueva idea.

–Gödel decía que una razón pragmática para adoptar un nuevo principio es que achica demostraciones de cosas que uno ya pudo demostrar. Los teóricos de la teoría de conjuntos han agregado axiomas nuevos, como por ejemplo el “proyective determinacy”. Los matemáticos más agudos del mundo están convencidos de que estos principios faltaban en los axiomas, pero hicieron falta treinta años de trabajo para descubrirlos.

–¿La matemática está en un atolladero?

–Creo que hay algunos problemas: demasiado formalismo, por ejemplo, lo cual puede producir miedo en los estudiantes. Yo creo que la matemática es como la literatura: los conceptos y las teorías importantes tienen que enseñarse como literatura, explicando de dónde vienen y por qué sirven. Y eso se considera un crimen en la matemática actual.

–¿Existen en el mundo los objetos matemáticos?

–La física matemática trabaja como si la realidad última del universo fuera matemática. Si este punto de vista tuviera razón, el mundo sería matemático. Yo no sé si esto es así, pero lo que sí creo es que sin teorías no se llega a ningún lado. Y una teoría es un salto de imaginación: las cosas tal como se ven no son la verdad, la verdad está más allá. Como dice Novalis: las teorías son como redes, si uno no las lanza no pesca nada. Einstein dice que cada físico teórico bueno es un metafísico reformado: alguien que cree que el mundo se puede comprender por pensamiento puro.

Por Leonardo Moledo
leonardomoledo.blogspot.com
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De caminar sosegado y apacible palabra, Humberto Maturana (Santiago, 1928) parece siempre estar rumiando una idea. O varias. Delgado, cabello y barba ligeramente desaliñados, mirada densa, es uno de los pensadores más consultados en América Latina en temas como los de comunicación, educación o, desde luego, biología, que es la disciplina en la que se formó y la matriz desde la cual ha establecido, fundamentalmente, su teorización epistemológica

Médico de la Universidad de Chile, Doctor en Biología por la de Harvard -con estudios de anatomía en el University College of London-, candidato al Premio Nobel en Medicina y Doctor Honoris Causa de la Universidad de Bruselas, es autor de numerosos libros sobre los procesos del conocimiento humano, en los que plantea, desde distintos y complejos abordajes (una complejidad -la de su palabra escrita- que difiere de la sencillez de su conversación), cómo se relaciona el sujeto con la realidad. E inclusive va más allá: pone en duda -y ha recurrido a experimentos muy estrictos para probarlo- que esa realidad, en tanto consenso compartido, verdad fija e independiente de la percepción, sea posible. 

Maturana visitó Ecuador, a inicios de esta semana, para ofrecer una charla -junto con su estrecha colaboradora Xiména Dávila- sobre el arte de gobernar en tiempos de crisis, en el marco de la celebración de los once años de creación de la Universidad Casa Grande de Guayaquil. Estuvo también en Quito, donde ofreció conferencias privadas... Siempre con esa palabra sosegada, que genera una vibra óptima para la buena plática...

 ... En su teoría biológica del conocimiento usted plantea -a grandes rasgos- que no podemos realmente hablar de una realidad independiente del hombre. Octavio Paz nos recuerda, por citar apenas un ejemplo, que es prácticamente a partir de la imposición del paradigma cristiano que se comienza a concebir al hombre como un ente separado de la naturaleza, y a veces enfrentado a ella, ¿cómo cree que podría articularse, hoy, esa noción de conocimiento en que hombre y supuesta realidad externa son de nuevo una misma esencia, hablando específicamente de los procesos de generación de conocimiento político, estético, social, en fin, de los procesos propios de la vida contemporánea? 
   
Interesante abordaje, pero vamos por partes. El tema de la realidad, desde los orígenes de mi reflexión, se construye a partir de la experiencia del error... Si las cosas están allí, y son ajenas, ¿cómo es que nos equivocamos?... eso surge como una duda en relación con las cosas que uno ve o que uno dice que ve. En cuanto a lo que usted expresa, respecto del asunto cultural e histórico con la alusión al cristianismo, puedo decir que si nos fijamos en Oriente y Occidente podemos darnos cuenta de que el pensamiento se ha, efectivamente, separado: Oriente se basa en aceptar que uno no ve, que todo es ilusión; mientras que Occidente, con el desarrollo de la ciencia, está centrado en reconocer que el no ver es una falla nuestra; y la ciencia, en ese sentido, tiene como propósito, pues, poder mostrar las cosas en sí. Si uno quiere plantear el problema desde esa perspectiva filosófica, acepta una cosa o  la otra, porque no tiene cómo dilucidarlo. Lo que pasa en mi historia es que, por allá por los sesenta, empiezo a preguntarme por el asunto de la percepción; y comienzo con experimentos elementales con los colores. Prestando atención al fenómeno de los colores, que es un fenómeno de la luz... Es cuando me doy cuenta de que si el color fuera, indefectiblemente, el azul, el café o el marrón, uno debería poder mostrar cómo eso pasa por la retina; cómo se registra en el sistema nervioso el hecho de que uno vea el color... Luego de un tiempo descubrí que ese era un tema que no podía resolverse desde ese supuesto... El órgano perceptor -o, si se quiere, sensorial, que es el ojo- hace algo que le permite captar el registro cromático que tiene al frente, pero no es posible correlacionar la actividad de la retina con el color que “está al frente”, hablando de dicho color en términos de energías espectrales...

... Se dio cuenta de que había que cambiar la pregunta...
Claro, frente a esa dificultad, me di  cuenta de que la pregunta estaba mal planteada: en vez de seguir inquiriendo sobre cómo se relaciona la actividad de la retina con el color especificado en términos de longitud de onda y energías espectrales, me dije que tal vez la actividad de la retina se relaciona con el lenguaje, con el nombre del color... Porque le ponemos el mismo nombre a cosas distintas... Justamente hay todo un fenómeno experencial con sombras de colores en que, por ejemplo, si usted ve un anillo rojo con el centro blanco, lo percibe verde... Lo que refleja el centro es luz blanca, pero usted mira y ve verde. Llama verde a algo que desde el estricto punto de vista del análisis físico no es verde, de la misma manera que llamamos verde a las hojas del árbol, que sí tienen una composición espectral que uno diría verde... Tomando eso en serio hice experimentos y pude llegar a afirmar  que, en efecto, cada vez que digo verde, en la retina pasa exactamente lo mismo, aunque allá al frente ocurra una cosa totalmente distinta en cada ocasión.

Eso, a su vez, y de manera  concluyente, me llevó a decir que el fenómeno de la percepción no es como suele creerse, y que, ya hablando en serio, no podemos decir nada, a ciencia cierta, sobre la realidad externa a nosotros. 

Entonces, en relación con su pregunta sobre la generación de conocimientos en las distintas instancias de la vida contemporánea, planteo otra: si no podemos decir nada ajeno a nosotros mismos, ¿qué es, pues, el conocer?... Cuando el profesor evalúa al alumno lo que le está pidiendo es que se conduzca de una cierta manera, en un cierto ámbito, para poder decir que sabe, que conoce... El conocimiento es lo que el profesor dice que el otro tiene cuando ese otro hace lo esperado por el primero. Es una relación estrecha, específica, singular e interpersonal. El conocimiento no tiene, pues, que ver con una realidad independiente, un bloque fijo de sentido, sino con cómo armonizamos y calibramos nuestra convivencia, y bajo ese modelo entran -o deben entrar- todos los procesos de construcción del conocimiento que estructuran la contemporaneidad. Se trata de un tipo de conocimiento/convivencia que va surgiendo, en efecto, en la convivencia misma.

Por eso digo que la democracia debe ser ese espacio en que las personas dejan de ser competidores o súbditos, que dejan de estar subordinadas a saberes fijos, independientes, y armonizan sus haceres.

En alguna ocasión afirmó: “El lenguaje me interesaba (durante su infancia primera). Me fascinaba la idea de que uno pudiera usarlo para maldecir o bendecir...”. Conozco, además, el antecedente de que, ya en la adolescencia, durante una extensa convalecencia hospitalaria, al ver el cuerpo sin vida de un compañero de sala, escribió un poema, al que luego se sumarían algunos más... Se dice que la poesía es el hecho subversivo del lenguaje por excelencia, porque plantea otras formas de existencia para la palabra... Es suyo el concepto de autopoiesis (la capacidad de un organismo de autogenerarse), aplicable a la biología tanto como a la institucionalidad social... Desde su teoría de la biología del conocimiento, ¿cómo funcionaría entonces ese proceso de generar vida, biológica y social, a partir de la palabra?...

... Es que existe, me atrevería a decir, y para ser alegórico, una esencia poética en los organismos... Partamos de lo simple, y del principio: Lo que me imantó al lenguaje fueron los cuentos. La tradición oral de la que me nutría cuando niño. Porque allí están las bendiciones y las maldiciones... Y yo, con genuina curiosidad de quien comienza a relacionarse con el mundo, me preguntaba cómo  ocurrían las consecuencias de las maldiciones o las bendiciones. Me preguntaba: ¿Qué tienen las palabras que hacen eso?... Y claro que podía ver en la vida cotidiana esas mismas bendiciones o maldiciones transmutadas en cariño o enojo, y los efectos que el lenguaje tenía sobre la gente... Luego supe, de acuerdo con mi teorización, que el poder de la palabra consiste, precisamente, en la circunstancia puntual que vive nuestra subjetividad frente a ella (cualquier palabra que esta sea).

En cuanto al poeta -y todos tenemos de él, como de científico-, lo que hace es tomar algo de un dominio y ubicarlo en otro, desde donde se ve un objeto que en primera instancia no se veía. En eso consiste el acto poético; ya sea en la plástica, la dramaturgia o en el sentido tradicional de la poesía verbal. Y desde esa perspectiva, el poeta es, sin duda,  una figura siempre peligrosa... Porque saca algo que no se ve, y lo pone donde se ve. Y claro, la gente empieza, como consecuencia natural, a ver cosas, rasgos, que estaban extraviados. Pensemos esto en una situación de opresión. Pensemos en el Chile durante el gobierno militar... No es cierto que uno podía ver todo lo que pasaba, como no es cierto que todas las personas podían ver lo que pasaba durante el régimen de Stalin o Hitler... Muchas no querían ver; otras no lo hacían porque simplemente no estaban en las circunstancias de ver... En situaciones como esa, de repente, el poeta toma esa configuración del vivir y la muestra en otro espacio... y ese es su carácter subversivo.

Cuando volvió de sus estudios de Biología en Harvard, sus clases en la Universidad de Chile se hicieron famosas porque parecían más obras de teatro surrealista que enseñanzas de la cátedra convencional. Para entonces se había adentrado en la lectura de textos filosóficos (Nietzsche) y literarios. Hoy está aquí hablando sobre política... Siendo, entonces, un hombre proveniente de una matriz múltiple del conocimiento, y habiendo hecho esas “locuras” en el seno mismo de las instancias académico-científicas chilenas, ¿cuál cree que es el rol de la academia en el mundo de hoy, frente a asuntos como la tiranía del mercado o  las permanentes tensiones entre ciencias y humanidades, o sabiduría empírica y formación “racional” sistemática?

No quisiera ponerlo en términos exclusivos de la academia, de la universidad... El rol del científico, del filósofo es, sin duda, la reflexión... Esto, que suena obvio, merece un anclaje: me refiero a la reflexión como una muy especial forma de preguntarse por el hacer. Porque si uno se pregunta por el hacer, revela el mundo que está generando con su vivir. De acuerdo  con mi teorización, como puede verse, el mundo que uno vive lo genera uno. Desde luego, si hablamos de una universidad cada vez más captada por el mercado estamos refiriéndonos a una condición que impide el flujo reflexivo, y este es un problema que se advierte a gran escala en las distintas instancias de la investigación intelectual o científica (baste apenas fijarse en la relación que tienen los investigadores médicos con toda una industria farmacéutica multinacional), pero precisamente frente a un panorama de ese tipo es que resulta necesario hacer énfasis en lo  imprescindible que resulta un acto creativo audaz: el de la reflexión... Porque el  preguntarse dónde está uno es un acto muy audaz, que, me atrevería a decir, no viene substancialmente de la razón, sino de la emoción, en la medida en que al decir “¿cómo estoy viviendo las formas en que está pasando esto?”, me obligo a soltar mis certidumbres, y me ubico en un espacio de construcción y generación poética vital.

¿De qué manera su noción de Taller renacentista (que aplica en su laboratorio ) podría aplicarse también al trabajo de un grupo de personas -un gabinete, por ejemplo- que tenga, vamos a decir, como objetivo, una gran reforma política?... Lo pregunto en la medida en que usted ha asegurado que “si el quehacer es discursivo, se aprende en el discurso, si es manipulativo, se aprende manipulando”... Si el quehacer es político, ¿cómo se crea un auténtico laboratorio de la política sin las mezquindades del poder? ¿Es eso posible?
 ... Supongamos que yo soy el presidente y conformo mi gabinete; les diría a los ministros, en primer lugar, y aunque parezca una locura, “a ver colegas, antes de que discutamos este problema campesino, váyanse a vivirlo al campo por un tiempo dilatado. Luego nos juntamos”... Como digo, parece una locura, porque esas mezquindades del poder político provienen precisamente de una noción del saber y el conocer como una realidad externa, fija, aprehensible en esos términos ... pero creo que sería tremendamente beneficioso tener esa predisposición de cambiar la noción de conocimiento. Depende de nosotros; y por allí va el otro asunto:  Creo que existe la posibilidad, aunque sea mínima, de que esa noción de conocimiento se afiance, mientras  la política la realicen las personas... No hay que olvidarse de eso: la política la realizan personas, y aunque esa sería la misma razón para que los pesimistas desconfíen, yo no puedo dejar de albergar esperanza. Si no confías en el género humano, ¿qué te queda?...

Por Fabián Darío Mosquera 
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Frente al oscurantismo, luz ilustrada. Contra los fanatismos y la preponderancia cerrada de la identidad, duda, diálogo, búsqueda de la verdad no absoluta. El filósofo francés Bernard-Henry Lévy y el académico y periodista Juan Luis Cebrián han charlado hoy en el Hay Festival de Segovia sobre las sombras y las amenazas que sufren a nivel global los valores iluminados en las revoluciones francesa y americana. Las de sus enemigos interiores y exteriores: "¿Hasta qué punto los principios democráticos no sufren los ataques del fanatismo pero también las consecuencias de la oportunidad política?", se han preguntado.

Sobre todo cuando China, a punto de convertirse en primera potencia mundial, no los contempla. "¿Estamos dispuestos a denunciar con tibieza la falta de derechos en China por el hecho de que su poderío económico está sacando a los países occidentales de la crisis?", se cuestionaba Cebrián. Quién sabe. "Puede que vivamos una segunda era de congelación de los derechos democráticos. Pero también, como ocurrió en la Europa del Este, puede que se esté fraguando en la sociedad china un movimiento que defiende esos ideales", contestaba Lévy.

Habrá que acompañarlo con cierta necesidad de insurgencia, un viento al que los ciudadanos de las democracias actuales no deben nunca renunciar. Ni admitir posiciones de "xenofobia y racismo", como la que han demostrado los líderes de la UE apoyando las políticas de Sarkozy frente a los gitanos, han recordado ambos. Pero a esa insurgencia, a esa contestación continua la duermen otras amenazas. Como la de lo políticamente correcto. "La interferencia de esos gobiernos que advierten que es imprudente criticar asuntos religiosos, cuando en verdad se están poniendo en guardia frente a quien les ataque a ellos", ha comentado Cebrián. No hay que ceder al deber de denunciar los desmanes religiosos, ni la censura o las amenazas de los fanáticos del Islam a la libertad de expresión. "Debemos ser claros en eso: la crítica a la religión es un derecho adquirido, imprescindible y yo diría que sagrado. Reivindico el derecho a ser discípulo de Voltaire, a blasfemar y a faltar", ha reclamado Lévy.

Pero resulta duro. Sobre todo en un contexto donde hay que defender lo obvio. Por ejemplo, el hecho de que es una barbaridad dejar morir a una mujer lapidada, como el caso de Sakineh Ashtianí. "Con eso no sólo defendemos la vida de esta mujer. También estamos salvando al el honor del Islam, el que defiende que la lapidación no tiene nada que ver con el 'Corán'. Ofenden al Islam quienes creen lo contrario", ha advertido el filósofo francés.

Tampoco conviene dejarse llevar por quienes pregonan que la protesta a ese nivel no tiene sentido. Que nadie se ablandará. "Existe la falsa leyenda de que las dictaduras son monolíticas y no retroceden. Al final sí lo hacen cuando se producen respuestas de este calibre, como las campañas que están poniendo en marcha medios de comunicación mundiales", ha comentado Lévy.

Casos así -"la evidencia de que ese fanatismo del islam no es más que el fascismo que siempre hemos conocido", enfatizaba Lévy- dejan claro que no se debe cejar contra varias cosas. "Como el atropello de los derechos individuales frente a los colectivos que se basan en la identidad", dijo Cebrián. "No debemos dejar que la identidad venza a la ilustración. La democracia es la entronización de la duda, saber que puedes estar equivocado frente al otro", ha añadido.

JESÚS RUIZ MANTILLA - Segovia - 18/09/2010

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Fotopoulos es el principal teórico del proyecto de la democracia inclusiva y actualmente edita la revista ‘International Journal of Inclusive Democracy’.

TAKIS FOTOPOULOS. Participó en las jornadas “La autogestión a debate” organizadas por la CNT con motivo de su centenario.

DIAGONAL: ¿Por qué necesitamos cambiar el actual sistema de organización social?
TAKIS FOTOPOULOS: Por dos razones principales relacionadas entre sí: en primer lugar, porque este sistema, por su propia naturaleza, no puede asegurar la autonomía individual y colectiva, ya que las dinámicas de sus principales instituciones políticas y económicas (la economía de mercado capitalista y la “democracia” representativa) conducen inevitablemente a una enorme y creciente concentración de poder económico y político respectivamente.

En segundo lugar, porque puede mostrarse cómo cada aspecto de la actual crisis multidimensional, esto es, la crisis económica, política, social y por supuesto ecológica, es atribuible a la concentración de poder en todos los ámbitos. Como resultado de esta concentración las personas han quedado institucionalmente incapacitadas para controlar no sólo el producto de su trabajo como productoras directas sino, también, para ejercer directamente el poder político como ciudadanas. Además, la economía de crecimiento (consecuencia de las dinámicas de la economía de mercado) ha creado ya una sociedad de crecimiento, cuyas características principales son el consumismo, la privacidad, la alienación y la subsiguiente desintegración de los lazos sociales.

D.: Niega que la democracia representativa sea una modalidad de democracia. ¿Cuál es pues el significado de ‘democracia’?
T.F: La democracia representativa es una idea sin ningún precedente histórico. Fue literalmente inventada por los padres fundadores de la constitución americana a finales del siglo XVIII, que consideraron inaceptable el ejercicio directo del poder que implica el significado clásico ateniense de soberanía del demos (aunque por supuesto la democracia ateniense era parcial debido a la restringida definición de ciudadanía que se utilizaba entonces). La razón era que se suponía que la democracia directa institucionalizaría el poder de la “turba” y la tiranía de la mayoría, pero el objetivo real de los padres fundadores era la disolución del poder popular, de forma que las proclamas de la “democracia” representativa sobre la distribución igualitaria del poder político pudieran hacerse compatibles con la dinámica de la economía de mercado, que ya estaba conduciendo a la concentración de poder económico en manos de la élite económica.

Así, para el proyecto de la democracia inclusiva, el significado clásico de democracia es sólo un punto de partida en el sentido de que la democracia directa (es decir, la democracia política que significa una distribución igualitaria del poder político entre los ciudadanos) tendría que complementarse con la democracia económica, que significa la distribución igualitaria del poder económico, mediante la propiedad y el control comunitarios de los recursos de producción y distribución por parte del demos o el conjunto de ciudadanos de un área geográfica determinada, y también con la democracia en el ámbito social, que significa la distribución igualitaria del poder social en el centro de trabajo, en el centro educativo, etc. (esto es, la autogestión) y finalmente con la democracia ecológica, que se define como el marco institucional que apunta a la eliminación de cualquier intento humano de dominar el mundo natural, en otras palabras, el sistema que tiene por objetivo reintegrar a los seres humanos con la naturaleza. Por lo tanto, de hecho, la democracia inclusiva significa la abolición de las relaciones y estructuras de poder, ya que tales estructuras y relaciones no pueden existir en el marco de la distribución igualitaria cualquier forma de poder.

D.: ¿En qué consiste la propuesta de sustituir el dinero por vales personales?
T.F: La democracia económica, como componente básico de la democracia inclusiva, presupone una economía sin Estado, sin dinero y sin mercado que impide la acumulación privada de riqueza y la institucionalización de privilegios para algunos sectores de la sociedad sin tener que depender de un mítico estado de escasez y abundancia, o tener que sacrificar la libertad de elección. Esta es la razón por la cual las tres condiciones previas que tienen que satisfacerse para que la democracia económica sea factible son la autodependencia démica (esto es, una autodependencia centrada en el ‘demos’, no autárquica); la propiedad démica de los recursos productivos, que implica que los medios de producción y distribución son poseídos y controlados colectivamente por el demos (es decir la ciudadanía directamente), y, la asignación confederal de recursos. En este marco institucional, las personas definen colectivamente qué necesidades consideran básicas (que tienen que ser satisfechas igualitariamente en virtud del principio de “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”), y qué necesidades consideran no básicas (que serán satisfechas mediante el trabajo voluntario de aquellos ciudadanos dispuestos a ofrecer trabajo adicional con este propósito). Para asegurar la libertad de elección, cada ciudadano escoge individualmente cómo va a satisfacer sus necesidades (básicas y no básicas) y qué necesidades no básicas desea satisfacer, mediante la utilización de vales, que son personales y consiguientemente no pueden ser transferidos o utilizados, como el dinero, como medio general de intercambio y reserva de riqueza.

De esta forma la acumulación personal de riqueza y la concentración de poder económico resulta imposible. Alternativamente, se podrían distribuir tarjetas de crédito démicas a cada ciudadano, que también son personales y tienen un límite de crédito determinado por el derecho de cada ciudadano a bienes y servicios básicos (tal y como se determina por la planificación democrática confederal) o por el derecho a bienes y servicios no básicos (tal y como se determina por un “mercado” artificial para los bienes y servicios no básicos).

Cuestión de términos


D.: ¿Por qué llamar democracia inclusiva y no anarquismo a esta propuesta?
T.F.: Porque el proyecto de la Democracia Inclusiva es una síntesis libertaria, que tiene como base las lecciones que nos enseña la experiencia histórica de las revoluciones e insurrecciones fracasadas de los últimos 150 años. Es una síntesis de las dos tradiciones históricas dentro de la amplia tradición libertaria (o autónoma), esto es, la tradición democrática clásica y la tradición del socialismo libertario, que es la parte del anarquismo a la que la democracia inclusiva es más próxima, así como las corrientes antisistémicas dentro de los movimientos sociales que surgieron desde Mayo del 68 (el movimiento de liberación de las mujeres, el ecologista, etc.).

Laia Vidal / Barcelona
Viernes 3 de septiembre de 2010

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La mirada de Marc Augé transmite una claridad meridiana. No está en un cine del Barrio Latino de París disfrutando de una vieja película norteamericana. Está en un hotel de Buenos Aires. Sus ojos irradian las chispas cercanas de una travesura, de una evasión. Caminó por la Feria de Mataderos. “Lo que me gustó es que no hay turistas”, dice el antropólogo francés que ha confesado en Casablanca (Gedisa) –un “montaje” de sus recuerdos sobre el famoso film– que su infancia estuvo marcada por el éxodo. Si noche por medio (en sus sueños) se escapa con toda la fuerza de sus piernas por las rutas –siguiendo a su padre o a su fantasma–, parece que tanto en los sueños como en ese “éxodo” hacia el cruce de Lisandro de la Torre y Avenida de los Corrales, las piernas de Augé son buenas para resistir todo tipo de huidas. De emociones, rostros y paisajes. En ese lugar “popular” –como lo define– vivió un momento furtivo de felicidad cuando vio los caballos, por los que siente una atracción irresistible. Algunas imágenes, como en el cine, son más tenaces que otras. Su escritura también pretende fugarse de la antropología hacia las orillas de la literatura. Al menos confirma ese deseo, que algunos lectores intuyen en libros recientes como El metro revisitado (Paidós). También dirá –hoy que “la literatura es más que la ficción”.

–Cuando subraya que “escribir es crear una experiencia ambivalente del tiempo” suena a frase de escritor. ¿Cómo crea el antropólogo esa ambivalencia y cómo cree que lo hace el escritor? ¿Encuentra diferencias?

–Es una pregunta difícil, no debido a la lengua que he maltratado un poco, sino al tiempo (risas). Al parecer no hay una diferencia radical entre el antropólogo y el escritor, debido al hecho de que el antropólogo tiene que escribir. Una buena antropología tiene que ser escrita porque ésa es su dirección última. Y esa escritura tiene una relación con el tiempo. Lo que quiero decir con lo de crear una experiencia ambivalente del tiempo es que hay un pasado de la experiencia de vida que utiliza tanto el antropólogo como el escritor, pero que sólo tiene significación en la perspectiva del fin. Cuando escribo, espero que al menos un lector –uno es suficiente– me lea. Porque si escribo quiero ser leído. La escritura y la lectura son experiencias profundamente antropológicas. No todos los antropólogos tienen una “escritura de escritor”, pero en la medida en que intentan comunicar algo –que es una constatación objetiva, pero también una experiencia subjetiva–, se conectan con el oficio del escritor.

–En Casablanca y en El metro revisitado se percibe una escritura que coquetea mucho con los materiales de la ficción. ¿Aspira a una “escritura de escritor”?

–Sí, creo que aspiro a una “escritura de escritor”. Es posible que en esos textos haya probado con un género pequeño de experiencias que son antropológicas, pero que necesitan una forma de escritura más literaria para comunicar. Lévi Strauss escribió en la Introducción a la obra de Marcel-Mauss que para entender un hecho social total había que comprender a cada uno de los participantes del hecho, lo que no es posible; es más bien un ideal de novelista. Pero se puede tomar uno como sujeto e imaginar, que es lo hice en El metro... o en Casablanca.

–¿Qué importancia le asigna a la imaginación en la antropología?

–La imaginación es importante en todas las disciplinas, incluso en las científicas. No hay ciencia sin imaginación, porque los científicos tienen que elaborar hipótesis. Y una hipótesis es también una proyección. Necesitamos jugar con la imaginación pero cuando interpretamos las palabras y las teorías que atribuimos a los otros debemos ser cuidadosos, porque a veces tenemos demasiada imaginación. Lo más difícil es intentar imaginar lo que los otros están imaginando. Es como imaginar los personajes de una obra de teatro que no hemos creado.

–Define el texto Casablanca como un “montaje” de algunos recuerdos sobre la película. ¿Cómo es el montaje que hace un antropólogo en comparación con el que hace el escritor en torno de los recuerdos y “los pequeños hechos verdaderos”, según Stendhal?

–Cuando se intenta utilizar ciertos recuerdos, hay un efecto de montaje. Es lo que vivimos cada día, cuando ante los mismos hechos no tenemos necesariamente los mismos recuerdos porque hay una selección que hace la memoria. Un escritor hace un montaje y utiliza recuerdos, pero no son necesariamente sus recuerdos, sino recuerdos que imagina. O si habla de él no es solamente el montaje “natural” de la memoria, sino que hace su propio montaje. El problema es que un etnólogo no tiene que hablar necesariamente de sí mismo; no siempre tiene la oportunidad de hacer montajes respecto de su vida como el escritor en una novela. Sin embargo, tengo la intuición de que los recuerdos son siempre importantes, incluso cuando no son explícitamente utilizados tanto por el etnólogo como por el escritor. El etnólogo se mueve en muchos terrenos cuando por un trabajo de campo empieza a hacer comparaciones y generalizaciones. Y cuando intenta hacer eso, hay un trabajo con la memoria, aparentemente objetivo, pero también con la imaginación.

–Las similitudes que hay entre la antropología y la literatura son más de las que se puede intuir...

–Sí, pero hay que preguntarse qué es la literatura. A menudo se entiende por literatura la novela. Pero si uno revisa la historia de la literatura, hay de todo. ¿O no son escritores Voltaire, Rousseau o Montesquieu? Hoy en día serían científicos, humanistas, filósofos. Hemos inventado títulos terribles, pero son escritores que han escrito ficciones, aunque no siempre. Hay una frase del novelista Julien Gracq que se refiere a este problema a propósito de la filosofía. Dice que es evidente que Kant no es un escritor, pero que Nietzsche es un escritor. Los filósofos se han preguntado cuál es la relación entre la filosofía –que se ocupa de la verdad– y el estilo. No es posible oponer un tipo de verdad objetiva que no necesitaría una expresión particular de escritura para la comunicación. No me gusta la palabra comunicación, porque indica una relación sin estilo. No se comunica nada si no hay consistencia; tiene que haber una captación de intereses tal como en la retórica. Se dice que el primer oficio del orador es la captación de la benevolencia; es, sin dudas, un hecho de lengua. Pero hoy tenemos una idea demasiado pobre de la escritura literaria. La literatura es más que la ficción. No es suficiente escribir ficciones para ser un escritor. A menudo se confunde literatura y ficción.

–¿Por qué se produce esa confusión?

–Sería necesario tener una aproximación histórica y no puedo hacerla. Pero esta confusión puede ser una expresión de la sociedad de consumo, porque un libro que tiene interés es un libro que se vende. En Francia es evidente: cuando un libro tiene éxito, el número de ejemplares vendidos aparece como una razón del libro. No hay que leer el libro porque represente algún tipo de interés concreto, sino porque los otros lo han leído. La sociedad de consumo introduce, por intereses propios, esta confusión, sugiriendo que sólo la ficción es literatura. Lo que no es cierto. Cuando pensamos en la literatura del siglo XIX, hay mucha información en las obras de los novelistas, como en Balzac.

–Cuenta que Casablanca fue su primera experiencia del tiempo inducida por una obra de ficción; que esa película le impuso el sentido del pasado y el gusto del futuro. ¿Qué libro le generó un efecto similar?

–Este efecto me produce la lectura de cualquier libro del siglo XIX hasta Proust. Pero lo curioso es que tengo falsos recuerdos de lectura. Tengo el recuerdo de pasajes de La cartuja de Parma, de Stendhal, que no existen. Al borde de una carretera Fabrizio discute con Gina; es una escena muy poética, pero no está en la novela (risas). También Proust, que habla de la memoria en En busca del tiempo perdido. Hay una riqueza de las pequeñas escenas proustianas que no se olvidan nunca. O que se olvidan para poder redescubrirlas. Proust es un autor interesante para los etnólogos, porque nos proporciona reflexiones sobre la permanencia y la transmisión que son intuiciones profundas que pertenecen a la humanidad.

–Resulta curioso que diga que para el cineasta la dificultad de construir un relato es mayor que para el novelista. Muchos novelistas podrían polemizar con usted y plantear lo contrario: que el cineasta resuelve con una o dos imágenes lo que al escritor le puede llevar varias páginas.

–(Cabecea y piensa.) Lo que me llama la atención del cine es su capacidad para descartar lo banal. Un ejemplo muy simple es que el cineasta puede ignorar todos los tiempos muertos de la vida que no le interesan, puede jugar con el tiempo. Es cierto que el novelista también... y diría que ambos tienen la misma dificultad: el tiempo largo. Hay películas que son más largas porque el cineasta lo necesita; si está narrando la vida de una persona, tiene necesidad de una duración mayor cuando se evocan recuerdos. Percibimos el tiempo pasado a través del presente de la película; pero una película también es una escritura, un guión. Una dificultad que comparten el cine y la literatura es hacer sentir el paso del tiempo.

El eco zigzagueante de una extraña musiquita se aproxima. Se multiplica y molesta como un zumbido que distrae los pensamientos del antropólogo. Arruga el entrecejo y se palpa los bolsillos de un saco que le queda un tanto holgado. “Es mi celular”, avisa mientras trata de encontrar ese “trozo de presente” que le arrimará otro presente que dejó atrás por unos días, y pide disculpas porque “puede ser de Francia”. En unos segundos regresa a este presente, el de la entrevista. “La aceleración del tiempo se percibe cuando se tiene cierta edad. Me siento una suerte de personaje histórico. Cuando hablo de mi generación, digo que soy uno de los últimos que ha tomado el tren porque tengo una computadora hace cinco años. No soy un genio, apenas puedo escribir y comunicarme, pero tengo amigos que no se han subido al tren”, bromea. Guarda silencio unos instantes como si intentara encontrar las palabras adecuadas. “Tenemos dificultades para imaginar el futuro. La paradoja es que la ciencia avanza muy rápidamente y no sabemos cuáles van a ser los conocimientos dentro de 30 años, no los podemos imaginar. Hay un efecto de extenuación del futuro. Sé que hay una ‘literatura de anticipación’, pero lo que puede anticipar, lo que puede observar, cambia tan rápido que es muy difícil imaginar las consecuencias, salvo de manera completamente fantástica. En las películas de ciencia ficción se imaginaba a partir del pasado. Pero el pasado no nos interesa más, ahora vivimos en el presente. En esta paradoja de no saber utilizar el tiempo, no podemos conjugar el pasado y el futuro.”

–En El metro revisitado plantea que escribir un libro es una experiencia de muerte, como el amor en Proust; que un libro una vez publicado sigue el camino que le imponen los lectores. ¿Los ensayos de Los no lugares es el libro que más escapó de su control?

–Sí, la expresión no-lugares ha tenido cierta fortuna, pero hay lectores que le han dado un sentido que yo no había pensado. No sé qué pasó con los no lugares... He utilizado una palabra que correspondía a un síntoma y que ha servido para razones diversas, incluso en disciplinas distintas como el urbanismo, la arquitectura, el arte y la literatura. Claro que hay relaciones que se podían establecer, cómo negarlo. Pero es un término que se ha escapado totalmente de mis manos (risas).

Las manos del antropólogo de lo cotidiano, del último hombre que se subió al tren de la tecnología, quedan flotando en el aire. Como un recuerdo que llega de lejos.

Por Silvina Friera
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“Una parte esencial de mi compromiso intelectual es intentar asumir el desafío de revisar y repensar la tradición filosófica desde el trauma de los campos de concentración.” Así se presenta el filósofo español Alberto Sucasas –docente de la Universidad de La Coruña, donde investiga sobre pensamiento judío, exilio y Holocausto–, que fue invitado a disertar en la conferencia internacional “Políticas de exilio”, organizada la semana pasada por el Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad de Tres de Febrero. Antes de regresar a su país, el especialista dialogó con Página/12 sobre las políticas inmigratorias en los países centrales, la transición hacia la democracia en España, la memoria y el trabajo pendiente de la filosofía.

–¿Cómo define el exilio en un contexto donde el comercio mundial se profundiza, pero la inmigración, desde ciertos países, es cada vez más perseguida?

–El exilio presupone una referencia territorial porque es el exiliado quien abandona su tierra. Sin anular las fronteras, pareciera ser que la globalización tiende a difuminar las fronteras. Sin embargo, más allá de la planetarización económica, el equivalente político y social no existe. El flujo y la distribución de la riqueza siguen sujetos a múltiples fronteras, que no son sólo nacionales sino también internas a los países, fronteras de clase. El exilio tiene una centralidad política radical en nuestro presente.        

–¿Sobre qué pilares se apoya esa centralidad política?

–La llamada globalización crea un nuevo sujeto, que es la humanidad. Esa es la imagen que se nos vende como resultado del proceso de globalización. Eso ocurre a nivel comercial. Sin embargo, lo político, social y cultural sufre una especie de atraso. Para hacer de la globalización un proceso humanizador, la asignatura pendiente sería una globalización a nivel social, político y cultural. En ese marco, el tema de las grandes migraciones sigue estando en el centro. Uno de los grandes problemas es que ya no podemos pensar en los grandes desafíos a los que tiene que responder la política en marcos estrictamente nacionales (los problemas ecológicos, la carrera armamentística y la amenaza de las armas nucleares o la distribución de la riqueza, entre otros). El reloj de la política internacional lleva un notable retraso con respecto al reloj del comercio, los flujos financieros y las multinacionales.

–Los países centrales observan la inmigración como un mal. El Congreso de Estados Unidos aprobó una ley para reforzar la frontera con México, y en Europa se percibe un sentimiento de rechazo acentuado por la crisis económica.  

–Vengo de España, donde hubo momentos en los que, aunque de una manera tímida, el gobierno de (José Luis Rodríguez) Zapatero estableció medidas que favorecían la situación de los inmigrantes ilegales. Sin embargo, hubo un vuelco radical de los países europeos, no sólo con el cierre de puertas para quien está a la espera de alcanzar el Primer Mundo, sino también de políticas menos tolerantes para los inmigrantes que viven en esos países, con preocupantes brotes de xenofobia. La crisis económica de los últimos meses aceleró peligrosamente el repliegue del rico, que cierra las puertas y pretende gestionar su propia riqueza manteniendo alejado a quien está llamando a la puerta. Incluso con políticas abiertamente represivas, no hay manera de impedir el flujo migratorio.

–¿Cómo se trató el pasado, en relación con la Guerra Civil y la dictadura de Franco, a partir de la transición democrática?           

–Habría que ser prudente e intentar situarse nuevamente en 1976, donde se reactiva el fantasma de la Guerra Civil. Desde el concepto de “las dos Españas” de Antonio Machado, pienso que en la sociedad española había una vocación de construir un futuro en paz, y que no se reactivase el fantasma de una guerra civil. En aquel momento, las fuerzas políticas pagaron el peaje que se imponía desde el franquismo para la transición hacia una democracia formal. La condición fue que no se podían reactivar las cuentas pendientes del pasado. Ahí hubo un acuerdo unánime de todas las fuerzas. La izquierda tenía una infinidad de cuentas pendientes con el régimen y asumió un cierto silencio, en todo caso, la no apertura de procesos judiciales de enjuiciamiento a los responsables de la dictadura franquista. Aunque como español me duela que la transición democrática se hiciera a expensas de una amnesia colectiva, al mismo tiempo no puedo dejar de tener presente que, como valor cívico, la preservación de la paz era una prioridad. Revisar ese proceso y dar al menos una compensación simbólica a las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo es una asignatura pendiente ineludible de la sociedad española.

–Su área de investigación ha sido el pensamiento judío y el impacto filosófico de la Shoá.

–Hay un interés intrínseco en la experiencia judía del exilio, pero también en indagar en qué medida se podrían extraer lecciones de esa experiencia para entender otras formas de exilio, fenómenos migratorios, prácticas de deportación, destierros. Pensemos en lo que fue la Shoá, pero también en el Gulag, la experiencia camboyana o el efecto de la brutal colonización y el imperialismo sobre los pueblos del Tercer Mundo. Hay una masa de barbarie al lado de logros que debemos tener siempre presentes: el estado de bienestar, la emancipación de las mujeres, la escolarización obligatoria. Tomando como paradigma de esa barbarie los campos de concentración y exterminio nazi, hay una exigencia por dar una respuesta discursiva a ese desafío, que es ciertamente difícil de tratar. No olvidemos que esos hechos se produjeron en el supuesto corazón de la civilización europea: la sociedad alemana de los ’30. Ese nexo civilización-barbarie ya no se puede plantear en los términos de Sarmiento. Ya no es una disyuntiva, sino que tenemos la barbarie en el seno de la civilización. Por lo tanto, tenemos la necesidad de revisar a fondo los supuestos implícitos de una civilización que llevaba dentro de su propio seno el huevo de la serpiente. La filosofía debe repensar la barbarie e intentar hacer los aportes necesarios para que eso no suceda nunca más.  

–¿Cómo puede repensarse el Holocausto desde esa dimensión filosófica?

–Hay dos tareas fundamentales. La primera, intentar dar cuenta, desde la filosofía, de la experiencia extrema de las víctimas. Podríamos resumirlo en la pregunta: ¿Qué significa ser un concentracionario? Eso nos obliga a repensar la humanidad del hombre porque el mundo de los Lager, de los campos, es un inmenso dispositivo que produce la radical deshumanización. Es necesario acercarse a la voz de los deportados que lograron sobrevivir al horror y que optaron por dejar testimonio de lo que fue su experiencia. El tiempo, el amor, la muerte, el recuerdo, la imaginación, el hambre, la sed, el deseo, la justicia son todos grandes núcleos de la experiencia humana que adquieren una fisonomía nueva en el mundo de los campos de concentración. La segunda gran tarea pendiente sería, a la luz de lo acontecido en la experiencia concentracionaria, revisar las grandes categorías, los modelos discursivos de la tradición filosófica. La filosofía, después de Auschwitz, no puede seguir siendo la misma filosofía. Una de las paradojas de su horror es que, salvo contadísimas excepciones, como (Theodor) Adorno o Hannah Arendt, la producción masiva de reflexión sobre el mundo concentracionario remite a las dos o tres últimas décadas. Revisar y repensar la tradición filosófica desde el trauma de los campos de concentración es una de las tareas mayores de la filosofía contemporánea.

–En una entrevista concedida al diario El País, Juan Gelman mencionó en 2001 que el exilio produce “una profunda sensación de desamparo, de vivir a la intemperie”.

–Admiro sin límites la personalidad moral e intelectual de Gelman. Esas son unas palabras extraordinarias. Aunque las circunstancias sean políticas, económicas o ambas, el individuo se ve violentamente arrancado de ese espacio físico, pero también de un espacio simbólico y afectivo. Lo dejan desnudo, a la intemperie, a merced de los elementos. Es la figura del sin techo. Por lo que sigo de la política argentina y por las propias discusiones en el congreso sobre exilio, he comprobado que últimamente se están dando medidas valientes para corregir esas situaciones sociales inadmisibles. En el marco intelectual nos llenamos la boca con palabras como humanidad o humanismo. Tenemos que ser capaces, y eso es una tarea política transnacional, de construir no mañana pero sí pasado mañana un mundo a escala humana. Un mundo en el que los derechos humanos no sean simplemente un desideratum presente en solemnes declaraciones sino una realidad social efectiva. Para la filosofía, pero ante todo para la política, ése es el imperativo máximo que tenemos pendiente para las próximas décadas.

Por Adrián Pérez
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