Michal Huniewicz, The Migrants, “La historia de esta fotografía es sobre una mujer mexicana que intenta ayudarlos”, 2015

En los últimos dos años, he podido escuchar a mujeres migrantes en tránsito por México. Eso es, no migrantes mexicanas, sino mujeres que provienen de la frontera entre Guatemala y México y tienen como fin llegar a cruzar la frontera México-Estados Unidos.


Igualmente, he escuchado a mujeres que pertenecen a ese 28 por ciento de repatriadas por vía terrestre que, por error o por cálculo económico, no son de nacionalidad mexicana, pero han sido devueltas vía tierra por las cada vez más cerradas autoridades migratorias estadounidenses.


En Nogales, Sonora, en diciembre de 2019 las mujeres que residían en un refugio a espaldas del muro divisorio, en un barrio controlado por el narco que las deja en paz si no se asoman por las ventanas cuando opera, me contaron con las lágrimas en los ojos que ellas hacían parte de las más de 40.000 personas que han llegado a la frontera y están en listas de espera. Han solicitado asilo y buscan ser escuchadas por los tribunales de inmigración estadounidenses desde territorio mexicano. Todas alegan real peligro a sufrir violencia en sus territorios. Su desespero mayor venía del hecho que se les informaba constantemente sobre los poquísimos casos resueltos favorablemente, menos del 0,5 por ciento de todas las demandas.


La migración centroamericana no es novedosa. Desde la década de 1980, varios grupos de activistas contra las fronteras y en favor de las personas en busca de refugio han trabajado para el acceso de centroamericanas y centroamericanos al territorio estadounidense, con el fin de evitar la violencia y los riesgos en que incurrirían de quedarse en países en conflicto. Sin embargo, el cruce por México ha cambiado desde cuando, en junio a finales de 2019, el gobierno mexicano decidió frenar el tránsito de personas indocumentadas por su territorio, para evitarle la presión migratoria a Estados Unidos, convirtiéndose de hecho en un territorio-frontera para las personas que provienen del sur vía tierra y huyen primeramente de la violencia de Estado y delincuencial en sus países de origen. Según las activistas mexicanas de Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, que actúan en defensa de los derechos de las personas migrantes, su país es una gigantesca sala de espera o, peor, un “estacionamiento”, porque en eso lo ha convertido Donald Trump al limitar la protección humanitaria a las personas en riesgo, que van en aumento en el mundo entero. Según la organización, las y los defensoras de personas migrantes deben ser defendidos de las falsas acusaciones del delito de tráfico de personas, pues éstas son parte de una campaña orquestada en su contra de ambos lados de la frontera.


¿Por qué migran las mujeres? Es sabido que para recuperar el estatus, nivel socioeconómico que tenían en el momento de partir, se tardarán por lo menos 10 años. Sólo lo superarán y tendrán logros económicos si tenían estudios antes de salir o si tramitaron exitosamente los cursos de lengua y de formación en el país de acogida. Dadas estas condiciones, es poco probable que el móvil de la emigración sea exclusivamente la búsqueda de una mejora económica. Sin embargo, hoy el 48 por ciento de los migrantes mexicanos y en tránsito por México son mujeres. Sus remesas son consideradas las más confiables por las familias que las ayudaron a reunir el dinero para el viaje. Las obediencias a patrones de género muy rígidos las convierten en mujeres que brindan servicios y cuidados muy ansiados por las mujeres de los países del norte, quienes para trabajar en competencia con los hombres descargan sobre ellas las responsabilidades que, según los mismos patrones de género, deberían asumir con las personas ancianas, enfermas y en la primera niñez. Además, las migrantes cuidan el dinero porque no se emborrachan ni arriesgan fácilmente sus capitales en negocios temerarios.


Con todo, es más probable que se migre, como dice la fotógrafa hondureña Withney Godoy, porque “El riesgo es nuestra vida; no hay otra opción que moverse, quedarse quieta también es morir”.


En efecto, la industria del turismo arrebata a las comunidades garífunas sus territorios agrícolas frente al mar en Honduras, ya que los inversionistas reciben el apoyo de un gobierno de origen golpista que niega los derechos territoriales de los pueblos indígenas y negros y no frena el uso de sicarios y delincuentes para expeler poblaciones enteras de los terrenos que quiere cercar y transformar en enclaves turísticos de lujo. Igualmente, la industria minera condena a la extrema pobreza a las comunidades agrícolas cuyos bosques son talados, sus montañas cortadas, sus aguas envenenadas y los gobiernos que consideran la minería como una actividad prioritaria persiguen y encarcelan a las mujeres y hombres que se resisten a la destrucción de sus territorios. La violencia delincuencial en numerosas ciudades condena a las mujeres a un cuidado exagerado, lo cual les impide una movilidad autónoma y, por consiguiente, el goce del estudio, el deporte, el trabajo, el esparcimiento. En todos estos casos, el primer móvil de la migración es la búsqueda de una vida libre de violencia y el miedo a la represión.


Las historias de migrantes que más me han impresionado, sea por la claridad con que me fueron expuestas, sea porque yo era incapaz de encontrarles salida, son las de las mujeres hondureñas, que desde el golpe de estado de 2009 viven agresiones contra sus territorios ancestrales, en particular las mujeres garífunas, lencas y maya chortí y contra las mujeres consideradas activistas políticas, de derechos humanos o de derechos ambientales, así como contra las lesbianas y las madres solas. La derecha hondureña es moralista y bajo la pretensión de defender a la familia “natural”, es decir, nuclear y patriarcal, en el seno de la cual la violencia contra las mujeres es prácticamente imposible de denunciar a las autoridades, agrede a cualquier mujer que transgrede los rígidos mandatos de género del catolicismo conservador y de las iglesias neoevangélicas o pentecostales. La acusación de haber abortado, por ejemplo, puede desatar un linchamiento. Con el propósito de controlar la vida social de las mujeres, se les acusa de abortistas, de lesbianas, de ser antihombres o malas madres, etcétera.


Igualmente, me han impresionado las narraciones de algunas jóvenes salvadoreñas, cuyas familias las tuvieron prácticamente presas en sus casas o en las sedes de iglesias neoevangélicas para evitar que fueran víctimas de las “maras”, esas pandillas de delincuencia diversificada surgidas al terminar las guerras civiles en la década de 1980 y que controlan las principales ciudades de El Salvador, San Pedro Sula, en Honduras, y Ciudad Guatemala. Hay cálculos de que las maras están integradas por más de tres millones de personas en Centroamérica e intervienen desde comercios y viviendas hasta tráficos de drogas, armas y personas. Cuando visité San Salvador, en un primer viaje hace cinco años, y luego en otro hace tres años, escuché en varias ocasiones que el narco mexicano y el colombiano desconfían de las maras aunque deban utilizarlas, porque actúan de manera descontrolada, ya que solo obedecen a sus propios jefes. De los relatos de las jóvenes migrantes salvadoreñas retuve el de una chica de diecisiete años que consideraba a su madre la verdadera causante de su fuga hacia el norte, porque le había impedido ir sola a la escuela durante toda su vida, de manera que ella no conocía a nadie y no tenía ni una sola amiga. Mientras escuchaba su relato y su muy válido motivo, yo no podía dejar de pensar en la madre que aterrada no sabía nada de su hija. La violencia social que el Estado no frena tiene consecuencias difíciles de imaginar cuando no se oyen por boca de sus víctimas.


Ahora bien, por México transitan primeramente migrantes centroamericanas: madres solas o víctimas de represalias territoriales y étnicas, las hondureñas; migrantes con alguna capacidad económica para pagar un “coyote”, las salvadoreñas; y guatemaltecas muy pobres, en tercer lugar. Nicaragüenses, costarricenses, beliceñas y panameñas migran en menor número. Luego, recorren las selvas y desiertos mexicanos mujeres suramericanas, desde las más ricas argentinas, brasileñas y chilenas, que nunca he encontrado en un refugio, hasta ecuatorianas y colombianas. La escasa posibilidad económica de las venezolanas, más pobres, para cruzar Centroamérica y llegar a la frontera con México las hace poco presentes en las rutas de tránsito, siendo, sin embargo, la mayoría de las desplazadas internacionales en América del Sur.


Finalmente, tanto en la frontera de Tapachula, en el sur, como en la de Tijuana, en el norte, es notoria la presencia de migrantes que alcanzan México desde África. Estos llegan a Brasil, cruzan a Colombia, atraviesan el Tapón del Darién, donde dan cuenta de asaltos brutales, y recorren a pie de Panamá a Guatemala. Las migrantes africanas han cruzado el Atlántico por avión, en su mayoría, o en barco, y huyen de la violencia que afecta principal, pero no exclusivamente, a Camerún y Congo. En julio de 2019, en Tijuana, más de cien cameruneses, en su casi totalidad hombres, bloquearon el camino de las camionetas del servicio de inmigración, exigiendo mayor transparencia en el proceso para determinar quiénes son aceptados en el requerimiento de asilo. La protesta surgió después de varios días que Estados Unidos no aceptaba solicitudes.


En la Ciudad de México, que en 2018 fue declarada ciudad santuario para tres de las caravanas de expatriados centroamericanos que por entonces intentaban llegar a los Estados Unidos, hay diversos tipos de refugios de migrantes, desde los clandestinos, donde buscan descanso y relativa calma las mujeres y hombres que no han sido detectados por las autoridades de migración, hasta centros de internamiento gestionados por autoridades civiles y religiosas, para las mujeres y niñas y niños que han sido detectados por las autoridades mexicanas, han obtenido una visa de refugio en el país o están a la espera de ser repatriados.  Su estadía allí, en el caso de refugio, les brinda algún alivio pero no satisface el propósito de la salida de su país; encuentran solidaridad pero no una acción ni un movimiento social que haga realidad el derecho humano fundamental a vivir donde se desee o necesite vivir y trabajar.


Pese al paso de los siglos, la humanidad no materializa en toda la extensión de la palabra tal derecho humano. Aun los poderes fácticos reinantes en cada país hacen sentir el límite y poder de las barreras físicas y de otro orden que delimitan el mundo en pequeñas parcelas, unas más grandes que otras. Y los Estados, como expresión meridiana de esos poderes, se encargan de franquear el paso y de largarle los perros a quienes no aceptan ni quieren saber de prohibiciones. Para ellas y ellos, como debiera ser para el conjunto de la humanidad, el mundo, como una sola casa, debe ser de todos y de todas.

 

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Michal Huniewicz, The Migrants, “La historia de esta fotografía es sobre una mujer mexicana que intenta ayudarlos”, 2015

En los últimos dos años, he podido escuchar a mujeres migrantes en tránsito por México. Eso es, no migrantes mexicanas, sino mujeres que provienen de la frontera entre Guatemala y México y tienen como fin llegar a cruzar la frontera México-Estados Unidos.


Igualmente, he escuchado a mujeres que pertenecen a ese 28 por ciento de repatriadas por vía terrestre que, por error o por cálculo económico, no son de nacionalidad mexicana, pero han sido devueltas vía tierra por las cada vez más cerradas autoridades migratorias estadounidenses.


En Nogales, Sonora, en diciembre de 2019 las mujeres que residían en un refugio a espaldas del muro divisorio, en un barrio controlado por el narco que las deja en paz si no se asoman por las ventanas cuando opera, me contaron con las lágrimas en los ojos que ellas hacían parte de las más de 40.000 personas que han llegado a la frontera y están en listas de espera. Han solicitado asilo y buscan ser escuchadas por los tribunales de inmigración estadounidenses desde territorio mexicano. Todas alegan real peligro a sufrir violencia en sus territorios. Su desespero mayor venía del hecho que se les informaba constantemente sobre los poquísimos casos resueltos favorablemente, menos del 0,5 por ciento de todas las demandas.


La migración centroamericana no es novedosa. Desde la década de 1980, varios grupos de activistas contra las fronteras y en favor de las personas en busca de refugio han trabajado para el acceso de centroamericanas y centroamericanos al territorio estadounidense, con el fin de evitar la violencia y los riesgos en que incurrirían de quedarse en países en conflicto. Sin embargo, el cruce por México ha cambiado desde cuando, en junio a finales de 2019, el gobierno mexicano decidió frenar el tránsito de personas indocumentadas por su territorio, para evitarle la presión migratoria a Estados Unidos, convirtiéndose de hecho en un territorio-frontera para las personas que provienen del sur vía tierra y huyen primeramente de la violencia de Estado y delincuencial en sus países de origen. Según las activistas mexicanas de Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, que actúan en defensa de los derechos de las personas migrantes, su país es una gigantesca sala de espera o, peor, un “estacionamiento”, porque en eso lo ha convertido Donald Trump al limitar la protección humanitaria a las personas en riesgo, que van en aumento en el mundo entero. Según la organización, las y los defensoras de personas migrantes deben ser defendidos de las falsas acusaciones del delito de tráfico de personas, pues éstas son parte de una campaña orquestada en su contra de ambos lados de la frontera.


¿Por qué migran las mujeres? Es sabido que para recuperar el estatus, nivel socioeconómico que tenían en el momento de partir, se tardarán por lo menos 10 años. Sólo lo superarán y tendrán logros económicos si tenían estudios antes de salir o si tramitaron exitosamente los cursos de lengua y de formación en el país de acogida. Dadas estas condiciones, es poco probable que el móvil de la emigración sea exclusivamente la búsqueda de una mejora económica. Sin embargo, hoy el 48 por ciento de los migrantes mexicanos y en tránsito por México son mujeres. Sus remesas son consideradas las más confiables por las familias que las ayudaron a reunir el dinero para el viaje. Las obediencias a patrones de género muy rígidos las convierten en mujeres que brindan servicios y cuidados muy ansiados por las mujeres de los países del norte, quienes para trabajar en competencia con los hombres descargan sobre ellas las responsabilidades que, según los mismos patrones de género, deberían asumir con las personas ancianas, enfermas y en la primera niñez. Además, las migrantes cuidan el dinero porque no se emborrachan ni arriesgan fácilmente sus capitales en negocios temerarios.


Con todo, es más probable que se migre, como dice la fotógrafa hondureña Withney Godoy, porque “El riesgo es nuestra vida; no hay otra opción que moverse, quedarse quieta también es morir”.


En efecto, la industria del turismo arrebata a las comunidades garífunas sus territorios agrícolas frente al mar en Honduras, ya que los inversionistas reciben el apoyo de un gobierno de origen golpista que niega los derechos territoriales de los pueblos indígenas y negros y no frena el uso de sicarios y delincuentes para expeler poblaciones enteras de los terrenos que quiere cercar y transformar en enclaves turísticos de lujo. Igualmente, la industria minera condena a la extrema pobreza a las comunidades agrícolas cuyos bosques son talados, sus montañas cortadas, sus aguas envenenadas y los gobiernos que consideran la minería como una actividad prioritaria persiguen y encarcelan a las mujeres y hombres que se resisten a la destrucción de sus territorios. La violencia delincuencial en numerosas ciudades condena a las mujeres a un cuidado exagerado, lo cual les impide una movilidad autónoma y, por consiguiente, el goce del estudio, el deporte, el trabajo, el esparcimiento. En todos estos casos, el primer móvil de la migración es la búsqueda de una vida libre de violencia y el miedo a la represión.


Las historias de migrantes que más me han impresionado, sea por la claridad con que me fueron expuestas, sea porque yo era incapaz de encontrarles salida, son las de las mujeres hondureñas, que desde el golpe de estado de 2009 viven agresiones contra sus territorios ancestrales, en particular las mujeres garífunas, lencas y maya chortí y contra las mujeres consideradas activistas políticas, de derechos humanos o de derechos ambientales, así como contra las lesbianas y las madres solas. La derecha hondureña es moralista y bajo la pretensión de defender a la familia “natural”, es decir, nuclear y patriarcal, en el seno de la cual la violencia contra las mujeres es prácticamente imposible de denunciar a las autoridades, agrede a cualquier mujer que transgrede los rígidos mandatos de género del catolicismo conservador y de las iglesias neoevangélicas o pentecostales. La acusación de haber abortado, por ejemplo, puede desatar un linchamiento. Con el propósito de controlar la vida social de las mujeres, se les acusa de abortistas, de lesbianas, de ser antihombres o malas madres, etcétera.


Igualmente, me han impresionado las narraciones de algunas jóvenes salvadoreñas, cuyas familias las tuvieron prácticamente presas en sus casas o en las sedes de iglesias neoevangélicas para evitar que fueran víctimas de las “maras”, esas pandillas de delincuencia diversificada surgidas al terminar las guerras civiles en la década de 1980 y que controlan las principales ciudades de El Salvador, San Pedro Sula, en Honduras, y Ciudad Guatemala. Hay cálculos de que las maras están integradas por más de tres millones de personas en Centroamérica e intervienen desde comercios y viviendas hasta tráficos de drogas, armas y personas. Cuando visité San Salvador, en un primer viaje hace cinco años, y luego en otro hace tres años, escuché en varias ocasiones que el narco mexicano y el colombiano desconfían de las maras aunque deban utilizarlas, porque actúan de manera descontrolada, ya que solo obedecen a sus propios jefes. De los relatos de las jóvenes migrantes salvadoreñas retuve el de una chica de diecisiete años que consideraba a su madre la verdadera causante de su fuga hacia el norte, porque le había impedido ir sola a la escuela durante toda su vida, de manera que ella no conocía a nadie y no tenía ni una sola amiga. Mientras escuchaba su relato y su muy válido motivo, yo no podía dejar de pensar en la madre que aterrada no sabía nada de su hija. La violencia social que el Estado no frena tiene consecuencias difíciles de imaginar cuando no se oyen por boca de sus víctimas.


Ahora bien, por México transitan primeramente migrantes centroamericanas: madres solas o víctimas de represalias territoriales y étnicas, las hondureñas; migrantes con alguna capacidad económica para pagar un “coyote”, las salvadoreñas; y guatemaltecas muy pobres, en tercer lugar. Nicaragüenses, costarricenses, beliceñas y panameñas migran en menor número. Luego, recorren las selvas y desiertos mexicanos mujeres suramericanas, desde las más ricas argentinas, brasileñas y chilenas, que nunca he encontrado en un refugio, hasta ecuatorianas y colombianas. La escasa posibilidad económica de las venezolanas, más pobres, para cruzar Centroamérica y llegar a la frontera con México las hace poco presentes en las rutas de tránsito, siendo, sin embargo, la mayoría de las desplazadas internacionales en América del Sur.


Finalmente, tanto en la frontera de Tapachula, en el sur, como en la de Tijuana, en el norte, es notoria la presencia de migrantes que alcanzan México desde África. Estos llegan a Brasil, cruzan a Colombia, atraviesan el Tapón del Darién, donde dan cuenta de asaltos brutales, y recorren a pie de Panamá a Guatemala. Las migrantes africanas han cruzado el Atlántico por avión, en su mayoría, o en barco, y huyen de la violencia que afecta principal, pero no exclusivamente, a Camerún y Congo. En julio de 2019, en Tijuana, más de cien cameruneses, en su casi totalidad hombres, bloquearon el camino de las camionetas del servicio de inmigración, exigiendo mayor transparencia en el proceso para determinar quiénes son aceptados en el requerimiento de asilo. La protesta surgió después de varios días que Estados Unidos no aceptaba solicitudes.


En la Ciudad de México, que en 2018 fue declarada ciudad santuario para tres de las caravanas de expatriados centroamericanos que por entonces intentaban llegar a los Estados Unidos, hay diversos tipos de refugios de migrantes, desde los clandestinos, donde buscan descanso y relativa calma las mujeres y hombres que no han sido detectados por las autoridades de migración, hasta centros de internamiento gestionados por autoridades civiles y religiosas, para las mujeres y niñas y niños que han sido detectados por las autoridades mexicanas, han obtenido una visa de refugio en el país o están a la espera de ser repatriados.  Su estadía allí, en el caso de refugio, les brinda algún alivio pero no satisface el propósito de la salida de su país; encuentran solidaridad pero no una acción ni un movimiento social que haga realidad el derecho humano fundamental a vivir donde se desee o necesite vivir y trabajar.


Pese al paso de los siglos, la humanidad no materializa en toda la extensión de la palabra tal derecho humano. Aun los poderes fácticos reinantes en cada país hacen sentir el límite y poder de las barreras físicas y de otro orden que delimitan el mundo en pequeñas parcelas, unas más grandes que otras. Y los Estados, como expresión meridiana de esos poderes, se encargan de franquear el paso y de largarle los perros a quienes no aceptan ni quieren saber de prohibiciones. Para ellas y ellos, como debiera ser para el conjunto de la humanidad, el mundo, como una sola casa, debe ser de todos y de todas.

 

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Publicado enInternacional
Postales feministas desde Chile, Fotos de mazurquica

Una marcha motera feminista en Egipto, gases lacrimógenos en Turquía, detenciones en Kirguistán, ataques ultras en Pakistán y pañuelos por el aborto en Argentina son algunas de las principales postales del 8M.

 

Chile: un 8M contra el Gobierno de Piñera

 

De Chile ha salido recientemente el canto feminista más potente a nivel internacional en los últimos meses. La interpretación de Las Tesis de Un violador en tu camino se ha repetido hoy en buena parte del mundo y, como no, aquí también. En esta ocasión, delante de La Moneda, el palacio presidencial. El 8M en Chile ha llevado el sello del estallido social que vive el país desde el pasado 18 de octubre. Miles de mujeres se han congregado en la rebautizada Plaza Dignidad de Santiago. El aborto libre, seguro y gratuito y el fin a todo tipo de violencia machista han sido las demandas más coreadas, que se han mezclado con los gritos contra el Gobierno y la represión policial.

Las mujeres que cada viernes apoyan las protestas, como las brigadistas que atienden a los heridos o las 'mamás capucha', que llegan a la 'zona cero' para repartir comida a los jóvenes que se enfrentan directamente con la policía en primera línea, han cobrado un especial protagonismo este domingo. Texto: Meritxell Freixas.

 

Kirguistán: atacadas por radicales y luego detenidas

 

En Kirguistán, los ultras machistas y la policía apenas han dado tiempo a las manifestantes a desplegar las pancartas que tenían preparadas para la marcha. Primero, un grupo de encapuchados ha atacado con huevos la concentración convocada por la organización feminista Bishkek Feminist Iniciatives contra la violencia machista. Poco después llegó la policía y se llevó detenidas a unas 90 participantes cuando cantaban Un violador en tu camino, según ha informado la organización.

"Estuvimos en la comisaría unas dos horas y media", ha informado la portavoz del grupo. Tras anotar los datos de las activistas, la policía ha liberado a las mujeres. Según la portavoz, se trata de la primera vez que una marcha de mujeres en Kirguistán acaba con sus participantes en comisaría, ya que los actos convocados por las feministas en los últimos ocho años nunca habían sido interrumpidos de una forma tan abrupta. La portavoz relaciona lo ocurrido con la "radicalización" de una parte de la sociedad "que está en contra de los derechos de la mujer". La Policía ha informado que la concentración no estaba autorizada para poder garantizar su seguridad, lo que llevó a "diversas provocaciones e infracciones del orden público".


Argentina: pañuelazo por el aborto frente a la catedral

El movimiento feminista argentino ha celebrado este domingo un 'pañuelazo' por el derecho al aborto frente a la catedral de Buenos Aires. Al mismo tiempo, a unos kilómetros, en la Basílica de Luján, uno de los principales templos del país, la Conferencia Episcopal había organizado una misa para mostrar su rechazo a la interrupción del embarazo.

La semana pasada, el presidente Alberto Fernández anunció ante la Asamblea Legislativa el envío de un proyecto de ley para legalizar el aborto tras el último rechazo en el Senado, en agosto de 2018.


Colombia: sororidad feminista en Bogotá

"Por ellas es la lucha, de esto se trata", exclama la joven colombiana de la fotografía, apelando a la coherencia. La sororidad feminista era eso. Ayudar a limpiar una pintada a la trabajadora que, en su Día de la Mujer, no pudo cambiar los guantes de látex y la fregona por la pancarta. Una acción minúscula que causó la sonrisa cómplice de sus compañeras de protesta, "por las que no tuvieron el privilegio de salir a reivindicar sus derechos".

"Mujer trabajadora, esta es tu lucha", fue el lema de la masiva marcha que recorrió el centro de Bogotá (Colombia) y que este año terminó con una gran fiesta popular en uno de los barrios más pobres de la capital colombiana. "¿Quiénes son?", se preguntaba una vendedora ambulante del barrio, observando con incredulidad pasar a miles de mujeres jóvenes: las de los torsos al descubierto, las enmascaradas, las de las pañoletas verdes y moradas, las de la wiphala indígena, las madres con sus hijas. "Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar", coreaban ellas, como si hubieran escuchado su pregunta. Texto: Marina Sardiña.


Francia: unión del feminismo clásico y el joven en París

Rozan las dos de la tarde, todo el vagón se baja en Plaza d'Italie, se aglomeran las pancartas y se empiezan a escuchar los primeros lemas: "Somos valientes, estamos orgullosas, el feminismo radical entra en cólera". Esto acaba de empezar, cuentan muchas a medio camino entre el entusiasmo y la rabia. Piden cambios profundos y, algunas, la dimisión del presidente Emmanuel Macron. Francia es uno de los países con más asesinatos machistas de Europa. Las manifestantes portan pancartas con el nombre y la edad de cada una de las asesinadas este año.

Aparcando sus diferencias, el feminismo clásico, heredero de mayo del 68, y activistas más jóvenes y radicales han tomado este domingo las calles de París consolidando una presencia que aumenta a pasos agigantados desde 2018. Las más jóvenes y radicales no esperaron al 8M y el sábado por la noche celebraron su propia marcha, que acabó con represión policial y gases lacrimógenos. Texto: Marta Maroto



Egipto: la marcha de moteras feministas en El Cairo

En un país donde no están permitidas las manifestaciones y las mujeres suelen viajar en moto como pasajeras, sentadas de lado, con las piernas cerradas y agarradas a hombres que conducen, una decena de mujeres con chupas de cuero y rosas en la mano acompañadas por otros 15 moteros han realizado este sábado una concentración a lomos de sus harleys para reivindicar los derechos de las mujeres."Llevamos celebrando el Día Internacional de la Mujer desde hace cinco años, cada año vamos a un sitio diferente de la ciudad y conducimos todas juntas", cuenta Angy Ghattas, responsable de Harley Davidson en Egipto.

"Las mujeres egipcias son especiales, han sobrepasado el nivel de lo que está o no permitido", señala Hanna Sharawi, una de las moteras que ha participado este sábado en la concentración. "Las nuevas generaciones están cambiando, visten diferente, se quieren a sí mismas y creo que ha llegado la hora del cambio", añade. El recorrido este año ha comenzado en el centro de El Cairo, pasando por diferentes zonas de la capital egipcia como la plaza Tahrir, y ha terminado en el barrio de Zayed, a las afueras de la ciudad, dónde las motoristas se han reunido con sus familias, han comido shawarma y han terminado el evento al son de la música latina. Texto: Esther Alaejos

Turquía: gases lacrimógenos en Estambul

En Estambul, la policía antidisturbios ha intervenido con gases lacrimógenos y cargas contra una marcha feminista que pretendía manifestarse en la céntrica calle Istiklal, tradicional lugar de concentraciones cívicas. Desde el mediodía, los agentes habían rodeado tanto la avenida como la adyacente plaza Taksim con vallas metálicas e impedían el acceso para evitar que grupos feministas desplegaran pancartas en esta zona.

Sin embargo, más de 5.000 activistas se han reunido por la tarde en una calle cercana y han marchado hacia la zona blindada, derribando una valla, a lo que la policía ha respondido con cargas, gas y forcejeos para empujar al grupo nuevamente calle abajo. "La calle es nuestra" y "nunca cederemos la calle a los hombres", gritaban algunas.

Entre los eslóganes, aparte de la pancarta de "lucha feminista contra el patriarcado", destacaban mensajes contra el matrimonio de menores; contra la obligación de cuidar de marido, casa y niños; y de solidaridad con las mujeres inmigrantes. Otras dos concentraciones diferentes se han celebrado sin incidentes por la ciudad.
Postal Pakistán


Pakistán: las piedras no pueden con las manifestantes

Una breve lluvia de piedras provocada por el sector religioso más ultra no ha logrado frenar a las manifestantes feministas en Islamabad, capital de Pakistán, aunque han provocado varios heridos. Con el eslogan "Mi cuerpo, mi elección", la Marcha Aurat (mujer, en urdu) ha levantado ampollas en Pakistán desde su inicio en 2018, pero este año los sectores más misóginos de la sociedad habían multiplicado sus amenazas.

A pocos metros de la marcha y separados por varios cordones policiales y una valla se celebraba una contramanifestación. "El cuerpo es de Alá, la decisión es de Alá", rezaba un póster como respuesta al eslogan feminista. En uno de los peores países del mundo para ser mujer, centenares de mujeres iniciaron las protestas con marchas nocturnas el sábado. Las organizadoras de la marcha han dedicado la protesta a las "feministas que construyeron los cimientos" para anular una parte esencial de las llamadas Ordenanzas Zina, una normativa aprobada por el Parlamento nacional sin debate previo en 1979 que convertía la violación en un delito de adulterio punible hacia la mujer con una sentencia de muerte.

 

Fotografías: Marta Maroto / Meritxell Freixas / Esther Alaejos / Marina Sardiña /

 


España

El Salto diairo

 

 

https://www.elsaltodiario.com/8marzo/feminista-gran-manifestacion-madrid-8m-25-imagenes

 


 

Chile

 

Más postales feministas desde Chile
 
Fotos de mazurquica.
Publicado enFotorreportajes
Prisioneros del machismo: la maté porque era mía

Nos guste o no somos parte del problema: la opresión de género. Ser consciente de ello es el primer paso para cuestionar las conductas machistas. Estamos sometidos, unos, los hombres, y otras, las mujeres, a vivir con estereotipos que nos enajenan y empequeñecen. Condenados cual Sísifo a repetir los mismos papeles, cualquier esfuerzo en sentido contrario se muestra estéril. Sísifo movía una pesada roca hasta la cima de una montaña y por su peso caída de inmediato, debiendo recomenzar una y otra vez la tarea. Pero cuando hablamos de machismo, los hombres se ubican en la cúspide de la pirámide y otean el mundo bajo su particular óptica, mientras las mujeres, en la base, acaban subordinadas a vivir el mundo de los hombres. Tenemos comportamientos discriminatorios, hirientes e hipócritas con las mujeres. Homófobos, machistas y misóginos. Veamos un ejemplo. Pablo Iglesias, hoy vicepresidente segundo del gobierno de la monarquía, defensor a ultranza del proyecto de la ley de libertad sexual, defendió su aprobación señalando que en el gobierno hay "mucho machista frustrado". Su compañera sentimental, a la sazón ministra de Igualdad, había sido criticada por las formas, redacción incluida, por miembros socialistas del consejo de ministros. Tal actitud de Iglesias podría considerarse un acto de compromiso feminista si la memoria reciente no lo desnudase. El susodicho se refirió a la presentadora de televisión, Mariló Montero en Instagram en el año 2016 de esta guisa: "La azotaría hasta que sangrase... Esa es la cara B de lo nacional popular... Un marxista algo perverso convertido en un sicópata".

El machismo llama a la puerta para recordar sus vergüenzas.

El machismo es un hecho social, constato una realidad. Por ello las luchas feministas nos sitúan ante la posibilidad cierta de modificar nuestras conductas. Sin embargo, las resistencias al cambio se antojan múltiples. Perder privilegios no es algo que se haga de buena gana. Igualmente presenta más dificultades desaprender que aprender. Los patrones de comportamiento son parte del proceso de socialización y en el capitalismo adoptan formas específicas. Las relaciones de género no son la excepción. Se trata de la propiedad privada, de la enajenación, entre otros, del cuerpo inmerso en el proceso de trabajo y producción. En sus formas, el capitalismo, es constituyente de una relación de explotación contraria a los valores democráticos, la justicia social y la igualdad. Anclados en la apropiación privada del plusvalor, hemos sido adoctrinados en conductas donde se entrecruza la perspectiva de género, haciendo que cada uno de los sexos interiorice comportamientos validados socialmente, bajo el parámetro de la apropiación. Colores, juegos, lecturas, estética, emociones se enlazan hasta configurar un entramado cuya expresión es una relación de dominio y subordinación en el cual la construcción de género es una máxima. Patrones considerados apropiados o inadecuados según se nazca hombre o mujer. Es una realidad social, no una condición de naturaleza. Somos homínidos, bípedos y mamíferos vertebrados. Asimismo, las hembras de la especie dan a luz y amamantan, lo cual, no supone, por naturaleza, sometimiento, inferioridad o debilidad. Las escalas de valores son hechos sociales, institucionales. Producto de un sistema de dominación que adscribe papeles. Así nace el patriarcado. Bien señala Marcela Lagarde: "Desde la dimensión de la propiedad, la mujer no se pertenece, otros deciden por ella: los hombres, cada hombre importante en su vida, la madre, el padre, los parientes, los hijos y las hijas, las instituciones (políticas, civiles, eclesiales, militares), la sociedad, los dioses, la naturaleza. La propiedad se ciñe sobre la mujer y, en este sentido, es ser-de-otros. El orden patriarcal es un orden de propiedad social y privada de las mujeres a través de la apropiación, posesión, usufructo y desecho de sus cuerpos vividos, su subjetividad y sus recursos, bienes y obras". Pero también es parte de una percepción de ser hombre. Nuevamente Lagarde: "Los hombres se tienen como objetivo de sus energías vitales, de sus movimientos y de su subjetividad, como su centro, y cada hombre al crear o al destruir, al transformar el mundo, debe buscar indefectiblemente su gratificación y su goce. El paradigma del mundo patriarcal es el hombre, y el paradigma de cada hombre es él mismo".

Inmersos en la economía de mercado, el capital como relación social no puede dejar de explotar a hombres y mujeres, como lo realice, le es indiferente. La enajenación de cuerpo y mente de hombres y mujeres bajo la lógica del capital, impide realizar la condición de dignidad que es inherente al ser humano. Otra vez Lagarde: "Todas las relaciones íntimas y públicas de los hombres están marcadas por la opresión y desde luego por la relación ganancia-goce-éxito, trascendencia masculina, complementada con el daño, la expropiación y sufrimiento de las mujeres y hombres implicados". Democratizar las relaciones entre hombres y mujeres conlleva luchar contra el capitalismo, por el desarrollo humano, contra las relaciones de explotación de la mujer trabajadora en el marco de una sociedad de clases. En esta lucha estamos comprometidos. Cuanto antes lo asimilemos, antes será posible la emancipación de hombres y mujeres. Mientras tanto, la violencia de género hará posible su máxima: "La maté porque era mía".

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«Una falla del pensamiento feminista es creer que la violencia de género es un problema de hombres y mujeres»

Entrevista a Rita Segato, antropóloga e investigadora

 

Rita Segato es doctora en Antropología e investigadora. Es, probablemente, una de las pensadoras feministas más lúcidas de esta época. Y tal vez de todas las épocas. Ha escrito innumerables trabajos a partir de su investigación con violadores en la penitenciaría de Brasilia, como perito antropológico y de género en el histórico juicio de Guatemala en el que se juzgó y condenó por primera vez a miembros del Ejército por los delitos de esclavitud sexual y doméstica contra mujeres mayas de la etnia q’eqchi, y fue convocada a Ciudad Juárez a exponer su interpretación en torno a los cientos de femicidios perpetrados en esa ciudad. Su currículum es largo e impresionante.

Más allá de todo prejuicio escandalizador, Segato ha propuesto una mirada profunda sobre la violencia letal sobre las mujeres, entendiendo a los femicidios como una problemática que trasciende a  los géneros para convertirse en un síntoma, o mejor dicho, en una expresión de una sociedad que necesita de una “pedagogía de la crueldad” para destruir y anular la compasión, la empatía, los vínculos y el arraigo local y comunitario. Es decir todos esos elementos que se convierten en obstáculo en un capitalismo “de rapiña”, que depende de esa pedagogía de la crueldad para aleccionar. Es, en ese sentido, que el ejercicio de la crueldad sobre el cuerpo de las mujeres, pero que también se extiende a crímenes homofóbicos o trans, todas esas violencias “no son otra cosa que el disciplinamiento que las fuerzas patriarcales imponen a todos los que habitamos ese margen de la política, de crímenes del patriarcado colonial moderno de alta intensidad, contra todo lo que lo desestabiliza” (*). En esos cuerpos se escribe el mensaje aleccionador que ese capitalismo patriarcal de alta intensidad necesita imponer a toda la sociedad.

No es tarea sencilla entrevistar a Rita, que es una especie de torbellino, capaz de enlazar con extrema claridad y sutileza los argumentos más complejos. Se toma su tiempo para responder, analiza cada pregunta, la desgrana, profundiza y vuelve a empezar con una vuelta de tuerca sobre cada concepto. Tiene su propio ritmo y seguirlo puede ser un desafío.

—En el marco del alarmante crecimiento de los casos de violencia de género, ¿podría profundizar en el concepto que desarrolló de que la violencia letal sobre la mujer es un síntoma de la sociedad?

—Desigualdad de género, control sobre el cuerpo de la mujer, desde mi perspectiva, hay otras feministas que no coinciden, acompañan la historia de la humanidad. Sólo que, contrariamente a lo que pensamos y a eso que yo llamo prejuicio positivo con relación a la modernidad, imaginamos que la humanidad camina en la dirección contraria. Pero los datos no confirman eso, al contrario, van en aumento. Entonces tenemos que entender cuáles son las circunstancias contextuales e históricas. Una de las dificultades, de las fallas del pensamiento feminista es creer que el problema de la violencia de género es un problema de los hombres y las mujeres. Y en algunos casos, hasta de un hombre y una mujer. Y yo creo que es un síntoma de la historia, de las vicisitudes por la que pasa la sociedad. Y ahí pongo el tema de la precariedad de la vida. La vida se ha vuelto inmensamente precaria, y el hombre, que por su mandato de que por su mandato de masculinidad, tiene la obligación de ser fuerte, de ser el potente, no puede más y tiene muchas dificultades para poder serlo. Y esas dificultades no tienen que ver como dicen por ahí, porque está afectado por el empoderamiento de las mujeres, que es un argumento que se viene utilizando mucho, que las mujeres se han empoderado y que los hombres se han debilitado por ello y por lo tanto reaccionan así… No. Lo que debilita a los hombres, lo que los precariza y los transforma en sujetos impotentes es la falta de empleo, la inseguridad en el empleo cuando lo tienen, la precariedad de todos los vínculos, el desarraigo de varias formas, el desarraigo de un medio comunitario, familiar, local… en fin, el mundo se mueve de una manera que no pueden controlar y los deja en una situación de precariedad, pero no como consecuencia del empoderamiento de las mujeres, sino como una consecuencia de la precarización de la vida, de la economía, de no poder educarse más, leer más, tener acceso a diversas formas de bienestar. Y eso también va en dirección de otra cosa que vengo afirmando: que hay formas de agresión entre varones que son también violencia de género.Yo afirmo que los varones son las primeras víctimas del mandato de masculinidad. Con esto no estoy queriendo decir que son víctimas de las mujeres, y quiero dejarlo bien en claro porque se me ha entendido de una manera equivocada muchas veces. Estoy diciendo que son víctimas de un mandato de masculinidad y una estructura jerárquica como es la estructura de la masculinidad. Son víctimas de otros hombres, no de las mujeres. Y esto también quiero dejarlo en claro, no es que el hombre se volvió impotente porque las mujeres se potencian, sino que se volvió impotente porque la vida se volvió precaria y los deja impotentes.

—Muchas mujeres reciben esta violencia como algo normal. ¿Por qué?

—Por eso, sobre todo en España, al principio, cuando en las primeras campañas por los derechos de la mujer empezaron a aparecer estas mujeres golpeadas en la televisión, fue muy fuerte y causó mucho impacto. Plantear que la violencia doméstica es un crimen creo que fue el mayor avance de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), es decir, que algo que es una costumbre puede ser un crimen. Es dificilísimo sobre todo en el campo del derecho dar ese paso, porque el derecho es como la santificación de todo lo que es la costumbre como ley. Pero la Cedaw dice: esta costumbre es un crimen, no puede ser transformada en ley. En ese caso de la violencia doméstica, de las violaciones domésticas se ha marchado en el camino de comprender que es un crimen. Ahora, lo que nos da a nosotros una pauta, una luz para entender mejor todo ese tema, es que cuando hay un óbito, cuando aparece un cuerpo, un asesinato de mujer nunca fue natural, ni antes ni ahora ni nunca. Y ahí vemos que hay una dificultad del derecho y del Estado en ganar terreno en este campo. Porque, sin ninguna duda, están en aumentando cada vez los feminicidios, ese verdadero genocidio de mujeres que estamos viviendo, de varias formas. Y eso lo sabemos porque ya hay más de 10 años de estadísticas en la mayor parte de los países.  Y además el avance en lo legal y lo forense respalda esta afirmación.

—Usted plantea que la violación es un acto disciplinador, un crimen de poder. ¿Qué se juega el agresor sexual en esos casos?

—Bueno, ese concepto es de altísima complejidad. Le cuesta mucho a la sociedad comprender a qué apunto. Mucha gente de bien, muy moral, saltó contra esto e intenta rápidamente diferenciarse de ese sujeto que considera anómalo, criminal, inmoral, en fin todo lo malo que se deposita en ese sujeto, en ese chivo expiatorio que es el agresor… y los otros hombres se salvan y dicen yo no soy eso. Yo eso lo pongo bajo un signo de interrogación. Yo creo que aquel último gesto que es un crimen, es producto de una cantidad de gestos menores que están en la vida cotidiana y que no son crímenes, pero son agresiones también. Y que hacen un caldo de cultivo para causar este último grado de agresión que sí está tipificado como crimen… pero que jamás se sucedería si la sociedad no fuera como es. Se sucedería en un psicópata, pero la mayor cantidad de violaciones y de agresiones sexuales a mujeres no son hechas por psicópatas, sino por personas que están en una sociedad que practica la agresión de género de mil formas pero que no podrán nunca ser tipificadas como crímenes. Por eso mi argumento no es un argumento antipunitivista de la forma clásica, en el sentido de que no se debe punir o sentenciar. Sí tiene que haber leyes y sentencias que sólo algunas veces llegan a materializarse. Pero en nuestros países sobre todo, en el mundo entero, pero especialmente en América Latina, de todos los ataques contra la vida, no solamente los de género sino de todos en general, los que llegan a una sentencia son una proporción mínima.  La eficacia material del derecho es ficcional, es un sistema de creencias, creemos que el derecho lleva a una condena. Pero claro que tiene que existir, el derecho, todo el sistema legal, el justo proceso y la punición. Lo que yo digo es que la punición, la sentencia no va a resolver el problema, porque el problema se resuelve allá abajo, donde está la gran cantidad de agresiones que no son crímenes, pero que van formando la normalidad de la agresión. Ninguno tomaría ese camino si no existiera ese caldo de cultivo.

—¿Y por qué algunos hombres toman ese camino y otros no? Porque si es un problema social ¿no afectaría a todos por igual?

—Y bueno, porque somos todos diferentes… yo no te puedo responder eso. Lo que sí te puedo asegurar es que los índices serían muchos menores si atacáramos la base, o sea, el hábito, las prácticas habituales. Tampoco hablo de una cultura de la violación, porque se habla mucho de eso, sobre todo en Brasil. Se habla mucho de una cultura violadora. Está bien, pero cuidado con la culturalización, porque el culturalismo, en el abordaje de estos temas, le da un marco de «normalidad», de costumbre. Como se hace con el racismo por ejemplo… es una costumbre. Yo tengo mucho miedo a esas palabras que terminan normalizando estas cuestiones.

—En relación a este tema, sobre que la violación es un crimen de poder, disciplinador, eso ¿se juega de la misma manera en el caso de los abusos de menores? Ya que generalmente los niños son abusados en su mayoría en las relaciones intrafamiliares o por integrantes de sus círculos cercanos, ¿se puede hacer una misma lectura o es distinto el análisis? 

—Yo creo que es un análisis distinto, porque ahí si entra la libido de una forma en que yo no creo que entra en las violaciones de mujeres. Yo no he investigado mucho ese tema, lo que sí puedo decir al respecto es que el agresor, el violador, el asediador en la casa lo hace porque puede. Porque también existe una idea de la paternidad que proviene de una genealogía muy antigua, que es el pater familias, como es en el Derecho Romano, que no era como lo concebimos hoy, como un padre, una relación parental. Sino que el padre era el propietario de la mujer, de los hijos y de los esclavos, todos en el mismo nivel. Entonces eso que ya no es más así, pero que en la genealogía de la familia, como la entendemos, persiste… la familia occidental, no la familia indígena. Pero sí la familia occidental, que tiene por debajo en sus orígenes la idea de la dueñidad del padre. Entonces, eso aun está muy patente. Tengo estudiantes que han trabajado este tema. Por ejemplo, el caso de un pastor evangélico que violaba a todas sus hijas, y lo que sale de ese estudio es que el hombre, en su interpretación, era dueño de esos cuerpos. Eso es algo que no está más en la ley, pero sí en la costumbre. Y el violador también es alguien que tiene que mostrarse dueño, en control de los cuerpos. Entonces el violador doméstico es alguien que accede a esos cuerpos porque considera que le pertenecen. Y el violador de calle es alguien que tiene que demostrar a sus pares, a los otros, a sus compinches, que es capaz. Son variantes de lo mismo, que es la posesión masculina como dueña, como necesariamente potente, como dueño de la vida.

—En su experiencia, ¿el violador se puede recuperar de alguna forma, con la cárcel o con algún tratamiento?

—Nunca vi un trabajo de reflexión, no lo podemos saber porque el trabajo que debemos hacer en la sociedad que es primero entender y luego reflexionar nunca fue hecho. Sólo después de hacer el trabajo que está pendiente todavía de hacer en el sistema penitenciario, podemos llegar a ese punto. No hay elementos suficientes. No estoy hablando de psicópatas. Porque, a diferencia de lo que dicen los diarios, la mayor parte de las agresiones sexuales no son perpetradas por psicópatas. Los mayores perpetradores son sujetos ansiosos por demostrar que son hombres. Si no se comprende qué papel tiene la violación y la masacre de mujeres en el mundo actual, no vamos a encontrar soluciones.

Quedan pendientes tantos temas… hablar, por ejemplo, sobre el papel de los medios que, según sus propias palabras, colaboran con exhibir públicamente la agresión a las mujeres hasta el hartazgo, haciendo de la victimización de las mujeres un espectáculo de fin de tarde o después de misa, reproduciendo hasta el hartazgo los detalles más morbosos y funcionando así como el «brazo ideológico de la estrategia de la crueldad»….  Esos y tantos otros. Será en otra oportunidad. La estaremos esperando.

Por Alejandra Ojeda Garnero | 26/02/2020 | 

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Martes, 12 Noviembre 2019 06:29

La revolución de Silvia Federici

La revolución de Silvia Federici

Sobre los planteamientos de la feminista anticapitalista Silvia Federici

En estos años convulsionados de los feminismos en América Latina, las palabras de Silvia Federici resuenan en talleres y asambleas. Se han hilado con murales y cantos creados en calles desbordadas: “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar” se teje con su investigación sobre la caza de brujas. “No es amor, es trabajo no pago” es una de las consignas en los paros internacionales del 8 de marzo.

La revolución feminista inacabada. Mujeres, reproducción social y lucha por lo común, (1) publicado este año en Montevideo, reúne una serie de artículos que Federici escribió en la primera década del siglo XXI. Si su libro Calibán y la bruja nos permite una mirada larga sobre las luchas de las mujeres en la “transición” del feudalismo al capitalismo, ubicando la caza de brujas de los siglos XVI y XVII como suceso fundante y política de guerra contra ellas y las comunidades, esta compilación propone una lectura feminista sobre los problemas y los desafíos actuales para pensar la transformación desde la reproducción social.  

Feminista comunera  

En un artículo sobre la obra de Federici, Raquel Gutiérrez (2) la define como feminista comunera, poniendo de relieve una forma particular de entender las prácticas feministas. Federici comprende el feminismo como la lucha contra la opresión y la explotación desde la reproducción de la vida y los esfuerzos por “producir lo común”, concepto que refiere a las relaciones de cooperación que colocan la vida en el centro y no están plenamente subordinadas a las lógicas dominantes. 

Su pensamiento desordena las formas canónicas de comprender la transformación social, da pistas para recrear nuestros puntos de partida y nuestros anhelos. No se trata de una perspectiva abstracta, deslocalizada y descarnada que se desentiende de los procesos de lucha concretos; por el contrario, piensa desde las luchas.  

Sus indagaciones sobre el trabajo doméstico –históricamente invisibilizado y considerado no trabajo– habilitaron una comprensión más amplia sobre la noción misma de trabajo y los rasgos de la división sexual del trabajo. Asimismo, permitieron comprender que el mundo reproductivo es clave en el sostenimiento de la esfera productiva, ya que allí se (re)produce la fuerza de trabajo. 

Por lo tanto, Federici plantea que “el reconocimiento del trabajo doméstico ha posibilitado la comprensión de que el capitalismo se sustenta en la producción de un tipo determinado de trabajadores –y, en consecuencia, de un determinado modelo de familia, sexualidad y procreación–, lo que ha conducido a redefinir la esfera privada como una esfera de relaciones de producción y como terreno para las luchas anticapitalistas”. 

La reproducción social, tema central de La revolución feminista inacabada, refiere a “los múltiples espacios donde se producen y reproducen los alimentos, donde se cuida, se capta y se usa el agua, donde se genera y gestiona la vida cotidiana, se crían las nuevas generaciones y se dota de sentido a la existencia”.  

El debate sobre el trabajo reproductivo y su invisibilización es una de las críticas feministas centrales al pensamiento de Marx. Esta crítica es retomada en el libro. A partir del mundo reproductivo, la autora hace una lectura de la crisis actual de la reproducción social en la economía global y los desafíos que se abren para la lucha feminista en este escenario. Se plantea, entonces, un importante desplazamiento desde la producción de bienes y mercancías hasta la reproducción de la vida como centro, revolucionando así el modo de entender la transformación. 

No obstante, este desplazamiento no se desentiende de las viejas preguntas acerca de qué cambios sociales precisamos: las reordena a partir de otro punto de partida, en el que la pregunta fundamental es cómo nos reapropiamos y recreamos las condiciones para la reproducción de la vida. Esto conlleva un segundo desplazamiento, que es desbordar el binomio Estado ‑ mercado para visibilizar otro terreno: las relaciones sociales de cooperación o prácticas de producción de común. 

Federici insiste en que no hay común sin comunidad y recuerda que nadie está dispuesto a luchar sin una comunidad que le dé sustento. En su pensamiento lo común no se reduce a los bienes comunes, sino que se piensa como relaciones sociales de cooperación que se heredan o recrean, y nos permiten sostener la vida y desplegar luchas: “Lo que necesitamos es un resurgimiento y un nuevo impulso de las luchas colectivas sobre la reproducción, reclamar el control sobre las condiciones materiales de nuestra reproducción y crear nuevas formas de cooperación que escapen a la lógica del capital y del mercado. Esto no es una utopía, sino que se trata de un proceso ya en marcha en muchas partes del planeta y con posibilidades de expandirse”.  

Una revolución inacabada  

El libro se interesa también por las formas de resistencia de las mujeres y por cómo las luchas feministas hacen frente al despojo producido por la globalización. Federici recuerda que las mujeres protagonizan la resistencia ante el ataque sistemático a las condiciones materiales de la reproducción social. Por eso la globalización es, en esencia, una guerra contra ellas. 

La autora invita a hacer una lectura política de este proceso, como respuesta al ciclo de luchas que en los sesenta y los setenta cuestionó tanto la división internacional como la división sexual del trabajo, lo que causó una crisis histórica para la ganancia del capital y dio lugar a una revolución social y cultural. Las mujeres protagonizaron ese tiempo de revueltas, por lo que “no es accidental que todos los programas relacionados con la globalización hayan hecho de las mujeres su blanco principal”. 

El ajuste estructural ha destruido la subsistencia de las mujeres, que han sido desplazadas de la agricultura, el empleo público, los servicios sociales, al tiempo que han sido empujadas a trabajos esclavizantes y han pagado con su salud la mínima autonomía que logran conseguir al acceder a un salario. De este modo, los planes de ajuste recaen sobre las mismas mujeres que luego las políticas de las agencias internacionales y estatales pretenden salvar, colocándolas previamente en el lugar de víctimas, lo que posibilita la posterior cooptación política a través de programas en clave capitalista.  

A partir de este diagnóstico, Federici hace una lectura crítica de las expresiones del feminismo liberal que optan por la estrategia de la participación política y la incursión en las instituciones. Sostiene que la globalización es especialmente catastrófica para las mujeres, no porque sea dirigida por agencias con predominio masculino, sino por sus propios objetivos. 

Advierte que los intentos de mejorar la condición de las mujeres incorporando en los organismos una “perspectiva de género” tienen además un “efecto mistificador, al permitir a estas agencias cooptar las luchas que realizan las mujeres contra la agenda neoliberal”. Por lo tanto, es necesario luchar contra la globalización capitalista y las agencias y los organismos internacionales que la impulsan. 

Federici no se opone a exigir políticas de resarcimiento en lo inmediato, pero afirma que en el largo plazo las feministas tenemos que reconocer que no podemos esperar ninguna mejora sustantiva de nuestras condiciones de vida proveniente del capitalismo. Recuerda que “si la destrucción de nuestros medios de subsistencia es indispensable para la sobrevivencia de relaciones capitalistas, este debe ser nuestro terreno de lucha”, y agrega que “la liberación de las mujeres requiere de condiciones materiales específicas, empezando con el control sobre los medios básicos de producción y subsistencia”.  

En el libro se abordan desafíos y problemas políticos que dialogan e iluminan nuestras prácticas de hoy. Pensar lo común como alternativa al binomio Estado ‑ mercado abre un horizonte de deseo nuevo, distinto para nuestras luchas. Nos invita a disponer de nuestra energía no sólo en la demanda, sino en la construcción aquí y ahora de esos otros mundos con los que soñamos. Ubicar la reproducción de la vida en el centro nos permite ver que nuestra capacidad de crear y cuidar es lo que sostiene el mundo, y si podemos sostenerlo, podemos transformarlo.

 

Notas

(1) Silvia Federici (2019). La revolución feminista inacabada. Mujeres, reproducción social y lucha por lo común. Montevideo: Minervas Ediciones

(2) Mexicana. Matemática, filósofa y socióloga. Fue parte del levantamiento popular ‑ comunitario conocido como “guerra del agua”, que aconteció en Cochabamba en 2000. 

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"El lenguaje es una base constitutiva de la asignación de género"

La investigadora Sara Pérez analiza los motivos profundos del uso del lenguaje inclusivo

La especialista en análisis de discurso explica los motivos del lenguaje inclusivo, su confrontación con el discurso hegemónico, y la profundidad de las raíces que hace falta conmover para alcanzar la inclusión y la igualdad.

 

Profesora, investigadora y especialista en análisis del discurso, Sara Pérez explica a qué se llama “lenguaje inclusivo” y de qué depende que nuevos términos se popularicen e instalen. Analiza, además, la “ideología de género” como estrategia discursiva, el discurso político en la construcción de valor, y la prevención de la violencia de género dentro y fuera de las aulas.

--¿Qué se entiende por “lenguaje inclusivo”?

-A mí me gusta mucho la discusión sobre lenguaje inclusivo desde el momento de la propia denominación. Esta denominación de lenguaje inclusivo tiene que ver con un reclamo de un colectivo de seres humanos que no se sienten interpelados, interpeladas, interpelades, por algunas formas de uso del español, por ejemplo, el uso del plural “nosotros” para incluir a nosotras, nosotros. Por otro lado, la dicotomía entre masculino y femenino, o y a, no agota las expectativas, las necesidades y las posibilidad de identificación de personas que no desean ser interpeladas como o o como a, sino que prefieren una situación de transición o intermedia. Esto tiene que ver básicamente con un supuesto de partida: el lenguaje es una de las formas en las que vamos construyendo nuestra identidad; no es menor, el lenguaje es constitutivo. El lenguaje es una base constitutiva de la asignación de género, y entonces es ineludible. Toda discusión que tenga que ver con el género en el lenguaje en última instancia está teniendo que ver con cómo construimos nuestras identidades y cómo atravesamos esta experiencia subjetiva. Esto ocurre siempre de la mano del lenguaje, ineludible en nuestra vida social e individual.

--¿Por qué ahora?

--Esto no es nuevo. Tiene muchísimos años en distintos países y distintas lenguas. El uso no sexista del lenguaje antecede al lenguaje inclusivo. Lo primero en que coincidimos una gran mayoría de personas es en que el lenguaje es una facultad de todos los seres humanos. Su uso supone una representación acerca del mundo. Durante los '90 empezaron a pulular manuales de uso no sexista del lenguaje, esto es, usos que no discriminen a un conjunto de mujeres por su sexo. ¿Qué quiere decir uso no sexista? Por ejemplo, en los viejos diccionarios de la Real Academia Española (RAE) figuraba “embajadora” como esposa del embajador. Pensemos en las metáforas, arraigadas en nuestra vida. “Toro” alude a un tipo potente; “vaca”, a una mujer gorda. Y cuestiones vinculadas a “no llores como una nena”. Ahora las jóvenes feministas han resignificado esto último como “pelea como una nena”, “pelea como una abuela”. Lo que está en juego es si mediante el lenguaje reforzamos o reproducimos relaciones de poder o si tratamos de cambiarlas. Lo que están haciendo les chiques hoy es poner en tela de juicio, cuestionar, desafiar, un orden sexogenérico imperante, y junto con ese desafío, desafían la forma en que esto se pone de manifiesto en la lengua, en lo nodal del sistema de la lengua. Y esto es lo que más perturba.

--¿Qué hace que la lengua se modifique?

--Hay dos etapas. La primera, una etapa de visibilización de las mujeres, con el “todos y todas”, que comenzó con fuerza hace cosa de diez años. Luego aparece el uso de la e con las más jóvenes. Algunas compañeras dicen que no quieren que se las interpele con la e por lo que costó llegar al “todos y todas”, porque consideran que así se nos invisibiliza de nuevo. La e aparece en adolescentes de clases medias básicamente, con las chicas, pero se extiende muy rápidamente a todes les chiques. En Capital Federal cuesta mucho no decir “les pibes”. Hasta suena perturbador decir “los pibes”. Lo han impuesto a su manera con el propio uso. El problema del lenguaje inclusivo es que el “todos y todas” usaba de manera distinta un recurso que ya nos daba el sistema. En el sistema ya estaban la a y la o; su uso estaba habilitado, lo que hicimos fue empezar a usarlo un poco más. Pero la e como tal, como un género, no está en el sistema morfológico del español; está como una excepción para ciertos casos. Les pibes se agarraron de esa excepción, la explotan y la reproducen. Eligen esa forma y al hacerlo tocan una cuestión medular del sistema. Por eso es tan resistido y por eso cuesta tanto aprenderlo. Hay que aprender a hablar con la e. Probablemente el tiempo tome la decisión. El tiempo y el poder.

--¿En qué sentido el poder?

--Los cambios son más rápidos en la medida en que los discursos legítimos y las instituciones acompañan y respaldan esos cambios: la escuela, los medios masivos de comunicación, la literatura, todos aquellos lugares de construcción de variedades de prestigio de la lengua. Si la escuela prohíbe puede generar un movimiento de resistencia y no habilitar su uso en el ámbito escolar. Hay grupos conservadores, antiderechos, que se organizan en torno a exigir que se prohíba el lenguaje inclusivo en las escuelas. Hay otras escuelas que lo habilitan. En esto se cruzan muchos conflictos. La cuestión es hasta qué punto las personas estamos dispuestas a cambiar relaciones de poder para lograr que sean menos desiguales. Y en muchos casos, ser menos desiguales, para muchas personas supone conceder privilegios y cambiar el status quo, y hay personas a las que no les gusta cambiar el status quo. Es como los conflictos que tenés en tu casa cuando decís que a partir de ese día todes van a lavar los platos. A lo mejor todes van a la marcha a favor del aborto legal, seguro y gratuito, pero de ahí a levantar la mesa hay una distancia, porque una cosa es estar de acuerdo con una política pública y otra cosa es modificar nuestras propias prácticas. Cuando desde los estudios del lenguaje hablamos de un discurso hegemónico y de poder estamos hablando de la internalización en nuestras subjetividades de ese discurso hegemónico. El discurso hegemónico nos interpela a todes por igual. Cuando hablamos del discurso hegemónico, hablamos de ese discurso que se reproduce en los medios, en la escuela, en la esfera pública, en los partidos políticos, en casa, en las redes...

--Hay quienes hablan de “ideología de género”. ¿Qué hay detrás de esa consideración?

--Al estigmatizar la palabra “feminismo” se estigmatiza esa identidad, se estigmatiza y neutraliza la posibilidad de que algunas personas que reivindican esas ideas adopten ese cuerpo de ideas de manera sistemática. El movimiento de mujeres ha logrado avanzar muchísimo, soy optimista y también soy realista. Hay muchas resistencias todavía. He estado en reuniones con compañeras de barrio que me preguntaban cómo hacer, porque tenían vecinas que estaban de acuerdo con todas las reivindicaciones pero cuando las invitaban a sumarse decían “no, porque son feministas”. Una respuesta de distancia, que da cuenta del poder del discurso hegemónico. La “ideología de género” como categoría en español plantea que las cuestiones de género son una ideología, y que esta ideología la promueve el feminismo radical y tiene que ver con cuestionar el orden sexual biológico natural, donde hay varones y mujeres cada uno con sus roles específicos vinculados con sus capacidades biológicas.

--¿De qué manera se materializa esta posición?

--Esta construcción discursiva se presenta como una conceptualización científica, no religiosa, basada en lo que dice la ciencia, entonces construyen y desarrollan sus propias fuentes científicas, apelan a representaciones de gran divulgación y sostienen que la diferencia absoluta entre varones y mujeres tiene un respaldo genético, biológico. Que los roles están dados porque las mujeres tenemos la responsabilidad de ser madres y deseamos ser madres porque es nuestra función. Y que todo aquello que sale de allí es una ideología. Entonces cuestionan la categoría de género y usan la interpretación negativa de la palabra ideología como algo que no es científico y construyen esta categoría “ideología de género”. Dicen que la “ideología de género” es lo que defienden las feministas radicales y que es la “ideología de género” la que está detrás, por ejemplo, de la Educación Sexual Integral (ESI). Entonces, es una estrategia discursiva muy sofisticada para neutralizar cualquier tipo de discusión o avance que se busque en políticas educativas que lo que tratan de hacer precisamente es avanzar en la igualdad de derechos.

--Dentro de estos sectores hay quienes sostienen que el feminismo excluye.

--Hablar desde el feminismo no excluye a nadie. Como feminista, lo que estoy tratando es de construir una sociedad en la que todas las personas tengamos derecho a todos los derechos. Sucede que un montón de mujeres nos tuvimos que construir como feministas porque existe un orden sexogenérico que nos excluye de la toma de poder y nos genera situaciones económicas en las que somos siempre las perjudicadas. Las personas que hablamos de género y de igualdad de género hablamos de que existe un orden social desigual, de dominación, estructurado en función a cómo son construidas, percibidas y asignadas genéricamente ciertas cuestiones vinculadas con la construcción generizada de la sexualidad o del sexo. Hablamos de la identidad de género porque es la forma en la que nos autopercibimos respecto a esta dimensión identitaria. Hablar de una perspectiva de género supone pensar cada una de las instancias, por ejemplo de política pública, a partir de tener presente que existe una desigualdad estructural y una relación de dominación, que la identidad genérica es una identidad construida, que supone desigualdad en la sociedad contemporánea y que hay que tratar de modificar esa situación de desigualdad. No me gusta hablar de feminismo y machismo, prefiero hablar de un orden sexogenérico patriarcal. Y porque existe es que es necesario el feminismo. Para que la sociedad sea más justa necesitamos que sea feminista.

--¿Cómo interviene la iglesia en este tema?

--La iglesia construye las bases intelectuales de esta denominación pero repercutió muy rápido en grupos que se auto denominan organizaciones no gubernamentales de la sociedad civil preocupadas por nuestros hijos. Estos grupos conservadores, por ejemplo en España, han avanzado cuestionando la designación misma de la violencia de género. Prefieren hablar de la violencia contra las mujeres o violencia doméstica; porque hablar de violencia de género supone asumir que hay tratos diferenciales y discriminatorios e incluso violentos en la vida pública y privada por el mero hecho de nuestra identidad de género o de nuestra opción.

--¿Podrías ampliar la distinción entre violencia de género y violencia contra las mujeres?

--Hablar de violencia de género supone asumir que hay tratos discriminatorios e incluso violentos por el mero hecho de nuestra identidad de género. Por ahora nuestra ley, que es una gran ley, es una ley de violencia contra las mujeres, pero aclara que es por motivos de género, y esto es muy importante. Cuando hay un femicidio en Argentina hablamos de que alguien mata a una mujer por el hecho de ser mujer, no para robarle la cartera, por el tipo de vínculo que tenía. ¿Por qué un ex novio mata a una mujer? Porque no tolera la posibilidad de que esa mujer tenga una vida autónoma. En el fondo de ese vínculo lo que hay es una relación sexogenérica de poder. Cuando hablamos de violencia de género estamos hablamos de violencia en el ámbito de las relaciones socioafectivas primarias y vinculares pero también estamos hablando de violencia laboral, económica, mediática, institucional.

--¿Qué grado de influencia tiene el discurso político en la construcción de valor?

--Hay algo muy interesante que dice George Leicoff, un escritor norteamericano. En 1992 fue Clinton el que dijo: “es la economía, estúpido”. Es cierto, la economía es un factor importante. Sin embargo, Leicoff advierte que en el discurso político tienen mucho peso lo que él llama los valores y la moral. Y que mucha gente está dispuesta a votar en contra de sus intereses económicos siempre y cuando se le garanticen ciertos valores éticos y morales. Lo dice para Estados Unidos, estudiando el discurso de Trump, pero vale para lo que pasa acá. El problema es la corrupción. No importa si gano el 50% menos que antes, no importa si le pegan a los senegaleses en la calle, lo que me importa es que no vuelva tal. Esa construcción es discursiva. La categoría “corrupción” es fascinante. Implica que el corrompido es el que está mal; el corruptor nunca aparece. Como fenómeno discursivo es un concepto muy interesante y la metáfora también funciona productivamente. Vamos construyendo valores. Desde los '90 tenemos a la corrupción construida como valor. Esto es un valor internacional. El poder que tienen los grandes medios de comunicación es muy grande; el poder que tiene el discurso hegemónico también. Y con esto no me refiero a un canal de noticias, me refiero a las novelas, las series, las canciones. El discurso hegemónico nos permea; permea al Estado, permea a la educación... ¿Por qué tanta resistencia a la ESI?

--¿Por qué?

--Porque la Educación Sexual Integral permite una reflexión crítica y sistemática sobre la sexualidad, sobre nuestros deseos y nuestros derechos. La ESI en el marco de una perspectiva de género, de derechos humanos finalmente, te permite tomar conciencia de tus derechos.

Publicado enCultura
Se mantiene acoso y hostigamiento sexual en la UACM

Encierran a un grupo de alumnas por denunciar a un profesor

Eliminan el Seminario Permanente de Feminismo

 

En la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) se mantiene un estado de acoso y hostigamiento sexual a maestras y alumnas. Desaparecieron el Seminario Permanente de Feminismo y encerraron a estudiantes y una académica por señalar a un profesor acosador.

Las afectadas denunciaron que el pasado 28 de agosto fueron retenidas por más de dos horas y media en el plantel del Valle de la (UACM), por sus compañeros, quienes las acusan de realizar falsas imputaciones en contra el profesor Eduardo Correa por acoso sexual.

En un documento de protesta pública, las alumnas retenidas dijeron que no sólo no pudieron tomar clases, sino que es evidente que no cuentan con mecanismos de protección por violencia de género en la institución, de ahí que exigieron la intervención de las autoridades de la UACM y a la Comisión de Derechos Humanos de la CDMX, para resguardar sus derechos.

La denuncia contra Correa se realizó desde el pasado mes de abril, sin embargo, el profesor sigue dando clases regularmente, mientras que las autoridades propusieron a las alumnas y a la profesora tomar clases del posgrado en las instalaciones de la rectoría, ubicadas en la calle Dr. García Diego 168, colonia Doctores.

Las alumnas señalaron estar sorprendidas por la respuesta de las autoridades y por la actuación de sus compañeros, quienes la encerraron, por lo que exigieron a la institución poner fin a la violencia de género que viven por acoso, hostigamiento y discriminación, así como sanciones a los responsables de la intimidación de la que fueron objeto.

Al encerrarlas, hace unos días, los estudiantes gritaban que eran falsas las acusaciones contra el maestro Eduardo Correa, también pidieron que se despidiera a la maestra, y colocaron una manta en las instalaciones del plantel, además de repartir panfletos.

Por lo que exigieron a las autoridades que se investiguen los hechos. Además de pedir una explicación a las reuniones que sostenían los alumnos que las agredieron con integrantes del Observatorio de Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas, de lo cual algunos profesores del posgrado tenían conocimiento del caso.

 

Violencia de Género en la UACM

 

De acuerdo con las estudiantes, la respuesta de las autoridades ha sido lenta, pese a que esta no es la primera vez que piden su intervención frente a este tipo de agresiones por parte de algunos profesores de la Academia de Derechos Humanos y alumnado.

Consideran las estudiantes agredidas que es más fácil sacar a cuatro estudiantes y a su profesora que desarticular a un grupo de académicos misóginos y a un acosador.

También dijeron que se les prohíbe utilizar «teoría de género» en sus escritos, porque están en desacuerdo con ella. Por lo que cancelaron el Seminario Permanente de Feminismo.

No es la primera vez que la institución se ve envuelta en asuntos de violencia de género, en abril del 2014 despidieron al profesor Enrique González Ruiz, acusado de acoso y hostigamiento sexual, y las profesoras que denunciaron en aquella ocasión, fueron re victimizadas, posteriormente.

 

SEM/em/sj

Publicado enSociedad
Marchas del orgullo Lgbt:  ¿Movimiento por la transformación social o mercadeo capitalista?

El 28 de julio se celebraron 50 años de los disturbios de Stonewall, hito del movimiento Lgbt; movilizaciones y actos se realizaron por todo el mundo, sin embargo, el mercado y el consumo parecen volverse los principales actores de esta icónica fecha. 

 

Aunque la marcha del orgullo Lgbt se da en honor y memoria a los Disturbios de Stonewall en 1969, y sirve como una oportunidad para denunciar las violencias que vivimos por habitar nuestras sexualidades y corporalidades que se salen de las normas de la heterosexualidad obligatoria y del patriarcado, en los últimos años este evento se ha convertido en una fiesta para promover el modelo de consumo del capitalismo gay que impone esa identidad como privilegio para mujeres y hombres blancos de clase media-alta negando las luchas de las disidencias sexuales y de género que hemos sido empobrecidas y racializadas y que enfrentamos realidades de violencia en medio de esta sociedad machista. Esos discursos de un estado incluyente y diverso; y de unas empresas con productos arcoíris son una farsa, una pantalla de humo encaminada a hacernos un nicho de mercado y no a reconocer realmente ni nuestras sexualidades y corporalidades disidentes, ni mucho menos nuestras luchas ante las violencias.

 

Stonewall: mito fundacional de una revolución

 

El 28 de junio de 1969 se llevaron a cabo disturbios en la ciudad de Nueva York por parte de personas trans, travestis, lesbianas machorras, marikas afeminados, prostitutxs, personas racializadas y empobrecidas que se encontraban en un bar llamado Stonewall Inn al que llegó la policía a realizar una redada que representaba una rutina de agresiones a las personas por lo que, según cuenta la leyenda, una lesbiana vestida de hombre respondió a los maltratos de la policía con un golpe, razón por la cual fue detenida e ingresada en la patrulla. Las demás personas se enfrentaron a la policía para sacarla de la patrulla, lo que desencadenó una confrontación física con los policías que terminó con toma de calles y barricadas durante varios días. 

Los disturbios de Stonewall representaron una posibilidad de defenderse ante la violencia de una sociedad que castigaba cualquier desviación de las normas heteropatriarcales, asi como hoy, en ese entonces eran rechazades por sus familias lo que ocasionaba situaciones de empobrecimiento, habitabilidad de calle, consumo de drogas y alcohol, prostitución, deserción escolar, pocas posibilidades educativas y laborales, etc. Por lo tanto, esos disturbios catalizaron la rabia acumulada ante las múltiples violencias que vivimos como personas que nos salimos del binarismo de género y la heterosexualidad obligatoria patriarcal.

Es a partir de este hito histórico que se empieza a conmemorar cada año y en muchos lugares del mundo la vida y la memoria de las marikas, de las travestis y de las machorras que hemos resistido ante las distintas violencias que desata el heteropatriarcado capitalista sobre nuestras existencias, y que han tratado de aniquilar nuestro derecho a vivir con dignidad y libertad. Los disturbios de Stonewall empezaron a trazar el camino que como disidencias sexuales y de género debemos seguir recorriendo, uno en el que la confrontación directa contra todos los sistemas de opresión sea el principio de nuestra revolución; sin embargo, no es esa la línea que han tomado las movilizaciones que hasta hoy día siguen realizándose, sino que se han catapultado, soportado y fortalecido los discursos capitalistas y militaristas por permitir el acceso de las empresas, marcas y policías a nuestras manifestaciones, vendiendo nuestra imagen como un producto en el que maquillan sus dispositivos de explotación y violencia con una falsa inclusión de todes nosotres.

 

Orgullo Lgbt como antimilitarismo, no como consumismo

 

En Stonewall enfrentó al poder de las armas y al poder de la ley que encarcelaba y castigaba nuestras identidades y sexualidades consideradas anormales. De esta forma se materializan luchas ante la represión y violencia de la heterosexualidad y el patriarcado expresada en las fuerzas armadas del estado y que desde entonces han aflorado en muchos lugares del mundo. 

En este 2019 se cumplen 50 años de los disturbios y aunque las condiciones se hayan transformado en este tiempo es necesario reconocer que la persecución policial continua y la violencia heterosexual en espacios familiares, educativos y laborales continua; por ejemplo para las mujeres trans en las calles al ejercer la prostitución o a los marikas cuando se nos requisa con violencia y se nos imparten comparendos por darnos un beso; las familias siguen rechazando a sus hijes Lgbt y siguen existiendo barreras de acceso a espacios de educación y trabajo. Son situaciones que ocurren frecuentemente en Bogotá, pese a que existe una Política Pública para sectores Lgbt desde hace más de 10 años; sin embargo, las realidades en las regiones pueden ser más violentas, además por la presencia de actores armados por los que por ejemplo bajo el control paramilitar hay que obedecer una moral heterosexual impuesta mediante el miedo, la muerte, la desaparición o el desplazamiento; o porque son experiencias de vida consideradas anormales, indecentes, mal vistas, desviadas, incorrectas o enfermas, los cuales son prejuicios que continuamos enfrentando.

De manera que la revuelta que surgió como una lucha antimilitarista y aunque la represión continua, el capitalismo global ha logrado apropiarse de ella durante el mes de junio de cada año en el que las empresas usan los colores del arcoíris para venderse como incluyentes con la intención de ganar más consumidores. Una marcha que debería ser usada por el movimiento social para seguir denunciando y creando alternativas de organización ante las violencias ha sido apropiada como una vitrina y feria empresarial llena de productos. Es lo que se conoce como capitalismo gay que vende una identidad vaciada de toda lucha y resistencia política, pero con capacidad de consumo en un nuevo nicho de mercado para hombres gays blancos y de clase media-alta con dinero para gastar en viajes gays, ropa gay, fiestas gays, etc. Deja de ser una manifestación política para convertirse en una fiesta costosa que oculta las realidades de quienes no habitan ese privilegio de clase.

 

Patriarcado dentro del movimiento Lgbt

 

Un fenómeno que es evidente dentro del conglomerado “Lgbt” y que se hace violentamente obvio en la marcha anual es la reproducción de violencia patriarcal que ejercen los hombres gays hacia los cuerpos y las experiencias de vida feminizadas, es decir hacia las maricas, las travestis, las lesbianas, las no binarias y demás. Estas violencias consisten en los esfuerzos que hacen estos hombres para mantener sus privilegios en los pocos espacios que existen para personas no heterosexuales y no binarias. Podemos enunciar varios ejemplos, como el hecho que en las marchas las apuestas de las organizaciones trans o feministas han sido reprimidas por la organización de gays privilegiados; o cuando la mayoría de bares, saunas y discotecas, dirigidos a población “Lgbt” solo sean para hombres gays; gays que a pesar de su orientación sexual o expresión de genero quieren mantener su imagen, comportamiento y privilegios de machos alejándose lo más que se pueda de lo que se considera femenino. Y lo gay se ha transformado en esa aspiración clasista hacia la blanquitud, la buena moral y el buen comportamiento heteronormado en la que se es un gay respetado si se tiene capacidad adquisitiva para consumir en el mercado de lo gay siendo musculoso, masculino y exitoso.

Por lo tanto, las movilizaciones que se vienen realizando para visibilizar y denunciar las violencias que vivimos marikas, lesbianas, personas trans deberían reconocer el patriarcado como origen de las violencias que vivimos y nuestro horizonte de lucha debe ser su destrucción; sin embargo, evidenciamos que el machismo también impera en los sectores Lgbt promoviendo la violencia hacia personas trans o marikas afeminados.

 

La lucha revolucionaria en las movilizaciones del llamado orgullo

 

Es necesario cuestionar que la conmemoración anual de los disturbios de Stonewall sea una oportunidad para que las empresas y marcas tanto locales como multinacionales utilicen nuestras disidencias sexuales y de género para volvernos un producto, un nicho de mercado, para convertirnos en consumidores de su basura con la desesperada estrategia de mercadeo pintada de arcoiris. Combatiremos la mercantilización de nuestras luchas cada año, estando presentes en las marchas con acciones directas, porque no permitiremos que el capitalismo devore también el único espacio de manifestación y visibilización que las marikas y travestis a nivel mundial nos hemos ganado. Porque es vital recordar que todo comenzó debido a que nos cansamos de soportar las violencias que el heteropatriarcado ejerce sobre nosotres con sus dispositivos de control como la policía. 

Porque no van a esconder nuestras muertes y nuestros dolores detrás de una bandera arcoíris llena de una hipócrita celebración, pero vacía de memoria y compromiso. Y no es que no nos guste celebrar nuestras vidas, solo hemos reconocido que para poder celebrarla tenemos que organizarnos y luchar para que realmente sean dignas, pero sobre todo para que en primer lugar no nos las arrebate el paramilitar en nombre de su dios y de su patria, o el policía defendiendo los intereses del estado, o el machito que nos prometió amor, pero luego nos asesina. Solo podremos celebrar la vida deliciosamente y estar orgullosas de ello cuando dejen de quitárnosla a todas, a las marginadas, a las empobrecidas, a las periféricas, a las putas, a las rechazadas, a las rebeldes, a todas.

Por esto nos parece imprescindible llenar de incomodidad y de rabia las marchas de “orgullo Lgbt”. Porque no queremos que el estado nos reconozca derechos de papel, queremos abolir toda forma de dominación, queremos que el heteropatriarcado nos deje de matar, queremos que el capitalismo nos deje de empobrecer, queremos que el colonialismo nos deje de racializar, queremos bienestar para todos los seres con los que compartimos este planeta y por eso articulamos nuestro feminismo a apuestas anticapitalistas, decoloniales y antiespecistas. 

Es por eso que cada año hacemos un llamado a realizar marchas diferentes que se salgan del libreto del capitalismo gay que también se convierte en un desfile hecho para aplaudir al estado por leyes de papel incluyentes que poco mejoran las vidas de las personas Lgbt más empobrecidas y racializadas. Le hemos apostado a promover espacios para recordar y hacer memoria de lucha y resistencia que hay en los disturbios de Stonewall y que son poco conocidos. Las primeras marchas se denominaron marchas por la liberación, luego con discursos más capitalistas se fue imponiendo la idea del orgullo en todo el mundo por lo que hemos denunciado que más que orgullo debemos seguir luchando por nuestra liberación de las violencias heteropatriarcales, salir a las marchas debe ser una oportunidad para encontrarnos, salir del aislamiento y reconocer que somos miles escondides en esta ciudad machista. 

Es una crítica que hacen en varios lugares: incluso en Nueva York que este año organizaron una marcha por la liberación queer que salió un poco antes de la marcha del pride oficial o en España que llevan varios años organizando la marcha del orgullo critico no el domingo sino exactamente cada 28 de junio para movilizar realmente las luchas feministas, antirracistas, antiimperialistas, veganas del movimiento transmarikabollo de allá. 

Seguiremos marchando pero también luchando el resto de días del año para celebrar que hemos sobrevivido, que seguimos enfrentando las opresiones de un mundo que se empeña en destruirnos, que hay mucho por transformar en nuestras sociedades para que no haya más violencias en los colegios que desemboquen en suicidios como el de Sergio Urrego Reyes, para que las personas empobrecidas no sigan aguantando hambre y tengamos una soberanía alimentaria, para que no maten a personas trans y marikas en las calles, para que tengamos la posibilidad de acceder a las universidades, para que no nos sigan negando el acceso a trabajos bien remunerados o que no nos sigan despidiendo de ellos por no aparentar ser suficientemente heterosexuales. Seguiremos marchando porque hay que continuar luchando contra la violencia heterosexual y patriarcal que vivimos en nuestros cuerpos y nuestros territorios. Nos están matando y nosotres seguimos creando organización popular contra toda opresión, hagámoslo juntes.

 

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Publicado enEdición Nº260
El feminismo, las críticas al #MeToo y los argumentos del ‘anti #MeToo’

Pasan dos años desde que la actriz demócrata de Hollywood Alyssa Milano lanzara la campaña “#Yotambién” para denunciar la violencia sexual que había sufrido en su trabajo e invitara a otras mujeres romper su silencio; y lo consiguió: miles de mujeres de todo el mundo y en decenas de idiomas se animaran a revelar y compartir sus secretos más dolorosos y humillantes haciendo historia: romper en pedazo al maldito concepto de honor, uno de los pilares de la familia patriarcal.

Pasó desaparecido que la frase ya había sido formulada en 2006 por otra víctima de violencia sexual, la activista afroamericana Tarana Burke quien después de conocer el drama de unas menores sometidas a abusos, fundó Me too Movement con el fin de generar conciencia sobre la dimensión de la agresión y la explotación sexual en la sociedad, promoviendo el «empoderamiento a través de empatía» entre mujeres.

El éxito universal de la campaña de Milano, que pone su énfasis en la conducta sexual grosero ejercido desde el poder, se debió quizás a que fue utilizada por los medios de comunicación demócratas contra un Donald Trump que había sido acusado por varias mujeres de perversión y abusos sexuales. Unas 50 diputadas de un Partido Demócrata sin ideas e incapaz de reclutar a diferentes sectores sociales (mujeres, trabajadores, inmigrantes, las minorías “raciales” y religiosas, los ecologistas, etc.), perjudicados por las políticas de un inepto presidente que se le regalaba decenas de motivos en bandeja, pidieron su dimisión o una investigación al respecto para someterle a una moción (impeachment). Y cuando se dieron cuenta de su error, empezaron a cometer otro: esta vez con el llamado Rusiagate, mientras 45 millones de mujeres, hombres, negros, blancos, nativos y emigrantes viven en la absoluta pobreza.

El mundo debería haberse estremecido al conocer parte de la magnitud de tanto horror sufrido en silencioso, pero ¿lo hizo?

Los dos sectores anti #MeToo

  1. Desde la derecha la campaña fue atacada con los siguientes argumentos:
  • Las mujeres son cómplices de los abusos: utilizan sus encantos para escalar en su trabajo. Aunque en los ínfimos casos fuese así, ¿por qué los hombres no necesitan hacer lo mismo?
  • El deseo sexual masculino es imposible de controlar por estar incrustado en sus genes que no en una mente que considera a la mujer un ser creado para satisfacer las necesidades de los hijos varones de Adán. ¡Falso biologismo! ¡No hay registro histórico de la violación colectiva de mujeres en biquini o bañador en ninguna playa por los hombres bañistas, pero los hay y millones sobre el acoso y los abusos de los jefes a sus empleadas en los 195 países del planeta! La diferencia es que en un lugar carecen del poder para hacerlo y en el otro sí. En el trabajo, ellas aguantan la agresión sexual porque dependen de la voluntad del hombre para ser contratadas, ocupan puestos de menor categoría en la jerarquía de poder y son las primeras en ser despedidos.
  • Si no resisten, significa que les gusta, sino “se irían”: pero no “se van” porque la mayoría tiene todas las puertas bloqueadas y no pueden permitirse el lujo de perder su trabajo mientras tienen bocas que alimentar, y aunque se vayan, en el segundo, el tercero y el último trabajo encontrarían el mismo problema.
  • El tipo de ropa que llevan es una autorización a ser tocadas, asaltadas:  Es lo que pensó un tribunal de Irlanda, al absolver en 2018 a un violador después de que su abogado mostrase el tanga que había llevado su víctima de 17 años. El hashtag #ThisIsNotConsent con las fotos de tangas invadieron las redes sociales. ¿Por qué, entonces, a ninguna mujer se le ocurre manosear ni mucho menos violar a los hombres que andan sin camisa y con los pechos expuestos en la Rambla de Barcelona?

Millones de mujeres musulmanas que obligadas (por Dios, el Estado o la familia) se cubre con el velo también sufren tocamientos e incluso violaciones en los espacios públicos. Una encuesta a las mujeres egipcias, (que hoy al contrario de lo que pasaba en los años setenta ninguna se atreve a ponerse minifalda), casi todas con el velo, realizada por la ONU en 2013, mostró que el 99,4% había experimentado acoso y abusos sexuales.

El asalto a las mujeres en las calles de Afganistán es tal que ni se salvan las que llevan el burka (prenda que justamente lo único que resalta es el sexo de la persona). Este fue el tema del performance de la artista afgana Kubra Khademi, que  hizo de gladiatoria de bragas de acero para mostrar por qué hay padres que no dejan que sus hijas vayan al colegio. El hastag #MosqueMeToo (“Mezquita yo también”) denuncia que ni en los lugares sagrados como la Meca, las mujeres aun ultratapadas están a salvo.

  1. Desde la extrema izquierda se alega que #MeToo:
  • Es una campaña de mujeres burguesas. ¡Vale, porque ellas tienen medios para expresarse y su voz llega. Pero, esta lacra, y otras incluidas en la violencia contra la mujer, la sufren todas (en diferentes grados y formas), independientemente de su clase, raza o religión. Las temporeras marroquíes de Huelva también denunciaron en 2018 el acoso, los abusos sexuales (tocamientos en pechos y genitales) y coacción del empresario, pero el juez instructor lo archivó. La presión social hizo que la justicia ordenase reabrir el caso. Luego están, las amordazadas, como millones de madres en los campos de refugiados de Kenia, Somalia, Sudan, Siria, Jordania, Turquía, y otros que cada vez que tiene que pedir una barra de pan para sus hijos son manoseadas, incluso violadas por los vigilantes o proveedores de alimentos.
  • Se centra en el dolor de una misma que no la discriminación integral de la mujer como colectivo. “Yo también”, es una pieza más de una causa común, y tiene el potencial de construir una solidaridad en base del sufrimiento compartido, y no hay que pedirle más.
  • Su objetivo no es desmantelar el neoliberalismo patriarcal. ¡Cierto! Pero esto no debe impedir hacerle un “apoyo crítico”. Reclamar la libertad personal de expresión de mujeres que incluso hoy están forzadas a callarse significa romper los tabús creados durante milenios que hacen de mordaza. La campaña cuestiona la normalidad del abuso del poder, y ha planteado la necesidad de expresar el consentimiento en una relación sexual.

Los males de MeToo

  • Al carecer de un enfoque ideológico para analizar el problema, cuestiona la “actitud poco moral” de algunos hombres, que no la estructura del poder, el monopolio de los hombres sobre los recursos y medios económicos, y una milenaria cultura misógina legitimada por muchas religiones. La superioridad es el concepto que el sexismo comparte con el racismo y también con el especismo.
  • Carece de respuestas incluso para suavizar la opresión multidimensional a la que están sometidas todas las mujeres que trabajan.
  • Comparte la visión con quienes abogan que el empoderamiento individual conduce a la liberación colectiva, pidiendo más puestos para las mujeres “valiosas” en el poder, que no es otro que participar en la gestión de la explotación, legitimando y reproduciendo el sistema, y liberarse ellas que no las mujeres. El modelo individualista del feminismo, que achaca la disfunción de una sociedad fundada en la explotación y la lamentable situación de mujeres a la falta de ambición de ellas, les propone atiborrarse de libros de “autoayuda”, ser “agresivas”  y “emprendedoras”. Si aun así, y matándose en el esfuerzo, no consiguen triunfar será porque no se lo merecen.

Si el «feminismo de Twitter» no acaba con una complejo y milenario sistema de explotación de unos sobre otras, la “lucha armada” tampoco lo consigue: Phoolan Devi, la Reina Bandida, una mujer india que había sido violada en varias ocasiones por una manada de hombres, creó un grupo armado de mujeres que mató a una veintena de depredadores sexuales, todos de castas superiores. Después de pasar 11 años en prisión –sin ser juzgada–, la heroína de los pobres fue elegida diputada. En 2001 fue asesinada a balazos por defensores de la supremacía masculina.

La necesidad de acciones colectivas

El 16 de agosto, varios miles de mujeres ocuparon la Zona Rosa de la Ciudad de México, -en un país donde cada día al menos 10 mujeres son asesinadas-, en protesta por la violación de una joven por cuatro policías y la indiferencia de las autoridades. Días antes, un grupo de mujeres asaltó con espray una jefatura de la honorable policía, pintándola de rosa. Para un poder que se aterroriza viendo un pueblo movilizado, la “violación” del espacio policial era más grave que la violación y el asesinato de mujeres por estos individuos. El movimiento feminista universal, como movimiento político, necesita acciones contundentes que visibilicen su profundo malestar por los recortes de derechos logrados durante siglos de lucha, y no sólo para así ser escuchado, sino también para atraer a las jóvenes al activismo en las calles, universidades y fábricas, traspasando el “me gusta” del ordenador.

Por Nazanín Armanian

25 agosto 2019

Publicado enSociedad
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