El mandarín Xi seduce a Italia y resucita a Marco Polo

Estados Unidos (EU) se desgarra con el resultado de la investigación del fiscal especial Robert Mueller, mientras China se insinúa triplemente en Italia, en el principado de Mónaco (Ciudad-Estado a carta cabal y paraíso fiscal estratégico) y Francia.

Ocho siglos después al descubrimiento de la entonces encapsulada civilización china por el veneciano Marco Polo, ahora el mandarín Xi conecta con Europa a sus "Tres Rutas de la Seda" –terrestre, marítima y del Ártico (https://bit.ly/2CuUAqX)– primordialmente con Italia, pese a la hostilidad de EU y la Unión Europea(UE).

Se dice fácil, pero Italia, miembro del cada vez más agónico G-7 y la disfuncional OTAN, es el primer país europeo a vincularse con el supremo proyecto geoeconómico de infraestructura del siglo XXI que cuenta con el apoyo militar geoestratégico de Rusia.

Según Global Times, la audaz conectividad de Italia con las rutas de la seda del siglo XXI constituye "una ruta pragmática para estimular su economía" (https://bit.ly/2YkmFdY).

El portal chino comenta que la economía de Italia no se ha recuperado de la crisis financiera de 2008 ni de la crisis europea de la deuda, por lo que acoge con agrado las inversiones de China que básicamente busca “puertos de encrucijada ( hub ports)” en Europa para recibir "contenedores de larga escala", como es el caso del puerto de Pireo (Grecia), adquirida por Cosco de China.

Israel, con el primer Netanyahu, principal aliado de Trump en el mundo, ya cedió dos de sus tres principales puertos a China (https://bit.ly/2RdRAUY), mientras Pekín coloca su mira en los puertos italianos de Génova y Trieste.

En China están conscientes del endurecimiento de la postura de la UE que tilda a Pekín de "competidor económico en búsqueda del liderazgo tecnológico y un rival sistémico (sic) que promueve modelos alternativos de gobernanza". ¿Cuál es el problema de que exista la multipolaridad de corte ecuménico plural sin apartheid tecnológico?

Le Monde, muy cercano a la cancillería francesa, informa que los gobiernos italiano y chino firmaron un protocolo de acuerdo "no vinculante" de 29 contratos –de 2 mil 500 millones de euros a un potencial de 20 mil millonesde euros– para el "ingreso de Italia en las nuevas rutas de la seda", pese a "las inquietudes de Bruselas y Washington".

Los principales contratos son descolgados por Ansaldo (turbinas) y el Grupo Danieli que participara con mil 100 millones de euros a la construcción de una siderúrgica en Azerbaiyán– que, a mi juicio, conecta las rutas de la seda con la Unión Económica Euroasiática del zar Vlady Putin (https://bit.ly/2HINfbF).

Hoy Alemania ostenta siete veces más exportaciones que las de Italia a China que apenas llegan a 13 mil millones de euros cuando existe mucha duplicidad europea, quizá para aplacar la ira trumpiana, en referencia a los intercambios de Alemania y Francia con China: el comercio bilateral de Pekín y París ha alcanzado niveles récord cuando las exportaciones francesas agrícolas, farmacéuticas y de cosméticos crecen en forma exponencial (https://bit.ly/2U4GRBe).

Después de la visita un tanto cuanto inesperada del mandarín Xi a Mónaco, acudirá a Francia, donde participará en "una reunión inédita con el presidente Emmanuel Macron, la canciller alemana Angela Merkel y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker", según Le Monde, que afirma el escepticismo de Macron sobre el acuerdo entre China e Italia y la "acción europea uniforme de Merkel frente a Pekín" (https://lemde.fr/2Wk1TcA).

Asia Times vaticina que el mandarín Xi descolgará "magnos acuerdos con el presidente galo Macron", donde pesará la sombra de la debacle de Boeing que aprovechará la aeronáutica europea de Airbus (https://bit.ly/2USzav3).

¿Se adelanta Italia a la virtual balcanización de la UE, que empiezan a enunciar los medios alemanes (https://bit.ly/2CCjaWK), o a la inevitabilidad del Zeitgeist (espíritu del tiempo) del siglo XXI con la predominancia de la "asociación estratégica" de China (superpotencia geoeconómica) y Rusia (superpotencia "hipersónica" militar)?

¿El mar Mediterráneo convertido en mare sinicum?

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El encuentro entre Jair Bolsonaro y Donald Trump. ¿El inicio de una nueva época?

La reunión entre Donald Trump y Jair Bolsonaro el pasado martes representa un hito de la actual ola conservadora que vive la región y el mundo. Si bien lo acordado debe ponerse en standby, a la vista de los antecedentes de Trump con Emmanuel Macron y Kim Jong-un, lo más importante de la cumbre presidencial es la sombra proyectada sobre los procesos que viven Latinoamérica y el mundo. En tal sentido, el presente análisis intenta ir más allá del aspecto coyuntural, para entender el significado global del encuentro.


EL ABANDONO DEL AUTONOMISMO.


En primer lugar, la visita de Bolsonaro a Estados Unidos dejó en claro la intención deliberada de abandonar las pretensiones autonomistas del Estado brasileño. La autonomía internacional es un objetivo más o menos sostenido de la política exterior de Brasil desde la época de Vargas, apenas relegado en la primera década de la dictadura y puesto en primer plano por los gobiernos del Partido de los Trabajadores.
Este cambio fue explicitado por Bolsonaro en sus primeras declaraciones al llegar a Estados Unidos, cuando afirmó que, “por primera vez en mucho tiempo, un presidente brasileño que no es antiamericano llega a Washington”. A nivel bilateral, el abandono de la búsqueda de autonomía y la aceptación orgullosa de una posición subordinada a Estados Unidos se evidencia en algunos gestos previos al encuentro presidencial: la exención no recíproca de la necesidad de la visa para los ciudadanos estadounidenses y sus principales socios globales (Australia, Canadá y Japón); la habilitación concedida a Estados Unidos para usar la Base de Lanzamientos Aeroespaciales de Alcántara; el “ofrecimento” de Bolsonaro al secretario de Estado Mike Pompeo de instalar una base militar estadounidense en Brasil (rápidamente retractado a intervención expresa de los militares brasileños) y la inédita visita del mandatario a la sede de la Cia, agencia que venía de espiar mediante escuchas telefónicas a la predecesora de Bolsonaro Dilma Rousseff.


A nivel regional, esto es simbolizado por la decisión de que la primera visita oficial del recién asumido presidente no sea a Argentina, como hicieron todos los predecesores de Bolsonaro en la sexta República. A ello se agrega que los siguientes destinos sean Chile e Israel: el primero, uno de los principales socios estables de Estados Unidos en Sudamérica y principal resistencia a las iniciativas regionalistas desde la década del 80; el segundo, el principal socio en los embates unilaterales estadounidenses al orden multilateral.


A nivel del sistema internacional, esta tendencia a relegar el objetivo autonomista se refleja en la solicitud brasileña de adherir a la Otan y a la Ocde. El argumento es reforzado al considerar la condición impuesta para proceder a solicitar el ingreso a la segunda: la renuncia unilateral de Brasil al estatuto de país en desarrollo en la Omc, que le permitía acceder a un “tratamiento especial y diferenciado” en los acuerdos comerciales suscritos bajo el paraguas del organismo multilateral.


Se relega así la disputa instaurada por los cepalinos y planteada con ahínco por Brasil en los últimos años sobre la relación entre el desarrollo y el subdesarrollo ligada a la dinámica centro-periferia. En términos gramscianos, con esta decisión Brasil cede varios lugares en la guerra de posiciones en torno a la cuestión del desarrollo. Para ejemplificar el punto, pensemos que el estatus de país en desarrollo era esgrimido por el país sudamericano para defender la producción masiva de medicamentos genéricos sin el pago de patentes, lo que le granjeó importantes triunfos en disputas comerciales.


También a nivel sistémico, la solicitud de ingresar a la Otan y a la Ocde refuerza el alejamiento de Brasil de la alianza con China. En fin, habrá tiempo hasta la próxima cumbre de los Brics, que se realizará en noviembre en Brasil para valorar las reales consecuencias, pero la solicitud no debe de haber caído bien a sus socios en el bloque de potencias emergentes.


REALINEAMIENTO CONTINETAL.


En segundo lugar, la visita dejó clara la intención de Bolsonaro de retornar al histórico rol brasileño como garante del orden panamericano y del alineamiento de los países del continente en la hegemonía estadounidense.


El encuentro entre Trump y Bolsonaro es un reencuentro entre el líder hemisférico y su follower predilecto en Latinoamérica. Se ratifica así el alcance hemisférico de la ola conservadora, que renueva la sentencia contra los países díscolos, como Cuba, Nicaragua y Venezuela. Al respecto, el encuentro previo de Bolsonaro con el secretario general de la Oea, Luis Almagro, con quien abordó las situaciones cubana y venezolana, ya dio la pauta sobre las reminiscencias panamericanistas de la visita. Luego, en la cumbre presidencial, el tema de Venezuela fue uno de los puntos centrales. Si bien Bolsonaro evitó decir públicamente qué posición asumiría en caso de una intervención militar liderada por Estados Unidos, claramente evitó rechazar esa opción y dijo que contaba con Estados Unidos para “liberar al pueblo venezolano”. De todos modos, más chocantes fueron las palabras de Trump al afirmar que “llegó la hora final del socialismo en nuestro hemisferio”, con la explícita voluntad de volver a azuzar el anticomunismo para realinear a los países del continente.


TIEMPOS OSCUROS.


Tal vez, lo más novedoso del encuentro fue observar cómo el entendimiento entre Trump y Bolsonaro nos deja frente a una renovada comunión de tinte oscurantista, basada en el fanatismo religioso, el belicismo y el predominio de lo personal y familiar por sobre lo institucional. El cierre de Bolsonaro en la conferencia de prensa conjunta lo dejó claro al repasar los elementos de afinidad con el presidente estadounidense: “Respetamos la familia tradicional, somos temerosos de Dios, contra la ideología de género, de lo políticamente correcto y de las fake news”. Por supuesto que no hay en este discurso posicionamientos que no conozcamos de ambos líderes. Pero lo que asusta es cómo estos elementos comienzan a proyectarse en la política internacional.


En relación con la religión, es fundamental dimensionar el rol que puede tener la oleada evangélica que sufre América Latina (y también el África subsahariana) en la política internacional. Ya lo vimos en el marco del referéndum sobre el acuerdo de paz en Colombia. Este elemento está también detrás del acercamiento de Bolsonaro con Israel.


Por último, es ilustrativo el rol que tuvo en toda la visita el diputado Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente brasileño, quien suplió al canciller y para quien Trump pidió un aplauso en medio de la conferencia de prensa. Recordemos que algo similar ha hecho el mandatario estadounidense con su yerno, quien se encarga de los vínculos con México e Israel. Si preocupa el creciente peso que la religiosidad y el belicismo tienen en la nueva dinámica de las relaciones interamericanas, más lo hace la posibilidad de ver la proyección internacional del séquito familiar como forma premoderna de la política.

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Bolsonaro en EEUU: el placer de la sumisión

Mientras la Bolsa de Valores de Sao Paulo bate todos sus récords históricos, superando los 100.000 puntos, el presidente Jair Bolsonaro aceleró el paso de la subordinación de Brasil a la Casa Blanca, y al Pentágono en particular, al liberar la base de cohetes de Alcántara para ser utilizada por EEUU, además de otros países.

 

La visita de Bolsonaro y algunos de sus ministros a Washington tuvo perfiles casi grotescos. El ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, dijo a los empresarios estadounidenses:
"Tenemos un presidente con cojones para controlar el gasto público". Siguió de largo:"Tenemos un presidente que adora la Coca-Cola y Disneylandia", para finalizar la tirada comparando el gasto público con el 'estatismo soviético'.


Días antes de la visita de Bolsonaro a EEUU, el presidente de Petrobras, Roberto Castello Branco, se despachó con una frase que muestra lo que están pensando en el Gobierno: "Como liberales, somos contrarios a las empresas estatales. Petrobras privatizada y el BNDES extinto, serían mi sueño".


La comitiva presidencial se deshizo en elogios y expresiones de 'amor' a EEUU, con este tipo de declaraciones que nunca conforman al oyente, precisamente porque muestran la baja estatura del interlocutor. Mantuvo una reunión con Steve Bannon y una polémica e innecesaria visita a la sede de la CIA en Virginia, la primera que realiza un presidente brasileño.
El hijo del mandatario, el diputado Eduardo Bolsonaro, dijo a los medios que la CIA es "una de las agencias de inteligencia más respetadas del mundo" y que la visita pretendía "abordar asuntos de la región". En sus encuentros afirmó que EEUU tiene la capacidad militar y económica para "liberar Venezuela", contradiciendo la posición expresa de las Fuerzas Armadas de Brasil.


Más allá de los dislates dialécticos, el presidente firmó un acuerdo largamente acariciado por el Pentágono, como es la autorización para usar la base de cohetes de Alcántara "con fines pacíficos", con lo cual EEUU obtiene ventajas, al estar situada muy cerca de la línea ecuatorial, lo que permite abaratar costos de lanzamiento.


En la reunión con Trump, Bolsonaro se negó a descartar la opción de una invasión armada a Venezuela para derrocar a Nicolás Maduro, en evidente contraste con la posición adoptada por el vicepresidente, general Hamilton Mourao, que descartó esa posibilidad en la reunión del Grupo de Lima en Bogotá a fines de febrero.


Brasil está a la deriva. La estrecha alianza con EEUU es apenas una muestra del desconcierto que ya empieza a calar entre los propios militares. Las declaraciones de los altos cargos resultan aún más desconcertantes. No solo proponen privatizar Petrobras y el banco de desarrollo (BNDES), sino también el Banco do Brasil. Se asegura que Vale —la segunda minera del mundo— en realidad no es privada porque está bajo control de los fondos de pensiones de empresas estatales, y pretenden 'reprivatizarla'. Llegan incluso a barajar la idea de reducir hasta el 50% el funcionariado estatal, apostando a la digitalización para no sustituir a quienes se jubilan


El diplomático Paulo Roberto de Almeida, dimitido del Instituto de Investigaciones de Relaciones Internacionales, asegura que el canciller Ernesto Araújo está tutelado, y probablemente lo esté todo el Gobierno, por parte de los militares.


"Se estableció una especie cordón sanitario en torno al canciller y a la propia Itamaraty (Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil), porque el canciller subvirtió la jerarquía de mando del ministerio, algo que los militares consideran inaceptable". Concluye afirmando que "para los militares es inaceptable la subordinación a EEUU".


Entiendo que Brasil está en una encrucijada. Los militares tienen los principales resortes del Gobierno en sus manos, pero carecen de una orientación definida sobre el papel que el país debe jugar en el mundo y en la región, y un mínimo proyecto de nación que involucre a toda la población, no solo a las clases altas.


El politólogo José Luis Fiori detalla los principales desafíos que enfrenta Brasil en esta era de profundos cambios geopolíticos: la plena integración y ocupación de la Amazonia; la defensa de los yacimientos marítimos de petróleo en el Atlántico Sur; la expansión económica hacia el Pacifico, ya que China es su principal socio comercial; construir alianzas en su 'entorno estratégico', o sea Suramérica y la costa occidental de África; y finalmente, la proyección internacional del país.


Sin embargo, Brasil va en la dirección opuesta. En lo interno, 53 millones dependen aún del plan Bolsa Familia que traspasa alimentos y subsidios a los más pobres y el 50% de la fuerza de trabajo recibe menos de un salario mínimo. Está entre los diez países más desiguales del mundo y en proceso de desmontar servicios educativos y de salud, entre otros.


La vulnerabilidad interna que provocan las disparidades sociales, regionales y raciales, puede estallar en cualquier momento haciendo trizas la respetabilidad de los uniformados. Aún quienes no comulgamos con la dictadura militar brasileña (1964-1985) ni con el anticomunismo que inspiró su gestión, debemos reconocer que en esas dos décadas Brasil se industrializó, se realizaron obras de infraestructura vitales, millones de pobres dejaron las áreas rurales para integrarse como empleados en las grandes ciudades.


Aquellos militares tenían un proyecto de nación, crearon y defendieron las empresas estatales en las áreas consideradas estratégicas. ¿Hacia dónde va un país que pretende privatizar sus empresas decisivas, poniendo en jaque la soberanía nacional? ¿Estarán los militares dispuestos a aceptar la privatización de Petrobras, o de sus áreas más importantes, perdiendo una herramienta clave para orientar la economía y el país?


En esta era de turbulencias globales, cuando la superpotencia pierde su hegemonía y el centro del mundo se traslada de Occidente hacia el continente asiático, amerita debates serios y profundos sobre el papel que debe jugar cada nación y cada región. No es con bravatas machistas contra el 'marxismo cultural' como podrá ponerse de pie Brasil. Cuando soplan vientos de conflictos mundiales, no hay otro camino que aferrar con fuerza el timón y mantener el norte para llegar a buen puerto.

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Miércoles, 20 Marzo 2019 05:36

EE.UU. presiona sobre Venezuela

EE.UU. presiona sobre Venezuela

Las presiones diplomáticas y económicas se renovaron este lunes y ayer con la ocupación de tres sedes diplomáticas.

 

Donald Trump repitió en Washington lo que ya es el clásico “todas las opciones están sobre la mesa” al referirse a Venezuela. A su lado estaba Jair Bolsonaro, quien había dicho que era necesario “liberar a Venezuela” pero ratificado lo que ya se sabía, la negativa a enviar soldados en una eventual intervención militar. 

Durante el mismo día desde Roma, el enviado especial de Estados Unidos para Venezuela, Elliot Abrams, también afirmó que “todas las opciones están sobre la mesa”. Agregó luego: “Decimos que EE.UU. ha elegido el camino para ejercer presión diplomática y económica sobre el régimen para el futuro pacífico de Venezuela”. Sus declaraciones se dieron luego de la reunión con el viceministro de relaciones exteriores de Rusia, Serguéi Riabkov, donde, como se preveía, no hubo acuerdo entre ambas partes.


Las presiones diplomáticas y económicas se dieron durante este lunes y martes. En el primer caso tuvo lugar la acción ilegal de ocupaciones de tres sedes diplomática de Venezuela en EEUU, en Washington y Nueva York. En simultáneo el presidente de Panamá, Juan Carlos Varela, recibió a la enviada por Juan Guaidó, a quién reconoció como embajadora y recibió sus credenciales.


En la cuestión económica el Departamento del Tesoro norteamericano sancionó ayer a la empresa estatal Compañía General de Minería de Venezuela (Minerven) encargada del oro, un bien que fue nacionalizado en el año 2011. Las sanciones aplicadas prohíben a cualquier persona o compañía estadounidense realizar negocios con Minerven. Así se cumplió la amenaza de Abrams del 12 de marzo, al afirmar que EE.UU. preparaba “nuevas y significativas sanciones contra Venezuela”.


El nuevo ataque se enmarca dentro de la cronología de los ataques contra Venezuela, que, como señala la investigadora Pascualina Curcio, han generado U$S 114.302 millones de pérdidas. De ese total, 21.450 millones han sido producidos por las medidas coercitivas unilaterales, como, entre otras cosas, los bloqueos financieros, embargos comerciales, y el robo de activos de Citgo anunciado por John Bolton en el mes de enero. Los 92.852 restantes corresponde a lo que se ha dejado de producir como consecuencia del ataque a la moneda y su impacto sobre la inflación y la producción nacional.
Trump afirmó al lado de Bolsonaro que habrá “sanciones más duras”, y reiteró su llamado “a los miembros del ejército venezolano de terminar su apoyo a Maduro, que en realidad no es más que una marioneta de Cuba”.


“Todas las opciones” ha resultado hasta el momento la profundización del ataque sobre la economía, la conformación de un gobierno paralelo construido desde Washington, la demonización mediática coordinada entre grandes medios, el intento de ingresar a territorio venezolano el 23 de febrero, ataques paramilitares a cuarteles de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (Fanb), el saboteo eléctrico que dio lugar al apagón que duró más de 72 horas en algunas partes del país. ¿Qué otras opciones? Esa es la pregunta a la que buscan respuesta quienes conducen el proceso golpista, es decir los hombres designados por Donald Trump.


Hasta el momento no se han dado tres elementos que podrían haber cambiado el curso de los acontecimientos a favor de su objetivo: un quiebre de la Fanb, un levantamiento popular inducido por las dificultades económicas y actos como el saboteo, y el apoyo masivo, policlasista, a Guaidó. El “cese de la usurpación” no parece posible sin esas variables.


Significa que para avanzar en el objetivo del derrocamiento necesitan implementar otro tipo de acciones, de opciones, junto a las que ya están en proceso permanente de ejecución y continuarán, en particular la económica y el intento de quebrar la Fanb. Es en ese punto donde ingresa la hipótesis bélica. El factor armado que podría tomar varios formatos.


Se puede pensar en una combinación de grupos armados que realicen acciones de saboteo sobre la industria petrolera con el fin de dinamitar la producción, el intento de desestabilizar un territorio particular –como el estado Táchira o Zulia–. Las posibilidades son varias, los actores también: bandas criminales paramilitarizadas, estructuras paramilitares importadas de Colombia, fuerzas mercenarias privadas previamente formadas en guerras de Medio Oriente.


Estas opciones serían “inorgánicas”, es decir dirigidas desde EE.UU. sin ser reconocidas como tales. La opción de una intervención abierta asumida como tal, resulta menos probable por el momento, tanto por falta de consenso dentro de EE.UU., como en la región. Tampoco es probable la conformación de una coalición continental, un peso que recaería mayoritariamente sobre Colombia, tomando en cuenta las declaraciones de Bolsonaro, que expresan la negativa de las Fuerzas Armadas de Brasil, que ya habían trascendido.


Una hipótesis es que este final de mes sea utilizado para agotar las opciones que ofrece Guaidó, quien prometió recorrer el país y regresar con una movilización nacional a Caracas. Si no logra un mayor apoyo ni conmoción interna, entonces podría comenzar la fase anteriormente analizada. Eso sería en caso de que los operadores norteamericanos mantengan la decisión de acelerar el ataque para buscar la caída o el acorralamiento de Maduro. La otra opción, a la cual parecen proclives, por ejemplo, en el partido demócrata, es no ir más allá de los ataques económicos y el aislamiento diplomático/comunicacional. En ese caso el escenario se prolongaría en estas variables actuales.

 

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Trump y Bolsonaro exhiben su alianza populista y azuzan el miedo al socialismo

Los presidentes de EE UU y Brasil cierran acuerdos en materia de defensa y aparcan sus diferencias sobre una posible intervención militar en Venezuela

Donald Trump y Jair Bolsonaro abrieron este martes en Washington una nueva etapa en las relaciones entre Estados Unidos y Brasil, y exhibieron su alianza populista ante lo que han acordado identificar como un riesgo inminente al hilo de la crisis venezolana: el socialismo. El presidente norteamericano recibió en la Casa Blanca a quien desde que ganó las elecciones se le bautizó como “el Trump del Trópico”, por su discurso crispado y de corte nacionalista con el que llegó al poder. Trump mostró su apoyo en la entrada del país en la OCDE, el club de las economías más fuertes del mundo, e incluso en un posible ingreso en la OTAN. Pero más que de resultados concretos, la cita supuso para Brasilia un baño de ideología en el país más poderoso del planeta.


Nada más verse en el Despacho Oval, los líderes de los dos países más poblados de América echaron mano de esa socorrida y popular diplomacia que es el fútbol. Bolsonaro regaló a Trump una camiseta de la selección brasileña con el número del héroe nacional Pelé y el estadounidense hizo entregando a su homónimo una de Estados Unidos. Ambos juegan en el mismo equipo en más de un sentido —el discurso de corte nacionalista y populista o su uso incendiario de las redes sociales—, aunque gobiernen situaciones políticas y económicas muy dispares. Para Bolsonaro, Trump es mucho más que el líder de la primera potencia del mundo, es el modelo en el que se inspiró para ganar contra pronóstico y en el que se inspira a diario con un discurso constante de ellos contra nosotros a costa de ahondar en la polarización. “Respetamos a la familia tradicional, somos temerosos de Dios, en contra de la ideología de género, de lo políticamente correcto y de las fake news” dijo el brasileño en la rueda de prensa posterior a la cita, en los jardines de la Casa Blanca.


Brasilia buscaba el apoyo de Washington para entrar en la OCDE, acuerdos en defensa que permitirían a las empresas brasileñas participar en licitaciones del Pentágono —lo que sería agua de mayo para la aeronaútica Embraer— y comprar material estadounidense a mejores precios. Washington por su parte buscaba que sus empresas puedan utilizar la base espacial militar de Alcántara, en el Estado de Maranhão (noreste), para lanzar satélites comerciales. Hubo consenso en esos aspectos y, en un momento de la rueda de prensa, Trump se sintió tan entusiasmado incluso se comprometió, de forma algo ligera, a espaldar un hipotético ingreso de Brasil en la Alianza Atlántica, algo que para lo que, admitió, habría que “hablar con mucha gente”.


Ambos evitaron abordar los aspectos que les separan en la crisis de Venezuela, uno de los asuntos clave en la relación de estos países. Los dos rechazan a Nicolás Maduro, reconocen a Juan Guaidó como presidente interino del país sudamericano y reclaman la celebración de elecciones. Pero la Casa Blanca insiste hasta la saciedad que la opción de una intervención militar esta sobre la mesa y Brasil no quiere participar en ello. Preguntados por esta posibilidad, Trump recalcó que Washington todavía no ha empezado a aplicar “las sanciones más duras” contra el régimen chavista, dando a entender que todavía queda recorrido hasta hacer uso de la fuerza. Y su homólogo brasileño evitó pronunciarse sobre si permitiría la presencia de tropas estadounidenses en su territorio en ese caso.


Sin embargo, Venezuela sí les sirve a ambos presidentes para azuzar en clave doméstica el miedo al socialismo. “Creo que Trump va a ser reelegido en 2020, creo que la gente repetirá su voto. Es lo mismo que me pasó a mí: ven lo que es el socialismo y ese es el sentimiento”. Trump, por su parte, tuvo dos guiños clave con su invitado. Alabó el “fantástico trabajo de su hijo” Eduardo Bolsonaro, a quien hizo levantarse en la rueda de prensa para recibir un aplauso. El también diputado es la persona que ha acompañado al presidente brasileño en el Despacho Oval en vez de su ministro de Exteriores. Ese también es otro aspecto que une a ambos mandatarios: Trump también recurre a la familia, y ha dado a su yerno, Jared Kushner, un papel preferente en las relaciones con países como Israel o México.


Más allá de los resultados tangibles, sentarse en la Casa Blanca es una bendición para el entorno más antiglobalista y la base más ultraconservadora del Trump del Trópico. “Tenemos una gran alianza con Brasil, mejor que nunca”, concedió el magnate neoyorquino. El viaje oficial selló el inicio de una nueva era en las relaciones entre ambos países tras años de enfriamiento, agudizado a raíz de que, en 2013, tras las filtraciones de Edward Snowden, se conociera que la CIA había estado grabando conversaciones con la entonces presidenta Dilma Rousseff. Pocos ejemplos tan claros de este cambio de tercio como que Bolsonaro visitase el cuartel general de la agencia de inteligencia en Langley (Virginia) y su hijo Eduardo, el diputado, la alabase en su cuenta de Twitter.


"Por primera vez en mucho tiempo, un presidente brasileño que no es antiamericano llega a Washington. Es el comienzo de una alianza por la libertad y la prosperidad", afirmó Bolsonaro el domingo, nada más aterrizar en Washington. Lo que Bolsonaro retrata como el antiamericanismo de Luiz Inácio Lula da Silva y de Dilma Rousseff es la suma de la tradición diplomática de Brasil de no injerencia, que ha mantenido al gigante sudamericano ensimismado, y las alianzas forjadas por el antiguo sindicalista con sus vecinos izquierdistas, que no le impidieron mantener buenas relaciones personales tanto con George Bush hijo como con Bill Clinton.


Si algo demostró el breve romance que el presidente de EE UU mantuvo con su homólogo francés, Emmanuel Macron, de visita oficial en Washington el año pasado, es que la química personal que el inquilino de la Casa Blanca muestre hacia un líder no tiene por qué traducirse en pactos concretos. En aquella ocasión, ambos dirigentes se encontraban en las antípodas ideológicas sobre globalización, cooperación internacional o medioambiente. En este caso, Trump y Bolsonaro sí coinciden en fondo y en formas en muchos terrenos, pero los acuerdos no son fáciles.

Washington / São Paulo 20 MAR 2019 - 02:47 COT

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Bolsonaro realizó una visita sorpresa a la CIA

El gobernante brasileño fue acompañado por Sergio Moro, quien antes anunció un acuerdo con el FBI. EE.UU. podría dar el estatus a Brasil de aliado extra OTAN.

El presidente Jair Bolsonaro alteró su agenda en Estados Unidos para realizar una visita sorpresa a la CIA un día antes de la reunión de hoy con Donald Trump en la Casa Blanca. Alrededor de las 8 horas de Washington su hijo, el diputado Eduardo Bolsonaro, anunció que se modificaba el programa de actividades para priorizar la visita a “una de las agencias de inteligencia más respetadas del mundo”. El mandatario fue en compañía de su ministro de Justicia y Seguridad Pública Sergio Moro, el ex juez de la causa Lava Jato. Previamente Moro anunció un acuerdo para intercambiar informaciones secretas con el FBI.

Bolsonaro y los funcionarios de la CIA al parecer analizaron la situación en Venezuela. La reunión fue “una excelente oportunidad para conversar sobre temas internacionales de la región”, tuiteó el diputado Bolsonaro electo la semana pasada como jefe de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara baja.


El hijo presidencial es el enlace permanente con funcionarios de la Casa Blanca y grupos de interés que van desde el lobby de las armas, los grupos judeo-evangélicos ligados al secretario de Estado Mike Pompeo, hasta el poderoso pool formado por los anticastristas de Florida.


Seguramente Venezuela estará en el temario a ser tratado hoy por Bolsonaro y Trump durante los veinte minutos que tendrán a solas en el Salón Oval.


Al escoger a Washington como uno de sus primeros destinos internacionales Bolsonaro rompió la tradición respetada por los presidentes civiles que lo precedieron que a poco de asumir embarcaron hacia Argentina. Ese ritual diplomático simbolizó el fin de las desinteligencias geopolíticas que campearon durante las dictaduras, tensiones atizadas por la disputa nuclear.
Bolsonaro asumió el primero de enero, tres semanas después embarcó a Davos, Suiza, donde participó en el Foro Económico Global y hoy cumple su promesa de visitar en primer lugar a Trump. Inmediatamente después viajará a Chile y a fin de marzo partirá hacia Israel.


El ex capitán del ejército habló en Washington de su intención de iniciar un nuevo (viejo) tiempo diplomático y político en su país durante la cena celebrada en la noche del domingo en la embajada brasileña.


“Estamos viviendo una revolución, tenemos que desconstruir muchas cosas (..) si puedo servir para ser un punto de inflexión eso me dejaría muy feliz”.
Junto a Bolsonaro estaba el invitado especial de la velada: el ideólogo de ultraderecha Steve Bannon, inspirador de la estrategia electoral sucia de Donald Trump en 2016. Y consejero del equipo de Bolsonaro el año pasado.


“Lo que siempre soñé fue liberar a Brasil de la ideología nefasta de izquierda”, recitó el gobernante casi en los mismos términos de su discurso de toma de posesión cuando aseguró que su país vivió bajo el yugo comunista durante los últimos treinta años.


“Es con mucha alegría y satisfacción que visito Estados Unidos, me estoy sintiendo casi en casa, y con toda certeza ese sentimiento será materializado en nuestro encuentro con el presidente Donald Trump”.


“Siempre tuve mucha admiración hacia el pueblo norteamericano, en muchas cosas siempre me sirvió de ejemplo”.


Bolsonaro parecía cautivado, incluso posteó que Trump tuvo una deferencia especial al alojarlo en la residencia Blair House, algo concedido a “poquísimos mandatarios”. Por cierto allí fueron hospedados los exmandatarios Luiz Inácio Lula da Silva, Dilma Rousseff y Fernando Henrique Cardoso, informó el diario Estado de San Pablo.


La mayoría de los observadores estima que hoy los presidentes firmarán acuerdos en materia de Defensa. Ayer, en la Cámara Americana de Comercio el canciller Ernesto Aráujo y el ministro brasileño de Ciencia y Tecnología Marcos Pontes firmaron la autorización para quee satélites norteamericanos puedan ser lanzados desde la base espacial de Alcántara, en el estado de Maranhao, nordeste brasileño.


No se descarta, asimismo, que Estados Unidos conceda a Brasil el status de “aliado estratégico extra OTAN”, similar al obtenido por el gobierno de Carlos Menem a fines de la década del noventa.


La eventual inclusión en la lista de países “extra OTAN”, grupo en el que ya hay 17 miembros, permitirá que Brasilia adquiera armamento y acceda a eventuales informaciones secretas.
Otro de los rumores que ganó fuerza desde la semana pasada es el de las tratativas para que empresas norteamericanas puedan extraer uranio en Brasil, y que se firme un acuerdo para proyectos conjuntos en ese rubro.


Franquicia


Bolsonaro volverá de Estados Unidos consagrado como una de las figuras rutilantes del Movimiento, esa hermandad de extrema derecha inventada por Steve Bannon cuyo correlato en España son los neofranquistas de Vox, en Francia el Frente Nacional y en Italia la separatista Liga.


La singularidad del caso brasileño es que, a diferencia de sus primos europeos Bolsonaro se asume como una franquicia de Trump, sin medias tintas. Dispuesto a aceptar todo tipo de imposiciones.


La ultraderechista Marine Le Pen, del francés Frente Nacional, y el ministro del interior italiano Matteo Salvini, líder de la Liga, se han reunido con Bannon, y adhieren a los planteos del Movimiento, sin que por ello acepten abrir sus economías, renuncien a los eventuales acuerdos económicos con China o de energía con Rusia.


En cambio Bolsonaro, en su afán por establecer relaciones intensas con Trump, realiza concesiones inauditas. Como endurecer su posición frente a China por razones ideológicas que derivarán en una reducción de las exportaciones de soja. Ese achique causará perjuicio al agronegocio brasileño y favorecerá a los farmers estadounidenses.


Ayer, en vísperas de la cumbre de la Casa Blanca, Bolsonaro decretó que los viajeros norteamericanos pueden ingresar sin visa a Brasil sin exigir igual trato a los brasileños que viajan a Estados Unidos.

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El rápido ascenso de China como un nuevo centro de acumulación de capital ha aumentado el conflicto con los Estados Unidos. Ashley Smith, de ISR, entrevistó al activista y académico Au Loong Yu sobre la naturaleza de la emergencia de China como un nuevo poder imperial y sobre qué significa para el sistema-mundo.

El rápido ascenso de China como un nuevo centro de acumulación de capital ha aumentado el conflicto con los Estados Unidos. Ashley Smith, de ISR, entrevistó al activista y académico Au Loong Yu sobre la naturaleza de la emergencia de China como un nuevo poder imperial y sobre qué significa para el sistema-mundo.


Uno de los más importantes desarrollos en el sistema-mundo de las últimas décadas ha sido el ascenso de China como nuevo poder en el sistema-mundo. ¿Cómo ha ocurrido esto?


El crecimiento de China es el resultado de una combinación de factores desde su reorientación en la producción dentro del capitalismo global en la década de 1980. Primero, en contraste con el bloque soviético, China encontró un camino para beneficiarse, con un giro de ironía histórica, de su legado colonial. Gran Bretaña controló Hong Kong hasta 1997, Portugal controló Macau hasta 1999 y los EE. UU. continúan usando Taiwán como un protectorado.


Estas colonias y protectorados conectaron a China con la economía-mundo incluso antes de su entrada total dentro del sistema-mundo. En la era de Mao, Hong Kong proveyó alrededor de un tercio de la moneda extranjera de China. Sin Hong Kong, China no habría sido capaz de importar tanta tecnología. Tras el final de la Guerra Fría, durante el mandato de Deng Xiaoping, Hong Kong fue muy importante para la modernización de China. Deng usó Hong Kong para conseguir mayor acceso aún a moneda extranjera, para importar todo tipo de cosas, incluyendo alta tecnología, y tomar ventaja de su fuerza de trabajo cualificada, como directivos profesionales.


China usó Macau primero como un sitio ideal para contrabando de bienes dentro de la China continental, aprovechando la notoria falta de aplicación legal de la isla. Y así China utilizó la Casino City como plataforma ideal para la importación y exportación de capital. Taiwán fue muy importante no solo en términos de inversiones de capital, sino que más significativa en la larga carrera fue su transferencia de tecnología, primera y principalmente en la industria de semiconductores. Los inversores hongkoneses y taiwaneses fueron también una de las razones clave para el rápido crecimiento de las privincias chinas de Jiangsu, Fujian y Guandong.


Segundo, China poseía lo que el revolucionario ruso Leon Trotsky llamó el «privilegio del atraso histórico». El Partido Comunista de Mao se valió de su pasado como país precapitalista, una herencia de fuerte estado absolutista que podría reutilizar y usar para su propio proyecto nacional de desarrollo económico. También se valió de un campesinado precapitalista atomizado, el cual estaba acostumbrado a un absolutismo de dos mil años, para exprimir trabajo de ellos en una así llamada acumulación primitiva desde 1949 hasta la década de 1970.

Más tarde, desde la década de los ochenta en adelante, el Estado chino movió su fuerza de trabajo del campo a las grandes ciudades para trabajar como mano de obra barata en zonas de exportación. Crearon casi 300 millones de trabajadores rurales migrantes como esclavos en fábricas altamente explotadoras. Así, el atraso del estado absolutista chino y de sus relaciones de clase ofrecieron a la clase dominante china ventajas para desarrollar un capitalismo tanto estatal como privado.


Este atraso de China también hizo posible que se saltara etapas de desarrollo reemplazando medios y métodos de desarrollo arcaicos por los capitalistas avanzados. Un buen ejemplo de esto es la adopción de China de alta tecnología en telecomunicaciones. En lugar de seguir cada paso de las sociedades capitalistas avanzadas, comenzando con el uso de líneas telefónicas para comunicación en línea, instaló cable de fibra óptica a través del país casi al mismo tiempo.


El liderazgo chino estaba muy interesado en modernizar su economía. Por un lado, por razones defensivas, buscaban asegurarse que el país no fuera invadido ni colonizado como cien años atrás. Por otro, por razones ofensivas, el Partido Comunista busca restaurar su estatus como gran potencia, reanuadando el así llamado mandato celestial. Como resultado de todos estos factores, China ha logrado la modernización capitalista que tomó cien años en otros países.


China es ahora la segunda economía más grande en el mundo. Pero esto es contradictorio. Por un lado, muchas de las multinacionales son responsables de su propio crecimiento, ya sea directamente o a través de subcontrataciones de firmas taiwanesas o chinas. Por el otro, China está desarrollando rápidamente su propia industria como campeones nacionales en el sector estatal y privado. ¿Cuáles son sus fortalezas y sus debilidades?


En mi libro China’s Rise, digo que China tiene dos dimensiones de desarrollo capitalista. Una es lo que llamo acumulación dependiente. El capital extranjero avanzado ha invertido enormes sumas de dinero a lo largo de los últimos treinta años inicialmente en industrias de trabajo intensivo y más recientemente en las de capital intensivo. Esto desarrolló a China pero la mantuvo al final de la cadena global de valor, incluida la alta tecnología, como la terrible fábrica mundial. El capital chino recaudó una pequeña parte del beneficio, yendo la mayoría a EE. UU., Europa, Japón y otras potencias capitalistas avanzadas y sus multinacionales. El mejor ejemplo de esto es el teléfono móvil de Apple. China simplemente ensambla todas las partes, las cuales son en su mayoría diseñadas y fabricadas fuera del país.


Pero hay una segunda dimensión, la acumulación autónoma. Desde el comienzo el estado ha ido concienzudamente guiando la economía, financiando investigación y desarrollo y manteniendo un control indirecto sobre el sector privado, el cual da cuenta ahora de más del 50% del PIB. En los puestos de mando de la economía, el estado mantiene el control a través de las empresas de propiedad estatal. Y el estado está realizando sistemáticamente ingeniería inversa para copiar le tecnología occidental y desarrollar así sus propias industrias.
China tiene otras ventajas que otros países no tienen; es enorme, no solo en dimensiones del territorio, sino también en poblacion. Desde la década de 1990, China ha sido capaz de tener una división del trabajo en tres partes del país. Guandong es una zona de exportaciones de trabajo intensivo. El delta Zhejiang está también orientado a la exportación, pero más de capital extensivo. Alrededor de Pekín, China ha desarrollado su industria de alta tecnología, comunicación y aviación. Esta diversificación es parte de la estrategia a conciencia del estado para desarrollarse como una potencia económica.


Al mismo tiempo, China sufre de debilidades también. Si miras su PIB, China tiene el segundo más grande en el mundo. Pero si mides su PIB per cápita, sigue siendo un país de ingresos medios. Se ven también debilidades incluso en areas donde está alcanzando a potencias capitalistas. Por ejemplo, el teléfono móvil Huawei, el cual es ahora una marca mundial, fue desarrollado no solo por propios científicos chinos, sino también contratando científicos japoneses. Esto muestra que China fue y sigue siendo dependiente de recursos humanos extranjeros para investigación y desarrollo.


Otro ejemplo de debilidad fue revelado cuando la compaía de telecomunicaciones china ZTE fue acusada por la administración de Trump de violar sus sanciones comerciales a Irán y Corea del Norte. Trump impuso un veto comercial a la compañía, denegando el aceso de software y componentes de alta tecnología diseñados por EE. UU., amenazando a la empresa con el colapso inmediato. Xi y Trump resolvieron un acuerdo para salvar la compaía, pero la crisis de ZTE sufrida manifiesta el problema actual de China de desarrollo dependiente.


Este es el problema que China está tratando de sobrepasar. Pero incluso en alta tecnología, donde hay un intento de ponerse al día, su tecnología de semiconductores está dos o tres generaciones detrás de los Estados Unidos. Se está tratando de sobrepasarla con un incremento enorme de inversión en investigación y desarrollo, pero si miras de cerca los grandes números de patentes chinas, estos están todavía en su mayoría no en alta tecnología sino en otras áreas. Por lo tanto, sigue sufriendo de debilidad tecnológica autóctona. Donde se está poniendo al día a gran velocidad es en inteligencia artifical, y esta es un área por la que los EE. UU. están muy preocupados, no solo en términos de competición economica, sino también militar, donde la inteligencia artificial juega un creciente rol central.


Por encima de estas debilidades económicas, China sufre de otras políticas. China no tiene un sistema gubernamental que asegure la sucesión pacífica del poder de un mandatario al siguiente. Deng Xiaping estableció un sistema de límites del liderazgo colectivo que comenzó a superar este problema de sucesión. Xi ha abolido este sistema y reinstituido el mandato de un hombre sin mandato límite. Esto podría establecer más luchas entre facciones por la sucesión, desestabilizar el régimen y potencialmente comprometer el ascenso económico.

Xi ha modificado dramáticamente la estrategia de China en el sistema-mundo fuera de la cautelosa comenzada por Deng Xiaoping y sus sucesores. ¿Por qué está Xi haciendo esto y cuál es su programa para el reconocimiento de China como una gran potencia?


La primera cosa que hay que entender es la tensión en el Partido Comunista sobre su proyecto en el mundo. El Partido Comunista Chino es una gran contradicción. Por un lado, hay una fuerza por la modernización económica. Por otro lado, ha heredado un muy fuerte elemento de cultura política premoderna. Esto ha sentado las bases de conflictos entre facciones dentro del régimen.


A comienzo de la década de los 1990 hubo un debate entre los grandes elencos de la burocracia sobre qué facción debería tener el poder. Un grupo es el así llamado sangre azul, los hijos de los burócratas que gobernaron el estado tras 1949 –la segunda generación roja de burócratas. Son fundamentalmente reaccionarios. Desde que Xi ha llegado al poder, la prensa habla sobre el retorno de «nuestra sangre», que significa que la sangre de los viejos cuadros ha sido reencarnada en la segunda generación.


El otro grupo es el de los nuevos mandarines. Sus padres y madres no fueron cuadros revolucionarios. Fueron intelectuales o gente que lo hizo bien en su educación y consiguieron un ascenso. Normalmente ascendían a través de la Liga de la Juventud Comunista de China. No es casual que el liderazgo del partido de Xi haya humillado pública y repetidamente a la Liga en los años recientes. El conflicto entre los nobles sangre-azul y los mandarines es una nueva versión de un viejo patrón; estas dos facciones han estado en tensión por dos mil años de absolutismo y mandato burocrático.


Entre los mandarines, hay algunos con orígenes humildes, como Wen Jiabao, quien gobernó China de 2003 a 2013, que era un poco más «liberal». Al final de su mandato, Wen dijo que China debería aprender de Occidente la democracia representativa, arguyendo que las ideas occidentales como los derechos humanos poseían cierta clase de universalismo. Por supuesto, esto era mayormente retórica, pero es muy diferente a Xi, quien trata la democracia y los así llamados «valores occidentales» con desprecio.


Ganó en su lucha contra los mandarines, consolidó su poder y ahora promete que los nobles de sangre azul mandarán para siempre. Su programa es fortalecer la naturaleza autocrática del estado en casa, declarar China como una potencia en el extranjero y afianzar su poder en el mundo, a veces en desafío a los Estado Unidos.


Pero tras las crisis de ZTE, Xi efectuó un poco de retirada táctica, ya que dicha crisis expuso las debilidades persistentes chinas y el peligro de declararse demasiado rápido como gran potencia. De hecho, hubo un arrebato de críticas a uno de los asesores de Xi, un economista llamado Hu Angang, quien defendió que China era ya económica y militarmente un rival para los EE. UU. y podría por tanto desafiar a Washington en el liderazgo del mundo. ZTE demostró que es simplemente falso que China esté a la par con lo EE. UU. Desde entonces, muchos liberales comenzaron a criticar a Hu. Otro bien conocido académico liberal, Zhang Weiying, cuyos escritos fueron censurados el pasado año, fue autorizado a publicar en línea sus discursos.


Existía ya un caluroso debate entre estudiosos de diplomacia. La línea fuerte argumenta a favor de una posición más dura en relación con los EE. UU. Los liberales, sin embargo, defendían que el orden internacional es un «templo» y que si pudiera acomodarse el ascenso de China, Pekín debería ayudar a construir ese templo en lugar de demolerlo y construir uno nuevo. Este ala diplomática fue marginalizada cuando Xi eligió ser más de línea dura, pero recientemente su voz ha reemergido. Desde el conflicto de ZTE y la guerra comercial, Xi ha realizado algunos ajustes tácticos y ha reculado un poco en su previa y descarada proclamación del estatus de gran potencia de China.


¿Cuánto de esto es una retirada temporal? También, ¿cómo el Plan China 2025 y la Franja y la Ruta de la Seda intervienen en el proyecto a largo plazo de Xi de lograr un estatus de gran potencia?


Déjame decir claramente que Xi es un reaccionario sangre azul. Él y el resto de su grupo están determinados a restaurar la hegemonía del pasado imperial chino y reconstruir el así llamado mandato celestial. El estado de Xi, la academia china y los medios de comunicación han producido una gran cantidad de ensayos, disertaciones y artículos que glorifican este pasado imperial como parte de la justificación de su proyecto de convertirse en una gran potencia. Su estrategia de largo plazo no será disuadida fácilmente.


La facción de Xi es también consciente de que antes de que China pueda lograr su ambición imperial debe eliminar el peso de su legado colonial, i. e., encargarse de Taiwán y cumplir la histórica tarea del PCC de la unificación nacional primero. Pero esto llevará necesariamente tanto una dimensión de defensa china (incluso los EE. UU. reconocen que Taiwán es «parte de China») como también una rivalidad interimperialista. En vistas de la «unificación con Taiwán», por no hablar de una ambicion global, Pekín debe primero tratar las debilidades persistentes de China, especialmente en su tecnología, su economía y su falta de aliados internacionales.


Esto es por lo que aparece el China 2025 y la Franja y la Ruta de la Seda. A través del China 2025 quieren desarrollar sus capacidades tecnológicas independientes y ascender en la cadena de valor mundial. Quieren usar la Franja y la Ruta de la Seda para construir infraestructuras por toda Eurasia, en línea con los intereses chinos. Al mismo tiempo, debería estar claro que la Franja y la Ruta son también un síntoma de los problemas chinos de sobreproducción y sobrecapacidad. Están usando la Franja y la Ruta para absorver todo su exceso de capacidad. No obstante, ambos proyectos son centrales en el plan imperialista chino.


Ha habido un gran debate en la izquierda internacional sobre cómo entender la emergencia de China. Algunos decían que es un modelo y aliado para el desarrollo del «tercer mundo». Otros ven a China como un estado subordinado en un imperio estadounidense informal que regula el capitalismo mundial neoliberal. Otros lo ven como una potencia imperial en crecimiento. ¿Cuál es tu punto de vista?


China no puede ser un modelo para países en desarrollo. Su ascenso es el resultado de factores muy concretos que he mencionado previamente y que otros países del tercer mundo no poseen. No creo que sea incorrecto decir que China es parte del neoliberalismo mundial, especialmente cuando ves que China dice que reemplazará a los EE. UU. como guardian del libre comercio de la globalización.


Pero el decir que China es una parte del capitalismo neoliberal no captura la imagen completa. China es una distinta potencia capitalista estatal y en expansión, la cual no desea ser un segundón de los EE. UU. China es así un componente del neoliberalismo global y también una potencia capitalista estatal, que se destaca frente al resto. Esta peculiar combinación significa simultáneamente beneficios del orden neoliberal y representa un desafio para él y para el estado estadounidense que lo supervisa.


El capital occidental es irónicamente responsable de su problema. Sus estados y capitales llegaron a entender el desafío de China demasiado tarde. Inundaron de inversiones el sector privado o iniciaron aventuras con las compañías estatales en China. Pero no eran del todo conscientes de que el estado chino está siempre detrás incluso de las corporaciones privadas. En China, incluso si una compañía es genuinamente privada, debe responder a las demandas que le pone el estado.


El estado chino ha usado esta inversion privada para desarrollar su propia capacidad estatal y privada y comenzar así su reto tanto al capital estadounidense como al japonés y al europeo. Es de todos modos naif acusar al capital público y privado chino de robar propiedad intelectual. Es lo que planearon hacer desde el principio.
Así, los estados y empresas capitalistas avanzadas permitieron la emergencia de China como ascendente potencia imperial. Su peculiar naturaleza de capitalista estatal la hace particularamente agresiva y tendencial a actualizarse y provocar a las potencias que invirtieron en ella.


En los Estados Unidos está en crecimiento un consenso entre los dos partidos capitalistas de que China es una amenaza para el poder imperial estadounidense. Y tanto China como EE. UU. están estimulando un nacionalismo contra el otro. ¿Cómo caracterizarías la rivalidad entre EE. UU. y China?


Hace algunos años, muchos analistas dijeron que había un debate entre dos bandos sobre si colaborar con China o confrontarla. Llamaron a esto una lucha de «osos panda que abrazan versus dragones asesinos». Hoy día los dragones asesinos están en el asiento del conductor de la diplomacia china.


Es cierto que hay un creciente consenso entre demócratas y republicanos contra China. Incluso prominentes liberales estadounidenses golpearon a China esos días. Pero muchos de esos políticos liberales deberían ser culpados por esta situación en primer lugar. Recordar que después de la Masacre de Tiananmén de 1989 fueron políticos liberales como Bill Clinton en los EE. UU. y Tony Blair en Gran Bretaña los que perdonaron al Partido Comunista Chino, reabrieron relaciones comerciales y fomentaron flujos de inversion dentro del país.


Por supuesto, se trataba de rellenar los libros de contabilidad de las multinacionales occidentales, que cosecharon grandes benedicios de la explotación del trabajo barato en las fábricas chinas. Pero también creyeron verdaderamente, si bien ingenuamente, que la creciente inversión llevaría a China a aceptar las reglas como un estado subordinado dentro del capitalismo neoliberal global y «democratizarse» a la imagen de Occidente. Esta estrategia ha fracasado, permitiendo el crecimiento de China como rival.


Los dos bandos de pandas de abrazan versus dragones asesinos encuentran a su vez sus teóricos en la academia. Hay tres escuelas principales de política exterior. En la cima de ellas, cada escuela tiene su propio panda que abraza y dragón asesino, que pueden denominarse también optimistas y pesimistas. Dentro del lado optimista, diferentes escuelas argumentan diferentes perspectivas. Mientras los internacionalistas liberales piensan que el comercio democratizaría China, por el contrario, los realistas defienden que incluso si China tiene sus propias ambiciones estatales de retar a los EE. UU., es todavía demasiado débil para ello. La tercera escuela es el constructivismo social; creen que los compromisos económicos y sociales internacionales transformarían China.


En el pasado, la mayoría de políticos compraron el discurso de los liberales optimistas. Los liberales fueron cegados por su propia creencia de que el comercio podría cambiar China hacia un estado democrático. El ascenso de China ha llevado a todas las escuelas optimistas a una crisis, ya que sus predicciones sobre China han resultado erróneas. China se ha convertido en una potencia emergente que ha comenzado a ponerse al día y a retar a los EE. UU.


Ahora es el lado pesimista de estas tres escuelas el que está tomando el terreno. Los pesimistas liberales ven ahora que el nacionalismo chino es mucho más fuerte que la influencia positiva del comercio y la inversión. Los pesimistas realistas creen que China está rápidamente reforzándose y que nunca se comprometerá con Taiwán. Los constructivistas sociales pesimistas creen que China es muy rígida en sus propios valores y rechazará el cambio.


Sin embargo, si la escuela pesimista está ahora en lo cierto, sufre también de una gran debilidad. Asume que la hegemonía estadounidense está justificada y es correcta, ignora el hecho de que los EE. UU. son actualmente un cómplice del gobierno autoritario chino y su régimen de fábricas esclavistas, y por supuesto nunca examina cómo la colaboración y rivalidad entre los EE. UU. y China ocurre dentro de un profundamente contradictorio y volátil capitalismo global, y junto a todo esto un conjunto de relaciones de clase mundiales. No hay sorpresa para nosotros; los pesimistas son ideólogos de la clase dominante estadounidense y su imperialismo.


China está moviéndose en una trayectoria imperialista. Estoy en contra de la dictadura del Partido Comunista, de su aspiración a convertirse en gran potencia y sus reclamos en el Mar de la China Meridional. Pero no pienso que sea correcto pensar que China y los EE. UU. estén en el mismo barco. China es un caso especial ahora mismo; existen dos lados de este crecimiento. Un lado es común entre estos dos países –ambos son capitalistas e imperialistas.


El otro lado es que China es el primer país imperialista que fue previamente un país semicolonial. Esta es una diferencia con los EE. UU. y cualquier otro país imperialista. Tenemos que tener esto en cuenta en nuestro análisis para entender cómo China funciona en el mundo. Para China hay siempre dos niveles de asuntos. Uno es la legítima defensa propia de un antiguo país colonial bajo el derecho internacional. No debemos olvidar que hasta la década de 1990 aviones de combate estadounidenses volaron por la frontera sur de China y derribaron un avión chino, matando al piloto. Este tipo de eventos naturalmente recuerdan al pueblo chino su penoso pasado colonial.


Gran Bretaña hasta recientemente controlaba Hong Kong y el capital internacional sigue ejerciendo enorme influencia allí. Un ejemplo de imperialismo occidental ha ocurrido recientemente. Un reportaje reveló que justo antes de retirarse Gran Bretaña de Hong Kong disolvieron su policía secreta y la reasignaron dentro de la Comisión Independiente Contra la Corrupción (ICAC). La ICAC disfrutó de gran popularidad aquí ya que hace Hong Kong un lugar menos corrupto. Pero solo la cabeza del gobierno hongkonés, elegido en su momento desde Londres y ahora elegido desde Pekín, nombra el comisionado, mientras que el pueblo no tiene en absoluto ninguna influencia sobre él.


Pekín fue muy consciente de que la ICAC podría se usada para disciplinar al estado chino y sus capitales. Por ejemplo, en 2005 la ICAC procesó a Liu Jinbao, la cabeza del Banco de China en Hong Kong. Parece que Pekín está tratando de tomar el control de la ICAC, pero el público se mantiene en la oscuridad sobre esta poderosa lucha. Por supuesto, debemos estar felices de que la ICAC vaya contra gente como Liu Jinbao, pero debemos también reconocer que puede ser utilizado por el imperialismo occidental para avanzar en su agenda. Al mismo tiempo, Pekín, afianzando su control, significaría la consolidación por parte del estado y los capitalistas chinos, algo que no sirve a los intereses de las masas trabajadoras chinas.
Existen otros vestigios coloniales del pasado. Los EE. UU. básicamente mantienen Taiwán como un protectorado. Deberíamos, por supuesto, oponernos a la amenaza china de invadir Taiwán; deberíamos defender el derecho de autodeterminación de Taiwán. Pero debemos también ver que los EE. UU. usan Taiwán como una herramienta para proteger sus intereses. Este es el lado oscuro del legado colonial que motiva al Partido Comunista a comportarse de manera defensica contra el imperialismo estadounidense.


China es un emergente país capitalista pero uno con debilidades fundamentales. Yo diría que el Partido Comunista Chino tiene por delante obstáculos fundamentales antes de poder convertirse en un país imperialista estable y sustentable. Es muy importante ver no solo las coincidencias entre los EE. UU. y China como países imperialistas, sino también las particularidades chinas.


Obviamente para los socialistas en los EE. UU., nuestro principal deber es el de oponerse al imperialismo estadounidense y contruir solidaridad con los trabajadores chinos. Esto significa que debemos oponernos a la implacable China atacando no solo a la derecha sino también a todos los liberales e incluso al movimiento laborista. Pero no deberíamos caer en la trampa de dar apoyo político al régimen chino, sino a los trabajadores del país. ¿Cómo te aproximas a esta situación?


Debemos contar con la mentira usada por la derecha estadounidense de que los trabajadores chino han robado el trabajo de los obreros estadounidenses. Esto no es cierto. La gente que realmente tiene el poder de decidir no son los trabajadores chinos sino el capital estadounidense como Apple, que elige ensamblar sus teléfonos en China. Los trabajadores chinos no tienen absolutamente nada que decir sobre tales decisiones. Actualmente, son víctimas, no gente que debería ser acusada de la pérdida de empleos en Estados Unidos.


Como he dicho, Clinton, no los gobernantes o trabajadores chinos, fue el culpable de la exportación de estos trabajos. Fue el gobierno de Clinton el que trabajó con el régimen asesino chino tras la Plaza de Tiananmén para permitir a las grandes corporaciones estadounidenses invertir en China a una escala masiva tal. Y cuando se perdieron los empleos en los EE. UU., los que aparecieron en China no eran el mismo tipo de empleos en absoluto. Los empleos estadounidenses perdidos en en automóvil y acero eran sindicalizados y tenían buenas pagas y beneficios, pero aquellos creados en China no eran otra cosa que empleos semiesclavos. A pesar de los conflictos de hoy, los grandes líderes de los EE. UU. y China, no los trabajadores de cada país, pusieron en su lugar el mísero orden mundial neoliberal que existe.


Una cosa que debemos hacer aquí en los EE. UU. es ayudar a poner en movimiento a los trabajadores chinos en huelgas para poder construir solidaridad entre trabajadores estadounidenses y chinos. ¿Existen otras ideas e iniciativas que se puedan tomar? Hay un peligro real de nacionalismo fomentado en ambos países contra los trabajadores del otro país. Parece que arreglar esto muy importante. ¿Qué piensas?


Es importante para la izquierda del resto del mundo reconocer que el capitalismo chino tiene un legado colonial y que existe todavía. Así, cuando analizamos las relaciones entre China y los Estados Unidos, debemos distinguir estas partes legítimas de «patriotismo» fomentadas por el Partido. Hay un elemento de patriotismo de sentido común en el pueblo que es el resultado del último siglo de intervención imperial de Japón, potencias europeas y de los Estados Unidos.


Esto no significa que nos acomodemos a este patriotismo, debemos distinguir esta forma del nacionalismo reaccionario del Partido Comunista. Y Xi está ciertamente tratando de estimular el nacionalismo en favor de sus grandes aspiraciones de poder, al igual que los mandatarios estadounidenses están haciendo al cultivar apoyo popular para las aspiraciones del régimen de mantener China sometida.


Dentro de la gente común el nacionalismo ha decaído en lugar de incrementarse ya que desprecian al Partido Comunista Chino y muchos de ellos no confían en su nacionalismo y odian su gobierno autocrático. Un ejemplo gracioso de esto es una reciente encuesta que preguntó al pueblo si apoyaría a China en una guerra con los Estados Unidos. La respuesta de los internautas fue realmente interesante. Uno de ellos dijo: «Sí, apoyo una guerra de China contra los EE. UU., pero primero enviando primero a los miembros del Politburó a luchar, después a los del Comité Central y después al Partido Comunista Chino entero. Y después de que ganen o pierdan, al menos seríamos libres». Los censores, por supuesto, inmediatamente eliminaron estos comentarios, pero es un indicativo de la profunda desafección con el régimen.


Esto significa que hay una base entre los trabajadores chinos para construir una solidaridad internacional con los trabajadores estadounidenses. Pero esto requiere que los trabajadores estadounidenses se opongan al imperialismo de su propio gobierno. Solo esta posición construiría confianza entre los trabajadores chinos.


Las amenazas del imperialismo estadounidense son reales y conocidas en China. La Marina estadounidense acaba de mandar dos barcos de guerra al Estrecho de Taiwán en una clara provocación a China. La izquierda estadounidense debe oponerse a este militarismo para que el pueblo chino entienda que te opones a la agenda imperialista estadounidense en la cuestión de Taiwán –aunque se debe reconocer también el derecho de Taiwán a comprar armas de los EE. UU. Si el pueblo chino escucha esta fuerte voz antiimperialista de la izquierda estadounidense, se podría ganar algo más para los intereses comunes internacionales contra los imperialismos estadounidenses y chinos.


Por Au Loong-Yu
Veterano activista, escritor y miembro de Pioneer, una organización socialista de Hong Kong.

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Razones y sinsentidos del ingreso al Comando Sur

El hecho de que un general del ejército de Brasil se integre al Comando Sur, una dependencia del Pentágono de Estados Unidos, es una decisión con la suficiente trascendencia como para mover a fondo el tablero geopolítico regional. Se trata de la alianza entre las dos fuerzas armadas más poderosas del continente.


“¡Tiemblen, vecinos!”, podría ser la conclusión que saquen países como Venezuela, Cuba y otros del Caribe y Centroamérica ante la tremenda decisión de las fuerzas armadas de Brasil y Estados Unidos. De hecho, es la primera vez en la historia que un general del ejército brasileño se integra al Comando Sur. Pero el hecho más llamativo fue el lugar y la forma en la que se hizo público: una comisión del Senado en Washington, donde compareció el almirante Craig Faller, jefe del Comando Sur, el 7 de febrero.


El informe rendido por Faller sostiene que hay tres países sudamericanos con los cuales el Pentágono tiene lazos especiales: Chile, Colombia –el segundo es el primer socio latinoamericano de la Otan, mientras el país trasandino se ha integrado a través del Anillo del Pacífico a “la mayor marina de guerra del mundo”– y Brasil –que fue el primero en firmar un acuerdo para la utilización pacífica del espacio–, con el que se completa el trío de alianzas estratégicas del Pentágono en la región (Valor, 13-II-19). El hecho de que el anuncio se haya concretado en los mismos días en los que la administración Trump lanzaba una potente ofensiva sobre el gobierno de Nicolás Maduro no pudo pasar desapercibido para ningún observador.


El propio Faller dejó traslucir las intenciones de su gobierno cuando afirmó en el Senado que existen seis países definidos como “amenazas” a los intereses estadounidenses: Rusia, China, Irán, y, en paralelo, aseguró que cuentan con “aliados autoritarios” en la región, en referencia a Cuba, Nicaragua y Venezuela.


Siguiendo los pasos de su presidente, Faller criticó los préstamos de China a esos tres países, que en su opinión se proponen el control de los puertos y conseguir presencia en la infraestructura vinculada al canal de Panamá. En cuanto a Rusia, su principal preocupación es el apoyo militar de Moscú a Caracas, en particular con modernos sistemas de misiles antiaéreos, que podrían neutralizar la indudable superioridad de la fuerza aérea de Estados Unidos, la que mantiene un control casi exclusivo de los cielos de la región.


VOCES CONTRARIADAS.


Los principales medios de Brasil, como Folha de São Paulo, destacaron que las primeras críticas surgieron de Itamaraty, la poderosa cancillería con la que el presidente Jair Bolsonaro mantiene tensos lazos desde que nombró a un fundamentalista como Ernesto Araújo a cargo de las relaciones internacionales. Según las fuentes, los funcionarios de carrera “mostraron preocupación con la posibilidad de que un cargo en la jerarquía de las fuerzas armadas de Estados Unidos venga a legitimar una eventual intervención militar en la región” (Valor, 13-II-19).


Fuentes de la cancillería destacaron que la integración de oficiales en el ejército estadounidense es contrario a los documentos aprobados por el Congreso en Brasilia, que promueven las relaciones multilaterales sin privilegiar a una sola nación, en referencia a la Estrategia Nacional de Defensa definida en 2008 bajo el gobierno de Lula.


Celso Amorin, diplomático y buen conocedor del ambiente militar, ya que fue ministro de Defensa con Dilma Rousseff, dijo que el nombramiento de un militar brasileño en el comando de interoperabilidad del Comando Sur servirá para “legitimar una eventual intervención militar de Estados Unidos en América Latina y el Caribe, y conferirle a una unidad de aquel país un papel similar al de la Otan, sin que ningún tratado haya sido firmado con tal objetivo”.


Apenas una semana después, el almirante Faller se reunió con la plana mayor de las fuerzas armadas, en una visita de dos días al país, en la que debatió con sus pares el candente tema de la “ayuda humanitaria” a Venezuela y sacó tiempo para visitar el astillero donde se debería construir el primer submarino nuclear, que Estados Unidos no ve con buenos ojos.


El ex presidente Fernando Henrique Cardoso terció en la polémica, al criticar de manera frontal al canciller Araújo. Cardoso escribió en su Twitter que “nuevas elecciones libres son el camino para el futuro democrático en Venezuela”, porque “las intervenciones militares no conducen a la democracia” (Valor, 4-III-19).


El canciller lo insultó. Dijo que Cardoso “defiende tradiciones inútiles de retórica vacía”, que él –en cambio– “desprecia abiertamente”. Fue mucho más lejos y cuestionó la tradición de 25 años de política exterior brasileña, por estar basada en el “consenso” que, en su opinión, fue el que permitió “el predominio creciente del bolivarianismo en América del Sur”. Sin ironía y con una frase que mueve a risa, aseguró que en el caso de la crisis con Venezuela “no fue Brasil quien siguió a Estados Unidos, sino al contrario”.

MILITARES MIRANDO A CHINA.


Parece evidente que los militares brasileños se encuentran en una posición muy delicada. Tienen demasiado peso en el gobierno de Bolsonaro como para no preocuparse por los dislates del presidente y del canciller. Recordemos que Bolsonaro le había prometido a Trump una base militar del Pentágono en Brasil, hasta que los uniformados dijeron nones, siempre por boca del vice Hamilton Mourão, el imprescindible apagafuegos en estos dos primeros meses en el cargo.


Un fracaso del gobierno Bolsonaro puede golpear fuertemente el prestigio de las fuerzas armadas, que tienen más de cien cargos en el gobierno, desde ministerios hasta grandes empresas como Petrobras y Eletrobras. Mourão se empeña en tomar distancias de su presidente y de la familia, que todas las semanas twitea algún disparate, o sube a las redes videos obscenos o publica frases que resultan chocantes, incluso para sus más fieles aliados.


El enfrentamiento público con el secretario general de la presidencia, Gustavo Bebianno, que fue dimitido por el presidente, fue quizás el más notorio escándalo, al punto que algunos medios y analistas especulan con la renuncia del presidente y la asunción de Mourão, porque le daría más estabilidad al gobierno.


Pero el tema central es qué va a suceder con la tradición nacionalista de la que siempre se enorgullecieron las fuerzas armadas. Bajo la dictadura militar, nunca hubo un alineamiento automático con Estados Unidos, aunque militaban en el mismo campo ideológico contra el comunismo. Ahora las cosas son mucho más complejas que medio siglo atrás, porque el comercio exterior de Brasil depende de exportar soja y mineral de hierro a China.


Los militares brasileños no parecen sentirse cómodos participando en una acción militar contra un país de la región. Mourão ya dijo que los militares brasileños no van a participar en ninguna acción armada contra Venezuela. Brasil ha auspiciado algunos golpes de Estado en la década del 70, en particular en Bolivia. Otra cosa sería quedar entrampados en una acción militar que no decidieron y que tiene a China entre sus objetivos estratégicos.

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Sábado, 16 Marzo 2019 06:33

Cinco años

Cinco años

Cinco años atrás –con lo que unos llaman incorporación de Crimea a la Federación Rusa y otros califican de anexión rusa de la estratégica península de Ucrania– comenzó el deterioro de esa suerte de matrimonio de interés que contrajeron Rusia y Estados Unidos, bajo el signo de su simbólica alianza contra el "terrorismo internacional", que al día de hoy, consumado el divorcio, tiene al mundo cada vez más cerca de una hecatombe nuclear, todavía en su fase preliminar de una ya inevitable espiral armamentista.

Evaporado el golpe de efecto que en el plano interno reinyectó popularidad al Kremlin, quedan más dudas que certezas, mientras los únicos beneficiados son los de siempre: empresarios del primer círculo presidencial que se reparten los megaproyectos federales (puentes, carreteras, hoteles, etcétera), mientras todos los habitantes del país, incluidos ancianos y menores de edad, tienen que renunciar a recibir 10 mil rublos por persona, que es su cuota del dinero destinado por el gobierno ruso para mantener Crimea estos cinco años.

En la época soviética, los responsables del aparato de propaganda inventaron los quinquenios para resaltar los avances de la economía; ahora, ningún politólogo habla de éxitos en el primer lustro posterior a Crimea, cuyo costo económico –al sumar subvenciones a la península y sanciones contra el país– sitúa a Rusia, con poco menos de 2 por ciento anual, en el lugar 176 de 193 en la clasificación mundial que elabora Naciones Unidas en materia de crecimiento económico, en tanto los ingresos reales de la población sufrieron una caída del orden de 11 por ciento.

Muchos se preguntan si valió la pena el costo político de la anexión/incorporación, sobre todo cuando ésta se escuda en un referéndum, que por ley se niega a los ciudadanos de cualquier otra región rusa.

Hay quienes creen que con la incorporación de Crimea se evitó una eventual masacre de los ucranios de origen ruso y que la alianza noratlántica ya no tendrá una base naval ahí, además de que Rusia incrementó en 0.15 por ciento (27 mil kilómetros cuadrados) su territorio, así como añadió 2 millones y medio de habitantes a su decreciente población.

Otros sostienen que, al margen de hipotéticos escenarios, Rusia sola se colocó al borde del enfrentamiento frontal con otras potencias nucleares.

 

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Exxon y Chevron al rescate del fracking en EU

Los medios cercanos a la industria petrolera no podían quedarse callados cuando dos de las magnas trasnacionales de Estados Unidos (EU) Exxon y Chevron "apuestan a largo plazo al auge del gas/petróleo lutita en la cuenca del Pérmico" –en la parte occidental de Texas y el sureste de Nuevo México: "confían en superar los desafíos técnicos y financieros (sic)", según Financial Times (07/03/19), cercano a los banqueros Rothschild con fuertes intereses en British Petroleum (BP) (https://bit.ly/2Cf1ArF).

Exxon es la joya trasnacional de EU (https://amzn.to/2gqobZy). Su anterior director ejecutivo Rex Tillerson fue secretario de Estado con Trump, mientras que en Chevron, Condoleezza Rice, ex asesora de Seguridad Nacional de Baby Bush, pertenece a su consejo directivo.

A juicio de Ed Crooks, Exxon y Chevron “han incrementado sus expectativas de producción en la Cuenca Pérmica para la primera mitad de la década de 2020 (FT; 05/03/19)”: el primero pasaría casi al doble de 600 mil barriles al día a un millón en 2024, mientras el segundo pasaría de 650 mil barriles al día a 900 mil en 2023. Ed Crooks apuesta a que los "anuncios de Exxon y Chevron fueron una señal de que el auge continuará".

Una ventaja de Chevron radica en que es propietaria de la mayor parte de los terrenos en el Pérmico,por lo que evita pagar derechos de extracción. ¿No habrá contado Chevron con información privilegiada debido a sus contactos directos con el nepotismo dinástico de los Bush que nunca cesó de ser petrolero?

Exxon y Chevron se disponen a pasar al liderazgo en el Pérmico después de haber tenido un papel mínimo cuando en forma darwiniana devoraran a las medianas empresas de exploración y producción que se encuentran al borde de la insolvencia.

El virtual rescate de los gigantes petroleros de EU llega en un momento crucial para el futuro del gas/petróleo lutita extraído por el polémico fracking (fracturación hidráulica) que exhibe sus limitaciones técnicas y financieras cuando las empresas petroleras son subsidiadas por la Reserva Federal y los megabancos de Wall Street (https://bit.ly/2F0ZCgu).

Las dificultades del fracking se ensombrecen con el desprendimiento de los billonarios "fondos soberanos de riqueza" de Noruega que anunció la venta de sus activos debido a potenciales riesgos financieros: "reducir la vulnerabilidad a un declive permanente (sic) del precio del petróleo" (https://bit.ly/2NVVtx5)”. ¡Declive "permanente"!

Los "fondos soberanos de riqueza" de Noruega comportan 40 mil millones de dólares de acciones en las tres trasnacionales petroleras anglosajonas Exxon, Chevron y British Petroleum.

Mientras “Wall Street ha perdido su fe (sic) en el gas/petróleo lutita (https://bit.ly/2TLBXJi)”, Bob Dudley, mandamás de BP, contaminadora del Golfo de México, juzgó que el gas/petróleo lutita de EU es "un mercado sin cerebro" y "al contrario de Arabia Saudita y Rusia, que ajustan su producción en respuesta a la abundancia o escasez en el abastecimiento del petróleo, el mercado de lutita de EU responde puramente a sus precios".

Martin Sandbu del FT (08/03/19) juzga que los fondos soberanos de riqueza "permanecerán invertidos en las grandes empresas de energía" y que Noruega "se asegura del precio del petróleo". Juzga que la "desinversión será de limitado significado cuantitativo" ya que "alrededor de 6 por ciento de su portafolio está en empresas energéticas" y que "solamente una fracción será vendida" cuando la desinversión se aplicaría a las empresas de exploración y producción y se mantendrá en British Petroleum y Exxon.

Martin Sandbu arguye que el "precio futuro del petróleo enfrenta un significativo riesgo a la baja" cuando la "revolución lutita y la generación de energía renovable se han desarrollado mucho más rápido".

Por cierto, BlackRock, máximo banco de gestión de activos del mundo, en 2013 era el principal accionista tanto de Exxon (22 por ciento) como de Chevron (15 por ciento), por lo que se descuenta que las dos gigantes trasnacionales petroleras de EU no sufrirán las dificultades financieras de los liliputienses al borde de la quiebra en el Pérmico (https://econ.st/2CdG7zs).

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