Estudiantes. A parar para avanzar. ¡Viva el paro nacional!

Continúa el paro nacional universitario en pos del cumplimiento del pliego nacional de exigencias de los estudiantes de educación superior.


En medio de movilizaciones que recorren las principales ciudades del país, el pasado 8 de noviembre estudiantes y profesores marcharon exigiéndole al Presidente de la República sentarse a la mesa de negociación y realizar las acciones necesarias para solucionar la grave crisis que afecta al sistema de educación superior. Oídos sordos. La falta de voluntad política de la administración lleva a la prolongación de la protesta y del paro.


Estas movilizaciones se presentan luego de que el martes 6 de noviembre el frente amplio por la defensa de la educación superior, integrado por estudiantes y profesores universitarios se levantara de la mesa de negociación instalada con el Ministerio de Educación y delegados del Gobierno central.


En un comunicado de la Unión Nacional de Estudiantes de Educación Superior –Unes– declaran que “el gobierno y el ministerio no tienen voluntad política” de negociar y encontrarle soluciones a las demandas del sector educativo.


Mesa de negociación


La mesa de diálogo para la construcción de acuerdos y soluciones que permitan resolver la situación actual de la educación superior, es un espacio de negociación entre estudiantes, docentes universitarios, gobierno y el Ministerio de Educación, acordada el pasado 1 de noviembre luego de las movilizaciones que desde septiembre adelantan los estudiantes, transformadas en el paro nacional estudiantil decretado el 11 de octubre por las 32 universidades públicas, con la demanda de que el gobierno atienda al pliego nacional de exigencias de los estudiantes, así como las exigencias de los profesores universitarios.


Estudiantes y profesores se levantaron de la mesa al considerar que no hay condiciones para la negociación. Paulina Andrea Farfan, estudiante de la universidad pública y quien participa de la Unees nos dijo que: “se le pregunta al viceministro si hay voluntad política de revisar otras fuentes de financiación de donde sacar el presupuesto que exigimos, y el viceministro responde que no hay voluntad política, nosotros ya tenemos un acuerdo con los rectores; y entonces, todos los estudiantes y profesores deciden levantarse de la mesa, pues lo que se decida allí no tiene carácter vinculante”.


El viceministro se refiere al acuerdo firmado el 26 de octubre entre los rectores de universidades públicas y el Presidente (1), donde se anunciaron recursos adicionales para los próximos 4 años, que suman entre 1.8 y 2.2 billones, de los cuales 1.2 billones ingresarían para inversión e infraestructura y entre 0.55 y 1 billones para funcionamiento. Dinero que está muy distante de los 21 billones que necesita el sistema para saldar su déficit histórico en infraestructura y funcionamiento. Particular sobre el que la Asociación nacional de profesores universitarios –Aspu– considera que “es un muy mal acuerdo, porque no permite superar los principales factores de crisis en orden a garantizar el cumplimiento de las funciones de docencia, investigación y proyección social” de las instituciones de educación superior, así lo hicieron saber en un comunicado del 27 de octubre (2).


Por su parte Beatriz Martínez, representante de los profesores ante el Consejo superior universitario de la UN dice, con respecto al acuerdo entre rectores y gobierno: “Al final de este cuatrienio se va a recibir apenas la tercera parte de lo que debía ingresar y ya aprobado por la reforma tributaria del orden de 6.5 billones de pesos”. Lo que implica que lo generado con esta negociación es una pérdida de recursos logrados en anteriores negociaciones, a saber, las negociaciones y logros en recursos adicionales alcanzados con el anterior gobierno e integrados en la ley 1819 de 2016, o reforma tributaria.


Hay que recordar que con la reforma tributaria de 2016 se agregan tres artículos que destinan nuevos recursos a las 61 instituciones de educación superior pública con que cuenta el país (3). Se estima que son cerca de 2.8 billones de pesos lo recaudado hasta el momento: 1.4 billones en 2017 y otro tanto en 2018; de los cuales solo llegaron 170 mil millones en 2017 y 100 mil millones en 2018, según lo indica Pedro Hernández Castillo presidente nacional de Aspu. El resto de recursos a ¿dónde fueron a parar?, ¿Con la reforma tributaria que ahora pretenden, se mantienen los acuerdos logrados o se eliminan estos recursos adicionales para la educación superior?


Para aclarar estos interrogantes, así como para conocer su opinión respecto a la suspensión de la mesa de negociación, nos tratamos de comunicar con el Ministerio de Educación y la respuesta de la oficina de comunicaciones es tajante: “[…] la única información disponible se encuentra en el comunicado del 7 de noviembre, donde se hace un recuento de lo pactado con los rectores”; con respecto al pliego de petición de los estudiantes no hubo respuesta.


Un movimiento en renovación


Fruto de dos encuentros nacionales de estudiantes de educación superior –Enees–, realizados en marzo y septiembre del presente año, nace la Unión Nacional de Estudiantes de Educación Superior –Unees– (4) que construye el pliego nacional de exigencias que incluye 10 demandas para la financiación, acceso a la educación, democracia y autonomía de las instituciones de educación superior (5).


Pliego que propende por la construcción de una educación superior al servicio de las nuevas generaciones, con pertinencia social, que brinde garantías de acceso, permanencia, y proyección. En esta ocasión este movimiento está integrado por estudiantes de universidades públicas junto a los adscritos a las universidades privadas, y centros técnicos y tecnológicos públicos.


El movimiento estudiantil en Colombia se remonta a inicios del siglo XX, las movilizaciones más recordadas son las del 1970 y 2011. Ya son 100 años de movilizaciones y paros, las enseñanzas son bastantes y se renuevan con cada nueva generación de estudiantes; uno de los retos que siempre los acompañan es el de conectarse y saber llevar su mensaje al cojunto social, aclarando que protestan por derechos no cumplidos y no por simple rebeldía. La necesidad de una educación púbica universitaria y superior de verdad pública, es decir, gratuita y universal, es algo que está en deuda de que el conjunto de la sociedad colombiana acepte y acompañe en esa lucha a quienes llenan las aulas.


El de ahora es un movimiento que gana en conocimiento de causa, soportando sus demandas en estudios sesudos, que en cada reunión sus voceros saben explicar. Tal vez el Gobierno ha reconocdo este conocimiento de causa de parte de su contraparte y por ello no ve con malos ojos que la mesa de negociación no funcione.


Con sus estudios han demostrado que sus demandas pueden cumplirse, siempre y cuando haya compromiso de parte de la actual administración; los recursos necesarios se encuentra en la reducción de la corrupción, acabar con las exenciones fiscales que benefician a grandes grupos económicos, la recuperación de dineros en paraísos fiscales, la reducción del presupuesto para la guerra, detener los programas de financiamiento con dineros públicos al sector privado de la educación, pago de impuestos con visión progresiva, y cumplimiento de los acuerdos ya firmados destinados a financiar la base presupuestal de los centros de educación, entre otras alternativas.


El accionar del movimiento estudiantil demuestra a la sociedad colombiana que han madurado en la comprensión de la realidad de la educación superior, entendido el momento, por lo que, enfatizan, hay que parar ya el modelo mercantil impuesto por grandes grupos económicos al sistema educativo, que la educación se preste en las mejores condiciones posibles y que permita al estudiante educarse para construir un mejor país.


Reconocen que el nuevo gobierno, hasta el momento se está posesionando pero, como lo refiere Juan Esteban Hernández estudiante de ciencias económicas de la UN sede Bogotá “al asumir el cargo debe estar en las condiciones para abrir una mesa de negociación para hablar con los estudiantes y para llegar a un acuerdo, no es simplemente hacerse a un lado y dejarnos a nosotros en las mismas”; por lo que instan a que en la mesa de negociación se discutan con seriedad y compromiso propuestas del pliego nacional.


Ahora reconocen y asumen que es necesario unir fuerzas entre los diferentes sectores públicos y privados, técnicos y tecnológicos, estudiantes y docentes en busca de un escenario de diálogo y negociación donde se puedan concertar las demandas de cada uno, que los estudiantes de universidades privadas estén sentados con los de educación pública es un gran avance para la comprensión de que la lucha se da en diferentes sectores respetando las diferencias, que el trabajo en pro de la educación debe ir acumulando fuerzas, la movilización, el paro, y el diálogo deben ir aunados en un esfuerzo de trabajo conjunto.


Visita Maluma la casa de Nariño y los estudiantes no


El Gobierno, desconociendo el papel de esta juventud en las movilizaciones y las reivindicaciones por la educación superior, hábilmente convoca a los rectores, negocia a puerta cerrada y presenta ante la opinión pública como zanjado el paro estudiantil, como lo refiere Alejandra Cifuentes una ciudadana que ante las movilizaciones del 8 de noviembre en la ciudad de Bogotá, pregunta: “acaso el gobierno no había solucionado ya esto”, confusión comprensible si, además, se revisa la forma cómo los medios de comunicación oficiosos han reportado las manifestaciones y la negociación estudiantes- gobierno.


El Presidente no se reúne con los estudiantes pero sí con el cantante Maluma, en un esfuerzo mediático por sintonizar con la juventud del país. Un esfuerzo sin resultados pues no logra romper la protesta en curso. Por su parte el Ministerio sí se reune pero sin brindar alternativas ni propuestas adicionales a lo pactado con los rectores.


El paro, por las semanas que ya acumula, pone en riesgo la continuidad del semestre académico, y con ello presionan los rectores: buscan romper la undiad estudiantil. Como también busca el Gobierno y los medios de comunicación romper las amplias simpaatías logradas por esta lucha entre el grueso de la sociedad. Es un momento de intensa tensión.


Los más activos de cada uno de los centros educativos sabe esto, como también reconocen que el tiempo –final de año– corre en contra de ellos. Hay que maniobrar, y así obran. Las discusiones en cada centro de estudio están abiertas. El próximo 15 del mes en curso volverán a las calles, esta vez para acompañar a los trabajadores en la lucha contra la reforma tributaria.


Luego de estos meses de intensa movilización estudiantil, hay que denunciar el silencio cómplice de los rectores, así como su forma de proceder con la cual le hacen el juego al gobierno, al tiempo que quiebran cualquier posibilidad de parir una democracia de nuevo tipo en nuestro país, que pasando por los campus del saber aborde otras formas de discutir y decidir, donde unos pocos dejan de decidir por todos, donde la rectoría, como una instancia de dirección, se pliega a lo que decidan sus “dirigidos”, dejando a un lado los pergaminos que supuestamente los han llevado al trabajo que hoy tienen. El mejor saber, sin duda, es reconocer que la mejor forma de mandar es obedeciendo.

 

1- Siete rectores de universidades públicas se negaron a participar en la reunión, y el rector de la Universidad Pedagógica se negó a firmar el acuerdo final
2- ASPU, Posición de Aspu sobre acuerdo Gobierno-Rectores https://aspucol.org/posicion-de-aspu-sobre-acuerdo-gobierno-rectores/
3- Ley 1819 de 2016, artículos 102: tarifas de impuesto sobre la renta se destina 1.4% para el Sena y el 0.6 para instituciones de educación superior e Icetex; art 142: el 5% de los excedentes de cooperativas del fondo de educación y solidaridad deberá ser destinado a financiar cupos y programas de educación superior pública; art 184: impuesto IVA se destinará 0.5% a la educación superior y 40% del mismo a instituciones de educación públicas. http://es.presidencia.gov.co/normativa/normativa/LEY%201819%20DEL%2029%20DE%20DICIEMBRE%20DE%202016.pdf
4 – Declaración Política Enees 2.0 https://www.facebook.com/UNEES.COL/photos/a.145142972824967/237140343625229/?type=3&theater
5 – Pliego nacional de exigencias https://www.facebook.com/UNEES.COL/photos/a.145142972824967/237778233561440/?type=3&theater


Cronología


17-19 de marzo, primer encuentro nacional de estudiantes de la educación superior
25 de abril: marcha de antorchas
14-17 de septiembre: segundo encuentro nacional de estudiantes de la educación superior –Unees 2.0
17 de septiembre: nacimiento de la Unees
27 de septiembre: pliego nacional de exigencias
8-12 de octubre: semana de la indignación
6–7 de octubre: encuentro nacional de delegados
11 de octubre: inicio paro nacional
10, 17, 27 de octubre: marchas de carácter nacional
15 de octubre: encuentro nacional de estudiantes –Enees, emergencia A
30 de octubre: frente amplio por la educación superior: Unees, Acress, Fenares, Aspu, Asoprudea, Departamento nacional de planeación, Ministerio de Educación Nacional
31 de octubre: marcha movilización nacional
1 noviembre: creación de la Mesa de diálogo para la construcción de acuerdos y soluciones que permitan resolver la situación actual de la educación superior
6 de noviembre: suspención de la Mesa de diálogo para la construcción de acuerdos y soluciones que permitan resolver la situación actual de la educación superior
8 de noviembre: movilización nacional

 

Publicado enColombia
"El Florero". Entre la Democracia, el Democratismo y la Oligarquía

Hay que notificarles a algunos…que ya es otro México y que yo no voy a ser florero…yo traigo un mandato de los mexicanos.
Andrés M. López Obrador, Presidente electo de México


1. La Naturaleza del Florero


El florero es, por definición, un ente delicado. Por su misma fragilidad, su prioridad de sobrevivencia es el equilibrio. Para tal fin debe cumplir con dos condiciones: la individual, que exige mantener el sentido del equilibrio (equilibriocepción), para no caerse; y la sistémica, cuando las condiciones objetivas, su base, se sacuden cual placas telúricas. Si "el florero" conduce relaciones de importancia, debe mantener el equilibrio dinámico del sistema. Esto requiere el Arte de la Política: hacer alianzas que logran la anulación mutua de las fuerzas contrarias que actúan sobre él. El curriculum de sus asesores no puede prescindir, por lo tanto, del estudio obligatorio de la ciencia de los equilibrios: mecánicos, químicos, de la termodinámica y de Nash, entre otros. Influencias sectaristas o amarillistas serían fatales para manejar los inevitables cambios de vectores de poder que sufrirá su proyecto histórico.


2. Equilibrista en un mundo bipolar


De la misma manera, la educación en política de los cuadros y ciudadanos ha de girar inevitablemente en torno a ese concepto. Cuando se trata del temible intento de dirigir una transición democrática-social en un contexto antidemocrático y dependiente, como Lula, el proyecto centrista de transformación se debatirá a priori entre la vida y la muerte, es decir, entre la democracia y la clase dominante. El campo de actuación nacional y global es binario o bipolar y limitado en el tiempo (por el sistema electoral). La nación hoy día es un subsistema sometido al más brutal socialdarwinismo global. Cualquier otra idea sobre el campo de lucha de las ideas, las clases y la política, es ilusionista; una patraña de los profesores de las universidades burguesas. En el mundo real sólo decide el poder, que se manifiesta en cuatro modalidades básicas: el político, el militar, el económico y el cultural. La evidencia forense de esa propiedad socialdarwinista-criminal del capitalismo global es abrumadora: desde Lula en las mazmorras brasileñas, hasta el encadenamiento prometéico ad calendas grecas (eternamente) de la cuna de la democracia participativa en Grecia, a los usureros del capital financiero global, y la impune destrucción de Estados soberanos (Siria, Yemen, Irán) por el imperialismo occidental.


3. El Democratismo


El democratísmo es la actitud que pretende actuar democráticamente en un entorno que es antidemocrático y decidir todo asunto de Estado por votación formalizada. Esta actitud, cuando no es populismo o interés caciquil, se basa en la buena voluntad y el romanticismo de la inmediatez, que no acepta que los grados de libertad (opciones) de cualquier subsistema son determinados por el sistema superior (macrosistema). Los milenaristas cristianos, que querían el reino de dios de inmediato; la ultraizquierda, los sectaristas y los anarcoides, que pretenden instalar la sociedad democrática en un salto cualitativo, independientemente de las condiciones objetivas; los maestros que entran a su primera clase con sus sueños antroposóficos de Rousseau y Steiner y el discurso de la comunicación simétrica de Habermas, son víctimas de esa falacia. La exitosa praxis libertadora es hija tanto de la voluntad ética propia como de las condiciones antidemocráticas imperantes. No mediar ambos aspectos de manera realista, garantiza el fracaso. Un nuevo gobierno, por ejemplo, no es, como piensa la ultraizquierda, el "dueño del poder", sino simplemente un subsistema del Estado existente y su clase dominante. No es un Dios omnipotente, que puede sustituir por decreto una ortodoxia establecida por otra rebelde, sino una agencia co-participadora en la administración del poder nacional y global. Si se quiere, es una franquicia de libertad condicionada, válida para cuatro a seis años. En este sentido, por ejemplo, las fuerzas transicionales tienen que ponderar muy bien, si un "mandato revocatorio", como el que introdujo Hugo Chávez mediante la Constitución Bolivariana, es un instrumento democratizador real o desestabilizante.


4. Fractales y democracia


Nosotros somos hijos del universo y desde que Benoit Mandelbroit desarrolló la teoría de los fractales (1975), entendemos matemáticamente que la organización de macrosistemas requiere funcionalmente de la verticalidad. O, para expresarlo en un lenguaje más preciso, la auto-similaridad de sus elementos básicos a toda escala. Esta ley universal es uno de los dos obstáculos fundamentales para la construcción de una sociedad democrática participativa. La imprescindible verticalidad funcionalidad de nuestras gigantescas sociedades y macro-Estados jerarquizados, excluye, que todos los niveles del sistema tengan el mismo poder de decisión. Un grupo de vecinos no puede tener la misma jerarquía fáctica que un municipio, y éste no puede igualar en capacidad de decisión y autonomía a un estado o al Estado nacional. Se trata, de hecho, de una función dependiente de las leyes de escala del universo (laws of scale), con la cual se pueden hacer compromisos, pero que no se puede anular sin destruir el macro-sistema mismo. La decisión sobre un megaproyecto de impacto nacional, por ejemplo, no puede ser decidido sólo sobre la opinión de los que están involucrados directamente, porque la decisión trasciende el ámbito local. La decisión sobre cada caso, dentro del respeto a las leyes fractales, tiene que ser casuística, porque se basa finalmente en un juicio de valor que tiene que equilibrar ética y pragmatismo.


5. Ejecutivo, Legislativo y Vanguardia


Y aquí entra el concepto de la "prerrogativa" de John Locke. La separación constitucional de poderes (Montesquieu), argumentó Locke, no significa que toda decisión del Ejecutivo tiene que ser avalada por el poder legislativo, cuando es por el bien de la sociedad. Hay situaciones de emergencia que justifican una decisión autónoma anticipada del Ejecutivo. Y lo mismo, como vimos en lo referente a la ley organizativa universal de los fractales y las leyes de escala, es válido, cuando la trascendencia del acto ejecutivo público trasciende el ámbito local.


6. Bismarck y el Arte de la Política


El canciller alemán Otto von Bismarck definió a la política como "el arte de lo posible", es decir, el arte de las alianzas. Al construirse un muy meritorio proyecto de reforma transicional, como él de Andrés Manuel López Obrador, es fundamental que no se desvíe de este sabio axioma en la América Latina monroeista, oligárquica, despolitizada, desorganizada y antidemocrática de hoy. Localismos indebidos, ataques sensacionalistas, soluciones utópicas desde el escritorio, son un peligro para la nación, como reflejan los destinos de Salvador Allende y Lula da Silva.


¡Toda persona seria y ética, sea de izquierda o derecha, debería participar en esa gran construcción del futuro para lo que el presidente uruguayo José Mujica alguna vez llamó con toda razón: "El maravilloso pueblo de México"!

Por Heinz Dieterich | Viernes, 09/11/2018 11:14 AM

Publicado enInternacional
Religión, Iglesia y poder político en América Latina

La secularización del poder es un mito. La separación Iglesia-Estado no deja de ser una ficción. Presidentes, diputados, senadores, alcaldes juran ante Dios. Los símbolos religiosos están presentes en los espacios públicos. Estado laico o aconfesionales adoptan rituales políticos, acompañados de cruces, medias lunas, budas, biblias, Torá, etcétera. Dirigentes asumen morales católicas, protestantes, islámicas, judías, siendo unos devotos practicantes de su fe. Sus mandatos suelen dar cuenta de ello. El divorcio, el aborto, la familia, el sexo, la moral cotidiana y la educación son opciones valoradas a la luz de las creencias religiosas. Hoy gobiernan las iglesias. Los lugares de culto se han generalizado y la diversidad de credos se extiende. El Vaticano pierde fuelle en ciertos países latinoamericanos. Su lugar es ocupado por nuevas formas de acercarse a la fe en Cristo o en el Salvador. Las iglesias pentecostales, adventistas, mucho más interesadas en captar las almas para una militancia política terrenal, sin intermediarios, han socavado la influencia de la Iglesia católica. Su papel mediador entre Dios y el alma pecadora se ha diluido en una fe no practicante, cuya militancia se convoca aleatoria y excepcionalmente, cuando ve peligrar intereses, privilegios y bienes. Sumida en un proceso de deterioro moral y ético, casos de pederastia, desfalcos financieros, sus seguidores se han decepcionado, aumentando la apostasía. Aun así, su organización piramidal le permite seguir controlando el poder político.

En América Latina, la Iglesia católica fue capaz de combatir a la Teología de la Liberación o los movimientos nacidos a la luz del Concilio Vaticano II, como Cristianos por el Socialismo. La Iglesia de los pobres fue derrotada y muchos de sus sacerdotes asesinados en los años de la lucha contrainsurgente. Otros fueron torturados hasta la muerte por las dictaduras militares en Chile, Argentina, Paraguay, Brasil, Guatemala, El Salvador, Honduras o Nicaragua. Sus superiores miraron hacia otro lado o fueron cómplices de los crímenes. ¿Cómo explicar el tedeum en la Catedral de Santiago dando gracias a Pinochet por salvar a Chile de la dictadura marxista, mientras se asesinaba a mansalva en los centros de tortura, tras el golpe de Estado? o ¿las continuas declaraciones de los rabinos en pro de la dictadura argentina?


Ningún gobernante en América Latina se atreve a desafiar el poder real de la Iglesia, sea cual sea su orientación. Gobierna bajo su ala, de lo contrario la tendrá como enemigo, sus años de gobierno serán tormentosos, cuando no sometidos a continuos descalabros y crisis. Mejor negociar entre sus adeptos. Tener el beneplácito de la Iglesia supone millones de votos, mostrarse practicante sumiso, conlleva un plus. Muchos votarán sin importarle sus principios políticos, sólo su ideología. Brasil es un buen ejemplo. Lula o Bolsonaro, ambos se acercaron a las iglesias para contar con sus apoyos y conseguir votos.


Las iglesias están en guerra, no por el control de sus feligreses sino por el poder del Estado en América Latina. Declararse ateo, agnóstico es un hándicap. En sociedades donde la religión sigue siendo el valor más importante para fortalecer los vínculos entre la sociedad civil y la sociedad política, no hay espacio para la separación Iglesia-Estado. Sus jerarquías son conscientes de su poder real. Pensar que la influencia de Dios en la política es nueva es no entender el origen teológico del poder. Buscar explicaciones de coyuntura a una realidad donde la debilidad de los movimientos seculares es lo que marca la agenda, es no entender el problema. Los proyectos emancipadores no han podido llevar a cabo una revolución capaz de romper la hegemonía de las iglesias, más allá de una declaración de intenciones. Ni siquiera los procesos de desamortización en el siglo XIX y las reformas liberales lograron sus objetivos. Occidente se constituyó bajo la cruz y la espada. Hoy las cruces y las espadas se diversifican. América Latina es un campo de batalla donde están en juego los valores republicanos en medio de una acometida de fundamentalismos religiosos que socavan la democracia y la libertades seculares.

Publicado enSociedad
La extrema derecha en Brasil: aprendiendo y desaprendiendo desde la izquierda*

Cual círculos concéntricos se difunden en América Latina los impactos de la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil. Colombia no es la excepción. Más allá de que en este país han prevalecido los gobiernos conservadores, el triunfo de una derecha extrema en Brasil debe ser analizado. Las izquierdas del continente están conminadas a aprender de lo que allí sucedió.

Los agrupamientos políticos que apuestan por cambios, y que lograron sustantivos crecimientos electorales en Colombia, enfrentan el desafío de no repetir las contradicciones observadas en Brasil. Esto también es indispensable para los movimientos ciudadanos que siguen enfrentando estrategias como las extractivistas, ya que un estilo político como el propuesto por Bolsonaro solo augura una acentuación de la violencia. No puede obviarse que Brasil, por ejemplo, lidera los indicadores mundiales en asesinatos de defensores de la tierra, pero Colombia le sigue en tercer lugar (57 en el primer caso y 24 en el segundo, según Global Witness) (1).

En este texto presentamos algunas reflexiones preliminares a partir de lo sucedido en Brasil. No pretendemos ofrecer un análisis detallado de su política interna, sino que nuestro propósito es otro: rescatar algunos aprendizajes de lo que allí sucedió, útiles para una izquierda que está ubicada en los demás países (y por ello aquí intercalamos algunas apreciaciones enfocadas en Colombia). No repetiremos la nutrida información circulante en estos días ni apelaremos a análisis simplistas, tales como achacar toda la culpa sea a la derecha o al progresismo. Compartimos este ejercicio desde una perspectiva de izquierda, con el propósito de alentar su renovación y de evitar que otros Bolsonaro se instalen en los países vecinos.

Progresismos e izquierdas: son diferentes

En todo el continente, los agrupamientos políticos conservadores realizan un activo entrevero de hechos para desacreditar las opciones de cambio hacia la izquierda. Se mezclan las severas crisis de Venezuela y Nicaragua con la caída del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, para insistir en que las opciones de cambio hacia la izquierda son imposibles, fatalmente están teñidas por la corrupción, y así sucesivamente. Pero justamente la crisis brasileña muestra la necesidad de insistir en las diferencias entre progresismos e izquierdas.

Es que muchos de los problemas observados en Brasil resultan, como se verá más adelante, de programas y una gestión de gobierno del PT y sus aliados donde poco a poco olvidaron sus metas iniciales de izquierda para transformarse paulatinamente en progresismos. Esto nunca lo ocultaron, sino que hicieron de ello uno de sus atributos.Por lo tanto, una primera lección a tener en cuenta es que la distinción entre izquierdas y progresismos sigue siendo clave (2).

Humildad para entender los humores del pueblo

El Partido de los Trabajadores y el liderazgo de Lula da Silva fue repetidamente presentado como ejemplo de viraje exitoso hacia las llamadas “nuevas izquierdas” en toda América Latina y a nivel mundial, lo que es comprensible al haber ganado cuatro elecciones consecutivas. No fueron pocos los grupos políticos que en distintas naciones lo tomaron como inspiración. Es más, se insistía en que el “pueblo” en su mayoría había adherido a la izquierda y eso explicaba victorias electorales como las de DilmaRousseff.

Sin embargo, en un proceso relativamente veloz, incluyendo los abusos de la oposición de las disposiciones jurídicas, el PT perdió el control del gobierno, Rousseff fue removida de su cargo, y se terminó eligiendo presidente a un político poco conocido y de derecha: Temer, quien había sido vicepresidente de la misma Rousseff. Los escándalos de corrupción no cedieron, y Lula da Silva terminó encarcelado.

Esas y otras circunstancias desembocaron en un cambio político extremo. No sólo triunfó Bolsanaro, sino que se hizo evidente que la sociedad brasileña es mucho más conservadora de lo pensado. Aquel mismo “pueblo” que años atrás apoyaba al PT, en unos casos lo rechazaba intensamente, y en otros, festejó a un candidato prolífico en discursos de tono fascista.

Estamos aquí ante una otra lección que impone precaución en usar categorías como “pueblo”, y que nos demanda humildad en aseverar cuáles son los pensamientos o sensibilidades prevalecientes. Quedan en evidencia las limitaciones de un “triunfalismo facilista” ante una sociedad que no era tan izquierdista como parecía y un conservadurismo que estaba mucho más extendido de lo que se suponía. Esta es una cuestión de mucho cuidado viendo cómo avanzan las creencias en una prosperidad que supuestamente descansa en el individualismo, el consumismo, y que entienden como normal y hasta necesaria la existencia de profundas diferencias sociales, y aceptan la violencia.

Derechas sin disimulos y progresismos disimulando ser izquierda

Seguidamente queda en evidencia otro aprendizaje: los riesgos de un programa que se recuesta sobre sectores y prácticas conservadoras para poder ganar la próxima elección. Una postura que asume que primero se debe “ganar” la elección presidencial, y que una vez en el palacio de gobierno se podrá “cambiar” al Estado y la sociedad. Esto se ejemplifica en Brasil con acciones que van desde la adhesión a un orden financiero (en la muy conocida “Carta al Pueblo Brasileño” firmada por Lula en plena campaña electoral) hasta su articulación política con el PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) de centro-derecha para lograr gobernabilidad. Le siguieron otras concesiones clave en las estrategias de desarrollo, cerrando la puerta a transformaciones estructurales del aparato productivo y así repitiendo el estilo primario exportadora (3). Este es justamente uno de los aspectos que sirven para caracterizarlos como progresistas y diferenciarlos con las izquierdas.

Se cae en una situación donde el progresismo una y otra vez intenta disimular que es una izquierda, mientras que la nueva derecha nada disimula ni oculta. Bolsonaro critica abiertamente a negros o indígenas, es homofóbico y misógino, ironiza con fusilar a militantes de izquierda, defiende la tortura y la dictadura, y apuesta a reformas económicas regresivas. Es ese tipo de discurso el que es apoyado por una proporción significativa de la sociedad brasileña.

Desarrollo nada nuevo sino senil

La necesidad de distinguir entre progresismos e izquierda también queda en evidencia al analizar las estrategias sobre desarrollo seguidas por el PT. El camino de esos gobiernos, el “nuevo desarrollismo”, descansó otra vez en las exportaciones de materias primas. Para lograrlo se ampliaron las fronteras extractivistas y la captación de inversión extranjera, alejándose así de muchos reclamos de la izquierda.

De ese modo Brasil devino en el mayor extractivista del continente, tanto minero como agropecuario (por ejemplo, el volumen de comercialización sumados hasta triplicó al de todos los demás países sudamericanos mineros). Esto sólo es posible aceptando una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en algunos sectores como el industrial, justamente al contrario de las aspiraciones de la izquierda de sacar a nuestros países de esa dependencia.

La esencia de esa estrategia de desarrollo no es diferente a la que siguió, por ejemplo, la administración Santos en Colombia. Sin duda hay diferencias, en especial por una mayor presencia estatal en Brasil, evidente en enormes empresas como Petrobras (hidrocarburos) o Vale (minería) que son en parte estatales o estaban controladas y financiadas por el gobierno. Pero persistió el componente extractivista y primario exportador, que vienen de la mano de procesos desindsutrializantes y que obliga a prácticas de imposición territorial y control de movimientos sociales.

Las limitaciones de esas estrategias se disimularon en Brasil con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas, tales como el consumismo popular, subsidios y asistencias a sectores extractivos o el apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões nacionales).

Esto explica que el “nuevo desarrollismo” fuese apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles, como por la elite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Lula da Silva era aplaudido, por razones distintas, tanto en barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.

El PT contribuyó sustantivamente a la defensa cultural de esas estrategias, y por ello en Brasil no ocurrieron debates como los que se escucharon en Colombia con“petróleo versus aguacates” (o sea, comenzar a pensar alternativas para el futuro inminente del agotamiento de los hidrocarburos). Por lo tanto, aquí se encuentra un flanco que una renovación de izquierda en Colombia debería considerar, promoviendo desde ya las reflexiones sobre cómo salir de los extractivismos.

La caída de los precios internacionales de las materias primas dejó en claro que las ayudas mensuales otorgadas en Brasil a los sectores marginados sin duda eran importantes, pero no sacaban realmente a la gente de la pobreza, ni resolvía la excesiva concentración de la riqueza, ni impedía que mucho dinero se perdiera en redes de corrupción.

La izquierda debe aprender de esa incapacidad de los progresismos para transformar la esencia de sus estrategias de desarrollo. Se profundizó la dependencia de las materias primas, con China como nuevo referente, con graves efectos en la desindustrialización y fragilidad económica y financiera. El “nuevo desarrollismo” que quiso construir el progresismo no es “nuevo”, y en verdad es tan viejo como las colonias, pues en aquel entonces arrancó el extractivismo.

La lección para las izquierdas en el resto del continente es que la reflexión sobre las alternativas al desarrollo sigue siendo clave. Se podrá tener un discurso radical, pero si las prácticas de desarrollo repiten los conocidos estilos, se quiera o no, eso desemboca en políticas públicas convencionales, y es esa convencionalidad otro componente que apartó a los progresismos de las izquierdas.

Clientelismo versus justicia social

El PT aprovechó distintas circunstancias logrando reducir la pobreza, junto a otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe ser aplaudido (4). Por medio de políticas sociales se puede paliar la pobreza, pero cuando prevalece el clientelismo eso se vuelve acotado. No se consigue construir ciudadanías sólidas que reclamen desde los derechos, lo que va mucho más allá de un bono mensual en dinero. El consumismo se acentúo, confundiéndolo con mejoras en la calidad de vida. La bancarización y el crédito explotaron (el crédito privado trepó del 22% del PBI en 2001 al 60% en 2017). De este modo prevaleció el asistencialismo y se reforzó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza.

No se quiso entender que esas estrategias obligaban a usar ciertos instrumentos económicos, sociales y políticos nada neutros, y más bien contrarios de buena parte de la esencia de izquierda. Como resultado, se generaron condiciones para el retorno de la derecha dejándo servido un Estado y normas que lo harán todavía más fácil.

Además, la fragilidad del “nuevo desarrollo” lleva a que los progresismos no puedan resolver sus crisis desde una perspectiva de izquierda y deriven hacia políticas públicas más conservadoras. El PT erosionó la calidad política y aplicó, por ejemplo, flexibilizaciones ambientales y laborales para atraer a inversores. Paradojalmente, esos cambios en Brasil antecedieron, por ejemplo, a las “licencias ambientales express” de Colombia.

En el campo de la justicia social se priorizaron instrumentos de redistribución económica, mientras que los derechos ciudadanos y de las diversas comunidades, sobre todo indígenas, seguían siendo frágiles. No se puede marginar en este breve análisis la brutal militarización de la política gubernamental para intentar frenar la delincuencia común, sobre todo en las grandes urbes de ese país: acción que provocó una creciente ola de violencia e inseguridad.

Bajo estas y otras dinámicas, el énfasis en ayudas y compensaciones económicas acentuó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza. Con ello, el progresismo olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo prevaleciente desde el siglo pasado. Esa meta sigue totalmente vigente en Colombia, donde el actual gobierno Duque expresa una perspectiva neoliberal.

La insistencia del progresismo brasileño en el crecimiento económico como fundamento del desarrollo reforzó un mito que ahora aprovechó Bolsonaro, presentándose como el mejor mediador para alcanzar esa meta. Lo mismo ocurre en Colombia y otros países, donde los gobiernos insisten en el crecimiento económico como la gran meta a perseguir. En cambio, la crítica de izquierda debe, en el siglo XXI, poner ese reduccionismo en discusión.

Las izquierdas no deberían entramparse en esos reduccionismos. Es hora de aceptar que la justicia social es mucho más que la redistribución, así como que la calidad de vida es también más que el crecimiento económico. La criminalización de los movimientos ciudadanos y sociales no puede ser tolerada por una renovación de la izquierda. Estos y otros aspectos apuntan a entender que una verdadera izquierda debe promover y fortalecer el marco de los derechos humanos en todo momento y en todo lugar, más aún desde el gobierno, aún si ello le significa perder una elección, ya que es su única garantía no sólo de su esencia democrática sino de retornar al gobierno.

Ruralidades conservadoras

Las cuestiones alrededor de las ruralidades y el desarrollo agrícola, ganadero y forestal, también están repletas de lecciones a considerar. Bolsonaro llega a la presidencia apoyado entre otros por un ruralismo ultraconservador que festeja sus discursos contra los indígenas, los campesinos y los sin tierra, y que reclama el uso de las armas y la violencia. Podría argumentarse que apunta a ideas y prácticas como las que ya ocurren en muchas zonas de Colombia, donde está muy instalada esa problemática.

Bolsonaro se apoya en la llamada “bancada ruralista”, un sector que ya había llegado al parlamento con el progresismo, en tanto Dilma Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu). Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores se aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos.

Paralelamente, el progresismo fue incapaz de promover una real reforma agraria o en transformar la esencia del desarrollo agropecuario brasileño. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soja transgénica y se multiplicaron los monocultivos y la agroindustria de exportación, y no se apoyó de la misma manera a los pequeños y medianos agricultores. Otras administraciones progresistas, en especial las de Argentina, Ecuador y Uruguay, apostaron al mismo tipo de política agropecuaria.

Todos estos son temas sensibles en Colombia, y si bien esquivarlos podría mejorar algunas chances electorales, una real izquierda no tendrá más remedio que abordarlos. El caso brasileño muestra las consecuencias en no explorar alternativas para el mundo rural, insistiendo en el simplismo de apoyar los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, distribuir asistencias financieras al campesinado.

Las izquierdas, en cambio, deben innovar en propuestas por una nueva ruralidad, abordando en serio no solo la tenencia de la tierra, sino los usos que de ella se hacen, el papel de proveedores de alimentos no sólo para el comercio global sino sobre todo para el propio país. Las izquierdas deben, inclusive, dar un salto fundamental como es entender el territorio como espacio de vida y no simplemente como un factor de producción.

Radicalizar la democracia

La debacle política brasileña también confirma la enorme importancia de una radicalización de la democracia, una de las metas del empuje de izquierda de años atrás y que precisamente el progresismo abandonó. Aquella incluía, por ejemplo, hacer efectiva la participación ciudadana en la política y mejorar la institucionalidad partidaria. Sin embargo, el PT de Brasil concentró cada vez más el poder en el gobierno federal, tuvo un desempeño confuso y hasta perverso: en unos casos volvieron a usar los sobornos a los legisladores (recordemos el primer gobierno de Lula da Silva con el mensalão); persistió el verticalismo partidario (por ejemplo, con Lula eligiendo a su “sucesora”); poco a poco se desmontaron experimentos vigorosos (como los presupuestos participativos); y se usaron las obras públicas en una enorme red de corrupción al servicio de los partidos políticos. El caudillismo partidario se repitió en otros progresismos (como en Ecuador, donde Rafael Correa eligió a su sucesor, o en Argentina donde lo mismo hizo Cristina F. de Kirchner).

Es evidente que una renovación de las izquierdas necesita aprender de esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras y prácticas partidarias. Si no lo hace, solo facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales, con claros rasgos caudillescos.

Otra lección surge de comprender que la obsesión electoralista lleva a prácticas que impiden esa democratización. En efecto, el “miedo a perder la próxima elección” hace que el núcleo gobernante (tanto sus políticos como tecnócratas) se abroquelen, rechacen los reclamos de cambio y apertura, y se inmovilicen. Un temor de ese tipo se evidencia en el progresismo boliviano con su intento de imponer una nueva reelección de dudosa legalidad. Un extremo que en parte se debe a la incapacidad de fortalecer al propio partido político cobijando sucesores y renovaciones, lo cual es otra muestra de debilidad democrática.

Un reto aún mayor para las izquierdas, sobre todo luego de las experiencias progresistas, es reconocer el papel político de los pueblos indígenas en una democratización real.

Renovación de las izquierdas

El triunfo de la extrema derecha en Brasil debe ser denunciado y enfrentado en ese país, como también deben fortalecerse las barreras que impidan otro tanto en los países vecinos. El caso brasileño además muestra que debe analizarse lo realizado por los gobiernos del PT, por sus aspectos positivos, por su duración (recordemos otra vez que ganaron cuatro elecciones), pero también por sus contradicciones. Las alertas sobre la deriva de ese partido y algunos aliados hacia un progresismo que se alejaba de la izquierda fueron desoídas.

Cuestionamientos sobre temas fundamentales como los impactos del “nuevo desarrollismo” primarizado fueron no sólo desatendidos, sino que además activamente se combatieron los debates y se marginaron los ensayos que buscaban las alternativas al desarrollo. Persistían problemas como el debilitamiento en la cobertura de derechos, la violencia en el campo y la ciudades, el maltrato de los pueblos indígenas, y todo tipo de impactos ambientales. Pero distintos actores, tanto dentro de esos países como desde el exterior, aplaudían complacientes incapaces de escuchar las voces de alarma con el pretexto perverso de no hacerle el juego a la derecha.

A pesar de todo, en Brasil como en el resto del continente, se encuentran múltiples resistencias y alternativas que se construyen cotidianamente, especialmente desde espacios comunitarios. Ellas ofrecen inspiraciones para una recuperación de la izquierda, desde la crítica al desarrollismo, los empeños para abandonar la dependencia extractivista o los esfuerzos para salvaguardar los derechos ciudadanos. Allí están los insumos para una nueva izquierda comprometida con horizontes emancipatorios.

Es una izquierda que tiene que ser renovada, para no caer en sus viejas contradicciones, como negar la problemática ambiental, asumir que todo se solucionará con estatizar los recursos naturales o los medios de producción, esconder sus vicios patriarcales o ser indiferente a la multiplicidad cultural expresada por los pueblos indígenas y afro.

La renovación de las izquierdas debe asumir la crítica y la autocrítica, cueste lo que cueste, para aprender, desaprender y reaprender de las experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en tanto busca una convivencia armónica con la Naturaleza, y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista con remontar la inequidad social, y decolonial para superar el racismo, la exclusión y la marginación. Todo esto demanda siempre más democracia.

Notas

1. Los reportes están disponibles en www.globalwitness.org
2. Sobre la distinción entre izquierdas y progresismos, ver por ejemplo, La identidad del progresismo, su agotamiento y los relanzamientos de las izquierdas, E. Gudynas, ALAI, 7 octubre 2015, https://www.alainet.org/es/articulo/172855
3. Sobre algunos balances realizados dentro de Brasil sobre el desempeño del PT, véase entre otros a A. Singer e I. Loureiro (orgs), As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, Boi Tempo, São Paulo, 2016; también a Francisco de Oliveira, Brasil: umabiografianão autorizada, Boi Tempo, São Paulo, 2018.
4. Véanse por ejemplo los detallados análisis de Lena Lavinas, tales como Thetakeover of social policybyfinancialization. TheBrazilianparadox, PalgraveMcMillan, 2017; y en colaboración con D.L. Gentil, Brasil anos 2000. A política social sob regencia da financierização, Novos Estudos Cebrap, 2018.

 

Alberto Acosta fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay.

*El texto es parte de una serie de análisis sobre las implicancias de los cambios políticos en Brasil en distintos países, iniciada con publicaciones en el semanario Voces (Uruguay) y el suplemento Ideas de Página Siete (Bolivia).

 

 

Publicado enPolítica
Martes, 06 Noviembre 2018 06:22

La tímida reacción de la izquierda

La tímida reacción de la izquierda

Tradicionalmente, en Estados Unidos las elecciones parlamentarias suelen ser una expresión crítica sobre el presidente, por lo cual el partido de la oposición casi siempre recupera el terreno perdido en las elecciones anteriores. Sin embargo, debido el hecho de que los representantes y los senadores sirvan períodos diferentes (dos años unos, seis los otros), rara vez los cambios son masivos, ya que nunca es todo o nada, como puede serlo en las elecciones presidenciales.

Este año se espera que los demócratas recuperen la cámara baja y los republicanos mantengan el control de la cámara de senadores, más allá de que pierdan votos (foto de candidaturas de la oposición). La verdadera sorpresa sería que los demócratas recuperen el control de la cámara alta.


Estas elecciones dejarán claro cierto hastío de un creciente número de estadounidenses, sobre todo jóvenes, hacia las políticas y la nueva cultura literaria del presidente Trump, algo que ya había comenzado muchos años antes con las movilizaciones del Tea Party.


Entre las políticas y los temas sociales que han comenzado a movilizar sectores anti-Trump está todo lo relacionado a las minorías y a la lógica misma del tejido social. Desde los movimientos de mujeres (feministas o no) hasta el resurgimiento del racismo abierto contra los negros y, especialmente contra los inmigrantes pobres, no europeos, pasando por la tendencia mundial a la violencia religiosa que nos está sumergiendo rápidamente en una nueva Edad Media.


Los frecuentes atentados motivados por el odio tribal, como la más reciente matanza en la sinagoga de Pittsburgh, están basados en las proto teorías de los nacionalistas blancos y neonazis que consideran que los judíos están ayudando a los pobres de Honduras a invadir este país para continuar el “extermino blanco”. La idea popular de un “white genocide” (genocidio blanco) lleva a lunáticos como el asesino Robert Bowers, reunido con otros cientos de miles en su propia burbuja de las redes sociales (en este caso, Gab.com) a realizar su propio extermino.


De esta forma, se produce la aparente (y solo aparente) paradoja de que Trump y su base evangélica es radicalmente pro-Israel al tiempo que es antisemita, antijudía (otra contradicción explosiva que también observamos y advertimos hace dos años). Diferente a los judíos en países como Argentina o Uruguay, en Estados Unidos esta comunidad (dejemos de lado la minúscula y poderosa elite de los lobbies) siempre han apoyado a la izquierda y a las causas de las minorías, incluso contra las políticas de Israel en Palestina.


En este momento, la guerra semántica es lo más importante y donde se define el futuro del mundo. Siempre fue importante (es la idea central de nuestro estudio de 2005 sobre la lucha por los campos semánticos), pero ahora, más que nunca, vuelve a revelarse en todo su drama. Las palabras valen, y mucho. Hace un par de días los militares en Nigeria masacraron manifestantes que se atrevieron a arrojar piedras. Días antes Trump había afirmado que era totalmente legítimo que los militares estadounidenses usen armas de fuego si algunos en la caravana de refugiados hondureños se atrevían a lanzar piedras. Algo que, en la práctica no es ninguna novedad (basta con echar una mirada a lo que pasa diariamente en Gaza), pero que lo diga el presidente de Estados Unidos es una forma de legitimación de la barbarie. De la misma forma, en muchos otros temas, desde los sexuales hasta los raciales.


Desde ese mismo punto de vista narrativo, los republicanos tienen a favor una economía que, en sus números macros (PIB, desempleo, etc.) se encuentra en su mejor momento de los últimos cincuenta años. El pasado viernes se reportó la creación de 250 mil nuevos puestos de trabajo, y los dos cuatrimestres pasados tuvimos crecimientos del PIB de 4,2 y 3,2 por ciento, casi tan altos como dos cuatrimestres de la era Obama en el 2014. Obviamente que, si miramos todas las gráficas económicas, esos valores que se repiten en los discursos (con exageración trumpiana típica “nunca antes en la historia”) ya habían comenzado a mejorar en el primer año de la administración Obama. Cada gráfica sólo muestra la perfecta continuación de tendencias anteriores. Hay que agregar otro factor: el recorte de impuestos aprobado en el año 2017, el cual benefició ampliamente a la minoría más rica de la población y algo, como efecto colateral, a los trabajadores, lo que sólo ha confirmado esas mismas tendencias.


De la misma forma que en el 2016 dijimos, en diversas entrevistas, que los recortes de impuestos a las grandes empresas, que la desregulación de los bancos, que el aumento del gasto militar y que las tentativas de privatizar lo que todavía estaba en manos del Estado iban a darle más oxígeno a los números macroeconómicos durante los primeros años de la administración Trump, también era de esperar que la historia de esos modelos económicos ya empleados por presidentes como Carlos Menem y George Bush podrían indicarnos que luego de la fiesta venía el funeral. La Argentina de Macri ya está en su funeral propio, pero Estados Unidos todavía está de fiesta. Dejemos de lado el detalle que Argentina no puede imprimir dólares ni puede enviar barcos de guerra a intimidar a la competencia comercial, como sí puede hacerlo Estados Unidos. Claro, si leemos los indicadores macroeconómicos y no atendemos a la creciente desesperación de los de abajo (podríamos detenernos en los problemas de educación, salud y desigualdades sociales), la cosa ha mejorado. Nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera la desmemoria del pueblo.


Estas elecciones de hoy significarán un leve, tímido giro de Estados Unidos hacia los de abajo. Deberemos analizar si el 2020 será un año de ruptura o, apenas, un capítulo en un proceso mayor. Lo que sí me animaría a predecir desde ya, como ya lo hemos hecho antes de las recientes elecciones de Brasil, es que, en un par de años, Estados Unidos estará a la izquierda de Brasil.
* Escritor uruguayo-estadounidense, autor de La reina de América y Crisis, entre otros libros. Profesor de International Studies en la Jacksonville University.

Publicado enInternacional
Lunes, 05 Noviembre 2018 07:21

Dos palabras

lexandra Ocasio Cortez, de 29 años, es candidata a un escaño en la Cámara de Representantes y se define como socialista. Nació en el Bronx, Nueva York, y de ganar se convertiría en la mujer más joven en ser electa a la cámara baja.

Ante la sorpresa de ser obligado a usar la palabra "fascismo" para reportar sobre Estados Unidos hoy día (a lo que se dedicó la columna previa), ahora resulta que la otra palabra necesaria es: "socialismo".

Socialismo era palabra tóxica, casi prohibida, y se usaba para tachar de enemigo en la narrativa política estadunidense fuera de los pequeños círculos marginados que se atrevían a insistir en usarla. El anticomunismo y la guerra fría en todas sus dimensiones buscaron anular esa palabra. Pero de repente, el socialismo esta resucitando y es ahora parte de la pugna sobre el futuro de Estados Unidos.

En un sondeo de la Universidad de Chicago (Genforward) efectuado en mayo entre jóvenes entre 18 y 34 años de edad –conocidos como los Millennials que ahora son la generación más grande y diversa del país– la mayoría creen que se requiere de la intervención firme del gobierno y no dejar al "mercado libre" los problemas económicos; más aún, 61 por ciento de los demócratas de esta generación tiene una visión "favorable" del socialismo. En una encuesta de Gallup realizada en agosto de este año, 51 por ciento de los jóvenes entre esas edades afirmaron que ven positivamente al socialismo y, por primera vez se registró entre demócratas que tienen una imagen más positiva (57 por ciento) del socialismo que del capitalismo.

Fue el senador Bernie Sanders, quien se proclamó como "socialista democrático" en su campaña como precandidato presidencial demócrata, quien elevó este fenómeno a escala nacional. Sanders llamó por una "revolución política" en este país para "recuperar la democracia" del control del 1 por ciento más rico, empleando la narrativa contribuida al discurso nacional por el movimiento Ocupa Wall Street.

Al inicio, todos los expertos esperaban que sólo con esa etiqueta Sanders sería aplastado por la reina de ese partido, Hillary Clinton. Pero al llegar a la convención nacional, Sanders contaba con 48 por ciento de los delegados, y a pesar de ser el candidato más viejo, tenía la abrumadora mayoría del voto joven. Desde entonces, hay una batalla intensa dentro del partido entre su cúpula y los insurgentes.

El "socialismo" de Sanders y de la mayoría de los que se identifican, así se refiere más bien a la socialdemocracia del New Deal de Franklin D. Roosevelt o los modelos escandinavos actualmente. Casi ninguno de éstos está promoviendo una revolución del sistema económico, sólo hablan de reformarlo.

En estas elecciones intermedias hay decenas de candidatos que se definen como socialistas, la mayoría compitiendo en contiendas para puestos locales y estatales y unos cuantos federales, incluyendo a Alexandra Ocasio Cortez, quien será la mujer más joven en ser electa a la cámara baja del Congreso federal.

Desde las elecciones de 2016, la membresía de la organización social demócrata Democratic Socialists of America (DSA) se ha incrementado de 5 mil a 35 mil a escala nacional, con el número de sus filiales locales elevándose de 40 a más de 180. Pero los "socialistas" también están organizados en otras agrupaciones, algunas parte de la diáspora de la campaña de Sanders, como Our Revolution o Justice Democrats.

Tan presente esta la palabra "socialismo" que en octubre la Casa Blanca emitió un informe amplio advirtiendo de los "costos del socialismo", y cuya introducción empieza así: "coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx, el socialismo está retornando en el discurso político estadunidense. Propuestas políticas detalladas de autoproclamados socialistas están logrando obtener apoyo en el Congreso y entre gran parte del electorado" (https://bit.ly/2ySJwkA).

El propio Trump ha acusado que "la agenda demócrata es el socialismo" (noticia para la cúpula de ese partido), lo cual podría volver al país en Venezuela, y advirtió que si los demócratas ganan la mayoría en el Congreso en esas elecciones intermedias, eso "llevaría a Estados Unidos peligrosamente más cerca al socialismo".

Aunque el país no corre ningún peligro inminente de volverse socialista, lo sorprendente es que ya no se puede hablar, ni reportar, sobre Estados Unidos sin incluir esa palabra.

Por David Brooks/II y última

Publicado enInternacional
Lunes, 05 Noviembre 2018 07:12

De regreso

De regreso

El entusiasmo que pudo haber generado la presidencia de Lula da Silva en Brasil entre 2003 y 2010 se derrumbó desde hace tiempo. Y, ahora, con él en la cárcel, con la destitución de Dilma Rousseff en 2016 y el breve mandato de Temer, que desmanteló las políticas instrumentadas por ambos, se ha elegido a Jair Bolsonaro como nuevo presidente.

Bolsonaro ha dejado en claro qué quiere hacer. Con antecedentes militares y de talante autoritario va afirmando el vuelco que pretende provocar. El ministro de finanzas que se anuncia para el gobierno a partir del primero de enero del año entrante es Paulo Guedes. Representaría, según dice el diario Financial Times, un "momento Pinochet" en la economía más grande de América Latina.

Se refiere al regreso de la escuela de Economía de Chicago, protagonista de la implantación del modelo neoliberal, empezando la década de 1980 con la dictadura de Augusto Pinochet en Chile.

Recordemos someramente los postulados del modelo económico de Chicago en Chile. Y cuando se hace referencia al modelo económico debería entenderse que este es parte constitutiva del modelo político.

Un ajuste del tamaño del que se hizo en Chile no hubiese sido posible sin el gobierno militar. No hay políticas económicas neutrales. Todas tienen destinatarios, unas de manera explícita y otras de modo implícito.

Los neoliberales consideran que la condición más importante de la libertad individual es, precisamente, el libre mercado. Por ello, el alcance del ejercicio del gobierno debe limitarse estrictamente; la democracia puede ser un factor deseable, pero tiene que restringirse cuando sea necesario para proteger las libertades que se despliegan en el mercado.

Las medidas económicas se orientan, pues, bajo la óptica de que el mercado, mientras más desarrollado esté, constituye el sistema económico más productivo y que, por ello, es emulado en todo el mundo. Proponen, extendiendo esta concepción de la sociedad, que en la medida en que el mercado se propaga, las fuentes de los conflictos sociales tienden a reducirse. Como se sabe, estas ideas llegaron a considerar, después de 1989 y la caída del comunismo, que en el marco de un mercado libre global la democracia y la paz se impondrían en todas partes.

La política neoliberal pretendió en Chile una reformulación radical de la economía, la sociedad y la política para sobrepasar la experiencia del anterior gobierno socialista. Se trataba de que, apoyándose en el poder militar, se allanaran los obstáculos y las distorsiones que impedían el funcionamiento eficaz de los mercados.

Menos gobierno llevaría a menores presiones de distintos sectores para conseguir concesiones especiales. El desarrollo del mercado de capitales alinearía los intereses económicos y provocaría apoyos políticos. La apertura económica alentaría la competencia y la rentabilidad disminuyendo los subsidios y los aranceles. La liberación del mercado laboral acotaría el poder de negociación de diversos grupos de presión. La finalidad en materia monetaria era reducir la muy elevada inflación y, en materia fiscal reducir el gasto y el déficit público.

El vuelco político en Brasil, conseguido con una fuerte mayoría electoral de Boslonaro, ocurre en un escenario de severo estancamiento productivo y grandes presiones fiscales y de deuda.

El producto apenas crece y eso contiene el aumento de los precios en el orden anual de 4 a 5 por ciento; la tasa de desempleo rebasa 12 por ciento, el déficit fiscal es casi 8 por ciento del producto y la deuda pública supera 74 por ciento del mismo.

El gobierno electo tiene que aplicar un ajuste; eso es lo que indicaron que quieren los electores, aunado a un clamor generalizado en toda la región en contra de la corrupción.

Todo esto se reconoce, me refiero a la reiteración de situaciones económicas críticas que imponen ajustes con costos que necesariamente se distribuyen de manera inequitativa entre la población. Argentina atraviesa de nueva cuenta por otra crisis y nuevos ajustes.

Cada uno de los episodios de crisis tiene su propia explicación y siempre hay algún experto que la proponga. El caso es que no se consigue asentar un programa de crecimiento económico y de mejoramiento del bienestar social que cierre las brechas que existen y que se sostenga.

Publicado enInternacional
Lunes, 05 Noviembre 2018 06:51

Bolsonaro y el progresismo

Bolsonaro y el progresismo

El “progresismo” gusta de su programa más o menos impreciso. Le alcanza la confianza de ir para adelante intuyendo que los obstáculos de la historia se diluyen rápido. ¿Cuánto dura una pesadilla? La medida del progresismo son tiempos cortos para un mal sueño y todas las garantías de la razón para ver cómo se apartan las rémoras del camino. ¿En Brasil el progresismo no supo ver los listados que hacen los encuestadores? Ellos en general nos dicen, que tanto allá como aquí, existe una preocupación popular por la seguridad, luego por la inflación, luego –y quizás en primer lugar–, por la necesidad de “evaluar docentes”. Continuando por la corrupción, quizás no antes de las penurias económicas. Y después, a preguntas inquietantes como “qué haría si... por ejemplo, debiera juzgar al policía Chocobar, a la Gendarmería y su represión en el sur”..., la respuesta del “pensamiento popular” podría ser más bien benévola que indignada. ¿Entonces?

En los años veinte, Walter Benjamín escribió su célebre Para una crítica de la violencia, texto de absoluta actualidad, donde se constatan tanto las direcciones fundamentales de la violencia del mito y lo sagrado. Habría allí sendas violencias que bifurcan el modo de fundar sociedades, y también la propensión de un sentir amplísimo de las clases populares, dispuestas a promover la pena de muerte. El problema es de vieja data. Benjamin, en ese trabajo, estaría anunciando el nazismo. Los héroes de las estadísticas son el policía implacable antes que la maestra comprensiva, el gendarme antes que profesor universitario y el vecino que actuó por mano propia en obvia legítima defensa antes que el abogado garantista que puso en duda si era necesaria esa serie de empeñosos disparos vecinales.


Así, el progresismo que le confirió al pueblo la potestad de sujeto de la historia, titular de derechos cívicos, de decisiones igualitaristas y formas de vida emancipadas, no estaría viendo el rostro oscuro de las creencias. No habría podido interpretar una nocturna marejada de deseos informulados, ansiedades vicarias, expectativas mustias, palabras quebradas, inciertas adhesiones que abrigan secretos canjes emocionales, militarización de la fe, mitologías vitalistas en torno a la religión, el deporte y el consumo. ¿No ven que así es imposible, se les dice a los progresistas, pensar a ese pueblo que ustedes consideran depositario de un papel diáfano en la historia? Son los que no comprenderían lo terriblemente opaco de la existencia, el anuncio de una nueva reflexión sobre cómo se han diversificado los bagajes culturales, anclados en secreciones del lenguaje diario. En esoterismos imprevisibles que corren como río subterráneo bajo las vidas urbanas más previsibles, aunque rotas por dentro.


Sin exigencias reflexivas mayores, el progresismo ignoraría ese mundo anterior a los predicados políticos, constitucionales o argumentales. Se trata de un ser amorfo e inconcluso que, si por un lado es la base de la más exigente filosofía, del psicoanálisis y literatura del siglo XX, por otro lado es la materia del trabajo de las maneras predominantes con que las corporaciones informáticas crean individuos, que suponen dominar por entero en su intimidad, en su ridícula inmediatez pérfidamente feliz.


¿Es por “comprender” mejor todo eso que ganó Bolsonaro? Es cierto que el candidato del PT fue un solvente profesor de la Universidad de San Pablo y que Bolsonaro supo simbolizarse con el trípode de una cámara convertida en una ametralladora, iconografía poderosa que definía sus pertrechos: mesianismo de las imágenes, evangelismo de las armas, y mitificación de su persona. Todo eso está en su gran logro publicitario, el gigante que emerge del mar para salvar a la Ciudad, ante el asombro de la población demudada. Hay que odiarlo o amarlo. Este exigente salvador parecía brutal, pero daba y reclamaba miedo o esperanza.


¿Qué debían pensar los progresistas frente a ello? ¿Dictaminar rápidamente que estábamos ante un retoño del neofascismo, del nazismo a secas? ¿Autoritarismos militaristas de masas? De resolver bien estas cuestiones depende nuestro futuro político, en tanto política en el interior de los pueblos. Afirmamos que no se puede solo cuestionar al progresismo, sino reconocer que también él es un movimiento de masas que quiere apartarse de los mitos, de los anacronismos culturales y recrear un pueblo con pedagogías ilustradas que convivan con el carnaval, el terreiro y los sincretismos religiosos. Aún limitado, siempre aceptó la cultura brasileña que navegaba a varias aguas, lo carnavalesco, lo espiritista, la nobleza ilustrada, el estado de transe corporal, el éxtasis religioso, las clases de Félix Guattari y la crítica al “hombre cordial”.


Ahora, con Bolsonaro todo ese debate se ha desplomado, porque este personaje funambulesco salido de esos momentos abismales de la sociedad, evangelizó las armas y arruinó todo mesianismo. Entonces los debates más riesgosos quedan paralizados por un letargo trágico, una aceptación de la violencia que los destruye, aunque algunos patanes de la furia la ven como salvadora, y los sorprendidos progresistas extraen una conjetura antifascista a las apuradas. ¿Está bien esta caracterización? No. Hay una mitologización construida como iconografía electoral de telenovela alrededor de Bolsonaro. Este lúgubre personaje tiene la importancia de marcar un fin de época, su mito no es la madeja intrincada de una conciencia contradictoria. Es un martillazo que obnubila el ser social, intimidatorio incluso de los antecedentes que pudieran importarle de las anteriores experiencias del “fascio brasilero”.


Por ejemplo, la del escritor modernista Plinio Salgado, que en los años treinta no fue ajeno al mussolinismo, creando formaciones políticas regimentadas a través del saludo de “anaué”, un concepto indigenista con revestimiento en la simbología fascista. No va por ahí la cosa que anima Bolsonaro, que descarría todo, pone la cultura brasileña ante un juicio final sumarísmo. A todo masacra. Tanto a lo popular, lo demonológico, lo milenarista, lo progresista, lo tecnocrático, lo sociológico, lo antropológico. Tanto a la vida ilustrada clásica como a la popular perteneciente al gran océano de creencias. El evangelismo no artillado, el candomblé, el umbanda, el cristianismo clásico. Ha removido y reutilizado aviesamente la idea de mito, que el progresismo denunció, pero sin interrogarlo adecuadamente.


El mito de Bolsonaro no es aquel que como sombra indescifrada acompaña toda la historia brasileña, esos pensamientos salvajes, festivos y artísticamente paradojales –que la figura de Antonio das Mortes representa muy bien–, y cuyo secreto gozante los gobiernos petistas no habrían sabido descifrar. Aceptemos que no les prestaron suficiente atención, y que siguen siendo lenguajes populares que una pedagogía nacional interpretativa no debe abandonar a priori. Los encuestadores, casandras de los abismos en que cae el movimiento popular, consideran facilongo renegar del ingenuo progresismo percibiendo que nada saben de narcotráfico, de policías, de bandas diversamente ilegales que atraviesan las vidas populares y sus creencias sedimentadas por el bazar ingenioso de todas las teologías universales.


Sin embargo, ¿con qué vacío nos quedaríamos cuando nos cansemos de alertar sobre la superficialidad de nuestros progresistas? El bolsonarismo es la apoteosis de la sociedad entendida como criminalidad latente. Lo actúa un apócrifo superdotado inventado por la publicística de los pastores de almas armados con ametralladoras Uzi. Varitas de acero con las que se descubre ahora un mítico frenesí popular con revólveres “Bullrich-Coltsonaro calibre 32” en las manos. Alerta máxima, entonces, para el progresismo con su idea lineal, permanente y solícita de la historia. Todo esto debe ser revisado, aunque no por eso abandonado. Debe incorporar, y producir una mutación, de todo aquello que corresponda a la reflexión sobre “el mundo oracular”. No para acatarlo y someterse a él, sino para desconstruir a Bolsonaro, que sin saberlo, estaba usando groseramente las piezas magistrales de la mitografía brasileña, para degradar la vida popular.

Publicado enPolítica
Lunes, 05 Noviembre 2018 06:34

Brasil incuba el huevo de la serpiente

Brasil incuba el huevo de la serpiente

La amenaza del fascismo se acrecienta en el país vecino de la mano del colapso económico y la crisis de inseguridad. El riesgo del Estado fallido. El Mercosur se debilita e impacta en la posibilidad de inserción comercial de la Argentina.

Descomposición y fascismo


En Brasil prevalecen condiciones comparables a aquellas que facilitaron el avance del fascismo durante la década de 1930. Siguiendo a Karl Polanyi en su Gran Transformación, el (neo)liberalismo se tradujo allí en un proceso de extrema privatización de la vida cotidiana, circunstancia que derivó en el desesperado llamado al orden y la disciplina en las últimas elecciones. Para Polanyi el sistema liberal colapsó en los años 30 por las características intrínsecas a la utopía liberal: la pretensión de que el mercado auto-regulado permitiría el bienestar colectivo. Para esta utopía la propia fuerza de trabajo y la naturaleza deberían reproducirse mediante relaciones de compraventa sin otra orientación que la ganancia. Pero la mercantilización lleva implícita una desagregación social contra la que permanentemente se oponen mecanismos de auto-protección: tanto en términos de organización social y productiva como a través de la reivindicación política por normas y derechos universales. El autor muestra cómo la desarticulación social provocada por el desmoronamiento del mercado generó como reacción el surgimiento de propuestas totalitarias.


Desde 2013 la mayor parte de los brasileños sufren un colapso económico. Sus efectos se sintieron especialmente en el mercado de trabajo y en las condiciones de vida de los sectores populares. Desde 2014 a 2018 la desocupación abierta alcanzó 13 por ciento, mientras que entre la población ocupada el trabajo informal supera 40 por ciento. Recuérdese que desde 2017 el trabajo formal se encuadra en la nueva reforma laboral que precariza sus condiciones. Junto al colapso económico se deterioraron las instituciones políticas y el aparato estatal. Aunque el Estado de Derecho siempre fue una formalidad para pocos, en las periferias urbanas el espacio público fue privatizado por bandas de narcotraficantes y grupos para-militares: Durante 2017 se registró una tasa de 30,8 asesinatos cada 100 mil habitantes, unos 64 mil homicidios. El desamparo y la virtual desaparición del Estado facilitan la propagación de iglesias evangélicas como exclusivos lugares de socialización en territorios carentes de servicios públicos. Una vez que la izquierda abandonó el trabajo de base, notorio en los años 80, estas iglesias y sus redes de negocios se desempeñan como equivalentes a punteros de barrio de usos múltiples: imponen disciplina y autoregulación, dan contención espiritual, ayudan en la desesperada búsqueda de empleos. Y aunque puedan parecer objetivos contrapuestos, en forma simultánea promueven la familia patriarcal y la posmoderna ideología del emprendedorismo individual.


Es en estas condiciones socioeconómicas donde debe pensarse el masivo apoyo al discurso de extrema-derecha. La restauración del orden, la disciplina y las jerarquias son hoy prioridad para la mayoría de los brasileños. “Brasil arriba de todos y Dios arriba de todo”, reza el lema y nombre oficial de la coalición electoral recientemente vencedora. ¿Las iglesias evangélicas y los movimientos políticos de extrema derecha son mecanismos de autoprotección de la sociedad en los términos de Karl Polanyi? Aunque en una escala simbólica efectivamente representan un urgente llamado al orden por encima de cualquier otro objetivo o valor, sean éstos los derechos humanos o la libertad de enseñanza, al promover políticas económicas neoliberales, como la privatización y los ajustes fiscales, y al santificar las prácticas individualistas del emprendedorismo en desmedro de la acción colectiva, agudizan la descomposición estatal y el desamparo social. De no revertirse estas tendencias, es más probable que Brasil se convierta en un Estado fallido a que devenga en un régimen fascista de tipo clásico sustentado en un Estado todopoderoso como aquellos que estremecieron al mundo en la década de 1930.


** Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Brasil, y la Universidad Nacional de Moreno (UNM), Argentina.
** Profesor de la Universidad Federal Fluminense (UFF), Brasil.

 

 

Publicado enInternacional
Lunes, 05 Noviembre 2018 06:24

“El problema es el bloqueo financiero”

“El problema es el bloqueo financiero”

El funcionario venezolano Rangel afirma que más de 1600 millones de dólares están retenidos en Europa y Estados Unidos. Además, señala que el modelo rentista se agotó en su país y explica el plan de recuperación de Maduro.

El modelo rentista se agotó en Venezuela, y, por eso, se está llevando adelante una transformación en la economía, dijo el ministro de Ecosocialismo y Aguas, Heryck Rangel, en diálogo con Páginal12. El funcionario, militante ecologista y miembro del Partido Socialista Unido de Venezuela desde su juventud, estuvo en Buenos Aires para asistir al Foro de ministros de medio ambiente de América Latina y el Caribe. “Venezuela tiene hoy un proyecto de país, un proyecto que visualiza aprovechar los recursos para el desarrollo económico integral del país sin sacrificar a las generaciones futuras”, afirma Rangel, quien no cree que una economía fundamentalmente extractivista entre en contradicción con el cuidado del medioambiente siempre y cuando esté planificada.
–¿Cómo está la situación económica y social en Venezuela hoy?
–En Venezuela estamos viviendo en este momento una revolución económica. Este modelo económico productivo se fundamenta en el petróleo, en los recursos mineros del país, pero sobre todo se apalanca en la necesidad de que se desarrollen pequeños productores asociados y se desarrolle el agro que es una tarea pendiente de Venezuela. Este momento que estamos viviendo también nos ha permitido reflexionar sobre el modelo de desarrollo que teníamos, porque el rentismo se agotó como modelo y Chávez ya lo había anunciado. Y por eso ahora el presidente Nicolás Maduro ha anunciado el plan de recuperación, crecimiento y prosperidad económica. Un plan integral que busca una disciplina fiscal que incluye una reconversión monetaria, la protección del salario de los trabajadores y que busca incentivar el ahorro en bolívares y en oro.
–¿Cuáles serían los actores importantes dentro de esta reconversión económica?
–Primer actor, el Estado como regulador de la economía, como orientador. Número dos, los privados. El problema es que tenemos bloqueo financiero. A nivel internacional tenemos recursos de más de 1600 millones de dólares de Venezuela, dineros transparentes cuyo origen puede ser auditable, están retenidos en Europa y en Estados Unidos, y son recursos que necesitamos. Y a nosotros nos da mucha risa que el gobierno de Estados Unidos diga: “Vamos a hacer un fondo de 50 millones de dólares para ayudar Venezuela que está atravesando una crisis humanitaria”, porque, entonces, ¿por qué no nos devuelven nuestros 1600 millones de dólares?
–¿Usted no cree, entonces, que haya una crisis humanitaria?
– No hay una crisis humanitaria. Nunca la ha habido. Realmente nosotros estamos atravesando problemas producto del bloqueo. Además, otro problema. ¿Por qué el gobierno colombiano tolera que haya un contrabando de extracción del combustible venezolano y se venda impunemente en Colombia? ¿Por qué en Colombia se venden los billetes venezolanos?
–¿Con qué fin?
–Bueno, dejar al país sin masa monetaria, dejar al país sin efectivo para generar crisis. Hay un contrabando de extracción desde Venezuela hacia Colombia permitido por el gobierno colombiano. No puede permitirse en Colombia la distribución de alimentos y medicinas venezolanas. Entonces, tú observas que hay un trasfondo político desde Colombia muy interesado en desestabilizar la economía venezolana, con la intención de que se genere un conflicto social que desencadene un cambio de gobierno.
–¿Usted no estima que haya un conflicto social en Venezuela hoy en día?
– Superado. Lo superamos. El año 2017 fue un año muy difícil para no- sotros, quisieron llevarnos al borde de una guerra civil. La oposición venezolana es muy irresponsable. Es una oposición que lanzó a la calle jóvenes, que comenzó una campaña de odio hacia las clases más pobres, a los chavistas, a lo que pareciera chavista. Y hoy por hoy esa derecha que llamaba al odio se fue toda del país. Huyeron. Y en el pueblo hay una oposición que nosotros respetamos, porque estamos en democracia.
–¿Cómo ve la acusación por parte de la oposición y el gobierno de Estados Unidos de que detrás de la muerte del concejal Fernando Albán esté Maduro?
–Nosotros estamos convencidos de que el presidente Nicolás Maduro nada tiene que ver con esa acción deliberada de ese señor, a cuya familia expresamos nuestro pesar porque realmente es muy doloroso perder a un ser querido. Nosotros no vamos a permitir nunca que se ponga en tela de juicio los derechos humanos en nuestro país.
–Hace unos días salió un informe que dice que más de la mitad de los médicos venezolanos habían emigrado.
–Hay una política deliberada de algunos países de América Latina, entre ellos Chile, de captar ese talento venezolano (en Venezuela estudiar medicina es gratuito). Entonces, de forma deliberada gobiernos de derecha están fomentando una fuga de cerebros. Y no sólo son médicos, ¿qué pasa con la migración venezolana que la hace distinta a la de otros países? Que viene personal muy calificado académicamente. Venezuela nunca había conocido la emigración. Es muy mínimo, también, lo que ha migrado en los últimos años. En Venezuela somos 30 millones de habitantes y la proyección es que han migrado un millón de personas.
–Pero la ONU dice que son 2,3 millones.
– Dos millones. No llega ni al diez por ciento de la población venezolana. Preguntate cuántos ecuatorianos están en el extranjero, cuántos colombianos, cuántos peruanos. En Venezuela hay gente que se dedica a la captación, así como hay visitadores médicos, llega gente a promocionar cosas del estilo “mira, vamos para Argentina, en Argentina hay empleo, vas a llegar, tener tu vivienda, tu carro del año y el celular del año”. Entonces, si ves el perfil de los que migran, son jóvenes profesionales muy calificados, que cayeron en esta propaganda. Porque al final esto es una guerra, nosotros lo vemos así, solo que no hay bombas, gracias a Dios.
–Los gobiernos de los países vecinos no se han portado muy bien con los migrantes venezolanos...
–No se han portado bien. Tu has observado por ejemplo como acá en Argentina, como en Chile, en Perú, en Ecuador, en Colombia, en Brasil, gobiernos de derecha que hablan de una recepción de unos refugiados y luego los maltratan y nosotros lo hemos dicho a nivel mundial. En Venezuela hay cinco millones de colombianos. Si la crisis es venezuela fuese de la magnitud que se quiere vender al mundo, ¿por qué no se han vuelto a Colombia los cinco millones de colombianos? Deberían ser los primeros en pedir ayuda para que los saquen del país.

Publicado enInternacional
Página 1 de 188