Sábado, 19 Enero 2019 05:05

Lo político es personal

Lo político es personal

Quizá el malentendido surja de asimilar lo “personal” con lo “individual”. Quizá la brecha enorme entre esas dos palabras haya sido obstruida por lo vertiginoso de los tiempos que corren, que no nos dan respiro. Hay sectores que han empezado a impugnar el concepto de que “lo personal es político”, mientras arrecia la ola de antifeminismo, aquí y en muchos otros países, a cargo de grupos religiosos, ONGs y gobiernos de derecha. 

Los regímenes totalitarios de nueva generación, con su entramado de dispositivos de noticias falsas, más el discurso oficial que multiplican los medios convencionales y que contiene afirmaciones mentirosas, cínicas, psicopáticas, apuntan claramente a generar poblaciones sumidas en la confusión. El sentido común por el que batallan está tejido con esas falacias, lo que da por resultado la sensación de irrealidad en la que viven sectores fanatizados. A la falta de contraargumento se le contesta con fanatismo.


Desde hace un tiempo, desde la derecha brotan cuestionamientos ácidos sobre el concepto que le debemos a Kate Millet, una feminista de la segunda ola. Ese concepto, “lo personal es político”, no resta fuerza política a la posición de las mujeres, sino que permitió terminar con la idea de “dramas de puertas cerradas”. Durante siglos, el sufrimiento y la violencia que padecieron muchas mujeres en sus vínculos presuntamente afectivos y familiares fueron considerados un problema de esos en los que mejor era no meterse, porque “cada pareja es un mundo” y porque “si se queda es porque quiere”.


Pero sobre todo sirvió para que las propias mujeres que atravesaban una situación de violencia advirtieran que “no se lo habían buscado”, y que la libertad en la que vivían era presunta, falaz, llena de paradojas y laberintos. Quienes confunden lo “personal” con lo “individual” y creen que la lucha feminista retrae la lucha política y es un factor distractivo más de los que nos impone el régimen, efectivamente evocan, cuando argumentan su rechazo, lo “individual”, no lo “personal”.


Por el contrario, en el extremo opuesto del individualismo, aparece el reclamo hermanado de mujeres de todas las latitudes del mundo que, por esos enigmas de la época, han roto el hechizo al mismo tiempo y han roto el velo que las mantenía sujetas a una idea de mujer que se pensaba sola, y era invitada a abnegarse. Es colectivamente y a partir de la certeza que en cualquier lucha colectiva se origina en los bajos vientres, en los corazones, en la sangre, en los humores, en fin, en el cuerpo de todxs, que nace el impulso poderoso de transformar la realidad en algo más justo.


“Lo personal es político” tuvo efectivamente una primera interpretación feminista, pero a lo largo de las últimas décadas del siglo pasado y la primera de éste, ese concepto fue perfectamente aplicable a padeceres y frustraciones que exceden largamente a las mujeres. Esa idea está hoy a disposición de todos los condenados de la tierra, prescindentemente de sus opciones e identidades sexuales, para comprender que aquello que tenemos en el medio del pecho cuando vomitamos la bilis de un despido o la falta de trabajo, de una enfermedad nerviosa, del dolor de no poder acceder al medicamento que necesita un ser querido, de la desgracia de no tener un techo, en fin, de todas las pestes “personales” que han venido a traernos estos nuevos regímenes autoritarios, no son personales, sino políticas.


La fuerza enorme de esa idea debe germinar sin miedo, como sin miedo y sí con alborozo deberían nuestras sociedades recibir los multitudinarios despertares femeninos. Porque las mujeres no somos una minoría de las que algunos acusan a otros de privilegiar en desmedro de las mayorías. La sola idea de seguir colocando a las mujeres en los casilleros de las minorías nos habla de una falta de conciencia de lo real, que es lo que siempre ha hecho el poder. Sólo gracias al sentido de irrealidad es que Macri puede, cuando visita a Bolsonaro, decirle “queridísimo” antes de acometer con un discurso pret a porter, que no le pertenece a él sino al bloque del orden mundial en el que está inserto, la sarta de acusaciones a Nicolás Maduro, cuyo objetivo es ir justificando una acción armada contra un gobierno constitucional. La perorata incluyó la acusación de que Maduro “encarcela opositores”. Sólo gracias a ese sentido de irrealidad puede un presidente que cada día suma un preso político más, sin pruebas, sin condena, sin sentencia, decir lo que dijo Macri.


Uno de los principales ejes de la lucha política que tenemos por delante es precisamente la lucha contra la naturalización de lo que el poder del régimen nos presenta como “personal”. No son fracasados los que cursan en escuelas nocturnas, no son poco competitivos los dueños de las pymes que cierran, no son depresivos los que no pueden dormir porque sus proyectos de vida han sido abortados de pronto, como si realmente estuviéramos atravesando un cataclismo o un accidente meteorológico, aunque incluso la meteorología debería empezar a narrarse como lo que es: el producto político de un sistema que desprecia por igual lo natural y lo humano.


El patriarcado, es cierto, circula por un andarivel políticamente transversal, porque lleva más siglos entre nosotros que cualquier otra construcción cultural. La imposibilidad de muchos de ver en la lucha feminista una oportunidad para otros grandes despertares populares tiene, me temo, mucha cola de paja. Porque de derecha a izquierda hay ideas fosilizadas sobre las mujeres que no han logrado todavía ser ablandadas y deshechas. Hay closets. Pero ya no los que cobijaban homosexuales no asumidos. Hay closets de machistas que no se autoperciben como tales y que se sienten afrentados. Hay confusión y autodefensa cuando se escucha hablar de machismo, como si esa palabra designara al género masculino. No es así. Siempre hubo y hay varones sensitivos y liberadores que han sabido despertarse de la irrealidad patriarcal y han gozado y hecho gozar de la complementaridad, de las diferencias. Pero otra vez: esa otredad que no se comprende del todo, y que por lo tanto no está bajo control, excede también largamente a las mujeres. Vivimos un tiempo en el que toda diferencia intenta ser aplastada y todo intento de refutación es acribillado por las mentiras a repetición de los dispositivos distópicos de los nuevos totalitarismos tienen a su servicio.


Pueden invertirse los términos y tendremos otra idea-fuerza: lo político es personal. Son decisiones políticas las que desde el diseño de un país provocan, por ejemplo, el cierre de una pyme y luego el llanto de un varón o una mujer que no saben cómo seguirá la vida, y que naufragan en esa incertidumbre en la que Esteban Bullrich supo decir que debíamos acostumbrarnos a vivir.


Y le decimos que no. Que no nos acostumbraremos nunca. Que no entraremos al sentido de irrealidad al que nos conducen como si fuera un shopping de desgracias. Que no. Que no creeremos nunca que somos poca cosa, ni que el fracaso es nuestro, ni que no hemos hecho los méritos suficientes para merecernos nuestra parte de felicidad. Porque lo personal es político y lo político es personal, y tenemos por delante un único camino de lucidez posible, que es pensar y sentir el dolor de los otros como si fuera nuestro, sabiendo que la reciprocidad es el mecanismo, que la política es la herramienta y que la organización es el modo.

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El demócrata estadounidense Bernie Sanders y el exministro griego Yanis Varoufakis impulsan una Internacional Progresista

"Hay una guerra global en marcha contra los trabajadores, contra el medio ambiente, contra la democracia, contra la decencia. Una red de facciones derechistas se está extendiendo a través de las fronteras para erosionar los derechos humanos, silenciar la discrepancia y promover la intolerancia. Desde 1930 la humanidad no se enfrentaba a una amenaza así”. Con estas palabras tan directas arranca el manifiesto de la Internacional Progresista, una plataforma impulsada por el veterano senador izquierdista estadounidense Bernie Sanders y el célebre economista griego Yanis Varoufakis como respuesta a viejos y nuevos enemigos. Los viejos son las élites a las que acusan de crear un sistema económico cada vez más vez más desigual; los nuevos, unos movimientos populistas de corte conservador con los que nadie contaba hace unos años.

La victoria de Donald Trump en Estados Unidos, la de Jair Bolsonaro en Brasil o la del vicepresidente italiano Matteo Salvini en Italia les han dado la carta de naturaleza, una prueba empírica, casi una dirección postal. La Internacional Progresista busca de algún modo la suya. Se presenta como una llamada a crear una “red global” de izquierdas que contrarreste esa marea que llega por la derecha. Cuando políticos e intelectuales se reunieron entre los días 29 de noviembre y 1 de diciembre en Burlington (Vermont), el cuartel general del Instituto Sanders, para presentar la iniciativa, unos y otros llegaron a diagnósticos muy similares.

Entre los ponentes figuraba la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que en entrevista telefónica lo explica así: “Hemos visto a minorías privilegiadas que se están bunkerizando para mantener sus privilegios, por un lado, y una extrema derecha que crece con ese acento populista, pero también con un trasfondo muy establishment, que tiene mucho dinero detrás y que se está coordinando a nivel internacional, compartiendo estrategias. Si se organiza la extrema derecha, no puede ser que los movimientos sociales de cambio no lo hagan”. Cuando regresó a España de su viaje a Vermont, el partido radical Vox acababa de ganar sus primeros escaños en el Parlamento andaluz.

A la reunión de Vermont asistieron desde el economista Jeffrey Sachs hasta el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, pasando por la actriz y excandidata a gobernadora del Estado homónimo, Cynthia Nixon, entre otros. Una de las preguntas razonables sobre esta iniciativa es en qué medida comparten características el auge populista de Brasil y el de Estados Unidos, por ejemplo, o si la tradición socialdemócrata de posguerra en Europa se puede equiparar al movimiento liberal norteamericano (liberal en el sentido estadounidense de la expresión, es decir, progresista). En resumen, si las ideas de una Internacional Progresista pueden funcionar a ambos lados del Atlántico. El caldo de cultivo que ha favorecido este movimiento, para empezar, es el mismo. Y los programas de Sanders y del nuevo partido DiEM25 de Varoufakis —elaborados de forma independiente antes de esta alianza— guardan muchas similitudes. El del estadounidense es heredero del New Deal y la Great Society, y el del griego, de la cultura del Estado de bienestar con que se construyó la Europa moderna.

Para James K. Galbraith —hijo de John K. Galbraith e integrante de esa esfera de economistas progresistas estadounidenses que incluye al citado Sachs—, el New Deal traza el mejor paralelismo histórico con la nueva Internacional Progresista, porque fue “un programa completo y muy imaginativo de acción pública con el objetivo de superar una gran crisis y servir de alternativa al fascismo, que era la gran alternativa, entonces y ahora”.

Pero el New Deal de los años treinta—cuya traducción literal es “nuevo acuerdo”— consistió en un programa económico intervencionista lanzado por el presidente Franklin D. Roosevelt para superar la Gran Depresión, la gran crisis económica que liquidó el 27% del producto interior bruto de EE UU entre 1929 y 1933 y disparó el nivel de desempleo del 3% al 25% en el país. El lanzamiento de la Internacional Progresista, sin embargo, hoy tiene lugar en un momento en el que ese mismo país tiene la tasa de desempleo más baja desde la guerra de Vietnam y atraviesa el segundo mayor periodo de expansión económica de su historia, solo superado por los 120 meses consecutivos de crecimiento en los noventa. ¿Por qué un New Deal ahora?

Tras el crash de 1929 y la II Guerra Mundial, con el impulso de las políticas keynesianas (inspiradas en el economista John M. Keynes, que defendía las políticas públicas y monetarias de estímulo en épocas de crisis), hubo tres décadas de enorme esplendor económico en EE UU que convencieron de una certidumbre a las familias: un joven podía dejar el instituto y encontrar un buen empleo en la fábrica de su ciudad, y con su sueldo comprar una casa, conducir un Ford y criar a sus hijos. Hoy, 10 años después del estallido del último crash financiero y del inicio de la Gran Recesión, aunque las grandes cifras macroeconómicas estén más que recuperadas, la clase trabajadora sigue presa de la incertidumbre.

Si la Gran Depresión demostró que la economía no se corrige sola, la Gran Recesión ha puesto fin a la idea de redistribución espontánea de la riqueza, ese llamado trickle-down(goteo) del crecimiento. En ese mar revuelto se han lanzado a pescar líderes populistas conservadores en América y Europa. Y en este contexto se explican estos llamamientos a un nuevo New Deal, de hecho un Green New Deal para ser exactos, como especifica el manifiesto de la Internacional Progresista, porque tiene un marcado acento en las políticas medioambientales.

El verdadero populismo, defiende el economista Dani Rodrik, tiene más que ver con Roosevelt que con Trump. En un artículo publicado en febrero en The New York Times, el profesor de Harvard recuerda que el populismo (término que en EE UU no tiene las mismas connotaciones peyorativas que en España) empezó a germinar a finales del siglo XIX, al calor de los movimientos de trabajadores y granjeros, y, como hoy, fue una respuesta a la ola de globalización que se vivía en aquel momento y que también causaba daños colaterales. Culminó con el New Deal. “La lección histórica consiste no solo en que la globalización y el rechazo social están íntimamente ligados”, reflexiona Rodrik, “sino que ese tipo de populismo malo engendrado por la globalización puede requerir un tipo de populismo bueno para ahuyentarlo”.

Galbraith cree que plataformas como la de Sanders y Varoufakis beben tanto de esa tradición populista de hace 100 años como del progresismo de principios del siglo XX que propugnaba una mayor regulación y control público del capitalismo desbocado. “Su objetivo es contener la Internacional Nacionalista que está prendiendo en Europa y en EE UU, que amenaza con la represión de los movimientos sociales y con la liberación del capitalismo sin control”,apunta.

El triunfo del trumpismo en EE UU ha corrido en paralelo con el auge de candidatos escorados a la izquierda en el Partido Demócrata. Políticos que no tienen problemas en definirse como socialistas en un país que suele asociar el término a la antigua Unión Soviética. John Samples, del think tank conservador Cato, en Washington, quita hierro a esta tendencia. “La gente sigue sin querer pagar más impuestos, cree que los ricos deberían pagar más, pero la mayor parte de la población cree que sus impuestos están bien así”, recalca. “Lo extraño de que se hable tanto del New Deal es que el Partido Demócrata en los años treinta no lo vio como un experimento socialista, sino como un intento precisamente de evitar el socialismo y el fascismo”. Al final, el New Deal revitalizó la economía de mercado. Según Rodrik, “salvó al capitalismo de sí mismo”.

 

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Jueves, 20 Diciembre 2018 08:43

Ultraderechas

Ultraderechas

Lo que tienen en común las ultraderechas actuales es haberse librado de los complejos e inhibiciones democráticas procedentes del clima político posterior a la segunda guerra mundial del siglo XX. El decidido y sobreactuado retorno a una identidad nacional que se presenta con un relato épico sin fisuras tiene a lo “extranjero” como la amenaza, el exterior, que puede atentar contra la unidad plena y consistente que las ultraderechas presentan como identidad nacional. Es sabido que las identidades son siempre frágiles e inconsistentes y siempre es necesario adosarles suplementos fuertes para que se sostengan en su inestable unidad. La ultraderecha ha reactivado su camino de siempre, pero ahora dentro de un orden democrático donde ejerce una pose “desinhibida” y desacomplejada. Tal como lo sostuvo uno de los líderes de la ultraderecha española: “en los últimos 30 años los progres han decidido que teníamos que decir o callar”. La ultraderecha puede sostener esto ahora, porque percibe que muchos sectores populares sienten a los sectores progresistas como hipócritas y falsos con respecto a los valores que dicen proclamar. Tema a considerar en otro lugar. 

 

Promediando los 60, Lacan, de un modo profético, vaticinó un ascenso del racismo. El desencadenamiento del mercado capitalista sobre el mundo traería aparejado el retorno en cada uno al lado más oscuro de su identidad. Ese “lado” que considera el goce del otro como subdesarrollado, excesivo, anómalo y extranjero. En este punto debemos considerar que el goce o las pulsiones no deben confundirse con el placer. El goce es anómalo, excesivo y perturba al proyecto de alcanzar una identidad sin fisuras. El racismo, elevado según Lacan a un rango desconocido, sería el efecto logrado de la globalización incipiente en aquellos tiempos. De este modo, el verdadero asunto consiste en desconocer el goce obsceno de cada uno para imputárselo a lo extranjero que goza “mal”. Hoy mismo el líder de Vox (ultraderecha española) manifestó que la mayoría de las agresiones sexuales en España eran cometidos por extranjeros. Esto, obviamente, contra toda evidencia estadística. El racismo está produciendo una severa transformación de la política y su génesis no está en lo que clásicamente se entiende por política. A su vez, la novedad es que la ultraderecha, que ya se disemina en el interior de las antiguas derechas democráticas, legitima, levantando las barreras de lo “políticamente correcto”, su goce sádico. El racista actual no solo odia el goce del otro, ahora ama su goce sádico como la salvación de la patria. Por ello lo extranjero no hace sólo referencia a los extranjeros sino a todos los que se enfrentan a los proyectos del capitalismo neoliberal. Que pasan a ser el sector potencialmente eliminable de la sociedad. La izquierda tiene dificultades para aceptar la capacidad libidinal y expansiva de ese odio. No es que de golpe se hayan vuelto fascistas una parte significativa de la sociedad, pero sí que usan al nuevo fascismo como vehículo de su Odio contagioso. Especialmente un odio al “parásito” político. Por todo esto no estoy de acuerdo con la posición de inculpar a la izquierda del crecimiento de la ultraderecha o más bien del autorreproche que practica consigo misma. El crecimiento exponencial del racismo es un fenómeno ultrapolítico que responde a la posición del sujeto en su construcción fantasmática con respecto a su modo sádico de goce. Y por supuesto no es un Populismo. El populismo se construye con heterogeneidad, con ética y con el pueblo soberano antagónico al Capitalismo neoliberal. No se trata nunca de un fenómeno identitario y xenófobo que tiene a la pulsión de muerte como proyecto último. La ultraderecha o el posfascismo la sabe emplear en su instrumentación política pero no la ha creado ella misma. El racismo ha producido una metamorfosis en el mundo y es un efecto de la mundialización del Discurso Capitalista. Discurso que ha transformado al “plus de goce” en un plusvalor sostenido en diversos procedimientos que dan lugar a grandes expansiones libidinales de odio y segregación. En cierta forma, hay un desclasamiento lumpen que se unifica en el odio al goce subdesarrollado del Otro. El goce, por definición siempre es subdesarrollado, parcial y fallido. La ultraderecha se opone al establishment político, pero nunca al entramado corporativo que sostiene al Capitalismo neoliberal. Su antagonismo real es con lo extranjero.


Hace tiempo que el mundo occidental vive en esta ratonera sin salida, mejor que los autorreproches poner la energía en inventar una y otra vez, la puerta, la ventana, el agujerito, por donde la diferencia de lo popular - emancipatorio pueda presentarse frente a esta “caída” en lo más abyecto propuesto por las ultraderechas.


* Psicoanalista y escritor

 

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Xenofobia y comunismo. La estrategia vencedora de la ultraderecha

El mundo entero es testigo de la profundización del modelo neoliberal que ahora se posiciona con la ultraderecha. Se admite la libertad de mercados casi para todo excepto para el mercado laboral y varios países están imponiendo barreras al acceso de inmigrantes a sus territorios. Una consecuencia que subestima el modelo económico imperante es la afectación del medio ambiente, no obstante el líder de uno de los países con mayor incidencia en la contaminación niega el cambio climático y no se acoge a los Acuerdos de París.

 

La desigualdad, esa inmensa realidad que denuncia al sistema que la permite y reproduce, junto con el subdesarrollo en las regiones periféricas ajenas a la modernización, dos realidades consideradas como resultado menores del sistema capitalista, sin embargo con el avance de la globalización esta conflictividad social no puede seguirse ignorando.

Son dos realidades, desigualdad y subdesarrollo, que a su vez tienen a la inmigración entre una de sus muchas consecuencias, realidad agudizada por el trato beligerante que sufren quienes dejan atrás sus territorios en procura en otros lares de mejores condiciones de vida. Las dos realidades en cuestión también dejan profundas consecuencias al interior de los países desarrollados, las cuales pueden medirse en términos de alto desempleo, alta informalidad y desprotección social de los trabajadores, en favor de la capitalización de las empresas y corporaciones con mayor poder de control sobre los gobiernos.
Estas transformaciones se consolidan gracias a la interacción de varios factores que lo facilitan. Las autoridades económicas privilegian, a la hora de proyectar medidas globales y locales, acciones que priorizan el mercado financiero por encima del laboral, medidas que le dan mayor importancia al valor de los activos financieros que al bienestar de las personas, que convierte los derechos en mercancías, y que restringen el gasto social pero que hacen rescate del sistema financiero con ingentes recursos públicos. Por otro lado, los ciudadanos son cada vez más individualistas y no logran estructurar una acción colectiva que defienda su derecho al trabajo, a la educación, a la salud, a contar con un ingreso para la vejez y a tener un medio ambiente sano que les garantice una mejor calidad de vida tanto a ellos como a su progenitura.

Colombia no es la excepción. De cada dos personas que conforman el gabinete actual uno proviene de gremios económicos, el Ministro de Vivienda viene de Asobancaria, el Ministro de Defensa de Fenalco, la Ministra del Interior de Asomovil y la Ministra de Transporte de Asograsas entre otros. El modelo de emprendimiento que destaca Iván Duque es el de Rappi que logró posicionarse como la primera empresa colombiana con capitalización de más de un billón de dólares gracias a la explotación de miles de jóvenes e inmigrantes venezolanos que trabajan para ellos sin ninguna protección social.

A la administración actual le es indiferente la educación superior de acceso universal. Las empresas prestadoras de servicios de salud siguen a sus anchas: treinta de cuarenta EPS tienen índices de solvencia desfavorables, y aquellas que entran en procesos de liquidación trasladan sus activos a otras razones sociales y dejan el pasivo al gobierno colombiano. No existe una política de estado que invierta más recursos en I+D que redunden en mayor competitividad y salarios. El modelo económico sigue principalmente soportado en la extracción minera y de hidrocarburos. La estrategia del Centro Democrático que encabeza toda una suerte de transformaciones que lesionan el estado social de derecho ha sido instigar el odio por los desmovilizados en el proceso de paz. Nada diferente a lo que ocurre en otras latitudes.

Desde hace algunos años las elecciones presidenciales de diversos lugares del mundo están marcando un patrón de extrema derecha. Este fenómeno amenaza con debilitar derechos civiles ganados a lo largo de la historia. A pesar de haber vivido episodios vergonzosos como la discriminación a la raza negra en EE.UU. o la persecución nazi a la comunidad judía, hoy en Europa Occidental y en Norteamérica presenciamos un creciente rechazo a los inmigrantes. La creación del movimiento alemán antiislámico Pegida o la simpatía del Ku Klux Klan hacia Donald Trump son un ejemplo.

El presente siglo ha sido testigo de varias transformaciones económicas y sociales:

Las economías se volvieron más volátiles y frágiles debido a la evolución de la ingeniería financiera que con mayores niveles de apalancamiento permite una especulación más agresiva que termina incidiendo negativamente en la salud del sector productivo. En los años setenta el crecimiento económico de los países desarrollados era del 4 por ciento, este pasó a ser menos de 1 por ciento en la primera década de este siglo.
El gasto público social, que es determinante para cerrar brechas de desigualdad, está supeditado al equilibrio de las finanzas públicas. Especialmente en los países en desarrollo cuyas economías dependen de sectores primarios y se apalancan en créditos de la banca multilateral y en la inversión extranjera, se ejerce un control muy estricto para el cumplimiento de la regla fiscal.
La política económica tiene dos herramientas, la política fiscal y la política monetaria. La primera fue muy usada entre los años 1945 a 1973 y su principal objetivo era promover mayor empleo mediante el gasto público. La segunda se centra en proteger el valor de los activos de altas inflaciones a través de los movimientos de las tasas de interés. Es la de mayor uso hoy, descarta al empleo como objetivo y su acción tiende a tener efectos que empeoran la inequidad. Es el caso del rescate al sector financiero mediante la expansión cuantitativa que hizo la FED en EE.UU. con la crisis hipotecaria del 2008. La emisión de deuda pública que es comprada en su mayoría por las entidades financieras y luego es recomprada por la FED consiste simplemente en poner más dinero en manos de quienes históricamente han concentrado mayor riqueza.
La tendencia hacía la robotización ha generado mayor desempleo en áreas de menor cualificación a la vez que deteriora la formalización laboral y los niveles salariales debido a una menor productividad de estos trabajos. En los años dorados del capitalismo las tasas de empleo eran cercanas a niveles de pleno empleo (1.5% o menos), en la actualidad encontramos países con tasas de desempleo persistentes de dos dígitos como Francia (10%), Italia (11.7%), España (22%) o Grecia (25%), y vemos en general que no es cierto que la mayor automatización haya redundado en una mejor calidad de vida a través de jornadas laborales reducidas.
La mayoría de los trabajos que existen no agregan valor agregado a la economía. Su función es la de asegurar un consumo sostenido que impulse el sistema económico y que redistribuya la riqueza de abajo hacia arriba en la pirámide social. A este fenómeno Adair Turner lo llama economía de suma cero y cita como ejemplo al derecho tributario cuyos profesionales son bien remunerados a cambio de facilitar la elusión y favorecer el proceso de concentración de la riqueza del sector privado. Sin embargo, por cada uno de estos trabajos hay miles cuya remuneración es reducida debido a la baja escolaridad.
La mensajería instantánea de whatsapp y las redes sociales como facebook y twitter han permitido movilizar emocionalmente las opiniones ciudadanas, muchas veces con mensajes hostiles apoyados en información falsa, y también han debilitado la acción colectiva a través de un exceso de individualización y de una menor actividad ciudadana por fuera de la red.

La combinación de los anteriores factores ha hecho que las personas pierdan su estabilidad económica, que estén nerviosas de no poder continuar con su proyecto de ascenso social y que sean manipuladas por los intereses de los políticos. En estas circunstancias, los ciudadanos son mucho más permeables a discursos totalitarios que les prometan que van a detener la precarización de sus ingresos si se impone, por ejemplo, un fuerte control a la migración puesto que esta influye en el descenso de los salarios.

La situación es mucho peor en los países en desarrollo donde el contexto de la precarización laboral es por lo general una profunda desigualdad y unas bajas tasas de inversión en ciencia, tecnología e innovación (CTI), en investigación y desarrollo (I+D), y en educación. En la década de los setenta países como Singapur, Taiwán o Corea del Sur tenían el mismo nivel de desarrollo económico que Colombia, sin embargo desde la década de los ochenta se trazaron la meta de elevar la capacidad científica y tecnológica destinando de forma sostenida recursos alrededor de 4 por ciento del PIB para estas actividades.

En las dos últimas décadas la inversión en CTI como proporción del PIB en el mundo ha sido en promedio 2.2 por ciento. Colombia tiene una inversión en este mismo rubro de 0.4 por ciento. De otro lado mientras EE.UU. invierte 2.8 por ciento del PIB en I+D Colombia lo hace al ritmo de 0.2 por ciento. Esta falta de inversión ha contribuido a nuestra desindustrialización: mientras a finales de los años setenta el sector industrial aportaba el 24 por ciento del PIB ahora este aporte se redujo a 9 por ciento y la actividad económica ha venido trasladándose al sector servicios.

El desarrollo tecnológico, sea que se produzca internamente o no, debe ir acompañado de un mayor nivel de educación. Si este llega a ser menor de lo que el mercado requiere las brechas de ingresos entre los más y los menos educados se amplían. Solo una estrategia que haga avanzar, a la par de desarrollo tecnológico y la educación, determinarán que no se prolongue el rezago con el resto del mundo. Una forma de evidenciar que un país actúa sobre estos temas es si el bienestar de la generación actual no depende de los logros obtenidos por sus padres, porque es el Estado mediante el gasto público el garante de que todos los ciudadanos tengan el mismo acceso a la educación, este es el caso de todos los países nórdicos.

Los gobernantes colombianos no tienen un compromiso serio con la educación. La universidad pública tiene un desfinanciamiento de 18 billones de pesos y no se ofrece una solución porque la visión de la clase dirigente es el fomento al modelo de educación privada, como lo muestran los programas Ser Pilo Paga. Sergio Fajardo, un profesor universitario que mostró en su campaña electoral un alto grado de compromiso con la educación ha estado ausente en el debate político, y Gustavo Petro, principal contradictor de la administración y a quien están marginando de la esfera política, se adjudicó las marchas estudiantiles como respaldo a su proyecto político. El gran mérito lo merecen nuestros estudiantes, firmes en su determinación de defender la universidad pública pese a que Iván Duque recibe primero al cantante Maluma antes que atender la mesa de negociación.

Mientras que los países desarrollados se dejan seducir por la xenofobia, en nuestro continente es el miedo a gobiernos como el de Nicaragua o Venezuela con el que la ultraderecha toma el poder. Una estrategia que les permite introducir reformas regresivas en contra de derechos constitucionales fundamentales (y a favor de gremios económicos) y que el ciudadano acepta porque de lo contrario puede obtener un resultado peor. Ese miedo se desvanece con un análisis profundo sobre lo que realmente ocurre, para ello se requiere de una educación que desarrolle un pensamiento crítico, algo que no es conveniente para los gobiernos.

El comunismo es un proyecto inviable en el mundo, una restricción indefinida de derechos civiles y políticos no es sostenible y son pocos los países que defienden un modelo así sin recibir con toda razón la censura internacional. Sin embargo, dado que tampoco es plenamente posible un país donde impere plenamente la propiedad privada, porque por ejemplo nadie podría construir su propia carretera o tener un pedazo de biosfera, es preciso de gobiernos que protejan los bienes comunes y que garanticen el goce pleno de derechos constitucionales a todos sus ciudadanos, y esto se observa está más del lado de un programa de izquierda democrática que uno de ultraderecha.

Lo que parece suceder con más frecuencia, como lo observó Gore Vidal, es un “orden económico de capitalismo para los pobres y de socialismo para los ricos”. Esto es, donde a los pobres se les hace competir con todo el rigor pero a los ricos se les permite operar monopolizando negocios y capturando gobiernos que les dan beneficios tributarios. Ese es el orden que el mundo entero está aceptando con el miedo al extranjero y al comunismo.

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Martes, 11 Diciembre 2018 05:01

Teoría de la desmoralización inducida

Teoría de la desmoralización inducida

Se sabe, desde siempre, que un modo (entre muchos combinados y desiguales) para derrotar a un enemigo u oponente, radica en hacerle perder todo lo que de confianza hubiera podido abrigar respecto a su victoria. Arrebatarle su certeza, su dignidad y sus destrezas convenciéndolo (antes, durante o después de la batalla) de su insolvencia, su pequeñez, sus complejos y su inferioridad: desmoralizarlo pues. Y para ese fin se han estudiado, y se estudian, mil modos de precipitar la derrota del oponente desde las más cotidianas, y aparentemente intrascendentes, burlas, desprecios, calumnias... hasta las más sofisticadas agresiones, verbales o simbólicas, entrenadas en laboratorios de guerra psicológica. Aquí se entiende la moral como la entendía Adolfo Sánchez Vázquez. 

Bajo el capitalismo el repertorio de las “contiendas” es muy variado aunque en su base esté la manía monopólica sustancial de quién quiere eliminar del escenario toda competencia que complique la dictadura de los precios. Pero en escala mayor, la madre de todas las luchas es la lucha de clases y de ella -y para ella- se prodiga toda forma de combate desembozado o disfrazado, capaz de asegurar un “triunfo” que, además de imponer hegemonía económica esclavista sea, al mismo tiempo, rentable. Y no les importa si eso resulta ser un retroceso o descalabro monumental contra la humanidad.


Su sueño dorado sería que, en la dinámica de la lucha, los opresores pudiesen ahorrar en armas y soldados, economizar en todo lo posible y lograr que el enemigo se derrote a sí mismo (producto del engaño, la manipulación ideológica, el odio contra sus pares...) y por añadidura -no tan azarosa- sacar ganancias de ello. Sería apoteósico, no importa si con ello se despliegan las conductas más obscenas y los anti-valores más degradantes. Como las guerras.


Desarmar al enemigo antes de que se entere, hacerle creer que lucha con denuedo y luego probable su impotencia para arrodillarlo y que, además, lo agradezca... que le otorgue la razón a su opresor y que haga de la derrota una herencia “honrosa” para su prole. En las escuelas o teorías de guerra se insiste en la importancia de golpetear al enemigo hasta que pierda todo ímpetu pero, como en no pocos casos, la pérdida del ímpetu no es sinónimo del abandono de la resistencia, el capitalismo en su fase imperial pretende que el pueblo, desmoralizado, también sirva como agente de combate contra su propia clase. Para eso sirven los “medios de comunicación” que en realidad son armas de guerra ideológica. Hoy baluartes del sueño invasor más ambicioso que consiste en dominar la capacidad de ubicuidad y de velocidad. Como las “agencias de noticias” que en realidad son fábricas de falacias y linchamientos políticos.


Además de todos los repertorios de gestos gruñidos y vociferaciones intimidatorias, las estratagemas desmoralizadoras recurren a muchos de los baluartes estéticos de sus industrias culturales. Como las agencias de publicidad. Dicen que “lo lindo vende” y para sus fines de belicismo desmoralizador, inventan por ejemplo, bellezas discriminatorias que desmoralizan a quien no tiene atributos similares al estereotipo burgués. El belicismo del “lujo” no es una forma cándida de exhibir tentaciones o fetiches de ricos... es una metralla desmoralizadora que golpea la autoestima del desposeído que por serlo se siente nada.


La idea burguesa de que “en la guerra todo se vale” no es más que la legitimación de una deformación ética al servicio de la canallada. Cuando los pueblos luchan no repiten la lógica de los opresores ni reproducen sus valores de combate. Principalmente porque no luchan por negocios. Aunque la burguesía quiera convencernos de sus métodos de lucha son los mismos que “cualquiera usaría” si se dieran las condiciones, lo cierto es que la Moral de Batalla en manos de los pueblos se funda en objetivos humanistas y de justicia social cuya organización y resultados muy otros. Simplemente porque no somos lo mismo en el sentido de clase más riguroso.


Ellos, los oligarcas, mantienen su moral de lucha basados en las ganancias y en el odio de clase que aprendieron a cultivar desde hace siglos. Ellos alimentan su despareció de clase sabedores de que “el otro” es su enemigo histórico, que constituye una mayoría y que en cualquier momento asciende la conciencia de su fuerza organizándose. Y para impedir su ascenso, acicatean una crisis de dirección revolucionaria en la que las ganas y las fuerzas de la lucha se disipen. A cualquier precio. Para ellos es una inversión.


Para salvarnos como especie, y para salvar al planeta, necesitamos consolidar nuestra conciencia de clase y nuestras fuerzas simbólicas enmarcadas por un programa revolucionario y humanista de nuevo género capaz de desmenuzar toda estrategia desmoralizadora y profundizar los baluartes de nuestra moral y no la de ellos. Cuando se asume conscientemente un conjunto de principios (que se profundizan y perfeccionan en el crisol de la praxis) nada puede quebrantar la moral emancipadora. Por ejemplo: 1. Al trabajador no se lo explota. 2. La propiedad privada es obscena en un mundo de desposeídos. 3. La tierra es de quien la trabaja. 4. Prohibido manipular la educación, la conciencia y el estado de ánimo de los pueblos 5. A cada cual según sus necesidades. Las verdaderas victorias son un motor de conciencia y de moral invencibles. Son patrimonio que no admite fronteras y que anidan en los corazones de los pueblos. Ni un paso atrás. Ni un espacio descuidado. Ni una claudicación.


Combatir la Desmoralización Inducida de ninguna manera significa suspender la crítica. Todo lo contrario. Implica el ejercicio de la crítica responsable y fundamentada que salvaguarda la unidad y no le simplifica al enemigo el trabajo de destruimos. Desmoralizados somos nada. En todo caso, está por fuente nutricia la convicción de que debemos rescatar a la especie humana y al planeta del sistema económico más depredador y criminal de la historia. Está la alegría por salvar la alegría de las personas. El amor por el amor en todas sus expresiones, la importancia de la justicia social y la vida buena para todos. Está la lucha de grandes hombres, de los indispensables, que siempre es social y siempre es histórica. Está el futuro que es posible y urgente sin amos, sin miedos, sin clases sociales y sin amargura. Esta la herencia del ejemplo heredado por los pueblos y sus luchas victoriosas, antídotos todos magníficos que cultivados en colectivo son certeza de vida buena.

Por Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Instituto de Cultura y Comunicación UNLa

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Gabriel Beltrán, Cometas, escultura, acero, 100 x 80 x 36 cm (Cortesía del autor)

Italia en la encrucijada. Un gobierno de extrema derecha y una crisis socio-económica profunda retan a los movimientos sociales.

 

El 13 de diciembre de 2011, en Florencia, Gianluca Casseri, un hombre cercano a la organización neofascista Casa Pound, sale a la calle y dispara a varias personas de la comunidad senegalesa matando a Samb Modou e Diop Mor, e hiriendo a un tercer hombre. Samb Modou deja viuda a Rokhaya Mbengue, la cual regresará tristemente a la crónica siete años después. Casseri se suicida antes de ser detenido; su gesto inaugura una temporada abiertamente racista e injustificable, más aún porque en Italia no se ha cometido un solo atentado por parte del terrorismo islámico. Las violencias y las palizas punitivas neofascistas se dirigen contra los migrantes, la comunidad Lgbti y contra quienes militen en las izquierdas.


En 2016, en la ciudadela de Fermo, un hombre de tez negra es golpeado hasta la muerte por haber reaccionado a los insultos que un grupo de hinchas gritaba en contra de su esposa: la llamaban “asquerosa mona”. En febrero 2018, Luca Traini, candidato en 2017 del partido de extrema derecha Liga Norte, sale a las calles de la pequeña ciudad de Macerata con una pistola en la mano e hiere a seis migrantes, todos africanos. Marzo del mismo año, nuevamente en Florencia: Roberto Pirrone, desempleado de 65 años, víctima de la crisis económica, sale a la calle y dispara a Idy Diene, el único paseante de piel negra, que muere en el acto. Estalla la rabia de la comunidad senegalesa que vuelve a ser objeto del odio neofascista. Las instituciones de la ciudad reprimen la protesta, hablando tramposamente de un gesto desesperado, dirigido en contra de Diene por pura casualidad. La esposa de Diene, Rokhaya Mbengue, ya viuda por el primer atentado neofascista de 2011, llora a otro marido.


En julio, Soumaila Sacko, migrante y representante de la Unión Sindical de Base (USB), es asesinado con un disparo de carabina mientras ayuda a otros migrantes a recolectar láminas para construirse un refugio cerca de Rosarno, en Calabria. Sacko, originario de Mali, trabajaba en los campos de tomates bajo el control de la Ndrangheta, la mafia calabresa. Esos cárteles ya habían aparecido en los medios en 2008 y 2010 por disparar sobre los trabajadores migrantes que habían organizado una marcha para pedir un trato laboral justo, poniendo en luz la cara oculta de las migraciones y del racismo itálico: la semiesclavitud.


Paralelamente a la violencia callejera y mafiosa, el racismo institucional gana en intensidad en la última década. Hoy la vida de los migrantes representa una apuesta electoral que encubre con el manto de la legalidad prácticas xenófobas extremas. Todas las administraciones italianas, de centro-izquierda y de centro-derecha, en colaboración con las instituciones europeas, han pretendido manejar las migraciones a través de los Centros de Identificación y Expulsión que, de hecho, son campos de concentración donde los migrantes son privados de la libertad por un tiempo indefinido, en espera de ser expulsados al país de origen, a veces sin importar su estatus de prófugos ni el riesgo que enfrentarían al regreso.


El 4 marzo pasado, los resultados electorales otorgaron el poder a una coalición populista de derechas, de manera que el racismo corriente y el racismo institucional confluyen en un clima de intolerancia. El actual gobierno pactado entre los “euroescépticos” Movimiento 5 Estrellas y Liga Norte, y formalmente liderado por el jurista Giuseppe Conte, ha decretado en junio que el barco de rescate Aquarius fuera obligado a atravesar el Mediterráneo en condiciones precarias para alcanzar el puerto de Valencia. El ministro del interior Matteo Salvini, líder de la Liga Norte, había dado la orden de cerrarle el acceso a todos los puertos del país. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los migrantes fallecidos en el Mediterráneo en los últimos 4 años son casi 17.000.


Después de la guerra que las potencias de la Otan declararon al régimen de Muamar Gadafi y su asesinato en octubre de 2011, los acuerdos entre el gobierno italiano y el imprevisible gobierno libio llevaron a la creación de unas fronteras de contención en territorio norteafricano, cuyos efectos son devastadores: campos en los cuales quienes migran son retenidos, privados ilegalmente de su libertad, vendidos como esclavos, sometidos a desapariciones, torturas y violaciones, según señalan varias Ongs.


Elecciones políticas y avanzada populista


El actual clima político poco a poco estructurado a lo largo de una crisis de referencias abismal, de la cual las elecciones parlamentarias de marzo de 2018 fueron el termómetro y, a la vez, su punto de aceleración. El principal partido de gobierno, el Partido Demócrata (PD), llegó a los comicios fragmentado y cayó a su mínimo histórico de 18.8 por ciento, cuando sólo cuatro años antes, en las elecciones europeas de 2014, había alcanzado su máximo de 40.8. En términos de votos, se trató de una baja de 11.172.861 alcanzados en 2014, a 6.161.896, en 2018; es decir, perdió casi la mitad del electorado.


Heredero de la unión entre el ala izquierda de la antigua Democracia Cristiana (DC), partido de gobierno entre 1946 - 1994, durante la llamada Primera República, y la parte mayoritaria del viejo Partido Comunista (PCI), el PD surgió como el último intento de esa estabilización política iniciada a finales de la década de 1970, cuando DC y PCI gobernaron juntos, mediante un “compromiso histórico”. Fundado en 2007, el PD abrazó desde sus inicios la llamada “tercera vía” (economía mixta y centrismo-reformismo), pero acentuó su orientación hacia las políticas de austeridad con la crisis económica de la última década y, en particular, con la secretaría del primer ministro Matteo Renzi (2014-2016), promotor de reformas estructurales de corte neoliberal en cuestiones de retiro, trabajo, escuela y obras de infraestructura.


Los altos índices de desempleo, sobre todo juvenil, y la frustración de las expectativas de crecimiento económico llevaron el PD a la debacle electoral, de la cual se beneficiaron la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas (M5S, por su sigla en italiano), partidos populistas que llevaron adelante una exitosa propaganda anti-inmigrantes, respaldada por los medios de comunicación. La Liga, nacida a finales de los años ochenta como partido autonomista del norte productivo de Italia en contra de la inmigración interna desde el sur y de las políticas asistenciales, fue ampliamente re-estructurado como partido de extrema derecha nacionalista bajo el liderazgo de Salvini. Su capacidad de capitalizar el descontento social con una retórica de odio hacia los inmigrantes, y con una postura crítica hacia la Unión Europea, lo llevó a su máximo histórico de 17.4 por ciento de los sufragios, rebasando a su antiguo aliado Forza Italia, del exprimer ministro Silvio Berlusconi, que se quedó con el 14 por ciento. Por otro lado, el M5S, creado por el cómico y showman Beppe Grillo como movimiento anti-corrupción y en contra de los altos costos de la política, se afirmó como primer partido con el 32.7 por ciento de los votos. Si bien en sus inicios logró aglutinar ecologistas, movimientos antimafia y personas descontentas con los partidos de izquierda, a lo largo de los últimos años su propuesta política se acercó cada vez más a una retórica “securitaria” de tintes racistas. No constituyó por lo tanto una sorpresa que, ante la ausencia de un único ganador de la mayoría parlamentaria, tanto en la Cámara como en el Senado, y tras dos meses de negociaciones, el gobierno conformado fuera el producto de la alianza entre estos dos partidos.


M5S y LN habían centrado su campaña electoral en una política de cierre a la inmigración y de contraste con las políticas de austeridad neoliberal de la UE, pero a la hora de tomar posesión el gobierno tuvo que renunciar de hecho a este segundo punto. Emblemático de su aceptación de los parámetros económicos europeos fue la casi-crisis diplomática del pasado 27 de mayo: el gobierno estaba listo para el nombramiento institucional por parte del presidente de la República, Sergio Mattarella, cuando éste impuso la sustitución del ministro de Economía, Paolo Savona, considerado por los mercados financieros contrario a las políticas comunitarias. Dicho episodio puso en claro que en la Unión Europea pueden caber políticas de limpieza étnica y de violación de los derechos humanos, pero no resulta viable un cuestionamiento de las políticas macroeconómicas de austeridad.


Una crisis de espectro completo


Las profundas transformaciones de la Italia de hoy sólo se entienden adentrándose en el sentimiento de crisis que las permea: el desequilibrio económico, producto de la crisis financiera de 2007/08, y también las tribulaciones del sistema político, así como la brutal descomposición del tejido social, cultural, de sentido, de identidad y de imaginación. Y, de manera cada vez más dramática y parcialmente discordante con las otras naciones europeas, una crisis de la capacidad de elaborar una alternativa por parte de la izquierda y de los movimientos sociales.


Es difícil hallar analogías entre la Italia contemporánea y la de hace medio siglo. Tras el boom económico de las décadas de 1950 -1960, el país se revelaba como una de las naciones más industrializadas del planeta: los automóviles Fiat, los neumáticos Pirelli, las máquinas de escribir de la Olivetti se vendían en todo el mundo, mientras enteras generaciones de jóvenes nacidos en el sur agrícola y empobrecido emigraban al norte para trabajar en la línea de montaje. El PCI era el más grande de Occidente y obtenía alrededor del 30 por ciento de los sufragios; a su izquierda, después del 68, crecieron vigorosas vanguardias revolucionarias obreras y estudiantiles. La clase obrera articulaba sus espacios de vida y de comunidad en el sindicato, en las “casas del pueblo” y en las fábricas ocupadas. Tras la crisis petrolera de 1973, un nuevo proletariado juvenil precarizado irrumpió con una crítica radical a la sociedad fordista con su ética del trabajo y explotación de la vida: su punto álgido fue el movimiento de 1977, cuando una nueva izquierda autónoma confrontó en las calles el reformismo al PCI y su “compromiso histórico” con la DC.


La represión que siguió, ampliamente favorecida por el propio PCI, empujó a esa generación rebelde hacia la cárcel, el exilio, la heroína, la lucha armada o el reflujo a lo privado. A su vez, el sistema productivo, en parte para desarticular a la clase obrera, en parte respondiendo a las nuevas directrices neoliberales, fue fragmentando las fábricas en una red de pequeños nudos productivos. La política garantizó un nuevo patrón anti-inflación, con consecuencias brutales sobre los salarios, y la privatización paulatina de las empresas públicas, desde las telecomunicaciones hasta las autopistas, para llegar, en el nuevo siglo, al sistema universitario. Efectos particularmente impactantes tuvo, en el plano cultural, la privatización del sistema televisivo, que benefició al magnate Berlusconi, quien impuso un nuevo imaginario social, individualista y machista en amplios sectores sociales, y logró ser elegido Primer Ministro en tres ocasiones: 1994, 2001 y 2008.


Frente a estos cambios, el PCI decidió adherir abiertamente al sistema, transformando sus sindicatos y sus cooperativas en poderosas agencias capitalistas. Después de la desintegración de la URSS, el partido cambió rápidamente de nombre por el de Partido Democrático de la Izquierda (PDS) y luego en PD. A su izquierda, nació el Partido de la Refundación Comunista (PRC), quien se propuso como un referente político para los movimientos que habían sobrevivido a la represión de los 70, recreando sus espacios de afinidad y de liberación a través de la ocupación de los inmuebles que el proceso de desindustrialización había dejado vacíos: los llamados “centros sociales”. En la década de 1990 hubo cierta recuperación de la izquierda anticapitalista, que votó (cuando lo hizo) por el PRC y otros partidos de izquierda (un 10%), y que se movilizó contra el sistema. Sin embargo, con el milenio sobrevino una nueva crisis de la izquierda política y social. La primera debido al involucramiento en dos gobiernos de coalición de centro-izquierda, en 1996-98 y en 2006-08, durante los cuales no supo incidir en nada contundente y participó en la aprobación de leyes de flexibilización del trabajo, de contraste a la inmigración y de refinanciamiento de la misión de guerra en Afganistán.


La izquierda social entró en crisis en Génova en 2001: en julio de ese año, el movimiento anti-globalización, creado en Seattle y Porto Alegre, se dio cita en la ciudad italiana para contestar al G8. La represión desatada en aquella ocasión produjo un muerto, cientos de heridos, arrestos, violencias sexuales y torturas por parte de la policía, provocando una división al interior del movimiento sobre el uso de la violencia política y las estrategias de acción.


El ascenso del Movimiento 5 Estrellas


La fragmentación de las clases populares siguió avanzando a la par del crecimiento de la inmigración extranjera y la crisis económica. La inmigración nunca llegó a los niveles de emergencia pregonados por la derecha, pero impactaba en un país que había sido de emigrantes. Desde los años noventa, el flujo migratorio proveniente de Albania, del ex bloque soviético y de la ex Yugoslavia, había permitido que la Liga Norte se aprovechara de la situación para insuflar el miedo al extranjero. Con la crisis económica de 2008, el dramático aumento de los índices de desempleo y el empobrecimiento de las clases medias, la retórica del miedo escaló un consenso político que abarcó prácticamente todo el espectro parlamentario. Además, con el aumento de los flujos migratorios desde África subsahariana, la propaganda xenófoba se asoció cada vez más a la línea del color, generando un odio de tintes explícitamente coloniales hacia los negros.


La inmigración es y ha sido un formidable distractor del aumento constante de la desigualdad y del abaratamiento del costo del trabajo. Un efecto parecido lo tuvo la propaganda alrededor de la “casta política”. El origen de este término se encuentra en la encuesta judiciaria “Mani Pulite” (manos limpias) que, en 1992, perturbó la clase dirigente al poner al descubierto un sistema de corrupción que involucraba políticos y clase empresarial. Los dos mayores partidos de gobierno, DC y Partido Socialista, fueron literalmente destruidos por las encuestas, generando el espacio para la emergencia de Berlusconi y el inicio de la llamada Segunda República. En 2007, Gian Antonio Stella y Sergio Rizzo, dos periodistas del Corriere della Sera, principal periódico italiano, publicaron un libro que tuvo un éxito editorial estrepitoso, La Casta, donde denunciaban el contexto de corrupción y de privilegios de la clase política italiana en la era del “berlusconismo”. Aprovechando la herencia de los movimientos anti-berlusconianos de la década de 2000, el M5S salió a flote como una propuesta anti-corrupción y anti-casta. El salto hacia adelante como fuerza política se lo debe a su capacidad de unir el discurso anti–casta al descontento social producido por la crisis.


En octubre de 2008, un mes después de la quiebra del gigante financiero estadounidense Lehman Brothers, un poderoso movimiento estudiantil llenó las calles de las ciudades italianas para manifestarse contra el recorte y privatización del sistema universitario, promovidos por la ministra berlusconiana Mariastella Gelmini. La negativa del gobierno a tratar con el movimiento lo radicalizó hacia finales de 2010, llevando a la ocupación de muchas universidades y palacios públicos, al bloqueo de autopistas, aeropuertos y estaciones ferroviarias, y a choques brutales con la policía. En 2011, el movimiento desbordó las universidades invadiendo el mundo del arte, con la ocupación de numerosos teatros y espacios de cultura, exigiendo la defensa de los bienes comunes y rechazando la privatización del agua y la utilización de la energía nuclear. Asimismo tomaban fuerza los movimientos en defensa del territorio, sobre todo en Val de Susa, cerca de Turín, donde se oponían a la construcción de una línea de ferrocarril de alta velocidad. Sin embargo, no lograron construir una plataforma política común que desafiara las políticas de austeridad de la UE en su conjunto, como en ese momento empezaban a estructurar el movimiento griego de Plaza Syntagma y el movimiento español de los indignados.


La total debacle de la izquierda política, que tras el fracaso de la participación en el gobierno de Romano Prodi había caído a menos de 4 por ciento del sufragio, quedando afuera del Parlamento, contribuyó a la anomalía italiana. Mientras los movimientos de la Europa mediterránea lograban conquistar espacios, en África del Norte se tumbaban dictadores con las Primaveras Árabes y en Estados Unidos emergía Occupy Wall Street, la manifestación oceánica de Roma el 15 de octubre de 2011 resultó en una fractura interna irresoluble en los movimientos sociales. Sólo un mes después, Berlusconi perdía la mayoría en el Parlamento, debido a su rechazo en aplicar algunas disposiciones de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI). Tomaba su lugar Mario Monti, tecnócrata y ex asesor de Goldman Sachs, quien, beneficiándose de veinte años de anti-berlusconismo legalitario y justicialista, implementó una reforma de pensiones neoliberal, e incorporó el principio del equilibrio presupuestario en la propia Constitución.


En las elecciones de 2013, una izquierda sin brújula y un movimiento social en reflujo permitieron que el M5S explotara su naturaleza de partido anti-casta y anti-UE, cosechando sus frutos gracias a su apoyo, aunque marginal, a las luchas para el agua pública y en defensa de los territorios: llegó al 25 por ciento de los votos, presentándose como fuerza antisistémica y rompiendo el bipolarismo del sistema electoral. Como lúcidamente comentó el colectivo de escritores Wu Ming, los 5 Estrellas tuvieron un importante rol en la despolitización del descontento social, “ocupando un espacio… para dejarlo vacío”.


La economía política del racismo


En estos últimos años, M5S y Liga han capitalizado el descontento por las políticas de “lágrimas y sangre” impulsadas por los gobiernos de coalición liderados por el PD. En particular, el rechazo hacia las políticas económicas de la UE adoptadas integralmente por estos, empujó a los votantes hacia las dos fuerzas que se presentaban con un discurso nacionalista de soberanía monetaria. Tras el gobierno de Monti y el insípido paréntesis del gobierno Letta, llegó al poder sin pasar por elecciones, sino con un simple golpe al interior del PD, el joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi. Presentándose como un renovador y un hombre de centro-izquierda, logró lo que Berlusconi no tuvo la capacidad de hacer. Obedeciendo a los banqueros europeos y a la asociación local de industriales (Confindustra), Renzi obró sobre dos vertientes: mantener bajo control el gasto del Estado, renunciando al estado de bienestar, y propiciar reformas neoliberales a favor de bancos y empresas. La reforma educativa, autodenominada “Buena escuela”, echó para atrás la democracia escolar, conquistada durante décadas de luchas estudiantiles, y obligó a los estudiantes a trabajar gratuitamente para las empresas durante el verano, lo que provocó casos de infortunios, muerte en el trabajo y acoso sexual a menores. Por otro lado, el Jobs Act, en inglés para dar un guiño al marketing, fue la reforma del trabajo que precarizó definitivamente la vida de miles de trabajadores: emendó el avanzadísimo Estatuto de los Trabajadores (hijo de las luchas obreras de los sesenta) que entre otras cosas imponía la recontratación de una persona despedida injustamente. Además, regaló 2 millones de euros a las empresas para que generaran puestos de trabajo.


El gobierno Renzi, sin embargo, fracasó el 4 de diciembre de 2016. Tuvo que renunciar por la derrota en el referendo constitucional con el cual había intentado crear un presidencialismo de facto, para garantizar la gobernabilidad a una democracia en crisis de credibilidad. En su lugar entró Paolo Gentiloni, de su mismo partido.


La profundización de la crisis durante los gobiernos del Partido Demócrata, sin importar sus liderazgos, provocó la urgencia de identificar a un chivo expiatorio. Pronto el PD adoptó una actitud de derecha contra los migrantes con la esperanza de contener la hemorragia de votos. Marco Minniti, ministro del interior del gobierno Gentiloni, tuvo una postura tan dura en contra del trabajo de las Ongs que se dedican al rescate de vidas en el Mediterráneo, que hasta su sucesor leghista Matteo Salvini le ha reconocido los méritos. Desató así mismo la represión hacia los movimientos sociales y cualquier forma de solidaridad con los migrantes. El caso de la ciudad de Ventimiglia, en la frontera con Francia, resulta emblemático: en el verano de 2015 a un plantón de migrantes que pedían entrar a Francia se unieron cientos de jóvenes de asociaciones y centros sociales, generando una de las expresiones más avanzadas de solidaridad real. La administración local del PD declaró ilegal dar de comer a los migrantes y desalojó violentamente el plantón.


¿Un nuevo fascismo? Los desafíos de los movimientos sociales


Es difícil definir con certeza qué es y qué consecuencias tendrá el régimen político italiano actual. Apelar al fascismo puede ser resbaloso, en cuanto las garantías constitucionales siguen vigentes. No obstante, ha deshecho culturalmente el pacto de lo no aceptable establecido tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el holocausto. Cada vez más se encuentra la forma de justificar racionalmente el abandono inhumano de los náufragos en alta mar, los registros coactivos de la población gitana, las agresiones contra la población homosexual y negra, realizando la transición cultural a una sociedad represiva.


El racismo y la homofobia popular y la conducta del gobierno italiano se retroalimentan electoralmente, apelando a un bienestar que se sostiene en un implícito fundamento colonialista: que Europa no tiene porqué compartir con nadie su riqueza ni su territorio.


Desde abajo, los movimientos sociales hacen un trabajo fundamental ante la impotencia del asociacionismo institucionalizado: ocupan inmuebles para que todos tengan un techo, organizan escuelas populares de lengua italiana, y fortalecen sindicatos en sectores de mano de obra migrante, como en el caso de los peones en el sur y de los trabajadores de la logística en el norte. Y en las periferias urbanas intentan crear prácticas de autodefensa frente a las rondas neofascistas que circulan para “cazar” migrantes.


Sin embargo, es un dato dramático que estos movimientos no crezcan más allá de un estricto circuito de activistas ni construyan proyectos políticos que disputen la hegemonía cultural a la derecha. Recientemente, la única propuesta política alternativa fue el lanzamiento del movimiento ¡Poder al Pueblo!, que se ha presentado en las elecciones de marzo, obteniendo apenas el 1.1 por ciento de los votos. El nuevo gobierno, si bien es expresión de un consenso amplio entorno a su postura racista, en el largo plazo tendrá dificultad. Como señala Giacomo Cucignatto, economista de la Universidad de Roma 3: “Liga y M5S no parecen intencionados a cuestionar seriamente las reglas del juego europeas, ni sus desequilibrios distributivos que afectan el contexto italiano y las economías mediterráneas: la principal propuesta del M5S, la renta básica de ciudadanía, no es financieramente compatible con la propuesta de la Liga de flat tax, es decir de cancelación de la progresividad fiscal a favor de los ricos, y ambas propuestas han sido postergadas indefinidamente por incompatibilidad con los parámetros monetaristas de la UE”. Por tanto, es factible que se abran espacios para nuevas iniciativas de las izquierdas, cuyo principal reto hoy son la consecución de una estrategia efectiva que favorezca una amplia organización social y una posición clara acerca de la relación con la Unión Europea, que se exprese a través de un discurso comprensible y no sectario.

* Doctorandos en Estudios Latinoamericanos, Unam y co-redactores del blog “Lamericatina”.

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Gabriel Beltrán, Cometas, escultura, acero, 100 x 80 x 36 cm (Cortesía del autor)

Italia en la encrucijada. Un gobierno de extrema derecha y una crisis socio-económica profunda retan a los movimientos sociales.

 

El 13 de diciembre de 2011, en Florencia, Gianluca Casseri, un hombre cercano a la organización neofascista Casa Pound, sale a la calle y dispara a varias personas de la comunidad senegalesa matando a Samb Modou e Diop Mor, e hiriendo a un tercer hombre. Samb Modou deja viuda a Rokhaya Mbengue, la cual regresará tristemente a la crónica siete años después. Casseri se suicida antes de ser detenido; su gesto inaugura una temporada abiertamente racista e injustificable, más aún porque en Italia no se ha cometido un solo atentado por parte del terrorismo islámico. Las violencias y las palizas punitivas neofascistas se dirigen contra los migrantes, la comunidad Lgbti y contra quienes militen en las izquierdas.


En 2016, en la ciudadela de Fermo, un hombre de tez negra es golpeado hasta la muerte por haber reaccionado a los insultos que un grupo de hinchas gritaba en contra de su esposa: la llamaban “asquerosa mona”. En febrero 2018, Luca Traini, candidato en 2017 del partido de extrema derecha Liga Norte, sale a las calles de la pequeña ciudad de Macerata con una pistola en la mano e hiere a seis migrantes, todos africanos. Marzo del mismo año, nuevamente en Florencia: Roberto Pirrone, desempleado de 65 años, víctima de la crisis económica, sale a la calle y dispara a Idy Diene, el único paseante de piel negra, que muere en el acto. Estalla la rabia de la comunidad senegalesa que vuelve a ser objeto del odio neofascista. Las instituciones de la ciudad reprimen la protesta, hablando tramposamente de un gesto desesperado, dirigido en contra de Diene por pura casualidad. La esposa de Diene, Rokhaya Mbengue, ya viuda por el primer atentado neofascista de 2011, llora a otro marido.


En julio, Soumaila Sacko, migrante y representante de la Unión Sindical de Base (USB), es asesinado con un disparo de carabina mientras ayuda a otros migrantes a recolectar láminas para construirse un refugio cerca de Rosarno, en Calabria. Sacko, originario de Mali, trabajaba en los campos de tomates bajo el control de la Ndrangheta, la mafia calabresa. Esos cárteles ya habían aparecido en los medios en 2008 y 2010 por disparar sobre los trabajadores migrantes que habían organizado una marcha para pedir un trato laboral justo, poniendo en luz la cara oculta de las migraciones y del racismo itálico: la semiesclavitud.


Paralelamente a la violencia callejera y mafiosa, el racismo institucional gana en intensidad en la última década. Hoy la vida de los migrantes representa una apuesta electoral que encubre con el manto de la legalidad prácticas xenófobas extremas. Todas las administraciones italianas, de centro-izquierda y de centro-derecha, en colaboración con las instituciones europeas, han pretendido manejar las migraciones a través de los Centros de Identificación y Expulsión que, de hecho, son campos de concentración donde los migrantes son privados de la libertad por un tiempo indefinido, en espera de ser expulsados al país de origen, a veces sin importar su estatus de prófugos ni el riesgo que enfrentarían al regreso.


El 4 marzo pasado, los resultados electorales otorgaron el poder a una coalición populista de derechas, de manera que el racismo corriente y el racismo institucional confluyen en un clima de intolerancia. El actual gobierno pactado entre los “euroescépticos” Movimiento 5 Estrellas y Liga Norte, y formalmente liderado por el jurista Giuseppe Conte, ha decretado en junio que el barco de rescate Aquarius fuera obligado a atravesar el Mediterráneo en condiciones precarias para alcanzar el puerto de Valencia. El ministro del interior Matteo Salvini, líder de la Liga Norte, había dado la orden de cerrarle el acceso a todos los puertos del país. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los migrantes fallecidos en el Mediterráneo en los últimos 4 años son casi 17.000.


Después de la guerra que las potencias de la Otan declararon al régimen de Muamar Gadafi y su asesinato en octubre de 2011, los acuerdos entre el gobierno italiano y el imprevisible gobierno libio llevaron a la creación de unas fronteras de contención en territorio norteafricano, cuyos efectos son devastadores: campos en los cuales quienes migran son retenidos, privados ilegalmente de su libertad, vendidos como esclavos, sometidos a desapariciones, torturas y violaciones, según señalan varias Ongs.


Elecciones políticas y avanzada populista


El actual clima político poco a poco estructurado a lo largo de una crisis de referencias abismal, de la cual las elecciones parlamentarias de marzo de 2018 fueron el termómetro y, a la vez, su punto de aceleración. El principal partido de gobierno, el Partido Demócrata (PD), llegó a los comicios fragmentado y cayó a su mínimo histórico de 18.8 por ciento, cuando sólo cuatro años antes, en las elecciones europeas de 2014, había alcanzado su máximo de 40.8. En términos de votos, se trató de una baja de 11.172.861 alcanzados en 2014, a 6.161.896, en 2018; es decir, perdió casi la mitad del electorado.


Heredero de la unión entre el ala izquierda de la antigua Democracia Cristiana (DC), partido de gobierno entre 1946 - 1994, durante la llamada Primera República, y la parte mayoritaria del viejo Partido Comunista (PCI), el PD surgió como el último intento de esa estabilización política iniciada a finales de la década de 1970, cuando DC y PCI gobernaron juntos, mediante un “compromiso histórico”. Fundado en 2007, el PD abrazó desde sus inicios la llamada “tercera vía” (economía mixta y centrismo-reformismo), pero acentuó su orientación hacia las políticas de austeridad con la crisis económica de la última década y, en particular, con la secretaría del primer ministro Matteo Renzi (2014-2016), promotor de reformas estructurales de corte neoliberal en cuestiones de retiro, trabajo, escuela y obras de infraestructura.


Los altos índices de desempleo, sobre todo juvenil, y la frustración de las expectativas de crecimiento económico llevaron el PD a la debacle electoral, de la cual se beneficiaron la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas (M5S, por su sigla en italiano), partidos populistas que llevaron adelante una exitosa propaganda anti-inmigrantes, respaldada por los medios de comunicación. La Liga, nacida a finales de los años ochenta como partido autonomista del norte productivo de Italia en contra de la inmigración interna desde el sur y de las políticas asistenciales, fue ampliamente re-estructurado como partido de extrema derecha nacionalista bajo el liderazgo de Salvini. Su capacidad de capitalizar el descontento social con una retórica de odio hacia los inmigrantes, y con una postura crítica hacia la Unión Europea, lo llevó a su máximo histórico de 17.4 por ciento de los sufragios, rebasando a su antiguo aliado Forza Italia, del exprimer ministro Silvio Berlusconi, que se quedó con el 14 por ciento. Por otro lado, el M5S, creado por el cómico y showman Beppe Grillo como movimiento anti-corrupción y en contra de los altos costos de la política, se afirmó como primer partido con el 32.7 por ciento de los votos. Si bien en sus inicios logró aglutinar ecologistas, movimientos antimafia y personas descontentas con los partidos de izquierda, a lo largo de los últimos años su propuesta política se acercó cada vez más a una retórica “securitaria” de tintes racistas. No constituyó por lo tanto una sorpresa que, ante la ausencia de un único ganador de la mayoría parlamentaria, tanto en la Cámara como en el Senado, y tras dos meses de negociaciones, el gobierno conformado fuera el producto de la alianza entre estos dos partidos.


M5S y LN habían centrado su campaña electoral en una política de cierre a la inmigración y de contraste con las políticas de austeridad neoliberal de la UE, pero a la hora de tomar posesión el gobierno tuvo que renunciar de hecho a este segundo punto. Emblemático de su aceptación de los parámetros económicos europeos fue la casi-crisis diplomática del pasado 27 de mayo: el gobierno estaba listo para el nombramiento institucional por parte del presidente de la República, Sergio Mattarella, cuando éste impuso la sustitución del ministro de Economía, Paolo Savona, considerado por los mercados financieros contrario a las políticas comunitarias. Dicho episodio puso en claro que en la Unión Europea pueden caber políticas de limpieza étnica y de violación de los derechos humanos, pero no resulta viable un cuestionamiento de las políticas macroeconómicas de austeridad.


Una crisis de espectro completo


Las profundas transformaciones de la Italia de hoy sólo se entienden adentrándose en el sentimiento de crisis que las permea: el desequilibrio económico, producto de la crisis financiera de 2007/08, y también las tribulaciones del sistema político, así como la brutal descomposición del tejido social, cultural, de sentido, de identidad y de imaginación. Y, de manera cada vez más dramática y parcialmente discordante con las otras naciones europeas, una crisis de la capacidad de elaborar una alternativa por parte de la izquierda y de los movimientos sociales.


Es difícil hallar analogías entre la Italia contemporánea y la de hace medio siglo. Tras el boom económico de las décadas de 1950 -1960, el país se revelaba como una de las naciones más industrializadas del planeta: los automóviles Fiat, los neumáticos Pirelli, las máquinas de escribir de la Olivetti se vendían en todo el mundo, mientras enteras generaciones de jóvenes nacidos en el sur agrícola y empobrecido emigraban al norte para trabajar en la línea de montaje. El PCI era el más grande de Occidente y obtenía alrededor del 30 por ciento de los sufragios; a su izquierda, después del 68, crecieron vigorosas vanguardias revolucionarias obreras y estudiantiles. La clase obrera articulaba sus espacios de vida y de comunidad en el sindicato, en las “casas del pueblo” y en las fábricas ocupadas. Tras la crisis petrolera de 1973, un nuevo proletariado juvenil precarizado irrumpió con una crítica radical a la sociedad fordista con su ética del trabajo y explotación de la vida: su punto álgido fue el movimiento de 1977, cuando una nueva izquierda autónoma confrontó en las calles el reformismo al PCI y su “compromiso histórico” con la DC.


La represión que siguió, ampliamente favorecida por el propio PCI, empujó a esa generación rebelde hacia la cárcel, el exilio, la heroína, la lucha armada o el reflujo a lo privado. A su vez, el sistema productivo, en parte para desarticular a la clase obrera, en parte respondiendo a las nuevas directrices neoliberales, fue fragmentando las fábricas en una red de pequeños nudos productivos. La política garantizó un nuevo patrón anti-inflación, con consecuencias brutales sobre los salarios, y la privatización paulatina de las empresas públicas, desde las telecomunicaciones hasta las autopistas, para llegar, en el nuevo siglo, al sistema universitario. Efectos particularmente impactantes tuvo, en el plano cultural, la privatización del sistema televisivo, que benefició al magnate Berlusconi, quien impuso un nuevo imaginario social, individualista y machista en amplios sectores sociales, y logró ser elegido Primer Ministro en tres ocasiones: 1994, 2001 y 2008.


Frente a estos cambios, el PCI decidió adherir abiertamente al sistema, transformando sus sindicatos y sus cooperativas en poderosas agencias capitalistas. Después de la desintegración de la URSS, el partido cambió rápidamente de nombre por el de Partido Democrático de la Izquierda (PDS) y luego en PD. A su izquierda, nació el Partido de la Refundación Comunista (PRC), quien se propuso como un referente político para los movimientos que habían sobrevivido a la represión de los 70, recreando sus espacios de afinidad y de liberación a través de la ocupación de los inmuebles que el proceso de desindustrialización había dejado vacíos: los llamados “centros sociales”. En la década de 1990 hubo cierta recuperación de la izquierda anticapitalista, que votó (cuando lo hizo) por el PRC y otros partidos de izquierda (un 10%), y que se movilizó contra el sistema. Sin embargo, con el milenio sobrevino una nueva crisis de la izquierda política y social. La primera debido al involucramiento en dos gobiernos de coalición de centro-izquierda, en 1996-98 y en 2006-08, durante los cuales no supo incidir en nada contundente y participó en la aprobación de leyes de flexibilización del trabajo, de contraste a la inmigración y de refinanciamiento de la misión de guerra en Afganistán.


La izquierda social entró en crisis en Génova en 2001: en julio de ese año, el movimiento anti-globalización, creado en Seattle y Porto Alegre, se dio cita en la ciudad italiana para contestar al G8. La represión desatada en aquella ocasión produjo un muerto, cientos de heridos, arrestos, violencias sexuales y torturas por parte de la policía, provocando una división al interior del movimiento sobre el uso de la violencia política y las estrategias de acción.


El ascenso del Movimiento 5 Estrellas


La fragmentación de las clases populares siguió avanzando a la par del crecimiento de la inmigración extranjera y la crisis económica. La inmigración nunca llegó a los niveles de emergencia pregonados por la derecha, pero impactaba en un país que había sido de emigrantes. Desde los años noventa, el flujo migratorio proveniente de Albania, del ex bloque soviético y de la ex Yugoslavia, había permitido que la Liga Norte se aprovechara de la situación para insuflar el miedo al extranjero. Con la crisis económica de 2008, el dramático aumento de los índices de desempleo y el empobrecimiento de las clases medias, la retórica del miedo escaló un consenso político que abarcó prácticamente todo el espectro parlamentario. Además, con el aumento de los flujos migratorios desde África subsahariana, la propaganda xenófoba se asoció cada vez más a la línea del color, generando un odio de tintes explícitamente coloniales hacia los negros.


La inmigración es y ha sido un formidable distractor del aumento constante de la desigualdad y del abaratamiento del costo del trabajo. Un efecto parecido lo tuvo la propaganda alrededor de la “casta política”. El origen de este término se encuentra en la encuesta judiciaria “Mani Pulite” (manos limpias) que, en 1992, perturbó la clase dirigente al poner al descubierto un sistema de corrupción que involucraba políticos y clase empresarial. Los dos mayores partidos de gobierno, DC y Partido Socialista, fueron literalmente destruidos por las encuestas, generando el espacio para la emergencia de Berlusconi y el inicio de la llamada Segunda República. En 2007, Gian Antonio Stella y Sergio Rizzo, dos periodistas del Corriere della Sera, principal periódico italiano, publicaron un libro que tuvo un éxito editorial estrepitoso, La Casta, donde denunciaban el contexto de corrupción y de privilegios de la clase política italiana en la era del “berlusconismo”. Aprovechando la herencia de los movimientos anti-berlusconianos de la década de 2000, el M5S salió a flote como una propuesta anti-corrupción y anti-casta. El salto hacia adelante como fuerza política se lo debe a su capacidad de unir el discurso anti–casta al descontento social producido por la crisis.


En octubre de 2008, un mes después de la quiebra del gigante financiero estadounidense Lehman Brothers, un poderoso movimiento estudiantil llenó las calles de las ciudades italianas para manifestarse contra el recorte y privatización del sistema universitario, promovidos por la ministra berlusconiana Mariastella Gelmini. La negativa del gobierno a tratar con el movimiento lo radicalizó hacia finales de 2010, llevando a la ocupación de muchas universidades y palacios públicos, al bloqueo de autopistas, aeropuertos y estaciones ferroviarias, y a choques brutales con la policía. En 2011, el movimiento desbordó las universidades invadiendo el mundo del arte, con la ocupación de numerosos teatros y espacios de cultura, exigiendo la defensa de los bienes comunes y rechazando la privatización del agua y la utilización de la energía nuclear. Asimismo tomaban fuerza los movimientos en defensa del territorio, sobre todo en Val de Susa, cerca de Turín, donde se oponían a la construcción de una línea de ferrocarril de alta velocidad. Sin embargo, no lograron construir una plataforma política común que desafiara las políticas de austeridad de la UE en su conjunto, como en ese momento empezaban a estructurar el movimiento griego de Plaza Syntagma y el movimiento español de los indignados.


La total debacle de la izquierda política, que tras el fracaso de la participación en el gobierno de Romano Prodi había caído a menos de 4 por ciento del sufragio, quedando afuera del Parlamento, contribuyó a la anomalía italiana. Mientras los movimientos de la Europa mediterránea lograban conquistar espacios, en África del Norte se tumbaban dictadores con las Primaveras Árabes y en Estados Unidos emergía Occupy Wall Street, la manifestación oceánica de Roma el 15 de octubre de 2011 resultó en una fractura interna irresoluble en los movimientos sociales. Sólo un mes después, Berlusconi perdía la mayoría en el Parlamento, debido a su rechazo en aplicar algunas disposiciones de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI). Tomaba su lugar Mario Monti, tecnócrata y ex asesor de Goldman Sachs, quien, beneficiándose de veinte años de anti-berlusconismo legalitario y justicialista, implementó una reforma de pensiones neoliberal, e incorporó el principio del equilibrio presupuestario en la propia Constitución.


En las elecciones de 2013, una izquierda sin brújula y un movimiento social en reflujo permitieron que el M5S explotara su naturaleza de partido anti-casta y anti-UE, cosechando sus frutos gracias a su apoyo, aunque marginal, a las luchas para el agua pública y en defensa de los territorios: llegó al 25 por ciento de los votos, presentándose como fuerza antisistémica y rompiendo el bipolarismo del sistema electoral. Como lúcidamente comentó el colectivo de escritores Wu Ming, los 5 Estrellas tuvieron un importante rol en la despolitización del descontento social, “ocupando un espacio… para dejarlo vacío”.


La economía política del racismo


En estos últimos años, M5S y Liga han capitalizado el descontento por las políticas de “lágrimas y sangre” impulsadas por los gobiernos de coalición liderados por el PD. En particular, el rechazo hacia las políticas económicas de la UE adoptadas integralmente por estos, empujó a los votantes hacia las dos fuerzas que se presentaban con un discurso nacionalista de soberanía monetaria. Tras el gobierno de Monti y el insípido paréntesis del gobierno Letta, llegó al poder sin pasar por elecciones, sino con un simple golpe al interior del PD, el joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi. Presentándose como un renovador y un hombre de centro-izquierda, logró lo que Berlusconi no tuvo la capacidad de hacer. Obedeciendo a los banqueros europeos y a la asociación local de industriales (Confindustra), Renzi obró sobre dos vertientes: mantener bajo control el gasto del Estado, renunciando al estado de bienestar, y propiciar reformas neoliberales a favor de bancos y empresas. La reforma educativa, autodenominada “Buena escuela”, echó para atrás la democracia escolar, conquistada durante décadas de luchas estudiantiles, y obligó a los estudiantes a trabajar gratuitamente para las empresas durante el verano, lo que provocó casos de infortunios, muerte en el trabajo y acoso sexual a menores. Por otro lado, el Jobs Act, en inglés para dar un guiño al marketing, fue la reforma del trabajo que precarizó definitivamente la vida de miles de trabajadores: emendó el avanzadísimo Estatuto de los Trabajadores (hijo de las luchas obreras de los sesenta) que entre otras cosas imponía la recontratación de una persona despedida injustamente. Además, regaló 2 millones de euros a las empresas para que generaran puestos de trabajo.


El gobierno Renzi, sin embargo, fracasó el 4 de diciembre de 2016. Tuvo que renunciar por la derrota en el referendo constitucional con el cual había intentado crear un presidencialismo de facto, para garantizar la gobernabilidad a una democracia en crisis de credibilidad. En su lugar entró Paolo Gentiloni, de su mismo partido.


La profundización de la crisis durante los gobiernos del Partido Demócrata, sin importar sus liderazgos, provocó la urgencia de identificar a un chivo expiatorio. Pronto el PD adoptó una actitud de derecha contra los migrantes con la esperanza de contener la hemorragia de votos. Marco Minniti, ministro del interior del gobierno Gentiloni, tuvo una postura tan dura en contra del trabajo de las Ongs que se dedican al rescate de vidas en el Mediterráneo, que hasta su sucesor leghista Matteo Salvini le ha reconocido los méritos. Desató así mismo la represión hacia los movimientos sociales y cualquier forma de solidaridad con los migrantes. El caso de la ciudad de Ventimiglia, en la frontera con Francia, resulta emblemático: en el verano de 2015 a un plantón de migrantes que pedían entrar a Francia se unieron cientos de jóvenes de asociaciones y centros sociales, generando una de las expresiones más avanzadas de solidaridad real. La administración local del PD declaró ilegal dar de comer a los migrantes y desalojó violentamente el plantón.


¿Un nuevo fascismo? Los desafíos de los movimientos sociales


Es difícil definir con certeza qué es y qué consecuencias tendrá el régimen político italiano actual. Apelar al fascismo puede ser resbaloso, en cuanto las garantías constitucionales siguen vigentes. No obstante, ha deshecho culturalmente el pacto de lo no aceptable establecido tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el holocausto. Cada vez más se encuentra la forma de justificar racionalmente el abandono inhumano de los náufragos en alta mar, los registros coactivos de la población gitana, las agresiones contra la población homosexual y negra, realizando la transición cultural a una sociedad represiva.


El racismo y la homofobia popular y la conducta del gobierno italiano se retroalimentan electoralmente, apelando a un bienestar que se sostiene en un implícito fundamento colonialista: que Europa no tiene porqué compartir con nadie su riqueza ni su territorio.


Desde abajo, los movimientos sociales hacen un trabajo fundamental ante la impotencia del asociacionismo institucionalizado: ocupan inmuebles para que todos tengan un techo, organizan escuelas populares de lengua italiana, y fortalecen sindicatos en sectores de mano de obra migrante, como en el caso de los peones en el sur y de los trabajadores de la logística en el norte. Y en las periferias urbanas intentan crear prácticas de autodefensa frente a las rondas neofascistas que circulan para “cazar” migrantes.


Sin embargo, es un dato dramático que estos movimientos no crezcan más allá de un estricto circuito de activistas ni construyan proyectos políticos que disputen la hegemonía cultural a la derecha. Recientemente, la única propuesta política alternativa fue el lanzamiento del movimiento ¡Poder al Pueblo!, que se ha presentado en las elecciones de marzo, obteniendo apenas el 1.1 por ciento de los votos. El nuevo gobierno, si bien es expresión de un consenso amplio entorno a su postura racista, en el largo plazo tendrá dificultad. Como señala Giacomo Cucignatto, economista de la Universidad de Roma 3: “Liga y M5S no parecen intencionados a cuestionar seriamente las reglas del juego europeas, ni sus desequilibrios distributivos que afectan el contexto italiano y las economías mediterráneas: la principal propuesta del M5S, la renta básica de ciudadanía, no es financieramente compatible con la propuesta de la Liga de flat tax, es decir de cancelación de la progresividad fiscal a favor de los ricos, y ambas propuestas han sido postergadas indefinidamente por incompatibilidad con los parámetros monetaristas de la UE”. Por tanto, es factible que se abran espacios para nuevas iniciativas de las izquierdas, cuyo principal reto hoy son la consecución de una estrategia efectiva que favorezca una amplia organización social y una posición clara acerca de la relación con la Unión Europea, que se exprese a través de un discurso comprensible y no sectario.

* Doctorandos en Estudios Latinoamericanos, Unam y co-redactores del blog “Lamericatina”.

Jueves, 30 Agosto 2018 07:38

Invitación a silenciar el silencio

Viviana Gutiérrez, Mujeres de los paraísos pérdidos III,  lápiz, carboncillo, pastel y acuarela sobre papel (Cortesía de la autora)

Con ocasión de la publicación en este medio el pasado mes de junio del "Monólogo del Cauca en Dolor sostenido mayor", un lector de Le Monde diplomatique expresó a su autor sus inquietudes en torno a divulgar en sus círculos de influencia este tipo de escritos.

 

¡Lázaro, levántate y anda!
Juan 11:43.

Apreciado amigo: muchas gracias por su misiva del pasado 9 de julio, la he leído con atención y confieso que me ha dado pie para reflexionar, en especial en lo relativo a las tribulaciones que tan generosamente comparte conmigo. Cuando remití a su buzón la nota que apareció en este periódico sobre el espinoso tema que nos tiene tan impresionados a muchos, no pensé que fuera a provocar un malestar tan profundo como el que se ha atrevido a manifestar.


Sí, la verdad es que nuestro país vive momentos de zozobra, de incertidumbre; no sabemos qué deparará los siguientes años que pintan, desde ya, tan parecidos a los nefastos años de fines del siglo pasado y comienzos del actual. La forma como, mientras escribimos y leemos estas líneas, se amenaza, diezma, silencia y elimina, impunemente, a líderes sociales, periodistas, artistas, intelectuales, pensadores, es decir a gentes del saber y a gentes del actuar, es escalofriante.


Hay razones para callar; hay motivos para silenciar y mirar a un lado. Es más seguro, es menos riesgoso. También es más cobarde y no por eso lo acuso de cobardía, ni mucho menos. Lo que sí quiero es invitarlo a que reflexionemos juntos sobre estos difíciles asuntos de tener que vivir en nuestra sociedad; una sociedad que parece no querer liberarse del odio, de la guerra perpetua, de la revancha sin fin y que se resiste (al menos en la mayoría que se expresa en las urnas) a abrazar un proceso de paz, así sea imperfecto, pero finalmente un proceso que quiere y pretende alcanzar una paz estable y duradera.


Usted dice, en su misiva: no tengo el suficiente valor para enviárselo (mi artículo) a los miembros de … (omito aquí el nombre del círculo de jóvenes que usted dirige hace años), pues, de hacerlo, correría el riesgo de perder mi trabajo” ¡Ay! Qué cierto y qué doloroso lo que usted dice. Qué desgracia también leer esto en una época en la que la información supuestamente fluye de manera rápida y sin barreras; una época donde los mensajes que se comparten en redes sociales se convierten en “virales” y llegan a miles, millones de personas, en cuestión de minutos y horas. Y si usted pierde su trabajo, entonces, ¿de qué va a vivir?


Esa pregunta ronda a todo pensador crítico, usted no es el único a quien acosa esa incertidumbre. Baste recordar que Cervantes, a la par de su oficio por el que lo recordamos hoy día, desempeñó múltiples trabajos: paje de obispo, trabuquero en la batalla de Lepanto, prisionero-esclavo de los turcos, organizador profesional de huidas frustradas, estafador profesional, jugador empedernido, administrador (con dudosos resultados) de fortunas ajenas, alto comisario para el abastecimiento y reclutamiento de la «Armada invencible». ¿Será que hoy existe escasez de ocupaciones?
Claro, vuelvo a lo anterior, lo que circula en las redes es generalmente anónimo y lo que hace cada cual no es más que replicar lo que le llegó sin saber quién originó la cadena, de esa forma se salva la responsabilidad y se repliega a la función de servir de elemental eslabón de una cadena infinita. Cosa diferente es compartir un artículo firmado, como el mío, y replicarlo, en su círculo íntimo, con las consecuencias que usted anticipa y reconoce.


Usted, amigo, quiéralo o no, hace parte de un grupo mayor de personas agrupadas bajo una palabra que a fuerza de usarla se ha tornado, lastimosamente, en peyorativa. Llamarse o reconocerse como intelectual (quizá mejor usar hoy “pensador crítico”) suena demodé, un anacronismo, como si se hubiera jubilado el acto de pensar, de pensar críticamente y de expresar y propagar el propio pensamiento. Los términos intelectual, inteligencias, intelectualismo tienen un gustillo, en ciertos círculos de poder, a subversivo, a propiciador de motines, a agitador profesional. Y, con todo, estoy dispuesto a defender esa acepción, y me acojo a lo dicho por el reconocido escritor palestino-británico Edward W. Said, que defiende en Representaciones del intelectual, la tesis de que este es “un francotirador […] y perturbador del statu quo” (1).


Nada más cierto. Ser intelectual es renunciar a ser turiferario incensario, a negarse a ser altavoz de un sistema político, social o cultural enquistado en el poder; ser intelectual es oponerse a dejarse cooptar por el poder corruptor del capital aceptando cargos, nombramientos y lisonjas que lo que consiguen es silenciar la opinión independiente; ser intelectual es tener, al decir, vuelvo a citar aquí a Said, el coraje para que “las verdades básicas acerca de la miseria y la opresión humana [deban] defenderse independientemente del partido en que milite un intelectual, de su procedencia nacional y de sus lealtades primigenias” (2).


Usted, que es un agudo observador de la sociedad de la que hace parte, confiesa que las actividades llevadas a cabo por la [institución a la que pertenece] se enmarcan dentro de la estrategia neoliberal de sustituir al Estado en su función de garante de los derechos sociales y que, por lo tanto, los servicios que ofrece –entre ellos el [círculo que usted orienta]– poco o nada aportan al bienestar de la comunidad, mucho menos a su emancipación. Sí, estoy de acuerdo. Es la forma como el capital acude a dispositivos de biopolítica –como diría Foucault–, para doblegar al ciudadano, alienándolo, haciéndole creer que está jugando un rol activo en la sociedad, que hace parte de una democracia participativa, que tiene voz y voto en el derrotero de una comunidad, o en el barrio, o en las juntas (de acción comunal o administradoras locales), o en una biblioteca pública, en un círculo de lectura, o lo que sea.


Muchos de estos programas de política cultural que ostentosamente pregonan a los cuatro vientos los municipios más grandes del país (usted vive en una de las cuatro ciudades más grandes de Colombia) son, en verdad, mecanismos para “encausar” a los ciudadanos en una vocación de rebaño bajo la falsa premisa de que se está apoyando la libre manifestación de la personalidad bajo las banderas de la inclusión, la diversidad cultural y los derechos culturales; todo por supuesto en el marco de un programa político ideológico, que salvo contadas excepciones en los últimos veinte años (por ejemplo, durante las alcaldías progresistas en Bogotá) ha correspondido a alcaldías detentadas por representantes de las clases tradicionales del poder. Por consiguiente, toda política cultural emanada de un gobierno de estos está encaminada a apuntalar, sutil o expresamente, el statu quo de un sistema que clama a gritos ser renovado por sistemas más democráticos y de clara orientación social.


Por eso no es sorprendente, que sobre su hombro sienta la presencia intrusa, permanente, de ojos supervisores que vigilan la actividad que usted orienta, y lo que allí manifiesta y comparte, de tal forma que el circulo intelectual que usted dirige, nunca se desvíe de lo ¨correcto”, de lo esperado para una persona profesional como usted –que vive dignamente de los dineros oficiales y de las empresas privadas o semiprivadas que subvencionan las actividades culturales en las que está inmerso.


Usted, querido amigo, tiene las cosas claras. No otra cosa puedo pensar cuando manifiesta: Sé también que el modelo de desarrollo que promueve [la entidad matriz] es un modelo insostenible y, como [usted] lo muestra […], criminal, y que la [institución a la que pertenezco], al depender financieramente de esta empresa, no es más que un [organismo] de bolsillo cuyo objetivo, en el fondo, no es más que construir a ultranza una imagen favorable de dicho modelo.


No puede ser mas elocuente. El problema, en definitiva, no radica en desenmascarar el modelo que se repite una y otra vez a largo de toda la geografía nacional, en las grandes y medianas ciudades, en las pequeñas poblaciones, en los barrios y en los centros culturales del país. El quid del asunto es ¿qué hacer frente a esa realidad, qué postura hay que asumir ante lo evidente? Y de nuevo, usted lo reconoce: Sé muy bien todo esto, pero ignoro qué podría hacer al respecto y, en todo caso, he perdido el valor para intentar algo.


Cuánto duele leer esta confesión, tan íntima como desgarradora, tan sencilla como brutal. Creo que allí se resume la problemática que lo tiene atrapado en esta aparente sin salida. Cuando dice que ha perdido el valor de intentar algo siento un profundo dolor en mi condición de colega suyo. No puedo evitar evocaciones de mi propia vida en las que yo también fui presa de ese mismo temor, de esa misma congoja, de ese sentir los brazos caídos y no tener siquiera la fuerza de levantarlos para decir aquí estoy y quiero decir algo. ¿Quién acaso puede decir que, teniendo las ganas de actuar, no ha perdido el ímpetu para hacerlo?


No se trata de abrazarnos y llorar juntos por la encrucijada en la que está. Todo lo contrario, si algo puedo hacer y está a mi alcance es pararme a su lado y acompañarlo a dar el primer paso cuando usted esté listo. No se trata de empujarlo, ni de jalarlo para que salga de esa especie de somnolencia en la que ha caído. Tampoco de hacerlo escuchar discursos estentóreos sobre la función el intelectual, y recitarla parrafadas completas de Gramsci o de Fidel o de otros pensadores que se han dirigido específicamente a los intelectuales de la sociedad. Cada cual es dueño de sus propios miedos, de sus propios fantasmas, de los esqueletos que guarda en su armario.


Sabrá usted, en su sabiduría interior, el camino para superar todo lo que lo inmoviliza en este momento. Sabrá el momento apropiado, el discurso correcto; el cómo salir airoso de tan difícil trance sin quedar chamuscado en el proceso. Reconozco que no es poco el tiempo que ha tenido las barbas en remojo. Dice:


Desde que ingresé [aquí], hace diez años, y en la medida en que me fui haciendo consciente de la situación en la que me encontraba, empecé a sentir la responsabilidad de promover algún cambio, expresando mis opiniones ante las directivas siempre que tenía la oportunidad e introduciendo, en las actividades que han estado a mi cargo, una perspectiva crítica.


¿Dónde ha quedado ese ímpetu, usted, que apenas debe rozar, si mucho, los treinta años (pero no muchos más) que lo iluminó durante esa primera parte de su jornada? ¿Dónde ese espíritu travieso, dónde ese aliento rebelde, dónde ese ideario anárquico? No soy quien tenga que recordar que el intelectual es aquel portador de un pensamiento indócil, “más bien a menudo subversivo, que contribuye a poner en crisis los valores fundamentales de los dogmas, creencias y culturas de pertenencia” (3). Es la heterodoxia, al decir de Maldonado, lo que caracteriza, entre otros aspectos, al intelectual: aquella capacidad o voluntad de actuar “en contraposición a los dogmas, a los cuerpos doctrinales, a los modelos de comportamientos, a los ordenamientos simbólicos, y también a los asertos de poder existentes” (4). Sin embargo, a mi inquietud, usted aclara:


Con el tiempo, y debido a los choques y fracasos que llegué a experimentar en ese proceso, aquel sentimiento de responsabilidad por promover algún cambio terminó convirtiéndose en un sentimiento de vergüenza y de culpa por no ser capaz de hacer nada realmente eficaz, ni siquiera lo más elemental: renunciar y buscar otro trabajo. ¿Me equivoco si aventuro que usted tocó fondo y es imposible seguirse hundiendo en su inacción? ¿Qué tiene que suceder en su vida para que llegue un sacudón mayor y lo arroje de manera brutal contra el pavimento de la existencia? ¿Qué más debe presenciar que sucede a su alrededor, en su ciudad, tan hermosa, tan ejemplar, tan pujante, y a la vez tan llena de desigualdades e injusticias, para que usted encuentre mil y una formas de expresar todo lo que bulle en usted y necesita hacer para generar ese cambio que reconoce tan necesario?


No se trata de actos heroicos; de poner el pecho a los fusiles que silencian todos los días, y cada vez más, a tantos y tantos colombianos ante la imperturbabilidad de las autoridades, de los gobernantes, de las fuerzas del orden. No. Se trata de preguntarse ¿qué está en mis manos hacer para poner en acción el pensamiento crítico que bulle en mí?


Cada cual hace lo que está a su alcance, y así lo reconoce: Espero, pues, que entienda lo importante y admirable que es para mí su denuncia: tanto más en cuanto que yo no soy capaz de hacer algo semejante. La sociedad necesita, como dice Said, de “un ser aparte, alguien capaz de decirle la verdad al poder, un individuo duro, elocuente, inmensamente valiente y aguerrido para quien ningún poder mundano es demasiado grande e imponente como para no criticarlo y censurarlo con toda intención” (5). Entonces, ¿cuál es el ejemplo que quiere dar a ese círculo de jóvenes que lo siguen semana a semana, con una fidelidad asombrosa, que viajan kilómetros y kilómetros para escucharlo y dejarse guiar en sus lecturas, pensamientos, y actividades por su voz de orientador, de acompañante de caminos?


No es necesario que se siga envileciendo con el autocastigo: Soy un muy buen ejemplo del modo como el sistema-mundo capitalista envilece a las personas, y no lo digo con ironía ni cinismo, lo digo, repito, con vergüenza y con culpa. Basta ya de tanto autoflagelo; tome las decisiones que tiene que tomar y pase de la reflexión a la acción; de la autoconmiseración, de jugar al rol de víctima a asumir la potestad por su vida.


Por supuesto, hay riesgos, algunos extremos, especialmente en este país, en esta época. El pensador crítico puede morir en la hoguera, verse obligado al exilio, al ostracismo, a ser más que silenciado, ignorado, separado del mainstream, como se dice hoy. Foucault acuñó el concepto de “microfísica del poder” para aludir a una nueva forma de doblegamiento, más refinada que la antigua que tenía el soberano del privilegio de apoderarse de la vida de los súbditos para suprimirla. La microfísica del poder es aquella, sofisticada y moderna, del poder disciplinario mediante “funciones de incitación, de reforzamiento, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las fuerzas que somete” (6). El objetivo es “producir fuerzas, a hacerlas crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas” (7) . Es evidente que en la Colombia del siglo veintiuno nos hemos quedado con lo peor de lo peor, es decir, con ambas formas de poder: la microfísica del poder no ha reemplazado el poder original del soberano –léase aquí las fuerzas oscuras detrás del poder que eliminan cada día, uno a uno, a los líderes sociales de tantas regiones en el país– de suprimir la vida y se reserva la otra, la sutil forma de alienar a sus ciudadanos con los dispositivos disciplinarios mencionados.


Cabe a cada cual tomar decisiones. Usted cierra su nota con un esperanzador: Espero, también, poder contarle algún día que finalmente sí fui capaz de hacer algo, aunque sólo sea lo más elemental: renunciar y buscar otro trabajo. Creo, con todo respeto, que su aspiración se queda corta, y no lo culpo, atrapado en esa maraña en la que se encuentra. Quizá el horizonte es otro. Quizá a dónde apuntar el foco es más alto. En lo profundo de su conciencia reposa exactamente lo que debe hacer, el viaje que debe emprender. Buen viento y mares intranquilos, colega.

 

1. Said, Edward W., Representaciones del intelectual, Paidós Studio, Barcelona, 1996, p. 12
2. Ibíd., p. 14.
3. Maldonado, Tomas, ¿Qué es un intelectual? Aventuras y desventuras de un rol, Paidós Studio, Barcelona, 1998, p.27
4. Ibid., p. 28
5. Said, p. 27
6. Foucault, M., Historia de la sexualidad. 1 La voluntad de poder. Madrid, Siglo XXI, 2005, p. 165
7. Ibíd., p. 169.
* Escritor. Su más reciente novela Y adentro, la caldera, Ediciones Desde Abajo, junio 2018. Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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“Daniel Ortega dejó de ser de izquierda hace muchísimo tiempo”: Gioconda Belli

Gioconda Belli, ex dirigente del FSLN y escritora, esgrime una fuerte crítica contra el gobierno de Nicaragua y se lamenta por la situación que atraviesa su país.

En la novela El país de las mujeres, Gioconda Belli imagina un país gobernado exclusivamente por mujeres. Las audaces integrantes del Partido de la Izquierda Erótica ganan las elecciones en Faguas y emprenden el desafío de transformar la geometría del poder. A la ciudadanía la redefinen como “cuidadanía”. No se trata sólo de problematizar la inequidad en la participación sino de repensar las lógicas de hacer política. A ocho años de su publicación, la escritora nicaragüense asegura que, más que una ficción, el libro es “una guía para la acción”, con pistas concretas para trastocar la cultura política patriarcal. Belli, quien aborda en varios otros textos el tópico mujeres y política -otro emblemático es La mujer habitada-, se entusiasma con el auge del movimiento feminista en América Latina: “Para que el mundo sea mejor, las mujeres tenemos que tener más poder”.

Nacida en Managua en 1948, publicó sus primeros poemas en 1970 y, como muchos intelectuales, se metió de lleno en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Fue correo clandestino, transportó armas, y luego como exiliada viajó por el mundo difundiendo la lucha sandinista. Después del triunfo de la revolución, fue vocera del FSLN y ocupó varios cargos, hasta que en 1993 fue parte de la camada que rompió con el partido y recorrió un camino desde el desencanto a la indignación con la conducción de Daniel Ortega.

A la conflictividad social que vive Nicaragua desde el 18 de abril la caracteriza como “una explosión espontánea y de todos los extractos sociales”. Niega tajantemente la injerencia estadounidense, denuncia que “han reprimido con una violencia nunca vista” y despotrica contra el presidente: “Daniel Ortega dejó de ser de izquierda hace muchísimo tiempo”.

—¿Cuál es su lectura de lo que viene pasando en Nicaragua? ¿Cómo es la composición de los sectores movilizados?

—El 18 de abril se dio una protesta contra la reforma del seguro social, pero la manera en que fue reprimida generó una explosión social. Una explosión de todos los estratos sociales. Lo más interesante es que se ha dado una unidad nacional alrededor del repudio a la actuación del gobierno, a un gobierno que nos venía oprimiendo, asfixiando, quitándonos todas las vías de una solución cívica porque desnaturalizaron completamente el proceso electoral. Nos sentimos atrapados con este gobierno que tiene dominio de todos los poderes. Fue como que la gente dijo “ya, esta va a ser nuestra manera de votar” y empezó este enorme movimiento a nivel nacional. El problema es que han reprimido con una violencia nunca vista. Hay más de 400 muertos, miles de heridos, mucha gente que tuvo que huir.

 

—Daniel Ortega caracteriza la situación como un “golpe blando”, como un intento de desestabilización fogoneado y financiado desde Estados Unidos.

—Eso es totalmente falso, es como una muletilla. Lo dice por desesperación, no quiere aceptar el gran descontento. No hay plata de los Estados Unidos, ahora están diciendo que son las ONG, pero tampoco es cierto. Lo más hermoso que ha pasado es que esto fue autoconvocado, ni siquiera se le puede echar la culpa a un partido o a un grupo. Es un movimiento completamente espontáneo.

 

—Mucha gente progresista y de izquierda en América Latina se posicionó junto a Daniel Ortega y avaló la tesis de la injerencia norteamericana. También está la inquietud de que si cayera el gobierno sería la derecha quien lo capitalizaría. ¿Qué opina?

—Yo estoy muy desilusionada con lo que está diciendo la izquierda latinoamericana con relación a Nicaragua. ¿Porque es Daniel Ortega se puede matar a 400 personas y no me importa porque es de izquierda? Y no es cierto que sea de izquierda, Daniel Ortega dejó de ser de izquierda hace muchísimo tiempo, una vez en el poder se alió con los grandes capitales. Nosotros tenemos la enorme capacidad para tomar el poder sin la necesidad de la derecha. Hay mucha gente de izquierda luchando porque nosotros no vemos, como izquierda, que Daniel Ortega sea de izquierda. Daniel Ortega es una ficción, autorizó un robo que se llamó “La Piñata” donde se repartieron tierras y casas, se creó una burguesía sandinista, se privatizó la energía de la ayuda venezolana y toda su familia es dueña de los medios de comunicación. Hizo fraude para dominar la Asamblea Nacional, cambió la Constitución para reelegirse indefinidamente, puso a su mujer de vicepresidenta en un país donde tuvimos una dinastía, manejan un lenguaje horriblemente religioso, la esposa de Ortega habla todos los días y parece la Madre Teresa de Calcuta, abolieron el aborto terapéutico. Definitivamente no puede considerarse un gobierno de izquierda.

—Pensando a Nicaragua en el contexto latinoamericano, ¿qué reflexión hace sobre el momento que atraviesa la región?

—Creo que lo más importante es que tenemos que creer en nosotros. Necesitamos una democracia más radical, que venga de abajo hacia arriba. Ha habido mucho cinismo, mucha desilusión, y eso a veces nos hace tener miedo o volvernos indiferentes, individualistas y no salir de nuestro pequeño mundo. Yo animo a todos los que quieren cambiar América Latina a que participemos más, a que nos involucremos en política, en luchas comunitarias, en las luchas de las mujeres, porque somos nosotros y nosotras los que la vamos a cambiar, nadie lo va a hacer por nosotros.

 

—¿Cómo está viviendo el auge del movimiento feminista en América Latina y el cambio cultural que se viene dando en algunos países como aquí en Argentina?

—Creo que el movimiento feminista en América Latina ya no puede ser detenido. En todo el mundo se están exigiendo cambios. Uno de los grandes retos que tenemos en la región es superar el machismo, que sigue teniendo una fuerza tremenda. ¿Cómo es posible que en Argentina no se haya aprobado el aborto siendo que las mujeres van a seguir abortando pero en condiciones peligrosas? Toda esta corriente de cambios lleva a los sectores más conservadores a atrincherarse en unos valores que ya no pueden seguir siendo predominantes en el mundo de hoy. Esos valores se están acabando. Un gran problema de la humanidad es que nos intentaron inculcar que el cuerpo de la mujer es algo pecaminoso y que no tenemos derecho a ser dueñas de nuestros cuerpos. Para que el mundo sea mejor las mujeres tenemos que tener más poder, porque somos más conciliadoras, tenemos una ética del cuidado, un sentido de la ecología, porque nuestro cuerpo está conectado con la naturaleza. No digo que todas las mujeres sean buenas pero creo que tenemos un sentido mucho más agudo de lo que significa cuidar un país. Lo que pasa es que también entramos al poder bajo unas reglas masculinas, por eso en mi novela El País de las Mujeres hablo de un gobierno de mujeres donde se cambien las reglas.

—¿Qué cree que se puede tomar de esa novela para aplicar a la realidad política? Y ¿cuáles son los desafíos para que una mayor participación de las mujeres implique también un cambio en esas reglas de la política?

—Una de las cosas más importantes que planteo en esa novela es la reformulación del espacio del trabajo. La vida laboral no se adaptó a que muchísimas mujeres que trabajan tienen gran responsabilidad en la crianza, faltan mecanismos sociales como guarderías o lugares en los trabajos donde tener a los niños si se enferman. Hay muchas cosas que se podrían hacer. Están habiendo cambios pero es necesario repensar todo el mundo laboral. Creo que la explotación de la mujer en sus diferentes formas es la semilla de todos los males porque esa dominación empieza desde la infancia. Y en relación al poder, la mujer tendría que entrar de otra manera. Es un proceso largo, en esa novela doy un montón de ideas, lo central es que el poder tiene que cambiar de naturaleza.

 

—Más que ficción es una guía de acción…

—Sí, no es tan ficción, realmente si esas cosas existieran se podría cambiar mucho la mentalidad. Todo el mundo lo ve como ficción pero todo es practicable. Lo que falta es la voluntad política.

 

*Por Gerardo Szalkowicz y Lucio Garriga para Tiempo Argentino

 


 

Detienen a unos 20 universitarios

 

Disparan a caravana opositora en la capital de Nicaragua

La Jornada
 

Managua. Presuntas fuerzas de choque del gobierno de Nicaragua atacaron ayer a balazos una caravana de vehículos de activistas opositores que intentaban recorrer la capital, sin que hasta el momento se hayan difundido cifras de heridos, informaron medios locales.

La caravana, que había salido de la rotonda Jean Paul Genie, sur de Managua, fue interceptada cerca de una estación policial por motociclistas que portaban banderas rojinegras del gobernante Frente Sandinista, del presidente Daniel Ortega, y dispararon con la aparente intención de disolver la protesta.

Asimismo, al menos 21 estudiantes de la Coordinadora Universitaria por la Democracia y la Justicia (CUDJ) fueron detenidos este sábado por la policía en la provincia de Carazo, denunciaron opositores.

Los activistas desistieron de participar en la marcha Nicaragua unida jamás será vencida, debido a que policías y paramilitares armados se apostaron a lo largo de la carretera que va de la capital a Granada.

Los manifestantes se habían concentrado inicialmente para dirigirse hacia Granada (oriente) y sumarse por la tarde a una marcha nacional antigubernamental, pero se vieron obligados a protestar en la capital luego de que la carretera que conduce a esa ciudad fue tomada desde temprano por policías y paramilitares armados, reportaron medios de prensa.

Según imágenes de Canal 100% Noticias, que transmitió el incidente en vivo, la caravana fue perseguida por un contingente de policías encapuchados y fuertemente armados. Luego, interceptada por los motorizados y agentes que fueron captados pistola en mano esperando el paso de los vehículos.

Una turba de motociclistas con banderas rojinegras comenzó a disparar. Nos perseguían camionetas llenas de policías. Es una grosería que estén impidiendo la movilización de ciudadanos, aseveró un periodista de la televisora mientras huía del lugar.

La policía no debe asustarnos ni atacarnos. Estamos en contra de una persona a la que se le ha ido la mano gobernando. Todos somos nicaragüenses, todos nacimos acá y somos hermanos. No deben atacarnos, declaró un manifestante a la televisora.

En las redes sociales el oficialismo convocó a sus partidarios a una caravana para dirigirse a Granada, donde los activistas opositores marcharon por la tarde para protestar contra la represión gubernamental.

A lo largo de la carretera que comunica a Managua con Granada se instalaron retenes policiales, en los cuales se revisan vehículos y resguarda a partidarios del gobierno.

Los universitarios, quienes se dirigían hacia la ciudad de Granada para participar en una marcha nacional contra el gobierno de Ortega convocada por la CUDJ, fueron llevados por la policía a Jinotepe, capital de esa provincia, denunció la activista opositora Mónica López en el Canal 100% Noticias.

Los jóvenes fueron detenidos de forma arbitraria por la policía cuando se dirigían a Granada y lograron transmitir su detención en su página de Facebook, expresó López. Agregó que una de las detenidas es Henried Martínez, de la mesa de diálogo nacional por la opositora Alianza Cívica.

Lo que estamos viendo acá es la imposición totalmente arbitraria del mundo al revés que está en la cabeza de los Ortega (la pareja presidencial). Tenemos derecho a manifestarnos y movilizarnos, porque Nicaragua (...) no es de ningún dictador, mucho menos de hordas paramilitares y criminales que se dedican a imponer la política de terrorismo de este régimen, apuntó.

En un tuit, el obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez, dijo que es inadmisible criminalizar al pueblo por ejercer su derecho de protestar y tratarlo como terrorista. La paz social no se impone a fuerza de balas, intimidación, encarcelamientos y procesos judiciales injustos.

Nicaragua vive desde el 18 de abril la peor crisis política en cuatro décadas, que según organismos de derechos humanos independientes ha dejado cerca de 450 muertos, la mayoría manifestantes antigubernamentales. Las autoridades sólo reconocen 198 decesos.

En distintas ciudades de Nicaragua miles más se movilizaron exigiendo la libertad de presos políticos y la salida del presidente Daniel Ortega, mientras seguidores del gobierno se movilizaron en apoyo del mandatario.

En Granada, uno de los principales puntos de reunión, cientos de vecinos opositores al gobierno marcharon por las calles, pese a un fuerte dispositivo policial y la presencia de grupos de choque, según comunicó una de las organizadoras de la movilización, la universitaria Valeska Valle.

Los manifestantes portaban una bandera de Costa Rica y el mensaje de gracias, hermanos, para agradecer la solidaridad brindada por ese país a cientos de nicaragüenses que han emigrado hacia allí escapando de la violencia.

Coincidentemente, cientos de costarricenses y nicaragüenses marcharon en la capital de Costa Rica contra la xenofobia y en defensa de los migrantes, en protesta por ataques xenófobos ocurridos en un parque de San José.

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Viernes, 24 Agosto 2018 07:20

La simple lógica de la inequidad

La simple lógica de la inequidad

Existe una relación directa, ampliamente estudiada (Derek Epp, Enrico Borghetto, etc.) entre el aumento las desigualdades sociales y la disminución del debate social sobre el aumento las desigualdades sociales.
Esta distracción se logra, principalmente, desviando la atención a temas menos importantes pero mucho más apasionantes, casi ancestrales, razón por la cual, cada vez que aumenta la inequidad social, también aumentan las apasionadas discusiones sobre la inmigración, la invasión de otras razas y otras culturas, el patriotismo, la bandera, el himno nacional (un futbolista es silbado por arrodillarse en protesta, un político pone la mano en el corazón, y todas esas masturbaciones colectivas), la fe contra la razón, el crimen callejero en lugar del crimen legal, la inseguridad y la necesidad de un poder concentrado que ponga orden (que en realidad significa “confirmación del status quo”), como un padre justo pone orden entre sus niños desobedientes, aunque para ello haya que ceder aún más poder, más recursos y más riqueza.


No importa que el incremento de todos esos problemas también tenga su raíz en las mismas desigualdades sociales, astronómicas a esta altura, en la misma cultura que crea (de forma creciente, neurótica e ilimitada) necesidades que son imposibles de satisfacer por la amplia mayoría de cualquier sociedad y del planeta mismo. Desde un punto de vista psicológico, estas diferencias relativas, sin importar los ingresos absolutos de los individuos en una sociedad determinada, disparan los índices de ansiedad, de alcoholismo, de depresión, de adicciones, de suicidio, como también lo muestran diversos estudios referidos a los países ricos.


Esta distracción es una consecuencia de un proceso lógico: quienes aumentan cada día su poder económico, político y social, controlan una parte crítica de la narrativa social que se escribe no sólo en los grandes medios de comunicación que les son funcionales, sino por una clase política que es, a un tiempo, causa y consecuencia de esas narrativas.


Por esto, no es casualidad que las micro minorías que concentran una macro proporción de los recursos del mundo no sean consideradas beneficiarias del sistema que los produce y protege, sino benefactoras del resto (son ellos, los ricos inversores, quienes crean trabajo, quienes inventaron el cero, los algoritmos, la penicilina, la computación, los derechos humanos, nuestra modernidad, todo nuestro progreso, y otros absurdos tan comunes en nuestra civilización adicta a la pornografía política y religiosa).


No es casualidad que, al mismo tiempo que aumentan los desequilibrios sociales, aumentan las ideologías que los sustentan, como el fascismo y otras variaciones de la extrema derecha.
Claro que toda esa lógica es insostenible y siempre llega un momento de quiebre que, al final, termina por golpear a todos, los de arriba y los de abajo, los de derecha y los de izquierda, en diferente grado, según el momento histórico.


Claro que el nuestro es un problema aún mayor. No se trata de que la Humanidad esté preparando su próxima gran crisis. Se trata de saber cómo sobreviviremos como especie en las próximas generaciones.
Claro que los ancianos más egoístas del planeta, generalmente aquellos que se encuentran en el poder político de la mayoría de los países más poderosos del mundo, tienen poco que perder y, a juzgar por sus acciones, poco les importa más allá de la breve borrachera de sus millonarias y miserables existencias.


* Escritor uruguayo-estadounidense.

 

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