¿Unidad de las izquierdas? Las izquierdas ante el nuevo interregno [*]

Introducción


He escrito mucho sobre las izquierdas, sobre su pasado y su futuro [1].


Tengo preferencia por las cuestiones de fondo, siempre me sitúo en una perspectiva de medio y largo plazo y evito entrar en las coyunturas del momento. En este texto sigo una perspectiva diferente: me centro en el análisis de la coyuntura de algunos países y es a partir de este que planteo cuestiones de fondo y me muevo a escalas temporales de medio y largo plazo.


Esto significa que mucho de lo que está escrito en este texto no tendrá ninguna actualidad dentro de meses o incluso semanas. Su utilidad puede estar precisamente en eso, en el hecho de proporcionar un análisis retrospectivo de la actualidad política y del modo en el que ella nos confronta cuando no sabemos cómo se va a desarrollar. Asimismo, puede contribuir a ilustrar la humildad con la que los análisis deben realizarse y la distancia crítica con la que uno debe recibirlos. Este texto tal vez puede leerse como un análisis no coyuntural de la coyuntura.


Para empezar, debo aclarar lo que entiendo por izquierda. Izquierda significa el conjunto de teorías y prácticas transformadoras que, a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, han resistido a la expansión del capitalismo y al tipo de relaciones económicas, sociales, políticas y culturales que genera, y que surgieron con la convicción de que puede existir un futuro poscapitalista, una sociedad alternativa, más justa por estar orientada a la satisfacción de las necesidades reales de los pueblos, y más libre, por estar centrada en la realización de las condiciones del efectivo ejercicio de la libertad.


En un mundo cada vez más interdependiente llevo tiempo insistiendo en la necesidad de aprendizajes globales. Ningún país, cultura o continente puede arrogarse hoy el privilegio de haber encontrado la mejor solución para los problemas a los que el mundo se enfrenta y mucho menos el derecho de imponerla a otros países, culturas o continentes. La alternativa está en los aprendizajes globales, sin perder de vista los contextos y las necesidades específicas de cada uno. Llevo tiempo defendiendo las epistemologías del Sur como una de las vías para promover tales aprendizajes y de la necesidad de hacerlo partiendo de las experiencias de los grupos sociales que sufren en los diferentes países la exclusión y la discriminación causadas por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Así pues, las necesidades y aspiraciones de tales grupos sociales deben ser la referencia privilegiada de las fuerzas de izquierda en todo el mundo, y los aprendizajes globales una herramienta valiosa en ese sentido. Lo que sucede es que las fuerzas de izquierda tienen una enorme dificultad en conocer las experiencias de otras fuerzas de izquierda en otros países y en estar dispuestas a aprender de ellas. No están interesadas en conocer profundamente las realidades políticas de otros países ni tampoco dan la atención debida al contexto internacional y a las fuerzas económicas y políticas que lo dominan. La desaparición analítica de las múltiples caras del imperialismo es una prueba de ello. Además, tienden a ser poco sensibles ante la diversidad cultural y política del mundo.


Que las fuerzas de izquierda del Norte global (Europa y América del Norte) sean eurocéntricas no es ninguna novedad. Lo que quizá sea menos conocido es que la mayor parte de las fuerzas de izquierda del Sur global también son eurocéntricas en las referencias culturales subyacentes a sus análisis. Basta tener en cuenta las actitudes racistas de muchas fuerzas de izquierda de América Latina con relación a los pueblos indígenas y afrodescendientes.


Con el objetivo muy limitado de analizar la coyuntura de las fuerzas de izquierda en algunos países, este texto pretende aumentar el interconocimiento entre ellas y sugerir posibilidades de articulación tanto nacional como internacionalmente.


El nuevo interregno


Estamos en un interregno. El mundo que creó el neoliberalismo en 1989 con la caída del Muro de Berlín terminó con la primera fase de la crisis financiera (2008-2011) y todavía no se ha definido el nuevo mundo que le tomará el relevo. El mundo posterior a 1989 tuvo dos agendas que tuvieron un impacto decisivo en las políticas de izquierda un poco en todo el mundo. La agenda explícita fue el fin definitivo del socialismo como sistema social, económico y político liderado por el Estado. La agenda implícita constituyó el fin de cualquier sistema social, económico y político liderado por el Estado. Esta agenda implícita fue mucho más importante que la explícita porque el socialismo de Estado ya estaba en fase agonizante y desde 1978 procuraba reconstruirse en China como capitalismo de Estado a raíz de las reformas promovidas por Deng Xiaoping. El efecto más directo del fin del socialismo de tipo soviético en la izquierda fue el hecho de haber desarmado momentáneamente los partidos comunistas, algunos de ellos distanciados desde hacía mucho tiempo de la experiencia soviética. La agenda implícita fue la que verdaderamente contó y por eso tuvo que ocurrir de manera silenciosa e insidiosa, sin que cayeran muros.


En la fase que hasta entonces había caracterizado el capitalismo dominante, la alternativa social al socialismo de tipo soviético eran los derechos económicos y sociales universales del que se beneficiaban sobre todo quienes, al no tener privilegios, solo tenían el derecho y los derechos para defenderse del despotismo económico y político al que tendía el capitalismo sujeto exclusivamente a la lógica del mercado. La forma más avanzada de esta alternativa había sido la socialdemocracia europea de la posguerra, que de hecho en sus inicios, a principios del siglo xx, también había desplegado una agenda explícita (socialismo democrático) y una agenda implícita (capitalismo con alguna compatibilidad con la democracia y la inclusión social mínima que esta suponía). Después de 1945 quedó claro rápidamente que la única agenda era la agenda implícita. Desde entonces las izquierdas se dividieron entre las que seguían defendiendo una solución socialista (más o menos distante del modelo soviético) y las que, por más que se proclamaran socialistas, solo querían regular el capitalismo y controlar sus «excesos».


Después de 1989, y tal como había sucedido a principios de siglo, la agenda implícita continuó durante algún tiempo siendo implícita, pese a ser ya la única en vigor. Se fue volviendo evidente que las dos izquierdas del periodo anterior habían salido derrotadas. Es por ello que, en el periodo posterior a 1989, se asistió a la difusión sin precedentes de la idea de la crisis de la socialdemocracia, muchas veces articulada con la idea de la imposibilidad o inviabilidad de la socialdemocracia. Al secundarla, la ortodoxia neoliberal adoctrinaba sobre el carácter depredador o por lo menos ineficiente del Estado y de la regulación estatal, sin los cuales no se podía garantizar la efectividad de los derechos económicos y sociales.


El desarme de la izquierda socialdemócrata se disimuló durante algún tiempo a través de la nueva articulación de las formas de dominación que dominaron el mundo desde el siglo xvii: el capitalismo, el colonialismo (racismo, monoculturalismo, etc.) y el patriarcado (sexismo, división arbitraria entre trabajo productivo y trabajo reproductivo, es decir, entre trabajo remunerado y trabajo no remunerado). Las reivindicaciones sociales se orientaron a las agendas llamadas posmateriales, los derechos culturales o de cuarta generación. Estas reivindicaciones eran genuinas y denunciaban modos de opresión y discriminación repugnantes. Sin embargo, la manera en la que se orientaron hizo creer a los agentes políticos que las habían movilizado (movimientos sociales, ONG, nuevos partidos) que las podían llevar a cabo con éxito sin tocar el tercer eje de la dominación, el capitalismo. Incluso hubo una negligencia de lo que se fue llamando política de clase (distribución) a favor de las políticas de raza y sexo (reconocimiento). Esa convicción demostró ser fatal cuando cayó el régimen posterior a 1989. La dominación capitalista, reforzada por la legitimidad que ha ido creando durante estos años, se ha mostrado con facilidad contra las conquistas antirracistas y antisexistas en la búsqueda incesante de mayor acumulación y explotación. Y estas, desprovistas de la voluntad anticapitalista o separadas de las luchas anticapitalistas, están sintiendo muchas dificultades para resistir.


En estos años de interregno resulta evidente que la agenda implícita pretendía dar toda la prioridad al principio del mercado en la regulación de las sociedades modernas en detrimento del principio del Estado y del principio de la comunidad. A comienzos del siglo xx el principio de la comunidad había sido dejado en segundo plano en favor de la rivalidad que se instaló entonces entre los principios del Estado y del mercado. La relación entre ambos siempre fue muy tensa y contradictoria. La socialdemocracia y los derechos económicos y sociales significaron momentos de tregua en los conflictos más agudos entre los dos principios. Dichos conflictos no derivaban de meras oposiciones teóricas. Derivaban de las luchas sociales de las clases trabajadoras que intentaban encontrar en el Estado el refugio mínimo contra las desigualdades y el despotismo generados por el principio del mercado. A partir de 1989, el neoliberalismo encontró el clima político adecuado para imponer el principio del mercado, contraponiendo su lógica a la lógica del principio del Estado, hasta entonces protegido.


La globalización neoliberal, la desregulación, la privatización, los tratados de libre comercio, el papel inflacionario del Banco Mundial y del FMI se fueron desarrollando paulatinamente para erosionar el principio del Estado, tanto retirándolo de la regulación social como convirtiendo esta en otra forma de regulación mercantil. Para ello fue necesaria una desnaturalización radical pero silenciosa de la democracia. Esta, que en el mejor de los casos había sido la encargada de gestionar las tensiones entre el principio del Estado y el principio del mercado, pasó a «usarse» para legitimar la superioridad del principio del mercado y, en el proceso, transformarse ella misma en un mercado (corrupción endémica, lobbies, financiación de partidos, etc.). El objetivo fue que el Estado pasara de Estado capitalista con contradicciones a Estado capitalista sin contradicciones. Las contradicciones pasarían a manifestarse en la sociedad, crisis sociales que serían resueltas como cuestiones policiales y no como cuestiones políticas.


La gran mayoría de las fueras de izquierda aceptaron este giro; no opusieron mucha resistencia o incluso se volvieron cómplices activas del mismo, lo que sucedió sobre todo en Europa. En la última fase de este periodo, algunos países de América Latina protagonizaron una resistencia significativa, tan significativa que no se pudo neutralizar por la monotonía de las relaciones económicas promovidas por el neoliberalismo global, ni fue tan solo el resultado de los errores propios cometidos por los gobiernos progresistas. Supuso la fuerte intervención del imperialismo estadounidense, que en la primera década de 2000 había aliviado la presión sobre los países latinoamericanos por estar profundamente implicado en Oriente Medio. Venezuela, Brasil y Argentina son quizá los casos más emblemáticos de esta situación. El imperialismo estadounidense ha cambiado entretanto su imagen y táctica. En vez de imponer dictaduras mediante la CIA y fuerzas militares, promueve y financia iniciativas de «democracia amiga del mercado» a través de organizaciones no gubernamentales libertarias y evangélicas y de desarrollo local; de protestas en la medida de lo posible pacíficas, pero con lemas ofensivos dirigidos contra las personalidades, los principios y las políticas de izquierda. En situaciones más tensas puede financiar acciones violentas que después, con la complicidad de los medios de comunicación nacionales e internacionales, se atribuyen a los gobiernos hostiles, o sea, a gobiernos hostiles a los intereses estadounidenses. Todo esto tutelado y financiado por la CIA, la embajada estadounidense en el país y el Departamento de Estado de Estados Unidos.


Así pues, vivimos un periodo de interregno. No sé si este interregno genera fenómenos mórbidos como el interregno famosamente analizado por Gramsci. Sin embargo, seguro que ha asumido características profundamente discordantes entre sí. En los últimos cinco años, la actividad política en diferentes países y regiones del mundo ha adquirido nuevos contornos y se ha traducido en manifestaciones sorprendentes o desconcertantes. He aquí una selección posible: el agravamiento sin precedentes de la desigualdad social; la intensificación de la dominación capitalista, colonialista (racismo, xenofobia, islamofobia) y heteropatriarcal (sexismo) traducida en lo que llamo fascismo social en sus diferentes formas (fascismo del apartheid social, fascismo contractual, fascismo territorial, fascismo financiero, fascismo de la inseguridad); el resurgimiento del colonialismo interno en Europa con un país dominante, Alemania, aprovechándose de la crisis financiera para transformar los países del Sur en una especie de protectorado informal, especialmente flagrante en el caso de Grecia; el golpe judicial-parlamentario contra la presidenta Dilma Rousseff, un golpe continuado con el impedimento de la candidatura de Lula da Silva a las elecciones presidenciales de 2018; la salida unilateral del Reino Unido de la Unión Europea; la renuncia a las armas por parte de la guerrilla colombiana y el conturbado inicio del proceso de paz; el colapso o crisis grave del bipartidismo centrista en varios países, como Francia, España, Italia y Alemania; el surgimiento de partidos de nuevo tipo a partir de movimientos sociales o movilizaciones antipolítica, como Podemos en España, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia y el Partido del Hombre Común (AAP) en la India; la constitución de un gobierno de izquierda en Portugal basada en un entendimiento sin precedentes entre diferentes partidos de izquierda; la elección presidencial de hombres de negocios multimillonarios con muy poca o nula experiencia política resueltos a destruir la protección social que los Estados han garantizado a las clases sociales más vulnerables, independientemente de si es Macri en Argentina o Trump en Estados Unidos; el resurgimiento de la extrema derecha en Europa con su tradicional nacionalismo de derecha, pero sorprendentemente portadora de la agenda de las políticas sociales que la socialdemocracia había abandonado, con la reserva de que ahora solo valen para «nosotros» y no para «ellos» (inmigrantes, refugiados); la infiltración de comportamientos fascistizantes en gobiernos democráticamente elegidos, como, por ejemplo, en la India del Partido Popular Indio (BJP) y el presidente Modi, en las Filipinas de Duterte, en los Estados Unidos de Trump, en la Polonia e Kaczynski, en la Hungría de Orbán, en la Rusia de Putin, en la Turquía de Erdogan, en el México de Peña Nieto; la intensificación del terrorismo yihadista, que se proclama islámico; la mayor visibilidad de manifestaciones de identidad nacional, de pueblos sin Estado, de nacionalismos de derecha en Suiza y Austria, de nacionalismos con fuertes componentes de izquierda en España (Cataluña, pero también en el País Vasco, Galicia y Andalucía) y Nueva Zelanda, y de nacionalismos de los pueblos indígenas de las Américas que se niegan a encajar en la dicotomía izquierda/derecha; el colapso, debido a una combinación de errores propios e interferencia grave del imperialismo estadounidense, de gobiernos progresistas que procuraban combinar el desarrollo capitalista con la mejora del nivel de vida de las clases populares, en Brasil, Argentina y Venezuela; la agresividad sin parangón en la gravedad y la impunidad de la ocupación de Palestina por el Estado colonial de Israel; las profundas transformaciones internas combinadas con la estabilidad (por lo menos aparente) en países que durante mucho tiempo habían simbolizado las más avanzadas conquistas de las políticas de izquierda, como China, Vietnam y Cuba.


El significado histórico de este interregno


Esta lista deja fuera los problemas sociales, económicos y ecológicos que quizá más preocupen a los demócratas en todo el mundo. Al mismo tiempo, no menciona la violencia familiar, urbana y rural o la proliferación de las guerras no declaradas, embargos no declarados, el terrorismo y el terrorismo de Estado que están destruyendo a pueblos enteros (Palestina, Libia, Siria, Afganistán, Yemen) y la convivencia pacífica en general, la transformación del trabajo en una mercancía como otra cualquiera, los llamamientos al consumismo, al individualismo y a la competitividad sin límites, ideologías con las que muchas fuerzas de izquierda han sido muy complacientes o aceptan como algo inevitable, lo que acaba por significar lo mismo.


En este sentido, esta es una lista de síntomas y no de causas. Aun así, me sirve para mostrar las características principales del interregno en el que nos encontramos:


Si bien el capitalismo es un sistema globalizado desde su inicio, el ámbito y las características internas de la globalización han variado a lo largo de los siglos. Para referirme tan solo al mundo contemporáneo, podemos decir que desde 1860 el mundo se encuentra en un proceso particularmente acelerado de interdependencia global, un proceso atravesado por contradicciones internas, como es propio del capitalismo, muy desigual y con discontinuidades significativas. El concepto de interregno pretende precisamente dar cuenta de los procesos de ruptura y de transición. Los periodos de más intensa globalización tienden a coincidir con periodos de gran rentabilidad del capital (ligada a grandes innovaciones tecnológicas) y con la hegemonía inequívoca (sobre todo económica, pero también política y militar) de un país. A estos periodos les han seguido etapas de gran inestabilidad política y económica y de creciente rivalidad entre los países centrales.

El primer periodo de globalización contemporánea ocurrió entre 1860 y 1914. Reino Unido fue el país hegemónico y la segunda Revolución Industrial y el colonialismo fueron sus principales características. A este le siguió un periodo de más acentuada rivalidad entre los países centrales del que resultaron dos guerras mundiales en las que murieron 78 millones de personas. El segundo periodo ocurrió entre 1944 y 1971. Estados Unidos fue el país hegemónico y sus principales características fueron la tercera Revolución Industrial (informática), la Guerra Fría, la coexistencia de dos modelos de desarrollo (el modelo capitalista y el socialista, ambos con varias versiones), el fin del colonialismo y una nueva fase de imperialismo y neocolonialismo. Se siguió un periodo de creciente rivalidad del que resultó el colapso del socialismo soviético y el fin de la Guerra Fría. A partir de 1989 entramos en un tercer periodo de globalización cuya crisis está dando lugar al interregno en el que nos encontramos. Fue un periodo de dominación más multilateral con la Unión Europea y China disputándose la hegemonía de Estados Unidos conquistada en el periodo anterior. Se caracterizó por la cuarta Revolución Industrial (la microelectrónica y, de manera creciente, la genética y la robotización) y sus características más innovadoras fueron, por un lado, someter por primera vez virtualmente el mundo entero al mismo modelo de desarrollo hegemónico (el capitalismo en su versión neoliberal) y, por otro, transformar la democracia liberal en el único sistema político legítimo e imponerlo en todo el mundo.


La fase de interregno en la que nos encontramos está relacionada con la evolución más reciente de estas características. Todas las facetas de esta fase están vigentes, pero dan muestras de gran desestabilización. Una mayor rivalidad entre dos potencias imperiales, Estados Unidos y China, apoyándose en satélites importantes, la UE en el caso de Estados Unidos y Rusia en el caso de China; un desequilibrio cada vez más evidente entre el poderío militar de Estados Unidos y su poder económico con nuevas amenazas de guerra incluyendo la guerra nuclear y una carrera armamentista; la imposibilidad de revertir la globalización dada la profunda interdependencia (bien evidente en la crisis del proceso Brexit) combinada con la lucha por nuevas condiciones de llamado comercio libre en el caso de Estados Unidos; una crisis de rentabilidad del capital que provoca una larga depresión (no resuelta tras la crisis financiera de 2008 aún en curso) y que se manifiesta de dos formas principales: la degradación de los ingresos salariales en los países centrales y en los semiperiféricos, combinada con un ataque global a las clases medias (una realidad que sociológicamente varía mucho de país a país) y una carrera sin precedentes por los llamados recursos naturales, con las consecuencias fatales que esto crea para las poblaciones campesinas y los pueblos indígenas, así como para los ya precarios equilibrios ecológicos.


Entre las características de este interregno dos son particularmente decisivas para las fuerzas de izquierda y revelan bien la tensión en la que se encuentran entre la necesidad cada vez más urgente de unirse y las dificultades nuevas y sin precedentes con respecto a la satisfacción sostenida de tal necesidad. Se trata de dos pulsiones contradictorias que van en sentido contrario y que a mi entender solo pueden gestionarse a través de un cuidadoso manejo de las escalas de tiempo. Veamos cada una de ellas:


1. En lo que se refiere a la universalización de la democracia liberal, las fuerzas de izquierda deben partir de la siguiente comprobación. La democracia liberal nunca ha tenido la capacidad de defenderse de los antidemócratas y de los fascistas bajo sus innumerables disfraces; pero actualmente lo que más sorprende no es esa incapacidad, sino más bien los procesos de incapacitación impulsados por una fuerza transnacional altamente poderosa e intrínsecamente antidemocrática, el neoliberalismo (capitalismo como civilización de mercado, de concentración y de ostentación de la riqueza), cada vez más hermanado con el predominio del capital financiero global, al que he llamado «fascismo financiero», y acompañado por un cortejo impresionante de intuiciones transnacionales, grupos de presión y medios de comunicación. Estos nuevos (de hecho, viejos) enemigos de la democracia no quieren sustituirla por una dictadura, más bien buscan hacer que pierda su carácter hasta tal punto que se transforme en la reproductora más dócil y en la voz más legitimadora de sus intereses.


Esta verificación convoca con urgencia la necesidad de que las izquierdas se unan para salvaguardar el único campo político en el que hoy admiten luchar por el poder: el campo democrático.


2. A su vez, nos encontramos ante el ataque generalizado a los ingresos salariales, a las organizaciones obreras y a las formas de concertación social con la consiguiente transformación de las reivindicaciones sociales en una cuestión policial; ante la crisis ambiental cada vez más grave e irreversible agravada por la lucha desesperada por el acceso al petróleo, que implica la destrucción de países como Irak, Siria y Libia y mañana tal vez Irán y Venezuela; y ante el recrudecimiento, para muchos y muchas sorprendente, del racismo, el sexismo y el heterosexismo. Todas estas características apuntan a una condición de irreversible contradicción entre el capitalismo y la democracia, incluso la democracia de baja intensidad que la democracia liberal siempre ha sido.


Ahora bien, siendo cierto que las izquierdas están desde hace mucho tiempo divididas entre las que creen en la regeneración del capitalismo, de un capitalismo de rostro humano, y las izquierdas que están convencidas de que el capitalismo es intrínsecamente inhumano y por tanto irreformable, no será fácil imaginar que se unan de forma sostenida. Pienso que una sabiduría pragmática que sepa distinguir entre el corto y el largo plazo, pero manteniéndolos en el debate, puede ayudar a resolver esta tensión. Este texto se centra en el corto plazo, pero no quiere perder de vista el medio y el largo plazo.


Las fuerzas de izquierda ante el nuevo interregno


La lista de fenómenos, en apariencia anómalos, que he mencionado anteriormente ilustra cómo el movimiento dominante de erosión de la democracia se está viendo contrariado por fuerzas sociales de señal política opuesta, aunque con frecuencia apoyadas sobre las mismas bases sociales de clase. Bajo la forma del populismo, nuevas y viejas fuerzas de derecha y de extrema derecha buscan crear refugios en los que poder defender «su» democracia y sus derechos de los apetitos de extraños, sean estos inmigrantes, refugiados o grupos sociales «inferiores», declarados así debido a la raza, la etnia, el sexo, la sexualidad o la religión. No defienden la dictadura; al contrario, declaran defender la democracia al poner de relieve el valor moral de la voluntad del pueblo, reservando para ellos, como es obvio, el derecho de definir quién forma parte del «pueblo». Como la voluntad del pueblo es un imperativo ético que no se discute, la supuesta defensa de la democracia opera a través de prácticas autoritarias y antidemocráticas. Esta es la esencia del populismo. Hablar de populismo de izquierda es uno de los errores más perniciosos de alguna teoría política crítica de los últimos años.


A su vez, nuevas y viejas fuerzas políticas de izquierda se proponen defender la democracia contra los límites y las perversiones de la democracia representativa, liberal. En este texto me centro en ellas. Dichas fuerzas intentan democratizar la democracia, reforzándola para poder resistir a los instintos más agresivos del neoliberalismo y del capital financiero. Esa defensa ha asumido varias formas en diferentes contextos y regiones del mundo. Las principales son las siguientes: nacimiento de nuevos partidos de izquierda y a veces de partidos de nuevo tipo, con una relación con la ciudadanía o con movimientos populares diferente y más intensa de la que ha sido característica de los viejos partidos de izquierda; rupturas profundas en el seno de los viejos partidos de izquierda, tanto en lo que respecta a programas como a liderazgos; surgimiento de movimientos de ciudadanía o de grupos sociales excluidos, algunos que perduran y otros efímeros, que se posicionan fuera de la lógica de la política partidaria y, por tanto, del marco de la democracia liberal; protestas, marchas, huelgas en defensa de los derechos económicos y sociales; adopción de procesos de articulación entre la democracia representativa y la democracia participativa en el interior de los partidos o en los campos de gestión política en los que intervienen, sobre todo a escala municipal; reivindicación de revisiones constitucionales o de asambleas constituyentes originarias para fortalecer las instituciones democráticas y blindarlas contra las acciones de sus enemigos; llamamiento a la necesidad de romper con las divisiones del pasado y buscar articulaciones entre las diferentes familias de izquierda con el fin de volver más unitaria y eficaz la lucha contra las fuerzas antidemocráticas.


Tras apreciar esta lista es fácil concluir que este periodo de interregno está provocando un fuerte cuestionamiento de las teorías y las prácticas de izquierda que han predominado durante los últimos cincuenta años. El cuestionamiento asume las formas más diversas, pero, pese a ello, se pueden identificar algunos rasgos comunes.
El primero es que el horizonte emancipador ha dejado de ser el socialismo para ser la democracia, los derechos humanos, la dignidad, el posneoliberalismo, el poscapitalismo, un horizonte simultáneamente más impreciso y más diverso. Lo que pasa es que, treinta años después de la caída del Muro de Berlín, este horizonte está tan desacreditado como el horizonte socialista. La democracia liberal es hoy en muchos países una imposición del imperialismo y los derechos humanos solo se invocan para liquidar gobiernos que resisten al imperialismo.


En segundo lugar, el carácter de las luchas y las reivindicaciones es, en general, un carácter defensivo, es decir, que pretende defender lo que se ha conquistado, por poco que haya sido, en vez de luchar por reivindicaciones más avanzadas en la confrontación con el orden capitalista, colonialista y patriarcal vigente. En vez de las guerras de movimiento y de las guerras de posición, como caracterizó Gramsci las principales estrategias obreras, prevalecen las guerras de trinchera, de líneas rojas que no se pueden traspasar. Las fuerzas que no aceptan esa lógica defensiva corren el riesgo de cargar con la marginación y la autonomía, que, cuanto más circunscrita se presenta a escala territorial o social, mayor es.


En tercer lugar, al no haber sido totalmente proscrita, la democracia obliga a que las fuerzas de izquierda se posicionen en el marco democrático, por más que el régimen democrático esté desacreditado. Este posicionamiento podría implicar el rechazo a participar en el juego democrático, pero el coste es alto tanto si se participa (ninguna posibilidad de ganar) como si no se participa (marginación). Este dilema se siente especialmente en los periodos preelectorales.


Entre las varias estrategias que he mencionado antes, las que al mismo tiempo ilustran mejor las dificultades a la hora de actuar políticamente en un contexto defensivo y de transformar tales dificultades en una oportunidad para formular proyectos alternativos de lucha política son las propuestas de articulación o unidad entre las diferentes fuerzas de izquierda. Cabe añadir que estas propuestas están siendo discutidas en varios países en los que en 2018 se realizarán elecciones. Precisamente, los procesos electorales son la máxima prueba de viabilidad para este tipo de propuestas. Por todos estos motivos, me voy a centrar en ellas y voy a empezar por referir un caso concreto a modo de ejemplo.


Dos notas previas. La primera se puede formular en dos preguntas. ¿Realmente son de izquierda todas las fuerzas políticas que se consideran de izquierda? La respuesta a esta pregunta no es fácil, puesto que, más allá de ciertos principios generales (identificados en los libros que he mencionado en la nota 1), la caracterización de una determinada fuerza política depende de los contextos específicos en los que esta actúa. Por ejemplo, en Estados Unidos se considera de izquierda o de centroizquierda el Partido Demócrata, pero dudo que lo sea en cualquier otro país. Históricamente, uno de los debates más encendidos en el seno de la izquierda ha sido precisamente la definición de lo que se considera ser de izquierda. La segunda pregunta se puede formular así: ¿cómo distinguir entre fuerzas de izquierda y políticas de izquierda? En principio, se debería pensar que lo que hace que una fuerza política sea de izquierda es el hecho de defender y aplicar políticas de izquierda. Sin embargo, sabemos que la realidad es otra. Por ejemplo, considero el partido griego Syriza un partido de izquierda, pero con el mismo grado de convicción pienso que las políticas que ha venido aplicando en Grecia son de derecha. Por tanto, la segunda pregunta induce a una tercera: ¿durante cuánto tiempo y con qué consistencia se puede mantener tal incongruencia sin que deje de ser legítimo pensar que la fuerza de izquierda en cuestión ha dejado de serlo?


La segunda nota previa está relacionada con la necesidad de analizar el nuevo impulso de articulación o unidad entre las fuerzas de izquierda a la luz de otros impulsos del pasado. ¿El impulso actual debe interpretarse como algo que indica la voluntad de renovación de las fuerzas de izquierda o al contrario? La verdad es que la renovación de la izquierda siempre se ha pensado, por lo menos desde 1914, desde la falta de unión de las izquierdas. A su vez, la unidad siempre se ha tratado desde el encubrimiento o incluso el rechazo de la renovación de la izquierda y la justificación para ello ha estado siempre relacionada con el peligro de la dictadura. ¿Acaso el impulso de articulación o unidad actual, aunque motivado por el peligro inminente del colapso de la democracia, puede significar, al contrario que en los casos anteriores, una voluntad de renovación?

 

Notas
[*] Este artículo constituye la primera entrega de las cinco que van a dedicarse en este blog al tema de la unidad/articulación de las izquierdas en diferentes contextos contemporáneos y que forman parte del artículo «¿Unidad de las izquierdas? Cuándo, por qué, cómo y para qué».
[1] Véase Boaventura de Sousa Santos: «Una izquierda con futuro», en Rodríguez Garavito, C., et al., La nueva izquierda en América Latina. Sus orígenes y trayectoria futura, Bogotá: Norma, pp. 437-457 (2005); Democracia al borde del caos. Ensayo contra la autoflagelación, Bogotá: Siglo del Hombre y Siglo XXI (2014); A difícil democracia. Reinventar as esquerdas, São Paulo: Boitempo (2016); La difícil democracia: una mirada desde la periferia europea, Madrid: Akal (2016); Democracia y transformación social, Bogotá/Ciudad de México: Siglo del Hombre Editores/Siglo XXI Editores (2017); Pneumatóforo. Escritos políticos (1981-2018), Coímbra: Almedina (en prensa); con José Manuel Mendes, Demodiversidad. Imaginar nuevas posibilidades democráticas, Madrid: Akal (2017); Demodiversidade. Imaginar novas possibilidades democráticas, Coímbra: Almedina/Edições 70 (2017).

 

Traducción de Antoni Aguiló y Àlex Tarradellas

 

Publicado enPolítica
Refundar la política. Desafíos para una nueva izquierda indoafrolatinoamericana

RefundarEl territorio revolucionario está en las calles, en los barrios, en las comunidades, en las comunas, en las fábricas, en el campo. Es decir, donde habitan los trabajadores informales, los obreros, las mujeres, los jóvenes, los trabajadores del campo, los pequeños campesinos, los comuneros, las poblaciones indígenas originarias, los pobladores urbanos de barrios históricamente marginados... y sus organizaciones sociales. El nuevo poder popular instituyente nace y crece allí, en la creación y construcción de lo nuevo por los protagonistas sociopolíticos del proceso: los pueblos. Este proceso constituye, simultáneamente, la base material que posibilita la articulación intersectorial popular hacia la (auto)constitución de sus integrantes en sujetos políticos de los cambios. Atender constantemente a ello es uno de los desafíos políticos centrales de todo el proceso de cambios y no puede obviarse o secundarizarse.

 

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Miércoles, 08 Noviembre 2017 06:29

El protestantismo global 500 años después

El protestantismo global 500 años después

Los números del protestantismo global muestran peculiaridades y sorpresas. Al cumplirse 500 años del movimiento iniciado por el monje agustino Martín Lutero han tenido lugar distintas conmemoraciones, festividades, análisis críticos y ejercicios de valoración sobre las transformaciones culturales que trajo la consolidación del protestantismo en distintas regiones y países.


La directora asociada de investigación religiosa del Centro de Investigación Pew, Neha Sahgal, dio a conocer en el artículo “500 years after the Reformation, 5 facts about Protestants around the world” (500 años después de la Reforma, cinco hechos sobre los protestantes alrededor del mundo), datos acerca del estado cuantitativo del protestantismo global. Es importante señalar que en otro reporte el Centro Pew definió que usa el concepto protestante: en un sentido amplio para hacer referencia [a integrantes] de las iglesias protestantes históricas (por ejemplo, bautistas, adventistas del séptimo día, metodistas, luteranos o presbiterianos), miembros de iglesias pentecostales (por ejemplo, Asambleas de Dios, Iglesia Pentecostal de Dios o Iglesia Evangélica Cuadrangular) y miembros de otras iglesias protestantes.


El primer hecho es que dentro de lo que llama las mayores tradiciones cristianas alrededor del mundo, el protestantismo representaba a fines de la primera década del siglo XXI, 37 por ciento, mientras el catolicismo aglutinaba 50 por ciento y la cristiandad ortodoxa 12 por ciento. Recuerda que el protestantismo nació en Alemania, y actualmente casi nueve de cada 10 (87 por ciento) de protestantes viven fuera de Europa, particularmente en países que integran el sur global. Hay más protestantes en Nigeria que en Alemania.


El segundo dato apunta hacia que la población adulta protestante en Estados Unidos está declinando. Pasó de 51 por ciento en 2007 a 47 por ciento en 2014. El declive es mayor entre quienes se identifican con las conocidas en inglés como mainline protestant denominations, entre las cuales Neha Sahgal incluye a la Iglesia metodista unida y la Iglesia evangélica luterana de América. De la población adulta en Estados Unidos en 2007 se identificó protestante 18 por ciento, en 2014 lo hizo 15 por ciento. Mientras el protestantismo de la corriente principal pierde adeptos En Estados Unidos, los adultos del país sin afiliación religiosa pasaron de 16 por ciento en 2007 a 23 por ciento en 2014.
El tercer hecho sobre el protestantismo global revela que su crecimiento en América Latina ha sido muy importante. En América Latina vive cerca de 40 por ciento de católicos de todo el mundo. En 2014 el Centro Pew condujo la investigación Religion in Latin America: Widespread Change in a Historically Catholic Region (Religión en Latinoamérica:

extensión del cambio en una región históricamente católica), en la que fueron estudiados 19 países, entre ellos México. Mientras 9 por ciento respondió que fue formado en una familia protestante, 19 por ciento se identificó al momento del estudio como protestantes, es decir, el número de conversos fue más del doble que el de los provenientes de un hogar protestante. En contraste, 84 por ciento respondió haber sido educado como católico, pero el porcentaje bajó a 69 cuando la pregunta fue si al momento se identificaba con el catolicismo. La pérdida fue de 15 puntos porcentuales. Los protestantes latinoamericanos tienen más compromiso con su confesión religiosa que los católicos, también los primeros son más conservadores que los segundos en temas como divorcio, aborto, matrimonios entre personas del mismo sexo y normas de género.
El cuarto dato señala que dentro del abanico protestante la que tiene mayor crecimiento es la expresión pentecostal. Así como hay varios protestantismos (los hubo desde el mismo siglo XVI) que tienen rasgos comunes pero también singularidades, de la misma manera existen variaciones del pentecostalismo. El énfasis que distingue al pentecostalismo es el de los dones del Espíritu Santo, que comprenden sanidad divina, hablar en lenguas y recibir revelaciones directas por parte de Dios. Éstas son prácticas comunes, observa Neha Sahgal, en África subsahariana, América Latina e incluso Asia. El pentecostalismo es con claridad predominante en el protestantismo latinoamericano, ya que en su seno congrega 75-80 por ciento de los protestantes del continente.


En Europa occidental, el hogar de la Reforma protestante, católicos y protestantes son ahora más similares de lo que son diferentes, al menos en algunas cuestiones teológicas, por ejemplo en cuanto a la forma de tener salvación. En el año que corre la investigación del Centro Pew mostró que en 15 países de la región la visión prevaleciente en protestantes y católicos es que para alcanzar la salvación son necesarias buenas obras y fe en Dios. En resumen, “menos gente responde que solamente la fe conduce a la salvación (Sola fide, en latín)”, ésta última convicción fue el centro del enfrentamiento de Martín Lutero con el catolicismo romano en el siglo XVI.
Los datos glosados son útiles para comprender las diversificaciones de los protestantismos quinientos años después del sismo religioso y cultural encabezado por Lutero.

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Empieza la transformación de las FARC en partido político

Después de 53 años de clandestinidad desde que en 1964 fueron creadas como respuesta a la represión contra la región de Marquetalia, por primera vez el himno de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) se escuchó en el centro de Bogotá.

Junto al himno nacional de Colombia, cientos de ex guerrilleros de las FARC, muchos de ellos asumiendo por primera vez y de forma pública su militancia, corearon un himno cuya estrofa principal dice "Guerrilleros de las FARC /con el pueblo a triunfar /por la patria, la tierra y el pan. Guerrilleros de las FARC /a la voz de la unidad / alcanzad la libertad".

De manera simbólica, el primer mensaje le correspondió a Pablo Beltrán, comandante y jefe de la delegación de paz del Ejército de Liberación Nacional (ELN), quien mediante un video dio la bienvenida al nuevo partido de las FARC, subrayando la necesidad de la militancia en tiempos difíciles. Fueron también varias referencias las que se hicieron en el primer día de Congreso a la necesidad de que se produzca un cese del fuego y se lleve adelante un proceso de paz entre el ELN y el gobierno colombiano.

Una vez dada la bienvenida a todas y todos los delegados al Congreso que dará a luz a un nuevo partido que debe tener un rol crucial en la política colombiana, tomó la palabra su comandante en jefe, Rodrigo Londoño, más conocido como Timoleón Jiménez Timochenko, quien nos dejó el mensaje de que una vez terminada la guerra, ahora toca construir la paz, pero todo ello sin renunciar al proyecto de sociedad de las FARC, que buscará un régimen político democrático que promueva el bienestar de la sociedad, desde el respeto a los derechos humanos y la justicia social.

Pero la intervención principal de la jornada inaugural le correspondería al comandante Iván Márquez, jefe de la delegación de paz de las FARC-EP durante los diálogos de La Habana que propiciaron el acuerdo con el Estado colombiano.

Tras rememorar negociaciones pasadas que no llegaron a buen puerto, como las de Uribe, o las de Tlaxcala, Caguán o Caracas, hizo un balance del momento actual del proceso de paz en Colombia. Márquez aseveró que la paz alcanzada no es perfecta, pues es una paz negociada, basada en acuerdos –precarios en muchos casos–, pero debe ser una paz que abra las grandes alamedas del buen vivir y el bienestar de las grandes mayorías.

Sin embargo, no hubo espacio para el triunfalismo en la intervención del negociador jefe de la ex guerrilla, muy crítico del gobierno colombiano, al que interpeló mediante la expresión latina pacta sunt servanda (lo pactado obliga), una forma de decir que los acuerdos son para honrarlos, y una crítica velada a los reiterados incumplimientos que se vienen dando a los Acuerdos de Paz de La Habana, ya depositados ante el gobierno de Suiza, y por tanto, imposibles de modificar. Márquez subrayó la manifiesta debilidad de un gobierno que cede a las presiones, y que no controla los diferentes resortes de un Estado que debe velar por la realización de lo pactado.

Respecto de lo acordado, se hizo especial énfasis en el de la reincorporación a la vida política una vez completado el ciclo de lucha armada, aunque dejando claro que este tema, la reincorporación, no se puede dejar exclusivamente en manos del Estado.

Lo que sí es parte de los acuerdos y no se ha cumplido, es la amnistía para los guerrilleros. A pesar de haber sido liberados centenares de ex combatientes, es un asunto crucial para las FARC la liberación de todos y cada uno de los prisioneros políticos. Asimismo, fueron numerosas las referencias a Simón Trinidad, comandante del Bloque Caribe, extraditado por Álvaro Uribe a Estados Unidos en una operación que buscaba ligar a las FARC con el narcotráfico, y que actualmente cumple condena en el país norteamericano, a pesar de que se solicitó que pudiera ser parte del equipo negociador durante los diálogos de La Habana.

Pero también hubo tiempo en la intervención principal de la jornada inaugural para mirar al futuro, para trazar algunas de las líneas que se van a debatir durante los próximos tres días de congreso a puerta cerrada entre los más de mil delegados acreditados.

Tres fueron los ejes principales que Márquez colocó encima de la mesa para la discusión en su informe. En primer lugar, la expansión hacia lo urbano, dejar de ser una organización predominantemente de ámbito rural para apostar por una creciente y expansiva proyección en los centros urbanos del país. Un partido asentado en las ciudades que apueste por una economía alternativa.

En segundo lugar, y respecto del carácter de la nueva organización política, se propone crear un partido-movimiento, superando una falsa dicotomía entre partido de cuadros y partido de masas. La definición final la dará la propia praxis del nuevo grupo político, pero el compromiso es claro por una organización que se articule, y no necesariamente lidere, con las luchas reales a lo largo y ancho de Colombia.

Finalmente, y ya con las elecciones presidenciales de mayo 2018 en el horizonte, lo expuesto en el informe central al congreso fundacional no tuvo ninguna ambigüedad. El nuevo partido de las FARC-EP promoverá una convergencia política, una gran coalición que permita desnivelar la balanza en favor de las fuerzas que apuestan por la paz.

El mensaje final de Márquez fue el de la necesidad de la unidad, un guiño a los referentes políticos de las FARC-EP, Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, así como a Simón Bolívar: "Unidos seremos fuertes y mereceremos respeto, divididos y aislados pereceremos".

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Lunes, 21 Agosto 2017 11:31

Dilemas de la izquierda radical

Dilemas de la izquierda radical

En lo que yo llamo el mundo pan-europeo (América del Norte, Europa occidental, oriental, del sur, y Australasia) la opción electoral básica durante más o menos el siglo anterior ha sido escoger entre dos partidos centristas: centro-izquierda vs centro-derecha. Pero ha habido otros partidos más hacia la izquierda y más hacia la derecha pero han sido esencialmente marginales.

 

En la década pasada, sin embargo, éstos, así llamados partidos extremos, han ido ganando en fuerza. Tanto la izquierda radical como la derecha radical emergieron como una fuerza considerable en un gran número de países, necesitando remplazar al partido centrista o derrocarlo.

 

El primer logro espectacular de la izquierda radical fue la habilidad de la izquierda radical griega, Syriza, de remplazar al partido de centro-izquierda, Pasok, que de hecho desapareció por completo. Syriza llegó al poder en Grecia. Los comentaristas hablan en estos días de una "pasokisación" para describir esto.

 

Syriza llegó al poder pero fue incapaz de llevar adelante el programa que prometía. Para muchos, Syriza fue por tanto una gran decepción. La facción más descontenta argumenta que el error fue haber buscado el poder electoral. Dijeron que el poder tenía que conseguirse en las calles y que entonces sería significativo.

 

Desde entonces hemos visto otros casos de una izquierda radical emergente. En Gran Bretaña, el líder de la izquierda radical, Jeremy Corbyn, se convirtió en el líder del Partido Laborista británico al obtener el respaldo de nuevos miembros que entraron al partido a votar en las elecciones primarias. En Estados Unidos, Bernie Sanders desafió a la candidata del establishment, Hillary Clinton, y obtuvo un sorprendente y fuerte grado de respaldo. En Francia, el partido del candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Melenchon, también sorprendió al obtener más votos que el partido de izquierda de la corriente principal, los socialistas.

 

Hoy, en todos estos países existe un debate interno entre los militantes de la izquierda radical al respecto de las tácticas futuras. ¿Deben buscar el poder electoral o deben buscar el control de las calles? El dilema es que ninguna opción funciona bien. Si se hacen del poder del Estado, se encuentran con que deben hacerle innumerables arreglos de "compromiso" a su programa para mantenerse en el poder. Si buscan el poder solamente en las calles, se encuentran con que no pueden hacer los cambios que quieren sin el poder del Estado, y además las agencias estatales los mantienen a raya utilizando la fuerza del mismo Estado.

 

¿Es por tanto inútil buscar hoy un programa de izquierda radical? ¡Claro que no! Vivimos en medio de la transición de un sistema capitalista moribundo a un nuevo sistema que todavía debe escogerse. Los esfuerzos de la izquierda radical hoy, afectan las opciones que hay en torno a un sistema de remplazo en el mediano plazo. El debate táctico es esencialmente uno sobre el corto plazo. Lo que hagamos en el corto plazo afecta el mediano plazo, aunque se logre poco en ese corto plazo.

 

Lo que probablemente tenga más sentido como táctica de corto plazo es usar ambas tácticas, la ruta electoral y la ruta de las calles, aunque ninguna reditúe mucho en el corto plazo. Pensemos el corto plazo como un campo de entrenamiento para el mediano plazo. Esto funcionaría si entendiéramos la distinción temporal y por tanto nos alentara cualquier cosa que logremos en el corto plazo (en lugar de desalentarnos). ¿Podemos hacer esto? Sí podemos. ¿Pero lo haremos? Ya veremos.

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

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Una interpretación desde la descolonización epistemológica

En 2014 fui invitado a la Universidad de Heidelberg a una reunión del grupo inicial de profesores universitarios luteranos que preparaban los festejos del 500 aniversario de la presentación de las 95 tesis de Lutero en Wittenberg. Había unos 40 profesores alemanes, algunos norteamericanos y brasileños (ya que en Brasil hay una comunidad importante de la Iglesia luterana). El argumento que expuse en ese encuentro deseo resumirlo en esta corta contribución.

Europa, en la así llamada Edad Media, era una cultura aislada, periférica y subdesarrollada sitiada por el Imperio otomano, por la civilización islámica que no siendo feudal sino urbana y mercantil se extendía desde el Atlántico con Marruecos, atravesando los reinos de Túnez, el sultanato fatimita de El Cairo (y al sur conectando con los reinos sud-saharianos en África), el Kalifato de Bagdad (en manos del Imperio otomano), hacia Irán, Afganistán, los mongoles en el norte de la India, los sultanatos del sudeste asiático en torno a Malaka, y llegando al Pacífico por la isla de Mindanao en Filipinas. Además, por sus caravanas, unían Bagdad con Constantinopla en el occidente, al norte con la Kiev eslava, con El Cairo al sur, con Kabul y la India hacia el oriente, y por los desiertos al norte del Himalaya llegan hasta la China. Es decir, el mundo arabo-musulmán tenía un horizonte continental universal desde el Atlántico al Pacífico, y Europa era una pequeña península provinciana occidental secundaria (desde el siglo VII hasta fines del siglo XV) con unos 70 millones de habitantes (la mitad de sólo China).

El norte de Europa (germánica, tierra de Lutero) debía conectarse a las altas civilizaciones del continente Euroasiático a través del sur, es decir gracias a Italia (con sus grandes puertos tales como Venecia, Génova, Nápoles, Amalfi, etcétera), cuyas naves llegaban a las costas occidentales del Mediterráneo y de allí el Medio Oriente, accediendo a la civilización mercantil por excelencia: el mundo musulmán ya descrito. Es decir, el norte de Europa feudal debía inevitablemente estar unida a la Roma italiana para no quedarse aislada del sistema económico, político y cultural euroasiático. El Mediterráneo (pequeño mar periférico en comparación con el Índico y el Pacífico, que eran llamados el ‘‘Mar de los árabes’’ y el ‘‘Mar de China’’) era el camino obligado hacia el centro de todo el sistema: que estaba situado entre la China y la India (la región más desarrollada en grandes descubrimientos matemáticos, astronómicos, tecnológicos, económicos, políticos, etcétera). ¡Europa dormía la siesta feudal!

Por el ‘‘descubrimiento del Atlántico’’ y la ‘‘invasión de América’’ en 1492, efectuada por Europa (por España al occidente, y Portugal al sur y hacia el oriente), hubo una revolución geopolítica, y el centro del nuevo sistema-mundo será ahora el Atlántico norte (sólo en este siglo XXI el Pacífico comienza a recuperar su antigua centralidad). El origen simultáneo de la Modernidad, del capitalismo, del colonialismo, del eurocentrismo y de muchos otros fenómenos debe ver con los nuevos ojos de la ‘‘descolonización epistemológica’’; es decir, desde una total nueva visión del mundo y de la historia que supere la fetichización de lo explicado desde el eurocentrismo desapercibido de las ciencias, en especial de las ciencias sociales hoy vigentes aun en América Latina.

Y bien, la hipótesis que deseamos proponer consiste en lo siguiente: Martín Lutero (1483-1546) hubiera sido un heresiarca intra-europeo medieval sin significación mundial, como lo fueron por ejemplo Jan Hus o Juan Wycliffe, de no haberse situado el nuevo centro geopolítico en el Atlántico norte. Nunca ningún autor ha propuesto esta hipótesis debido al unánime y fetichizado eurocentrismo en la interpretación de la historia mundial (visión que hoy repetimos en América Latina y en todas nuestras universidades coloniales ‘‘sucursaleramente’’; historia mundial construida sólo hace dos siglos por los románticos alemanes, y en especial por Hegel, que pensaba equivocadamente que Europa era el ‘‘fin y el centro de la historia mundial’’).

En 1517, tres años después que Bartolomé de las Casas comienza la crítica de la Modernidad al mostrar la injusticia del sistema económico de la encomienda instaurado por Europa (España) en el Caribe, y más concretamente en Cuba, es decir, en el naciente colonialismo del Sur global, Lutero critica a la Iglesia cuya consecuencia fue la separación del norte de Europa del sur de Europa situada en el Mediterráneo. ¿Cómo hubiera sido posible una tal separación en la Edad Media de una Europa sitiada por los Turco otomanos? Y es que separarse de una Roma localizada geográficamente junto al Mediterráneo era quedar totalmente aislados del mundo civilizado. Pero gracias a la apertura al Atlántico, al comienzo del siglo XVI, ese norte de Europa se conectaba por el Báltico (que antes era el fin del mundo) al nuevo centro del sistema geopolítico: el Atlántico. Ahora el norte de Europa podía conectarse al nuevo sistema mundo y separarse del Mediterráneo, del sur de Europa, de Roma, y esa separación no sólo era posible sino conveniente. La gran Confederación comercial de la Hansa del Báltico podía ahora conectarse por el Atlántico con todo el mundo, sitiando al mundo arabo-musulmán continental desde los Océanos siguiendo la senda de Portugal y España.

La iglesia cristiana germánica del norte de Europa podía declarar su autonomía, gracias al Báltico abierto al Atlántico, de la iglesia cristiana latina del Mediterráneo, que dejaba de ser el centro de la Europa feudal medieval. Nacía también en el sur mediterráneo una nueva iglesia (obsérvese lo que digo: nueva) moderna, que tenía como respaldo la primera cristiandad colonial: la Cristiandad de las Indias occidentales (Latinoamérica), que con el sur latino mediterráneo de Europa y Francia constituirán en torno al Concilio de Trento (1545-1563) a la Iglesia católica, que será también nueva (o al menos no será meramente medieval) como la Iglesia luterana, y después calvinista, anglicana, evangélica, presbiteriana, etcétera. Todas serán iglesias modernas, son Cristiandades (es decir, iglesias articuladas a los estados modernos, y jugando la función al mismo tiempo de religión y fundamento cultural o ideológico del Estado). El Kierkegaard (luterano dinamarqués) y Marx (judío bautizado en su niñez como luterano alemán) se levantaron contra estas Cristiandades protestantes (que para Kierkegaard invertían, es decir, negaban el cristianismo primitivo, y que para Marx, en el caso especial del calvinismo principalmente inglés de A. Smith, fundaban, como lo pensaba Hegel, al Estado con la religión y al capitalismo con una inversión del Evangelio cristiano primitivo).

Lutero, como puede verse, fue un reformador del cristianismo medieval y abrió la puerta a un cristianismo moderno. La llamada Contra Reforma (en especial los jesuitas) fue la otra cara del mismo fenómeno, que estaba igualmente muy lejos del cristianismo primitivo. La llamada Teología de la Liberación contemporánea y latinoamericana (siendo América Latina la única cristiandad colonial) significa un nuevo movimiento de profunda transformación en la historia del cristianismo, ya que vuelve al cristianismo primitivo para, en primer lugar, invertir la inversión de la Cristiandad (que se inicia con Constantino en el siglo IV, cuando de perseguido y crítico el cristianismo es transformado en el fundamento de la dominación de los esclavos del Imperio romano o de los siervos del feudalismo en el Sacro Imperio germánico). Y para, en segundo lugar, invertir la segunda inversión del cristianismo en el caso de las Cristiandades europeas que se tornan metropolitanas, modernas, colonialistas (desde finales del siglo XV; es decir, las cristiandades española, francesa, inglesa, dinamarquesa, etcétera, y hoy norteamericana; de las iglesias católica, luterana, calvinista, evangélica, etcétera). Esta crítica surge desde sus colonias, neocolonias o naciones explotadas del Sur global.

Lutero cobró entonces significación mundial, y no meramente provinciana como otros críticos cristianos medievales, por la función que cumplirá el norte de Europa al conectarse al Atlántico, pudiendo separarse de Roma, y después producir la Revolución industrial y la Ilustración en el siglo XVIII. ¿Quién hubiera pensado que el descubrimiento del Atlántico por parte de Europa (en primer lugar España), y la mera irrupción de Nuestra América en la historia mundial, fue la condición de posibilidad geopolítica de la importancia global de Lutero del que en este año 2017 recordamos sus 500 años?

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Lunes, 05 Junio 2017 07:00

Izquierda sin referentes

Izquierda sin referentes

El presidente de derecha en Brasil está sumido en un gigantesco escándalo, pero gran parte de la izquierda duda en sumarse al Partido de los Trabajadores en las calles para exigir el “Fuera Temer”. El principal partido de izquierda del país sumaría cada vez más votos por descarte, tanto entre la clase media como en la favela, frente a la falta de movimientos alternativos suficientemente sólidos.

 

La respuesta es unánime: “Falta de referentes”. Y la pregunta es la gran cuestión que se ha puesto sobre la mesa en las últimas semanas: “¿Por qué la izquierda no toma las calles ante la mayor crisis política del país?”. Brasil nunca fue conocido por sus grandes manifestaciones, rebeliones o revoluciones. Su historia cuenta con algunas de ellas –la conspiración minera (conocida, en portugués, como inconfidência mineira), la guerra de Canudos, la revuelta de la vacuna, entre otras–, que fueron rápidamente apagadas, y olvidadas todavía más rápido.

 

Desde los años setenta vienen a la memoria las luchas sindicales de la periferia industrial paulista lideradas por el sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva; a principios de los ochenta (1983-1984) el movimiento por las Diretas Já; en los noventa la gran caminata del Movimiento Sin Tierra (Mst) y sus reivindicaciones por la reforma agraria, y ya con el inicio del siglo XXI surgieron políticas todavía revolucionarias como la de los presupuestos participativos de Porto Alegre, como respuesta a una globalización que amenazaba con engullir todas las diferencias.

 

La victoria de Lula da Silva en 2003 y la década larga de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) también supusieron un freno de los movimientos populares. Casi 13 años en los que la izquierda dejó a un lado sus reivindicaciones para dar una oportunidad al primer gobierno que los representaba. Pero llegó un momento en que esa “representación” se quebró. La identificación entre el PT y la “izquierda”–en el amplio sentido de ese término– se rompió.

 

Para algunos expertos el símbolo de ese quiebre fueron las manifestaciones de junio de 2013 que surgieron como protesta por el aumento del boleto del ómnibus y luego pasaron a exigir educación, sanidad y servicios públicos de calidad al entonces gobierno de Dilma Rousseff.

 

UN FENÓMENO NUEVO

 

Profesores como el filósofo Pablo Ortellado, de la Universidad de San Pablo (Usp), o la socióloga Ángela Alonso, también de la Usp, continúan analizando el fenómeno de 2013 porque se incorporó un nuevo tipo de público a las movilizaciones: “Salieron a la calle miles de personas que no estaban vinculadas a ningún partido político, se manifestaron para exigir derechos y denunciar que no se sentían representados por ninguna sigla. Fue algo único en el país”, señalaba en una entrevista en Carta Capital Ortellado, quien también reconoce que tanto los movimientos de izquierdas como los conservadores intentaron cooptar a los manifestantes que espontáneamente habían decidido gritar “basta”.

 

Para Alonso durante esa época se vieron tres movimientos: dentro de la izquierda, uno más vertical y vinculado a los sindicatos y al PT, y otro menor, horizontal y autonomista; el tercer campo sería según la socióloga el novedoso: “Un grupo de manifestantes independientes atraídos por las redes sociales, sin coordinación ni experiencia política, más expresivo que propositivo, que levantó la bandera nacional y anticorrupción”, escribía en un artículo en Folha de São Paulo.

 

SIMBIOSIS

 

El segundo gobierno de Rousseff (2014-2016), en el que la mandataria aceptó pactar con la oposición y dar un giro a la derecha para salvarse de las amenazas de impeachment que llegaron nada más ganar las elecciones, amplió más la distancia entre el PT y su electorado. Las manifestaciones a favor del proceso de destitución fueron mucho más multitudinarias que las en contra. Entre la izquierda había unanimidad al entender este juicio político como “un golpe”, pero no la había para salir a la calle.

 

La llegada de Michel Temer y el retorno a un neoliberalismo más salvaje con las retrógradas reformas laborales, los cortes del gasto público y las privatizaciones han dado un nuevo impulso a los movimientos sociales cercanos al PT. El Frente Brasil Popular (que agrupa más de 30 asociaciones), el Frente Brasil Sin Miedo (que agrupa otras 70) y la Central Única de los Trabajadores (Cut), el sindicato petista, han creado una oposición sólida, pero sus seguidores son ellos mismos y sus manifestaciones no son mayoritarias.

 

Por un lado, la relación simbiótica entre estos movimientos y el PT ha provocado que gran parte de la izquierda brasileña no quiera salir con ellos a defender sus banderas. Por otro, tampoco surgen movimientos de izquierda alternativos y consistentes para frenar al gobierno de Temer, especialmente en un momento en el que la presión de las calles sería clave para forzar una destitución de un mandatario acosado desde todos lados por escándalos de corrupción.

 

BANDERAS

 

Desde que el pasado 16 de mayo se dieron a conocer unas grabaciones en las que el presidente brasileño autorizaba la compra del silencio del ex líder de la Cámara de los Diputados, Eduardo Cunha, la vida de Michel Temer ha sido un infierno. Por primera vez es investigado por el Tribunal Superior de Justicia por organización criminal, obstrucción a la justicia y corrupción pasiva, y su gobierno, que pende de un hilo, está manejado por sus aliados del Legislativo.

 

Pocas horas después de que la cadena Globo pusiera en conocimiento el escándalo, cientos de paulistas salieron a la calle para exigir el cese del mandatario. Pero los ánimos pronto se apagaron. En 15 días se produjeron dos grandes manifestaciones en todo el país en las que sólo se vio las banderas rojas de la Cut y del PT. La única protesta multitudinaria fue en Brasilia cuando sindicatos de amplio espectro (no sólo de la izquierda) mandaron ómnibus de todo el país para llevar a los trabajadores a la capital.

 

El domingo pasado hubo otra convocatoria nacional por el “Fuera Temer” y las “Elecciones directas ya”, y en la mayoría de las ciudades la acogida se mantuvo pequeña. Pero en Rio de Janeiro fue diferente. La rambla de Copacabana estaba completamente abarrotada. Los movimientos sociales hablaban de 150 mil personas, y la policía bajaba apenas a 100 mil.

 

La manifestación fue convocada por los movimientos afines al PT, pero tuvo el apoyo crucial de personalidades del mundo de la cultura. Músicos como Caetano Veloso, Criolo o Mano Brown dieron un concierto con vistas al mar para animar a los manifestantes. Entre las banderas rojas del PT también se veían las del arcoíris del colectivo Lgtb, o las del club deportivo del Flamengo. Pero las que más llamaron la atención fueron las banderas del país, las “verde amarelas” de toda la vida, que desde hace un par de años se asocian a los grupos de derecha.

 

SIN MÁS REMEDIO

 

Ese domingo la avenida Atlántica optó por cambiar los símbolos. Si hace un año ese era el espacio que usaban los conservadores para pedir el impeachment de Rousseff, ahora los gritos de “Fuera Temer” se entonaban con la fuerza de las mayorías. Paulo Benites, comerciante de 48 años, se manifestaba por primera vez: “La situación actual es insostenible, los que acusaban de corrupción a Dilma son todavía peores. Nos roban delante de nuestras narices y encima nos quitan derechos. No soy muy de salir a la calle, pero esta vez ha sido inevitable”, dijo a Brecha. Para el ingeniero Giuri Gonçalves es esencial llevar a cabo elecciones directas: “No podemos permitir que si sale Temer, sea el Congreso más corrupto y retrógrado de la historia el que escoja a un nuevo presidente. El poder tiene que volver al pueblo”.

 

Al preguntar por qué candidato votarían en unas directas el nombre de Lula es el más repetido, aunque muchos insistan en matizar: “No hay otra opción, tiene que ser él porque es el único que puede frenar las reformas laborales y de jubilación”, comentó a Brecha Maria Araujo, profesora de primaria. El arquitecto Carlos Pereira fue más duro: “Votaría por Lula porque las otras posibilidades son nefastas, pero el PT me ha decepcionado, ha robado tanto como ellos, la diferencia es que al menos se preocupan por los trabajadores”.

 

En San Pablo la clase media de izquierda no termina de salir a la calle. “Muchas decepciones”, argumenta Marco Lopes, de 54 años, empresario y antiguo militante del PT: “No puedo dejar de pensar que perdimos una década en la que se podían haber hecho cambios estructurales como una reforma agraria, política y de los medios de comunicación. Muchos sueños quedaron en nada”. Asegura que todavía vota y seguirá votando al PT porque es la única opción “cercana a la izquierda que puede ganar”, pero dice que no puede salir a la calle.

 

A la psicoanalista Mira Toledo le sucede lo mismo: “Ya no tenemos referentes de izquierda en este país, es un fenómeno mundial, nos hemos quedado huérfanos”. A sus 47 años dice haber salido a la calle innúmeras veces, pero alega que ahora sus revoluciones “son pequeñas” y quedan más “entre amigos, con el vecino, con el vendedor del barrio”. También votaría al PT de nuevo y reconoce que eso mismo es lo que provoca que no haya una nueva izquierda: “La figura de Lula es abrumadora, puede con todo y no ha dejado que salga nadie que la supere. Es difícil para los más jóvenes abrirse un hueco y crear una izquierda diferente”.

 

EN LA FAVELA

 

Si la clase media de izquierda vive decepcionada, las clases más humildes poco piensan en el PT: “Asociar al Partido de los Trabajadores con la favela es algo completamente irracional. En las favelas se ha votado a Lula porque viene de donde viene, pero el PT nunca pisa nuestros barrios, no sabe lo que necesitamos y lo que nos sucede”, comentó a Brecha Christian Santos, uno de los líderes juveniles de la favela de Vila Prudente, la más antigua de San Pablo.

 

En este sentido la antropóloga Rosana Pinheiro Machado insiste en que la izquierda institucional “está muy alejada de la realidad de las periferias”. Esta profesora se mostró especialmente dura con los resultados de una investigación de la Fundación Perseu Abramo (ligada al PT) que señalaba que las periferias brasileñas eran “muy conservadoras” y volcadas al consumo: “En un momento de crisis como el que vivimos meterse con los valores de las periferias me parece contraproducente socialmente y electoralmente. Lo que necesita la izquierda es ir a los barrios, escuchar a la gente y anotar sus demandas. Muchas veces los derechos que son tan importantes para la izquierda no lo son tanto para las personas que están sistemáticamente fuera del mercado laboral”, criticaba, en Carta Capital, Pinheiro Machado.

 

En la misma línea se mantiene la socióloga Esther Solano: “Los más pobres no salen a la calle contra Temer porque la crisis política apenas la entienden. Hablar de indirectas, del Supremo, del Tribunal Superior Electoral son términos que no dominan. A ellos les llega que los políticos son corruptos y no sienten que sus vidas cambien con uno u otro presidente porque la izquierda no se preocupa por acercarse a ellos y explicarles, ese papel hace años que lo cumplen las iglesias”.

 

Los movimientos alternativos que se destacan en el país son autónomos e independientes. Los “secundarias” –jóvenes de las escuelas secundarias– y sus ocupaciones, el movimiento Lgtb o algunos movimientos ecologistas se enfrentan al petismo clásico en un primer diálogo que está por comenzar. Pero para la reconquista de las calles todavía parece que queda mucho.

 


Especulaciones sobre el Brasil pos Temer

 

Meandros de un terremoto político


Mário Augusto Jakobskind


Desde Rio de Janeiro


El presidente de Brasil, Michel Temer, sufrió otro grave revés el martes 30. El juez Edson Fachin, del Supremo Tribunal Federal (Stf), autorizó a la Policía Federal a interrogarlo por escrito, en la investigación abierta en su contra por corrupción y obstrucción a la justicia, por lo cual es la primera vez en la historia brasileña que un presidente es convocado a declarar ante esa entidad policial.


Cada día se suma un nuevo capítulo a las secuelas del terremoto político que desataron las conversaciones grabadas por los hermanos Batista, propietarios de la empresa cárnica Jbs, en las que el presidente presuntamente autorizaría sobornos.


La semana pasada circuló información sobre un acuerdo político que resultaría en la salida de Temer de la presidencia, pero el mandatario se ha negado rotundamente a renunciar. Brasil atraviesa un período de gran turbulencia y a los analistas políticos les es cada vez más difícil hacer proyecciones. El mismo gobierno de Temer también enfrenta dificultades. Luego de anunciar al público la intervención del Ejército en las calles de Brasilia por decreto presidencial, con el pretexto de “restablecer el orden y la seguridad” en la capital, el ministro de Defensa, Raul Jungman, tuvo que retractarse al día siguiente, luego de recibir una ola de críticas. La revocación del decreto muestra que el presidente no sabe cómo enfrentar una situación que le es cada vez más adversa.


Se acerca también el 6 de junio, fecha en que el Tribunal Supremo Electoral (Tse) juzgará al presidente en el caso del supuesto uso de dinero negro en la campaña electoral de la fórmula Rousseff-Temer en 2014.


Políticos y empresarios que apoyan las reformas neoliberales del gobierno actual examinan la designación de un sustituto al presidente, pero a través de elecciones indirectas en el Congreso, mientras que sectores de la oposición ya han presentado una propuesta de enmienda constitucional para llamar a elecciones presidenciales anticipadas. Reunidos en el Senado federal, legisladores y representantes del Partido Socialista Brasileño (Psb), Partido de los Trabajadores (PT), Partido Democrático Laborista (Pdt), Partido Comunista de Brasil (PC), Partido Socialismo y Libertad (Psol) y el partido Rede crearon el martes 30 el Frente Parlamentario Mixto por las “Directas ya”. Los líderes de dichos partidos alentaron a la sociedad civil a salir a las calles a luchar por las elecciones anticipadas.


En la Cámara de Diputados ya hay nueve pedidos de impeachment al presidente, pero Temer cuenta con la ayuda de su aliado Rodrigo Maia, presidente de la Cámara para que no prosperen.


Mientras tanto, los abogados de Temer intentan ganar tiempo y solicitan aplazar el juicio del 6 de junio. Y en el Stf, los abogados del presidente han conseguido que las grabaciones entregadas por los propietarios de Jbs sean sometidas a pericias, con lo cual han conseguido prolongar por al menos 30 días esa investigación que podría resultar en la pérdida de su mandato.


Temer también nombró un nuevo ministro de Justicia, Torquato Jardim, quien ha dicho que no tiene sentido que Temer sea investigado por el Stf. El nuevo ministro es un crítico de las operaciones anticorrupción de la Policía Federal (como la Lava Jato, que ahora investiga al propio presidente). En su nuevo puesto, Jardim estará ahora a cargo de la supervisión de la Policía Federal.


Si Temer es apartado del cargo o renuncia, y no se aprueba la enmienda constitucional para llamar a elecciones anticipadas, la Constitución prevé que el presidente de la Cámara de Diputados asuma la presidencia durante 30 días. Rodrigo Maia es un candidato a sustituto apreciado por los mercados, quienes esperan de él que se lleven adelante las impopulares reformas sociales del gobierno Temer. Pero el presidente de la Cámara es acusado en tres casos de corrupción, aunque todavía no ha sido imputado formalmente, lo cual lo podría excluir como presidente interino. El año pasado, el Stf comenzó a examinar un caso que cuestiona que personas demandadas puedan ser presidente y existe un consenso en este sentido.


Tras una reunión en San Pablo de Temer con el ex presidente Fernando Henrique Cardoso y el actual presidente del Partido de la Social Democracia Brasileña (Psdb), el senador Tasso Jereissati, se especula que ya habría entregado el mandato a ese partido, derrotado en elecciones desde 2002.


Otra figura que es presentado como un posible sucesor de Temer es el ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, quien aunque ha sobrevivido a las 41 acusaciones de corrupción hechas por los hermanos Joesley y Wesley Batista, de Jbs, hacia Temer y varios otros políticos, tiene estrechos lazos con la empresa que sobornó a amplios sectores de la política brasileña. Desde 2012 y hasta que fue nombrado ministro, Meirelles fue presidente del consejo directivo del conglomerado J&F, la holding de Jbs... El nombre de Meirelles además es mencionado en las famosas conversaciones grabadas.


También se manejan en la lista de posibles sustitutos de Temer por elecciones indirectas nombres como el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, Jereissati, el ex ministro y ex juez Nelson Jobim o la actual presidenta del Stf, Carmen Lucia.

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La izquierda global contra la derecha global: de 1945 a la fecha


El periodo entre 1945 y 1970 fue uno de extrema alta concentración de capitales a escala mundial y también de hegemonía geopolítica de Estados Unidos. En la geocultura el liberalismo centrista llegó a su cumbre como ideología gobernante. Nunca antes el capitalismo pareció funcionar tan bien. Esto no habría de durar.


El alto nivel de acumulación de capital, que en particular favoreció a las instituciones y al pueblo de Estados Unidos, alcanzó los límites en su capacidad para garantizar el necesario cuasi-monopolio de las empresas productivas. La ausencia de un cuasi-monopolio significó que por todas partes la acumulación de capital comenzara a estancarse y los capitalistas comenzaron a buscar modos alternativos de sostener sus ingresos. Los principales modos fueron la relocalización de sus empresas productivas en zonas de costo menor y el involucramiento en la transferencia especulativa de capital existente, eso que le llamamos la financiarización.


En 1945, solamente el desafío del poder militar de la Unión Soviética pudo enfrentar el cuasi-monopolio geopolítico de Estados Unidos. Para garantizar su cuasi-monopolio, Estados Unidos tuvo que acceder a un arreglo tácito pero efectivo con la Unión Soviética, apodado "Yalta". Este arreglo implicó una división del poder mundial, dos tercios para Estados Unidos y un tercio para la Unión Soviética. Acordaron mutuamente no transgredir estos límites y no interferir con las operaciones económicas del otro en su propia esfera. También entraron en una "guerra fría", cuya función no era derrocar al otro (por lo menos en el futuro previsible), sino mantener la incuestionada lealtad de sus respectivos satélites. Este cuasi-monopolio también llegó a su fin debido al creciente desafío a su legitimidad por parte de quienes se perdieron debido al statu quo.


Además, este periodo fue también uno en que los movimientos anti-sistémicos tradicionales conocidos como la Vieja Izquierda –comunistas, social-demócratas y movimientos de liberación nacional– llegaron al poder estatal en varias regiones del sistema-mundo, algo que había parecido altamente improbable apenas en 1945. Un tercio del mundo estaba gobernado por los partidos comunistas. Un tercio estaba gobernado por partidos social-demócratas (o su equivalente) en la zona pan-europea (Norteamérica, Europa occidental y Australasia). En esta zona, el poder alternaba entre los partidos social-demócratas que profesaban el Estado de bienestar y los partidos conservadores que también aceptaban el Estado de bienestar, aunque con un alcance reducido.


Y en la última zona, el llamado Tercer Mundo, los movimientos de liberación nacional llegaron al poder al obtener su independencia en la mayor parte de Asia, África y el Caribe, promoviendo así regímenes populares en la ya independiente América Latina.


Dada la fortaleza de los poderes dominantes y en especial Estados Unidos, puede parecer anómalo que los movimientos anti-sistémicos llegaran al poder en este periodo. De hecho, fue lo opuesto. Al buscar resistir el impacto revolucionario de los movimientos anti-coloniales y anti-imperialistas, Estados Unidos favoreció concesiones con la esperanza y la expectativa de traer al poder fuerzas "moderadas" en estos países que estuvieran dispuestas a operar dentro de las normas aceptadas de comportamiento interestatal. Esta expectativa resultó ser correcta.


El punto de quiebre fue la revolución-mundo de 1968, cuyo dramático aunque breve punto álgido entre 1966-1970 tuvo dos resultados importantes. Uno fue el final de la muy larga dominación del liberalismo centrista (1848-1968) como la única ideología legítima en la geocultura. Por el contrario, tanto la izquierda radical izquierdista como la ideología derechista conservadora recuperaron su autonomía y el liberalismo centrista fue reducido a ser solamente una de las tres ideologías en competencia.


La segunda consecuencia fue el desafío a escala mundial para los movimientos de la Vieja Izquierda por todas partes, asegurando que la Vieja Izquierda no era anti-sistémica en lo absoluto. Su llegada al poder no había cambiado nada de ninguna importancia, decían los impugnadores. Estos movimientos fueron vistos ahora como parte del sistema que había que rechazar para que por fin tomaran su lugar los verdaderos movimientos anti-sistémicos.


¿Qué pasó entonces? Al principio, la derecha de nuevo afirmativa pareció ganar la partida. Tanto el presidente estadunidense, Reagan, como la primera ministra de Reino Unido, Thatcher, proclamaron el fin del "desarrollismo" dominante y el advenimiento de la producción orientada a la venta en el mercado mundial. Proclamaron TINA, there is no alternative. Que "no hay alternativa". Dada la decadencia del ingreso estatal en casi todo el mundo, la mayor parte de los gobiernos buscaron préstamos, que no podían recibir a menos que aceptaran los nuevos términos de TINA. Se les requirió reducir drásticamente el tamaño de los gobiernos y eliminar el proteccionismo, al tiempo de finiquitar los gastos del Estado de bienestar y aceptar la supremacía del mercado. Esto fue llamado el Consenso de Washington, y casi todos los gobiernos acataron este importante viraje de foco. Los gobiernos que no cumplieron fueron derrocados del cargo, lo que culminó en el colapso espectacular de la Unión Soviética. Después de algún tiempo en el cargo, los Estados que sí acataron descubrieron que la prometida alza en el ingreso real de gobiernos y trabajadores no ocurrió. Por el contrario, estos Estados sufrieron las políticas de austeridad impuestas sobre ellos. Hubo una reacción a TINA, marcada por el levantamiento zapatista en 1994, las exitosas manifestaciones de 1999 contra el intento en Seattle de promulgar garantías obligatorias para los llamados derechos de propiedad intelectual, y la fundación en 2001 del Foro Social Mundial en Porto Alegre, en oposición del Foro Económico Mundial, pilar de larga duración de TINA.


Conforme la Izquierda Global recuperó fuerza, las fuerzas conservadoras necesitaron reagruparse. Dieron un viraje del énfasis exclusivo en la economía de mercado, y lanzaron su rostro socio-cultural alternativo. De inicio invirtieron mucha energía en asuntos como luchar contra el aborto o promover la conducta exclusivamente heterosexual. Utilizaron tales temas para jalar a sus simpatizantes hacia la política activa. Y entonces ellos recurrieron a la anti-inmigración xenofóbica, abrazando el proteccionismo al que los conservadores económicos se habían opuesto específicamente.


Sin embargo, los simpatizantes de los derechos sociales expandidos para todos y el "multiculturalismo" copió la nueva táctica política de la derecha y exitosamente legitimaron a lo largo de la última década avances significativos en aspectos socio-culturales. Los derechos de las mujeres, los primeros derechos gay y luego el matrimonio gay, los derechos de los pueblos "indígenas", todos fueron ampliamente aceptados.


Así que ¿dónde estamos? Los conservadores económicos ganaron primero y luego perdieron fortaleza. Los conservadores socio-culturales que les siguieron ganaron primero y luego perdieron fuerza. Y no obstante la Izquierda Global parece desconcertada. Esto ocurre porque todavía no está dispuesta a aceptar que la lucha entre Izquierda Global y Derecha Global es una lucha de clase y que eso debería hacerse explícito.


En la crisis estructural en curso en todo el sistema-mundo moderno, que comenzó en los 70 y que probablemente durará otros 20-40 años, el punto no es reformar el capitalismo, sino el sistema que sea su sucesor. Si la Izquierda Global va a ganar esa batalla, de manera sólida debe aliar las fuerzas contra la austeridad con las fuerzas multiculturales. Sólo reconociendo que ambos grupos representan el mismo fondo de 80 por ciento de la población mundial será probable que puedan ganar. Necesitan luchar contra el uno por ciento de hasta arriba y buscar atraer al otro 19 por ciento de su lado. Esto es exactamente lo que uno quiere decir cuando habla de lucha de clases.


Traducción: Ramón Vera Herrera

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Viernes, 19 Mayo 2017 07:57

La nueva derecha

La nueva derecha

La derecha alternativa estadounidense (que apuntaló el ascenso de Donald Trump) y la derecha patriótica o identitaria europea (representada por los partidarios del Brexit en Reino Unido, por Marine Le Pen en Francia y por Geert Wilders en Holanda, entre otros) conforman una corriente renovadora dentro del panorama de la derecha política.

 

Gobiernos de derecha.


Sus ideas, en cambio, no son tan nuevas, en tanto tienen su origen en fuentes ya clásicas, como el pensamiento de Oswald Spengler, Ernst Jünger, Carl Schmitt, Martin Heidegger o Alain de Benoist. En Uruguay ese movimiento no tiene nombre ni estructura, ni tampoco, presumiblemente, mayor futuro político, aunque algunas de sus ideas circulan, muchas veces como si fueran originales o novedosas y llegan a tener una cierta incidencia incluso entre quienes no se autoidentifican como conservadores.

La nueva derecha toma distancia del consenso liberal posterior a la caída del muro de Berlín y se presenta a sí misma como contraria al sistema dominante, al gran capital y al mundo de la especulación financiera, a los poderes establecidos y a los organismos trasnacionales. En tanto y en cuanto se presenta como antiliberal –y en efecto lo es–, se parece en algunos puntos a la izquierda. También se parece al fascismo, si vamos al caso. Y muchos de sus referentes intelectuales provienen de allí.

La nueva derecha es identitaria: si aborrece las identidades posmodernas (con las que coquetea la nueva izquierda) es porque añora las identidades premodernas, aquellas que encuentran su anclaje en la lengua, la religión, la sangre y la tierra. Los teóricos en que se apoya comparten genéricamente la idea de que todo empezó a ir mal en Occidente cuando la modernidad minó las bases de sustentación de esas identidades tradicionales.

Un sentido de comunidad, un sentimiento de arraigo y un sentido de trascendencia son los principales componentes de esas identidades.

La acción disolvente de la modernidad habría devenido, desde este punto de vista, en una forma extrema de nihilismo: una negación de los puntos de vista tradicionales acerca del hombre, la religión, la sociedad, la existencia y la cultura. Ese nihilismo es, entonces, tanto antropológico (la negación de cualquier idea de naturaleza humana), como religioso (la exclusión de cualquier forma de trascendencia), social (la negación de la idea de comunidad y la afirmación radical del individuo), existencial (la negación de cualquier idea de arraigo) y cultural (la negación de toda autoridad política o intelectual afirmada en la tradición).

La nueva derecha sostiene que hoy los intereses del capital financiero convergen con las tendencias nihilistas de la modernidad (reivindicadas por la nueva izquierda): poco a poco se ha ido configurado un pensamiento único que es hoy el sentido común en que se apoya el sistema. Desde este punto de vista, la nueva izquierda es parte orgánica del statu quo. Las identidades posmodernas son fluidas, inestables, dictadas por el mercado. El capitalismo financiero y el nihilismo antropológico se dan la mano: uno oferta identidades en el mercado global y el otro las compra.

Nihilismo es una palabra bonita pero demodé, así que la nueva derecha usa otras expresiones para hablar de este fenómeno: el imperio de lo políticamente correcto, el feminismo radical, la ideología de género, el marxismo cultural, el progresismo, etcétera.

Este movimiento es políticamente fuerte allí donde existe algo parecido a un pasado glorioso que reivindicar, aunque sea en parte o totalmente ficticio, y donde una vuelta atrás tiene algún sentido al menos en términos retóricos. La nueva derecha añora un mundo perdido de roles sociales y de propósitos bien definidos, de formas de vida robustamente significativas. Se trata esencialmente de una concepción que mira hacia el pasado y no hacia el futuro: hacia un tiempo que fue mejor... para unos pocos. Porque para la inmensa mayoría el pasado no tuvo nada de glorioso ni de admirable: pestes, guerras, hambre, esclavitud, caciquismo, racismo, machismo ocupan la mayor parte de la historia de la humanidad.

La nueva derecha identitaria es en realidad bastante vieja: se remonta a la reacción romántica y aristocrática contra la Ilustración; solamente es nueva frente a la derecha tecnocrática que terminó imponiéndose tras el fin de la Guerra Fría. Para la derecha identitaria, patriótica, el liberalismo es una ideología del sistema: disuelve alegremente los lazos tradicionales que conforman las identidades locales, fuente última de significación de la vida individual y colectiva. Ha transformado el mundo en un lugar desprovisto de sentido, donde solamente circulan las mercancías. La respuesta es volver a abrevar en las viejas fuentes del significado; las viejas fuentes de trascendencia.

La base filosófica de la nueva derecha es, pues, la idea de que hay un conjunto de fuentes prepolíticas de donde emana el sentido de las cosas y de la propia existencia, y que es en esas fuentes donde está el anclaje de cualquier política que no esté destinada al fracaso y al hundimiento irremediables.

Por supuesto que la nueva derecha no crece en apoyos populares porque el presunto avance de la insignificancia, el sinsentido creciente de la existencia, preocupe a la mayor parte de la gente, sino porque la deslocalización fabril hace perder puestos de trabajo, porque la inmigración tracciona a la baja los salarios, y cosas por el estilo. Pero, en este contexto, la nueva derecha ofrece una narrativa global, un marco de comprensión del mundo que no se limita meramente a prometer más puestos de trabajo o mejores salarios. Eso, una narrativa global, era algo que la izquierda tradicional ofrecía y que la nueva izquierda en alguna medida todavía ofrece, aunque, quizás, su discurso se haya atomizado en narrativas fragmentarias y dé la impresión de no constituir ya una concepción global del mundo. Habría que ver si una concepción totalizadora del mundo es algo todavía deseable o no, pero ese es otro problema. En cualquier caso, la nueva derecha tiene una concepción del mundo. Y una concepción del mundo es siempre algo retóricamente atractivo, aunque sea falsa.

Desde luego que la crítica a la modernidad no ha sido transitada solamente por el pensamiento conservador. Pero la izquierda, que tradicionalmente ha asumido los ideales de la Ilustración, ha tendido a considerar ese proyecto más bien como inacabado, antes que como fracasado o nocivo o pernicioso. En cualquier caso, volver a las viejas buenas épocas en que un conjunto de significados densos llenaban nuestras vidas seguramente no es la apuesta política que la izquierda mayoritariamente haya hecho nunca. En este sentido, la nueva derecha sólo superficialmente puede coincidir con la izquierda. Sobre todo en América Latina, donde no parece que podamos tener, de manera razonable, añoranzas de un pasado mejor, ni siquiera de un pasado ficticio.

La nueva derecha probablemente nunca deje de ser un fenómeno cultural eminentemente europeo (y, en alguna medida, también estadounidense) que difícilmente llegue a permear la política latinoamericana. Sin embargo, la idea de que nuestros problemas en algún sentido son de identidad no es ajena a los diagnósticos que con frecuencia se hacen en esta parte del mundo. Cabría preguntarse hasta dónde esos diagnósticos tienen su origen en problemas genuinos y hasta dónde no son más bien una especie de reflejo mimético de algunas tendencias intelectuales y políticas de la metrópolis, que al transportarse a nuestras realidades suenan un poco extrañas.

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Viernes, 28 Abril 2017 15:05

La hora de las rectificaciones

La hora de las rectificaciones

El primer gobierno provisional formado luego de la victoria de febrero fue tan breve como inepto. El que le siguió, ya con Kerensky de Ministro, menos breve pero igualmente inepto. Los formados luego, hasta octubre y bajo el signo de la “coalición”, incluida la dictadura de Kerensky, fueron ante todo peligrosamente ineptos. Estos gobiernos presumían de tener, institucionalmente hablando, un pie en los soviets y otro en las Dumas Municipales y basaban su legitimidad, de “transición”, en la convocatoria futura de una Asamblea Constituyente en la cual se reconstruirían los elementos del aparato de Estado Zarista, bajo una nueva forma republicana. Pero la transición se prolongaba, la convocatoria se aplazaba una y otra vez; mientras tanto, varias decisiones fundamentales apremiaban, principalmente la crisis de abastecimiento de alimentos, en segundo lugar el fin de la guerra y, tal vez la más importante, desde el punto de vista estructural, la solución de la cuestión agraria.

En la práctica, sin embargo, muchas decisiones importantes se estaban tomando ya en los soviets, principalmente el de Petrogrado que era sin duda el centro de la actividad nacional, pero también en centenares de ellos, de base territorial municipal, donde se resolvían problemas urgentes por encima de las Dumas, aunque debe anotarse, como detalle curioso, que los principales partidos políticos –socialrevolucionarios y socialdemócratas– se expresaban al mismo tiempo en una y otra institución. Los Soviets tenían como referente de proyección política la realización de los congresos de los soviets de toda Rusia. Se hicieron dos, uno en julio y otro en agosto. La dualidad de poder era, pues, un hecho, y una fuente de insoportable inestabilidad, y exigía de los revolucionarios una respuesta, una decisión, que necesariamente iba a implicar cuestionamientos y rectificaciones en sus respectivas doctrinas. El mes de abril fue el momento de tales replanteamientos.

 

El regreso del exilio

 

Como se sabe, una de las principales características de los partidos de la revolución rusa era su existencia dividida en dos porciones, una en el territorio y otra en el exilio. La segunda tenía la ventaja de la amplitud de miras y el contacto con el movimiento político internacional, pero la desventaja de estar lejos de los acontecimientos, aspecto en el cual le ganaba la primera, así como a manera de correlato, ésta se caracterizaba por la estrechez de miras. De todas maneras, era indiscutido el ascendiente de los revolucionarios del exilio sobre el conjunto de las organizaciones. Ello explica, entre otras cosas, el estilo literario tan peculiar de Lenin, siempre dando orientaciones, siempre dando instrucciones, debatiendo con camaradas circunstancialmente adversarios; documentos siempre “internos”, de lectura tanto más difícil cuanto más pasa el tiempo.

De ahí que uno de los resultados más importantes de la revolución de febrero haya sido la reunificación de todos en suelo ruso y las redefiniciones que esto tenía que producir, en presencia de una revolución en marcha; ventajas y desventajas se compensaban. Se comprende fácilmente la urgencia y ansiedad de todos por regresar lo más pronto posible. Pero no era fácil, ni siquiera en ese momento cuando el gobierno provisional había mostrado su disposición a recibirlos; hay que recordar que en Europa estaban en una guerra atroz. Lenin seguía en Zurich. Todas las alternativas con pasaportes falsos y disfraces, acudiendo a los gobiernos aliados resultaban irrealizables. Quedaba una: atravesar abiertamente Alemania. Se logró una especie de Tratado internacional entre el consejo de redacción del periódico de los emigrados y el Imperio Alemán. Lenin exigió que durante el trayecto no les pedirían pasaportes ni requisarían el vagón –de ahí salió la leyenda del vagón “precintado”–. A cambio, los emigrados se comprometían a gestionar, una vez en Rusia, la liberación de varios civiles y militares alemanes y austrohúngaros. Por esta misma vía regresaron también, entre otros, Mártov y Axelrod.

La desesperación del grupo de Lenin tenía otra explicación adicional. Es cierto que recibieron noticias de la revolución de febrero y de la formación del gobierno provisional, pero las comunicaciones eran cada vez más difíciles. Lenin trataba de enviar mensajes cablegráficos vía Estocolmo. Fue entonces cuando, preocupado por las tendencias de conciliación con los liberales, escribió las que se llamaron “Cartas desde lejos” donde llamaba a rechazar e impugnar el gobierno provisional.

 

Las tesis de abril

 

Las tendencias conciliadoras no eran gratuitas; respondían a una concepción de fondo que compartían por igual socialrevolucionarios y socialdemócratas: la revolución rusa necesariamente sería una revolución burguesa y su objetivo las libertades políticas. Era la que le estaba asignada en el curso de la historia; las tareas sociales se limitaban a la transformación definitiva de la estructura agraria, en favor de los campesinos. De ahí que el papel fundamental del partido en esta etapa debería ser el apoyo y estímulo a la burguesía para que adelantara sus tareas. Y en eso no había diferencias radicales ni siquiera entre mencheviques y bolcheviques –las razones del fraccionamiento habían sido otras, especialmente en relación con la organización partidista–. El propio Lenin había dicho alguna vez que si algo le convenía al proletariado era el desarrollo cabal del capitalismo. Si acaso, la única particularidad bolchevique era la insistencia en que esta etapa democrática tenía como principal función fortalecer y organizar el proletariado para una siguiente que sería socialista.

Pues bien, algo como eso es lo que parecía haber ocurrido en Rusia. En el gobierno provisional estaban los liberales. Sin embargo, era evidente que la burguesía no estaba en capacidad de hacer cosa alguna. Además, era claro que necesitaba el apoyo de los gobiernos aliados y por eso prefería continuar en la guerra. En cambio cada vez tomaba más fuerza un órgano de poder, los Soviets, que agrupaban a obreros campesinos y soldados. La Guerra mundial, a su vez, era el acontecimiento definitivo que, resquebrajando la estabilidad capitalista, anunciaba la revolución proletaria en Europa. Estas circunstancias, bastaban, a juicio de Lenin, para tener que replantear la táctica.

Las famosas “Tesis de Abril”, en realidad son un breve texto (enumeración), que según él mismo advierte tenía como finalidad enviar al partido un mensaje sencillo, claro y contundente. Escrito el 3 de abril, le puso por título “Las tareas del proletariado en la presente revolución”, y fue publicado el día 7 en el periódico Pravda. Su contenido es, en síntesis, el siguiente:

- La guerra es imperialista. Lo sigue siendo en Rusia, aún con el nuevo gobierno. Por tanto no se debe hacer ni la más mínima concesión al llamado “defensismo revolucionario”. Sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra
- La tarea de la revolución es ahora poner el poder en manos de los obreros y los campesinos pobres. Pasar de la primera fase, en que se le cedió el poder a la burguesía, a la segunda.
- Ningún apoyo al gobierno provisional. Desenmascarar este gobierno que es de capitalistas en lugar de exigirle ingenuamente que deje de ser imperialista.
- Los bolcheviques están en minoría. Por lo tanto deben desarrollar un paciente trabajo de propaganda. Explicar que los soviets son la única forma posible de gobierno revolucionario. Rechazo a toda política parlamentaria. Supresión de las fuerzas armadas y la burocracia
- Confiscación de todas las tierras de los terratenientes. Nacionalización de todas las tierras. Entrega de las decisiones en esta materia a los soviets de campesinos
- Fusión de todos los bancos y Nacionalización en una Banca bajo control obrero (soviets).
- Realización lo más pronto posible de un Congreso del Partido. Cambio de nombre por el de “Comunista”. Cambio del “programa mínimo por estar anticuado. Reivindicación de una forma de - - Estado tipo Comuna (de Paris). Creación de una nueva Internacional.

En un sentido amplio, se trata de varios escritos que luego se han publicado de manera conjunta. Con un título similar, “Las tareas del proletariado en nuestra revolución”, escrito el 10 de abril y seguramente con más comodidad, da a conocer un texto donde desarrolla cada una de las tesis, abundando en la parte polémica. Otro es “Cartas sobre táctica”. Publicado el 27 de abril, justamente para la deliberación dentro de el Congreso del partido, donde se aprobaron las tesis de abril (1).


La reacción del partido, especialmente del comité de Petrogrado, no se hizo esperar. Desde el mismo día de la llegada de Lenin, el 3 de abril, cuando en el homenaje tributado en la estación de Finlandia, expuso de una vez, en términos generales, sus audaces propuestas. El partido (tanto Mencheviques como Bolcheviques) se había quedado anclado en el programa y en la táctica que le habían dado hasta entonces existencia. Quien salió en primera línea a dar el debate fue Kámenev y es a él a quien generalmente se refiere Lenin en su escrito. Pero lo más importante era la persistencia de la línea práctica desprendida de la concepción tradicional. Por ejemplo, en el periódico Pravda, cuya dirección había sido retomada por Kámenev y Stalin luego de su regreso, se defendía el apoyo al gobierno provisional “en la medida en que no incurriera en posiciones contrarrevolucionarias”. Stalin mismo había presentado en un informe del 27 de marzo una peregrina tesis sobre la dualidad de poder según la cual al soviet le correspondía la fiscalización y al gobierno provisional la consolidación de las conquistas revolucionarias.

Pero esta reacción provenia, sobre todo, de la organización del partido y sus principales dirigentes; otra cosa pensaban los bolcheviques de base, la nueva generación de revolucionarios, al decir de Lenin. Otro tanto sucedía con muchos militantes socialrevolucionarios y algunos mencheviques, con los maximalistas y anarquistas, y, sobre todo, con los activistas de base para quienes lo que contaba era la posición frente a un gobierno impostor y no tanto la coherencia doctrinaria.

 

La naturaleza del debate

 

La respuesta de Lenin frente a las críticas es un simple rechazo al dogmatismo; una postulación de la realidad, de la vida como guía verdadera. “las consignas y las ideas bolcheviques han sido en general confirmadas por la historia, pero concretamente las cosas han sucedido de modo distinto”. Por ejemplo, en cuanto a “la dictadura democrático revolucionaria del proletariado y el campesinado”, dice que ya ha sido realizada. En consecuencia “esta fórmula ha envejecido”. Lo que cuenta, en el momento, es cómo se forma el poder que ya existe (descartando el de la burguesía), y cuáles serían en éste las relaciones entre el proletariado y el campesinado. La realidad histórica nos está ofreciendo las alternativas. La clave de todo está en que en la Rusia revolucionaria ya existe un nuevo poder tipo comuna (de París).

No obstante, aún desde el punto de vista doctrinario, ya se conocían antecedentes de estas tesis. Muchos teóricos ya habían observado el débil carácter de la burguesía rusa y la posibilidad de que el proletariado expresara su superioridad por anticipado. Y Vera Zasúlich en un intercambio de cartas con Marx se preguntaba por la posibilidad de construir el socialismo sobre la base de la antigua comuna campesina, a lo cual le respondía Marx que dependía enteramente de la potencialidad histórica de dicha comuna. Sin embargo es Trotsky quien, de modo más contundente y con excelente perspicacia histórico-política, había expresado a continuación de la revolución de 1905 que, dada la mezcla de diferentes formas productivas y de diferentes épocas en un mismo momento, de manera inevitable la revolución rusa tendría que trascender las características de una revolución burguesa y que el proletariado heredaría tareas mayúsculas. Y esto ligado a la dinámica revolucionaria de conjunto en Europa, de suerte que si bien era el capitalismo europeo el que explicaba las “mezclas y combinaciones” rusas, era el destino de este capitalismo el que, al mismo tiempo, podía definir las posibilidades de avance del proletariado ruso gracias a nuevas revoluciones en el continente.

Desde luego estos antecedentes de poco le servían a Lenin. Gorki, en su periódico –Nueva vida–, acusaba a Lenin de haberse vuelto trotskista. Y en general, el tono de los ataques de los viejos bolcheviques tenía que ver con una traición a los principios. Si en el Congreso, finalmente triunfa Lenin es por la presencia y la presión de los bolcheviques de base. Sin embargo, hoy, cien años después, debemos tomar en consideración otros aspectos. ¿Por qué permanecían presos de la necesidad de definir cuál era el carácter de la revolución que les tocaba vivir? Se trata, en cierto sentido, de una cuestión filosófica o mejor epistemológica. En la base de todo se encuentra el enfoque según el cual existen “leyes históricas” que determinan la línea del progreso. En ese orden de ideas parecía un exabrupto intentar “saltarse” la etapa necesaria de la revolución burguesa. Muy ligado con este enfoque aparece cierto historicismo que lleva a postular una necesaria “sucesión” de las clases en el poder. Y lo peor de todo, la identificación de clases con partidos –a cada partido corresponde una clase, y viceversa– que impide entender la complejidad de los procesos sociales y las formas de la subjetividad social y política.

Tal era la interpretación que la socialdemocracia había hecho de las tesis de Marx. No había posibilidad de predicar la emancipación política y social de los seres humanos si al mismo tiempo no se demostraba que se estaba en la etapa correcta y si no se encontraba la “clase portadora” que además estuviera en el orden de la sucesión. Por eso no había posibilidad de diálogo con el anarquismo para el que la emancipación era ciertamente obra de los trabajadores mismos pero entendidos éstos en un sentido amplio, y bajo la condición de asimilar la emancipación como un valor siempre vigente y actual.

***

En síntesis, las tesis de Lenin contribuyeron a corregir, a reorientar, la política bolchevique. Salvaron ese partido de hundirse y perecer arrasado por la historia. Pero sólo eso. Sin necesidad de ello ya miles y miles de obreros, de campesinos y de soldados habían llegado a parecidas si no idénticas conclusiones, o sea que “todo el poder debía pasar a los soviets”.

 Los tres textos se encuentran publicados ahora en español por la editorial de la “Fundación Federico Engels”. V.I. Lenin “Tesis de Abril” Madrid, 2004

Publicado enEdición Nº234