Aníbal Quijano y los movimientos anti-sistémicos

La reciente desaparición de Aníbal Quijano (1928-2018) ha sido una oportunidad para recordar algunas de sus más notables contribuciones al pensamiento emancipatorio, en particular desde que acuñó el concepto de “colonialidad del poder”.


Como señala la antropóloga Rita Laura Segato, los trabajos de Quijano representan un viraje en la historia del pensamiento crítico de la década de 1970, que fue posible por el quiebre de la polaridad capitalismo-comunismo con el fin de la Unión Soviética.


Del conjunto de análisis de Quijano quisiera rescatar apenas uno, aquel vinculado a la heterogeneidad de las sociedades colonizadas en América Latina, ya que siento que encarna un aporte importante a los movimientos populares del continente. En efecto, la “heterogeneidad histórico-estructural de la existencia social”, no puede ser aprehendida con las categorías marxistas. En este sentido, es necesario “rescatar el marxismo de su larga prisión eurocéntrica”, como sostiene Segato.


Mientras en Europa la principal forma de control del trabajo es el salario, en nuestro continente existen cinco formas: esclavitud, servidumbre, pequeño emprendimiento familiar, reciprocidad y salario. Aunque todas están subordinadas al mercado capitalista, la heterogeneidad de formas de vida/trabajo impide la construcción de un sujeto anti-capitalista homogéneo, tal como sostiene la teoría de crítica de corte eurocéntrico.


La primera consecuencia para los movimientos que luchan por cambiar el mundo, es que no funciona, y esto lo destaca especialmente Quijano, una imagen del cambio que consiste en la salida del escenario histórico de una totalidad unitaria/homogénea para que su lugar lo ocupe otra totalidad igualmente unitaria/homogénea.


Esta ha sido la imagen dominante en el pensamiento crítico, que suponía que la revolución consistía en la derrota definitiva del capitalismo como una totalidad y el comienzo de la construcción de una sociedad diferente, socialista en camino hacia el comunismo. La mencionada heterogeneidad, evidente en nuestra América Latina, torna imposible que las sociedades se muevan enteras en una misma dirección.


La segunda cuestión deriva de la anterior. Ante esta realidad los revolucionarios tienen dos caminos: o trabajan para potenciar la homogeneidad de sus sociedades, cuestión que a menudo han intentado hacer desde arriba, con lo que se comportan de modo despótico y neo-colonial, o bien aceptan la heterogeneidad y aceptan que cada pueblo camine según su propio ritmo y sus modos. No habrá una salida conjunta de todos los sectores de la sociedad del capitalismo actual, sino procesos diferentes en cada región y en cada pueblo, que no pueden ser encorsetados en procesos idénticos de cambio.


Si la primera actitud fue la que practicaron los partidos comunistas, en particular bajo el estalinismo, la segunda es la que promueven los zapatistas. Por ese motivo (entre otros) no quieren hacerse cargo del Estado, que sería la herramienta para la uniformización del campo popular. Rechazan la posibilidad de gobernar o “liberar” a otros pueblos, porque sería tanto como imponerles sus propios modos, que trasladarían mecánicamente a otras realidades que siempre serán resistentes a cualquier tipo de dominación.


Promueven, como lo acaba de mostrar la gira de la candidata Marichuy, la auto-organización de cada quien, con sus maneras y sus tiempos, porque no existe un autogobierno único, válido para todos y todas en cualquier parte del planeta. Las ideas de arcoíris donde ningún color domina a los demás, de respetar los modos de caminar de cada movimiento, de construir puentes para el encuentro de las diversidades y de un mundo donde quepan muchos mundos, van en esa misma dirección. La denuncia de los intentos de homogeneización como fascismo, representa un sólido balance de casi un siglo de desvaríos de los procesos revolucionarios.


Creo que existe cierta sintonía entre el pensamiento de Quijano y algunos procesos de organización y lucha en América Latina. Lo que no quiere decir, en absoluto, que exista alguna relación mecánica o jerárquica entre ideas y prácticas. Todo lo contrario: Quijano tenía muy claro que es la existencia real y concreta de sujetos anti-coloniales lo que le permitió fraguar la idea de la colonialidad del poder, uno de sus principales aportes al pensamiento crítico.

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Rechazamos desde Asocoetnar el asesinato de CARLOS JIMMY PRADO GALLARDO el pasado 2 de junio en Olaya Herrera, Nariño.

La Asociación de Consejos Comunitarios y Organizaciones Étnico Territoriales de Nariño Asocoetnar, rechaza el asesinato y atentado contra líderes y lideresas, exigimos al estado colombiano esclarecer los hechos del asesinato de nuestro hermano, líder, defensor de derechos humanos, directivo de la organización Asocoetnar, delgado al Espacio Nacional Consulta Previa y Medidas Legislativas de Negros, afrocolombianos, palanqueros y raizales en el Departamento de Nariño, Representante Legal de la Organización Satinga Joven, CARLOS JIMMY PRADO GALLARDO el pasado 2 de junio en la cabecera urbana del municipio de Olaya Herrera, en circunstancias hasta el momento desconocidas.

Expresamos nuestra profunda preocupación, por el recrudecimiento de las amenazas y atentados en contra de la vida de los líderes y lideresas sociales en Colombia. exhortamos al Estado a responder de manera efectiva por la ineficacia de las medidas de protección asignadas, las cuales no corresponden las realidades de nuestras comunidades, no garantizan el libre y legítimo ejercicio de la defensa de la vida y los territorios ancestrales.


Pues, así como Carlos Jimmy de manera oportuna denuncia ante la fiscalía, y los organismos judiciales la amenazas contra su vida, hoy denunciamos de forma pública y reiterada la ineficacia del Estado en su obligación de proteger la vida de sus ciudadanos; Pues en esta ocasión, como en otras un chaleco y un teléfono celular no fueron suficientes para impedir que cegaran la vida de nuestro hermano.


Colombia vive en la actualidad una coyuntura caracterizada por la recomposición del control ejercido por las organizaciones armadas ilegales en distintos territorios. El ingreso de actores armados en Nariño plantea escenarios de disputa por el control de los mismos y de las economías ilegales que fueran del dominio de las Farc-Ep.


Estas nuevas circunstancias han venido impactando principalmente sobre personas y organizaciones que abanderan la defensa del territorio, los recursos naturales, los derechos de las víctimas, la restitución de tierras, quienes propenden por el fortalecimiento de las agendas comunitarias y la implementación de los acuerdos de paz en el nivel territorial. El asesinato del líder social CARLOS JIMMY PRADO demuestra una vez más que no hay garantías por parte del estado para el pleno ejercicio de gobernabilidad territorial que nos otorga la ley 70/93 a quienes representamos los consejos comunitarios.


A los actores armados ilegales exigimos el respeto por la autonomía en nuestros territorios, por la vida, los derechos humanos, el respeto al derecho internacional humanitario para quienes no participamos en esta absurda guerra, al Misterios Públicos, a La Fiscalía General de la Nación, A la Unidad Nacional de Protección y a los Órganos Judiciales exigimos activar las respectivas rutas que conduzcan al esclarecimiento de los hechos al reconocimiento de la verdad y judicialización de los responsables.


Al gobierno nacional exigimos respuesta efectiva frente al cumplimiento de los donde Corte Constitucional de manera reiterada, exige al estado la adopción de medidas provisionales urgentes para la protección de la población afrodescendiente e indígena de la Costa Nariñense, en el marco del seguimiento al cumplimiento de la sentencia T-025 de 2004 y sus autos complementarios 004 y 005 de 2009, 174 de 2011, 073 de 2014 y 373 de 2016.


A las autoridades nacionales para que adopten medidas urgentes de protección a la vida e integridad personal de los líderes y defensores de derechos humanos, así como acciones que rodeen de garantías el desempeño de la labor comunitaria.


A los organismos nacionales e internacionales solicitamos seguir acompañando los procesos comunitarios y la defensa de la vida; pues nuestra convicción de un mundo mejor nos mantiene en pie, no nos callaran, seguiremos defendiendo y construyendo la paz que anhelamos desde los territorios de Comunidades Negras.

 

Domingo 3 de junio de 2018, por DDHH Comosoc

 

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Mayo de 1968:  La revolución cultural

La década de 1960, en todo el mundo, fue de transformaciones y revoluciones en lo político, lo cultural y los modos de pensar. 1968 fue un año de revolución, un año libertario, un evento histórico-universal, donde los seres humanos fueron más pensantes y más conscientes. Fue un año, antimperialista, anticapitalista y alegre que recordaba a Marx con eso de “la felicidad es la lucha”.

 

Aunque la década del sesenta fue una de las más movidas de la historia del siglo veinte, tiene un pasado que puede verse desde distintas revoluciones: la China de 1949, la boliviana de 1952, la vietnamita de 1954, la cubana de 1959, la Gran revolución cultural proletaria de 1966, la ofensiva del Tet, el auge de los movimientos chicanos en EEUU, las luchas estudiantiles de Tlatelolco, el Cordobazo argentino, el otoño haitiano, el Movimiento de Sengakuren de Japón, la primavera de Praga, la Comuna de Shanghái, los distintos movimientos de masas en Latinoamérica y el proceso de descolonización africano; movimientos, estos y otros, que extendieron su furor hasta la década de 1970.

 

Contexto pre 68 en Francia y el mundo

 

El tren capitalista pos Segunda Guerra Mundial parecía avanzar a toda máquina, de los cual daban cuenta “los treinta años gloriosos” (1945-1975) con crecimiento económico y prosperidad en los Estados Unidos y Europa. También se presentaban inicios de calamidades; huelgas de mineros en 1963, dos millones de trabajadores que ganaban el salario mínimo; surgían barrios pobres o bidón-villes como en Nanterre.

 

Francia tuvo un antecedente muy especial relacionado con su derrota en la guerra de Indochina, en particular la batalla de Dien-Bien-Phu que dio el triunfo a Vietnam del Norte en 1954. Con el orgullo colonialista herido las clases dominantes francesas no iban a perder Argelia, así que en 1961 los argelinos que vivían en Francia, apoyados por parisinos, le dieron forma a una manifestación de protesta que las fuerzas especiales francesas reprimieron salvajemente: 2.000 cadáveres de activistas fueron arrojados al río Sena y en 1962 otros muertos en charonne, todo lo cual llevó a la formación del Frente Unido Antifascista y a la conformación de organizaciones estudiantiles. Argelia fue liberada. Las huelgas de mineros y otros obreros en Inglaterra, Italia y Alemania tenían también caldeado el ambiente político y económico.

 

En otra parte del mundo, en los Estados Unidos, toman forma movilizaciones como no se habían visto antes, protestas de gran calado lideradas por sectores populares en contra de la guerra de Vietnam, levantamientos por los derechos civiles de los afro-americanos, los inmigrantes y las mujeres; en sentido más amplio, movilizaciones por los derechos democráticos fundamentales.

 

Vestigio de otro mundo posible

 

Aunque hubo luchas de tipo económico laboral, el aspecto principal de las luchas fue cultural e ideológico, en contra de los sistemas educativos y universitarios autoritarios y antidemocráticos. En ese momento se estaba viviendo un cambio en la educación superior, pasando de la universidad elitista a la universidad masificada, lo que generó una transformación en las concepciones de ser estudiante.

 

Estamos, entonces, ante un levantamiento social-popular con eco en todos los continentes y países del mundo, pero también en todos los órdenes del saber. Se presentaron duras luchas por la libertad de expresión, se manifestó una gran creación en el arte –música, pintura, afiches, murales, esculturas, literatura, cine, teatro, dramaturgia– en las demandas respecto de la libertad sexual, en la filosofía, psiquiatría, psicología, sociología, antropología, economía, medicina y demás aspectos del saber. Por eso la consigna “prohibido prohibir”.

 

Cambio cultural. La sociedad se organizaba de nuevas formas, se creaban comunas, viviendas colectivas, cooperativas, talleres, centros para mujeres maltratadas, guarderías comunitarias, medios de comunicación alternativos; se ocuparon tierras, edificios; se tomó el control de fábricas. Todo esto a partir de distintas formas de lucha como las barricadas, las huelgas generales, la toma de universidades y colegios, las sentadas, los carnavales, las fiestas y conciertos. Y algo fundamental: en todas partes la alianza entre los estudiantes y los obreros.

 

Por eso, si bien es verdad que fue una revolución cultural, no fue únicamente de las ideas, sino de ellas en unas duras luchas políticas y culturales, revolucionarias. Fue una revolución por un nuevo orden diferente al capitalista, no fue una acción cultural liberal. Por ello la consigna “la imaginación al poder”.

 

Mayo del 68 en Francia

 

En Paris de 1968, el 10 de mayo sucedió la “noche de las barricadas”, la represión violenta, aunque sin muertos, sí fue dura, de lo cual quedó como testimonio los numerosos heridos en el barrio latino. Como repuesta a la actitud policial del gobierno De Gaulle, los estudiantes de universidades y liceos, junto a profesores, intelectuales, obreros organizados o no, organizaciones revolucionarias de varias tendencias, se movilizaron para protagonizar la huelga general más grande en la historia de Europa Occidental, con más de 10 millones de participantes en condiciones casi de insurrección popular.

 

Los revolucionarios se manifestaron en Paris, Nanterre, Nantes, Le Mans, Boulogne-Billancourt; ocuparon fábricas y promovieron el control obrero; en las huelgas participaron controladores aéreos, mineros del carbón, obreros del transporte, gas, electricidad, automotrices; periodistas de radio y televisión. Se realizaron cortes de rutas por obreros y campesinos como en Nantes; los revolucionarios controlaron los precios de los productos y las tiendas podían atender con permiso del comité de huelga. Durante unos días, Francia conoció un poder obrero y revolucionario.

 

No hay acción sin reacción, lo cual quedó concretado por la marcha de la derecha, con más de 300.000 movilizados por la “defensa de la república” apoyando al presidente De Gaulle. El 30 de mayo, cuando el movimiento revolucionario estaba a punto de ser derrotado y seguían las negociaciones y luchas callejeras, De Gaulle habló por radio, disolvió el Parlamento, y convocó a elecciones para el mes de junio. El 12 de junio De Gaulle ilegaliza el movimiento revolucionario, disuelve las organizaciones de izquierda, prohíbe las protestas callejeras, envía a la cárcel a los activistas y censura a los periódicos de izquierda. El 15 de junio quedan en libertad 50 paramilitares de la OAS* y los convierten en “grupos de acción ciudadana” para el control de población, el 23 y 30 de junio elecciones, gana De Gaulle.

 

Lecciones del 68: nuevas formas de organización y de lucha

 

La revolución cultural de la década de 1960, en especial Mayo 68, nos dejó el movimiento obrero de base anticapitalista, antimperialista e internacionalista; el movimiento medio ambiental, el movimiento de mujeres y el feminismo; la crítica a la moral burguesa, el rechazo al marxismo tipo soviético, al Estado y al militarismo; el movimiento estudiantil antiautoritario, las organizaciones sociales y de masas radicales; teorías y prácticas de economía y sociedades alternativas, donde el arte y la cultura son fundamentales; debates sobre el poder, los partidos y los tipos de revolución.

 

Una experiencia histórica que nos dejó una lección, para decirlo en los términos de Marx: sin una revolución comunista nada tendrá el pueblo.

 

* Organización del Ejército Secreto.

Publicado enEdición Nº246
Mayo del 68: ¡es posible cambiar el mundo!

La historia del marxismo es lo suficientemente amplia para que ni siquiera toda una vida de estudio pueda agotar su riqueza. El Mayo francés de 1968 es uno de los momentos más particulares de esta historia, junto a la Revolución bolchevique y la Revolución cubana, por ejemplo, traza una línea que impone nuevos retos y que altera una única melodía, al aparecer como una pieza disonante en el mundo de la Guerra Fría y del Socialismo Real. Los meses de mayo y junio de 1968 son testigos de una de las posibilidades revolucionarias más importantes del siglo XX. En medio del ocaso de las sociedades del bienestar europeas construidas después de la Segunda Guerra Mundial, algo que palpitaba en el centro de Europa mostró su rostro al mundo entero. Lo que en principio se dio sólo como una seguidilla de protestas estudiantiles se vio fortalecido por la adhesión de los trabajadores y la intelectualidad francesa.

 

De oídas quizás todos sepamos que en aquellas jornadas de Mayo del 68 en París, estudiantes y fuerzas armadas del Estado se enfrentaron convirtiendo las calles en un campo de batalla. Las mismas calles que prestaron sus adoquines para la construcción de improvisadas barricadas en el Barrio Latino –uno de los más famosos y representativos de París– y que soportaron durante varios días las marchas y consignas de la juventud francesa que veía en su espontánea afrenta al capitalismo la posibilidad de convertir su sociedad en algo diferente de lo ya establecido. Así, lo que comenzó como una protesta contra la normatividad de la institución universitaria fue tomando cada vez más fuerza, hasta desembocar en un movimiento general de protesta que puso al gobierno francés contra las cuerdas. A 50 años de aquel momento histórico, tomamos unos minutos de nuestro tiempo para esta breve reseña. En ella no se tratará de relatar en detalle lo sucedido, más bien pretende tomarlo como excusa para mostrar que sí es posible cambiar el mundo, y que un diálogo provechoso con aquel momento pasa más por entender su espíritu que por retratar infructuosamente los hechos y los datos que ha dejado.

 

Según el historiador inglés Eric Hobsbawm, hubo dos momentos fundamentales en la movilización de protestas revolucionarias en el Mayo francés. Entre el 3 y el 11 de aquel mes se movilizaron los estudiantes, activistas que no tuvieron gran oposición y que rápidamente aglutinaron a la totalidad de la población estudiantil de París. La opinión pública ofreció un importante reconocimiento a estas movilizaciones y el gobierno de Charles De Gaulle decidió no prestar demasiada atención a los estudiantes y al así obrar no se dio cuenta que, lejos de dejarlo pasar de largo en el transcurso de los días, contribuía con ello a la intensificación del movimiento que encontró su decisiva fortaleza en el apoyo de clase trabajadora francesa. En un segundo momento, entre el 14 y 27 del mismo mes, se propagó una huelga general espontánea que terminó con el rechazo, por parte de los trabajadores en huelga, de los acuerdos que los grupos sindicales y el gobierno adelantaron en pleno movimiento de protesta. Además de esto, Hobsbawm señala que en realidad sólo el segundo momento, el de la huelga general, tuvo posibilidades reales de hacer una revolución, pues los estudiantes en soledad sólo conformaban una gran tensión, pero ningún peligro político.

 

La hostilidad que manifestaban los estudiantes hacia el gaullismo era de la misma intensidad que la que manifestaban hacia el partido comunista. Las consignas que marcaron los muros de la universidad de La Sorbona apelaban a los ciudadanos que encontraban más seductora una revolución cultural que una revolución política. La famosa consigna de “Imaginación al poder”, ponía en entredicho las formas tradicionales de elaborar la política, una nueva formación social basada en la experiencia juvenil del pueblo francés era la promesa revolucionaria de los estudiantes, aquellos que propagaron rápidamente su revuelta hasta otros círculos sociales y que con la misma rapidez vieron apagar la llama revolucionaria con el llamado por parte del presidente De Gaulle a las elecciones legislativas a finales de junio de 1968. Después de estas elecciones, que fueron la respuesta a la inestabilidad de Francia ocasionada por el movimiento estudiantil y los trabajadores, la estrategia política esta vez vería fortalecido al partido gaullista Unión de Demócratas por la República que para el año siguiente emprendería una serie de reformas que, paulatinamente harían desaparecer los residuos del malestar social que ardió algunos días bajo el cielo francés.

 

El espontaneísmo revolucionario del movimiento estudiantil en Francia mostró en un par de meses todo el poderío de sus nuevas formas de entender la sociedad, de sus nuevas concepciones sobre la política y del surgimiento de lo que se dio en llamar La Nueva Izquierda. Ésta, claramente en resistencia y rechazo de los tradicionales partidos políticos tanto de derecha como de izquierda, supuso una gran renovación del marxismo y terminó por desatar a Marx del dominio soviético que lo había convertido a él y su obra en un evangelio. Las nuevas comprensiones del marxismo después del Mayo francés pusieron en tela de juicio la configuración del mundo del marxismo a partir de la normatividad soviética, y encontraron nuevas formas que hoy hacen factible continuar pensando en las posibilidades de hacerle frente al capitalismo sin el dogma autoritario que privilegiaba las condiciones materiales de los individuos a cambio de la pérdida paulatina de sus capacidades espirituales, de la imposibilidad de pensar diferente, de crear el mundo y de movilizar todas sus energías en función del despliegue vital, artístico e intelectual de la humanidad.

 

Mayo de 1968 fue un evento histórico del pensamiento revolucionario en la medida en que puso en jaque al poder, en la medida en que también hizo emerger la ocasión para una reelaboración del marxismo, de los movimientos de protesta, de la unión social y de las formas de articular reclamaciones de diversos niveles con miras a la transformación social de un pueblo entero. El suspenso de este momento revolucionario hace que hoy posemos nuevamente nuestros ojos en las irrenunciables posibilidades de transformación del mundo.

 

Transcurridos cincuenta años de aquellas jornadas emancipatorias, las recientes fotografías de los diarios que muestran el apretón de manos entre los actuales presidentes de Francia y de los Estados Unidos, pueden ver debilitado el espíritu revolucionario de aquel Mayo que parece desaparecer lentamente entre todos los que hoy resistimos a las formas degradantes de un mundo en función de la acumulación de capital y la destrucción del mundo humano y natural sobre la Tierra. Sin embargo, hoy más que nunca debe insistirse en la idea de una segunda nueva izquierda, creativa, activista y revolucionaria que cuestione con todas sus armas la configuración de un mundo en medio de las bombas, de la exclusión política y de las deshilachadas democracias que maquillan los espacios políticos a los cuales hoy nos toca asistir.

Publicado enEdición Nº246
Miércoles, 23 Mayo 2018 11:59

Del sueño a la realidad*

Del sueño a la realidad*

La campaña de Gustavo Petro aglomera en plazas de barrios y municipios. Da para tanto que pudiera ser verdad que, ante el 27 de mayo, ¿Colombia está ad portas de otro 19 de abril de 1970?

Con un gran número de reacios a participar, los días que pasan de discurso electoral y trapisonda prenden en una parte del país, con realidades entre la ciencia política, la inconformidad y la fantasía –en la esperanza (de la oposición) y en la desesperanza (de los excluidos), cualquier cifra es vista como avance o triunfo. Estas elecciones (2018-2022) resultaron con un abrebocas que no es garantía ni prenda de buen sabor.

Sucede que una ola de optimismo recorre al movimiento social colombiano y contagia a sus variados activismos con pasajes de memoria. Es motivo de alegría. Se trata de una irrupción en la exaltación de ánimo que tiene origen en la campaña presidencial de quien ahora aparece como aglutinador de la inconformidad de izquierda, cuyas propuestas de gobierno encuentran sintonía con capas poblacionales a lo largo y ancho del país. Incluso, silban en conglomerados sociales hasta ahora arrinconados, y silenciados, por una guerra contrainsurgente y paramilitar que dejó entre estos sectores un temor generalizado, y una amarra de silencios que apretaban pechos y hondas huellas en la memoria.

Es un optimismo que parece o llega a extremo, exagera, dado el antecedente de situación a flor de números, no solo en los recientes resultados de las elecciones, las consultas de marzo y la cifra anterior con continuidad del “referendo por la paz”, con efectos sobre la presente campaña, sino porque no repara en el asunto substancial con factores críticos: de las lecciones dejadas por las formas organizativas, partidistas, de gobierno, gestión e ¿identidad y pertenencia popular? aplicadas en América Latina durante los últimos años. Tampoco avista en las lecciones de nuestra propia historia cuyo reflejo más paradigmático descansa en Jorge Eliécer Gaitán, en el movimiento gaitanista y su exterminio. Y por supuesto con menor medida, en las consecuencias del fraude a Rojas Pinilla.

De ahí que llamen la atención, e incluso asusten, mensajes que ahora llegan por las redes sociales festejando el surgimiento de “un nuevo caudillo”. Una barbaridad y un contrasentido de múltiples dimensiones: social, organizativo, político, histórico, contradictorio ante el desafío actual por ¡Otra Democracia!, la que implica espacios, procesos y dinámicas participativas, deliberativas, consultivas, de otro tipo y otro ritmo, en todo el quehacer social, de lo cual no están exentas las nuevas formas de organización y participación, las nuevas formas por potenciar para ser gobierno y poder.

Precisamente, la primera lección por apropiar del inolvidable legado de Gaitán es que su potencial de liderazgo no se tradujo en fuerza organizada. Quedó un vacío que impidió la respuesta coherente de las mayorías ante la acción violenta del establecimiento, facilitando el genocidio que luego padecieron por decenas miles de sus adeptos. Es la misma lección que arroja el progresismo por toda América Latina: el más notorio aspecto que logran constituir y articular estos proyectos de gobierno es el de unos partidos de ascenso de otra clase dirigente, con vocación y funcionamiento electoral, simples instrumentos para tales jornadas. Todo un error que adelgaza el apoyo y las mayorías iniciales.

Otra de sus enseñanzas, en las circunstancias del tiempo en que vivió, fue el limitado sentido educativo de sus mensajes. En efecto, para conformar un sujeto social activo y protagónico por el cambio estructural, no basta con denunciar y agitar en la campaña electoral. Más allá de la misma y de sus semanas o meses de contienda, un proyecto de nuevo país debe asumir que en todo tiempo y circunstancias –como una de las funciones de quien tiene la palabra y la atención de quienes le escuchan– hay una tarea urgente: la de pronunciar mensajes llenos de ruptura con la política tradicional en su implicación de sentido pedagógico. Entre los primeros y fundamentales mensajes que debiera repetir una y otra vez, es que el líder resulta circunstancial y está en cuestión con Gaitán…, con Chávez…, con Evo…, la arenga “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”.

Para el tiempo de hoy y su desenlace pronto con victoria, los liderazgos deben ser colectivos. En todo proceso con vocación de cambio resulta central la configuración y la suma de las estructuras sociales plurales y horizontales, sumergidas con reconocimiento en territorios, donde todas las miradas de país tengan espacio, donde la propia gente se articule no solamente un día, con identidad e iniciativa, dando paso a la discusión y la planeación sobre cómo ser gobierno directo y en todo momento. Con proyección de los bosquejos diversos que amplíen el consenso social con raíz popular, y, de este modo, con un alcance definitivo de asidero –con margen para diversas formaciones políticas, no sólo de “partido único”–, bien por vía autónoma, bien de manera concertada con instituciones de variado carácter.

Extraña, por tanto, que en la campaña en marcha el candidato Petro no aluda a una ni a otra de estas particularidades, como si pretendiera tener asiento indispensable; como si la situación que ahora sucede con Lula en Brasil no ampliara ondas aleccionadoras por toda nuestra región: como si la curva con descenso en la popularidad de Chávez no hubiera sembrado lección alguna; como si el presente y la repetición en Bolivia de un liderazgo que no cuenta o pareciera no contar con sucesión no fuera suficiente para adentrarse en debates sobre estos temas de gobierno y poder.

Desprendida del genocidio padecido por el gaitanismo, llegan las imágenes que nos indican que sin movimiento(s) social(es), como soporte y alma de los procesos de cambio a que llama el candidato, toda esperanza de transformación efectiva es pura palabrería o “discurso de candidato y de político”. En verdad, sin mecanismos de control por parte de los propios movimientos, sobre quién interpreta o lleva por un tiempo la palabra de todos, lo único que queda en siembra es la continuidad de un personalismo, de un ‘presidencialismo’ funcional con las leyes del capital y, con este marco, de desilusiones.

Una lección de experiencias vividas en toda la región, y más allá, pero también desprendida de nuestro propio territorio con sus vivencias, es que una cosa es el gobierno y otra el poder. Mucho más cuando el acceso que otorga un hipotético triunfo electoral es al control del Ejecutivo, sin desconocer que Congreso, Cortes, Fuerzas Armadas, gremios económicos (entre ellos los banqueros), medios de comunicación, organismos multilaterales, etcétera, estarán en otras manos. O sea que ese optimismo desbordado que ahora se siente en amplios sectores del activismo y una franja alternativa ni siquiera pondera en que ese supuesto gobierno, sin un previo o paralelo hecho social motor de diferenciación, dentro de una situación en la cual el poder oligárquico cuenta con la iniciativa ante la opinión del habitante común, contaría con un escaso margen que condiciona y fuerza a conciliar y negociar las propuestas que ahora agita por plazas y auditorios, teniendo que –muy seguramente– ejecutar muchas de las medidas y programas que ahora mismo rechaza. En la desventaja derivada de la correlación de fuerzas, hay medidas impuestas de facto por el poder real que está detrás del escenario: el poder financiero, con sus cohortes de congresistas, jueces y militares que lo protegen y legalizan.

De ahí que sea sustancial que quien ahora atrae todas las miradas insista en que las gentes del país asuman sus formas de reunión, de organización, y obtengan espacios de deliberación, reflexión y decisión, para debatir en un primer momento el plan de gobierno que ahora es el eje de la campaña, y su aplicación, para que se lo apropien, lo amplíen en argumentos y lo reformulen en todo o en parte, según el sentimiento frente a la deuda social que el país padece bajo la responsabilidad tradicional. De ahí igualmente que insista el candidato en que esas mismas gentes con paso rápido, y bajo un impulso diario de una porción institucional en contradicción que salga a la vista, se constituyan, en todo espacio y lugar, en cientos, en miles, de comités de gobierno. Es una conexión de reuniones y organismos que deberán constituirse en soporte fundamental de control y ahondamiento de una política alterna, dentro de las variantes con realismo de a) la progresión y la continuidad en un nuevo proyecto de articulación y acción social alterna en Colombia, y b) de una gestión presidencial de nuevo tipo.

En cualquier caso, está a la orden una articulación arcoíris de las gentes de toda procedencia que siembre las instancias y mecanismos necesarios para que esa fuerza ahora despertada no vuelva a contraerse, no regrese a la contemplación, sino que ahora ocupe todo el territorio nacional en una animada campaña por un país soportado en vida digna y democracia plena, una frase que pudiera resumir todo aquello que anhelan unas y otros, tanto en el campo como en las ciudades.

Y así debe ser, pues, recordemos, un buen gobierno es el que garantiza la felicidad de todos sus gobernados, para lo cual un factor fundamental precisamente es lo ya resumido en la máxima de vida digna y democracia plena. Y un buen dirigente es aquel que, sin generar dependencias ni someter voluntades ni cortarle energía a la inconformidad social, crea las circunstancias requeridas para que, al tiempo que él actúa, surjan otros cientos de liderazgos del más diverso tipo, locales, regionales y nacionales. Son lecciones para tomar en cuenta. “Seamos realistas: proyectemos lo imposible”.

Rectificar en el mensaje y los instrumentos para la comunicación con la ciudadanía de a pie y del común, organizar, movilizar, educar, sembrar confianzas, acercar compromisos, disponer espacios y métodos para procesar las divergencias, identificar y proyectar un liderazgo de diverso tipo y colectivo de nación, mirar el presente pero siempre con perspectivas de inmediato, son apartes de una campaña y una acción social electoral que deben ser mucho más que eso.

De esta manera, así se pierda en el propósito de ser electo, se gana en el propósito de ser más país. Un triunfo por concretar en la calle, en una dualidad de poderes por darle forma constituyendo y poniendo en marcha miles de asociaciones solidarias en pro de otra economía necesaria, base presente y futura para darle piso a otra política, una que no amarre ni someta con clientelas y chantajes provenientes de la casa de gobierno nacional, departamental, municipal, veredal, del corregimiento, de la comuna, la localidad, la JAL, el barrio, la acción comunal o similares. Una economía y una política otras, asentadas a través de juntas de vecinos autónomos que asuman el ordenamiento y el cuidado de sus barrios y sus cuadras como un asunto prioritario en beneficio de la vida digna, la cual no es posible por fuera de la vida colectiva y solidaria. Como proyección de este actuar, un entretejido de movimientos sociales del más diverso carácter deberá tomar forma por todo el país. Su interrelación, en intercambio de productos, experiencias, discusiones, campañas, etcétera, será fundamental para que gane músculo.

Al actuar así, lo electoral será una simple circunstancia en el ejercicio de reconstruir nuestro país, devastado por años de confrontaciones armadas, con la proyección de un modelo paramilitar, contrainsurgente, que centró su mira en el “enemigo interno”, arrasando con los liderazgos sociales, con la instrumentalización de narcotráfico y narcotraficantes, en un desbarajuste de valores, tradiciones y tejidos sociales, y por su conducto en un ahondamiento del neoliberalismo por la senda cultural, levantando ante las propuestas de otro país posible inmensas murallas por sortear, todo lo cual fue y sigue complementado por una pléyade de pésimos gobiernos.

Con la primera vuelta de esta campaña, este 27 de mayo –y de darse el caso con la segunda el 17 de junio– se cierra una fase de optimismo social y deberá arrancar, de inmediato, otra fase: la de un alternativo reencuentro nacional. Hay que proceder así, pues no hay espacio para la desesperanza.

 

*Editorial del periódico desdeabajo mayo 20 - junio 20, en circulación

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La revolución de 1968 transformó América Latina

Solo mirando por debajo de la línea de flotación, poniendo la lupa en la vida cotidiana, podemos comprender los profundos cambios que provocaron en la región los sucesos en torno a 1968, que configuran un ciclo de luchas sociales con hondas repercusiones políticas.

Una lista de las nuevas organizaciones sociales surgidas en esos años, sorprendería aún a los propios protagonistas. Fue el período en el que se activaron los pueblos originarios y afroamericanos, pero también los campesinos y estudiantes, los sindicatos obreros y las guerrillas que siguieron el camino del Che Guevara, caído en combate en octubre de 1967 en Bolivia. En su homenaje, Cuba proclamó 1968 como 'Año del guerrillero heroico'.


Entre las grandes acciones populares, en el imaginario colectivo aparece en lugar destacado la matanza en la Plaza de las Tres Culturas, en la Ciudad de México, el 2 de octubre, que puso fin a las masivas protestas estudiantiles contra el régimen que debió asesinar a cientos de jóvenes para que no perturbaran la realización de los Juegos Olímpicos, inaugurados días después de la masacre de Tlatelolco.

Desde la óptica obrera, la acción más importante sucedió tres meses después del fin de ese año, en marzo de 1969, cuando unos 40.000 trabajadores automotrices de la ciudad de Córdoba (Argentina), desafiaron al régimen militar de Juan Carlos Onganía en las calles. Apoyados por estudiantes, los obreros ocuparon el centro de la ciudad el 29 de marzo, corrieron a la policía que agotó los gases lacrimógenos, asaltaron comisarías, tomaron edificios públicos y se enfrentaron a las tropas que el gobernador debió llamar para reponer el orden.


El Cordobazo fue la insurrección obrera más notable del período, que no triunfó pero forzó a la dictadura a emprender la retirada. Lo más destacable es que en los meses siguientes se produjeron 15 levantamientos populares en una decena de ciudades argentinas, entre ellas Rosario y Córdoba, que volvió a protagonizar una nueva insurrección en 1971. Los obreros manuales desbordaron el control en las fábricas y en las calles.


En Colombia los campesinos protagonizaron un desborde similar. El presidente Carlos Lleras Restrepo (1966-1970) ensayó una política reformista en sintonía con la Alianza para el Progreso, para lo que necesitaba el apoyo del campesinado para promover una reforma agraria desde arriba que neutralizara a los terratenientes, refractarios al menor cambio. Para eso impulsó la creación de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), que en su criterio debía "institucionalizar las relaciones del Estado con las clases populares, en particular con el campesinado, que en la década del 60 comenzaba a dar muestras de creciente iniciativa política a través de organizaciones gremiales, movilizaciones espontáneas por la tierra y apoyo directo o indirecto a la guerrilla".


Pero el campesinado aprovechó la oportunidad para desprenderse de la tutela del Gobierno reformista de Lleras. En una clara ruptura con los terratenientes y también con el Gobierno que intentaba conciliar intereses antagónicos, ocuparon 645 fincas de grandes propietarios en los últimos meses de 1971.


El tercer gran desborde fue el estudiantil, que tuvo en Uruguay una de sus mayores expresiones. En los cinco meses que transcurrieron entre la marcha del 1 de Mayo del 68 y la clausura de los cursos en la Universidad de la República, la Universidad del Trabajo y los colegios secundarios, decretada por Jorge Pacheco Areco el domingo de 22 setiembre, se produjeron: 56 huelgas, 40 ocupaciones, 220 manifestaciones y 433 atentados con bombas Molotov y de pintura, según cifras aportadas por Jorge Landinelli en su libro '1968: la revuelta estudiantil'.

En mayo había 10 liceos ocupados, dos cerrados por huelga, tres cerrados por el Gobierno para evitar ocupaciones y los enfrentamientos con la policía eran casi diarios. En julio el Gobierno decreta la militarización de los funcionarios estatales de electricidad, agua, petróleo y telecomunicaciones que estaban en conflicto y se produce la confluencia entre obreros y estudiantes.


Tanto el Estado como las propias organizaciones estudiantiles y sindicales fueron desbordadas por el activismo de base. Ese año fueron asesinados los estudiantes Líber Arce, Susana Pintos y Hugo de los Santos, algo inédito en la historia del Uruguay.


En torno a 1968 emergió una nueva generación de movimientos y de activistas, mucho más politizados y activos que los anteriores. Buena parte de las organizaciones que en los años siguientes jugaron un papel social y político destacado, nacieron en esos años. Vale mencionar el Movimiento Julián Apaza en Bolivia, cuna del katarismo; la Federación de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (Fucvam) en Uruguay; el Consejo Regional Indígena del Cauca en Colombia y la Ecuarunari en Ecuador, entre los más destacados. Años después, pero también influidos por la oleada de 1968, nacen Madres de Plaza de Mayo en Argentina y el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra en Brasil.


En 1968 Paulo Freire redacta su libro 'Pedagogía del oprimido', que es la carta de nacimiento de la educación popular y el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez pronuncia una conferencia titulada 'Hacia una teología de la liberación', con la que nace esta corriente religiosa. En el terreno del pensamiento crítico, son los años de elaboración y difusión de la teoría marxista de la dependencia por los brasileños Ruy Mauro Marini y Theotonio dos Santos, y de la formulación de la teoría de marginalidad por Aníbal Quijano, José Nun y Miguel Murmis.


Con este conjunto de autores, el pensamiento latinoamericano se presenta ante el mundo con personalidad y perfiles propios, del mismo modo que el movimiento social adquiere madurez y modos diferenciados de los del primer mundo.


Este ciclo virtuoso en torno a 1968 fue interrumpido brutalmente por los golpes de Estado en Chile y Uruguay (1973), y en Argentina (1976), y por la represión en casi todos los demás países. Pero provocó cambios muy profundos, tanto en las sociedades como en el sistema político.


En primer lugar, deslegitimó a las viejas oligarquías y a las derechas, y a buena parte de las fuerzas que apoyaban a los Estados Unidos. Aunque los cambios no fueron inmediatos, las bases sobre las que gobernaron aquellas oligarquías fueron erosionadas por la irrupción de las nuevas generaciones de jóvenes.


En segundo lugar, la irrupción de nuevos sujetos colectivos, entre los que destacan mujeres, indígenas, afros y jóvenes, comenzó un largo cuestionamiento del patriarcado y de las relaciones coloniales de poder. Como destaca el sociólogo Immanuel Wallerstein, después de 1968 "los 'pueblos olvidados' empezaron a organizarse como movimientos sociales y también como movimientos intelectuales".


La tercera cuestión son los cambios culturales generados a partir de la década de 1960, que pueden sintetizarse en una menor legitimación del imperialismo, del autoritarismo y de todas las formas de dominación, en un amplio espectro que va desde la familia y la escuela hasta los lugares de trabajo y las instituciones.


Aún estamos viviendo, o sufriendo, si se prefiere, las consecuencias de 1968. En adelante nada volvió a ser igual. Los poderosos tuvieron más dificultades para imponer su voluntad; los dominados tienden a salir de ese lugar. El mundo, para bien o para mal, es un lugar menos estable y más caótico; pero los cambios se han convertido en norma en nuestras sociedades.

 

Libro relacionado:

Los desbordes desde abajo. 1968 en América Latina

Raúl Zibechi

 

 

Publicado enInternacional
Jueves, 26 Abril 2018 10:47

Una nueva generación de movimientos*

Una nueva generación de movimientos*

A cincuenta años del levantamiento conocido como Mayo de 1968, una revisión de los movimientos sociales nacidos en Latinoamérica, inmediatamente antes, en medio de tales jornadas o pocos años después de las mismas, nos permiten constatar que la acción mancomunada de miles de miles en toda nuestra región es el factor fundamental para enfrentar con éxito, y en algunos casos superar, el empobrecimiento inducido por las políticas en boga en los países dirigidos por las oligarquías de siempre. El paso del individualismo a lo colectivo, y de la indiferencia a la solidaridad en acción, son factores fundamentales para enfrentar el llamado “destino manifiesto”. Aquí, en los apartes transcritos del libro Los desbordes desde abajo. 1968 en América Latina, de Raúl Zibechi, novedad de Ediciones Desde Abajo, encontramos lecciones tejidas por miles de manos, las mismas que diseñan las puntadas a tejer en pro de otra sociedad posible.

 

La camada de movimientos que nacen en el proceso en torno a la revolución de 1968, pueden agruparse en tres sectores sociales: campesinos, indígenas y sectores populares de las periferias urbanas. Entre los primeros, además de la Anuc colombiana, deben incluirse el MST de Brasil tanto por la masividad del movimiento como por la realización de una vasta reforma agraria desde abajo. Movimientos campesinos importantes existen en Perú, donde las rondas campesinas tienen una historia y un presente muy destacado en la resistencia a la minera a cielo abierto; en Colombia, donde los agrarios desde 2013 enseñan la potencia que mantiene el campesinado pese a cinco décadas de guerra; y en Paraguay, donde son los principales protagonistas sociales desde la rearticulación del Movimiento Campesino Paraguayo (MCP) en 1980.

Entre los indígenas, creo necesario destacar los procesos organizativos en Ecuador, donde la Conaie ha sido capaz de aglutinar movimientos de la sierra, la selva y la costa; en Bolivia, con un fuerte protagonismo de cocaleros y de aymaras urbanos; en Colombia, donde los nasa y misak del Cauca están en la primera línea de las resistencias y las alternativas; en Chile, donde el pueblo mapuche sostiene un proyecto de sociedad diferente de larga duración; y en Guatemala, donde los pueblos mayas resisten el modelo extractivo en condiciones muy adversas. El zapatismo, como he mencionado, merece un trato aparte.

En cuanto a las periferias urbanas, México, Perú y Argentina son los escenarios privilegiados, ya que Chile vivió una completa contra-reforma urbana con la dictadura de Augusto Pinochet. En todo caso, las ciudades también son centro de cambios que tienen a los migrantes indígenas y a los campesinos como las puntas de lanza de la construcción de mundos nuevos.

+ He optado por mencionar sólo un movimiento por país, aunque en el caso de México deberían mencionarse dos. Las FLN no deben ser consideradas como una guerrilla clásica porque, si bien realizaban acciones armadas, se distancian claramente del vanguardismo, rechazan el protagonismo del grupo de militantes para dedicarse de lleno a impulsar la organización de los pueblos. Por eso rechazan la lógica de hacer secuestros, asaltos y acciones espectaculares y no trabajan para imponer las ideas propias sino para “escuchar, aprender, convencer, crecer” con el objetivo de construir “el calendario de abajo” (1). Las FLN se esforzaron en la formación de “aprendices aplicados” en vez de dirigentes, una cultura política que ha ido a contracorriente de las vanguardias armadas latinoamericanas y que explica el éxito que han tenido en la organización de pueblos en Chiapas.

En cuanto al movimiento popular urbano, creo necesario destacar las ocupaciones masivas en Monterrey desde 1971, estrechamente vinculadas al movimiento estudiantil de 1968. Ese año nacen las colonias Mártires de San Cosme y Mártires de Tlatelolco, y al año siguiente la colonia Genaro Vázquez Rojas, apenas unos días después del asesinato del líder guerrillero por el ejército. En 1973 se funda la colonia Tierra y Libertad con apoyo de los estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Se trata de una nueva generación de militantes que rechazan el estilo de trabajo clientelar y autoritario del partido de Estado PRI.

Entre 1973 y 1980 se fundan 40 colonias en Monterrey que crean órganos de poder y autodefensa de la comunidad. Las colonias tienen un patrón común: la asamblea como órgano máximo de decisión, elección de delegados de manzana rotativos, administración de justicia propia, cooperativas de producción, comercio y transporte, construcción de la escuela primaria administrada por la comunidad, así como los servicios de agua, electricidad y drenaje. Fue el mayor y más pujante movimiento urbano de América Latina y llegó a contar con 100 mil ocupantes (2). Como luego veremos, este patrón de ocupación del espacio y de auto-organización se repite en todas las periferias urbanas del continente, sin que haya contacto directo entre las diversas experiencias.

+ En Colombia la organización del campesinado en la Anuc condujo a la creación de la primera organización indígena, el Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric) en 1971. Fue parte del proceso de lucha contra la terrajería3, iniciado en la década de 1960, de recuperación de tierras y ampliación de los resguardos (territorios propios) y de las autoridades que los gobiernan, denominadas cabildos. El Cric incluye 115 cabildos reconocidos y once agrupaciones de cabildos, donde llevan adelante sus propios proyectos de salud, educación, programas para jóvenes y mujeres.

En los resguardos funcionan escuelas bilingües y se forman docentes en las escuelas comunitarias, así como promotoras de salud. En el terreno económico cuentan con empresas y tiendas comunitarias. Levantaron un proyecto jurídico alrededor de la “justicia propia”, un Centro de Educación, Capacitación e Investigación (Cecidic) y la Universidad Autónoma Indígena Intercultural, para la formación de jóvenes en la cosmovisión indígena.

Una de las creaciones más notables del movimiento es la Guardia Indígena, para la protección de las comunidades de enemigos externos y para mantener el orden interno. La guardia depende de la autoridad del cabildo y de la comunidad, que establecen reglas de control y hacen la selección de las personas con base en las propuestas de cada vereda. El servicio de guardia es por uno o dos años, y es rotativo ya que todos los comuneros deben prestar este servicio.

Cada vereda elige en asamblea diez guardias y un coordinador; luego se elige un coordinador por resguardo y otro para toda la región. En la zona del Norte del Cauca hay alrededor de 3.500 guardias correspondientes a los 18 cabildos, integrados básicamente por jóvenes y mujeres de 12 hasta 50 años. Con los años, el Cric se convirtió en la principal referencia política, en particular desde la Minga de 2008 (marcha a pie desde el Cauca hasta Bogotá).

+ El MST de Brasil es el movimiento campesino más importante del continente y probablemente del mundo. Han recuperado 25 millones de hectáreas, donde crearon 5.000 asentamientos habitados por dos millones de personas. En su creación jugaron un papel decisivo la Comisión Pastoral de la Tierra, las comunidades eclesiales de base y la teología de la liberación. Retoma la historia de las Ligas Campesinas desarticuladas por el golpe de Estado de 1964 y organiza a los pequeños campesinos perjudicados por la modernización y mecanización de los cultivos en el marco de la revolución verde.

La primera ocupación de esta nueva etapa que conduce a la formación del MST, la realizan 110 familias la noche del 6 de setiembre de 1979, al ingresar a la hacienda Macali, en Rio Grande del Sur. Formalmente, el MST nace en 1984 luego de varios encuentros regionales de asentados, acampados y colectivos en proceso de organización, en medio de una fuerte movilización nacional contra la dictadura miliar (1964-1985). En poco más de dos décadas, las 350.000 familias asentadas ligadas al MST contaban con 1.900 asociaciones de producción, comercialización y servicios, 100 cooperativas de producción agropecuaria, cooperativas regionales de crédito y comercio, y 100 agroindustrias (4).

El aspecto más notable del movimiento es el trabajo educativo que los llevó a poner en pie 2.000 escuelas en los asentamientos, a las que acuden 200 mil niños y niñas, donde se alfabetizaron 50.000 adultos. Además el movimiento auspicia cien cursos en acuerdo con universidades del país donde estudian dos mil sin tierra. Además cuenta con la Escuela Florestán Fernandes, espacio de formación de militantes de toda América Latina. El MST ha desarrollado una pedagogía de la tierra, que considera al “movimiento social como principio educativo”, lo que supone desbordar el rol tradicional de la escuela y del docente, bajo el principio de “transformarse transformando” (5). Se trata de una propuesta emancipatoria en la que deja de haber un espacio educativo especializado, para que todos los espacios, todas las acciones y todas las personas, se conviertan en espacio-tiempos y sujetos pedagógicos.

 

 

+ La masiva ocupación de Lima por los migrantes andinos es un hecho sin precedentes por su magnitud. La toma de predios urbanos es la contracara de la lucha por la reforma agraria en el campo. Los tres mapas adjuntos representan la ciudad en 1957, en 1981 y en 2004. Lima pasó de 1,2 millones de habitantes en 1957, con un 9,5 por ciento de la población viviendo en barriadas, a 4,5 millones con el 32 por ciento en barriadas en 1981. Para 2002, los islotes que conformaban las barriadas se han convertido en tres grandes “conos” que incluyen al 60 por ciento de la población de la ciudad.

Lo que sucedió fue un fenomenal “desborde popular”, término acuñado por el antropólogo peruano José Matos Mar, que se convirtió pronto en “inundación” (6). Los millones de migrantes no tuvieron otro camino que tomar la solución de sus problemas en sus manos y se organizaron para eso. En su opinión, los migrantes tienen una actitud contestataria, practican otra economía que el sistema denomina “informal” y desarrollan estructuras paralelas a partir de una cultura diferente a la de las elites limeñas.

Ausente la autoridad y bloqueados los canales institucionales, las masas generan bolsones semiautónomos de poder, basados en patrones asimétricos de reciprocidad rural adaptados a la situación urbana. Prescinden del Estado y se oponen a él. Este se ve gradualmente obligado a oscilar, de manera arbitraria, entre resignarse a un papel nominal a responder con una descontrolada reacción represiva (7) (énfasis míos).

La ocupación por miles de familias de un arenal desierto en la periferia sur de Lima, en abril de 1971, es el caso más emblemático de este desborde. El barrio fue bautizado por sus pobladores como Villa El Salvador y con los años se convirtió en un distrito de la ciudad con 350.000 habitantes. Al principio no había partidos y todo se construyó con base al principio andino de reciprocidad y minga o trabajo colectivo. De ese modo lo construyeron todo: las viviendas, las calles, los servicios de agua, luz, educación y salud; montaron mercados, espacios productivos y servicios de transporte.

La organización también fue novedosa: “El embrión de una nueva organización urbana, única en la historia del país, fue la asamblea de manzana” (8). Cada manzana contaba con secretarios de salud, educación, producción, comercialización y vigilancia, alcanzando niveles de autogestión que sólo se conocían en las zonas rurales. En contra de la tesis del gobierno militar “progresista” de la época y de los partidos de izquierda que lo apoyaban, que proponían crear una cooperativa, la primera convención de la ocupación, celebrada en julio de 1973, decide nombrarse Comunidad Urbana Autogestionaria de Villa El Salvador (Cuaves).

La organización administraba en los primeros años los grifos comunales de agua, la caja y la ferretería comunal, las empresas comunales de confecciones, de bloques, carpintería y la farmacia. La Cuaves tuvo un plan para que los ocupantes construyeran sus casas, crearan fuentes de trabajo, no perdieran su dinero en el comercio capitalista, se prestaran dinero con intereses muy bajos, dirigieran sus empresas y asambleas y, de ese modo, socializaran el poder. Años después, el antropólogo Rodrigo Montoya reflexiona con amargura lo que fue el derrotero de la mayoría de las experiencias nacidas al influjo de la revolución de 1968:

Se trataba de ir contra el viento, de navegar río arriba. A unos pocos socialistas imaginativos y libertarios nos interesaba este proyecto. A los comunistas pro soviéticos y maoístas les interesaba capturar las direcciones de las organizaciones populares, de los sindicatos, sustituir a los dirigentes de base por los cuadros militantes de sus partidos. Para ellos toda la lucha se centraba en la conquista, captura y uso del poder político (9).

+ De la derrota y dispersión de la clase obrera de Argentina nació una ronda de mujeres que reclamaban por la aparición de sus hijos e hijas. Madres de Plaza de Mayo nace en abril de 1977, desafiando el terror militar en la calle, denunciando, exigiendo. Madres es un grupo relativamente pequeño pero su influencia ha sido notable. Es un viraje profundo en la historia de los movimientos antisistémicos de América Latina y del mundo. Es una comunidad de mujeres-madres con una profunda relación político-afectiva; son autónomas del Estado y de los partidos políticos; ocupan el espacio público de forma permanente, cuyo aspecto más visible son las rondas de los jueves en la Plaza de Mayo. No buscan crecer ni “acumular fuerzas”, como la izquierda clásica, porque el concepto de crecimiento es interior, de autoestima, y de legitimidad ante los demás (10).

Madres fue un ejemplo para varias generaciones: de decisión y firmeza, de entrega a una causa, de coherencia, de no claudicar ni venderse. Por el espacio de Madres pasaron miles de jóvenes, y no tan jóvenes, que luego jugarían un papel importante en las luchas sociales, en particular en el ciclo de luchas del movimiento de desocupados, o piquetero, que culmina con el levantamiento del 19 y 20 de diciembre de 2001. Tuvieron un papel decisivo, aunque indirecto, en el nacimiento de Hijos (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), que nace a mediados de la década de 1990 formado por hijos de desaparecidos.

Una de las enseñanzas más notables de Madres, que educa a varias generaciones de movimientos, es que no importan cuántas personas participan sino la intensidad de las acciones. Hay muchos ejemplos, pero el más notables es el de Olga Márquez de Arédez, cuyo esposo Luis fue desaparecido en Ledesma (hoy General San Martín), una pequeña ciudad de Jujuy y feudo de la familia oligárquica Blaquier, una de las más ricas y poderosas del país y propietaria de un ingenio de azúcar. Durante años Olga daba vueltas a la plaza de Ledesma, con su pañuelo blanco y la foto de su esposo, sola ante la indiferencia de los vecinos que, con los años, se fueron sumando a la demanda de aparición con vida de los cientos de desaparecidos por los militares en connivencia con los dueños del ingenio.

En Argentina existen muchos colectivos que aún siendo muy pequeños, se enfrentan a poderosas multinacionales mineras y soyeras. Las decenas de agrupaciones que se coordinan en la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), las que se agrupan en la campaña Paren de Fumigarnos, las Madres de Ituzaingó (Córdoba) que luchan contra la contaminación por glifosato y los vecinos de Malvinas Argentinas, que paralizaron una gran planta de Monsanto (también en Córdoba), son pequeños colectivos que siguen la huella de Madres. Entre muchísimos otros. En 2016 comenzaron a organizarse los Hijos e Hijas de Genocidas, quienes denuncian y repudian a sus padres en una experiencia única en el mundo.

+ En junio de 1972 nace Ecuarunari (siglas de “Ecuador Runakunapak Rikcharimuy”, Movimiento de los Indígenas del Ecuador), agrupando a los quichuas de la sierra ecuatoriana, como síntesis de un proceso que comienza en la década de 1960 impulsado por sectores progresistas de la iglesia católica y por la frustración que generó la tibia reforma agraria impulsada por el gobierno militar en 1964, que no benefició a los indígenas. Los problemas que enfrentan los quichuas de la sierra son similares a los de toda la región andina: una educación extraña en la lengua del colonizador; pérdida de autonomía de las comunidades al obligarlas a elegir cabildos que sustituyen a las autoridades tradicionales; necesidad de más tierras ante el crecimiento demográfico, lo que agudiza la pobreza, entre otras.

El trasfondo de la creación de la primera gran organización indígena ecuatoriana, que culmina con la creación de la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador) en 1980, es la intensificación de la lucha por la tierra en la década de 1960. Las tomas de grandes haciendas fueron frecuentes y las movilizaciones contra terratenientes y militares cada vez más masivas. En 1962 comuneros quichuas de las provincias de Cotopaxi, Tungurahua y Chimborazo (la zona más caliente en la lucha agraria), atacan a los miembros de la Misión Andina y a los funcionarios del Censo Agropecuario para impedir la encuesta (11).

En 1968 se ocupan haciendas en Loja con un saldo de 8 indígenas muertos, en 1970 se levanta la comuna Iltus en Chimborazo y en 1971 se sublevan en Guano, Cubijíes y Guamote (12). Los terratenientes responden creando “escuadrones de la muerte” para frenar las ocupaciones de haciendas, apoyados por los militares. En junio de 1972 unos 200 delegados de cooperativas, cabildos y organizaciones campesinas crean la Ecuarunari en la comuna Tepeyac en Chimborazo, que se define como una organización indígena aunque en ese momento no toman distancia de la iglesia como quería una parte de los dirigentes (13).

En los años siguientes, como sucedió en muchas organizaciones, se agudizan las diferencias entre asesores externos y dirigentes, que abren un largo período de crisis política e ideológica. Recién en 1979 con el V Congreso, Ecuarunari establece un rumbo claro y define que “el problema indígena tiene una doble dimensión: la étnica y la de clase”, y concreta una alianza con el movimiento obrero (14). En ese período y con el retorno de la democracia formal se multiplican las organizaciones populares e indígenas. En 1980 las organizaciones de la sierra, la costa y la selva crean la Conaie.

Aunque la propuesta de luchar por un Estado Plurinacional no estuvo presente en la creación de la Conaie, el levantamiento del Inti Raymi, en mayo y junio de 1990, que coloca al movimiento indio en el centro del escenario político, la convierte en la demanda más importante y en el núcleo de su estrategia.

Entre 1980 y 1990 el movimiento indio incorpora algunos cambios notables: de definirse como “etnias” pasan a hacerlo como “nacionalidades indígenas”, en gran medida por la necesidad de los pueblos amazónicos de definir y defender sus espacios relativamente homogéneos ante la presión colonizadora; incorporan la idea de “territorio” como el espacio necesario para el desarrollo de su cultura; y formulan la propuesta de plurinacionalidad y, en concreto, de Estado Plurinacional15. Luis Macas, el principal dirigente del levantamiento de 1990, explica los objetivos de esa definición:

El derecho que demandamos a la autodeterminación, consiste en crear un régimen (autogobierno) que nos permita tener competencia legal sobre la administración de los asuntos internos de nuestras comunidades, en el marco del Estado nacional […] Los indígenas luchamos porque nuestra propuesta de Estado Plurinacional cree una sociedad nueva, con un nuevo modelo de Estado, y que se constituya en una auténtica nación, donde estemos representados todos (16).

En los años siguientes la Conaie apoya la creación de una organización para incursionar en el terreno electoral, el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik, que es el corolario del proceso para reformar el Estado que implícitamente defiende la propuesta de un Estado Plurinacional. Se convierte así en una de las referencias principales, junto a los movimientos bolivianos aliados del MAS, de esta corriente que busca la “refundación del Estado” a través de negociaciones con los gobiernos o mediante el acceso al aparato estatal a través de elecciones.

A mi modo de ver, la Conaie y la Ecuarunari se dotaron de una estructura organizativa y de una cultura política casi idéntica a la que presentan los viejos movimientos antisistémicos, en particular el sindicalismo. Consumen demasiadas energías en las cuestiones internas vinculadas a la lucha por cargos y a tareas burocráticas, mantienen una relación muy cercana con el Estado y dependen de las agendas impuestas por las instituciones. Después de la participación de sus principales dirigentes en cargos ministeriales durante el gobierno de Lucio Gutiérrez, “predomina el sentimiento de que el movimiento se extravió en los juegos en la cima del poder”, lo que se tradujo en “desconcierto, divisiones internas y en la indiferencia de gran parte de sus bases” (17).

+ Emitido en Bolivia, el Manifiesto de Tiwanaku (1973) es un documento central en el pensamiento indígena del continente, aunque es muy poco conocido fuera de ese país. Lo firman cuatro organizaciones integradas principalmente por aymaras de La Paz: el Centro de Coordinación y Promoción Campesina Mink’a, Centro Campesino Túpac Katari, la Asociación de Estudiantes Campesinos de Bolivia y la Asociación Nacional de Profesores Campesinos. El documento es una reflexión sobre los impactos de la revolución de 1952 y la reforma agraria, elaborado por la generación de pensadores formados en ese proceso. Según el historiador aymara Roberto Choque, “el Manifiesto es parte fundamental del proceso de descolonización” (18).

La revolución de 1952 promovió una reforma agraria que se apoyó en la creación de sindicatos agrarios verticales (20.000 sindicatos con medio millón de afiliados) que se superpuso a la organización comunitaria tradicional, lo que hizo que la cuestión étnica fuera eclipsada por la de clase (19). La subordinación del campesinado al Estado pos 1952, se plasmó en el pacto militar-campesino rubricado en 1966. La masiva migración aymara a las ciudades en la década de 1970 (la mitad de la población de La Paz es aymara), facilitó el acceso a la educación media y superior, algo que nunca antes había sucedido de forma masiva.

A mediados de la década de 1960 un grupo de jóvenes crean el Movimiento 15 de Noviembre (fecha del asesinato de Túpac Katari), en 1968 se forma el Muja (Movimiento Universitario Julián Apaza) (20), en 1969 el Centro Mink’a y en 1971 el Centro Campesino Túpac Katari, todos ellos integrados por aymaras residentes en La Paz que mantienen relaciones fluidas con sus comunidades. La estrecha relación entre esta generación producto de la reforma agraria y los sindicalistas de base del altiplano, se concreta en la erección el 15 de noviembre de 1970, de un monumento a Túpac Katari en Ayo-Ayo, pueblo donde fue descuartizado (21). En este período nace un nuevo liderazgo campesino y una nueva intelectualidad india urbana expresada en lo que hoy conocemos como katarismo, que tiene una primera expresión en el Manifiesto de Tiwanaku.

El katarismo se extiende rápidamente por el altiplano, hasta conquistar la mayoría en la central campesina en 1979, apenas seis años después de la publicación del Manifiesto. No fue sencillo nuestralizar la influencia de un Estado legitimado por nacionalizaciones y reformas profundas. El pacto militar-campesino se rompió con la “masacre del valle”, en 1974, cuando el régimen de Bánzer atacó con artillería y aviación un bloqueo de 20.000 campesinos en Cochabamba, con un saldo de por lo menos 80 muertos. La dictadura militar “despojó al campesinado cochabambino de estas nuevas utopías generadas por la revolución de 1952, y quebró el sustento ideológico de la subordinación campesina al Estado” (22).

El sindicalismo agrario fue minado por dentro, desde las comunidades indígenas-campesinas. La hegemonía ideológica del katarismo se traduce pronto en mayorías en las organizaciones provinciales y nacionales, hasta que en 1979 la COB (Central Obrera Boliviana) convoca un congreso en el que se funda la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb). Se produce lo que Silvia Rivera denomina como “indianización del sindicalismo obrero”, cuyos dirigentes son obligados a hablar en aymara en los congresos y concentraciones. Actitudes que forman parte del proceso de “descolonización” del cual el Manifiesto de Tiwanaku es una pieza central.

Combinando su análisis sobre las relaciones entre la memoria larga y la corta, Rivera sintetiza lo sucedido en el altiplano:

El surgimiento y consolidación del movimiento, en sus dimensiones cultural, política y sindical, no se explicaría sin el influjo de las percepciones del aymara urbano, que aporta una visión más sistemática de un largo pasado indio, y elabora ideología en base a las frustraciones de su experiencia urbana. De otro lado, el arraigo rural del katarismo y su capacidad de minar por dentro las estructuras del sindicalismo paraestatal no hubieran sido posibles sin la incorporación y elaboración de la memoria de 1952 (23).


En adelante el campesinado será un actor fundamental en las luchas y el katarismo –dividido en varias corrientes cuando se vuelve fuerza mayoritaria– se convierte en una corriente cultural que domina la política boliviana hasta el día de hoy. Fruto de la impronta del katarismo, se crea la Federación Nacional de Mujeres Campesinas-Bartolina Sisa (24), en 1980. Es una organización única en América Latina, que nace por presión de las bases que en diversos congresos campesinos, sobre todo en La Paz en 1977, expresan su voluntad de organizarse (25).

Las mujeres jugaron un papel muy destacado en los bloqueos y marchas en las décadas de 1990 y 2000, así como en el levantamiento de octubre de 2003 que derribó al gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Lozada. Siempre vinculadas a la Csutcb pero con una presencia propia y masiva en todas las coyunturas decisivas. La estructura de las Bartolinas es, sin embargo, jerárquica, ya que reproduce exactamente la jerarquía sindical de la organización campesina, lo que puede traducirse en una reproducción parcial del patriarcado.

+ Podrían citarse otras experiencias del mismo período, como la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (Fucvam), nacida en 1970, que tiene el enorme valor de recoger y sistematizar una tradición de la cultura popular (como la ayuda mutua o gauchada (26)) y convertirla en el eje del movimiento. En el mismo sentido, la creación del Movimiento Campesino Paraguayo (MCP) en 1980, supone la rearticulación de las Ligas Agrarias dispersadas por la represión del régimen de Stroessner. Aunque se ramifican en varias organizaciones, el movimiento campesino es el principal sujeto colectivo y el movimiento más dinámico, durante más de tres décadas. Los principales sucesos políticos del país siguen pautados por la dinámica campesina.

El 15 de octubre de 1999, coincidiendo con el Día Mundial de la Mujer Rural, nace en Asunción la Coordinadora Nacional de Mujeres Campesinas e Indígenas (Conamuri), que está presente en todo el país y cuenta con más de cien comités de mujeres de diversas organizaciones y comunidades.

También deben ser mencionados los movimientos centroamericanos, en particular los de Guatemala. Hacia comienzos de la década de 1970 grupos de campesinos y sacerdotes católicos trabajan juntos en alfabetización y en derechos humanos. El Comité de Unidad Campesina (CUC) se crea en 1978 en Chimaltenango, pero dio sus primeros pasos de 1972, siendo “la primera organización nacional de Guatemala donde hombre y mujeres indígenas y ladinos pobres caminamos juntos”27. Meses después se produjo la masacre de Panzós, donde el ejército asesinó a cien campesinos que protestaban por las condiciones de trabajo. En esos años más de 70 mil campesinos fueron obligados a vivir en “aldeas modelo” que eran cárceles controladas por los militares y 440 aldeas campesinas fueron arrasadas.

En 1980 el CUC ocupa junto a otros grupos la embajada de España para llamar la atención al mundo acerca de los crímenes que cometía la dictadura militar. La policía invadió la embajada y asesinó a 38 campesinos, sindicalistas y activistas solidarios incendiándolos con fósforo blanco. Ese año el CUC impulsó la huelga más grande de la historia de Guatemala, en la que 80.000 campesinos y trabajadores agrícolas tomaron y paralizaron durante una semana los principales ingenios azucareros de la Costa Sur logrando un importante aumento salarial.

***

Los rasgos comunes de esta nueva generación de movimientos pueden sintetizarse, por un lado, en el tránsito de la asociación a la comunidad; del individuo como núcleo de los partidos, sindicatos y guerrillas, a la familia como centro de las nuevas organizaciones. Por lo tanto, el papel de las mujeres cambia radicalmente en esta etapa. La diferencia entre movimientos basados en individuos y movimientos de familias o de pueblos, parecen obvias y tienen repercusiones hondas en el carácter de los mismos.

En paralelo, observamos la superación de las estrategias de los viejos movimientos antisistémicos. No se trata, inicialmente, de una ruptura radical y completa, sino de inflexiones hacia nuevos modos, como hemos observado en casi todas las ocupaciones urbanas donde los pobladores dedican esfuerzos a construir no sólo sus viviendas sino los equipamientos colectivos que los Estados no les ofrecían. Lo fundamental, empero, es que los nuevos rumbos no fueron decididos como consecuencia de un debate entre dirigentes que definan nuevas estrategias sino, por lo menos en las etapas iniciales, por el imperio de la necesidad.

La incapacidad de los Estados y del capital para resolver los problemas de los sectores populares, fue lo que los llevó a ocupar tierras y construir en ellas los servicios que necesitaban para poder vivir. Con el tiempo, esta actitud fue reflexionada, pasando de las iniciativas para la sobrevivencia (como las ollas populares) a la formulación de una economía popular; de la tierra al territorio; de la autonomía defensiva a la autonomía como estrategia.

 

* Apartes del libro: Los desbordes de desde abajo. 1968 en América Latina, Capítulo 3, Ediciones desdeabajo, abril 2018.

1 Marcos, subcomandante insurgente (2006) “palabras en la casa Museo del Doctor Margil A.C.”, en Contrahistorias Nº20, México, pp.43-48.

2 Castells, Manuel (1986), La ciudad y las masas, Alianza Madrid, pp. 274-279. Moctezuma Barragán, Pedro (1999) Despertares. Comunidad y organización urbano popular en México 1970-1994, Universidad Iberoamericana, México, pp. 71-73.

3 Renta que se pagaba al patrón trabajando gratuitamente a cambio de un terreno concedido por el hacendado.

4 Morisawa, Mitsue, GLoria (2003), A história da luta pela terra e o MST, Expressão Popular, São Paulo p. 67 y MST.

5 Salete Caldart, Roseli (2000), Pedagogia do Movimento Sem Terra, Vozes, Petrópolis, p. 204.

6 Matos Mar, José (2004) Desborde popular y crisis del Estado, Congreso del Perú, Lima (edición original, 1984).

7 Montoya Rojas, Rodrigo (2010), Porvenir de la cultura quechua en Perú, CAOI/Conacami/PDTG/UNMSM, Lima, p. 26.

8 Ibíd., pp. 38-39.

9 Zibechi, Raúl (2003) Genealogía de la revuelta, Letras Libres, Buenos Aires.

10 Ibíd., p. 105.

11 Conaie (1989) Las nacionalidades indígenas en el Ecuador. Nuestro proceso organizativo, Tincui/Abya Yala, Quito.

12 Ibíd., p. 303.

13 Ibíd., p. 215.

14 Ibíd., p. 223.

15 Guerrero, Fernando y Ospina Pablo (2003), El poder de la comunidad: ajuste estructural y movimiento indígena en los Andes ecuatorianos, Clacso, Buenos Aires, pp. 177-192.

16 Macas, Luis (1991) “El levantamiento indígena visto por sus protagonistas”, en AAVV, Indios. Una reflexión sobre el levantamiento indígena de 1990, Ildis, Quito, pp. 25-26.

17 Le Bot, Yvon (2013) La gran revuelta indígena, Océano, México, p. 159.

18 Choque, Roberto (2010) “El Manifiesto de Tiwanaku y el inicio de la descolonización”, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, Vol. 4 Nº.11, La Paz, diciembre, p. 11.

19 Rivera Cusicanqui, Silvia (1983), Luchas campesinas contemporáneas en Bolivia: el movimiento katarista, 1970-1980, en Bolivia, hoy, Zavaleta. Mercado, René (comp.), Siglo XXI, México. Hurtado, Javier (1986), El Katarismo, Hisbol, La Paz.

20 Julián Apaza es el nombre de nacimiento de Túpac Katari.

21 Rivera Cusicanqui, Silvia (1983), Luchas campesinas contemporáneas en Bolivia: el movimiento katarista, 1970-1980, en Bolivia, hoy, Zavaleta. Mercado, René (comp.), Siglo XXI, México, p. 140.

22 Ibíd. p. 146.

23 Ibíd., p. 167.

24 Esposa de Túpac Katari.

25 García, Álvaro (2004) Sociología de los movimientos sociales en Bolivia, Diakonía/Oxfam, La Paz.

26 De gaucho, campesino de las llanuras del Cono Sur. 27 CUC-Comité de Unidad Campesina (2007) “Lucha, resistencia e historia”, Rukemik Na’ojil, Guatemala, p. 25.

La agonía del proceso de paz colombiano

Ni la guerra ni la coca, ni las armas desaparecieron con el acuerdo de paz

En los rincones empobrecidos de Colombia, como Catatumbo, Tumaco y Chocó, las balas retumban y las amenazas de los hombres alzados en armas –ex paras, disidencias de la guerrilla y nuevos paras– causan terror y muerte.

Campesinos que huyen, cadáveres de líderes, cartas de amenazas, periodistas baleados, paramilitar armado, ex paras extraditados y el líder rebelde Jesús Santrich aguantando sus últimos alientos en la Cárcel La Picota. La Colombia de esta semana no es una en paz como prometían los acuerdos. Los escándalos por la corrupción en el manejo de los dineros de la paz se atenúan con las escenas de sangre, terror y narcotráfico que recuerdan que ni la guerra, ni la coca, ni las armas, han desaparecido en un país a punto de elegir su próximo presidente. Como toda época de comicios, la violencia arrecia pero esta vez con una ex guerrilla de las FARC desarmada y uno de sus principales líderes tras las rejas, en huelga de hambre, y poniendo en agonía, además de sus órganos ya maltratados por huelgas similares en exigencia del cumplimiento de la amnistía y el Acuerdo de Paz, el futuro de la paz de Colombia. 

“Lo que pase con Jesús Santrich tendrá efectos no solo en la implementación inmediata del Acuerdo de Paz sino que definirá la historia próxima del país”, le dice a PáginaI12 Gustavo Gallardo, abogado de Seuxis Pausivas (Santrich) que no cesa de mandar mensajes desde su frío lugar de reclusión en el sur de Bogotá, a donde fue trasladado después de pasar los primeros días en el búnker de la Fiscalía donde la semana pasada una gran protesta que incomodó al Fiscal habría provocado el traslado al Pabellón de Alta Seguridad. En sus cartas a ex combatientes, al mismo Fiscal General, y a su familia, “Santrich” insiste en despedirse y dejar claro que ofrendará su vida ante el “fallido” proceso de paz en el cual se declara traicionado y víctima de un montaje de Estados Unidos y la derecha colombiana, interesada, dice, en no realizar la reforma rural, en no devolver la tierra robada a los campesinos, en continuar cultivando y exportando cocaína, en mantener el poder limitado para ellos, y en seguir acallando los movimientos sociales.


En los rincones empobrecidos de Colombia, como Catatumbo, Tumaco y Chocó, las balas retumban y las amenazas de los hombres alzados en armas –ex paras, bacrim, disidencias de la guerrilla, “elenos”, y nuevos paras– causan terror y muerte. Aún no se recuperan los cuerpos de los periodistas ecuatorianos asesinados por “Guacho” en la frontera con Ecuador, y la Mesa de Conversaciones con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) ya fue expulsada de ese país dilatando así el nuevo cese al fuego que aliviaría a los negros, indígenas y campesinos que padecen los fusiles en las ricas y exuberantes sábanas de Catatumbo, o en las montañas de Antioquia, o entre los ríos del Pacífico donde los criminales aprovechan los vacíos de las Farc. Mientras tanto, los ahora integrantes del partido político –ya desarmados, sin dinero tras devolver sus bienes al gobierno, y en muchos casos sin alimento– esperan con las últimas gotas de paciencia a que el Estado cumpla con las tierras, los proyectos productivos y sobretodo la seguridad jurídica pactada en el Acuerdo que se negoció en La Habana durante cuatro años y uno de cuyos principales artífices está hoy detenido presionando con su propia vida para que su caso sea traslado a la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) tal como reza el Tratado de Paz que fue avalado por el Congreso, depositado como acuerdo humanitario especial y le valió el Nobel de Paz al Presidente Juan Manuel Santos.


“Estamos agotando la paciencia. Por ahora, seguiremos las directrices del Partido, pero si no vemos garantías futuras, si el camarada Santrich no es puesto en la JEP como debe ser, no por capricho de nadie sino por cumplir lo que pactamos, y sino vemos seguridad para nosotros, tendremos que tomar decisiones”, expresó desde un Espacio Territorial de Reincoporación y Capacitación (ETCR) antes Zonas Veredales el ex comandante “Silfredo Mendoza” quien recuerda que los centenares de hombres y mujeres que componían su tropa y siguen en la Zona tiene hoy comida y actividades productivas, “es gracias al propio esfuerzo nuestro porque el gobierno no solo nos está incumpliendo con las tierras, se está robando el recurso que llega de otros países, sino que arma montajes para poner nuestros líderes en la cárcel”.


Entre tanto, los temblores por el revolcón en el negocio de la coca pusieron en un avión de la DEA al ex paramilitar Daniel Rendón Herrera “Don Mario” el día de ayer; mientras las ciudades se desangraron como en los años noventa por cuenta de las disputas narcos. En las comunas populares de Medellín las balas tronaron y acabaron con la vida de 9 personas entre el domingo y el lunes; y panfletos amenazantes en apartadas zonas cocaleras donde un nuevo grupo paramilitar advierte que pondrá “orden” a su estilo, también circularon en las calles de la capital antioqueña.


Al mismo tiempo, se descubre que las Fuerzas Militares están desviando dinero de sus compras de logística, y que los agentes de seguridad de líderes sociales están actuando, en algunos casos, como mulas de narcotráfico, mientras los candidatos a la presidencia prometen una cosa y otra para salvar esta patria que se sacude, como durante décadas, derramando la sangre de los más inocentes y llenando los bolsillos de políticos y militares que son noticia de la semana.

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Movimientos antisistémicos y cuestión indígena en América Latina. Una visión desde la larga duración histórica

Hablar hoy de los movimientos antisistémicos de América Latina, en estos primeos lustros del siglo XXI cronológico, es hablar de un conjunto de potentes y sólidos movimientos sociales que en las últimas dos décadas transcurridas, lograrán constituirse en actores sociales de primer orden, dentro del vasto conjunto de las naciones que hoy conforman al semicontinente de América Latina.

Las mil hormigas que hicieron huir al elefante

Un movimiento social renovador, Balai Citoyen, ha liderado la resistencia popular que ha marcado los últimos años de la historia de Burkina Faso.

Estamos en el año 4 d.R. (después de la revolución) en Burkina Faso. El día 31 de octubre de 2014, Blaise Compaoré presentaba su dimisión y huía a refugiarse en Costa de Marfil, forzado por un levantamiento popular que había llegado a tomar la Asamblea Nacional en Uagadugú. Dejaba tras de sí 27 años de un gobierno autocrático, un reguero de agravios, numerosas acusaciones de violaciones de los derechos humanos y, sobre todo, la sospecha de ser el responsable del asesinato en 1987 de Thomas Sankara, el revolucionario burkinés convertido en mito de la juventud de todo el continente.


A medio camino entre la profecía, la advertencia y el anhelo, ya lo había adelantado el cantante de reggae burkinés Sams’K le Jah. “¿No sabes que mil hormigas reunidas hacen huir al elefante?”, decía en “Si tu parles” (Si hablas). Sams’K le Jah es, junto al rapero Smockey, la cara más popular del movimiento Balai Citoyen (Escoba Ciudadana), que a su vez fue la punta de lanza de las movilizaciones que desembocaron en la caída de Blaise Compaoré. En su último intento por modificar la Constitución, por ajustársela como un traje a su medida, había lanzado una iniciativa para eliminar de la Carta Magna la limitación de mandatos. Esa fue la gota que colmó el vaso, el hecho que desencadenó las manifestaciones, la ira y, finalmente, la caída del dictador.


Sin embargo, el levantamiento del 30 de octubre de 2014 no fue ni una casualidad ni flor de un día. Más bien fue el resultado de que coincidiesen una serie de factores o, como dice Smockey, de “que se sincronizasen los relojes”. Coincidió el hartazgo de la población con la madurez de algunos movimientos sociales como Balai Citoyen, la pérdida del miedo con la sensibilización de los artistas comprometidos, los ecos de las primaveras árabes con la acumulación de atropellos del régimen, las huelgas y las protestas que habían debilitado la estructura del poder de Compaoré con el discurso a favor de la democracia y del control ciudadano de los agitadores culturales. “Los hijos de Thomas Sankara se habían hecho mayores”, sentencia Sams’k le Jah.


Durante los últimos años, el régimen autocrático de Blaise Compaoré había tenido que hacer frente a huelgas de estudiantes, que paralizaron el país en varias ocasiones. Pero también a movilizaciones, por ejemplo, de colectivos tan insospechados como algunos sectores del Ejército y de las fuerzas de seguridad, que ya habían lanzado advertencias y habían hecho tambalearse el poder.


En paralelo, los movimientos sociales como Balai Citoyen habían iniciado un trabajo de sensibilización a fuego lento y rebosante de creatividad. “Antes de la revolución llevábamos más de dos años haciendo actividades que ahora podemos llamar subversivas”, explica Smockey. “Hacíamos lo que llamábamos conciertos pedagógicos —comenta el rapero líder de Balai Citoyen—. Nosotros hacíamos el espectáculo, pero después planteábamos preguntas al público y charlábamos con ellos. Hacíamos proyecciones-debate, también sobre temas diversos con los que intentábamos alimentar el espíritu crítico. Gracias a eso pudimos tocar con los dedos la realidad de la ciudadanía, hacerles preguntas, comprender sus problemas”. Este contacto resulta fundamental en el movimiento porque, como señala Sams’k le Jah recurriendo a las enseñanzas de Sankara, “no se puede movilizar a la gente más que en torno a sus intereses”.


La ausencia de políticos al uso en el movimiento influyó en su capacidad para convencer y movilizar. “Hemos usado el instrumento de la música para la movilización. Había jóvenes que habían crecido con nosotros y confiaban. En mi caso, a través de la radio y, en el caso de Smockey, a través de su estudio y sus canciones, hemos conseguido ganarnos la confianza de los jóvenes. Así, cuando lanzamos el movimiento Balai Citoyen, pensaron: ‘Este es el movimiento que esperábamos’”, explica Sams’k le Jah


Su compañero Smockey es incluso más incisivo en esta cuestión: “Nosotros teníamos credibilidad por nuestra condición de artistas. El artista no es un mentiroso, no como los políticos. La gente está más dispuesta a escuchar lo que el artista le dice, y eso nos ha permitido difundir nuestro mensaje y plantar la semilla de la insurrección”.


Todos esos contactos generaron la sensación en los activistas de que se acercaba el momento, antes incluso del estallido de octubre de 2014. “En las actividades que desarrollábamos —explica Smockey— sentíamos que el fruto empezaba a madurar. Veíamos que había rabia y desesperanza en la base, sobre todo entre los jóvenes; pero ellos no confiaban en los partidos políticos y no sabíamos cuál era el lugar que nos reservaban a nosotros, la sociedad civil, con el riesgo de que nos colocasen en el mismo saco. Por eso intentamos seducir a estos colectivos con acciones de limpieza comunitaria, por ejemplo, que nos separaban de los partidos políticos y demostraban que no estábamos buscando puestos en las instituciones, sino que pretendíamos servir a la ciudadanía”.


Por su parte, su compañero Sams’k le Jah añade: “Desde el asesinato de Norbert Zongo [periodista muerto en 1998] ha habido otros intentos de acabar con el poder, pero habían sido, digamos, demasiado políticos. Nosotros estábamos preparados desde hace años. Había que esperar a que las condiciones estuviesen maduras”.


La sombra de Sankara


El proceso que llevó al levantamiento ciudadano en Burkina Faso en 2014 necesitaba un mito y, en este caso, el referente era inevitable: la figura de Thomas Sankara lo impregna todo. La figura del capitán revolucionario se había convertido en el estandarte del anticapitalismo, del antiimperialismo, de la lucha por la emancipación definitiva más allá del neocolonialismo y de un panafricanismo actualizado. Durante sus cuatro años en el poder, entre 1983 y 1987, combinó medidas y discursos: medidas de eliminación de los gastos superfluos del Estado con una tremenda carga simbólica, y discursos con un contenido épico solo a la altura de su coherencia.


Entre sus intervenciones destaca su comparecencia ante la Organización de la Unidad Africana en julio de 1987. Sankara se presentó en Addis Abeba reclamando la unión de los países africanos en el impago de una deuda ilegítima y en pro del bienestar de sus ciudadanos y ciudadanas. El líder burkinés advirtió de que si el resto de jefes de Estado africanos no lo secundaban no asistiría a la siguiente reunión. Y así fue. Tres meses después fue asesinado.


El martirio ha hecho más grande la figura de Sankara. Para la juventud de todo el continente era un símbolo, en parte ensombrecido por el Gobierno autocrático de Blaise Compaoré. Para los movimientos sociales burkineses ha sido siempre ejemplo y origen. “Sankara inició la dinámica de los pioneros en los institutos y los CDR [Comités de Defensa de la Revolución] en los barrios. Yo fui pionero. Cuando esos niños y adolescentes han tenido la madurez suficiente, se han dado las condiciones para esta revuelta, porque Sankara había sembrado la semilla”, explica Sams’k le Jah.


Su discurso está plagado de las enseñanzas del revolucionario asesinado, como la convicción de que “es mejor avanzar un paso con el pueblo que mil sin él”. Para este líder de Balai Citoyen, “Thomas Sankara es el general invisible” de la revolución burkinesa. Su compañero Smockey hace un complejo ejercicio de aritmética de los referentes del movimiento. “Somos un 70% Sankara, un 25% Zongo y un 5% de todos los demás: Nkrumah, Lumumba, Cabral...”.


Despertar conciencias


Sin embargo, los líderes de Balai Citoyen confiesan que no ha sido fácil llevar a cabo todo el trabajo previo de sensibilización. La figura de Sankara también ha sido reivindicada por otros sectores políticos, por lo que resultaba complicado recoger su legado y a la vez mantenerse al margen del juego de los partidos.


Desmarcarse de esa política institucional tan denostada en el país ha sido una de las obsesiones de un movimiento que es mucho más que una organización. “Es a fuerza de forjar que nos hemos convertidos en herreros —confiesa Smockey—; es decir, nosotros no éramos actores políticos, sino que nos hemos convertido por necesidad. Al principio, nos presentábamos como un movimiento apolítico, aunque no fuese del todo correcto. Si tú dices que eres político te relacionan con la conquista de las instituciones y la gente se distancia porque estaba harta de los políticos”, explica el rapero.


“Solo pasado el tiempo hemos empezado a decir que Balai Citoyen es un movimiento político, pero la diferencia entre nosotros y los partidos es que ellos quieren conquistar el poder y Balai Citoyen pone en marcha acciones políticas no para conquistar el poder, sino para ejercer un control ciudadano”, precisa Smockey.
Un futuro en construcción


Balai Citoyen pasa por ser la punta de lanza del levantamiento popular de 2014, pero la historia reciente de la movilización ciudadana en Burkina Faso no termina ahí. Menos de un año después, en septiembre de 2015, un grupo de militares de una unidad de élite del Ejército protagonizó un intento de golpe de Estado. Era la guardia presidencial, así que todo apunta a que la voluntad era restituir a Blaise Compaoré. De nuevo, los burkineses se echaron a la calle espoleados por los movimientos sociales, y la movilización fue clave para que los golpistas depusiesen su actitud y rehabilitasen al presidente de la transición, Michel Kafando. Dos meses después se celebraron elecciones presidenciales y legislativas con normalidad y transparencia.


La actividad de Balai Citoyen como “centinela de la democracia” no se detuvo ni con la caída de Blaise Compaoré ni con la resistencia al golpe de Estado, ni siquiera con la aparente recuperación de unas instituciones con buena salud democrática. “Nosotros seguimos siendo responsables de que se respete la voluntad del pueblo”, confiesa Smockey, y concreta el reto al que se enfrenta Balai Citoyen: “Aún buscamos la manera de crear el cambio social sin entrar en el juego de los partidos políticos, de influir en las instituciones que toman las decisiones sin ser un partido. Nuestro objetivo es suscitar una nueva forma de hacer política, aunque no tenemos la respuesta”.


En todo caso, los dos tienen clara la necesidad de un movimiento como el que impulsan porque el cambio de mentalidad todavía se está produciendo. “Nosotros estamos dispuestos a seguir asumiendo riesgos y a atrevernos a inventarnos el futuro, como nos dijo Sankara, aunque podamos cometer errores”, concluye Sams’k le Jah.


Hay una imagen simbólica que resume el sustrato de convicciones que da sentido a Balai Citoyen y la corriente de transformación social que representa. Cuando se hizo oficial la dimisión de Compaoré, después de que las manifestaciones en las calles hubiesen puesto contra las cuerdas a un régimen de más de 27 años, el movimiento llamó a sus militantes a seguir en las calles, pero en este caso para barrerlas, para ser protagonistas de la recuperación de la vida cívica.


La operación se repitió después de la resistencia al golpe. Smockey aporta su dosis de ironía también a este episodio. “Cuando cayó Blaise [Compaoré], a mí, como a todo el mundo, me hubiese gustado irme a las Galápagos a remojar los pies en el agua cristalina, pero teníamos que terminar el trabajo que habíamos empezado. Y la limpieza era el símbolo de ese trabajo terminado”.

 

Por Carlos Bajo
Wiriko

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