Viernes, 06 Abril 2018 11:34

Florecer en la tormenta

Florecer en la tormenta

En las manos del amo se encuentra lista la carta que amenaza, criminaliza, intimida y señala los nombres de hombres y mujeres que se encuentran en diferentes lugares del país, sus perros esperan órdenes. Se aproxima una tormenta.


Una mano empuña un arma, ya no pesa como la primera vez, ahora parece una extensión más de la misma; en el pecho ya no hay un corazón que palpita por la vida, todo es para la muerte; de la cabeza ya no se desprenden sueños ni alegrías, solo odio y resentimientos que no entiende, pues siempre recibe órdenes que debe cumplir; los ojos que ahora ven las direcciones y datos de aquellos hombres y mujeres, se encienden con el calor de la rabia y el rencor. Es una máquina, una bestia que tiene sed de sangre.


En pueblos y ciudades de Colombia continúa la sistemática criminalización y amenaza de líderes y lideresas comunitarios, campesinos, indígenas, afros, de barriadas populares, defensores de derechos humanos y sindicalistas; puede que ninguno sepa de la existencia del otro, puede que nunca se crucen en la calle, pero juntos hacen parte de aquellos que se empeñan en defender la dignidad y la vida. Las cifras indican que el genocidio va tomando de nuevo cuerpo. Desde el Estado solo llegan disculpas y medidas que no remedian lo estructural.


Juan Carlos Cardona, dirigente sindical del departamento de Risaralda, se convierte en otro de los cientos de miles de amenazados en Colombia. A la sede de la CUT de tal departamento llegó un sufragio con un panfleto y un proyectil de fusil; la amenaza, además de ser individual, demuestra un proceder que afectará a otras personas cercanas al sindicalista, pues el mensaje asevera que quienes hacen parte de sindicatos y de organizaciones de derechos humanos son guerrilleros que deben ser “exterminados”.


No hay tiempo para el silencio y para la insolidaridad, como tampoco lo hay para el aislamiento ni para el temor. Aunque parece que la tormenta avanza y oscurece todos los territorios del país, es necesario entrelazar las raíces; entender, encontrar y juntar los dolores de quienes viven las amenazas y se ven tan solos en medio de la oscuridad. Es el momento de germinar la solidaridad, de florecer juntos en medio de la tempestad.

Publicado enColombia
Una campaña de otro tipo “Entre locos nos encontramos”

Incertidumbre. Maletas grandes y carpas; presupuesto mínimo para transportes; un plan de viaje con destino al diverso sur del país y algunos contactos donde llegar. Eso fue lo necesario para que cinco personas del colectivo desdeabajo decidieran salir a visitar la Colombia profunda, esa de paisajes indescriptibles y atardeceres mágicos, de carreteras sin pavimento y trochas que conectan veredas y pueblos; de gentes trabajadoras con manos callosas y curtidas; de pies descalzos, fuertes y recios, que no se cansan de caminar y trabajar por la vida de los territorios.

 

Las intenciones del colectivo, al decidir este viaje, en primer lugar era aprender, escuchar, conocer y encontrarse con quienes viven y sienten el país desde otras lógicas y miradas. El viaje culminaría con la esperanza de que es urgente tejer pensamientos comunes para empezar a caminar una propuesta conjunta, un proceso colectivo que tiene el propósito de recuperar la esperanza y el ánimo para construir otro mundo que sí es posible.



Primera parada: ¿Pasto?... ¿más bien Palmira?

 

La ruta era clara, el camino diverso. A las 10 de la noche en la terminal de transporte de Bogotá no había buses para Nariño; los contactos en la ciudad de Pasto no contestaban los celulares y el colectivo tuvo que optar por cambiar su trayecto inicial. Eran las 9 de la mañana cuando la ciudad de Palmira se convirtió en la primera parada.

 

Una familia con los brazos abiertos recibió a las cinco personas que recién iniciaban su recorrido; abundante comida, alojamiento y abrazos de ánimo para continuar el viaje fueron los regalos que nos brindarnos. Por azares del destino, uno de los contactos con asiento en esta ciudad invitó a participar en una reunión en la vereda Calucé, donde diferentes personas estaban citadas, ante la llegada de un proyecto minero energético, para preparar un festival por la defensa del territorio y la vida.

 

En medio del diálogo desprevenido, y luego de escuchar sus problemas y las acciones que están construyendo para solucionarlos, desdeabajo presentó su propuesta, no para discutirla ahí, ni para tomar decisiones de inmediato, sino para comenzar a construirla y organizar en colectivo. La propuesta era simple, sencilla, apenas un impulso inicial para prender la tramoya de corazones que desean cambiar sus condiciones actuales de vida sin necesidad de promesas politiqueras.



Otra campaña en tiempos electorales

 

Sí, la propuesta es una campaña; una que no busca votos, no quiere puestos y no piensa poner a nadie en alguna instancia del Estado; una campaña que no llama a la abstención, pero tampoco al voto; una campaña que pretende discutir, más allá de cuál es el candidato o el partido, el modelo de democracia actualmente existente en Colombia, para lo cual su intención es propiciar espacios de encuentro y discusión asamblearios donde se siembren las raíces y las bases de un proceder social de nuevo tipo en el país, donde la democracia, más allá de la realmente existente, de la formal, germine en los territorios de la mano de las gentes, con ellas como los sujetos fundamentales a la hora de diseñar el qué hacer colectivo.

 

Es una propuesta autónoma y con dinámica propia, de ahí que no esté circunscrita ni determinada por la agenda y el tiempo electoral, tanto de la campaña presidencial en marcha, como la de alcaldes y gobernadores del 2019 o 2022 con la que saldrá seleccionado un nuevo Ejecutivo nacional. Tampoco es una iniciativa para que los ilustrados o mesías lleguen a indicar y decidir el rumbo para que los demás lo sigan, más bien es una apuesta de largo aliento con sus propios tiempos, ritmos y formas, más allá de las coyunturas determinadas por Estado; una campaña que en algún momento –más temprano que tarde– invierta la correlación de fuerzas de manera que el Estado quede obligado a responderle a las iniciativas nacidas desde los territorios de los marginados y excluidos. Es esta pues, una campaña que está floreciendo y que debe ser cuidada por cada persona, organización, colectivo, comunidad o pueblo, que se anime a impulsarla.


Del calor al frío

 

La vegetación cambió, los paisajes también, atrás quedaron los monocultivos de caña y comenzaron las gigantescas montañas del cóndor, la música también era diferente, sonidos andinos y algunas tecno-cumbias transformaban la salsa-choque y el reggaetón, el acento de las personas era tan diferente que quienes nunca habían estado en esa región se sorprendieron de inmediato. Siguiente parada: Ipiales.

 

En medio del viento congelado y el cansancio, las personas del colectivo desdeabajo se encontraron con un vocero de los pueblos indígenas de la zona, quien les habló de su experiencia organizativa como pueblo, de sus problemas territoriales, sus modos de regir el poder en los territorios, de la “cosmocracia”–concepto construido por las comunidades que articula la democracia con las estrellas, los astros y el cosmos–. Un diálogo corto pero que dejó aprendizajes concretos: la otra democracia ya está caminando, ya tiene formas reales; así mismo quedaron retos para el futuro, por concretar.

 

El tiempo de plumas y tambores

 

A las 10 de la noche los integrantes del colectivo llegaron a su tercera parada. Curva tras curva, una carretera que parecía más una serpiente, acercaba cada vez más el pueblo de Santiago, ubicado en el Valle de Sibundoy. Al llegar a la casa que les abriría las puertas por 3 noches, los sonidos de tambores y flautas les dan la bienvenida. El territorio estaba en tiempo de carnaval, en tiempo de Kalusturrinda.

 

Con carpa lista y espacio para descansar, el carnaval se convirtió en un viaje donde una única melodía era la que orientaba a todas las personas al son de la chicha, las armónicas, las flautas, los cascabeles y tambores. Allí el colectivo pudo vivir en carne propia una fiesta milenaria, una que quizás nació con la vida misma.

 

Entre plumas y colores los viajeros pudieron conocer a los indígenas Inga, escucharon sus dolores como pueblo, sus procesos organizativos; bailaron y rieron juntos, y se contaron historias hasta reconocerse. Al terminar el carnaval, desdeabajo tuvo la oportunidad de comentar su propuesta, de compartir su pensamiento. Caminar juntos es la tarea a consolidar, un reto que debe realizarse en un tiempo no muy lejano, pero sin apuros ni prisas, según el decir indígena.

 

Un encuentro para revivir la esperanza

 

De regreso a la ciudad de Pasto, un encuentro que no estaba previsto se propició. Una llamada a un desconocido abrió el camino para descubrir a un personaje con muchos más años que los sumados por quienes iban de Vuelta por Colombia. En el diálogo abierto pudieron escuchar historias de tiempos mejores donde la esperanza por una vida otra estaba agigantada, así mismo escuchamos que toda esa esperanza estaba comprimida y reducida.

 

Todo tiene su explicación, y esta realidad no es excepción: corrupción, burocracia, clientelismo, caudillismo, son algunos de los vicios que propiciaron que los proyectos que aireaban esperanza de una vida digna no florecieran. Escuchando aquella voz de la memoria, nos queda claro que para darle forma a otra democracia realmente diferente en el país, debemos construir un ejercicio radicalmente honesto, que entregue cuentas claras y no haga mal uso de lo público. Allí, luego de esa reunión, quedó sembrada una semilla que debe cuidarse y acompañarse para que enraíce y avance con una articulación real.
Un proyecto generacional

 

Eran las 4 de la mañana cuando los cinco amigos llegaron a Popayán, a la nueva casa que los alojaría por un día. A las 8 de la mañana ya se encontraban en conversaciones fraternas con un profesor de primaria, que labora en un colegio ubicado de un sector popular de la ciudad; entre gritos de niños y niñas, la conversación fue dándose tranquilamente, sin afanes, apenas era el primer encuentro.

 

La discusión sobre la democracia, entre comunidades concretas, surgió como una necesidad, previa a un proceso de educación y formación que plantee discusiones individuales como colectivas. Gestar otra democracia es un proyecto generacional que debe involucrar a todas las personas que habitan el país, debe reconocer las diversidades de cada región y apostarle a que cada lugar encuentre las formas particulares para hacer nacer esa otra democracia, ya no formal ni aparente.

 

Al terminar la reunión con el maestro, la nueva cita fue con una de las organizaciones más solidas del Cauca, quienes mostraron la importancia de otra economía para otra democracia. Reto mayor, pues la transformación y construcción de una vida digna debe tener una economía clara y sólida que no beneficie a algunos pocos sino a las mayorías. Desafío que necesita imaginación y empeño para que pase del dicho al hecho.

 

La liberación de un territorio

 

Nuevamente en carretera, rumbo a la siguiente parada: Corinto. Dieron las 7 de la noche para llegar al pueblo; entre veredas, cinco motos llevaban a las personas del colectivo, allí piensan que la Colombia en paz aun está muy lejos, pues algún motociclista preguntaba asombrado: “¿qué hacen por aquí?, esto anda muy feo por estos días, ayer hubo hostigamiento a la base del ejército y quemaron un carro”.

 

Caminando entre el monte, sin linternas y con la guía de un comunero Nasa, finalmente el colectivo llegó al lugar donde pasaría la noche. Allí, seis personas del pueblo Nasa estaban sentadas en una banca improvisada de guadua, mirando televisión; se presentaron y comentaron la historia de aquel lugar, contaron sus sufrimientos y dolores, su rabia, su lucha.

 

Atentos, con oídos abiertos y sentimientos encontrados, las personas del colectivo desdeabajo agradecen que les permitieran entrar en sus territorios y cuentan un poco de sus vidas, cada uno se presenta y narra lo que piensa sobre el actual momento que atraviesa el país. La noche ya llega y todos se van a dormir en medio del sonido de grillos, sapos y un riachuelo que corría cerca del lugar donde estaba puesta la carpa.

 

Al día siguiente los forasteros pudieron ver el monstruo del que hablaban los Nasa: cientos de miles de hectáreas de caña de azúcar que despojaron la tierra de los indígenas. De igual manera, también veían la liberación del territorio, la destrucción de aquel monstruo: donde solo había caña ahora hay cultivos de pancoger con diferentes alimentos; donde solo había caña ahora hay una escuela autónoma que construyeron como pueblo, sin ayuda del Estado.

 

Un viaje que abre retos

 

Allí, saliendo a conocer la Colombia profunda, fue posible ver que el mundo nuevo está presente, ya está naciendo y esa otra democracia está ahí para acompañarlo, para hacerlo crecer. El viaje sirvió para abrir los ojos, expandir la mirada y seguir creyendo que es posible construir un nuevo proceder en la política, donde todos los pueblos, en medio de sus diferencias, encuentren una ruta común que ayude a concretar una vida digna y en felicidad para todos y todas como país.

 

El reto es gigante. La campaña debe continuar y crecer entre millones. Es hora de encontrarnos y seguir construyendo esta propuesta urgente y necesaria de otra democracia sí, otra democracia posible.

Publicado enEdición Nº244
Negra, madre adolescente, lesbiana y nacida en la favela: las luchas de la concejala asesinada en Brasil

Marielle Franco fue asesinada a tiros cuando volvía a casa en un vehículo tras un acto político; su conductor también ha fallecido


La voz de esta defensora de derechos humanos se escuchaba alto porque sonaba a verdad



Volvía a casa tras participar en un encuentro con jóvenes negras con las que compartió experiencias e iniciativas afrofeministas para "mover las estructuras y alcanzar la igualdad de derechos". "Salgo de aquí con el cuerpo, con el corazón y con la mente fortalecidos para nuestras batallas", decía sonriente para concluir el que se convirtió en el último acto público de Marielle Franco, activista y concejala del Partido Socialismo y Libertad en Río de Janeiro.


Esas batallas a las que se refería, las que combatió, visibilizó y tuvo que dejar abiertas, las vivió mucho antes de convertirse en la quinta concejala más votada de los comicios municipales de 2016. Negra, madre adolescente, lesbiana, nacida en la favela y defensora de derechos humanos: la voz de Marielle Franco se escuchaba alto porque sonaba a verdad. "Soy una mujer negra, pero antes de eso, antes de reivindicar y comprender lo que era una mujer negra en el mundo, yo ya era una 'favelada", explicaba Franco en una entrevista reciente.


Renata Neder, portavoz de Amnistía Internacional Brasil, conocía de forma cercana a la activista asesinada. "Era una grandísima defensora de los derechos humanos. Es una pérdida gravísima para Río de Janeiro y para todo Brasil, por su gran y ejemplar historial de combate contra el racismo, la homofobia, la desigualdad de género y la violencia en las favelas de Río de Janeiro", lamenta la representante de la ONG en conversación con eldiario.es.


Nacida y criada en el barrio de favelas de Maré, uno de los más peligrosos de Río de Janeiro, sufrió de cerca las consecuencias de la violencia. La muerte de una amiga por una bala perdida, explicaba la concejala, la empujó a introducirse en movimientos en defensa de los derechos humanos.


Sus vivencias le impulsaban a ser la edil más crítica con la intervención del Ejército en la seguridad de Río de Janeiro, puesta en marcha por el Gobierno brasileño hace un mes con la intención de "combatir la ola de violencia" que vive el Estado desde los Juegos Olímpicos de 2016.


Poco antes de ser asesinada a balazos en su vehículo, Marielle Franco fue nombrada la relatora de la comisión del Concejo creada para fiscalizar las operaciones policiales en el marco de la intervención militar. Ella era quien, desde el Ayuntamiento, estaba encargada de monitorear las posibles violaciones de derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad de las que ya alertan los habitantes de las favelas de Río.


Amnistía Internacional ha mostrado su oposición a la intervención militar en el municipio porque, a su juicio, aumenta la violencia y la represión. "El uso de las fuerzas armadas no es útil para garantizar la seguridad pública, porque su rol no es este. Su rol es la guerra", apunta Neder, quien recuerda las consecuencias de la introducción de militares en las favelas durante los juegos olímpicos. "Fue desastroso".


La lucha afrofeminista ha sido crucial en su carrera política y activista. Aquí también puede localizarse un punto en común entre sus denuncias y su propia biografía. Cuando estaba cursando la preparación para la selectividad, con 18 años, Franco se quedó embarazada.


"Como la mayoría de jóvenes de la favela, no escapé de la norma", decía la concejala, quien tuvo que dejar estancados los estudios durante unos años para, con ayuda de su madre, cuidar de su hija. En su boca, con su experiencia sobre la espalda, suenan con más fuerza las denuncias sobre la igualdad de derechos de las mujeres negras y la necesidad de información sobre salud reproductiva.


Marielle finalmente estudió Sociología gracias al apoyo de una beca de estudios estatal y realizó un master de Administración Pública. Tras años de activismo en movimientos sociales, pasó a ser asesora parlamentaria del diputado Marcelo Freixo, compañero del Partido Socialismo y Libertad, explica el medio brasileño O Globo.
Una vez en el Gobierno municipal de Río de Janeiro, como presidenta de la Comisión de la Mujer del Concejo, la defensora de derechos humanos presentó un proyecto para la creación de un Informe de la Mujer Carioca, con el objetivo de solicitar la recopilación de datos sobre violencia de género en el municipio. Otras de sus iniciativas buscaron permitir el aborto en las mismas condiciones establecidas por el Supremo Tribunal Federal del país y ampliar el número de Casas de Parto, locales destinados a la realización de partos.


"Era una mujer muy fuerte, muy potente. Su energía positiva nos llevaba hacia delante y hacia arriba. Tenía mucha luz", describe la portavoz de Amnistía. Desde la ONG recuerdan la necesidad de proteger a las defensoras de derechos humanos y exigen a las autoridades brasileñas una investigación "rigurosa e independiente" de su asesinato.


"Los asesinatos de defensoras de derechos humanos tan reconocidas hacen mucho daño no solo a sus allegados y a la propia ciudad, sino a toda la sociedad porque expanden el miedo entre otros activistas menos conocidos. ¿Qué van a pensar quienes se manifiestan contra la violencia militar en las favelas tras la noticia si se ha asesinado a una concejala de esta manera? Es urgente que el Estado garantice una investigación inmediata y profunda", apunta Neder.


Brasil es uno de los países más peligrosos del mundo para defender los derechos humanos, según la ONG Front Line Defenders, con alrededor de una treintena de asesinatos registrados en 2017. Cuatro países engloban casi la totalidad de homicidios (80%): Brasil, Colombia, México y Filipinas.


Tras su asesinato han sido convocadas numerosas concentraciones en el país, pidiendo justicia y recordando algunas de sus denuncias. Manteniendo viva su mecha para, como ha señalado la hermana de la concejala, recordarla por su lucha y su sonrisa: "Intentarán callar su voz. Ese sentimiento de dolor que brota por ella y por Anderson. Quiero decir que hoy Maré (su barrio de favelas) llora, Río llora, Brasil entero llora. Tiene que haber justicia. Voy a recordarla con una sonrisa, era una persona muy buena que luchaba por las mujeres negras".

Publicado enInternacional
¿La reinvención del Foro Social Mundial?

El Foro Social Mundial (FSM) se reunió por primera vez en Porto Alegre en 2001. Fue un acontecimiento de extraordinaria trascendencia porque señaló el surgimiento de una forma de globalización alternativa a la que estaba siendo impulsada por el capitalismo global, cada vez más dominado por la su versión más excluyente y antisocial: el neoliberalismo. No fue la primera señal. Esta había sido dada por el levantamiento neozapatista en el sur de México en 1994, seguido por el Encuentro Intergaláctico de 1996, y en 1999 por las protestas en Seattle contra la reunión de la Organización Mundial del Comercio. Pero fue, sin duda, la señal más consistente y la que puso en la agenda internacional la lucha de los movimientos y las organizaciones sociales que luchaban en las diferentes regiones del mundo contra las muchas caras de la exclusión social, económica, racial, etnocultural, sexista, religiosa, etc.


Animado por el éxito, inesperado para muchos, de su primer encuentro, el FSM se desdobló en los años siguientes en foros regionales temáticos, nacionales y los foros mundiales pasaron a realizarse en otros continentes: en la India, en Kenia, en Senegal, en Túnez, aunque volviendo a veces a Brasil (Porto Alegre y Belém) hasta llegar a América del Norte (Canadá) en 2016. El éxito del FSM hizo que se sumaran a sus encuentros mundiales otros encuentros mundiales sectoriales, del del Foro Mundial de Educación al Foro Mundial de Teología. Se fueron creando estructuras mínimas de coordinación: Secretariado, Consejo Internacional, Comité Facilitador, aunque las tareas de organización fueran asumidas siempre por los comités locales de los países donde se realizaban los encuentros.


El FSM era simultáneamente un síntoma y un potenciador de la esperanza de los grupos sociales oprimidos. Surgía con una vocación mundial desde América Latina porque el subcontinente era entonces la región del mundo donde las clases populares estaban traduciendo la esperanza con más consistencia en forma de gobiernos progresistas. Esta esperanza, al mismo tiempo utópica y realista, había sido recientemente renovada con la Venezuela de Hugo Chávez, a partir de 1998, y continuó con la llegada al gobierno de Lula da Silva (Brasil) y Néstor Kirchner (Argentina) en 2003 y en los años siguientes de Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia), Manuel Zelaya (Honduras), Fernando Lugo (Paraguay) y Pepe Mujica (Uruguay). Con el FSM se iniciaba una década de esperanza que, desde el subcontinente, se proyectaba sobre todo el mundo. Era el único continente donde tenía algún sentido político hablar de “socialismo del siglo XXI”, aunque las prácticas políticas concretas tuvieran poco que ver con los discursos.


La gran novedad del FSM y su patrimonio más precioso fue hacer posible el mayor interconocimiento de los movimientos y organizaciones sociales involucrados en las luchas más diversas en diferentes países y según culturas políticas históricamente muy distintas. En los primeros tiempos, este propósito pudo lograrse gracias a una cultura basada en la libre discusión, y el consenso y a la negativa del FSM de tomar decisiones políticas como tal. Pero no pudo evitar que, desde casi el inicio, se iniciara un debate político entre los activistas más comprometidos que se fue intensificando con los años. Algunas cuestiones: ¿podría el FSM ser verdaderamente mundial y progresista si las grandes ONG lo dominaban en detrimento de las pequeñas y de los movimientos sociales de base? ¿Si quien más necesitaba la solidaridad del Foro no tenía recursos para participar? ¿Si las fuerzas dominantes en el FSM no luchaban contra el capitalismo, luchaban, como mucho, contra el neoliberalismo? ¿Acaso detrás de la ideología del consenso no se escondería la mano de hierro de algunas entidades, personas y posiciones? Si no podían tomarse decisiones políticas, ¿cuál era la utilidad de continuar reuniéndonos? Como no había estructuras para organizar los debates, quien se sentía incomodado por estas cuestiones fue abandonando el proceso. Pero el genio del FSM fue que, durante más de diez años, siempre fue atrayendo nuevos movimientos y organizaciones.


Sin embargo, a finales de la década de 2000 la coyuntura internacional había cambiado en un sentido adverso a los objetivos del FSM. Minados por sus contradicciones internas, los gobiernos progresistas de América Latina entraban en crisis. El imperialismo estadounidense, que durante una década había estado centrado en Oriente Medio, regresaba con fuerza al continente y la primera señal fue la dimisión en 2009 del presidente Manuel Zelaya, un presidente democráticamente elegido. Era el primer ensayo del nuevo tipo de golpe institucional, bajo ropaje democrático, que se repetiría en 2012 en Paraguay y en 2016 en Brasil. El neoliberalismo, teniendo ahora a su entera disposición el capitalismo financiero global, embestía contra todas las políticas de inclusión social. La crisis financiera provocaba la crisis social y los movimientos tenían que centrarse en las luchas nacionales y locales. Además, su lucha era cada vez más difícil dada la persecución represiva. Bajo el pretexto de la “guerra contra el terror”, la paranoia de la vigilancia y la seguridad dificultaba la movilidad internacional de los activistas, tal como se vio en 2016 en Montreal, donde se denegaron más de doscientos visados de entrada a activistas del Sur global.


En estas circunstancias, ¿cuál era la viabilidad y utilidad del FSM? En el momento en que estaban en riesgo no solo las políticas sociales, sino la propia democracia, ¿era sostenible la continuidad del FSM como un simple foro de discusión autoimpedido para tomar decisiones en un momento en que fuerzas neofascistas llegaban al poder? Estas preguntas apuntaban a una crisis existencial del FSM. Esta crisis alcanzó su punto máximo en la reunión del Consejo Internacional en Montreal, en la que este órgano rechazó tomar una posición contra el impeachment a la presidenta Dilma Rousseff. Salí de la reunión con la sensación de que el FSM estaba en una bifurcación: o cambiaba o moría. Durante los últimos meses pensé que moriría. En los últimos tiempos, con la dinámica surgida de cara a la preparación del FSM de Salvador de Bahía (del 13 al 17 de marzo), concluí que existía posibilidad de cambio, adaptándose a las dramáticas condiciones y desafíos del presente.


¿Cuáles son los cambios necesarios? En la asamblea plenaria de Salvador se aprobará una nueva Carta de Principios. En los términos de esta carta, el FSM se declara un órgano de defensa y de profundización de la democracia con competencias para tomar decisiones políticas siempre que la democracia esté en peligro. Las decisiones políticas concretas son tomadas por los movimientos y organizaciones que promueven cada encuentro del FSM cualquiera que sea su ámbito geográfico o temático. Las decisiones políticas son válidas en el ámbito geográfico y temático en el que se tomen. El actual Consejo Internacional se autodisolverá en su próxima reunión y será reconstruido de raíz en la asamblea plenaria de Salvador según criterios que la propia asamblea definirá. El FSM de Salvador es quizá hoy más necesario de lo que lo fue el FSM de Porto Alegre. ¿Habrá condiciones para no desperdiciar esta (¿última?) oportunidad?

12 marzo, 2018
Traducción de Antoni Aguiló

Publicado enPolítica
Lunes, 12 Marzo 2018 08:43

Como pez en el agua

Como pez en el agua

David Foster Wallace fraguó la parábola que se conoce como Esto es agua. Contó que había dos jóvenes peces nadando uno junto al otro cuando encontraron uno más viejo que iba en dirección contraria y que los saludó diciendo: "Buen día, muchachos. ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un poco más y, de pronto, uno de ellos voltea hacia el otro y pregunta: "¿Qué diablos es agua?"

Es muy factible que mi pez beta, Rufino –que se llama igual que el del detective habanero Mario Conde y que vive solo por peleonero en una pecera bien acondicionada–, tampoco sepa qué es el agua, aunque sólo ahí puede vivir. ¿Qué pasaría si tomara conciencia de ella?

En la parábola wallaceana son tres los peces que participan del enigma acuático y eso basta para hacer de éste un problema social. Wallace afirma que el meollo de la historia es obvio, a saber: que las realidades más relevantes usualmente son las más difíciles de advertir y de tratar. En esto, por supuesto, no es determinante la edad que tienen los peces.

De esta materia, es decir, de la capacidad o bien de la mera posibilidad de darse cuenta de lo más obvio que nos ocurre, está hecha gran parte de la filosofía y la sicología.

Darse cuenta de qué diablos es el agua no es un proceso fácil y tampoco garantiza una salida fiable de la enajenación que se produce constantemente a escala individual y colectiva. Las fuentes de la enajenación son poderosas y muy diversas.

Las reacciones que se han denominado antisistema, como pueden ser recientemente los casos del Brexit o las elecciones de hace unos días en Italia, entre muchas otras, podrían verse como una manera de "tomar conciencia".

Eso es apenas lo primero que podría apuntarse, pero hay todo un proceso, complejo sin duda, que ha de seguirse para comprender su significado y sus repercusiones. E, insisto, no necesariamente todo esto significa que se alcance un avance que pudiese concebirse como positivo. Eso es tan sólo una posibilidad. La historia está plagada de situaciones como ésta.

En 2018 se cumplen 170 años de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels. De alguna manera era esa una expresión radical de lo que "es el agua". Se trataba de la necesidad de los trabajadores de tomar conciencia del "hecho objetivo que es la explotación". El trabajo político consistía, entonces, en propagar esa conciencia, en darse cuenta de lo que ese hecho político entraña.

El capitalismo hoy no es el de 1848 ni el de 1917 o de 1933, esto es obvio. Detrás de los movimientos políticos, de las revoluciones y los grandes programas de reforma, hay un texto del que se seguirán extrayendo conclusiones. El pensamiento tiene que evolucionar y, preferentemente, sin descalificaciones atemporales como muchas veces se hace.

Hoy la "clase obrera", el "proletariado" tienen otra composición y un significado político distinto. Están en una diferente relación con la tecnología y las formas primordiales de la acumulación del capital. La sociedad global es distinta. Los conflictos han modificado su naturaleza y la manera en que se exhiben. La demografía es otra cosa y el desgaste social altera su forma y su condición. Los enfrentamientos políticos a escala nacional y mundial así lo muestran. Entretanto, la desigualdad es más profunda en términos relativos y absolutos, y es una de las cuestiones primordiales que enfrenta la humanidad.

Rupert Younger y Frank Partnoy son un par de profesores que se definen como creyentes del capitalismo de libre mercado y desde ahí promueven el llamado activismo como forma de acción política (ver activistmanifesto.com) para confrontar las actuales desviaciones de ese sistema.

Han hecho un curioso trabajo de confrontación de esa postura con el planteamiento original del Manifiesto del 48. Esto podría tomarse como una mera edulcoración de aquel texto tan radical. Posiblemente así lo sea. Y, sin embargo, ofrecen reflexiones interesantes, sobre todo para ordenar una discusión y plan-tear los desacuerdos. No pretenden ser extremistas ni revolucionarios, pero admitamos que en buena medida la llamada izquierda, sea convencional o no, tampoco ofrece hoy un panorama intelectual demasiado atractivo y abarcador.

Conciben el activismo como una serie de principios que expresan en general las actuales relaciones que surgen de las luchas existentes en contra de la desigualdad, de lo que dicen es el movimiento histórico que ocurre ante nuestros ojos.

Ven las manifestaciones de la desigualdad como la fuente permanente del cambio histórico. Activismo hay y lo vemos en distintas formas. No todas ellas son exitosas. El movimiento de ocupación de Wall Street provocado por la más reciente crisis financiera tuvo resultados limitados. Hoy el Congreso de Estados Unidos se propone desmantelar buena parte de las regulaciones que se impusieron al sector financiero después de 2009.

Pero hace unos días las enormes manifestaciones de mujeres en muchas partes del mundo han llamado la atención para exigir un cambio en una sociedad donde impera el machismo, la desigualdad de género y la violencia. La lista puede seguir.

¿Será esa una forma del agua de la que hablaba Foster Wallace?

 

Publicado enSociedad
Jueves, 08 Febrero 2018 15:21

Los factores fundamentales

Los factores fundamentales

Como una experiencia de la cual hay que aprender, guarda la memoria nacional que solamente en los años 40 del siglo XX fue fraguada en nuestro país una voluntad colectiva para luchar por el poder y concretar un gobierno con vocación social y en pro de la justicia. Luego, todos los intentos han sido en vano. Para entonces, cientos de miles, tal vez millones de connacionales, sintieron el vibrar de sus fibras más íntimas al identificar sin medias luces a los culpables de su situación, pero también al percibir la posibilidad de un triunfo de los pobres sobre la oligarquía apropiadora de las riquezas nacionales, excluyendo de sus beneficios a la mayoría.

 

En esa experiencia, corta pero ejemplar, Gaitán logró poner sobre el tablero de la lucha política a dos actores que se batían como enemigos enconados, no sólo como contrarios: ¡Pueblo, contra la oligarquía! De esa manera, la gente sentía que la política había retomado su sentido más profundo: propiciar la cristalización del bien común, del interés general, y de ahí su disposición a seguir las orientaciones de aquel vigoroso dirigente político.


El momento crucial de tal movilización nacional fue interrumpido con el asesinato del líder, quien por distintos motivos no tuvo la capacidad suficiente para estimular y conformar una conducción colectiva del proceso que estaba liderando.

 

Tras su asesinato, se desató un huracán de violencia oficial contra un pueblo dispuesto a vengar a su líder. Era una violencia institucional por la cual nunca pagaron condena alguna sus promotores y facilitadores, enterrados al final de sus vidas como insignes figuras de la nación. Nada más manipulador de la memoria colectiva y de la realidad vivida y padecida por millones de connacionales.

 

Luego de esa experiencia, varios proyectos políticos de corte alternativo intentaron conectarse con el sentir nacional y erigirse en opción para el cambio, pero ninguna hasta hoy ha logrado su cometido. Ninguna consiguió fraguar una voluntad colectiva. Hasta hoy, cuando diversidad de organizaciones pretenden alcanzar ese sitial de honor, en un reto inmenso que, para quienes desde el presente miran el futuro, demanda cambios sustanciales en sus matrices políticas e ideológicas, pues, con las armaduras que vienen trajeados, no es posible sintonía alguna con las mayorías que alguna vez vibraron al agitar de Gaitán: ¡Pueblo, contra la oligarquía!

 

Los cambios por dar son varios, el primero de los cuales debe partir de refundar el sentido y el propósito de la política. No es para menos. Insertos en una revolución tecnocientífica de hondo espectro (la tercera), y una revolución industiral (la cuarta, en la segunda mitad del siglo XX vivimos la tercera), revoluciones que afectan nuestras formas de ver y conocer, de comprender y asumir la vida cotidiana, los relacionamientos sociales, el mundo del trabajo, los imaginarios sociales, las formas de comunicar e informar, las de consumo, las de transporte, las de control social, las formas de hacer la guerra, el medio ambiente, la producción de alimentos, el sentido mismo de la ciencia y la forma de abocarla, etcétera), no es posible que, en medio de tal magnitud de cambios, la política no termine conmocionada y afectada en sus bases más profundas, en lo que hasta ahora fue su sentido y sus propósitos: el gobierno y el Estado, la administración de la vida de los seres humanos y su cuidado, soportado todo ello sobre la división naturaleza-seres humanos.

 

Precisamente por los cambios en curso, por la necesidad evidente de superar esa separación con la naturaleza que viene desde hace tantos siglos y que a la humanidad le significó creerse el centro del universo, convencida de que podía hacer con la naturaleza y en ella todo aquello que pretendiera. El precio de tal ficción le aprieta hoy su pecho como pesado yunque, con factores de incontrolable contaminación ambiental, cambio climático, y otra infinidad de factores que ponen en riesgo la propia supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra.

 

De ahí que una política de nuevo tipo, que de verdad esté por el cambio y la justicia, tenga hoy como misión fundamental la defensa de la vida de los seres humanos, así como del conjunto de especies que habitan en este planeta, y la casa que habitan –la naturaleza misma. Propósito tras el cual puede retomar y valerse del Estado pero no limitarse ni someterse al mismo, despertando y potenciando de manera sustancial un conjunto de relacionamientos humanos que proyecten la solidaridad a toda prueba en la especie humana y entre ésta y las demás formas de vida que puedan existir aquí o más allá de este planeta. Estamos, pues, con esta política, ante el final del antropocentrismo y, de su mano, ante el despliegue de una profunda revolución cultural en todos los órdenes hasta ahora conocidos, soporte indiscutible de una transformación política sistémica o de un simple cambio de gobierno.

 

Nueva realidad de la política que nos demanda, si de verdad queremos acercarnos a una comprensión de la misión que ahora le compete como fundamental, el estudio y el entendimiento de las bases de la vida misma, a saber: la ecología, la biología y las ciencias de la salud, y de manera supeditada la economía, la filosofía y otras áreas del saber que hasta ahora soportaron el quehacer político, entendido como administración del gobierno y el Estado.

 

Dejando a un lado el centralismo estatal, y con éste el Derecho, las leyes y toda aquella gramática que le da soporte, la política se debe situar en lo cotidiano de los seres humanos, buscando en formas garantizar la vida, la propia y la de las demás especies, propósito que va unido a una definición fundamental: que sea en dignidad. Para lo cual es indispensable socializar no sólo el trabajo sino, además, los ingresos, los saberes, la administración de la cosa pública. Es decir, una vez más queda claro que el poder no puede residir en pocas manos y menos en las de aquellos que lo apetecen para su beneficio. El ejercicio de la administración y la garantía de la vida deben ser asunto y responsabilidad del conjunto social –dejando de ser asunto de supuestos especialistas–, para lo cual ahora los dirigentes no pueden simplemente mandar sino que deben saber obedecer.

 

Nueva comprensión de la política que en nuestro país se encuentra con un escollo: una generación de dirigentes y activistas políticos está de salida por ley biológica, generación que no logra romper con la concepción que iluminó sus luchas, y de ahí que sigan enfrascados en la batalla por el Estado y el gobierno como eje de sus cotidianidades, facilitando de esa manera el control de la oligarquía sobre las mayorías, pues las disputas políticas se dan en el terreno elegido y decidido por quienes detentan el poder, bajo sus reglas y todo tipo de consideraciones interpuestas por los mismos.

 

Una generación que sale y otra que llega, pero sin una politización de nuevo tipo sino bebiendo sobre viejos idearios y referentes que la amarran y que desvían sus esfuerzos en un horizonte donde no es posible que obtengan triunfos de largo aliento. Nueva generación de activistas y líderes políticos que tiene ante sí, y como reto sustancial, al igual que Gaitán, construir en Colombia una voluntad colectiva, una unidad social, plural y dinámica, soportada en la recuperación de las particularidades y fortalezas regionales que caracterizan y son visibles en todas y cada uno de los territorios que integran este país, emprendiendo desde allí, a partir de tal sintonía, el reto de encarar la recuperación del sentido del bien común.

 

No es poca cosa, pues, tras este propósito, hay que confrontar y derrotar al neoliberalismo, y con ello rescatar el sentido y el valor de lo público, de lo colectivo, a la par de poner en tela de juicio la preponderancia del individualismo como vía para construir lo social –todo un contrasentido. Para así avanzar, hay que tallar de nuevo –ahora con todos y no a partir de un líder, como sucedió en los años 40 del anterior siglo– una voluntad general que, sabiendo identificar a los enemigos de hoy, logre desatar la pasión de las gentes para que, con su movilización, arrinconen a quienes hicieron de la política un negocio de familias que dio al traste con la felicidad de millones de compatriotas, no solo ahora sino también en el curso de muchas décadas, tantas como los dos siglos de vida republicana con que contamos.

 

De acuerdo a todos los signos e indicativos desprendidos del actual orden de cosas, el centro de esa acción por construir la indispensable voluntad colectiva descansa en la necesidad de confrontar la contracción vivida por la democracia (que, para el caso colombiano, nunca hemos vivido a plenitud), ideario de libertad izado, como se recordará, por los capitalistas hace ya dos siglos largos y que ahora, agotado como propósito, no pueden hacer realidad en tanto ni igualdad ni libertad ni fraternidad son ya posibles en el sistema capitalista; tampoco la justicia y otros propósitos básicos del orden social que esté por el respeto a la vida.

 

No es para menos, pues, como producto de las revoluciones tecnocientífica e industrial en curso, y como efecto de la financiarización que afecta al tejido social, la concentración de la riqueza y del poder le dan paso al autoritarismo como medio para que las minorías protejan el poder usurpado a las mayorías, así como los privilegios con que se embriagan cada día. No es casual, por tanto, que de la democracia no quede sino el letrero, ah..., y el rito electoral de cada tanto, el que básicamente ya nada decide, ya que lo trascendente para cada sociedad lo resuelven, en lo fundamental, los poderes realmente existentes en otras instancias ­–como los organismos multilaterales– que ya están por encima de la soberanía nacional.

 

Por tanto, retomar la divisa de la democracia, directa, radical, plena, como bandera colectiva para darle soporte a la tríada igualdad, libertad, fraternidad (leída como solidaridad), a la justicia, así como al conjunto de derechos humanos conquistados que sintetizan los básicos de que hay que gozar para vivir en dignidad, es el mayor de los retos que tienen quienes se disponen a la lucha contra la oligarquía y por darle cimiento a un país de iguales. Para ello, para sintonizarse con el país nacional, con aquel que vibró con Gaitán, es necesario salir a todos los rincones del territorio nacional (como lo propusimos en el editorial de noviembre pasado) para conversar con los de a pie, para escuchar sus razones y sus sueños, sus posibilidades y sus disposiciones, para con ello y entre todos dibujar el país que necesitamos y queremos, país por hacer realidad en las próximas décadas, dejando atrás no cien sino doscientos años de soledad, propiciados así por quienes, servidos de la violencia oficial, han llevado a millones de compatriotas a la infelicidad.

 

En la lucha por venir, serán ellos y sólo ellos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, quienes dibujen con sus manos y sus piernas, con sus bocas y sus sentidos, con sus luchas, la democracia que requerimos, valiéndose para ello de talleres, debates de todo tipo, asambleas de diverso tamaño, protestas, bloqueos, etcétera, moldeando poco a poco la voluntad colectiva que se requiere para enfrentar y superar a quienes siempre han visto en la mayoría a sus enemigos, tratándolos como tales en infinidad de circunstancias y contextos.

 

Pensar que alguna organización o conjunto de organizaciones puede afrontar y concretar este reto, sin propiciar que en el centro de su acción estén las mayorías, potenciando para ello, para que ellas mismas sean quienes lideren y las organizaciones las que acompañen (manden obedeciendo), es todo un despropósito que no da cuenta del mismo sentido de una política de verdad renovada.

 

El reto es inmenso, así como las tareas por acometer. El propósito no da espera......

Publicado enColombia
Francia Márquez-Mina

 

 

Aquello que es político, en el mundo contemporáneo, no se puede seguir dando por sentado. Esta afirmación es ya, sin lugar a dudas, una posición política que se disputa el concepto en cuanto tal, pero también es una constatación: a partir de la segunda mitad del siglo xx la política ha sufrido toda clase de mutaciones heterogéneas, las cuales van del mundo de lo físico, técnico y orgánico al de lo que, a veces demasiado apresuradamente, se denomina “la cultura”. En campos como los Estudios sociales de la ciencia se alude a la politicidad y socialidad de máquinas y objetos (no solo a su “construcción social” o a que reflejen las intrincadas relaciones humanas); en los Estudios críticos animales se problematizan las relaciones de poder humano-animal y la dicotomía misma; en los Estudios feministas y de género se dice que existe todo un conjunto de políticas sexuales que atraviesan los más diversos ámbitos de la existencia... Y podríamos continuar la lista añadiendo ítems prácticamente interminables. De otro lado, la proliferación de luchas políticas alrededor del globo no deja de sorprender: emergen por todos lados luchas barriales, estudiantiles, feministas, decoloniales, ecologistas, animalistas, etc.

Este contexto nos ayuda a entender que hoy la política: 1) no tiene un lugar definido de antemano (como otrora lo fueron el Estado y los partidos) y 2) atraviesa una recomposición a nivel epistemológico/ontológico. Así, la política ha pasado de ser esa esfera común que, cual barco, debe ser gobernada o dirigida a buen puerto -clásica definición occidental que pone en el centro el problema del gobierno estatal y sus diferentes regímenes (democracia, oligarquía, aristocracia, monarquía, etc.)- para pasar a ser todo lo concerniente a las relaciones de poder y los respectivos órdenes tecno-bio-físico-sociales que éstas re/constituyen y deshacen continuamente. Órdenes que ciertamente pasan por el Estado, pero también por el “régimen heterosexual” y el “patriarcado”, el “especismo antropocéntrico”, el “mundo moderno/colonial” o la “colonialidad del poder”, etc. Probablemente este quiebre epistemológico/ontológico de la política fue impulsado por las y los socialistas/comunistas/anarquistas de antaño, así como por los potentes movimientos comunitarios (negros, indígenas, campesinos, etc.) que proliferan particularmente a lo largo y ancho de “América Latina”. Los primeros no han dejado de afirmar la importancia de un conjunto de relaciones de fuerza concernientes a la clase y a complejos órdenes que tienen que ver con la producción y reproducción de la vida (como el capitalismo), mientras los segundos nunca han dejado de considerar que su lucha es una lucha vital, una lucha de la vida comunitaria anclada espacialmente y no necesariamente antropocentrada.

Ejemplo contundente de la reconfiguración del concepto mismo de política es Francia Márquez-Mina. No obstante, los medios de comunicación, aquellos medios que han guardado un poco de decencia como para visibilizar a Francia, la han presentado simplemente como una defensora de los derechos humanos y de las comunidades afrodescendientes del norte del Cauca; más aún ahora que ha decidido incursionar en la esfera de la democracia representativa con su candidatura a la Cámara de Representantes por las comunidades negras. Pero volvamos a la cuestión que intento plantear.Si el anterior perfil, mediáticamente reproducido, se queda corto ante lo que encarna Francia esbásicamente en razón de que su hacer vital, es decir, su vida misma, “performa” o realiza un quiebre, tanto epistemológico como ontológico, de la política. En otras palabras, después de la irrupción de acontecimientos como Francia la política no puede seguir siendo lo mismo que antes, ni teniendo la misma racionalidad. Por supuesto, no se trata meramente de lo que ella ha provocado como individuo, sino de todo lo que se condensa en su nombre.

Quizá el primer gran quiebre de Francia es el hecho de concebir su candidatura como una manera de “hacer ruido” en la esfera público-estatal, de “ennegrecerla” un poco,pues para ella el Estado es una construcción históricamente occidental y colonial, que no solo ha tendido hacia el colonialismo externo, sino también hacia el interno. El Estado, así como el derecho, constituyen configuraciones blanco-mestizas, estructuralmente condicionadas por las relaciones de poder que se establecieron en la época de la colonización. Antes que un aliado, el Estado ha sido concebido por las comunidades afrodescendientes como un enemigo. Enemigo que primero fue la “herramienta” perfecta de las cruzadas civilizatorias y, posteriormente, de las desarrollistas y neodesarrollistas. Francia no se cansa de mostrar cómo, por ejemplo, losingenios azucareros, rostros del supuesto desarrollo actualmente avalado por el Estado, están en manos de quienes, genealógicamente, eran los antiguos esclavistas.De hecho, antes que hablar de un “desarrollo alternativo” prefiere referirse a las posibles “alternativas al desarrollo”. La pregunta que enseguida podría formularse sería entonces: ¿cómo es posible que alguien con una concepción tal del ámbito estatal se presente a las elecciones para ocupar un espacio en la Cámara de Representantes? La respuesta es relativamente sencilla. Francia no sueña con la “toma del poder” estatal, sino con generar ciertas interrupciones en su lógica que posibiliten la vida en los territorios que defiende, y eso hace toda la diferencia frente a la política profesional clásica.

Lo anterior me conduce al segundo quiebre. Esas interrupciones en la lógica estatal imperante se conectan con la resistencia y re-existencia territorial afrodescendiente del norte del Cauca, pero a su vez con otros movimientos, tanto latinoamericanos como globales. No es gratuita su cercanía con el famoso Black livesmatterestadounidense o con el movimiento de mujeres negras de Brasil.El quiebre radica en que ella sabe bien que el poder no es un fetiche, no es algo que se pueda tomar simplemente conquistando el Estado, sino que existen múltiples relaciones de poder serpenteantes que se cruzan y estratifican en diversos órdenes. Uno de ellos es, por supuesto, el Estado, pero también habla sin ambages del patriarcado, el racismo estructural y el capitalismo. Frente a esos grandes órdenes, su propuesta política consiste en: 1) generar resistencias, interrupciones, allí donde se pueda (en las universidades, las prácticas culinarias, la maternidad, la movilización en las calles, etc.) y 2) contribuir paralelamente a fraguar formas de vida (otros mundos o universos) con base en la recuperación creativa de todo aquello que históricamente ha sido aplastado. Y claro, las resistencias muchas veces coagulan en re-existencias, y viceversa.

Tercer quiebre: Pensar en términos de una relación fluida entre resistencias y re-existencias hace que la política no sea una política antropocentrada y mucho menos androcéntrica. Su defensa del territorio es, en realidad, la defensa de un conjunto de relaciones entre humanos y no humanos en movimiento constante. El territorio es la Vida misma que, en su “impersonalidad”, nos vive. Es el agua, la técnica, el sonido, los animales, las plantas, la comida y demás elementos en continua co-modificación. Francia tiene claro que los desplazamientos forzados, como al que ella fue sometida, y la violencia ejercida por diversos grupos armados, en particular por los paramilitares y las fuerzas del Estado, son maneras de desarmar esos complejos ensamblajes con el fin de instaurar y apuntalar los órdenes dominantes. Una vez desmembradas las formas de vida, que son al tiempo sistemas de apoyo mutuo y cuidado, a las pocas personas que quedan en los espacios la única alternativa inmediata que les parece viable consiste en regalarle su trabajo, su vida, al monocultivo, la guerra o la minería. Si en otras épocas los conquistadores destrozaban las formas de vida afro y las empleaban como fuerza de trabajo “bruta” para la extracción de oro, hoy la retórica del desarrollo es defendida por el Estado y sus ejércitos i/legales, quienes protegen a empresas como AngloGold Ashanti cuyo objetivo continúa siendo la extracción de oro con “mano de obra” semiesclava, a costa, una vez más, de las comunidades, en concreto, para este caso, de las del norte del Cauca. Francia Márquez denuncia todo esto y reconoce que lo que se está librando es toda una guerra entre formas de vida y mundos en movimiento. La violencia no es casual ni puramente irracional. En ese contexto, no duda en tomar distancia del modelo patriarcal y antropocentrado de familia occidental al defender necesidad de fortalecer vínculos de parentesco no sanguíneos. Reconoce, por ejemplo, al río Ovejas como una madre/padre, por lo que le duele que hoy esté envenenado con el mercurio usado para extraer oro, de la misma forma que otros 80 ríos se hallan envenenados en todo el país.

Aquí, por supuesto, tenemos otro quiebre:el auto-reconocimiento de Francia como afrodescendiente no tiene nada de esencialista, por el contrario, se basa en un tipo de memoria que intenta re-crear formas de vida alternativas a las hegemónicas. Su política no es ni identitaria ni anti-identitaria, sino que reta el mundo de las identidades al afirmarlas. Las itera o desplaza al repetirlas. Si el Estado necesita identidades asibles para gobernar, Francia corre más rápido. Se resiste tanto a la total indefinición, que históricamente se ha traducido en inexistencia, como a la definición externa del Estado y de ciertos antropólogos occidentales. También se resiste a ver los aspectos que caracterizan su devenir afro, su historia, como meramente culturales/artísticos y particularistas, pues, como ya dijimos, sabe que un tambor arrastra toda una forma de vida, y que esa forma de vida está constantemente asediada y en tensión. Los tambores, el canto, las historias personales, etc., no son accesorios en la política de Francia, son la política misma. Con esto llegamos al último quiebre: para ella, el ritmo de la política es el ritmo de la vida, en toda su complejidad. Cuando va a hablar de los temas que la apasionan, no duda en traer a colación su experiencia como madre o la experiencia de su propia madre. Explica cómo, ante la ausencia de los servicios de salud público-estatales, su madre ejerció sus conocimientos de partera, esa misma madre que no tiene huellas en los dedos por trabajar en la mina, que tuvo seis hijos y que trabajó también en “casas de familia” para sobrevivir. Como sabe que el ritmo de la política debe ser el ritmo mismo de la vida, se articula con otras fuerzas colectivas no con base en una identidad afro común presupuesta, sino en la medida en que comparte lugares vitales: el baile, la música, la comida, la partería, etc. Así llegó a conocer mujeres indígenas, blanco-mestizas y campesinas. Eso sí, siempre recordando que no todo elmundo está en posiciones de poder equivalentes y que eso condiciona cualquier eventual articulación.

Ciertamente lo mejor de la teoría política contemporánea ha sido escrito por una mujer del norte del Cauca, y todo con la tinta de su propio devenir vital.

 

Publicado enColombia
Sábado, 20 Enero 2018 09:27

El año que ya fue y el que llegó

El año 2017 no dejó beneficios para los marginados, aunque sí enseñanzas; entre el incumplimiento de sus compromisos firmados con diversidad de movimientos sociales y el direccionamiento económico de acuerdo con la regla fiscal, con el favor del gobierno los ricos prosiguen abultando sus bolsillos, apropiando sólo para ellos lo producido por las mayorías nacionales.

 

El año 2017 fue fuerte en protestas en Colombia: más de 100 movilizaciones sociales con eco nacional y 44 consultas populares así lo atestiguan. De las primeras, las acaecidas en Buenaventura y el Chocó (territorios con historia y población común), desprendieron los ecos más fuertes sobre el conjunto nacional; de las segundas, las votaciones a través de las cuales en nueve municipios dijeron no al extractivismo minero sobresalen por su significado y potencial.

 

Desde el establecimiento

 

El presidente Juan Manuel Santos, en su discurso de final de año (31 de diciembre), afirmó que el 2017 fue de transición en términos de paz, economía, sociedad y política; enfatizando que su gobierno trabajaba para que la paz fuera un “árbol frondoso que diera sombra a todos” y admitiendo que su mandato no ha sido ni es perfecto, pero que en los 7 meses que le quedan seguirá trabajando para garantizar una vida mejor a todos los que aquí habitamos.

 

En su discurso, claro está, dejó a un lado el coletazo de la reforma tributaria, cuyos efectos comprimieron al extremo la economía y las posibilidades de sobreviviencia en infinidad de familias populares de todo el país; tampoco aludió a las más de 200 mujeres muertas por violencia feminicida, ni a los operativos del Esmad que dejaron un rosario de heridos por todo el país, así como varios muertos; menos aún aludió a los 63 líderes y lideresas que perdieron la vida por defender lo justo, como tampoco recordó los falsos positivos judiciales y los miles de jóvenes para los cuales es cada vez más difícil ingresar a la educación básica y universitaria.

 

Es extraña la manera de ver la realidad de quienes detentan el poder, su prisma funciona de manera similar a la ley del embudo: acercan al ojo la parte ancha del utensilio, de suerte que su visión se reduce para ver solo lo que quieren observar, lo demás no existe –o al menos así lo consideran y quieren que el resto de connacionales también reduzcan su visión–, es por ello que afirman que su gestión es impoluta así la realidad indique lo contrario; es por ello que Santos tampoco retomó los incumplimientos de su gobierno con lo firmado con diferentes movimientos sociales tras las duras luchas que estos se vieron obligados a entablar en diversos territorios nacionales para obligar a los de arriba a respetar los derechos básicos y fundamentales de los de abajo.

 

¿Derramamiento de sangre?

 

Cada año, el Gobierno y su modelo, dan razones suficientes para que las comunidades decidan irse a la protesta, al paro, salgan a movilizarse y accionen jurídicamente para hacer respetar sus derechos fundamentales. Protesta que no es fácil concretar: los esfuerzos por parte de los actores alternativos para ganar el consenso social a favor de la resistencia activa son grandes, sobre todo en tiempos en que las comunidades están dispersas, algunas despolitizadas, vulnerables ante el accionar intimidatorio o violento por parte del Estado colombiano.

 

Es así, por medio de la violencia institucional y los incumplimientos de lo firmado, como quien termina su mandato en agosto próximo demostró a lo largo del 2017 que no está dispuesto a poner en riesgo los intereses políticos y económicos de los dueños del país, así tal decisión les cueste la vida a miles de colombianos. Dando fiel evidencia de los intereses que representa, abrió mayores canales de inversión para que el capital nacional e internacional profundice su presencia, esta vez en territorios que por décadas estuvieron, como efecto de la guerra, por fuera de la economía capitalista. Lo que vendrá en los próximos años será una lluvia de dólares y euros por efecto de los cuales miles de campesinos se verán obligados a continuar monte adentro o emigrar a los cascos urbanos de sus municipios a las capitales del departamento.

 

Al tiempo que esto sucede, la guerra contra las drogas mantendrá en su foco a los pequeños cultivadores, mientras los industriales del ramo siguen en la sombra, favorecidos por la banca, la industria y el comercio, vías para el lavado de sus fortunas.

 

Es todo un contubernio entre los poderes económicos, político, militar, nacional e internacional. Contubernio que favorece la dilación de la investigación que pesa sobre su gobierno por haber aceptado los dineros provenientes de la multinacional Odebrech, los que potenciaron sus campañas electorales que lo llevaron en dos periodos consecutivos a la Casa de Nariño.

 

Mientras esto sucede y pese a lo expresado el 31 de diciembre en cadena nacional, los pronósticos para 2018 no son los mejores, no hay duda: en su primera semana se registró el asesinato de dos líderes sociales ¿año nuevo, muerte segura?

 

Muerte que desde ya anuncian lo que recurrentemente ocurre en Colombia cada que hay campaña electoral con proyección nacional, acontecer que pondría al filo la débil paz hasta ahora lograda: de ahí que nos preguntemos: ¿tendremos un frenesí de violencia –popular– en el curso de la coyuntura electoral que marca el primer semestre del año que ahora empieza a dejar pasar sus horas?

 


 

Recuadro 1


Algunos retos al frente


El afán de expoliar aún más el bolsillo popular late entre los gremios que reúnen a los dueños del país, de ahí que sus propuestas para supuestamente “mejorar la economía nacional” retomen las medidas que ya están en marcha en Brasil, Argentina y otros países que siguen a ojo cerrado las recomendaciones de los organismos multilaterales: reformar las pensiones –aumentando la edad para acceder a la misma, así como las semanas por cotizar–; poner en marcha una nueva reforma tributaria y privatizar todo bien público que aún permanezca como tal (¿seguirá otro porcentaje Ecopetrol en la lista?).

 

Dicen por ahí que al que no quiere sopa le dan dos tazas. Pues bien, si el conjunto social no logra reunirse como una sola voz en el año que empieza, los oligarcas cumplirán con sus propósitos, ahora, o en el 2019, o en el 2020, o en el año que sigue, concretando una de las dos medidas estructurales que pretenden, o las dos, y continuarán con otras privatizaciones.

 

El reto que tienen ante si los excluidos y negados, los que trabajan por cuenta propia, pero también los contratados a término indefinido o por años, además del resto del país nacional, es cerrar el paso, como un solo cuerpo, a éstas y otras medidas de tufillo oligárquico.

 

En las semanas que siguen, de intensa campaña electoral, todos los candidatos a la presidencia, unos y otros dirán que no ejecutarán estas reformas, pero con seguridad una vez elegidos procederán por vía contraria. Ante el canto de las sirenas, como Ulises, hay que taparse los oídos, en este caso con los tapones de la experiencia. El modelo es uno sólo, por ello quien entre a administrar el establecimiento está sometido a las decisiones del capital internacional y los intereses de sus aliados criollos.

 

¡No pasarán!, hay que decir desde ahora.

Publicado enEdición Nº242
Sábado, 20 Enero 2018 09:23

Los factores fundamentales

Los factores fundamentales

Como una experiencia de la cual hay que aprender, guarda la memoria nacional que solamente en los años 40 del siglo XX fue fraguada en nuestro país una voluntad colectiva para luchar por el poder y concretar un gobierno con vocación social y en pro de la justicia. Luego, todos los intentos han sido en vano. Para entonces, cientos de miles, tal vez millones de connacionales, sintieron el vibrar de sus fibras más íntimas al identificar sin medias luces a los culpables de su situación, pero también al percibir la posibilidad de un triunfo de los pobres sobre la oligarquía apropiadora de las riquezas nacionales, excluyendo de sus beneficios a la mayoría.

 

En esa experiencia, corta pero ejemplar, Gaitán logró poner sobre el tablero de la lucha política a dos actores que se batían como enemigos enconados, no sólo como contrarios: ¡Pueblo, contra la oligarquía! De esa manera, la gente sentía que la política había retomado su sentido más profundo: propiciar la cristalización del bien común, del interés general, y de ahí su disposición a seguir las orientaciones de aquel vigoroso dirigente político.


El momento crucial de tal movilización nacional fue interrumpido con el asesinato del líder, quien por distintos motivos no tuvo la capacidad suficiente para estimular y conformar una conducción colectiva del proceso que estaba liderando.

 

Tras su asesinato, se desató un huracán de violencia oficial contra un pueblo dispuesto a vengar a su líder. Era una violencia institucional por la cual nunca pagaron condena alguna sus promotores y facilitadores, enterrados al final de sus vidas como insignes figuras de la nación. Nada más manipulador de la memoria colectiva y de la realidad vivida y padecida por millones de connacionales.

 

Luego de esa experiencia, varios proyectos políticos de corte alternativo intentaron conectarse con el sentir nacional y erigirse en opción para el cambio, pero ninguna hasta hoy ha logrado su cometido. Ninguna consiguió fraguar una voluntad colectiva. Hasta hoy, cuando diversidad de organizaciones pretenden alcanzar ese sitial de honor, en un reto inmenso que, para quienes desde el presente miran el futuro, demanda cambios sustanciales en sus matrices políticas e ideológicas, pues, con las armaduras que vienen trajeados, no es posible sintonía alguna con las mayorías que alguna vez vibraron al agitar de Gaitán: ¡Pueblo, contra la oligarquía!

 

Los cambios por dar son varios, el primero de los cuales debe partir de refundar el sentido y el propósito de la política. No es para menos. Insertos en una revolución tecnocientífica de hondo espectro (la tercera), y una revolución industiral (la cuarta, en la segunda mitad del siglo XX vivimos la tercera), revoluciones que afectan nuestras formas de ver y conocer, de comprender y asumir la vida cotidiana, los relacionamientos sociales, el mundo del trabajo, los imaginarios sociales, las formas de comunicar e informar, las de consumo, las de transporte, las de control social, las formas de hacer la guerra, el medio ambiente, la producción de alimentos, el sentido mismo de la ciencia y la forma de abocarla, etcétera), no es posible que, en medio de tal magnitud de cambios, la política no termine conmocionada y afectada en sus bases más profundas, en lo que hasta ahora fue su sentido y sus propósitos: el gobierno y el Estado, la administración de la vida de los seres humanos y su cuidado, soportado todo ello sobre la división naturaleza-seres humanos.

 

Precisamente por los cambios en curso, por la necesidad evidente de superar esa separación con la naturaleza que viene desde hace tantos siglos y que a la humanidad le significó creerse el centro del universo, convencida de que podía hacer con la naturaleza y en ella todo aquello que pretendiera. El precio de tal ficción le aprieta hoy su pecho como pesado yunque, con factores de incontrolable contaminación ambiental, cambio climático, y otra infinidad de factores que ponen en riesgo la propia supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra.

 

De ahí que una política de nuevo tipo, que de verdad esté por el cambio y la justicia, tenga hoy como misión fundamental la defensa de la vida de los seres humanos, así como del conjunto de especies que habitan en este planeta, y la casa que habitan –la naturaleza misma. Propósito tras el cual puede retomar y valerse del Estado pero no limitarse ni someterse al mismo, despertando y potenciando de manera sustancial un conjunto de relacionamientos humanos que proyecten la solidaridad a toda prueba en la especie humana y entre ésta y las demás formas de vida que puedan existir aquí o más allá de este planeta. Estamos, pues, con esta política, ante el final del antropocentrismo y, de su mano, ante el despliegue de una profunda revolución cultural en todos los órdenes hasta ahora conocidos, soporte indiscutible de una transformación política sistémica o de un simple cambio de gobierno.

 

Nueva realidad de la política que nos demanda, si de verdad queremos acercarnos a una comprensión de la misión que ahora le compete como fundamental, el estudio y el entendimiento de las bases de la vida misma, a saber: la ecología, la biología y las ciencias de la salud, y de manera supeditada la economía, la filosofía y otras áreas del saber que hasta ahora soportaron el quehacer político, entendido como administración del gobierno y el Estado.

 

Dejando a un lado el centralismo estatal, y con éste el Derecho, las leyes y toda aquella gramática que le da soporte, la política se debe situar en lo cotidiano de los seres humanos, buscando en formas garantizar la vida, la propia y la de las demás especies, propósito que va unido a una definición fundamental: que sea en dignidad. Para lo cual es indispensable socializar no sólo el trabajo sino, además, los ingresos, los saberes, la administración de la cosa pública. Es decir, una vez más queda claro que el poder no puede residir en pocas manos y menos en las de aquellos que lo apetecen para su beneficio. El ejercicio de la administración y la garantía de la vida deben ser asunto y responsabilidad del conjunto social –dejando de ser asunto de supuestos especialistas–, para lo cual ahora los dirigentes no pueden simplemente mandar sino que deben saber obedecer.

 

Nueva comprensión de la política que en nuestro país se encuentra con un escollo: una generación de dirigentes y activistas políticos está de salida por ley biológica, generación que no logra romper con la concepción que iluminó sus luchas, y de ahí que sigan enfrascados en la batalla por el Estado y el gobierno como eje de sus cotidianidades, facilitando de esa manera el control de la oligarquía sobre las mayorías, pues las disputas políticas se dan en el terreno elegido y decidido por quienes detentan el poder, bajo sus reglas y todo tipo de consideraciones interpuestas por los mismos.

 

Una generación que sale y otra que llega, pero sin una politización de nuevo tipo sino bebiendo sobre viejos idearios y referentes que la amarran y que desvían sus esfuerzos en un horizonte donde no es posible que obtengan triunfos de largo aliento. Nueva generación de activistas y líderes políticos que tiene ante sí, y como reto sustancial, al igual que Gaitán, construir en Colombia una voluntad colectiva, una unidad social, plural y dinámica, soportada en la recuperación de las particularidades y fortalezas regionales que caracterizan y son visibles en todas y cada uno de los territorios que integran este país, emprendiendo desde allí, a partir de tal sintonía, el reto de encarar la recuperación del sentido del bien común.

 

No es poca cosa, pues, tras este propósito, hay que confrontar y derrotar al neoliberalismo, y con ello rescatar el sentido y el valor de lo público, de lo colectivo, a la par de poner en tela de juicio la preponderancia del individualismo como vía para construir lo social –todo un contrasentido. Para así avanzar, hay que tallar de nuevo –ahora con todos y no a partir de un líder, como sucedió en los años 40 del anterior siglo– una voluntad general que, sabiendo identificar a los enemigos de hoy, logre desatar la pasión de las gentes para que, con su movilización, arrinconen a quienes hicieron de la política un negocio de familias que dio al traste con la felicidad de millones de compatriotas, no solo ahora sino también en el curso de muchas décadas, tantas como los dos siglos de vida republicana con que contamos.

 

De acuerdo a todos los signos e indicativos desprendidos del actual orden de cosas, el centro de esa acción por construir la indispensable voluntad colectiva descansa en la necesidad de confrontar la contracción vivida por la democracia (que, para el caso colombiano, nunca hemos vivido a plenitud), ideario de libertad izado, como se recordará, por los capitalistas hace ya dos siglos largos y que ahora, agotado como propósito, no pueden hacer realidad en tanto ni igualdad ni libertad ni fraternidad son ya posibles en el sistema capitalista; tampoco la justicia y otros propósitos básicos del orden social que esté por el respeto a la vida.

 

No es para menos, pues, como producto de las revoluciones tecnocientífica e industrial en curso, y como efecto de la financiarización que afecta al tejido social, la concentración de la riqueza y del poder le dan paso al autoritarismo como medio para que las minorías protejan el poder usurpado a las mayorías, así como los privilegios con que se embriagan cada día. No es casual, por tanto, que de la democracia no quede sino el letrero, ah..., y el rito electoral de cada tanto, el que básicamente ya nada decide, ya que lo trascendente para cada sociedad lo resuelven, en lo fundamental, los poderes realmente existentes en otras instancias ­–como los organismos multilaterales– que ya están por encima de la soberanía nacional.

 

Por tanto, retomar la divisa de la democracia, directa, radical, plena, como bandera colectiva para darle soporte a la tríada igualdad, libertad, fraternidad (leída como solidaridad), a la justicia, así como al conjunto de derechos humanos conquistados que sintetizan los básicos de que hay que gozar para vivir en dignidad, es el mayor de los retos que tienen quienes se disponen a la lucha contra la oligarquía y por darle cimiento a un país de iguales. Para ello, para sintonizarse con el país nacional, con aquel que vibró con Gaitán, es necesario salir a todos los rincones del territorio nacional (como lo propusimos en el editorial de noviembre pasado) para conversar con los de a pie, para escuchar sus razones y sus sueños, sus posibilidades y sus disposiciones, para con ello y entre todos dibujar el país que necesitamos y queremos, país por hacer realidad en las próximas décadas, dejando atrás no cien sino doscientos años de soledad, propiciados así por quienes, servidos de la violencia oficial, han llevado a millones de compatriotas a la infelicidad.

 

En la lucha por venir, serán ellos y sólo ellos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, quienes dibujen con sus manos y sus piernas, con sus bocas y sus sentidos, con sus luchas, la democracia que requerimos, valiéndose para ello de talleres, debates de todo tipo, asambleas de diverso tamaño, protestas, bloqueos, etcétera, moldeando poco a poco la voluntad colectiva que se requiere para enfrentar y superar a quienes siempre han visto en la mayoría a sus enemigos, tratándolos como tales en infinidad de circunstancias y contextos.

 

Pensar que alguna organización o conjunto de organizaciones puede afrontar y concretar este reto, sin propiciar que en el centro de su acción estén las mayorías, potenciando para ello, para que ellas mismas sean quienes lideren y las organizaciones las que acompañen (manden obedeciendo), es todo un despropósito que no da cuenta del mismo sentido de una política de verdad renovada.

 

El reto es inmenso, así como las tareas por acometer. El propósito no da espera......

Publicado enEdición Nº242
Viernes, 19 Enero 2018 06:43

1968: la irrupción de los invisibles

1968: la irrupción de los invisibles

 

Garabombo está convencido que es invisible. Cuando le reclama al patrón de la hacienda o acude a tramitar una demanda ante las autoridades, no le hablan, no lo miran. No lo pueden ver.

Al comienzo no me di cuenta. Creí que no era mi turno. Ustedes saben cómo viven las autoridades: siempre distraídas. Pasaban sin mirarme. Yo me decía «siguen ocupados», pero a la segunda semana comencé a sospechar y un día que el subprefecto Valerio estaba solo me presenté. ¡No me vio! Hablé largo rato. Ni siquiera alzó los ojos, escribe Manuel Scorza en el segundo de los cinco libros que componen La guerra silenciosa, titulado La historia de Garabombo el invisible”.

Los campesinos pobres como Garabombo, sólo se hacen visibles cuando se levantan contra los poderosos. En la prisión me curé de mi enfermedad. Yo nunca he tenido mejor escuela que la cárcel. Oyendo las discusiones de los políticos se aprende, explica Garabombo a los comuneros al salir en libertad.

La historia que relata Scorza sintetiza de algún modo lo que Immanuel Wallerstein bautizó como revolución mundial de 1968. Por muchas razones fue un parteaguas en la historia reciente, transformó el sistema-mundo anunciando el comienzo del declive de la hegemonía estadunidense y del sistema capitalista. Hay cuatro aspectos que quisiera destacar, con énfasis en cómo el 68 desarticuló las estrategias de los movimientos antisistémicos.

La primera y la segunda las explica Wallerstein en sus trabajos. Se resumen en que 1968 fue una lucha contra la hegemonía de Estados Unidos y también contra las promesas incumplidas de las revoluciones socialistas y nacionalistas. La ofensiva vietnamita del Tet, durante casi todo el año, mostró los límites del más poderoso aparato militar del mundo y fue el comienzo de la primera derrota del Pentágono.

La resistencia popular a la invasión rusa de Checoslovaquia (agosto de 1968) y la Revolución Cultural en China, lanzada por Mao en 1966 con su célebre dazibao (cartelón) Bombardead el Cuartel General, mostraron los agudos problemas que aquejaban al campo socialista. A esas alturas era evidente que algo andaba muy mal en los países que habían hecho la revolución y que no todo se podía resolver con la toma del poder estatal.

La tercera cuestión se relaciona precisamente con la irrupción de los de más abajo, de los ninguneados, de los naides, las minorías o como se quiera llamar a esa inmensa humanidad marginalizada hasta ese momento: indios, negros, mujeres y jóvenes de los sectores populares, que conforman la inmensa mayoría de nuestro continente. La revolución de 1968 fue protagonizada por las camadas más oprimidas de las sociedades, las que no tenían cabida ni siquiera en los sindicatos y en los partidos de izquierda y nacionalistas, que eran los principales movimientos antisistémicos de la época.

Para ser escuchados debieron crear nuevas organizaciones, desbordar los marcos establecidos, pronunciar en cada lugar sus Ya Basta, sufrir la indiferencia o la persecución de los que, supuestamente, los debían defender, como los sindicatos y los partidos de izquierda que, salvo excepciones, se colocaron del lado del orden y del poder.

En un breve periodo que podemos situar entre fines de la década de 1960 y fines de la de 1970, aparecieron las principales fuerzas que jugarían un papel destacado en las luchas posteriores, hasta el día de hoy. El zapatismo, como sabemos, es hijo de aquellos años abigarrados. Pero también el grueso de los movimientos indígenas de América Latina, desde los mapuche y los nasa de Colombia hasta los kataristas de Bolivia y los mayas guatemaltecos.

Los campesinos sin tierra de Brasil que formaron el MST, la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, la Confederación de Pueblos de la Nacionalidad Kichwa del Ecuador (Ecuarunari) que será la columna vertebral de la Conaie, son todas hijas de ese tremendo ciclo de luchas y fueron las encargadas de deslegitimar el neoliberalismo en los 90. Y muchas más que es imposible enumerar en este espacio, incluyendo las barriadas populares autoconstruidas por los de abajo en las periferias urbanas.

Fuera de dudas, la revolución de 1968 modificó el mapa de los movimientos antisistémicos, al punto que ya no existe centralidad de una clase (obreros industriales), ni de un tipo de organización (centralismo democrático), sino una pluralidad de sujetos colectivos y de formas variopintas de coordinación.

La cuarta cuestión es quizá la más importante. La irrupción del sótano desbordó la vieja estrategia de dos pasos, como dice Wallerstein, consistente en tomar el poder para luego cambiar el mundo. Fue la estrategia de la que se dotaron los movimientos del siglo XIX, que triunfó desde 1917 en varios países. Sin embargo, el sociólogo estadunidense nos dice que 1968 es incluso más importante que la revolución rusa.

Crea las condiciones para ensayar nuevas estrategias. En su opinión, vertida en conferencias de 1988, deberían pasar dos décadas para que nacieran esas nuevas estrategias. Hoy podemos decir que nuevas estrategias están en marcha, impulsadas por las juntas de buen gobierno y un puñado de experiencias en la región.

Por último, algo que nos afecta en particular a los varones de izquierdas, adultos, blancos, heterosexuales y educados: ¿qué aprendimos en este medio siglo? ¿Estamos dispuestos a hacernos a un lado, a no pasar de la cocina en los grandes eventos, como nos dicen las mujeres zapatistas que convocan el encuentro del 8 de marzo? ¿Cómo hacemos cuando nos paran los pies las mujeres, las indias y negras de los movimientos?

Duele en el ego, ¿cierto? Molesta que los y las del sótano nos den órdenes, nos marquen los límites. Bien. Es la revolución, es el empoderamiento de las y los invisibles que nos muestran lo que aún cargamos de racismo y de machismo. ¿Podemos seguir considerándonos de izquierda si no aceptamos estos nuevos poderes de abajo? Esos poderes que nos dicen cuiden su ego, muchachos.

 

Publicado enSociedad